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Relatos de azotes

M / f

El Nuevo Jefe del Departamento

El Nuevo Jefe del Departamento

Autor: Marita Correa

Ricardo es el nuevo jefe del departamento fiscal de una importante asesoría. Un antiguo compañero suyo de universidad,  directivo de la empresa, pensó en él, para reparar el enorme fiasco que su antecesor ha realizado en este departamento.

Es un hombre atractivo de unos 55 años, para sus empleados un hombre serio y reservado  escondiendo  para sus más allegados,  su lado más afable, extrovertido y su gran sentido del humor.

Entre todos sus subordinados que tiene a su cargo hay una mujer que lo saca de quicio, contestona, orgullosa, cuarenta y tantos, recién divorciada y queriendo recuperar todo el tiempo perdido de su matrimonio, no hay día que llegue tarde,  no la encuentre charloteando con su compañera y siempre tiene una excusa cuando no tiene su trabajo listo.  Muchas veces ha querido presentar una queja sobre ella pero hay algo en esa mujer que le impide hacerlo

Por supuesto, la antipatía es mutua. Ella ya se ha ganado varias broncas por parte de él  y la ha relegado hacer trabajos que no le corresponden, sin embargo lo que menos soporta  es su indiferencia hacia ella, ha intentado ganárselo y llamar su atención de todas las maneras posibles, sin lograr conseguirlo.

Una mañana Natalia no está especialmente de humor, su compañera y mejor amiga Marta se queda extrañada y empieza a interrogarla.

Marta- ¿Qué te pasa? No has abierto la boca en toda la mañana

Natalia- Nada

Ana se levanta y se va a la habitación de las fotocopias, Marta la sigue, no se va a quedar sin enterarse que le pasa a su amiga

M- Venga, no te hagas la interesante, si al final me lo vas a contar, ¿saliste a noche con Jesús?

N- No, lo he dejado con él. Oye Marta, déjame en serio,  Don Estirado quiere que le revise todos esos informes, dice que los datos son erróneos, estoy harta de este tipo, ¡Como echo de menos a Marcos! (antiguo jefe, todos le llamaban Señor Abascal, menos ella,  que era su empleada favorita)

M- ¿Y cómo no lo vas a echar de menos?, si lo tenías comiendo de tu mano

N-  Eso no es verdad, además ¿qué me dices ahora de la nueva?, Pero que pelota que es, no has visto como coquetea con él, y él le corresponde, el único momento del día en que sonríe es cuando habla con ella, seguro que tienen un rollo.

M- ¿Con Lucía? No me he fijado, pero ya veo que tú sí y me da a mí que lo que estás es un poco celosa.

N-  ¿¿Queeeeee?? Por favor, si no lo soporto!!

M- Si claro, por eso vienes todos los días tan arregladita y vas a tomar café justo cuando va él. Lo que te fastidia es que no te haga ni caso.

N-  ¡Oye bonita!,  que yo le doy mil vueltas a esa petarda, cursi e insípida, y si me lo propongo, a él me lo meriendo en un periquete

M- Sí, claro

N- Claro no, clarísimo ¿Qué te apuestas?

M- Lo que quieras, ¡Vas a perder!

N- Una cena en Mateos

M- ¿¿En Mateos, estás loca?? ¡¡Ese sitio cuesta una pasta!!

N- Me da igual, lo vas a pagar tú

M- Hecho

N- Hecho

Las dos mujeres sellan la apuesta con un apretón de manos

M- ¡Pero ya  sabes que quiero todos los detalles!

N-  ¡Si siempre te lo cuento todo! Sé que Don Estirado, suele quedarse en el despacho hasta tarde, así que si quiere que termine estos informes no me va a quedar otra que quedarme a mí también, verás cómo mañana esta rendido a mis pies

Sin ningún cuidado las dos comenzaron a reír a carcajadas y salieron de la sala de fotocopias, Natalia había olvidado su mal humor y empezaba a planear como conquistar al huraño de su jefe

Llegó la hora de salida,  como tenía planeado  se quedó trabajando, a los pocos minutos no pudo aguantar más y se dirigió al despacho de Ricardo, la puerta estaba abierta, él estaba absorto en unos documentos y llamó su atención con unos golpecitos en la puerta

Natalia-  ¿Puedo pasar?

Ricardo-  ¿Qué haces tú aquí todavía? Le preguntó con tono de sorpresa

N- Tengo un poco de trabajo atrasado

R-  ¿Sólo un poco?,  Sonrió  y siguió ojeando sus papeles

A ella le fastidió el tono sarcástico de su jefe, pero hizo ver que no le importaba y siguió a lo suyo.

N-  Verás Ricardo,  hay unos datos de unos clientes que no aparecen  en mi ordenador, me preguntaba si a lo mejor tú los tienes archivados.

R-  Ahora no puedo ocuparme de eso, estoy muy liado, déjalo ahí y ya lo mirare mañana

N-  Lo entiendo, yo también estoy muy liada, Qué  estrés ¿verdad?

Él ni siquiera le contestó

Aunque Ricardo no la miraba,  la mujer se fue acercando de forma coquetona hacia la mesa, se apoyó en el lateral de esta y mirando a su jefe le dijo:

Oye Ricardo, se me ocurre una idea, ¿no te parece que nos merecemos un descanso? Podemos pedir al bar de enfrente que nos suba una botellita de vino, algo de picar, conversamos un ratito, nos conocemos un poco mejor, y bueno… si nos apetece seguimos con el papeleo o no.

Ricardo contemplaba con asombro, el descaro y la insolencia de su empleada, sonrió y levantándose de la silla se fue hacia ella, que lo seguía mirando de una forma atrevida

 Yo tengo una idea mejor, dijo él, sus cuerpos estaban casi pegados uno frente a otro y ella notaba como se le cortaba la respiración, le costaba reconocer que ese hombre la ponía a 100, pero por supuesto no iba a dejar que lo notara

N-  Ah sí ¿Qué idea?

R-  He oído hablar de un nuevo restaurante, ¿Cómo se llama? … ah sí,  Mateos, creo que es excelente ¿Lo conoces?

A Natalia se le borro de inmediato la sonrisita de la cara, y notó como se ruborizaba de repente, bajó la cabeza,  intentando que no se notara su sonrojo y  con un hilito de voz contestó que no lo conocía

Él tomó la libertad de coger su barbilla para obligarla a mirarle  a los ojos

Por primera vez ella se quedaba sin palabras y sin saber cómo manejar la situación

R- ¿¿No lo conoces??

N- No

R- ¿¿No es ahí donde vas a ir con Marta, cuando logres seducirme??

Ella lo miraba con los ojos muy abiertos intentando buscar una respuesta ingeniosa, que no encontró

F- Tu amiga y tú, deberíais tener más cuidado con lo que habláis en la sala de fotocopias, nunca sabes si el jefe estará tomando café en la sala de al lado

Ella empezó a balbucear algunas palabras, al final consiguió decir:

 Ricardo,  ¿no te lo habrás creído verdad?  Sólo bromeábamos

R-  Me gustaría saber quién te ha dado permiso para tutearme. ¿Crees que tu antigüedad en la empresa te permite reírte de todos nosotros? ¿Sabes porque me tengo que quedar cada noche hasta las tantas?

Natalia lo miro a los ojos y le dijo:

No señor, no lo se

R-  Porque tengo que corregir todos tus errores, esos que nos han hecho perder varios clientes (eso no era verdad, pero claro, ella no lo sabía) En dirección empiezan a estar muy hartos de ti,  así que me han solicitado que haga un informe sobre tu trabajo y todas tus meteduras de pata, para rebajar tu liquidación.

N-  ¿¿Queeee??  ¿Quieren despedirme?  Dijo Natalia con asombro, ¡No pueden hacer eso!, dijo totalmente indignada, no podía creer lo que estaba escuchando. Había olvidado todo su bochorno anterior.

N-  Llevo 20 años en esta empresa, he regalado mucho de mi tiempo, he conseguido muchos clientes, mi trabajo ha sido excelente y en cuanto mi vida personal se complica un poco y afecta mínimamente a mi trabajo, me quieren dar la patada, increíble!!

R- Descontando el tiempo que te pasas en cafetería, el llegar tarde constantemente,  el hacer que tus compañeros hagan tu trabajo, los motes y las burlas para todos nosotros. Este departamento está pagando tu poca profesionalidad

N- ¿¿Me  estas llamando poco profesional?? Natalia volvió a lo del tuteo,  esto sí que no lo aguanto, no merezco este trato, así que sabes lo que te digo: “Que te den a ti y a tu informe” ¡Me largo!

 Como quieras, gritó Ricardo, no hace falta que vengas mañana,  te avisaran cuando tu finiquito esté listo,  además,  Lucia merece un ascenso, ha hecho un excelente trabajo desde que está aquí, se alegrará mucho cuando se entere de que tu puesto está libre

Ella se paró en seco, lentamente se giró hacia su jefe, no podía estar hablando en serio, esa arpía, rastrera y pelota no podía quedarse con su puesto, pero la mirada de él le decía lo contrario.

Se quedó pensativa durante unos instantes, y contestó:

 De acuerdo,  tú ganas, le dijo, intentando tragarse su orgullo. Si estoy aquí supongo que todavía no has entregado ese estúpido informe y sabes que necesito el empleo, así que suelta ya tus condiciones

R- Condiciones, esa es la palabra exacta. Para empezar tendrás que demostrar que te lo tomas en serio, hacer muchas horas extras, por supuesto no retribuidas y conseguir que los clientes que hemos perdido vuelvan de nuevo.

N- No tengo elección ¿verdad?

R- Sí que la tienes, pero con tus referencias te será difícil encontrar un empleo de esta categoría

Ella estaba de pie frente a él, con los brazos cruzados, y su cara reflejaba todo la rabia que la comía por dentro. Ricardo la observaba detenidamente

N- Bueno, no querrás que empiece ahora ¿no? Aunque cuanto antes empecemos antes acabaremos con esta mierda.

Ricardo se convencía por momentos,  que era lo que esta mujer  necesitaba  con urgencia y le preguntó:

A ti nunca nadie te ha dado unos buenos azotes ¿¿verdad??

Ella lo miró con cara de espanto

N-  ¿¿Cómo?? Pero ¿de qué coño vas?

R- Mira, lo primero que vas hacer es aprender modales y a tratar a tus superiores y subordinados con el respeto que se merecen

Ricardo se dirigió al aseo de su despacho, saliendo al instante con algo en sus manos

R-  Vamos a comenzar  por tu vocabulario, no pienso consentirte ni una sola grosería más, desenvolvió una pastilla de jabón y le ordeno que abriese la boca

Ella lo miraba con asombro y soltó una carcajada

N- Es broma ¿verdad? No voy hacer eso

R- Metete el jabón en la boca AHORA

Natalia no pudo evitar asustarse ante la orden de su jefe, esto iba en serio, empezó a dudar si quedarse o echarse a correr, pero las piernas le temblaban así que no le  quedaba otra que quedarse,  todo aquello le pareciera surrealista. Tomó la pastilla y se la colocó con suavidad entre los labios

R-  Así no, quiero que la muerdas con fuerza y más vale que no se te caiga

Ella lo hizo, demostrando con el gesto de su cara, lo que le desagradaba el sabor del jabón

R- Ahora te colocaras sobre mis rodillas y recibirás una buena zurra. No pongas esa cara, sabes que te la mereces y que te hará mucho bien.

Sin más la cogió del brazo y la arrastró hacia una silla, se sentó e inmediatamente la colocó sobre su regazo. Subió su falda y cuando ella sintió sus dedos tirando del elástico de sus braguitas, se revolvió de inmediato tirándose al suelo y gritando:

N- ¡¡No puedes hacer esto, no puedes!! Pero ¿en qué época te crees que vives?

Él se levantó muy enfadado de la silla, la levantó del suelo y zarandeándola le gritó:

R- ¡¡Mas te vale obedecerme si quieres volver a sentarte!!

Natalia comenzó a darse cuenta que esto iba muy en serio

Ricardo recogió la pastilla de jabón, se fue al baño de nuevo y regresó con la pastilla enjuagada y llena de espuma, ella seguía en mitad del despacho observando cómo su jefe con el ceño muy fruncido se aproximaba hacia ella, le metió de nuevo la pastilla de jabón en la boca, aghhhh, ahora sí que notaba el repugnante sabor del jabón, y en una fracción de segundo, se encontraba  de nuevo sobre las rodillas de su jefe, con la falda arriba y las bragas abajo.

R-  Creo que no me comprendiste cuando te pedí que no me tutearas, te lo voy a explicar de otra manera a ver si así lo entiendes.

Sin más miramientos el comenzó a azotarla, Natalia tenía la cabeza casi a la altura del suelo,  por lo que su trasero quedaba muy empinado, subiendo y bajando al compás de las nalgadas, rápidas y enérgicas, ella no dejaba de patalear  y se quejaba como podía, ya que el jabón le impedía gritar.

10 minutos después el jefe de Natalia estaba más calmado y bajó el ritmo de los azotes, observando como la palidez del culo de la empleada se había transformado en un rojo intenso y penetrante,  y que su  rabieta se había convertido en llanto. Se compadeció de ella y pensó que ya era hora de pasar a la segunda parte. La ayudo a ponerse en pie, la falda recuperó su posición original y observo la cara de Natalia, llena de lágrimas, rímel corrido y la pastilla de jabón en la boca, todo esto le daba una imagen muy graciosa, el evitó sonreír porque aunque ella se había ganado con creces ese castigo, en cierto modo le daba un poco de pena.

R- Ve al baño, enjuágate la boca y lávate la cara, le ordenó

N- Si señor, contestó ella y se dirigió al baño

 Al fin Natalia había aprendido la manera correcta de dirigirse a su jefe. Ella salió del baño y pensando que todo había terminado se dirigió hacia la puerta

R- ¿Te he dicho yo, que puedes marcharte?

No señor, contestó ella en tono bajito

R- Pues vuelve  aquí, casi hemos terminado

¿Cómo que casi? Preguntó ella entre sollozos

R- Quiero asegurarme que has aprendido la lección

N- Por favor señor Ramos, no podré aguantar más y le aseguro que ya he aprendido.

 Él se dio cuenta de que era sincera, pero su comportamiento había sido tan lamentable que no la podía dejar marchar con tanta facilidad.

R- Natalia no voy a discutir, ya sabes cómo funciona esto, quiero que te apoyes sobre la mesa, serán 20 azotes con el cinturón, si te tapas con las manos o te levantas, serán 10 más.

La mujer se dio cuenta de que sus suplicas no funcionarían, así que secó sus lágrimas se llenó de dignidad y se dirigió hacia la mesa, apoyando su tripa en la mesa

Él le ordenó que estirara los brazos,  se agarrara al borde de la mesa y que separara las piernas, ella obedeció a la primera, no pensaba volver a suplicarle a pesar de lo humillante de la situación.  No tardó en sentir el primer lengüetazo del cinturón sobre su ya magullado trasero, lo que le hizo dar un respingo y un leve lamento.

Ricardo sabia como repartir los azotes, abarcando todo el trasero de la mujer y centrándose en la parte inferior de sus nalgas, quería que los recordase durante unos días a la hora de sentarse, y aunque no eran suaves, tampoco eran excesivamente fuertes, ya que con la zurra anterior, ella no resistiría sin perder la postura y no quería castigarla con 10 extras más.

Ella los soportó sin cubrirse, moverse y sin apenas quejarse, su jefe la observaba agarrada al borde de la mesa, contemplando como el cinturón había marcado su piel, en ese momento,  deseaba abrazarla y consolarla, pero no se podía permitir hacerlo, así que le bajo la falda y le dijo que se levantara, así lo hizo ella.

R- Ahora vete a casa, pero mañana te quiero aquí a primera hora, más vale que te pongas al día  con los balances, y no me hagas enfadar de nuevo o ya sabes que te pasará.

Ella con mucha dignidad recogió sus bragas del suelo, se sentía tan avergonzada y humillada… Pero también sentía la humedad de entre sus piernas y rogaba que él no se diera cuenta de ello, o podría pensar que le había gustado ¿o es que le había gustado?

Dedicó una fría mirada a su jefe, le deseó buenas noches y abandonó la habitación.

A él, sin saber muy bien porque, esa mirada de hielo le dolió, no quería que lo odiara, y se quedó largo rato en su despacho pensando en todo lo sucedido

A la mañana siguiente cuando Marta llegó a la oficina, Natalia ya estaba sentada a su mesa pegada al ordenador y tecleando sin parar.

M- ¿Pero qué haces tú aquí a estas horas? Te has caído de la cama, o ¿es que no has dormido en casa? Bromeó Marta.

M- Te dije que mandases un mensaje fuese la hora que fuese,

N- Ahora no puedo hablar Marta, tengo que tener estos balances listos para mañana

M- Madre mía pero que mala cara que tienes, oye vamos a tomar un café ahora mismo y me lo cuentas y ya sabes, ¡quiero todos los  detalles!

En ese momento el señor Ramos entraba en la oficina y después de dar los buenos  días a todos se dirigió a Natalia y le pidió que pasase a su oficina.

Ella saltó de la silla, olvidando que debía levantarse con mucho cuidado, y por un instante llevo sus manos para frotar sus nalgas maltrechas, cuando se dio cuenta de su gesto, en seguida paró y se encaminó al despacho de su jefe.

Marta con cara de asombro, miraba la escena, sin lograr entender nada.

Ricardo estaba apoyado en la parte delantera de su mesa esperando que ella entrara, cuando lo hizo,  él le preguntó ¿Cómo vas?

N-  Bueno acabo de revisar los balances de marzo del año pasado, pero  para mañana estarán todos listos.

R- Me refiero a ti

Por un momento se sintió bloqueada, pero reaccionó y con el mismo aire arrogante con el que se había despedido la noche anterior le contestó que estaba perfectamente.

R- Me alegro por ti, vamos a comprobarlo. Cierra la puerta y ponte sobre la mesa, ya conoces la postura

N- ¿Cómo?

R- Ya me has oído

No es posible que me vaya azotar de nuevo, aquí,  con toda la oficina llena de gente, pensaba para sí, y dudaba si hacerlo o no, por un lado detestaba que el controlase la situación pero por otro,  sentía una irresistible atracción por él, y no podía olvidar como ese hombre,  la había doblegado la noche anterior, y el cúmulo de maravillosas y desconocidas sensaciones que había experimentado, así que se dirigió a la mesa, ella misma se quitó la ropa y se situó de nuevo sobre el escritorio, sin saber cómo a él le fastidiaba su orgullosa actitud.

Sus nalgas presentaban un colorido entre violáceo y azulado que estimuló todos los sentidos de su jefe.

Ella esperaba sentir el calor inmediato del cinturón, sin embargo se sobresaltó al sentir algo frio sobre su delicado trasero.

R- Es crema, he pensado que te sentará bien, ya que te quedan muchas horas que estar sentada.

El extendió  la crema por el trasero de la mujer, suavemente, muy despacio, no tenía ninguna prisa.  Ella empezó a relajarse,  a dejarse llevar por el frescor de la loción y el tacto de la mano de su jefe, que ahora bajaban por el interior de sus muslos,  aproximándose a su zona privada, él sonrió cuando observó que su empleada abría un poco más las piernas para facilitarle su labor.

En ese momento él se detuvo,  agarró las caderas de la mujer, reclinándose  sobre ella,  lo que a Natalia le permitió sentir la bestial erección de su jefe, ella giró su cabeza buscando la boca de Ricardo,  que se aproximaba a la suya, cuando sus labios estaban a punto de tocarse, él le dijo:

Vístete, aún te queda una larga jornada de trabajo

En ese momento  una intensa ira se apoderó de ella, y tuvo que aferrarse aún con más fuerza al borde de la mesa para no saltar en ese momento sobre él, solo le apetecía pegarle, arañarlo, insultarlo, ya ni siquiera le importaba su empleo, pero si le importaba que sus compañeros se enterasen de lo sucedido, por lo que tenía que controlarse, así que se vistió rápidamente, ¡como odiaba a ese hombre!, estaba furiosa y solo quería salir de esa habitación y perderlo de vista.

Cuando estaba a punto de marcharse él le dijo:

R- Por cierto, Natalia

Ella respiró hondo y sin ni siquiera girarse con un tonó repelente y sarcástico contestó:

N- ¿Si señorrr?

