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DEL OTRO LADO DE LA PARED
Por Amadeo Pellegrini y Ana K. Blanco
Dedicado a Jano
Cuando fuimos a vivir en lo que había sido un vetusto inquilinato de Palermo viejo, reconvertido varios años después en salón comercial al frente y media docena de pequeños departamentos al fondo vinculados por un largo pasillo común, la vivienda contigua la ocupaban los Guong, una familia de asiáticos, posiblemente coreanos.
Aquella familia, compuesta por una joven mujer y sus cuatro hijas, –según supimos después- permanecía en Buenos Aires esperando trasladarse a los EE.UU para reunirse con el marido, que trabajaba allá, cuando éste consiguiera el permiso de residencia definitivo.
A los orientales resulta difícil acertarles la edad, pero la mujer, de baja estatura y renegridos cabellos lacios, no debía tener, -de acuerdo a mis cálculos-. más de treinta y cinco años y las hijas, la mayor entre catorce y quince en tanto la más pequeña alrededor de diez.
Gozaban sin duda de buena posición económica porque todas vestían bien aunque ninguna trabajaba. Las chicas sólo asistían regularmente a una de las academias de lengua inglesa del Barrio.
Se mostraban muy amables y corteses con todos los vecinos aunque no mantenían trato ni amistad con nadie. Nosotros sólo veíamos a las chicas cuando iban a clase o cuando salían de compras, el resto del tiempo permanecían en la casa. Únicamente los domingos madre e hijas salían juntas para ir hasta el locutorio vecino a hablar por teléfono a Estados Unidos.
Por la disposición interna de ambos departamentos, los baños estaban conectados a un mismo conducto de ventilación. El deficiente aislamiento acústico de ese hueco, permitía escuchar todo lo que ocurría en la otra vivienda.
Como entre ellas hablaban en su idioma nativo, Noelia, -mi esposa- y yo no teníamos posibilidad de enterarnos de lo que conversaban, pero si bien sus palabras resultaban ininteligibles, ciertos sonidos que nos llegaban con claridad, revestían, en cambio, significados concretos, inconfundibles e inequívocos.
Enseguida, los ruidos que oíamos a través del indiscreto tubo de aireación nos permitieron saber, que el baño era usado también como cuarto de castigo, tal vez debido al espacio reducido de la vivienda que contaba apenas con dos habitaciones y una diminuta cocina. Allí las muchachitas recibían bastante a menudo las maternales azotainas de la señora Guong.
Los chasquidos que, mezclados con el griterío de la víctima, atronaban el espacio, resultaban por demás elocuentes. No se trataba de un juego, ni de una parodia, eran el producto de sabios azotes administrados con calma oriental..
Confieso que al principio aquellas palizas me resultaron chocantes, no resulta agradable oír gritos de dolor de nadie, aunque a fuerza de escucharlos uno termina acostumbrándose a ellos, en especial al advertir que las supuestas víctimas actúan normalmente de acuerdo a la edad, pues también oíamos sus juegos, cantos y risas, así como las veíamos con una permanente sonrisa en los labios.
En mi caso las azotainas me despertaban curiosidad sobre los motivos o las faltas y cuán serias o graves resultarían, para que nuestra exótica vecina las sancionara con tan recios azotes. A Noelia, en cambio, cada azotaina la transfiguraba, le alteraba el ritmo cardíaco, le aumentaba la efusión de adrenalina, en una palabra le provocaba una revolución interna, muy difícil de explicar para ella y más difícil de entender para mi.
Le cedo el espacio para que ella lo exprese con mayor claridad.
"...No me gustaba vivir en aquel barrio. Nos mudamos sólo porque Lisandro había insistido en el lugar por la comodidad que representaba poder movilizarse a pie a su trabajo.
Nuestras vecinas, la señora Guong con sus cuatro hijas, todas muy jóvenes, bonitas, educadas y sobre todo reservadas. Aunque no hablo una sola palabra de taiwanés, mi inglés no es tan malo así que cuando tenía oportunidad de encontrarme con ellas y cambiar algunas palabras así pude conocer algunos detalles de sus vidas, como que su papá residía en Estados Unidos y ellas estaban esperando su residencia y en tanto aprovechaban el tiempo estudiando inglés.
En una oportunidad las crucé en el pasillo, mientras regresaban. Nos saludamos, en ese momento advertí que la madre iba con cara de enojo mientras las chicas lo hacían con la cabeza gacha.
Una vez en la calle me di cuenta que había olvidado las facturas que debía pagar, de modo que regresé a casa. No bien entré al pasar frente a la puerta del baño oí como la vecina estaba reprendiendo a alguna de las hijas, por supuesto no entendía nada de lo que les recriminaba la señora Guong, pero el tono de su voz no dejaba lugar a dudas.
Me quedé allí tratando de descifrar lo que ocurría entre ellas y no tardé en oír unos chasquidos seguidos de lamentos por el ruido deduje que se trataba de una mano abatiéndose repetidamente sobre la piel.Mi morbo comenzó a funcionar, supuse que aquello se tratada de una paliza en toda regla de modo que pegué mis orejas a la banderola para asegurarme y no perder detalle.
No sé porqué, pero las expresiones, el tono empleado por los orientales induce a pensar que están permanentemente enojados, aunque no sea así, pero ese día la señora Guong se notaba especialmente enfadada. La azotaína duró unos quince minutos durante los cuales mezclados con los chasquidos de los azotes, se oyeron primero los gemidos y por último llantos de dolor. No soy metida, pero… aquella zarabanda me excitaba incitándome a querer saber más.
No me preocupaba en ese momento entrometerme en la intimidad ajena aunque me intrigó después la causa de mi excitación. En cierto momento advertí que la llorosa se retiraba de allí pero la señora Guong no había dejado de reprender a otra de las hijas. Los azotes no tardaron en recomenzar, reconocí en medio de las súplicas la voz de una de las mayores. Esta vez los golpes resonaban con más fuerza y durante los quince o veinte minutos que duró la azotaína, también cambiaron los sonidos de los azotes, de modo que supuse que la chica estaba siendo azotada con diferentes instrumentos.¡Por Dios! ¡Qué excitación me poseía! En mi mente imaginaba a la señora Guong con la hija sobre sus rodillas nalgueándola de firme con la mano en tanto la pobre pataleaba y lloraba.
Al percibir luego sonidos más secos supuse que reemplazaba la mano por algún objeto de madera: un cepillo, tal vez….
Absorta en lo que sucedía del otro lado de la pared perdí noción del tiempo. Cuando tomé conciencia de ello Lisandro estaba a mi lado.
-¿Qué ocurre? ¿Qué hacés en el baño? ¿Te sentís mal?
