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Relatos de azotes

Y llegó el sábado primero de octurbre

Autora: Vicky Fresita

Llegó el sábado primero de octubre, mi celular timbró yo contesté.
- Hey!!! Me dijo él, ya llegué al aeropuerto, y una sensación de mariposas revoloteando en el estomago sentí, me fascina su voz, le saludé y le dije que yo estaba en la playa bronceándome, me dijo
- La playa?? Y por quÉ no me vienes a recoger al aeropuerto??
le dije
- No, pues estoy muy lejos, y me tengo que arreglar,
me dijo,
- Está bien, cojo un taxi y nos vemos a las 4 de la tarde,
era como la 1 PM, pero como yo asumo que el tiempo no corre, me quedé allí tirada en la arena tostándome al sol, después me volteé para broncearme por detrás y me puse a leer un libro, y cuando me di cuenta eran las 2 de la tarde, recogí mis cosas caminé hacia el parqueadero y me fui al apartamento de mi amiga que vive cerca a la playa y cerca al hotel donde él estaba hospedado.

Pero cuando llegué al edificio ella no estaba y yo no tenia como entrar, así que me quedé en la piscina para nadar un rato y esperar por ella, al fin llego como a las 3 de la tarde y por fin pude entrar, mi spanker me llamaba y me llamaba pero como yo estaba en la piscina nadando no escuche el teléfono, cuando por fin me llamó y le contesté, me dijo....
- Where are you????? Donde estas??? y le dije,
- Ya casi estoy lista...pero ni siquiera me había bañado, y así lo tuve diciéndole “ya casi”, “ya casi” y me demoré muchísimo arreglándome.

Al fin salí de la casa de mi amiga a las 6 de la tarde y mi sobrina me pidió que la llevara a donde una amiga que era cerca de donde yo tenía que ir, así que la llevé y entrçe el trafico y la distancia llegué al hotel de mi spanker a las 8 de la noche... lo llamé desde la recepción y le dije,
- Ya estoy aquí, baja, y me dijo,
- Come here now!!!! Ven aquí ya!!! Con un tono de voz que me asustó, pero le dije,
- Nooo, tú ven aquí....baja y charlamos, y me dijo con un tono más alto,
- Get your butt over here NOW!!! Y colgó... así que yo subí, y llegué al piso 17 habitación 1705, toqué la puerta y mis manos estaban heladas, él abrió la puerta y nos miramos....ayyyy Dios ese hombre estaba re lindo, súper alto, blanquito de ojos claros, un papasote... unos hombros super anchos, unos brazos enormes y las manos gigantes, nos dimos un beso en la mejilla, y entré, lo primero que dijo fue...
- 4 hours!!!! Vicky, 4 hours...te he esperado por 4 horas...huh?? Qué?? No dices nada?? yo llevaba puesto un vestido de diferentes líneas rosadas que de la cintura para arriba es apretado y sube en V para amarrarse detrás del cuello, y de la cintura para abajo cae en campana pero solo llega a la mitad de los muslos, bueno no es por nada pero ese vestido me queda divino.. y con el color de mi piel dorada por todo el sol de la playa, hacía un contraste y lo digo por que vi las miradas entrando al hotel y cuando caminé por la calle.

En fin, me hice la loca y me fuí hacia el balcón del cuarto y salí a ver el océano aunque ya estaba oscuro pero la vista era magnífica, él salió detrás de mi y me cogió la mano para llevarme hacia adentro, pero me le solté y entré un poco rápido alejándome de él, cogí una revista y me senté en el sofá y él se me paró enfrente. Cruzó los brazos enfrente del pecho y sólo me miraba, yo no lo miré y sólo hice que leía la revista. Me la quitó de las manos y allí me agarró la muñeca y me paró bruscamente, le dije awww, pero no me escuchó y me dijo,
- Ni siquiera has dicho sorry, y lo miré me reí y le dije
- OK fine, sorry.... y eso le dió rabia y se sentó en el borde de la cama y ahí fue....

Caí sobre sus rodillas y aunque traté de pararme no me dejó y sentí la primera nalgada sobre mi vestido, mandé mi mano para cubrirme pero me la quitó y me empezó a regañar, que era el colmo que él hubiera esperado 4 horas. Mientras hablaba su mano no paraba de caer, yo lo único que hacía era tratar de pararme; mis piernas pataleaban pero era imposible zafarme de él, le decía que no había sido mi culpa, que el tráfico, que había un accidente en la carretera y duré allí dos horas. Sus nalgadas caían más fuertes, me decía
-Y encima mentirosa.... cuando me pegó más fuerte traté de cubrirme y me dijo:
- Que no te cubras!!! Es que no entiendes??? Y me subió el vestido, allí grité noooooo, no quiero así, nooooo, pero no le importó. Ahora sí se sentía su mano quemar mi piel pues mis panticitos rojos de seda no cubrían nada....y allí si me empezó a doler, así que le dije,
- OK, OK!!!! déjame ir al baño, y me dijo mentiras.... le dije siiii tengo que ir, te lo juro, y me dijo con palabras muy secas dos minutos o entro al baño y te saco, así que me dejo parar de sus rodillas y caminé hacia el baño sobándome y haciéndo mala cara. Allí solo me miré al espejo y ya mi pobre traserito estaba súper rojo....rojo, me arreglé mi cabello, tomé una respiración profunda y salí otra vez. Estaba parado en frente de la puerta, le hice cara de niña inocente con puchero y todo pero me cogió la mano me la apretó duro y caminamos hacia la cama otra vez, me dijo otra vez lo mismo,
- Quiero la verdad....por qué me tuviste aquí esperando 4 horas???? Y yo me reí, y eso hizo que me tirara a sus rodillas y me levantara el vestido y sus nalgadas esta vez fueron super fuertes y seguidas, yo pataleé y pataleé y le decía que ya no había nada que hacer que ni modo me había cogido la tarde y qué podía hacer??? Pero como su mano caía tan fuerte traté de bajarme el vestido y allí me dijo
- Ohhh!!! No, baby, así no, y su mano empezó a bajar mis panties, le grité
- Nooooooooo, mis panties no...Please no, pero me dijo oh si....no panties, siempre es horrible cuando los panties bajan, se siente un no sé que, peleé todo lo que pude pero no logré nada....sólo que su mano cayera con más fuerza.

Así siguió por un rato hasta que logré zafarme y me paré de sus rodillas y le dije golpeando con un pie el piso,
- No más!!!!! no quiero más.... sobándome mis nalgas, así que me miró, se paró, y abrió un cajón, sacó de allí un paddle pequeño de cuero, le dije noooo, estás bromeando... yo no quiero mas, ya me duele mucho, y sólo movió la cabeza diciendo que no..... me dijo
- Recuéstate sobre el borde de la cama, de manera que todo mi torso quedara boca abajo de la cama y mis piernas tocando el suelo, como no lo hice me empujó dándome con el paddle sobre el vestido, así que me acomodé como quería, pero cuando trató de subirme el vestido no me dejé, lo cogí con las dos manos y no dejaba que lo subiera pero obviamente me pegó con el paddle fuertemente y me dijo que quitara las manos, así lo hice y el vestido subió... ese estúpido paddle ardía horrible, y ya yo me puse super rebelde, pues me dió un poco de mal genio, no se por qué pero a mi lo sumisa no me sale nunca, allí empecé a portarme super mal, a decir malas palabras a gritar y a quererme parar cada que el paddle caía sobre mi piel y sólo era peor para mí pues más duro me daba.

Me hizo contar, y decirle “thank you Sir”, eso yo lo odio, y como yo no lo decía él no paraba. Hasta que no pude más y me tocó empezar la cuenta desde el uno, pero si trataba de pararme se devolvía a uno otra vez o si se me salía una palabrota, o si no decía “thank you Sir”, o si lo decía de mala gana. Así que los 20 que conté fueron como 50 pues yo no hacía las cosas bien, cuando ya llegué a 20 me dijo:
- ¿Aprendiste la lección? ¿estas arrepentida? yo me quedé callada, no pude decir nada por el mal genio, entonces me dijo
- Ven te doy un abrazo, me ayudó a pararme de la cama y cuando me trató de abrazar le hice mala cara. Le dije
- I don't want to hug you, I hate you, o sea no te quiero abrazar te odio, me sobé mi colita, y me dijo,
- No te creo ¡Qué malcriada eres! Entonces le dije,
- Tengo sed, me trajo agua, pero yo no cambiaba mi mala cara, él me dijo: - Yo creo que una niña malcriada no ha aprendido la lección, se paró y se sacó el cinturón, yo creo que mis ojos se abrieron y le dije,
- OK, OK, I'm sorry, I am....pero no me escuchó. Allí otra vez metí la pata, empecé a gritar, a decirle malas palabras, y a pegarle a la cama pero el cinturón me hizo callar rapidito. Otra vez la contadera estúpida que no me gusta, que por no decirla como él quería volvía a empezar y a empezar.

Entonces el cinturón empezó a caer en un mismo lado y ya el dolor me estaba venciendo, pero mi rebeldía ganaba. En un descuido suyo, le agarré el cinturón y lo tiré al otro lado de la cama. Me paré, me dijo:
- Vicky, ya!!!! pórtate bien, a lo que le contesté,
- You stop it....that's enough!! Es suficiente, allí se sentó en la cama y me tiró sobre sus rodillas y con la mano me pegó bien fuerte y seguido, y mi lucha fue inútil hasta que le dije,
- Está bien, ya no más.....por favor, ya no mas!!!!!! I'm sorry....I'm sorry y allí me dijo:
- OK, está bien y bueno......no cuento más...ya el resto pues ummmmm!!! lo único que les digo es que el domingo no me pude sentar bien, y el dolor era horrible. El lunes que vine a trabajar todavía estaba súper rojo y una partecita morada donde el estúpido cinturón pegó en el mismo punto...pero ya estoy bien después de una semana, solo hay una marca leve....

FIN

ALEJANDRA

AUTOR: JANO

Huérfana de madre, Alejandra campaba por sus respetos sin hacer caso a nadie, rebelándose, embrollando, creando problemas por donde quiera que fuera.

En el momento que comienza ésta historia, Alejandra contaba con 16 años: bellísima, con expresivos ojos verdes y figura digna de ser inmortalizada por algún artista de renombre. Su carácter irascible y díscolo le granjeaba las antipatías de aquellos que la trataban. Su padre, diplomático en ejercicio, dejaba la educación de la adolescente en manos de criados y educadores: la pérdida de su esposa le había sumido en un estado de gran tristeza y, para colmo, su trabajo le impedía prestar la debida atención a la niña.

A sus 16 años, Alejandra había pasado por cinco colegios de los cuales, sistemáticamente, fue expulsada por una o varias razones. Faltaba a clase cuando le parecía , sembraba la discordia entre sus compañeras y no pasaba día sin que cometiera alguna fechoría. El vaso de sus diabluras se llenó de tal manera que acabó derramándose. El detonante que colmó la paciencia de sus profesores en el último colegio, fue que la encontraron en actitudes poco edificantes con el jardinero bastante ligera de ropa . En la carta que enviaron a su padre decían que, “con todo el dolor de su corazón”, se veían en el triste deber de expulsarla.

Al enterarse de lo sucedido, su padre quedó sumido en una gran tristeza y vergüenza. Fue consciente de que tenía que actuar drásticamente con su hija. Barajó varias posibilidades y optó por una de ellas. Había recabado información sobre instituciones especializadas en la educación de chicas que se hallaban en semejante situación a la de su hija. Se decidió por una situada cerca de la ciudad alemana de Frankfurt. Se trataba de un colegio privado y muy caro, donde las jóvenes vivían en régimen deinternado todo el año excepto un mes de vacaciones en verano.

Sin más dilación, acompañado por la niña, se presentó en el colegio tras un largo viaje. Las protestas de ella, su rebeldía, sus negativas, no hicieron vacilar su decisión.

Habló con el director, hombre de unos cincuenta años de gesto severo, de quién se desprendía un halo de gran autoridad y le puso al corriente de la situación de Alejandra. Él, después de escucharle pacientemente, le dijo que no se preocupara de nada; el colegio tenía una larga tradición atendiendo y solucionando casos como el de ella, e incluso peores, con brillantes resultados. Una única observación: debería dejar en sus manos la educación y el trato que dieran a la jovencita sin interferencia alguna del exterior; ni padres, ni familiares ni persona alguna deberían interponerse entre el colegio y la niña. Era ésta una condición indispensable: debería confiar en el colegio y sus métodos. Así lo acepto y firmó el desesperado diplomático. Allí dejó a su hija de quién se despidió brevemente escuchando toda clase de invectivas que salían de su boca.

