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Relatos de azotes

En Familia

Mi Nueva Familia

Autor: Fer 

Nunca hubiese creído encontrarme habiendo formado una nueva familia y siendo tan feliz. Si me lo hubiesen dicho que la armonía entre mis fantasías más oscuras y una perfecta vida burguesa se iba a establecer en estos años de mi vida, hubiese contestado que me estaban hablando de otra persona.

Cuando bordeaba la cincuentena, mi matrimonio de toda la vida con Amalia acabó de hundirse. Ya venía haciendo aguas desde hace años, me atrevería a decir que desde hace lustros, nuestra interesante vida bohemia del comienzo se fue haciendo una densa rutina de reproche y rencores. La puntilla final la dieron ciertos problemas económicos derivados de mi decisión de trabajar menos horas, dejar de ser la locomotora financiera de esa relación y tratar de disfrutar un poco más del tiempo libre. Nuestra separación me causó mucha amargura y mucho dolor. Pese a que la pasión se quedó encallada en la década de los ochenta, el afecto era enorme y más de veinte años de vida en común pesan.

Después de un tiempo conocí, por motivos de trabajo a una mujer, Ana, que me devolvió el interés por relacionarme afectivamente con alguien. Solo me quedaban unos pocos amigos de toda la vida que no tomaron partido en la ruptura.

Ana fue entrando en mi vida muy suavemente, primero como amiga, luego como algo más, mientras yo iba saliendo de mi ensimismamiento. Realmente fue ella quien tomó la iniciativa un día que salimos juntos y depositó un casto beso en mis labios. Una cosa fue llevando a la otra y pese a la diferencia notable de edad de más de 15 años la relación pasó a ser algo más. Nos encontramos bien el uno con el otro y Ana me introdujo en su familia. Su madre, aunque muy mandona, una mujer inteligente y activa y su padre el típico buenazo. Ana es hija única, siendo su familia muy unida y pudiente económicamente. Ana está divorciada desde hace muchos años. Tiene dos hijas, Diana de 16 años y Mara de 14,

Fue pasando el tiempo y la relación se fue haciendo más y más cercana. Con Ana comencé a vivir una gran tranquilidad, solamente perturbada por las preocupaciones que ella sufría que tenían como fuente la conducta de sus hijas y las tonterías que hacía su ex marido. Sobre este último, Cristian, percibí de forma fría y casi de inmediato que es el típico niñato rico inmaduro y – en resumen – el perfecto cantamañanas.

Ana y yo decidimos, hará cosa de poco más de un año, ir a vivir juntos, por lo que me trasladé a su magnífico piso y pude alquilar el mío una vez se hubo marchado Amalia. Nos casamos hace exactamente 8 meses y medio.

Los primeros tiempos de convivencia fueron un poco complicados, nos tuvimos que ir adaptando el uno al otro y todo esto con Diana y Mara, dos adolescentes encantadoras pero muy desorientadas. Mimadas, indisciplinadas y siempre tanteando los límites de su madre y, por extensión, los míos.

Ana es una mujer con las ideas muy claras, una profesional independiente que no solo tiene un gran patrimonio inmobiliario y financiero sino que gracias a su impresionante Currículum Vitae se gana estupendamente la vida con su trabajo, una mujer con carácter, delgada, elegante, bien vestida con un incisivo toque de clase.

Al principio nuestra vida sexual no fue demasiado satisfactoria para mí. Ana, según me dijo tenía muy poca experiencia ya que, aparte de su marido – al cual dudo si incluir o no - sólo han pasado 3 hombres por su cama contándome a mí... Sólo conserva buenos recuerdos de un amante que luego del torpe de su marido supo rendirle los debidos tributos amorosos. Sin embargo Ana estaba muy contenta y muy feliz en este aspecto conmigo, no soy el autor del kamasutra pero me gusta hacer disfrutar a una mujer y me las apaño bien para hacer feliz a mi compañera de cama si me lo propongo.