R-  Recuérdale a Marta que te debe una cena, pero no esta noche, tú y yo, tenemos que acabar algo que hemos empezado. Si tú quieres, claro

Ella siguió sin girarse, estaba perpleja, ¿había escuchado lo que había escuchado? Se asombró como en solo unos segundos toda su ira desaparecía, y un escalofrío de placer le recorría todo el cuerpo, entonces se volvió hacia él. Pudo comprobar el ahora amable gesto de Ricardo y una mirada picarona, que lo hacían aún más irresistible. Ella le contestó con la enorme sonrisa que ahora se dibujaba en su cara.

Cuando salió del despacho y Marta la vio sonreír de esa forma, supo que su amiga se había salido con la suya, sólo que esta vez, Marta no iba a conocer todos los detalles”

 

 

 

 

 

Spanker de pago

Spanker de pago

Autor: Aimée González

Aquí estoy, mirando al espejo las marcas de mi trasero que desgraciadamente ya empiezan a desaparecer. La azotaina fue la semana pasada así que me he pasado toda la semana dándole largas a mi novio para que no se dé cuenta del estado de mi culo.

Me presento, me llamo Marta, 42 años divorciada con dos niñas, y actualmente salgo con un compañero de trabajo, mantenemos una bonita relación aunque yo necesito algo más, algo que no me atrevo a pedirle

Veréis, la semana pasada ojeando un periódico fui a parar a la página de contactos y me puse a cotillear y uno llamó poderosamente mi atención: Spanker profesional……..

Por supuesto no iba a llamar, quedar con un extraño para que me azote y encima pagarle, no estoy tan desesperada  ¿¿¿o sí??? Arranqué la hoja del peri y me la llevé y después de un millón de dudas y luchando conmigo misma para no llamar, al final me rendí e hice la llamada.

Quedamos una semana después en un hotel bastante alejado de mi casa, yo llegué primero, no quise ir vestida muy llamativa llevaba falda azul estrecha y camisa blanca y unos taconcitos no muy altos, discreta, no quería que pensara que era una cualquiera.

Llamaron a la puerta, miré el reloj, las 6 en punto, menuda puntualidad!! Mis piernas comenzaron a temblar y empecé a hiperventilar, no sé cómo pude llegar a la puerta, me sentía inmovilizada, me puse una sonrisa y abrí la puerta lo más natural posible.

¡Hola! dije mientras abría, y me quedé pasmá; No tendría  más de 32, o quizá menos, hubiera preferido que fuera mayor que yo, pero la verdad es que estaba como un queso!!!

Hola contestó soy Rafa, me zampó dos besos y entró en la habitación. Era un tipo alto, moreno, pelo rizado, aunque en lo primero que me fijé fue en sus manos, y sí, tenía manos de Spanker, traía una bolsa grande de deportes, le ofrecí una bebida del mini bar y comenzó a charlar,  se notaba que era un profesional, a los 10 minutos de una agradable conversación comencé a sentirme más relajada.

Se tomó el refresco, dejó el vaso sobre la mesa y se dirigió hacia la cama sentándose al filo de esta, me miro y me dijo con voz cálida “Ven aquí” tendiendo su mano hacía mí. Había llegado el momento, fui hacia él, tomó mi mano y me posicionó sobre sus rodillas. No podía creerlo, al fin estaba en esa postura tantas veces soñada

Entonces comenzó a azotarme sobre la falda, primero sobre un cachete, después en el otro, lo hacía rítmicamente, ni un azote era más fuerte que el otro, todos tenían la misma intensidad, que si al principio no parecían muy duros a los pocos minutos comenzaban a hacer su efecto.

El no hablaba, solo se limitaba a calentarme y de mi boca sólo salían leves gemiditos, el sonido de los cachetazos llenaban toda la habitación.

No sé cuánto tiempo llevaba ya en esa posición pero mis gemidos empezaron a convertirse en grititos, pero él seguía a lo suyo, parecía no cansarse nunca, aquello ya empezaba a quemar y entonces no pude evitar comenzar a moverme y a quejarme con más fuerza, ya no aguantaba más y me puse a patalear. llevé mi mano hacia atrás para proteger mi pobre culo,

-Para por favor, no puedo más,

Entonces paró, fui a levantarme pero no me dejó.

-¿Te he dicho que te levantes?

 Me preguntó con un tono muy severo

-No, pero…

-Pero nada, aquí mando yo,  si te digo que te levantes lo haces, sino te quedas como estas hasta que yo te de permiso, aquí hay unas reglas y las vas a cumplir todas,  a no ser que no quieras volver a sentarte. ¿Lo has entendido?

- Si, dije con una vocecita que no me salía del cuerpo

-Espero que sea así

Y siguió con su tarea durante al menos 10 minutos más, entonces paró y me dijo

- Ahora puedes levantarte

Me levanté despacito, lo primero que hice fue frotarme el trasero, no pude evitar que las lágrimas empezaran a correr por mi cara.

-Ponte ahí, ordenó

Me puse frente a él mientras intentaba ponerme la falda en su sitio.

El seguía sentado en la cama y entonces me dijo:

-Si quieres que nuestra relación prospere, más vale que la próxima vez no vengas vestida como una institutriz

Aquello me ofendió pero solo conteste;

-Vale

-¿Vale? ¿Esa es la respuesta de una niñata o de una señora?

-Lo que tu digas, la próxima vez vendré vestida de otra forma

-Aprendes rápido, así me gusta. Ahora quítate la falda

- No por favor Rafa, no puedo, la próxima vez, hoy no estoy preparada, de verdad que he tenido suficiente por hoy.

-Yo decido cuando es suficiente, gruñó, quítate la falda, obedéceme, si te la tengo que quitar yo va a ser peor.

Dudé entre quitármela o salir corriendo de la habitación, pero yo solita me había metido en ese lio, así que llegaría hasta el final, me la quité.

-Ahora las bragas

¡Glup!,¡¡Las bragas!! Estaba a punto de protestar de nuevo, pero con su mirada me lo dijo todo, no iba a dejar que me marchara sin acabar su trabajo.

Menuda situación, inexplicable la vergüenza que sentía, me las quité y tiré de mi blusa hacia abajo intentando cubrirme lo máximo posible.

-Date la vuelta,

Me giré y él se quedó observándome por un momento, era extraño, pero había olvidado completamente el dolor de mis nalgas.

-Ven aquí y abre la bolsa,

Se refería a la bolsa de deportes que traía y que había dejado al pie de la cama junto a él.

Me arrodillé y abrí la bolsa, me quedé sorprendida al ver su contenido,  estaba llena de instrumentos dedicados al spanking, los mismos que había visto tantas veces por internet.

-Busca el cepillo.

Rebusqué y allí estaba, de tamaño mediano y de madera.

- Dámelo

Dudé

- Obedéceme Marta

- Me levanté y balbuceando le dije: No creo que pueda soportar el…

No me dejó terminar, de un rápido tirón me volvió a situar sobre sus rodillas y empezó a pegarme otra vez.

- Me equivoqué, no aprendes rápido, corregirte me va a llevar más tiempo del que pensaba

Ahora ya no gemía, empecé a gritar, a patalear  a llorar de verdad y a suplicarle que parara

Pero él no sentía compasión, seguía zurrándome sin piedad, y como yo no paraba de moverme, me inmovilizó con sus piernas.

Esta vez me pegaba con fuerza y no podía moverme.  Si la primera vez no hablaba, ahora no paraba de reñirme, de decirme lo mal que me estaba portando y lo desobediente que era. Nunca pensé que aquello pudiera doler tanto, por supuesto no pude contar cuantos azotazos me dió pero seguro que no fueron menos de 200.

Entonces paró y me dijo:

- Los últimos 10 serán sobre tus muslos, por no hacer las cosas a la primera, ¿estás de acuerdo?

¡Qué  gracioso! como si pudiera escoger

- Si Rafa, lo que tu decidas

Y sin decir nada más me arreó 5 en cada muslo, uff , Auuuuu!!! Eso sí que dolía, hubiera preferido otros 20 en el trasero

Paró de nuevo y sentí como se inclinaba hacia la bolsa, me entró pánico, pensé que iba a seguir zurrándome con cualquiera de aquellos chismes que traía,

-¡¡NOOOO!!  Por favor no más, no más, e intenté escapar  de sus rodillas.

 -Tranquila, tranquila

Me susurró con la voz suave y cálida del principio,

-Solo es crema, te sentará bien

 Empezó a esparcirla y di un pequeño respingo  solo de sentir el frescor de la crema sobre mis nalgas tan calientes, parecía que estuviera  helada. Al fin pude dejar de llorar y comencé a relajarme, me hubiera quedado en esa posición para siempre y aunque el castigo había sido duro, no tenía ninguna duda que quería volver a repetirlo

Después de ese maravilloso masaje, me ayudó a levantarme y me sentó sobre su regazo, apoyé mi cabeza en su pecho y me beso en la cabeza, miles de sensaciones diferentes recorrían mi cuerpo,  levante la cabeza,  lo mire a los ojos, él me miró a mí y con su voz firme y cálida me preguntó:

-¿Vas a pagar con tarjeta o en efectivo?

 

Continuará...

 

 

Historia real: el spanking más duro de mi vida

Historia real: el spanking más duro de mi vida

Autor: Patty

 

Me gustaría comenzar este relato declarando que todo lo que se cuenta a continuación es totalmente verídico no hay nada inventado. Fue, tal cual pasé mi cumpleaños de este año 2012, de verdad y quisiera compartirlo con vosotros.

Soy una chica joven, de 27 años, del sur de España. Me encontraba en la capital española, haciendo un Máster, a pesar de que aún no había terminado la carrera, una licenciatura de 5 años. Me encontraba en mi octavo año de carrera, con una sola asignatura pendiente y haciendo el tonto sin estudiar para sacármela. El Máster era privado, por lo que si me encontraba en mi último año me dejaban acceder a él, con tal de que pagara las cuotas y así fue. Soy spankee de nacimiento, fue por eso que decidí hacer la especialización en sexología, para intentar comprender mejor todo este mundo spanko que tanto me fascinaba. Tuve la suerte de descubrir allí a unas amigas excelentes, sexólogas, que les fascinaban tanto como yo la sexualidad, por lo que no dudé en contarles mi pasión por el spanking. Aún recuerdo, estando en mi habitación del hotel, con 8 de ellas sentadas entre el suelo y la cama y yo narrándoles lo que a continuación os voy a contar…:

Ese fin de semana de mi cumpleaños, salimos todas las chicas de fiesta por Madrid para celebrarlo. Fue una noche de desfase: buena cena, mucho alcohol, mucha fiesta y muchos chicos. Yo como buena cumpleañera, tuve la oportunidad de probar a algunos madrileños. Esa noche o esa mañana, más bien, me acosté a las 9:00 de la mañana en el hotel, con mucha resaca y mucho sueño, pero a las 11:00 tenía que estar en pie. Puesto que a las 12:00, vendrían a darme mi último regalo de cumpleaños…

Mi regalo de cumpleaños se llamaba Iván, un chico guapo, educado, serio, cariñoso, estaba terminando el doctorado de su carrera… y con una vara en su mochila. Nos conocimos hace bastante tiempo por estas redes tan fantásticas que hay en Internet y después de un año y medio charlando, decidimos conocernos en la capital. Él era spanker y amaba tanto como yo el spanking, así que decidimos quedar para “charlar” de algunos temas pendientes que teníamos por ahí. Yo, a pesar de que me moría de ganas por conocerle porque ya había pasado a ser un amigo, la noche de juerga me estaba pasando factura por la mañana y a las 12:00 me quería morir del mal cuerpo que tenía.

Quedamos en el metro para dirigirnos a mi hotel y por el camino nos tomamos un café, necesitaba cafeína en vena para todo lo que me venía encima. Durante el café, hablamos un poco de todo, política, economía, de cómo va el país y de mis estudios… Me había matriculado de mi asignatura 6 veces y sólo me había presentado a 2 convocatorias. La última convocatoria fue dos semanas anteriores a mi cumpleaños y en lugar de presentarme, hice algo de lo cual ya no me siento orgullosa. Dije en mi casa que me iba al examen, cuando realmente a dónde fui es dormir a mi coche y cuando calculé la hora en el que habría terminado el examen, me volví a mi casa, diciendo que había hecho el examen y que el profesor lo había puesto muy difícil por lo que lo más seguro es que no lo aprobaría… Mis padres se lo creyeron y por el momento me salvé. No ocurrió lo mismo cuando se lo conté a Iván.

Después de tomarnos ese café, nos subimos a la habitación del hotel. Lo cierto, es que ésta estaba hecha un desastre, toda la ropa tirada, la maleta abierta, envoltorios de preservativos abiertos por el desfase de la noche… pensaba recogerlos para intentar dar una buena primera impresión, pero el mal cuerpo no me dejó. Llegamos, nos acomodamos y me dio mi regalo de cumpleaños. Estuvimos conversando un rato, muy tranquilos en la cama y él se levantó para ir al baño. Cuando volvió, traía en su mano mi cepillo de madera. En ese momento, me puse nerviosa, porque intuía que todo iba a comenzar ya. Todos estos meses atrás, me encantaba provocarle, diciéndole que tenía cara de ser un spanker blandito, que seguro que me aburría con sus castigos, que si no sabía imponerse, que se metiera en sus asuntos en cuestión de mis estudios… y un largo etcétera que se pasaron por mi cabeza en ese momento, porque claro no es lo mismo vacilar en la distancia, que cuando ya estamos los dos en las mismas cuatro paredes.

Sacó de su mochila la vara y la puso en la cama. Iván se sentó en la cama, de un tirón me bajó el pantalón y el tanga, al cual yo intenté no dejarme, quitándole las manos para que no me lo quitara, pero él fue más fuerte y me puso por la fuerza en sus rodillas. Empezó el castigo en ese momento. Comenzó azotando fuerte con su mano en el trasero, aunque era para ir preparando la zona, como un precalentamiento para lo que venía. Fueron pocos azotes, sobre unos 30 y después cogió el cepillo. A diferencia de la mano, este sí que dolía de verdad. Golpeaba fuerte, con ganas, ya que la verdad que me los merecía por floja y mentirosa, pero bueno, yo tenía que intentarlo y le decía que le recordaba que era mi cumpleaños y que no se pasara, que dolía mucho y que no pegara tan fuerte, a lo que hizo caso omiso y todo lo contrario, golpeaba más fuerte aún. Cayeron más de 50 azotes con el cepillo, incluyendo algunos azotes extras en las palmas de las manos por ponerla en el trasero para impedir los azotes ya que picaban mucho. Tengo que decir, que jamás me habían pegado en las palmas de las manos con un cepillo de madera y ¡duele un huevo! No sabía si me dolían más las manos o el culo.

Tengo que reconocer, que no sabía si era por el cansancio, la resaca, o el miedo a que estaba la vara ahí (nunca la había probado en “mis carnes” antes), que me porté bastante bien durante el castigo, ya que protesté lo mínimo, y eso que soy de las peleonas.

Bueno, continuo, me levantó de sus rodillas y pensé que me daría un descanso, pero todo lo contrario, me hizo que me pusiera en el borde de la cama, con el culo en alto, ese mismo culo que ya estaba bastante rojo por el cepillo. Me tumbé, diciéndole que no hacía falta más, que podríamos acabar aquí y escuché cómo se quitaba el cinturón. Se me cogió un nudo en el estómago cuando escuché la hebilla de la correa, me volví para mirarle y vi como doblaba el cinturón en dos. Cuando comenzó a azotarme con él, el primero no me dolió mucho, pero los 9 restantes sí que dolieron porque los aplicó con mucha fuerza. Sólo fueron 10 azotes porque este hacía mucho ruido y estaban limpiando nuestra planta del hotel y no quería levantar sospechas. En ese momento di las gracias de que hiciera mucho ruido, porque el cinturón también picaba que no veas. Puso el cinturón en su sitio y vi que quería coger la vara. Ya que no me daba descanso, le dije que antes que la utilizara quería tocarla primero para ver cómo era, aunque en realidad era para que me diera tiempo a respirar un poco. Aproveché cuando no estaba mirando para tocarme el culo y ya estaba un poco hinchado de los azotes.

No me dio mucho tiempo para recrearme y me obligó a que me tumbara de nuevo en el borde la cama. Tengo que reconocer que respiré hondo porque tocaba el turno de la vara. Sólo sabía de la existencia de la vara por videos de spanking que había visto, comentarios de otras spankees y todo lo que había leído y la conclusión era la misma: que era uno de los instrumentos que más duelen de todos. Recuerdo que sólo pensaba que tenía que aguantarlos sin llorar, porque soy muy orgullosa para eso, pero teniendo en cuenta que ya tenía unos cuantos azotes dados ya y el cansancio tenía miedo de no poder soportarlos.

Empezaron los azotes con la vara y jamás había sentido nada igual. Una quemazón increíble y dolor impresionante y eso que ¡sólo me había dado un azote! En ese momento, volví a respirar hondo y me agarré a las sábanas de la cama. Se me pasó el tiempo larguísimo, cuando siguió azotando con la vara. No daba descanso, pegaba fuerte y rápido y ahí sí que empezaron las quejas y las súplicas. Dolía muchísimo y sólo deseaba que se terminaran. En tres ocasiones tuve que poner la mano en el culo porque no podía aguantar más dolor. Cada vez que ponía la mano, me pegaba en la palma con el cepillo. Él me decía que no pusiera la mano y harto de que la pusiera, la tercera vez que la puse, me dio 10 azotes tan fuertes con el cepillo en la mano que decidí no volverla a poner más por mucho que me doliera el culo ya que dolió muchísimo. Los azotes siguieron cayendo con la vara sin piedad, y yo ya le decía que me perdonara, que iba a estudiar pero que por favor que parara, pero nada, le daba igual. Ya no sabía a qué más sábana agarrarme para intentar aguantar el dolor. Más de 100 azotes me propinó en el culo con la estúpida vara. Los últimos 20 fueron más fuertes y más rápidos aún por lo que era un sufrimiento inmenso. Odiaba ese instrumento. Y pensar que en pocas horas tendría que coger el AVE de camino a mi ciudad natal ya que al día siguiente tenía que trabajar. ¿Cómo iba a aguantar las 3 horas de camino sentada todo el rato?

Por el fin el castigo terminó, me parecía increíble y menos mal porque no podía aguantar más tiempo. Me dijo que me había ganado un ratito de estar en el rincón. Odio estar mirando en el rincón, porque me siento como si tuviera 5 años. Tenía que estar con los pantalones y tanga bajados, de rodillas y con las manos en la cabeza para no poder tocarme el culo. Es super humillante tener que hacer eso. Mientras, él estaba tumbado en la cama vigilándome. Se me hizo eterno el tiempo de castigo en el que sólo pensaba que al día siguiente tenía que trabajar, cómo iba a estar sentada en el trabajo sin que se me notara nada… Después de ese rato que se me hizo interminable, me dejó levantarme, nos besamos y le pedí perdón por mi comportamiento irresponsable. Afortunadamente me perdonó y me tumbó en la cama de nuevo, ya que iba a echarme crema hidratante en el culo. Lo hizo con mucho cuidado, cosa que lo agradecí muchísimo porque me dolía montón.

