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Memorias de un spankee III

  Autor: Cars

Es extraño, los giros que da la vida. Pareciera que no te mueves, que los cambios son lentos, espaciados y lógicos, pero cuando echas la vista atrás, estás muy lejos del lugar del que partiste, y ese lugar en el que te hayas no es ni por asumo en el que soñaste estar. Esa es la sensación que me invade cada vez que echo la vista atrás y veo donde estoy, apenas dos años y medio después de aquel primer encuentro con ella.

Cuando veo mi reflejo en cualquiera de los cientos de escaparates que me rodean, no me reconozco. Sé que soy yo, pero no soy capaz de ver ni un rastro de aquel que fui. No quisiera que entendieran estas reflexiones como una declaración de arrepentimiento, ¡en absoluto! Pero sí que lleguen a vislumbrar aun cuando fuere solo un ápice de lo que siento en estos momentos. Hoy al ver mi reflejo y no reconocerme no dejo de pensar sino será todo esto una locura, si toda la pasión que he creído sentir no era más que la demencia de un pobre diablo. ¡Pero no!.... ¿Cómo puede ser locura algo que te empuja hacia delante y te sumerge en la más deliciosa de las libertades? ¿Cómo puede ser demencia lo que te hace vibrar y te muestra la vitalidad que hay en tu interior? ¡No puede ser! Sin duda al entregarme a su voluntad, al dejar que me encadenará a sus deseos, ella me estaba dando la llave de la más absoluta y clara libertad.

No puedo más que sonreír al pensar en cada instante de los que viví a su lado. Desearla y no poder estar junto a ella, ¡eso sí es una locura! Y no la agridulce esclavitud a la que lentamente me he sometido.

Las horas continúan inexorables, y el amanecer está pugnando por hacerse un hueco en la oscuridad que envuelve a esta noche, y a estas calles. Aunque no siempre estuvieron así. Durante las noches de aquel primer invierno que pasé junto a mi AMA, las luces lo invadían todo. Se acercaba el fin de un año que para mí al menos había estado plagado de sorprendentes cambios, en especial los últimos tres meses.

Mi paso era rápido en medio de una marabunta de gente que se afanaban por realizar las últimas compras del año. Yo estaba muy nervioso, en los últimos minutos no paraba de mirar el reloj, se me hacía tarde, y el tiempo parecía correr en mi contra. Apresuradamente llegue ante su casa. Saqué las llaves con tanto apuro que se me cayeron al suelo. Una vez dentro, deje las bolsas en el salón, y me encamine al dormitorio, el reloj de pared dio las nueve. En menos de una hora la casa se llenaría de invitados. En la cocina un ejército de camareros preparaba los detalles de la cena que mi AMA había contratado. Una nota sobre la almohada llamó mi atención.  Me acerqué. La abrí con nerviosismo. "Llegas tarde, ¡otra vez! Desnúdate y arrodíllate junto a la bañera estoy dándome un baño".

De una forma instintiva metí mi mano en el bolsillo de la chaqueta. Respiré hondo, después me desvestí lo más rápido que pude. Una leve música salía del baño. Entré, ella estaba en la bañera, al verme sacó un poco la mano,  me arrodillé como ella me indicaba en la nota, y con delicadeza deposité un beso en su mano, tras lo cual ella la retiró.

-¿A que se debe tu retraso? -Preguntó sin mirarme.

-¡Lo siento! Me encontré con un atasco, y de después...

-Eso no es motivo suficiente -me interrumpió sin levantar la voz- en el futuro tendrás que prever esas cosas para ser puntual, y evitar que te tenga que castigar.

-¡Si mi AMA! -contesté casi en un susurro.

Aquella situación era nueva para mí, nunca antes había estado presente cuando se bañaba, y no sabía como debía actuar. Tras unos minutos se levantó, yo la miré. Fue en ese instante, cuando vi su cuerpo moreno brillar bajo el agua que empapaba su piel, cuando supe que no deseaba estar en ningún otro lugar. Me levanté, ella me indicó con la mirada una toalla. Yo me apresuré a cogerla y comencé a secarla. El leve contacto de de mis dedos con su piel, era suficiente para que me sintiera muy excitado. Lentamente salió de la bañera, y yo continué recorriendo cada palmo de su piel. Sentía su olor, su calor, y su respiración.  La rodee desde atrás con la toalla en un cálido abrazo. Ella no dijo nada, tras unos segundos se apartó.

-¡Limpia esto! -Me dijo mientras salía del baño.

Yo la observé mientras que se alejaba. Cada vez que estaba cerca de ella, el corazón me latía a mil por hora y todo mi universo se reducía a ella, a su mirada. Sin pensarlo una vez más, comencé a limpiar, a los pocos minutos, cada cosa estaba en su lugar, y al igual que mi voluntad y determinación, todo estaba en un fino pero estable equilibrio. Me ví reflejado en el espejo, era yo, pero se me antojó verme distinto, extraño pero en paz. Estaba inmerso en cientos de divagaciones cuando su voz me devolvió de golpe a la realidad. Me reuní con ella, aun seguía desnuda, sentada ante su tocador.

-¡Acércate! -Me indicó nada más entrar en el dormitorio.-  Esta noche va ha ser larga, y vamos a tener invitados, por lo que voy a tener que castigarte ahora. ¡Ven! -señalo su regazo.

Yo me acerqué, y me incliné, ella me acomodó sobre sus rodillas, hasta que estuve a su gusto. Tras unos minutos en los que me remarcó cada uno de mis  errores, comenzó una azotaina severa. Su mano impactaba una y otra vez en mis glúteos y muslos. En esta ocasión  había omitido la suavidad con la que comenzaba los castigos. Pronto mis lágrimas brotaron de mis ojos. En ese instante, se detuvo. Por primera vez acarició mis nalgas enrojecidas. Me indicó que me incorporara. Y me miró a los ojos. Una leve sonrisa, y una delicada caricia para secar mis lágrimas.

-¡No tardes en ducharte, hoy me vestirás tú!

-¡Como ordenes mi AMA!

No podía creerlo, pese a haberme azotado con más dureza, el castigo había durando mucho menos de lo que yo pensaba. Sin duda la cercanía de la hora jugaba a mi favor. Con decisión me dispuse a seguir sus órdenes. Di un paso,  sentí su mano que tiraba de la mía. Me volví.

-¡No tan rápido Andy! -Mi rostro mostraba la sorpresa que me invadía en esos instantes.- Aun no hemos acabado, esto ha sido el calentamiento, ¡ven! -Me condujo ante el tocador.- ¡Cielo! ¿De verás pensaste que tu descuido sólo merecía esa tundita?

-¡No mi AMA! -susurré mientras bajaba la vista.

Ella me inclinó sobre el tocador, acarició mi espalda con un dedo, y cuando llegó al final, descargó una palmada que retumbo en toda la estancia. -¡Claro que lo pensaste!- Dijo en mientras descargaba una docena de palmadas más. Tras un ínfimo descanso, dejó un beso en mi mejilla. Vi de reojo como cogía un cepillo de madera del tocador, lentamente se puso detrás de mí, y comenzó a golpearme con él. Eran golpes secos, pausados. Midiendo a la perfección el lugar en el que golpeaba. El tacto de la madera era diferente a todo lo anterior, ni la zapatilla ni el cinturón tenían la más mínima comparación. El dolor pronto me hizo gritar suplicando, gritos que de no haber estado el dormitorio insonorizado hubieran sido oídos en toda la casa. Se detuvo. Durantes unos instantes me acarició. Yo me deshacía en un llanto descorazonador. Tras ese leve descanso, los azotes continuaron durante unos minutos más. Cuando al fin terminó el trasero era una autentico volcán al rojo vivo. Ella me abrazó con ternura, después me besó apasionadamente. Su mano acarició mi sexo. Fue en ese instante cuando reparé en que pese al dolor y al llanto, un fuego extraño pero placentero me hacía mantener una erección, que era del pleno agrado de mi AMA.

-¡Ahora puedes ir a la ducha! -Me dijo ella mientras me volvía a besar.

Tras una rápida ducha, me dirigí nuevamente al dormitorio, ella estaba ya maquillada, aunque permanecía desnuda. Con movimientos pausados, saqué un tanga rojo del cajón, y se lo ayude a colocar, prenda a prenda fui vistiéndola. Continuamente nuestras pieles se rozaba y se tocaba, aquellos pequeños contactos hicieron que volviera la erección, pese al dolor que sentía en mi trasero, o debería decir que era gracias a ese dolor, y al calor que sentía. Porque aunque en ese momento no lo asumiera, ella estaba dejando a la luz mi alma de sumiso, igual que un escultor va dejando visible su obra quitando los trozos que impiden verla, ella con cada azote, con cada nalgada me estaba ayudando a descubrir, que en el fondo yo siempre había deseado eso. Ser castigado y deseado a la vez.