Yo estaba acostumbrado a mantenerme en lo más profundo y oscuro del armario spanko en mi anterior matrimonio, ya que Amalia era feminista primitiva y el spanking lo podía interpretar, claro está, como una humillación de la mujer frente al varón dominante, etc., etc. y no osé exhibir mis fantasías y anhelos como spanker. Esta actividad solo se había limitado a alguna experiencia esporádica con alguna amante ocasional y en los últimos años al bendito mundo Internet.

En todo caso Ana me aseguraba desde un principio ser muy feliz a mi lado en todos los sentidos.

El problema que nos atenazaba era el comportamiento de las llamadas “niñas” que ya no eran tales. Dos adolescentes muy diferentes entre ellas pero con el denominador común de un padre bastante lelo y todas las tonterías de las chicas ricas de colegio elitista.

Diana es delgada, menuda, morena un tanto anoréxica, reservada, muy secundaria en sus reacciones, ávida lectora, muy técnica para hacer todas sus cosas y con unos hermosos ojos negros misteriosos. Viste como una top model. Es capaz de desplegar frialdad, cinismo y toda la indiferencia que haga falta. Mara en cambio, parece mayor que Diana, es rubia, alta, llena de curvas, extrovertida, deportista, sonriente, desordenada, diabólicamente seductora y muy encantadora.

Estas chicas han crecido en la teoría y práctica de la explotación de la situación de divorcio de los padres sin un límite, salvo algún esporádico bufido de Ana. Yo creo que desde un principio les caí bien a ambas, sin hacer gran cosa para ello pero procurando no hacer nada para caerles mal.

Muy rápidamente en mi nueva familia se fueron estableciendo nuevos equilibrios. Podemos decir que se produjo una reasignación de los papeles de cada uno. Ana aseguraba el altísimo nivel económico y social en el que nos movíamos, yo aportaba la figura del hombre adulto y experto y las chicas estaban a la expectativa. Esta expectativa era muy activa pues en todo momento tanteaban los límites de tolerancia de la nueva pareja, hasta que un día llamaron del colegio que se había montado un tremendo enredo en el cual ambas habían sido sorprendidas fumando porros con otros chicos, con lo que uno de ellos, noviete de Diana, resultó expulsado del colegio por haber traído el hashich. Cuando Ana se enteró se puso como una furia y las castigó sin ir a esquiar dos fines de semana en plena temporada, si bien el castigo les resbaló como tal, ese medio mes fue una etapa insoportable para la convivencia. El castigo fue peor para nosotros que para ellas. Ana sufrió mucho esos fines de semana.

Yo me mantuve al margen hasta que un día Ana me pidió formalmente que tomase cartas en el asunto de la educación de las chicas. Yo que no tuve hijos de mi anterior matrimonio le dije que tenía menos experiencia que ella pero que lo intentaría.

Mantuvimos una conversación de pareja muy seria y Ana, una mujer tan valiente y tan desenvuelta en su trayectoria habitual, estalló en su desesperación e impotencia con estas hijas tan indisciplinadas y me pidió que pusiese orden en la casa. Yo le pregunté por los métodos y hasta dónde quería que llegase. Ella casi me dejó estupefacto cuando me dijo que les diese azotes si no entendían otro lenguaje. A partir de aquí tuvimos una seria conversación familiar que las chicas se tomaron con cierta sorna y displicencia.

Una semana después, un viernes, fueron a la fiesta de una amiga y quedaron en volver sobre las 12 y media o una, a más tardar, pues cual sería nuestra sorpresa cuando ya eran las dos de la mañana y no habían vuelto.

Llamamos a casa de la amiga de Diana y nos comunicaron que la fiesta había terminado hacía rato pero que ellas no habían asistido. Las llamamos mil veces por los teléfonos móviles que ambas poseen, nada, el buzón de voz. Casi a las tres, cuando ya pensábamos llamar a la policía y a todos los hospitales de la ciudad, llegaron con alguna copa de más, muchas risas y en plan burla hacia nosotros.