-No… no, estoy bien. Pero no te imaginás lo que acaba de pasar con nuestras vecinas… Escuchá…
Lisandro es el hombre que amo y lo amo porque es especial. Creo que debe de ser el único hombre en la tierra y en el universo que me permite expresarme de la forma que lo hago: avasalladora, entreverada, nerviosa… procuro decirle mil cosas en un minuto y que además me comprenda. Él me deja hablar siempre, pero demora en responderme porque, supongo yo, necesita traducir lo que digo a un idioma coherente, interpretar lo que dije, pensar la respuesta adecuada para que no me enoje y luego expresarse claramente para que yo pueda entender. No es una tarea fácil ni es para cualquiera, por eso lo amo.
Le expliqué lo sucedido y la extraña emoción que me había embargado mientras esa mujer azotaba a sus hijas al imaginar la forma en que lo hacía. El bueno de Lisandro me miraba sin compartir mi exaltación, aunque trataba de comprenderme. No entendía porqué tenía aquel extraño brillo en los ojos, ni aquella particular forma de relatar los hechos con tantos detalles.
Lo sucedido pasó para él como una anécdota más, pero no para mí. A partir de aquél día viví pendiente de todas las conversaciones, tonos de voces, ruidos, en fin todo lo que sucedía en aquella vivienda… Y después, cuando él llegaba yo me apresuraba a contarle lo sucedido.
Una pregunta rondaba continuamente en mi cabeza: ¿Porqué me excitaban tanto esos azotes y aun con sólo pensar en ellos? ¿Qué sentirían esas chicas cuando eran azotadas? Y más aún… ¿Qué sentiría yo si me azotaran?
Este tema me obsesionaba al extremo que a veces me costaba dormirme. En mi fuero íntimo deseaba fervientemente ser azotada como lo eran esas jovencitas, pero… no me animaba a confesárselo a Lisandro. ¿Qué pensaría de mí? Probablemente que era una degenerada o una desviada sexual, así que prefería hablarle del tema a ver si él se daba cuenta de lo excitada que me ponía cuando se lo contaba. Pero no… él sólo me escuchaba hablar, me sonreía con esa sonrisa pelotuda que tanto amo, y nada más. ¡Qué días difíciles pasé! y qué noches insomnes sin que nada calmara mis ardores, ni siquiera hacer el amor con él, porque a nuestra relación le faltaba algo: los azotes.
Un atardecer, salí al pasillo a tomar un poco de fresco y al asomarme vi a la señora Guong con el rostro sombrío y una gruesa correa en la mano. Mi corazón comenzó a palpitar de una forma incontrolable cuando escuché unos pasos apresurados por el largo corredor: era la mayor de las chicas Guong. A medida que se acercaba la madre levantaba el tono de voz mostrándole la correa. No bien cerraron la puerta tras ellas, marché corriendo al baño. Sólo percibí la voz maternal y en tono apenas audible la chica le contestaba con monosílabos.
Como mi oído estaba ya entrenado, las seguí hasta que llegaron al baño. Poco después escuché como la mano de la mujer caía sobre las nalgas de la chica. Luego de la mano, comenzó a caer sobre la jovencita la temible correa. El sonido de la lonja de cuero era algo diferente, y los gritos de la chica también. Imaginé aquel culito cruzado por franjas rojas en diferentes sentidos.
En determinado momento la azotaina se detuvo, pero solo para reanudarse un momento más tarde, con algún objeto más rígido pues los golpes resonaban secos retumbando en aquella estrecha habitación. Los sollozos de la muchachita no ablandaron a la mujer, que con voz dura y tono severo continuaba reprendiéndola…
En esa oportunidad esperé a Lisandro más ansiosa que nunca. Cada segundo me parecía una eternidad. No bien abrió la puerta me arrojé en sus brazos y comencé a besarlo de una forma frenética y desaforada. Estaba fuera de mí sin poder evitarlo. Este hombre maravilloso con el que comparto mi vida no entendía nada, aunque agradeció y retribuyó con creces mi demostración de cariño.
Le conté lo sucedido mientras cenábamos, y le seguí contando cuando nos acostamos. Estaba tan nerviosa, tan deseosa de una azotaína, de saber qué se sentía, era tal mi grado de excitación que en un arranque de valentía mezclada con locura y lujuria, con la voz temblorosa por la que podría ser su reacción, le pedí a Lisandro que me azotara.
-Amor… no puedo más. Quiero saber que se siente, porque esto se ha convertido para mí en una obsesión. Por favor… ¡azotame!
Me miró como si yo estuviera loca. No sabía qué hacer, lo había tomado totalmente de sorpresa. Así que simplemente lo miré a los ojos, rocé mis labios en los suyos, y me crucé sobre sus rodillas luego de mirarlo con todo mi amor…
Como siempre, tardó unos minutos en reaccionar. Comenzó a frotar mis nalgas y a darme unos más que tímidos golpecitos en la colita. Cuando se animó a bajarme la ropa interior sentí como que quedó paralizado… Él sabe cuán impaciente soy para todo, así que como por instinto comenzó a nalguearme.
El primer azote fue sencillamente delicioso, me picó pero no me dolió, las endorfinas comenzaron a liberarse por cantidades enormes y mi gozo era cada vez mayor. Sentir la piel enrojecerse, sentir cómo la sangre se agolpa en ese lugar, la sensación que da el contacto de la mano con la suave y delgada piel de las nalgas, sus caricias para enfriar en algo el calor producido por el azote, el picor mezclado con el dolor y el placer. Un cóctel de emociones y sensaciones totalmente nuevas y maravillosas para mí… y también para él, que al ver mi reacción ante las nalgadas dadas con su mano tuvo el suficiente coraje para vencer preconceptos y, finalmente, sacarse el cinturón que yo le había regalado con este secreto fin.Oír correr el cinto por las presillas del pantalón, escuchar el chasquido que hace el último tramo al ser liberado, sentir cómo lo dobla en dos mientras mira con deseo, amor y pasión las nalgas de la mujer que ama y que se le entrega como una ofrenda sagrada para goce de los dos."
En efecto, aquellas azotainas de la señora Guong excitaban a Noelia, como acaba de explicarlo.
Yo tardé en comprender quizás por ser corto de entendederas o porque ella por timidez o vergüenza no se atrevía a revelarme sus deseos secretos.
Lo cierto es que, como durante la semana pasaba gran parte del día fuera de casa ocupado en mis negocios, me perdía la mayor parte de las palizas de nuestra vecina. Claro que cuando regresaba a casa, Noelia después de besarme, con ojos brillosos y lujo de detalles me refería todo lo que había oído desde nuestro baño, agregando sus propias opiniones. Y una vez acostados continuaba con el tema y sus comentarios. Comentarios que casi siempre terminaban con el mismo interrogante: ¿Qué se sentirá con los azotes?