Cuando se marchó, el director salió al pasillo donde se encontraba Alejandra y le ordenó que le siguiera. En vista de su negativa, él tomó un silbato que colgaba de su cuello y lo hizo sonar. A los pocos segundos aparecieron dos hombres con uniforme quienes, sin dar explicaciones a la joven, la tomaron de los brazos y, en volandas, siguieron al director hasta una habitación del piso alto, donde, a la fuerza, introdujeron a Alejandra cerrando después la puerta con llave. Ésta se encontró en una habitación acolchada desprovista de muebles cuya única luz provenía de una alta ventana enrejada. Pataleó, gritó, insultó con su peor vocabulario a todo y a todos y, al comprobar que de nada le servía todo eso, al cabo de un rato, se tumbó en el mullido suelo abatida, irritada y con cierto temor por lo que pudiera ocurrir en el Futuro.

Pasaron varias horas hasta que la puerta se abrió dando paso a un hombre moreno de mediana estatura que la conminó a acompañarle al comedor donde sería presentada a sus nuevas compañeras. Por toda respuesta, Alejandra le lanzó una patada que él esquivó sin gran esfuerzo. Ante esto, el hombre (su tutor según se sabría después), llamó a los dos hombres que había quedado tras de él y les ordenó algo en voz baja. Éstos, sujetaron a la niña y, en volandas como la vez anterior, la introdujeron en otra habitación en la que se encontraban extraños muebles: un caballo de gimnasia, una escalera anclada a la pared, una gran mesa de roble, varias sillas de sólido aspecto…A una orden del tutor, los dos hombres ataron las manos de Alejandra a la escalera estirando sus brazos por encima de la cabeza. Ella pataleaba, insultaba, se debatía inútilmente pero asustada por la situación. No tardó mucho en saber lo que se le avecinaba: con una regla de madera en la mano, el tutor, Herr Kauffman, comenzó a azotarla sin descanso ni piedad alguna mientras la niña no dejaba de gritar y quejarse, amenazar e insultar a su verdugo quién, pese a sus protestas, seguía azotando sin hacerle caso. Al cabo de un rato, el tutor preguntó a Alejandra si estaba dispuesta a cumplir la orden de ir al comedor. La respuesta fue un aluvión de insultos y palabras soeces. De nuevo, él se aplicó en la tarea de sacudirle nuevos reglazos. Pasaron varios minutos antes de
que, dolorida como estaba, cesara en sus insultos y suplicara que terminara el castigo. A la pregunta de que si accedería a obedecer, contestó que sí con un hilo de voz.

Soltaron sus ataduras y la acompañaron hasta el comedor donde se encontraban reunidas unas cincuenta muchachas de distintas edades, ninguna mayor de 17 años. La presentaron como una nueva alumna y le indicaron una silla vacía donde se sentó a comer para saciar el apetito que la devoraba después de tan larga jornada sin probar bocado. Miraba hoscamente a su alrededor mientras daba cuenta de los alimentos que le habían puesto sobre la mesa. Las demás, parecían estar terminando de comer. El castigo sufrido había evitado que llegara a la hora de la comida como todas. Tanto el tutor como los otros dos hombres no le quitaban la vista de encima, vigilando sus menores movimientos.

Terminada la comida, la acompañaron a la habitación que le había sido asignada donde la dejaron no sin advertirle que no se toleraría ninguna actitud de rebeldía. Ella quedó sola unos pocos minutos hasta que entró una niña, quizás más joven que la misma Alejandra, quién le dijo que sería su compañera y se presentó con el nombre de Anita. Enfurecida como estaba, no le hizo el menor caso. Se paseaba por la habitación como un tigre enjaulado profiriendo amenazas contra los que consideraba sus raptores y también a su padre que la había dejado allí indefensa.

Llamaron para la cena y Anita le dijo que irían juntas. Hambrienta como estaba de nuevo, Alejandra no puso objeciones aunque sin abandonar su gesto adusto y malhumorado.

Después de la cena y todavía con el escozor que sentía en su culo, Alejandra y su compañera se dirigieron al dormitorio. Pasados unos minutos, Alejandra decidió escaparse de aquel lugar de la forma que fuera. Abrió la puerta y, ante su desesperación, se encontró apostado ante ella a uno de los hombres que la habían maniatado. Él la miró impasible y, con un gesto hizo que ella cerrara de nuevo la puerta. Preocupada, asustada, se dio cuenta de que no sería tarea fácil escaparse. Se acostó vestida y, durante el sueño, terribles pesadillas la invadieron haciendo que se despertara cada poco bañada en sudor.

A la mañana siguiente y siempre acompañada de Anita, se encontró en la primera clase de la mañana: se trataba de la que más odiaba ella: matemáticas. Se movía en su asiento, se levantaba y hacía toda clase de ruidos. La profesora, mujer de unos cuarenta años, rubia, sólida y de estatura más que regular, avisó suavemente a Alejandra que se comportara bien en dos ocasiones. A la tercera, utilizando el silbato que también ella llevaba colgado al cuello, hizo aparecer, como por arte de magia, a los dos hombres que ya conocía la niña. A una indicación de la profesora, éstos la sujetaron por ambos brazos y, siempre sin que los pies de ella tocaran el suelo, la llevaron de nuevo a la siniestra habitación donde había sido castigada. La tumbaron sobre el potro y ataron sus pies y sus manos a las patas del mismo. En esa posición la dejaron y abandonaron la estancia dejándola sola. Terribles escenas se desarrollaban en la imaginación de la niña.

Unos minutos más tarde, la puerta se abrió de nuevo y dio paso a su tutor quién, dirigiéndose a ella, le advirtió solemnemente que no se saldría con la suya y acabaría comportándose en debida forma. Subió sus faldas hasta la cintura dejando a la vista las braguitas de algodón blanco que formaban parte de la vestimenta reglamentaria y, provisto de la consabida regla, comenzó sin prisa pero sin pausa a descargarla sobre las infantiles nalgas. Alejandra gritaba, se retorcía, insultaba, se quejaba por los golpes. De nada le servía: el tutor seguía imperturbable estrellando la regla en ambos lados de sus nalgas coloreando su piel de un subido color granate. Él seguía el castigo sin que le importara lo más mínimo la actitud de la niña. Azotaba con precisión cada centímetro
sin variar el ritmo, la cadencia y la fuerza con que aplicaba la regla al culo de la muchacha. Después de sesenta azotes, el tutor llamo a los guardias: desataron a la niña y la condujeron de nuevo a la clase. Todas las miradas se dirigieron hacia ella, observando cada uno de sus gestos. Se sintió molesta por ser el objeto de la curiosidad de las alumnas y trató de no dejar traslucir su irritación y el dolor que sentía allí abajo. Sentóse con dificultad en su puesto, notando dolorosamente el roce de la ropa y el asiento en sus maltratadas nalgas. Se juró que aprovecharía la menor oportunidad para escaparse, aunque no sabía adonde dirigirse. Su padre no la recibiría con los brazos abiertos y, por otro lado, no tenía dinero alguno. ¿Qué hacer? Su porvenir se presentaba de lo más negro. Incierto, no: por las pruebas recibidas en tan corto espacio, el tiempo que pasara en ese lugar se le avecinaba mal para su persona y su integridad física. También contaba la humillación a que era sometida y, desgraciadamente, continuaría en adelante. Su mente se rebelaba ante la posibilidad de someterse. Recordaba las palabras de su padre; “No sé que hacer contigo. Me siento incapaz de convertirte en una persona responsable y de buen carácter. Debo tomar una determinación aún en contra de mi cariño hacia ti. No te será agradable, pero necesitas adquirir una disciplina de la que careces. Lo siento”.

El recuerdo de éstas palabras y la amable existencia que había perdido, hizo que a sus ojos asomaran lágrimas de tristeza.

Apenas pasaban dos jornadas sin que Alejandra fuera castigada de una u otra forma. Los días transcurrían monótonos excepto por los momentos en que era castigada. En algunas ocasiones, los castigos no eran aplicados con la regla sino con algo construido a partir de un mango de madera del que pendían varias tiras de cuero y que producían un gran escozor en sus nalgas. Muchas veces, casi todas a partir de cierto momento, el castigo lo recibía directamente sobre la piel carente de cualquier prenda. Aquello le hacía sentir infinitamente humillada sabiendo que dejaba expuestas a las miradas de sus torturadores lo más íntimo de su persona.

Pasaron algunos meses durante los cuales los castigos eran casi constantes. Su tutor había decidido ser él quién se ocupara de derrumbar las defensas de la niña. Para conseguirlo, aumentaba el número de azotes y las frases admonitorias. Mientras la castigaba, no cesaba de explicarle y advertirle que su vida sería un infierno constante si no cambiaba su actitud de rebeldía.

Alejandra, con el tiempo, se acostumbró a los castigos que ya no le parecían tan dolorosos. Incluso, en ocasiones, encontraba cierto placer en ellos. A veces, se imaginaba que quién la estaba castigando era su padre y aquello le producía unas raras sensaciones. Pensaba que, de haber recibido de su padre aquellos castigos, en la actualidad no estaría pasando por aquello. Recordaba el poco tiempo de que él disponía para atenderla y las mil y una vez que ella deseó su presencia, sus palabras, sus caricias.

Poco a poco, su actitud fue cambiando y, a medida que esto sucedía, los castigos se espaciaban. Llegó a hacerse tan responsable y dócil que durante, algún tiempo, dejó de recibir castigo alguno.

Curiosamente, cuando llevaba un mes sin recibir ningún castigo, Alejandra se sintió como abandonada, sola, sin nadie que se ocupara de ella excepto como al resto de sus compañeras. Ellas, de tiempo en tiempo, también eran llamadas a capítulo y recibían sus correspondientes zurras. Era la moneda corriente en aquél lugar. Los castigos se sucedían con frecuencia teniendo como protagonista a una u otra alumna. La misma Anita, su compañera, había recibido numerosas azotainas por su mal comportamiento.

Un acontecimiento vino a cambiar la situación de su incipiente docilidad: durante la clase de dibujo, una compañera tiró una bolita de papel al profesor. Cuando éste se volvió, sus miradas se dirigieron hacia Alejandra acusándola del hecho. Ésta se irritó y, levantando la voz más de lo necesario, se defendió de la acusación negándola. De nada le sirvió: se le ordenó presentarse en el despacho de su tutor para que él tomara la decisión que considerara conveniente. Herr Kauffman, con el gesto fruncido, escuchó las alegaciones de la muchacha y, sin creerla por su larga trayectoria de indisciplinada, súbitamente, sin mediar palabra, la sujetó de un brazo y colocó su cuerpo tendido sobre la gran mesa de roble del despacho, dejando que colgaran sus piernas. Levantó su falda y, pese a las protestas de Alejandra, de un tirón bajó sus braguitas hasta las rodillas. Con la mano desnuda, comenzó a propinar fuertes azotes sobre sus desnudas nalgas. Indignada por la injusticia, ella no cesaba de moverse tratando de zafarse del férreo brazo con que él la mantenía sobre la mesa. Uno a uno, muchos azotes se estrellaban sobre sus carnes. El dolor y la humillación hacían que las lágrimas acudieran a sus ojos.
Gritaba y se retorcía sin conseguir el objetivo de escapara a aquella lluvia de azotes. Mientras la azotaba, Herr Kauffman no dejaba de decirle lo muy contentos que se encontraba todo el claustro con ella por los cambios observados en su conducta de los últimos tiempos y lo decepcionado que se hallaba por ésta recaída. Ella negaba toda culpa en el suceso. Sin referirse a la autora ni dar su nombre, decía que fue otra la que cometió la falta. Pese a sus protestas, el castigo continuó: más de media hora estuvo recibiendo azotes tras lo cual, el tutor con voz seca y conminatoria, le ordenó que se encerrara en su dormitorio y se quedara allí sin acudir al comedor cuando sus compañeras lo hicieran. Solamente, sin comer, se presentaría a la primera clase de la tarde.

Alejandra comenzó de nuevo a cometer pequeñas faltas que, en principio, fueron toleradas. Al aumentar frecuencia, de nuevo se sucedieron los castigos. Herr Kauffman, irritado por lo que consideraba un retroceso de la niña, se aplicó a golpearla casi con saña. De cada castigo, ella salía acariciando sus nalgas de un subido color rojo. Un hecho curioso comenzó a manifestarse en ella. No se lo explicaba, pero aquellos azotes le producían un placer inexplicable. Ignoraba que lo producía; solo sabía que ocurría.

Con la confianza que le unía a Anita despues de tanto tiempo, la hizo confidencia de lo que sucedía en su cuerpo como consecuencia del castigo y se encontró con la sorpresa de que no era la única que tenía esos sentimientos, esas sensaciones: ella misma sentía lo mismo cuando era azotada y sabía por otras chicas, que otro tanto les pasaba a ellas.

Recordaba que, en cierta ocasión en que sus faltas fueron especialmente graves, el propio director, ante la presencia de todas las alumnas, en el gimnasio, azotó sus nalgas con una fusta durante varios minutos estando éstas expuestas a las miradas del resto sin ropa alguna que las cubriera. Aquello, que no se repitió nunca más, la excitó sobremanera. Saberse observada por sus compañeras le hizo sentir espasmos de placer incontrolable. Ahora que había pasado algún tiempo, todavía sentía las mismas sensaciones al recordarlo.