Los minutos pasaban, y ella estaba casi vestida. Unas medias negras, un traje de gasa del mismo color, con los bordes del escote dorados, sin mangas y que dejaba ver su espalda. Se sentó, yo me dirigí al pequeño cofre en el que guardaba las joyas, escogí un colgante de oro blanco que ajuste a su cuello con delicadeza, unos pendientes y una pequeña pulsera a juego. Ella me sonrió. Después me dirigí al armario, con rapidez escogí unas sandalias de tacón doradas, a juego con un bolso de mano. Me arrodille junto a ella y tras besar cada uno de sus pies le calce aquellos zapatos. Una vez vestida se levanto, yo permanecí de rodillas.

-¡Andy! vistete y ve al estudio hasta que te llame. -Tras estas palabras se encaminó a la puerta.-

-¡Mi AMA! -Le dije levantando la cabeza.

-¡Sí! -Se volvió.

-Aun le falta algo mi AMA.

Ella se miró de arriba a bajo, sin entender a que me refería. Yo me dirigí hacia mi chaqueta, y extraje una pequeña caja. Corrí a su lado, y me arrodille al tiempo que le entregaba aquella caja cuadrada de color rojo y oro.

-¿Qué es? -Preguntó mientras que la abría. El silencio se adueño de su garganta extendiéndose por toda la estancia. Sus ojos se abrieron al máximo a ver un pequeño anillo de oro blanco con un diamante engarzado en un soporté que eran dos pequeñas manos. 

-¿Qué significa esto?- Alcanzó a decir mientras clavaba su mirada en mis ojos.

-¡Mi AMA! -Comencé a decir- estaría muy orgulloso si me permitiera ser su esposo.

-¡Es un anillo de compromiso! -Susurró al tiempo que se arrodillaba ante mí.- ¿Me estas pidiendo matrimonio? ¡Pero si apenas me conoces!

-Mi AMA, solo sé que quiero pasar el resto de mi vida junto a ti, sé que hoy te he defraudado, pero...

-¡Para, para! -Ella me puso los dedos mis labios, al tiempo que se levantaba y me cogía de la mano para que yo también me levantará. -¡No mezclemos las cosas! Te castigo porque me interesas,  por que veo que sexualmente me correspondes con mis gustos, pero eso no significa que me falles cada vez que metes la pata, ya que si no lo hicieras nuestra relación caería en la rutina y... -Hizo una pausa, las ideas se agolpaban en su mente y la respiración se agitó.- Pero pese a que me gustas, no sé si estoy preparada para esto, -señaló el anillo- lo que me pides, o mejor dicho lo que me ofreces es mucho más de lo que yo esperaba, y dudo que sea un momento propicio para contestarte.        

Aquellas palabras se clavaban en mi corazón como afiladas hojas ardientes. Cada sílaba era como un abismo que ella se molestaba en colocar debidamente entre nosotros. Un extraño nudo se formó en mi garganta. Era como si de repente alguien hubiera sacado todo el aire de la habitación. Mi mundo se alejaba y me dejaba sumido en el más frío de los abismos. Ella pareció leerme la mente. Sus manos cogieron las mías y nuestros ojos se perdieron en los del otro. Intenté hablar, pero las palabras no alcanzaron mi garganta, quedándose en un extraño suspiro.

-¡No te estoy rechazando! -Me dijo lentamente.- ¡Solo necesito tiempo para pensar, y darte una respuesta! -Asentí, por un momento pensé que sus siguientes palabras iban a ser. "No eres tú, soy yo" o "Estamos bien como estamos"  o cualquier otra frase parecida. ¡Pero no! Se limitó a darme un beso y alejarse dejándome allí de pie en medio de la estancia.

Las horas siguientes pasaron con suma lentitud, las paredes del estudio parecía que me iban ha aplastar. En el comedor se oía risa y brindis, yo no entendió por que me castigaba nuevamente privándome de la cena, y por consiguiente de su compañía. A la mayoría de los invitados ya los conocía. Ella me los había ido presentando fugazmente, así que no comprendía como la noche de fin de año ella me relegaba a la soledad del estudio. Un camarero trajo unos platos colmados de comida y una botella de vino, manjares que en cualquier otra ocasión yo habría casi devorado, ahora apenas llamaban mi atención. En medio de esa soledad, y por unos breves instantes, me pregunté que hacía allí. Igual que un rayo nace y muere en unos segundos, el pensamiento de alejarme de aquella casa y de su dueña me atravesó la mente y el corazón. ¿Pero a donde iba a ir? Si el mero echo de saber que ella estaba en la habitación contigua me llenaba de tranquilidad, me sentía a salvo. Lentamente me acerque a la comida y la saboree, picando de aquí y de allí.

Faltaban quince minutos para las campanadas cuando un camarero irrumpió en el estudio.

-La señora le pide que se reúna con ella en el comedor.

Los pies me llevaron casi a la carrera, cuando entre todos estaban apunto de dar un brindis, alguien me ofreció una copa, y brindamos por el año que finalizaba. Un camarero pasó con unos cuencos que portaban las uvas de la suerte. Uno a uno los invitados se fueron colocando ante un televisor para ver la retrasmisión de las ansiadas campanadas. El camarero se acercó a nosotros. En la bandeja solo que daba un cuenco. Yo le hice una seña para que fuera ella la que lo tomara.

-¡Cojélo tú! -Me dijo.- ¡Nunca me ha gustado esta costumbre! -El camarero me acercó la bandeja.

-¡Gracias, yo tampoco tomo nunca las uvas! -Ella me miró extrañada.- ¡En serio! Ni de pequeño me gustaron las uvas.

El camarero se alejó, mientras que comenzaron  a sonar los cuartos. Todos se prepararon para las campanadas. Ella levantó su copa para brindar conmigo. Al levantarla, puede ver que el anillo brillaba en su dedo. Una sonrisa iluminó su rostro ante mi asombro, intenté hablar, pero ella me besó, impidiendo con su beso que salieran mis palabras, bebimos en medio de una gran alegría. Yo pasé mi mano por su cintura, y ella hizo lo propio. La primera campanada sonó. En ese instante ella dejó caer una palmada en mi trasero. Todos los invitados estaban concentrados mirando fijamente al enorme reloj de la Plaza del Sol, por lo que no se percataron de aquel gesto. Nos miramos, y ella me hizo un guiño. La segunda campanada repicó, y nuevamente un azote impactó en mis nalgas. Una a una hasta doce palmadas reavivaron el dolor que sentía por la paliza anterior, pero mi corazón irradiaba una alegría que no podría describir, por no decir lo que reavivo en otras zonas de mi cuerpo. Tras un sonado brindis mi AMA y yo nos fundimos en un apasionado beso. Todo a nuestro alrededor desapareció, todo el mundo dejó de existir en esos instante en el que solo existían nuestros corazones latiendo al unísono, cuando nos separamos de aquel beso éramos un solo corazón. El mío estaba ya tan encadenado al de ella como lo había llegado a estar mi cuerpo al suyo.  

La noche continúo con un periplo por los pub y discotecas de la zona. Y con los primeros rayos del sol, yo nacía como un hombre nuevo, junto a aquella mujer, a la que sin saberlo comencé a amar desde el día en el que la vi por primera vez.

Noches de la Antigüedad (fragmento)

 Autor: Norman Mailer

Editor: Fer

Entramos en el círculo de lapislázuli, donde ella bendijo mi cuerpo desnudo en un orden preciso. Esto también os digo: pasó el incienso por mi ombligo y mi frente, mis pies y mi garganta, mis rodillas y mi pecho, y por último, por los vellos de mi ingle. Luego ungió los siete lugares con gotas de agua, pulgaradas de sal y, por último, con gotas de aceite. Sostenía una vela encendida cerca de mi cuerpo para calentarlo. Ahora yo estaba bendecido y preparado.

Del altar tomó un cuchillo con mango de fino mármol blanco y punta tan afilada que hasta el ojo podía sangrar si se lo miraba fijo. Luego se quitó su bata blanca y se quedó tan desnuda como yo. Con el cuchillo me pinchó el vientre, justo debajo del ombligo, y mezcló mi sangre con la suya, pues también se pinchó debajo de su ombligo. Desde allí repitió cada paso de la bendición, tomando una gota de sangre de mi frente y de la de ella, del dedo gordo del pie, del pecho y de la ingle. Cada gota de sangre se aferraba a al punta del cuchillo como una lágrima, hasta que lo llevaba a la misma parte de su cuerpo, de modo que cuando terminamos, nuestra sangre estaba mezclada en estas siete moradas. Nos erguimos juntos frente al altar, solemnes, desnudos e igualmente marcados.

