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Relatos de azotes

Escolares

Ángela, los dos lados del Spanking

Autor: Cars

Una tímida sonrisa afloró a los labios de Ángela cuando vio la timidez de aquel muchacho de piel morena y apunto de cumplir los dieciocho años que se desnudaba ante su mirada atenta. Desde donde ella le observaba pudo apreciar como la piel se le ponía de gallina al contacto con la frialdad del ambiente, que si bien no era incomodo si era apreciable, máxime si  tenemos en cuenta la desnudez, que salvo por unos slip el joven mostraba. Sus manos instintivamente se cruzaron intentando tapar aquella su entrepierna.

Ángela le hizo una seña, y él se acercó tímidamente hasta que llegó a su lado. Sus miradas se cruzaron, y ella le dedico un guiño a la par que le rodeaba con su brazo la cintura. Ambos sintieron la tibieza de la piel con aquella caricia. Su mano recorrió la espalda del joven hasta que llegó al firme trasero. Dejó la mano sobre sus nalgas, mientras que dejaba que el silencio impregnara cada fibra de aquel cuerpo que latía junto a ella.

Aquella habitación se convirtió en un pequeño oasis en el que cada uno se servía del otro para colmar sus necesidades, y ambos se complementaban una vez por semana, bebiendo del otro aquel néctar que ansiaban como el aire que respiraban. Las palabras sobraban, ellos no las necesitaban. Cada uno sabía lo que esperaba del otro por lo que cuando Ángela empujo la espalda de él, aquel joven no necesito nada más. Su cuerpo se movió lentamente hasta colocarse de bruces sobre el  regazo de aquella mujer a la que durante  los últimos meses le entregaba su voluntad cada jueves a las cinco de la tarde.

Ángela dejó descansar su mano izquierda sobre la espalda, mientras que con la derecha comenzó a masajear su trasero. Tras unos minutos en los que el muchacho pareció adormecer, la mujer levanto un poco la pierna derecha, dejando un poco más expuestas aquellas nalgas juveniles. Y de una forma pausada pero enérgica, alzo la mano, y el sonido del primer azote desalojó al silencio reinante hasta ese instante en la habitación. Los azotes se sucedieron Ángela alzaba una y otra vez la mano dejando cada vez una azote enérgico y perfectamente calculado. Poco a poco su mano recorrió cada centímetro de aquel trasero. El sonido opaco debido a la prenda de ropa que se interponía entre su mano y aquellas nalgas eran el testigo del castigo que estaba recibiendo aquel joven. El calor fue aumentando, a la par que el dolor de aquellas palmadas iba quebrando la voluntad de no llorar. Ella lo sabía, y por eso aumento la cadencia de los azotes, y la fuerza que imprimía a cada uno. La velocidad fue en aumento, y sin poderlo controlar, las lágrimas aparecieron en los ojos de aquel muchacho nublándole la visión. Ángela mantuvo aquel ritmo por casi diez minutos en los que el chico comenzó a moverse sobre las rodillas de ella intentando inútilmente evitar el aluvión azotes que le estaba administrando.

Ella se detuvo. Los azotes dejaron paso a las caricias, y el llanto al sollozo.        

-¿Estas bien?- Le susurró ella mientras que acariciaba la cabeza del muchacho.

-¡Sí! –Fue su escueta pregunta.

            Las caricias y el calor que emanaban de sus nalgas le sumieron en un extraño ensueño, alentado por las palabras susurradas por aquella mujer que llegaba a la frontera de los cincuenta años, pero que aun conservaba una gran belleza y mucho atractivo, unido a una excepcional forma física. Poco a poco el dolor que sentía fue despertando una excitación. Ángela sonrió al notar aquel miembro latiendo contra su muslo y le indicó que aquel muchacho estaba preparado para continuar, por lo que se agacho un poco para poder recoger una zapatilla de tela con cuadros rojos y suela de goma amarilla. El joven acarició la pantorrilla de Ángela y cerro los ojos esperando el primer zapatillazo que no tardo en llegar.

            La zapatilla golpeo aquellas nalgas reavivando el dolor que se había apaciguado. El sonido amortiguado por la prenda de ropa que llevaba llenó de nuevo la estancia. Aquel primer azote no fue excesivamente fuerte, y a éste le siguieron otros de una intensidad similar. Ángela no parecía tener prisa y azotaba ligeramente toda la superficie de aquel trasero expuesto. Alternando los zapatillazos en ambas nalgas. Parecía estar realizando un dibujo que solo ella podía ver. Los minutos pasaban y ella continuaba golpeando sin ejercer prácticamente fuerza, solo la inercia y el peso del calzado iban provocando que la excitación aumentara. Ella se detuvo. Era una señal que el joven reconoció como el preludio de una azotaina más severa. Cuando cayo el siguiente azote, lo hizo con más fuerza. Ángela comenzó a imprimir gradualmente más fuerza y más rapidez al castigo. Tras pocos minutos el chico comenzó a llorar como un descosido, y su mano intentó cubrir las nalgas que eran azotadas con gran energía. Ángela retuvo la muñeca del chico en la espalda mientras que proseguía con el castigo.