Ana les dijo que esto no podía ser y que las cosas habían cambiado, la discusión fue subiendo de tono y yo entré con una postura muy inflexible. Les hice ver de una forma muy seria que esto no podía continuar así, que las cosas habían cambiado y les recordé nuestra conversación. Ellas, especialmente Diana, seguían en actitud desafiante, habían estado bebiendo claras con unos amigos y dando unas vueltas en su coche. La discusión fue subiendo de tono hasta que yo les dije:

- Esto se acabó, jovencitas, si no entendéis las cosas como personas adultas las entenderéis como niñas por lo que os voy a dar unos azotes en el culo

Ellas pasaron de la actitud burlona poco a poco primero a la incredulidad y después a la perplejidad. Esto a mí me estaba causando enormes tensiones interiores, ya que por una parte estaba en mi papel de hombre de la casa que ejerce la autoridad que mi esposa Ana me había transferido sobre sus hijas y por otra parte, y vosotros me comprenderéis perfectamente, soy un spanker y esta situación me resultaba excitante, por más que intentase negármelo a mí mismo.

En eso estábamos cuando me encontré con Diana con su corta faldita tendida sobre mis rodillas. No era el momento de echarme atrás, Ana estaba pendiente de mí. Cuando le levanté la falda hasta la cintura protestó muy airadamente y apareció un tanga blanco de una lencería de tal lujo que, una jefa del departamento de estudios del mejor banco del país no podría permitírselo, de todas formas se lo bajé hasta las rodillas dejando al descubierto sus posaderas. Diana imploraba y suplicaba que “eso no” refiriéndose a que la privase de su última protección, pero inevitablemente quedó con su pompis al aire, Ana miraba fascinada pero aprobando con su gesto la escena y en la cara de Mara se reflejaba que la cosa iba en serio.

Comencé a azotar con mi mano, creedme que es pesada, a Diana primero de forma relativamente suave para in crescendo ir aumentando la cadencia e intensidad del castigo, que iba acompañado de duras recriminaciones. Creo que fueron unos 40 o 50 los azotes que le propiné, el hecho es que al principio no quiso demostrar nada pero luego le caían las lágrimas por la cara a medida que sus nalgas enrojecían. Ana le dijo:

- Diana, ahora te quitas la falda y las braguitas y te pones de cara a la pared hasta que Fernando te permita irte a tu habitación

El espectáculo de la soberbia Diana en tacones, con su top de fiesta, sin ropa de cintura para abajo y con el culete enrojecido por el castigo fue verdaderamente digno de verse. La princesita de la casa había sido destronada. Sin embargo algo de sumisión y docilidad comenzaba a verse reflejaba en su nueva actitud.

Luego le tocó el turno a Mara, que como no podía ser de otra forma, intentó negociar que se le dejaran las blancas braguitas de algodón puestas y reducir el número de azotes alegando que no había sido idea suya y que había bebido muy poco.

Mara se resistía como una lagartija y ¡se reía! Y también lloraba. Yo me atrevería a decir que disfrutaba de la azotaina... al final ella misma se quitó la falta y las braguitas y se puso junto a su hermana, con el culete más ostensiblemente enrojecido dada la palidez de su tez.

Así estuvieron hasta las cinco de la mañana. Y esta escena se repitió varias veces pues ellas parecían provocar las situaciones para llegar a este extremo. Pero poco a poco se volvieron más obedientes y mejoraron en todas sus actitudes siendo muy cariñosas con su madre y conmigo también muy apegadas a mi persona.

Poco después, en nuestra casa de la Costa Brava se produjo un incidente nuevo en nuestra particular guerra. En casa estaban como invitados a pasar gran parte del verano David de 15 años, primo hermano de las chicas por parte de padre y Sarai de 17, una bonita chica chilena del colegio compañera de Diana. Los cuatro bajaban casi a diario a la playa y, puesto que las pautas de disciplina habían mejorado espectacularmente, gozaban de la libertad de salir por las noches y llegar más allá de las 2 de la madrugada, siempre y cuanto su madre y yo supiésemos en donde estaban y se llevasen los teléfonos móviles.

