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EL FANTASMA DE LOS CASTIGOS

AUTOR: JANO

El fantasma de los castigos, el dulce fantasma de los castigos habían poblado su mente desde la más tierna adolescencia. Se trataba de algo abstracto, sin rostro ni dimensión.
El simple pensamiento de estar siendo castigada alteraba su ritmo cardiaco; notaba batir su corazón a galope tendido. Buscaba con ansia novelas, libros especializados,comics, cualquier cosa que se refiriera a muchachas sometidas, azotadas, atadas y humilladas ; todo aquello que alimentara sus fantasías.

Ahora, ya mujer de 22 años, realizada profesionalmente, ejecutiva de éxito se sentía vacía. Alejada de su entorno familiar por el trabajo, la vida quedaba circunscrita a él. Su única compañía eran las docenas de publicaciones sobre castigos que atesoraba en su piso de la gran ciudad. Acudía a ellas con frecuencia liberando sus fantasías en las imágenes y palabras que encontraba.

Con demasiada frecuencia se encontraba rara, diferente al resto de la humanidad, enferma de la mente tal como había leído en algunas publicaciones; aberración, desvío de la norma, filia morbosa y cosas por el estilo vertidas por personalidades del mundo de la psiquiatría y la sociología. Pese a todo eso, su mente no cesaba de albergar imágenes de castigos ajenos y propios en los que siempre era ella, Sonia, la protagonista.

Accidentalmente, entrando en internet, se le ocurrió buscar con la palabra “azote”. Esta simple palabra , condujo a Sonia a un mundo que le descubrió que no estaba sola; que había un sinnúmero de personas que sentían como ella, que hablaban de sus deseos, de sus gustos con entera libertad, sin tapujos ni tabúes. Se suscribió a varios grupos afines a ella y leyó ávidamente todo lo que en ellos se decía; experiencias ajenas que se asemejaban a lo que ella deseaba íntimamente.

Durante un tiempo fue espectadora pasiva hasta que, en cierto momento, se armó de valor y se lanzó a la aventura de participar, de contar sus necesidades, de buscar una compañía que satisficiera sus deseos. No fue fácil, pero al fin, tras infructuosos intentos, conoció a alguien que hizo latir su corazón y la colmó de esperanzas. Despues de muchas y largas conversaciones, decidieron trasladar a la vida real lo que a través de las palabras se había ido comunicando.

La timidez, el temor a no corresponder a las expectativas de él, el salto al vacío que suponía aquella nueva situación de conocerse en la realidad, no le permitieron dormir la noche anterior a la cita, tal era la excitación que sentía.

A la hora y lugar concertados, después de esmerarse en su atuendo y su aspecto, Sonia acudió a la cita. El que encontró esperándola sobrepasaba todas sus expectativas. No era joven, pero sí muy atractivo y con un halo de seguridad en sí mismo que la atrajo inmediatamente. Temblándole las piernas por un cúmulo de sensaciones encontradas, se acercó a él. El hombre, ceremonioso, le tendió la mano que ella estrechó. La calidez de aquella mano hizo que Sonia se estremeciera de los pies a la cabeza.

Pasaron horas hablando, puntualizando, acercando posturas y opiniones sobre lo que les había hecho encontrarse. A medida que pasaba el tiempo, la conversación se hizo más distendida, más íntima. El había tenido en el pasado una relación que se rompió con el tiempo en la qué su pareja consentía en los castigos de tarde en tarde y que, aunque los disfrutaba no eran lo bastante frecuentes. Ese factor y otros fue lo que hizo fracasar la relación. Ahora intentaba recomenzar su vida y esperaba que ésta fuera con Sonia.

Pasaron algunas semanas de encuentros y cambio de pareceres, conociéndose, acercándose más y más el uno al otro.

Ella acepto verse en privado con él; probar en la realidad lo que había deseado desde largo tiempo atrás: constatar si lo que habían sido solo deseos y fantasías se plasmaba en la realidad de los hechos.

Tuvieron su encuentro en un escondido hotel de las afueras rodeado de bungaloes alejados los unos de los otros por una distancia que permitía la mayor privacidad.