Hasta la oportunidad que, Noelia asomada al pasillo, vio a la señora Guong en el umbral de su departamento, con una gruesa correa en las manos esperando el tardío regreso de la hija mayor. La azotaina que tuvo lugar más tarde la perturbó tanto que su excitación alcanzó la cima, porque esa noche no habló de otra cosa, hasta que en un incontenible rapto de deseo enronqueciendo la voz me pidió que la azotara…No me resultó fácil complacerla. No. Al menos la primera vez.
Recién al contemplar el níveo trasero de Noelia ofrecido en su divina desnudez, -visión que me provocó un estrecho nudo en la garganta-, advertí la poderosa sugestión del castigo dado o recibido y me decidí. Percibí su agitación, advertí la ansiedad o del miedo que emanaba de su cuerpo… Vencí, por fin mis escrúpulos, enarbolé el doblado cinturón, el mismo que ella me había obsequiado, para descargarlo sin demasiada fuerza ni convicción sobre las dos masas que, trémulas, aguardaban el contacto del cuero. Las respuestas de Noelia expresaban una voluptuosidad hasta entonces desconocida para mi, también para ella, pues hasta ese momento sólo había intuido, aunque no experimentado, el extraño placer erótico que encierran las azotainas, antes, durante y después…
Luego hicimos el amor como nunca lo habíamos hecho, coronando así una noche memorable, para nosotros y seguramente también, del otro lado de la pared, para la señora Guong y su hija mayor, aunque por diferentes motivos.
EL ALEMÁN
Por: Amadeo Pellegrini
Dedicado a Mayte Riemens
Advertencia: esta historia trata de un hecho real acaecido a mediados de la década de 1960. La persona que me la confió merece el mayor crédito, por tanto la transcribiré en primera persona procurando respetar en todas sus partes el relato original.
Aunque oriundo de Austria, a Hans Kern, lo conocían como “el Alemán”, y muy poco se sabía de él, pues casi nadie recordaba cuándo, cómo, ni por qué se había establecido allí.
Enjuto, encorvado, de barba y cabellos cenicientos entre los que afloraban algunas hebras de pelos rubios, el Alemán resultaba una figura extraña, su rostro carecía de rasgos destacados, poseía sin embargo un par de inquietantes ojos celestes, cuya penetrante mirada resultaba muy difícil sostener.
Vivía, recluido en una pequeña casa de madera construida con sus propias manos, a las afueras de la localidad, la que abandonaba solamente para hacer algunos de los trabajos que únicamente él era capaz de llevar a cabo.
En efecto, lo requerían para cumplir tareas arriesgadas que ninguna otra persona se atrevía a tomar, como bajar a pozos de molinos de cuarenta metros de profundidad o más, a reparar los cilindros, trepar a la torres más altas a reemplazar las luces, desmontar árboles corpulentos que hacían peligrar las viviendas vecinas y como aquellas muchas otras obras de riesgo que el extraño individuo acometía con una naturalidad, agilidad y eficiencia asombrosas.
Por otra parte, en su domicilio recibía toda clase de objetos que le llevaban para componer o reparar. En esas ocasiones los examinaba en silencio, luego respondía: “puede” si se comprometía a componerlos o “No puede” si el objeto no tenía arreglo, pues hablaba sólo lo preciso.
Otra particularidad suya era que antes de aceptar ningún encargo decía la cantidad a cobrar, si alguien se atrevía a regatear o a decirle que el precio le parecía excesivo, sin vacilar devolvía el objeto diciendo: “Lleve”
Entonces no había ruego, promesa o disculpa que lo hiciera cambiar de opinión. Lo mismo sucedía cuando lo buscaban para alguna otra tarea, si no le aceptaban la cantidad pretendida, sin decir palabra daba media vuelta tomaba la bicicleta que era su medio de locomoción y se marchaba sin siquiera despedirse.
Por lo general era moderado en sus pretensiones, además como lo conocían y era único para ciertos trabajos, raramente le objetaban el precio.
Todo esto bastaba para transformarlo en un personaje extravagante, pero lo que le había conferido bien ganada fama de brujo o de hechicero eran los extraños “poderes” que poseía y empleaba en circunstancias excepcionales.
Como la vez aquella que los caballos de un enorme carro se espantaron, cortaron las riendas marchando desbocados por la calle con riesgo de arrollar a unas criaturas que jugaban a la pelota allí.
Al verlos el Alemán se interpuso de un salto y levantando la mano derecha, sin siquiera tocarlos ni pronunciar palabra alguna, los detuvo en seco ante el asombro de los circunstantes.
Como aquella, llevaba realizadas muchas proezas de diversa índole.
Un fumador inveterado recordaba, que le preguntó si podía quitarle el vicio del tabaco, Kern le respondió: “Puede” y señalándole el paquete de cigarrillos agregó: “Deme” El interpelado le entregó entonces el paquete sobre el cual el Alemán trazó signos misteriosos para devolvérselo diciendo: “Fume”
Cuando el hombre extendió la mano para tomarlo, el envoltorio le quemaba de tal forma que gritó arrojándolo rápidamente al suelo. Reconoció después que lo mismo volvía a sucederle cada vez que pretendía encender un cigarrillo.
Por esa razón fui a verlo el día que un tornado le arrancó parte del techo al galpón de mi establecimiento. Tenía almacenado allí gran cantidad de lana, maquinarias y otros elementos.
Entonces ¿Quién otro que el Alemán para reparar un techo en doble pendiente con casi seis metros de altura en su parte más elevada?
Acepté el precio que pretendía y la condición de ponerle un ayudante para que desde abajo le alcanzara las chapas, las herramientas y los accesorios a medida que los necesitara
Recordé que mi encargado tenía un sobrino, de nombre Dionisio quien acababa de abandonar los estudios y como era un tanto inmaduro me había pedido que le consiguiera alguna ocupación aunque fuera temporaria, para ver si adquiría un poco de responsabilidad.
Al día siguiente temprano los tenía a ambos trabajando. El alemán colgado de un arnés; en lo más alto entre los tirantes desde allá arriba mediante silbidos y señas indicaba al muchachito las cosas que necesitaba y una vez que el ayudante las enganchaba él izaba por medio de una cuerda.
En la tercera jornada me tocó presenciar el insólito episodio que los tuvo por protagonistas.
En cierto momento Dionisio entretenido con un perro se había ido alejando y no respondía al llamado de los silbidos del hombre, mientras yo estaba en el rincón opuesto afilando peines de una esquiladora.
De pronto ví a Kern deslizarse como un gato hasta el piso para enfrentarse con el chico. No lo escuché hablar, solamente lo tenía tomado por la barbilla obligándolo a sostener la mirada manteniéndolo así unos segundos.
