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Bienvenido al weblog azotes
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Se aceptan colaboraciones de narraciones de azotes eróticos, reservándonos el derecho a publicarlas, siempre ateniéndonos a criterios de sentido común, buen gusto y ajuste a la legalidad.
Los comentarios son muy bienvenidos ya que permiten en muchos casos al autor una comunicación privilegiada con el lector y a los lectores entre si.
En los archivos irán guardándose los relatos que han sido colgados pirmero, manteniéndose en portada los que se publiquen de forma más próxima en el tiempo.
Toda colaboración es bienvenida ya que en muchos casos no consta el autor y si alguien lo conoce o alguien reconoce a su "retoño" literario, podemos incorporarlo.
Habrán algunos relatos, unos pocos, en otros idiomas. Este es un blog en castellano, pero los relatos en otros idiomas demuestran que los azotes no tienen fronteras como no las tiene la fantasía de las personas.
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17/04/2005 01:17 Este es el enlace de este relato, si lo copias lo puedes utilizar como hipervínculo. No hay comentarios. Comentar.
Entrenamiento
Comienza la clase y, poco a poco, en distintos momentos, su expresiva cara denota a las claras su descontento por las órdenes recibidas.
Está en la primera fila como corresponde a su condición de cinturón negro, donde sus expresiones no pasan desapercibidas al entrenador.
A medida que el tiempo pasa, su irritación y enfado aumentan, hasta el punto de que, contra todas las normas, lo manifiesta en voz alta.
Por toda respuesta, él desata su largo cinturón y, con un movimiento de va y ven, lo estrella en el culo de Ada. Esta, dando un respingo, se dirige al hombre de forma airada.
Un nuevo latigazo se estrella en su cuerpo haciéndola saltar. A éste le siguen otro y otro ante la mirada expectante del resto de los participantes en la clase. No es la primera vez que esta escena ocurre, bien con Ada como protagonista, bien con otros.
Ante las insistentes protestas de Ada que no ceja en su actitud agresiva, deja a cargo del entrenamiento a uno de sus ayudantes y, sujetándola con fuerza se la lleva al cuarto contiguo donde se encuentra guardado el potro de gimnasia. Allí, la obliga a ponerse sobre el aparato, no sin antes, y a pesar de la resistencia, bajar su pantalón hasta las rodillas.
Sin preocuparse por el ruido que pueda llegar a los otros, con el cinturón doblado, y siempre sin articular una sola palabra, lo descarga con firmeza sobre las nalgas desnudas de Ada quién, indefensa ante la mayor fuerza del entrenador, patalea y se retuerce sin parar. El sigue descargando el cinturón sobre el ya enrojecido culo de la joven sin hacerse eco de sus quejas e incluso amenazas.
Poco a poco, los esfuerzos de Ada por zafarse del castigo dan lugar a gemidos y a frotar una pierna contra la otra.
Cuando vuelven a la sala de entrenamiento, Ada aparece con la cara roja de vergüenza y acariciándose disimuladamente el culo.
El resto de la clase transcurre sin más quejas.
Al finalizar, el entrenador (su amante) y Ada entran en el coche de él, donde continúa la paliza que tan bién merecida tenía por su insubordinación y mal ejemplo para sus compañeros, con el culo bien expuesto a los azotes e, incluso, a la mirada curiosa de los paseantes.
Lo cierto era que, Ada disfrutaba de estas situaciones que ella misma provocaba, sabiendo cual era el resultado final : su culo, al rojo vivo.
Ya en casa, los azotes eran sustituidos por caricias y orgasmos múltiples de ella entre gemidos de placer y miradas apasionadas.
Yo, el entrenador.
Firmado Jano
17/04/2005 20:50 Este es el enlace de este relato, si lo copias lo puedes utilizar como hipervínculo. No hay comentarios. Comentar.
Del lustrado de zapatos
Tenía catorce años. Estaba en segundo grado de secundaria, justo en esa época de la vida cuando crees que ya eres mayor, sientes que te puedes comer al mundo y no hay nada, o casi nada, a lo que le tengas miedo.
Una mañana apenas había empezado el día escolar, cuando la prefecta de mi grupo –la señora Lupita – entró a nuestro salón a hacer revisión de uniformes. El colegio de monjas en el que yo estaba era bastante estricto, debíamos llevar el uniforme completo y en perfectas condiciones, de otra manera había sanciones y notas a los padres. La señora Lupita nos hizo ponernos de pie y pasó fila por fila a revisar el estado de nuestros uniformes y nuestra apariencia en general. A algunas de mis compañeras las hacía pasar al frente después de reprenderlas por alguna omisión o desperfecto en su apariencia. Había quien había olvidado el suéter, quien llevaba una blusa que no era la del uniforme, alguna que se había presentado con las uñas barnizadas y algunas a quienes se acusó de no haber lustrado sus zapatos. Yo fui una de las últimas en pasar la inspección casi militar. Estaba tranquila, pues mi uniforme estaba en perfectas condiciones, no usaba las uñas largas ni me las barnizaba, llevaba los colores reglamentarios en mis adornos del cabello y mis zapatos, aunque algo gastados, estaban limpios. Eso creía yo al menos, porque cuando la prefecta me revisó, inmediatamente señaló mis zapatos.
-No lustraste los zapatos, jovencita. Pasa al frente, serás castigada y no podrás entrar a clase hasta que hayas lustrado los zapatos.
-¡Pero claro que los lustré! – exclamé en mi defensa, molesta por la exhibición ante mis compañeras
- Pues en todo caso no lo has sabido hacer. En la dirección te prestarán grasa para que lo hagas.
- No voy a hacerlo. Yo lustré hoy mis zapatos y no pienso volver a hacerlo sólo porque a usted le parece que no lo hice. – respondí muy molesta y en un clásico acto de rebeldía adolescente.
- ¡Me estás faltando al respeto, María Teresa!
- Usted también lo está haciendo conmigo. Si le digo que lustré mis zapatos es porque así fue, lo que sucede es que usted no pierde oportunidad de molestarme – dije convencida de que la maestra tenía algo personal en contra mía, ya que continuamente estaba afeando mi conducta, fuera ésta buena o mala.
- Me parece que vas a tener que ir a ver a la directora a explicarle todo esto, señorita, tienes una pésima actitud, estás siendo rebelde y grosera
- No es cierto. Me estoy defendiendo de sus injusticias – respondí francamente furiosa
- Vamos a la dirección
- Pues vamos – dije encogiéndome de hombros para hacer patente que no me atemorizaba
La prefecta me tomó del brazo y yo lo retiré violentamente, adelantándome para salir del salón. Ya en la dirección, la maestra entró antes que yo al despacho de la directora y después me llamaron. Como era de esperarse, la directora me dio un largo sermón sobre la disciplina, el respeto y todas esas cosas. Yo escuché en actitud displicente, como quien tolera el discurso de un necio.
- Si sigues en esa actitud, María Teresa, me veré precisada a llamar a tus padres. Haz el favor de obedecer: sal al pasillo y ponte a lustrar tus zapatos como lo están haciendo tus compañeras
- No voy a hacerlo – respondí cada vez más molesta, envalentonada y rebelde, convencida de que no habría forma de obligarme. Por supuesto, mi orgullo de adolescente rebelde, me hacía olvidar que las consecuencias por mi actitud podrían ser muy graves.
- Muy bien, entonces serás suspendida del colegio por quince días, para que reflexiones y aprendas a respetar y a obedecer a tus maestros. – Guarde silencio sin bajar la mirada, aunque internamente sentí que el alma me caía a los pies, si me suspendían, mi padre me daría una azotaina de las más severas, pero ya me había metido en aquello y no daría un paso atrás.
- ¿Eso quieres? ¿Quieres ser suspendida?
- No voy a lustrar mis zapatos porque ya lo hice. Usted tiene el poder para suspenderme, yo no tengo ningún poder más que el de no hacer lo que no quiero hacer. – Noté que mi voz temblaba y que mis lágrimas luchaban por salir, pero aún así decidí mantenerme en rebeldía.
- Muy bien, señorita, ya que persistes en esa actitud soberbia, llamaré a tus padres para que vengan a hablar conmigo y avisarles que serás suspendida por quince días.
- Llámelos – respondí indiferente encogiendo mis hombros, obviamente, en mi interior, sentía que el corazón se me detenía. Lo único que me consolaba un poco era que mi padre estaba de viaje y llegaría hasta esa tarde, por lo que no sería él, sino mi mamá, quién acudiría al llamado de la directora. Eso era un atenuante, ¡mi padre era capaz de azotarme ahí mismo, enfrente de las dos brujas!
- Sal al pasillo y espera ahí hasta que te llame.
Sin responder nada, salí del despacho y me senté en una banca del pasillo. En efecto, algunas de mis compañeras estaban ahí lustrando sus zapatos. Enseguida me preguntaron que qué había pasado, y yo, con una sonrisa de triunfo, les expliqué que no lustraría mis zapatos y que le había dicho algunas cuantas verdades a la directora.
- Dice que me va a suspender por quince días, pero a mí no me importa. No voy a hacer lo que ellas quieran, nada más porque sí.
- ¿Y tus papás? ¿Qué van a decir?
- Nada, nunca dicen nada.- Mentí, no iba a contarles que en casa tendría que bajar mis calzones, levantar mi falda y presentarle a mi padre el trasero para que me diera unos azotes. ¡Eso era humillante y acabaría con mi imagen de líder, independiente, rebelde y todo lo que yo había construido!
Mis compañeras me miraron con una mezcla de admiración y compasión y al poco rato se marcharon. Me quedé ahí sola y me senté con las piernas cruzadas sobre la banca a mirar a otros grupos que hacían deportes en el patio. Algo me hizo volver la mirada hacia la dirección justo cuando un hombre muy alto entraba al despacho de la directora, dándome la espalda. Aquel hombre había tenido que pasar a escasos metros de donde yo me encontraba, quizá no me había visto pues iría buscando la dirección. Era mi padre.
Toda mi soberbia y seguridad en mí misma se me fue hasta el suelo y tuve que controlar un temblor involuntario que me recorrió la espalda. Inconscientemente me senté de manera correcta. Ahora sí tenía problemas. Nunca esperé que las cosas tuvieran este desenlace. Al parecer, papá había vuelto anticipadamente de su viaje. Pasé una media hora terrible, con los ojos que se me llenaban de lágrimas, sintiendo temblores involuntarios, dolor de estómago, mordiéndome las uñas y los labios...
Me escapé un minuto con el pretexto de ir al baño y desahogué mi miedo, no quería que nadie me viera llorar, pero ahí, en el baño solitario, solté el llanto y las lágrimas que se me agolpaban en los ojos. Cuando me recompuse, volví a la banca del pasillo y esperé.
Papá era un hombre muy estricto, aunque cariñoso, tenía una idea muy rígida de la disciplina y el orden. No toleraba faltas de respeto, desobediencias ni groserías, justo todo lo que yo había hecho, al menos a los ojos de aquellas maestras (brujas, pensaba yo en aquel momento), que seguramente le estaban diciendo las peores cosas de mí. Mi única esperanza era que mi edad me salvara de la tunda, hacía casi un año –quizá seis meses- que papito no me pegaba, y yo había atribuido esto a que él me veía muy grande y que consideraba que las nalgadas ya no eran un castigo adecuado para mí.
Después de cuarenta minutos de angustia, la secretaria de la directora me llamó y me indicó que pasara al despacho. Necesité un fuerte suspiro y todo mi golpeado valor, para tocar la puerta.
- Adelante – se escuchó la voz de la directora. Tragué saliva y abrí
- Pasa, María Teresa. – me ordenó. Entré lentamente, esquivando la mirada de las maestras y me dirigí a mi padre que estaba sentado ante el escritorio.
- Papito… - murmuré aterrada, la simulación había terminado, no podía continuar con mi escena de rebeldía y orgullo en frente de mi padre
- ¿Me puedes explicar qué sucede contigo jovencita?
- Papito, yo… lo… lo siento… no creí que…
- ¿Qué ya hubiera regresado? – me interrumpió duramente. – Lo que estoy viendo es que te comportas de manera vergonzosa creyendo que saldrás airosa y no habrá repercusiones ¿No es así?
- No, no, papito, es que…
- Es que nada, María Teresa, te has comportado como una niña malcriada y majadera. ¿Crees que vas a seguir engañándome con tu actitud modesta? ¡Mientras yo estoy vigilándote tienes un comportamiento intachable, pero apenas me doy la vuelta tu conducta es vergonzosa!
- Perdóname, papito – murmuré llorando
- ¿Perdonarte? Primero tienes que ofrecer una disculpa a la señora Lupita y a la señora directora, a quienes has faltado al respeto.
- Sí, papá – murmuré, pero permanecí callada, muerta de vergüenza y rabiando de coraje por lo que yo tomaba como un fracaso ante las brujas aquellas.
- Ahora, María Teresa – ordenó en un tono que siempre me había causado escalofríos. Ni modo, tuve que tragarme todo mi orgullo y mi rabia y ofrecer una disculpa a las brujas, lo hice correcta pero poco sincera.
Sólo esperaba que mi padre no comenzara a describirme, enfrente de aquellas brujas, los detalles de mi castigo. Si ellas se enteraban de que mi padre iba a darme una tunda, no podría volver a mirarlas jamás y hubiera preferido escupirlas en ese momento para lograr la expulsión definitiva de la escuela. Afortunadamente, papito no dijo más.
Salimos del despacho y yo sólo me separé de papá para tomar mi mochila que había dejado en la banca del pasillo, después corrí para alcanzarlo en la escalera. Para mi vergüenza, él me tomó de la mano como a una niña pequeña y yo no pude resistirme, aunque recé por que nadie nos viera.
Me abrió la puerta de la camioneta y me subí en la parte de atrás. Durante todo el camino no me dirigió la palabra. Noté que íbamos hacia la escuela de mis hermanos, pues ya era tarde y había que recogerlos. Cuando llegamos, aún no salían los alumnos, por lo que estuvimos un rato estacionados en la calle. Papá seguía sin hablarme pero me armé de valor y rompí aquel angustiante silencio.
- ¿Me vas a pegar, papito? – pregunté muerta de miedo de escuchar un sí.
- ¿Tú qué crees jovencita? ¿Te mereces la tunda? – Guardé silencio
- Te hice una pregunta, María Teresa, estoy esperando tu respuesta
- Sí…yo… no… no sé, señor. Creo que… - iba a decir que creía ser muy grande para recibir una tunda, pero lo pensé mejor, aquello conllevaría a un reproche del tipo “si ya eres grande porqué te comportas como niña” y todo eso. Decidí ahorrármelo.
- Creo que… sólo tú puedes decidir si merezco la tunda, papito
- Yo ya lo he decidido. Te estoy preguntando si tú crees merecerla.
La situación era bastante incómoda: si decía que no, podría parecer una cínica, pero si decía que sí y papito no pensaba dármela casi lo obligaría a hacerlo. Quedarme callada nunca había sido una opción con papito, así es que debía decir algo.
- Papito, es que… yo no… yo sí había lustrado mis zapatos esta mañana y…
- No he preguntado eso, jovencita y además no importa. Si lustraste los zapatos, bastaba con decir a la maestra que lo habías hecho pero que si ella consideraba que no estaban bien lustrados lo volverías a hacer con todo gusto. Eso hubiera terminado con el problema, tu limpieza y veracidad no hubiera quedado en entredicho y te habrías comportado como debe hacerlo una niña bien educada. En cambio provocaste todo un teatro tragicómico, con berrinches de mocosa malcriada, faltas de respeto y actitudes poco adecuadas para una hija mía. – comencé a llorar, la reprimenda era mucho más dura de lo que yo estaba en ánimo de aguantar - ¿Quieres saber si te voy a pegar? ¡Pues claro que voy a hacerlo! ¡Parece ser que toda la mañana te afanaste en conseguirlo, no te voy a defraudar mandándote a tu cuarto sin cenar! ¡Tendrás una tunda en toda regla!
- ¡No seas muy duro, por favor, papito!
- No intentes regatear conmigo jovencita, se hará como yo digo y tú, si quieres evitarte problemas mayores, obedecerás. ¿Me has comprendido?
- Sí, papá – murmuré con la garganta anudada imaginando la zurra que me tenía preparada. Sólo esperaba que no me hiciera pasar por la vergüenza del rincón, yo que me sentía tan mayor, ¡castigada como una niña pequeña! Pero conocía tan bien a papá como él a mí y podía haber apostado que el rincón estaba entre sus planes, pues él sabía cómo me avergonzaba semejante castigo.
Ya en casa, al terminar la comida, papito se puso de pie y se dirigió a mí con un tono severo en su voz.
- María Teresa, hazme favor de subir a lavarte los dientes y bajas después a mi despacho. No olvides traer contigo el cepillo de madera, jovencita, lo vamos a necesitar.
- Sí papá – respondí temblando, al ver cumplidos mis temores
Toqué la puerta del despacho con un temblor en las manos y un escalofrío recorriéndome la espina.
- ¿Puedo pasar, papito? – pregunté en un murmullo
- ¿Trajiste el cepillo?
- Sí papá, aquí está – respondí entrando y extendiéndole el aterrador instrumento que nunca había servido para cepillar el cabello de nadie, sino sólo para azotar los traseros de mis tres hermanos y el mío, y aún así solía estar en el tocador del baño de mamá
- Creo que ya no hay nada que agregar a lo que hemos hablado, jovencita. ¿O me equivoco?
- No, papá… yo sólo… quería decirte que nunca he intentado engañarte – murmuré temblando y pasando saliva para tratar de deshacer el nudo de garganta que me impedía hablar con claridad. – No es cierto que cuando te das la vuelta yo me comporto mal, papito. Yo... bueno... es que...
- ¡Es que, nada, María Teresa! ¡Dime ahora que si además de la directora hubiera estado yo presente te hubieras comportado de la misma manera! – bajé la cabeza avergonzada. Papá tenía razón, cuando él no me miraba o cuando yo creía que él no tenía manera de saber lo que yo estaba haciendo, me transformaba en otra persona, actuaba con soberbia, con rebeldía y orgullo, actitudes que ni de broma exhibía ante mi padre. Si él hubiera estado presente, aun cuando no hubiera sido él quien me lo ordenara, sino la misma maestra bruja, yo hubiera lustrado mis zapatos sin chistar. No podía alegar nada a mi favor, así es que mejor guardé silencio.
- ¡Contéstame! ¿Te hubieras portado así?
- No, papá – respondí llorando
- ¿Y crees que te he educado sólo para que te portes bien cuando yo estoy vigilándote? ¿No se supone que si eres educada lo debes ser siempre? ¿Qué debes actuar bien porque estás convencida que así debe ser? ¿O acaso me he equivocado tanto en tu educación que lo único que te importa es evitar el castigo?
- No, no papito, claro que no… es que… yo… - Callé ¿qué podía decir? No tenía justificación ni escapatoria, el llorar y suplicar no servirían de nada, bien lo sabía yo, así es que más valía someterme y recibir el castigo. El se dio cuenta de que yo no diría nada más, así es que tomó la silla de su escritorio y la puso en el centro del despacho.
- Acércate- me ordenó. Yo obedecí lentamente, ya había empezado a llorar por la vergüenza y el temor. Me tomó del brazo y suavemente me hizo tumbarme sobre sus rodillas. Lo dejé hacer, tenía mucho miedo, yo bien sabía que los azotes con el cepillo de madera eran de por sí muy dolorosos, pero hacía ya seis meses o más que yo no recibía una sola nalgada, pensé que quizá estaría desacostumbrada y me dolería más.
Me levantó la falda hasta la cintura y enseguida me escalofrió sentir su mano tibia que se introducía por debajo de mis bragas y las deslizaba hasta mis rodillas. Cerré los ojos. Me puso su fuerte mano sobre la cintura para sostenerme y comenzó el castigo. Con el primer golpe solté el sollozo y me estremecí de dolor. Aquello sí que dolía, ya no me acordaba cuánto, era un ardor como de quemada e inmediatamente un hormigueo en la piel que se ponía caliente y muy sensible. Al décimo golpe empecé a gritar, a patalear y a suplicar que se detuviera, aunque yo bien sabía que era. Me agitaba retorciéndome de dolor y en un vano intento de liberarme y salir corriendo, aunque debo confesar que si hubiera logrado soltarme no hubiera tenido el valor para huir, sino que quizá me hubiera enderezado, sólo para suplicar una disculpa y me hubiera vuelto a poner en posición para que mi castigo continuara, con el riesgo de recibir algunos azotes extra por el atrevimiento.
- ¡Ya no, papito! ¡Ya no! ¡Te lo ruego, papito! ¡Ya no me pegues, por favor! ¡No volveré a hacerlo! ¡Me portaré muy bien! ¡Por favor! ¡Ay! ¡Por favor! ¡No tan fuerte, papito! ¡Por favor!
Papá continuaba regañándome duramente, repitiendo una y otra vez lo que ya me había dicho antes y asegurándome que volvería a azotarme tantas veces como fuera necesario hasta que yo aprendiera a comportarme.
Cuando por fin papá terminó de castigarme, yo me quedé aún inclinada sobre sus rodillas, sollozando y sobándome el trasero, pero el roce de mi mano me causaba más dolor que alivio, por lo que dejé de hacerlo. Deseaba echarme a correr y poner mi ardiente trasero en agua fría, pero obviamente no me atrevía a moverme hasta no recibir la autorización de mi padre. El mismo me ayudó a levantarme me extendió un pañuelo desechable y yo lo agradecí en un murmullo y me sequé lágrimas y mocos.
-Ahora párate en ese rincón – me ordenó señalando la esquina de su despacho que mi hermanos y yo llamábamos “el paredón” – Estarás ahí castigada con el trasero desnudo, a ver si así reflexionas y sientes algo de vergüenza por tu comportamiento.
- Si, papá – respondí obedeciendo muy avergonzada y llorando sin parar.
- No te muevas de ahí hasta que yo venga por ti.
- Sí, papito.
No sé cuánto tiempo estuve ahí, me pareció una eternidad. Pero cuando papá volvió a buscarme, me tomó de los hombros, me hizo dar la vuelta y me acunó en sus brazos cariñosamente. Yo solté todo el llanto y lo besé mimosa mientras prometía portarme bien en adelante. Y juro que era sincera, bueno.... ¡al menos hasta la otra!
Octubre 1982
Brujamestiza
Una mañana apenas había empezado el día escolar, cuando la prefecta de mi grupo –la señora Lupita – entró a nuestro salón a hacer revisión de uniformes. El colegio de monjas en el que yo estaba era bastante estricto, debíamos llevar el uniforme completo y en perfectas condiciones, de otra manera había sanciones y notas a los padres. La señora Lupita nos hizo ponernos de pie y pasó fila por fila a revisar el estado de nuestros uniformes y nuestra apariencia en general. A algunas de mis compañeras las hacía pasar al frente después de reprenderlas por alguna omisión o desperfecto en su apariencia. Había quien había olvidado el suéter, quien llevaba una blusa que no era la del uniforme, alguna que se había presentado con las uñas barnizadas y algunas a quienes se acusó de no haber lustrado sus zapatos. Yo fui una de las últimas en pasar la inspección casi militar. Estaba tranquila, pues mi uniforme estaba en perfectas condiciones, no usaba las uñas largas ni me las barnizaba, llevaba los colores reglamentarios en mis adornos del cabello y mis zapatos, aunque algo gastados, estaban limpios. Eso creía yo al menos, porque cuando la prefecta me revisó, inmediatamente señaló mis zapatos.
-No lustraste los zapatos, jovencita. Pasa al frente, serás castigada y no podrás entrar a clase hasta que hayas lustrado los zapatos.
-¡Pero claro que los lustré! – exclamé en mi defensa, molesta por la exhibición ante mis compañeras
- Pues en todo caso no lo has sabido hacer. En la dirección te prestarán grasa para que lo hagas.
- No voy a hacerlo. Yo lustré hoy mis zapatos y no pienso volver a hacerlo sólo porque a usted le parece que no lo hice. – respondí muy molesta y en un clásico acto de rebeldía adolescente.
- ¡Me estás faltando al respeto, María Teresa!
- Usted también lo está haciendo conmigo. Si le digo que lustré mis zapatos es porque así fue, lo que sucede es que usted no pierde oportunidad de molestarme – dije convencida de que la maestra tenía algo personal en contra mía, ya que continuamente estaba afeando mi conducta, fuera ésta buena o mala.
- Me parece que vas a tener que ir a ver a la directora a explicarle todo esto, señorita, tienes una pésima actitud, estás siendo rebelde y grosera
- No es cierto. Me estoy defendiendo de sus injusticias – respondí francamente furiosa
- Vamos a la dirección
- Pues vamos – dije encogiéndome de hombros para hacer patente que no me atemorizaba
La prefecta me tomó del brazo y yo lo retiré violentamente, adelantándome para salir del salón. Ya en la dirección, la maestra entró antes que yo al despacho de la directora y después me llamaron. Como era de esperarse, la directora me dio un largo sermón sobre la disciplina, el respeto y todas esas cosas. Yo escuché en actitud displicente, como quien tolera el discurso de un necio.
- Si sigues en esa actitud, María Teresa, me veré precisada a llamar a tus padres. Haz el favor de obedecer: sal al pasillo y ponte a lustrar tus zapatos como lo están haciendo tus compañeras
- No voy a hacerlo – respondí cada vez más molesta, envalentonada y rebelde, convencida de que no habría forma de obligarme. Por supuesto, mi orgullo de adolescente rebelde, me hacía olvidar que las consecuencias por mi actitud podrían ser muy graves.
- Muy bien, entonces serás suspendida del colegio por quince días, para que reflexiones y aprendas a respetar y a obedecer a tus maestros. – Guarde silencio sin bajar la mirada, aunque internamente sentí que el alma me caía a los pies, si me suspendían, mi padre me daría una azotaina de las más severas, pero ya me había metido en aquello y no daría un paso atrás.
- ¿Eso quieres? ¿Quieres ser suspendida?
- No voy a lustrar mis zapatos porque ya lo hice. Usted tiene el poder para suspenderme, yo no tengo ningún poder más que el de no hacer lo que no quiero hacer. – Noté que mi voz temblaba y que mis lágrimas luchaban por salir, pero aún así decidí mantenerme en rebeldía.
- Muy bien, señorita, ya que persistes en esa actitud soberbia, llamaré a tus padres para que vengan a hablar conmigo y avisarles que serás suspendida por quince días.
- Llámelos – respondí indiferente encogiendo mis hombros, obviamente, en mi interior, sentía que el corazón se me detenía. Lo único que me consolaba un poco era que mi padre estaba de viaje y llegaría hasta esa tarde, por lo que no sería él, sino mi mamá, quién acudiría al llamado de la directora. Eso era un atenuante, ¡mi padre era capaz de azotarme ahí mismo, enfrente de las dos brujas!
- Sal al pasillo y espera ahí hasta que te llame.
Sin responder nada, salí del despacho y me senté en una banca del pasillo. En efecto, algunas de mis compañeras estaban ahí lustrando sus zapatos. Enseguida me preguntaron que qué había pasado, y yo, con una sonrisa de triunfo, les expliqué que no lustraría mis zapatos y que le había dicho algunas cuantas verdades a la directora.
- Dice que me va a suspender por quince días, pero a mí no me importa. No voy a hacer lo que ellas quieran, nada más porque sí.
- ¿Y tus papás? ¿Qué van a decir?
- Nada, nunca dicen nada.- Mentí, no iba a contarles que en casa tendría que bajar mis calzones, levantar mi falda y presentarle a mi padre el trasero para que me diera unos azotes. ¡Eso era humillante y acabaría con mi imagen de líder, independiente, rebelde y todo lo que yo había construido!
Mis compañeras me miraron con una mezcla de admiración y compasión y al poco rato se marcharon. Me quedé ahí sola y me senté con las piernas cruzadas sobre la banca a mirar a otros grupos que hacían deportes en el patio. Algo me hizo volver la mirada hacia la dirección justo cuando un hombre muy alto entraba al despacho de la directora, dándome la espalda. Aquel hombre había tenido que pasar a escasos metros de donde yo me encontraba, quizá no me había visto pues iría buscando la dirección. Era mi padre.
Toda mi soberbia y seguridad en mí misma se me fue hasta el suelo y tuve que controlar un temblor involuntario que me recorrió la espalda. Inconscientemente me senté de manera correcta. Ahora sí tenía problemas. Nunca esperé que las cosas tuvieran este desenlace. Al parecer, papá había vuelto anticipadamente de su viaje. Pasé una media hora terrible, con los ojos que se me llenaban de lágrimas, sintiendo temblores involuntarios, dolor de estómago, mordiéndome las uñas y los labios...
Me escapé un minuto con el pretexto de ir al baño y desahogué mi miedo, no quería que nadie me viera llorar, pero ahí, en el baño solitario, solté el llanto y las lágrimas que se me agolpaban en los ojos. Cuando me recompuse, volví a la banca del pasillo y esperé.
Papá era un hombre muy estricto, aunque cariñoso, tenía una idea muy rígida de la disciplina y el orden. No toleraba faltas de respeto, desobediencias ni groserías, justo todo lo que yo había hecho, al menos a los ojos de aquellas maestras (brujas, pensaba yo en aquel momento), que seguramente le estaban diciendo las peores cosas de mí. Mi única esperanza era que mi edad me salvara de la tunda, hacía casi un año –quizá seis meses- que papito no me pegaba, y yo había atribuido esto a que él me veía muy grande y que consideraba que las nalgadas ya no eran un castigo adecuado para mí.
Después de cuarenta minutos de angustia, la secretaria de la directora me llamó y me indicó que pasara al despacho. Necesité un fuerte suspiro y todo mi golpeado valor, para tocar la puerta.
- Adelante – se escuchó la voz de la directora. Tragué saliva y abrí
- Pasa, María Teresa. – me ordenó. Entré lentamente, esquivando la mirada de las maestras y me dirigí a mi padre que estaba sentado ante el escritorio.
- Papito… - murmuré aterrada, la simulación había terminado, no podía continuar con mi escena de rebeldía y orgullo en frente de mi padre
- ¿Me puedes explicar qué sucede contigo jovencita?
- Papito, yo… lo… lo siento… no creí que…
- ¿Qué ya hubiera regresado? – me interrumpió duramente. – Lo que estoy viendo es que te comportas de manera vergonzosa creyendo que saldrás airosa y no habrá repercusiones ¿No es así?
- No, no, papito, es que…
- Es que nada, María Teresa, te has comportado como una niña malcriada y majadera. ¿Crees que vas a seguir engañándome con tu actitud modesta? ¡Mientras yo estoy vigilándote tienes un comportamiento intachable, pero apenas me doy la vuelta tu conducta es vergonzosa!
- Perdóname, papito – murmuré llorando
- ¿Perdonarte? Primero tienes que ofrecer una disculpa a la señora Lupita y a la señora directora, a quienes has faltado al respeto.
- Sí, papá – murmuré, pero permanecí callada, muerta de vergüenza y rabiando de coraje por lo que yo tomaba como un fracaso ante las brujas aquellas.
- Ahora, María Teresa – ordenó en un tono que siempre me había causado escalofríos. Ni modo, tuve que tragarme todo mi orgullo y mi rabia y ofrecer una disculpa a las brujas, lo hice correcta pero poco sincera.
Sólo esperaba que mi padre no comenzara a describirme, enfrente de aquellas brujas, los detalles de mi castigo. Si ellas se enteraban de que mi padre iba a darme una tunda, no podría volver a mirarlas jamás y hubiera preferido escupirlas en ese momento para lograr la expulsión definitiva de la escuela. Afortunadamente, papito no dijo más.
Salimos del despacho y yo sólo me separé de papá para tomar mi mochila que había dejado en la banca del pasillo, después corrí para alcanzarlo en la escalera. Para mi vergüenza, él me tomó de la mano como a una niña pequeña y yo no pude resistirme, aunque recé por que nadie nos viera.
Me abrió la puerta de la camioneta y me subí en la parte de atrás. Durante todo el camino no me dirigió la palabra. Noté que íbamos hacia la escuela de mis hermanos, pues ya era tarde y había que recogerlos. Cuando llegamos, aún no salían los alumnos, por lo que estuvimos un rato estacionados en la calle. Papá seguía sin hablarme pero me armé de valor y rompí aquel angustiante silencio.
- ¿Me vas a pegar, papito? – pregunté muerta de miedo de escuchar un sí.
- ¿Tú qué crees jovencita? ¿Te mereces la tunda? – Guardé silencio
- Te hice una pregunta, María Teresa, estoy esperando tu respuesta
- Sí…yo… no… no sé, señor. Creo que… - iba a decir que creía ser muy grande para recibir una tunda, pero lo pensé mejor, aquello conllevaría a un reproche del tipo “si ya eres grande porqué te comportas como niña” y todo eso. Decidí ahorrármelo.
- Creo que… sólo tú puedes decidir si merezco la tunda, papito
- Yo ya lo he decidido. Te estoy preguntando si tú crees merecerla.
La situación era bastante incómoda: si decía que no, podría parecer una cínica, pero si decía que sí y papito no pensaba dármela casi lo obligaría a hacerlo. Quedarme callada nunca había sido una opción con papito, así es que debía decir algo.
- Papito, es que… yo no… yo sí había lustrado mis zapatos esta mañana y…
- No he preguntado eso, jovencita y además no importa. Si lustraste los zapatos, bastaba con decir a la maestra que lo habías hecho pero que si ella consideraba que no estaban bien lustrados lo volverías a hacer con todo gusto. Eso hubiera terminado con el problema, tu limpieza y veracidad no hubiera quedado en entredicho y te habrías comportado como debe hacerlo una niña bien educada. En cambio provocaste todo un teatro tragicómico, con berrinches de mocosa malcriada, faltas de respeto y actitudes poco adecuadas para una hija mía. – comencé a llorar, la reprimenda era mucho más dura de lo que yo estaba en ánimo de aguantar - ¿Quieres saber si te voy a pegar? ¡Pues claro que voy a hacerlo! ¡Parece ser que toda la mañana te afanaste en conseguirlo, no te voy a defraudar mandándote a tu cuarto sin cenar! ¡Tendrás una tunda en toda regla!
- ¡No seas muy duro, por favor, papito!
- No intentes regatear conmigo jovencita, se hará como yo digo y tú, si quieres evitarte problemas mayores, obedecerás. ¿Me has comprendido?
- Sí, papá – murmuré con la garganta anudada imaginando la zurra que me tenía preparada. Sólo esperaba que no me hiciera pasar por la vergüenza del rincón, yo que me sentía tan mayor, ¡castigada como una niña pequeña! Pero conocía tan bien a papá como él a mí y podía haber apostado que el rincón estaba entre sus planes, pues él sabía cómo me avergonzaba semejante castigo.
Ya en casa, al terminar la comida, papito se puso de pie y se dirigió a mí con un tono severo en su voz.
- María Teresa, hazme favor de subir a lavarte los dientes y bajas después a mi despacho. No olvides traer contigo el cepillo de madera, jovencita, lo vamos a necesitar.
- Sí papá – respondí temblando, al ver cumplidos mis temores
Toqué la puerta del despacho con un temblor en las manos y un escalofrío recorriéndome la espina.
- ¿Puedo pasar, papito? – pregunté en un murmullo
- ¿Trajiste el cepillo?
- Sí papá, aquí está – respondí entrando y extendiéndole el aterrador instrumento que nunca había servido para cepillar el cabello de nadie, sino sólo para azotar los traseros de mis tres hermanos y el mío, y aún así solía estar en el tocador del baño de mamá
- Creo que ya no hay nada que agregar a lo que hemos hablado, jovencita. ¿O me equivoco?
- No, papá… yo sólo… quería decirte que nunca he intentado engañarte – murmuré temblando y pasando saliva para tratar de deshacer el nudo de garganta que me impedía hablar con claridad. – No es cierto que cuando te das la vuelta yo me comporto mal, papito. Yo... bueno... es que...
- ¡Es que, nada, María Teresa! ¡Dime ahora que si además de la directora hubiera estado yo presente te hubieras comportado de la misma manera! – bajé la cabeza avergonzada. Papá tenía razón, cuando él no me miraba o cuando yo creía que él no tenía manera de saber lo que yo estaba haciendo, me transformaba en otra persona, actuaba con soberbia, con rebeldía y orgullo, actitudes que ni de broma exhibía ante mi padre. Si él hubiera estado presente, aun cuando no hubiera sido él quien me lo ordenara, sino la misma maestra bruja, yo hubiera lustrado mis zapatos sin chistar. No podía alegar nada a mi favor, así es que mejor guardé silencio.
- ¡Contéstame! ¿Te hubieras portado así?
- No, papá – respondí llorando
- ¿Y crees que te he educado sólo para que te portes bien cuando yo estoy vigilándote? ¿No se supone que si eres educada lo debes ser siempre? ¿Qué debes actuar bien porque estás convencida que así debe ser? ¿O acaso me he equivocado tanto en tu educación que lo único que te importa es evitar el castigo?
- No, no papito, claro que no… es que… yo… - Callé ¿qué podía decir? No tenía justificación ni escapatoria, el llorar y suplicar no servirían de nada, bien lo sabía yo, así es que más valía someterme y recibir el castigo. El se dio cuenta de que yo no diría nada más, así es que tomó la silla de su escritorio y la puso en el centro del despacho.
- Acércate- me ordenó. Yo obedecí lentamente, ya había empezado a llorar por la vergüenza y el temor. Me tomó del brazo y suavemente me hizo tumbarme sobre sus rodillas. Lo dejé hacer, tenía mucho miedo, yo bien sabía que los azotes con el cepillo de madera eran de por sí muy dolorosos, pero hacía ya seis meses o más que yo no recibía una sola nalgada, pensé que quizá estaría desacostumbrada y me dolería más.
Me levantó la falda hasta la cintura y enseguida me escalofrió sentir su mano tibia que se introducía por debajo de mis bragas y las deslizaba hasta mis rodillas. Cerré los ojos. Me puso su fuerte mano sobre la cintura para sostenerme y comenzó el castigo. Con el primer golpe solté el sollozo y me estremecí de dolor. Aquello sí que dolía, ya no me acordaba cuánto, era un ardor como de quemada e inmediatamente un hormigueo en la piel que se ponía caliente y muy sensible. Al décimo golpe empecé a gritar, a patalear y a suplicar que se detuviera, aunque yo bien sabía que era. Me agitaba retorciéndome de dolor y en un vano intento de liberarme y salir corriendo, aunque debo confesar que si hubiera logrado soltarme no hubiera tenido el valor para huir, sino que quizá me hubiera enderezado, sólo para suplicar una disculpa y me hubiera vuelto a poner en posición para que mi castigo continuara, con el riesgo de recibir algunos azotes extra por el atrevimiento.
- ¡Ya no, papito! ¡Ya no! ¡Te lo ruego, papito! ¡Ya no me pegues, por favor! ¡No volveré a hacerlo! ¡Me portaré muy bien! ¡Por favor! ¡Ay! ¡Por favor! ¡No tan fuerte, papito! ¡Por favor!
Papá continuaba regañándome duramente, repitiendo una y otra vez lo que ya me había dicho antes y asegurándome que volvería a azotarme tantas veces como fuera necesario hasta que yo aprendiera a comportarme.
Cuando por fin papá terminó de castigarme, yo me quedé aún inclinada sobre sus rodillas, sollozando y sobándome el trasero, pero el roce de mi mano me causaba más dolor que alivio, por lo que dejé de hacerlo. Deseaba echarme a correr y poner mi ardiente trasero en agua fría, pero obviamente no me atrevía a moverme hasta no recibir la autorización de mi padre. El mismo me ayudó a levantarme me extendió un pañuelo desechable y yo lo agradecí en un murmullo y me sequé lágrimas y mocos.
-Ahora párate en ese rincón – me ordenó señalando la esquina de su despacho que mi hermanos y yo llamábamos “el paredón” – Estarás ahí castigada con el trasero desnudo, a ver si así reflexionas y sientes algo de vergüenza por tu comportamiento.
- Si, papá – respondí obedeciendo muy avergonzada y llorando sin parar.
- No te muevas de ahí hasta que yo venga por ti.
- Sí, papito.
No sé cuánto tiempo estuve ahí, me pareció una eternidad. Pero cuando papá volvió a buscarme, me tomó de los hombros, me hizo dar la vuelta y me acunó en sus brazos cariñosamente. Yo solté todo el llanto y lo besé mimosa mientras prometía portarme bien en adelante. Y juro que era sincera, bueno.... ¡al menos hasta la otra!
Octubre 1982
Brujamestiza
20/04/2005 14:57 Este es el enlace de este relato, si lo copias lo puedes utilizar como hipervínculo. Hay 3 comentarios.
Un esposo ofendido
vara y sumisión
Autora: Mayte Riemens
Inglaterra. 1890.
Tenía 17 años cuando mis padres me casaron con un hombre de 35, guapo y elegante, muy rico y noble pero, a mis ojos de niña, muy viejo.
Al principio, Edward, mi esposo, no hizo mucho por ganarse mi afecto o mi respeto. Yo tenía la sensación de que era para él como un artículo necesario que había adquirido para completar su mobiliario. Su indiferencia hacia mí era casi absoluta, y aunque era cortés y educado, no me daba el trato y la atención que se merece una esposa. ¡Ni siquiera hizo nada por llevarme a la cama y concretar así el matrimonio!
Su indiferencia me hizo pensar que yo no le interesaba como mujer y, por lo tanto, a mí no me pareció inconveniente continuar con la amistad que tenía con un joven apenas un par de años mayor que yo. A veces nos veíamos en un parque cercano a la casa de mi esposo, nos carteábamos o asistíamos a la misma función de teatro.
Llevábamos tres o cuatro meses sosteniendo esa relación, bastante inofensiva, pues no pasábamos de tomarnos discretamente por las manos o darnos, ocasionalmente, un beso en la mejilla. Sin embargo, alguien comentó a mi esposo que me había visto en el teatro con un joven y pareció que me estallaba una bomba en las manos.
Edward me hizo subir a su estancia privada. Yo no sabía nada y acudí confiada.
- ¿Me hizo usted llamar, señor?
- Sí – me contestó desde su sillón en el que fumaba indolentemente. Noté que mis doncellas personales, las que el propio Edward había asignado a mi servicio, se encontraban presentes, estaban de pie en un área poco iluminada de la habitación en donde había una mesa.
- Me han dicho que te vieron anoche en el teatro principal ¿Asististe a la función? – preguntó mi esposo sin dar ninguna expresión a su voz
- Sí, lo hice, señor. Daban una obra que me interesaba...
- ¿Fuiste sola? – me interrumpió. Sentí un ligero escalofrío
- Sí, señor – respondí en la forma más natural que pude
- ¿No te encontraste con alguien en el teatro?
- Yo... no... no sé a qué se refiere usted, mi señor – balbucee tratando de ocultar mi nerviosismo y la vergüenza infinita que me producía el estar siendo reprendida frente a mis sirvientas.
- ¡Me refiero al mequetrefe con el que te has estado viendo, Isabel! – exclamó sin gritar pero evidentemente enfadado - ¡¿Crees acaso que soy un idiota?! ¿Quieres ponerme en ridículo ante todo el mundo? ¿Qué en la calle me llamen cornudo?
Temblé asustada. Nunca lo había visto exaltado. Parecía furioso y dispuesto a todo. Yo no sabía qué decir y sabía, en cambio, que mis citas con Eugene eran reprochables por mi condición de mujer casada.
- ¡Respóndeme, Isabel!
- Señor... yo... sí, vi a Eugene en el teatro pero fue una casualidad... usted sabe que habíamos sido amigos y...
- ¿Y ahora quieren ser amantes?
- ¡Oh, no! ¡No, señor! Yo no me atrevería...
- ¡Basta, Isabel! ¿Crees que soy estúpido?
- ¡No! ¡No, señor! Discúlpeme. No volveré a...
- ¡Yo me encargo de que no vuelvas a mirar a ese vago! ¡Serás castigada como te mereces! ¡Aprenderás a respetarme y a obedecerme! ¡Después del castigo besarás mis manos y hasta el suelo que piso!
- ¡Señor...! – exclamé alarmada y humillada por lo que me parecía un atropello a mi dignidad.
- ¡Cállate! De ahora en adelante vas a hacer lo que yo diga y te vas a comportar como yo quiera – Ante su furia y las amenazas, me pareció que lo más prudente era someterme y mostrarme dócil, pues de todas maneras no tenía escapatoria.
- Sí, mi señor – murmuré con la cabeza baja y los ojos clavados en el ruedo de mi falda.
- Muy bien. ¡Llévenla a la mesa! – ordenó a las doncellas y éstas se acercaron a mí.
Yo estaba tan sorprendida y asustada que no pude evitar que me tomaran cada una por un brazo y me hicieran caminar hasta la mesa que se hallaba en media penumbra. Pese a mis esfuerzos por librarme, las chicas me hicieron tumbarme boca abajo sobre aquella mesa y entonces mi esposo encendió una bujía cercana. Me aterroricé al ver que una de las doncellas me ataba las muñecas con unos grilletes de cuero que salían de la mesa. ¡Estaba atrapada! ¡Qué clase de castigo me iban a aplicar! Lo que parecía seguro era que sería un castigo corporal, esta certeza me aterrorizó. Aún más cuando la otra doncella inmovilizó mi cintura con una correa que igualmente salía de la mesa.
- ¡No! ¡¿Qué hacen?! ¿Qué van a hacerme? ¡Por favor, Edward! ¿Qué castigo va usted a aplicarme?
- ¡Cállate! Ya lo sabrás y lo sentirás, jovencita. Te aseguro que quedarás totalmente escarmentada.
Mi posición era incómoda y vergonzosa. Mi vientre quedaba sobre la mesa pero mis piernas colgaban hacia el piso. Apenas podía levantar la cabeza pues mis brazos estaban estirados hacia adelante e inmovilizados con las pulseras de cuero, lo mismo que mi cintura. Obviamente, en esa postura parecía que la parte castigada sería mi espalda pero ¿qué pensaba hacerme aquel hombre? ¿Azotarme como a un criminal? Estaba aterrorizada, avergonzada, humillada, comencé a llorar desconsolada.
- Descúbranle el trasero – ordenó mi verdugo con severidad.
La orden fue como un baño de agua helada para mi ánimo. ¡No sería castigada como criminal, sino como una chiquilla traviesa! ¡Sería azotada en las nalgas desnudas!
- ¡Oh, no! ¡No pueden hacer eso! ¡Por favor, Edward! ¡Se lo ruego, señor! ¡Moriré de vergüenza!
- Si no dejas de gritar, todo va a ser peor para ti, señorita. ¡Descúbranla!
Ante mi inmensa vergüenza, mis faldas fueron levantadas y volcadas sobre mi espalda. Sentí el aire a lo largo de mis piernas, en mis muslos y, sobre todo, en mis nalgas que apreté instintivamente.
¡Era horrible esa sensación de estar en el cadalso sin posibilidad de huir! Nunca nadie se había atrevido a tocarme ¡ni siquiera mis padres! Y la vergüenza infinita de ser desnudada por las sirvientas que, para colmo de males iban a presenciar el castigo. Ya las imaginaba corriendo el chisme entre toda la servidumbre de mi casa y de las residencias vecinas.
Sentí que mis medias eran retiradas y después, con un gemido, sufrí la vergüenza de perder mis bragas. Ahora mis nalgas estaban siendo exhibidas ante los ojos de mi esposo que jamás me había visto desnuda y ante las doncellas que yo imaginaba divertidas y morbosas, viendo cómo todos mis desplantes de soberbia niña rica iban a ser vengados frente a sus ojos.
- ¡Vaya! ¡Qué hermosas nalgas, cariño mío! Es una pena tener que dañarlas.
Yo sólo gemía ante esas expresiones y procuraba ocultar mi ruborizado rostro, pues la vergüenza no me permitía mirar ni a la pared.
- Pero no hay remedio, tú lo has pedido. Tus hermosas nalgas quedarán enrojecidas, marcadas y amoratadas
- ¡Oh no! ¡Por favor, señor! ¡Le ruego que tenga piedad!
- No. No la tendré. Te azotaré con esta hermosa vara – me dijo caminando frente a mí con un haz de varas de abedul, grueso y largo, atado con una cinta de terciopelo azul cielo que resultaba absurda y ridículamente cursi en un instrumento tan aterrador. Simplemente gemí y traté de ahogar un sollozo.
Edward caminaba alrededor de la mesa, rozó mis nalgas con la vara e incluso jugueteó con ella insertándola entre mis piernas, lo cual por supuesto me hizo escalofriarme de terror pero también me provocó una extraña sensación sensual, totalmente nueva para mí.
- Tendrás cien... no, ciento veinte azotes
- ¡Oh, no! ¡No, por favor! ¡No soportaré...!
- Lo aguantarás, querida. Verás que será terrible pero no es mortal. Nadie muere por una tunda. – sollocé asustada y casi deseando que comenzaran los golpes para que terminaran lo más pronto posible.
Pero mi verdugo parecía un experto torturador. Me tuvo en aquella vergonzosa postura, en aquella espantosa espera, por algo así como una hora. Colocó un espejo frente a mí, así que lo vi sentarse justo atrás de mí, como a observar un espectáculo, fumó un cigarrillo y jugueteó con la vara golpeando suavemente sus botas. Después se levantó para acercarse a mí y sin mayor anuncio, levantó la terrible vara y comenzó a azotarme.
Aullé, me agité, lloré y supliqué, pero los severos golpes continuaban pausados, uno tras otro, el silbar de la vara en el aire era seguido por el sonido seco del azote y después, por mi aullido.
Una extraña excitación sensual se apoderó de mí, en medio del agudo dolor (la vergüenza había pasado a segundo término), amé al hombre que me castigaba de forma tan cruel. Lo amé y lo justifiqué: me merecía esa azotaina, había sido infiel, desleal y descarada, mi amor debía castigarme severamente, pero mis nalgas no resistían más, mi piel ardía, dolía y palpitaba. Temblaba al adivinar el siguiente azote y mi cuerpo entero se rebelaba contra el dolor agitándose violentamente, tanto como mis ataduras me lo permitían. Pese a todo, mentalmente conté los azotes. Hubiera deseado que me pegara más rápido, pero no fue así, entre cada varazo dejaba pasar unos segundos, y cuando yo empezaba a recomponerme, me daba el siguiente.
¡Se detuvo! Sesenta golpes. La mitad de los que había prometido. ¿Sería compasión o algún refinamiento de crueldad? Por supuesto, se trataba de esto último.
- Me cansé – dijo – Más tarde tendrás el resto. Desátenla – ordenó a las sirvientas. Cuando pude levantarme me sentí algo aliviada, pues mis faldas cayeron cubriendo mis nalgas y mis piernas. Pero el alivio fue sólo instantáneo, ni siquiera tuve tiempo de frotarme el trasero para tratar de menguar el dolor que me quemaba.
- Ahora ven aquí frente a mí – me ordenó y no me atreví a desobedecer. Se había sentado en un lujoso sillón, fumaba con la vara en las manos, vara que había quedado tan maltrecha como mis nalgas.
- Arrodíllate – me ordeno. Dudé un segundo, eso era humillante, pero después de los severos azotes no me atrevía a desobedecer, así es que me arrodillé frente a él, crucé mis manos sobre mi falda y bajé la cabeza.
- Ahora pon la frente sobre el tapete - ¡Extraña instrucción! Me obligaba a una postura aún más humillante, pero no me pude resistir.
Hice lo que me ordenaba, apoyando las palmas de mis manos en el suelo, cual un musulmán en oración.
- Levántenle las faldas – ordenó y con el rostro oculto pero enrojecido sentí que mis nalgas aún más enrojecidas, volvían a quedar en vergonzosa exhibición. Suponía que estaban en un estado lamentable, pues me escocían terriblemente. Edward se puso de pie y dio la vuelta para mirarlas.
- Muy bien. Ahora tienes un trasero tal como lo mereces. Pero esto no es más que un principio jovencita. Serás castigada por semanas hasta que mi orgullo de esposo quede reparado. ¡Después de lo que me has avergonzado, me lo debes! ¡Deseo ver tus nalgas amoratadas y a ti rogándome que te discipline! ¡No dejaré de castigarte hasta lograrlo!
Sólo sollocé y temblé por la horrible perspectiva, pero continué inmóvil en la incómoda y vergonzosa postura.
- Tendrás las nalgas expuestas durante todo el día, para que yo pueda azotarlas cuando me apetezca
- Sí, mi señor – murmuré casi inaudible
Después, Edward despachó a las doncellas, lo cual agradecí infinitamente, pues su presencia era la parte más vergonzosa del castigo.
Sentí que Edward se arrodillaba tras de mí.
- Abre las piernas – me ordenó en tono áspero. Obedecí temblando e inmediatamente sentí el cuerpo de mi esposo tocando el mío.
- ¡Vaya! ¡Parece que los azotes te han gustado, querida mía! – exclamó al sentir mi sexo humedecido.
Me penetró mientras pellizcaba mis nalgas, haciéndome gemir y gritar de placer y dolor. Era evidente que a él le excitaba azotarme tanto como a mí me excitaba el ser castigada.
Cuando mi esposo estuvo satisfecho, se alejó de mí y volvió a su sillón a fumar, dejándome a mí temblorosa de pasión, de placer, de dolor y de miedo, en la misma vergonzosa postura.
Al cabo de un rato, volvió a hablar.
- Sostén tus faldas y levántate, pero si no quieres que te desnude por completo, procura mantener tus nalgas al descubierto.