Sin embargo, quizás envalentonadas por la presencia de Sarai y David una mañana hicieron algo que tenían absolutamente prohibido, alquilaron motos náuticas. Su madre y yo creemos que son peligrosas y que perturban el medio ambiente rompiendo la paz de la playa con sus excesivos decibelios. Lo que Diana y Mara no pudieron prever es que yo escrutaba con mis poderosos binoculares la playa con fines inconfesables como ver un bonito topless o algún bello trasero apretado por un bikini y me percaté que habían alquilado un par de motos y estaban saltando olas tan contentas.

Cuando volvieron los cuatro para la hora de la comida, las chicas fueron interpeladas y de forma muy descarada Diana contestó con un cierto tono de chulería con las consiguientes risitas de Mara, en apenas un segundo Ana y yo nos miramos y sentimos al unísono que todo esto nos recordaba a épocas superadas y en el instante siguiente decidí actuar tirando por la calle de en medio.

Les espeté,

- Parece que volvemos a las andadas, habíamos quedado que nada de motos náuticas!  Os pensáis que soy tonto ¿o que me chupo el dedo? Ahora os vais a enterar y será aquí, en el jardín delante de vuestro primo y de vuestra amiga que os voy a zurrar en el culo como a unas crías pequeñas

Ellas, protestaron vivamente al ver que yo no me detenía ante nada, ni siquiera en que había dos invitados en la casa que observaban atónitos la escena que se estaba desarrollando.

Esto duró solo unos instantes pues ordené a Diana bajarse el bañador hasta la mitad de los muslos y tenderse sobre mis rodillas. Protestó y se permitió palabras hirientes pero le advertí que todo sería peor si plantaba cara. Finalmente lo hizo y comencé a azotarla con una parsimonia y tranquilidad asombrosa, le obligué a contar los azotes y dar las gracias por cada uno, fueron unos 30. Con el bañador como lo tenía la hice colocarse de espaldas a todos nosotros mirando la zona del parrillero.

De inmediato le tocó el turno a Mara, siempre es más agradable azotar a Mara ya que su culete es redondo, duro y muy blanco. Yo mismo le bajé el bikini aún mojado y procedía a azotarla sistemáticamente. En medio de los azotes les dije a sus invitados que como se pusiesen tontos ellos también cobrarían, que no me costaba nada hablar con sus padres y sugerirlo.

Mara quedó expuesta mientras comíamos al lado de su hermana con el bañador por las rodillas y el trasero tatuado con mis manos.

Ana estaba de buen humor y los chicos invitados no decían ni pío.

A partir de aquí las sesiones de castigo se hicieron más esporádicas y las chicas cada vez fueron siendo más y más dóciles.
 
Muchas cosas cambiaron en nuestra familia. A mí me parecía insólito que un método tan tradicional como los azotes funcionase tan bien en el siglo XXI. Ana comenzó a disfrutar de una placidez y una tranquilidad de espíritu muy grande. Yo sentí que tenía un lugar en mi nueva familia. La armonía y el equilibrio reinan en nuestro hogar.

Mis pulsiones spanko, pese a un cierto conflicto interior, ya que por una parte me excitaba tremendamente azotar a Diana y Mara y me atrevería a decir que era recíproco y por otra estaba cumpliendo mi cometido en el pacto familiar, por lo tanto mis oscuros anhelos se veían canalizadas en una situación socialmente aceptada. Todo eran contradicciones en mi espíritu.

En un momento dado sufrí tanto con estas dudas que incluso, pese a no ser practicante, hablé con un sacerdote amigo de mi familia, un antiguo cura-obrero y misionero, a quien le expliqué la situación y él me dijo que si todos eran más felices, cosa que pudo constatar las veces que vino a comer a casa, y yo había triunfado sobre esos pensamientos con las chicas, esos castigos estaban justificados mientras no se convirtieran en práctica habitual sino excepcional y muy justificada. El buen cura me proporcionó una paz interior que yo necesitaba para dejar de debatirme en mis oscuras tribulaciones, Eso me tranquilizó mucho la conciencia.

Un efecto secundario fue que también mi vida sexual con Ana, que hasta el momento salvo la no práctica del spanking, no se podría calificar como vainilla, mejoró espectacularmente. Y esta es la parte quizás más sorprendente de este relato.