Si alguien entrará en esos instantes en la habitación, creería estar presenciando una escena de gran violencia, aunque en realidad estaba ante una situación anhelada por ambos, carentes de cualquier sentimiento de enfado o ira. Cada uno estaban donde realmente ansiaban estar, por lo que aunque el muchacho se debatía sobre las rodillas de Ángela, ésta continuaba azotando una y otra vez a aquel muchacho que se abandonaba a sus deseos más secretos.

El dolor estaba apunto de llegar al umbral de la resistencia del chico. Ella se detuvo. Dejo caer la zapatilla ante el muchacho. Y comenzó ha acariciar el trasero, del que emanaba una enorme cantidad de dolor.

Ángela ayudo a incorporarse al chico. Su cuerpo temblaba en medio de un llanto que podía parecer desalentador. Ella le abrazo y le beso en la cabeza, mientras le susurraba palabras de cariño y aliento. Las lágrimas empaparon el pecho de ella. Tras unos minutos Ángela separo al chico y colocó un pie en la silla, después estiró la mano y cogió la del muchacho, tirando de él. Con delicadeza le recostó  en su muslo y lo acomodo a su gusto. Después cogió un cinturón de cuero que colgaba del respaldo de la silla. Lo sujeto por la hebilla, dando un par de vueltas sobre su mano. Puso de nuevo la mano sobre la espalda del chico, y alzo la mano. El cuero impacto sobre las nalgas, en un golpe perfectamente medido. Después unos segundos de reposo y nuevamente el cuero golpeo los glúteos. Ángela dosificaba los correazos y los tiempos de reposo hasta alcanzar los treinta azotes. Después se detuvo y dejó la correa donde estaba antes. El chico era un mar de lágrimas. Ella le ayudo a incorporarse. Lo abrazo nuevamente y le beso en la frente. Después se sentó en la silla y le bajó lentamente los calzoncillos.

Ángela esbozó una sonrisa al ver la erección del muchacho. Después acarició las nalgas recién castigas. Mostraban  un tono rojo intenso.  Poso su mano para sentir el calor que emanaba de aquel trasero. Tras indicarle que pusiera las manos en la nuca, palpo y masajeo los glúteos.

            -¡Ahora ve a tu rincón! Espera a que te llame para la segunda parte de tu castigo. –Le ordenó mientras que sentenciaba sus palabras con un enérgico azote.-  

El muchacho se dirigió al ángulo recto que formaban dos paredes, y se colocó cara a la pared, con las manos en la nuca. Ella se reclinó en la silla y miró por los ventanales que se encontraban a la izquierda del rincón donde esperaba él. Ángela cruzo las piernas y echo una mirada. El enrojecimiento del trasero resaltaba sobre la piel del chico. Fuera comenzaba  a llover. El agua repicaba en el cristal. El ritmo ya frenético de una ciudad se vio aumentado por los que corrían para protegerse de la densa cortina de agua que bañaba las calles.

Ángela dejo volar su mente, y los recuerdos la llevaron a una tarde también lluviosa del invierno del año 1969 habían pasado ya treinta y cuatro años. Aquel día fue uno de los tantos vividos en aquellos años que se quedaron grabados a fuego en su mente, y que de una forma u otra, fueron los que encauzaron su vida, para que hoy estuviera en aquella estancia, esperando para volver ha azotar a un jovencito que lo deseaba tanto como ella. Aquel día en cuestión era especial. Acababa de cumplir los dieciséis años, y como hoy la lluvia golpeaba los cristales del autocar que le conducía al orfanato en el que pasaría los dos años siguientes, y que marcarían para siempre su futuro.

 

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Las muchachas comenzaron a bajar del autocar que las había conducido desde varios lugares del país. Ante sus ojos se presentó un edificio de piedra antiguo y robusto, rodeado de un gran terreno rodeado de una tapia de unos tres metros de largo. Aquel terreno estaba plagado de árboles y setos perfectamente cuidados. Ángela no parecía impresionada por las dimensiones de todo lo que la rodeaba. Ante las grandes puertas del Colegio para Señoritas que sería su hogar los siguientes dos años, le esperaban unas cuarenta chicas de edades muy diferentes perfectamente formadas. Delante de ellas había cinco mujeres cuatro de ellas con hábitos de monja. La otra mujer era más alta, llevaba un traje gris de falda y chaqueta, bajo la que se dibujaba unos senos notablemente grandes. Calzaba unas botas negras, pero lo que más impresionó a Ángela era la penetrante mirada con la que las observaba. A unos metros de aquel grupo, formaba uno más reducido, formado por seis chicas dos de ellas tenían unos doce años, las otras cuatro eran mayores casi la edad de Ángela. Delante de ellas formaban otras tres chicas mayores vestidas con el mismo uniforme gris y blanco de las demás, pero a diferencia del resto que llevaban mocasines negros, ellas calzaban botas negras. Tras una seña, las tres muchachas, se acercaron al grupo de recién llegadas, y a empujones las obligaron a formar. Ángela echo una mirada a su alrededor, y contemplo como se alejaba el autobús por el sinuoso camino de tierra por el que había llegado.

            -¡Bienvenidas Señoritas! –Comenzó a decir en voz alta aquella mujer las escrutaba con la mirada.- Aquí van pasar unos años, hasta que cumplan la mayoría de edad. Y pueden pasar dos cosas.

