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Relatos de azotes

Rosario

Autor: Jano

(Rams)

Después de consultarme, mis primos, Ana y Juan, me han enviado a su hija Rosarín con el fin de que la enderece. No en vano, saben de mi experiencia, adquirida durante mi estancia en Escocia.

Me refiero al hecho de que, durante cuatro años, trabajé en un exclusivo Centro de los alrededores de Glasgow, especializado en corregir niñas procedentes de familias con un gran poder adquisitivo e incapaces de domeñar a sus hijas por sí mismos; en el citado Centro, pese a la prohibición  reinante en la actualidad de impartir castigos corporales a los alumnos de cualquier Institución de enseñanza, allí, haciendo oídos sordos a la situación legal, se observaba la regla de que la letra,--y las buenas maneras--, con sangre entra. Allí pasé cuatro años como lector,--profesor--, de español y debí, por la norma de la casa, azotar a muchas alumnas con el rigor que se me exigía. Al principio me resultaba extraño y poco ético castigar de aquella forma a las alumnas, hasta que, pasado el tiempo y a la vista de los buenos resultados, que con el tiempo y notable esfuerzo daba el sistema, me integré por entero en las costumbres del Colegio, no siendo el que menos castigaba de todo el claustro; casi me atrevería a decir que, le tomé tal afición y fe, que no pasaba día sin que algunas de mis pupilas pasara por mis manos. Hubo ocasiones en que fueron varias las que sufrieron mis rigores durante la misma jornada escolar.

Confiando en mi experiencia que ya les había contado, mis primos me mandaron a Rosarín para que hiciera con ella lo que creyera oportuno para enderezarla. Se trataba de una niña aparentemente dulce, pero que, a la más mínima ocasión, se desataba en improperios, amenazas y soeces palabras ante cualquier contratiempo que alterara sus pretensiones. En definitiva, se trataba de una niña malcriada, voluntariosa e imposible de tratar. Acostumbrada a salirse con la suya en su casa, cuando se presentó ante mí supuso que podría continuar con sus mañas y me presentó una sonrisa angelical. No me hice ilusiones sabiendo por mis primos sus artimañas  y maniobras para conseguir lo que quería.

Una vez que sus padres se fueron dejándola a mi cuidado, la hice pasar al salón donde le expliqué el régimen de vida que iba a llevar desde ese preciso momento; que si no se ajustaba a las normas que le impondría, su vida no sería un camino de pétalos de rosa. Obediencia ciega, disciplina y buenas maneras, tanto conmigo como con la empleada que nos atendía. En su rostro se pintaba una sonrisa desdeñosa ante mis palabras. Sin hacer caso a su expresión, seguí enumerando sus obligaciones y todas aquellas cosas que no le permitiría hacer o decir.

Previamente a su llegada a mi casa, cuando me fue anunciada su visita, había tomado la precaución de insonorizar la habitación que ocuparía; sus padres pagaron gustosos los gastos cuando les expliqué el motivo de querer hacerlo. Aunque espacioso el piso, estaba rodeado de otras viviendas y, no confiando en las no muy gruesas paredes de la casa, temía que, una vez que comenzara con la clase de castigos que pensaba inflingirla si no se portaba como era debido, trascendería el ruido de los azotes a los demás vecinos con la posibles e indeseables consecuencias.

La acompañé a su dormitorio advirtiéndole, que desde ese preciso momento, sus arraigadas costumbres de rebeldía, había quedado fuera para siempre. Por toda contestación, me lanzó una patada que no impactó entre mis piernas gracias a que tuve tiempo de esquivarla. Al instante, me lancé sobre ella como un ariete y la derribé sobre la cama. Pese a sus pataleos e insultos, le propiné  media docena de azotes sobre la ropa.

En vista de que no paraba en sus acciones y apenas podía sujetarla, me monté a horcajadas sobre sus espaldas; levanté su falda hasta la cintura y seguí azotando sin la más mínima consideración ni prestar oídos a sus protestas cada vez más enérgicas. Sus gritos no conseguían ahogar el sonido de mis manos cayendo sobre sus nalgas; tan fuertes eran. Desde el primer momento, aquella niña tremenda tenía que saber lo que le esperaba; no tendría piedad con ella y debería aprenderlo. Cuando me pareció oportuno, la dejé pataleando y soltando por su boca toda clase de insultos e imprecaciones hacia mi persona, pero con el culo como un tomate. Dado que mi piso estaba a una altura considerable de la calle no tuve el temor de que se escapara una vez que cerré la maciza puerta dotada de una excelente cerradura  incapaz de manipular por su parte. A través de la puerta, le dije que no comería hasta la noche y se perdería la del mediodía. También a través de la puerta, podía escuchar los golpes que daba sobre los muebles: no tenía miedo de que les hiciera el menor daño. Todo lo tenía yo pensado y, a excepción de la cama de hierro anclada al suelo, sólo había una armario enorme de fuerte madera de haya, una mesa de roble y una pesada silla, ambas también ancladas al suelo. De momento, ninguna ropa ni colchón, sábanas u otras cosas susceptibles de romper, había sido puestas en la habitación en previsión de que ocurriera lo que yo me temía y sucedía en ésos momentos.

Al llegar la noche, los ruidos de golpes y gritos habían cesado. Abrí la puerta con sumo cuidado y encontré a Rosarín tumbada sobre el duro somier. Al verme, prorrumpió en insultos y amenazas pueriles. Intentó abalanzarse sobre mí; lo evité y, como en la mañana, la sujeté con fuerza y la derribé sobre la cama. De nuevo a horcajadas sobre ella, volví a levantarle la falda; sacando mi cinturón, me di en descargarlo sobre ella con toda la fuerza de que era capaz, soslayando sus intentos de golpearme y obviando sus insultos y gritos. Durante quince minutos no cesé de golpearla mientras ella se debatía sin éxito bajo mi peso, muy superior al suyo. A medida que transcurría el tiempo y los azotes no disminuían, sus gritos se fueron apagando por puro agotamiento. Cuando cesé el castigo, me levanté y le pregunté con el tono más seco que pude que si quería cenar debería acompañarme en silencio. Asintió levemente con la cabeza y me acompañó sin alterarse. Durante la comida, debí recriminarle varias veces su postura, su forma de comer con la boca abierta; en varios momentos, observé que quería replicar aunque se abstuvo de hacerlo. El hambre la mantenía en estado de una cierta calma; pese a ello, aparentaba estar tensa. Una ve que finalizamos la colación, la acompañé a su dormitorio y le pregunté que si quería que se le pusiera un colchón para poder descansar.

Con los ojos enrojecidos por la ira, me dijo que sí. Llamé a la empleada y se le proveyó de él, sin otra cosa más. Cerré la puerta tras de mí deseándole buenas noches y advirtiéndole que no toleraría más gritos y golpes suyos.

A la mañana siguiente, le pedí a la empleada, Carmen, que le llevara alguna ropa de la que habían traído sus padres para ella y que teníamos guardada a buen recaudo: que la acompañara al baño y la obligara a bañarse o ducharse: como prefiriera, pero sin negarse. En caso de que lo hiciera, debería comunicármelo y yo tomaría las medidas necesarias. Como era de esperar, se negó. Cuando fui informado, me dirigí al cuarto de baño y encontré a Rosarín completamente vestida, con un gesto de obstinación y los brazos cruzados ante el pecho. Le ordené que se desnudara y se metiera en la ducha; también como estaba previsto, se negó. Llamé a Carmen, una buena moza fuerte como un roble y le ordené que la desvistiera. Pese a su negativa, aunque con bastante esfuerzo, consiguió quitarle prenda a prenda toda la ropa en mi presencia.

Quizás debería haberme ido, pero mi deseo de sojuzgarla, humillarla y como medida de precaución por si se le ocurría alguna barbaridad contra Carmen, allí me quedé observando la cara de vergüenza y humillación de la muchacha. Antes de introducirse en la ducha, trató de escapar hacia el pasillo. Me interpuse. La sujeté de un brazo. Desnuda como estaba, estrellé mi mano sobre sus nalgas. Más de veinte azotes necesité para convencerla de que debía hacer caso. La dejé en la ducha al cuidado de Carmen y cerré la puerta del baño.

Pasaron unos pocos días en relativa calma.

Una tarde, durante la comida, dijo con un tono altanero que quería ir al cine para ver una película que anunciaban en la televisión. Al negarme a complacerla puesto que su comportamiento no era el propio de que se le premiara con nada, alzando la voz exigió que cumpliera su deseo. Le recriminé por su tono y volví a negarme. Ante esto, se levantó con gesto airado y arrasó cuanto había sobre la mesa estrellando platos, vasos y comida contra el suelo lanzando insultos a diestro y siniestro.  No me cupo otra solución sino levantarme de la mesa, acercarme a ella y utilizando la fuerza, aplastar su cuerpo sobre mis piernas, levantarle la falda (no se le permitía llevar pantalón), bajarle las pequeñas bragas de algodón hasta las rodillas, tomar una paleta de madera que todavía quedaba sobre la mesa y azotarla con dureza. Pese a sus pataleos, seguí zurrándola sin piedad durante el tiempo suficiente hasta  que ella mostrara cierta calma.

Fueron no menos de treinta golpes los que recibió. Los mofletes de su culo mostraban a las claras los lugares donde había recibido los paletazos y el color que habían adquirido. Cuando cesé el castigo y la solté, se levantó llorando y salió del comedor como una exhalación en dirección a su dormitorio; en el camino, con sus dos manos, se iba frotando las nalgas antes de encerrarse en él.

A medida que pasaban los días, sus explosiones de malhumor y de obstinación, se iban espaciando en el tiempo. No obstante, no pasaba un solo día sin que, por una u otra razón, recibiera varios azotes que iba aceptando de mejor grado. Era tal la cantidad de castigos que recibía que más parecía que se fuera acostumbrando. Sólo una vez más, al cabo de unas semanas, recibió una buena zurra con mano, cinturón y regla que duró más de una hora como consecuencia de una bofetada que le diera a Carmen por no acceder a un capricho suyo. En esa ocasión si que sufrió mi cólera y la pegué sin compasión espaciando los golpes de tanto en tanto para que se recuperara de los anteriores. Mientras descargaba sobre sus nalgas los azotes, no dejaba de recriminarla por su actitud y le vaticinaba numerosas y dolorosas palizas.

Poco a poco, su comportamiento se fue reformando hasta el punto de que, sólo esporádicamente se rebelaba y, por tanto, los castigos se espaciaban.

Cuando llegué al convencimiento de que se había reformado en gran medida, llamé a mis primos para que se la llevaran. Cuando vieron el cambio sufrido por su hija, se llenaron de asombro y de una inmensa alegría diciendo que apenas la reconocían a lo que Rosarín respondía con bajar la cabeza. Me lo agradecieron encarecidamente y, ya que no nos habíamos visto desde que la trajeran, les expliqué todo lo ocurrido a solas en mi despacho, para no hacerlo en presencia de la muchacha. Les sugerí que adoptaran ellos el mismo sistema seguido por mí si no querían que la muchacha volviera por sus fueros. Podía ser un cambio transitorio y habría que llevar con ella la mano levantada en cuanto intentara desmandarse. Así me  prometieron que lo harían a la vista de los buenos resultados obtenidos con  el sistema.

Cuando se fueron, Rosarín me dio un beso con una actitud de lo más modosita y yo me quedé satisfecho de haber recuperado para la sociedad a la pequeña fiera que me habían entregado.

¿He de decir que, en gran medida lamenté no tenerla más tiempo a mi lado para seguir con su educación? Esa muchacha que ya apuntaba maneras y figura de mujer, debo confesar que me había calado hondo. Quizás con más tiempo..........quién sabe…….

F I N

Madrid, 10 de Noviembre de 2005.
JANO.

El maestro rural

Autora: Ana K. Blanco

Ser maestro rural en una escuelita perdida en la mitad de aquel campo interminable le estaba resultando difícil.  Los niños venían a estudiar desde varios kilómetros a la redonda: algunos caminando, otros a caballo, otros en algún tipo de transporte…  Todos, a su manera, hacían el esfuerzo diario de trasladarse hasta allí para estudiar.  Los tenía de todas las edades: desde 5 años hasta 12 o 13 años, y a todos les daba la misma atención y el mismo afecto.

Como en todas las escuelas había niños más inteligentes y avispados y otros más tímidos o no tan vivaces.  Y también estaban los traviesos y casi incorregibles.  Él no estaba de acuerdo con el castigo físico a los niños; su pensamiento era que si un niño no estaba bien educado, la responsabilidad era de los mayores que estaban a cargo de él, que le permitían de una forma u otra comportarse así.  Ese era el caso de Alicia, la niña de 8 años cuya mamá la consentía de forma constante, y ese detalle no le permitía a él corregirla de la forma adecuada.  Si le mandaba alguna tarea para la casa, era probable que su mamá no le obligara a hacerla o que ni siquiera se ocupara de ver si la realizaba o no.  Alicia respondía bien en la escuela, pero fuera de ella…  ¡Definitivamente, el problema era la mamá y no la niña!  Por eso la había llamado para que lo fuera a ver después de las clases, que terminaban a las 4 de la tarde.  Y eran casi las 5 y aún no aparecía…

Puso el agua hirviendo en el termo, le puso la yerba al mate sin llenarlo demasiado, un chorrito de agua tibia para hinchar la yerba sin quemarla, y la bombilla se abrió camino solita hasta llegar al fondo del porongo.  Un chorro de agua caliente sobre el costado de la bombilla y…  salió un mate perfecto con espuma y todo!!  Era todo un ritual aquello de preparar el mate.

Salió a la puerta de la vivienda que ocupaba pegada a la escuela.  Le gustaba matear sentado en el porche de la casita, en las tardes, mientras los tonos rojizos del atardecer teñían el campo. Esa gama de colores rojos, de los más suaves a los más púrpuras, le recordaban cierta parte del cuerpo femenino después de...  Mejor pensaría en otra cosa.  Esta era su hora de tranquilidad, de sosiego, de paz.  Se lo merecía después de lidiar todo el día con los niños…

A lo lejos divisó una figura a caballo.  De seguro era Laura, la mamá de Alicia.  Laura era una mujer adulta, de algo más de 30 años, estatura regular y una bella figura.  Hacía unos tres años que su esposo la había abandonado, y desde entonces ella se dedicó sólo a su trabajo y a su hija, a la que le daba todos los gustos que podía y sin darse cuenta la estaba haciendo caprichosa y malcriada.

Miró la escena como quién mira una obra de arte: una bella amazona con la larga cabellera negra al viento, vestida con la ropa apropiada para cabalgar, un corcel blanco contrastando con los colores del atardecer,…  ¡todo un espectáculo!

Le dio una vuelta a la bombilla, cebó otro mate y esperó a que ella desmontara.

-¡Hola maestro!  Buenas tardes…

-Buenas tardes Laura ¿cómo está?  Tome asiento.  ¿Un mate?

-Sí, gracias.  A esta hora nunca desprecio un buen “cimarrón”  -le dijo mientras estiraba la mano-  Leí la nota que me envió con Alicia y aquí estoy.  ¿Qué pasa ahora?  ¿Qué hizo Alicia esta vez?

-Alicia es una niña buena y solo hace lo que le permitimos hacer.  Aquí en la escuela es una maravilla: se porta bien, es responsable, presta atención en clase…  sólo alguna vez me tengo que poner un poco más rígido porque ella se encapricha y quiere hacer su voluntad, pero enseguida entra en razón. 

-Entonces no entiendo cuál es el problema.

-El problema son las tareas que tiene que hacer en el hogar: no las trae, o no las hace, o si las hace están descuidadas y sucias…  Por eso pedí que viniera hasta aquí Laura, para hablar con usted.

-¿Y qué pretende que haga yo?  Le digo que haga sus tareas, pero se pone a jugar y como yo tengo mucho que hacer…

-Laura, no es la primera vez que tenemos una charla como esta –le dijo con tono recio.

-Lo sé…  ¿porqué no le da usted unas nalgadas para que haga las cosas bien?

-¿Yooooo??  Pero… usted sabe perfectamente que yo soy contrario a ese tipo de castigos en los niños por parte de los maestros.  Eso debe hacerlo usted que es su madre.  Además…  ¿sabe qué?  A la que hay que poner en su lugar antes que a nadie ¡es a usted!  ¡Yo no responsabilizo a la niña por no hacer su tarea, sino a usted!