- Sí, mi señor – murmuré y obedecí, sintiendo que todos los líquidos que me fluían de la vagina iban a chorrear a lo largo de mis piernas.
- Creo que ahora podemos continuar con la azotaina.
- ¡Oh, no! ¡No, por favor! – exclamé involuntariamente
- No te lo estoy preguntando, querida. Es una orden. Ponte en posición sobre la mesa. ¡Y sin chistar, si no quieres que empecemos a contar de cero!
- No, no, mi señor – me apresuré a responder, y moviéndome con dificultad por el inmenso dolor, me dirigí a la mesa y me tumbé boca abajo, luchando con mis amplias y largas faldas para evitar que cayeran sobre mis nalgas.
- ¿Debo atarte o sabrás comportarte como se debe? – me preguntó casi amable
- Yo... no sé si podré... prefiero que me ate, señor
Ante mi petición, Edward procedió a atarme de muñecas y tobillos, dejando libre mi cintura, bajo la cual colocó un almohadón, no sé si lo hizo como un rasgo de amabilidad o para que mis nalgas se levantaran a mejor altura.
- Esta vez golpearé primero de un lado y después del otro. ¿Cuántos golpes faltaban?
- Sesenta, mi señor – murmuré temblando
- ¿Sesenta? ¿Es que quieres engañarme? Estoy seguro que eran ochenta
- ¡No! ¡No, mi señor! ¡Le aseguro que...!
- ¡Cállate! ¡Por contradecirme tendrás noventa azotes más!
Sollocé aterrada. ¡Lo había enfadado otra vez! ¡Justo cuando empezaba a ser un poco más amable! Me merecía los noventa azotes, además, cualquier cosa que alegara sería en mi perjuicio, así que me sometí.
- Sí, mi señor. Será lo que usted mande.
- Eso está mucho mejor. Pero es un pena que la vara haya quedado inservible, tendré que usar esta hermosa paleta de madera. Es de las que se usan para sacudir el polvo de las alfombras ¿sabes? Se la tomé prestada a Thomas, el criado. Y se mostró muy interesado en el uso que le daría.
Oír esto me hizo gemir de vergüenza y de pavor. Imaginaba el dolor que provocaría aquella paleta.
- Entonces ¿quedamos en cuarenta y cinco de cada lado?
- Sí, mi señor
- Bien, para evitarnos problemas de números, como los que ya tuvimos, contarás en voz alta y clara cada azote.
- Sí, señor
Comenzó el castigo. ¡Ay! ¡Aquello sí que dolía! Mi trasero, ya adolorido de por sí, ardía como si me volcaran cera hirviente. No podía controlar el aullido que seguía a cada azote y que acompañaba con un número.
- ¡Aaaaay! ¡Ocho!... ¡Aaaaaay! ¡Nueve!... ¡Aaaaaay! ¡Diez!... – la obligación de contar me impedía suplicar que se detuviera, que tuviera compasión, que no me azotara tan fuerte. Sentía mi sexo chorreando y sólo el obligado conteo contuvo mi orgasmo.
- ¡Aaaaay! Treinta y nueve..... ¡Aaaaaay! ¡Cuarenta! – exclamaba húmeda de la cara y la entrepierna.
Sentía que mis nalgas ya estaban sangrando, aunque después pude comprobar que esto sólo era una sensación derivada de los fuertes golpes, pues aunque, cuando mi castigo terminó, tenía el trasero enrojecido, marcado e hinchado, no había ninguna herida, sólo algunos pequeños puntos más rojos – si eso cabe – que el resto de la piel, en donde la sangre se había agolpado pero sin llegar a brotar.
- ¡Cuarenta y cinco! – exclamé y solté un fuerte sollozo de alivio, de placer y de dolor mezclados, sentía que mi sexo iba a estallar de placer.
- ¿Quieres más? - me preguntó notablemente excitado. Y sin saber por qué, pese al dolor tan intenso, pese al sufrimiento extremo de mi pobre trasero castigado, respondí totalmente fuera de mí y sin dejar de llorar a lágrima viva:
- ¡Sí, sí, mi señor! ¡Castígueme más! ¡Me lo merezco!
- ¡Vaya! ¡Aprendes rápido, querida! – pareció tomar aliento y después, con nuevos bríos, me ordenó: ¡A contar jovencita!
Comenzó a azotarme la otra nalga y yo a contar entre aullidos de placer y dolor, pero al undécimo golpe me llegó el orgasmo y me hizo callar. Edward se detuvo y segundos después sentí nuevamente un inmenso placer, acompañado igualmente por dolor; mi esposo me estaba penetrando por el sitio en el que yo hasta ese momento aún era virgen, me transportaba a un mundo de dolorosa sensualidad, por fin yo era su esposa, se había convertido en mi dueño, me había hecho suya ingresando a todos mis espacios y doblegando mi orgullo, mi voluntad, mi rebeldía.
Cuando alcanzó el orgasmo, se dejó caer ruidosamente en el sofá. Lo pude ver a través del espejo. ¡Estaba tan atractivo! Se veía cansado y satisfecho y miraba mis nalgas extasiado. Mis nalgas que deben haber sido un espectáculo lamentable, pero no para él, y como supe después, cuando tuve oportunidad de verlas, tampoco para mí. Mi trasero tan severamente castigado ofrecía una vista excitante que me recordaba –y seguramente también a él- que yo era de él, que se había ganado mi amor, mi respeto y mi obediencia por lo mejores medios. ¿Quién podía pensar en el remilgado Eugene cuando tenía a ese hombretón en casa? Edward había logrado lo que quería, aquello con lo que me había amenazado: me había hecho suya, me había amoratado las nalgas y me había hecho suplicar que me castigara. Por mi parte, me había enamorado perdidamente de él y deseaba que hubiera más oportunidades futuras para ser castigada. ¡Por supuesto que besaría sus manos y el suelo que pisaba! Tal como él lo había sentenciado unas horas antes.
Finalmente, cuando se recompuso, Edward se puso de pie y se dirigió hacia mí con aire decidido. Yo sabía que el castigo no había terminado, pues en lugar de cuarenta y cinco azotes, había recibido sólo once. Tuve miedo, mucho miedo. Un escalofrío me recorrió de pies a cabeza, pues pese al placer que me reportaban los azotes, me dolía tanto el trasero que no deseaba que ese placer continuara, no en aquel momento, al menos.
- Ya no me castigue, mi señor. Se lo ruego – supliqué llorando como una niña pequeña
- ¿Cómo? ¡Hasta hace un momento me rogabas que lo hiciera! Debo atender a ese primer ruego. No me gusta dejar las cosas inconclusas.
Además del miedo infinito a ser azotada nuevamente, debo confesar que mis llantos y súplicas también eran una especie de coqueteo. En poco tiempo había aprendido a jugar el juego de Edward. A él le excitaba que yo tuviera miedo (¡y vaya que lo tenía!), que suplicara piedad, que llorara como niñita. Desempeñaría mi papel con maestría para satisfacer a mi dueño.
- Voy a concederles un descanso a tus nalgas – me dijo mientras me desataba – Toma tus faldas y sin dejarlas caer, ven acá
Obedecí lentamente sin dejar de llorar. Ni siquiera podía frotarme mi adolorido trasero pues mis manos estaban ocupadas en levantar las voluminosas faldas. Cuando estuve frente a él, me tomó el rostro con delicadeza, era casi tierno, besó mis labios, mis ojos y mis mejillas. Yo correspondí loca de alegría, pero supongo que no debí hacerlo. Me abofeteó ambas mejillas y señaló una esquina de la habitación.
- Vas a estar de pie en ese rincón, como una niña mala a la que hay que corregir, porque no eres más que eso: una mocosa malcriada a la que yo debo educar
- Sí, señor – murmuré – Necesito el castigo, el que usted disponga. Nunca nadie me había castigado
- ¿Lo ves? ¡Cuánta falta te hacía! Anda al rincón y quédate ahí hasta que yo te llame. No te atrevas a cubrirte las nalgas ni a girar la cabeza ni un centímetro.
- Sí, mi señor – obedecí lentamente sosteniendo mis faldas y durante un rato sentí su fuerte mirada sobre mí. Después escuché que abandonaba la habitación, pero a pesar de saberme sola no me atrevía a moverme, aunque sí a frotarme un poco mis adoloridas nalgas que me escocían como si me hubiera sentado sobre carbones ardientes.
Pasada una media hora, Edward volvió. Lo escuché entrar y temblé involuntariamente, seguramente ahora vendrían el resto de los azotes.
- Ven aquí y arrodíllate a mis pies – me ordenó. Yo obedecí sumisa. - Vas a besar mis manos y mis botas – lo hice con verdadera pasión y amor - Muy bien, la niña malcriada se está corrigiendo. ¡Lo bien que te ha caído la azotaina, mi pequeña esposa! – no respondí, me sentía muy avergonzada y no pude más que clavar la mirada en el suelo.
- Ahora levántate y túmbate boca abajo sobre el sofá. – Obedecí despacio, estaba realmente aterrada por lo que me sucedería a continuación, pero no era para ponerse a discutir después de todo lo que ya me había pasado. Acomodé bien mis faldas para ofrecer mis nalgas a la vista de mi señor.
- Bueno, creo que nos quedamos en el número once del lado izquierdo ¿no es así?
- Sí, mi señor
- Es decir que aún faltan treinta y cuatro azotes
- Sí, mi señor, aunque los que usted disponga, son los que merezco.
- Levanta bien alto las nalgas y abre un poco las piernas – obedecí palpitando de excitación y temor.
- No bajes las nalgas, no trates de huir ni de darte la vuelta. Tendrás tus treinta y cuatro azotes, pero como ya me aburrí de la paleta de madera, voy a usar este latiguillo. – me giré apenas para verlo. ¡Dios mío! Aquella correa terminaba en dos puntas, lo cual duplicaba el castigo. ¡Pero si mis nalgas ya no toleraban ni una suave nalgada aplicada con la mano!
- ¡Por favor, mi señor! ¡Serán el doble de azotes!
- ¿No te los mereces? – me preguntó fingiendo sorpresa
- Sí, sí mi señor. Será como usted mande – respondí a media voz
- En lugar de contar, mi malcriada niña, esta vez darás las gracias después de cada azote. ¿Entendido?
- Sí, mi señor
Y comenzó la tercera tanda de azotes. ¡Qué dolor tan intenso! ¡Qué placer delicioso!
- ¡Gracias! ¡AAAAAY! ... ¡Gracias! ¡AAAAAAY! .... ¡Gracias! – gritaba, aullaba, me bebía mis lágrimas y mis labios inferiores chorreaban placer sobre el brocado del sofá. Yo ya no podía más y empecé a suplicar que se detuviera - ¡Por favor, señor! ¡No me pegue más! ¡Ya no, por favor! ¡Seré buena! ¡Lo obedeceré en todo! ¡Ya no! ¡Ya no me pegue! ¡Se lo ruego!
No sirvió de nada, me dio los treinta y cuatro azotes y me hizo rabiar de dolor. Lloré como una niña arrepentida, que finalmente eso era en lo que Edward me había convertido.
Cuando terminó el castigo, mi severo esposo se tumbó a mi lado en el sofá, yo seguía en aquella postura vergonzosa pero ahora podía frotarme suavemente mis ardientes nalgas, lloraba a mares y gemía. Edward me hizo volver la cara para mirarme.
- Eres hermosa, Isabel. Tienes unas nalgas deliciosas y... me ha encantado hacerte mía en medio del castigo – Me dijo con ternura y no supe qué contestar – Debes prometerme que nunca jamás volverás a verte con otro hombre, porque si lo haces, no podré castigarte así, me darían ganas de matarte.
- Nunca más lo haré, mi señor, es un juramento.
- También promete que serás dócil y obediente conmigo
- Lo seré, señor.
- Muy bien, pues de otra manera, a la más mínima falta, tendrás una tunda de azotes. – dijo volviendo a su tono severo – y no tendré miramientos contigo, jovencita, si he de azotarte frente a toda la servidumbre, lo haré.
- Sí, mi señor. No daré motivo para tal cosa.
- Muy bien. Por hoy hemos terminado, mi preciosa niña. Puedes irte. Pero no deberás salir de tu habitación durante tres días. Y en las próximas dos semanas no llevarás bragas. ¿Has entendido bien?
- Sí, mi señor. ¿Puedo preguntar por qué?
- Pues porque vas a tener que levantarte las faldas cuando yo lo diga para permitirme inspeccionar el estado de tus nalgas. Quiero saber cuando empiecen a sanar para arrearte otra paliza. Durante dos semanas quiero ver esas hermosas nalgas totalmente amoratadas y marcadas. – La perspectiva me escalofrió, pero asentí con el rostro ruborizado.
- Sí, mi señor. Será como usted manda.
- Y ahora vete. Podría antojárseme darte otra veintena de azotes – Ante la amenaza, me levanté rápidamente, compuse lo mejor que pude mi indumentaria y me dirigí a la puerta de la estancia. Desde ahí, me giré a verlo.
- Gracias, mi señor. Me merecía los azotes y... lo amo – no di tiempo a que me contestara, salí y cerré la puerta.
Camino a mi habitación traté de aparentar que no había pasado gran cosa, pero me costaba caminar con naturalidad. Mis nalgas eran sólo dolor y ardor. Ante el espejo las inspeccioné y volví a excitarme. Deseé que el castigo se repitiera. Ojalá mi trasero sanara pronto, así antes de dos semanas yo volvería a ser azotada y, suponía, volvería a hacer el amor con mi adorado dueño.
Autora: Mayte Riemens
Inglaterra. 1890.
Tenía 17 años cuando mis padres me casaron con un hombre de 35, guapo y elegante, muy rico y noble pero, a mis ojos de niña, muy viejo.
Al principio, Edward, mi esposo, no hizo mucho por ganarse mi afecto o mi respeto. Yo tenía la sensación de que era para él como un artículo necesario que había adquirido para completar su mobiliario. Su indiferencia hacia mí era casi absoluta, y aunque era cortés y educado, no me daba el trato y la atención que se merece una esposa. ¡Ni siquiera hizo nada por llevarme a la cama y concretar así el matrimonio!
Su indiferencia me hizo pensar que yo no le interesaba como mujer y, por lo tanto, a mí no me pareció inconveniente continuar con la amistad que tenía con un joven apenas un par de años mayor que yo. A veces nos veíamos en un parque cercano a la casa de mi esposo, nos carteábamos o asistíamos a la misma función de teatro.
Llevábamos tres o cuatro meses sosteniendo esa relación, bastante inofensiva, pues no pasábamos de tomarnos discretamente por las manos o darnos, ocasionalmente, un beso en la mejilla. Sin embargo, alguien comentó a mi esposo que me había visto en el teatro con un joven y pareció que me estallaba una bomba en las manos.
Edward me hizo subir a su estancia privada. Yo no sabía nada y acudí confiada.
- ¿Me hizo usted llamar, señor?
- Sí – me contestó desde su sillón en el que fumaba indolentemente. Noté que mis doncellas personales, las que el propio Edward había asignado a mi servicio, se encontraban presentes, estaban de pie en un área poco iluminada de la habitación en donde había una mesa.
- Me han dicho que te vieron anoche en el teatro principal ¿Asististe a la función? – preguntó mi esposo sin dar ninguna expresión a su voz
- Sí, lo hice, señor. Daban una obra que me interesaba...
- ¿Fuiste sola? – me interrumpió. Sentí un ligero escalofrío
- Sí, señor – respondí en la forma más natural que pude
- ¿No te encontraste con alguien en el teatro?
- Yo... no... no sé a qué se refiere usted, mi señor – balbucee tratando de ocultar mi nerviosismo y la vergüenza infinita que me producía el estar siendo reprendida frente a mis sirvientas.
- ¡Me refiero al mequetrefe con el que te has estado viendo, Isabel! – exclamó sin gritar pero evidentemente enfadado - ¡¿Crees acaso que soy un idiota?! ¿Quieres ponerme en ridículo ante todo el mundo? ¿Qué en la calle me llamen cornudo?
Temblé asustada. Nunca lo había visto exaltado. Parecía furioso y dispuesto a todo. Yo no sabía qué decir y sabía, en cambio, que mis citas con Eugene eran reprochables por mi condición de mujer casada.
- ¡Respóndeme, Isabel!
- Señor... yo... sí, vi a Eugene en el teatro pero fue una casualidad... usted sabe que habíamos sido amigos y...
- ¿Y ahora quieren ser amantes?
- ¡Oh, no! ¡No, señor! Yo no me atrevería...
- ¡Basta, Isabel! ¿Crees que soy estúpido?
- ¡No! ¡No, señor! Discúlpeme. No volveré a...
- ¡Yo me encargo de que no vuelvas a mirar a ese vago! ¡Serás castigada como te mereces! ¡Aprenderás a respetarme y a obedecerme! ¡Después del castigo besarás mis manos y hasta el suelo que piso!
- ¡Señor...! – exclamé alarmada y humillada por lo que me parecía un atropello a mi dignidad.
- ¡Cállate! De ahora en adelante vas a hacer lo que yo diga y te vas a comportar como yo quiera – Ante su furia y las amenazas, me pareció que lo más prudente era someterme y mostrarme dócil, pues de todas maneras no tenía escapatoria.
- Sí, mi señor – murmuré con la cabeza baja y los ojos clavados en el ruedo de mi falda.
- Muy bien. ¡Llévenla a la mesa! – ordenó a las doncellas y éstas se acercaron a mí.
Yo estaba tan sorprendida y asustada que no pude evitar que me tomaran cada una por un brazo y me hicieran caminar hasta la mesa que se hallaba en media penumbra. Pese a mis esfuerzos por librarme, las chicas me hicieron tumbarme boca abajo sobre aquella mesa y entonces mi esposo encendió una bujía cercana. Me aterroricé al ver que una de las doncellas me ataba las muñecas con unos grilletes de cuero que salían de la mesa. ¡Estaba atrapada! ¡Qué clase de castigo me iban a aplicar! Lo que parecía seguro era que sería un castigo corporal, esta certeza me aterrorizó. Aún más cuando la otra doncella inmovilizó mi cintura con una correa que igualmente salía de la mesa.
- ¡No! ¡¿Qué hacen?! ¿Qué van a hacerme? ¡Por favor, Edward! ¿Qué castigo va usted a aplicarme?
- ¡Cállate! Ya lo sabrás y lo sentirás, jovencita. Te aseguro que quedarás totalmente escarmentada.
Mi posición era incómoda y vergonzosa. Mi vientre quedaba sobre la mesa pero mis piernas colgaban hacia el piso. Apenas podía levantar la cabeza pues mis brazos estaban estirados hacia adelante e inmovilizados con las pulseras de cuero, lo mismo que mi cintura. Obviamente, en esa postura parecía que la parte castigada sería mi espalda pero ¿qué pensaba hacerme aquel hombre? ¿Azotarme como a un criminal? Estaba aterrorizada, avergonzada, humillada, comencé a llorar desconsolada.
- Descúbranle el trasero – ordenó mi verdugo con severidad.
La orden fue como un baño de agua helada para mi ánimo. ¡No sería castigada como criminal, sino como una chiquilla traviesa! ¡Sería azotada en las nalgas desnudas!
- ¡Oh, no! ¡No pueden hacer eso! ¡Por favor, Edward! ¡Se lo ruego, señor! ¡Moriré de vergüenza!
- Si no dejas de gritar, todo va a ser peor para ti, señorita. ¡Descúbranla!
Ante mi inmensa vergüenza, mis faldas fueron levantadas y volcadas sobre mi espalda. Sentí el aire a lo largo de mis piernas, en mis muslos y, sobre todo, en mis nalgas que apreté instintivamente.
¡Era horrible esa sensación de estar en el cadalso sin posibilidad de huir! Nunca nadie se había atrevido a tocarme ¡ni siquiera mis padres! Y la vergüenza infinita de ser desnudada por las sirvientas que, para colmo de males iban a presenciar el castigo. Ya las imaginaba corriendo el chisme entre toda la servidumbre de mi casa y de las residencias vecinas.
Sentí que mis medias eran retiradas y después, con un gemido, sufrí la vergüenza de perder mis bragas. Ahora mis nalgas estaban siendo exhibidas ante los ojos de mi esposo que jamás me había visto desnuda y ante las doncellas que yo imaginaba divertidas y morbosas, viendo cómo todos mis desplantes de soberbia niña rica iban a ser vengados frente a sus ojos.
- ¡Vaya! ¡Qué hermosas nalgas, cariño mío! Es una pena tener que dañarlas.
Yo sólo gemía ante esas expresiones y procuraba ocultar mi ruborizado rostro, pues la vergüenza no me permitía mirar ni a la pared.
- Pero no hay remedio, tú lo has pedido. Tus hermosas nalgas quedarán enrojecidas, marcadas y amoratadas
- ¡Oh no! ¡Por favor, señor! ¡Le ruego que tenga piedad!
- No. No la tendré. Te azotaré con esta hermosa vara – me dijo caminando frente a mí con un haz de varas de abedul, grueso y largo, atado con una cinta de terciopelo azul cielo que resultaba absurda y ridículamente cursi en un instrumento tan aterrador. Simplemente gemí y traté de ahogar un sollozo.
Edward caminaba alrededor de la mesa, rozó mis nalgas con la vara e incluso jugueteó con ella insertándola entre mis piernas, lo cual por supuesto me hizo escalofriarme de terror pero también me provocó una extraña sensación sensual, totalmente nueva para mí.
- Tendrás cien... no, ciento veinte azotes
- ¡Oh, no! ¡No, por favor! ¡No soportaré...!
- Lo aguantarás, querida. Verás que será terrible pero no es mortal. Nadie muere por una tunda. – sollocé asustada y casi deseando que comenzaran los golpes para que terminaran lo más pronto posible.
Pero mi verdugo parecía un experto torturador. Me tuvo en aquella vergonzosa postura, en aquella espantosa espera, por algo así como una hora. Colocó un espejo frente a mí, así que lo vi sentarse justo atrás de mí, como a observar un espectáculo, fumó un cigarrillo y jugueteó con la vara golpeando suavemente sus botas. Después se levantó para acercarse a mí y sin mayor anuncio, levantó la terrible vara y comenzó a azotarme.
Aullé, me agité, lloré y supliqué, pero los severos golpes continuaban pausados, uno tras otro, el silbar de la vara en el aire era seguido por el sonido seco del azote y después, por mi aullido.
Una extraña excitación sensual se apoderó de mí, en medio del agudo dolor (la vergüenza había pasado a segundo término), amé al hombre que me castigaba de forma tan cruel. Lo amé y lo justifiqué: me merecía esa azotaina, había sido infiel, desleal y descarada, mi amor debía castigarme severamente, pero mis nalgas no resistían más, mi piel ardía, dolía y palpitaba. Temblaba al adivinar el siguiente azote y mi cuerpo entero se rebelaba contra el dolor agitándose violentamente, tanto como mis ataduras me lo permitían. Pese a todo, mentalmente conté los azotes. Hubiera deseado que me pegara más rápido, pero no fue así, entre cada varazo dejaba pasar unos segundos, y cuando yo empezaba a recomponerme, me daba el siguiente.
¡Se detuvo! Sesenta golpes. La mitad de los que había prometido. ¿Sería compasión o algún refinamiento de crueldad? Por supuesto, se trataba de esto último.
- Me cansé – dijo – Más tarde tendrás el resto. Desátenla – ordenó a las sirvientas. Cuando pude levantarme me sentí algo aliviada, pues mis faldas cayeron cubriendo mis nalgas y mis piernas. Pero el alivio fue sólo instantáneo, ni siquiera tuve tiempo de frotarme el trasero para tratar de menguar el dolor que me quemaba.
- Ahora ven aquí frente a mí – me ordenó y no me atreví a desobedecer. Se había sentado en un lujoso sillón, fumaba con la vara en las manos, vara que había quedado tan maltrecha como mis nalgas.
- Arrodíllate – me ordeno. Dudé un segundo, eso era humillante, pero después de los severos azotes no me atrevía a desobedecer, así es que me arrodillé frente a él, crucé mis manos sobre mi falda y bajé la cabeza.
- Ahora pon la frente sobre el tapete - ¡Extraña instrucción! Me obligaba a una postura aún más humillante, pero no me pude resistir.
Hice lo que me ordenaba, apoyando las palmas de mis manos en el suelo, cual un musulmán en oración.
- Levántenle las faldas – ordenó y con el rostro oculto pero enrojecido sentí que mis nalgas aún más enrojecidas, volvían a quedar en vergonzosa exhibición. Suponía que estaban en un estado lamentable, pues me escocían terriblemente. Edward se puso de pie y dio la vuelta para mirarlas.
- Muy bien. Ahora tienes un trasero tal como lo mereces. Pero esto no es más que un principio jovencita. Serás castigada por semanas hasta que mi orgullo de esposo quede reparado. ¡Después de lo que me has avergonzado, me lo debes! ¡Deseo ver tus nalgas amoratadas y a ti rogándome que te discipline! ¡No dejaré de castigarte hasta lograrlo!
Sólo sollocé y temblé por la horrible perspectiva, pero continué inmóvil en la incómoda y vergonzosa postura.
- Tendrás las nalgas expuestas durante todo el día, para que yo pueda azotarlas cuando me apetezca
- Sí, mi señor – murmuré casi inaudible
Después, Edward despachó a las doncellas, lo cual agradecí infinitamente, pues su presencia era la parte más vergonzosa del castigo.
Sentí que Edward se arrodillaba tras de mí.
- Abre las piernas – me ordenó en tono áspero. Obedecí temblando e inmediatamente sentí el cuerpo de mi esposo tocando el mío.
- ¡Vaya! ¡Parece que los azotes te han gustado, querida mía! – exclamó al sentir mi sexo humedecido.
Me penetró mientras pellizcaba mis nalgas, haciéndome gemir y gritar de placer y dolor. Era evidente que a él le excitaba azotarme tanto como a mí me excitaba el ser castigada.
Cuando mi esposo estuvo satisfecho, se alejó de mí y volvió a su sillón a fumar, dejándome a mí temblorosa de pasión, de placer, de dolor y de miedo, en la misma vergonzosa postura.
Al cabo de un rato, volvió a hablar.
- Sostén tus faldas y levántate, pero si no quieres que te desnude por completo, procura mantener tus nalgas al descubierto.
- Sí, mi señor – murmuré y obedecí, sintiendo que todos los líquidos que me fluían de la vagina iban a chorrear a lo largo de mis piernas.
- Creo que ahora podemos continuar con la azotaina.
- ¡Oh, no! ¡No, por favor! – exclamé involuntariamente
- No te lo estoy preguntando, querida. Es una orden. Ponte en posición sobre la mesa. ¡Y sin chistar, si no quieres que empecemos a contar de cero!
- No, no, mi señor – me apresuré a responder, y moviéndome con dificultad por el inmenso dolor, me dirigí a la mesa y me tumbé boca abajo, luchando con mis amplias y largas faldas para evitar que cayeran sobre mis nalgas.
- ¿Debo atarte o sabrás comportarte como se debe? – me preguntó casi amable
- Yo... no sé si podré... prefiero que me ate, señor
Ante mi petición, Edward procedió a atarme de muñecas y tobillos, dejando libre mi cintura, bajo la cual colocó un almohadón, no sé si lo hizo como un rasgo de amabilidad o para que mis nalgas se levantaran a mejor altura.
- Esta vez golpearé primero de un lado y después del otro. ¿Cuántos golpes faltaban?
- Sesenta, mi señor – murmuré temblando
- ¿Sesenta? ¿Es que quieres engañarme? Estoy seguro que eran ochenta
- ¡No! ¡No, mi señor! ¡Le aseguro que...!
- ¡Cállate! ¡Por contradecirme tendrás noventa azotes más!
Sollocé aterrada. ¡Lo había enfadado otra vez! ¡Justo cuando empezaba a ser un poco más amable! Me merecía los noventa azotes, además, cualquier cosa que alegara sería en mi perjuicio, así que me sometí.
- Sí, mi señor. Será lo que usted mande.
- Eso está mucho mejor. Pero es un pena que la vara haya quedado inservible, tendré que usar esta hermosa paleta de madera. Es de las que se usan para sacudir el polvo de las alfombras ¿sabes? Se la tomé prestada a Thomas, el criado. Y se mostró muy interesado en el uso que le daría.
Oír esto me hizo gemir de vergüenza y de pavor. Imaginaba el dolor que provocaría aquella paleta.
- Entonces ¿quedamos en cuarenta y cinco de cada lado?
- Sí, mi señor
- Bien, para evitarnos problemas de números, como los que ya tuvimos, contarás en voz alta y clara cada azote.
- Sí, señor
Comenzó el castigo. ¡Ay! ¡Aquello sí que dolía! Mi trasero, ya adolorido de por sí, ardía como si me volcaran cera hirviente. No podía controlar el aullido que seguía a cada azote y que acompañaba con un número.
- ¡Aaaaay! ¡Ocho!... ¡Aaaaaay! ¡Nueve!... ¡Aaaaaay! ¡Diez!... – la obligación de contar me impedía suplicar que se detuviera, que tuviera compasión, que no me azotara tan fuerte. Sentía mi sexo chorreando y sólo el obligado conteo contuvo mi orgasmo.
- ¡Aaaaay! Treinta y nueve..... ¡Aaaaaay! ¡Cuarenta! – exclamaba húmeda de la cara y la entrepierna.
Sentía que mis nalgas ya estaban sangrando, aunque después pude comprobar que esto sólo era una sensación derivada de los fuertes golpes, pues aunque, cuando mi castigo terminó, tenía el trasero enrojecido, marcado e hinchado, no había ninguna herida, sólo algunos pequeños puntos más rojos – si eso cabe – que el resto de la piel, en donde la sangre se había agolpado pero sin llegar a brotar.
- ¡Cuarenta y cinco! – exclamé y solté un fuerte sollozo de alivio, de placer y de dolor mezclados, sentía que mi sexo iba a estallar de placer.
- ¿Quieres más? - me preguntó notablemente excitado. Y sin saber por qué, pese al dolor tan intenso, pese al sufrimiento extremo de mi pobre trasero castigado, respondí totalmente fuera de mí y sin dejar de llorar a lágrima viva:
- ¡Sí, sí, mi señor! ¡Castígueme más! ¡Me lo merezco!
- ¡Vaya! ¡Aprendes rápido, querida! – pareció tomar aliento y después, con nuevos bríos, me ordenó: ¡A contar jovencita!
Comenzó a azotarme la otra nalga y yo a contar entre aullidos de placer y dolor, pero al undécimo golpe me llegó el orgasmo y me hizo callar. Edward se detuvo y segundos después sentí nuevamente un inmenso placer, acompañado igualmente por dolor; mi esposo me estaba penetrando por el sitio en el que yo hasta ese momento aún era virgen, me transportaba a un mundo de dolorosa sensualidad, por fin yo era su esposa, se había convertido en mi dueño, me había hecho suya ingresando a todos mis espacios y doblegando mi orgullo, mi voluntad, mi rebeldía.
Cuando alcanzó el orgasmo, se dejó caer ruidosamente en el sofá. Lo pude ver a través del espejo. ¡Estaba tan atractivo! Se veía cansado y satisfecho y miraba mis nalgas extasiado. Mis nalgas que deben haber sido un espectáculo lamentable, pero no para él, y como supe después, cuando tuve oportunidad de verlas, tampoco para mí. Mi trasero tan severamente castigado ofrecía una vista excitante que me recordaba –y seguramente también a él- que yo era de él, que se había ganado mi amor, mi respeto y mi obediencia por lo mejores medios. ¿Quién podía pensar en el remilgado Eugene cuando tenía a ese hombretón en casa? Edward había logrado lo que quería, aquello con lo que me había amenazado: me había hecho suya, me había amoratado las nalgas y me había hecho suplicar que me castigara. Por mi parte, me había enamorado perdidamente de él y deseaba que hubiera más oportunidades futuras para ser castigada. ¡Por supuesto que besaría sus manos y el suelo que pisaba! Tal como él lo había sentenciado unas horas antes.
Finalmente, cuando se recompuso, Edward se puso de pie y se dirigió hacia mí con aire decidido. Yo sabía que el castigo no había terminado, pues en lugar de cuarenta y cinco azotes, había recibido sólo once. Tuve miedo, mucho miedo. Un escalofrío me recorrió de pies a cabeza, pues pese al placer que me reportaban los azotes, me dolía tanto el trasero que no deseaba que ese placer continuara, no en aquel momento, al menos.
- Ya no me castigue, mi señor. Se lo ruego – supliqué llorando como una niña pequeña
- ¿Cómo? ¡Hasta hace un momento me rogabas que lo hiciera! Debo atender a ese primer ruego. No me gusta dejar las cosas inconclusas.
Además del miedo infinito a ser azotada nuevamente, debo confesar que mis llantos y súplicas también eran una especie de coqueteo. En poco tiempo había aprendido a jugar el juego de Edward. A él le excitaba que yo tuviera miedo (¡y vaya que lo tenía!), que suplicara piedad, que llorara como niñita. Desempeñaría mi papel con maestría para satisfacer a mi dueño.
- Voy a concederles un descanso a tus nalgas – me dijo mientras me desataba – Toma tus faldas y sin dejarlas caer, ven acá
Obedecí lentamente sin dejar de llorar. Ni siquiera podía frotarme mi adolorido trasero pues mis manos estaban ocupadas en levantar las voluminosas faldas. Cuando estuve frente a él, me tomó el rostro con delicadeza, era casi tierno, besó mis labios, mis ojos y mis mejillas. Yo correspondí loca de alegría, pero supongo que no debí hacerlo. Me abofeteó ambas mejillas y señaló una esquina de la habitación.
- Vas a estar de pie en ese rincón, como una niña mala a la que hay que corregir, porque no eres más que eso: una mocosa malcriada a la que yo debo educar
- Sí, señor – murmuré – Necesito el castigo, el que usted disponga. Nunca nadie me había castigado
- ¿Lo ves? ¡Cuánta falta te hacía! Anda al rincón y quédate ahí hasta que yo te llame. No te atrevas a cubrirte las nalgas ni a girar la cabeza ni un centímetro.
- Sí, mi señor – obedecí lentamente sosteniendo mis faldas y durante un rato sentí su fuerte mirada sobre mí. Después escuché que abandonaba la habitación, pero a pesar de saberme sola no me atrevía a moverme, aunque sí a frotarme un poco mis adoloridas nalgas que me escocían como si me hubiera sentado sobre carbones ardientes.
Pasada una media hora, Edward volvió. Lo escuché entrar y temblé involuntariamente, seguramente ahora vendrían el resto de los azotes.
- Ven aquí y arrodíllate a mis pies – me ordenó. Yo obedecí sumisa. - Vas a besar mis manos y mis botas – lo hice con verdadera pasión y amor - Muy bien, la niña malcriada se está corrigiendo. ¡Lo bien que te ha caído la azotaina, mi pequeña esposa! – no respondí, me sentía muy avergonzada y no pude más que clavar la mirada en el suelo.
- Ahora levántate y túmbate boca abajo sobre el sofá. – Obedecí despacio, estaba realmente aterrada por lo que me sucedería a continuación, pero no era para ponerse a discutir después de todo lo que ya me había pasado. Acomodé bien mis faldas para ofrecer mis nalgas a la vista de mi señor.
- Bueno, creo que nos quedamos en el número once del lado izquierdo ¿no es así?
- Sí, mi señor
- Es decir que aún faltan treinta y cuatro azotes
- Sí, mi señor, aunque los que usted disponga, son los que merezco.
- Levanta bien alto las nalgas y abre un poco las piernas – obedecí palpitando de excitación y temor.
- No bajes las nalgas, no trates de huir ni de darte la vuelta. Tendrás tus treinta y cuatro azotes, pero como ya me aburrí de la paleta de madera, voy a usar este latiguillo. – me giré apenas para verlo. ¡Dios mío! Aquella correa terminaba en dos puntas, lo cual duplicaba el castigo. ¡Pero si mis nalgas ya no toleraban ni una suave nalgada aplicada con la mano!
- ¡Por favor, mi señor! ¡Serán el doble de azotes!
- ¿No te los mereces? – me preguntó fingiendo sorpresa
- Sí, sí mi señor. Será como usted mande – respondí a media voz
- En lugar de contar, mi malcriada niña, esta vez darás las gracias después de cada azote. ¿Entendido?
- Sí, mi señor
Y comenzó la tercera tanda de azotes. ¡Qué dolor tan intenso! ¡Qué placer delicioso!
- ¡Gracias! ¡AAAAAY! ... ¡Gracias! ¡AAAAAAY! .... ¡Gracias! – gritaba, aullaba, me bebía mis lágrimas y mis labios inferiores chorreaban placer sobre el brocado del sofá. Yo ya no podía más y empecé a suplicar que se detuviera - ¡Por favor, señor! ¡No me pegue más! ¡Ya no, por favor! ¡Seré buena! ¡Lo obedeceré en todo! ¡Ya no! ¡Ya no me pegue! ¡Se lo ruego!
No sirvió de nada, me dio los treinta y cuatro azotes y me hizo rabiar de dolor. Lloré como una niña arrepentida, que finalmente eso era en lo que Edward me había convertido.
Cuando terminó el castigo, mi severo esposo se tumbó a mi lado en el sofá, yo seguía en aquella postura vergonzosa pero ahora podía frotarme suavemente mis ardientes nalgas, lloraba a mares y gemía. Edward me hizo volver la cara para mirarme.
- Eres hermosa, Isabel. Tienes unas nalgas deliciosas y... me ha encantado hacerte mía en medio del castigo – Me dijo con ternura y no supe qué contestar – Debes prometerme que nunca jamás volverás a verte con otro hombre, porque si lo haces, no podré castigarte así, me darían ganas de matarte.
- Nunca más lo haré, mi señor, es un juramento.
- También promete que serás dócil y obediente conmigo
- Lo seré, señor.
- Muy bien, pues de otra manera, a la más mínima falta, tendrás una tunda de azotes. – dijo volviendo a su tono severo – y no tendré miramientos contigo, jovencita, si he de azotarte frente a toda la servidumbre, lo haré.
- Sí, mi señor. No daré motivo para tal cosa.
- Muy bien. Por hoy hemos terminado, mi preciosa niña. Puedes irte. Pero no deberás salir de tu habitación durante tres días. Y en las próximas dos semanas no llevarás bragas. ¿Has entendido bien?
- Sí, mi señor. ¿Puedo preguntar por qué?
- Pues porque vas a tener que levantarte las faldas cuando yo lo diga para permitirme inspeccionar el estado de tus nalgas. Quiero saber cuando empiecen a sanar para arrearte otra paliza. Durante dos semanas quiero ver esas hermosas nalgas totalmente amoratadas y marcadas. – La perspectiva me escalofrió, pero asentí con el rostro ruborizado.
- Sí, mi señor. Será como usted manda.
- Y ahora vete. Podría antojárseme darte otra veintena de azotes – Ante la amenaza, me levanté rápidamente, compuse lo mejor que pude mi indumentaria y me dirigí a la puerta de la estancia. Desde ahí, me giré a verlo.
- Gracias, mi señor. Me merecía los azotes y... lo amo – no di tiempo a que me contestara, salí y cerré la puerta.
Camino a mi habitación traté de aparentar que no había pasado gran cosa, pero me costaba caminar con naturalidad. Mis nalgas eran sólo dolor y ardor. Ante el espejo las inspeccioné y volví a excitarme. Deseé que el castigo se repitiera. Ojalá mi trasero sanara pronto, así antes de dos semanas yo volvería a ser azotada y, suponía, volvería a hacer el amor con mi adorado dueño.
20/04/2005 04:01 Este es el enlace de este relato, si lo copias lo puedes utilizar como hipervínculo. Tema: M / f Hay 7 comentarios.
Juan Carlos
m/f cinturón
Autora: Mayte Riemens
Mis hermanos y yo estábamos jugando en el jardín con los hijos de los amigos de mis padres. Los adultos estaban adentro en la sobremesa de la comida de cumpleaños de papá.
¡Qué mal me caía Juan Carlos, el hijo del socio de mi papá! Era un niño mimado que se sentía adorado por todo el mundo, creía merecérselo todo y se la pasaba presumiendo todo lo que sus papás le compraban, sus viajes a Estados Unidos y los muchos juguetes caros que tenía. Tenía un año más que yo y estábamos juntos en la escuela.
Las niñas estábamos jugando a saltar el resorte y los niños bobeaban por ahí haciendo no sé qué, pero corrían a nuestro alrededor y, guiados por el antipático de Juan Carlos, cada vez que pasaban atrás de nosotras, alguno de ellos estiraba lo más que podía el resorte que Marisa y yo sosteníamos con las piernas. Después, lo soltaban dándonos un doloroso resortazo. Mis amigas y yo gritábamos furiosas, pero ellos continuaban con su tonto juego.
Pero yo no estaba de humor para aguantar sus tonterías y menos para permitir que Juan Carlos se diera el lujo de darme de resortazos sólo para divertirse, así es que, en una de las tantas ocasiones en que pasó a mi lado para jugarme la “bromita”, me giré hacia él y le di un golpe con el puño en la cara. No se lo esperaba, perdió el equilibrio y se fue de espaldas sobre el pasto. Aproveché mi pequeño triunfo para zafarme del resorte y me fui sobre él a golpes. Las niñas gritaban a mí alrededor animándome a seguir golpeándolo, los niños se burlaban de él con la cantaleta de “te está ganando una niña” y mi hermano trataba de controlarme, pensando seguramente en que mi conducta tendría graves consecuencias cuando papá se enterara. A mí nada me importaba, me estaba vengando de esa trastada y de otras muchas que Juan Carlos me había hecho, él no se defendía, sólo gritaba y, tapándose la cara, recibía los golpes que le daba en donde cayeran, con la palma de mi mano abierta.
La gritería debió haber llegado hasta la casa y los adultos no tardaron en salir al jardín a averiguar qué pasaba. No oí a mi padre cuando me llamó furioso, tan concentrada y emocionada estaba golpeando al niño antipático. Sentí su mano que me aferraba con fuerza del brazo y me hacía retroceder, dejando a Juan Carlos tirado en el pasto, llorando y gritando como si de verdad lo hubiera lastimado. Vi que su mamá corría a abrazarlo como si fuera un bebé, no pude ver más. Sentí una nalgada fortísima y una sacudida que me hizo reaccionar.
-¡Pero qué está pasando contigo, jovencita! – papá estaba furioso, me tomó de los hombros y me obligó a mirarlo. Yo comencé a llorar.
- ¡El empezó papito! ¡Te lo juro!
- ¡Eso no justifica que te comportes así! ¡El es tu invitado! ¡Estoy avergonzado de ti!
- ¡Papito, él me pegó primero! – traté de explicar, pero papá estaba tan enojado que no quería escucharme
- ¡¿Cómo se te ocurre irte a golpes sobre alguien?! ¡Como si fueras una niña de la calle sin educación!
- ¡Perdón papito! – dije llorando aterrada de la posibilidad de que me nalgueara ahí mismo frente a todo el mundo
- Vete inmediatamente a mi despacho, vamos a resolver esto ahora mismo
- Sí papi – murmuré y me eché a correr hacia la casa, sabía que me iba a pegar, ya era ganancia que no lo hubiera hecho enfrente de todos, pero si tardaba en obedecer podía cambiar de opinión. El se quedó en el jardín hablando con los papás de Juan Carlos, ofreciéndoles disculpas, supongo yo.
En el despacho, me desplomé sobre el sofá y empecé a llorar. Tenía mucho miedo y mucha más vergüenza porque papá me había regañado enfrente de toda esa gente, porque todos se iban a enterar de que papá me iba a pegar, el despacho estaba a un lado de la sala, todo lo que sucedía ahí se escuchaba en la otra habitación, así es que hasta el idiota de Juan Carlos iba a escuchar cómo me castigaban. Papá tardaba tanto que me dio tiempo de tranquilizarme y de volverme a poner nerviosa, escuché cómo los adultos volvían a entrar a la casa y se sentaban en la sala a continuar con sus pláticas, oí la voz de papá que sonaba alegre y amable, muy diferente a como yo la acababa de escuchar en el jardín, también escuché a Juan Carlos aún gimoteando, y a su mamá que continuaba consolándolo con un tono de voz que mi mamá sólo empleaba con mis primos pequeños. Imaginarme la escena me dio asco: Juan Carlos era un ridículo, chiqueado y estúpido. Después de todo, no me arrepentía de haberlo golpeado, aunque yo iba acabar llorando mucho más que él y los golpes que yo recibiría serían verdaderamente dolorosos.
Pensaba eso cuando me sobresaltó el ruido de la puerta. Me levanté como un resorte del sofá y miré muy asustada a mi papá.
- ¡Papito... déjame que te explique, por favor!
- No hay nada que explicar, jovencita. No hay ninguna razón para actuar como lo hiciste y lo que necesitas es un buen escarmiento que te recuerde que eres una niña educada y no un pandillero de la calle. – se llevó las manos al cinturón y yo, por supuesto, empecé a llorar desesperada
- ¡No, papito! ¡Por favor! ¡Con el cinturón, no! ¡No lo vuelvo a hacer, papito! ¡Perdóname!
- No lo vas a volver a hacer, Mayte, de eso yo me encargo. Ven acá – me ordenó con el cinturón doblado a la mitad en la mano derecha.
- ¡No papi! ¡Por favor!
- ¡Basta ya! ¡Obedéceme! – su tono de voz fue tan duro que preferí no resistirme más para no empeorar mi situación. Me acerqué a él lentamente, me tomó del brazo y entonces me hizo girar y apoyarme sobre su muslo que descansaba sobre el escritorio. Oí silbar el cinturón en el aire y entonces sentí el primer azote. Aullé de dolor y empecé a sollozar con fuerza, segundos después otro silbido y nuevamente el dolor como de una quemada, otro más y me cubrí el trasero con la mano.
- ¡Por favor, duele mucho!
- Quita la mano inmediatamente, Mara Teresa – me ordenó muy severo. Gemí y obedecí con un nuevo sollozo, entonces sentí que papá deslizaba mis pantalones cortos y después mis calzones hasta mis rodillas
- ¡No papi! ¡Te lo ruego!
- Tú lo has querido así, señorita – me mantuve quieta y entonces comenzó otra vez el castigo. Con la piel desnuda los azotes dolían muchísimo más, ardían y me dejaban una sensación de mucho calor, como si me hubiera quemado. No me resistí más, aunque el dolor de los azotes me hacía retorcerme y levantar mis piernas, frotar una contra la otra y saltar un poco a cada cinturonzazo. Después de varios azotes, no pude evitar suplicar que se detuviera, pues el dolor acumulado ya era excesivo.
- ¡Ya no, papito! ¡Por favor! ¡Ya no! ¡No lo vuelvo a hacer!
Con cada cinturonzazo aullé y sollocé con todas mis fuerzas, además de los gritos suplicando que se detuviera, los cuales seguramente se podían escuchar perfectamente en la sala, en donde se encontraban los amigos de papá y el odioso de Juan Carlos. Por supuesto que, mientras duró el castigo, eso fue en lo último en lo que pensé, pero en cuanto papá terminó de azotarme, la idea me vino a la mente y desee que me tragara la tierra.
- Ya puedes levantarte.
Obedecí y aproveché para frotarme el trasero que me ardía muchísimo. Miré a papá suplicante, pero no me atreví a decirle nada.
- Vístete y párate en ese rincón, de cara a la pared, no quiero que te muevas de ahí hasta que yo venga a buscarte ¿me oyes?
- Sí, papito – murmuré y me dirigí hacia el rincón que me señalaba.
Papá salió del despacho y yo me quedé ahí, frente a mi rincón, con el trasero adolorido, llorando y muerta del coraje, pensando en lo divertido que debía estar Juan Carlos sabiendo que mi papá me había azotado. En aquel largo tiempo imaginé la respuesta que tendría preparada cuando el estúpido niño se burlara de mí el lunes en la escuela... a mí me había pegado mi papá, no una niña más chica que yo.
Después tuve tiempo de reflexionar en lo que había hecho, que era lo que se suponía que debía hacer mientras estaba en el rincón. No me arrepentía de haberle pegado a Juan Carlos, se la había ganado, pero de plano me equivoqué al hacerlo en mi propia casa, en medio de una fiesta de mis padres, entendía que papá se hubiera enojado tanto, ¡la vergüenza que debió haber pasado con su amigo, el papá de Juan Carlos! No volvería a hacerlo, bueno, a menos que el estúpido me provocara, pero al menos, no lo volvería a hacer nunca en mi casa. Había corrido el riesgo de que papá me castigara frente a todos mis amigos y frente a mi enemigo, eso hubiera sido doblemente vergonzoso, además de la vergüenza que le había provocado a papá.
Ya estaba muy cansada, pasaba el peso de mi cuerpo de un pie al otro y estiraba mi espalda hacia atrás, tratando de aliviar el cansancio. El trasero aún me dolía, pero comenzaba a pasarse la sensación de ardor. Oí que los adultos comenzaban a despedirse, que mamá y papá los acompañaban a la puerta... Un rato después, oí que a mis espaldas se abría la puerta. Reacomodé mi postura rápidamente.
- Ven aquí, Mayte – me llamó papá. Yo, lentamente, me giré para mirarlo. Se estaba sentando en el sofá. Me acerqué despacio, mirándolo avergonzada y con un poco de miedo. Me detuve frente a él.
- Mayte... espero que estés arrepentida de lo que hiciste – me dijo amablemente. Debí haber contestado que sí lo estaba, pero no pude mentir, guardé silencio y bajé la cabeza
- ¿Eso quiere decir que no estás arrepentida? – me preguntó seriamente. Lo miré temerosa
- Papi... es que... Juan Carlos es un pesado, es grosero, chiqueado y se la pasa molestándonos... yo... ¡te juro que no voy a volverlo a hacer, papito, pero...!
- ¿No estás arrepentida? – la pregunta me escalofrió, ¿y si volvía a castigarme por no estarlo? Pero ya no era momento de mentir, podía ser peor.
- Estoy arrepentida de haberte hecho enfadar, papito, de haber echado a perder tu comida, de haberte hecho pasar una vergüenza así con tus amigos...
- Pero no de haberle pegado a Juan Carlos – completó él. Volví a mirarlo, estaba asustada pero, aunque hubiera querido, ya no podía echar marcha atrás.
- No, papito, de eso no. – Murmuré con la cabeza baja - El se lo merecía
- ¿Y crees que tú eres la indicada para tratar de educar a Juan Carlos?
- No papito, pero... es que nadie le dice nada. Su papá no lo regañó por habernos dado de resortazos a Marisa y a mí ¿o si? – pregunté arrepentida de lo que acababa de decir, a papá podía parecerle una insolencia.
- Eso no debe importarte a ti, Mayte. El hecho de que él sea un malcriado no te da derecho a serlo tú también
- Lo sé, papito. Perdóname – respondí bajando la mirada
- Está bien, Mayte. He de reconocer que tienes razón, Juan Carlos es un niño muy mal educado, a mi también me dan ganas de darle unos azotes, pero la educación consiste precisamente en controlarnos cuando alguien nos saca de quicio, no puedes ir por la vida golpeando a todo aquel que te caiga mal, y sobre todo, no debes perder de vista que hoy tú eras la anfitriona y quedaste realmente mal dando esa escena.
- Eso lo sé, papito. ¿Me puedes perdonar? Te prometo que no lo vuelvo a hacer.
- Claro que puedo perdonarte, Mayte – me ofreció los brazos abiertos y yo me lancé dentro de ellos. Permanecí en sus brazos un largo rato besándolo, recibiendo sus besos y caricias y escuchando lo que parecía una confidencia: él tampoco soportaba a Juan Carlos y también creía que era un chiqueado, grosero, ridículo...
Después de todo, no me había ido tan mal.
Agosto 79
Autora: Mayte Riemens
Mis hermanos y yo estábamos jugando en el jardín con los hijos de los amigos de mis padres. Los adultos estaban adentro en la sobremesa de la comida de cumpleaños de papá.
¡Qué mal me caía Juan Carlos, el hijo del socio de mi papá! Era un niño mimado que se sentía adorado por todo el mundo, creía merecérselo todo y se la pasaba presumiendo todo lo que sus papás le compraban, sus viajes a Estados Unidos y los muchos juguetes caros que tenía. Tenía un año más que yo y estábamos juntos en la escuela.
Las niñas estábamos jugando a saltar el resorte y los niños bobeaban por ahí haciendo no sé qué, pero corrían a nuestro alrededor y, guiados por el antipático de Juan Carlos, cada vez que pasaban atrás de nosotras, alguno de ellos estiraba lo más que podía el resorte que Marisa y yo sosteníamos con las piernas. Después, lo soltaban dándonos un doloroso resortazo. Mis amigas y yo gritábamos furiosas, pero ellos continuaban con su tonto juego.
Pero yo no estaba de humor para aguantar sus tonterías y menos para permitir que Juan Carlos se diera el lujo de darme de resortazos sólo para divertirse, así es que, en una de las tantas ocasiones en que pasó a mi lado para jugarme la “bromita”, me giré hacia él y le di un golpe con el puño en la cara. No se lo esperaba, perdió el equilibrio y se fue de espaldas sobre el pasto. Aproveché mi pequeño triunfo para zafarme del resorte y me fui sobre él a golpes. Las niñas gritaban a mí alrededor animándome a seguir golpeándolo, los niños se burlaban de él con la cantaleta de “te está ganando una niña” y mi hermano trataba de controlarme, pensando seguramente en que mi conducta tendría graves consecuencias cuando papá se enterara. A mí nada me importaba, me estaba vengando de esa trastada y de otras muchas que Juan Carlos me había hecho, él no se defendía, sólo gritaba y, tapándose la cara, recibía los golpes que le daba en donde cayeran, con la palma de mi mano abierta.
