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El entrenamiento de jazmín

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Autora: Domme Lili

 

El motor del auto se apagó así como el último rayo de sol en el horizonte.


jazmín {DL} tensionó su cuerpo desnudo sobre el asiento de la moto, mientras escuchaba los pasos de las botas -que adivinó negras- acercándose.

En silencio, Domme tomó la correa de la moto, y atando sus manos en el manillar, le dijo seca:
- Acuéstate en el banco, una pierna para cada lado....

jazmín obedeció, y al terminar nota que casi no puede tocar el césped con las puntas de sus pies.

Siente como dos guantes de cuero grueso, utilizados para manejar la misma moto -lo sabía por la textura que la acariciaba en el momento- la recorrían impunemente, a veces acomodándola mejor, a veces vejándola aún más. Cuando parecía que todo había adquirido una extraña calma...
 
El sonido de la fusta cortó el aire y su inconfundible ardor empezó a distribuirse en toda la extensión de sus nalgas y piernas  como si una orquestra la accionara...

Las gotas gruesas de la tempestad que había amenazado llegar durante la tarde, empezaron a caer sin que ninguno de los dos personajes dejara de mantenerse sumergido en su mundo de sádico placer... Gotas que parecían querer colaborar con la sumisa, refrescándola de su tormento.

jazmín, ya sin poder disimular toda la delicia que esos azotes le propiciaban, empezó a mecerse, al principio casi inconscientemente. Después, todo su cuerpo se movía, tratando de culminar el gozo que se avecinaba. Casi no soportaba más la fusta, ni la lluvia, ni la demora en terminar el castigo. Apenas deseaba que nada la detuviera hasta llegar al clímax y así lo  demostraba en el asiento de cuero que la mantenía, con movimientos de hembra en celo.
 
Domme, dándose por satisfecha cuando el tono rojizo de su sumisa se aproximó al del horizonte, se retiró del lugar, dejando la moto encendida.

 

Un pensamiento cruza fugazmente la cabeza de jazmín: "No dice adónde va, si regresará..."
Los gemidos incontenidos de su placer la alejaron de cualquier análisis. La moto vibraba como queriendo arrancar mientras el cuerpo castigado y ya complacido de jazmín se distendió  completamente.
 
¡Bien que su Dueña le había advertido que su entrenamiento en ese bosque tropical sería muy severo!, recuerda sonriente jazmín.

 

DL

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Cuando mi Señora se fue no pude evitar quedarme esos minutos más sobre la moto y terminar lo que deliciosamente había iniciado, recordando mientras voy montada hacia el clímax, la textura de la piel de los guantes recorriéndome.

 

Cuando terminé, entré a la cabaña, por fin noté la fría lluvia; decidí darme un baño rápido y con solo mandil ponerme a preparar una cena ligera.


Espero que llegue pronto, la necesito junto a mí, necesito saber que mi castigo sirvió para su perdón.

Terminé de cocinar y preparar una linda mesa; luego, junto a su sillón favorito al lado del fuego, me arrodillé a esperar…

 

jazmín{DL}

Tercera edición: Nalgadas de personas más jóvenes a personas mayores

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Nota del Editor: Ante la cantidad de comentarios (más de 700) que produjo este artículo desde inicio de año, con el consiguiente agotamiento del espacio que Blogia dedica a los mismo, publicamos con mucho gusto nuevamente este magnífico artículo con el fin de que continúe el hilo de charla. Este es el enlace del emplazamiento del primer artículo original:  http://azotes.blogia.com/2006/033102-nalgadas-de-personas-mas-jovenes-a-personas-mayores.php y este es el emplazamiento del segundo artículo: http://azotes.blogia.com/2010/011001-segunda-edicion-nalgadas-de-personas-mas-jovenes-a-personas-mayores.php

Buen verano 2010!(Hemisferio norte y en el Sur que el invierno sea agradable)

Autor: thebestspanker@yahoo.com

Nota del Editor: este relato está basado en hechos verídicos que le ocurrieron al narrador.

Sobre el tema en cuestión, habré de decirles que, desde bastante joven tuve algunas ocasiones de sobar y dar unas cuantas nalgadas a los traseros de respetables damas que me llevaban añitos, algunas varios más, algunas unos cuantos.
   
Recuerdo un incidente en particular, cuando me tocó hacer de enfermero de una muy interesante dama –semi pariente-. Ella era paraguaya y para entonces estaría bordeando los 40, mientras quien esto escribe andaría por los 22 o 23 añares.
  
Resulta que esta casi tía mía, quien estaba pasando una temporada al cuidado de una anciana que vivía muy cerca de la vivienda que entonces moraba con mis padres, andaba bastante resfriada y la cosa se había complicado con una bronquitis que casi no le dejaba respirar.
  
Por conveniencia y también por afinidad, una vez que había atendido a la anciana, ella se venía a compartir las comidas del medio día y de la noche a la casa.
  
Fue en una de esas visitas que salió el comentario de que se sentía verdaderamente mal, pero que tenía que pasar la noche cuidando de la anciana y que, lo peor de todo era que la enfermera que le había colocado la primera inyección -de 3 dosis recetadas-no podría ir ese día.
  
Ni corto ni perezoso, me brindé a colaborarla, puesto que era el flamante poseedor de un certificado que garantizaba mi habilidad de brindar primeros auxilios, que había recientemente logrado mediante un curso que se dictaba en la Cruz Roja.

Viendo a aquella mujer aún joven y bien proporcionada, de cuerpo delgado y caderas gratas a la vista que cruzaba conmigo su mirada sorprendida, pude observar cómo invadía su rostro rápidamente el rubor, propiciado, supongo, por lo extraño de la situación. Es quizás necesario aclarar que estábamos los dos solos, en el comedor de diario, ya que el resto de la familia se encontraba disfrutando de la televisión en la planta alta.

Me preguntó si tenía experiencia colocando inyecciones y le respondí que sí, que había resultado el mejor del curso en aplicarlas vía intramuscular y que, en definitiva, las endovenosas me daban un poco más de trabajo, por lo que tenía cierto temor de aplicarlas.

Me respondió que, por ese lado no habría problema, porque las inyecciones que necesitaba eran intramusculares. Pero, precisamente por eso –me confesó- le daba mucha vergüenza pensar en que yo se las aplicara y concluyó con que era mejor que buscara una farmacia donde pudieran inyectarla. Me pidió pues que más bien la acompañara a buscar una.

Sin embargo, no pudimos encontrar ninguna cerca y ella se sentía muy mal, por lo que me pidió que la acompañara a la casa de la anciana, donde ella vivía temporalmente.

Llegados allá, me invitó a pasar un momento, para invitarme un café y me pidió que la esperara en una amplia sala que poseía la casa de la anciana.

Cuando regresó con el café, me sorprendió al decirme que lo había pensado mejor y de que, dadas las circunstancias aceptaba mi ofrecimiento. Me dijo que ella tenía las ampollas de penicilina y las botellitas de agua mezclada con silocaina. Le repliqué, algo turbado, que requeriría también algodón y alcohol medicinal y me dijo que no habría mayor problema.

Mientras aún saboreaba el café y conversaba, con ella recostada en un extremo del amplio sillón, le pregunté si no sentía que tenía temperatura. Como respuesta, me pidió que fuera a su habitación y que buscara el termómetro que había dejado sobre la mesa de noche, mismo que encontré en aquella ubicación, junto a 4 ampollas y dos jeringas descartables.

Sin pensarlo mucho, cogí una de las botellitas de agua, la partí por el cuello como me habían enseñado en el curso y procedí a llenar una de las jeringas con su contenido, para posteriormente romper el sello de la ampolla que contenía la penicilina benzatínica de 1.200 unidades que le habían recetado y proceder a mezclar el agua con el polvo blanco hasta formar una sustancia viscosa que agité con firmeza hasta verificar que no quedaran grumos. Acto seguido, volví a cargar el contenido en la jeringa, puse el protector en la aguja y fui a buscarla.

De retorno en su habitación, bastante excitado por cierto, y con una erección de los mil demonios que intentaba disimular bajo mi jean, sin poder conseguir ocultar la protuberancia que se había formado como frondosa vena en mi bolsillo frontal derecho y que bajaba por parte de mi pierna, me atreví a decirle que, primero le tomaría la temperatura y que después le aplicaría la inyección, por lo que la invité a recostarse de bruces y soltarse el pantalón. Me preguntó algo extrañada si no le iba a tomar la temperatura primero y le respondí que sí, pero que sería rectal, que era la más precisa. Confundida, me preguntó como se tomaba esa temperatura y le expliqué que debería introducir el termómetro en su ano. Uffffffffffffff!!!!!!! Casi me muero y cómo temblaba mi voz al hacerlo!!!!! Rápidamente, me respondió que no, que era suficiente y que quizás sería mejor que volviera a casa. Le repliqué que ya había preparado la inyección y que si no deseaba que le tomara la temperatura estaba bien. Quizás, ella misma podría hacerlo luego, pero insistí, quizás con un poco de morbo y porque realmente sigo pensando que es la mejor manera de tomarla, que cuando lo hiciera, introdujera el termómetro en su ano.

Con bastante recelo, terminó por aceptar finalmente que la inyectara, no sin repetir su negación varias veces, pero, dado su frágil estado, terminó por ceder finalmente y, mientras soltaba el broche del pantalón se recostó de bruces en su cama.

Me acerqué por detrás y le bajé de un tirón el pantalón hasta media pierna, ocasionando que ella tratara de levantárselo nuevamente. Instintivamente, sin meditarlo, le apliqué un par de nalgadas por hacerlo y le dije que se quedara quieta. Casi de inmediato me disculpé, pero no recibí respuesta alguna y solo vi como fruncía las nalgas y ocultaba la cabeza apretándola contra la cama. Observando esto y más envalentonado, cogí con mis dos manos su calzón (negro de poliéster) por la banda superior, a la altura de las caderas y de un golpe se lo bajé hasta la base de las nalgas, descubriendo a mi vista un par de blanquísimas carnes con una ligera coloración rosada en una de ellas (la izquierda). En ese momento, vi como tensionaba aún más las nalgas y le indiqué que debería relajarse para recibir la inyección, pero sólo recibí su silencio. Paso seguido, busqué la jeringa y recién me percaté que no tenía el algodón y el alcohol, por lo que le pregunté donde los tenía. Sin moverse y con la boca apretada contra la cama, me dijo que buscara en su ropero, mientras permanecía así, expuestas sus nalgas a mi ansiosa vista.

Una vez obtenidos ambos elementos, volví donde ella y procedí a limpiar la superficie donde aplicaría la inyección (escogí la nalga izquierda). Le pedí que pusiera sueltas las nalgas pero como no lo hacía, apliqué la técnica aprendida de dar unas palmaditas hasta lograr que finalmente estuvieran más sueltas (debo decir que fue un gran deleite para mí, puesto que las palmadas consistían en rítmicos y suaves golpes de mis dedos contra esas suaves carnes contenidas por una piel firme, como pude comprobar). Cuando vi conveniente, pellizqué una extensión apropiada de su nalga e introduje la aguja con un suave golpe que al parecer apenas percibió, para luego proceder, previa comprobación de que no había perforado ningún vaso, a introducir suavemente el viscoso líquido. Ella empezó a quejarse por la sensación de dolor (la penicilina benzatínica es una inyección bastante dolorosa), por lo que disminuí la presión en la base superior de la jeringa y me di todo el tiempo del mundo para aplicársela. Cuando terminé, jalé la jeringa y vi como salía un poquito de líquido blanquecino del pequeño hueco que dejó, por lo que presto acudí con el algodón empapado en alcohol para proceder a friccionar ese espacio. Instintivamente, coloqué con descuido mi mano libre sobre la otra nalga y, cayendo en cuenta, también se la acaricié. ¡Vaya que me puse cachondo con ello! Más grato, sin embargo, fue ver que ella me dejaba hacerlo. Cuando concluí este impensado sobeo que se prolongó por unos deliciosos e interminables instantes, casi de manera natural, le aplique unas cuantas nalgadas más y le subí los calzones, indicándole que podía vestirse.

Lentamente, mientras se incorporaba de la cama, giró su rostro hacia mí, aún dándome la espalda y pude observar, además del marcado rubor que inundaba sus mejillas, una amplia sonrisa que contagiaba hasta a su mirada, mientras me agradecía y me pedía que volviera al día siguiente para colocarle la otra inyección y ponderaba mis dotes de enfermero.

Ah! Me olvidaba, sí terminé, aunque no ese día, tomándole la temperatura rectal y puedo confesarles que le coloque muchas inyecciones más, que le di muchas nalgadas (aunque nunca disciplinarias como siempre deseé hacerlo) y que acaricié aquellas carnes a lo largo de todo ese año que permaneció cerca de nosotros.

El resto, me lo guardo en un rinconcito especial de mi memoria.

En La Paz, a 22 días de marzo de 2006

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El anuncio

 

Autor: Ana K. Blanco

Cuando consiguió aquel trabajo Ximena se puso feliz, pero con el tiempo se aburrió. Viajar de un país a otro controlando de incógnito la calidad del servicio de una gran cadena de hoteles, alojarse en lujosas habitaciones y hacer informes interminables llegó a aburrirle. Lo único que tenía de bueno era que conocía diferentes países y lugares pero muchas veces no tenía tiempo de recorrer nada. Pero aquella vez era diferente. En el condado de Dade había varias sucursales además de Miami Beach, Key Biscayne, Coconut Grove... Aunque no las recorrería todas, aún así debía quedarse más tiempo del regular.

 

Pero hacía calor. Demasiado calor y demasiada lluvia fuera del hotel, y demasiados rubros en los que fijarse para analizar y controlar dentro. Julio en Miami significaba calores extremos y lluvias torrenciales, además de la posibilidad de huracanes.

 

Aquella mañana se levantó temprano para ver el sol, que salía y se ocultaba con una velocidad increíble en esa parte del mundo. Pidió el desayuno a la habitación y lo tomó en la espectacular terraza con vista a la playa. Hacía varios días que andaba por allí y tenía los nervios de punta. Estaba cansada, estresada y con trabajo pendiente. Había visitado 3 hoteles y aún le quedaban otros tantos en otras partes: Coconut Groove, Key Biscayne y luego Fort Lauderdale. Abrió el Miami Herald y recorrió sus páginas sin mayor interés. Llegó a la parte de los clasificados y pensó que Miami sería un bonito lugar para vivir. En una rápida recorrida de los avisos donde se ofrecían varios servicios, un aviso con una sugerente imagen, llamó su atención. Escrito en letra negrita se leía:

 

"Caballero maduro, educado, estricto y amante de la disciplina se ofrece para educar a dama con tendencia a la rebeldía, mala conducta, desorden y desobediencia. Método SPK con resultados garantizados; especialista en OTK. Comunicarse con Severo Clemente a xxsevexx@miami.com.usa"

 

Durante varias horas le dio vueltas en su cabeza, hasta que se decidió a escribirle y luego de intercambiar el primer mail comenzaron a chatear. El calor era insoportable, si no fuera por la bendición del aire acondicionado, habría renunciado al trabajo, pero era poco lo que debía salir del hotel. El verano es esa época del año en que todo el mundo piensa en vacaciones y la gente está pensando en entregar o retirar trabajos; Ximena y Clemente no eran la excepción, pero la conversación por Chat era sumamente interesante: picante, inteligente, divertida y excitante. Ambos se provocaban, él amenazaba y ella se burlaba... respetuosamente, claro.

 

En esas conversaciones Ximena le había confesado que era de las mujeres que gustaban tener experiencias especiales: estar sexualmente con otra chica, seducir un hombre mayor en un restaurante para terminar con él en el baño... Una de sus fantasías aún no realizadas era recibir una azotaína.

 

Clemente no quiso perder tiempo y la invitó a una de las cafeterías cubanas más famosas de Miami: La Carreta de Bird Road y la 107 Avenida del SW era famoso por su coladas de café cubano, con frío o calor. En cambio las heladerías no eran tan buenas y más valía comprar algo en un supermercado.

 

Al día siguiente Ximena salió una hora antes del horario convenido. Tomó por el costado del puerto donde estaban anclados los enormes cruceros como gigantes esperando devorar a todos los que se le acercaran. El Dolphin Expressway la llevó por el borde del downtown y al acercarse al aeropuerto se preparó para combinar con el Palmetto Expressway donde podría bajar en la 40 SW Street, más conocida como Bird Road.

 

Un BMW descapotable color verde metalizado se estacionó en el parking del famoso restaurante. Una hermosa joven enfundada en un ligero vestido, corto y elegante, bajó apoyando sus sandalias de fino tacón, color amarillo como su bolso. Ximena destilaba refinamiento y seducción en cada uno de sus movimientos. Clemente se quedó pasmado viendo como aquella belleza de piel bronceada y pelo ensortijado, largo y brillante como la miel se dirigía a las puertas del lugar. Apenas entró dio una rápida mirada y sin dudarlo se dirigió hacia él. Se saludaron con un beso y la charla se fue deslizando suavemente, como si se conocieran de siempre. Hablaron de todo un poco: relaciones de pareja, familia en general, trabajo, gustos generales... Ambos eran personas educadas, inteligentes, seguras de lo que querían; la química se instaló entre ellos en medio de los refrescos y risas. La colada de café cubano sirvió para dar término al encuentro y poder dirigirse a algún lugar para jugar.

 

El BMW verde metalizado corrió por las calles y avenidas hasta llegar a un motel conocido por Clemente. Allí bajaron y el hombre tuvo oportunidad de disfrutar más detenidamente el vestuario de la chica. Era como él se lo había pedido: vestido liviano, sin perfume, sin maquillaje, discreta, elegante y quería imaginar que también en la ropa interior lo había obedecido y tendría puestas las braguitas blancas de algodón.

 

La habitación no tenía nada de particular, era como todos esos moteles que están por las carreteras del país. Ximena estaba muy nerviosa, era su primera vez y no sabía cómo saldría todo aquello. Clemente lo notó, así que sintonizó un canal de música para suavizar el ambiente que se notaba tenso. El volumen era un poco más alto de lo normal, y la joven imaginaba por qué.

 

-Bien... Aquí estamos para comenzar a enderezar tu conducta -dijo Clemente con toda la seriedad de la que fue capaz-. Razones para azotarte tengo hasta por demás. Tú misma me has confesado todos tus errores por los que mereces un buen castigo. Veremos si de verdad quieres cambiar... comencemos ya con esto. Y recuerda: si por cualquier motivo quieres detener el juego por un momento, dí "amarillo". Y si me dices "rojo" la sesión se terminará sin posibilidad de retomarla. Está claro ¿verdad?

 

La joven asintió. Clemente abrió su mochila y sacó del interior diferentes elementos, algunos desconocidos para Ximena y otros muy conocidos, como aquel cepillo de pelo que parecía pesar más que su alma. También había una regla de madera, una paleta de ping-pong con cubierta de goma, un trozo de cuero con mango y... una extraña fusta con un mango grueso y corto. Era retractil. Cada instrumento era estudiado por la joven con interés y algo de morbo. Cuando se dio vuelta fue tomada por sorpresa y colocada sobre las rodillas de Clemente. Fue entonces que la tomó de la cabellera, por la nuca y tiró levemente:

 

-Jovencita... más vale que te relajes, porque no hay retorno -susurró el hombre-. Estuviste esperando esta aventura desde hace tiempo y nada me va a impedir que te ponga las nalgas ardientes y coloradas.

 

Colocó su mano sobre las pétreas nalgas juveniles y las acarició. Midió el golpe y la palmeó varias veces, en forma pausada y cadenciosa. Eran golpes dulces, sensuales y que hacían gemir placenteramente a Ximena. Lentamente los azotes fueron aumentando, en forma casi imperceptible para la mujer; luego de un rato comenzó a sentir el calor de la sangre que se agolpaba en la zona de sus sentaderas.

 

Sintió cómo se levantaba la falda mientras que Clemente miraba con agrado el calzoncito blanco que cubría totalmente las nalgas, excepto por unas pequeñas marcas rojas que sobresalían por los costados de las bragas. Unas caricias seguidas de más azotes fue lo que sintió antes de que Clemente le hablara una vez más:

 

-Muy bien... llegó el momento de pagar las consecuencias de tus provocaciones -un leve estremecimiento movió a la joven ante las palabras del hombre-. Quiero que recuerdes todas las cosas que me dijiste a través de la PC. ¿Las recuerdas? Porque yo no las he olvidado. Espero que estés preparada para esto...

 

Comenzó a bajarle las bragas, y ante el asombro de Clemente, la joven no se lo impidió. Tenía dos globos hermosísimos, y lucían más hermosos aún colorados como estaban en aquel momento. Sintió unos enormes deseos de poseerla, pero no era momento aún, así que se conformó con acariciarla y bajar las bragas hasta la mitad del muslo. No le pegó demasiado fuerte, pero el picor de la nalgada se sintió una y otra vez.

 

-Puedes sufrir y llorar, o puedes sufrir y gozar, tú eliges. Sólo te hago una advertencia: no se te ocurra mancharme los pantalones con tus jugos, porque el castigo será peor aún.

 

Luego de unos azotes más, le ordenó que se parara en el rincón. La joven obedeció. De repente sintió que su vestido se alzaba y era colocado en el escote para que no cayera y tener todo el panorama de las rojas nalgas a su vista, que no podía ser más grandiosa. Se acercó a su oído y susurrando le dijo: "no se te ocurra moverte".

 

La vista desde su silla era espectacular, y el deseo de Clemente por aquella joven aumentaba cada minuto.

 

-Ven aquí inmediatamente, quiero probar mi fusta contigo. Quizás de esa forma puedas dejar tu costumbre de dejar las cosas para después. Detesto a la gente procrastinadora -decía Clemente mientras que desplegaba su fusta retráctil ante la mirada atónita de Ximena-. Y quítate las bragas.

 

Empujó el torso de la muchacha sobre la mesa, y la colocó con las piernas separadas y su intimidad totalmente expuesta. La fusta comenzó a hacer su trabajo, en forma discreta y suave, pasando el canto por el ano y la vulva, una y otra vez. La hinchazón en toda la zona genital era imposible disimular y los jugos que comenzaban a deslizarse por la entrepierna.

 

La erección de Clemente era imposible de mantener dentro de sus pantalones; el pene pujaba por salir y el dolor de sus partes íntimas se había tornado insoportablemente cruel. No sabía cuánto tiempo más podría soportar aquella situación.

 

Sin que Ximena pudiera verlo, sacó un plug de tamaño mediano y lo introdujo de sorpresa en el canal rectar de la joven, que se retorció de placer, lanzando un casi inaudible gemido. Por su reacción parecía no estar acostumbrada al uso de tal elemento, así que Clemente, experimentado en hacer gozar a sus spankees con este tipo de juguetes, hizo deleitar a la joven y a su vez él también disfrutaba al verla.

 

Ese juego con el plug hizo que la tensión sexual de Ximena aumentara de forma increíble. Entonces el hombre terminó de desvestirla y luego se quitó toda la ropa. El cuerpo juvenil de la chica hizo que Clemente la besara y recorriera su tersa piel con total libertad. No tardó demasiado en cambiar el lugar que ocupaba el plug por su pene, forzando a que la joven se colocara en cuatro patas sobre la cama. De una estocada su ano se convirtió en la vaina de la increíble daga que la estaba invadiendo. Apenas se quejó, hasta que se acostumbró al dolor y comenzó a retorcerse de placer. Sin sacar el pene de la tibia vaina, las manos de Clemente acariciaban el endurecido clítoris y los magníficos senos, túrgidos y abundantes. La joven comenzó a correrse una y otra vez, hasta casi desfallecer de placer.

 

Mientras que la joven se recobraba, Clemente fue a higienizarse. Al regresar, ella seguía en la misma posición, por lo que se acercó a ella y le colocó el pene frente a su boca, como indicándole cuál era el próximo paso a seguir. No tuvo que decir más nada. La boca de Ximena se abrió como una planta carnívora, devorando de un bocado aquel enorme pedazo de carne inerte, que comenzó a cobrar vida en la tibieza de la boca. Los labios eran los carceleros que no dejaban escapar la presa, y los dientes y la lengua se convirtieron en los dulces torturadores que hacían crecer el pene a un tamaño inimaginado. Humedad, calidez, suavidad, dulzura, manos diestras, placer sin límites... todo era poco para describir la magistral forma de hacer sexo oral de aquella delicada joven. La explosión de lluvia blanca bañó su rostro, cabello, senos y vientre mientras que el hombre aullaba emitiendo sonidos guturales y palabras sin sentido.

 

Aquellas sesiones se repitieron dos veces más, y luego la chica del BMW verde metalizado despareció para siempre. Quizás alguien pueda localizarla en alguna sucursal de la cadena de hoteles para el que trabaja. Si la ubican... bastará con que le muestren las letras SPK y OTK. Ella comprenderá y seguramente recuerde aquel aviso clasificado que la hizo vivir momentos inolvidables.

 

 

Problemas con el alcohol

Autor: Alejandra

Mi nombre es Alejandra, yo soy una profesora de 46 años soltera. Vivo con mi madre, Amparo, una señora de 70 años, trabajo en un Liceo común, pero dentro de mi normalidad profesional, guardaba un gran secreto y problema. Era adicta al alcohol. Los fines de semana no me faltaba mi botellita, me encerraba en mi dormitorio y le daba el bajo. Los días de semana igual bebía un poco pero de forma que no se notara el día siguiente cuando yo tenía que trabajar.

 

Mi vida cambió radicalmente cuando al pueblo llegó un psicólogo para el Hogar de Menores. En mi casa si bien no teníamos problemas económicos, pero una entrada más nunca viene mal.

 

Era un joven de más o menos 28 años de nombre Felipe, 1,85 m. (yo mido 1,58) ojos claros, mirada penetrante, pelo castaño claro, así como galán de teleseries, que a penas lo vi me remeció el piso. Era muy galante, caballero, ordenado, le gustaba que estuviese todo limpiecito, especialmente sus cosas, yo soy bien desordenada, así que es la antítesis de mi.

 

De primera no compartíamos mucho. El llegaba del trabajo cenaba y se iba a su pieza, con mi madre conversaba un poco más porque ella estaba casi todo el día en casa. Cuando yo trabajaba, él la acompañaba al médico, tenía siempre muy buena voluntad. Era algo tímido y reservado.

 

Un día mi mamá para que no bebiera ese fin de semana escondió mi botella de vodka en la pieza del pensionista. Yo desesperada no la encontraba, busqué por toda la casa y la encontré y no encontré nada mejor que beberla ahí mismo, totalmente ebria vomité sobre el piso y me quede dormida en la su pieza.

 

Al día siguiente, domingo, al despertar tomé conciencia del hecho y convaleciente, después de darme un buen baño, limpié toda la pieza, pero igual algo de olor quedó. Llegó Felipe, encontró olor a licor en su dormitorio y alegó, me dijo, Señorita Alejandra, está bien que sea su casa, pero le estoy pagando por esta pieza así que tengo derecho a que se me respete, amenazó hasta con irse de la casa, le supliqué que me perdonara que no lo volvería a hacer.

 

Felipe no halló nada mejor que preguntarle a mi mamá, Señora Amparo, ¿Es primera vez que Alejandra bebe tanto? Y ella le dijo la verdad, que yo era adicta, eso fue delante de mí y se me cayó la cara de vergüenza.

 

Él dijo con su sapiencia que no me avergonzara me abrazó fuerte, y me dijo que era una enfermedad, que no me sintiera culpable, que me ayudaría a salir. Cuando me abrazó sentí tanta excitación que lo apreté fuerte con mis brazos.

 

En la hora de la once, conversamos y mi mamá contó que ella me crió sola, Felipe le dijo, sabe Señora Amparo, el problema que Alejandra siempre hecho lo que ha querido, usted es muy buena mujer por eso nunca la castigó y nunca le puso límites. Si quiere que ayude a su hija déme el consentimiento para castigarla. Habló haciendo un símil con la juventud actual, que hacen lo que quieren porque los papás no los controlan.

 

Me fui pensando en lo que conversamos y pensando en qué forma me castigaría, pensé que sería una buena retada, así como la del domingo en la tarde, y como dicen que la curiosidad mató al gato, salí de clases y me fui a un bar donde me tomé una cerveza y llegué a casa.

 

Saludé a Felipe y tuvimos el siguiente diálogo:

 

¿estuviste tomando

nooo, no pasa nada

F. no me mientas.

En un tono de voz fuerte.

A. Bueno, la verdad me pasé a tomar una cerveza.

F. Tú no aprendes nada.

En ese momento llamó a mi mamá.

            F. Señora Amparo su hija nos acaba de desobedecer a los dos y más encima me acaba de mentir. Recibirá un buen correctivo.

Yo ni pensaba aún en que consistiría, estaba nerviosa, pero ansiosa de conocer cual sería mi castigo.

 

Felipe me tomó de la oreja y me dijo:

tan linda y tan desobediente, ahora verás que si te prometí ayuda lo haré, lo primero que haré será que respetes a tu madre

¿Qué me vas a hacer?

F. Dile a la señora Amparo donde fuiste después de trabajar

Me dio vergüenza decirle a mi mamá lo que hice delante de una tercera persona y dije:

Fui donde una colega y después pasé al supermercado, por eso me atrasé en llegar.

Tirándome la oreja más fuerte me gritó:

F. Di la verdad.

A. Mamá fui a tomarme una cerveza al bar de Don Lucho.

F. A mí no me mentiste, porque yo el tiempo que estoy acá te aprendí a querer con tu enfermedad y yo lo que quiero es sanarte, pero le mentiste a la Señora Amparo y lo que es más grave a ti misma.

 

Felipe me tomó del brazo y me puso de guata sobre su muslo y con su brazo me sujetó, él era mucho más fuerte que yo, así que no podía escaparme. El primero me dio un par de golpes suaves en mi trasero diciéndome:

F. Ahora viene tu castigo.

Recién ahí vi que era lo que me esperaba, Felipe le dijo a mi madre:

Señora Amparo siéntese cómodamente que a Alejandra le daremos una lección que nunca olvidará

 

Era diciembre, hacía algo de calor así que ese día andaba de vestido, Felipe sobre mi vestido empezó a azotar mi trasero.

 

PAF, PAF, PAF, PAF, PAF

F. La verdad sabía que saldrías a beber, pero el castigo no es por ello, sino porque mentiste, la primera etapa es que te reconozcas el problema.

PAF, PAF, PAF, PAF, mi trasero me ardía y sentía los golpes cada vez más fuertes. Más encima me sentía tan humillada, igual como antiguamente se castigaban a los niños, era yo castigada a mis 46 años. Más aún con mi madre presente, además del dolor, la vergüenza que sentía.

Perdóname Felipe

F. No me pidas perdón a mí, pídele perdón a tu mamá por haberle mentido.

PAF, PAF, PAF, PAF

A. Perdóneme mamá, nunca más te mentiré, le haré caso a Felipe, hasta sanarme.

Amaro: Felipe yo nunca me atreví a castigar a Alejandra, ella creo que le hizo falta un papá al lado que la tuviera derechita.

F. Señora Ampro, si quiere vaya a preparar la once, yo me quedaré aca con Alejandra, tenemos un punto más que conversar.

 

Ahí Felipe terminó de pegarme, yo sentí un alivio, aunque aun no me dejó salirme de donde me tenía, pensé que mi castigo había terminado.

 

F. Tú crees que tu castigo acá ha terminado. Un castigo sólo funciona cuando ha logrado hacer entender en ti que es necesario un cambio de conducta.

A. Felipe por favor para.

F. Ahora aprenderás a no mentir más.

A. Por favor ya, para.

 

En ese momento, Felipe me levantó el vestido hasta la cintura, bajó mi calzón hasta el muslo y dejó mi trasero totalmente desnudo. Me dijo:

 

F. Ahora que estamos solos empezará la verdadera lección.

A. ¿Qué me vas a hacer ahora?

PAF, PAF, PAF, PAF, PAF. Los sentía fuertes y sonoros, sentía como mi trasero se calentaba, PAF, PAF, PAF, con una técnica, un golpe en un cachete y el otro en el que sigue. Yo llorando y le dije:

 

¿Todo esto por una cerveza?

F. Se nota que no has aprendido nada, niña mal criada, me hubieses dicho la verdad, no te hubiera echo nada. Reconoce tu problema y no lo rehúyas

PAF, PAF, PAF, PAF, PAF, PAF

F. Dime donde fuiste después de trabajar.

A. Felipe, fui donde Don Lucho a tomarme una cerveza.

F. Dime lo que le dijiste a tu mamá.

A. Ya Felipe termina.

F. Dime la mentira que dijiste.

A. Ya por favor.

F. Tú no aprendes nunca.

PAF, PAF, PAF, PAF, PAF, PAF

Para por favor

F. Pero dime la mentira que dijiste.

PAF, PAF, PAF

Bueno Felipe, le dije que fui donde una colega y después al supermercado.

F. ¿Y qué necesidad tenías de mentir?

PAF, PAF, PAF, PAF, PAF, PAF

Que me dió vergüenza.

F. Todo esto lo hago por tu bien, se que al final me lo vas a agradecer.

PAF, PAF, PAF, PAF, PAF, PAF

F. No pararé hasta que me agradezcas la sesión que te di hoy.

PAF, PAF, PAF, PAF, PAF, PAF

A. Por favor, para

F. Dame las gracias niña mal criada

PAF, PAF, PAF, PAF

F. Repite conmigo:

F. Gracias por corregirme.

A. Gracias por corregirme.

PAF, PAF, PAF, PAF

F. Nunca más le mentiré a mi mamá.

A. Nunca más le mentiré a mi mamá.

F. Ya párate y mira tu trasero en el espejo.

 

No lo podía creer, sentía un fuerte ardor en mi trasero, lo vi en el espejo y estaba rojo, como tomate. Después el me abrazó y me dio un beso y se lo respondí, para que sigo contando lo que siguió esa noche. Sentí tanta excitación que no concilié el sueño en toda la noche.

 

Después de esa lección aprendí a reconocerme como una enferma, dando así el primer paso para mi rehabilitación. Aprendí que una siempre tiene que estar con la verdad por delante y que una mentira por pequeña que sea no daña al que se la dicen, sino que al que más daña es al que la dice.

 

Así de a poco he dejado ya mi adicción, Felipe es más que un profesional es un gran amigo, confidente, aunque debo confesar que derepente adrede doy motivos para que me castigue nuevamente.

 

Segunda edición: Nalgadas de personas más jovenes a personas mayores

Nota del Editor: Ante la cantidad de comentarios (735) que produjo este artículo, con el consiguiente agotamiento del espacio que Blogia dedica a los mismo, publicamos con mucho gusto nuevamente este magnífico artículo con el fin de que continúe el hilo de charla. Este es el enlace del emplazamiento del artículo original:  http://azotes.blogia.com/2006/033102-nalgadas-de-personas-mas-jovenes-a-personas-mayores.php
Buen año 2010!


Autor: thebestspanker@yahoo.com

Nota del Editor: este relato está basado en hechos verídicos que le ocurrieron al narrador.

Sobre el tema en cuestión, habré de decirles que, desde bastante joven tuve algunas ocasiones de sobar y dar unas cuantas nalgadas a los traseros de respetables damas que me llevaban añitos, algunas varios más, algunas unos cuantos.
   
Recuerdo un incidente en particular, cuando me tocó hacer de enfermero de una muy interesante dama –semi pariente-. Ella era paraguaya y para entonces estaría bordeando los 40, mientras quien esto escribe andaría por los 22 o 23 añares.
  
Resulta que esta casi tía mía, quien estaba pasando una temporada al cuidado de una anciana que vivía muy cerca de la vivienda que entonces moraba con mis padres, andaba bastante resfriada y la cosa se había complicado con una bronquitis que casi no le dejaba respirar.
  
Por conveniencia y también por afinidad, una vez que había atendido a la anciana, ella se venía a compartir las comidas del medio día y de la noche a la casa.
  
Fue en una de esas visitas que salió el comentario de que se sentía verdaderamente mal, pero que tenía que pasar la noche cuidando de la anciana y que, lo peor de todo era que la enfermera que le había colocado la primera inyección -de 3 dosis recetadas-no podría ir ese día.
  
Ni corto ni perezoso, me brindé a colaborarla, puesto que era el flamante poseedor de un certificado que garantizaba mi habilidad de brindar primeros auxilios, que había recientemente logrado mediante un curso que se dictaba en la Cruz Roja.

Viendo a aquella mujer aún joven y bien proporcionada, de cuerpo delgado y caderas gratas a la vista que cruzaba conmigo su mirada sorprendida, pude observar cómo invadía su rostro rápidamente el rubor, propiciado, supongo, por lo extraño de la situación. Es quizás necesario aclarar que estábamos los dos solos, en el comedor de diario, ya que el resto de la familia se encontraba disfrutando de la televisión en la planta alta.

Me preguntó si tenía experiencia colocando inyecciones y le respondí que sí, que había resultado el mejor del curso en aplicarlas vía intramuscular y que, en definitiva, las endovenosas me daban un poco más de trabajo, por lo que tenía cierto temor de aplicarlas.

Me respondió que, por ese lado no habría problema, porque las inyecciones que necesitaba eran intramusculares. Pero, precisamente por eso –me confesó- le daba mucha vergüenza pensar en que yo se las aplicara y concluyó con que era mejor que buscara una farmacia donde pudieran inyectarla. Me pidió pues que más bien la acompañara a buscar una.

Sin embargo, no pudimos encontrar ninguna cerca y ella se sentía muy mal, por lo que me pidió que la acompañara a la casa de la anciana, donde ella vivía temporalmente.

Llegados allá, me invitó a pasar un momento, para invitarme un café y me pidió que la esperara en una amplia sala que poseía la casa de la anciana.

Cuando regresó con el café, me sorprendió al decirme que lo había pensado mejor y de que, dadas las circunstancias aceptaba mi ofrecimiento. Me dijo que ella tenía las ampollas de penicilina y las botellitas de agua mezclada con silocaina. Le repliqué, algo turbado, que requeriría también algodón y alcohol medicinal y me dijo que no habría mayor problema.

Mientras aún saboreaba el café y conversaba, con ella recostada en un extremo del amplio sillón, le pregunté si no sentía que tenía temperatura. Como respuesta, me pidió que fuera a su habitación y que buscara el termómetro que había dejado sobre la mesa de noche, mismo que encontré en aquella ubicación, junto a 4 ampollas y dos jeringas descartables.

Sin pensarlo mucho, cogí una de las botellitas de agua, la partí por el cuello como me habían enseñado en el curso y procedí a llenar una de las jeringas con su contenido, para posteriormente romper el sello de la ampolla que contenía la penicilina benzatínica de 1.200 unidades que le habían recetado y proceder a mezclar el agua con el polvo blanco hasta formar una sustancia viscosa que agité con firmeza hasta verificar que no quedaran grumos. Acto seguido, volví a cargar el contenido en la jeringa, puse el protector en la aguja y fui a buscarla.

De retorno en su habitación, bastante excitado por cierto, y con una erección de los mil demonios que intentaba disimular bajo mi jean, sin poder conseguir ocultar la protuberancia que se había formado como frondosa vena en mi bolsillo frontal derecho y que bajaba por parte de mi pierna, me atreví a decirle que, primero le tomaría la temperatura y que después le aplicaría la inyección, por lo que la invité a recostarse de bruces y soltarse el pantalón. Me preguntó algo extrañada si no le iba a tomar la temperatura primero y le respondí que sí, pero que sería rectal, que era la más precisa. Confundida, me preguntó como se tomaba esa temperatura y le expliqué que debería introducir el termómetro en su ano. Uffffffffffffff!!!!!!! Casi me muero y cómo temblaba mi voz al hacerlo!!!!! Rápidamente, me respondió que no, que era suficiente y que quizás sería mejor que volviera a casa. Le repliqué que ya había preparado la inyección y que si no deseaba que le tomara la temperatura estaba bien. Quizás, ella misma podría hacerlo luego, pero insistí, quizás con un poco de morbo y porque realmente sigo pensando que es la mejor manera de tomarla, que cuando lo hiciera, introdujera el termómetro en su ano.

Con bastante recelo, terminó por aceptar finalmente que la inyectara, no sin repetir su negación varias veces, pero, dado su frágil estado, terminó por ceder finalmente y, mientras soltaba el broche del pantalón se recostó de bruces en su cama.

Me acerqué por detrás y le bajé de un tirón el pantalón hasta media pierna, ocasionando que ella tratara de levantárselo nuevamente. Instintivamente, sin meditarlo, le apliqué un par de nalgadas por hacerlo y le dije que se quedara quieta. Casi de inmediato me disculpé, pero no recibí respuesta alguna y solo vi como fruncía las nalgas y ocultaba la cabeza apretándola contra la cama. Observando esto y más envalentonado, cogí con mis dos manos su calzón (negro de poliéster) por la banda superior, a la altura de las caderas y de un golpe se lo bajé hasta la base de las nalgas, descubriendo a mi vista un par de blanquísimas carnes con una ligera coloración rosada en una de ellas (la izquierda). En ese momento, vi como tensionaba aún más las nalgas y le indiqué que debería relajarse para recibir la inyección, pero sólo recibí su silencio. Paso seguido, busqué la jeringa y recién me percaté que no tenía el algodón y el alcohol, por lo que le pregunté donde los tenía. Sin moverse y con la boca apretada contra la cama, me dijo que buscara en su ropero, mientras permanecía así, expuestas sus nalgas a mi ansiosa vista.

Una vez obtenidos ambos elementos, volví donde ella y procedí a limpiar la superficie donde aplicaría la inyección (escogí la nalga izquierda). Le pedí que pusiera sueltas las nalgas pero como no lo hacía, apliqué la técnica aprendida de dar unas palmaditas hasta lograr que finalmente estuvieran más sueltas (debo decir que fue un gran deleite para mí, puesto que las palmadas consistían en rítmicos y suaves golpes de mis dedos contra esas suaves carnes contenidas por una piel firme, como pude comprobar). Cuando vi conveniente, pellizqué una extensión apropiada de su nalga e introduje la aguja con un suave golpe que al parecer apenas percibió, para luego proceder, previa comprobación de que no había perforado ningún vaso, a introducir suavemente el viscoso líquido. Ella empezó a quejarse por la sensación de dolor (la penicilina benzatínica es una inyección bastante dolorosa), por lo que disminuí la presión en la base superior de la jeringa y me di todo el tiempo del mundo para aplicársela. Cuando terminé, jalé la jeringa y vi como salía un poquito de líquido blanquecino del pequeño hueco que dejó, por lo que presto acudí con el algodón empapado en alcohol para proceder a friccionar ese espacio. Instintivamente, coloqué con descuido mi mano libre sobre la otra nalga y, cayendo en cuenta, también se la acaricié. ¡Vaya que me puse cachondo con ello! Más grato, sin embargo, fue ver que ella me dejaba hacerlo. Cuando concluí este impensado sobeo que se prolongó por unos deliciosos e interminables instantes, casi de manera natural, le aplique unas cuantas nalgadas más y le subí los calzones, indicándole que podía vestirse.

Lentamente, mientras se incorporaba de la cama, giró su rostro hacia mí, aún dándome la espalda y pude observar, además del marcado rubor que inundaba sus mejillas, una amplia sonrisa que contagiaba hasta a su mirada, mientras me agradecía y me pedía que volviera al día siguiente para colocarle la otra inyección y ponderaba mis dotes de enfermero.

Ah! Me olvidaba, sí terminé, aunque no ese día, tomándole la temperatura rectal y puedo confesarles que le coloque muchas inyecciones más, que le di muchas nalgadas (aunque nunca disciplinarias como siempre deseé hacerlo) y que acaricié aquellas carnes a lo largo de todo ese año que permaneció cerca de nosotros.

El resto, me lo guardo en un rinconcito especial de mi memoria.