-¿A mí?  ¿Y a mí porqué?

-Porque los padres en general y las madres en particular, son las personas responsables de la educación de los niños.  Por mucho que yo hago aquí, todo es en balde debido al tratamiento que le da usted a la niña en su casa.

Laura se puso de pie, algo enojada.  Se cruzó de brazos y comenzó a caminar nerviosa de aquí para allá.

-Ahora bien Laura  -le dijo el maestro-   ¿para qué cree que la hice venir hasta aquí?  ¿Para repetirle una vez más lo que ya sabe usted de memoria?  ¡No Laura, esta vez NO!

-¿Entonces…? –Le contestó ella con aire desafiante y los brazos en jarra- ¿para qué me hizo venir?

El maestro, sentado como estaba, giró su cuerpo para apoyar el termo y el mate en la mesita que tenía al costado.  Con toda la parsimonia comenzó a remangar su camisa y le comenzó a hablar:

-La hice venir para enseñarle lo que debe hacer y cómo lo debe hacer.  La hice venir para hacer realidad y llevar a la acción todas las palabras que le dije hasta ahora.  La hice venir, querida Laura… ¡para esto!

La tomó del brazo y sin ningún miramiento la colocó sobre sus rodillas antes de que ella pudiera reaccionar.  Debió apoyar sus manos en el piso para sostener el equilibrio.  El maestro miró con regocijo el espectáculo que se presentaba ante sus ojos: los pantalones de montar, de tela elástica, dejaban muy bien marcadas las nalgas redondas y turgentes.  El pelo, negro y lacio, le caía hacia delante y tocaba el suelo.  Tenía los pies casi en el aire…

-Pe… pero… maestro!!  ¿Qué es lo que piensa hacer?  No se atreverá usted a… aaaayyyy!!!

-Ya me estoy atreviendo –le dijo junto a la segunda nalgada-  Para que su niña aprenda, ¡aprenderá usted primero!  Plas, plas, plasss, plas…

Laura comenzó a corcovear como esos caballos que a veces solía montar…  Movía sus piernas, levantaba sus manos  de a una: usaba una para no perder equilibrio, y la otra para interponerla entre la mano del maestro y sus doloridas nalgas.

-¡Basta señor maestro! ¡¡ Basta por favor!!  Ya entendiiiiiiiiiiiiiii…

El maestro se detuvo y la ayudó a ponerse de pie.  Laura comenzó a refregarse su colita con vigor.

-Ayyy, qué ardor!  Ya me voy…

-Noooooooo, qué va!  Usted se queda aquí señora, todavía el castigo no comenzó…

-¿Qué cosa?

-Pase al salón de clases

-Pe…

-¡SIN PEROS!  ENTRE A LA CLASE…  ¡YA!

Estaba un poco asustada.  Jamás había visto al maestro tan enojado y tampoco se hubiera imaginado jamás que le haría algo así a ella.  Pensó que más le valía obedecer…

-Tome una tiza y escriba en el pizarrón: “Es horrible la falta de educación y de obediencia, dado que son valores imprescindibles en esta vida”.

Laura obedeció y escribió:

“Es orible la falta de educasion y de hovediensia, dado que  son balores inpresindivles en esta vida”

El maestro no hizo ni una sola mueca.  Solo se quedó mirando el pizarrón…  Luego de un momento, miró a Laura y le dijo:

-Venga por aquí por favor, de este lado del escritorio, frente al pizarrón. –Laura cumplió la orden-  Ahora, dígame algo: ¿cree usted que lo que escribió, está escrito correctamente?

Laura clavó los ojos en el pizarrón y le espetó:

-Por supuesto que está escrito correctamente. 

-Está usted segura, ¿verdad?

-¡Estoy totalmente segura de eso!  -contestó sin pensarlo.

-En ese caso, estará usted dispuesta a recibir 10 azotes por cada falta de ortografía.

-No hay faltas…  -dudó un segundo-  ¿o sí?

-Sí las hay.  ¡Muchas y muy graves!

Se acercó al pizarrón y mientras subrayaba las palabras incorrectas, le comenzó a decir:

-horrible: dos faltas…  ¡¡Por favor!!  ¡¡¡Realmente horrible!!!

-educación: dos faltas

-obediencia: tres faltas.  Dígame Laura, ¿realmente conoce esta palabra?

-valores: una falta

-imprescindibles: ¿¡cuatro faltas!? 

-Laura, pase y corrija esas palabras.

De muy mala gana y arrastrando los pies, hizo las correcciones.  Escribió:

-horible

-educacion

-obediencia

-valores

-inprecindivles

¡¡El maestro no lo podía creer!! 

-Laura, si bien está mucho mejor, no entiendo…  ¿cómo es posible?  ¿Fue usted a la escuela?

-Por supuesto que sí.  ¿Qué pasa?  ¿Todavía están mal?

-Por supuesto que sí…  -le dijo el maestro en tono de burla-  Necesita usted venir a la escuela…  ¡casi tanto como su hija!  ¡Y lo hará!

-¡Claro que no, no lo haré!  ¡Yo no tengo edad, ni tiempo ni ganas!

-Vea usted Laura, tiene dos opciones.  La primera será que venga usted a la escuela, y a cambio sólo le daré a usted la mitad de los azotes que se ha ganado hasta ahora, que suman 170.

-¿¿Cómo??  ¿17 faltas?

-Exacto.  Está usted mejor en matemáticas que en ortografía. 

-No me gusta la primera opción.  Dígame cuál es la segunda…

-La segunda opción es que siga escribiendo las palabras que están  mal escritas y seguir sumando azotes hasta que las escriba correctamente…  Y recibir hoy la totalidad de los azotes. ¿Qué prefiere?

Laura no sabía que contestar: miraba las palabras en el pizarrón y… ¡para ella estaban perfectas!  ¿17 faltas?  Quizás no fuera mala idea concurrir a la escuela, pero… ¡qué humillante!  Pero era preferible recibir 85 azotes que 170.   Y solo para comenzar, porque… ¡¡quién sabe qué cantidad más!!  Bueno, volver a la escuela también era una forma de ver al maestro, de ver más seguido a ese hombre que tanto le gustaba.  La azotaína que le había propinado hoy, la había dejado…  ¿excitada?  No, eso no era posible… ¿o sÍ? 

-Maestro, creo que lo mejor será volver a la escuela –le dijo con la cabeza baja.

-Sabia decisión Laura.  ¡Felicitaciones!  Para no interrumpir demasiado su trabajo, vendrá martes, jueves y sábados durante 3 horas cada día.

-Sí maestro…

-Bien, ahora baje su pantalón y ponga el vientre apoyado en el escritorio.

-¿Lo qué?

-Me oyó perfectamente.  ¡HÁGALO!  Le quedan 85 azotes…  a menos que quiera que sean más.

No lo tuvo que repetir.  Se bajó los pantalones hasta la altura de la rodilla y se puso como el maestro se lo había indicado.

Él se acercó por detrás de ella, le apoyó la mano izquierda en la cintura y comenzó a azotarla con la mano una vez más:  plas, plas, plassss…  Los golpes eran fuertes, secos, parejos y los esparcía de forma uniforme.  Laura no quería llorar, pero el ardor se le estaba haciendo insoportable!  A medida que los golpes iban cayendo, la braga se le iba metiendo entre los cachetes, que iban perdiendo su color rosáceo para tornarse del color de la flor del ceibo:  rojo!

-Por favor maestro, ya no me pegue más! 

-Querida Laura…  tú eres buena en matemáticas, y si contaste los azotes, apenas llegamos a los 30!  Pero está bien.  Dejaré de azotarte con la mano…

-¡Gracias!  -le dijo ella mientras hacía un amague para levantarse los pantalones

-Pero ¿qué vas a hacer?

-Voy a ponerme los pantalones para irme…

-¿Los azotes te habrán dañado el oído?  Dije que ya no te azotaría “con la mano”.  Los azotes que te di hasta ahora fueron 30.  Dime Laura, ¿cuánto es 85 menos 30?

-…

-¿Laura?  ¡Contesta! –y le dio una nalgada tan fuerte que la hizo saltar.

-¡55 señor maestro!  ¡55!

-Bien… esos son los azotes que te daré… con la regla!

-Nooooooooooo!!!

-Y deja de moverte si no quieres que los aumente  -le decía mientras sus calzones iban a parar a la misma altura que tenía el pantalón-  y abre un poco tus piernas.

La vergüenza no podía ser mayor:  allí estaba ella, frente al maestro, mostrando sus partes más íntimas y totalmente expuesta ante él.  La regla fue cayendo implacable sobre su trasero:  10, 20, 40, 55 veces…  Las lágrimas de Laura habían corrido por su rostro junto con el poco maquillaje que llevaba puesto.  Tenía su culito tan colorado y maltratado que apenas se podía mover.   Sería una larga cabalgata de vuelta hasta la casa, ¿cómo haría para regresar?  Cuando estaba concentrada en sus pensamientos y en su dolor, sintió algo húmedo y tibio en sus posaderas:  era el maestro, que tiernamente le aplicaba paños tibios para calmarle el dolor y la hinchazón.

-No te preocupes por tu regreso a casa Laura.  Yo te llevaré en mi vehículo y mañana te enviaré el caballo.  Espero que esto te sirva de lección.

Mientras le hablaba le iba aplicando las compresas.  Entre estas y las palabras susurrantes  del hombre, Laura comenzó a calmarse lentamente.

Esa misma semana el maestro comenzó a darle clases; la ortografía y cultura general de Laura mejoró increíblemente en poco tiempo. 

Lo que no se terminaba de explicar el maestro, era porque a partir de que tenía a Laura como alumna vespertina, varios de sus alumnos traían las tareas que mandaba para el hogar hechas un desastre.  En fin, tendría que hablar con las otras madres también…

FIN

Ana Karen

Montevideo, 30 de octubre de 2005

La cabaña de Javier

Autora: Ana K. Blanco

Estaba cansado, muy cansado, pero… ¿cómo no estarlo trabajando para esa mujer? Ser el valet y secretario privado de la señora Paola no resultaba fácil ni era tarea para cualquier mortal! Su horario era de 0 a 24, de lunes a domingo, todos los días del año.

¿Cuándo había tomado sus últimas vacaciones? Ya era el quinto año que trabajaba para ella, y sólo había tenido vacaciones los dos primeros años, o sea que hacía tres que no se movía de su lado. Y estaba agotado física y mentalmente. Como secretario la acompañaba a todos lados, le recordaba sus citas y compromisos, se encargaba de responder los mensajes, cartas, pagar sus cuentas personales, enviar regalos para sus amigos (la señora no tenía familia), y un largo etcétera imposible de enumerar! Y como valet estaba a su servicio para cosas tan simples como prepararle el baño, elegirle la ropa que iba a usar o prepararle sus maletas cuando salían de viaje, cosa que hacían muy frecuentemente.

Además, la señora Paola tenía un carácter ¡más que difícil!! En su extenso y supuestamente tan pulido vocabulario, no existían palabras como: “por favor”, “lo siento” y muchísimo menos “gracias” o “me equivoqué” Ella consideraba que si estaba pagando por un servicio no tenía que usar ninguna de esas palabras ni muchas otras de ese tipo. ¡Y pagaba muy bien, él lo sabía! Varias veces había pensado en renunciar a este trabajo que lo agobiaba y lo estresaba tanto. Envió su currículo a varios trabajos y en todos fue aceptado, pero el salario era casi la mitad de lo que ganaba aquí. Además del excelente salario, la señora le compraba su ropa, toda fina y de marca, le pagaba el pasaje siempre en primera, a su lado, y en los hoteles compartían el mismo apartamento o suite, pero en dormitorios diferentes.

El compartir el mismo lugar de descanso, aunque fuera en otra habitación, traía aparejado serios inconvenientes para Javier, dado que la señora no tenía reparos en entrar en cualquier momento y a cualquier hora en su recámara, y por supuesto, sin golpear la puerta o pedir permiso para entrar. Sabía que la responsabilidad de que esto sucediera era totalmente de él, dado que por conservar el trabajo no había dicho nada al comienzo y luego, pasado el tiempo, ya no tenía sentido.
 

Paola lo había visto de todas las maneras imaginables: vestido, desnudo, durmiendo, leyendo, en la ducha… Las pocas veces que había intentado protestar, ella le contestaba que si no le gustaba podía renunciar cuando quisiera, y que si ella lo necesitaba o quería decirle algo lo haría en el momento que lo creyera oportuno ¡o cuando le viniese en gana! Paola tenía la seguridad de que él no lo haría, el sueldo era demasiado generoso !Ahhh… “poderoso caballero, Don Dinero”, como reza el dicho español.
 

Pero lo que más fastidiaba a Javier era la falta de consideración de la señora. En el tiempo que llevaba trabajando para ella, jamás le dio las gracias por lo que hacía, por el tiempo que le dedicaba y la atención y el esmero que ponía en cada una de sus tareas. Sí, ella le pagaba y muy bien, pero él quería algo más. Se conformaría con una sonrisa, un gesto de agradecimiento, un simple “por favor” o “gracias”, pero eso era demasiado fantasioso tratándose de Paola.
Por suerte, en pocos días más ella partiría de vacaciones a unas islas en el Pacífico y él aprovecharía para pedirle su licencia. No iría con ella ni aunque se lo suplicara. Esta vez no cedería! Y si lo echaba, pues… ¡mala suerte! No soportaba más esta situación y había ahorrado suficiente dinero como para darse el lujo de estar un largo período sin trabajar, y con sus excelentes referencias conseguiría trabajo cuando lo deseara, a pesar de sus 52 años.

En ese momento Paola hizo una estrepitosa entrada en la habitación y en sus pensamientos, como era su costumbre. Se veía hermosa a sus 45 años. El pelo dorado resaltaba sobre el traje sastre negro y sus ojos verdes relucían como esmeraldas en su rostro bronceado. Tenía buen cuerpo, muy bien proporcionado y su altura la hacía más elegante de lo que ya era por naturaleza. Javier se preguntaba cómo hacía para caminar de esa forma tan felina montada en aquellos tacos aguja que sabía manejara a la perfección. La falda tan ajustada y apenas por encima de la rodilla le daba un aire seductor que ella aprovechaba al máximo.

- Javier, está todo preparado para las vacaciones, ¿verdad? Supongo que ya te habrás encargado de todo: pasajes, hotel, automóvil…
- Sí señora. Ya he sacado su pasaje, le he hecho la reservación en el mejor hotel y también me he ocupado de conseguirle una limusina con chofer.
- ¿Qué cosa? ¿Cómo que has sacada MI pasaje? Querrás decir ¡LOS pasajes!
- No señora, quise decir SU pasaje.
- ¡Explícate!
- Hace ya 3 años que no me tomo vacaciones.
- ¿Cómo que no? ¡Yo siempre te llevo conmigo!
- Sí señora, es verdad. Pero cuando yo viajo con usted, la que toma vacaciones es la señora, no yo! Cada vez que está usted de viaje, por trabajo o por descanso, es lo mismo para mí, pues yo me sigo encargando de todas sus necesidades y continúo siendo su valet, amén de su secretario privado. Necesito tomarme un tiempo para mí, solo conmigo mismo… de verdad.
No supo jamás qué cara le habría puesto para que ella accediera a su pedido. ¡Casi no lo podía creer!!

- Y ¿ya has pensado dónde serán tus vacaciones?
- Sí señora. Me iré a una montaña en Asturias, cerca del pueblo de mis padres. Ellos murieron hace años y me trae paz y buenos recuerdos regresar allí. He comprado un terreno con una cabaña en la montaña y un amigo arquitecto la ha ido reparando de a poco y me ha avisado hace unos días que ya está terminada. ¡Estoy muy feliz!! Y quiero darle las gracias por permitirme partir.
- ¿Y cómo es la cabaña Javier? – le preguntó mientras se sentaba en el sofá y cruzaba sus maravillosas y largas piernas.
- Es una cabaña grande pero sencilla. Le he hecho muchas reformas y dejando el casco original, mandé ponerle las comodidades que son casi imprescindibles en el mundo de hoy: calefacción central, agua caliente, todos los dormitorios con baño privado y he mandado reformar la cocina también.
- Suena muy tentador.
- Bueno… lo es para mí! Sé que allí estoy en mi hogar y podré descansar, volver a ver a la gente que conozco desde niño y disfrutar del bello paisaje que tanto me gusta!