Observé enseguida que el jovenzuelo, como respondiendo a un conjuro, se desprendía los pantalones para echarlos hacia abajo junto con los calzoncillos para de inmediato tumbarse, sin emitir protesta alguna, boca abajo sobre uno de los fardos de lana.
Al ver al alemán quitarse el cinturón atravesó mi mente el pensamiento que estaba por asistir a un repugnante acto de sodomía.
Entre tanto yo me encontraba incapaz de intervenir como si un campo magnético me mantuviera paralizado en el lugar contemplando a aquel extraño sujeto con el cinturón doblado por el medio disponiéndose a azotar las rollizas nalgas de efebo del ayudante,
Ante mis ojos se desarrolló a continuación el espectáculo más grotesco que me fue dado presenciar. Con deliberada frialdad como si estuviera apaleando a un perro, el alemán comenzó a descargar azote tras azote sobre las temblorosas posaderas.
Pero más que aquella espaciada y metódica azotaina, me chocaba la actitud pasiva del jovenzuelo quien no solamente no oponía resistencia alguna al tratamiento que estaba recibiendo, tampoco había procurado en ningún momento proteger con las manos la vapuleada piel desnuda, sino que encima había recogido él mismo los faldones de su camisa para dejar el culo mejor expuesto a los azotes
Aquello debía resultarle doloroso, no obstante en ningún momento lo oí gritar ni pedir misericordia. Sus inflamados glúteos se estremecían a cada contacto de la correa pero la única reacción que advertí era que a cada azote juntaba de manera alternativa los talones, los separaba uniendo la punta de sus pies y de nuevo separándolos, así ininterrumpidamente mientras dejaba escapar ahogados gemidos.
Por último el alemán chascó los dedos y Dionisio se incorporó para poner orden en su vestimenta.
En todo el tiempo ninguno de los dos pareció reparar en mi presencia, como si yo de pronto me hubiera vuelto invisible.
Mucho tiempo después se me presentó la oportunidad de tratar el tema con Dionisio, quien al principio se mostró sorprendido y un poco avergonzado, porque no recordaba haberme visto esa tarde.
A mis preguntas respondió que Hans Kern aquella tarde no le había dicho nada pero que con sólo mirarlo le hizo comprender qué lo azotaría, entonces él, obedeciendo a una fuerza interior irresistible, se aprestó a recibir el castigo.
Finalicé interrogándolo sobre lo que había experimentado en aquellos momentos. Reconoció que la azotaina le había resultado muy dolorosa pero agregó, de manera enigmática, que le había producido al mismo tiempo un extraño alivio. Creo que empleó también la palabra bienestar…
PROVOCACIÓN
Autora: Ana K. Blanco
(Dedicada a gavi y Don Miguel)
“Provocación
en tus ojos veo clara provocación
cada vez que me miras hay provocación…”
(fragmento de la canción de Raphael)
Resulta difícil para una mujer ser supervisora, jefa, o con un alto puesto ejecutivo y tener bajo su mando un determinado grupo de personas.
Este era el caso de Gabriela, jefa de la sección con más personal de aquella fábrica. Su desempeño en la jefatura era correcto: justa, imparcial, firme, autoritaria sin abandonar la calidez humana. Ese era el perfil que le gustaba a Miguel.
Aquella mujer podía excitarlo nomás verla ir de un lado a otro impartiendo órdenes vestida con una simple túnica; en especial cuando salía del trabajo enfundada en pantalones elastizados que resaltaban sus maravillosas nalgas o con minifaldas impactantes, pues a sus opulentas formas todo le quedaba bien.
Frecuentemente, Miguel imaginaba que debajo de la túnica sólo llevaba mínima ropa interior y desde luego también marchaba sin nada debajo de aquel sencillo atuendo.
No obstante el gusto que sentía por ella y la excitación que le producía haciéndolo soñar despierto, distaba mucho de ser dama perfecta, por eso la apodaba “Doña Quejitas”, pues se quejaba continuamente. Ella siempre encontraba motivos para rezongar: bien porque le dolía aquí, o porque fulano había hecho u omitido tal cosa, porque esa temporada había más trabajo que nunca, o porque las nuevas planillas de control resultaban más complicadas, etc.
Gabriela era una mujer desafiante, a quien aunque no se le había subido el cargo a la cabeza, lo hacía sentir en cada oportunidad. A pesar de todo, el personal la apreciaba porque sabía perdonar errores pero resultaba demasiado estricta y muy apegada a la letra del reglamento.
A Miguel el trato cotidiano le hizo descubrir cuán caprichosa incorregible, malcriada y testaruda, podía llegar a ser cuando las cosas no salían como ella esperaba. En tales circunstancias perdía el control y el enojo la despojaba de la necesaria ecuanimidad. Esas explosiones lo ponían mal, Miguel contenía sus reacciones porque se trataba de su superior jerárquico.
Hasta que un día, a la hora de descanso, Gabriela llegó y tomó asiento junto a Miguel. En realidad más que sentarse, lo que hizo fue desplomarse en la silla.
-¡Uffff… odio los miércoles! –bramó- Esta tarde tendré que llenar todas esas odiosas planillas … no veo forma de evitarlo y no quiero hacerlas.
-Pero terminará haciéndolas ¿No es así Gabriela?
-¡Desde luego! ¡Yo soy una persona responsable!
-Entonces… ¿porqué se queja tanto?
-¡Yo no me estoy quejando!
-¿No? ¿Y qué nombre le da entonces a esto que hace todos los días?
-¿Le molesta que me exprese, Miguel?
-Para nada Gabriela. Además… usted es mi jefa y debo escucharla.
-No se trata de cargos. Mejor dígame qué le molesta. Sabe perfectamente que lo que tenga que decirme “no será usado en su contra” –dijo alzando una ceja en tono desafiante.
-Lo sé perfectamente Gabriela, usted es por sobre todo una persona justa. Sólo dudo que le agraden mis opiniones.-Haga la prueba, hombre, o acaso teme que tome represalias…
-En realidad, no. Pero está bien, si se empeña en saberlo, se lo diré: Usted es una persona quejosa porque quiere las cosas salgan a SU gusto, siempre. –Recalcó el “su” para refirmar la actitud más chocante de la personalidad de su interlocutora
-Usted, a pesar de ser una excelente persona y una jefa competente, se comporta muy a menudo como una mujer malcriada, caprichosa y testaruda.
Gabriela cruzó las piernas y adoptando un tono más desafiante, espetó:
-De acuerdo: es su opinión sobre mi persona y la respeto. Ahora bien, yo le pregunto: ¿Cree acaso que a esta altura de mi vida voy a cambiar mi modo de ser? Soy como soy y le repito, no voy a cambiar.