En La Paz, a 22 días de marzo de 2006

 

Justiciera Argentina: la superheroína nalgueada

Autor: Máximo Cozzeti


Ivana estaba preparando el desayuno para su hijo Matías, que debía ir a la escuela al mediodía. Aquella mañana se presento soleada y calurosa, pero con la humedad típica de Buenos Aires. Todo marchaba como un lunes común y corriente: su marido en el trabajo, su hijo jugando al futbol con un amigo en el patio, y ella preparando el desayuno para luego ir a dar sus clases de aerobic en el gimnasio de su barrio.
De repente, su pequeño hijo entra sobresaltado a la casa, junto con su amigo:
-Maith, que te pasa? Pregunto la joven madre.
-Mama, estábamos jugando a la pelota y sin querer se nos cayo en el patio de al lado, donde vive don Ramírez y doña Doris, agarraron el balón y se lo llevaron adentro, y luego nos amenazaron diciendo que si volvíamos a arrojar otra cosa en su casa, nos iban a dar una alísalos ojos del niño de 10 años permanecían abiertos mientras relataba lo ocurridota madre intento calmarlo:-Bueno hijo, no te preocupes.Yo voy a hablar con ellos, Ho en todo caso te compro otra pelota de futbol.
 Ivana no podía dejar pasar esto: tenia que recuperar la pelota. Don Ramírez y Doña Doris son una pareja de ancianos que viven en ese barrio prácticamente desde que se creo: Don Ramírez es un viejo que odia a los chicos: antipático, malhumorado, anticuado, siempre encuentra algo para quejarse; a sus 80 años discutió con muchos vecinos, pero aun así respetan enormemente a este hombre calvo, de estatura mediana, y de poblados bigotes blancos.
Doña Doris es prácticamente la versión femenina de Ramirez:sus características físicas son típicas de una señora de barrio:cabello canoso, recogido con un rodete, el rostro provisto de arrugas, delgada, algo encorvada, y siempre se la ve con el mismo vestido largo adornado de lunares blancos; octogenaria igual que su marido, es una mujer de mucho carácter, quizás mas temperamental que don Ramírez.
-Estos viejos creen que pueden hacer lo que quieren-pensó Ivana.Pero aquel día iba a ser diferente.Ivana siempre tuvo admiración por superheroínas de los cómics, como Wonder Woman, y Supergirl.Estas justicieras eran portadoras de físicos perfectos, y es por eso que, intentando emular los cuerpos de sus idolas de la infancia, se convirtió en profesora de aeróbic entrenando duramente su cuerpo desde hace años, combinando el ejercicio físico con dietas estrictas, y vaya que logro grandes resultados.
Ivana debía hacer algo: el vecindario necesita una heroína, y ella es la indicada; esperó a que su hijo se vaya a la escuela, y dijo: estos vecinos van a pagar lo que hicieron...pero no responderán a Ivana González sino a...Justiciera Argentina!!!
Tomo una ducha rapida,y comenzó a diseñar su disfraz de superheroína basado en su propia imaginación: consistía en un antifaz celeste, con forma triangular en las puntas, el cabello largo y rubio atado con una cola que descendía sensualmente hasta la cintura, guantes blancos que le tapaban los antebrazos, costosas botas blancas bucaneras de tacos altos que le llegaban hasta la rodilla, una pequeña minifalda blanca y una ajustado top deportivo celeste, que dejaba al descubierto su abdomen plano y fibroso: lo único que llevaba debajo era una diminuta tanga blanca. El cuerpo de Justiciera Argentina era perfecto: el cabello rubio despedía un hermoso aroma, su piel tostada por años de tomar sol, senos sugerentes y bien levantados, el abdomen marcado, las piernas duras y torneadas, y unos glúteos firmes que cualquier supermodelo envidiaría.
El plan de Justiciera Argentina consistía en entrar a la casa de sus vecinos, intimidarlos y así recuperar la pelota de su hijo. -No será muy difícil.-Pensó la superheroína, solo debía darles un susto a los villanos.
La curvilínea justiciera salio de la ventana de su habitación, y de un salto logro inmiscuirse en el patio de los ancianos vecinos. Evitando que nadie la vea, intentó entrar por la puerta que afortunadamente estaba abierta. La puerta hizo un leve chirrido, pero los viejos no lo oyeron: Justiciera Argentina alzo la mirada y vio a don Ramírez y doña Doris sentados en el comedor, bebiendo tranquilamente un te...
-Señores, disculpen la molestia...vine a recuperar algo que ustedes tienen y no les pertenece!-La superheroína interrumpió abruptamente con un tono firme que dejo boquiabiertos a los dos viejos, a lo que don Ramírez llego a preguntar:-¿!Se puede saber quien es usted, y que hace en nuestra propiedad!?
La profesora de aeróbic se acerco, coloco sus manos a ambos lados de la cintura, y dijo: -Soy Justiciera Argentina, la superheroína del vecindario.- Al oír eso, el viejo lanzo una carcajada escupiendo el te, Ivana prosiguió:-Vine a buscar una pelota de futbol perteneciente a su vecino, quiero que se la devuelvan inmediatamente...de lo contrario, se las van a ver con Justiciera Argentina.
En ese momento, Ivana advierte que doña Doris se levanta lentamente de su silla:-Finalmente lo logre.-pensó la joven superheroína.-Se dispone a entregarme el balón.-
Pero don Ramírez interrumpió sus pensamientos:-Si, ya se de quien me hablas, le sacamos la pelota a ese mocoso de al lado, para que aprenda, y no se la voy a devolver, señorita. Y ahora vas a pagar un precio muy caro por haber entrado a nuestro domicilio de esa manera. De repente, Justiciera Argentina siente un fuerte golpe en la zona de sus nalgas que la hace perder el equilibrio:-Oooofff!!!-Exclama Ivana, cayendo boca abajo en la mesa que tenia enfrente, para luego sentir otro golpe mas en el mismo lugar, la justiciera nuevamente vuelve a quejarse. La habían golpeado con algo duro, aun encima de la mesa, intenta girar su cuello y distingue justo detrás suyo a doña Doris con una escoba en su poder, a punto de efectuar otro golpe mas con el palo de esa escoba: TOC!!!-AAAYYYY!!!!-El palo de la escoba emitía un sonido seco al chocar con las duras nalgas de Justiciera Argentina. La heroína se encontraba dolorida y asombrada, esto no estaba resultando como ella creía: intentando recobrar un poco de dignidad, la profe de aeróbic intenta reincorporarse tratando de escapar de esa posición tan lamentable en la que se encontraba, tan expuesta para seguir recibiendo escobazos por parte de doña Doris: Entonces Justiciera Argentina da un giro brusco apartándose de la mesa, pero los tacones altos patinaron en el resbaloso piso, dejando caer de culo a la rubia heroína:-OOOOWWW!!-Grito Ivana, pues su parte trasera aya estaba dolorida. Los viejos reían con sus escasos dientes al ver su infortunio, pero doña Doris no pierde tiempo, y antes que Justiciera Argentina pueda recomponerse, le conecta un severo puntapié en la entrepierna de la superheroína, que emitió un rugido de dolor: -YYYIIIIIIIIIIEEEEEEEEEEEEWW!!!!!!!!-Justiciera Argentina se retorcía en el suelo, tomándose la castigada vagina con ambas manos. Entre gritos y gemidos, oía a la vieja decirle: _ ¿Quien te pensas que sos, entrando así a la casa de dos personas mayores, maleducada? Ya vas a ver lo que hacemos con irrespetuosas como vos!
La dolorida superheroína se encontraba fuera de combate, esa patada en la zona genital la había dejado sin respiración, y no podía levantarse, mas lo peor era estar siendo sermoneada por su vecina como si fuese una chiquilla traviesa, obviando su rol de superheroína. Pero repentinamente sus esperanzas volvieron: Delante suyo, a escasos metros de distancia, se encontraba la preciada pelota de futbol de su hijo. Tomándose la entrepierna con una mano, Justiciera Argentina comenzó a gatear rápidamente ayudándose con su otro brazo para alcanzar el balón secuestrado, pero detrás suyo era inminente el ataque de la pareja de abuelos. En una hazaña muy inteligente, don Ramírez, aprovechando la postura de Justiciera Argentina, y evitando que ella logre recuperarse, se sienta encima de su espalda, colocando todo su peso en el cuerpo de la desventurada heroína, reduciéndola completamente: -Vos no te vas a ningún lado, oíste?.- Le dice don Ramírez. Ivana intenta desesperadamente quitárselo de encima, pero es inútil, y poco a poco se hunde en la impotencia de ver frente a sus ojos aquella pelota de futbol que la metió en este problema, y no poder acercarse y tomarla; al mismo tiempo, el peso del viejo sobre sus espaldas la estaba dejando sin respiración. La joven superheroína siente que don Ramírez le levanta la pequeña minifalda hasta la cintura, y junto con doña Doris, comienzan a nalguearla: _OOWOWOOWWWWOWWOWW OWW!!_ Las manos de doña Doris y don Ramírez golpeaban sin clemencia la exuberante cola de Justiciera Argentina, apenas cubierta por una diminuta tanga, que no protegía en absoluto sus nalgas. Sus botas bucaneras pataleaban sin cesar al ritmo de los terribles chirlos que los viejos le estaban propinando: la joven heroína sentía un dolor y una humillación nunca antes jamás sentida: se encontraba en el suelo, atrapada entre las piernas de un abuelo de 80 años que le daba nalgadas junto con su mujer...
_Aaayyy!!!! Basta, por favor!!!AAWWW!!! No pueden hacerme esto!!!_ Justiciera Argentina no podía creer que aquellos viejos golpearan con tanta fuerza, aunque los maléficos vecinos hacían oídos sordos de sus suplicas, hasta que Don Ramírez dijo a su mujer: _Vieja,  traeme el cucharón de madera. Al oír estas palabras, la desventurada heroína evoco un grito ensordecedor:-NOOOO!
_Te quiero bien calladita, o el castigo puede ser peor todavía_ Le murmuro el anciano, mientras acariciaba suavemente las redondas nalgas de Justiciera Argentina:_Esto te va a doler mucho, pero vas a terminar aprendiendo que con nosotros no tendrías que haberte metido_
Finalmente, Doña Doris se acerca con el cucharón en la mano, a la vieja le genero mucha bronca ver a su esposo tocándole la cola fraternalmente a la intrusa, y decidió interrumpir el momento dándole el primer azote con la cuchara en los grandes y enrojecidos cachetes de Ivana, que la hizo aullar.
_Acá tenes lo que me pediste_ Dijo secamente la vieja, como si nada hubiera ocurrido. El viejo comenzó a repartir impiadosamente una serie de azotes, mientras Justiciera Argentina se movía y se contorsionaba frenéticamente, pero era inútil: estaba atrapada y ya sin fuerzas para intentar quitárselo de encima. La madera de la cuchara le estaba dejando marcas muy visibles en el culo de Ivana, debía hacer algo urgente; don Ramírez se veía muy entusiasmado castigando sus nalgas, y algo le decía que no iba a detenerse. Justiciera Argentina, en un intento desesperado por escapar de tremendo castigo físico, tomo del cuello a Don Ramírez usando sus largas y esbeltas piernas, y tomando impulso intento quitárselo de encima, pero lo que logro fue meter la cabeza del viejo en el medio de sus glúteos. Aunque esa no fue su intención, logró su cometido que era ganar tiempo y huir. Don Ramírez quedo con su cabeza en la raya del trasero de la superheroína, que impulsando su cintura hacia atrás, logro deshacerse de el; los reflejos y la velocidad de Don Ramírez hicieron que se demore en incorporarse y Justiciera Argentina aprovecho la oportunidad: era ahora o nunca; Comenzó a correr, atravesó el living, la puerta de entrada, y se encontraba en el patio: debía olvidarse de la pelota de su hijo y pensar en la salud de sus nalgas, la joven heroína había llegado a la conclusión que su misión fue un fracaso y su plan de ataque fue un desastre. La castigada heroína sentía la voz de los viejos que la perseguían: _veni para acá!!!_. Si bien sus piernas eran más largas y ágiles, los tacones altos de sus botas bucaneras y el tremendo dolor en sus nalgas le impedían correr rápidamente y sus temibles villanos estaban a unos pasos de acercarse a su presa. Justiciera Argentina se encontró frente al enrejado que rodeaba la casa de los ancianos, y opto por pasar a través de las rejas, pero fue lo mas erróneo que podría haber hecho: milagrosamente su cabeza y sus enormes pechos atravesaron el enrejado, pero su cintura quedo atascada: Justiciera Argentina intentaba impulsarse con las piernas, pero era imposible, y lo peor de todo es que un numeroso grupo de curiosos vecinos se acerco a ver el espectáculo, incluyendo su marido, Pedro.
_No se queden ahí mirando!!! Sáquenme de acá!!!_ Gritaba histéricamente la humillada superheroína, pero don Ramírez le retruco: _ No la ayuden. Esta señorita  se metió en nuestra casa sin permiso, y ahora vamos a enseñarle que tiene que respetar a sus mayores._ Los vecinos asintieron, y la heroína se encontraba perdida: _No señor, por lo que mas quiera, ya aprendí la lección!!! La nalgueada superheroína rogaba desconsoladamente, mientras veía la expresión atónita de su marido al ver esa situación tan peculiar: La humillación de Justiciera Argentina era completa, pero al menos se sintió aliviada al saber que su antifaz cubría su rostro y su esposo no sabia que era ella. Doña Doris, en tanto, le levanta la faldita exhibiendo su preciosa cola en forma de manzana frente a toda la multitud, las nalgas maltratadísimas rebotaban y se movían desesperadamente, intentando evitar lo inevitable. La vieja, obviando sus suplicas, toma con su arrugada mano la parte de atrás de la pequeña tanga blanca de la superheroína, y la jala fuertemente para arriba, dejando aun más al descubierto su culo: _ OOOHH!!!_ Se quejo la rubia justiciera, y Don Ramírez retomo el castigo pendiente con el cucharón de madera, mientras decía entre dientes: _Esto es por querer escapar...CRACK! CRACK!
Justiciera Argentina lloraba sin cesar. Las lagrimas recorrían  su antifaz mientras la muchedumbre allí reunida observaba aquel extraño espectáculo: Justiciera Argentina podía ver como su marido se descomponía de la risa, mientras gritaba:_ Mas fuerte, don Ramírez, mas fuerte!_ El castigador vecino propino unos 30 azotes, que fueron suficientes para que las nalgas de Ivana le quemen como el fuego mismo: La nalgueada superheroína aullaba como una gata en celo, su cabeza colgaba inerte del otro lado de la reja, con su largo cabello rubio que tapaba su llanto.
_Ya no hay nada mas que ver acá, múdense todos para su casa!_ Ordeno Doña Doris con su manera tosca de decir las cosas. Los vecinos, incluso el esposo de Justiciera Argentina, obedecieron a la anciana. Haciendo un poco de fuerza, don Ramírez logro separar un poco las rejas que aprisionaban a la nalgueada heroína; finalmente estaba libre, al menos eso pensó ella...
Al liberarse de las rejas, Ivana cayo desplomada en el piso, tomándose las nalgas y refregándoselas freneticamente. Sin ningún tipo de piedad, doña Doris la tomo de la oreja como si fuera una niña traviesa: _ Veni para acá_
_AAAYY!! No por dios, señora, no me quedan fuerzas para nada, mi culo esta en llamas, apenas puedo caminar! ay! Mi oreja!! Me duele!!!. Justiciera Argentina estaba siendo honesta, pero la anciana no le prestaba atención. Finalmente la pareja de castigadores y nuestra heroína se adentran nuevamente a la casa, entonces el viejo la toma fuertemente de ambos brazos y le dice a su mujer: _Doris, sacale la pollera_ La vieja le quita la falda fácilmente._La braguita también._ Ordena don Ramírez. La pobre heroína sentía escalofríos mientras sentía los dedos de la anciana bajarle la tanga lentamente; Justiciera Argentina ya no podía defenderse, había perdido todo su orgullo, y los viejos lo sabían. Don Ramírez deposita a la nalgueada joven sobre las rodillas de doña Doris, mientras el sostiene sus manos. La vieja empezó a nalguear a Ivana con dureza, y al unísono, la regañaba como si de una niña se tratase: _Toma esto...SPANK!!Y esto!! PAF!!!Te crees que vas  hacer lo que queres...SPANK!!! Ahora vas a aprender a comportarte con las personas mayores...toma!!SPANK!!!
Ivana gritaba, rogaba, lloraba a mares, hasta que afortunadamente para ella, el castigo llego a su fin. Ivana estaba agotadísima luego de la terrible tortura a la que fue sometida, sus lágrimas caían a través de su antifaz para mojar los pantalones del viejo, que seguía sosteniéndole los brazos. Ivana, aun en las rodillas de doña Doris, empezó a sentir que la mano de su castigadora vecina comenzó a masajearle suavemente el dolorido culo, haciendo movimientos circulares todo alrededor de los glúteos que si bien no calmaban el terrible dolor, eran muy relajantes. Justiciera Argentina sollozaba cada vez menos, mientras Doris proseguía con aquellas caricias tan suavizantes alrededor de toda la zona afectada, que a pesar de verse visiblemente lesionada, conservaba esa forma perfecta. Ivana entrecerró los ojos con su cabeza apoyada en las rodillas de don Ramírez que comenzó a acariciarle la cabeza mientras la mano de la anciana hacia lo propio con su trasero. Así estuvo unos quince minutos, por un momento se durmió profundamente debido a las suaves caricias de la vecina y el agotamiento físico que sufrió aquella tarde, hasta que oyó la voz de doña Doris que le ordeno ponerse de pie, y saliendo de la tranquilidad que le proporcionaron los masajes, se dio cuenta que estaba casi desnuda: había sido despojada de su minifalda y su ropa interior. Totalmente avergonzada, se tapo su parte mas intima, y dijo: por favor señora, puede darme la ropa?_
_Nada de eso, querida. La falda y las bragas se quedan acá, y no quiero escuchar una sola queja, o te voy a dar tal paliza que no vas a poder caminar por semanas.
_Exacto. La pelota y tu ropa se quedan acá._ Interrumpió el viejo.
Justiciera Argentina se moría de vergüenza: el balón, su minifalda y su tanga eran trofeos de guerra, la vieja se llevo las prendas de la superheroína mientras ella miraba sin poder hacer nada, lo único que llevaba puesto eran los guantes largos, el antifaz, el top, y debajo las costosísimas botas bucaneras. Lo peor de todo es que su marido ya estaba en su casa, y no podía entrar por la puerta, pues la descubriría.
La dolorida superheroína, nalgueada a base de manos, un palo de escoba, y una cuchara de madera, les imploraba con la mirada, sin poder soltar una palabra, a la par que se tapaba su vagina con ambas manos, pero los vecinos permanecía inmutables, hasta que doña Doris le clavo una mirada intimidante a Ivana y le dijo: _Ah, no te vas a ir?? No fue suficiente? Ya vas a ver..._ La vieja arremango su anticuado vestido, y tomo un rebenque que colgaba de la pared. Justiciera Argentina sabía muy bien que la malvada vecina no dudaría en usar ese rebenque contra sus enrojecidas nalgas. No lo dudo mas: La derrotada y humillada superheroína opto por salir corriendo de esa casa del infierno en la que no solo quedo secuestrado el balón de su hijo, sino también la minifalda y la tanga....la semidesnuda heroína corrió atravesando el patio de la casa de sus castigadores vecinos, hasta que logro alejarse de los inminentes fustazos: Detrás de ella oía las risotadas de los viejos que la veían huir disparada, con el culo al aire. Justiciera Argentina entonces, entro por la parte trasera de su casa, la única entrada que tenia era la ventana de su habitacion. Evitando hacer ruido, la joven logro meterse en su cuarto. Rápidamente se quito el antifaz, las botas, y los guantes, y se puso su ropa deportiva que usa para dar sus clases de aeróbic: una musculosa negra, una bincha para sostener el cabello, zapatillas blancas y unas apretadísimas calzas negras: Ivana rechinaba los dientes, evitando dar un alarido de dolor provocado por el simple roce de la calza contra su culo, hasta que con muchísimo esfuerzo,  logro meter su trasero en ellas.
_Ivana, no sabia que estabas en casa_ Pedro, el marido de la nalgueada heroína estaba frente a ella.
_AY! Amor...si...no, ya me iba al gym, se me hizo un poco tarde._ Contesto nerviosamente Ivana, casi balbuceando._ Que raro, yo estoy acá desde hace una hora, me entretuve viendo lo que ocurrió en la casa de don Ramírez, te enteraste?_
_No, no me entere de nada..._Ivana baja la mirada y pretende retirarse evitando aquel momento tan incomodo, pero repentinamente, el esposo la toma del brazo y la pone sobre sus rodillas.
_Pedro...que estas haciendo, estupido??? Soltame!!! Soltame inmediatamente, carajo! Sacame las manos de encima, te voy a matar!!!!_ Ivana, sobre las rodillas de su marido, pataleaba, intentaba salir de esa penosa posición que ella ya conocía...El hombre le quito las calzas, y sin apiadarse de sus castigadas nalgas, comenzó a darle unas buenas nalgadas.
_Sabia que eras vos, pude reconocerte, y dejame decirte algo: Te tenes bien merecido lo que nuestro vecinos te hicieron, eso quizá te enseñe a que los problemas se resuelven de otra manera...toma!!! PLAS!!!PLAS!!!! Ivana gritaba y lloraba, mientras a lo lejos, doña Doris y don Ramírez oían su llanto y sus quejidos que les resultaron muy familiares: El viejo miro a su mujer y sonrieron al darse cuenta que la heroína que tan mal la había pasado en su casa era nada menos que la joven y atractiva vecina de al lado, que ahora seguía sufriendo un castigo en su propio hogar. Al otro día, Ivana opto por comprarle una pelota a su hijo...y es algo que debería haber hecho desde el principio. Aun así, ella sabe muy bien que Justiciera Argentina volverá a las andanzas...


FIN

Ángela, los dos lados del Spanking

Autor: Cars

Una tímida sonrisa afloró a los labios de Ángela cuando vio la timidez de aquel muchacho de piel morena y apunto de cumplir los dieciocho años que se desnudaba ante su mirada atenta. Desde donde ella le observaba pudo apreciar como la piel se le ponía de gallina al contacto con la frialdad del ambiente, que si bien no era incomodo si era apreciable, máxime si  tenemos en cuenta la desnudez, que salvo por unos slip el joven mostraba. Sus manos instintivamente se cruzaron intentando tapar aquella su entrepierna.

Ángela le hizo una seña, y él se acercó tímidamente hasta que llegó a su lado. Sus miradas se cruzaron, y ella le dedico un guiño a la par que le rodeaba con su brazo la cintura. Ambos sintieron la tibieza de la piel con aquella caricia. Su mano recorrió la espalda del joven hasta que llegó al firme trasero. Dejó la mano sobre sus nalgas, mientras que dejaba que el silencio impregnara cada fibra de aquel cuerpo que latía junto a ella.

Aquella habitación se convirtió en un pequeño oasis en el que cada uno se servía del otro para colmar sus necesidades, y ambos se complementaban una vez por semana, bebiendo del otro aquel néctar que ansiaban como el aire que respiraban. Las palabras sobraban, ellos no las necesitaban. Cada uno sabía lo que esperaba del otro por lo que cuando Ángela empujo la espalda de él, aquel joven no necesito nada más. Su cuerpo se movió lentamente hasta colocarse de bruces sobre el  regazo de aquella mujer a la que durante  los últimos meses le entregaba su voluntad cada jueves a las cinco de la tarde.

Ángela dejó descansar su mano izquierda sobre la espalda, mientras que con la derecha comenzó a masajear su trasero. Tras unos minutos en los que el muchacho pareció adormecer, la mujer levanto un poco la pierna derecha, dejando un poco más expuestas aquellas nalgas juveniles. Y de una forma pausada pero enérgica, alzo la mano, y el sonido del primer azote desalojó al silencio reinante hasta ese instante en la habitación. Los azotes se sucedieron Ángela alzaba una y otra vez la mano dejando cada vez una azote enérgico y perfectamente calculado. Poco a poco su mano recorrió cada centímetro de aquel trasero. El sonido opaco debido a la prenda de ropa que se interponía entre su mano y aquellas nalgas eran el testigo del castigo que estaba recibiendo aquel joven. El calor fue aumentando, a la par que el dolor de aquellas palmadas iba quebrando la voluntad de no llorar. Ella lo sabía, y por eso aumento la cadencia de los azotes, y la fuerza que imprimía a cada uno. La velocidad fue en aumento, y sin poderlo controlar, las lágrimas aparecieron en los ojos de aquel muchacho nublándole la visión. Ángela mantuvo aquel ritmo por casi diez minutos en los que el chico comenzó a moverse sobre las rodillas de ella intentando inútilmente evitar el aluvión azotes que le estaba administrando.

Ella se detuvo. Los azotes dejaron paso a las caricias, y el llanto al sollozo.        

-¿Estas bien?- Le susurró ella mientras que acariciaba la cabeza del muchacho.

-¡Sí! –Fue su escueta pregunta.

            Las caricias y el calor que emanaban de sus nalgas le sumieron en un extraño ensueño, alentado por las palabras susurradas por aquella mujer que llegaba a la frontera de los cincuenta años, pero que aun conservaba una gran belleza y mucho atractivo, unido a una excepcional forma física. Poco a poco el dolor que sentía fue despertando una excitación. Ángela sonrió al notar aquel miembro latiendo contra su muslo y le indicó que aquel muchacho estaba preparado para continuar, por lo que se agacho un poco para poder recoger una zapatilla de tela con cuadros rojos y suela de goma amarilla. El joven acarició la pantorrilla de Ángela y cerro los ojos esperando el primer zapatillazo que no tardo en llegar.

            La zapatilla golpeo aquellas nalgas reavivando el dolor que se había apaciguado. El sonido amortiguado por la prenda de ropa que llevaba llenó de nuevo la estancia. Aquel primer azote no fue excesivamente fuerte, y a éste le siguieron otros de una intensidad similar. Ángela no parecía tener prisa y azotaba ligeramente toda la superficie de aquel trasero expuesto. Alternando los zapatillazos en ambas nalgas. Parecía estar realizando un dibujo que solo ella podía ver. Los minutos pasaban y ella continuaba golpeando sin ejercer prácticamente fuerza, solo la inercia y el peso del calzado iban provocando que la excitación aumentara. Ella se detuvo. Era una señal que el joven reconoció como el preludio de una azotaina más severa. Cuando cayo el siguiente azote, lo hizo con más fuerza. Ángela comenzó a imprimir gradualmente más fuerza y más rapidez al castigo. Tras pocos minutos el chico comenzó a llorar como un descosido, y su mano intentó cubrir las nalgas que eran azotadas con gran energía. Ángela retuvo la muñeca del chico en la espalda mientras que proseguía con el castigo.

Si alguien entrará en esos instantes en la habitación, creería estar presenciando una escena de gran violencia, aunque en realidad estaba ante una situación anhelada por ambos, carentes de cualquier sentimiento de enfado o ira. Cada uno estaban donde realmente ansiaban estar, por lo que aunque el muchacho se debatía sobre las rodillas de Ángela, ésta continuaba azotando una y otra vez a aquel muchacho que se abandonaba a sus deseos más secretos.

El dolor estaba apunto de llegar al umbral de la resistencia del chico. Ella se detuvo. Dejo caer la zapatilla ante el muchacho. Y comenzó ha acariciar el trasero, del que emanaba una enorme cantidad de dolor.

Ángela ayudo a incorporarse al chico. Su cuerpo temblaba en medio de un llanto que podía parecer desalentador. Ella le abrazo y le beso en la cabeza, mientras le susurraba palabras de cariño y aliento. Las lágrimas empaparon el pecho de ella. Tras unos minutos Ángela separo al chico y colocó un pie en la silla, después estiró la mano y cogió la del muchacho, tirando de él. Con delicadeza le recostó  en su muslo y lo acomodo a su gusto. Después cogió un cinturón de cuero que colgaba del respaldo de la silla. Lo sujeto por la hebilla, dando un par de vueltas sobre su mano. Puso de nuevo la mano sobre la espalda del chico, y alzo la mano. El cuero impacto sobre las nalgas, en un golpe perfectamente medido. Después unos segundos de reposo y nuevamente el cuero golpeo los glúteos. Ángela dosificaba los correazos y los tiempos de reposo hasta alcanzar los treinta azotes. Después se detuvo y dejó la correa donde estaba antes. El chico era un mar de lágrimas. Ella le ayudo a incorporarse. Lo abrazo nuevamente y le beso en la frente. Después se sentó en la silla y le bajó lentamente los calzoncillos.

Ángela esbozó una sonrisa al ver la erección del muchacho. Después acarició las nalgas recién castigas. Mostraban  un tono rojo intenso.  Poso su mano para sentir el calor que emanaba de aquel trasero. Tras indicarle que pusiera las manos en la nuca, palpo y masajeo los glúteos.

            -¡Ahora ve a tu rincón! Espera a que te llame para la segunda parte de tu castigo. –Le ordenó mientras que sentenciaba sus palabras con un enérgico azote.-  

El muchacho se dirigió al ángulo recto que formaban dos paredes, y se colocó cara a la pared, con las manos en la nuca. Ella se reclinó en la silla y miró por los ventanales que se encontraban a la izquierda del rincón donde esperaba él. Ángela cruzo las piernas y echo una mirada. El enrojecimiento del trasero resaltaba sobre la piel del chico. Fuera comenzaba  a llover. El agua repicaba en el cristal. El ritmo ya frenético de una ciudad se vio aumentado por los que corrían para protegerse de la densa cortina de agua que bañaba las calles.

Ángela dejo volar su mente, y los recuerdos la llevaron a una tarde también lluviosa del invierno del año 1969 habían pasado ya treinta y cuatro años. Aquel día fue uno de los tantos vividos en aquellos años que se quedaron grabados a fuego en su mente, y que de una forma u otra, fueron los que encauzaron su vida, para que hoy estuviera en aquella estancia, esperando para volver ha azotar a un jovencito que lo deseaba tanto como ella. Aquel día en cuestión era especial. Acababa de cumplir los dieciséis años, y como hoy la lluvia golpeaba los cristales del autocar que le conducía al orfanato en el que pasaría los dos años siguientes, y que marcarían para siempre su futuro.

 

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Las muchachas comenzaron a bajar del autocar que las había conducido desde varios lugares del país. Ante sus ojos se presentó un edificio de piedra antiguo y robusto, rodeado de un gran terreno rodeado de una tapia de unos tres metros de largo. Aquel terreno estaba plagado de árboles y setos perfectamente cuidados. Ángela no parecía impresionada por las dimensiones de todo lo que la rodeaba. Ante las grandes puertas del Colegio para Señoritas que sería su hogar los siguientes dos años, le esperaban unas cuarenta chicas de edades muy diferentes perfectamente formadas. Delante de ellas había cinco mujeres cuatro de ellas con hábitos de monja. La otra mujer era más alta, llevaba un traje gris de falda y chaqueta, bajo la que se dibujaba unos senos notablemente grandes. Calzaba unas botas negras, pero lo que más impresionó a Ángela era la penetrante mirada con la que las observaba. A unos metros de aquel grupo, formaba uno más reducido, formado por seis chicas dos de ellas tenían unos doce años, las otras cuatro eran mayores casi la edad de Ángela. Delante de ellas formaban otras tres chicas mayores vestidas con el mismo uniforme gris y blanco de las demás, pero a diferencia del resto que llevaban mocasines negros, ellas calzaban botas negras. Tras una seña, las tres muchachas, se acercaron al grupo de recién llegadas, y a empujones las obligaron a formar. Ángela echo una mirada a su alrededor, y contemplo como se alejaba el autobús por el sinuoso camino de tierra por el que había llegado.

            -¡Bienvenidas Señoritas! –Comenzó a decir en voz alta aquella mujer las escrutaba con la mirada.- Aquí van pasar unos años, hasta que cumplan la mayoría de edad. Y pueden pasar dos cosas.

            El miedo comenzó a instalarse en el corazón de cada una de aquellas jovencitas. En el de todas salvo en el de Ángela, ya que en su corazón solo existía rebeldía.

                        -¡Aquí pueden estudiar y sacar provecho al tiempo! –Continuó diciendo.- o pueden perder el tiempo. A mi me da igual, pero lo que tendréis que hacer, es  obedecer todas y cada una de las normas del centro. Y para esto no hay opción, y cuanto antes lo entendáis, más sencillo será todo. Si sois obedientes y hacéis caso a las hermanas y a vuestras compañeras instructoras todo ira sobre rueda, pero sino habrá consecuencias, y me ha parecido instructivo que las conozcáis hoy mismo.

            Mientras que hablaba, una chica vestida de sirvientas salió del edificio y coloco una silla delante del grupo. Entonces, Una de las instructoras, saco a una chica pelirroja de las seis que esperaban apartadas. A empujones la obligo a apoyar las manos en la silla, la joven lloraba mientras se mordía el labio. Ángela abrió los ojos al máximo intuyendo lo que iba ha ocurrir pese a no dar crédito a lo que vía.  

            Cuando la joven estuvo colocada, una monja se acercó a ella, levantó el pie y se descalzó una alpargata  de suela de esparto. –Vuestra compañera va a recibir treinta alpargatazos por fumar, aquí esta prohibido fumar.- Cuando la mujer terminó de hablar, la monja comenzó con el castigo. Uno a uno fue asestando los treinta azotes sobre el trasero de la chica que se debatía y lloraba con cada uno, mientras la instructora se encargaba sujetarla. Algunas chicas apartaron la vista y un murmullo se instauró entre las recién llegadas. Al terminar, la monja regreso a su lugar, mientras que la joven era conducida al interior del edificio. Después le llego el turno a otra de las muchachas, que recibió otros treinta golpes, esta vez con una regla. Los minutos iban sucediéndose, mientras que aquellas imágenes se iban grabando en la mente de Ángela. Un mar de emociones le inundo todo su ser. Después les llego el turno a las más pequeñas. Una instructora de melena rubia cogió del brazo a una de ellas y la condujo hasta la silla, se sentó y recostó a la niña sobre su regazo, después comenzó a administrarle una severa azotaina con la mano. Los azotes caían sobre el trasero en medido de un mar de lagrimas de la joven. La instructora parecía disfrutar con aquella situación. Poco a poco fue aumentando el ritmo del castigo. Tras largos minutos se detuvo. Sin ningún miramiento condujo a la niña dentro del edificio.

            Durante la cena Ángela y sus compañeras no mencionaron los acontecimientos de aquel día, pero por la noche aquellas escenas la asaltaron, y sin saber porque una extraña excitación hizo que se despertará sobresaltada.

            Durante las semanas siguientes a su llegada, los castigos fueron sucediéndose por los motivos más simples. Cada día eran tres o cuatro las jóvenes que recibían azotes no solo de las mojas o la directora, sino que las instructoras no dejaban pasar la mínima oportunidad para zurrar a sus compañeras.

            Una tarde, Ángela salía de la ducha, y tropezó con una muchacha que se disponía a entrar.

–Al menos pide disculpa. –Le grito la muchacha con gran soberbia.

Además de torpe eres mal educada.

                        -Eres idiota o te lo haces. –Le respondió levantando la voz.- La que tienes que mirar por donde va eres tú.

            La muchacha sin mediar palabra soltó una bofetada que Ángela no pudo esquivar. En el acto ambas chicas comenzaron una pelea que les llevó rodando por el suelo. En pocos segundos el baño se llevo de chicas gritando mientras Ángela seguía golpeando a la otra donde podía.

            Tras unos minutos dos mojas irrumpieron disolviendo el grupo de jóvenes, y con cierto esfuerzo separaron a los dos que se golpeaban a diestro y siniestro. Después, fueron arrastradas literalmente hasta la habitación de la directora, que se encontraba en camisón dispuesta a dormir. Ambas chicas permanecieron de pie en silencio mientras que la directora las observaba. Ángela tenía algunos arañazos, pero la peor parte se la llevo su compañera. Marta era  una chica un poco más baja que ella, tenía el pelo negro y corto. Sangraba abundantemente por la nariz, y el labio.

La habitación en la que se encontraban era muy amplia, estaba dividida en dos salas, una de ellas era el dormitorio, y en la que se encontraban el lujo lo llenaba todo, estaba decorado como una sala de estar. Junto a la ventaba había una gran mesa de madera finamente tallada en la que la directora trabajaba a menudo hasta altas horas de la noche.

                        -Vaya Ángela, -comenzó a decir la directora mientras se acercaba a Marta y le acaricia la mejilla.- me preguntaba cuanto tiempo tardarías en provocarme.

                        -No he empezado yo

                        -¡Silencio! –Le gritó.- Crees que no he notado como me miras, con que arrogancia te diriges a tus profesoras.

                        -Señora, yo no tengo arrogancia.

                        -¡Que te calles! –Repitió mientras le abofeteaba.- Ya verás como aquí vas a aprender que no debes hablar sin permiso.

            Tras eso, hizo una señal a las monjas que esperaban en silencio, una de ella tiro de Ángela hasta el sofá, después la empujo sobre el respaldo, y mientras que una la sujetaba, la otra monja comenzó a azotarla con la mano. Los golpes eran duros. Ante la atenta mirada  la directora. Tras unos minutos, las monjas intercambiaron su lugar, y tras despojarla del pijama comenzó a azotarla de nuevo, pero en esta ocasión los azotes caían directamente sobre las nalgas ya castigadas de la joven. Después de largos minutos las monjas permitieron que Ángela se incorporara.

                        -¡No veo lágrimas en los ojos! –Sentenció la directora.-

            En el acto, una monja se sentó y obligaron a Ángela a tumbarse en su regazo, y comenzó a castigar la de nuevo, aunque en ésta ocasión lo hacia con una zapatilla de fieltro verde con bordes dorados y suela amarilla. Los zapatillazos caían una y otra vez sobre su trasero desnudo. Hasta que después de unos cuarenta azotes, las lágrimas comenzaron a rebosar de sus ojos. La moja parecía no detenerse, a pesar que el trasero ya presentaba algunos moratones en medio de la rojez que producía el castigo. La directora levanto la mano. La moja se detuvo. Ángela lloraba abiertamente, ante la mirada complaciente de las mujeres.

                        -Llevadla, a su cuarto. Yo tengo que hablar con Marta. –Dijo la directora.-

            Cuando se quedo a solas con Marta, la directora la cogió de la mano, y tiro delicadamente de ella. En su camino hacia el escritorio cogió una botella de agua. Una vez que llegó a la mesa, se sentó en la silla, y sentó a marta en su rodilla. Después con delicadeza mojo un pañuelo de tela y fue limpiado la sangre de la nariz y el labio. Marta comenzó a llorar, la directora le beso tiernamente en la mejilla y la abrazó. Suavemente limpio sus heridas, y le susurro palabras de consuelo. Después, se incorporó y la abrazó hasta que el llanto desapareció. Tras largos minutos miró a la joven a los ojos.

                        -¡Los siento! –Susurro-

                        -¿Qué sientes? –Le preguntó la directora.-

                        -Siento haberme portado mal.  Yo la provoque. 

                        -¿Por qué hiciste eso?

                        -¡No sé! Ella es guapa y parece que lo sabe todo.

                        -Tú también eres guapa. Y no puedes ir por ahí provocando peleas. Sobre todo si no las vas a ganar. Anda, ve a dormir

                        -¿No me vas a castigar? –Le preguntó Marta.-

                        -¡Debería! Pero creo que has aprendido la lección. Anda ve a tu cuarto.   –Mientras hablaba le dio un azote enérgico pero cariñoso.-

            Marta se dirigió a la puerta, al llegar se giro de nuevo.

-Directora. ¿Entonces porque me siento mal?

-A ver Marta acércate. –Le indicó mientras le estiraba la mano.- ¿No habrás provocado todo esto para que te castigue verdad?

-Bueno, es que….

-Marta, ¿si o no? –Le preguntó con firmeza, mientras le levantaba la barbilla para mirarla a los ojos.- ¡Y bien!

-Si. –Respondió susurrando.-

            La directora sonrió y la abrazó. Después se separó de ella y comenzó en dirección al dormitorio.

                        -Te espero en el dormitorio, ya sabes lo que tienes que hacer.

            Marta comenzó a desvestirse. Lentamente doblo su ropa y lo colocó en el sofá, después únicamente con la ropa interior y unos calcetines blancos, se acercó a la directora.

                        -¡Marta! –Le dijo endureciendo el tono.- Esto no se puede repetir. No te puedes portar mal, para conseguir mi atención. La próxima vez que quieras jugar, me lo dices.  Y por eso, hoy no va ha ser un juego.

                        -¡Vale! Pero es que me da vergüenza pedírtelo.

                        -Bueno jovencita, colócate aquí –Le indicó su regazo.-

            Marta sonrió y se tumbo donde le indicaba la directora. Tras unos segundos la estancia se lleno del sonido de los azotes que la mujer administraba sobre el trasero de la chica. La directora cambiaba el ritmo de los azotes, y poco a poco fue aumentando la fuerza con que azotaba. Tras largos minutos, se descalzo la zapatilla. Era un calzado pesado, con una gruesa suela de goma flexible, de fieltro color burdeos y abierta por el talón. Los azotes fueron cayendo sobre el trasero de Marta  de manera enérgica y meticulosa. Unos diez minutos después de comenzar la azotaina, la directora se detuvo, depósito la zapatilla en la cama, e incorporó a la chica.

                        -¡Gracias Ana! –Le dijo la chica mientras le daba un beso a la directora, mientras se frotaba las nalgas doloridas en medio de una sonrisa.- Buenas noches.

                        -No tan rápido jovencita. –Le dijo Ana mientras la retenía sujetándole por una mano, ante la sorpresa de la chica.-

                        -Tú querías estar aquí, lo empezaste, pero no significa que tú seas la que lo acabas. Aun no hemos acabado.

                        -¡Pero…! –Intentó protestar.-

                        -¡Ssssss! No quiero oír ni una palabra. –Le cortó tajantemente.- Te advertí que esto no sería un juego.

Mientras hablaba, comenzó a despojar a la joven de la pequeña ropa interior que cubría sus nalgas, tras lo cual la volvió a tumbar en su regazo. Pasó una de sus piernas por el de la chica, y después comenzó una tanda de azotes con la mano. La energía y rapidez de aquella azotaina provocó las lágrimas de Marta, mientras que una sonrisa apareció en los labios de Ana. Los azotes dieron paso a unas caricias, y un pequeño masaje en las doloridas nalgas de la joven. Tras aquel breve descanso, Ana prosiguió aquel castigo, pero esta vez fue el turno de la zapatilla, que impacto de forma enérgica al menos treinta veces. Las lágrimas empaparon las sabanas de aquella alcoba. Ana sentó a la joven en su rodilla, y lleno aquel rostro lloroso de besos y caricias, después se tumbo en la cama, y abrazo a Marta sobre su pecho, hasta que el llanto dio paso al sollozo. Tras unos minutos, extendió delicadamente una crema en aquel trasero enrojecido y dolorido por la paliza, después Ana la arropo a su lado y espero hasta que Marta vencida por el cansancio se durmiera. Eran las doce de la noche cuando la luz se apago y el sueño acampo definitivamente por todos los rincones del centro.

Cuando Ángela abrió los ojos, sintió como el dolor de su trasero había desaparecido prácticamente durante la noche, aunque el dolor de su humillación permanecía inalterado. Con paso lento se encamino a los árboles que rodeaban el centro. Eran viernes, y los próximos tres días eran totalmente libres, en los que la chicas podían hacer lo que desearan, salvo ausentarse del recinto. Ángela opto por alejarse de todos. Se sentía humillada, y confundida por los sentimientos que albergaba. Busco la sombra de un gran castaño, y se recostó en su tronco.

