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Relatos de azotes

Trabajando para Don José

Autor(a) desocnocido(a)

INTRODUCCION:

Héctor es un tímido joven que responde a un anuncio en el que se oferta un trabajo en la mansión de un millonario.

UNO

Héctor era un joven de veintipocos años. De pelo negro y ojos oscuros, su mirada era todavía curiosa y detrás de ella podía advertirse su inseguridad. Vestía de manera informal con vaqueros y camiseta amplia y negra, con un intrincado dibujo. Tal como aquél hombre le había pedido, se acercó a él, tratando de mantenerle la mirada, lo que conseguía a duras penas y con mucho esfuerzo.

"Como te he dicho ya, Alejandro está ya bastante mayor y no puede encargarse de algunos trabajos. Necesito una persona que sea fuerte que pueda cargar bultos, traer la compra, hacer las tareas del jardín, limpiar la piscina, lavar el coche, etc., y, a la vez que tenga algún conocimiento, aunque no sea mucho, de informática, para llevar el correo, una pequeña contabilidad, y el control de los libros de la biblioteca. A cambio te ofrezco el alojamiento, la manutención y, lo más importante, tu formación, de la que me encargaré yo mismo, hasta donde llegue. Has de tener en cuenta que viajo con frecuencia. Por tanto, contrataré a un profesor para cuando yo no esté o para las materias que yo no domine. Tendrás un día libre a la semana y una pequeña cantidad de dinero para esas salidas. Si necesitas más permisos deberás pedirlos con antelación y justificadamente.

He de advertirte que soy muy exigente-subrayó el adverbio-, tanto en lo que respecta a las tareas domésticas como a los resultados académicos. Exijo un respeto razonable. Me gusta la puntualidad y no me gusta la pereza, la desidia o el desorden". Estas palabras las dijo mirándole fijamente, y acercándose a él, como queriendo subrayarlas de forma que no admitiera contestación. "Si te interesa, el trabajo es tuyo".

Héctor se sentía intimidado por aquella mirada tan intensa, por lo que no pudo evitar desviar la suya. Parecían unas condiciones muy duras, pero no tenía nada mejor. O aquello o la calle. Por otra parte, tendría la oportunidad de prepararse para conseguir un trabajo mejor llegado el momento. Sin embargo, sentía en algún sitio de su cuerpo una vaga sensación de peligro, detrás de la cual se adivinaba una extraña excitación. ¿De dónde venían esas dos sensaciones? No lo pensó dos veces: "Creo que podré hacerlo, acepto".

"Muy bien, entonces, te espero mañana mismo a las ocho en punto. No me gusta que me hagan esperar. Alejandro te acompañará a la salida". El mayordomo, que no parecía tan viejo como el señor decía, le señaló la puerta. Héctor saludó y se dispuso a marcharse. "Ah ¡una última cosa! Mientras trabajes en esta casa, llevarás un uniforme adecuado. Alejandro te tomará las medidas para encargártelo. Hasta mañana".

Ya en la calle, después de que el mayordomo le hubiera medido, Héctor trató de reflexionar sobre lo que había ocurrido. ¿Un uniforme? No le gustaba mucho la idea, pero pensó que se trataría de una excentricidad más de su nuevo jefe. Ahora tenía mucho trabajo. Recoger su apartamento, hacer la maleta, devolver las llaves al casero....Iba a tener una buena habitación en una casa de campo con piscina, jardín.... Tenía sus ventajas. Y aquél hombre.... ¿qué era lo que le atraía de él con tanta intensidad?

Aquélla noche no pudo dormir bien. Estaba muy excitado pensando en su futuro a corto plazo. Eran las ocho menos cuarto cuando se despertó. No iba a llegar a tiempo. Se levantó de un golpe, se vistió rápidamente, cogió la maleta, que ya tenía preparada y salió como una estampida sin desayunar. Llegó casi sin resuello a la puerta de la casa cuando ya habían dado las ocho y media. Alejandro abrió la puerta: "El señor le espera hace rato en su despacho. Acompáñame a su habitación donde dejará sus cosas y se cambiará de ropa"

Su habitación estaba en la segunda planta. Era amplia y acogedora y la ventana tenía unas hermosas vistas al extenso jardín. "En el armario tiene colgados varios uniformes. El señor ha ordenado que hoy se ponga el polo rojo y pantalón y calcetines azules"

Cómo ¿Ya estaban hechos los uniformes? Eso era rapidez. Abrió el armario y buscó en su interior. Colgado en la percha había un polo rojo de manga corta pero ¿y el pantalón? La respuesta la obtuvo al sacar el polo de la percha. Allí estaba el pantalón. Era azul, efectivamente, pero era un pantalón corto Aquello parecía algo perverso. No sabía muy bien qué hacer. Bueno, veamos cómo me queda. Se enfundó el polo y el pantalón. Éste era de una tela bastante cálida y agradable al tacto, lo cual no era lo peor pues era invierno y hacía bastante frío. La pernera le llegaba hasta más o menos un palmo de la rodilla, por lo que casi todo el muslo quedaba al descubierto y no era demasiado ajustada; quedaba un hueco entre la tela y el muslo. Menos mal que no tenía mucho pelo en las piernas, porque se sentía un poco ridículo. Por otra parte, el trasero del pantalón sí que estaba bastante ajustado y le remarcaba el culo de forma notable y también sus genitales estaban un poco comprimidos. Aquél hombre era un pervertido, definitivamente. Sobre el suelo del armario había unos calcetines azules, al lado de otros de varios colores. Al ponérselo se dió cuenta de que le llegaban hasta las rodillas, dejando una vuelta ancha por debajo de las mismas con dos franjas amarillas.

Se miró en el espejo de cuerpo entero que había en la puerta del armario. Ahí estaba él, un tío de veinticinco años, vestido como un colegial. Era bastante humillante. Sin embargo, sin venir a cuento, quizá por la presión del pantalón, empezó a notar una incipiente erección. No podía venir en peor omento. Tenía que presentarse en ese momento al jefe. Trató de distraer su atención, de pensar en lo ridícula y humillante de aquélla situación, pero aquello sólo aumentó su sensación de calor y tensión en los genitales. Bueno, ya se le pasaría. "Veamos a dónde nos lleva esto. Siempre estoy a tiempo de decirle que me voy"- se dijo. Echó una última mirada al espejo. El polo tenía una inicial en una lateral del pecho, la misma que en una de las perneras del pantalón, pero no adivinaba a qué obedecerían aquéllas letras.

"De cualquier modo, buen culo y buenas piernas. Si le gusta mirarlas, que se dé el gustazo, qué importa".

Abrió la puerta, salió al pasillo y bajó la escalera hasta el piso de abajo donde se encontraba el despacho del señor. Era muy tarde, pasaban tres cuartos de la ocho. "Espero que no se enfade". Alejandro se le acercó y le dirigió una mirada exploradora de arriba abajo (deteniéndose más en el pantalón corto y en las piernas), tras lo cual, hizo un gesto aprobatorio con la cabeza. Se dirigió a la puerta del despacho y llamó. Desde dentro se oyó "Adelante". Abrió la puerta y se apartó para dejarme paso.

DOS

El señor miró a Héctor con expresión severa desde detrás de su mesa. Le ordenó cerrar la puerta. A continuación le dijo que se acercara a él sin darle permiso para sentarse. Héctor cruzó las manos tras la espalda. El señor le preguntó en tono duro si le parecía que se había comportado correctamente esa mañana. Héctor no pudo sostener su mirada, bajó la cabeza y respondió "siento haber llegado tarde". La expresión del señor se dulcificó un poco: "bien, tendremos que hablar sobre esto. Por favor, siéntate".

Héctor se sentó al otro lado de la mesa. El señor empezó a hablar en el tono de voz que tanto le fascinaba. Empezó a explicarle que, aunque no era un hombre mayor, estaba muy chapado a la antigua y creía en la responsabilidad y en la disciplina. Que si alguien estaba a su cargo tenía que hacer las cosas como le mandaban sus superiores y ser obediente; y que si no las hacía así, debía ser castigado. Empezó a hablar sobre la importancia del castigo, sobre todo para un muchacho joven en edad de aprender, y empezó a referirse al castigo corporal. Héctor escuchaba asustado pero también con una curiosidad morbosa sobre donde iría a parar todo aquello.

Lamento no habértelo explicado ayer con la suficiente claridad. Tengo mi forma de hacer las cosas, y si quieres trabajar aquí tendrás que seguir mis reglas. Y mis reglas son estrictas; a mucha gente le escandalizarían, pero soy tan severo como justo. Por supuesto tienes la libertad de irte, pero si decides quedarte tendrás que ser castigado. No solamente ahora, sino todas las veces que tu comportamiento no me parezca el adecuado.

Se quedó callado, y Héctor se dio cuenta de que esperaba una respuesta. Una respuesta clara y probablemente definitiva. Se sorprendió a sí mismo pensando que la idea de abandonar aquel lugar y a aquel hombre le resultaba insoportable, y que la idea de recibir una formación estricta le atraía; sabía que era holgazán y débil de carácter, y que necesitaba ser tratado de esa manera. Musitó un débil "de acuerdo, señor".

El señor le miró complacido. "Muy bien, Héctor. Ven conmigo, por favor. Tengo algo que enseñarte". Se levantó y se dirigió hacia un lado del mueble que había en la habitación. Abrió uno de sus cajones y se apartó para que Héctor viera su contenido. En el cajón había varias reglas de madera, cepillos del pelo de forma ovalada, raquetas de ping-pong y también varas de bambú. Las varas le dieron una idea a Héctor de cual podía ser la función común de todos esos objetos.

¿Se te ocurre que tienen en común los objetos que hay en este cajón, Héctor? Por la expresión de tu cara, me parece que sí -mientras decía esto el señor se permitió una sonrisa maliciosa. Son instrumentos de castigo; muy adecuados para usar en el trasero de los jovencitos desobedientes. La naturaleza ha dotado al hombre de abundante materia carnosa en las nalgas. Eso las convierte en una zona perfectamente diseñada para el castigo corporal; pueden ser golpeadas de forma bastante severa sin causar más secuelas físicas que el enrojecimiento y el escozor. Tristemente, esta maravillosa cualidad de las posaderas hoy se desaprovecha en general de forma lamentable. Sin embargo aun quedamos algunos pocos a los que nos gusta sacarle partido. Y yo la utilizo para enseñar disciplina a mis empleados, Héctor. Ya que has decidido quedarte aquí, tendrás que aceptar el ser azotado con bastante regularidad -se apiadó ante la mirada aterrada del joven y mostró una media sonrisa.

No te preocupes, no voy a usar ninguno de estos instrumentos ahora, se te irán aplicando a medida que estés preparado para recibirlos; tus castigos siempre serán severos pero no brutales. Nunca seré más duro de lo que puedas soportar; pero tampoco menos. Por otra parte, la naturaleza nos ha dotado también del mejor instrumento de castigo que son las manos. Yo prefiero usar mi propia mano, establece una relación mucho más personal. Sin embargo, en breve, y según sea tu comportamiento, todos y cada uno de estos instrumentos habrán de usarse casi con toda certeza.

Héctor escuchaba y miraba a su jefe hipnotizado. La idea de ser azotado como los niños pequeños le humillaba tanto como le atraía de una forma retorcida.

¿Entiendes que debes ser castigado, Héctor?

El chico no sabía que contestar.

TRES

La erección de Héctor no había disminuido, por el contrario. La presión del pantalón corto y las palabras del señor estaban ejerciendo sobre él una influencia que le turbaban y le excitaban de un modo como antes no lo había hecho ningún otro estímulo. Nunca había sido un mojigato. Había tenido sus primeros escarceos con sus compañeros de colegio, con quienes había compartido caricias genitales y masturbaciones mutuas de aprendizaje adolescente. También había tenido aventuras con alguna chica, aventuras de las que había salido más o menos airoso. Pero sobre todo, había jugado consigo mismo. Casi podía decirse que era un experto onanista. Pero excitarse ante la idea de que le diesen una zurra en el culo, era algo que nunca se le había pasado por la cabeza.
Por otra parte, en la habitación no hacía ningún calor, y sentía frío en las piernas desnudas, lo que le hacía ser mucho más consciente de que su forma de vestir no era tampoco la habitual. Con frecuencia llevaba pantalones cortos en verano, porque era muy cómodo y agradable. Pero el traje de hoy añadía a la sumisión de aceptar los azotes, lo que se dio cuenta con asombro que estaba deseando intensamente, aceptar una norma que le rebajaba a la condición de niño, y aceptar traspasar la responsabilidad de su propia vida a.... (Cayó en la cuenta de que aún no sabía su nombre. Tenía que preguntarle cómo quería que le llamase).

"¿Entiendes y aceptas que debes ser castigado, Héctor?".

El chico no sabía qué contestar. Si decía que sí, perdería toda su autonomía de adulto y quedaría en manos de lo que el señor quisiese hacer con él. Pero, por otra parte, se sentía impelido a aceptar las condiciones, imaginándose cómo le sentaba la mano o cualquiera de esos instrumentos sobre su trasero, lo cual hacía su excitación cada vez más creciente, de manera que advirtió que su erección era ya apreciable desde el exterior. No pudo evitar ruborizarse. Levantó los ojos del suelo, sin levantar la cabeza, le miró sumisamente y dijo: "acepto, señor".

"Bien. Veo que Alejandro te tomó de forma experta las medidas. ¿Qué tal te sientes con tu nuevo traje?

"Un poco raro señor; nunca he llevado uniforme".

"Espero que entiendas que el uniforme forma también parte de tu proceso educativo. El llevar uniforme te recordará constantemente que hay unas normas que debes acatar y que sabes que no puedes infringir, so pena de ser castigado duramente. El pantalón corto enmarca bien tu trasero, (y por lo que veo también tu parte delantera-dijo, refiriéndose a la ya evidente erección), y ofrece tus muslos. Así, tu trasero y tus muslos estarán permanentemente al arbitrio de mi mano y de mis decisiones sobre tus castigos. Además te hará más duro y resistente, pues tendrás que acostumbrarte al frío en todo momento. Ya sabes que aquí los inviernos son duros y los veranos cortos. ¿Lo has entendido bien?".

"Creo que sí señor". Cruzó sus manos por delante para tratar de ocultar el bulto cada vez mayor que sobresalía de sus pantalones.

"En cualquier momento del día, estés donde estés, sea lo que sea lo que estés haciendo, podré darte una palmada en el culo o en las piernas o simplemente ordenarte que te prepares. Eso querrá decir que deberás dejar cualquier trabajo en que estés ocupado en ese momento y disponerte a recibir una azotaina. Ocasionalmente, si yo no estoy, Alejandro podrá administrarte algún castigo que yo haya dejado encargado. Él está perfectamente entrenado y acostumbrado a azotar traseros de jovencitos. No eres el primer muchacho al que enseño".

"He de decirte también que con frecuencia tengo invitados. Si en alguna ocasión tu comportamiento con ellos no resultara apropiado, podré cederles a ellos el derecho a azotarte. Deberás entonces colocarte como ellos te digan para que te puedan pegar cómodamente. Espero que te haya quedado claro, porque todo esto es muy importante".

Ya no había vuelta atrás. Estaba a su merced. Sintió el deseo de llevarse las manos al culo y frotárselo, anticipándose a las sensaciones que estaba muy cerca de sentir. "Está bien claro, señor. Mi culo y mis muslos son suyos".

"Así me gusta. Ahora date la vuelta." Hizo lo que se le ordenaba. El caballero le dio una firme palmada en el trasero. "Ya sabes lo que esto quiere decir. Prepárate para tu primera zurra".

CUATRO

Héctor estaba tan excitado como temeroso y avergonzado. Se dejó llevar cuando el señor lo cogió por el brazo y lo acercó al sofá que había en el despacho.

Este sofá será uno de los lugares donde tendrán lugar tus castigos, Héctor. Mírame y escúchame bien -le costó por la vergüenza que sentía, pero le miró a la cara-; debes colocarte bien sobre mis rodillas y quedarte quieto, o será mucho peor -el señor se sentó en medio del sofá. Échate sobre mis rodillas boca abajo -el chico empezó a inclinarse pero dudaba. ¡Vamos! -el señor lo empujó un poco hacia sí y Héctor se vio encima de sus muslos con la tela del sofá a un palmo de su nariz. ¡Colócate bien! El trasero encima de mis muslos, así -las palabras fueron acompañadas de un sonoro azote de aviso sobre el trasero de Héctor. El señor tras colocarle a su gusto sobre sus rodillas, le agarró el costado con la mano izquierda y puso la derecha sobre las nalgas del muchacho, que habían quedado bastante ceñidas y marcadas por el pantalón.

Está bien, Héctor. Ahora debes ser dócil, no patalear y no intentar protegerte con la mano. Voy a comenzar el castigo.

Mientras decía esto, le masajeaba el culo con la mano. La levantó lentamente, y tras colocarla a cierta altura la impulsó con fuerza sobre la nalga derecha de Héctor. No fue un azote muy fuerte, pero lo fueron más los siguientes, que empezaron a arrancarle al chico sus primeros quejidos. El señor le golpeaba a buen ritmo, alternando una y otra nalga sin prisa pero sin pausa, acariciando un poquito después de cada azote. Tras unos treinta golpes, aunque a Héctor le parecieron más, le mandó levantarse.

Héctor estaba sofocado, y también erróneamente aliviado pensando que eso había sido todo. El señor le sacó de su error:

Bájate los pantalones.

El chico le miraba alucinado y lleno de vergüenza.

¿Tendré que hacerlo yo, Héctor?

Como el joven seguía dudando, el señor, visiblemente molesto, le desabrochó el pantalón y le bajó la cremallera. Cuando Héctor intentó bajarse los pantalones él mismo, el señor le golpeó la mano y se los bajó hasta justo por encima de las rodillas. A continuación, Héctor se dejó caer de nuevo sobre los muslos del señor sin oponer resistencia.

Sin mediar palabra, los azotes continuaron. A Héctor le parecían mas fuertes que antes, aunque no estaba seguro de si realmente lo eran, o era su trasero el que tenía menos protección. Héctor emitía débiles quejidos, salvo cuando algún golpe era especialmente fuerte, entonces los gemidos eran casi gritos. Los lamentos parecían sinceros y no fingidos ni exagerados, lo cual complacía mucho al señor, que disfrutaba aumentando según su voluntad la intensidad del castigo o al contrario aliviando al pobre Héctor con azotes más leves. A través de la fina tela de algodón del calzoncillo podía palpar a la perfección las nalgas del chico, que estaban ya bastante calientes y seguramente también coloradas.

Decidió comprobarlo, y tiró para abajo de los calzoncillos. Héctor se sintió todavía mas avergonzado si cabe al imaginarse exhibiendo ante un hombre mayor que él su culo desnudo con las marcas visibles de la mano de su jefe. Este pensamiento sin embargo le excitó enormemente y la erección, que le había desaparecido por el dolor de los azotes, estuvo a punto de volver con fuerza. Solo estuvo a punto porque la mano del señor volvió a castigar el culo de Héctor, esta vez sin ninguna protección, y el chico no pudo pensar en nada más que en desear el final de su castigo. La piel de Héctor no era dura, y las nalgas estaban bastante más rojas de lo que el señor se hubiera imaginado. Se sentía feliz dándole su merecido al muchacho, tocando y castigando su bonito culete, y pensando en todas las veces que le tendría a su merced sobre sus rodillas en aquel sofá. Sin embargo no podría mantener el ritmo de azotes mucho tiempo sin causarle moratones, así que paró durante unos instantes y empezó a acariciar las nalgas del sofocado muchacho.

Debes aprender a comportarte, Héctor. ¿Entiendes lo que les pasa a los muchachos desobedientes? -intercaló un azote- Se les castiga -otro azote sobre la otra nalga- como a niños malos -siguió intercalando las regañinas entre las caricias y los azotes: cuando no seas bueno...... como hoy.... te pondré sobre mis rodillas... y te pondré el culete rojito, rojito..... ¿Duele, verdad? ..... La próxima vez lo pensarás antes de llegar tarde.... Veo que eres de los que necesitan mano dura..... Pero conmigo la vas a tener.... Ya lo creo que sí... La próxima vez vas a probar mi zapatilla ... Porque habrá una segunda vez, y una tercera .... Ya he tratado con chicos como tu y sé lo que hay que hacer con ellos.... Nada como una buena azotaina.... Sé que no va a hacer que te portes bien siempre..... Pero sí que seas un poco menos malo..... Y además sería injusto que un chico malo no recibiera un castigo.....

El sermón del señor no esperaba respuestas, pero Héctor las daba entrecortadamente entre gemidos y exclamaciones de dolor:

Sí, señor.... por favor.... no..... sí duele.... me portaré bien.....

El señor espaciaba cada vez más los golpes entre las regañinas, y finalmente se vio con la mano levantada dudando si golpear de nuevo. No le dolía mucho la mano, porque estaba más acostumbrada a dar azotes que el culo de Héctor a recibirlos, pero decidió que no estaba mal para una primera vez. Descargó el último golpe y contempló satisfecho el color rojo intenso de las nalgas de su empleado, al mismo tiempo que las manoseaba. Héctor encontraba reconfortantes estas caricias.

Muy bien, Héctor, has recibido tus azotes sin patalear como un chico grande. Ahora vas a pasar una hora de cara a la pared y tu castigo habrá terminado. Durante esa hora no quiero que te des la vuelta, ni que te subas los calzoncillos, ni que te toques el culo. A continuación te volverás a poner sobre mis rodillas; si has sido bueno, te aplicaré una pomada que te aliviará mucho. Si no haces lo que te digo, tendrás que llevarte unos azotes mas, ¿esta claro?

CINCO

Héctor se levantó de la posición de castigo sobre las rodillas de su jefe. Instintivamente, se llevó las manos a las nalgas, para frotarlas.

"¿No me has entendido bien, Héctor?- dijo, mientras le propinó un fuerte y sonoro azote en la parte posterior del muslo izquierdo, que hizo que Héctor se encorvara hacia un lado, a la vez que gritaba de dolor".

"Ah ¡lo siento señor, no volverá a ocurrir!".

Se dirigió cabizbajo hacia la pared que se le había indicado y se colocó frente a ella, con las manos cogidas por delante del cuerpo. Un ligero reguero húmedo corría por sus mejillas. La vergüenza y la humillación le provocaban un nudo en la garganta. Pero la excitación producida por las sensaciones ardientes en la piel de su trasero tras la azotaina, era más poderosa. La erección seguía ahí. Sabía que su jefe la había visto, por lo que ya no podría ocultarle que someterse a su voluntad ejercía sobre él una intensa, enfermiza excitación. Lo deseaba. Deseaba pertenecerle. Y ya no había vuelta atrás. El señor lo había comprendido y había tomado posesión de él, sin contemplaciones.

El caballero se levantó del sofá y se sentó delante de su mesa de despacho. Ordenó los papeles y se dispuso a leer unos informes, cuando hizo aparición en la puerta Alejandro. Se acercó a la mesa y dirigió una mirada hacia el culo del muchacho. "Señor, el correo"- lo depositó sobre la mesa. "Veo que el muchacho ha recibido su primera zurra. ¿Qué le ha parecido al señor?

"Creo que servirá, aunque aún le queda mucho por aprender. Quiero que esta noche lo refuerces tú. Ha de acostumbrarse a las dos manos. Ahora retírate; he de completar el proceso de recepción".

"Con mucho gusto señor. Será un placer- masticó las últimas palabras, mientras le miraba de nuevo de arriba abajo, a la vez que se dirigía hacia la puerta".

"Joder, exclamó en su interior el chico. Esta noche me va a zurrar el mayordomo y aún no me habré recuperado de esta paliza".

"Quedan un par de cosas, Héctor. No te vuelvas aunque te hable. La primera es tu horario. Te levantarás a la siete, te vestirás con el uniforme de trabajo, que incluye unos cómodos pantalones cortos y unos calcetines de lana gruesa, para abrigarte del relente de la mañana, bajarás a desayunar y trabajarás durante una hora en el jardín. No importa que no sepas nada de jardinería. Alejandro te instruirá y más te vale aprovechar sus lecciones. Después te ducharás y vestirás el uniforme normal. Cada día echarás a la ropa sucia el uniforme del día anterior y vestirás uno limpio. Luego te presentarás a mí a las nueve en punto de la mañana, para comenzar tu educación. Pero eso será mañana. Hoy dedicarás el día a atender las explicaciones de Alejandro, que te enseñará la casa y terminará de aleccionarte sobre tus deberes y el horario. Escúchale bien, porque tiene la mano muy ligera y orden de ser severo contigo. Descubrirás por otra parte que es cariñoso a su manera y velará porque no te falte de nada".

"La última cosa muchacho. Tengo la costumbre de sellar los pactos por escrito. Mensualmente, renovaremos nuestro acuerdo, mientras no haya ninguna objeción por parte de alguno de los dos, con una zurra y una firma. Firmaré yo sobre tus nalgas con un bolígrafo especial, cuya tinta dura aproximadamente un mes sin borrarse. Cuando la firma esté próxima a desaparecer de tu culo, vendrás a mí despacho con el bolígrafo, que guardarás en tu habitación, me lo ofrecerás, te bajarás los pantalones y te colocarás en la posición que ya conoces, para que yo pueda renovar el contrato. Así todos los meses, mientras estés en esta casa a prueba. Mientras te duchas comprobarás el estado de mi firma en tu trasero y evitarás que desaparezca o, de lo contrario, probarás alguno de estos instrumentos que te he enseñado. ¿Has entendido bien?".

Otra humillación. Pero qué más daba. Ya le pertenecía. ¿Qué importaba que se hiciera visible sobre su piel? "Sí señor, descuide".

Bien, entonces, sellemos el trato; ven aquí y ponte en posición".

Héctor se volvió y dijo: "Antes de nada, señor, no conozco su nombre. ¿Cómo he de llamarle?".

"Puedes llamarme Don José. Es mi nombre."

"Está bien, Don José". Se subió los pantalones para poder andar cómodamente, se dirigió hasta él y al llegar a la mesa, se detuvo, volvió a bajárselos, se dio la vuelta para ofrecerle el culo y le dijo: "Estoy listo Don José".
"Antes de proceder. Me olvidaba de algo importante. Tu uniforme no incluye calzoncillos. Llevarás los pantalones cortos sin ropa interior. Es un detalle más de tu completa e inmediata disposición para el azote. ¿Aceptas todos los términos?"

SEIS

Castigado de cara a la pared, con las manos en la nuca, los pantalones y los calzoncillos a la altura de los rodillos, y la firma de su jefe en una nalga, Héctor intentaba reflexionar sobre lo que había pasado. No podía pensar demasiado porque le obsesionaba el escozor que sentía en el culo; se moría de ganas de frotárselo pero oía de vez en cuando a Don José pasar hojas o escribir en la mesa. Giró tímidamente la cabeza para ver si le estaba mirando, pero fue inmediatamente descubierto por Don José.

Si vuelves a girar la cabeza te volveré a poner sobre mis rodillas, Héctor. Tal vez no sea un mal momento para que pruebes mi zapatilla.

Héctor fue obediente. Sin embargo se iba cansando y le empezaban a doler los brazos. Tampoco le era muy atractiva la idea de sentarse pero no aguantaría mucho más tiempo de pie, y no sabía cuanto le quedaría aun por cumplir de la hora de castigo. Estaba a punto de pedir clemencia cuando oyó levantarse a Don José. Contrajo los glúteos de forma involuntaria; ¿No le iba a perdonar el pequeño desliz de haber girado la cabeza sin permiso? ¿Le iba a azotar otra vez?

Sintió que su jefe se colocaba detrás de él, y sin decir palabra notó su mano palpándole el culo.