Un buen día en nuestro dormitorio hablando de los castigos que había aplicado a las niñas, como ella insistía en llamar a las mujeres que ya tenía por hijas, me dijo que ella nunca había recibido ese tipo de castigos. Si conocieseis al bueno de su padre lo entenderíais perfectamente. Quien ponía los límites en su casa de pequeña era la madre y por su fuerte carácter y determinación le resultaba innecesario recurrir al castigo físico. Y, Ana me decía que por no haber tenido esas vivencias, que le producía una gran curiosidad vivir la experiencia que había transformado a sus hijas, mientras me lo decía yo casi no me atrevía a respirar. También me dijo que quería vivir lo mismo que sus hijas y que no era por celos que me lo comentaba.

Finalmente se decidió y me preguntó que si yo me atrevería a proporcionarle unos buenos azotes en las nalgas. Yo no daba crédito a lo que oía, pero a pesar de que el corazón me batía al menos al doble de su velocidad de crucero, procuraba aparentar calma. Hasta tuve la sangre fría de hacerme el remolón y que ella – ya muy mimoso – me lo pidiese casi rogándolo.

-Papi, como me decía entre cariñosa y burlona, he sido una niña mala: castígame, porfa!

Cuando por fin accedí, bendita hipocresía, ella tuvo el buen gusto de cambiarse los pantalones que llevaba puestos por una faldita muy corta, creo que también se cambió la ropa interior y se puso un top muy cortito que, gracias a su tipo tan esbelto, podía lucir estupendamente, para secreta envidia de alguna de sus más viperinas amigas.

La coloqué sobre mis rodillas, levanté con una lentitud de ritual primitivo su falda, deslicé sus braguitas blancas hasta abajo del todo y comencé, primero muy suave, a azotar su culete virgen de palmadas. Cuando aceleré los golpes pretendía zafarse e interponía sus manos ente mi poderosa palma y su ya enrojecido trasero, pero yo solo me detendría si escuchaba la palabra “Stop” , que era la que habíamos pactado como medio de seguridad, no haciendo caso ni a sus ruegos ni a su llanto.

El hecho es que le di una buena azotaina y le dejé el culete rojo como un tomate y pensé al ver la reacción cromática que de alguien tuvo que heredar la piel tan blanca Mara. Luego la tendí sobre el secreter en una postura más forzada que separando sus nalgas permitía una visión más íntima de sus encantos más ocultos y reanudé mi tarea de forma constante y sistemática.

Al final, cuando di por acabada la azotaina, ella me dijo que le ardía mucho y si no le aplicaba una crema nutritiva, de esas de 130 euros el bote de 50 gramos que se apilan por docenas en su mesita de noche, cosa que comencé a hacer de inmediato. Le apliqué una generosa ración sobre su delicioso culito colorado que fui extendiendo de forma parsimoniosa por toda la superficie afectada y zonas anexas.

Todo esto tuvo en ella y en mi un efecto afrodisíaco de auténticos megatones de potencia. Tuvimos la mejor sesión de sexo desde que nos conocimos, para mí que hasta entonces me había mantenido frío o cuando mucho tibio, tal vez después de una sesión de azotes con las chicas, fue una excitación que parecía envolverme en todo el calor del trópico para terminar en increíbles explosiones simultáneas de placer. No es que hiciéramos algo especial o que tuviésemos una práctica que antes no hubiésemos tenido, creo que lo habíamos probado en materia de sexo estándar prácticamente todo, lo que ocurrió es como si nuestro motor sexual hubiese pasado de estar alimentado por un par de pilas de 1,5 Volts, todo lo alcalinas que se quiera, a enchufarse directamente a una línea trifásica de 380 V.

A partir de entonces estos juegos, se convirtieron en habituales e incluso añadimos muchos incentivos como el paddle y el cepillo y, más tarde, a través de un club que había en Internet, conocimos a otra pareja muy simpática que alguna vez los practicaba con nosotros. Si bien ahora casi no azotaba nunca a las chicas puesto que su conducta era cada vez más madura y cariñosa con Ana y conmigo, algunas imágenes de los azotes que les había proporcionado se quedaron a vivir para siempre junto a mis fantasmas preferidos. 