Con cierto temor, Sonia se dejó llevar por su acompañante. Pese a sus temores, el amor y la confianza que en ella se habían instalado por él, hicieron que se arriesgara a tener una experiencia real.

Consciente de los temores de ella, él, con sumo cuidado fue introduciéndola en la situación. Comenzó abrazándola, besándola con mimo, hablando con un tono de voz que intentaba transmitirle confianza. Paso a paso fue acercándose al objetivo que allí les había llevado. Sus manos cercaron sus nalgas, insinuantes, acariciantes sobre la tela de la falda. Ella se estremecía en anticipación de lo que él le había dicho que sucedería.

Suavemente, sin prisa, con lentitud, él fue subiendo la falda y dejando al aire sus redondas nalgas. Unos suaves azotes cayeron sobre ella, así abrazados, en pie. Para Sonia fue una sensación desconocida pero agradable. Poco a poco, los azotes se hicieron más dolorosos, más frecuentes: comenzó a suponer que aquello no sería todo y no se equivocó. El se ocupó de quitarle la falda, de bajarle las blancas braguitas de algodón. Terminada ésta operación , la atrajo hacia un sillón y la colocó tumbada sobre sus rodillas. En ésta posición, comenzó a azotarla con la mano desnuda y regañándola según el libreto acordado, le advertía que estaría toda la tarde recibiendo azotes y más azotes, castigo tras castigo. Cuando hubo acabado de azotarla más de 40 veces paró por un momento para acariciarla. El contacto de aquella mano acariciante despues de los azotes, supusieron para ella un alivio instantáneo. La piel le ardía en toda la superficie de su culo y aquellas caricias mitigaban el dolor y el picor que sentía. Los deseos acumulados durante años se cumplían en éstos instantes; pese a lo humillante de la posición y los dolores que le producían los azotes, su espíritu contemplaba cómo el castigo suponía para ella un afrodisíaco y la inducía una paz y una satisfacción nunca antes sentida. Deseaba que aquello no acabara nunca y que tuviera la suficiente fortaleza para seguir disfrutando de las sensaciones maravillosas que estaba obteniendo. En ningún momento pidió que parara el castigo. Es más, quería que siguiera por mucho tiempo. Sus deseos serían colmados.

Después de un gran número de azotes con algunos descansos para acariciarla, él le ordenó que se tumbara sobre la cama. Obedeció. ¿Qué iría a suceder ahora? Le oyó trajinar en un maletín que había llevado. De él extrajo lo que parecía un utensilio para limpiar el polvo: se trataba de un grupo de unas 10 tiras de cuero de unos treinta cms adosados a un mango de madera negra. Acarició un largo tiempo con ellas sus enrojecidas nalgas. De repente, sin precio aviso, aquello impactó en su piel. Ella, su cuerpo, dio un salto en la cama. Una vez y otra, aquello caía sobre sus nalgas produciéndole una gran quemazón. Los azotes con aquel instrumento no dejaban de caer sobre ella y la obligaban a moverse desordenadamente de un lado a otro. Se quejó sin que él parara de azotarla y sin cesar de decirle que eso es lo que había estado buscando durante toda su vida y que lo iba a tener con creces. Pasado un tiempo, Sonia aceptó el nuevo castigo. Las imágenes de sus repetidas fantasías acudían a su mente mientras recibía el castigo que tantas veces había deseado sin obtenerlo. Aquella cosa caía inmisericorde sobre su piel que transmitía el dolor a su cerebro, mientras que en otro lugar de su cuerpo le producía un intenso placer.

Después de un largo tiempo azotándola, él le dio un descanso. La acarició con una gran ternura diciéndole palabras de consuelo. Aquellas caricias, eran un maná que la elevaban de la tierra. Sonia se acurrucaba sobre su pecho mientras él la acariciaba, rendida, entregada, enamorada, abierta a cualquier cosa que quisiera hacer con ella.

Más tarde, recibió la visita de una gruesa correa de cuero que marcaba alargadas señales rojas sobre su piel; otros instrumento utilizó él sobre sus nalgas: zapatilla, regla de madera. Sonia no comprendía cómo sus nalgas podías soportar tanto castigo. En ocasiones, tuvo sensaciones tan voluptuosas que creyó morir del gusto. Fue una tarde intensa en todos lo sentidos. A ésta le siguieron muchas otras. La relación entre ellos se convirtió en tan cercana , tan afectuosa que, pasado el tiempo, decidieron vivir juntos. Nunca se arrepintió de haber dado aquel lejano y maravilloso primer paso.