Bueno, Héctor, te has portado bastante bien, así que por ser el primer día te perdono el resto del castigo. -Dijo mientras le acariciaba con calma ambas nalgas. El culo aun estaba más que colorado y el masaje de su jefe era realmente aliviador para Héctor. En ese momento Alejandro entró discretamente en el despacho y contempló de nuevo detenidamente el trasero de Héctor. El muchacho supuso que don José habría pulsado un botón en su mesa para llamarlo.

Lamentablemente me tengo que ir, pero Alejandro se encargará de ponerte la crema que te había prometido. El culete te escocerá aun unas cuantas horas y te dolerá al sentarte, pero no tienes ninguna magulladura. Ahora quedas al cargo de Alejandro durante el resto del día. Puedes subirte los pantalones y retirarte.

Acompañó sus últimas palabras con una palmada que hizo a Héctor dar un respingo.
Gracias, señor - se subió los calzoncillos, agarró los pantalones y se marchó seguido de Alejandro.

Una vez fuera Alejandro le miraba fijamente sonriendo.

¿Que tal ha ido? Ven, vamos por aquí.

Veo que has aguantado bastante bien -comentó mientras lo guiaba por la casa- Me pareces idóneo para este trabajo y creo que Don José estará de acuerdo conmigo. Aquí, por favor, por esta puerta.
La habitación en la que habían entrado era donde se alojaría Héctor; era grande y aparte de la cama tenía un sofá de tamaño considerable y una estantería en la pared. El muchacho se alarmó al ver en esa estantería, junto a algunos libros, cepillos y reglas de madera, raquetas de ping-pong y varas, igual que en el cajón del despacho de su jefe.

Bueno, bueno, no te preocupes ahora por eso -sonrió Alejandro-. Sobre todo cuando te voy a poner una crema que te va a sentar muy bien.

Cogió un bote que había sobre la mesilla de noche y se sentó en el sofá.

Bájate los pantalones, por favor -Héctor dudó un momento y Alejandro sonrió-. Vamos, no tengas vergüenza. Ya te he visto desnudo y te veré muchas más veces.

Héctor ya se había acostumbrado bastante a las humillaciones y no tuvo grandes problemas en bajarse los pantalones, que tampoco se había abrochado de todo, y antes de que se lo mandaran se bajó los calzoncillos hasta las rodillas.

Muy bien, colócate sobre mis rodillas.... Así. ¿Estás cómodo? Bueno, te han dado unos buenos azotes, muchacho. -Acompañó las palabras de unas palmaditas suaves en el culo aun muy rojo de Héctor- Pero ahora un poco de pomada y te quedará el culito como nuevo -efectivamente aliviaba mucho. Alejandro siguió hablando mientras su mano experta extendía la crema-. En este sofá también vas a recibir muchas zurras como la de hoy en el despacho, ¿sabes? Y en la cama también. Don José no te ha hecho daño realmente.... Lleva muchos años castigando a chicos y sabe muy bien como hay que hacerlo... Y yo llevo mas años todavía que él. La de azotes que he dado yo sobre este sofá..... Pero no pongas esa cara, hombre. No les tengas más miedo a los azotes del que les deberías tener; a tu edad es muy normal que haya que castigarte. Bueno, parece que la pomada está bastante extendida. Quédate un rato así para que se seque del todo.... Mientras, puedes echarles un vistazo a estos libros y revistas.

Héctor se había fijado ya en una pequeña pila de publicaciones que había en el suelo, seguramente sacadas de la estantería y puestas allí a propósito para que les pudiera echar una ojeada desde su posición sobre las rodillas de Alejandro.

Cogió unas cuantas revistas y libros y se incorporó un poco para poder verlas, mientras Alejandro seguía acariciándole el culo. Los títulos eran cosas del estilo de "la zapatilla del abuelo", "el sobrino desobediente", "Pablo se lleva una buena azotaina" o "papá se enfada", y mostraban en sus portadas a jovencitos con expresión dolorida y llorosa y culos mas bien regordetes; dichos culos, desnudos y expuestos sobre las rodillas de hombres mayores con expresión severa, estaban casi siempre ya enrojecidos por los azotes que estos papás, profesores o abuelos les estaban propinando con la mano o la regla. Tanto libros como revistas tenían en su interior muchas ilustraciones similares a las de las portadas, y los textos describían con todo lujo de detalles las travesuras que cometían varios chicos malos y las azotainas con las que sus mayores les castigaban. Por si quedara alguna duda, ahora estaba más que claro que tanto su jefe como Alejandro tenían fijación con dar de azotes a los chicos y que Héctor iba a pasarse una buena parte de su estancia en aquella casa sobre las rodillas de sus otros dos habitantes y con los pantalones bajados, como estaba ahora.

SIETE
Héctor hojeaba las revistas entre curioso y divertido, pensando que ahora él podía ser uno de esos muchachos que se colocaban sobre las rodillas de sus tutores. Aún no terminaba de creerse que todo eso le estuviese ocurriendo a él y, sobre todo, que le estaba gustando.

Mientras Alejandro continuaba manoseándole el trasero y los muslos continuó diciéndole: "Voy a seguir informándote de tu horario. Como te ha dicho el señor, a las nueve comenzará tu horario de clases. Después de dos horas, tendrás un descanso que dedicarás al deporte. Le damos mucha importancia a la forma física. Para poder practicarlo cómodamente, te pondrás ropa deportiva, y cuando termines te darás una ducha rápida y volverás a ponerte el uniforme normal. No queremos malos olores en la casa. Otras dos horas de clase y a las dos te preparas para la comida. Observarás que nuestro cocinero es un buen profesional. Le gusta salir al comedor para comprobar que los alumnos se lo comen todo y también está autorizado para manejar el trasero de los muchachos en el caso de que quede comida en el plato".

Entre las revistas había varios catálogos de uniformes para colegios privados. Los muchachos eran todos adolescentes entre 14 y 18 años y todos ellos vestían uniforme de corto. "O sea que aquí todos están autorizados para conocerme el culo".
"La mayoría-respondió Alejandro, aunque no hay mucho personal de servicio".
"Una pregunta, Alejandro- dijo el chico, cada vez más a gusto con las calmantes caricias del mayordomo-, ¿qué me va a enseñar D: José?".

"Eso lo discutiréis mañana a las nueve de la mañana, una vez que el señor sepa tu nivel de estudios y cuáles son tus conocimientos. Desde luego no se te va a obligar a estudiar nada que no te guste, excepto que tu formación en alguna materia importante sea deficiente, en cuyo caso, supongo que querrá dar un repaso; pero lo más importante estará relacionado con tu trabajo en esta casa, es decir, informática, contabilidad, etc., materias que por otra parte te serán de utilidad en tu vida profesional cuando decidas dejar la casa, si llegases a hacerlo. Ahora levántate, he de enseñarte el uniforme que llevarás a partir de ahora".

"¿Pero cuántos uniformes distintos he de llevar? Y supongo que también será de pantalón corto".

"No pienses en pantalones largos mientras estés en esta casa. Ya te habrá dicho D. José que el pantalón corto forma parte de la disciplina. Y llevarás los que se te digan, ni más ni menos. ¡Levanta te he dicho!".

La orden no admitía discusiones. Se levantó y se colocó, con los pantalones y los calzoncillos a la altura de la rodilla, delante de Alejandro, aún con cierto pudor por estar desnudo ante él. El mayordomo se levantó y fue hacia el armario, lo abrió y extrajo un pantalón corto de color azul marino, igual que el que llevaba medio caído.

"¿Qué diferencia hay entre este y el que llevo puesto?".

"Ahora lo verás. Termina de quitarte esos, y también los calzoncillos. Por cierto, despídete de ellos, porque a partir de ahora no los llevarás nunca".

Lo hizo como se le había dicho, y dejó la ropa sobre la cama. Llevaba puesto únicamente el polo rojo y los calcetines hasta la rodilla. "Ahora ponte estos pantalones".

Héctor se los puso. La tela era mucho más suave y cálida que la del anterior pantalón. No le molestaban las costuras, a pesar de no llevar ropa interior. Se ajustaba a su cuerpo como un guante. Puso las manos sobre las caderas y se quedó mirando a Alejandro: "¿Qué tal?"

"Te sientan como un guante naturalmente". "Te habrás dado cuenta que toda tu ropa lleva unas iniciales en las mangas y en las perneras: J. I. Son las iniciales del señor, una muestra exterior más de quién es tu jefe. Han de coincidir siempre el color del polo y el de las bandas horizontales de los calcetines. En este caso, rojo y rojo, como puedes comprobar". Colocó su mano sobre la pierna izquierda. "Observarás también que son un poco más cortos y dejan un poco más de muslo al descubierto", iba subiendo la mano por el muslo, mientras decía esto. "Son también un poco más ajustados, por lo que las nalgas quedan más resaltadas"; recorrió con su mano toda la extensión de su trasero y Héctor sintió con mayor intensidad el contacto de la mano con su culo; quizá fuera debido a la tela. "Además, la abertura de la pernera es un poco más ancha, dando más facilidad a la mano para meterse en el interior".

A la vez que decía estas palabras, Alejandro deslizó su mano por el interior del pantalón en dirección al trasero de Héctor, recreándose en las curvas de sus nalgas, y luego, cambiando de dirección, hacia la parte anterior, hasta llegar a acariciar su pene y sus testículos.

Héctor abrió mucho los ojos e hizo un gesto de retirada. "Alejandro, creo que no deberías hacer eso".

Alejandro se rió suavemente. "No seas tontito. ¿Llevas la firma del señor en tu trasero, que tanto él como yo conocemos perfectamente de tanto recorrerlo con nuestras manos, te han calentado ya bien, y ahora te muestras mojigato? Tú ya no tienes ningún control sobre ti mismo, Héctor, ¿no te das cuenta?”.

"En todo caso, la firma que llevo es la de D. José, no la tuya".

Alejandro sacó la mano rápidamente del pantalón y le propinó un fuerte azote, como un látigo, sobre el muslo del muchacho. "Le perteneces al señor, pero yo soy el administrador de todos sus bienes, ¿me has entendido bien?". EL chico emitió un sonoro quejido, el azote había sido extremadamente doloroso. "Además, ¿cuándo te he dicho que puedes tutearme?".

No había salida. Héctor bajó los ojos, levantó los brazos y arqueando la cintura hacia delante dijo: "Perdone señor, sírvase usted mismo", y luego sonrió levemente y le miró de reojo. Alejandro le miraba fijamente. Sabía lo que el azote y aquélla mirada querían decir, así que se dispuso a colocarse sobre las rodillas del mayordomo para recibir una azotaina, por su falta de respeto; pero Alejandro le detuvo: "No, ahora no. Esta noche reforzaremos lo que has aprendido hoy y conocerás mis azotes por primera vez. Ahora terminaré de enseñarte la casa, vamos".

Sólo era un aplazamiento, pero casi lo sentía. Salió de la habitación, seguido del mayordomo, sintiendo su mirada en su trasero, y se dio cuenta de que le gustaba que éste le mirase el culo y las piernas. Se sentía cómodo con su nueva ropa. Ya se había acostumbrado al ambiente frío de la casa y sentía sus piernas y sus nalgas vivas y fuertes, con una intensidad de sensaciones como nunca antes. "Veamos qué nos depara el resto del día".

OCHO

Alejandro guió a Héctor hacia la salida de la casa y le enseñó los jardines que la rodeaban, explicándole algunas de las cosas que tendría que hacer en su trabajo. Le habló de un jardinero al que tendría que ayudar, y Héctor se preguntó si el jardinero estaría también autorizado a azotarle. Supuso que sí.

A pesar del fresco que notaba por lo corto de sus pantalones, el muchacho se sentía feliz sabiendo que estaba al cuidado de tanta gente que se iba a preocupar por él, aunque también le castigaran. El culo le escocía todavía y se lo acariciaba con frecuencia ante la mirada complacida de Alejandro; la perspectiva de volver a ser azotado esa noche sonaba dolorosa, aunque Héctor esperaba que en las horas que quedaban sus posaderas se recuperarían bastante. Por otra parte los azotes que le había dado Don José habían sido bastante merecidos y no le guardaba rencor; tal vez lo que necesitaba era precisamente mano dura. Se frotó las nalgas de nuevo recordando la azotaina y esta vez notó la mirada de Alejandro. Héctor nunca se había considerado atractivo y tenía que reconocer que era muy halagador sentirse mirado; a pesar del escozor, tenía ganas de volver a exponer su culo desnudo ante Alejandro y además sentía curiosidad por saber como serían sus azotes.

Volvieron a entrar en la casa y el mayordomo se la mostró y siguió explicándole sus obligaciones hasta la hora de la comida. Héctor conoció a Bruno el cocinero, un hombre entrado en carnes con apariencia amigable. No se lo imaginaba poniendo a un chico sobre sus rodillas para castigarlo, pero Alejandro lo sacó de su error.

Bruno es muy amable pero también puede mostrarse muy severo; no le gustan los chicos de malos modales y le he visto dar azotainas dignas de Don José. Es muy metódico y cuando crea que mereces un castigo, puedes estar seguro de que te bajará los pantalones y te dará una buena zurra independientemente de que yo o Don José estemos de acuerdo o no. Para él la educación es muy importante.

Héctor se sentía bastante asustado porque al parecer en aquella casa los azotes le acechaban en todas las esquinas. Sin embargo la conversación agradable de Alejandro le distrajo de esos pensamientos.

A continuación el mayordomo le dio la tarde libre; tenía permiso para deambular por la casa y el jardín, lo que incluía disfrutar de la biblioteca de Don José, exceptuando su colección privada de videos que guardaba bajo llave. Alejandro tenía que acercarse a la urbanización más próxima para hacer compras.

Solo en la casa, Héctor salio a pasear. Se cansó pronto de los árboles y volvió a entrar en la casa. Siempre le habían dado curiosidad los libros, así que se dirigió a la amplia biblioteca de Don José. Junto a clásicos de la literatura, volvió a encontrarse muchos libros similares a los que había visto en su habitación. Ojeó curioso las ilustraciones de muchachos tendidos sobre las rodillas de sus padres y tutores con los pantalones bajados recibiendo azotes; los gestos de arrepentimiento y dolor de los chicos le conmovían, y también la expresión severa de los hombres que levantaban la mano o el cepillo para dejarlos caer con fuerza sobre los culitos sonrosados e indefensos. También leyó por encima algunas de las historias. La mayoría pretendían ser edificantes y tenían moralinas y argumentos similares: leyó una sobre un chico que abandonaba a su tutor para no seguir sufriendo la humillación de ser todavía azotado en el trasero a sus veintitantos años; falto del consejo de su tutor, se mete en un montón de líos hasta que se encuentra con otro hombre que hace un papel parecido al del tutor y vuelven las azotainas. Con los castigos el chico rehace los errores cometidos y al final, tras muchos azotes, aprende a ser mejor persona y comprende que aun le queda mucho por aprender y muchas palizas que recibir, tanto de su antiguo tutor como del nuevo. Héctor consideraba que eran historias bonitas con finales felices, aunque los chicos acabaran siempre con el culo muy rojo.

Lo distrajo de su lectura y sus pensamientos la visión de una llave colocada en una bandeja entre varios libros. Recordó que la videoteca privada de Don José estaba cerrada con llave y lo invadió la curiosidad. ¿Cuales eran esos videos que él no debía ver? Observando el mueble de la biblioteca, no era muy difícil adivinar donde guardaba Don José sus películas secretas. Solo había un estante que se abriera con llave, y Héctor comprobó que era la misma llave que acababa de ver. Abrió el estante y, efectivamente, vio una larga colección de cintas de video. Como ya había imaginado, se trataba de películas de la misma temática que los libros; sin embargo, más que los videos comerciales, le llamó la atención la serie de cintas caseras que los acompañaban. Las cintas tenían nombres de persona: Juan, Simón, Alex,......

Pensando que Alejandro probablemente aun tardaría en aparecer, cogió las cintas con nombres propios y se dirigió al video que había en el despacho de Don José. Seguramente si le pillaban in fraganti se llevaría una buena azotaina, pero valía la pena correr el riesgo. Cogió el mando, puso la cinta con el nombre de Juan, y se sentó en el mismo sofá en el que había sido azotado aquella mañana. Sintió un pinchazo de dolor en el trasero al recordarlo, y colocó un cojín debajo.

Se sorprendió al ver en el video al propio Don José. Estaba en su despacho, en la misma habitación donde estaba Héctor ahora, y hablaba con un chico de la edad de Héctor vestido con un uniforme casi idéntico al suyo. El chico estaba recibiendo una regañina; Don José estaba muy serio porque Juan -que era el nombre del chico y del vídeo casero que estaba viendo- había cometido una falta grave, había perdido la agenda de su jefe con todas las direcciones y teléfonos necesarios para sus negocios; aunque finalmente la agenda había aparecido, no dejaba de ser una falta de responsabilidad por su parte. Por eso le estaba explicando al muchacho que su castigo iba a ser severo y Alejandro lo iba a grabar en video para que lo tuviera siempre presente. Estaba claro que Juan, y probablemente también los chicos de los otros videos, había ocupado en la casa el mismo puesto que ahora ocupaba Héctor. Al preguntarle a Juan si estaba de acuerdo en que merecía ser castigado, el chico dijo que sí. Parecía aceptarlo con bastante tranquilidad dadas las circunstancias.

Don José se sentó en el sofá y empezó a bajarle los pantalones a Juan. El chico no llevaba calzoncillos y la cámara se acercó a su culo, que presentaba un cierto tono rojizo de alguna azotaina anterior. Lo colocó en posición sobre sus rodillas y la cámara captó los instrumentos de castigo que yacían sobre una mesita cercana. Don José no utilizó en principio ninguno más que su mano; comenzó a azotar el trasero de Juan con energía mientras seguía regañándole. Héctor notó la gran experiencia del chico en recibir azotainas, ya que no fue hasta después de muchos minutos de castigo cuando su culo empezó a estar visiblemente rojo y el muchacho empezó a quejarse. Poco después Don José le pidió a Alejandro el cepillo ovalado de madera para el pelo. De espaldas a la cámara, Alejandro se lo dio y los gemidos de Juan se multiplicaron; sus nalgas enrojecieron entonces con mucha rapidez. Don José sudaba y reprochaba entrecortadamente a Juan su comportamiento mientras su brazo bajaba una y otra vez. No obstante, los golpes del cepillo aun duraron unos cuantos minutos para el asombro de Héctor, que nunca habría podido aguantar ni la cuarta parte de aquella paliza.

Héctor se dio cuenta de que pronto volvería Alejandro o el mismo Don José. Rebobinó la cinta pensando en seguir viéndola a la próxima oportunidad, la guardó con las otras bajo llave y devolvió la llave a su posición original.

Ahora solo quedaba esperar la vuelta de Alejandro y la llegada de la azotaina nocturna, que Héctor temía y deseaba al mismo tiempo.

NUEVE

Era ya tarde avanzada, el sol se había puesto y hacía verdaderamente frío. Héctor estaba en su habitación, ordenando sus pertenencias, tras lo cual, se sentó en su mesa de estudio y masajeó sus muslos para intentar entrar en calor. Había un radiador en la pared, debajo de la ventana; lo tocó para comprobar si había calefacción: estaba tibio solamente, y la habitación más bien fría. Estaba claro que D. José estaba empeñado en que recordase continuamente que iba vestido como un colegial de los años sesenta. Observó su ropa con detenimiento. Extendió las piernas y se fijó en los calcetines: llevaban dos franjas rojas en la vuelta, aunque en ese momento los llevaba caídos casi a la altura de los tobillos. Se los subió hasta las rodillas y niveló las franjas para que estuvieran perfectamente rectas. Sospechaba que la perfección en el modo de llevar el uniforme sería motivo de azotainas.

Después se fijó en sus muslos; quería saber qué era lo que atraía las miradas de D. José y de Alejandro: eran más bien cortos, pero bien torneados. De hecho su estatura era media tirando a baja, no llegaba a 1,70. No tenían la musculatura de un futbolista, ni falta que hacía. Nunca le había gustado el fútbol, aunque algunos futbolistas le atraían la mirada de una manera que él nunca había querido reconocer. No tenía mucho pelo en las piernas; casi podría decirse que eran las piernas de un adolescente.

Comenzó a acariciar los muslos lentamente y empezó a sentir una ligera tensión en sus genitales. Se bajó la cremallera de los pantalones y metió la mano. Su pene estaba ligeramente entumecido; lo cogió con los dedos de la mano izquierda y empezó a acariciarlo, a la vez que sentía un ligero escozor residual en sus nalgas. Se recordó a sí mismo tendido sobre las rodillas de D. José, a su merced, y se acordó de las sensaciones punzantes provocadas por los golpes. Su excitación aumentó considerablemente. Entonces se preguntó si su culo estaría rojo todavía. Se levantó y se dirigió hacia el espejo del armario. Se bajó los pantalones, se dio la vuelta y lo observó: no quedaba más que un ligero enrojecimiento en la base de los muslos. Acarició sus posaderas con la mano izquierda y cogió su pene con fuerza con la derecha. Empezó a respirar pesadamente mientras se frotaba lentamente de delante atrás.

Entonces se abrió la puerta y alguien asomó la cabeza. Héctor sintió que el corazón se le salía del pecho, a la vez que se daba la vuelta e intentaba subirse rápidamente los pantalones. Con los nervios, no atinaba a encontrar el cinturón para tirar de él hacia arriba.

"No te los subas. Tienes un culo muy bonito".

Era una voz joven y sonaba justo detrás de él. Se había dado mucha prisa en recorrer la distancia entre la puerta y él mismo. Al mismo tiempo sintió una mano apoyándose en sus nalgas y recorriéndolas con suavidad. Se volvió rápidamente y contempló a la persona que tenía delante de sí. Era Juan, el muchacho que acababa de ver esa tarde en el vídeo, aunque su cara no era ya la de un muchacho y su uniforme era también distinto: no llevaba pantalones cortos sino un traje oscuro y una gorra de plato.

"No te asustes. Me llamo Juan y hasta hace poco tiempo yo ocupé tu lugar, llevé la misma ropa que tú y llevaba casi todo el día el culo mucho más rojo que tú. Sólo quería conocerte y presentarme. Me gustaría que fuésemos amigos".

Héctor ya se había subido los pantalones y se había repuesto de la sorpresa. Contempló a Juan. Tenía una cara agradable y era más o menos de su estatura. Saber que había estado en su misma situación le inspiraba confianza y despertaba su curiosidad. "Me llamo Héctor. Sólo estaba....mmm.... – no sabía qué decir, era evidente lo que estaba haciendo-".

"A D. José o a Alejandro no les gustaría lo que estabas haciendo, pero no te preocupes, no se lo diré a nadie. Entre colegas tiene que haber solidaridad ¿no te parece?".
"Gracias, ya me espera esta noche una zurra y si lo supieran, creo que no me podría sentar en una semana. ¿Cuánto tiempo hace que dejaste mi empleo?".
"Uno o dos meses. Decidí quedarme al servicio de D. José. Al fin y al cabo es un trabajo seguro y además le he cogido cariño. Ahora soy su chofer. El anterior se jubiló hace poco".

"Pero.... ¿D. José todavía te calienta el culo?".

"Aún no lo ha hecho, desde que soy su chofer, pero tiene derecho a hacerlo. Al fin y al cabo le sigo perteneciendo. Ahora eres tú su ojito derecho. En este viaje, no ha hecho más que recomendarme que cuide de ti y te aconseje para que tu aclimatación a la casa sea lo más rápida posible".

"Y....-le daba vergüenza preguntarlo- ¿tú también puedes....?.

"No me gustaría perderme el placer de darte alguna zurra. Además puedo darte muchos consejos sobre la manera más adecuada de recibir una buena azotaina. Ten en cuenta que vas a recibir muchas y algunas muy fuertes y yo tengo mucha experiencia en eso".

"¿Te importaría....darme un poco de....pomada? Sólo si tú quieres. Aún me duele un poco". Se puso colorado. ¿Cómo podía haberle dicho eso?

"Será un placer- dijo. Colócate encima de mí". Se sentó en el sofá y esperó a que Héctor se tumbase sobre él. Juan no pudo evitar acariciar sus muslos y su trasero. "Tienes unos buenos cuartos traseros muchacho. Te espera un futuro muy caliente, te lo digo yo".

"Si quieres....algo de mí.....no tienes más que pedirlo". ¿Pero qué estaba diciendo?

"Descuida, no lo dudaré. Date la vuelta".

Héctor se dio la vuelta y se colocó tumbado sobre el sofá con las piernas de Juan bajo su trasero, a pesar de que lo que le había pedido era que le masajease el culo. Estaba un poco incómodo, el cuerpo arqueado hacia atrás, pero se dio cuenta de que quería someterse a él, lo deseaba. Deseaba que Juan le acariciase, le metiese mano, le zurrase, le hiciese lo que él quisiera. "Ya me tienes".

Juan puso su mano sobre uno de sus muslos y lo acarició con fuerza, mientras iba subiendo hacia la abertura de la pernera del pantalón. Héctor empezaba a sentirse excitado y la parte anterior del pantalón empezaba a elevarse visiblemente. "¿Te gusta eh? Creo que vas a disfrutar de tu trabajo, querido mío". Pasó la mano por el bulto de los pantalones y lo frotó circularmente con suavidad. Héctor cerró los ojos y se entregó al placer.

"¡Basta por hoy!", le dio una fuerte palmada en el muslo, que hizo regresar bruscamente a Héctor de su viaje. "Si te corrieras, Alejandro lo notaría esta noche y se encargaría bien de los dos. Ya te explicarán que las descargas sexuales sólo se te permitirán en contadas ocasiones y controladamente".

"Pero puedo darme una ducha después y no notarán nada", respondió, frustrado, Héctor.

"Te equivocas. Hay maneras de saberlo, aunque te hayas duchado". Tampoco quiero zurrarte hoy, porque queda poco tiempo para tu primera sesión con Alejandro. Comprenderás entonces por qué te lo digo, la recordarás durante mucho tiempo".

Héctor tragó saliva. "¿Tan duro va a ser?".

"No te preocupes, lo aguantarás. Sin embargo, te propongo algo. Cuando yo ocupé tu puesto, tenía dieciocho años y entonces, conocí a Alex, el anterior a mí en el puesto. Nos hicimos muy amigos y tuvimos una relación bastante especial".

"Qué fue de él. ¿Sigue en la casa?".

"No, él decidió marcharse y seguir su propio camino, pero te aseguro que le costó dejarla. El y yo hicimos un pacto y acepté con gusto pertenecerle en secreto. Me hizo una marca con una tinta indeleble que simula una peca perfectamente"

"¿Dónde te hizo esa marca?".

"En un sitio del cuerpo bastante oculto. ¿Te gustaría?".

"Desde luego que sí. ¿Qué tengo que hacer?".
"Déjame hacer a mí". Le bajó la cremallera, le desabrochó el pantalón y se lo bajó hasta los tobillos, para después quitárselos completamente. Héctor le ayudó en esta acción. "Ahora levanta las piernas hasta tocar las rodillas con la frente y ábrelas todo lo que puedas. Deprisa, se está haciendo tarde y Alejandro podría aparecer en cualquier momento. Imagínate lo que pasaría si nos viera así".

