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La Siesta

Por: Amada Correa

“EL AMOR Y  EL ORO, RESULTAN  IMPOSIBLES
 DE  ESCONDER POR  MUCHO TIEMPO ”
Refrán Popular

Su hermana y su cuñado terminaron por convencerla.
 
A los sesenta y un años de edad y cinco de viudez, Magdalena estaba acostumbrada a vivir sola, no necesitaba ninguna clase de compañía, con Obdulia que tres veces por semana venía a ayudarla con la limpieza, además de lavarle y planchar la ropa, le bastaba.

Cuando le recomendaron tomar a su servicio una jovencita del campo, -los chacareros tenían por costumbre colocar a las hijas como domésticas en casas de familia y a los hijos como mandaderos en comercios del pueblo a condición que los enviaran a la escuela o les enseñaran algún oficio-. ella se negó de plano.
-No he tenido hijos, bueno sería que a mi edad me ocupe de criar hijos ajenos. Argüía cuando planteaban el asunto.

Una noche angustiosa a raíz de una caída que pudo ser grave, la persuadió que tenían razón aquellos que le sugerían la compañía de alguna persona joven.

De esa manera Amanda pasó a formar parte de su existencia. Se la recomendó el cuñado que tenía de arrendatarios a los padres. La chica era la tercera de nueve hermanos y estaba por cumplir catorce años cuando entró a su servicio.

Al comienzo la viuda la ocupó con reservas, pero Amanda era humilde, un poco torpe tal vez, no obstante bien dispuesta y de buen carácter, tanto que terminó por habituarse a ella y fue cobrándole cada vez más aprecio.

Poco a poco la muchacha fue ganando la confianza y el afecto de su quisquillosa patrona, que no tardó en tratarla como una hija y además de las tareas de la casa le enseñó a coser, tejer y bordar.

Pasaban el día juntas, ocupadas en las mismas tareas compartiendo todos los momentos, escuchaban los radioteatros mientras hacían labores, tomaban mate y los domingos iban a misa y al cine.

Las únicas horas que no compartían eran las de sueño, -por la noche y a la siesta-, en las que cada una se retiraba a su habitación.
Aunque la relación entre ellas no siempre resultaba apacible, Amanda era torpe y como su patrona, tenía pocas pulgas,  muchas veces corría el riesgo de recibir de ella algunos sopapos.

 En esas ocasiones Magdalena se contenía porque la chica le inspiraba lástima. Resignada, la pobrecita, hacía pucheros encogida de miedo esperando el castigo, ese gesto de sumisa indefensión desarmaba a la mujer que, conmovida, optaba por bajar el brazo.

En un medio tan pequeño como aquel, no era un secreto para nadie que en el hogar de esos chacareros brutos, hartaban de palizas a los hijos. Su madre y también el padre, -según ella misma contaba-desde chiquita la traían a latigazo limpio… A doña Magdalena tal proceder le causaba repulsión.

Algo más de año y medio llevaban viviendo juntas, en ese lapso la criatura delgaducha y macilenta recién llegada del campo se había transformado a la sombra de su patrona en una agraciada mocita de tentadoras formas y delicadas maneras.

 Doña Magdalena, que disfrutaba de un buen pasar, tenía algunas debilidades, entre las más notorias: ínfulas de mujer elegante, que la llevaban a lucir lo último de la moda. No podía por consiguiente, permitir que su doncella anduviera mal entrazada, de manera que Amanda, -merced a esa debilidad de la patrona-, disponía también de un conjunto de vestimentas que contribuían a realzar sus juveniles encantos… 
 
 La figurita de Amanda, resultaba ya la de un pimpollo que inquietaba al elemento masculino del pueblo, permanentemente atento a la floración de beldades locales. Pero así como agudas espinas resguardan las rosas, la altiva viuda custodiaba aquel capullo.

 ¿En qué momento consiguió Héctor Lamura Alias “El Flaco” atraer la atención de Amanda? ¿Cuándo consiguió eludir la pertinaz vigilancia de doña Magdalena? ¿De qué medios se valió para enamorarla? Son incógnitas que permanecerán sin resolver, ante los sucesos sólo caben conjeturas.

 Se encontraban todos los días a la hora de la siesta en el fondo del patio, a escondidas, -desde luego-. Amanda recogía la mesa, lavaba la vajilla y limpiaba la cocina a toda prisa, mientras doña Magdalena descansaba en su cuarto.
Cuando escuchaba la señal de su amado: un largo silbido modulado de manera inconfundible, daba por terminada las labores, después de secarse las manos y desembarazarse del delantal corría al encuentro del novio en el antiguo gallinero.

Allí al abrigo de miradas extrañas, en un ángulo sombrío se entregaban a las prácticas que, con mayor o menor reserva y precauciones, llevan a cabo todos los enamorados del planeta desde que el mundo es mundo, que por obvias y reiteradas no vale la pena describir.

