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Mi estancia en Costa Rica
Autor Papicaliente
Había conocido a Claudia por Internet. Desde que vi su foto quedé realmente impresionado de su belleza, lo que aumentó considerablemente cuando intercambiamos ideas sobre el spanking.
Ella, una chica delicada muy sensual de una piel blanca que incitaba a amarla, a tratarla con delicadeza, hacía que mis pensamientos volaran a mil sobre la posibilidad de una sesión spanking cuando nos encontráramos. Cuando sucedió esta historia había llegado a Costa Rica con el claro propósito de conocerla. Ya habíamos salido un par de veces y creo que habíamos congeniado, a pesar de mi edad, tengo 39 años, soy un hombre mucho mayor que ella, la conversación fluía fácilmente y platicábamos de uno u otro tema.
Mi deseo por Claudia se complicaba por cuanto ella estaba casada, muy enamorada de su marido con quien tenía una hijita muy linda e inteligente. Claudia tenía 6 meses de haber dado a luz a esa nena preciosa.
Esta vez, la tercera que nos encontrábamos, estaba muy linda. Llevaba un vestido de una sola pieza, de seda y arriba de la rodilla, con tirantitos. El vestido se le pegaba provocativamente a la piel y los tirantitos al desnudar un poco su pecho hacían mas atractiva esa zona deliciosa y que seguramente estaba siendo de uso exclusivo de la hijita de Claudia. Fuimos a un restaurante, comimos cualquier cosa y platicamos mucho, entre la conversación yo buscaba alguna forma de pillarla, para obtener el derecho de castigarla, mis deseos eran inmensos pues sus nalgas se habían vuelto una obsesión para mi y la posibilidad de verla llorando o quejándose de una buena zurra hacía que me excitara de solo pensarlo.
En un momento en que yo le contaba sobre una experiencia con una de las chicas con quien yo practicaba spanking en Nicaragua, ella se quedó observando con detenimiento a un joven apuesto que estaba en el restaurante frente a nosotros.
- Oye Claudia, le dije, no me estás poniendo atención, mira que lo que te estoy contando es muy importante para mi...
En esa momento el tipo, atraído por la belleza de Claudia y por sus indiscretas miradas, le sonrió y ella le respondió sin percatarse de lo que yo le decía.
Víctima de los celos me levanté bruscamente de la mesa y le dije:
- ¿Claudia, porque me tratas así? No me pones atención y coqueteas abiertamente con un tipejo simpático que esta en la otra mesa. No aguanto más, me voy de aquí.
Ella se asustó y me dijo:
- Oye Alex ¿qué te pasa? No estoy haciendo nada malo y no quiero que me dejes sola, ven siéntate por favor.
Pero yo estaba celoso y furioso, y le dije:
- Claudia ¡nos vamos de aquí en el acto!.
Ella percibió con claridad lo serio y molesto que yo estaba y sin oponerse se levantó de la mesa y me acompañó al auto de alquiler en el que yo la había llevado al restaurante.
Nos introdujimos en el coche sin hablar ni una palabra. Mi disgusto era serio, muy serio y deseaba desahogarme. Y se me ocurrió la idea de llevarla al apartamento que estaba alquilando temporalmente, mientras durara mi estancia en Costa Rica, y, desde luego, ahí dar riendas sueltas a mis más queridos instintos. Quería zurrar a Claudia en aquellas nalgas deliciosas que estaba deseando tanto desde que conversábamos por Internet.
Agarré rumbo a mi apartamento y ella se asustó y me preguntó: - ¿Qué haces Alex, donde me llevas?
La volví a ver hecho una fiera y con gran aplomo le dije: - vamos a mi apartamento, voy a zurrarte nenita, te has portado muy mal conmigo y vas a pagarlo.
- Pero yo no he hecho nada malo papi, que te sucede ¿porqué me tratas así?
Me había dicho papi, como me decía en Internet, cosa que ella sabía me deleitaba pues me otorgaba cierto nivel de autoridad sobre ella.
- Crees que no es malo tratarme como un idiota, le dije exaltado, mira nenita tu papi tiene cierto nivel de tolerancia, pero hay un momento que ya no permito más y ese fue el momento que sucedió hoy y vas a pagarlo, te castigaré como te lo mereces.
- NO papi no lo hagas, no me castigues por favor, solo eran miraditas con el muchacho ese, yo no pensaba molestarte, gritaba casi implorando.
Había comenzado a llorar y seguía rogando que no la azotara pues además del temor del castigo se sumaba la posibilidad de que su marido lo supiese y desconocía cual sería su reacción. Pero yo ya estaba decidido y nada podría detenerme.
En lo que quedaba del trayecto del viaje no volvía a decir una palabra, aunque mi excitación era evidente, pues la reacción de Claudia era deliciosa, y yo me sentía dueño y señor de la situación y de Claudia en ese momento.
Cuando llegamos al apartamento, estacioné el auto y me salí mientras ella se quedaba llorando en su asiento, le abrí su puerta y la jalé de una mano. Ella salió oponiendo cierta resistencia, casi la arrastré hacia la entrada del apartamento y abrí la puerta y la empujé hacia adentro. Cerré con llave la puerta. Ella seguía llorando y me dijo entre sollozos:
- ¿Qué vas a hacerme papito? Por favor no lo hagas, no me castigues papi, no quise molestarte...
- Voy a castigarte como te lo mereces, me molesta que te comportes como una putita cuando andas conmigo, anda quítate el vestido y me esperas.
Me introduje en la habitación del apartamento me desnudé totalmente y me puse el pantalón de látex negro que me gustaba usar en estas ocasiones. Este pantalón me quedaba bastante tallado y tenía un orificio en el lado donde se ubica el pene. Mi pene salía erguido y grande desafiando la gravedad como fruto de la excitación que me embargaba.
Claudia estaba solo en una tanguita blanca, sin brasier, sus pechos se veían deliciosos y las curvas de su cuerpo eran una invitación al erotismo mas desenfrenado. Sus nalguitas casi desnudas se erguían elegante y provocativamente como dos montañas de carne que iban a ser arrasadas por mi furia y mi deseo.
Ella me quedó viendo con mayor temor que antes. Yo hice caso omiso a su mirada temerosa y me fui directo al sofá que había en el apartamento. Me senté en el sofá y le dije:
- Nenita preciosa, ven que papi va a castigarte como te lo mereces...
Ella se acercó al sofá. Su mirada seguía siendo temerosa, pero en su tanguita se comenzaba a apreciar la humedad de su excitación. Aquello me encendió más y la tomé de una mano la atraje hacia mí y la acosté boca abajo en mis piernas. Sus nalgas quedaron a mi merced. Por fin tenía esas nalgas deliciosas en mi poder, por fin iba a poder disfrutarla como lo deseaba.
Agarré la tanguita y de un tirón se la arranqué dejándola completamente desnuda. Mis manos grandes y fuertes acariciaron con morbo aquellas nalgas blancas y delicadas. Que delicia, que placer más inmenso y de repente solté el primer manotazo en aquellas nalgas apetitosas: zaaasssssssss, con fuerza, con determinación, con algo de furia.
Claudia gritó: - aaaaaaaaayyyyyyyy papi me duele muchoooooooooo.
Le di otro manotazo y otro y otro y muchos más: ZASSSSSSS. ZASSSS, ZAS, ZAAASSSSS, ZAASSSS, ZAAASSSSSSSS, ZAAASSSSSSSS. Las palmadas resonaban en el apartamento y aquellas nalgas blanquita iban adquiriendo un dolor rojizo fuerte por el flagelo infringido de mi parte.
Mientras la azotaba le decía: - toma nenita malcriada, hijita malportada, tomaaaaaaaa, papi te castiga duro, para que no te portes como una putita cuando sales con el, toma bebita rebelde. Y la seguía golpeando y golpeando en aquellas nalgas que sufrían el martirio de mis manotazos.
Claudia lloraba y se retorcía y gritaba: - ya no papi, ya noooo, no lo vuelvo a hacer, para papito, yaaaaaaaaaa, aaaaaaaaaahhh, ya no, ya no más papito querido, te lo juro que no lo vuelvo a hacer.
El movimiento de Claudia hacía que mi pene se frotara con su pubis, y sentía sus vellos púbicos, pero también sentía una humedad enorme que fluía de ese sexo hermoso de mi Claudia bella. Claudia lloraba, pataleaba, gritabaaaaaaaa, su dolor y placer era inmenso y yo lo percibía, yo sabía que en medio de esos gritos, de esos movimientos y esos llantos habían orgasmos intensos de por medio. Mi placer no era menor los gritos y la sensación del roce de mi pene con el pubis de Claudia se fueron convirtiendo en algo sumamente delicioso, excitante, los nalgazos me estaban volviendo mas loco de la excitación, ya había perdido la cuenta de los manotazos dados con furia en las nalgas desnudas de Claudia, nalgas que enrojecidas salvajemente parecía que iban a brotar de ellas sangre. Y llegó el placer máximo y con él una eyaculación brutal, fuerte e intensa que bañó el pubis y toda la parte pélvica de Claudia y mis piernas y pancita también.
La dejé de azotar y ambos quedamos exhaustos. Ella encima de mí llorando y yo gimiendo un poco, producto de los deleites de mi orgasmo.
- Puedes levantarte Claudia, le dije, tu castigo ha terminado por hoy.
Ella se levantó y se introdujo dentro de la habitación. Yo la dejé por unos minutos dentro de la habitación sola, para que hiciera los menesteres que considerara conveniente. Cuando me decidí a entrar la encontré acostada desnuda, boca abajo, en mi cama, entre dormida y despierta. Busqué entre mis utensilios alguna crema reconfortante para untárselas en sus flageladas nalgas y ella pudiera resistir de mejor manera la post relación spanking que tanto placer nos había proporcionado a ambos.
Había conocido a Claudia por Internet. Desde que vi su foto quedé realmente impresionado de su belleza, lo que aumentó considerablemente cuando intercambiamos ideas sobre el spanking.
Ella, una chica delicada muy sensual de una piel blanca que incitaba a amarla, a tratarla con delicadeza, hacía que mis pensamientos volaran a mil sobre la posibilidad de una sesión spanking cuando nos encontráramos. Cuando sucedió esta historia había llegado a Costa Rica con el claro propósito de conocerla. Ya habíamos salido un par de veces y creo que habíamos congeniado, a pesar de mi edad, tengo 39 años, soy un hombre mucho mayor que ella, la conversación fluía fácilmente y platicábamos de uno u otro tema.
Mi deseo por Claudia se complicaba por cuanto ella estaba casada, muy enamorada de su marido con quien tenía una hijita muy linda e inteligente. Claudia tenía 6 meses de haber dado a luz a esa nena preciosa.
Esta vez, la tercera que nos encontrábamos, estaba muy linda. Llevaba un vestido de una sola pieza, de seda y arriba de la rodilla, con tirantitos. El vestido se le pegaba provocativamente a la piel y los tirantitos al desnudar un poco su pecho hacían mas atractiva esa zona deliciosa y que seguramente estaba siendo de uso exclusivo de la hijita de Claudia. Fuimos a un restaurante, comimos cualquier cosa y platicamos mucho, entre la conversación yo buscaba alguna forma de pillarla, para obtener el derecho de castigarla, mis deseos eran inmensos pues sus nalgas se habían vuelto una obsesión para mi y la posibilidad de verla llorando o quejándose de una buena zurra hacía que me excitara de solo pensarlo.
En un momento en que yo le contaba sobre una experiencia con una de las chicas con quien yo practicaba spanking en Nicaragua, ella se quedó observando con detenimiento a un joven apuesto que estaba en el restaurante frente a nosotros.
- Oye Claudia, le dije, no me estás poniendo atención, mira que lo que te estoy contando es muy importante para mi...
En esa momento el tipo, atraído por la belleza de Claudia y por sus indiscretas miradas, le sonrió y ella le respondió sin percatarse de lo que yo le decía.
Víctima de los celos me levanté bruscamente de la mesa y le dije:
- ¿Claudia, porque me tratas así? No me pones atención y coqueteas abiertamente con un tipejo simpático que esta en la otra mesa. No aguanto más, me voy de aquí.
Ella se asustó y me dijo:
- Oye Alex ¿qué te pasa? No estoy haciendo nada malo y no quiero que me dejes sola, ven siéntate por favor.
Pero yo estaba celoso y furioso, y le dije:
- Claudia ¡nos vamos de aquí en el acto!.
Ella percibió con claridad lo serio y molesto que yo estaba y sin oponerse se levantó de la mesa y me acompañó al auto de alquiler en el que yo la había llevado al restaurante.
Nos introdujimos en el coche sin hablar ni una palabra. Mi disgusto era serio, muy serio y deseaba desahogarme. Y se me ocurrió la idea de llevarla al apartamento que estaba alquilando temporalmente, mientras durara mi estancia en Costa Rica, y, desde luego, ahí dar riendas sueltas a mis más queridos instintos. Quería zurrar a Claudia en aquellas nalgas deliciosas que estaba deseando tanto desde que conversábamos por Internet.
Agarré rumbo a mi apartamento y ella se asustó y me preguntó: - ¿Qué haces Alex, donde me llevas?
La volví a ver hecho una fiera y con gran aplomo le dije: - vamos a mi apartamento, voy a zurrarte nenita, te has portado muy mal conmigo y vas a pagarlo.
- Pero yo no he hecho nada malo papi, que te sucede ¿porqué me tratas así?
Me había dicho papi, como me decía en Internet, cosa que ella sabía me deleitaba pues me otorgaba cierto nivel de autoridad sobre ella.
- Crees que no es malo tratarme como un idiota, le dije exaltado, mira nenita tu papi tiene cierto nivel de tolerancia, pero hay un momento que ya no permito más y ese fue el momento que sucedió hoy y vas a pagarlo, te castigaré como te lo mereces.
- NO papi no lo hagas, no me castigues por favor, solo eran miraditas con el muchacho ese, yo no pensaba molestarte, gritaba casi implorando.
Había comenzado a llorar y seguía rogando que no la azotara pues además del temor del castigo se sumaba la posibilidad de que su marido lo supiese y desconocía cual sería su reacción. Pero yo ya estaba decidido y nada podría detenerme.
En lo que quedaba del trayecto del viaje no volvía a decir una palabra, aunque mi excitación era evidente, pues la reacción de Claudia era deliciosa, y yo me sentía dueño y señor de la situación y de Claudia en ese momento.
Cuando llegamos al apartamento, estacioné el auto y me salí mientras ella se quedaba llorando en su asiento, le abrí su puerta y la jalé de una mano. Ella salió oponiendo cierta resistencia, casi la arrastré hacia la entrada del apartamento y abrí la puerta y la empujé hacia adentro. Cerré con llave la puerta. Ella seguía llorando y me dijo entre sollozos:
- ¿Qué vas a hacerme papito? Por favor no lo hagas, no me castigues papi, no quise molestarte...
- Voy a castigarte como te lo mereces, me molesta que te comportes como una putita cuando andas conmigo, anda quítate el vestido y me esperas.
Me introduje en la habitación del apartamento me desnudé totalmente y me puse el pantalón de látex negro que me gustaba usar en estas ocasiones. Este pantalón me quedaba bastante tallado y tenía un orificio en el lado donde se ubica el pene. Mi pene salía erguido y grande desafiando la gravedad como fruto de la excitación que me embargaba.
Claudia estaba solo en una tanguita blanca, sin brasier, sus pechos se veían deliciosos y las curvas de su cuerpo eran una invitación al erotismo mas desenfrenado. Sus nalguitas casi desnudas se erguían elegante y provocativamente como dos montañas de carne que iban a ser arrasadas por mi furia y mi deseo.
Ella me quedó viendo con mayor temor que antes. Yo hice caso omiso a su mirada temerosa y me fui directo al sofá que había en el apartamento. Me senté en el sofá y le dije:
- Nenita preciosa, ven que papi va a castigarte como te lo mereces...
Ella se acercó al sofá. Su mirada seguía siendo temerosa, pero en su tanguita se comenzaba a apreciar la humedad de su excitación. Aquello me encendió más y la tomé de una mano la atraje hacia mí y la acosté boca abajo en mis piernas. Sus nalgas quedaron a mi merced. Por fin tenía esas nalgas deliciosas en mi poder, por fin iba a poder disfrutarla como lo deseaba.
Agarré la tanguita y de un tirón se la arranqué dejándola completamente desnuda. Mis manos grandes y fuertes acariciaron con morbo aquellas nalgas blancas y delicadas. Que delicia, que placer más inmenso y de repente solté el primer manotazo en aquellas nalgas apetitosas: zaaasssssssss, con fuerza, con determinación, con algo de furia.
Claudia gritó: - aaaaaaaaayyyyyyyy papi me duele muchoooooooooo.
Le di otro manotazo y otro y otro y muchos más: ZASSSSSSS. ZASSSS, ZAS, ZAAASSSSS, ZAASSSS, ZAAASSSSSSSS, ZAAASSSSSSSS. Las palmadas resonaban en el apartamento y aquellas nalgas blanquita iban adquiriendo un dolor rojizo fuerte por el flagelo infringido de mi parte.
Mientras la azotaba le decía: - toma nenita malcriada, hijita malportada, tomaaaaaaaa, papi te castiga duro, para que no te portes como una putita cuando sales con el, toma bebita rebelde. Y la seguía golpeando y golpeando en aquellas nalgas que sufrían el martirio de mis manotazos.
Claudia lloraba y se retorcía y gritaba: - ya no papi, ya noooo, no lo vuelvo a hacer, para papito, yaaaaaaaaaa, aaaaaaaaaahhh, ya no, ya no más papito querido, te lo juro que no lo vuelvo a hacer.
El movimiento de Claudia hacía que mi pene se frotara con su pubis, y sentía sus vellos púbicos, pero también sentía una humedad enorme que fluía de ese sexo hermoso de mi Claudia bella. Claudia lloraba, pataleaba, gritabaaaaaaaa, su dolor y placer era inmenso y yo lo percibía, yo sabía que en medio de esos gritos, de esos movimientos y esos llantos habían orgasmos intensos de por medio. Mi placer no era menor los gritos y la sensación del roce de mi pene con el pubis de Claudia se fueron convirtiendo en algo sumamente delicioso, excitante, los nalgazos me estaban volviendo mas loco de la excitación, ya había perdido la cuenta de los manotazos dados con furia en las nalgas desnudas de Claudia, nalgas que enrojecidas salvajemente parecía que iban a brotar de ellas sangre. Y llegó el placer máximo y con él una eyaculación brutal, fuerte e intensa que bañó el pubis y toda la parte pélvica de Claudia y mis piernas y pancita también.
La dejé de azotar y ambos quedamos exhaustos. Ella encima de mí llorando y yo gimiendo un poco, producto de los deleites de mi orgasmo.
- Puedes levantarte Claudia, le dije, tu castigo ha terminado por hoy.
Ella se levantó y se introdujo dentro de la habitación. Yo la dejé por unos minutos dentro de la habitación sola, para que hiciera los menesteres que considerara conveniente. Cuando me decidí a entrar la encontré acostada desnuda, boca abajo, en mi cama, entre dormida y despierta. Busqué entre mis utensilios alguna crema reconfortante para untárselas en sus flageladas nalgas y ella pudiera resistir de mejor manera la post relación spanking que tanto placer nos había proporcionado a ambos.
01/05/2005 23:21 Este es el enlace de este relato, si lo copias lo puedes utilizar como hipervínculo. Tema: M / f Hay 1 comentario.
Mi nuevo hogar
Autora: Sevishana
Esperé en el cuarto durante un rato, con algo de miedo, no lo voy a negar. Me sentía tremendamente avergonzada por ese comienzo tan nefasto. Pensaba además que para entonces todo Londres sabia que había recibido unos azotes en la vía publica. En ello estaba meditando cuando llamaron a la puerta, tras lo cual se abrió lentamente. Temí que fuera Capdevilla. Pero no fue así, era su esposa. Se trataba de una mujer de 35 años, nativa, en realidad irlandesa por lo que pude averiguar después. Tenía el pelo rubio, corto, y llevaba gafas de metal que le resbalaban por su escasa naricilla. Tenía el vello tan claro, que a penas unas cejas rubillas y escasas le protegían unos preciosos ojos verdes. Su piel era pálida, de no haber recibido el sol en años. Y su cuerpo delgado, enfundado en un vestidito de flores, se acercaba delgado y sinuoso hasta mí.
- ¿cómo tú te encuentras? Me pregunto con un acentuado deje extranjero
- bueno, abochornada. Contesté
- es bien, Joan es muy enfadado con tú, pero el es bien en unas horas.
- Me dijo que quería hablar conmigo.
- Sí, este es cierto, pero creo que conversation él quiere no gusta a ti.
- ¿Será muy duro?
- Yo cree tu has sido una niña muy mala y necesita un castigo para que tu aprende a comportarte.
Me acarició el pelo, y me miró con ternura y pena. Ally era una persona muy dulce y aportaba serenidad con su mirada. En realidad me sentía como en casa. Al igual que en este hogar, en el mío, convivían mi padre español y mi madre extranjera. Por lo que por unos momentos me sentí a gusto, pensando que estaba en casa de nuevo, y toda esta movida no tenía más razón que la preocupación por mi salud.
Me dispuso unos almohadones en la cama, y me indicó que me pusiera bocabajo. No quiso bajarme ella misma el pantaloncillo del pijama por no avergonzarme más, pero me propuso que esperara allí con la grupilla expuesta desnuda para cuando entrara su marido. Me paso la mano por la espalda y abandonó el cuarto, etérea, como un fantasma, tal y como había entrado.
Le hice caso, cómo no hacerlo, pedido con esa dulzura, y cómo no, por el miedo a las represalias. Pero aposté a bajarme los pantalones sólo cuando entrara Capdevilla, ya que me parecía muy vergonzoso esperar en esta tesitura todo el tiempo. Así lo hice, y cuando por fin entró mi verdugo, y me vio corriendo a obedecer lo que me había indicado su mujer se molestó considerablemente. No me permitió acabar mi labor, sino que cogiéndome del brazo, y sentándose sobre la cama me puso sobre sus rodillas, y de un tirón me bajo el pijama y las braguitas. Al instante sentí un fuerte azote con algo plano y frío.
PLASSSSSS PLASSSSSSS PLASSSSSSSS PLASSSSSSSS PLASSSSSSSSSS PLASSSSSSSS PLASSSSSSSSSSS PLASSSSSSSSSSSS PLASSSSSSS PLASSSSS
Mientras me azotaba, me reprendía.
- muy bien jovencita, no aprendemos la lección, eh? Como eres una niña muy muy desobediente te mereces unos buenos azotes además de los que te pensaba dar. Vas a recibir tantos azotes que cuando acabe contigo vas a obedecer con sólo mirarte.
PLASSSSSS PLASSSSSSS PLASSSSSSSS PLASSSSSSSS PLASSSSSSSSSS PLASSSSSSSS PLASSSSSSSSSSS PLASSSSSSSSSSSS PLASSSSSSS PLASSSSS
- Si te comportas como una niña pequeña te trataré como tal. Y las niñas malas la única manera que tienen de aprender a ser obedientes es recibiendo una buena hair brushing.
PLASSSSSS PLASSSSSSS PLASSSSSSSS PLASSSSSSSS PLASSSSSSSSSS PLASSSSSSSS PLASSSSSSSSSSS PLASSSSSSSSSSSS PLASSSSSSS PLASSSSS
- A partir de ahora vas a tenerle miedo a tu amigo el cepillo. Créeme
PLASSSSSS PLASSSSSSS PLASSSSSSSS PLASSSSSSSS PLASSSSSSSSSS PLASSSSSSSS PLASSSSSSSSSSS PLASSSSSSSSSSSS PLASSSSSSS PLASSSSS
Sentía hervir mi trasero, los azotes escocían de verdad, eran mucho peor que con la mano, estos quemaban, y no me daba tiempo a reponerme de uno cuando venia el siguiente. Para entonces yo lloraba como una boba, mientras le oía regañarme muy avergonzada. Su voz se confundía con el sonido de los cachetes. Tenia acento catalán, y el olor que había dejado a colonia fresca su mujer, el lo había cambiado por el intenso olor a after shave, que sentía sobre mi, y que se abanicaba con el aire desplazado por los azotes.
Por fin terminó, o al menos yo lo pensaba así. Por el contrario me hizo despojarme por completo de pantalón y ropa interior, y me indicó que me tendiera como debía de haberlo hecho desde un principio. En esa postura, tremendamente calentada, y llorosa y sumisa, me dio otros diez azotes mas fuertes, que yo hube de contar dando las gracias por cada uno de ellos. Me exhortó a que permaneciera en esa postura hasta nueva orden y salió del cuarto.
Al tiempo entró Ally. No me miraba el trasero, se dirigía directamente a mi cara, supongo que por respeto. Me secó las lágrimas con un pañuelo y me retiró el pelo que mojado se me pegaba en la cara.
- es mejor si tu haces caso. Me dijo.
- Asentí.
- ahora el viene y tu podrás ir a dormir.
Me besó en la frente y salió. Al momento entró él. De nuevo el olor a after shave, y una punzada de miedo en mi estómago. Me ayudó a incorporarme y me sentó sobre sus rodillas, sobre su pantalón de pana, que aunque suave, irritaba mis nalgas. Bueno, me acomodó como pudo, porque yo no podía permanecer sentada con soltura por razones obvias. Me explicó porque me había castigado, y cómo de ahora en adelante él tenia la responsabilidad de un padre sobre mí. También me emplazó a futuras azotainas. Durante una semana, una por noche, para compensar el castigo por llegar tarde, por fumar porros, por vestir de manera inadecuada, por cruzar la calle de forma imprudente, así hasta dar con siete motivos que se saldarían en siete nalgadas nocturnas antes de ir a dormir, con el cepillo del pelo.
Yo callaba, y contenía las lágrimas, pero después que me abrazara y me mandara a dormir con cariño, eché a llorar como una niña pequeña. No me vestí de nuevo, dejé que la sábana de franela fría acariciara mi trasero enrojecido y ardiente. Y me quedé dormida por agotamiento bocabajo, con una intensa humedad y calor entre mis piernas.
Después de esto, conviví con ellos durante esa semana, recibiendo mis azotes todas las noches antes de ir a dormir. Yo acudía a sus rodillas y a los almohadones como una cachorrilla obediente. Hacia caso en todo. Y ayudaba a Ally en lo que podía. Ambos pasaban mucho tiempo fuera, dando clases. La irlandesa impartía clases en la misma universidad en el Departamento de Literatura del siglo XX, por lo que salían por la mañana temprano y no los veía hasta por la noche.
Algunos días después incluso pude oír que Joan Capdevilla no sólo me conducía a mí al buen camino, sino que a su compañera también le propinaba severas azotainas que yo oía muy excitada desde mi dormitorio.
Pero eso no creo que sea de vuestro interés.
Continuará...
Esperé en el cuarto durante un rato, con algo de miedo, no lo voy a negar. Me sentía tremendamente avergonzada por ese comienzo tan nefasto. Pensaba además que para entonces todo Londres sabia que había recibido unos azotes en la vía publica. En ello estaba meditando cuando llamaron a la puerta, tras lo cual se abrió lentamente. Temí que fuera Capdevilla. Pero no fue así, era su esposa. Se trataba de una mujer de 35 años, nativa, en realidad irlandesa por lo que pude averiguar después. Tenía el pelo rubio, corto, y llevaba gafas de metal que le resbalaban por su escasa naricilla. Tenía el vello tan claro, que a penas unas cejas rubillas y escasas le protegían unos preciosos ojos verdes. Su piel era pálida, de no haber recibido el sol en años. Y su cuerpo delgado, enfundado en un vestidito de flores, se acercaba delgado y sinuoso hasta mí.
- ¿cómo tú te encuentras? Me pregunto con un acentuado deje extranjero
- bueno, abochornada. Contesté
- es bien, Joan es muy enfadado con tú, pero el es bien en unas horas.
- Me dijo que quería hablar conmigo.
- Sí, este es cierto, pero creo que conversation él quiere no gusta a ti.
- ¿Será muy duro?
- Yo cree tu has sido una niña muy mala y necesita un castigo para que tu aprende a comportarte.
Me acarició el pelo, y me miró con ternura y pena. Ally era una persona muy dulce y aportaba serenidad con su mirada. En realidad me sentía como en casa. Al igual que en este hogar, en el mío, convivían mi padre español y mi madre extranjera. Por lo que por unos momentos me sentí a gusto, pensando que estaba en casa de nuevo, y toda esta movida no tenía más razón que la preocupación por mi salud.
Me dispuso unos almohadones en la cama, y me indicó que me pusiera bocabajo. No quiso bajarme ella misma el pantaloncillo del pijama por no avergonzarme más, pero me propuso que esperara allí con la grupilla expuesta desnuda para cuando entrara su marido. Me paso la mano por la espalda y abandonó el cuarto, etérea, como un fantasma, tal y como había entrado.
Le hice caso, cómo no hacerlo, pedido con esa dulzura, y cómo no, por el miedo a las represalias. Pero aposté a bajarme los pantalones sólo cuando entrara Capdevilla, ya que me parecía muy vergonzoso esperar en esta tesitura todo el tiempo. Así lo hice, y cuando por fin entró mi verdugo, y me vio corriendo a obedecer lo que me había indicado su mujer se molestó considerablemente. No me permitió acabar mi labor, sino que cogiéndome del brazo, y sentándose sobre la cama me puso sobre sus rodillas, y de un tirón me bajo el pijama y las braguitas. Al instante sentí un fuerte azote con algo plano y frío.
PLASSSSSS PLASSSSSSS PLASSSSSSSS PLASSSSSSSS PLASSSSSSSSSS PLASSSSSSSS PLASSSSSSSSSSS PLASSSSSSSSSSSS PLASSSSSSS PLASSSSS
Mientras me azotaba, me reprendía.
- muy bien jovencita, no aprendemos la lección, eh? Como eres una niña muy muy desobediente te mereces unos buenos azotes además de los que te pensaba dar. Vas a recibir tantos azotes que cuando acabe contigo vas a obedecer con sólo mirarte.
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- Si te comportas como una niña pequeña te trataré como tal. Y las niñas malas la única manera que tienen de aprender a ser obedientes es recibiendo una buena hair brushing.
PLASSSSSS PLASSSSSSS PLASSSSSSSS PLASSSSSSSS PLASSSSSSSSSS PLASSSSSSSS PLASSSSSSSSSSS PLASSSSSSSSSSSS PLASSSSSSS PLASSSSS
- A partir de ahora vas a tenerle miedo a tu amigo el cepillo. Créeme
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Sentía hervir mi trasero, los azotes escocían de verdad, eran mucho peor que con la mano, estos quemaban, y no me daba tiempo a reponerme de uno cuando venia el siguiente. Para entonces yo lloraba como una boba, mientras le oía regañarme muy avergonzada. Su voz se confundía con el sonido de los cachetes. Tenia acento catalán, y el olor que había dejado a colonia fresca su mujer, el lo había cambiado por el intenso olor a after shave, que sentía sobre mi, y que se abanicaba con el aire desplazado por los azotes.
Por fin terminó, o al menos yo lo pensaba así. Por el contrario me hizo despojarme por completo de pantalón y ropa interior, y me indicó que me tendiera como debía de haberlo hecho desde un principio. En esa postura, tremendamente calentada, y llorosa y sumisa, me dio otros diez azotes mas fuertes, que yo hube de contar dando las gracias por cada uno de ellos. Me exhortó a que permaneciera en esa postura hasta nueva orden y salió del cuarto.
Al tiempo entró Ally. No me miraba el trasero, se dirigía directamente a mi cara, supongo que por respeto. Me secó las lágrimas con un pañuelo y me retiró el pelo que mojado se me pegaba en la cara.
- es mejor si tu haces caso. Me dijo.
- Asentí.
- ahora el viene y tu podrás ir a dormir.
Me besó en la frente y salió. Al momento entró él. De nuevo el olor a after shave, y una punzada de miedo en mi estómago. Me ayudó a incorporarme y me sentó sobre sus rodillas, sobre su pantalón de pana, que aunque suave, irritaba mis nalgas. Bueno, me acomodó como pudo, porque yo no podía permanecer sentada con soltura por razones obvias. Me explicó porque me había castigado, y cómo de ahora en adelante él tenia la responsabilidad de un padre sobre mí. También me emplazó a futuras azotainas. Durante una semana, una por noche, para compensar el castigo por llegar tarde, por fumar porros, por vestir de manera inadecuada, por cruzar la calle de forma imprudente, así hasta dar con siete motivos que se saldarían en siete nalgadas nocturnas antes de ir a dormir, con el cepillo del pelo.
Yo callaba, y contenía las lágrimas, pero después que me abrazara y me mandara a dormir con cariño, eché a llorar como una niña pequeña. No me vestí de nuevo, dejé que la sábana de franela fría acariciara mi trasero enrojecido y ardiente. Y me quedé dormida por agotamiento bocabajo, con una intensa humedad y calor entre mis piernas.
Después de esto, conviví con ellos durante esa semana, recibiendo mis azotes todas las noches antes de ir a dormir. Yo acudía a sus rodillas y a los almohadones como una cachorrilla obediente. Hacia caso en todo. Y ayudaba a Ally en lo que podía. Ambos pasaban mucho tiempo fuera, dando clases. La irlandesa impartía clases en la misma universidad en el Departamento de Literatura del siglo XX, por lo que salían por la mañana temprano y no los veía hasta por la noche.
Algunos días después incluso pude oír que Joan Capdevilla no sólo me conducía a mí al buen camino, sino que a su compañera también le propinaba severas azotainas que yo oía muy excitada desde mi dormitorio.
Pero eso no creo que sea de vuestro interés.
Continuará...
01/05/2005 23:20 Este es el enlace de este relato, si lo copias lo puedes utilizar como hipervínculo. Tema: M / f Hay 1 comentario.
El cliente
Autor: riot_girl
Este relato contiene algunos datos auto-biográficos aunque tengo que remarcar que el único personaje real soy yo. Todos los demás personajes, lugares y sucesos son fruto de mi imaginación. Si alguien quiere comentar algo puede hacerlo a mi correo: riot_girl_7@yahoo.es. Espero que lo disfruteis.
Quedaba un buen trecho aún para llegar a la tienda y ya llegaba tarde. No me apresuré ni pensé en otra excusa estúpida que decirle a mi jefa. Repartía comida a domicilio para sacarme un dinero extra al mes y, la verdad, no me lo tomaba nada en serio. Entré a trabajar porque dos de mis amigas también estaban allí y eso me permitía poder verlas un ratito al día. Mi jefa sabía de sobras que jamás daría el cien por cien ya que por las mañanas trabajaba en una fundación donde me ganaba bastante bien la vida. Tampoco le importaba demasiado porque en el turno en el que estaba yo no había mucha faena.
Entré por la puerta de reparto sigilosamente y me fui derecha al vestuario. Me cambié la falda y la camisa por el uniforme compuesto de pantalón de algodón azul marino y polo rojo. Cuando salía me di de bruces con mi jefa.
-¿Tu sabes qué hora es? Hace diez minutos que deberías estar aquí con la moto a punto para repartir.
-Los siento, de verdad. No he podido llegar antes. Te prometo que en el primer pedido me paro en una tienda y te traigo un cruasán de chocolate - este era un truco que nunca me fallaba, tenía a media plantilla sobornada a base de cruasanes y bollicaos que compraba entre viajes.
-...Bueno, pero que no se repita. Y haz el favor de ponerte el polo por dentro de los pantalones y de traer vaqueros como todo el mundo, que no vienes aquí a estar guapa.
Fui a por la moto mientras mi jefa me seguía con la mirada.
Esa noche había poca faena y en una hora todavía no había salido a llevar ningún pedido. Estaba de charla con mis amigas mientras íbamos cargando el lavaplatos y las cámaras cuando oí a mi jefa alzar la voz por encima de nuestras risas:
-Sale calle Escudellers, ¿a quién le toca?
Yo seguía haciendo tonterías y bromas mientras mi jefa volvía a preguntar de quién era el turno de salir. Al final, supuso que sería yo. Noté como me agarraban de un brazo haciéndome girar en redondo:
-Niña, ¿estás sorda o qué? Sale un pedido para ti. No se que te pasa hoy pero estas atontada. A ver si te voy a tener que dar unos azotes para que me prestes atención - mientras decía esto oí perfectamente como los de la cocina se reían. Eso me hizo enrojecer hasta las orejas.
-Ya voy, ya voy.
Leí el pedido a toda prisa para ver lo que me faltaba, metí la pizza en la bolsa térmica y llené otra bolsa de plástico con las ensaladas y los postres. Lo cogí todo y salí disparada. Tenía que ir a una calle situada en el barrio gótico. El número no me sonaba de nada y cabía la posibilidad de que fuera un piso de estudiantes y no me dieran nada de propina. Eso me hizo confiar en mi buena suerte y me relajé. Cuando empecé a adentrarme por las estrechas calles del casco antiguo de Barcelona me acordé que le debía un cruasán a mi jefa. Me salí de la ruta más rápida para poder llegar a alguna tienda que aún estuviera abierta. Todas las que quedaban cerca estaban ya cerradas así que calculé si me daría tiempo a llegar a la gasolinera sin que el cliente se diera cuenta del retraso. Pensé que solo serían cinco minutos y prefería perder la propina a tener a malas a mi jefa. Cuando llegué a la portería me di cuenta que llegaba casi doce minutos tarde y que desafortunadamente aquello jamás podría ser la casa de un grupo de estudiantes. Muchos edificios del barrio gótico han sido reformados completamente hasta convertirse en auténticos pisos de lujo para gente elitista. Este era uno de ellos. Subí un poco avergonzada por haberles hecho esperar tanto. Cuando llegué al rellano vi la puerta entreabierta. Piqué tímidamente con la mano y salió un hombre de unos 35 años. Todavía llevaba la ropa de calle, unos pantalones de vestir negros, camisa blanca con las mangas arremangadas y una corbata medio desanudada. Era muy alto, al menos para mí, tenía una barba incipiente y me miraba de forma directa e intimidatoria.
-Llegas tarde-así, sin más, se había percatado de mi poco discreto retraso.
-Buenas noches, lo siento, pero había muchos pedidos- no se me ocurrió otra cosa que decir, a esas horas no podía culpar al tráfico.
-¿Seguro? Acabo de llamar al restaurante y hace... -se miró su reloj de pulsera-exactamente 25 minutos que has salido de allí. Se que deberías haber tardado menos. Al menos, no trates de engañarme.
Jamás me había sentido tan intimidada y atraída por un cliente. Saqué lentamente la bolsa de las ensaladas y los postres y la caja con la pizza. El lo cogió sin dejar de mirarme. Dejó la pizza en el mueble de la entrada y abrió la bolsa delante mío.
-Faltan las bebidas.
-No puede ser...-cogí el pedido para comprobarlo y, efectivamente , faltaban dos refrescos- uff, verá, puedo ir a buscarlos en un momento...
-¿Y tardar otros 25 minutos?
-No, de verdad, esta vez volveré antes de que tenga tiempo de sentarse a cenar. Se lo aseguro.
-Espero que esta vez no me estés engañando – mientras decía esto posó distraídamente la mano por su cinturón de cuero y me sonrió.
Nunca había circulado tan aprisa por el centro de la ciudad, saltándome pasos de cebra y semáforos. Entré en la tienda sin resuello y con el maldito cruasán en la mano. Se lo di a mi jefa y me juré interiormente no hacer una estupidez así en la vida. Ella lo cogió sorprendida y me preguntó:
-¿Se puede saber cuánto le has hecho esperar a ese pobre hombre para que llamara preguntando por ti? ¿Y por qué me miras así?
-Me he olvidado las bebidas y ... preferiría que fuera otra persona a llevarlas...
-Jajaja, esa si que es buena, ya puedes cogerlas y llevárselas en dos segundos. En otra ocasión no me importaría pero si cometes dos errores no mandaré a otro a enmendarlos por ti.
Volví a salir de la tienda con la sensación de que esa noche me pasaría algo por haber sido tan irresponsable. De nuevo conduje como una loca olvidándome de cualquier código de circulación. Para cortar camino me metí en una calle muy corta en contra de dirección pensando que no habría peligro alguno. Nada más entrar me encontré un guardia urbano. Me hizo aparcar la moto y sacar la licencia de conducir y los papeles del seguro. Yo solo quería que acabara pronto, me daba igual la multa, pero no quería llegar tarde otra vez a casa del cliente. Después de darme un sermón sobre la mala conducción de los repartidores y sobre el peligro que son en la carretera y todo eso, me devolvió mis papeles y mi flamante multa. Cuando llegué a la portería me di cuenta de había tardado 20 minutos en llegar. Esta vez subí completamente atemorizada porque tenía la certeza de que el cliente me abroncaría un buen rato. No me hizo falta picar porque ya estaba esperándome en la puerta.
-Veamos, esta vez “solo” has tardado 20 minutos. ¿Qué te ha pasado?
Me intimidaba su manera de mirarme y su sarcasmo. Me dejaba completamente sin argumentos.
-Verá, quise venir tan rápido que me multaron... – casi en ese mismo momento me arrepentí de habérselo confesado. Por unos instantes su mandíbula se tensó.
-¿Quieres decir que además has puesto en peligro tu vida? Creo que no te tomas en serio tu trabajo. ¿Tu jefe no te dice nada al respecto? Supongo que al menos te sancionará por lo que has hecho hoy, ¿no?
-No me dice nada, no le gustará lo de la multa pero la pagará la empresa. Todo el mundo se equivoca – ¿Por qué tenía que darle explicaciones a un cliente sobre si yo cumplía en el trabajo o no?
Se quedó pensativo mientras le daba la bolsa con las bebidas y le decía el importe que debía pagarme. No quería ni imaginarme lo que pasaba por su cabeza en esos momentos.
-Verás, hay un problema. La cena se ha enfriado mientras esperaba la bebida. Como voy a tener que calentarla antes de comérmela he pensado que deberías pagar por tus descuidos. ¿Qué te parece?
-...está en su derecho de no pagar el pedido...he llegado tarde y está frío...- su cara indicaba que no era eso exactamente de lo que estaba hablando.
-¿Crees que me preocupa el dinero? ¿Te parecería justo que tu empresa pagara tus errores? Yo creo que no. Me parece que eres una niña malcriada que no sabe tener responsabilidades y es hora de que alguien ponga el remedio. ¿Tu qué crees?
-Creo que tiene razón...
Me hizo pasar a su recibidor y cerró la puerta de la calle. En esos momentos estaba pasando más calor que en el día más caluroso de un verano.
-Estas en tu derecho de escoger. Si decides aceptar mi castigo lo harás hasta el final. Te advierto que soy inflexible y que no cedo a no ser que sea por fuerzas mayores. Si decides irte, te pagaré el pedido pero te iras sabiendo que has dejado a un cliente completamente decepcionado.
Le miré a los ojos. Estaba erguido con los brazos cruzados a la altura del pecho. No sabía que pasaría después pero en ese momento supe que le seguiría hasta el fin del mundo si hiciera falta.
-Acepto mi castigo.
Yo sabía que había alguien más en la casa puesto que yo había llevado cena para dos. Me preguntaba quien sería a otra persona. ¿Su mujer?¿Su amante? Me estremecía solo de pensarlo. ¿Cómo había llegado a esta situación? Me llevó hasta el salón. Había un sofá de cuero blanco. Se sentó justo en el centro y me hizo un ademán para que me acercara. Yo no sabía que tenía que hacer. Esperaba que me riñera o que me obligara a calentarle cena o alguna cosa así. Pero el me miraba ceñudo esperando algo de mi que se escapaba a mi entendimiento.
-¿Tengo que ir a por ti? Si me obligas a ello será mucho peor.
No podía ser cierto. ¡Me iba a zurrar como si fuera una niña de parvulario! No pensé que ese sería mi castigo. Me acerqué despacio. Me tumbó en sus rodillas y posó su mano sobre mi trasero. La dejó allí durante unos interminables segundos y yo hubiera dado cualquier cosa por que empezara el castigo de una vez.
-Espero que guardes este momento durante mucho tiempo y que saques algún tipo de enseñanza de él.
Levantó la mano y la dejó caer pesadamente en medio de mis nalgas. Deseaba haberme puesto los vaqueros y el polo por dentro ese día ya que mi pantaloncito de algodón me dejaba casi sin protección.
-Te daré un azote por cada minuto que has tardado en traer los pedidos. ¿Cuántos serán?
-45, señor.
Siguió azotándome pausadamente pero con una intensidad asombrosa. Calculaba el lugar exacto donde debía zurrarme de manera que acabó por cubrir todo mi trasero en pocos azotes. El hecho de que no estuviera enfadado me humillaba más todavía. Lo hacía porque creía que era justo. Yo no tardé en ponerme a llorar puesto que hacía muchísimos años que nadie me castigaba así. A mitad del castigo paró en seco.
-Llevo 25 por los primeros 25 minutos. Los siguientes 20 serán con el trasero al descubierto – nada más decir esto me incorporó lo justo para poder desabrocharme el pantalón. Después me lo bajó hasta los tobillos. Yo pensé que eso sería suficiente pero agarró el elástico de mis braguitas y me las bajó hasta las rodillas.
-Así no, por favor. Ya ha sido suficiente. Prometo hacerlo mejor la próxima vez.
-Quedamos en que aceptarías tu castigo hasta el final y así será. Esto te costará 10 azotes extra.
No podía tolerar una cosa así a mi edad. Intenté levantarme y poner pies en polvorosa antes de que empezara a azotarme de nuevo. Eso no le gustó nada y me sujetó la mano derecha a la espalda mientras pasaba su pierna por encima de las mías haciendo una pinza.
-¿Qué se supone que estas haciendo? Te recuerdo que mi cena ya está fría y no me importa perder unos minutos más azotando este culo inquieto, así que compórtate de una vez.
Estos azotes eran mucho más duros que los anteriores. Tenía el trasero dolorido aún de los anteriores y como no paraba de moverme encima suyo noté como se excitaba. Justo en ese momento escuché unos pasos en el pasillo. Giré un poco la cabeza en dirección a la puerta y vi los pies de otro hombre. Ese debía ser el que cenara con él esa noche. Se paró justo en la entrada al comedor.
-¿Interrumpo? - ¿Cómo podía preguntar eso el muy estúpido? Estaba claro que interrumpía.
-No, dime – lo dijo como si azotar a una desconocida medio desnuda fuera lo más normal del mundo.
-Los de París quieren saber si pueden contar contigo para la conferencia del viernes.
-Diles que estoy en una reunión muy importante – dijo esto mientras me acariciaba las nalgas distraídamente – y que les llamaré en cuanto acabe.
-OK. Y no seas muy duro con la chica o no querrá traer más pedidos en su vida.
En esos momentos quería que me tragara la tierra. ¿Cómo podían hablar de temas serios estando yo allí en esa postura? ¿Y por qué el otro no se escandalizaba por ver una cosa así? Antes de plantearme más cosas volví a sentir su mano en mi culo. A veces me daba de refilón haciéndome escocer toda la piel y otras veces dejaba caer la mano pesadamente dejándome casi sin respiración.
-Bien, hemos llegado a los 20. Faltan los 10 extras por haber sido insolente. ¿Preparada?
Los 10 últimos azotes fueron realmente duros y rápidos. No creo que tardara mas de ocho segundos en propinármelos. A esas alturas lloraba como una niña de 6 años. Me giró hasta sentarme en sus rodillas. Me avergonzaba estar así sentada con la ropa bajada y siendo consolada por la persona que me había castigado tan duramente. Sin darme ni cuenta noté como empezaba a acariciarme la parta baja de mi espalda mientras que con la otra mano jugueteaba con los pelos de mi pubis. Empezó a lamerme el cuello suavemente hasta acabar besándome apasionadamente. Estaba excitadísima y quería seguir su juego en igualdad de condiciones. Intenté desabrocharle el cinturón para poder acariciarle el pene. Esto hizo que su actitud cambiara radicalmente. Me cogió la cara con ambas manos y me miró seriamente.
-Aún no he terminado contigo, gatita. ¿A cuánto asciende la multa que te han puesto?
-Creo que son 96 euros.
-No voy a darte 96 azotes más. La multa asciende a 16.000 pesetas de las de antes ¿no? Me parece razonable propinarte 16 azotes. Y no me mires de esa manera. De alguna manera has de pagar la infracción que has cometido.
No quise creer que fuera a azotarme de nuevo y menos en el estado de excitación en que nos encontrábamos los dos. El seguía mirándome pero yo me negaba a obedecer. Finalmente tuve que ceder y me di la vuelta para volver a tumbarme en sus rodillas. El no me lo permitió, me cogió por la cintura y me puso de pie en frente suyo.
-No voy a zurrarte otra vez con la mano. Estos azotes son para castigar una conducta más grave. Te los daré con el cinturón – mientras decía esto, se levantó y colocó un cojín enorme en medio del sofá. – Túmbate.
Me tumbé en contra de mi voluntad y noté como mi culo quedaba mucho más elevado que mi cuerpo. Notaba el tacto del cuero suave del sofá en mis piernas y pensé que le habría costado una fortuna. Vi como se desabrochaba el cinturón y lo hacía resbalar lentamente por las presillas del pantalón. Lo dobló en dos y lo chasqueó en el aire. El primer azote me pilló desprevenida, cayó en la parte baja de mis nalgas y no pude evitar un grito.
-Si se te vuelve a ocurrir gritar empezaré a azotarte desde el principio. Tu decides.
Volvió a azotarme de nuevo. Me daba los correazos en tandas de dos o tres muy seguidos y después dejaba un tiempo pequeño de descanso para que pudiera recuperarme. Yo estaba llorando a mares pero eso no le hizo dejar de castigarme. Cuando quedaba poco para terminar no pude resistir pedirle que parara.
-Por favor, no me castigue! No puedo resistir ni uno más...
-Parece que nunca aprendes ¿verdad? ¿En qué hemos quedado? Estás comenzando a enfadarme y voy a tener que empezar de nuevo.
Esta vez si que me zurró duro y no me dejo descanso entre uno y otro. Cuando terminó se quedó de pie mirándome mientras yo lloraba y me acariciaba el trasero que parecía tener relieve por donde había caído la correa. Se fue hacia el pasillo por donde había venido antes su compañero y oí como abría la nevera. Cuando volvió traía algo escondido en la mano y no pude averiguar lo que era. Se sentó a mi lado y me acarició el culo despacio. De pronto noté algo muy frío que se deshacía al contacto con el ardor de mi piel. ¡Había traído un cubito de hielo! Poco a poco fui recuperándome de la azotaina y gracias a sus caricias volví a estar en un estado de total excitación. Me puso boca arriba y me levantó el polo. Posó la yema de sus dedos por mi vientre, subió hasta llegar a mis pezones y acabó lamiéndomelos. Por fin pude desabrocharle el pantalón y coger su pene completamente erecto. Empecé a masturbarle lentamente. Mientras lo hacía me introdujo un dedo en la vulva y gimió al notar mi humedad. Durante unos segundos llegué a pensar que tendríamos un orgasmo de un momento a otro. Fue él quien puso fin a la situación.
-Cariño, te esperan en tu trabajo. ¿Quieres llegar tarde de nuevo? Puedes volver cuando acabes. Estas en tu derecho de escoger. Si decides volver aceptarás lo que te pida hasta el final. Te advierto que soy un amante inflexible y que no cedo a no ser que sea por fuerzas mayores. Si decides no volver esta noche será sabiendo que has dejado a un hombre completamente enamorado.
Este relato contiene algunos datos auto-biográficos aunque tengo que remarcar que el único personaje real soy yo. Todos los demás personajes, lugares y sucesos son fruto de mi imaginación. Si alguien quiere comentar algo puede hacerlo a mi correo: riot_girl_7@yahoo.es. Espero que lo disfruteis.
Quedaba un buen trecho aún para llegar a la tienda y ya llegaba tarde. No me apresuré ni pensé en otra excusa estúpida que decirle a mi jefa. Repartía comida a domicilio para sacarme un dinero extra al mes y, la verdad, no me lo tomaba nada en serio. Entré a trabajar porque dos de mis amigas también estaban allí y eso me permitía poder verlas un ratito al día. Mi jefa sabía de sobras que jamás daría el cien por cien ya que por las mañanas trabajaba en una fundación donde me ganaba bastante bien la vida. Tampoco le importaba demasiado porque en el turno en el que estaba yo no había mucha faena.
Entré por la puerta de reparto sigilosamente y me fui derecha al vestuario. Me cambié la falda y la camisa por el uniforme compuesto de pantalón de algodón azul marino y polo rojo. Cuando salía me di de bruces con mi jefa.
-¿Tu sabes qué hora es? Hace diez minutos que deberías estar aquí con la moto a punto para repartir.
-Los siento, de verdad. No he podido llegar antes. Te prometo que en el primer pedido me paro en una tienda y te traigo un cruasán de chocolate - este era un truco que nunca me fallaba, tenía a media plantilla sobornada a base de cruasanes y bollicaos que compraba entre viajes.
-...Bueno, pero que no se repita. Y haz el favor de ponerte el polo por dentro de los pantalones y de traer vaqueros como todo el mundo, que no vienes aquí a estar guapa.
Fui a por la moto mientras mi jefa me seguía con la mirada.
Esa noche había poca faena y en una hora todavía no había salido a llevar ningún pedido. Estaba de charla con mis amigas mientras íbamos cargando el lavaplatos y las cámaras cuando oí a mi jefa alzar la voz por encima de nuestras risas:
-Sale calle Escudellers, ¿a quién le toca?
Yo seguía haciendo tonterías y bromas mientras mi jefa volvía a preguntar de quién era el turno de salir. Al final, supuso que sería yo. Noté como me agarraban de un brazo haciéndome girar en redondo:
-Niña, ¿estás sorda o qué? Sale un pedido para ti. No se que te pasa hoy pero estas atontada. A ver si te voy a tener que dar unos azotes para que me prestes atención - mientras decía esto oí perfectamente como los de la cocina se reían. Eso me hizo enrojecer hasta las orejas.
-Ya voy, ya voy.
Leí el pedido a toda prisa para ver lo que me faltaba, metí la pizza en la bolsa térmica y llené otra bolsa de plástico con las ensaladas y los postres. Lo cogí todo y salí disparada. Tenía que ir a una calle situada en el barrio gótico. El número no me sonaba de nada y cabía la posibilidad de que fuera un piso de estudiantes y no me dieran nada de propina. Eso me hizo confiar en mi buena suerte y me relajé. Cuando empecé a adentrarme por las estrechas calles del casco antiguo de Barcelona me acordé que le debía un cruasán a mi jefa. Me salí de la ruta más rápida para poder llegar a alguna tienda que aún estuviera abierta. Todas las que quedaban cerca estaban ya cerradas así que calculé si me daría tiempo a llegar a la gasolinera sin que el cliente se diera cuenta del retraso. Pensé que solo serían cinco minutos y prefería perder la propina a tener a malas a mi jefa. Cuando llegué a la portería me di cuenta que llegaba casi doce minutos tarde y que desafortunadamente aquello jamás podría ser la casa de un grupo de estudiantes. Muchos edificios del barrio gótico han sido reformados completamente hasta convertirse en auténticos pisos de lujo para gente elitista. Este era uno de ellos. Subí un poco avergonzada por haberles hecho esperar tanto. Cuando llegué al rellano vi la puerta entreabierta. Piqué tímidamente con la mano y salió un hombre de unos 35 años. Todavía llevaba la ropa de calle, unos pantalones de vestir negros, camisa blanca con las mangas arremangadas y una corbata medio desanudada. Era muy alto, al menos para mí, tenía una barba incipiente y me miraba de forma directa e intimidatoria.
-Llegas tarde-así, sin más, se había percatado de mi poco discreto retraso.
-Buenas noches, lo siento, pero había muchos pedidos- no se me ocurrió otra cosa que decir, a esas horas no podía culpar al tráfico.
-¿Seguro? Acabo de llamar al restaurante y hace... -se miró su reloj de pulsera-exactamente 25 minutos que has salido de allí. Se que deberías haber tardado menos. Al menos, no trates de engañarme.
Jamás me había sentido tan intimidada y atraída por un cliente. Saqué lentamente la bolsa de las ensaladas y los postres y la caja con la pizza. El lo cogió sin dejar de mirarme. Dejó la pizza en el mueble de la entrada y abrió la bolsa delante mío.
-Faltan las bebidas.
-No puede ser...-cogí el pedido para comprobarlo y, efectivamente , faltaban dos refrescos- uff, verá, puedo ir a buscarlos en un momento...
-¿Y tardar otros 25 minutos?
-No, de verdad, esta vez volveré antes de que tenga tiempo de sentarse a cenar. Se lo aseguro.
-Espero que esta vez no me estés engañando – mientras decía esto posó distraídamente la mano por su cinturón de cuero y me sonrió.