Héctor hizo lo que se le pedía. Todo su periné estaba a la vista. Se sujetó las corvas con ambas manos para estar cómodo, mientras Juan extraía una especie de bolígrafo del bolsillo de su chaqueta. Con la mano izquierda cogió su testículo izquierdo y lo apartó para dejar visible la entrepierna. Acercó su mano derecha con el bolígrafo hacia ese sitio y comenzó a dibujar la marca. Héctor sintió un ligero pinchazo. Se sentía complacido. Tenía un compañero y un amigo, que estaba dispuesto a compartir con él momentos de intimidad. Hacía tiempo que echaba de menos tener a alguien cercano con quien poder charlar de temas íntimos. "Ya está. Parecerá una mancha de la piel, pero tú y yo sabemos lo que quiere decir. Además de pertenecer a D. José, eres mío". Le dio una palmada en el culo. "Baja las piernas".

"Soy tuyo ¿no te gustaría tomar posesión dándome unos azotes?".

"Me gustaría mucho, pero no hay tiempo ahora. Alejandro estará al llegar."

Le ayudó a levantarse y a ponerse de pie. Le acarició el pene con suavidad. Héctor estaba completamente empalmado. "Vístete y baja a cenar. Y luego disfruta lo que puedas de tu primera zurra con Alejandro. Comprobarás que es memorable". Le dio un beso en los labios y se marchó por donde había venido.

Héctor se quedó de pie en medio de la habitación, sujetándose el paquete Con la mano. Ahora tenía dos amos. Vaya día. Pero estaba feliz y excitado.

DIEZ

Héctor se subió los pantalones confuso y muy excitado. Intentó reprimir los deseos de masturbarse y hacer tiempo antes de que llegara Alejandro. Sin embargo las experiencias de todo el día se le agolpaban: los azotes de don José, la promesa de nuevas palizas por parte de Alejandro, de Juan y del cocinero, las imágenes y dibujos de azotainas a chicos como él en las revistas, el vídeo de don José castigando a Juan, el culito del chofer enrojeciendo bajo la mano y el cepillo, la expresión firme y severa de don José, la humillación que el también había sentido al estar sobre sus rodillas, la exposición de sus piernas, su trasero y su pene desnudos ante hombres mucho mayores que él ... No pudo aguantar mas; se sentó en el sofá de su habitación, se bajó los pantalones de nuevo liberando su miembro totalmente erecto, y empezó a agitarlo con energía.

¡Héctor!

El grito le hizo temblar. La erección le bajó increíblemente rápido al ver a Alejandro mirándole con expresión severa.

¿Te parece bien lo que estás haciendo?

Estaba tan avergonzado que no sabía que decir. Empezó a balbucear excusas casi ininteligibles. Una oleada de terror le invadió al ver al mayordomo acercarse a él con pasos rápidos. Lo levantó del sofá para sentarse en él, y rápidamente lo colocó sobre sus rodillas. Le bajó el pantalón, que el muchacho había intentado medio subirse, y le subió la camisa dejando las nalgas de Héctor totalmente desnudas y accesibles a su mano derecha; con esta última empezó a masajearlas vigorosamente, preparándole para el castigo que el propio muchacho veía como inevitable y merecido según las normas de la casa.

No esperaba de un muchacho tan agradable como tu este comportamiento, Héctor. No creí necesario decirte que esos vicios no se te van a consentir en esta casa; iba a dejar tu castigo para después de cenar, pero veo que lo necesitas mas de lo que suponía, así que te vas a llevar un buen anticipo ahora mismo.

Mientras decía esto, el tanteo de las manos expertas de Alejandro le decía que las nalgas de Héctor estaban casi totalmente recuperadas de los azotes de aquella mañana y listas para un buen castigo. Levantó su mano todo lo alto que pudo y la dejó caer con estrépito en el culo que tenía sobre las rodillas. Héctor aulló y una señal roja reprodujo a la perfección la palma y los cinco dedos de Alejandro sobre la nalga derecha del joven. Poco tiempo después la mano impactó con la misma fuerza sobre el otro carrillo.

Héctor chilló y forcejeó ante aquellos manotazos mucho mas fuertes que los de don José de aquella mañana; ¿de donde sacaba ese viejo tanta fuerza? Alejandro estaba realmente enfadado y Héctor sintió verdadero pánico; intentó levantarse pero la mano izquierda del mayordomo lo agarró firme mientras le amenazaba:

Ay de ti si te levantas; aguanta el castigo que te mereces.

El tono era tan frío que Héctor obedeció sin rechistar. A pesar de su enfado inicial, Alejandro bajó la fuerza de los azotes, en parte porque su propia mano se resentiría de lo contrario. Visiblemente mas tranquilo, azotó con calma el trasero del chico, que ya estaba visiblemente colorado, durante un par de minutos. Pasada la tensión del principio, Héctor empezó a llorar por el dolor y por todas las emociones acumuladas durante el día. Alejandro interrumpió el castigo, no por compasión ante los lloros, sino para poder continuarlo con calma después. Uno de sus mayores placeres era darle una buena azotaina a un chico antes de dormirse, y hoy no quería privarse de ese gusto por nada; y para eso las nalgas de Héctor no deberían estar demasiado resentidas a la hora de acostarse. Así que dejó de golpear al pupilo de don José y empezó a acariciarle suavemente el trasero:

Bueno, muchacho, ya está bien. Habías sido muy malo y había que corregirte en el momento... No llores. Ahora levántate y componte porque tenemos que bajar a cenar.
Héctor se levantó; Alejandro lo abrazó para confortarlo y le acaricio un poco más el culo.

Bueno, bueno, ya está.

Mas contento y mas tranquilo, Héctor se subió los pantalones y se lavó la cara en el baño. La cena fue muy agradable, y Alejandro le permitió colocar un cojín en la silla, ante la mirada maliciosa del cocinero.
Veo que el caballerete ha sido castigado ya. Eso es lo que hay que hacer, la mano dura es lo mejor con los jóvenes.

Alejandro estuvo de lo más amable y hasta le contó alguna que otra anécdota divertida. Tras la cena pasaron al salón y siguieron charlando un rato hasta que el mayordomo anunció que era hora de retirarse.

Supongo que estarás cansado después de un día tan agitado, y además tenemos un asunto pendiente antes de que acabe el día.

Un escalofrío recorrió todo el cuerpo de Héctor.

¿Un asunto pendiente?

Por supuesto. La azotaina anterior castigó tu pequeña depravación, pero tienes un castigo pendiente que don José me encargó esta mañana. No pensarías que íbamos a dejarlo de lado.

Pero yo... -Héctor estaba indignado y volvía a tener ganas de llorar-. No veo por que tengo que ser castigado otra vez.

Estás empezando tu aprendizaje y debes de ser obediente. Los azotes te vendrán muy bien, y además estarás de acuerdo en que tu comportamiento los merece.

¿Me... me va a azotar otra vez?

Por supuesto, ya habrás notado que los azotes son el castigo mas frecuente en esta casa. A don José le gusta que sus pupilos se acuesten con el culito muy rojo, y tengo que reconocer que estoy totalmente de acuerdo con él en ese sentido. Por favor, retírate a tu habitación, desnúdate y espérame allí.

Héctor vio inútil el quejarse; subió a su habitación y se desnudó. Al verse desnudo, la perspectiva de volver a colocarse sobre las rodillas de Alejandro hizo, para su sorpresa, que volviera a tener una erección.

Alejandro no tardó en aparecer; contempló complacido y no enfadado el pene erecto del muchacho y, con expresión afable y sin mediar palabra, lo cogió de la mano y se lo llevó al sofá. Allí se sentó y colocó con delicadeza su cuerpo desnudo sobre sus rodillas. Observó y palpó con agrado el cuerpo que se le ofrecía, especialmente las nalgas aun bastante sonrosadas de los azotes anteriores. Empezó a darles palmadas de forma casi tierna.

El ritmo de los azotitos fue subiendo y su fuerza se incrementó. Sin embargo casi resultaban mas agradables que dolorosos, y Héctor empezó a sentir un gran placer en verse castigado por aquel hombre en aquella posición humillante. De vez en cuando Alejandro interrumpía los azotes y masajeaba durante un tiempo las nalgas deliciosamente coloradas de Héctor, para volver luego a las palmadas. A medida que el castigo se prolongaba, la acumulación de golpes sobre el trasero ya anteriormente escocido del muchacho se fue haciendo cada vez más dolorosa, sobre todo porque los masajes evitaban que la piel se endureciera y los nuevos azotes volvían a caer sobre piel blanda. El dolor casi insoportable de los golpes débiles pero reiterados, seguido del placer de las caricias de la mano maestra de Alejandro, se convirtió en una lenta tortura para las posaderas del desdichado Héctor. Tanto don José como Alejandro eran, en dos estilos muy distintos, auténticos expertos en el arte del azote de las nalgas de un muchacho.

ONCE

Mientras Héctor se sumergía en sus pensamientos, Alejandro cambió de rumbo, le obligó a abrir las piernas con la mano y comenzó a masajear sus muslos en sus caras posterior y laterales. Héctor comprendió entonces que su castigo no había terminado todavía. Su trasero le escocía algo menos, aminorado el enrojecimiento por la pomada, y esa sensación, sumada a la que estaba recibiendo en los muslos con los masajes, casi caricias, volvió a excitarle de manera que su pene estaba empezando a crecer de nuevo, comprimido contra los muslos de Alejandro.

El mayordomo se dio cuenta de la presión y abrió sus piernas para que el miembro de Héctor quedara libre entre ellas. Seguidamente pasó su mano izquierda por debajo de la cintura del muchacho, comenzó a acariciárselo lentamente con los dedos, y extendió sus caricias hacia el escroto y el periné. Héctor empezó a gemir por el acumulo de sensaciones placenteras que recibía a través de su piel. "Alejandro, no digo que no quiero que sigas, pero ¿por qué no me dejas que me masturbe por mi cuenta y ahora me lo estás haciendo tú?", dijo, en medio de la creciente excitación.

"Sabemos que necesitas desahogos con alguna frecuencia, pero sólo se te permitirán en determinadas ocasiones y siempre de forma controlada por alguno de nosotros, nunca por ti mismo, cuando tú lo desees. Es una de las consecuencias de la firma que llevas sobre tus nalgas"- acarició la nalga derecha, donde la rúbrica del señor certificaba que le pertenecía a él- Héctor notó amplificado el escozor residual de la paliza-, y volvió enseguida a preparar los muslos. "Date la vuelta, muchacho". Así lo hizo y quedó tendido boca arriba sobre las piernas del mayordomo, haciendo evidente una poderosa erección. Volvió a coger el pene con su mano izquierda y con la derecha empezó a masajear la cara anterior de sus muslos. "Vas a recordar esta zurra durante mucho tiempo, te lo aseguro".

La excitación de Héctor crecía, ante las expertas caricias y masajes del mayordomo. Su respiración se hizo pesada, los gemidos eran cada vez más evidentes, su cuerpo se tensaba y Alejandro contemplaba complacido el proceso. Los masajes sobre los muslos y las rodillas eran casi más excitantes que las caricias genitales. ¿Se le habría incrementado la sensibilidad de la piel de las piernas por el hecho de llevarlas al aire?

¿Qué le tenía preparado Alejandro para esa noche?

"Ya estás preparado, chico, date la vuelta de nuevo". Lo hizo, y sus nalgas quedaron de nuevo expuestas. Cada vez era más consciente de su falta de control sobre su voluntad. La mano izquierda de Alejandro volvió a deslizarse por debajo de su cintura y le agarró fuertemente el pene y el escroto, lo que le hizo estremecerse de placer. De improviso, sintió un fuerte azote sobre la parte posterior del muslo derecho, luego del izquierdo y después, insistentemente, sobre uno y otro, sin descanso. Al tener las piernas abiertas, los golpes cubrían casi toda la superficie de los muslos entre el pliegue glúteo y las corvas, incluyendo los laterales y las caras internas. Héctor cerró los ojos y apretó los dientes.

"Aguanta muchacho"- le dijo Alejandro mientras le azotaba los muslos continuamente. La sensación de picor comenzó muy pronto. El picor se transformó en escozor y después en calentura. La sensación de repleción genital aumentaba cada vez más, alimentada por la presión de la mano del mayordomo, por la sensación de calor en los muslos, y por el exquisito placer que sentía al saberse sometido por completo a la voluntad de otro hombre. Cuando el dolor comenzaba a ser insoportable, Alejandro paró. "Ahora vuelve a darte la vuelta".

Entonces comenzó el mismo proceso sobre la cara anterior de los muslos, a la vez que proseguía la presión sobre los genitales. No sabía qué era mayor si el dolor sobre los muslos o la excitación genital. Y sin embargo, no estaba acostumbrado a resistir tanto tiempo sin eyacular. El mantenimiento de aquél nivel de excitación sin descargarse le estaba volviendo loco. Abrió los ojos y contempló la escena. La mano derecha de Alejandro subía y bajaba alternativamente, estrellándose contra sus muslos, que ya tenían un uniforme color púrpura. No sabía cuántos azotes había recibido ¿serían cincuenta o sesenta? No estaba seguro. Quizá se le estuviese haciendo el rato muy largo y fueran muchos menos. ¿O quizá muy corto y hubieran sido muchos más? El sonido de los golpes llenaba la habitación y penetraba en su cerebro amortiguado, como lubricado con vaselina.

Alejandro paró repentinamente y apartó la mano de los genitales del muchacho. "¿Tienes algo que decirme, chico?". "No señor"- respondió Héctor. Dos azotes más cayeron con una enorme intensidad sobre los muslos del muchacho, haciéndole gritar. "Tienes que aprender- dijo el mayordomo- que estos castigos son por tu bien. Por lo tanto, tendrás que acostumbrarte a dar las gracias".

"¡No!", gritó el muchacho. Aquello le parecía demasiado. Tener que darle las gracias encima le parecía demasiado humillante. Dos nuevos azotes aún más fuertes. Las lágrimas aparecieron entonces como torrentes en sus ojos. "Estoy esperando, Héctor. ¿No te das cuenta de que tienes que doblegarte a mi voluntad? Vamos muchacho, dilo y todo habrá terminado por hoy. No te resistas, es inútil".

"No lo haré, hostias"- respondió con voz entrecortada, mientras el llanto se desbordaba, como el de un niño desconsolado.

"Está bien, Héctor. Tendremos que empezar de nuevo. Date la vuelta otra vez.". En esta ocasión, el mismo mayordomo condujo los movimientos del muchacho sobre sus rodillas. Los azotes se reanudaron sobre sus nalgas con intensidad creciente. El dolor era cada vez más insoportable, pero la excitación no decrecía, a pesar de que ya no sentía la mano de Alejandro sobre sus genitales. Lloraba ya sin frenos.

"Por favor, Alejandro, no puedo recibir más azotes". Pero los azotes no cesaban. "Claro que puedes, chico. Descubrirás poco a poco que eres capaz de recibir muchos más de los que tú creías. Sólo estoy esperando que me des las gracias por tomarme la molestia de educarte y pararé".

"Está bien, Alejandro"- no podía más. "Gracias".
Pero los azotes no pararon.

"No es suficiente. Repite conmigo: Te doy las gracias, Alejandro....".

Héctor lo repitió. "...por estos azotes que me merezco....".

Los azotes continuaban. Héctor lo repitió.

"...y que me das porque me quieres".

"Y que me das porque me quieres, repitió Héctor, en un sollozo incontrolable".

Los azotes se interrumpieron y en ese mismo momento eyaculó sobre el sofá, entre las piernas de Alejandro, en varias oleadas de placer. Era el mayor orgasmo que había tenido nunca. Su cuerpo se curvó hacia atrás, para afrontar aquélla marea imparable, y después de unos segundos interminables, se desplomó.

Héctor seguía llorando. Había perdido todo el control sobre sí mismo. Estaba desatado. Lloraba como no había llorado nunca de niño. Toda la energía que había acumulado desde la infancia se había derramado en ese llanto. Había dado el último paso en perder toda autoridad sobre sí mismo y en entregársela a sus nuevos amos. En este momento, se había convertido en un esclavo.

Definitivamente, aquélla zurra no la olvidaría en la vida.

Alejandro volvió a administrarle con cuidado una buena dosis de pomada calmante sobre su pobre culo y sus atormentadas piernas. "Bien, Héctor. Has aprendido la lección, muchacho. Ahora has comprendido".

Las cariñosas caricias de Alejandro le consolaban y se extendían sobre la piel castigada. Realmente se sentía agradecido por aquél momento y porque había descargado toda su rabia acumulada durante años. Ahora estaba completamente relajado y listo para empezar su nueva vida bajo el cuidado y las órdenes de D. José y de Alejandro.

"Levántate, ponte el pijama y acuéstate. Mañana tienes que madrugar".

Héctor se levantó y se quedó de pié, frente a Alejandro. Este se levantó también. Entonces Héctor le abrazó con fuerza. Quería a aquél hombre como si fuera su padre. Alejandro se dejó abrazar y colocó sus manos sobre el trasero de Héctor, acariciándole con ternura. "Bien, muchacho, bien. Bienvenido a la familia". Se desprendió del abrazó y salió de la habitación.

Héctor se frotó suavemente el culo con ambas manos y fue en busca del pijama, hacia el armario. Lo encontró en uno de sus cajones. Al desdoblarlo, se dio cuenta de que el pijama también era de pantalón corto. "Naturalmente", pensó, mientras sonreía. Se lo colocó rápidamente y se acostó boca abajo, después de comprobar que la presión de las nalgas contra la cama aún le molestaba. "Mañana se habrá pasado". Y dicho esto, se durmió exhausto.

DOCE

Héctor salió disparado del salón hacia el piso de arriba para cambiarse de ropa. D. José le había dicho que encima de la cama tendría preparada la ropa de deporte.

Esa mañana tenía preparada la ropa que llevaba ahora sobre una silla de su cuarto: unos pantalones muy cortos grises (quizá quería que fuesen visibles los resultados de la zurra de anoche sobre los muslos), un polo azul de manga corta y unos calcetines largos azules con dos bandas grises en la vuelta bajo la rodilla.

Subió las escaleras de dos en dos, tenía ganas de mover un poco el cuerpo. Al llegar arriba y doblar la esquina se dio de bruces con una mujer quien, por la fuerza del encontronazo cayó hacia atrás y quedó sentada sobre el suelo. Era una mujer enorme, de avanzada edad, con una prodigiosa cintura, vestida con una bata de rayitas azules. Le miró desde el suelo con sus ojos pequeños y maliciosos y una mueca de disgusto en los labios.

"¿Dónde crees que vas con esa prisa jovencito?"- le dijo la mujer redonda.
"Perdone yo.... no la había visto. Déjeme que le ayude". Se inclinó para cogerle por...entonces se quedó mirándole, ¿por dónde la cogía? Aquello parecía inabarcable. Se decidió por sujetarla por las axilas y tiró de ella hacia arriba con toda su fuerza. Logró separarla unos centímetros del suelo después de un ímprobo esfuerzo pero entonces, el peso muerto de la mujer le venció y volvió a caer sobre su trasero, arrastrando al muchacho que cayó sobre ella, con sus piernas sobre los desmesurados pechos de la mujer y sus ingles directamente sobre su cara. La mujer gritó asustada y puso los ojos bizcos para poder concentrar la mirada sobre el pantalón del chico.

Su voz sonaba amortiguada bajo la los bajos de Héctor; "¡Socorro, quítate de encima ahora mismo; asesino!".

Héctor se levantó como pudo. "Perdone, yo sólo quería ayudarle".

Entonces la mujer se inclinó lateralmente, dobló las rodillas y apoyándose en un pie, consiguió ponerse en pie, mirando de frente al muchacho con los labios apretados de rabia y las manos en las caderas. "Así que no me habías visto, gamberro. Vas a aprender ahora mismo que no se puede ir por la casa como una apisonadora". Le cogió por la mano y arrastró al chico hacia el otro extremo del pasillo, en donde había una mesita con una lámpara y una silla".

"Señora, ha sido sin querer, yo no sabía que estaba usted aquí"- se excusaba Héctor inútilmente, sin saber qué pretendía hacer con él aquélla mujer tan enfadada.

"Sólo faltaría que lo hubieras hecho a drede". La mujer se sentó en la silla y tiró de la mano del joven para colocarlo sobre su falda. "Vas a saber lo que es bueno. ¿Ya sabes por qué hay tantas sillas en la casa?". Realmente se había fijado de que en los pasillos había sillas por todos los rincones, pero no le había sorprendido demasiado.

"Pero señora, por favor, le pido perdón otra vez", el chico no sabía qué decir pero ya tenía una idea de lo que se proponía hacer la mujer. Cayó sobre sus piernas, balanceando las suyas y su cabeza a ambos lados. "No, por favor, no puede hacer eso, le pertenezco a D. José y a él no le gustaría", pensó que aquello podría hacerle cambiar de opinión.

"Descuida jovencito. Todos en esta casa tenemos permiso para calentarte el culo si te hace falta". A la vez que hablaba buscaba en el pantalón del muchacho. Entonces se oyó un sonido de velcro y la parte trasera de su pantalón se desprendió en bloque, dejando sus nalgas al descubierto.

¿Cómo había hecho eso? El no se había dado cuenta en todo el día de que hubiera un mecanismo de esa clase en sus pantalones.

Entonces la mujer se descalzó el pie derecho y fue a inclinarse para coger la zapatilla del suelo, pero su cuerpo y el cuerpo del chico que tenía encima se lo impedían. Entonces le dio un azote con la mano sobre las nalgas desnudas. "Coge mi zapatilla y dámela ahora mismo", dijo en tono autoritario.

"¡Ay!, por favor, no".

"Que la cojas te he dicho o te daré el doble".

Héctor se estiró para coger la zapatilla y luego se dobló para alcanzársela a la mujer.
"Ahora verás", dijo ella, después de coger su zapatilla. Comenzó a azotar al chico una vez tras otra. Las sensaciones eran mucho más dolorosas y masivas que las recibidas con la mano. Cuando se cansó de golpear el trasero, empezó con los muslos. Héctor gritaba con cada golpe y pedía clemencia. "Ay, Señora, por favor, le prometo que no volveré a correr por la casa. ¡Ay!"

Cuando se hubo cansado, tiró la zapatilla al suelo y puso su mano sobre el trasero del chico. "Espero que esto haya hecho que cambies de actitud y vayas con más cuidado en lo sucesivo. Levántate y ve a tu cuarto. Allí encontrarás la ropa de deporte sobre la cama".

Héctor se levantó y se frotó las posaderas con ambas manos, mirando hacia atrás para ver si habían quedado marcas, porque la paliza había sido intensa. Luego, con la cabeza baja, el culo al aire y el trasero del pantalón colgando por detrás de sus muslos fue caminando despacio, mirando hacia atrás para ver si la mujer seguía allí. Y allí estaba con los puños en las caderas y los labios apretados, de pie, en medio del pasillo. Cuando llegó a su habitación, comprobó que la ropa estaba sobre la cama. Una camiseta de manga corta, un pantalón blanco minúsculo que apenas debía cubrirle las nalgas y unas medias también blancas.

TRECE

Héctor se puso la ropa de deporte; el pantalón era tan corto que le dejaba la esquina de las nalgas al aire. Se miró en el espejo; supuso que el tono rosáceo de los muslos sería imperceptible para alguien que no supiera que había recibido azotes, sin embargo sí se notaba el enrojecimiento en el extremo superior de los muslos y en las esquinas de las nalgas al lado de la cadera, que el pantaloncito dejaba al aire. Además era muy apretado, con lo que el culo quedaba perfectamente dibujado e incluso se marcaban los genitales por delante. Sin embargo, Héctor pensaba mas en la azotaina que acababa de recibir; se acarició el trasero; metió la mano bajo el pantalón y notó aun el calor de la zurra, que casi quemaba.

Al bajar a la entrada de la casa, Alejandro le esperaba con cara de pocos amigos. Le indicó que salieran fuera de la casa.

Elisa, la señora de la limpieza, me ha informado de tu comportamiento. Si no me hubiera dicho que ya te ha castigado debidamente, te daría una paliza ahora mismo. Déjame ver.....

Fue hacia él y le introdujo la mano derecha por dentro del pantalón. Afortunadamente para Héctor, la casa estaba bastante aislada y no se veía a nadie por el jardín. Alejandro palpó con esmero y probablemente con deleite el culo rojo y caliente de Héctor y, no contento con esto, le bajó los pantalones hasta la mitad de los muslos y observó las nalgas con atención mientras seguía acariciándolas. El pene de Héctor empezaba a engordar ante estas caricias.

Bueno, el castigo no ha estado mal, pero si me vuelvo a enterar de que andas atropellando a la gente por la casa te vas a llevar una azotaina mucho peor que esta. ¡Andando! -Y le soltó un par de azotes inesperados sobre el culo escocido, uno en cada nalga. Héctor soltó un pequeño grito de dolor.

A continuación Alejandro le obligó a correr alrededor del parque que rodeaba la casa; el mayordomo, que se había puesto un chándal, le acompañó en algunos tramos y demostró estar en plena forma a pesar de estar al límite, o tal vez más allá, de la edad de jubilación; por eso podía pegar esas azotainas tan largas y no caer agotado. Después de correr y de hacer una tabla de gimnasia, Héctor quedó totalmente extenuado.

De acuerdo, basta por hoy. Venga, a la ducha.

Los dos hombres entraron de nuevo en la casa. El baño que había junto a la habitación de Héctor no tenía ducha, así que fue a otro baño del mismo piso, muy espacioso; pero al ir a cerrar la puerta, notó que no tenía ningún tipo de pestillo ni forma de evitar que cualquiera entrara. Aquello le mosqueó; no le sorprendió cuando al poco rato Alejandro entró sin llamar y con toallas.

Había ido a buscar las toallas. Ya tienes todo listo.

Héctor se quedó quieto esperando a que se marchara. Sin embargo Alejandro ni se inmutó.

¿A que estás esperando? Dame tu ropa, para echarla a lavar.

Te la puedo dejar ahí y la recoges luego.

No deberías decirme como tengo que hacer las cosas, jovencito. Desnúdate y entra en la ducha o te pondré el culito aun mas caliente de lo que lo tienes.

De mala gana, Héctor se quitó la camiseta, las zapatillas, los calcetines, y finalmente el pantaloncito; cada prenda que se quitaba, la recogía Alejandro. Cuando estuvo desnudo, Alejandro siguió sin retirarse. Quería verlo entrar en la ducha. Héctor se dio la vuelta y entro rápidamente en el recinto de la ducha, mientras notaba la mirada de Alejandro contemplando con satisfacción sus nalgas todavía rojas. Por fin Alejandro se fue y Héctor abrió el grifo del agua.

Al salir de la ducha, el mayordomo volvía a estar allí esperándole; se había quitado el chándal y llevaba el uniforme normal de trabajo. Volvía a parecer muy enfadado.

Héctor comprendió en seguida por que al ver el suelo bastante encharcado.

¿No sabes cerrar bien la puerta de la ducha, Héctor? Mira como has puesto el suelo; Elisa tendrá que volver a fregarlo.

Yo.....

No tuvo tiempo de responder nada. Alejandro se quitó la chaqueta y se remangó la camisa.

Por favor, Alejandro. Fue sin querer...

Pero la mano del mayordomo ya estaba buscando su culo. Se las arregló para colocar el cuerpo desnudo y mojado de Héctor frente al espejo sin apenas mojarse la ropa, y le soltó una ristra de cinco o seis sonoros azotes:

Ya te daré yo a ti "fue sin querer”....

Héctor se llevó las manos al culo; los azotes sobre la piel mojada dolían el doble que sobre la seca y estaba a punto de llorar. Alejandro lo arropó con la toalla y empezó a secarle el pelo con cierta brusquedad.

Ya hablaremos luego. Venga, a la habitación -dijo, mientras le ceñía una toalla a los hombros y otra a la cintura.