 ¿Cómo se anotició del romance clandestino Doña Magdalena? ¿Por intuición? ¿Por advertencias? ¿Por pura casualidad? ¿Por alguna evidencia?... No se sabe, lo concreto es que del estado de sospecha pasó raudamente al de certeza.
Comprobarlo con sus propios ojos y abalanzarse como un rayo sobre la pareja le demandó a la airada señora un solo instante.

El galán, con los pantalones a medio abrochar, alcanzó trepar la tapia y, en milésimas de segundo, ganó la calle; en cambio la doncella, dispuesta como se encontraba a consumar el informal himeneo, quedó allí mismo petrificada de espanto…

La intervención de la dueña de casa, aunque desgraciada e inoportuna para los enamorados, resultó, conforme a la moral de la época, providencial al impedir consecuencias irreparables.

Desgraciada para Amanda por lo que sucedió a continuación, inoportuna para “El Flaco” quien en el preciso momento que estaba por hincar el diente, acabó en medio de la calle sin el pan y sin la torta…

La patrona, con la drástica determinación que interrumpiera el íntimo coloquio, resolvió la despedir a la doncella.

La viuda intachable que durante más de cinco años había permanecido fiel a la memoria del difunto esposo, no podía bajo ningún concepto permitir actos de libertinaje en su propia casa… ¡Delante de mis propias narices debería decir! 
-¡Puerca!... ¡Desvergonzada!...¡ Marchate inmediatamente de mi vista... Andá a preparar tus cosas porque voy a avisar a tu casa que vengan a buscarte!... ¡No quiero tenerte un minuto más aquí!

A medida que la indignación de la dama aumentaba su figura aparentaba crecer hasta alcanzar dimensiones gigantescas, por contraste el físico de la culpable parecía ir empequeñeciéndose cada vez más Tal la impresión que cada una de las protagonistas experimentaba en la circunstancia.

Al escuchar el veredicto condenatorio la infeliz Amanda, que hasta ese momento se había limitado a llorar en silencio, sin alzar la cabeza, prorrumpió en desesperadas súplicas…

-¡Por el amor de Dios, señora!...¡Por lo que más quiera!... ¡No me eche!... ¡Ay de mí, en casa me molerán a palos!... ¡Ay! ¡Perdóneme por favor!... ¡Haré lo que usted me pida!... No quiero volver a casa… ¡Ay! ¡Ay! ¡Usted no se imagina el castigo que me van a dar!

-¿Pensás acaso que merecés un premio, puerca? ¡Una gran paliza es lo menos que te corresponde desvergonzada! En el lugar de tus padres, yo te daría una soberana paliza por cada una de las veces que lo hiciste! ¿Porque esa cochinada de hoy la vienen haciendo desde hace rato, no?...

Como la muchacha enmudeciera anonadada por la filípica, la patrona exigió:
-¡Vamos contestame! ¿Cuántas veces lo hicieron?... ¡Decimelo!

Con un hilo de voz Amanda respondió:
-Nunca lo hicimos, señora…

Doña Magdalena, imprimiendo más potencia a su voz y en tono sarcástico insistió:
-¿Pretendés que te crea?... ¡Mentirosa de porquería!... ¿Te estás burlando de mi?...

La interpelada negó con la cabeza y extrayendo fuerzas de la difícil situación, exclamó:
-No, señora…No le miento… ¡Se lo juro por Dios! Uniendo la acción a la palabra formó una cruz con los dedos y la besó. “-Eso” no lo hicimos nunca  señora.
Se expresó con tanta vehemencia que la mujer le creyó, aunque se abstuvo de manifestarlo, para humillarla un poco más todavía agregó…

-¡Ah, no!... ¿Qué hacían entonces?... ¿Qué estaban haciendo recién?... Ante el silencio de su interlocutora, insistió: ¡Vamos decime que hacían a la hora de la siesta! ¡Contestame sinvergüenza!

Luego de un momento de vacilación, tratando de encontrar alguna esperanza de perdón en aquel bochornoso interrogatorio, con un hilo de voz musitó: -Me besaba…lo besaba…nos besábamos…

-¿Nada más? Tronó la voz inquisidora, para añadir: -No  creo que se besaran solamente… ¿Qué otra cosa hacían?

Tartamudeando Amanda respondió: -Nos acariciábamos…

-Eso quería oírte decir… Exclamó con aire triunfal Doña Magdalena. O sea que se toqueteaban ¿No es así? Como la chica asintiera con la cabeza que mantenía gacha, la mujer arremetió: -Y vos, -¡buena pieza!- dejabas que él te manoseara por todas partes… ¿Verdad? 

Roja como la grana, Amanda continuaba asintiendo en silencio. –Seguro que vos también lo toqueteabas a él. Dijo y sin esperar la respuesta arriesgó la pregunta clave: -¿Cuándo se manoseaban él nunca te exigió que lo hicieran?...