Y sin ningún reparo, Paola le espetó:- ¡Me voy contigo!
“Nooooooooooooo!!!” –tuvo ganas de gritarle! Pero se contuvo.

- Señora Paola… quisiera pensarlo antes de contestarle.
- ¿Qué es lo que tendrías que pensar?
- Si es conveniente que venga usted conmigo. Como le dije, quiero vacaciones, no podría hacerme cargo de usted…
- ¡Yo no te necesito! ¡No seré una carga para ti!

¡Su primer pensamiento fue de fastidio! Claro que lo necesitaba, pero ella no se daba cuenta de cuán importante era él en su vida. Importante, no imprescindible. ¡Y por su mente se cruzó una idea! En menos de un segundo ya tenía todo planificado y entonces…

- Tiene razón señora Paola. Será un placer “para mí” que venga a mi cabaña.

Ella le notó algo extraño en su tono al decir esto, pero no le dio mucha importancia.

- Mañana mismo ultimaré los detalles y en unos pocos días partiremos hacia la cabaña. Pero quiero algo de usted antes de seguir adelante con esto.
- ¿Qué cosa?
- Hace ya cinco años que estoy a su lado. Hay actitudes suyas que no comparto, pero la considero una mujer con dos maravillosas características que no son comunes en el día de hoy: es usted una persona honrada ¡y de palabra!
- ¡Por supuesto! Si doy mi palabra la cumplo a como dé lugar, aún perdiendo lo que tenga que perder.
- Lo sé, fui testigo varias veces de eso. Por eso me atrevo a pedirle que me dé su palabra de honor que durante el mes que estemos de vacaciones ¡NO SERÉ SU EMPLEADO! Y que si algo sucediera será separado del trabajo. A partir del momento en que tomemos la limusina hasta el aeropuerto y hasta que regresemos a este lugar no recibiré ninguna orden de su parte. No será usted mi jefa en esos días ni yo su empleado. Deberá depender de usted misma en todo momento

- ¡Pero por supuesto!! ¡Eso está sobreentendido! ¡Es lógico que sea así!
- Necesito su palabra señora. Por usted y por mí, por la tranquilidad de los dos.
- Javier, tienes mi palab…
- ¡No señora! –la interrumpió- No ahora… ¡Le sugiero que lo piense antes de hacerlo!
- No tengo nada que pensar. Tú me conoces bien y sabes perfectamente que una vez que tomo una decisión no me desdigo ¡ni doy marcha atrás! Javier: “tienes mi palabra de honor que el empleado y la jefa se quedan aquí mismo! Al viaje de vacaciones irán solamente un hombre y una mujer al que los une una relación amistosa”. ¿Te basta con eso o quieres algo más??
- Sí, hay algo más. También quiero que me prometa que me obedecerá en absolutamente todo lo que le diga.
- ¡Yo no obedezco a nadie!
- Entonces no podré llevarla… ¡lo siento!
- ¡Yo no quiero prometer obedecerte! ¿Para qué haría tal promesa?
- Es el precio para que venga usted conmigo. No quiero alguien caprichoso que me arruine mis vacaciones.
- ¡Yo no soy caprichosa! –le dijo ella haciendo un mohín…
- Pues si no lo es, ¡¡lo disimula usted muuuuuy bien!!
Paola no tuvo más remedio que reírse! Sabía que no sólo era caprichosa, sino que además muchas veces era insoportable…
- Prometo durante el mes que duren las vacaciones, obedecerte en todo. ¿Está bien así?
- ¡Esta perfecto! Es más que suficiente señora. Sólo espero que no se arrepienta…

Ella no se imaginaba en lo que se había metido, pero él… él sí sabía lo que había hecho, ¡y lo sabía perfectamente! Tenía toda la noche para planificar estratégicamente este viaje de… ¿vacaciones!? ¡Ya estaba gozando por adelantado y se imaginaba las situaciones que se darían!!
Ahhhh, querida Paola, no tienes idea en qué te has metido! ¡Nunca lo imaginarás hasta que lo vivas! Este viaje será para ti muy didáctico y sin duda… ¡inolvidable!

Al día siguiente Javier canceló el viaje de Paola e hizo todos los arreglos para el nuevo itinerario a su lado. Estuvo la mayor parte de la noche planificándolo todo, hasta el último detalle. Preparó su equipaje y también el de ella. Paola jamás miraba lo que él ponía en la maleta, pues confiaba plenamente en su gusto y daba por descontado que él sabía qué debía ponerse para cada evento. Y esta vez, ¡él lo sabía mejor que nunca!!! Así que con “alevosía y premeditación” preparó la ropa, calzado y lo que él deseaba que ella usara en esta ocasión.

Y el día llegó. Estaba todo preparado a la hora adecuada, como siempre. Javier le avisó que era hora de partir y ella salió de la habitación en dirección al ascensor mientras el botones del hotel se ocupaba del equipaje. La limosina esperaba en la puerta para llevarlos al aeropuerto.

Una vez dentro del vehículo y con el auto en marcha, Javier le dijo:

- Bien… las vacaciones han comenzado y el empleado y la jefa quedaron en el hotel.
- Así es – contestó Paola.
- Aquí tienes (es la primera vez que la tuteaba!!) tus papeles: pasaje, pasaporte, tarjeta de embarque y demás documentación necesaria para el viaje.
- Pero… no harás tú los trámites como siempre? Y… es la primera vez que me tuteas!

Esto no podía comenzar mejor para Javier!! Prácticamente aún no habían salido y ya estaba ella pidiéndole cosas y llamándole la atención por algo: tal cual lo había imaginado!!
 

- Primera respuesta: no, no haré TUS trámites porque estoy de vacaciones y no soy tu empleado.
Y segunda respuesta: te tuteo porque nuestra relación es de amistad, como tú lo dijiste “…un hombre y una mujer al que los une una relación amistosa”. Y si soy tu amigo, creo tener el derecho a tutearte, verdad? Es lógico que el trato sea más cercano.
- Está bien, no me molesta. Y yo soy capaz de hacer mis propios trámites… -dijo ella con un dejo de enojo en la voz.

Una vez en el aeropuerto, tuvo que cada uno hacerse cargo de su equipaje, presentarse en el mostrador correspondiente, buscar la puerta de embarque, etc. Paola tuvo algunos inconvenientes por la falta de costumbre, pero salió airosa de todas las situaciones. Una vez dentro del avión, que casi pierden por las demoras de ella, Javier se dirigió a clase turista mientras que a ella le indicaban su lugar en primera clase. Paola no entendía nada. Durante el viaje lo buscó para recriminarle porqué no había sacado los dos pasajes en primera.

- Porque yo no tengo dinero como para pagarme tal lujo. Tú sabes que soy solo un trabajador y tengo que pensar en mi futuro. Prefiero ahorrar la diferencia del pasaje para invertir en otras cosas más importantes para mí.

Y en ese momento se le cruzó a Paola un pensamiento como un refusilo: estas vacaciones no serían como ella las imaginó. Se había acostumbrado a Javier y… lo amaba! No se lo diría jamás! pero se había enamorado de ese hombre tan especial, dulce y paciente con ella. Pero algo sucedía, algo extraño que no lograba ver aún. Lo que tampoco imaginaba era lo cerca que estaba de descubrirlo!

El viaje hasta la montaña se hizo agotador. La espera en el aeropuerto de Madrid, el viaje de una hora en avión hasta Asturias, y luego otro viaje en automóvil entre las montañas! Curvas, vueltas, curvas y ¡más vueltas! ¿Es que no tienen una carretera derecha en esta provincia?
Posiblemente sí, pero no en esta región.

Cuando llegaron era casi de noche. Javier estacionó el auto en la puerta de la cabaña. Abrió la portezuela de la valija del auto y sacó las maletas. Le había hecho cargar a ella con su equipaje desde Madrid, pero… se veía tan cansada ¡que le dio pena! Cuando con cara de sufrimiento Paola se dirigió a buscar su equipaje, él le dijo:

- Yo las llevaré. No olvido mi caballerosidad. Además… te ves muy cansada.

Esperaba que Paola le diera las gracias, pero no lo hizo. Eso lo enfureció un poco, pero lo disimuló. Aún no era el momento…

La cabaña se veía humilde pero bien arreglada por fuera. Al entrar Paola se asombró del contraste: estaba decorada con refinamiento y buen gusto. Los muebles, adornos y decoración no eran de marca ni carísimos, pero sí de excelente calidad y buen diseño. Todo el lugar se veía confortable y había sido reformado guardando un gran respeto por la arquitectura y diseño originales. En una palabra, era un lugar… ¡encantador!

En la planta baja, donde originalmente se guardaba el ganado, Javier había pedido que lo convirtieran en un comodísimo garaje con un lugar para hacer el lavado, secado y planchado de la ropa. En el primer piso estaba la sala principal, el comedor y una enorme cocina con una salita que tenía varios sillones cómodos y una estufa de leña. La cocina era tipo americana y tenía todos los utensilios que podría exigir un buen cocinero, y Javier lo era, así que había pedido que la diseñaran a su gusto. A un costado había una puerta que daba a un baño muy coqueto y completo.

En el segundo piso estaban los dormitorios. Había uno enorme, hermosísimo, con un ventanal inmenso que daba a un balcón ¡y este tenía una visión fabulosa del lugar! La cama era tamaño king, y sobre un costado de la habitación tenía un espacio como para desayunar. En el otro costado había una estufa de leña rodeada de unos sillones magníficos. Por una puerta de roble se entraba a un baño con jacuzzi, todo en mármol y decorado con gusto magnífico. ¡Era una habitación digna de reyes!!

Paola tiró las maletas y se zambulló en la cama!

- Pero… ¿qué haces?- gritó Javier.

- Cómo que qué hago? ¡Me acuesto! ¡Estoy molida y quiero descansar!
- Me parece estupendo, ¡pero hazlo en TU habitación, no en la mía!!
- ¡Esta habitación me gusta! ¡Me quedo aquí!!
- Mira que casualidad: a mí también me gusta ¡porque la diseñé para mí!! Así que haz el favor ¡y vete de aquí!
- ¡No, no lo haré!
- ¿Es necesario que te recuerde tu promesa de obedecer en todo??

¡Fue como un resorte! Con una cara de pocos amigos se levantó de la cama y lo miró casi con desprecio…

- Paola…
- ¡Qué! – le gritó con enojo
- Mi cama… ¡no estaba en esas condiciones que la dejaste! Así que… déjala en las mismas condiciones que estaba cuando entraste a la habitación. Ya mañana hablaremos y te diré las reglas de convivencia que tendremos durante este mes.
- “¿Reglas de convivencia”? ¿Pero qué es eso??
- Mañana lo sabrás. La habitación que está a la derecha, enfrente a esta, es la tuya. ¡Toma tus cosas y sal de mi recámara! ¡Ah! Y no se te ocurra, por ningún motivo, entrar en esta habitación sin mi permiso. ¿Entendido??

Lo dijo en un tono severo. Nunca lo había visto así en estos años. Tuvo un poco de temor pero… en el fondo le gustaba más este Javier recio y fuerte de carácter que el siempre obediente que ella conocía.

Tomo sus pertenencias y salió en silencio de la habitación. Cuando cruzó la puerta sintió que ésta se cerraba tras ella y el sonido del cerrojo la hizo sentirse en una terrible soledad…

Las vacaciones habían comenzado, y algo en su interior le advertía que serían diferentes a las que había tenido anteriormente durante su vida.

Al abrir la puerta de su habitación, el alma se le vino a los pies. No era una habitación como ella hubiera soñado. No tenía nada que ver con la de Javier. Estaba limpia, ordenada, pero… ¡era de una pobreza franciscana! Casi no tenía muebles: la cama de una plaza, su mesita de noche sobre un costado y una pequeña veladora encima, un reloj digital barato, una mesa tipo escritorio con una silla, una cómoda con ¿cepillos para el pelo?? (¡qué extraño!, pensó), un espejo para verse de cuerpo entero y el placard. Las paredes estaban casi desnudas excepto por un pequeño cuadro que se perdía en la inmensidad del espacio vacío.

¿Y aquella puerta? Ah, era el baño. Bueno, por lo menos el baño estaba mejor que la habitación: era amplio, tenía una ducha cómoda, era completo, con un lavabo enorme y un espejo también de grandes dimensiones, un placard con toallas y en la parte inferior de este placard, los elementos para la limpieza.

Al regresar a la habitación se ¡sintió aún peor! Ella no estaba acostumbrada a tanta austeridad, y no entendía por qué Javier le estaba haciendo esto. ¿Por qué la trataba así?

No tenía ganas de seguir pensando, eran demasiadas emociones para tan poco tiempo ¡y estaba exhausta!! Colocó la maleta sobre el escritorio y cuando la abrió… ¡ja! ¡lo que le faltaba!! Los estúpidos, inservibles, ineptos de la línea aérea ¡se equivocaron de maleta!! Eso pertenecía a otra mujer: jeans, sudaderas, tenis, faldas cortas como de colegiala, zoquetes, ropa interior de algodón… ¡Alguna colegiala se estaría dando banquete con sus zapatos aguja y sus trajes de marca!
Sonrió con esa idea y decidió que ella también usaría su ropa. Tomó un pijama, se lo puso y se zambulló en la humilde cama que le pareció muy confortable ¡cansada como estaba! Mañana hablaría con Javier y le pediría explicaciones. Quizás la trató así por el cansancio del viaje y con el humor de perros que demostró tener, ¡más valía no llevarle la contra! ¡Pero mañana la iba a oír!
¿Cómo se atrevía a hablarle en ese tono y a alojarla en una habitación como aquella, tan humilde, tan simple, tan…? Mejor no pensaba más o no dormiría, y necesitaba descansar.

Pero esas ideas le daban vueltas… Javier… enojado… mañana… zzzzzzzzzz…

El sol se le clavó en los ojos. ¿Dónde estaba? ¿Por qué no habían corrido las cortinas para que no le molestara la claridad? ¿Qué clase de hotel era…? Ah! Fue entonces que lo recordó: la cabaña de Javier… ¿Qué hora era? Las 10:28 marcaba el reloj. ¡Con razón tenía tanta hambre!
Mmmmmm… ¿qué habría preparado Javier para el desayuno? ¡Se daría una ducha y bajaría a desayunar!

Luego de la ducha donde dejó el baño igual que un lago de patos, como era su costumbre, se dirigió a la maleta y volvió a sonreír. Bien… no teniendo otra cosa se vistió como una colegiala y recogió su pelo ensortijado en una cola de caballo. Algún rizo rebelde se le escapaba y caía graciosamente sobre su rostro… Vestida así se veía juvenil y simpática, ¡y no le quedaba nada mal! Se miró al espejo y aprobándose a sí misma bajó las escaleras ¡haciendo un alboroto inusual en ella! ¡A pesar de todo se sentía feliz!!

- Javier, ¿qué hiciste para desayunar?? ¡Me muero de hambre!!!

No recibió respuesta.

- ¿Por qué no me contestas?? ¿Sigues de mal humor? ¿Se puede saber qué te pasa? ¡Me estoy cansando de tu actitud Javier!

Casi le gritó. El levantó la vista y la miró con un desprecio que la hizo estremecer. Un frío le corrió por la espalda…

- Antes que nada, se saluda cuando se llega a un lugar o cuando uno se levanta, aún cuando se ha dormido juntos. Quisiera saber quién te enseñó educación, tú que te crees tan refinada. Luego, si uno no está en su casa y desea algo, debe tener la gentileza de pedir lo que desea “por favor”. ¿Entendiste? Ahora, vuelve a entrar y esta vez hazlo correctamente.
- ¿Qué haga queeeeeeeeé?? ¡Por supuesto que no lo haré! ¿Quién te crees que eres para hablarme así? ¡No soy una niña, no te atrevas a decirme qué hacer y cómo debo hacerlo!
- Ayer te recordé que me diste tu palabra de que me obedecerías EN TODO. No pienso volver a recordártelo. Te lo digo por última vez Paola: cumple tu palabra ¡o ya mismo comenzarás a arrepentirte!
- Ah ¿sí? ¿Qué me harás? ¡No te atrevas a amenazarme Javier!