            El miedo comenzó a instalarse en el corazón de cada una de aquellas jovencitas. En el de todas salvo en el de Ángela, ya que en su corazón solo existía rebeldía.

                        -¡Aquí pueden estudiar y sacar provecho al tiempo! –Continuó diciendo.- o pueden perder el tiempo. A mi me da igual, pero lo que tendréis que hacer, es  obedecer todas y cada una de las normas del centro. Y para esto no hay opción, y cuanto antes lo entendáis, más sencillo será todo. Si sois obedientes y hacéis caso a las hermanas y a vuestras compañeras instructoras todo ira sobre rueda, pero sino habrá consecuencias, y me ha parecido instructivo que las conozcáis hoy mismo.

            Mientras que hablaba, una chica vestida de sirvientas salió del edificio y coloco una silla delante del grupo. Entonces, Una de las instructoras, saco a una chica pelirroja de las seis que esperaban apartadas. A empujones la obligo a apoyar las manos en la silla, la joven lloraba mientras se mordía el labio. Ángela abrió los ojos al máximo intuyendo lo que iba ha ocurrir pese a no dar crédito a lo que vía.  

            Cuando la joven estuvo colocada, una monja se acercó a ella, levantó el pie y se descalzó una alpargata  de suela de esparto. –Vuestra compañera va a recibir treinta alpargatazos por fumar, aquí esta prohibido fumar.- Cuando la mujer terminó de hablar, la monja comenzó con el castigo. Uno a uno fue asestando los treinta azotes sobre el trasero de la chica que se debatía y lloraba con cada uno, mientras la instructora se encargaba sujetarla. Algunas chicas apartaron la vista y un murmullo se instauró entre las recién llegadas. Al terminar, la monja regreso a su lugar, mientras que la joven era conducida al interior del edificio. Después le llego el turno a otra de las muchachas, que recibió otros treinta golpes, esta vez con una regla. Los minutos iban sucediéndose, mientras que aquellas imágenes se iban grabando en la mente de Ángela. Un mar de emociones le inundo todo su ser. Después les llego el turno a las más pequeñas. Una instructora de melena rubia cogió del brazo a una de ellas y la condujo hasta la silla, se sentó y recostó a la niña sobre su regazo, después comenzó a administrarle una severa azotaina con la mano. Los azotes caían sobre el trasero en medido de un mar de lagrimas de la joven. La instructora parecía disfrutar con aquella situación. Poco a poco fue aumentando el ritmo del castigo. Tras largos minutos se detuvo. Sin ningún miramiento condujo a la niña dentro del edificio.

            Durante la cena Ángela y sus compañeras no mencionaron los acontecimientos de aquel día, pero por la noche aquellas escenas la asaltaron, y sin saber porque una extraña excitación hizo que se despertará sobresaltada.

            Durante las semanas siguientes a su llegada, los castigos fueron sucediéndose por los motivos más simples. Cada día eran tres o cuatro las jóvenes que recibían azotes no solo de las mojas o la directora, sino que las instructoras no dejaban pasar la mínima oportunidad para zurrar a sus compañeras.

            Una tarde, Ángela salía de la ducha, y tropezó con una muchacha que se disponía a entrar.

–Al menos pide disculpa. –Le grito la muchacha con gran soberbia.

Además de torpe eres mal educada.

                        -Eres idiota o te lo haces. –Le respondió levantando la voz.- La que tienes que mirar por donde va eres tú.

            La muchacha sin mediar palabra soltó una bofetada que Ángela no pudo esquivar. En el acto ambas chicas comenzaron una pelea que les llevó rodando por el suelo. En pocos segundos el baño se llevo de chicas gritando mientras Ángela seguía golpeando a la otra donde podía.

            Tras unos minutos dos mojas irrumpieron disolviendo el grupo de jóvenes, y con cierto esfuerzo separaron a los dos que se golpeaban a diestro y siniestro. Después, fueron arrastradas literalmente hasta la habitación de la directora, que se encontraba en camisón dispuesta a dormir. Ambas chicas permanecieron de pie en silencio mientras que la directora las observaba. Ángela tenía algunos arañazos, pero la peor parte se la llevo su compañera. Marta era  una chica un poco más baja que ella, tenía el pelo negro y corto. Sangraba abundantemente por la nariz, y el labio.

La habitación en la que se encontraban era muy amplia, estaba dividida en dos salas, una de ellas era el dormitorio, y en la que se encontraban el lujo lo llenaba todo, estaba decorado como una sala de estar. Junto a la ventaba había una gran mesa de madera finamente tallada en la que la directora trabajaba a menudo hasta altas horas de la noche.

                        -Vaya Ángela, -comenzó a decir la directora mientras se acercaba a Marta y le acaricia la mejilla.- me preguntaba cuanto tiempo tardarías en provocarme.

                        -No he empezado yo

                        -¡Silencio! –Le gritó.- Crees que no he notado como me miras, con que arrogancia te diriges a tus profesoras.

                        -Señora, yo no tengo arrogancia.

                        -¡Que te calles! –Repitió mientras le abofeteaba.- Ya verás como aquí vas a aprender que no debes hablar sin permiso.