Nunca había circulado tan aprisa por el centro de la ciudad, saltándome pasos de cebra y semáforos. Entré en la tienda sin resuello y con el maldito cruasán en la mano. Se lo di a mi jefa y me juré interiormente no hacer una estupidez así en la vida. Ella lo cogió sorprendida y me preguntó:
-¿Se puede saber cuánto le has hecho esperar a ese pobre hombre para que llamara preguntando por ti? ¿Y por qué me miras así?
-Me he olvidado las bebidas y ... preferiría que fuera otra persona a llevarlas...
-Jajaja, esa si que es buena, ya puedes cogerlas y llevárselas en dos segundos. En otra ocasión no me importaría pero si cometes dos errores no mandaré a otro a enmendarlos por ti.
Volví a salir de la tienda con la sensación de que esa noche me pasaría algo por haber sido tan irresponsable. De nuevo conduje como una loca olvidándome de cualquier código de circulación. Para cortar camino me metí en una calle muy corta en contra de dirección pensando que no habría peligro alguno. Nada más entrar me encontré un guardia urbano. Me hizo aparcar la moto y sacar la licencia de conducir y los papeles del seguro. Yo solo quería que acabara pronto, me daba igual la multa, pero no quería llegar tarde otra vez a casa del cliente. Después de darme un sermón sobre la mala conducción de los repartidores y sobre el peligro que son en la carretera y todo eso, me devolvió mis papeles y mi flamante multa. Cuando llegué a la portería me di cuenta de había tardado 20 minutos en llegar. Esta vez subí completamente atemorizada porque tenía la certeza de que el cliente me abroncaría un buen rato. No me hizo falta picar porque ya estaba esperándome en la puerta.
-Veamos, esta vez “solo” has tardado 20 minutos. ¿Qué te ha pasado?
Me intimidaba su manera de mirarme y su sarcasmo. Me dejaba completamente sin argumentos.
-Verá, quise venir tan rápido que me multaron... – casi en ese mismo momento me arrepentí de habérselo confesado. Por unos instantes su mandíbula se tensó.
-¿Quieres decir que además has puesto en peligro tu vida? Creo que no te tomas en serio tu trabajo. ¿Tu jefe no te dice nada al respecto? Supongo que al menos te sancionará por lo que has hecho hoy, ¿no?
-No me dice nada, no le gustará lo de la multa pero la pagará la empresa. Todo el mundo se equivoca – ¿Por qué tenía que darle explicaciones a un cliente sobre si yo cumplía en el trabajo o no?
Se quedó pensativo mientras le daba la bolsa con las bebidas y le decía el importe que debía pagarme. No quería ni imaginarme lo que pasaba por su cabeza en esos momentos.
-Verás, hay un problema. La cena se ha enfriado mientras esperaba la bebida. Como voy a tener que calentarla antes de comérmela he pensado que deberías pagar por tus descuidos. ¿Qué te parece?
-...está en su derecho de no pagar el pedido...he llegado tarde y está frío...- su cara indicaba que no era eso exactamente de lo que estaba hablando.
-¿Crees que me preocupa el dinero? ¿Te parecería justo que tu empresa pagara tus errores? Yo creo que no. Me parece que eres una niña malcriada que no sabe tener responsabilidades y es hora de que alguien ponga el remedio. ¿Tu qué crees?
-Creo que tiene razón...
Me hizo pasar a su recibidor y cerró la puerta de la calle. En esos momentos estaba pasando más calor que en el día más caluroso de un verano.
-Estas en tu derecho de escoger. Si decides aceptar mi castigo lo harás hasta el final. Te advierto que soy inflexible y que no cedo a no ser que sea por fuerzas mayores. Si decides irte, te pagaré el pedido pero te iras sabiendo que has dejado a un cliente completamente decepcionado.
Le miré a los ojos. Estaba erguido con los brazos cruzados a la altura del pecho. No sabía que pasaría después pero en ese momento supe que le seguiría hasta el fin del mundo si hiciera falta.
-Acepto mi castigo.
Yo sabía que había alguien más en la casa puesto que yo había llevado cena para dos. Me preguntaba quien sería a otra persona. ¿Su mujer?¿Su amante? Me estremecía solo de pensarlo. ¿Cómo había llegado a esta situación? Me llevó hasta el salón. Había un sofá de cuero blanco. Se sentó justo en el centro y me hizo un ademán para que me acercara. Yo no sabía que tenía que hacer. Esperaba que me riñera o que me obligara a calentarle cena o alguna cosa así. Pero el me miraba ceñudo esperando algo de mi que se escapaba a mi entendimiento.
-¿Tengo que ir a por ti? Si me obligas a ello será mucho peor.
No podía ser cierto. ¡Me iba a zurrar como si fuera una niña de parvulario! No pensé que ese sería mi castigo. Me acerqué despacio. Me tumbó en sus rodillas y posó su mano sobre mi trasero. La dejó allí durante unos interminables segundos y yo hubiera dado cualquier cosa por que empezara el castigo de una vez.
-Espero que guardes este momento durante mucho tiempo y que saques algún tipo de enseñanza de él.
Levantó la mano y la dejó caer pesadamente en medio de mis nalgas. Deseaba haberme puesto los vaqueros y el polo por dentro ese día ya que mi pantaloncito de algodón me dejaba casi sin protección.
-Te daré un azote por cada minuto que has tardado en traer los pedidos. ¿Cuántos serán?
-45, señor.
Siguió azotándome pausadamente pero con una intensidad asombrosa. Calculaba el lugar exacto donde debía zurrarme de manera que acabó por cubrir todo mi trasero en pocos azotes. El hecho de que no estuviera enfadado me humillaba más todavía. Lo hacía porque creía que era justo. Yo no tardé en ponerme a llorar puesto que hacía muchísimos años que nadie me castigaba así. A mitad del castigo paró en seco.
-Llevo 25 por los primeros 25 minutos. Los siguientes 20 serán con el trasero al descubierto – nada más decir esto me incorporó lo justo para poder desabrocharme el pantalón. Después me lo bajó hasta los tobillos. Yo pensé que eso sería suficiente pero agarró el elástico de mis braguitas y me las bajó hasta las rodillas.
-Así no, por favor. Ya ha sido suficiente. Prometo hacerlo mejor la próxima vez.
-Quedamos en que aceptarías tu castigo hasta el final y así será. Esto te costará 10 azotes extra.
No podía tolerar una cosa así a mi edad. Intenté levantarme y poner pies en polvorosa antes de que empezara a azotarme de nuevo. Eso no le gustó nada y me sujetó la mano derecha a la espalda mientras pasaba su pierna por encima de las mías haciendo una pinza.
-¿Qué se supone que estas haciendo? Te recuerdo que mi cena ya está fría y no me importa perder unos minutos más azotando este culo inquieto, así que compórtate de una vez.
Estos azotes eran mucho más duros que los anteriores. Tenía el trasero dolorido aún de los anteriores y como no paraba de moverme encima suyo noté como se excitaba. Justo en ese momento escuché unos pasos en el pasillo. Giré un poco la cabeza en dirección a la puerta y vi los pies de otro hombre. Ese debía ser el que cenara con él esa noche. Se paró justo en la entrada al comedor.
-¿Interrumpo? - ¿Cómo podía preguntar eso el muy estúpido? Estaba claro que interrumpía.
-No, dime – lo dijo como si azotar a una desconocida medio desnuda fuera lo más normal del mundo.
-Los de París quieren saber si pueden contar contigo para la conferencia del viernes.
-Diles que estoy en una reunión muy importante – dijo esto mientras me acariciaba las nalgas distraídamente – y que les llamaré en cuanto acabe.
-OK. Y no seas muy duro con la chica o no querrá traer más pedidos en su vida.
En esos momentos quería que me tragara la tierra. ¿Cómo podían hablar de temas serios estando yo allí en esa postura? ¿Y por qué el otro no se escandalizaba por ver una cosa así? Antes de plantearme más cosas volví a sentir su mano en mi culo. A veces me daba de refilón haciéndome escocer toda la piel y otras veces dejaba caer la mano pesadamente dejándome casi sin respiración.
-Bien, hemos llegado a los 20. Faltan los 10 extras por haber sido insolente. ¿Preparada?
Los 10 últimos azotes fueron realmente duros y rápidos. No creo que tardara mas de ocho segundos en propinármelos. A esas alturas lloraba como una niña de 6 años. Me giró hasta sentarme en sus rodillas. Me avergonzaba estar así sentada con la ropa bajada y siendo consolada por la persona que me había castigado tan duramente. Sin darme ni cuenta noté como empezaba a acariciarme la parta baja de mi espalda mientras que con la otra mano jugueteaba con los pelos de mi pubis. Empezó a lamerme el cuello suavemente hasta acabar besándome apasionadamente. Estaba excitadísima y quería seguir su juego en igualdad de condiciones. Intenté desabrocharle el cinturón para poder acariciarle el pene. Esto hizo que su actitud cambiara radicalmente. Me cogió la cara con ambas manos y me miró seriamente.
-Aún no he terminado contigo, gatita. ¿A cuánto asciende la multa que te han puesto?
-Creo que son 96 euros.
-No voy a darte 96 azotes más. La multa asciende a 16.000 pesetas de las de antes ¿no? Me parece razonable propinarte 16 azotes. Y no me mires de esa manera. De alguna manera has de pagar la infracción que has cometido.
No quise creer que fuera a azotarme de nuevo y menos en el estado de excitación en que nos encontrábamos los dos. El seguía mirándome pero yo me negaba a obedecer. Finalmente tuve que ceder y me di la vuelta para volver a tumbarme en sus rodillas. El no me lo permitió, me cogió por la cintura y me puso de pie en frente suyo.
-No voy a zurrarte otra vez con la mano. Estos azotes son para castigar una conducta más grave. Te los daré con el cinturón – mientras decía esto, se levantó y colocó un cojín enorme en medio del sofá. – Túmbate.
Me tumbé en contra de mi voluntad y noté como mi culo quedaba mucho más elevado que mi cuerpo. Notaba el tacto del cuero suave del sofá en mis piernas y pensé que le habría costado una fortuna. Vi como se desabrochaba el cinturón y lo hacía resbalar lentamente por las presillas del pantalón. Lo dobló en dos y lo chasqueó en el aire. El primer azote me pilló desprevenida, cayó en la parte baja de mis nalgas y no pude evitar un grito.
-Si se te vuelve a ocurrir gritar empezaré a azotarte desde el principio. Tu decides.
Volvió a azotarme de nuevo. Me daba los correazos en tandas de dos o tres muy seguidos y después dejaba un tiempo pequeño de descanso para que pudiera recuperarme. Yo estaba llorando a mares pero eso no le hizo dejar de castigarme. Cuando quedaba poco para terminar no pude resistir pedirle que parara.
-Por favor, no me castigue! No puedo resistir ni uno más...
-Parece que nunca aprendes ¿verdad? ¿En qué hemos quedado? Estás comenzando a enfadarme y voy a tener que empezar de nuevo.
Esta vez si que me zurró duro y no me dejo descanso entre uno y otro. Cuando terminó se quedó de pie mirándome mientras yo lloraba y me acariciaba el trasero que parecía tener relieve por donde había caído la correa. Se fue hacia el pasillo por donde había venido antes su compañero y oí como abría la nevera. Cuando volvió traía algo escondido en la mano y no pude averiguar lo que era. Se sentó a mi lado y me acarició el culo despacio. De pronto noté algo muy frío que se deshacía al contacto con el ardor de mi piel. ¡Había traído un cubito de hielo! Poco a poco fui recuperándome de la azotaina y gracias a sus caricias volví a estar en un estado de total excitación. Me puso boca arriba y me levantó el polo. Posó la yema de sus dedos por mi vientre, subió hasta llegar a mis pezones y acabó lamiéndomelos. Por fin pude desabrocharle el pantalón y coger su pene completamente erecto. Empecé a masturbarle lentamente. Mientras lo hacía me introdujo un dedo en la vulva y gimió al notar mi humedad. Durante unos segundos llegué a pensar que tendríamos un orgasmo de un momento a otro. Fue él quien puso fin a la situación.
-Cariño, te esperan en tu trabajo. ¿Quieres llegar tarde de nuevo? Puedes volver cuando acabes. Estas en tu derecho de escoger. Si decides volver aceptarás lo que te pida hasta el final. Te advierto que soy un amante inflexible y que no cedo a no ser que sea por fuerzas mayores. Si decides no volver esta noche será sabiendo que has dejado a un hombre completamente enamorado.
01/05/2005 23:07 Este es el enlace de este relato, si lo copias lo puedes utilizar como hipervínculo. Tema: M / f Hay 2 comentarios.
Sobrinita
m/f cinturón
Autor: Jano
Cuando abrió la puerta de la habitación,su sobrina Circe, sin más ropa que una exigua camiseta que apenas le cubría la cintura y dejando a la vista su culo, moreno por el sol, amplio y respingón que mostraba sin tener conciencia de su presencia. Le sorprendió lo que estaba haciendo: montada a horcajadas sobre el brazo del sillón , se movía adelante y atrás frotándose sobre él, con un movimiento que no dejaba lugar a dudas sobre su intención.
Excitado por el espectáculo y a la vez irritado por tan desvergonzada actitud, airadamente se dirigió a la jovencísima Circe exigiéndole que parara. Ella pareció no oírle y siguió con el vaivén. En vista de que no le hacía caso,
él, bruscamente, sacó rápidamente su cinturón que chasqueó en el aire y, sin explicaciones ni avisos, lo abatió sobre las expuestas nalgas, dejando rojas señales alargadas sobre ellas.
Ella, al primer cintazo, trató de eludir el castigo sin éxito. La mano de su tío la sujetó fuertemente al sillón; mientras, no cesaba de descargar un latigazo tras otro sobre aquel corazón de sandía en que se estaba convirtiendo el culo de
la joven.
El cinturón cruzaba el aire con un silbido amenazador antes de estrellarse ora sobre un lado, ora sobre el otro, alternando.
Las protestas y gritos de Adela fueron dando lugar a suaves gemidos cada vez que el cinturón hacía impacto en sus carnes.
Aparentemente, con la intención de evadirse del castigo,su cuerpo volvió a moverse de forma convulsiva de atrás hacia adelante frotando su entrepierna contra el brazo del sillón. Al observar aquella maniobra, su tío aumentó la fuerza y frecuencia de los azotes, ante lo cual, ella, por toda respuesta, incrementó la velocidad de sus movimientos.
La escena pareció quedar suspendida en el tiempo.
El tío, más excitado que enfadado con ella, sin embargo, no paraba de descargar golpes sobre aquél culo al que no dejaba de mirar como hipnotizado.
En tanto, Circe se aferraba al brazo del sillón, incluso con las uñas clavadas en él sin dejar de frotarse. El resto del cuerpo subía y bajaba al ritmo de los azotes.
Ninguno de los dos parecía prestar atención al tiempo transcurrido desde que empezara el castigo.
Repentinamente, ella cayó desplomada sobre el sillón. Asustado, su tío dejó de golpear pensando que se habría desmayado; cuando intentó levantarla, Adela se le abrazó con fuera al cuello mientras le besaba apasionadamente en los labios.
Lo que sucedió a continuación, pertenece a la intimidad de sobrina y tío.
Aquello fué "El Comienzo de una "Gran Amistad" (Casablanca)
JANO."
Autor: Jano
Cuando abrió la puerta de la habitación,su sobrina Circe, sin más ropa que una exigua camiseta que apenas le cubría la cintura y dejando a la vista su culo, moreno por el sol, amplio y respingón que mostraba sin tener conciencia de su presencia. Le sorprendió lo que estaba haciendo: montada a horcajadas sobre el brazo del sillón , se movía adelante y atrás frotándose sobre él, con un movimiento que no dejaba lugar a dudas sobre su intención.
Excitado por el espectáculo y a la vez irritado por tan desvergonzada actitud, airadamente se dirigió a la jovencísima Circe exigiéndole que parara. Ella pareció no oírle y siguió con el vaivén. En vista de que no le hacía caso,
él, bruscamente, sacó rápidamente su cinturón que chasqueó en el aire y, sin explicaciones ni avisos, lo abatió sobre las expuestas nalgas, dejando rojas señales alargadas sobre ellas.
Ella, al primer cintazo, trató de eludir el castigo sin éxito. La mano de su tío la sujetó fuertemente al sillón; mientras, no cesaba de descargar un latigazo tras otro sobre aquel corazón de sandía en que se estaba convirtiendo el culo de
la joven.
El cinturón cruzaba el aire con un silbido amenazador antes de estrellarse ora sobre un lado, ora sobre el otro, alternando.
Las protestas y gritos de Adela fueron dando lugar a suaves gemidos cada vez que el cinturón hacía impacto en sus carnes.
Aparentemente, con la intención de evadirse del castigo,su cuerpo volvió a moverse de forma convulsiva de atrás hacia adelante frotando su entrepierna contra el brazo del sillón. Al observar aquella maniobra, su tío aumentó la fuerza y frecuencia de los azotes, ante lo cual, ella, por toda respuesta, incrementó la velocidad de sus movimientos.
La escena pareció quedar suspendida en el tiempo.
El tío, más excitado que enfadado con ella, sin embargo, no paraba de descargar golpes sobre aquél culo al que no dejaba de mirar como hipnotizado.
En tanto, Circe se aferraba al brazo del sillón, incluso con las uñas clavadas en él sin dejar de frotarse. El resto del cuerpo subía y bajaba al ritmo de los azotes.
Ninguno de los dos parecía prestar atención al tiempo transcurrido desde que empezara el castigo.
Repentinamente, ella cayó desplomada sobre el sillón. Asustado, su tío dejó de golpear pensando que se habría desmayado; cuando intentó levantarla, Adela se le abrazó con fuera al cuello mientras le besaba apasionadamente en los labios.
Lo que sucedió a continuación, pertenece a la intimidad de sobrina y tío.
Aquello fué "El Comienzo de una "Gran Amistad" (Casablanca)
JANO."
01/05/2005 23:05 Este es el enlace de este relato, si lo copias lo puedes utilizar como hipervínculo. Tema: En Familia Hay 1 comentario.
Fessées et masturbation (en francés)
f/f
Autor(a) desconocido(a)
J'aime être dominée, j'ai d'ailleurs connu très tôt les plaisirs troubles de la punition. Mes parents sont très bons, mais mes incartades sont toujours punies de fessées. Il faut dire que, dans son genre, maman est une spécialiste et je me souviens avoir lu en cachette un livre se trouvant dans sa chambre intitulé " La fessée ", de l'auteur L. Frapié. Comme toutes adolescentes de mon âge, j'avais des défauts mais, hélas j'étais et je suis encore très franche et le mensonge me fait horreur. Aussi la moindre bêtise était avouée à ma maman qui me disait " Bien, Christiane, crois-tu que tu as mérité la fessée ? ". Invariablement, la réponse était " oui maman, je reconnais que je mérite une fessée. Je te demande pardon ". Du doigt, elle me montrait sa chambre où je la précédais rougissante et tête baissée, maman plaçait une chaise devant sa coiffeuse et, debout devant elle, je relevais ma robe et déboutonnais ma culotte de coton à fines côtes. Puis je levais ma robe et allongeais mon buste sur ses genoux Elle me tenait en travers de ses cuisses et me fessait de la bonne manière, a moins que, la faute étant plus grave, je ne doive aller me courber sous son bras gauche, bien cambrer les fesses, et être fouettée avec le martinet. Depuis mes 16 ans, il ne servait plus, et il avait disparu du porte parapluie de l'entrée. J'avais été autorisée à le ranger dans mon armoire. Je le sortais parfois. Il me fascinait toujours avec ses douze lanières de cuir, terrible et attirant en même temps. Une étrange nostalgie me prenait. Ce qui m'a toujours frappée chez ma mère, c'est le cérémonial de la correction. Il y avait plusieurs sortes de fessées. La fessée ordinaire maman empoignant le bout du pan ou l'élastique de ma culotte, tirant en hauteur pour plaquer l'étoffe sur les fesses avant de me corriger. La bonne fessée : elle m'ordonnait de relever vivement robe et combinaison très haut dans le dos, de baisser ma culotte ou de l'enlever complètement suivant l'humeur du moment. La fessée en public devant les filles de mon âge ou devant les amies de ma mère, je devais toujours me déculotter moi même, demander pardon de ma faute et m'offrir fesses nues sans faire d'histoire. En présence de garçons, je n'avais pas le derrière nu, exception faite pour papa. Je devais seulement tirer sur ma culotte, repousser les côtés dans la raie afin de présenter quand même toute la surface des chairs fessières à la correction. Les préparatifs terminés, je recevais une bonne fessée, et sans se laisser intimider par mes pleurs ou mes gigotements de jambes, elle me faisait rougir le postérieur, m'obligeant à compter les coups à haute voix. A l'annonce d'une fessée, je tremblais de peur au point qu'il m'arrivait souvent de mouiller ma culotte, ce qui avait pour effet de fâcher très fort maman qui, après m'avoir frotté la figure avec, m'attachait ma culotte dans le dos avant de me corriger. J'arrivais vers mes 16 ans, quand les corrections les plus humiliantes, c'est à dire les fréquentes fessées publiques cul nu ou presque nu devant les garçons, me donnèrent l'envie irrésistible de me masturber. Je connus mes premiers orgasmes. Cependant, ma conscience n'était pas tranquille et, pour me punir de ce péché, je devenais arrogante, insolente à la maison pour me faire fesser, je croyais ainsi avoir effacé ma faute. C'est à peu près à la même époque que maman arrêta de le donner la fessée, estimant sans doute que j'étais trop grande pour cette punition enfantine. L'époque des petits bateaux et de la fessée étant révolue, j'étais une grande fille et, du jour au lendemain, commençais à me maquiller légèrement, à mettre plus souvent des bas, à sortir et surtout à rentrer plus tard sans que mes parents se fâchent. J'avais suffisamment d'argent de poche pour ne pas dépendre des garçons. Bien des filles de mon âge auraient été satisfaites, moi pas. Je me masturbais de temps en temps, mais sans plus, par habitude. Puis vint la mode de la minijupe que j’adoptais de suite, de toutes petites jupettes m'arrivant au ras des fesses, évidemment avec un panty, sauf à la maison où j’aime mieux avoir les jambes nues, à moins, surtout par beau temps, que je ne mette un short. Petit à petit, à me voir vêtue si court, mes parents se crurent revenus en arrière et une insolence fut le prétexte. Maman m'informa que papa me donnerait la fessée. J'étais étonnée, lui qui, pendant mon enfance, l'avait fait rarement, il réservait cette sanction uniquement pour les mauvais bulletins. A la rentrée de papa, il me dit qu'il allait me corriger, et comme je lui faisais observer que j'avais dépassé mes 21 ans, que j'étais majeure, il me répondit : Raison de plus, tu n'as qu'à te conduire comme une adulte et non comme une gamine ", et, comme au bon vieux temps, je dus enlever ma culotte, me retrousser et marcher piteusement vers papa, tête baissée, sentant mes grosses fesses nues se balancer, et je me retrouvais à plat- ventre, gigotant sous la sévère fessée claquante, qui porta mes chairs étalées au rouge le plus vif.. Une fois dans ma chambre, je me masturbais et ma jouissance fut formidable. Depuis, je suis de temps en temps fessée, pas assez à mon gré, peut- être deux fois par semaine. Ma dernière correction paternelle remonte à deux jours. Papa claque fort, mais je tremble de plaisir avant, pendant et après la fessée. Il m'arrive moi-même, dans le secret de ma chambre, de me fouetter avec ma ceinture à lanières de cuir et aussi, pour faire moins de bruit, avec des orties prises dans le jardin. Mes parents me font beaucoup de cadeaux, me laissent ma paye, mais pour eux, la fessée s'inscrit dans le cadre de l'éducation et, surtout malgré mes vingt-quatre ans, je suis toujours pour eux leur petite fille. Il m'arrive encore, heureusement, de recevoir de temps en autres une vraie fessée en règle au martinet, en grand cérémonial humiliant. Je dois dire que j'aime mieux une punition de ce genre que des reproches continuels. J'ajoute que je suis toujours vierge, bien que fiancée, nous allons nous marier au mois de mars l'année prochaine. Comment faire comprendre à mon futur mari, sans le choquer, que je me masturbe régulièrement et mon besoin de domination ? Pouvez-vous m'expliquer ce plaisir de me faire fesser à mon âge comme une fillette de dix ans ? De demander pardon à genoux, à 24 ans, déjà jupe relevée et culotte baissée, avant d'aller humblement présenter mes fesses nues au martinet de mon père ? Suis-je une exception, une anormale, une vicieuse ou au contraire cela est-il arrivé à d'autres filles ?"
Autor(a) desconocido(a)
J'aime être dominée, j'ai d'ailleurs connu très tôt les plaisirs troubles de la punition. Mes parents sont très bons, mais mes incartades sont toujours punies de fessées. Il faut dire que, dans son genre, maman est une spécialiste et je me souviens avoir lu en cachette un livre se trouvant dans sa chambre intitulé " La fessée ", de l'auteur L. Frapié. Comme toutes adolescentes de mon âge, j'avais des défauts mais, hélas j'étais et je suis encore très franche et le mensonge me fait horreur. Aussi la moindre bêtise était avouée à ma maman qui me disait " Bien, Christiane, crois-tu que tu as mérité la fessée ? ". Invariablement, la réponse était " oui maman, je reconnais que je mérite une fessée. Je te demande pardon ". Du doigt, elle me montrait sa chambre où je la précédais rougissante et tête baissée, maman plaçait une chaise devant sa coiffeuse et, debout devant elle, je relevais ma robe et déboutonnais ma culotte de coton à fines côtes. Puis je levais ma robe et allongeais mon buste sur ses genoux Elle me tenait en travers de ses cuisses et me fessait de la bonne manière, a moins que, la faute étant plus grave, je ne doive aller me courber sous son bras gauche, bien cambrer les fesses, et être fouettée avec le martinet. Depuis mes 16 ans, il ne servait plus, et il avait disparu du porte parapluie de l'entrée. J'avais été autorisée à le ranger dans mon armoire. Je le sortais parfois. Il me fascinait toujours avec ses douze lanières de cuir, terrible et attirant en même temps. Une étrange nostalgie me prenait. Ce qui m'a toujours frappée chez ma mère, c'est le cérémonial de la correction. Il y avait plusieurs sortes de fessées. La fessée ordinaire maman empoignant le bout du pan ou l'élastique de ma culotte, tirant en hauteur pour plaquer l'étoffe sur les fesses avant de me corriger. La bonne fessée : elle m'ordonnait de relever vivement robe et combinaison très haut dans le dos, de baisser ma culotte ou de l'enlever complètement suivant l'humeur du moment. La fessée en public devant les filles de mon âge ou devant les amies de ma mère, je devais toujours me déculotter moi même, demander pardon de ma faute et m'offrir fesses nues sans faire d'histoire. En présence de garçons, je n'avais pas le derrière nu, exception faite pour papa. Je devais seulement tirer sur ma culotte, repousser les côtés dans la raie afin de présenter quand même toute la surface des chairs fessières à la correction. Les préparatifs terminés, je recevais une bonne fessée, et sans se laisser intimider par mes pleurs ou mes gigotements de jambes, elle me faisait rougir le postérieur, m'obligeant à compter les coups à haute voix. A l'annonce d'une fessée, je tremblais de peur au point qu'il m'arrivait souvent de mouiller ma culotte, ce qui avait pour effet de fâcher très fort maman qui, après m'avoir frotté la figure avec, m'attachait ma culotte dans le dos avant de me corriger. J'arrivais vers mes 16 ans, quand les corrections les plus humiliantes, c'est à dire les fréquentes fessées publiques cul nu ou presque nu devant les garçons, me donnèrent l'envie irrésistible de me masturber. Je connus mes premiers orgasmes. Cependant, ma conscience n'était pas tranquille et, pour me punir de ce péché, je devenais arrogante, insolente à la maison pour me faire fesser, je croyais ainsi avoir effacé ma faute. C'est à peu près à la même époque que maman arrêta de le donner la fessée, estimant sans doute que j'étais trop grande pour cette punition enfantine. L'époque des petits bateaux et de la fessée étant révolue, j'étais une grande fille et, du jour au lendemain, commençais à me maquiller légèrement, à mettre plus souvent des bas, à sortir et surtout à rentrer plus tard sans que mes parents se fâchent. J'avais suffisamment d'argent de poche pour ne pas dépendre des garçons. Bien des filles de mon âge auraient été satisfaites, moi pas. Je me masturbais de temps en temps, mais sans plus, par habitude. Puis vint la mode de la minijupe que j’adoptais de suite, de toutes petites jupettes m'arrivant au ras des fesses, évidemment avec un panty, sauf à la maison où j’aime mieux avoir les jambes nues, à moins, surtout par beau temps, que je ne mette un short. Petit à petit, à me voir vêtue si court, mes parents se crurent revenus en arrière et une insolence fut le prétexte. Maman m'informa que papa me donnerait la fessée. J'étais étonnée, lui qui, pendant mon enfance, l'avait fait rarement, il réservait cette sanction uniquement pour les mauvais bulletins. A la rentrée de papa, il me dit qu'il allait me corriger, et comme je lui faisais observer que j'avais dépassé mes 21 ans, que j'étais majeure, il me répondit : Raison de plus, tu n'as qu'à te conduire comme une adulte et non comme une gamine ", et, comme au bon vieux temps, je dus enlever ma culotte, me retrousser et marcher piteusement vers papa, tête baissée, sentant mes grosses fesses nues se balancer, et je me retrouvais à plat- ventre, gigotant sous la sévère fessée claquante, qui porta mes chairs étalées au rouge le plus vif.. Une fois dans ma chambre, je me masturbais et ma jouissance fut formidable. Depuis, je suis de temps en temps fessée, pas assez à mon gré, peut- être deux fois par semaine. Ma dernière correction paternelle remonte à deux jours. Papa claque fort, mais je tremble de plaisir avant, pendant et après la fessée. Il m'arrive moi-même, dans le secret de ma chambre, de me fouetter avec ma ceinture à lanières de cuir et aussi, pour faire moins de bruit, avec des orties prises dans le jardin. Mes parents me font beaucoup de cadeaux, me laissent ma paye, mais pour eux, la fessée s'inscrit dans le cadre de l'éducation et, surtout malgré mes vingt-quatre ans, je suis toujours pour eux leur petite fille. Il m'arrive encore, heureusement, de recevoir de temps en autres une vraie fessée en règle au martinet, en grand cérémonial humiliant. Je dois dire que j'aime mieux une punition de ce genre que des reproches continuels. J'ajoute que je suis toujours vierge, bien que fiancée, nous allons nous marier au mois de mars l'année prochaine. Comment faire comprendre à mon futur mari, sans le choquer, que je me masturbe régulièrement et mon besoin de domination ? Pouvez-vous m'expliquer ce plaisir de me faire fesser à mon âge comme une fillette de dix ans ? De demander pardon à genoux, à 24 ans, déjà jupe relevée et culotte baissée, avant d'aller humblement présenter mes fesses nues au martinet de mon père ? Suis-je une exception, une anormale, une vicieuse ou au contraire cela est-il arrivé à d'autres filles ?"
01/05/2005 21:52 Este es el enlace de este relato, si lo copias lo puedes utilizar como hipervínculo. Tema: Idiomas Hay 2 comentarios.
El compañero
Autor: Mkaoss. 6 de marzo de 2.003
Menuda tarde aburrida estoy pasando. Cuentas, balances y estadísticas que no sirven nada más que para que el jefe se luzca en el Consejo de Dirección hablando de cosas que no entiende.
Y todos los días igual, uno tras otro, abriendo y cerrando cajones y archivos, como hace mi compañera. Hoy parece que está más alterada; se ha quedado ya dos días por la tarde, y parece que está nerviosa.
¿- Qué te pasa, Bárbara?
No hubo respuesta. Bueno, no me habrá oído. De vez en cuando la pasa. No quiere escuchar y por eso no quiere responder.
- ¿A que adivino lo que estás buscando?
- A que no, listo ¡-dijo ella de forma despectiva.
- Estás buscando algo que no encuentras, ¿a que sí?
Bárbara me echó una mirada de asco y dijo con rabia:
-! ¡Eres un idiota!
- Mira, Bárbara, si yo fuera tu marido te tumbaría en mis rodillas y te pondría el culo como un tomate.
Bárbara enrojeció al pronto y se quedó fijamente mirándome. Balbuciendo sus palabras, dijo:
- ¿De......verdad que....harías eso?
- Por supuestísimo. Creo que es lo que andas buscando y, claro, no lo encuentras, por que no lo pides.
- ¡Eso que te crees tú! Mira, tú y yo nos conocemos desde hace tiempo, y...tenemos confianza el uno con el otro. Lo que acabas de decir.... ¿lo decías en serio?
- Sí, totalmente en serio. No hay nada más sano que una azotaina en el trasero para que el ambiente se relaje.
- Ojalá fuera así mi marido- dijo en bajito, pero lo suficientemente alto para que lo oyera.
- Bárbara, amiga, cuéntame. Yo también te he contado cosas personales.
- Bueno. ¡Ahí va! Pero como te rías, te parto la cara.
- Entonces...no podré ponerte el culo colorao!
- ¡Y dale....! Pues bien...pues...que es eso...lo de la azotaina...AZOTES. ¿Me entiendes?
- ¡Sí, pero quiero que me lo digas tú!
- ¡Ah, no! ¡Así no tiene gracia! Él es el que tiene que adivinarlo.
- ¡Vaya! ¿Y porque los hombres no seamos adivinos, os pasáis la vida refunfuñando?
Bárbara no paraba de moverse, y cada vez estaba más nerviosa. Incluso se tocaba la falda como queriendo colocársela mejor. Y yo, cada vez más excitado.
- Oye- preguntó Bárbara- ¿Tú alguna vez.....alguna vez has azotado a alguna mujer?
- En sueños..... ¡A todas las que he podido!
- Ja, ja, ja, ja, ja. ¿De verdad que tú también estás en el OTK?
- ¡Oye!, eres una experta- dije con admiración.
- Psss ¡Se hace lo que se puede!
Nos quedamos mirándonos un rato y de sus ojos salía un brillo especial que nunca había detectado. Miraba como diciendo: ¿a qué esperas?
- Bueno, y ahora que conocemos nuestro secreto, ¿qué vamos a hacer?- pregunté ingenuamente.
- ¿Tú cómo estás?- preguntó
- Yo estoy.... que muero de ganas de azotarte el culo- la dije mirándola fijamente como ordenándola que acatara mi deseo.
- Es una locura. No puede ser....
- Bárbara, déjate llevar. Tienes que expresar tus sentimientos. Yo ya lo he hecho, y me siento mucho mejor. Sé que tú no me vas a hacer daño y tú sabes que yo tampoco te lo haría. En la escena OTK, al principio, debes de forzar un poco la situación. ¿Qué quieres ser? :
¿Una niña malcriada con papi o con maestro? ¿Una jovenzuela gamberra con poli? ¿Una esposa incordiona? ¿Una amiga impuntual? ¿Una secretaria que se equivoca más de la cuenta ?.......
Bárbara no daba crédito a mis palabras y cada vez sus ojos parecían más grandes, como si estuviera disfrutando ya de los azotes.
- ¿Tú crees que haríamos bien?- preguntó.
- Sí, ¿por qué no? Conocemos a nuestras parejas y sabemos qué es lo que da cada uno. ¿Cambiarías a tu pareja sólo por que no sea spanker? La mía, por desgracia, no es spankee, pero no la cambiaría por nada.
- No sé. Lo tengo que pensar.
- ¿Tú se lo has dicho a Javier?
- No
- Pues díselo, anda.
- Y ¿tú a la tuya?
- Sí, y me ha dicho que no, pero por eso no la voy a dejar. Sin embargo, no renuncio a mis gustos. Si tienes las cosas claras no tiene que haber problemas. El OTK está por encima del amor, y si estuviera dentro, sería el paraíso. Ahora bien, ¿cuántas parejas conoces que sean tal para cual? Yo, a muy poquitas, por no decir a ninguna.
- Vale, pero sin implicación sexual- dijo ella.
- ¿Sexual? ¿Por quién me has tomado? Cómo bien habrás leído, si te interesa tanto el OTK, la azotaina es el arte del azote: es una técnica de estimulación, de juego, de masaje, de fantasía....donde ambos se entregan y se dan al mismo tiempo, con total libertad, con un respeto absoluto a los términos y límites pactados. ¿En cuántas películas de spanking acaban en la cama? En poquitas, por no decir ninguna.- dije yo enfadado- ¡Bueno, espera! Yo no necesito convencerte, por que tampoco necesito zurrarte. La que lo necesitas eres tú. Tú quieres ser zurrada para sentirte amada, deseada, cuidada, vigilada, estimulada.... y todas las “hadas” que quieras, por que en el fondo eres una “hada”.
Bárbara agachó la cabeza y preguntó:
- Si yo fuera tu mujer, y hubieras decidido darme una paliza por lo que había hecho, dime ¿cómo desarrollarías la escena?
- ¡Ay, mi amiga! Fíjate bien: Imagino que tu comportamiento había sido horrible, tan horroroso que tu paciente marido, fuera de sí, no puede controlar su respeto y te piílla “ in fraganti “, te hace ver lo fatal de tu conducta y te diría lo apenado que estaba por su relación contigo, que debería de pensar si le merecía la pena seguir al lado de una mujer tan descuidada, perezosa e irresponsable; te diría tales cosas que tú te verías obligada a pedirle y suplicarle que te perdonara, por que si no, le perderías; que harías cualquier cosa que él te pidiera. El te recordaría todas las veces que te perdonó y las veces que te volviste a portar mal. Tú, al final, le pedirías una última oportunidad y él te diría que no, que no habría otra oportunidad a menos que aceptases un serio castigo que te hiciera ver las cosas de otra forma.
- ¿Un castigo ?...... ¿Qué tipo de castigo?
- Justamente el que se merecen las niñas traviesas como tú: una buena azotaina en el trasero desnudo, hasta ponértelo como un tomate.
Ella se quedaría pensando entre excitada y rebelde de sucumbir.
- Mañana cuando vuelva de trabajar, quiero encontrarte vestida como una pequeña colegiala: nickie blanco, faldita corta, calcetines hasta la mitad de las piernas, zapatos bajos de cordón y el pelo recogido en dos coletas.
- Jooo!...-protestaría ella dando un zapatazo en el suelo.
Al día siguiente, cuando estuviera en la oficina, la llamaría por teléfono y la recordaría lo que iba a suceder por la tarde, que se lo fuera pensando y que, aunque se arrepintiera y pidiera que la perdonase, no se libraría de la zurra que la iba a dar. Ella lloriquearía y pediría nuevamente perdón. Yo la colgaría el teléfono con un firme. “Tú te lo has buscado “.
De vuelta a casa intentaría relajarme lo más posible, a fin de estar tranquilo cuando actuara.
Cuando entrase, ella estaría esperándome en el pasillo.
Hola, Bárbara, veo que ya estás preparada.
Iría a la habitación, me quitaría la chaqueta y vaciaría los bolsillos de mi pantalón, de las llaves y monedas.
- Vamos al salón - Me sentaría solemne en el sillón y haciéndola permanecer de pie, con los brazos a ambos lasos, la diría:
- Mira, Bárbara. Desde hace algún tiempo vienes portándote como una niña malcriada, haciéndome rabiar y dándome la lata en las cosas más elementales. No sé a qué se debe, pero parece como si estuvieras diciéndome: ¡venga!, ¿a ver si te atreves? Pues bien, claro que me atrevo y te lo voy a demostrar ahora mismo. ¿Tienes algo que añadir a tu favor?
-No- diría ella compungida y llorosa, mirando hacia el suelo, con las manos unidas por delante de su cuerpo, medio encorvado.
- Muy bien. Pues ¡vamos allá! – Me levantaría y colocaría una silla sin brazos en mitad del salón. Me enrollaría las mangas de la camisa y me soltaría el nudo de la corbata. Sentándome en la silla, la indicaría que se tumbase en mis rodillas.
-Vamos. Ya sabes lo que tienes que hacer- Y si opusiera resistencia, la cogería de la muñeca y la tumbaría yo mismo.
Dedicaría unos momentos para ponerla en la mejor posición posible. La cabeza baja, las piernas estiradas, el culo prominente. Al llevar falda corta, el inicio del trasero y la insinuación de las bragas sería evidente, por lo que los primeros azotes aplicados caerían tanto en la falda como en los muslos.
Al principio ella mantendría la postura, pero a medida que los azotes arreciasen, la falda se subiría y el bamboleo de sus nalgas me indicaría que era hora de levantarla del todo las faldas. Ella protestaría pero se dejaría hacer ya que tampoco su trasero se habría calentado lo suficiente.
Con fuerza, reiniciaría la azotaina, cada vez más fuerte, aumentando la velocidad según fuera controlando el golpe. Ella empezaría a moverse incómoda y a proferir ligeros “ayes” de dolor.
Ya basta, ¿no? ¡Déjame en paz, ya!- pediría ella.
¿Dejarte? Si no he hecho nada más que empezar. Es hora de bajarte las bragas.
Y de un tirón se las pondría abajo del todo.
No sé de donde sacaría las fuerzas, pero los azotazos que la cayeran, retumbarían en la habitación, y a cada golpe, rebotaría mi brazo para el siguiente azote.
Ella ya tendría el culo colorado, estaría llorando, y las bragas se la habrían caído hasta los tobillos de tanto patalear y suplicar que parase la zurra.
Como no se estaría quieta, la cambiaría de postura, la tumbaría sobre mi pierna izquierda, bloqueando sus piernas con mi pierna derecha. De esa forma la inmovilidad es casi absoluta, el trasero queda más elevado y redondo, ya que se obliga a que el cuerpo se arquee mucho más.
En esa postura, los movimientos de la pelvis de arriba abajo, realizan un corto recorrido, asemejando claramente una cópula, aumentando la fricción de los cuerpos que, juntamente con la sangre acumulada en la zona, favorece la excitación sexual.
Mi mujer bañada en lágrimas y gritos de dolor, entrecortaría su respiración que se volvería profunda y jadeante, pronunciándose los movimientos de caderas y quedando un instante en la tensión máxima del orgasmo. Ahí sería cuando me daría cuenta de todo el engaño, y entonces, reduciría la severidad de la zurra y llevaría dulcemente mi mano a las zonas castigadas para concentrarme en la zona anal y vulvar, y consolarla con besos y caricias.
Hasta que no se hubiera tranquilizado del todo, no dejaría de cuidarla diciéndola dulces palabras:
-No has sido sincera conmigo, Bárbara. No hacía falta que chocaras el coche, ni que quemases la comida, ni que estropearas el informe de mi trabajo, ni que dejaras de abonar el recibo que debíamos. Tan solo tenías que haberme dicho lo que realmente querías. ¿De acuerdo?
Sí, cariño- diría ella, estando ya de pie y frotándose el culo.
- Bien. Ahora quiero que estés de cara a la pared durante 10 minutos. El tiempo que necesito para ponerme cómodo y volver a estar contigo. Esta vez como tu marido.
¿FIN? (Ya veremos)
mkaoss. 6 de marzo de 2.003
Menuda tarde aburrida estoy pasando. Cuentas, balances y estadísticas que no sirven nada más que para que el jefe se luzca en el Consejo de Dirección hablando de cosas que no entiende.
Y todos los días igual, uno tras otro, abriendo y cerrando cajones y archivos, como hace mi compañera. Hoy parece que está más alterada; se ha quedado ya dos días por la tarde, y parece que está nerviosa.
¿- Qué te pasa, Bárbara?
No hubo respuesta. Bueno, no me habrá oído. De vez en cuando la pasa. No quiere escuchar y por eso no quiere responder.
- ¿A que adivino lo que estás buscando?
- A que no, listo ¡-dijo ella de forma despectiva.
- Estás buscando algo que no encuentras, ¿a que sí?
Bárbara me echó una mirada de asco y dijo con rabia:
-! ¡Eres un idiota!
- Mira, Bárbara, si yo fuera tu marido te tumbaría en mis rodillas y te pondría el culo como un tomate.
Bárbara enrojeció al pronto y se quedó fijamente mirándome. Balbuciendo sus palabras, dijo:
- ¿De......verdad que....harías eso?
- Por supuestísimo. Creo que es lo que andas buscando y, claro, no lo encuentras, por que no lo pides.
- ¡Eso que te crees tú! Mira, tú y yo nos conocemos desde hace tiempo, y...tenemos confianza el uno con el otro. Lo que acabas de decir.... ¿lo decías en serio?
- Sí, totalmente en serio. No hay nada más sano que una azotaina en el trasero para que el ambiente se relaje.
- Ojalá fuera así mi marido- dijo en bajito, pero lo suficientemente alto para que lo oyera.
- Bárbara, amiga, cuéntame. Yo también te he contado cosas personales.
- Bueno. ¡Ahí va! Pero como te rías, te parto la cara.
- Entonces...no podré ponerte el culo colorao!
- ¡Y dale....! Pues bien...pues...que es eso...lo de la azotaina...AZOTES. ¿Me entiendes?
- ¡Sí, pero quiero que me lo digas tú!
- ¡Ah, no! ¡Así no tiene gracia! Él es el que tiene que adivinarlo.
- ¡Vaya! ¿Y porque los hombres no seamos adivinos, os pasáis la vida refunfuñando?
Bárbara no paraba de moverse, y cada vez estaba más nerviosa. Incluso se tocaba la falda como queriendo colocársela mejor. Y yo, cada vez más excitado.
- Oye- preguntó Bárbara- ¿Tú alguna vez.....alguna vez has azotado a alguna mujer?
- En sueños..... ¡A todas las que he podido!
- Ja, ja, ja, ja, ja. ¿De verdad que tú también estás en el OTK?
- ¡Oye!, eres una experta- dije con admiración.
- Psss ¡Se hace lo que se puede!
Nos quedamos mirándonos un rato y de sus ojos salía un brillo especial que nunca había detectado. Miraba como diciendo: ¿a qué esperas?
- Bueno, y ahora que conocemos nuestro secreto, ¿qué vamos a hacer?- pregunté ingenuamente.
- ¿Tú cómo estás?- preguntó
- Yo estoy.... que muero de ganas de azotarte el culo- la dije mirándola fijamente como ordenándola que acatara mi deseo.
- Es una locura. No puede ser....
- Bárbara, déjate llevar. Tienes que expresar tus sentimientos. Yo ya lo he hecho, y me siento mucho mejor. Sé que tú no me vas a hacer daño y tú sabes que yo tampoco te lo haría. En la escena OTK, al principio, debes de forzar un poco la situación. ¿Qué quieres ser? :
¿Una niña malcriada con papi o con maestro? ¿Una jovenzuela gamberra con poli? ¿Una esposa incordiona? ¿Una amiga impuntual? ¿Una secretaria que se equivoca más de la cuenta ?.......
Bárbara no daba crédito a mis palabras y cada vez sus ojos parecían más grandes, como si estuviera disfrutando ya de los azotes.
- ¿Tú crees que haríamos bien?- preguntó.
- Sí, ¿por qué no? Conocemos a nuestras parejas y sabemos qué es lo que da cada uno. ¿Cambiarías a tu pareja sólo por que no sea spanker? La mía, por desgracia, no es spankee, pero no la cambiaría por nada.
- No sé. Lo tengo que pensar.
- ¿Tú se lo has dicho a Javier?
- No
- Pues díselo, anda.
- Y ¿tú a la tuya?
- Sí, y me ha dicho que no, pero por eso no la voy a dejar. Sin embargo, no renuncio a mis gustos. Si tienes las cosas claras no tiene que haber problemas. El OTK está por encima del amor, y si estuviera dentro, sería el paraíso. Ahora bien, ¿cuántas parejas conoces que sean tal para cual? Yo, a muy poquitas, por no decir a ninguna.
- Vale, pero sin implicación sexual- dijo ella.
- ¿Sexual? ¿Por quién me has tomado? Cómo bien habrás leído, si te interesa tanto el OTK, la azotaina es el arte del azote: es una técnica de estimulación, de juego, de masaje, de fantasía....donde ambos se entregan y se dan al mismo tiempo, con total libertad, con un respeto absoluto a los términos y límites pactados. ¿En cuántas películas de spanking acaban en la cama? En poquitas, por no decir ninguna.- dije yo enfadado- ¡Bueno, espera! Yo no necesito convencerte, por que tampoco necesito zurrarte. La que lo necesitas eres tú. Tú quieres ser zurrada para sentirte amada, deseada, cuidada, vigilada, estimulada.... y todas las “hadas” que quieras, por que en el fondo eres una “hada”.
Bárbara agachó la cabeza y preguntó:
- Si yo fuera tu mujer, y hubieras decidido darme una paliza por lo que había hecho, dime ¿cómo desarrollarías la escena?
- ¡Ay, mi amiga! Fíjate bien: Imagino que tu comportamiento había sido horrible, tan horroroso que tu paciente marido, fuera de sí, no puede controlar su respeto y te piílla “ in fraganti “, te hace ver lo fatal de tu conducta y te diría lo apenado que estaba por su relación contigo, que debería de pensar si le merecía la pena seguir al lado de una mujer tan descuidada, perezosa e irresponsable; te diría tales cosas que tú te verías obligada a pedirle y suplicarle que te perdonara, por que si no, le perderías; que harías cualquier cosa que él te pidiera. El te recordaría todas las veces que te perdonó y las veces que te volviste a portar mal. Tú, al final, le pedirías una última oportunidad y él te diría que no, que no habría otra oportunidad a menos que aceptases un serio castigo que te hiciera ver las cosas de otra forma.
- ¿Un castigo ?...... ¿Qué tipo de castigo?
- Justamente el que se merecen las niñas traviesas como tú: una buena azotaina en el trasero desnudo, hasta ponértelo como un tomate.
Ella se quedaría pensando entre excitada y rebelde de sucumbir.
- Mañana cuando vuelva de trabajar, quiero encontrarte vestida como una pequeña colegiala: nickie blanco, faldita corta, calcetines hasta la mitad de las piernas, zapatos bajos de cordón y el pelo recogido en dos coletas.
- Jooo!...-protestaría ella dando un zapatazo en el suelo.
Al día siguiente, cuando estuviera en la oficina, la llamaría por teléfono y la recordaría lo que iba a suceder por la tarde, que se lo fuera pensando y que, aunque se arrepintiera y pidiera que la perdonase, no se libraría de la zurra que la iba a dar. Ella lloriquearía y pediría nuevamente perdón. Yo la colgaría el teléfono con un firme. “Tú te lo has buscado “.
De vuelta a casa intentaría relajarme lo más posible, a fin de estar tranquilo cuando actuara.
Cuando entrase, ella estaría esperándome en el pasillo.
Hola, Bárbara, veo que ya estás preparada.
Iría a la habitación, me quitaría la chaqueta y vaciaría los bolsillos de mi pantalón, de las llaves y monedas.
- Vamos al salón - Me sentaría solemne en el sillón y haciéndola permanecer de pie, con los brazos a ambos lasos, la diría:
- Mira, Bárbara. Desde hace algún tiempo vienes portándote como una niña malcriada, haciéndome rabiar y dándome la lata en las cosas más elementales. No sé a qué se debe, pero parece como si estuvieras diciéndome: ¡venga!, ¿a ver si te atreves? Pues bien, claro que me atrevo y te lo voy a demostrar ahora mismo. ¿Tienes algo que añadir a tu favor?
-No- diría ella compungida y llorosa, mirando hacia el suelo, con las manos unidas por delante de su cuerpo, medio encorvado.
- Muy bien. Pues ¡vamos allá! – Me levantaría y colocaría una silla sin brazos en mitad del salón. Me enrollaría las mangas de la camisa y me soltaría el nudo de la corbata. Sentándome en la silla, la indicaría que se tumbase en mis rodillas.
-Vamos. Ya sabes lo que tienes que hacer- Y si opusiera resistencia, la cogería de la muñeca y la tumbaría yo mismo.
Dedicaría unos momentos para ponerla en la mejor posición posible. La cabeza baja, las piernas estiradas, el culo prominente. Al llevar falda corta, el inicio del trasero y la insinuación de las bragas sería evidente, por lo que los primeros azotes aplicados caerían tanto en la falda como en los muslos.
Al principio ella mantendría la postura, pero a medida que los azotes arreciasen, la falda se subiría y el bamboleo de sus nalgas me indicaría que era hora de levantarla del todo las faldas. Ella protestaría pero se dejaría hacer ya que tampoco su trasero se habría calentado lo suficiente.
Con fuerza, reiniciaría la azotaina, cada vez más fuerte, aumentando la velocidad según fuera controlando el golpe. Ella empezaría a moverse incómoda y a proferir ligeros “ayes” de dolor.
Ya basta, ¿no? ¡Déjame en paz, ya!- pediría ella.
¿Dejarte? Si no he hecho nada más que empezar. Es hora de bajarte las bragas.
Y de un tirón se las pondría abajo del todo.
No sé de donde sacaría las fuerzas, pero los azotazos que la cayeran, retumbarían en la habitación, y a cada golpe, rebotaría mi brazo para el siguiente azote.
Ella ya tendría el culo colorado, estaría llorando, y las bragas se la habrían caído hasta los tobillos de tanto patalear y suplicar que parase la zurra.
Como no se estaría quieta, la cambiaría de postura, la tumbaría sobre mi pierna izquierda, bloqueando sus piernas con mi pierna derecha. De esa forma la inmovilidad es casi absoluta, el trasero queda más elevado y redondo, ya que se obliga a que el cuerpo se arquee mucho más.
En esa postura, los movimientos de la pelvis de arriba abajo, realizan un corto recorrido, asemejando claramente una cópula, aumentando la fricción de los cuerpos que, juntamente con la sangre acumulada en la zona, favorece la excitación sexual.
Mi mujer bañada en lágrimas y gritos de dolor, entrecortaría su respiración que se volvería profunda y jadeante, pronunciándose los movimientos de caderas y quedando un instante en la tensión máxima del orgasmo. Ahí sería cuando me daría cuenta de todo el engaño, y entonces, reduciría la severidad de la zurra y llevaría dulcemente mi mano a las zonas castigadas para concentrarme en la zona anal y vulvar, y consolarla con besos y caricias.
Hasta que no se hubiera tranquilizado del todo, no dejaría de cuidarla diciéndola dulces palabras:
-No has sido sincera conmigo, Bárbara. No hacía falta que chocaras el coche, ni que quemases la comida, ni que estropearas el informe de mi trabajo, ni que dejaras de abonar el recibo que debíamos. Tan solo tenías que haberme dicho lo que realmente querías. ¿De acuerdo?
Sí, cariño- diría ella, estando ya de pie y frotándose el culo.
- Bien. Ahora quiero que estés de cara a la pared durante 10 minutos. El tiempo que necesito para ponerme cómodo y volver a estar contigo. Esta vez como tu marido.
¿FIN? (Ya veremos)
mkaoss. 6 de marzo de 2.003
01/05/2005 23:02 Este es el enlace de este relato, si lo copias lo puedes utilizar como hipervínculo. Tema: M / f Hay 4 comentarios.
Era una noche típica de exámenes
m/f cinturón
Autor: Charly Gaucho
Cerca de treinta estudiantes de la última cursada estaban sentados en el aula esperando nuestra llegada.
La mesa examinadora estaba formada por un adjunto, que llamaremos Pedro, y por mí como titular.
Nos sentamos al lado de la mesa. Revisamos el bolillero, que estuvieran todas las bolillas (son doce), que hubiera suficientes programas de examen de la asignatura y cuando todo estuvo en orden comenzamos el examen.
Pedro iba llamando a los alumnos en función de una lista que había preparado la Secretaría Administrativa con todos los inscriptos que estaban en regla.
Mientras uno daba examen otra estaba "en capilla", leyendo el programa, eligiendo una de las dos bolillas que había extraído y preparando su exposición.
Así se fueron sucediendo varios alumnos -algunos aprobaron otros no- hasta que le tocó a ella.
La llamaremos Gabriela (es un humilde y sentido homenaje a la reina universal de las travesuras spanko).
Gabriela se adelantó, apoyó los programas sobre la mesa, dio vuelta el bolillero un par de veces y extrajo las dos bolillas que le correspondían.
Concentrado en la exposición del alumno que daba examen sólo le dirigí una fugaz mirada. En mi inconsciente algo me dijo que pasaba algo extraño. Entonces la miré conscientemente.
Tenía alrededor de 25 años. Su larga cabellera teñida de rubio (que era teñida lo supe después ya que la tintura estaba muy bien hecha), una blusa suelta que escondía sus formas y una pollera amplia que le llegaba a las rodillas.
Entonces me percaté de que me había llamado la atención. Gabriela siempre había adoptado una actitud desenvuelta y provocativa durante la cursada. Pantalones muy ajustados. Faldas muy cortas. Blusas transparentes. Preguntas capciosas que sólo pretendían poner en aprietos a quien daba la clase.