-Le agradezco que me dé la razón. Pero esa afirmación irracional “no voy a cambiar” es la típica respuesta de una niña insolente y caprichosa.
-Y si lo es ¿qué? –Gabriela ya se estaba saliendo de las casillas. Las razones y argumentos de aquel subordinado, un hombre tan guapo y viril, la intranquilizaban haciéndole perder el aplomo.
-Otra expresión propia de niña malcriada –dijo poniéndose de pie y sosteniendo su mirada, burlonamente agregó- Gabriela, lo único que usted necesita es dar con alguien que la trate como usted, con ese modo de ser de niña malcriada, está reclamando a gritos… Lo único que la puede hacer cambiar de opinión es la azotaina que seguramente nunca le dieron y que buena falta le hace.
Gabriela no podía creer lo que estaba oyendo. Procuró calmarse, pero le resultaba imposible. Sus ojos despedían chispas y el tono de revelaba el enojo que la consumía.
-¿Ah, sí? ¿Y se puede saber quién será ese “alguien”? Porque todavía no ha nacido el hombre que se atreva a azotarme.
-Se equivoca. Ese hombre nació, creció y en este momento lo tiene delante de sus ojos.
Impulsivamente abandonó todas las formalidades, exclamando:
-¿Vos me corregirás? Jajajajajaaaaaa… Vos… y cuántos más? Sin advertirlo incurría en la provocación que Miguel esperaba para actuar:
-Sí Gabrielita, yo solito me basto y sobro … ¿sabés porqué? Porque no haré nada para obligarte, ya te darás cuenta que tengo razón y por eso vendrás el viernes al depósito, después que el personal se haya retirado. Pero te advierto: más vale que seas puntual o te irá peor de lo que te imaginás. No me gustaría agregar la impuntualidad a tu lista de defectos.
-¡Ya podés agarrar una silla y sentarte a esperarme! -fue la airada respuesta de la mujer.
-Precisamente una silla me hará falta para colocarte sobre mis rodillas una vez sentado Te felicito porque estás entendiendo.
¡Ay, que fastidio! Odiaba a aquel hombre tan seguro de sí mismo, con esa seguridad, virilidad y esos aires dominantes!
Los días siguientes fueron una tortura para Gabriela. Cada vez que se cruzaban, él le susurraba al oido:
-Prepará tus nalgas nena testaruda…
-¡Acordate que te espero en el depósito!
-Las chicas malcriadas merecen unos buenos chirlos en sus colitas
-Hola Doña Caprichitos. ¿preparada para la lección de tu vida?
-Por favor… poné cara de enojada y dame más motivos para tu castigo, sí?
-Conseguite almohadones y cremita, eh? No te vas a poder sentar en todo el fin de semana…
Gabriela no entendía porqué, pero cada vez que oía algo de esto, mariposas le revoloteaban en el estómago. Lo odiaba pero al mismo tiempo sentía una terrible excitación y la cita del viernes no se le podía borrar de la cabeza. Dudaba entre ir o no, no sabía qué hacer. Por un lado, no deseaba dar el brazo a torcer y aceptar que lo que Miguel decía la verdad. Por el otra parte, anhelaba fervientemente comprobar cómo se sentiría al ser azotada y dominada por un hombre así.
Llegó el día viernes pero las horas pasaban lentas. Evitó cruzarse con Miguel durante todo el día, aunque percibió su mirada penetrante cada vez que se aproximaba a su lugar de trabajo.
Llegó la hora. No quedaba nadie en la fábrica, Gabriela había demorado algunas tareas para tener motivos para dilatar la salida… Miguel decidió sentarse y esperar. Dios lo había bendecido con el don de la paciencia, pero aquella era una ocasión especial y cada pocos minutos miraba el reloj. ¿Qué decidiría Gabriela? ¿Vendría? Estaba casi seguro que sí, pero…
A las 17 horas en punto, Gabriela se plantó frente él. Estaba hermosa enfundada en aquella corta falda color amarillo que realzaba más el tostado de su piel. Blusa y sandalias blancas completaban su indumentaria.
-¡Caramba! La nena será malcriada y caprichosa, pero también es puntual. Eso no te quitará ni un solo azote, pero tampoco le agregará ninguno.
-¿Pero quién te creés que sos?
-Soy el hombre que te quitará la malcriadez.
-¿Ah sí? Bueno, dale! Vení a buscarme –le dijo con una actitud desafiante, mientras le hacía señas para que se acercara.-
¿Qué yo vaya a buscarte? Jajajajajaaaaa… ¡Por supuesto que no! vos vendrás aquí solita, por tu propia decisión, yo no te obligaré a nada que no quieras hacer.
-Ja! Lo sabía… sabía que eras puro blablabla. Ni vos ni nadie se atreve a enfrentarme.
-Sabés perfectamente que no es eso Gabriela. Acá no se trata de enfrentamientos, sino de disciplina. Vos necesitás que te disciplinen y eso es lo que yo voy a hacer. Pero vos solita te pondrás sobre mis rodillas. Eso significará que entendés que tengo razón y que te hace falta una buena azotaína.
-¡Eso será en tus sueños!
-¡Basta, ya es la hora! Llevamos 5 minutos de atraso y por cada minuto que me hagas perder te daré 5 azotes extras. Vos decidís. O te vas ahora mismo y todo seguirá igual, o… venís de inmediato a echarte sobre mis rodillas para dar comienzo a tu educación disciplinaria.
Dudó unos momentos. Estuvo a punto de huir, pero… sintió como una fuerza interior que la empujaba hacia Miguel, quien sonrió complacido mientras que acomodaba a su jefa sobre sus rodillas.
-Bien, querida Gabriela, has tomado la decisión correcta –le dijo mientras apoyaba su mano y acariciaba esas deliciosas nalgas que tantas veces había deseado- a partir de este momento comprenderás que no puedes andar por la vida queriendo cumplir tus caprichos y que todo el mundo haga tu voluntad.
La primera nalgada resonó en el depósito y Gabriela saltó por la sorpresa. Pero no tuvo tiempo a recuperarse, porque enseguida cayó la segunda, y la tercera y… sus nalgas comenzaron a arder. No era la intensidad de los golpes sino la frecuencia y ritmo de los mismos: una nalga y la otra, con una pausa de un segundo entre un azote y otro. Sin prisa pero sin pausa. Los tímidos gemidos de dolor de Gabriela se comenzaban a sentir cuando Miguel le levantó la falda.
-¡Nooooooooo! Pero ¿qué hacés? ¿cómo te atrevés?