La gritería debió haber llegado hasta la casa y los adultos no tardaron en salir al jardín a averiguar qué pasaba. No oí a mi padre cuando me llamó furioso, tan concentrada y emocionada estaba golpeando al niño antipático. Sentí su mano que me aferraba con fuerza del brazo y me hacía retroceder, dejando a Juan Carlos tirado en el pasto, llorando y gritando como si de verdad lo hubiera lastimado. Vi que su mamá corría a abrazarlo como si fuera un bebé, no pude ver más. Sentí una nalgada fortísima y una sacudida que me hizo reaccionar.
-¡Pero qué está pasando contigo, jovencita! – papá estaba furioso, me tomó de los hombros y me obligó a mirarlo. Yo comencé a llorar.
- ¡El empezó papito! ¡Te lo juro!
- ¡Eso no justifica que te comportes así! ¡El es tu invitado! ¡Estoy avergonzado de ti!
- ¡Papito, él me pegó primero! – traté de explicar, pero papá estaba tan enojado que no quería escucharme
- ¡¿Cómo se te ocurre irte a golpes sobre alguien?! ¡Como si fueras una niña de la calle sin educación!
- ¡Perdón papito! – dije llorando aterrada de la posibilidad de que me nalgueara ahí mismo frente a todo el mundo
- Vete inmediatamente a mi despacho, vamos a resolver esto ahora mismo
- Sí papi – murmuré y me eché a correr hacia la casa, sabía que me iba a pegar, ya era ganancia que no lo hubiera hecho enfrente de todos, pero si tardaba en obedecer podía cambiar de opinión. El se quedó en el jardín hablando con los papás de Juan Carlos, ofreciéndoles disculpas, supongo yo.
En el despacho, me desplomé sobre el sofá y empecé a llorar. Tenía mucho miedo y mucha más vergüenza porque papá me había regañado enfrente de toda esa gente, porque todos se iban a enterar de que papá me iba a pegar, el despacho estaba a un lado de la sala, todo lo que sucedía ahí se escuchaba en la otra habitación, así es que hasta el idiota de Juan Carlos iba a escuchar cómo me castigaban. Papá tardaba tanto que me dio tiempo de tranquilizarme y de volverme a poner nerviosa, escuché cómo los adultos volvían a entrar a la casa y se sentaban en la sala a continuar con sus pláticas, oí la voz de papá que sonaba alegre y amable, muy diferente a como yo la acababa de escuchar en el jardín, también escuché a Juan Carlos aún gimoteando, y a su mamá que continuaba consolándolo con un tono de voz que mi mamá sólo empleaba con mis primos pequeños. Imaginarme la escena me dio asco: Juan Carlos era un ridículo, chiqueado y estúpido. Después de todo, no me arrepentía de haberlo golpeado, aunque yo iba acabar llorando mucho más que él y los golpes que yo recibiría serían verdaderamente dolorosos.
Pensaba eso cuando me sobresaltó el ruido de la puerta. Me levanté como un resorte del sofá y miré muy asustada a mi papá.
- ¡Papito... déjame que te explique, por favor!
- No hay nada que explicar, jovencita. No hay ninguna razón para actuar como lo hiciste y lo que necesitas es un buen escarmiento que te recuerde que eres una niña educada y no un pandillero de la calle. – se llevó las manos al cinturón y yo, por supuesto, empecé a llorar desesperada
- ¡No, papito! ¡Por favor! ¡Con el cinturón, no! ¡No lo vuelvo a hacer, papito! ¡Perdóname!
- No lo vas a volver a hacer, Mayte, de eso yo me encargo. Ven acá – me ordenó con el cinturón doblado a la mitad en la mano derecha.
- ¡No papi! ¡Por favor!
- ¡Basta ya! ¡Obedéceme! – su tono de voz fue tan duro que preferí no resistirme más para no empeorar mi situación. Me acerqué a él lentamente, me tomó del brazo y entonces me hizo girar y apoyarme sobre su muslo que descansaba sobre el escritorio. Oí silbar el cinturón en el aire y entonces sentí el primer azote. Aullé de dolor y empecé a sollozar con fuerza, segundos después otro silbido y nuevamente el dolor como de una quemada, otro más y me cubrí el trasero con la mano.
- ¡Por favor, duele mucho!
- Quita la mano inmediatamente, Mara Teresa – me ordenó muy severo. Gemí y obedecí con un nuevo sollozo, entonces sentí que papá deslizaba mis pantalones cortos y después mis calzones hasta mis rodillas
- ¡No papi! ¡Te lo ruego!
- Tú lo has querido así, señorita – me mantuve quieta y entonces comenzó otra vez el castigo. Con la piel desnuda los azotes dolían muchísimo más, ardían y me dejaban una sensación de mucho calor, como si me hubiera quemado. No me resistí más, aunque el dolor de los azotes me hacía retorcerme y levantar mis piernas, frotar una contra la otra y saltar un poco a cada cinturonzazo. Después de varios azotes, no pude evitar suplicar que se detuviera, pues el dolor acumulado ya era excesivo.
- ¡Ya no, papito! ¡Por favor! ¡Ya no! ¡No lo vuelvo a hacer!
Con cada cinturonzazo aullé y sollocé con todas mis fuerzas, además de los gritos suplicando que se detuviera, los cuales seguramente se podían escuchar perfectamente en la sala, en donde se encontraban los amigos de papá y el odioso de Juan Carlos. Por supuesto que, mientras duró el castigo, eso fue en lo último en lo que pensé, pero en cuanto papá terminó de azotarme, la idea me vino a la mente y desee que me tragara la tierra.
- Ya puedes levantarte.
Obedecí y aproveché para frotarme el trasero que me ardía muchísimo. Miré a papá suplicante, pero no me atreví a decirle nada.
- Vístete y párate en ese rincón, de cara a la pared, no quiero que te muevas de ahí hasta que yo venga a buscarte ¿me oyes?
- Sí, papito – murmuré y me dirigí hacia el rincón que me señalaba.
Papá salió del despacho y yo me quedé ahí, frente a mi rincón, con el trasero adolorido, llorando y muerta del coraje, pensando en lo divertido que debía estar Juan Carlos sabiendo que mi papá me había azotado. En aquel largo tiempo imaginé la respuesta que tendría preparada cuando el estúpido niño se burlara de mí el lunes en la escuela... a mí me había pegado mi papá, no una niña más chica que yo.
Después tuve tiempo de reflexionar en lo que había hecho, que era lo que se suponía que debía hacer mientras estaba en el rincón. No me arrepentía de haberle pegado a Juan Carlos, se la había ganado, pero de plano me equivoqué al hacerlo en mi propia casa, en medio de una fiesta de mis padres, entendía que papá se hubiera enojado tanto, ¡la vergüenza que debió haber pasado con su amigo, el papá de Juan Carlos! No volvería a hacerlo, bueno, a menos que el estúpido me provocara, pero al menos, no lo volvería a hacer nunca en mi casa. Había corrido el riesgo de que papá me castigara frente a todos mis amigos y frente a mi enemigo, eso hubiera sido doblemente vergonzoso, además de la vergüenza que le había provocado a papá.
Ya estaba muy cansada, pasaba el peso de mi cuerpo de un pie al otro y estiraba mi espalda hacia atrás, tratando de aliviar el cansancio. El trasero aún me dolía, pero comenzaba a pasarse la sensación de ardor. Oí que los adultos comenzaban a despedirse, que mamá y papá los acompañaban a la puerta... Un rato después, oí que a mis espaldas se abría la puerta. Reacomodé mi postura rápidamente.
- Ven aquí, Mayte – me llamó papá. Yo, lentamente, me giré para mirarlo. Se estaba sentando en el sofá. Me acerqué despacio, mirándolo avergonzada y con un poco de miedo. Me detuve frente a él.
- Mayte... espero que estés arrepentida de lo que hiciste – me dijo amablemente. Debí haber contestado que sí lo estaba, pero no pude mentir, guardé silencio y bajé la cabeza
- ¿Eso quiere decir que no estás arrepentida? – me preguntó seriamente. Lo miré temerosa
- Papi... es que... Juan Carlos es un pesado, es grosero, chiqueado y se la pasa molestándonos... yo... ¡te juro que no voy a volverlo a hacer, papito, pero...!
- ¿No estás arrepentida? – la pregunta me escalofrió, ¿y si volvía a castigarme por no estarlo? Pero ya no era momento de mentir, podía ser peor.
- Estoy arrepentida de haberte hecho enfadar, papito, de haber echado a perder tu comida, de haberte hecho pasar una vergüenza así con tus amigos...
- Pero no de haberle pegado a Juan Carlos – completó él. Volví a mirarlo, estaba asustada pero, aunque hubiera querido, ya no podía echar marcha atrás.
- No, papito, de eso no. – Murmuré con la cabeza baja - El se lo merecía
- ¿Y crees que tú eres la indicada para tratar de educar a Juan Carlos?
- No papito, pero... es que nadie le dice nada. Su papá no lo regañó por habernos dado de resortazos a Marisa y a mí ¿o si? – pregunté arrepentida de lo que acababa de decir, a papá podía parecerle una insolencia.
- Eso no debe importarte a ti, Mayte. El hecho de que él sea un malcriado no te da derecho a serlo tú también
- Lo sé, papito. Perdóname – respondí bajando la mirada
- Está bien, Mayte. He de reconocer que tienes razón, Juan Carlos es un niño muy mal educado, a mi también me dan ganas de darle unos azotes, pero la educación consiste precisamente en controlarnos cuando alguien nos saca de quicio, no puedes ir por la vida golpeando a todo aquel que te caiga mal, y sobre todo, no debes perder de vista que hoy tú eras la anfitriona y quedaste realmente mal dando esa escena.
- Eso lo sé, papito. ¿Me puedes perdonar? Te prometo que no lo vuelvo a hacer.
- Claro que puedo perdonarte, Mayte – me ofreció los brazos abiertos y yo me lancé dentro de ellos. Permanecí en sus brazos un largo rato besándolo, recibiendo sus besos y caricias y escuchando lo que parecía una confidencia: él tampoco soportaba a Juan Carlos y también creía que era un chiqueado, grosero, ridículo...
Después de todo, no me había ido tan mal.
Agosto 79
20/04/2005 03:48 Este es el enlace de este relato, si lo copias lo puedes utilizar como hipervínculo. Tema: En Familia Hay 4 comentarios.
Mi experiencia
Autora: Mayte Riemens
Hace poco más de siete años que Arturo y yo estamos juntos. Al principio, antes de casarnos, la relación fue un tanto extraña, me atrevería a decir que él estaba mucho más enamorado que yo, o quizá era la necesidad y la esperanza de rehacer su vida y dejar atrás definitivamente la dolorosa experiencia por la que había pasado. Yo, en cambio, que también tenía mi historia de abandono y fracaso, reaccionaba en la manera inversa: ya no deseaba una relación seria, quería hacer mi vida sola, sin compromisos ni relaciones duraderas que, según me decía la experiencia, siempre acababan mal y me provocaban un inmenso dolor que me arrastraba hacia las peores depresiones.
Muchas veces he dicho, medio en broma, medio en serio, que cuando le di el sí, estaba borracha. Algo hay de cierto. Festejábamos mi cumpleaños y los whiskys ya habían hecho algún efecto, pero en realidad acepté porque estaba cansada de luchar contra su esperanza y su insistencia. Yo no me sentía muy enamorada y creí que si fracasaba no sería más que un borrón más en la larga historia de fracasos que ya había vivido. Así es que nos casamos.
Los primeros meses fueron difíciles, la convivencia no resultaba agradable, ambos teníamos ya una experiencia de vida en solitario y compartir el espacio y la responsabilidad de la casa no resultaba fácil. Pleitos iban y venían, algunos sin consecuencias y otros escandalosos y violentos que hacían tambalearse a la de por sí frágil relación.
He de aceptar que él toleró muchas cosas: mi mal carácter, mi explosividad y agresividad, mis múltiples amenazas de largarme, mi reiterada afirmación de que no lo necesitaba y de que el matrimonio no me era agradable. Berrinches, gritos, silencios obstinados, rechazos... Y él seguía intentando. No sin enfadarse, que también tiene su carácter, pero con una paciencia y un amor infinitos.
Las reconciliaciones venían en la alcoba. Yo estaba convencida de que sólo por eso seguía con él; por la pasión y la comprensión con la que podíamos entregarnos, aun después de un escandaloso pleito.
Finalmente, al paso de los meses, la convivencia comenzó a ser agradable y yo empecé a aceptar que lo amaba. No con ese amor de la adolescencia, sino algo más sereno y profundo, algo que me decía que deseaba hacerme vieja a su lado. Fue entonces cuando decidimos tener un bebé.
Podría decir que no me arrepiento, pero sería parcialmente falso. Y es un lugar común: los hijos siempre son una bendición, a los hijos se les ama más que a ninguna otra cosa... Es cierto, en parte. Después de un embarazo difícil en el que estuve a punto de perder al bebé, tuvimos una niña. Obviamente, la amo con todo el corazón, pero también he de aceptar que trastocó mi vida, como los hijos trastocan siempre la vida de sus padres, para bien y para mal. La niña iluminó nuestras vidas, nos llenó de risitas, mimos y ternura, pero también de complicaciones, gastos y preocupaciones.
Yo abandoné mi trabajo y me dediqué a mi hija. De eso sí que me arrepiento. La niña me fue borrando, dejé de tener vida profesional, social, conyugal. Me convertí simplemente en mamá y en una mamá que no se permitía ser mujer.
Acababa los días tan exhausta que ya no tenía energías para satisfacer a mi esposo. Mis fantasías eróticas desaparecieron, esas que antes me habían llevado al orgasmo, aunque no las realizara, aunque sólo las imaginara. Ahora ni siquiera me permitía a mí misma pensar en ello. Una madre no piensa en esas cosas, me decía. ¿Cómo quedaría ante mi hija si llegara algún día a enterarse de que su madre anhela ser azotada en las nalgas desnudas? Era vergonzoso.
No lo sabría nunca, porque eso ya no pasaría jamás por mi mente. Me bloquee para no pensar en ello, y como mi erotismo estaba casi basado totalmente en aquella fantasía, al hacerla desaparecer, desapareció también mi deseo. Cualquier cosa que agitara mi líbido me remitía a escenas de azotes, esas en las que ya no quería pensar, por lo tanto hice que el líbido desapareciera de mi vida. Rechacé las caricias de mi esposo, sus besos, sus juegos de seducción.
Y él, supongo que en nombre del amor, o por el bien de su hija, aguantó. Teníamos discusiones, me reprochaba de vez en cuando mi falta de interés en el sexo, y yo, para evitar conflictos, cedía, quizá una noche a la semana, desganada, sin pasión, era como un simple acto mecánico, como aquellas mujeres de siglos pasados que lo hacían porque formaba parte de sus obligaciones como esposas.
Obviamente mi matrimonio se tambaleaba. Y yo ni siquiera me daba cuenta, le reprochaba a él que me hiciera sentir una inútil en la cama, que me hiriera con sus reproches. Intentamos hablarlo, me propuse resolverlo, pero siempre con el bloqueo constante de mi fantasía, aquella que tanto me avergonzaba. Así nunca había solución real.
Llevábamos cinco años así. Yo había vuelto al trabajo, a mi vida social, pero no había recuperado mi vida conyugal. A veces, teníamos alguna temporada más o menos buena, cuya calidad se reducía más bien a la cantidad. Hacíamos el amor cada noche, pero sin creatividad, sin pasión real. Yo alcanzaba orgasmos mediocres o algo que creía que eran orgasmos. Después, volvía a perder el interés.
Ahora sé que Arturo pensaba en la posibilidad de buscar a otra compañera sexual. Nunca pensó en abandonarme, me ama y ama a su hija, es un hombre de familia, pero necesitaba satisfacción y ya pensaba en encontrarla en otro lado.
Afortunadamente, cuando, sin yo saberlo, la crisis estaba por estallar, accidentalmente encontré en Internet una página cuyo nombre me atrajo irremediablemente, sin pensarlo, y aprovechando que me hallaba en la oficina, lejos de la que yo imaginaba la mirada inquisitiva aunque inocente de mi hijita, entré a La Casa de los Azotes.
Mis manos temblaban al pulsar el mouse, sentía un extraño temblor en el estómago, como una niña haciendo la peor de sus travesuras a escondidas de sus padres. Empecé a leer relatos, uno tras otro, dejando que el trabajo se acumulara sobre mi escritorio y con una avidez casi obsesiva que me humedecía la entrepierna.
¡No estaba sola! ¡No era el ente más extraño y perverso de la tierra! Finalmente, me encontraba no uno, ni dos, sino infinidad de personas que tenían las mismas fantasías de las que yo tanto me avergonzaba. Leí una introducción a la página que me relajó: No estás sola, decía, no eres un bicho raro. Es común, no es malo, no daña a nadie y es totalmente válido.
Arturo y mi hija se fueron de viaje un fin de semana. Pasé dos días conectada a Internet, leyendo todos y cada uno de los relatos, visitando los enlaces, incluso me atreví a enviar un relato para el concurso al que la página convocaba. Lo hice temblando de emoción, temor, no sé, era como una aventura.
Cuando Arturo regresó, lo hizo solo, mi hija se había quedado con la abuela a pasar unos días de vacaciones. ¡Era mi oportunidad! Si no aprovechaba esa semana para recuperar mi vida conyugal y para confesar mi fantasía, quizá nunca lo hiciera. Me costó trabajo. No sabía por dónde empezar. Los relatos de la página me tenían muy excitada, muy dispuesta al sexo y entonces no me fue difícil pasar la semana haciendo el amor en cada oportunidad, pero de verdad hacía el amor, con deseo, con pasión, alcanzando niveles de placer de los que ya no me acordaba, y todo, gracias a que mi fantasía había revivido, había sido más fuerte que mis prejuicios y bloqueos. Ahora debía dar el siguiente paso y confesarle a Arturo mis deseos, de otra forma la fantasía corría el peligro de volver a dormirse, y con ella mi vida íntima con mi esposo.
La noche del viernes, dos días antes de que mi hija regresara, me atreví. Ese día salí tarde de trabajar, había tenido una comida de negocios, me había bebido algunos whiskys y los mensajes que Arturo me había enviado al teléfono celular, invitándome a pasar una noche apasionada, me pusieron en el ánimo necesario para hablar de mi fantasía.
Arturo me recibió en casa con música suave, el bosanova que tanto me gusta para estos menesteres, vino blanco, cena sencilla preparada por él... Todo invitaba a pasar una noche romántica, a sincerarme en sus brazos después de habernos amado. Y así fue. Después del amor hay un momento mágico en el que casi todos estamos abiertos a escuchar, a hablar de cosas que no hablaríamos en ningún otro momento, en que podemos comprender cosas que de otra manera nos parecerían disparatadas.
Aproveché ese momento y, no sin titubeos, le pregunté: ¿en qué piensas cuando cierras los ojos y llegas al orgasmo? Me dijo que no pensaba en nada en especial, que sólo se abandonaba a lo que sentía, pero mi pregunta casi forzó la suya: ¿Y tú, en qué piensas?
- Si te cuento, te vas a reír de mí, o quizá hasta te asustes
- ¿Pues en qué piensas? No me digas que te imaginas haciendo el amor con un galán de cine.
Me reí.
- ¡Claro que no! Yo pienso en... me imagino que... – me sudaban las manos, sentía mi cara enrojecer de vergüenza, me daba cuenta que mi voz sonaba distinta.
- ¡Dímelo! Prometo no reírme – me animó. Pero tuvo que pedírmelo varias veces más para que yo me atreviera a decirlo.
- Pues... me imagino que estoy boca abajo, sobre tus rodillas y que tú... que tú me estás dando una buena tunda – dije sonrojada, con una sonrisa nerviosa, rehuyendo la mirada de mi esposo y a la expectativa de su reacción, temía que ésta fuera negativa y que me arrepintiera de haber hablado, aún temía que aquella confesión me costara el respeto de mi esposo o la seriedad con la que él tomaba nuestra relación. Me miró con extrañeza, pero en su rostro no vi nada que se pareciera a la risa burlona, mucho menos a una expresión que revelara espanto o escándalo.
- ¿Te imaginas que te doy de nalgadas? ¿Y por qué haría eso?
- Pues no sé, porque me porté mal, porque... pues porque me gusta y me excita... es como un juego. Un juego en el que tú mandas y yo obedezco, en el que me castigas como a una niña, sin que deje de ser tu mujer, me encantaría sentirme sometida por ti, pequeñita entre tus brazos, sin necesidad de tomar decisiones ni responsabilizarme de nada...
- Es un juego raro ¿no? – me preguntó buscando explicaciones y acariciando mi rostro, apoyado en su pecho.
- No tanto, yo creí que era una extraña perversión, tuve miedo de ella, traté de no pensar en eso, pero hace poco descubrí que no es tan raro, que hay mucha gente que tiene la misma fantasía y parejas que la practican como parte de su relación...- Y entonces le conté con detalle todo lo que había estado pasando dentro de mí desde cinco años atrás, el bloqueo, la forma en que había optado por clausurar mi sensualidad con tal de controlar esa fantasía que, en mi ignorancia, me parecía tan extraña, tan poco adecuada para una señora madre de familia. Me escuchó interesado hasta que terminé y después me preguntó algunas cosas.
- No me gusta la idea de lastimarte, creo que no podría tolerarlo.
- Pero no se trata de lastimarme, se trata de excitarme. Me has dicho mil veces que te encantaría verme muy excitada, dices que difícilmente me humedezco... si tú me dieras una tunda, casi puedo asegurarte que estaría muy húmeda, como quieres verme y sentirme – Arturo no decía que no, tampoco decía que sí, me acariciaba y parecía pensativo. No insistí en el tema, no quería forzar las cosas ni obligarlo a nada. Dejé el tema sintiéndome frustrada, al menos no se había escandalizado ni se había reído de mí.
Al día siguiente, salía de bañarme y apenas estaba comenzando a vestirme, Arturo me tomó de la cintura y me atrajo hacia sí, comenzó a besarme el cuello y los labios, yo correspondí, a pesar de sentirme frustrada y sin ganas de nada. Entonces él murmuró en mi oído: ¿Quieres probar? Podemos intentarlo. Sabía a qué se refería, pero preferí estar segura.
- ¿Probar qué?
- ¿No quieres que te castigue? – seguro que los ojos me brillaron y no fue necesario responder. El tono de su voz se hizo diferente, el juego había comenzado.
- Aunque no quieras voy a hacerlo. Te mereces un castigo severo por los cinco años de silencio en los que tuvimos un sexo horrible, por no hablar antes, por rechazarme, por casi acabar con lo nuestro – Mientras decía esto prácticamente me arrastró de un brazo hasta la recámara de mi hija. No sé por qué eligió ese lugar, pero en medio de muñecas y otros juguetes recibí la primera tunda de mi vida.
Se sentó sobre la cama y me jaló hacia sus rodillas, yo estaba excitadísima, no me creía lo que me estaba sucediendo y respiraba agitada. Llevaba sólo una camisa, aún desabotonada, y la ropa interior, cuando estuve sobre sus rodillas, deslizó mis bragas hasta mis rodillas y entonces comenzó nuevamente el regaño.
- Vas a aprender a nunca más rechazarme, a nunca negarme un beso ni una caricia, a jamás volver a ocultarme nada – y entonces comenzó a azotarme con su mano bien abierta. El primer azote me sorprendió, dolía y ardía, pero me había imaginado que sería mucho peor, Arturo no quería lastimarme y por eso sus azotes eran muy suaves, pero la tunda continuó y después de un rato, no pude evitar agitarme, retorcerme, gritar, pero Arturo no se detenía, continuaba azotándome y yo me sentía tan húmeda como nunca.
No conté los azotes, imposible hacerlo, el dolor tan sorpresivo, aunque no intenso, la excitación, las sensaciones totalmente nuevas me lo impidieron. Finalmente, se detuvo, y entonces introdujo su mano por mi entrepierna y sintió mi humedad. Pareció volverse loco al descubrir que aquellos líquidos ya escurrían sobre su ropa, jamás había estado así, y yo sentía su sexo crecido presionando mi vientre. Me hizo acostarme boca abajo sobre la colcha de dibujos infantiles, retiró mis bragas, después mi camisa, me dejó totalmente desnuda, acarició mis nalgas enrojecidas y entonces comenzó otra vez a azotarme. El dolor ya empezaba a escocerme –quizá por ser la primera vez- pero no me atrevía a pedirle que se detuviera, podía pensar que la experiencia no me había gustado, así es que callé y lo dejé hacer. Fue él quien se cansó, después supe que le dolía la mano y que por eso se había detenido. La colcha estaba empapada de mis fluidos. Hicimos el amor como nunca, aunque estallamos casi en seguida pues nuestra excitación ya era excesiva, incluso antes de la penetración. Cuando terminamos, cuando creí que habíamos terminado, él se levantó, yo intenté hacer lo mismo, pero no me lo permitió.
- No te muevas. Aún no termino. Voy a castigarte todo el día. –temblé, más por el placer que por temor a los azotes.
Permanecí acostada boca abajo. El me besó la espalda, mordió mis nalgas recién azotadas, recorrió con su lengua todo mi cuerpo, ordenándome que permaneciera quieta y en silencio, no quería que me quejara, debía aceptar el castigo. Me costó trabajo, me sentía muy extraña pues la sumisión no era una actitud común para mí. Sentía mis nalgas calientes pues pese a que los azotes no habían sido muy fuertes, sí habían sido muchos, me ardía la piel. Volvimos a hacer el amor, con toda la pasión que la nueva experiencia nos había regalado. Después, ya serenos, quiso saber más de mi extraña afición. Le respondí todas sus preguntas y le pregunté si a él le había gustado.
- No me gustó pegarte, pero me encanta verte excitada, haría cualquier cosa por verte así siempre, por encontrarte siempre dispuesta...
- Pues ahora ya sabes lo que tienes que hacer – le dije con una sonrisa
No me castigó todo el día, ni siquiera volvió a azotarme, lo sentía tímido aún, indeciso, como si él no disfrutara el juego, lo cual me preocupaba, pues si no llegaba a experimentar las mismas deliciosas sensaciones que yo, terminaría por cansarle. En los días siguientes, busqué ayuda y consejo por Internet, lo encontré, además de todo el apoyo y la comprensión de un maravilloso grupo de amigos sin rostro para mí, pero con gran deseo de ayudar, de escuchar y comprender.
Siguiendo los consejos, traté de averiguar la fantasía de Arturo, se trataba de darle gusto a él para que ambos disfrutáramos por igual, pero por más que pregunté, él insistió en que no tenía ninguna afición en especial. Nuestra hija había regresado de sus vacaciones y yo temí, al principio que eso diera al traste con el juego que habíamos iniciado en su ausencia, pero no fue así. Arturo buscaba el momento, esperaba a que la niña estuviera dormida y entonces iniciaba el juego, poco a poco empezó a verse más decidido, más involucrado, sus azotes eran cada vez más severos, su voz cambiaba, se volvía un esposo autoritario, me anunciaba el castigo desde horas antes de aplicarlo. Con el pretexto de que le dolía la mano al castigarme, comenzó a utilizar otros instrumentos: una pala de madera de la cocina, la zapatilla, el cepillo para el pelo, el cinturón... Las cosas me estaban funcionando mucho mejor de lo que yo había imaginado.
Y nuestra hija volvió a salir de vacaciones, ésta vez con los otros abuelos. Apenas se fue, nuestro juego tomó nuevos bríos. Arturo me llevó un día a una tienda de lencería y me compró toda una colección de tangas muy pequeñitas, de esas que dejan las nalgas totalmente al descubierto, ligueros, corpiños de encaje, sostenes de media copa... ropa que yo en muy raras ocasiones había utilizado. Cuando llegamos a casa, abrió el cajón de mi ropa, tomó todo lo que encontró y lo tiró a la basura.
- Nunca más quiero verte con estas cosas, vas a usar sólo lo que te compré, y si desobedeces te daré cien azotes con el cinturón.
- Es que esa lencería es muy linda, pero muy incómoda – me quejé
- No me interesa, vas a usarla porque a mí me gusta, así podré ver tus nalgas con sólo levantarte la falda, para azotarte cuando se me antoje o para ver las marcas que hayan quedado
- ¡Ah! ¿Así es que te gustan las marcas? – pregunté esperanzada en que aceptara que el juego comenzaba a gustarle. – No respondió, me giró y me hizo apoyarme sobre la cama, levantó mi falda, me arrancó las bragas y comenzó a azotarme con el cepillo para el pelo que encontró sobre la cómoda.
- No discutas mis órdenes – me decía al ritmo de los azotes – vas a usar lo que yo diga y no tengo que darte explicaciones.- Por supuesto, ahora utilizo la ropa que él escogió para mí.
Pocos días más tarde, me invitaron a una reunión a la que asistirían todas mis amigas de mi época de estudiante, tenía muchos deseos de asistir, el problema es que era en viernes y hacía días que yo le había ofrecido a Arturo que cada viernes por la noche cenaríamos juntos y tendríamos una noche especial. Pensé que no pasaría nada si trasladaba esos planes para el sábado, y en la mañana, cuando ambos salíamos rumbo a nuestras respectivas oficinas, le avisé sin darle mucha importancia, tal y como estaba acostumbrada a hacerlo desde siempre, que esa noche saldría con mis amigas, por lo que seguramente no nos veríamos sino hasta la mañana y le encargaba que diera de comer a los perros por la noche.
- ¿Y quién te dio permiso para salir? – me preguntó con la misma voz autoritaria y severa que usa cuando jugamos. Me reí y despreocupadamente respondí:
- Nadie, no lo he pedido, sólo estoy avisando.
A lo largo del día, como siempre hemos hecho, nos comunicamos a través del messenger, él insistía en que yo no tenía permiso de ir a ningún lado, que había prometido que los viernes serían para él y que no aceptaría que faltara a mis promesas. Yo no lo tomé muy en serio, jamás me ha prohibido ir a ningún lado y nunca ha tratado de controlarme, por lo que supuse que sólo era un juego. Al medio día, recibí un correo electrónico:
“No vas a ir a ningún lado, me vas a esperar desde las 6:30 de la tarde, boca abajo sobre la cama, con las nalgas desnudas y en alto, para recibir el castigo que te mereces por desobediente y por querer incumplir tus promesas. Quiero que pongas junto a ti la pala de madera, la zapatilla, el cinturón y el cepillo, así no tendrás que ir a buscarlos, hoy vas a probar de todo un poco.”
Emocionada y divertida, respondí el mensaje preguntando si después del castigo podría irme a mi reunión. La respuesta fue casi inmediata.
“Por supuesto que no, después me prepararás la cena y te quedarás en un rincón castigada”
Leer esto me volvió loca de excitación. En alguna de nuestras pláticas yo le había dicho que me encantaría que me castigara en el rincón, hasta aquel momento nunca lo había hecho y parecía que esa noche podría ser la primera vez. ¿Quién quería asistir a una reunión de amigas cuando en casa podía haber el triple de diversión? Aun así, no me resignaba a perder mi independencia y a dejarme controlar, mi lado racional me decía que si aceptaba que mi libertad entrara al juego, perdería mucho más de lo que había ganado. De todas formas, decidí obedecer. La reunión era en la noche y habría tiempo para llegar, aunque fuera un poco tarde.
A pesar de mis intenciones, el trabajo me retuvo, salí con retraso de la oficina y al llegar a casa tuve que llevar a mis perros a dar su paseo vespertino. Estaba en el parque cuando una vecina, que también paseaba a su perro, me dijo que mi esposo acababa de estacionar su coche en la esquina del parque.
Me sorprendió el sentir un ligero temor, una especie de escalofrío que me recorría la espalda. Miré mi reloj, eran las 6:25, se me había adelantado. Me despedí y me acerqué al lugar en donde Arturo acababa de parar el coche, descendió y me miró sonriente, me abrazó y me besó, aprovechando para murmurarme en el oído un ¿Qué haces aquí?
-¡Aún no son las seis y media! – me justifiqué
- En cinco minutos no hubieras llegado a casa y preparado todo tal y como te dije- me respondió con gesto de desaprobación.
Nos fuimos a casa, en cuanto entramos me dio el primer azote, enviándome a prepararme. Obedecí, para ese entonces ya estaba húmeda y sentía mi intimidad vibrar. El tardó en entrar en la recámara y cuando lo hizo yo estaba tan nerviosa y excitada que no pude evitar volverme para mirarlo. ¡Estaba tan atractivo en ese papel de esposo severo! Me ordenó que me quitara el resto de la ropa y me envió a prepararle una copa, lo hice rápidamente y volví a mi posición sobre la cama, con tres almohadas bajo el vientre, para elevar mis nalgas lo más posible.
El puso música, no sé qué más hizo, pues me prohibió volver la cabeza, pero tardó algunos minutos en tocarme. Sentí un líquido muy frío en la espalda, su mano me sostenía y gracias a eso no salté. En el cuenco de la parte baja de mi espalda, Arturo había volcado el contenido de su copa, comenzó a lamerlo lentamente. No te muevas, me dijo, si derramas una gota de daré diez azotes. Me mantuve lo más quieta que me era posible, pero el frío, la deliciosa sensación de su lengua... Era imposible, terminé derramando el líquido. Entonces pasó sobre mis nalgas el vaso helado, mojando mi piel, enfriándola; después uno de los hielos de su vaso recorrió mis nalgas, se internó entre mis piernas...
-Te lo advertí, pequeña mía
Comenzó a azotarme con la pala de madera, golpes fuertes, espaciados, me dejaba sentir el dolor de cada uno y permitía que me recuperara antes de aplicar el siguiente. Me dolía muchísimo, casi era insoportable, comencé a retorcerme, a intentar volverme, a cubrir mis nalgas con la mano, pero él me lo impedía y la azotaina continuaba. Terminé llorando y entonces él se detuvo y reinició el juego del liquido en mi espalda. Estaba tan excitada que lo único que quería era que se desnudara e hiciéramos el amor hasta estallar, pero él parecía no tener prisa. Besaba todo mi cuerpo, lo recorría con su lengua, me acariciaba suavemente con la punta del cinturón...
Me dio una tanda de azotes con cada uno de los instrumentos que tenía a la mano, mis nalgas ardían, me escocían terriblemente y yo no paraba de llorar, fue entonces cuando entró en mí, se fundió conmigo, no por el cauce natural, sino por aquel por donde él siempre me había pedido entrar y yo, hasta entonces, me había negado. No costó trabajo, mi excitación era tanta que yo hubiera aceptado cualquier cosa, me sentía dichosa como nunca, lo amaba con toda el alma y lo deseaba, deseaba ser suya, que explorara cada centímetro de mi cuerpo, que inventara nuevas formas de amarme, que juntos creáramos una expresión sólo nuestra, la más íntima y secreta, para entregarnos uno al otro. Aquella noche lo logramos, y al final, mientras ambos nos recuperábamos, me murmuró al oído, además de mil ternuras y palabras dulces, una orden: Vístete y vete a tu reunión, se te hace tarde.
No podía ser más feliz, mi adorado entendía perfectamente que el juego era eso, un juego erótico que no debía trascender a los demás aspectos de nuestra vida. No abusaba del poder que yo le había dado para intentar controlarme y robarme mi independencia. Sólo había querido jugar, estar conmigo y no desperdiciar aquella noche de viernes cenando solo.
Hace poco más de siete años que Arturo y yo estamos juntos. Al principio, antes de casarnos, la relación fue un tanto extraña, me atrevería a decir que él estaba mucho más enamorado que yo, o quizá era la necesidad y la esperanza de rehacer su vida y dejar atrás definitivamente la dolorosa experiencia por la que había pasado. Yo, en cambio, que también tenía mi historia de abandono y fracaso, reaccionaba en la manera inversa: ya no deseaba una relación seria, quería hacer mi vida sola, sin compromisos ni relaciones duraderas que, según me decía la experiencia, siempre acababan mal y me provocaban un inmenso dolor que me arrastraba hacia las peores depresiones.
Muchas veces he dicho, medio en broma, medio en serio, que cuando le di el sí, estaba borracha. Algo hay de cierto. Festejábamos mi cumpleaños y los whiskys ya habían hecho algún efecto, pero en realidad acepté porque estaba cansada de luchar contra su esperanza y su insistencia. Yo no me sentía muy enamorada y creí que si fracasaba no sería más que un borrón más en la larga historia de fracasos que ya había vivido. Así es que nos casamos.
Los primeros meses fueron difíciles, la convivencia no resultaba agradable, ambos teníamos ya una experiencia de vida en solitario y compartir el espacio y la responsabilidad de la casa no resultaba fácil. Pleitos iban y venían, algunos sin consecuencias y otros escandalosos y violentos que hacían tambalearse a la de por sí frágil relación.
He de aceptar que él toleró muchas cosas: mi mal carácter, mi explosividad y agresividad, mis múltiples amenazas de largarme, mi reiterada afirmación de que no lo necesitaba y de que el matrimonio no me era agradable. Berrinches, gritos, silencios obstinados, rechazos... Y él seguía intentando. No sin enfadarse, que también tiene su carácter, pero con una paciencia y un amor infinitos.
Las reconciliaciones venían en la alcoba. Yo estaba convencida de que sólo por eso seguía con él; por la pasión y la comprensión con la que podíamos entregarnos, aun después de un escandaloso pleito.
Finalmente, al paso de los meses, la convivencia comenzó a ser agradable y yo empecé a aceptar que lo amaba. No con ese amor de la adolescencia, sino algo más sereno y profundo, algo que me decía que deseaba hacerme vieja a su lado. Fue entonces cuando decidimos tener un bebé.
Podría decir que no me arrepiento, pero sería parcialmente falso. Y es un lugar común: los hijos siempre son una bendición, a los hijos se les ama más que a ninguna otra cosa... Es cierto, en parte. Después de un embarazo difícil en el que estuve a punto de perder al bebé, tuvimos una niña. Obviamente, la amo con todo el corazón, pero también he de aceptar que trastocó mi vida, como los hijos trastocan siempre la vida de sus padres, para bien y para mal. La niña iluminó nuestras vidas, nos llenó de risitas, mimos y ternura, pero también de complicaciones, gastos y preocupaciones.
Yo abandoné mi trabajo y me dediqué a mi hija. De eso sí que me arrepiento. La niña me fue borrando, dejé de tener vida profesional, social, conyugal. Me convertí simplemente en mamá y en una mamá que no se permitía ser mujer.
Acababa los días tan exhausta que ya no tenía energías para satisfacer a mi esposo. Mis fantasías eróticas desaparecieron, esas que antes me habían llevado al orgasmo, aunque no las realizara, aunque sólo las imaginara. Ahora ni siquiera me permitía a mí misma pensar en ello. Una madre no piensa en esas cosas, me decía. ¿Cómo quedaría ante mi hija si llegara algún día a enterarse de que su madre anhela ser azotada en las nalgas desnudas? Era vergonzoso.
No lo sabría nunca, porque eso ya no pasaría jamás por mi mente. Me bloquee para no pensar en ello, y como mi erotismo estaba casi basado totalmente en aquella fantasía, al hacerla desaparecer, desapareció también mi deseo. Cualquier cosa que agitara mi líbido me remitía a escenas de azotes, esas en las que ya no quería pensar, por lo tanto hice que el líbido desapareciera de mi vida. Rechacé las caricias de mi esposo, sus besos, sus juegos de seducción.
Y él, supongo que en nombre del amor, o por el bien de su hija, aguantó. Teníamos discusiones, me reprochaba de vez en cuando mi falta de interés en el sexo, y yo, para evitar conflictos, cedía, quizá una noche a la semana, desganada, sin pasión, era como un simple acto mecánico, como aquellas mujeres de siglos pasados que lo hacían porque formaba parte de sus obligaciones como esposas.
Obviamente mi matrimonio se tambaleaba. Y yo ni siquiera me daba cuenta, le reprochaba a él que me hiciera sentir una inútil en la cama, que me hiriera con sus reproches. Intentamos hablarlo, me propuse resolverlo, pero siempre con el bloqueo constante de mi fantasía, aquella que tanto me avergonzaba. Así nunca había solución real.
Llevábamos cinco años así. Yo había vuelto al trabajo, a mi vida social, pero no había recuperado mi vida conyugal. A veces, teníamos alguna temporada más o menos buena, cuya calidad se reducía más bien a la cantidad. Hacíamos el amor cada noche, pero sin creatividad, sin pasión real. Yo alcanzaba orgasmos mediocres o algo que creía que eran orgasmos. Después, volvía a perder el interés.
Ahora sé que Arturo pensaba en la posibilidad de buscar a otra compañera sexual. Nunca pensó en abandonarme, me ama y ama a su hija, es un hombre de familia, pero necesitaba satisfacción y ya pensaba en encontrarla en otro lado.
Afortunadamente, cuando, sin yo saberlo, la crisis estaba por estallar, accidentalmente encontré en Internet una página cuyo nombre me atrajo irremediablemente, sin pensarlo, y aprovechando que me hallaba en la oficina, lejos de la que yo imaginaba la mirada inquisitiva aunque inocente de mi hijita, entré a La Casa de los Azotes.
Mis manos temblaban al pulsar el mouse, sentía un extraño temblor en el estómago, como una niña haciendo la peor de sus travesuras a escondidas de sus padres. Empecé a leer relatos, uno tras otro, dejando que el trabajo se acumulara sobre mi escritorio y con una avidez casi obsesiva que me humedecía la entrepierna.
¡No estaba sola! ¡No era el ente más extraño y perverso de la tierra! Finalmente, me encontraba no uno, ni dos, sino infinidad de personas que tenían las mismas fantasías de las que yo tanto me avergonzaba. Leí una introducción a la página que me relajó: No estás sola, decía, no eres un bicho raro. Es común, no es malo, no daña a nadie y es totalmente válido.
Arturo y mi hija se fueron de viaje un fin de semana. Pasé dos días conectada a Internet, leyendo todos y cada uno de los relatos, visitando los enlaces, incluso me atreví a enviar un relato para el concurso al que la página convocaba. Lo hice temblando de emoción, temor, no sé, era como una aventura.
Cuando Arturo regresó, lo hizo solo, mi hija se había quedado con la abuela a pasar unos días de vacaciones. ¡Era mi oportunidad! Si no aprovechaba esa semana para recuperar mi vida conyugal y para confesar mi fantasía, quizá nunca lo hiciera. Me costó trabajo. No sabía por dónde empezar. Los relatos de la página me tenían muy excitada, muy dispuesta al sexo y entonces no me fue difícil pasar la semana haciendo el amor en cada oportunidad, pero de verdad hacía el amor, con deseo, con pasión, alcanzando niveles de placer de los que ya no me acordaba, y todo, gracias a que mi fantasía había revivido, había sido más fuerte que mis prejuicios y bloqueos. Ahora debía dar el siguiente paso y confesarle a Arturo mis deseos, de otra forma la fantasía corría el peligro de volver a dormirse, y con ella mi vida íntima con mi esposo.
La noche del viernes, dos días antes de que mi hija regresara, me atreví. Ese día salí tarde de trabajar, había tenido una comida de negocios, me había bebido algunos whiskys y los mensajes que Arturo me había enviado al teléfono celular, invitándome a pasar una noche apasionada, me pusieron en el ánimo necesario para hablar de mi fantasía.
Arturo me recibió en casa con música suave, el bosanova que tanto me gusta para estos menesteres, vino blanco, cena sencilla preparada por él... Todo invitaba a pasar una noche romántica, a sincerarme en sus brazos después de habernos amado. Y así fue. Después del amor hay un momento mágico en el que casi todos estamos abiertos a escuchar, a hablar de cosas que no hablaríamos en ningún otro momento, en que podemos comprender cosas que de otra manera nos parecerían disparatadas.
Aproveché ese momento y, no sin titubeos, le pregunté: ¿en qué piensas cuando cierras los ojos y llegas al orgasmo? Me dijo que no pensaba en nada en especial, que sólo se abandonaba a lo que sentía, pero mi pregunta casi forzó la suya: ¿Y tú, en qué piensas?
- Si te cuento, te vas a reír de mí, o quizá hasta te asustes
- ¿Pues en qué piensas? No me digas que te imaginas haciendo el amor con un galán de cine.
Me reí.
- ¡Claro que no! Yo pienso en... me imagino que... – me sudaban las manos, sentía mi cara enrojecer de vergüenza, me daba cuenta que mi voz sonaba distinta.
- ¡Dímelo! Prometo no reírme – me animó. Pero tuvo que pedírmelo varias veces más para que yo me atreviera a decirlo.
- Pues... me imagino que estoy boca abajo, sobre tus rodillas y que tú... que tú me estás dando una buena tunda – dije sonrojada, con una sonrisa nerviosa, rehuyendo la mirada de mi esposo y a la expectativa de su reacción, temía que ésta fuera negativa y que me arrepintiera de haber hablado, aún temía que aquella confesión me costara el respeto de mi esposo o la seriedad con la que él tomaba nuestra relación. Me miró con extrañeza, pero en su rostro no vi nada que se pareciera a la risa burlona, mucho menos a una expresión que revelara espanto o escándalo.
- ¿Te imaginas que te doy de nalgadas? ¿Y por qué haría eso?
- Pues no sé, porque me porté mal, porque... pues porque me gusta y me excita... es como un juego. Un juego en el que tú mandas y yo obedezco, en el que me castigas como a una niña, sin que deje de ser tu mujer, me encantaría sentirme sometida por ti, pequeñita entre tus brazos, sin necesidad de tomar decisiones ni responsabilizarme de nada...
- Es un juego raro ¿no? – me preguntó buscando explicaciones y acariciando mi rostro, apoyado en su pecho.
- No tanto, yo creí que era una extraña perversión, tuve miedo de ella, traté de no pensar en eso, pero hace poco descubrí que no es tan raro, que hay mucha gente que tiene la misma fantasía y parejas que la practican como parte de su relación...- Y entonces le conté con detalle todo lo que había estado pasando dentro de mí desde cinco años atrás, el bloqueo, la forma en que había optado por clausurar mi sensualidad con tal de controlar esa fantasía que, en mi ignorancia, me parecía tan extraña, tan poco adecuada para una señora madre de familia. Me escuchó interesado hasta que terminé y después me preguntó algunas cosas.
- No me gusta la idea de lastimarte, creo que no podría tolerarlo.
- Pero no se trata de lastimarme, se trata de excitarme. Me has dicho mil veces que te encantaría verme muy excitada, dices que difícilmente me humedezco... si tú me dieras una tunda, casi puedo asegurarte que estaría muy húmeda, como quieres verme y sentirme – Arturo no decía que no, tampoco decía que sí, me acariciaba y parecía pensativo. No insistí en el tema, no quería forzar las cosas ni obligarlo a nada. Dejé el tema sintiéndome frustrada, al menos no se había escandalizado ni se había reído de mí.
Al día siguiente, salía de bañarme y apenas estaba comenzando a vestirme, Arturo me tomó de la cintura y me atrajo hacia sí, comenzó a besarme el cuello y los labios, yo correspondí, a pesar de sentirme frustrada y sin ganas de nada. Entonces él murmuró en mi oído: ¿Quieres probar? Podemos intentarlo. Sabía a qué se refería, pero preferí estar segura.
- ¿Probar qué?
- ¿No quieres que te castigue? – seguro que los ojos me brillaron y no fue necesario responder. El tono de su voz se hizo diferente, el juego había comenzado.
- Aunque no quieras voy a hacerlo. Te mereces un castigo severo por los cinco años de silencio en los que tuvimos un sexo horrible, por no hablar antes, por rechazarme, por casi acabar con lo nuestro – Mientras decía esto prácticamente me arrastró de un brazo hasta la recámara de mi hija. No sé por qué eligió ese lugar, pero en medio de muñecas y otros juguetes recibí la primera tunda de mi vida.
Se sentó sobre la cama y me jaló hacia sus rodillas, yo estaba excitadísima, no me creía lo que me estaba sucediendo y respiraba agitada. Llevaba sólo una camisa, aún desabotonada, y la ropa interior, cuando estuve sobre sus rodillas, deslizó mis bragas hasta mis rodillas y entonces comenzó nuevamente el regaño.
- Vas a aprender a nunca más rechazarme, a nunca negarme un beso ni una caricia, a jamás volver a ocultarme nada – y entonces comenzó a azotarme con su mano bien abierta. El primer azote me sorprendió, dolía y ardía, pero me había imaginado que sería mucho peor, Arturo no quería lastimarme y por eso sus azotes eran muy suaves, pero la tunda continuó y después de un rato, no pude evitar agitarme, retorcerme, gritar, pero Arturo no se detenía, continuaba azotándome y yo me sentía tan húmeda como nunca.
No conté los azotes, imposible hacerlo, el dolor tan sorpresivo, aunque no intenso, la excitación, las sensaciones totalmente nuevas me lo impidieron. Finalmente, se detuvo, y entonces introdujo su mano por mi entrepierna y sintió mi humedad. Pareció volverse loco al descubrir que aquellos líquidos ya escurrían sobre su ropa, jamás había estado así, y yo sentía su sexo crecido presionando mi vientre. Me hizo acostarme boca abajo sobre la colcha de dibujos infantiles, retiró mis bragas, después mi camisa, me dejó totalmente desnuda, acarició mis nalgas enrojecidas y entonces comenzó otra vez a azotarme. El dolor ya empezaba a escocerme –quizá por ser la primera vez- pero no me atrevía a pedirle que se detuviera, podía pensar que la experiencia no me había gustado, así es que callé y lo dejé hacer. Fue él quien se cansó, después supe que le dolía la mano y que por eso se había detenido. La colcha estaba empapada de mis fluidos. Hicimos el amor como nunca, aunque estallamos casi en seguida pues nuestra excitación ya era excesiva, incluso antes de la penetración. Cuando terminamos, cuando creí que habíamos terminado, él se levantó, yo intenté hacer lo mismo, pero no me lo permitió.
- No te muevas. Aún no termino. Voy a castigarte todo el día. –temblé, más por el placer que por temor a los azotes.
Permanecí acostada boca abajo. El me besó la espalda, mordió mis nalgas recién azotadas, recorrió con su lengua todo mi cuerpo, ordenándome que permaneciera quieta y en silencio, no quería que me quejara, debía aceptar el castigo. Me costó trabajo, me sentía muy extraña pues la sumisión no era una actitud común para mí. Sentía mis nalgas calientes pues pese a que los azotes no habían sido muy fuertes, sí habían sido muchos, me ardía la piel. Volvimos a hacer el amor, con toda la pasión que la nueva experiencia nos había regalado. Después, ya serenos, quiso saber más de mi extraña afición. Le respondí todas sus preguntas y le pregunté si a él le había gustado.
- No me gustó pegarte, pero me encanta verte excitada, haría cualquier cosa por verte así siempre, por encontrarte siempre dispuesta...
- Pues ahora ya sabes lo que tienes que hacer – le dije con una sonrisa
No me castigó todo el día, ni siquiera volvió a azotarme, lo sentía tímido aún, indeciso, como si él no disfrutara el juego, lo cual me preocupaba, pues si no llegaba a experimentar las mismas deliciosas sensaciones que yo, terminaría por cansarle. En los días siguientes, busqué ayuda y consejo por Internet, lo encontré, además de todo el apoyo y la comprensión de un maravilloso grupo de amigos sin rostro para mí, pero con gran deseo de ayudar, de escuchar y comprender.
Siguiendo los consejos, traté de averiguar la fantasía de Arturo, se trataba de darle gusto a él para que ambos disfrutáramos por igual, pero por más que pregunté, él insistió en que no tenía ninguna afición en especial. Nuestra hija había regresado de sus vacaciones y yo temí, al principio que eso diera al traste con el juego que habíamos iniciado en su ausencia, pero no fue así. Arturo buscaba el momento, esperaba a que la niña estuviera dormida y entonces iniciaba el juego, poco a poco empezó a verse más decidido, más involucrado, sus azotes eran cada vez más severos, su voz cambiaba, se volvía un esposo autoritario, me anunciaba el castigo desde horas antes de aplicarlo. Con el pretexto de que le dolía la mano al castigarme, comenzó a utilizar otros instrumentos: una pala de madera de la cocina, la zapatilla, el cepillo para el pelo, el cinturón... Las cosas me estaban funcionando mucho mejor de lo que yo había imaginado.
Y nuestra hija volvió a salir de vacaciones, ésta vez con los otros abuelos. Apenas se fue, nuestro juego tomó nuevos bríos. Arturo me llevó un día a una tienda de lencería y me compró toda una colección de tangas muy pequeñitas, de esas que dejan las nalgas totalmente al descubierto, ligueros, corpiños de encaje, sostenes de media copa... ropa que yo en muy raras ocasiones había utilizado. Cuando llegamos a casa, abrió el cajón de mi ropa, tomó todo lo que encontró y lo tiró a la basura.
- Nunca más quiero verte con estas cosas, vas a usar sólo lo que te compré, y si desobedeces te daré cien azotes con el cinturón.
- Es que esa lencería es muy linda, pero muy incómoda – me quejé
- No me interesa, vas a usarla porque a mí me gusta, así podré ver tus nalgas con sólo levantarte la falda, para azotarte cuando se me antoje o para ver las marcas que hayan quedado
- ¡Ah! ¿Así es que te gustan las marcas? – pregunté esperanzada en que aceptara que el juego comenzaba a gustarle. – No respondió, me giró y me hizo apoyarme sobre la cama, levantó mi falda, me arrancó las bragas y comenzó a azotarme con el cepillo para el pelo que encontró sobre la cómoda.