Ahora estaba aplacada. Parecía intentar pasar desapercibida. Era una actitud bastante extraña. Se sentó en capilla y sus manos nerviosamente se aplastaban sobre su pollera mientras apretaba fuertemente una pierna contra la otra. Serán los nervios, supuse yo y volví a concentrarme en el examen del alumno que estaba rindiendo.
Finalizó su muy buen examen, se paró y se retiró.
Gabriela se levantó, avanzó y se sentó en la silla ubicada frente a la mesa de examen.
Curiosamente, en vez de acercarse a la mesa, corrió la silla un poco hacia atrás.
Eligió bolilla y le pedí que comenzara su exposición sobre el tema que ella misma había elegido.
Bajó las manos debajo de la mesa, bajó la cabeza y clavó su mirada en el piso.
Estuvo un rato meditando, levantó la mirada y de repente comenzó a recitar de corrido el tema elegido.
De pronto se detuvo y volvió a bajar la mirada. Estuvo un rato así y luego -levantando de nuevo sus ojos- continuó con el tema también de corrido.
Parecía que recordaba de a pedazos. Su proceder me llamó la atención.
Me acerqué a Pedro y le susurré en su oreja "Mantenela, no la dejes ir, no me mires. Cuando cruce la puerta hacele otra pregunta sobre el mismo tema". En voz más audible dije "Voy al baño. Ya vuelvo".
Me levanté, fui hacia la puerta, la abrí, salí y la cerré de manera tal que se escuchara perfectamente. Me coloqué sobre el pasillo del otro lado de la puerta, de forma tal que Gabriela no pudiera verme y entonces Pedro le hizo otra pregunta.
Ella repitió la rutina. Lo miró, después bajó la vista y entonces comenzó a levantar su falda de manera tal que casi se le veía su bombacha. Sus muslos al descubierto descubrieron el enigma. Estaban totalmente escritos con diversos caracteres que -desde mi posición- no podía leer, pero era evidente que todos sus muslos se habían convertido en un inmenso machete y que ahí leía las respuestas que daba.
Me sonreí. Hice un poco de tiempo esperando que ella volviese a bajar su pollera y -levantando la mirada- comenzase su exposición. Cuando Gabriela hizo esto, yo reingresé a la habitación y me senté en mi lugar.
Siguió el examen con las mismas bajadas y subidas de mirada, hasta que luego de una buena respuesta de parte de Gabriela di por terminado su examen. La despedí de forma tal que -sin decírselo- le hice creer que le había ido bien.
Continuaron sus compañeros hasta que todos los que decidieron presentarse lo hicieron.
Finalizado el examen le pedimos a los alumnos que se retirasen al pasillo.
Pedro y yo acordamos las notas de los exámenes y luego le expliqué lo sucedido con Gabriela.
Le pusimos su nota y le dije a Pedro
"Dejala por mi cuenta. Si querés andate."
"Estás loco, mirá si me la voy a perder, conociéndote" me contestó.
"Bueno" le dije.
Mientras Pedro acomodaba papeles y bolilleros, salí al pasillo y leí las notas de todos menos la de Gabriela.
Luego de recordarles que debían concurrir al día siguiente para retirar las libretas universitarias, di la vuelta y encaré hacia dentro del aula donde estaba Pedro.
"Doctor" escuché a mis espaldas y me sonreí. La voz era inconfundible. Apoyé las actas sobre la mesa.
"No me dio la nota" me dijo Gabriela mientras ella también avanzaba dentro el aula.
"¿No?" le pregunté intentando tener un aire "de yo no fui".
Mientras tomaba nuevamente las actas que había apoyado sobre la mesa Pedro se deslizó a nuestras espaldas y sigilosamente cerró la puerta. Nadie parecía haber quedado en la Facultad, fuera del sereno que siempre permanecía junto a la puerta de entrada.
Haciendo que leía el acta le dije
"Gabriela... Acá está... Uno para tu examen y seis para el de tus piernas. Promedio tres y medio" (Cabe aclarar que para aprobar se requiere un mínimo de cuatro puntos).
"¿Qué?" exclamó ella.
"Lo que oíste" respondí.
"No... no entiendo" balbuceó mientras un traidor sonrojo se pintaba en sus mejillas.
"Si no entendés ¿por qué te ruborizás? pregunté.
"No sé de que habla, Doctor" me contestó.
"No sabés, lo que no sabés es tener vergüenza. Nos tomaste de idiotas o qué. Te pensás que te podés hacer la mujer superada durante la cursada, haciendo preguntas con el único objeto de poner en aprietos a los profesores y que ahora te vas a llevar el examen de arriba leyendo en tus piernas las respuestas".
La miré fijamente, ya el rubor era netamente rojizo y había cubierto todo su rostro.
"Así que no sabés de que hablo. Levantate la pollera y vas a entender. A nosotros nos vas a tomar de idiotas solamente si queremos que nos tomes. No te das cuenta que cuando vos fuiste nosotros ya fuimos y volvimos".
Detrás de ella el rostro de Pedro estaba conmovido por la gracia que le producía la situación y casi no podía contener la risa
La volví a mirar fijamente y le dije:
“Mañana mismo voy a pedir tu expulsión. Lo que hiciste no tiene nombre ni perdón. Así que te sugiero que te prepares”
Comencé a caminar hacia la puerta dando por finalizada la conversación, cuando mis espaldas estalló un profundo y acongojado llanto:
“No, echarme no, por favor” me dijo dirigiéndome una mirada suplicante bañada en un mar de lágrimas.
“Ajá y vos pensás que lo que hiciste puede quedar impune. Acaso crees que no te merecés un buen castigo por tu actitud y tu conducta”.
La volví a mirar fijamente. Sus manos estaban cruzadas a sus espaldas. Su cuerpo se estremecía con sus sollozos.
“No mi querida, esto no puede quedar así y no va a quedar así. Hacete a la idea de tu castigo y expulsión, porque yo no voy a tolerar que sigas en esta Universidad después de lo que hiciste” le despaché con toda la fuerza que pude.
“Fue muy grave. Te quisiste burlar de dos profesores delante de todos tus compañeros y eso no te lo vamos ni a permitir ni a perdonar” finalicé.
“Por favor", balbuceó en un nuevo arranque de llanto. Las lágrimas ya resbalaban hasta su cuello. Interiormente sentí deseos de consolarla pero sabía que tenía que mantenerme firme y no dar ni un paso atrás.
“Por favor, castígueme como quiera, pero no pida que me echen. Mis padres se matan trabajando para que yo pueda estudiar y si me expulsan los voy a matar, tienen puestas todas sus esperanzas en mí. Por favor” dijo.
“Así que no sólo te burlaste de nosotros dos, sino que también estafaste a tus padres” le escupí sobre su desconsolado rostro. “Razón de más entonces para expulsarte y que tus padres sepan la hija que tienen. Yo mismo me voy a encargar de explicarles personalmente a ellos las causas de tu expulsión” agregué.
“No” suplicó mirándome desde la profundidad de sus ojos, me di cuenta que jamás pensó que su travesura iba a terminar así. “Por favor, castígueme como quiera pero no me eche, por favor... ” reiteró.
Miré a Pedro que continuaba sonriéndose apoyado sobre la puerta cerrada. En esa sonrisa y en su mirada encontré su conformidad para proceder como yo quisiera.
“Por favor, te fijás si hay alguien todavía en el Decanato” le pedí a Pedro, que salió y se dirigió hacia las oficinas.
Mientras esperaba que Pedro volviese miré nuevamente a Gabriela que continuaba llorando desconsoladamente.
Cuando Pedro volvió me informó: “El único que queda es el sereno, que está en la puerta principal, no hay más nadie ni en el Decanato ni en ningún lado”.
Volví a mirar a Gabriela y le susurré “¿Cómo yo quiera?”.
Me miró. “Haga lo que quiera pero no me expulse, por favor” dijo.
“Va a ser duro, muy duro. Te va a doler mucho” le aclaré. “Pero tu conducta de niña malcriada sólo puede merecer un intenso y profundo correctivo de manera que nunca jamás te olvides de lo que pasó y ni siquiera se te ocurra pensar en volver a intentarlo” agregué.
Me miró como si no entendiera y volvió a bajar los ojos. “Haga lo que quiera pero no me eche” repitió.
Miré a Pedro. Continuaba apoyado en la puerta sonriente. Miré a Gabriela. “Levantate la pollera” le ordené. Creyó que era por el machete y entonces las levantó un poco de manera que pudiera ver algo de la escritura. “Bien arriba” volví a decir. Lo hizo. Aparecieron ante nuestra vista un sinnúmero de inscripciones escritas en las partes anterior e interna de ambos muslos.
“Increíble, tenías razón” exclamó Pedro a mis espaldas.
Gabriela me miró mientras sostenía su falda. El rubor se había extendido a todo su cuerpo y sus muslos sonrojados contrastaban con el blanco de su bombacha.
Mientras me miraba, desabroché mi cinturón, lo tomé por ambas puntas y lo sostuve en el aire. Se puso pálida. “¿Qué va a hacer?” preguntó. “Castigarte como una niña malcriada, ya te dije. Eso o la expulsión. Elegí” agregué.
Me miró, miró el cinturón, tragó saliva y dijo “Está bien, la expulsión no, por favor”.
Tomé una de las mesas de examen y la coloque sola en medio del aula. A su lado puse una silla con el respaldo al lado de la mesa.
“Arrodillate en la silla” le ordené. Lo hizo.
“Acostate sobre la mesa” le volví a exigir. También lo hizo.
Me acerqué desde atrás, le enrolle la pollera alrededor de su cintura de manera que sus muslos y sus nalgas quedasen totalmente descubiertos.
Tomé su bombacha con ambas manos y comencé a bajársela.
Se sacudió “La bombacha no, por favor, me da mucha vergüenza” dijo.
“¡¡¡Cómo!!!” exclamé. “Hacer lo que hiciste no te dio vergüenza, así que te la bancás o ya sabés que va a pasar”, grité. Estaba a punto de conseguir mi objetivo y no iba a dejar escapar la presa.
Calló y agachó la cabeza sumida en medio de un mar de lágrimas. Y eso que todavía no habíamos empezado. Sentí que toda su resistencia se había derrumbado.
Terminé de bajar su bombacha hasta la altura de sus rodillas y miré el panorama. Era extraordinario. Esas nalgas invitaban a un intenso castigo y yo iba a complacerlas.
Di un par de pasos hacia atrás mientras hacía restallar el cinturón sobre la palma de mi mano.
Cuando me ubiqué en el lugar adecuado, comenzó el castigo. Desde el borde superior de sus nalgas hasta la parte inferior de sus muslos el cinturón fue dejando una marca tras otra de su acción.
¡¡¡¡¡¡¡¡AAAAAAAAAAAAAYYYYYYYYYYYYYYYYYYY!!!!!!!!!!!!
Las lonjas rozadas con sus bordes rojizos se fueron dibujando en la pálida piel. Fui hacia abajo, volví hacia arriba. Me concentré en sus nalgas. Allí fui particularmente intenso. Volví hacia abajo, fui hacia arriba. Volví a dedicarme con especial intensidad a sus nalgas.
¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡AAAAAAAAAAAAHHHHHHHHHHHHH!!!!!!!!!!!!!!!!
“Basta por favor”, suplicó.
“¿Cuántos van, Pedro?” pregunté.
“Cuarenta” contestó.
Me acerqué a Gabriela y acaricié la tersa y caliente piel. Cuando apoyé la mano en sus nalgas se estremeció.
“¿Duele?” pregunté. “Mucho” contestó Gabriela. “Esa era la intención, pero todavía no terminamos” continué.
La miré. Sus manos estaban aferradas al borde de la mesa. Sus nudillos estaban blancos de hacer fuerza sobre ese borde. Me acerqué y le levanté la cabeza tirando de su cabello. Su rostro era un mar de lágrimas y su boca -apretada en una mueca- demostraba su dolor. Sus ojos su humillación y su vergüenza. Le apoyé la cabeza sobre la mesa y miré sus nalgas y sus muslos.
El cinturón había hecho bien su trabajo. Las marcas eran profundas y perfectamente perceptibles. Volví a acariciar la superficie afectada. Estaba muy bien castigada pero Gabriela tenía que aprender su lección de una vez para siempre.
Volví a mi posición anterior. “Serán diez más” aseguré.
Continuó el castigo. Fueron diez azotes más sobre las nalgas, luego continué hasta debajo de los muslos, volví hacia arriba y descargué los últimos diez azotes -con toda la fuerza de que era capaz- sobre sus nalgas.
¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡AAAAAAAAAAAAYYYYYYYYYYYYYYY!!!!!!!!!!!!!!!! El grito recorrió los desiertos pasillos de la Facultad.
“Suficiente” dije, mientras Gabriela se sobaba lentamente sus piernas y nalgas. “Mañana te quiero ver acá para retirar tu libreta y ya sabés que tenés que hacer” finalicé, colocándome nuevamente el cinturón.
Tomamos con Pedro los elementos y nos dirigimos a la salida mientras Gabriela se ordenaba sus ropas. Al llegar a la salida le dejamos las cosas al sereno y nos fuimos.
Al día siguiente, a la hora convenida volvimos a ingresar en el aula donde estaban todos los alumnos esperando sus libretas.
“Siéntense” les dije y todos se sentaron. Todos menos Gabriela.
“¿Por qué no te sentás Gabriela?” pregunté.
Bajando la mirada al piso, susurró “No puedo, mis padres se enteraron de lo que hice durante el examen y me castigaron tanto con el cinto que no puedo sentarme por el dolor que siento”.
“Me parece que hicieron lo correcto después de tu estúpida conducta” afirmé mirando a los restantes alumnos que contemplaban la escena estupefactos.
PD: Este relato nunca existió, salvo en lo que se refiere al ser profesor o a la toma de exámenes.
Autor: Charly Gaucho
Cerca de treinta estudiantes de la última cursada estaban sentados en el aula esperando nuestra llegada.
La mesa examinadora estaba formada por un adjunto, que llamaremos Pedro, y por mí como titular.
Nos sentamos al lado de la mesa. Revisamos el bolillero, que estuvieran todas las bolillas (son doce), que hubiera suficientes programas de examen de la asignatura y cuando todo estuvo en orden comenzamos el examen.
Pedro iba llamando a los alumnos en función de una lista que había preparado la Secretaría Administrativa con todos los inscriptos que estaban en regla.
Mientras uno daba examen otra estaba "en capilla", leyendo el programa, eligiendo una de las dos bolillas que había extraído y preparando su exposición.
Así se fueron sucediendo varios alumnos -algunos aprobaron otros no- hasta que le tocó a ella.
La llamaremos Gabriela (es un humilde y sentido homenaje a la reina universal de las travesuras spanko).
Gabriela se adelantó, apoyó los programas sobre la mesa, dio vuelta el bolillero un par de veces y extrajo las dos bolillas que le correspondían.
Concentrado en la exposición del alumno que daba examen sólo le dirigí una fugaz mirada. En mi inconsciente algo me dijo que pasaba algo extraño. Entonces la miré conscientemente.
Tenía alrededor de 25 años. Su larga cabellera teñida de rubio (que era teñida lo supe después ya que la tintura estaba muy bien hecha), una blusa suelta que escondía sus formas y una pollera amplia que le llegaba a las rodillas.
Entonces me percaté de que me había llamado la atención. Gabriela siempre había adoptado una actitud desenvuelta y provocativa durante la cursada. Pantalones muy ajustados. Faldas muy cortas. Blusas transparentes. Preguntas capciosas que sólo pretendían poner en aprietos a quien daba la clase.
Ahora estaba aplacada. Parecía intentar pasar desapercibida. Era una actitud bastante extraña. Se sentó en capilla y sus manos nerviosamente se aplastaban sobre su pollera mientras apretaba fuertemente una pierna contra la otra. Serán los nervios, supuse yo y volví a concentrarme en el examen del alumno que estaba rindiendo.
Finalizó su muy buen examen, se paró y se retiró.
Gabriela se levantó, avanzó y se sentó en la silla ubicada frente a la mesa de examen.
Curiosamente, en vez de acercarse a la mesa, corrió la silla un poco hacia atrás.
Eligió bolilla y le pedí que comenzara su exposición sobre el tema que ella misma había elegido.
Bajó las manos debajo de la mesa, bajó la cabeza y clavó su mirada en el piso.
Estuvo un rato meditando, levantó la mirada y de repente comenzó a recitar de corrido el tema elegido.
De pronto se detuvo y volvió a bajar la mirada. Estuvo un rato así y luego -levantando de nuevo sus ojos- continuó con el tema también de corrido.
Parecía que recordaba de a pedazos. Su proceder me llamó la atención.
Me acerqué a Pedro y le susurré en su oreja "Mantenela, no la dejes ir, no me mires. Cuando cruce la puerta hacele otra pregunta sobre el mismo tema". En voz más audible dije "Voy al baño. Ya vuelvo".
Me levanté, fui hacia la puerta, la abrí, salí y la cerré de manera tal que se escuchara perfectamente. Me coloqué sobre el pasillo del otro lado de la puerta, de forma tal que Gabriela no pudiera verme y entonces Pedro le hizo otra pregunta.
Ella repitió la rutina. Lo miró, después bajó la vista y entonces comenzó a levantar su falda de manera tal que casi se le veía su bombacha. Sus muslos al descubierto descubrieron el enigma. Estaban totalmente escritos con diversos caracteres que -desde mi posición- no podía leer, pero era evidente que todos sus muslos se habían convertido en un inmenso machete y que ahí leía las respuestas que daba.
Me sonreí. Hice un poco de tiempo esperando que ella volviese a bajar su pollera y -levantando la mirada- comenzase su exposición. Cuando Gabriela hizo esto, yo reingresé a la habitación y me senté en mi lugar.
Siguió el examen con las mismas bajadas y subidas de mirada, hasta que luego de una buena respuesta de parte de Gabriela di por terminado su examen. La despedí de forma tal que -sin decírselo- le hice creer que le había ido bien.
Continuaron sus compañeros hasta que todos los que decidieron presentarse lo hicieron.
Finalizado el examen le pedimos a los alumnos que se retirasen al pasillo.
Pedro y yo acordamos las notas de los exámenes y luego le expliqué lo sucedido con Gabriela.
Le pusimos su nota y le dije a Pedro
"Dejala por mi cuenta. Si querés andate."
"Estás loco, mirá si me la voy a perder, conociéndote" me contestó.
"Bueno" le dije.
Mientras Pedro acomodaba papeles y bolilleros, salí al pasillo y leí las notas de todos menos la de Gabriela.
Luego de recordarles que debían concurrir al día siguiente para retirar las libretas universitarias, di la vuelta y encaré hacia dentro del aula donde estaba Pedro.
"Doctor" escuché a mis espaldas y me sonreí. La voz era inconfundible. Apoyé las actas sobre la mesa.
"No me dio la nota" me dijo Gabriela mientras ella también avanzaba dentro el aula.
"¿No?" le pregunté intentando tener un aire "de yo no fui".
Mientras tomaba nuevamente las actas que había apoyado sobre la mesa Pedro se deslizó a nuestras espaldas y sigilosamente cerró la puerta. Nadie parecía haber quedado en la Facultad, fuera del sereno que siempre permanecía junto a la puerta de entrada.
Haciendo que leía el acta le dije
"Gabriela... Acá está... Uno para tu examen y seis para el de tus piernas. Promedio tres y medio" (Cabe aclarar que para aprobar se requiere un mínimo de cuatro puntos).
"¿Qué?" exclamó ella.
"Lo que oíste" respondí.
"No... no entiendo" balbuceó mientras un traidor sonrojo se pintaba en sus mejillas.
"Si no entendés ¿por qué te ruborizás? pregunté.
"No sé de que habla, Doctor" me contestó.
"No sabés, lo que no sabés es tener vergüenza. Nos tomaste de idiotas o qué. Te pensás que te podés hacer la mujer superada durante la cursada, haciendo preguntas con el único objeto de poner en aprietos a los profesores y que ahora te vas a llevar el examen de arriba leyendo en tus piernas las respuestas".
La miré fijamente, ya el rubor era netamente rojizo y había cubierto todo su rostro.
"Así que no sabés de que hablo. Levantate la pollera y vas a entender. A nosotros nos vas a tomar de idiotas solamente si queremos que nos tomes. No te das cuenta que cuando vos fuiste nosotros ya fuimos y volvimos".
Detrás de ella el rostro de Pedro estaba conmovido por la gracia que le producía la situación y casi no podía contener la risa
La volví a mirar fijamente y le dije:
“Mañana mismo voy a pedir tu expulsión. Lo que hiciste no tiene nombre ni perdón. Así que te sugiero que te prepares”
Comencé a caminar hacia la puerta dando por finalizada la conversación, cuando mis espaldas estalló un profundo y acongojado llanto:
“No, echarme no, por favor” me dijo dirigiéndome una mirada suplicante bañada en un mar de lágrimas.
“Ajá y vos pensás que lo que hiciste puede quedar impune. Acaso crees que no te merecés un buen castigo por tu actitud y tu conducta”.
La volví a mirar fijamente. Sus manos estaban cruzadas a sus espaldas. Su cuerpo se estremecía con sus sollozos.
“No mi querida, esto no puede quedar así y no va a quedar así. Hacete a la idea de tu castigo y expulsión, porque yo no voy a tolerar que sigas en esta Universidad después de lo que hiciste” le despaché con toda la fuerza que pude.
“Fue muy grave. Te quisiste burlar de dos profesores delante de todos tus compañeros y eso no te lo vamos ni a permitir ni a perdonar” finalicé.
“Por favor", balbuceó en un nuevo arranque de llanto. Las lágrimas ya resbalaban hasta su cuello. Interiormente sentí deseos de consolarla pero sabía que tenía que mantenerme firme y no dar ni un paso atrás.
“Por favor, castígueme como quiera, pero no pida que me echen. Mis padres se matan trabajando para que yo pueda estudiar y si me expulsan los voy a matar, tienen puestas todas sus esperanzas en mí. Por favor” dijo.
“Así que no sólo te burlaste de nosotros dos, sino que también estafaste a tus padres” le escupí sobre su desconsolado rostro. “Razón de más entonces para expulsarte y que tus padres sepan la hija que tienen. Yo mismo me voy a encargar de explicarles personalmente a ellos las causas de tu expulsión” agregué.
“No” suplicó mirándome desde la profundidad de sus ojos, me di cuenta que jamás pensó que su travesura iba a terminar así. “Por favor, castígueme como quiera pero no me eche, por favor... ” reiteró.
Miré a Pedro que continuaba sonriéndose apoyado sobre la puerta cerrada. En esa sonrisa y en su mirada encontré su conformidad para proceder como yo quisiera.
“Por favor, te fijás si hay alguien todavía en el Decanato” le pedí a Pedro, que salió y se dirigió hacia las oficinas.
Mientras esperaba que Pedro volviese miré nuevamente a Gabriela que continuaba llorando desconsoladamente.
Cuando Pedro volvió me informó: “El único que queda es el sereno, que está en la puerta principal, no hay más nadie ni en el Decanato ni en ningún lado”.
Volví a mirar a Gabriela y le susurré “¿Cómo yo quiera?”.
Me miró. “Haga lo que quiera pero no me expulse, por favor” dijo.
“Va a ser duro, muy duro. Te va a doler mucho” le aclaré. “Pero tu conducta de niña malcriada sólo puede merecer un intenso y profundo correctivo de manera que nunca jamás te olvides de lo que pasó y ni siquiera se te ocurra pensar en volver a intentarlo” agregué.
Me miró como si no entendiera y volvió a bajar los ojos. “Haga lo que quiera pero no me eche” repitió.
Miré a Pedro. Continuaba apoyado en la puerta sonriente. Miré a Gabriela. “Levantate la pollera” le ordené. Creyó que era por el machete y entonces las levantó un poco de manera que pudiera ver algo de la escritura. “Bien arriba” volví a decir. Lo hizo. Aparecieron ante nuestra vista un sinnúmero de inscripciones escritas en las partes anterior e interna de ambos muslos.
“Increíble, tenías razón” exclamó Pedro a mis espaldas.
Gabriela me miró mientras sostenía su falda. El rubor se había extendido a todo su cuerpo y sus muslos sonrojados contrastaban con el blanco de su bombacha.
Mientras me miraba, desabroché mi cinturón, lo tomé por ambas puntas y lo sostuve en el aire. Se puso pálida. “¿Qué va a hacer?” preguntó. “Castigarte como una niña malcriada, ya te dije. Eso o la expulsión. Elegí” agregué.
Me miró, miró el cinturón, tragó saliva y dijo “Está bien, la expulsión no, por favor”.
Tomé una de las mesas de examen y la coloque sola en medio del aula. A su lado puse una silla con el respaldo al lado de la mesa.
“Arrodillate en la silla” le ordené. Lo hizo.
“Acostate sobre la mesa” le volví a exigir. También lo hizo.
Me acerqué desde atrás, le enrolle la pollera alrededor de su cintura de manera que sus muslos y sus nalgas quedasen totalmente descubiertos.
Tomé su bombacha con ambas manos y comencé a bajársela.
Se sacudió “La bombacha no, por favor, me da mucha vergüenza” dijo.
“¡¡¡Cómo!!!” exclamé. “Hacer lo que hiciste no te dio vergüenza, así que te la bancás o ya sabés que va a pasar”, grité. Estaba a punto de conseguir mi objetivo y no iba a dejar escapar la presa.
Calló y agachó la cabeza sumida en medio de un mar de lágrimas. Y eso que todavía no habíamos empezado. Sentí que toda su resistencia se había derrumbado.
Terminé de bajar su bombacha hasta la altura de sus rodillas y miré el panorama. Era extraordinario. Esas nalgas invitaban a un intenso castigo y yo iba a complacerlas.
Di un par de pasos hacia atrás mientras hacía restallar el cinturón sobre la palma de mi mano.
Cuando me ubiqué en el lugar adecuado, comenzó el castigo. Desde el borde superior de sus nalgas hasta la parte inferior de sus muslos el cinturón fue dejando una marca tras otra de su acción.
¡¡¡¡¡¡¡¡AAAAAAAAAAAAAYYYYYYYYYYYYYYYYYYY!!!!!!!!!!!!
Las lonjas rozadas con sus bordes rojizos se fueron dibujando en la pálida piel. Fui hacia abajo, volví hacia arriba. Me concentré en sus nalgas. Allí fui particularmente intenso. Volví hacia abajo, fui hacia arriba. Volví a dedicarme con especial intensidad a sus nalgas.
¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡AAAAAAAAAAAAHHHHHHHHHHHHH!!!!!!!!!!!!!!!!
“Basta por favor”, suplicó.
“¿Cuántos van, Pedro?” pregunté.
“Cuarenta” contestó.
Me acerqué a Gabriela y acaricié la tersa y caliente piel. Cuando apoyé la mano en sus nalgas se estremeció.
“¿Duele?” pregunté. “Mucho” contestó Gabriela. “Esa era la intención, pero todavía no terminamos” continué.
La miré. Sus manos estaban aferradas al borde de la mesa. Sus nudillos estaban blancos de hacer fuerza sobre ese borde. Me acerqué y le levanté la cabeza tirando de su cabello. Su rostro era un mar de lágrimas y su boca -apretada en una mueca- demostraba su dolor. Sus ojos su humillación y su vergüenza. Le apoyé la cabeza sobre la mesa y miré sus nalgas y sus muslos.
El cinturón había hecho bien su trabajo. Las marcas eran profundas y perfectamente perceptibles. Volví a acariciar la superficie afectada. Estaba muy bien castigada pero Gabriela tenía que aprender su lección de una vez para siempre.
Volví a mi posición anterior. “Serán diez más” aseguré.
Continuó el castigo. Fueron diez azotes más sobre las nalgas, luego continué hasta debajo de los muslos, volví hacia arriba y descargué los últimos diez azotes -con toda la fuerza de que era capaz- sobre sus nalgas.
¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡AAAAAAAAAAAAYYYYYYYYYYYYYYY!!!!!!!!!!!!!!!! El grito recorrió los desiertos pasillos de la Facultad.
“Suficiente” dije, mientras Gabriela se sobaba lentamente sus piernas y nalgas. “Mañana te quiero ver acá para retirar tu libreta y ya sabés que tenés que hacer” finalicé, colocándome nuevamente el cinturón.
Tomamos con Pedro los elementos y nos dirigimos a la salida mientras Gabriela se ordenaba sus ropas. Al llegar a la salida le dejamos las cosas al sereno y nos fuimos.
Al día siguiente, a la hora convenida volvimos a ingresar en el aula donde estaban todos los alumnos esperando sus libretas.
“Siéntense” les dije y todos se sentaron. Todos menos Gabriela.
“¿Por qué no te sentás Gabriela?” pregunté.
Bajando la mirada al piso, susurró “No puedo, mis padres se enteraron de lo que hice durante el examen y me castigaron tanto con el cinto que no puedo sentarme por el dolor que siento”.
“Me parece que hicieron lo correcto después de tu estúpida conducta” afirmé mirando a los restantes alumnos que contemplaban la escena estupefactos.
PD: Este relato nunca existió, salvo en lo que se refiere al ser profesor o a la toma de exámenes.
01/05/2005 22:58 Este es el enlace de este relato, si lo copias lo puedes utilizar como hipervínculo. Tema: Escolares Hay 4 comentarios.
Por meterte donde no te llamaban
zapatilla, cinturón
Autor(a) desconocido(a)
La jornada laboral había sido demasiado estresante, demasiado cargada, y lo único que deseaba era llegar a casa para tomarme una cerveza fresquita sentado en mi sofá viendo la tele para por fin deshacerme del cabreo que llevaba en el cuerpo. Ya en el coche de camino a casa me tuve que tragar un atasco impresionante, no veía la hora de llegar. Por fin aparque el coche y me dirigí hacia el portal con la boca seca pensando en esa cerveza que debía estar esperándome fría en la nevera. Había unos chicos jugando en parque de al lado, y se oían unos gritos de alguna madre gritando a su chico por alguna travesura. No tarde en percatarme de todo, mi vecina traía de la oreja a su retoño a paso acelerado adelantándole su futuro más próximo a voz en grito.
-Ahora cuando lleguemos a casa te voy a enseñar yo lo que te pasa cuando me desobedeces, siempre igual con este mocoso, te voy a dejar el culo mas rojo que nunca.
Esta aseveración se la hizo justo cuando pasaba por mi lado, y no pude hacer un pequeño comentario acerca de ella, intentando salir en defensa del pobre chaval.
-Señora Luisa no se enfade así con el pobre crío, seguro que no ha sido tan grave la travesura, no olvide que es un niño mujer, esta en la edad.
Como un resorte la mujer se paro en seco delante de mi clavándome su mirada en los ojos, en ese momento me pareció que si yo hubiera sido hijo suyo también hubiese tenido una ración especial de ese castigo reservada para mi.
-Tal vez joven a usted cuando vivía con sus padres no le castigasen en el trasero por cada travesura, pero en mi casa las reglas las pongo yo, y no dejo a nadie que interfiera en ello, y a este ya sabe lo que le espera.
Por la forma en que lo dijo, el tono y las maneras había conseguido dejarme en blanco. Tenía razón mis padres nunca me habían calentado el trasero de pequeño, y quizás alguna vez si que me lo hubiese merecido, pero en fin mi intento de ayuda para ese chaval creo que no iba a fructificar. Di la vuelta a la esquina y abrí la puerta del portal, allí estaba la madre del chaval con otra vecina explicándole lo que había pasado. El chico debía de haberse subido ya a casa porque no le vi por allí. Esperando el ascensor pude oír como ambas mujeres estaban de acuerdo en que una ración de zapatilla de vez en cuando no venía nada mal para esos traviesos muchachos. Sin poder evitarlo una carcajada un poco subida de tono me salió del alma.
-Lo siento, no quiero interferir más en sus asuntos, pero es que hablamos de unos chavales y de algunas travesuras de su edad. Déjele sin ver su programa favorito o sin salir a jugar mañana al parque, pero hablar entre ustedes de lo que deben hacer, ya me entienden, me da la impresión que están deseando pillarles in fraganti para, jajaja.
La señora Luisa se despidió de la otra vecina, con la cual no había yo hablado nunca, y se dirigió hacia el ascensor para tomarlo conmigo camino cada uno de su casa. Ya dentro de el cada uno pulso el botón de su piso correspondiente. No me sentía muy bien en ese momento al lado de esa mujer, parecía como si fuese yo el hijo de ella camino de casa en espera de ese castigo, por unos momentos supe como debía sentirse ese chaval. La señora Luisa me miro a la cara y con un tono suave me dijo.
-Si fueses mi hijo, tan solo por el comentario que has hecho abajo en el portal riéndote de nosotras dos te daría una azotaina que no te podrías sentar en una semana.
Me sorprendió el comentario, pero mas me sorprendió mi respuesta impulsiva a el.
-La cuestión es que no lo soy, pero vamos yo vivo el 7º, y si usted cree que me merezco un castigo ya sabe cual es mi puerta.
La señora Luisa se bajó en su piso y yo continué hacia el mío, aquel comentario lo había dicho con toda la ironía del mundo. La verdad es que la vecinita no estaba nada mal. Siempre llevaba falda y un poco ajustada siempre marcando todas sus curvas, y esas blusas un poco abiertas por arriba dejaban ver siempre el principio de aquello que reservaba para su marido, y que sin ningún lugar a la duda estaban muy, muy bien. El pelo negro azabache siempre lo lucia suelto, e incluso hasta en sus ojos había algo especial. Por fin tenía ya mi cerveza en las manos, y dándola el primer sorbo me di cuenta que nunca había pensado en ella de esa manera. Que rara es la vida pensé yo pensando de esa manera en esa mujer, y probablemente ella empleándose a fondo con su chaval tres pisos mas abajo en otros menesteres.
Sonó la puerta de la calle, ¿quién podría ser?, ¿no me iban a dejar tranquilo al final del día tampoco? Me dirigí a la puerta y la abrí, me quede anonadado, sin decir palabra alguna la señora Luisa paso dentro de casa moviendo sus caderas y con un paso demasiado firme.
-Que quiere señora Luisa, ¿la puedo ayudar en algo?
La verdad es que no sabía porque la llamaba señora Luisa, no debía de tener mucho más de treinta años, por lo que supuse que debía haber sido madre muy joven, y nuca había visto a su marido antes.
-No te acuerdas de lo que me has dicho en el ascensor, pues creo que te mereces una buena tunda por entrometerte en los asuntos de los demás, interrumpir las conversaciones ajenas a ti, y juzgar a las personas sin conocimiento de causa.
Todo esto dicho de una sola tacada me parecieron motivos suficientes como para calentarme el trasero, pero ni ella era mi madre, ni yo tenía edad para esas cosas, de modo que me disponía a contrarrestar su comentario cuando de nuevo ella clavando su mirada en mi me dijo firmemente.
-No quiero oír ni una palabra joven, o es que ahora tampoco va a tener palabra. Cierre la puerta y vaya haciéndose a la idea de que esta noche va dormir con el trasero bien caliente.
Cerré la puerta tras de mi, y seguí los pasos de mi vecina cual corderillo va al matadero. No podía casi ni pensar, todos estos acontecimientos me estaban superando. Cuando hice el comentario en el ascensor lo hice como riéndome de ella, suponiendo que no tendría valor para....., pero ahora estaba justo detrás de ella, esperando que me dijera que hacer para recibir mi castigo como un niño malo.
-Bueno, lo primero que quiero decirle es que la zurra que le voy a dar es la que se iba a llevar mi hijo, de modo que puede estar contento porque el dormirá bien a gusto esta noche, no creo que usted haga lo mismo.
Sin darme cuenta, y mientras escuchaba este comentario me di cuenta que mis pantalones estaban desabrochados y bajados. Me agarro de una de las orejas y me llevo hasta el sofá, y por el camino pude sentir como su mano comenzaba a saborear mi trasero, pues me dio tres azotes con la mano que sonaron de lo lindo y que sin dolerme me escocieron un poquito.
Me colocó justo enfrente de ella, pude ver perfectamente como subía la pierna lo suficiente como para que su mano derecha cogiera la zapatilla que calzaba, y asiéndola en la mano con fuerza me la enseño, como ritual al comienzo de la faena.
-Vas a ver que rica sabe esta zapatilla en tu culo, aunque puedes estar seguro que con el empacho de esta tarde, vas a tener pa todo el día.
Sabía que me iban a caer no menos de cuarenta seguro. Se sentó en el sofá, y con la zapatilla en la mano me bajo mis calzoncillos y me recostó sobre su regazo, comenzando sin mediar palabra con el castigo.
-Te voy a dejar, PLAS, PLAS, PLAS, este culito blanco, PLAS, PLAS, PLAS, más rojo que un tomate, PLAS, PLAS, PLAS.
Nunca pensé que pudiese doler tanto, al tercer zapatillazo comencé a gritar de dolor, e intente cubrirme mis partes para protegerlas de los posteriores impactos.
-Pero bueno que te has creído, PLAS, PLAS, PLAS, cuanto más intentes protegerte, PLAS, PLAS, PLAS, más duro y más zapatillazos te voy a dar, PLAS, PLAS, PLAS.
Las lágrimas se me estaban saltando, desde aquella posición solo podía ver el suelo, y con una de mis manos me agarre a una de las piernas de la señora Luisa.
PLAS, PLAS, PLAS, yo te voy a enseñar de ahora en adelante, PLAS, PLAS, PLAS, veras como respetas a la gente, PLAS, PLAS, PLAS.
Me hizo levantarme dándome permiso para que me frotase el culo. Lo hice con gusto, sintiendo todo el calor de mis nalgas por los zapatillazos recibidos, me habían caído no menos de cincuenta. Me fui a subir la ropa creyendo que ya habíamos terminado pero no era así.
-No hemos terminado aun jovencito, tan solo hemos llegado a la mitad, de modo que bájese los pantalones de nuevo, recuéstese sobre el respaldo del sofá, y prepárese para recibir treinta buenos zurriagazos con el cinturón. Te voy a dejar el culo mas caliente de la tierra. Y recuerde como lleve sus manos una sola vez para consolarse su pompis, le daré dos mas por cada vez que lo haga.
No sabía muy bien de donde había salido ese cinturón, ni siquiera se lo había visto cuando toco a la puerta, pero allí estaba con lagrimas en los ojos a mis 25 años, con el culo ya mas rojo que un tomate, y esperando a recibir treinta azotes más, que sabía que serian alguno mas, porque el culo ya me ardía. Levante un poco la vista y vi la figura de la señora Luisa en el espejo de la pared. Se mordía los labios como intentando no desperdiciar ni una sola de sus fuerzas en cada azote, podía ver perfectamente como echaba el brazo atrás, y como giraba su cadera haciendo que su brazo y su correa cayera con toda su fuerza sobre mi culo.
-PLAS, PLAS, PLAS, PLAS, PLAS, PLAS, PLAS, PLAS, PLAS, PLAS, PLAS, PLAS, PLAS, PLAS, PLAS, PLAS, PLAS, PLAS.
No podía más de modo que mis manos se fueron directas a mi culo, me quemaba literalmente, como me dolía. Estaba llorando como un crío, y encima algo excitado. No podía dejar de mirar a mi vecina, y todas sus curvas moviéndose, mientras me calentaba de lo lindo, y digo de lo lindo mi trasero porque si me dijesen siéntate, estoy seguro que en ese momento no podría hacerlo.
-Por un momento pensé que iba a aguantar toda la tanda sin protección, pero ya veo que no es así, PLAS, PLAS, hay tiene su recompensa por ello y ahora seguimos, tan solo lleva 17, venga cuente el resto no vaya a perder la cuenta y se lleve demás. Tengo el brazo ya suelto y su culo es todo un poema.
El resto de los azotes los fui contando como pude hasta recibir los treinta, y una vez acabados no me quedaban fuerzas siquiera ni para levantarme. La señora Luisa se acerco y puso una de sus manos sobre mi trasero, y comenzó a acariciarlo.
-Uff, si que esta caliente, la verdad es que a mi peque no le habría dado ni la mitad, pero me he dejado llevar y fíjate como te he dejado el pompis. Anda levántate y no te muevas.
Se fue al baño y volvió con una crema que me extendió por todo el trasero. Al final me dio un beso en los labios, y susurrándome al oído antes de marcharse me dijo.
-Cuándo te portes mal me vas a avisar para que te de tú merecido castigo, y cuando te portes bien te recompensare de otra manera, ¿lo has entendido?
Yo asentí con la cabeza, y vi como la puerta de mi casa se cerraba tras ella, estaba solo en el salón, sin pantalones y con el culo bien calentito, ¿por qué?
P.D.: Espero que les haya gustado, y espero sus críticas tanto si son buenas como malas, tanto en mi e-mail, como en los mensajes del grupo.
Autor(a) desconocido(a)
La jornada laboral había sido demasiado estresante, demasiado cargada, y lo único que deseaba era llegar a casa para tomarme una cerveza fresquita sentado en mi sofá viendo la tele para por fin deshacerme del cabreo que llevaba en el cuerpo. Ya en el coche de camino a casa me tuve que tragar un atasco impresionante, no veía la hora de llegar. Por fin aparque el coche y me dirigí hacia el portal con la boca seca pensando en esa cerveza que debía estar esperándome fría en la nevera. Había unos chicos jugando en parque de al lado, y se oían unos gritos de alguna madre gritando a su chico por alguna travesura. No tarde en percatarme de todo, mi vecina traía de la oreja a su retoño a paso acelerado adelantándole su futuro más próximo a voz en grito.
-Ahora cuando lleguemos a casa te voy a enseñar yo lo que te pasa cuando me desobedeces, siempre igual con este mocoso, te voy a dejar el culo mas rojo que nunca.
Esta aseveración se la hizo justo cuando pasaba por mi lado, y no pude hacer un pequeño comentario acerca de ella, intentando salir en defensa del pobre chaval.
-Señora Luisa no se enfade así con el pobre crío, seguro que no ha sido tan grave la travesura, no olvide que es un niño mujer, esta en la edad.
Como un resorte la mujer se paro en seco delante de mi clavándome su mirada en los ojos, en ese momento me pareció que si yo hubiera sido hijo suyo también hubiese tenido una ración especial de ese castigo reservada para mi.
-Tal vez joven a usted cuando vivía con sus padres no le castigasen en el trasero por cada travesura, pero en mi casa las reglas las pongo yo, y no dejo a nadie que interfiera en ello, y a este ya sabe lo que le espera.
Por la forma en que lo dijo, el tono y las maneras había conseguido dejarme en blanco. Tenía razón mis padres nunca me habían calentado el trasero de pequeño, y quizás alguna vez si que me lo hubiese merecido, pero en fin mi intento de ayuda para ese chaval creo que no iba a fructificar. Di la vuelta a la esquina y abrí la puerta del portal, allí estaba la madre del chaval con otra vecina explicándole lo que había pasado. El chico debía de haberse subido ya a casa porque no le vi por allí. Esperando el ascensor pude oír como ambas mujeres estaban de acuerdo en que una ración de zapatilla de vez en cuando no venía nada mal para esos traviesos muchachos. Sin poder evitarlo una carcajada un poco subida de tono me salió del alma.
-Lo siento, no quiero interferir más en sus asuntos, pero es que hablamos de unos chavales y de algunas travesuras de su edad. Déjele sin ver su programa favorito o sin salir a jugar mañana al parque, pero hablar entre ustedes de lo que deben hacer, ya me entienden, me da la impresión que están deseando pillarles in fraganti para, jajaja.
La señora Luisa se despidió de la otra vecina, con la cual no había yo hablado nunca, y se dirigió hacia el ascensor para tomarlo conmigo camino cada uno de su casa. Ya dentro de el cada uno pulso el botón de su piso correspondiente. No me sentía muy bien en ese momento al lado de esa mujer, parecía como si fuese yo el hijo de ella camino de casa en espera de ese castigo, por unos momentos supe como debía sentirse ese chaval. La señora Luisa me miro a la cara y con un tono suave me dijo.
-Si fueses mi hijo, tan solo por el comentario que has hecho abajo en el portal riéndote de nosotras dos te daría una azotaina que no te podrías sentar en una semana.
Me sorprendió el comentario, pero mas me sorprendió mi respuesta impulsiva a el.
-La cuestión es que no lo soy, pero vamos yo vivo el 7º, y si usted cree que me merezco un castigo ya sabe cual es mi puerta.
La señora Luisa se bajó en su piso y yo continué hacia el mío, aquel comentario lo había dicho con toda la ironía del mundo. La verdad es que la vecinita no estaba nada mal. Siempre llevaba falda y un poco ajustada siempre marcando todas sus curvas, y esas blusas un poco abiertas por arriba dejaban ver siempre el principio de aquello que reservaba para su marido, y que sin ningún lugar a la duda estaban muy, muy bien. El pelo negro azabache siempre lo lucia suelto, e incluso hasta en sus ojos había algo especial. Por fin tenía ya mi cerveza en las manos, y dándola el primer sorbo me di cuenta que nunca había pensado en ella de esa manera. Que rara es la vida pensé yo pensando de esa manera en esa mujer, y probablemente ella empleándose a fondo con su chaval tres pisos mas abajo en otros menesteres.
Sonó la puerta de la calle, ¿quién podría ser?, ¿no me iban a dejar tranquilo al final del día tampoco? Me dirigí a la puerta y la abrí, me quede anonadado, sin decir palabra alguna la señora Luisa paso dentro de casa moviendo sus caderas y con un paso demasiado firme.
-Que quiere señora Luisa, ¿la puedo ayudar en algo?
La verdad es que no sabía porque la llamaba señora Luisa, no debía de tener mucho más de treinta años, por lo que supuse que debía haber sido madre muy joven, y nuca había visto a su marido antes.
-No te acuerdas de lo que me has dicho en el ascensor, pues creo que te mereces una buena tunda por entrometerte en los asuntos de los demás, interrumpir las conversaciones ajenas a ti, y juzgar a las personas sin conocimiento de causa.
Todo esto dicho de una sola tacada me parecieron motivos suficientes como para calentarme el trasero, pero ni ella era mi madre, ni yo tenía edad para esas cosas, de modo que me disponía a contrarrestar su comentario cuando de nuevo ella clavando su mirada en mi me dijo firmemente.
-No quiero oír ni una palabra joven, o es que ahora tampoco va a tener palabra. Cierre la puerta y vaya haciéndose a la idea de que esta noche va dormir con el trasero bien caliente.
Cerré la puerta tras de mi, y seguí los pasos de mi vecina cual corderillo va al matadero. No podía casi ni pensar, todos estos acontecimientos me estaban superando. Cuando hice el comentario en el ascensor lo hice como riéndome de ella, suponiendo que no tendría valor para....., pero ahora estaba justo detrás de ella, esperando que me dijera que hacer para recibir mi castigo como un niño malo.
-Bueno, lo primero que quiero decirle es que la zurra que le voy a dar es la que se iba a llevar mi hijo, de modo que puede estar contento porque el dormirá bien a gusto esta noche, no creo que usted haga lo mismo.
Sin darme cuenta, y mientras escuchaba este comentario me di cuenta que mis pantalones estaban desabrochados y bajados. Me agarro de una de las orejas y me llevo hasta el sofá, y por el camino pude sentir como su mano comenzaba a saborear mi trasero, pues me dio tres azotes con la mano que sonaron de lo lindo y que sin dolerme me escocieron un poquito.
Me colocó justo enfrente de ella, pude ver perfectamente como subía la pierna lo suficiente como para que su mano derecha cogiera la zapatilla que calzaba, y asiéndola en la mano con fuerza me la enseño, como ritual al comienzo de la faena.
-Vas a ver que rica sabe esta zapatilla en tu culo, aunque puedes estar seguro que con el empacho de esta tarde, vas a tener pa todo el día.
Sabía que me iban a caer no menos de cuarenta seguro. Se sentó en el sofá, y con la zapatilla en la mano me bajo mis calzoncillos y me recostó sobre su regazo, comenzando sin mediar palabra con el castigo.
-Te voy a dejar, PLAS, PLAS, PLAS, este culito blanco, PLAS, PLAS, PLAS, más rojo que un tomate, PLAS, PLAS, PLAS.
Nunca pensé que pudiese doler tanto, al tercer zapatillazo comencé a gritar de dolor, e intente cubrirme mis partes para protegerlas de los posteriores impactos.
-Pero bueno que te has creído, PLAS, PLAS, PLAS, cuanto más intentes protegerte, PLAS, PLAS, PLAS, más duro y más zapatillazos te voy a dar, PLAS, PLAS, PLAS.
Las lágrimas se me estaban saltando, desde aquella posición solo podía ver el suelo, y con una de mis manos me agarre a una de las piernas de la señora Luisa.
PLAS, PLAS, PLAS, yo te voy a enseñar de ahora en adelante, PLAS, PLAS, PLAS, veras como respetas a la gente, PLAS, PLAS, PLAS.
Me hizo levantarme dándome permiso para que me frotase el culo. Lo hice con gusto, sintiendo todo el calor de mis nalgas por los zapatillazos recibidos, me habían caído no menos de cincuenta. Me fui a subir la ropa creyendo que ya habíamos terminado pero no era así.
-No hemos terminado aun jovencito, tan solo hemos llegado a la mitad, de modo que bájese los pantalones de nuevo, recuéstese sobre el respaldo del sofá, y prepárese para recibir treinta buenos zurriagazos con el cinturón. Te voy a dejar el culo mas caliente de la tierra. Y recuerde como lleve sus manos una sola vez para consolarse su pompis, le daré dos mas por cada vez que lo haga.
No sabía muy bien de donde había salido ese cinturón, ni siquiera se lo había visto cuando toco a la puerta, pero allí estaba con lagrimas en los ojos a mis 25 años, con el culo ya mas rojo que un tomate, y esperando a recibir treinta azotes más, que sabía que serian alguno mas, porque el culo ya me ardía. Levante un poco la vista y vi la figura de la señora Luisa en el espejo de la pared. Se mordía los labios como intentando no desperdiciar ni una sola de sus fuerzas en cada azote, podía ver perfectamente como echaba el brazo atrás, y como giraba su cadera haciendo que su brazo y su correa cayera con toda su fuerza sobre mi culo.
-PLAS, PLAS, PLAS, PLAS, PLAS, PLAS, PLAS, PLAS, PLAS, PLAS, PLAS, PLAS, PLAS, PLAS, PLAS, PLAS, PLAS, PLAS.
No podía más de modo que mis manos se fueron directas a mi culo, me quemaba literalmente, como me dolía. Estaba llorando como un crío, y encima algo excitado. No podía dejar de mirar a mi vecina, y todas sus curvas moviéndose, mientras me calentaba de lo lindo, y digo de lo lindo mi trasero porque si me dijesen siéntate, estoy seguro que en ese momento no podría hacerlo.
-Por un momento pensé que iba a aguantar toda la tanda sin protección, pero ya veo que no es así, PLAS, PLAS, hay tiene su recompensa por ello y ahora seguimos, tan solo lleva 17, venga cuente el resto no vaya a perder la cuenta y se lleve demás. Tengo el brazo ya suelto y su culo es todo un poema.
El resto de los azotes los fui contando como pude hasta recibir los treinta, y una vez acabados no me quedaban fuerzas siquiera ni para levantarme. La señora Luisa se acerco y puso una de sus manos sobre mi trasero, y comenzó a acariciarlo.
-Uff, si que esta caliente, la verdad es que a mi peque no le habría dado ni la mitad, pero me he dejado llevar y fíjate como te he dejado el pompis. Anda levántate y no te muevas.
Se fue al baño y volvió con una crema que me extendió por todo el trasero. Al final me dio un beso en los labios, y susurrándome al oído antes de marcharse me dijo.
-Cuándo te portes mal me vas a avisar para que te de tú merecido castigo, y cuando te portes bien te recompensare de otra manera, ¿lo has entendido?
Yo asentí con la cabeza, y vi como la puerta de mi casa se cerraba tras ella, estaba solo en el salón, sin pantalones y con el culo bien calentito, ¿por qué?
P.D.: Espero que les haya gustado, y espero sus críticas tanto si son buenas como malas, tanto en mi e-mail, como en los mensajes del grupo.
02/05/2005 02:52 Este es el enlace de este relato, si lo copias lo puedes utilizar como hipervínculo. Tema: F / m Hay 5 comentarios.
Trabajando para Don José
Autor(a) desocnocido(a)
INTRODUCCION:
Héctor es un tímido joven que responde a un anuncio en el que se oferta un trabajo en la mansión de un millonario.
UNO
Héctor era un joven de veintipocos años. De pelo negro y ojos oscuros, su mirada era todavía curiosa y detrás de ella podía advertirse su inseguridad. Vestía de manera informal con vaqueros y camiseta amplia y negra, con un intrincado dibujo. Tal como aquél hombre le había pedido, se acercó a él, tratando de mantenerle la mirada, lo que conseguía a duras penas y con mucho esfuerzo.
"Como te he dicho ya, Alejandro está ya bastante mayor y no puede encargarse de algunos trabajos. Necesito una persona que sea fuerte que pueda cargar bultos, traer la compra, hacer las tareas del jardín, limpiar la piscina, lavar el coche, etc., y, a la vez que tenga algún conocimiento, aunque no sea mucho, de informática, para llevar el correo, una pequeña contabilidad, y el control de los libros de la biblioteca. A cambio te ofrezco el alojamiento, la manutención y, lo más importante, tu formación, de la que me encargaré yo mismo, hasta donde llegue. Has de tener en cuenta que viajo con frecuencia. Por tanto, contrataré a un profesor para cuando yo no esté o para las materias que yo no domine. Tendrás un día libre a la semana y una pequeña cantidad de dinero para esas salidas. Si necesitas más permisos deberás pedirlos con antelación y justificadamente.
He de advertirte que soy muy exigente-subrayó el adverbio-, tanto en lo que respecta a las tareas domésticas como a los resultados académicos. Exijo un respeto razonable. Me gusta la puntualidad y no me gusta la pereza, la desidia o el desorden". Estas palabras las dijo mirándole fijamente, y acercándose a él, como queriendo subrayarlas de forma que no admitiera contestación. "Si te interesa, el trabajo es tuyo".
Héctor se sentía intimidado por aquella mirada tan intensa, por lo que no pudo evitar desviar la suya. Parecían unas condiciones muy duras, pero no tenía nada mejor. O aquello o la calle. Por otra parte, tendría la oportunidad de prepararse para conseguir un trabajo mejor llegado el momento. Sin embargo, sentía en algún sitio de su cuerpo una vaga sensación de peligro, detrás de la cual se adivinaba una extraña excitación. ¿De dónde venían esas dos sensaciones? No lo pensó dos veces: "Creo que podré hacerlo, acepto".
"Muy bien, entonces, te espero mañana mismo a las ocho en punto. No me gusta que me hagan esperar. Alejandro te acompañará a la salida". El mayordomo, que no parecía tan viejo como el señor decía, le señaló la puerta. Héctor saludó y se dispuso a marcharse. "Ah ¡una última cosa! Mientras trabajes en esta casa, llevarás un uniforme adecuado. Alejandro te tomará las medidas para encargártelo. Hasta mañana".
Ya en la calle, después de que el mayordomo le hubiera medido, Héctor trató de reflexionar sobre lo que había ocurrido. ¿Un uniforme? No le gustaba mucho la idea, pero pensó que se trataría de una excentricidad más de su nuevo jefe. Ahora tenía mucho trabajo. Recoger su apartamento, hacer la maleta, devolver las llaves al casero....Iba a tener una buena habitación en una casa de campo con piscina, jardín.... Tenía sus ventajas. Y aquél hombre.... ¿qué era lo que le atraía de él con tanta intensidad?
Aquélla noche no pudo dormir bien. Estaba muy excitado pensando en su futuro a corto plazo. Eran las ocho menos cuarto cuando se despertó. No iba a llegar a tiempo. Se levantó de un golpe, se vistió rápidamente, cogió la maleta, que ya tenía preparada y salió como una estampida sin desayunar. Llegó casi sin resuello a la puerta de la casa cuando ya habían dado las ocho y media. Alejandro abrió la puerta: "El señor le espera hace rato en su despacho. Acompáñame a su habitación donde dejará sus cosas y se cambiará de ropa"
Su habitación estaba en la segunda planta. Era amplia y acogedora y la ventana tenía unas hermosas vistas al extenso jardín. "En el armario tiene colgados varios uniformes. El señor ha ordenado que hoy se ponga el polo rojo y pantalón y calcetines azules"
Cómo ¿Ya estaban hechos los uniformes? Eso era rapidez. Abrió el armario y buscó en su interior. Colgado en la percha había un polo rojo de manga corta pero ¿y el pantalón? La respuesta la obtuvo al sacar el polo de la percha. Allí estaba el pantalón. Era azul, efectivamente, pero era un pantalón corto Aquello parecía algo perverso. No sabía muy bien qué hacer. Bueno, veamos cómo me queda. Se enfundó el polo y el pantalón. Éste era de una tela bastante cálida y agradable al tacto, lo cual no era lo peor pues era invierno y hacía bastante frío. La pernera le llegaba hasta más o menos un palmo de la rodilla, por lo que casi todo el muslo quedaba al descubierto y no era demasiado ajustada; quedaba un hueco entre la tela y el muslo. Menos mal que no tenía mucho pelo en las piernas, porque se sentía un poco ridículo. Por otra parte, el trasero del pantalón sí que estaba bastante ajustado y le remarcaba el culo de forma notable y también sus genitales estaban un poco comprimidos. Aquél hombre era un pervertido, definitivamente. Sobre el suelo del armario había unos calcetines azules, al lado de otros de varios colores. Al ponérselo se dió cuenta de que le llegaban hasta las rodillas, dejando una vuelta ancha por debajo de las mismas con dos franjas amarillas.