            Tras eso, hizo una señal a las monjas que esperaban en silencio, una de ella tiro de Ángela hasta el sofá, después la empujo sobre el respaldo, y mientras que una la sujetaba, la otra monja comenzó a azotarla con la mano. Los golpes eran duros. Ante la atenta mirada  la directora. Tras unos minutos, las monjas intercambiaron su lugar, y tras despojarla del pijama comenzó a azotarla de nuevo, pero en esta ocasión los azotes caían directamente sobre las nalgas ya castigadas de la joven. Después de largos minutos las monjas permitieron que Ángela se incorporara.

                        -¡No veo lágrimas en los ojos! –Sentenció la directora.-

            En el acto, una monja se sentó y obligaron a Ángela a tumbarse en su regazo, y comenzó a castigar la de nuevo, aunque en ésta ocasión lo hacia con una zapatilla de fieltro verde con bordes dorados y suela amarilla. Los zapatillazos caían una y otra vez sobre su trasero desnudo. Hasta que después de unos cuarenta azotes, las lágrimas comenzaron a rebosar de sus ojos. La moja parecía no detenerse, a pesar que el trasero ya presentaba algunos moratones en medio de la rojez que producía el castigo. La directora levanto la mano. La moja se detuvo. Ángela lloraba abiertamente, ante la mirada complaciente de las mujeres.

                        -Llevadla, a su cuarto. Yo tengo que hablar con Marta. –Dijo la directora.-

            Cuando se quedo a solas con Marta, la directora la cogió de la mano, y tiro delicadamente de ella. En su camino hacia el escritorio cogió una botella de agua. Una vez que llegó a la mesa, se sentó en la silla, y sentó a marta en su rodilla. Después con delicadeza mojo un pañuelo de tela y fue limpiado la sangre de la nariz y el labio. Marta comenzó a llorar, la directora le beso tiernamente en la mejilla y la abrazó. Suavemente limpio sus heridas, y le susurro palabras de consuelo. Después, se incorporó y la abrazó hasta que el llanto desapareció. Tras largos minutos miró a la joven a los ojos.

                        -¡Los siento! –Susurro-

                        -¿Qué sientes? –Le preguntó la directora.-

                        -Siento haberme portado mal.  Yo la provoque. 

                        -¿Por qué hiciste eso?

                        -¡No sé! Ella es guapa y parece que lo sabe todo.

                        -Tú también eres guapa. Y no puedes ir por ahí provocando peleas. Sobre todo si no las vas a ganar. Anda, ve a dormir

                        -¿No me vas a castigar? –Le preguntó Marta.-

                        -¡Debería! Pero creo que has aprendido la lección. Anda ve a tu cuarto.   –Mientras hablaba le dio un azote enérgico pero cariñoso.-

            Marta se dirigió a la puerta, al llegar se giro de nuevo.

-Directora. ¿Entonces porque me siento mal?

-A ver Marta acércate. –Le indicó mientras le estiraba la mano.- ¿No habrás provocado todo esto para que te castigue verdad?

-Bueno, es que….

-Marta, ¿si o no? –Le preguntó con firmeza, mientras le levantaba la barbilla para mirarla a los ojos.- ¡Y bien!

-Si. –Respondió susurrando.-

            La directora sonrió y la abrazó. Después se separó de ella y comenzó en dirección al dormitorio.

                        -Te espero en el dormitorio, ya sabes lo que tienes que hacer.

            Marta comenzó a desvestirse. Lentamente doblo su ropa y lo colocó en el sofá, después únicamente con la ropa interior y unos calcetines blancos, se acercó a la directora.

                        -¡Marta! –Le dijo endureciendo el tono.- Esto no se puede repetir. No te puedes portar mal, para conseguir mi atención. La próxima vez que quieras jugar, me lo dices.  Y por eso, hoy no va ha ser un juego.

                        -¡Vale! Pero es que me da vergüenza pedírtelo.

                        -Bueno jovencita, colócate aquí –Le indicó su regazo.-

            Marta sonrió y se tumbo donde le indicaba la directora. Tras unos segundos la estancia se lleno del sonido de los azotes que la mujer administraba sobre el trasero de la chica. La directora cambiaba el ritmo de los azotes, y poco a poco fue aumentando la fuerza con que azotaba. Tras largos minutos, se descalzo la zapatilla. Era un calzado pesado, con una gruesa suela de goma flexible, de fieltro color burdeos y abierta por el talón. Los azotes fueron cayendo sobre el trasero de Marta  de manera enérgica y meticulosa. Unos diez minutos después de comenzar la azotaina, la directora se detuvo, depósito la zapatilla en la cama, e incorporó a la chica.

                        -¡Gracias Ana! –Le dijo la chica mientras le daba un beso a la directora, mientras se frotaba las nalgas doloridas en medio de una sonrisa.- Buenas noches.

                        -No tan rápido jovencita. –Le dijo Ana mientras la retenía sujetándole por una mano, ante la sorpresa de la chica.-

                        -Tú querías estar aquí, lo empezaste, pero no significa que tú seas la que lo acabas. Aun no hemos acabado.