Se veía encantadora con esa ropa. Y cada vez que se daba vuelta de golpe, la falda tableada se levantaba levemente ¡dejando a la vista, por un instante, su precioso trasero!

- ¿Sabes Paola? Tienes razón, no vale la pena prevenirte ni amenazarte más. Mejor te daré tu primera lección de educación ya mismo. Ya que no estás dispuesta a obedecer y has roto tu palabra… ¡te enseñaré a ser educada y respetuosa!
- Ah ¿síiiiii? ¡Ja! Y ¿cómo lo harás?- le dijo con una sonrisa.
- De una forma antigua, sencilla… ¡y eficaz!! ¡Ven para aquí!

No le dio tiempo a reaccionar. Antes de que se diera cuenta se vio boca abajo sobre las fuertes piernas de Javier. ¡No lo podía creer! Trató de zafarse, pataleó, trató de golpearlo, pero… fue en vano. De alguna manera que no entendía él puso su pierna atrapando las de ella para que no pudiera patalear. Luego con la mano izquierda juntó sus manos en la espalda y apretándolas con fuerza a la altura de la cintura, la inmovilizó. Sólo podía contorsionarse levemente. ¿Qué pretendía hacer Javier? No podía ser que se atreviera a… ¿azotarla!?

- Ahora, mi querida Paola, tu primera lección de buenos modales… ¿Qué me tendrías que haber dicho al entrar?
- ¡Y yo qué sé! Lo que te digo usualmente: que me sirvas el desayuno.
- GOOOONNNGGG!! – Dijo él queriendo imitar una campana- ¡Respuesta incorrecta! El castigo serán 10 palmadas en tu trasero. Contemos: uno… plas! Dos… plas! Tres… plas! Cuatro…
 
Y los golpes seguían cayendo con toda la fuerza de la que era capaz. Gozaba ese momento. Siempre había deseado secretamente poner en su lugar a esa altiva y maleducada mujer ¡y aplicarle unos buenos azotes en su culo! Ahhh, ¡cómo estaba disfrutando! No así Paola, que saltaba con cada golpe y no terminaba de aceptar que eso le estuviera pasando justo a ella.

- Y diez… ¡Plassssss! Bien Paola, quizás esto te ayudó a recuperar la memoria. Volvamos a hacer la pregunta: ¿Qué me tendrías que haber dicho al entrar??

Paola pensó para sí: “Si este imbécil se piensa que porque me dé unas nalgadas cederé, ¡está muy pero muy equivocado! Aunque… ¡¡cómo duelen!! Pero no me rendiré.”

- Javier, ¡sírveme el desayuno de una puta vez!
- Paola… ¿de verdad te gustan las nalgadas?? Pues por mí no hay problema. Tenemos todo el mes para que me digas lo correcto. Más allá de que tú nunca lo digas, sabes muy bien cuál es la respuesta, ¿verdad?
- ¡Por supuesto que sí! ¡Pero no te lo diré! Puedes golpearme todo lo que desees, pero no te lo diré. ¡Me niego! Y por primera vez en mi vida estoy rompiendo mi palabra: NO TE OBEDECERÉ. Eres un energúmeno, un bruto, un bestia… y te exijo que me liberes ya mismo. ¡Suéltame yaaa!
- Ay, Paola… ¡Qué risa y qué pena me das! Te lo diré así, a ver si logras entenderlo: ¡cada vez que te repita la pregunta te doblaré la cantidad de azotes! O sea que ahora serán 20, y además te subiré la falda –le decía mientras levantaba la faldita por encima de su cintura- y te bajaré tus braguitas hasta las rodillas… así Javier quedó casi mudo ante la visión del tono rosado que habían tomado aquellos bellísimos cachetes. Agradecía que ella estuviera boca abajo y no pudiera ver su rostro que lo hubiera delatado de inmediato. Pero debía seguir adelante.

Paola por su parte no podía sentirse más avergonzada. Él la había visto desnuda alguna vez, pero nunca de aquella manera. Se sentía humillada y no podía creer que estaba viviendo aquella situación.

- Por lo tanto Paola… ¡gooonnnng! Respuesta incorrecta. Te comento que no comenzaré a contar los golpes hasta que digas la respuesta correcta.
 
Y comenzó a golpearla con más ahínco que antes. Parecía que sus manos eran de hierro candente, y los golpes caían en sus nalgas y le causaban un escozor insoportable. Cuando llevaba como unos 15 golpes…

- ¡Buenos días Javier! ¡Buenos días Javier! –¡comenzó a repetir sin cesar!
- Muy buenos días Paola ¡qué placer verte esta mañana! Uno, plas! dos, plas! tres…

La intensidad de los golpes no disminuía y sus nalgas se ponían más rojas cada vez.

- diecinueve ¡y veinte! Bueno, me alegra ver que aprendes rápido.
- Sí, claro. Ahora suéltame de una puta vez ¡so desgraciado!
- Vaya… ¡qué boquita! Y yo que había pensado que ya te habías vuelto educada. Lástima… ¡Tendremos que seguir el aprendizaje! Bien, 20 zapatillazos le vendrán muy pero muy bien a esta niña caprichosa, maleducada y peor hablada…
- ¡Nooooooooooooooo!!! ¿Cómo te atreves, cómo puedes hacer esto? ¡Suéltame ya, te lo ordeno!
- ¿Cómo que “te lo ordeno”?? De la única persona que acepto órdenes es de mi jefa, y ella no está aquí. La señora se quedó en el hotel ¿recuerdas? Aquí está una mujer “a la que me une una relación de amistad”. Y como soy su amigo y la quiero, le estoy enseñando a que se comporte mejor. Te presento a una de las compañeras que me ayudará en la tarea de tu educación: ¡la zapatilla!!

Y sin más comenzó a esparcir golpes en aquellas carnes que otrora fueran blancas y delicadas y ahora estaban rojas como amapolas.

- Uno, dos, tres…
- ¡No, no me pegues más!
- …diez, once…
- Ya, no me pegues, no soporto el escozor ni el dolor. ¡Es demasiado! –decía con la voz entrecortada y los ojos llenos de lágrimas.
- Aún no has dicho… dieciséis… las palabras mágicas… diecisiete, dieciocho… para que pare de golpearte… diecinueve…
- POR FAVORRRRRRR!!!
- ¿Cómo? ¿Qué dijiste? ¿Oí bien?
- Por favor Javier, ya no me pegues más – le suplicó llorando.
- …veinte! –y suspiró… de repente- ¡Y veintiuno! El último fue por haber demorado tanto en decirlo Ahora, ¡ponte de pie!

Apenas pudo pararse. Había sido demasiado para ella que nunca fue tratada así. Cuando Javier le soltó las manos, ella comenzó a sobarse el trasero y se iba a ir corriendo, pero él la detuvo.

- ¿A dónde crees que vas? ¡Tu castigo no termina aquí!

Paola se dio vuelta y lo miró con los ojos rojos por el llanto y la cara suplicante. Estuvo a punto de dejarla ir, pero entonces sería en vano lo que hizo. Se puso fuerte y le dijo:

- Ahora, como la niña mala y caprichosa que eres, te quedarás de cara a la pared hasta que yo te diga. ¡Y ya no te sobes más! Quiero que sientas el ardor para que no se te olvide tu primera lección. Súbete la falda y métela dentro de la cintura para que pueda ver tus nalgas rojas. ¡Y que no se te caiga o recomenzaré el castigo desde el principio! No te atrevas a subirte las bragas y deja tus brazos a los costados… Mirando a la pared y ¡NO TE MUEVAS!

Paola no podía coordinar sus pensamientos. Era imposible que le estuviera pasando esto. Que Javier, su empleado, el hombre siempre tan dulce, educado, servicial y complaciente con ella, la hubiera puesto sobre sus rodillas y le pegara de una forma tan salvaje. ¡Y todavía ponerla contra la pared, era el colmo de la humillación! ¿Se habría vuelto loco de golpe? Y ella allí, en esa cabaña en el medio de la nada, sin poder huir.

Pero en el fondo sabía que Javier tenía razón. Ella jamás saludaba a la gente que estaba por debajo de su nivel social, y menos si trabajaban para ella de una forma u otra. Tampoco daba las gracias. ¿Porqué hacerlo si ella pagaba por el trabajo? El dinero recibido por esa gente debería ser suficiente ¿Y pedir algo por favor? ¡Jamás se le ocurriría semejante disparate! No le estaban haciendo ningún favor, ella pagaba por esa tarea. Claro que por el momento su inteligencia le decía que más valía que obedeciera a Javier y no lo contrariara, porque… ¡su trasero seguiría pagando su rebeldía!!

La voz grave de Javier la arrancó de sus pensamientos.

- Ven aquí, tenemos que hablar.

Obedeció sin decir palabra. Cuando se dio vuelta vio la mesa preparada con el desayuno. Se veía delicioso y ella se moría de hambre. Se sentó con el máximo cuidado debido al escozor que aún sentía y se dispuso a comer.

- ¡Paola!!! -Saltó de la silla - ¿Quién te ha dado permiso para comenzar? Es un signo de buena educación esperar que el otro comensal se siente a la mesa contigo, y más aún si es el anfitrión.
 ¿Es verdad que aprendiste modales alguna vez?
Javier era injusto con ella. ¿Cómo le decía eso? Había sido educada en los mejores colegios y con los más renombrados profesores. Su apellido era de cuna y desde pequeña había sido entrenada en buenos modales dado que su familia tenía relación con altos jerarcas de los gobiernos, nobles, y hasta la realeza. Pero ella seguía viendo a Javier como un sirviente y no como su anfitrión.
Javier tenía razón, pero necesitaría tiempo para adaptarse. Iba a ser un largo mes de aprendizaje…

Bajó la cabeza sin decir nada.  Cuando Javier se hubo sentado y le indicó que podía comenzar, ella lo hizo sin mirarlo. Sentía que lo odiaba por haberle pegado, por ponerla en evidencia continuamente y… porque sabía que tenía razón, ¡pero nunca lo iba a admitir!!

- Bien Paola, llegó el momento de aclarar las cosas. Quiero que me escuches muy atentamente: eres una mujer inteligente dado que manejas tus negocios de forma brillante, así que no te costará entender lo que te voy decir. Quiero que en este mes aprendas que no eres el centro del universo. Que te des cuenta que aunque tengas muchísimo dinero, la humanidad no gira a tu alrededor ni eres el ombligo del mundo. La gente que te rodea y te sirve son seres humanos que merecen respeto y dignidad, y eso no se compra Paola. Durante este mes aprenderás a hacer todas, o al menos la mayoría de las tareas que tú le exiges a los demás.

Aprenderás a valorar el trabajo de la gente que está a tu servicio. Y además, lo más importante: comenzarás a utilizar palabras como: “por favor”, “gracias”, “lo siento”, “perdón”, etc., y a saludar como corresponde a TODO el mundo, pertenezca o no a tu nivel social. Pero no lo harás porque yo te obligue, sino por convicción, porque te darás cuenta del esfuerzo que cada una de esas personas realiza para conformarte, aunque casi nunca lo logren.

Te enseñaré a hacer todas las tareas y comenzarás por lavar todo lo que utilizamos cuando termines tu desayuno. Luego subiremos a tu habitación y te diré cómo limpiar la recámara y el baño. Por hoy yo me encargaré de arreglar mi cuarto, pero a partir de mañana será también tu responsabilidad.
Todos los días te levantarás a las 7 para comenzar tus tareas, las cuales encontrarás escritas y pegadas en el refrigerador. Si no sabes cómo se hace algo, puedes preguntar y te explicaré cuantas veces sea necesario, pero… ¡no permitiré ningún error! Todos los errores que cometas serán castigados con severidad, así como cualquier acto de rebeldía o insolencia. ¿Entendido?
Además de dejar los cargos de jefa y empleado en el hotel, me prometiste y me diste tu palabra de obediencia total, y sólo eso te voy a exigir.

Recordó sus épocas de niña y le preguntó:

- Javier, ¿Puedo levantarme de la mesa para recoger y lavar la loza del desayuno?
- Sí, tienes mi permiso para hacerlo –le contestó con una sonrisa.

¡Por fin estaba haciendo algo que merecía su aprobación! Mientras levantaba todo y se disponía a lavar como le había indicado Javier, éste le dijo:

- Y por último hablaremos de tu ropa.
 

Era la oportunidad de Paola para sacarse un poco el enojo que tenía y lo aprovechó.

- ¡De eso te quería hablar yo también! ¿Puedes creer que los estúpidos de la línea aérea me entregaron la maleta equivocada? Jajajajajajaaaaa… Cualquiera que me conozca sabe perfectamente que yo no uso ropa como esta. Es la de una colegiala…

Pues yo te conozco muy bien y cuando hice tu maleta pensé que era la ropa adecuada para ti: la de una niña caprichosa. Cuando demuestres ser una mujer te podrás vestir como tal. En tanto te vestirás de acuerdo a las actitudes que tienes. Ahora dime Paola, ¿fui lo suficientemente claro para ti?
- Sí – respondió con un hilo de voz…
- En ese caso comencemos con las tareas para el día de hoy. Te acompañaré todo el tiempo para enseñarte paso a paso cómo se hace cada uno de los trabajos. Recuerda: no admitiré ningún error ni en las tareas, ni en tu comportamiento, y mucho menos en tu forma de hablar. Ven conmigo por favor…
- Como tú digas Javier -Todavía se veía muy enojado y no quería contrariarlo.
- Dime Paola… ¿no se te olvida algo?

Quedó pensativa… no quería cometer errores porque su orgullo y su trasero no se lo permitían, pero no se daba cuenta de qué hablaba Javier.
 

- ¿Hay algo que me tengas que decir?
- No… no tengo na.. nada más que decirte…- le contestó titubeando.

La tomó del brazo, se sentó y la volvió a ponerla sobre sus rodillas mientras que le metía las bragas entre las nalgas…
- Eres terrible Paola, ¿es que no quieres aprender??
- ¿Qué vas a hacer? No, Javier, ¡no! No resisto una sola palmada más, no me pegues por favor…
- Lo siento, pero es el único lenguaje que parece que entiendes! Plas… Plasss… Plass…  A propósito: ¡estás aplicando muy bien el “por favor”! Ahora deberás aprender el “gracias”. Plas, plas, plasss… Tomaste el desayuno que te preparé y no agradeciste mi trabajo ni una sóla vez.
- Los golpes en la carne desnuda resonaban por toda la estancia- Estas palmadas reactivarán tu memoria, y espero que sean las últimas.

¡Debe haber recibido no menos de 20 o 30 azotes!

- Ahora vamos a tu recámara. ¡Sube ya!

Subió delante de él mientras se iba sobando el trasero, ofreciéndole un espectáculo maravilloso: aquel hermoso culo redondo y colorado y sus manos acariciándolo…

¡Cuando entró a la habitación quedó paralizado! Daba la impresión de haber sido arrasada por una banda de delincuentes. Sonrió por lo bajo sin que Paola lo viera. Estaba acostumbrado a encontrar el cuarto de ella y verlo en esas condiciones. Cruzó la estancia en dirección al baño.
 El mirar ese lugar y pegar el grito fue sólo uno:
- PAOLAAAAAAAAA, ¿qué es esto??
- ¿Qué… qué pasa, qué hice ahora?
- ¿Cómo qué “qué hice ahora”? ¿Te parece que estas son condiciones para dejar un baño? ¿Dónde tomaste el baño: dentro o fuera de la tina? ¡Por Dios eres un desastre!! Pero aprenderás.
Ven aquí.

Y con toda la dulzura y paciencia del Javier que ella adoraba, le fue enseñando y explicando cómo debía de hacer cada una de las tareas. Paola no tenía mucha destreza manual y al nunca haber realizado este tipo de trabajos, era un poco torpe en sus movimientos, pero enseguida él iba en su auxilio y le ayudaba.
Luego pasaron a la habitación. Javier miró la habitación y luego la miró a ella, como diciendo con los ojos ¡que les esperaba una tarea titánica!