Ya era tarde, así que nos pusimos a almorzar, él sentado y yo de pie porque no me podía sentar cómoda del dolor. Después de comer, comenzamos a besarnos apasionadamente. Senté a Iván en la cama, puse la habitación a oscuras y empecé a desnudarle mientras le besaba. Le pedí que se tumbara en la cama boca arriba y puse en mi ordenador que tenía encima de la mesa, canciones de Kenny G. Me acerqué a su oído y le susurré que cerrara los ojos, se relajara y que centrara toda su atención en el recorrido que iría haciendo mi lengua. Empecé a lamerlo entero, no dejé ni un solo rincón sin mi saliva excepto su pene, prestando especial atención a sus pies, ya que es un gran fetichista y le excita mucho esa práctica. Mientras le lamía, pude notar cómo iba evolucionando su erección, cómo iba pasando mi lengua por su entrepierna y haciéndole “sufrir” por no hacerle una felación. Empecé a desnudarme, porque sentí bastante calor. Después le pedí que se pusiera boca abajo y repetí el mismo proceso. Iván estaba muy relajado y excitado, ya que todo este proceso lo hice muy lentamente, para que ambos disfrutásemos del momento, sin prisas. Casi 30 minutos después, volví de nuevo a sus labios y empecé a masturbarle para después, en ese momento sí, hacerle una gran felación. Su cara denotaba una gran satisfacción por la situación tan placentera que estaba experimentando. Nos volvimos a besar, me tumbó a mí en la cama y empezó a hacerme lo mismo. Me levantó las piernas y me hizo un sexo oral fantástico, muy tierno y placentero, haciendo que me estremeciera de placer. Le pedí que se pusiera el preservativo, ya que quería cabalgar un poco sobre él, el cual Iván aprovechó para acariciarme los pechos y tocarme mis nalgas doloridas por el castigo de antes. Le pedí que hiciéramos el misionero y se puso encima de mí. Debido a la gran excitación acumulada que teníamos los dos, no fue necesario que tuviéramos mucha penetración para que en breve alcanzáramos el orgasmo. Empezó a follarme más fuerte y le dije que en breve iría a correrme, así que metí mis dedos mágicos en mi clítoris y me corrí mientras no paraba de penetrarme de forma violenta. Fue un orgasmo muy intenso, por lo que creo que puedo afirmar sin equivocarme, que algunos vecinos de las habitaciones de al lado se enteraron de todo. En ese momento, Iván también se corrió. Fue todo muy tierno y placentero, pero ese orgasmo fue el que me dejó totalmente muerta. Mi cuerpo ya no daba más de sí, entre la resaca (que no me importó mucho y en la comida nos bebimos una botella de vino entre los dos), la falta de sueño, el dolor, el placer y el estado tan inmenso de relajación en el que estaba sometida, sólo quería dormir. Nos echamos los dos en la cama, medio abrazados, desnudos y nos pasamos un buen rato conversando. Nos fuimos a la ducha y nos duchamos mutuamente. También tengo que decir, que a cada momento, mi amigo, me tiraba pellizcos en el culo para que me doliera y ver cómo me picaba con él.

 

Finalmente nos tuvimos que marchar cada uno para nuestra ciudad. El camino en AVE se me hizo largo porque me dolía bastante el culo, pero ni punto de comparación con lo que me dolían las 2 semanas siguientes. Con el frío, las nalgas me dolían muchísimo, así que cada vez que iba a trabajar, era un infierno tener que sentarme incluso para conducir. Las marcas duraron 3 semanas, pero bueno, aprendí a ser más responsable… o ¿quizás no?

FIN

 

PD: Después del castigo, me hizo un par de fotos para que me acordara de ese día. Quien quiera verlas, sólo tiene que seguir estos links de los protagonistas:

https://fetlife.com/users/556067

https://fetlife.com/users/594546

Sin Prisas

Sin Prisas

Autor: Lucia

 

Un poco tarde. No lo puedo evitar. Sé que no esta bien lo que hago, pero...

Salgo tarde, como cada día, y cuando llego al barrio, me acuerdo de que falta gel de baño o pasta de dientes... Total, solo voy a entrar un momento, sé que están cerrando, pero no tardaré mucho...

 Todas las veces lo mismo. Me paro delante del muestrario de maquillajes y pienso que me iría bien otra barra de labios. Me pruebo una tras otra en el dorso de la mano. Y ahí está, la reina de los catarros, la cajera, paseando a mi alrededor y tosiendo. Como siempre. Yo pensaba irme ya, pero ahora que se joda, que me voy a probar todo lo que se me antoje.

El caso es que no acaban de convencerme estos tonos. Escojo otra marca, pero es una marca de las caras y tienen el muestrario en una vitrina. Normalmente, esta vitrina no está cerrada con llave. Le pido a la señorita rinitis que me la abra y lo hace, con cara de muy malas pulgas. 

-Disculpe... es que, como cerramos a las nueve. Me dice con retintín- ya tenia esto recogido.

-Solo será un momento, no se preocupe- Pero si, ya puede preocuparse, la muy impertinente, porque ahora se va a joder y voy a tardar todo lo que quiera. Después del pintalabios, paso a los esmaltes de uñas,  y le pido que me los pruebe sobre una tira de celofán  porque en el frasco no se ve bien como quedan. 

Estoy guardando la tarjeta de crédito cuando le veo. No se de donde ha salido. Es un hombre de unos cincuenta, no especialmente guapo pero con un aspecto muy interesante. Se acerca a la otra chica, y le habla, con una voz profunda. Con la clase de voz que, cuando la oigo hace que me entren ganas de portarme muy, muy mal.

Cuando al fin, decido ser buena, pagar mis compras e irme. Son las diez menos veinte.

-Ana... ¿que esperas para cerrar la caja?

-Discúlpeme, señor García. Estaba atendiendo a esta señora. 

No se si es la mirada reprobatoria del hombre, o la mirada acusatoria de la chica, pero no puedo evitar tratar de dar la puntilla.

-Señorita... si es tan amable, quisiera llevarme la tira de celofán donde hemos probado los esmaltes, para elegir en casa, sin que usted me meta prisa.

La chica se pone roja de furia. Se contiene como puede, niega que me haya metido prisa, y me dice que la dichosa tira de celofán la ha tirado a la papelera. No suelto la presa, y le digo que entonces, no habrá problema en que, o bien me busque esa tira, o me deje probar los esmaltes de nuevo...

-Tranquila, Ana. Vamos a hacer una cosa. Tú cierras tu caja. Y ahora, dame esa papelera, que vamos a pasar a mi despacho. No quisiera que esta señora se marchase sin lo que parece necesitar tanto. 

Me dice que haga el favor de acompañarle, y el me sigue, con la papelera en la mano. Empiezo a pensar si no he ido demasiado lejos. En realidad yo no quería causarle problemas  a esa boba. Pero no he podido evitar un estremecimiento cuando ha dicho eso de "lo que parezco necesitar tanto."

Me indica que entre en su despacho, y le dice a la cajera algo que no entiendo. Pero me lo explica en cuanto nos quedamos solos.

-¿Cual es su nombre?

-Lucia... escuche, no se moleste, puedo volver otro día...

-Si viene otro día, por favor, tenga en cuenta que cerramos a las nueve. La tengo observada, señora, y no es la primera vez ni la ultima que nos hace salir tarde del trabajo.

Contengo una respuesta airada. Normalmente, no me contendría, pero me está riñendo, y es el tipo de hombre que me encantaría que me riñese a menudo. 

-Le estaba diciendo a Ana que puede marcharse. Porque quería hablar con usted a solas. Francamente, no es fácil encontrar a una persona tan desconsiderada como usted. 

Empiezo una excusa... salgo tarde del trabajo, solo pretendía aprovisionarme de unas cuantas cosas necesarias antes de ir a mi casa. Me mira, con una expresión de burla, y coge mi bolsa.

-Todos artículos de primera necesidad, ya lo veo. ¿No le quedaba nada de gel de baño en casa?

-Pero no con aroma a mandarina-protesto automáticamente.

-Añadimos a su lista de faltas que es usted una caprichosa. Además de desconsiderada, que ya lo hemos aclarado. El resto, son frivolidades por el estilo. 

-De verdad, lo siento, no volveré a causarle estos problemas...

-¿y sus modales?- Al hablar, parece usted una persona educada, correcta. Pero es inadmisible la forma en que ha tratado a la pobre Ana.

-Si, vale. Me disculpare con ella y me iré, y ya está

-Nada de "ya esta". Y no puede disculparse con ella porque se ha marchado. ¿Usted cree que con disculparse lo soluciona todo? Ni hablar, señora.

Titubeando, le vuelvo a pedir disculpas. A estas alturas tengo un revoloteo en el estomago, que ni te cuento. Todo esto se parece a la más interesante de mis fantasías. Me contengo, pensando que es eso, un parecido, que este caballero tan interesante me esta echando una bronca que no se por qué estoy aguantando, pero que no va a   pasar de ahí. Le digo que si hay algo que pueda decir para que me disculpe, lo que sea....

-Se trata, más bien, de algo que yo puedo hacer por usted. 

Le pregunto que es, casi temblando. Temiendo que lo que voy a escuchar sea, precisamente, lo que quiero escuchar. Cierro los ojos, y escucho.

-Mi intención no es otra que ayudarla, señora. Porque es obvio que tiene usted un problema. Su problema, es la falta de amor al prójimo. Se comporta usted como una niñata caprichosa y desconsiderada, y estoy seguro de que es consciente de ello. ¿Es así?

Decido jugármela... Total ¿qué puedo perder?

-Si, señor García. Lo siento. Tiene usted razón, pero es que no puedo evitarlo.

-Yo puedo ayudarle a aprender a evitarlo.

-¿Usted? ¿Como podría ayudarme? (vaya si se como podrías ayudarme, pienso).

-Usted, no es mala, querida. Lo que necesita es que la eduquen. ¿Está de acuerdo?

-Si, señor.

-Debo advertirle que mi idea de educar a una mujer descarriada como usted, es aplicarle unos buenos azotes, para que la falta no se repita. 

Diosssss. No puedo creerme mi suerte. Esto no puede estar pasando, es un sueño. No pienso mucho, antes de decirle que si, antes de admitir que lo mejor será que me aplique el correctivo de inmediato. Se sienta en una silla, y me dirijo hacia él como hipnotizada. Y no es que me deje llevar, es que voy    sola. Apoyo las manos en el suelo, mientras escucho su voz, diciéndome que lo que va a suceder es por mi bien, y espera que aprenda bien la lección. 

Al principio soy buena. Mantengo las manos en el suelo, no trato de cubrirme, y ni siquiera protesto mucho. Y eso que el cabrón sabe azotar, no es la primera vez que lo hace, ni mucho menos. Solo protesto cuando me alza la falda, tras unos minutos. Mi protesta me vale un azote fuerte que me hace quejarme. Pero cuando me baja las braguitas hasta media pierna y empiezo a notar los azotes sobre la piel desnuda, es cuando empiezo a quejarme en serio. Pero algo pasa en mi interior, porque en minutos, paso de las quejas y del pedir por favor que cese el castigo, a gimotear mientras me abandono totalmente a los azotes. Ahora lamento profundamente mi desconsideración y mi impertinencia y hasta haber molestado a la choni de la cajera. Asumo el castigo, mientras él me dice no solo cuanto lo merezco, sino lo beneficioso que va a ser.

-Aunque tengo la sensación de que de momento, se lo esta pasando en grande, señora.

No se lo niego, no tiene sentido. 

Continua, hasta que me oye pedir perdón, débilmente. 

No me atrevo a protestar cuando me lleva al rincón. Me quedo allí, con la falda subida, y las bragas bajadas, y con la seria advertencia de que no se me ocurra moverme. Pero tarda mucho. Y mi intención es buena, porque empiezo meditando y llegando  a la conclusión de que me pasé un poco con esa pobre analfabetilla funcional, pero enseguida me aburro. Por los ruidos que escucho, está apagando luces y preparándose para cerrar del todo. 

Cuando vuelve, no estoy en el rincón, sino ojeando un periódico que he encontrado. He dejado caer descuidadamente la falda. Me mira, y sacude la cabeza de un lado a otro, con gesto pesaroso.

-Ya veo que ni siquiera es usted capaz de permanecer quietecita en el rincón. 

-Lo siento, fue un despiste... 

Hago ademán de volver al rincón, pero me detiene.

-No, querida. Ya, no. Es tarde para eso. Sin duda, es menester una corrección más seria.

Observo como se quita el cinturón y lo dobla por la mitad. Siento pánico, pero al mismo tiempo, me recorre una sensación que... No me resisto, me dejo conducir hacia la silla donde antes se sentó para azotarme, pero esta vez, me apoyo en el respaldo con las manos en el asiento.

Y los azotes comienzan a caer. 

No son muchos. Apenas veinte, aunque no los cuento. A cada azote, suena una frase suya... “que sea la ultima vez", " si vuelve a ocurrir, la azotaré el doble", "menos llorar y mas aprender", etc., etc.

Cuando al fin, termina, hablamos un rato largo. El caso es que salimos muy, muy tarde, y nos despedimos delante del cierre. 

-Y ya sabes, niñata. Si te vuelvo a ver por aquí pasadas las nueve, recibirás más de lo mismo.

Me voy, pensando en que voy a hacer para sentarme a cenar sin que en casa me noten nada raro.

Y pensando también en que la semana próxima podría acercarme a ver unas sombras de ojos. Sin prisas. 

 

Nota del Editor: por razones ajenas a nuestra voluntad los comentarios han quedado mucho más abajo, todo es cuestión de bajar un poco más y dejar tu comentario...

 

 

 



 



 



 



 



 



 



 



 



 