Se miró en el espejo de cuerpo entero que había en la puerta del armario. Ahí estaba él, un tío de veinticinco años, vestido como un colegial. Era bastante humillante. Sin embargo, sin venir a cuento, quizá por la presión del pantalón, empezó a notar una incipiente erección. No podía venir en peor omento. Tenía que presentarse en ese momento al jefe. Trató de distraer su atención, de pensar en lo ridícula y humillante de aquélla situación, pero aquello sólo aumentó su sensación de calor y tensión en los genitales. Bueno, ya se le pasaría. "Veamos a dónde nos lleva esto. Siempre estoy a tiempo de decirle que me voy"- se dijo. Echó una última mirada al espejo. El polo tenía una inicial en una lateral del pecho, la misma que en una de las perneras del pantalón, pero no adivinaba a qué obedecerían aquéllas letras.
"De cualquier modo, buen culo y buenas piernas. Si le gusta mirarlas, que se dé el gustazo, qué importa".
Abrió la puerta, salió al pasillo y bajó la escalera hasta el piso de abajo donde se encontraba el despacho del señor. Era muy tarde, pasaban tres cuartos de la ocho. "Espero que no se enfade". Alejandro se le acercó y le dirigió una mirada exploradora de arriba abajo (deteniéndose más en el pantalón corto y en las piernas), tras lo cual, hizo un gesto aprobatorio con la cabeza. Se dirigió a la puerta del despacho y llamó. Desde dentro se oyó "Adelante". Abrió la puerta y se apartó para dejarme paso.
DOS
El señor miró a Héctor con expresión severa desde detrás de su mesa. Le ordenó cerrar la puerta. A continuación le dijo que se acercara a él sin darle permiso para sentarse. Héctor cruzó las manos tras la espalda. El señor le preguntó en tono duro si le parecía que se había comportado correctamente esa mañana. Héctor no pudo sostener su mirada, bajó la cabeza y respondió "siento haber llegado tarde". La expresión del señor se dulcificó un poco: "bien, tendremos que hablar sobre esto. Por favor, siéntate".
Héctor se sentó al otro lado de la mesa. El señor empezó a hablar en el tono de voz que tanto le fascinaba. Empezó a explicarle que, aunque no era un hombre mayor, estaba muy chapado a la antigua y creía en la responsabilidad y en la disciplina. Que si alguien estaba a su cargo tenía que hacer las cosas como le mandaban sus superiores y ser obediente; y que si no las hacía así, debía ser castigado. Empezó a hablar sobre la importancia del castigo, sobre todo para un muchacho joven en edad de aprender, y empezó a referirse al castigo corporal. Héctor escuchaba asustado pero también con una curiosidad morbosa sobre donde iría a parar todo aquello.
Lamento no habértelo explicado ayer con la suficiente claridad. Tengo mi forma de hacer las cosas, y si quieres trabajar aquí tendrás que seguir mis reglas. Y mis reglas son estrictas; a mucha gente le escandalizarían, pero soy tan severo como justo. Por supuesto tienes la libertad de irte, pero si decides quedarte tendrás que ser castigado. No solamente ahora, sino todas las veces que tu comportamiento no me parezca el adecuado.
Se quedó callado, y Héctor se dio cuenta de que esperaba una respuesta. Una respuesta clara y probablemente definitiva. Se sorprendió a sí mismo pensando que la idea de abandonar aquel lugar y a aquel hombre le resultaba insoportable, y que la idea de recibir una formación estricta le atraía; sabía que era holgazán y débil de carácter, y que necesitaba ser tratado de esa manera. Musitó un débil "de acuerdo, señor".
El señor le miró complacido. "Muy bien, Héctor. Ven conmigo, por favor. Tengo algo que enseñarte". Se levantó y se dirigió hacia un lado del mueble que había en la habitación. Abrió uno de sus cajones y se apartó para que Héctor viera su contenido. En el cajón había varias reglas de madera, cepillos del pelo de forma ovalada, raquetas de ping-pong y también varas de bambú. Las varas le dieron una idea a Héctor de cual podía ser la función común de todos esos objetos.
¿Se te ocurre que tienen en común los objetos que hay en este cajón, Héctor? Por la expresión de tu cara, me parece que sí -mientras decía esto el señor se permitió una sonrisa maliciosa. Son instrumentos de castigo; muy adecuados para usar en el trasero de los jovencitos desobedientes. La naturaleza ha dotado al hombre de abundante materia carnosa en las nalgas. Eso las convierte en una zona perfectamente diseñada para el castigo corporal; pueden ser golpeadas de forma bastante severa sin causar más secuelas físicas que el enrojecimiento y el escozor. Tristemente, esta maravillosa cualidad de las posaderas hoy se desaprovecha en general de forma lamentable. Sin embargo aun quedamos algunos pocos a los que nos gusta sacarle partido. Y yo la utilizo para enseñar disciplina a mis empleados, Héctor. Ya que has decidido quedarte aquí, tendrás que aceptar el ser azotado con bastante regularidad -se apiadó ante la mirada aterrada del joven y mostró una media sonrisa.
No te preocupes, no voy a usar ninguno de estos instrumentos ahora, se te irán aplicando a medida que estés preparado para recibirlos; tus castigos siempre serán severos pero no brutales. Nunca seré más duro de lo que puedas soportar; pero tampoco menos. Por otra parte, la naturaleza nos ha dotado también del mejor instrumento de castigo que son las manos. Yo prefiero usar mi propia mano, establece una relación mucho más personal. Sin embargo, en breve, y según sea tu comportamiento, todos y cada uno de estos instrumentos habrán de usarse casi con toda certeza.
Héctor escuchaba y miraba a su jefe hipnotizado. La idea de ser azotado como los niños pequeños le humillaba tanto como le atraía de una forma retorcida.
¿Entiendes que debes ser castigado, Héctor?
El chico no sabía que contestar.
TRES
La erección de Héctor no había disminuido, por el contrario. La presión del pantalón corto y las palabras del señor estaban ejerciendo sobre él una influencia que le turbaban y le excitaban de un modo como antes no lo había hecho ningún otro estímulo. Nunca había sido un mojigato. Había tenido sus primeros escarceos con sus compañeros de colegio, con quienes había compartido caricias genitales y masturbaciones mutuas de aprendizaje adolescente. También había tenido aventuras con alguna chica, aventuras de las que había salido más o menos airoso. Pero sobre todo, había jugado consigo mismo. Casi podía decirse que era un experto onanista. Pero excitarse ante la idea de que le diesen una zurra en el culo, era algo que nunca se le había pasado por la cabeza.
Por otra parte, en la habitación no hacía ningún calor, y sentía frío en las piernas desnudas, lo que le hacía ser mucho más consciente de que su forma de vestir no era tampoco la habitual. Con frecuencia llevaba pantalones cortos en verano, porque era muy cómodo y agradable. Pero el traje de hoy añadía a la sumisión de aceptar los azotes, lo que se dio cuenta con asombro que estaba deseando intensamente, aceptar una norma que le rebajaba a la condición de niño, y aceptar traspasar la responsabilidad de su propia vida a.... (Cayó en la cuenta de que aún no sabía su nombre. Tenía que preguntarle cómo quería que le llamase).
"¿Entiendes y aceptas que debes ser castigado, Héctor?".
El chico no sabía qué contestar. Si decía que sí, perdería toda su autonomía de adulto y quedaría en manos de lo que el señor quisiese hacer con él. Pero, por otra parte, se sentía impelido a aceptar las condiciones, imaginándose cómo le sentaba la mano o cualquiera de esos instrumentos sobre su trasero, lo cual hacía su excitación cada vez más creciente, de manera que advirtió que su erección era ya apreciable desde el exterior. No pudo evitar ruborizarse. Levantó los ojos del suelo, sin levantar la cabeza, le miró sumisamente y dijo: "acepto, señor".
"Bien. Veo que Alejandro te tomó de forma experta las medidas. ¿Qué tal te sientes con tu nuevo traje?
"Un poco raro señor; nunca he llevado uniforme".
"Espero que entiendas que el uniforme forma también parte de tu proceso educativo. El llevar uniforme te recordará constantemente que hay unas normas que debes acatar y que sabes que no puedes infringir, so pena de ser castigado duramente. El pantalón corto enmarca bien tu trasero, (y por lo que veo también tu parte delantera-dijo, refiriéndose a la ya evidente erección), y ofrece tus muslos. Así, tu trasero y tus muslos estarán permanentemente al arbitrio de mi mano y de mis decisiones sobre tus castigos. Además te hará más duro y resistente, pues tendrás que acostumbrarte al frío en todo momento. Ya sabes que aquí los inviernos son duros y los veranos cortos. ¿Lo has entendido bien?".
"Creo que sí señor". Cruzó sus manos por delante para tratar de ocultar el bulto cada vez mayor que sobresalía de sus pantalones.
"En cualquier momento del día, estés donde estés, sea lo que sea lo que estés haciendo, podré darte una palmada en el culo o en las piernas o simplemente ordenarte que te prepares. Eso querrá decir que deberás dejar cualquier trabajo en que estés ocupado en ese momento y disponerte a recibir una azotaina. Ocasionalmente, si yo no estoy, Alejandro podrá administrarte algún castigo que yo haya dejado encargado. Él está perfectamente entrenado y acostumbrado a azotar traseros de jovencitos. No eres el primer muchacho al que enseño".
"He de decirte también que con frecuencia tengo invitados. Si en alguna ocasión tu comportamiento con ellos no resultara apropiado, podré cederles a ellos el derecho a azotarte. Deberás entonces colocarte como ellos te digan para que te puedan pegar cómodamente. Espero que te haya quedado claro, porque todo esto es muy importante".
Ya no había vuelta atrás. Estaba a su merced. Sintió el deseo de llevarse las manos al culo y frotárselo, anticipándose a las sensaciones que estaba muy cerca de sentir. "Está bien claro, señor. Mi culo y mis muslos son suyos".
"Así me gusta. Ahora date la vuelta." Hizo lo que se le ordenaba. El caballero le dio una firme palmada en el trasero. "Ya sabes lo que esto quiere decir. Prepárate para tu primera zurra".
CUATRO
Héctor estaba tan excitado como temeroso y avergonzado. Se dejó llevar cuando el señor lo cogió por el brazo y lo acercó al sofá que había en el despacho.
Este sofá será uno de los lugares donde tendrán lugar tus castigos, Héctor. Mírame y escúchame bien -le costó por la vergüenza que sentía, pero le miró a la cara-; debes colocarte bien sobre mis rodillas y quedarte quieto, o será mucho peor -el señor se sentó en medio del sofá. Échate sobre mis rodillas boca abajo -el chico empezó a inclinarse pero dudaba. ¡Vamos! -el señor lo empujó un poco hacia sí y Héctor se vio encima de sus muslos con la tela del sofá a un palmo de su nariz. ¡Colócate bien! El trasero encima de mis muslos, así -las palabras fueron acompañadas de un sonoro azote de aviso sobre el trasero de Héctor. El señor tras colocarle a su gusto sobre sus rodillas, le agarró el costado con la mano izquierda y puso la derecha sobre las nalgas del muchacho, que habían quedado bastante ceñidas y marcadas por el pantalón.
Está bien, Héctor. Ahora debes ser dócil, no patalear y no intentar protegerte con la mano. Voy a comenzar el castigo.
Mientras decía esto, le masajeaba el culo con la mano. La levantó lentamente, y tras colocarla a cierta altura la impulsó con fuerza sobre la nalga derecha de Héctor. No fue un azote muy fuerte, pero lo fueron más los siguientes, que empezaron a arrancarle al chico sus primeros quejidos. El señor le golpeaba a buen ritmo, alternando una y otra nalga sin prisa pero sin pausa, acariciando un poquito después de cada azote. Tras unos treinta golpes, aunque a Héctor le parecieron más, le mandó levantarse.
Héctor estaba sofocado, y también erróneamente aliviado pensando que eso había sido todo. El señor le sacó de su error:
Bájate los pantalones.
El chico le miraba alucinado y lleno de vergüenza.
¿Tendré que hacerlo yo, Héctor?
Como el joven seguía dudando, el señor, visiblemente molesto, le desabrochó el pantalón y le bajó la cremallera. Cuando Héctor intentó bajarse los pantalones él mismo, el señor le golpeó la mano y se los bajó hasta justo por encima de las rodillas. A continuación, Héctor se dejó caer de nuevo sobre los muslos del señor sin oponer resistencia.
Sin mediar palabra, los azotes continuaron. A Héctor le parecían mas fuertes que antes, aunque no estaba seguro de si realmente lo eran, o era su trasero el que tenía menos protección. Héctor emitía débiles quejidos, salvo cuando algún golpe era especialmente fuerte, entonces los gemidos eran casi gritos. Los lamentos parecían sinceros y no fingidos ni exagerados, lo cual complacía mucho al señor, que disfrutaba aumentando según su voluntad la intensidad del castigo o al contrario aliviando al pobre Héctor con azotes más leves. A través de la fina tela de algodón del calzoncillo podía palpar a la perfección las nalgas del chico, que estaban ya bastante calientes y seguramente también coloradas.
Decidió comprobarlo, y tiró para abajo de los calzoncillos. Héctor se sintió todavía mas avergonzado si cabe al imaginarse exhibiendo ante un hombre mayor que él su culo desnudo con las marcas visibles de la mano de su jefe. Este pensamiento sin embargo le excitó enormemente y la erección, que le había desaparecido por el dolor de los azotes, estuvo a punto de volver con fuerza. Solo estuvo a punto porque la mano del señor volvió a castigar el culo de Héctor, esta vez sin ninguna protección, y el chico no pudo pensar en nada más que en desear el final de su castigo. La piel de Héctor no era dura, y las nalgas estaban bastante más rojas de lo que el señor se hubiera imaginado. Se sentía feliz dándole su merecido al muchacho, tocando y castigando su bonito culete, y pensando en todas las veces que le tendría a su merced sobre sus rodillas en aquel sofá. Sin embargo no podría mantener el ritmo de azotes mucho tiempo sin causarle moratones, así que paró durante unos instantes y empezó a acariciar las nalgas del sofocado muchacho.
Debes aprender a comportarte, Héctor. ¿Entiendes lo que les pasa a los muchachos desobedientes? -intercaló un azote- Se les castiga -otro azote sobre la otra nalga- como a niños malos -siguió intercalando las regañinas entre las caricias y los azotes: cuando no seas bueno...... como hoy.... te pondré sobre mis rodillas... y te pondré el culete rojito, rojito..... ¿Duele, verdad? ..... La próxima vez lo pensarás antes de llegar tarde.... Veo que eres de los que necesitan mano dura..... Pero conmigo la vas a tener.... Ya lo creo que sí... La próxima vez vas a probar mi zapatilla ... Porque habrá una segunda vez, y una tercera .... Ya he tratado con chicos como tu y sé lo que hay que hacer con ellos.... Nada como una buena azotaina.... Sé que no va a hacer que te portes bien siempre..... Pero sí que seas un poco menos malo..... Y además sería injusto que un chico malo no recibiera un castigo.....
El sermón del señor no esperaba respuestas, pero Héctor las daba entrecortadamente entre gemidos y exclamaciones de dolor:
Sí, señor.... por favor.... no..... sí duele.... me portaré bien.....
El señor espaciaba cada vez más los golpes entre las regañinas, y finalmente se vio con la mano levantada dudando si golpear de nuevo. No le dolía mucho la mano, porque estaba más acostumbrada a dar azotes que el culo de Héctor a recibirlos, pero decidió que no estaba mal para una primera vez. Descargó el último golpe y contempló satisfecho el color rojo intenso de las nalgas de su empleado, al mismo tiempo que las manoseaba. Héctor encontraba reconfortantes estas caricias.
Muy bien, Héctor, has recibido tus azotes sin patalear como un chico grande. Ahora vas a pasar una hora de cara a la pared y tu castigo habrá terminado. Durante esa hora no quiero que te des la vuelta, ni que te subas los calzoncillos, ni que te toques el culo. A continuación te volverás a poner sobre mis rodillas; si has sido bueno, te aplicaré una pomada que te aliviará mucho. Si no haces lo que te digo, tendrás que llevarte unos azotes mas, ¿esta claro?
CINCO
Héctor se levantó de la posición de castigo sobre las rodillas de su jefe. Instintivamente, se llevó las manos a las nalgas, para frotarlas.
"¿No me has entendido bien, Héctor?- dijo, mientras le propinó un fuerte y sonoro azote en la parte posterior del muslo izquierdo, que hizo que Héctor se encorvara hacia un lado, a la vez que gritaba de dolor".
"Ah ¡lo siento señor, no volverá a ocurrir!".
Se dirigió cabizbajo hacia la pared que se le había indicado y se colocó frente a ella, con las manos cogidas por delante del cuerpo. Un ligero reguero húmedo corría por sus mejillas. La vergüenza y la humillación le provocaban un nudo en la garganta. Pero la excitación producida por las sensaciones ardientes en la piel de su trasero tras la azotaina, era más poderosa. La erección seguía ahí. Sabía que su jefe la había visto, por lo que ya no podría ocultarle que someterse a su voluntad ejercía sobre él una intensa, enfermiza excitación. Lo deseaba. Deseaba pertenecerle. Y ya no había vuelta atrás. El señor lo había comprendido y había tomado posesión de él, sin contemplaciones.
El caballero se levantó del sofá y se sentó delante de su mesa de despacho. Ordenó los papeles y se dispuso a leer unos informes, cuando hizo aparición en la puerta Alejandro. Se acercó a la mesa y dirigió una mirada hacia el culo del muchacho. "Señor, el correo"- lo depositó sobre la mesa. "Veo que el muchacho ha recibido su primera zurra. ¿Qué le ha parecido al señor?
"Creo que servirá, aunque aún le queda mucho por aprender. Quiero que esta noche lo refuerces tú. Ha de acostumbrarse a las dos manos. Ahora retírate; he de completar el proceso de recepción".
"Con mucho gusto señor. Será un placer- masticó las últimas palabras, mientras le miraba de nuevo de arriba abajo, a la vez que se dirigía hacia la puerta".
"Joder, exclamó en su interior el chico. Esta noche me va a zurrar el mayordomo y aún no me habré recuperado de esta paliza".
"Quedan un par de cosas, Héctor. No te vuelvas aunque te hable. La primera es tu horario. Te levantarás a la siete, te vestirás con el uniforme de trabajo, que incluye unos cómodos pantalones cortos y unos calcetines de lana gruesa, para abrigarte del relente de la mañana, bajarás a desayunar y trabajarás durante una hora en el jardín. No importa que no sepas nada de jardinería. Alejandro te instruirá y más te vale aprovechar sus lecciones. Después te ducharás y vestirás el uniforme normal. Cada día echarás a la ropa sucia el uniforme del día anterior y vestirás uno limpio. Luego te presentarás a mí a las nueve en punto de la mañana, para comenzar tu educación. Pero eso será mañana. Hoy dedicarás el día a atender las explicaciones de Alejandro, que te enseñará la casa y terminará de aleccionarte sobre tus deberes y el horario. Escúchale bien, porque tiene la mano muy ligera y orden de ser severo contigo. Descubrirás por otra parte que es cariñoso a su manera y velará porque no te falte de nada".
"La última cosa muchacho. Tengo la costumbre de sellar los pactos por escrito. Mensualmente, renovaremos nuestro acuerdo, mientras no haya ninguna objeción por parte de alguno de los dos, con una zurra y una firma. Firmaré yo sobre tus nalgas con un bolígrafo especial, cuya tinta dura aproximadamente un mes sin borrarse. Cuando la firma esté próxima a desaparecer de tu culo, vendrás a mí despacho con el bolígrafo, que guardarás en tu habitación, me lo ofrecerás, te bajarás los pantalones y te colocarás en la posición que ya conoces, para que yo pueda renovar el contrato. Así todos los meses, mientras estés en esta casa a prueba. Mientras te duchas comprobarás el estado de mi firma en tu trasero y evitarás que desaparezca o, de lo contrario, probarás alguno de estos instrumentos que te he enseñado. ¿Has entendido bien?".
Otra humillación. Pero qué más daba. Ya le pertenecía. ¿Qué importaba que se hiciera visible sobre su piel? "Sí señor, descuide".
Bien, entonces, sellemos el trato; ven aquí y ponte en posición".
Héctor se volvió y dijo: "Antes de nada, señor, no conozco su nombre. ¿Cómo he de llamarle?".
"Puedes llamarme Don José. Es mi nombre."
"Está bien, Don José". Se subió los pantalones para poder andar cómodamente, se dirigió hasta él y al llegar a la mesa, se detuvo, volvió a bajárselos, se dio la vuelta para ofrecerle el culo y le dijo: "Estoy listo Don José".
"Antes de proceder. Me olvidaba de algo importante. Tu uniforme no incluye calzoncillos. Llevarás los pantalones cortos sin ropa interior. Es un detalle más de tu completa e inmediata disposición para el azote. ¿Aceptas todos los términos?"
SEIS
Castigado de cara a la pared, con las manos en la nuca, los pantalones y los calzoncillos a la altura de los rodillos, y la firma de su jefe en una nalga, Héctor intentaba reflexionar sobre lo que había pasado. No podía pensar demasiado porque le obsesionaba el escozor que sentía en el culo; se moría de ganas de frotárselo pero oía de vez en cuando a Don José pasar hojas o escribir en la mesa. Giró tímidamente la cabeza para ver si le estaba mirando, pero fue inmediatamente descubierto por Don José.
Si vuelves a girar la cabeza te volveré a poner sobre mis rodillas, Héctor. Tal vez no sea un mal momento para que pruebes mi zapatilla.
Héctor fue obediente. Sin embargo se iba cansando y le empezaban a doler los brazos. Tampoco le era muy atractiva la idea de sentarse pero no aguantaría mucho más tiempo de pie, y no sabía cuanto le quedaría aun por cumplir de la hora de castigo. Estaba a punto de pedir clemencia cuando oyó levantarse a Don José. Contrajo los glúteos de forma involuntaria; ¿No le iba a perdonar el pequeño desliz de haber girado la cabeza sin permiso? ¿Le iba a azotar otra vez?
Sintió que su jefe se colocaba detrás de él, y sin decir palabra notó su mano palpándole el culo.
Bueno, Héctor, te has portado bastante bien, así que por ser el primer día te perdono el resto del castigo. -Dijo mientras le acariciaba con calma ambas nalgas. El culo aun estaba más que colorado y el masaje de su jefe era realmente aliviador para Héctor. En ese momento Alejandro entró discretamente en el despacho y contempló de nuevo detenidamente el trasero de Héctor. El muchacho supuso que don José habría pulsado un botón en su mesa para llamarlo.
Lamentablemente me tengo que ir, pero Alejandro se encargará de ponerte la crema que te había prometido. El culete te escocerá aun unas cuantas horas y te dolerá al sentarte, pero no tienes ninguna magulladura. Ahora quedas al cargo de Alejandro durante el resto del día. Puedes subirte los pantalones y retirarte.
Acompañó sus últimas palabras con una palmada que hizo a Héctor dar un respingo.
Gracias, señor - se subió los calzoncillos, agarró los pantalones y se marchó seguido de Alejandro.
Una vez fuera Alejandro le miraba fijamente sonriendo.
¿Que tal ha ido? Ven, vamos por aquí.
Veo que has aguantado bastante bien -comentó mientras lo guiaba por la casa- Me pareces idóneo para este trabajo y creo que Don José estará de acuerdo conmigo. Aquí, por favor, por esta puerta.
La habitación en la que habían entrado era donde se alojaría Héctor; era grande y aparte de la cama tenía un sofá de tamaño considerable y una estantería en la pared. El muchacho se alarmó al ver en esa estantería, junto a algunos libros, cepillos y reglas de madera, raquetas de ping-pong y varas, igual que en el cajón del despacho de su jefe.
Bueno, bueno, no te preocupes ahora por eso -sonrió Alejandro-. Sobre todo cuando te voy a poner una crema que te va a sentar muy bien.
Cogió un bote que había sobre la mesilla de noche y se sentó en el sofá.
Bájate los pantalones, por favor -Héctor dudó un momento y Alejandro sonrió-. Vamos, no tengas vergüenza. Ya te he visto desnudo y te veré muchas más veces.
Héctor ya se había acostumbrado bastante a las humillaciones y no tuvo grandes problemas en bajarse los pantalones, que tampoco se había abrochado de todo, y antes de que se lo mandaran se bajó los calzoncillos hasta las rodillas.
Muy bien, colócate sobre mis rodillas.... Así. ¿Estás cómodo? Bueno, te han dado unos buenos azotes, muchacho. -Acompañó las palabras de unas palmaditas suaves en el culo aun muy rojo de Héctor- Pero ahora un poco de pomada y te quedará el culito como nuevo -efectivamente aliviaba mucho. Alejandro siguió hablando mientras su mano experta extendía la crema-. En este sofá también vas a recibir muchas zurras como la de hoy en el despacho, ¿sabes? Y en la cama también. Don José no te ha hecho daño realmente.... Lleva muchos años castigando a chicos y sabe muy bien como hay que hacerlo... Y yo llevo mas años todavía que él. La de azotes que he dado yo sobre este sofá..... Pero no pongas esa cara, hombre. No les tengas más miedo a los azotes del que les deberías tener; a tu edad es muy normal que haya que castigarte. Bueno, parece que la pomada está bastante extendida. Quédate un rato así para que se seque del todo.... Mientras, puedes echarles un vistazo a estos libros y revistas.
Héctor se había fijado ya en una pequeña pila de publicaciones que había en el suelo, seguramente sacadas de la estantería y puestas allí a propósito para que les pudiera echar una ojeada desde su posición sobre las rodillas de Alejandro.
Cogió unas cuantas revistas y libros y se incorporó un poco para poder verlas, mientras Alejandro seguía acariciándole el culo. Los títulos eran cosas del estilo de "la zapatilla del abuelo", "el sobrino desobediente", "Pablo se lleva una buena azotaina" o "papá se enfada", y mostraban en sus portadas a jovencitos con expresión dolorida y llorosa y culos mas bien regordetes; dichos culos, desnudos y expuestos sobre las rodillas de hombres mayores con expresión severa, estaban casi siempre ya enrojecidos por los azotes que estos papás, profesores o abuelos les estaban propinando con la mano o la regla. Tanto libros como revistas tenían en su interior muchas ilustraciones similares a las de las portadas, y los textos describían con todo lujo de detalles las travesuras que cometían varios chicos malos y las azotainas con las que sus mayores les castigaban. Por si quedara alguna duda, ahora estaba más que claro que tanto su jefe como Alejandro tenían fijación con dar de azotes a los chicos y que Héctor iba a pasarse una buena parte de su estancia en aquella casa sobre las rodillas de sus otros dos habitantes y con los pantalones bajados, como estaba ahora.
SIETE
Héctor hojeaba las revistas entre curioso y divertido, pensando que ahora él podía ser uno de esos muchachos que se colocaban sobre las rodillas de sus tutores. Aún no terminaba de creerse que todo eso le estuviese ocurriendo a él y, sobre todo, que le estaba gustando.
Mientras Alejandro continuaba manoseándole el trasero y los muslos continuó diciéndole: "Voy a seguir informándote de tu horario. Como te ha dicho el señor, a las nueve comenzará tu horario de clases. Después de dos horas, tendrás un descanso que dedicarás al deporte. Le damos mucha importancia a la forma física. Para poder practicarlo cómodamente, te pondrás ropa deportiva, y cuando termines te darás una ducha rápida y volverás a ponerte el uniforme normal. No queremos malos olores en la casa. Otras dos horas de clase y a las dos te preparas para la comida. Observarás que nuestro cocinero es un buen profesional. Le gusta salir al comedor para comprobar que los alumnos se lo comen todo y también está autorizado para manejar el trasero de los muchachos en el caso de que quede comida en el plato".
Entre las revistas había varios catálogos de uniformes para colegios privados. Los muchachos eran todos adolescentes entre 14 y 18 años y todos ellos vestían uniforme de corto. "O sea que aquí todos están autorizados para conocerme el culo".
"La mayoría-respondió Alejandro, aunque no hay mucho personal de servicio".
"Una pregunta, Alejandro- dijo el chico, cada vez más a gusto con las calmantes caricias del mayordomo-, ¿qué me va a enseñar D: José?".
"Eso lo discutiréis mañana a las nueve de la mañana, una vez que el señor sepa tu nivel de estudios y cuáles son tus conocimientos. Desde luego no se te va a obligar a estudiar nada que no te guste, excepto que tu formación en alguna materia importante sea deficiente, en cuyo caso, supongo que querrá dar un repaso; pero lo más importante estará relacionado con tu trabajo en esta casa, es decir, informática, contabilidad, etc., materias que por otra parte te serán de utilidad en tu vida profesional cuando decidas dejar la casa, si llegases a hacerlo. Ahora levántate, he de enseñarte el uniforme que llevarás a partir de ahora".
"¿Pero cuántos uniformes distintos he de llevar? Y supongo que también será de pantalón corto".
"No pienses en pantalones largos mientras estés en esta casa. Ya te habrá dicho D. José que el pantalón corto forma parte de la disciplina. Y llevarás los que se te digan, ni más ni menos. ¡Levanta te he dicho!".
La orden no admitía discusiones. Se levantó y se colocó, con los pantalones y los calzoncillos a la altura de la rodilla, delante de Alejandro, aún con cierto pudor por estar desnudo ante él. El mayordomo se levantó y fue hacia el armario, lo abrió y extrajo un pantalón corto de color azul marino, igual que el que llevaba medio caído.
"¿Qué diferencia hay entre este y el que llevo puesto?".
"Ahora lo verás. Termina de quitarte esos, y también los calzoncillos. Por cierto, despídete de ellos, porque a partir de ahora no los llevarás nunca".
Lo hizo como se le había dicho, y dejó la ropa sobre la cama. Llevaba puesto únicamente el polo rojo y los calcetines hasta la rodilla. "Ahora ponte estos pantalones".
Héctor se los puso. La tela era mucho más suave y cálida que la del anterior pantalón. No le molestaban las costuras, a pesar de no llevar ropa interior. Se ajustaba a su cuerpo como un guante. Puso las manos sobre las caderas y se quedó mirando a Alejandro: "¿Qué tal?"
"Te sientan como un guante naturalmente". "Te habrás dado cuenta que toda tu ropa lleva unas iniciales en las mangas y en las perneras: J. I. Son las iniciales del señor, una muestra exterior más de quién es tu jefe. Han de coincidir siempre el color del polo y el de las bandas horizontales de los calcetines. En este caso, rojo y rojo, como puedes comprobar". Colocó su mano sobre la pierna izquierda. "Observarás también que son un poco más cortos y dejan un poco más de muslo al descubierto", iba subiendo la mano por el muslo, mientras decía esto. "Son también un poco más ajustados, por lo que las nalgas quedan más resaltadas"; recorrió con su mano toda la extensión de su trasero y Héctor sintió con mayor intensidad el contacto de la mano con su culo; quizá fuera debido a la tela. "Además, la abertura de la pernera es un poco más ancha, dando más facilidad a la mano para meterse en el interior".
A la vez que decía estas palabras, Alejandro deslizó su mano por el interior del pantalón en dirección al trasero de Héctor, recreándose en las curvas de sus nalgas, y luego, cambiando de dirección, hacia la parte anterior, hasta llegar a acariciar su pene y sus testículos.
Héctor abrió mucho los ojos e hizo un gesto de retirada. "Alejandro, creo que no deberías hacer eso".
Alejandro se rió suavemente. "No seas tontito. ¿Llevas la firma del señor en tu trasero, que tanto él como yo conocemos perfectamente de tanto recorrerlo con nuestras manos, te han calentado ya bien, y ahora te muestras mojigato? Tú ya no tienes ningún control sobre ti mismo, Héctor, ¿no te das cuenta?”.
"En todo caso, la firma que llevo es la de D. José, no la tuya".
Alejandro sacó la mano rápidamente del pantalón y le propinó un fuerte azote, como un látigo, sobre el muslo del muchacho. "Le perteneces al señor, pero yo soy el administrador de todos sus bienes, ¿me has entendido bien?". EL chico emitió un sonoro quejido, el azote había sido extremadamente doloroso. "Además, ¿cuándo te he dicho que puedes tutearme?".
No había salida. Héctor bajó los ojos, levantó los brazos y arqueando la cintura hacia delante dijo: "Perdone señor, sírvase usted mismo", y luego sonrió levemente y le miró de reojo. Alejandro le miraba fijamente. Sabía lo que el azote y aquélla mirada querían decir, así que se dispuso a colocarse sobre las rodillas del mayordomo para recibir una azotaina, por su falta de respeto; pero Alejandro le detuvo: "No, ahora no. Esta noche reforzaremos lo que has aprendido hoy y conocerás mis azotes por primera vez. Ahora terminaré de enseñarte la casa, vamos".
Sólo era un aplazamiento, pero casi lo sentía. Salió de la habitación, seguido del mayordomo, sintiendo su mirada en su trasero, y se dio cuenta de que le gustaba que éste le mirase el culo y las piernas. Se sentía cómodo con su nueva ropa. Ya se había acostumbrado al ambiente frío de la casa y sentía sus piernas y sus nalgas vivas y fuertes, con una intensidad de sensaciones como nunca antes. "Veamos qué nos depara el resto del día".
OCHO
Alejandro guió a Héctor hacia la salida de la casa y le enseñó los jardines que la rodeaban, explicándole algunas de las cosas que tendría que hacer en su trabajo. Le habló de un jardinero al que tendría que ayudar, y Héctor se preguntó si el jardinero estaría también autorizado a azotarle. Supuso que sí.
A pesar del fresco que notaba por lo corto de sus pantalones, el muchacho se sentía feliz sabiendo que estaba al cuidado de tanta gente que se iba a preocupar por él, aunque también le castigaran. El culo le escocía todavía y se lo acariciaba con frecuencia ante la mirada complacida de Alejandro; la perspectiva de volver a ser azotado esa noche sonaba dolorosa, aunque Héctor esperaba que en las horas que quedaban sus posaderas se recuperarían bastante. Por otra parte los azotes que le había dado Don José habían sido bastante merecidos y no le guardaba rencor; tal vez lo que necesitaba era precisamente mano dura. Se frotó las nalgas de nuevo recordando la azotaina y esta vez notó la mirada de Alejandro. Héctor nunca se había considerado atractivo y tenía que reconocer que era muy halagador sentirse mirado; a pesar del escozor, tenía ganas de volver a exponer su culo desnudo ante Alejandro y además sentía curiosidad por saber como serían sus azotes.
Volvieron a entrar en la casa y el mayordomo se la mostró y siguió explicándole sus obligaciones hasta la hora de la comida. Héctor conoció a Bruno el cocinero, un hombre entrado en carnes con apariencia amigable. No se lo imaginaba poniendo a un chico sobre sus rodillas para castigarlo, pero Alejandro lo sacó de su error.
Bruno es muy amable pero también puede mostrarse muy severo; no le gustan los chicos de malos modales y le he visto dar azotainas dignas de Don José. Es muy metódico y cuando crea que mereces un castigo, puedes estar seguro de que te bajará los pantalones y te dará una buena zurra independientemente de que yo o Don José estemos de acuerdo o no. Para él la educación es muy importante.
Héctor se sentía bastante asustado porque al parecer en aquella casa los azotes le acechaban en todas las esquinas. Sin embargo la conversación agradable de Alejandro le distrajo de esos pensamientos.
A continuación el mayordomo le dio la tarde libre; tenía permiso para deambular por la casa y el jardín, lo que incluía disfrutar de la biblioteca de Don José, exceptuando su colección privada de videos que guardaba bajo llave. Alejandro tenía que acercarse a la urbanización más próxima para hacer compras.
Solo en la casa, Héctor salio a pasear. Se cansó pronto de los árboles y volvió a entrar en la casa. Siempre le habían dado curiosidad los libros, así que se dirigió a la amplia biblioteca de Don José. Junto a clásicos de la literatura, volvió a encontrarse muchos libros similares a los que había visto en su habitación. Ojeó curioso las ilustraciones de muchachos tendidos sobre las rodillas de sus padres y tutores con los pantalones bajados recibiendo azotes; los gestos de arrepentimiento y dolor de los chicos le conmovían, y también la expresión severa de los hombres que levantaban la mano o el cepillo para dejarlos caer con fuerza sobre los culitos sonrosados e indefensos. También leyó por encima algunas de las historias. La mayoría pretendían ser edificantes y tenían moralinas y argumentos similares: leyó una sobre un chico que abandonaba a su tutor para no seguir sufriendo la humillación de ser todavía azotado en el trasero a sus veintitantos años; falto del consejo de su tutor, se mete en un montón de líos hasta que se encuentra con otro hombre que hace un papel parecido al del tutor y vuelven las azotainas. Con los castigos el chico rehace los errores cometidos y al final, tras muchos azotes, aprende a ser mejor persona y comprende que aun le queda mucho por aprender y muchas palizas que recibir, tanto de su antiguo tutor como del nuevo. Héctor consideraba que eran historias bonitas con finales felices, aunque los chicos acabaran siempre con el culo muy rojo.
Lo distrajo de su lectura y sus pensamientos la visión de una llave colocada en una bandeja entre varios libros. Recordó que la videoteca privada de Don José estaba cerrada con llave y lo invadió la curiosidad. ¿Cuales eran esos videos que él no debía ver? Observando el mueble de la biblioteca, no era muy difícil adivinar donde guardaba Don José sus películas secretas. Solo había un estante que se abriera con llave, y Héctor comprobó que era la misma llave que acababa de ver. Abrió el estante y, efectivamente, vio una larga colección de cintas de video. Como ya había imaginado, se trataba de películas de la misma temática que los libros; sin embargo, más que los videos comerciales, le llamó la atención la serie de cintas caseras que los acompañaban. Las cintas tenían nombres de persona: Juan, Simón, Alex,......
Pensando que Alejandro probablemente aun tardaría en aparecer, cogió las cintas con nombres propios y se dirigió al video que había en el despacho de Don José. Seguramente si le pillaban in fraganti se llevaría una buena azotaina, pero valía la pena correr el riesgo. Cogió el mando, puso la cinta con el nombre de Juan, y se sentó en el mismo sofá en el que había sido azotado aquella mañana. Sintió un pinchazo de dolor en el trasero al recordarlo, y colocó un cojín debajo.
Se sorprendió al ver en el video al propio Don José. Estaba en su despacho, en la misma habitación donde estaba Héctor ahora, y hablaba con un chico de la edad de Héctor vestido con un uniforme casi idéntico al suyo. El chico estaba recibiendo una regañina; Don José estaba muy serio porque Juan -que era el nombre del chico y del vídeo casero que estaba viendo- había cometido una falta grave, había perdido la agenda de su jefe con todas las direcciones y teléfonos necesarios para sus negocios; aunque finalmente la agenda había aparecido, no dejaba de ser una falta de responsabilidad por su parte. Por eso le estaba explicando al muchacho que su castigo iba a ser severo y Alejandro lo iba a grabar en video para que lo tuviera siempre presente. Estaba claro que Juan, y probablemente también los chicos de los otros videos, había ocupado en la casa el mismo puesto que ahora ocupaba Héctor. Al preguntarle a Juan si estaba de acuerdo en que merecía ser castigado, el chico dijo que sí. Parecía aceptarlo con bastante tranquilidad dadas las circunstancias.
Don José se sentó en el sofá y empezó a bajarle los pantalones a Juan. El chico no llevaba calzoncillos y la cámara se acercó a su culo, que presentaba un cierto tono rojizo de alguna azotaina anterior. Lo colocó en posición sobre sus rodillas y la cámara captó los instrumentos de castigo que yacían sobre una mesita cercana. Don José no utilizó en principio ninguno más que su mano; comenzó a azotar el trasero de Juan con energía mientras seguía regañándole. Héctor notó la gran experiencia del chico en recibir azotainas, ya que no fue hasta después de muchos minutos de castigo cuando su culo empezó a estar visiblemente rojo y el muchacho empezó a quejarse. Poco después Don José le pidió a Alejandro el cepillo ovalado de madera para el pelo. De espaldas a la cámara, Alejandro se lo dio y los gemidos de Juan se multiplicaron; sus nalgas enrojecieron entonces con mucha rapidez. Don José sudaba y reprochaba entrecortadamente a Juan su comportamiento mientras su brazo bajaba una y otra vez. No obstante, los golpes del cepillo aun duraron unos cuantos minutos para el asombro de Héctor, que nunca habría podido aguantar ni la cuarta parte de aquella paliza.
Héctor se dio cuenta de que pronto volvería Alejandro o el mismo Don José. Rebobinó la cinta pensando en seguir viéndola a la próxima oportunidad, la guardó con las otras bajo llave y devolvió la llave a su posición original.
Ahora solo quedaba esperar la vuelta de Alejandro y la llegada de la azotaina nocturna, que Héctor temía y deseaba al mismo tiempo.
NUEVE
Era ya tarde avanzada, el sol se había puesto y hacía verdaderamente frío. Héctor estaba en su habitación, ordenando sus pertenencias, tras lo cual, se sentó en su mesa de estudio y masajeó sus muslos para intentar entrar en calor. Había un radiador en la pared, debajo de la ventana; lo tocó para comprobar si había calefacción: estaba tibio solamente, y la habitación más bien fría. Estaba claro que D. José estaba empeñado en que recordase continuamente que iba vestido como un colegial de los años sesenta. Observó su ropa con detenimiento. Extendió las piernas y se fijó en los calcetines: llevaban dos franjas rojas en la vuelta, aunque en ese momento los llevaba caídos casi a la altura de los tobillos. Se los subió hasta las rodillas y niveló las franjas para que estuvieran perfectamente rectas. Sospechaba que la perfección en el modo de llevar el uniforme sería motivo de azotainas.
Después se fijó en sus muslos; quería saber qué era lo que atraía las miradas de D. José y de Alejandro: eran más bien cortos, pero bien torneados. De hecho su estatura era media tirando a baja, no llegaba a 1,70. No tenían la musculatura de un futbolista, ni falta que hacía. Nunca le había gustado el fútbol, aunque algunos futbolistas le atraían la mirada de una manera que él nunca había querido reconocer. No tenía mucho pelo en las piernas; casi podría decirse que eran las piernas de un adolescente.
Comenzó a acariciar los muslos lentamente y empezó a sentir una ligera tensión en sus genitales. Se bajó la cremallera de los pantalones y metió la mano. Su pene estaba ligeramente entumecido; lo cogió con los dedos de la mano izquierda y empezó a acariciarlo, a la vez que sentía un ligero escozor residual en sus nalgas. Se recordó a sí mismo tendido sobre las rodillas de D. José, a su merced, y se acordó de las sensaciones punzantes provocadas por los golpes. Su excitación aumentó considerablemente. Entonces se preguntó si su culo estaría rojo todavía. Se levantó y se dirigió hacia el espejo del armario. Se bajó los pantalones, se dio la vuelta y lo observó: no quedaba más que un ligero enrojecimiento en la base de los muslos. Acarició sus posaderas con la mano izquierda y cogió su pene con fuerza con la derecha. Empezó a respirar pesadamente mientras se frotaba lentamente de delante atrás.
Entonces se abrió la puerta y alguien asomó la cabeza. Héctor sintió que el corazón se le salía del pecho, a la vez que se daba la vuelta e intentaba subirse rápidamente los pantalones. Con los nervios, no atinaba a encontrar el cinturón para tirar de él hacia arriba.
"No te los subas. Tienes un culo muy bonito".
Era una voz joven y sonaba justo detrás de él. Se había dado mucha prisa en recorrer la distancia entre la puerta y él mismo. Al mismo tiempo sintió una mano apoyándose en sus nalgas y recorriéndolas con suavidad. Se volvió rápidamente y contempló a la persona que tenía delante de sí. Era Juan, el muchacho que acababa de ver esa tarde en el vídeo, aunque su cara no era ya la de un muchacho y su uniforme era también distinto: no llevaba pantalones cortos sino un traje oscuro y una gorra de plato.
"No te asustes. Me llamo Juan y hasta hace poco tiempo yo ocupé tu lugar, llevé la misma ropa que tú y llevaba casi todo el día el culo mucho más rojo que tú. Sólo quería conocerte y presentarme. Me gustaría que fuésemos amigos".
Héctor ya se había subido los pantalones y se había repuesto de la sorpresa. Contempló a Juan. Tenía una cara agradable y era más o menos de su estatura. Saber que había estado en su misma situación le inspiraba confianza y despertaba su curiosidad. "Me llamo Héctor. Sólo estaba....mmm.... – no sabía qué decir, era evidente lo que estaba haciendo-".
"A D. José o a Alejandro no les gustaría lo que estabas haciendo, pero no te preocupes, no se lo diré a nadie. Entre colegas tiene que haber solidaridad ¿no te parece?".
"Gracias, ya me espera esta noche una zurra y si lo supieran, creo que no me podría sentar en una semana. ¿Cuánto tiempo hace que dejaste mi empleo?".
"Uno o dos meses. Decidí quedarme al servicio de D. José. Al fin y al cabo es un trabajo seguro y además le he cogido cariño. Ahora soy su chofer. El anterior se jubiló hace poco".
"Pero.... ¿D. José todavía te calienta el culo?".
"Aún no lo ha hecho, desde que soy su chofer, pero tiene derecho a hacerlo. Al fin y al cabo le sigo perteneciendo. Ahora eres tú su ojito derecho. En este viaje, no ha hecho más que recomendarme que cuide de ti y te aconseje para que tu aclimatación a la casa sea lo más rápida posible".
"Y....-le daba vergüenza preguntarlo- ¿tú también puedes....?.
"No me gustaría perderme el placer de darte alguna zurra. Además puedo darte muchos consejos sobre la manera más adecuada de recibir una buena azotaina. Ten en cuenta que vas a recibir muchas y algunas muy fuertes y yo tengo mucha experiencia en eso".
"¿Te importaría....darme un poco de....pomada? Sólo si tú quieres. Aún me duele un poco". Se puso colorado. ¿Cómo podía haberle dicho eso?
"Será un placer- dijo. Colócate encima de mí". Se sentó en el sofá y esperó a que Héctor se tumbase sobre él. Juan no pudo evitar acariciar sus muslos y su trasero. "Tienes unos buenos cuartos traseros muchacho. Te espera un futuro muy caliente, te lo digo yo".
"Si quieres....algo de mí.....no tienes más que pedirlo". ¿Pero qué estaba diciendo?
"Descuida, no lo dudaré. Date la vuelta".
Héctor se dio la vuelta y se colocó tumbado sobre el sofá con las piernas de Juan bajo su trasero, a pesar de que lo que le había pedido era que le masajease el culo. Estaba un poco incómodo, el cuerpo arqueado hacia atrás, pero se dio cuenta de que quería someterse a él, lo deseaba. Deseaba que Juan le acariciase, le metiese mano, le zurrase, le hiciese lo que él quisiera. "Ya me tienes".
Juan puso su mano sobre uno de sus muslos y lo acarició con fuerza, mientras iba subiendo hacia la abertura de la pernera del pantalón. Héctor empezaba a sentirse excitado y la parte anterior del pantalón empezaba a elevarse visiblemente. "¿Te gusta eh? Creo que vas a disfrutar de tu trabajo, querido mío". Pasó la mano por el bulto de los pantalones y lo frotó circularmente con suavidad. Héctor cerró los ojos y se entregó al placer.
"¡Basta por hoy!", le dio una fuerte palmada en el muslo, que hizo regresar bruscamente a Héctor de su viaje. "Si te corrieras, Alejandro lo notaría esta noche y se encargaría bien de los dos. Ya te explicarán que las descargas sexuales sólo se te permitirán en contadas ocasiones y controladamente".
"Pero puedo darme una ducha después y no notarán nada", respondió, frustrado, Héctor.
"Te equivocas. Hay maneras de saberlo, aunque te hayas duchado". Tampoco quiero zurrarte hoy, porque queda poco tiempo para tu primera sesión con Alejandro. Comprenderás entonces por qué te lo digo, la recordarás durante mucho tiempo".
Héctor tragó saliva. "¿Tan duro va a ser?".
"No te preocupes, lo aguantarás. Sin embargo, te propongo algo. Cuando yo ocupé tu puesto, tenía dieciocho años y entonces, conocí a Alex, el anterior a mí en el puesto. Nos hicimos muy amigos y tuvimos una relación bastante especial".
"Qué fue de él. ¿Sigue en la casa?".
"No, él decidió marcharse y seguir su propio camino, pero te aseguro que le costó dejarla. El y yo hicimos un pacto y acepté con gusto pertenecerle en secreto. Me hizo una marca con una tinta indeleble que simula una peca perfectamente"
"¿Dónde te hizo esa marca?".
"En un sitio del cuerpo bastante oculto. ¿Te gustaría?".
"Desde luego que sí. ¿Qué tengo que hacer?".
"Déjame hacer a mí". Le bajó la cremallera, le desabrochó el pantalón y se lo bajó hasta los tobillos, para después quitárselos completamente. Héctor le ayudó en esta acción. "Ahora levanta las piernas hasta tocar las rodillas con la frente y ábrelas todo lo que puedas. Deprisa, se está haciendo tarde y Alejandro podría aparecer en cualquier momento. Imagínate lo que pasaría si nos viera así".
Héctor hizo lo que se le pedía. Todo su periné estaba a la vista. Se sujetó las corvas con ambas manos para estar cómodo, mientras Juan extraía una especie de bolígrafo del bolsillo de su chaqueta. Con la mano izquierda cogió su testículo izquierdo y lo apartó para dejar visible la entrepierna. Acercó su mano derecha con el bolígrafo hacia ese sitio y comenzó a dibujar la marca. Héctor sintió un ligero pinchazo. Se sentía complacido. Tenía un compañero y un amigo, que estaba dispuesto a compartir con él momentos de intimidad. Hacía tiempo que echaba de menos tener a alguien cercano con quien poder charlar de temas íntimos. "Ya está. Parecerá una mancha de la piel, pero tú y yo sabemos lo que quiere decir. Además de pertenecer a D. José, eres mío". Le dio una palmada en el culo. "Baja las piernas".
"Soy tuyo ¿no te gustaría tomar posesión dándome unos azotes?".
"Me gustaría mucho, pero no hay tiempo ahora. Alejandro estará al llegar."
Le ayudó a levantarse y a ponerse de pie. Le acarició el pene con suavidad. Héctor estaba completamente empalmado. "Vístete y baja a cenar. Y luego disfruta lo que puedas de tu primera zurra con Alejandro. Comprobarás que es memorable". Le dio un beso en los labios y se marchó por donde había venido.
Héctor se quedó de pie en medio de la habitación, sujetándose el paquete Con la mano. Ahora tenía dos amos. Vaya día. Pero estaba feliz y excitado.
DIEZ
Héctor se subió los pantalones confuso y muy excitado. Intentó reprimir los deseos de masturbarse y hacer tiempo antes de que llegara Alejandro. Sin embargo las experiencias de todo el día se le agolpaban: los azotes de don José, la promesa de nuevas palizas por parte de Alejandro, de Juan y del cocinero, las imágenes y dibujos de azotainas a chicos como él en las revistas, el vídeo de don José castigando a Juan, el culito del chofer enrojeciendo bajo la mano y el cepillo, la expresión firme y severa de don José, la humillación que el también había sentido al estar sobre sus rodillas, la exposición de sus piernas, su trasero y su pene desnudos ante hombres mucho mayores que él ... No pudo aguantar mas; se sentó en el sofá de su habitación, se bajó los pantalones de nuevo liberando su miembro totalmente erecto, y empezó a agitarlo con energía.
¡Héctor!
El grito le hizo temblar. La erección le bajó increíblemente rápido al ver a Alejandro mirándole con expresión severa.
¿Te parece bien lo que estás haciendo?
Estaba tan avergonzado que no sabía que decir. Empezó a balbucear excusas casi ininteligibles. Una oleada de terror le invadió al ver al mayordomo acercarse a él con pasos rápidos. Lo levantó del sofá para sentarse en él, y rápidamente lo colocó sobre sus rodillas. Le bajó el pantalón, que el muchacho había intentado medio subirse, y le subió la camisa dejando las nalgas de Héctor totalmente desnudas y accesibles a su mano derecha; con esta última empezó a masajearlas vigorosamente, preparándole para el castigo que el propio muchacho veía como inevitable y merecido según las normas de la casa.
No esperaba de un muchacho tan agradable como tu este comportamiento, Héctor. No creí necesario decirte que esos vicios no se te van a consentir en esta casa; iba a dejar tu castigo para después de cenar, pero veo que lo necesitas mas de lo que suponía, así que te vas a llevar un buen anticipo ahora mismo.
Mientras decía esto, el tanteo de las manos expertas de Alejandro le decía que las nalgas de Héctor estaban casi totalmente recuperadas de los azotes de aquella mañana y listas para un buen castigo. Levantó su mano todo lo alto que pudo y la dejó caer con estrépito en el culo que tenía sobre las rodillas. Héctor aulló y una señal roja reprodujo a la perfección la palma y los cinco dedos de Alejandro sobre la nalga derecha del joven. Poco tiempo después la mano impactó con la misma fuerza sobre el otro carrillo.
Héctor chilló y forcejeó ante aquellos manotazos mucho mas fuertes que los de don José de aquella mañana; ¿de donde sacaba ese viejo tanta fuerza? Alejandro estaba realmente enfadado y Héctor sintió verdadero pánico; intentó levantarse pero la mano izquierda del mayordomo lo agarró firme mientras le amenazaba:
Ay de ti si te levantas; aguanta el castigo que te mereces.
El tono era tan frío que Héctor obedeció sin rechistar. A pesar de su enfado inicial, Alejandro bajó la fuerza de los azotes, en parte porque su propia mano se resentiría de lo contrario. Visiblemente mas tranquilo, azotó con calma el trasero del chico, que ya estaba visiblemente colorado, durante un par de minutos. Pasada la tensión del principio, Héctor empezó a llorar por el dolor y por todas las emociones acumuladas durante el día. Alejandro interrumpió el castigo, no por compasión ante los lloros, sino para poder continuarlo con calma después. Uno de sus mayores placeres era darle una buena azotaina a un chico antes de dormirse, y hoy no quería privarse de ese gusto por nada; y para eso las nalgas de Héctor no deberían estar demasiado resentidas a la hora de acostarse. Así que dejó de golpear al pupilo de don José y empezó a acariciarle suavemente el trasero:
Bueno, muchacho, ya está bien. Habías sido muy malo y había que corregirte en el momento... No llores. Ahora levántate y componte porque tenemos que bajar a cenar.
Héctor se levantó; Alejandro lo abrazó para confortarlo y le acaricio un poco más el culo.
Bueno, bueno, ya está.
Mas contento y mas tranquilo, Héctor se subió los pantalones y se lavó la cara en el baño. La cena fue muy agradable, y Alejandro le permitió colocar un cojín en la silla, ante la mirada maliciosa del cocinero.
Veo que el caballerete ha sido castigado ya. Eso es lo que hay que hacer, la mano dura es lo mejor con los jóvenes.
Alejandro estuvo de lo más amable y hasta le contó alguna que otra anécdota divertida. Tras la cena pasaron al salón y siguieron charlando un rato hasta que el mayordomo anunció que era hora de retirarse.
Supongo que estarás cansado después de un día tan agitado, y además tenemos un asunto pendiente antes de que acabe el día.
Un escalofrío recorrió todo el cuerpo de Héctor.
¿Un asunto pendiente?
Por supuesto. La azotaina anterior castigó tu pequeña depravación, pero tienes un castigo pendiente que don José me encargó esta mañana. No pensarías que íbamos a dejarlo de lado.
Pero yo... -Héctor estaba indignado y volvía a tener ganas de llorar-. No veo por que tengo que ser castigado otra vez.
Estás empezando tu aprendizaje y debes de ser obediente. Los azotes te vendrán muy bien, y además estarás de acuerdo en que tu comportamiento los merece.
¿Me... me va a azotar otra vez?
Por supuesto, ya habrás notado que los azotes son el castigo mas frecuente en esta casa. A don José le gusta que sus pupilos se acuesten con el culito muy rojo, y tengo que reconocer que estoy totalmente de acuerdo con él en ese sentido. Por favor, retírate a tu habitación, desnúdate y espérame allí.