- Esto es otra cosa con la que tendrás que tener cuidado: tu ropa y tu habitación. Estás acostumbrada a tirar toda la ropa por cualquier lado y cuando regresas la encuentras otra vez ordenada. La ropa, querida niña, no llega sola a los cajones o placares: ¡alguien la pone allí!
 ¡Pero eso se acabó! Voy a revisar tu habitación varias veces por día, ¡y no te dejaré pasar ni un solo descuido! Te enseñaré a doblar tu ropa y a guardarla de forma adecuada. Será tu deber y tu obligación mantenerla así ¡SIEMPRE! Tu cama deberá estar armada y perfecta. Si la utilizas para recostarte un rato, cuando te levantes deberás extenderla y dejarla sin una arruga, ¿está claro? ¡Ella lo miró con cara de fastidio! Estaba cansada, dolorida y con ira. Se contenía, ¡aunque no sabía por cuánto rato más iba a soportar ese trato sin estallar! Pero sólo se animó a asentir con la cabeza…
Cuando terminaron la tarea Javier le sonrió.

- Mira qué bello se ve ahora el cuarto Paola. Así ordenado da gusto, ¿verdad?, Ahora bien… ¿tienes algo para decirme?
- En realidad, sí… quiero descansar un rato, estoy muy cansada y me voy a recostar. Despiértame a la hora del almuerzo.

Se dio media vuelta y se tiró boca abajo sobre la cama.
El chasquido del primer cintazo lo percibió en el aire y luego lo sintió sobre su piel.
El castigo se le hizo interminable.
De repente él paró y le dijo que no se moviera. No lo hizo, estaba demasiado dolorida y asustada como para hacerlo. Al momento Javier volvió con un pote de crema en sus manos y comenzó a extenderlo sobre aquella zona tan roja y cruzada por las rayas que había dejado el cinto. Lo hacía con extremo cuidado y suavidad: hasta se diría que con amor. Paola podría haberse quedado así por siempre, adoraba las manos de Javier, sobre todo en momentos como este…

Con mucho cariño le dio vuelta, le abrazó con ternura y le volvió a hablar, esta vez suavemente y le explicó que hacía esto por su bien, para que dejara de ser tan petulante y agradeciera lo que se hacía por ella… Fue entonces cuando Paola creyó haber entendido el “juego”.

- Sí Javier, entiendo. “Gracias” por tus enseñanzas y por invertir el tiempo de tus vacaciones en mí.
Javier no lo podía creer: le había dicho ¡“gracias”! La abrazó con más fuerza y le dijo que descansara un rato, que él se iba a encargar del almuerzo; la dejó sola en la habitación, descansando… Había sido suficiente. Le enseñaría el resto de los quehaceres mañana.
El resto del día pasó sin novedades.
¡El sonido del despertador le estalló a Paola en la cabeza!! Con su trasero aún muy dolorido se levantó, se duchó, se vistió rápidamente y bajó a la cocina. Pegado en el costado de la heladera estaba la lista de tareas. ¡Parecía interminable! Pero se había propuesto hacer lo que él le mandaba. En el fondo era excitante obedecerle, y los azotes… Había algo que no entendía y le daba vueltas en la cabeza: cuándo él la azotaba sentía un dolor inmenso, pero al mismo tiempo su entrepierna se mojaba ¡y hasta había tenido más de un orgasmo! ¿Cómo podía ser eso? Bueno, no quería que él le pegara… ¿o sí? Su trasero decía que no, pero otra parte de ella lo deseaba con pasión.

Javier apareció en la cocina. Se veía tan bello aquella mañana, tan varonil, tan hombre. Era sumamente seductor y lo sabía. Además, no hacía nada por disimularlo.

- Buenos días Paola, ¿dormiste bien?
- Muy buenos días Javier. Sí, dormí perfectamente, gracias. ¿Y tú?
- Pero bueno, ¡qué bonito oírte hablar así! Ven, preparemos el desayuno mientras organizamos el día.

Compartieron tareas, él le enseñó todo lo que pudo y durante los días siguientes fueron muchas las veces que la azotó: por su lenguaje, por alguna tarea mal realizada, por dormirse… ¡cualquier excusa era una razón para ponerla sobre sus rodillas!

Ya hacía aproximadamente 10 días que estaban en la cabaña. Una tarde Javier le dijo que se pusiera algo liviano porque hacía calor y que irían al pueblo en busca de provisiones. Ella obedeció. Se montaron en la camioneta y bajaron unos 20 kilómetros hasta el pueblo. Pararon frente al pequeño supermercado y entraron. Comenzaron a meter diferentes cosas dentro del carrito de compras. En determinado momento Paola le dijo algo que él no le entendió, pero cuando se dio vuelta ella había desaparecido. Terminó de hacer las compras antes de lo previsto y cuando salió a la calle mirando para todos lados como un desesperado, la vio sentada en el bar que estaba enfrente a la tienda, rodeada de hombres y con un vaso de cerveza en la mano. Colocó, o mejor dicho, tiró las bolsas dentro del auto, cruzó la calle como un endemoniado, saludó a los conocidos, dejó dinero sobre la mesa a la que se había sentado ella, y tomándola de un brazo casi la arrastró hasta la camioneta. La hizo subir, subió él también y arrancó en dirección a la montaña. No hablaron en todo el camino… Javier estaba demasiado enfurecido para hacerlo, y ella muy asustada.

Cuando llegaron a la cabaña bajaron las bolsas, acomodaron las compras y entonces:

- ¡No creas que no recibirás tu lección por haberme dejado tan mal delante de toda la gente del pueblo! Rodeada de hombres y tomando cerveza en la mesa de un bar… ¿dónde te creías que estabas, en una cervecería de Alemania? ¡Aquí está muy mal visto que una mujer haga eso!
- Pero yo no lo sabía…
- Si te hubieras quedado a mi lado como corresponde, ¡no hubiera pasado jamás! ¿Por qué te fuiste?
- Pero yo te dije que iba a tomar algo al bar, ¡que tenía sed!
- No te entendí, ¡y cuando me di vuelta tú ya te habías ido, ni siquiera esperaste mi permiso!! Pero haré que te arrepientas… ¿me oyes? ¡Sube ya mismo a tu habitación, quítate el vestido y espérame de pie, mirando la pared!
- Pe…
- No quiero ni una palabra de tu parte. ¡Obedece o te irá peor!
Obedeció. Se quedó solamente con la ropa interior y mirando la pared. Permaneció así por un período de unos 20 minutos, o al menos fueron los que le parecieron a ella. De pronto Javier apareció. Puso la silla en medio de la habitación en una posición que a ella le pareció extraña.
 Colocó sobre la cama algunos elementos, entre ellos el más grande de los cepillos de su cómoda.
- Ven aquí, ya conoces la posición.

Ella se colocó boca abajo sobre sus rodillas. Entonces levantó un poco la cabeza y comprendió el porqué había colocado la silla allí: el espejo. Ella estaba frente al espejo y podría ver perfectamente cómo iba a ser castigada: el momento en el que él bajaba su mano y el golpe, además de sentirlo. Tembló.

- Espero que no olvides esta lección.
 

Bajó las bragas hasta las rodillas y comenzó a esparcir los azotes por todo su trasero, que estaba suave y pálido en ese momento, pero que no quedaría así por mucho tiempo. Luego de un buen rato y cuando pensó que ya estaba bastante colorado, tomó el enorme cepillo y comenzaron los golpes con él. El sonido era diferente, y la picazón también. Dolía y ¡mucho! No tuvo noción de cuántos cepillazos recibió, pero lloraba por el dolor, la hinchazón y el escozor. Luego de un rato se detuvo.

- Nunca más vuelvas a ponerme en evidencia delante de nadie, ¿entendiste??
- Sí Javier, lo que tú digas. Perdóname por favor…

Se acercó a él llorosa y lo abrazó fuerte. Esa actitud de ella lo descolocó. No sabía qué hacer. Ella levantó la vista y lo miró a los ojos… su boca se entreabrió y… Javier no pudo resistir la tentación de besarla con una pasión contenida por varios años!

La abrazó y la besó con toda la ternura y pasión que fue capaz. Luego la tomó en sus brazos mientras ella se abrazaba de su cuello. La llevó a su habitación y cerró la puerta.

Paola no olvidó jamás estos días en la cabaña de Javier. Con sus palabras, sus enseñanzas y sus azotes, había logrado hacerla mejor persona, y un maravilloso ser humano.


 

María

Autora: Ana K. Blanco

(Dedicado a la Sumisa María y a su “papi” Jaime)
 

El que lo veía caminar por las estrechas calles de la Ciudad Vieja de Montevideo notaba en él toda su pinta de taita y malevo. Desde la ropa hasta su forma de caminar y moverse, denotaban el típico guapo que tanto se conoce por las letras los tangos. 

Jaime, más conocido como el “papi” Jaime, era alto, de pelo negro corto, con ojos penetrantes que relojeaban todo por debajo de su gacho; los botines le relucían de tanto betún y lustre; llevaba puesta una camisa blanca, con el cuello y puños inmaculados y para rematar el traje gris, una bufanda de seda que anudaba en el cuello como lo requería la moda del momento. 

El tenía su propio negocio y hacia allá se encaminaba. Era un cabaret, aunque algunos lo tildaran de “cabaretucho” o peor aún: “piringundín”. Su negocio era respetable y tenía fama en el ambiente del arrabal. Desde que Carlitos cantaba allí había subido la concurrencia; ahora también estaba María, con esa hermosísima voz y esa mezcla rara de nena bien y milonguera que enloquecía a más de uno.

Después de admirar en la puerta el nombre del lugar: “Chanteclaire”, entró, pegó una rápida mirada a la concurrencia y fue para el mostrador.
- ¿Qué hacés, Pardo? Servíme una ginebra ¿querés? Y mové las tabas que traigo seco el gargero.
- Pará un segundo que ya te doy. ¡Y no me apurés si me querés sacar bueno!
- ¿Dónde está la María? ¿Ya llegó?
- Sí, está en el camarín.

- ¡Bien! Esa mina es cumplidora y eso me gusta.

El cabaret estaba casi lleno. El humo de los puchos y el ruido de las voces y risas era lo típico de esos lugares. De repente todo quedó en silencio y Jaime vio que todos miraban hacia la puerta. La curiosidad lo hizo girar hacia la entrada y entonces se preguntó lo que el resto de la gente: ¿qué querrían esos tres “cajetillas”?
- ¡Pardo! Andá y atendé a esos pitucos a ver qué quieren. Llevalos al privado, y si quieren más, pueden usar mi oficina. Entendiste, no?
- Sí patrón.

- Dale, movete entonces. Y cualquier cosa me avisás. 

El Pardo era su empleado de confianza. Lo vio dirigirse hacia los hombres bien vestidos y entonces reconoció al que venía al mando: se trataba de Don Floreal Vargas de Ron y Ruiz, perteneciente a una de las familias de más rancio abolengo y Senador de la República para más datos. Lo había visto en más de un acto político y era uno de los pocos que la gente consideraba honesto. Y le surgió la clásica pregunta: ¿qué haría un hombre como aquél en un cabaret como aquél? No era lo normal que gente de aquella categoría visitara el Chanteclaire.

Los vio desaparecer dentro del privado. Quizás tendría alguna cita con alguna mujer. Quizás venía por alguna de las minas del lugar. En fin, ya lo averiguaría cuando volviera el Pardo. María ya estaba por salir a cantar.
- “María…” -pensó. Que a este tipo no se le ocurra venir por María o se las vería con él. No sería la primera vez que sacaba el facón del cinto para pelearse por una mujer. Ni sería la última. María no era de él, pero tampoco sería de ese viejo.
- Patrón, el pituco viejo viene por la María. Quiere usar su despacho. Dice que se la mandemos pero que no le digamos nada de quién se trata.

- ¿Así? Dejámelo a mí nomás. ¡Yo lo arreglo! “¿Así que Senador incorruptible y honesto, no?”–Pensó para sí- “¡Ja! Son todos iguales. ¡Viejo degenerado!”

Los aplausos y gritos lo arrancaron de sus pensamientos. María ya estaba en escena hermosamente enfundada en un traje de “mina de arrabal”. Arrancaron las guitarras mientras ella se movía en el escenario como una experta.
 Le pegó una mirada rápida al privado y vió al Senador haciendo gestos como de enojo mientras que los hombres que lo acompañaban trataban de detenerlo. Apuró su paso hasta allí y entró.
- Buenas noches Senador.
- ¿Qué tienen de buenas? ¿Quién es usted y con qué derecho se mete aquí?
- Mi nombre es Jaime. Jaime Vaz pa’ lo que guste mandar. Y soy el dueño de este lugar. Parece muy enojado, ¿lo puedo ayudar en algo?
- ¿Así que es el dueño? Entonces dígame cómo obligó a mi hija María a cantar en un lugar tan bajo como éste.
- ¿María es su hija? -dijo lleno de asombro- Yo no lo sabía señor. Ella se presentó aquí un día y me hizo una historia de un padre viudo, enfermo y sin trabajo. Dijo que ella era el único sostén de su padre y sus seis hermanos. La probé, cantaba bien y la contraté hace unos pocos días. Canta muy bien, es todo un éxito como podrá ver.
- Sí, todo un éxito, claro… Para esto la hice estudiar piano y canto con los mejores profesores del país, para que terminara en un piringundín de mala muerte ¡como una cabaretera!
Don Floreal hervía de rabia. Era un hombre relativamente joven, pues tendría unos cincuenta años; canoso y de porte elegante, todo un caballero. Pero en ese momento su cara estaba desencajada y se veía colérico e irritado.
- Quiero llevarme a mi hija de aquí ahora mismo.
- Entiendo perfectamente Don Floreal, pero… permítame hacerle una proposición.
- ¡Usté no está en condiciones de hacerme ninguna proposición mocito!
- Lo que voy a proponerle es por el bien de María. Le pido que al menos me escuche; tendrá tiempo de rechazarme si no le parece bien.
El Senador vaciló un momento. Luego, mirándolo a los ojos le dijo:

Lo escucho.

Cuando María terminó su actuación, el “Pardo” la estaba esperando.
- María, el “papi” quiere hablar con vos. Dice que vayás a su despacho, que te espera allá.
- Bueno, me cambio y voy.
- No, tiene que ser ahora mismo. Dale que te acompaño.
María lo miró extrañada. ¿Cuál sería el apuro que ni siquiera podía cambiarse esa pollera tan atrevida, con ese tajo que dejaba a la vista todo su muslo? Y todavía se había puesto la liga roja con la flor para sotener las medias de red. Le divertía vestirse así, como una arrabalera. Menos mal que allí nadie la conocía, que si no…
Siguió al Pardo hasta el despacho y éste golpeó la puerta.
- ¡Pasá! –gritó el “papi” Jaime desde dentro.
A María le sonó un tanto raro el tono de su voz, pero estaba tan feliz con su éxito de esa noche que no le dio importancia. Abrió la puerta, entró y… sus ojos no daban crédito a lo que veía: ¡su papá el Senador y el “papi” Jaime juntos! No, no era posible. Y se veían tan enojados los dos.
- Papá… pa… “papi”… yo…
- Hola María. ¿Sorprendida de verme nena? –le preguntó el Senador.
- Papá, yo… yo te voy a explicar… yo… este…
- ¿Qué? ¿Qué es lo que me vas a explicar? Esto no tiene explicación posible –le gritó.
María bajó la cabeza y con un hilo de voz se atrevió a preguntarle:
- ¿Cómo lo supiste? ¿Quién te lo dijo?
- ¡Sos una desvergonzada y una caradura! Me engañaste como un estúpido, pusiste el buen nombre de la familia en juego, no te importó todos estos años de sacrificio para mantener mi buen nombre y mi carrera política! ¡Sólo quisiste jugar a ser cabaretera sin pensar en nada ni en nadie!! -Dio un paso largo hacia ella y la encaró:
- ¿Querés saber cómo me enteré? Pasé a verte antes de irme a dormir y me extrañó tu posición en la cama, porque no era como acostumbrás dormir. Vi que estabas destapada fui a cubrirte. Cuando me acerqué, me di cuenta que mi “nena” no era otra que Renata, la sirvienta. Ella pagó bien caro el ser tu cómplice, y te juro que recordará esta noche cada vez que se siente, porque me encargué de ponerle el culo como una brasa! Y después de negarse y a base de azotes por fin me dijo dónde encontrarte. Así que vine a mostrarte el camino de vuelta a casa.