                        -¡Pero…! –Intentó protestar.-

                        -¡Ssssss! No quiero oír ni una palabra. –Le cortó tajantemente.- Te advertí que esto no sería un juego.

Mientras hablaba, comenzó a despojar a la joven de la pequeña ropa interior que cubría sus nalgas, tras lo cual la volvió a tumbar en su regazo. Pasó una de sus piernas por el de la chica, y después comenzó una tanda de azotes con la mano. La energía y rapidez de aquella azotaina provocó las lágrimas de Marta, mientras que una sonrisa apareció en los labios de Ana. Los azotes dieron paso a unas caricias, y un pequeño masaje en las doloridas nalgas de la joven. Tras aquel breve descanso, Ana prosiguió aquel castigo, pero esta vez fue el turno de la zapatilla, que impacto de forma enérgica al menos treinta veces. Las lágrimas empaparon las sabanas de aquella alcoba. Ana sentó a la joven en su rodilla, y lleno aquel rostro lloroso de besos y caricias, después se tumbo en la cama, y abrazo a Marta sobre su pecho, hasta que el llanto dio paso al sollozo. Tras unos minutos, extendió delicadamente una crema en aquel trasero enrojecido y dolorido por la paliza, después Ana la arropo a su lado y espero hasta que Marta vencida por el cansancio se durmiera. Eran las doce de la noche cuando la luz se apago y el sueño acampo definitivamente por todos los rincones del centro.

Cuando Ángela abrió los ojos, sintió como el dolor de su trasero había desaparecido prácticamente durante la noche, aunque el dolor de su humillación permanecía inalterado. Con paso lento se encamino a los árboles que rodeaban el centro. Eran viernes, y los próximos tres días eran totalmente libres, en los que la chicas podían hacer lo que desearan, salvo ausentarse del recinto. Ángela opto por alejarse de todos. Se sentía humillada, y confundida por los sentimientos que albergaba. Busco la sombra de un gran castaño, y se recostó en su tronco.

            -¡Qué haces aquí sola! –La voz de un hombre la saco de sus pensamientos. Instintivamente se levanto sobresaltada, hasta que reconoció al jardinero y mecánico.

-Quería un poco de intimidad. Odio este lugar y odio a todas esas brujas.

            Una abundante carcajada salió de la garganta de aquel hombre. Medía un metro noventa. Pese a no tener más de cuarenta años la piel estaba curtida por el sol y el trabajo duro. Ángela no pudo evitar fijarse en la excelente forma física que se adivinaba debajo de aquella camisa suelta.

                        -¿Qué pasa, te han castigado? –Indagó.-

                        -Anoche. Y fue humillante. Me voy a largar de aquí en cuanto pueda.

                        -Tranquila mujer, no es para tanto. Es todo como se mire. –Los ojos de Ángela se abrieron hasta el punto casi salírseles de las orbitas.- Lo que hoy es humillante, mañana puede no serlo.

                        -¿Cómo puede no ser humillante?

                        -Todo esta aquí –le dijo tocándole con el dedo la frente.- Tú puedes hacer que las cosas sean distintas.

                        -¡Ya! Si tú lo dices. –Le dijo ella, mientras que comenzaba a alejarse.-

                        -¿Quieres descubrir el otro lado de los azotes? –Ella se detuvo y se giro para mirarle.-

                        -¡Los azotes no tienen dos lados! –Sentenció.- Duelen y humilla. Eso es todo.

                        -¡Bueno! ¿Si tú lo dices? –Respondió con desdén y se encaminó a su cabaña.- Seguro hace falta más valor del que tú tienes para aprender.

                        -A mí no me falta valor para nada en ésta vida. –Le gritó ella mientras le seguí.- Pero no creo que haya que aprender nada.

                        -¿Tú crees? –El se detuvo y la miro a los ojos.- ¿Estas totalmente segura de eso? –Ella dudo, mientras que su corazón comenzó a bombear sangre a toda velocidad.-

                        -Si hay algo que aprender, -Dijo al fin ella.- ¿Tú me lo puedes enseñar?

                        -Solo hay una forma de aprender. –Se acercó más a ella.- Y si quieres aprender, tendrás que aceptar que te azote. –Ella sintió como el corazón le iba a mil.- Si estas decidida sígueme.

            El hombre comenzó a caminar. Ella le vio alejarse entre la maleza. Lentamente echo andar detrás de él. Su mente se hallaba en una nube. El hombre entró en una pequeña casa de madera en medio de aquel pequeño bosque, lejos de la vista del edificio principal. Dejó las herramientas en el suelo, y miró de reojo la silueta que se dibujo en el umbral de la puerta.

                        -¡Pasa y cierra! –Le indicó.- Solo te voy a poner dos reglas. –Ella se sentó en la mesa, mientras le miraba fijamente.-

                        -¿Cuáles?

                        -La primera es que si te quedas no te iras hasta el domingo por la noche. Si decides empezar, no podrás abandonar hasta el final.

                        -¿Y la segunda?

                        -La segunda es que jamás, jamás se lo contarás a nadie del centro. No mientras que tú y yo sigamos aquí. –El silenció se asentó entre ellos.-

                        -Esto es un error. –Ángela se levanto y se encaminó a la salida. Abrió la puerta y miró la vegetación que les rodeaba.- ¿A cuantas chicas has traído aquí?