Héctor vio inútil el quejarse; subió a su habitación y se desnudó. Al verse desnudo, la perspectiva de volver a colocarse sobre las rodillas de Alejandro hizo, para su sorpresa, que volviera a tener una erección.
Alejandro no tardó en aparecer; contempló complacido y no enfadado el pene erecto del muchacho y, con expresión afable y sin mediar palabra, lo cogió de la mano y se lo llevó al sofá. Allí se sentó y colocó con delicadeza su cuerpo desnudo sobre sus rodillas. Observó y palpó con agrado el cuerpo que se le ofrecía, especialmente las nalgas aun bastante sonrosadas de los azotes anteriores. Empezó a darles palmadas de forma casi tierna.
El ritmo de los azotitos fue subiendo y su fuerza se incrementó. Sin embargo casi resultaban mas agradables que dolorosos, y Héctor empezó a sentir un gran placer en verse castigado por aquel hombre en aquella posición humillante. De vez en cuando Alejandro interrumpía los azotes y masajeaba durante un tiempo las nalgas deliciosamente coloradas de Héctor, para volver luego a las palmadas. A medida que el castigo se prolongaba, la acumulación de golpes sobre el trasero ya anteriormente escocido del muchacho se fue haciendo cada vez más dolorosa, sobre todo porque los masajes evitaban que la piel se endureciera y los nuevos azotes volvían a caer sobre piel blanda. El dolor casi insoportable de los golpes débiles pero reiterados, seguido del placer de las caricias de la mano maestra de Alejandro, se convirtió en una lenta tortura para las posaderas del desdichado Héctor. Tanto don José como Alejandro eran, en dos estilos muy distintos, auténticos expertos en el arte del azote de las nalgas de un muchacho.
ONCE
Mientras Héctor se sumergía en sus pensamientos, Alejandro cambió de rumbo, le obligó a abrir las piernas con la mano y comenzó a masajear sus muslos en sus caras posterior y laterales. Héctor comprendió entonces que su castigo no había terminado todavía. Su trasero le escocía algo menos, aminorado el enrojecimiento por la pomada, y esa sensación, sumada a la que estaba recibiendo en los muslos con los masajes, casi caricias, volvió a excitarle de manera que su pene estaba empezando a crecer de nuevo, comprimido contra los muslos de Alejandro.
El mayordomo se dio cuenta de la presión y abrió sus piernas para que el miembro de Héctor quedara libre entre ellas. Seguidamente pasó su mano izquierda por debajo de la cintura del muchacho, comenzó a acariciárselo lentamente con los dedos, y extendió sus caricias hacia el escroto y el periné. Héctor empezó a gemir por el acumulo de sensaciones placenteras que recibía a través de su piel. "Alejandro, no digo que no quiero que sigas, pero ¿por qué no me dejas que me masturbe por mi cuenta y ahora me lo estás haciendo tú?", dijo, en medio de la creciente excitación.
"Sabemos que necesitas desahogos con alguna frecuencia, pero sólo se te permitirán en determinadas ocasiones y siempre de forma controlada por alguno de nosotros, nunca por ti mismo, cuando tú lo desees. Es una de las consecuencias de la firma que llevas sobre tus nalgas"- acarició la nalga derecha, donde la rúbrica del señor certificaba que le pertenecía a él- Héctor notó amplificado el escozor residual de la paliza-, y volvió enseguida a preparar los muslos. "Date la vuelta, muchacho". Así lo hizo y quedó tendido boca arriba sobre las piernas del mayordomo, haciendo evidente una poderosa erección. Volvió a coger el pene con su mano izquierda y con la derecha empezó a masajear la cara anterior de sus muslos. "Vas a recordar esta zurra durante mucho tiempo, te lo aseguro".
La excitación de Héctor crecía, ante las expertas caricias y masajes del mayordomo. Su respiración se hizo pesada, los gemidos eran cada vez más evidentes, su cuerpo se tensaba y Alejandro contemplaba complacido el proceso. Los masajes sobre los muslos y las rodillas eran casi más excitantes que las caricias genitales. ¿Se le habría incrementado la sensibilidad de la piel de las piernas por el hecho de llevarlas al aire?
¿Qué le tenía preparado Alejandro para esa noche?
"Ya estás preparado, chico, date la vuelta de nuevo". Lo hizo, y sus nalgas quedaron de nuevo expuestas. Cada vez era más consciente de su falta de control sobre su voluntad. La mano izquierda de Alejandro volvió a deslizarse por debajo de su cintura y le agarró fuertemente el pene y el escroto, lo que le hizo estremecerse de placer. De improviso, sintió un fuerte azote sobre la parte posterior del muslo derecho, luego del izquierdo y después, insistentemente, sobre uno y otro, sin descanso. Al tener las piernas abiertas, los golpes cubrían casi toda la superficie de los muslos entre el pliegue glúteo y las corvas, incluyendo los laterales y las caras internas. Héctor cerró los ojos y apretó los dientes.
"Aguanta muchacho"- le dijo Alejandro mientras le azotaba los muslos continuamente. La sensación de picor comenzó muy pronto. El picor se transformó en escozor y después en calentura. La sensación de repleción genital aumentaba cada vez más, alimentada por la presión de la mano del mayordomo, por la sensación de calor en los muslos, y por el exquisito placer que sentía al saberse sometido por completo a la voluntad de otro hombre. Cuando el dolor comenzaba a ser insoportable, Alejandro paró. "Ahora vuelve a darte la vuelta".
Entonces comenzó el mismo proceso sobre la cara anterior de los muslos, a la vez que proseguía la presión sobre los genitales. No sabía qué era mayor si el dolor sobre los muslos o la excitación genital. Y sin embargo, no estaba acostumbrado a resistir tanto tiempo sin eyacular. El mantenimiento de aquél nivel de excitación sin descargarse le estaba volviendo loco. Abrió los ojos y contempló la escena. La mano derecha de Alejandro subía y bajaba alternativamente, estrellándose contra sus muslos, que ya tenían un uniforme color púrpura. No sabía cuántos azotes había recibido ¿serían cincuenta o sesenta? No estaba seguro. Quizá se le estuviese haciendo el rato muy largo y fueran muchos menos. ¿O quizá muy corto y hubieran sido muchos más? El sonido de los golpes llenaba la habitación y penetraba en su cerebro amortiguado, como lubricado con vaselina.
Alejandro paró repentinamente y apartó la mano de los genitales del muchacho. "¿Tienes algo que decirme, chico?". "No señor"- respondió Héctor. Dos azotes más cayeron con una enorme intensidad sobre los muslos del muchacho, haciéndole gritar. "Tienes que aprender- dijo el mayordomo- que estos castigos son por tu bien. Por lo tanto, tendrás que acostumbrarte a dar las gracias".
"¡No!", gritó el muchacho. Aquello le parecía demasiado. Tener que darle las gracias encima le parecía demasiado humillante. Dos nuevos azotes aún más fuertes. Las lágrimas aparecieron entonces como torrentes en sus ojos. "Estoy esperando, Héctor. ¿No te das cuenta de que tienes que doblegarte a mi voluntad? Vamos muchacho, dilo y todo habrá terminado por hoy. No te resistas, es inútil".
"No lo haré, hostias"- respondió con voz entrecortada, mientras el llanto se desbordaba, como el de un niño desconsolado.
"Está bien, Héctor. Tendremos que empezar de nuevo. Date la vuelta otra vez.". En esta ocasión, el mismo mayordomo condujo los movimientos del muchacho sobre sus rodillas. Los azotes se reanudaron sobre sus nalgas con intensidad creciente. El dolor era cada vez más insoportable, pero la excitación no decrecía, a pesar de que ya no sentía la mano de Alejandro sobre sus genitales. Lloraba ya sin frenos.
"Por favor, Alejandro, no puedo recibir más azotes". Pero los azotes no cesaban. "Claro que puedes, chico. Descubrirás poco a poco que eres capaz de recibir muchos más de los que tú creías. Sólo estoy esperando que me des las gracias por tomarme la molestia de educarte y pararé".
"Está bien, Alejandro"- no podía más. "Gracias".
Pero los azotes no pararon.
"No es suficiente. Repite conmigo: Te doy las gracias, Alejandro....".
Héctor lo repitió. "...por estos azotes que me merezco....".
Los azotes continuaban. Héctor lo repitió.
"...y que me das porque me quieres".
"Y que me das porque me quieres, repitió Héctor, en un sollozo incontrolable".
Los azotes se interrumpieron y en ese mismo momento eyaculó sobre el sofá, entre las piernas de Alejandro, en varias oleadas de placer. Era el mayor orgasmo que había tenido nunca. Su cuerpo se curvó hacia atrás, para afrontar aquélla marea imparable, y después de unos segundos interminables, se desplomó.
Héctor seguía llorando. Había perdido todo el control sobre sí mismo. Estaba desatado. Lloraba como no había llorado nunca de niño. Toda la energía que había acumulado desde la infancia se había derramado en ese llanto. Había dado el último paso en perder toda autoridad sobre sí mismo y en entregársela a sus nuevos amos. En este momento, se había convertido en un esclavo.
Definitivamente, aquélla zurra no la olvidaría en la vida.
Alejandro volvió a administrarle con cuidado una buena dosis de pomada calmante sobre su pobre culo y sus atormentadas piernas. "Bien, Héctor. Has aprendido la lección, muchacho. Ahora has comprendido".
Las cariñosas caricias de Alejandro le consolaban y se extendían sobre la piel castigada. Realmente se sentía agradecido por aquél momento y porque había descargado toda su rabia acumulada durante años. Ahora estaba completamente relajado y listo para empezar su nueva vida bajo el cuidado y las órdenes de D. José y de Alejandro.
"Levántate, ponte el pijama y acuéstate. Mañana tienes que madrugar".
Héctor se levantó y se quedó de pié, frente a Alejandro. Este se levantó también. Entonces Héctor le abrazó con fuerza. Quería a aquél hombre como si fuera su padre. Alejandro se dejó abrazar y colocó sus manos sobre el trasero de Héctor, acariciándole con ternura. "Bien, muchacho, bien. Bienvenido a la familia". Se desprendió del abrazó y salió de la habitación.
Héctor se frotó suavemente el culo con ambas manos y fue en busca del pijama, hacia el armario. Lo encontró en uno de sus cajones. Al desdoblarlo, se dio cuenta de que el pijama también era de pantalón corto. "Naturalmente", pensó, mientras sonreía. Se lo colocó rápidamente y se acostó boca abajo, después de comprobar que la presión de las nalgas contra la cama aún le molestaba. "Mañana se habrá pasado". Y dicho esto, se durmió exhausto.
DOCE
Héctor salió disparado del salón hacia el piso de arriba para cambiarse de ropa. D. José le había dicho que encima de la cama tendría preparada la ropa de deporte.
Esa mañana tenía preparada la ropa que llevaba ahora sobre una silla de su cuarto: unos pantalones muy cortos grises (quizá quería que fuesen visibles los resultados de la zurra de anoche sobre los muslos), un polo azul de manga corta y unos calcetines largos azules con dos bandas grises en la vuelta bajo la rodilla.
Subió las escaleras de dos en dos, tenía ganas de mover un poco el cuerpo. Al llegar arriba y doblar la esquina se dio de bruces con una mujer quien, por la fuerza del encontronazo cayó hacia atrás y quedó sentada sobre el suelo. Era una mujer enorme, de avanzada edad, con una prodigiosa cintura, vestida con una bata de rayitas azules. Le miró desde el suelo con sus ojos pequeños y maliciosos y una mueca de disgusto en los labios.
"¿Dónde crees que vas con esa prisa jovencito?"- le dijo la mujer redonda.
"Perdone yo.... no la había visto. Déjeme que le ayude". Se inclinó para cogerle por...entonces se quedó mirándole, ¿por dónde la cogía? Aquello parecía inabarcable. Se decidió por sujetarla por las axilas y tiró de ella hacia arriba con toda su fuerza. Logró separarla unos centímetros del suelo después de un ímprobo esfuerzo pero entonces, el peso muerto de la mujer le venció y volvió a caer sobre su trasero, arrastrando al muchacho que cayó sobre ella, con sus piernas sobre los desmesurados pechos de la mujer y sus ingles directamente sobre su cara. La mujer gritó asustada y puso los ojos bizcos para poder concentrar la mirada sobre el pantalón del chico.
Su voz sonaba amortiguada bajo la los bajos de Héctor; "¡Socorro, quítate de encima ahora mismo; asesino!".
Héctor se levantó como pudo. "Perdone, yo sólo quería ayudarle".
Entonces la mujer se inclinó lateralmente, dobló las rodillas y apoyándose en un pie, consiguió ponerse en pie, mirando de frente al muchacho con los labios apretados de rabia y las manos en las caderas. "Así que no me habías visto, gamberro. Vas a aprender ahora mismo que no se puede ir por la casa como una apisonadora". Le cogió por la mano y arrastró al chico hacia el otro extremo del pasillo, en donde había una mesita con una lámpara y una silla".
"Señora, ha sido sin querer, yo no sabía que estaba usted aquí"- se excusaba Héctor inútilmente, sin saber qué pretendía hacer con él aquélla mujer tan enfadada.
"Sólo faltaría que lo hubieras hecho a drede". La mujer se sentó en la silla y tiró de la mano del joven para colocarlo sobre su falda. "Vas a saber lo que es bueno. ¿Ya sabes por qué hay tantas sillas en la casa?". Realmente se había fijado de que en los pasillos había sillas por todos los rincones, pero no le había sorprendido demasiado.
"Pero señora, por favor, le pido perdón otra vez", el chico no sabía qué decir pero ya tenía una idea de lo que se proponía hacer la mujer. Cayó sobre sus piernas, balanceando las suyas y su cabeza a ambos lados. "No, por favor, no puede hacer eso, le pertenezco a D. José y a él no le gustaría", pensó que aquello podría hacerle cambiar de opinión.
"Descuida jovencito. Todos en esta casa tenemos permiso para calentarte el culo si te hace falta". A la vez que hablaba buscaba en el pantalón del muchacho. Entonces se oyó un sonido de velcro y la parte trasera de su pantalón se desprendió en bloque, dejando sus nalgas al descubierto.
¿Cómo había hecho eso? El no se había dado cuenta en todo el día de que hubiera un mecanismo de esa clase en sus pantalones.
Entonces la mujer se descalzó el pie derecho y fue a inclinarse para coger la zapatilla del suelo, pero su cuerpo y el cuerpo del chico que tenía encima se lo impedían. Entonces le dio un azote con la mano sobre las nalgas desnudas. "Coge mi zapatilla y dámela ahora mismo", dijo en tono autoritario.
"¡Ay!, por favor, no".
"Que la cojas te he dicho o te daré el doble".
Héctor se estiró para coger la zapatilla y luego se dobló para alcanzársela a la mujer.
"Ahora verás", dijo ella, después de coger su zapatilla. Comenzó a azotar al chico una vez tras otra. Las sensaciones eran mucho más dolorosas y masivas que las recibidas con la mano. Cuando se cansó de golpear el trasero, empezó con los muslos. Héctor gritaba con cada golpe y pedía clemencia. "Ay, Señora, por favor, le prometo que no volveré a correr por la casa. ¡Ay!"
Cuando se hubo cansado, tiró la zapatilla al suelo y puso su mano sobre el trasero del chico. "Espero que esto haya hecho que cambies de actitud y vayas con más cuidado en lo sucesivo. Levántate y ve a tu cuarto. Allí encontrarás la ropa de deporte sobre la cama".
Héctor se levantó y se frotó las posaderas con ambas manos, mirando hacia atrás para ver si habían quedado marcas, porque la paliza había sido intensa. Luego, con la cabeza baja, el culo al aire y el trasero del pantalón colgando por detrás de sus muslos fue caminando despacio, mirando hacia atrás para ver si la mujer seguía allí. Y allí estaba con los puños en las caderas y los labios apretados, de pie, en medio del pasillo. Cuando llegó a su habitación, comprobó que la ropa estaba sobre la cama. Una camiseta de manga corta, un pantalón blanco minúsculo que apenas debía cubrirle las nalgas y unas medias también blancas.
TRECE
Héctor se puso la ropa de deporte; el pantalón era tan corto que le dejaba la esquina de las nalgas al aire. Se miró en el espejo; supuso que el tono rosáceo de los muslos sería imperceptible para alguien que no supiera que había recibido azotes, sin embargo sí se notaba el enrojecimiento en el extremo superior de los muslos y en las esquinas de las nalgas al lado de la cadera, que el pantaloncito dejaba al aire. Además era muy apretado, con lo que el culo quedaba perfectamente dibujado e incluso se marcaban los genitales por delante. Sin embargo, Héctor pensaba mas en la azotaina que acababa de recibir; se acarició el trasero; metió la mano bajo el pantalón y notó aun el calor de la zurra, que casi quemaba.
Al bajar a la entrada de la casa, Alejandro le esperaba con cara de pocos amigos. Le indicó que salieran fuera de la casa.
Elisa, la señora de la limpieza, me ha informado de tu comportamiento. Si no me hubiera dicho que ya te ha castigado debidamente, te daría una paliza ahora mismo. Déjame ver.....
Fue hacia él y le introdujo la mano derecha por dentro del pantalón. Afortunadamente para Héctor, la casa estaba bastante aislada y no se veía a nadie por el jardín. Alejandro palpó con esmero y probablemente con deleite el culo rojo y caliente de Héctor y, no contento con esto, le bajó los pantalones hasta la mitad de los muslos y observó las nalgas con atención mientras seguía acariciándolas. El pene de Héctor empezaba a engordar ante estas caricias.
Bueno, el castigo no ha estado mal, pero si me vuelvo a enterar de que andas atropellando a la gente por la casa te vas a llevar una azotaina mucho peor que esta. ¡Andando! -Y le soltó un par de azotes inesperados sobre el culo escocido, uno en cada nalga. Héctor soltó un pequeño grito de dolor.
A continuación Alejandro le obligó a correr alrededor del parque que rodeaba la casa; el mayordomo, que se había puesto un chándal, le acompañó en algunos tramos y demostró estar en plena forma a pesar de estar al límite, o tal vez más allá, de la edad de jubilación; por eso podía pegar esas azotainas tan largas y no caer agotado. Después de correr y de hacer una tabla de gimnasia, Héctor quedó totalmente extenuado.
De acuerdo, basta por hoy. Venga, a la ducha.
Los dos hombres entraron de nuevo en la casa. El baño que había junto a la habitación de Héctor no tenía ducha, así que fue a otro baño del mismo piso, muy espacioso; pero al ir a cerrar la puerta, notó que no tenía ningún tipo de pestillo ni forma de evitar que cualquiera entrara. Aquello le mosqueó; no le sorprendió cuando al poco rato Alejandro entró sin llamar y con toallas.
Había ido a buscar las toallas. Ya tienes todo listo.
Héctor se quedó quieto esperando a que se marchara. Sin embargo Alejandro ni se inmutó.
¿A que estás esperando? Dame tu ropa, para echarla a lavar.
Te la puedo dejar ahí y la recoges luego.
No deberías decirme como tengo que hacer las cosas, jovencito. Desnúdate y entra en la ducha o te pondré el culito aun mas caliente de lo que lo tienes.
De mala gana, Héctor se quitó la camiseta, las zapatillas, los calcetines, y finalmente el pantaloncito; cada prenda que se quitaba, la recogía Alejandro. Cuando estuvo desnudo, Alejandro siguió sin retirarse. Quería verlo entrar en la ducha. Héctor se dio la vuelta y entro rápidamente en el recinto de la ducha, mientras notaba la mirada de Alejandro contemplando con satisfacción sus nalgas todavía rojas. Por fin Alejandro se fue y Héctor abrió el grifo del agua.
Al salir de la ducha, el mayordomo volvía a estar allí esperándole; se había quitado el chándal y llevaba el uniforme normal de trabajo. Volvía a parecer muy enfadado.
Héctor comprendió en seguida por que al ver el suelo bastante encharcado.
¿No sabes cerrar bien la puerta de la ducha, Héctor? Mira como has puesto el suelo; Elisa tendrá que volver a fregarlo.
Yo.....
No tuvo tiempo de responder nada. Alejandro se quitó la chaqueta y se remangó la camisa.
Por favor, Alejandro. Fue sin querer...
Pero la mano del mayordomo ya estaba buscando su culo. Se las arregló para colocar el cuerpo desnudo y mojado de Héctor frente al espejo sin apenas mojarse la ropa, y le soltó una ristra de cinco o seis sonoros azotes:
Ya te daré yo a ti "fue sin querer”....
Héctor se llevó las manos al culo; los azotes sobre la piel mojada dolían el doble que sobre la seca y estaba a punto de llorar. Alejandro lo arropó con la toalla y empezó a secarle el pelo con cierta brusquedad.
Ya hablaremos luego. Venga, a la habitación -dijo, mientras le ceñía una toalla a los hombros y otra a la cintura.
Con el culo dolorido, Héctor fue guiado a su habitación. Sobre la cama había un uniforme limpio. Alejandro no se fue; se puso a secarlo con calma, y Héctor no se atrevió a resistirse. Cuando estuvo totalmente seco, le retiró las toallas y se sentó sobre la cama. Como Héctor se temía, lo hizo tumbarse totalmente desnudo sobre sus rodillas.
Eres muy despistado, Héctor. Y los despistes hay que castigarlos.
Le masajeó un poco las nalgas, y comenzó a azotarlas. Los golpes no eran fuertes pero la piel del trasero estaba bastante escocida y el muchacho se quejaba. Alejandro dudó, y trasladó el castigo a la parte trasera de los muslos. Tras unos minutos, cuando los muslos estuvieron del mismo color rojizo de los glúteos, decidió interrumpir el castigo.
Tendremos que dejarlo aquí. Don José te espera.
Levantó a Héctor de sus rodillas, le acaricio un poco el pelo, le sonrió ligeramente y se marchó dejándolo allí de pie desnudo. El muchacho recordó la clase de Don José. ¿Llegaría a tiempo?
INTRODUCCION:
Héctor es un tímido joven que responde a un anuncio en el que se oferta un trabajo en la mansión de un millonario.
UNO
Héctor era un joven de veintipocos años. De pelo negro y ojos oscuros, su mirada era todavía curiosa y detrás de ella podía advertirse su inseguridad. Vestía de manera informal con vaqueros y camiseta amplia y negra, con un intrincado dibujo. Tal como aquél hombre le había pedido, se acercó a él, tratando de mantenerle la mirada, lo que conseguía a duras penas y con mucho esfuerzo.
"Como te he dicho ya, Alejandro está ya bastante mayor y no puede encargarse de algunos trabajos. Necesito una persona que sea fuerte que pueda cargar bultos, traer la compra, hacer las tareas del jardín, limpiar la piscina, lavar el coche, etc., y, a la vez que tenga algún conocimiento, aunque no sea mucho, de informática, para llevar el correo, una pequeña contabilidad, y el control de los libros de la biblioteca. A cambio te ofrezco el alojamiento, la manutención y, lo más importante, tu formación, de la que me encargaré yo mismo, hasta donde llegue. Has de tener en cuenta que viajo con frecuencia. Por tanto, contrataré a un profesor para cuando yo no esté o para las materias que yo no domine. Tendrás un día libre a la semana y una pequeña cantidad de dinero para esas salidas. Si necesitas más permisos deberás pedirlos con antelación y justificadamente.
He de advertirte que soy muy exigente-subrayó el adverbio-, tanto en lo que respecta a las tareas domésticas como a los resultados académicos. Exijo un respeto razonable. Me gusta la puntualidad y no me gusta la pereza, la desidia o el desorden". Estas palabras las dijo mirándole fijamente, y acercándose a él, como queriendo subrayarlas de forma que no admitiera contestación. "Si te interesa, el trabajo es tuyo".
Héctor se sentía intimidado por aquella mirada tan intensa, por lo que no pudo evitar desviar la suya. Parecían unas condiciones muy duras, pero no tenía nada mejor. O aquello o la calle. Por otra parte, tendría la oportunidad de prepararse para conseguir un trabajo mejor llegado el momento. Sin embargo, sentía en algún sitio de su cuerpo una vaga sensación de peligro, detrás de la cual se adivinaba una extraña excitación. ¿De dónde venían esas dos sensaciones? No lo pensó dos veces: "Creo que podré hacerlo, acepto".
"Muy bien, entonces, te espero mañana mismo a las ocho en punto. No me gusta que me hagan esperar. Alejandro te acompañará a la salida". El mayordomo, que no parecía tan viejo como el señor decía, le señaló la puerta. Héctor saludó y se dispuso a marcharse. "Ah ¡una última cosa! Mientras trabajes en esta casa, llevarás un uniforme adecuado. Alejandro te tomará las medidas para encargártelo. Hasta mañana".
Ya en la calle, después de que el mayordomo le hubiera medido, Héctor trató de reflexionar sobre lo que había ocurrido. ¿Un uniforme? No le gustaba mucho la idea, pero pensó que se trataría de una excentricidad más de su nuevo jefe. Ahora tenía mucho trabajo. Recoger su apartamento, hacer la maleta, devolver las llaves al casero....Iba a tener una buena habitación en una casa de campo con piscina, jardín.... Tenía sus ventajas. Y aquél hombre.... ¿qué era lo que le atraía de él con tanta intensidad?
Aquélla noche no pudo dormir bien. Estaba muy excitado pensando en su futuro a corto plazo. Eran las ocho menos cuarto cuando se despertó. No iba a llegar a tiempo. Se levantó de un golpe, se vistió rápidamente, cogió la maleta, que ya tenía preparada y salió como una estampida sin desayunar. Llegó casi sin resuello a la puerta de la casa cuando ya habían dado las ocho y media. Alejandro abrió la puerta: "El señor le espera hace rato en su despacho. Acompáñame a su habitación donde dejará sus cosas y se cambiará de ropa"
Su habitación estaba en la segunda planta. Era amplia y acogedora y la ventana tenía unas hermosas vistas al extenso jardín. "En el armario tiene colgados varios uniformes. El señor ha ordenado que hoy se ponga el polo rojo y pantalón y calcetines azules"
Cómo ¿Ya estaban hechos los uniformes? Eso era rapidez. Abrió el armario y buscó en su interior. Colgado en la percha había un polo rojo de manga corta pero ¿y el pantalón? La respuesta la obtuvo al sacar el polo de la percha. Allí estaba el pantalón. Era azul, efectivamente, pero era un pantalón corto Aquello parecía algo perverso. No sabía muy bien qué hacer. Bueno, veamos cómo me queda. Se enfundó el polo y el pantalón. Éste era de una tela bastante cálida y agradable al tacto, lo cual no era lo peor pues era invierno y hacía bastante frío. La pernera le llegaba hasta más o menos un palmo de la rodilla, por lo que casi todo el muslo quedaba al descubierto y no era demasiado ajustada; quedaba un hueco entre la tela y el muslo. Menos mal que no tenía mucho pelo en las piernas, porque se sentía un poco ridículo. Por otra parte, el trasero del pantalón sí que estaba bastante ajustado y le remarcaba el culo de forma notable y también sus genitales estaban un poco comprimidos. Aquél hombre era un pervertido, definitivamente. Sobre el suelo del armario había unos calcetines azules, al lado de otros de varios colores. Al ponérselo se dió cuenta de que le llegaban hasta las rodillas, dejando una vuelta ancha por debajo de las mismas con dos franjas amarillas.
Se miró en el espejo de cuerpo entero que había en la puerta del armario. Ahí estaba él, un tío de veinticinco años, vestido como un colegial. Era bastante humillante. Sin embargo, sin venir a cuento, quizá por la presión del pantalón, empezó a notar una incipiente erección. No podía venir en peor omento. Tenía que presentarse en ese momento al jefe. Trató de distraer su atención, de pensar en lo ridícula y humillante de aquélla situación, pero aquello sólo aumentó su sensación de calor y tensión en los genitales. Bueno, ya se le pasaría. "Veamos a dónde nos lleva esto. Siempre estoy a tiempo de decirle que me voy"- se dijo. Echó una última mirada al espejo. El polo tenía una inicial en una lateral del pecho, la misma que en una de las perneras del pantalón, pero no adivinaba a qué obedecerían aquéllas letras.
"De cualquier modo, buen culo y buenas piernas. Si le gusta mirarlas, que se dé el gustazo, qué importa".
Abrió la puerta, salió al pasillo y bajó la escalera hasta el piso de abajo donde se encontraba el despacho del señor. Era muy tarde, pasaban tres cuartos de la ocho. "Espero que no se enfade". Alejandro se le acercó y le dirigió una mirada exploradora de arriba abajo (deteniéndose más en el pantalón corto y en las piernas), tras lo cual, hizo un gesto aprobatorio con la cabeza. Se dirigió a la puerta del despacho y llamó. Desde dentro se oyó "Adelante". Abrió la puerta y se apartó para dejarme paso.
DOS
El señor miró a Héctor con expresión severa desde detrás de su mesa. Le ordenó cerrar la puerta. A continuación le dijo que se acercara a él sin darle permiso para sentarse. Héctor cruzó las manos tras la espalda. El señor le preguntó en tono duro si le parecía que se había comportado correctamente esa mañana. Héctor no pudo sostener su mirada, bajó la cabeza y respondió "siento haber llegado tarde". La expresión del señor se dulcificó un poco: "bien, tendremos que hablar sobre esto. Por favor, siéntate".
Héctor se sentó al otro lado de la mesa. El señor empezó a hablar en el tono de voz que tanto le fascinaba. Empezó a explicarle que, aunque no era un hombre mayor, estaba muy chapado a la antigua y creía en la responsabilidad y en la disciplina. Que si alguien estaba a su cargo tenía que hacer las cosas como le mandaban sus superiores y ser obediente; y que si no las hacía así, debía ser castigado. Empezó a hablar sobre la importancia del castigo, sobre todo para un muchacho joven en edad de aprender, y empezó a referirse al castigo corporal. Héctor escuchaba asustado pero también con una curiosidad morbosa sobre donde iría a parar todo aquello.
Lamento no habértelo explicado ayer con la suficiente claridad. Tengo mi forma de hacer las cosas, y si quieres trabajar aquí tendrás que seguir mis reglas. Y mis reglas son estrictas; a mucha gente le escandalizarían, pero soy tan severo como justo. Por supuesto tienes la libertad de irte, pero si decides quedarte tendrás que ser castigado. No solamente ahora, sino todas las veces que tu comportamiento no me parezca el adecuado.
Se quedó callado, y Héctor se dio cuenta de que esperaba una respuesta. Una respuesta clara y probablemente definitiva. Se sorprendió a sí mismo pensando que la idea de abandonar aquel lugar y a aquel hombre le resultaba insoportable, y que la idea de recibir una formación estricta le atraía; sabía que era holgazán y débil de carácter, y que necesitaba ser tratado de esa manera. Musitó un débil "de acuerdo, señor".
El señor le miró complacido. "Muy bien, Héctor. Ven conmigo, por favor. Tengo algo que enseñarte". Se levantó y se dirigió hacia un lado del mueble que había en la habitación. Abrió uno de sus cajones y se apartó para que Héctor viera su contenido. En el cajón había varias reglas de madera, cepillos del pelo de forma ovalada, raquetas de ping-pong y también varas de bambú. Las varas le dieron una idea a Héctor de cual podía ser la función común de todos esos objetos.
¿Se te ocurre que tienen en común los objetos que hay en este cajón, Héctor? Por la expresión de tu cara, me parece que sí -mientras decía esto el señor se permitió una sonrisa maliciosa. Son instrumentos de castigo; muy adecuados para usar en el trasero de los jovencitos desobedientes. La naturaleza ha dotado al hombre de abundante materia carnosa en las nalgas. Eso las convierte en una zona perfectamente diseñada para el castigo corporal; pueden ser golpeadas de forma bastante severa sin causar más secuelas físicas que el enrojecimiento y el escozor. Tristemente, esta maravillosa cualidad de las posaderas hoy se desaprovecha en general de forma lamentable. Sin embargo aun quedamos algunos pocos a los que nos gusta sacarle partido. Y yo la utilizo para enseñar disciplina a mis empleados, Héctor. Ya que has decidido quedarte aquí, tendrás que aceptar el ser azotado con bastante regularidad -se apiadó ante la mirada aterrada del joven y mostró una media sonrisa.
No te preocupes, no voy a usar ninguno de estos instrumentos ahora, se te irán aplicando a medida que estés preparado para recibirlos; tus castigos siempre serán severos pero no brutales. Nunca seré más duro de lo que puedas soportar; pero tampoco menos. Por otra parte, la naturaleza nos ha dotado también del mejor instrumento de castigo que son las manos. Yo prefiero usar mi propia mano, establece una relación mucho más personal. Sin embargo, en breve, y según sea tu comportamiento, todos y cada uno de estos instrumentos habrán de usarse casi con toda certeza.
Héctor escuchaba y miraba a su jefe hipnotizado. La idea de ser azotado como los niños pequeños le humillaba tanto como le atraía de una forma retorcida.
¿Entiendes que debes ser castigado, Héctor?
El chico no sabía que contestar.
TRES
La erección de Héctor no había disminuido, por el contrario. La presión del pantalón corto y las palabras del señor estaban ejerciendo sobre él una influencia que le turbaban y le excitaban de un modo como antes no lo había hecho ningún otro estímulo. Nunca había sido un mojigato. Había tenido sus primeros escarceos con sus compañeros de colegio, con quienes había compartido caricias genitales y masturbaciones mutuas de aprendizaje adolescente. También había tenido aventuras con alguna chica, aventuras de las que había salido más o menos airoso. Pero sobre todo, había jugado consigo mismo. Casi podía decirse que era un experto onanista. Pero excitarse ante la idea de que le diesen una zurra en el culo, era algo que nunca se le había pasado por la cabeza.
Por otra parte, en la habitación no hacía ningún calor, y sentía frío en las piernas desnudas, lo que le hacía ser mucho más consciente de que su forma de vestir no era tampoco la habitual. Con frecuencia llevaba pantalones cortos en verano, porque era muy cómodo y agradable. Pero el traje de hoy añadía a la sumisión de aceptar los azotes, lo que se dio cuenta con asombro que estaba deseando intensamente, aceptar una norma que le rebajaba a la condición de niño, y aceptar traspasar la responsabilidad de su propia vida a.... (Cayó en la cuenta de que aún no sabía su nombre. Tenía que preguntarle cómo quería que le llamase).
"¿Entiendes y aceptas que debes ser castigado, Héctor?".
El chico no sabía qué contestar. Si decía que sí, perdería toda su autonomía de adulto y quedaría en manos de lo que el señor quisiese hacer con él. Pero, por otra parte, se sentía impelido a aceptar las condiciones, imaginándose cómo le sentaba la mano o cualquiera de esos instrumentos sobre su trasero, lo cual hacía su excitación cada vez más creciente, de manera que advirtió que su erección era ya apreciable desde el exterior. No pudo evitar ruborizarse. Levantó los ojos del suelo, sin levantar la cabeza, le miró sumisamente y dijo: "acepto, señor".
"Bien. Veo que Alejandro te tomó de forma experta las medidas. ¿Qué tal te sientes con tu nuevo traje?
"Un poco raro señor; nunca he llevado uniforme".
"Espero que entiendas que el uniforme forma también parte de tu proceso educativo. El llevar uniforme te recordará constantemente que hay unas normas que debes acatar y que sabes que no puedes infringir, so pena de ser castigado duramente. El pantalón corto enmarca bien tu trasero, (y por lo que veo también tu parte delantera-dijo, refiriéndose a la ya evidente erección), y ofrece tus muslos. Así, tu trasero y tus muslos estarán permanentemente al arbitrio de mi mano y de mis decisiones sobre tus castigos. Además te hará más duro y resistente, pues tendrás que acostumbrarte al frío en todo momento. Ya sabes que aquí los inviernos son duros y los veranos cortos. ¿Lo has entendido bien?".
"Creo que sí señor". Cruzó sus manos por delante para tratar de ocultar el bulto cada vez mayor que sobresalía de sus pantalones.
"En cualquier momento del día, estés donde estés, sea lo que sea lo que estés haciendo, podré darte una palmada en el culo o en las piernas o simplemente ordenarte que te prepares. Eso querrá decir que deberás dejar cualquier trabajo en que estés ocupado en ese momento y disponerte a recibir una azotaina. Ocasionalmente, si yo no estoy, Alejandro podrá administrarte algún castigo que yo haya dejado encargado. Él está perfectamente entrenado y acostumbrado a azotar traseros de jovencitos. No eres el primer muchacho al que enseño".
"He de decirte también que con frecuencia tengo invitados. Si en alguna ocasión tu comportamiento con ellos no resultara apropiado, podré cederles a ellos el derecho a azotarte. Deberás entonces colocarte como ellos te digan para que te puedan pegar cómodamente. Espero que te haya quedado claro, porque todo esto es muy importante".
Ya no había vuelta atrás. Estaba a su merced. Sintió el deseo de llevarse las manos al culo y frotárselo, anticipándose a las sensaciones que estaba muy cerca de sentir. "Está bien claro, señor. Mi culo y mis muslos son suyos".
"Así me gusta. Ahora date la vuelta." Hizo lo que se le ordenaba. El caballero le dio una firme palmada en el trasero. "Ya sabes lo que esto quiere decir. Prepárate para tu primera zurra".
CUATRO
Héctor estaba tan excitado como temeroso y avergonzado. Se dejó llevar cuando el señor lo cogió por el brazo y lo acercó al sofá que había en el despacho.
Este sofá será uno de los lugares donde tendrán lugar tus castigos, Héctor. Mírame y escúchame bien -le costó por la vergüenza que sentía, pero le miró a la cara-; debes colocarte bien sobre mis rodillas y quedarte quieto, o será mucho peor -el señor se sentó en medio del sofá. Échate sobre mis rodillas boca abajo -el chico empezó a inclinarse pero dudaba. ¡Vamos! -el señor lo empujó un poco hacia sí y Héctor se vio encima de sus muslos con la tela del sofá a un palmo de su nariz. ¡Colócate bien! El trasero encima de mis muslos, así -las palabras fueron acompañadas de un sonoro azote de aviso sobre el trasero de Héctor. El señor tras colocarle a su gusto sobre sus rodillas, le agarró el costado con la mano izquierda y puso la derecha sobre las nalgas del muchacho, que habían quedado bastante ceñidas y marcadas por el pantalón.
Está bien, Héctor. Ahora debes ser dócil, no patalear y no intentar protegerte con la mano. Voy a comenzar el castigo.
Mientras decía esto, le masajeaba el culo con la mano. La levantó lentamente, y tras colocarla a cierta altura la impulsó con fuerza sobre la nalga derecha de Héctor. No fue un azote muy fuerte, pero lo fueron más los siguientes, que empezaron a arrancarle al chico sus primeros quejidos. El señor le golpeaba a buen ritmo, alternando una y otra nalga sin prisa pero sin pausa, acariciando un poquito después de cada azote. Tras unos treinta golpes, aunque a Héctor le parecieron más, le mandó levantarse.
Héctor estaba sofocado, y también erróneamente aliviado pensando que eso había sido todo. El señor le sacó de su error:
Bájate los pantalones.
El chico le miraba alucinado y lleno de vergüenza.
¿Tendré que hacerlo yo, Héctor?
Como el joven seguía dudando, el señor, visiblemente molesto, le desabrochó el pantalón y le bajó la cremallera. Cuando Héctor intentó bajarse los pantalones él mismo, el señor le golpeó la mano y se los bajó hasta justo por encima de las rodillas. A continuación, Héctor se dejó caer de nuevo sobre los muslos del señor sin oponer resistencia.
Sin mediar palabra, los azotes continuaron. A Héctor le parecían mas fuertes que antes, aunque no estaba seguro de si realmente lo eran, o era su trasero el que tenía menos protección. Héctor emitía débiles quejidos, salvo cuando algún golpe era especialmente fuerte, entonces los gemidos eran casi gritos. Los lamentos parecían sinceros y no fingidos ni exagerados, lo cual complacía mucho al señor, que disfrutaba aumentando según su voluntad la intensidad del castigo o al contrario aliviando al pobre Héctor con azotes más leves. A través de la fina tela de algodón del calzoncillo podía palpar a la perfección las nalgas del chico, que estaban ya bastante calientes y seguramente también coloradas.
Decidió comprobarlo, y tiró para abajo de los calzoncillos. Héctor se sintió todavía mas avergonzado si cabe al imaginarse exhibiendo ante un hombre mayor que él su culo desnudo con las marcas visibles de la mano de su jefe. Este pensamiento sin embargo le excitó enormemente y la erección, que le había desaparecido por el dolor de los azotes, estuvo a punto de volver con fuerza. Solo estuvo a punto porque la mano del señor volvió a castigar el culo de Héctor, esta vez sin ninguna protección, y el chico no pudo pensar en nada más que en desear el final de su castigo. La piel de Héctor no era dura, y las nalgas estaban bastante más rojas de lo que el señor se hubiera imaginado. Se sentía feliz dándole su merecido al muchacho, tocando y castigando su bonito culete, y pensando en todas las veces que le tendría a su merced sobre sus rodillas en aquel sofá. Sin embargo no podría mantener el ritmo de azotes mucho tiempo sin causarle moratones, así que paró durante unos instantes y empezó a acariciar las nalgas del sofocado muchacho.
Debes aprender a comportarte, Héctor. ¿Entiendes lo que les pasa a los muchachos desobedientes? -intercaló un azote- Se les castiga -otro azote sobre la otra nalga- como a niños malos -siguió intercalando las regañinas entre las caricias y los azotes: cuando no seas bueno...... como hoy.... te pondré sobre mis rodillas... y te pondré el culete rojito, rojito..... ¿Duele, verdad? ..... La próxima vez lo pensarás antes de llegar tarde.... Veo que eres de los que necesitan mano dura..... Pero conmigo la vas a tener.... Ya lo creo que sí... La próxima vez vas a probar mi zapatilla ... Porque habrá una segunda vez, y una tercera .... Ya he tratado con chicos como tu y sé lo que hay que hacer con ellos.... Nada como una buena azotaina.... Sé que no va a hacer que te portes bien siempre..... Pero sí que seas un poco menos malo..... Y además sería injusto que un chico malo no recibiera un castigo.....
El sermón del señor no esperaba respuestas, pero Héctor las daba entrecortadamente entre gemidos y exclamaciones de dolor:
Sí, señor.... por favor.... no..... sí duele.... me portaré bien.....
El señor espaciaba cada vez más los golpes entre las regañinas, y finalmente se vio con la mano levantada dudando si golpear de nuevo. No le dolía mucho la mano, porque estaba más acostumbrada a dar azotes que el culo de Héctor a recibirlos, pero decidió que no estaba mal para una primera vez. Descargó el último golpe y contempló satisfecho el color rojo intenso de las nalgas de su empleado, al mismo tiempo que las manoseaba. Héctor encontraba reconfortantes estas caricias.
Muy bien, Héctor, has recibido tus azotes sin patalear como un chico grande. Ahora vas a pasar una hora de cara a la pared y tu castigo habrá terminado. Durante esa hora no quiero que te des la vuelta, ni que te subas los calzoncillos, ni que te toques el culo. A continuación te volverás a poner sobre mis rodillas; si has sido bueno, te aplicaré una pomada que te aliviará mucho. Si no haces lo que te digo, tendrás que llevarte unos azotes mas, ¿esta claro?
CINCO
Héctor se levantó de la posición de castigo sobre las rodillas de su jefe. Instintivamente, se llevó las manos a las nalgas, para frotarlas.
"¿No me has entendido bien, Héctor?- dijo, mientras le propinó un fuerte y sonoro azote en la parte posterior del muslo izquierdo, que hizo que Héctor se encorvara hacia un lado, a la vez que gritaba de dolor".
"Ah ¡lo siento señor, no volverá a ocurrir!".
Se dirigió cabizbajo hacia la pared que se le había indicado y se colocó frente a ella, con las manos cogidas por delante del cuerpo. Un ligero reguero húmedo corría por sus mejillas. La vergüenza y la humillación le provocaban un nudo en la garganta. Pero la excitación producida por las sensaciones ardientes en la piel de su trasero tras la azotaina, era más poderosa. La erección seguía ahí. Sabía que su jefe la había visto, por lo que ya no podría ocultarle que someterse a su voluntad ejercía sobre él una intensa, enfermiza excitación. Lo deseaba. Deseaba pertenecerle. Y ya no había vuelta atrás. El señor lo había comprendido y había tomado posesión de él, sin contemplaciones.
El caballero se levantó del sofá y se sentó delante de su mesa de despacho. Ordenó los papeles y se dispuso a leer unos informes, cuando hizo aparición en la puerta Alejandro. Se acercó a la mesa y dirigió una mirada hacia el culo del muchacho. "Señor, el correo"- lo depositó sobre la mesa. "Veo que el muchacho ha recibido su primera zurra. ¿Qué le ha parecido al señor?
"Creo que servirá, aunque aún le queda mucho por aprender. Quiero que esta noche lo refuerces tú. Ha de acostumbrarse a las dos manos. Ahora retírate; he de completar el proceso de recepción".
"Con mucho gusto señor. Será un placer- masticó las últimas palabras, mientras le miraba de nuevo de arriba abajo, a la vez que se dirigía hacia la puerta".
"Joder, exclamó en su interior el chico. Esta noche me va a zurrar el mayordomo y aún no me habré recuperado de esta paliza".
"Quedan un par de cosas, Héctor. No te vuelvas aunque te hable. La primera es tu horario. Te levantarás a la siete, te vestirás con el uniforme de trabajo, que incluye unos cómodos pantalones cortos y unos calcetines de lana gruesa, para abrigarte del relente de la mañana, bajarás a desayunar y trabajarás durante una hora en el jardín. No importa que no sepas nada de jardinería. Alejandro te instruirá y más te vale aprovechar sus lecciones. Después te ducharás y vestirás el uniforme normal. Cada día echarás a la ropa sucia el uniforme del día anterior y vestirás uno limpio. Luego te presentarás a mí a las nueve en punto de la mañana, para comenzar tu educación. Pero eso será mañana. Hoy dedicarás el día a atender las explicaciones de Alejandro, que te enseñará la casa y terminará de aleccionarte sobre tus deberes y el horario. Escúchale bien, porque tiene la mano muy ligera y orden de ser severo contigo. Descubrirás por otra parte que es cariñoso a su manera y velará porque no te falte de nada".
"La última cosa muchacho. Tengo la costumbre de sellar los pactos por escrito. Mensualmente, renovaremos nuestro acuerdo, mientras no haya ninguna objeción por parte de alguno de los dos, con una zurra y una firma. Firmaré yo sobre tus nalgas con un bolígrafo especial, cuya tinta dura aproximadamente un mes sin borrarse. Cuando la firma esté próxima a desaparecer de tu culo, vendrás a mí despacho con el bolígrafo, que guardarás en tu habitación, me lo ofrecerás, te bajarás los pantalones y te colocarás en la posición que ya conoces, para que yo pueda renovar el contrato. Así todos los meses, mientras estés en esta casa a prueba. Mientras te duchas comprobarás el estado de mi firma en tu trasero y evitarás que desaparezca o, de lo contrario, probarás alguno de estos instrumentos que te he enseñado. ¿Has entendido bien?".
Otra humillación. Pero qué más daba. Ya le pertenecía. ¿Qué importaba que se hiciera visible sobre su piel? "Sí señor, descuide".
Bien, entonces, sellemos el trato; ven aquí y ponte en posición".
Héctor se volvió y dijo: "Antes de nada, señor, no conozco su nombre. ¿Cómo he de llamarle?".
"Puedes llamarme Don José. Es mi nombre."
"Está bien, Don José". Se subió los pantalones para poder andar cómodamente, se dirigió hasta él y al llegar a la mesa, se detuvo, volvió a bajárselos, se dio la vuelta para ofrecerle el culo y le dijo: "Estoy listo Don José".
"Antes de proceder. Me olvidaba de algo importante. Tu uniforme no incluye calzoncillos. Llevarás los pantalones cortos sin ropa interior. Es un detalle más de tu completa e inmediata disposición para el azote. ¿Aceptas todos los términos?"
SEIS
Castigado de cara a la pared, con las manos en la nuca, los pantalones y los calzoncillos a la altura de los rodillos, y la firma de su jefe en una nalga, Héctor intentaba reflexionar sobre lo que había pasado. No podía pensar demasiado porque le obsesionaba el escozor que sentía en el culo; se moría de ganas de frotárselo pero oía de vez en cuando a Don José pasar hojas o escribir en la mesa. Giró tímidamente la cabeza para ver si le estaba mirando, pero fue inmediatamente descubierto por Don José.
Si vuelves a girar la cabeza te volveré a poner sobre mis rodillas, Héctor. Tal vez no sea un mal momento para que pruebes mi zapatilla.
Héctor fue obediente. Sin embargo se iba cansando y le empezaban a doler los brazos. Tampoco le era muy atractiva la idea de sentarse pero no aguantaría mucho más tiempo de pie, y no sabía cuanto le quedaría aun por cumplir de la hora de castigo. Estaba a punto de pedir clemencia cuando oyó levantarse a Don José. Contrajo los glúteos de forma involuntaria; ¿No le iba a perdonar el pequeño desliz de haber girado la cabeza sin permiso? ¿Le iba a azotar otra vez?
Sintió que su jefe se colocaba detrás de él, y sin decir palabra notó su mano palpándole el culo.
Bueno, Héctor, te has portado bastante bien, así que por ser el primer día te perdono el resto del castigo. -Dijo mientras le acariciaba con calma ambas nalgas. El culo aun estaba más que colorado y el masaje de su jefe era realmente aliviador para Héctor. En ese momento Alejandro entró discretamente en el despacho y contempló de nuevo detenidamente el trasero de Héctor. El muchacho supuso que don José habría pulsado un botón en su mesa para llamarlo.
Lamentablemente me tengo que ir, pero Alejandro se encargará de ponerte la crema que te había prometido. El culete te escocerá aun unas cuantas horas y te dolerá al sentarte, pero no tienes ninguna magulladura. Ahora quedas al cargo de Alejandro durante el resto del día. Puedes subirte los pantalones y retirarte.
Acompañó sus últimas palabras con una palmada que hizo a Héctor dar un respingo.
Gracias, señor - se subió los calzoncillos, agarró los pantalones y se marchó seguido de Alejandro.
Una vez fuera Alejandro le miraba fijamente sonriendo.
¿Que tal ha ido? Ven, vamos por aquí.
Veo que has aguantado bastante bien -comentó mientras lo guiaba por la casa- Me pareces idóneo para este trabajo y creo que Don José estará de acuerdo conmigo. Aquí, por favor, por esta puerta.
La habitación en la que habían entrado era donde se alojaría Héctor; era grande y aparte de la cama tenía un sofá de tamaño considerable y una estantería en la pared. El muchacho se alarmó al ver en esa estantería, junto a algunos libros, cepillos y reglas de madera, raquetas de ping-pong y varas, igual que en el cajón del despacho de su jefe.
Bueno, bueno, no te preocupes ahora por eso -sonrió Alejandro-. Sobre todo cuando te voy a poner una crema que te va a sentar muy bien.
Cogió un bote que había sobre la mesilla de noche y se sentó en el sofá.
Bájate los pantalones, por favor -Héctor dudó un momento y Alejandro sonrió-. Vamos, no tengas vergüenza. Ya te he visto desnudo y te veré muchas más veces.
Héctor ya se había acostumbrado bastante a las humillaciones y no tuvo grandes problemas en bajarse los pantalones, que tampoco se había abrochado de todo, y antes de que se lo mandaran se bajó los calzoncillos hasta las rodillas.
Muy bien, colócate sobre mis rodillas.... Así. ¿Estás cómodo? Bueno, te han dado unos buenos azotes, muchacho. -Acompañó las palabras de unas palmaditas suaves en el culo aun muy rojo de Héctor- Pero ahora un poco de pomada y te quedará el culito como nuevo -efectivamente aliviaba mucho. Alejandro siguió hablando mientras su mano experta extendía la crema-. En este sofá también vas a recibir muchas zurras como la de hoy en el despacho, ¿sabes? Y en la cama también. Don José no te ha hecho daño realmente.... Lleva muchos años castigando a chicos y sabe muy bien como hay que hacerlo... Y yo llevo mas años todavía que él. La de azotes que he dado yo sobre este sofá..... Pero no pongas esa cara, hombre. No les tengas más miedo a los azotes del que les deberías tener; a tu edad es muy normal que haya que castigarte. Bueno, parece que la pomada está bastante extendida. Quédate un rato así para que se seque del todo.... Mientras, puedes echarles un vistazo a estos libros y revistas.
Héctor se había fijado ya en una pequeña pila de publicaciones que había en el suelo, seguramente sacadas de la estantería y puestas allí a propósito para que les pudiera echar una ojeada desde su posición sobre las rodillas de Alejandro.
Cogió unas cuantas revistas y libros y se incorporó un poco para poder verlas, mientras Alejandro seguía acariciándole el culo. Los títulos eran cosas del estilo de "la zapatilla del abuelo", "el sobrino desobediente", "Pablo se lleva una buena azotaina" o "papá se enfada", y mostraban en sus portadas a jovencitos con expresión dolorida y llorosa y culos mas bien regordetes; dichos culos, desnudos y expuestos sobre las rodillas de hombres mayores con expresión severa, estaban casi siempre ya enrojecidos por los azotes que estos papás, profesores o abuelos les estaban propinando con la mano o la regla. Tanto libros como revistas tenían en su interior muchas ilustraciones similares a las de las portadas, y los textos describían con todo lujo de detalles las travesuras que cometían varios chicos malos y las azotainas con las que sus mayores les castigaban. Por si quedara alguna duda, ahora estaba más que claro que tanto su jefe como Alejandro tenían fijación con dar de azotes a los chicos y que Héctor iba a pasarse una buena parte de su estancia en aquella casa sobre las rodillas de sus otros dos habitantes y con los pantalones bajados, como estaba ahora.
SIETE
Héctor hojeaba las revistas entre curioso y divertido, pensando que ahora él podía ser uno de esos muchachos que se colocaban sobre las rodillas de sus tutores. Aún no terminaba de creerse que todo eso le estuviese ocurriendo a él y, sobre todo, que le estaba gustando.
Mientras Alejandro continuaba manoseándole el trasero y los muslos continuó diciéndole: "Voy a seguir informándote de tu horario. Como te ha dicho el señor, a las nueve comenzará tu horario de clases. Después de dos horas, tendrás un descanso que dedicarás al deporte. Le damos mucha importancia a la forma física. Para poder practicarlo cómodamente, te pondrás ropa deportiva, y cuando termines te darás una ducha rápida y volverás a ponerte el uniforme normal. No queremos malos olores en la casa. Otras dos horas de clase y a las dos te preparas para la comida. Observarás que nuestro cocinero es un buen profesional. Le gusta salir al comedor para comprobar que los alumnos se lo comen todo y también está autorizado para manejar el trasero de los muchachos en el caso de que quede comida en el plato".
Entre las revistas había varios catálogos de uniformes para colegios privados. Los muchachos eran todos adolescentes entre 14 y 18 años y todos ellos vestían uniforme de corto. "O sea que aquí todos están autorizados para conocerme el culo".
"La mayoría-respondió Alejandro, aunque no hay mucho personal de servicio".
"Una pregunta, Alejandro- dijo el chico, cada vez más a gusto con las calmantes caricias del mayordomo-, ¿qué me va a enseñar D: José?".
"Eso lo discutiréis mañana a las nueve de la mañana, una vez que el señor sepa tu nivel de estudios y cuáles son tus conocimientos. Desde luego no se te va a obligar a estudiar nada que no te guste, excepto que tu formación en alguna materia importante sea deficiente, en cuyo caso, supongo que querrá dar un repaso; pero lo más importante estará relacionado con tu trabajo en esta casa, es decir, informática, contabilidad, etc., materias que por otra parte te serán de utilidad en tu vida profesional cuando decidas dejar la casa, si llegases a hacerlo. Ahora levántate, he de enseñarte el uniforme que llevarás a partir de ahora".
"¿Pero cuántos uniformes distintos he de llevar? Y supongo que también será de pantalón corto".
"No pienses en pantalones largos mientras estés en esta casa. Ya te habrá dicho D. José que el pantalón corto forma parte de la disciplina. Y llevarás los que se te digan, ni más ni menos. ¡Levanta te he dicho!".
La orden no admitía discusiones. Se levantó y se colocó, con los pantalones y los calzoncillos a la altura de la rodilla, delante de Alejandro, aún con cierto pudor por estar desnudo ante él. El mayordomo se levantó y fue hacia el armario, lo abrió y extrajo un pantalón corto de color azul marino, igual que el que llevaba medio caído.
"¿Qué diferencia hay entre este y el que llevo puesto?".
"Ahora lo verás. Termina de quitarte esos, y también los calzoncillos. Por cierto, despídete de ellos, porque a partir de ahora no los llevarás nunca".