Ahora yo ya estaba preparado para ser consagrado ante su Templo. Me hizo acostar sobre la piedra dentro del círculo, en donde ardía un pabilo en un platillo de aceite; allí levantó un látigo y lo dejó caer sobre mí dos veces, cuatro veces, luego 14 veces.

De muchacho me habían azotado muchas veces. Luego debía arrastrarme y buscar barro para restañar las heridas sangrantes. En mi primera vida, por más alto que fuera mi rango, nadie podría haberme confundido jamás con un noble: tenía demasiadas cicatrices de latigazos en la espalda. Un azote no me era extraño. Pero ser azotado por Bola de Miel era diferente. Ella lo hacía con una suavidad que se propagaba. Si arrojarais una piedra en un estanque, y en el segundo intento lograrais acertar con otra piedra en el centro del primer círculo, y en el instante preciso (de modo de no crear una confusión al esparcirse la ola, pero sí profundizar el rizo), entonces os acercaríais al arte de Bola de Miel. El dolor me penetraba como el aceite perfumado alcanza hasta el último resquicio de la tela. En noches anteriores me había enseñado a besar, y yo vivía en la opulencia de esos abrazos, y sabía por qué el besar es una diversión de nobles. Ahora atravesé los valles de las flagelaciones. Un vértigo cercano a la embriaguez se apoderó de mis pensamientos, lo cual equivale a decir que me entregué a una adoración de mi propio sufrimiento, pues me sentía como purificado de toda vergüenza. Estaba al borde de la resistencia, listo para saltar al cielo debido a la tortura del mero toque del látigo. No obstante, provenía de ella una ternura. ¿Cómo explicar tal choque de sentimientos? Permitid que os diga que ella dejaba caer el látigo con golpes perfectos, una vez sobre cada nalga, luego dos veces y después una vez sobre las catorce partes dolientes del cuerpo de Osiris que ahora pertenecía tanto al dios como a mí. Me fustigó la cara, una vez con los ojos cerrados, otra con los ojos abiertos; luego le tocó el turno a la planta de los pies, a los brazos, a los puños, la espalda y el vientre, el pecho y el cuello. Por último el látigo cayó sobre mis testículos y, como una víbora, se enroscó alrededor de mi flácido gusano. Entre nubes de fuego oí cómo Ma-Khrut recitaba con voz clarísima, después de cada golpe, "Os santifico con óleo", mientras me ungía con óleo las partes donde el azote dejaba llamas, hasta que el fuego se enfrió y se convirtió en el calor de mi cuerpo. Luego ella dijo: "Os santifico con vino", y acercó la astringencia del vino a las 14 llamas, y mi piel volvió a dar alaridos. Entonces ella me lavó suavemente con agua fresa hasta que, al aquietarse el ardor, surgió el vapor de mi corazón; y ella dijo: "Os santifico con fuego", pero se limitó a acercar el incensario a cada lugar dolorido. Dijo por fin: "Os santifico con mis labios", y me besó en la frente con los ojos abiertos y luego cerrados me besó en las plantas de los pies y en los músculos de la corva de los brazos, me besó los nudillos de mis manos cerradas, y mi espalda, y el vientre, el pecho, el cuello, y terminó lamiendo alrededor del círculo de los testículos, y muy suavemente en la cabeza de mi espada que se elevó de entre el suave lodazal de mis ijares hasta volverse poderosa como un cocodrilo. Luego ella dijo: "Os nombro Primer Sacerdote del Templo de Ma-Khrut, que mora en Osiris. Jurad que seréis leal, jurad que serviréis", y cuando yo exclamé que lo haría (era el último juramento que había requerido en cada una de las 14 partes), se arrodilló ante mí como un templo maravilloso de dulce y temblorosa carne, y susurró mi Nombre Secreto, y manaron los catorce oasis en los que yo había absorbido las exudaciones del dolor, y mi río se desbordó en torrente. 

    Ese fue el fin del rito, pero sólo el comienzo de los placeres de esa noche. Ahora fui yo quien le fustigó las nalgas, grandes como la luna y rojas para cuando terminé mis azotes. Yo también aprendí el arte de la flagelación, pues no era mi brazo el que sostenía el látigo, sino su corazón que lo atraía hacia su cuerpo, de modo que yo sentía que estaba azotando la marejada de su corazón. Luego, ante mi propia sorpresa y espanto, pues jamás había hecho esto antes (ni siquiera por Usimare), tomé esas montañas de faldas azotadas y acerqué la cara al pliegue de su asiento y, con ávida voracidad la besé en el lugar donde esconde su fragancia todo lo que pronto morirá. Después de tantos esfuerzos, olía como un caballo. Ella hizo lo propio conmigo, y rodamos con la cara escondida en el posterior del otro, y así, con esa ceremonia, nos casamos. Ya nunca seríamos iguales que antes. Ella me dio tantos besos en el portal del trasero, y tantas caricias me hizo, que terminé sintiéndome como un faraón, tendido de espaldas, sin saber si era el marido o la mujer de todo Egipto. Transportado por corrientes tan maravillosas, volví a sentir que había propósitos a los que ella no se refería y que me iba convirtiendo en el esclavo de sus vastas intenciones.

Comentario del editor: es muy interesante encontrar pasajes de grandes autores consagrados de la literatura con contenidos de spanking, en este caso Mailer remonta los azotes a la época de los faraones. Este pasaje lo encontré en un suplemento literario que cuenta con una serie de relatos eróticos, lamentablemente no todos de spank, bastante interesante (fuente: http://www.eltiempo.com/cambio/2006-12-28/ARTICULO-WEB-NOTA_INTERIOR-3381249.html )

 

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Leila llevó a Bijou a montar a caballo al Bois.

Autora: Anaïs Nin

Editor: Fer

Leila, montando, estaba muy hermosa; esbelta, masculina y arrogante. Bijou era más exuberante, pero también más torpe. Cabalgar en el Bois era una experiencia maravillosa. Se cruzaban con personas elegantes y luego avanzaban por largas extensiones de senderos aisla­dos y arbolados. De vez en cuando, encontraban un café, donde se podía descansar y comer.

Era primavera. Bijou había tomado unas cuantas lecciones de montar y era la primera vez que salía por su cuenta. Cabalgaban despacio, conversando. De repente, Leila se lanzó al galope y Bijou la siguió. AI cabo de un rato moderaron la marcha. Sus rostros estaban arrebolados.Bijou sentía una agradable irritación entre las piernas y calor en las nalgas. Se preguntó si Leila sentiría lo mismo. Tras otra media hora de cabalgar, su excitación creció. Sus ojos estaban brillantes y sus labios húmedos. Leila la miró admirada.

–Te sienta bien montar –observó.

Su mano sostenía la fusta con seguridad regia. Sus guantes se ajustaban a la perfección a sus largos dedos. Llevaba una camisa de hombre y gemelos. Su traje de montar realzaba la elegancia de su talle, de su busto y de sus caderas. Bijou llenaba su atuendo de manera más exuberante: sus senos eran prominentes y apuntaban hacia arriba de manera provocativa. Su cabello flotaba al viento.

Pero ¡oh, qué calor recorría sus nalgas y su en­trepierna! Se sentía como si una experimentada ma­sajista le hubiera dado friegas de alcohol o de vino. Cada vez que se alzaba y volvía a caer en la silla notaba un delicioso hormigueo. A Leila le gustaba cabalgar tras ella y observar su figura moviéndose sobre el caballo. Carente de un estremecimiento pro­fundo, Bijou se inclinaba en la silla hacia adelante y mostraba las nalgas, redondas y prietas en sus pantalones de montar, así como sus elegantes pier­nas. Los caballos se acaloraron y empezaron a espumear. Un fuerte olor se desprendía de ellos y se filtraba en la ropa de ambas mujeres. El cuerpo de Leila, que sostenía nerviosamente la fusta, parecía ganar en ligereza. Volvieron a galopar, ahora una al lado de la otra, con las bocas entreabiertas y el viento contra sus rostros. Mientras sus piernas se aferraban a los flancos del caballo, Bijou rememoraba cómo había cabalgado cierta vez sobre el estómago del vasco. Luego se había puesto de pie sobre su pecho, ofreciendo los genitales a su mirada. El la había mantenido en esta postura para recrear sus ojos. En otra ocasión, él se había puesto a cuatro patas en el suelo y ella había cabalgado sobre su espalda, tratando de hacerle daño en los costados con la presión de sus rodillas. Riendo nerviosamente, el vasco le daba ánimos. Sus rodillas eran tan fuertes como las de un hombre montando un caballo, y el vasco había experimentado una excitación tal, que anduvo a gatas alrededor de la habitación, con el pene erecto.