Justiciera Argentina: la superheroína nalgueada

Autor: Máximo Cozzeti


Ivana estaba preparando el desayuno para su hijo Matías, que debía ir a la escuela al mediodía. Aquella mañana se presento soleada y calurosa, pero con la humedad típica de Buenos Aires. Todo marchaba como un lunes común y corriente: su marido en el trabajo, su hijo jugando al futbol con un amigo en el patio, y ella preparando el desayuno para luego ir a dar sus clases de aerobic en el gimnasio de su barrio.
De repente, su pequeño hijo entra sobresaltado a la casa, junto con su amigo:
-Maith, que te pasa? Pregunto la joven madre.
-Mama, estábamos jugando a la pelota y sin querer se nos cayo en el patio de al lado, donde vive don Ramírez y doña Doris, agarraron el balón y se lo llevaron adentro, y luego nos amenazaron diciendo que si volvíamos a arrojar otra cosa en su casa, nos iban a dar una alísalos ojos del niño de 10 años permanecían abiertos mientras relataba lo ocurridota madre intento calmarlo:-Bueno hijo, no te preocupes.Yo voy a hablar con ellos, Ho en todo caso te compro otra pelota de futbol.
 Ivana no podía dejar pasar esto: tenia que recuperar la pelota. Don Ramírez y Doña Doris son una pareja de ancianos que viven en ese barrio prácticamente desde que se creo: Don Ramírez es un viejo que odia a los chicos: antipático, malhumorado, anticuado, siempre encuentra algo para quejarse; a sus 80 años discutió con muchos vecinos, pero aun así respetan enormemente a este hombre calvo, de estatura mediana, y de poblados bigotes blancos.
Doña Doris es prácticamente la versión femenina de Ramirez:sus características físicas son típicas de una señora de barrio:cabello canoso, recogido con un rodete, el rostro provisto de arrugas, delgada, algo encorvada, y siempre se la ve con el mismo vestido largo adornado de lunares blancos; octogenaria igual que su marido, es una mujer de mucho carácter, quizás mas temperamental que don Ramírez.
-Estos viejos creen que pueden hacer lo que quieren-pensó Ivana.Pero aquel día iba a ser diferente.Ivana siempre tuvo admiración por superheroínas de los cómics, como Wonder Woman, y Supergirl.Estas justicieras eran portadoras de físicos perfectos, y es por eso que, intentando emular los cuerpos de sus idolas de la infancia, se convirtió en profesora de aeróbic entrenando duramente su cuerpo desde hace años, combinando el ejercicio físico con dietas estrictas, y vaya que logro grandes resultados.
Ivana debía hacer algo: el vecindario necesita una heroína, y ella es la indicada; esperó a que su hijo se vaya a la escuela, y dijo: estos vecinos van a pagar lo que hicieron...pero no responderán a Ivana González sino a...Justiciera Argentina!!!
Tomo una ducha rapida,y comenzó a diseñar su disfraz de superheroína basado en su propia imaginación: consistía en un antifaz celeste, con forma triangular en las puntas, el cabello largo y rubio atado con una cola que descendía sensualmente hasta la cintura, guantes blancos que le tapaban los antebrazos, costosas botas blancas bucaneras de tacos altos que le llegaban hasta la rodilla, una pequeña minifalda blanca y una ajustado top deportivo celeste, que dejaba al descubierto su abdomen plano y fibroso: lo único que llevaba debajo era una diminuta tanga blanca. El cuerpo de Justiciera Argentina era perfecto: el cabello rubio despedía un hermoso aroma, su piel tostada por años de tomar sol, senos sugerentes y bien levantados, el abdomen marcado, las piernas duras y torneadas, y unos glúteos firmes que cualquier supermodelo envidiaría.
El plan de Justiciera Argentina consistía en entrar a la casa de sus vecinos, intimidarlos y así recuperar la pelota de su hijo. -No será muy difícil.-Pensó la superheroína, solo debía darles un susto a los villanos.
La curvilínea justiciera salio de la ventana de su habitación, y de un salto logro inmiscuirse en el patio de los ancianos vecinos. Evitando que nadie la vea, intentó entrar por la puerta que afortunadamente estaba abierta. La puerta hizo un leve chirrido, pero los viejos no lo oyeron: Justiciera Argentina alzo la mirada y vio a don Ramírez y doña Doris sentados en el comedor, bebiendo tranquilamente un te...
-Señores, disculpen la molestia...vine a recuperar algo que ustedes tienen y no les pertenece!-La superheroína interrumpió abruptamente con un tono firme que dejo boquiabiertos a los dos viejos, a lo que don Ramírez llego a preguntar:-¿!Se puede saber quien es usted, y que hace en nuestra propiedad!?
La profesora de aeróbic se acerco, coloco sus manos a ambos lados de la cintura, y dijo: -Soy Justiciera Argentina, la superheroína del vecindario.- Al oír eso, el viejo lanzo una carcajada escupiendo el te, Ivana prosiguió:-Vine a buscar una pelota de futbol perteneciente a su vecino, quiero que se la devuelvan inmediatamente...de lo contrario, se las van a ver con Justiciera Argentina.
En ese momento, Ivana advierte que doña Doris se levanta lentamente de su silla:-Finalmente lo logre.-pensó la joven superheroína.-Se dispone a entregarme el balón.-
Pero don Ramírez interrumpió sus pensamientos:-Si, ya se de quien me hablas, le sacamos la pelota a ese mocoso de al lado, para que aprenda, y no se la voy a devolver, señorita. Y ahora vas a pagar un precio muy caro por haber entrado a nuestro domicilio de esa manera. De repente, Justiciera Argentina siente un fuerte golpe en la zona de sus nalgas que la hace perder el equilibrio:-Oooofff!!!-Exclama Ivana, cayendo boca abajo en la mesa que tenia enfrente, para luego sentir otro golpe mas en el mismo lugar, la justiciera nuevamente vuelve a quejarse. La habían golpeado con algo duro, aun encima de la mesa, intenta girar su cuello y distingue justo detrás suyo a doña Doris con una escoba en su poder, a punto de efectuar otro golpe mas con el palo de esa escoba: TOC!!!-AAAYYYY!!!!-El palo de la escoba emitía un sonido seco al chocar con las duras nalgas de Justiciera Argentina. La heroína se encontraba dolorida y asombrada, esto no estaba resultando como ella creía: intentando recobrar un poco de dignidad, la profe de aeróbic intenta reincorporarse tratando de escapar de esa posición tan lamentable en la que se encontraba, tan expuesta para seguir recibiendo escobazos por parte de doña Doris: Entonces Justiciera Argentina da un giro brusco apartándose de la mesa, pero los tacones altos patinaron en el resbaloso piso, dejando caer de culo a la rubia heroína:-OOOOWWW!!-Grito Ivana, pues su parte trasera aya estaba dolorida. Los viejos reían con sus escasos dientes al ver su infortunio, pero doña Doris no pierde tiempo, y antes que Justiciera Argentina pueda recomponerse, le conecta un severo puntapié en la entrepierna de la superheroína, que emitió un rugido de dolor: -YYYIIIIIIIIIIEEEEEEEEEEEEWW!!!!!!!!-Justiciera Argentina se retorcía en el suelo, tomándose la castigada vagina con ambas manos. Entre gritos y gemidos, oía a la vieja decirle: _ ¿Quien te pensas que sos, entrando así a la casa de dos personas mayores, maleducada? Ya vas a ver lo que hacemos con irrespetuosas como vos!
La dolorida superheroína se encontraba fuera de combate, esa patada en la zona genital la había dejado sin respiración, y no podía levantarse, mas lo peor era estar siendo sermoneada por su vecina como si fuese una chiquilla traviesa, obviando su rol de superheroína. Pero repentinamente sus esperanzas volvieron: Delante suyo, a escasos metros de distancia, se encontraba la preciada pelota de futbol de su hijo. Tomándose la entrepierna con una mano, Justiciera Argentina comenzó a gatear rápidamente ayudándose con su otro brazo para alcanzar el balón secuestrado, pero detrás suyo era inminente el ataque de la pareja de abuelos. En una hazaña muy inteligente, don Ramírez, aprovechando la postura de Justiciera Argentina, y evitando que ella logre recuperarse, se sienta encima de su espalda, colocando todo su peso en el cuerpo de la desventurada heroína, reduciéndola completamente: -Vos no te vas a ningún lado, oíste?.- Le dice don Ramírez. Ivana intenta desesperadamente quitárselo de encima, pero es inútil, y poco a poco se hunde en la impotencia de ver frente a sus ojos aquella pelota de futbol que la metió en este problema, y no poder acercarse y tomarla; al mismo tiempo, el peso del viejo sobre sus espaldas la estaba dejando sin respiración. La joven superheroína siente que don Ramírez le levanta la pequeña minifalda hasta la cintura, y junto con doña Doris, comienzan a nalguearla: _OOWOWOOWWWWOWWOWW OWW!!_ Las manos de doña Doris y don Ramírez golpeaban sin clemencia la exuberante cola de Justiciera Argentina, apenas cubierta por una diminuta tanga, que no protegía en absoluto sus nalgas. Sus botas bucaneras pataleaban sin cesar al ritmo de los terribles chirlos que los viejos le estaban propinando: la joven heroína sentía un dolor y una humillación nunca antes jamás sentida: se encontraba en el suelo, atrapada entre las piernas de un abuelo de 80 años que le daba nalgadas junto con su mujer...
_Aaayyy!!!! Basta, por favor!!!AAWWW!!! No pueden hacerme esto!!!_ Justiciera Argentina no podía creer que aquellos viejos golpearan con tanta fuerza, aunque los maléficos vecinos hacían oídos sordos de sus suplicas, hasta que Don Ramírez dijo a su mujer: _Vieja,  traeme el cucharón de madera. Al oír estas palabras, la desventurada heroína evoco un grito ensordecedor:-NOOOO!
_Te quiero bien calladita, o el castigo puede ser peor todavía_ Le murmuro el anciano, mientras acariciaba suavemente las redondas nalgas de Justiciera Argentina:_Esto te va a doler mucho, pero vas a terminar aprendiendo que con nosotros no tendrías que haberte metido_
Finalmente, Doña Doris se acerca con el cucharón en la mano, a la vieja le genero mucha bronca ver a su esposo tocándole la cola fraternalmente a la intrusa, y decidió interrumpir el momento dándole el primer azote con la cuchara en los grandes y enrojecidos cachetes de Ivana, que la hizo aullar.
_Acá tenes lo que me pediste_ Dijo secamente la vieja, como si nada hubiera ocurrido. El viejo comenzó a repartir impiadosamente una serie de azotes, mientras Justiciera Argentina se movía y se contorsionaba frenéticamente, pero era inútil: estaba atrapada y ya sin fuerzas para intentar quitárselo de encima. La madera de la cuchara le estaba dejando marcas muy visibles en el culo de Ivana, debía hacer algo urgente; don Ramírez se veía muy entusiasmado castigando sus nalgas, y algo le decía que no iba a detenerse. Justiciera Argentina, en un intento desesperado por escapar de tremendo castigo físico, tomo del cuello a Don Ramírez usando sus largas y esbeltas piernas, y tomando impulso intento quitárselo de encima, pero lo que logro fue meter la cabeza del viejo en el medio de sus glúteos. Aunque esa no fue su intención, logró su cometido que era ganar tiempo y huir. Don Ramírez quedo con su cabeza en la raya del trasero de la superheroína, que impulsando su cintura hacia atrás, logro deshacerse de el; los reflejos y la velocidad de Don Ramírez hicieron que se demore en incorporarse y Justiciera Argentina aprovecho la oportunidad: era ahora o nunca; Comenzó a correr, atravesó el living, la puerta de entrada, y se encontraba en el patio: debía olvidarse de la pelota de su hijo y pensar en la salud de sus nalgas, la joven heroína había llegado a la conclusión que su misión fue un fracaso y su plan de ataque fue un desastre. La castigada heroína sentía la voz de los viejos que la perseguían: _veni para acá!!!_. Si bien sus piernas eran más largas y ágiles, los tacones altos de sus botas bucaneras y el tremendo dolor en sus nalgas le impedían correr rápidamente y sus temibles villanos estaban a unos pasos de acercarse a su presa. Justiciera Argentina se encontró frente al enrejado que rodeaba la casa de los ancianos, y opto por pasar a través de las rejas, pero fue lo mas erróneo que podría haber hecho: milagrosamente su cabeza y sus enormes pechos atravesaron el enrejado, pero su cintura quedo atascada: Justiciera Argentina intentaba impulsarse con las piernas, pero era imposible, y lo peor de todo es que un numeroso grupo de curiosos vecinos se acerco a ver el espectáculo, incluyendo su marido, Pedro.
_No se queden ahí mirando!!! Sáquenme de acá!!!_ Gritaba histéricamente la humillada superheroína, pero don Ramírez le retruco: _ No la ayuden. Esta señorita  se metió en nuestra casa sin permiso, y ahora vamos a enseñarle que tiene que respetar a sus mayores._ Los vecinos asintieron, y la heroína se encontraba perdida: _No señor, por lo que mas quiera, ya aprendí la lección!!! La nalgueada superheroína rogaba desconsoladamente, mientras veía la expresión atónita de su marido al ver esa situación tan peculiar: La humillación de Justiciera Argentina era completa, pero al menos se sintió aliviada al saber que su antifaz cubría su rostro y su esposo no sabia que era ella. Doña Doris, en tanto, le levanta la faldita exhibiendo su preciosa cola en forma de manzana frente a toda la multitud, las nalgas maltratadísimas rebotaban y se movían desesperadamente, intentando evitar lo inevitable. La vieja, obviando sus suplicas, toma con su arrugada mano la parte de atrás de la pequeña tanga blanca de la superheroína, y la jala fuertemente para arriba, dejando aun más al descubierto su culo: _ OOOHH!!!_ Se quejo la rubia justiciera, y Don Ramírez retomo el castigo pendiente con el cucharón de madera, mientras decía entre dientes: _Esto es por querer escapar...CRACK! CRACK!
Justiciera Argentina lloraba sin cesar. Las lagrimas recorrían  su antifaz mientras la muchedumbre allí reunida observaba aquel extraño espectáculo: Justiciera Argentina podía ver como su marido se descomponía de la risa, mientras gritaba:_ Mas fuerte, don Ramírez, mas fuerte!_ El castigador vecino propino unos 30 azotes, que fueron suficientes para que las nalgas de Ivana le quemen como el fuego mismo: La nalgueada superheroína aullaba como una gata en celo, su cabeza colgaba inerte del otro lado de la reja, con su largo cabello rubio que tapaba su llanto.
_Ya no hay nada mas que ver acá, múdense todos para su casa!_ Ordeno Doña Doris con su manera tosca de decir las cosas. Los vecinos, incluso el esposo de Justiciera Argentina, obedecieron a la anciana. Haciendo un poco de fuerza, don Ramírez logro separar un poco las rejas que aprisionaban a la nalgueada heroína; finalmente estaba libre, al menos eso pensó ella...
Al liberarse de las rejas, Ivana cayo desplomada en el piso, tomándose las nalgas y refregándoselas freneticamente. Sin ningún tipo de piedad, doña Doris la tomo de la oreja como si fuera una niña traviesa: _ Veni para acá_
_AAAYY!! No por dios, señora, no me quedan fuerzas para nada, mi culo esta en llamas, apenas puedo caminar! ay! Mi oreja!! Me duele!!!. Justiciera Argentina estaba siendo honesta, pero la anciana no le prestaba atención. Finalmente la pareja de castigadores y nuestra heroína se adentran nuevamente a la casa, entonces el viejo la toma fuertemente de ambos brazos y le dice a su mujer: _Doris, sacale la pollera_ La vieja le quita la falda fácilmente._La braguita también._ Ordena don Ramírez. La pobre heroína sentía escalofríos mientras sentía los dedos de la anciana bajarle la tanga lentamente; Justiciera Argentina ya no podía defenderse, había perdido todo su orgullo, y los viejos lo sabían. Don Ramírez deposita a la nalgueada joven sobre las rodillas de doña Doris, mientras el sostiene sus manos. La vieja empezó a nalguear a Ivana con dureza, y al unísono, la regañaba como si de una niña se tratase: _Toma esto...SPANK!!Y esto!! PAF!!!Te crees que vas  hacer lo que queres...SPANK!!! Ahora vas a aprender a comportarte con las personas mayores...toma!!SPANK!!!
Ivana gritaba, rogaba, lloraba a mares, hasta que afortunadamente para ella, el castigo llego a su fin. Ivana estaba agotadísima luego de la terrible tortura a la que fue sometida, sus lágrimas caían a través de su antifaz para mojar los pantalones del viejo, que seguía sosteniéndole los brazos. Ivana, aun en las rodillas de doña Doris, empezó a sentir que la mano de su castigadora vecina comenzó a masajearle suavemente el dolorido culo, haciendo movimientos circulares todo alrededor de los glúteos que si bien no calmaban el terrible dolor, eran muy relajantes. Justiciera Argentina sollozaba cada vez menos, mientras Doris proseguía con aquellas caricias tan suavizantes alrededor de toda la zona afectada, que a pesar de verse visiblemente lesionada, conservaba esa forma perfecta. Ivana entrecerró los ojos con su cabeza apoyada en las rodillas de don Ramírez que comenzó a acariciarle la cabeza mientras la mano de la anciana hacia lo propio con su trasero. Así estuvo unos quince minutos, por un momento se durmió profundamente debido a las suaves caricias de la vecina y el agotamiento físico que sufrió aquella tarde, hasta que oyó la voz de doña Doris que le ordeno ponerse de pie, y saliendo de la tranquilidad que le proporcionaron los masajes, se dio cuenta que estaba casi desnuda: había sido despojada de su minifalda y su ropa interior. Totalmente avergonzada, se tapo su parte mas intima, y dijo: por favor señora, puede darme la ropa?_
_Nada de eso, querida. La falda y las bragas se quedan acá, y no quiero escuchar una sola queja, o te voy a dar tal paliza que no vas a poder caminar por semanas.
_Exacto. La pelota y tu ropa se quedan acá._ Interrumpió el viejo.
Justiciera Argentina se moría de vergüenza: el balón, su minifalda y su tanga eran trofeos de guerra, la vieja se llevo las prendas de la superheroína mientras ella miraba sin poder hacer nada, lo único que llevaba puesto eran los guantes largos, el antifaz, el top, y debajo las costosísimas botas bucaneras. Lo peor de todo es que su marido ya estaba en su casa, y no podía entrar por la puerta, pues la descubriría.
La dolorida superheroína, nalgueada a base de manos, un palo de escoba, y una cuchara de madera, les imploraba con la mirada, sin poder soltar una palabra, a la par que se tapaba su vagina con ambas manos, pero los vecinos permanecía inmutables, hasta que doña Doris le clavo una mirada intimidante a Ivana y le dijo: _Ah, no te vas a ir?? No fue suficiente? Ya vas a ver..._ La vieja arremango su anticuado vestido, y tomo un rebenque que colgaba de la pared. Justiciera Argentina sabía muy bien que la malvada vecina no dudaría en usar ese rebenque contra sus enrojecidas nalgas. No lo dudo mas: La derrotada y humillada superheroína opto por salir corriendo de esa casa del infierno en la que no solo quedo secuestrado el balón de su hijo, sino también la minifalda y la tanga....la semidesnuda heroína corrió atravesando el patio de la casa de sus castigadores vecinos, hasta que logro alejarse de los inminentes fustazos: Detrás de ella oía las risotadas de los viejos que la veían huir disparada, con el culo al aire. Justiciera Argentina entonces, entro por la parte trasera de su casa, la única entrada que tenia era la ventana de su habitacion. Evitando hacer ruido, la joven logro meterse en su cuarto. Rápidamente se quito el antifaz, las botas, y los guantes, y se puso su ropa deportiva que usa para dar sus clases de aeróbic: una musculosa negra, una bincha para sostener el cabello, zapatillas blancas y unas apretadísimas calzas negras: Ivana rechinaba los dientes, evitando dar un alarido de dolor provocado por el simple roce de la calza contra su culo, hasta que con muchísimo esfuerzo,  logro meter su trasero en ellas.
_Ivana, no sabia que estabas en casa_ Pedro, el marido de la nalgueada heroína estaba frente a ella.
_AY! Amor...si...no, ya me iba al gym, se me hizo un poco tarde._ Contesto nerviosamente Ivana, casi balbuceando._ Que raro, yo estoy acá desde hace una hora, me entretuve viendo lo que ocurrió en la casa de don Ramírez, te enteraste?_
_No, no me entere de nada..._Ivana baja la mirada y pretende retirarse evitando aquel momento tan incomodo, pero repentinamente, el esposo la toma del brazo y la pone sobre sus rodillas.
_Pedro...que estas haciendo, estupido??? Soltame!!! Soltame inmediatamente, carajo! Sacame las manos de encima, te voy a matar!!!!_ Ivana, sobre las rodillas de su marido, pataleaba, intentaba salir de esa penosa posición que ella ya conocía...El hombre le quito las calzas, y sin apiadarse de sus castigadas nalgas, comenzó a darle unas buenas nalgadas.
_Sabia que eras vos, pude reconocerte, y dejame decirte algo: Te tenes bien merecido lo que nuestro vecinos te hicieron, eso quizá te enseñe a que los problemas se resuelven de otra manera...toma!!! PLAS!!!PLAS!!!! Ivana gritaba y lloraba, mientras a lo lejos, doña Doris y don Ramírez oían su llanto y sus quejidos que les resultaron muy familiares: El viejo miro a su mujer y sonrieron al darse cuenta que la heroína que tan mal la había pasado en su casa era nada menos que la joven y atractiva vecina de al lado, que ahora seguía sufriendo un castigo en su propio hogar. Al otro día, Ivana opto por comprarle una pelota a su hijo...y es algo que debería haber hecho desde el principio. Aun así, ella sabe muy bien que Justiciera Argentina volverá a las andanzas...


FIN

La lección de Lucía

Autora: caro (caroqferlini)

Corrían los años 90; las crisis económicas estaban a la vuelta de la esquina y en esa familia no era la excepción, el padre aunque nunca había puesto un dedo encima ni a su mujer ni a sus hijos no hacia otra cosa que gritarles y tratarles mal.

La mayor de sus hijos, Lucia, con mucho esfuerzo logro salir de ese circulo vicioso, se había encaminado en el mundo del estudio pero los recuerdos del pasado la atormentaban y poco a poco iba saliendo de pequeñas crisis que llegaban para hacerla amargar y sentir menos que los demás, poco a poco iba saliendo de esos estados pero llegó un momento en que ya no pudo evitarlos. La depresión la agarró desprevenida; siempre había sido muy fuerte nunca lloraba ni expresaba lo que sentía pero la depresión la traía de cabeza, no lograba controlar su llanto menos fingir una sonrisa, poco a poco ésta y todos sus males la consumían, empezó a fumar, a tomar en exceso y a pensar en el suicidio nunca había sido esa una posibilidad en su vida hasta que un día en un ataque de histeria se cortó la muñeca y sin percatarse de nada reventó su vena, la sangre corría a montones y tuvo que ser llevada al hospital por su padre.

Al llegar ahí fue atendida por un buenmozo medico Mauricio se llamaba este curo sus heridas y charlo con ella durante varios minutos, una vez cerradas sus heridas, entró su padre a la habitación furioso por semejante escena y le propino a la chica una sonora cachetada, ante esto ella claramente se hecho a llorar y el medico impactado le dijo al padre que esa no era la manera de disciplinar a su hija que si tan necesario lo veía la pusiera sobre sus piernas, pero ahí no era ni el momento ni el lugar indicados. Seguidamente hizo salir al padre de la habitación, ayudó a Lucia a calmarse y procedió a decirle: "mira lo que le dije a tu padre fue en serio yo en su caso te hubiera dado tu buena tunda en la cola por hacer esto".

Los días pasaron y ella debió quedar internado en el hospital por intento de suicidio por lo que Mauricio la visitaba a diario, pasaron las semanas y ellos se hicieron amigos, al tiempo ya eran novios Mauricio ayudaba a Lucia con su depresión y ella llenaba de luz su vida a pesar de sus bajones de animo, un día ya meses después de su intento de suicidio Lucia volvió a caer en la depresión, estaba sola Mauricio había salido de viaje por unos días y ella volvió a cortarse esta vez no se hizo mayor daño pero si lastimo su piel, al llegar Mauricio a casa noto a Lucia un poco decaída y vio la herida que aunque superficial destacaba en su brazo inmediatamente se preocupo, la reviso y pregunto porque lo había hecho ante su respuesta el le recordó lo que en un momento le había dicho a su padre que si estuviera el en su lugar le haría entender en la cola lo que ella era y lo significaba además del daño que se hacia por no querer ayudarse. Ya para ese momento Lucia lloraba desconsolada mas por el decepcionado Mauricio que por el castigo que le esperaba, el fue a la habitación, cogió un cepillo de madera, su cinturón y el paddle, la llamo al sillón y le hizo colocarse sobre sus piernas, Lucia no podía parar de llorar, el empezó regañándola por su comportamiento al mismo tiempo que chocaba las palmas de sus manos contra las nalgas de ella, lo hacia con la suficiente fuerza como para que ella diera unos  cuantos brinquitos pero no era suficiente.

Seguidamente hizo a levantar su falda con lo que ella se limito a tratar de evitarlo pero el tomo su brazo y lo prenso a su espalda impidiendo así que pudiese moverlo, acto seguido continuo con la descarga de nalgadas con su mano, luego le dio 100 veces con el cepillo y 100 veces con el paddle, Lucia gritaba, lloraba y suplicaba que por favor parase pero el no la escuchaba en lugar de eso le recordaba lo que en su momento le dijo a su padre y le dijo que esto no acabaría hasta que ella no comprendiera lo maravillosa chica que era.

Una vez terminado con los implementos de madera la hizo acostarse sobre la cama con dos almohadas bajo su vientre y se aproximo a darle 200 golpes con el cinturón, para ese momento Lucia ya no hay mas que llorar en silencio diciendo de vez en vez que había comprendido que lo que había hecho estaba mal y que nunca mas volvería a atentar contra su vida, sus nalgas estaban tan hinchadas, tan rojas que Mauricio decidió parar en ese momento el castigo, le ordeno quedarse así, trajo crema y la esparció por las turgentes nalgas de su novia lo cual proporciono alivio tan hermosa parte de su cuerpo, retiro las almohadas que estaban bajo su vientre y las coloco bajo su cabeza, le inyecto un tranquilizante en el brazo pues sabia que sus cachetes inferiores no lo soportarían, tendió una sabana muy liviana sobre ella y la dejo descansar no sin antes besar su frente y decirle al oído cuanto la amaba, mas que a la  vida misma y que su vida sin ella no tendría ningún sentido en absoluto.

Areana y Daniel

Autora: Rossy

Areana con un profundo suspiro metió la llave en la cerradura, sus manos temblaban al girarla, sabía que al traspasar el umbral tendría que tomar la decisión mas importante de su vida.

Lo había pensado, meditado, razonado y llegado a la conclusión  de que esa relación no la llevaba hacia ninguna parte, Sí amaba a Daniel, pero se sentía a veces a la deriva, navegando a merced de la marea sin rumbo fijo. Él era tan desesperantemente pasivo, tan enervantemente complaciente en todos los sentidos, si al principio era  maravilloso, hacía evocar a todo un caballero presto a cumplir los deseos de su dama, pero cuando estos se convertían en caprichos y aún así eran cumplidos a la mayor prontitud, dejaba de ser tan maravilloso.

Ella lo había calado varias veces, probando los límites, los cuales parecían ser  inexistentes. Esta ocasión volvía a casa después de una noche fuera, ella había planeado que fueran 3 días de ausencia, en los que esperaba que el entendiera que la relación iba cuesta abajo y que no existía ya remedio, le daría esos días para darse cuenta y que el mismo decidiera marcharse.

Pero la sorprendida fue ella, al recibir recién llegando al cuarto de hotel, en primer mensaje de texto al celular, en este mensaje, Daniel se notaba más preocupado que otra cosa, y Areana decidió simplemente no contestar, que se enterara por sí mismo que lo estaba dejando, a ese mensaje siguieron dos o tres más, y cada vez la preocupación parecía disiparse, a los mensajes sin contestar prosiguieron llamadas, primero cada hora, después se hicieron mas insistentes hasta el punto que eran realizadas no mas allá de cada 5 minutos. Esto la sacó un poco de balance, no se espera una reacción así, dudó entre contestar o simplemente apagar el celular y dejar pasar las horas en total incertidumbre, tanto para él como para ella, que no sabría si se habría resignado y marchado o aumentado su preocupación.