Los fantasmas de otro tiempo se convirtieron en una realidad cotidiana que colmaban todas sus expectativas. Tenía el hombre al que había aprendido a amar y que la correspondía y, por ende, todo aquello que había poblado de fantasías su mente durante tantos años. Jamás volvió a sentirse rara, extraña en el mundo. Se aceptó a sí misma, incluso con orgullo de ser distinta a otros.


FIN




F I N

ALEJANDRA

AUTOR: JANO

Huérfana de madre, Alejandra campaba por sus respetos sin hacer caso a nadie, rebelándose, embrollando, creando problemas por donde quiera que fuera.

En el momento que comienza ésta historia, Alejandra contaba con 16 años: bellísima, con expresivos ojos verdes y figura digna de ser inmortalizada por algún artista de renombre. Su carácter irascible y díscolo le granjeaba las antipatías de aquellos que la trataban. Su padre, diplomático en ejercicio, dejaba la educación de la adolescente en manos de criados y educadores: la pérdida de su esposa le había sumido en un estado de gran tristeza y, para colmo, su trabajo le impedía prestar la debida atención a la niña.

A sus 16 años, Alejandra había pasado por cinco colegios de los cuales, sistemáticamente, fue expulsada por una o varias razones. Faltaba a clase cuando le parecía , sembraba la discordia entre sus compañeras y no pasaba día sin que cometiera alguna fechoría. El vaso de sus diabluras se llenó de tal manera que acabó derramándose. El detonante que colmó la paciencia de sus profesores en el último colegio, fue que la encontraron en actitudes poco edificantes con el jardinero bastante ligera de ropa . En la carta que enviaron a su padre decían que, “con todo el dolor de su corazón”, se veían en el triste deber de expulsarla.

Al enterarse de lo sucedido, su padre quedó sumido en una gran tristeza y vergüenza. Fue consciente de que tenía que actuar drásticamente con su hija. Barajó varias posibilidades y optó por una de ellas. Había recabado información sobre instituciones especializadas en la educación de chicas que se hallaban en semejante situación a la de su hija. Se decidió por una situada cerca de la ciudad alemana de Frankfurt. Se trataba de un colegio privado y muy caro, donde las jóvenes vivían en régimen deinternado todo el año excepto un mes de vacaciones en verano.

Sin más dilación, acompañado por la niña, se presentó en el colegio tras un largo viaje. Las protestas de ella, su rebeldía, sus negativas, no hicieron vacilar su decisión.

Habló con el director, hombre de unos cincuenta años de gesto severo, de quién se desprendía un halo de gran autoridad y le puso al corriente de la situación de Alejandra. Él, después de escucharle pacientemente, le dijo que no se preocupara de nada; el colegio tenía una larga tradición atendiendo y solucionando casos como el de ella, e incluso peores, con brillantes resultados. Una única observación: debería dejar en sus manos la educación y el trato que dieran a la jovencita sin interferencia alguna del exterior; ni padres, ni familiares ni persona alguna deberían interponerse entre el colegio y la niña. Era ésta una condición indispensable: debería confiar en el colegio y sus métodos. Así lo acepto y firmó el desesperado diplomático. Allí dejó a su hija de quién se despidió brevemente escuchando toda clase de invectivas que salían de su boca.

Cuando se marchó, el director salió al pasillo donde se encontraba Alejandra y le ordenó que le siguiera. En vista de su negativa, él tomó un silbato que colgaba de su cuello y lo hizo sonar. A los pocos segundos aparecieron dos hombres con uniforme quienes, sin dar explicaciones a la joven, la tomaron de los brazos y, en volandas, siguieron al director hasta una habitación del piso alto, donde, a la fuerza, introdujeron a Alejandra cerrando después la puerta con llave. Ésta se encontró en una habitación acolchada desprovista de muebles cuya única luz provenía de una alta ventana enrejada. Pataleó, gritó, insultó con su peor vocabulario a todo y a todos y, al comprobar que de nada le servía todo eso, al cabo de un rato, se tumbó en el mullido suelo abatida, irritada y con cierto temor por lo que pudiera ocurrir en el Futuro.