De vez en cuando, el caballo de Leila levantaba la cola en la velocidad del galope y la sacudía vigorosamente, exponiendo al sol las lustrosas crines. Cuando llegaron a donde el bosque era más espeso, las mujeres se detuvieron y desmontaron. Condujeron sus caballos a un rincón musgoso y se sentaron a descansar. Fumaron. Leila conservaba su fusta en la mano.

–Me arden las nalgas de tanto cabalgar –se la­mentó Bijou.

–Déjame ver –le pidió Leila–. Para ser la primera vez no tendríamos que haber cabalgado tanto. A ver qué te pasa.

Bijou se desabrochó lentamente el cinturón, se abrió los pantalones y se los bajó un poco, volviéndose para que Leila pudiera ver. Leila la hizo tenderse sobre sus rodillas y repitió:

–Déjame ver.

Acabó de bajarle los pantalones y descubrió com­pletamente las nalgas.

– ¿Duelen? –preguntó al tiempo que tocaba.

–No, sólo me arden como si me las hubieran tostado.Leila las acariciaba.

– ¡Pobrecilla! –se compadeció–. ¿Te duele aquí?

Su mano penetró más hondo en los pantalones, más hondo entre las piernas.

–Me siento arder ahí.

–Quítate los pantalones y así estarás más fresca –dijo Leila, bajándoselos un poco más y manteniendo a Bijou sobre sus rodillas, expuesta al aire.- Qué hermoso cutis tienes, Bijou. Refleja la luz y brilla. Deja que el aire te refresque.

Continuó acariciando la piel de la entrepierna de Bijou como si fuera un gatito. Siempre que los pantalones amenazaban con volver a cubrir todo aquello, los apartaba de su camino.

–Continúa ardiendo –dijo Bijou sin moverse.

–Si no se te pasa habrá que probar algo más.

–Hazme lo que quieras.Leila levantó la fusta y la dejó caer, al principio sin demasiada fuerza.

–Eso aún me irrita más.

–Quiero que te calientes aún más, Bijou; te quiero caliente ahí abajo, todo lo caliente que puedas aguantar.

Bijou no se movió. Leila utilizó de nuevo la fusta, dejando esta vez una marca roja.

–Demasiado caliente, Leila.

–Quiero que ardas ahí abajo, hasta que ya no sea posible más calor, hasta que no puedas aguantar más. Entonces, te besaré.

Golpeó de nuevo y Bijou continuó inmóvil. Golpeó un poco más fuerte.

–Ya está lo bastante caliente, Leila –dijo Bijou; bésalo.

Leila se inclinó sobre ella y estampó un prolongado beso donde las nalgas forman el valle que se abre hacia las partes sexuales. Luego volvió a golpearla una y otra vez. Bijou contraía las nalgas como si le dolieran, pero en realidad experimentaba un ardiente placer.

–Pega fuerte –pidió a Leila.Leila obedeció y luego dijo:–¿Quieres hacérmelo tú a mí?

–Sí –accedió Bijou, poniéndose en pie, pero sin subirse los pantalones.Se sentó en el frío musgo, tumbó a Leila sobre sus rodillas, le desabrochó los pantalones y empezó a fustigarla, suavemente al principio, y luego más fuerte, hasta que Leila empezó a contraerse y expandirse a cada golpe. Sus nalgas estaban ahora enrojecidas y ardiendo.

–Quitémonos la ropa y cabalguemos juntas –propuso Leila.

Se despojaron, pues, de sus vestidos y montaron ambas en un solo caballo. La silla estaba caliente. Se apretaron una contra otra. Leila, detrás, puso sus manos en los senos de Bijou y la besó en un hombro. Cabalgaron un breve trecho en esta postura, y cada movimiento del caballo hacía que la silla se restregara contra los genitales. Leila mordía el hombro de Bijou y ésta se volvía de vez en cuando y mordía a su vez un pezón de Leila. Regresaron a su lecho de musgo y se vistieron.

Antes de que Bijou se abrochara los pantalones, Leila le besó el clítoris; pero lo que Bijou sentía eran sus nalgas ardientes y rogó a Leila que pusiera fin a su irritación. Leila se las acarició y volvió a utilizar la fusta, con más y más fuerza, mientras Bijou se contraía bajo los golpes. Leila separó las nalgas con una mano para que la fusta cayera entre ellas, en la abertura más sensible, y Bijou gritó. Leila la golpeó una y otra vez, hasta que Bijou se convulsionó.

Luego Bijou se volvió y golpeó con fuerza a Leila, furiosa como estaba porque su excitación no había sido aún satisfecha, porque seguía ardorosa e incapaz de poner fin a esa sensación. Cada vez que golpeaba sentía una palpitación entre las piernas, como si estuviera tomando a Leila, penetrándola. Una vez se hubieron fustigado ambas hasta quedar enrojecidas y furiosas, cayeron la una sobre la otra con manos y lenguas hasta que alcanzaron, radiantes, el placer.

Comentarios del Editor: Este es un maravilloso pasaje del Delta de Venus, escrito por la polifacética Anaïs Nin posiblemente por encargo, en donde se produce una de las mejores escenas de spanking entre mujeres jamás narrada. Espero que disfrutes de este pasaje tanto o más de lo que gozo yo mismo, cada vez que vuelvo a releerlo.

 

El exámen final

Autora: Flakita

Aquel día Andrea se despertó temprano, era el último día de clases y ya no tendría que volver a ese odioso colegio religioso y por fin iría a la universidad. Salió de la ducha y comenzó a vestirse, al colocarse la falda y verse en el espejo sonrió y comenzó a recordar todos aquellos castigos que recibió de parte de la directora por llevarla tan corta, cuántas veces había terminado sobre las piernas de sus padres por todas aquellas quejas y avisos que la escuela hacia llegar a su casa, todos aquellos días que la suspendieron y que terminaban siempre en algún rincón de su casa con su trasero ardiendo y adolorido a la vista de sus padres o hermanas, pero el único castigo que ella quería recibir era el de Mauricio su maestro de literatura, un hombre joven, alto, de tez morena y mirada penetrante, fue su maestro durante este último año y aunque ella siempre lo provocó llegando tarde, no haciendo sus trabajos y hasta en ocasiones contestándole de mala manera él solo la mandaba a la dirección, todo el año ella soñó con el durante las noches, esos sueños donde él la reprendía y después la obligaba a inclinarse sobre sus piernas, le levantaba esa corta falda del uniforme que usaba y comenzaba a azotarla cada vez con más fuerza mientras ella se humedecía, él acariciaba sus nalgas desnudas y de vez en cuando sus dedos se concentraban en otra parte más íntima y al darse cuenta de lo excitada que ella se encontraba, terminaban teniendo sexo sobre el escritorio, completamente desnudos. Ella no podía dejar de pensar en esos sueños, sueños que volvían a su mente cada vez que lo tenía enfrente, y que ahora siendo el último día que lo vería no se quitaban de su cabeza.

Pero hoy era el último día y ella no le quedaba más que darse por vencida y dejarlo todo en sus sueños, además tenía que hacer un buen trabajo final ya que no quería tener problemas para entrar a la universidad por lo que se esforzó bastante en esta ocasión.

De pronto al ver el reloj se dio cuenta de lo tarde que se le había hecho al estar recordando lo que aquel maestro provocaba en ella, así que termino de vestirse rápidamente, y corrió hacia el colegio, y aunque el colegio estaba aun par de calles de su casa no logro llegar a tiempo. 

Cuando abrió la puerta de su salón, uno de sus compañeros ya se encontraba exponiendo el ensayo que había pedido el maestro para la calificación final, sus demás compañeros estaban en sus lugares, poniendo atención, y Mauricio detrás de su escritorio, al notar su llegada se acercó a la puerta.

- Entra rápido, ni el último día puedes llegar temprano - dijo Mauricio en tono molesto y con voz baja para no interrumpir.

Ella rápidamente se dirigió a su lugar y se dispuso a escuchar a su compañero. Pasaron unos 5 compañeros más y Mauricio le indicó que era su turno de presentar el ensayo. Ella sonrió y comenzó a buscar en su mochila, de pronto en su cara se comenzó a notar un poco de preocupación.