FIN

Rosario

Autor: Jano

(Rams)

Después de consultarme, mis primos, Ana y Juan, me han enviado a su hija Rosarín con el fin de que la enderece. No en vano, saben de mi experiencia, adquirida durante mi estancia en Escocia.

Me refiero al hecho de que, durante cuatro años, trabajé en un exclusivo Centro de los alrededores de Glasgow, especializado en corregir niñas procedentes de familias con un gran poder adquisitivo e incapaces de domeñar a sus hijas por sí mismos; en el citado Centro, pese a la prohibición  reinante en la actualidad de impartir castigos corporales a los alumnos de cualquier Institución de enseñanza, allí, haciendo oídos sordos a la situación legal, se observaba la regla de que la letra,--y las buenas maneras--, con sangre entra. Allí pasé cuatro años como lector,--profesor--, de español y debí, por la norma de la casa, azotar a muchas alumnas con el rigor que se me exigía. Al principio me resultaba extraño y poco ético castigar de aquella forma a las alumnas, hasta que, pasado el tiempo y a la vista de los buenos resultados, que con el tiempo y notable esfuerzo daba el sistema, me integré por entero en las costumbres del Colegio, no siendo el que menos castigaba de todo el claustro; casi me atrevería a decir que, le tomé tal afición y fe, que no pasaba día sin que algunas de mis pupilas pasara por mis manos. Hubo ocasiones en que fueron varias las que sufrieron mis rigores durante la misma jornada escolar.

Confiando en mi experiencia que ya les había contado, mis primos me mandaron a Rosarín para que hiciera con ella lo que creyera oportuno para enderezarla. Se trataba de una niña aparentemente dulce, pero que, a la más mínima ocasión, se desataba en improperios, amenazas y soeces palabras ante cualquier contratiempo que alterara sus pretensiones. En definitiva, se trataba de una niña malcriada, voluntariosa e imposible de tratar. Acostumbrada a salirse con la suya en su casa, cuando se presentó ante mí supuso que podría continuar con sus mañas y me presentó una sonrisa angelical. No me hice ilusiones sabiendo por mis primos sus artimañas  y maniobras para conseguir lo que quería.

Una vez que sus padres se fueron dejándola a mi cuidado, la hice pasar al salón donde le expliqué el régimen de vida que iba a llevar desde ese preciso momento; que si no se ajustaba a las normas que le impondría, su vida no sería un camino de pétalos de rosa. Obediencia ciega, disciplina y buenas maneras, tanto conmigo como con la empleada que nos atendía. En su rostro se pintaba una sonrisa desdeñosa ante mis palabras. Sin hacer caso a su expresión, seguí enumerando sus obligaciones y todas aquellas cosas que no le permitiría hacer o decir.

Previamente a su llegada a mi casa, cuando me fue anunciada su visita, había tomado la precaución de insonorizar la habitación que ocuparía; sus padres pagaron gustosos los gastos cuando les expliqué el motivo de querer hacerlo. Aunque espacioso el piso, estaba rodeado de otras viviendas y, no confiando en las no muy gruesas paredes de la casa, temía que, una vez que comenzara con la clase de castigos que pensaba inflingirla si no se portaba como era debido, trascendería el ruido de los azotes a los demás vecinos con la posibles e indeseables consecuencias.

La acompañé a su dormitorio advirtiéndole, que desde ese preciso momento, sus arraigadas costumbres de rebeldía, había quedado fuera para siempre. Por toda contestación, me lanzó una patada que no impactó entre mis piernas gracias a que tuve tiempo de esquivarla. Al instante, me lancé sobre ella como un ariete y la derribé sobre la cama. Pese a sus pataleos e insultos, le propiné  media docena de azotes sobre la ropa.