Pasaron varias horas hasta que la puerta se abrió dando paso a un hombre moreno de mediana estatura que la conminó a acompañarle al comedor donde sería presentada a sus nuevas compañeras. Por toda respuesta, Alejandra le lanzó una patada que él esquivó sin gran esfuerzo. Ante esto, el hombre (su tutor según se sabría después), llamó a los dos hombres que había quedado tras de él y les ordenó algo en voz baja. Éstos, sujetaron a la niña y, en volandas como la vez anterior, la introdujeron en otra habitación en la que se encontraban extraños muebles: un caballo de gimnasia, una escalera anclada a la pared, una gran mesa de roble, varias sillas de sólido aspecto…A una orden del tutor, los dos hombres ataron las manos de Alejandra a la escalera estirando sus brazos por encima de la cabeza. Ella pataleaba, insultaba, se debatía inútilmente pero asustada por la situación. No tardó mucho en saber lo que se le avecinaba: con una regla de madera en la mano, el tutor, Herr Kauffman, comenzó a azotarla sin descanso ni piedad alguna mientras la niña no dejaba de gritar y quejarse, amenazar e insultar a su verdugo quién, pese a sus protestas, seguía azotando sin hacerle caso. Al cabo de un rato, el tutor preguntó a Alejandra si estaba dispuesta a cumplir la orden de ir al comedor. La respuesta fue un aluvión de insultos y palabras soeces. De nuevo, él se aplicó en la tarea de sacudirle nuevos reglazos. Pasaron varios minutos antes de
que, dolorida como estaba, cesara en sus insultos y suplicara que terminara el castigo. A la pregunta de que si accedería a obedecer, contestó que sí con un hilo de voz.

Soltaron sus ataduras y la acompañaron hasta el comedor donde se encontraban reunidas unas cincuenta muchachas de distintas edades, ninguna mayor de 17 años. La presentaron como una nueva alumna y le indicaron una silla vacía donde se sentó a comer para saciar el apetito que la devoraba después de tan larga jornada sin probar bocado. Miraba hoscamente a su alrededor mientras daba cuenta de los alimentos que le habían puesto sobre la mesa. Las demás, parecían estar terminando de comer. El castigo sufrido había evitado que llegara a la hora de la comida como todas. Tanto el tutor como los otros dos hombres no le quitaban la vista de encima, vigilando sus menores movimientos.

Terminada la comida, la acompañaron a la habitación que le había sido asignada donde la dejaron no sin advertirle que no se toleraría ninguna actitud de rebeldía. Ella quedó sola unos pocos minutos hasta que entró una niña, quizás más joven que la misma Alejandra, quién le dijo que sería su compañera y se presentó con el nombre de Anita. Enfurecida como estaba, no le hizo el menor caso. Se paseaba por la habitación como un tigre enjaulado profiriendo amenazas contra los que consideraba sus raptores y también a su padre que la había dejado allí indefensa.

Llamaron para la cena y Anita le dijo que irían juntas. Hambrienta como estaba de nuevo, Alejandra no puso objeciones aunque sin abandonar su gesto adusto y malhumorado.

Después de la cena y todavía con el escozor que sentía en su culo, Alejandra y su compañera se dirigieron al dormitorio. Pasados unos minutos, Alejandra decidió escaparse de aquel lugar de la forma que fuera. Abrió la puerta y, ante su desesperación, se encontró apostado ante ella a uno de los hombres que la habían maniatado. Él la miró impasible y, con un gesto hizo que ella cerrara de nuevo la puerta. Preocupada, asustada, se dio cuenta de que no sería tarea fácil escaparse. Se acostó vestida y, durante el sueño, terribles pesadillas la invadieron haciendo que se despertara cada poco bañada en sudor.