                        -A ninguna. Nadie me pareció nunca interesante para enseñarle lo que sé.

                        -¿Cómo te llamas?

                        -¡Gabriel! –El hombre se desabrocho la camisa y se la quito, tirándola a un cesto donde la ropa se amontonaba.- Vete o quédate, pero decídete porque no tengo todo el día.

            La puerta se cerró de golpe. El se giró y entró en la cocina. Abrió el frigorífico,  y sacó una botella de leche. Después de camino al salón, recogió dos vasos. Al regresar Ángela continuaba de pie en la puerta tal y como él la había dejado.

                        -¿Quieres leche? -Ella se acercó y cogió el vaso que le tendía. Ambos se sentaron a la mesa.- Los azotes se pueden ser un medio de castigo, pero también una fuente de placer. Pero para que lo entiendas, debes experimentar los dos extremos. ¿Estas segura que quieres seguir adelante?

                        -¿Hablas mucho? –Le respondió ella con tono descarado.- ¿Tienes previsto preguntarme muchas veces lo mismo? –Dejó escapar una sonrisa-

                        -¿Siempre eres tan descarada? –Ella dio un sorbo de leche, y encogió los hombros.- Bueno, veremos cuanto te dura esa actitud. ¡Levántate, sacate la blusa y ponte de cara a la pared hasta que te llame!

                        -¡Si hombre!

                        -¡VAMOS! –Gritó Gabriel, mientras se levantaba y golpeaba la mesa con su mano.-

            Marta se sobresalto, estaba aturdida y comenzó a desabrocharse la blusa. El hombre le ayudo con cierta brusquedad. Ella se quedó únicamente con el sujetador. El la cogió por el brazo y mientras que le asestaba un fuerte manotazo en el trasero la condujo hasta un rincón. –No te muevas hasta que te llame.- Le dijo de nuevo, y volvió  a  soltar otro azote para reafirmar la orden. Pese a los vaqueros que llevaba, Ángela comenzó a sentí un leve picor en sus nalgas.

 