- ¿Pasa algo Andrea? -Preguntó Mauricio al ver su nerviosismo.

- Disculpe profesor, pero con las prisas dejé mi ensayo en la casa, pero vivo aquí muy cerca y puedo ir y regresar con el, no me tardo ni 10 minutos.

- No Andrea, ya estoy harto de tu actitud, pensé que te importaría este trabajo por que es importante para tu ingreso a la universidad, pero ya veo que no, y ahora voy a hacer algo que hace mucho tiempo debí hacer- dijo Mauricio mientras la jalaba del brazo y la llevaba al frente del salón.

Ella no creía lo que estaba pasando, por fin su sueño se iba a realizar, pero no quería que sus compañeros estuvieran presentes.

Mauricio colocó una silla en frente del salón, se sentó en ella y le ordenó que se recostara sobre sus piernas.

- ¡No! No puede hacerme esto enfrente de mis compañeros, por favor.

- Tu pésima conducta y tu insolencia siempre ha sido en frente de tus compañeros así que tu castigo será enfrente de ellos también -le dijo Mauricio mientras la jalaba del brazo y la colocó en la posición que le había indicado.

Le levantó la falda y dejó caer el primer azote, ella no pudo más que dar un salto por la fuerza del azote, en ella hubo muchas sensaciones en ese momento, desde dolor y humillación hasta excitación, se sentía tan apenada de ser castigada en frente de sus compañeros, los cuales observaban muy fijamente, y sus ojos reflejaban sorpresa, curiosidad, y en algunos otros un cierto agrado por aquella escena.

Los azotes continuaban dejando cada vez mas rojas las nalgas de Andrea, después Mauricio bajo lentamente sus bragas y dio unos 30 azotes más, mientras ella no hacia mas que tratar de zafarse por lo que Mauricio la golpeaba con más fuerza. De pronto se detuvo y la acarició un poco, sintiendo esa calidez en sus nalgas.

- Levántate- le ordenó.

Ella lo hizo sin voltear a ver a nadie ya que estaba muy apenada por lo que había sucedido y ni siquiera podía levantar la mirada.

- Quédate ahí, volteando a la pared, con tu falda arriba y tus bragas abajo para que todos puedan ver lo que provocó tu conducta- le dijo Mauricio mientras le señalaba un rincón en el frente del salón.

Ella se colocó donde Mauricio le había ordenado mientras escuchaba como sus compañeros continuaban con sus presentaciones, ella estaba tan excitada y húmeda por esa sensación de ardor en sus nalgas y de humillación por estar ahí con sus nalgas al descubierto mientras todos veían las marcas de su castigo.

Al terminar todas la presentaciones, los alumnos se retiraron, quedando solos en el salón Mauricio y Andrea aún en el rincón.

- Date la vuelta y acércate.

Andrea al voltearse vio a Mauricio cerca de su escritorio.

- Profesor discúlpeme, de verdad me esforcé en este trabajo y si me permite se lo puedo traer ahora mismo -le dijo mientras se acercaba a él.

- No, Andrea; ahora mismo vamos a continuar con el castigo, inclínate sobre el escritorio.

Ella lo hizo sin pensarlo, el escuchar esas palabras hicieron que su excitación aumentara. De pronto sintió el impacto de la regla de madera, era un dolor más intenso y no pudo evitar que las lágrimas se le salieran. Después de 30 azotes se detuvo y acarició sus nalgas, ella hizo un pequeño gemido que más que ser de dolor fue de placer. El sonrió disimuladamente y le ordenó que se pusiera de pie.

- Puedes irte y mañana espero tu presentación, y de verdad espero notar tu esfuerzo -le dijo Mauricio con un tono serio.

Ella subió su bragas y se acomodo la falda, le sonrió a Mauricio y salioó del salón. Se fue a su casa casi corriendo, estaba ansiosa por ver en el espejo las marcas de su castigo, al llegar a su casa, subió a su cuarto y cerró con llave, observó sus nalgas rojas en el espejo y no pudo evitar tocarse hasta llegar al orgasmo.

Al día siguiente, llegó muy temprano a la escuela y presentó su ensayo, Mauricio la felicito, y estaba sorprendido del buen trabajo que había hecho Andrea.

- Parece que de verdad te esforzaste, y vas a tener una buena calificación, puedes irte -Ella tomó sus cosas y se dirigía a la puerta.

- Aunque me hubiera gustado más tener que castigarte de nuevo- le dijo Mauricio sonriendo.

Ella solo se sonrojó, le sonrió y salio del salón.

A partir de ese día ninguno de los dos pudo olvidarse de lo que sucedió, pasaron un par de años, y un día se encontraron, ellos comenzaron a salir, y ella le confeso todo lo que le provocó ese día y lo mucho que lo había deseado. A partir de eso comenzaron una relación.

Ahora están juntos y de vez en cuando juegan a la alumna irresponsable y al maestro severo.

- FIN -

Memorias de un spankee IV

 

Autor: Cars  

Los meses fueron transcurriendo con normalidad. Los preparativos para la boda se iban llevando a cabo con cierta lentitud. Mi AMA era la que iba dictando las pautas sobre ese asunto. Aunque para ser sincero, poco a poco ella fue asumiendo las decisiones de todo lo referente a nuestra relación, y a mi vida. Así, a principios del mes de abril puse mi piso a la venta, y me mude a su casa. Normalmente dormía en su dormitorio, junto a ella, y digo normalmente, porque no faltaban las noches en que lo hacía en el suelo junto a su cama, o en el pasillo junto a su puerta, -según fuera la gravedad de mis faltas- durante el día me encargaba de algunas tareas, y de hacer los recados que ella me encomendaba. Igual que un suave somnífero, sus deseos me iba adormeciendo, llevándome a un mundo en el que solo su voluntad era la que imperaba, e igual que los planetas giran en torno a un sol que los mantiene unidos en una distancia calculada, así mi vida y mis emociones iban dejándola a ella en el centro de mi existencia. En ocasiones la observaba desde el salón trabajar en su pequeño despacho. Toda su vida, su pasado, su trabajo y sus planes eran un misterio para mí, ese pequeño cuarto rodeado de estanterías repletas de libros era la única zona de la casa que yo tenía vetada. Aun hoy me parece oírla mientras me advertía que el día que entrará sin su permiso, ese día mi castigo sería perderla para siempre sin segundas oportunidades, por eso pese a la enorme curiosidad que me invadía, mis pasos siempre estaban lejos del umbral de aquella puerta. Un día de ese mes de abril, mientras la observaba desde el sofá detrás de aquella mesa en medio de un centenar de papeles, caí en la cuenta. Mi excedencia llegaba a su fin, en no más de diez días me tenía que incorporar a mí puesto de trabajo. No sabía como se lo iba a decir a mi AMA, ni como lo iba a encajar ella. ¿Qué me diría? ¿Me recriminaría que no se lo hubiera dicho antes? Esas cuestiones me comenzaron invadir. Se lo tendría que decir, pero no sabía cual sería el mejor momento para hacerlo. Esas divagaciones hicieron que no me percatará de que ella había salido de su despacho, y se había sentado a mi lado. 

-¿En que piensas? –Su voz me devolvió de golpe a la realidad.-

-¡En nada mi AMA! –Le dije con una cierta inseguridad.- ¡Tonterías mías! 

La noche transcurrió con tranquilidad, y el amanecer me sorprendió despierto, naufragando en un mar de ideas que no conseguía ordenar. La miré, era hermosa. El pelo alborotado medio cubría su piel. Una piel que yo me moría por acariciar. Con suavidad le aparté el cabello, su rostro estaba relajado, mientras que su pecho vibraba con la suave respiración. Su brazo rodeaba mi cintura, y su tacto era calido y suave. Alargué la mano para coger el despertador. Faltaban diez minutos para que sonará. Lo apague. Después continué mirándola, perdiéndome en su aliento. Me sentía orgulloso de pertenecerle, poco a poco había ido dejando que aquella mujer que dormía a mi lado me fuera imponiendo unas cadenas no a mi cuerpo, ya que estás se podrían quebrar con facilidad, sino que había ido encadenado mi voluntad, mi espíritu y mi corazón a su voluntad, con unas cadenas que pese a ser invisibles, eran férreas e inquebrantables. Suavemente, acerque mis labios a los suyos, y le dejé un beso. Ella se movió, emitiendo un ruido, que se me antojó parecido al ronroneo de un gatito. Nuevamente  la volví a besar. Esta vez, abrió los ojos y me dedicó una sonrisa.  