- No discutas mis órdenes – me decía al ritmo de los azotes – vas a usar lo que yo diga y no tengo que darte explicaciones.- Por supuesto, ahora utilizo la ropa que él escogió para mí.
Pocos días más tarde, me invitaron a una reunión a la que asistirían todas mis amigas de mi época de estudiante, tenía muchos deseos de asistir, el problema es que era en viernes y hacía días que yo le había ofrecido a Arturo que cada viernes por la noche cenaríamos juntos y tendríamos una noche especial. Pensé que no pasaría nada si trasladaba esos planes para el sábado, y en la mañana, cuando ambos salíamos rumbo a nuestras respectivas oficinas, le avisé sin darle mucha importancia, tal y como estaba acostumbrada a hacerlo desde siempre, que esa noche saldría con mis amigas, por lo que seguramente no nos veríamos sino hasta la mañana y le encargaba que diera de comer a los perros por la noche.
- ¿Y quién te dio permiso para salir? – me preguntó con la misma voz autoritaria y severa que usa cuando jugamos. Me reí y despreocupadamente respondí:
- Nadie, no lo he pedido, sólo estoy avisando.
A lo largo del día, como siempre hemos hecho, nos comunicamos a través del messenger, él insistía en que yo no tenía permiso de ir a ningún lado, que había prometido que los viernes serían para él y que no aceptaría que faltara a mis promesas. Yo no lo tomé muy en serio, jamás me ha prohibido ir a ningún lado y nunca ha tratado de controlarme, por lo que supuse que sólo era un juego. Al medio día, recibí un correo electrónico:
“No vas a ir a ningún lado, me vas a esperar desde las 6:30 de la tarde, boca abajo sobre la cama, con las nalgas desnudas y en alto, para recibir el castigo que te mereces por desobediente y por querer incumplir tus promesas. Quiero que pongas junto a ti la pala de madera, la zapatilla, el cinturón y el cepillo, así no tendrás que ir a buscarlos, hoy vas a probar de todo un poco.”
Emocionada y divertida, respondí el mensaje preguntando si después del castigo podría irme a mi reunión. La respuesta fue casi inmediata.
“Por supuesto que no, después me prepararás la cena y te quedarás en un rincón castigada”
Leer esto me volvió loca de excitación. En alguna de nuestras pláticas yo le había dicho que me encantaría que me castigara en el rincón, hasta aquel momento nunca lo había hecho y parecía que esa noche podría ser la primera vez. ¿Quién quería asistir a una reunión de amigas cuando en casa podía haber el triple de diversión? Aun así, no me resignaba a perder mi independencia y a dejarme controlar, mi lado racional me decía que si aceptaba que mi libertad entrara al juego, perdería mucho más de lo que había ganado. De todas formas, decidí obedecer. La reunión era en la noche y habría tiempo para llegar, aunque fuera un poco tarde.
A pesar de mis intenciones, el trabajo me retuvo, salí con retraso de la oficina y al llegar a casa tuve que llevar a mis perros a dar su paseo vespertino. Estaba en el parque cuando una vecina, que también paseaba a su perro, me dijo que mi esposo acababa de estacionar su coche en la esquina del parque.
Me sorprendió el sentir un ligero temor, una especie de escalofrío que me recorría la espalda. Miré mi reloj, eran las 6:25, se me había adelantado. Me despedí y me acerqué al lugar en donde Arturo acababa de parar el coche, descendió y me miró sonriente, me abrazó y me besó, aprovechando para murmurarme en el oído un ¿Qué haces aquí?
-¡Aún no son las seis y media! – me justifiqué
- En cinco minutos no hubieras llegado a casa y preparado todo tal y como te dije- me respondió con gesto de desaprobación.
Nos fuimos a casa, en cuanto entramos me dio el primer azote, enviándome a prepararme. Obedecí, para ese entonces ya estaba húmeda y sentía mi intimidad vibrar. El tardó en entrar en la recámara y cuando lo hizo yo estaba tan nerviosa y excitada que no pude evitar volverme para mirarlo. ¡Estaba tan atractivo en ese papel de esposo severo! Me ordenó que me quitara el resto de la ropa y me envió a prepararle una copa, lo hice rápidamente y volví a mi posición sobre la cama, con tres almohadas bajo el vientre, para elevar mis nalgas lo más posible.
El puso música, no sé qué más hizo, pues me prohibió volver la cabeza, pero tardó algunos minutos en tocarme. Sentí un líquido muy frío en la espalda, su mano me sostenía y gracias a eso no salté. En el cuenco de la parte baja de mi espalda, Arturo había volcado el contenido de su copa, comenzó a lamerlo lentamente. No te muevas, me dijo, si derramas una gota de daré diez azotes. Me mantuve lo más quieta que me era posible, pero el frío, la deliciosa sensación de su lengua... Era imposible, terminé derramando el líquido. Entonces pasó sobre mis nalgas el vaso helado, mojando mi piel, enfriándola; después uno de los hielos de su vaso recorrió mis nalgas, se internó entre mis piernas...
-Te lo advertí, pequeña mía
Comenzó a azotarme con la pala de madera, golpes fuertes, espaciados, me dejaba sentir el dolor de cada uno y permitía que me recuperara antes de aplicar el siguiente. Me dolía muchísimo, casi era insoportable, comencé a retorcerme, a intentar volverme, a cubrir mis nalgas con la mano, pero él me lo impedía y la azotaina continuaba. Terminé llorando y entonces él se detuvo y reinició el juego del liquido en mi espalda. Estaba tan excitada que lo único que quería era que se desnudara e hiciéramos el amor hasta estallar, pero él parecía no tener prisa. Besaba todo mi cuerpo, lo recorría con su lengua, me acariciaba suavemente con la punta del cinturón...
Me dio una tanda de azotes con cada uno de los instrumentos que tenía a la mano, mis nalgas ardían, me escocían terriblemente y yo no paraba de llorar, fue entonces cuando entró en mí, se fundió conmigo, no por el cauce natural, sino por aquel por donde él siempre me había pedido entrar y yo, hasta entonces, me había negado. No costó trabajo, mi excitación era tanta que yo hubiera aceptado cualquier cosa, me sentía dichosa como nunca, lo amaba con toda el alma y lo deseaba, deseaba ser suya, que explorara cada centímetro de mi cuerpo, que inventara nuevas formas de amarme, que juntos creáramos una expresión sólo nuestra, la más íntima y secreta, para entregarnos uno al otro. Aquella noche lo logramos, y al final, mientras ambos nos recuperábamos, me murmuró al oído, además de mil ternuras y palabras dulces, una orden: Vístete y vete a tu reunión, se te hace tarde.
No podía ser más feliz, mi adorado entendía perfectamente que el juego era eso, un juego erótico que no debía trascender a los demás aspectos de nuestra vida. No abusaba del poder que yo le había dado para intentar controlarme y robarme mi independencia. Sólo había querido jugar, estar conmigo y no desperdiciar aquella noche de viernes cenando solo.
21/04/2005 03:40 Este es el enlace de este relato, si lo copias lo puedes utilizar como hipervínculo. Tema: M / f Hay 5 comentarios.
Encuentro en la primera fase
azotes, enema y sumisión
Autora: Anita Forever
¡Y fui a verte por fin! Tanto tiempo contando con ello, tanto tiempo esperándolo, tanto tiempo asumiendo que algún día ocurriría… y de pronto allí estaba, en un avión, esperando a aterrizar para verte aparecer. Sabía que te reconocería, te lo había avisado, pero, aun así, tú quisiste que alguno de los dos llevara un distintivo; “está bien, una flor en tu ojal servirá”, te dije yo, pero no, me hiciste llevar un collar pegado al cuello, porque, dijiste, y yo no te entendí, así me reconocería todo el mundo.
Y aterricé en la Gran Ciudad; sin saber qué iba a encontrar, asumiendo todo el riesgo de no conocernos, de no amarnos, de… aún no saber si nos deseábamos. Pero aterricé. Y ese fue mi fin.
Nos reconocimos al instante. Me llevaste a mi hotel. Me invitaste a una copa y me dejaste tiempo para dejar de ser una pasajera desconocida y volver a ser quien te hizo pagarle el vuelo a una extraña. Pero aún no era yo. Cenamos, charlamos, salimos, bebimos, jugamos… y volvimos a empezar.
Cuando regresábamos al hotel, tú me preguntaste por tu… odiado hábito de fumar. Por mi… amado hábito de fumar. Querías saber si lo había dejado, si había conseguido llegar por mí misma a la conclusión de cuán grande era la zanja que cavaba en mi propio jardín cada vez que encendía un cigarrillo, pero no era tan fácil. Y tú contabas con ello.
Y, por primera vez, te vi serio, adusto, sin intención de sonreír, queriendo que yo sintiera lo que estaba sintiendo; que te había fallado, y que había metido la pata. Y si metía la pata, pagaba las consecuencias… Y yo, a pesar de las largas conversaciones previas… no sé si lo sabía.
La habitación era sencilla. Una cama, una mesita de noche con teléfono, mando a distancia para la televisión, folletos ¡y cenicero!, escritorio con papel de cartas y silla, y cuarto de baño completo. Y un sillón. Sin brazos. Perfecto para que tú te sentases en él y me invitases a acompañarte. Y yo, inocente, caí en la trampa. Me preguntaste si ya me había dado cuenta de lo que había hecho mal. Contesté que no. Me recordaste que hay algunas faltas que nunca prescriben. Y seguí sin entenderte… hasta que me aferraste entre tus brazos y me volteaste sobre mí misma. Sin darme cuenta de cómo, me vi desprotegida bajo tu rígido abrazo, olvidada toda amistad, toda simpatía, todo desconocimiento mutuo. No podía creerlo, aún no podía creerlo…
- ¡Ay! ¡Pero, ¿qué te crees que estás haciendo?!
- ..........
- ¡Ay! ¡Ayyyy! ¡Ayyyyyyyy!
- Deja las manos quietas.
- ¡Para! ¡Para! ¡Ya! ¡Para!
- ..........
- ¡Pero… pero… pero! ¡Ayyyyyyyyyyyyyyyyyyyyy!
- ..........
- ¡No me cojas las manos! ¡Suelta!
- ……….
- ¡Paraaaaaaaaaa! ¡Por favooooooor!
Me habías puesto sobre tus rodillas y habías comenzado a azotarme tal cual, sin avisos, sin amenazas, sin desnudos… sin cita previa, y allí estaba yo, desprotegida de cualquier don con el que quisiese adornar mi palabra, luchando por liberarme, esperando llegar a un acuerdo tácito que parecía más lejano cuanto más cercano creía el momento, aun queriendo, incluso deseando, que tu fuerza fuese mayor que la mía…
- ¡Ya! ¡Yaaaaaa!
- ……….
- ¡Noooooo! ¡No me quites la ropa! ¡No me la quites! ¡Paraaaaa!
- ……….
- ¡Mi faldaaaa! ¡Noooo!
- ……….
Empecé a gritar. Hasta entonces, conscientemente, mis súplicas, ruegos e intentos habían sido proferidos en un tono bajo, íntimo; estaban destinados a hacerte reconsiderar o a hacerme reconsiderar, a convencerte, a convencerme…, pero llegó un momento en que sólo deseaba que parases, que parases, que parases… Que parases. ¿O no?
La sensación era casi más extraña que intensa. Casi más intensa que extraña. Te sentía más cerca de mí de lo que nadie estuvo nunca antes. Sin embargo, te reconocía lejano, en ese papel omnipotente que los dos habíamos acordado otorgarte. No eras alguien con quien yo pudiese hablar, ni conversar. De pronto, sólo eras alguien a quien podía intentar convencer.
Convencer de que parase. Que parase de una vez.
Y… mientras tanto, el color creciente de mis nalgas, tan vívido como si pudiese verlo ante mí a cada instante.
- ¡Por favor! ¡Por favor! ¡Para!
- ¿Que pare?
- ¡Síiiiiiiiiii!
- ¿Por qué?
- ¡Para, por favor! ¡Ayyy!
- Dime, ¿por qué debería parar?
- ¡Porque me duele! ¡Me duele! ¡Mucho!
- Respuesta incorrecta.
- ¡Paraaaaaaaa!
- ……….
- ¡Por favooooor! ¡Ay! ¡Ayyyyyyy!
- ……….
- Por favor… por favor… por favor…
- Por favor… ¡¿qué?!
- Por favor…
- ……….
- ¡Ay! ¡Ayyy! ¡Por favor…!
- Te escucho.
- Lo dejaré. Lo dejaré. Lo prometo. Lo dejaré. De verdad. Lo dejaré.
- ……….
- ¡Palabra!
- ……….
- Dejaré de fumar. Te doy mi palabra. Lo dejaré.
- Te has acordado rápido, ¿no?
- ¡Ay!
- ……….
- ¡Ayyyyyyyy!
- ……….
- ¡Lo dejaré! ¡Lo dejaré! ¡Lo juro!
- ……….
- Lo dejaré.
- ¿Sí?
- Sí. Lo dejaré. Te doy mi palabra de honor.
Entonces dejaste de ser el tú a quien yo fui a buscar para volver a ser tú. El tú que encontré en el aeropuerto se volatilizó, sentado en el sillón, con gesto paterno y ceñudo, mientras el tú que me conquistó me acunaba y mimaba como la niña que yo era en tu presencia. Mis ojos, asustados y humedecidos (aunque no lloré, y me sentía muy orgullosa de ello), te miraban y tú te reflejabas en ellos. En ese momento sólo deseaba agradarte. Hubiese hecho cualquier cosa para hacerte feliz y… bueno, prometer un imposible no parecía tan mala idea… Los momentos tiernos se sucedían, y la dicotomía amatorio-disciplinaria fue fundiéndose en un letargo similar al que iba entrando en mí…
Tú tenías que dormir en casa, en “tu” casa, y yo me quedaría sola en mi soledad plagada de tus recuerdos, en esa habitación que había dejado de ser mía para ser parte de ti, en ese reducto de gritos contenidos a duras penas en el que no podría, nunca, hacer más que añorarte.
Dormí desvestida. Boca abajo. Destapada. Feliz. Sin arrepentimientos. Sin arrepentimientos de ningún tipo. Pero el timbre sonó demasiado pronto. Todavía te añoraba. Aún estaba desnuda. Ensimismada. Imbuida de tu marcha. Influida por ti. Intentando aclarar conmigo misma que sí, que efectivamente había cruzado el país para conocer a un hombre, tú, y que, efectivamente, lo primero que había hecho ese hombre, tú, había sido darme una azotaina, y que sí, que, efectivamente, yo seguía allí, dispuesta a volver a ver a ese hombre, tú, preparada para volver a echarme en sus brazos, entregada a él, ¿o a ti? Me puse el albornoz y abrí la puerta con timidez.
- Buenos días
- ¡Buenos días! He traído algo para ti…
- ¿Un regalo? ¿Está en esa mochila? ¡Huy, qué grande es!
- Ya lo verás. Por cierto, ¿a qué huele?
- A nada…
- Y… ¿por qué tienes la ventana abierta?
- Hace calor.
- ¿Tan temprano? ¿Y no te da vergüenza pasearte sin ropa por la habitación?
- No voy sin ropa. Además, desde aquí no me ve nadie.
- Ya. Esto… ¿Dónde está el cenicero que estaba en esta mesa?
- ¡……….!
- ¡¿Dónde está?!
- … En el cuarto de baño.
- ¡……….! A ver…
- ……….
- ¿Me podrías explicar qué hace mojado, y boca abajo?
- Sí… bueno… esto… anoche, después de que tú te fueses, fui a por algo de comer, y… pues… verás… lo usé como posavasos. ¡Por eso lo dejé así, para que se secase!
- Seguro. Ya.
- De verdad.
- Acércate a mí. Ahora. No pensaba tener que usar algunas de las cosas que traía, pero algo me hizo cargar con ellas. Ahora veo que no me equivoqué.
- ¿Qué es lo que has traído exactamente?
- Ya lo verás. Ahora ven.
- ……….
- En este instante.
- Pero…
- VEN AQUÍ. No me hagas repetírtelo. Te lo aconsejo.
- Pero…
- Lo tuyo es increíble. ¿Lo sabías?
- ¿A qué te refieres?
- ¿Tú a qué crees?
- … No sé…
- Ven aquí. Si no, será peor. Y lo sabes. ¿A que sí que lo sabes?
- Vamos a hablarlo primero.
- No tenemos nada que hablar.
- Sí…
- No.
- Escucha…
- ¿Qué pasa? Llegamos a un acuerdo, ¿no? De hecho, déjame recordarte que ayer me diste tu palabra de honor. ¿Es esto lo que vale tu palabra? Dime.
- No. Mi palabra vale mucho. Es sólo que… bueno, me pillaste en un momento un tanto… desorientado. No sabía lo que decía…
- Vale. Ya he escuchado lo suficiente. Ahora hablaré yo, ¿de acuerdo? Y te diré lo que quiero. Y tú enmudeces y me escuchas bien calladita. Quiero que te comportes como una niña buena, como la niña buena que sé que eres en el fondo. Quiero que seas obediente y educada. Quiero que digas siempre la verdad y que seas consecuente con tus actos. Y, por lo tanto, quiero que te acerques a mí, y quiero que voluntariamente te tumbes boca abajo sobre mis rodillas, aprovechando la circunstancia de que ya estás desnuda, para recibir los azotes que sabes que mereces por haberte comportado mal, por seguir fumando después de todo lo que hemos hablado al respecto y, por supuesto, por haberme mentido y haber dado tu palabra de honor en vano. Será inolvidable, créeme. Aproximadamente en ese momento ya habrás aprendido algo importante sobre ti misma, que tu palabra es tu fuerza y no puedes malvenderla. Y yo te ayudaré a que recuerdes esa sabia enseñanza.
- No tengo la más mínima intención de hacer eso que dices.
- Ah, ¿no?
- No.
- Está bien. Entonces comenzaremos por el final.
- ¿Por qué me coges del brazo?
- Ven…
- ¿A dónde?
- Al cuarto de baño, ¿no lo ves? Voy a hacerte algo que tu madre debió hacer la primera vez que te vio fumar. Espero que aún no sea demasiado tarde.
- ¿Qué vas a hacerme?
- Tranquila.
- ¡Sí, hombre!
- ¿Confías en mí?
- ……….
- ¿Confías en mí? ¿O acaso quieres que me vaya ahora?
- ¡No! Seré buena…
- De acuerdo. Entonces me quedaré. Y tú, también.
Aún recuerdo mi cara. Mi expresión, reflejada en el espejo sobre el lavabo, de absoluto asombro, cuando te vi abrir la gran mochila en la que traías esos artículos misteriosos de los que hablabas de forma tan… inocente. Esos depósitos de plástico. Esos tubos largos de goma. Esa especie de… sondas. Esos recipientes llenos de líquido ambarino que, según me explicaste, eran infusiones de distintas hierbas medicinales. Y, sobre todo, aquellas cánulas de aspecto intimidante que tú expusiste ante mí, ordenadas por tamaños y grosores en la blanca inmensidad de la tapa del inodoro. Recuerdo el despliegue diligente y la paciencia, la minuciosidad con que comenzaste los arreglos, mirándome casi como un padre, intentando transmitirme con tu mirada la tranquilidad que me faltaba al mirar tus manos y sus progresos. Y me acuerdo de mí misma, paralizada, mirando con ojos asombrados tus preparativos, sin querer aceptar la posibilidad que aquel cúmulo de objetos me sugería. Incluso cuando ya habías terminado, incluso cuando te incorporaste y te acercaste a mí, incluso entonces, no podía creer lo que veían mis ojos…
Me cogiste delicadamente por la cintura. Me quitaste el albornoz. Te sentaste en el borde de la bañera y me colocaste sobre tus rodillas. Y me explicaste, como a una niña, que ibas a ponerme un enema, un enema medicinal que limpiaría mi cuerpo de algunos de los estragos del tabaco, que me haría sentir mejor, pero que tal procedimiento no sólo tendría un carácter terapéutico, que había algunas cosas que aún tenía que aprender, y que por ello aquel enema también serviría para castigarme.
Y yo me volví dócil ante la posibilidad cada vez más cercana de ser… de recibir… de probar ese… “tratamiento especial” que jamás en mi vida me había sido aplicado, y del que sabía, por algunas amigas y sus experiencias, que no tendría nada de agradable. Te mimé, aún sentada en tu regazo, fijé mis ojos, cargados de inocencia y de súplicas, en los tuyos, acaricié tu barbilla con un dedito juguetón… y tú fuiste consciente de mis intenciones desde el primer momento y me permitiste agasajarte, sin ningún propósito de ceder ante mí. Me dejaste hacer durante un rato y, de pronto, te incorporaste, y a mí contigo.
- De acuerdo. Creo que ya te has tranquilizado y has entendido que todo esto es por tu bien. Y ahora quiero que te comportes como la niña buena que sé que eres, quiero que me pidas perdón por esa horrible palabra de honor desperdiciada, y quiero que te inclines sobre el borde de la bañera. Apoya tus manos en el interior, de forma que tu culito quede bien alzado. Te pondré dos toallas gordas dobladas, para que puedas apoyar tus rodillas en ellas y así estar un poco más cómoda, ya que deberás permanecer en esa posición durante algo de tiempo…
- Pero…
- Por favor, no empecemos otra vez. ¿De acuerdo?
- De acuerdo.
- ¿Entonces?
- ……….
- ¿Entonces?
- … Te pido perdón.
- ¿Qué más?
- Te pido perdón por… ¡Esto es muy difícil!
- No volveré a pedírtelo. Venga.
- ……….
- Hazlo por mí.
- Te pido perdón por… desobedecerte, puesto que sólo miras por mí y por mi salud, por haberte dado mi palabra de honor sin intención de cumplirla y… sobre todo, te pido perdón por… desilusionarte, por… decepcionarte. Por defraudarte.
- Muy bien, pequeña.
- Bueno, ahora lo he dicho.
- Sí.
- Ya no tenemos que pasar por esto del enema, ¿verdad?
- A veces creo que no entiendes nada…
- ¡Pero…!
- No… No comiences de nuevo… Me estoy cansando…
- ……….
- ¡De acuerdo! Te diré lo que vamos a hacer: Te doy a elegir. Si quieres, puedes ser una niña buena, adoptar la postura que te he indicado, y asumir que ya eres lo suficientemente mayor como para pedir, recibir y aceptar los castigos que te mereces, tanto el enema como la azotaina que antes te describí.
- ……….
- Si no, ahora mismo, y en este momento y lugar, te dejaré el culo tan rojo que lo de ayer no serán más que caricias en tu recuerdo, luego te aplicaré dos enemas en vez de uno, y luego seguiremos con los planes anunciados. Elige.
- Hombre… si me lo pones así…
- ¿A que no es difícil?
- No…
- Elige entonces.
- Ya sabes lo que elijo.
- Eso no me sirve. Quiero oírlo de tu boca. Quiero tus palabras, quiero que me pidas que te discipline y que reconozcas que mereces el castigo. Quiero que tus labios soliciten de mí un enema y una severa azotaina. Quiero que lo digas.
- No puedo.
- Claro que puedes.
- … No puedo.
- De acuerdo entonces. Ven.
- ¡No! No me cojas del brazo. ¡Espera!
- Por favor… mi paciencia tiene un límite…
- Vale. Voy. Dame sólo un minuto.
- Diez segundos.
- ……….
- Di.
- De acuerdo.
- Estoy esperando…
- … Me he comportado mal. Quiero que me disciplines, que me eduques. Quiero…
- Dilo…
- … Quiero… te pido que me apliques un enema como castigo por fumar y por dar mi palabra de honor en vano.
- Bien. Sigue.
- ¿Más?
- Claro.
- … Y… y quiero que me des la azotaina que me merezco por haberte mentido y desobedecido.
- De acuerdo. Ya que me lo has pedido de forma tan educada y tierna, te complaceré. Y ahora espera un momentito, que voy a terminar con los preparativos.
- ……….
- Ya está.
- ……….
- Ponte en la postura que te he dicho, por favor.
- ... Más adelante. Apoya las manos. Así. Y separa un poco las piernas.
- Espera.
- Peque, no hables más. Intenta relajarte, ¿vale?
- Eso no es fácil.
- Venga… inténtalo.
- Vale.
Después de ese último intercambio de simplezas, me di cuenta de la situación en la que me encontraba. Un hombre, al que no conocía apenas veinticuatro horas atrás, estaba a punto de introducirme una cánula por el ano para desintoxicar mis intestinos de nicotina ¡porque yo se lo había pedido! Y yo, rodeada por un mar de porcelana blanco, parecía estar dispuesta a aceptar esas circunstancias…
En cualquier caso, mis momentos reflexivos no duraron mucho. Sentí tu dedo, indescriptiblemente gélido, toqueteándome con sutileza, dejando tras de sí una capa fría, resbaladiza y desapacible, introduciéndose en mi interior. Y me empecé a poner nerviosa… Con mis movimientos de vaivén, destinados a zafarme de ti, y sin ser consciente de ello, conseguía el efecto contrario al deseado, y tu dedo entraba aún más fácilmente en mí. Sin embargo, y, aun a pesar de que era la primera vez que sentía algo extraño en esa… parte de mi anatomía, desde que me había colocado en aquella postura no hacía más que recordar los acontecimientos del día anterior, y notaba la humedad que mis evocaciones generaban y que tus toqueteos y la imagen de los distintos artilugios no hacían más que incrementar. Y recé para que no te dieses cuenta. Asumía que tú contabas con ello, pero ya era lo suficientemente humillante la postura en la que me encontraba, como para sumarle una excitación generada exclusivamente por azotes y enemas…
Pasados los primeros minutos dejaste un poco de lado tu delicadeza, tras recordarme que también me estabas castigando y los motivos de dicho correctivo. Me separaste las nalgas, que respondieron al roce de tus manos como los girasoles al calor del sol, y de pronto noté que tratabas de meter algo duro en mi interior. No sabía qué hacer, si quitaba las manos del fondo de la bañera podía darme un golpe, y tú, quizá previendo que intentaría zafarme de ti, paraste un momento, me cogiste del pelo para incorporarme ligeramente, y me dijiste al oído con una voz severa e intimidatoria “Ni se te ocurra moverte a partir de este momento, niña, o te dolerá más”. Y a partir de ese momento, efectivamente, no me moví. Me quedé helada, apretando todas mis intimidades para no permitirte el acceso a mí, sin saber que con ello te estaba ayudando…
Comencé a sentir dolor. Te lo dije, y me pediste que me callase.
Comencé a rechinar los dientes. Me oíste, y me pediste que parase.
Comencé a incomodarme. Lo notaste, y me pediste que me tranquilizase.
Pasó una eternidad. Una eternidad perpetua mientras tú manipulabas tras de mí, escuchando sonidos indescifrables y sintiendo dolor, y ganas de llorar, y humillación, y mucha, mucha vergüenza… Y humedad.
- Sigue sin moverte, ¿de acuerdo? Lo estás haciendo muy bien. Ya verás lo pronto que terminamos. Ahora comenzarás a sentir líquido en tu interior. No dejes escapar ni una gota. ¿Entiendes? Ni una gota. Mira, el contenido de esta bolsa es el que te voy a meter, y…
- ¡¿Todo eso?!
- Calla.
- ¡Pero… eso es una barbaridad! ¡Eso no cabe!
- ¡Ay, Dios! Cállate…
- Pero es que…
- ¡Que te calles ya! Se acabó.
- ¡Ay!
- ……….
- ¡Ay! ¡Ayyyy!
- ……….
- ¡Vale, vale, me callo! ¡Ay! ¡Ayyy! ¡Ayyyyyyyy!
- ……….
- ¡Ayyy! ¡Yaaaaa!
- ¿Seguro? Puedo seguir azotándote hasta que te tranquilices, si quieres…
- No, no será necesario. De verdad.
- A ver si eso es cierto, y tenemos un poquito de serenidad. Te voy a decir una cosa; como me hagas sacarte la cánula para poder azotarte más y mejor, te vas a arrepentir… Mucho.
- No lo haré. Palabra.
- Tu palabra ya no sirve de nada conmigo.
- ……….
- Bueno, parece que eso está mejor. Como iba diciendo, el contenido de esta bolsa es el que te voy a meter, y no quiero que dejes salir ni una sola gota de tu cuerpo hasta nueva orden. ¿Entendido?
- Sí.
- ¿Seguro?
- Sí.
- Está bien, volveremos a intentarlo. Última oportunidad. Quieta y callada.
- ……….
A partir de ese momento las sensaciones se intensificaron. Mi culo, con unas pocas nalgadas, había recobrado rápidamente el color y el calor y, a la vez, una cálida, aunque incomodísima y desconcertante, sensación, empezó a fluir dentro de mí y se desparramó, acrecentando mi impotencia, mi humillación, mi inocencia, mi dolor, mi confusión, mi súbito desconocimiento de mí misma. Durante lo que pareció una eternidad tus humores mágicos comenzaron a tomar posesión de mis entrañas. Quería moverme, quería escapar, quería que me soltases, quería dejar de estar enchufada a ese engendro disciplinario que salía de mi culo como una cola de diablo, pero no sabía cómo hacerlo. Intenté razonar contigo, pero tras sólo dos palabras tú me preguntaste si mis ganas de conversar indicaban que quería dos bolsas en mi interior en vez de una. Y guardé silencio. Y tu purga fluyó y fluyó.
Mi cuerpo ardía. En todos los sentidos. A todos los niveles. Por dentro y por fuera. Queriendo y sin querer. La fuerza de tu mano, la eficacia de tus caricias, lo que llevaba dentro de mí sin poder dejarlo salir, tu mirada, fija en bien sabes qué parte de mi anatomía… Lo pasado y lo presente. Todo me hacía quemarme. Y todo me quemaba.
De pronto, terminó. Cuando ya me sentía más llena de lo que nunca creí poder estar, se acabó, y tú sacaste la cánula. Me notaba a punto de explotar. Por primera vez no quise moverme. Mis ojos, apretados, formaban círculos de luz ante mí, centrando todas mis fuerzas en cerrar aquella salida de la que nada debía emerger. Tu mano, acariciándome, amenazaba con romper la concentración necesaria para evitar pérdidas. No habría pasado más de un minuto cuando rompí el silencio, la concentración, y casi tu orden.
- Por favor…
- ¿Qué?
- Estoy a punto de reventar. Me duele mucho todo. Por favor.
- Aguanta sólo unos minutos más.
- ¡No!
- ¡……….!
Mi propia rebeldía me sorprendió. Llegó de ningún sitio y me atravesó de parte a parte. Me incorporé desafiante, aunque aún intentando mantenerlo todo en mi interior y… no esperaba ver lo que vi: Tú ya habías previsto ese próximo movimiento mío, habías estado esperando mi insubordinación desde el principio, y estabas sentado sobre la tapa del inodoro, manteniendo en tu mano, listo y preparado, un objeto desconocido para mí. Era de color brillante, alargado, más grueso que un dedo, aunque más estrecho que… bueno, que otras cosas, y tú lo sujetabas por la base, apuntándome directamente. En décimas de segundo me inmovilizaste la espalda, para evitar más movimientos, e introdujiste todo aquello en mí.
- ¡Auuuu!
- ¿Mejor?
- ¡¿Cómo que mejor?!
- Bueno, ahora no tienes que hacer tanta fuerza para que no se te salga nada, hay algo que te ayuda, ¿no es cierto? Ahora tienes un tapón.
- Duele un poco…
- Venga, no seas niña. Piensa y dime fríamente: ¿De verdad duele tanto?
- Mmmmm… No.
- ¿Lo ves?
- ……….
Toda mi sed de venganza, toda mi insumisión, toda mi ignorancia sobre mí misma y, aparentemente, sobre mis propios deseos, murió con ese descubrimiento. Deseé que estuvieses orgulloso de mí, de mi obediencia, de mi disciplina, de mi control. Tus manos tomaron posesión del cuerpo que se te ofrecía, y lo acariciaron profusamente. Mi intestino se adaptaba a tu receta como mi cuerpo a ti. No podía creer que fuese yo quien gimiese a tu contacto. Me resultaba insolentemente vergonzoso que tu tacto ardiente, contra una superficie de por sí arrobada, desenterrase ciertos sonidos dormidos en mi garganta. Y tú te diste cuenta y me rescataste de mí misma.
- Venga, arriba. Voy a quitarte el plug, y te voy a dejar sola el tiempo suficiente para que no tengas nada deseando fluir fuera de ti. Te espero ahí. No tardes.
Cuando salí, liberada y contrita, estabas sentado en mi cama, sonriente.
- ¿Nos vamos?
- ¡!
- ¿No quieres?
- ¡Sí! Sí, sí quiero, pero… yo esperaba…
- ¿El qué?
- Nada, nada… Venga, vamonos. Pero tengo que ducharme.
- Claro. ¿Tardarás mucho?
- Dame cinco minutos.
- De acuerdo.
Eras otra vez el hombre maravilloso de nuestras largas conversaciones, el culto, interesante y descarado personaje que me movió a huir de mi rutina para pasar un fin de semana diferente. Mientras yo me duchaba te oí entrar en el cuarto de baño, rasgar el envoltorio de la pequeña pastilla de jabón y abrir el grifo. Cuando salí, no quedaba nada que recordase lo que acababa de ocurrir. Tú ya estabas de pie con tu mochila atiborrada al hombro. Me prometiste un día perfecto, lleno de emociones. Te ofreciste como cicerone para mí. Y salimos a recorrer la ciudad.
¿Qué puedo decirte del día que pasamos juntos? Que cumpliste tu promesa. Me llevaste a mil sitios famosos que yo no conocía. Me presentaste platos típicos de los que jamás había oído hablar, riéndote de la pusilanimidad que demostraba ante sabores y texturas desconocidos. En un momento de la tarde decidiste que ibas a hacerme un regalo: una falda de colegiala. Así que nos encaminamos a los grandes almacenes más famosos de España, en una majestuosa plaza de tu amada ciudad. Fuimos directamente a la planta de uniformes escolares, y nos reímos ante la evidencia de que yo no necesitara la talla mayor que el establecimiento ofrecía para las niñas. Escogiste dos o tres modelos diferentes, ante mi absoluta hilaridad. Me excitaba tu empeño por comportarte como un padre modelo ante aquella dependienta que, por la expresión de su cara, no disfrutaba del sexo en ninguna de sus infinitas facetas. Me encaminé hacia los probadores, y no fue hasta que te vi justo detrás de mí, dispuesto a entrar conmigo, que me di cuenta de que quizás había vuelto a pasar algo por alto…
- ¿Qué haces?
- Entrar contigo.
- ……….
- ¿Qué pasa? ¿Te da vergüenza?
- No, claro que no, es sólo que…
- ¿Qué?
- Nada, nada, una tontería. Entra.
- Espera, que cierro la puerta.
- Vale. ¿Cuál quieres que me pruebe primero?
- Esta, la más cortita.
- OK.
- ¿A ver cómo te queda? Mmmm… Estás tan bonita…
- ¿Te gusta?
- Sí, mucho. ¿Por qué no apoyas las manos en uno de los espejos? En este de la izquierda, por ejemplo.
- ¿Para qué?
- Quiero verte en esa postura.
- ¿Así?
- Perfecto. Saca un poco el culo.
- ¿Qué tal?
- Genial. Lo mejor es tu sonrisa de piílla. Ahora no te muevas.
- ¿Qué vas a hacer? ¿Qué… qué haces con tu mochila?
- Ya lo verás.
- ¡¿Para qué es ese peine de madera?!
- Shhhhh… Baja la voz. ¿No te he dicho que no te muevas?
- ¡Pero…!
- Baja la voz te he dicho. ¿O quieres que se entere todo el mundo?
- No, pero…
- Vamos a ver, cuando salimos de tu habitación, ¿no te dio la sensación de que me olvidaba de algo?
- A ver, déjame que piense… No.
- Ya, buen intento. Te explico. Aún te falta algo para completar el castigo de esta mañana. Así que he pensado que podríamos empezar aquí, y ya iremos viendo dónde acabamos... ¿Qué te parece?
- ¡Muy mal!
- Era una pregunta retórica. No esperaba una respuesta. ¡Y deja de levantar la voz! ¿Has probado alguna vez un peine?
- En el pelo sí.
- Venga, sin coñas.
- No, no lo he probado nunca.
- Bueno, entonces, por ser la primera vez, y teniendo en cuenta que aún estarás un poquito dolorida, sólo serán unos cuantos azotes. Aparte de que… el peine es algo peor que la mano, aunque no mucho.
- ¡Sí, hombre!
- Mira, esto me duele a mí más que a ti, pero tú has confiado en mí para que haga de ti una buena niña, y ahora no puedo echarme atrás.
- Pero…
- Fin de la conversación. El peine no hace ruido. Espero que tú tampoco. Adopta la posición.
El primer azote me sorprendió por tres motivos; porque efectivamente no hacía ningún ruido, más allá de un golpe sordo absolutamente inaudible más allá de los probadores, porque dolía terriblemente, y porque fui capaz de no emitir ningún sonido.
El segundo me sobresaltó por tres razones; porque el dolor se convertía, rápidamente, en algo parecido a la agonía, porque casi se me escapó un gemido que ahogué en el último suspiro, y porque yo me moví involuntariamente y abandoné la postura para parapetarme tras una de mis manos.
El tercero me asustó por una sola causa; porque vino inmediatamente sucedido de un tirón de mi mano, de un movimiento brusco del taburete, y de encontrarme de nuevo tumbada sobre ti.
- Bueno, está visto que aún no eres una niña obediente. Pero no te preocupes, lo serás…
- ……….
- No pasa nada, no me mires así, sé que no es fácil permanecer quieta y en silencio en esta situación. Y aquí estoy yo, para ayudarte. A ver, te doy a elegir: ¿prefieres tener las manos sueltas para poder taparte la boca tú misma con ellas, o las pondrás en otra parte y harás que me enfade? ¿Te las sujeto?
- ……….
- ¿Serás capaz de mantener la boca cerrada por ti misma?
- No lo sé…
- Vale. Como pongas las manos en un sitio distinto a tu boca…
- ……….
El cuarto, el quinto, el sexto… Perdí la cuenta. No llegué a desesperarme, así que probablemente dijiste la verdad al indicar que sólo serían unos cuantos, pero mi voluntad no era tan fuerte como para rendirme ante ti sólo por… por unos pocos golpes propinados con un peine. Aunque he de reconocer que fue un acierto que me dejases las manos sueltas. Era incapaz de apartar las manos de mi boca, porque no me fiaba nada de mí misma ni de mis sonidos, lo que te dejaba el campo libre sin necesitar ningún tipo de esfuerzo por tu parte. Cuando escuché a la vendedora al otro lado de la frágil puerta creí morir de humillación. Me preguntaba cómo iba con las faldas, si me quedaban bien, y tú paraste tu mano de peluquero en el aire el tiempo suficiente para que yo pudiese contestar, con un hilo de voz, que aún me las estaba probando…
Cuando me diste cuatro rapidísimos azotes más, alternados entre ambas nalgas, pataleé, en el más absoluto de los silencios, plenamente consciente de que la dependienta permanecía al otro lado esperando a dar su opinión sobre las prendas. Me incorporaste, guardaste el peine, y con un movimiento de cabeza me indicaste que abriese la puerta para poder mostrarme ante aquella mujer. Abrí, absoluta y totalmente ruborizada. Tú permanecías sentado. Ella me pidió que me diese la vuelta y, como si supiese leer en mis ojos, y muerta de envidia por ello, toqueteó las tablitas de la falda sobre mi trasero, provocándome un dolor casi indescriptible, mientras comentaba:
- Le queda muy bien. ¿Se ha probado las otras?
- No, no es necesario – contestaste tú, muerto de risa. – Nos quedamos con esta. ¿Verdad?
- Eh… sí, sí, claro.
Cuando salimos de allí aún te estabas riendo de mí. Fuimos a tomar algo, al bar de unos amigos tuyos, y yo me desesperé cuando insististe e insististe ante ellos para que me sentase en aquel taburete alto y duro, de madera, sin más protección para mi retaguardia que tu mirada… De allí fuimos a otro sitio, y a otro y a otro. Eras… el perfecto caballero, el padre protector, el galante impenitente, el educador involucrado. Todo lo que yo quería, y todo lo que yo temía. Fuiste todo lo que yo quería, efectivamente, hasta que se fue acercando la hora de volver al hotel, y volviste a ser todo lo que yo temía. Cuando llegamos, cargados de bolsas, con la cámara en la mano y más que cansados, me senté en la butaca, en tus rodillas, a repasar todos los sitios que habíamos visitado y cuánto nos habíamos reído. Yo no me quitaba de la cabeza algunas cosas que también habían ocurrido durante la jornada, pero no tenía la menor intención de traerlas a tu memoria. Por entonces, aún no sabía que tu retentiva era sólo inferior a la disciplina que demostrabas – y exigías – en determinados momentos.
Sin darme cuenta me fui acurrucando, enroscada en tu cuello. El largo día me había dejado exhausta, y ni siquiera el dolor que sentía en las zonas acariciadas por tu peine me hacía levantarme de la postura en la que, sin dudarlo, habría permanecido hasta el amanecer…
- ¡Hey! ¿Te estás durmiendo?
- ¿Yo? No...
- Venga, incorpórate. Acabemos con esto cuanto antes, ¿no?
- No, no te muevas – dije con voz mimosa.
- Sabes que no puedo quedarme.
- Ya…
- Y sabes que tenemos que terminar algo antes de que me vaya.
- No…
- Sí.
- ¿Lo vas a hacer fácil, o difícil?
- ¿Cómo?
- Que si quieres que sea por las buenas, o por las malas. Ya sabes que por las malas será peor para ti…
- Si te digo que no sé de qué me hablas, no cuela, ¿verdad?
- Verdad.
- Por las buenas.
- ¿Qué más?
- Por favor.
- De acuerdo. Te concederé el beneficio de la duda. Otra vez.
- ¿Qué hago?
- Ponte la falda nueva. Luego, acércame mi mochila. Y, por último, túmbate sobre mis rodillas como anoche.
- ……….
- ¡Qué guapa estás!
- Toma.
- Gracias. ¿A ver? Sí, aquí está.
- ¡Joder, ¿ahora un cepillo?! ¿Cuántos chismes has traído?
- ¡¿Cómo has dicho?!
- No he dicho nada.
- ¿Tú no has dicho ahora mismo “joder”?
- Sí, pero se me ha escapado…
- O sea, yo intentando hacer de ti una jovencita modosa y educada y tú diciendo palabrotas gratuitas…
- ……….
- Verás lo fácil que lo arreglamos. Vamos a continuar con el plan previsto, pero esta vez, para que vayas aprendiendo modales, vas a decir, después de cada azote “Gracias, ¿puedes darme otro, por favor?”.
- ¡Sí, hombre, ¿y qué más?!
- ¿No habíamos quedado en que sería por las buenas?
- Sí, pero…
- Te mereces un castigo. Lo sabes. Y además, vas acumulando puntos para otro… ¿Empiezo a llevar las cuentas?
- No, está bien.
- Eso me gusta mucho más. Hazme estar orgulloso de ti. Sé que puedes, mi pequeña.
- ……….
- ¿Preparada?
- … Sí…
- De acuerdo.
- ……….
- ……….
- Gracias, ¿puedes darme otro, por favor?
- ……….
- Gracias, ¿puedes darme otro, por favor?
- ……….
- Mmmm… Gracias, ¿puedes darme otro, por favor?
- ……….
- ¡Ay! Gracias, ¿puedes darme otro, por favor?
- ……….
- ¡Ayyyy!... Gracias, ¿puedes darme otro, por favor?
- ……….
- ¡Ayyyyyyyyy!
- ¿Qué más?
- Gracias, ¿puedes darme otro, por favor?
- ……….
- ¡Auuuuuuuuuuuuu!
- Venga…
- … Gracias, ¿puedes darme otro, por favor?
- ……….
- ¡Paraaaaaa!
- ¿Ya vamos a ponernos desobedientes otra vez?
- No…
- ¿Entonces?
- Fffffffffff… Gracias, ¿puedes darme otro, por favor?
- ……….
- ¡Ya estáaaa!
- Ejem…
- Gracias… ¿puedes darme otro, por favor?
- ……….
- Gracias… ¿puedes… puedes darme otro?
- ¿Cómo?
- ¿Por favor?
- ……….
Me cansé de contar. Sé que tú no, pero yo sí. Te dije que parases, te rogué, pataleé, te supliqué, me debatí, te insulté, agité mis manos como hélices… Hasta intenté morderte en un muslo. ¿Recuerdas ese momento?
- ¡Se acabó! ¡Hasta aquí hemos llegado! ¡Faltaría más!
- Perdón, perdón, perdón…
- A LA CAMA.
- Perdona.
- BOCA ABAJO.
- Perdóname, por favor.
- Las manos sujetando el cabecero. Ni se te ocurra moverlas. Dame la almohada. Levanta las caderas… Así.
- Por favor…
- A ver, vamos a quitarte la falda…
- No, por favor.
- No te atrevas a mover las manos. Yo te la quito.
- Por favor…
Y comenzaste de nuevo. Pero no fue igual. Esta vez estabas enfadado. No tanto como para ser peligroso, pero sí lo suficiente como para ser inflexible. No quiero recordarlo. Fue demasiado doloroso. Los azotes no tenían fin. Tu mano apoyada en la base de mi espalda anulaba todo movimiento. No me atrevía a soltar mis manos, no sé de qué habrías sido capaz si te hubiese vuelto a desobedecer. Ahogaba mis lamentos en la sábana. Y tú no dijiste ni una sola palabra. No emitiste ni un sonido. No hablaste. Yo no podía mantener los ojos fijos en ti, porque esta vez sí había lágrimas rodando por mis mejillas, lágrimas que se enjugaban solas contra la tela, pero cuando te miraba, te veía contemplando fijamente mi trasero, con los labios apretados y sin el más mínimo atisbo de contrición. Cuando al fin te decidiste a dirigirme la palabra, lo hiciste para preguntarme qué opinaba, qué pensaba de lo que estaba sucediendo. No sé qué contesté. Sólo recuerdo que, a duras penas, te dije que me lo merecía, que me había portado muy mal, y que no volvería a repetirse, nunca. Y debí de ser convincente, porque tú soltaste el cepillo inmediatamente, te sentaste en la cama, y me abrazaste, me besaste y me acunaste…
Cuando desperté ya era de día y yo estaba sola. Me costó un momento darme cuenta de que había sonado el teléfono. Era una llamada despertador, hecha por la recepción del hotel, aunque yo no recordaba haber dejado ninguna orden similar…
Me resultaba increíble haber podido quedarme dormida con aquel punzante dolor, pero al tocarme, el aroma que descubrí me sugirió que antes de irte me habías echado algún tipo de loción para calmar los ardientes pinchazos que tu dedicación hacia mí había provocado. Fui al baño y me miré en el espejo. Yo no parecía yo. Y no me refiero al color rojo que aún perduraba en partes de mi anatomía, sino a mi expresión. Era distinta. Parecía más mujer, más segura de mí, más… más humana. No me apetecía bajar al comedor, a sentarme haciendo malabarismos en una mesa perdida, así que pedí el desayuno en la habitación. Y sólo en ese momento descubrí tu nota, esa en la que, con tu inconfundible caligrafía, me decías: “Cuando leas esto será muy probablemente por la mañana, así que buenos días, mi niña preciosa. Tuve que irme, pero no quise despertarte. Temo que fuesen muchas emociones para una sola vez. Nunca hemos hablado de términos ni de cláusulas. Espero no haber sobrepasado los límites que tú, mentalmente, me hubieses impuesto. Sin embargo, he de informarte que el día en que convinimos en conocernos me hiciste partícipe de tu educación, de tus sueños, de tu disciplina, de tu obediencia. De parte de tu vida. No hemos de seguir viéndonos, a no ser que así lo desees, pero si lo hacemos, yo seré el encargado de velar por ti y de adiestrarte. Nunca te olvides de eso. Ahora mismo son, como muy tarde, las nueve y media, puesto que dejé un encargo en conserjería. Si deseas volver a verme, llama a recepción y deja un mensaje para mí. Pasaré por tu hotel a las diez en punto y preguntaré. Sé que no tienes mucho tiempo para pensar, pero hemos hablado mucho de nosotros, y no te gusta demorarte en tus decisiones, así que hay rato de sobra, ¿no?”.
Desayuné como si no hubiese comido nunca. Más que saborear, engullía, pendiente de mi reloj, de la ventana por si te veía aparecer, de… de todo menos de mí. Antes de que dieran las diez ya había tomado mi decisión. Llamé a recepción y, cuando noté que nadie contestaba me puse casi histérica. No tenía tu teléfono, no sabía tu nombre real, no podría encontrarte si te perdía… Y no estaba dispuesta a perderte. Bajé en albornoz, descalza, sin peinar, corriendo por las escaleras. Tú me reconociste de espaldas, cuando hablaba con la recepcionista. Te acercaste a mí, me diste un beso en la mejilla y me preguntaste si había dormido bien. Y yo te invité a subir.
Unas pocas horas más tarde mi avión despegaba. Todavía estaba dolorida, quizás aún más dolorida que antes. Sabía que tú mirabas cómo me elevaba en el cielo. Sabía que estarías esperando noticias mías en Internet. Sabía que volvería a verte. Lo único que no sabía era cuánto podría esperar…
Autora: Anita Forever
¡Y fui a verte por fin! Tanto tiempo contando con ello, tanto tiempo esperándolo, tanto tiempo asumiendo que algún día ocurriría… y de pronto allí estaba, en un avión, esperando a aterrizar para verte aparecer. Sabía que te reconocería, te lo había avisado, pero, aun así, tú quisiste que alguno de los dos llevara un distintivo; “está bien, una flor en tu ojal servirá”, te dije yo, pero no, me hiciste llevar un collar pegado al cuello, porque, dijiste, y yo no te entendí, así me reconocería todo el mundo.
Y aterricé en la Gran Ciudad; sin saber qué iba a encontrar, asumiendo todo el riesgo de no conocernos, de no amarnos, de… aún no saber si nos deseábamos. Pero aterricé. Y ese fue mi fin.
Nos reconocimos al instante. Me llevaste a mi hotel. Me invitaste a una copa y me dejaste tiempo para dejar de ser una pasajera desconocida y volver a ser quien te hizo pagarle el vuelo a una extraña. Pero aún no era yo. Cenamos, charlamos, salimos, bebimos, jugamos… y volvimos a empezar.
Cuando regresábamos al hotel, tú me preguntaste por tu… odiado hábito de fumar. Por mi… amado hábito de fumar. Querías saber si lo había dejado, si había conseguido llegar por mí misma a la conclusión de cuán grande era la zanja que cavaba en mi propio jardín cada vez que encendía un cigarrillo, pero no era tan fácil. Y tú contabas con ello.
Y, por primera vez, te vi serio, adusto, sin intención de sonreír, queriendo que yo sintiera lo que estaba sintiendo; que te había fallado, y que había metido la pata. Y si metía la pata, pagaba las consecuencias… Y yo, a pesar de las largas conversaciones previas… no sé si lo sabía.
La habitación era sencilla. Una cama, una mesita de noche con teléfono, mando a distancia para la televisión, folletos ¡y cenicero!, escritorio con papel de cartas y silla, y cuarto de baño completo. Y un sillón. Sin brazos. Perfecto para que tú te sentases en él y me invitases a acompañarte. Y yo, inocente, caí en la trampa. Me preguntaste si ya me había dado cuenta de lo que había hecho mal. Contesté que no. Me recordaste que hay algunas faltas que nunca prescriben. Y seguí sin entenderte… hasta que me aferraste entre tus brazos y me volteaste sobre mí misma. Sin darme cuenta de cómo, me vi desprotegida bajo tu rígido abrazo, olvidada toda amistad, toda simpatía, todo desconocimiento mutuo. No podía creerlo, aún no podía creerlo…
- ¡Ay! ¡Pero, ¿qué te crees que estás haciendo?!
- ..........
- ¡Ay! ¡Ayyyy! ¡Ayyyyyyyy!
- Deja las manos quietas.
- ¡Para! ¡Para! ¡Ya! ¡Para!
- ..........
- ¡Pero… pero… pero! ¡Ayyyyyyyyyyyyyyyyyyyyy!
- ..........
- ¡No me cojas las manos! ¡Suelta!
- ……….
- ¡Paraaaaaaaaaa! ¡Por favooooooor!
Me habías puesto sobre tus rodillas y habías comenzado a azotarme tal cual, sin avisos, sin amenazas, sin desnudos… sin cita previa, y allí estaba yo, desprotegida de cualquier don con el que quisiese adornar mi palabra, luchando por liberarme, esperando llegar a un acuerdo tácito que parecía más lejano cuanto más cercano creía el momento, aun queriendo, incluso deseando, que tu fuerza fuese mayor que la mía…
- ¡Ya! ¡Yaaaaaa!
- ……….
- ¡Noooooo! ¡No me quites la ropa! ¡No me la quites! ¡Paraaaaa!
- ……….
- ¡Mi faldaaaa! ¡Noooo!
- ……….
Empecé a gritar. Hasta entonces, conscientemente, mis súplicas, ruegos e intentos habían sido proferidos en un tono bajo, íntimo; estaban destinados a hacerte reconsiderar o a hacerme reconsiderar, a convencerte, a convencerme…, pero llegó un momento en que sólo deseaba que parases, que parases, que parases… Que parases. ¿O no?