En la actualidad, era consciente de que cometía diabluras y tropelías con la intención de que el castigo cayera sobre ella, lo que ocurría con bastante frecuencia.

Los domingos eran días especiales en los cuales, reuniendo a todas las jóvenes en el gimnasio, se castigaba públicamente a aquellas que, durante la semana, habían cometido faltas dignas de ser castigadas. Una a una, las infractoras eran llamadas al centro de la instalación y, allí, en presencia de todos, sufría un largo castigo. Dependiendo de la falta, era azotada con uno u otro instrumento. Un domingo en concreto, una alta y sólida
muchacha rubia de largas trenzas llamada Sonia, fue despojada de su ropa interior y atada a un potro colocado en el centro. El director asumió la responsabilidad de azotarla. Comenzó usando una larga y ancha correa de cuero negro. Al resto de las chicas, se les ordenó que, a coro, contaran en voz alta el número de golpes. Tímidamente al principio, las niñas, casi en voz baja, hicieron lo que se les ordenaba. Se les conminó a que corearan los golpes en voz alta y así lo hicieron por el temor a ser castigadas ellas mismas.

“catorce, quince, dieciséis,………” contaban. La cuenta de los correazos no terminó hasta llegar a los sesenta. El director, concedió a Sonia un breve descanso. Pasados unos minutos, armado de unas largas tiras de cuero adheridas a un mango de madera, se acercó a la indefensa muchacha y lo abatió sobre sus nalgas:

“seis, siete, ocho…” corearon las alumnas. Sonia saltaba de un lado a otro tratando de esquivar el castigo. Sus nalgas mostraban los efectos de los azotes; el color era de un rojo intenso; se notaban los efectos del nuevo instrumento. Innumerables rayas se marcaban en su piel. Cuando la cuenta llegó a cincuenta, el director ordenó que fuera desatada. Ella se vistió como pudo y regresó al círculo de sus compañeras con paso inseguro.

Una tras otra, seis chicas fuero llamadas al centro del gimnasio . Más o menos azotes fueron impartidos dependiendo del tipo de la falta cometida. Así transcurrió la mañana del domingo, uno más de los habituales.

Se estaba acercando el tiempo de las vacaciones cuando Alejandra cejó en su conducta rebelde ajustándose algo más a las normas impuestas. No obstante y debido a su fama y a alguna actitud poco recomendable que aún tenía, su cuerpo, sus nalgas, recibían las caricias de algún castigo. Cuando era castigada injustificadamente, por equivocación, su espíritu se rebelaba y, pese a sus protestas, los azotes de Herr Kauffman mordían su cuerpo sin la menor consideración.

Llegaron las vacaciones y Alejandra regresó al hogar paterno. Su padre la recibió con un gran abrazo al que ella respondió apoyando la cabeza sobre su pecho y asomando unas lágrimas a sus ojos.

Durante un tiempo, ella se comportó debidamente con la evidente satisfacción de su padre. Solo fue un espejismo. Más pronto que tarde, volvió a mostrarse como la niña voluntariosa y desobediente que era en el pasado.

Puesto al corriente por el director del colegio de los métodos que allí se utilizaban con éxito, el padre de Alejandra optó por emplearlos y no paró de castigarla hasta que, al cabo de unos días, ella abdicó de su comportamiento.

Pasó otro año más en el colegio hasta cumplir los 18. Con alguna variante fue una repetición del anterior. De tiempo en tiempo, seguía siendo castigada, en privado o en público. Sus nalgas se habían acostumbrado a los azotes y los resistía con entereza e incluso, con cierto gusto.

A su salida del colegio y pasado cierto tiempo en que no recibía castigo alguno, sintió la necesidad de buscarlos. ¿Cómo conseguirlo? Esto, en todo caso, será motivo para otra narración.



FIN

EL FANTASMA DE LOS CASTIGOS

AUTOR: JANO

El fantasma de los castigos, el dulce fantasma de los castigos habían poblado su mente desde la más tierna adolescencia. Se trataba de algo abstracto, sin rostro ni dimensión.
El simple pensamiento de estar siendo castigada alteraba su ritmo cardiaco; notaba batir su corazón a galope tendido. Buscaba con ansia novelas, libros especializados,comics, cualquier cosa que se refiriera a muchachas sometidas, azotadas, atadas y humilladas ; todo aquello que alimentara sus fantasías.

Ahora, ya mujer de 22 años, realizada profesionalmente, ejecutiva de éxito se sentía vacía. Alejada de su entorno familiar por el trabajo, la vida quedaba circunscrita a él. Su única compañía eran las docenas de publicaciones sobre castigos que atesoraba en su piso de la gran ciudad. Acudía a ellas con frecuencia liberando sus fantasías en las imágenes y palabras que encontraba.

Con demasiada frecuencia se encontraba rara, diferente al resto de la humanidad, enferma de la mente tal como había leído en algunas publicaciones; aberración, desvío de la norma, filia morbosa y cosas por el estilo vertidas por personalidades del mundo de la psiquiatría y la sociología. Pese a todo eso, su mente no cesaba de albergar imágenes de castigos ajenos y propios en los que siempre era ella, Sonia, la protagonista.

Accidentalmente, entrando en internet, se le ocurrió buscar con la palabra “azote”. Esta simple palabra , condujo a Sonia a un mundo que le descubrió que no estaba sola; que había un sinnúmero de personas que sentían como ella, que hablaban de sus deseos, de sus gustos con entera libertad, sin tapujos ni tabúes. Se suscribió a varios grupos afines a ella y leyó ávidamente todo lo que en ellos se decía; experiencias ajenas que se asemejaban a lo que ella deseaba íntimamente.

Durante un tiempo fue espectadora pasiva hasta que, en cierto momento, se armó de valor y se lanzó a la aventura de participar, de contar sus necesidades, de buscar una compañía que satisficiera sus deseos. No fue fácil, pero al fin, tras infructuosos intentos, conoció a alguien que hizo latir su corazón y la colmó de esperanzas. Despues de muchas y largas conversaciones, decidieron trasladar a la vida real lo que a través de las palabras se había ido comunicando.

La timidez, el temor a no corresponder a las expectativas de él, el salto al vacío que suponía aquella nueva situación de conocerse en la realidad, no le permitieron dormir la noche anterior a la cita, tal era la excitación que sentía.

A la hora y lugar concertados, después de esmerarse en su atuendo y su aspecto, Sonia acudió a la cita. El que encontró esperándola sobrepasaba todas sus expectativas. No era joven, pero sí muy atractivo y con un halo de seguridad en sí mismo que la atrajo inmediatamente. Temblándole las piernas por un cúmulo de sensaciones encontradas, se acercó a él. El hombre, ceremonioso, le tendió la mano que ella estrechó. La calidez de aquella mano hizo que Sonia se estremeciera de los pies a la cabeza.

Pasaron horas hablando, puntualizando, acercando posturas y opiniones sobre lo que les había hecho encontrarse. A medida que pasaba el tiempo, la conversación se hizo más distendida, más íntima. El había tenido en el pasado una relación que se rompió con el tiempo en la qué su pareja consentía en los castigos de tarde en tarde y que, aunque los disfrutaba no eran lo bastante frecuentes. Ese factor y otros fue lo que hizo fracasar la relación. Ahora intentaba recomenzar su vida y esperaba que ésta fuera con Sonia.

Pasaron algunas semanas de encuentros y cambio de pareceres, conociéndose, acercándose más y más el uno al otro.

Ella acepto verse en privado con él; probar en la realidad lo que había deseado desde largo tiempo atrás: constatar si lo que habían sido solo deseos y fantasías se plasmaba en la realidad de los hechos.

Tuvieron su encuentro en un escondido hotel de las afueras rodeado de bungaloes alejados los unos de los otros por una distancia que permitía la mayor privacidad.

Con cierto temor, Sonia se dejó llevar por su acompañante. Pese a sus temores, el amor y la confianza que en ella se habían instalado por él, hicieron que se arriesgara a tener una experiencia real.

Consciente de los temores de ella, él, con sumo cuidado fue introduciéndola en la situación. Comenzó abrazándola, besándola con mimo, hablando con un tono de voz que intentaba transmitirle confianza. Paso a paso fue acercándose al objetivo que allí les había llevado. Sus manos cercaron sus nalgas, insinuantes, acariciantes sobre la tela de la falda. Ella se estremecía en anticipación de lo que él le había dicho que sucedería.

Suavemente, sin prisa, con lentitud, él fue subiendo la falda y dejando al aire sus redondas nalgas. Unos suaves azotes cayeron sobre ella, así abrazados, en pie. Para Sonia fue una sensación desconocida pero agradable. Poco a poco, los azotes se hicieron más dolorosos, más frecuentes: comenzó a suponer que aquello no sería todo y no se equivocó. El se ocupó de quitarle la falda, de bajarle las blancas braguitas de algodón. Terminada ésta operación , la atrajo hacia un sillón y la colocó tumbada sobre sus rodillas. En ésta posición, comenzó a azotarla con la mano desnuda y regañándola según el libreto acordado, le advertía que estaría toda la tarde recibiendo azotes y más azotes, castigo tras castigo. Cuando hubo acabado de azotarla más de 40 veces paró por un momento para acariciarla. El contacto de aquella mano acariciante despues de los azotes, supusieron para ella un alivio instantáneo. La piel le ardía en toda la superficie de su culo y aquellas caricias mitigaban el dolor y el picor que sentía. Los deseos acumulados durante años se cumplían en éstos instantes; pese a lo humillante de la posición y los dolores que le producían los azotes, su espíritu contemplaba cómo el castigo suponía para ella un afrodisíaco y la inducía una paz y una satisfacción nunca antes sentida. Deseaba que aquello no acabara nunca y que tuviera la suficiente fortaleza para seguir disfrutando de las sensaciones maravillosas que estaba obteniendo. En ningún momento pidió que parara el castigo. Es más, quería que siguiera por mucho tiempo. Sus deseos serían colmados.

Después de un gran número de azotes con algunos descansos para acariciarla, él le ordenó que se tumbara sobre la cama. Obedeció. ¿Qué iría a suceder ahora? Le oyó trajinar en un maletín que había llevado. De él extrajo lo que parecía un utensilio para limpiar el polvo: se trataba de un grupo de unas 10 tiras de cuero de unos treinta cms adosados a un mango de madera negra. Acarició un largo tiempo con ellas sus enrojecidas nalgas. De repente, sin precio aviso, aquello impactó en su piel. Ella, su cuerpo, dio un salto en la cama. Una vez y otra, aquello caía sobre sus nalgas produciéndole una gran quemazón. Los azotes con aquel instrumento no dejaban de caer sobre ella y la obligaban a moverse desordenadamente de un lado a otro. Se quejó sin que él parara de azotarla y sin cesar de decirle que eso es lo que había estado buscando durante toda su vida y que lo iba a tener con creces. Pasado un tiempo, Sonia aceptó el nuevo castigo. Las imágenes de sus repetidas fantasías acudían a su mente mientras recibía el castigo que tantas veces había deseado sin obtenerlo. Aquella cosa caía inmisericorde sobre su piel que transmitía el dolor a su cerebro, mientras que en otro lugar de su cuerpo le producía un intenso placer.

Después de un largo tiempo azotándola, él le dio un descanso. La acarició con una gran ternura diciéndole palabras de consuelo. Aquellas caricias, eran un maná que la elevaban de la tierra. Sonia se acurrucaba sobre su pecho mientras él la acariciaba, rendida, entregada, enamorada, abierta a cualquier cosa que quisiera hacer con ella.

Más tarde, recibió la visita de una gruesa correa de cuero que marcaba alargadas señales rojas sobre su piel; otros instrumento utilizó él sobre sus nalgas: zapatilla, regla de madera. Sonia no comprendía cómo sus nalgas podías soportar tanto castigo. En ocasiones, tuvo sensaciones tan voluptuosas que creyó morir del gusto. Fue una tarde intensa en todos lo sentidos. A ésta le siguieron muchas otras. La relación entre ellos se convirtió en tan cercana , tan afectuosa que, pasado el tiempo, decidieron vivir juntos. Nunca se arrepintió de haber dado aquel lejano y maravilloso primer paso.

Los fantasmas de otro tiempo se convirtieron en una realidad cotidiana que colmaban todas sus expectativas. Tenía el hombre al que había aprendido a amar y que la correspondía y, por ende, todo aquello que había poblado de fantasías su mente durante tantos años. Jamás volvió a sentirse rara, extraña en el mundo. Se aceptó a sí misma, incluso con orgullo de ser distinta a otros.