Volvió a apremiarla para obtener respuesta. Con voz desfalleciente la doncella declaró: -Siempre me lo pedía, pero yo tenía miedo y me negaba…El decía que si yo lo quería de verdad teníamos que encamarnos… él amenazaba con largarme si me seguía negando, entonces yo lloraba… “Tenemos que encamarnos porque nos queremos”, decía para convencerme… Yo le rogaba que esperáramos un poco todavía…Entonces…

-Entonces, ¿qué?... Urgió Doña Magdalena, impaciente con los balbuceos de la acusada. ¡Vamos de una vez!

-Entonces me pedía que…que se lo agarrara…para calmarlo, decía… y yo… yo… Los sollozos sacudían su cuerpo impidiéndole continuar.

-Y vos hacías lo que él quería, ¿no es así?... Y también, -¡asquerosa! te lo ponías en la boca…¿verdad?... Amanda asentía sollozando cada vez con más vehemencia, hasta que cayo de rodillas suplicando:
-¡Basta por Dios, señora! Le he dicho toda la verdad, me porté muy mal con usted… Sé que merezco que me castiguen por todo lo que hice, no me importaría que usted me pegara hasta cansarse… puede pegarme con lo que quiera…pero por el amor de Dios no me eche de aquí… ¡Se lo ruego señora!...

 Doña Magdalena, deseaba quedarse a solas para poner un poco de orden en sus pensamientos, por ese motivo despachó a la muchacha a su habitación no sin antes recordarle que fuera preparando sus cosas.

En su cuarto, la desconsolada Amanda, se echó de bruces sobre la cama para continuar con el llanto. Mientras en el comedor, sentada en su sillón favorito al lado del receptor de radio, la dueña de casa, repasaba los hechos y cavilaba sobre el partido a tomar.

Luego de reflexionar a lo largo de media hora, durante la cual sopesó todos los pro y los contra, resolvió conservar a Amanda con ella. El motivo principal, -se dijo a si misma- era buscar una reemplazante, porque no quería quedarse sola. Existían además otras razones, en particular el vínculo de afecto que, a pesar del disgusto, la ligaba a esa criatura era, -aunque de momento se negara a reconocerlo-, la razón principal de aquella decisión.

La congoja, el arrepentimiento y la sinceridad de la chica, la predisponían a su favor, aunque pesaban en contra los principios rectores de su existencia, así como la honorabilidad y buen nombre de su casa que indecentemente Amanda había pisoteado…

-Perdonarla, estaría bien de mi parte…razonaba. Pero no, hacer borrón y cuenta nueva como si aquí no hubiera pasado nada, eso no me convence… No sería justo, así esa descarada de alguna manera se saldría con la suya…

De manera que, para volver a lo de antes no debía concederle el perdón graciosamente, entonces, como medida previa había que hacer justicia, de una sola manera: castigándola como correspondía.

Para recordarle sus faltas, tenía para elegir varios tipos de castigos, uno de ellos, mantenerla confinada en el cuarto después de cumplir con sus tareas sin permitirle salir de la habitación ni escuchar radio, otro imponerle trabajos desagradables o humillantes como obligarla a permanecer de plantón con la cara vuelta hacia la pared todos los días durante varias horas y, en ese lapso, no permitirle compartir  la mesa con ella…

Ninguna de esas variantes la conformaban, pues carecían de la severidad suficiente para escarmentarla… -¡Un escarmiento!…¡Esa es la palabra adecuada!  -se dijo- Llegó así a la conclusión que el único tratamiento adecuado para el caso era propinarle la severa paliza que tantos temores le inspiraba.

Fue así como la idea de la paliza la convenció por completo. Doña Magdalena no poseía experiencia alguna en materia de palizas, no recordaba haberlas recibido nunca, menos aún haberlas propinado, pero disponía, en cambio, de un enorme sentido práctico, que le permitió programar minuciosamente todos los pasos a seguir.

Por de pronto, resolvió no anticiparle su propósito, dejaría que en soledad continuara Amanda ignorando su suerte, la posibilidad que la decisión de echarla se mantuviera debía afligirla hasta el momento mismo de proponerle el castigo.

Entretanto se dedicó a preparar los elementos necesarios. Con la tijera de podar en mano se encaminó al laurel de jardín que adornaba un rincón del patio, seleccionó allí una vara del grosor de su dedo pulgar, la cortó en ambos extremos, e inmediatamente la curvó con ambas manos para comprobar su flexibilidad.

Del ropero sacó después el cinturón de tela de una de sus batas y un pañuelo de gasa. Con la vara debajo del brazo y los otros dos elementos en la mano se presentó en el cuarto de Amanda, quien al oír la puerta se incorporó de golpe.