La sensación era casi más extraña que intensa. Casi más intensa que extraña. Te sentía más cerca de mí de lo que nadie estuvo nunca antes. Sin embargo, te reconocía lejano, en ese papel omnipotente que los dos habíamos acordado otorgarte. No eras alguien con quien yo pudiese hablar, ni conversar. De pronto, sólo eras alguien a quien podía intentar convencer.
Convencer de que parase. Que parase de una vez.
Y… mientras tanto, el color creciente de mis nalgas, tan vívido como si pudiese verlo ante mí a cada instante.
- ¡Por favor! ¡Por favor! ¡Para!
- ¿Que pare?
- ¡Síiiiiiiiiii!
- ¿Por qué?
- ¡Para, por favor! ¡Ayyy!
- Dime, ¿por qué debería parar?
- ¡Porque me duele! ¡Me duele! ¡Mucho!
- Respuesta incorrecta.
- ¡Paraaaaaaaa!
- ……….
- ¡Por favooooor! ¡Ay! ¡Ayyyyyyy!
- ……….
- Por favor… por favor… por favor…
- Por favor… ¡¿qué?!
- Por favor…
- ……….
- ¡Ay! ¡Ayyy! ¡Por favor…!
- Te escucho.
- Lo dejaré. Lo dejaré. Lo prometo. Lo dejaré. De verdad. Lo dejaré.
- ……….
- ¡Palabra!
- ……….
- Dejaré de fumar. Te doy mi palabra. Lo dejaré.
- Te has acordado rápido, ¿no?
- ¡Ay!
- ……….
- ¡Ayyyyyyyy!
- ……….
- ¡Lo dejaré! ¡Lo dejaré! ¡Lo juro!
- ……….
- Lo dejaré.
- ¿Sí?
- Sí. Lo dejaré. Te doy mi palabra de honor.
Entonces dejaste de ser el tú a quien yo fui a buscar para volver a ser tú. El tú que encontré en el aeropuerto se volatilizó, sentado en el sillón, con gesto paterno y ceñudo, mientras el tú que me conquistó me acunaba y mimaba como la niña que yo era en tu presencia. Mis ojos, asustados y humedecidos (aunque no lloré, y me sentía muy orgullosa de ello), te miraban y tú te reflejabas en ellos. En ese momento sólo deseaba agradarte. Hubiese hecho cualquier cosa para hacerte feliz y… bueno, prometer un imposible no parecía tan mala idea… Los momentos tiernos se sucedían, y la dicotomía amatorio-disciplinaria fue fundiéndose en un letargo similar al que iba entrando en mí…
Tú tenías que dormir en casa, en “tu” casa, y yo me quedaría sola en mi soledad plagada de tus recuerdos, en esa habitación que había dejado de ser mía para ser parte de ti, en ese reducto de gritos contenidos a duras penas en el que no podría, nunca, hacer más que añorarte.
Dormí desvestida. Boca abajo. Destapada. Feliz. Sin arrepentimientos. Sin arrepentimientos de ningún tipo. Pero el timbre sonó demasiado pronto. Todavía te añoraba. Aún estaba desnuda. Ensimismada. Imbuida de tu marcha. Influida por ti. Intentando aclarar conmigo misma que sí, que efectivamente había cruzado el país para conocer a un hombre, tú, y que, efectivamente, lo primero que había hecho ese hombre, tú, había sido darme una azotaina, y que sí, que, efectivamente, yo seguía allí, dispuesta a volver a ver a ese hombre, tú, preparada para volver a echarme en sus brazos, entregada a él, ¿o a ti? Me puse el albornoz y abrí la puerta con timidez.
- Buenos días
- ¡Buenos días! He traído algo para ti…
- ¿Un regalo? ¿Está en esa mochila? ¡Huy, qué grande es!
- Ya lo verás. Por cierto, ¿a qué huele?
- A nada…
- Y… ¿por qué tienes la ventana abierta?
- Hace calor.
- ¿Tan temprano? ¿Y no te da vergüenza pasearte sin ropa por la habitación?
- No voy sin ropa. Además, desde aquí no me ve nadie.
- Ya. Esto… ¿Dónde está el cenicero que estaba en esta mesa?
- ¡……….!
- ¡¿Dónde está?!
- … En el cuarto de baño.
- ¡……….! A ver…
- ……….
- ¿Me podrías explicar qué hace mojado, y boca abajo?
- Sí… bueno… esto… anoche, después de que tú te fueses, fui a por algo de comer, y… pues… verás… lo usé como posavasos. ¡Por eso lo dejé así, para que se secase!
- Seguro. Ya.
- De verdad.
- Acércate a mí. Ahora. No pensaba tener que usar algunas de las cosas que traía, pero algo me hizo cargar con ellas. Ahora veo que no me equivoqué.
- ¿Qué es lo que has traído exactamente?
- Ya lo verás. Ahora ven.
- ……….
- En este instante.
- Pero…
- VEN AQUÍ. No me hagas repetírtelo. Te lo aconsejo.
- Pero…
- Lo tuyo es increíble. ¿Lo sabías?
- ¿A qué te refieres?
- ¿Tú a qué crees?
- … No sé…
- Ven aquí. Si no, será peor. Y lo sabes. ¿A que sí que lo sabes?
- Vamos a hablarlo primero.
- No tenemos nada que hablar.
- Sí…
- No.
- Escucha…
- ¿Qué pasa? Llegamos a un acuerdo, ¿no? De hecho, déjame recordarte que ayer me diste tu palabra de honor. ¿Es esto lo que vale tu palabra? Dime.
- No. Mi palabra vale mucho. Es sólo que… bueno, me pillaste en un momento un tanto… desorientado. No sabía lo que decía…
- Vale. Ya he escuchado lo suficiente. Ahora hablaré yo, ¿de acuerdo? Y te diré lo que quiero. Y tú enmudeces y me escuchas bien calladita. Quiero que te comportes como una niña buena, como la niña buena que sé que eres en el fondo. Quiero que seas obediente y educada. Quiero que digas siempre la verdad y que seas consecuente con tus actos. Y, por lo tanto, quiero que te acerques a mí, y quiero que voluntariamente te tumbes boca abajo sobre mis rodillas, aprovechando la circunstancia de que ya estás desnuda, para recibir los azotes que sabes que mereces por haberte comportado mal, por seguir fumando después de todo lo que hemos hablado al respecto y, por supuesto, por haberme mentido y haber dado tu palabra de honor en vano. Será inolvidable, créeme. Aproximadamente en ese momento ya habrás aprendido algo importante sobre ti misma, que tu palabra es tu fuerza y no puedes malvenderla. Y yo te ayudaré a que recuerdes esa sabia enseñanza.
- No tengo la más mínima intención de hacer eso que dices.
- Ah, ¿no?
- No.
- Está bien. Entonces comenzaremos por el final.
- ¿Por qué me coges del brazo?
- Ven…
- ¿A dónde?
- Al cuarto de baño, ¿no lo ves? Voy a hacerte algo que tu madre debió hacer la primera vez que te vio fumar. Espero que aún no sea demasiado tarde.
- ¿Qué vas a hacerme?
- Tranquila.
- ¡Sí, hombre!
- ¿Confías en mí?
- ……….
- ¿Confías en mí? ¿O acaso quieres que me vaya ahora?
- ¡No! Seré buena…
- De acuerdo. Entonces me quedaré. Y tú, también.
Aún recuerdo mi cara. Mi expresión, reflejada en el espejo sobre el lavabo, de absoluto asombro, cuando te vi abrir la gran mochila en la que traías esos artículos misteriosos de los que hablabas de forma tan… inocente. Esos depósitos de plástico. Esos tubos largos de goma. Esa especie de… sondas. Esos recipientes llenos de líquido ambarino que, según me explicaste, eran infusiones de distintas hierbas medicinales. Y, sobre todo, aquellas cánulas de aspecto intimidante que tú expusiste ante mí, ordenadas por tamaños y grosores en la blanca inmensidad de la tapa del inodoro. Recuerdo el despliegue diligente y la paciencia, la minuciosidad con que comenzaste los arreglos, mirándome casi como un padre, intentando transmitirme con tu mirada la tranquilidad que me faltaba al mirar tus manos y sus progresos. Y me acuerdo de mí misma, paralizada, mirando con ojos asombrados tus preparativos, sin querer aceptar la posibilidad que aquel cúmulo de objetos me sugería. Incluso cuando ya habías terminado, incluso cuando te incorporaste y te acercaste a mí, incluso entonces, no podía creer lo que veían mis ojos…
Me cogiste delicadamente por la cintura. Me quitaste el albornoz. Te sentaste en el borde de la bañera y me colocaste sobre tus rodillas. Y me explicaste, como a una niña, que ibas a ponerme un enema, un enema medicinal que limpiaría mi cuerpo de algunos de los estragos del tabaco, que me haría sentir mejor, pero que tal procedimiento no sólo tendría un carácter terapéutico, que había algunas cosas que aún tenía que aprender, y que por ello aquel enema también serviría para castigarme.
Y yo me volví dócil ante la posibilidad cada vez más cercana de ser… de recibir… de probar ese… “tratamiento especial” que jamás en mi vida me había sido aplicado, y del que sabía, por algunas amigas y sus experiencias, que no tendría nada de agradable. Te mimé, aún sentada en tu regazo, fijé mis ojos, cargados de inocencia y de súplicas, en los tuyos, acaricié tu barbilla con un dedito juguetón… y tú fuiste consciente de mis intenciones desde el primer momento y me permitiste agasajarte, sin ningún propósito de ceder ante mí. Me dejaste hacer durante un rato y, de pronto, te incorporaste, y a mí contigo.
- De acuerdo. Creo que ya te has tranquilizado y has entendido que todo esto es por tu bien. Y ahora quiero que te comportes como la niña buena que sé que eres, quiero que me pidas perdón por esa horrible palabra de honor desperdiciada, y quiero que te inclines sobre el borde de la bañera. Apoya tus manos en el interior, de forma que tu culito quede bien alzado. Te pondré dos toallas gordas dobladas, para que puedas apoyar tus rodillas en ellas y así estar un poco más cómoda, ya que deberás permanecer en esa posición durante algo de tiempo…
- Pero…
- Por favor, no empecemos otra vez. ¿De acuerdo?
- De acuerdo.
- ¿Entonces?
- ……….
- ¿Entonces?
- … Te pido perdón.
- ¿Qué más?
- Te pido perdón por… ¡Esto es muy difícil!
- No volveré a pedírtelo. Venga.
- ……….
- Hazlo por mí.
- Te pido perdón por… desobedecerte, puesto que sólo miras por mí y por mi salud, por haberte dado mi palabra de honor sin intención de cumplirla y… sobre todo, te pido perdón por… desilusionarte, por… decepcionarte. Por defraudarte.
- Muy bien, pequeña.
- Bueno, ahora lo he dicho.
- Sí.
- Ya no tenemos que pasar por esto del enema, ¿verdad?
- A veces creo que no entiendes nada…
- ¡Pero…!
- No… No comiences de nuevo… Me estoy cansando…
- ……….
- ¡De acuerdo! Te diré lo que vamos a hacer: Te doy a elegir. Si quieres, puedes ser una niña buena, adoptar la postura que te he indicado, y asumir que ya eres lo suficientemente mayor como para pedir, recibir y aceptar los castigos que te mereces, tanto el enema como la azotaina que antes te describí.
- ……….
- Si no, ahora mismo, y en este momento y lugar, te dejaré el culo tan rojo que lo de ayer no serán más que caricias en tu recuerdo, luego te aplicaré dos enemas en vez de uno, y luego seguiremos con los planes anunciados. Elige.
- Hombre… si me lo pones así…
- ¿A que no es difícil?
- No…
- Elige entonces.
- Ya sabes lo que elijo.
- Eso no me sirve. Quiero oírlo de tu boca. Quiero tus palabras, quiero que me pidas que te discipline y que reconozcas que mereces el castigo. Quiero que tus labios soliciten de mí un enema y una severa azotaina. Quiero que lo digas.
- No puedo.
- Claro que puedes.
- … No puedo.
- De acuerdo entonces. Ven.
- ¡No! No me cojas del brazo. ¡Espera!
- Por favor… mi paciencia tiene un límite…
- Vale. Voy. Dame sólo un minuto.
- Diez segundos.
- ……….
- Di.
- De acuerdo.
- Estoy esperando…
- … Me he comportado mal. Quiero que me disciplines, que me eduques. Quiero…
- Dilo…
- … Quiero… te pido que me apliques un enema como castigo por fumar y por dar mi palabra de honor en vano.
- Bien. Sigue.
- ¿Más?
- Claro.
- … Y… y quiero que me des la azotaina que me merezco por haberte mentido y desobedecido.
- De acuerdo. Ya que me lo has pedido de forma tan educada y tierna, te complaceré. Y ahora espera un momentito, que voy a terminar con los preparativos.
- ……….
- Ya está.
- ……….
- Ponte en la postura que te he dicho, por favor.
- ... Más adelante. Apoya las manos. Así. Y separa un poco las piernas.
- Espera.
- Peque, no hables más. Intenta relajarte, ¿vale?
- Eso no es fácil.
- Venga… inténtalo.
- Vale.
Después de ese último intercambio de simplezas, me di cuenta de la situación en la que me encontraba. Un hombre, al que no conocía apenas veinticuatro horas atrás, estaba a punto de introducirme una cánula por el ano para desintoxicar mis intestinos de nicotina ¡porque yo se lo había pedido! Y yo, rodeada por un mar de porcelana blanco, parecía estar dispuesta a aceptar esas circunstancias…
En cualquier caso, mis momentos reflexivos no duraron mucho. Sentí tu dedo, indescriptiblemente gélido, toqueteándome con sutileza, dejando tras de sí una capa fría, resbaladiza y desapacible, introduciéndose en mi interior. Y me empecé a poner nerviosa… Con mis movimientos de vaivén, destinados a zafarme de ti, y sin ser consciente de ello, conseguía el efecto contrario al deseado, y tu dedo entraba aún más fácilmente en mí. Sin embargo, y, aun a pesar de que era la primera vez que sentía algo extraño en esa… parte de mi anatomía, desde que me había colocado en aquella postura no hacía más que recordar los acontecimientos del día anterior, y notaba la humedad que mis evocaciones generaban y que tus toqueteos y la imagen de los distintos artilugios no hacían más que incrementar. Y recé para que no te dieses cuenta. Asumía que tú contabas con ello, pero ya era lo suficientemente humillante la postura en la que me encontraba, como para sumarle una excitación generada exclusivamente por azotes y enemas…
Pasados los primeros minutos dejaste un poco de lado tu delicadeza, tras recordarme que también me estabas castigando y los motivos de dicho correctivo. Me separaste las nalgas, que respondieron al roce de tus manos como los girasoles al calor del sol, y de pronto noté que tratabas de meter algo duro en mi interior. No sabía qué hacer, si quitaba las manos del fondo de la bañera podía darme un golpe, y tú, quizá previendo que intentaría zafarme de ti, paraste un momento, me cogiste del pelo para incorporarme ligeramente, y me dijiste al oído con una voz severa e intimidatoria “Ni se te ocurra moverte a partir de este momento, niña, o te dolerá más”. Y a partir de ese momento, efectivamente, no me moví. Me quedé helada, apretando todas mis intimidades para no permitirte el acceso a mí, sin saber que con ello te estaba ayudando…
Comencé a sentir dolor. Te lo dije, y me pediste que me callase.
Comencé a rechinar los dientes. Me oíste, y me pediste que parase.
Comencé a incomodarme. Lo notaste, y me pediste que me tranquilizase.
Pasó una eternidad. Una eternidad perpetua mientras tú manipulabas tras de mí, escuchando sonidos indescifrables y sintiendo dolor, y ganas de llorar, y humillación, y mucha, mucha vergüenza… Y humedad.
- Sigue sin moverte, ¿de acuerdo? Lo estás haciendo muy bien. Ya verás lo pronto que terminamos. Ahora comenzarás a sentir líquido en tu interior. No dejes escapar ni una gota. ¿Entiendes? Ni una gota. Mira, el contenido de esta bolsa es el que te voy a meter, y…
- ¡¿Todo eso?!
- Calla.
- ¡Pero… eso es una barbaridad! ¡Eso no cabe!
- ¡Ay, Dios! Cállate…
- Pero es que…
- ¡Que te calles ya! Se acabó.
- ¡Ay!
- ……….
- ¡Ay! ¡Ayyyy!
- ……….
- ¡Vale, vale, me callo! ¡Ay! ¡Ayyy! ¡Ayyyyyyyy!
- ……….
- ¡Ayyy! ¡Yaaaaa!
- ¿Seguro? Puedo seguir azotándote hasta que te tranquilices, si quieres…
- No, no será necesario. De verdad.
- A ver si eso es cierto, y tenemos un poquito de serenidad. Te voy a decir una cosa; como me hagas sacarte la cánula para poder azotarte más y mejor, te vas a arrepentir… Mucho.
- No lo haré. Palabra.
- Tu palabra ya no sirve de nada conmigo.
- ……….
- Bueno, parece que eso está mejor. Como iba diciendo, el contenido de esta bolsa es el que te voy a meter, y no quiero que dejes salir ni una sola gota de tu cuerpo hasta nueva orden. ¿Entendido?
- Sí.
- ¿Seguro?
- Sí.
- Está bien, volveremos a intentarlo. Última oportunidad. Quieta y callada.
- ……….
A partir de ese momento las sensaciones se intensificaron. Mi culo, con unas pocas nalgadas, había recobrado rápidamente el color y el calor y, a la vez, una cálida, aunque incomodísima y desconcertante, sensación, empezó a fluir dentro de mí y se desparramó, acrecentando mi impotencia, mi humillación, mi inocencia, mi dolor, mi confusión, mi súbito desconocimiento de mí misma. Durante lo que pareció una eternidad tus humores mágicos comenzaron a tomar posesión de mis entrañas. Quería moverme, quería escapar, quería que me soltases, quería dejar de estar enchufada a ese engendro disciplinario que salía de mi culo como una cola de diablo, pero no sabía cómo hacerlo. Intenté razonar contigo, pero tras sólo dos palabras tú me preguntaste si mis ganas de conversar indicaban que quería dos bolsas en mi interior en vez de una. Y guardé silencio. Y tu purga fluyó y fluyó.
Mi cuerpo ardía. En todos los sentidos. A todos los niveles. Por dentro y por fuera. Queriendo y sin querer. La fuerza de tu mano, la eficacia de tus caricias, lo que llevaba dentro de mí sin poder dejarlo salir, tu mirada, fija en bien sabes qué parte de mi anatomía… Lo pasado y lo presente. Todo me hacía quemarme. Y todo me quemaba.
De pronto, terminó. Cuando ya me sentía más llena de lo que nunca creí poder estar, se acabó, y tú sacaste la cánula. Me notaba a punto de explotar. Por primera vez no quise moverme. Mis ojos, apretados, formaban círculos de luz ante mí, centrando todas mis fuerzas en cerrar aquella salida de la que nada debía emerger. Tu mano, acariciándome, amenazaba con romper la concentración necesaria para evitar pérdidas. No habría pasado más de un minuto cuando rompí el silencio, la concentración, y casi tu orden.
- Por favor…
- ¿Qué?
- Estoy a punto de reventar. Me duele mucho todo. Por favor.
- Aguanta sólo unos minutos más.
- ¡No!
- ¡……….!
Mi propia rebeldía me sorprendió. Llegó de ningún sitio y me atravesó de parte a parte. Me incorporé desafiante, aunque aún intentando mantenerlo todo en mi interior y… no esperaba ver lo que vi: Tú ya habías previsto ese próximo movimiento mío, habías estado esperando mi insubordinación desde el principio, y estabas sentado sobre la tapa del inodoro, manteniendo en tu mano, listo y preparado, un objeto desconocido para mí. Era de color brillante, alargado, más grueso que un dedo, aunque más estrecho que… bueno, que otras cosas, y tú lo sujetabas por la base, apuntándome directamente. En décimas de segundo me inmovilizaste la espalda, para evitar más movimientos, e introdujiste todo aquello en mí.
- ¡Auuuu!
- ¿Mejor?
- ¡¿Cómo que mejor?!
- Bueno, ahora no tienes que hacer tanta fuerza para que no se te salga nada, hay algo que te ayuda, ¿no es cierto? Ahora tienes un tapón.
- Duele un poco…
- Venga, no seas niña. Piensa y dime fríamente: ¿De verdad duele tanto?
- Mmmmm… No.
- ¿Lo ves?
- ……….
Toda mi sed de venganza, toda mi insumisión, toda mi ignorancia sobre mí misma y, aparentemente, sobre mis propios deseos, murió con ese descubrimiento. Deseé que estuvieses orgulloso de mí, de mi obediencia, de mi disciplina, de mi control. Tus manos tomaron posesión del cuerpo que se te ofrecía, y lo acariciaron profusamente. Mi intestino se adaptaba a tu receta como mi cuerpo a ti. No podía creer que fuese yo quien gimiese a tu contacto. Me resultaba insolentemente vergonzoso que tu tacto ardiente, contra una superficie de por sí arrobada, desenterrase ciertos sonidos dormidos en mi garganta. Y tú te diste cuenta y me rescataste de mí misma.
- Venga, arriba. Voy a quitarte el plug, y te voy a dejar sola el tiempo suficiente para que no tengas nada deseando fluir fuera de ti. Te espero ahí. No tardes.
Cuando salí, liberada y contrita, estabas sentado en mi cama, sonriente.
- ¿Nos vamos?
- ¡!
- ¿No quieres?
- ¡Sí! Sí, sí quiero, pero… yo esperaba…
- ¿El qué?
- Nada, nada… Venga, vamonos. Pero tengo que ducharme.
- Claro. ¿Tardarás mucho?
- Dame cinco minutos.
- De acuerdo.
Eras otra vez el hombre maravilloso de nuestras largas conversaciones, el culto, interesante y descarado personaje que me movió a huir de mi rutina para pasar un fin de semana diferente. Mientras yo me duchaba te oí entrar en el cuarto de baño, rasgar el envoltorio de la pequeña pastilla de jabón y abrir el grifo. Cuando salí, no quedaba nada que recordase lo que acababa de ocurrir. Tú ya estabas de pie con tu mochila atiborrada al hombro. Me prometiste un día perfecto, lleno de emociones. Te ofreciste como cicerone para mí. Y salimos a recorrer la ciudad.
¿Qué puedo decirte del día que pasamos juntos? Que cumpliste tu promesa. Me llevaste a mil sitios famosos que yo no conocía. Me presentaste platos típicos de los que jamás había oído hablar, riéndote de la pusilanimidad que demostraba ante sabores y texturas desconocidos. En un momento de la tarde decidiste que ibas a hacerme un regalo: una falda de colegiala. Así que nos encaminamos a los grandes almacenes más famosos de España, en una majestuosa plaza de tu amada ciudad. Fuimos directamente a la planta de uniformes escolares, y nos reímos ante la evidencia de que yo no necesitara la talla mayor que el establecimiento ofrecía para las niñas. Escogiste dos o tres modelos diferentes, ante mi absoluta hilaridad. Me excitaba tu empeño por comportarte como un padre modelo ante aquella dependienta que, por la expresión de su cara, no disfrutaba del sexo en ninguna de sus infinitas facetas. Me encaminé hacia los probadores, y no fue hasta que te vi justo detrás de mí, dispuesto a entrar conmigo, que me di cuenta de que quizás había vuelto a pasar algo por alto…
- ¿Qué haces?
- Entrar contigo.
- ……….
- ¿Qué pasa? ¿Te da vergüenza?
- No, claro que no, es sólo que…
- ¿Qué?
- Nada, nada, una tontería. Entra.
- Espera, que cierro la puerta.
- Vale. ¿Cuál quieres que me pruebe primero?
- Esta, la más cortita.
- OK.
- ¿A ver cómo te queda? Mmmm… Estás tan bonita…
- ¿Te gusta?
- Sí, mucho. ¿Por qué no apoyas las manos en uno de los espejos? En este de la izquierda, por ejemplo.
- ¿Para qué?
- Quiero verte en esa postura.
- ¿Así?
- Perfecto. Saca un poco el culo.
- ¿Qué tal?
- Genial. Lo mejor es tu sonrisa de piílla. Ahora no te muevas.
- ¿Qué vas a hacer? ¿Qué… qué haces con tu mochila?
- Ya lo verás.
- ¡¿Para qué es ese peine de madera?!
- Shhhhh… Baja la voz. ¿No te he dicho que no te muevas?
- ¡Pero…!
- Baja la voz te he dicho. ¿O quieres que se entere todo el mundo?
- No, pero…
- Vamos a ver, cuando salimos de tu habitación, ¿no te dio la sensación de que me olvidaba de algo?
- A ver, déjame que piense… No.
- Ya, buen intento. Te explico. Aún te falta algo para completar el castigo de esta mañana. Así que he pensado que podríamos empezar aquí, y ya iremos viendo dónde acabamos... ¿Qué te parece?
- ¡Muy mal!
- Era una pregunta retórica. No esperaba una respuesta. ¡Y deja de levantar la voz! ¿Has probado alguna vez un peine?
- En el pelo sí.
- Venga, sin coñas.
- No, no lo he probado nunca.
- Bueno, entonces, por ser la primera vez, y teniendo en cuenta que aún estarás un poquito dolorida, sólo serán unos cuantos azotes. Aparte de que… el peine es algo peor que la mano, aunque no mucho.
- ¡Sí, hombre!
- Mira, esto me duele a mí más que a ti, pero tú has confiado en mí para que haga de ti una buena niña, y ahora no puedo echarme atrás.
- Pero…
- Fin de la conversación. El peine no hace ruido. Espero que tú tampoco. Adopta la posición.
El primer azote me sorprendió por tres motivos; porque efectivamente no hacía ningún ruido, más allá de un golpe sordo absolutamente inaudible más allá de los probadores, porque dolía terriblemente, y porque fui capaz de no emitir ningún sonido.
El segundo me sobresaltó por tres razones; porque el dolor se convertía, rápidamente, en algo parecido a la agonía, porque casi se me escapó un gemido que ahogué en el último suspiro, y porque yo me moví involuntariamente y abandoné la postura para parapetarme tras una de mis manos.
El tercero me asustó por una sola causa; porque vino inmediatamente sucedido de un tirón de mi mano, de un movimiento brusco del taburete, y de encontrarme de nuevo tumbada sobre ti.
- Bueno, está visto que aún no eres una niña obediente. Pero no te preocupes, lo serás…
- ……….
- No pasa nada, no me mires así, sé que no es fácil permanecer quieta y en silencio en esta situación. Y aquí estoy yo, para ayudarte. A ver, te doy a elegir: ¿prefieres tener las manos sueltas para poder taparte la boca tú misma con ellas, o las pondrás en otra parte y harás que me enfade? ¿Te las sujeto?
- ……….
- ¿Serás capaz de mantener la boca cerrada por ti misma?
- No lo sé…
- Vale. Como pongas las manos en un sitio distinto a tu boca…
- ……….
El cuarto, el quinto, el sexto… Perdí la cuenta. No llegué a desesperarme, así que probablemente dijiste la verdad al indicar que sólo serían unos cuantos, pero mi voluntad no era tan fuerte como para rendirme ante ti sólo por… por unos pocos golpes propinados con un peine. Aunque he de reconocer que fue un acierto que me dejases las manos sueltas. Era incapaz de apartar las manos de mi boca, porque no me fiaba nada de mí misma ni de mis sonidos, lo que te dejaba el campo libre sin necesitar ningún tipo de esfuerzo por tu parte. Cuando escuché a la vendedora al otro lado de la frágil puerta creí morir de humillación. Me preguntaba cómo iba con las faldas, si me quedaban bien, y tú paraste tu mano de peluquero en el aire el tiempo suficiente para que yo pudiese contestar, con un hilo de voz, que aún me las estaba probando…
Cuando me diste cuatro rapidísimos azotes más, alternados entre ambas nalgas, pataleé, en el más absoluto de los silencios, plenamente consciente de que la dependienta permanecía al otro lado esperando a dar su opinión sobre las prendas. Me incorporaste, guardaste el peine, y con un movimiento de cabeza me indicaste que abriese la puerta para poder mostrarme ante aquella mujer. Abrí, absoluta y totalmente ruborizada. Tú permanecías sentado. Ella me pidió que me diese la vuelta y, como si supiese leer en mis ojos, y muerta de envidia por ello, toqueteó las tablitas de la falda sobre mi trasero, provocándome un dolor casi indescriptible, mientras comentaba:
- Le queda muy bien. ¿Se ha probado las otras?
- No, no es necesario – contestaste tú, muerto de risa. – Nos quedamos con esta. ¿Verdad?
- Eh… sí, sí, claro.
Cuando salimos de allí aún te estabas riendo de mí. Fuimos a tomar algo, al bar de unos amigos tuyos, y yo me desesperé cuando insististe e insististe ante ellos para que me sentase en aquel taburete alto y duro, de madera, sin más protección para mi retaguardia que tu mirada… De allí fuimos a otro sitio, y a otro y a otro. Eras… el perfecto caballero, el padre protector, el galante impenitente, el educador involucrado. Todo lo que yo quería, y todo lo que yo temía. Fuiste todo lo que yo quería, efectivamente, hasta que se fue acercando la hora de volver al hotel, y volviste a ser todo lo que yo temía. Cuando llegamos, cargados de bolsas, con la cámara en la mano y más que cansados, me senté en la butaca, en tus rodillas, a repasar todos los sitios que habíamos visitado y cuánto nos habíamos reído. Yo no me quitaba de la cabeza algunas cosas que también habían ocurrido durante la jornada, pero no tenía la menor intención de traerlas a tu memoria. Por entonces, aún no sabía que tu retentiva era sólo inferior a la disciplina que demostrabas – y exigías – en determinados momentos.
Sin darme cuenta me fui acurrucando, enroscada en tu cuello. El largo día me había dejado exhausta, y ni siquiera el dolor que sentía en las zonas acariciadas por tu peine me hacía levantarme de la postura en la que, sin dudarlo, habría permanecido hasta el amanecer…
- ¡Hey! ¿Te estás durmiendo?
- ¿Yo? No...
- Venga, incorpórate. Acabemos con esto cuanto antes, ¿no?
- No, no te muevas – dije con voz mimosa.
- Sabes que no puedo quedarme.
- Ya…
- Y sabes que tenemos que terminar algo antes de que me vaya.
- No…
- Sí.
- ¿Lo vas a hacer fácil, o difícil?
- ¿Cómo?
- Que si quieres que sea por las buenas, o por las malas. Ya sabes que por las malas será peor para ti…
- Si te digo que no sé de qué me hablas, no cuela, ¿verdad?
- Verdad.
- Por las buenas.
- ¿Qué más?
- Por favor.
- De acuerdo. Te concederé el beneficio de la duda. Otra vez.
- ¿Qué hago?
- Ponte la falda nueva. Luego, acércame mi mochila. Y, por último, túmbate sobre mis rodillas como anoche.
- ……….
- ¡Qué guapa estás!
- Toma.
- Gracias. ¿A ver? Sí, aquí está.
- ¡Joder, ¿ahora un cepillo?! ¿Cuántos chismes has traído?
- ¡¿Cómo has dicho?!
- No he dicho nada.
- ¿Tú no has dicho ahora mismo “joder”?
- Sí, pero se me ha escapado…
- O sea, yo intentando hacer de ti una jovencita modosa y educada y tú diciendo palabrotas gratuitas…
- ……….
- Verás lo fácil que lo arreglamos. Vamos a continuar con el plan previsto, pero esta vez, para que vayas aprendiendo modales, vas a decir, después de cada azote “Gracias, ¿puedes darme otro, por favor?”.
- ¡Sí, hombre, ¿y qué más?!
- ¿No habíamos quedado en que sería por las buenas?
- Sí, pero…
- Te mereces un castigo. Lo sabes. Y además, vas acumulando puntos para otro… ¿Empiezo a llevar las cuentas?
- No, está bien.
- Eso me gusta mucho más. Hazme estar orgulloso de ti. Sé que puedes, mi pequeña.
- ……….
- ¿Preparada?
- … Sí…
- De acuerdo.
- ……….
- ……….
- Gracias, ¿puedes darme otro, por favor?
- ……….
- Gracias, ¿puedes darme otro, por favor?
- ……….
- Mmmm… Gracias, ¿puedes darme otro, por favor?
- ……….
- ¡Ay! Gracias, ¿puedes darme otro, por favor?
- ……….
- ¡Ayyyy!... Gracias, ¿puedes darme otro, por favor?
- ……….
- ¡Ayyyyyyyyy!
- ¿Qué más?
- Gracias, ¿puedes darme otro, por favor?
- ……….
- ¡Auuuuuuuuuuuuu!
- Venga…
- … Gracias, ¿puedes darme otro, por favor?
- ……….
- ¡Paraaaaaa!
- ¿Ya vamos a ponernos desobedientes otra vez?
- No…
- ¿Entonces?
- Fffffffffff… Gracias, ¿puedes darme otro, por favor?
- ……….
- ¡Ya estáaaa!
- Ejem…
- Gracias… ¿puedes darme otro, por favor?
- ……….
- Gracias… ¿puedes… puedes darme otro?
- ¿Cómo?
- ¿Por favor?
- ……….
Me cansé de contar. Sé que tú no, pero yo sí. Te dije que parases, te rogué, pataleé, te supliqué, me debatí, te insulté, agité mis manos como hélices… Hasta intenté morderte en un muslo. ¿Recuerdas ese momento?
- ¡Se acabó! ¡Hasta aquí hemos llegado! ¡Faltaría más!
- Perdón, perdón, perdón…
- A LA CAMA.
- Perdona.
- BOCA ABAJO.
- Perdóname, por favor.
- Las manos sujetando el cabecero. Ni se te ocurra moverlas. Dame la almohada. Levanta las caderas… Así.
- Por favor…
- A ver, vamos a quitarte la falda…
- No, por favor.
- No te atrevas a mover las manos. Yo te la quito.
- Por favor…
Y comenzaste de nuevo. Pero no fue igual. Esta vez estabas enfadado. No tanto como para ser peligroso, pero sí lo suficiente como para ser inflexible. No quiero recordarlo. Fue demasiado doloroso. Los azotes no tenían fin. Tu mano apoyada en la base de mi espalda anulaba todo movimiento. No me atrevía a soltar mis manos, no sé de qué habrías sido capaz si te hubiese vuelto a desobedecer. Ahogaba mis lamentos en la sábana. Y tú no dijiste ni una sola palabra. No emitiste ni un sonido. No hablaste. Yo no podía mantener los ojos fijos en ti, porque esta vez sí había lágrimas rodando por mis mejillas, lágrimas que se enjugaban solas contra la tela, pero cuando te miraba, te veía contemplando fijamente mi trasero, con los labios apretados y sin el más mínimo atisbo de contrición. Cuando al fin te decidiste a dirigirme la palabra, lo hiciste para preguntarme qué opinaba, qué pensaba de lo que estaba sucediendo. No sé qué contesté. Sólo recuerdo que, a duras penas, te dije que me lo merecía, que me había portado muy mal, y que no volvería a repetirse, nunca. Y debí de ser convincente, porque tú soltaste el cepillo inmediatamente, te sentaste en la cama, y me abrazaste, me besaste y me acunaste…
Cuando desperté ya era de día y yo estaba sola. Me costó un momento darme cuenta de que había sonado el teléfono. Era una llamada despertador, hecha por la recepción del hotel, aunque yo no recordaba haber dejado ninguna orden similar…
Me resultaba increíble haber podido quedarme dormida con aquel punzante dolor, pero al tocarme, el aroma que descubrí me sugirió que antes de irte me habías echado algún tipo de loción para calmar los ardientes pinchazos que tu dedicación hacia mí había provocado. Fui al baño y me miré en el espejo. Yo no parecía yo. Y no me refiero al color rojo que aún perduraba en partes de mi anatomía, sino a mi expresión. Era distinta. Parecía más mujer, más segura de mí, más… más humana. No me apetecía bajar al comedor, a sentarme haciendo malabarismos en una mesa perdida, así que pedí el desayuno en la habitación. Y sólo en ese momento descubrí tu nota, esa en la que, con tu inconfundible caligrafía, me decías: “Cuando leas esto será muy probablemente por la mañana, así que buenos días, mi niña preciosa. Tuve que irme, pero no quise despertarte. Temo que fuesen muchas emociones para una sola vez. Nunca hemos hablado de términos ni de cláusulas. Espero no haber sobrepasado los límites que tú, mentalmente, me hubieses impuesto. Sin embargo, he de informarte que el día en que convinimos en conocernos me hiciste partícipe de tu educación, de tus sueños, de tu disciplina, de tu obediencia. De parte de tu vida. No hemos de seguir viéndonos, a no ser que así lo desees, pero si lo hacemos, yo seré el encargado de velar por ti y de adiestrarte. Nunca te olvides de eso. Ahora mismo son, como muy tarde, las nueve y media, puesto que dejé un encargo en conserjería. Si deseas volver a verme, llama a recepción y deja un mensaje para mí. Pasaré por tu hotel a las diez en punto y preguntaré. Sé que no tienes mucho tiempo para pensar, pero hemos hablado mucho de nosotros, y no te gusta demorarte en tus decisiones, así que hay rato de sobra, ¿no?”.
Desayuné como si no hubiese comido nunca. Más que saborear, engullía, pendiente de mi reloj, de la ventana por si te veía aparecer, de… de todo menos de mí. Antes de que dieran las diez ya había tomado mi decisión. Llamé a recepción y, cuando noté que nadie contestaba me puse casi histérica. No tenía tu teléfono, no sabía tu nombre real, no podría encontrarte si te perdía… Y no estaba dispuesta a perderte. Bajé en albornoz, descalza, sin peinar, corriendo por las escaleras. Tú me reconociste de espaldas, cuando hablaba con la recepcionista. Te acercaste a mí, me diste un beso en la mejilla y me preguntaste si había dormido bien. Y yo te invité a subir.
Unas pocas horas más tarde mi avión despegaba. Todavía estaba dolorida, quizás aún más dolorida que antes. Sabía que tú mirabas cómo me elevaba en el cielo. Sabía que estarías esperando noticias mías en Internet. Sabía que volvería a verte. Lo único que no sabía era cuánto podría esperar…
21/04/2005 03:32 Este es el enlace de este relato, si lo copias lo puedes utilizar como hipervínculo. Tema: M / f Hay 1 comentario.
Mi Beca Para Estudiar en Inglaterra
tawse y vara
Autora: Victoria
Tenía 19 años, y estaba finalizando mi primer curso de universidad. Estudiaba filología inglesa y me presenté a unas pruebas para obtener una beca de estudios en Inglaterra. No tenía muchas esperanzas a pesar de que mi nivel de inglés era muy alto, pues lo había estudiado desde muy pequeña y además mis padres pagaban a profesores nativos para mantener conversaciones.
La beca consistía en estudiar durante cuatro meses en uno de los colegios más prestigiosos y elitistas de Inglaterra con todos los gastos pagados y vivir de acogida con una familia.
Mi sorpresa fue enorme cuando a las dos semanas de realizar las pruebas sacaron la lista de doce aprobados, y era la segunda de la lista con un 9,25 de nota.
Durante todo el verano deseé que finalizasen mis vacaciones para marcharme a Londres. Me informaron que en el colegio universitario había alumnos de muy alta sociedad inglesa como hijos de políticos, banqueros, aristócratas... me parecía un sueño. También me advirtieron que a pesar de ser mixto los chicos y las chicas nunca coincidían, estaban en distintas alas del colegio.
En cuanto a la familia de acogida se me informó que eran familias acomodadas de funcionarios del gobierno británico como mandos militares, profesores, administrativos, médicos... En mi caso me indicaron que me había tocado una familia en la que el señor era ex-diplomático.
Llegó mediado de agosto y llegó con él la despedida, me marchaba hasta Navidades sin volver en los cuatro meses. Hubo lágrimas pero en cuanto el avión despegó todo se transformó en entusiasmo.
Al llegar a Londres me esperaban en el aeropuerto mi “nueva familia”. Un señor de unos cincuenta y cinco años, alto y robusto, contraje oscuro y rostro severo, una señora de unos cincuenta años con cara de bonachona y ojos tristes y un señor de unos cuarenta años que por su indumentaria deduje que era un chofer.
Me recibieron gratamente y lo que me sorprendió, hablando un correcto español, se debía a su trabajo como diplomático, pues hablaba cinco idiomas, aunque pronto el señor me dijo que eran las ultimas palabras que escuchaba allí en español pues ya que iba a pulir mi inglés sólo me hablarían en inglés.
Nos subimos en un lujoso coche y ya todo en inglés me dijeron sus nombres Sir Eduard y Lady Suzanne.
Me fueron explicando las normas de la casa por el camino, pues vivían en las afueras de Londres y el camino era largo.
Por todas las normas que me explicaban deduje que Sir Eduard era un hombre estricto y dominante, y su mujer quería ser amable, pero le tenía respeto, es más diría que temor.
También deduje que iba a estudiar mucho y divertirme poco, pues me informo de mi horario de clases y me organizó mi tiempo en su casa.
Al llegar a casa me presentaron al servicio. Marie, una vieja criada gorda, era la jefa del servicio y dos sirvientas jóvenes, de mi edad más o menos, Julia y Elizabet.
Llevaron el equipaje a mi habitación y me mostraron la casa. Era preciosa, muy lujosa, con jardín, biblioteca, amplias habitaciones.
También me mostraron los uniformes con los que debía acudir al colegio. En días normales consistía en una camisa blanca con corbata azul oscura, falda roja con cuadros escoceses por encima de la rodilla, chaqueta azul oscura y calcetines blancos hasta la rodilla. El pelo debía llevarlo con coletas. Me sentía ridícula, una mujer con 19 años vestida así. Para días especiales y fiestas el uniforme consistía en la misma chaqueta, camisa y corbata, una falda gris más larga y en vez de calcetines medias. Me tenían todo preparado aunque tuve que pedir que me proporcionasen algún liguero, pues allí en Inglaterra no se usan casi los pantys, sino que eran medias.
En casa se me prohibía también ciertas prendas como eran las modernas y sexis, las vaqueras y los pantalones. Debía vestir más o menos elegante y con falda.
Mi habitación era enorme, con una cama muy grande, una mesa de estudio amplia y unas vistas al jardín preciosas.
Comimos a las 12 y tras esto subí a mi cuarto a colocar la ropa y los libros. Sir Eduard me advirtió que a las 5 en punto de la tarde se servía el té, que se exigía máxima puntualidad.
Me puse a colocar la ropa y con el cansancio del viaje me quedé dormida cuando desperté eran las cinco y cinco. Corriendo me puse el chándal con zapatillas de estar en casa y bajé al té.
Al bajar estaban esperándome sentados el matrimonio y sir Eduard mirando el reloj. Las sirvientas estaban de pie con bandejas en las manos. Me disculpé y sir Eduard no me permitió seguir dando explicaciones, tan sólo me dijo que tomásemos el té y después ya hablaríamos, sin embargó insistí en disculparme y él me dijo que callase muy enfadado.
Sirvieron el té y lo tomamos sin que nadie dijese una palabra, tras esto sir Eduard comenzó a hablarme: -Victoria, en España los jóvenes recibís una educación blanda, faltáis a los principios básicos del respeto porque no hay nada que os infunda respeto, sin embargó aquí en Inglaterra todo es distinto, aquí las faltas conllevan un castigo, pero no cualquiera, sino uno que te haga recapacitar para no volver a caer en la misma falta. Por ser tu primer día aquí podría haberte perdonado alguna falta cometida, pero es que has cometido tres. Has llegado tarde al té, vienes vestida en contra de las normas y has desobedecido una orden mía de silencio, así pues deberé castigarte. Te perdono hoy lo de la ropa, pero la falta de puntualidad y la desobediencia de mis órdenes no debo.
Imaginé entonces que me encerrarían en mi cuarto o me dejarían sin cenar o ver la televisión, pero nunca pude imaginar lo que se me venía encima.
Sir Eduard se levantó y me pidió que le acompañase a la biblioteca. Una vez allí se acercó a una puerta de un armario estrecho y alto. – Al llegar a la casa no te explique las normas de disciplina porque pensé que no sería necesario o no lo sería tan pronto, pero bueno te las explicaré rápidamente. Cada vez que cometas una falta te mandaré que visites este armario lo abras y cojas algo de lo que hay dentro-. Al Abrirlo me entró un sudor frió y me temblaron las piernas pues comprendí lo que me esperaba. Había varios instrumentos de castigo de esos que yo creía que sólo existían en la literatura de la Inglaterra victoriana y creía que hoy en día los castigos corporales eran una leyenda negra, pero vi y pronto comprobaría que no. Había una correa de cuero que se dividía en dos por un extremo, el tawse. Había también varias varas de bambú muy flexibles (y finalmente una paleta de mimbre fabricada para quitar el polvo de las alfombras, pero en este caso me parece que ese no era su uso).
Tras mostrarme aquel armario volvió a acompañarme a la sala donde tomamos el té. Una vez allí me dijo: - Cada vez que incumplas una norma te mandaré al armario para que me traigas uno o varios utensilios, y recibirás una severa azotaina con ellos.
Yo estaba temblando, llorando, muerta de miedo, pues nunca me habían azotado. Bueno sí, tenía once o doce años y en casa de mis tíos hice una travesura con mis primas, y mi tío tenía por costumbre zurrar a mis primas con el cinturón. Ellas recibieron una buena paliza nos fue haciendo tumbarnos de una en una en la cama boca abajo y nos pegó con el cinturón. Mis primas salieron mal paradas, pues a ellas las hizo desnudarse de cintura para abajo y les pegó muchísimos correazos y muy fuertes, yo no era su hija así que solo recibí cinco azotes, no muy fuertes y sin quitarme el pantalón, pero a pesar de todo no fue agradable, pero bueno, aquello tampoco fue recibir una azotaina de verdad.
- No tiembles, te va a doler, pero no vas a morir. Mira las sirvientas y mi esposa han probado en varias ocasiones la correa y la vara y ahí las tienes, siguen vivas, eso si, más educadas. Por ejemplo, Julia recibió anoche veinte azotes, ¿Tú lo has notado? Insisto, no tiembles porque mientras estés en Inglaterra educándote tendrás que acostumbrarte a los azotes, y además con el tiempo agradecerás haberlos recibido, pues son dolorosos al recibirlos pero satisfactorios en el modo en que educan. Por cierto Marie es mi brazo derecho y es la encargada de la disciplina de las sirvientas, y también le encargaré la tuya, así que si considera que debe castigarte podrá también hacerlo al igual que mi esposa, aunque puedes estar tranquila que su carácter y personalidad no le permiten hacerle daño ni a una mosca, por eso es tan débil moralmente.
Sir Eduard tendría toda la razón del mundo pero yo estaba muerta de miedo. – Bueno Marta, ahora sube a tu cuarto y vosotras dos acompañadla. Tu Marie, ve al armario y coge el tawse y una vara y la llevas a su cuarto.
El camino a mi cuarto se me hizo eterno. Una vez allí llegó Marie portando los dos terribles instrumentos. Me parecía mentira que a mis diecinueve años fuese a ser castigada igual que a una niña mala, aunque por lo que comprobé aquí no solo son castigadas las niñas, sino que las señoras también son azotadas, incluso las de clase alta, y si no que se lo digan a Lady Suzanne, que según comprobaría en mi estancia, también probaba la vara con frecuencia, pero bueno, volviendo al presente, se abrió la puerta y entró Sir Eduard y me preguntó que si estaba preparada, yo entre llantos le dije que no y le pedí clemencia, pero fue inútil. – Julia y Elizabet, como la señorita Marta me parece que no quiere colaborar, necesitaré vuestra ayuda, poned la almohada doblada en el borde de la cama, usted Marta se tumbará colocando el vientre sobre la almohada y estirará los brazos sobre la cama dejando fuera las piernas y levantando el culo. Vosotras le sujetareis un brazo cada una, pues seguro que la señorita no mantiene la posición sin ayuda. Muy bien señorita Marta, adopte la posición.
Fui a colocarme como me dijo pero entonces me dijo -¿No olvida usted algo?... debe quitarse el pantalón y bajarse las braguitas hasta las rodillas.- Con eso no contaba, le pedí que por ser la primera vez que me azotase vestida, pero como siempre hizo caso omiso. – Señorita, una azotaina es inconcebible sin las nalgas desnudas, no me haga esperar porque me enfadaré y será peor para usted.
Me bajé despacio el pantalón y me desprendí de él, pero con las braguitas me bloqueé, no era capaz de mostrar mi culo y mi pubis ante un señor. –Marie, bájele usted las braguitas y recuérdeme darle cinco azotes extra en los muslos por no colaborar.
Marie se acercó y de un tirón me bajo las braguitas. Me puse colorada, pues como estaba un poco llenita quedó al descubierto mi carnoso trasero. –Señorita Marta, por favor inclínese sobre la almohada.
En ese momento pensé en su consejo y me dije que no tenía escapatoria y por mucho que me doliese saldría de aquello al igual que aquellas otras mujeres. Adopté la posición. Sir Eduard se desprendió del batín quedando en camisa, se arremangó las mangas de esta y se desabrochó el botón superior del pecho para ponerse cómodo.
Se acercó a mi comenzó a palparme las nalgas. – Marta, va a ser un placer desvirgarte este hermoso culo y te aseguro que si sigues siendo tan osada conmigo, le robaré la ternura y te lo encallaré a base de azotes.
Comenzó a azotarme con la mano primero suavemente y cada vez un poco más fuerte, hasta producirme dolor, pero un resistible. Me palmeaba fuere y me dolía. – Esto era solo para calentarte un poco, ahora comienza el castigo, Marie entrégueme el cuero.
Sir Eduard cogió el tawse y lo hizo chasquear un par de veces en su mano hasta que de repente ZASSS.... Ah, mi cuerpo dio una embestida contra la cama y las sirvientas tuvieron que sujetar fuerte para que no me moviese en demasía. Era horrible, ¡qué dolor! – Señorita Marta, puede usted gritar lo que desee, no la escuchará nadie, y aun si la escucharan pensarían que si está siendo azotada será por algún motivo.-
ZASSS.... Ah, no podía soportarlo, y sólo iban dos. ZASSS.... Ah, ZASSS.... Ah, ZASSS.... Ah........, lloraba, gritaba, pedía que parase, que no me pegase más pero era inútil, no paró hasta darme doce azotes.
Era horrible, me dolía el culo una barbaridad, no soportaba el escozor. Entonces Sir Eduard me dijo que me incorporase y me pusiese de rodillas con los brazos en la nuca en un rincón con las braguitas bajadas.
- Bueno jovencita, has pagado tu primera deuda, ahora te queda la segunda. Los siguientes azotes te los daré con la vara, y te advierto que será más dolorosa que el tawse. Mandó marcharse a las tres sirvientas. – Ya has recibido tu primer castigo con ayuda, pero ahora ya que has sido osada para incumplir las normas, deberás ser valiente para enfrentarte al castigo y por ello te enfrentarás tu sola, asumiendo tu culpabilidad y el merecimiento de cada azote, por ello te vas a inclinar sobre tu pupitre y a cada azote que recibas lo contarás en voz alta y me darás las gracias. Si te mueves o intentas evitar un golpe, recibirás dos extras, ponte de pie, coge de la cama la vara y entrégamela y colócate en el pupitre como te he dicho.
Sin mediar palabra y sin dejar de lloriquear me incorporé le entregué la vara y me incliné sobre el pupitre. Sir Eduard se colocó detrás de mi y Rasss.... Uno Señor, Gracias señor, Rasss.... Dos señor....gracias señor.
Sentía como si la vara me cortase el culo a tiras. Era mucho peor que la correa.
En el séptimo azote no pude aguantar y me lleve la mano a las nalgas. Fue un error, porque recibí dos fuertes azotes rápidos y terribles y tras ellos tuve que volver a contar el número siete.
Rasss....doce señor, gracias señor. Me hizo ponerme de pie pero al hacerlo me flojearon las piernas y caí desplomada al suelo.
Al despertar estaba en la cama y Sir Eduard estaba a mi lado. Me preguntó que cómo estaba y le dije que bien, entonces me dijo: -Pues si mal no recuerdo tenemos pendientes cinco azotes en los muslos. Le supliqué que estaba muy floja y que no soportaría más, pero tumbada en la cama boca arriba como estaba, me levantó las piernas hacia arriba y con el tawse comenzó a azotarme la parte trasera de los muslos, que dolían mucho más que el culo. Recibí no cinco, sino ocho azotes. Tras esto me bajó las piernas, me hizo ponerme de pie y me advirtió que ya sabía lo que me aguardaba si volvía a caer en un error.
Se marchó del cuarto y me dejé caer a la cama y me puse a llorar tanto por el horrible dolor que tenía en mi culo y muslos, como por la desolación que tenía, una chica con casi veinte años, lejos de su familia y azotada y maltratada sin piedad. Me sentí más sola que nunca y deseé morirme, aunque me planteé hacerme fuerte, pues sabía que no era la única azotaina que iba a recibir en mis cuatro meses en Inglaterra.
A los cinco minutos apareció Lady Suzanne, que cariñosamente me dio ánimos, me tranquilizó acariciándome el pelo y me aplico una crema en mis lastimadas posaderas. Me animó para soportar a su cruel marido y como consuelo me dijo que ella recibía una o dos azotainas a la semana y las dos jóvenes criadas casi a diario. Además me dijo que aunque hubiese caído en otra familia me hubiese sucedido igual, que allí aquello era algo normal.