Lo hizo como se le había dicho, y dejó la ropa sobre la cama. Llevaba puesto únicamente el polo rojo y los calcetines hasta la rodilla. "Ahora ponte estos pantalones".
Héctor se los puso. La tela era mucho más suave y cálida que la del anterior pantalón. No le molestaban las costuras, a pesar de no llevar ropa interior. Se ajustaba a su cuerpo como un guante. Puso las manos sobre las caderas y se quedó mirando a Alejandro: "¿Qué tal?"
"Te sientan como un guante naturalmente". "Te habrás dado cuenta que toda tu ropa lleva unas iniciales en las mangas y en las perneras: J. I. Son las iniciales del señor, una muestra exterior más de quién es tu jefe. Han de coincidir siempre el color del polo y el de las bandas horizontales de los calcetines. En este caso, rojo y rojo, como puedes comprobar". Colocó su mano sobre la pierna izquierda. "Observarás también que son un poco más cortos y dejan un poco más de muslo al descubierto", iba subiendo la mano por el muslo, mientras decía esto. "Son también un poco más ajustados, por lo que las nalgas quedan más resaltadas"; recorrió con su mano toda la extensión de su trasero y Héctor sintió con mayor intensidad el contacto de la mano con su culo; quizá fuera debido a la tela. "Además, la abertura de la pernera es un poco más ancha, dando más facilidad a la mano para meterse en el interior".
A la vez que decía estas palabras, Alejandro deslizó su mano por el interior del pantalón en dirección al trasero de Héctor, recreándose en las curvas de sus nalgas, y luego, cambiando de dirección, hacia la parte anterior, hasta llegar a acariciar su pene y sus testículos.
Héctor abrió mucho los ojos e hizo un gesto de retirada. "Alejandro, creo que no deberías hacer eso".
Alejandro se rió suavemente. "No seas tontito. ¿Llevas la firma del señor en tu trasero, que tanto él como yo conocemos perfectamente de tanto recorrerlo con nuestras manos, te han calentado ya bien, y ahora te muestras mojigato? Tú ya no tienes ningún control sobre ti mismo, Héctor, ¿no te das cuenta?”.
"En todo caso, la firma que llevo es la de D. José, no la tuya".
Alejandro sacó la mano rápidamente del pantalón y le propinó un fuerte azote, como un látigo, sobre el muslo del muchacho. "Le perteneces al señor, pero yo soy el administrador de todos sus bienes, ¿me has entendido bien?". EL chico emitió un sonoro quejido, el azote había sido extremadamente doloroso. "Además, ¿cuándo te he dicho que puedes tutearme?".
No había salida. Héctor bajó los ojos, levantó los brazos y arqueando la cintura hacia delante dijo: "Perdone señor, sírvase usted mismo", y luego sonrió levemente y le miró de reojo. Alejandro le miraba fijamente. Sabía lo que el azote y aquélla mirada querían decir, así que se dispuso a colocarse sobre las rodillas del mayordomo para recibir una azotaina, por su falta de respeto; pero Alejandro le detuvo: "No, ahora no. Esta noche reforzaremos lo que has aprendido hoy y conocerás mis azotes por primera vez. Ahora terminaré de enseñarte la casa, vamos".
Sólo era un aplazamiento, pero casi lo sentía. Salió de la habitación, seguido del mayordomo, sintiendo su mirada en su trasero, y se dio cuenta de que le gustaba que éste le mirase el culo y las piernas. Se sentía cómodo con su nueva ropa. Ya se había acostumbrado al ambiente frío de la casa y sentía sus piernas y sus nalgas vivas y fuertes, con una intensidad de sensaciones como nunca antes. "Veamos qué nos depara el resto del día".
OCHO
Alejandro guió a Héctor hacia la salida de la casa y le enseñó los jardines que la rodeaban, explicándole algunas de las cosas que tendría que hacer en su trabajo. Le habló de un jardinero al que tendría que ayudar, y Héctor se preguntó si el jardinero estaría también autorizado a azotarle. Supuso que sí.
A pesar del fresco que notaba por lo corto de sus pantalones, el muchacho se sentía feliz sabiendo que estaba al cuidado de tanta gente que se iba a preocupar por él, aunque también le castigaran. El culo le escocía todavía y se lo acariciaba con frecuencia ante la mirada complacida de Alejandro; la perspectiva de volver a ser azotado esa noche sonaba dolorosa, aunque Héctor esperaba que en las horas que quedaban sus posaderas se recuperarían bastante. Por otra parte los azotes que le había dado Don José habían sido bastante merecidos y no le guardaba rencor; tal vez lo que necesitaba era precisamente mano dura. Se frotó las nalgas de nuevo recordando la azotaina y esta vez notó la mirada de Alejandro. Héctor nunca se había considerado atractivo y tenía que reconocer que era muy halagador sentirse mirado; a pesar del escozor, tenía ganas de volver a exponer su culo desnudo ante Alejandro y además sentía curiosidad por saber como serían sus azotes.
Volvieron a entrar en la casa y el mayordomo se la mostró y siguió explicándole sus obligaciones hasta la hora de la comida. Héctor conoció a Bruno el cocinero, un hombre entrado en carnes con apariencia amigable. No se lo imaginaba poniendo a un chico sobre sus rodillas para castigarlo, pero Alejandro lo sacó de su error.
Bruno es muy amable pero también puede mostrarse muy severo; no le gustan los chicos de malos modales y le he visto dar azotainas dignas de Don José. Es muy metódico y cuando crea que mereces un castigo, puedes estar seguro de que te bajará los pantalones y te dará una buena zurra independientemente de que yo o Don José estemos de acuerdo o no. Para él la educación es muy importante.
Héctor se sentía bastante asustado porque al parecer en aquella casa los azotes le acechaban en todas las esquinas. Sin embargo la conversación agradable de Alejandro le distrajo de esos pensamientos.
A continuación el mayordomo le dio la tarde libre; tenía permiso para deambular por la casa y el jardín, lo que incluía disfrutar de la biblioteca de Don José, exceptuando su colección privada de videos que guardaba bajo llave. Alejandro tenía que acercarse a la urbanización más próxima para hacer compras.
Solo en la casa, Héctor salio a pasear. Se cansó pronto de los árboles y volvió a entrar en la casa. Siempre le habían dado curiosidad los libros, así que se dirigió a la amplia biblioteca de Don José. Junto a clásicos de la literatura, volvió a encontrarse muchos libros similares a los que había visto en su habitación. Ojeó curioso las ilustraciones de muchachos tendidos sobre las rodillas de sus padres y tutores con los pantalones bajados recibiendo azotes; los gestos de arrepentimiento y dolor de los chicos le conmovían, y también la expresión severa de los hombres que levantaban la mano o el cepillo para dejarlos caer con fuerza sobre los culitos sonrosados e indefensos. También leyó por encima algunas de las historias. La mayoría pretendían ser edificantes y tenían moralinas y argumentos similares: leyó una sobre un chico que abandonaba a su tutor para no seguir sufriendo la humillación de ser todavía azotado en el trasero a sus veintitantos años; falto del consejo de su tutor, se mete en un montón de líos hasta que se encuentra con otro hombre que hace un papel parecido al del tutor y vuelven las azotainas. Con los castigos el chico rehace los errores cometidos y al final, tras muchos azotes, aprende a ser mejor persona y comprende que aun le queda mucho por aprender y muchas palizas que recibir, tanto de su antiguo tutor como del nuevo. Héctor consideraba que eran historias bonitas con finales felices, aunque los chicos acabaran siempre con el culo muy rojo.
Lo distrajo de su lectura y sus pensamientos la visión de una llave colocada en una bandeja entre varios libros. Recordó que la videoteca privada de Don José estaba cerrada con llave y lo invadió la curiosidad. ¿Cuales eran esos videos que él no debía ver? Observando el mueble de la biblioteca, no era muy difícil adivinar donde guardaba Don José sus películas secretas. Solo había un estante que se abriera con llave, y Héctor comprobó que era la misma llave que acababa de ver. Abrió el estante y, efectivamente, vio una larga colección de cintas de video. Como ya había imaginado, se trataba de películas de la misma temática que los libros; sin embargo, más que los videos comerciales, le llamó la atención la serie de cintas caseras que los acompañaban. Las cintas tenían nombres de persona: Juan, Simón, Alex,......
Pensando que Alejandro probablemente aun tardaría en aparecer, cogió las cintas con nombres propios y se dirigió al video que había en el despacho de Don José. Seguramente si le pillaban in fraganti se llevaría una buena azotaina, pero valía la pena correr el riesgo. Cogió el mando, puso la cinta con el nombre de Juan, y se sentó en el mismo sofá en el que había sido azotado aquella mañana. Sintió un pinchazo de dolor en el trasero al recordarlo, y colocó un cojín debajo.
Se sorprendió al ver en el video al propio Don José. Estaba en su despacho, en la misma habitación donde estaba Héctor ahora, y hablaba con un chico de la edad de Héctor vestido con un uniforme casi idéntico al suyo. El chico estaba recibiendo una regañina; Don José estaba muy serio porque Juan -que era el nombre del chico y del vídeo casero que estaba viendo- había cometido una falta grave, había perdido la agenda de su jefe con todas las direcciones y teléfonos necesarios para sus negocios; aunque finalmente la agenda había aparecido, no dejaba de ser una falta de responsabilidad por su parte. Por eso le estaba explicando al muchacho que su castigo iba a ser severo y Alejandro lo iba a grabar en video para que lo tuviera siempre presente. Estaba claro que Juan, y probablemente también los chicos de los otros videos, había ocupado en la casa el mismo puesto que ahora ocupaba Héctor. Al preguntarle a Juan si estaba de acuerdo en que merecía ser castigado, el chico dijo que sí. Parecía aceptarlo con bastante tranquilidad dadas las circunstancias.
Don José se sentó en el sofá y empezó a bajarle los pantalones a Juan. El chico no llevaba calzoncillos y la cámara se acercó a su culo, que presentaba un cierto tono rojizo de alguna azotaina anterior. Lo colocó en posición sobre sus rodillas y la cámara captó los instrumentos de castigo que yacían sobre una mesita cercana. Don José no utilizó en principio ninguno más que su mano; comenzó a azotar el trasero de Juan con energía mientras seguía regañándole. Héctor notó la gran experiencia del chico en recibir azotainas, ya que no fue hasta después de muchos minutos de castigo cuando su culo empezó a estar visiblemente rojo y el muchacho empezó a quejarse. Poco después Don José le pidió a Alejandro el cepillo ovalado de madera para el pelo. De espaldas a la cámara, Alejandro se lo dio y los gemidos de Juan se multiplicaron; sus nalgas enrojecieron entonces con mucha rapidez. Don José sudaba y reprochaba entrecortadamente a Juan su comportamiento mientras su brazo bajaba una y otra vez. No obstante, los golpes del cepillo aun duraron unos cuantos minutos para el asombro de Héctor, que nunca habría podido aguantar ni la cuarta parte de aquella paliza.
Héctor se dio cuenta de que pronto volvería Alejandro o el mismo Don José. Rebobinó la cinta pensando en seguir viéndola a la próxima oportunidad, la guardó con las otras bajo llave y devolvió la llave a su posición original.
Ahora solo quedaba esperar la vuelta de Alejandro y la llegada de la azotaina nocturna, que Héctor temía y deseaba al mismo tiempo.
NUEVE
Era ya tarde avanzada, el sol se había puesto y hacía verdaderamente frío. Héctor estaba en su habitación, ordenando sus pertenencias, tras lo cual, se sentó en su mesa de estudio y masajeó sus muslos para intentar entrar en calor. Había un radiador en la pared, debajo de la ventana; lo tocó para comprobar si había calefacción: estaba tibio solamente, y la habitación más bien fría. Estaba claro que D. José estaba empeñado en que recordase continuamente que iba vestido como un colegial de los años sesenta. Observó su ropa con detenimiento. Extendió las piernas y se fijó en los calcetines: llevaban dos franjas rojas en la vuelta, aunque en ese momento los llevaba caídos casi a la altura de los tobillos. Se los subió hasta las rodillas y niveló las franjas para que estuvieran perfectamente rectas. Sospechaba que la perfección en el modo de llevar el uniforme sería motivo de azotainas.
Después se fijó en sus muslos; quería saber qué era lo que atraía las miradas de D. José y de Alejandro: eran más bien cortos, pero bien torneados. De hecho su estatura era media tirando a baja, no llegaba a 1,70. No tenían la musculatura de un futbolista, ni falta que hacía. Nunca le había gustado el fútbol, aunque algunos futbolistas le atraían la mirada de una manera que él nunca había querido reconocer. No tenía mucho pelo en las piernas; casi podría decirse que eran las piernas de un adolescente.
Comenzó a acariciar los muslos lentamente y empezó a sentir una ligera tensión en sus genitales. Se bajó la cremallera de los pantalones y metió la mano. Su pene estaba ligeramente entumecido; lo cogió con los dedos de la mano izquierda y empezó a acariciarlo, a la vez que sentía un ligero escozor residual en sus nalgas. Se recordó a sí mismo tendido sobre las rodillas de D. José, a su merced, y se acordó de las sensaciones punzantes provocadas por los golpes. Su excitación aumentó considerablemente. Entonces se preguntó si su culo estaría rojo todavía. Se levantó y se dirigió hacia el espejo del armario. Se bajó los pantalones, se dio la vuelta y lo observó: no quedaba más que un ligero enrojecimiento en la base de los muslos. Acarició sus posaderas con la mano izquierda y cogió su pene con fuerza con la derecha. Empezó a respirar pesadamente mientras se frotaba lentamente de delante atrás.
Entonces se abrió la puerta y alguien asomó la cabeza. Héctor sintió que el corazón se le salía del pecho, a la vez que se daba la vuelta e intentaba subirse rápidamente los pantalones. Con los nervios, no atinaba a encontrar el cinturón para tirar de él hacia arriba.
"No te los subas. Tienes un culo muy bonito".
Era una voz joven y sonaba justo detrás de él. Se había dado mucha prisa en recorrer la distancia entre la puerta y él mismo. Al mismo tiempo sintió una mano apoyándose en sus nalgas y recorriéndolas con suavidad. Se volvió rápidamente y contempló a la persona que tenía delante de sí. Era Juan, el muchacho que acababa de ver esa tarde en el vídeo, aunque su cara no era ya la de un muchacho y su uniforme era también distinto: no llevaba pantalones cortos sino un traje oscuro y una gorra de plato.
"No te asustes. Me llamo Juan y hasta hace poco tiempo yo ocupé tu lugar, llevé la misma ropa que tú y llevaba casi todo el día el culo mucho más rojo que tú. Sólo quería conocerte y presentarme. Me gustaría que fuésemos amigos".
Héctor ya se había subido los pantalones y se había repuesto de la sorpresa. Contempló a Juan. Tenía una cara agradable y era más o menos de su estatura. Saber que había estado en su misma situación le inspiraba confianza y despertaba su curiosidad. "Me llamo Héctor. Sólo estaba....mmm.... – no sabía qué decir, era evidente lo que estaba haciendo-".
"A D. José o a Alejandro no les gustaría lo que estabas haciendo, pero no te preocupes, no se lo diré a nadie. Entre colegas tiene que haber solidaridad ¿no te parece?".
"Gracias, ya me espera esta noche una zurra y si lo supieran, creo que no me podría sentar en una semana. ¿Cuánto tiempo hace que dejaste mi empleo?".
"Uno o dos meses. Decidí quedarme al servicio de D. José. Al fin y al cabo es un trabajo seguro y además le he cogido cariño. Ahora soy su chofer. El anterior se jubiló hace poco".
"Pero.... ¿D. José todavía te calienta el culo?".
"Aún no lo ha hecho, desde que soy su chofer, pero tiene derecho a hacerlo. Al fin y al cabo le sigo perteneciendo. Ahora eres tú su ojito derecho. En este viaje, no ha hecho más que recomendarme que cuide de ti y te aconseje para que tu aclimatación a la casa sea lo más rápida posible".
"Y....-le daba vergüenza preguntarlo- ¿tú también puedes....?.
"No me gustaría perderme el placer de darte alguna zurra. Además puedo darte muchos consejos sobre la manera más adecuada de recibir una buena azotaina. Ten en cuenta que vas a recibir muchas y algunas muy fuertes y yo tengo mucha experiencia en eso".
"¿Te importaría....darme un poco de....pomada? Sólo si tú quieres. Aún me duele un poco". Se puso colorado. ¿Cómo podía haberle dicho eso?
"Será un placer- dijo. Colócate encima de mí". Se sentó en el sofá y esperó a que Héctor se tumbase sobre él. Juan no pudo evitar acariciar sus muslos y su trasero. "Tienes unos buenos cuartos traseros muchacho. Te espera un futuro muy caliente, te lo digo yo".
"Si quieres....algo de mí.....no tienes más que pedirlo". ¿Pero qué estaba diciendo?
"Descuida, no lo dudaré. Date la vuelta".
Héctor se dio la vuelta y se colocó tumbado sobre el sofá con las piernas de Juan bajo su trasero, a pesar de que lo que le había pedido era que le masajease el culo. Estaba un poco incómodo, el cuerpo arqueado hacia atrás, pero se dio cuenta de que quería someterse a él, lo deseaba. Deseaba que Juan le acariciase, le metiese mano, le zurrase, le hiciese lo que él quisiera. "Ya me tienes".
Juan puso su mano sobre uno de sus muslos y lo acarició con fuerza, mientras iba subiendo hacia la abertura de la pernera del pantalón. Héctor empezaba a sentirse excitado y la parte anterior del pantalón empezaba a elevarse visiblemente. "¿Te gusta eh? Creo que vas a disfrutar de tu trabajo, querido mío". Pasó la mano por el bulto de los pantalones y lo frotó circularmente con suavidad. Héctor cerró los ojos y se entregó al placer.
"¡Basta por hoy!", le dio una fuerte palmada en el muslo, que hizo regresar bruscamente a Héctor de su viaje. "Si te corrieras, Alejandro lo notaría esta noche y se encargaría bien de los dos. Ya te explicarán que las descargas sexuales sólo se te permitirán en contadas ocasiones y controladamente".
"Pero puedo darme una ducha después y no notarán nada", respondió, frustrado, Héctor.
"Te equivocas. Hay maneras de saberlo, aunque te hayas duchado". Tampoco quiero zurrarte hoy, porque queda poco tiempo para tu primera sesión con Alejandro. Comprenderás entonces por qué te lo digo, la recordarás durante mucho tiempo".
Héctor tragó saliva. "¿Tan duro va a ser?".
"No te preocupes, lo aguantarás. Sin embargo, te propongo algo. Cuando yo ocupé tu puesto, tenía dieciocho años y entonces, conocí a Alex, el anterior a mí en el puesto. Nos hicimos muy amigos y tuvimos una relación bastante especial".
"Qué fue de él. ¿Sigue en la casa?".
"No, él decidió marcharse y seguir su propio camino, pero te aseguro que le costó dejarla. El y yo hicimos un pacto y acepté con gusto pertenecerle en secreto. Me hizo una marca con una tinta indeleble que simula una peca perfectamente"
"¿Dónde te hizo esa marca?".
"En un sitio del cuerpo bastante oculto. ¿Te gustaría?".
"Desde luego que sí. ¿Qué tengo que hacer?".
"Déjame hacer a mí". Le bajó la cremallera, le desabrochó el pantalón y se lo bajó hasta los tobillos, para después quitárselos completamente. Héctor le ayudó en esta acción. "Ahora levanta las piernas hasta tocar las rodillas con la frente y ábrelas todo lo que puedas. Deprisa, se está haciendo tarde y Alejandro podría aparecer en cualquier momento. Imagínate lo que pasaría si nos viera así".
Héctor hizo lo que se le pedía. Todo su periné estaba a la vista. Se sujetó las corvas con ambas manos para estar cómodo, mientras Juan extraía una especie de bolígrafo del bolsillo de su chaqueta. Con la mano izquierda cogió su testículo izquierdo y lo apartó para dejar visible la entrepierna. Acercó su mano derecha con el bolígrafo hacia ese sitio y comenzó a dibujar la marca. Héctor sintió un ligero pinchazo. Se sentía complacido. Tenía un compañero y un amigo, que estaba dispuesto a compartir con él momentos de intimidad. Hacía tiempo que echaba de menos tener a alguien cercano con quien poder charlar de temas íntimos. "Ya está. Parecerá una mancha de la piel, pero tú y yo sabemos lo que quiere decir. Además de pertenecer a D. José, eres mío". Le dio una palmada en el culo. "Baja las piernas".
"Soy tuyo ¿no te gustaría tomar posesión dándome unos azotes?".
"Me gustaría mucho, pero no hay tiempo ahora. Alejandro estará al llegar."
Le ayudó a levantarse y a ponerse de pie. Le acarició el pene con suavidad. Héctor estaba completamente empalmado. "Vístete y baja a cenar. Y luego disfruta lo que puedas de tu primera zurra con Alejandro. Comprobarás que es memorable". Le dio un beso en los labios y se marchó por donde había venido.
Héctor se quedó de pie en medio de la habitación, sujetándose el paquete Con la mano. Ahora tenía dos amos. Vaya día. Pero estaba feliz y excitado.
DIEZ
Héctor se subió los pantalones confuso y muy excitado. Intentó reprimir los deseos de masturbarse y hacer tiempo antes de que llegara Alejandro. Sin embargo las experiencias de todo el día se le agolpaban: los azotes de don José, la promesa de nuevas palizas por parte de Alejandro, de Juan y del cocinero, las imágenes y dibujos de azotainas a chicos como él en las revistas, el vídeo de don José castigando a Juan, el culito del chofer enrojeciendo bajo la mano y el cepillo, la expresión firme y severa de don José, la humillación que el también había sentido al estar sobre sus rodillas, la exposición de sus piernas, su trasero y su pene desnudos ante hombres mucho mayores que él ... No pudo aguantar mas; se sentó en el sofá de su habitación, se bajó los pantalones de nuevo liberando su miembro totalmente erecto, y empezó a agitarlo con energía.
¡Héctor!
El grito le hizo temblar. La erección le bajó increíblemente rápido al ver a Alejandro mirándole con expresión severa.
¿Te parece bien lo que estás haciendo?
Estaba tan avergonzado que no sabía que decir. Empezó a balbucear excusas casi ininteligibles. Una oleada de terror le invadió al ver al mayordomo acercarse a él con pasos rápidos. Lo levantó del sofá para sentarse en él, y rápidamente lo colocó sobre sus rodillas. Le bajó el pantalón, que el muchacho había intentado medio subirse, y le subió la camisa dejando las nalgas de Héctor totalmente desnudas y accesibles a su mano derecha; con esta última empezó a masajearlas vigorosamente, preparándole para el castigo que el propio muchacho veía como inevitable y merecido según las normas de la casa.
No esperaba de un muchacho tan agradable como tu este comportamiento, Héctor. No creí necesario decirte que esos vicios no se te van a consentir en esta casa; iba a dejar tu castigo para después de cenar, pero veo que lo necesitas mas de lo que suponía, así que te vas a llevar un buen anticipo ahora mismo.
Mientras decía esto, el tanteo de las manos expertas de Alejandro le decía que las nalgas de Héctor estaban casi totalmente recuperadas de los azotes de aquella mañana y listas para un buen castigo. Levantó su mano todo lo alto que pudo y la dejó caer con estrépito en el culo que tenía sobre las rodillas. Héctor aulló y una señal roja reprodujo a la perfección la palma y los cinco dedos de Alejandro sobre la nalga derecha del joven. Poco tiempo después la mano impactó con la misma fuerza sobre el otro carrillo.
Héctor chilló y forcejeó ante aquellos manotazos mucho mas fuertes que los de don José de aquella mañana; ¿de donde sacaba ese viejo tanta fuerza? Alejandro estaba realmente enfadado y Héctor sintió verdadero pánico; intentó levantarse pero la mano izquierda del mayordomo lo agarró firme mientras le amenazaba:
Ay de ti si te levantas; aguanta el castigo que te mereces.
El tono era tan frío que Héctor obedeció sin rechistar. A pesar de su enfado inicial, Alejandro bajó la fuerza de los azotes, en parte porque su propia mano se resentiría de lo contrario. Visiblemente mas tranquilo, azotó con calma el trasero del chico, que ya estaba visiblemente colorado, durante un par de minutos. Pasada la tensión del principio, Héctor empezó a llorar por el dolor y por todas las emociones acumuladas durante el día. Alejandro interrumpió el castigo, no por compasión ante los lloros, sino para poder continuarlo con calma después. Uno de sus mayores placeres era darle una buena azotaina a un chico antes de dormirse, y hoy no quería privarse de ese gusto por nada; y para eso las nalgas de Héctor no deberían estar demasiado resentidas a la hora de acostarse. Así que dejó de golpear al pupilo de don José y empezó a acariciarle suavemente el trasero:
Bueno, muchacho, ya está bien. Habías sido muy malo y había que corregirte en el momento... No llores. Ahora levántate y componte porque tenemos que bajar a cenar.
Héctor se levantó; Alejandro lo abrazó para confortarlo y le acaricio un poco más el culo.
Bueno, bueno, ya está.
Mas contento y mas tranquilo, Héctor se subió los pantalones y se lavó la cara en el baño. La cena fue muy agradable, y Alejandro le permitió colocar un cojín en la silla, ante la mirada maliciosa del cocinero.
Veo que el caballerete ha sido castigado ya. Eso es lo que hay que hacer, la mano dura es lo mejor con los jóvenes.
Alejandro estuvo de lo más amable y hasta le contó alguna que otra anécdota divertida. Tras la cena pasaron al salón y siguieron charlando un rato hasta que el mayordomo anunció que era hora de retirarse.
Supongo que estarás cansado después de un día tan agitado, y además tenemos un asunto pendiente antes de que acabe el día.
Un escalofrío recorrió todo el cuerpo de Héctor.
¿Un asunto pendiente?
Por supuesto. La azotaina anterior castigó tu pequeña depravación, pero tienes un castigo pendiente que don José me encargó esta mañana. No pensarías que íbamos a dejarlo de lado.
Pero yo... -Héctor estaba indignado y volvía a tener ganas de llorar-. No veo por que tengo que ser castigado otra vez.
Estás empezando tu aprendizaje y debes de ser obediente. Los azotes te vendrán muy bien, y además estarás de acuerdo en que tu comportamiento los merece.
¿Me... me va a azotar otra vez?
Por supuesto, ya habrás notado que los azotes son el castigo mas frecuente en esta casa. A don José le gusta que sus pupilos se acuesten con el culito muy rojo, y tengo que reconocer que estoy totalmente de acuerdo con él en ese sentido. Por favor, retírate a tu habitación, desnúdate y espérame allí.
Héctor vio inútil el quejarse; subió a su habitación y se desnudó. Al verse desnudo, la perspectiva de volver a colocarse sobre las rodillas de Alejandro hizo, para su sorpresa, que volviera a tener una erección.
Alejandro no tardó en aparecer; contempló complacido y no enfadado el pene erecto del muchacho y, con expresión afable y sin mediar palabra, lo cogió de la mano y se lo llevó al sofá. Allí se sentó y colocó con delicadeza su cuerpo desnudo sobre sus rodillas. Observó y palpó con agrado el cuerpo que se le ofrecía, especialmente las nalgas aun bastante sonrosadas de los azotes anteriores. Empezó a darles palmadas de forma casi tierna.
El ritmo de los azotitos fue subiendo y su fuerza se incrementó. Sin embargo casi resultaban mas agradables que dolorosos, y Héctor empezó a sentir un gran placer en verse castigado por aquel hombre en aquella posición humillante. De vez en cuando Alejandro interrumpía los azotes y masajeaba durante un tiempo las nalgas deliciosamente coloradas de Héctor, para volver luego a las palmadas. A medida que el castigo se prolongaba, la acumulación de golpes sobre el trasero ya anteriormente escocido del muchacho se fue haciendo cada vez más dolorosa, sobre todo porque los masajes evitaban que la piel se endureciera y los nuevos azotes volvían a caer sobre piel blanda. El dolor casi insoportable de los golpes débiles pero reiterados, seguido del placer de las caricias de la mano maestra de Alejandro, se convirtió en una lenta tortura para las posaderas del desdichado Héctor. Tanto don José como Alejandro eran, en dos estilos muy distintos, auténticos expertos en el arte del azote de las nalgas de un muchacho.
ONCE
Mientras Héctor se sumergía en sus pensamientos, Alejandro cambió de rumbo, le obligó a abrir las piernas con la mano y comenzó a masajear sus muslos en sus caras posterior y laterales. Héctor comprendió entonces que su castigo no había terminado todavía. Su trasero le escocía algo menos, aminorado el enrojecimiento por la pomada, y esa sensación, sumada a la que estaba recibiendo en los muslos con los masajes, casi caricias, volvió a excitarle de manera que su pene estaba empezando a crecer de nuevo, comprimido contra los muslos de Alejandro.
El mayordomo se dio cuenta de la presión y abrió sus piernas para que el miembro de Héctor quedara libre entre ellas. Seguidamente pasó su mano izquierda por debajo de la cintura del muchacho, comenzó a acariciárselo lentamente con los dedos, y extendió sus caricias hacia el escroto y el periné. Héctor empezó a gemir por el acumulo de sensaciones placenteras que recibía a través de su piel. "Alejandro, no digo que no quiero que sigas, pero ¿por qué no me dejas que me masturbe por mi cuenta y ahora me lo estás haciendo tú?", dijo, en medio de la creciente excitación.
"Sabemos que necesitas desahogos con alguna frecuencia, pero sólo se te permitirán en determinadas ocasiones y siempre de forma controlada por alguno de nosotros, nunca por ti mismo, cuando tú lo desees. Es una de las consecuencias de la firma que llevas sobre tus nalgas"- acarició la nalga derecha, donde la rúbrica del señor certificaba que le pertenecía a él- Héctor notó amplificado el escozor residual de la paliza-, y volvió enseguida a preparar los muslos. "Date la vuelta, muchacho". Así lo hizo y quedó tendido boca arriba sobre las piernas del mayordomo, haciendo evidente una poderosa erección. Volvió a coger el pene con su mano izquierda y con la derecha empezó a masajear la cara anterior de sus muslos. "Vas a recordar esta zurra durante mucho tiempo, te lo aseguro".
La excitación de Héctor crecía, ante las expertas caricias y masajes del mayordomo. Su respiración se hizo pesada, los gemidos eran cada vez más evidentes, su cuerpo se tensaba y Alejandro contemplaba complacido el proceso. Los masajes sobre los muslos y las rodillas eran casi más excitantes que las caricias genitales. ¿Se le habría incrementado la sensibilidad de la piel de las piernas por el hecho de llevarlas al aire?
¿Qué le tenía preparado Alejandro para esa noche?
"Ya estás preparado, chico, date la vuelta de nuevo". Lo hizo, y sus nalgas quedaron de nuevo expuestas. Cada vez era más consciente de su falta de control sobre su voluntad. La mano izquierda de Alejandro volvió a deslizarse por debajo de su cintura y le agarró fuertemente el pene y el escroto, lo que le hizo estremecerse de placer. De improviso, sintió un fuerte azote sobre la parte posterior del muslo derecho, luego del izquierdo y después, insistentemente, sobre uno y otro, sin descanso. Al tener las piernas abiertas, los golpes cubrían casi toda la superficie de los muslos entre el pliegue glúteo y las corvas, incluyendo los laterales y las caras internas. Héctor cerró los ojos y apretó los dientes.
"Aguanta muchacho"- le dijo Alejandro mientras le azotaba los muslos continuamente. La sensación de picor comenzó muy pronto. El picor se transformó en escozor y después en calentura. La sensación de repleción genital aumentaba cada vez más, alimentada por la presión de la mano del mayordomo, por la sensación de calor en los muslos, y por el exquisito placer que sentía al saberse sometido por completo a la voluntad de otro hombre. Cuando el dolor comenzaba a ser insoportable, Alejandro paró. "Ahora vuelve a darte la vuelta".
Entonces comenzó el mismo proceso sobre la cara anterior de los muslos, a la vez que proseguía la presión sobre los genitales. No sabía qué era mayor si el dolor sobre los muslos o la excitación genital. Y sin embargo, no estaba acostumbrado a resistir tanto tiempo sin eyacular. El mantenimiento de aquél nivel de excitación sin descargarse le estaba volviendo loco. Abrió los ojos y contempló la escena. La mano derecha de Alejandro subía y bajaba alternativamente, estrellándose contra sus muslos, que ya tenían un uniforme color púrpura. No sabía cuántos azotes había recibido ¿serían cincuenta o sesenta? No estaba seguro. Quizá se le estuviese haciendo el rato muy largo y fueran muchos menos. ¿O quizá muy corto y hubieran sido muchos más? El sonido de los golpes llenaba la habitación y penetraba en su cerebro amortiguado, como lubricado con vaselina.
Alejandro paró repentinamente y apartó la mano de los genitales del muchacho. "¿Tienes algo que decirme, chico?". "No señor"- respondió Héctor. Dos azotes más cayeron con una enorme intensidad sobre los muslos del muchacho, haciéndole gritar. "Tienes que aprender- dijo el mayordomo- que estos castigos son por tu bien. Por lo tanto, tendrás que acostumbrarte a dar las gracias".
"¡No!", gritó el muchacho. Aquello le parecía demasiado. Tener que darle las gracias encima le parecía demasiado humillante. Dos nuevos azotes aún más fuertes. Las lágrimas aparecieron entonces como torrentes en sus ojos. "Estoy esperando, Héctor. ¿No te das cuenta de que tienes que doblegarte a mi voluntad? Vamos muchacho, dilo y todo habrá terminado por hoy. No te resistas, es inútil".
"No lo haré, hostias"- respondió con voz entrecortada, mientras el llanto se desbordaba, como el de un niño desconsolado.
"Está bien, Héctor. Tendremos que empezar de nuevo. Date la vuelta otra vez.". En esta ocasión, el mismo mayordomo condujo los movimientos del muchacho sobre sus rodillas. Los azotes se reanudaron sobre sus nalgas con intensidad creciente. El dolor era cada vez más insoportable, pero la excitación no decrecía, a pesar de que ya no sentía la mano de Alejandro sobre sus genitales. Lloraba ya sin frenos.
"Por favor, Alejandro, no puedo recibir más azotes". Pero los azotes no cesaban. "Claro que puedes, chico. Descubrirás poco a poco que eres capaz de recibir muchos más de los que tú creías. Sólo estoy esperando que me des las gracias por tomarme la molestia de educarte y pararé".
"Está bien, Alejandro"- no podía más. "Gracias".
Pero los azotes no pararon.
"No es suficiente. Repite conmigo: Te doy las gracias, Alejandro....".
Héctor lo repitió. "...por estos azotes que me merezco....".
Los azotes continuaban. Héctor lo repitió.
"...y que me das porque me quieres".
"Y que me das porque me quieres, repitió Héctor, en un sollozo incontrolable".
Los azotes se interrumpieron y en ese mismo momento eyaculó sobre el sofá, entre las piernas de Alejandro, en varias oleadas de placer. Era el mayor orgasmo que había tenido nunca. Su cuerpo se curvó hacia atrás, para afrontar aquélla marea imparable, y después de unos segundos interminables, se desplomó.
Héctor seguía llorando. Había perdido todo el control sobre sí mismo. Estaba desatado. Lloraba como no había llorado nunca de niño. Toda la energía que había acumulado desde la infancia se había derramado en ese llanto. Había dado el último paso en perder toda autoridad sobre sí mismo y en entregársela a sus nuevos amos. En este momento, se había convertido en un esclavo.
Definitivamente, aquélla zurra no la olvidaría en la vida.
Alejandro volvió a administrarle con cuidado una buena dosis de pomada calmante sobre su pobre culo y sus atormentadas piernas. "Bien, Héctor. Has aprendido la lección, muchacho. Ahora has comprendido".
Las cariñosas caricias de Alejandro le consolaban y se extendían sobre la piel castigada. Realmente se sentía agradecido por aquél momento y porque había descargado toda su rabia acumulada durante años. Ahora estaba completamente relajado y listo para empezar su nueva vida bajo el cuidado y las órdenes de D. José y de Alejandro.
"Levántate, ponte el pijama y acuéstate. Mañana tienes que madrugar".
Héctor se levantó y se quedó de pié, frente a Alejandro. Este se levantó también. Entonces Héctor le abrazó con fuerza. Quería a aquél hombre como si fuera su padre. Alejandro se dejó abrazar y colocó sus manos sobre el trasero de Héctor, acariciándole con ternura. "Bien, muchacho, bien. Bienvenido a la familia". Se desprendió del abrazó y salió de la habitación.
Héctor se frotó suavemente el culo con ambas manos y fue en busca del pijama, hacia el armario. Lo encontró en uno de sus cajones. Al desdoblarlo, se dio cuenta de que el pijama también era de pantalón corto. "Naturalmente", pensó, mientras sonreía. Se lo colocó rápidamente y se acostó boca abajo, después de comprobar que la presión de las nalgas contra la cama aún le molestaba. "Mañana se habrá pasado". Y dicho esto, se durmió exhausto.
DOCE
Héctor salió disparado del salón hacia el piso de arriba para cambiarse de ropa. D. José le había dicho que encima de la cama tendría preparada la ropa de deporte.
Esa mañana tenía preparada la ropa que llevaba ahora sobre una silla de su cuarto: unos pantalones muy cortos grises (quizá quería que fuesen visibles los resultados de la zurra de anoche sobre los muslos), un polo azul de manga corta y unos calcetines largos azules con dos bandas grises en la vuelta bajo la rodilla.
Subió las escaleras de dos en dos, tenía ganas de mover un poco el cuerpo. Al llegar arriba y doblar la esquina se dio de bruces con una mujer quien, por la fuerza del encontronazo cayó hacia atrás y quedó sentada sobre el suelo. Era una mujer enorme, de avanzada edad, con una prodigiosa cintura, vestida con una bata de rayitas azules. Le miró desde el suelo con sus ojos pequeños y maliciosos y una mueca de disgusto en los labios.
"¿Dónde crees que vas con esa prisa jovencito?"- le dijo la mujer redonda.
"Perdone yo.... no la había visto. Déjeme que le ayude". Se inclinó para cogerle por...entonces se quedó mirándole, ¿por dónde la cogía? Aquello parecía inabarcable. Se decidió por sujetarla por las axilas y tiró de ella hacia arriba con toda su fuerza. Logró separarla unos centímetros del suelo después de un ímprobo esfuerzo pero entonces, el peso muerto de la mujer le venció y volvió a caer sobre su trasero, arrastrando al muchacho que cayó sobre ella, con sus piernas sobre los desmesurados pechos de la mujer y sus ingles directamente sobre su cara. La mujer gritó asustada y puso los ojos bizcos para poder concentrar la mirada sobre el pantalón del chico.
Su voz sonaba amortiguada bajo la los bajos de Héctor; "¡Socorro, quítate de encima ahora mismo; asesino!".
Héctor se levantó como pudo. "Perdone, yo sólo quería ayudarle".
Entonces la mujer se inclinó lateralmente, dobló las rodillas y apoyándose en un pie, consiguió ponerse en pie, mirando de frente al muchacho con los labios apretados de rabia y las manos en las caderas. "Así que no me habías visto, gamberro. Vas a aprender ahora mismo que no se puede ir por la casa como una apisonadora". Le cogió por la mano y arrastró al chico hacia el otro extremo del pasillo, en donde había una mesita con una lámpara y una silla".
"Señora, ha sido sin querer, yo no sabía que estaba usted aquí"- se excusaba Héctor inútilmente, sin saber qué pretendía hacer con él aquélla mujer tan enfadada.
"Sólo faltaría que lo hubieras hecho a drede". La mujer se sentó en la silla y tiró de la mano del joven para colocarlo sobre su falda. "Vas a saber lo que es bueno. ¿Ya sabes por qué hay tantas sillas en la casa?". Realmente se había fijado de que en los pasillos había sillas por todos los rincones, pero no le había sorprendido demasiado.
"Pero señora, por favor, le pido perdón otra vez", el chico no sabía qué decir pero ya tenía una idea de lo que se proponía hacer la mujer. Cayó sobre sus piernas, balanceando las suyas y su cabeza a ambos lados. "No, por favor, no puede hacer eso, le pertenezco a D. José y a él no le gustaría", pensó que aquello podría hacerle cambiar de opinión.
"Descuida jovencito. Todos en esta casa tenemos permiso para calentarte el culo si te hace falta". A la vez que hablaba buscaba en el pantalón del muchacho. Entonces se oyó un sonido de velcro y la parte trasera de su pantalón se desprendió en bloque, dejando sus nalgas al descubierto.
¿Cómo había hecho eso? El no se había dado cuenta en todo el día de que hubiera un mecanismo de esa clase en sus pantalones.
Entonces la mujer se descalzó el pie derecho y fue a inclinarse para coger la zapatilla del suelo, pero su cuerpo y el cuerpo del chico que tenía encima se lo impedían. Entonces le dio un azote con la mano sobre las nalgas desnudas. "Coge mi zapatilla y dámela ahora mismo", dijo en tono autoritario.
"¡Ay!, por favor, no".
"Que la cojas te he dicho o te daré el doble".
Héctor se estiró para coger la zapatilla y luego se dobló para alcanzársela a la mujer.
"Ahora verás", dijo ella, después de coger su zapatilla. Comenzó a azotar al chico una vez tras otra. Las sensaciones eran mucho más dolorosas y masivas que las recibidas con la mano. Cuando se cansó de golpear el trasero, empezó con los muslos. Héctor gritaba con cada golpe y pedía clemencia. "Ay, Señora, por favor, le prometo que no volveré a correr por la casa. ¡Ay!"
Cuando se hubo cansado, tiró la zapatilla al suelo y puso su mano sobre el trasero del chico. "Espero que esto haya hecho que cambies de actitud y vayas con más cuidado en lo sucesivo. Levántate y ve a tu cuarto. Allí encontrarás la ropa de deporte sobre la cama".
Héctor se levantó y se frotó las posaderas con ambas manos, mirando hacia atrás para ver si habían quedado marcas, porque la paliza había sido intensa. Luego, con la cabeza baja, el culo al aire y el trasero del pantalón colgando por detrás de sus muslos fue caminando despacio, mirando hacia atrás para ver si la mujer seguía allí. Y allí estaba con los puños en las caderas y los labios apretados, de pie, en medio del pasillo. Cuando llegó a su habitación, comprobó que la ropa estaba sobre la cama. Una camiseta de manga corta, un pantalón blanco minúsculo que apenas debía cubrirle las nalgas y unas medias también blancas.
TRECE
Héctor se puso la ropa de deporte; el pantalón era tan corto que le dejaba la esquina de las nalgas al aire. Se miró en el espejo; supuso que el tono rosáceo de los muslos sería imperceptible para alguien que no supiera que había recibido azotes, sin embargo sí se notaba el enrojecimiento en el extremo superior de los muslos y en las esquinas de las nalgas al lado de la cadera, que el pantaloncito dejaba al aire. Además era muy apretado, con lo que el culo quedaba perfectamente dibujado e incluso se marcaban los genitales por delante. Sin embargo, Héctor pensaba mas en la azotaina que acababa de recibir; se acarició el trasero; metió la mano bajo el pantalón y notó aun el calor de la zurra, que casi quemaba.
Al bajar a la entrada de la casa, Alejandro le esperaba con cara de pocos amigos. Le indicó que salieran fuera de la casa.
Elisa, la señora de la limpieza, me ha informado de tu comportamiento. Si no me hubiera dicho que ya te ha castigado debidamente, te daría una paliza ahora mismo. Déjame ver.....
Fue hacia él y le introdujo la mano derecha por dentro del pantalón. Afortunadamente para Héctor, la casa estaba bastante aislada y no se veía a nadie por el jardín. Alejandro palpó con esmero y probablemente con deleite el culo rojo y caliente de Héctor y, no contento con esto, le bajó los pantalones hasta la mitad de los muslos y observó las nalgas con atención mientras seguía acariciándolas. El pene de Héctor empezaba a engordar ante estas caricias.
Bueno, el castigo no ha estado mal, pero si me vuelvo a enterar de que andas atropellando a la gente por la casa te vas a llevar una azotaina mucho peor que esta. ¡Andando! -Y le soltó un par de azotes inesperados sobre el culo escocido, uno en cada nalga. Héctor soltó un pequeño grito de dolor.
A continuación Alejandro le obligó a correr alrededor del parque que rodeaba la casa; el mayordomo, que se había puesto un chándal, le acompañó en algunos tramos y demostró estar en plena forma a pesar de estar al límite, o tal vez más allá, de la edad de jubilación; por eso podía pegar esas azotainas tan largas y no caer agotado. Después de correr y de hacer una tabla de gimnasia, Héctor quedó totalmente extenuado.
De acuerdo, basta por hoy. Venga, a la ducha.
Los dos hombres entraron de nuevo en la casa. El baño que había junto a la habitación de Héctor no tenía ducha, así que fue a otro baño del mismo piso, muy espacioso; pero al ir a cerrar la puerta, notó que no tenía ningún tipo de pestillo ni forma de evitar que cualquiera entrara. Aquello le mosqueó; no le sorprendió cuando al poco rato Alejandro entró sin llamar y con toallas.
Había ido a buscar las toallas. Ya tienes todo listo.
Héctor se quedó quieto esperando a que se marchara. Sin embargo Alejandro ni se inmutó.
¿A que estás esperando? Dame tu ropa, para echarla a lavar.
Te la puedo dejar ahí y la recoges luego.
No deberías decirme como tengo que hacer las cosas, jovencito. Desnúdate y entra en la ducha o te pondré el culito aun mas caliente de lo que lo tienes.
De mala gana, Héctor se quitó la camiseta, las zapatillas, los calcetines, y finalmente el pantaloncito; cada prenda que se quitaba, la recogía Alejandro. Cuando estuvo desnudo, Alejandro siguió sin retirarse. Quería verlo entrar en la ducha. Héctor se dio la vuelta y entro rápidamente en el recinto de la ducha, mientras notaba la mirada de Alejandro contemplando con satisfacción sus nalgas todavía rojas. Por fin Alejandro se fue y Héctor abrió el grifo del agua.
Al salir de la ducha, el mayordomo volvía a estar allí esperándole; se había quitado el chándal y llevaba el uniforme normal de trabajo. Volvía a parecer muy enfadado.
Héctor comprendió en seguida por que al ver el suelo bastante encharcado.
¿No sabes cerrar bien la puerta de la ducha, Héctor? Mira como has puesto el suelo; Elisa tendrá que volver a fregarlo.
Yo.....
No tuvo tiempo de responder nada. Alejandro se quitó la chaqueta y se remangó la camisa.
Por favor, Alejandro. Fue sin querer...
Pero la mano del mayordomo ya estaba buscando su culo. Se las arregló para colocar el cuerpo desnudo y mojado de Héctor frente al espejo sin apenas mojarse la ropa, y le soltó una ristra de cinco o seis sonoros azotes:
Ya te daré yo a ti "fue sin querer”....
Héctor se llevó las manos al culo; los azotes sobre la piel mojada dolían el doble que sobre la seca y estaba a punto de llorar. Alejandro lo arropó con la toalla y empezó a secarle el pelo con cierta brusquedad.
Ya hablaremos luego. Venga, a la habitación -dijo, mientras le ceñía una toalla a los hombros y otra a la cintura.
Con el culo dolorido, Héctor fue guiado a su habitación. Sobre la cama había un uniforme limpio. Alejandro no se fue; se puso a secarlo con calma, y Héctor no se atrevió a resistirse. Cuando estuvo totalmente seco, le retiró las toallas y se sentó sobre la cama. Como Héctor se temía, lo hizo tumbarse totalmente desnudo sobre sus rodillas.
Eres muy despistado, Héctor. Y los despistes hay que castigarlos.
Le masajeó un poco las nalgas, y comenzó a azotarlas. Los golpes no eran fuertes pero la piel del trasero estaba bastante escocida y el muchacho se quejaba. Alejandro dudó, y trasladó el castigo a la parte trasera de los muslos. Tras unos minutos, cuando los muslos estuvieron del mismo color rojizo de los glúteos, decidió interrumpir el castigo.
Tendremos que dejarlo aquí. Don José te espera.
Levantó a Héctor de sus rodillas, le acaricio un poco el pelo, le sonrió ligeramente y se marchó dejándolo allí de pie desnudo. El muchacho recordó la clase de Don José. ¿Llegaría a tiempo?
03/05/2005 23:07 Este es el enlace de este relato, si lo copias lo puedes utilizar como hipervínculo. Tema: M / m Hay 5 comentarios.
La sorpresa
Autor: Mkaoss (diciembre de 2002)
Menuda semana he tenido en el trabajo. Esta gente se cree que valemos por cinco, pero después nos pagan por un uno. Menos mal que es viernes y me espera un feliz fin de semana.
Enfilaba ya la autopista metido en el atasco cotidiano y mis preocupaciones laborales iban desapareciendo a medida que me alejaba de mi centro de trabajo. Como si fuera un trasvase mental, a la vez que mi mente se vaciaba de problemas, se iba llenando de proyectos agradables con mi familia: mi mujer y mi hija se encargarían de relajar mi atormentada mente llena de balances, clientes y jefes, por un agradable fin de semana y románticos paseos por el campo.
Mi mujer también estaba ocupada con su trabajo, además de las tareas de la casa, al menos en lo que se llama la intendencia, o sea la organización, ya que el resto, o sea la faena de la compra, el lleva y trae, el sube y baja, era yo el que me ocupaba.
“¡No te preocupes, cariño, que ya lo haré!", decía ella, pero a mí se me iban las manos y terminaba haciéndolo yo, con tal de quitarle la mayor parte de las cargas.
Pero pese a todo, sentía yo desde hacía un tiempo, algún que otro detalle que indicaba que nuestra copa de la felicidad no estaba del todo llena.
“Bueno, todo eso se puede hablar y llegar a un acuerdo" la decía yo cordialmente. “¿O acaso tengo que ser yo el que tenga la última palabra? ¿No somos iguales?...Pues tenemos que decidir entre los dos."
"Somos iguales, pero a mí me gustaría que de vez en cuando fueras más impositivo" se quejaba ella.
"Oye, el que yo crea en la igualdad no significa que sea "blandito". La fuerza está en la razón, y no en la razón de la fuerza" replicaba yo totalmente convencido.
"Hummm!" Mi mujer movía la cabeza como contrariada, como si ahora precisara de una mano más dura.
¡Madre mía! ¿Acaso sería que no se sentía ya segura conmigo?, ¿o es que no la había demostrado ya mis fuertes convicciones y mi firmeza? Las cosas nos iban de maravilla y, sin embargo, yo notaba que la pasión de los primeros años parecía disiparse en la rutina de las obligaciones. ¿Por qué tienen que imponerse las cosas si tan claro está que deben hacerse ?... Cumplimos con nuestros trabajos, con la casa, con el colegio....EL COLEGIO, Ahora que caigo, Susana tiene que traer las notas de este trimestre. Susana es mi hija, una preciosa quinceañera, mujer del siglo XXI, abierta, sociable y solidaria, como la inmensa mayoría de los jóvenes de ahora. Pero, la verdad, es un poco vaga en sus estudios. Eso de estudiar la debe de llevar mucho tiempo, tal vez demasiado. Yo la entiendo, también me quemé yo las pestañas a su edad estudiando la carrera o para el examen de ingreso en mi empresa....y cada día es más duro, más competencia, más requisitos para entrar y más fácil que te echen. Yo lo entiendo...pero, ¡qué caray! lo que haya que hacerse, se debe de hacer, si lo acabo de decir: cumplir con las obligaciones...y ELLA NO CUMPLE.
Ya en los primeros exámenes nos trajo una nota del tutor para que fuéramos a hablar con él. Le dije a Teresa, mi mujer, que cambiara la cita, que tenía una reunión imprevista de trabajo. Imagino que le habrá llamado, aunque no me ha dicho nada.
Bueno, bueno, tranquilo, debes confiar en que lo haya hecho, de otra forma sería un desastre el resultado de Susana.
¡Puf! Menudo tortazo se han metido esos. Con esta caravana de coches, el mínimo frenazo significa un golpe en cadena. Menos mal que ya llego a casa.
Una vez aparcado el coche, no hay sonido más lindo que el de la cerradura de la puerta de tu casa. Un sólo clic, y estás en tu palacio, con reina y princesa dentro. Nada más grande y satisfactorio, mis únicas razones para ser feliz: mi mujer y mi hija, cada una con sus defectos, pero totalmente INSUSTITUIBLES.
“¿Teresa? Ya he llegadooo...." Así, a voz en pecho, que me oigan bien.
Oye, me ha llamado mi amiga Pilar, que me invita a su fiesta de cumpleaños. ¿Verdad que me dejarás ir? “me dijo mi hija.
“Espera, Susana. Antes tienes que decir a tu padre lo que tú ya sabes " dijo mi mujer.
" ¡k.o., mamá, entonces no me dejará ir a la fiesta!”.
“Empecé a mosquearme " Vengo del trabajo reventado y me encuentro a mi mujer y a mi hija enzarzadas en un lío de no sé qué. A ver, ¿quiero saber qué es lo que pasa? “Dije malhumorado.
“Pues lo que pasa es que tu querida hija piensa que las cosas se pueden conseguir sin esfuerzo, y que la vamos a decir que sí a todo lo que nos pida, aunque no cumpla con sus obligaciones " dijo mi mujer de una sentada.
"¡La culpa la tiene mamá por no haber hablado con mi tutor!”
¡LAS NOTAS! ¡Las malditas notas!... ¡El TUTOR! ¡Seguro que no ha llamado al tutor! ¿Será posible? Y todo por dejar libertad: ¡Ajá! ¡Libertad-Responsabilidad-Compromiso! Qué bonito. ¡Me la han jugado otra vez!
“Chillé, tirando el abrigo al sillón " Lo primero tú, Susana. ¿Qué ha pasado con tus notas? "
...Bueno, papá, es que el profesor me tiene manía, y como mamá no ha hablado con él...."
“¡¡¡ ¿O sea, que tampoco tú le has llamado como te dije que hicieras?!!! " ¡Era el colmo!
Balbuceó mi mujer.
“Vale, estupendo. Yo como un incauto confío en que vais a cumplir con vuestras obligaciones y ni tan siquiera eso. Tú, Susana, muchas promesas de estudiar, de portarte bien ¡y la evaluación hecha un desastre! Déjame ir a la fiesta, déjame ir a la fiesta...y luego tú no cumples con lo tuyo. Muy bien. Y para remate mi querida mujercita se olvida de llamar al tutor para cambiar la cita. O sea, que cada una hace lo que le da la gana”
Cada vez estaba más indignado, más encendido, y encima, de sus caras parecían salir estrellitas divertidas. ¡Claro! menudo espectáculo las estaba ofreciendo. ¡ESO! ¡YA ESTA! ¡ESPECTACULO....ESPECTA - CULO! ¡La fórmula mágica! ¡Eso era lo que estaban esperando, eso era lo que me estaban pidiendo desde hacía tiempo...y yo sin darme cuenta!
Que las cosas van a cambiar desde ahora mismo. Se acabó la libertad sin responsabilidad, la diversión sin merecerla, la continua impunidad. Se acabó el AQUÍ NO PASA NADA. ¡Si vosotras no sabéis cumplir los tratos, yo sí que los sé cumplir y os lo voy a demostrar aquí y ahora! "
Entonces cogí una silla y la puse en el centro de la habitación. Me quité la chaqueta y me enrollé las mangas de la camisa. Con toda la serenidad que me fue posible, miré a las dos con firmeza y decisión. Crucé mis brazos por delante del pecho, y las dije: " MIS DOS QUERIDISIMAS MUJERES SE ACABAN DE GANAR LA AZOTAINA DE SU VIDA”.
Me senté en la silla, miré a mi hija Susana y tapeando mis rodillas la dije:
“Tú vas a ser la primera para que después puedas disfrutar caliente la zurra que también voy a dar a tu madre. ¡Ven aquí y túmbate en mis rodillas! "
Susana, atónita, se acercó dubitativa, como si aquello fuera una broma que la estaba gastando. Cuando la tuve a mi alcance, la agarré de su muñeca izquierda y la coloqué boca abajo en mis rodillas. Rectifiqué su posición de tal forma que su cabeza estuviera más baja que su trasero, elevando mi rodilla derecha y así hacerle mucho más prominente.
Afortunadamente llevaba un chándal de tela fina, muy ligero, por lo que sus formas quedaban totalmente definidas y marcadas.
“Susana, hasta este momento creí que te había dado todo lo que necesitabas, pero ahora me doy cuenta que te falta lo más importante. La firmeza, la convicción y el ejemplo práctico del cariño que todo padre debe demostrar a su hija, sobre todo si es tan caprichosa e irresponsable como tú”. Susana permanecía inmóvil en mis rodillas, esperando paralizada la próxima acción.