A la mañana siguiente y siempre acompañada de Anita, se encontró en la primera clase de la mañana: se trataba de la que más odiaba ella: matemáticas. Se movía en su asiento, se levantaba y hacía toda clase de ruidos. La profesora, mujer de unos cuarenta años, rubia, sólida y de estatura más que regular, avisó suavemente a Alejandra que se comportara bien en dos ocasiones. A la tercera, utilizando el silbato que también ella llevaba colgado al cuello, hizo aparecer, como por arte de magia, a los dos hombres que ya conocía la niña. A una indicación de la profesora, éstos la sujetaron por ambos brazos y, siempre sin que los pies de ella tocaran el suelo, la llevaron de nuevo a la siniestra habitación donde había sido castigada. La tumbaron sobre el potro y ataron sus pies y sus manos a las patas del mismo. En esa posición la dejaron y abandonaron la estancia dejándola sola. Terribles escenas se desarrollaban en la imaginación de la niña.

Unos minutos más tarde, la puerta se abrió de nuevo y dio paso a su tutor quién, dirigiéndose a ella, le advirtió solemnemente que no se saldría con la suya y acabaría comportándose en debida forma. Subió sus faldas hasta la cintura dejando a la vista las braguitas de algodón blanco que formaban parte de la vestimenta reglamentaria y, provisto de la consabida regla, comenzó sin prisa pero sin pausa a descargarla sobre las infantiles nalgas. Alejandra gritaba, se retorcía, insultaba, se quejaba por los golpes. De nada le servía: el tutor seguía imperturbable estrellando la regla en ambos lados de sus nalgas coloreando su piel de un subido color granate. Él seguía el castigo sin que le importara lo más mínimo la actitud de la niña. Azotaba con precisión cada centímetro
sin variar el ritmo, la cadencia y la fuerza con que aplicaba la regla al culo de la muchacha. Después de sesenta azotes, el tutor llamo a los guardias: desataron a la niña y la condujeron de nuevo a la clase. Todas las miradas se dirigieron hacia ella, observando cada uno de sus gestos. Se sintió molesta por ser el objeto de la curiosidad de las alumnas y trató de no dejar traslucir su irritación y el dolor que sentía allí abajo. Sentóse con dificultad en su puesto, notando dolorosamente el roce de la ropa y el asiento en sus maltratadas nalgas. Se juró que aprovecharía la menor oportunidad para escaparse, aunque no sabía adonde dirigirse. Su padre no la recibiría con los brazos abiertos y, por otro lado, no tenía dinero alguno. ¿Qué hacer? Su porvenir se presentaba de lo más negro. Incierto, no: por las pruebas recibidas en tan corto espacio, el tiempo que pasara en ese lugar se le avecinaba mal para su persona y su integridad física. También contaba la humillación a que era sometida y, desgraciadamente, continuaría en adelante. Su mente se rebelaba ante la posibilidad de someterse. Recordaba las palabras de su padre; “No sé que hacer contigo. Me siento incapaz de convertirte en una persona responsable y de buen carácter. Debo tomar una determinación aún en contra de mi cariño hacia ti. No te será agradable, pero necesitas adquirir una disciplina de la que careces. Lo siento”.

El recuerdo de éstas palabras y la amable existencia que había perdido, hizo que a sus ojos asomaran lágrimas de tristeza.

Apenas pasaban dos jornadas sin que Alejandra fuera castigada de una u otra forma. Los días transcurrían monótonos excepto por los momentos en que era castigada. En algunas ocasiones, los castigos no eran aplicados con la regla sino con algo construido a partir de un mango de madera del que pendían varias tiras de cuero y que producían un gran escozor en sus nalgas. Muchas veces, casi todas a partir de cierto momento, el castigo lo recibía directamente sobre la piel carente de cualquier prenda. Aquello le hacía sentir infinitamente humillada sabiendo que dejaba expuestas a las miradas de sus torturadores lo más íntimo de su persona.

Pasaron algunos meses durante los cuales los castigos eran casi constantes. Su tutor había decidido ser él quién se ocupara de derrumbar las defensas de la niña. Para conseguirlo, aumentaba el número de azotes y las frases admonitorias. Mientras la castigaba, no cesaba de explicarle y advertirle que su vida sería un infierno constante si no cambiaba su actitud de rebeldía.