Sin darle tiempo a reflexionar, la señora le dijo: -Amanda, veo que todavía no has preparado tus cosas… ¿Estás pensando que puedo perdonarte, verdad? Yo he pensado bastante en tu mal comportamiento y a pesar de todo estaría dispuesta a perdonarte, pero… Hay un inconveniente, si yo te perdono así porque sí, vos te vas a salvar de una paliza lo que sería muy injusto. ¿No te parece?... Entonces tendrás que elegir: o te vas a tu casa y la paliza te la dan allá o te quedás conmigo y en ese caso la paliza te la doy yo ahora mismo… ¿Qué decís?...

-Que me quedo, señora. Respondió la muchacha con resolución mientras sus distendidas facciones revelaban el alivio que sentía. La mujer la observó unos instantes para agregar después:

-Para que no te confundas, te prevengo que sigo tan enojada con vos como al principio y que la paliza que pienso darte te va a resultar muy, pero muy dolorosa…¿Ves esta vara? Puso delante de los ojos de la doncella la rama del laurel de jardín. Acabo de cortarla, parece hecha de goma, ¿ves qué blandita es? Para demostrarlo la hizo cimbrar en el aire. Todavía estás a tiempo de marcharte… Una vez que te desnudes y te ate al pie de la cama ya no vas a poder arrepentirte…

Ella sabía de antemano que la muchacha no se echaría atrás, continuaba hablándole sólo para prolongarle el sufrimiento moral que a su criterio formaba también parte del castigo y para informarle además la manera cómo había resuelto aplicarle la vara.

-Bueno, ¿qué hacemos, te vas o te quedás?

-Me quedo, señora… Me quedo.

-Entonces empezá a sacarte la ropa…¡ Todita la ropa!…

Amanda, estaba descalza, llevaba encima apenas un sencillo delantal de algodón estampado cuyos botones comenzó a desprender con  mal reprimido nerviosismo. Era la primera vez que se mostraría completamente desnuda delante de la señora.
Cuando estaba dentro de la casa debajo del vestido no llevaba corpiño, ni medias, únicamente la bombacha, de manera que desnudarse le llevó muy poco tiempo.
Durante la operación Amanda mantuvo la vista baja esquivando la mirada de su patrona, cuyos ojos en cambio recorrían con un dejo de envidia el cuerpo desnudo de la muchacha.

Doña Magdalena que en su juventud poseyera una cuidada figura era consciente de los estragos del tiempo: la elasticidad de sus formas y la tersura de su piel  iban perdiendo día a día firmeza y lisura. El espejo, que consultaba a menudo, le revelaba de manera impiadosa e inapelable todas esas señales de decrepitud.
Pensaba en todo eso mientras observaba las espléndidas carnes de la joven… De pronto, un sentimiento ruin, -del que no tardaría en avergonzarse-, le proporcionó la satisfacción de saber que tenía en sus manos el instrumento y el modo de apabullar la insolente soberbia de ese cuerpo.

La mujer depositó en la cama la vara de laurel y el pañuelo, enseguida ordenó: -¡Estirá los brazos! La chica, con la vista clavada en el suelo obedeció…

Magdalena rodeó con el cinturón de la bata ambas muñecas e hizo un nudo no demasiado ceñido aunque lo suficientemente firme para que los tirones no pudieran aflojarlo ni deshacerlo, después la hizo girar para enfrentarla a los pies de la cama de hierro, haciendo que pasara los brazos por encima del primer travesaño, después ligó los extremos del cinturón al segundo, de esa manera el cuerpo de Amanda quedó pegado a los barrotes de la cama y a causa de la escasa longitud de la improvisada cuerda quedó ligeramente curvada hacia adelante.

Aunque en aquella posición se hallaba prácticamente inmovilizada, la mujer reparó que no había tenido en cuenta sujetarle las piernas… En medio del dolor de la paliza en un intento desesperado por librarse de los azotes podía alcanzarla a ella con un puntapié. Para subsanar el olvido, extrajo de la cómoda de la chica un par de medias, con ellas le rodeó los tobillos anudándolas también.

El aspecto que ofrecía Amanda era lastimoso. El último detalle fue el pañuelo.
 
–Me imagino, -le susurró al oído-, que no querrás que los vecinos oigan tus gritos, ¿no es así?... Entonces vas abrir bien la boca para que te coloque el pañuelo…Dos gruesas lágrimas rodaron por las mejillas de la doncella, preludio de las que no tardarían en aflorar…

Doña Magdalena esperó unos minutos antes de comenzar con el vapuleo. Había resuelto actuar sin prisa, tomarse un tiempo entre varazo y varazo y observar las consecuencias, de ese modo, -pensaba-, la paliza surtirá el efecto buscado…
La vara describió una parábola antes de impactar en el medio de ambas nalgas… el cuerpo de la muchacha se crispó, la cama chilló y de su boca salió un gemido ahogado por el pañuelo…

-Esto te pasa por desfachatada, por puerca, por indecente, por sinvergüenza. Declamaba con voz calma la mujer mientras aprontaba el segundo golpe que, como el anterior dio de lleno en las convulsionadas nalgas dejando en ellas una estría rutilante provocando renovados estertores de dolor… -Para que no se te olvide… Remachó la dama sentenciosamente.