Me quedé dormida y pronto desperté asustada pues me pareció escuchar el chasquido de la vara. Lo que creí que era una pesadilla pude comprobar que era real. El sonido venía del cuarto de los señores. Sir Eduard estaba castigando a su mujer con la vara por ponerme la crema sin su permiso. Comprendí el por qué de la tristeza de sus ojos y la cara de miedo de las criadas.
Continuará.........
FIN
Autora: Victoria
Tenía 19 años, y estaba finalizando mi primer curso de universidad. Estudiaba filología inglesa y me presenté a unas pruebas para obtener una beca de estudios en Inglaterra. No tenía muchas esperanzas a pesar de que mi nivel de inglés era muy alto, pues lo había estudiado desde muy pequeña y además mis padres pagaban a profesores nativos para mantener conversaciones.
La beca consistía en estudiar durante cuatro meses en uno de los colegios más prestigiosos y elitistas de Inglaterra con todos los gastos pagados y vivir de acogida con una familia.
Mi sorpresa fue enorme cuando a las dos semanas de realizar las pruebas sacaron la lista de doce aprobados, y era la segunda de la lista con un 9,25 de nota.
Durante todo el verano deseé que finalizasen mis vacaciones para marcharme a Londres. Me informaron que en el colegio universitario había alumnos de muy alta sociedad inglesa como hijos de políticos, banqueros, aristócratas... me parecía un sueño. También me advirtieron que a pesar de ser mixto los chicos y las chicas nunca coincidían, estaban en distintas alas del colegio.
En cuanto a la familia de acogida se me informó que eran familias acomodadas de funcionarios del gobierno británico como mandos militares, profesores, administrativos, médicos... En mi caso me indicaron que me había tocado una familia en la que el señor era ex-diplomático.
Llegó mediado de agosto y llegó con él la despedida, me marchaba hasta Navidades sin volver en los cuatro meses. Hubo lágrimas pero en cuanto el avión despegó todo se transformó en entusiasmo.
Al llegar a Londres me esperaban en el aeropuerto mi “nueva familia”. Un señor de unos cincuenta y cinco años, alto y robusto, contraje oscuro y rostro severo, una señora de unos cincuenta años con cara de bonachona y ojos tristes y un señor de unos cuarenta años que por su indumentaria deduje que era un chofer.
Me recibieron gratamente y lo que me sorprendió, hablando un correcto español, se debía a su trabajo como diplomático, pues hablaba cinco idiomas, aunque pronto el señor me dijo que eran las ultimas palabras que escuchaba allí en español pues ya que iba a pulir mi inglés sólo me hablarían en inglés.
Nos subimos en un lujoso coche y ya todo en inglés me dijeron sus nombres Sir Eduard y Lady Suzanne.
Me fueron explicando las normas de la casa por el camino, pues vivían en las afueras de Londres y el camino era largo.
Por todas las normas que me explicaban deduje que Sir Eduard era un hombre estricto y dominante, y su mujer quería ser amable, pero le tenía respeto, es más diría que temor.
También deduje que iba a estudiar mucho y divertirme poco, pues me informo de mi horario de clases y me organizó mi tiempo en su casa.
Al llegar a casa me presentaron al servicio. Marie, una vieja criada gorda, era la jefa del servicio y dos sirvientas jóvenes, de mi edad más o menos, Julia y Elizabet.
Llevaron el equipaje a mi habitación y me mostraron la casa. Era preciosa, muy lujosa, con jardín, biblioteca, amplias habitaciones.
También me mostraron los uniformes con los que debía acudir al colegio. En días normales consistía en una camisa blanca con corbata azul oscura, falda roja con cuadros escoceses por encima de la rodilla, chaqueta azul oscura y calcetines blancos hasta la rodilla. El pelo debía llevarlo con coletas. Me sentía ridícula, una mujer con 19 años vestida así. Para días especiales y fiestas el uniforme consistía en la misma chaqueta, camisa y corbata, una falda gris más larga y en vez de calcetines medias. Me tenían todo preparado aunque tuve que pedir que me proporcionasen algún liguero, pues allí en Inglaterra no se usan casi los pantys, sino que eran medias.
En casa se me prohibía también ciertas prendas como eran las modernas y sexis, las vaqueras y los pantalones. Debía vestir más o menos elegante y con falda.
Mi habitación era enorme, con una cama muy grande, una mesa de estudio amplia y unas vistas al jardín preciosas.
Comimos a las 12 y tras esto subí a mi cuarto a colocar la ropa y los libros. Sir Eduard me advirtió que a las 5 en punto de la tarde se servía el té, que se exigía máxima puntualidad.
Me puse a colocar la ropa y con el cansancio del viaje me quedé dormida cuando desperté eran las cinco y cinco. Corriendo me puse el chándal con zapatillas de estar en casa y bajé al té.
Al bajar estaban esperándome sentados el matrimonio y sir Eduard mirando el reloj. Las sirvientas estaban de pie con bandejas en las manos. Me disculpé y sir Eduard no me permitió seguir dando explicaciones, tan sólo me dijo que tomásemos el té y después ya hablaríamos, sin embargó insistí en disculparme y él me dijo que callase muy enfadado.
Sirvieron el té y lo tomamos sin que nadie dijese una palabra, tras esto sir Eduard comenzó a hablarme: -Victoria, en España los jóvenes recibís una educación blanda, faltáis a los principios básicos del respeto porque no hay nada que os infunda respeto, sin embargó aquí en Inglaterra todo es distinto, aquí las faltas conllevan un castigo, pero no cualquiera, sino uno que te haga recapacitar para no volver a caer en la misma falta. Por ser tu primer día aquí podría haberte perdonado alguna falta cometida, pero es que has cometido tres. Has llegado tarde al té, vienes vestida en contra de las normas y has desobedecido una orden mía de silencio, así pues deberé castigarte. Te perdono hoy lo de la ropa, pero la falta de puntualidad y la desobediencia de mis órdenes no debo.
Imaginé entonces que me encerrarían en mi cuarto o me dejarían sin cenar o ver la televisión, pero nunca pude imaginar lo que se me venía encima.
Sir Eduard se levantó y me pidió que le acompañase a la biblioteca. Una vez allí se acercó a una puerta de un armario estrecho y alto. – Al llegar a la casa no te explique las normas de disciplina porque pensé que no sería necesario o no lo sería tan pronto, pero bueno te las explicaré rápidamente. Cada vez que cometas una falta te mandaré que visites este armario lo abras y cojas algo de lo que hay dentro-. Al Abrirlo me entró un sudor frió y me temblaron las piernas pues comprendí lo que me esperaba. Había varios instrumentos de castigo de esos que yo creía que sólo existían en la literatura de la Inglaterra victoriana y creía que hoy en día los castigos corporales eran una leyenda negra, pero vi y pronto comprobaría que no. Había una correa de cuero que se dividía en dos por un extremo, el tawse. Había también varias varas de bambú muy flexibles (y finalmente una paleta de mimbre fabricada para quitar el polvo de las alfombras, pero en este caso me parece que ese no era su uso).
Tras mostrarme aquel armario volvió a acompañarme a la sala donde tomamos el té. Una vez allí me dijo: - Cada vez que incumplas una norma te mandaré al armario para que me traigas uno o varios utensilios, y recibirás una severa azotaina con ellos.
Yo estaba temblando, llorando, muerta de miedo, pues nunca me habían azotado. Bueno sí, tenía once o doce años y en casa de mis tíos hice una travesura con mis primas, y mi tío tenía por costumbre zurrar a mis primas con el cinturón. Ellas recibieron una buena paliza nos fue haciendo tumbarnos de una en una en la cama boca abajo y nos pegó con el cinturón. Mis primas salieron mal paradas, pues a ellas las hizo desnudarse de cintura para abajo y les pegó muchísimos correazos y muy fuertes, yo no era su hija así que solo recibí cinco azotes, no muy fuertes y sin quitarme el pantalón, pero a pesar de todo no fue agradable, pero bueno, aquello tampoco fue recibir una azotaina de verdad.
- No tiembles, te va a doler, pero no vas a morir. Mira las sirvientas y mi esposa han probado en varias ocasiones la correa y la vara y ahí las tienes, siguen vivas, eso si, más educadas. Por ejemplo, Julia recibió anoche veinte azotes, ¿Tú lo has notado? Insisto, no tiembles porque mientras estés en Inglaterra educándote tendrás que acostumbrarte a los azotes, y además con el tiempo agradecerás haberlos recibido, pues son dolorosos al recibirlos pero satisfactorios en el modo en que educan. Por cierto Marie es mi brazo derecho y es la encargada de la disciplina de las sirvientas, y también le encargaré la tuya, así que si considera que debe castigarte podrá también hacerlo al igual que mi esposa, aunque puedes estar tranquila que su carácter y personalidad no le permiten hacerle daño ni a una mosca, por eso es tan débil moralmente.
Sir Eduard tendría toda la razón del mundo pero yo estaba muerta de miedo. – Bueno Marta, ahora sube a tu cuarto y vosotras dos acompañadla. Tu Marie, ve al armario y coge el tawse y una vara y la llevas a su cuarto.
El camino a mi cuarto se me hizo eterno. Una vez allí llegó Marie portando los dos terribles instrumentos. Me parecía mentira que a mis diecinueve años fuese a ser castigada igual que a una niña mala, aunque por lo que comprobé aquí no solo son castigadas las niñas, sino que las señoras también son azotadas, incluso las de clase alta, y si no que se lo digan a Lady Suzanne, que según comprobaría en mi estancia, también probaba la vara con frecuencia, pero bueno, volviendo al presente, se abrió la puerta y entró Sir Eduard y me preguntó que si estaba preparada, yo entre llantos le dije que no y le pedí clemencia, pero fue inútil. – Julia y Elizabet, como la señorita Marta me parece que no quiere colaborar, necesitaré vuestra ayuda, poned la almohada doblada en el borde de la cama, usted Marta se tumbará colocando el vientre sobre la almohada y estirará los brazos sobre la cama dejando fuera las piernas y levantando el culo. Vosotras le sujetareis un brazo cada una, pues seguro que la señorita no mantiene la posición sin ayuda. Muy bien señorita Marta, adopte la posición.
Fui a colocarme como me dijo pero entonces me dijo -¿No olvida usted algo?... debe quitarse el pantalón y bajarse las braguitas hasta las rodillas.- Con eso no contaba, le pedí que por ser la primera vez que me azotase vestida, pero como siempre hizo caso omiso. – Señorita, una azotaina es inconcebible sin las nalgas desnudas, no me haga esperar porque me enfadaré y será peor para usted.
Me bajé despacio el pantalón y me desprendí de él, pero con las braguitas me bloqueé, no era capaz de mostrar mi culo y mi pubis ante un señor. –Marie, bájele usted las braguitas y recuérdeme darle cinco azotes extra en los muslos por no colaborar.
Marie se acercó y de un tirón me bajo las braguitas. Me puse colorada, pues como estaba un poco llenita quedó al descubierto mi carnoso trasero. –Señorita Marta, por favor inclínese sobre la almohada.
En ese momento pensé en su consejo y me dije que no tenía escapatoria y por mucho que me doliese saldría de aquello al igual que aquellas otras mujeres. Adopté la posición. Sir Eduard se desprendió del batín quedando en camisa, se arremangó las mangas de esta y se desabrochó el botón superior del pecho para ponerse cómodo.
Se acercó a mi comenzó a palparme las nalgas. – Marta, va a ser un placer desvirgarte este hermoso culo y te aseguro que si sigues siendo tan osada conmigo, le robaré la ternura y te lo encallaré a base de azotes.
Comenzó a azotarme con la mano primero suavemente y cada vez un poco más fuerte, hasta producirme dolor, pero un resistible. Me palmeaba fuere y me dolía. – Esto era solo para calentarte un poco, ahora comienza el castigo, Marie entrégueme el cuero.
Sir Eduard cogió el tawse y lo hizo chasquear un par de veces en su mano hasta que de repente ZASSS.... Ah, mi cuerpo dio una embestida contra la cama y las sirvientas tuvieron que sujetar fuerte para que no me moviese en demasía. Era horrible, ¡qué dolor! – Señorita Marta, puede usted gritar lo que desee, no la escuchará nadie, y aun si la escucharan pensarían que si está siendo azotada será por algún motivo.-
ZASSS.... Ah, no podía soportarlo, y sólo iban dos. ZASSS.... Ah, ZASSS.... Ah, ZASSS.... Ah........, lloraba, gritaba, pedía que parase, que no me pegase más pero era inútil, no paró hasta darme doce azotes.
Era horrible, me dolía el culo una barbaridad, no soportaba el escozor. Entonces Sir Eduard me dijo que me incorporase y me pusiese de rodillas con los brazos en la nuca en un rincón con las braguitas bajadas.
- Bueno jovencita, has pagado tu primera deuda, ahora te queda la segunda. Los siguientes azotes te los daré con la vara, y te advierto que será más dolorosa que el tawse. Mandó marcharse a las tres sirvientas. – Ya has recibido tu primer castigo con ayuda, pero ahora ya que has sido osada para incumplir las normas, deberás ser valiente para enfrentarte al castigo y por ello te enfrentarás tu sola, asumiendo tu culpabilidad y el merecimiento de cada azote, por ello te vas a inclinar sobre tu pupitre y a cada azote que recibas lo contarás en voz alta y me darás las gracias. Si te mueves o intentas evitar un golpe, recibirás dos extras, ponte de pie, coge de la cama la vara y entrégamela y colócate en el pupitre como te he dicho.
Sin mediar palabra y sin dejar de lloriquear me incorporé le entregué la vara y me incliné sobre el pupitre. Sir Eduard se colocó detrás de mi y Rasss.... Uno Señor, Gracias señor, Rasss.... Dos señor....gracias señor.
Sentía como si la vara me cortase el culo a tiras. Era mucho peor que la correa.
En el séptimo azote no pude aguantar y me lleve la mano a las nalgas. Fue un error, porque recibí dos fuertes azotes rápidos y terribles y tras ellos tuve que volver a contar el número siete.
Rasss....doce señor, gracias señor. Me hizo ponerme de pie pero al hacerlo me flojearon las piernas y caí desplomada al suelo.
Al despertar estaba en la cama y Sir Eduard estaba a mi lado. Me preguntó que cómo estaba y le dije que bien, entonces me dijo: -Pues si mal no recuerdo tenemos pendientes cinco azotes en los muslos. Le supliqué que estaba muy floja y que no soportaría más, pero tumbada en la cama boca arriba como estaba, me levantó las piernas hacia arriba y con el tawse comenzó a azotarme la parte trasera de los muslos, que dolían mucho más que el culo. Recibí no cinco, sino ocho azotes. Tras esto me bajó las piernas, me hizo ponerme de pie y me advirtió que ya sabía lo que me aguardaba si volvía a caer en un error.
Se marchó del cuarto y me dejé caer a la cama y me puse a llorar tanto por el horrible dolor que tenía en mi culo y muslos, como por la desolación que tenía, una chica con casi veinte años, lejos de su familia y azotada y maltratada sin piedad. Me sentí más sola que nunca y deseé morirme, aunque me planteé hacerme fuerte, pues sabía que no era la única azotaina que iba a recibir en mis cuatro meses en Inglaterra.
A los cinco minutos apareció Lady Suzanne, que cariñosamente me dio ánimos, me tranquilizó acariciándome el pelo y me aplico una crema en mis lastimadas posaderas. Me animó para soportar a su cruel marido y como consuelo me dijo que ella recibía una o dos azotainas a la semana y las dos jóvenes criadas casi a diario. Además me dijo que aunque hubiese caído en otra familia me hubiese sucedido igual, que allí aquello era algo normal.
Me quedé dormida y pronto desperté asustada pues me pareció escuchar el chasquido de la vara. Lo que creí que era una pesadilla pude comprobar que era real. El sonido venía del cuarto de los señores. Sir Eduard estaba castigando a su mujer con la vara por ponerme la crema sin su permiso. Comprendí el por qué de la tristeza de sus ojos y la cara de miedo de las criadas.
Continuará.........
FIN
21/04/2005 03:18 Este es el enlace de este relato, si lo copias lo puedes utilizar como hipervínculo. Tema: M / f Hay 4 comentarios.
La fusta
Autora: Princesita
Siempre había soñado con sentir el rígido golpe de una fusta sobre mi piel, aunque sentía temor de no ser capaz de soportar el dolor, sentía que era un Elemento fetiche para mí. Imaginar a mi AMO con Su fusta en la mano caminando a mi alrededor, escuchar el zumbido de ésta en el aire, poder besarla, llevarla en mi boca, lamerla, sentir como recorre todo mi cuerpo, había sido hasta ahora una simple fantasía.
Ese día, me dijo que tenía una sorpresa para mí, que me esperaba en el mismo hotel de nuestros encuentros pasados, a la misma hora. Me arreglé para ÉL, como siempre lo hacía, incluso cuando no nos encontrábamos. Llevaba lo mismo que había usado en el encuentro con maría, ÉL me había expresado en su momento, que le gustaba como estaba ese día y yo, quería complacerlo, para eso era Su sumisa.
En la recepción del hotel tenían la orden de hacerme seguir, habitación 201, subí con mi corazón agitado, me sentía muy feliz de poder estar a Su lado de nuevo, sentirlo, saberme Suya. La puerta estaba abierta, yo sabía lo que debía hacer, así que entré al baño… allí encontré sobre el lavabo mi collar, ese collar que era mío, que ÉL había comprado para mi desde nuestro primer encuentro, ese que al colocar alrededor de mi cuello, me hacía un poco más Suya, Su perra, Su sumisa. De repente, miré hacia otro lado del lavabo, una sonrisa se dibujó en mi rostro. Una fusta!! Esa era la sorpresa, mi corazón latía más fuerte ahora, inmediatamente mi coño se empapó y mi reacción fue colocarla en mi boca y rápidamente pedirle permiso para salir del baño.
En cuatro patas, con el collar en mi cuello, la fusta en la boca, salí a Su encuentro, estaba allí, sentado al borde de la cama, mirándome, sonriente, feliz de verme al igual que yo lo estaba. Lentamente me acerqué a ÉL al escuchar Su orden, entonces colocó la correa en la argolla del collar y tiró de el hasta hacer que mi rostro quedara cerca del Suyo, fue entonces cuando sentí Sus labios sobre los míos, fue algo muy excitante, me besó con la fusta estando en mi boca y eso me producía un morbo intenso.
Luego la tomó en Sus manos, se puso de pie y comenzó a caminar a mi alrededor, esas situaciones producían en mí una mezcla de sensaciones y sentimientos que a veces eran difíciles de comprender. Por un lado, me producía un placer y excitación intensos, por otro me daba mucho temor, aunque sabía que ÉL jamás me haría daño. De repente escuché el zumbido de la fusta en el aire y un golpe seco sobre mi nalga derecha que hizo que mi cuerpo se estremeciera y un gemido mezclado con el grito de dolor saliera de mi boca. Luego vino otro, más y otro más. Mientras azotaba mi cuerpo, me hablaba, sabía que lo que producían Sus palabras mezcladas con la aplicación de técnicas sobre mi, acercaba Su boca a mi oído y susurraba lo puta que me veía allí en cuatro patas, lo zorra que era al sentir placer con los azotes, con la imagen que se daba en la habitación en ese momento y yo asentía a todo, lo adoraba, quería entregárselo todo, eso deseaba.
Me llevó al éxtasis a punta de azotes, unos en mis nalgas, otros en mi espalda, otros en mi coño, el cual poco a poco se fue hinchando, poniendo más húmedo, caliente, para que luego me permitiera usar mi consolador y demostrarle lo puta que era, lo guarra que podía llegar a ser para ÉL, más ahora que por primera vez probaba la fusta sobre mi. No tardé mucho en llegar a un orgasmo intenso, lujurioso, de perra en celo, luego de que ÉL me diera autorización para tenerlo. Los dos nos miramos a los ojos, ÉL sonrió, yo respondí a esa sonrisa que era uno de Sus mejores regalos. Me llevó a la cama, me recostó sobre Ella y me abrazó.
Un susurro me indicó que ÉL estaba feliz y complacido.
Siempre había soñado con sentir el rígido golpe de una fusta sobre mi piel, aunque sentía temor de no ser capaz de soportar el dolor, sentía que era un Elemento fetiche para mí. Imaginar a mi AMO con Su fusta en la mano caminando a mi alrededor, escuchar el zumbido de ésta en el aire, poder besarla, llevarla en mi boca, lamerla, sentir como recorre todo mi cuerpo, había sido hasta ahora una simple fantasía.
Ese día, me dijo que tenía una sorpresa para mí, que me esperaba en el mismo hotel de nuestros encuentros pasados, a la misma hora. Me arreglé para ÉL, como siempre lo hacía, incluso cuando no nos encontrábamos. Llevaba lo mismo que había usado en el encuentro con maría, ÉL me había expresado en su momento, que le gustaba como estaba ese día y yo, quería complacerlo, para eso era Su sumisa.
En la recepción del hotel tenían la orden de hacerme seguir, habitación 201, subí con mi corazón agitado, me sentía muy feliz de poder estar a Su lado de nuevo, sentirlo, saberme Suya. La puerta estaba abierta, yo sabía lo que debía hacer, así que entré al baño… allí encontré sobre el lavabo mi collar, ese collar que era mío, que ÉL había comprado para mi desde nuestro primer encuentro, ese que al colocar alrededor de mi cuello, me hacía un poco más Suya, Su perra, Su sumisa. De repente, miré hacia otro lado del lavabo, una sonrisa se dibujó en mi rostro. Una fusta!! Esa era la sorpresa, mi corazón latía más fuerte ahora, inmediatamente mi coño se empapó y mi reacción fue colocarla en mi boca y rápidamente pedirle permiso para salir del baño.
En cuatro patas, con el collar en mi cuello, la fusta en la boca, salí a Su encuentro, estaba allí, sentado al borde de la cama, mirándome, sonriente, feliz de verme al igual que yo lo estaba. Lentamente me acerqué a ÉL al escuchar Su orden, entonces colocó la correa en la argolla del collar y tiró de el hasta hacer que mi rostro quedara cerca del Suyo, fue entonces cuando sentí Sus labios sobre los míos, fue algo muy excitante, me besó con la fusta estando en mi boca y eso me producía un morbo intenso.
Luego la tomó en Sus manos, se puso de pie y comenzó a caminar a mi alrededor, esas situaciones producían en mí una mezcla de sensaciones y sentimientos que a veces eran difíciles de comprender. Por un lado, me producía un placer y excitación intensos, por otro me daba mucho temor, aunque sabía que ÉL jamás me haría daño. De repente escuché el zumbido de la fusta en el aire y un golpe seco sobre mi nalga derecha que hizo que mi cuerpo se estremeciera y un gemido mezclado con el grito de dolor saliera de mi boca. Luego vino otro, más y otro más. Mientras azotaba mi cuerpo, me hablaba, sabía que lo que producían Sus palabras mezcladas con la aplicación de técnicas sobre mi, acercaba Su boca a mi oído y susurraba lo puta que me veía allí en cuatro patas, lo zorra que era al sentir placer con los azotes, con la imagen que se daba en la habitación en ese momento y yo asentía a todo, lo adoraba, quería entregárselo todo, eso deseaba.
Me llevó al éxtasis a punta de azotes, unos en mis nalgas, otros en mi espalda, otros en mi coño, el cual poco a poco se fue hinchando, poniendo más húmedo, caliente, para que luego me permitiera usar mi consolador y demostrarle lo puta que era, lo guarra que podía llegar a ser para ÉL, más ahora que por primera vez probaba la fusta sobre mi. No tardé mucho en llegar a un orgasmo intenso, lujurioso, de perra en celo, luego de que ÉL me diera autorización para tenerlo. Los dos nos miramos a los ojos, ÉL sonrió, yo respondí a esa sonrisa que era uno de Sus mejores regalos. Me llevó a la cama, me recostó sobre Ella y me abrazó.
Un susurro me indicó que ÉL estaba feliz y complacido.
23/04/2005 03:06 Este es el enlace de este relato, si lo copias lo puedes utilizar como hipervínculo. Tema: bdsm y azotes No hay comentarios. Comentar.
Spanking Enema (en inglés)
medicall m/f
An enema is no "wash out"! Your contributor W.K. Ireland (mag) writes about an interesting happening, and I would love to read the letters he refers to in his opening paragraph i.e. the one about the girl who gave an enema to her French flatmate. The erotic effect of a gentle enema is fabulous and needs no medicinal "wash out" excuse. I can assure you, and this is based on the fact that delicate nerve centers are near the rectal and anal areas which form an erotic zone. Women appreciate the feeling of having "something inside", the sensation of a lubricated nozzle riding in and out of the anal passage - once the initial concern or fear is over- come - is a very pleasant experience indeed whether liquid is injected or not.
Martha, my wife, used to be worried about her figure and I caught her taking dangerous slimming pills which were really an irritant to open her bowels. She had been caned before for various misdeeds but this time I gave her a good lesson. I told her to prepare herself for an enema of three pints, and I injected the soapy suds none too gently to be effective as high as possible. That accomplished I told her to keep the liquid inside her for fifteen minutes at least and meantime proceeded to give her twelve cuts of the cane which she does not mind all that much, having got used to it over the years. Only after our swishy cane was laid across her butt twelve times was she to leave for the toilet; at least that was my plan. However, after the fifth stroke, given at intervals of one minute, she jumped up to run away. I was so flabbergasted; she can take a half a dozen without too many contortions. I rushed after her brandishing the cane. She reached the toilet but could not shut herself in, so great was her hurry and her internal pressure. She raced to the W.C bowl and the three pints of so carefully prepared and applied water solution just jetted out of her bottom without having cleaned her inside to any great extent. She was sorry about it and I was annoyed since my prescription had misfired.
I decided to make the treatment really effective and this time used her vaginal douche so we could be sure of the quantity of fluid injected using a more efficient solution. We settled for a Giant Douche full of 40% glycerin, 10% of caster oil and 50% of lukewarm water. Martha had second thoughts about the size of the douche and followed the procedure wide-eyed and begged me to stop. I just grabbed her arms, pulled her onto our bed, placed her on her back, pulled her struggling legs over her head and tied them as well as her hands to the headboard. I then placed a small cushion under the small of her back so that she could bend her knees and move her thighs. In this way she could not interfere with my delicate operation. The stem of her douche is about one inch thick and five inches long. I put Vaseline on the outside and gently brought its tip onto her rather small anus, but now well stretched. Her big pink bum cheeks should not have offered her any protection, but Martha nevertheless squeezed them fearfully together.
The attempted "squeezing out" of the nozzle was rewarded with two very juicy cuts of the cane which really made her scream in earnest as she wobbled her twin globes now decorated with sets of criss-crossing tramlines, the earlier strokes already forming dark wealed ridges. Again I brought the nozzle to her tight hole and with a deft movement pushed the stem in. After the first shock my wife smiled bravely at me and suggested I take my time as she was in no position to do much about it. I gradually immersed the douche into her bottom as far as it would go and squeezed the lukewarm contents into her bowels. I worked the huge rubber ball several times to make sure that all the fluid was expelled and withdrew the syringe. Not wishing to lose any of the excellent mixture, I wiped her slippery cleft clean with some paper tissues and fixed a three inch sticking plaster to her backside smoothing it down into the crease with both hands to ensure complete adhesion.
I told Martha that she was to receive her original punishment for the slimming pills now because the earlier half measures had been to no avail and I wanted to be sure that the enema this time would be really efficient, mixing the lubricant well with the hardened matter in her bowels. It was this hardness which gave her so much pain before when trying to expel the motion.
Lustily I laid on the cane, and lustily she responded, her thighs going like connecting rods, her bottom jerking wildly in all directions, her tummy gyrating and in this way working the injection well in, judging by her crying, tears and entreaties for me to take the plaster off. I can be most determined when I want to be, and I wanted to be. Twelve cutting minutes later I untied Martha. She rolled over to her side, her legs still thrashing the air. Her hands flew to her very painful behind, now striped in a random pattern. Martha vigorously rubbed her inflamed posterior the redness of which was now accentuated by her slender white hands. She sobbed and pleaded for me to remove her "bottom gag". I told her it was for her own good to keep the enema as long as possible, that I would be the judge, and that I was very pleased with her to find her so cooperative, slithering about on the bed, massaging her burning sit-upon, as all this would further add to the medicinal action of the douching.
Half an hour later, I told Martha, who by now had quieted down and indeed was squeezing my hands tenderly and kissing me in appreciation of the nursing care I gave so freely and willingly, "Let us see how you evacuate your enema. I want to see whether it was worth the trouble." We went to the toilet, poor Martha really hobbled, and I tried to remove the plaster. But Martha was so sensitive after the beating that whenever I touched her weals she winced. I had no option but to ruthlessly tear the plaster off. Fortunately her cleft is hairless but the suddenness made her scream and wriggle on the toilet where I had placed her in anticipation of her "decompression". All control was now gone and with accompanying noises of relief the efficiency of the treatment became obvious. A soft brown mass about five times the volume of the enema injected shot out effortlessly, leaving on Martha's face an expression of relief and bliss.
She washed herself thoroughly agreeing that "inner cleanliness" comes first. My wife confided that the actual insertion of the syringe was such a delight that she begged me to modify my lovemaking to simulate the experience there and then. Oh, this was indeed a wonderful experience for both of us. Back in the bedroom she knelt down and offered her now nicely perfumed body to me. I had no difficulty entering her from behind since her sphincter muscle had now been suitably exercised. Her striped bottom simply invited me to squeeze a handful of the wealed skin which made her yell out loudly. Her bottom was really sore and I grabbed the part where there were several welts crossing each other. Believe me I did not have to pinch hard for her rear to buck wildly. Oh, yes, Martha's big rear gyrated madly! I saw to that until I ejaculated. She blushingly told me that this was the most exciting sex she had ever experienced: impaled, her cheeks smarting, a love juice injection just like from the powerful douche. We are now educated in the art of erotic douching which requires much less effort than the sex act, for a possibly greater thrill.
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Anonymous
An enema is no "wash out"! Your contributor W.K. Ireland (mag) writes about an interesting happening, and I would love to read the letters he refers to in his opening paragraph i.e. the one about the girl who gave an enema to her French flatmate. The erotic effect of a gentle enema is fabulous and needs no medicinal "wash out" excuse. I can assure you, and this is based on the fact that delicate nerve centers are near the rectal and anal areas which form an erotic zone. Women appreciate the feeling of having "something inside", the sensation of a lubricated nozzle riding in and out of the anal passage - once the initial concern or fear is over- come - is a very pleasant experience indeed whether liquid is injected or not.
Martha, my wife, used to be worried about her figure and I caught her taking dangerous slimming pills which were really an irritant to open her bowels. She had been caned before for various misdeeds but this time I gave her a good lesson. I told her to prepare herself for an enema of three pints, and I injected the soapy suds none too gently to be effective as high as possible. That accomplished I told her to keep the liquid inside her for fifteen minutes at least and meantime proceeded to give her twelve cuts of the cane which she does not mind all that much, having got used to it over the years. Only after our swishy cane was laid across her butt twelve times was she to leave for the toilet; at least that was my plan. However, after the fifth stroke, given at intervals of one minute, she jumped up to run away. I was so flabbergasted; she can take a half a dozen without too many contortions. I rushed after her brandishing the cane. She reached the toilet but could not shut herself in, so great was her hurry and her internal pressure. She raced to the W.C bowl and the three pints of so carefully prepared and applied water solution just jetted out of her bottom without having cleaned her inside to any great extent. She was sorry about it and I was annoyed since my prescription had misfired.
I decided to make the treatment really effective and this time used her vaginal douche so we could be sure of the quantity of fluid injected using a more efficient solution. We settled for a Giant Douche full of 40% glycerin, 10% of caster oil and 50% of lukewarm water. Martha had second thoughts about the size of the douche and followed the procedure wide-eyed and begged me to stop. I just grabbed her arms, pulled her onto our bed, placed her on her back, pulled her struggling legs over her head and tied them as well as her hands to the headboard. I then placed a small cushion under the small of her back so that she could bend her knees and move her thighs. In this way she could not interfere with my delicate operation. The stem of her douche is about one inch thick and five inches long. I put Vaseline on the outside and gently brought its tip onto her rather small anus, but now well stretched. Her big pink bum cheeks should not have offered her any protection, but Martha nevertheless squeezed them fearfully together.
The attempted "squeezing out" of the nozzle was rewarded with two very juicy cuts of the cane which really made her scream in earnest as she wobbled her twin globes now decorated with sets of criss-crossing tramlines, the earlier strokes already forming dark wealed ridges. Again I brought the nozzle to her tight hole and with a deft movement pushed the stem in. After the first shock my wife smiled bravely at me and suggested I take my time as she was in no position to do much about it. I gradually immersed the douche into her bottom as far as it would go and squeezed the lukewarm contents into her bowels. I worked the huge rubber ball several times to make sure that all the fluid was expelled and withdrew the syringe. Not wishing to lose any of the excellent mixture, I wiped her slippery cleft clean with some paper tissues and fixed a three inch sticking plaster to her backside smoothing it down into the crease with both hands to ensure complete adhesion.
I told Martha that she was to receive her original punishment for the slimming pills now because the earlier half measures had been to no avail and I wanted to be sure that the enema this time would be really efficient, mixing the lubricant well with the hardened matter in her bowels. It was this hardness which gave her so much pain before when trying to expel the motion.
Lustily I laid on the cane, and lustily she responded, her thighs going like connecting rods, her bottom jerking wildly in all directions, her tummy gyrating and in this way working the injection well in, judging by her crying, tears and entreaties for me to take the plaster off. I can be most determined when I want to be, and I wanted to be. Twelve cutting minutes later I untied Martha. She rolled over to her side, her legs still thrashing the air. Her hands flew to her very painful behind, now striped in a random pattern. Martha vigorously rubbed her inflamed posterior the redness of which was now accentuated by her slender white hands. She sobbed and pleaded for me to remove her "bottom gag". I told her it was for her own good to keep the enema as long as possible, that I would be the judge, and that I was very pleased with her to find her so cooperative, slithering about on the bed, massaging her burning sit-upon, as all this would further add to the medicinal action of the douching.
Half an hour later, I told Martha, who by now had quieted down and indeed was squeezing my hands tenderly and kissing me in appreciation of the nursing care I gave so freely and willingly, "Let us see how you evacuate your enema. I want to see whether it was worth the trouble." We went to the toilet, poor Martha really hobbled, and I tried to remove the plaster. But Martha was so sensitive after the beating that whenever I touched her weals she winced. I had no option but to ruthlessly tear the plaster off. Fortunately her cleft is hairless but the suddenness made her scream and wriggle on the toilet where I had placed her in anticipation of her "decompression". All control was now gone and with accompanying noises of relief the efficiency of the treatment became obvious. A soft brown mass about five times the volume of the enema injected shot out effortlessly, leaving on Martha's face an expression of relief and bliss.
She washed herself thoroughly agreeing that "inner cleanliness" comes first. My wife confided that the actual insertion of the syringe was such a delight that she begged me to modify my lovemaking to simulate the experience there and then. Oh, this was indeed a wonderful experience for both of us. Back in the bedroom she knelt down and offered her now nicely perfumed body to me. I had no difficulty entering her from behind since her sphincter muscle had now been suitably exercised. Her striped bottom simply invited me to squeeze a handful of the wealed skin which made her yell out loudly. Her bottom was really sore and I grabbed the part where there were several welts crossing each other. Believe me I did not have to pinch hard for her rear to buck wildly. Oh, yes, Martha's big rear gyrated madly! I saw to that until I ejaculated. She blushingly told me that this was the most exciting sex she had ever experienced: impaled, her cheeks smarting, a love juice injection just like from the powerful douche. We are now educated in the art of erotic douching which requires much less effort than the sex act, for a possibly greater thrill.
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Anonymous
23/04/2005 22:18 Este es el enlace de este relato, si lo copias lo puedes utilizar como hipervínculo. Tema: Idiomas No hay comentarios. Comentar.
No toleraré esa conducta en mi escuela
m/f regla, cinturón, vara
Autor(a) desconocido(a)
- No toleraré esa conducta en mi escuela, señorita, se lo advierto, lo lamentará mucho si desea continuar con este comportamiento. Lleva sólo dos meses en el Internado y ya ha pasado más de una docena de veces por mi oficina. La próxima vez que cruce esa puerta lo lamentará. Vaya a su habitación, permanecerá confinada durante dos semanas, sólo podrá salir para las clases.
-
Ella sonrió mientras se dirigía a su habitación, estaba logrando lo que quería y en menos tiempo del que esperaba, y decían que en esta escuela las cosas serían diferentes, lo único diferente es que el director tiene menos paciencia que los otros, lo cual me conviene - pensaba ella - así me expulsarán muy pronto.
Ya había sido expulsada de tres prestigiosos internados para señoritas, y estaba empeñada en que la expulsaran de este, estaba harta de haber vivido siempre en internados, lejos de su familia y esta era su manera de vengarse. Lo único que lamentaba de ser expulsada de este internado es que no volvería a verlo, siempre tan estricto, elegante, ella aún no comprendía porqué se sentía de esa manera tan especial cada vez que lo veía, porqué sentía remordimientos cuando él la reñía, porqué no le era indiferente, porqué le importaba tanto lo que él pensaba, alejando estos pensamientos de su mente se dijo a sí misma
- Mañana hay examen de historia, eso me da la oportunidad que estoy buscando. Voy a preparar todo ahora mismo - diciendo esto puso en marcha su plan, copiar durante el examen colocando apuntes en sus muslos y hacerlo de la manera mas indiscreta, de modo que le asegure el ser descubierta y terminar en la oficina del director, el no tendría más castigo que darle que expulsarla de su escuela...- Todo esta saliendo de maravillas - se dijo
Al día siguiente se dirigió a su salón y al iniciar el examen puso en marcha su plan, no pasaron ni un par de minutos cuando fue descubierta por la auxiliar.
-
- Acérquese - le ordenó - y traiga consigo su examen
Ella obedeció estaba ansiosa por ser llevada ante el director
-
- Copiando durante el examen, ya veremos qué es lo que dicen sus padres cuando lo sepan, acompáñeme a la oficina del director
Al llegar allí, ella no sabia porque, pero empezó a sentir mariposas en el estómago - Debe ser la emoción porque lograré mi cometido ahora mismo - pensaba, aunque le extrañaba sobremanera, las veces anteriores no había sentido nada parecido...
La puerta se abrió y lo vio a él sentado hablando por teléfono, con una mano hizo señas para que ingresen. Sus piernas le temblaban, no comprendía porque, la auxiliar la jaló del brazo para hacerla avanzar.
Cuando estuvieron frente a su escritorio él la miró directamente a los ojos, ella trató de mantener la mirada altiva y rebelde que la caracterizaba pero al ver el reproche en sus ojos no pudo evitar el desviar la mirada hacia abajo y vio sus manos, grandes, fuertes, muy bien cuidadas.
El terminó de hablar por teléfono y se levantó de su silla dirigiéndose hacia el frente de su escritorio en el cual se apoyó...
-
- ¿Tan pronto y ya de vuelta por aquí? pensé que al menos pasarían las dos semanas de su último castigo. ¿Que hiciste ahora?
Ella no atinaba a responder, por lo que la auxiliar le dijo: "Estaba copiando durante el examen, tiene las piernas todas escritas, mire"-le dijo levantando la falda para mostrarle, Ella sólo atinó a bajarse la falda sonrojándose.
-
- Yo me haré cargo de la señorita, déjenos solos - indicó el director, y la auxiliar se retiró dejándolos a solas. La emoción crecía en su cuerpo, no sabia ni entendía por que pero sentía que su corazón palpitaba aceleradamente y sus piernas temblaban ligeramente, ¿Tenia miedo? no, no era posible...¿qué le ocurría entonces?, lo único que quería era salir lo más pronto posible de esa oficina
-
- Ahorrémonos el sermón, ¿si?, mientras llama a mi casa yo iré a preparar mis maletas... - dijo dándose vuelta
-
- No le he dicho que puede retirarse, y ¿por qué habla de hacer maletas?
Ella volteó lentamente, el oír su voz tan autoritaria la turbó
-
- No va a expulsarme?
-
- ¿Expulsarla? no, ¿de dónde sacó eso?
-
- Ayer... dijo que no toleraría mi comportamiento en su escuela...yo
-
- Usted pensó que a la próxima que hiciera, sería expulsada, ¿verdad?, conque ese era su propósito, lo imaginaba, desde que llegó no ha hecho más que portarse mal, pésimamente, ahora comprendo porque, pero no entiendo, ¿por qué quiere ser expulsada?
-
- Eso no es algo que le interese, sólo expúlseme y ya, dejo de ser su problema
-
- Pues bien, aquí las cosas no funcionan así, mire, sus padres me encomendaron la tarea de convertirla en una señorita, si la expulsara sería como darme por vencido ante su rebeldía y yo no soy de las personas que se dan por vencido ante una dificultad, es más usted se ha convertido en todo un reto para mí, un desafío y si usted es orgullosa y altanera pues yo lo soy más y con una ventaja sobre usted, tengo mayor autoridad y fuerza
El oír estas palabras hicieron que se estremeciera, pero no quería demostrarle a él lo que sentía, así que caminando alrededor de la oficina, como para darse importancia le dijo
-
- ¿Y de que le servirá?, si se empeña en mantenerme aquí lo único que lograra es ver como traigo abajo su tan prestigiado colegio, mientras yo contemplo todo sentada desde mi ventana
- Tal vez pueda contemplar esa escena que describe, pero créame no lo hará sentada, de eso me encargaré yo personalmente - Al decir esto tomo una silla y la colocó en el centro de la oficina, se quitó el saco y se remangó la camisa mientras miraba divertido la cara de desconcierto de su alumna, al sentarse le dijo
- Acérquese
- ¿Qué pretende?
- Voy a darle un castigo que si lamentará, ¿qué pensaba, que iba a confinarla nuevamente en su habitación?, ¿qué acaso cree que ignoro que sale por la ventana cada noche para pasear por los jardines? - ella no supo que responder - Acérquese - ordenó él con voz firme - no le conviene que vaya por usted
- Pues está loco si cree que iré - respondió ella dirigiéndose a la puerta
- No atraviese esa puerta, ya estoy bastante enojado, más le vale no hacerme enojar aun más o le pesará
- ¿A si?, pues mire cuanto me importa - dijo ella abriendo la puerta
Él se levanto de inmediato y cerro la puerta de un sólo golpe, ella permaneció de pie al lado de la puerta, muerta de miedo, nunca imaginó que esto pasaría. El cerró la puerta con llave y colocó la llave en su bolsillo para luego dirigirse a la silla nuevamente
- Acércate – ordenó. Ella permaneció inmóvil, de espaldas a él, no quería verle a los ojos, estaba asustada
- No me hagas ir por ti - gritó, pero ella no se movía
- Bien, ahora sí agotaste mi paciencia, lo lamentarás y mucho, te lo aseguro - gritó nuevamente mientras se acercaba a ella, la tomó de un brazo y la jaló fuertemente
- Ay, me lastima - se quejó
- Espera y verás... - respondió él mientras se sentaba y la jalaba a ella de modo que quedara sobre sus rodillas
Ella sollozaba
- no puede hacer esto, no puede
- ¿qué no puedo? ya verá si no puedo, y más le vale no resistirse o le irá peor...
No terminó de decir esto y ella logró liberarse de su regazo y se alejó de él, él dirigió su mirada hacia ella, estaba muy enojado, se le notaba en la mirada, en su expresión
- No debiste hacer esto, mientras más me enojes peor para ti.
- Déjeme ir – exigió ella yendo hacia la puerta y tratando inútilmente de abrirla
El se acercó y la sujeto firmemente de los brazos
- Vas a dejar el teatro y aceptarás tu castigo, ya me colmaste la paciencia y no pienso tolerarte nada más
Ella intentó soltarse y como no lo conseguía, no pensó en mejor manera de liberarse que pateando al director, lo intentó pero él, adivinando la intención de ella, logró esquivar el golpe
- Bueno, si lo quieres a la mala, no me dejas otra
La soltó un momento mientras se dirigía a su escritorio y buscaba algo en su cajón, ella lo observaba desde la puerta, no podía creer lo que ocurriría, el director iba a azotarla, ni remotamente le había pasado esa idea por la cabeza, pero allí estaba ella, encerrada con él en esa oficina sin tener como escapar, sólo esperando el castigo, sabía que lo merecía, había sido muy majadera, pero su orgullo era muy grande y no estaba dispuesta a doblegarlo… Finalmente él encontró lo que buscaba, sacó del cajón una cuerda blanca no muy gruesa y bastante larga - ¿Es que va a amarrarme? - se preguntó,- pues primero deberá alcanzarme - se decía para sí
- Acércate, y no me hagas ir detrás de ti, porque aumentaré 10 azotes por cada minuto que me hagas perder
Ella permaneció inmóvil
- Vamos que esperas?
- No iré
- Bien, pues entonces serán 20 azotes más - le dijo mientras se acercaba, ella se dirigió al otro extremo de la habitación, El la siguió y ella nuevamente escapó, luego él se dirigió hacia ella, pero cuando menos lo esperaba cambió de dirección atrapándola en su huida. El la rodeaba con sus brazos y ella trataba de soltarse, pero él era mucho más fuerte y logró atar sus manos juntas y al frente
- Serán 50 azotes por hacerme perseguirte – dijo mientras tiraba de la cuerda y sujetaba el extremo libre a una argolla en la pared, luego colocó una mesa entre la pared y ella, de modo que quedó inclinada hacia adelante, en la posición propicia para recibir el castigo
- ¡Suélteme!, ¡es un salvaje!, ¡es un ...
- Mucho cuidado con su vocabulario, le recuerdo que no esta en posición de reclamar nada
- Me las pagará, le diré esto a ...
- ¿A quién? ¿A sus padres?, ¿Acaso piensas que ellos no lo saben?
Cuando escuchó esto se sorprendió por un momento, pero después de todo ella siempre había estado sola, y sola tendría que afrontar esto, pero no lo haría sin la rebeldía que la había caracterizado siempre, ella iba a enfrentarse a él y no le haría las cosas más fáciles, comenzó a rebelarse a intentar soltarse, a patearlo, o al menos a intentarlo
- ¿Es que nunca te cansas? ¿Voy a tener que amarrarte las piernas también?
- ¡Suélteme!, ¡se lo exijo!, no puede tenerme así amarrada
- No voy a soltarla hasta que reciba el castigo que merece y según mis cuentas tenemos para rato, así que le recomiendo relajarse y aceptar el castigo porque de lo contrario sólo logrará prolongarlo.
Esto no logró calmarla, al contrario, la enojó aún más y sólo se retorcía tratando de liberarse
- Bueno no me deja otra alternativa más que atarle las piernas - y diciendo esto le ató las piernas a las patas de la mesa, restringiendo aún más sus movimientos
- Ahora sí podemos empezar – le dijo alejándose un par de pasos hacia atrás - sólo falta un detalle – dijo
Mientras, ella sentía que él desabotonaba su falda, ¡es que va a azotarme desnuda!!!
- No puede hacer esto, ¡deténgase! – ordenó ella
- Quien da las órdenes aquí soy yo, no lo olvide –le dijo en tono amenazador mientras quitaba la falda y la colocaba sobre la silla, permaneció unos instantes contemplándola, a ella le parecía que el tiempo no pasaba, que se había detenido, que esa humillación no terminaría nunca, al menos aún conservaba su ropa interior y algo de dignidad...
- Qué espera ¡termine de una vez!!! –gritó
- Caramba, ahora estamos apurados, ¿eh? Si no se hubiera resistido hace mucho hubiese terminado y estaría ahora en su habitación, pero como se empeñó en rebelarse ahora parte de su castigo será ser paciente y aceptar mis condiciones, pero antes necesitamos “deshacernos” de algo que nos “estorba” fue hacia su escritorio para sacar unas tijeras, ella lo observaba sin dar crédito a lo que veía, no por mucho tiempo permanecería cubierta, él se acercó a ella y empezó a cortar su ropa de modo que en unos segundos quedó completamente desnuda ante él, sentía vergüenza, nadie la había visto así, desde que era una bebé, y tenía que verla él... la sola vergüenza era ya suficiente castigo para ella
- Por favor... – susurró ella
- Vaya, aún no empiezo el castigo y ya esta aprendiendo modales, por lo visto el castigo será efectivo.
- ¿Por qué hace esto?
- Porque quiero que se corrija, ahora guarde silencio, no quiero que emita el menor ruido mientras dura el castigo, por cada quejido o palabra que diga recibirá 5 azotes al final, con una vara, ¿entendido?
- ¿Está loco? No...
El la calló colocando su mano en la boca, estaba tibia y era muy suave, ella sentía que la acariciaba
- Ya lleva 15 golpes con la vara... mejor permanece en silencio o...
Esta vez no la amenazaba, más parecía un consejo y ella calló bajando la mirada, no podía hacer nada, no lograría evitar el castigo, pero aun no sabía si acceder a él o continuar rebelándose, parecía dispuesto a todo, pero ella también lo estaba, no, no dejaría de rebelarse, nunca doblegaría su orgullo ante nadie, ni siquiera ante él...
El sacó una regla larga de madera y la colocó en la mesa, luego se quitó el cinturón y lo colocó doblado en dos a un costado, finalmente abrió un armario y sacó una vara, era larga y delgada, el acarició sus nalgas con ella, provocando un estremecimiento
- No te preocupes, esta irá al final y tú decidirás cuantos golpes recibirás. Empezaré con la regla, 50 azotes por copiar en el examen, 50 con la correa por tu rebeldía e intentos por escapar del castigo, por cierto para la próxima vez no te lo recomiendo, el castigo es ya bastante severo como para que aumentes azotes por rebeldía, y bueno al final usaré la vara, por ahora son 15 azotes pero “sospecho” que serán más..., bueno empecemos
Tomó la regla y se colocó un par de pasos detrás de ella, la contempló unos segundos, tenía un trasero hermoso, quería acariciarlo en lugar de castigarlo, el tener estos pensamientos lo turbó, - es mi alumna ¿que pasa? ¿Por qué pienso en ella de esta manera? - le enojaba hacerlo, siempre había podido separar muy bien su trabajo de sus sentimientos pero ahora no podía hacerlo, precisamente cuando más falta hacía, ¿por qué esta chiquilla malcriada y engreída despertaba en él estos sentimientos?, trató de despejar su mente de estos pensamientos y de fijarla en el castigo que debía darle a ella, no podía dejar que sus sentimientos interfirieran con su deber, así que inició el castigo, tomo impulso y propinó un golpe fuerte en las nalgas de la chica, ella gritó de dolor
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- no, por favor...
El no la dejó continuar, tomando su rostro con ambas manos le dijo
- debe aprender a obedecer, deberá guardar silencio durante el castigo o lo prolongará más de lo que puede soportar, créame no pienso detenerme hasta culminarlo – ella lo miró muy asustada, él la soltó para reiniciar el castigo
- no... –sollozó ella
- 40 con la vara, y apenas si ha recibido el primero con la regla...
Ella calló, se propuso guardar silencio, nunca antes la habían castigado azotándola, recién había recibido un golpe con la regla y ya sentía que le ardía el trasero, no creía que podría resistir todo el castigo, el más leve quejido incrementaba los azotes que recibiría con la vara, no sabía porque pero era el instrumento que más miedo le inspiraba, decidió no resistirse más y entregarse a su suerte, tal vez él se detendría antes si ella ponía de su parte...
El observaba la marca roja que se había formado en las nalgas de ella, no podía dejar de mirarla, pronto todo su trasero tendría el mismo color, ese color que tanto le gustaba... pero era momento de continuar, él retomó el castigo dándole golpes muy fuertes, distribuyéndolos en todo su trasero, pero concentrando la mayoría de ellos en la zona en que sus nalgas se unían a sus piernas, quería hacerla gritar, quejarse, retorcerse, pero ella resistía, se mordía los labios y apretaba los dientes para evitar hacerlo, esto lo enojaba más y la golpeaba con más fuerza, repitiendo varios golpes en el mismo lugar, hasta que finalmente ella no soportó más y sin poder contenerse gritó
- auch!! es un ... – y calló, quería insultarlo, decirle que era un salvaje, un abusivo, un cobarde por golpearla cuando ella no podía defenderse, pero sabía que eso aumentaría el castigo
El se detuvo, cayó en cuenta que estaba siendo injusto con ella, no sólo la castigaba por sus travesuras sino que la estaba castigando, y más severamente aún, por los sentimientos que estaba inspirando en él, la castigaba a ella por lo que él sentía, al darse cuenta de esto se sintió muy mal, ¿debería detener el castigo? No, ella sospecharía, no podía hacerlo y tampoco disminuir la intensidad, al menos no notoriamente. Pero decidió que si ella le pedía que se detuviese lo haría - lo hará pronto, no puede resistir mucho más – pensó para sus adentros, de este modo ella doblegaría su orgullo ante él y él vencería en este enfrentamiento
- Serán 50 con la vara – le indicó, trató que su voz no delatase lo que sentía en ese momento, pero no lo logró, ella sospechaba que algo estaba pasando pero no sabía que – Continuemos, aun faltan 10 con la regla...
La posición que ella debía mantener era sumamente incómoda, no podía apoyarse sobre su pecho o sus brazos para resistir mejor los golpes que recibía, lo que la hacía tener la sensación de que perdería el equilibrio en cualquier momento... él continuó con golpes fuertes, ella sentía que el trasero le ardía terriblemente, parecía que el castigo no terminaría nunca, ¿es que no se compadecería de ella y se detendría?