Apagó el celular durante unas horas durante las cuales decidió dormir un poco, para despejarse y pensar muy bien cuál sería su siguiente paso a dar. Al despertar y encender el celular lo que vió la dejó un tanto fuera de control: 10 mensajes de texto y más de 45 llamadas perdidas; al ir revisando los mensajes notó como pasaban de la preocupación a la desesperación, y de esta al enojo, pero los dos últimos la dejaron atónita, su estómago  vibró, sus sentidos se alertaron, no podía creer lo que leía y menos aun que pasara justo cuando ella daba ya todo por perdido creía que ya era demasiado tarde; los mensajes decían:

"Mi vida solo quiero que sepas que me tenías bastante preocupado pensando que algo te había pasado, llamé a tu oficina, familiares, incluso a hospitales, la llamada que me aclaró todo fue a Ana, la cual no queriendo me...."

Y ahí se cortaba, leyendo esto su decisión se transformó en enojo, furia, ¿pero quién se creía? Para estar llamando incluso a su oficina y familiares, y además tener la desfachatez de avisarle  y decirme "mi vida". No lo podía creer, ahora más que nunca corroboraba su decisión de dejarlo, y ya sin ningún tipo de contemplación, sería fría y crudamente ¡¿Pues qué se creía?!. Su enojo estaba al 100%, estaba a punto de llamarle y recordarle con toda la extensión de la palabra su árbol genealógico completo, cuando tomó el celular no pudo evitar mirar el otro mensaje, la continuación, el cual decía:

"contó tu plan, de irte de fin de semana sola, mi niña. Yo nunca he sido un impedimento para que te diviertas, pero este susto si que lo pagarás muy caro y encima la preocupación...."

 No!!! Se cortaba de nuevo, pero ahora no estaba ya tan enojada, más bien estaba consternada, este mensaje tenía aproximadamente 7 minutos de haber sido enviado, su mente daba mil revoluciones por minuto, su corazón latía a gran velocidad sus manos temblaban al sostener el teléfono, estaba sin aliento, decidiendo entre llamar o contestar... Con otro mensaje cuando el teléfono vibró de nuevo. Un mensaje... El cual decía:

"No puedo ya dejarlo impune niña mía, te he tolerado estas últimas semanas pero ya no puedo más, como te comportas como niña, como tal te trataré."

Ella no lo podía creer, ¿a que se refería? Ella no era ninguna niña, ¿Qué pasaba por su mente?, pero a la vez estaba nerviosa, ansiosa, un tanto aprensiva, ahora esperaba el siguiente mensaje con ansias contenidas, y le parecían eternos los segundos, hasta que llegó :

"Te informo NIÑA, que cada minuto que tardes en comunicarte, se estará sumando a tu ya de por sí crecida cuenta. Con amor Daniel"

 A mi larga cuenta?, fue lo primero que se preguntó Areana, crecida cuenta en respecto a qué? ¿De que hablaba ese hombre? No entendía mucho, pero le asombraba descubrir que ya no era tan grande la necesidad de alejarse, ahora sentía un hormigueo recorriendo su cuerpo, suspiró, tomó el teléfono y realizó la llamada que cambiaría su destino.

Daniel contestó, serio pero tranquilo, le dijo que se alegraba mucho de que estuviera bien, y adoptando un tono serio, le informó que estaba muy enojado y sobre todo decepcionado de ella, que se había comportado cual niña caprichosa y maleducada, Areana quiso decir algo, defenderse, pero El simplemente dijo: SILENCIO! No discutas, en un tono que no dejaba lugar a dudas de que ejercía en ese momento la autoridad necesaria, aun así Areana empezó otra frase  justificativa y recibió un "¡QUE TE CALLES!", ahí mismo ella supo que  había surgido el Daniel que ella siempre deseo junto a ella, al que siempre buscaba y parecía no encontrar, permaneció callada, Él le indicó que debía volver de manera inmediata y mientras más tardase más aumentaría su castigo .¿castigo? preguntó entre admirada y temeros, Si Niña, CASTIGO y te dije que te callaras, deja de discutir y por tu bien apresúrate a volver, que te estoy esperando. Y sin más se corto la comunicación.

Areana de manera casi mecánica tomó su pequeña maleta, suspiró y salió; en el camino le costaba tanto concentrarse en la carretera, no dejaba de imaginar y de apremiarse internamente. Deseaba ya poder ver esa transformación, quería comprobar que Daniel realmente pudiera poner las cartas sobre la mesa y actuar, despertar, dejar tanta pasividad atrás.

Y ahora ya estaba ahí, con la llave en la mano, giró la cerradura, dió un largo y sentido suspiro y entró. Daniel que había escuchado el auto la sorprendió sentado parsimoniosamente en la sala con un libro en la mano, Areana entró, lo saludó, El se acercó le dió un abrazo y un beso en la mejilla, la miró y le dijo que se alegraba que estuviera bien, después de eso dió un paso atrás y dijo: ahora sí amor, te comportaste como una niña malcriada e irresponsable y así es entonces como de hoy en adelante serás tratada. Areana lo miraba asustada ¿a que se refería? ¿Seria acaso? ¡No! Él no podía ser así...

Daniel sin vacilar la sacó de sus pensamientos al tomarla de la mano y suave pero decididamente y la hizo caminar, ella se dejó llevar, llegaron al sillón donde él la había estado esperando, Daniel tomó asiento y la dejo ahí parada a su lado, la miró fijamente y con una actitud fría le dijo: "amor créeme que esto  es por tu bien" y sin más la jaló y la tumbó sobre sus rodillas y empezó a darle duras y contundentes nalgadas mientras le echaba en cara su mal comportamiento y su falta de responsabilidad. Areana  forcejeaba le gritaba que la dejara, incluso lo llamó "bruto" ¿pero qué te crees?, palabra a la cual Daniel respondió con una nalgada más fuerte y apoyándose en su espalda y le dijo: " ¿qué me creo yo?, deberíamos empezar por ¿¡Qué te crees tú escuincla!?, pero está bien. Sólo por esta única vez te diré: Me creo la persona que te va a enseñar más respeto hacia los demás, colmaste mi paciencia y siguió repartiendo nalgadas de manera precisa y dolorosa una y otra vez mientras continuaba con su eterno regaño.

Areana se cansó de forcejar y ya sólo lloraba y le pedía que parara, pero Daniel seguía claro y contundente hasta que el color de sus nalgas fue rojo intenso y ella empezó a pedir perdón y suplicar, diciendo que no volvería a ser tan egoísta, dicho esto Daniel dió 20 nalgadas más y le permitió incorporarse.

Areana lloraba y se sobaba cuando Daniel la tomó amorosamente de la mano y la llevó a una contra esquina, si un "lindo" rincón, donde le ordenó permanecer ahí. Areana asombrada abrió la boca para protestar, pero sólo alcanzó a decir media palabra, pues él con dos sonoras nalgadas la hizo callar y quedarse ahí parada, sólo llorando y frotando sus doloridas nalgas mientras Daniel gozaba con el espectáculo que tenía enfrente.

Una vez transcurridos 5 minutos él la llamó y amorosamente la abrazó y le secó las lágrimas de la cara y le dijo que ese iba a ser el trato que tendría de ese día en adelante, si se comportaba como niña malcriada, como tal sería tratada. Tomó una crema hidrante y la acomodó de nuevo sobre sus rodillas para poder curarla. Areana sólo atinó a sonreír entre las lágrimas y besarlo. Daniel respondió al beso.

Lo que pasó después ya lo imaginará cada uno a su gusto, pero lo que sí puedo decirles es que a Areana JAMÁS se le volvió a cruzar por la mente la idea de abandonarlo y menos aun pensar que no era de decisiones tomar.

 

Rossy

LA TRAGEDIA

Autora: Ana Karen Blanco
(anitaK[SW])

La tragedia envolvió a toda la familia de forma inesperada. Sandro Barrientos y Mabel Giacomazzi habían fallecido en un accidente automovilístico dejando tras sí a sus tres hijos: Katherine de 22 años, Fabricio de 20 y Mauro de 14.
Apenas Emilia Giacomazzi supo que su hermana y su cuñado habían muerto, se desesperó, pero también se sintió segura, apoyada en todo momento por su esposo Rodrigo Sena, que la acompañó sin separarse de su lado. Una vez que regresaron del entierro, con los ojos llorosos y la voz entrecortada le dijo:
-Me preocupan esos niños Rodrigo. Tenemos que ayudarlos en todo lo que podamos porque somos su única familia. ¿Verdad que tú me ayudarás con ellos? Han quedado en la más completa soledad y eso me pone muy mal... Le dije a Kathy que se mudaran con nosotros al menos los primero tiempos, pero se negó. Dijo que ella se haría cargo de todo si nosotros la apoyábamos.
-Supongo que le habrás dicho que diera por descontado nuestro apoyo incondicional en todo momento, ¿verdad amor? –dijo Rodrigo interrumpiéndola.
-Por supuesto. Ella sabe que cuenta con nosotros siempre. Fabricio tiene todo preparado para ir a estudiar arte a Italia, y ella es una chica fuerte, voluntariosa e inteligente. No tendrá problema de cuidar a Mauro ya que casi toda la vida fue como una segunda madre para él. Tú sabes lo previsor que era Sandro y les ha quedado un buen respaldo económico, pero de todas formas deberán cuidarlo. Kathy ya se recibió como profesora de literatura y da clases en diferentes institutos, además de las particulares a varios alumnos. Económicamente están bien cubiertos, pero… la vida diaria es mucho más que eso.
-Eso lo sabemos muy bien tú y yo, y seguramente ella lo aprenderá muy pronto.

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Kathy era una bellísima mujer. Alta, espigada, con un brillante pelo negro que hacía resaltar su piel blanca. Los ojos verdosos de mirada acariciante enloquecían a más de un hombre. Era hermosa y lo sabía; su inteligencia y vivacidad la hacían más atractiva aún. Sus minifaldas eran escandalosamente cortas; imposible dejar de mirarla cuando caminaba por algún lugar o hacía su entrada por cualquier puerta como en aquel momento en casa de sus tíos.
-Rodrigo, tienes que ayudarme –le espetó antes de colgarse de su cuello y plantarle un sonoro beso en la mejilla.
-Sí niña, sí. A ver ¿qué te pasa ahora?
Rodrigo se estaba acostumbrando a la presencia casi diaria de aquella joven que había visto nacer y crecer. Hoy era una mujer que lograba turbarlo con su sola presencia, pero que disimulaba haciendo grandes esfuerzos. Ella lo consultaba por asuntos que para Rodrigo eran menores como el pago de ciertas cuentas, trámites en organismos públicos, seguros y asesoramiento sobre la compra de un automóvil, rentas de propiedades y cuestiones financieras generales. También recurría a Emilia para pedirle recetas de cocina, cómo quitar una mancha o averiguar las ofertas de esa semana. Kathy se había convertido en visita permanente, no tenía reparos en llamar por teléfono a cualquier hora, pero a sus tíos no les molestaba demasiado porque era tan querible y simpática que no podían enojarse con ella. Pero a Rodrigo le era imposible mirarla como familiar, sus instintos de macho le hacían desearla como mujer. Ella lo sabía y gozaba seduciéndolo de forma inocente ante los demás, pero cuando estaban solos lo hacía descaradamente, aunque disfrazando de juego sus más perversas insinuaciones.
Dicen que no hay nada más seductor que una mujer hermosa que sabe que lo es, ni nada más erótico que la inteligencia. Ella era todo eso y tenía el conocimiento para utilizar su belleza e inteligencia como le viniera en gana. Su “tío” Rodrigo no le resultaba indiferente. Desde muy niña se había sentido atraída por ese hombre tan alto y gallardo, siempre impecablemente vestido y con aquel perfume varonil: el de su propia piel, porque no utilizaba otro aroma que el de la limpieza diaria. Siempre lo había visto de bigotes, unos bigotes negros, espesos, perfectamente recortados. De pequeña él solía hacerle cosquillas con ellos; hoy se preguntaba qué sentiría al rozarlos. A veces lo provocaba besándolo en la comisura de los labios y percibía un pequeño estremecimiento en el cuerpo de él, que se retiraba rápidamente de su lado. Buscaba excusas para llamarlo, tonteras que ella sabía cómo resolver perfectamente. Lo hacía ir a su casa para reparar cosas que ella misma descomponía o que podría resolver llamando a un fontanero o un electricista, pero sólo buscaba la forma de verlo con la mayor frecuencia posible…
Una madrugada, a las dos de la mañana sonó el teléfono en casa de la familia Sena-Giacomazzi. El cansancio había rendido a la pareja después de varios días de ajetreo preparando el viaje de Fabricio, que había partido la tarde anterior a estudiar al extranjero. Rodrigo, más dormido que despierto, levantó el teléfono.
-Sí… hable.
-¿Es el señor Rodrigo Sena? Le habla el Sargento de Policía Agente Daniel Rivera. Estamos llamando desde la residencia de la señorita Katherine Barrientos…
Rodrigo pegó un salto en la cama y se levantó de golpe.
-¿Qué pasó? ¿Qué sucedió oficial? ¿Está todo bien? –La palidez de su rostro asustó a Emilia que exigía a sus espaldas explicaciones de lo que sucedía, mientras él le señalaba con la palma extendida que esperara y lo dejara escuchar.
-Sí señor. Le ruego que se calme, está todo bajo control. La casa fue asaltada pero los ladrones no lograron llevarse nada porque en ese momento volvía la familia y al escuchar el regreso de los moradores de la finca, huyeron dejando todo. Tanto la señorita como su hermano y el amigo están bien pero muy nerviosos; me pidieron que lo llamara para que viniera lo antes posible.
-Ya mismo estoy saliendo para allá Sargento.
Tras una breve explicación a Emilia mientras se vestía velozmente, Rodrigo emprendió la marcha hacia la casa de los sobrinos de su esposa. Debía conducir uno rato para unir los poco más de treinta kilómetros que había de distancia entre ambas residencias. A esa hora de la madrugada casi no había tránsito. Prendió la radio del vehículo y se dejó envolver por la portentosa voz del tenor Plácido Domingo que le trajo a su lado a la mujer con “Aquellos ojos verdes…”; luego un “Te quiero, sabrás que te quiero…” era casi una declaración de amor para esa joven de piernas largas y torneadas como dos columnas griegas, esa niña de ojos verdes y pelo negro que lo embriagaba con su juventud, energía y vitalidad. Debía estar loco, él amaba a Emilia, sin duda que la amaba pero… Kathy era otra cosa.
Kathy, Kathy… con solo nombrarla la boca se le llenaba de miel y su virilidad daba muestras de que a sus 48 años estaba más vivo que nunca.
Apenas había descendido del auto cuando Kathy se echó sobre él prendiéndose del cuello. Rodeó aquel cuerpo tan deseado con sus brazos, aspiró el perfume de su cabello, acarició con sus manos la mil veces imaginada piel y la alzó. Por un instante que le pareció eterno la tuvo para sí, totalmente suya. Pero inmediatamente la volvió a depositar en el suelo.
-Rodrigo, por fin has llegado –casi nunca le decía tío, ni siquiera de pequeña, siempre prefirió llamarlo por su nombre de pila, y sus hermanos siguieron su ejemplo-. Estoy desesperada, nerviosa, me siento muy mal y angustiada por todo esto.
-Tranquila mi niña, ya todo está bajo control. Además, no ha pasado nada. Pero deberemos tomar esto como un aviso, una advertencia y apenas despunte el día nos dedicaremos a asegurar este lugar convenientemente. Ahora cálmate… ¿cómo está tu hermano?
-Aquí estoy Rodrigo, con mi amigo Carlos.
Un muchacho alto y prolijamente desgarbado como indicaba la moda, se acercó y lo saludó con un beso en la mejilla. Rodrigo lo abrazó cálidamente mientras el chico devolvía el abrazo.
-¿Todo bien Mauro? Menudo susto que me llevé.
-Lamento haberlo perturbado caballero, pero su sobrina así lo solicitó y además creo que era lo más correcto.
Al darse vuelta hacia el lugar de donde provenía la voz, observó un hombre joven y atractivo. No es que a él le gustaran los hombres, pero le llamó la atención la masculina belleza de aquel ejemplar de varón de unos treinta y cinco años. Era alto, de casi un metro noventa; pesaría unos noventa y cinco o cien kilos, de los cuales la mayor parte debían ser de magra musculatura. Pelo negro, lacio, brillante. En su rostro de marcada angulosidad varonil, resaltaba un bien cuidado bigote; los ojos castaños y vivaces enmarcados por unas espesas cejas que le daban a su mirada una especial expresión. Tenía aspecto recio y serio, y la placa que lucía dejaba saber su condición de miembro de la policía, ya que por su ropa de civil nadie lo imaginaría. Se acercó a Rodrigo con su mano extendida:
-Muy buenas… madrugadas –dijo mientras sonreía amigablemente- Soy el Sargento de Investigaciones Daniel Rivera. Hace un rato hablé por teléfono con usted.
-Sí, así fue –le dijo Rodrigo mientras que sentía un firme apretón de manos por parte del oficial, al que no vaciló en contestar de la misma forma- Permítame agradecerle personalmente lo que ha hecho hasta ahora Sargento Rivera.
-Nada que agradecer señor, es nuestra obligación y deber. Si lo desea, pasaré a informarle lo sucedido.
El Sargento comenzó a darle detalles de cómo había sido el intento de robo, de cómo deberían tener cerradas las entradas y qué medidas de seguridad sería conveniente que tomaran.
No le hizo falta a Rodrigo mucho rato para percatarse de las miradas y sonrisas que el Sargento le dedicaba a Kathy. Y no era el único. El resto de los policías, además del amigo de su sobrino, estaban prendados de la chica que seguía abrazada a él.
Al rato de estar por allí, decidió tomar el teléfono y llamar a Emilia para avisarle que estaba todo bien, pero que había tomado la decisión de quedarse y acompañar a los chicos esa noche, cosa que ella aprobó por completo.
Una vez que el sargento Rivera y los agentes a su cargo se hubieron retirado, pasaron a la casa. Santiago, el amigo de Mauro, no desprendía la mirada del cuerpo ondulante de la hermana de su amigo.
-Si la sigues mirando así vas a quedar bizco –le susurró Rodrigo, haciendo que los colores del muchacho subieran hasta sus mejillas y se instalaran allí.
-Santi, vamos a dormir –le gritó a su amigo Mauro –Ya estuvo bueno por hoy, mañana nos levantaremos muy tarde. Hasta mañana a los dos, gracias Rodrigo por venir.
-Hasta mañana jóvenes, y que descansen –saludó el hombre mientras los vio perderse hacia el enorme ático de la casa donde Mauro había decidido instalar su dormitorio, sala de sonido, de juegos y más. Allí ponía el equipo de audio con todos los decibeles imaginables sin molestar al resto de los mortales de la casa. Sonrió con esos pensamientos y movió suavemente la cabeza.
Cuando giró sobre sí, la mirada de Rodrigo se topó con el cuerpo y los ojos de Kathy. Estaba en el sillón grande, sentada de costado, de una forma lánguida y sexy. Las piernas cruzadas y entrelazadas hacían imaginar una planta trepadora que da mil vueltas para llegar a lo alto.
La miró sin poder disimular su excitación. Ella se paró y se encaminó hacia él sin dejar de mirarlo. Ya no era una chiquilla, era una mujer provocativa, que sabía perfectamente qué hacer para lograr enloquecer a un hombre como ahora lo hacía con él. Tenía un andar felino y una mirada arrebatadora que hipnotizaba. En ese momento, más que nunca, comprendía por qué los varones hacían cualquier cosa por estar a su lado.
Se acercó hasta él y pasó los brazos por encima de su cuello, atrayéndolo suavemente hasta que tuvo su boca casi pegada a la de ella… pero no lo besó. Entreabrió la boca y su lengua, rosada y húmeda, recorrió los labios de él sin permitir que la besara. Eso… lo excitó aún más. Pero sabía que era un territorio prohibido. Aunque no llevaban la misma sangre, era su sobrina, casi como una hija. Y también una mujer deliciosa. Tenía que hacer algo para cortar aquello.
La apartó suavemente de su lado, y sonriéndole tomó la mano izquierda de la chica con su mano derecha y la condujo al sillón, donde se sentaron sin desprenderse. Ella siguió su ejemplo sin dejar de mirarlo a los ojos. Rodrigo sacó un pañuelo del bolsillo de su americana y las gafas hicieron mil piruetas en el aire antes de caer sobre la suave alfombra, pegando antes en el zapato izquierdo del hombre y yendo a parar a escasos centímetros. Rodrigo se tiró hacia atrás en el sillón con un visible gesto de cansancio.
-Deja Rodrigo, yo te los levanto – dijo la joven.
No se paró, sino que apoyándose en las rodillas del hombre, se cruzó sobre las piernas de este para alcanzar los espejuelos. El espectáculo que tenía Rodrigo ante sus ojos era celestial. La pequeña falda de Kathy se había levantado lo suficiente como para dejar ver el comienzo de dos globos perfectos, blancos, jóvenes, turgentes. La visión de aquel culo lo extasió pero… también le dio una idea.
Kathy se estaba demorando demasiado en recoger los espejuelos, y también se movía y contorneaba más de la cuenta con la clara intención de excitar al hombre. Cuando quiso incorporarse…
-No Kathy, espera, no te levantes –le dijo mientras presionaba su mano izquierda sobre la cintura de la chica- Es necesario que te quedes así un momento, quiero decirte algo.
-¿Así? Pero ¿para qué? ¿Qué me quieres decir?
-Kathy… Basta de provocarme.
La mano cayó pesadamente sobre la base de las nalgas con un movimiento ascendente que las hizo temblar. La sorpresa se apoderó de chica que sólo logró emitir un leve quejido. Las nalgadas siguientes comenzaron a picarle más y más, lo que la hizo contorsionarse y corcovear.
-Rodrigo, para ya – le ordenó.
El hombre se detuvo de inmediato, y ella trató de incorporarse una vez más. Y una vez más se encontró impedida de hacerlo. Esta vez no era la mano, que estaba en ese momento rodeando su cintura, sino el codo de Rodrigo que se clavaba en su columna.
-Esto recién empieza. ¡No te muevas!
La sentencia estaba dada. Kathy sintió cómo se subía su falda y dos dedos se introducían por los costados de sus bragas, levantándolas mientras la fina tela se perdía entre los cachetes. Los azotes siguieron cayendo sin piedad, mientras las nalgas se tornaban cada vez más rojas y calientes.
Cuando Rodrigo pareció oír un sollozo, paró. Volvió a colocar las prendas en su lugar, ayudó a Kathy a ponerse en pie y se dirigió a la puerta en silencio. Al alcanzar el picaporte se dio vuelta y mirando a la joven que se frotaba las nalgas, le dijo con una voz ruda que ella jamás le había escuchado:
-Recuerda que soy un hombre y no uno de tus alumnos. No vuelvas a provocarme.
La joven no terminaba de comprender lo sucedido, pero lo que sí entendía perfectamente es que jamás en su vida había estado tan excitada como en ese momento. Sus pensamientos habrían hecho sonrojar a la propia Anaïs Nin. Una sonrisa casi diabólica se instaló en su rostro.