FIN




F I N

La Doctoranda

m/f

Autor Fer

Jueves 14 de abril (curiosamente aniversario de la proclamación de la República Española)

Atención Magnífico Rector, Ilustrísimos Señores Catedráticos, Doctísimos Profesores, Venerables Catedráticos Eméritos: la candidata a doctoranda Señorita Licenciada Dª Mayte Riemens presenta su Proyecto de Investigación sobre:

"Visión Crítica de la Historiografía de los azotes eróticos en Meso-América de los Mixtecas a la Administración López Portillo"

(aplausos)

Aparece la brujita en toga (por debajo no lleva nada, por supuesto) muy formal frente a todos los graves catedráticos de la elite intelectual mexicana, entre todos suman cientos de años de diplomas, doctorados, condecoraciones de Yale a La Sorbone, de La Complutense a la UNAM, premios nacionales de Historia, algún discípulo del exilio intelectual español y el Colegio de México. Gracias a que los tiempos modernos han llegado al interior sacro de las Cátedras, también hay alguna augusta doctora, severas, con sus gafas de montura poderosa.

Todos ellos y ellas son spankers de una sociedad secreta...

Lo que acontece a continuación forma parte del ritual inicíatico en donde el más anciano de los doctos varones con un leve asentimiento de cabeza pone en marcha la liturgia.

Se cierran las pesadas puertas del Paraninfo Universitario, se apagan las luces con excepción de un potente reflector en el cenit de la sala que ilumina el centro. Silencio. Unos ujieres traen una especie de reclinatorio y un armario (del tiempo del Emperador Maximiliano) con ruedas. Lo instalan en el centro del hemiciclo, se encienden los reflectores y se apagan las luces...

Los ujieres que son los más antiguos, ya hombres con cabellos blancos, acompañan a la candidata a doctoranda al reclinatorio, la instalan doblada hacia adelante y con su trasero hacia arriba.

El Rector Magnífico baja ceremoniosamente hacia el centro de la luz, se acerca a la candidata a doctoranda, sube su toga dejándola expuesta e indefensa. El Rector contempla unos instantes sus nalgas, resplandecientes de luz, y da inicio a la ceremonia dándole unos fuertes azotes a mano.

Al cabo de unos 3 minutos de nalgueo, con un gesto se dirige al Cuerpo Docente y se inicia un lento desfile de Doctos Catedráticos y Doctas Catedráticas que nalguean a la candidata, de acuerdo al viejo ritual ya establecido en tiempos de la Colonia. Unos lo hacen a mano, otros recurren al armario en donde hay todo tipo de implementos, algunos muy valiosos por ser piezas históricas cedidas por el Patrimonio Nacional de la República Mexicana para esta ocasión. Fustas, canes cultivados en las tierras de la Facultad de Ciencias del Agro, paddles, cepillos, cinturones y muchos más instrumentos de disciplina.

La candidata de vez en cuando exhala una pequeña queja sorda, pero resiste de acuerdo al código de honor y aguanta su llanto ahogado por mil emociones, por fin va a poder ingresar en la Sociedad Secreta. Pese a la extraña situación, nuestra heroína ya comienza a saborear las verdaderas mieles académicas, por fin será una de ellos.

Finalmente, cuando el culete de la candidata luce el color del jitomate maduro, el Rector Magnífico pronuncia una frase en latín que abre su alocución y continúa en castellano diciendo "Por las Prebendas que me son concedidas declaro a la Licenciada Dª Mayte Riemens miembro de nuestra Sociedad Secreta y candidata apta"

Un aplauso cerrado (los aplausos de un par de docenas de spankers son equivalentes en decibelios a un público de 240 personas) corona el sencillo acto. Los hujieres untan de crema balsámica las coloradas nalgas de la nueva integrante de la Sociedad y le aplican paños tibios con árnica, la ayudan a recobrar la compostura y ésta pronuncia un emocionado discurso de agradecimiento. Nunca sabremos de qué recónditas emociones provienen las lágrimas que empañan los bellos ojos de nuestra nueva doctoranda...

Le son entregados el diploma y la banda de honor.

(aplausos y más aplausos)

El Convento

Autora: Shevishana

Durante el año de recopilación de datos y pruebas el profesor Herrera me enseño multitud de técnicas, TAT, Test de Roscshtar, entre otros. Y por fin llego la hora de lleva a cabo un trabajo de campo.

A lo largo del año anterior, todos los miércoles en su descolorido despacho había sido inevitable hablar sobre el instrumento que presidía el despacho, aquel enorme paddle, asimismo me enseño otros que tenia guardados, en un cajón con llave por ser estos muy antiguos. Poseía tawses, paddles, y todo tipo de armas de castigo. Se notaba que le entusiasmaba el tema, y a mi se me debía notar a la legua, aunque lo tratara en vano de tapar con un interés meramente intelectual. Pero tener esas paletas en las manos, uf. No podían por menos que hacerte temblar.

Incidimos sobre los castigos físicos y la repercusión que estos tienen en la conducta humana, de una parte la redención, y en otra menos conocida el placer. Estudiamos conductas sadomasoquistas, y como estas habían sido utilizadas en la publicidad. Mujeres de cuero para anunciar colonias, pequeñas lolitas, susceptibles de recibir unos azotes, una joven caperucita que roba el perfume Chanel, mientras el masculino lobo se somete y se limita a aullar. Todo tenia un objetivo básico. La persuasión usando el fetichismo como instrumento.

Así de este modo decidió indicarme que el tema de mi trabajo de campo serian los azotes, los castigos físicos, y las instituciones donde se han usado o aun se usan. Para ello me proporcionaba la universidad una beca, para visitar lugares donde se estudiase el tema, o bien sitios donde aun se llevaran a cabo.

Comencé, pues mi trabajo. En primer lugar me mando a Salamanca. Al parecer existía un convento en las afueras, donde aun hoy día se impartían castigos físicos. Se trataba de un lugar de recogida de muchachas de familia bien, que por una u otra razón necesitaban ser enmendadas. Habían madres prematuras, chicas cazadas por sus progenitores fumando o realizando el acto sexual, chicas que habían confesado su homosexualidad en un retrogrado seno materno, etc. Si bien antiguamente hubieran reconducido la vida de estas jóvenes hacia las contemplaciones seglares, en este caso se limitaban a impartirles catequesis, y clases de historia, álgebra, y literatura. Las mantenían limpias y aseadas, y libres de pecado, confesaban ante el cura de modo secreto y ante sus tutoras con castigo corporal como penitencia.

Por supuesto que no habéis iodo hablar de este lugar. No pensareis que viene en sitios Google o en la agencia de viajes de spankofilos, no? El lugar sitúa los castigos físicos dentro de la clandestinidad, hoy día seria impensable que se permitieran estas licencias según la constitución actual. Y yo me dirigía a el por el amplio conocimiento en la materia del doctor Herrera, quien conocía a la abadesa profundamente.

Así fue como llegue al convento, haciéndome pasar por una de esas chicas descarriadas que habían sido pilladas in fraganti en actitud poco decorosa con un varón. Me puse en manos de la Madre Superiora. Por supuesto que en ningún momento pensé que yo fuera blanco de castigos, la superiora conocía mi calidad de espectadora por lo que yo espere encontrar un trato favorable. Al fin y al cabo estaba allí por trabajo.

Aunque me excitaran los azotes, la angustia que me trasmitían los muros no me inspiraban para imaginar un correctivo placentero. El convento en su fachada exterior era plateresco, corriente muy común en la zona, pero se hallaba realizado sobre un monasterio anterior de orden románico, del que conservaba la disposición y materiales del interior. Era mucho mas antiguo, mas oscuro, mas retraído. Las paredes de piedra eran húmedas y frías, el suelo también, andar con una suela fina ponía los pelos de punta. Olía por todas partes a piedra y arena, a cirios y a iglesia cerrada.

Las internas dormían todas juntas en un amplio dormitorio de camas dispuestas una al lado de la otra, muy cerca, casi el espacio justo para andar de canto entre una cama y otra. Había unas 20 aproximadamente, y venían de todas partes de España, pero por lo que vi, mucho apellido noble, y mucha familia pía.

Yo ocupe una cama del final, junto a una chica de Alicante de 20 años, era simpática, pero no decía porque estaba allí, y actuaba con cierta timidez, al igual que el resto de las jóvenes, se comportaban de manera muy recatada y sin excesos.

Como llegue por la noche únicamente presente mis respetos a la Madre superiora quien me indico que acomodara en mi catre. Venia cansada del viaje, y sin prestar mucha atención me puse un pijama de verano cortito y fino, y me eche a dormir, bien tapadita hasta el cuello.
Zzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzz
De repente, sentí una sacudida, una mujer vestida sin hábitos pero con bata de religiosa me zarandeaba y me gritaba no se que, de si era aquella una manera correcta de dormir. Con el sueño no me enteraba de nada, y a causa del viaje ni siquiera sabia aun donde me encontraba. Cuando si reaccione fue cuando me saco a tirones de la cama y abrí los ojos para contemplar el enorme dormitorio comunal a oscuras, con las paredes bañadas por la luz de la luna entrecortada por los barrotes de las ventanas. Hasta ella se encontraba encerrada en aquel lugar sombrío.

La hermana que me zarandeaba, de repente se sentó en mi cama, tiro de mi brazo y con el de mi cuerpo amodorrado por el sueño, y me deposito en sus rodillas, ahí sí me desperté, ¿qué c*** hacia esta tipa???? Pero cuando resolví mi duda fue a causa de un impacto fuerte sobre mi trasero que hacia que este ardiera. Me estaba azotando!!!! Me tenia agarrada por un brazo y con el otro no se que demonios estaba usando pero picaba como el diablo. Instintivamente alargue mi brazo a la nalga donde recibí el azote, a lo que sentí un fuerte tirón de la misma, quedando inutilizada. Con una sola mano, me sujetaba las mías, era una mano fuerte y grande para ser de una mujer. Me reprendía por dormir tapada hasta el cuello. “Los brazos fuera de la manta!!!” Me indicaba “así no podréis caer en la tentación” “y no se duerme bocabajo” “conozco todos vuestros trucos para satisfaceros”. Mientras me regañaba note que me desprendía de un tirón seco de mi pantaloncillo del pijama para después hacer lo mismo con mis braguitas. Yo me intentaba zafar, pero era ducha en su propósito la jodida. Sentí un azote fuerte en el trasero, ahora si sabia que me azotaba con la mano, era una mano recia, fuerte, de exprimir coladas a mano, de recolectar la huerta y arrancar las malas yerbas, curtida y encallecida. Los azotes eran rápidos y enérgicos, me azotaba profusamente en la parte mas baja de la nalga, donde escocía horrores.

Después de darme unos 30 azotes con la mano, mi grupa ardía, reposo la mano sobre ella, mientras me reñía de nuevo, me explicaba que eso era por haberme interpuesto en el castigo, que el castigo en si venia a continuación. La mano no solo estaba apoyada sobre mi nalga, la muy ***** me sobaba, me palpaba a gusto, parecía que disfrutaba. Bollo reprimida... pensé.

No fue mucho el tiempo de pensar. De mis deducciones me saco a base de un buen paletazo en el trasero. Ahora si sabia que había utilizado, era una paleta. Con el tiempo averigüe que utilizaban el instrumento en cuestión para golpear la ropa para que se secara, además de para indicar el buen camino a jovencitas.

Me rocío 20 paletazos lentos, espaciados, con orgullo. Estoy segura que se sentía orgullosa de su trabajo, de su buen hacer, porque se deleitaba en ellos.

PLASSS tiempo PLASSSS tiempo PLASSSSS tiempo PLASSSSS

Se me escapaban las lagrimas, no estaba llorando de rabia sino se me escapaban de escozor. De impotencia de no poder parar ese tremendo dolor que recaía sobre mis nalgas.

Después me proporciono otros diez por llevar esa indumentaria poco adecuada y me indico que ya me proporcionarían un camisón decente. Además, me insto a seguir dos de las normas mas importantes en la cama, no dormir bocabajo, en ningún caso; y los brazos fuera de la manta para que se puedan ver en una revisión.

Sin mas se fue. Según avanzaba por el pasillo con la paleta en la mano, yo empezaba a asimilar lo que me costaría dormir con semejante escozor en mis nalgas, que me ardían, no podía apoyarlas contra el lecho, y lo húmeda que me encontraba.

Cuando abandono el habitáculo, algunas de las chicas levantaron la cabeza primero hacia donde se había perdido la hermana y después hacia mi. Mi compañera de al lado me alcanzo la mano, y me la acaricio con suavidad. “Intenta dormir con la almohada en los riñones, eso alzara el trasero y te rozara menos con el colchón”

Así lo hice y al poco y tremendamente escocida y dolorida me quede dormida.

Continuara ...

La sorpresa

Autor: Mkaoss (diciembre de 2002)

Menuda semana he tenido en el trabajo. Esta gente se cree que valemos por cinco, pero después nos pagan por un uno. Menos mal que es viernes y me espera un feliz fin de semana.

Enfilaba ya la autopista metido en el atasco cotidiano y mis preocupaciones laborales iban desapareciendo a medida que me alejaba de mi centro de trabajo. Como si fuera un trasvase mental, a la vez que mi mente se vaciaba de problemas, se iba llenando de proyectos agradables con mi familia: mi mujer y mi hija se encargarían de relajar mi atormentada mente llena de balances, clientes y jefes, por un agradable fin de semana y románticos paseos por el campo.