                                                                                                          CONTINUARA……

El Instituto de Reinserción

Autor: Mkaoss

Cuando opté por este trabajo, no pensé que iba a influir tanto en mi lo que en aquella Institución sucedía, y si bien tardé tiempo en asimilarlo, hoy puedo contarlo sin vergüenza; incluso podría decir que me siento satisfecho con lo éxitos que conseguí en cambiar la conducta de algunas de aquellas muchachas. Yo había estudiado Pedagogía y me había especializado en Educación Especial, orientándome por casos conflictivos de desarraigo e inadaptación social y familiar. Por eso, cuando leí en el periódico que solicitaban una plaza de pedagogo en el Instituto de Reinserción, me ilusioné con la idea de poner en práctica mis conocimientos e ilusiones.El Instituto estaba alejado del pueblo más cercano a  15 Kms, y se encontraba en lo alto de una colina. Se trataba de un  viejo caserón en el que residían más de 60 chicas de 14 a 18 años, que habían sido ingresadas por orden judicial, debido a su mal comportamiento social, y cuyos delitos se limitaban a hurtos y robos, violencia y disturbios callejeros. Se trataba pues, de jóvenes inadaptadas, desobedientes y carentes de la autoridad y del cariño que deberían haber tenido. La organización del Instituto era casi militar, y el grupo total de chicas formaba, caminaba y se comunicaba de forma marcial, solicitando permiso para todo, pues prácticamente no había ninguna actividad voluntaria que pudieran hacer o solicitar. Debían adaptarse a las estrictas normas existentes o de lo contrario eran castigadas con severidad, de forma ejemplar, tal y como me dijeron al entrar, y pude comprobar a los pocos días.Pese a los castigos ejemplares que se aplicaban, seguían cometiéndose trasgresiones graves de las normas, por lo que el sistema punitivo no parecía tener grandes resultados, entre otras cosas, porque se solían aplicar de forma colectiva, esto es, no sólo era castigada la presunta culpable, sino también las compañeras que la ayudaron, las que sabiéndolo no lo impidieron y las que viéndolo no hicieron nada por evitarlo. O sea, se castigaba a TODAS. Por tal motivo, era frecuente que por la misma falta fueran castigadas cuatro o cinco chicas a la vez, o todo el grupo de habitación, compuesto por ocho jóvenes. Los castigos se llevaban a cabo en la Sala de Enmienda, que era una sala grande de reunión de profesores. Cuando llegaba el día del castigo, si este era colectivo, se acondicionaba la sala de modo que quedara un espacio diáfano para colocar los seis o diez potros, que eran unas mesas preparadas para que la alumna se tumbara en ellas, teniendo unos arneses a ambos lados de las cuatro patas, a las que se las ataba, una vez que se habían desnudado totalmente, de pies a cabeza.Las castigadas eran atadas fuertemente de pies y manos, a ambos lados de la mesa, a través de unas correas especiales, y en la mesa, que estaba acolchada, existía una banda ancha que sujetaba la espalda de la interesada. De esa forma la chica quedaba totalmente inmovilizada, doblada por su cintura, perfectamente expuesta para el castigo de sus nalgas y muslos. El castigo se las aplicaba nada más serles leída la acusación por el Director del Centro, sin que pudieran objetar la mínima queja  o descargo en su defensa. Las chicas con ojos espantados, sucumbían a la fuerza de los profesores, ya que la mínima resistencia hubiera acrecentado el castigo. Una vez colocadas y atadas a las mesas correspondientes, cada profesor encargado del castigo, elegía una vara a  conveniencia y criterio de él mismo, que estaba en función del trasero  azotar y de la simpatía o no hacia la alumna en cuestión, aunque a decir verdad, y por la forma de ejecutar el castigo, no creo que sintieran el mínimo aprecio por ninguna de ellas, excepto para provocarlas el máximo dolor con los varazos. A la voz del Director  “Que empiece el castigo”, los profesores encargados se dedicaban a descargar con toda su fuerza, la vara sobre las nalgas de las alumnas, de tal forma que se entremezclaban los ruidos silbantes de las varas con los gritos y lamentos de las chicas. El número de varazos dependía de la falta cometida pero yo nunca conté menos de seis golpes y muchas veces perdía la cuenta cuando sobrepasaban los treinta. Me resultaba tan ensordecedor los lamentos y los golpes propinados, que prefería enajenarme y pensar en otra cosa. Al terminar el castigo, los profesores abandonaban la sala dejando a las chicas todavía atadas que seguían quejándose de verdadero dolor y picazón. Al cabo de unos minutos, volvían a entrar en la sala, ya más calmadas las alumnas, y se dedicaban a contemplar los efectos de la vara en cada una de ellas, admirando las marcas dejadas sobre las pobres nalgas de las muchachas que presentaban prominentes verdugones, y se elogiaban, los unos a los a otros, por el buen trabajo realizado. Cuando les parecía bien, liberaban a las chicas de sus correas, recogían su ropa y salían corriendo, desconsoladamente, hacia sus habitaciones donde eran consoladas por el resto de sus compañeras que quedaban aterrorizadas por los efectos terribles del castigo. Como había comentado antes, los castigos se aplicaban de forma colectiva, al grupo, haciendo culpables a todas y cada una de las que lo formaban, por lo que de ejemplar, a mi modo de ver, tenía poco, puesto que si de todas formas ibas a terminar siendo castigada, fueras o no culpable, mejor sería, al menos, participar en la fechoría, puesto que así se ganaba en prestigio en el grupo, y era una forma de vengarse de las compañeras que motivaron mi anterior inmerecido castigo . Las chicas vivían esa injusticia de forma íntima y secreta, alimentando el odio y el rencor de ser consideradas todas iguales, para ser castigadas. Como su permanencia era limitada, sabían que a los 18 años saldrían de aquél infierno del que, por desgracia, estaban aprendiendo poco.Yo daba clase de Convivencia y realizaba talleres de grupo, por lo que se podrá intuir que en aquellas condiciones era difícil de trabajar, puesto que nunca había sido grupo y los miembros del grupo se odiaban a muerte por haber pagado deudas que no las correspondían. Desde el principio sintonicé bien con las chicas, y me estudié cada uno de sus historiales personales para mantener, más tarde, entrevistas con cada una de ellas. Eso me llevó mucho tiempo y mucho desgaste emocional, pero si tuviera que hacerlo de nuevo, lo haría hasta con mayor dedicación. Supe, entonces de sus problemas con la justicia, del tipo de familia que tenían, de las enfermedades que habían pasado, de las cicatrices tanto físicas como psíquicas que la vida te va dejando aun en esa edad, de sus ilusiones, de sus complejos, de sus abandonos, de sus iras, y sobretodo supe de su corazón y de su sentimiento,  al sentirse atrapadas en un mundo absurdo, en