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-Buenos días señorita Kathy –saludó sonriente al abrirse la puerta.
-Ah… es usted inspector. ¿Qué deseaba? –contestó con algo de desdén, actitud que no amilanó a Daniel.
-Pasaba por aquí y me pareció oportuno ver si estaba todo bien y he podido comprobar con agrado que han tomado las medidas que les sugerí.
-Sí, Rodrigo se encargó de todo.
-¿Su tío? –dijo con algo de sorna.
-El esposo de mi tía, sí. Le agradezco su preocupación inspector, pero ya tengo que salir.
-Bien, en ese caso le pido que me permita acompañarla y luego invitarla a almorzar.
Kathy dudó un instante antes de aceptar. Era una mujer inteligente, calculadora y quizás el inspector era quien le ayudaría a que nadie sospechara su posible relación con Rodrigo, de quién creía estar enamorada profundamente. La azotaína y las palabras del hombre solo habían logrado que lo buscara con más ahínco aún.
Los días siguientes fueron testigos de las visitas y atenciones de Daniel hacia la bella mujer. Ella aceptaba todos sus elogios pero no olvidaba a su azotador. No importaba qué hiciera, él estaba continuamente en sus pensamientos y se pasaba las horas pensando y urdiendo diferentes planes para atraer a su lado al hombre al que pertenecía su corazón.
Las continuas llamadas telefónicas, las visitas y la creciente excitación hicieron que Rodrigo aceptara verla. Se encontrarían para almorzar. El centro de la ciudad los recibió con el anonimato de las grandes urbes donde la gente pasa inadvertida. Ella lo esperó en una parada de autobús y se montó en el coche apenas este paró. La luz del día se volvió en su contra y se refugiaron en un restaurante muy íntimo. Hablaron de mil temas mientras degustaban el cóctel que habían pedido como aperitivo. A pesar de la fría brisa que salía de los huecos del aire acondicionado, Kathy manifestaba sentir calor.
-Ufffff… este calor es terrible ¿no crees? –le decía mientras se daba aire con sus manos. El vestido ajustado a su cuerpo tenía sólo dos finos breteles, dejando sus bellos hombros al aire. Él adoraba sus hombros…
La música con aires mexicanos se apoderó del ambiente. Unos siete u ocho mariachis se acercaron a la mesa. Mientras el cantante hacía gala de su envidiable garganta, los demás formaban un semicírculo en torno a la muchacha que se dejaba halagar. Cuando el hombre cantó: “…besar tus labios quisiera, malagueña salerosa, y decirte niña hermosa, que eres linda y hechicera…” Kathy, conocedora de los artilugios que puede utilizar una mujer, fingiendo más calor del que realmente sentía, recogió su cabello con las manos, desde la nuca hacia arriba, levantando sus brazos y dejando a la vista sus axilas suaves y blancas. Rodrigo creyó enloquecer de deseo y se retorció en la silla tratando de disimular su excitación.
Kathy regalaba sonrisas, caídas de ojos, movimientos exagerados del cabello, miradas cargadas de erotismo… todo dirigido al cantante y de rebote también le llegaba a alguno de los músicos. Tras una muy generosa propina los mariachis se retiraron, no sin que antes el cantante le pidiera permiso a Rodrigo para “…saludar a la señorita, y con la venia del caballero besar su mano. Buen provecho y que tengan una buena tarde”. Recién allí comenzó a retirarse sin dejar de mirarla, a la vez que ella le sonreía sumamente divertida.
El camarero se acercó a tomar la orden que Rodrigo se encargó de pedir: como primer plato antipasto, y como plato principal tallarines a la puttanesca. Para acompañar, vino tinto. Un Cabernet Savignon sería lo más apropiado. La bodega y la cosecha quedaban a consideración del somelier.
Mientras llegaba la orden el maduro comensal se deleitó contemplando a su bella acompañante, en tanto ella sonreía y coqueteaba. Cuando el camarero se acercó con el vino y le mostró la botella a Rodrigo, este asintió con la cabeza. Ante la aprobación, comenzó inmediatamente a descorchar la botella. Cuando quitó el corcho se lo presentó a Rodrigo, que luego de aspirar su aroma, por segunda vez volvió a asentir. La enorme copa de cristal recibió el líquido purpúreo y casi culminando la ceremonia, le ofreció la copa a Rodrigo con una inclinación de cabeza. Como un gran catador, movió la copa haciendo girar el líquido, volvió a aspirar el aroma, volcó la copa para apreciar el color y el cuerpo del vino. Cuando iba a dar el sorbo para saborear y catar definitivamente aquel delicioso elixir, Kathy le espetó:
-¡Espera! Así no se cata el vino. Déjame enseñarte a hacerlo…
Le quitó suavemente la copa, volcó el líquido hacia un costado mientras introducía el dedo índice en él.
-Esto se hace así… –Sacó el dedo empapado en el vino y comenzó a pasárselo por los labios entreabiertos de Rodrigo que no podía creer aquello, mientras que el camarero con los ojos desorbitados y una amplia sonrisa disfrutaba de la desfachatez de aquella joven mujer –Ahora recoge el vino con la punta de tu lengua y saboréalo. –Rodrigo obedeció mientras ella sostenía su mirada.
Volvió a introducir el dedo en la copa y se lo metió en la boca, con el gesto más lascivo que pudo, chupó el líquido entrecerrando los ojos, y mirando a los dos hombres susurro:
-Mmm… ¡grandioso y delicioso! Mis felicitaciones al somelier por tan buena elección. Sírvanos por favor…
El camarero cumplió la orden agradeciendo interiormente a Baco por haber bendecido el vino, y al resto de los dioses por haberle tocado atender aquella pareja que lo estaba poniendo a mil.
Luego del primer plato, Kathy se levantó para dirigirse al tocador. Rodrigo se paró en un gesto de caballerosidad y ella se fue moviendo las caderas un poco exageradamente. Se sabia atractiva. Los hombres y mujeres del restaurante no pudieron evitar seguirla con la mirada. Quien observaba el pasaje de esa joven por cualquier lugar, necesariamente recordaría la “ola” que se forma en los estadios de fútbol. Esto era similar: ella caminaba y las cabezas se iban dando vuela a su paso…
Durante la cena, la chica llamó al camarero más veces de las necesarias, y en cada una de las ocasiones le coqueteaba, inclinándose de más para mostrar sus senos, diciéndole al chico alguna palabra como para comprometerlo o ponerlo en evidencia. Rodrigo sonreía ante esas niñerías, sabiendo que eran para ponerlo celoso y llamar su atención. Ese era el precio que debía pagar por estar al lado de tan joven y bella mujer.
No tomaron postre. Ella quiso ir a una heladería y pidió un helado mediano. Apenas se lo entregaron comenzó a pasarle la lengua alrededor, a subir y bajar por la superficie de la cremosa preparación hasta que tomó la forma de una gruesa banana. Entonces, mirando a Rodrigo a los ojos, se engulló el helado y al sacarlo de su boca lo fue acariciando con los labios. Los hombres la miraban divertidos y las mujeres la criticaban por lo bajo. ¿Envidia quizás? Rodrigo la tomó del brazo y le indicó que se subiera al auto. Ya estaba bueno de hacer el ridículo. Tenían que conversar en un lugar privado para dejar claro los puntos, así que irían a un motel.
El motel se llamaba “La Cascada” y pidió la mejor suite que resultó ser una habitación bellísima. Estaba en penumbras. Música acariciante y romántica flotaba en el ambiente. Se acercaron a un pequeño bar donde había bebidas varias.
-Champagne, vino, whisky… ¿qué deseas tomar querida?
-Creo que la ocasión merece champagne –contestó ella con una amplia sonrisa.
-Sea.
Se acercó al frigobar y sacó una botella pequeña de champagne. Mientras la destapaba y servía sendas copas, Kathy tomó asiento entrelazando sus largas piernas y acomodándose sobre un extremo del sofá, dejando espacio suficiente para él, que con la copas en la mano se reclinó a su lado y le ofreció una.
-¿Brindamos? –preguntó la chica mientras alzaba la copa.
-Claro… ¿por qué quieres brindar?
-Por la vida, por estar aquí a tu lado, por ti, por mí… ¡por nosotros! Salud…
-Salud…
El fino cristal de las copas se quejó al choque del brindis. Ambos dieron buena cuenta del contenido y luego las apoyaron en la mesa.
-¿Sabes? Estás bellísima…
-Lo sé… -Rodrigo sonrío ante tal contestación.
-No hay nada más excitante que una mujer que se sabe bella y disfruta siéndolo.
Se acercó a ella y la atrajo hacia él. La joven sonrió pensando en su triunfo y torciendo su cabeza entreabrió sus labios cerrando sus ojos mientras se aproximaba a él. Pero no lo encontró, por lo que tuvo que abrir los ojos de golpe.
-¿Qué sucede Rodrigo? ¿Acaso no me deseas?
-Eso no importa. Tus padres no están ahora y creo que es mi deber cuidarte y protegerte. En el restaurante te comportaste como una mujer vulgar, y eso me molesta muchísimo. No basta ser una dama, tienes que demostrar que lo eres.
-Pero… ¿qué dices?
-Que tu comportamiento de hoy deja mucho que desear. Coqueteaste con todo varón que se cruzó en tu camino. No me molesta que lo hagas cuando no estés conmigo. Pero me aseguraré de que te quede claro. Ven aquí.
La copa voló por el aire y fue a dar al otro extremo del sillón, desparramando el dorado líquido por el suelo. La tomó del brazo y moviendo uno de los sillones la hizo reclinarse sobre el respaldo, quedando su rostro casi sobre los almohadones y su culo totalmente expuesto. Trató de levantarse en medio de protestas, pero Rodrigo se lo impidió.
Con la cabeza sobre el almohadón, Kathy sólo pudo oír el cinto que se deslizaba por las presillas del pantalón. Al querer reaccionar sintió un fuerte azote que le cruzó las nalgas.
-Por Dios Rodrigo ¿qué haces?
-Simple: te pongo en tu lugar.
-Pe…
-¡Silencio! ¿O quieres seguir agregando motivos a tu castigo?
-No eres quién para castigarme. ¡No eres nadie, no te permito que lo hagas!
Un silencio envolvió el lugar. La chica se incorporó sin ningún tipo de inconveniente por parte de su verdugo, que había dejado de serlo.
-Bien, si esa es tu decisión, nos vamos.
Se colocó el cinto con in disimulado fastidio. La joven no sabía qué hacer, cómo reaccionar. ¿Qué había hecho? Su intención no había sido molestar a Rodrigo, pero él se veía sumamente enojado.
-Perdóname Rodrigo. He sido una niña tonta.
-Sí, pero ya verás tú cómo cambiar si es que lo deseas.
-Lo que yo deseo es que tú me ayudes a cambiar.
-No, gracias. Ya lo intenté pero tú no apruebas mis métodos. Te espero en el auto.
-¡Espera! Lo siento… Sí acepto tu castigo. ¡Azótame por favor!
Rodrigo salía de la habitación y la tenía a sus espaldas. Ella no pudo ver la sonrisa de triunfo que se dibujó en su rostro. Sí… su método había dado resultado. Sabía que finalmente sería la chica quien le pidiera que la azotara. Retomando el gesto sombrío y adusto en su rostro, el hombre se dio vuelta y la miró a los ojos.
-¿Estás segura de lo que dices?
-Totalmente.
-Si en algún momento cambias de opinión me lo dices y dejaré de ser tu educador. ¿Estás dispuesta a obedecerme?
-Si Rodrigo.
-Ponte en la misma posición de antes. Ahora abre las piernas y apóyate firmemente en el suelo. Si en algún momento crees que no soportas el castigo, bastará con que digas “amarillo” y suspenderé de inmediato para darte un descanso. Luego retomaré. Si quieres que me detenga por completo, di “rojo” y daré el castigo por terminado. Ahora… cuando estés preparada di “verde” y comenzaré. Veremos si soportas el castigo que tengo para ti.
Kathy respiró profundamente mientras terminaba de tomar la posición que le había indicado. Cuando dijo “verde” cerró sus ojos y se puso tiesa esperando el azote, pero este demoraba en llegar. Al intentar darse vuelta para ver qué pasaba, el cinto se estrelló contra sus nalgas, y lanzó un tímido gemido de dolor.
Cuando Rodrigo creyó que eran suficientes azotes, levantó su falda y comenzó a bajar sus bragas. La mano de la joven asió fuertemente la del hombre, obligándolo a detenerse.
-Si quieres que me detenga, sólo debes decir la palabra adecuada y lo haré. De lo contrario seguiré adelante.
Luego de unos segundos, la chica soltó la mano en silencio y tomó su posición. Los ojos del disciplinador se deleitaban ante las nalgas cruzadas por gruesas líneas rojas. Pasó su mano como para refrescar aquel fuego, y luego se retiró unos pasos. Toda la intimidad de Kathy estaba expuesta. Una maraña salvaje de negra espesura era como el centinela de aquella joya rosada y húmeda. El orificio de su ano se veía delicioso y pedía atención en forma casi desesperada. La excitación de Rodrigo era evidente, pero ella no podía verlo. Así que apoyando su mano izquierda sobre la cintura de la chica, comenzó a nalguearla con la mano, teniendo extremo cuidado de no tocar sus partes íntimas, sólo rozarlas levemente. Cada vez que lo hacía, sentía estremecerse a la mujer que tenía bajo su poder, un poder que ella misma le había concedido.
Kathy estaba en peor situación. No podía negar su excitación, porque los jugos que se escondían en su vagina estaban a punto de resbalarse por sus piernas. Nunca había sentido una sensación tan maravillosa. El esposo de su tía no sabía que era la segunda vez que cumplía la fantasía que tenía desde niña: ser nalgueada por ese hombre tan viril, tan guapo, tan… ¡masculino! Sentía cada azote como una caricia dolorosa que la hacía temblar por dentro y por fuera. Sus nalgas estaban ardiendo y de su parte más íntima, ahora impúdicamente expuesta, los jugos comenzaban a correr.
Los azotes cesaron y sintió cómo le volvían a colocar las prendas en su lugar.
-Toma tus cosas, nos vamos.
No lograba entender nada. Se terminó de acomodar sus prendas y lo siguió hacia la salida.