            -¡Qué haces aquí sola! –La voz de un hombre la saco de sus pensamientos. Instintivamente se levanto sobresaltada, hasta que reconoció al jardinero y mecánico.

-Quería un poco de intimidad. Odio este lugar y odio a todas esas brujas.

            Una abundante carcajada salió de la garganta de aquel hombre. Medía un metro noventa. Pese a no tener más de cuarenta años la piel estaba curtida por el sol y el trabajo duro. Ángela no pudo evitar fijarse en la excelente forma física que se adivinaba debajo de aquella camisa suelta.

                        -¿Qué pasa, te han castigado? –Indagó.-

                        -Anoche. Y fue humillante. Me voy a largar de aquí en cuanto pueda.

                        -Tranquila mujer, no es para tanto. Es todo como se mire. –Los ojos de Ángela se abrieron hasta el punto casi salírseles de las orbitas.- Lo que hoy es humillante, mañana puede no serlo.

                        -¿Cómo puede no ser humillante?

                        -Todo esta aquí –le dijo tocándole con el dedo la frente.- Tú puedes hacer que las cosas sean distintas.

                        -¡Ya! Si tú lo dices. –Le dijo ella, mientras que comenzaba a alejarse.-

                        -¿Quieres descubrir el otro lado de los azotes? –Ella se detuvo y se giro para mirarle.-

                        -¡Los azotes no tienen dos lados! –Sentenció.- Duelen y humilla. Eso es todo.

                        -¡Bueno! ¿Si tú lo dices? –Respondió con desdén y se encaminó a su cabaña.- Seguro hace falta más valor del que tú tienes para aprender.

                        -A mí no me falta valor para nada en ésta vida. –Le gritó ella mientras le seguí.- Pero no creo que haya que aprender nada.

                        -¿Tú crees? –El se detuvo y la miro a los ojos.- ¿Estas totalmente segura de eso? –Ella dudo, mientras que su corazón comenzó a bombear sangre a toda velocidad.-

                        -Si hay algo que aprender, -Dijo al fin ella.- ¿Tú me lo puedes enseñar?

                        -Solo hay una forma de aprender. –Se acercó más a ella.- Y si quieres aprender, tendrás que aceptar que te azote. –Ella sintió como el corazón le iba a mil.- Si estas decidida sígueme.

            El hombre comenzó a caminar. Ella le vio alejarse entre la maleza. Lentamente echo andar detrás de él. Su mente se hallaba en una nube. El hombre entró en una pequeña casa de madera en medio de aquel pequeño bosque, lejos de la vista del edificio principal. Dejó las herramientas en el suelo, y miró de reojo la silueta que se dibujo en el umbral de la puerta.

                        -¡Pasa y cierra! –Le indicó.- Solo te voy a poner dos reglas. –Ella se sentó en la mesa, mientras le miraba fijamente.-

                        -¿Cuáles?

                        -La primera es que si te quedas no te iras hasta el domingo por la noche. Si decides empezar, no podrás abandonar hasta el final.

                        -¿Y la segunda?

                        -La segunda es que jamás, jamás se lo contarás a nadie del centro. No mientras que tú y yo sigamos aquí. –El silenció se asentó entre ellos.-

                        -Esto es un error. –Ángela se levanto y se encaminó a la salida. Abrió la puerta y miró la vegetación que les rodeaba.- ¿A cuantas chicas has traído aquí?

                        -A ninguna. Nadie me pareció nunca interesante para enseñarle lo que sé.

                        -¿Cómo te llamas?

                        -¡Gabriel! –El hombre se desabrocho la camisa y se la quito, tirándola a un cesto donde la ropa se amontonaba.- Vete o quédate, pero decídete porque no tengo todo el día.

            La puerta se cerró de golpe. El se giró y entró en la cocina. Abrió el frigorífico,  y sacó una botella de leche. Después de camino al salón, recogió dos vasos. Al regresar Ángela continuaba de pie en la puerta tal y como él la había dejado.

                        -¿Quieres leche? -Ella se acercó y cogió el vaso que le tendía. Ambos se sentaron a la mesa.- Los azotes se pueden ser un medio de castigo, pero también una fuente de placer. Pero para que lo entiendas, debes experimentar los dos extremos. ¿Estas segura que quieres seguir adelante?

                        -¿Hablas mucho? –Le respondió ella con tono descarado.- ¿Tienes previsto preguntarme muchas veces lo mismo? –Dejó escapar una sonrisa-

                        -¿Siempre eres tan descarada? –Ella dio un sorbo de leche, y encogió los hombros.- Bueno, veremos cuanto te dura esa actitud. ¡Levántate, sacate la blusa y ponte de cara a la pared hasta que te llame!

                        -¡Si hombre!

                        -¡VAMOS! –Gritó Gabriel, mientras se levantaba y golpeaba la mesa con su mano.-

            Marta se sobresalto, estaba aturdida y comenzó a desabrocharse la blusa. El hombre le ayudo con cierta brusquedad. Ella se quedó únicamente con el sujetador. El la cogió por el brazo y mientras que le asestaba un fuerte manotazo en el trasero la condujo hasta un rincón. –No te muevas hasta que te llame.- Le dijo de nuevo, y volvió  a  soltar otro azote para reafirmar la orden. Pese a los vaqueros que llevaba, Ángela comenzó a sentí un leve picor en sus nalgas.

 

                                                                                                          CONTINUARA……

La lección de Lucía

Autora: caro (caroqferlini)

Corrían los años 90; las crisis económicas estaban a la vuelta de la esquina y en esa familia no era la excepción, el padre aunque nunca había puesto un dedo encima ni a su mujer ni a sus hijos no hacia otra cosa que gritarles y tratarles mal.

La mayor de sus hijos, Lucia, con mucho esfuerzo logro salir de ese circulo vicioso, se había encaminado en el mundo del estudio pero los recuerdos del pasado la atormentaban y poco a poco iba saliendo de pequeñas crisis que llegaban para hacerla amargar y sentir menos que los demás, poco a poco iba saliendo de esos estados pero llegó un momento en que ya no pudo evitarlos. La depresión la agarró desprevenida; siempre había sido muy fuerte nunca lloraba ni expresaba lo que sentía pero la depresión la traía de cabeza, no lograba controlar su llanto menos fingir una sonrisa, poco a poco ésta y todos sus males la consumían, empezó a fumar, a tomar en exceso y a pensar en el suicidio nunca había sido esa una posibilidad en su vida hasta que un día en un ataque de histeria se cortó la muñeca y sin percatarse de nada reventó su vena, la sangre corría a montones y tuvo que ser llevada al hospital por su padre.

Al llegar ahí fue atendida por un buenmozo medico Mauricio se llamaba este curo sus heridas y charlo con ella durante varios minutos, una vez cerradas sus heridas, entró su padre a la habitación furioso por semejante escena y le propino a la chica una sonora cachetada, ante esto ella claramente se hecho a llorar y el medico impactado le dijo al padre que esa no era la manera de disciplinar a su hija que si tan necesario lo veía la pusiera sobre sus piernas, pero ahí no era ni el momento ni el lugar indicados. Seguidamente hizo salir al padre de la habitación, ayudó a Lucia a calmarse y procedió a decirle: "mira lo que le dije a tu padre fue en serio yo en su caso te hubiera dado tu buena tunda en la cola por hacer esto".

Los días pasaron y ella debió quedar internado en el hospital por intento de suicidio por lo que Mauricio la visitaba a diario, pasaron las semanas y ellos se hicieron amigos, al tiempo ya eran novios Mauricio ayudaba a Lucia con su depresión y ella llenaba de luz su vida a pesar de sus bajones de animo, un día ya meses después de su intento de suicidio Lucia volvió a caer en la depresión, estaba sola Mauricio había salido de viaje por unos días y ella volvió a cortarse esta vez no se hizo mayor daño pero si lastimo su piel, al llegar Mauricio a casa noto a Lucia un poco decaída y vio la herida que aunque superficial destacaba en su brazo inmediatamente se preocupo, la reviso y pregunto porque lo había hecho ante su respuesta el le recordó lo que en un momento le había dicho a su padre que si estuviera el en su lugar le haría entender en la cola lo que ella era y lo significaba además del daño que se hacia por no querer ayudarse. Ya para ese momento Lucia lloraba desconsolada mas por el decepcionado Mauricio que por el castigo que le esperaba, el fue a la habitación, cogió un cepillo de madera, su cinturón y el paddle, la llamo al sillón y le hizo colocarse sobre sus piernas, Lucia no podía parar de llorar, el empezó regañándola por su comportamiento al mismo tiempo que chocaba las palmas de sus manos contra las nalgas de ella, lo hacia con la suficiente fuerza como para que ella diera unos  cuantos brinquitos pero no era suficiente.

Seguidamente hizo a levantar su falda con lo que ella se limito a tratar de evitarlo pero el tomo su brazo y lo prenso a su espalda impidiendo así que pudiese moverlo, acto seguido continuo con la descarga de nalgadas con su mano, luego le dio 100 veces con el cepillo y 100 veces con el paddle, Lucia gritaba, lloraba y suplicaba que por favor parase pero el no la escuchaba en lugar de eso le recordaba lo que en su momento le dijo a su padre y le dijo que esto no acabaría hasta que ella no comprendiera lo maravillosa chica que era.

Una vez terminado con los implementos de madera la hizo acostarse sobre la cama con dos almohadas bajo su vientre y se aproximo a darle 200 golpes con el cinturón, para ese momento Lucia ya no hay mas que llorar en silencio diciendo de vez en vez que había comprendido que lo que había hecho estaba mal y que nunca mas volvería a atentar contra su vida, sus nalgas estaban tan hinchadas, tan rojas que Mauricio decidió parar en ese momento el castigo, le ordeno quedarse así, trajo crema y la esparció por las turgentes nalgas de su novia lo cual proporciono alivio tan hermosa parte de su cuerpo, retiro las almohadas que estaban bajo su vientre y las coloco bajo su cabeza, le inyecto un tranquilizante en el brazo pues sabia que sus cachetes inferiores no lo soportarían, tendió una sabana muy liviana sobre ella y la dejo descansar no sin antes besar su frente y decirle al oído cuanto la amaba, mas que a la  vida misma y que su vida sin ella no tendría ningún sentido en absoluto.

Areana y Daniel

Autora: Rossy

Areana con un profundo suspiro metió la llave en la cerradura, sus manos temblaban al girarla, sabía que al traspasar el umbral tendría que tomar la decisión mas importante de su vida.

Lo había pensado, meditado, razonado y llegado a la conclusión  de que esa relación no la llevaba hacia ninguna parte, Sí amaba a Daniel, pero se sentía a veces a la deriva, navegando a merced de la marea sin rumbo fijo. Él era tan desesperantemente pasivo, tan enervantemente complaciente en todos los sentidos, si al principio era  maravilloso, hacía evocar a todo un caballero presto a cumplir los deseos de su dama, pero cuando estos se convertían en caprichos y aún así eran cumplidos a la mayor prontitud, dejaba de ser tan maravilloso.

Ella lo había calado varias veces, probando los límites, los cuales parecían ser  inexistentes. Esta ocasión volvía a casa después de una noche fuera, ella había planeado que fueran 3 días de ausencia, en los que esperaba que el entendiera que la relación iba cuesta abajo y que no existía ya remedio, le daría esos días para darse cuenta y que el mismo decidiera marcharse.

Pero la sorprendida fue ella, al recibir recién llegando al cuarto de hotel, en primer mensaje de texto al celular, en este mensaje, Daniel se notaba más preocupado que otra cosa, y Areana decidió simplemente no contestar, que se enterara por sí mismo que lo estaba dejando, a ese mensaje siguieron dos o tres más, y cada vez la preocupación parecía disiparse, a los mensajes sin contestar prosiguieron llamadas, primero cada hora, después se hicieron mas insistentes hasta el punto que eran realizadas no mas allá de cada 5 minutos. Esto la sacó un poco de balance, no se espera una reacción así, dudó entre contestar o simplemente apagar el celular y dejar pasar las horas en total incertidumbre, tanto para él como para ella, que no sabría si se habría resignado y marchado o aumentado su preocupación.

Apagó el celular durante unas horas durante las cuales decidió dormir un poco, para despejarse y pensar muy bien cuál sería su siguiente paso a dar. Al despertar y encender el celular lo que vió la dejó un tanto fuera de control: 10 mensajes de texto y más de 45 llamadas perdidas; al ir revisando los mensajes notó como pasaban de la preocupación a la desesperación, y de esta al enojo, pero los dos últimos la dejaron atónita, su estómago  vibró, sus sentidos se alertaron, no podía creer lo que leía y menos aun que pasara justo cuando ella daba ya todo por perdido creía que ya era demasiado tarde; los mensajes decían:

"Mi vida solo quiero que sepas que me tenías bastante preocupado pensando que algo te había pasado, llamé a tu oficina, familiares, incluso a hospitales, la llamada que me aclaró todo fue a Ana, la cual no queriendo me...."

Y ahí se cortaba, leyendo esto su decisión se transformó en enojo, furia, ¿pero quién se creía? Para estar llamando incluso a su oficina y familiares, y además tener la desfachatez de avisarle  y decirme "mi vida". No lo podía creer, ahora más que nunca corroboraba su decisión de dejarlo, y ya sin ningún tipo de contemplación, sería fría y crudamente ¡¿Pues qué se creía?!. Su enojo estaba al 100%, estaba a punto de llamarle y recordarle con toda la extensión de la palabra su árbol genealógico completo, cuando tomó el celular no pudo evitar mirar el otro mensaje, la continuación, el cual decía:

"contó tu plan, de irte de fin de semana sola, mi niña. Yo nunca he sido un impedimento para que te diviertas, pero este susto si que lo pagarás muy caro y encima la preocupación...."

 No!!! Se cortaba de nuevo, pero ahora no estaba ya tan enojada, más bien estaba consternada, este mensaje tenía aproximadamente 7 minutos de haber sido enviado, su mente daba mil revoluciones por minuto, su corazón latía a gran velocidad sus manos temblaban al sostener el teléfono, estaba sin aliento, decidiendo entre llamar o contestar... Con otro mensaje cuando el teléfono vibró de nuevo. Un mensaje... El cual decía:

"No puedo ya dejarlo impune niña mía, te he tolerado estas últimas semanas pero ya no puedo más, como te comportas como niña, como tal te trataré."

Ella no lo podía creer, ¿a que se refería? Ella no era ninguna niña, ¿Qué pasaba por su mente?, pero a la vez estaba nerviosa, ansiosa, un tanto aprensiva, ahora esperaba el siguiente mensaje con ansias contenidas, y le parecían eternos los segundos, hasta que llegó :

"Te informo NIÑA, que cada minuto que tardes en comunicarte, se estará sumando a tu ya de por sí crecida cuenta. Con amor Daniel"

 A mi larga cuenta?, fue lo primero que se preguntó Areana, crecida cuenta en respecto a qué? ¿De que hablaba ese hombre? No entendía mucho, pero le asombraba descubrir que ya no era tan grande la necesidad de alejarse, ahora sentía un hormigueo recorriendo su cuerpo, suspiró, tomó el teléfono y realizó la llamada que cambiaría su destino.

Daniel contestó, serio pero tranquilo, le dijo que se alegraba mucho de que estuviera bien, y adoptando un tono serio, le informó que estaba muy enojado y sobre todo decepcionado de ella, que se había comportado cual niña caprichosa y maleducada, Areana quiso decir algo, defenderse, pero El simplemente dijo: SILENCIO! No discutas, en un tono que no dejaba lugar a dudas de que ejercía en ese momento la autoridad necesaria, aun así Areana empezó otra frase  justificativa y recibió un "¡QUE TE CALLES!", ahí mismo ella supo que  había surgido el Daniel que ella siempre deseo junto a ella, al que siempre buscaba y parecía no encontrar, permaneció callada, Él le indicó que debía volver de manera inmediata y mientras más tardase más aumentaría su castigo .¿castigo? preguntó entre admirada y temeros, Si Niña, CASTIGO y te dije que te callaras, deja de discutir y por tu bien apresúrate a volver, que te estoy esperando. Y sin más se corto la comunicación.

Areana de manera casi mecánica tomó su pequeña maleta, suspiró y salió; en el camino le costaba tanto concentrarse en la carretera, no dejaba de imaginar y de apremiarse internamente. Deseaba ya poder ver esa transformación, quería comprobar que Daniel realmente pudiera poner las cartas sobre la mesa y actuar, despertar, dejar tanta pasividad atrás.

Y ahora ya estaba ahí, con la llave en la mano, giró la cerradura, dió un largo y sentido suspiro y entró. Daniel que había escuchado el auto la sorprendió sentado parsimoniosamente en la sala con un libro en la mano, Areana entró, lo saludó, El se acercó le dió un abrazo y un beso en la mejilla, la miró y le dijo que se alegraba que estuviera bien, después de eso dió un paso atrás y dijo: ahora sí amor, te comportaste como una niña malcriada e irresponsable y así es entonces como de hoy en adelante serás tratada. Areana lo miraba asustada ¿a que se refería? ¿Seria acaso? ¡No! Él no podía ser así...

Daniel sin vacilar la sacó de sus pensamientos al tomarla de la mano y suave pero decididamente y la hizo caminar, ella se dejó llevar, llegaron al sillón donde él la había estado esperando, Daniel tomó asiento y la dejo ahí parada a su lado, la miró fijamente y con una actitud fría le dijo: "amor créeme que esto  es por tu bien" y sin más la jaló y la tumbó sobre sus rodillas y empezó a darle duras y contundentes nalgadas mientras le echaba en cara su mal comportamiento y su falta de responsabilidad. Areana  forcejeaba le gritaba que la dejara, incluso lo llamó "bruto" ¿pero qué te crees?, palabra a la cual Daniel respondió con una nalgada más fuerte y apoyándose en su espalda y le dijo: " ¿qué me creo yo?, deberíamos empezar por ¿¡Qué te crees tú escuincla!?, pero está bien. Sólo por esta única vez te diré: Me creo la persona que te va a enseñar más respeto hacia los demás, colmaste mi paciencia y siguió repartiendo nalgadas de manera precisa y dolorosa una y otra vez mientras continuaba con su eterno regaño.

Areana se cansó de forcejar y ya sólo lloraba y le pedía que parara, pero Daniel seguía claro y contundente hasta que el color de sus nalgas fue rojo intenso y ella empezó a pedir perdón y suplicar, diciendo que no volvería a ser tan egoísta, dicho esto Daniel dió 20 nalgadas más y le permitió incorporarse.

Areana lloraba y se sobaba cuando Daniel la tomó amorosamente de la mano y la llevó a una contra esquina, si un "lindo" rincón, donde le ordenó permanecer ahí. Areana asombrada abrió la boca para protestar, pero sólo alcanzó a decir media palabra, pues él con dos sonoras nalgadas la hizo callar y quedarse ahí parada, sólo llorando y frotando sus doloridas nalgas mientras Daniel gozaba con el espectáculo que tenía enfrente.

Una vez transcurridos 5 minutos él la llamó y amorosamente la abrazó y le secó las lágrimas de la cara y le dijo que ese iba a ser el trato que tendría de ese día en adelante, si se comportaba como niña malcriada, como tal sería tratada. Tomó una crema hidrante y la acomodó de nuevo sobre sus rodillas para poder curarla. Areana sólo atinó a sonreír entre las lágrimas y besarlo. Daniel respondió al beso.

Lo que pasó después ya lo imaginará cada uno a su gusto, pero lo que sí puedo decirles es que a Areana JAMÁS se le volvió a cruzar por la mente la idea de abandonarlo y menos aun pensar que no era de decisiones tomar.

 

Rossy

Cuento de Spanking (por Santiago quispe)

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Terminaba el verano, y como siempre su mismo carácter lo asimilaba como algo triste. Se acerca Mayo y con ese mes el inicio de clases, Gabriela no es de tener amigas, se sabe distinta y tiene la particularidad de distanciarse y pasar desapercibida. No tiene como saber las sorpresas que le depara ese cuarto año de secundaria.

En el Colegio Tránsito de Villa El Salvador, la historia siempre ha sido la misma, y los castigos corporales con la que ella se exaltaba siempre eran aplicados a los varones de la clase. Era como una política del colegio: a las mujeres se les castigaba de otras formas, quedándose en salón de retención o con tareas extras, en el caso de los varones con un par de reglazos en las manos o en las piernas bastaba; secretamente ella anhelaba ser la que aplicase esos castigos.

Mayo transcurrió caluroso, los profesores como es tradición se presentaron en una ceremonia de inauguración y con ellos presentaron a un nuevo profesor de ciencias sociales en reemplazo de Pacherres, que por su edad ya no estaba para aguantar todas las majaderías de la juventud. Se llamaba Santiago y era servil y esquivo y a la vez pretencioso e imponente, sabia escuchar pero exigía como una obligación el ser escuchado y en el transcurso de las horas, ya cerca de la alborada se iba volviendo más y más lento y melancólico, en esas horas se acentuaba su carácter servil, que era como un paso a su otro yo que irrumpía poco a poco y terminaba de abarcarlo por completo. Santiago en sus clases es apasionado y se emociona con temas que generaban polémica, pedía al mismo tiempo que lo exigía, participación. Su juventud respecto a la demás plana docente lo volvía más actual y próximo a sus alumnos. Transcurrió mayo sin novedad; ya Gabriela se sentía identificada con el nuevo Profesor, de repente aún sin saberlo era por la manera extraña en que a los dos los influenciaba ciertas horas y atardeceres.

Santiago en sus clases jamás pasó por alto una palomillada y dejaba a los revoltosos esperando afuera del salón para después aplicar los reglazos  respectivos en caso de varones y asignar las tareas o detenciones en caso de mujeres.

En una de las clases en que se tocó el tema del feminismo, en junio, sin un preámbulo alguno salió a discusión el caso de los castigos y sus diferencias entre hombres y mujeres, y se creó todo un debate, ya que en cierta forma es injusto para los varones, resaltó uno de los alumnos y en defensa una de las mujeres refutó que la detención y las tareas extras son peores porque toman más tiempo. Santiago que había dejado que se alimente este debate propuso que entre los mismos alumnos propongan una alternativa. El debate creció hasta ser llevado a los gritos; hombres y mujeres argumentaban que su castigo era más injusto que el del otro, y como el asunto se le iba escapando de las manos y todos aprovecharon el pánico para relajarse. Corto la tole-tole con un fuerte golpe en a pizarra y decidió por todos: una semana todos recibirían el castigo correspondiente a las mujeres y una semana todos recibirían el castigo correspondiente a los hombres.

En la primera semana sólo por probar hubieron más castigados que de costumbre. Solo se necesitaba entrar tarde al salón, pararte sin autorización o hacer mucha bulla para quedar en la lista de castigados. Todos los hombres sin quejas se quedaron junto con las mujeres en la biblioteca haciendo tareas extras, todo se llevo muy tranquilamente.

La segunda semana se acordó que los castigados hombres y mujeres se les ajusticiaría por separado según las faltas acumuladas en toda la semana. Cuando le tocó el turno a las mujeres que eran solo 3 y una de ellas era Gabriela, por un descuido que la retrasó en el ingreso al salón después del recreo. En realidad fue algo impersonal y estuvo toda la semana buscando al Profesor para explicarle sus motivos; fue en vano. El día pactado las llevó a un salón vacío y aislado, les dijo que no usaría la regla y que el castigo no sería aplicado en las piernas, en cierta forma lo hacia  para no dejar marcas visibles que pudieran notar los demás profesores. Roxana y Julia, las otras chicas castigadas se extrañaron y preguntaron casi al unísono entonces con qué y dónde las castigaría El Profesor no respondió. Jaló una silla y se la colocó en la parte delantera del salón; en el transcurso del silencio el color rojo visitó la cara de las castigadas. "Entonces -habló- será con la mano y en las nalgas, y la que tenga más faltas tendrá que ser sobre el calzón". Entonces preguntó si no había ningún reparo, a lo que Gabriela volvió con sus explicaciones; le dijo que ya había discutido ese asunto con ella y no le presto más atención. Llamó primero a Roxana y la tomó de la muñeca; una vez que estaba sentado en la silla la echó sobre sus rodillas y la meció hasta que quedó balanceada en el aire sobre sus piernas. Le murmuró algo inaudible al oído y después miró a las demás chicas y dijo: "A ella le corresponden 40 palmazos; son 20 palmazos en las nalgas por cada falta". Y empezó. Roxana se quejaba con pucheros de niña pero Santiago no disminuía la velocidad y la fuerza. Cuando llegó a los últimos 10 le levantó la falda a lo que Roxana respondió estremeciéndose, cubriéndose y balanceándose sobre sus rodillas. Santiago paró los palmazos para apreciar las torneadas nalgas de Roxana que se dibujaban bien definidas sobre su calzoncito de algodón blanco con bordeados de bobos y le dijo que si no dejaba de moverse le quitaría también el calzón. Roxana detuvo la pataleta y Santiago pudo continuar y fueron diez más de los acordados originalmente. Antes de mandarla parar le sobó las nalgas como acariciándolas y llamo a Julia que se quedó parada, atónita en su mismo lugar,

El Profesor le increpó que no lo haga levantarse de la silla porque iba a ser peor, Julia no respondió y pasó un tiempo de silencio y justo cuando se supo que no había más remedio y estaba próxima a acercarse, Santiago va en su caza, estaba impetuoso e intimidaba con sus pasos, sacó a Roxana del salón y cargó a Kulia que no opuso resistencia y se encontraba atónita y sin poder procesar muy bien lo que estaba pasando. La cargó en peso, la llevó así hasta la silla, la sentó encima suyo para luego darle vuelta, julia no atinaba a hacer nada sólo se dejaba llevar como una marioneta. Le levantó la falda y le remangó el calzoncito azul como si fuese una tanga y comenzó con el castigo.

"A ti te tocan 60 nalgadas". Luego de los primeros  impactos Julia reaccionó y trató de protegerse como pudo. Los golpes eran acompasados y caían en seco sobre sus nalguitas desnudas splat splat ... Julia se quejaba con chilliditos secos, El profesor paró los nalgazos, la sentó encima de él y le acarició el cabello y le dijo: "Lamentablemente voy a tener que duplicar el castigo por no hacerme caso cuando debiste". Gabriela miraba la puerta con recelo pero tampoco atinaba a moverse, la realidad la había sobrepasado con algo inaudito y diferente: tenia ganas de huir y de quedarse. El Profesor advirtió esto, hizo un alto, levantó de sus piernas a Julia y la dejó paradita con el calzoncito remangado al costado de la silla, se avalancha sobre la puerta y la cerró, guardándose la llave en el bolsillo de su pantalón. Volvió a la silla, se sentó y dirigiéndose a Gabriela le dijo: "Tranquila, dentro de poco todo habrá pasado". Llamó nuevamente a Julia que esta vez obedeció; le dijo que se volteara allí mismo en su sitio como estaba a su costado, y aprovechó para bajarle el calzón, opuso una mínima resistencia con las manos y su rostro estaba ardiendo. La echó y la balanceó de tal manera que su cuerpo estaba inclinado hacia delante y sus brazos y codos llegaban hasta el suelo. Esto hizo que se pronuncien más sus nalguitas desnudas y dejó expuesto su sexo temblante. Le acarició los codos como queriendo hacerla más compacta y comenzó de nuevo con el castigo. Julia además de sentir las nalgas calientes sentía mucha vergüenza, tanta que le impedía quejarse, decir algo o moverse. Ya cuando faltaba poco empezó a pedir: "Por favor Profesor, pare". Allí Santiago se humanizó y le dijo que aun faltaban como 30 nalgazos pero que como lo has pedido tan educadamente los voy a negociar y solo te quedarían 10, más pero tienes que hacer algo a cambio". Hubo un silencio... Luego Julia preguntó qué tenía que hacer. Santiago dijo que era muy sencillo: lo único que tenía que hacer era que a medida que iba aplicando las nalgadas ella tenía que ir contándolas y decir en cuál nalga iba a ser el próximo impacto. Hubo otro silencio. Santiago prosiguió; "Tú decides; lo dejamos en 10 o sigo con los 30". Entonces Julia empezó: "uno nalga derecha" y el Profesor acompañó el pedido. "dos nalga Izquierda", splat. Julia se quejaba entre conteos ya que el Profesor había incrementado la fuerza de las nalgadas; cuando hubo concluido la sentó y le acarició el cabello. Julia seguía quejándose. Santiago le dijo: "Ahora acomódate tal como estás; no te arregles nada y échate sobre el pupitre". Julia se sorprendió, el Profesor le repuso: "tranquila. Sólo hazlo". Julia obedeció y Santiago le subió el calzón y le acarició las nalgas mientras le decía: "tranquila ya pasó"; le acomodó bien el calzoncito azul que estaba medio enroscado por la primera remangada en forma de tanga, luego la acompañó a la puerta y la dejó salir.

Gabriela se encontró cara a cara con Santiago y retomó nuevamente con su torpe explicación y sin haber empezado el castigo ya estaba sollozando. En un arranque de valor y astucia argumentó que no la podía castigar por muchos motivos, El profesor complacido de la rebeldía la exhortó a que le mencione al menos tres de sus razones, a lo que Gabriela respondió : el primero es que ella nunca estuvo de acuerdo con ese cambio de castigos, el segundo que el debate nunca se terminó y que él decidió finalmente por todos y el tercero era que estaba recién recuperándose de una fiebre. Fue ganando confianza a medida que exponía sus argumentos ya casi se creía librada de todo eso, cuando el Profesor le contestó que sus argumentos son válidos, pero igual como había castigado a Julia y a Roxana sería injusto que a ella la dejara pasar por alto. Gabriela argumentó un cuarto motivo : "sí, pero yo si tengo una verdadera excusa", a lo que el profesor le refutó que las excusas no existen, Gabriela empezó a perder la esperanza, a lo que el Santiago acotó : sería imprudente de mi parte castigarte si en realidad estuvieras enferma, antes debo tomarte la temperatura,

Gabriela vislumbró una ultima esperanza, Santiago se acercó a su maletín y saco un termómetro, se sentó en la silla y llamó a Gabriela, esta se acercó y se paró frene a él casi contenta y abrió la boca. Santiago la cogió del brazo y la puso boca abajo sobre sus rodillas, Gabriela se quejó y Santiago le dijo: "tranquila, haré lo que dije. Te tomaré primero la temperatura". Le levantó la falda y le bajó el calzoncito amarillo de Lunares, Gabriela se estremecía allí boca abajo. Santiago le dijo: "sólo tienes que relajarte"- Gabriela lo llamó mentiroso, y cuando apretaba los dientes esperando la primera nalgada siente las manos de Santiago que le tratan de abrir las nalgas, Gabriela se remece en su sitio, los dedos de Santiago empiezan ha hacer espacio alrededor de su ano quedando este expuesto, Gabriela aprieta las nalgas y Santiago vuelve a separarlas con las manos, y termina de exponer el ano con dos dedos e introduce el termómetro. Gabriela tiembla al contacto de la fría cabeza del termómetro y se queda quieta. "¿Lo ves?" dice Santiago, "¡qué fácil fue! Ahora solo hay que esperar 2 minutos solamente. No te muevas". 

Gabriela no decía nada, apenas y  respiraba, Luego de unos segundos empezó a apretar las nalgas y a contraerlas pero Santiago separaba las nalgas y con los dedos y mantenía firme el termómetro dentro de su ano. Santiago le dijo: "La visión del termómetro saliendo de tus nalgas es encantadora". Gabriela no dijo nada, se quedó extasiada como en estado de trance ni siquiera reclamó que ya hubieran pasado los 2 minutos. Por momentos sólo dilataba el ano y abría un poco mas las piernas. Toda esta dilatación y contracción producto del frío del termómetro era percibida por los dedos de Santiago que no dejaba de bordear el inicio donde el termómetro ingresa al ano. Finalmente sacó lentamente el termómetro de su ano sin retirar las yemas de los dedos que seguían bordeando y sintiendo sus contracciones; de esta forma leyó el termómetro marcaba treinta y siete y medio, aun con los dedos en el bode del ano de Gabriela le dijo efectivamente aun tienes fiebre, Gabriela pregunto temblando si cumplirá su palabra a lo que Santiago respondió: "Claro que sí, tu castigo lo dejaremos para la próxima semana cuando te recuperes..."

(continuará)

TRAZOS DE MI ALMA

Autor: Cars

El día se va abriendo camino lentamente, desplazando en su camino las silenciosas sombras de la noche. Respiro hondo y dejo que los cientos de aromas del amanecer entren en mi alma empapándola hasta lo más profundo.

En este instante medio mágico, aprovecho para recordar... para recordar el calido tacto de tu piel, para recordar el sabor de los besos de esta noche, pero sobre todo para recordar que mi alma yo no es mía, que mi ser a claudicado sin resistencia, y sobre todo, para rememorar el sublime instante en que mi mente lo decidió.

La noche había empezado bien, estuve puntual ante tu puerta, hasta me había sobrado tiempo para comprar unas flores. -Es cursi, ya lo sé.- Abriste la puerta, y pude ver tu figura esbelta, recuerdo tu sonrisa, tus ojos verdes al mirarme. Después paseamos hasta el restaurante. Cientos de veces, había pasado por delante de aquella cristalera que dejaba ver las mesas y a sus comensales, así que cuando entramos, era como si ya hubiera estado antes allí. Recuerdo la mezcla de olores que emanaban de la cocina, y la suave música que pugnaba por sobre salir de las conversaciones. Durante los postres nuestras manos se rozaron por accidente. Fue un roce fugaz. Tímido, pero cargado de cientos de sensaciones diferentes. Te había tocado otras veces pero ésta vez era distinto, y ambos lo sabíamos.

Cuando salimos de nuevo a la calle, el aire nos golpeó el rostro, mi mano buscó la tuya, y nuestros dedos se cruzaron.

                                   -Conozco un bar donde podemos tomar una copa, o podemos ir a mi casa y tomarla allí. -Me dijiste mirándome a los ojos.- ¡Yo prefiero mi casa! -aseveraste sin pestañear, antes de que yo pudiera contestar.-

                                   -Yo también. -Te susurré.-

            Habíamos dado apenas unos metros, cuando sucedió algo, un punto de inflexión que marcaría el rumbo no solo de esa noche, sino que su alcance aún esta por definir. Como digo, en ese momento, dos chicas se pararon ante nosotros, mirando la carta del restaurante expuesta en un sencillo atril. Mis ojos, dotados de vida propia, recorrieron las curvas de aquellas féminas que estaban ante nosotros.

                                   -¿Qué miras? -Me preguntaste alzando la voz lo suficiente para que ellas te oyeran.-

                                   -¡Nada! -Te respondí, mientras sentía como una oleada de calor subía hasta mi rostro.

                                   -¿Cómo que nada? Algo mirarías ¿no?

                                   -Lo siento -susurré-

                                   -¡No te he preguntado si lo sientes! Te he preguntado qué mirabas.

Tu enfado iba en aumento, por lo que no me quedo más remedio que reconocer el hecho de que había mirado a las chicas. Ellas nos miraron divertidas mientras que se alejaban de nosotros en medio de unas carcajadas. Yo me encontraba inmerso en una nube, sentía que la noche se había estropeado, y que sin duda la velada iba a llegar a su fin. Sin embargo y para mi sorpresa, no soltaste mi mano, sino que comenzaste ha caminar tirando levemente de mi, que me había parado.

                                    -¡Cuando lleguemos a casa zanjaré el tema.

                                    -¿Que quieres decir?

                                   -No creerás que esto ha acabado aquí ¿verdad?

Te paraste. Te pusiste delante de mí. Tus ojos tenían un brillo distinto, parecías sentirte satisfecha de mi metedura de pata, era como si eso te otorgara cierta ventaja sobre mí. Depositaste un beso en mis labios, y tus manos acariciaron mis mejillas. Me  besaste de nuevo. Mi corazón se aceleró. El tacto cálido de tus manos, y la suavidad de tus labios, me llenaron de excitación.

Continuamos caminando, hasta llegar al piso. No volvimos a hablar del incidente, y tras unos minutos pensé no sería más que una anécdota. Entramos en la vivienda. Ya había estado otras veces pero en esta ocasión todo se me antojaba nuevo. Llegamos al salón, y tú seguiste de largo entrando en otra habitación.

                                    -¡Prepara un par de copas y ponte cómodo, enseguida salgo!- me indicaste y después, reinó el silencio roto únicamente por el suave tintineo del hielo golpeando el cristal. Miré de nuevo a mí alrededor. Tuve el impulso de poner música pero lo consideré demasiado atrevido. Estaba terminado de servir las copas, cuando te oí entrar. Me giré con los dos vasos en las manos. Cuando te vi, casi se me resbala la bebida.

Estabas hermosa. Habías cambiado la ropa que traías por un vestido de gasa negra por encima de las rodillas. No llevabas medias, por lo que tus piernas dejaban ver el bronceado que habías adquirido este verano. Llevabas unos zapatos negros de charol. Tus hombros estaban descubiertos, y tus formas se dibujaban bajo aquel vestido, y la luz que se filtraba desde tu espalda realzaba tu figura. Ante mi anonadamiento, esbozaste una sonrisa y te acercaste a mí. Tomaste un vaso de mi mano, y le diste un sorbo sin dejar de mirarme. Yo era incapaz de reaccionar.

                                      -¡Eres preciosa!- Susurré al final.

                                       -¡Ya! Pero no parece que para ti sea suficiente, ya que tienes que mirar a otras cuando estas conmigo. -Me soltaste sacándome de mi ensimismamiento.-

                                       -¡Lo siento! Yo no....

                                       -El momento de las disculpas ya pasó, -me interrumpiste- ya solucionaremos esto, ahora brindemos por esta noche, y por lo que el futuro nos tenga preparado.

            Ambo alzamos la copa y los cristales tintinearon al chocar. Después bebimos. Te encaminaste a la cadena de música, y tras unos segundos una suave melodía comenzó a llenar los interminables silencios que había entre nosotros.

                                   -¡Sonia! -Te llamé mientras me acercaba a ti, y dejaba que tu pelo rozara mis mejillas.-

                                    -Dime, -te giraste y nuestras miradas se sostuvieron.-

                                   -Esta noche es lo mejor que me ha sucedido en mucho tiempo, no me imagino queriendo estar en ningún otro sitio. -Tú sonreíste, y respondiste al beso que dejé en tus labios.

                                   -Veremos si piensas lo mismo al final de la noche. -Me respondiste en medio de una sonrisa mientras me guiñabas un ojo.- Te recuerdo que aún me debes algo.

                                   -No te entiendo

                                   -Una compensación por tu falta de tacto en  la calle.

            Yo estaba confundido, no entendía tus palabras. Entonces un brillo distinto apareció en tu mirada, por el rabillo del ojo vi tu mano, se alzaba un poco, unos milímetros antes de llegar a mí mejilla, la detuve con mi mano. Me miraste desafiante. -¿Qué haces?- Te pregunté extrañado y algo excitado.

                                   -Si vamos a tener algo, tienes que aprender que tus actos tendrán consecuencias, y que me gusta la disciplina.

                                   -No sé si te entiendo.

                                   -He sido clara: cuando te comportes como un crío, te tratare como un crío, y cuando te comportes de una forma adulta, pues te tratare como tal. -Tú voz era serena, no mostraba enfado, pero a la vez era firme.- Hoy te has comportado como un crío malcriado y me has faltado al respeto, y por lo tanto mereces un castigo.

            Tus palabras resonaron en mi alma, y sin ser conciente de ello, solté tu mano. Un segundo después la primera bofetada restalló en el salón. Tu mano permaneció unos instantes sobre la mejilla. Pude sentir su tacto a medida que sentía el calor mi piel. Unos segundos después, otra y otra bofetada se fueron sucediendo. Tras unos minutos que parecieron eternos, cesaste. Mis mejillas me ardían, y yo adivinaba el tono rojizo que debían tener. Después me besaste en los labios, y tu mano acarició ahora con dulzura la zona castigada.

            Me encontraba como en una nube, mis pies parecían flotar. Tal vez por eso tardé en notar la enorme excitación que sentía.

                                   -Desvístete, y quédate sólo con los slips. -Me indicaste mientras que yo obedecía como un autómata.-

            Cuando terminé me quede allí, mirándote como un colegial, con mis manos intentando tapar mi excitación. Tú esbozaste una  leve sonrisa, y te acercaste a mí con pasos lentos, te recreabas en mi indefensión. No sé porque, pero no era capaz de sostenerte la mirada. Por primera vez sentí un aire frío que hizo erizar mi piel. Tu mano acarició mi torso mientras te ponías a mi espalda. La recorriste con la yema de tus dedos, y yo sentí un excitante escalofrío. Tu cálido aliento rozó mi nuca.

                                   -¿Por qué estas aquí?

                                   -¿Cómo? -intenté girarme pero no me dejaste.-

                                   -No te muevas, y dime por qué te has quedado después de que te abofeteara.

                                   -No lo sé. -Musité un poco avergonzado.-

                                   -Si no lo sabes, ya puedes vestirte y salir de mi casa.

            Aquellas palabras me traspasaron como ciento de agujas afiladas. ¿Irme? No quería irme. Era cierto que no sabía expresar lo que me sucedía, pero la sola idea de alejarme de ti me producía un inmenso desasosiego.

                                   -Yo.... -Comencé a decir, aunque realmente no tenía claro lo que hacía.- Necesito estar aquí.

                                   -Explícate. -Me exigiste. Tu tono no me daba el más mínimo respiro.- 

                                   -No puedo, solo sé que cuando pienso en alejarme de ti me duele el corazón.

                                   -Pero quedarte tiene un precio -Tu tono se había relajado, y ahora tu mano volvía a rozar mi piel.

                                   -¿Qué precio?

                                    -El que yo desee. -Fue tu respuesta.- Y hoy lo primero que vas a aprender es que yo soy la única a la que debes mirar. Sígueme.

            Pasaste a mi lado, y tiraste de mi mano. Aun puedo sentir el tacto de la tuya. Suave, cálida; cientos de mariposas se liberaron en mi estómago. Comencé a caminar tras de ti, hasta llegar al dormitorio. Miré a mí alrededor. Era una alcoba normal, aunque su decoración era exquisita.  Por un momento me había imaginado un lugar plagados de artilugios para el castigo. Sonreí al ver lo ridículo de mis pensamientos.

            Nada más entrar, me indicaste que me quedara de rodillas. Te obedecí en el acto. Bajé la vista, y te sentí caminar a mi alrededor. En esos minutos en los que solo oía tus pasos me inundó un extraño sentimiento. Jamás me había imaginado encontrarme en aquella situación, y mucho menos cuando me imaginaba mi primera cita contigo.

                                   -Hoy te has portado como un maleducado, me has faltado al respeto. -Tu voz sonaba distante, fría. Y tus palabras infundían un sentimiento de culpa.- Este es mi secreto, así soy yo.  -Hiciste una pausa y me levantaste la barbilla para que nuestras miradas se cruzarán.- Lo cierto es que no pensaba introducirte en mi mundo tan pronto, pero tu actitud esta noche sólo me dejaba dos opciones. La primera era dar por terminada la velada en la puerta del restaurante y no volver a verte más fuera del trabajo. La segunda es tenerte donde estás ahora. Hace mucho que me interesas como persona, y por eso he optado en darte esta oportunidad.

                                   -¡Gracias! -En un segundo, tu mano me cruzó la cara con dos bofetadas.-

                                   -No te he dado permiso para hablar. De ahora en adelante cuando estés ante mí como sumiso, solo hablaras si te doy permiso para hacerlo. ¿Entendido?

                                   -Sí.