el que cualquier comentario era sádicamente silenciado en la Sala de Enmienda. Si soy sincero, me costó muchísimo al principio mantener la disciplina, si bien con el tiempo fueron entendiendo que para ser oído no hace falta gritar y si el que escucha necesita de los gritos, es porque no merece la pena hablar con él. Esto me valió varias advertencias del Director sobre mi contrato, no porque él estuviera descontento conmigo, sino por que el resto de profesores veían cómo peligraba su equilibrio docente y autoritario, ya que, curiosamente, mis clases se volvían cada vez más disciplinadas, sin que hubiera incidente alguno. Además las alumnas estaban adquiriendo una serie de hábitos que las reportaba rendimientos escolares muy satisfactorios, que fueron valorados muy positivamente por la auditoria que realizó la Fiscalía. A decir verdad, no es que fuera menos severo que el resto de profesores, pues aplicaba la misma disciplina que los demás, pero creo que lo hacía de una forma bien distinta. Desde luego, tuve la suerte de no participar en esos castigos terribles infligidos con la vara, ya que el Director siempre pedía voluntarios para realizarlos, y siempre había quien se ofrecía voluntariamente para liberar su ira y frustración en las nalgas de las alumnas castigadas. Mis métodos eran diferentes a los allí utilizados, y a pesar que también eran castigos corporales, en nada tenían que ver con la costumbre institucionalizada. En primer lugar, me cercioraba muy mucho de castigar únicamente a la culpables o culpables. Para nada hacía pagar culpas ajenas, que lejos de ser ejemplar, viene a perpetuar la injusticia universal desde la creación. El cómo sabía quien era la culpable, es algo que no rebelaré, pero sí diré que ninguna de mis alumnas me tachó de injusto, sino más bien de justiciero. Una vez conseguida la confesión por la interfecta, la obligaba a contar al resto de la clase cuál había sido su plan, las motivaciones para hacerlo, y los objetivos y beneficios que quería obtener de ello.  Establecía un diálogo abierto entre todas a fin que dijeran su parecer sobre los hechos, y aunque pocas se atrevían a condenarlo abiertamente, gozaban profundamente al saber que, en esta ocasión, solamente pagaría la culpable. Eso reforzaba su personalidad para decidir cuando participar o no en las travesuras, que seguían realizando, evidentemente, y las ayudaba a actuar sin coacciones por parte de la líder de turno que veía así cómo disminuía su dominio, aumentando el riesgo de ser castigada únicamente ella. Preguntaba por último a la interesada si quería decir algo a sus compañeras, a las que había puesto en apuros por su capricho, si quería pedir perdón y si creía merecer el castigo que la iba a aplicar. Terminada la sesión, comunicaba a la culpable la decisión final de castigarla, informándola que podía elegir de testigo a una compañera , a la vez que yo mismo, elegía a otra, habitualmente que no fuera demasiado amiga de ella. Con las mismas nos íbamos a la Sala de Enmienda, en donde colocaba una silla en la que me sentaba, pidiendo a la culpable se tumbara  bocabajo en mis rodillas. De inmediato la levantaba las faldas y empezaba a azotarla con la mano, aplicando toda la fuerza que podía, tratando de producir el mayor ruido posible. Paulatinamente, la alumna iba sintiendo el efecto de mis azotes, empezaba a patalear y a querer protegerse el trasero con la mano, por lo que la atrapaba las manos y se las ponía en la espalda, momento en el cual procedía a bajarla las bragas, y continuaba con las palmadas en el culo hasta ponérselo bien rojo y caliente. Si la falta había sido grave, solía coger una suela de cuero duro pero flexible, con la que le daba unos cuantos azotes, hasta que rompía llorar, pidiendo perdón y haciendo promesas de no volver a cometer la locura o desobediencia. A veces, con eso me bastaba para creerme su arrepentimiento y quedar saldada la falta, pero otras la comunicaba mis razonables dudas de no decir la verdad, por lo que levantando una de mis rodillas y forzándola un poco las manos, la inclinaba más todavía hacia el suelo, haciendo más prominente el trasero, sobre el que volvía a aplicar duramente mi mano hasta que mis dedos quedaban marcados en sus nalgas, momento a partir del cual paraba y procedía a recordarla lo mal que se había portado, lo mucho que se había merecido esos azotes y mis deseos que recapacitara para ocasiones futuras, advirtiéndola que volvería a mis rodillas tantas veces cometiera la falta. Una vez tranquilizada, la ayudaba a ponerse en pie y la abrazaba diciéndola que lejos de significar una afrenta, tenía que asimilar el castigo como la factura que pasa la vida ante las malas acciones que solemos hacer, desde ser ilógicamente rebeldes, no cumplir nuestras obligaciones o mentir para salvarnos del castigo merecido. Eso no significa que no puedas ser tu misma, que no puedas hacer bromas y travesuras, que no puedas decir tu parecer, pero siempre sabiendo que eres dueña y responsable de tus actos.La alumna castigada quedaba mirándome con los ojos vidriosos, y a una caricia mía en su mejilla, solía responderme con una tímida sonrisa de complacencia, que yo contestaba con un “Anda, vete, y pórtate bien….”, momento en que sus compañeras, que habían presenciado gustosamente la azotaina, la ayudaban a recoger sus cosas y la acompañaban entre risitas a su dormitorio donde permanecían por un buen rato. Habíamos trabajado el acto del arrepentimiento para la rectificación de los errores, a fin de conseguir la satisfacción personal por el objetivo logrado, a través de la liberación de la culpa, y quedé gratamente sorprendido por los resultados. Las chicas iban entendiendo que por encima de la sala de Enmienda, los caprichos de los profesores y las normas absurdamente estrictas, debía de existir una organización social, grupal y personal de la que nadie puede o debería eludir, y que la única forma de llevar a cabo nuestros deseos, es a través de una autodisciplina de la que estaban aprendiendo para cuando, ya fuera de la Institución, no existiera nadie para recordársela. Es cierto que hubo muchas que no quisieron atender a estas enseñanzas, y cayeron directamente en las redes de la delincuencia, el fracaso y la miseria social y personal, no sabiendo atender su vida como personas de la forma debida. Las más, fueron paulatinamente integrándose en la malla social del ambiente en el que vivieron, y creo que soportaron valientemente la existencia. Durante doce años fui profesor de dicho Instituto, y cuando me fui, sentí que una parte de mí quedaba en aquellas clases, en aquella Sala de Enmienda, en la que había impartido mis enseñanzas y mi disciplina, pero no me importó lo más mínimo, porque me llevaba el recuerdo de cada una de mis alumnas a las que azoté con el cariño y el deseo que consiguieran sentirse libres y responsables de sus actos.