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Pero la situación volvería a repetirse. Esta vez Rodrigo la planeó diferente: sería una noche romántica. La pasó a buscar y se dirigieron al puerto. De allí partía todas las noches un corto crucero en un fabuloso yate que ofrecía cena y show. También había casino donde las parejas comprobaban aquel dicho de “desafortunado en el juego, afortunado en el amor”.
Las mujeres lucían como recién sacadas de una revista de modas, con vestidos finísimos, peinadas y maquilladas como artistas, y sus acompañantes estaban igual de elegantes.
La cena transcurrió entre miradas cariñosas y subyugantes. Cuando la orquesta comenzó a tocar, salieron a la pista y se fundieron en un abrazo. La música sonaba y el abrazo de la pareja se hacía más intenso. La mano de Rodrigo subía y bajaba de forma casi imperceptible por la espalda casi desnuda de Kathy. Mientras danzaban los ojos de ella se clavaron en el rostro de él.
-¿Jugamos unas fichas en el casino? –sugirió Kathy con una sonrisa cuando cesó la música.
-Está bien. Si es lo que quieres… -contestó Rodrigo mientras tomaba su cintura para dirigirla hacia la salida del salón.
Luego de perder una cantidad bastante importante en la mesa de ruleta, decidieron subir a cubierta. La noche parecía sacada de un cuento fantástico. El cielo estaba despejado, por lo que permitía observar las estrellas que parecían diamantes volcados al azar sobre un enorme paño de terciopelo azul. La luna estaba en su fase llena, y era la reina de la noche, reflejando su belleza en el mar. Una brisa fresca levantaba los cabellos negros de Kathy mientras ella se apoyaba sobre el borde del yate. Rodrigo miró su rostro, iluminado por la luz de la luna. ¡Se veía tan hermosa! La tomó de los hombros haciendo que girara hasta enfrentarlo. Levantó la barbilla con su índice, e inclinándose sobre ella la besó dulcemente, pero con pasión. Kathy alzó sus brazos y cruzó las manos sobre la nuca de Rodrigo. Los largos dedos de la joven se perdieron en la espesura del cabello del hombre. Así estuvieron largo rato, besándose y jugueteando con sus lenguas y labios, diciéndose palabras incomprensibles para el resto de los mortales. De ese modo, las pocas horas que duraba el crucero se pasaron rápidamente.
El motel “Séptimo Cielo” fue quien los recibió aquella noche. Dejaron el coche en el garaje y subieron a la habitación. Rodrigo la había tomado de la cintura, subiendo y bajando la mano suavemente… Flanqueó la puerta y le cedió el paso caballerosamente. Ella se detuvo un instante para mirar los detalles de la habitación mientras depositaba su bolso sobre una de las altas sillas situadas junto al pequeño bar. Al darse vuelta para hacer un comentario, su boca fue tapada con los labios de Rodrigo, que comenzó a besarla de forma salvaje y ardiente. Las lenguas se entrelazaban, la humedad de sus bocas se confundía, los labios recorrían y se pegaban a los otros labios. Tenían sed de pasión, una sed que parecía insaciable, pero sabiendo que el otro era el oasis en ese agobiante calor de la lujuria, más ardiente que cualquier desierto.
Las manos de Rodrigo recorrían aquel cuerpo túrgido y joven, vibrante… Por fin había decidido conocer aquella
“piel de satín y azucenas” como decía el tango. La piel de aquella joven encendía su pasión, y bajo la luz de las velas adquiría un brillo especial, con un juego de luces y sombras que la hacían más deseable aún.
Comenzó a besar su cuello continuando con sus hombros, redondos y deliciosos. Bajó los breteles del fino vestido y comenzó a deslizarlo hasta dejar a la vista los bellos senos. Eran firmes, del tamaño ideal, suaves, con una aureola rosada y un botón que a pesar de estar en su mínima expresión, se alzaba tímidamente sobre la deliciosa montaña. Terminó de bajar la vestimenta de la chica que quedó con una pequeña bikini de encaje blanco que hacía resaltar más su vientre, plano y delicadamente musculoso. El vestido cayó al suelo cuando él la tomó en sus brazos para depositarla en la cama. Ya descalza, la depositó delicadamente y la observó. Así, casi desnuda y tendida a su merced, el caballero recio y excitado dejó paso a un hombre conmovido y turbado por la belleza y entrega de su acompañante. Comenzó a desvestirse sin dejar de mirarla. Era una mujer cautivadora, abandonada a su pasión, que lo miraba con ansias, con ganas, con hambre de sexo salvaje… Desprendió el último botón de su camisa.
-Ponte boca abajo -le pidió Rodrigo con suavidad.
Al terminar de cumplir la orden, sintió como se sentaba a horcajadas encima de ella. No podía verlo, pero no se opuso cuando él la tomó de las muñecas y le colocó unas cuerdas con las que la ató diestramente a la cabecera de la cama. Un pañuelo de seda, sacado de la nada al estilo del mejor ilusionista, fue a parar a los ojos de Kathy impidiéndole por completo la visión. Comprendió que a partir de ese instante debería guiarse sólo por sus sentidos y sus instintos.
Sintió a Rodrigo caminar de un lado a otro de la habitación. Sentía sus pasos, ruidos que no lograba reconocer y sonidos que le eran familiares.
El azote que le cruzó las nalgas de forma tan inesperada que le hizo dar saltar, más por la sorpresa que por el dolor.
-No te atrevas a moverte o te irá peor.
-¿Pero qué haces?
-Shhhhhh… no hables, no te muevas, no quiero más sonidos que el del azote y… el silencio.
Un nuevo golpe cayó en las nalgas de la chica, que apenas se movió mientras clavaba las uñas y hundía su rostro en la almohada para ahogar el quejido. No sabía con que la golpeaba, pero era algo largo, fino, lacerante, flexible… y que le hacía arder la piel. Los azotes se fueron sucediendo lentamente pero sin pausa. Sentía que tenía sus nalgas marcadas con finas rayas en todas las direcciones.
-Me has hecho perder una pequeña fortuna hoy, y continúas seduciéndome sin reparos. Ese descaro lo voy a cobrar en tus nalgas.
Se acercó a la joven y le quitó las bragas. No obtuvo ninguna resistencia esta vez, y no porque estuviera atada, sino porque Kathy había decidido entregarse a aquel hombre dominante y recio.
Rodrigo pasó sus manos por cada una de las largas marcas rojas que cruzaban aquellos deliciosos globos. La unión de la curvatura de los hemisferios invitó a la mano a continuar el camino hacia la parte más íntima y escondida de la mujer. Con un simple movimiento le hizo saber que deseaba que se abriera totalmente de piernas, dejando su sexo a la vista.
Los dedos expertos de Rodrigo comenzaron a recorrer aquella cueva encantada que continuaba siendo guardada por una espesa maraña de vellos negros y ensortijados; hasta que encontraron el mágico botón que la hizo estremecer. Con el clítoris entre sus dedos comenzó un mágico baile de vaivén, una deliciosa tortura que ejercía presionando lo suficiente el manojo de nervios que se unen en esa zona mágica. A la reunión se acopló la lengua del hombre: sabia, experta, deseosa de dar placer. Una vez más se juntaron las humedades y se confundieron. Kathy no podía impedir el fluir de sus jugos vaginales, y la impúdica lengua comenzó a invadir el interior de su vagina mientras que el orgasmo comenzaba a florecer sin ningún tipo de pudor. Rodrigo sentía en su lengua cada uno de los espasmos, de las contracciones vaginales de la joven que no paraba de gozar y gemir.
Sin darle el menor respiro, la lengua de Rodrigo se concentró en su otro agujero. En pocos segundos la joven se comenzó a retorcer una vez más y la lengua encontró otra vaina donde refugiarse.
La saliva corría y se confundía con los demás jugos. Sin dejar de tocarla, el hombre se terminó de desvestir. Su pene se erguía impúdicamente, apuntando el techo de la habitación. Rodrigo se dirigió a la cabecera de la cama y desató a la joven, quitándole también la venda de los ojos para que se enfrentara cara a cara con el miembro viril de Rodrigo. Tenía la punta brillante y acercándolo a la cara de la joven se lo ofreció. La lengua de Kathy comenzó un recorrido vertiginoso de arriba abajo, mientras que las lánguidas manos de largos y hábiles dedos tomaban, una, la base del pene torciéndolo suavemente y con la otra los testículos, que eran masajeados tierna pero firmemente. Jamás había experimentado algo así y se estaba volviendo loco de placer. Pero no quería dar todo por terminado tan rápido.
-Ven mi pequeña, ponte en cuatro patas.
Lo obedeció de inmediato, imaginando cuál sería el próximo paso.
-Mi pequeña perrita…
El pene se apoyó en el dilatado ano de la mujer y comenzó a introducirse lentamente. El grito fue sofocado por la mano del hombre, que dejando caer su cuerpo sobre el de Kathy, la hizo extenderse. Podía sentir el tibio aliento del hombre en su nuca.
-¿Estás gozando pequeña?
-Mucho
-¿De quién es ese culo?
-Mío
-No, estás equivocada. A partir de hoy y hasta que yo lo decida es sólo mío ¿entendiste?
-Sí
-Si eso es verdad, quiero que me lo digas, que lo repitas. Di que es sólo mío y que no se lo darás a nadie más.
-Mi culo es tuyo, solo tuyo, y nadie más lo tocará, no se lo daré a nadie más que a ti. Te lo prometo.
-¿Segura?
-Sí, segura. Quiero ser tu puta y quiero que mi culo sea sólo tuyo, que te pertenezca.
Las palabras de la joven fueron el impulso final que él necesitaba para hacer los embates más fuertes cada vez, hasta que el jadeo de ambos se hizo más frecuente y el semen comenzó a salir a borbotones, inundando las entrañas de Kathy que, exhausta, cerró los ojos para descansar con el peso de su hombre encima y llena de sus jugos.
-Kathy… -una vez más sintió el tibio aliento del hombre en su nuca- Eres tan hermosa que por momentos dudo que esto sea verdad. No quisiera que se acabara nunca.
-No sé si alguna vez acabará pero hoy existe Rodrigo. Así que será mejor aprovechar este momento que es el que tenemos. Ven… ven a mi lado… y continúa amándome como siempre soñé que lo harías.
El resto de la noche continuó siendo una conjunción de caricias, gemidos, palabras entrecortadas y suspiros de placer.
Fue aquel uno de muchos encuentros furtivos, de mañanas de lujuria, tardes de pasión y noches de placer… Los dos estaban bien económicamente y podían darse el lujo de alquilar un taxi para pasar un día en alguna ciudad no muy lejana, alojarse en algún lujoso hotel y comer en los mejores restaurantes. O tomarse un avión en la mañana, irse a un país limítrofe y regresar por la noche.

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Aquella mañana Kathy se apareció en la oficina en la que Rodrigo trabajaba como vice-presidente. La secretaria la anunció y ella entró como la persona importante que se suponía que era: la sobrina del segundo hombre más poderoso de la empresa.
Rodrigo, caballerosamente como él solía comportarse, se puso en pie para recibirla. Una vez que la secretaria cerró la puerta, ella se abalanzó en sus brazos y se besaron con pasión:
-Cosita chiquitita…
-Hola luv… te estaba extrañando mucho y no pude dejar de venir a verte. Me tienes abandonada.
-No mi niña, no es así. Es que… tú sabes que esto no puede ser, no podemos seguir adelante con esta relación. Tú tía no se lo merece, ni tú, ni yo, ni siquiera… Daniel. Él está enamorado de ti y tú no haces nada por retribuir su amor.
-Yo no le pedí que me amara, y sabes perfectamente que a ti a quien amo –le dijo mientras pasaba sus brazos por encima de los hombros de él y acariciaba la nuca de aquel hombre maduro, mientras se ponía en puntas de pie para poder alcanzar sus labios en tanto él abrazaba su cintura.
Escenas como esta se repetían con demasiada frecuencia, cada vez más abiertamente, lo que significaba un gran riesgo para Rodrigo quien sería el más perjudicado si aquella relación se hacía pública.
-Me dijo Emilia que estábamos invitados para ir a cenar esta noche. Así que nos volveremos a ver hoy, luv.
-Espero que te comportes como es debido.
-Claro, siempre lo hago –contestó blandiendo su mejor y más picaresca sonrisa.
-Entonces… vete ahora y nos vemos a la noche.
-Ahhhhhhhh… ¡no quiero! No me eches cariño, por favor –le dijo haciendo uno de esos mohines que él tanto adoraba.
-Anda, no te pongas caprichosa y obedece. Nos vemos esta noche –y la acompañó a la puerta de la oficina, como para tener seguridad de que se retiraría.

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La mesa estaba preparada para cuatro personas. Emilia era una excelente anfitriona: fina, distinguida y sumamente sencilla. Estaba acostumbrada a recibir gente de alto nivel cultural y financiero debido a la posición de su esposo; siempre quedaba muy bien con todos y hacía que el hombre que amaba hacía tantos años, se enorgulleciera de ella. También por ese motivo quería Rodrigo terminar aquella relación con Kathy, porque en el fondo amaba profundamente a su esposa. Pero aquella niña lo volvía loco de verdad y no sabía cómo hacer para dar por terminado lo que había comenzado casi sin querer.
Sonó el timbre y Emilia se dirigió a la puerta para dar una cordial bienvenida a los invitados. Daniel estaba elegantísimo, con un traje que parecía cortado encima de su musculoso cuerpo, le caía maravillosamente bien. Prolijamente afeitado y peinado, con un perfume discreto y masculino, cruzó la sala con la mano estirada para saludar al anfitrión.
-Don Rodrigo, qué placer volver a verle.
-Igualmente muchacho. ¿Todo bien?
-Sí señor, todo muy bien. Permítame agradecerle a usted y a Emilia la gentileza de invitarnos a cenar.
-Por favor… es un placer tenerlos aquí –contestó cortésmente Emilia mientras se tomaba del brazo de su esposo
-Hola Rodrigo –dijo Kathy con una sonrisa que la hizo aún más bella. Él la beso suavemente en la mejilla mientras su corazón latía de alegría al verla.
-Daniel, usted aún no conoce la casa. Acompáñeme, se la mostraré y me ayudará a preparar unos tragos para el aperitivo. Kathy querida –le dijo a su sobrina mirándola con afecto- te robaré a tu guapísimo novio por un rato. Debo felicitarte por tan buena elección, es un hombre de trabajo, se ve refinado, culto, elegante y hacen una bellísima pareja.
-Muchas gracias señora, me halaga usted.
-No me digas señora Daniel, me llamo Emilia. Vamos… ayúdame a preparar los tragos –le decía mientras lo tomaba del brazo y se lo llevaba a la habitación contigua.
Una música tenue flotaba en el ambiente. Rodrigo adoraba la música clásica y la ópera. Andrea Boccelli acompañaba a la perfección la fina velada mientras que Rodrigo y Kathy, una vez solos, comenzaron a mirarse sin disimular su pasión.
-Kathy, que te conozco. Compórtate como la dama que eres y dime qué has hecho hoy.
-He sido una niña mala Rodrigo… Merezco que me castigues.
-Pero… ¿Qué dices?
-Quisiera que me abofetearas para redimir mis culpas.
-No digas tonterías ¡por favor!
-Anda Rodrigo, castígame…
-No, no lo haré.
-Si no lo haces, gritaré y me pondré a llorar, te miraré con odio y extrañeza. No sabrás cómo explicar la situación… Y será peor.
-Compórtate y no me amenaces.
-Quiero que me abofetees…
Rodrigo estaba totalmente desconcertado. Kathy comenzó a besarlo, mientras se oían las voces de la otra habitación. La separó de él y miró nerviosamente por encima de su hombro.
-Basta Kathy, no hagas niñerías –La tomó de los hombros y la zarandeó como para hacerla reaccionar.
-Abofetéame…
-Ya te dije que no lo haré
-¡Daniel! –gritó entonces. Rodrigo quedó de una pieza…
-Dime cariño… -contestó la voz masculina desde la otra habitación. Rodrigo contuvo la respiración.
-¿Me preparas ese cóctel que tanto me gusta? –gritó ella con una mueca divertida.
-En eso estaba. Le explicaba a Emilia lo complicado que es prepararlo…
La tensión empezó a sentirse en el ambiente mientras que la música también subía su intensidad. El “Gloria in Excelsis Deo” de Vivaldi comenzaba con esa velocidad vertiginosa que lo hace tan especial, los violines tocados por manos prodigiosas hacían correr la adrenalina por las venas de la pareja mientras se miraban a los ojos desafiándose mutuamente. La soprano alzó su voz y la bofetada resonó tapada con la música de los violines y las voces del coro. Rodrigo no había podido contener su furia y el nerviosismo lo había hecho caer bajo los influjos de esa mujer que, cuando volvió su rostro hacia él, lo hizo con una sonrisa sarcástica y de total triunfo. Los dedos de Rodrigo se percibían apenas en la blanca y delicada mejilla de Kathy.
-Cariño, aquí está tu cóctel –Daniel había entrado de improviso, tomándolos totalmente de sorpresa- Pero… ¿Qué te pasó en el rostro? Parece que…
-¡Sí! Rodrigo me abofeteó –gritó al tiempo que se cubría la mejilla con la mano y señalaba con el índice al hombre que hasta hacía pocos momentos antes había estado besando.
-Pero… Yo… -trató de explicarse Rodrigo, mientras que Daniel lo acusaba con la mirada y su esposa lo observaba con extrañeza.
-Jajajajajaaaaa… -rió Kathy estrepitosamente, mientras todos la miraban atónitos– Relájense, que era una broma. Le estaba contando algo a Rodrigo y me pegué en la mejilla con demasiada fuerza. Pero por solo ver el rostro de desconcierto de mi tío, valió la pena la broma. Y ustedes dos disculpen, perdóname tía Emilia, pero… ¡la tentación fue muy grande!
-Ay niña, ¡qué susto me has dado! Sé perfectamente que Rodrigo jamás haría algo así, pero qué momento me hiciste pasar. Daniel, deberías poner a esta niña sobre tus rodillas y darle unas nalgadas para enseñarla a comportarse… vamos, pasemos a tomar el aperitivo.
Rodrigo se acercó con disimulo al oído de quién le había hecho pasar uno de los momentos más vergonzosos de su vida, e inclinándose le susurró: “Esta me la pagas, y bien cara, niña”. Ella le sonrió y le guiñó un ojo, mientras lo tomaba del brazo para seguir a sus parejas.
La cena transcurrió plácidamente y el incidente pareció olvidado junto con la marca en el rostro.
Sí, el incidente “pareció” olvidado, pero en realidad ninguno de los cuatro lo pudo olvidar. Emilia comenzó a comportarse de forma extraña con Kathy. Muchas de las actitudes de la chica dejaron de caerle bien y algunas veces no le daba a su esposo los recados de la sobrina. Rodrigo también se dio cuenta que ya no miraba con simpatía y agradecimiento cuando le decía que iba a casa de los chicos, o que ayudaría a Kathy con tal o cual trámite. El hombre comenzó a ser mas cuidadoso y precavido con sus comentarios, pero el hostigamiento y la forma de hablar de su esposa se hacia cada día mas evidente.
Emilia comenzó a hablar cada vez menos con su sobrina y lentamente la relación se fue enfriando. Cuando la joven iba a casa de sus tios siempre era recibida correctamente, pero ya no había el cariño, los gestos de alegría y bienvenida de antes. El trato hacia ella por parte de su tia era fríamente correcto. Rodrigo tuvo que ponerse a pensar que iba a hacer con esa situación cada dia más insostenible. Debía decidirse: su esposa o Kathy. Todo un dilema que lo tuvo más de una noche sin dormir. Le costaba decidirse y necesitaba algo que torciera la balanza para un lado u otro. Él no lo sabía aun, pero ese peso que volcaría uno de los platillos estaba a punto de llegar.

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Mientras todo un desfile de pensamientos cruzaba la cabeza de Rodrigo, otro hombre tenia también la suya llena de imágenes, sentimientos, emociones encontradas y no sabía cómo salir de esa situación que le hacía imaginar un bosque infectado de animales salvajes que lo acosaban sin tener escapatoria.
¿Hablar con Kathy? No, eso ya lo había hecho varias veces y sin resultado alguno. La chica negaba los amoríos con su tío, o con “el esposo de su tía” como le gustaba decirle. ¿Poner sobre aviso a Emilia? No… esa mujer era demasiado inteligente y seguramente ya lo sabía; sería una crueldad ponerla en evidencia. Era una mujer admirable y no merecía pasar por eso. Sólo la lastimaría sin sacar ningún provecho de esa acción. “Si no beneficia a nadie… ¿para qué?”. Lo que le quedaba era hablar con Rodrigo, frente a frente y de hombre a hombre, así que concertó una cita con el empresario.
Una elegante cafetería fue el punto de encuentro de lo dos hombres. Luego de los saludos protocolares tomaron asiento. El primero en hablar fue Rodrigo:
-Daniel, gracias por la invitación porque yo también quería hablar contigo.
-¿De verdad Rodrigo? ¿Y sobre qué sería la charla? –le dijo con un rostro serio y algo molesto.
-Sobre el único tema y persona que nos une Daniel: sobre Kathy. ¿O me equivoco?
-No, no se equivoca usted. Pero ya que comenzó le pido que continúe.
-Bien… tú sabes que no es fácil. No voy a negar que he tenido una relación con Kathy, como tampoco niego mi cuota parte de responsabilidad en esa relación. Desde un principio yo sabía que era algo sin futuro, los dos lo teníamos claro, pero ella siempre tuvo la esperanza de que yo dejara a su tía para irme con ella. No niego que más de una vez estuve a punto de hacerlo, pero… en realidad amo a Emilia. Kathy fue una inyección de vitalidad, frescura, juventud, belleza y locura. Pero al continuar con esta relación sólo estoy haciendo daño. Daño a mi esposa que sospecha que algo ocurre, daño a Kathy porque sé que no me quedaré a su lado, te daño a ti Daniel, porque al estar yo en el medio no permito que ella vea al hombre que tiene a su lado y que la ama con delirio.
-Sí Rodrigo, esa es la verdad: amo a Kathy con delirio, con pasión, con locura. Pero ya no soporto más esta situación. Así que vengo a decirle que uno de los dos debe de desaparecer. Si usted se queda yo me voy. Pediré traslado a otra ciudad, en el extremo opuesto del país… y allí trataré de comenzar una nueva vida.
-No Daniel, no será necesario. Y te explicaré por qué…
Rodrigo comenzó a informarle sus planes, los que Daniel comprendió y aceptó inmediatamente con una sonrisa en su rostro.
-Sé que no soy quien para darte consejos, así que te daré una sugerencia: Kathy es una chica muy rebelde, caprichosa, extremadamente inteligente y también manipuladora. Necesita a su lado un hombre firme, dominante, seguro de las cosas sin caer en la necedad. ¿Me explico?
-Creo que sí.
-No, me parece que no, así que te lo diré claramente. ¿Recuerdas el día de la cena, cuando Kathy dijo que yo la había abofeteado y luego lo negó diciendo que se lo había auto infringido?
-Sí, nos hizo pasar un momento muy feo.
-¿Recuerdas lo que te dijo Emilia?
-Mmm… No, sinceramente no.
-Te dijo más o menos con estas palabras que Kathy merecía que la pusieras sobre tus rodillas y le dieras unas buenas nalgadas.
-Jajajajaaaaaa… Sí, es verdad. Ahora lo recuerdo. Estuvo muy graciosa esa broma.
-No era broma Daniel. Te lo decía muy en serio.
El joven no salía de su asombro.
-Verás: ni yo ni Emilia estamos de acuerdo con la violencia doméstica bajo ningún punto de vista. Pero lo que te proponía era algo consensuado: unos azotes propinados en las nalgas mantendrán a raya a esa niña traviesa. Y ella estará totalmente de acuerdo. No solamente lo aceptará sino que… hará que se enamore perdidamente de ti y se olvide de mí fácilmente. Te doy mi palabra Daniel. Haz la prueba. Sé que no tienes porqué confiar en mí, pero… Si nos haces caso no te arrepentirás.
Luego de unas breves explicaciones sobre la disciplina doméstica y las azotaínas eróticas, los hombres se despidieron con un fuerte apretón de manos. No se volverían a ver jamás…