-¡Buenos días! –Le susurré al oído, mientras que ella se estiraba y me miraba con un brillo especial.- ¡Es la hora de levantarse mi AMA!

-¡Buenos días! –Me respondió al tiempo que se abrazaba a mí y se ponía casi encima.- ¡Tienes una forma muy tierna de despertarme! –Sonreí- Prométeme que siempre me despertarás así.

-¡Por supuesto mi AMA! –Le dije, mientras que la besaba--¡Por supuesto no! –Me dijo mirándome fijamente

- ¡Prométemelo!

-Te lo prometo. Siempre te despertaré así mi AMA. 

Ella sonrió y me beso, nos abrazamos durante unos minutos, tras los cuales ella se metió en el baño y yo me dispuse a preparar el desayuno. A las nueve y media como cada mañana ya estaba dispuesta para irse a trabajar, y como cada día también esperaba en medio de cierta impaciencia junto al sofá. 

 -¡Mi AMA! –Le dije sacándolas de sus pensamientos.- Hoy me gustaría ir a recoger unas cosas que me quedaron en el piso.

-¿A qué hora estarás de vuelta?

-Sobre las tres de la tarde si te parece bien. Iba a decir algo, pero en ese instante, y también como cada mañana el timbre de la puerta sonó, ella cogió el maletín y tras dejar un beso fugaz en mis labios se dirigió a la puerta.

–A las tres en punto.- me dijo mientras cerraba la puerta.

Yo me acerqué a la ventana. Y la vi  subirse como siempre en un coche y alejarse.  El día transcurrió con cierta normalidad, recogí lo que debía de mi piso, y a las tres estaba entrando por la puerta. Al entrar la puede ver sentada en el sofá. La mirada estaba perdida en las páginas de una revista. Miró su reloj, y dejó aflorar una sonrisa. Yo dejé unas cosas sobre la mesa, entre las que se encontraba una caja de metal, cerrada con un candado de combinación. Mi AMA se fijó en ella, pero no dijo nada. Yo me acerqué. Le bese. 

-¡Ya he recogido todo de mi piso mi AMA! ¿Cómo ha ido tu día?

-¡Muy largo! –Ella dejó la revista a un lado.--¿Tienes que volver a salir?  -Negó con la cabeza

- ¿Quieres que te traiga las zapatillas?

-¡Por favor!  

Mientras que yo me encaminé al dormitorio, ella se recostó estirando los brazos por encima de la cabeza.  

-¡Cuanta eficacia! –Dijo levantando la voz para que la oyera.- No habrás echo algo y quieres ganar meritos para que sea indulgente. ¿eh?

-¡No mi AMA! –Le respondí en medio de una sonrisa.-  ¿Cómo puedes pensar eso?

-¡Ya veremos!  

Me arrodillé ante ella, y lentamente le descalce. Le di un pequeño masaje, que hizo que cerrará los ojos. Después le calce las zapatillas, y me apoye en sus rodillas, ella se puso su mano en mi cabeza.

-¿Haz comido?- Me preguntó. Yo asentí y levante la cabeza para mirarle a los ojos.  

-Tengo que hablarte de algo importante. –Le dije bajando la voz.-

-¡Ahí esta! ¿Qué pasa ahora?

-Se trata de mi trabajo. –Guarde unos instantes de silencio.- El próximo viernes me tengo que incorporar.

-¿Trabajo? –Su cara mostró cierta sorpresa.-

-Al poco tiempo de conocernos te comente que tenía excedencia. –Mi tono era casi un susurro.-

-Lo recuerdo, pero pensé que te quedaba un par de años. –Me respondió extrañada.--Era de un par de años, pero me vence ya.-Bueno, no es tan grave. –Dijo al fin levantándose, y fijando su mirada en la caja metálica sobre  la mesa- Tendrás que esmerarte, porque tus obligaciones no va  a ser menores. –Su tono era determinante.- No pienses que por que tengas que ir a trabajar te voy a liberar de tus deberes conmigo. Sí eso era lo que me ibas a decir, ya sabes la respuesta.

-¡No es eso mi AMA! –Le dije mientras que me levantaba. Y sacaba una pequeña cartera del bolsillo.- Solamente quería que supieras cual es mi trabajo.  

Le di la cartera, y me aleje unos pasos. Ella permaneció unos instantes mirándola sin abrirla, al final lo hizo muy lentamente. Su rostro no disimulo la sorpresa que le supuso lo que vio. Me miró muy seria, y después volvió a mirar la placa de policía que brillaba ante ella. 

-¿Qué significa esto? –Me preguntó mientras se acercaba a mí y de devolvía la cartera.- ¿Donde tienes el uniforme?

-Soy inspector, -le respondí con serenidad y desconcierto por su tono.- No suelo llevarlo.

-¡Así que inspector! –Me miró a los ojos.- ¿Cuál es tú destino?

-¡Homicidios!

-¡Joder! ¿Por qué no me lo dijiste antes? ¿Por qué esperaste hasta ahora?

-¡No pensé…

-¡Cállate! –Me ordenó.- No me esperaba esto. Y no te diré que me gusta la idea de que trabajes en un sitio donde te pueden pegar un tiro.

-¡No te preocupes mi AMA! –No me esperaba aquella bofetada, pero sonó como una bomba.-

-¡Te he dicho que te calles!  

Por primera vez, puede ver algo diferente en su mirada. Aquella seguridad y energía que irradiaba había sido sustituida por un nerviosismo desconocido para mí hasta entonces. Yo permanecí inmóvil, sin saber que como actuar.  

-¿Qué hay en la caja?

-¡Mi arma!

-¡Perfecto! –No tenías derecho a ocultarme algo así. Debí saberlo hace mucho tiempo.-

-¡Yo no se que decir! –Aquellas recriminaciones se me clavaban en mi corazón provocándome un enorme desasosiego.-

-¡No digas nada! –Me cortó tajantemente.- ¿Si te digo que lo dejes?

-¿Cómo? –Aquella pregunta me descolocó totalmente.-

-¿Qué harías si te ordeno que dejes tú trabajo? ¿Qué decidas entre tú trabajo o yo? 

Su voz era determinante. Se alejó de mí unos paso, y se giró para mirarme a la cara. Yo permanecí de pie mirándola sin poder articular palabra. Me encontraba perdido. La mujer a la que amaba y a la que le había entregado toda mi voluntad, me había puesto en la mayor encrucijada de mi vida. Las ideas me bombardeaban el cerebro de una manera descontrolada, y una oleada de sentimientos contradictorios llenaron mi corazón. En ese instante me pregunté si amaba lo suficiente a la mujer que me miraba con impaciencia, para dejar atrás lo más importante de mi vida, y lo que realmente me hacía sentir vivo, o por el contrario ese amor era solo un espejismo que se desvanecía tan rápido como lo haría un castillo de naipes. Intentaba encontrar las palabras, pero no era capaz de articularlas. Las pocas e incoherentes frases que se me ocurrían, se ahogaban en mi garganta haciendo más eterno aún el silencio gélido que se había adueñado de la estancia.Allí estaba yo, ante la mirada de aquella mujer, que demandaba una respuesta que no era capaz de dar. Me sentía como alguien sorprendido in fraganti por la autoridad, incapaz de justificar su acción. Bajé la vista, mis ojos se llenaron de unas lágrimas tan saladas como el mar, y tan dolorosas como la respuesta que estaba naciendo en mi interior. Sentí su mano en mi cuello. Ella levantó mi barbilla hasta que sus ojos se clavaron en los míos. 

-¡Lo siento! –Comencé a decir.-

-¡No, no digas nada! –Me cortó ella poniéndome un dedo en los labios.- ¡Si me respondes lo que hay en tu corazón, te perderé! Si te acabará de conocer no me importaría, pero ahora no podría perderte. –Me acarició la mejilla.- Sólo prométeme que tendrás cuidado, y que pase lo que pase, volverás a casa cada día.

-¡Te lo prometo! 

Los días siguientes casi ni hablamos. Yo sentía que le había fallado, que mi entrega tenía reservas. En ese tiempo, parecíamos dos extraños. Ella rehusaba mi compañía, salvo para dormir. –Durante la noche, dormía abrazada a mí, sin apenas soltarse. Era como si temiera que si me soltaba desaparecería de su lado.- Pero por el día pasaban horas sin que cruzáramos ni una palabra.  