Alejandra, con el tiempo, se acostumbró a los castigos que ya no le parecían tan dolorosos. Incluso, en ocasiones, encontraba cierto placer en ellos. A veces, se imaginaba que quién la estaba castigando era su padre y aquello le producía unas raras sensaciones. Pensaba que, de haber recibido de su padre aquellos castigos, en la actualidad no estaría pasando por aquello. Recordaba el poco tiempo de que él disponía para atenderla y las mil y una vez que ella deseó su presencia, sus palabras, sus caricias.

Poco a poco, su actitud fue cambiando y, a medida que esto sucedía, los castigos se espaciaban. Llegó a hacerse tan responsable y dócil que durante, algún tiempo, dejó de recibir castigo alguno.

Curiosamente, cuando llevaba un mes sin recibir ningún castigo, Alejandra se sintió como abandonada, sola, sin nadie que se ocupara de ella excepto como al resto de sus compañeras. Ellas, de tiempo en tiempo, también eran llamadas a capítulo y recibían sus correspondientes zurras. Era la moneda corriente en aquél lugar. Los castigos se sucedían con frecuencia teniendo como protagonista a una u otra alumna. La misma Anita, su compañera, había recibido numerosas azotainas por su mal comportamiento.

Un acontecimiento vino a cambiar la situación de su incipiente docilidad: durante la clase de dibujo, una compañera tiró una bolita de papel al profesor. Cuando éste se volvió, sus miradas se dirigieron hacia Alejandra acusándola del hecho. Ésta se irritó y, levantando la voz más de lo necesario, se defendió de la acusación negándola. De nada le sirvió: se le ordenó presentarse en el despacho de su tutor para que él tomara la decisión que considerara conveniente. Herr Kauffman, con el gesto fruncido, escuchó las alegaciones de la muchacha y, sin creerla por su larga trayectoria de indisciplinada, súbitamente, sin mediar palabra, la sujetó de un brazo y colocó su cuerpo tendido sobre la gran mesa de roble del despacho, dejando que colgaran sus piernas. Levantó su falda y, pese a las protestas de Alejandra, de un tirón bajó sus braguitas hasta las rodillas. Con la mano desnuda, comenzó a propinar fuertes azotes sobre sus desnudas nalgas. Indignada por la injusticia, ella no cesaba de moverse tratando de zafarse del férreo brazo con que él la mantenía sobre la mesa. Uno a uno, muchos azotes se estrellaban sobre sus carnes. El dolor y la humillación hacían que las lágrimas acudieran a sus ojos.
Gritaba y se retorcía sin conseguir el objetivo de escapara a aquella lluvia de azotes. Mientras la azotaba, Herr Kauffman no dejaba de decirle lo muy contentos que se encontraba todo el claustro con ella por los cambios observados en su conducta de los últimos tiempos y lo decepcionado que se hallaba por ésta recaída. Ella negaba toda culpa en el suceso. Sin referirse a la autora ni dar su nombre, decía que fue otra la que cometió la falta. Pese a sus protestas, el castigo continuó: más de media hora estuvo recibiendo azotes tras lo cual, el tutor con voz seca y conminatoria, le ordenó que se encerrara en su dormitorio y se quedara allí sin acudir al comedor cuando sus compañeras lo hicieran. Solamente, sin comer, se presentaría a la primera clase de la tarde.

Alejandra comenzó de nuevo a cometer pequeñas faltas que, en principio, fueron toleradas. Al aumentar frecuencia, de nuevo se sucedieron los castigos. Herr Kauffman, irritado por lo que consideraba un retroceso de la niña, se aplicó a golpearla casi con saña. De cada castigo, ella salía acariciando sus nalgas de un subido color rojo. Un hecho curioso comenzó a manifestarse en ella. No se lo explicaba, pero aquellos azotes le producían un placer inexplicable. Ignoraba que lo producía; solo sabía que ocurría.

Con la confianza que le unía a Anita despues de tanto tiempo, la hizo confidencia de lo que sucedía en su cuerpo como consecuencia del castigo y se encontró con la sorpresa de que no era la única que tenía esos sentimientos, esas sensaciones: ella misma sentía lo mismo cuando era azotada y sabía por otras chicas, que otro tanto les pasaba a ellas.