Mi mujer también estaba ocupada con su trabajo, además de las tareas de la casa, al menos en lo que se llama la intendencia, o sea la organización, ya que el resto, o sea la faena de la compra, el lleva y trae, el sube y baja, era yo el que me ocupaba.

“¡No te preocupes, cariño, que ya lo haré!", decía ella, pero a mí se me iban las manos y terminaba haciéndolo yo, con tal de quitarle la mayor parte de las cargas.

Pero pese a todo, sentía yo desde hacía un tiempo, algún que otro detalle que indicaba que nuestra copa de la felicidad no estaba del todo llena.

“Bueno, todo eso se puede hablar y llegar a un acuerdo" la decía yo cordialmente. “¿O acaso tengo que ser yo el que tenga la última palabra? ¿No somos iguales?...Pues tenemos que decidir entre los dos."

"Somos iguales, pero a mí me gustaría que de vez en cuando fueras más impositivo" se quejaba ella.

"Oye, el que yo crea en la igualdad no significa que sea "blandito". La fuerza está en la razón, y no en la razón de la fuerza" replicaba yo totalmente convencido.

"Hummm!" Mi mujer movía la cabeza como contrariada, como si ahora precisara de una mano más dura.

¡Madre mía! ¿Acaso sería que no se sentía ya segura conmigo?, ¿o es que no la había demostrado ya mis fuertes convicciones y mi firmeza? Las cosas nos iban de maravilla y, sin embargo, yo notaba que la pasión de los primeros años parecía disiparse en la rutina de las obligaciones. ¿Por qué tienen que imponerse las cosas si tan claro está que deben hacerse ?... Cumplimos con nuestros trabajos, con la casa, con el colegio....EL COLEGIO, Ahora que caigo, Susana tiene que traer las notas de este trimestre. Susana es mi hija, una preciosa quinceañera, mujer del siglo XXI, abierta, sociable y solidaria, como la inmensa mayoría de los jóvenes de ahora. Pero, la verdad, es un poco vaga en sus estudios. Eso de estudiar la debe de llevar mucho tiempo, tal vez demasiado. Yo la entiendo, también me quemé yo las pestañas a su edad estudiando la carrera o para el examen de ingreso en mi empresa....y cada día es más duro, más competencia, más requisitos para entrar y más fácil que te echen. Yo lo entiendo...pero, ¡qué caray! lo que haya que hacerse, se debe de hacer, si lo acabo de decir: cumplir con las obligaciones...y ELLA NO CUMPLE.

Ya en los primeros exámenes nos trajo una nota del tutor para que fuéramos a hablar con él. Le dije a Teresa, mi mujer, que cambiara la cita, que tenía una reunión imprevista de trabajo. Imagino que le habrá llamado, aunque no me ha dicho nada.

Bueno, bueno, tranquilo, debes confiar en que lo haya hecho, de otra forma sería un desastre el resultado de Susana.

¡Puf! Menudo tortazo se han metido esos. Con esta caravana de coches, el mínimo frenazo significa un golpe en cadena. Menos mal que ya llego a casa.

Una vez aparcado el coche, no hay sonido más lindo que el de la cerradura de la puerta de tu casa. Un sólo clic, y estás en tu palacio, con reina y princesa dentro. Nada más grande y satisfactorio, mis únicas razones para ser feliz: mi mujer y mi hija, cada una con sus defectos, pero totalmente INSUSTITUIBLES.

“¿Teresa? Ya he llegadooo...." Así, a voz en pecho, que me oigan bien.

Oye, me ha llamado mi amiga Pilar, que me invita a su fiesta de cumpleaños. ¿Verdad que me dejarás ir? “me dijo mi hija.

“Espera, Susana. Antes tienes que decir a tu padre lo que tú ya sabes " dijo mi mujer.

" ¡k.o., mamá, entonces no me dejará ir a la fiesta!”.

“Empecé a mosquearme " Vengo del trabajo reventado y me encuentro a mi mujer y a mi hija enzarzadas en un lío de no sé qué. A ver, ¿quiero saber qué es lo que pasa? “Dije malhumorado.

“Pues lo que pasa es que tu querida hija piensa que las cosas se pueden conseguir sin esfuerzo, y que la vamos a decir que sí a todo lo que nos pida, aunque no cumpla con sus obligaciones " dijo mi mujer de una sentada.

"¡La culpa la tiene mamá por no haber hablado con mi tutor!”

¡LAS NOTAS! ¡Las malditas notas!... ¡El TUTOR! ¡Seguro que no ha llamado al tutor! ¿Será posible? Y todo por dejar libertad: ¡Ajá! ¡Libertad-Responsabilidad-Compromiso! Qué bonito. ¡Me la han jugado otra vez!

“Chillé, tirando el abrigo al sillón " Lo primero tú, Susana. ¿Qué ha pasado con tus notas? "

...Bueno, papá, es que el profesor me tiene manía, y como mamá no ha hablado con él...."

“¡¡¡ ¿O sea, que tampoco tú le has llamado como te dije que hicieras?!!! " ¡Era el colmo!

Balbuceó mi mujer.

“Vale, estupendo. Yo como un incauto confío en que vais a cumplir con vuestras obligaciones y ni tan siquiera eso. Tú, Susana, muchas promesas de estudiar, de portarte bien ¡y la evaluación hecha un desastre! Déjame ir a la fiesta, déjame ir a la fiesta...y luego tú no cumples con lo tuyo. Muy bien. Y para remate mi querida mujercita se olvida de llamar al tutor para cambiar la cita. O sea, que cada una hace lo que le da la gana”

Cada vez estaba más indignado, más encendido, y encima, de sus caras parecían salir estrellitas divertidas. ¡Claro! menudo espectáculo las estaba ofreciendo. ¡ESO! ¡YA ESTA! ¡ESPECTACULO....ESPECTA - CULO! ¡La fórmula mágica! ¡Eso era lo que estaban esperando, eso era lo que me estaban pidiendo desde hacía tiempo...y yo sin darme cuenta!

Que las cosas van a cambiar desde ahora mismo. Se acabó la libertad sin responsabilidad, la diversión sin merecerla, la continua impunidad. Se acabó el AQUÍ NO PASA NADA. ¡Si vosotras no sabéis cumplir los tratos, yo sí que los sé cumplir y os lo voy a demostrar aquí y ahora! "

Entonces cogí una silla y la puse en el centro de la habitación. Me quité la chaqueta y me enrollé las mangas de la camisa. Con toda la serenidad que me fue posible, miré a las dos con firmeza y decisión. Crucé mis brazos por delante del pecho, y las dije: " MIS DOS QUERIDISIMAS MUJERES SE ACABAN DE GANAR LA AZOTAINA DE SU VIDA”.

Me senté en la silla, miré a mi hija Susana y tapeando mis rodillas la dije:

“Tú vas a ser la primera para que después puedas disfrutar caliente la zurra que también voy a dar a tu madre. ¡Ven aquí y túmbate en mis rodillas! "

Susana, atónita, se acercó dubitativa, como si aquello fuera una broma que la estaba gastando. Cuando la tuve a mi alcance, la agarré de su muñeca izquierda y la coloqué boca abajo en mis rodillas. Rectifiqué su posición de tal forma que su cabeza estuviera más baja que su trasero, elevando mi rodilla derecha y así hacerle mucho más prominente.

Afortunadamente llevaba un chándal de tela fina, muy ligero, por lo que sus formas quedaban totalmente definidas y marcadas.

“Susana, hasta este momento creí que te había dado todo lo que necesitabas, pero ahora me doy cuenta que te falta lo más importante. La firmeza, la convicción y el ejemplo práctico del cariño que todo padre debe demostrar a su hija, sobre todo si es tan caprichosa e irresponsable como tú”. Susana permanecía inmóvil en mis rodillas, esperando paralizada la próxima acción.

“Te voy a dar unos buenos azotes en el culo de tal forma que tus ideas sobre la frivolidad de la vida te queden totalmente claras " y diciendo esto, levanté mi brazo derecho por encima de mi hombro, dejando caer mi mano con toda la fuerza que pude sobre su nalga derecha, produciéndose un sonoro PLAS, que nos cogió por sorpresa a los tres por su dureza. Susana dio un respingo, pero no se movió de su sitio. A continuación traté de igual forma su nalga izquierda, continuando con una sucesión de azotes rítmicos y cadenciosos, que pronto empezaron a hacer su efecto en su objetivo, cuando al menos llevaba una docena.

Así continué por unos minutos, pero dándome cuenta de la firmeza de su cuerpo y de lo enfadado que estaba con ella, decidí que el castigo debería ser más profundo, por lo que en un rápido movimiento sobre el elástico de sus pantalones, la dejé con el culo al aire ya que también sus bragas descendieron con él.

Sabía la humillación que eso la produciría y por un momento estuve tentado de parar y razonar con ella su mala conducta, pero hubiera sido mucho peor el que su padre no se atreviera a darle el merecido castigo.
Por eso, la sujeté con más fuerza cuando ella, entre gritos y pataleos por bajarse de mis rodillas, gritaba hecha una furia: " ¡¿Pero qué haces?!

Sujetándola con fuerza con mi mano izquierda, inicié una serie de azotazos sobre su ya caliente y dolorido culo, con tanta fuerza, que a cada golpe mi mano quedaba impresa por unos instantes en su trasero desnudo.

" Creías que no me iba a atrever, eh?” PLAS, PLAS, PLAS " Que no sería capaz de castigarte, eh?” PLAS, PLAS, PLAS " Confundes ( Pas, Plas ) ...libertad con permisividad ( Plas, Plas )... tolerancia( Plas ) con debilidad ( Plas, Plas, Plas, Plas)...pues para que aprendas qué significa educación en libertad ( Plas, Plas, Plas, Plas, Plas ) te enseñaré lo que se gana el no saber aprovechar la suerte de tener un padre como yo. TOMA, TOMA Y TOMA”.

La lluvia de azotes sobre su trasero caía de forma torrencial. Susana se retorcía de un lado a otro y en su intento de liberarse, su trasero subía y bajaba secuencialmente con cada azote. Su natural color blanco se había vuelto rojo brillante y su temperatura había subido considerablemente.

Su madre miraba ensimismada, contemplando cómo mi mano se dedicaba ahora a enrojecer sus muslos, en la zona de flexura donde empiezan las piernas, mientras oía extasiada sus gritos pidiendo clemencia.

" No me pegues más, papáááá....Te prometo que seré buenaaaa....Aaaiiiiggggghh! "

Entonces su madre se acercó y dijo " Ya está bien. No la pegues más, ya tiene bastante ! "

" Hombre!. Ahora preocupada por ella! O mas bien estás preocupada por ti?. No te preocupes, mujer, si me quedan todavía muchos azotes y tú también tendrás tu merecido "

Y levantando a Susana de mis rodillas, la llevé a un rincón de la habitación, mientras la seguía azotando el culo con la otra mano. La coloqué mirando hacia delante y la dije : " Vas a ver ahora cómo castigo a tu madre. Si queríais un padre y un marido autoritario, lo tendréis, ya que habéis tenido la gran suerte que yo también sé ser autoritario. No te pierdas detalle, Susana! "

Mientras volvía a la silla, agarré con fuerza el brazo de mi mujer. " Ay! Me haces daño ! " protestó ella " Y más daño te voy a hacer, pero en otro sitio!. Cuando acabe contigo te darás perfecta cuenta de lo " blandito " que es el marido con el que te has casado "

Me senté en la silla y la tumbé sobre mi rodilla izquierda. De forma inmediata la levanté la falda y la bajé las bragas de un tirón, quitándoselas del todo. Crucé mi pierna derecha sobre las suyas, de tal forma que quedase totalmente inmovilizada, y directamente comencé a darla azotes con toda la fuerza que podía a la vez que la decía : " Te he dado todo lo que he podido. Te he respetado y aguantado todos tus caprichos, pero ha llegado el momento de que entiendas que por encima de todas las cosas está el cumplimiento del deber y mi deber AHORA es ponerte el culo como un tomate ".

A medida que su trasero se calentaba por los azotes, sus esfuerzos por liberarse eran mayores. También la palma de mi mano aquejaba el dolorimiento por la azotaina que había dado a mi hija.

" Toma, Toma y Toma" " Ay, Ay, Ay... No más, ya no puedo más....déjame, por favor...."

" No te dejaré hasta que me asegure que has aprendido bien la lección " y continué azotándola con fuerza alternando uno y otro carrillo de su desnudo culo, y de vez en cuando dejaba caer uno de los fuertes en el mismo centro de su caliente trasero.

Mi mujer, en su doloroso baile producido por los azotes que la estaba dando, se movía con violencia hacia arriba y hacia abajo, mostrando involuntariamente sus partes más íntimas, en un frenético movimiento que se me hacía cada vez más difícil de controlar, no sólo por mi profunda excitación sino por la violencia de la escena.