                                   -Bien, y cuando te dirijas a mi hazlo con respeto. Debes tratarme como MI SEÑORA. Solo cuando yo te diga que eres mío, podrás llamarme AMA. Por el momento solo estás a prueba, y si no la pasas, jamás volveremos a hablar de esta noche. ¿Está claro?

                                   -Sí MI SEÑORA.

                                   - Pues comienza a demostrarme que no me equivoque contigo.

            Tras estas palabras, te sentaste en una silla de respaldo alto que estaba justo enfrente de la cama. Estaba tapizada en un beige suave. Te contemplé allí sentada, cruzaste la pierna y tu pie se movía rítmicamente. Observé una argolla en la pared, que quedaba como a cuarenta centímetros de tu cabeza. Sentía tu mirada taladrándome, esperabas algo, algo que yo desconocía. Los minutos se hicieron eternos y el silencio caía pesadamente. Sabía que debía actuar, porque tú no pensabas dar ninguna indicación. Empecé a buscar cualquier información, de mí alrededor y de mi mente. Sabía que me quedaba poco tiempo, y que si no hacía algo te perdería para siempre. La pregunta era precisamente esa, ¿Qué debía hacer? ¿Cómo saber que esperabas de mí? Intente buscar imágenes en mi mente. Entonces, con movimientos tímidos me acerque a ti, miré al suelo y comencé a besar tus pies. Alcé la mirada, y una leve sonrisa me indicó que por el momento había acertado, por lo que me dediqué a besar cada centímetro de piel.

            Me sentía en una nube. Te descalcé y comencé a besarlos. Los minutos pasaron y yo cada vez me fui relajando más.

-¡Levántate! -Me ordenaste. Cuando al fin estuvimos cara a cara, me regalaste una sonrisa.- Has empezado bien. Termina de desnudarte.

            Mientras que yo me quitaba los calzoncillos, tú extrajiste de un cajón de la cómoda varios objetos, unas esposas, una cadena, fusta, un látigo pequeño de varias tiras, una raqueta de pin-pon, y varias piezas de cuero con forma de paleta, de diferentes grosores y colores. Yo parecía extasiado, como hipnotizado ante la visión de aquellos artilugios. Tus dedos chasquearon ante mí y me sacaron de aquella nube para devolverme a aquella sublime realidad.

            Me colocaste las esposas y le enganchaste la cadena, después me condujiste hasta la pared pasaste la cadena por la argolla y la tensaste. Tus movimientos eran enérgicos. Contenían una gran vitalidad aunque no eran en absoluto precipitados. Después, colocaste algunos objetos que no puede ver más cerca de ti. Volviste a sentar en la silla, y tu pierna izquierda quedo entre las mías. Aflojaste la cadena y me indicaste que me sentará en tu muslo. Sentí el calor de tu piel en la mía, e instintivamente note como crecía mi excitación. Tiraste de la cadena, hasta que mis brazos quedaron totalmente estirados, y después enganchaste el extremo de la cadena a un punto en la pared. Tras unos minutos en los que tus manos recorrieron mi espalda y mis brazos, comenzaste a golpear rítmicamente mis testículos con tu muslo. Primero eran casi caricias, pero poco a poco el golpeteo fue aumentando, y con el mi dolor. No puedo precisar cuanto duró aquello, pero la primera palmada en mi trasero me hizo saltar. A eso le siguieron otras, golpeabas fuerte, tu mano izquierda me rodeaba la cintura, mientras que tu diestra me golpeaba una y otra vez. Habías apoyado tu mejilla en mi costado, -me imagino para tener una mejor visión de lo que hacías,- el dolor fue en aumento, mientras que tu mano me golpeaba desde la parte alta de las nalgas hasta los muslos. Tras casi veinte minutos, las lágrimas estaban por aflorar. Entonces sustituiste los azotes por suaves caricias.

                                   -¿Te duele?

                                   -No mucho Mi Señora, -te dije con los ojos apunto de rebosar, intentando agradarte.-

                                   -¡Vaya! Se ve que hoy no estoy haciendo bien mi trabajo.

            Tras esas palabras que me desconcertaron por completo, sentí el primer azote con la raqueta de pin-pon. La madera restalló en mi piel ya dolorida, acentuando cada vez más aquel dolor. Mi respuesta no te había gustado, y me lo estabas haciendo saber de una manera contundente. Descargabas una veintena de azotes rápidos y enérgicos en una nalga, para después hacer lo propio en la otra. Mis lágrimas brotaron con fluidez, y mi resistencia se desvaneció mientras que continuabas con el castigo. Tras un período de tiempo que no supe determinar, te detuviste. Tus labios besaron mi costado, y tu mano acarició ahora con dulzura la piel castigada. En medio de aquel dolor electrizante que sentía, la calidez de tus labios y la suavidad de tus caricias hicieron que naciera en mí una excitación como no había sentido nunca.

            Al igual que el ave fénix de la mitología resurgía una y otra vez de sus cenizas, un alma nueva estaba resurgiendo del dolor y las caricias que me infligías. Mi antigua alma había saltado en pedazos para, al reconstruirse, transformarse en una distinta. Pero esa metamorfosis no era nada en comparación con la que experimentaría unos minutos más tarde.

            Te levantaste, tus manos recorrieron mi piel, cogiste mi cara entre tus manos, y me besaste en los labios, enjugaste mis lágrimas con tus besos y nuestros ojos se miraron. Pero lo hicieron de una forma distinta, era como si nos descubriéramos de nuevo. Hasta ese instante habíamos sido sin saberlo dos desconocidos, que ahora se redescubrían a cada paso.

                                   -Ya te he castigado por lo que hiciste en la calle. -Me susurraste al oído.- Ahora te soltaré, y te marcharas a casa para meditar lo que ha pasado esta noche. Ya hablaremos algún día de estos. -Tus labios me besaron suavemente.-

                                   -¿Irme? -Aquella idea me provocó un gran vacío en mi interior. No sabía porque, pero no deseaba alejarme de ti.-

                                   -Sí,

                                   -Mi señora, ¿porque no puedo quedarme? -Mi voz iba cargada de una enorme tristeza, y un indudable tono de suplica.-

                                   -¿Quieres quedarte?

                                   -Sí -musité-

                                   -Pero si te quedas, el castigo seguirá, y tendrás que dormir en el suelo.

                                   -No me importa Mi Señora, si me permite hacerlo en la misma habitación.

            Tu sonrisa me dejó ver que no me apartarías de tu lado. Después, te apartaste de mí, y te acercaste a los utensilios que había sobre la mesa. Hiciste restallar el látigo en el aire, y después acariciaste con él mi espalda. El tacto del cuero en mi piel hizo que el vello se me erizara. Después, con suaves movimientos fuiste azotando mi espalda, aunque lo hacías sin golpear con demasiada fuerza. Pero aun así con la sucesión de azotes, el calor de la piel golpeada fue dejando paso a un dolor  creciente.

            Tras un largo periodo de tiempo, tus manos volvieron ha adueñarse de mi piel. Me hiciste girar. Aflojaste la cadena hasta que me permitía sentarme en la silla en la que habías estado sentada tú antes. Después, con un fuerte tirón tensaste de nuevo mis brazos por encima de mi cabeza. Mi erección era notable, me colocaste un condón, y  te sentaste ahorcajadas en mis muslos. Lo hiciste lentamente, dejándome sentir las inmensas sensaciones que tu piel me producían, hasta que me sentí dentro de ti.

            Mi boca buscó la tuya, y cuando la encontró estalló en mi interior una oleada de serenidad. Te movías rítmicamente mientras que yo ansiaba acariciarte, pero mis manos estaban demasiado lejos de ti. El dolor de mi trasero y mi espalda se mezclaron con el inmenso placer que sentía. Sentí cómo llegabas al clímax mientras que suspirábamos. Unos segundos después yo también exploté dentro de tí. Permanecimos abrazados, compartiendo a bocanadas el aire que nos rodeaba, respirando nuestro propio aliento.

            Cuando me soltaste eran apenas las doce y media de la noche. Sentía mis brazos entumecidos. Te metiste en la ducha, y tras secarte, me ordenaste que me duchara yo. Al regresar al cuarto, tú ya estabas metida en la cama. Toda la casa estaba en penumbra, a excepción de una pequeña lámpara en tu mesilla de noche.

                                   -¡Acércate de una vez, que tengo sueño!

Corrí hasta tu lado, observé una sabana doblada sobre la alfombra. Rápidamente me tumbé al lado de tu cama y me cubrí con ella. Tras unos segundos la oscuridad nos envolvió por completo. -Buenas noches Mi Señora- Susurré. Y cerré los ojos.

Las luces verdes del reloj marcaban las cinco de la madrugada cuando sentí que te levantabas. Abrí los ojos, y vi cómo te calzabas unas zapatillas de apariencia lanosa, blancas y suela de goma amarilla con un ligero tacón. En el empeine tenían dibujado un corazón ribeteado con hilo dorado. Te encaminaste al baño, tus movimientos eran sigilosos con la intención de no despertarme, aunque yo te seguí con la mirada por la estancia. La luz del baño, te rodeó dibujando tu silueta en la noche. Al regresar, pasaste a mi lado, y me viste con los ojos abiertos.

                        -¿Te he despertado? -Aquella pregunta era sólo un susurro mientras te sentabas en la cama.

                        -Ya estaba despierto mi Señora. -Te respondí mientras me ponía de rodillas y recostaba mi cabeza en tu regazo.-

                        -¿Cómo estas?

                        -Jamás he estado mejor. -Tus dedos comenzaron a perderse en mi cabello.-

                        -Ven, quiero ver como está tu trasero.

Tiraste de mí, hasta colocarme sobre tu regazo. Tus manos acariciaron mis nalgas. El dolor casi había desaparecido, y únicamente quedaba un ligero picor. -Están bastante bien. Pero les pondré una crema para hidratar la piel.- Comentaste, al tiempo que estirabas el brazo y cogías un botecito de la mesilla. La frialdad de la crema hizo que diera un suspiro. Tus manos extendieron aquel ungüento por  la piel, un  suave  masaje, acompañado de algunos apretones en mis glúteos.

Miré a un lado de la habitación, y me vi reflejado en un cristal del armario, aquella visión, hizo que mi miembro viril  se despertara. La imagen de mi desnudez, colocado en aquella posición de entrega y sumisión, me produjo una enorme excitación. Lo notaste en el acto, -Ahora si que te has despertado del todo ¡eh!- Aquel comentario me hizo ruborizar. -Ya que estás despierto jugaremos un poco.- Me dijiste, al tiempo que tu mano comenzó a darme leves azotes en mis nalgas.

La intensidad fue en aumento, pero en esta ocasión, la azotaína estaba cargada de una gran dosis de erotismo. La cadencia de los azotes era escalonada, y alternada con caricias que llegaban hasta mis genitales. Tu mano descargaba una tanda de palmadas, que iban creciendo de ritmo y fuerza, para descender después, y volver a subir. Cada milímetro de piel fue adquiriendo un color rojo intenso, el dolor fue aumentando. Yo me encontraba en una nube de excitación y placer. Gemía y suspiraba. Mi mano se asía a tu tobillo, mientras que con la otra me sujetaba a la mesilla de noche para mantener el equilibrio, mientras que tú prolongabas aquel dulce suplicio con más y más azotes. Al fin te detuviste. Tu mano acarició mi trasero nuevamente. Entonces noté cómo levantabas tu pierna. Te miré de reojo y contemplé cómo te descalzabas. Sujetaste la zapatilla por el talón, y me sonreíste al tiempo que la alzabas en el aire. Golpeaste, pero para mi sorpresa lo hiciste con la parte de la tela. El sonido opaco que produjo al impactar en mi trasero llenó la habitación. El tacto de la tela sobre mis doloridas nalgas no produjo ningún dolor. Los azotes caían uno tras otros, acariciando más que golpeando. Ya me había acostumbrado a aquel tacto, cuando por sorpresa, cayó el primer zapatillazo de verdad. La suela mordió mi piel. El dolor subió exponencialmente y aquel primer azote hizo que se me escapara un grito. Te reíste. Y tu risa llenó la estancia al tiempo que era acallada por el sonido de los azotes. -Creí que estabas dormido.- Bromeaste al tiempo que me sujetabas con más fuerza sobre tu regazo para continuar con la aquella paliza.

            Comencé un llanto que se transformó en suspiros, y aquel dolor fue la antesala de un inmenso placer. Placer de estar a merced tuya. Placer al saber que eran tus deseos los que imperaban. Y satisfacción al ser yo al que  tú elegiste para vivir esta noche.

            Cuando diste por finalizado el castigo, tus manos volvieron a extender un poco de crema sobre mi trasero. Después dejaste que me deslizara hasta el suelo, y yo de una forma impulsiva, comencé a besar tus pies. Mis labios no dejaron ni una solo parte de ellos sin besar.

            Cuando te pareció, los retiraste suavemente y te acostaste. Yo me acurruque en el suelo, apoyando mi cabeza sobre tus zapatillas, que aun retenían una porción de tu calor. Y cerré los ojos.

            Te sentí moverte en la cama, tu mano tocó mi cabeza. Yo alcé la mirada. Tú te apartaste un poco y me hiciste señas para que ocupara el lugar que dejabas libre. Me deslicé bajo las mantas, y nuestros cuerpos se sintieron. Mis manos te buscaron y te acariciaron. Nuestros labios se besaron hasta la saciedad. Nuevamente me permitiste entrar en ti. Y sentirme dentro abrazado a ti fue el mayor éxtasis que jamás he sentido.

            Después llegó el silencio. Nuestros corazones latían juntos, y  mis manos recorrían suavemente tu piel.

                        -¿En qué piensas? -Preguntaste mientras recostabas tu cabeza en mi pecho.-

                        -Nada mi señora.

                        -¡Dímelo! -Alzaste la mirada.-

                        -En lo que me falta. -Le respondí.-

                        -¿Qué te falta? -Me preguntó al tiempo que se apoyaba en mi pecho para incorporarse un poco.-

            Te miré, el silencio se adueño de ambos. En mi mente se sucedían los pensamientos. Las ideas bullían sin orden. Sentía como mi alma se desmembraba fibra a fibra. Y en su lugar nacía un vacío enorme que amenazaba con engullirme y arrastrarme a la locura.

                        -¡Mi Señora! Me falta saber que esto no es un sueño, que ésta noche no es el final, sino el comienzo. -Respiré hondo y continué.- Me falta saber que no estoy perdido. Que mañana cuando despierte seguirá permitiéndome estar a su lado.- Nuevamente el silencio se acomodó entre ambos, y unas lágrimas bañaron débilmente mis mejillas.-

                        -Entonces, -Me dijiste mientras pasabas tus dedos por mis labios húmedos por las lágrimas que derramaba.- No te falta nada. Eres mío y no pienso renunciar a ti. -Tus labios me besaron.- Pero debes entender que esto no es un regalo, sino un privilegio que debes merecer cada día.

                        -¡Gracias Mi Señora!

                        -No, de ahora en adelante, Seré tu dueña, tu AMA.

            Mientras oía aquellas palabras, mi alma se iba recomponiendo trozo a trozo, para convertirse en una nueva, distinta, un alma que ya no me pertenecía. Ahora ella como todo mi ser era de su propiedad. Y yo me sentía orgulloso de pertenecer a mi AMA.

            Así que ahora, mientras duermes yo te contemplo y me estremezco al sentir la tibieza de tu piel, y el latir de tu pecho sobre el mío. Así abrazado a ti rememoro esta noche, y sueño con las que han de venir. Y vienen a mi mente los versos de un poeta:

 

...Sueño con las cadenas de tu piel, y el tormento de tu deseo

Sueño con los caprichos de tu ser, y con ser quien te obedezco

Sueño con tu fusta en mi piel, y con la suavidad de tus besos

Sueño con que el amanecer no me arrebate este sueño...

 

LA TRAGEDIA

Autora: Ana Karen Blanco
(anitaK[SW])

La tragedia envolvió a toda la familia de forma inesperada. Sandro Barrientos y Mabel Giacomazzi habían fallecido en un accidente automovilístico dejando tras sí a sus tres hijos: Katherine de 22 años, Fabricio de 20 y Mauro de 14.
Apenas Emilia Giacomazzi supo que su hermana y su cuñado habían muerto, se desesperó, pero también se sintió segura, apoyada en todo momento por su esposo Rodrigo Sena, que la acompañó sin separarse de su lado. Una vez que regresaron del entierro, con los ojos llorosos y la voz entrecortada le dijo:
-Me preocupan esos niños Rodrigo. Tenemos que ayudarlos en todo lo que podamos porque somos su única familia. ¿Verdad que tú me ayudarás con ellos? Han quedado en la más completa soledad y eso me pone muy mal... Le dije a Kathy que se mudaran con nosotros al menos los primero tiempos, pero se negó. Dijo que ella se haría cargo de todo si nosotros la apoyábamos.
-Supongo que le habrás dicho que diera por descontado nuestro apoyo incondicional en todo momento, ¿verdad amor? –dijo Rodrigo interrumpiéndola.
-Por supuesto. Ella sabe que cuenta con nosotros siempre. Fabricio tiene todo preparado para ir a estudiar arte a Italia, y ella es una chica fuerte, voluntariosa e inteligente. No tendrá problema de cuidar a Mauro ya que casi toda la vida fue como una segunda madre para él. Tú sabes lo previsor que era Sandro y les ha quedado un buen respaldo económico, pero de todas formas deberán cuidarlo. Kathy ya se recibió como profesora de literatura y da clases en diferentes institutos, además de las particulares a varios alumnos. Económicamente están bien cubiertos, pero… la vida diaria es mucho más que eso.
-Eso lo sabemos muy bien tú y yo, y seguramente ella lo aprenderá muy pronto.

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Kathy era una bellísima mujer. Alta, espigada, con un brillante pelo negro que hacía resaltar su piel blanca. Los ojos verdosos de mirada acariciante enloquecían a más de un hombre. Era hermosa y lo sabía; su inteligencia y vivacidad la hacían más atractiva aún. Sus minifaldas eran escandalosamente cortas; imposible dejar de mirarla cuando caminaba por algún lugar o hacía su entrada por cualquier puerta como en aquel momento en casa de sus tíos.
-Rodrigo, tienes que ayudarme –le espetó antes de colgarse de su cuello y plantarle un sonoro beso en la mejilla.
-Sí niña, sí. A ver ¿qué te pasa ahora?
Rodrigo se estaba acostumbrando a la presencia casi diaria de aquella joven que había visto nacer y crecer. Hoy era una mujer que lograba turbarlo con su sola presencia, pero que disimulaba haciendo grandes esfuerzos. Ella lo consultaba por asuntos que para Rodrigo eran menores como el pago de ciertas cuentas, trámites en organismos públicos, seguros y asesoramiento sobre la compra de un automóvil, rentas de propiedades y cuestiones financieras generales. También recurría a Emilia para pedirle recetas de cocina, cómo quitar una mancha o averiguar las ofertas de esa semana. Kathy se había convertido en visita permanente, no tenía reparos en llamar por teléfono a cualquier hora, pero a sus tíos no les molestaba demasiado porque era tan querible y simpática que no podían enojarse con ella. Pero a Rodrigo le era imposible mirarla como familiar, sus instintos de macho le hacían desearla como mujer. Ella lo sabía y gozaba seduciéndolo de forma inocente ante los demás, pero cuando estaban solos lo hacía descaradamente, aunque disfrazando de juego sus más perversas insinuaciones.
Dicen que no hay nada más seductor que una mujer hermosa que sabe que lo es, ni nada más erótico que la inteligencia. Ella era todo eso y tenía el conocimiento para utilizar su belleza e inteligencia como le viniera en gana. Su “tío” Rodrigo no le resultaba indiferente. Desde muy niña se había sentido atraída por ese hombre tan alto y gallardo, siempre impecablemente vestido y con aquel perfume varonil: el de su propia piel, porque no utilizaba otro aroma que el de la limpieza diaria. Siempre lo había visto de bigotes, unos bigotes negros, espesos, perfectamente recortados. De pequeña él solía hacerle cosquillas con ellos; hoy se preguntaba qué sentiría al rozarlos. A veces lo provocaba besándolo en la comisura de los labios y percibía un pequeño estremecimiento en el cuerpo de él, que se retiraba rápidamente de su lado. Buscaba excusas para llamarlo, tonteras que ella sabía cómo resolver perfectamente. Lo hacía ir a su casa para reparar cosas que ella misma descomponía o que podría resolver llamando a un fontanero o un electricista, pero sólo buscaba la forma de verlo con la mayor frecuencia posible…
Una madrugada, a las dos de la mañana sonó el teléfono en casa de la familia Sena-Giacomazzi. El cansancio había rendido a la pareja después de varios días de ajetreo preparando el viaje de Fabricio, que había partido la tarde anterior a estudiar al extranjero. Rodrigo, más dormido que despierto, levantó el teléfono.
-Sí… hable.
-¿Es el señor Rodrigo Sena? Le habla el Sargento de Policía Agente Daniel Rivera. Estamos llamando desde la residencia de la señorita Katherine Barrientos…
Rodrigo pegó un salto en la cama y se levantó de golpe.
-¿Qué pasó? ¿Qué sucedió oficial? ¿Está todo bien? –La palidez de su rostro asustó a Emilia que exigía a sus espaldas explicaciones de lo que sucedía, mientras él le señalaba con la palma extendida que esperara y lo dejara escuchar.
-Sí señor. Le ruego que se calme, está todo bajo control. La casa fue asaltada pero los ladrones no lograron llevarse nada porque en ese momento volvía la familia y al escuchar el regreso de los moradores de la finca, huyeron dejando todo. Tanto la señorita como su hermano y el amigo están bien pero muy nerviosos; me pidieron que lo llamara para que viniera lo antes posible.
-Ya mismo estoy saliendo para allá Sargento.
Tras una breve explicación a Emilia mientras se vestía velozmente, Rodrigo emprendió la marcha hacia la casa de los sobrinos de su esposa. Debía conducir uno rato para unir los poco más de treinta kilómetros que había de distancia entre ambas residencias. A esa hora de la madrugada casi no había tránsito. Prendió la radio del vehículo y se dejó envolver por la portentosa voz del tenor Plácido Domingo que le trajo a su lado a la mujer con “Aquellos ojos verdes…”; luego un “Te quiero, sabrás que te quiero…” era casi una declaración de amor para esa joven de piernas largas y torneadas como dos columnas griegas, esa niña de ojos verdes y pelo negro que lo embriagaba con su juventud, energía y vitalidad. Debía estar loco, él amaba a Emilia, sin duda que la amaba pero… Kathy era otra cosa.
Kathy, Kathy… con solo nombrarla la boca se le llenaba de miel y su virilidad daba muestras de que a sus 48 años estaba más vivo que nunca.
Apenas había descendido del auto cuando Kathy se echó sobre él prendiéndose del cuello. Rodeó aquel cuerpo tan deseado con sus brazos, aspiró el perfume de su cabello, acarició con sus manos la mil veces imaginada piel y la alzó. Por un instante que le pareció eterno la tuvo para sí, totalmente suya. Pero inmediatamente la volvió a depositar en el suelo.
-Rodrigo, por fin has llegado –casi nunca le decía tío, ni siquiera de pequeña, siempre prefirió llamarlo por su nombre de pila, y sus hermanos siguieron su ejemplo-. Estoy desesperada, nerviosa, me siento muy mal y angustiada por todo esto.
-Tranquila mi niña, ya todo está bajo control. Además, no ha pasado nada. Pero deberemos tomar esto como un aviso, una advertencia y apenas despunte el día nos dedicaremos a asegurar este lugar convenientemente. Ahora cálmate… ¿cómo está tu hermano?
-Aquí estoy Rodrigo, con mi amigo Carlos.
Un muchacho alto y prolijamente desgarbado como indicaba la moda, se acercó y lo saludó con un beso en la mejilla. Rodrigo lo abrazó cálidamente mientras el chico devolvía el abrazo.
-¿Todo bien Mauro? Menudo susto que me llevé.
-Lamento haberlo perturbado caballero, pero su sobrina así lo solicitó y además creo que era lo más correcto.
Al darse vuelta hacia el lugar de donde provenía la voz, observó un hombre joven y atractivo. No es que a él le gustaran los hombres, pero le llamó la atención la masculina belleza de aquel ejemplar de varón de unos treinta y cinco años. Era alto, de casi un metro noventa; pesaría unos noventa y cinco o cien kilos, de los cuales la mayor parte debían ser de magra musculatura. Pelo negro, lacio, brillante. En su rostro de marcada angulosidad varonil, resaltaba un bien cuidado bigote; los ojos castaños y vivaces enmarcados por unas espesas cejas que le daban a su mirada una especial expresión. Tenía aspecto recio y serio, y la placa que lucía dejaba saber su condición de miembro de la policía, ya que por su ropa de civil nadie lo imaginaría. Se acercó a Rodrigo con su mano extendida:
-Muy buenas… madrugadas –dijo mientras sonreía amigablemente- Soy el Sargento de Investigaciones Daniel Rivera. Hace un rato hablé por teléfono con usted.
-Sí, así fue –le dijo Rodrigo mientras que sentía un firme apretón de manos por parte del oficial, al que no vaciló en contestar de la misma forma- Permítame agradecerle personalmente lo que ha hecho hasta ahora Sargento Rivera.
-Nada que agradecer señor, es nuestra obligación y deber. Si lo desea, pasaré a informarle lo sucedido.
El Sargento comenzó a darle detalles de cómo había sido el intento de robo, de cómo deberían tener cerradas las entradas y qué medidas de seguridad sería conveniente que tomaran.
No le hizo falta a Rodrigo mucho rato para percatarse de las miradas y sonrisas que el Sargento le dedicaba a Kathy. Y no era el único. El resto de los policías, además del amigo de su sobrino, estaban prendados de la chica que seguía abrazada a él.
Al rato de estar por allí, decidió tomar el teléfono y llamar a Emilia para avisarle que estaba todo bien, pero que había tomado la decisión de quedarse y acompañar a los chicos esa noche, cosa que ella aprobó por completo.
Una vez que el sargento Rivera y los agentes a su cargo se hubieron retirado, pasaron a la casa. Santiago, el amigo de Mauro, no desprendía la mirada del cuerpo ondulante de la hermana de su amigo.
-Si la sigues mirando así vas a quedar bizco –le susurró Rodrigo, haciendo que los colores del muchacho subieran hasta sus mejillas y se instalaran allí.
-Santi, vamos a dormir –le gritó a su amigo Mauro –Ya estuvo bueno por hoy, mañana nos levantaremos muy tarde. Hasta mañana a los dos, gracias Rodrigo por venir.
-Hasta mañana jóvenes, y que descansen –saludó el hombre mientras los vio perderse hacia el enorme ático de la casa donde Mauro había decidido instalar su dormitorio, sala de sonido, de juegos y más. Allí ponía el equipo de audio con todos los decibeles imaginables sin molestar al resto de los mortales de la casa. Sonrió con esos pensamientos y movió suavemente la cabeza.
Cuando giró sobre sí, la mirada de Rodrigo se topó con el cuerpo y los ojos de Kathy. Estaba en el sillón grande, sentada de costado, de una forma lánguida y sexy. Las piernas cruzadas y entrelazadas hacían imaginar una planta trepadora que da mil vueltas para llegar a lo alto.
La miró sin poder disimular su excitación. Ella se paró y se encaminó hacia él sin dejar de mirarlo. Ya no era una chiquilla, era una mujer provocativa, que sabía perfectamente qué hacer para lograr enloquecer a un hombre como ahora lo hacía con él. Tenía un andar felino y una mirada arrebatadora que hipnotizaba. En ese momento, más que nunca, comprendía por qué los varones hacían cualquier cosa por estar a su lado.
Se acercó hasta él y pasó los brazos por encima de su cuello, atrayéndolo suavemente hasta que tuvo su boca casi pegada a la de ella… pero no lo besó. Entreabrió la boca y su lengua, rosada y húmeda, recorrió los labios de él sin permitir que la besara. Eso… lo excitó aún más. Pero sabía que era un territorio prohibido. Aunque no llevaban la misma sangre, era su sobrina, casi como una hija. Y también una mujer deliciosa. Tenía que hacer algo para cortar aquello.
La apartó suavemente de su lado, y sonriéndole tomó la mano izquierda de la chica con su mano derecha y la condujo al sillón, donde se sentaron sin desprenderse. Ella siguió su ejemplo sin dejar de mirarlo a los ojos. Rodrigo sacó un pañuelo del bolsillo de su americana y las gafas hicieron mil piruetas en el aire antes de caer sobre la suave alfombra, pegando antes en el zapato izquierdo del hombre y yendo a parar a escasos centímetros. Rodrigo se tiró hacia atrás en el sillón con un visible gesto de cansancio.
-Deja Rodrigo, yo te los levanto – dijo la joven.
No se paró, sino que apoyándose en las rodillas del hombre, se cruzó sobre las piernas de este para alcanzar los espejuelos. El espectáculo que tenía Rodrigo ante sus ojos era celestial. La pequeña falda de Kathy se había levantado lo suficiente como para dejar ver el comienzo de dos globos perfectos, blancos, jóvenes, turgentes. La visión de aquel culo lo extasió pero… también le dio una idea.
Kathy se estaba demorando demasiado en recoger los espejuelos, y también se movía y contorneaba más de la cuenta con la clara intención de excitar al hombre. Cuando quiso incorporarse…
-No Kathy, espera, no te levantes –le dijo mientras presionaba su mano izquierda sobre la cintura de la chica- Es necesario que te quedes así un momento, quiero decirte algo.
-¿Así? Pero ¿para qué? ¿Qué me quieres decir?
-Kathy… Basta de provocarme.
La mano cayó pesadamente sobre la base de las nalgas con un movimiento ascendente que las hizo temblar. La sorpresa se apoderó de chica que sólo logró emitir un leve quejido. Las nalgadas siguientes comenzaron a picarle más y más, lo que la hizo contorsionarse y corcovear.
-Rodrigo, para ya – le ordenó.
El hombre se detuvo de inmediato, y ella trató de incorporarse una vez más. Y una vez más se encontró impedida de hacerlo. Esta vez no era la mano, que estaba en ese momento rodeando su cintura, sino el codo de Rodrigo que se clavaba en su columna.
-Esto recién empieza. ¡No te muevas!
La sentencia estaba dada. Kathy sintió cómo se subía su falda y dos dedos se introducían por los costados de sus bragas, levantándolas mientras la fina tela se perdía entre los cachetes. Los azotes siguieron cayendo sin piedad, mientras las nalgas se tornaban cada vez más rojas y calientes.
Cuando Rodrigo pareció oír un sollozo, paró. Volvió a colocar las prendas en su lugar, ayudó a Kathy a ponerse en pie y se dirigió a la puerta en silencio. Al alcanzar el picaporte se dio vuelta y mirando a la joven que se frotaba las nalgas, le dijo con una voz ruda que ella jamás le había escuchado:
-Recuerda que soy un hombre y no uno de tus alumnos. No vuelvas a provocarme.
La joven no terminaba de comprender lo sucedido, pero lo que sí entendía perfectamente es que jamás en su vida había estado tan excitada como en ese momento. Sus pensamientos habrían hecho sonrojar a la propia Anaïs Nin. Una sonrisa casi diabólica se instaló en su rostro.

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-Buenos días señorita Kathy –saludó sonriente al abrirse la puerta.
-Ah… es usted inspector. ¿Qué deseaba? –contestó con algo de desdén, actitud que no amilanó a Daniel.
-Pasaba por aquí y me pareció oportuno ver si estaba todo bien y he podido comprobar con agrado que han tomado las medidas que les sugerí.
-Sí, Rodrigo se encargó de todo.
-¿Su tío? –dijo con algo de sorna.
-El esposo de mi tía, sí. Le agradezco su preocupación inspector, pero ya tengo que salir.
-Bien, en ese caso le pido que me permita acompañarla y luego invitarla a almorzar.
Kathy dudó un instante antes de aceptar. Era una mujer inteligente, calculadora y quizás el inspector era quien le ayudaría a que nadie sospechara su posible relación con Rodrigo, de quién creía estar enamorada profundamente. La azotaína y las palabras del hombre solo habían logrado que lo buscara con más ahínco aún.
Los días siguientes fueron testigos de las visitas y atenciones de Daniel hacia la bella mujer. Ella aceptaba todos sus elogios pero no olvidaba a su azotador. No importaba qué hiciera, él estaba continuamente en sus pensamientos y se pasaba las horas pensando y urdiendo diferentes planes para atraer a su lado al hombre al que pertenecía su corazón.
Las continuas llamadas telefónicas, las visitas y la creciente excitación hicieron que Rodrigo aceptara verla. Se encontrarían para almorzar. El centro de la ciudad los recibió con el anonimato de las grandes urbes donde la gente pasa inadvertida. Ella lo esperó en una parada de autobús y se montó en el coche apenas este paró. La luz del día se volvió en su contra y se refugiaron en un restaurante muy íntimo. Hablaron de mil temas mientras degustaban el cóctel que habían pedido como aperitivo. A pesar de la fría brisa que salía de los huecos del aire acondicionado, Kathy manifestaba sentir calor.
-Ufffff… este calor es terrible ¿no crees? –le decía mientras se daba aire con sus manos. El vestido ajustado a su cuerpo tenía sólo dos finos breteles, dejando sus bellos hombros al aire. Él adoraba sus hombros…
La música con aires mexicanos se apoderó del ambiente. Unos siete u ocho mariachis se acercaron a la mesa. Mientras el cantante hacía gala de su envidiable garganta, los demás formaban un semicírculo en torno a la muchacha que se dejaba halagar. Cuando el hombre cantó: “…besar tus labios quisiera, malagueña salerosa, y decirte niña hermosa, que eres linda y hechicera…” Kathy, conocedora de los artilugios que puede utilizar una mujer, fingiendo más calor del que realmente sentía, recogió su cabello con las manos, desde la nuca hacia arriba, levantando sus brazos y dejando a la vista sus axilas suaves y blancas. Rodrigo creyó enloquecer de deseo y se retorció en la silla tratando de disimular su excitación.
Kathy regalaba sonrisas, caídas de ojos, movimientos exagerados del cabello, miradas cargadas de erotismo… todo dirigido al cantante y de rebote también le llegaba a alguno de los músicos. Tras una muy generosa propina los mariachis se retiraron, no sin que antes el cantante le pidiera permiso a Rodrigo para “…saludar a la señorita, y con la venia del caballero besar su mano. Buen provecho y que tengan una buena tarde”. Recién allí comenzó a retirarse sin dejar de mirarla, a la vez que ella le sonreía sumamente divertida.
El camarero se acercó a tomar la orden que Rodrigo se encargó de pedir: como primer plato antipasto, y como plato principal tallarines a la puttanesca. Para acompañar, vino tinto. Un Cabernet Savignon sería lo más apropiado. La bodega y la cosecha quedaban a consideración del somelier.
Mientras llegaba la orden el maduro comensal se deleitó contemplando a su bella acompañante, en tanto ella sonreía y coqueteaba. Cuando el camarero se acercó con el vino y le mostró la botella a Rodrigo, este asintió con la cabeza. Ante la aprobación, comenzó inmediatamente a descorchar la botella. Cuando quitó el corcho se lo presentó a Rodrigo, que luego de aspirar su aroma, por segunda vez volvió a asentir. La enorme copa de cristal recibió el líquido purpúreo y casi culminando la ceremonia, le ofreció la copa a Rodrigo con una inclinación de cabeza. Como un gran catador, movió la copa haciendo girar el líquido, volvió a aspirar el aroma, volcó la copa para apreciar el color y el cuerpo del vino. Cuando iba a dar el sorbo para saborear y catar definitivamente aquel delicioso elixir, Kathy le espetó:
-¡Espera! Así no se cata el vino. Déjame enseñarte a hacerlo…
Le quitó suavemente la copa, volcó el líquido hacia un costado mientras introducía el dedo índice en él.
-Esto se hace así… –Sacó el dedo empapado en el vino y comenzó a pasárselo por los labios entreabiertos de Rodrigo que no podía creer aquello, mientras que el camarero con los ojos desorbitados y una amplia sonrisa disfrutaba de la desfachatez de aquella joven mujer –Ahora recoge el vino con la punta de tu lengua y saboréalo. –Rodrigo obedeció mientras ella sostenía su mirada.
Volvió a introducir el dedo en la copa y se lo metió en la boca, con el gesto más lascivo que pudo, chupó el líquido entrecerrando los ojos, y mirando a los dos hombres susurro:
-Mmm… ¡grandioso y delicioso! Mis felicitaciones al somelier por tan buena elección. Sírvanos por favor…
El camarero cumplió la orden agradeciendo interiormente a Baco por haber bendecido el vino, y al resto de los dioses por haberle tocado atender aquella pareja que lo estaba poniendo a mil.
Luego del primer plato, Kathy se levantó para dirigirse al tocador. Rodrigo se paró en un gesto de caballerosidad y ella se fue moviendo las caderas un poco exageradamente. Se sabia atractiva. Los hombres y mujeres del restaurante no pudieron evitar seguirla con la mirada. Quien observaba el pasaje de esa joven por cualquier lugar, necesariamente recordaría la “ola” que se forma en los estadios de fútbol. Esto era similar: ella caminaba y las cabezas se iban dando vuela a su paso…
Durante la cena, la chica llamó al camarero más veces de las necesarias, y en cada una de las ocasiones le coqueteaba, inclinándose de más para mostrar sus senos, diciéndole al chico alguna palabra como para comprometerlo o ponerlo en evidencia. Rodrigo sonreía ante esas niñerías, sabiendo que eran para ponerlo celoso y llamar su atención. Ese era el precio que debía pagar por estar al lado de tan joven y bella mujer.
No tomaron postre. Ella quiso ir a una heladería y pidió un helado mediano. Apenas se lo entregaron comenzó a pasarle la lengua alrededor, a subir y bajar por la superficie de la cremosa preparación hasta que tomó la forma de una gruesa banana. Entonces, mirando a Rodrigo a los ojos, se engulló el helado y al sacarlo de su boca lo fue acariciando con los labios. Los hombres la miraban divertidos y las mujeres la criticaban por lo bajo. ¿Envidia quizás? Rodrigo la tomó del brazo y le indicó que se subiera al auto. Ya estaba bueno de hacer el ridículo. Tenían que conversar en un lugar privado para dejar claro los puntos, así que irían a un motel.
El motel se llamaba “La Cascada” y pidió la mejor suite que resultó ser una habitación bellísima. Estaba en penumbras. Música acariciante y romántica flotaba en el ambiente. Se acercaron a un pequeño bar donde había bebidas varias.
-Champagne, vino, whisky… ¿qué deseas tomar querida?
-Creo que la ocasión merece champagne –contestó ella con una amplia sonrisa.
-Sea.
Se acercó al frigobar y sacó una botella pequeña de champagne. Mientras la destapaba y servía sendas copas, Kathy tomó asiento entrelazando sus largas piernas y acomodándose sobre un extremo del sofá, dejando espacio suficiente para él, que con la copas en la mano se reclinó a su lado y le ofreció una.
-¿Brindamos? –preguntó la chica mientras alzaba la copa.
-Claro… ¿por qué quieres brindar?
-Por la vida, por estar aquí a tu lado, por ti, por mí… ¡por nosotros! Salud…
-Salud…
El fino cristal de las copas se quejó al choque del brindis. Ambos dieron buena cuenta del contenido y luego las apoyaron en la mesa.
-¿Sabes? Estás bellísima…
-Lo sé… -Rodrigo sonrío ante tal contestación.
-No hay nada más excitante que una mujer que se sabe bella y disfruta siéndolo.
Se acercó a ella y la atrajo hacia él. La joven sonrió pensando en su triunfo y torciendo su cabeza entreabrió sus labios cerrando sus ojos mientras se aproximaba a él. Pero no lo encontró, por lo que tuvo que abrir los ojos de golpe.
-¿Qué sucede Rodrigo? ¿Acaso no me deseas?
-Eso no importa. Tus padres no están ahora y creo que es mi deber cuidarte y protegerte. En el restaurante te comportaste como una mujer vulgar, y eso me molesta muchísimo. No basta ser una dama, tienes que demostrar que lo eres.
-Pero… ¿qué dices?
-Que tu comportamiento de hoy deja mucho que desear. Coqueteaste con todo varón que se cruzó en tu camino. No me molesta que lo hagas cuando no estés conmigo. Pero me aseguraré de que te quede claro. Ven aquí.
La copa voló por el aire y fue a dar al otro extremo del sillón, desparramando el dorado líquido por el suelo. La tomó del brazo y moviendo uno de los sillones la hizo reclinarse sobre el respaldo, quedando su rostro casi sobre los almohadones y su culo totalmente expuesto. Trató de levantarse en medio de protestas, pero Rodrigo se lo impidió.
Con la cabeza sobre el almohadón, Kathy sólo pudo oír el cinto que se deslizaba por las presillas del pantalón. Al querer reaccionar sintió un fuerte azote que le cruzó las nalgas.
-Por Dios Rodrigo ¿qué haces?
-Simple: te pongo en tu lugar.
-Pe…
-¡Silencio! ¿O quieres seguir agregando motivos a tu castigo?
-No eres quién para castigarme. ¡No eres nadie, no te permito que lo hagas!
Un silencio envolvió el lugar. La chica se incorporó sin ningún tipo de inconveniente por parte de su verdugo, que había dejado de serlo.
-Bien, si esa es tu decisión, nos vamos.
Se colocó el cinto con in disimulado fastidio. La joven no sabía qué hacer, cómo reaccionar. ¿Qué había hecho? Su intención no había sido molestar a Rodrigo, pero él se veía sumamente enojado.
-Perdóname Rodrigo. He sido una niña tonta.
-Sí, pero ya verás tú cómo cambiar si es que lo deseas.
-Lo que yo deseo es que tú me ayudes a cambiar.
-No, gracias. Ya lo intenté pero tú no apruebas mis métodos. Te espero en el auto.
-¡Espera! Lo siento… Sí acepto tu castigo. ¡Azótame por favor!
Rodrigo salía de la habitación y la tenía a sus espaldas. Ella no pudo ver la sonrisa de triunfo que se dibujó en su rostro. Sí… su método había dado resultado. Sabía que finalmente sería la chica quien le pidiera que la azotara. Retomando el gesto sombrío y adusto en su rostro, el hombre se dio vuelta y la miró a los ojos.
-¿Estás segura de lo que dices?
-Totalmente.
-Si en algún momento cambias de opinión me lo dices y dejaré de ser tu educador. ¿Estás dispuesta a obedecerme?
-Si Rodrigo.
-Ponte en la misma posición de antes. Ahora abre las piernas y apóyate firmemente en el suelo. Si en algún momento crees que no soportas el castigo, bastará con que digas “amarillo” y suspenderé de inmediato para darte un descanso. Luego retomaré. Si quieres que me detenga por completo, di “rojo” y daré el castigo por terminado. Ahora… cuando estés preparada di “verde” y comenzaré. Veremos si soportas el castigo que tengo para ti.
Kathy respiró profundamente mientras terminaba de tomar la posición que le había indicado. Cuando dijo “verde” cerró sus ojos y se puso tiesa esperando el azote, pero este demoraba en llegar. Al intentar darse vuelta para ver qué pasaba, el cinto se estrelló contra sus nalgas, y lanzó un tímido gemido de dolor.
Cuando Rodrigo creyó que eran suficientes azotes, levantó su falda y comenzó a bajar sus bragas. La mano de la joven asió fuertemente la del hombre, obligándolo a detenerse.
-Si quieres que me detenga, sólo debes decir la palabra adecuada y lo haré. De lo contrario seguiré adelante.
Luego de unos segundos, la chica soltó la mano en silencio y tomó su posición. Los ojos del disciplinador se deleitaban ante las nalgas cruzadas por gruesas líneas rojas. Pasó su mano como para refrescar aquel fuego, y luego se retiró unos pasos. Toda la intimidad de Kathy estaba expuesta. Una maraña salvaje de negra espesura era como el centinela de aquella joya rosada y húmeda. El orificio de su ano se veía delicioso y pedía atención en forma casi desesperada. La excitación de Rodrigo era evidente, pero ella no podía verlo. Así que apoyando su mano izquierda sobre la cintura de la chica, comenzó a nalguearla con la mano, teniendo extremo cuidado de no tocar sus partes íntimas, sólo rozarlas levemente. Cada vez que lo hacía, sentía estremecerse a la mujer que tenía bajo su poder, un poder que ella misma le había concedido.
Kathy estaba en peor situación. No podía negar su excitación, porque los jugos que se escondían en su vagina estaban a punto de resbalarse por sus piernas. Nunca había sentido una sensación tan maravillosa. El esposo de su tía no sabía que era la segunda vez que cumplía la fantasía que tenía desde niña: ser nalgueada por ese hombre tan viril, tan guapo, tan… ¡masculino! Sentía cada azote como una caricia dolorosa que la hacía temblar por dentro y por fuera. Sus nalgas estaban ardiendo y de su parte más íntima, ahora impúdicamente expuesta, los jugos comenzaban a correr.
Los azotes cesaron y sintió cómo le volvían a colocar las prendas en su lugar.
-Toma tus cosas, nos vamos.
No lograba entender nada. Se terminó de acomodar sus prendas y lo siguió hacia la salida.