Recordaba que, en cierta ocasión en que sus faltas fueron especialmente graves, el propio director, ante la presencia de todas las alumnas, en el gimnasio, azotó sus nalgas con una fusta durante varios minutos estando éstas expuestas a las miradas del resto sin ropa alguna que las cubriera. Aquello, que no se repitió nunca más, la excitó sobremanera. Saberse observada por sus compañeras le hizo sentir espasmos de placer incontrolable. Ahora que había pasado algún tiempo, todavía sentía las mismas sensaciones al recordarlo.

En la actualidad, era consciente de que cometía diabluras y tropelías con la intención de que el castigo cayera sobre ella, lo que ocurría con bastante frecuencia.

Los domingos eran días especiales en los cuales, reuniendo a todas las jóvenes en el gimnasio, se castigaba públicamente a aquellas que, durante la semana, habían cometido faltas dignas de ser castigadas. Una a una, las infractoras eran llamadas al centro de la instalación y, allí, en presencia de todos, sufría un largo castigo. Dependiendo de la falta, era azotada con uno u otro instrumento. Un domingo en concreto, una alta y sólida
muchacha rubia de largas trenzas llamada Sonia, fue despojada de su ropa interior y atada a un potro colocado en el centro. El director asumió la responsabilidad de azotarla. Comenzó usando una larga y ancha correa de cuero negro. Al resto de las chicas, se les ordenó que, a coro, contaran en voz alta el número de golpes. Tímidamente al principio, las niñas, casi en voz baja, hicieron lo que se les ordenaba. Se les conminó a que corearan los golpes en voz alta y así lo hicieron por el temor a ser castigadas ellas mismas.

“catorce, quince, dieciséis,………” contaban. La cuenta de los correazos no terminó hasta llegar a los sesenta. El director, concedió a Sonia un breve descanso. Pasados unos minutos, armado de unas largas tiras de cuero adheridas a un mango de madera, se acercó a la indefensa muchacha y lo abatió sobre sus nalgas:

“seis, siete, ocho…” corearon las alumnas. Sonia saltaba de un lado a otro tratando de esquivar el castigo. Sus nalgas mostraban los efectos de los azotes; el color era de un rojo intenso; se notaban los efectos del nuevo instrumento. Innumerables rayas se marcaban en su piel. Cuando la cuenta llegó a cincuenta, el director ordenó que fuera desatada. Ella se vistió como pudo y regresó al círculo de sus compañeras con paso inseguro.

Una tras otra, seis chicas fuero llamadas al centro del gimnasio . Más o menos azotes fueron impartidos dependiendo del tipo de la falta cometida. Así transcurrió la mañana del domingo, uno más de los habituales.

Se estaba acercando el tiempo de las vacaciones cuando Alejandra cejó en su conducta rebelde ajustándose algo más a las normas impuestas. No obstante y debido a su fama y a alguna actitud poco recomendable que aún tenía, su cuerpo, sus nalgas, recibían las caricias de algún castigo. Cuando era castigada injustificadamente, por equivocación, su espíritu se rebelaba y, pese a sus protestas, los azotes de Herr Kauffman mordían su cuerpo sin la menor consideración.

Llegaron las vacaciones y Alejandra regresó al hogar paterno. Su padre la recibió con un gran abrazo al que ella respondió apoyando la cabeza sobre su pecho y asomando unas lágrimas a sus ojos.

Durante un tiempo, ella se comportó debidamente con la evidente satisfacción de su padre. Solo fue un espejismo. Más pronto que tarde, volvió a mostrarse como la niña voluntariosa y desobediente que era en el pasado.

Puesto al corriente por el director del colegio de los métodos que allí se utilizaban con éxito, el padre de Alejandra optó por emplearlos y no paró de castigarla hasta que, al cabo de unos días, ella abdicó de su comportamiento.

Pasó otro año más en el colegio hasta cumplir los 18. Con alguna variante fue una repetición del anterior. De tiempo en tiempo, seguía siendo castigada, en privado o en público. Sus nalgas se habían acostumbrado a los azotes y los resistía con entereza e incluso, con cierto gusto.

A su salida del colegio y pasado cierto tiempo en que no recibía castigo alguno, sintió la necesidad de buscarlos. ¿Cómo conseguirlo? Esto, en todo caso, será motivo para otra narración.



FIN
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