En vista de que no paraba en sus acciones y apenas podía sujetarla, me monté a horcajadas sobre sus espaldas; levanté su falda hasta la cintura y seguí azotando sin la más mínima consideración ni prestar oídos a sus protestas cada vez más enérgicas. Sus gritos no conseguían ahogar el sonido de mis manos cayendo sobre sus nalgas; tan fuertes eran. Desde el primer momento, aquella niña tremenda tenía que saber lo que le esperaba; no tendría piedad con ella y debería aprenderlo. Cuando me pareció oportuno, la dejé pataleando y soltando por su boca toda clase de insultos e imprecaciones hacia mi persona, pero con el culo como un tomate. Dado que mi piso estaba a una altura considerable de la calle no tuve el temor de que se escapara una vez que cerré la maciza puerta dotada de una excelente cerradura  incapaz de manipular por su parte. A través de la puerta, le dije que no comería hasta la noche y se perdería la del mediodía. También a través de la puerta, podía escuchar los golpes que daba sobre los muebles: no tenía miedo de que les hiciera el menor daño. Todo lo tenía yo pensado y, a excepción de la cama de hierro anclada al suelo, sólo había una armario enorme de fuerte madera de haya, una mesa de roble y una pesada silla, ambas también ancladas al suelo. De momento, ninguna ropa ni colchón, sábanas u otras cosas susceptibles de romper, había sido puestas en la habitación en previsión de que ocurriera lo que yo me temía y sucedía en ésos momentos.

Al llegar la noche, los ruidos de golpes y gritos habían cesado. Abrí la puerta con sumo cuidado y encontré a Rosarín tumbada sobre el duro somier. Al verme, prorrumpió en insultos y amenazas pueriles. Intentó abalanzarse sobre mí; lo evité y, como en la mañana, la sujeté con fuerza y la derribé sobre la cama. De nuevo a horcajadas sobre ella, volví a levantarle la falda; sacando mi cinturón, me di en descargarlo sobre ella con toda la fuerza de que era capaz, soslayando sus intentos de golpearme y obviando sus insultos y gritos. Durante quince minutos no cesé de golpearla mientras ella se debatía sin éxito bajo mi peso, muy superior al suyo. A medida que transcurría el tiempo y los azotes no disminuían, sus gritos se fueron apagando por puro agotamiento. Cuando cesé el castigo, me levanté y le pregunté con el tono más seco que pude que si quería cenar debería acompañarme en silencio. Asintió levemente con la cabeza y me acompañó sin alterarse. Durante la comida, debí recriminarle varias veces su postura, su forma de comer con la boca abierta; en varios momentos, observé que quería replicar aunque se abstuvo de hacerlo. El hambre la mantenía en estado de una cierta calma; pese a ello, aparentaba estar tensa. Una ve que finalizamos la colación, la acompañé a su dormitorio y le pregunté que si quería que se le pusiera un colchón para poder descansar.

Con los ojos enrojecidos por la ira, me dijo que sí. Llamé a la empleada y se le proveyó de él, sin otra cosa más. Cerré la puerta tras de mí deseándole buenas noches y advirtiéndole que no toleraría más gritos y golpes suyos.

A la mañana siguiente, le pedí a la empleada, Carmen, que le llevara alguna ropa de la que habían traído sus padres para ella y que teníamos guardada a buen recaudo: que la acompañara al baño y la obligara a bañarse o ducharse: como prefiriera, pero sin negarse. En caso de que lo hiciera, debería comunicármelo y yo tomaría las medidas necesarias. Como era de esperar, se negó. Cuando fui informado, me dirigí al cuarto de baño y encontré a Rosarín completamente vestida, con un gesto de obstinación y los brazos cruzados ante el pecho. Le ordené que se desnudara y se metiera en la ducha; también como estaba previsto, se negó. Llamé a Carmen, una buena moza fuerte como un roble y le ordené que la desvistiera. Pese a su negativa, aunque con bastante esfuerzo, consiguió quitarle prenda a prenda toda la ropa en mi presencia.