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Pero la situación volvería a repetirse. Esta vez Rodrigo la planeó diferente: sería una noche romántica. La pasó a buscar y se dirigieron al puerto. De allí partía todas las noches un corto crucero en un fabuloso yate que ofrecía cena y show. También había casino donde las parejas comprobaban aquel dicho de “desafortunado en el juego, afortunado en el amor”.
Las mujeres lucían como recién sacadas de una revista de modas, con vestidos finísimos, peinadas y maquilladas como artistas, y sus acompañantes estaban igual de elegantes.
La cena transcurrió entre miradas cariñosas y subyugantes. Cuando la orquesta comenzó a tocar, salieron a la pista y se fundieron en un abrazo. La música sonaba y el abrazo de la pareja se hacía más intenso. La mano de Rodrigo subía y bajaba de forma casi imperceptible por la espalda casi desnuda de Kathy. Mientras danzaban los ojos de ella se clavaron en el rostro de él.
-¿Jugamos unas fichas en el casino? –sugirió Kathy con una sonrisa cuando cesó la música.
-Está bien. Si es lo que quieres… -contestó Rodrigo mientras tomaba su cintura para dirigirla hacia la salida del salón.
Luego de perder una cantidad bastante importante en la mesa de ruleta, decidieron subir a cubierta. La noche parecía sacada de un cuento fantástico. El cielo estaba despejado, por lo que permitía observar las estrellas que parecían diamantes volcados al azar sobre un enorme paño de terciopelo azul. La luna estaba en su fase llena, y era la reina de la noche, reflejando su belleza en el mar. Una brisa fresca levantaba los cabellos negros de Kathy mientras ella se apoyaba sobre el borde del yate. Rodrigo miró su rostro, iluminado por la luz de la luna. ¡Se veía tan hermosa! La tomó de los hombros haciendo que girara hasta enfrentarlo. Levantó la barbilla con su índice, e inclinándose sobre ella la besó dulcemente, pero con pasión. Kathy alzó sus brazos y cruzó las manos sobre la nuca de Rodrigo. Los largos dedos de la joven se perdieron en la espesura del cabello del hombre. Así estuvieron largo rato, besándose y jugueteando con sus lenguas y labios, diciéndose palabras incomprensibles para el resto de los mortales. De ese modo, las pocas horas que duraba el crucero se pasaron rápidamente.
El motel “Séptimo Cielo” fue quien los recibió aquella noche. Dejaron el coche en el garaje y subieron a la habitación. Rodrigo la había tomado de la cintura, subiendo y bajando la mano suavemente… Flanqueó la puerta y le cedió el paso caballerosamente. Ella se detuvo un instante para mirar los detalles de la habitación mientras depositaba su bolso sobre una de las altas sillas situadas junto al pequeño bar. Al darse vuelta para hacer un comentario, su boca fue tapada con los labios de Rodrigo, que comenzó a besarla de forma salvaje y ardiente. Las lenguas se entrelazaban, la humedad de sus bocas se confundía, los labios recorrían y se pegaban a los otros labios. Tenían sed de pasión, una sed que parecía insaciable, pero sabiendo que el otro era el oasis en ese agobiante calor de la lujuria, más ardiente que cualquier desierto.
Las manos de Rodrigo recorrían aquel cuerpo túrgido y joven, vibrante… Por fin había decidido conocer aquella
“piel de satín y azucenas” como decía el tango. La piel de aquella joven encendía su pasión, y bajo la luz de las velas adquiría un brillo especial, con un juego de luces y sombras que la hacían más deseable aún.
Comenzó a besar su cuello continuando con sus hombros, redondos y deliciosos. Bajó los breteles del fino vestido y comenzó a deslizarlo hasta dejar a la vista los bellos senos. Eran firmes, del tamaño ideal, suaves, con una aureola rosada y un botón que a pesar de estar en su mínima expresión, se alzaba tímidamente sobre la deliciosa montaña. Terminó de bajar la vestimenta de la chica que quedó con una pequeña bikini de encaje blanco que hacía resaltar más su vientre, plano y delicadamente musculoso. El vestido cayó al suelo cuando él la tomó en sus brazos para depositarla en la cama. Ya descalza, la depositó delicadamente y la observó. Así, casi desnuda y tendida a su merced, el caballero recio y excitado dejó paso a un hombre conmovido y turbado por la belleza y entrega de su acompañante. Comenzó a desvestirse sin dejar de mirarla. Era una mujer cautivadora, abandonada a su pasión, que lo miraba con ansias, con ganas, con hambre de sexo salvaje… Desprendió el último botón de su camisa.
-Ponte boca abajo -le pidió Rodrigo con suavidad.
Al terminar de cumplir la orden, sintió como se sentaba a horcajadas encima de ella. No podía verlo, pero no se opuso cuando él la tomó de las muñecas y le colocó unas cuerdas con las que la ató diestramente a la cabecera de la cama. Un pañuelo de seda, sacado de la nada al estilo del mejor ilusionista, fue a parar a los ojos de Kathy impidiéndole por completo la visión. Comprendió que a partir de ese instante debería guiarse sólo por sus sentidos y sus instintos.
Sintió a Rodrigo caminar de un lado a otro de la habitación. Sentía sus pasos, ruidos que no lograba reconocer y sonidos que le eran familiares.
El azote que le cruzó las nalgas de forma tan inesperada que le hizo dar saltar, más por la sorpresa que por el dolor.
-No te atrevas a moverte o te irá peor.
-¿Pero qué haces?
-Shhhhhh… no hables, no te muevas, no quiero más sonidos que el del azote y… el silencio.
Un nuevo golpe cayó en las nalgas de la chica, que apenas se movió mientras clavaba las uñas y hundía su rostro en la almohada para ahogar el quejido. No sabía con que la golpeaba, pero era algo largo, fino, lacerante, flexible… y que le hacía arder la piel. Los azotes se fueron sucediendo lentamente pero sin pausa. Sentía que tenía sus nalgas marcadas con finas rayas en todas las direcciones.
-Me has hecho perder una pequeña fortuna hoy, y continúas seduciéndome sin reparos. Ese descaro lo voy a cobrar en tus nalgas.
Se acercó a la joven y le quitó las bragas. No obtuvo ninguna resistencia esta vez, y no porque estuviera atada, sino porque Kathy había decidido entregarse a aquel hombre dominante y recio.
Rodrigo pasó sus manos por cada una de las largas marcas rojas que cruzaban aquellos deliciosos globos. La unión de la curvatura de los hemisferios invitó a la mano a continuar el camino hacia la parte más íntima y escondida de la mujer. Con un simple movimiento le hizo saber que deseaba que se abriera totalmente de piernas, dejando su sexo a la vista.
Los dedos expertos de Rodrigo comenzaron a recorrer aquella cueva encantada que continuaba siendo guardada por una espesa maraña de vellos negros y ensortijados; hasta que encontraron el mágico botón que la hizo estremecer. Con el clítoris entre sus dedos comenzó un mágico baile de vaivén, una deliciosa tortura que ejercía presionando lo suficiente el manojo de nervios que se unen en esa zona mágica. A la reunión se acopló la lengua del hombre: sabia, experta, deseosa de dar placer. Una vez más se juntaron las humedades y se confundieron. Kathy no podía impedir el fluir de sus jugos vaginales, y la impúdica lengua comenzó a invadir el interior de su vagina mientras que el orgasmo comenzaba a florecer sin ningún tipo de pudor. Rodrigo sentía en su lengua cada uno de los espasmos, de las contracciones vaginales de la joven que no paraba de gozar y gemir.
Sin darle el menor respiro, la lengua de Rodrigo se concentró en su otro agujero. En pocos segundos la joven se comenzó a retorcer una vez más y la lengua encontró otra vaina donde refugiarse.
La saliva corría y se confundía con los demás jugos. Sin dejar de tocarla, el hombre se terminó de desvestir. Su pene se erguía impúdicamente, apuntando el techo de la habitación. Rodrigo se dirigió a la cabecera de la cama y desató a la joven, quitándole también la venda de los ojos para que se enfrentara cara a cara con el miembro viril de Rodrigo. Tenía la punta brillante y acercándolo a la cara de la joven se lo ofreció. La lengua de Kathy comenzó un recorrido vertiginoso de arriba abajo, mientras que las lánguidas manos de largos y hábiles dedos tomaban, una, la base del pene torciéndolo suavemente y con la otra los testículos, que eran masajeados tierna pero firmemente. Jamás había experimentado algo así y se estaba volviendo loco de placer. Pero no quería dar todo por terminado tan rápido.
-Ven mi pequeña, ponte en cuatro patas.
Lo obedeció de inmediato, imaginando cuál sería el próximo paso.
-Mi pequeña perrita…
El pene se apoyó en el dilatado ano de la mujer y comenzó a introducirse lentamente. El grito fue sofocado por la mano del hombre, que dejando caer su cuerpo sobre el de Kathy, la hizo extenderse. Podía sentir el tibio aliento del hombre en su nuca.
-¿Estás gozando pequeña?
-Mucho
-¿De quién es ese culo?
-Mío
-No, estás equivocada. A partir de hoy y hasta que yo lo decida es sólo mío ¿entendiste?
-Sí
-Si eso es verdad, quiero que me lo digas, que lo repitas. Di que es sólo mío y que no se lo darás a nadie más.
-Mi culo es tuyo, solo tuyo, y nadie más lo tocará, no se lo daré a nadie más que a ti. Te lo prometo.
-¿Segura?
-Sí, segura. Quiero ser tu puta y quiero que mi culo sea sólo tuyo, que te pertenezca.
Las palabras de la joven fueron el impulso final que él necesitaba para hacer los embates más fuertes cada vez, hasta que el jadeo de ambos se hizo más frecuente y el semen comenzó a salir a borbotones, inundando las entrañas de Kathy que, exhausta, cerró los ojos para descansar con el peso de su hombre encima y llena de sus jugos.
-Kathy… -una vez más sintió el tibio aliento del hombre en su nuca- Eres tan hermosa que por momentos dudo que esto sea verdad. No quisiera que se acabara nunca.
-No sé si alguna vez acabará pero hoy existe Rodrigo. Así que será mejor aprovechar este momento que es el que tenemos. Ven… ven a mi lado… y continúa amándome como siempre soñé que lo harías.
El resto de la noche continuó siendo una conjunción de caricias, gemidos, palabras entrecortadas y suspiros de placer.
Fue aquel uno de muchos encuentros furtivos, de mañanas de lujuria, tardes de pasión y noches de placer… Los dos estaban bien económicamente y podían darse el lujo de alquilar un taxi para pasar un día en alguna ciudad no muy lejana, alojarse en algún lujoso hotel y comer en los mejores restaurantes. O tomarse un avión en la mañana, irse a un país limítrofe y regresar por la noche.

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Aquella mañana Kathy se apareció en la oficina en la que Rodrigo trabajaba como vice-presidente. La secretaria la anunció y ella entró como la persona importante que se suponía que era: la sobrina del segundo hombre más poderoso de la empresa.
Rodrigo, caballerosamente como él solía comportarse, se puso en pie para recibirla. Una vez que la secretaria cerró la puerta, ella se abalanzó en sus brazos y se besaron con pasión:
-Cosita chiquitita…
-Hola luv… te estaba extrañando mucho y no pude dejar de venir a verte. Me tienes abandonada.
-No mi niña, no es así. Es que… tú sabes que esto no puede ser, no podemos seguir adelante con esta relación. Tú tía no se lo merece, ni tú, ni yo, ni siquiera… Daniel. Él está enamorado de ti y tú no haces nada por retribuir su amor.
-Yo no le pedí que me amara, y sabes perfectamente que a ti a quien amo –le dijo mientras pasaba sus brazos por encima de los hombros de él y acariciaba la nuca de aquel hombre maduro, mientras se ponía en puntas de pie para poder alcanzar sus labios en tanto él abrazaba su cintura.
Escenas como esta se repetían con demasiada frecuencia, cada vez más abiertamente, lo que significaba un gran riesgo para Rodrigo quien sería el más perjudicado si aquella relación se hacía pública.
-Me dijo Emilia que estábamos invitados para ir a cenar esta noche. Así que nos volveremos a ver hoy, luv.
-Espero que te comportes como es debido.
-Claro, siempre lo hago –contestó blandiendo su mejor y más picaresca sonrisa.
-Entonces… vete ahora y nos vemos a la noche.
-Ahhhhhhhh… ¡no quiero! No me eches cariño, por favor –le dijo haciendo uno de esos mohines que él tanto adoraba.
-Anda, no te pongas caprichosa y obedece. Nos vemos esta noche –y la acompañó a la puerta de la oficina, como para tener seguridad de que se retiraría.

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La mesa estaba preparada para cuatro personas. Emilia era una excelente anfitriona: fina, distinguida y sumamente sencilla. Estaba acostumbrada a recibir gente de alto nivel cultural y financiero debido a la posición de su esposo; siempre quedaba muy bien con todos y hacía que el hombre que amaba hacía tantos años, se enorgulleciera de ella. También por ese motivo quería Rodrigo terminar aquella relación con Kathy, porque en el fondo amaba profundamente a su esposa. Pero aquella niña lo volvía loco de verdad y no sabía cómo hacer para dar por terminado lo que había comenzado casi sin querer.
Sonó el timbre y Emilia se dirigió a la puerta para dar una cordial bienvenida a los invitados. Daniel estaba elegantísimo, con un traje que parecía cortado encima de su musculoso cuerpo, le caía maravillosamente bien. Prolijamente afeitado y peinado, con un perfume discreto y masculino, cruzó la sala con la mano estirada para saludar al anfitrión.
-Don Rodrigo, qué placer volver a verle.
-Igualmente muchacho. ¿Todo bien?
-Sí señor, todo muy bien. Permítame agradecerle a usted y a Emilia la gentileza de invitarnos a cenar.
-Por favor… es un placer tenerlos aquí –contestó cortésmente Emilia mientras se tomaba del brazo de su esposo
-Hola Rodrigo –dijo Kathy con una sonrisa que la hizo aún más bella. Él la beso suavemente en la mejilla mientras su corazón latía de alegría al verla.
-Daniel, usted aún no conoce la casa. Acompáñeme, se la mostraré y me ayudará a preparar unos tragos para el aperitivo. Kathy querida –le dijo a su sobrina mirándola con afecto- te robaré a tu guapísimo novio por un rato. Debo felicitarte por tan buena elección, es un hombre de trabajo, se ve refinado, culto, elegante y hacen una bellísima pareja.
-Muchas gracias señora, me halaga usted.
-No me digas señora Daniel, me llamo Emilia. Vamos… ayúdame a preparar los tragos –le decía mientras lo tomaba del brazo y se lo llevaba a la habitación contigua.
Una música tenue flotaba en el ambiente. Rodrigo adoraba la música clásica y la ópera. Andrea Boccelli acompañaba a la perfección la fina velada mientras que Rodrigo y Kathy, una vez solos, comenzaron a mirarse sin disimular su pasión.
-Kathy, que te conozco. Compórtate como la dama que eres y dime qué has hecho hoy.
-He sido una niña mala Rodrigo… Merezco que me castigues.
-Pero… ¿Qué dices?
-Quisiera que me abofetearas para redimir mis culpas.
-No digas tonterías ¡por favor!
-Anda Rodrigo, castígame…
-No, no lo haré.
-Si no lo haces, gritaré y me pondré a llorar, te miraré con odio y extrañeza. No sabrás cómo explicar la situación… Y será peor.
-Compórtate y no me amenaces.
-Quiero que me abofetees…
Rodrigo estaba totalmente desconcertado. Kathy comenzó a besarlo, mientras se oían las voces de la otra habitación. La separó de él y miró nerviosamente por encima de su hombro.
-Basta Kathy, no hagas niñerías –La tomó de los hombros y la zarandeó como para hacerla reaccionar.
-Abofetéame…
-Ya te dije que no lo haré
-¡Daniel! –gritó entonces. Rodrigo quedó de una pieza…
-Dime cariño… -contestó la voz masculina desde la otra habitación. Rodrigo contuvo la respiración.
-¿Me preparas ese cóctel que tanto me gusta? –gritó ella con una mueca divertida.
-En eso estaba. Le explicaba a Emilia lo complicado que es prepararlo…
La tensión empezó a sentirse en el ambiente mientras que la música también subía su intensidad. El “Gloria in Excelsis Deo” de Vivaldi comenzaba con esa velocidad vertiginosa que lo hace tan especial, los violines tocados por manos prodigiosas hacían correr la adrenalina por las venas de la pareja mientras se miraban a los ojos desafiándose mutuamente. La soprano alzó su voz y la bofetada resonó tapada con la música de los violines y las voces del coro. Rodrigo no había podido contener su furia y el nerviosismo lo había hecho caer bajo los influjos de esa mujer que, cuando volvió su rostro hacia él, lo hizo con una sonrisa sarcástica y de total triunfo. Los dedos de Rodrigo se percibían apenas en la blanca y delicada mejilla de Kathy.
-Cariño, aquí está tu cóctel –Daniel había entrado de improviso, tomándolos totalmente de sorpresa- Pero… ¿Qué te pasó en el rostro? Parece que…
-¡Sí! Rodrigo me abofeteó –gritó al tiempo que se cubría la mejilla con la mano y señalaba con el índice al hombre que hasta hacía pocos momentos antes había estado besando.
-Pero… Yo… -trató de explicarse Rodrigo, mientras que Daniel lo acusaba con la mirada y su esposa lo observaba con extrañeza.
-Jajajajajaaaaa… -rió Kathy estrepitosamente, mientras todos la miraban atónitos– Relájense, que era una broma. Le estaba contando algo a Rodrigo y me pegué en la mejilla con demasiada fuerza. Pero por solo ver el rostro de desconcierto de mi tío, valió la pena la broma. Y ustedes dos disculpen, perdóname tía Emilia, pero… ¡la tentación fue muy grande!
-Ay niña, ¡qué susto me has dado! Sé perfectamente que Rodrigo jamás haría algo así, pero qué momento me hiciste pasar. Daniel, deberías poner a esta niña sobre tus rodillas y darle unas nalgadas para enseñarla a comportarse… vamos, pasemos a tomar el aperitivo.
Rodrigo se acercó con disimulo al oído de quién le había hecho pasar uno de los momentos más vergonzosos de su vida, e inclinándose le susurró: “Esta me la pagas, y bien cara, niña”. Ella le sonrió y le guiñó un ojo, mientras lo tomaba del brazo para seguir a sus parejas.
La cena transcurrió plácidamente y el incidente pareció olvidado junto con la marca en el rostro.
Sí, el incidente “pareció” olvidado, pero en realidad ninguno de los cuatro lo pudo olvidar. Emilia comenzó a comportarse de forma extraña con Kathy. Muchas de las actitudes de la chica dejaron de caerle bien y algunas veces no le daba a su esposo los recados de la sobrina. Rodrigo también se dio cuenta que ya no miraba con simpatía y agradecimiento cuando le decía que iba a casa de los chicos, o que ayudaría a Kathy con tal o cual trámite. El hombre comenzó a ser mas cuidadoso y precavido con sus comentarios, pero el hostigamiento y la forma de hablar de su esposa se hacia cada día mas evidente.
Emilia comenzó a hablar cada vez menos con su sobrina y lentamente la relación se fue enfriando. Cuando la joven iba a casa de sus tios siempre era recibida correctamente, pero ya no había el cariño, los gestos de alegría y bienvenida de antes. El trato hacia ella por parte de su tia era fríamente correcto. Rodrigo tuvo que ponerse a pensar que iba a hacer con esa situación cada dia más insostenible. Debía decidirse: su esposa o Kathy. Todo un dilema que lo tuvo más de una noche sin dormir. Le costaba decidirse y necesitaba algo que torciera la balanza para un lado u otro. Él no lo sabía aun, pero ese peso que volcaría uno de los platillos estaba a punto de llegar.

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Mientras todo un desfile de pensamientos cruzaba la cabeza de Rodrigo, otro hombre tenia también la suya llena de imágenes, sentimientos, emociones encontradas y no sabía cómo salir de esa situación que le hacía imaginar un bosque infectado de animales salvajes que lo acosaban sin tener escapatoria.
¿Hablar con Kathy? No, eso ya lo había hecho varias veces y sin resultado alguno. La chica negaba los amoríos con su tío, o con “el esposo de su tía” como le gustaba decirle. ¿Poner sobre aviso a Emilia? No… esa mujer era demasiado inteligente y seguramente ya lo sabía; sería una crueldad ponerla en evidencia. Era una mujer admirable y no merecía pasar por eso. Sólo la lastimaría sin sacar ningún provecho de esa acción. “Si no beneficia a nadie… ¿para qué?”. Lo que le quedaba era hablar con Rodrigo, frente a frente y de hombre a hombre, así que concertó una cita con el empresario.
Una elegante cafetería fue el punto de encuentro de lo dos hombres. Luego de los saludos protocolares tomaron asiento. El primero en hablar fue Rodrigo:
-Daniel, gracias por la invitación porque yo también quería hablar contigo.
-¿De verdad Rodrigo? ¿Y sobre qué sería la charla? –le dijo con un rostro serio y algo molesto.
-Sobre el único tema y persona que nos une Daniel: sobre Kathy. ¿O me equivoco?
-No, no se equivoca usted. Pero ya que comenzó le pido que continúe.
-Bien… tú sabes que no es fácil. No voy a negar que he tenido una relación con Kathy, como tampoco niego mi cuota parte de responsabilidad en esa relación. Desde un principio yo sabía que era algo sin futuro, los dos lo teníamos claro, pero ella siempre tuvo la esperanza de que yo dejara a su tía para irme con ella. No niego que más de una vez estuve a punto de hacerlo, pero… en realidad amo a Emilia. Kathy fue una inyección de vitalidad, frescura, juventud, belleza y locura. Pero al continuar con esta relación sólo estoy haciendo daño. Daño a mi esposa que sospecha que algo ocurre, daño a Kathy porque sé que no me quedaré a su lado, te daño a ti Daniel, porque al estar yo en el medio no permito que ella vea al hombre que tiene a su lado y que la ama con delirio.
-Sí Rodrigo, esa es la verdad: amo a Kathy con delirio, con pasión, con locura. Pero ya no soporto más esta situación. Así que vengo a decirle que uno de los dos debe de desaparecer. Si usted se queda yo me voy. Pediré traslado a otra ciudad, en el extremo opuesto del país… y allí trataré de comenzar una nueva vida.
-No Daniel, no será necesario. Y te explicaré por qué…
Rodrigo comenzó a informarle sus planes, los que Daniel comprendió y aceptó inmediatamente con una sonrisa en su rostro.
-Sé que no soy quien para darte consejos, así que te daré una sugerencia: Kathy es una chica muy rebelde, caprichosa, extremadamente inteligente y también manipuladora. Necesita a su lado un hombre firme, dominante, seguro de las cosas sin caer en la necedad. ¿Me explico?
-Creo que sí.
-No, me parece que no, así que te lo diré claramente. ¿Recuerdas el día de la cena, cuando Kathy dijo que yo la había abofeteado y luego lo negó diciendo que se lo había auto infringido?
-Sí, nos hizo pasar un momento muy feo.
-¿Recuerdas lo que te dijo Emilia?
-Mmm… No, sinceramente no.
-Te dijo más o menos con estas palabras que Kathy merecía que la pusieras sobre tus rodillas y le dieras unas buenas nalgadas.
-Jajajajaaaaaa… Sí, es verdad. Ahora lo recuerdo. Estuvo muy graciosa esa broma.
-No era broma Daniel. Te lo decía muy en serio.
El joven no salía de su asombro.
-Verás: ni yo ni Emilia estamos de acuerdo con la violencia doméstica bajo ningún punto de vista. Pero lo que te proponía era algo consensuado: unos azotes propinados en las nalgas mantendrán a raya a esa niña traviesa. Y ella estará totalmente de acuerdo. No solamente lo aceptará sino que… hará que se enamore perdidamente de ti y se olvide de mí fácilmente. Te doy mi palabra Daniel. Haz la prueba. Sé que no tienes porqué confiar en mí, pero… Si nos haces caso no te arrepentirás.
Luego de unas breves explicaciones sobre la disciplina doméstica y las azotaínas eróticas, los hombres se despidieron con un fuerte apretón de manos. No se volverían a ver jamás…

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Camino a su casa, Rodrigo iba imaginando mentalmente lo que le diría a Emilia. ¿Y si ella no aceptaba? Si ella no aceptaba tendría que hacerlo igual, aunque fuera solo. Era muy arriesgado, pero tenía que hacerlo. Repasó en su mente la posible conversación y las probables respuestas de Emilia, y qué le contestaría ante tal o cual frase. Así fue todo el camino, conduciendo lentamente y aprovechando los semáforos para cavilar la mejor forma de enfrentar esa charla, lo que le valió más de un bocinazo de algún chofer que sí tenía prisa por regresar a su hogar.
Bajó del auto y se dirigió a la puerta de entrada de su casa con la llave en la mano. Cuando la fue a introducir, la puerta se abrió y apareció Emilia con la cara sombría, el mismo rostro de tristeza que tenía desde hace un tiempo. Ya no estaba alegre como antes, sino que un velo de congoja cubría su rostro, y le era imposible disimularlo.
-Hola Rodrigo…
-Buenas tardes amor... –respondió dándole un suave beso en la mejilla. Luego la tomó de la mano y la condujo hasta los sillones de la sala – Emilia, ven conmigo. Tengo algo que decirte.
Emilia se paró en seco y se puso lívida. Abrió sus ojos con un dejo de extrañeza y desconsuelo mientras que se le llenaban de lágrimas.
-¿Qué me quieres decir Rodrigo? –preguntó con miedo a la respuesta - ¿Acaso…?
-Emilia, mi amor –le susurró al oído mientras la abrazaba al ver la reacción de su esposa- lo que tengo para decirte puede ser muy importante para nuestro futuro: para ti y para mí. Para los dos. Ven… sentémonos. Escúchame por favor…
-Rodrigo, no…
-Por favor amor, déjame contarte y luego me dirás tu parecer, ¿sí?
-Está bien… habla.
Los nervios de esa mujer eran evidentes. Bajó su mirada y apretó sus manos en un gesto de desesperación. Rodrigo se odió por hacerle pasar momentos así…
-Emilia, la empresa me ha ofrecido el puesto de presidente en la sucursal de Miami. Eso significaría tener que mudarnos para allí por al menos dos o tres años. Les dije que tenía que hablar contigo para responderles. El sueldo será mucho mayor, nos darán una casa y auto de la empresa. Es una oportunidad muy grande para mí, pero… quiero que me acompañes. Sería imposible estar allá sin ti…
Los ojos de Emilia se iluminaron, y las lágrimas corrían por su rostro mientras abrazaba a su esposo casi con desesperación. ¡Era esa la noticia! Ella había imaginado que le diría que la iba a dejar, pero no… su esposo le estaba pidiendo que se fueran de allí, lejos de todo aquello, lejos de…
-¡Rodrigo, mi amor! Claro que me voy contigo, donde tú vayas yo iré, yo te acompañaré, estaré a tu lado en todo momento. Sí, sí… sólo dime cuándo partimos y me pondré a hacer las maletas.
-Gracias por ser la mujer que eres. Temía que no quisieras venir, pero… ¿cómo pude imaginar que no me acompañarías? Gracias amor, gracias. Sé que es todo muy apresurado, pero deberíamos estar en Miami en 8 días. Si te parece bien, comenzaremos a dejar todo en orden y necesitaré tu ayuda para eso.
-Cuenta conmigo. Esta noche comenzaré a ordenar todo lo necesario con respecto a la casa, le avisaré a…
-¡No! No, por favor no le avises a nadie, no quiero que nadie se entere. Nadie. Dentro de una semana, cuando ya estemos tomando el avión, entonces ahí avisaremos a quien sea necesario. Pero quiero disfrutar este momento contigo solamente, quiero que este sea nuestro momento, nuestro logro, nuestro triunfo…
Tomo el rostro de la mujer que había sido su compañera de ruta por más de 25 años y la encontró más bella y resplandeciente que nunca. Acercó sus labios a los de ella y la beso dulcemente mientras la llevaba en brazos a la habitación.
Aquella noche fue muda testigo del fuego y la pasión que puede haber en una pareja que se ama y se comprende sin decir una palabra. Ellos eran un matrimonio que se conocían a la perfección y en esa lujuria desenfrenada Emilia comprobó que era ella quien había ganado aquella guerra no declarada.

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Los días pasaron rápidamente. Kathy trató de comunicarse con él de todas las formas imaginables, pero le era imposible ubicarlo. Daniel se estaba cansando del humor irritable de su novia y cada vez tenía más deseos de poner en práctica la sugerencia de aquella pareja veterana que seguramente sabía más de la vida y de la convivencia que él o su novia.
Finalmente, un día Kathy logró contacto con Rodrigo y se citaron en un discreto restaurante.
-Dime qué pasa Rodrigo. Por qué me rehuyes, qué es lo que está pasando.
-Mañana parto a trabajar al extranjero. Me dieron el puesto de Presidente en una sucursal fuera del país, y acepté.
-Pero… no me habías dicho nada…
-No, nadie lo sabe, no quise que nadie lo supiera hasta hoy. Pero tampoco podía partir sin decirte nada. Kathy… has sido alguien muy importante en mi vida. Contigo he pasado momentos inolvidables. En un momento en que pensaba que ya no había más nada me trajiste energía, frescura, juventud, pasión… me diste vida, me devolviste la esperanza y las ganas de seguir adelante. Eso, mi querida niña, jamás lo olvidaré y nunca viviré lo suficiente para agradecértelo. Pero…
-¿Pero…?
-No podemos seguir adelante por muchos motivos. Tú sabías desde un principio que yo no me quedaría contigo. Amo y necesito a Emilia. Lo que estabamos haciendo no era justo para nadie: ni para Emilia que confió en nosotros y la traicionamos, ni para Daniel que te ama con locura, ni para ti que no tendrías futuro a mi lado… ni siquiera para mí. Por eso decidí aceptar la Presidencia en esa sucursal lejos de aquí…
-¿Dónde te vas?
-Lejos, muy lejos… no importa dónde.
-Te odio Rodrigo. Me usaste como a un objeto y ahora que ya no me quieres más, me dejas como a una… basura.
Los ojos de Kathy despedían odio y las lágrimas le quemaban el rostro. Sentía rencor, rabia, vergüenza… y su corazón destrozado.
-No. No es así Kathy. Pero había que terminar de alguna manera, y creo que esto es lo mejor.
-¡Vete! No quiero volver a verte nunca más
-Kathy, yo no…
-¿No entendiste? Te dije que te fueras, vete con tu esposa y ojalá que les vaya bien. Solo espero que nunca más en la vida nos volvamos a ver. Este amor que te he tenido y que me está destrozando ahora, se irá aplacando con el tiempo, pero el dolor que estoy sintiendo… ese no creo que desaparezca jamás. Vete Rodrigo…
El hombre se levantó y caminó hacia la puerta sin volver la cabeza. Cuando llegó a la puerta se detuvo, titubeó pero… la empujó y salió en silencio del lugar.


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La joven entró dando un tremendo golpe al cerrar la puerta. Llorando, con los ojos enrojecidos, pasó al lado de Daniel. Hacía rato que esperaba en casa de la joven. Al verla en ese estado imaginó que Rodrigo había hablado con ella y la relación habría terminado. Tendría que hacerse el tonto y ver su reacción.
-¿Qué te sucede?
-Sucede que todos los hombres son iguales, una porquería, una basura. Nos utilizan a su antojo y cuando ya no les servimos nos arrojan fuera de sus vidas.
-Pero… ¿por qué dices eso? ¿qué te pasó?
-Nada que a ti te incumba. Déjame en paz. Vete de aquí.
-Estás mal Kathy… déjame quedarme a tu lado.
-¡No! Quiero que te vayas, desaparece de mi vida, no te quiero ver…
Le cerró la puerta del dormitorio en la cara. Sí, sin duda que Rodrigo había hablado con ella y ese era el motivo de su enojo. No se fue. Se acomodó pacientemente en el sofá y allí pasó la noche.
A la mañana siguiente se despertó muy temprano recordando que no tenía que ir a trabajar. Había pedido unos días de licencia previendo que algo así podría ocurrir cuando se fuese Rodrigo. Y estuvo muy acertado. Sintió ruido en la cocina. Era Kathy que envuelta en una toalla preparaba café.
-Buenos días…
-Buenos lo serán para ti. No veo qué tienen de buenos.
-Mejor me voy a bañar…
-Sí ¡mejor!
No soportaría ese trato mucho tiempo más. En la ducha, sintió deslizarse el agua por su cuerpo. El chorro muy caliente caía en su nuca, corriendo por su columna y espalda. Cambió la temperatura del agua y sintió un frío casi congelante que lo hizo estremecer. Salió y frotó la toalla por todo su cuerpo con vigor, con fuerza, con ganas… Ya se sentía mejor. Tomó una muda de ropa de su bolso y a los pocos minutos estaba de regreso en la cocina, con una radiante sonrisa en su rostro. Kathy seguía envuelta en el toallón, revolviendo tontamente el café en su taza.
-¿Quieres hablar Kathy?
-No, no quiero. Lo único que quiero es estar sola.
-Bien, me iré… después -El tono de su voz había cambiado notablemente. Le había hablado a ella como lo hacía con sus subordinados. Eso la descolocó levemente- Estoy harto de tus desplantes. Mi paciencia ha llegado a su límite. Pensé que podía encontrar en ti a la mujer que he estado deseando hace años. Pero me equivoqué, no eres más que una mocosa engreída, mal educada y caprichosa.
-¿Pero qué dices? ¿Cómo te atreves?
-Cuidado Kathy. No te confundas. He sido benévolo, pero me equivoqué. Me iré, sin duda que me iré. Cuando salga por esa puerta seguramente no me vuelvas a ver, pero antes… haré que me conozcas un poco mejor.
La tomó de la muñeca y casi la arrastró hasta el sofá. En el camino, Kathy trastabilló, perdiendo la toalla y quedando cubierta solamente por unas exiguas bragas negras. Los túrgidos pechos se bamboleaban al caminar. Llegando al sofá, Daniel se sentó de golpe y ella fue a dar sobre sus rodillas, llevada por la inercia.
-¿Pero qué haces, pedazo de animal? Suéltame o…
Los azotes no se hicieron esperar. Kathy se retorcía con cada nalgada, movía sus piernas como si estuviera nadando en una piscina olímpica, pero Daniel la tenía fuertemente agarrada y… al ver ese cuerpo casi desnudo, ese cuerpo deseado tantas veces, sentir el calor de su piel tan directamente, ver cómo se coloreaban sus cachetes cada vez más… lo llevaron a un grado de excitación que ni él mismo podía creer.
Sintió su brazo algo cansado y paró los azotes, sosteniendo fuertemente a Kathy. Las nalgas tenían un rojo parejo y brillante. Instintivamente comenzó a acariciarlas ante los suaves jadeos de la joven.
Así estuvo unos escasos 30 segundos, antes de que Kathy…
-¿Ya? Estarás satisfecho ¿verdad? Nunca creí que un hombre como tú pudiera convertirse en un troglodita azotador. Ahora suéltame y vete.
-Mmm… No, aún no. Veo que todavía te falta mucha educación, y como estoy de vacaciones, te ayudaré a adquirirla. Y de gratis, ¿eh? Veamos Kathy… dame una de tus chancletas.
-¿Qué cosa?
-Bueno… creo que mañana te lavaré yo mismo las orejas. Dije que me des una de tus chancletas.
-Tú estás más que loco si crees que haré algo así.
-Si no me obedeces, no sólo no te liberarás del castigo, sino que será peor, ¿entendiste? Así que… dame esa chancleta.
-¡No! Ya te dije que no lo haré. Me parece que el que tiene que lavarse las orejas eres tú. Cuando digo no, es ¡NO!.
-Bien… en ese caso… recordarás que te dije que me ibas a conocer y que no voy a permitir que te burles de mí. Así que si no es con la chancleta será con lo primero que encuentre.
Como si ella no existiera, se levantó haciéndola caer contra el piso, sin ninguna consideración. Se metió en la cocina y regresó con un matamoscas de plástico duro, una paleta plana y un cable de plancha. Ella estaba tratando aún de reaccionar, de levantarse. La encontró en cuatro patas al costado del sillón. La tomó de una oreja, obligándola al levantarse de inmediato, por supuesto que bajo las mil y una protestas de ella.
La miró a los ojos, se agachó levemente, y como hubiese cargado un estibador un bulto echándoselo al hombro, así hizo Daniel con aquella chiquilla.
Daniel era muy alto y tenía los brazos largos, por lo que podía además de sostenerla, aguantar sus piernas para que no lo pateara. En el camino hacia el dormitorio, le propinó varias y sonoras palmadas con todos los implementos juntos. Trataba de darle sólo con uno, pero de alguna manera ella los sentía todos.
-Estoy harto ¿oyes? Harto de tus tonterías. Esto te lo has ganado con creces. Desde que nos conocimos no has perdido oportunidad de maltratarme, de humillarme como quisiste.
-Pues si no te gustaba, te hubieras largado. Yo…
-Tú no sabes nada. Eres una mocosa estúpida y malcriada. Pero no te apures, yo te enseñaré a comportarte con la gente. Lo harás ¡claro que lo harás! O este precioso culo –le decía mientras se lo sobaba y lo azotaba a un tiempo- sabrá lo que es estar rojo y ardiente.
Kathy tenía una montaña de sentimientos en su mente. Estaba muy enojada, pero también muy excitada. Ese no era el Daniel que ella conocía, tan amable, dulce, tranquilo, complaciente. Este era el Daniel que ella había soñado: dominante, recio, duro, varonil… un hombre de verdad.
-Me cansaron tus impertinencias, tus caprichos de niña burguesa, tu maltrato para todo aquel que crees que no está a tu altura. Tus coqueteos con los hombres… eres… eres…
La tiró en la cama sin ningún reparo. El cuerpo de Kathy rebotó en el colchón y antes de que se diera cuenta, la había puesto boca abajo y estaba esposada a la cama con un juego de esposas en cada mano agarradas a los barrotes de la cama y haciendo que tuviera los brazos bien estirados. Le colocó un par de almohadas bajo el vientre. Sus nalgas se veían estiradas, levantadas, desafiantes y excitantes.
Tomó un par de bufandas de uno de los cajones y le ató las piernas.
-Bien… ¿Preparada para recibir el castigo de tu vida?
-Por supuesto que no
-Excelente. Entonces… ¡aquí vamos!
La paleta de madera chocaba violentamente contra las nalgas de Kathy. Era un sonido seco, apagado, pero chispeante a la vez. Con cada azote ella levantaba la cabeza y gemía. No le quedó un solo espacio sin azotar. Había adquirido un color rosa fuerte en ambas nalgas. Entonces hizo su aparición el cable de la plancha. Unas líneas rojas dejaban saber los lugares exactos por donde había estado el implemento.
-¡Caramba! Qué pena me da, pero… olvidé quitarte las bragas. En fin… estoy seguro que no te importa. ¿Verdad que tienes más?
Sin darle tiempo a responder, desgarró con un tirón seco las partes más finas de las bragas de Kathy, y se las sacó haciéndolas correr entre las nalgas… Su sexo quedó expuesto totalmente. Se veía húmedo y brillante.
-Mmm… veo que a la señorita la ha excitado todo este juego. O sea que debo presumir que está gozando, ¿verdad? Lamento recordarle que esto es castigo, no placer. Así que deberé esmerarme más.
El cable zumbaba en el aire y se estrellaba sin ningún reparo en las nalgas de la joven mujer. A veces también recibía alguno en la parte alta de las piernas y entrepierna. Un azote dado en su vagina la hizo saltar y retorcerse. Comenzó a llorar sin parar. Sus nalgas se veían hermosamente decoradas por un sin fin de líneas rojas en varias direcciones.
-Hasta hoy fuiste una chiquilla malcriada, pero te vas a convertir en una mujer como debe ser.
Daniel dejó caer la cuerda al suelo y tomó el matamoscas. Cuando lo alzó para seguirla azotando, vio los ojos de la joven clavados en sus pupilas. Estaba llorosa, indefensa, como un gatito asustado. Y eso lo conmovió.
Tomó un tarro de crema que había allí, y destapándolo se lo comenzó a frotar en ambas nalgas. La crema se deslizaba con facilidad por la suave pero ahora maltratada piel de Kathy.
-Suéltame de aquí. No eres más que un… ¡sucio animal salvaje!
-¿Te parece Kathy bella? Pues fíjate que te equivocas –le dijo mientras se ponía a un costado de la cama para que ella lo observara- El sucio animal salvaje viene ahora.
Al quitarse el jean, un poderoso pene salió disparado de entre las ropas. Nunca había visto algo tan… ¿portentoso? Era simplemente grande, y al acariciarlo con sus enormes manos, parecía más grande aún.
Sintió cómo se subía a la cama y se ponía encima de ella. Sintió su enorme miembro entre las nalgas y se tensionó. Las manos de Daniel comenzaron a recorrer el costado de su cuerpo, piernas, caderas, senos, brazos…. Hasta llegar a las manos que cubrió con las suyas. Kathy cerró los ojos y se abandonó. Fue entonces que sintió cómo le quitaba las esposas…
-Date vuelta. Ya desaté los pies también.
Poniéndose en cuatro patas, quitó las almohadas de la cama, y las arrojó al piso. Luego se dio vuelta sobre sí misma y miró a Daniel a los ojos.
El hombre estaba dispuesto a todo. Si le decía que se fuera, lo haría y entonces los consejos de Rodrigo no habrían servido de nada. Y si no… no podía suponer qué pasaría. Miró hacia abajo esperando la sentencia de la mujer, que cuando estuvo casi encima de él… lo beso con una pasión loca. Sus lenguas se trenzaron en una batalla buscando espacio en la boca del otro. Cerraron los ojos y comenzaron a reconocer sus cuerpos con las manos. Kathy fue depositada sobre el colchón, esta vez con infinita ternura. Las piernas de la joven rodearon la cintura de Daniel, que después de estar un momento encima de ella, la levantó por completo. Ella no dejó de rodearlo con sus piernas, lo que le dio al joven la oportunidad de insertar su miembro en la húmeda vagina, abierta totalmente para recibirlo, mojada y cálida para convertirse en la vaina de tremendo instrumento.
Un lento compás comenzó a surgir entre la pareja. Las manos de Daniel se colocaron debajo de las nalgas de Kathy que, sujeta como un náufrago a una tabla no lo soltaba ni un segundo. Los embates se hicieron más frecuentes, pero Daniel se detuvo.
-Bájate y ponte en cuatro patas
La mujer obedeció sin vacilar.
-Quizás esto te duela, pero deberás soportarlo como parte del castigo –le decía en su oído mientras embadurnaba su armamento con abundante gel- Espero que estés preparada.
Sintió la mano del hombre recorrer sus agujeros y concentrarse en su ano. El dedo mayor comenzó la exploración mientras le untaba un líquido frío y suave. De inmediato se le unió el dedo índice y luego el medio. La joven estaba a punto de llegar al orgasmo, así que sacó los dedos y le aplicó un par de azotes… y luego otro… y otro más… más… más… cuando quiso darse cuenta ya tenía el pene metido en su ano, y a Daniel tomándola de las caderas para que acompañara su frenética carrera hacia el clímax total. Ninguno de los dos podía creer tanto goce. Sin dejar de moverse, el hombre estiró las manos y tomó los senos de Kathy, apretó sus pezones tan fuertemente como pudo, mientras la joven llegaba al máximo orgasmo. El suyo no se hizo esperar. Kathy pudo sentir cada uno de los chorros que se estrellaban en su interior, llenándola por completo.
Cayó encima de ella, y ella encima de la cama. No se movieron, así se quedaron hasta que las ansias de amarse volvieron a aparecer. Y fueron varias ese día. Y los siguientes. Algo le decía a Daniel que aquella joven que él amaba, olvidaría pronto al hombre que estaba viajando lejos de ella.