El colocó la regla sobre la mesa y se alejó sin tomar el cinturón, ¿Se detendrá? ¿Va a soltarme y dejarme ir?
- Esa posición es bastante incómoda, ¿verdad? – preguntó - si te desato ¿te quedarás quieta?
Ella asintió con la cabeza, sería más fácil soportar el castigo sin estar atada, no intentaría rebelarse, eso sólo había empeorado todo, si bien su orgullo no le permitía pedirle que se detenga, tampoco dejaría que incremente el castigo
El se acercó, colocándose tras ella y sujetándola de la cintura soltó el nudo de la argolla que sostenía sus manos, ella al perder tensión la cuerda que sostenía sus brazos y por esfuerzo realizado se inclinó hacia delante, él la sujetó con firmeza pero tiernamente, de modo que evitó que cayera sobre la mesa, sus miradas se cruzaron, la de ella no mostraba rebeldía, era más bien curiosa, se preguntaba el porqué de ese castigo, el porqué de lo que sentía, el porqué de la atracción que sentía hacia él, la de él en cambio no era de reproche, como ella esperaba, sino que era tierna, dulce, parecía que quería disculparse por tener que castigarla, pero no tenía otra opción, debía hacerlo, ella notaba la lucha interior que se desataba en él, pero no comprendía lo que pasaba, ¿por qué me mira así? ¿Es que siente algo por mí? ¿le intereso?, como si él comprendiese lo que ella pensaba y temiendo que ella pudiese adivinar sus pensamientos, desvió la mirada y la soltó, lentamente se inclinó a un costado de ella y le desató las piernas, por unos segundos contempló su trasero, muy rojo ya, que había quedado a la altura de su rostro, le encantaba ese espectáculo, hubiera querido continuar contemplándola por horas, pero debía continuar, se paró lentamente y procedió a desatar sus muñecas, al sentirse libre un impulso natural la obligó a dirigir sus manos a su trasero para intentar calmar en algo el ardor que sentía
- hey, tienes prohibido tocarte hasta que termine el castigo – dijo él sujetando sus manos suavemente – deberás mantenerlas sobre la mesa, inclínate apoyando tu peso en la mesa y separa las piernas mientras decía esto con sus manos la obligaba a tomar la posición que describía, ella se limitaba a obedecer, él tomó el cinturón de la mesa y vio que ella cerraba los ojos como presintiendo lo que le esperaba, él se paró un par de pasos tras ella, la observó un instante y se decidió continuar, tomo impulso y asestó el primer azote con la correa, justo en la parte más redondeada de su trasero, ella saltó en su sitio e intentó colocar sus manos para protegerse
-
– esa mano señorita! – interrumpió él - ¿o quieres incrementar aún más tu castigo?
Ella negó con la cabeza y regresó sus manos a la mesa, él dio el segundo golpe y ella gritó nuevamente, movió sus manos pero se detuvo antes que el le dijera algo. El prosiguió el castigo, ella trataba de no moverse, pero cada vez era más difícil, sentía el trasero como una braza ardiendo, finalmente no pudo evitarlo y colocó sus manos protegiéndose, mientras sollozaba, él detuvo el castigo, colocó la correa sobre la mesa y se acercó a ella, sin decirle nada tomó sus manos suavemente, mientras la miraba a los ojos, cogió la cuerda y ató sus muñecas
- No, por favor...- suplicó
-
- No quiero lastimarte, sólo las sujetaré al frente para que no puedas interponerlas – al terminar de atarla, sacó un pañuelo de su bolsillo y le limpió las lágrimas – así está mejor, continuemos
-
Tomó la correa de la mesa y regresó a su posición. Los golpes que siguieron no fueron tan fuertes, al menos ella no los sintió así, pudo soportar la mayor parte de ellos sin quejarse, aunque sentía pavor de lo que faltaba aún: la vara al terminar con la correa, la colocó sobre la mesa, tomó la vara y se colocó detrás de ella unos segundos, sentía la ansiedad de ella, su miedo, no creía que pudiese soportar 50 azotes más, menos con ese instrumento, miraba su trasero tan coloreado, tan hermoso, no, no continuaría, se dirigió al armario y guardó la vara, ella lo observaba sin dar crédito a lo que veía ¿le levantaba el castigo acaso?, aún mantenía la posición que él le había indicado, él tomó su falda y se acercó a ella colocándosela, luego la volteó y la tomó de las manos, la desató y le dijo
- puede ir a su habitación.
- ¿Puedo preguntarle por qué?
- ¿Quiere acaso que continuemos con el castigo?
- No, yo...
- Soportó bien los azotes, supongo que es la primera vez que los recibe, ¿verdad? - ella asintió con la cabeza – para un primer castigo es suficiente, ahora vaya a su habitación
Ella salió de la oficina extrañada, al inicio del castigo se había sentido humillada, sentía que lo odiaba por lo que le estaba haciendo, pero conforme pasaba el castigo, sus sentimientos cambiaron, su atracción hacia él había aumentado tremendamente, no comprendía porqué precisamente él, quien la había castigado tan severamente, le parecía tan atractivo - estas loca, quítate estas ideas de la cabeza – pensó - son tonterías, será mejor pensar un nuevo plan, debe haber alguna manera de lograr que me expulsen.
Al llegar a su habitación se tiró boca abajo en la cama y sobó su adolorido trasero, recordando el castigo recibido, cómo dolía!!!,
- me vengaré, debo hacer algo para vengarme de él, ¡cómo pudo atreverse a golpearme!!!, y de esta manera, es un salvaje! Pero algo haré, para que se arrepienta de esto, amarrarme, ¡a mi!!! ¡Y golpearme!!!, de solo recordar aumenta mi enojo.
Pensando como vengarse, le sobrevino la idea perfecta, el tenía un auto precioso, deportivo rojo, al cual cuidaba como a un hijo, siempre impecable y brillante, ese auto le ayudaría en su venganza....
- Sí, es perfecto, sólo necesitaré algunas cosas que las podré conseguir para el fin de semana, allí pondré en marcha mi plan... es genial, me vengaré de él y a la vez querrá expulsarme, no puede ser mejor.
Su plan consistía en pegar muchos stickers en la cubierta del auto ¿saldrían después? Es lo de menos, cuando vea la nueva “decoración” de su auto se iba a enojar tanto que la echaría de la escuela....
Llegó el fin de semana y ella puso en marcha su plan, estaban solos en el internado, todos habían ido a sus casas, ella debía permanecer porque estaba castigada y él porque era necesario que alguien cuidase a la señorita. Ella empezó a pegar los stickers llevaba unos veinte cuando sintió una mano que la detenía
-
- ¿Pero qué está haciendo? ¿se ha vuelto loca? – gritó él – ¡ha arruinado mi auto!!!
Ella se soltó y lo miró de manera desafiante
- Si, ¿y? ¿qué hará ahora?
El verla tan arrogante y altiva, solo logró enojarlo aún más, ¿pero quien se cree esta chiquilla? ¿Es que no tiene límites?, arruinar su auto de esta manera y encima desafiarlo...si la vez anterior había logrado compadecerlo, esta vez no lo haría estaba dispuesto a darle el castigo que merecía. La tomó de un brazo y apoyándose sobre el auto, la jaló hacia él de modo que quedó sobre sus rodillas
- ¡suélteme!!! ¡salvaje!!!
El la sujetaba con tal fuerza que por más que ella intentaba soltarse no lo conseguía, con una mano le subió la falda y le bajó la ropa interior, y empezó a golpearla allí mismo en el patio
- Va aprender a respetar la propiedad ajena, no puede ir por allí arruinando lo que le de la gana sin importarle nada, es una engreída y desconsiderada...
Aún se notaban las marcas del castigo anterior, pero esta vez no cedería, estaba demasiado enojado con ella como para pasarle por alto esta falta. La golpeaba con fuerza, ella sentía que la mano del director le quemaba en el trasero a cada nalgada, la posición en la que estaba y el recibir los azotes con sus manos la humillaba, si bien no dolía tanto como la regla o la correa, ella consideraba que este castigo era mayor y se rebelaba luchando por liberarse, gritando, insultándolo
- Mientras más te resistas será peor – le decía él mientras incrementaba la fuerza y frecuencia de los azotes. – Esto es lo que buscabas, pues ahora lo aguantas
- ¡Suélteme! O lo lamentará
- ¿Yo lamentarlo?, cuando termine contigo no podrás sentarse en días, ya veremos quien lo lamenta
En eso le vino una idea a la cabeza y con el anillo que llevaba en el dedo le hizo un rasguño al auto, lo hizo sin detenerse a pensar en las consecuencias, él al verlo se detuvo y la obligó a pararse tomándola del brazo, estaba furioso ¿pero qué es lo que le pasa a esta chiquilla? ¿Es que no piensa en lo que hace?
- Esta vez fuiste demasiado lejos – le dijo mientras la llevaba a empujones a su oficina, ella trató de huir, pero él le dijo – Ni tan siquiera lo intentes, ya tienes suficientes problemas como para buscarte uno más
La forma en que le hablo, la hizo estremecerse de miedo, ella ya se había dado cuenta que se había extralimitado, no debió dejarse llevar por su rebeldía y actuar sin pensar, no pensó que causaría tanto daño y estaba arrepentida, él estaba muy enojado, mucho más que cuando recibió el primer castigo, seguramente este castigo sería aún más severo, pero ¿qué podía hacer ahora para remediarlo? ¿Disculparse? ¿Serviría de algo? Pero tener que bajar la cabeza ante él, precisamente él, no, resistiría el castigo, pero no doblegaría su orgullo
Al llegar a la oficina él la empujó y ordenó
- Quítate la falda e inclínate contra el escritorio, tu y yo tenemos una deuda pendiente y ahora la pagarás – se dirigió al armario y sacó la temida vara
- Profesor yo... –intentó disculparse
- Guarda silencio, no quiero oír ni una palabra ni queja, y las manos deberán permanecer en el escritorio en todo momento. Por cada desobediencia recibirás 5 azotes y esta vez no voy a perdonártelos ni dejarlos para otro día, hoy no sales de esta oficina hasta que recibas tu castigo: 50 azotes con la vara ella lloraba, temía lo que le esperaba, sabía que lo merecía pero eso no evitaba que quisiera salir corriendo de esa oficina y huir del castigo, pero sabía que esta vez no tendría tanta suerte como la vez anterior
- ¿Qué estás esperando?, ¿quieres 10 azotes más por demorarte?
- No, señor – respondió mientras se quitaba la falda y tomaba la posición que le había indicado
El se colocó tras ella y con la vara le indicó que separe las piernas, ella temblaba, nunca había estado tan asustada, ya ni siquiera le pasaba por la mente la idea de rebelarse, él la observaba, se veía hermosa así, su trasero era todo un paisaje, mostraba las marcas de la azotaina anterior y muy pronto estaría nuevamente muy roja, no podía esperar a verla así e inició el castigo, le dio un golpe con la vara en la parte donde sus nalgas se unían a sus piernas, ella no pudo evitarlo y se cogió con ambas manos mientras gritaba de dolor, no había imaginado que doliese tanto, sentía un ardor terrible y recién empezaba el castigo, no iba a soportarlo, tenía que hacer algo para detenerlo, ¿pero que? ¿Tendría que suplicarle? Pues lo haría de ser necesario
- Mantén tu posición, acabas de agregar 5 azotes
Ella volvió a su posición, no, no le suplicaría que se detenga – No serviría de nada, esta vez esta muy enojado, no va a perdonarme el castigo – pensó – tendré que soportar el castigo y hacer todo lo posible por no incrementarlo – mientras pensaba esto, él continuó el castigo, ella se retorcía, se mordía los labios para no gritar y luchaba contra el impulso de protegerse con las manos, él la observaba y veía ese trasero tan lindo coloreándose y mostrando unas marcas largas y delgadas en cada lugar en el que la vara la había tocado, él luchaba por alejar de su mente estos pensamientos, el no lograrlo lo hacía enojarse más con ella y con él mismo, lo cual lo llevaba a castigarla con azotes muy fuertes, cuando completó la mitad se detuvo un momento, ella lo agradeció infinitamente, pero mantuvo sus manos en el escritorio, hubiera dado lo que sea por calmar ese dolor, pero no se atrevía a moverse, él la observaba en silencio, ya no había en ella signos de rebeldía, el supo que ella ya había tomado conciencia de sus faltas y estaba recibiendo un castigo merecido, al fin ella estaba dejando de ser la niña engreída y voluntariosa que llegó al internado, pero debía terminar con el castigo o no serviría de nada, así que reinició la azotaina, ella trataba de no quejarse, pero le era tan difícil, al final del castigo había acumulado 25 azotes por moverse, ella sentía que no podría soportarlos, pero no hizo ningún intento por detenerlos, temía que si decía o hacía algo el castigo aumentaría. El la observaba, sabía que no podía continuar con la vara, su trasero ya estaba muy rojo y tampoco quería lastimarla, decidió darle los 25 azotes que faltaban con su mano, colocándola sobre sus rodillas, así que tomó una silla y la colocó en el centro de la oficina
- Acércate – le dijo mientras se sentaba
- Por favor, ya no….
- Acércate - repitió
Ella obedeció, él la acomodó sobre sus rodillas, apenas la tuvo en esa posición se arrepintió de propiciarla, el tener ese trasero tan cerca de sus manos era muy tentador, sabía que como su profesor no debía hacerlo pero no pudo contener el impulso de acariciarlo, pasó suavemente su mano por él y sintió como ella se estremecía, él mismo sentía un torbellino de sentimientos en su interior, levantó la mano para darle la primera nalgada pero no pudo hacerlo, sentía como ella lloraba, ella ya había aprendido su lección pero no era el momento de terminar el castigo, si lo hacía echaría por la borda todo el castigo recibido hubiera sido inútil armándose de valor y aún contra lo que él mismo quería empezó a castigarla, esta vez se cuidó de no repetir las nalgadas en el mismo lugar, y no muy fuertes, ya era suficiente con la golpiza que había recibido minutos antes, aunque los azotes no eran fuertes, si le dolían mucho, ella lloraba y trataba de resistir pero no pudo evitar interponer sus manos para cubrirse, él no la regañó, sujetó su mano retirándola suavemente y continuó el castigo, al terminar la ayudó a levantarse y tomando su rostro entre sus manos le dijo
- Realmente espero que no sea necesario repetir esto, ha recibido una azotaína muy severa, pero era necesario, debe comprender que no puede ir por todos lados haciendo cuanto le plazca sin asumir las consecuencias de sus actos, y comportándose como una chiquilla malcriada y engreída, debe aprender a comportarse y a ser responsable. No crea que me agrada haberla castigado así, pero intenté otras maneras y no quiso entender, tenía que hacer algo para hacerla caer en cuenta de su comportamiento, porque no quiero que pierda muchas oportunidades muy buenas solo por su rebeldía, eres una muchacha muy bonita y muy inteligente pero debes encaminar tu comportamiento hacia mejores objetivos, ¿me comprendes?
Ella asintió con la cabeza
- Ahora ve a tu habitación y permanece allí.
Ella obedeció, ahora si no pensaba en venganzas ni nada, sabía que había recibido lo que merecía, lamentó haberse comportado de esa manera, arruinó el auto del director y estaba muy arrepentida, y confundida a la vez ¿habría sido lo que sintió una caricia? ¿Por qué le dijo todo eso? ¿Es que ella le importaba de una manera especial?, era la primera vez en su vida que sentí que le importaba a alguien, nunca nadie se había interesado en corregirla y esto hacía que viese al director de una manera especial, no volvería a defraudarlo, de ahora en adelante se comportaría bien y dejaría de lado su rebeldía y sus caprichos.
En la noche no podía dormir, sentía que debía hacer algo por remediar el daño que había causado, así que se dirigió al garaje dispuesta a quitar los stickers del auto del director, salió despacio sin hacer ruido y cuando terminó su tarea y estaba saliendo del garaje para volver a su habitación, se dio cara a cara con el director
- ¡Nuevamente aquí! - gritó él - ¿qué ha hecho ahora? ¿es que el castigo de la tarde no fue suficiente? ¿nunca aprenderá? – estaba muy enojado creía que había ido al garaje a hacer otra travesura
- No...espere déjeme explicarle, yo…
El la jaló dentro del garaje y empezó a quitarse la correa, ella trataba de explicarle pero él no la escuchaba
- Espere, mire – dijo ella señalando el auto
Él volteó y vio que habían quitado los stickers
- Quería resarcir en algo mi falta, lamento mucho el daño que causé, hablaré con mi padre para que cubra los gastos para reparar el rasguño…
- No déjelo
- ¿Qué lo deje? ¿pero su auto… no quiere que lo arregle?
- Déjalo es sólo un auto y ese rasguño me recordará siempre la rebeldía de mi alumna y espero que a ti te recuerde como debes comportarte
- Sí, le prometo que no volveré a comportarme así, yo tampoco quiero que se repita lo de hoy – dijo sobándose el trasero
- Era necesario, y lo hice por tu bien
- Lo sé, aunque eso no quita que me duela, me asustó mucho cuando vi que se quitó la correa pensé que iba a castigarme nuevamente
- Pensé que habías hecho otra de las tuyas, en venganza… aunque debería castigarte por salir de tu habitación, te ordené que permanecieras allí....
- No, por favor…
El se acercó a ella y la abrazó – No temas, ya no voy a castigarte – sus miradas se cruzaron y sus labios se acercaron uniéndose en un tierno beso
– Mi pequeña rebelde, desde ahora todo será diferente…
Autor(a) desconocido(a)
- No toleraré esa conducta en mi escuela, señorita, se lo advierto, lo lamentará mucho si desea continuar con este comportamiento. Lleva sólo dos meses en el Internado y ya ha pasado más de una docena de veces por mi oficina. La próxima vez que cruce esa puerta lo lamentará. Vaya a su habitación, permanecerá confinada durante dos semanas, sólo podrá salir para las clases.
-
Ella sonrió mientras se dirigía a su habitación, estaba logrando lo que quería y en menos tiempo del que esperaba, y decían que en esta escuela las cosas serían diferentes, lo único diferente es que el director tiene menos paciencia que los otros, lo cual me conviene - pensaba ella - así me expulsarán muy pronto.
Ya había sido expulsada de tres prestigiosos internados para señoritas, y estaba empeñada en que la expulsaran de este, estaba harta de haber vivido siempre en internados, lejos de su familia y esta era su manera de vengarse. Lo único que lamentaba de ser expulsada de este internado es que no volvería a verlo, siempre tan estricto, elegante, ella aún no comprendía porqué se sentía de esa manera tan especial cada vez que lo veía, porqué sentía remordimientos cuando él la reñía, porqué no le era indiferente, porqué le importaba tanto lo que él pensaba, alejando estos pensamientos de su mente se dijo a sí misma
- Mañana hay examen de historia, eso me da la oportunidad que estoy buscando. Voy a preparar todo ahora mismo - diciendo esto puso en marcha su plan, copiar durante el examen colocando apuntes en sus muslos y hacerlo de la manera mas indiscreta, de modo que le asegure el ser descubierta y terminar en la oficina del director, el no tendría más castigo que darle que expulsarla de su escuela...- Todo esta saliendo de maravillas - se dijo
Al día siguiente se dirigió a su salón y al iniciar el examen puso en marcha su plan, no pasaron ni un par de minutos cuando fue descubierta por la auxiliar.
-
- Acérquese - le ordenó - y traiga consigo su examen
Ella obedeció estaba ansiosa por ser llevada ante el director
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- Copiando durante el examen, ya veremos qué es lo que dicen sus padres cuando lo sepan, acompáñeme a la oficina del director
Al llegar allí, ella no sabia porque, pero empezó a sentir mariposas en el estómago - Debe ser la emoción porque lograré mi cometido ahora mismo - pensaba, aunque le extrañaba sobremanera, las veces anteriores no había sentido nada parecido...
La puerta se abrió y lo vio a él sentado hablando por teléfono, con una mano hizo señas para que ingresen. Sus piernas le temblaban, no comprendía porque, la auxiliar la jaló del brazo para hacerla avanzar.
Cuando estuvieron frente a su escritorio él la miró directamente a los ojos, ella trató de mantener la mirada altiva y rebelde que la caracterizaba pero al ver el reproche en sus ojos no pudo evitar el desviar la mirada hacia abajo y vio sus manos, grandes, fuertes, muy bien cuidadas.
El terminó de hablar por teléfono y se levantó de su silla dirigiéndose hacia el frente de su escritorio en el cual se apoyó...
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- ¿Tan pronto y ya de vuelta por aquí? pensé que al menos pasarían las dos semanas de su último castigo. ¿Que hiciste ahora?
Ella no atinaba a responder, por lo que la auxiliar le dijo: "Estaba copiando durante el examen, tiene las piernas todas escritas, mire"-le dijo levantando la falda para mostrarle, Ella sólo atinó a bajarse la falda sonrojándose.
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- Yo me haré cargo de la señorita, déjenos solos - indicó el director, y la auxiliar se retiró dejándolos a solas. La emoción crecía en su cuerpo, no sabia ni entendía por que pero sentía que su corazón palpitaba aceleradamente y sus piernas temblaban ligeramente, ¿Tenia miedo? no, no era posible...¿qué le ocurría entonces?, lo único que quería era salir lo más pronto posible de esa oficina
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- Ahorrémonos el sermón, ¿si?, mientras llama a mi casa yo iré a preparar mis maletas... - dijo dándose vuelta
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- No le he dicho que puede retirarse, y ¿por qué habla de hacer maletas?
Ella volteó lentamente, el oír su voz tan autoritaria la turbó
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- No va a expulsarme?
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- ¿Expulsarla? no, ¿de dónde sacó eso?
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- Ayer... dijo que no toleraría mi comportamiento en su escuela...yo
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- Usted pensó que a la próxima que hiciera, sería expulsada, ¿verdad?, conque ese era su propósito, lo imaginaba, desde que llegó no ha hecho más que portarse mal, pésimamente, ahora comprendo porque, pero no entiendo, ¿por qué quiere ser expulsada?
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- Eso no es algo que le interese, sólo expúlseme y ya, dejo de ser su problema
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- Pues bien, aquí las cosas no funcionan así, mire, sus padres me encomendaron la tarea de convertirla en una señorita, si la expulsara sería como darme por vencido ante su rebeldía y yo no soy de las personas que se dan por vencido ante una dificultad, es más usted se ha convertido en todo un reto para mí, un desafío y si usted es orgullosa y altanera pues yo lo soy más y con una ventaja sobre usted, tengo mayor autoridad y fuerza
El oír estas palabras hicieron que se estremeciera, pero no quería demostrarle a él lo que sentía, así que caminando alrededor de la oficina, como para darse importancia le dijo
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- ¿Y de que le servirá?, si se empeña en mantenerme aquí lo único que lograra es ver como traigo abajo su tan prestigiado colegio, mientras yo contemplo todo sentada desde mi ventana
- Tal vez pueda contemplar esa escena que describe, pero créame no lo hará sentada, de eso me encargaré yo personalmente - Al decir esto tomo una silla y la colocó en el centro de la oficina, se quitó el saco y se remangó la camisa mientras miraba divertido la cara de desconcierto de su alumna, al sentarse le dijo
- Acérquese
- ¿Qué pretende?
- Voy a darle un castigo que si lamentará, ¿qué pensaba, que iba a confinarla nuevamente en su habitación?, ¿qué acaso cree que ignoro que sale por la ventana cada noche para pasear por los jardines? - ella no supo que responder - Acérquese - ordenó él con voz firme - no le conviene que vaya por usted
- Pues está loco si cree que iré - respondió ella dirigiéndose a la puerta
- No atraviese esa puerta, ya estoy bastante enojado, más le vale no hacerme enojar aun más o le pesará
- ¿A si?, pues mire cuanto me importa - dijo ella abriendo la puerta
Él se levanto de inmediato y cerro la puerta de un sólo golpe, ella permaneció de pie al lado de la puerta, muerta de miedo, nunca imaginó que esto pasaría. El cerró la puerta con llave y colocó la llave en su bolsillo para luego dirigirse a la silla nuevamente
- Acércate – ordenó. Ella permaneció inmóvil, de espaldas a él, no quería verle a los ojos, estaba asustada
- No me hagas ir por ti - gritó, pero ella no se movía
- Bien, ahora sí agotaste mi paciencia, lo lamentarás y mucho, te lo aseguro - gritó nuevamente mientras se acercaba a ella, la tomó de un brazo y la jaló fuertemente
- Ay, me lastima - se quejó
- Espera y verás... - respondió él mientras se sentaba y la jalaba a ella de modo que quedara sobre sus rodillas
Ella sollozaba
- no puede hacer esto, no puede
- ¿qué no puedo? ya verá si no puedo, y más le vale no resistirse o le irá peor...
No terminó de decir esto y ella logró liberarse de su regazo y se alejó de él, él dirigió su mirada hacia ella, estaba muy enojado, se le notaba en la mirada, en su expresión
- No debiste hacer esto, mientras más me enojes peor para ti.
- Déjeme ir – exigió ella yendo hacia la puerta y tratando inútilmente de abrirla
El se acercó y la sujeto firmemente de los brazos
- Vas a dejar el teatro y aceptarás tu castigo, ya me colmaste la paciencia y no pienso tolerarte nada más
Ella intentó soltarse y como no lo conseguía, no pensó en mejor manera de liberarse que pateando al director, lo intentó pero él, adivinando la intención de ella, logró esquivar el golpe
- Bueno, si lo quieres a la mala, no me dejas otra
La soltó un momento mientras se dirigía a su escritorio y buscaba algo en su cajón, ella lo observaba desde la puerta, no podía creer lo que ocurriría, el director iba a azotarla, ni remotamente le había pasado esa idea por la cabeza, pero allí estaba ella, encerrada con él en esa oficina sin tener como escapar, sólo esperando el castigo, sabía que lo merecía, había sido muy majadera, pero su orgullo era muy grande y no estaba dispuesta a doblegarlo… Finalmente él encontró lo que buscaba, sacó del cajón una cuerda blanca no muy gruesa y bastante larga - ¿Es que va a amarrarme? - se preguntó,- pues primero deberá alcanzarme - se decía para sí
- Acércate, y no me hagas ir detrás de ti, porque aumentaré 10 azotes por cada minuto que me hagas perder
Ella permaneció inmóvil
- Vamos que esperas?
- No iré
- Bien, pues entonces serán 20 azotes más - le dijo mientras se acercaba, ella se dirigió al otro extremo de la habitación, El la siguió y ella nuevamente escapó, luego él se dirigió hacia ella, pero cuando menos lo esperaba cambió de dirección atrapándola en su huida. El la rodeaba con sus brazos y ella trataba de soltarse, pero él era mucho más fuerte y logró atar sus manos juntas y al frente
- Serán 50 azotes por hacerme perseguirte – dijo mientras tiraba de la cuerda y sujetaba el extremo libre a una argolla en la pared, luego colocó una mesa entre la pared y ella, de modo que quedó inclinada hacia adelante, en la posición propicia para recibir el castigo
- ¡Suélteme!, ¡es un salvaje!, ¡es un ...
- Mucho cuidado con su vocabulario, le recuerdo que no esta en posición de reclamar nada
- Me las pagará, le diré esto a ...
- ¿A quién? ¿A sus padres?, ¿Acaso piensas que ellos no lo saben?
Cuando escuchó esto se sorprendió por un momento, pero después de todo ella siempre había estado sola, y sola tendría que afrontar esto, pero no lo haría sin la rebeldía que la había caracterizado siempre, ella iba a enfrentarse a él y no le haría las cosas más fáciles, comenzó a rebelarse a intentar soltarse, a patearlo, o al menos a intentarlo
- ¿Es que nunca te cansas? ¿Voy a tener que amarrarte las piernas también?
- ¡Suélteme!, ¡se lo exijo!, no puede tenerme así amarrada
- No voy a soltarla hasta que reciba el castigo que merece y según mis cuentas tenemos para rato, así que le recomiendo relajarse y aceptar el castigo porque de lo contrario sólo logrará prolongarlo.
Esto no logró calmarla, al contrario, la enojó aún más y sólo se retorcía tratando de liberarse
- Bueno no me deja otra alternativa más que atarle las piernas - y diciendo esto le ató las piernas a las patas de la mesa, restringiendo aún más sus movimientos
- Ahora sí podemos empezar – le dijo alejándose un par de pasos hacia atrás - sólo falta un detalle – dijo
Mientras, ella sentía que él desabotonaba su falda, ¡es que va a azotarme desnuda!!!
- No puede hacer esto, ¡deténgase! – ordenó ella
- Quien da las órdenes aquí soy yo, no lo olvide –le dijo en tono amenazador mientras quitaba la falda y la colocaba sobre la silla, permaneció unos instantes contemplándola, a ella le parecía que el tiempo no pasaba, que se había detenido, que esa humillación no terminaría nunca, al menos aún conservaba su ropa interior y algo de dignidad...
- Qué espera ¡termine de una vez!!! –gritó
- Caramba, ahora estamos apurados, ¿eh? Si no se hubiera resistido hace mucho hubiese terminado y estaría ahora en su habitación, pero como se empeñó en rebelarse ahora parte de su castigo será ser paciente y aceptar mis condiciones, pero antes necesitamos “deshacernos” de algo que nos “estorba” fue hacia su escritorio para sacar unas tijeras, ella lo observaba sin dar crédito a lo que veía, no por mucho tiempo permanecería cubierta, él se acercó a ella y empezó a cortar su ropa de modo que en unos segundos quedó completamente desnuda ante él, sentía vergüenza, nadie la había visto así, desde que era una bebé, y tenía que verla él... la sola vergüenza era ya suficiente castigo para ella
- Por favor... – susurró ella
- Vaya, aún no empiezo el castigo y ya esta aprendiendo modales, por lo visto el castigo será efectivo.
- ¿Por qué hace esto?
- Porque quiero que se corrija, ahora guarde silencio, no quiero que emita el menor ruido mientras dura el castigo, por cada quejido o palabra que diga recibirá 5 azotes al final, con una vara, ¿entendido?
- ¿Está loco? No...
El la calló colocando su mano en la boca, estaba tibia y era muy suave, ella sentía que la acariciaba
- Ya lleva 15 golpes con la vara... mejor permanece en silencio o...
Esta vez no la amenazaba, más parecía un consejo y ella calló bajando la mirada, no podía hacer nada, no lograría evitar el castigo, pero aun no sabía si acceder a él o continuar rebelándose, parecía dispuesto a todo, pero ella también lo estaba, no, no dejaría de rebelarse, nunca doblegaría su orgullo ante nadie, ni siquiera ante él...
El sacó una regla larga de madera y la colocó en la mesa, luego se quitó el cinturón y lo colocó doblado en dos a un costado, finalmente abrió un armario y sacó una vara, era larga y delgada, el acarició sus nalgas con ella, provocando un estremecimiento
- No te preocupes, esta irá al final y tú decidirás cuantos golpes recibirás. Empezaré con la regla, 50 azotes por copiar en el examen, 50 con la correa por tu rebeldía e intentos por escapar del castigo, por cierto para la próxima vez no te lo recomiendo, el castigo es ya bastante severo como para que aumentes azotes por rebeldía, y bueno al final usaré la vara, por ahora son 15 azotes pero “sospecho” que serán más..., bueno empecemos
Tomó la regla y se colocó un par de pasos detrás de ella, la contempló unos segundos, tenía un trasero hermoso, quería acariciarlo en lugar de castigarlo, el tener estos pensamientos lo turbó, - es mi alumna ¿que pasa? ¿Por qué pienso en ella de esta manera? - le enojaba hacerlo, siempre había podido separar muy bien su trabajo de sus sentimientos pero ahora no podía hacerlo, precisamente cuando más falta hacía, ¿por qué esta chiquilla malcriada y engreída despertaba en él estos sentimientos?, trató de despejar su mente de estos pensamientos y de fijarla en el castigo que debía darle a ella, no podía dejar que sus sentimientos interfirieran con su deber, así que inició el castigo, tomo impulso y propinó un golpe fuerte en las nalgas de la chica, ella gritó de dolor
- 20
- no, por favor...
El no la dejó continuar, tomando su rostro con ambas manos le dijo
- debe aprender a obedecer, deberá guardar silencio durante el castigo o lo prolongará más de lo que puede soportar, créame no pienso detenerme hasta culminarlo – ella lo miró muy asustada, él la soltó para reiniciar el castigo
- no... –sollozó ella
- 40 con la vara, y apenas si ha recibido el primero con la regla...
Ella calló, se propuso guardar silencio, nunca antes la habían castigado azotándola, recién había recibido un golpe con la regla y ya sentía que le ardía el trasero, no creía que podría resistir todo el castigo, el más leve quejido incrementaba los azotes que recibiría con la vara, no sabía porque pero era el instrumento que más miedo le inspiraba, decidió no resistirse más y entregarse a su suerte, tal vez él se detendría antes si ella ponía de su parte...
El observaba la marca roja que se había formado en las nalgas de ella, no podía dejar de mirarla, pronto todo su trasero tendría el mismo color, ese color que tanto le gustaba... pero era momento de continuar, él retomó el castigo dándole golpes muy fuertes, distribuyéndolos en todo su trasero, pero concentrando la mayoría de ellos en la zona en que sus nalgas se unían a sus piernas, quería hacerla gritar, quejarse, retorcerse, pero ella resistía, se mordía los labios y apretaba los dientes para evitar hacerlo, esto lo enojaba más y la golpeaba con más fuerza, repitiendo varios golpes en el mismo lugar, hasta que finalmente ella no soportó más y sin poder contenerse gritó
- auch!! es un ... – y calló, quería insultarlo, decirle que era un salvaje, un abusivo, un cobarde por golpearla cuando ella no podía defenderse, pero sabía que eso aumentaría el castigo
El se detuvo, cayó en cuenta que estaba siendo injusto con ella, no sólo la castigaba por sus travesuras sino que la estaba castigando, y más severamente aún, por los sentimientos que estaba inspirando en él, la castigaba a ella por lo que él sentía, al darse cuenta de esto se sintió muy mal, ¿debería detener el castigo? No, ella sospecharía, no podía hacerlo y tampoco disminuir la intensidad, al menos no notoriamente. Pero decidió que si ella le pedía que se detuviese lo haría - lo hará pronto, no puede resistir mucho más – pensó para sus adentros, de este modo ella doblegaría su orgullo ante él y él vencería en este enfrentamiento
- Serán 50 con la vara – le indicó, trató que su voz no delatase lo que sentía en ese momento, pero no lo logró, ella sospechaba que algo estaba pasando pero no sabía que – Continuemos, aun faltan 10 con la regla...
La posición que ella debía mantener era sumamente incómoda, no podía apoyarse sobre su pecho o sus brazos para resistir mejor los golpes que recibía, lo que la hacía tener la sensación de que perdería el equilibrio en cualquier momento... él continuó con golpes fuertes, ella sentía que el trasero le ardía terriblemente, parecía que el castigo no terminaría nunca, ¿es que no se compadecería de ella y se detendría?
El colocó la regla sobre la mesa y se alejó sin tomar el cinturón, ¿Se detendrá? ¿Va a soltarme y dejarme ir?
- Esa posición es bastante incómoda, ¿verdad? – preguntó - si te desato ¿te quedarás quieta?
Ella asintió con la cabeza, sería más fácil soportar el castigo sin estar atada, no intentaría rebelarse, eso sólo había empeorado todo, si bien su orgullo no le permitía pedirle que se detenga, tampoco dejaría que incremente el castigo
El se acercó, colocándose tras ella y sujetándola de la cintura soltó el nudo de la argolla que sostenía sus manos, ella al perder tensión la cuerda que sostenía sus brazos y por esfuerzo realizado se inclinó hacia delante, él la sujetó con firmeza pero tiernamente, de modo que evitó que cayera sobre la mesa, sus miradas se cruzaron, la de ella no mostraba rebeldía, era más bien curiosa, se preguntaba el porqué de ese castigo, el porqué de lo que sentía, el porqué de la atracción que sentía hacia él, la de él en cambio no era de reproche, como ella esperaba, sino que era tierna, dulce, parecía que quería disculparse por tener que castigarla, pero no tenía otra opción, debía hacerlo, ella notaba la lucha interior que se desataba en él, pero no comprendía lo que pasaba, ¿por qué me mira así? ¿Es que siente algo por mí? ¿le intereso?, como si él comprendiese lo que ella pensaba y temiendo que ella pudiese adivinar sus pensamientos, desvió la mirada y la soltó, lentamente se inclinó a un costado de ella y le desató las piernas, por unos segundos contempló su trasero, muy rojo ya, que había quedado a la altura de su rostro, le encantaba ese espectáculo, hubiera querido continuar contemplándola por horas, pero debía continuar, se paró lentamente y procedió a desatar sus muñecas, al sentirse libre un impulso natural la obligó a dirigir sus manos a su trasero para intentar calmar en algo el ardor que sentía
- hey, tienes prohibido tocarte hasta que termine el castigo – dijo él sujetando sus manos suavemente – deberás mantenerlas sobre la mesa, inclínate apoyando tu peso en la mesa y separa las piernas mientras decía esto con sus manos la obligaba a tomar la posición que describía, ella se limitaba a obedecer, él tomó el cinturón de la mesa y vio que ella cerraba los ojos como presintiendo lo que le esperaba, él se paró un par de pasos tras ella, la observó un instante y se decidió continuar, tomo impulso y asestó el primer azote con la correa, justo en la parte más redondeada de su trasero, ella saltó en su sitio e intentó colocar sus manos para protegerse
-
– esa mano señorita! – interrumpió él - ¿o quieres incrementar aún más tu castigo?
Ella negó con la cabeza y regresó sus manos a la mesa, él dio el segundo golpe y ella gritó nuevamente, movió sus manos pero se detuvo antes que el le dijera algo. El prosiguió el castigo, ella trataba de no moverse, pero cada vez era más difícil, sentía el trasero como una braza ardiendo, finalmente no pudo evitarlo y colocó sus manos protegiéndose, mientras sollozaba, él detuvo el castigo, colocó la correa sobre la mesa y se acercó a ella, sin decirle nada tomó sus manos suavemente, mientras la miraba a los ojos, cogió la cuerda y ató sus muñecas
- No, por favor...- suplicó
-
- No quiero lastimarte, sólo las sujetaré al frente para que no puedas interponerlas – al terminar de atarla, sacó un pañuelo de su bolsillo y le limpió las lágrimas – así está mejor, continuemos
-
Tomó la correa de la mesa y regresó a su posición. Los golpes que siguieron no fueron tan fuertes, al menos ella no los sintió así, pudo soportar la mayor parte de ellos sin quejarse, aunque sentía pavor de lo que faltaba aún: la vara al terminar con la correa, la colocó sobre la mesa, tomó la vara y se colocó detrás de ella unos segundos, sentía la ansiedad de ella, su miedo, no creía que pudiese soportar 50 azotes más, menos con ese instrumento, miraba su trasero tan coloreado, tan hermoso, no, no continuaría, se dirigió al armario y guardó la vara, ella lo observaba sin dar crédito a lo que veía ¿le levantaba el castigo acaso?, aún mantenía la posición que él le había indicado, él tomó su falda y se acercó a ella colocándosela, luego la volteó y la tomó de las manos, la desató y le dijo
- puede ir a su habitación.
- ¿Puedo preguntarle por qué?
- ¿Quiere acaso que continuemos con el castigo?
- No, yo...
- Soportó bien los azotes, supongo que es la primera vez que los recibe, ¿verdad? - ella asintió con la cabeza – para un primer castigo es suficiente, ahora vaya a su habitación
Ella salió de la oficina extrañada, al inicio del castigo se había sentido humillada, sentía que lo odiaba por lo que le estaba haciendo, pero conforme pasaba el castigo, sus sentimientos cambiaron, su atracción hacia él había aumentado tremendamente, no comprendía porqué precisamente él, quien la había castigado tan severamente, le parecía tan atractivo - estas loca, quítate estas ideas de la cabeza – pensó - son tonterías, será mejor pensar un nuevo plan, debe haber alguna manera de lograr que me expulsen.
Al llegar a su habitación se tiró boca abajo en la cama y sobó su adolorido trasero, recordando el castigo recibido, cómo dolía!!!,
- me vengaré, debo hacer algo para vengarme de él, ¡cómo pudo atreverse a golpearme!!!, y de esta manera, es un salvaje! Pero algo haré, para que se arrepienta de esto, amarrarme, ¡a mi!!! ¡Y golpearme!!!, de solo recordar aumenta mi enojo.
Pensando como vengarse, le sobrevino la idea perfecta, el tenía un auto precioso, deportivo rojo, al cual cuidaba como a un hijo, siempre impecable y brillante, ese auto le ayudaría en su venganza....
- Sí, es perfecto, sólo necesitaré algunas cosas que las podré conseguir para el fin de semana, allí pondré en marcha mi plan... es genial, me vengaré de él y a la vez querrá expulsarme, no puede ser mejor.
Su plan consistía en pegar muchos stickers en la cubierta del auto ¿saldrían después? Es lo de menos, cuando vea la nueva “decoración” de su auto se iba a enojar tanto que la echaría de la escuela....
Llegó el fin de semana y ella puso en marcha su plan, estaban solos en el internado, todos habían ido a sus casas, ella debía permanecer porque estaba castigada y él porque era necesario que alguien cuidase a la señorita. Ella empezó a pegar los stickers llevaba unos veinte cuando sintió una mano que la detenía
-
- ¿Pero qué está haciendo? ¿se ha vuelto loca? – gritó él – ¡ha arruinado mi auto!!!
Ella se soltó y lo miró de manera desafiante
- Si, ¿y? ¿qué hará ahora?
El verla tan arrogante y altiva, solo logró enojarlo aún más, ¿pero quien se cree esta chiquilla? ¿Es que no tiene límites?, arruinar su auto de esta manera y encima desafiarlo...si la vez anterior había logrado compadecerlo, esta vez no lo haría estaba dispuesto a darle el castigo que merecía. La tomó de un brazo y apoyándose sobre el auto, la jaló hacia él de modo que quedó sobre sus rodillas
- ¡suélteme!!! ¡salvaje!!!
El la sujetaba con tal fuerza que por más que ella intentaba soltarse no lo conseguía, con una mano le subió la falda y le bajó la ropa interior, y empezó a golpearla allí mismo en el patio
- Va aprender a respetar la propiedad ajena, no puede ir por allí arruinando lo que le de la gana sin importarle nada, es una engreída y desconsiderada...
Aún se notaban las marcas del castigo anterior, pero esta vez no cedería, estaba demasiado enojado con ella como para pasarle por alto esta falta. La golpeaba con fuerza, ella sentía que la mano del director le quemaba en el trasero a cada nalgada, la posición en la que estaba y el recibir los azotes con sus manos la humillaba, si bien no dolía tanto como la regla o la correa, ella consideraba que este castigo era mayor y se rebelaba luchando por liberarse, gritando, insultándolo
- Mientras más te resistas será peor – le decía él mientras incrementaba la fuerza y frecuencia de los azotes. – Esto es lo que buscabas, pues ahora lo aguantas
- ¡Suélteme! O lo lamentará
- ¿Yo lamentarlo?, cuando termine contigo no podrás sentarse en días, ya veremos quien lo lamenta
En eso le vino una idea a la cabeza y con el anillo que llevaba en el dedo le hizo un rasguño al auto, lo hizo sin detenerse a pensar en las consecuencias, él al verlo se detuvo y la obligó a pararse tomándola del brazo, estaba furioso ¿pero qué es lo que le pasa a esta chiquilla? ¿Es que no piensa en lo que hace?
- Esta vez fuiste demasiado lejos – le dijo mientras la llevaba a empujones a su oficina, ella trató de huir, pero él le dijo – Ni tan siquiera lo intentes, ya tienes suficientes problemas como para buscarte uno más
La forma en que le hablo, la hizo estremecerse de miedo, ella ya se había dado cuenta que se había extralimitado, no debió dejarse llevar por su rebeldía y actuar sin pensar, no pensó que causaría tanto daño y estaba arrepentida, él estaba muy enojado, mucho más que cuando recibió el primer castigo, seguramente este castigo sería aún más severo, pero ¿qué podía hacer ahora para remediarlo? ¿Disculparse? ¿Serviría de algo? Pero tener que bajar la cabeza ante él, precisamente él, no, resistiría el castigo, pero no doblegaría su orgullo
Al llegar a la oficina él la empujó y ordenó
- Quítate la falda e inclínate contra el escritorio, tu y yo tenemos una deuda pendiente y ahora la pagarás – se dirigió al armario y sacó la temida vara
- Profesor yo... –intentó disculparse
- Guarda silencio, no quiero oír ni una palabra ni queja, y las manos deberán permanecer en el escritorio en todo momento. Por cada desobediencia recibirás 5 azotes y esta vez no voy a perdonártelos ni dejarlos para otro día, hoy no sales de esta oficina hasta que recibas tu castigo: 50 azotes con la vara ella lloraba, temía lo que le esperaba, sabía que lo merecía pero eso no evitaba que quisiera salir corriendo de esa oficina y huir del castigo, pero sabía que esta vez no tendría tanta suerte como la vez anterior
- ¿Qué estás esperando?, ¿quieres 10 azotes más por demorarte?
- No, señor – respondió mientras se quitaba la falda y tomaba la posición que le había indicado
El se colocó tras ella y con la vara le indicó que separe las piernas, ella temblaba, nunca había estado tan asustada, ya ni siquiera le pasaba por la mente la idea de rebelarse, él la observaba, se veía hermosa así, su trasero era todo un paisaje, mostraba las marcas de la azotaina anterior y muy pronto estaría nuevamente muy roja, no podía esperar a verla así e inició el castigo, le dio un golpe con la vara en la parte donde sus nalgas se unían a sus piernas, ella no pudo evitarlo y se cogió con ambas manos mientras gritaba de dolor, no había imaginado que doliese tanto, sentía un ardor terrible y recién empezaba el castigo, no iba a soportarlo, tenía que hacer algo para detenerlo, ¿pero que? ¿Tendría que suplicarle? Pues lo haría de ser necesario
- Mantén tu posición, acabas de agregar 5 azotes
Ella volvió a su posición, no, no le suplicaría que se detenga – No serviría de nada, esta vez esta muy enojado, no va a perdonarme el castigo – pensó – tendré que soportar el castigo y hacer todo lo posible por no incrementarlo – mientras pensaba esto, él continuó el castigo, ella se retorcía, se mordía los labios para no gritar y luchaba contra el impulso de protegerse con las manos, él la observaba y veía ese trasero tan lindo coloreándose y mostrando unas marcas largas y delgadas en cada lugar en el que la vara la había tocado, él luchaba por alejar de su mente estos pensamientos, el no lograrlo lo hacía enojarse más con ella y con él mismo, lo cual lo llevaba a castigarla con azotes muy fuertes, cuando completó la mitad se detuvo un momento, ella lo agradeció infinitamente, pero mantuvo sus manos en el escritorio, hubiera dado lo que sea por calmar ese dolor, pero no se atrevía a moverse, él la observaba en silencio, ya no había en ella signos de rebeldía, el supo que ella ya había tomado conciencia de sus faltas y estaba recibiendo un castigo merecido, al fin ella estaba dejando de ser la niña engreída y voluntariosa que llegó al internado, pero debía terminar con el castigo o no serviría de nada, así que reinició la azotaina, ella trataba de no quejarse, pero le era tan difícil, al final del castigo había acumulado 25 azotes por moverse, ella sentía que no podría soportarlos, pero no hizo ningún intento por detenerlos, temía que si decía o hacía algo el castigo aumentaría. El la observaba, sabía que no podía continuar con la vara, su trasero ya estaba muy rojo y tampoco quería lastimarla, decidió darle los 25 azotes que faltaban con su mano, colocándola sobre sus rodillas, así que tomó una silla y la colocó en el centro de la oficina
- Acércate – le dijo mientras se sentaba
- Por favor, ya no….
- Acércate - repitió
Ella obedeció, él la acomodó sobre sus rodillas, apenas la tuvo en esa posición se arrepintió de propiciarla, el tener ese trasero tan cerca de sus manos era muy tentador, sabía que como su profesor no debía hacerlo pero no pudo contener el impulso de acariciarlo, pasó suavemente su mano por él y sintió como ella se estremecía, él mismo sentía un torbellino de sentimientos en su interior, levantó la mano para darle la primera nalgada pero no pudo hacerlo, sentía como ella lloraba, ella ya había aprendido su lección pero no era el momento de terminar el castigo, si lo hacía echaría por la borda todo el castigo recibido hubiera sido inútil armándose de valor y aún contra lo que él mismo quería empezó a castigarla, esta vez se cuidó de no repetir las nalgadas en el mismo lugar, y no muy fuertes, ya era suficiente con la golpiza que había recibido minutos antes, aunque los azotes no eran fuertes, si le dolían mucho, ella lloraba y trataba de resistir pero no pudo evitar interponer sus manos para cubrirse, él no la regañó, sujetó su mano retirándola suavemente y continuó el castigo, al terminar la ayudó a levantarse y tomando su rostro entre sus manos le dijo
- Realmente espero que no sea necesario repetir esto, ha recibido una azotaína muy severa, pero era necesario, debe comprender que no puede ir por todos lados haciendo cuanto le plazca sin asumir las consecuencias de sus actos, y comportándose como una chiquilla malcriada y engreída, debe aprender a comportarse y a ser responsable. No crea que me agrada haberla castigado así, pero intenté otras maneras y no quiso entender, tenía que hacer algo para hacerla caer en cuenta de su comportamiento, porque no quiero que pierda muchas oportunidades muy buenas solo por su rebeldía, eres una muchacha muy bonita y muy inteligente pero debes encaminar tu comportamiento hacia mejores objetivos, ¿me comprendes?
Ella asintió con la cabeza
- Ahora ve a tu habitación y permanece allí.
Ella obedeció, ahora si no pensaba en venganzas ni nada, sabía que había recibido lo que merecía, lamentó haberse comportado de esa manera, arruinó el auto del director y estaba muy arrepentida, y confundida a la vez ¿habría sido lo que sintió una caricia? ¿Por qué le dijo todo eso? ¿Es que ella le importaba de una manera especial?, era la primera vez en su vida que sentí que le importaba a alguien, nunca nadie se había interesado en corregirla y esto hacía que viese al director de una manera especial, no volvería a defraudarlo, de ahora en adelante se comportaría bien y dejaría de lado su rebeldía y sus caprichos.
En la noche no podía dormir, sentía que debía hacer algo por remediar el daño que había causado, así que se dirigió al garaje dispuesta a quitar los stickers del auto del director, salió despacio sin hacer ruido y cuando terminó su tarea y estaba saliendo del garaje para volver a su habitación, se dio cara a cara con el director
- ¡Nuevamente aquí! - gritó él - ¿qué ha hecho ahora? ¿es que el castigo de la tarde no fue suficiente? ¿nunca aprenderá? – estaba muy enojado creía que había ido al garaje a hacer otra travesura
- No...espere déjeme explicarle, yo…
El la jaló dentro del garaje y empezó a quitarse la correa, ella trataba de explicarle pero él no la escuchaba
- Espere, mire – dijo ella señalando el auto
Él volteó y vio que habían quitado los stickers
- Quería resarcir en algo mi falta, lamento mucho el daño que causé, hablaré con mi padre para que cubra los gastos para reparar el rasguño…
- No déjelo
- ¿Qué lo deje? ¿pero su auto… no quiere que lo arregle?
- Déjalo es sólo un auto y ese rasguño me recordará siempre la rebeldía de mi alumna y espero que a ti te recuerde como debes comportarte
- Sí, le prometo que no volveré a comportarme así, yo tampoco quiero que se repita lo de hoy – dijo sobándose el trasero
- Era necesario, y lo hice por tu bien
- Lo sé, aunque eso no quita que me duela, me asustó mucho cuando vi que se quitó la correa pensé que iba a castigarme nuevamente
- Pensé que habías hecho otra de las tuyas, en venganza… aunque debería castigarte por salir de tu habitación, te ordené que permanecieras allí....
- No, por favor…
El se acercó a ella y la abrazó – No temas, ya no voy a castigarte – sus miradas se cruzaron y sus labios se acercaron uniéndose en un tierno beso
– Mi pequeña rebelde, desde ahora todo será diferente…
23/04/2005 00:13 Este es el enlace de este relato, si lo copias lo puedes utilizar como hipervínculo. Tema: Escolares Hay 8 comentarios.
La Tesis I parte
m/f paleta
Por Maria Elfmann
Cuando empecé a hacer la tesis tenía miedo, no miedo como al coco, pero sí respeto. Acabé la carrera de periodismo con dos años de retraso, porque durante el tiempo que hube de estar estudiando estuve en barriladas, conciertos, y fiestas varias hasta aburrirme. También me aproveché de la ambigüedad del mundo de la comunicación. Me gustan los hombres sí, pero me gustan mas las chicas, y creedme en periodismo es difícil encontrar una chica hetero.
Como decía, al empezar la tesis me inspiraba respeto, en primer lugar porque se acabo la época de despendole, ahora tenía que rendir cuentas a un tutor; y en segundo lugar y principalmente por el tutor en sí. Los profesores de periodismo parecen cualquier cosa menos profesores, sin embargo algunos adjuntos de filología, derecho o sociología y psicología (como era el caso) pertenecen a la vieja escuela, y el cambio se nota.