Había estallado hacía rato en un profundo y lastimero llanto que cortaba su respiración jadeante, mientras era capaz de decir : " Sí...sigue...sigue...lo tengo merecido... lo siento....de verdad que ...lo...siento...

Perdóname..."

Decidí parar a fin de darla un respiro. Yo también estaba muy cansado. Mi hija miraba con profunda excitación la escena, mientras se frotaba sus doloridas nalgas y lloriqueaba a cada golpe que oía , como si ella también estuviera recibiendo el mismo azote.

Por fin liberé a mi mujer de su forzada postura y la puse al lado de Susana. " Ahora quiero que estéis ahí un rato de cara a la pared. Ah! y con las manos en la cabeza. Sin moveros! "

Con disimulo, me fui apesadumbrado. Por un lado estaba excitado sexualmente, pero por otro, chocaba mi forma de pensar sobre que es mejor la convicción que la imposición.

Dios mío, pobre Susana, que sentirá ahora, después de esta humillación! Y mi querida mujer....yo que la he respetado y amado hasta límites insospechados.....Seguro que me abandonará...y tendrá razón. Por maltrato!

Me había metido en un lío! k.o.! Encima eso, yo que respeto la libertad y la individualidad...y van a abandonarme las dos por maltrato. Increíble! ¿ Cómo he podido dejarme llevar por mi enfado?

Pasados unos minutos de profunda meditación por lo sucedido, volví a la habitación donde estaba mi mujer y mi hija, no sin antes recoger de mi maletín los encargos que me habían hecho el día anterior.

Con cara de circunstancia, entré en el cuarto y las encontré a ambas charlando animadamente, a pesar que seguían desnudas de cintura para abajo.

Cuando me vieron se colocaron rápidamente de cara a la pared.

" Lo sentimos papá, de verdad que sentimos haberte enojado tanto " dijeron las dos a la vez.

" Sabéis que yo os quiero.........BUF!......Toma, Susana, lo que ayer me pediste que te comprara " y la entregué su paquete. Acobardado, le di a mi mujer el suyo, susurrándola al oído : " Siento haberte pegado así...yo te amo! "

" Viva! Gracias, papá!. Es justo el que yo quería! " y rápidamente fue a enseñárselo a su madre.

Se trataba de un precioso cepillo de pelo, de madera noble, de color natural, delicadamente pulido de forma manual. Su tacto hacía estremecer la sensación de la mano que lo tocara.

" Qué suerte tienes, Susana! Menudo padre te ha tocado! " dijo mi mujer con profundo sentimiento. " Pues mira lo que me ha traído a mí, lo que también le pedí ! " Mi mujer me había pedido un frasco de crema hidratante, de las que se utilizan para poner suave la piel, a la vez que la nutre aportándola las sustancias necesarias para su regeneración y tersura.

Ambas corrieron a abrazarme y a besarme, y entre lloriqueos y te quieros, mi mujer dijo en voz alta :

" ¿ Qué tal Susana si dejamos que papá pruebe ese precioso cepillo en nosotras y después tú y yo probamos esta crema hidratante? ¿ Lo harías por nosotras, por favor, querido ? ".

La Abadesa

Autor: Jano

Hoy, 12 de Octubre del año del Señor de 1.492, reinando sus Católicas Majestades Doña. Isabel y D. Fernando, la anciana Abadesa, tras larga y penosa enfermedad, habiendo recibido los Santos Sacramentos y la Extremaunción, ha entregado su alma al Supremo Hacedor.

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Esa noche, las hermanas velaron y rezaron por su querida madre abadesa que había pasado a mejor vida.

A la mañana siguiente, Fray Onésimo ofició la misa de réquiem acompañada por los cánticos de todas las hermanas y, en su homilía, ensalzó las virtudes de la difunta madre.

Pasado un día de rezos, como exigían las reglas, se reunieron a votar para nombrar nueva abadesa todas las hermanas -- exceptuando las novicias--

En ello estaban cuando llegó un emisario del Arzobispo con una misiva. En ella, se leía lo siguiente:

"Queridas hijas en Cristo nuestro Señor:
Conocido el fallecimiento de nuestra hija, Sor Lucía del Justo Nombre de Jesús, he decidido que sea nombrada Madre Abadesa del convento mi sobrina Sor Inés que se presentará allí en la mañana del domingo después de maitines.
Confiando en vuestra obediencia y caridad, quedad con Dios nuestro Señor y con mi bendición.

Firma y sello ut supra.

El asombro se dibujó en las caras de las hermanas: era harto irregular aquella imposición. Las Reglas de la Orden establecían claramente las normas que regulaban el nombramiento de la nueva abadesa. Sin embargo, el mandato no admitía interpretación ni discusión alguna. Debían acatarla sin la menor vacilación o discrepancia: el obispo ordenaba y debía ser obedecido.

Como anunciaba la carta de Su Ilustrísima, la mañana del domingo, después de maitines, en una severa carroza negra, llegó Sor Inés: envuelta en su blanca capa. Se dirigió a la entrada del convento donde se encontraban todas las hermanas, incluidas las novicias, esperando su llegada. Fue recibida con deferencia y acompañada hasta la celda destinada a ella.

El asombro y cierto enojo se reflejaba en sus rostros; Sor Inés, que no tendría más allá de los 21 años , con ojos en los que se reflejaba un cierto temor, no dejaba de mirar a uno y otro lado como buscando donde esconderse.

La dejaron sola en la celda y se retiraron murmurando contra aquella imposición tan absurda.

Sor Inés, sin fuerzas para pensar en la tarea impuesta por su tío y a la que trató de negarse sin éxito, se acostó a descansar aunque sólo fueran unos minutos.
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Pasaron varias semanas y aquello era peor de lo que se había temido. Las monjas no hacían caso a sus indicaciones; ni siquiera las novicias.

Cada domingo, Fray Onésimo pasaba por el convento para oír las confesiones de las que lo habitaban. Sor Inés no le decía nada del tormento que estaba pasando. Al fin y al cabo, en la confesión no tenía porque hablar de ello puesto que no se trataba de pecados o faltas suyas.

Alguna noche de insomnio, paseando por el corredor, escuchaba risas y murmullos apagados que trascendían las puertas de algunas celdas. Inquieta, no sabía que pensar de aquello.

Aún pasaron dos semanas más cuando se atrevió a contarle al fraile lo que ocurría y lo referente a los ruidos que escuchaba algunas noches en las celdas de las monjas.

Él la amonestó severamente por soltar las riendas de la situación y no saber manejar a sus hermanas. Ella era quién debía mantener el orden y la disciplina en el convento y hacer cumplir las reglas con todo rigor. En cuanto a los ruidos nocturnos no sabía qué pensar: Sor Inés debería vigilar y enterarse de lo que en las celdas ocurría a unas horas en que todo debería estar en silencio. Ella prometió que así lo haría y le informaría de lo que descubriera.

Noche tras noche, procurando no hacer ruido, paseaba arriba y abajo por el pasillo, aguzando el oído para tratar de enterarse de lo que ocurría en el interior de las celdas de donde procedían los sonidos.

Algunas veces, oía risas apagadas y murmullos; otras, jadeos que no sabía identificar.

Seguían pasando los días y no avanzaba en su investigación.

Todos los domingos, Fray Onésimo le preguntaba por sus averiguaciones a lo que ella contestaba que, desde el corredor, no conseguía saber que ocurría en el interior de las celdas. Además, no sólo era eso: la abadesa le confió que no lograba hacerse obedecer.

Cada monja iba por su lado, holgazaneando, durmiendo en los rezos, robando en la cocina, yendo desaliñadas e incluso, riñendo entre ellas por el asunto más baladí.

Fray Onésimo se enfurecía y le recriminaba su falta de autoridad que, por todo lo oído, redundaba en perjuicio de la buena marcha de la comunidad. A él le preocupaba todo: la falta de disciplina de las monjas y lo que pasaba en las celdas durante la noche. Ordenó, irritado, a Sor Inés que tomara medidas en todos los sentidos o se lo comunicaría a su tío el Arzobispo. Incluso, le ordenó que entrara en alguna de aquellas celdas de las que procedían los sonidos y se enterara directamente de lo que allí ocurría. Tenía autoridad para hacerlo en beneficio de la comunidad. No debería dejar pasar ni un día más sin averiguarlo. Ella asintió y prometió hacerlo.

Sin valor para cumplir su promesa, aún pasaron varios días hasta que, haciendo acopio de valor, la noche del sábado entró sin aviso en una de las celdas.
Lo que presenció le heló la sangre y a punto estuvo de caer al suelo desvanecida por la impresión. Dos novicias, totalmente desnudas, intercambiaban besos mientras se azotaban mutuamente en las nalgas y la espalda con las manos y unas cuerdas entre risas hasta que se dieron cuenta de la presencia de Sor Inés.

Sorprendidas por la abadesa, las dos jóvenes trataban sin éxito de tapar su desnudez.

En tanto, Sor Inés, petrificada, no daba crédito a lo que acababa de presenciar. Sin reaccionar, seguía allí, sujetando la puerta con una mano y sin dejar de mirar la escena como hipnotizada.

Al fin, pudo articular unas palabras que le sonaron como dichas por otra persona: salían de sus labios atropellada e incoherentemente.
Las amenazó con la condenación eterna, con proclamarlo a los cuatro vientos, con decírselo al Arzobispo para que fueran expulsadas. Les ordenó que se acostaran advirtiéndoles que se tomarían medidas contra ellas.

Abrió otras puertas y, horrorizada, encontró escenas similares. Novicias y monjas, desnudas o semidesnudas, se abrazaban, se besaban, se manoseaban, se lamían, hurgaban los sitios más recónditos de sus cuerpos.

Trastornada, enfebrecida, encolerizada, abrió violentamente las puertas de todas las celdas y a grandes voces ordenó a las mujeres que salieran al pasillo tal como estaban.

De su celda, Sor Inés tomó las disciplinas que usaba para purgar sus pecados y, avanzando por el pasillo, golpeaba con ellas a todas las que, a ambos lados, arrimadas a las paredes, encontraba a su paso, sin sus hábitos o con ellos tratando de taparse.

Cuando se fue calmando, no sin antes haber azotado a muchas de ellas, ordenó que cada una se encerrara en su celda.

Una vez que el pasillo quedó vacío y en silencio, Sor Inés se encerró en la suya. Las manos le temblaban y un calor desconocido, unas sensaciones nunca sentidas le recorrían la espalda y, en suma, todo el cuerpo entero. Con la boca abierta notaba el temblor de sus labios.

Su cabeza era un caos, un torbellino de emociones encontradas. Algo insólito no sentido nunca le atormentaba: algo que no sabía definir.
Se acostó vestida con el hábito, temblando desde la punta de los pies hasta la nuca.
Las escenas vistas, el recuerdo de ella misma azotando sin piedad a sus hermanas se cruzaban por su imaginación desbocada. Escalofríos le recorrían la columna vertebral y el temblor no abandonaba su cuerpo ni su espíritu.
No comprendía cómo había podido llegar a tales extremos, aunque las faltas de sus hermanas fueran tan graves.

Una laxitud nunca sentida se apoderó de ella.

El sueño la venció al fin. Cayó en un sopor y los sueños, como un vendaval de emociones, poblaron su espíritu. Se veía de nuevo azotando a monjas y novicias sin discriminación y disfrutando de ello. La escena le producía cosquilleos y espasmos en el vientre.

Al fin, las imágenes se diluyeron en su cerebro y cayó en un profundo sueño reparador.

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A la mañana siguiente, domingo, Sor Inés encabezó la fila para el rezo de maitines con una extraña sensación en su cuerpo y su mente.
Tras ella, monjas y novicias, avanzaban en silencio, cabizbajas. Ninguna de ellas levantó la cabeza durante los rezos en la capilla.

Fray Onésimo, oyó en confesión a las monjas. Cuando le llegó el turno a la abadesa, le preguntó si había averiguado algo a lo que contestó que no, sintiéndose culpable por la mentira. Nada había sucedido digno de mención.

Llegado el momento de la comunión, Sor Inés, le hizo una seña al fraile como que se encontraba indispuesta para recibirla.

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A partir de aquella noche, la Abadesa fue obedecida en todo lo que mandaba durante un tiempo. Ella mantenía ante el fraile que nada ocurría ya que había tomado las riendas de la comunidad: no se oía nada por las noches y todo empezaba a marchar de la mejor manera.

Sus hermanas iban aseadas, estaban atentas a los rezos y no habían vuelto a discutir. No tenía motivos de queja y se sentía satisfecha.

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Pasaron los días y una noche, la abadesa salió al pasillo. De una de las celdas salían risas y gemidos de nuevo: balbuceos, como quejidos, jadeos.
Abrió la puerta con firmeza y encontró juntas a dos monjas tumbadas en la litera, semidesnudas, abrazadas una sobre otra, besándose y acariciando sus cuerpos. Les obligó a salir de la celda y llamó al resto de las hermanas. Todas se colocaron a ambos lados del pasillo con la espalda apoyada en la pared.