Con el culo dolorido, Héctor fue guiado a su habitación. Sobre la cama había un uniforme limpio. Alejandro no se fue; se puso a secarlo con calma, y Héctor no se atrevió a resistirse. Cuando estuvo totalmente seco, le retiró las toallas y se sentó sobre la cama. Como Héctor se temía, lo hizo tumbarse totalmente desnudo sobre sus rodillas.
Eres muy despistado, Héctor. Y los despistes hay que castigarlos.

Le masajeó un poco las nalgas, y comenzó a azotarlas. Los golpes no eran fuertes pero la piel del trasero estaba bastante escocida y el muchacho se quejaba. Alejandro dudó, y trasladó el castigo a la parte trasera de los muslos. Tras unos minutos, cuando los muslos estuvieron del mismo color rojizo de los glúteos, decidió interrumpir el castigo.
Tendremos que dejarlo aquí. Don José te espera.

Levantó a Héctor de sus rodillas, le acaricio un poco el pelo, le sonrió ligeramente y se marchó dejándolo allí de pie desnudo. El muchacho recordó la clase de Don José. ¿Llegaría a tiempo?

Un esposo ofendido

vara y sumisión

Autora: Mayte Riemens

Inglaterra. 1890.

Tenía 17 años cuando mis padres me casaron con un hombre de 35, guapo y elegante, muy rico y noble pero, a mis ojos de niña, muy viejo.
Al principio, Edward, mi esposo, no hizo mucho por ganarse mi afecto o mi respeto. Yo tenía la sensación de que era para él como un artículo necesario que había adquirido para completar su mobiliario. Su indiferencia hacia mí era casi absoluta, y aunque era cortés y educado, no me daba el trato y la atención que se merece una esposa. ¡Ni siquiera hizo nada por llevarme a la cama y concretar así el matrimonio!

Su indiferencia me hizo pensar que yo no le interesaba como mujer y, por lo tanto, a mí no me pareció inconveniente continuar con la amistad que tenía con un joven apenas un par de años mayor que yo. A veces nos veíamos en un parque cercano a la casa de mi esposo, nos carteábamos o asistíamos a la misma función de teatro.

Llevábamos tres o cuatro meses sosteniendo esa relación, bastante inofensiva, pues no pasábamos de tomarnos discretamente por las manos o darnos, ocasionalmente, un beso en la mejilla. Sin embargo, alguien comentó a mi esposo que me había visto en el teatro con un joven y pareció que me estallaba una bomba en las manos.

Edward me hizo subir a su estancia privada. Yo no sabía nada y acudí confiada.

- ¿Me hizo usted llamar, señor?
- Sí – me contestó desde su sillón en el que fumaba indolentemente. Noté que mis doncellas personales, las que el propio Edward había asignado a mi servicio, se encontraban presentes, estaban de pie en un área poco iluminada de la habitación en donde había una mesa.
- Me han dicho que te vieron anoche en el teatro principal ¿Asististe a la función? – preguntó mi esposo sin dar ninguna expresión a su voz
- Sí, lo hice, señor. Daban una obra que me interesaba...
- ¿Fuiste sola? – me interrumpió. Sentí un ligero escalofrío
- Sí, señor – respondí en la forma más natural que pude
- ¿No te encontraste con alguien en el teatro?
- Yo... no... no sé a qué se refiere usted, mi señor – balbucee tratando de ocultar mi nerviosismo y la vergüenza infinita que me producía el estar siendo reprendida frente a mis sirvientas.
- ¡Me refiero al mequetrefe con el que te has estado viendo, Isabel! – exclamó sin gritar pero evidentemente enfadado - ¡¿Crees acaso que soy un idiota?! ¿Quieres ponerme en ridículo ante todo el mundo? ¿Qué en la calle me llamen cornudo?
Temblé asustada. Nunca lo había visto exaltado. Parecía furioso y dispuesto a todo. Yo no sabía qué decir y sabía, en cambio, que mis citas con Eugene eran reprochables por mi condición de mujer casada.

- ¡Respóndeme, Isabel!
- Señor... yo... sí, vi a Eugene en el teatro pero fue una casualidad... usted sabe que habíamos sido amigos y...
- ¿Y ahora quieren ser amantes?
- ¡Oh, no! ¡No, señor! Yo no me atrevería...
- ¡Basta, Isabel! ¿Crees que soy estúpido?
- ¡No! ¡No, señor! Discúlpeme. No volveré a...
- ¡Yo me encargo de que no vuelvas a mirar a ese vago! ¡Serás castigada como te mereces! ¡Aprenderás a respetarme y a obedecerme! ¡Después del castigo besarás mis manos y hasta el suelo que piso!
- ¡Señor...! – exclamé alarmada y humillada por lo que me parecía un atropello a mi dignidad.
- ¡Cállate! De ahora en adelante vas a hacer lo que yo diga y te vas a comportar como yo quiera – Ante su furia y las amenazas, me pareció que lo más prudente era someterme y mostrarme dócil, pues de todas maneras no tenía escapatoria.
- Sí, mi señor – murmuré con la cabeza baja y los ojos clavados en el ruedo de mi falda.
- Muy bien. ¡Llévenla a la mesa! – ordenó a las doncellas y éstas se acercaron a mí.

Yo estaba tan sorprendida y asustada que no pude evitar que me tomaran cada una por un brazo y me hicieran caminar hasta la mesa que se hallaba en media penumbra. Pese a mis esfuerzos por librarme, las chicas me hicieron tumbarme boca abajo sobre aquella mesa y entonces mi esposo encendió una bujía cercana. Me aterroricé al ver que una de las doncellas me ataba las muñecas con unos grilletes de cuero que salían de la mesa. ¡Estaba atrapada! ¡Qué clase de castigo me iban a aplicar! Lo que parecía seguro era que sería un castigo corporal, esta certeza me aterrorizó. Aún más cuando la otra doncella inmovilizó mi cintura con una correa que igualmente salía de la mesa.
- ¡No! ¡¿Qué hacen?! ¿Qué van a hacerme? ¡Por favor, Edward! ¿Qué castigo va usted a aplicarme?
- ¡Cállate! Ya lo sabrás y lo sentirás, jovencita. Te aseguro que quedarás totalmente escarmentada.

Mi posición era incómoda y vergonzosa. Mi vientre quedaba sobre la mesa pero mis piernas colgaban hacia el piso. Apenas podía levantar la cabeza pues mis brazos estaban estirados hacia adelante e inmovilizados con las pulseras de cuero, lo mismo que mi cintura. Obviamente, en esa postura parecía que la parte castigada sería mi espalda pero ¿qué pensaba hacerme aquel hombre? ¿Azotarme como a un criminal? Estaba aterrorizada, avergonzada, humillada, comencé a llorar desconsolada.

- Descúbranle el trasero – ordenó mi verdugo con severidad.

La orden fue como un baño de agua helada para mi ánimo. ¡No sería castigada como criminal, sino como una chiquilla traviesa! ¡Sería azotada en las nalgas desnudas!
- ¡Oh, no! ¡No pueden hacer eso! ¡Por favor, Edward! ¡Se lo ruego, señor! ¡Moriré de vergüenza!
- Si no dejas de gritar, todo va a ser peor para ti, señorita. ¡Descúbranla!

Ante mi inmensa vergüenza, mis faldas fueron levantadas y volcadas sobre mi espalda. Sentí el aire a lo largo de mis piernas, en mis muslos y, sobre todo, en mis nalgas que apreté instintivamente.

¡Era horrible esa sensación de estar en el cadalso sin posibilidad de huir! Nunca nadie se había atrevido a tocarme ¡ni siquiera mis padres! Y la vergüenza infinita de ser desnudada por las sirvientas que, para colmo de males iban a presenciar el castigo. Ya las imaginaba corriendo el chisme entre toda la servidumbre de mi casa y de las residencias vecinas.

Sentí que mis medias eran retiradas y después, con un gemido, sufrí la vergüenza de perder mis bragas. Ahora mis nalgas estaban siendo exhibidas ante los ojos de mi esposo que jamás me había visto desnuda y ante las doncellas que yo imaginaba divertidas y morbosas, viendo cómo todos mis desplantes de soberbia niña rica iban a ser vengados frente a sus ojos.

- ¡Vaya! ¡Qué hermosas nalgas, cariño mío! Es una pena tener que dañarlas.
Yo sólo gemía ante esas expresiones y procuraba ocultar mi ruborizado rostro, pues la vergüenza no me permitía mirar ni a la pared.
- Pero no hay remedio, tú lo has pedido. Tus hermosas nalgas quedarán enrojecidas, marcadas y amoratadas
- ¡Oh no! ¡Por favor, señor! ¡Le ruego que tenga piedad!
- No. No la tendré. Te azotaré con esta hermosa vara – me dijo caminando frente a mí con un haz de varas de abedul, grueso y largo, atado con una cinta de terciopelo azul cielo que resultaba absurda y ridículamente cursi en un instrumento tan aterrador. Simplemente gemí y traté de ahogar un sollozo.

Edward caminaba alrededor de la mesa, rozó mis nalgas con la vara e incluso jugueteó con ella insertándola entre mis piernas, lo cual por supuesto me hizo escalofriarme de terror pero también me provocó una extraña sensación sensual, totalmente nueva para mí.

- Tendrás cien... no, ciento veinte azotes
- ¡Oh, no! ¡No, por favor! ¡No soportaré...!
- Lo aguantarás, querida. Verás que será terrible pero no es mortal. Nadie muere por una tunda. – sollocé asustada y casi deseando que comenzaran los golpes para que terminaran lo más pronto posible.

Pero mi verdugo parecía un experto torturador. Me tuvo en aquella vergonzosa postura, en aquella espantosa espera, por algo así como una hora. Colocó un espejo frente a mí, así que lo vi sentarse justo atrás de mí, como a observar un espectáculo, fumó un cigarrillo y jugueteó con la vara golpeando suavemente sus botas. Después se levantó para acercarse a mí y sin mayor anuncio, levantó la terrible vara y comenzó a azotarme.
Aullé, me agité, lloré y supliqué, pero los severos golpes continuaban pausados, uno tras otro, el silbar de la vara en el aire era seguido por el sonido seco del azote y después, por mi aullido.

Una extraña excitación sensual se apoderó de mí, en medio del agudo dolor (la vergüenza había pasado a segundo término), amé al hombre que me castigaba de forma tan cruel. Lo amé y lo justifiqué: me merecía esa azotaina, había sido infiel, desleal y descarada, mi amor debía castigarme severamente, pero mis nalgas no resistían más, mi piel ardía, dolía y palpitaba. Temblaba al adivinar el siguiente azote y mi cuerpo entero se rebelaba contra el dolor agitándose violentamente, tanto como mis ataduras me lo permitían. Pese a todo, mentalmente conté los azotes. Hubiera deseado que me pegara más rápido, pero no fue así, entre cada varazo dejaba pasar unos segundos, y cuando yo empezaba a recomponerme, me daba el siguiente.

¡Se detuvo! Sesenta golpes. La mitad de los que había prometido. ¿Sería compasión o algún refinamiento de crueldad? Por supuesto, se trataba de esto último.

- Me cansé – dijo – Más tarde tendrás el resto. Desátenla – ordenó a las sirvientas. Cuando pude levantarme me sentí algo aliviada, pues mis faldas cayeron cubriendo mis nalgas y mis piernas. Pero el alivio fue sólo instantáneo, ni siquiera tuve tiempo de frotarme el trasero para tratar de menguar el dolor que me quemaba.
- Ahora ven aquí frente a mí – me ordenó y no me atreví a desobedecer. Se había sentado en un lujoso sillón, fumaba con la vara en las manos, vara que había quedado tan maltrecha como mis nalgas.
- Arrodíllate – me ordeno. Dudé un segundo, eso era humillante, pero después de los severos azotes no me atrevía a desobedecer, así es que me arrodillé frente a él, crucé mis manos sobre mi falda y bajé la cabeza.
- Ahora pon la frente sobre el tapete - ¡Extraña instrucción! Me obligaba a una postura aún más humillante, pero no me pude resistir.
Hice lo que me ordenaba, apoyando las palmas de mis manos en el suelo, cual un musulmán en oración.
- Levántenle las faldas – ordenó y con el rostro oculto pero enrojecido sentí que mis nalgas aún más enrojecidas, volvían a quedar en vergonzosa exhibición. Suponía que estaban en un estado lamentable, pues me escocían terriblemente. Edward se puso de pie y dio la vuelta para mirarlas.
- Muy bien. Ahora tienes un trasero tal como lo mereces. Pero esto no es más que un principio jovencita. Serás castigada por semanas hasta que mi orgullo de esposo quede reparado. ¡Después de lo que me has avergonzado, me lo debes! ¡Deseo ver tus nalgas amoratadas y a ti rogándome que te discipline! ¡No dejaré de castigarte hasta lograrlo!

Sólo sollocé y temblé por la horrible perspectiva, pero continué inmóvil en la incómoda y vergonzosa postura.

- Tendrás las nalgas expuestas durante todo el día, para que yo pueda azotarlas cuando me apetezca
- Sí, mi señor – murmuré casi inaudible

Después, Edward despachó a las doncellas, lo cual agradecí infinitamente, pues su presencia era la parte más vergonzosa del castigo.

Sentí que Edward se arrodillaba tras de mí.
- Abre las piernas – me ordenó en tono áspero. Obedecí temblando e inmediatamente sentí el cuerpo de mi esposo tocando el mío.
- ¡Vaya! ¡Parece que los azotes te han gustado, querida mía! – exclamó al sentir mi sexo humedecido.
Me penetró mientras pellizcaba mis nalgas, haciéndome gemir y gritar de placer y dolor. Era evidente que a él le excitaba azotarme tanto como a mí me excitaba el ser castigada.
Cuando mi esposo estuvo satisfecho, se alejó de mí y volvió a su sillón a fumar, dejándome a mí temblorosa de pasión, de placer, de dolor y de miedo, en la misma vergonzosa postura.

Al cabo de un rato, volvió a hablar.
- Sostén tus faldas y levántate, pero si no quieres que te desnude por completo, procura mantener tus nalgas al descubierto.
- Sí, mi señor – murmuré y obedecí, sintiendo que todos los líquidos que me fluían de la vagina iban a chorrear a lo largo de mis piernas.
- Creo que ahora podemos continuar con la azotaina.
- ¡Oh, no! ¡No, por favor! – exclamé involuntariamente
- No te lo estoy preguntando, querida. Es una orden. Ponte en posición sobre la mesa. ¡Y sin chistar, si no quieres que empecemos a contar de cero!
- No, no, mi señor – me apresuré a responder, y moviéndome con dificultad por el inmenso dolor, me dirigí a la mesa y me tumbé boca abajo, luchando con mis amplias y largas faldas para evitar que cayeran sobre mis nalgas.
- ¿Debo atarte o sabrás comportarte como se debe? – me preguntó casi amable
- Yo... no sé si podré... prefiero que me ate, señor

Ante mi petición, Edward procedió a atarme de muñecas y tobillos, dejando libre mi cintura, bajo la cual colocó un almohadón, no sé si lo hizo como un rasgo de amabilidad o para que mis nalgas se levantaran a mejor altura.

- Esta vez golpearé primero de un lado y después del otro. ¿Cuántos golpes faltaban?
- Sesenta, mi señor – murmuré temblando
- ¿Sesenta? ¿Es que quieres engañarme? Estoy seguro que eran ochenta
- ¡No! ¡No, mi señor! ¡Le aseguro que...!
- ¡Cállate! ¡Por contradecirme tendrás noventa azotes más!

Sollocé aterrada. ¡Lo había enfadado otra vez! ¡Justo cuando empezaba a ser un poco más amable! Me merecía los noventa azotes, además, cualquier cosa que alegara sería en mi perjuicio, así que me sometí.

- Sí, mi señor. Será lo que usted mande.
- Eso está mucho mejor. Pero es un pena que la vara haya quedado inservible, tendré que usar esta hermosa paleta de madera. Es de las que se usan para sacudir el polvo de las alfombras ¿sabes? Se la tomé prestada a Thomas, el criado. Y se mostró muy interesado en el uso que le daría.

Oír esto me hizo gemir de vergüenza y de pavor. Imaginaba el dolor que provocaría aquella paleta.

- Entonces ¿quedamos en cuarenta y cinco de cada lado?
- Sí, mi señor
- Bien, para evitarnos problemas de números, como los que ya tuvimos, contarás en voz alta y clara cada azote.
- Sí, señor

Comenzó el castigo. ¡Ay! ¡Aquello sí que dolía! Mi trasero, ya adolorido de por sí, ardía como si me volcaran cera hirviente. No podía controlar el aullido que seguía a cada azote y que acompañaba con un número.

- ¡Aaaaay! ¡Ocho!... ¡Aaaaaay! ¡Nueve!... ¡Aaaaaay! ¡Diez!... – la obligación de contar me impedía suplicar que se detuviera, que tuviera compasión, que no me azotara tan fuerte. Sentía mi sexo chorreando y sólo el obligado conteo contuvo mi orgasmo.
- ¡Aaaaay! Treinta y nueve..... ¡Aaaaaay! ¡Cuarenta! – exclamaba húmeda de la cara y la entrepierna.

Sentía que mis nalgas ya estaban sangrando, aunque después pude comprobar que esto sólo era una sensación derivada de los fuertes golpes, pues aunque, cuando mi castigo terminó, tenía el trasero enrojecido, marcado e hinchado, no había ninguna herida, sólo algunos pequeños puntos más rojos – si eso cabe – que el resto de la piel, en donde la sangre se había agolpado pero sin llegar a brotar.

- ¡Cuarenta y cinco! – exclamé y solté un fuerte sollozo de alivio, de placer y de dolor mezclados, sentía que mi sexo iba a estallar de placer.
- ¿Quieres más? - me preguntó notablemente excitado. Y sin saber por qué, pese al dolor tan intenso, pese al sufrimiento extremo de mi pobre trasero castigado, respondí totalmente fuera de mí y sin dejar de llorar a lágrima viva:
- ¡Sí, sí, mi señor! ¡Castígueme más! ¡Me lo merezco!
- ¡Vaya! ¡Aprendes rápido, querida! – pareció tomar aliento y después, con nuevos bríos, me ordenó: ¡A contar jovencita!
Comenzó a azotarme la otra nalga y yo a contar entre aullidos de placer y dolor, pero al undécimo golpe me llegó el orgasmo y me hizo callar. Edward se detuvo y segundos después sentí nuevamente un inmenso placer, acompañado igualmente por dolor; mi esposo me estaba penetrando por el sitio en el que yo hasta ese momento aún era virgen, me transportaba a un mundo de dolorosa sensualidad, por fin yo era su esposa, se había convertido en mi dueño, me había hecho suya ingresando a todos mis espacios y doblegando mi orgullo, mi voluntad, mi rebeldía.

Cuando alcanzó el orgasmo, se dejó caer ruidosamente en el sofá. Lo pude ver a través del espejo. ¡Estaba tan atractivo! Se veía cansado y satisfecho y miraba mis nalgas extasiado. Mis nalgas que deben haber sido un espectáculo lamentable, pero no para él, y como supe después, cuando tuve oportunidad de verlas, tampoco para mí. Mi trasero tan severamente castigado ofrecía una vista excitante que me recordaba –y seguramente también a él- que yo era de él, que se había ganado mi amor, mi respeto y mi obediencia por lo mejores medios. ¿Quién podía pensar en el remilgado Eugene cuando tenía a ese hombretón en casa? Edward había logrado lo que quería, aquello con lo que me había amenazado: me había hecho suya, me había amoratado las nalgas y me había hecho suplicar que me castigara. Por mi parte, me había enamorado perdidamente de él y deseaba que hubiera más oportunidades futuras para ser castigada. ¡Por supuesto que besaría sus manos y el suelo que pisaba! Tal como él lo había sentenciado unas horas antes.

Finalmente, cuando se recompuso, Edward se puso de pie y se dirigió hacia mí con aire decidido. Yo sabía que el castigo no había terminado, pues en lugar de cuarenta y cinco azotes, había recibido sólo once. Tuve miedo, mucho miedo. Un escalofrío me recorrió de pies a cabeza, pues pese al placer que me reportaban los azotes, me dolía tanto el trasero que no deseaba que ese placer continuara, no en aquel momento, al menos.

- Ya no me castigue, mi señor. Se lo ruego – supliqué llorando como una niña pequeña
- ¿Cómo? ¡Hasta hace un momento me rogabas que lo hiciera! Debo atender a ese primer ruego. No me gusta dejar las cosas inconclusas.

Además del miedo infinito a ser azotada nuevamente, debo confesar que mis llantos y súplicas también eran una especie de coqueteo. En poco tiempo había aprendido a jugar el juego de Edward. A él le excitaba que yo tuviera miedo (¡y vaya que lo tenía!), que suplicara piedad, que llorara como niñita. Desempeñaría mi papel con maestría para satisfacer a mi dueño.

- Voy a concederles un descanso a tus nalgas – me dijo mientras me desataba – Toma tus faldas y sin dejarlas caer, ven acá

Obedecí lentamente sin dejar de llorar. Ni siquiera podía frotarme mi adolorido trasero pues mis manos estaban ocupadas en levantar las voluminosas faldas. Cuando estuve frente a él, me tomó el rostro con delicadeza, era casi tierno, besó mis labios, mis ojos y mis mejillas. Yo correspondí loca de alegría, pero supongo que no debí hacerlo. Me abofeteó ambas mejillas y señaló una esquina de la habitación.

- Vas a estar de pie en ese rincón, como una niña mala a la que hay que corregir, porque no eres más que eso: una mocosa malcriada a la que yo debo educar
- Sí, señor – murmuré – Necesito el castigo, el que usted disponga. Nunca nadie me había castigado
- ¿Lo ves? ¡Cuánta falta te hacía! Anda al rincón y quédate ahí hasta que yo te llame. No te atrevas a cubrirte las nalgas ni a girar la cabeza ni un centímetro.
- Sí, mi señor – obedecí lentamente sosteniendo mis faldas y durante un rato sentí su fuerte mirada sobre mí. Después escuché que abandonaba la habitación, pero a pesar de saberme sola no me atrevía a moverme, aunque sí a frotarme un poco mis adoloridas nalgas que me escocían como si me hubiera sentado sobre carbones ardientes.

Pasada una media hora, Edward volvió. Lo escuché entrar y temblé involuntariamente, seguramente ahora vendrían el resto de los azotes.

- Ven aquí y arrodíllate a mis pies – me ordenó. Yo obedecí sumisa. - Vas a besar mis manos y mis botas – lo hice con verdadera pasión y amor - Muy bien, la niña malcriada se está corrigiendo. ¡Lo bien que te ha caído la azotaina, mi pequeña esposa! – no respondí, me sentía muy avergonzada y no pude más que clavar la mirada en el suelo.
- Ahora levántate y túmbate boca abajo sobre el sofá. – Obedecí despacio, estaba realmente aterrada por lo que me sucedería a continuación, pero no era para ponerse a discutir después de todo lo que ya me había pasado. Acomodé bien mis faldas para ofrecer mis nalgas a la vista de mi señor.
- Bueno, creo que nos quedamos en el número once del lado izquierdo ¿no es así?
- Sí, mi señor
- Es decir que aún faltan treinta y cuatro azotes
- Sí, mi señor, aunque los que usted disponga, son los que merezco.
- Levanta bien alto las nalgas y abre un poco las piernas – obedecí palpitando de excitación y temor.
- No bajes las nalgas, no trates de huir ni de darte la vuelta. Tendrás tus treinta y cuatro azotes, pero como ya me aburrí de la paleta de madera, voy a usar este latiguillo. – me giré apenas para verlo. ¡Dios mío! Aquella correa terminaba en dos puntas, lo cual duplicaba el castigo. ¡Pero si mis nalgas ya no toleraban ni una suave nalgada aplicada con la mano!
- ¡Por favor, mi señor! ¡Serán el doble de azotes!
- ¿No te los mereces? – me preguntó fingiendo sorpresa
- Sí, sí mi señor. Será como usted mande – respondí a media voz
- En lugar de contar, mi malcriada niña, esta vez darás las gracias después de cada azote. ¿Entendido?
- Sí, mi señor

Y comenzó la tercera tanda de azotes. ¡Qué dolor tan intenso! ¡Qué placer delicioso!

- ¡Gracias! ¡AAAAAY! ... ¡Gracias! ¡AAAAAAY! .... ¡Gracias! – gritaba, aullaba, me bebía mis lágrimas y mis labios inferiores chorreaban placer sobre el brocado del sofá. Yo ya no podía más y empecé a suplicar que se detuviera - ¡Por favor, señor! ¡No me pegue más! ¡Ya no, por favor! ¡Seré buena! ¡Lo obedeceré en todo! ¡Ya no! ¡Ya no me pegue! ¡Se lo ruego!

No sirvió de nada, me dio los treinta y cuatro azotes y me hizo rabiar de dolor. Lloré como una niña arrepentida, que finalmente eso era en lo que Edward me había convertido.

Cuando terminó el castigo, mi severo esposo se tumbó a mi lado en el sofá, yo seguía en aquella postura vergonzosa pero ahora podía frotarme suavemente mis ardientes nalgas, lloraba a mares y gemía. Edward me hizo volver la cara para mirarme.

- Eres hermosa, Isabel. Tienes unas nalgas deliciosas y... me ha encantado hacerte mía en medio del castigo – Me dijo con ternura y no supe qué contestar – Debes prometerme que nunca jamás volverás a verte con otro hombre, porque si lo haces, no podré castigarte así, me darían ganas de matarte.
- Nunca más lo haré, mi señor, es un juramento.
- También promete que serás dócil y obediente conmigo
- Lo seré, señor.
- Muy bien, pues de otra manera, a la más mínima falta, tendrás una tunda de azotes. – dijo volviendo a su tono severo – y no tendré miramientos contigo, jovencita, si he de azotarte frente a toda la servidumbre, lo haré.
- Sí, mi señor. No daré motivo para tal cosa.
- Muy bien. Por hoy hemos terminado, mi preciosa niña. Puedes irte. Pero no deberás salir de tu habitación durante tres días. Y en las próximas dos semanas no llevarás bragas. ¿Has entendido bien?
- Sí, mi señor. ¿Puedo preguntar por qué?
- Pues porque vas a tener que levantarte las faldas cuando yo lo diga para permitirme inspeccionar el estado de tus nalgas. Quiero saber cuando empiecen a sanar para arrearte otra paliza. Durante dos semanas quiero ver esas hermosas nalgas totalmente amoratadas y marcadas. – La perspectiva me escalofrió, pero asentí con el rostro ruborizado.
- Sí, mi señor. Será como usted manda.
- Y ahora vete. Podría antojárseme darte otra veintena de azotes – Ante la amenaza, me levanté rápidamente, compuse lo mejor que pude mi indumentaria y me dirigí a la puerta de la estancia. Desde ahí, me giré a verlo.
- Gracias, mi señor. Me merecía los azotes y... lo amo – no di tiempo a que me contestara, salí y cerré la puerta.

Camino a mi habitación traté de aparentar que no había pasado gran cosa, pero me costaba caminar con naturalidad. Mis nalgas eran sólo dolor y ardor. Ante el espejo las inspeccioné y volví a excitarme. Deseé que el castigo se repitiera. Ojalá mi trasero sanara pronto, así antes de dos semanas yo volvería a ser azotada y, suponía, volvería a hacer el amor con mi adorado dueño.

Juan Carlos

m/f cinturón

Autora: Mayte Riemens

Mis hermanos y yo estábamos jugando en el jardín con los hijos de los amigos de mis padres. Los adultos estaban adentro en la sobremesa de la comida de cumpleaños de papá.