Sabía que estaba totalmente perdida y comenzó a sollozar. No podía huir ni hacer nada que no fuera aceptar su destino. El Senador le gritó a uno de sus empleados:
- ¡Felipe! Andá al auto y traéme “aquello” –Felipe salió de inmediato de la habitación- Y vos dejá de lloringuear que todavía no te di motivos para eso. Pero en unos momentos vas a llorar de verdad ¡ya vas a ver!
- Pero papá…
- Pero papá ¡NADA! No puedo tolerar una cosa así: me engañaste, me mentiste, traicionaste mi confianza y no conforme con eso, lo peor de todo: pusiste el nombre de la familia y mi carrera política en juego. Si alguno de mis detractores se enterara de esto, estaría perdido. Y lo mismo hiciste con Don Jaime.
 Sí María -agregó Jaime- A mí también me engañaste. Dijiste un montón de mentiras que yo creí y todavía me hiciste quedar mal con alguien como el Senador, que merece todo mi respeto como hombre y como político. Preparate María, porque vas a recibir una lección inolvidable.
- Por favor “papi” Jaime, dame otra oportunidad. Yo solo quería cantar tango y era la única manera de conseguirlo.
- Pues si eso era lo que querías, lo lograste. –le dijo el Senador- Ahora vas a pagar el precio por conseguir tu capricho. Sos una rebelde, consentida y caprichosa. ¡Estoy harto de tus impertinencias! Pero todavía estoy a tiempo de corregirte y es lo que voy a hacer. Así que, vení para acá. Y vos Julio, esperá afuera. Cuando vuelva Felipe que no entre, yo lo llamaré.
- Sí, Don Floreal.

- Sí –dijo el “papi”- Tomátelas vos también.

Don Floreal tenía a María agarrada del brazo. Ella miraba todo sin saber qué hacer y con los ojos fuera de sus órbitas. Sabía que no era nada bueno lo que venía, pero no podía imaginarse qué pasaría. Sin soltarla le dijo al “papi” que acercara una silla, la puso en medio de la oficina y... 

- Bien María, llegó el momento. El “papi” Jaime y yo hemos llegado a un acuerdo para tu castigo: dado que los dos somos los ofendidos, los dos te castigaremos. Y no se te ocurra decir nada, protestar o intentar huir porque no te va a servir de nada, entendés? Y solo vas a ganar que te castiguemos todavía más. Dale, vení para acá! Don Jaime, aquí se la entrego. Comience cuando quiera.

María estaba aterrorizada. Ahora sí imaginaba algo de lo que le esperaba.
- Pero papá, vos jamás permitiste que otra persona me castigara.
- Pero esta vez es diferente. ¡Y vos te lo buscaste!
El “papi” Jaime no la dejó hablar más. De un tirón la colocó sobre sus rodillas y comenzó la azotaína. “Plas, plas, plasss, plass..” No tenía ninguna piedad con ella. Don Floreal le había dicho que comenzara él y que lo hiciera sin quitarle la ropa, y el “papi” Jaime aceptó de buen grado.
Los golpes seguían cayendo y luego de unos minutos, a la seña de Don Floreal, Jaime paró.
- Ahora es mi turno. Vení para acá –le dijo, y de un tirón le arrancó la falda dejándola con las bragas solamente- Conmigo no vas a tener la suerte que tuviste con Jaime. 

Le bajó las bragas y la colocó sobre sus rodillas. María conocía de sobra las manos de Don Floreal. Sabía cómo golpearla para que doliera más. Ella no lo veía, pero tenía sus cachetes con un bonito color rosado, que fue perdiendo para convertirse en rojo fuego a medida que el Senador comenzó a descargar golpes sobre ella, que se moría de vergüenza por la humillación de estar frente al “papi” casi desnuda.

De nada le sirvió patalear, gritar y llorar, solo que su padre aumentara la intensidad de los golpes. Nunca la había golpeado con tanta fuerza ni tan duramente.

Durante todo el castigo cada uno de ellos le fue diciendo lo enojado que estaba, lo mal que se había comportado y que ese castigo era por su bien, para que aprendiera los modales que se esperaba de una señorita de su rango social.

-¡No te vas a olvidar de esta paliza en tu vida! Zas, zas, plass, zas, plas, plasss…- Lo siento papá, lo siento!
- Por supuesto que lo sientes, pero ya es tarde. Plas, plas, zas… Lo hubieras pensado antes.
Su culito, antes tan blanco y suave estaba del color de los tomates maduros.
- Ahora paráte y no se te ocurra tocarte, entendiste? Andá para el escritorio, y ya sabés como ponerte. Separá las piernas y agarráte fuerte: no te va a gustar lo que viene ahora.
Sintió el inconfundible sonido de cuando su padre se sacaba el cinto, pero lo sintió dos veces. ¡NO! La iban a golpear los dos, ¡uno de cada lado! Y así fue: el primer cintazo fue del “papi” Jaime y cruzó su culito con una franja roja. No se había recuperado aún de ese cuando sintió el segundo, aún más fuerte, que la golpeaba del otro lado. Y así fueron cayendo, uno a uno, los 100 golpes con el cinto. Ya casi no le quedaban lágrimas ni fuerzas para llorar.
Su culito se veía hermoso, rojo y con innumerables marcas cruzadas formando equis. El “papi” fue el que habló ahora:

- Puedes frotarte un poco -le dijo con una voz tajante y sin el menor grado de compasión. No lo iba a reconocer ante nadie, pero el ver a María de aquella forma lo hizo ponerse en un grado de excitación que casi no podía disimular.

María comenzó a frotarse su torturada colita y a pegar saltitos por toda la oficina.
Don Floreal se acercó a la puerta y habló con sus hombres. Cuando volvió a entrar, María tembló al ver lo que traía en la mano: ¡eran dos canes!  ¡Ella odiaba aquel instrumento! Prefería 10 azotes con cualquier otra cosa que un sólo golpe con la cane! Miró al Senador con ojos suplicantes, pero una mirada fría fue todo lo que obtuvo por respuesta.
- Sobre el respaldo del sofá… ¡ahora!
- Por favor “papi”, con la cane ¡noooooooo!

-Según me dijo Don Floreal, será con la que más aprendas, así que… ponete en posición y… ¡SILENCIO! o te va a ir más “pior”.

En la forma en que estaba acomodada, su maltratado trasero quedaba totalmente expuesto. Cambiaron posiciones y el Senador dio comienzo al castigo con el primer varazo: fuerte y seco. María saltó de dolor, movió sus caderas, levantó sus piernas y se preparó para el segundo, que fue ejecutado por Jaime y tan doloroso como el primero e igual a todos los que les seguirían.

Uno tras otro fueron cayendo los varazos, hasta que se miraron entre ellos y con un gesto se indicaron que era suficiente.

Ayudaron a María a recostarse en el sillón y comenzaron a ponerle crema acompañada de compresas de agua fría para calmarla. Los dos le hablan con ternura y le repetían que todo había sido por su bien y que debía parar con esa doble vida.
Luego de un rato, Don Floreal envolvió a María en un cobertor y le dijo a Renato que la llevara hasta el auto. Se despidió del “papi” y salió de la oficina seguido por Julio. En último lugar salió Renato con María en brazos.
Cuando se alejaban, María asomó la cabeza, miró a el “papi” Jaime y, mientras sonreía levemente… le guiñó un ojo.

¿FIN?
Ana Karen

Montevideo - 25/octubre/2005

Él lo sabía

Autor: Eleutheris 

Él lo sabía. Mantenía la cabeza gacha y fumaba con intensidad el último cigarrillo de la cajetilla comprada por la mañana mientras caminaba a su encuentro.

Él lo sabía. Levantó la visto y se dio cuenta de lo cerca que estaba de su casa. Al notarlo y sin implicar a su voluntad, los pasos fueron cada vez más cortos y lentos. Puso la bachicha entre la uña del dedo anular y la yema del pulgar, estiró el brazo y con un gesto de enfado y contrariedad, la arrojó por su costado sin ver que caía en un pequeño charco, se humedeció y el humo persistió sólo unos segundos antes de perderse en las pequeñas ráfagas de viento que provocaban en esa tarde-noche una rara sensación de frío para los inicios del otoño en el DF.

Él lo sabía. Y lo asumió con un largo suspiro, al que siguió un ligero ataque de tos. Mientras ponía el dedo en el botón que haría sonar el timbre en el departamento de Gavi.

-¿Sí?

- Hola, soy yo, Eleutheris.

- ¿y?

- ¿Cómo que “y” Gavi?, déjame pasar, anda, que está haciendo frío. Dijo mientras se acomodaba el cuello de la chamarra de mezclilla y metía en seguida las manos a las bolsas laterales de la misma.

- ¿Y si no te dejo pasar qué? (Se escuchó en seguida una pequeña risa ahogada con la palma de una mano pequeña).

- …

- Te hablo, que si no te dejo pasar ¿qué?

- …

- Si no me dices no te dejo pasar, ¿eh? La voz había cambiado, la risa había desaparecido por completo,  y Eleutheris no se decidió a asumir si lo que se dejaba escuchar era enfado o nervios.

- Gavi, tenemos que hablar.

Ella ya no contestó, sólo se oyó la clásica chicharra del portero automático, Eleutheris empujó la puerta, y sacando las manos de la chamarra empezó a subir peldaños de dos en dos. Ahora tenía prisa y algo más que le hacía mantener los músculos tensos y el cuerpo rígido y es que, él lo sabía.

Al llegar al piso indicado, tomo aire, pensó en los cigarros que había fumado de más ese día, y limpió unas pequeñas gotas de sudor de la nariz con el dorso de la manga de la chamarra. Acomodó las gafas, y se encaminó a la puerta. Contra lo que pensaba, la encontró entornada, empujó un poco y le sorprendió también encontrar todo a oscuras. Todo es un decir, se veía luz en la recámara que Gavi usa para dormir.

- ¿Gavi?

- …

Le encantó el aroma que golpeó su nariz al dar los primeros pasos cuando se encaminó al pasillo. La puerta del baño estaba abierta y era evidente que se acababa de duchar. Era el agua vaporizada que carga empequeñecidas las moléculas de los aromas que unos minutos antes se habían puesto en juego, el shampoo de siempre, la loción para el cuerpo, las cremas para la cara, y sí, ese otro aroma que era sólo de ella, que era ella.

Su pene reaccionó, pero dejó de pensar en la molestia que le representaba en sus pantalones cuando la vio reflejada en el espejo al abrir la puerta. Tenía el pantalón del pijama puesto, y se empezaba a abrochar los botones de la camisa. Al verlo hizo ella su clásico gesto de niña berrinchuda, giró la cadera y le volteó la cara.

Evidentemente no sabía lo que él tenía planeado. Se sentía segura de la situación, se sentía con el control total. En las últimas semanas, él le había permitido más cosas de las que hubiera esperado. De hecho, los gestos de enfado no eran simple coquetería, había además una molestia real, tal vez por eso sonrió cuando al escuchar el sonido clásico, volteó para comprobar que él se quitaba el cinto y lo dejaba doblado cerca de la cabecera de la cama.

- Eleu, que tú no le pegas a nadie. ¿Para qué te quitas el cinto?

Aparentemente ella esperaba una retahíla de reclamos, o las ya cansadas explicaciones teóricas de Eleu. Lo que menos esperaba era el silencio que acompañó los pasos que le llevaron a su lado.

Ella continuó con su actitud, se mantuvo firme y retadora, levanto la barbilla, e intentó mirarle por encima del hombro. Pero él estaba demasiado cerca, y al hacerlo perdió el equilibrio. Trastabilló, y para no ceder ni un milímetro de piso, se agarró con la mano izquierda del tocador.

Iba a decir algo, cuando sintió la mano de él sujetar su oreja y jalarla hacia el lado de la cama, dobló la cabeza y se resistió a romper contacto con el mueble que le daba equilibrio.

- Eleutheris, ¿qué haces?, ¡me lastimas!

Sin soltar la oreja, con la otra mano, la tomó de la cintura, y la empujó en la misma dirección del jalón de orejas. Ella se percató entonces de que algo no estaba dentro de lo esperado.

- ¡Que me lastimas imbécil! ¿Qué te…..?

No pudo terminar la frase, tenía la cara en la cama, y no podía creer que él la hubiera arrojado así, intentó erguir el cuerpo para salir de la cama y el acoso, pero algo la sujetaba por la espalda, ¿Era su pierna? No lo podía creer, estaba siendo tan violento como nunca lo había sido, confiaba en él, pero se sintió sorprendida como nunca, ¿cómo era posible que sintiera al mismo tiempo esa excitación entre las piernas y el estómago?

Por lo extraño de la situación, por la mezcla de sensaciones quizá, se dio cuenta de lo tensa que estaba cuando las uñas le empezaron a lastimar sus propias manos, estaba sujeta a la sábana, y pegaba la cara al colchón, reaccionó y se notó llorando, levantó un poco la cara, la inclinó y a pesar de que lo único que veía era a él azotando rítmicamente con el cinto sus nalgas, supo que estaba con el culo al aire ¿a qué horas le había bajado el pantalón? En seguida notó el ardor, cómo picaba… intentó moverse, y una vez más se sintió por la espalda contenida, la fuerza de ese brazo le hizo caer rendida de nuevo…

Sí, se percibió rendida, y cuando lo hizo notó como estaba inflamada su vulva, estaba excitada, y darse cuenta de ello la llevó a frotar sus piernas y a caer de nuevo con la cara en la cama, sujetó la colcha, y dijo en un susurro involuntario: - Ya, Eleu, ya por favor.

Sabía que no la escucharía, en parte porque no quería. Ya no sentía del cinto más que la ola que en forma de excitación llegaba hasta al otro extremo de su cuerpo donde se había iniciado. Tensó un poco las rodillas, levantó el culo, y siguió llorando…

Al día siguiente, al despertar, se encontró con una nota en el buró:

“Gavi, lo sé, tenemos que hablar”

“Un beso,”

“Eleutheris.”

Dejó la Nota sobre la almohada vacía, sonrió, cerró lo ojos, y se acomodó de lado, ¿Qué horas serán?, Pensó, mientras conciliaba de nuevo el sueño.

Eleutheris.

26 de Octubre de 2005.

Yo soy el que manda, ella me gobierna

Autora: Brujamestiza 

 

No sé por qué, pero me encanta castigarla, será esa sensación de ser más poderoso que ella que alimenta a mi estúpido y primigenio instinto de macho, o el sentirla totalmente entregada a mí, confiada de que todo estará bien y que nunca  le haré daño real. La veo vulnerable, asustada y suplicante y eso me enloquece… precisamente por la misma razón que me seduce verla fuera de la intimidad, con su seguridad de mujer profesionista, ejecutiva de alto nivel dando órdenes a sus subalternos, organizando el rumbo de su empresa y tomando decisiones sustanciales. Pero cuando estamos solos, se transforma en una pequeña asustada, obediente de mis órdenes y dispuesta a satisfacer mis más extravagantes caprichos.

Me encanta verla como ahora, me da la espalda porque tiene la cara clavada en el rincón de la recámara. Sus nalgas, enrojecidas por el castigo, se exhiben desnudas para mí. Y llora en silencio, adolorida y cansada por el severo castigo, mientras yo me deleito con la imagen de una mujer que solo en mis manos es dócil, con la visión de su cuerpo –para mí maravilloso- que tiembla agitado por los sollozos.

Me enloquecen sus ojos suplicantes que me piden en silencio que no la castigue, cuando sabe que lo haré. Que soy una bestia inflexible y que cada una de sus faltas, por más minúsculas que sean, deben ser castigadas. Y a veces se rebela tímidamente y me reprocha mi severidad, pero se deja hacer. Podría evitarlo. Lo sé. Podría huir de mí, pues nada la retiene a mi lado y yo no le hago falta. Pero prefiere estar conmigo. Será que ella también disfruta los castigos. Al menos eso me dicen sus gemidos que a veces dejan de ser lamentos de dolor para convertirse en aullidos de placer. Eso me hace entender cuando, después del castigo, me posee con una pasión que antes de tenerla a ella, me era desconocida. Será, quizá, que ella también me ama.