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A la hora prevista el avión decoló dejando la pista y el suelo de su querido país. Una nueva vida y un futuro brillante los esperaba en otro lugar. Emilia apretó la mano de su esposo y apoyó la cabeza sobre su hombro. En los últimos tiempos había vivido varias tragedias, pero de todas salió airosa, y ahora la vida le sonreía nuevamente junto al hombre que había amado siempre.
El aeropuerto internacional de Miami los recibió y salieron de allí rumbo a su nueva casa, su nueva vida, hacia la nueva etapa que los encontraría más enamorados y unidos que nunca.

--- FIN ---

NUNCA LO HABÍA HECHO

Autora: Lely Spanker

 

Ayer me habló a casa el médico de la familia para avisarme que mi hijo, ya de 24 años, había ido a verlo por un malestar estomacal, que en realidad no era nada grave pero que le había recetado una medicación que él, conociendo a mi hijo, sabía que no iba a cumplir.

 

Rápido me contó por el teléfono qué era lo que le había recetado y además como su hijo y el mío eran amigos, sabía que a la noche había salido y tomado mucho alcohol, cosa que él le había pedido que no hiciera  por unos días para ayudar. Pero él como siempre, no había hecho caso.

 

Bastante molesta pensando que era grande ya, después de dar vueltas decidí ir a su departamento para ver cómo estaba y qué había hecho con lo dicho por su médico. Llamé y después de unos minutos me contestó, bajó y me abrió; yo entré y fui a su departamento que ya tenía la puerta abierta.

-Hola mamá ¿qué haces acá?-me dijo al saludarme.

-Nada, sólo vine para ver como estabas, me llamó el médico-le contesté.

-Para qué te llamó, qué pesado que es-

-Bueno, ya que estás tan superado-le dije- ¿por qué tomaste alcohol? ¿qué te dijo él?

-Má… ¡no seas exagerada! no tomé más que 3 cervezas

-Sólo 3 cervezas… Bien, y los remedios ¿te los pusiste?

-No má… ¿cómo me va a decir que me ponga un supositorio y una enema? ¿qué se piensa, que soy un nene?

-¡Ah, qué bien! Tomaste alcohol, no te pusiste la medicación… Y ¿cómo pensás curarte?

-Má… no me molestes. Estoy con mucho sueño y me duele el estómago…

 

Yo ya me había enojado más de lo que pensaba y esa última frase fue lo que me faltaba. Entonces caminando hacia su cama donde él iba a acostarse, me senté en la cama y le dije que iba a hacer algo que nunca había hecho, pero que realmente hoy no podía dejarlo pasar por más grande que estuviera. Estaba con un pijama y el calzoncillo. Se sacó el pijama y antes que se acostara lo tomé del brazo y lo puse sobre mis rodillas boca abajo .

 

-Hijo, ya sos grande ¡es una vergüenza! Como no te cuidás, ahora vas a recibir las nalgadas que nunca recibiste.

 

Él me miró asombrado y me dijo:

 

-Má… ¿que pensás hacer, estás loca?

 

Peor me puso esa contestación entonces empecé a pegarle en la cola primero sobre el calzoncillo: una, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho, nueve, diez…

-Pará mamá ¿estás loca? ¿qué estás haciendo? ¿te das cuenta lo que estás haciendo? 

 

Intentó levantarse y le dije:

 

-Mirá hijo… Hoy vas a aprender a ser un poco más responsable.

 

Y en ese momento le bajé el calzoncillo.

 

-¿Qué hacés mamá?

-Ahora vas a ver qué hago…

 

Ahí comencé a pegarle en la cola desnuda. Estaba totalmente avergonzado y primero me decía: “terminá mamá, dejate de pavadas”. Pero como yo no paraba, por el contrario, le pegaba más fuerte. Le di 20 palmadas en cada cachete, ya tenía la cola totalmente roja y la protesta comenzó a transformarse en una súplica y casi llanto.

-Basta mamá. ¡Está bien, tenés razón!

 

Pero mientras le iba pegando, le decía: “Sos un grandulón irresponsable, no sabés cuidarte, y como actúas como un nene te voy a tratar como tal”. Y así seguí golpeando hasta que mis manos y sus ojos no aguantaban más. Al dejar de pegarle tenía sus cachetes totalmente rojos e hirviendo; sin dejar que se levante le dije:

 

-Te voy a tomar la temperatura como a los niños: en la cola.

-Basta mamá ya te entendí. No me avergüences más…

-¡Nada! No me importa tu vergüenza.

 

Así que saqué el termómetro de la mesa, lo unté en vaselina, le abrí las nalgas y le metí el termómetro, siempre escuchando el “no mami, basta, perdoná”. Pero yo no le dije nada y le di otra palmada en la cola. “¡Quedate quieto!”. Así que se quedó tumbado y rendido hasta que le saqué el termómetro: no tenía fiebre. Se iba a levantar y lo empujé sobre mis piernas

 -No te muevas de acá. Decime: el supositorio no te lo pusiste, ¿no?

-No má, no me lo puse…

-Bien, ahora te lo pongo yo.

 

Le abrí los cachetes de nuevo, saqué el supositorio del envoltorio y aunque escuchaba sus protestas y pedidos le puse el supositorio y lo empujé con el dedo bien adentro. Luego, vi que se salía de su cola por la fuerza que hacía para que no se lo pusiera. Inmediatamente se lo saqué y le di 10 palmadas más en la cola, y le dije: “dejá que te ponga el supositorio porque va a ser peor para vos” Saque otro supositorio de su envoltorio y le abrí los cachetes. Le quise poner el segundo: hizo la misma fuerza que antes, se le salió. Le di otras 20 palmadas más y saqué otro. Se lo puse. Esta vez entró bien porque no hizo más fuerza; al entrar le apreté los cachetes para que no se salga. Luego volví a abrirlos y ya había desaparecido el supositorio.

 

-Ahora -le dije- te levantás y te quedás con la ropa baja en ese rincón, y mejor que no te muevas.

-Sí má ¡seguro! –en ese momento sonaron dos golpes más en la cola. Él se pasó la mano por los cachetes y “¡ayyyy!”. Me miró y decidió quedarse parado en el rincón como le había dicho. Mientras, fui a preparar el agua para la enema que le había indicado el médico. A los cinco minutos regreso con el irrigador lleno de agua y la cánula.

 

-No mamá, eso sí que no. No pienso dejar que me hagas esa enema – me dijo .Yo acomodé todo sobre la mesa y le dije:

-Hoy no vas a tener derecho a nada, sólo cumplir con las órdenes del médico y mías –

-No, no mamá… Eso sí que no-

 

Lo tomé otra vez del brazo lo atraje hacia la cama, me senté en ella y lo volví a voltear sobre mis piernas.

 

-Hoy no podes decir que no a nada , así que será mejor que te calles-.

-No mamá… eso si que no.

 

Levanté un poco una pierna para que su cola quedara bien expuesta nuevamente, tomé una zapatilla que había en el piso y le di 15 zapatillazos en las nalgas golpeándolas cada vez más fuerte .

 

-¡No mama, otra vez no! ya me pegaste suficiente… aaayyyyyyy, aaayyyyyyy, aaayyyyyy… Ya mamita ¡por favor.!

-Yo te dije hoy ibas a recibir lo que nunca habías recibido. Seguís protestando y no puede ser.

 

Seguí bajando golpes: veinte, treinta más de cada cachete. Con cada golpe le repetía: “vas a obedecer al médico, vas a obedecer sus órdenes, recibirás las medicinas que te indique”. Ya en la mitad de los golpes no pudo más y empezó a lagrimear. Me decía: “está bien mamá, perdón… No voy a volver a desobedecer al médico, por favor, basta…”

 

Al llegar a las sesenta nalgadas y con la cola dolorida le dije que se pusiera de rodillas en la cama y la cara sobre el colchón. Por supuesto empezó a protestar, pero le dije que si no obedecía iba a conocer el cepillo. Finalmente accedió con mucho miedo y vergüenza. Le puse vaselina en el ano y en la cánula, así la apoye en el ano y comencé a introducirla con las protestas y quejas por lo que estaba pasando. Una vez que entró bien la cánula, abrí la canillita y comenzó a entrarle el agua. Siguieron los “¡ay mamá, me duele la cola… me duele la panza… no aguanto mami…”

 

-Tenés que aguantar el agua, no seas exagerado- Le movía la cánula y se quejaba, hasta que pasó toda el agua.

-Ahora acostate un poco de costado en la cama, hijo -le dije. Así lo hizo pero emitiendo pequeños quejidos tal como si fuera un chico, me acerqué le acaricié la cabeza y le dije que ya podía ir al baño. Así lo hizo. Se higienizó y después volvió a la habitación y se recostó en la cama.

 

-Mamá ¡cómo me diste hoy! Nunca me habías pegado así. ¡Me dolió! -y se masajeaba las nalgas.

-Pero ese todavía no era el castigo -le dije- era sólo el cumplir con las órdenes del médico.

 

Ahora iba a recibir el castigo que merecía: asi que lo volví a poner sobre mis faldas, tomé el cepillo del pelo, le di treinta cepillazos y lo mandé a bañar. Iba a cerrar la puerta pero yo no lo dejé; le dije que empezara a bañarse. Todo avergonzado comenzó a bañarse y como le dolía la cola, no se refregaba bien. Entonces me acerqué a él, lo incliné en la bañera con la cola debajo del agua, le limpié bien la cola abriéndole los cachetes y mirando que quede bien limpio. Cuando terminó empezó a secarse, y yo terminé de secarle la cola. Al rato le empezó a doler la cabeza, así que le volví a tomar la fiebre y esta vez tenía fiebre de nuevo. Llamé al médico y me dijo que le aplicara una inyección que me había indicado y que yo había llevado por las dudas.

 

Él seguía acostado porque después del baño y el termómetro lo hice acostar. Preparé una inyección y fui a su pieza. Lo hice ponerse boca abajo, le empecé a pasar el algodón con el alcohol y ahí reaccionó. Se dio vuelta y me dijo: “¡ah, no! No mamá, eso no. No me vas aplicar la inyección. Sabés el miedo que le tengo”.

 

Dejé la jeringa en la mesita de luz y sin decir palabra saqué dos supositorios de glicerina. Lo acomodé otra vez sobre mis piernas y le dije: “Esto es parte del castigo”. Le abrí los cachetes, le puse un supositorio y detrás el otro. Lo dejé quejándose en la cama; fui a buscar unos polvitos de pimienta y le volví a abrir las nalgas. Eché un poco de la pimienta en la cola,  haciendo que inmediatamente le empezara a arder. Comenzó a quejarse y a pedir que lo deje ir a lavarse al baño, pero le dije que iba a tener que esperar hasta que yo quisiera. Lo retuve un rato en la cama, no sin antes darle unas cuantas palmadas más en la cola. Después de veinte nalgadas aproximadamente, lo hice levantar, lo dejé que hiciera lo que los supositorios produjeron, se limpió la cola, pero yo nuevamente le revise la cola como a un chico. Estaba limpia pero como yo quería castigarlo le dije que no se había lavado bien y lo volví a meter debajo de la canilla y  se la lavé.

 

Así como estaba lo hice que se quedara en el rincón de la cocina con la cola al aire. Estuvo quince minutos. Lo llamé, lo hice acostar, y le apliqué la inyección a pesar de sus pataleos y sus quejas. Luego le dije que se quedara acostado…

Feliz 888

viernes, agosto 08, 2008

 

Día Mundial


Autor: Fer


¡Muchas felicidades! ¡Felices azotes y felices fantasías!

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Etiquetas: azotar, azotes, dia mundial del spanking

UN EMPLEADO NEGLIGENTE

Autor: Fanes

El joven ejecutivo estaba plantado delante de la puerta del despacho de la directora de su departamento, había recibido orden de presentarse allí urgentemente. Esperaba nervioso después de haber golpeado dos veces la puerta y se preguntaba el por qué de la urgencia, llevaba poco tiempo en la empresa y sabía que estaba a prueba, por lo que le preocupaba haber hecho alguna tarea incorrectamente.

 

-          Adelante – sonó una voz femenina, después de un largo y estudiado intervalo de tiempo.

-          Permiso – dijo al entrar – Me ha mandado llamar? Señora

-          Si, señor Jiménez, pase y siéntese.

 

La mujer ojeaba unos informes y apenas levantó la vista para saludarle. Los miraba atenta y con gesto serio. El hombre se sentó frente a ella, intrigado por el motivo de su presencia allí.

 

Mientras esperaba observó a la directora con disimulo. Era una mujer de mediana edad, más bien madura. Tenía una larga y bien arreglada melena rubia y su rostro denotaba firmeza, un cutis bien cuidado y radiante ligeramente bronceado, posiblemente de las sesiones de rayos UVA que ofrecía la empresa en su gimnasio particular, donde los altos ejecutivos iban a cuidar su aspecto. Y a juzgar por el de ella, era de las que lo utilizaba frecuentemente.

 

Llevaba un traje chaqueta a rayas finas y una camisa blanca impecable, rematando su atuendo con un broche pequeño sobre la solapa. De vez en cuando levantaba sus ojos para observarle, lo que hacía que se sintiera incómodo, sin saber qué decir.

 

Al cabo de unos minutos que se le hicieron eternos, la mujer alzó la vista de los documentos y dejándolos sobre el escritorio le miró fijamente.

 

-          Sabe usted por qué le he mandado llamar, señor Jiménez?

-          Er..no, señora - casi balbució – su mirada lo inquiría penetrante.

-          Ha confundido los papeles de la sucursal de Ginebra y ha enviado un informe erróneo a la central. Están muy disgustados, pues necesitaban esos informes sin falta para hoy. Por su culpa posiblemente no puedan cerrar una operación muy importante que debía realizarse mañana sin falta. Qué tiene que decir al respecto?

-          Oh señora..no sé. Estuve toda la noche terminando el informe, no sé qué puede haber sucedido. Tal vez la secretaria lo ha traspapelado y..

-          Perdón, Señor Jiménez – Cortó en seco su explicación – si hay algo que no soporto es que un ejecutivo eche la culpa de su ineptitud a una secretaria. Ella no es la responsable de mandar ese informe correctamente, sino usted. Y a de supervisar el trabajo de sus empleados, entiende?

-          Si, señora. Perdón, señora, tiene razón...yo...

-          Así que ahora mismo va a ir a su despacho y enviar los documentos correctos, y ...ay de usted ¡! si se han extraviado o están incompletos, porque eso le costará muy caro. Así que no pierda el tiempo y vaya a cumplir con su trabajo.

-          Sí señora, ahora mismo lo haré

 

Salió a toda prisa y se dirigió a su despacho. Llamó a la secretaria y la obligó a revisar todos los papeles enviados, sin dejar de dar voces fuera de sí. No podía perder este trabajo, y menos por la incompetencia de sus ayudantes. Obligó a toda su sección a dar prioridad al informe y ni siquiera les permitió ir a comer hasta que lo terminaron. A media tarde el informe había partido por mensajero urgente y llegó a la Central antes de la hora de cierre.

 

Pero no respiró aliviado, pues sabía que, a pesar de haberlo enviado en tiempo, la dirección no permitía esos despistes en un ejecutivo de su categoría. Así que cuando recibió la llamada de conformidad del envío, se derrumbó sobre su sillón y quedó esperando, por si le llamaban de nuevo.

 Estaba absorto en sus pensamientos cuando Lucy, su secretaria entró al despacho y le dijo:

 

-          Ha llamado la directora, quiere verle, señor Jiménez.

-          Er..si, si, ahora voy..

-          Ha dicho que vaya inmediatamente, señor..

-          Ya la he oído – dijo de malos modos – retírese

-          Bien señor Jiménez, desea algo más? Es la hora de cerrar ya.

-          No, gracias, perdone mis modales, estoy un poco nervioso, puede retirarse.

-          Gracias señor, hasta mañana.

 

Hizo acopio de valor y se dirigió al despacho de la directora. Temía lo peor, después de todo lo que había sufrido para conseguir ese puesto, ahora estaba a punto de perderlo y eso le agobiaba.

 

Toc.toc...llamó con sus nudillos a la puerta de la directora. No había nadie en ña oficina ya, todo el mundo se había ido y eso le puso todavía mas nervioso.

 

-          Adelante.

Abrió la puerta y entró con tiento, casi con miedo. La directora estaba sentada en su silla, jugueteaba con una especie de fusta y le observaba. Fue a tomar asiento, pero la mujer le dirigió una mirada severa y optó por quedarse en pie, delante su escritorio y con las manos cruzadas atrás.

 

- La Central me ha llamado. Han recibido los informes, pero con 5 horas de retraso, entiende lo que eso significa?

- Si...señora – dijo mientras agachaba la cabeza, se sentía mareado, inquieto – lo lamento mucho. No volverá a suceder.

 

-          Claro que no. Sabe? Me han recomendado que le despida hoy mismo. Están muy disgustados. Tiene algo que objetar al respecto?

-          No, señora, sé que he sido negligente y acepto mi responsabilidad. Si lo desea presentaré mi carta de dimisión para evitar un despido que a nadie beneficiará.

-          No tan deprisa, joven, He dicho que me han recomendado despedirle, no que vaya a hacerlo..al menos por ahora. No me gusta que me digan como he de dirigir mi oficina.

-          - Oh gracias señora , yo...

-          Silencio, no me interrumpa – sentenció mientras se levantaba de la mesa y se ponía a su lado y comenzaba a pasear alrededor suyo mientras hablaba- He dicho...por ahora. No tolero gente incompetente en mi oficina.

-          Si señora, entiendo.

-          Es usted un buen ejecutivo, pero es poco responsable con las personas a su cargo. Si hubiera usted estado pendiente de las comunicaciones esto no habría sucedido. Debe esforzarse más y hacer que sus empleados cumplan con su obligación.

-          Pero señora..usted me dijo que la culpa era mía y no debía echarla a nadie

-          Así es, y por eso va a conservar el empleo, porque ha reconocido su culpa... a pesar de que evidentemente esta anomalía se ha debido a su secretaria, usted es quien debe responsabilizarse del buen funcionamiento de su departamento.

-          Si, señora

-          No obstante, esta falta no puede quedar sin sanción. Una negligencia lleva aparejado un castigo. Y ya que usted no sabe reprender a sus empleados, tendré que ser yo la que se encargue de administrar el castigo correspondiente.

 

La mujer giró sobre sus talones y se dirigió a su mesa y se sentó con calma en su silla tapizada mientras proseguía con su monólogo

 

-          Un buen ejecutivo debe saber imponerse, pero sin dar voces y amenazando a su personal, y dejándolos sin comer para terminar lo que su negligencia ha provocado.

 

Se quedó con la boca abierta. Ella sabía lo que había sucedido en su departamento.

 

-          Por qué me mira así, señor Jiménez, cree que he llegado aquí sin saber lo que sucede a mi alrededor? Le queda mucho por aprender y yo me encargaré de enseñárselo. Tiene muchas cualidades, pero el orden y la disciplina no son dos de ellas, y aquí son necesarias para poder continuar en el cargo, entiende?

-          Si señora.

-          Antes de aprender a mandar, debe aprender a obedecer y aceptar sus errores- y mientras le decía esto le dirigió una mirada seria, pero que asomaba una mueca burlona – Así que empezaremos por pulir esos defectos que le impiden ser un ejecutivo respetable. Está de acuerdo, señor...como es su nombre de pila...roberto?

-          Alberto, señora. Si, lo que usted mande. Haré lo que usted me pida

-          Ah si..Alberto, que despiste el mío. Acérquese, por favor, póngase aquí, a mi lado.

 

El hombre obedeció, desde su altura divisaba su generoso escote y se fijó , casi sin querer, en el inicio de sus pechos redondos y firmes. Retiró la mirada bruscamente cuando ella alzó los ojos y se encontraron con los suyos. Ella hizo como que no se dio cuenta y le espetó

- Soy una mujer justa, me gusta que mis empleados gocen de cierta libertad, pero no soporto las negligencias en el trabajo,  Y éstas viene dadas normalmente por falta de atención, y entonces tengo que recordarles sus obligaciones de la mejor manera que escarmienten y sean más diligentes. Usted necesita una lección que le haga recapacitar y eso es justamente lo que voy a darle. Una lección que le sirva para que aproveche su talento

- Si , señora, gracias señora. Qué desea que haga?

- Quítese la chaqueta y bájese los pantalones, Alberto, es hora de que aprenda

 

El joven ejecutivo abrió unos ojos como platos. Qué tipo de lección iba a darle? Poniendo cara de incrédulo acertó a preguntar , casi susurrar

 

-          Perdone, señora, como ha dicho?

-          No me ha oído? Quiere que se lo repita? Quítese la chaqueta, déjela en la percha y vuelva aquí inmediatamente

-          Si, señora – no se atrevió a contradecirla. Su presencia era enérgica y no invitaba a llevarla la contraria.

 

Mientras se quitaba la chaqueta y la acomodaba en la percha, su cabeza era un mar de confusión. Qué pretendía su directora? No pensaría castigarlo como lo hacía su maestra en el colegio. No, no, eso era impensable. Así que obedeció y volvió a su lado.

-          Mire, Alberto, yo estoy en este puesto porque he sabido imponerme a hombres y mujeres con mucha valía. Ejerzo mi autoridad como estimo oportuno , depende de la falta y de la persona que la comete – mientras decía esto le miraba, esperando que cumpliera su orden. Como él se quedó quieto, en pie, sin decir nada y con cara de crío asustado, acercó sus manos a la cintura del hombre y empezó a desabrocharle la correa – y usted necesita una mano femenina, firme, que le haga madurar de una vez.

-          Si, pero... esto.. no sé qué tiene que ver con mi ropa, señora.

-          Todavía no ha adivinado el castigo que le corresponde por ser negligente Alberto? Vamos, creí que lo entendería en el acto.

 

Sus manos soltaron la hebilla del cinto y comenzó a desabrocharle los pantalones y bajó su bragueta.

 

-          Yo..yo...no pensará castigarme como a un crío, señora, no es apropiado dado mi edad y...

-          Ssshhhh..... señor Alberto, eso es exactamente lo que pienso hacer. Tiene falta de madurez. Y eso es porque nunca le han sabido imponer respeto. Nunca le han dado unos azotes en el culo..Alberto?

-          Nooo....esto..bueno..si, pero mi maestra, cuando iba al colegio, hace muchos años.

-          A que cuando se los daba usted luego hacía sus tareas sin rechistar?

-          ..a veces..era un poco rebelde.

La mujer bajó sus pantalones hasta las rodillas y se quedó contemplándole un instante satisfecha. No se había equivocado, su empleado merecía, es más, necesitaba, una buena lección sobre sus rodillas.

 

- Vaya vaya..así que rebelde..eh? pobre maestra, lo que tuvo que pasar con usted..

 

- Pobre? Ella? Si me dejaba sin sentarme dos días..jooo...

 

- Pues parece que no le dio lo bastante, porque sigue siendo rebelde. Pero no se preocupe, que eso lo voy a arreglar ahora mismo –hizo además de bajarle los calzoncillos, pero él se apartó y puso las manos cubriéndose

 

-          Noo, eso no, por favor, señora, eso nooo,, compréndalo, me da vergüenza

-          Ah si? Y no le dio vergüenza no cumplir con su obligación, verdad?

 

La mujer alargó la mano y le tomó la suya, tirando de él hasta que lo tuvo más cerca. Y entonces, lo jaló la oreja y lo  tendió sobre sus rodillas mientras él protestaba e imploraba que le cambiara el castigo, que haría lo que mandara, pero que no lo castigara de ese modo.

 

Ella se limitó a tenderlo sobre sus rodillas, levantó su camisa hasta la mitad de su espalda y rodeó su cintura con su mano derecha mientras la izquierda se encaminaba a tirar de su calzoncillo para abajo. El soltó su mano como pudo y la sujetó para evitar que dejara su culo desnudo. Luego se arrepintió de este acto, pues la mujer se enfadó y comenzó a descargar rápidos azotes con su mano sobre su desprevenido trasero. ...Smaks..... Smaks..... Smaks..... Smaks..... ...Smaks..... Smaks..... Smaks..... Smaks..... ...Smaks..... Smaks..... Smaks..... Smaks.....

-          Prefiere que le despida? conteste, porque si es así, ahora mismo le suelto y puede irse, no quiero perder el tiempo en un joven que se cree adulto y no es más que un crío perezoso.

-          Noo, no me despida, por favor. pero...

-          No hay “peros”, baje la mano. Ahora!!

-          El avergonzado alberto bajó su mano y no contestó

-          Eso está mejor, señorito , y ahora quieto si no quiere que sea más dura

 

Todavía lo acomodó mejor sobre sus piernas, agachó su cabeza y le bajó el calzoncillo hasta las rodillas, dejando su trasero completamente expuesto a su mirada. Un murmullo de aprobación salió de sus labios. Su joven ejecutivo tenía un trasero realmente lindo, como a ella le gustaba. Blanquito, suave, casi sin el vello ese que tanto afeaba los culos masculinos delatando avanzada edad. Lo palpó con unas palmaditas, estaba duro, las nalgas prietas por el ejercicio......y porque él lo apretaba en un desesperado intento de endurecerlo contra su mano.

 

-          Relaje el culete, Alberto, no querrá que me haga daño mientras le castigo..verdad?

-          No noo, señora, es que estoy muy nervioso..ya, ya lo relajo

 

Dicho y hecho, los glúteos se soltaron dejando sus carrillos dispuestos para la azotaina. Momento que aprovechó la directora para reanudar su sesión de azotes.

 

...Smaks..... Smaks..... Smaks..... Smaks..... ...Smaks..... Smaks..... Smaks..... Smaks..... esto es lo que usted necesita, Alberto ...Smaks..... Smaks..... Smaks..... Smaks..... una buena lección sobre las rodillas de una mujer ...Smaks..... Smaks..... Smaks..... Smaks..... ...Smaks..... Smaks..... Smaks..... Smaks..... que sepa darle lo que merece cuando es necesario...Smaks..... Smaks..... Smaks..... Smaks..... ...Smaks..... Smaks..... Smaks..... Smaks..... esto le enseñará respeto y diligencia, ...Smaks..... Smaks..... Smaks..... Smaks..... ...Smaks..... Smaks..... Smaks..... Smaks..... y espero que entienda que es por su bien ...Smaks..... Smaks..... Smaks..... Smaks..... unos buenos azotes en el culo obligan a recapacitar y sirven de escarmiento para las malas acciones ...Smaks..... Smaks..... Smaks..... Smaks..... ...Smaks..... Smaks..... Smaks..... Smaks.....

 

El avergonzado ejecutivo iba preocupándose cada vez más de los azotes y dejando de lado el pudor, pues la directora no daba tregua a su dolorido trasero. Instantes después, observó con alivio que paró el correctivo y su jefa acariciaba su culo suavemente, pensó que había terminado su lección, pero pronto se dio cuenta de su error.

 

Giró su cabeza como pudo desde la posición indecorosa en la que se encontraba y vio como la mujer buscaba con su mano en un cajón y sacaba una especie de paleta de madera con la que restregó por sus nalgas, como acomodándola a la superficie.

 

Después, lo miró con una mirada entre maliciosa y maternal y le dijo:

 

-          Bien, Alberto, ahora que se ha calmado y aceptado su castigo, es hora de que pruebe la paleta. Relájese y no proteste si no quiere que me enfade

-          Pero señora, dijo con temor, eso debe doler..y ya tengo el culo ardiendo, no es suficiente?

-          Oh, mi pequeño ejecutivo, esto no ha sido más que el principio.

Y sin decir más, alzó  la paleta y comenzó a descargar más golpes sobre el hombre, que no pudo reprimir un gemido de dolor ..SlapS.......Auchhh.SlapS...... ...SlapS... ......Así...tome..... ...SlapS.......... esto rebajará su soberbia y le hará ser más dócil ...SlapS....... - - - Unos buenos paletazos en el trasero ...SlapS.......le vendrán como anillo al dedo ...SlapS....... ...SlapS....... ...SlapS....... ...SlapS.......

 

La cadencia de los golpes era menos intensa, pero no su impacto, que arrancaban quejidos de la boca del ejecutivo y promesas de portarse bien y de haber aprendido la lección, rogando a la directora que parara de una vez. Como no obtenía el resultado deseado, intentó zafarse y apoyando sus manos en el suelo empujó hacia arriba para librarse del abrazo de la mujer.

 

 

Ella dejó la paleta sobre su espalda y le metió la mano entre las piernas, sujetando sus testículos, lo que hizo que frenara su escapada y tiró de ellos para tenderlo de nuevo en su regazo. Notaba la opresión en sus genitales y no quería hacer esfuerzos para no merecer una presión mayor

 

-          Ntch..ntch..eso ha estado muyyy mal, señorito Alberto y por ello le daré doce azotes más de los merecidos. Así aprenderá a no rebelarse – tomó la paleta de nuevo con la mano que sujetaba su cadera y sin soltar sus bemoles prosiguió la tunda – Esto por rebelarse ...SlapS....... ...SlapS....... jovencito desobediente ...SlapS....... ...SlapS....... levante el culo..vamos ...SlapS....... no lo esconda o será peor...SlapS....... ...SlapS.......

-          Auchhh..si señora..

 

El hombre obedeció, se agazapó en el regazo de su directora y se abrazó a sus piernas con una mano y la otra rodeando el trasero de la severa mujer. Ella no dijo nada, pero siguió el castigo con renovados bríos ...SlapS....... ...SlapS....... ...SlapS.......

 

-          Ha de aprender a respetarme ...SlapS....... y no intentar poner fin a su merecido castigo  a su antojo ...SlapS....... ...SlapS....... o sufrirá las consecuencias ...SlapS....... ...SlapS....... ...SlapS.......

-          Si señora...Ayyy..Aauuu.. lo lamento..no volverá a suceder...Aauchhhh

-          Ve lo que sucede cuando desobedece? ...SlapS....... ...SlapS....... no crea que me tiembla el pulso cuando se trata de educar a un joven indisciplinado ...SlapS....... ...SlapS....... ...SlapS....... ...SlapS.......

 

El hombre no volvió a protestar, temiendo que prolongara su castigo y procuró sentirse confortable dentro de lo extraño de la situación, abrazándose al cuerpo de la directora

 

...SlapS....... ...SlapS.......  mientras recibía el resto de sus azotes notó que la presión sobre sus genitales iba descendiendo, lo cual era de agradecer ...SlapS....... ...SlapS....... ...SlapS....... había abierto sus piernas lo suficiente para que la mano no apretara y su tacto se hizo más ligero, hasta agradable ...SlapS....... ...SlapS....... Pensó que sería en premio por no intentar zafarse de nuevo y que si aceptaba la voluntad de la señora no sería tan severa ...SlapS....... ...SlapS....... ...SlapS.......

 

Ella por su parte seguía azotando su trasero, pero con menor intensidad, mientras de vez en cuando le espetaba frases tales como... jovencito inmaduro... esto es para que aprenda.... se lo merece...ya era hora que alguien le pusiera en su sitio...

 

Después de unos instantes, paró de aplicarle paletazos y dejó el instrumento encima de la mesa, metió la mano de nuevo en el cajón. Ël ya no pudo resistirlo, cuando la vio meter la mano en el escritorio, posiblemente para tomar otra pieza para seguir castigándolo, aprovechó que ella estaba relajada y saltó de su regazo. Intentó subirse los pantalones a toda prisa y se dirigió a la puerta.

 

Ella se levantó como un resorte, lo tomó de la oreja y lo llevó a la mesa.

 

-          Donde se cree que va? Es que no ha aprendido nada?

-          Es que..ayy... no quiero que siga  ...y usted iba a tomar otro instrumento...

-          Venga aquí, eso no es su problema. Su problema es que no ha aprendido y me ha obligado a ser más severa.

De la oreja lo llevó al escritorio y le hizo ponerse de rodillas sobre su silla. Subió su camisa y bajó los pantalones y los calzoncillos de nuevo, que estaban todavía a mitad de recorrido entre sus formados muslos y sus nalgas .

Y tomando una paleta de cuero, le obsequió con una nueva tanda de azotes con saña.....SlapS....... ...SlapS....... ...SlapS.......

 

-          Es que no aprende ...SlapS....... ...SlapS....... no escarmienta ...SlapS....... ...SlapS....... tome ...SlapS....... y  a ver si se entera de una vez. ...SlapS....... NO ...SlapS....... SE ...SlapS.......  LEVANTA ...SlapS.......SIN ...SlapS.......MI ...SlapS.......PERMISO...SlapS....... ...SlapS....... ...SlapS.........SlapS....... ENTENDIDO? ...SlapS.......

 

-          Si siiii, perdoooon, no volveré a hacerlo  Aauchhh.. perdoooon

 

-          Bien, ahora...- lo tomó del brazo y lo llevó al rincón del despacho – se va a quedar ahí, recapacitando, cara a la pared, y con los calzoncillos bajados, si no quiere que empecemos de nuevo, Está claro?

 

-          Si señora, gracias señora, no me moveré

 

La mujer se quedó observándole mientras el permanecía en pie, con las manos en la nuca y mirando a la pared. Estaba satisfecha, había conseguido domar al presuntuoso ejecutivo y contemplaba su obra.

 

Después se sentó y ojeó unos informes, dirigiendo de vez en cuando una mirada a su subordinado para comprobar que estaba quieto donde le había ordenado.

 

Después de un largo espacio de tiempo y cuando estimó que ya había recapacitado le ordenó dejar esa posición y volver a su lado.

 

El hombre fue con dificultad, con los pantalones bajados su caminar era gracioso y se esforzaba por mantener la dignidad dentro de lo posible.

 

Una vez a su lado la directora le ordenó darse la vuelta, quería ver como estaba de colorado su trasero. Dudó, pero se dio la vuelta antes de que se lo tuviera que decir de nuevo. Notó como lo observaba y luego lo acariciaba, triunfante, mirando el efecto de su mano sobre él. Hubiera jurado que había notado un suave beso en sus posaderas, pero no se atrevió a volverse para no enojar a su directora.

-    Le duele?

-    Si, señora

-          Muy bien, así lo recordará durante mucho tiempo

-          Bien, señor Alberto, ha aprendido la lección?

-    Si señora

-          Va a ser más obediente y dócil?

-    Si señora

-          No discutirá en adelante ninguna orden mía y hará lo que le mande sin poner objeciones?

-    No señora

-          Bien, ahora lo veremos, dese la vuelta – obedeció, tapándose sus atributos con las manos. Ella lo miró divertida de verle avergonzado, luego le miró a la cara, que estaba casi tan colorada como su parte posterior ruborizado.

-    Y ahora.... tiéndase en mi regazo de nuevo

 

El hombre se espantó, no podía creer que todavía no estuviera satisfecha, pero no replicó, se tumbó mansamente en sus rodillas y se acomodó esperando un nuevo recital de su jefa.

 

Observó de reojo como la mujer buscaba en el temido cajón, pero no dijo nada. No sabía que nuevo instrumento de sumisión iba a sacar, pero no protestaría, había aprendido que la directora era quien decidía como y cuando debía obedecer.

 

Para su sorpresa, vio que lo que sacaba era un tubo de crema, no una herramienta maquiavélica y suspiró aliviado.

 

La mujer esparció gran parte de su contenido en su escocido culo y comenzó a esparcirlo con su mano. El frescor inundó su piel y agradeció el tacto de la mano, que ya no era agresivo, sino dulce, primoroso, restregando sus nalgas y aplicando con dedicación el ungüento que le calmaba .

- Si no hubiera sido tan desobediente se habría ahorrado la escena de la mesa. No iba a aplicarle ningún instrumento nuevo, querido, sino a calmar su dolor con esta pomada. Soy severa, pero no cruel, y no deseo prolongar su dolor más allá de lo estrictamente necesario para que adquiera buenos hábitos. Que le sirva de lección en adelante.

- Si, señora, lo recordaré

La mano se movía por sus doloridos carrillos con calma, empapando cada centímetro de piel. La juntura de sus nalgas también recibió el agradable ungüento, y sus genitales, notando la caricia de los movimientos circulares como una bendición después del mal trago.

 

Así pasó un tiempo que a él le pareció sentirse en una nube, sobre el regazo de su directora y recibiendo sus atenciones, se encontraba plácido y feliz. Por alguna extraña sensación, entendía que este castigo lo había merecido y que le ayudaría con su comportamiento en adelante.

 

-          Levántese, Alberto – el tono de la directora ahora era amable, casi cariñoso – esto ya está listo.

 

Obedeció y se incorporó frente a ella, quedando en pie con sus partes a la vista de la mujer, pero no le importaba, ella podía mirarlo y no se sentía violento ya ante su mirada. La mujer observó su miembro, que estaba ligeramente excitado y sonrió por primera vez desde que comenzó el día.

 

Se agachó y le subió el calzoncillo mientras el observaba inmóvil. Después hizo lo mismo con su pantalón, que abrochó sin prisas. Después se incorporó y le tocó el turno al cinto. Arregló su camisa, poniéndola bien colocada en el pantalón. Se apartó un poco y le observó, como queriendo ver si faltaba algún detalle.

 

Después, sacó unas toallitas de papel perfumado y le restregó la cara, algo que a él no le gustaba , pero no protestó, la dejó hacer. Le colocó un poco el pelo y depositó un beso en su mejilla. Esto pilló desprevenido al joven, que agradeció el tacto de sus labios en su rostro y, sin saber por qué, la devolvió el beso y la dijo

 

-          Gracias señora

 

Ella se limitó a sonreírle y le dijo

 

-          Bien, jovencito, ahora váyase a casa, que ya es tarde. Espero que esto le haya servido de lección. Y recuerde – añadió con una mirada pícara – si vuelve a ser negligente en el trabajo tendré que volver a llamarlo a mi despacho y  darle otra reprimenda. Y si vuelve a gritar a su secretaria en público, haré que ella contemple como le aplico su castigo, entendido?

-          Si señora, no se preocupe, no volveré a hacerlo

 

Después le puso la chaqueta, le dio la vuelta y con un azotito le mandó fuera del despacho.

 

UN SÁBADO DIFERENTE

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Autora: Lely

El sábado a la mañana, como mi mamá no trabajaba, aprovechaba para lavar la ropa y poner en ”orden” la casa y a sus ocupantes, es decir,  a mí.

 

Éramos  solo dos en casa: ella y yo, un adolescente en ese momento de 13 años, que estaba en la época del no bañarse demasiado.

 

Me acuerdo que ese sábado, 1 de junio creo, me levanté como todos los sábados, fui a  desayunar a la cocina y mi mamá de dijo que al terminar me vaya a bañar. Yo, como siempre, le dije que iba enseguida  y como trataba de hacer cuando podía entré al baño, abrí las canillas y me senté a leer un rato, luego me lavé la cabeza y los pies , cerré las canillas y salí envuelto en el toallón.

 

Ví que mamá entraba a buscar la ropa para lavar. Al rato me llama al baño y me pregunta dónde estaba mi calzoncillo sucio, así lo lavaba con toda la ropa que había y me di cuenta de mi error. No supe qué contestarle. así que ella se dio cuenta de mi mentira y me dijo que me sacara el toallón. No tuve más remedio que hacerlo y vio que tenía el mismo calzoncillo con que me había levantado; me tomó del brazo y me acercó hacia ella y me preguntó: “¿qué significa esto?”. Me di cuenta que estaba en graves problemas; tratando de inventar alguna excusa sólo atiné a decirle que me lo iba a cambiar a la pieza porque no lo había llevado cuando me iba a bañar.

-Bueno vamos a tu pieza así te cambias- me dijo y yo bajé la cabeza y fui con ella .Al llegar se quedó esperando adentro de mi habitación hasta que me cambiara, pero en el momento que termino de sacarme el calzoncillo me lo arrebata de la mano y lo mira, yo muerto de vergüenza, porque estaba manchado y se veía que era de varios días.

 

Busco el calzoncillo limpio y cuando me lo iba a poner, mi madre me tomó del brazo y sin decir palabra me baja la cabeza y la espalda de manera que quedó mi cola desnuda toda expuesta hacia su cara  y me ordena: “¡Ahora mejor que no te muevas!”. Muerto de vergüenza no supe qué decir y la obedecí; me quedé quieto y en ese momento siento que mi madre me separa las nalgas y mira mi cola, yo trato de levantarme y siento que algo golpea mi cola y me la deja ardiendo. “Te dije que te quedaras quieto!” Y ¡zas! otro golpe. Mi madre comenzó a retarme y me llevó de la oreja otra vez al baño. “Eres un mentiroso, me estuviste engañando. ¿No te da vergüenza tener la cola sucia como si fueras un bebé? Ahora vas a saber lo que es lavarse bien”.

 

En ese momento, me hizo entrar en la tina abrió la canilla me hizo agachar y ante mi sorpresa y vergüenza me lavó la cola ella con sus manos. Pero no terminó todo ahí: cuando terminó de lavar la cola hice amague para salir de la tina pero no me dejó. Me volvió a poner en la posición anterior ,con la cola expuesta  hacia su lado , tomó el cepillo de baño , yo cuando la ví empecé a temblar  y le dije: “no mami, por favor, perdoname. Te prometo bañarme bien todos los días y cambiarme, por favor no me pegues”. Pero ella siguió como si no me escuchara y empezó a pegarme en las nalgas con el cepillo. ¡Cómo dolían esos cepillazos en mi cola! Enseguida comenzaron mis nalgas a dolerme y arder, yo lloraba, suplicaba, pedía por favor que parara. Nunca la había visto tan enojada, ella seguía pausadamente pero sin interrupción, mientras me decía que no tendría que haberla engañado, que soy grande , que confiaba en mí y yo la decepcioné. Lo mas triste es que tenía razón.

 

Me dolían un montón las nalgas, yo empecé a llorar a toda voz  hasta que después de 15 golpes paró  y me dijo que me bañara bien. Abrió las canillas y cuando se templó el agua me puso debajo de ella. Yo la miré y le dije: “gracias mamá. Ahora podés salir del baño, ya no te voy a engañar”. Pero ella me dijo que no se iba a ir, que iba a mirar cómo me bañaba y que no quedara un solo rincón de mi cuerpo sucio, que por mucho tiempo me iba a ver cuando me bañaba. Yo no lo podía creer pero después de los azotes que había recibido, no quise protestar más y comencé a bañarme, tenía cuidado de no olvidarme de nada. Mi mama allí mirándome y yo muerto de vergüenza.