-A las niñas caprichosas hay que nalguearlas así –le dijo, mientras seguía repartiendo chirlos a diestra y siniestra- Y si se ponen testarudas y pretenden hacer su santa voluntad como están acostumbradas, entonces se les hace esto –y de un tirón bajó la bombacha inmaculadamente blanca y se topó con un hermosísimo par de nalgas. Eran blancas, casi níveas, “de raso y de jazmín” como dice el tango; nalgas suaves y redondas como dos globos, separadas por un canal que hizo imaginar a Miguel que lo llevaría a los más delicados placeres. Pero ahora debía concentrarse en esas montañas carnosas que estaban comenzando a colorearse.
Gabriela saltó sobre las rodillas y trató de detener la bajada de su última prenda, pero todo fue inútil: la bombacha fue a dar al suelo. Eso no lo esperaba. No imaginaba tal humillación, y trató de taparse con las manos.
-Esto es demasiado humillante Miguel. Pará por favor!
-Lo siento, pero es parte del castigo. Y te sugiero que no te tapes con las manos, porque me veré obligado a atártelas. No te voy a repetir.
Por supuesto que se las ató, y lo hizo con un cordel que tenía preparado en el respaldo de la silla. Y el castigo continuó por más de 20 minutos. Gabriela no podía discernir los sentimientos y sensaciones que la invadían. Era dolor, sí, pero mezclado con placer. Era humillación y sometimiento, pero con sensación de libertad. De lo único que no tenía dudas era de la excitación enorme que sentía, y esa humedad entre sus piernas que no podía evitar. Miguel detuvo el castigo y comenzó a acariciar las nalgas que, aunque rojas y ardientes, todavía resistirían más.
-Bien querida Gabriela… –ella hizo un intento de levantarse, pero él se lo impidió- No te muevas, esto recién comienza.
-¿Lo qué? Pero si ya no puedo más del dolor. ¡Dejame ir ya mismo! Te exijo que me sueltes.
-Vos no estás en pocisión de exigir nada, y no te vas a ir hasta que yo lo decida. Vos quisiste quedarte y eso me da derecho a castigarte hasta que yo crea que es suficiente. Vos, nena malcriada, no decides nada… te entregaste a mí, sos mi responsabilidad y yo te voy a cuidar mientras te enseño disciplina.
Gabriela sintió un sonido que llamó su atención. Él se estaba moviendo demasiado. Intrigada, se dio vuelta como pudo y vió que Miguel se estaba quitando el cinturón.
-Pero… ¿para qué te sacás el cinto? ¿qué vas a hacer?
-Voy a continuar con mi lección de disciplina. Te daré 20 cinturonazos. Y si llegás a protestar… te daré 5 más por cada vez que protestes.
-No podés hacer eso, no tenés derecho
-25
-Dejame ir, desgraciado!
-30
-No quiero que me pegues, animal. ¡Soltame carajo!
-35… y 10 más por la palabrota, o sea: 45 cinturonazos. ¿comenzamos o querés seguir agregando azotes?
Gabriela no contestó. El cinto comenzó a caer sobre su ya maltratado trasero, pero lo soportó estoicamente. A medida que los azotes iban cayendo… su soberbia y prepotencia también comenzaron a caer y las lágrimas rodaban por su rostro. Cuando iban en casi 40 azotes, Miguel comenzó a acariciar las nalgas de esta mujer que había tenido durante aquella tarde, varios actos de sumisión.
Sacó el pote de crema que había llevado y comenzó a frotar aquellas nalgas tan rojas y ardientes. Mientras desparramaba la crema, su dedo mayor aprovechaba para comprobar la humedad de otra zona. Cuando el dedo se acercaba, Gabriela tenía un notorio estremecimiento.
Miguel la miró con ternura y consideró que el castigo, por aquel día, había sido suficiente.
(Continuará)
LA PEOR PALIZA DE MI VIDA
Disciplina Doméstica
Autora: Mayte Riemens
Mi esposo era un hombre estricto y chapado a la antigua. Desde que éramos novios me corregía algunas de mis faltas y me decía que tenía suerte de que aún no estuviéramos casados. Yo reía y le preguntaba que qué me haría si ya fuera mi esposo. Ya lo sabrás, me decía. Cuando me pidió matrimonio, me dijo que, antes de aceptar, yo debía leer un documento que él había preparado, pues no quería que hubiera malos entendidos ni tuviera algo de qué arrepentirme, una vez que estuviéramos casados. Me dio el documento en un sobre cerrado y me dijo que lo leyera cuando estuviera a solas, al día siguiente ya le diría yo si aceptaba casarme con él.
A solas en mi habitación de la casa de mis padres, leí las cuatro páginas que mi novio me había entregado. En ellas me explicaba que me amaba intensamente, pero que creía que ningún matrimonio podía sobrevivir, aún cuando hubiera amor, si las peleas y las discusiones rompían la armonía de la convivencia diaria. Me decía que yo era una chica encantadora, pero también caprichosa y, a veces, algo irresponsable y poco juiciosa. Me amaba así, pero por mi propio bien, debía modificar algunas de esas conductas y procurar erradicarlas de mi carácter. La carta continuaba diciendo que él estaba dispuesto a modificar aquellos defectos que a mí me molestaran, que yo era libre de hacérselos notar y que si él no procuraba modificarlos, que yo estaría en todo el derecho para reprochárselo, sin que él se molestara por ello. Así, también yo debía someterme a la corrección de mis errores y defectos, pero para mí, él proponía un sistema diferente a las palabras. Entonces exponía con todo detalle el método que emplearía:
Cuando cometas alguna falta, te lo haré notar con seriedad y firmeza, pero con respeto y sin gritos ni frases hirientes. Tú podrás alegar lo que convenga a tu favor, pero si no existiera una justificación razonable, tendré que castigarte y así te lo haré saber.
Cuando tú escuches de mis labios la frase “Tendré que castigarte” Te irás a la habitación, te descubrirás completamente el trasero y te colocarás sobre la cama, con un par de almohadones bajo el vientre. Entonces yo iré hasta ahí y te aplicaré el correctivo que corresponda, de acuerdo con la falta que hayas cometido.
La severidad podrá ser desde moderada hasta muy alta, dependiendo de tu falta.
El castigo consistirá en azotes en las nalgas que, dependiendo de tu falta, podré aplicarlas con la palma de mi mano, con un cepillo o paleta de madera o con mi cinturón.
El número de azotes será de un mínimo de veinte y un máximo de 100, dependiendo, otra vez, de la falta que hayas cometido.
Cuando el castigo haya sido aplicado, pasarás un rato reflexionando sobre tu comportamiento. De pie, sentada o de rodillas ante un rincón, con el trasero desnudo, exhibiendo con vergüenza el resultado de tu mal comportamiento. El tiempo de reflexión podrá variar, pero nunca será menor a diez minutos.
Al finalizar el castigo, prometo no volver a mencionar el problema ni te guardaré ningún rencor, pero tú también deberás prometer lo mismo.