Quizás debería haberme ido, pero mi deseo de sojuzgarla, humillarla y como medida de precaución por si se le ocurría alguna barbaridad contra Carmen, allí me quedé observando la cara de vergüenza y humillación de la muchacha. Antes de introducirse en la ducha, trató de escapar hacia el pasillo. Me interpuse. La sujeté de un brazo. Desnuda como estaba, estrellé mi mano sobre sus nalgas. Más de veinte azotes necesité para convencerla de que debía hacer caso. La dejé en la ducha al cuidado de Carmen y cerré la puerta del baño.

Pasaron unos pocos días en relativa calma.

Una tarde, durante la comida, dijo con un tono altanero que quería ir al cine para ver una película que anunciaban en la televisión. Al negarme a complacerla puesto que su comportamiento no era el propio de que se le premiara con nada, alzando la voz exigió que cumpliera su deseo. Le recriminé por su tono y volví a negarme. Ante esto, se levantó con gesto airado y arrasó cuanto había sobre la mesa estrellando platos, vasos y comida contra el suelo lanzando insultos a diestro y siniestro.  No me cupo otra solución sino levantarme de la mesa, acercarme a ella y utilizando la fuerza, aplastar su cuerpo sobre mis piernas, levantarle la falda (no se le permitía llevar pantalón), bajarle las pequeñas bragas de algodón hasta las rodillas, tomar una paleta de madera que todavía quedaba sobre la mesa y azotarla con dureza. Pese a sus pataleos, seguí zurrándola sin piedad durante el tiempo suficiente hasta  que ella mostrara cierta calma.

Fueron no menos de treinta golpes los que recibió. Los mofletes de su culo mostraban a las claras los lugares donde había recibido los paletazos y el color que habían adquirido. Cuando cesé el castigo y la solté, se levantó llorando y salió del comedor como una exhalación en dirección a su dormitorio; en el camino, con sus dos manos, se iba frotando las nalgas antes de encerrarse en él.

A medida que pasaban los días, sus explosiones de malhumor y de obstinación, se iban espaciando en el tiempo. No obstante, no pasaba un solo día sin que, por una u otra razón, recibiera varios azotes que iba aceptando de mejor grado. Era tal la cantidad de castigos que recibía que más parecía que se fuera acostumbrando. Sólo una vez más, al cabo de unas semanas, recibió una buena zurra con mano, cinturón y regla que duró más de una hora como consecuencia de una bofetada que le diera a Carmen por no acceder a un capricho suyo. En esa ocasión si que sufrió mi cólera y la pegué sin compasión espaciando los golpes de tanto en tanto para que se recuperara de los anteriores. Mientras descargaba sobre sus nalgas los azotes, no dejaba de recriminarla por su actitud y le vaticinaba numerosas y dolorosas palizas.

Poco a poco, su comportamiento se fue reformando hasta el punto de que, sólo esporádicamente se rebelaba y, por tanto, los castigos se espaciaban.

Cuando llegué al convencimiento de que se había reformado en gran medida, llamé a mis primos para que se la llevaran. Cuando vieron el cambio sufrido por su hija, se llenaron de asombro y de una inmensa alegría diciendo que apenas la reconocían a lo que Rosarín respondía con bajar la cabeza. Me lo agradecieron encarecidamente y, ya que no nos habíamos visto desde que la trajeran, les expliqué todo lo ocurrido a solas en mi despacho, para no hacerlo en presencia de la muchacha. Les sugerí que adoptaran ellos el mismo sistema seguido por mí si no querían que la muchacha volviera por sus fueros. Podía ser un cambio transitorio y habría que llevar con ella la mano levantada en cuanto intentara desmandarse. Así me  prometieron que lo harían a la vista de los buenos resultados obtenidos con  el sistema.

Cuando se fueron, Rosarín me dio un beso con una actitud de lo más modosita y yo me quedé satisfecho de haber recuperado para la sociedad a la pequeña fiera que me habían entregado.

¿He de decir que, en gran medida lamenté no tenerla más tiempo a mi lado para seguir con su educación? Esa muchacha que ya apuntaba maneras y figura de mujer, debo confesar que me había calado hondo. Quizás con más tiempo..........quién sabe…….

F I N

Madrid, 10 de Noviembre de 2005.
JANO.