 

Al terminar me acarició la cabeza, me alcanzó el toallón, me ayudó a secarme y envuelto en él me llevó a mi pieza. Al llegar a la habitación me sacó el toallón y me dijo que me acostara en la cama boca abajo. “¿Qué pasa mamá? ¿qué me vas a hacer ahora?”, le dije bastante asustado. Ella trajo un termómetro y siento que me abre las nalgas y mete el termómetro en mi cola, yo no sabía que decir, nunca me había sentido tan avergonzado  y culpable, porque mami estaba muy seria y ella no era así, empecé a entender lo mal que se sentía con mis engaños. Pero yo, adolescente rebelde, le dije de mal modo: “¿qué haces ahora mamá?”

 

Ella dejó el termómetro unos minutos en mi cola, luego lo sacó, sin contestarme me sacó de la cama y me volteó sobre sus piernas y antes que pudiera quejarme empezó a pegarme con su mano en las nalgas, como con el cepillo. Eran en una nalga y la otra, yo desesperado por el dolor volví a suplicarle que dejara de castigarme, que había entendido lo mal que me había portado, pero ella siguió hasta darme por lo menos 25 azotes en cada nalga. Yo lloraba  y gritaba como nunca lo había hecho y ella solo me decía: “Algún día me lo vas a agradecer”.

 

Cuando me soltó me pasé la mano por las nalgas y ella me dijo que de castigo ese sábado no iba a salir a ningún lado y que por ahora me acostara en la cama , sin ropa  y que aún no había terminado conmigo. Quise empezar a protestar porque no me dejaba salir pero me miró y me dijo que no dijera nada o iba a ser peor.

 

Yo no podía creer lo que me estaba pasando, estaba lleno de furia. Pero protestando me quedé acostado un rato. Cuando pasaron unos 10 minutos pensando que ya había pasado todo y que mamá se habría tranquilizado, me vestí y fui al comedor, Prendí los videojuegos y me puse a jugar, a los 5 minutos entra mi mamá y me dice que hacía yo ahí y con la ropa. Yo le dije nada, que ya estaba mejor y que me había levantado porque estaba aburrido. Ella se acercó, se sentó en el sillón al lado mío ,me hizo soltar el jueguito y antes que dijera algo estaba otra vez sobre sus piernas y con la cola desnuda , me dio otros 30 azotes sin parar. Al terminar me sacó el pantalón y el calzoncillo , vi que tomó algo de la mesa , sentí otra vez que me abría las nalgas y me puso 2 supositorios  bien adentro de la cola. Yo llorando y pataleando hasta que me dio otro azote en las nalgas y me quedé quieto.

 

Ese sábado lo terminé desnudo en mi pieza parado en el rincón como 2 horas sin moverme y recibiendo cada tanto alguna nalgada más por moverme o quejarme, la verdad fue un sábado inolvidable, pero en algo tenía razón: aprendí mucho ese día y lo más importantes nunca más salí con la cola o el calzoncillo sucio.

 

Cuando los supositorios hicieron efecto quise salir corriendo al baño pero mi mamá me retuvo y me dijo que me parara en el rincón del comedor. Yo estaba desesperado, tenía muchas ganas de ir al baño pero me quedé quieto en el rincón por 10 minutos más, hasta que mamá me dejó ir al baño pero me espero afuera. Cuando salía, me hizo agachar y volvió a revisar mi cola. Me mandó de nuevo a acostarme sin pantalón ni calzoncillo, y volvió a decirme que no me podía levantar bajo ninguna circunstancia o recibiría mas azotes, pero… con la chinela.

 

Me quedé acostado hasta el mediodía que me dijo que me levantara, pero no me dejó ponerme la ropa. Así que con toda mi humillación y mi cola bastante dolida, me senté en la cocina y comí. Al terminar de comer me volvió a mandar al rincón de la cocina hasta que ella terminara de lavar los platos. Me dijo que me iba a dejar vestirme pero iba a recibir otra tanda de azotes en la cola. Le rogué que no lo haga pero me dijo que me calle o iba a ser peor. Así que me volví hasta donde estaba mi mamá sentada me coloqué en sus piernas y me dio cerca de 40 palmadas mas con la mano; al terminar lloraba como un bebé del dolor de mis nalgas. Me dijo que esperaba que hubiera aprendido la lección y que me podía vestir, pero que por ese día no iba a salir con mis amigos. No dije nada porque estaba tan dolorido que no quise tentarla para que me volviera a pegar.

 

Esta fue mi primera vez en recibir tantas nalgadas pero no sería la última porque “A partir de ahora –me dijo mi mamá- no voy a hablar demasiado. Ante la primera que te vuelvas a mandar, recibirás el castigo merecido”.

 

- FIN -

 

Recuento, parte I.

Autor: NWbR

 

No es por nada, pero adoro ser mujer. Me encantan las caras de los hombres al verme venir. Cuando camino hacia ellos ¡les explotan las pupilas! Luego tratan de poner cara de casuales ya que me vieron de pies a cabeza; y me sonríen al pasar, tratando de asimilar qué onda con mis ojos. Pero lo mejor es voltearlos a ver ya pasándolos, mientras me inspeccionan el culo, ¡y verlos sonrojarse de que los caché! ¡Es la cosa más divertida del mundo! Perdón a todos aquellos que me tachen de presumida… en realidad soy tímida. ¡De verdad! Bueno, algo tímida… se me va quitando con los años.

 

Aparentemente tengo un culito hipnotizante. Me lo dijo un amigo en la secundaria y me le quedé viendo como si estuviera loco. "¿Mis… nalgas?", pregunte. Hasta ese momento pensaba que los hombres, como yo, se enamoraban de los ojos; y yo con mis ojitos inusuales, uno azul acero y el otro verde, que siempre han generado sonrisas en ambos sexos… ¿Mis nalgas? Pues si… y ahora me encanta pararlas, moverlas. Busco maneras de hacerme la inocente y tornar situaciones casuales en erecciones instantáneas. Me encanta ver cómo, ahí donde no se dibujaba nada, sus pantalones se abultan. Y todo porque ¡"ups"!, hice algún movimiento accidental completamente adrede.

 

Los más perspicaces se rascan la cabeza tratando de adivinar si de verdad soy tan tarada, o si fue a propósito. Y entre esos hay los que de inmediato piensan que ¡debería ser castigada! Ya me voy dando cuenta. Puedes prácticamente leérselos en el rostro; como fijan la cara y en sus ojos se ve el haber arribado a una decisión… Pero no importa mi conducta, vivimos en una época donde las normas de comportamiento no les permiten darme la zurra que me merezco ahí mismo y entonces. ¡Que lastima! O no… no sé. Para mí, ¡que lastima! Para otras, cada quien…

 

Eso es, hasta que conocí al novio de mi novia. Ah, ¿no lo había mencionado? Cuando me percate del efecto que tenían mis pompis sobre los hombres, me empecé a fijar en las de otras nenas. Como esas caderas y los zapatitos nos las hacen bailar y rebotar. ¡Mmmm! Entendí de inmediato. ¡Y la que se sonroja en serio soy yo! No me cachan seguido, a la mayoría de las mujeres no se les ocurre que otra chava las este viendo; pero cuando si… uy, ¡que vergüenza! Me miran con cara de "…no… ¿te cae que me estabas viendo las nalgas así?" ¡Gulp!

 

Cuando mi amigo de la secundaria me dijo que tenía las nalguitas más deliciosas del planeta, le dije que me las podía tocar; y eso hizo. Me las sobó, me las pellizcó… y me dio unas nalgadas. Y lo que me paso con eso… no me la esperaba. ¡Me encanto! Esa sensación, ese zumbido… y en ese momento me imaginé como seria si me estuviera castigando, a calzón bajado sobre su regazo. Me vine en un instante. El nunca se dio cuenta, y me hice la loca y le dije "ya, basta"; y me retire, para el tercer paso moviéndolas de "mira esto" y sonriéndome por dentro. Esa tarde me di una de las mejores masturbadas de mi vida. Nunca tuve el valor de decirle a él nada… lástima…

 

Pero no podía dejar eso así. ¿Qué se sentiría? La pregunta me torturo durante años. ¿Cómo hacerle para saber? Mi Mamá pellizca el brazo, y mi adorable padrastro nunca me alzaría una mano, no importa lo que hiciera o cuanto me lo pudiera merecer… ¡Me estaba volviendo loca! ¿Cómo sería? Que me castigaran; que me sonaran duro una zumba sin calzón por mal portada… hasta dejármelas todas rojas… Mmmmm.

 

Y soy muy bien portada, normalmente. No por miedo a que me castigaran, sino por el terror puro de que mi padrastro se decepcionara de mí. Ese era todo el castigo que requería, su mirada cuando erraba. Con solo eso me hacia llorar y prometer que nunca lo volvería a hacer, fuera lo que fuera. Pero al haber despertado esos deseos, soñaba con que me diera una buena zurra y me dejara de mirar así.   … que me diera una buena paliza… y mas culpa me daba con mi Mamá de albergar estos pensamientos… que me desnudara y me diera una muy buena y larga nalguiza con esa manota… Me imaginaba sus ojos viéndome todita, y enrojeciéndome las nalgas a color jitomate y a fuego puro… Desnuda, pateando, llorando, implorando… viniéndome una y otra vez...

 

Y luego empecé a fantasear de mis maestros. Un compañero me cachó. Había un maestro de física en Segundo de Secundaria... Empecé a vestir falda y medias los martes y los jueves, porque con solo sobarme los muslos entre sí a través del nylon me podía venir en mi pupitre, imaginando cuán dura sería esta madera si tuviese las nalgas en llamas de un castigo que me diera en frente de toda la clase… Y cuando vi que Carlos se dio cuenta de lo que pasaba me lo imaginé a él castigándome y me vine de nuevo, como en la escena de la segunda Matrix con el Marivingian, calladita, pero sudando.

 

Pero el Charly nunca me dijo nada, verbalmente. Solo miradas y sonrisitas en los lockers. Y yo no dije nada tampoco, pero un par de veces sonreí y me sobé los muslos frente a él. Discretamente, era nuestro secreto nunca discutido, excepto en los ojos; y por un par de guiños y sonrisas de mi parte. Erección instantánea. Humedad instantánea. Si tan solo… bueno… ni modo. No tenía ese tipo de agallas todavía y eso probablemente es bueno, pero lo recuerdo de vez en vez con esa pregunta existencial... A lo más que llegó es que una vez le sobé el pito con mis nalgas, haciendo como si estuviera agachándome a buscar el libro de física en mi locker. Mmmm, ¡que rico se sentía lo que nació bajo sus jeans! "Uy, perdón", dije. Sus ojos casi se saltan de sus órbitas.

 

Pero con las demás niñas si comencé un juego, del que todas nos reíamos; y que me cuentan las hermanitas de amigas que se volvió casi tradicional en mi Secundaria/Prepa. En las regaderas después de educación física, a la que se descuidara le caía una buena nalgada. Comencé con mi mejor amiga, Laura, cuando recogió el jabón que se le cayó. El grito y el salto que pegó nos tuvo a todas en el suelo rodando en el agua de la risa… y ahí comenzó.

 

Yo acabé haciéndome la pendeja para que me llovieran a nalga mojada, y creo haberle repartido a todas también. Como iniciadora de ese desmadre ampliamente merecí ser la más nalgueada. Y Sandrita, ¡que cuerazo de chavita! Rompecorazones de todo chavo de la Prepa. Ella era mi blanco preferido, y no solo el mío; pero no se dejaba fácilmente... Sandi, si remotamente sucede que lees esto, me apellido igual todavía, ¡búscame!

 

Bueno, recuerdo las miradas de los varones cuando salíamos de los casilleros, meándonos de la risa… "¡estas viejas están locas!" y "¿qué demonios sucede allá adentro?". Fantaseaba tener un oído biónico para saber que se decían entre ellos.

 

Para cuando salí de la Prepa, ya había tenido experiencias sexuales con dos compañeros, pero nunca tuve los huevos de pedirles a ninguno de los dos que me nalguearan. Excepto por el Ejote (apodo) quien me dio esas primeras. Lo dejé hacerlo un par de veces más, una vez en público en una fiesta, jugando; y otra vez solos, según esto jugando. Ni él ni yo tuvimos el valor de ver a donde…

 

Y es que yo pensaba que yo era un bicho raro, con fantasías extrañas, y que nadie comprendería… "¿Qué te gusta que te qué?" "¡Que me des una nalguiza, pendejo!" Y que se fueran con una mirada de "¡puta madre! No sabía que estaba tan loca esta cabrona…" Si tan solo hubiese sabido en ese entonces que a) ni es una fantasía tan escasa y b) que a los hombres cualquier excusa para encuerarnos y manosearnos es buena, sin importar;…en la mayoría de los casos cuando menos.

 

… Con Eduardo y Samanta… bueno, esto es como comenzó lo que sucedió mientras estudiaba la Universidad de "undergraduate" en el extranjero. Ed y Sam son los novios modelo (se cazan en agosto en Waikiki, y soy madrina), al grado de que hasta asco da ver como se tiran de ojitos y besitos.

 

Sam y yo tomábamos Antropología Cultural y Astronomía 101 juntas. Yo soy buena para la Antropología (ahora estoy sacando la Maestría en Antropología Industrial), y Sam es buena para Astronomía (y está a punto de terminar la Maestría en Astrofísica en la Universidad de Hawai en Hilo); así que quedamos de estudiar juntas.

 

Usualmente yo iba al depa de Ed y Sam (mucho más habitable que el desmadre que me traía con el cuarto de mi depa, que compartía con otras dos chavas… y mucho mas pacifico… mis ex "roomies" son (o espero, "eran") unas lobas drogadas y alcohólicas). Y un buen día caí a la hora acordada a estudiar para un examen "midterm" de Astro. Sam y Edi son tan buena onda, tan buenos amigos, que abrí la puerta y entré como a mi casa. Y lo que vi en la sala…

 

Sam estaba desnuda de la cintura para abajo, de rodillas ¡con las nalguitas deslumbrantemente rojas; violentamente mamándole y tragándole la verga a Edi! Me congelé, hipnotizada y boquiabierta. Pasaron muchos segundos antes de que Edi bajara la cara, abriera los ojos y me viera ahí, pasmada.

 

Me miro con una expresión indescifrable, y miro a Sam, quien estaba tratando de despellejarle el pito con la lengua. La tomó del pelo y la paró, asintiendo en mi dirección. Sam me vio. Edi se subió los pantalones, la tomo una vez mas del cabello y la marchó hacia su habitación, volteándome a ver y diciendo "ahorita te la mando, en unos minutos. Estás en tu casa." Yo me quede ahí, inmóvil por un largo tiempo, antes de irme a sentar en el sofá y sacar los libros de mi mochila robóticamente, pretendiendo que aquí no pasó nada; mi mente girando como trompo supersónico, tratando de entender si lo que vi significaba lo que yo pensaba…

 

Sam salió, toda sacada de onda, evitándome los ojos y sonriendo abochornada. "Hola". Nos abrazamos, y fue por sus libros, regresando con cara de "ah… ehm… oops!”…Capítulo vigésimo segundo, "Gravitación"… Nos hicimos pendejas las dos de lo atestiguado. "Y si la estrella tiene más de x masas solares, está fuera de la Secuencia Media y cae dentro de…", haciendo apuntes.

 

Edi salió del cuarto como si nada. "¡Hola tu!" Me dio un abrazo y un beso en el cachete. "Me voy a trabajar." dijo, volteando con cierta sonrisita dirigida hacia mí, camino a la puerta. Recuerdo haber pensado "¿y ni te vas a bañar? ¿Apoco así te vas? ¿Apoco así de embarrados llegan los chavos con los que yo trabajo? ¿No se huele eso? ¡Todo este depa huele a sexo!"

 

"Y la galaxia de Andrómeda viene hacia acá en escasos millones de años, para cuyo tiempo nuestro Sol…." Más apuntes. Claro estaba que Sami no quería hablar del asunto. Y yo no podía quitarme de la mente el tinte del cual le vi esas nalguitas tan perfectas, redondas y paraditas que tiene. Del color idóneo se las vi, como tantas veces me había imaginado las mías propias sobre el regazo y bajo la mano de un hombre viril... ¿Estudiar? Si, seguro… …Pero de alguna manera Sam me terminó explicando lo que necesitaba para el examen. Saqué 3.8 (en escala de 4).

 

Ni siquiera se me ocurrió masturbarme cuando llegué a casa, tan aturdida estaba. Bueno, una cosa es fantasear; otra muy distinta es, sin advertencia, ¡ver lo que vi! Apoco… ¿Sami y Edi? ¿? ¡¡!!

 

Finalmente, a punto de terminar ese cuatrimestre, sentadas en la cafetería, comiendo y platicando, le pedí a Sami si me dejaba hacerle una pregunta… "Mira", le dije, "este… bueno… resulta que tengo una fantasía acerca de los hombres…". Con tallarines saliéndole de la boca, me miro sonriendo… -Slurp- "¿Y?" preguntó con cara de pícara. "Bueno, es que, desde la Secundaria…" y le conté lo que a ustedes.

 

"Y luego te vi, con las nalgas ardiendo mamándosela a Ed, y…". Sammi soltó un ladrido de risa dirigido hacia el techo, y volteo a ver quién nos estaba viendo. "Ven conmigo", dijo. Nos fuimos a sentar al pastito del Quad.

 

"OK, a ver…" me miró, "¿el verme las nalgas así te prendió?"

 

Ah, ehm, "pues… si. Muchísimo."

 

"Pero, ¿qué parte? ¿El verme a mí así? ¿El imaginarte lo que me hizo Edi? ¿El querer que él te lo hiciera a ti? ¿O el querérmelo hacer tu a mi?"

 

Esta última pregunta me llegó como campanazo de la nada, acompañada de mi propia pregunta mental "O que tú me lo hagas a mi…" ¿¡De donde salió eso!?", pensé anonadada. …Pues de que Edi es de Sam, y el decirle que quería que su novio me castigara era demasiado tabú… pero… ella. Ya estábamos hablando de esto…  Pero que Edi me castigara, por verlos así… ¡Puta, me estoy mojando! Tranquila… tranquila… "No sé. ¿Me das chance? No lo he pensado bien… deja pensar…"

 

"¡Mentirosa!" dijo Sam, se paró y me agarro de la oreja, en frente de todo mundo, y nadie se dio cuenta… que yo haya visto. "Ven aquí". Así me llevó 50 metros a la parte trasera del auditorio, donde me sentó. "A ver", dijo, y se tiró sobre mi regazo. "¡Toca!", me dijo. "Dices que has fantaseado con las nalgas de otras chicas, ¿no? Pues siente las mías…"

 

Bueno… ¿quién quiere que termine de contar como fue? Falta mucho, mucho más de la mitad de lo que les puedo relatar solamente de esta historia; y ya tengo muchas más… pero no quiero escribirle al vacío, o a los/las cobardes que no participan de la discusión ni revelan sus propias fantasías. Para eso están mejor mis novio/as y mi fiel vibrador… Entonces, ¡a votación! O le paro aquí antes de revelarme toda ante un público anónimo y mudo… ¿Por qué debería continuar contándoles? Sé que hay muy buenos motivos, y conozco algunos, pero ahora les toca decirme ustedes a mí… Ambos sexos, Tops y Bottoms, si vous plait… ¿Qué te prende a ti?  ¿?

DORADO Y CALIENTE

Autora: Ana K. Blanco

Para Cars, mi amigo spankee.
Para mi amiga Mara, maestra de las técnicas sexuales.
ParaLely, mi amiga spanker

“No se da ni cuenta que cuando la miro
Por no delatarme me guardo un suspiro
Que mi amor callado se enciende con verla
Que diera la vida para poseerla.
No se da ni cuenta que brillan mis ojos

Que tiemblo a su lado y hasta me sonrrojo
Que ella es el motivo que a mi amor despierta
Que ella es mi delirio y no se da cuenta.

La voz de Chiquetete sonaba en la vieja radio de la cocina. El rostro de Andrés estaba surcado de lágrimas. No sabía si era por ira, por dolor, por impotencia… Pero la letra de la canción “Esta cobardía” había sido escrita para él y para nadie más. Quizás él mismo se había metido en la cabeza de los autores (F.M.Moncada/P.Cepero) y les había dictado la letra describiendo perfectamente sus sentimientos y emociones cada vez que veía a la señora Amada.

Se dirigió con paso decidido a la alacena y sacó de allí los ingredientes: harina, sal, levadura en grano, azúcar. Puso agua fría en una jarra y la entibió con agua hirviendo. Su sangre también hervía, su mente bullía con todos aquellos pensamientos y el cantante no le daba tregua…

Esta cobardía de mi amor por ella
Hace que la vea igual que una estrella
Tan lejos, tan lejos en la inmensidad
Que no espero nunca poderla alcanzar.

Sí, su amor era cobarde, tanto que no le permitía decirle nada. Ella estaba lejos, tan lejos en aquella inmensidad que los distanciaba, tan lejos como él mismo la había colocado.

No se da ni cuenta que le concedido
Los cálidos besos que no me ha pedido
Que en mis noches tristes desiertas de sueño
Que en loco deseo me siento su dueño.

Andrés no quería sentirse ni ser su dueño, sólo quería servirla, amarla, estar a su disposición, pero… eso no era cosa de hombres. Él era un hombre, no un pelele que pueda ser dominado por una mujer.

No se da ni cuenta que ya la he gozado
Y que ha sido mía sin haberla amado
Que es su alma fría la que me atormenta
Que ve que me muero y no se da cuenta…”

Sí, su señora Amada tenía el alma fría como el hielo y él pensaba que lo ignoraba por completo. No le hacía caso, era algo inexistente para ella.

Sumido en sus pensamientos e incertidumbres, puso la levadura en una taza, un poco de azúcar para que reaccionara más rápido y colocó un poco de agua tibia para que la mojara. La puso sobre un costado e inmediatamente volcó la harina sobre la mesa. Una nube de polvo lo inundó y lo hizo volver en el tiempo, a aquella tarde que envuelto en otra nube de polvo llegó a la pulpería “De la Esquina”, de don Eustaquio Flores…

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Andrés estaba sin trabajo. Había ido a la pulpería porque allí era el centro de información, oficina de colocaciones, lugar de reunión y el sitio al que los hombres concurrían para todo: buscar empleo u ofrecerlo, dejar sus referencias, hacer amistades, compartir una copa de ginebra o aguardiente, jugar al “truco” dentro del recinto o a “la taba” afuera; hablar de mujeres, de ganado, de cosechas, y mil temas más.

Entre copa y copa recostado en el mostrador, se enteró por su amigo Román que se había vendido la chacra del viejo Casimiro, el que sintiéndose solo decidió irse a vivir a la ciudad con su familia y dejar el lugar donde había permanecido toda su vida hasta entonces.

-…la vendió barata porque estaba muy venida a menos –le contaba Román.
-¿Y puede saberse quién la compró?
-Una mujer. Pero ¡qué mujer! Es de la ciudad, pero no le hace asco a ningún trabajo. Es una tipa grandota, fuerte, robusta… Tiene un carácter muy jodido y está decidida a sacar la chacra adelante, y con el ímpetu que tiene seguro que lo logra. Se llama Amada Nosecuánto, y anda buscando un hombre que la ayude con los quehaceres del campo, pero nadie quiere ir porque hay mucho trabajo y poca paga. Pero si estás sin nada, por lo menos vas a tener casa, comida y algún pesito. Vos no tenés familia que mantener, así que mientras se viene la época de la yerra, capaz que te sirve –y apuró el trago de ginebra como para mojar la garganta que se le había secado de tanto hablar.
-Voy a darme una vuelta por “La Tacuara” y hablar con esta señora.
-Bue… te deseo suerte hermano. Dicen que no habla, solo ordena y no tiene pelos ni miramientos para decir las cosas. Es clarita como el agua, pero más dura que el acero y tiene la lengua afilada como su facón, que carga en su espalda como cualquier hombre de campo.

Andrés agradeció la información de su amigo con una franca sonrisa y un apretón de manos.

-Don Eustaquio, -gritó antes de marchar- sírvale una copa aquí a mi amigo. Y me anota todo. Estoy seguro que le pagaré mi deuda antes de lo que imagina.
-¡Pero cómo no Andrés! Vos tenés el crédito abierto. Andá tranquilo nomás.
Desató a su caballo, un overo de paso elegante y galopar seguro. Se montó y salió al trote en dirección a “La Tacuara”.

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Salió del rancho para prender el fuego del horno de pan. Lo limpió concienzudamente y le acomodó la leña que estaba preparada debajo, resguardada de la lluvia. Le puso unas ramitas bien secas y le arrimó el fuego. Se quedó mirando el danzar de las llamas cuando recordó que había dejado la levadura en remojo. Tapó el horno para que no perdiera el calor y entró a la cocina. La levadura ya había levado, así que la volcó sobre la harina a la que ya le había puesto la sal. Sus hábiles manos comenzaron a trabajar los elementos. Un poco de grasa vacuna le ayudaba a manejar mejor aquella masa. Pero no pensaba en eso, sino en el primer encuentro con la señora Amada…

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La puerta de la tranquera estaba abierta, así que decidió entrar. Un camino hecho por el tránsito de la gente, los animales y vehículos pasando durante años por el mismo lugar, había dejado sin pastura dos sendas paralelas que terminaban en la casa. Sobre el costado derecho se veía el motivo del nombre de la chacra: un plantío agreste de cañas de tacuara. A la izquierda el corral de los animales. Algunas vacas pastaban distraídas sin darle importancia a las visitas. Un perro cimarrón salió a su encuentro ladrando desaforadamente, pero Andrés se mantuvo tranquilo y lo miró sin decir palabra. El perro cambió su ladrido y comenzó a caminar al lado del caballo.

Al apearse, el perro se acercó moviendo la cola y con la mirada le suplicó una caricia. El jinete sonrió y se la regaló, rascando su cabeza y pasando su mano por el lomo del animal. Luego, seguido por el cimarrón, caminó con mirada escudriñadora todo el lugar.

La casa necesitaba algunas reparaciones. El techo era de chapa y se veía que con un soplido de viento volaría más de una. Otras de la chapas estaban en pésimas condiciones, con agujeros que se notaban a simple vista, lo que hacia que se filtrasen humedades. Las paredes pedían pintura urgente. La empalizada tenía algunos lugares a punto de caerse. Al estar roto el alambrado del gallinero, las gallinas estaban sueltas y podrían escaparse por la tranquera. Una de ellas, con una fila de pollitos detrás, corría en busca de alimento seguida por sus crías. En tanto un gallo de riña alto, espigado y con un cogote larguísimo se paseaba entre el resto de las aves con gesto altanero.
La porqueriza estaba también en malas condiciones, aunque todos los animales se veían saludables y bien atendidos.

-¡Alto yegua, aaaaaalto! –gritó una voz femenina a sus espaldas. Al sentir el galope apenas le dio tiempo de moverse e impedir que el animal lo atropellara. Un potrillo la seguía de atrás –La tranquera está abierta, se me vaaaaaa…

Cuando la mujer llegó a la puerta de la casa vió un jinete salir al galope tras su yegua, que había huído por la tranquera y ganado carretera. Las patas herradas del overo retumbaban en el suelo seco. Por suerte para Andrés, la yegua llevaba puesta las riendas, por lo que le resultó más fácil dominarla. Una vez que la calmó, retorno con ella hacia la chacra, bajo la atenta mirada de la dueña.

“Qué tipo más buen mozo”, pensó. “Qué bien me vendría alguien así para levantar este lugar”.

Andrés tenía unos treinta y pocos años. Hombre de campo, curtido por el sol y las tareas al aire libre. Tenía la piel tostada, un físico joven y modelado por el trabajo, no por las pesas de los clubes deportivos. Su rostro a lo lejos se veía oculto por el sombrero, tenía el pelo castaño claro y montaba como un jinete experimentado. Realmente sabía lo que hacía.

Se desmontó de su pingo sin soltarle las riendas a la yegua. Se acercó a la mujer, y allí ella pudo apreciar su rostro angular, la nariz un poco achatada, los labios gruesos y sensuales, y los ojos enormes, risueños, con mirada bondadosa y acariciante color caramelo. Ella que era una mujer alta, tuvo que alzar la vista para mirarlo directamente a los ojos.

-Aquí tiene su yegua señora –la fijeza con que ella lo estaba mirando lo turbó. Se sonrojó levemente y en voz baja le dijo- Le sugiero que de aquí en más la ate cuando no la esté usando o la deje fuera del corral.

¿Por qué no podía sostener la mirada de esa mujer? Había logrado ponerlo nervioso y eso lo turbaba aún más.

-Estaba dentro del corral, pero encontró un lugar que estaba roto y saltó por allí. De todas formas gracias por atraparla. Ahora… ¿se puede saber qué desea?

-Mi nombre es Andrés Vergara. Estoy sin trabajo en este momento y me dijeron en la pulpería de Don Eustaquio que usted andaba en busca de trabajadores.

-Quítele el plural. Busco uno solo y no porque no necesite varios, sino porque no puedo pagar más que uno. Ofrezco casa, comida y mucho trabajo. No tengo dinero para pagar sueldo hasta dentro de un mes que recibiré un dinero de la capital. Y quiero que me diga ya mismo si acepta y cuánto quiere ganar.

-Acepto señora. El sueldo lo dejo a su consideración. Deme un mes y le probaré lo que rindo. Usted verá cuánto me paga en ese momento, ¿le parece?

Amanda le estiró la mano para sellar el pacto. El apretón fue fuerte y seguro por ambas partes. Cuando ella giró y le dio la espalda, Andrés la miró detenidamente. Tendría unos 40 años, aproximadamente. Realmente era una mujer corpulenta, alta, grande. Sin embargo era extremadamente femenina en sus gestos, movimientos y con un cuerpo agradable en sus redondeces. Sin duda que Rubens se hubiera enamorado de ella. Vestía una camisa un par de talles más grandes de su tamaño, un pantalón ajustado que marcaba sus generosas curvas y unas botas de media caña que habían conocido mejores épocas. Tenía el pelo oscuro y largo, tirante y atado en un coqueto moño. Bueno… al menos había sido coqueto cuando se lo hizo en la mañana. A esa hora de la tarde ya caían mechones por todos lados y el sol, moribundo, aprovechaba para resplandecer un rato más en sus cabellos.

De repente se detuvo.

-Andrés, deje sus pertenencias en la puerta de la casa. Luego lleve los caballos al corral, aliméntelos y vea si puede arreglar provisoriamente la parte rota de la cerca. Después venga a la casa. Yo en tanto voy a cerrar la tranquera, guardar los pollos y prepararé algo de comer. Dese prisa.

-Sí señora –no pudo decir otra cosa. La voz firme y enérgica de Amada le imponía respeto. No miedo, pero sí respeto.

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Todos los ingredientes estaban unidos y la masa estaba muy pegajosa aún. Comenzó a sobarla y siguió recordando. Más de una vez golpeó la masa con furia contra la mesa de madera. Es que… traer a su mente ciertas escenas lo llenaban de ira. Como aquella vez cuando…

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-¡Andrés, carajooooooo! ¿Cuántas veces quiere que le diga que tenga su cuarto ordenado? Yo no soy su sirvienta, más bien que es al revés. Lo estoy alimentando y dándole un techo en mi propia casa. Lo menos que puede hacer es mantener el orden y la limpieza dentro de ella.

Odiaba que lo rezongara, pero al mismo tiempo sentía algo que no podía explicar. La mayoría de las veces deseaba que ella lo retara, pero al mismo tiempo no le gustaba ser tratado como un niño. Él trabajaba muy duro, durísimo. En un par de semanas había convertido aquella chacra en un lugar habitable. Por supuesto que ella trabajaba a su par. Se levantaba temprano y se acostaba después que él, pero era muy exigente con la higiene y el orden, y eso era algo a lo que no se podía acostumbrar. Antes que “perder tiempo” en arreglar el lugar donde dormía, prefería salir a trabajar fuera de la casa. ¡Había tanto para hacer!

Algo que Amada le recalcó varias veces fue el techo de la casa. Había ido expresamente a la pulpería de Don Eustaquio a encargarle las chapas, y estaban allí desde hacía dos días; la señora aprovechó el viaje del cobro del dinero de la capital que estaba esperando, y compró lo necesario para el cambio de chapas del techo de la casa. El día anterior había terminado de arreglar el gallinero, que era otro trabajo que venía posponiendo. Cuando terminó era pasado el mediodía. Aquello le había tomado más trabajo del que había imaginado, así que inmediatamente se puso a trabajar en el techo y continuó al día siguiente. A la hora del almuerzo Amada le dejó saber su preocupación por el techo.

-Dicen que se viene una tormenta muy fea Andrés. Supongo que entre el día de ayer y esta mañana habrá trabajado en eso, no?

Se le atragantó el guiso en la garganta. Carraspeó y moviendo los fideos, verduras y carne en el plato, con la mirada fija en ellos, contestó:

-Bueno… la verdad es que ayer… terminé el gallinero. Pensé que me iba a llevar poco tiempo, pero se me complicó y me tomó toda la mañana.
-¿Cómo que el gallinero? Andrés, traje ayer las chapas con toda urgencia para hacer el techo… No entiendo… ¿qué criterio usó usted para decidir dejar el techo para después y terminar el gallinero?

El hombre se sintió avergonzado, con ganas de que la tierra se abriera a sus pies y lo tragara. Quería desaparecer de la mirada dura de aquella mujer, que por otra parte, tenía toda la razón… Se levantó de la mesa dejando el plato servido.

-Con su permiso señora -y se dirigió a la puerta. Amada no le respondió.

Los rayos del mediodía calentaban de manera implacable la espalda del joven. En pocas horas se vendría la noche y no podría trabajar por la falta de claridad. La tirantería estaba en buenas condiciones, pero debía trabajar con cuidado de no caerse. Ya tenía terminado más de la mitad de la casa, pero aún le faltaba mucho. ¿Cómo había sido tan torpe? ¿Cómo no se había dado cuenta de la importancia del techo comparada con el gallinero?

El sol se desangraba en el horizonte y Andrés continuaba clavando chapas sin cesar. No iba a poder terminar y la tormenta se avecinaba. Optó por tratar de clavar lo mejor posible la parte que no pudo cambiar. No le estaba saliendo bien, no podía ver casi nada, estaba trabajando más al tanteo que por vista. Las primeras gotas de lluvia mojaron su espalda…

-Andrés, baje de allí inmediatamente. Está comenzando a llover y ya no se puede hacer nada –le gritó mientras Andrés seguía trabajando- ¿Pero está sordo o qué? Le dije que bajara! Además del agua hay rayos, relámpagos… Yo ya guardé los animales, así que deje eso y baje de una vez. ¡Obedezca!

El hombre la miró desde la altura del techo. Bajó la cabeza, recogió la herramienta y bajó. Luego de guardar todo en el granero, cerró la puerta y bajo una densa lluvia caminó lentamente hacia la casa. De vez en cuando un relámpago iluminaba todo el lugar. El cimarrón lo esperaba en el porche, moviendo la cola. Andrés estaba empapado, el agua le corría por todos lados. Entró a la casa.

-Puede ir a bañarse –le dijo Amada- Aquí lo espero.

Salió del baño vestido, con olor a jabón y el cabello húmedo. Se veía tan… sexy!

-Venga a comer Andrés. Estuvo todo el día trabajando y ni siquiera almorzó. Siéntese y coma… La tormenta es más grande de lo que imaginé. Y el viento sopla fuerte. Por suerte pude guardar todos los animales. El cimarrón tiene suerte: esta noche dormirá dentro.
-No pude terminar –contestó él apesadumbrado.
-Hizo lo que pudo. Y va a pasar lo que tenga que pasar. Ahora cálmese y coma.

No era una sugerencia, era una orden. Cuando Amada quería ser firme, a nadie le cabía la menor duda, y Andrés no era la excepción. Se puso un bocado de comida en la boca pero se le hizo difícil tragarlo. Se sentía culpable, sentía que le había fallado a la mujer que amaba, que había confiado en él y eso lo ponía mal. Sin decir palabra se levantó y se arrimó a la ventana. Afuera la lluvia caía copiosamente, apenas si dejaba ver algo. Algún rayo de vez en cuando rasgaba el cielo, y el viento era cada vez más fuerte…

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La masa estaba amasada y sobada lo suficiente. El recordar aquella noche lo había puesto mal y había descargado toda su furia en el amasado. Espolvoreó un rincón de la mesa con harina, tomó la masa, hizo un enorme bollo con ella y la colocó encima. Luego la cubrió con un lienzo; ahora debería esperar a que levara, que doblara su volumen, que creciera.

También había ido creciendo el viento aquella noche. Su mente volvió a viajar y el recordar el ruido que produjo la primera chapa al volar por los aires, lo estremeció. Su memoria recordó como Amada salió corriendo para el fondo de la casa, hacia el cuarto donde guardaba las semillas y otras cosas que hacía poco había comprado en la agropecuaria.

Cuando iba a abrir la puerta, Andrés la agarró por la espalda y se lo impidió.

-Señora Amada… no abra esa puerta, por favor.
-Es que se va a mojar todo. Los granos, las semillas, el alimento de los animales… no tengo dinero para comprar más.
-Lo sé señora, lo sé… Pero con el viento que hay, si abre la puerta entrará el viento aquí, se embolsará y levantará el techo. En la parte que pude hacer de la casa me aseguré de dejar bien seguro lo que colocaba porque imaginé que podría pasar algo así.
Amada soltó el pestillo de la puerta.
-¡Suélteme! –le dijo en un tono severo y con dolor- Esto no hubiera sucedido si no fuera por su ineptitud. Tendremos todas las gallinas a salvo, pero no podré sembrar nada… ¡por su culpa!

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Amada salió corriendo dejando a Andrés con la vista en el suelo, desolado; se dirigió a su habitación y cerró la puerta. Caminaba de aquí para allá mientras sentía volar parte de su casa, esa casa y ese lugar que había comprado con tanto esfuerzo. Se sintió impotente, sola, con el peso del mundo a sus espaldas. Tanto esfuerzo, tanto dinero gastado… ¿para qué? Las lágrimas comenzaron a correr por su rostro; lloraba de impotencia, de bronca, de rabia contenida. El viento seguía acechando y entre el cansancio y las fuertes emociones… se durmió.

Las primeras luces del día la despertaron vestida y tendida sobre su cama. Salió al porche y vió el desastre: al final, no había sido tanto como imaginaba, pero había chapas amontonadas en un rincón. Seguro que Andrés las había colocado allí. Se dirigió a la habitación del fondo a ver el estado de sus granos y semillas. Al abrir la puerta, comprobó que todo estaba bastante bien. Su idea de tapar todo con plástico y ponerlo en un lugar alto había dado resultado. Fue muy cuidadosa con todo, pero la noche cuando Andrés no la dejó entrar, estaba convencida de que la protección se había volado y había perdido todo. En realidad, lo único que se había arruinado eran unas bolsas con material de construcción que no tenía tanto valor. Respiró y miró hacia arriba. Andrés habia hecho un excelente trabajo, las chapas voladas serían unas 6 o 7 solamente. Ahora prepararía el desayuno y luego a trabajar otra vez.

Al pasar por el cuarto de Andrés, le llamó la atención la cama sin ropa. Entró. No había nadie allí y tampoco estaban las pertenencias del joven, sólo un sobre encima de la mesa de noche con su nombre manuscrito en el frente: “señora Amada”. Al abrirlo encontró todo el dinero que ella le había dejado el día anterior, la paga por el mes de trabajo. Comprendió que Andrés se había marchado…

Con el sobre en la mano se dirigió a la cocina, preparó el mate y se sentó a la mesa. Abrió el sobre, desplegó las hojas y leyó:

“Señora Amada,
O quizás debería decir amada señora…
Soy un hombre de campo, rústico y alguien que sabe apenas leer y escribir, por eso seguramente encuentre usted errores en esta carta, pero no en mis sentimientos.
Desde el día en que llegué y usted me permitió quedarme, me dio techo y comida, amistad y un poco de afecto, me hizo sentirme perteneciente a este lugar. Por eso trabajé con tanto ahínco y ganas, porque consideré esta casa mi hogar, aún sabiendo que no lo era.
Todo el trabajo y esfuerzo que realicé en este mes, se lo llevó la tormenta de ayer. Yo lo arruiné todo, todo lo que hicimos en este tiempo, el dinero que usted invirtió se mojó y se fue con la lluvia.
Tenía razón cuando me llamó inepto. Lo fui al poner el gallinero por encima del techo de la vivienda.
No sé cuánto habrá perdido. Supongo que todo el dinero que me pagó, más de lo que merezco, no cubrirá casi nada, pero es todo lo que tengo, por eso se lo dejo. Le dejaría también mi caballo, pero lo necesito para trabajar. Esta mañana antes de partir quise entrar al cuarto del fondo, pero no me animé ni a mirar.
Señora Amada, amada señora… me voy con mucho más de lo que vine, porque me llevo en el corazón este enorme amor que siento por usted. Se lo estoy diciendo ahora porque sé que no la volveré a ver jamás.
Gracias a usted ahora sé qué es estar enamorado. Ahora sé qué es beber los vientos por el amor de una mujer, pensar en ella cuando logro dormirme después de horas de insomnio cuando no me la puedo sacar de la cabeza. Que sea la primera imagen cuando me despierto y vestirme de apuro para poder verla en la cocina, caminando de un lado a otro mientras prepara el mate. Puedo besar sus labios cuando pongo los míos en la misma bombilla (utensillo que se utiliza para beber el mate) que ella tocó con los suyos.
Ahora sé lo que es conformarse con aspirar su perfume cuando pasa a mi lado, mirarla, desearla, tomar algo de su mano para sentir la tibieza de su piel… Pero también sé que es inalcanzable para alguien como yo, que solo supo hacerle daño y dejarla casi arruinada. Por eso, mi amada señora, he decidido marchar.
Ojalá que algún día pueda perdonarme. Le deseo lo mejor. Hasta siempre, hasta nunca.
Andrés”

-¡Es un imbécil! ¿Quién le dijo que yo soy inalcanzable? Si yo también lo amo…
Sí, ella lo amaba desde aquel día que lo vió galopar en busca de su yegua. Lo amó desde que él le regaló aquella mirada color caramelo. Amó su cuerpo dorado y cincelado por la naturaleza como a un dios griego. Amó su sonrisa, su disposición al trabajo, sus silencios y su timidez. Amó su entrega, su pasión a todo lo que hacía, el cariño por los animales, el campo y la naturaleza en general. Pero se había ido. Saldría a buscarlo pero… ¿dónde?

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La masa ya había levado y Andrés sabía que era hora de armar el pan, como en aquel momento también había sabido que era hora de regresar con su señora Amada.

Partió la masa en 3 porciones. Su corazón también estaba partido cuando trataba de conseguir trabajo y no podía hacer nada. Era imposible arrancarla de su pensamiento o de su vida. Aquello era un infierno, un castigo terrible. No podía seguir así, por eso emprendió el regreso. Le pediría perdón a su señora y le diría que sólo quería estar a su lado. Estaba dispuesto a pagar su culpa como ella lo considerara conveniente.

Armando el pan recordó cómo había armado en su mente todo lo que le diría a la señora. Al llegar a la tranquera, el cimarrón salió a su encuentro a ladrido pelado, saltando hasta sus pies para demostrarle su alegría. Ante tal alboroto, la señora Amada había salido también al porche y se quedó quieta, esperando que se acercara a la casa. Sólo por verla allí parada había valido la pena el viaje de regreso.