¡Qué mal me caía Juan Carlos, el hijo del socio de mi papá! Era un niño mimado que se sentía adorado por todo el mundo, creía merecérselo todo y se la pasaba presumiendo todo lo que sus papás le compraban, sus viajes a Estados Unidos y los muchos juguetes caros que tenía. Tenía un año más que yo y estábamos juntos en la escuela.

Las niñas estábamos jugando a saltar el resorte y los niños bobeaban por ahí haciendo no sé qué, pero corrían a nuestro alrededor y, guiados por el antipático de Juan Carlos, cada vez que pasaban atrás de nosotras, alguno de ellos estiraba lo más que podía el resorte que Marisa y yo sosteníamos con las piernas. Después, lo soltaban dándonos un doloroso resortazo. Mis amigas y yo gritábamos furiosas, pero ellos continuaban con su tonto juego.

Pero yo no estaba de humor para aguantar sus tonterías y menos para permitir que Juan Carlos se diera el lujo de darme de resortazos sólo para divertirse, así es que, en una de las tantas ocasiones en que pasó a mi lado para jugarme la “bromita”, me giré hacia él y le di un golpe con el puño en la cara. No se lo esperaba, perdió el equilibrio y se fue de espaldas sobre el pasto. Aproveché mi pequeño triunfo para zafarme del resorte y me fui sobre él a golpes. Las niñas gritaban a mí alrededor animándome a seguir golpeándolo, los niños se burlaban de él con la cantaleta de “te está ganando una niña” y mi hermano trataba de controlarme, pensando seguramente en que mi conducta tendría graves consecuencias cuando papá se enterara. A mí nada me importaba, me estaba vengando de esa trastada y de otras muchas que Juan Carlos me había hecho, él no se defendía, sólo gritaba y, tapándose la cara, recibía los golpes que le daba en donde cayeran, con la palma de mi mano abierta.

La gritería debió haber llegado hasta la casa y los adultos no tardaron en salir al jardín a averiguar qué pasaba. No oí a mi padre cuando me llamó furioso, tan concentrada y emocionada estaba golpeando al niño antipático. Sentí su mano que me aferraba con fuerza del brazo y me hacía retroceder, dejando a Juan Carlos tirado en el pasto, llorando y gritando como si de verdad lo hubiera lastimado. Vi que su mamá corría a abrazarlo como si fuera un bebé, no pude ver más. Sentí una nalgada fortísima y una sacudida que me hizo reaccionar.

-¡Pero qué está pasando contigo, jovencita! – papá estaba furioso, me tomó de los hombros y me obligó a mirarlo. Yo comencé a llorar.

- ¡El empezó papito! ¡Te lo juro!
- ¡Eso no justifica que te comportes así! ¡El es tu invitado! ¡Estoy avergonzado de ti!
- ¡Papito, él me pegó primero! – traté de explicar, pero papá estaba tan enojado que no quería escucharme
- ¡¿Cómo se te ocurre irte a golpes sobre alguien?! ¡Como si fueras una niña de la calle sin educación!
- ¡Perdón papito! – dije llorando aterrada de la posibilidad de que me nalgueara ahí mismo frente a todo el mundo
- Vete inmediatamente a mi despacho, vamos a resolver esto ahora mismo
- Sí papi – murmuré y me eché a correr hacia la casa, sabía que me iba a pegar, ya era ganancia que no lo hubiera hecho enfrente de todos, pero si tardaba en obedecer podía cambiar de opinión. El se quedó en el jardín hablando con los papás de Juan Carlos, ofreciéndoles disculpas, supongo yo.


En el despacho, me desplomé sobre el sofá y empecé a llorar. Tenía mucho miedo y mucha más vergüenza porque papá me había regañado enfrente de toda esa gente, porque todos se iban a enterar de que papá me iba a pegar, el despacho estaba a un lado de la sala, todo lo que sucedía ahí se escuchaba en la otra habitación, así es que hasta el idiota de Juan Carlos iba a escuchar cómo me castigaban. Papá tardaba tanto que me dio tiempo de tranquilizarme y de volverme a poner nerviosa, escuché cómo los adultos volvían a entrar a la casa y se sentaban en la sala a continuar con sus pláticas, oí la voz de papá que sonaba alegre y amable, muy diferente a como yo la acababa de escuchar en el jardín, también escuché a Juan Carlos aún gimoteando, y a su mamá que continuaba consolándolo con un tono de voz que mi mamá sólo empleaba con mis primos pequeños. Imaginarme la escena me dio asco: Juan Carlos era un ridículo, chiqueado y estúpido. Después de todo, no me arrepentía de haberlo golpeado, aunque yo iba acabar llorando mucho más que él y los golpes que yo recibiría serían verdaderamente dolorosos.
Pensaba eso cuando me sobresaltó el ruido de la puerta. Me levanté como un resorte del sofá y miré muy asustada a mi papá.

- ¡Papito... déjame que te explique, por favor!
- No hay nada que explicar, jovencita. No hay ninguna razón para actuar como lo hiciste y lo que necesitas es un buen escarmiento que te recuerde que eres una niña educada y no un pandillero de la calle. – se llevó las manos al cinturón y yo, por supuesto, empecé a llorar desesperada
- ¡No, papito! ¡Por favor! ¡Con el cinturón, no! ¡No lo vuelvo a hacer, papito! ¡Perdóname!
- No lo vas a volver a hacer, Mayte, de eso yo me encargo. Ven acá – me ordenó con el cinturón doblado a la mitad en la mano derecha.
- ¡No papi! ¡Por favor!
- ¡Basta ya! ¡Obedéceme! – su tono de voz fue tan duro que preferí no resistirme más para no empeorar mi situación. Me acerqué a él lentamente, me tomó del brazo y entonces me hizo girar y apoyarme sobre su muslo que descansaba sobre el escritorio. Oí silbar el cinturón en el aire y entonces sentí el primer azote. Aullé de dolor y empecé a sollozar con fuerza, segundos después otro silbido y nuevamente el dolor como de una quemada, otro más y me cubrí el trasero con la mano.
- ¡Por favor, duele mucho!
- Quita la mano inmediatamente, Mara Teresa – me ordenó muy severo. Gemí y obedecí con un nuevo sollozo, entonces sentí que papá deslizaba mis pantalones cortos y después mis calzones hasta mis rodillas
- ¡No papi! ¡Te lo ruego!
- Tú lo has querido así, señorita – me mantuve quieta y entonces comenzó otra vez el castigo. Con la piel desnuda los azotes dolían muchísimo más, ardían y me dejaban una sensación de mucho calor, como si me hubiera quemado. No me resistí más, aunque el dolor de los azotes me hacía retorcerme y levantar mis piernas, frotar una contra la otra y saltar un poco a cada cinturonzazo. Después de varios azotes, no pude evitar suplicar que se detuviera, pues el dolor acumulado ya era excesivo.
- ¡Ya no, papito! ¡Por favor! ¡Ya no! ¡No lo vuelvo a hacer!

Con cada cinturonzazo aullé y sollocé con todas mis fuerzas, además de los gritos suplicando que se detuviera, los cuales seguramente se podían escuchar perfectamente en la sala, en donde se encontraban los amigos de papá y el odioso de Juan Carlos. Por supuesto que, mientras duró el castigo, eso fue en lo último en lo que pensé, pero en cuanto papá terminó de azotarme, la idea me vino a la mente y desee que me tragara la tierra.

- Ya puedes levantarte.

Obedecí y aproveché para frotarme el trasero que me ardía muchísimo. Miré a papá suplicante, pero no me atreví a decirle nada.

- Vístete y párate en ese rincón, de cara a la pared, no quiero que te muevas de ahí hasta que yo venga a buscarte ¿me oyes?
- Sí, papito – murmuré y me dirigí hacia el rincón que me señalaba.

Papá salió del despacho y yo me quedé ahí, frente a mi rincón, con el trasero adolorido, llorando y muerta del coraje, pensando en lo divertido que debía estar Juan Carlos sabiendo que mi papá me había azotado. En aquel largo tiempo imaginé la respuesta que tendría preparada cuando el estúpido niño se burlara de mí el lunes en la escuela... a mí me había pegado mi papá, no una niña más chica que yo.

Después tuve tiempo de reflexionar en lo que había hecho, que era lo que se suponía que debía hacer mientras estaba en el rincón. No me arrepentía de haberle pegado a Juan Carlos, se la había ganado, pero de plano me equivoqué al hacerlo en mi propia casa, en medio de una fiesta de mis padres, entendía que papá se hubiera enojado tanto, ¡la vergüenza que debió haber pasado con su amigo, el papá de Juan Carlos! No volvería a hacerlo, bueno, a menos que el estúpido me provocara, pero al menos, no lo volvería a hacer nunca en mi casa. Había corrido el riesgo de que papá me castigara frente a todos mis amigos y frente a mi enemigo, eso hubiera sido doblemente vergonzoso, además de la vergüenza que le había provocado a papá.

Ya estaba muy cansada, pasaba el peso de mi cuerpo de un pie al otro y estiraba mi espalda hacia atrás, tratando de aliviar el cansancio. El trasero aún me dolía, pero comenzaba a pasarse la sensación de ardor. Oí que los adultos comenzaban a despedirse, que mamá y papá los acompañaban a la puerta... Un rato después, oí que a mis espaldas se abría la puerta. Reacomodé mi postura rápidamente.

- Ven aquí, Mayte – me llamó papá. Yo, lentamente, me giré para mirarlo. Se estaba sentando en el sofá. Me acerqué despacio, mirándolo avergonzada y con un poco de miedo. Me detuve frente a él.
- Mayte... espero que estés arrepentida de lo que hiciste – me dijo amablemente. Debí haber contestado que sí lo estaba, pero no pude mentir, guardé silencio y bajé la cabeza
- ¿Eso quiere decir que no estás arrepentida? – me preguntó seriamente. Lo miré temerosa
- Papi... es que... Juan Carlos es un pesado, es grosero, chiqueado y se la pasa molestándonos... yo... ¡te juro que no voy a volverlo a hacer, papito, pero...!
- ¿No estás arrepentida? – la pregunta me escalofrió, ¿y si volvía a castigarme por no estarlo? Pero ya no era momento de mentir, podía ser peor.
- Estoy arrepentida de haberte hecho enfadar, papito, de haber echado a perder tu comida, de haberte hecho pasar una vergüenza así con tus amigos...
- Pero no de haberle pegado a Juan Carlos – completó él. Volví a mirarlo, estaba asustada pero, aunque hubiera querido, ya no podía echar marcha atrás.
- No, papito, de eso no. – Murmuré con la cabeza baja - El se lo merecía
- ¿Y crees que tú eres la indicada para tratar de educar a Juan Carlos?
- No papito, pero... es que nadie le dice nada. Su papá no lo regañó por habernos dado de resortazos a Marisa y a mí ¿o si? – pregunté arrepentida de lo que acababa de decir, a papá podía parecerle una insolencia.
- Eso no debe importarte a ti, Mayte. El hecho de que él sea un malcriado no te da derecho a serlo tú también
- Lo sé, papito. Perdóname – respondí bajando la mirada
- Está bien, Mayte. He de reconocer que tienes razón, Juan Carlos es un niño muy mal educado, a mi también me dan ganas de darle unos azotes, pero la educación consiste precisamente en controlarnos cuando alguien nos saca de quicio, no puedes ir por la vida golpeando a todo aquel que te caiga mal, y sobre todo, no debes perder de vista que hoy tú eras la anfitriona y quedaste realmente mal dando esa escena.
- Eso lo sé, papito. ¿Me puedes perdonar? Te prometo que no lo vuelvo a hacer.
- Claro que puedo perdonarte, Mayte – me ofreció los brazos abiertos y yo me lancé dentro de ellos. Permanecí en sus brazos un largo rato besándolo, recibiendo sus besos y caricias y escuchando lo que parecía una confidencia: él tampoco soportaba a Juan Carlos y también creía que era un chiqueado, grosero, ridículo...

Después de todo, no me había ido tan mal.

Agosto 79

Mi experiencia

Autora: Mayte Riemens

Hace poco más de siete años que Arturo y yo estamos juntos. Al principio, antes de casarnos, la relación fue un tanto extraña, me atrevería a decir que él estaba mucho más enamorado que yo, o quizá era la necesidad y la esperanza de rehacer su vida y dejar atrás definitivamente la dolorosa experiencia por la que había pasado. Yo, en cambio, que también tenía mi historia de abandono y fracaso, reaccionaba en la manera inversa: ya no deseaba una relación seria, quería hacer mi vida sola, sin compromisos ni relaciones duraderas que, según me decía la experiencia, siempre acababan mal y me provocaban un inmenso dolor que me arrastraba hacia las peores depresiones.

Muchas veces he dicho, medio en broma, medio en serio, que cuando le di el sí, estaba borracha. Algo hay de cierto. Festejábamos mi cumpleaños y los whiskys ya habían hecho algún efecto, pero en realidad acepté porque estaba cansada de luchar contra su esperanza y su insistencia. Yo no me sentía muy enamorada y creí que si fracasaba no sería más que un borrón más en la larga historia de fracasos que ya había vivido. Así es que nos casamos.

Los primeros meses fueron difíciles, la convivencia no resultaba agradable, ambos teníamos ya una experiencia de vida en solitario y compartir el espacio y la responsabilidad de la casa no resultaba fácil. Pleitos iban y venían, algunos sin consecuencias y otros escandalosos y violentos que hacían tambalearse a la de por sí frágil relación.

He de aceptar que él toleró muchas cosas: mi mal carácter, mi explosividad y agresividad, mis múltiples amenazas de largarme, mi reiterada afirmación de que no lo necesitaba y de que el matrimonio no me era agradable. Berrinches, gritos, silencios obstinados, rechazos... Y él seguía intentando. No sin enfadarse, que también tiene su carácter, pero con una paciencia y un amor infinitos.

Las reconciliaciones venían en la alcoba. Yo estaba convencida de que sólo por eso seguía con él; por la pasión y la comprensión con la que podíamos entregarnos, aun después de un escandaloso pleito.
Finalmente, al paso de los meses, la convivencia comenzó a ser agradable y yo empecé a aceptar que lo amaba. No con ese amor de la adolescencia, sino algo más sereno y profundo, algo que me decía que deseaba hacerme vieja a su lado. Fue entonces cuando decidimos tener un bebé.

Podría decir que no me arrepiento, pero sería parcialmente falso. Y es un lugar común: los hijos siempre son una bendición, a los hijos se les ama más que a ninguna otra cosa... Es cierto, en parte. Después de un embarazo difícil en el que estuve a punto de perder al bebé, tuvimos una niña. Obviamente, la amo con todo el corazón, pero también he de aceptar que trastocó mi vida, como los hijos trastocan siempre la vida de sus padres, para bien y para mal. La niña iluminó nuestras vidas, nos llenó de risitas, mimos y ternura, pero también de complicaciones, gastos y preocupaciones.

Yo abandoné mi trabajo y me dediqué a mi hija. De eso sí que me arrepiento. La niña me fue borrando, dejé de tener vida profesional, social, conyugal. Me convertí simplemente en mamá y en una mamá que no se permitía ser mujer.
Acababa los días tan exhausta que ya no tenía energías para satisfacer a mi esposo. Mis fantasías eróticas desaparecieron, esas que antes me habían llevado al orgasmo, aunque no las realizara, aunque sólo las imaginara. Ahora ni siquiera me permitía a mí misma pensar en ello. Una madre no piensa en esas cosas, me decía. ¿Cómo quedaría ante mi hija si llegara algún día a enterarse de que su madre anhela ser azotada en las nalgas desnudas? Era vergonzoso.

No lo sabría nunca, porque eso ya no pasaría jamás por mi mente. Me bloquee para no pensar en ello, y como mi erotismo estaba casi basado totalmente en aquella fantasía, al hacerla desaparecer, desapareció también mi deseo. Cualquier cosa que agitara mi líbido me remitía a escenas de azotes, esas en las que ya no quería pensar, por lo tanto hice que el líbido desapareciera de mi vida. Rechacé las caricias de mi esposo, sus besos, sus juegos de seducción.

Y él, supongo que en nombre del amor, o por el bien de su hija, aguantó. Teníamos discusiones, me reprochaba de vez en cuando mi falta de interés en el sexo, y yo, para evitar conflictos, cedía, quizá una noche a la semana, desganada, sin pasión, era como un simple acto mecánico, como aquellas mujeres de siglos pasados que lo hacían porque formaba parte de sus obligaciones como esposas.

Obviamente mi matrimonio se tambaleaba. Y yo ni siquiera me daba cuenta, le reprochaba a él que me hiciera sentir una inútil en la cama, que me hiriera con sus reproches. Intentamos hablarlo, me propuse resolverlo, pero siempre con el bloqueo constante de mi fantasía, aquella que tanto me avergonzaba. Así nunca había solución real.

Llevábamos cinco años así. Yo había vuelto al trabajo, a mi vida social, pero no había recuperado mi vida conyugal. A veces, teníamos alguna temporada más o menos buena, cuya calidad se reducía más bien a la cantidad. Hacíamos el amor cada noche, pero sin creatividad, sin pasión real. Yo alcanzaba orgasmos mediocres o algo que creía que eran orgasmos. Después, volvía a perder el interés.

Ahora sé que Arturo pensaba en la posibilidad de buscar a otra compañera sexual. Nunca pensó en abandonarme, me ama y ama a su hija, es un hombre de familia, pero necesitaba satisfacción y ya pensaba en encontrarla en otro lado.
Afortunadamente, cuando, sin yo saberlo, la crisis estaba por estallar, accidentalmente encontré en Internet una página cuyo nombre me atrajo irremediablemente, sin pensarlo, y aprovechando que me hallaba en la oficina, lejos de la que yo imaginaba la mirada inquisitiva aunque inocente de mi hijita, entré a La Casa de los Azotes.
Mis manos temblaban al pulsar el mouse, sentía un extraño temblor en el estómago, como una niña haciendo la peor de sus travesuras a escondidas de sus padres. Empecé a leer relatos, uno tras otro, dejando que el trabajo se acumulara sobre mi escritorio y con una avidez casi obsesiva que me humedecía la entrepierna.

¡No estaba sola! ¡No era el ente más extraño y perverso de la tierra! Finalmente, me encontraba no uno, ni dos, sino infinidad de personas que tenían las mismas fantasías de las que yo tanto me avergonzaba. Leí una introducción a la página que me relajó: No estás sola, decía, no eres un bicho raro. Es común, no es malo, no daña a nadie y es totalmente válido.
Arturo y mi hija se fueron de viaje un fin de semana. Pasé dos días conectada a Internet, leyendo todos y cada uno de los relatos, visitando los enlaces, incluso me atreví a enviar un relato para el concurso al que la página convocaba. Lo hice temblando de emoción, temor, no sé, era como una aventura.

Cuando Arturo regresó, lo hizo solo, mi hija se había quedado con la abuela a pasar unos días de vacaciones. ¡Era mi oportunidad! Si no aprovechaba esa semana para recuperar mi vida conyugal y para confesar mi fantasía, quizá nunca lo hiciera. Me costó trabajo. No sabía por dónde empezar. Los relatos de la página me tenían muy excitada, muy dispuesta al sexo y entonces no me fue difícil pasar la semana haciendo el amor en cada oportunidad, pero de verdad hacía el amor, con deseo, con pasión, alcanzando niveles de placer de los que ya no me acordaba, y todo, gracias a que mi fantasía había revivido, había sido más fuerte que mis prejuicios y bloqueos. Ahora debía dar el siguiente paso y confesarle a Arturo mis deseos, de otra forma la fantasía corría el peligro de volver a dormirse, y con ella mi vida íntima con mi esposo.
La noche del viernes, dos días antes de que mi hija regresara, me atreví. Ese día salí tarde de trabajar, había tenido una comida de negocios, me había bebido algunos whiskys y los mensajes que Arturo me había enviado al teléfono celular, invitándome a pasar una noche apasionada, me pusieron en el ánimo necesario para hablar de mi fantasía.

Arturo me recibió en casa con música suave, el bosanova que tanto me gusta para estos menesteres, vino blanco, cena sencilla preparada por él... Todo invitaba a pasar una noche romántica, a sincerarme en sus brazos después de habernos amado. Y así fue. Después del amor hay un momento mágico en el que casi todos estamos abiertos a escuchar, a hablar de cosas que no hablaríamos en ningún otro momento, en que podemos comprender cosas que de otra manera nos parecerían disparatadas.

Aproveché ese momento y, no sin titubeos, le pregunté: ¿en qué piensas cuando cierras los ojos y llegas al orgasmo? Me dijo que no pensaba en nada en especial, que sólo se abandonaba a lo que sentía, pero mi pregunta casi forzó la suya: ¿Y tú, en qué piensas?

- Si te cuento, te vas a reír de mí, o quizá hasta te asustes
- ¿Pues en qué piensas? No me digas que te imaginas haciendo el amor con un galán de cine.

Me reí.

- ¡Claro que no! Yo pienso en... me imagino que... – me sudaban las manos, sentía mi cara enrojecer de vergüenza, me daba cuenta que mi voz sonaba distinta.
- ¡Dímelo! Prometo no reírme – me animó. Pero tuvo que pedírmelo varias veces más para que yo me atreviera a decirlo.
- Pues... me imagino que estoy boca abajo, sobre tus rodillas y que tú... que tú me estás dando una buena tunda – dije sonrojada, con una sonrisa nerviosa, rehuyendo la mirada de mi esposo y a la expectativa de su reacción, temía que ésta fuera negativa y que me arrepintiera de haber hablado, aún temía que aquella confesión me costara el respeto de mi esposo o la seriedad con la que él tomaba nuestra relación. Me miró con extrañeza, pero en su rostro no vi nada que se pareciera a la risa burlona, mucho menos a una expresión que revelara espanto o escándalo.
- ¿Te imaginas que te doy de nalgadas? ¿Y por qué haría eso?
- Pues no sé, porque me porté mal, porque... pues porque me gusta y me excita... es como un juego. Un juego en el que tú mandas y yo obedezco, en el que me castigas como a una niña, sin que deje de ser tu mujer, me encantaría sentirme sometida por ti, pequeñita entre tus brazos, sin necesidad de tomar decisiones ni responsabilizarme de nada...
- Es un juego raro ¿no? – me preguntó buscando explicaciones y acariciando mi rostro, apoyado en su pecho.
- No tanto, yo creí que era una extraña perversión, tuve miedo de ella, traté de no pensar en eso, pero hace poco descubrí que no es tan raro, que hay mucha gente que tiene la misma fantasía y parejas que la practican como parte de su relación...- Y entonces le conté con detalle todo lo que había estado pasando dentro de mí desde cinco años atrás, el bloqueo, la forma en que había optado por clausurar mi sensualidad con tal de controlar esa fantasía que, en mi ignorancia, me parecía tan extraña, tan poco adecuada para una señora madre de familia. Me escuchó interesado hasta que terminé y después me preguntó algunas cosas.
- No me gusta la idea de lastimarte, creo que no podría tolerarlo.
- Pero no se trata de lastimarme, se trata de excitarme. Me has dicho mil veces que te encantaría verme muy excitada, dices que difícilmente me humedezco... si tú me dieras una tunda, casi puedo asegurarte que estaría muy húmeda, como quieres verme y sentirme – Arturo no decía que no, tampoco decía que sí, me acariciaba y parecía pensativo. No insistí en el tema, no quería forzar las cosas ni obligarlo a nada. Dejé el tema sintiéndome frustrada, al menos no se había escandalizado ni se había reído de mí.

Al día siguiente, salía de bañarme y apenas estaba comenzando a vestirme, Arturo me tomó de la cintura y me atrajo hacia sí, comenzó a besarme el cuello y los labios, yo correspondí, a pesar de sentirme frustrada y sin ganas de nada. Entonces él murmuró en mi oído: ¿Quieres probar? Podemos intentarlo. Sabía a qué se refería, pero preferí estar segura.

- ¿Probar qué?
- ¿No quieres que te castigue? – seguro que los ojos me brillaron y no fue necesario responder. El tono de su voz se hizo diferente, el juego había comenzado.
- Aunque no quieras voy a hacerlo. Te mereces un castigo severo por los cinco años de silencio en los que tuvimos un sexo horrible, por no hablar antes, por rechazarme, por casi acabar con lo nuestro – Mientras decía esto prácticamente me arrastró de un brazo hasta la recámara de mi hija. No sé por qué eligió ese lugar, pero en medio de muñecas y otros juguetes recibí la primera tunda de mi vida.

Se sentó sobre la cama y me jaló hacia sus rodillas, yo estaba excitadísima, no me creía lo que me estaba sucediendo y respiraba agitada. Llevaba sólo una camisa, aún desabotonada, y la ropa interior, cuando estuve sobre sus rodillas, deslizó mis bragas hasta mis rodillas y entonces comenzó nuevamente el regaño.

- Vas a aprender a nunca más rechazarme, a nunca negarme un beso ni una caricia, a jamás volver a ocultarme nada – y entonces comenzó a azotarme con su mano bien abierta. El primer azote me sorprendió, dolía y ardía, pero me había imaginado que sería mucho peor, Arturo no quería lastimarme y por eso sus azotes eran muy suaves, pero la tunda continuó y después de un rato, no pude evitar agitarme, retorcerme, gritar, pero Arturo no se detenía, continuaba azotándome y yo me sentía tan húmeda como nunca.

No conté los azotes, imposible hacerlo, el dolor tan sorpresivo, aunque no intenso, la excitación, las sensaciones totalmente nuevas me lo impidieron. Finalmente, se detuvo, y entonces introdujo su mano por mi entrepierna y sintió mi humedad. Pareció volverse loco al descubrir que aquellos líquidos ya escurrían sobre su ropa, jamás había estado así, y yo sentía su sexo crecido presionando mi vientre. Me hizo acostarme boca abajo sobre la colcha de dibujos infantiles, retiró mis bragas, después mi camisa, me dejó totalmente desnuda, acarició mis nalgas enrojecidas y entonces comenzó otra vez a azotarme. El dolor ya empezaba a escocerme –quizá por ser la primera vez- pero no me atrevía a pedirle que se detuviera, podía pensar que la experiencia no me había gustado, así es que callé y lo dejé hacer. Fue él quien se cansó, después supe que le dolía la mano y que por eso se había detenido. La colcha estaba empapada de mis fluidos. Hicimos el amor como nunca, aunque estallamos casi en seguida pues nuestra excitación ya era excesiva, incluso antes de la penetración. Cuando terminamos, cuando creí que habíamos terminado, él se levantó, yo intenté hacer lo mismo, pero no me lo permitió.

- No te muevas. Aún no termino. Voy a castigarte todo el día. –temblé, más por el placer que por temor a los azotes.

Permanecí acostada boca abajo. El me besó la espalda, mordió mis nalgas recién azotadas, recorrió con su lengua todo mi cuerpo, ordenándome que permaneciera quieta y en silencio, no quería que me quejara, debía aceptar el castigo. Me costó trabajo, me sentía muy extraña pues la sumisión no era una actitud común para mí. Sentía mis nalgas calientes pues pese a que los azotes no habían sido muy fuertes, sí habían sido muchos, me ardía la piel. Volvimos a hacer el amor, con toda la pasión que la nueva experiencia nos había regalado. Después, ya serenos, quiso saber más de mi extraña afición. Le respondí todas sus preguntas y le pregunté si a él le había gustado.