Uno…dos…tres… Diez varazos, matizados por consejos y reproches… Diez más no fueron suficientes para agotar el repertorio y los Diez sucesivos tampoco… La fuente de las lágrimas agotó su caudal… Amanda era un guiñapo de carne temblorosa y congestionada cuando Doña Magdalena se declaró satisfecha…

 Liberada de las ataduras, Amanda cayó despatarrada en la cama con el cuerpo sacudido por hondos sollozos. A pesar del convencimiento de haber obrado como correspondía, doña Magdalena no pudo evitar condolerse de la pobre muchacha… Al fin de cuentas la carne es débil… A su edad también me pudo haber sucedido a mi…El lejano recuerdo del asedio de un primo con quien jugaban a ser novios en lugares oscuros, apareció de repente arrancándole una tierna sonrisa…

Volvió del cuarto de baño con un pote de crema, se sentó en el borde de la cama y con mano maternal comenzó a untar las partes más dañadas de la piel. Comprobó que no había lastimaduras, aunque si numerosos cardenales y moretones.

La patrona le aplicaba la crema con delicadeza, con la misma suavidad de una caricia. Amanda había dejado de llorar aunque a veces el roce de la mano le provocaba contracciones involuntarias.

-¿Cómo te sentís?... Preguntó.

-Un poco mejor señora…

-¿Duele mucho?

-Un poquito, señora… ¿Sigue enojada conmigo?...

-No, Amanda, ya no estoy enojada con vos…

-Entonces me siento mejor…¡Gracias señora!

…………………………………………………………

-¿Podés levantarte?

-Creo que sí…

-Te ayudo a vestirte…Apurate, está por empezar el radioteatro de las cuatro…Mientras yo prepararé el mate…
 
Epílogo

A pesar de los buenos propósitos de ambas mujeres las cosas no volvieron a ser exactamente como antes, consciente de la debilidad de la carne, a la hora de la siesta Doña Magdalena tomaba la precaución de encerrar a Amanda bajo llave en el dormitorio cuya ventana tenía rejas y, por si acaso, mantuvo siempre a mano una vara de laurel de jardín…

Cinco años después de los sucesos narrados, Amanda, virgen todavía, se casó con un buen hombre… 

Después del carnaval

Por: Amada Correa

“…Pero el encanto de aquellas horas
al morir Momo, se disipó y con mi dolor
a solas, lloré la muerte de una ilusión…” 

“Después del Carnaval” (TANGO)
Música y letra Amuchástegui – Keen


Ese año la cosecha, había resultado excepcional, la gente disponía de dinero y muchas ganas de divertirse, por eso los carnavales prometían resultar inolvidables.

Como siempre la avenida principal de la localidad, luciría adornada para el Corso (N. del Editor: desfile de carnaval, Rúa), después el baile de disfraz con dos orquestas, se llevaría a cabo  al aire libre en las instalaciones del Sporting Club.

Para el Comisario Benítez, funcionario de gruesos bigotes y espesas cejas negras, policía “de los de antes”, cuyo apego al orden delataba la reciedumbre de su carácter, los festejos del carnaval resultaban oportunidades de desbordes y desmanes.

El Comisario con el propósito de advertir a la población, mandó fijar, una semana antes, en lugares bien visibles el “Edicto de Carnaval”, estableciendo las prohibiciones, las contravenciones, la obligatoriedad de los permisos de disfraz y, -lo más serio-, las penalidades para los infractores, que iban desde multa de cinco pesos para arriba hasta treinta días de arresto. El último apartado estaba impreso en caracteres destacados.


Santiaguito Riello y Ricardito Covacci eran amigos inseparables o sea, eran lo que vulgarmente llaman: “carne y uña”. Ninguno de los dos recordaba quién de ellos había tenido la loca idea de disfrazarse de mujer para esos carnavales. Lo que seguramente nunca olvidarían serían las consecuencias que les deparó aquel desdichado episodio juvenil…

Fanny y Nilda Covacci, hermanas mayores de Ricardito, acogieron entusiasmadas el proyecto de los dos muchachitos. Fueron ellas las que idearon  vestirlos de gitanas y las que, en el más absoluto secreto, se ocuparon de preparar los disfraces; para lo cual, a escondidas, deshicieron y tiñeron viejas cortinas, reformaron blusas pasadas de moda, remendaron y rellenaron con lana dos gastados corpiños, confeccionaron, con lienzo de color, un par de grandes pañuelos, exhumaron, de un baúl, postizos y trenzas de utilería de la época que ambas formaban parte del grupo de teatro vocacional de la Comisión de Fomento Cultural y Agrario.