El primer día de trabajo, fue bastante rutinario. La mayor parte del tiempo lo ocupe en llenar formularios, y firmar documentos. Para cuando conocí a mis compañeros y a mis jefes, era la hora casi de salir. Poco a poco, igual que las aguas de un río desbordado regresan a su cauce, la rutina diaria hizo que mi AMA se tranquilizara, y nuestra relación se fuera normalizando. Unas semanas más tarde, ya hablábamos de mi trabajo con toda normalidad, nos reíamos y bromeábamos. Aunque yo era consciente de la tensión que ella pasaba cuando me retrasaba. O que permanecía en vela hasta que me oía meter el coche en el garaje. Salvo por esos instantes, ella no mostraba nunca un exceso de nerviosismo.

Un día, mes y medio después, nuestra vida era totalmente tranquila. Cuando llegue a casa ella estaba en el sofá me acerque y le bese. No había sido una jornada fácil, y me encontraba muy tenso. Era uno de eso días en los que sin saber porqué, te gustaría gritar y llorar, aunque te sientes impotente. Durante la cena yo estuve especialmente callado. Después mientras realizaba mis tareas en la casa, mi mente seguía anclada en mis preocupaciones. Sentía un peso en el pecho que no podía liberar. Al finalizar mis obligaciones, fui a sentarme junto a mi AMA, ella me sonrió. 

-¿Qué te pasa? –Me preguntó mientras me indicaba que pusiera la cabeza en su regazo.- ¡Has estado muy callado!

-¡No es nada!, -Le respondí.- Hoy es uno de esos días en los que me gustaría gritar y patalear. ¡Tengo un peso aquí! –Lleve su mano a mi pecho.- Que no se como liberarlo. Es una mezcla de indignación e impotencia. Pero no te preocupes, ya se pasará.  Pasaron los minutos, y por un breve momento puede relajarme, aunque solo en mi mente, ya que mi cuerpo permanecía tenso. 

-¡Ve y date un baño! –Me ordenó mi AMA, levantándose.- Te espero en el dormitorio. La miré unos instantes sin entender esa indicación tan repentina. Era aun muy temprano.

-¡Venga!- Insistió dando unas palmadas. Yo me levanté y entré en le baño.

Tras unos minutos regresé al dormitorio únicamente con el albornoz. Ella estaba sentada en el tocador. Llevaba lencería negra, me fije en que se había puesto unas medias y calzaba unos zapatos de tacón. ¿Pensaba salir? –Me pregunte.- Por un momento permanecí en silencio viendo como se cepillaba el cabello. Cuando me vio en el umbral de la puerta, se levantó. Me beso y ante mi asombro me puso un antifaz negro que me impedía totalmente la visión. 

-¿Qué vas ha…?

-¡No hables! –Me ordenó.-  

Sentí como me despojaba del albornoz. La piel se me puso de gallina al sentir el aire en ella. Mi AMA me guió unos pasos, hasta llegar más o menos al centro del dormitorio.- Sus manos recorrieron mi piel. Yo deje escapar una sonrisa, que se convirtió en quejido cuando presionó con firmeza mis pezones. La oscuridad de mis ojos hacía que me sintiera inseguro, pero esa inseguridad me excitaba al mismo tiempo. Tras unos minutos de caricias, su mano golpeo con fuerza mi trasero. Ella comenzó a recriminarme una serie de faltas imaginarias, mientras que su mano seguía azotándome con cierta severidad.

Aquellos azotes consiguieron que obtuviera una excitación mucho más intensa que otras veces. Ella me había castigado en numerosas ocasiones, y el dolor no era menos intenso ese día, pero el saber que no era un castigo real, sino un juego lo hacía mucho más excitante. Allí, en medio del dormitorio y pese a estar con los ojos tapados, podía verme en mi mente siendo azotado por mi AMA. La imaginé vestida con aquella lencería, sentí su aliento en mi espalda mientras que su mano me golpeaba, por un instante y pese al dolor que sentía me sentí un poco más libre. Los azotes cesaron. Oí sus pasos por la habitación. Un sonido metálico. Después la frialdad del metal. ¡No lo podía creer!, me estaba esposando con las manos en la espalda. Forjecee un poco, lo que me costo una nueva ración de azotes especialmente fuertes, tras los cuales me dejo solo en la habitación. Los minutos pasaron y nuevamente oí sus pasos por la estancia. Sus labios rozaron los míos. Intenté besarla adelantando la cabeza, pero ella se separó, dándome una bofetada. Tras unos segundos volvió a rozar mis labios, y nuevamente se alejó al intentar besarla, con la consiguiente bofetada. Después de casi una docena de bofetadas, entendí sus deseos, y cuando sentí sus labios en los mío, permanecí inmóvil. Ella los besó con suavidad, sentí sus manos en mi pecho, y pude comprobar que se había puesto unos guantes. El tacto era suave, como si fueran de seda. Volvió a jugar con mis pezones. No pude reprimir una queja cuando los pellizcó.

–Serás bueno y no gritarás más, o prefieres que te amordace. ¿Eh?-

Su voz era apenas un susurró en mis oídos. Intenté contestar, pero ella me lo impidió con un  beso, que acabó en un leve mordisco en el labio inferior. Con rapidez, me amordazó. Y me empujo sobre la cama. Mi vientre cayó sobre algo mullido, -almohadas quizás.- que mantuvieron mi trasero un poco levantado.

Nuevamente, oí como se alejaba, después el silencio. Un silencio pesado. Tras largos minutos, aquel silencio se rompió con un silbido, semejante al del viento cuando se cuela con fuerza por una rendija. Yo moví la cabeza en dirección al ruido, pero obviamente no podía ver nada. De nuevo lo oí, pero esta vez, fue precedido de un extraño y agudo dolor. Era nuevo. Mi mente no lo reconoció, pese a que recorrió todo mi ser hasta estallar en mi cerebro. Era como una pequeña pero potente descarga eléctrica. Tarde casi media docena de azotes entender con que me estaba golpeando. Aquella vara impactaba certeramente en mis glúteos inflamando cada rincón de mi ser. Mi AMA se tomaba su tiempo entre azote y azote, midiendo la fuerza necesaria para que sintiera el dolor, pero sin que la piel se rompiera. Calculaba exactamente el lugar exacto que quería golpear. Las lagrimas inundaban mis ojos, cada poco tiempo, ella acariciaba la zona castigada, recuerdo el tacto de su mano enguantada en contraste con el calor y el dolor que sentía. Aquella mezcla hacía que mi excitación fuera en aumento. De no llevar la mordaza hubiera gritado a todo lo que pudieran dar mis pulmones. No se cuantos azotes me propinaría, ya que después de unos minutos perdí la cuenta. Pero si se que mi AMA no dejó ni un palmo de piel de mis muslos y mi trasero sin golpear. Mientras duró el castigo ella no paro de recriminar mi conducta díscola, achacándome faltas que no había cometido.

Tras un tiempo que soy incapaz de determinar, oí como tiraba la vara al suelo. Después sus manos ágilmente liberaron mis muñecas, y aflojaron la mordaza. Ella tiró de mí ayudándome a llegar a la parte alta de la cama. Yo lloraba como un colegial, mientras que permanecía boca abajo. Ella me abrazó y me susurro al oído palabras de consuelo. Después, sentí como extendía una crema por la zona castigada. Mi llanto se convirtió en un sollozo. Fue entonces cuando reparé en algo reconfortante. La congoja que había tenido oprimiéndome el pecho todo el día se había esfumado. Aquellos azotes que había recibido habían pulgado y angustia. Cada vez que mi Ama me había golpeado había arrancado no solo un grito ahogado por la mordaza, sino que también me había ido despojando de mí pesar. Ese día descubrí que los azotes eran no solo una consecuencia de mi negligencia, sino que eran una valiosa válvula de escape por la que deshacerse de aquello que no podía expulsar por mi mismo. Es día mi corazón estaba más cerca si cabe de mi AMA, y mi confianza en ella había rebasado la línea imaginable hasta ese momento. Era un hombre nuevo, sin aquel malestar que me había invadido. Cuando finalizó el masaje, yo moví lentamente las manos para sacarme el antifaz de los ojos.  

-¡De eso nada mi amor! –Me susurró mi AMA apartándome las manos.- todavía es pronto.  

Ella me beso, y me indicó que yo hiciera lo mismo es su cuerpo. Así, en la más absoluta oscuridad, acaricié y bese cada milímetro de él. Lentamente saboree su piel, y me perdí en su Monte de Venus. Después nos amamos como si la vida nos fuera en ello, el dolor que sentía en mi cuerpo y el placer que el suyo me proporcionaba me hizo llegar a un clímax desconocido para mí hasta ese momento. Al verme privado del sentido visual, todos los demás se vieron magnificados y exaltados. Al igual que un arco iris despliega su colorido, aquella noche miles de matices se desvelaron para mí. Exhaustos nos sorprendió el sueño. Abrazado a ella y a oscuras dejé que ese sueño reparador me alcanzara. 