- No me gustó pegarte, pero me encanta verte excitada, haría cualquier cosa por verte así siempre, por encontrarte siempre dispuesta...
- Pues ahora ya sabes lo que tienes que hacer – le dije con una sonrisa

No me castigó todo el día, ni siquiera volvió a azotarme, lo sentía tímido aún, indeciso, como si él no disfrutara el juego, lo cual me preocupaba, pues si no llegaba a experimentar las mismas deliciosas sensaciones que yo, terminaría por cansarle. En los días siguientes, busqué ayuda y consejo por Internet, lo encontré, además de todo el apoyo y la comprensión de un maravilloso grupo de amigos sin rostro para mí, pero con gran deseo de ayudar, de escuchar y comprender.
Siguiendo los consejos, traté de averiguar la fantasía de Arturo, se trataba de darle gusto a él para que ambos disfrutáramos por igual, pero por más que pregunté, él insistió en que no tenía ninguna afición en especial. Nuestra hija había regresado de sus vacaciones y yo temí, al principio que eso diera al traste con el juego que habíamos iniciado en su ausencia, pero no fue así. Arturo buscaba el momento, esperaba a que la niña estuviera dormida y entonces iniciaba el juego, poco a poco empezó a verse más decidido, más involucrado, sus azotes eran cada vez más severos, su voz cambiaba, se volvía un esposo autoritario, me anunciaba el castigo desde horas antes de aplicarlo. Con el pretexto de que le dolía la mano al castigarme, comenzó a utilizar otros instrumentos: una pala de madera de la cocina, la zapatilla, el cepillo para el pelo, el cinturón... Las cosas me estaban funcionando mucho mejor de lo que yo había imaginado.

Y nuestra hija volvió a salir de vacaciones, ésta vez con los otros abuelos. Apenas se fue, nuestro juego tomó nuevos bríos. Arturo me llevó un día a una tienda de lencería y me compró toda una colección de tangas muy pequeñitas, de esas que dejan las nalgas totalmente al descubierto, ligueros, corpiños de encaje, sostenes de media copa... ropa que yo en muy raras ocasiones había utilizado. Cuando llegamos a casa, abrió el cajón de mi ropa, tomó todo lo que encontró y lo tiró a la basura.

- Nunca más quiero verte con estas cosas, vas a usar sólo lo que te compré, y si desobedeces te daré cien azotes con el cinturón.
- Es que esa lencería es muy linda, pero muy incómoda – me quejé
- No me interesa, vas a usarla porque a mí me gusta, así podré ver tus nalgas con sólo levantarte la falda, para azotarte cuando se me antoje o para ver las marcas que hayan quedado
- ¡Ah! ¿Así es que te gustan las marcas? – pregunté esperanzada en que aceptara que el juego comenzaba a gustarle. – No respondió, me giró y me hizo apoyarme sobre la cama, levantó mi falda, me arrancó las bragas y comenzó a azotarme con el cepillo para el pelo que encontró sobre la cómoda.
- No discutas mis órdenes – me decía al ritmo de los azotes – vas a usar lo que yo diga y no tengo que darte explicaciones.- Por supuesto, ahora utilizo la ropa que él escogió para mí.

Pocos días más tarde, me invitaron a una reunión a la que asistirían todas mis amigas de mi época de estudiante, tenía muchos deseos de asistir, el problema es que era en viernes y hacía días que yo le había ofrecido a Arturo que cada viernes por la noche cenaríamos juntos y tendríamos una noche especial. Pensé que no pasaría nada si trasladaba esos planes para el sábado, y en la mañana, cuando ambos salíamos rumbo a nuestras respectivas oficinas, le avisé sin darle mucha importancia, tal y como estaba acostumbrada a hacerlo desde siempre, que esa noche saldría con mis amigas, por lo que seguramente no nos veríamos sino hasta la mañana y le encargaba que diera de comer a los perros por la noche.

- ¿Y quién te dio permiso para salir? – me preguntó con la misma voz autoritaria y severa que usa cuando jugamos. Me reí y despreocupadamente respondí:
- Nadie, no lo he pedido, sólo estoy avisando.

A lo largo del día, como siempre hemos hecho, nos comunicamos a través del messenger, él insistía en que yo no tenía permiso de ir a ningún lado, que había prometido que los viernes serían para él y que no aceptaría que faltara a mis promesas. Yo no lo tomé muy en serio, jamás me ha prohibido ir a ningún lado y nunca ha tratado de controlarme, por lo que supuse que sólo era un juego. Al medio día, recibí un correo electrónico:

“No vas a ir a ningún lado, me vas a esperar desde las 6:30 de la tarde, boca abajo sobre la cama, con las nalgas desnudas y en alto, para recibir el castigo que te mereces por desobediente y por querer incumplir tus promesas. Quiero que pongas junto a ti la pala de madera, la zapatilla, el cinturón y el cepillo, así no tendrás que ir a buscarlos, hoy vas a probar de todo un poco.”

Emocionada y divertida, respondí el mensaje preguntando si después del castigo podría irme a mi reunión. La respuesta fue casi inmediata.

“Por supuesto que no, después me prepararás la cena y te quedarás en un rincón castigada”
Leer esto me volvió loca de excitación. En alguna de nuestras pláticas yo le había dicho que me encantaría que me castigara en el rincón, hasta aquel momento nunca lo había hecho y parecía que esa noche podría ser la primera vez. ¿Quién quería asistir a una reunión de amigas cuando en casa podía haber el triple de diversión? Aun así, no me resignaba a perder mi independencia y a dejarme controlar, mi lado racional me decía que si aceptaba que mi libertad entrara al juego, perdería mucho más de lo que había ganado. De todas formas, decidí obedecer. La reunión era en la noche y habría tiempo para llegar, aunque fuera un poco tarde.

A pesar de mis intenciones, el trabajo me retuvo, salí con retraso de la oficina y al llegar a casa tuve que llevar a mis perros a dar su paseo vespertino. Estaba en el parque cuando una vecina, que también paseaba a su perro, me dijo que mi esposo acababa de estacionar su coche en la esquina del parque.
Me sorprendió el sentir un ligero temor, una especie de escalofrío que me recorría la espalda. Miré mi reloj, eran las 6:25, se me había adelantado. Me despedí y me acerqué al lugar en donde Arturo acababa de parar el coche, descendió y me miró sonriente, me abrazó y me besó, aprovechando para murmurarme en el oído un ¿Qué haces aquí?

-¡Aún no son las seis y media! – me justifiqué
- En cinco minutos no hubieras llegado a casa y preparado todo tal y como te dije- me respondió con gesto de desaprobación.

Nos fuimos a casa, en cuanto entramos me dio el primer azote, enviándome a prepararme. Obedecí, para ese entonces ya estaba húmeda y sentía mi intimidad vibrar. El tardó en entrar en la recámara y cuando lo hizo yo estaba tan nerviosa y excitada que no pude evitar volverme para mirarlo. ¡Estaba tan atractivo en ese papel de esposo severo! Me ordenó que me quitara el resto de la ropa y me envió a prepararle una copa, lo hice rápidamente y volví a mi posición sobre la cama, con tres almohadas bajo el vientre, para elevar mis nalgas lo más posible.

El puso música, no sé qué más hizo, pues me prohibió volver la cabeza, pero tardó algunos minutos en tocarme. Sentí un líquido muy frío en la espalda, su mano me sostenía y gracias a eso no salté. En el cuenco de la parte baja de mi espalda, Arturo había volcado el contenido de su copa, comenzó a lamerlo lentamente. No te muevas, me dijo, si derramas una gota de daré diez azotes. Me mantuve lo más quieta que me era posible, pero el frío, la deliciosa sensación de su lengua... Era imposible, terminé derramando el líquido. Entonces pasó sobre mis nalgas el vaso helado, mojando mi piel, enfriándola; después uno de los hielos de su vaso recorrió mis nalgas, se internó entre mis piernas...

-Te lo advertí, pequeña mía

Comenzó a azotarme con la pala de madera, golpes fuertes, espaciados, me dejaba sentir el dolor de cada uno y permitía que me recuperara antes de aplicar el siguiente. Me dolía muchísimo, casi era insoportable, comencé a retorcerme, a intentar volverme, a cubrir mis nalgas con la mano, pero él me lo impedía y la azotaina continuaba. Terminé llorando y entonces él se detuvo y reinició el juego del liquido en mi espalda. Estaba tan excitada que lo único que quería era que se desnudara e hiciéramos el amor hasta estallar, pero él parecía no tener prisa. Besaba todo mi cuerpo, lo recorría con su lengua, me acariciaba suavemente con la punta del cinturón...

Me dio una tanda de azotes con cada uno de los instrumentos que tenía a la mano, mis nalgas ardían, me escocían terriblemente y yo no paraba de llorar, fue entonces cuando entró en mí, se fundió conmigo, no por el cauce natural, sino por aquel por donde él siempre me había pedido entrar y yo, hasta entonces, me había negado. No costó trabajo, mi excitación era tanta que yo hubiera aceptado cualquier cosa, me sentía dichosa como nunca, lo amaba con toda el alma y lo deseaba, deseaba ser suya, que explorara cada centímetro de mi cuerpo, que inventara nuevas formas de amarme, que juntos creáramos una expresión sólo nuestra, la más íntima y secreta, para entregarnos uno al otro. Aquella noche lo logramos, y al final, mientras ambos nos recuperábamos, me murmuró al oído, además de mil ternuras y palabras dulces, una orden: Vístete y vete a tu reunión, se te hace tarde.

No podía ser más feliz, mi adorado entendía perfectamente que el juego era eso, un juego erótico que no debía trascender a los demás aspectos de nuestra vida. No abusaba del poder que yo le había dado para intentar controlarme y robarme mi independencia. Sólo había querido jugar, estar conmigo y no desperdiciar aquella noche de viernes cenando solo.

Encuentro en la primera fase

azotes, enema y sumisión

Autora: Anita Forever

¡Y fui a verte por fin! Tanto tiempo contando con ello, tanto tiempo esperándolo, tanto tiempo asumiendo que algún día ocurriría… y de pronto allí estaba, en un avión, esperando a aterrizar para verte aparecer. Sabía que te reconocería, te lo había avisado, pero, aun así, tú quisiste que alguno de los dos llevara un distintivo; “está bien, una flor en tu ojal servirá”, te dije yo, pero no, me hiciste llevar un collar pegado al cuello, porque, dijiste, y yo no te entendí, así me reconocería todo el mundo.

Y aterricé en la Gran Ciudad; sin saber qué iba a encontrar, asumiendo todo el riesgo de no conocernos, de no amarnos, de… aún no saber si nos deseábamos. Pero aterricé. Y ese fue mi fin.

Nos reconocimos al instante. Me llevaste a mi hotel. Me invitaste a una copa y me dejaste tiempo para dejar de ser una pasajera desconocida y volver a ser quien te hizo pagarle el vuelo a una extraña. Pero aún no era yo. Cenamos, charlamos, salimos, bebimos, jugamos… y volvimos a empezar.

Cuando regresábamos al hotel, tú me preguntaste por tu… odiado hábito de fumar. Por mi… amado hábito de fumar. Querías saber si lo había dejado, si había conseguido llegar por mí misma a la conclusión de cuán grande era la zanja que cavaba en mi propio jardín cada vez que encendía un cigarrillo, pero no era tan fácil. Y tú contabas con ello.

Y, por primera vez, te vi serio, adusto, sin intención de sonreír, queriendo que yo sintiera lo que estaba sintiendo; que te había fallado, y que había metido la pata. Y si metía la pata, pagaba las consecuencias… Y yo, a pesar de las largas conversaciones previas… no sé si lo sabía.

La habitación era sencilla. Una cama, una mesita de noche con teléfono, mando a distancia para la televisión, folletos ¡y cenicero!, escritorio con papel de cartas y silla, y cuarto de baño completo. Y un sillón. Sin brazos. Perfecto para que tú te sentases en él y me invitases a acompañarte. Y yo, inocente, caí en la trampa. Me preguntaste si ya me había dado cuenta de lo que había hecho mal. Contesté que no. Me recordaste que hay algunas faltas que nunca prescriben. Y seguí sin entenderte… hasta que me aferraste entre tus brazos y me volteaste sobre mí misma. Sin darme cuenta de cómo, me vi desprotegida bajo tu rígido abrazo, olvidada toda amistad, toda simpatía, todo desconocimiento mutuo. No podía creerlo, aún no podía creerlo…

- ¡Ay! ¡Pero, ¿qué te crees que estás haciendo?!
- ..........
- ¡Ay! ¡Ayyyy! ¡Ayyyyyyyy!
- Deja las manos quietas.
- ¡Para! ¡Para! ¡Ya! ¡Para!
- ..........
- ¡Pero… pero… pero! ¡Ayyyyyyyyyyyyyyyyyyyyy!
- ..........
- ¡No me cojas las manos! ¡Suelta!
- ……….
- ¡Paraaaaaaaaaa! ¡Por favooooooor!

Me habías puesto sobre tus rodillas y habías comenzado a azotarme tal cual, sin avisos, sin amenazas, sin desnudos… sin cita previa, y allí estaba yo, desprotegida de cualquier don con el que quisiese adornar mi palabra, luchando por liberarme, esperando llegar a un acuerdo tácito que parecía más lejano cuanto más cercano creía el momento, aun queriendo, incluso deseando, que tu fuerza fuese mayor que la mía…

- ¡Ya! ¡Yaaaaaa!
- ……….
- ¡Noooooo! ¡No me quites la ropa! ¡No me la quites! ¡Paraaaaa!
- ……….
- ¡Mi faldaaaa! ¡Noooo!
- ……….

Empecé a gritar. Hasta entonces, conscientemente, mis súplicas, ruegos e intentos habían sido proferidos en un tono bajo, íntimo; estaban destinados a hacerte reconsiderar o a hacerme reconsiderar, a convencerte, a convencerme…, pero llegó un momento en que sólo deseaba que parases, que parases, que parases… Que parases. ¿O no?

La sensación era casi más extraña que intensa. Casi más intensa que extraña. Te sentía más cerca de mí de lo que nadie estuvo nunca antes. Sin embargo, te reconocía lejano, en ese papel omnipotente que los dos habíamos acordado otorgarte. No eras alguien con quien yo pudiese hablar, ni conversar. De pronto, sólo eras alguien a quien podía intentar convencer.

Convencer de que parase. Que parase de una vez.

Y… mientras tanto, el color creciente de mis nalgas, tan vívido como si pudiese verlo ante mí a cada instante.

- ¡Por favor! ¡Por favor! ¡Para!
- ¿Que pare?
- ¡Síiiiiiiiiii!
- ¿Por qué?
- ¡Para, por favor! ¡Ayyy!
- Dime, ¿por qué debería parar?
- ¡Porque me duele! ¡Me duele! ¡Mucho!
- Respuesta incorrecta.
- ¡Paraaaaaaaa!
- ……….
- ¡Por favooooor! ¡Ay! ¡Ayyyyyyy!
- ……….
- Por favor… por favor… por favor…
- Por favor… ¡¿qué?!
- Por favor…
- ……….
- ¡Ay! ¡Ayyy! ¡Por favor…!
- Te escucho.
- Lo dejaré. Lo dejaré. Lo prometo. Lo dejaré. De verdad. Lo dejaré.
- ……….
- ¡Palabra!
- ……….
- Dejaré de fumar. Te doy mi palabra. Lo dejaré.
- Te has acordado rápido, ¿no?
- ¡Ay!
- ……….
- ¡Ayyyyyyyy!
- ……….
- ¡Lo dejaré! ¡Lo dejaré! ¡Lo juro!
- ……….
- Lo dejaré.
- ¿Sí?
- Sí. Lo dejaré. Te doy mi palabra de honor.

Entonces dejaste de ser el tú a quien yo fui a buscar para volver a ser tú. El tú que encontré en el aeropuerto se volatilizó, sentado en el sillón, con gesto paterno y ceñudo, mientras el tú que me conquistó me acunaba y mimaba como la niña que yo era en tu presencia. Mis ojos, asustados y humedecidos (aunque no lloré, y me sentía muy orgullosa de ello), te miraban y tú te reflejabas en ellos. En ese momento sólo deseaba agradarte. Hubiese hecho cualquier cosa para hacerte feliz y… bueno, prometer un imposible no parecía tan mala idea… Los momentos tiernos se sucedían, y la dicotomía amatorio-disciplinaria fue fundiéndose en un letargo similar al que iba entrando en mí…

Tú tenías que dormir en casa, en “tu” casa, y yo me quedaría sola en mi soledad plagada de tus recuerdos, en esa habitación que había dejado de ser mía para ser parte de ti, en ese reducto de gritos contenidos a duras penas en el que no podría, nunca, hacer más que añorarte.

Dormí desvestida. Boca abajo. Destapada. Feliz. Sin arrepentimientos. Sin arrepentimientos de ningún tipo. Pero el timbre sonó demasiado pronto. Todavía te añoraba. Aún estaba desnuda. Ensimismada. Imbuida de tu marcha. Influida por ti. Intentando aclarar conmigo misma que sí, que efectivamente había cruzado el país para conocer a un hombre, tú, y que, efectivamente, lo primero que había hecho ese hombre, tú, había sido darme una azotaina, y que sí, que, efectivamente, yo seguía allí, dispuesta a volver a ver a ese hombre, tú, preparada para volver a echarme en sus brazos, entregada a él, ¿o a ti? Me puse el albornoz y abrí la puerta con timidez.

- Buenos días
- ¡Buenos días! He traído algo para ti…
- ¿Un regalo? ¿Está en esa mochila? ¡Huy, qué grande es!
- Ya lo verás. Por cierto, ¿a qué huele?
- A nada…
- Y… ¿por qué tienes la ventana abierta?
- Hace calor.
- ¿Tan temprano? ¿Y no te da vergüenza pasearte sin ropa por la habitación?
- No voy sin ropa. Además, desde aquí no me ve nadie.
- Ya. Esto… ¿Dónde está el cenicero que estaba en esta mesa?
- ¡……….!
- ¡¿Dónde está?!
- … En el cuarto de baño.
- ¡……….! A ver…
- ……….
- ¿Me podrías explicar qué hace mojado, y boca abajo?
- Sí… bueno… esto… anoche, después de que tú te fueses, fui a por algo de comer, y… pues… verás… lo usé como posavasos. ¡Por eso lo dejé así, para que se secase!
- Seguro. Ya.
- De verdad.
- Acércate a mí. Ahora. No pensaba tener que usar algunas de las cosas que traía, pero algo me hizo cargar con ellas. Ahora veo que no me equivoqué.
- ¿Qué es lo que has traído exactamente?
- Ya lo verás. Ahora ven.
- ……….
- En este instante.
- Pero…
- VEN AQUÍ. No me hagas repetírtelo. Te lo aconsejo.
- Pero…
- Lo tuyo es increíble. ¿Lo sabías?
- ¿A qué te refieres?
- ¿Tú a qué crees?
- … No sé…
- Ven aquí. Si no, será peor. Y lo sabes. ¿A que sí que lo sabes?
- Vamos a hablarlo primero.
- No tenemos nada que hablar.
- Sí…
- No.
- Escucha…
- ¿Qué pasa? Llegamos a un acuerdo, ¿no? De hecho, déjame recordarte que ayer me diste tu palabra de honor. ¿Es esto lo que vale tu palabra? Dime.
- No. Mi palabra vale mucho. Es sólo que… bueno, me pillaste en un momento un tanto… desorientado. No sabía lo que decía…
- Vale. Ya he escuchado lo suficiente. Ahora hablaré yo, ¿de acuerdo? Y te diré lo que quiero. Y tú enmudeces y me escuchas bien calladita. Quiero que te comportes como una niña buena, como la niña buena que sé que eres en el fondo. Quiero que seas obediente y educada. Quiero que digas siempre la verdad y que seas consecuente con tus actos. Y, por lo tanto, quiero que te acerques a mí, y quiero que voluntariamente te tumbes boca abajo sobre mis rodillas, aprovechando la circunstancia de que ya estás desnuda, para recibir los azotes que sabes que mereces por haberte comportado mal, por seguir fumando después de todo lo que hemos hablado al respecto y, por supuesto, por haberme mentido y haber dado tu palabra de honor en vano. Será inolvidable, créeme. Aproximadamente en ese momento ya habrás aprendido algo importante sobre ti misma, que tu palabra es tu fuerza y no puedes malvenderla. Y yo te ayudaré a que recuerdes esa sabia enseñanza.
- No tengo la más mínima intención de hacer eso que dices.
- Ah, ¿no?
- No.
- Está bien. Entonces comenzaremos por el final.
- ¿Por qué me coges del brazo?
- Ven…
- ¿A dónde?
- Al cuarto de baño, ¿no lo ves? Voy a hacerte algo que tu madre debió hacer la primera vez que te vio fumar. Espero que aún no sea demasiado tarde.
- ¿Qué vas a hacerme?
- Tranquila.
- ¡Sí, hombre!
- ¿Confías en mí?
- ……….
- ¿Confías en mí? ¿O acaso quieres que me vaya ahora?
- ¡No! Seré buena…
- De acuerdo. Entonces me quedaré. Y tú, también.

Aún recuerdo mi cara. Mi expresión, reflejada en el espejo sobre el lavabo, de absoluto asombro, cuando te vi abrir la gran mochila en la que traías esos artículos misteriosos de los que hablabas de forma tan… inocente. Esos depósitos de plástico. Esos tubos largos de goma. Esa especie de… sondas. Esos recipientes llenos de líquido ambarino que, según me explicaste, eran infusiones de distintas hierbas medicinales. Y, sobre todo, aquellas cánulas de aspecto intimidante que tú expusiste ante mí, ordenadas por tamaños y grosores en la blanca inmensidad de la tapa del inodoro. Recuerdo el despliegue diligente y la paciencia, la minuciosidad con que comenzaste los arreglos, mirándome casi como un padre, intentando transmitirme con tu mirada la tranquilidad que me faltaba al mirar tus manos y sus progresos. Y me acuerdo de mí misma, paralizada, mirando con ojos asombrados tus preparativos, sin querer aceptar la posibilidad que aquel cúmulo de objetos me sugería. Incluso cuando ya habías terminado, incluso cuando te incorporaste y te acercaste a mí, incluso entonces, no podía creer lo que veían mis ojos…

Me cogiste delicadamente por la cintura. Me quitaste el albornoz. Te sentaste en el borde de la bañera y me colocaste sobre tus rodillas. Y me explicaste, como a una niña, que ibas a ponerme un enema, un enema medicinal que limpiaría mi cuerpo de algunos de los estragos del tabaco, que me haría sentir mejor, pero que tal procedimiento no sólo tendría un carácter terapéutico, que había algunas cosas que aún tenía que aprender, y que por ello aquel enema también serviría para castigarme.

Y yo me volví dócil ante la posibilidad cada vez más cercana de ser… de recibir… de probar ese… “tratamiento especial” que jamás en mi vida me había sido aplicado, y del que sabía, por algunas amigas y sus experiencias, que no tendría nada de agradable. Te mimé, aún sentada en tu regazo, fijé mis ojos, cargados de inocencia y de súplicas, en los tuyos, acaricié tu barbilla con un dedito juguetón… y tú fuiste consciente de mis intenciones desde el primer momento y me permitiste agasajarte, sin ningún propósito de ceder ante mí. Me dejaste hacer durante un rato y, de pronto, te incorporaste, y a mí contigo.

- De acuerdo. Creo que ya te has tranquilizado y has entendido que todo esto es por tu bien. Y ahora quiero que te comportes como la niña buena que sé que eres, quiero que me pidas perdón por esa horrible palabra de honor desperdiciada, y quiero que te inclines sobre el borde de la bañera. Apoya tus manos en el interior, de forma que tu culito quede bien alzado. Te pondré dos toallas gordas dobladas, para que puedas apoyar tus rodillas en ellas y así estar un poco más cómoda, ya que deberás permanecer en esa posición durante algo de tiempo…
- Pero…
- Por favor, no empecemos otra vez. ¿De acuerdo?
- De acuerdo.
- ¿Entonces?
- ……….
- ¿Entonces?
- … Te pido perdón.
- ¿Qué más?
- Te pido perdón por… ¡Esto es muy difícil!
- No volveré a pedírtelo. Venga.
- ……….
- Hazlo por mí.
- Te pido perdón por… desobedecerte, puesto que sólo miras por mí y por mi salud, por haberte dado mi palabra de honor sin intención de cumplirla y… sobre todo, te pido perdón por… desilusionarte, por… decepcionarte. Por defraudarte.
- Muy bien, pequeña.
- Bueno, ahora lo he dicho.
- Sí.
- Ya no tenemos que pasar por esto del enema, ¿verdad?
- A veces creo que no entiendes nada…
- ¡Pero…!
- No… No comiences de nuevo… Me estoy cansando…
- ……….
- ¡De acuerdo! Te diré lo que vamos a hacer: Te doy a elegir. Si quieres, puedes ser una niña buena, adoptar la postura que te he indicado, y asumir que ya eres lo suficientemente mayor como para pedir, recibir y aceptar los castigos que te mereces, tanto el enema como la azotaina que antes te describí.
- ……….
- Si no, ahora mismo, y en este momento y lugar, te dejaré el culo tan rojo que lo de ayer no serán más que caricias en tu recuerdo, luego te aplicaré dos enemas en vez de uno, y luego seguiremos con los planes anunciados. Elige.
- Hombre… si me lo pones así…
- ¿A que no es difícil?
- No…
- Elige entonces.
- Ya sabes lo que elijo.
- Eso no me sirve. Quiero oírlo de tu boca. Quiero tus palabras, quiero que me pidas que te discipline y que reconozcas que mereces el castigo. Quiero que tus labios soliciten de mí un enema y una severa azotaina. Quiero que lo digas.
- No puedo.
- Claro que puedes.
- … No puedo.
- De acuerdo entonces. Ven.
- ¡No! No me cojas del brazo. ¡Espera!
- Por favor… mi paciencia tiene un límite…
- Vale. Voy. Dame sólo un minuto.
- Diez segundos.
- ……….
- Di.
- De acuerdo.
- Estoy esperando…
- … Me he comportado mal. Quiero que me disciplines, que me eduques. Quiero…
- Dilo…
- … Quiero… te pido que me apliques un enema como castigo por fumar y por dar mi palabra de honor en vano.
- Bien. Sigue.
- ¿Más?
- Claro.
- … Y… y quiero que me des la azotaina que me merezco por haberte mentido y desobedecido.
- De acuerdo. Ya que me lo has pedido de forma tan educada y tierna, te complaceré. Y ahora espera un momentito, que voy a terminar con los preparativos.
- ……….
- Ya está.
- ……….
- Ponte en la postura que te he dicho, por favor.
- ... Más adelante. Apoya las manos. Así. Y separa un poco las piernas.
- Espera.
- Peque, no hables más. Intenta relajarte, ¿vale?
- Eso no es fácil.
- Venga… inténtalo.
- Vale.