Y la adoro cuando me confiesa, en un murmullo tímido, que ha cometido una falta, sabiendo lo que le espera y suplicando que no la castigue. Y la adoro igual cuando, ante un reclamo mío, ante el regaño, su sonrisa deliciosa se retuerce en un mohín de rebeldía, y niega ser responsable de su falta. Y entonces juega a resistirse, grita y patalea mientras la llevo a la recámara y la obligo a tenderse en mis rodillas, asegura que no ha sido su culpa, que el castigo es injusto y que soy arbitrario. Pero entonces, ante el dolor de las palmadas sobre sus nalgas desnudas, confiesa ser culpable y suplica el perdón.

No. No la perdono. No hasta que el castigo haya sido administrado. Diez, veinte, cincuenta azotes. Sus nalgas enrojecen, sus ojos destilan lágrimas saladas y su cuerpo se humedece excitado por el castigo. La envío a su rincón unos minutos y continúo con el regaño, mientras ella solloza y se retuerce avergonzada de estar ahí, sosteniendo su falda sobre su cintura, con las bragas a medio muslo, exhibiendo sus preciosas nalgas recién castigadas. Después, el castigo se reinicia. La coloco sobre la cama, las nalgas en alto y sacó el cinturón de las presillas haciendo suficiente ruido, ese ruido que la estremece y la excita.

 

Con el cinturón, no, por favor. Me dice en un gemido. Siempre lo dice y sabe que es infructuoso, que cualquier ruego es infructuoso. Veinte, treinta, cuarenta azotes son suficientes. ¡Cómo me excita oírla llorar! Y asegurar que no lo volverá a hacer, que se portará bien… sé que miente. Y ella también lo sabe. Creo que prueba hasta dónde puede llegar, aunque nunca ha llegado lejos.

Otro rato en el rincón. Esta vez de rodillas, o sentada en un banco alto con las nalgas desnudas. Eso la avergüenza mucho y la excita más.

Me encanta colocarla en mis rodillas, o hacerla inclinarse sobre la mesa y levantar su falda para luego deslizar lentamente sus bragas hasta medio muslo. Es un momento mágico. La siento estremecerse y luego la observo un largo rato, mientras ella teme y desea que el castigo se inicie. La acaricio suavemente y después comienzo. La primera palmada sobre su piel tibia me enloquece, ese primer gemido de dolor, la marca carmín de mi mano en sus nalgas... me invitan a continuar apasionado lo que inicié.

 

No hay mayor intimidad que aquella que existe sin ser sospechada. La magia del secreto de lo que sucede tras la puerta, algo que nadie imaginaría. Sólo ella y yo. Y sus nalgas enrojecidas diariamente bajo la amorosa tiranía de mi mano que la adora.

 

Y confieso que aunque yo soy el que manda, ella es quien me gobierna. 

La part més carnosa (en catalán, traducción al final del artículo)

Autora: Donot

Tinc experiència en les delicades arts del sadomasoquisme. De fet a casa tinc una masmorra   en tota regla, plena de tota mena de complements:Cadira de Bondage, Poltre de Spanking amb triple ús, Creu de Sant Andreu, Pàrquing d’esclaus, Roda Medieval i una gran varietat de joguines minúscules, però perverses.

A casa practiquem Suspensió o Estiraments. Dutxa d’esclaus i Jocs Aquàtics.  Tinc l’equipament complet per a Medical i fantasies hospitalàries.
 

Amb els meus amants/esclaus practico disciplina i ensinistrament. Assots amb vara, fuet, palma i canya. Humiliació publica o privada, verbal i física. Adoració dels meus peus i massatges. Esclau domèstic. Jocs amb agulles. Consoladors i tortura genital. Però la meva experiència en el camp del spanking més amorós és nul·la.  Quan parlo d’aquest tipus d’spanking em refereixo a aquell que practiquen moltíssimes parelles, a casa, com a preàmbul sexual o pel senzill plaer de rebre uns catxets amorosos al cul.
 
La setmana passada, Per qüestions laborals, vaig conèixer una parella que va resultar ser molt lliberal. Al migdia mentre dinàvem a una terrassa davant el mar, vàrem començar a parlar d’aquest tema i els hi vaig explicar el meu desconeixement. Molt amablement  es varen oferir, perquè anés a mirar una estona els seus jocs sexuals. La meva companya, es va oferir a fer les fotografies de la sessió de la parella d’spankers.   Fotos, que per motius obvis no publicarem.

Vàrem pagar el compte i amb el cotxe ens vàrem dirigir tots quatre cap a una pineda propera. Una vegada allí, jo vaig estirar la meva tovallola a terra i em vaig acomodar per a fer de voyeur , la meva companya va preparar la càmera i la parella (A qui anomenarem Nin i Nina), després d’estirar una manta prop del cotxe i treure una cadira plegable però robusta del maleter, van començar amb els seus jocs.
 

Nina va seure a la cadira i amb la mirada va ordenar al seu nin que s’acostés. Li va abaixar els pantalons i va col•locar amb una agilitat increïble al Nin sobre els seus genolls, fent que ell quedés amb el seu paquet just sobre la seva cama dreta. Va ajustar la seva posició fins que el va obligar a quedar amb el cap penjant i l’estómac sobre el seu genoll esquerre, de tal manera que les seves natges quedessin com la part més alta del seu cos. Així, sobre els seus genolls va començar a donar-li alguns assots, forts però espaiats al principi per a després incrementar la força i la rapidesa.
 

Li picava amb contundència sobre la part més carnosa de les natges i aquestes anaven agafant un suau color rosat.

Ell, penjant literalment de les seves cames, de cap per avall, no tenia més remei que aguantar els assots tractant alhora de mantenir l’equilibri. Després de molts, (vaig perdre el compte) vaig pensar que segurament tenia les natges ja molt calentes i cremant... el suau color rosa ja havia passat a un vermell més fosc.

Nina va parar un moment i el va acariciar.  De cop, s’aixeca de la cadira, el fa caure i podem veure com ell està ejaculant. Nina molt enfadada l’ alça del terra i  l’empeny contra el capot del cotxe, deixant-lo allà recolzat, amb els Pantalons abaixats i el cul a l’aire. Tot seguit li ordena posar les mans al clatell. Ell obeeix. És el seu càstig per haver-se corregut sense permís.

Comença una allau de cops, barreja de suaus i forts, en sèries de 10, amb petites pauses per acariciar la zona assotada. Ella li va recordant amb cada cop, com de malament s’havia portat, li deia que era un gos i un autèntic porc.

Quan va acabar de castigar-lo, Li va ordenar incorporar-se i girar-se. Ell plorava. Nina va assecar les seves llàgrimes amb la mà mentre la deia que havia d’aprendre, que havia d’obeir tot i controlar el seu cos fins a aquest punt, per agradar-li. Ell va assentir amb el cap i es començaren a besar.

Ni recordaven la nostra presencia; en cap moment ens van mirar, però a nosaltres la seva experiència ens estava excitant molt. I encara va continuar.

Ell va canviar de cop de cara i  va passar de ser un xaiet ferit a convertir-se amb un terrible llop. Es varen treure tota la roba i ara va ser Nina, qui va anar a parar sobre els genolls de nin. Ella estava com espantada, no s’atrevia ni a moure’s. Sense parlar, Nin va començar a acariciar les natges de Nina... suaument, fent amb les seves carícies que ella s’esgarrifés de plaer i de temor... per a després sense previ avís donar-li uns assots ben forts.

-Obre les cames... - li va ordenar. Nina obeeix obrint-les només una mica... -Més... Tot el que puguis. - I ella ho fa, obre les cames tant com pot. Nin posa la mà sobre la vulva de Nina, tocant la humitat de la seva vagina... ella es cargola pel plaer... però Ell treu la seva mà d’allà i torna a picar-li   les natges, aquesta vegada amb més força. Els cops i les carícies es van succeint fins que finalment varen acabar follant com si els hi anés la vida i mentre ho feien les carícies es barrejaven amb cops al cul.

Aquí però, nosaltres dues, ja no els miràvem, Només ho sentíem. Nosaltres dues... altra feina teníem....

Traducción al castellano (por Fer)

La Parte más carnosa

Tengo experiencia en los delicados artes del sadomasoquismo. En realidad, en mi casa tengo una mazmorra en toda regla, llena de todo tipo de complementos: Silla de bondage, Parking de esclavos, Rueda Medieval y una gran variedad de juguetes minúsculos pero perversos.

En mi casa practicamos la Suspensión o Estiramiento, Ducha de esclavos y Juegos Acuáticos. Poseo equipos completos para Medical y fantasías de hospital.

Con mis amantes/esclavos practico disciplina y entrenamiento, Azotes con vara, fusta, palma y cane. Humillación pública o privada, verbal o física; Adoración de mis pies y masajes; Esclavitud doméstica; Juegos con agujas; consoladores y tortura genital.

Pero mi experiencia en el spanking más cariñoso es nula. Cuando hablo de este tipo de práctica me refiero a aquel spanking que practican muchísimas parejas en su casa como preámbulo sexual o por el sencillo placer de recibir unas palmadas amorosas en el culo.

La semana pasada, por asuntos de trabajo, conocí a una pareja que resultó ser muy liberal. A mediodía mientras almorzábamos frente al mar, empezamos a hablar de este tema y les comenté mi desconocimiento del mismo. Muy amablemente se ofrecieron para que yo fuese a ver por un rato sus juegos sexuales. Mi compañera se ofreció, a la pareja de spankers, para tomarles unas fotos de la sesión. Fotos que, por motivos obvios, no publicaremos.

Pagamos la cuenta y los cuatro en el coche nos dirigimos a un pinar cercano. Una vez allí, yo instalé mi toalla en el suelo y me acomodé para comenzar a ejercer de voyeur, mi compañera preparó la cámara de fotos y la pareja (a la cual llamaremos Nin y Nina, N. del T: algo así como muñeco y muñeca), después de extender una manta cerca del coche y sacar una silla plegable, pero robusta, del maletero, empezaron con sus juegos.

Nina se sentó en la silla y con la mirada le ordenó a su Nin que se aproximase. Le bajó los pantalones y colocó a Nin con una agilidad increíble sobre sus rodillas, logrando que su paquete reposase sobre su propia pierna derecha. Ajustó su posición hasta que lo obligó a permanecer con la cabeza colgando y el estómago sobre su rodilla izquierda, de tal manera que sus nalgas fuesen la parte más alta de su cuerpo. De esta forma, sobre sus rodillas, comenzó a darle algunos azotes, fuertes pero espaciados al principio para luego incrementar tanto la fuerza como la cadencia.

Le daba contundentemente sobre la parte más carnosa de sus nalgas  estas iban tomando un suave color rosa.

Él colgando literalmente de sus piernas, cabeza abajo, no tenía más remedio que aguantar los azotes intentando, a su vez, de mantener el equilibrio. Después de muchos azotes, (perdí la cuenta) pensé que seguramente tenía las nalgas muy calientes y quemando… el suave color rosa ya había pasado a un rojo más oscuro.

Nina se detuvo un momento y lo acarició. De golpe, se levantó de la silla, lo hizo caer y pudimos ver como él estaba eyaculando. Nina muy enfadada lo levantó del suelo y lo empujó contra el capó del coche, dejándolo allí apoyado, con los pantalones bajados y el culo al aire. De inmediato le ordenó llevarse las manos a la nuca. Él obedece. Es su castigo por haberse corrido sin permiso.

Comienza un alud de golpes, mezcla de suaves y fuertes, en tandas de diez, con pequeñas pausas para acariciar la zona azotada. Ella le va recordando, en cada azote, lo mal que se ha portado, diciéndole que era un perro y un cerdo.

Cuando terminó de castigarlo, le ordenó incorporarse y girarse. Él lloraba. Nina le secó sus lágrimas con la mano mientras le decía que debía aprender, que tenía que obedecerle en todo y controlar su cuerpo hasta el punto de poder agradarle siempre. Él asentía con la cabeza y comenzaron a besarse.

No se acordaban de nuestra presencia; en ningún momento nos miraron, pero a nosotras su experiencia nos estaba excitando mucho. I aún continuó.

Él cambió de pronto de cara y pasó de ser un corderito herido a convertirse en un terrible lobo. Se quitaron toda la ropa y ahora Nina fue quien a para sobre las rodillas de Nin. Ella estaba como asustada, no se atrevía ni a moverse. Sin palabras, Nin empezó a acariciar las nalgas de Nina… suavemente, haciendo que con sus caricias ella se estremeciese de placer y de miedo… para luego, sin previo aviso, darle unos azotes bien fuertes.

- Abre las piernas… le ordenó. Nina obedeció abriéndolas solo un poco…

- Más… todo lo que puedas. Y ella lo hace, separa las piernas tanto como puede. Nin coloca su mano sobre la vulva de Nina, tocando la humedad de su vagina… ella se retuerce de placer… pero él quita su mano de allí y vuelve a azotarle las nalgas, esta vez con más fuerza. Los azotes y las caricias se van sucediendo hasta que finalmente acabaron follando como si en ello les fuese la vida y mientras lo hacían las caricias se entremezclaban con azotes en el culo.

En este punto, nosotras dos ya no los mirábamos, solamente lo sentíamos. Nosotras dos… otros trabajos teníamos…

“…siempre tuvo la frente muy alta, la lengua muy larga y la falda… muy corta!”

Autora: Ana K. Blanco

Ella estaba preparada para salir. Tomó su cartera, los papeles y las carpetas que creyó necesarias, se miró al espejo por última vez y con paso firme como era su costumbre, salió a la calle.

Estaba enojada! Cómo se atrevía ese hombre, por muy inspector que fuera, mandarle semejante notificación por las supuestas faltas y carencias en las que, según él, incurría su negocio. Faltaba más!! Eso era poco menos que un insulto! Ella, que tanto esmero ponía para que estuviera todo impecable, perfecto, sin faltas de ninguna especie, y este “tipo” le decía que su empresa era un desastre! Calificativos de toda naturaleza cruzaron su cabeza pensando en aquel hombre.

Tan concentrada iba en sus pensamientos que no percibía las miradas de cuanto hombre se cruzaba con ella por la calle. Era bastante alta para el estándar de estatura de una mujer, y además, bastante grande y robusta, sin ser gorda. Rubia, con rulos que caían sobre sus hombros y espalda. Los pechos acordes al resto del cuerpo: enormes! Y ella no se preocupaba por disimularlos. Su cintura y sus caderas eran bien proporcionadas. Sus nalgas sobresalían y las piernas… eran su orgullo y hacía lo posible porque todos se dieran cuenta. Bueno, con semejante tamaño de mujer, imposible que pasara desapercibida!

Había decidido vestirse con una falda negra, bastante corta, una blusa blanca y chaqueta con pequeños cuadros blancos y negros. Los zapatos eran negros con un alto tacón que no le importaba usar a pesar de su estatura, pues sabía que sus piernas se lucirían más. Un maquillaje suave y discreto con un brillo especial en sus labios, que por su forma de corazón y su tamaño, daban ganas de besarlos con solo verlos. El perfume puesto en lugares estratégicos permitían que dejara una estela con el delicioso aroma por donde caminaba.

Pero esta vez, camino al Ayuntamiento de la ciudad, Cristina no veía nada, ni nada le importaba excepto enfrentar a ese hombre. Ya lo pondría en su lugar! Y que ni soñara que iba a pagar esa cifra exagerada por la multa que él había puesto! Sí, estaba enfada de verdad. Y no veía nada, o mejor dicho: veía todo negro debido a su ira y a su enojo.

Entró al Ayuntamiento y dejó al portero con la boca abierta, mirándola como embobado al verla pasar a su lado como un relámpago. Se dirigió a la Sección de Inspección General y solicitó hablar con el Director. Pensaba denunciar ante él, el jefe, a este Inspector que se la había tomado con ella. Entregó a el empleado de la oficina la tarjeta con su nombre, cargo y datos de la empresa. No tuvo que esperar mucho, casi inmediatamente la hicieron pasar a un despacho sencillo pero con todas las comodidades, hasta un sillón enorme que llamó poderosamente su atención. Para qué querrían un sillón tan grande en una oficina? Nunca imaginó qué pronto lo averiguaría!