“Te voy a dar unos buenos azotes en el culo de tal forma que tus ideas sobre la frivolidad de la vida te queden totalmente claras " y diciendo esto, levanté mi brazo derecho por encima de mi hombro, dejando caer mi mano con toda la fuerza que pude sobre su nalga derecha, produciéndose un sonoro PLAS, que nos cogió por sorpresa a los tres por su dureza. Susana dio un respingo, pero no se movió de su sitio. A continuación traté de igual forma su nalga izquierda, continuando con una sucesión de azotes rítmicos y cadenciosos, que pronto empezaron a hacer su efecto en su objetivo, cuando al menos llevaba una docena.
Así continué por unos minutos, pero dándome cuenta de la firmeza de su cuerpo y de lo enfadado que estaba con ella, decidí que el castigo debería ser más profundo, por lo que en un rápido movimiento sobre el elástico de sus pantalones, la dejé con el culo al aire ya que también sus bragas descendieron con él.
Sabía la humillación que eso la produciría y por un momento estuve tentado de parar y razonar con ella su mala conducta, pero hubiera sido mucho peor el que su padre no se atreviera a darle el merecido castigo.
Por eso, la sujeté con más fuerza cuando ella, entre gritos y pataleos por bajarse de mis rodillas, gritaba hecha una furia: " ¡¿Pero qué haces?!
Sujetándola con fuerza con mi mano izquierda, inicié una serie de azotazos sobre su ya caliente y dolorido culo, con tanta fuerza, que a cada golpe mi mano quedaba impresa por unos instantes en su trasero desnudo.
" Creías que no me iba a atrever, eh?” PLAS, PLAS, PLAS " Que no sería capaz de castigarte, eh?” PLAS, PLAS, PLAS " Confundes ( Pas, Plas ) ...libertad con permisividad ( Plas, Plas )... tolerancia( Plas ) con debilidad ( Plas, Plas, Plas, Plas)...pues para que aprendas qué significa educación en libertad ( Plas, Plas, Plas, Plas, Plas ) te enseñaré lo que se gana el no saber aprovechar la suerte de tener un padre como yo. TOMA, TOMA Y TOMA”.
La lluvia de azotes sobre su trasero caía de forma torrencial. Susana se retorcía de un lado a otro y en su intento de liberarse, su trasero subía y bajaba secuencialmente con cada azote. Su natural color blanco se había vuelto rojo brillante y su temperatura había subido considerablemente.
Su madre miraba ensimismada, contemplando cómo mi mano se dedicaba ahora a enrojecer sus muslos, en la zona de flexura donde empiezan las piernas, mientras oía extasiada sus gritos pidiendo clemencia.
" No me pegues más, papáááá....Te prometo que seré buenaaaa....Aaaiiiiggggghh! "
Entonces su madre se acercó y dijo " Ya está bien. No la pegues más, ya tiene bastante ! "
" Hombre!. Ahora preocupada por ella! O mas bien estás preocupada por ti?. No te preocupes, mujer, si me quedan todavía muchos azotes y tú también tendrás tu merecido "
Y levantando a Susana de mis rodillas, la llevé a un rincón de la habitación, mientras la seguía azotando el culo con la otra mano. La coloqué mirando hacia delante y la dije : " Vas a ver ahora cómo castigo a tu madre. Si queríais un padre y un marido autoritario, lo tendréis, ya que habéis tenido la gran suerte que yo también sé ser autoritario. No te pierdas detalle, Susana! "
Mientras volvía a la silla, agarré con fuerza el brazo de mi mujer. " Ay! Me haces daño ! " protestó ella " Y más daño te voy a hacer, pero en otro sitio!. Cuando acabe contigo te darás perfecta cuenta de lo " blandito " que es el marido con el que te has casado "
Me senté en la silla y la tumbé sobre mi rodilla izquierda. De forma inmediata la levanté la falda y la bajé las bragas de un tirón, quitándoselas del todo. Crucé mi pierna derecha sobre las suyas, de tal forma que quedase totalmente inmovilizada, y directamente comencé a darla azotes con toda la fuerza que podía a la vez que la decía : " Te he dado todo lo que he podido. Te he respetado y aguantado todos tus caprichos, pero ha llegado el momento de que entiendas que por encima de todas las cosas está el cumplimiento del deber y mi deber AHORA es ponerte el culo como un tomate ".
A medida que su trasero se calentaba por los azotes, sus esfuerzos por liberarse eran mayores. También la palma de mi mano aquejaba el dolorimiento por la azotaina que había dado a mi hija.
" Toma, Toma y Toma" " Ay, Ay, Ay... No más, ya no puedo más....déjame, por favor...."
" No te dejaré hasta que me asegure que has aprendido bien la lección " y continué azotándola con fuerza alternando uno y otro carrillo de su desnudo culo, y de vez en cuando dejaba caer uno de los fuertes en el mismo centro de su caliente trasero.
Mi mujer, en su doloroso baile producido por los azotes que la estaba dando, se movía con violencia hacia arriba y hacia abajo, mostrando involuntariamente sus partes más íntimas, en un frenético movimiento que se me hacía cada vez más difícil de controlar, no sólo por mi profunda excitación sino por la violencia de la escena.
Había estallado hacía rato en un profundo y lastimero llanto que cortaba su respiración jadeante, mientras era capaz de decir : " Sí...sigue...sigue...lo tengo merecido... lo siento....de verdad que ...lo...siento...
Perdóname..."
Decidí parar a fin de darla un respiro. Yo también estaba muy cansado. Mi hija miraba con profunda excitación la escena, mientras se frotaba sus doloridas nalgas y lloriqueaba a cada golpe que oía , como si ella también estuviera recibiendo el mismo azote.
Por fin liberé a mi mujer de su forzada postura y la puse al lado de Susana. " Ahora quiero que estéis ahí un rato de cara a la pared. Ah! y con las manos en la cabeza. Sin moveros! "
Con disimulo, me fui apesadumbrado. Por un lado estaba excitado sexualmente, pero por otro, chocaba mi forma de pensar sobre que es mejor la convicción que la imposición.
Dios mío, pobre Susana, que sentirá ahora, después de esta humillación! Y mi querida mujer....yo que la he respetado y amado hasta límites insospechados.....Seguro que me abandonará...y tendrá razón. Por maltrato!
Me había metido en un lío! k.o.! Encima eso, yo que respeto la libertad y la individualidad...y van a abandonarme las dos por maltrato. Increíble! ¿ Cómo he podido dejarme llevar por mi enfado?
Pasados unos minutos de profunda meditación por lo sucedido, volví a la habitación donde estaba mi mujer y mi hija, no sin antes recoger de mi maletín los encargos que me habían hecho el día anterior.
Con cara de circunstancia, entré en el cuarto y las encontré a ambas charlando animadamente, a pesar que seguían desnudas de cintura para abajo.
Cuando me vieron se colocaron rápidamente de cara a la pared.
" Lo sentimos papá, de verdad que sentimos haberte enojado tanto " dijeron las dos a la vez.
" Sabéis que yo os quiero.........BUF!......Toma, Susana, lo que ayer me pediste que te comprara " y la entregué su paquete. Acobardado, le di a mi mujer el suyo, susurrándola al oído : " Siento haberte pegado así...yo te amo! "
" Viva! Gracias, papá!. Es justo el que yo quería! " y rápidamente fue a enseñárselo a su madre.
Se trataba de un precioso cepillo de pelo, de madera noble, de color natural, delicadamente pulido de forma manual. Su tacto hacía estremecer la sensación de la mano que lo tocara.
" Qué suerte tienes, Susana! Menudo padre te ha tocado! " dijo mi mujer con profundo sentimiento. " Pues mira lo que me ha traído a mí, lo que también le pedí ! " Mi mujer me había pedido un frasco de crema hidratante, de las que se utilizan para poner suave la piel, a la vez que la nutre aportándola las sustancias necesarias para su regeneración y tersura.
Ambas corrieron a abrazarme y a besarme, y entre lloriqueos y te quieros, mi mujer dijo en voz alta :
" ¿ Qué tal Susana si dejamos que papá pruebe ese precioso cepillo en nosotras y después tú y yo probamos esta crema hidratante? ¿ Lo harías por nosotras, por favor, querido ? ".
Menuda semana he tenido en el trabajo. Esta gente se cree que valemos por cinco, pero después nos pagan por un uno. Menos mal que es viernes y me espera un feliz fin de semana.
Enfilaba ya la autopista metido en el atasco cotidiano y mis preocupaciones laborales iban desapareciendo a medida que me alejaba de mi centro de trabajo. Como si fuera un trasvase mental, a la vez que mi mente se vaciaba de problemas, se iba llenando de proyectos agradables con mi familia: mi mujer y mi hija se encargarían de relajar mi atormentada mente llena de balances, clientes y jefes, por un agradable fin de semana y románticos paseos por el campo.
Mi mujer también estaba ocupada con su trabajo, además de las tareas de la casa, al menos en lo que se llama la intendencia, o sea la organización, ya que el resto, o sea la faena de la compra, el lleva y trae, el sube y baja, era yo el que me ocupaba.
“¡No te preocupes, cariño, que ya lo haré!", decía ella, pero a mí se me iban las manos y terminaba haciéndolo yo, con tal de quitarle la mayor parte de las cargas.
Pero pese a todo, sentía yo desde hacía un tiempo, algún que otro detalle que indicaba que nuestra copa de la felicidad no estaba del todo llena.
“Bueno, todo eso se puede hablar y llegar a un acuerdo" la decía yo cordialmente. “¿O acaso tengo que ser yo el que tenga la última palabra? ¿No somos iguales?...Pues tenemos que decidir entre los dos."
"Somos iguales, pero a mí me gustaría que de vez en cuando fueras más impositivo" se quejaba ella.
"Oye, el que yo crea en la igualdad no significa que sea "blandito". La fuerza está en la razón, y no en la razón de la fuerza" replicaba yo totalmente convencido.
"Hummm!" Mi mujer movía la cabeza como contrariada, como si ahora precisara de una mano más dura.
¡Madre mía! ¿Acaso sería que no se sentía ya segura conmigo?, ¿o es que no la había demostrado ya mis fuertes convicciones y mi firmeza? Las cosas nos iban de maravilla y, sin embargo, yo notaba que la pasión de los primeros años parecía disiparse en la rutina de las obligaciones. ¿Por qué tienen que imponerse las cosas si tan claro está que deben hacerse ?... Cumplimos con nuestros trabajos, con la casa, con el colegio....EL COLEGIO, Ahora que caigo, Susana tiene que traer las notas de este trimestre. Susana es mi hija, una preciosa quinceañera, mujer del siglo XXI, abierta, sociable y solidaria, como la inmensa mayoría de los jóvenes de ahora. Pero, la verdad, es un poco vaga en sus estudios. Eso de estudiar la debe de llevar mucho tiempo, tal vez demasiado. Yo la entiendo, también me quemé yo las pestañas a su edad estudiando la carrera o para el examen de ingreso en mi empresa....y cada día es más duro, más competencia, más requisitos para entrar y más fácil que te echen. Yo lo entiendo...pero, ¡qué caray! lo que haya que hacerse, se debe de hacer, si lo acabo de decir: cumplir con las obligaciones...y ELLA NO CUMPLE.
Ya en los primeros exámenes nos trajo una nota del tutor para que fuéramos a hablar con él. Le dije a Teresa, mi mujer, que cambiara la cita, que tenía una reunión imprevista de trabajo. Imagino que le habrá llamado, aunque no me ha dicho nada.
Bueno, bueno, tranquilo, debes confiar en que lo haya hecho, de otra forma sería un desastre el resultado de Susana.
¡Puf! Menudo tortazo se han metido esos. Con esta caravana de coches, el mínimo frenazo significa un golpe en cadena. Menos mal que ya llego a casa.
Una vez aparcado el coche, no hay sonido más lindo que el de la cerradura de la puerta de tu casa. Un sólo clic, y estás en tu palacio, con reina y princesa dentro. Nada más grande y satisfactorio, mis únicas razones para ser feliz: mi mujer y mi hija, cada una con sus defectos, pero totalmente INSUSTITUIBLES.
“¿Teresa? Ya he llegadooo...." Así, a voz en pecho, que me oigan bien.
Oye, me ha llamado mi amiga Pilar, que me invita a su fiesta de cumpleaños. ¿Verdad que me dejarás ir? “me dijo mi hija.
“Espera, Susana. Antes tienes que decir a tu padre lo que tú ya sabes " dijo mi mujer.
" ¡k.o., mamá, entonces no me dejará ir a la fiesta!”.
“Empecé a mosquearme " Vengo del trabajo reventado y me encuentro a mi mujer y a mi hija enzarzadas en un lío de no sé qué. A ver, ¿quiero saber qué es lo que pasa? “Dije malhumorado.
“Pues lo que pasa es que tu querida hija piensa que las cosas se pueden conseguir sin esfuerzo, y que la vamos a decir que sí a todo lo que nos pida, aunque no cumpla con sus obligaciones " dijo mi mujer de una sentada.
"¡La culpa la tiene mamá por no haber hablado con mi tutor!”
¡LAS NOTAS! ¡Las malditas notas!... ¡El TUTOR! ¡Seguro que no ha llamado al tutor! ¿Será posible? Y todo por dejar libertad: ¡Ajá! ¡Libertad-Responsabilidad-Compromiso! Qué bonito. ¡Me la han jugado otra vez!
“Chillé, tirando el abrigo al sillón " Lo primero tú, Susana. ¿Qué ha pasado con tus notas? "
...Bueno, papá, es que el profesor me tiene manía, y como mamá no ha hablado con él...."
“¡¡¡ ¿O sea, que tampoco tú le has llamado como te dije que hicieras?!!! " ¡Era el colmo!
Balbuceó mi mujer.
“Vale, estupendo. Yo como un incauto confío en que vais a cumplir con vuestras obligaciones y ni tan siquiera eso. Tú, Susana, muchas promesas de estudiar, de portarte bien ¡y la evaluación hecha un desastre! Déjame ir a la fiesta, déjame ir a la fiesta...y luego tú no cumples con lo tuyo. Muy bien. Y para remate mi querida mujercita se olvida de llamar al tutor para cambiar la cita. O sea, que cada una hace lo que le da la gana”
Cada vez estaba más indignado, más encendido, y encima, de sus caras parecían salir estrellitas divertidas. ¡Claro! menudo espectáculo las estaba ofreciendo. ¡ESO! ¡YA ESTA! ¡ESPECTACULO....ESPECTA - CULO! ¡La fórmula mágica! ¡Eso era lo que estaban esperando, eso era lo que me estaban pidiendo desde hacía tiempo...y yo sin darme cuenta!
Que las cosas van a cambiar desde ahora mismo. Se acabó la libertad sin responsabilidad, la diversión sin merecerla, la continua impunidad. Se acabó el AQUÍ NO PASA NADA. ¡Si vosotras no sabéis cumplir los tratos, yo sí que los sé cumplir y os lo voy a demostrar aquí y ahora! "
Entonces cogí una silla y la puse en el centro de la habitación. Me quité la chaqueta y me enrollé las mangas de la camisa. Con toda la serenidad que me fue posible, miré a las dos con firmeza y decisión. Crucé mis brazos por delante del pecho, y las dije: " MIS DOS QUERIDISIMAS MUJERES SE ACABAN DE GANAR LA AZOTAINA DE SU VIDA”.
Me senté en la silla, miré a mi hija Susana y tapeando mis rodillas la dije:
“Tú vas a ser la primera para que después puedas disfrutar caliente la zurra que también voy a dar a tu madre. ¡Ven aquí y túmbate en mis rodillas! "
Susana, atónita, se acercó dubitativa, como si aquello fuera una broma que la estaba gastando. Cuando la tuve a mi alcance, la agarré de su muñeca izquierda y la coloqué boca abajo en mis rodillas. Rectifiqué su posición de tal forma que su cabeza estuviera más baja que su trasero, elevando mi rodilla derecha y así hacerle mucho más prominente.
Afortunadamente llevaba un chándal de tela fina, muy ligero, por lo que sus formas quedaban totalmente definidas y marcadas.
“Susana, hasta este momento creí que te había dado todo lo que necesitabas, pero ahora me doy cuenta que te falta lo más importante. La firmeza, la convicción y el ejemplo práctico del cariño que todo padre debe demostrar a su hija, sobre todo si es tan caprichosa e irresponsable como tú”. Susana permanecía inmóvil en mis rodillas, esperando paralizada la próxima acción.
“Te voy a dar unos buenos azotes en el culo de tal forma que tus ideas sobre la frivolidad de la vida te queden totalmente claras " y diciendo esto, levanté mi brazo derecho por encima de mi hombro, dejando caer mi mano con toda la fuerza que pude sobre su nalga derecha, produciéndose un sonoro PLAS, que nos cogió por sorpresa a los tres por su dureza. Susana dio un respingo, pero no se movió de su sitio. A continuación traté de igual forma su nalga izquierda, continuando con una sucesión de azotes rítmicos y cadenciosos, que pronto empezaron a hacer su efecto en su objetivo, cuando al menos llevaba una docena.
Así continué por unos minutos, pero dándome cuenta de la firmeza de su cuerpo y de lo enfadado que estaba con ella, decidí que el castigo debería ser más profundo, por lo que en un rápido movimiento sobre el elástico de sus pantalones, la dejé con el culo al aire ya que también sus bragas descendieron con él.
Sabía la humillación que eso la produciría y por un momento estuve tentado de parar y razonar con ella su mala conducta, pero hubiera sido mucho peor el que su padre no se atreviera a darle el merecido castigo.
Por eso, la sujeté con más fuerza cuando ella, entre gritos y pataleos por bajarse de mis rodillas, gritaba hecha una furia: " ¡¿Pero qué haces?!
Sujetándola con fuerza con mi mano izquierda, inicié una serie de azotazos sobre su ya caliente y dolorido culo, con tanta fuerza, que a cada golpe mi mano quedaba impresa por unos instantes en su trasero desnudo.
" Creías que no me iba a atrever, eh?” PLAS, PLAS, PLAS " Que no sería capaz de castigarte, eh?” PLAS, PLAS, PLAS " Confundes ( Pas, Plas ) ...libertad con permisividad ( Plas, Plas )... tolerancia( Plas ) con debilidad ( Plas, Plas, Plas, Plas)...pues para que aprendas qué significa educación en libertad ( Plas, Plas, Plas, Plas, Plas ) te enseñaré lo que se gana el no saber aprovechar la suerte de tener un padre como yo. TOMA, TOMA Y TOMA”.
La lluvia de azotes sobre su trasero caía de forma torrencial. Susana se retorcía de un lado a otro y en su intento de liberarse, su trasero subía y bajaba secuencialmente con cada azote. Su natural color blanco se había vuelto rojo brillante y su temperatura había subido considerablemente.
Su madre miraba ensimismada, contemplando cómo mi mano se dedicaba ahora a enrojecer sus muslos, en la zona de flexura donde empiezan las piernas, mientras oía extasiada sus gritos pidiendo clemencia.
" No me pegues más, papáááá....Te prometo que seré buenaaaa....Aaaiiiiggggghh! "
Entonces su madre se acercó y dijo " Ya está bien. No la pegues más, ya tiene bastante ! "
" Hombre!. Ahora preocupada por ella! O mas bien estás preocupada por ti?. No te preocupes, mujer, si me quedan todavía muchos azotes y tú también tendrás tu merecido "
Y levantando a Susana de mis rodillas, la llevé a un rincón de la habitación, mientras la seguía azotando el culo con la otra mano. La coloqué mirando hacia delante y la dije : " Vas a ver ahora cómo castigo a tu madre. Si queríais un padre y un marido autoritario, lo tendréis, ya que habéis tenido la gran suerte que yo también sé ser autoritario. No te pierdas detalle, Susana! "
Mientras volvía a la silla, agarré con fuerza el brazo de mi mujer. " Ay! Me haces daño ! " protestó ella " Y más daño te voy a hacer, pero en otro sitio!. Cuando acabe contigo te darás perfecta cuenta de lo " blandito " que es el marido con el que te has casado "
Me senté en la silla y la tumbé sobre mi rodilla izquierda. De forma inmediata la levanté la falda y la bajé las bragas de un tirón, quitándoselas del todo. Crucé mi pierna derecha sobre las suyas, de tal forma que quedase totalmente inmovilizada, y directamente comencé a darla azotes con toda la fuerza que podía a la vez que la decía : " Te he dado todo lo que he podido. Te he respetado y aguantado todos tus caprichos, pero ha llegado el momento de que entiendas que por encima de todas las cosas está el cumplimiento del deber y mi deber AHORA es ponerte el culo como un tomate ".
A medida que su trasero se calentaba por los azotes, sus esfuerzos por liberarse eran mayores. También la palma de mi mano aquejaba el dolorimiento por la azotaina que había dado a mi hija.
" Toma, Toma y Toma" " Ay, Ay, Ay... No más, ya no puedo más....déjame, por favor...."
" No te dejaré hasta que me asegure que has aprendido bien la lección " y continué azotándola con fuerza alternando uno y otro carrillo de su desnudo culo, y de vez en cuando dejaba caer uno de los fuertes en el mismo centro de su caliente trasero.
Mi mujer, en su doloroso baile producido por los azotes que la estaba dando, se movía con violencia hacia arriba y hacia abajo, mostrando involuntariamente sus partes más íntimas, en un frenético movimiento que se me hacía cada vez más difícil de controlar, no sólo por mi profunda excitación sino por la violencia de la escena.
Había estallado hacía rato en un profundo y lastimero llanto que cortaba su respiración jadeante, mientras era capaz de decir : " Sí...sigue...sigue...lo tengo merecido... lo siento....de verdad que ...lo...siento...
Perdóname..."
Decidí parar a fin de darla un respiro. Yo también estaba muy cansado. Mi hija miraba con profunda excitación la escena, mientras se frotaba sus doloridas nalgas y lloriqueaba a cada golpe que oía , como si ella también estuviera recibiendo el mismo azote.
Por fin liberé a mi mujer de su forzada postura y la puse al lado de Susana. " Ahora quiero que estéis ahí un rato de cara a la pared. Ah! y con las manos en la cabeza. Sin moveros! "
Con disimulo, me fui apesadumbrado. Por un lado estaba excitado sexualmente, pero por otro, chocaba mi forma de pensar sobre que es mejor la convicción que la imposición.
Dios mío, pobre Susana, que sentirá ahora, después de esta humillación! Y mi querida mujer....yo que la he respetado y amado hasta límites insospechados.....Seguro que me abandonará...y tendrá razón. Por maltrato!
Me había metido en un lío! k.o.! Encima eso, yo que respeto la libertad y la individualidad...y van a abandonarme las dos por maltrato. Increíble! ¿ Cómo he podido dejarme llevar por mi enfado?
Pasados unos minutos de profunda meditación por lo sucedido, volví a la habitación donde estaba mi mujer y mi hija, no sin antes recoger de mi maletín los encargos que me habían hecho el día anterior.
Con cara de circunstancia, entré en el cuarto y las encontré a ambas charlando animadamente, a pesar que seguían desnudas de cintura para abajo.
Cuando me vieron se colocaron rápidamente de cara a la pared.
" Lo sentimos papá, de verdad que sentimos haberte enojado tanto " dijeron las dos a la vez.
" Sabéis que yo os quiero.........BUF!......Toma, Susana, lo que ayer me pediste que te comprara " y la entregué su paquete. Acobardado, le di a mi mujer el suyo, susurrándola al oído : " Siento haberte pegado así...yo te amo! "
" Viva! Gracias, papá!. Es justo el que yo quería! " y rápidamente fue a enseñárselo a su madre.
Se trataba de un precioso cepillo de pelo, de madera noble, de color natural, delicadamente pulido de forma manual. Su tacto hacía estremecer la sensación de la mano que lo tocara.
" Qué suerte tienes, Susana! Menudo padre te ha tocado! " dijo mi mujer con profundo sentimiento. " Pues mira lo que me ha traído a mí, lo que también le pedí ! " Mi mujer me había pedido un frasco de crema hidratante, de las que se utilizan para poner suave la piel, a la vez que la nutre aportándola las sustancias necesarias para su regeneración y tersura.
Ambas corrieron a abrazarme y a besarme, y entre lloriqueos y te quieros, mi mujer dijo en voz alta :
" ¿ Qué tal Susana si dejamos que papá pruebe ese precioso cepillo en nosotras y después tú y yo probamos esta crema hidratante? ¿ Lo harías por nosotras, por favor, querido ? ".
03/05/2005 06:06 Este es el enlace de este relato, si lo copias lo puedes utilizar como hipervínculo. Tema: En Familia Hay 3 comentarios.
Lecciones de educación
Autor: Xesc
El radio despertador marcaba las diez de la mañana, y el sol se filtraba por la estrecha rendija de una persiana de la amplia habitación, cuando Estefanía abrió tímidamente los ojos, cansada y resacosa por la juerga del día anterior que había terminado bien entrada la madrugada. Molesta por los rayos de sol que le laceraban la vista volvió a cerrar los párpados, se dio media vuelta en la cama e intentó conciliar el sueño de nuevo, pero a la primera vuelta le siguió otra, y otra más, acercándola más a un inevitable estado de vigilia, al tiempo que Morfeo se mostraba cada vez menos dispuesto a recibirla de nuevo en sus brazos. Por otro lado, el intenso calor canicular del mes de agosto, junto con la asfixiante humedad que saturaba el aire barcelonés, hacían que sus vanas tentativas de conciliar el sueño sólo le reportaran un notable aumento de la secreción de sus glándulas sudoríparas. Precisamente, toda la humedad que empapaba su piel hacía que el breve y fino camisón de satén que la cubría se ciñese cada vez más a las sinuosas curvas de su generosa anatomía. Pero la humedad no sólo estaba presente en la tela satinada, también su entrepierna se estaba mojando por momentos, pues su cada vez más despierta mente se estaba yendo por derroteros bastante excitantes. Y es que la noche no había sido tan maravillosa como ella esperaba, y el guaperas de Toni había pasado olímpicamente de ella, sucumbiendo a los encantos de su -hasta ese momento- amiga Susana, a la que ahora Estefanía dedicaba apelativos tan cariñosos como zorra o pendón desorejado, por no citar otros sinónimos de mayor contundencia. Poco a poco dejó a un lado la deplorable imagen de Susana abrazada como una boa constrictora a Toni, y se concentró en otra mucho más sugerente del mismo. Desde luego la guarra de Susana no tenía mal gusto, pues el objeto de su conquista era el sueño de cualquier chica que no estuviera ciega: pelo negro azabache, ojos verdes, labios carnosos y sensuales, espaldas y hombros de atleta, cintura estrecha pero musculosa, terminada en un culito perfectamente redondeado y unas piernas que se intuían más que recias. Todo esto unido a un indiscutible “savoir faire” (sobretodo con el sexo femenino), una cultura más que aceptable, y su simpatía rebosante, virtudes todas ellas que lo hacían irresistible para toda hembra. Caliente como estaba por fuera y por dentro y sabedora de los efectos relajantes de un buen polvo o, en su defecto, de una buena paja, Estefanía deslizó su mano derecha hasta la entrepierna, donde un dedo experto no tardó en localizar y posarse en el punto álgido del placer: el clítoris. Con suave pero constante vaivén fue acariciando el erecto órgano, penetrando ocasionalmente en la inundada cavidad que lo rodeaba como si fuera un pequeño islote en medio de un mar de ocres aromas. Mientras el dedo hacía diestramente su labor, la mano libre se posó sobre las prominentes colinas formadas por sus majestuosos pechos, coronadas por las puntiagudas protuberancias de sus pezones. Así, con una mano explorando la empapada vagina y la otra alternando ora un seno ora el otro, Estefanía se masturbaba ceremoniosamente, ajena a todo lo que no fuera su placer.
Sin embargo, cuando estaba a punto de librarse a un profundo y placentero orgasmo, su concentración se vio truncada por unos intensos y desagradables ruidos procedentes del patio de luces, del que tan solo la separaba la ventana de su habitación. Intentó en vano volver a enfocar la agradable imagen origen de su excitación, pero su mentes se negó en redondo a pensar en otra cosa que no fuese el taladro cuyo desagradable chirriar parecía querer perforarle el cerebro. Cansada y visiblemente malhumorada, optó por levantarse de la cama y tomar una buena ducha relajante.
Una vez liberada del sudor que empapaba todo su cuerpo se secó con una toalla y, desnuda, se dirigió a su habitación, sin preocuparle lo más mínimo que algún vecino la pudiera ver tal como su madre la trajo al mundo. Resignada del todo a no poder dormir, decidió vestirse lo más cómoda y fresca posible para pasar un tranquilo y apacible día en casa, disfrutando del “dolce fare niente” que dirían en Italia, tierra de uno de sus innumerables ligues. Así pues, se puso unas delicadas braguitas azul claro de nylon, pequeñas y transparentes como a ella le gustaban, resaltando y cubriendo a penas unas nalgas respingonas, no muy grandes pero bien redondeadas y firmes; al fin y al cabo, tenía sólo 20 añitos recién cumplidos, y pasaba un buen número de horas en el gimnasio, por no hablar de sus salidas a esquiar muchos fines de semana. Encima de tan breve prenda tan solo un corto vestido blanco, entallado en la cintura y ceñido a unos erguidos pechos juveniles, asomando descarados y vivaces por un profundo escote; la falda de vuelo, pues le gusta andar sin que tal parte de su indumentaria estorbara su andar vivaz y saltarín. Como de costumbre no se puso ningún tipo de sostén que oprimiera sus gráciles senos que parecían contradecir, desafiantes y altivos, la ley de la gravedad; tan solo en pleno invierno los usaba, y no siempre. Una vez vestida, se calzó sus cómodas zapatillas de andar por casa –con algo de tacón, ¡faltaría más!- y se dirigió a la cocina a prepararse un opíparo desayuno, energético pero bajo en grasas, para empezar el día con las pilas bien cargadas.
Por la ventana abierta de la cocina pudo ver con claridad a los culpables de su desasosiego: un par de hombretones rudos y sudados que colgaban de un andamio en el patio de luces. El mayor de ellos era más bien grueso pero al mismo tiempo extremadamente robusto, pues su fornido pecho sobrepasaba en dimensiones a una nada despreciable barriga; su compañero, algo más joven, lucía un físico más atlético, pero casi igual de recio. Vestían ambos sendas camisetas imperio que mostraban sus abombados pectorales y sus musculosos brazos, unidos al tronco por hercúleos hombros. Al principio Estefanía no les prestó demasiada atención, tan solo una soberbia y desafiante mirada de desprecio al notar sus ojos clavados en sus nalgas, ligeramente visibles al agacharse, pero acabó por encontrarlos incluso sexys, a pesar de su aspecto brutal y desaliñado.
-Qué curioso –pensó-, no se parecen en nada a mi prototipo de hombre ideal (tipo Toni, el clásico guaperas bien vestido, aseado y perfumado, de rostro bien afeitado y suave como el culito de un bebé), y sin embargo me están poniendo cachonda por momentos.
Tal vez fuera precisamente por ese contraste o por que le recordaban a su severo padre (sobretodo el mayor), o simplemente porqué todavía persistía el picor en la entrepierna, pero el caso es que no pudo evitar imaginar como sería un polvo con uno de aquellos hombretones (¡o con los dos, porqué no!). Con esta idea dándole vueltas por la cabeza se tomó un buen vaso de zumo de naranja y se zampó un par de rebanadas de pan integral, una con jamón York y la otra con queso fresco; y para rematar el desayuno un poco de leche fresca (¡desnatada, “of course”!). Una vez llenado el buche se dirigió de nuevo a su habitación, bamboleando provocativamente la sugestiva grupa ante la atenta mirada de los obreros, que no se perdían detalle. Del cajón del tocador de la estancia cogió un cepillo de madera para el pelo, se sentó en un taburete frente al espejo y empezó a cepillarse pausadamente la larga melena rubia de la que tan orgullosa se sentía. Como quiera que el ruido persistía e incluso aumentaba, decidió que lo mejor sería poner algo de música, y que mejor que algo de “dance”, así le parecería que seguía en la discoteca de la que había salido unas horas antes. Y para no oír el ruido de los golpes y el taladro, la puso a toda pastilla. Dejó el cepillo sobre la mesita de noche y se tumbó de bruces en la cama a hojear una revista del corazón.
Al cabo de unos minutos durante los cuales hasta las paredes retumbaban –y no precisamente por culpa de los golpes-, pudo oír unas voces masculinas que le gritaban:
-¡Niña! ¡Baja ya ese ruido, que nos vas a romper los tímpanos!
-¿Qué ruido ni qué leches?-respondió airada la muchacha- . Esto que suena es la mejor música de discoteca del momento. ¡Que no os enteráis, carrozones!
-¡Llámale como quieras, pero bájalo de una puta vez, que no estamos en una discoteca! –le espetó el mayor de los trabajadores.
Estefanía no solo hizo caso omiso de la petición, sino que subió aún más el volumen de su equipo, luego se acercó a la ventana y, con un gesto obsceno que daba énfasis a sus palabras, les gritó:
-¡Que os folle un pez! ¡A mí ya no me da órdenes ni mi padre!
Dicho esto, se dio media vuelta con aire triunfal y se lanzó de nuevo de bruces sobre la cama, de tal modo que la falda del vestido se le subió ligeramente, dejando a la vista el inicio del ebúrneo nalgamen y algo de la tela azul de sus braguitas; de este modo siguió con la despreocupada lectura, sin imaginar que su ofensa no iba a quedar impune.
Los albañiles, ambos padres de familia y algo chapados a la antigua, no estaban dispuestos a tolerar que una niñata malcriada les faltara al respeto. Ambos tenían hijas adolescentes, y semejante conducta hacia su padre o su madre les hubiera costado una buena tunda, sobretodo en casa del mayor de ellos, pues su correa visitaba con relativa frecuencia las desnudas posaderas de su prole, dos chicas y un chico, a veces por faltas menos graves que la irrespetuosa conducta de Estefanía. Y no es que los padres de ésta hubieran sido excesivamente blandos con ella o con su hermana mayor, pero ya llevaba casi un año viviendo fuera de casa y no recordaba las severas azotainas recibidas de niña y de no tan niña (la última se la dio su padre con 18 años recién cumplidos, por llegar tarde a casa y con una borrachera considerable). Por esta razón, y a la vista de que con semejante maleducada no valían las buenas palabras, los dos operarios coincidieron enseguida en que a la chica le hacía falta un buen escarmiento, y enseguida se pusieron de acuerdo en el modo de actuar.
El andamio se encontraba ubicado en la misma fachada que la ventana del comedor del piso de Estefanía, apenas unos metros más arriba, y dada su sujeción con un sistema de ascenso y descenso, no les supuso ningún problema acceder al apartamento, más teniendo en cuenta que las ventanas estaban abiertas de par en par. Sin que la chica se enterara de nada a causa del elevado volumen de la música, entraron en su habitación y desconectaron el equipo de sonido. En ese momento se dio cuenta Estefanía de su presencia, levantándose de un brinco de la cama y encarándose decididamente a un par de individuos que le sacaban un palmo de altura y dos de anchura.
-Pero ¿qué os habéis creído? ¡Largaros inmediatamente de mi casa sino queréis que llame a la policía!
-Mira mocosa –le respondió el mayor- tengo edad para ser tu padre, así que háblame con respeto o te arrepentirás de lo que dices.
-Tú no eres nadie para darme órdenes, y no tienes cojones para hacer que me arrepienta de nada, así que ¡vete a tomar por culo!
Sin que Estefanía tuviera tiempo de reaccionar, aquel tipo la agarró de la muñeca y, con la facilidad que le daba su enorme fuerza y una cierta práctica en estos menesteres, se sentó en una silla y la hizo caer sobre su regazo; le sujetó firmemente ambas manos a la espalda con una sola de sus enormes manazas, inmovilizándola casi completamente. La pobre chica se revolvía e intentaba huir, pero pronto tuvo la certeza de que nada podía hacer por librarse de la férrea llave. Ante la atenta y cómplice mirada de su colega, el verdugo levantó lentamente la falda de su víctima, dejando al descubierto dos perfectas medias lunas cuya redondez se veía más que intuía bajo la breve y tenue tela azul de sus braguitas.
-Mira nenita –le dijo-, te crees una mujercita con muchas agallas, pero no eres más que una mocosa maleducada, y el mejor medio para enseñarte modales van a ser unos buenos azotes. Y luego, si alguien toma por el culo serás tú misma, pues te vamos a follar por todos tus agujeros para demostrarte si tenemos cojones o no. Supongo que no es la primera vez que te dan una azotaina, pero esta visto que hace demasiado tiempo que nadie te calienta tu culito de muñeca, y hoy vas a aprender una lección que nunca olvidarás.
Dicho esto, empezó a palmear enérgicamente las expuestas nalgas con su mano derecha, una mano curtida y encallecida por el trabajo físico al aire libre. PLAF, PLAF, PLAF… los azotes resonaban nítidamente en la habitación, ahora silenciosa, interrumpidos tan sólo por los gritos y sollozos de la muchacha, que pataleaba y contraía el trasero en un vano intento de mitigar el intenso dolor. Recordaba las zurras recibidas de su madre y de su padre, pero ni punto de comparación con la paliza que le estaba sacudiendo aquel bruto, cuyas manos no parecían ser de carne y hueso, sino de recia madera.
-¡Ay! ¡Uy! ¡Para ya! ¡Uhaoooo! ¡Me haces daño, animal! ¡Aaaaargh! ¿Estás loco o qué? Te denunciaré por violación. ¡Aaaaaaay! Y por allanamiento de morada.¡Auch!
Pero nada que pudiera hacer o decir hacía mella en el espíritu de su castigador, más que decidido a cumplir con sus promesas, y así se lo hizo saber a Estefanía:
-Entre la paliza que te vamos a dar y la enculada que te espera después, vas a estar un mes sin poder sentarte. Y no intentes escapar o rebelarte porqué será peor, si es necesario te ataremos.
Al tiempo que decía esto, cogía el elástico superior de las finas braguitas y las hacía descender hasta el inicio de los muslos de su víctima, dejando totalmente a la vista dos coloradas medias lunas. Prosiguió la rítmica azotaina unos minutos más y entonces hizo una pausa que Estefanía interpretó como el final de su suplicio, pero enseguida descubrió cuán equivocada estaba, al oír la voz de su verdugo hablando con su compañero:
-Esta zorra necesita un buen escarmiento y se lo voy a dar, aunque tenga que arrancarle la piel del culo a tiras, así aprenderá a respetar a las personas, especialmente si son mayores que ella. ¡Pepe! ¡Pásame el cepillo que hay en la mesita de noche!
Su compañero le alcanzó el recio cepillo de madera y, con tal implemento firmemente agarrado de la mano, reanudó con renovado vigor la interminable paliza, arrancando aullidos de dolor de la garganta de Estefanía, que pataleaba y lloraba como lo haría una chiquilla en su misma situación. Pero eso no ablandó el corazón de aquel hombre, y mucho menos su brazo, que no cesó de azotar con todas sus fuerzas las desnudas cúpulas, cuyo color púrpura fue dejando paso al morado.
Cuando por fin cesó el chaparrón de golpes, Estefanía notó que la presa que la inmovilizaba se aflojaba hasta dejarla libre; enseguida se dejó caer al suelo enmoquetado, sobre cuya ebúrnea superficie resaltaba el intenso color escarlata de sus maltrechas asentaderas. Tumbada bocabajo se agarraba y frotaba alternativamente ambas nalgas, con tal entusiasmo que parecía querer sacarles brillo (más aún, si cabe). Así se quedo un par de minutos ajena a otra cosa que no fuera tratar de aliviar el intenso escozor de su retaguardia, sin saber de los planes que se estaban acabando de gestar a sus espaldas.
El mayor de los trabajadores cogió a Estefanía con sus fuertes brazos, levantándola en vilo del suelo, y ésta –sorprendida- no reaccionó hasta encontrarse tumbada de bruces sobre su cama, con todo el peso del hombre sobre su cintura y espalda, impidiéndole toda fuga. Mientras esto sucedía, el albañil más joven se hacía con un par de medias de Estefanía, sacándolas del cajón en donde ésta guardaba su exquisito y variado repertorio de lencería íntima. En un santiamén le ató con ellas las manos a la cabecera de la cama, primero la derecha y luego la izquierda, una a cada extremo de aquélla. Posteriormente le ató las dos piernas unidas por los tobillos, valiéndose para ello de su propio cinturón e impidiendo que la chica se defendiera a patadas. Acto seguido la sujetó por los pies, permitiendo así a su compañero que se levantara de la cama. Una vez de pié se desabrochó el cinturón, se lo quitó y lo dobló por la mitad, al tiempo que se dirigía a su compañero:
-Pepe, sujétala bien porqué ahora va a ver quién soy yo con una correa en la mano, voy a zurcirle su redondo culito de bailarina a base de cintazos.
Estefanía se debatía inútilmente sobre la cama, consiguiendo tan solo que el corto vestido descubriera la totalidad de la superficie de sus maltratadas nalgas, aún encarnadas por efecto de la reciente tunda. De improviso un dolor especialmente agudo laceró de nuevo su popa, de babor a estribor: aquél animal la estaba azotando con todas sus fuerzas, y a juzgar por el impacto la correa era de un grosor y una amplitud considerables. Las franjas violáceas iban cubriendo el lienzo de las rojizas cachas, separadas entre sí al principio, pero luego confundiéndose en una amalgama de trazos horizontales y casi paralelos.
Más de cuarenta veces cruzó el cuero el culo desnudo antes de interrumpir su labor, pero tal interrupción no supuso en absoluto el cese de las hostilidades, sino tan solo una nueva pausa que aprovecharon los dos hombres para reorganizarse e intercambiar funciones. Ahora el más corpulento pasó a sujetar a la chica sobre la cama, mientras el otro cogía un par de cojines de un sillón cercano y los colocaba bajo el vientre de Estefanía, quedando así con el cuerpo bellamente arqueado y el torneado culo alzado y aún más expuesto. Una vez preparada lo mejor posible la diana, decidió hacerse con el necesario dardo, y la elección cayó sobre una de las lindas zapatillas de la muchacha, azules, con el empeine de piel y la suela de rígido cuero, todo ello de la mejor calidad. La sujetó firmemente por el tacón y con la suela empezó a hacer brincar las ancas de Estefanía para rematar la faena, sacudiendo más de un centenar de veces las castigadas medias lunas, que más que asemejarse al pálido satélite recordaban más un rojizo sol crepuscular dividido en dos hemisferios casi totalmente simétricos.
Desde luego, una simple zapatilla –aunque sea de suela de cuero rígido- no es un instrumento muy severo, y menos para un trasero adulto aunque juvenil, pero ahora llovía sobre mojado y la nueva tanda de azotes acabó por romper la poca resistencia que a Estefanía le pudiera quedar, y acabó rompiendo a llorar a lágrima viva, perdiendo definitivamente cualquier compostura residual y dejando de oponer resistencia de ningún tipo al trato vejatorio que estaba sufriendo, y cuya peor parte aún estaba por llegar. Su recién estrenado castigador dejó la zapatilla en el suelo y se quitó pantalones y calzoncillos, exhibiendo en todo su esplendor una erecta verga de unos veinte centímetros, surcada de inflamadas venas y coronada por un terso glande que parecía la cima y el cráter de un volcán a punto de entrar en erupción. Con el enhiesto mástil emergiendo del océano de vello de su vientre desnudo, se arrodilló en la cama detrás de Estefanía, agarrando con ambas manos la carnosa y ardiente grupa y separando sus dos mitades para dejar a la vista el prieto agujero marrón que ocupaba el centro del apretado valle. Se chupó el grueso índice, dejándolo bien empapado de saliva y con él se adentró en el estrecho conducto, lubricándolo con gesto de vaivén que lo dejó preparado para la visita de un intruso mucho más voluminoso. Retiró entonces el dedo y lo sustituyó por su erecta polla, cuyo congestionado capullo tuvo que vencer la resistencia del esfínter antes de dejar paso al resto del miembro viril, que se hundió totalmente y de una sola embestida en la cavidad, al tiempo que los hinchados cojones percutían sobre las coloreadas posaderas. Excitado como estaba por la azotaina propinada y por el resto de castigos presenciados, no tardó en eyacular, en medio de vigorosos espasmos de su bajo vientre y llenando la oquedad con su semen brotando a borbotones. Satisfecha su pasión se retiró de la acogedora guarida y cedió el puesto a su compañero.
Su colega se desnudó también de cintura hacia abajo, mostrando un rígido pene de longitud apenas superior al de su compañero, pero de un grosor descomunal. Se arrodilló frente a aquel apetecible culito que nada tenía que ver con el de la foca de su mujer, lo agarró por las caderas y lo levantó aún más para facilitar la introducción, que realizó sin ningún tipo de preámbulo, con lo cual obligó a Estefanía a chillar como un cerdo degollado. Grito que fue acallado con un imperativo “¡cállate puta!” y algunos sonoros cachetazos sobre el culo cuyo ano estaba destrozando sin compasión. Así, a base de azotes y embestidas brutales, fue bombeando la gruta que lo acogía muy a su pesar, hasta que se corrió con gran violencia, acabando de inundar de blanca leche el orificio.
Consumada su venganza, ambos trabajadores recuperaron sus ropas y se vistieron, desatando a continuación a Estefanía, que se quedó tendida e inmóvil sobre la cama, con el culo destrozado por fuera y por dentro y el ojete chorreando semen a borbotones. A modo de colofón se despidieron de la sollozante muchacha con un par de palmadas más sobre el trasero aún desnudo, una en cada nalga, al tiempo que el mayor de ellos le decía:
-Espero que esto te haya servido de lección, las perras como tú necesitáis que un buen macho os enseñe cual es vuestro lugar. Por otro lado, así también aprenderás a respetar al prójimo.
Sin prisa abandonaron la habitación, dirigiéndose y encaramándose de nuevo al andamio para terminar su labor. Totalmente exhausta y dolorida, Estefanía se quedó aún un buen rato acostada en la cama, sobándose las irritadas nalgas. No fue hasta pasados unos quince minutos que se levantó de la cama, se encaminó al cuarto de baño y allí se relajó con una tibia ducha, casi fría a la hora de regar las inflamadas cúpulas; se entretuvo un buen rato en limpiar a fondo el dilatado ano y acto seguido aplicó una generosa capa de crema hidratante sobre las ardorosas ancas, con un suave y pausado masaje que alivió considerablemente el escozor persistente.
El resto del día lo pasó leyendo y viendo la tele en el sofá, pero con un mullido cojín bajo el culo para poder sentarse con un poco de confort, con la humillación añadida de tener que soportar las irónicas miradas de los albañiles, que se reían de ella al verla retorcerse sobre el cojín. Por la noche, temprano (en cuanto los ruidos de la obra cesaron), se acostó en la cama, pero para poder conciliar el sueño tuvo que hacerlo bocabajo al no poder apoyar el culo sobre el rígido colchón.
Al día siguiente, al despertarse y levantarse de la cama, se sintió más aliviada, aunque no del todo pues sus posaderas aún lucían unos aparatosos moretones, que tardarían una semana en desaparecer completamente, el tiempo que permanecerían las dificultades para sentarse con comodidad. Por suerte su trabajo de azafata de congresos la obligaba a estar de pié, pero estuvo toda la semana sin aparecer por el gimnasio, para ahorrarse explicaciones en las duchas si sus compañeras veían los verdugones de su trasero.
Y aunque tal vez el palizón recibido no le enseñó buenos modales, al menos aprendió a no desafiar a un par de hombres rudos y curtidos por el trabajo físico.
El radio despertador marcaba las diez de la mañana, y el sol se filtraba por la estrecha rendija de una persiana de la amplia habitación, cuando Estefanía abrió tímidamente los ojos, cansada y resacosa por la juerga del día anterior que había terminado bien entrada la madrugada. Molesta por los rayos de sol que le laceraban la vista volvió a cerrar los párpados, se dio media vuelta en la cama e intentó conciliar el sueño de nuevo, pero a la primera vuelta le siguió otra, y otra más, acercándola más a un inevitable estado de vigilia, al tiempo que Morfeo se mostraba cada vez menos dispuesto a recibirla de nuevo en sus brazos. Por otro lado, el intenso calor canicular del mes de agosto, junto con la asfixiante humedad que saturaba el aire barcelonés, hacían que sus vanas tentativas de conciliar el sueño sólo le reportaran un notable aumento de la secreción de sus glándulas sudoríparas. Precisamente, toda la humedad que empapaba su piel hacía que el breve y fino camisón de satén que la cubría se ciñese cada vez más a las sinuosas curvas de su generosa anatomía. Pero la humedad no sólo estaba presente en la tela satinada, también su entrepierna se estaba mojando por momentos, pues su cada vez más despierta mente se estaba yendo por derroteros bastante excitantes. Y es que la noche no había sido tan maravillosa como ella esperaba, y el guaperas de Toni había pasado olímpicamente de ella, sucumbiendo a los encantos de su -hasta ese momento- amiga Susana, a la que ahora Estefanía dedicaba apelativos tan cariñosos como zorra o pendón desorejado, por no citar otros sinónimos de mayor contundencia. Poco a poco dejó a un lado la deplorable imagen de Susana abrazada como una boa constrictora a Toni, y se concentró en otra mucho más sugerente del mismo. Desde luego la guarra de Susana no tenía mal gusto, pues el objeto de su conquista era el sueño de cualquier chica que no estuviera ciega: pelo negro azabache, ojos verdes, labios carnosos y sensuales, espaldas y hombros de atleta, cintura estrecha pero musculosa, terminada en un culito perfectamente redondeado y unas piernas que se intuían más que recias. Todo esto unido a un indiscutible “savoir faire” (sobretodo con el sexo femenino), una cultura más que aceptable, y su simpatía rebosante, virtudes todas ellas que lo hacían irresistible para toda hembra. Caliente como estaba por fuera y por dentro y sabedora de los efectos relajantes de un buen polvo o, en su defecto, de una buena paja, Estefanía deslizó su mano derecha hasta la entrepierna, donde un dedo experto no tardó en localizar y posarse en el punto álgido del placer: el clítoris. Con suave pero constante vaivén fue acariciando el erecto órgano, penetrando ocasionalmente en la inundada cavidad que lo rodeaba como si fuera un pequeño islote en medio de un mar de ocres aromas. Mientras el dedo hacía diestramente su labor, la mano libre se posó sobre las prominentes colinas formadas por sus majestuosos pechos, coronadas por las puntiagudas protuberancias de sus pezones. Así, con una mano explorando la empapada vagina y la otra alternando ora un seno ora el otro, Estefanía se masturbaba ceremoniosamente, ajena a todo lo que no fuera su placer.
Sin embargo, cuando estaba a punto de librarse a un profundo y placentero orgasmo, su concentración se vio truncada por unos intensos y desagradables ruidos procedentes del patio de luces, del que tan solo la separaba la ventana de su habitación. Intentó en vano volver a enfocar la agradable imagen origen de su excitación, pero su mentes se negó en redondo a pensar en otra cosa que no fuese el taladro cuyo desagradable chirriar parecía querer perforarle el cerebro. Cansada y visiblemente malhumorada, optó por levantarse de la cama y tomar una buena ducha relajante.
Una vez liberada del sudor que empapaba todo su cuerpo se secó con una toalla y, desnuda, se dirigió a su habitación, sin preocuparle lo más mínimo que algún vecino la pudiera ver tal como su madre la trajo al mundo. Resignada del todo a no poder dormir, decidió vestirse lo más cómoda y fresca posible para pasar un tranquilo y apacible día en casa, disfrutando del “dolce fare niente” que dirían en Italia, tierra de uno de sus innumerables ligues. Así pues, se puso unas delicadas braguitas azul claro de nylon, pequeñas y transparentes como a ella le gustaban, resaltando y cubriendo a penas unas nalgas respingonas, no muy grandes pero bien redondeadas y firmes; al fin y al cabo, tenía sólo 20 añitos recién cumplidos, y pasaba un buen número de horas en el gimnasio, por no hablar de sus salidas a esquiar muchos fines de semana. Encima de tan breve prenda tan solo un corto vestido blanco, entallado en la cintura y ceñido a unos erguidos pechos juveniles, asomando descarados y vivaces por un profundo escote; la falda de vuelo, pues le gusta andar sin que tal parte de su indumentaria estorbara su andar vivaz y saltarín. Como de costumbre no se puso ningún tipo de sostén que oprimiera sus gráciles senos que parecían contradecir, desafiantes y altivos, la ley de la gravedad; tan solo en pleno invierno los usaba, y no siempre. Una vez vestida, se calzó sus cómodas zapatillas de andar por casa –con algo de tacón, ¡faltaría más!- y se dirigió a la cocina a prepararse un opíparo desayuno, energético pero bajo en grasas, para empezar el día con las pilas bien cargadas.
Por la ventana abierta de la cocina pudo ver con claridad a los culpables de su desasosiego: un par de hombretones rudos y sudados que colgaban de un andamio en el patio de luces. El mayor de ellos era más bien grueso pero al mismo tiempo extremadamente robusto, pues su fornido pecho sobrepasaba en dimensiones a una nada despreciable barriga; su compañero, algo más joven, lucía un físico más atlético, pero casi igual de recio. Vestían ambos sendas camisetas imperio que mostraban sus abombados pectorales y sus musculosos brazos, unidos al tronco por hercúleos hombros. Al principio Estefanía no les prestó demasiada atención, tan solo una soberbia y desafiante mirada de desprecio al notar sus ojos clavados en sus nalgas, ligeramente visibles al agacharse, pero acabó por encontrarlos incluso sexys, a pesar de su aspecto brutal y desaliñado.
-Qué curioso –pensó-, no se parecen en nada a mi prototipo de hombre ideal (tipo Toni, el clásico guaperas bien vestido, aseado y perfumado, de rostro bien afeitado y suave como el culito de un bebé), y sin embargo me están poniendo cachonda por momentos.
Tal vez fuera precisamente por ese contraste o por que le recordaban a su severo padre (sobretodo el mayor), o simplemente porqué todavía persistía el picor en la entrepierna, pero el caso es que no pudo evitar imaginar como sería un polvo con uno de aquellos hombretones (¡o con los dos, porqué no!). Con esta idea dándole vueltas por la cabeza se tomó un buen vaso de zumo de naranja y se zampó un par de rebanadas de pan integral, una con jamón York y la otra con queso fresco; y para rematar el desayuno un poco de leche fresca (¡desnatada, “of course”!). Una vez llenado el buche se dirigió de nuevo a su habitación, bamboleando provocativamente la sugestiva grupa ante la atenta mirada de los obreros, que no se perdían detalle. Del cajón del tocador de la estancia cogió un cepillo de madera para el pelo, se sentó en un taburete frente al espejo y empezó a cepillarse pausadamente la larga melena rubia de la que tan orgullosa se sentía. Como quiera que el ruido persistía e incluso aumentaba, decidió que lo mejor sería poner algo de música, y que mejor que algo de “dance”, así le parecería que seguía en la discoteca de la que había salido unas horas antes. Y para no oír el ruido de los golpes y el taladro, la puso a toda pastilla. Dejó el cepillo sobre la mesita de noche y se tumbó de bruces en la cama a hojear una revista del corazón.
Al cabo de unos minutos durante los cuales hasta las paredes retumbaban –y no precisamente por culpa de los golpes-, pudo oír unas voces masculinas que le gritaban:
-¡Niña! ¡Baja ya ese ruido, que nos vas a romper los tímpanos!
-¿Qué ruido ni qué leches?-respondió airada la muchacha- . Esto que suena es la mejor música de discoteca del momento. ¡Que no os enteráis, carrozones!
-¡Llámale como quieras, pero bájalo de una puta vez, que no estamos en una discoteca! –le espetó el mayor de los trabajadores.
Estefanía no solo hizo caso omiso de la petición, sino que subió aún más el volumen de su equipo, luego se acercó a la ventana y, con un gesto obsceno que daba énfasis a sus palabras, les gritó:
-¡Que os folle un pez! ¡A mí ya no me da órdenes ni mi padre!
Dicho esto, se dio media vuelta con aire triunfal y se lanzó de nuevo de bruces sobre la cama, de tal modo que la falda del vestido se le subió ligeramente, dejando a la vista el inicio del ebúrneo nalgamen y algo de la tela azul de sus braguitas; de este modo siguió con la despreocupada lectura, sin imaginar que su ofensa no iba a quedar impune.
Los albañiles, ambos padres de familia y algo chapados a la antigua, no estaban dispuestos a tolerar que una niñata malcriada les faltara al respeto. Ambos tenían hijas adolescentes, y semejante conducta hacia su padre o su madre les hubiera costado una buena tunda, sobretodo en casa del mayor de ellos, pues su correa visitaba con relativa frecuencia las desnudas posaderas de su prole, dos chicas y un chico, a veces por faltas menos graves que la irrespetuosa conducta de Estefanía. Y no es que los padres de ésta hubieran sido excesivamente blandos con ella o con su hermana mayor, pero ya llevaba casi un año viviendo fuera de casa y no recordaba las severas azotainas recibidas de niña y de no tan niña (la última se la dio su padre con 18 años recién cumplidos, por llegar tarde a casa y con una borrachera considerable). Por esta razón, y a la vista de que con semejante maleducada no valían las buenas palabras, los dos operarios coincidieron enseguida en que a la chica le hacía falta un buen escarmiento, y enseguida se pusieron de acuerdo en el modo de actuar.