Después de ese último intercambio de simplezas, me di cuenta de la situación en la que me encontraba. Un hombre, al que no conocía apenas veinticuatro horas atrás, estaba a punto de introducirme una cánula por el ano para desintoxicar mis intestinos de nicotina ¡porque yo se lo había pedido! Y yo, rodeada por un mar de porcelana blanco, parecía estar dispuesta a aceptar esas circunstancias…

En cualquier caso, mis momentos reflexivos no duraron mucho. Sentí tu dedo, indescriptiblemente gélido, toqueteándome con sutileza, dejando tras de sí una capa fría, resbaladiza y desapacible, introduciéndose en mi interior. Y me empecé a poner nerviosa… Con mis movimientos de vaivén, destinados a zafarme de ti, y sin ser consciente de ello, conseguía el efecto contrario al deseado, y tu dedo entraba aún más fácilmente en mí. Sin embargo, y, aun a pesar de que era la primera vez que sentía algo extraño en esa… parte de mi anatomía, desde que me había colocado en aquella postura no hacía más que recordar los acontecimientos del día anterior, y notaba la humedad que mis evocaciones generaban y que tus toqueteos y la imagen de los distintos artilugios no hacían más que incrementar. Y recé para que no te dieses cuenta. Asumía que tú contabas con ello, pero ya era lo suficientemente humillante la postura en la que me encontraba, como para sumarle una excitación generada exclusivamente por azotes y enemas…

Pasados los primeros minutos dejaste un poco de lado tu delicadeza, tras recordarme que también me estabas castigando y los motivos de dicho correctivo. Me separaste las nalgas, que respondieron al roce de tus manos como los girasoles al calor del sol, y de pronto noté que tratabas de meter algo duro en mi interior. No sabía qué hacer, si quitaba las manos del fondo de la bañera podía darme un golpe, y tú, quizá previendo que intentaría zafarme de ti, paraste un momento, me cogiste del pelo para incorporarme ligeramente, y me dijiste al oído con una voz severa e intimidatoria “Ni se te ocurra moverte a partir de este momento, niña, o te dolerá más”. Y a partir de ese momento, efectivamente, no me moví. Me quedé helada, apretando todas mis intimidades para no permitirte el acceso a mí, sin saber que con ello te estaba ayudando…

Comencé a sentir dolor. Te lo dije, y me pediste que me callase.

Comencé a rechinar los dientes. Me oíste, y me pediste que parase.

Comencé a incomodarme. Lo notaste, y me pediste que me tranquilizase.

Pasó una eternidad. Una eternidad perpetua mientras tú manipulabas tras de mí, escuchando sonidos indescifrables y sintiendo dolor, y ganas de llorar, y humillación, y mucha, mucha vergüenza… Y humedad.

- Sigue sin moverte, ¿de acuerdo? Lo estás haciendo muy bien. Ya verás lo pronto que terminamos. Ahora comenzarás a sentir líquido en tu interior. No dejes escapar ni una gota. ¿Entiendes? Ni una gota. Mira, el contenido de esta bolsa es el que te voy a meter, y…
- ¡¿Todo eso?!
- Calla.
- ¡Pero… eso es una barbaridad! ¡Eso no cabe!
- ¡Ay, Dios! Cállate…
- Pero es que…
- ¡Que te calles ya! Se acabó.
- ¡Ay!
- ……….
- ¡Ay! ¡Ayyyy!
- ……….
- ¡Vale, vale, me callo! ¡Ay! ¡Ayyy! ¡Ayyyyyyyy!
- ……….
- ¡Ayyy! ¡Yaaaaa!
- ¿Seguro? Puedo seguir azotándote hasta que te tranquilices, si quieres…
- No, no será necesario. De verdad.
- A ver si eso es cierto, y tenemos un poquito de serenidad. Te voy a decir una cosa; como me hagas sacarte la cánula para poder azotarte más y mejor, te vas a arrepentir… Mucho.
- No lo haré. Palabra.
- Tu palabra ya no sirve de nada conmigo.
- ……….
- Bueno, parece que eso está mejor. Como iba diciendo, el contenido de esta bolsa es el que te voy a meter, y no quiero que dejes salir ni una sola gota de tu cuerpo hasta nueva orden. ¿Entendido?
- Sí.
- ¿Seguro?
- Sí.
- Está bien, volveremos a intentarlo. Última oportunidad. Quieta y callada.
- ……….

A partir de ese momento las sensaciones se intensificaron. Mi culo, con unas pocas nalgadas, había recobrado rápidamente el color y el calor y, a la vez, una cálida, aunque incomodísima y desconcertante, sensación, empezó a fluir dentro de mí y se desparramó, acrecentando mi impotencia, mi humillación, mi inocencia, mi dolor, mi confusión, mi súbito desconocimiento de mí misma. Durante lo que pareció una eternidad tus humores mágicos comenzaron a tomar posesión de mis entrañas. Quería moverme, quería escapar, quería que me soltases, quería dejar de estar enchufada a ese engendro disciplinario que salía de mi culo como una cola de diablo, pero no sabía cómo hacerlo. Intenté razonar contigo, pero tras sólo dos palabras tú me preguntaste si mis ganas de conversar indicaban que quería dos bolsas en mi interior en vez de una. Y guardé silencio. Y tu purga fluyó y fluyó.

Mi cuerpo ardía. En todos los sentidos. A todos los niveles. Por dentro y por fuera. Queriendo y sin querer. La fuerza de tu mano, la eficacia de tus caricias, lo que llevaba dentro de mí sin poder dejarlo salir, tu mirada, fija en bien sabes qué parte de mi anatomía… Lo pasado y lo presente. Todo me hacía quemarme. Y todo me quemaba.

De pronto, terminó. Cuando ya me sentía más llena de lo que nunca creí poder estar, se acabó, y tú sacaste la cánula. Me notaba a punto de explotar. Por primera vez no quise moverme. Mis ojos, apretados, formaban círculos de luz ante mí, centrando todas mis fuerzas en cerrar aquella salida de la que nada debía emerger. Tu mano, acariciándome, amenazaba con romper la concentración necesaria para evitar pérdidas. No habría pasado más de un minuto cuando rompí el silencio, la concentración, y casi tu orden.

- Por favor…
- ¿Qué?
- Estoy a punto de reventar. Me duele mucho todo. Por favor.
- Aguanta sólo unos minutos más.
- ¡No!
- ¡……….!

Mi propia rebeldía me sorprendió. Llegó de ningún sitio y me atravesó de parte a parte. Me incorporé desafiante, aunque aún intentando mantenerlo todo en mi interior y… no esperaba ver lo que vi: Tú ya habías previsto ese próximo movimiento mío, habías estado esperando mi insubordinación desde el principio, y estabas sentado sobre la tapa del inodoro, manteniendo en tu mano, listo y preparado, un objeto desconocido para mí. Era de color brillante, alargado, más grueso que un dedo, aunque más estrecho que… bueno, que otras cosas, y tú lo sujetabas por la base, apuntándome directamente. En décimas de segundo me inmovilizaste la espalda, para evitar más movimientos, e introdujiste todo aquello en mí.

- ¡Auuuu!
- ¿Mejor?
- ¡¿Cómo que mejor?!
- Bueno, ahora no tienes que hacer tanta fuerza para que no se te salga nada, hay algo que te ayuda, ¿no es cierto? Ahora tienes un tapón.
- Duele un poco…
- Venga, no seas niña. Piensa y dime fríamente: ¿De verdad duele tanto?
- Mmmmm… No.
- ¿Lo ves?
- ……….

Toda mi sed de venganza, toda mi insumisión, toda mi ignorancia sobre mí misma y, aparentemente, sobre mis propios deseos, murió con ese descubrimiento. Deseé que estuvieses orgulloso de mí, de mi obediencia, de mi disciplina, de mi control. Tus manos tomaron posesión del cuerpo que se te ofrecía, y lo acariciaron profusamente. Mi intestino se adaptaba a tu receta como mi cuerpo a ti. No podía creer que fuese yo quien gimiese a tu contacto. Me resultaba insolentemente vergonzoso que tu tacto ardiente, contra una superficie de por sí arrobada, desenterrase ciertos sonidos dormidos en mi garganta. Y tú te diste cuenta y me rescataste de mí misma.

- Venga, arriba. Voy a quitarte el plug, y te voy a dejar sola el tiempo suficiente para que no tengas nada deseando fluir fuera de ti. Te espero ahí. No tardes.
Cuando salí, liberada y contrita, estabas sentado en mi cama, sonriente.
- ¿Nos vamos?
- ¡!
- ¿No quieres?
- ¡Sí! Sí, sí quiero, pero… yo esperaba…
- ¿El qué?
- Nada, nada… Venga, vamonos. Pero tengo que ducharme.
- Claro. ¿Tardarás mucho?
- Dame cinco minutos.
- De acuerdo.

Eras otra vez el hombre maravilloso de nuestras largas conversaciones, el culto, interesante y descarado personaje que me movió a huir de mi rutina para pasar un fin de semana diferente. Mientras yo me duchaba te oí entrar en el cuarto de baño, rasgar el envoltorio de la pequeña pastilla de jabón y abrir el grifo. Cuando salí, no quedaba nada que recordase lo que acababa de ocurrir. Tú ya estabas de pie con tu mochila atiborrada al hombro. Me prometiste un día perfecto, lleno de emociones. Te ofreciste como cicerone para mí. Y salimos a recorrer la ciudad.
¿Qué puedo decirte del día que pasamos juntos? Que cumpliste tu promesa. Me llevaste a mil sitios famosos que yo no conocía. Me presentaste platos típicos de los que jamás había oído hablar, riéndote de la pusilanimidad que demostraba ante sabores y texturas desconocidos. En un momento de la tarde decidiste que ibas a hacerme un regalo: una falda de colegiala. Así que nos encaminamos a los grandes almacenes más famosos de España, en una majestuosa plaza de tu amada ciudad. Fuimos directamente a la planta de uniformes escolares, y nos reímos ante la evidencia de que yo no necesitara la talla mayor que el establecimiento ofrecía para las niñas. Escogiste dos o tres modelos diferentes, ante mi absoluta hilaridad. Me excitaba tu empeño por comportarte como un padre modelo ante aquella dependienta que, por la expresión de su cara, no disfrutaba del sexo en ninguna de sus infinitas facetas. Me encaminé hacia los probadores, y no fue hasta que te vi justo detrás de mí, dispuesto a entrar conmigo, que me di cuenta de que quizás había vuelto a pasar algo por alto…

- ¿Qué haces?
- Entrar contigo.
- ……….
- ¿Qué pasa? ¿Te da vergüenza?
- No, claro que no, es sólo que…
- ¿Qué?
- Nada, nada, una tontería. Entra.
- Espera, que cierro la puerta.
- Vale. ¿Cuál quieres que me pruebe primero?
- Esta, la más cortita.
- OK.
- ¿A ver cómo te queda? Mmmm… Estás tan bonita…
- ¿Te gusta?
- Sí, mucho. ¿Por qué no apoyas las manos en uno de los espejos? En este de la izquierda, por ejemplo.
- ¿Para qué?
- Quiero verte en esa postura.
- ¿Así?
- Perfecto. Saca un poco el culo.
- ¿Qué tal?
- Genial. Lo mejor es tu sonrisa de piílla. Ahora no te muevas.
- ¿Qué vas a hacer? ¿Qué… qué haces con tu mochila?
- Ya lo verás.
- ¡¿Para qué es ese peine de madera?!
- Shhhhh… Baja la voz. ¿No te he dicho que no te muevas?
- ¡Pero…!
- Baja la voz te he dicho. ¿O quieres que se entere todo el mundo?
- No, pero…
- Vamos a ver, cuando salimos de tu habitación, ¿no te dio la sensación de que me olvidaba de algo?
- A ver, déjame que piense… No.
- Ya, buen intento. Te explico. Aún te falta algo para completar el castigo de esta mañana. Así que he pensado que podríamos empezar aquí, y ya iremos viendo dónde acabamos... ¿Qué te parece?
- ¡Muy mal!
- Era una pregunta retórica. No esperaba una respuesta. ¡Y deja de levantar la voz! ¿Has probado alguna vez un peine?
- En el pelo sí.
- Venga, sin coñas.
- No, no lo he probado nunca.
- Bueno, entonces, por ser la primera vez, y teniendo en cuenta que aún estarás un poquito dolorida, sólo serán unos cuantos azotes. Aparte de que… el peine es algo peor que la mano, aunque no mucho.
- ¡Sí, hombre!
- Mira, esto me duele a mí más que a ti, pero tú has confiado en mí para que haga de ti una buena niña, y ahora no puedo echarme atrás.
- Pero…
- Fin de la conversación. El peine no hace ruido. Espero que tú tampoco. Adopta la posición.

El primer azote me sorprendió por tres motivos; porque efectivamente no hacía ningún ruido, más allá de un golpe sordo absolutamente inaudible más allá de los probadores, porque dolía terriblemente, y porque fui capaz de no emitir ningún sonido.

El segundo me sobresaltó por tres razones; porque el dolor se convertía, rápidamente, en algo parecido a la agonía, porque casi se me escapó un gemido que ahogué en el último suspiro, y porque yo me moví involuntariamente y abandoné la postura para parapetarme tras una de mis manos.

El tercero me asustó por una sola causa; porque vino inmediatamente sucedido de un tirón de mi mano, de un movimiento brusco del taburete, y de encontrarme de nuevo tumbada sobre ti.

- Bueno, está visto que aún no eres una niña obediente. Pero no te preocupes, lo serás…
- ……….
- No pasa nada, no me mires así, sé que no es fácil permanecer quieta y en silencio en esta situación. Y aquí estoy yo, para ayudarte. A ver, te doy a elegir: ¿prefieres tener las manos sueltas para poder taparte la boca tú misma con ellas, o las pondrás en otra parte y harás que me enfade? ¿Te las sujeto?
- ……….
- ¿Serás capaz de mantener la boca cerrada por ti misma?
- No lo sé…
- Vale. Como pongas las manos en un sitio distinto a tu boca…
- ……….

El cuarto, el quinto, el sexto… Perdí la cuenta. No llegué a desesperarme, así que probablemente dijiste la verdad al indicar que sólo serían unos cuantos, pero mi voluntad no era tan fuerte como para rendirme ante ti sólo por… por unos pocos golpes propinados con un peine. Aunque he de reconocer que fue un acierto que me dejases las manos sueltas. Era incapaz de apartar las manos de mi boca, porque no me fiaba nada de mí misma ni de mis sonidos, lo que te dejaba el campo libre sin necesitar ningún tipo de esfuerzo por tu parte. Cuando escuché a la vendedora al otro lado de la frágil puerta creí morir de humillación. Me preguntaba cómo iba con las faldas, si me quedaban bien, y tú paraste tu mano de peluquero en el aire el tiempo suficiente para que yo pudiese contestar, con un hilo de voz, que aún me las estaba probando…
Cuando me diste cuatro rapidísimos azotes más, alternados entre ambas nalgas, pataleé, en el más absoluto de los silencios, plenamente consciente de que la dependienta permanecía al otro lado esperando a dar su opinión sobre las prendas. Me incorporaste, guardaste el peine, y con un movimiento de cabeza me indicaste que abriese la puerta para poder mostrarme ante aquella mujer. Abrí, absoluta y totalmente ruborizada. Tú permanecías sentado. Ella me pidió que me diese la vuelta y, como si supiese leer en mis ojos, y muerta de envidia por ello, toqueteó las tablitas de la falda sobre mi trasero, provocándome un dolor casi indescriptible, mientras comentaba:

- Le queda muy bien. ¿Se ha probado las otras?
- No, no es necesario – contestaste tú, muerto de risa. – Nos quedamos con esta. ¿Verdad?
- Eh… sí, sí, claro.

Cuando salimos de allí aún te estabas riendo de mí. Fuimos a tomar algo, al bar de unos amigos tuyos, y yo me desesperé cuando insististe e insististe ante ellos para que me sentase en aquel taburete alto y duro, de madera, sin más protección para mi retaguardia que tu mirada… De allí fuimos a otro sitio, y a otro y a otro. Eras… el perfecto caballero, el padre protector, el galante impenitente, el educador involucrado. Todo lo que yo quería, y todo lo que yo temía. Fuiste todo lo que yo quería, efectivamente, hasta que se fue acercando la hora de volver al hotel, y volviste a ser todo lo que yo temía. Cuando llegamos, cargados de bolsas, con la cámara en la mano y más que cansados, me senté en la butaca, en tus rodillas, a repasar todos los sitios que habíamos visitado y cuánto nos habíamos reído. Yo no me quitaba de la cabeza algunas cosas que también habían ocurrido durante la jornada, pero no tenía la menor intención de traerlas a tu memoria. Por entonces, aún no sabía que tu retentiva era sólo inferior a la disciplina que demostrabas – y exigías – en determinados momentos.

Sin darme cuenta me fui acurrucando, enroscada en tu cuello. El largo día me había dejado exhausta, y ni siquiera el dolor que sentía en las zonas acariciadas por tu peine me hacía levantarme de la postura en la que, sin dudarlo, habría permanecido hasta el amanecer…

- ¡Hey! ¿Te estás durmiendo?
- ¿Yo? No...
- Venga, incorpórate. Acabemos con esto cuanto antes, ¿no?
- No, no te muevas – dije con voz mimosa.
- Sabes que no puedo quedarme.
- Ya…
- Y sabes que tenemos que terminar algo antes de que me vaya.
- No…
- Sí.
- ¿Lo vas a hacer fácil, o difícil?
- ¿Cómo?
- Que si quieres que sea por las buenas, o por las malas. Ya sabes que por las malas será peor para ti…
- Si te digo que no sé de qué me hablas, no cuela, ¿verdad?
- Verdad.
- Por las buenas.
- ¿Qué más?
- Por favor.
- De acuerdo. Te concederé el beneficio de la duda. Otra vez.
- ¿Qué hago?
- Ponte la falda nueva. Luego, acércame mi mochila. Y, por último, túmbate sobre mis rodillas como anoche.
- ……….
- ¡Qué guapa estás!
- Toma.
- Gracias. ¿A ver? Sí, aquí está.
- ¡Joder, ¿ahora un cepillo?! ¿Cuántos chismes has traído?
- ¡¿Cómo has dicho?!
- No he dicho nada.
- ¿Tú no has dicho ahora mismo “joder”?
- Sí, pero se me ha escapado…
- O sea, yo intentando hacer de ti una jovencita modosa y educada y tú diciendo palabrotas gratuitas…
- ……….
- Verás lo fácil que lo arreglamos. Vamos a continuar con el plan previsto, pero esta vez, para que vayas aprendiendo modales, vas a decir, después de cada azote “Gracias, ¿puedes darme otro, por favor?”.
- ¡Sí, hombre, ¿y qué más?!
- ¿No habíamos quedado en que sería por las buenas?
- Sí, pero…
- Te mereces un castigo. Lo sabes. Y además, vas acumulando puntos para otro… ¿Empiezo a llevar las cuentas?
- No, está bien.
- Eso me gusta mucho más. Hazme estar orgulloso de ti. Sé que puedes, mi pequeña.
- ……….
- ¿Preparada?
- … Sí…
- De acuerdo.
- ……….
- ……….
- Gracias, ¿puedes darme otro, por favor?
- ……….
- Gracias, ¿puedes darme otro, por favor?
- ……….
- Mmmm… Gracias, ¿puedes darme otro, por favor?
- ……….
- ¡Ay! Gracias, ¿puedes darme otro, por favor?
- ……….
- ¡Ayyyy!... Gracias, ¿puedes darme otro, por favor?
- ……….
- ¡Ayyyyyyyyy!
- ¿Qué más?
- Gracias, ¿puedes darme otro, por favor?
- ……….
- ¡Auuuuuuuuuuuuu!
- Venga…
- … Gracias, ¿puedes darme otro, por favor?
- ……….
- ¡Paraaaaaa!
- ¿Ya vamos a ponernos desobedientes otra vez?
- No…
- ¿Entonces?
- Fffffffffff… Gracias, ¿puedes darme otro, por favor?
- ……….
- ¡Ya estáaaa!
- Ejem…
- Gracias… ¿puedes darme otro, por favor?
- ……….
- Gracias… ¿puedes… puedes darme otro?
- ¿Cómo?
- ¿Por favor?
- ……….

Me cansé de contar. Sé que tú no, pero yo sí. Te dije que parases, te rogué, pataleé, te supliqué, me debatí, te insulté, agité mis manos como hélices… Hasta intenté morderte en un muslo. ¿Recuerdas ese momento?

- ¡Se acabó! ¡Hasta aquí hemos llegado! ¡Faltaría más!
- Perdón, perdón, perdón…
- A LA CAMA.
- Perdona.
- BOCA ABAJO.
- Perdóname, por favor.
- Las manos sujetando el cabecero. Ni se te ocurra moverlas. Dame la almohada. Levanta las caderas… Así.
- Por favor…
- A ver, vamos a quitarte la falda…
- No, por favor.
- No te atrevas a mover las manos. Yo te la quito.
- Por favor…

Y comenzaste de nuevo. Pero no fue igual. Esta vez estabas enfadado. No tanto como para ser peligroso, pero sí lo suficiente como para ser inflexible. No quiero recordarlo. Fue demasiado doloroso. Los azotes no tenían fin. Tu mano apoyada en la base de mi espalda anulaba todo movimiento. No me atrevía a soltar mis manos, no sé de qué habrías sido capaz si te hubiese vuelto a desobedecer. Ahogaba mis lamentos en la sábana. Y tú no dijiste ni una sola palabra. No emitiste ni un sonido. No hablaste. Yo no podía mantener los ojos fijos en ti, porque esta vez sí había lágrimas rodando por mis mejillas, lágrimas que se enjugaban solas contra la tela, pero cuando te miraba, te veía contemplando fijamente mi trasero, con los labios apretados y sin el más mínimo atisbo de contrición. Cuando al fin te decidiste a dirigirme la palabra, lo hiciste para preguntarme qué opinaba, qué pensaba de lo que estaba sucediendo. No sé qué contesté. Sólo recuerdo que, a duras penas, te dije que me lo merecía, que me había portado muy mal, y que no volvería a repetirse, nunca. Y debí de ser convincente, porque tú soltaste el cepillo inmediatamente, te sentaste en la cama, y me abrazaste, me besaste y me acunaste…

Cuando desperté ya era de día y yo estaba sola. Me costó un momento darme cuenta de que había sonado el teléfono. Era una llamada despertador, hecha por la recepción del hotel, aunque yo no recordaba haber dejado ninguna orden similar…
Me resultaba increíble haber podido quedarme dormida con aquel punzante dolor, pero al tocarme, el aroma que descubrí me sugirió que antes de irte me habías echado algún tipo de loción para calmar los ardientes pinchazos que tu dedicación hacia mí había provocado. Fui al baño y me miré en el espejo. Yo no parecía yo. Y no me refiero al color rojo que aún perduraba en partes de mi anatomía, sino a mi expresión. Era distinta. Parecía más mujer, más segura de mí, más… más humana. No me apetecía bajar al comedor, a sentarme haciendo malabarismos en una mesa perdida, así que pedí el desayuno en la habitación. Y sólo en ese momento descubrí tu nota, esa en la que, con tu inconfundible caligrafía, me decías: “Cuando leas esto será muy probablemente por la mañana, así que buenos días, mi niña preciosa. Tuve que irme, pero no quise despertarte. Temo que fuesen muchas emociones para una sola vez. Nunca hemos hablado de términos ni de cláusulas. Espero no haber sobrepasado los límites que tú, mentalmente, me hubieses impuesto. Sin embargo, he de informarte que el día en que convinimos en conocernos me hiciste partícipe de tu educación, de tus sueños, de tu disciplina, de tu obediencia. De parte de tu vida. No hemos de seguir viéndonos, a no ser que así lo desees, pero si lo hacemos, yo seré el encargado de velar por ti y de adiestrarte. Nunca te olvides de eso. Ahora mismo son, como muy tarde, las nueve y media, puesto que dejé un encargo en conserjería. Si deseas volver a verme, llama a recepción y deja un mensaje para mí. Pasaré por tu hotel a las diez en punto y preguntaré. Sé que no tienes mucho tiempo para pensar, pero hemos hablado mucho de nosotros, y no te gusta demorarte en tus decisiones, así que hay rato de sobra, ¿no?”.

Desayuné como si no hubiese comido nunca. Más que saborear, engullía, pendiente de mi reloj, de la ventana por si te veía aparecer, de… de todo menos de mí. Antes de que dieran las diez ya había tomado mi decisión. Llamé a recepción y, cuando noté que nadie contestaba me puse casi histérica. No tenía tu teléfono, no sabía tu nombre real, no podría encontrarte si te perdía… Y no estaba dispuesta a perderte. Bajé en albornoz, descalza, sin peinar, corriendo por las escaleras. Tú me reconociste de espaldas, cuando hablaba con la recepcionista. Te acercaste a mí, me diste un beso en la mejilla y me preguntaste si había dormido bien. Y yo te invité a subir.

Unas pocas horas más tarde mi avión despegaba. Todavía estaba dolorida, quizás aún más dolorida que antes. Sabía que tú mirabas cómo me elevaba en el cielo. Sabía que estarías esperando noticias mías en Internet. Sabía que volvería a verte. Lo único que no sabía era cuánto podría esperar…

Mi Beca Para Estudiar en Inglaterra

tawse y vara

Autora: Victoria

Tenía 19 años, y estaba finalizando mi primer curso de universidad. Estudiaba filología inglesa y me presenté a unas pruebas para obtener una beca de estudios en Inglaterra. No tenía muchas esperanzas a pesar de que mi nivel de inglés era muy alto, pues lo había estudiado desde muy pequeña y además mis padres pagaban a profesores nativos para mantener conversaciones.

La beca consistía en estudiar durante cuatro meses en uno de los colegios más prestigiosos y elitistas de Inglaterra con todos los gastos pagados y vivir de acogida con una familia.

Mi sorpresa fue enorme cuando a las dos semanas de realizar las pruebas sacaron la lista de doce aprobados, y era la segunda de la lista con un 9,25 de nota.

Durante todo el verano deseé que finalizasen mis vacaciones para marcharme a Londres. Me informaron que en el colegio universitario había alumnos de muy alta sociedad inglesa como hijos de políticos, banqueros, aristócratas... me parecía un sueño. También me advirtieron que a pesar de ser mixto los chicos y las chicas nunca coincidían, estaban en distintas alas del colegio.

En cuanto a la familia de acogida se me informó que eran familias acomodadas de funcionarios del gobierno británico como mandos militares, profesores, administrativos, médicos... En mi caso me indicaron que me había tocado una familia en la que el señor era ex-diplomático.

Llegó mediado de agosto y llegó con él la despedida, me marchaba hasta Navidades sin volver en los cuatro meses. Hubo lágrimas pero en cuanto el avión despegó todo se transformó en entusiasmo.

Al llegar a Londres me esperaban en el aeropuerto mi “nueva familia”. Un señor de unos cincuenta y cinco años, alto y robusto, contraje oscuro y rostro severo, una señora de unos cincuenta años con cara de bonachona y ojos tristes y un señor de unos cuarenta años que por su indumentaria deduje que era un chofer.

Me recibieron gratamente y lo que me sorprendió, hablando un correcto español, se debía a su trabajo como diplomático, pues hablaba cinco idiomas, aunque pronto el señor me dijo que eran las ultimas palabras que escuchaba allí en español pues ya que iba a pulir mi inglés sólo me hablarían en inglés.

Nos subimos en un lujoso coche y ya todo en inglés me dijeron sus nombres Sir Eduard y Lady Suzanne.

Me fueron explicando las normas de la casa por el camino, pues vivían en las afueras de Londres y el camino era largo.

Por todas las normas que me explicaban deduje que Sir Eduard era un hombre estricto y dominante, y su mujer quería ser amable, pero le tenía respeto, es más diría que temor.

También deduje que iba a estudiar mucho y divertirme poco, pues me informo de mi horario de clases y me organizó mi tiempo en su casa.

Al llegar a casa me presentaron al servicio. Marie, una vieja criada gorda, era la jefa del servicio y dos sirvientas jóvenes, de mi edad más o menos, Julia y Elizabet.

Llevaron el equipaje a mi habitación y me mostraron la casa. Era preciosa, muy lujosa, con jardín, biblioteca, amplias habitaciones.

También me mostraron los uniformes con los que debía acudir al colegio. En días normales consistía en una camisa blanca con corbata azul oscura, falda roja con cuadros escoceses por encima de la rodilla, chaqueta azul oscura y calcetines blancos hasta la rodilla. El pelo debía llevarlo con coletas. Me sentía ridícula, una mujer con 19 años vestida así. Para días especiales y fiestas el uniforme consistía en la misma chaqueta, camisa y corbata, una falda gris más larga y en vez de calcetines medias. Me tenían todo preparado aunque tuve que pedir que me proporcionasen algún liguero, pues allí en Inglaterra no se usan casi los pantys, sino que eran medias.