En los días que siguieron a esa noche, no pude dejar de pensar en las innumerables sensaciones diferentes que había sentido. Al menos dos veces al día acabe sobre el regazo de mi AMA, no para ser castigado, sino para recibir la crema que aliviaba el dolor de aquella paliza tan intensa como edificante.

El dolor de aquella noche estaba llegando a su fin, cuando entré en el despacho de mi superior. Su rostro estaba especialmente serio. Apenas me miró al indicarme que me sentara. Una y otra vez repasaba un documento que tenía ante él. Al alzo la vista.  

-¡Tengo una orden de traslado para ti! –Sentenció.-

-¿Cómo que traslado? –Me acerque a la mesa.- ¡No quiero un traslado!

-¡Te han solicitado del gabinete diplomático! –Dijo con serenidad, ignorando por completo mis protestas.- A partir de las doce del medio día estarás adscrito la unidad de protección de personalidades. –Guardo unos instantes de silencio.- A menos que rehúses formalmente el nombramiento.

-No sé, hace mucho que había solicitado ese destino, creí que nunca llegaría.

-Pues llegó. –Me extendió el documento que tenía ante él.- Me alegró por ti, pero sinceramente preferiría que lo rechazaras. No me hace gracia desprenderme de buenos hombres.

-¡Se lo agradezco comisario! –Miré el documento.- Pero no puedo rechazarlo.

-Me lo imaginaba. –Su tono iba cargado de resignación.- Tienes que presentarte hoy en la delegación de gobierno. Allí te dirán  para quién harás de niñera. 

Las calles parecían mucho más saturadas de coches y personas que de costumbre. La impaciencia estaba apunto de hacer que me volviera loco. Por eso recorrí casi corriendo los peldaños que me separaban de la entrada. Llegue a la puerta principal. Tras identificarme y pasar los oportunos controles de seguridad, llegue a un despacho del que vi salir a un ministro. ¿Sería a él a quién  tendría que acompañar? Una secretaria me hizo salir de mis divagaciones. ¡Sígame por favor! Tras pasar por dos puertas, llegue ante un hombre de unos cincuenta años, una abundante melena blanca, y una gafas de diseño le daba un aire marcial bajo aquel traje de Arman. 

-¡General! Le presentó al agente Sánchez, se incorpora hoy a protección.

-¡Sí, sí! Bienvenido. Está usted muy bien recomendado, y su hoja de servicio es esplendida. Acompáñeme.  Aquel hombre se levanto como un resorte, y tras un saludo tan enérgico como breve me condujo por unos pasillos a los que accedimos por una puerta que estaba a su espalda. Todo aquello me resultaba extraño, siempre imagine que los generales iban con su uniforme a todos los sitios. Aquel hombre como si leyera mi mente, se volvió.           

-Disculpe esta ropa tan informal, pero es que hoy se casa mi hija.

- Esta usted asignado a uno de los asesores del presidente en defensa, es un civil pero no se lleve a engaños, es una persona altamente cualificada. Espero que como jefe de seguridad, me presente en el transcurso del día el nombre de tres personas para formar el equipo.

-¡No sabía que iba a ser el responsable! –Pensé en voz alta.-

-¿No se siente usted capaz? –Me preguntó parándose en seco y clavando su mirada.

-¡Por supuesto que me siento capaz General! –Me apresuré a contestar.- Es solo que me ha pillado por sorpresa. 

Tras unos escasos tres minutos llegamos ante una puerta, cruzamos unas mesas en las que unas secretarias se afanaban ante la pantalla de un ordenador. Una puerta más nos separaba de nuestro destino final. El general toco en la puerta con los nudillo y la abrió sin esperar a que contestarán. Yo me fije en el nombre que aparecía a la altura de los ojos. Entremos en un amplio despacho. Ante la sorpresa de ambos la silla estaba vacía. Nos miramos, en ese instante, el ruido del secador de manos del servicio no resolvió el misterio. A los pocos segundos, la puerta se abrió.  Yo abrí los ojos como nunca lo hice. El general se adelantó para estrechar la mano de ella. No podía creer lo que estaba sucediendo.   

-¡Agente Sánchez!  -comenzó a decir el general.- Le presentó a la Señora Vanesa Blázquez, asesora de seguridad.

-¡Señorita General! –Le dijo ella en medio de una sonrisa.- ¡Estoy prometida pero aun no estoy casada! ¡Me alegro de verte Andy! El agente Sánchez y yo ya nos conocemos un poco. ¿No es así? –Le dijo al general.-  Yo estaba sumido en la más absoluta sorpresa.

Allí estaba, ante mi AMA. Mis músculos no me obedecían. En mi mente ya había recorrido la distancia que me separaba de ella y le había estrechado la mano que me tendía, pero en realidad aun estaba inmóvil a dos pasos de ella. ¡Vanesa! No podía creer que después de casi un año sin saber su nombre me enterará de la forma más inaudita que pudiera imaginar. Extendí mi mano. Nuestra piel se tocó, nuestras miradas se encontraron, y todo a nuestro alrededor desapareció a excepción de su sonrisa.

 

La historia de mi humilde cinturón

  Autor: Gerardo (yerar51)

Era una vez, un cinturón humilde, de la calle, de esos que se venden de las manos toscas de los comerciantes ambulantes.

Me miró, me pidió que me lo llevara, que tenía frío, que necesitaba calor de un cuerpo... Todo eso me enterneció, me lo llevé y me lo cargué al cinto casi de inmediato.

Nos hicimos muy amigos. Él sabía cuando yo por excitación salía de su posición, y se alegraba por mí. Conocía a las damas que por sus delicadas manos desactivaban la seguridad y desplazaban por las pretinas hasta que ya no cumplía su misión de sujetador.

Pero un día en que estábamos los dos solos, lo vi muy triste y supe de inmediato que estaba enfermo. Lo observé como un doctor observa a su paciente y de pronto encontré su enfermedad: él se estaba desarmando en su interior. Tomé de inmediato la decisión de operarlo y hacerle un transplante de nervio. Me dí a la tarea de encontrar un órgano adecuado y sin mucho que buscar encontré ese preciado órgano: un trozo de lona industrial de color verde sedoso, pero lo más importante, con una tela interior entre sus dos caras, lo que daba la ventaja de que jamás se rompería. Y así fue. Después de largas horas de operación quedó como nuevo, brillante. Conservó su color negro por fuera, ganó un color verde y sedoso por su interior, pero... lo más importante: ganó resistencia, peso y mucha flexibilidad manual. Mi amigo estaba feliz, feliz.

Pasó un tiempo y gozamos juntos: él mirando y sintiendo manos suaves desabrochándolo, y yo disfrutando de las pieles sedosas y hermosas que frecuentaba.

Pero mi cinturón nuevamente estaba triste, y lo volví a notar. Un día le pregunté qué le pasaba, si no estaba contento con su nueva estructura, y me dijo que sí. Lo que lo tenía triste era que él quería también tocar esas suaves pieles que yo tocaba, que quería disfrutar igual que yo, pues... "Ya está", le dije, "es hora de que lo hagas". Y así fue.

Citamos una piel suave, yo la besé con mucha ternura, le excité lentamente, abracé su cuerpo, le calenté sus glúteos con mis manitas, probé sus pechos con mis labios, la puse sobre mis rodillas, sentí su peso en mis piernas, azoté con más ganas sus glúteos hasta dejarlo de color rosas y calientitos.

De pronto le ordeno que se coloque de a cuatro patas como un perrito, que levante su colita, y sin más aviso y sin que se diera cuenta, mi amigo el cinturón probó esos glúteos con placer. Y se dejó caer de nuevo. Y otra vez.

Ella saltaba en cada visita de mi amigo. Fueron diez veces que sin parar mi amigo cinturón cortaba el aire y se estrellaba con mucha alegría contra ese hermoso cuerpo. Nos detenemos y ambos miramos esas marcas maravillosas dejadas, media lunas hermosas, recuerdos para ella que le durarán a lo menos una semana. Es una obra y me cambio de lado y las visitamos diez veces más esa noche, para que mi cinturón amigo no quedar con ganas. Y mi niña lloraba, pedía perdón, contaba, saltaba, sus piernas se batían... pero nada. Esa noche no tenía yo corazón para dejar a mi amigo cinturón con ganas a más.

Hoy lo recuerdo con pena. Hoy, lo echo de menos. Adiós amigo, ojalá estés en buenas manos... hoy.

FIN

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