La víspera del carnaval, los dos amigos se presentaron en la comisaría para sacar el correspondiente permiso de disfraz.

El policía que los atendió, después de anotar en una planilla sus nombres, direcciones y el tipo de disfraz elegido, -allí declararon que se disfrazarían de linyeras (N. del Editor: sintecho, homeless, clochard) -, les entregó la cartulina numerada que ambos debían llevar colocada en la ropa de manera visible.
  

El primer día de carnaval, desde temprano, en medio de bromas y risas, los cuatro conjurados, pusieron manos a la obra. Con las faldas en su lugar, ceñidos los corpiños debajo de las blusas; agujas e hilo en mano, las hábiles mujeres, dieron los últimos toques a las vestimentas  para pasar a componer los respectivos tocados, después fue el turno del maquillaje: rimel y sombra en los párpados, pintura en los labios, abundante carmín en las mejillas, falsos lunares alrededor de la boca, esmalte rojo en uñas de manos y pies…

Por último, collares, pulseras y aros de fantasía completaron el prodigio, el espejo mostró entonces la inequívoca figura de dos auténticas gitanitas retorciéndose de risa y a las hermanas Covacci por detrás celebrándolos.

Fue Nilda, la menor de las hermanas, quien advirtió que faltaba un detalle importante. Regresó de su habitación con dos delicadas bombachas (N. del Editor: bragas, pantaletas) de satén para reemplazar los masculinos calzoncillos.

Como todas las cosas tienen sus límites, al principio, por timidez o por vergüenza, los muchachos las rechazaron. Al cabo, a regañadientes, ante la insistencia y los burlones comentarios de las mujeres, sin mirarse entre sí, se las colocaron para terminar un rato después por recogerse las faldas delante del espejo, muertos de risa.

El Corso estaba programado para las 21 horas, pero desde un par de horas antes el público empezó a congregarse en los sitios más estratégicos para no perder ningún detalle del desfile de carrozas y de las comparsas, mientras tanto dos policías montados recorrían, de un extremo al otro, el trayecto engalanado de la avenida para impedir que la gente se estacionara en la calzada o jugara con agua.

Solos en casa de los Covacci, ambos amigos esperaban ansiosos que oscureciera por completo y comenzara el bullicio de las comparsas para sumarse a la fiesta. Llegado ese momento,  encerraron al perro para evitar ser seguidos y reconocidos por los vecinos,  se colocaron los antifaces color rosa, saltaron la tapia por los fondos hacia la casa lindera, desde allí, agazapados, cruzaron rápidamente un ancho baldío (N. del Editor: solar, terreno) hasta ganar la calle y pegados a las paredes llegaron a la esquina del palco de los organizadores y el jurado.

El Sporting Club  había instituido tentadores premios por un total de 500 Pesos distribuidos así: 250 Pesos a la mejor carroza, 150 Pesos a la mejor comparsa y dos primeros premios de 50 Pesos al mejor disfraz masculino y otro tanto al femenino.

En medio del bullicio de silbatos, matracas y tamboriles de lata entraron, balanceando las caderas al compás, como les habían recomendado las chicas, en la avenida San Martín.

Se ubicaron  detrás de la comparsa “Los Desalmados” formada por unos ocho jovencitos envueltos en sábanas con la cara cubierta por una máscara de tela blanca simulando calaveras, donde se mezclaron con otro grupito de disfrazados que venían acompañando la murga, “Las Flores del Chiquero”(N. del Editor: pocilga, cuadra para cerdos).

De entrada, las dos “gitanitas” llamaron la atención de los espectadores, al llegar frente a la confitería “La Ideal” donde estaban reunidos la mayor parte de los vagos de la localidad, la presencia de los dos amigos fue saludada con una silbatina y un coro de piropos. Desde uno de los balcones cayó sobre ellos el homenaje de una lluvia de serpentinas y papel picado.

Por un momento ambos se sintieron los ídolos de la noche, la muchachada esperaba verlos pasar nuevamente para abalanzarse sobre ellos, con intenciones de robarles besos o destinarles alguna caricia audaz matizada con propuestas obscenas.

El baile estaba en lo mejor con la pista saturada de bailarines y disfrazados estorbándolos. Allí se repitió con más virulencia el asedio que habían experimentado en el Corso. Para librarse de los cargosos no tuvieron más remedio que acercarse a los grupos de mujeres estacionadas frente a los baños, pomposamente llamados “Tocadores”.
 
Fue entonces donde no tuvieron mejor idea que entrar a la antesala de los retretes para las damas y para rematarla, por gracia Ricardito hizo estallar un petardo al grito de ¡Me matan!... ¡Me matan!...