Para evitar malos entendidos y resentimientos, es importante detallar cuáles son los comportamientos que serán motivo de castigo, así como su gravedad y el correspondiente grado de severidad del castigo
Faltas leves que serán castigadas con moderada severidad:
Faltar a tus obligaciones domésticas
Ser díscola, grosera o poco amable conmigo
Callar algún disgusto que yo te haya provocado
No atender tus propias necesidades
Faltas graves que serán castigadas con severidad media
Mentirme
Llegar a casa después de las once de la noche
Salir de casa sin avisarme
Hacer berrinches, gritar o enfurecerte, en lugar de hablar con respeto y procurando resolver los problemas
Hacer gastos tontos o no cuidar el dinero de la familia
Desobedecerme, a menos que exista una razón totalmente justificable
Faltas muy graves que recibirán el castigo más severo
Coquetear con otros hombres
Resistirte al castigo
Faltarme o faltarte al respeto
Hablar de este método con cualquier persona
Guardar resentimientos o rencores por un castigo recibido
Persistir en una conducta por la cual ya hayas sido castigada
Es importante que sepas que, si durante el castigo, tu comportamiento no es el adecuado, podrías recibir hasta 20 azotes extra, incluso sobre el máximo de 100. También el castigo en el rincón podría hacerse más severo, no por tiempo, pero sí por agregarle algunas variantes para hacerlo más incómodo o vergonzoso para ti.
Nunca te daré más de dos zurras en un mismo día, pero si durante el día merecieras un castigo más, se pospondrá hasta el día siguiente.
Cuando hayas cometido alguna falta y yo no lo sepa, tú misma podrás solicitar el castigo, incluso, en caso de que yo no quiera aplicarlo, tú podrás exigirlo. Nunca te dejaré sin un castigo que tú o yo creamos que mereces.
Los castigos siempre serán aplicados en las nalgas desnudas, así evitaré sobrepasarme o ser demasiado flojo al castigarte, pues podré monitorear el estado de tu piel y evitar un daño extremo o el que el castigo no sea efectivo. El método se basa en el amor y en la confianza, quiero que sepas que jamás abusaría de ti ni te causaría un daño grave o irreversible.
Quiero que quede bien claro, que esto no implica que quiera someterte a mi voluntad ni que nuestra relación deba cambiar en ningún aspecto. Tú eres libre para seguir haciendo lo que siempre has hecho, para comportarte como hasta ahora lo haces, pues mi método es para evitar conflictos conyugales, peleas y discusiones que podrían dar al traste con nuestro matrimonio y, de ninguna manera, para dominarte, atemorizarte o convertirte en un títere de mi voluntad.
Cuando terminé de leer, estaba sorprendida, confundida y… muy excitada. Jamás habría podido atreverme a confesarle a Lázaro que me excitaba la idea de ser nalgueada por él. Ahora su carta llegaba como caída del cielo, me llenaba de emoción y me hacía prometerme una vida conyugal deliciosa y llena de los placeres más extraños y sensuales. Pero también, me impedía confesarle mi secreta fantasía. Si yo le decía que me excitaba ser castigada, su método perdería toda efectividad, al menos a sus ojos, y quizá lo desechara. Lo pensé toda la noche, leyendo y releyendo su carta, excitándome con la lectura, con la imaginación de lo que mi vida de casada me traería. Por la mañana había tomado decisiones: por supuesto, aceptaría casarme con él y aceptaría que su método de “armonía conyugal” fuera aplicado, pero nunca le confesaría mis fantasías, recibiría los castigos como quien no los desea, como quien los sufre y se arrepiente de sus actos. Quizá eso tuviera una miel especial y aderezara aún más las delicias que se me prometían.
Tres meses después, nos casamos. Un par de meses después de que volvimos de la luna de miel, decidí que era momento de experimentar. Una mañana, Lázaro me fue a buscar a la cocina y me reprochó con aire serio y grave alguna tontería doméstica. Yo reaccioné como verdadera feminista y lo mandé a paseo con sus exigencias. Le dije que si quería las camisas bien planchadas, que se ocupara él mismo o me consiguiera más ayuda doméstica… en fin, todo un berrinche armado con profesionalismo impecable.
- Habíamos hecho un trato, María. Y lo aceptaste con todo lo que implicaba. Ahora estás desobedeciendo me estás faltando al respeto y eso es ya una falta grave. ¿Sabes cuál es el castigo para eso? – Sentí un delicioso escalofrío y una punzada en la vagina. Me estaba excitando muchísimo el regañito. Hice un puchero y comencé a llorar.
- ¡No, Lázaro! ¡No me castigues! ¡Por favor! - le rogué paladeando con deleite cada palabra
Ahora estás resistiéndote al castigo, María. Ya conseguiste dos castigos muy severos. Tendrás uno hoy y otro mañana. Vamos. No sigas con esto – hablaba con amabilidad, pero se mostraba inflexible – Ahora se me hace tarde, pero cuando volvamos del trabajo, por la tarde, tendrás tu primer castigo por las graves faltas que has cometido. – Sollocé y me cubrí la cara. Realmente me sentía avergonzada, pues para él no era un juego y yo estaba haciéndolo por puro placer.
- Cuando llegues de trabajar, te colocarás boca abajo sobre la cama, con las nalgas desnudas y tres almohadas bajo el vientre. Sobre la mesa de noche quiero que esté mi cinturón y la pala de madera de la cocina. Me esperarás así a que yo llegue. ¿Has comprendido?
- Sí, mi amor – respondí llorando ocultando la cara entre las manos para que no me delatara una sonrisa de placer. Me hizo una caricia y se fue.
Durante todo el día disfruté del miedo y la excitación por lo que me esperaba, mi entrepierna se mantuvo húmeda todo el tiempo y, en el trabajo, no podía concentrarme pensando en el castigo que iba a recibir, finalmente, probaría, no sólo las nalgadas que tanto deseaba, sino también el cinturón y la paleta de madera. No imaginaba cómo me iba a doler eso, quizá fuera demasiado doloroso y no lo disfrutara, pero igual lo iba a sentir, pues Lázaro me iba a castigar, quisiera yo o no. Esa sensación de estar en sus manos y no poder evitar el castigo me excitaba todavía más. Tenía miedo y era delicioso sentirlo. Me escapé del trabajo un poco más temprano y llegué a casa emocionada, dejé mis cosas y me fui directo a la cocina a elegir la pala, por precaución no tomé la más grande y gruesa que tenía, sino una livianita, después fui al armario de Lázaro y elegí un cinturón, puse ambas cosas sobre la mesa de noche, coloqué tres almohadas en la cama y entonces, paladeando cada segundo, me levanté la falda y me bajé las bragas casi hasta las rodillas, después me coloqué en la posición de castigo. Estar ahí tumbada, con las nalgas levantadas y al aire me excitaba mucho, la espera se hacía larga, pero eso me excitaba todavía más. Esperé poco más de media hora, cuando lo oí entrar, la emoción me hizo liberar un sollozo y decidí que era lindo que me encontrara llorando pero dispuesta al castigo, así que dejé correr toda mi tensión con lágrimas. No me dijo nada. Se sentó en la cama y me acarició un poco las nalgas provocándome más sollozos.