En casa se me prohibía también ciertas prendas como eran las modernas y sexis, las vaqueras y los pantalones. Debía vestir más o menos elegante y con falda.

Mi habitación era enorme, con una cama muy grande, una mesa de estudio amplia y unas vistas al jardín preciosas.

Comimos a las 12 y tras esto subí a mi cuarto a colocar la ropa y los libros. Sir Eduard me advirtió que a las 5 en punto de la tarde se servía el té, que se exigía máxima puntualidad.

Me puse a colocar la ropa y con el cansancio del viaje me quedé dormida cuando desperté eran las cinco y cinco. Corriendo me puse el chándal con zapatillas de estar en casa y bajé al té.

Al bajar estaban esperándome sentados el matrimonio y sir Eduard mirando el reloj. Las sirvientas estaban de pie con bandejas en las manos. Me disculpé y sir Eduard no me permitió seguir dando explicaciones, tan sólo me dijo que tomásemos el té y después ya hablaríamos, sin embargó insistí en disculparme y él me dijo que callase muy enfadado.

Sirvieron el té y lo tomamos sin que nadie dijese una palabra, tras esto sir Eduard comenzó a hablarme: -Victoria, en España los jóvenes recibís una educación blanda, faltáis a los principios básicos del respeto porque no hay nada que os infunda respeto, sin embargó aquí en Inglaterra todo es distinto, aquí las faltas conllevan un castigo, pero no cualquiera, sino uno que te haga recapacitar para no volver a caer en la misma falta. Por ser tu primer día aquí podría haberte perdonado alguna falta cometida, pero es que has cometido tres. Has llegado tarde al té, vienes vestida en contra de las normas y has desobedecido una orden mía de silencio, así pues deberé castigarte. Te perdono hoy lo de la ropa, pero la falta de puntualidad y la desobediencia de mis órdenes no debo.

Imaginé entonces que me encerrarían en mi cuarto o me dejarían sin cenar o ver la televisión, pero nunca pude imaginar lo que se me venía encima.

Sir Eduard se levantó y me pidió que le acompañase a la biblioteca. Una vez allí se acercó a una puerta de un armario estrecho y alto. – Al llegar a la casa no te explique las normas de disciplina porque pensé que no sería necesario o no lo sería tan pronto, pero bueno te las explicaré rápidamente. Cada vez que cometas una falta te mandaré que visites este armario lo abras y cojas algo de lo que hay dentro-. Al Abrirlo me entró un sudor frió y me temblaron las piernas pues comprendí lo que me esperaba. Había varios instrumentos de castigo de esos que yo creía que sólo existían en la literatura de la Inglaterra victoriana y creía que hoy en día los castigos corporales eran una leyenda negra, pero vi y pronto comprobaría que no. Había una correa de cuero que se dividía en dos por un extremo, el tawse. Había también varias varas de bambú muy flexibles (y finalmente una paleta de mimbre fabricada para quitar el polvo de las alfombras, pero en este caso me parece que ese no era su uso).

Tras mostrarme aquel armario volvió a acompañarme a la sala donde tomamos el té. Una vez allí me dijo: - Cada vez que incumplas una norma te mandaré al armario para que me traigas uno o varios utensilios, y recibirás una severa azotaina con ellos.

Yo estaba temblando, llorando, muerta de miedo, pues nunca me habían azotado. Bueno sí, tenía once o doce años y en casa de mis tíos hice una travesura con mis primas, y mi tío tenía por costumbre zurrar a mis primas con el cinturón. Ellas recibieron una buena paliza nos fue haciendo tumbarnos de una en una en la cama boca abajo y nos pegó con el cinturón. Mis primas salieron mal paradas, pues a ellas las hizo desnudarse de cintura para abajo y les pegó muchísimos correazos y muy fuertes, yo no era su hija así que solo recibí cinco azotes, no muy fuertes y sin quitarme el pantalón, pero a pesar de todo no fue agradable, pero bueno, aquello tampoco fue recibir una azotaina de verdad.

- No tiembles, te va a doler, pero no vas a morir. Mira las sirvientas y mi esposa han probado en varias ocasiones la correa y la vara y ahí las tienes, siguen vivas, eso si, más educadas. Por ejemplo, Julia recibió anoche veinte azotes, ¿Tú lo has notado? Insisto, no tiembles porque mientras estés en Inglaterra educándote tendrás que acostumbrarte a los azotes, y además con el tiempo agradecerás haberlos recibido, pues son dolorosos al recibirlos pero satisfactorios en el modo en que educan. Por cierto Marie es mi brazo derecho y es la encargada de la disciplina de las sirvientas, y también le encargaré la tuya, así que si considera que debe castigarte podrá también hacerlo al igual que mi esposa, aunque puedes estar tranquila que su carácter y personalidad no le permiten hacerle daño ni a una mosca, por eso es tan débil moralmente.

Sir Eduard tendría toda la razón del mundo pero yo estaba muerta de miedo. – Bueno Marta, ahora sube a tu cuarto y vosotras dos acompañadla. Tu Marie, ve al armario y coge el tawse y una vara y la llevas a su cuarto.

El camino a mi cuarto se me hizo eterno. Una vez allí llegó Marie portando los dos terribles instrumentos. Me parecía mentira que a mis diecinueve años fuese a ser castigada igual que a una niña mala, aunque por lo que comprobé aquí no solo son castigadas las niñas, sino que las señoras también son azotadas, incluso las de clase alta, y si no que se lo digan a Lady Suzanne, que según comprobaría en mi estancia, también probaba la vara con frecuencia, pero bueno, volviendo al presente, se abrió la puerta y entró Sir Eduard y me preguntó que si estaba preparada, yo entre llantos le dije que no y le pedí clemencia, pero fue inútil. – Julia y Elizabet, como la señorita Marta me parece que no quiere colaborar, necesitaré vuestra ayuda, poned la almohada doblada en el borde de la cama, usted Marta se tumbará colocando el vientre sobre la almohada y estirará los brazos sobre la cama dejando fuera las piernas y levantando el culo. Vosotras le sujetareis un brazo cada una, pues seguro que la señorita no mantiene la posición sin ayuda. Muy bien señorita Marta, adopte la posición.

Fui a colocarme como me dijo pero entonces me dijo -¿No olvida usted algo?... debe quitarse el pantalón y bajarse las braguitas hasta las rodillas.- Con eso no contaba, le pedí que por ser la primera vez que me azotase vestida, pero como siempre hizo caso omiso. – Señorita, una azotaina es inconcebible sin las nalgas desnudas, no me haga esperar porque me enfadaré y será peor para usted.

Me bajé despacio el pantalón y me desprendí de él, pero con las braguitas me bloqueé, no era capaz de mostrar mi culo y mi pubis ante un señor. –Marie, bájele usted las braguitas y recuérdeme darle cinco azotes extra en los muslos por no colaborar.

Marie se acercó y de un tirón me bajo las braguitas. Me puse colorada, pues como estaba un poco llenita quedó al descubierto mi carnoso trasero. –Señorita Marta, por favor inclínese sobre la almohada.

En ese momento pensé en su consejo y me dije que no tenía escapatoria y por mucho que me doliese saldría de aquello al igual que aquellas otras mujeres. Adopté la posición. Sir Eduard se desprendió del batín quedando en camisa, se arremangó las mangas de esta y se desabrochó el botón superior del pecho para ponerse cómodo.

Se acercó a mi comenzó a palparme las nalgas. – Marta, va a ser un placer desvirgarte este hermoso culo y te aseguro que si sigues siendo tan osada conmigo, le robaré la ternura y te lo encallaré a base de azotes.

Comenzó a azotarme con la mano primero suavemente y cada vez un poco más fuerte, hasta producirme dolor, pero un resistible. Me palmeaba fuere y me dolía. – Esto era solo para calentarte un poco, ahora comienza el castigo, Marie entrégueme el cuero.

Sir Eduard cogió el tawse y lo hizo chasquear un par de veces en su mano hasta que de repente ZASSS.... Ah, mi cuerpo dio una embestida contra la cama y las sirvientas tuvieron que sujetar fuerte para que no me moviese en demasía. Era horrible, ¡qué dolor! – Señorita Marta, puede usted gritar lo que desee, no la escuchará nadie, y aun si la escucharan pensarían que si está siendo azotada será por algún motivo.-

ZASSS.... Ah, no podía soportarlo, y sólo iban dos. ZASSS.... Ah, ZASSS.... Ah, ZASSS.... Ah........, lloraba, gritaba, pedía que parase, que no me pegase más pero era inútil, no paró hasta darme doce azotes.

Era horrible, me dolía el culo una barbaridad, no soportaba el escozor. Entonces Sir Eduard me dijo que me incorporase y me pusiese de rodillas con los brazos en la nuca en un rincón con las braguitas bajadas.

- Bueno jovencita, has pagado tu primera deuda, ahora te queda la segunda. Los siguientes azotes te los daré con la vara, y te advierto que será más dolorosa que el tawse. Mandó marcharse a las tres sirvientas. – Ya has recibido tu primer castigo con ayuda, pero ahora ya que has sido osada para incumplir las normas, deberás ser valiente para enfrentarte al castigo y por ello te enfrentarás tu sola, asumiendo tu culpabilidad y el merecimiento de cada azote, por ello te vas a inclinar sobre tu pupitre y a cada azote que recibas lo contarás en voz alta y me darás las gracias. Si te mueves o intentas evitar un golpe, recibirás dos extras, ponte de pie, coge de la cama la vara y entrégamela y colócate en el pupitre como te he dicho.

Sin mediar palabra y sin dejar de lloriquear me incorporé le entregué la vara y me incliné sobre el pupitre. Sir Eduard se colocó detrás de mi y Rasss.... Uno Señor, Gracias señor, Rasss.... Dos señor....gracias señor.

Sentía como si la vara me cortase el culo a tiras. Era mucho peor que la correa.

En el séptimo azote no pude aguantar y me lleve la mano a las nalgas. Fue un error, porque recibí dos fuertes azotes rápidos y terribles y tras ellos tuve que volver a contar el número siete.

Rasss....doce señor, gracias señor. Me hizo ponerme de pie pero al hacerlo me flojearon las piernas y caí desplomada al suelo.

Al despertar estaba en la cama y Sir Eduard estaba a mi lado. Me preguntó que cómo estaba y le dije que bien, entonces me dijo: -Pues si mal no recuerdo tenemos pendientes cinco azotes en los muslos. Le supliqué que estaba muy floja y que no soportaría más, pero tumbada en la cama boca arriba como estaba, me levantó las piernas hacia arriba y con el tawse comenzó a azotarme la parte trasera de los muslos, que dolían mucho más que el culo. Recibí no cinco, sino ocho azotes. Tras esto me bajó las piernas, me hizo ponerme de pie y me advirtió que ya sabía lo que me aguardaba si volvía a caer en un error.

Se marchó del cuarto y me dejé caer a la cama y me puse a llorar tanto por el horrible dolor que tenía en mi culo y muslos, como por la desolación que tenía, una chica con casi veinte años, lejos de su familia y azotada y maltratada sin piedad. Me sentí más sola que nunca y deseé morirme, aunque me planteé hacerme fuerte, pues sabía que no era la única azotaina que iba a recibir en mis cuatro meses en Inglaterra.

A los cinco minutos apareció Lady Suzanne, que cariñosamente me dio ánimos, me tranquilizó acariciándome el pelo y me aplico una crema en mis lastimadas posaderas. Me animó para soportar a su cruel marido y como consuelo me dijo que ella recibía una o dos azotainas a la semana y las dos jóvenes criadas casi a diario. Además me dijo que aunque hubiese caído en otra familia me hubiese sucedido igual, que allí aquello era algo normal.

Me quedé dormida y pronto desperté asustada pues me pareció escuchar el chasquido de la vara. Lo que creí que era una pesadilla pude comprobar que era real. El sonido venía del cuarto de los señores. Sir Eduard estaba castigando a su mujer con la vara por ponerme la crema sin su permiso. Comprendí el por qué de la tristeza de sus ojos y la cara de miedo de las criadas.


Continuará.........
FIN

La fusta

Autora: Princesita

Siempre había soñado con sentir el rígido golpe de una fusta sobre mi piel, aunque sentía temor de no ser capaz de soportar el dolor, sentía que era un Elemento fetiche para mí. Imaginar a mi AMO con Su fusta en la mano caminando a mi alrededor, escuchar el zumbido de ésta en el aire, poder besarla, llevarla en mi boca, lamerla, sentir como recorre todo mi cuerpo, había sido hasta ahora una simple fantasía.

Ese día, me dijo que tenía una sorpresa para mí, que me esperaba en el mismo hotel de nuestros encuentros pasados, a la misma hora. Me arreglé para ÉL, como siempre lo hacía, incluso cuando no nos encontrábamos. Llevaba lo mismo que había usado en el encuentro con maría, ÉL me había expresado en su momento, que le gustaba como estaba ese día y yo, quería complacerlo, para eso era Su sumisa.

En la recepción del hotel tenían la orden de hacerme seguir, habitación 201, subí con mi corazón agitado, me sentía muy feliz de poder estar a Su lado de nuevo, sentirlo, saberme Suya. La puerta estaba abierta, yo sabía lo que debía hacer, así que entré al baño… allí encontré sobre el lavabo mi collar, ese collar que era mío, que ÉL había comprado para mi desde nuestro primer encuentro, ese que al colocar alrededor de mi cuello, me hacía un poco más Suya, Su perra, Su sumisa. De repente, miré hacia otro lado del lavabo, una sonrisa se dibujó en mi rostro. Una fusta!! Esa era la sorpresa, mi corazón latía más fuerte ahora, inmediatamente mi coño se empapó y mi reacción fue colocarla en mi boca y rápidamente pedirle permiso para salir del baño.

En cuatro patas, con el collar en mi cuello, la fusta en la boca, salí a Su encuentro, estaba allí, sentado al borde de la cama, mirándome, sonriente, feliz de verme al igual que yo lo estaba. Lentamente me acerqué a ÉL al escuchar Su orden, entonces colocó la correa en la argolla del collar y tiró de el hasta hacer que mi rostro quedara cerca del Suyo, fue entonces cuando sentí Sus labios sobre los míos, fue algo muy excitante, me besó con la fusta estando en mi boca y eso me producía un morbo intenso.

Luego la tomó en Sus manos, se puso de pie y comenzó a caminar a mi alrededor, esas situaciones producían en mí una mezcla de sensaciones y sentimientos que a veces eran difíciles de comprender. Por un lado, me producía un placer y excitación intensos, por otro me daba mucho temor, aunque sabía que ÉL jamás me haría daño. De repente escuché el zumbido de la fusta en el aire y un golpe seco sobre mi nalga derecha que hizo que mi cuerpo se estremeciera y un gemido mezclado con el grito de dolor saliera de mi boca. Luego vino otro, más y otro más. Mientras azotaba mi cuerpo, me hablaba, sabía que lo que producían Sus palabras mezcladas con la aplicación de técnicas sobre mi, acercaba Su boca a mi oído y susurraba lo puta que me veía allí en cuatro patas, lo zorra que era al sentir placer con los azotes, con la imagen que se daba en la habitación en ese momento y yo asentía a todo, lo adoraba, quería entregárselo todo, eso deseaba.

Me llevó al éxtasis a punta de azotes, unos en mis nalgas, otros en mi espalda, otros en mi coño, el cual poco a poco se fue hinchando, poniendo más húmedo, caliente, para que luego me permitiera usar mi consolador y demostrarle lo puta que era, lo guarra que podía llegar a ser para ÉL, más ahora que por primera vez probaba la fusta sobre mi. No tardé mucho en llegar a un orgasmo intenso, lujurioso, de perra en celo, luego de que ÉL me diera autorización para tenerlo. Los dos nos miramos a los ojos, ÉL sonrió, yo respondí a esa sonrisa que era uno de Sus mejores regalos. Me llevó a la cama, me recostó sobre Ella y me abrazó.

Un susurro me indicó que ÉL estaba feliz y complacido.

Por meterte donde no te llamaban

zapatilla, cinturón

Autor(a) desconocido(a)

La jornada laboral había sido demasiado estresante, demasiado cargada, y lo único que deseaba era llegar a casa para tomarme una cerveza fresquita sentado en mi sofá viendo la tele para por fin deshacerme del cabreo que llevaba en el cuerpo. Ya en el coche de camino a casa me tuve que tragar un atasco impresionante, no veía la hora de llegar. Por fin aparque el coche y me dirigí hacia el portal con la boca seca pensando en esa cerveza que debía estar esperándome fría en la nevera. Había unos chicos jugando en parque de al lado, y se oían unos gritos de alguna madre gritando a su chico por alguna travesura. No tarde en percatarme de todo, mi vecina traía de la oreja a su retoño a paso acelerado adelantándole su futuro más próximo a voz en grito.

-Ahora cuando lleguemos a casa te voy a enseñar yo lo que te pasa cuando me desobedeces, siempre igual con este mocoso, te voy a dejar el culo mas rojo que nunca.

Esta aseveración se la hizo justo cuando pasaba por mi lado, y no pude hacer un pequeño comentario acerca de ella, intentando salir en defensa del pobre chaval.

-Señora Luisa no se enfade así con el pobre crío, seguro que no ha sido tan grave la travesura, no olvide que es un niño mujer, esta en la edad.

Como un resorte la mujer se paro en seco delante de mi clavándome su mirada en los ojos, en ese momento me pareció que si yo hubiera sido hijo suyo también hubiese tenido una ración especial de ese castigo reservada para mi.

-Tal vez joven a usted cuando vivía con sus padres no le castigasen en el trasero por cada travesura, pero en mi casa las reglas las pongo yo, y no dejo a nadie que interfiera en ello, y a este ya sabe lo que le espera.

Por la forma en que lo dijo, el tono y las maneras había conseguido dejarme en blanco. Tenía razón mis padres nunca me habían calentado el trasero de pequeño, y quizás alguna vez si que me lo hubiese merecido, pero en fin mi intento de ayuda para ese chaval creo que no iba a fructificar. Di la vuelta a la esquina y abrí la puerta del portal, allí estaba la madre del chaval con otra vecina explicándole lo que había pasado. El chico debía de haberse subido ya a casa porque no le vi por allí. Esperando el ascensor pude oír como ambas mujeres estaban de acuerdo en que una ración de zapatilla de vez en cuando no venía nada mal para esos traviesos muchachos. Sin poder evitarlo una carcajada un poco subida de tono me salió del alma.

-Lo siento, no quiero interferir más en sus asuntos, pero es que hablamos de unos chavales y de algunas travesuras de su edad. Déjele sin ver su programa favorito o sin salir a jugar mañana al parque, pero hablar entre ustedes de lo que deben hacer, ya me entienden, me da la impresión que están deseando pillarles in fraganti para, jajaja.

La señora Luisa se despidió de la otra vecina, con la cual no había yo hablado nunca, y se dirigió hacia el ascensor para tomarlo conmigo camino cada uno de su casa. Ya dentro de el cada uno pulso el botón de su piso correspondiente. No me sentía muy bien en ese momento al lado de esa mujer, parecía como si fuese yo el hijo de ella camino de casa en espera de ese castigo, por unos momentos supe como debía sentirse ese chaval. La señora Luisa me miro a la cara y con un tono suave me dijo.

-Si fueses mi hijo, tan solo por el comentario que has hecho abajo en el portal riéndote de nosotras dos te daría una azotaina que no te podrías sentar en una semana.

Me sorprendió el comentario, pero mas me sorprendió mi respuesta impulsiva a el.

-La cuestión es que no lo soy, pero vamos yo vivo el 7º, y si usted cree que me merezco un castigo ya sabe cual es mi puerta.

La señora Luisa se bajó en su piso y yo continué hacia el mío, aquel comentario lo había dicho con toda la ironía del mundo. La verdad es que la vecinita no estaba nada mal. Siempre llevaba falda y un poco ajustada siempre marcando todas sus curvas, y esas blusas un poco abiertas por arriba dejaban ver siempre el principio de aquello que reservaba para su marido, y que sin ningún lugar a la duda estaban muy, muy bien. El pelo negro azabache siempre lo lucia suelto, e incluso hasta en sus ojos había algo especial. Por fin tenía ya mi cerveza en las manos, y dándola el primer sorbo me di cuenta que nunca había pensado en ella de esa manera. Que rara es la vida pensé yo pensando de esa manera en esa mujer, y probablemente ella empleándose a fondo con su chaval tres pisos mas abajo en otros menesteres.

Sonó la puerta de la calle, ¿quién podría ser?, ¿no me iban a dejar tranquilo al final del día tampoco? Me dirigí a la puerta y la abrí, me quede anonadado, sin decir palabra alguna la señora Luisa paso dentro de casa moviendo sus caderas y con un paso demasiado firme.

-Que quiere señora Luisa, ¿la puedo ayudar en algo?

La verdad es que no sabía porque la llamaba señora Luisa, no debía de tener mucho más de treinta años, por lo que supuse que debía haber sido madre muy joven, y nuca había visto a su marido antes.

-No te acuerdas de lo que me has dicho en el ascensor, pues creo que te mereces una buena tunda por entrometerte en los asuntos de los demás, interrumpir las conversaciones ajenas a ti, y juzgar a las personas sin conocimiento de causa.

Todo esto dicho de una sola tacada me parecieron motivos suficientes como para calentarme el trasero, pero ni ella era mi madre, ni yo tenía edad para esas cosas, de modo que me disponía a contrarrestar su comentario cuando de nuevo ella clavando su mirada en mi me dijo firmemente.

-No quiero oír ni una palabra joven, o es que ahora tampoco va a tener palabra. Cierre la puerta y vaya haciéndose a la idea de que esta noche va dormir con el trasero bien caliente.

Cerré la puerta tras de mi, y seguí los pasos de mi vecina cual corderillo va al matadero. No podía casi ni pensar, todos estos acontecimientos me estaban superando. Cuando hice el comentario en el ascensor lo hice como riéndome de ella, suponiendo que no tendría valor para....., pero ahora estaba justo detrás de ella, esperando que me dijera que hacer para recibir mi castigo como un niño malo.

-Bueno, lo primero que quiero decirle es que la zurra que le voy a dar es la que se iba a llevar mi hijo, de modo que puede estar contento porque el dormirá bien a gusto esta noche, no creo que usted haga lo mismo.

Sin darme cuenta, y mientras escuchaba este comentario me di cuenta que mis pantalones estaban desabrochados y bajados. Me agarro de una de las orejas y me llevo hasta el sofá, y por el camino pude sentir como su mano comenzaba a saborear mi trasero, pues me dio tres azotes con la mano que sonaron de lo lindo y que sin dolerme me escocieron un poquito.

Me colocó justo enfrente de ella, pude ver perfectamente como subía la pierna lo suficiente como para que su mano derecha cogiera la zapatilla que calzaba, y asiéndola en la mano con fuerza me la enseño, como ritual al comienzo de la faena.

-Vas a ver que rica sabe esta zapatilla en tu culo, aunque puedes estar seguro que con el empacho de esta tarde, vas a tener pa todo el día.

Sabía que me iban a caer no menos de cuarenta seguro. Se sentó en el sofá, y con la zapatilla en la mano me bajo mis calzoncillos y me recostó sobre su regazo, comenzando sin mediar palabra con el castigo.

-Te voy a dejar, PLAS, PLAS, PLAS, este culito blanco, PLAS, PLAS, PLAS, más rojo que un tomate, PLAS, PLAS, PLAS.

Nunca pensé que pudiese doler tanto, al tercer zapatillazo comencé a gritar de dolor, e intente cubrirme mis partes para protegerlas de los posteriores impactos.

-Pero bueno que te has creído, PLAS, PLAS, PLAS, cuanto más intentes protegerte, PLAS, PLAS, PLAS, más duro y más zapatillazos te voy a dar, PLAS, PLAS, PLAS.

Las lágrimas se me estaban saltando, desde aquella posición solo podía ver el suelo, y con una de mis manos me agarre a una de las piernas de la señora Luisa.

PLAS, PLAS, PLAS, yo te voy a enseñar de ahora en adelante, PLAS, PLAS, PLAS, veras como respetas a la gente, PLAS, PLAS, PLAS.

Me hizo levantarme dándome permiso para que me frotase el culo. Lo hice con gusto, sintiendo todo el calor de mis nalgas por los zapatillazos recibidos, me habían caído no menos de cincuenta. Me fui a subir la ropa creyendo que ya habíamos terminado pero no era así.

-No hemos terminado aun jovencito, tan solo hemos llegado a la mitad, de modo que bájese los pantalones de nuevo, recuéstese sobre el respaldo del sofá, y prepárese para recibir treinta buenos zurriagazos con el cinturón. Te voy a dejar el culo mas caliente de la tierra. Y recuerde como lleve sus manos una sola vez para consolarse su pompis, le daré dos mas por cada vez que lo haga.

No sabía muy bien de donde había salido ese cinturón, ni siquiera se lo había visto cuando toco a la puerta, pero allí estaba con lagrimas en los ojos a mis 25 años, con el culo ya mas rojo que un tomate, y esperando a recibir treinta azotes más, que sabía que serian alguno mas, porque el culo ya me ardía. Levante un poco la vista y vi la figura de la señora Luisa en el espejo de la pared. Se mordía los labios como intentando no desperdiciar ni una sola de sus fuerzas en cada azote, podía ver perfectamente como echaba el brazo atrás, y como giraba su cadera haciendo que su brazo y su correa cayera con toda su fuerza sobre mi culo.

-PLAS, PLAS, PLAS, PLAS, PLAS, PLAS, PLAS, PLAS, PLAS, PLAS, PLAS, PLAS, PLAS, PLAS, PLAS, PLAS, PLAS, PLAS.

No podía más de modo que mis manos se fueron directas a mi culo, me quemaba literalmente, como me dolía. Estaba llorando como un crío, y encima algo excitado. No podía dejar de mirar a mi vecina, y todas sus curvas moviéndose, mientras me calentaba de lo lindo, y digo de lo lindo mi trasero porque si me dijesen siéntate, estoy seguro que en ese momento no podría hacerlo.

-Por un momento pensé que iba a aguantar toda la tanda sin protección, pero ya veo que no es así, PLAS, PLAS, hay tiene su recompensa por ello y ahora seguimos, tan solo lleva 17, venga cuente el resto no vaya a perder la cuenta y se lleve demás. Tengo el brazo ya suelto y su culo es todo un poema.

El resto de los azotes los fui contando como pude hasta recibir los treinta, y una vez acabados no me quedaban fuerzas siquiera ni para levantarme. La señora Luisa se acerco y puso una de sus manos sobre mi trasero, y comenzó a acariciarlo.

-Uff, si que esta caliente, la verdad es que a mi peque no le habría dado ni la mitad, pero me he dejado llevar y fíjate como te he dejado el pompis. Anda levántate y no te muevas.

Se fue al baño y volvió con una crema que me extendió por todo el trasero. Al final me dio un beso en los labios, y susurrándome al oído antes de marcharse me dijo.

-Cuándo te portes mal me vas a avisar para que te de tú merecido castigo, y cuando te portes bien te recompensare de otra manera, ¿lo has entendido?

Yo asentí con la cabeza, y vi como la puerta de mi casa se cerraba tras ella, estaba solo en el salón, sin pantalones y con el culo bien calentito, ¿por qué?

P.D.: Espero que les haya gustado, y espero sus críticas tanto si son buenas como malas, tanto en mi e-mail, como en los mensajes del grupo.