Yo había elegido un doctorado en métodos y técnicas de investigación social y psicología porque me apasiona, aunque muy a pesar mío lo impartía un viejo conocido, viejo por su edad y amigo en el sentido más irónico, puesto que habíamos discutido en clase alguna vez por discrepar de sus lecciones. Se podría decir que se trata del hueso más duro de la carrera. Y su asignatura fue la última que aprobé antes de acabar y en convocatoria de gracia. El profesor doctor Herrera, cuantas veces me habré acordado de sus antepasados... En fin, el susodicho provenía de la facultad de sociología y psicología, donde yo había de entrevistarme con él.
Para aquellos que conozcan la Universidad de Sevilla, coincidirán conmigo en que es el escenario ideal de una escena de spanking. Para quienes no la conozcáis, os describo: Con anterioridad el edificio fue una fábrica de tabaco, sí la famosa fábrica de tabaco donde Carmen engatusó a un oficial que perdió la cabeza y su vida por ella, y cuya historia fue llevada a oídos del pueblo por Merimet. Se trata de un edificio barroco, de artesonados labrados en madera, ventanales amplios, pasillos tristes, adornados por esculturas romanas a los lados que escoltan al visitante en silencio. Pupitres posiblemente pertenecientes al siglo anterior en el que resultaba extraño no encontrar un joven encorbatado recibiendo unos azotes con una vara. En fin, un edificio vetusto y anclado en las antiguas tradiciones.
En un recodo de la institución se encontraba, flanqueado por una vieja puerta de madera recia el despacho del doctor Herrera.
El despacho, era para deprimirse, una única lámpara de despacho color verde que desprendía una luz mortecina y triste, muebles de maderas nobles, cuidadosamente labradas, pero maderas muy oscuras y lóbregas al fin y al cabo, nada que ver con las sillas de colores de periodismo, ninguna ventana, estanterías repletas de libros muy antiguos, caretas, tribales, símbolos de la fertilidad de sabe dios qué cultura, armas, catanas, dagas hindúes, japonesas y castellanas, y oh! Que ven mis ojos, diferentes objetos de azotes, entre ellos un paddle, en el que venia expresamente escrito Corrector. Guauuuu me había metido en la boca del lobo.
Para sorpresa mía, el primer año de doctorado se pasó no sólo sin problemas, sino que finalmente nos hicimos amigos por la coincidencia del apasionamiento de ambos en la sociología.
Lo siento por vosotros, mentes spankocalenturientas que pensabais que me iba a dar unos azotes en el despacho, pero no, no fue así. Muy a pesar mío, ya que para mi hubiera sido fantástico. Y pienso que para él también, por fuerza a ese hombre habían de gustarle las azotainas.
Lo imaginaba remangándose la camisa, inclinándome sobre la mesa de color tan desosegadamente oscuro y con olor a madera antigua, subiéndome la faldita, y azotándome con el impresionante paddle que se exhibía orgulloso sobre la mesa. ZASSSSSS uno señor, ZASSSSSSSSSSSS dos señor, ZASSSSSSSSSSS tres señor, así hasta 20 azotes, fuertes, repartidos. Tras ello lo imaginaba depositándome sobre sus rodillas, la luz verde iluminando la escena, mientras me introducía lentamente los dedos por debajo de mis braguitas y las bajaba con parsimonia hasta las rodillas dejando al aire mi ahora enrojecido trasero, y de repente una buena serie de azotes, rápidos, enérgicos que enjuiciaran sabiamente mis nalgas que tantas veces se habían ausentado de los bancos de clase, para presentarse en un bar. Y en esa misma postura instruirme en lo que debe ser un alumno responsable y estudioso. Y tras ello me obligaría a sentarme en la dura y fría silla del despacho con varias enciclopedias sobre mis piernas para que hubiera de pegar el trasero al asiento, y sentir así el escozor producido mientras estudiaba.
Pero en fin, eso solo eran fantasías que calentaban mis noches. Lo que sí llevamos a cabo fue una sesión de hipnosis, de la que él tomo sus datos y no me reveló nada.
Al segundo año tenía que realizar un trabajo de campo. Y es aquí donde viene la parte mas interesante de mi doctorado, ya que nunca jamás esperé que me ocurriera nada parecido.
Continuará.
Por Maria Elfmann
Cuando empecé a hacer la tesis tenía miedo, no miedo como al coco, pero sí respeto. Acabé la carrera de periodismo con dos años de retraso, porque durante el tiempo que hube de estar estudiando estuve en barriladas, conciertos, y fiestas varias hasta aburrirme. También me aproveché de la ambigüedad del mundo de la comunicación. Me gustan los hombres sí, pero me gustan mas las chicas, y creedme en periodismo es difícil encontrar una chica hetero.
Como decía, al empezar la tesis me inspiraba respeto, en primer lugar porque se acabo la época de despendole, ahora tenía que rendir cuentas a un tutor; y en segundo lugar y principalmente por el tutor en sí. Los profesores de periodismo parecen cualquier cosa menos profesores, sin embargo algunos adjuntos de filología, derecho o sociología y psicología (como era el caso) pertenecen a la vieja escuela, y el cambio se nota.
Yo había elegido un doctorado en métodos y técnicas de investigación social y psicología porque me apasiona, aunque muy a pesar mío lo impartía un viejo conocido, viejo por su edad y amigo en el sentido más irónico, puesto que habíamos discutido en clase alguna vez por discrepar de sus lecciones. Se podría decir que se trata del hueso más duro de la carrera. Y su asignatura fue la última que aprobé antes de acabar y en convocatoria de gracia. El profesor doctor Herrera, cuantas veces me habré acordado de sus antepasados... En fin, el susodicho provenía de la facultad de sociología y psicología, donde yo había de entrevistarme con él.
Para aquellos que conozcan la Universidad de Sevilla, coincidirán conmigo en que es el escenario ideal de una escena de spanking. Para quienes no la conozcáis, os describo: Con anterioridad el edificio fue una fábrica de tabaco, sí la famosa fábrica de tabaco donde Carmen engatusó a un oficial que perdió la cabeza y su vida por ella, y cuya historia fue llevada a oídos del pueblo por Merimet. Se trata de un edificio barroco, de artesonados labrados en madera, ventanales amplios, pasillos tristes, adornados por esculturas romanas a los lados que escoltan al visitante en silencio. Pupitres posiblemente pertenecientes al siglo anterior en el que resultaba extraño no encontrar un joven encorbatado recibiendo unos azotes con una vara. En fin, un edificio vetusto y anclado en las antiguas tradiciones.
En un recodo de la institución se encontraba, flanqueado por una vieja puerta de madera recia el despacho del doctor Herrera.
El despacho, era para deprimirse, una única lámpara de despacho color verde que desprendía una luz mortecina y triste, muebles de maderas nobles, cuidadosamente labradas, pero maderas muy oscuras y lóbregas al fin y al cabo, nada que ver con las sillas de colores de periodismo, ninguna ventana, estanterías repletas de libros muy antiguos, caretas, tribales, símbolos de la fertilidad de sabe dios qué cultura, armas, catanas, dagas hindúes, japonesas y castellanas, y oh! Que ven mis ojos, diferentes objetos de azotes, entre ellos un paddle, en el que venia expresamente escrito Corrector. Guauuuu me había metido en la boca del lobo.
Para sorpresa mía, el primer año de doctorado se pasó no sólo sin problemas, sino que finalmente nos hicimos amigos por la coincidencia del apasionamiento de ambos en la sociología.
Lo siento por vosotros, mentes spankocalenturientas que pensabais que me iba a dar unos azotes en el despacho, pero no, no fue así. Muy a pesar mío, ya que para mi hubiera sido fantástico. Y pienso que para él también, por fuerza a ese hombre habían de gustarle las azotainas.
Lo imaginaba remangándose la camisa, inclinándome sobre la mesa de color tan desosegadamente oscuro y con olor a madera antigua, subiéndome la faldita, y azotándome con el impresionante paddle que se exhibía orgulloso sobre la mesa. ZASSSSSS uno señor, ZASSSSSSSSSSSS dos señor, ZASSSSSSSSSSS tres señor, así hasta 20 azotes, fuertes, repartidos. Tras ello lo imaginaba depositándome sobre sus rodillas, la luz verde iluminando la escena, mientras me introducía lentamente los dedos por debajo de mis braguitas y las bajaba con parsimonia hasta las rodillas dejando al aire mi ahora enrojecido trasero, y de repente una buena serie de azotes, rápidos, enérgicos que enjuiciaran sabiamente mis nalgas que tantas veces se habían ausentado de los bancos de clase, para presentarse en un bar. Y en esa misma postura instruirme en lo que debe ser un alumno responsable y estudioso. Y tras ello me obligaría a sentarme en la dura y fría silla del despacho con varias enciclopedias sobre mis piernas para que hubiera de pegar el trasero al asiento, y sentir así el escozor producido mientras estudiaba.
Pero en fin, eso solo eran fantasías que calentaban mis noches. Lo que sí llevamos a cabo fue una sesión de hipnosis, de la que él tomo sus datos y no me reveló nada.
Al segundo año tenía que realizar un trabajo de campo. Y es aquí donde viene la parte mas interesante de mi doctorado, ya que nunca jamás esperé que me ocurriera nada parecido.
Continuará.
25/04/2005 23:40 Este es el enlace de este relato, si lo copias lo puedes utilizar como hipervínculo. Tema: Escolares No hay comentarios. Comentar.
La Tesis II Parte
f/f paleta
Autora: Maria Elfmann
Durante el año de recopilación de datos y pruebas el profesor Herrera me enseñó multitud de técnicas, TAT, Test de Roecshter, entre otros. Y por fin llego la hora de llevar a cabo un trabajo de campo.
A lo largo del año anterior, todos los miércoles en su descolorido despacho había sido inevitable hablar sobre el instrumento que presidía el despacho, aquel enorme paddle, asimismo me enseñó otros que tenía guardados en un cajón con llave, por ser éstos muy antiguos. Poseía tawses, paddles, y todo tipo de armas de castigo. Se notaba que le entusiasmaba el tema, y a mí se me debía notar a la legua, aunque lo tratara en vano de tapar con un interés meramente intelectual. Pero tener esas paletas en las manos, uf. No podían por menos que hacerte temblar.
Incidimos sobre los castigos físicos y la repercusión que éstos tienen en la conducta humana, de una parte la redención, y en otra menos conocida el placer. Estudiamos conductas sadomasoquistas, y como éstas habían sido utilizadas en la publicidad. Mujeres de cuero para anunciar colonias, pequeñas lolitas, susceptibles de recibir unos azotes, una joven caperucita que roba el perfume Channel, mientras el masculino lobo se somete y se limita a aullar. Todo tenía un objetivo básico: La persuasión usando el fetichismo como instrumento.
Así de este modo decidió indicarme que el tema de mi trabajo de campo serían los azotes, los castigos físicos, y las instituciones donde se han usado o aún se usan. Para ello me proporcionaba la universidad una beca, para visitar lugares donde se estudiase el tema, o bien sitios donde aun se llevaran a cabo.
Comencé pues mi trabajo. En primer lugar me mandó a Salamanca. Al parecer existía un convento en las afueras, donde aún hoy día se impartían castigos físicos. Se trataba de un lugar de recogida de muchachas de familia bien, que por una u otra razón necesitaban ser enmendadas. Había madres prematuras, chicas cazadas por sus progenitores fumando o realizando el acto sexual, chicas que habían confesado su homosexualidad en un retrogrado seno materno, etc. Si bien antiguamente hubieran reconducido la vida de estas jóvenes hacia las contemplaciones seglares, en este caso se limitaban a impartirles catequesis, y clases de historia, álgebra, y literatura. Las mantenían limpias y aseadas, y libres de pecado, confesaban ante el cura de modo secreto y ante sus tutoras con castigo corporal como penitencia.
Por supuesto que no habéis iodo hablar de este lugar. No pensareis que viene en sitios Goegle o en la agencia de viajes de spankófilos, no? El lugar sitúa los castigos físicos dentro de la clandestinidad, hoy día seria impensable que se permitieran estas licencias según la constitución actual. Y yo me dirigía a él por el amplio conocimiento en la materia del doctor Herrera, quien conocía a la abadesa profundamente.
Así fue como llegué al convento, haciéndome pasar por una de esas chicas descarriadas que habían sido pilladas in fraganti en actitud poco decorosa con un varón. Me puse en manos de la Madre Superiora. Por supuesto que en ningún momento pensé que yo fuera blanco de castigos, la superiora conocía mi calidad de espectadora por lo que yo esperé encontrar un trato favorable. Al fin y al cabo estaba allí por trabajo.
Aunque me excitaran los azotes, la angustia que me trasmitían los muros no me inspiraban para imaginar un correctivo placentero. El convento en su fachada exterior era plateresco, corriente muy común en la zona, pero se hallaba realizado sobre un monasterio anterior de orden románico, del que conservaba la disposición y materiales del interior. Era mucho más antiguo, más oscuro, mas retraído. Las paredes de piedra eran húmedas y frías, el suelo también, andar con una suela fina ponía los pelos de punta. Olía por todas partes a piedra y arena, a cirios y a iglesia cerrada.
Las internas dormían todas juntas en un amplio dormitorio de camas dispuestas una al lado de la otra, muy cerca, casi el espacio justo para andar de canto entre una cama y otra. Había unas 20 aproximadamente, y venían de todas partes de España, pero por lo que vi, mucho apellido noble, y mucha familia pía.
Yo ocupe una cama del final, junto a una chica de Alicante de 20 años, era simpática, pero no decía porque estaba allí, y actuaba con cierta timidez, al igual que el resto de las jóvenes, se comportaban de manera muy recatada y sin excesos.
Como llegué por la noche únicamente presenté mis respetos a la Madre superiora quien me indicó que me acomodara en mi catre. Venía cansada del viaje, y sin prestar mucha atención me puse un pijama de verano cortito y fino, y me eché a dormir, bien tapadita hasta el cuello.
Zzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzz
De repente, sentí una sacudida, una mujer vestida sin hábitos pero con bata de religiosa me zarandeaba y me gritaba no se qué, de si era aquella una manera correcta de dormir. Con el sueño no me enteraba de nada, y a causa del viaje ni siquiera sabía aún dónde me encontraba. Cuando sí reaccione fue cuando me saco a tirones de la cama y abrí los ojos para contemplar el enorme dormitorio comunal a oscuras, con las paredes bañadas por la luz de la luna entrecortada por los barrotes de las ventanas. Hasta ella se encontraba encerrada en aquel lugar sombrío.
La hermana que me zarandeaba, de repente se sentó en mi cama, tiro de mi brazo y con él de mi cuerpo amodorrado por el sueño, y me deposito en sus rodillas, ahí sí me desperté, ¿qué c*** hacia esta tipa???? Pero cuando resolví mi duda fue a causa de un impacto fuerte sobre mi trasero que hacia que éste ardiera. Me estaba azotando!!!! Me tenía agarrada por un brazo y con el otro no se qué demonios estaba usando pero picaba como el diablo. Instintivamente alargue mi brazo a la nalga donde recibí el azote, a lo que sentí un fuerte tirón de la misma, quedando inutilizada. Con una sola mano me sujetaba las mías, era una mano fuerte y grande para ser de una mujer. Me reprendía por dormir tapada hasta el cuello. “Los brazos fuera de la manta!!!” Me indicaba “así no podréis caer en la tentación” “y no se duerme bocabajo” “conozco todos vuestros trucos para satisfaceros”. Mientras me regañaba noté que me desprendía de un tirón seco de mi pantaloncillo del pijama para después hacer lo mismo con mis braguitas. Yo me intentaba zafar, pero era ducha en su propósito la jodida. Sentí un azote fuerte en el trasero, ahora sí sabía que me azotaba con la mano, era una mano recia, fuerte, de exprimir coladas a mano, de recolectar la huerta y arrancar las malas yerbas, curtida y encallecida. Los azotes eran rápidos y enérgicos, me azotaba profusamente en la parte mas baja de la nalga, donde escocía horrores.
Después de darme unos 100 azotes con la mano, mi grupa ardía, reposó la mano sobre ella, mientras me reñía de nuevo, me explicaba que eso era por haberme interpuesto en el castigo, que el castigo en si venia a continuación. La mano no solo estaba apoyada sobre mi nalga, la muy ***** me sobaba, me palpaba a gusto, parecía que disfrutaba. Bollera reprimida... pensé.
No fue mucho el tiempo de pensar. De mis deducciones me sacó a base de un buen paletazo en el trasero. Ahora sí supe al primer encuentro qué había utilizado, era una paleta. Con el tiempo averigüe que utilizaban el instrumento en cuestión para golpear la ropa para que se secara, además de para indicar el buen camino a jovencitas.
Me rocío 20 paletazos lentos, espaciados, con orgullo. Estoy segura que se sentía orgullosa de su trabajo, de su buen hacer, porque se deleitaba en ellos.
PLASSS tiempo PLASSSS tiempo PLASSSSS tiempo PLASSSSS
Se me escapaban las lágrimas, no estaba llorando de rabia sino se me escapaban de escozor. De impotencia de no poder parar ese tremendo dolor que recaía sobre mis nalgas.
Después me proporcionó otros diez por llevar esa indumentaria poco adecuada y me indico que ya me proporcionarían un camisón decente. Además, me instó a seguir dos de las normas más importantes en la cama, no dormir bocabajo, en ningún caso; y los brazos fuera de la manta para que se puedan ver en una revisión.
Sin más se fue. Según avanzaba por el pasillo con la paleta en la mano, yo empezaba a asimilar por una parte lo que me costaría dormir con semejante escozor en mis nalgas, que me ardían, no podía apoyarlas contra el lecho, y por otra… lo húmeda que me encontraba.
Cuando abandonó el habitáculo, algunas de las chicas levantaron la cabeza primero hacia donde se había perdido la hermana y después hacia mí. Mi compañera de al lado me alcanzo la mano, y me la acaricio con suavidad. “Intenta dormir con la almohada en los riñones, eso alzará el trasero y te rozará menos con el colchón”
Así lo hice, a pesar de lo recio y basto de la ropa de cama, imagino que del mismo cansancio de la paliza, al poco tiempo y tremendamente escocida y dolorida me quedé dormida. No sentía esta sensación de dormir tras unos azotes, desde hacía muchos muchos años, cuando era mi padre el que se encargaba de hacerme dormir de un tirón después de haber estado dando la lata.
Continuará
Autora: Maria Elfmann
Durante el año de recopilación de datos y pruebas el profesor Herrera me enseñó multitud de técnicas, TAT, Test de Roecshter, entre otros. Y por fin llego la hora de llevar a cabo un trabajo de campo.
A lo largo del año anterior, todos los miércoles en su descolorido despacho había sido inevitable hablar sobre el instrumento que presidía el despacho, aquel enorme paddle, asimismo me enseñó otros que tenía guardados en un cajón con llave, por ser éstos muy antiguos. Poseía tawses, paddles, y todo tipo de armas de castigo. Se notaba que le entusiasmaba el tema, y a mí se me debía notar a la legua, aunque lo tratara en vano de tapar con un interés meramente intelectual. Pero tener esas paletas en las manos, uf. No podían por menos que hacerte temblar.
Incidimos sobre los castigos físicos y la repercusión que éstos tienen en la conducta humana, de una parte la redención, y en otra menos conocida el placer. Estudiamos conductas sadomasoquistas, y como éstas habían sido utilizadas en la publicidad. Mujeres de cuero para anunciar colonias, pequeñas lolitas, susceptibles de recibir unos azotes, una joven caperucita que roba el perfume Channel, mientras el masculino lobo se somete y se limita a aullar. Todo tenía un objetivo básico: La persuasión usando el fetichismo como instrumento.
Así de este modo decidió indicarme que el tema de mi trabajo de campo serían los azotes, los castigos físicos, y las instituciones donde se han usado o aún se usan. Para ello me proporcionaba la universidad una beca, para visitar lugares donde se estudiase el tema, o bien sitios donde aun se llevaran a cabo.
Comencé pues mi trabajo. En primer lugar me mandó a Salamanca. Al parecer existía un convento en las afueras, donde aún hoy día se impartían castigos físicos. Se trataba de un lugar de recogida de muchachas de familia bien, que por una u otra razón necesitaban ser enmendadas. Había madres prematuras, chicas cazadas por sus progenitores fumando o realizando el acto sexual, chicas que habían confesado su homosexualidad en un retrogrado seno materno, etc. Si bien antiguamente hubieran reconducido la vida de estas jóvenes hacia las contemplaciones seglares, en este caso se limitaban a impartirles catequesis, y clases de historia, álgebra, y literatura. Las mantenían limpias y aseadas, y libres de pecado, confesaban ante el cura de modo secreto y ante sus tutoras con castigo corporal como penitencia.
Por supuesto que no habéis iodo hablar de este lugar. No pensareis que viene en sitios Goegle o en la agencia de viajes de spankófilos, no? El lugar sitúa los castigos físicos dentro de la clandestinidad, hoy día seria impensable que se permitieran estas licencias según la constitución actual. Y yo me dirigía a él por el amplio conocimiento en la materia del doctor Herrera, quien conocía a la abadesa profundamente.
Así fue como llegué al convento, haciéndome pasar por una de esas chicas descarriadas que habían sido pilladas in fraganti en actitud poco decorosa con un varón. Me puse en manos de la Madre Superiora. Por supuesto que en ningún momento pensé que yo fuera blanco de castigos, la superiora conocía mi calidad de espectadora por lo que yo esperé encontrar un trato favorable. Al fin y al cabo estaba allí por trabajo.
Aunque me excitaran los azotes, la angustia que me trasmitían los muros no me inspiraban para imaginar un correctivo placentero. El convento en su fachada exterior era plateresco, corriente muy común en la zona, pero se hallaba realizado sobre un monasterio anterior de orden románico, del que conservaba la disposición y materiales del interior. Era mucho más antiguo, más oscuro, mas retraído. Las paredes de piedra eran húmedas y frías, el suelo también, andar con una suela fina ponía los pelos de punta. Olía por todas partes a piedra y arena, a cirios y a iglesia cerrada.
Las internas dormían todas juntas en un amplio dormitorio de camas dispuestas una al lado de la otra, muy cerca, casi el espacio justo para andar de canto entre una cama y otra. Había unas 20 aproximadamente, y venían de todas partes de España, pero por lo que vi, mucho apellido noble, y mucha familia pía.
Yo ocupe una cama del final, junto a una chica de Alicante de 20 años, era simpática, pero no decía porque estaba allí, y actuaba con cierta timidez, al igual que el resto de las jóvenes, se comportaban de manera muy recatada y sin excesos.
Como llegué por la noche únicamente presenté mis respetos a la Madre superiora quien me indicó que me acomodara en mi catre. Venía cansada del viaje, y sin prestar mucha atención me puse un pijama de verano cortito y fino, y me eché a dormir, bien tapadita hasta el cuello.
Zzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzz
De repente, sentí una sacudida, una mujer vestida sin hábitos pero con bata de religiosa me zarandeaba y me gritaba no se qué, de si era aquella una manera correcta de dormir. Con el sueño no me enteraba de nada, y a causa del viaje ni siquiera sabía aún dónde me encontraba. Cuando sí reaccione fue cuando me saco a tirones de la cama y abrí los ojos para contemplar el enorme dormitorio comunal a oscuras, con las paredes bañadas por la luz de la luna entrecortada por los barrotes de las ventanas. Hasta ella se encontraba encerrada en aquel lugar sombrío.
La hermana que me zarandeaba, de repente se sentó en mi cama, tiro de mi brazo y con él de mi cuerpo amodorrado por el sueño, y me deposito en sus rodillas, ahí sí me desperté, ¿qué c*** hacia esta tipa???? Pero cuando resolví mi duda fue a causa de un impacto fuerte sobre mi trasero que hacia que éste ardiera. Me estaba azotando!!!! Me tenía agarrada por un brazo y con el otro no se qué demonios estaba usando pero picaba como el diablo. Instintivamente alargue mi brazo a la nalga donde recibí el azote, a lo que sentí un fuerte tirón de la misma, quedando inutilizada. Con una sola mano me sujetaba las mías, era una mano fuerte y grande para ser de una mujer. Me reprendía por dormir tapada hasta el cuello. “Los brazos fuera de la manta!!!” Me indicaba “así no podréis caer en la tentación” “y no se duerme bocabajo” “conozco todos vuestros trucos para satisfaceros”. Mientras me regañaba noté que me desprendía de un tirón seco de mi pantaloncillo del pijama para después hacer lo mismo con mis braguitas. Yo me intentaba zafar, pero era ducha en su propósito la jodida. Sentí un azote fuerte en el trasero, ahora sí sabía que me azotaba con la mano, era una mano recia, fuerte, de exprimir coladas a mano, de recolectar la huerta y arrancar las malas yerbas, curtida y encallecida. Los azotes eran rápidos y enérgicos, me azotaba profusamente en la parte mas baja de la nalga, donde escocía horrores.
Después de darme unos 100 azotes con la mano, mi grupa ardía, reposó la mano sobre ella, mientras me reñía de nuevo, me explicaba que eso era por haberme interpuesto en el castigo, que el castigo en si venia a continuación. La mano no solo estaba apoyada sobre mi nalga, la muy ***** me sobaba, me palpaba a gusto, parecía que disfrutaba. Bollera reprimida... pensé.
No fue mucho el tiempo de pensar. De mis deducciones me sacó a base de un buen paletazo en el trasero. Ahora sí supe al primer encuentro qué había utilizado, era una paleta. Con el tiempo averigüe que utilizaban el instrumento en cuestión para golpear la ropa para que se secara, además de para indicar el buen camino a jovencitas.
Me rocío 20 paletazos lentos, espaciados, con orgullo. Estoy segura que se sentía orgullosa de su trabajo, de su buen hacer, porque se deleitaba en ellos.
PLASSS tiempo PLASSSS tiempo PLASSSSS tiempo PLASSSSS
Se me escapaban las lágrimas, no estaba llorando de rabia sino se me escapaban de escozor. De impotencia de no poder parar ese tremendo dolor que recaía sobre mis nalgas.
Después me proporcionó otros diez por llevar esa indumentaria poco adecuada y me indico que ya me proporcionarían un camisón decente. Además, me instó a seguir dos de las normas más importantes en la cama, no dormir bocabajo, en ningún caso; y los brazos fuera de la manta para que se puedan ver en una revisión.
Sin más se fue. Según avanzaba por el pasillo con la paleta en la mano, yo empezaba a asimilar por una parte lo que me costaría dormir con semejante escozor en mis nalgas, que me ardían, no podía apoyarlas contra el lecho, y por otra… lo húmeda que me encontraba.
Cuando abandonó el habitáculo, algunas de las chicas levantaron la cabeza primero hacia donde se había perdido la hermana y después hacia mí. Mi compañera de al lado me alcanzo la mano, y me la acaricio con suavidad. “Intenta dormir con la almohada en los riñones, eso alzará el trasero y te rozará menos con el colchón”
Así lo hice, a pesar de lo recio y basto de la ropa de cama, imagino que del mismo cansancio de la paliza, al poco tiempo y tremendamente escocida y dolorida me quedé dormida. No sentía esta sensación de dormir tras unos azotes, desde hacía muchos muchos años, cuando era mi padre el que se encargaba de hacerme dormir de un tirón después de haber estado dando la lata.
Continuará
26/04/2005 23:34 Este es el enlace de este relato, si lo copias lo puedes utilizar como hipervínculo. Tema: Escolares No hay comentarios. Comentar.
O Tío (en portugués)
Autor(a) desconocido(a)
Aninha sentou na cama, e com os braços envolveu os joelhos, ficando toda encolhida, como uma menininha emburrada. Um turbilhão de sentimentos passava em sua cabeça, e ela não saberia definir como estaria naquele momento: irritada, triste, confusa, agressiva ou meramente cansada.
Mas os minutos foram se passando, e os pensamentos assentando como a poeira após a rajada de vento. Lá fora, o silêncio, só um cachorro latindo. O sol entrava pela janela do quarto e ia bater de encontro à escrivaninha desarrumada, enquanto a cortina semi-cerrada deixava a cama na sombra. Onde estaria o tio, agora? Aninha sabia que não demoraria a vê-lo, e estava um pouco nervosa. Pôs-se a recordar. Recordou sua chegada na casa do tio, vinda do interior para fazer a faculdade na capital. Lembrou de seu deslumbramento inicial, dos novos amigos que fizera, os passeios, as descobertas, a rotina do estudo... tudo acontecendo muito rápido. Era muita tentação, e ao mesmo tempo, muita responsabilidade. Estudava feito uma doida para acompanhar o ritmo, mas também saia, voltava tarde, não tinha tempo nem para comer direito. Nem telefonava mais para a mãe, e negligenciava as antigas amizades. Só queria saber de novidade, novidade, novidade... o tio também andava meio chato. Aninha sempre gostou daquele tio, e sabia que ele era cuidadoso e severo. Lembrou os dias da juventude, quando ela e as primas faziam arte até cansar, e punham os velhos de cabelos em pé. De vez em quando a mãe e as tias pegavam o chinelo e saiam a distribuir chineladas na molecada. Mas como o tio era diferente. Ele nunca perdia a calma. Tinha aquele olhar que parecia desnudar a alma, e apontava direitinho o que ela havia feito de errado, porque era errado, e como ela deveria ter feito. E nada de berrar e distribuir chinelada, o castigo era aplicado com a solenidade que se reserva aos ritos importantes. Aninha lembra bem as primas, com cara de choro, a abaixar a calcinha e a deitar devagar no colo do tio, com o bumbum gorducho oferecido à justa punição. O tio, ar severo, erguia uma escova de cabelo de fundo chato, e serenamente punha-se a carimbar aquele traseiro, como um digno tabelião que carimba uma pilha de certidões, batendo pausadamente ora aqui, ora ali, fazendo as nádegas da menina chacoalhar como um pudim, e os dois pezinhos a subir e descer como os de um nadador que tentasse nadar no seco. Algumas vezes ela própria já havia experimentado aquele corretivo, e sabia como ele podia tirar-lhe o desejo de repetir a travessura por um bom tempo.
Mas o que Aninha não se conformava, era que o tio nunca perdia a calma. Fora assim naquela manhã. É certo que ela havia respondido mal ao tio, que só havia chamado a atenção para o seu comportamento, e alertado de que sua mãe estava preocupada. Será que o tio não podia simplesmente dizer-lhe uns desaforos e dar o incidente por encerrado? Mas não. O tio não estava ali para isso. Ele genuinamente se preocupava com as filhas e as sobrinhas, e dava a todas a devida orientação e as merecidas reprimendas. Sim, Aninha sabia por que o tio a havia mandado ir para o quarto. Não adiantava se enganar, e enquanto pensava, vinha-lhe à mente as cenas da infância, acompanhadas de uma sensação de formigamento nervoso nas nádegas. Passou a desejar que o tio voltasse logo e desse o suplício por encerrado. Mas não. O tio fazia tudo bem-feito. Ela a havia mandado para o quarto para pensar, e ela estava pensando. Pensou o quanto estava sendo ingrata com o tio que a hospedava em sua casa, e veio-lhe uma vontade de chorar. Suspirou. Agarrou um travesseiro, colocou-o no colo e enterrou seu rosto nele. Neste instante desejou mesmo a presença física do tio, para que tudo se esclarecesse e voltasse a ser como era antes.
A porta enfim se abriu. O tio entrou, severo e triste, e trazia uma coisa na mão.
- Então, filha, pensou?
Aninha não respondeu. Fez que sim, com a cabeça.
- Agora você vai descer essas calças e vir até aqui.
O objeto que o tio trazia era uma escova de cabelo, daquelas antigas, de fundo chato de madeira. Aninha sentiu o coração disparar. Mas por que? No fundo ela sabia que era isso que a aguardava. Mas trazido pelo instinto, o espírito da menina levada voltou a comanda-la.
- Ah, quê isso, tio, você vai me bater??
- Vou sim, filha, conforme você merece, e conforme sua mãe me autorizou.
- Ah, nãããooo... não faz isso! Eu já estou grande para apanhar!
- Não, minha filha, você ainda é uma menina, e não está se comportando como adulta. Suas primas têm a sua idade, e todas apanham ainda quando necessário. Quando você veio para cá, eu me comprometi com a sua mãe de cuidar de você, e vou cuidar!
Você, para mim, é como se fosse minha filha!
Aninha sentiu um nó na garganta e os lábios tremerem. Uma lágrima aflorou em cada olho. Ela sabia que o tio gostava dela, e tudo o que ele fazia era para o seu bem. Mas estava com medo.
- Ah, nããooo... por favor, titio... eu peço perdão... Ahnnn Ahnn Ahnn não quero… Ahnn vai doer… Ahnnn
- Minha filha, você sabe direitinho como tem que fazer. Abaixa a calça e vem aqui deitar no meu colo.
Choramingando baixinho, olhando para baixo, Aninha levou os dedos até o botão da calça baixa que deixava seu umbigo a mostra. Devagar, desceu-a até os joelhos. Deveria descer também a calcinha? Não perguntou ao tio, mas achou que seria um desrespeito manter a calcinha no lugar, e desceu-a também. Nem bem os pelos pubianos ficaram a mostra, veio-lhe uma sensação esquisita, era como aquele dia em que foi tomar uma injeção, só que dessa vez o tio é que seria o farmacêutico... com passos trêmulos, aproximou-se do tio, que a aguardava sentado bem reto na cadeira da escrivaninha. Debruçou-se em seu colo, sentindo o cheiro dele, cheiro de homem misturado com sabonete Phebo. Sentiu um arrepio nas nádegas nuas e soltou um gemido abafado, enquanto posicionava-se com o traseiro bem empinado, mãos e pés tocando o chão. No que sentiu o contato da mão forte do tio em suas costas, acariciando-a gentilmente, parou de soluçar e sentiu-se forte, como se aquele contato lhe transmitisse a coragem necessária para enfrentar a sova merecida. O tio fazia aquilo por ela, não podia decepciona-lo!
Aninha sentiu o deslocamento de ar quando o tio ergueu a escova, e aterrissou-a sobre o traseiro branco e avantajado que lhe era oferecido.
PAF!
Um choque pareceu percorrer o corpo de Aninha, da ponta dos pés aos dedos das mãos. Mais uma vez a mão do tio subiu e desceu. PAF! PAF! PAF! Aninha sentiu que cada golpe produzia uma sensação de formigamento que se espraiava em círculos concêntricos pelas nádegas e descia pelas coxas, como se tudo estivesse em fogo.
PAF! Ai! PAF! AiAi! PAF! Ai, tio! PAF! Pár PAF! Tá doen PAF! Ai por fav PAF! Não faço mais PAF! Nunca mais PAF! Tá bom, tio PAF! Ai, tá bom PAF! AAII! PAF! PAF! PAF!
Aninha não conseguia conter-se. Era inacreditável como aquela escova dura era capaz de doer, batendo nas nádegas nuas! Ela esperneava e se contorcia, as súplicas saíam aos borbotões, assim como as lágrimas. Mas sentia que, junto com o suor e as lágrimas, parecia que saia também todo o mau humor que a andava impregnando por semanas a fio. Ia embora toda a mágoa e toda a revolta. Ela amava o tio por estar fazendo aquilo. Nem reparou quando ele parou de bater, continuou chorando e prometendo se comportar bem dali por diante. O tio esperou que ela se acalmasse um pouco, depois ajudou-a a se levantar, enxugou-lhe as lágrimas e levou-a até o banheiro para que se lavasse.
- Agora você não faz mais, não é, filha?
- Não... Ahnn não... Desculpa... Olha tio, obrigada, eu estava merecendo! Ahnnn
Sentindo-se leve como uma pluma, Aninha cantarolava uma canção enquanto lavava o chão da cozinha, cumprindo o castigo que o tio lhe dera. Sentia o frio da mistura de água com detergente em seus pés descalços, e vestia apenas um saiote, sem calcinha, cobrindo o traseiro vermelho, cheio de marcas circulares e salpicado de gel e talco. O tio, muito circunspeto, lia o jornal.
- Tio...
- O que foi, meu bem?
- Você ainda está zangado comigo?
- Não, meu amor, eu nunca fico zangado com você. Eu te castigo para você se corrigir, e não porque eu esteja zangado. Limpa direitinho o chão, e quando terminar dá um telefonema para a sua mãe, que ela está com saudades.
Sorrindo, Aninha pôs-se a torcer no balde o pano de chão, ansiosa para terminar e ligar para a mãe contando a surra que o tio lhe dera.
Aninha sentou na cama, e com os braços envolveu os joelhos, ficando toda encolhida, como uma menininha emburrada. Um turbilhão de sentimentos passava em sua cabeça, e ela não saberia definir como estaria naquele momento: irritada, triste, confusa, agressiva ou meramente cansada.
Mas os minutos foram se passando, e os pensamentos assentando como a poeira após a rajada de vento. Lá fora, o silêncio, só um cachorro latindo. O sol entrava pela janela do quarto e ia bater de encontro à escrivaninha desarrumada, enquanto a cortina semi-cerrada deixava a cama na sombra. Onde estaria o tio, agora? Aninha sabia que não demoraria a vê-lo, e estava um pouco nervosa. Pôs-se a recordar. Recordou sua chegada na casa do tio, vinda do interior para fazer a faculdade na capital. Lembrou de seu deslumbramento inicial, dos novos amigos que fizera, os passeios, as descobertas, a rotina do estudo... tudo acontecendo muito rápido. Era muita tentação, e ao mesmo tempo, muita responsabilidade. Estudava feito uma doida para acompanhar o ritmo, mas também saia, voltava tarde, não tinha tempo nem para comer direito. Nem telefonava mais para a mãe, e negligenciava as antigas amizades. Só queria saber de novidade, novidade, novidade... o tio também andava meio chato. Aninha sempre gostou daquele tio, e sabia que ele era cuidadoso e severo. Lembrou os dias da juventude, quando ela e as primas faziam arte até cansar, e punham os velhos de cabelos em pé. De vez em quando a mãe e as tias pegavam o chinelo e saiam a distribuir chineladas na molecada. Mas como o tio era diferente. Ele nunca perdia a calma. Tinha aquele olhar que parecia desnudar a alma, e apontava direitinho o que ela havia feito de errado, porque era errado, e como ela deveria ter feito. E nada de berrar e distribuir chinelada, o castigo era aplicado com a solenidade que se reserva aos ritos importantes. Aninha lembra bem as primas, com cara de choro, a abaixar a calcinha e a deitar devagar no colo do tio, com o bumbum gorducho oferecido à justa punição. O tio, ar severo, erguia uma escova de cabelo de fundo chato, e serenamente punha-se a carimbar aquele traseiro, como um digno tabelião que carimba uma pilha de certidões, batendo pausadamente ora aqui, ora ali, fazendo as nádegas da menina chacoalhar como um pudim, e os dois pezinhos a subir e descer como os de um nadador que tentasse nadar no seco. Algumas vezes ela própria já havia experimentado aquele corretivo, e sabia como ele podia tirar-lhe o desejo de repetir a travessura por um bom tempo.
Mas o que Aninha não se conformava, era que o tio nunca perdia a calma. Fora assim naquela manhã. É certo que ela havia respondido mal ao tio, que só havia chamado a atenção para o seu comportamento, e alertado de que sua mãe estava preocupada. Será que o tio não podia simplesmente dizer-lhe uns desaforos e dar o incidente por encerrado? Mas não. O tio não estava ali para isso. Ele genuinamente se preocupava com as filhas e as sobrinhas, e dava a todas a devida orientação e as merecidas reprimendas. Sim, Aninha sabia por que o tio a havia mandado ir para o quarto. Não adiantava se enganar, e enquanto pensava, vinha-lhe à mente as cenas da infância, acompanhadas de uma sensação de formigamento nervoso nas nádegas. Passou a desejar que o tio voltasse logo e desse o suplício por encerrado. Mas não. O tio fazia tudo bem-feito. Ela a havia mandado para o quarto para pensar, e ela estava pensando. Pensou o quanto estava sendo ingrata com o tio que a hospedava em sua casa, e veio-lhe uma vontade de chorar. Suspirou. Agarrou um travesseiro, colocou-o no colo e enterrou seu rosto nele. Neste instante desejou mesmo a presença física do tio, para que tudo se esclarecesse e voltasse a ser como era antes.
A porta enfim se abriu. O tio entrou, severo e triste, e trazia uma coisa na mão.
- Então, filha, pensou?
Aninha não respondeu. Fez que sim, com a cabeça.
- Agora você vai descer essas calças e vir até aqui.
O objeto que o tio trazia era uma escova de cabelo, daquelas antigas, de fundo chato de madeira. Aninha sentiu o coração disparar. Mas por que? No fundo ela sabia que era isso que a aguardava. Mas trazido pelo instinto, o espírito da menina levada voltou a comanda-la.
- Ah, quê isso, tio, você vai me bater??
- Vou sim, filha, conforme você merece, e conforme sua mãe me autorizou.
- Ah, nãããooo... não faz isso! Eu já estou grande para apanhar!
- Não, minha filha, você ainda é uma menina, e não está se comportando como adulta. Suas primas têm a sua idade, e todas apanham ainda quando necessário. Quando você veio para cá, eu me comprometi com a sua mãe de cuidar de você, e vou cuidar!
Você, para mim, é como se fosse minha filha!
Aninha sentiu um nó na garganta e os lábios tremerem. Uma lágrima aflorou em cada olho. Ela sabia que o tio gostava dela, e tudo o que ele fazia era para o seu bem. Mas estava com medo.
- Ah, nããooo... por favor, titio... eu peço perdão... Ahnnn Ahnn Ahnn não quero… Ahnn vai doer… Ahnnn
- Minha filha, você sabe direitinho como tem que fazer. Abaixa a calça e vem aqui deitar no meu colo.
Choramingando baixinho, olhando para baixo, Aninha levou os dedos até o botão da calça baixa que deixava seu umbigo a mostra. Devagar, desceu-a até os joelhos. Deveria descer também a calcinha? Não perguntou ao tio, mas achou que seria um desrespeito manter a calcinha no lugar, e desceu-a também. Nem bem os pelos pubianos ficaram a mostra, veio-lhe uma sensação esquisita, era como aquele dia em que foi tomar uma injeção, só que dessa vez o tio é que seria o farmacêutico... com passos trêmulos, aproximou-se do tio, que a aguardava sentado bem reto na cadeira da escrivaninha. Debruçou-se em seu colo, sentindo o cheiro dele, cheiro de homem misturado com sabonete Phebo. Sentiu um arrepio nas nádegas nuas e soltou um gemido abafado, enquanto posicionava-se com o traseiro bem empinado, mãos e pés tocando o chão. No que sentiu o contato da mão forte do tio em suas costas, acariciando-a gentilmente, parou de soluçar e sentiu-se forte, como se aquele contato lhe transmitisse a coragem necessária para enfrentar a sova merecida. O tio fazia aquilo por ela, não podia decepciona-lo!
Aninha sentiu o deslocamento de ar quando o tio ergueu a escova, e aterrissou-a sobre o traseiro branco e avantajado que lhe era oferecido.
PAF!
Um choque pareceu percorrer o corpo de Aninha, da ponta dos pés aos dedos das mãos. Mais uma vez a mão do tio subiu e desceu. PAF! PAF! PAF! Aninha sentiu que cada golpe produzia uma sensação de formigamento que se espraiava em círculos concêntricos pelas nádegas e descia pelas coxas, como se tudo estivesse em fogo.
PAF! Ai! PAF! AiAi! PAF! Ai, tio! PAF! Pár PAF! Tá doen PAF! Ai por fav PAF! Não faço mais PAF! Nunca mais PAF! Tá bom, tio PAF! Ai, tá bom PAF! AAII! PAF! PAF! PAF!
Aninha não conseguia conter-se. Era inacreditável como aquela escova dura era capaz de doer, batendo nas nádegas nuas! Ela esperneava e se contorcia, as súplicas saíam aos borbotões, assim como as lágrimas. Mas sentia que, junto com o suor e as lágrimas, parecia que saia também todo o mau humor que a andava impregnando por semanas a fio. Ia embora toda a mágoa e toda a revolta. Ela amava o tio por estar fazendo aquilo. Nem reparou quando ele parou de bater, continuou chorando e prometendo se comportar bem dali por diante. O tio esperou que ela se acalmasse um pouco, depois ajudou-a a se levantar, enxugou-lhe as lágrimas e levou-a até o banheiro para que se lavasse.
- Agora você não faz mais, não é, filha?
- Não... Ahnn não... Desculpa... Olha tio, obrigada, eu estava merecendo! Ahnnn
Sentindo-se leve como uma pluma, Aninha cantarolava uma canção enquanto lavava o chão da cozinha, cumprindo o castigo que o tio lhe dera. Sentia o frio da mistura de água com detergente em seus pés descalços, e vestia apenas um saiote, sem calcinha, cobrindo o traseiro vermelho, cheio de marcas circulares e salpicado de gel e talco. O tio, muito circunspeto, lia o jornal.
- Tio...
- O que foi, meu bem?
- Você ainda está zangado comigo?
- Não, meu amor, eu nunca fico zangado com você. Eu te castigo para você se corrigir, e não porque eu esteja zangado. Limpa direitinho o chão, e quando terminar dá um telefonema para a sua mãe, que ela está com saudades.
Sorrindo, Aninha pôs-se a torcer no balde o pano de chão, ansiosa para terminar e ligar para a mãe contando a surra que o tio lhe dera.
27/04/2005 21:56 Este es el enlace de este relato, si lo copias lo puedes utilizar como hipervínculo. Tema: Idiomas No hay comentarios. Comentar.
La Doctoranda
m/f
Autor Fer
Jueves 14 de abril (curiosamente aniversario de la proclamación de la República Española)
Atención Magnífico Rector, Ilustrísimos Señores Catedráticos, Doctísimos Profesores, Venerables Catedráticos Eméritos: la candidata a doctoranda Señorita Licenciada Dª Mayte Riemens presenta su Proyecto de Investigación sobre:
"Visión Crítica de la Historiografía de los azotes eróticos en Meso-América de los Mixtecas a la Administración López Portillo"
(aplausos)
Aparece la brujita en toga (por debajo no lleva nada, por supuesto) muy formal frente a todos los graves catedráticos de la elite intelectual mexicana, entre todos suman cientos de años de diplomas, doctorados, condecoraciones de Yale a La Sorbone, de La Complutense a la UNAM, premios nacionales de Historia, algún discípulo del exilio intelectual español y el Colegio de México. Gracias a que los tiempos modernos han llegado al interior sacro de las Cátedras, también hay alguna augusta doctora, severas, con sus gafas de montura poderosa.
Todos ellos y ellas son spankers de una sociedad secreta...
Lo que acontece a continuación forma parte del ritual inicíatico en donde el más anciano de los doctos varones con un leve asentimiento de cabeza pone en marcha la liturgia.
Se cierran las pesadas puertas del Paraninfo Universitario, se apagan las luces con excepción de un potente reflector en el cenit de la sala que ilumina el centro. Silencio. Unos ujieres traen una especie de reclinatorio y un armario (del tiempo del Emperador Maximiliano) con ruedas. Lo instalan en el centro del hemiciclo, se encienden los reflectores y se apagan las luces...
Los ujieres que son los más antiguos, ya hombres con cabellos blancos, acompañan a la candidata a doctoranda al reclinatorio, la instalan doblada hacia adelante y con su trasero hacia arriba.
El Rector Magnífico baja ceremoniosamente hacia el centro de la luz, se acerca a la candidata a doctoranda, sube su toga dejándola expuesta e indefensa. El Rector contempla unos instantes sus nalgas, resplandecientes de luz, y da inicio a la ceremonia dándole unos fuertes azotes a mano.
Al cabo de unos 3 minutos de nalgueo, con un gesto se dirige al Cuerpo Docente y se inicia un lento desfile de Doctos Catedráticos y Doctas Catedráticas que nalguean a la candidata, de acuerdo al viejo ritual ya establecido en tiempos de la Colonia. Unos lo hacen a mano, otros recurren al armario en donde hay todo tipo de implementos, algunos muy valiosos por ser piezas históricas cedidas por el Patrimonio Nacional de la República Mexicana para esta ocasión. Fustas, canes cultivados en las tierras de la Facultad de Ciencias del Agro, paddles, cepillos, cinturones y muchos más instrumentos de disciplina.
La candidata de vez en cuando exhala una pequeña queja sorda, pero resiste de acuerdo al código de honor y aguanta su llanto ahogado por mil emociones, por fin va a poder ingresar en la Sociedad Secreta. Pese a la extraña situación, nuestra heroína ya comienza a saborear las verdaderas mieles académicas, por fin será una de ellos.
Finalmente, cuando el culete de la candidata luce el color del jitomate maduro, el Rector Magnífico pronuncia una frase en latín que abre su alocución y continúa en castellano diciendo "Por las Prebendas que me son concedidas declaro a la Licenciada Dª Mayte Riemens miembro de nuestra Sociedad Secreta y candidata apta"
Un aplauso cerrado (los aplausos de un par de docenas de spankers son equivalentes en decibelios a un público de 240 personas) corona el sencillo acto. Los hujieres untan de crema balsámica las coloradas nalgas de la nueva integrante de la Sociedad y le aplican paños tibios con árnica, la ayudan a recobrar la compostura y ésta pronuncia un emocionado discurso de agradecimiento. Nunca sabremos de qué recónditas emociones provienen las lágrimas que empañan los bellos ojos de nuestra nueva doctoranda...
Le son entregados el diploma y la banda de honor.
(aplausos y más aplausos)
Autor Fer
Jueves 14 de abril (curiosamente aniversario de la proclamación de la República Española)
Atención Magnífico Rector, Ilustrísimos Señores Catedráticos, Doctísimos Profesores, Venerables Catedráticos Eméritos: la candidata a doctoranda Señorita Licenciada Dª Mayte Riemens presenta su Proyecto de Investigación sobre:
"Visión Crítica de la Historiografía de los azotes eróticos en Meso-América de los Mixtecas a la Administración López Portillo"
(aplausos)
Aparece la brujita en toga (por debajo no lleva nada, por supuesto) muy formal frente a todos los graves catedráticos de la elite intelectual mexicana, entre todos suman cientos de años de diplomas, doctorados, condecoraciones de Yale a La Sorbone, de La Complutense a la UNAM, premios nacionales de Historia, algún discípulo del exilio intelectual español y el Colegio de México. Gracias a que los tiempos modernos han llegado al interior sacro de las Cátedras, también hay alguna augusta doctora, severas, con sus gafas de montura poderosa.
Todos ellos y ellas son spankers de una sociedad secreta...
Lo que acontece a continuación forma parte del ritual inicíatico en donde el más anciano de los doctos varones con un leve asentimiento de cabeza pone en marcha la liturgia.
Se cierran las pesadas puertas del Paraninfo Universitario, se apagan las luces con excepción de un potente reflector en el cenit de la sala que ilumina el centro. Silencio. Unos ujieres traen una especie de reclinatorio y un armario (del tiempo del Emperador Maximiliano) con ruedas. Lo instalan en el centro del hemiciclo, se encienden los reflectores y se apagan las luces...
Los ujieres que son los más antiguos, ya hombres con cabellos blancos, acompañan a la candidata a doctoranda al reclinatorio, la instalan doblada hacia adelante y con su trasero hacia arriba.
El Rector Magnífico baja ceremoniosamente hacia el centro de la luz, se acerca a la candidata a doctoranda, sube su toga dejándola expuesta e indefensa. El Rector contempla unos instantes sus nalgas, resplandecientes de luz, y da inicio a la ceremonia dándole unos fuertes azotes a mano.
Al cabo de unos 3 minutos de nalgueo, con un gesto se dirige al Cuerpo Docente y se inicia un lento desfile de Doctos Catedráticos y Doctas Catedráticas que nalguean a la candidata, de acuerdo al viejo ritual ya establecido en tiempos de la Colonia. Unos lo hacen a mano, otros recurren al armario en donde hay todo tipo de implementos, algunos muy valiosos por ser piezas históricas cedidas por el Patrimonio Nacional de la República Mexicana para esta ocasión. Fustas, canes cultivados en las tierras de la Facultad de Ciencias del Agro, paddles, cepillos, cinturones y muchos más instrumentos de disciplina.
La candidata de vez en cuando exhala una pequeña queja sorda, pero resiste de acuerdo al código de honor y aguanta su llanto ahogado por mil emociones, por fin va a poder ingresar en la Sociedad Secreta. Pese a la extraña situación, nuestra heroína ya comienza a saborear las verdaderas mieles académicas, por fin será una de ellos.
Finalmente, cuando el culete de la candidata luce el color del jitomate maduro, el Rector Magnífico pronuncia una frase en latín que abre su alocución y continúa en castellano diciendo "Por las Prebendas que me son concedidas declaro a la Licenciada Dª Mayte Riemens miembro de nuestra Sociedad Secreta y candidata apta"
Un aplauso cerrado (los aplausos de un par de docenas de spankers son equivalentes en decibelios a un público de 240 personas) corona el sencillo acto. Los hujieres untan de crema balsámica las coloradas nalgas de la nueva integrante de la Sociedad y le aplican paños tibios con árnica, la ayudan a recobrar la compostura y ésta pronuncia un emocionado discurso de agradecimiento. Nunca sabremos de qué recónditas emociones provienen las lágrimas que empañan los bellos ojos de nuestra nueva doctoranda...
Le son entregados el diploma y la banda de honor.
(aplausos y más aplausos)
27/04/2005 18:38 Este es el enlace de este relato, si lo copias lo puedes utilizar como hipervínculo. Tema: Escolares Hay 1 comentario.