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Camino a su casa, Rodrigo iba imaginando mentalmente lo que le diría a Emilia. ¿Y si ella no aceptaba? Si ella no aceptaba tendría que hacerlo igual, aunque fuera solo. Era muy arriesgado, pero tenía que hacerlo. Repasó en su mente la posible conversación y las probables respuestas de Emilia, y qué le contestaría ante tal o cual frase. Así fue todo el camino, conduciendo lentamente y aprovechando los semáforos para cavilar la mejor forma de enfrentar esa charla, lo que le valió más de un bocinazo de algún chofer que sí tenía prisa por regresar a su hogar.
Bajó del auto y se dirigió a la puerta de entrada de su casa con la llave en la mano. Cuando la fue a introducir, la puerta se abrió y apareció Emilia con la cara sombría, el mismo rostro de tristeza que tenía desde hace un tiempo. Ya no estaba alegre como antes, sino que un velo de congoja cubría su rostro, y le era imposible disimularlo.
-Hola Rodrigo…
-Buenas tardes amor... –respondió dándole un suave beso en la mejilla. Luego la tomó de la mano y la condujo hasta los sillones de la sala – Emilia, ven conmigo. Tengo algo que decirte.
Emilia se paró en seco y se puso lívida. Abrió sus ojos con un dejo de extrañeza y desconsuelo mientras que se le llenaban de lágrimas.
-¿Qué me quieres decir Rodrigo? –preguntó con miedo a la respuesta - ¿Acaso…?
-Emilia, mi amor –le susurró al oído mientras la abrazaba al ver la reacción de su esposa- lo que tengo para decirte puede ser muy importante para nuestro futuro: para ti y para mí. Para los dos. Ven… sentémonos. Escúchame por favor…
-Rodrigo, no…
-Por favor amor, déjame contarte y luego me dirás tu parecer, ¿sí?
-Está bien… habla.
Los nervios de esa mujer eran evidentes. Bajó su mirada y apretó sus manos en un gesto de desesperación. Rodrigo se odió por hacerle pasar momentos así…
-Emilia, la empresa me ha ofrecido el puesto de presidente en la sucursal de Miami. Eso significaría tener que mudarnos para allí por al menos dos o tres años. Les dije que tenía que hablar contigo para responderles. El sueldo será mucho mayor, nos darán una casa y auto de la empresa. Es una oportunidad muy grande para mí, pero… quiero que me acompañes. Sería imposible estar allá sin ti…
Los ojos de Emilia se iluminaron, y las lágrimas corrían por su rostro mientras abrazaba a su esposo casi con desesperación. ¡Era esa la noticia! Ella había imaginado que le diría que la iba a dejar, pero no… su esposo le estaba pidiendo que se fueran de allí, lejos de todo aquello, lejos de…
-¡Rodrigo, mi amor! Claro que me voy contigo, donde tú vayas yo iré, yo te acompañaré, estaré a tu lado en todo momento. Sí, sí… sólo dime cuándo partimos y me pondré a hacer las maletas.
-Gracias por ser la mujer que eres. Temía que no quisieras venir, pero… ¿cómo pude imaginar que no me acompañarías? Gracias amor, gracias. Sé que es todo muy apresurado, pero deberíamos estar en Miami en 8 días. Si te parece bien, comenzaremos a dejar todo en orden y necesitaré tu ayuda para eso.
-Cuenta conmigo. Esta noche comenzaré a ordenar todo lo necesario con respecto a la casa, le avisaré a…
-¡No! No, por favor no le avises a nadie, no quiero que nadie se entere. Nadie. Dentro de una semana, cuando ya estemos tomando el avión, entonces ahí avisaremos a quien sea necesario. Pero quiero disfrutar este momento contigo solamente, quiero que este sea nuestro momento, nuestro logro, nuestro triunfo…
Tomo el rostro de la mujer que había sido su compañera de ruta por más de 25 años y la encontró más bella y resplandeciente que nunca. Acercó sus labios a los de ella y la beso dulcemente mientras la llevaba en brazos a la habitación.
Aquella noche fue muda testigo del fuego y la pasión que puede haber en una pareja que se ama y se comprende sin decir una palabra. Ellos eran un matrimonio que se conocían a la perfección y en esa lujuria desenfrenada Emilia comprobó que era ella quien había ganado aquella guerra no declarada.

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Los días pasaron rápidamente. Kathy trató de comunicarse con él de todas las formas imaginables, pero le era imposible ubicarlo. Daniel se estaba cansando del humor irritable de su novia y cada vez tenía más deseos de poner en práctica la sugerencia de aquella pareja veterana que seguramente sabía más de la vida y de la convivencia que él o su novia.
Finalmente, un día Kathy logró contacto con Rodrigo y se citaron en un discreto restaurante.
-Dime qué pasa Rodrigo. Por qué me rehuyes, qué es lo que está pasando.
-Mañana parto a trabajar al extranjero. Me dieron el puesto de Presidente en una sucursal fuera del país, y acepté.
-Pero… no me habías dicho nada…
-No, nadie lo sabe, no quise que nadie lo supiera hasta hoy. Pero tampoco podía partir sin decirte nada. Kathy… has sido alguien muy importante en mi vida. Contigo he pasado momentos inolvidables. En un momento en que pensaba que ya no había más nada me trajiste energía, frescura, juventud, pasión… me diste vida, me devolviste la esperanza y las ganas de seguir adelante. Eso, mi querida niña, jamás lo olvidaré y nunca viviré lo suficiente para agradecértelo. Pero…
-¿Pero…?
-No podemos seguir adelante por muchos motivos. Tú sabías desde un principio que yo no me quedaría contigo. Amo y necesito a Emilia. Lo que estabamos haciendo no era justo para nadie: ni para Emilia que confió en nosotros y la traicionamos, ni para Daniel que te ama con locura, ni para ti que no tendrías futuro a mi lado… ni siquiera para mí. Por eso decidí aceptar la Presidencia en esa sucursal lejos de aquí…
-¿Dónde te vas?
-Lejos, muy lejos… no importa dónde.
-Te odio Rodrigo. Me usaste como a un objeto y ahora que ya no me quieres más, me dejas como a una… basura.
Los ojos de Kathy despedían odio y las lágrimas le quemaban el rostro. Sentía rencor, rabia, vergüenza… y su corazón destrozado.
-No. No es así Kathy. Pero había que terminar de alguna manera, y creo que esto es lo mejor.
-¡Vete! No quiero volver a verte nunca más
-Kathy, yo no…
-¿No entendiste? Te dije que te fueras, vete con tu esposa y ojalá que les vaya bien. Solo espero que nunca más en la vida nos volvamos a ver. Este amor que te he tenido y que me está destrozando ahora, se irá aplacando con el tiempo, pero el dolor que estoy sintiendo… ese no creo que desaparezca jamás. Vete Rodrigo…
El hombre se levantó y caminó hacia la puerta sin volver la cabeza. Cuando llegó a la puerta se detuvo, titubeó pero… la empujó y salió en silencio del lugar.


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La joven entró dando un tremendo golpe al cerrar la puerta. Llorando, con los ojos enrojecidos, pasó al lado de Daniel. Hacía rato que esperaba en casa de la joven. Al verla en ese estado imaginó que Rodrigo había hablado con ella y la relación habría terminado. Tendría que hacerse el tonto y ver su reacción.
-¿Qué te sucede?
-Sucede que todos los hombres son iguales, una porquería, una basura. Nos utilizan a su antojo y cuando ya no les servimos nos arrojan fuera de sus vidas.
-Pero… ¿por qué dices eso? ¿qué te pasó?
-Nada que a ti te incumba. Déjame en paz. Vete de aquí.
-Estás mal Kathy… déjame quedarme a tu lado.
-¡No! Quiero que te vayas, desaparece de mi vida, no te quiero ver…
Le cerró la puerta del dormitorio en la cara. Sí, sin duda que Rodrigo había hablado con ella y ese era el motivo de su enojo. No se fue. Se acomodó pacientemente en el sofá y allí pasó la noche.
A la mañana siguiente se despertó muy temprano recordando que no tenía que ir a trabajar. Había pedido unos días de licencia previendo que algo así podría ocurrir cuando se fuese Rodrigo. Y estuvo muy acertado. Sintió ruido en la cocina. Era Kathy que envuelta en una toalla preparaba café.
-Buenos días…
-Buenos lo serán para ti. No veo qué tienen de buenos.
-Mejor me voy a bañar…
-Sí ¡mejor!
No soportaría ese trato mucho tiempo más. En la ducha, sintió deslizarse el agua por su cuerpo. El chorro muy caliente caía en su nuca, corriendo por su columna y espalda. Cambió la temperatura del agua y sintió un frío casi congelante que lo hizo estremecer. Salió y frotó la toalla por todo su cuerpo con vigor, con fuerza, con ganas… Ya se sentía mejor. Tomó una muda de ropa de su bolso y a los pocos minutos estaba de regreso en la cocina, con una radiante sonrisa en su rostro. Kathy seguía envuelta en el toallón, revolviendo tontamente el café en su taza.
-¿Quieres hablar Kathy?
-No, no quiero. Lo único que quiero es estar sola.
-Bien, me iré… después -El tono de su voz había cambiado notablemente. Le había hablado a ella como lo hacía con sus subordinados. Eso la descolocó levemente- Estoy harto de tus desplantes. Mi paciencia ha llegado a su límite. Pensé que podía encontrar en ti a la mujer que he estado deseando hace años. Pero me equivoqué, no eres más que una mocosa engreída, mal educada y caprichosa.
-¿Pero qué dices? ¿Cómo te atreves?
-Cuidado Kathy. No te confundas. He sido benévolo, pero me equivoqué. Me iré, sin duda que me iré. Cuando salga por esa puerta seguramente no me vuelvas a ver, pero antes… haré que me conozcas un poco mejor.
La tomó de la muñeca y casi la arrastró hasta el sofá. En el camino, Kathy trastabilló, perdiendo la toalla y quedando cubierta solamente por unas exiguas bragas negras. Los túrgidos pechos se bamboleaban al caminar. Llegando al sofá, Daniel se sentó de golpe y ella fue a dar sobre sus rodillas, llevada por la inercia.
-¿Pero qué haces, pedazo de animal? Suéltame o…
Los azotes no se hicieron esperar. Kathy se retorcía con cada nalgada, movía sus piernas como si estuviera nadando en una piscina olímpica, pero Daniel la tenía fuertemente agarrada y… al ver ese cuerpo casi desnudo, ese cuerpo deseado tantas veces, sentir el calor de su piel tan directamente, ver cómo se coloreaban sus cachetes cada vez más… lo llevaron a un grado de excitación que ni él mismo podía creer.
Sintió su brazo algo cansado y paró los azotes, sosteniendo fuertemente a Kathy. Las nalgas tenían un rojo parejo y brillante. Instintivamente comenzó a acariciarlas ante los suaves jadeos de la joven.
Así estuvo unos escasos 30 segundos, antes de que Kathy…
-¿Ya? Estarás satisfecho ¿verdad? Nunca creí que un hombre como tú pudiera convertirse en un troglodita azotador. Ahora suéltame y vete.
-Mmm… No, aún no. Veo que todavía te falta mucha educación, y como estoy de vacaciones, te ayudaré a adquirirla. Y de gratis, ¿eh? Veamos Kathy… dame una de tus chancletas.
-¿Qué cosa?
-Bueno… creo que mañana te lavaré yo mismo las orejas. Dije que me des una de tus chancletas.
-Tú estás más que loco si crees que haré algo así.
-Si no me obedeces, no sólo no te liberarás del castigo, sino que será peor, ¿entendiste? Así que… dame esa chancleta.
-¡No! Ya te dije que no lo haré. Me parece que el que tiene que lavarse las orejas eres tú. Cuando digo no, es ¡NO!.
-Bien… en ese caso… recordarás que te dije que me ibas a conocer y que no voy a permitir que te burles de mí. Así que si no es con la chancleta será con lo primero que encuentre.
Como si ella no existiera, se levantó haciéndola caer contra el piso, sin ninguna consideración. Se metió en la cocina y regresó con un matamoscas de plástico duro, una paleta plana y un cable de plancha. Ella estaba tratando aún de reaccionar, de levantarse. La encontró en cuatro patas al costado del sillón. La tomó de una oreja, obligándola al levantarse de inmediato, por supuesto que bajo las mil y una protestas de ella.
La miró a los ojos, se agachó levemente, y como hubiese cargado un estibador un bulto echándoselo al hombro, así hizo Daniel con aquella chiquilla.
Daniel era muy alto y tenía los brazos largos, por lo que podía además de sostenerla, aguantar sus piernas para que no lo pateara. En el camino hacia el dormitorio, le propinó varias y sonoras palmadas con todos los implementos juntos. Trataba de darle sólo con uno, pero de alguna manera ella los sentía todos.
-Estoy harto ¿oyes? Harto de tus tonterías. Esto te lo has ganado con creces. Desde que nos conocimos no has perdido oportunidad de maltratarme, de humillarme como quisiste.
-Pues si no te gustaba, te hubieras largado. Yo…
-Tú no sabes nada. Eres una mocosa estúpida y malcriada. Pero no te apures, yo te enseñaré a comportarte con la gente. Lo harás ¡claro que lo harás! O este precioso culo –le decía mientras se lo sobaba y lo azotaba a un tiempo- sabrá lo que es estar rojo y ardiente.
Kathy tenía una montaña de sentimientos en su mente. Estaba muy enojada, pero también muy excitada. Ese no era el Daniel que ella conocía, tan amable, dulce, tranquilo, complaciente. Este era el Daniel que ella había soñado: dominante, recio, duro, varonil… un hombre de verdad.
-Me cansaron tus impertinencias, tus caprichos de niña burguesa, tu maltrato para todo aquel que crees que no está a tu altura. Tus coqueteos con los hombres… eres… eres…
La tiró en la cama sin ningún reparo. El cuerpo de Kathy rebotó en el colchón y antes de que se diera cuenta, la había puesto boca abajo y estaba esposada a la cama con un juego de esposas en cada mano agarradas a los barrotes de la cama y haciendo que tuviera los brazos bien estirados. Le colocó un par de almohadas bajo el vientre. Sus nalgas se veían estiradas, levantadas, desafiantes y excitantes.
Tomó un par de bufandas de uno de los cajones y le ató las piernas.
-Bien… ¿Preparada para recibir el castigo de tu vida?
-Por supuesto que no
-Excelente. Entonces… ¡aquí vamos!
La paleta de madera chocaba violentamente contra las nalgas de Kathy. Era un sonido seco, apagado, pero chispeante a la vez. Con cada azote ella levantaba la cabeza y gemía. No le quedó un solo espacio sin azotar. Había adquirido un color rosa fuerte en ambas nalgas. Entonces hizo su aparición el cable de la plancha. Unas líneas rojas dejaban saber los lugares exactos por donde había estado el implemento.
-¡Caramba! Qué pena me da, pero… olvidé quitarte las bragas. En fin… estoy seguro que no te importa. ¿Verdad que tienes más?
Sin darle tiempo a responder, desgarró con un tirón seco las partes más finas de las bragas de Kathy, y se las sacó haciéndolas correr entre las nalgas… Su sexo quedó expuesto totalmente. Se veía húmedo y brillante.
-Mmm… veo que a la señorita la ha excitado todo este juego. O sea que debo presumir que está gozando, ¿verdad? Lamento recordarle que esto es castigo, no placer. Así que deberé esmerarme más.
El cable zumbaba en el aire y se estrellaba sin ningún reparo en las nalgas de la joven mujer. A veces también recibía alguno en la parte alta de las piernas y entrepierna. Un azote dado en su vagina la hizo saltar y retorcerse. Comenzó a llorar sin parar. Sus nalgas se veían hermosamente decoradas por un sin fin de líneas rojas en varias direcciones.
-Hasta hoy fuiste una chiquilla malcriada, pero te vas a convertir en una mujer como debe ser.
Daniel dejó caer la cuerda al suelo y tomó el matamoscas. Cuando lo alzó para seguirla azotando, vio los ojos de la joven clavados en sus pupilas. Estaba llorosa, indefensa, como un gatito asustado. Y eso lo conmovió.
Tomó un tarro de crema que había allí, y destapándolo se lo comenzó a frotar en ambas nalgas. La crema se deslizaba con facilidad por la suave pero ahora maltratada piel de Kathy.
-Suéltame de aquí. No eres más que un… ¡sucio animal salvaje!
-¿Te parece Kathy bella? Pues fíjate que te equivocas –le dijo mientras se ponía a un costado de la cama para que ella lo observara- El sucio animal salvaje viene ahora.
Al quitarse el jean, un poderoso pene salió disparado de entre las ropas. Nunca había visto algo tan… ¿portentoso? Era simplemente grande, y al acariciarlo con sus enormes manos, parecía más grande aún.
Sintió cómo se subía a la cama y se ponía encima de ella. Sintió su enorme miembro entre las nalgas y se tensionó. Las manos de Daniel comenzaron a recorrer el costado de su cuerpo, piernas, caderas, senos, brazos…. Hasta llegar a las manos que cubrió con las suyas. Kathy cerró los ojos y se abandonó. Fue entonces que sintió cómo le quitaba las esposas…
-Date vuelta. Ya desaté los pies también.
Poniéndose en cuatro patas, quitó las almohadas de la cama, y las arrojó al piso. Luego se dio vuelta sobre sí misma y miró a Daniel a los ojos.
El hombre estaba dispuesto a todo. Si le decía que se fuera, lo haría y entonces los consejos de Rodrigo no habrían servido de nada. Y si no… no podía suponer qué pasaría. Miró hacia abajo esperando la sentencia de la mujer, que cuando estuvo casi encima de él… lo beso con una pasión loca. Sus lenguas se trenzaron en una batalla buscando espacio en la boca del otro. Cerraron los ojos y comenzaron a reconocer sus cuerpos con las manos. Kathy fue depositada sobre el colchón, esta vez con infinita ternura. Las piernas de la joven rodearon la cintura de Daniel, que después de estar un momento encima de ella, la levantó por completo. Ella no dejó de rodearlo con sus piernas, lo que le dio al joven la oportunidad de insertar su miembro en la húmeda vagina, abierta totalmente para recibirlo, mojada y cálida para convertirse en la vaina de tremendo instrumento.
Un lento compás comenzó a surgir entre la pareja. Las manos de Daniel se colocaron debajo de las nalgas de Kathy que, sujeta como un náufrago a una tabla no lo soltaba ni un segundo. Los embates se hicieron más frecuentes, pero Daniel se detuvo.
-Bájate y ponte en cuatro patas
La mujer obedeció sin vacilar.
-Quizás esto te duela, pero deberás soportarlo como parte del castigo –le decía en su oído mientras embadurnaba su armamento con abundante gel- Espero que estés preparada.
Sintió la mano del hombre recorrer sus agujeros y concentrarse en su ano. El dedo mayor comenzó la exploración mientras le untaba un líquido frío y suave. De inmediato se le unió el dedo índice y luego el medio. La joven estaba a punto de llegar al orgasmo, así que sacó los dedos y le aplicó un par de azotes… y luego otro… y otro más… más… más… cuando quiso darse cuenta ya tenía el pene metido en su ano, y a Daniel tomándola de las caderas para que acompañara su frenética carrera hacia el clímax total. Ninguno de los dos podía creer tanto goce. Sin dejar de moverse, el hombre estiró las manos y tomó los senos de Kathy, apretó sus pezones tan fuertemente como pudo, mientras la joven llegaba al máximo orgasmo. El suyo no se hizo esperar. Kathy pudo sentir cada uno de los chorros que se estrellaban en su interior, llenándola por completo.
Cayó encima de ella, y ella encima de la cama. No se movieron, así se quedaron hasta que las ansias de amarse volvieron a aparecer. Y fueron varias ese día. Y los siguientes. Algo le decía a Daniel que aquella joven que él amaba, olvidaría pronto al hombre que estaba viajando lejos de ella.

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A la hora prevista el avión decoló dejando la pista y el suelo de su querido país. Una nueva vida y un futuro brillante los esperaba en otro lugar. Emilia apretó la mano de su esposo y apoyó la cabeza sobre su hombro. En los últimos tiempos había vivido varias tragedias, pero de todas salió airosa, y ahora la vida le sonreía nuevamente junto al hombre que había amado siempre.
El aeropuerto internacional de Miami los recibió y salieron de allí rumbo a su nueva casa, su nueva vida, hacia la nueva etapa que los encontraría más enamorados y unidos que nunca.

--- FIN ---