El andamio se encontraba ubicado en la misma fachada que la ventana del comedor del piso de Estefanía, apenas unos metros más arriba, y dada su sujeción con un sistema de ascenso y descenso, no les supuso ningún problema acceder al apartamento, más teniendo en cuenta que las ventanas estaban abiertas de par en par. Sin que la chica se enterara de nada a causa del elevado volumen de la música, entraron en su habitación y desconectaron el equipo de sonido. En ese momento se dio cuenta Estefanía de su presencia, levantándose de un brinco de la cama y encarándose decididamente a un par de individuos que le sacaban un palmo de altura y dos de anchura.
-Pero ¿qué os habéis creído? ¡Largaros inmediatamente de mi casa sino queréis que llame a la policía!
-Mira mocosa –le respondió el mayor- tengo edad para ser tu padre, así que háblame con respeto o te arrepentirás de lo que dices.
-Tú no eres nadie para darme órdenes, y no tienes cojones para hacer que me arrepienta de nada, así que ¡vete a tomar por culo!
Sin que Estefanía tuviera tiempo de reaccionar, aquel tipo la agarró de la muñeca y, con la facilidad que le daba su enorme fuerza y una cierta práctica en estos menesteres, se sentó en una silla y la hizo caer sobre su regazo; le sujetó firmemente ambas manos a la espalda con una sola de sus enormes manazas, inmovilizándola casi completamente. La pobre chica se revolvía e intentaba huir, pero pronto tuvo la certeza de que nada podía hacer por librarse de la férrea llave. Ante la atenta y cómplice mirada de su colega, el verdugo levantó lentamente la falda de su víctima, dejando al descubierto dos perfectas medias lunas cuya redondez se veía más que intuía bajo la breve y tenue tela azul de sus braguitas.
-Mira nenita –le dijo-, te crees una mujercita con muchas agallas, pero no eres más que una mocosa maleducada, y el mejor medio para enseñarte modales van a ser unos buenos azotes. Y luego, si alguien toma por el culo serás tú misma, pues te vamos a follar por todos tus agujeros para demostrarte si tenemos cojones o no. Supongo que no es la primera vez que te dan una azotaina, pero esta visto que hace demasiado tiempo que nadie te calienta tu culito de muñeca, y hoy vas a aprender una lección que nunca olvidarás.
Dicho esto, empezó a palmear enérgicamente las expuestas nalgas con su mano derecha, una mano curtida y encallecida por el trabajo físico al aire libre. PLAF, PLAF, PLAF… los azotes resonaban nítidamente en la habitación, ahora silenciosa, interrumpidos tan sólo por los gritos y sollozos de la muchacha, que pataleaba y contraía el trasero en un vano intento de mitigar el intenso dolor. Recordaba las zurras recibidas de su madre y de su padre, pero ni punto de comparación con la paliza que le estaba sacudiendo aquel bruto, cuyas manos no parecían ser de carne y hueso, sino de recia madera.
-¡Ay! ¡Uy! ¡Para ya! ¡Uhaoooo! ¡Me haces daño, animal! ¡Aaaaargh! ¿Estás loco o qué? Te denunciaré por violación. ¡Aaaaaaay! Y por allanamiento de morada.¡Auch!
Pero nada que pudiera hacer o decir hacía mella en el espíritu de su castigador, más que decidido a cumplir con sus promesas, y así se lo hizo saber a Estefanía:
-Entre la paliza que te vamos a dar y la enculada que te espera después, vas a estar un mes sin poder sentarte. Y no intentes escapar o rebelarte porqué será peor, si es necesario te ataremos.
Al tiempo que decía esto, cogía el elástico superior de las finas braguitas y las hacía descender hasta el inicio de los muslos de su víctima, dejando totalmente a la vista dos coloradas medias lunas. Prosiguió la rítmica azotaina unos minutos más y entonces hizo una pausa que Estefanía interpretó como el final de su suplicio, pero enseguida descubrió cuán equivocada estaba, al oír la voz de su verdugo hablando con su compañero:
-Esta zorra necesita un buen escarmiento y se lo voy a dar, aunque tenga que arrancarle la piel del culo a tiras, así aprenderá a respetar a las personas, especialmente si son mayores que ella. ¡Pepe! ¡Pásame el cepillo que hay en la mesita de noche!
Su compañero le alcanzó el recio cepillo de madera y, con tal implemento firmemente agarrado de la mano, reanudó con renovado vigor la interminable paliza, arrancando aullidos de dolor de la garganta de Estefanía, que pataleaba y lloraba como lo haría una chiquilla en su misma situación. Pero eso no ablandó el corazón de aquel hombre, y mucho menos su brazo, que no cesó de azotar con todas sus fuerzas las desnudas cúpulas, cuyo color púrpura fue dejando paso al morado.
Cuando por fin cesó el chaparrón de golpes, Estefanía notó que la presa que la inmovilizaba se aflojaba hasta dejarla libre; enseguida se dejó caer al suelo enmoquetado, sobre cuya ebúrnea superficie resaltaba el intenso color escarlata de sus maltrechas asentaderas. Tumbada bocabajo se agarraba y frotaba alternativamente ambas nalgas, con tal entusiasmo que parecía querer sacarles brillo (más aún, si cabe). Así se quedo un par de minutos ajena a otra cosa que no fuera tratar de aliviar el intenso escozor de su retaguardia, sin saber de los planes que se estaban acabando de gestar a sus espaldas.
El mayor de los trabajadores cogió a Estefanía con sus fuertes brazos, levantándola en vilo del suelo, y ésta –sorprendida- no reaccionó hasta encontrarse tumbada de bruces sobre su cama, con todo el peso del hombre sobre su cintura y espalda, impidiéndole toda fuga. Mientras esto sucedía, el albañil más joven se hacía con un par de medias de Estefanía, sacándolas del cajón en donde ésta guardaba su exquisito y variado repertorio de lencería íntima. En un santiamén le ató con ellas las manos a la cabecera de la cama, primero la derecha y luego la izquierda, una a cada extremo de aquélla. Posteriormente le ató las dos piernas unidas por los tobillos, valiéndose para ello de su propio cinturón e impidiendo que la chica se defendiera a patadas. Acto seguido la sujetó por los pies, permitiendo así a su compañero que se levantara de la cama. Una vez de pié se desabrochó el cinturón, se lo quitó y lo dobló por la mitad, al tiempo que se dirigía a su compañero:
-Pepe, sujétala bien porqué ahora va a ver quién soy yo con una correa en la mano, voy a zurcirle su redondo culito de bailarina a base de cintazos.
Estefanía se debatía inútilmente sobre la cama, consiguiendo tan solo que el corto vestido descubriera la totalidad de la superficie de sus maltratadas nalgas, aún encarnadas por efecto de la reciente tunda. De improviso un dolor especialmente agudo laceró de nuevo su popa, de babor a estribor: aquél animal la estaba azotando con todas sus fuerzas, y a juzgar por el impacto la correa era de un grosor y una amplitud considerables. Las franjas violáceas iban cubriendo el lienzo de las rojizas cachas, separadas entre sí al principio, pero luego confundiéndose en una amalgama de trazos horizontales y casi paralelos.
Más de cuarenta veces cruzó el cuero el culo desnudo antes de interrumpir su labor, pero tal interrupción no supuso en absoluto el cese de las hostilidades, sino tan solo una nueva pausa que aprovecharon los dos hombres para reorganizarse e intercambiar funciones. Ahora el más corpulento pasó a sujetar a la chica sobre la cama, mientras el otro cogía un par de cojines de un sillón cercano y los colocaba bajo el vientre de Estefanía, quedando así con el cuerpo bellamente arqueado y el torneado culo alzado y aún más expuesto. Una vez preparada lo mejor posible la diana, decidió hacerse con el necesario dardo, y la elección cayó sobre una de las lindas zapatillas de la muchacha, azules, con el empeine de piel y la suela de rígido cuero, todo ello de la mejor calidad. La sujetó firmemente por el tacón y con la suela empezó a hacer brincar las ancas de Estefanía para rematar la faena, sacudiendo más de un centenar de veces las castigadas medias lunas, que más que asemejarse al pálido satélite recordaban más un rojizo sol crepuscular dividido en dos hemisferios casi totalmente simétricos.
Desde luego, una simple zapatilla –aunque sea de suela de cuero rígido- no es un instrumento muy severo, y menos para un trasero adulto aunque juvenil, pero ahora llovía sobre mojado y la nueva tanda de azotes acabó por romper la poca resistencia que a Estefanía le pudiera quedar, y acabó rompiendo a llorar a lágrima viva, perdiendo definitivamente cualquier compostura residual y dejando de oponer resistencia de ningún tipo al trato vejatorio que estaba sufriendo, y cuya peor parte aún estaba por llegar. Su recién estrenado castigador dejó la zapatilla en el suelo y se quitó pantalones y calzoncillos, exhibiendo en todo su esplendor una erecta verga de unos veinte centímetros, surcada de inflamadas venas y coronada por un terso glande que parecía la cima y el cráter de un volcán a punto de entrar en erupción. Con el enhiesto mástil emergiendo del océano de vello de su vientre desnudo, se arrodilló en la cama detrás de Estefanía, agarrando con ambas manos la carnosa y ardiente grupa y separando sus dos mitades para dejar a la vista el prieto agujero marrón que ocupaba el centro del apretado valle. Se chupó el grueso índice, dejándolo bien empapado de saliva y con él se adentró en el estrecho conducto, lubricándolo con gesto de vaivén que lo dejó preparado para la visita de un intruso mucho más voluminoso. Retiró entonces el dedo y lo sustituyó por su erecta polla, cuyo congestionado capullo tuvo que vencer la resistencia del esfínter antes de dejar paso al resto del miembro viril, que se hundió totalmente y de una sola embestida en la cavidad, al tiempo que los hinchados cojones percutían sobre las coloreadas posaderas. Excitado como estaba por la azotaina propinada y por el resto de castigos presenciados, no tardó en eyacular, en medio de vigorosos espasmos de su bajo vientre y llenando la oquedad con su semen brotando a borbotones. Satisfecha su pasión se retiró de la acogedora guarida y cedió el puesto a su compañero.
Su colega se desnudó también de cintura hacia abajo, mostrando un rígido pene de longitud apenas superior al de su compañero, pero de un grosor descomunal. Se arrodilló frente a aquel apetecible culito que nada tenía que ver con el de la foca de su mujer, lo agarró por las caderas y lo levantó aún más para facilitar la introducción, que realizó sin ningún tipo de preámbulo, con lo cual obligó a Estefanía a chillar como un cerdo degollado. Grito que fue acallado con un imperativo “¡cállate puta!” y algunos sonoros cachetazos sobre el culo cuyo ano estaba destrozando sin compasión. Así, a base de azotes y embestidas brutales, fue bombeando la gruta que lo acogía muy a su pesar, hasta que se corrió con gran violencia, acabando de inundar de blanca leche el orificio.
Consumada su venganza, ambos trabajadores recuperaron sus ropas y se vistieron, desatando a continuación a Estefanía, que se quedó tendida e inmóvil sobre la cama, con el culo destrozado por fuera y por dentro y el ojete chorreando semen a borbotones. A modo de colofón se despidieron de la sollozante muchacha con un par de palmadas más sobre el trasero aún desnudo, una en cada nalga, al tiempo que el mayor de ellos le decía:
-Espero que esto te haya servido de lección, las perras como tú necesitáis que un buen macho os enseñe cual es vuestro lugar. Por otro lado, así también aprenderás a respetar al prójimo.
Sin prisa abandonaron la habitación, dirigiéndose y encaramándose de nuevo al andamio para terminar su labor. Totalmente exhausta y dolorida, Estefanía se quedó aún un buen rato acostada en la cama, sobándose las irritadas nalgas. No fue hasta pasados unos quince minutos que se levantó de la cama, se encaminó al cuarto de baño y allí se relajó con una tibia ducha, casi fría a la hora de regar las inflamadas cúpulas; se entretuvo un buen rato en limpiar a fondo el dilatado ano y acto seguido aplicó una generosa capa de crema hidratante sobre las ardorosas ancas, con un suave y pausado masaje que alivió considerablemente el escozor persistente.
El resto del día lo pasó leyendo y viendo la tele en el sofá, pero con un mullido cojín bajo el culo para poder sentarse con un poco de confort, con la humillación añadida de tener que soportar las irónicas miradas de los albañiles, que se reían de ella al verla retorcerse sobre el cojín. Por la noche, temprano (en cuanto los ruidos de la obra cesaron), se acostó en la cama, pero para poder conciliar el sueño tuvo que hacerlo bocabajo al no poder apoyar el culo sobre el rígido colchón.
Al día siguiente, al despertarse y levantarse de la cama, se sintió más aliviada, aunque no del todo pues sus posaderas aún lucían unos aparatosos moretones, que tardarían una semana en desaparecer completamente, el tiempo que permanecerían las dificultades para sentarse con comodidad. Por suerte su trabajo de azafata de congresos la obligaba a estar de pié, pero estuvo toda la semana sin aparecer por el gimnasio, para ahorrarse explicaciones en las duchas si sus compañeras veían los verdugones de su trasero.
Y aunque tal vez el palizón recibido no le enseñó buenos modales, al menos aprendió a no desafiar a un par de hombres rudos y curtidos por el trabajo físico.
04/05/2005 05:15 Este es el enlace de este relato, si lo copias lo puedes utilizar como hipervínculo. Tema: M / f Hay 6 comentarios.
La Abadesa
Autor: Jano
Hoy, 12 de Octubre del año del Señor de 1.492, reinando sus Católicas Majestades Doña. Isabel y D. Fernando, la anciana Abadesa, tras larga y penosa enfermedad, habiendo recibido los Santos Sacramentos y la Extremaunción, ha entregado su alma al Supremo Hacedor.
o0o0o0o0o0o0o0o0o0o0o0o
Esa noche, las hermanas velaron y rezaron por su querida madre abadesa que había pasado a mejor vida.
A la mañana siguiente, Fray Onésimo ofició la misa de réquiem acompañada por los cánticos de todas las hermanas y, en su homilía, ensalzó las virtudes de la difunta madre.
Pasado un día de rezos, como exigían las reglas, se reunieron a votar para nombrar nueva abadesa todas las hermanas -- exceptuando las novicias--
En ello estaban cuando llegó un emisario del Arzobispo con una misiva. En ella, se leía lo siguiente:
"Queridas hijas en Cristo nuestro Señor:
Conocido el fallecimiento de nuestra hija, Sor Lucía del Justo Nombre de Jesús, he decidido que sea nombrada Madre Abadesa del convento mi sobrina Sor Inés que se presentará allí en la mañana del domingo después de maitines.
Confiando en vuestra obediencia y caridad, quedad con Dios nuestro Señor y con mi bendición.
Firma y sello ut supra.
El asombro se dibujó en las caras de las hermanas: era harto irregular aquella imposición. Las Reglas de la Orden establecían claramente las normas que regulaban el nombramiento de la nueva abadesa. Sin embargo, el mandato no admitía interpretación ni discusión alguna. Debían acatarla sin la menor vacilación o discrepancia: el obispo ordenaba y debía ser obedecido.
Como anunciaba la carta de Su Ilustrísima, la mañana del domingo, después de maitines, en una severa carroza negra, llegó Sor Inés: envuelta en su blanca capa. Se dirigió a la entrada del convento donde se encontraban todas las hermanas, incluidas las novicias, esperando su llegada. Fue recibida con deferencia y acompañada hasta la celda destinada a ella.
El asombro y cierto enojo se reflejaba en sus rostros; Sor Inés, que no tendría más allá de los 21 años , con ojos en los que se reflejaba un cierto temor, no dejaba de mirar a uno y otro lado como buscando donde esconderse.
La dejaron sola en la celda y se retiraron murmurando contra aquella imposición tan absurda.
Sor Inés, sin fuerzas para pensar en la tarea impuesta por su tío y a la que trató de negarse sin éxito, se acostó a descansar aunque sólo fueran unos minutos.
o0o0o0o0o0o0o0o
Pasaron varias semanas y aquello era peor de lo que se había temido. Las monjas no hacían caso a sus indicaciones; ni siquiera las novicias.
Cada domingo, Fray Onésimo pasaba por el convento para oír las confesiones de las que lo habitaban. Sor Inés no le decía nada del tormento que estaba pasando. Al fin y al cabo, en la confesión no tenía porque hablar de ello puesto que no se trataba de pecados o faltas suyas.
Alguna noche de insomnio, paseando por el corredor, escuchaba risas y murmullos apagados que trascendían las puertas de algunas celdas. Inquieta, no sabía que pensar de aquello.
Aún pasaron dos semanas más cuando se atrevió a contarle al fraile lo que ocurría y lo referente a los ruidos que escuchaba algunas noches en las celdas de las monjas.
Él la amonestó severamente por soltar las riendas de la situación y no saber manejar a sus hermanas. Ella era quién debía mantener el orden y la disciplina en el convento y hacer cumplir las reglas con todo rigor. En cuanto a los ruidos nocturnos no sabía qué pensar: Sor Inés debería vigilar y enterarse de lo que en las celdas ocurría a unas horas en que todo debería estar en silencio. Ella prometió que así lo haría y le informaría de lo que descubriera.
Noche tras noche, procurando no hacer ruido, paseaba arriba y abajo por el pasillo, aguzando el oído para tratar de enterarse de lo que ocurría en el interior de las celdas de donde procedían los sonidos.
Algunas veces, oía risas apagadas y murmullos; otras, jadeos que no sabía identificar.
Seguían pasando los días y no avanzaba en su investigación.
Todos los domingos, Fray Onésimo le preguntaba por sus averiguaciones a lo que ella contestaba que, desde el corredor, no conseguía saber que ocurría en el interior de las celdas. Además, no sólo era eso: la abadesa le confió que no lograba hacerse obedecer.
Cada monja iba por su lado, holgazaneando, durmiendo en los rezos, robando en la cocina, yendo desaliñadas e incluso, riñendo entre ellas por el asunto más baladí.
Fray Onésimo se enfurecía y le recriminaba su falta de autoridad que, por todo lo oído, redundaba en perjuicio de la buena marcha de la comunidad. A él le preocupaba todo: la falta de disciplina de las monjas y lo que pasaba en las celdas durante la noche. Ordenó, irritado, a Sor Inés que tomara medidas en todos los sentidos o se lo comunicaría a su tío el Arzobispo. Incluso, le ordenó que entrara en alguna de aquellas celdas de las que procedían los sonidos y se enterara directamente de lo que allí ocurría. Tenía autoridad para hacerlo en beneficio de la comunidad. No debería dejar pasar ni un día más sin averiguarlo. Ella asintió y prometió hacerlo.
Sin valor para cumplir su promesa, aún pasaron varios días hasta que, haciendo acopio de valor, la noche del sábado entró sin aviso en una de las celdas.
Lo que presenció le heló la sangre y a punto estuvo de caer al suelo desvanecida por la impresión. Dos novicias, totalmente desnudas, intercambiaban besos mientras se azotaban mutuamente en las nalgas y la espalda con las manos y unas cuerdas entre risas hasta que se dieron cuenta de la presencia de Sor Inés.
Sorprendidas por la abadesa, las dos jóvenes trataban sin éxito de tapar su desnudez.
En tanto, Sor Inés, petrificada, no daba crédito a lo que acababa de presenciar. Sin reaccionar, seguía allí, sujetando la puerta con una mano y sin dejar de mirar la escena como hipnotizada.
Al fin, pudo articular unas palabras que le sonaron como dichas por otra persona: salían de sus labios atropellada e incoherentemente.
Las amenazó con la condenación eterna, con proclamarlo a los cuatro vientos, con decírselo al Arzobispo para que fueran expulsadas. Les ordenó que se acostaran advirtiéndoles que se tomarían medidas contra ellas.
Abrió otras puertas y, horrorizada, encontró escenas similares. Novicias y monjas, desnudas o semidesnudas, se abrazaban, se besaban, se manoseaban, se lamían, hurgaban los sitios más recónditos de sus cuerpos.
Trastornada, enfebrecida, encolerizada, abrió violentamente las puertas de todas las celdas y a grandes voces ordenó a las mujeres que salieran al pasillo tal como estaban.
De su celda, Sor Inés tomó las disciplinas que usaba para purgar sus pecados y, avanzando por el pasillo, golpeaba con ellas a todas las que, a ambos lados, arrimadas a las paredes, encontraba a su paso, sin sus hábitos o con ellos tratando de taparse.
Cuando se fue calmando, no sin antes haber azotado a muchas de ellas, ordenó que cada una se encerrara en su celda.
Una vez que el pasillo quedó vacío y en silencio, Sor Inés se encerró en la suya. Las manos le temblaban y un calor desconocido, unas sensaciones nunca sentidas le recorrían la espalda y, en suma, todo el cuerpo entero. Con la boca abierta notaba el temblor de sus labios.
Su cabeza era un caos, un torbellino de emociones encontradas. Algo insólito no sentido nunca le atormentaba: algo que no sabía definir.
Se acostó vestida con el hábito, temblando desde la punta de los pies hasta la nuca.
Las escenas vistas, el recuerdo de ella misma azotando sin piedad a sus hermanas se cruzaban por su imaginación desbocada. Escalofríos le recorrían la columna vertebral y el temblor no abandonaba su cuerpo ni su espíritu.
No comprendía cómo había podido llegar a tales extremos, aunque las faltas de sus hermanas fueran tan graves.
Una laxitud nunca sentida se apoderó de ella.
El sueño la venció al fin. Cayó en un sopor y los sueños, como un vendaval de emociones, poblaron su espíritu. Se veía de nuevo azotando a monjas y novicias sin discriminación y disfrutando de ello. La escena le producía cosquilleos y espasmos en el vientre.
Al fin, las imágenes se diluyeron en su cerebro y cayó en un profundo sueño reparador.
o-o-o-o-o-o-o-o-o-o-o-o
A la mañana siguiente, domingo, Sor Inés encabezó la fila para el rezo de maitines con una extraña sensación en su cuerpo y su mente.
Tras ella, monjas y novicias, avanzaban en silencio, cabizbajas. Ninguna de ellas levantó la cabeza durante los rezos en la capilla.
Fray Onésimo, oyó en confesión a las monjas. Cuando le llegó el turno a la abadesa, le preguntó si había averiguado algo a lo que contestó que no, sintiéndose culpable por la mentira. Nada había sucedido digno de mención.
Llegado el momento de la comunión, Sor Inés, le hizo una seña al fraile como que se encontraba indispuesta para recibirla.
o-o-o-o-o-o-o-o-o-o-o-o-o-o-o-o-o
A partir de aquella noche, la Abadesa fue obedecida en todo lo que mandaba durante un tiempo. Ella mantenía ante el fraile que nada ocurría ya que había tomado las riendas de la comunidad: no se oía nada por las noches y todo empezaba a marchar de la mejor manera.
Sus hermanas iban aseadas, estaban atentas a los rezos y no habían vuelto a discutir. No tenía motivos de queja y se sentía satisfecha.
-o-o-o-o-o-o-o-o-o-o-
Pasaron los días y una noche, la abadesa salió al pasillo. De una de las celdas salían risas y gemidos de nuevo: balbuceos, como quejidos, jadeos.
Abrió la puerta con firmeza y encontró juntas a dos monjas tumbadas en la litera, semidesnudas, abrazadas una sobre otra, besándose y acariciando sus cuerpos. Les obligó a salir de la celda y llamó al resto de las hermanas. Todas se colocaron a ambos lados del pasillo con la espalda apoyada en la pared.
Algunas salían de la celda de otras, a medio vestir. A las primeras que sorprendió, les ordenó que, tal como estaban, sin ropa, se colocaran en el centro. Mandó a las que no estaban decentemente vestidas que se pusieran también junto a las primeras.
Sin vacilar un punto, se dirigió a su propia celda de la que volvió con las disciplinas en la mano agitándolas en el aire. Dijo a las infractoras,--ocho en total --, que se colocaran frente a frente, juntas.
Avanzando por el pasillo, primero una fila y más tarde la otra, fue recorriendo una a una a las monjas y novicias, azotando sus culos, uno a uno veinte veces.
Mientras esto hacía, extrañas sensaciones le acometían; una a modo de satisfacción invadía su cuerpo y su mente, dándose cuenta de que algo en la acción de los azotar a sus hermanas le producía un gran placer: se regodeaba con el color que iban adquiriendo sus traseros por efecto de los azotes.
-o-o-o-o-o-o-o-o-o-
De tiempo en tiempo, la escena se repetía con variantes.
Sor Inés se hizo de un pequeño látigo y una regla de dura madera de haya que utilizaba a su entera discreción sin que en la grey se alzara voz alguna de protesta.
En ocasiones, cuando el castigo era en presencia de todas las monjas, algunas risas ahogadas se escuchaban por parte de las más jóvenes.
Otras veces, el castigo se producía en la intimidad de la celda de Sor Inés. Después de azotar con firmeza a las infractoras, le rendía la ternura y las abrazaba, las besaba y acariciaba su enrojecido culo mientras ellas descansaban la cabeza sobre su pecho, llorando blandamente.
Cuando el castigo era en privado, prefería hacerlo sólo con la mano.
La paz reinaba en el convento y se veían resplandecer los rostros de la mayoría.
Durante el día, se ocupaban con diligencia en la cocina, en el huerto, haciendo dulces, etc.
En la noche, las idas y venidas de unas celdas a otras, eran más que frecuentes. Los castigos se sucedían casi a diario. Siempre había alguna que había cometido una pequeña falta y Sor Inés sospechaba que lo hacían a propósito.
No faltaban las visitas a la celda de la propia Abadesa donde se escuchaban los mismos sonidos que en las otras.
-o-o-o-o-o-o-o-o-o-
A Fray Onésimo, jamás le dijo nada de lo que pasaba entre aquellas paredes. Sólo le contaba lo bien que marchaban las cosas. A esto, él felicitaba a la Abadesa por haber encauzado a las hermanas y lograr la paz y el bienestar para ellas, y para el convento a mayor gloria de Dios.
-o-o-o-o-o-o-o-o-o-o-
La Abadesa llegó a una provecta edad antes de rendir cuentas ante su Creador con el cariño y la devoción de sus hermanas.
F I N
Escrito en el año del Señor de 2.005.
Hoy, 12 de Octubre del año del Señor de 1.492, reinando sus Católicas Majestades Doña. Isabel y D. Fernando, la anciana Abadesa, tras larga y penosa enfermedad, habiendo recibido los Santos Sacramentos y la Extremaunción, ha entregado su alma al Supremo Hacedor.
o0o0o0o0o0o0o0o0o0o0o0o
Esa noche, las hermanas velaron y rezaron por su querida madre abadesa que había pasado a mejor vida.
A la mañana siguiente, Fray Onésimo ofició la misa de réquiem acompañada por los cánticos de todas las hermanas y, en su homilía, ensalzó las virtudes de la difunta madre.
Pasado un día de rezos, como exigían las reglas, se reunieron a votar para nombrar nueva abadesa todas las hermanas -- exceptuando las novicias--
En ello estaban cuando llegó un emisario del Arzobispo con una misiva. En ella, se leía lo siguiente:
"Queridas hijas en Cristo nuestro Señor:
Conocido el fallecimiento de nuestra hija, Sor Lucía del Justo Nombre de Jesús, he decidido que sea nombrada Madre Abadesa del convento mi sobrina Sor Inés que se presentará allí en la mañana del domingo después de maitines.
Confiando en vuestra obediencia y caridad, quedad con Dios nuestro Señor y con mi bendición.
Firma y sello ut supra.
El asombro se dibujó en las caras de las hermanas: era harto irregular aquella imposición. Las Reglas de la Orden establecían claramente las normas que regulaban el nombramiento de la nueva abadesa. Sin embargo, el mandato no admitía interpretación ni discusión alguna. Debían acatarla sin la menor vacilación o discrepancia: el obispo ordenaba y debía ser obedecido.
Como anunciaba la carta de Su Ilustrísima, la mañana del domingo, después de maitines, en una severa carroza negra, llegó Sor Inés: envuelta en su blanca capa. Se dirigió a la entrada del convento donde se encontraban todas las hermanas, incluidas las novicias, esperando su llegada. Fue recibida con deferencia y acompañada hasta la celda destinada a ella.
El asombro y cierto enojo se reflejaba en sus rostros; Sor Inés, que no tendría más allá de los 21 años , con ojos en los que se reflejaba un cierto temor, no dejaba de mirar a uno y otro lado como buscando donde esconderse.
La dejaron sola en la celda y se retiraron murmurando contra aquella imposición tan absurda.
Sor Inés, sin fuerzas para pensar en la tarea impuesta por su tío y a la que trató de negarse sin éxito, se acostó a descansar aunque sólo fueran unos minutos.
o0o0o0o0o0o0o0o
Pasaron varias semanas y aquello era peor de lo que se había temido. Las monjas no hacían caso a sus indicaciones; ni siquiera las novicias.
Cada domingo, Fray Onésimo pasaba por el convento para oír las confesiones de las que lo habitaban. Sor Inés no le decía nada del tormento que estaba pasando. Al fin y al cabo, en la confesión no tenía porque hablar de ello puesto que no se trataba de pecados o faltas suyas.
Alguna noche de insomnio, paseando por el corredor, escuchaba risas y murmullos apagados que trascendían las puertas de algunas celdas. Inquieta, no sabía que pensar de aquello.
Aún pasaron dos semanas más cuando se atrevió a contarle al fraile lo que ocurría y lo referente a los ruidos que escuchaba algunas noches en las celdas de las monjas.
Él la amonestó severamente por soltar las riendas de la situación y no saber manejar a sus hermanas. Ella era quién debía mantener el orden y la disciplina en el convento y hacer cumplir las reglas con todo rigor. En cuanto a los ruidos nocturnos no sabía qué pensar: Sor Inés debería vigilar y enterarse de lo que en las celdas ocurría a unas horas en que todo debería estar en silencio. Ella prometió que así lo haría y le informaría de lo que descubriera.
Noche tras noche, procurando no hacer ruido, paseaba arriba y abajo por el pasillo, aguzando el oído para tratar de enterarse de lo que ocurría en el interior de las celdas de donde procedían los sonidos.
Algunas veces, oía risas apagadas y murmullos; otras, jadeos que no sabía identificar.
Seguían pasando los días y no avanzaba en su investigación.
Todos los domingos, Fray Onésimo le preguntaba por sus averiguaciones a lo que ella contestaba que, desde el corredor, no conseguía saber que ocurría en el interior de las celdas. Además, no sólo era eso: la abadesa le confió que no lograba hacerse obedecer.
Cada monja iba por su lado, holgazaneando, durmiendo en los rezos, robando en la cocina, yendo desaliñadas e incluso, riñendo entre ellas por el asunto más baladí.
Fray Onésimo se enfurecía y le recriminaba su falta de autoridad que, por todo lo oído, redundaba en perjuicio de la buena marcha de la comunidad. A él le preocupaba todo: la falta de disciplina de las monjas y lo que pasaba en las celdas durante la noche. Ordenó, irritado, a Sor Inés que tomara medidas en todos los sentidos o se lo comunicaría a su tío el Arzobispo. Incluso, le ordenó que entrara en alguna de aquellas celdas de las que procedían los sonidos y se enterara directamente de lo que allí ocurría. Tenía autoridad para hacerlo en beneficio de la comunidad. No debería dejar pasar ni un día más sin averiguarlo. Ella asintió y prometió hacerlo.
Sin valor para cumplir su promesa, aún pasaron varios días hasta que, haciendo acopio de valor, la noche del sábado entró sin aviso en una de las celdas.
Lo que presenció le heló la sangre y a punto estuvo de caer al suelo desvanecida por la impresión. Dos novicias, totalmente desnudas, intercambiaban besos mientras se azotaban mutuamente en las nalgas y la espalda con las manos y unas cuerdas entre risas hasta que se dieron cuenta de la presencia de Sor Inés.
Sorprendidas por la abadesa, las dos jóvenes trataban sin éxito de tapar su desnudez.
En tanto, Sor Inés, petrificada, no daba crédito a lo que acababa de presenciar. Sin reaccionar, seguía allí, sujetando la puerta con una mano y sin dejar de mirar la escena como hipnotizada.
Al fin, pudo articular unas palabras que le sonaron como dichas por otra persona: salían de sus labios atropellada e incoherentemente.
Las amenazó con la condenación eterna, con proclamarlo a los cuatro vientos, con decírselo al Arzobispo para que fueran expulsadas. Les ordenó que se acostaran advirtiéndoles que se tomarían medidas contra ellas.
Abrió otras puertas y, horrorizada, encontró escenas similares. Novicias y monjas, desnudas o semidesnudas, se abrazaban, se besaban, se manoseaban, se lamían, hurgaban los sitios más recónditos de sus cuerpos.
Trastornada, enfebrecida, encolerizada, abrió violentamente las puertas de todas las celdas y a grandes voces ordenó a las mujeres que salieran al pasillo tal como estaban.
De su celda, Sor Inés tomó las disciplinas que usaba para purgar sus pecados y, avanzando por el pasillo, golpeaba con ellas a todas las que, a ambos lados, arrimadas a las paredes, encontraba a su paso, sin sus hábitos o con ellos tratando de taparse.
Cuando se fue calmando, no sin antes haber azotado a muchas de ellas, ordenó que cada una se encerrara en su celda.
Una vez que el pasillo quedó vacío y en silencio, Sor Inés se encerró en la suya. Las manos le temblaban y un calor desconocido, unas sensaciones nunca sentidas le recorrían la espalda y, en suma, todo el cuerpo entero. Con la boca abierta notaba el temblor de sus labios.
Su cabeza era un caos, un torbellino de emociones encontradas. Algo insólito no sentido nunca le atormentaba: algo que no sabía definir.
Se acostó vestida con el hábito, temblando desde la punta de los pies hasta la nuca.
Las escenas vistas, el recuerdo de ella misma azotando sin piedad a sus hermanas se cruzaban por su imaginación desbocada. Escalofríos le recorrían la columna vertebral y el temblor no abandonaba su cuerpo ni su espíritu.
No comprendía cómo había podido llegar a tales extremos, aunque las faltas de sus hermanas fueran tan graves.
Una laxitud nunca sentida se apoderó de ella.
El sueño la venció al fin. Cayó en un sopor y los sueños, como un vendaval de emociones, poblaron su espíritu. Se veía de nuevo azotando a monjas y novicias sin discriminación y disfrutando de ello. La escena le producía cosquilleos y espasmos en el vientre.
Al fin, las imágenes se diluyeron en su cerebro y cayó en un profundo sueño reparador.
o-o-o-o-o-o-o-o-o-o-o-o
A la mañana siguiente, domingo, Sor Inés encabezó la fila para el rezo de maitines con una extraña sensación en su cuerpo y su mente.
Tras ella, monjas y novicias, avanzaban en silencio, cabizbajas. Ninguna de ellas levantó la cabeza durante los rezos en la capilla.
Fray Onésimo, oyó en confesión a las monjas. Cuando le llegó el turno a la abadesa, le preguntó si había averiguado algo a lo que contestó que no, sintiéndose culpable por la mentira. Nada había sucedido digno de mención.
Llegado el momento de la comunión, Sor Inés, le hizo una seña al fraile como que se encontraba indispuesta para recibirla.
o-o-o-o-o-o-o-o-o-o-o-o-o-o-o-o-o
A partir de aquella noche, la Abadesa fue obedecida en todo lo que mandaba durante un tiempo. Ella mantenía ante el fraile que nada ocurría ya que había tomado las riendas de la comunidad: no se oía nada por las noches y todo empezaba a marchar de la mejor manera.
Sus hermanas iban aseadas, estaban atentas a los rezos y no habían vuelto a discutir. No tenía motivos de queja y se sentía satisfecha.
-o-o-o-o-o-o-o-o-o-o-
Pasaron los días y una noche, la abadesa salió al pasillo. De una de las celdas salían risas y gemidos de nuevo: balbuceos, como quejidos, jadeos.
Abrió la puerta con firmeza y encontró juntas a dos monjas tumbadas en la litera, semidesnudas, abrazadas una sobre otra, besándose y acariciando sus cuerpos. Les obligó a salir de la celda y llamó al resto de las hermanas. Todas se colocaron a ambos lados del pasillo con la espalda apoyada en la pared.
Algunas salían de la celda de otras, a medio vestir. A las primeras que sorprendió, les ordenó que, tal como estaban, sin ropa, se colocaran en el centro. Mandó a las que no estaban decentemente vestidas que se pusieran también junto a las primeras.
Sin vacilar un punto, se dirigió a su propia celda de la que volvió con las disciplinas en la mano agitándolas en el aire. Dijo a las infractoras,--ocho en total --, que se colocaran frente a frente, juntas.
Avanzando por el pasillo, primero una fila y más tarde la otra, fue recorriendo una a una a las monjas y novicias, azotando sus culos, uno a uno veinte veces.
Mientras esto hacía, extrañas sensaciones le acometían; una a modo de satisfacción invadía su cuerpo y su mente, dándose cuenta de que algo en la acción de los azotar a sus hermanas le producía un gran placer: se regodeaba con el color que iban adquiriendo sus traseros por efecto de los azotes.
-o-o-o-o-o-o-o-o-o-
De tiempo en tiempo, la escena se repetía con variantes.
Sor Inés se hizo de un pequeño látigo y una regla de dura madera de haya que utilizaba a su entera discreción sin que en la grey se alzara voz alguna de protesta.
En ocasiones, cuando el castigo era en presencia de todas las monjas, algunas risas ahogadas se escuchaban por parte de las más jóvenes.
Otras veces, el castigo se producía en la intimidad de la celda de Sor Inés. Después de azotar con firmeza a las infractoras, le rendía la ternura y las abrazaba, las besaba y acariciaba su enrojecido culo mientras ellas descansaban la cabeza sobre su pecho, llorando blandamente.
Cuando el castigo era en privado, prefería hacerlo sólo con la mano.
La paz reinaba en el convento y se veían resplandecer los rostros de la mayoría.
Durante el día, se ocupaban con diligencia en la cocina, en el huerto, haciendo dulces, etc.
En la noche, las idas y venidas de unas celdas a otras, eran más que frecuentes. Los castigos se sucedían casi a diario. Siempre había alguna que había cometido una pequeña falta y Sor Inés sospechaba que lo hacían a propósito.
No faltaban las visitas a la celda de la propia Abadesa donde se escuchaban los mismos sonidos que en las otras.
-o-o-o-o-o-o-o-o-o-
A Fray Onésimo, jamás le dijo nada de lo que pasaba entre aquellas paredes. Sólo le contaba lo bien que marchaban las cosas. A esto, él felicitaba a la Abadesa por haber encauzado a las hermanas y lograr la paz y el bienestar para ellas, y para el convento a mayor gloria de Dios.
-o-o-o-o-o-o-o-o-o-o-
La Abadesa llegó a una provecta edad antes de rendir cuentas ante su Creador con el cariño y la devoción de sus hermanas.
F I N
Escrito en el año del Señor de 2.005.
13/05/2005 04:53 Este es el enlace de este relato, si lo copias lo puedes utilizar como hipervínculo. Tema: F / f Hay 5 comentarios.
El Convento
Autora: Shevishana
Durante el año de recopilación de datos y pruebas el profesor Herrera me enseño multitud de técnicas, TAT, Test de Roscshtar, entre otros. Y por fin llego la hora de lleva a cabo un trabajo de campo.
A lo largo del año anterior, todos los miércoles en su descolorido despacho había sido inevitable hablar sobre el instrumento que presidía el despacho, aquel enorme paddle, asimismo me enseño otros que tenia guardados, en un cajón con llave por ser estos muy antiguos. Poseía tawses, paddles, y todo tipo de armas de castigo. Se notaba que le entusiasmaba el tema, y a mi se me debía notar a la legua, aunque lo tratara en vano de tapar con un interés meramente intelectual. Pero tener esas paletas en las manos, uf. No podían por menos que hacerte temblar.
Incidimos sobre los castigos físicos y la repercusión que estos tienen en la conducta humana, de una parte la redención, y en otra menos conocida el placer. Estudiamos conductas sadomasoquistas, y como estas habían sido utilizadas en la publicidad. Mujeres de cuero para anunciar colonias, pequeñas lolitas, susceptibles de recibir unos azotes, una joven caperucita que roba el perfume Chanel, mientras el masculino lobo se somete y se limita a aullar. Todo tenia un objetivo básico. La persuasión usando el fetichismo como instrumento.
Así de este modo decidió indicarme que el tema de mi trabajo de campo serian los azotes, los castigos físicos, y las instituciones donde se han usado o aun se usan. Para ello me proporcionaba la universidad una beca, para visitar lugares donde se estudiase el tema, o bien sitios donde aun se llevaran a cabo.
Comencé, pues mi trabajo. En primer lugar me mando a Salamanca. Al parecer existía un convento en las afueras, donde aun hoy día se impartían castigos físicos. Se trataba de un lugar de recogida de muchachas de familia bien, que por una u otra razón necesitaban ser enmendadas. Habían madres prematuras, chicas cazadas por sus progenitores fumando o realizando el acto sexual, chicas que habían confesado su homosexualidad en un retrogrado seno materno, etc. Si bien antiguamente hubieran reconducido la vida de estas jóvenes hacia las contemplaciones seglares, en este caso se limitaban a impartirles catequesis, y clases de historia, álgebra, y literatura. Las mantenían limpias y aseadas, y libres de pecado, confesaban ante el cura de modo secreto y ante sus tutoras con castigo corporal como penitencia.
Por supuesto que no habéis iodo hablar de este lugar. No pensareis que viene en sitios Google o en la agencia de viajes de spankofilos, no? El lugar sitúa los castigos físicos dentro de la clandestinidad, hoy día seria impensable que se permitieran estas licencias según la constitución actual. Y yo me dirigía a el por el amplio conocimiento en la materia del doctor Herrera, quien conocía a la abadesa profundamente.
Así fue como llegue al convento, haciéndome pasar por una de esas chicas descarriadas que habían sido pilladas in fraganti en actitud poco decorosa con un varón. Me puse en manos de la Madre Superiora. Por supuesto que en ningún momento pensé que yo fuera blanco de castigos, la superiora conocía mi calidad de espectadora por lo que yo espere encontrar un trato favorable. Al fin y al cabo estaba allí por trabajo.
Aunque me excitaran los azotes, la angustia que me trasmitían los muros no me inspiraban para imaginar un correctivo placentero. El convento en su fachada exterior era plateresco, corriente muy común en la zona, pero se hallaba realizado sobre un monasterio anterior de orden románico, del que conservaba la disposición y materiales del interior. Era mucho mas antiguo, mas oscuro, mas retraído. Las paredes de piedra eran húmedas y frías, el suelo también, andar con una suela fina ponía los pelos de punta. Olía por todas partes a piedra y arena, a cirios y a iglesia cerrada.
Las internas dormían todas juntas en un amplio dormitorio de camas dispuestas una al lado de la otra, muy cerca, casi el espacio justo para andar de canto entre una cama y otra. Había unas 20 aproximadamente, y venían de todas partes de España, pero por lo que vi, mucho apellido noble, y mucha familia pía.
Yo ocupe una cama del final, junto a una chica de Alicante de 20 años, era simpática, pero no decía porque estaba allí, y actuaba con cierta timidez, al igual que el resto de las jóvenes, se comportaban de manera muy recatada y sin excesos.
Como llegue por la noche únicamente presente mis respetos a la Madre superiora quien me indico que acomodara en mi catre. Venia cansada del viaje, y sin prestar mucha atención me puse un pijama de verano cortito y fino, y me eche a dormir, bien tapadita hasta el cuello.
Zzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzz
De repente, sentí una sacudida, una mujer vestida sin hábitos pero con bata de religiosa me zarandeaba y me gritaba no se que, de si era aquella una manera correcta de dormir. Con el sueño no me enteraba de nada, y a causa del viaje ni siquiera sabia aun donde me encontraba. Cuando si reaccione fue cuando me saco a tirones de la cama y abrí los ojos para contemplar el enorme dormitorio comunal a oscuras, con las paredes bañadas por la luz de la luna entrecortada por los barrotes de las ventanas. Hasta ella se encontraba encerrada en aquel lugar sombrío.
La hermana que me zarandeaba, de repente se sentó en mi cama, tiro de mi brazo y con el de mi cuerpo amodorrado por el sueño, y me deposito en sus rodillas, ahí sí me desperté, ¿qué c*** hacia esta tipa???? Pero cuando resolví mi duda fue a causa de un impacto fuerte sobre mi trasero que hacia que este ardiera. Me estaba azotando!!!! Me tenia agarrada por un brazo y con el otro no se que demonios estaba usando pero picaba como el diablo. Instintivamente alargue mi brazo a la nalga donde recibí el azote, a lo que sentí un fuerte tirón de la misma, quedando inutilizada. Con una sola mano, me sujetaba las mías, era una mano fuerte y grande para ser de una mujer. Me reprendía por dormir tapada hasta el cuello. “Los brazos fuera de la manta!!!” Me indicaba “así no podréis caer en la tentación” “y no se duerme bocabajo” “conozco todos vuestros trucos para satisfaceros”. Mientras me regañaba note que me desprendía de un tirón seco de mi pantaloncillo del pijama para después hacer lo mismo con mis braguitas. Yo me intentaba zafar, pero era ducha en su propósito la jodida. Sentí un azote fuerte en el trasero, ahora si sabia que me azotaba con la mano, era una mano recia, fuerte, de exprimir coladas a mano, de recolectar la huerta y arrancar las malas yerbas, curtida y encallecida. Los azotes eran rápidos y enérgicos, me azotaba profusamente en la parte mas baja de la nalga, donde escocía horrores.
Después de darme unos 30 azotes con la mano, mi grupa ardía, reposo la mano sobre ella, mientras me reñía de nuevo, me explicaba que eso era por haberme interpuesto en el castigo, que el castigo en si venia a continuación. La mano no solo estaba apoyada sobre mi nalga, la muy ***** me sobaba, me palpaba a gusto, parecía que disfrutaba. Bollo reprimida... pensé.
No fue mucho el tiempo de pensar. De mis deducciones me saco a base de un buen paletazo en el trasero. Ahora si sabia que había utilizado, era una paleta. Con el tiempo averigüe que utilizaban el instrumento en cuestión para golpear la ropa para que se secara, además de para indicar el buen camino a jovencitas.
Me rocío 20 paletazos lentos, espaciados, con orgullo. Estoy segura que se sentía orgullosa de su trabajo, de su buen hacer, porque se deleitaba en ellos.
PLASSS tiempo PLASSSS tiempo PLASSSSS tiempo PLASSSSS
Se me escapaban las lagrimas, no estaba llorando de rabia sino se me escapaban de escozor. De impotencia de no poder parar ese tremendo dolor que recaía sobre mis nalgas.
Después me proporciono otros diez por llevar esa indumentaria poco adecuada y me indico que ya me proporcionarían un camisón decente. Además, me insto a seguir dos de las normas mas importantes en la cama, no dormir bocabajo, en ningún caso; y los brazos fuera de la manta para que se puedan ver en una revisión.
Sin mas se fue. Según avanzaba por el pasillo con la paleta en la mano, yo empezaba a asimilar lo que me costaría dormir con semejante escozor en mis nalgas, que me ardían, no podía apoyarlas contra el lecho, y lo húmeda que me encontraba.
Cuando abandono el habitáculo, algunas de las chicas levantaron la cabeza primero hacia donde se había perdido la hermana y después hacia mi. Mi compañera de al lado me alcanzo la mano, y me la acaricio con suavidad. “Intenta dormir con la almohada en los riñones, eso alzara el trasero y te rozara menos con el colchón”
Así lo hice y al poco y tremendamente escocida y dolorida me quede dormida.
Continuara ...
Durante el año de recopilación de datos y pruebas el profesor Herrera me enseño multitud de técnicas, TAT, Test de Roscshtar, entre otros. Y por fin llego la hora de lleva a cabo un trabajo de campo.
A lo largo del año anterior, todos los miércoles en su descolorido despacho había sido inevitable hablar sobre el instrumento que presidía el despacho, aquel enorme paddle, asimismo me enseño otros que tenia guardados, en un cajón con llave por ser estos muy antiguos. Poseía tawses, paddles, y todo tipo de armas de castigo. Se notaba que le entusiasmaba el tema, y a mi se me debía notar a la legua, aunque lo tratara en vano de tapar con un interés meramente intelectual. Pero tener esas paletas en las manos, uf. No podían por menos que hacerte temblar.
Incidimos sobre los castigos físicos y la repercusión que estos tienen en la conducta humana, de una parte la redención, y en otra menos conocida el placer. Estudiamos conductas sadomasoquistas, y como estas habían sido utilizadas en la publicidad. Mujeres de cuero para anunciar colonias, pequeñas lolitas, susceptibles de recibir unos azotes, una joven caperucita que roba el perfume Chanel, mientras el masculino lobo se somete y se limita a aullar. Todo tenia un objetivo básico. La persuasión usando el fetichismo como instrumento.
Así de este modo decidió indicarme que el tema de mi trabajo de campo serian los azotes, los castigos físicos, y las instituciones donde se han usado o aun se usan. Para ello me proporcionaba la universidad una beca, para visitar lugares donde se estudiase el tema, o bien sitios donde aun se llevaran a cabo.
Comencé, pues mi trabajo. En primer lugar me mando a Salamanca. Al parecer existía un convento en las afueras, donde aun hoy día se impartían castigos físicos. Se trataba de un lugar de recogida de muchachas de familia bien, que por una u otra razón necesitaban ser enmendadas. Habían madres prematuras, chicas cazadas por sus progenitores fumando o realizando el acto sexual, chicas que habían confesado su homosexualidad en un retrogrado seno materno, etc. Si bien antiguamente hubieran reconducido la vida de estas jóvenes hacia las contemplaciones seglares, en este caso se limitaban a impartirles catequesis, y clases de historia, álgebra, y literatura. Las mantenían limpias y aseadas, y libres de pecado, confesaban ante el cura de modo secreto y ante sus tutoras con castigo corporal como penitencia.
Por supuesto que no habéis iodo hablar de este lugar. No pensareis que viene en sitios Google o en la agencia de viajes de spankofilos, no? El lugar sitúa los castigos físicos dentro de la clandestinidad, hoy día seria impensable que se permitieran estas licencias según la constitución actual. Y yo me dirigía a el por el amplio conocimiento en la materia del doctor Herrera, quien conocía a la abadesa profundamente.
Así fue como llegue al convento, haciéndome pasar por una de esas chicas descarriadas que habían sido pilladas in fraganti en actitud poco decorosa con un varón. Me puse en manos de la Madre Superiora. Por supuesto que en ningún momento pensé que yo fuera blanco de castigos, la superiora conocía mi calidad de espectadora por lo que yo espere encontrar un trato favorable. Al fin y al cabo estaba allí por trabajo.
Aunque me excitaran los azotes, la angustia que me trasmitían los muros no me inspiraban para imaginar un correctivo placentero. El convento en su fachada exterior era plateresco, corriente muy común en la zona, pero se hallaba realizado sobre un monasterio anterior de orden románico, del que conservaba la disposición y materiales del interior. Era mucho mas antiguo, mas oscuro, mas retraído. Las paredes de piedra eran húmedas y frías, el suelo también, andar con una suela fina ponía los pelos de punta. Olía por todas partes a piedra y arena, a cirios y a iglesia cerrada.
Las internas dormían todas juntas en un amplio dormitorio de camas dispuestas una al lado de la otra, muy cerca, casi el espacio justo para andar de canto entre una cama y otra. Había unas 20 aproximadamente, y venían de todas partes de España, pero por lo que vi, mucho apellido noble, y mucha familia pía.
Yo ocupe una cama del final, junto a una chica de Alicante de 20 años, era simpática, pero no decía porque estaba allí, y actuaba con cierta timidez, al igual que el resto de las jóvenes, se comportaban de manera muy recatada y sin excesos.
Como llegue por la noche únicamente presente mis respetos a la Madre superiora quien me indico que acomodara en mi catre. Venia cansada del viaje, y sin prestar mucha atención me puse un pijama de verano cortito y fino, y me eche a dormir, bien tapadita hasta el cuello.
Zzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzz
De repente, sentí una sacudida, una mujer vestida sin hábitos pero con bata de religiosa me zarandeaba y me gritaba no se que, de si era aquella una manera correcta de dormir. Con el sueño no me enteraba de nada, y a causa del viaje ni siquiera sabia aun donde me encontraba. Cuando si reaccione fue cuando me saco a tirones de la cama y abrí los ojos para contemplar el enorme dormitorio comunal a oscuras, con las paredes bañadas por la luz de la luna entrecortada por los barrotes de las ventanas. Hasta ella se encontraba encerrada en aquel lugar sombrío.
La hermana que me zarandeaba, de repente se sentó en mi cama, tiro de mi brazo y con el de mi cuerpo amodorrado por el sueño, y me deposito en sus rodillas, ahí sí me desperté, ¿qué c*** hacia esta tipa???? Pero cuando resolví mi duda fue a causa de un impacto fuerte sobre mi trasero que hacia que este ardiera. Me estaba azotando!!!! Me tenia agarrada por un brazo y con el otro no se que demonios estaba usando pero picaba como el diablo. Instintivamente alargue mi brazo a la nalga donde recibí el azote, a lo que sentí un fuerte tirón de la misma, quedando inutilizada. Con una sola mano, me sujetaba las mías, era una mano fuerte y grande para ser de una mujer. Me reprendía por dormir tapada hasta el cuello. “Los brazos fuera de la manta!!!” Me indicaba “así no podréis caer en la tentación” “y no se duerme bocabajo” “conozco todos vuestros trucos para satisfaceros”. Mientras me regañaba note que me desprendía de un tirón seco de mi pantaloncillo del pijama para después hacer lo mismo con mis braguitas. Yo me intentaba zafar, pero era ducha en su propósito la jodida. Sentí un azote fuerte en el trasero, ahora si sabia que me azotaba con la mano, era una mano recia, fuerte, de exprimir coladas a mano, de recolectar la huerta y arrancar las malas yerbas, curtida y encallecida. Los azotes eran rápidos y enérgicos, me azotaba profusamente en la parte mas baja de la nalga, donde escocía horrores.
Después de darme unos 30 azotes con la mano, mi grupa ardía, reposo la mano sobre ella, mientras me reñía de nuevo, me explicaba que eso era por haberme interpuesto en el castigo, que el castigo en si venia a continuación. La mano no solo estaba apoyada sobre mi nalga, la muy ***** me sobaba, me palpaba a gusto, parecía que disfrutaba. Bollo reprimida... pensé.
No fue mucho el tiempo de pensar. De mis deducciones me saco a base de un buen paletazo en el trasero. Ahora si sabia que había utilizado, era una paleta. Con el tiempo averigüe que utilizaban el instrumento en cuestión para golpear la ropa para que se secara, además de para indicar el buen camino a jovencitas.
Me rocío 20 paletazos lentos, espaciados, con orgullo. Estoy segura que se sentía orgullosa de su trabajo, de su buen hacer, porque se deleitaba en ellos.
PLASSS tiempo PLASSSS tiempo PLASSSSS tiempo PLASSSSS
Se me escapaban las lagrimas, no estaba llorando de rabia sino se me escapaban de escozor. De impotencia de no poder parar ese tremendo dolor que recaía sobre mis nalgas.
Después me proporciono otros diez por llevar esa indumentaria poco adecuada y me indico que ya me proporcionarían un camisón decente. Además, me insto a seguir dos de las normas mas importantes en la cama, no dormir bocabajo, en ningún caso; y los brazos fuera de la manta para que se puedan ver en una revisión.
Sin mas se fue. Según avanzaba por el pasillo con la paleta en la mano, yo empezaba a asimilar lo que me costaría dormir con semejante escozor en mis nalgas, que me ardían, no podía apoyarlas contra el lecho, y lo húmeda que me encontraba.
Cuando abandono el habitáculo, algunas de las chicas levantaron la cabeza primero hacia donde se había perdido la hermana y después hacia mi. Mi compañera de al lado me alcanzo la mano, y me la acaricio con suavidad. “Intenta dormir con la almohada en los riñones, eso alzara el trasero y te rozara menos con el colchón”
Así lo hice y al poco y tremendamente escocida y dolorida me quede dormida.
Continuara ...
14/05/2005 17:25 Este es el enlace de este relato, si lo copias lo puedes utilizar como hipervínculo. Tema: F / f Hay 7 comentarios.