Algunas salían de la celda de otras, a medio vestir. A las primeras que sorprendió, les ordenó que, tal como estaban, sin ropa, se colocaran en el centro. Mandó a las que no estaban decentemente vestidas que se pusieran también junto a las primeras.
Sin vacilar un punto, se dirigió a su propia celda de la que volvió con las disciplinas en la mano agitándolas en el aire. Dijo a las infractoras,--ocho en total --, que se colocaran frente a frente, juntas.

Avanzando por el pasillo, primero una fila y más tarde la otra, fue recorriendo una a una a las monjas y novicias, azotando sus culos, uno a uno veinte veces.

Mientras esto hacía, extrañas sensaciones le acometían; una a modo de satisfacción invadía su cuerpo y su mente, dándose cuenta de que algo en la acción de los azotar a sus hermanas le producía un gran placer: se regodeaba con el color que iban adquiriendo sus traseros por efecto de los azotes.

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De tiempo en tiempo, la escena se repetía con variantes.

Sor Inés se hizo de un pequeño látigo y una regla de dura madera de haya que utilizaba a su entera discreción sin que en la grey se alzara voz alguna de protesta.

En ocasiones, cuando el castigo era en presencia de todas las monjas, algunas risas ahogadas se escuchaban por parte de las más jóvenes.

Otras veces, el castigo se producía en la intimidad de la celda de Sor Inés. Después de azotar con firmeza a las infractoras, le rendía la ternura y las abrazaba, las besaba y acariciaba su enrojecido culo mientras ellas descansaban la cabeza sobre su pecho, llorando blandamente.

Cuando el castigo era en privado, prefería hacerlo sólo con la mano.

La paz reinaba en el convento y se veían resplandecer los rostros de la mayoría.

Durante el día, se ocupaban con diligencia en la cocina, en el huerto, haciendo dulces, etc.

En la noche, las idas y venidas de unas celdas a otras, eran más que frecuentes. Los castigos se sucedían casi a diario. Siempre había alguna que había cometido una pequeña falta y Sor Inés sospechaba que lo hacían a propósito.

No faltaban las visitas a la celda de la propia Abadesa donde se escuchaban los mismos sonidos que en las otras.

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A Fray Onésimo, jamás le dijo nada de lo que pasaba entre aquellas paredes. Sólo le contaba lo bien que marchaban las cosas. A esto, él felicitaba a la Abadesa por haber encauzado a las hermanas y lograr la paz y el bienestar para ellas, y para el convento a mayor gloria de Dios.

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La Abadesa llegó a una provecta edad antes de rendir cuentas ante su Creador con el cariño y la devoción de sus hermanas.

F I N

Escrito en el año del Señor de 2.005.