El pandemónium que se produjo en el atestado recinto fue extraordinario; en cuestión de minutos dos agentes de policía flanquearon la salida cerrando el paso a los curiosos que se arremolinaron en torno a la puerta. Acusados por dos gruesas damas que salieron de los retretes en el momento preciso del estallido y que atestiguaron en su contra ambos fueron prendidos en el acto y trasladados a la Comisaría.

Una vez identificados fueron alojados en un oscuro calabozo. Allí adentro, los dos consternados amigos quedaron aguardando su suerte. Es decir esperando la llegada del Comisario Benítez, y de sólo pensarlo se les ponía carne de gallina…

Entre tanto desde exterior llegaban a la celda los apagados compases de una milonga, matizadas de a ratos con las suaves melodías de algún valsecito y las alegres notas de los pasodobles entreverados más tarde con las melancólicas cadencias de la selección de tangos.
 
Afuera la gente seguía divirtiéndose, en cambio para ellos y para “Jarrita” perdidamente borracho que compartía aquel sórdido alojamiento, la fiesta había terminado…

El Comisario llegó a su oficina cuando la orquesta típica anunciaba el sorteo de la Mesa Servida y a continuación la última selección de la noche…
Soria, el escribiente, que por una cruel burla del azar cortejaba a la menor de las Covacci, fue el encargado de dar el parte de novedades a su Jefe.
-Bien Soria, -aprobó el funcionario-. Ahora prepare el mate y después tráigame a esos dos mariquitas…

Desencajados y temblorosos aparecieron Santiaguito y Ricardo a quienes el acompañante ordenó quedarse de pie debajo de las tulipas que iluminaban la sala, de cara al Comisario, que ni siquiera se molestó en levantar la vista para observar a los recién llegados, simuló continuar ocupado con los papeles que tenía dispersos sobre la mesa sorbiendo con fruición los mates que le alcanzaba el  escribiente.

En absoluto silencio, la escena se prolongó por un buen espacio de tiempo. Soria, conocedor de los métodos policiales en general y los de su superior en particular, pensó: “Vaya a saber cuánto tiempo más los va tener haciendo amansadora…”

Hacerles la amansadora a los presos consistía en mantenerlos esperando en silencio, para ablandarlos. Tratamiento que, en ocasiones se prolongaba durante varias horas, lo que en la jerga policial llamaban: “juntando pis”, hasta que la víctima no pudiera resistir las ganas de orinar. A veces, algunos presos llegaban a mojarse encima, situación humillante que los colocaba ante los policías en situación de completa inferioridad.

Por fin el Comisario Benítez se puso de pie y , siempre en total silencio, comenzó a recorrer la habitación a grandes pasos sin dejar de observar de arriba abajo a los dos muchachos. Cada tanto se detenía detrás de ellos, que impedidos de volverse para mirar qué hacía se sofocaban de angustia.
 
Soria acatando una seña imperceptible de su jefe se colocó en un ángulo de la estancia fuera también de la vista de los detenidos. Desde esa misma posición el Comisario dirigiéndose a su subordinado en voz bien alta, dijo:

-¿Ve Soria? Así empiezan estos mariquitas…  Jugando, jugando se visten de nenas… Y le toman el gusto…¿Sabe?... Después, de más grandecitos se dejan el pelo largo, usan zapatos con tacones y se ponen pantalones ajustados que les marquen bien el culo… ¡Eso es lo que más les gusta! ¡Mostrar el culo!… ¿Sabe cómo se acaba la cosa, Soria? Terminan convertidos en maricones del todo;  viciosos que ya no tienen más remedio.

El escribiente, conocía su papel, por eso no respondió una sola palabra. Hubo un largo intervalo de silencio, luego del cual el funcionario retomó el monólogo:
-A estos hay que agarrarlos de chicos, Soria, cuando recién empiezan a mostrar la hilacha, entonces se les da un buen “tratamiento” y se curan… ¡Claro que se curan, se lo aseguro yo!…

En silencio nuevamente reemprendió el paseo alrededor de la sala. Hasta que por fin se detuvo delante de la ventana que daba a la calle:

-Ya está clareando… -dijo volviéndose hacia su subordinado, a quien después ordenó señalando a Santiago:

-A éste me lo mete de nuevo en el calabozo…- y añadió: A éste otro después me  lo lleva a las caballerizas… ¿Entendido?

-¡Entendido señor! –Exclamó Soria juntando los tacos (N. del Editor: dando un taconazo), tomó por el brazo a Riello obligándolo a caminar a su lado.

Cuando regresó por Ricardo, el Comisario se había marchado. El muchacho aprovechó para preguntarle al novio de su hermana a dónde lo llevaban y qué le iban a hacer allí. Soria le respondió:

-¡Callate, pibe! No preguntés nada y hacé todo lo que el jefe te ordene si querés volver enseguida a tu casa…

-Pero…¿Por qué me llevan a las caballerizas? Insistió tartamudeando.