El director estaba de espaldas a ella y la dejó parada, sin darle importancia, por unos minutos que a ella se le hicieron eternos. Cuando se dio vuelta, Cristina no lo podía creeer!! Sí, era el Inspector!

- Pe… pero… pero… usted!!- casi gritó sin salir de su asombro.
- Buenas tardes señora. Vino a pagar la multa por todas las irregularidades cometidas por su empresa?
- Por supuesto que NO! Venía a denunciar al inspector que no sé porqué motivo se ensañó conmigo, pero… ya veo que es imposible! Qué le pasa señor Director? No gana lo suficiente que tiene que hacer horas extras como Inspector?

No hacía ningún esfuerzo para ser sarcástica. Le salía casi naturalmente cuando quería herir a alguien.

- No señora, mi sueldo es suficiente como bien para vivir, pero no tengo problemas en hacer tareas de menor rango cuando es necesario. Como por ejemplo, inspeccionar empresas a cuyo frente hay personas… difíciles.
- Está usted hablando de mí? Me está diciendo que soy una persona difícil?? –La ira se le escapaba por los ojos y sin darse cuenta estaba elevando la voz más de la cuenta debido a su enojo.
- Le recuerdo señora que no está usted en su casa, sino en MI oficina, por lo tanto le exijo que baje la voz. Y sí, le estoy diciendo que es usted una persona muy difícil de tratar, y yo he recibido varias quejas de diferentes inspectores respecto a su persona, por lo que resolví visitarla yo mismo y comprobar qué sucedía. Y sin salirme para nada de las reglamentaciones vigentes, labré el acta correspondiente a las anomalías que detecté. Simplemente fui estricto y no tuve ningún tipo de contemplación con usted. Apliqué el código de forma rígida, pero legal, sin salirme en ningún momento de la reglamentación. Quizás así entienda cómo debe de comportarse usted ante el resto del mundo y mostrar un mínimo de respeto por el prójimo.

Cristina no podía creer lo que oía. Sin saber qué hacer se sentó en la silla que estaba frente al escritorio.

- Y a quién le ha pedido usted permiso para sentarse? O quién se lo ha dado? Levántese inmediatamente!
- Es usted un maleducado!
- Yo señora?? Porqué? Por no permitirle que me lleve por delante como lo hace con todo el mundo? No! Conmigo no tendrá esa suerte!

Hablaba con un tono severo. Cristina no estaba acostumbrada a que le hablaran en ese tono, sino utilizarlo ella con los demás. Recién en ese momento reparó en el hombre que tenía delante: de unos 50 y pocos años, canoso, sumamente atractivo para su edad, altísimo y de contextura grande, como para meter un poco de miedo… pero ella no se iba a dejar vapulear ni siquiera verbalmente por aquel hombre! Decidió cambiar de táctica y de actitud, pero sin perder su altanería.

- Bien. Dígame qué es lo que pretende que haga.
- Muy simple señora: pague la multa y a otra cosa. Y no me haga perder más tiempo. Tengo mucho para hacer.

No lo podía creer!! No encontraba argumentos para luchar! Ella, que se sabía todos los trucos para salirse con la suya, esta vez estaba perdida! Había algo en ese hombre que la atraía en forma poderosa. Le excitaba la forma en que la trataba, aunque también la enojaba. Nadie se había atrevido jamás a decirle las cosas de aquella forma tan… grosera! Qué podría hacer? No tenía el dinero para pagar la exorbitante multa que le había impuesto aquel despreciable individuo.

- Es que… no tengo el dinero para pagar la multa! Es… demasiado elevada!
- No, no lo es. Es estrictamente lo que marca la reglamentación.
- Pero… es mucho! No tengo tanto dinero!
- Consígalo! Ese no es mi problema.
- He pedido mucho dinero últimamente y… no tengo crédito.
- Puede hacer un convenio de pago con el Ayuntamiento. Están dando facilidades para los grandes deudores.
- Ya tengo un convenio por otro motivo, y solo permiten un convenio a la vez…
- Le repito: no es mi problema!! Retírese de una vez y déjeme en paz.

Él la miraba por el rabillo del ojo. Sabía que la tenía en sus manos y eso lo ponía feliz y le daba un aire de vencedor que casi no podía disimular. La miró: estaba a punto de estallar en lágrimas, pero sabía que no lo haría… todavía!

- Ayúdeme! No sé qué hacer.

La miró con cierto desprecio. Gozaba al sentir su poder por encima de aquella mujer que en ese momento había dejado a un lado la altanería. Pero no era suficiente para él.

- Eso fue una orden o una súplica?? Es difícil ayudar a las mujeres como usted.
- ¿Cómo yo? Qué quiere decir con “como usted”? Cómo soy yo?
- Usted señora, es como la mujer que describe Sabrina en su canción “19 días y 500 noches”.
- Ah, sí? Y cómo es esa canción? Qué dice?
- Dice que la mujer de la cual está hablando “…siempre tuvo la frente muy alta, la lengua muy larga y la falda… muy corta”- Y bajó su mirada hasta aquellas piernas que lo habían enloquecido desde la primera vez que la vió y decidió planificar todo esto. Le tendió una trampa y ella cayó sin remedio.

Se detuvo un momento a contemplarla con más detenimiento, porque no había cesado de observarla y gozar su presencia desde que apareció con su aire altivo por la puerta de su oficina. Sí, quizás no fuera la mujer más bella del mundo, pero… tenía un atractivo especial, un brillo diferente, un carácter fuerte y dominante al que él se había propuesto cambiar. Era todo un reto el vencerla y él tenía todos los ases para ganar.

- Está bien, -dijo ella- Es verdad. Soy así! Pero también es verdad que no tengo el dinero para pagar, y quiero saber si puede darme usted alguna solución.

Sí, así la quería, aunque aún más derrotada. Pero iba por buen camino.

- Vea señora, tiene dos posibilidades. Una, es pagar la multa y asunto arreglado. O, si no tiene el dinero, le puedo dar una segunda opción que sólo depende de mí. Podría suspender la multa, pero no sé si usted estaría dispuesta a hacer lo que le mande y sin chistar.
- Usted sabe que no tengo opción. Dígame qué tendría que hacer.

Se sonrió, ahora sí con toda soltura. El triunfo sobre esa altiva mujer le daba un brillo especial a sus ojos. Sin dejar su aire burlón le espetó:

- Cambiar la canción de Sabina.
- ¿¿Cómo?? No comprendo!

- Simple: quiero que en vez de tener la frente muy alta como hasta ahora, que la baje. Que cambie su lengua tan larga por una que hable menos y con tono más respetuoso. Y, por supuesto, bajarle la falda que la lleva tan corta!

- Ah, sí?? Y cómo haría eso?
- Acepte y se enterará.

Nunca se había sentido tan humillada! Caramba con este tipo! La sangre hervía en sus venas y el color rojo de su rostro demostraba la ira e impotencia que sentía en ese momento.

Por un lado, sabía que tenía que pagar un dinero que le era imposible reunir. Por otro lado, aunque odiaba admitirlo, tenía cierta curiosidad por saber qué pensaba hacer este hombre con ella, y eso… la excitaba! Bueno, no tenía otra opción que no fuera ceder ante aquella proposición.

- Está bien. Acepto. Dígame qué tengo que hacer.
- No se apresure. Piense bien antes de contestar. Una vez que acepte no tendrá vuelta atrás, porque si no cumple veré la forma de triplicarle la multa! Y usted sabe que puedo hacerlo.
- Ya lo pensé y acepté. Y no le permito que dude de mí. Yo soy mujer de cumplir mi palabra. Hable!
- En primer lugar, cambie su tono al dirigirse a mí. No me ordene, no me mande, y pídame las cosas POR FAVOR!
- Lo siento… Por favor, dígame en qué consiste lo que tengo que hacer.
- Así está mejor. Le explico: he sacado algunas cuentas y la multa asciende a unos 2.500 dólares. Pues bien, yo le cobraré el 10% de esa cantidad en azotes en su hermoso trasero.
- Qué cosa?? Cómo se atreve a hacerme tal proposición?
- Serán 250 azotes con la mano.
- Eso no es justo!!
- Por supuesto que no! Es demasiado poco! Así que agregaré 100 azotes más con la regla, y 100 con el cinto.
- Pero…
- Y esto irá en aumento en la medida que siga protestando! Teniendo en cuenta que usted no ha recibido nunca azotes en su vida…
- Y qué sabe usted de eso??
- Señora… si hubiese usted recibido unos buenos azotes a tiempo, no sería tan desagradable y petulante como es ahora! Pero no se preocupe porque nunca es tarde, y aquí estoy yo para ponerla en su lugar!

Lo odiaba, lo odiaba con todo su ser! Pero era lo suficientemente inteligente como para no hacer comentarios que aumentaran aún más tan terrible castigo!

- Como le decía: debido a que es usted nueva en esto de recibir azotes, los repartiremos en 5 sesiones. Todos los jueves a esta hora, la esperaré aquí para darle su lección privada de buenos modales. Y comenzaremos hoy, por supuesto!

- Pero yo…
- Hoy recibirá 10 azotes más con cada uno de los instrumentos, mano incluída, para que haga las cosas como se le indican, en forma rápida y sin protestar!! Ahora, venga aquí. Ya! O quiere que se lo repita y aumente el castigo?

No sabía qué hacer ni qué decir, así que decidió obedecer. Él la condujo hasta el sillón, se sentó cómodamente y le indicó que se sacara la chaqueta y se pusiera boca abajo sobre sus rodillas. Obedeció sin decir nada, y él agradeció el tener piernas largas y fuertes como para soportar aquel tamaño de mujer. Ella también era alta y aquella posición no le resultaba nada cómoda a ninguno de los dos, así que él se sentó lo más para atrás que pudo y eso permitió que ella se acomodara a lo largo de aquel enorme sofá.

Su trasero estaba listo. Se veía enorme y redondo! La falda se había subido aún más debido a la postura y podía ver su bombachita de encaje blanco. Estaba tan excitado con aquella visión que no pudo evitar tener una erección mayúscula! De seguro que ella la sentía, pero no diría ni una palabra.

Pensó en darle los primeros golpes suaves y por encima de la ropa. En el fondo, no quería lastimarla sino darle una lección. Pero tenía un gusto que se quería dar… y lo hizo! Primero, sobó un poco aquellas nalgas que se notaban hermosas y túrgidas por debajo de la falda. Luego, sin dejar de sobarla con la mano izquierda, levantó su mano derecha y la dejó caer con la mayor fuerza de que fue capaz. La sorpresa y el impacto fueron tan grandes que… solo fue capaz de emitir un gemido seguido de un largo “aaayyyyyyy!!!”.

- Bien, estimada señora. Ya hemos comenzado a cumplir con el cambio de la primera y segunda parte de la letra de la canción. En la pose en que se encuentra en este momento, ya he logrado que no “tenga la frente muy alta”, sino que la hemos bajado bastante, verdad?? Jejejejejejeeeeee… Y creo que con esto también se le ha acortado la lengua… o no?

Y continuó asestando golpes con la mano, no demasiado fuertes, como para que se fuera acostumbrando. Y siguió, uno tras otro, con ritmo, hasta que llegó a veinte. Ella lo soportó bastante bien, aunque tenía los ojos llenos de lágrimas. La hizo que se pusiera de pie.

- Ahora quiero que se suba la falda y baje sus medias hasta la mitad de la rodilla.
- Cómo?
- Todavía le quedan 40 azotes con la mano, y a menos que quiera que sean más, le sugiero que se de prisa!

La vergüenza era grande, pero ya le ardía bastante el trasero como para enojar aún más a aquel hombre. Estaba avergonzada, sí, pero también estaba excitada como nunca soñó estarlo. Nunca imaginó que después de esos azotes estuviera esperando ansiosa el resto. Ese hombre sabía lo que hacía, y ella se dejaba hacer…

Se puso nuevamente sobre sus rodillas, se acomodó de forma tal que pudiera seguir sintiendo la erección de su verdugo, se aflojó y… sintió el primer azote en sobre su piel desnuda! Dolió! Ardió. Sintió escozor! Pero no pudo detenerse a pensar demasiado en ese azote porque antes de darse cuenta ya estaba sintiendo el otro, y el otro, y el otro, y… el dolor se le estaba haciendo insoportable. Todo su trasero ardía como una brasa encendida!

El Director estaba gozando al máximo! Por fin tenía a su merced a esta mujer y su adorable trasero! Estaba fascinado mirando cómo el color rosa fuerte que tenía cuando se puso en su regazo por segunda vez, se fue tornando cada vez más rojo. Él había tenido la precaución de ir esparciendo los golpes en forma pareja, para dejar todo ese hermoso y enorme culo de un color uniforme. Durante todo el rato siguió diciéndole cómo debía tratar a las personas, de ser más educada, de tener más respeto, etc. Y la mano seguía cayendo sin piedad… Plas! Plas! Plas…!

Cristina no soportaba ya ni un golpe ni una humillación más! No veía la hora de terminar. Le ardía su trasero y su orgullo estaba destrozado. Pensó que no podría sentarse por el resto de su vida!! Durante la golpiza había pataleado, se había movido y había tratado de poner sus manos para evitar algún golpe. Todo esto terminó cuando él la amenazó con aumentar la cantidad de palmadas…

- …y 60! Ahora párese! Y puede sobarse un rato mientras preparo el resto de su castigo.
- Ya no más, por favor!!!
- Señora, lo hubiera pensado antes de aceptar! Ahora, ya es tarde, aunque se puede ir cuando desee y pagar el triple de la multa… Es su decisión.

El Director sabía que no se iría. Por fin la tenía en sus manos, que aunque estaban dolidas y también le ardían por el efecto de los golpes, no pensaba dejar este castigo por nada. Quería ser un verdugo implacable con ella. Y lo estaba logrando.

- Ya estuvo bien de descanso! Acérquese aquí. Quítese la falda… y sin protestar!

Miró la enorme regla de madera dura que tenía en la mano, pero ya no tenía deseos de suplicar, sabía que era en vano. Tomó la posición que él le indicaba: las palmas de las manos apoyadas en la pared, los pies alejados como a un metro de ésta, las piernas algo abiertas, el trasero en pompa ofrecido hacía él como un regalo… y la lluvia de reglazos comenzó! Uno tras otro mientras sentía un enorme escozor por fuera y por dentro… una enorme excitación mojaba enteramente su entrepierna!!

Y finalmente sobre el sillón sintió la piel del cinto que su verdugo se había quitado de su pantalón y había doblado en dos para hacerlo estallar sobre aquella parte adolorida y machucada de su anatomía.

-Felicitaciones!! PLAS! Aquí comenzamos el cambio… PLAS!! de la tercera parte de la canción: PLAS, PLASSS, PLAASSSS!! Tendrá que alargar esa… PLASS! PLAS!! “falda muy corta”!

Cristina no comprendió lo que le decía hasta que los golpes comenzaron a caer sobre la parte baja de sus muslos y piernas. Quedarían marcas que si no quería que la gente lo notara, tendría que alargar su falda…

Cuando el castigo por fin terminó, él vino con una crema que pasó con todo cariño sobre sus nalgas tan maltratadas, mientras le decía:

- Bien, hemos logrado en esta primera sesión, lo que quería: bajar su frente, acortar su lengua y bajar su falda, porque tiene prohibido usar pantalones! Y para que se pueda sentar a gusto necesitará alrededor de 19 días, pero para aplacar la humedad que sentí en su entrepierna necesitará como… 500 noches!- le dijo con una sonrisa burlona y cierto tono de sarcasmo!!
- Recuerde señora: la próxima sesión será el jueves que viene a la misma hora. Más le vale que sea puntual o… necesito explicarle lo que recibirá a cambio de cualquier falla de su parte? No, no lo creo! Cuando hayan pasado los 5 jueves y su castigo haya sido cumplido, le daré todos los originales para que haga lo que desee con ellos. Eso siempre y cuando se cumpla la totalidad del castigo. Supongo que no se permitirá el lujo de faltar!
- No faltaré… -respondió ella con un hilo de voz que a él le sonó extraño, como con un dejo de picardía. Sería así? Solo Cristina lo podría responder…

FIN