Lecciones de educación

Autor: Xesc

El radio despertador marcaba las diez de la mañana, y el sol se filtraba por la estrecha rendija de una persiana de la amplia habitación, cuando Estefanía abrió tímidamente los ojos, cansada y resacosa por la juerga del día anterior que había terminado bien entrada la madrugada. Molesta por los rayos de sol que le laceraban la vista volvió a cerrar los párpados, se dio media vuelta en la cama e intentó conciliar el sueño de nuevo, pero a la primera vuelta le siguió otra, y otra más, acercándola más a un inevitable estado de vigilia, al tiempo que Morfeo se mostraba cada vez menos dispuesto a recibirla de nuevo en sus brazos. Por otro lado, el intenso calor canicular del mes de agosto, junto con la asfixiante humedad que saturaba el aire barcelonés, hacían que sus vanas tentativas de conciliar el sueño sólo le reportaran un notable aumento de la secreción de sus glándulas sudoríparas. Precisamente, toda la humedad que empapaba su piel hacía que el breve y fino camisón de satén que la cubría se ciñese cada vez más a las sinuosas curvas de su generosa anatomía. Pero la humedad no sólo estaba presente en la tela satinada, también su entrepierna se estaba mojando por momentos, pues su cada vez más despierta mente se estaba yendo por derroteros bastante excitantes. Y es que la noche no había sido tan maravillosa como ella esperaba, y el guaperas de Toni había pasado olímpicamente de ella, sucumbiendo a los encantos de su -hasta ese momento- amiga Susana, a la que ahora Estefanía dedicaba apelativos tan cariñosos como zorra o pendón desorejado, por no citar otros sinónimos de mayor contundencia. Poco a poco dejó a un lado la deplorable imagen de Susana abrazada como una boa constrictora a Toni, y se concentró en otra mucho más sugerente del mismo. Desde luego la guarra de Susana no tenía mal gusto, pues el objeto de su conquista era el sueño de cualquier chica que no estuviera ciega: pelo negro azabache, ojos verdes, labios carnosos y sensuales, espaldas y hombros de atleta, cintura estrecha pero musculosa, terminada en un culito perfectamente redondeado y unas piernas que se intuían más que recias. Todo esto unido a un indiscutible “savoir faire” (sobretodo con el sexo femenino), una cultura más que aceptable, y su simpatía rebosante, virtudes todas ellas que lo hacían irresistible para toda hembra. Caliente como estaba por fuera y por dentro y sabedora de los efectos relajantes de un buen polvo o, en su defecto, de una buena paja, Estefanía deslizó su mano derecha hasta la entrepierna, donde un dedo experto no tardó en localizar y posarse en el punto álgido del placer: el clítoris. Con suave pero constante vaivén fue acariciando el erecto órgano, penetrando ocasionalmente en la inundada cavidad que lo rodeaba como si fuera un pequeño islote en medio de un mar de ocres aromas. Mientras el dedo hacía diestramente su labor, la mano libre se posó sobre las prominentes colinas formadas por sus majestuosos pechos, coronadas por las puntiagudas protuberancias de sus pezones. Así, con una mano explorando la empapada vagina y la otra alternando ora un seno ora el otro, Estefanía se masturbaba ceremoniosamente, ajena a todo lo que no fuera su placer.
Sin embargo, cuando estaba a punto de librarse a un profundo y placentero orgasmo, su concentración se vio truncada por unos intensos y desagradables ruidos procedentes del patio de luces, del que tan solo la separaba la ventana de su habitación. Intentó en vano volver a enfocar la agradable imagen origen de su excitación, pero su mentes se negó en redondo a pensar en otra cosa que no fuese el taladro cuyo desagradable chirriar parecía querer perforarle el cerebro. Cansada y visiblemente malhumorada, optó por levantarse de la cama y tomar una buena ducha relajante.
Una vez liberada del sudor que empapaba todo su cuerpo se secó con una toalla y, desnuda, se dirigió a su habitación, sin preocuparle lo más mínimo que algún vecino la pudiera ver tal como su madre la trajo al mundo. Resignada del todo a no poder dormir, decidió vestirse lo más cómoda y fresca posible para pasar un tranquilo y apacible día en casa, disfrutando del “dolce fare niente” que dirían en Italia, tierra de uno de sus innumerables ligues. Así pues, se puso unas delicadas braguitas azul claro de nylon, pequeñas y transparentes como a ella le gustaban, resaltando y cubriendo a penas unas nalgas respingonas, no muy grandes pero bien redondeadas y firmes; al fin y al cabo, tenía sólo 20 añitos recién cumplidos, y pasaba un buen número de horas en el gimnasio, por no hablar de sus salidas a esquiar muchos fines de semana. Encima de tan breve prenda tan solo un corto vestido blanco, entallado en la cintura y ceñido a unos erguidos pechos juveniles, asomando descarados y vivaces por un profundo escote; la falda de vuelo, pues le gusta andar sin que tal parte de su indumentaria estorbara su andar vivaz y saltarín. Como de costumbre no se puso ningún tipo de sostén que oprimiera sus gráciles senos que parecían contradecir, desafiantes y altivos, la ley de la gravedad; tan solo en pleno invierno los usaba, y no siempre. Una vez vestida, se calzó sus cómodas zapatillas de andar por casa –con algo de tacón, ¡faltaría más!- y se dirigió a la cocina a prepararse un opíparo desayuno, energético pero bajo en grasas, para empezar el día con las pilas bien cargadas.
Por la ventana abierta de la cocina pudo ver con claridad a los culpables de su desasosiego: un par de hombretones rudos y sudados que colgaban de un andamio en el patio de luces. El mayor de ellos era más bien grueso pero al mismo tiempo extremadamente robusto, pues su fornido pecho sobrepasaba en dimensiones a una nada despreciable barriga; su compañero, algo más joven, lucía un físico más atlético, pero casi igual de recio. Vestían ambos sendas camisetas imperio que mostraban sus abombados pectorales y sus musculosos brazos, unidos al tronco por hercúleos hombros. Al principio Estefanía no les prestó demasiada atención, tan solo una soberbia y desafiante mirada de desprecio al notar sus ojos clavados en sus nalgas, ligeramente visibles al agacharse, pero acabó por encontrarlos incluso sexys, a pesar de su aspecto brutal y desaliñado.
-Qué curioso –pensó-, no se parecen en nada a mi prototipo de hombre ideal (tipo Toni, el clásico guaperas bien vestido, aseado y perfumado, de rostro bien afeitado y suave como el culito de un bebé), y sin embargo me están poniendo cachonda por momentos.
Tal vez fuera precisamente por ese contraste o por que le recordaban a su severo padre (sobretodo el mayor), o simplemente porqué todavía persistía el picor en la entrepierna, pero el caso es que no pudo evitar imaginar como sería un polvo con uno de aquellos hombretones (¡o con los dos, porqué no!). Con esta idea dándole vueltas por la cabeza se tomó un buen vaso de zumo de naranja y se zampó un par de rebanadas de pan integral, una con jamón York y la otra con queso fresco; y para rematar el desayuno un poco de leche fresca (¡desnatada, “of course”!). Una vez llenado el buche se dirigió de nuevo a su habitación, bamboleando provocativamente la sugestiva grupa ante la atenta mirada de los obreros, que no se perdían detalle. Del cajón del tocador de la estancia cogió un cepillo de madera para el pelo, se sentó en un taburete frente al espejo y empezó a cepillarse pausadamente la larga melena rubia de la que tan orgullosa se sentía. Como quiera que el ruido persistía e incluso aumentaba, decidió que lo mejor sería poner algo de música, y que mejor que algo de “dance”, así le parecería que seguía en la discoteca de la que había salido unas horas antes. Y para no oír el ruido de los golpes y el taladro, la puso a toda pastilla. Dejó el cepillo sobre la mesita de noche y se tumbó de bruces en la cama a hojear una revista del corazón.
Al cabo de unos minutos durante los cuales hasta las paredes retumbaban –y no precisamente por culpa de los golpes-, pudo oír unas voces masculinas que le gritaban:
-¡Niña! ¡Baja ya ese ruido, que nos vas a romper los tímpanos!
-¿Qué ruido ni qué leches?-respondió airada la muchacha- . Esto que suena es la mejor música de discoteca del momento. ¡Que no os enteráis, carrozones!
-¡Llámale como quieras, pero bájalo de una puta vez, que no estamos en una discoteca! –le espetó el mayor de los trabajadores.
Estefanía no solo hizo caso omiso de la petición, sino que subió aún más el volumen de su equipo, luego se acercó a la ventana y, con un gesto obsceno que daba énfasis a sus palabras, les gritó:
-¡Que os folle un pez! ¡A mí ya no me da órdenes ni mi padre!
Dicho esto, se dio media vuelta con aire triunfal y se lanzó de nuevo de bruces sobre la cama, de tal modo que la falda del vestido se le subió ligeramente, dejando a la vista el inicio del ebúrneo nalgamen y algo de la tela azul de sus braguitas; de este modo siguió con la despreocupada lectura, sin imaginar que su ofensa no iba a quedar impune.
Los albañiles, ambos padres de familia y algo chapados a la antigua, no estaban dispuestos a tolerar que una niñata malcriada les faltara al respeto. Ambos tenían hijas adolescentes, y semejante conducta hacia su padre o su madre les hubiera costado una buena tunda, sobretodo en casa del mayor de ellos, pues su correa visitaba con relativa frecuencia las desnudas posaderas de su prole, dos chicas y un chico, a veces por faltas menos graves que la irrespetuosa conducta de Estefanía. Y no es que los padres de ésta hubieran sido excesivamente blandos con ella o con su hermana mayor, pero ya llevaba casi un año viviendo fuera de casa y no recordaba las severas azotainas recibidas de niña y de no tan niña (la última se la dio su padre con 18 años recién cumplidos, por llegar tarde a casa y con una borrachera considerable). Por esta razón, y a la vista de que con semejante maleducada no valían las buenas palabras, los dos operarios coincidieron enseguida en que a la chica le hacía falta un buen escarmiento, y enseguida se pusieron de acuerdo en el modo de actuar.
El andamio se encontraba ubicado en la misma fachada que la ventana del comedor del piso de Estefanía, apenas unos metros más arriba, y dada su sujeción con un sistema de ascenso y descenso, no les supuso ningún problema acceder al apartamento, más teniendo en cuenta que las ventanas estaban abiertas de par en par. Sin que la chica se enterara de nada a causa del elevado volumen de la música, entraron en su habitación y desconectaron el equipo de sonido. En ese momento se dio cuenta Estefanía de su presencia, levantándose de un brinco de la cama y encarándose decididamente a un par de individuos que le sacaban un palmo de altura y dos de anchura.
-Pero ¿qué os habéis creído? ¡Largaros inmediatamente de mi casa sino queréis que llame a la policía!
-Mira mocosa –le respondió el mayor- tengo edad para ser tu padre, así que háblame con respeto o te arrepentirás de lo que dices.
-Tú no eres nadie para darme órdenes, y no tienes cojones para hacer que me arrepienta de nada, así que ¡vete a tomar por culo!
Sin que Estefanía tuviera tiempo de reaccionar, aquel tipo la agarró de la muñeca y, con la facilidad que le daba su enorme fuerza y una cierta práctica en estos menesteres, se sentó en una silla y la hizo caer sobre su regazo; le sujetó firmemente ambas manos a la espalda con una sola de sus enormes manazas, inmovilizándola casi completamente. La pobre chica se revolvía e intentaba huir, pero pronto tuvo la certeza de que nada podía hacer por librarse de la férrea llave. Ante la atenta y cómplice mirada de su colega, el verdugo levantó lentamente la falda de su víctima, dejando al descubierto dos perfectas medias lunas cuya redondez se veía más que intuía bajo la breve y tenue tela azul de sus braguitas.
-Mira nenita –le dijo-, te crees una mujercita con muchas agallas, pero no eres más que una mocosa maleducada, y el mejor medio para enseñarte modales van a ser unos buenos azotes. Y luego, si alguien toma por el culo serás tú misma, pues te vamos a follar por todos tus agujeros para demostrarte si tenemos cojones o no. Supongo que no es la primera vez que te dan una azotaina, pero esta visto que hace demasiado tiempo que nadie te calienta tu culito de muñeca, y hoy vas a aprender una lección que nunca olvidarás.
Dicho esto, empezó a palmear enérgicamente las expuestas nalgas con su mano derecha, una mano curtida y encallecida por el trabajo físico al aire libre. PLAF, PLAF, PLAF… los azotes resonaban nítidamente en la habitación, ahora silenciosa, interrumpidos tan sólo por los gritos y sollozos de la muchacha, que pataleaba y contraía el trasero en un vano intento de mitigar el intenso dolor. Recordaba las zurras recibidas de su madre y de su padre, pero ni punto de comparación con la paliza que le estaba sacudiendo aquel bruto, cuyas manos no parecían ser de carne y hueso, sino de recia madera.
-¡Ay! ¡Uy! ¡Para ya! ¡Uhaoooo! ¡Me haces daño, animal! ¡Aaaaargh! ¿Estás loco o qué? Te denunciaré por violación. ¡Aaaaaaay! Y por allanamiento de morada.¡Auch!
Pero nada que pudiera hacer o decir hacía mella en el espíritu de su castigador, más que decidido a cumplir con sus promesas, y así se lo hizo saber a Estefanía:
-Entre la paliza que te vamos a dar y la enculada que te espera después, vas a estar un mes sin poder sentarte. Y no intentes escapar o rebelarte porqué será peor, si es necesario te ataremos.
Al tiempo que decía esto, cogía el elástico superior de las finas braguitas y las hacía descender hasta el inicio de los muslos de su víctima, dejando totalmente a la vista dos coloradas medias lunas. Prosiguió la rítmica azotaina unos minutos más y entonces hizo una pausa que Estefanía interpretó como el final de su suplicio, pero enseguida descubrió cuán equivocada estaba, al oír la voz de su verdugo hablando con su compañero:
-Esta zorra necesita un buen escarmiento y se lo voy a dar, aunque tenga que arrancarle la piel del culo a tiras, así aprenderá a respetar a las personas, especialmente si son mayores que ella. ¡Pepe! ¡Pásame el cepillo que hay en la mesita de noche!
Su compañero le alcanzó el recio cepillo de madera y, con tal implemento firmemente agarrado de la mano, reanudó con renovado vigor la interminable paliza, arrancando aullidos de dolor de la garganta de Estefanía, que pataleaba y lloraba como lo haría una chiquilla en su misma situación. Pero eso no ablandó el corazón de aquel hombre, y mucho menos su brazo, que no cesó de azotar con todas sus fuerzas las desnudas cúpulas, cuyo color púrpura fue dejando paso al morado.
Cuando por fin cesó el chaparrón de golpes, Estefanía notó que la presa que la inmovilizaba se aflojaba hasta dejarla libre; enseguida se dejó caer al suelo enmoquetado, sobre cuya ebúrnea superficie resaltaba el intenso color escarlata de sus maltrechas asentaderas. Tumbada bocabajo se agarraba y frotaba alternativamente ambas nalgas, con tal entusiasmo que parecía querer sacarles brillo (más aún, si cabe). Así se quedo un par de minutos ajena a otra cosa que no fuera tratar de aliviar el intenso escozor de su retaguardia, sin saber de los planes que se estaban acabando de gestar a sus espaldas.
El mayor de los trabajadores cogió a Estefanía con sus fuertes brazos, levantándola en vilo del suelo, y ésta –sorprendida- no reaccionó hasta encontrarse tumbada de bruces sobre su cama, con todo el peso del hombre sobre su cintura y espalda, impidiéndole toda fuga. Mientras esto sucedía, el albañil más joven se hacía con un par de medias de Estefanía, sacándolas del cajón en donde ésta guardaba su exquisito y variado repertorio de lencería íntima. En un santiamén le ató con ellas las manos a la cabecera de la cama, primero la derecha y luego la izquierda, una a cada extremo de aquélla. Posteriormente le ató las dos piernas unidas por los tobillos, valiéndose para ello de su propio cinturón e impidiendo que la chica se defendiera a patadas. Acto seguido la sujetó por los pies, permitiendo así a su compañero que se levantara de la cama. Una vez de pié se desabrochó el cinturón, se lo quitó y lo dobló por la mitad, al tiempo que se dirigía a su compañero:
-Pepe, sujétala bien porqué ahora va a ver quién soy yo con una correa en la mano, voy a zurcirle su redondo culito de bailarina a base de cintazos.
Estefanía se debatía inútilmente sobre la cama, consiguiendo tan solo que el corto vestido descubriera la totalidad de la superficie de sus maltratadas nalgas, aún encarnadas por efecto de la reciente tunda. De improviso un dolor especialmente agudo laceró de nuevo su popa, de babor a estribor: aquél animal la estaba azotando con todas sus fuerzas, y a juzgar por el impacto la correa era de un grosor y una amplitud considerables. Las franjas violáceas iban cubriendo el lienzo de las rojizas cachas, separadas entre sí al principio, pero luego confundiéndose en una amalgama de trazos horizontales y casi paralelos.
Más de cuarenta veces cruzó el cuero el culo desnudo antes de interrumpir su labor, pero tal interrupción no supuso en absoluto el cese de las hostilidades, sino tan solo una nueva pausa que aprovecharon los dos hombres para reorganizarse e intercambiar funciones. Ahora el más corpulento pasó a sujetar a la chica sobre la cama, mientras el otro cogía un par de cojines de un sillón cercano y los colocaba bajo el vientre de Estefanía, quedando así con el cuerpo bellamente arqueado y el torneado culo alzado y aún más expuesto. Una vez preparada lo mejor posible la diana, decidió hacerse con el necesario dardo, y la elección cayó sobre una de las lindas zapatillas de la muchacha, azules, con el empeine de piel y la suela de rígido cuero, todo ello de la mejor calidad. La sujetó firmemente por el tacón y con la suela empezó a hacer brincar las ancas de Estefanía para rematar la faena, sacudiendo más de un centenar de veces las castigadas medias lunas, que más que asemejarse al pálido satélite recordaban más un rojizo sol crepuscular dividido en dos hemisferios casi totalmente simétricos.
Desde luego, una simple zapatilla –aunque sea de suela de cuero rígido- no es un instrumento muy severo, y menos para un trasero adulto aunque juvenil, pero ahora llovía sobre mojado y la nueva tanda de azotes acabó por romper la poca resistencia que a Estefanía le pudiera quedar, y acabó rompiendo a llorar a lágrima viva, perdiendo definitivamente cualquier compostura residual y dejando de oponer resistencia de ningún tipo al trato vejatorio que estaba sufriendo, y cuya peor parte aún estaba por llegar. Su recién estrenado castigador dejó la zapatilla en el suelo y se quitó pantalones y calzoncillos, exhibiendo en todo su esplendor una erecta verga de unos veinte centímetros, surcada de inflamadas venas y coronada por un terso glande que parecía la cima y el cráter de un volcán a punto de entrar en erupción. Con el enhiesto mástil emergiendo del océano de vello de su vientre desnudo, se arrodilló en la cama detrás de Estefanía, agarrando con ambas manos la carnosa y ardiente grupa y separando sus dos mitades para dejar a la vista el prieto agujero marrón que ocupaba el centro del apretado valle. Se chupó el grueso índice, dejándolo bien empapado de saliva y con él se adentró en el estrecho conducto, lubricándolo con gesto de vaivén que lo dejó preparado para la visita de un intruso mucho más voluminoso. Retiró entonces el dedo y lo sustituyó por su erecta polla, cuyo congestionado capullo tuvo que vencer la resistencia del esfínter antes de dejar paso al resto del miembro viril, que se hundió totalmente y de una sola embestida en la cavidad, al tiempo que los hinchados cojones percutían sobre las coloreadas posaderas. Excitado como estaba por la azotaina propinada y por el resto de castigos presenciados, no tardó en eyacular, en medio de vigorosos espasmos de su bajo vientre y llenando la oquedad con su semen brotando a borbotones. Satisfecha su pasión se retiró de la acogedora guarida y cedió el puesto a su compañero.
Su colega se desnudó también de cintura hacia abajo, mostrando un rígido pene de longitud apenas superior al de su compañero, pero de un grosor descomunal. Se arrodilló frente a aquel apetecible culito que nada tenía que ver con el de la foca de su mujer, lo agarró por las caderas y lo levantó aún más para facilitar la introducción, que realizó sin ningún tipo de preámbulo, con lo cual obligó a Estefanía a chillar como un cerdo degollado. Grito que fue acallado con un imperativo “¡cállate puta!” y algunos sonoros cachetazos sobre el culo cuyo ano estaba destrozando sin compasión. Así, a base de azotes y embestidas brutales, fue bombeando la gruta que lo acogía muy a su pesar, hasta que se corrió con gran violencia, acabando de inundar de blanca leche el orificio.
Consumada su venganza, ambos trabajadores recuperaron sus ropas y se vistieron, desatando a continuación a Estefanía, que se quedó tendida e inmóvil sobre la cama, con el culo destrozado por fuera y por dentro y el ojete chorreando semen a borbotones. A modo de colofón se despidieron de la sollozante muchacha con un par de palmadas más sobre el trasero aún desnudo, una en cada nalga, al tiempo que el mayor de ellos le decía:
-Espero que esto te haya servido de lección, las perras como tú necesitáis que un buen macho os enseñe cual es vuestro lugar. Por otro lado, así también aprenderás a respetar al prójimo.
Sin prisa abandonaron la habitación, dirigiéndose y encaramándose de nuevo al andamio para terminar su labor. Totalmente exhausta y dolorida, Estefanía se quedó aún un buen rato acostada en la cama, sobándose las irritadas nalgas. No fue hasta pasados unos quince minutos que se levantó de la cama, se encaminó al cuarto de baño y allí se relajó con una tibia ducha, casi fría a la hora de regar las inflamadas cúpulas; se entretuvo un buen rato en limpiar a fondo el dilatado ano y acto seguido aplicó una generosa capa de crema hidratante sobre las ardorosas ancas, con un suave y pausado masaje que alivió considerablemente el escozor persistente.
El resto del día lo pasó leyendo y viendo la tele en el sofá, pero con un mullido cojín bajo el culo para poder sentarse con un poco de confort, con la humillación añadida de tener que soportar las irónicas miradas de los albañiles, que se reían de ella al verla retorcerse sobre el cojín. Por la noche, temprano (en cuanto los ruidos de la obra cesaron), se acostó en la cama, pero para poder conciliar el sueño tuvo que hacerlo bocabajo al no poder apoyar el culo sobre el rígido colchón.
Al día siguiente, al despertarse y levantarse de la cama, se sintió más aliviada, aunque no del todo pues sus posaderas aún lucían unos aparatosos moretones, que tardarían una semana en desaparecer completamente, el tiempo que permanecerían las dificultades para sentarse con comodidad. Por suerte su trabajo de azafata de congresos la obligaba a estar de pié, pero estuvo toda la semana sin aparecer por el gimnasio, para ahorrarse explicaciones en las duchas si sus compañeras veían los verdugones de su trasero.
Y aunque tal vez el palizón recibido no le enseñó buenos modales, al menos aprendió a no desafiar a un par de hombres rudos y curtidos por el trabajo físico.