Soria recordó con deseo a Nilda Covacci, el pibe se parecía bastante a la hermana y sintió un poco de pena por él.

-Ahí vas a conocer el monturero y ahora te callás porque ya llegamos…

Habían cruzado el desolado patio para entrar en el cobertizo de los caballos, en uno de cuyos extremos estaba el depósito de monturas y arneses, cuartito conocido como: monturero, sitio que, por hallarse aislado, alejado de miradas indiscretas se usaba también para los “aprietes” que en el argot carcelario significaban: los apremios ilegales (vejámenes muy próximos a las torturas).

El monturero no tenía ventanas, únicamente la puerta de madera, la iluminación allí provenía de una sencilla lámpara eléctrica colgada del techo, una de las paredes tenía amurados soportes de hierro para  las sillas de montar, en la del otro extremo había gran cantidad de ganchos fijados a distintas alturas del que pendían, riendas, arneses, atalajes y otros elementos ecuestres, en uno de los rincones estaban apiladas algunas bolsas de avena, cerca de ellas el Comisario Benítez, en persona, los esperaba.

-Soria ayude a la “señorita” a sacarse la ropa. Dio la orden en un tono ligero acentuando el dejo burlón al pronunciar la palabra señorita. El escribiente que no ignoraba lo que su superior se proponía hacer volvió a sentir lástima por el muchacho, pero acató la orden de inmediato.

Cayeron las sayas gitanas, al suelo fue a parar también el tocado completo junto con la blusa. Ricardo quedó expuesto sólo con las prendas íntimas de sus hermanas encima: la coqueta bombacha color salmón guarnecida de encaje y el portasenos henchido de lana. En el momento que Soria se disponía a desprenderle el corpiño su jefe le ordenó dejarlo como estaba extendiéndole un par de esposas.

-Póngale estas pulseras, que le van a quedar mejor a la señorita. Después retírese –Dijo.

El escribiente hizo lo que le ordenaba, enseguida dio media vuelta y se marchó cerrando la puerta al salir.

Una vez solos, el Comisario con sarcasmo comentó:
-¿Así que te gusta adornarte el culo con calzoncitos de mujer? ¡Mirá que habías sido “coqueta”! Pero te los voy a tener que bajar para no estropearlos ¿Sabés?

Uniendo la acción a la palabra tironeó del elástico hasta dejar la prenda en mitad de los muslos.

¡Caramba! Tenés un lindo culo. Exclamó palpando groseramente ambos glúteos, para descargar sobre ellos enseguida todo el peso de su velluda mano. La palmada resonó como un pistoletazo y arrancó a la víctima un ¡Ay! profundo. Cambiando de tono agregó:

-¿Te gusta andar moviendo el culo, no?... Como no obtuvo respuesta añadió: ¡Seguro que te gusta!... Pero no te preocupes con esto –dijo mostrándole una gruesa correa- te lo voy a hacer mover de lo lindo…¡ Ya vas a ver como lo vas a sacudir para todos lados!

Mientras hablaba tomó la cadena de las esposas arrastrándolo hasta uno de los ganchos de donde lo colgó. Ricardo quedó de esa forma literalmente estampado de cara a la pared.

-¡Tomá! ¡Dale movelo con ganas ahora! Gritó al descargar el primer azote contra las blandas carnes del joven. ¡Eso es!.. ¡Así tenés que balancear el culo!... ¡Otro poco más!... ¡Dale! ¡Dale! ¡Sacudilo con ganas!... ¡Más ganas!... ¿No te gusta acaso que te hagan mover el culo?... ¿No es eso lo que buscabas?... Bueno ahí lo tenés… Gózalo entonces…¡Tomá!  Cada frase iba seguida por fuertes azotes y acompañada por los agudos sollozos y chillidos de la víctima…

Por una hendija del tablero de la puerta Soria que estaba del otro lado presenciaba la azotaina…

El Comisario Benítez pegaba como un diablo, el ayudante pensó que le agradaban los azotes porque esa tarea no la delegaba en ningún subordinado, él en persona era el encargado de las azotainas cualquiera fuera el destinatario.

El castigo terminó. El escribiente, entonces fue convocado para recibir nuevas órdenes:

-¡Sáquele las esposas, que junte todos esos trapos y así como está, me lo pone en la calle para que se mande a mudar enseguida antes que me arrepienta!... Después me lo trae al otro…

Sudoroso el policía encendió un cigarrillo y salió al patio, mientras en el interior cumplían sus órdenes…

-¡No! ¡No! ¡Dejá eso no te pongas nada encima ya lo oíste al comisario juntá todo y salí como estás! –Murmuró Soria al oído de Ricardo… Y apurate antes que se arrepienta…

Minutos después Ricardito Covacci estaba en la calle en ropa íntima de mujer huyendo a todo correr a refugiarse en su casa. Su compañero de travesuras después de pasar por el mismo trance hizo otro tanto…

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