- ¡Lo siento, mi amor! ¡No me castigues demasiado duro, por favor! – le supliqué, deseando exactamente lo contrario. Comenzó a nalguearme con mucha fuerza, esas nalgadas eran duras, me ardían horriblemente, más porque mis nalgas estaban frías después de tanto tiempo de estar desnudas, pero resultaban mucho más deliciosas y excitantes de lo que yo había imaginado. Después de muchas nalgadas, por fin se detuvo y me acarició las nalgas enrojecidas y calientes, después atoró el vuelo de mi falda en la pretina.
- Ahora ponte de pie frente al rincón, con las manos en la cabeza – me ordenó con amabilidad. Obedecí bañada en lágrimas y con la entrepierna muy húmeda. La vergüenza de aquellos diez minutos castigada me excitó todavía más. Me sentía absurda ahí parada, de pronto me pareció todo una comedia, como si los dos estuviéramos actuando para alguna cámara escondida. Pero era muy real, las nalgas me dolían y estaba siendo castigada. Sabía que la tunda no había terminado y además sentía a Lázaro tendido en la cama, mirando mis nalgas enrojecidas.
- Espero que estés avergonzada, María – me dijo con severidad. – No es propio de una señora casada, toda una profesional, tener que pasar diez minutos castigada frente a un rincón, con las nalgas calientes en total exhibición, y las manos en la cabeza, como una niña malcriada.
- Estoy muy avergonzada, mi amor – murmuré entre sollozos. Cuando pasaron los diez minutos, Lázaro me llamó.
- Vuelve a colocarte para continuar con el castigo – me dijo. Yo obedecí totalmente enloquecida de pasión por aquel hombre severo e inflexible. Levanté lo más que pude mis nalgas y esperé.
- Esto va a doler un poco más – me advirtió
- Sí, mi amor. – le dije procurando que no notara lo excitada que estaba. Los azotes comenzaron. Lázaro había doblado el cinturón a la mitad y lo aplicaba con fuerza atravesando de lado a lado mis nalgas. Aullé desde el primer azote, apreté el cubrecama con toda mi fuerza para soportar el siguiente, sollocé adolorida y excitada como nunca y en medio de aquel paroxismo de placer y dolor, traté de contar los azotes. En el número veinte, sentí que no podía más y atravesé mi mano para impedir que continuara.
- Quita la mano, María. No me gustaría golpearla. – me dijo. Obedecí temblando, el castigo se reinició pero a los pocos azotes volví a cubrirme
- ¡Por favor! ¡Me duele mucho! ¡Perdóname! ¡Ya aprendí la lección! –supliqué. Por toda respuesta, sentí que Lázaro tomaba mi mano y me la sostenía a un lado de mi cuerpo, continuó el castigo y yo procuré no volver a mover las manos, pero me era casi imposible, pataleaba, me agitaba y me retorcía de dolor. Cuando se detuvo, sentía que las nalgas me ardían y las imaginaba del color del granate. Sollocé con fuerza y me froté un poco.
- No te toques, aún sigues castigada. – me dijo con severidad – Ve otra vez al rincón. Arrodíllate de cara a la pared, las manos en la cabeza. – Obedecí bañada en lágrimas, gimiendo como niñita y deseando como nunca que aquel hombre me hiciera suya. Me coloqué en el rincón a cumplir otros diez minutos de castigo. Me preocupaba que la humedad de mi sexo escurriera por mis piernas y me delatara, así que apreté las piernas, lo cual debe haber resultado en la tensión de mis nalgas, que mi marido observaba mientras me hablaba otra vez de lo vergonzoso de mi posición y, sobre todo, de lo absurdo de mi conducta. Oí que salía de la habitación, pero no tardó en volver, se acercó a mí, me tomó ambas manos y me las hizo poner en mi espalda, yo lloré como niña arrepentida.
- ¡Ya perdóname, Lázaro! ¡No me pegues más, por favor! – le rogué. No me respondió, se ocupó en atar mis muñecas, una con otra con el cinturón de seda de mi bata de noche. El nudo era suave, no me hacía daño, pero me sería imposible volver a cubrirme las nalgas durante el castigo. Un rato más de rodillas y me llamó de nuevo. Me levanté con dificultad, pues mis manos maniatadas no ayudaban a mi equilibrio. Me tomó del brazo y me llevó a la cama, pero en lugar de hacerme tender como antes, se sentó y me puso boca abajo sobre sus rodillas, como una niña pequeña que va a ser castigada por su padre. Me sostuvo firmemente rodeando mi cadera con su brazo y entonces comenzó a azotarme con la pala de madera. ¡Eso sí que dolía! Aquello era un verdadero castigo, incluso para mí, los golpes caían de lleno sobre mis ya lastimadas nalgas y no había nada que yo pudiera hacer para evitarlos. Lloré, grité, supliqué, pero Lázaro se aplicó seriamente en castigarme sin descanso, con ritmo y fuerza. Me dio quince azotes que me dejaron grandes cardenales. Cuando me levanté con su ayuda, mi cara estaba totalmente descompuesta por el llanto. Me dejó ahí de pie y atada de manos, mientras colocaba en el rincón un banco de madera alto, de los de la barra de la cocina.
- Siéntate aquí – me ordenó. Me acerqué y con su ayuda y mucho dolor, me senté. Entonces me desató las manos. – No quiero tener que atarte otra vez, cariño. Pero lo haré si no aprendes a mantener tus manos fuera del área de castigo.
- Sí, mi amor. Lo siento – murmuré. Me hizo poner las manos sobre mis rodillas y enderezar la espalda. Estuve ahí diez minutos castigada. Sintiendo mi clítoris saltar emocionado, cosquillear exigiendo ser acariciado…
- Ya puedes levantarte, cariño. Por hoy hemos terminado. Mañana tendrás otra dosis… un poco más severa. Te aplicaré la máxima severidad, para que sepas a qué atenerte en el futuro.
- Sí, mi amor. – le dije y me acerqué a besarlo. Le pedí perdón, le dije que el castigo me había hecho mucho bien y que, aunque ya había aprendido la lección, recibiría el del día siguiente con toda obediencia, pues sabía muy bien que me lo merecía. Lázaro me besó, me acarició suavemente las nalgas y terminamos haciendo el amor con la pasión más exquisita que jamás habíamos soñado.