Cruzada de brazos, con el cabello al viento y la mirada… la mirada… no sabía distinguir si era de enojo, de alegría, de… No, no, evidentemente estaba enojada, y no era para menos. Pero debía enfrentarla. Bajó del caballo, lo ató y se paró frente a ella, con la mirada baja.

-Pensé que había contratado un hombre trabajador y valiente, no un cobarde que huye ante el primer problema. ¿A qué volvió Andrés?
-A pedir perdón, a disculparme, a aceptar el castigo que usted decida imponerme por todo lo que hice mal. También decirle que lamento todo lo que le dije en la carta.
-¿Todo lo que me dijo? A qué se refiere, qué es lo que lamenta ¿haber huído? ¿haberme dejado el dinero? ¿o haberme declarado un falso amor?
-No señora ¡eso no! Mi amor es real –dijo, y bajó la cabeza de inmediato, lleno de vergüenza – El dinero era suyo, yo no lo merecía. Lo que lamento es que haya perdido los granos y semillas por mi ineptitud. Y encima, haberla abandonado en el peor momento, como un cobarde...
-Repito: ¿Qué es lo que quiere Andrés?
-Que me admita nuevamente como su sirviente, su peón, su empleado. No puedo vivir ya fuera de esta casa y… y sin su presencia señora.

La actitud de Amanda se hizo más dura aún.

-Y ¿vos te creés que te va a ser tan fácil? O sea, que decidís irte cuando se te da la gana, cuando más se necesitan dos brazos para trabajar; y decidís volver cuando querés, cuando te parece que mi enojo ya se habrá calmado. Y yo te tengo que perdonar, no?

-No señora, no tiene que perdonarme si no lo desea, pero… -cayó de rodillas- le suplico que me perdone. Castígueme como lo desee, pero permítame estar a su lado nuevamente.
-Andá al cañaveral y traé una tacuara. Limpiala y preparala porque con eso vas a recibir tu castigo. Cuando la tengas lista me la traés.

Él la quedó mirando desconcertado.

-¿Qué? ¿No me oíste? Hacelo ya, o de lo contrario… andate. Y no digás que me amás, que me querés servir y no sé cuántas cosas más –dio media vuelta y entró a la casa.

El hombre se levantó lentamente y salió hacia el cañaveral. Miró las cañas y tomó una; la midió, la cortó y comenzó a limpiarla. Cuando terminó su trabajo se dirigió a la casa, golpeó la puerta y la voz de su señora le dio el permiso para entrar.

-Aquí está lo que me pidió, señora Amada –extendió la caña con las dos manos y completamente limpia.

-Dejala arriba de la mesa y vení para acá –Andrés obedeció y se paró en frente de ella- Ahora te voy a decir algo: el castigo que vas a recibir no es por lo que se arruinó aquella noche de tormenta, sino que te voy a castigar por haberte ido, por haber abandonado tu trabajo y a mí cuando más te necesitaba. Te voy a castigar por no haber tenido la valentía de enfrentar tus errores… y tus aciertos.

Se sentó en la silla que él mismo había fabricado para ella, de cuero de vaca. Una vez que Amada se hubo acomodado, le indicó que se pusiera sobre sus rodillas. Con la cabeza gacha y muerto de vergüenza, Andrés obedeció. Era humillante esa posición. Lo estaba tratando como a un niño pequeño. Pero dijo que aceptaría todo y eso era lo que iba a hacer.

-¿Preparado para recibir tu castigo?
-Sí señora –contestó con voz segura.

Los golpes comenzaron a caer sobre sus nalgas. Nunca había sido tratado de aquella forma, ni siquiera por sus padres que perdió cuando era un jovencito. ¿Cómo era posible que él, tan hombre, tan viril, estuviera permitiendo que una mujer lo azotara de aquella forma tan humillante? Y lo peor, lo más inexplicable era que gozaba cada azote. El sentir la mano de la mujer que amaba sobre él, le experimentaba un estremecimiento especial.

Amada no era débil. Sus nalgadas se sentían lo suficiente como para que ardiera, aún encima de la ropa. Varios minutos estuvo así, soportando aquel castigo que si bien era doloroso, no lo era tanto como la humillación de verse en esa pose y azotado por una mujer. A medida que el castigo avanzaba, él reflexionaba en el motivo de todo aquello: su huída. Y se arrepentía una y mil veces de haberlo hecho.

-Ahora, ponete de pie. Y desnudate de la cintura para abajo.

Andrés iba a protestar, pero al ver el rostro de Amada, decidió obedecer. Se quitó las alpargatas, su pantalón y la ropa interior, que dejó en un montón tirado en el piso.

-Veo que no has cambiado tus hábitos. Recogé esa ropa inmediatamente, doblala y ponela sobre la silla.

El joven no sabía cómo hacer para ocultar su evidente excitación, mientras que Amada lo que trataba de ocultar era su sonrisa y aprobación por lo que veía. Le divertía ver el tremendo esfuerzo que hacía Andrés para que ella no pudiera observar su miembro en casi, su máxima expresión. Pero...

-Ahora que lo pienso mejor, sacate toda la ropa.
-Pero señora…
-Si vas a poner peros, agarrás tus cosas y te vas. Hoy te va a quedar claro quién manda si decidís quedarte a mi lado.

No dijo más nada y comenzó a desvestirse hasta que quedó totalmente desnudo ante la escrutiñadora mirada de Amada, que se deleitaba con cada parte de su cuerpo sin darle importancia a la vergüenza y pudor de aquel hombre que estaba amando más a cada momento, ese hombre que era capaz de soportar todo aquello por amor a ella, por quedarse a su lado.

-Bien. Alcanzame la vara. Quiero que apoyes manos y codos sobre la mesa, abras las piernas y escuches lo que voy a decirte: si te vas a quedar acá va a ser bajo mis órdenes. No podrás hacer nada sin preguntármelo antes. Tu voluntad me pertenece por completo, y vos también.

Mientras que decía esto, hacía silbar la vara, cortando el aire y haciendo imaginar a Andrés lo que le esperaba. El primer azote lo tomó de improviso. Él estaba atento a lo que le decía su señora.

Levantó la cabeza e hizo un pequeño gesto de dolor con su rostro, pero no dijo nada. Una marca roja cruzaba sus nalgas…

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Con el cuchillo muy afilado, Andrés hacía un corte en cruz sobre los bolos de masa. Así de lacerantes eran los azotes que le había propinado su señora Amada el día de su regreso. Su mente volvió a aquel momento una vez más. Si bien los azotes dolían, las palabras de su señora y dueña desde aquel momento, le dolían mucho más. ¿Era tan grande su amor por ella que era capaz de soportar todo aquello? ¿Dónde quedaba su hombría, su machismo? Se dio cuenta y aceptó que había renunciado a todo eso por obtener su amor.

-Decime Andrés… ¿quién te dio derecho de decidir por mí?
-¿Cómo dice señora? Yo jamás me atrevería a hacer eso.
-¿No? Pero lo hiciste. Decidiste reparar el gallinero en vez del techo de la casa. Decidiste levantarte de la mesa por dos veces y dejar la comida servida sin tomar en cuenta el trabajo que yo me había tomado para hacerla. Decidiste que el dinero que te dejé como pago de tu trabajo debías devolvérmelo. Decidiste irte sin dejarme saber que lo hacías y sin saber si yo quería que te fueras o no… Eso por nombrar solo algunas cosas. Y ahora volvés arrepentido para que te perdone.

Varios azotes más cayeron sobre las nalgas del joven, que se sentía más y más humillado cada vez. Sabía que su señora Amada tenía razón, que no había actuado de una manera correcta. Estaba recibiendo el castigo que merecía y lo recibía gustoso si ese era el precio que debía pagar para quedarse a su lado.

Lo que no entendía era por qué su pene se había empecinado en permanecer duro, inhiesto. Su excitación no tenía límites y temía no lograr controlarse y eyacular delante de su señora Amada.
Luego varios azotes, desnudo como estaba, le dijo que fuera al cuarto donde guardaban los enseres para los caballos. Una vez allí, lo hizo tenderse sobre una silla de montar.

-¿Sabes Andrés? Sos un potrillo bravo y salvaje que necesita conducción. Mi fusta y yo te conduciremos de aquí en más por los lugares correctos para vos.

Los golpes de la fusta eran precisos y el lugar donde caían bien definido. El azote de la fusta era diferente a los otros. Los 20 o 30 fustazos que recibió dejaron huella en sus nalgas y en su alma arrepentida.

En la posición que estaba no podía ver a la señora, pero oía el taconeo de sus botas, su firmeza para caminar. En un momento no sintió ningún paso más, pero su oído percibió el sonido que le hizo correr un frío por su médula. Sí, su señora se estaba quitando el cinto que traía puesto; lo hizo correr lentamente por cada una de las presillas y al final lo sacó de un solo tirón. El chasquido en el aire hizo que levantara su cabeza, pero el resto de su cuerpo se mantuvo indemne.

Amada acarició lentamente sus nalgas con el cinto. Luego pasó la mano por cada una de las múltiples marcas que mostraba aquel culo túrgido y de formas redondeadas. Lo acarició un largo rato y… Andrés se sintió en la gloria. Que ella lo tocara era todo su sueño, y sentirse así acariciado era más de lo que se había atrevido a soñar.

Luego de un descanso que se le había hecho necesario a los dos, Amada comenzó su castigo con el cinto. Una vez y otra mas levantó su brazo y dejó caer con fuerza la herramienta de castigo sobre las nalgas de Andrés.

Desde que él había comenzado a quitarse la ropa hasta ese momento, habían pasado al menos una hora y media, quizás más. Amada consideró que ya era suficiente.

-Levantate Andrés, y andá para mi cuarto…

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Los bollos ya estaban elevados y listos para ser horneados. Puso todo en una tabla especial de panadero y se dirigió al horno. Con la ayuda de unas bolsas de arpillera y con extremo cuidado, abrió la puerta del horno.

Miró el fuego. Las llamas ya se habían apagado y solo quedaba la brasa encendida. El horno estaba caliente y las brasas al rojo vivo. Rojo como su culo con aquella azotaína, y caliente como el ambiente de excitación que se había formado con toda aquella situación.
Se quedó hipnotizado mirando dentro del horno y se visualizó aquel día yendo hacia el cuarto de la señora, desnudo, avergonzado y humillado. Al llegar al lado de la cama se detuvo con la cabeza baja y esperó.

La señora Amada venía tras él, observando ese cuerpo glorioso y esas nalgas que necesitaban atención urgente. Ella también necesitaba atención y la iba a obtener.

-Apoyá las manos en esa silla.

Obedeció. No le diría que no a nada. Si ella consideraba que debía seguir castigándolo, lo aceptaría con tal de quedarse a su lado. Pero… cuál sería su sorpresa al sentir el frescor de una crema que la señora esparcía por sus nalgas. La crema se sentía refrescante y las manos de la señora eran de seda y azucenas. Un largo rato estuvo en esa pose, gozando las caricias de Amada, que a su vez también gozaba acariciando las nalgas del guapísimo joven.

-Quiero que sepas que esto lo hice por tu bien, para que quede claro quién mandará en tu voluntad y en tu vida. Hice esto porque me importás, porque quiero lo mejor para vos. Espero que así lo entiendas…

Como sin querer pero a propósito, más de una vez dejó escapar las caricias de las nalgas y tocó, al principio levemente pero luego con más detenimiento, los testículos del joven, que daba un respingo y gemía cada vez que esto sucedía.

-Ahora… ponete de pie y mirame.
Trató de tapar su excitación con las manos, pero ella se las apartó. Eso hizo que él bajara la cabeza y mirara para un costado. Tomando su cara con ambas manos, Amada hizo que él fijara sus ojos en ella. La mujer dio un paso hacia delante y comenzó a besar suavemente el rostro del hombre, hasta que llegó a sus labios. El enamorado de ojos de caramelo fijó su vista en la mujer y con la mirada le suplicó un beso, y ella se lo concedió.

¿A qué le supo aquel beso maravilloso? Era dulce como la miel, largo como su desesperación, húmedo como la lluvia de aquel día, tibio como el sol de la tarde, y caliente como las brasas de aquel horno que… se estaba enfriando. Metió los panes dentro y lo cerró.

También habían cerrado la puerta de la habitación cuando los besos dejaron lugar a las caricias más osadas. La señora era la que le permitía y hasta le suplicaba sin palabras que la hiciera suya.
Despojándola de toda la ropa, la tomó en sus brazos y la depositó en la cama, como si fuera de cristal. Ahora era completamente feliz y lo que más le importaba era hacer feliz a su señora.

Comenzó a tocarla suavemente, sin dejar de besarla en ningún momento. Las manos de Andrés acariciaron su rostro y su cuello. Luego conoció sus pechos aún túrgidos y acogedores, con sus pezones rosados y duros. Su boca comenzó a bajar por el centro del cuerpo entre los gemidos de la mujer. Cuando llegó a su Monte de Venus, le hizo abrir las piernas y ante sus ojos maravillados se encontró con una vulva rosada y húmeda. La lengua rozó levemente el clítoris, mientras que con los dos dedos de su mano derecha atrapaba ese centro de placer de las mujeres, moviéndolos en la base hacia delante y hacia atrás. A su vez la lengua jugaba y humedecía el glande, que se ponía cada vez más hinchado y tieso. Amada estaba a punto de explotar de placer, pero antes de que esto sucediera, él introdujo el dedo corazón en su vagina, y con él acarició la pared del lado donde estaba concentrada toda su atención. La descarga de flujos de Amada no fueron más pequeños que sus gritos de placer. A medida que los orgasmos iban apareciendo, apretaba la cabeza de Andrés contra ella. Una seguidilla de orgasmos hicieron que se transportara a otra dimensión. No le importaba nada, no sabía quién era, ni dónde estaba, ni si el mundo se acababa. Ella estaba logrando los mejores orgasmos de su vida. Las contorsiones y los espasmos entre gemidos y suspiros, hicieron sentirse totalmente satisfecho a Andrés, que había logrado que su señora gozara de aquella forma.

Mientras que Andrés se acomodaba a su lado, Amada trataba de recuperarse. Lo hizo casi inmediatamente, y ahora ella le haría gozar a él. Sin decirle nada, se dirigió a su pene. Posó su mano izquierda en la base y apretó levemente. Con la mano derecha tomó el resto del miembro, y bajando el prepucio y torciendo levemente el contenido de su mano derecha, dejó el glande totalmente al descubierto. Abrió su boca y Andrés comenzó a gozar de la humedad y calidez de Amada, que disfrutaba de solo verle la cara de satisfacción a su pareja. Los dientes se concentraron en rasguñar levemente el frenillo y todo el glande, mientras seguía sosteniendo con firmeza la base y su mano derecha subía y bajaba cada vez con más vigor y rapidez.

El hombre cerró los ojos y se entregó por completo al goce que le estaba proporcionando su señora Amada, su amada Señora. Nunca le habían hecho algo así, aquello superaba todo lo vivido hasta ese momento. Por momentos el placer era tal que si abría los ojos le quedaban totalmente en blanco. Cuando Amada se dio cuenta que él estaba a poco de explotar en un orgasmo, se colocó rápidamente encima de él e hizo que la penetrara.

Se tomaron de las manos y ella extendió los brazos cual un águila en la inmensidad del cielo. Los movimientos se hicieron cada vez más frenéticos hasta estallar en un mar de placer…


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La mesa estaba dispuesta. Era sencilla: platos, vasos, vino, una bandeja con fiambres y la comida preferida de Andrés. Amada se la había preparado y estaba esperando el pan. Miró por la ventana y vió como su amado y sumiso hombre lo sacaba del horno y lo colocaba en una fuente. Lo siguió con la mirada y pensó en lo enamorada que estaba de él. Tanto o más de lo que él la amaba.


-Mi señora Amada, aquí está el pan, tal como usted lo pidió…

-Sí, ya lo veo Andrés: dorado y caliente… ¡como vos!

--- FIN ---

EPÍLOGO DE

Autor: Amadeo Pellegrini Acosta


...Ella continuaba eufórica y exultante, subrepticiamente dirigiéndose a mi con seriedad como si de golpe hubiera recobrado la cordura, dijo:
-Bobby querido, debes dar tu conformidad a Reginald cuanto antes así fijamos pronto la fecha de la boda, quiero retenerlo conmigo para siempre. Y sin más me estampó un par de sonoros besos en las mejillas.


-EPILOGO-

Como comprenderán los lectores nada me quedaba por hacer. En realidad nada, lo que se dice nada no; cabía aun la posibilidad de recurrir a la drástica solución del crimen.

Estoy escribiendo estas memorias desde la prisión de Dartmoor donde estoy purgando una condena de veinte años de reclusión, culpable de tentativas reiteradas de asesinato con circunstancias agravantes en las personas de mi medio hermana y de Reginald Mount-Garble.
Pueden creerme que más que la condena en sí me subleva la circunstancia que mis bienes personales de cuya administración fui privado por orden judicial fueron confiados al gobierno de mi cuñado por carecer yo de otros familiares más cercanos.

De mi cuñado sí, porque al final esos dos se salieron con la suya, ahora bien, si por casualidad imaginan que he cambiado de opinión debo decirles que de ninguna manera, sigo sosteniendo que el perfecto caballero no existe, aunque si que existen personas con suerte, como ellos y otros como yo con muy mala suerte.


-FIN-



APUNTES PARA EL EPILOGO



“Que las ramas no impidan ver el bosque” (refrán popular)


A los lectores:

Queridos amigos el cuento “Un Perfecto Caballero” tiene un solo protagonista: el señor Robert (Bob)Wilson, medio hermano de Millicent, ésta y los demás personajes son secundarios, la verdadera trama es que ese señor que “administraba” los bienes de la muchacha, con su boda no sólo se vería privado de disfrutar la renta de tales bienes sino que debería rendir cuentas de lo que hizo con ella. Como el mismo se reconoce jugador, libertino y borrachín necesitaba impedir la boda a toda costa.

El relato en primera persona tiene como lo dice el protagonista carácter de “memorias” vale decir está recordando todo lo que hizo para impedir el matrimonio (contratar un detective, etc.) En las reflexiones que hace advierte que le quedan dos caminos: hacer que la muchacha desista de casarse o cometer un crimen, también se reconoce incapaz de retarlo a duelo.
Lo lógico es que los lectores se pregunten ¿Por qué escribe esas memorias y desde dónde las escribe? ¿Por qué destila tanto odio?

En la última parte cuando Millicent fascinada con su novio spanker decide casarse cuánto antes ¿Qué otro camino le queda a Wilson para impedir la boda? El crimen, naturalmente.
Y aquí es donde se me presentó la encrucijada porque sabía de antemano que las memorias las escribía en la cárcel; entonces tenía que convertirlo en asesino por medio de veneno, armas de fuego o accidente provocado, o bien dejarlo en la etapa de tentativa de asesinato y con eso mandarlo a la cárcel, preferí lo último para que el relato tuviera un final feliz para la pareja.

La idea de invitarlos a proponer un final me vino después, no quise darle el carácter de desafío porque eso implicaba pedantería de mi parte, era como decirles ¿Vamos a ver si son capaces de encontrarle un final como el mío? No, mi idea era explorar la posibilidad que imaginaran otra salida siguiendo la lógica de la historia porque la verdad es que yo no la encontré, me vi atrapado por mi propio argumento.

Por otra parte la ocurrencia de hacer participar a los lectores en la resolución de los enigmas tampoco es original la han usado varios autores de novelas policiales, si la memoria no me es infiel uno de los que más la emplearon fue "Ellery Queen".

Me queda por último agradecer a todos los que han participado incluída la "fuera de concurso" que también desconocía el final.

Amadeo

UN PERFECTO CABALLERO (3ª Parte)

Autor: Amadeo Pellegrini Acosta

(3ª parte)

Nadie podrá imaginar cuán feliz y satisfecho me encontraba con ese lapidario informe en mis manos. Podía finalmente respirar hondo y saborear por anticipado las mieles del éxito.

Doble triunfo si se mira bien, demoler por una parte la inmerecida fama de perfecto caballero de ese individuo y por la otra doblegar los antojos de la caprichosa Millie descubriéndole a sus locos sueños el feo rostro de la realidad.

A esto debo agregar para ser justo, que los graves vicios de ese odioso individuo representan también para mi una suerte de reparación moral, porque como es de conocimiento público a mi me agradó siempre disfrutar de los placeres que la vida ofrece a la juventud y al dinero cuando marchan a la par.

Con lo expresado, quiero decir que en los ámbitos que frecuento poseo reputación de manirroto, únicamente por concurrir de manera habitual a casinos, hipódromos y salas de juego, por eso nada más me consideran un jugador empedernido; quienes me ven en la constante compañía de mujeres de costumbres liberales me juzgan un libertino consumado, están también los que me han hecho fama de bebedor consuetudinario porque comparten conmigo noches de juerga y champán.

Puede que algo de razón tengan los que me endilgan esas aficiones, aunque ciertamente exageran bastante. No las niego, las exhibo tanto a la luz del sol en las pistas de carreras de Ascot como a la luz artificial de los casinos y cabarets del Soho.

Ahora bien, pregunto ¿Qué importancia tienen mis pecadillos a la vista del todo el mundo, en relación con los vicios infames que cultiva en secreto ese abyecto personaje que pretende convertirse en mi cuñado?

Ocurre que vivimos en una sociedad que sólo valora las apariencias, califica de caballeros a los hipócritas como él y de disolutos a las personas francas como yo que no se avergüenzan de mostrarse tal como son.

Creo que estarán de acuerdo conmigo que esto constituye una sinrazón, una grosera inequidad, por lo que desenmascarar a los hipócritas como me dispongo a hacer yo con ese caballerito de opereta no es otra cosa que cumplir con un verdadero acto de justicia.

* * *

Encontré a Millie en el invernadero ocupada con sus flores. Se sorprendió al verme allí a una hora tan temprana, quizás la desconcertó ver la seriedad pintada en mi rostro o advertir que llevaba una carpeta en la mano, porque se quedó boquiabierta mirándome de arriba abajo.

Antes que reaccionara la informé que tenía algo muy importante que comunicarle así que no bien se desocupara la esperaba en la biblioteca.

La biblioteca de nuestro padre sólo la utilizamos como salón para fumar y tomar café después de las comidas, algunas tardes para leer periódicos y revistas y en ciertas ocasiones para reunirnos a conversar.

Millicent, roída por la curiosidad no se hizo esperar, demoró apenas el tiempo necesario para quitarse los guantes de jardinería y despojarse del delantal. Cuando llegó llevaba todavía cubierta la cabeza con el pañuelo con que sujeta sus cabellos.

Fui directamente al grano.

-Millie, -le dije- como sabes Reginald Mount-Garble, te ha pedido en matrimonio y si bien pasa por ser una persona honorable y de suficientes medios de vida, como responsable de tu felicidad y tu seguridad, me he permitido encomendar una pequeña investigación acerca de sus costumbres antes de responder a su demanda. Como ya casi eres mayor de edad me parece justo que seas tú misma quien juzgue las calidades morales de esa persona.

Luego de ese breve exordio puse en sus manos la carpeta añadiendo: - Aquí tienes el resultado de esa encuesta.
-No era necesario investigarlo, conozco muy bien a Reginald sé la clase de persona que es. Respondió tomando no obstante la carpeta. En ese momento tuve ganas de gritarle: -¡Pequeña idiota no tienes la menor idea de quién ese individuo! No lo hice porque es peligroso llevarle la contraria, me limité a decir aparentando la mayor indiferencia:

-Es posible que creas conocerlo, no lo dudo, sin embargo estoy seguro que este informe te revelará algunos aspectos ignorados de su vida con lo que verás que tal vez no lo conoces tan bien como piensas…

Mis palabras surtieron el efecto buscado. Después de soltar un ¡Ufaaa! Exclamó: -Bueno voy a leerlo ahora mismo.

Estuve a punto de restregarme las manos de satisfacción, la muy tonta acababa de recibir un documento tan explosivo como una carga de dinamita para volar un tren completo como si nada, con él en la mano tomó asiento y lo abrió cual si se tratara de una novela rosa.

* * *

Sentado en el extremo opuesto detrás de un ejemplar del “Times” la observaba a hurtadillas simulando hallarme concentrado en la lectura.

Al comienzo Millicent paseó la mirada de manera displicente sobre los folios, hasta llegar al apéndice que contenía las fotografías. Allí su rostro cambió, pude advertir como la sangre se agolpaba en sus mejillas en tanto su respiración adquiría otro ritmo.

Es inútil decir que en el recinto reinaba el más completo silencio, atisbaba yo, de tanto en tanto y de la manera mas discreta posible, a mi medio hermana quien sumida en la lectura no levantaba la cabeza más que para pasar de una página a otra.

De pronto un ¡Ohhh! profundo, seguido de un ¡Ahhh! no menos intenso interrumpieron su mutismo. Fingí continuar absorto en la lectura del “Times” como si nada hubiese oído.

Mi regocijo interior no tenía límites, esas exclamaciones no podían significar otra cosa que sorpresa y desconcierto. Seguramente no tardaría en oírla proferir invectivas contra ese odioso sujeto y que en algún instante arrojara lejos de si el legajo para incorporarse bramando su furia, su despecho y su desengaño…

Tenía en esos instantes por bien invertidas las veinticinco guineas de oro que se había llevado aquel impresentable sabueso. Millicent podía tal vez concederse un pequeño espacio a la duda imaginando que el informe había sido fraguado para hundir sus proyectos matrimoniales, pero allí estaban también las pruebas y en especial las fotografías, que más que elocuentes, resultaban categóricas e irrefutables.

Los latidos de mi corazón se aceleraban a medida que la adrenalina fluía en mi interior a la espera de la explosión de desencantado furor que no tardaría en producirse…

* * *

Millicent, tardaba en reaccionar había terminado la lectura; pero mantenía la carpeta abierta en su regazo y la mirada perdida en el cielorraso, como si se hallara en estado de trance.

Comencé a revolverme inquieto en el sillón. El estallido que esperaba no ocurría, pensé que se trataría de una detonación de efectos retardados que cuando se produjera superaría en violencia todos los límites imaginables.

Transcurrido un tiempo prudencial con voz suave pregunté:

-¿Te sientes bien Millie?
-¿Eeeehhh? Respondió, como volviendo en sí y recién advirtiera mi presencia .. Luego, con voz vacilante completó -Sí…sí, me encuentro bien.
Para mí se hallaba en estado de extrema confusión de manera que me compadecí de su desconcierto, suponía que estaba tratando de digerir algo demasiado fuerte para sus pocos años.

De pronto se incorporó, apretando fuertemente la carpeta contra su pecho, -no lo creerán ustedes- su rostro se ensanchó en una sonrisa de arrobamiento y de su garganta salió como una especie de gorjeo de satisfacción.

-¡Qué maravilla! Clamó con entusiasmo ¡Qué hombre maravilloso! .¡Qué poder!... ¡Me fascina!... ¡Es único!... ¡El me dará todo lo que deseo y necesito y yo le daré todo lo que a él le gusta!... ¡Cuando me tenga por esposa no necesitará más los servicios de Lady Arabella!...

Mientras prorrumpía en estas sandeces e incoherencias, Millie bailaba en torno a la habitación como una poseída, pensé por un instante si no habría perdido por completo la razón y también en el camino que debía tomar: si ponerla en manos de un exorcista o internarla en una casa de salud mental…

Ella continuaba eufórica y exultante, subrepticiamente dirigiéndose a mi con seriedad como si de golpe hubiera recobrado la cordura, dijo:

-Bobby querido, debes dar tu conformidad a Reginald cuanto antes así fijamos pronto la fecha de la boda, quiero retenerlo conmigo para siempre. Y sin más me estampó un par de sonoros besos en las mejillas.

(concluirá)


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AVISO IMPORTANTE: El autor agradece a todos los lectores las notas enviadas, a las damas las besa y les palmea cariñosamente las posaderas y a los caballeros les brinda un cordial abrazo y amistosas palmaditas en los hombros, al mismo tiempo los INVITA a imaginar cómo termina este relato cuyo breve epílogo será publicado el día 31 de enero próximo. Quien o quienes acierten se harán acreedores a un almuerzo en un excelente restaurante de Buenos Aires acompañado con el mejor champán o cava del país. Así mismo deja constancia que no hay trampas de ninguna clase todos los elementos para construir con cierto rigor lógico el epílogo se encuentran a lo largo del relato. ¡Suerte para todos!

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Nota: El reconocimiento ofrecido NO incluye pasajes ni estadía en Buenos Aires. Además los epílogos deberán ser publicados en el Blog de Amadeo y Ana K antes de la fecha indicada. No serán consideradas las respuestas posteriores al día 30 de enero del corriente año

 

UN PERFECTO CABALLERO (2ª Parte)

Autor: Amadeo Pellegrini Acosta

(2ª parte)

Bien cómodo en pijama, robe de chambre y pantuflas, con el informe del investigador, la botella de Remy-Martin y una copa sobre la mesa del estudio; luego de encender la lámpara me concentré en la lectura.

Debo reconocer que el detective se esmeró en preparar la información, -aunque por veinticinco guineas podía yo pretender bastante más-, ordenó todo a la perfección hasta lo encabezó con un índice.
La primera parte contiene una síntesis de la encuesta donde relata en forma detallada los hechos principales a los que asistió, conforme a los apuntes que fue tomando en el lugar, después agregó los diversos testimonios, algunas notas, copias de mensajes y como apéndice una serie de fotografías.

Transcribo textualmente el informe preliminar para que quienes lean estas memorias formen su propio juicio acerca de la naturaleza humana. No sé cuál será la opinión que en definitiva les merezca, puedo decir en cambio que su lectura me resultó tan asombrosa que hasta finalizarla mi cigarro se consumió solo en el cenicero olvidándome también del coñac.
* * *

“Como todos los sábados después del mediodía el señor Reginald Mount-Garble, -que para tales ocasiones se hace llamar “señor Brown”- se marchó del domicilio en su Bentley que dejó en una cochera de Charing Cross de donde partió en otro vehículo cuyo chofer lo condujo a una villa rodeada de frondosos árboles en el sector residencial emplazado a medio camino entre Eton y Windsor.

La tal villa que lleva el sugestivo nombre de “El Sosiego” pertenece a una dama mayor que fue por muchos años la querida oficial del Primer Lord del Almirantazgo y más tarde de Sir William Dundee y a la muerte de éste de un diplomático Griego, para entonces ya era propietaria del lugar.
La dama en cuestión es conocida allí como Lady Arabella de Saint Alban, -aunque su verdadera identidad es Edith Murray, hija natural de una trotona irlandesa-. Retirada de la vida pública, desde hace años ejerce allí el infame oficio de proveedora de jóvenes a un selecto grupo de clientes adinerados entre los que se cuenta el señor Mount-Garble.

La casa ofrece especialidades variadas, pero su principal atractivo es la flagelación para ello dispone de una dotación permanente de media docena de muchachas que permanecen por temporada contratadas en carácter de “personal de servicio” y son renovadas periódicamente.
A fin de interiorizarse de todos los pormenores, aun los más insignificantes, el suscripto trabó relación con el jardinero, quien previa gratificación lo introdujo como ayudante para algunas tareas. De esa forma tuvo acceso al personal de servicio permanente de la mansión y más tarde pudo, con la complicidad de los mismos, llevar también al fotógrafo.

Como puede observarse en la vista tomada del exterior con la lente de aproximación, el edificio principal consta de tres plantas, subsuelo y ático. La segunda es la planta noble a la que se ingresa directamente desde el jardín por la escalinata de la entrada principal, allí es donde tienen lugar las fiestas y principales eventos, la planta baja es la de servicio en ella están la cocina, la despensa, las dependencias y el comedor del personal; el depósito y la caldera de la calefacción se encuentran en el subsuelo en el que hay también una pequeña bodega guarnecida por rejas, en la tercera planta está el departamento de la dueña de casa donde se encuentran las habitaciones para huéspedes y clientes especiales, el ático fue remodelado a fin de dotarlo de cuartos confortables para las pupilas.

Todos los interiores se hallan decorados con gran lujo, los ambientes cuentan con una enorme cantidad de cortinados y espejos que más que decorados sirven para disimular escondrijos, pasadizos y observatorios discretos, para observar sin ser visto todo lo que sucede aun en los ámbitos más íntimos como los cuartos de baño. Para expresarlo gráficamente la mansión, por la abundancia de agujeros que tiene se asemeja a un gigantesco queso de gruyère.

Las mencionadas características de la casa permitieron a quien esto escribe ver y escuchar al investigado en la visita a la que asistió, permaneciendo oculto adentro de un armario en la habitación contigua cuyo fondo es en realidad una ventana de cristal que del otro lado de la pared forma un gran espejo de grueso marco dorado.

Desde ese lugar le resultó posible ver y a través de falsas rejillas de calefacción escuchar todo lo que sucedía en el saloncito íntimo de la dueña de casa.

Allí aconteció que el señor Mount-Garble, después de ser anunciado como “Señor Brown” ingresó en el coqueto saloncito donde lo aguardaba Lady Arabella a quien ceremoniosamente besó la mano.

Una vez concluidos los saludos y frases de circunstancias, la dueña de casa dijo al visitante: -Reginald, lo he mandado llamar porque la conducta de sus sobrinas ha empeorado desde su última visita, no solamente se han mostrado disipadas descuidando las lecciones, sino que emplean modales francamente impropios, por no decir deplorables… He tratado de corregirlas mediante consejos y reprimendas; de acuerdo a las faltas les he impuesto algunas penitencias menores como privarlas de salidas, de postre, enviarlas a sus habitaciones… En fin he empleado con ellas todos los recursos a mi alcance menos los castigos corporales, pero todo ha sido inútil, por último les advertí que si persistían en comportarse mal me vería obligada a ponerlo en conocimiento a usted para que tomase las medidas que considere más convenientes…

El señor “Brown” -de espaldas a quien esto escribe e iba tomando notas taquigráficas de las palabras de la señora-, se limitaba a asentir con la cabeza, sin abrir la boca.

En tono más bajo y confidencial la mujer sibilinamente continuó: -¿Sabe usted, querido Reginald cómo han reaccionado cuando les hice esa advertencia?... ¡Sorpréndase! Marjorie, la mayor, la cabecilla, se encogió de hombros y dejó escapar un despectivo “pssst”; Ileana, en cambio lo tomó a risa, en tanto Pamela no sólo se limitó a repetir el gesto desdeñoso de su hermana mayor sino que burlonamente agregó: “¡Ohh! ¡Qué miedo! Cuando venga el tío, nos sermoneará y nos dará unas palmadas en las posaderas, como hace siempre. ¿Ustedes le tienen miedo a las nalgadas, chicas?” Exclamó soltando una carcajada a la que hicieron coro las otras dos… ¡Imagínese mi indignación! ¡Estuve a punto de abofetearlas! Sin embargo me contuve porque sé que tal medida hubiera resultado contraproducente. Me limité a prohibirles salir del cuarto hasta tanto llegara usted… Créame que lamento hacerlo venir de Londres para darle noticias tan desagradables, amigo mío…

-Por favor, querida Arabella, no sabe cuánto agradezco su preocupación y sus desvelos por esas criaturas, tanto como deploro los malos momentos que padece a causa de ellas… Respondió su interlocutor, que enseguida añadió: Ciertamente me veo en la obligación de tomar medidas más severas en lo sucesivo…
Créame Reginald que es necesario mostrarse inflexible; esas personitas han dejado de ser niñas a las que se puede corregir con palmadas, cuando éstas resultan ineficaces hay que aplicar medidas más drásticas; si me permite una sugerencia, en su lugar yo emplearía una buena vara… Precisamente dispongo de una vara de bambú a la que en ocasiones me veo obligada a recurrir para poner orden entre el personal de servicio, que como usted sabe son gente a la que hay que tratar en forma permanente con cierto rigor porque de lo contrario la casa se convierte en un desquicio, que comienza con los pequeños hurtos, las intrigas, el chismorreo y termina más tarde con que ellos son quienes toman las riendas y disponen lo que debe o no hacerse aquí…

Enseguida y a solicitud del señor “Brown” la dueña de casa hizo sonar la campanilla a cuyo llamado acudió una de las mucamas a la que ordenó hacer bajar a las niñas.

Minutos más tarde se presentaron allí, tres agraciadas jóvenes pulcramente vestidas y peinadas, la mayor de unos diecisiete o dieciocho años y la menor de no más de trece o catorce, que saludaron a los mayores con una corta reverencia inclinando la cabeza, luego una detrás de otras besaron la mano del “tío” y a una indicación de éste tomaron asiento con estudiado recato.

Luego de un denso silencio, el visitante comenzó a amonestar a las jóvenes que bajaron la cabeza al escuchar los reproches que les hacía el hombre cuyas palabras refrendaba con indisimulada complacencia la señora Arabella.
La escena duró bastante tiempo en cuyo transcurso las muchachas se removían inquietas en sus sitios previendo lo que no tardaría en suceder, de manera que llegado el momento en que el señor “Brown” les anunció su voluntad de castigarlas, de sus labios escapó al unísono un largo quejido que llenó de gozo a la dama cuyo rostro se iluminó con una expresiva sonrisa.

El “tío” convocó primero a la mayor, que haciendo melindres se tendió, como le indicara, boca abajo en sus rodillas. En tanto la señora Arabella también de pie acudió al lado de ambos para colaborar sofaldando a la joven y retirándole el calzón, con lo que vino a quedar con las ambarinas nalgas a la vista de los presentes y desde luego también a la mirada de quien esto escribe que puede dar fe de la rotundez y exhuberancia de ese bello trasero, -digresión que considera necesaria para mejor conocimiento del señor comitente-

La azotaina prolongada por espacio de varios minutos con ligeros intervalos, cumplió el cometido habida cuenta la rojez que adquirió la superficie de esos magníficos hemisferios y también debidamente sentida por la destinataria a juzgar por los constantes quejidos y contorsiones que provocaban tantos sonoros azotes propinados con decisión a mano abierta.

Una vez liberada la joven Marjorie quedó de pie con la cara vuelta hacia la pared y las congestionadas nalgas expuestas a la vista de los circunstantes.

Los mayores tomaron un breve respiro, lapso que puso más inquietas aun a las dos restantes.
Al cabo llegó el turno de la segunda, -ruega el escribiente que le sea permitido expresarlo de la siguiente manera: las tres son hermosas criaturas pero la mediana las aventaja en belleza y garbo, cuando quedó reducida a la miserable posición de víctima colgada como una res del regazo de su “tutor y tío” fue posible advertir que sus encantos posteriores superan a los otros en blancura, tersura y conformación-. No obstante lo manifestado sufrió idéntico tratamiento que el trasero de su hermana mayor, con vigorosas palmadas que estallaban en el opresivo silencio del salón como estampidos de pistola, de manera tal que quedó tan o más enrojecido y maltrecho que la anterior, ni que decir que culminada la azotaina pasó a ocupar un sitio al lado de la señorita Marjorie.

Esta vez el tiempo de descanso fue más dilatado en razón que el “señor Brown” se veía muy agitado, con sus sentidos quizás más alborotados que fatigados sus músculos, porque -cabe decirlo- el espectáculo así ofrecido resultó a los ojos de cualquier mortal muy excitante en términos carnales.
La menor llegado el momento brindó una escena de llanto, retorciendo las manos deshaciéndose en pedidos de perdón alcanzó a colocarse de rodillas frente a su inflexible “tío” sin dejar por ello de resistirse a ser colocada en la misma posición que sus hermanas, por lo que la señora Arabella hubo de prestar ayuda para reducirla y luego sujetarla con fuerza por los brazos a fin que pudiera ser desembarazada de las prendas interiores.

El culito, -permitida sea esta expresión un tanto vulgar-, pero cabe porque al fin de cuentas por la edad de la joven así como el tamaño y volumen del mismo merece ser mencionado de esa manera, puesto que no es más que traserito de una niña. Por tal circunstancia parece probable que hayan resultado las nalgas más perjudicadas de todas, aunque el “señor Brown” espació más las palmadas y en repetidas ocasiones buscó aliviar el ardor de la piel con delicadas caricias circulares…

La única ventaja de la joven Pamela sobre sus hermanas fue que se libró de permanecer expuesta con las nalgas al aire como ellas.

Concluida la última azotaina, a las tres se les ordenó remontar sus calzones y retirarse a su cuarto. Mandato que obedecieron con presteza y la misma rapidez con que remontaron sus prendas íntimas y se aliñaron los vestidos marchándose cabizbajas y abrumadas.

No bien las tres jóvenes abandonaron el salón, la dueña de casa se dispuso agasajar a su huésped con un reconfortante té cuyo servicio encomendó a la doncella que acudió al sonido de la campanilla.

En tanto, hasta que llegó la bandeja con la infusión, las masas y bocadillos salados, la conversación entre ambos transcurrió por carriles obvios relacionados siempre con la disciplina más conveniente a imponer a las jóvenes díscolas así como las ventajas de emplear más a menudo la caña de bambú o las flexibles varas de abedul.

La nota inesperada la puso la dueña de casa a la vista de la mucama con la bandeja del servicio de té sobre la mesilla.

-¡Inepta! ¡Atolondrada! -Increpó de viva voz a la joven- ¡Cómo nos presentas el té en la vajilla común cuando tengo ordenado que tratándose de invitados como el señor Brown, debe utilizarse siempre la porcelana doble corona de Bavaria! ¿Dónde tienes la cabeza? ¡Torpe!...

Aturdida la joven retrocedió, con tan mala fortuna que golpeó la mesita con su cuerpo, volcando íntegramente el contenido de la bandeja sobre la costosa alfombra de Boukhara.

Aquella fue la gota que rebasó la copa y desató un verdadero infierno para la infeliz servidora.
Tan real fue lo que ocurrió a continuación que podría decirse que se trató de un número fuera de programa pues, abreviando, la desdichada Nelly, -tal el nombre de la atolondrada sirvienta- purgó la falta con sus posaderas que recibieron más de dos docenas de recios varazos aplicados con la delgada caña de bambú que la señora extrajo de una gaveta.

La joven que no deseaba ser puesta de patitas en la calle como le prometiera en el primer momento la indignada patrona, se avino de inmediato a recibir como castigo una cincuentena de azotes en las nalgas desnudas.

Con una docilidad y sumisión sorprendentes, ella misma marchó al centro del salón; donde se recogió faldas y enagua, echó abajo los calzones para ofrecer, de rodillas, su macizo trasero de sonrosadas carnes.

Vara en mano la señora Arabella se colocó a la izquierda de Nelly que mantenía la frente apoyada en el piso y apretadas las mandíbulas. La patrona midió la distancia con el bambú, luego lo enarboló para abatirlo con toda fuerza sobre las temblorosas carnes de su víctima.

Al siniestro silbido de la caña lo sucedió una ruda contracción de todo el cuerpo al impactar de lleno el azote en la protuberante epidermis. Tan impetuoso resultó el espasmo provocado por el primer golpe que la cofia de la muchacha se desprendió de su cabeza para ir a parar a unos pasos de distancia.

Los azotes con los continuos estremecimientos que provocaban alborotaron los cabellos de la muchacha en tanto ambas mejillas, anteriores y posteriores enrojecían vivamente.

Al promediar el vapuleo, la dama cedió la vara al huésped invitándolo a que prosiguiera la faena, práctica que le serviría, -díjole-, para cuando deba emplearla con sus “sobrinas”.

El “señor Brown” no se hizo rogar, empuñó con evidente satisfacción el bambú haciéndolo vibrar en el aire antes de proseguir la azotaina.

La descripción de la misma resulta a todas luces inconducente puesto que prosiguió en líneas generales el mismo trazado de marcas comenzado por la anterior con la salvedad que ninguno de los dos hizo brotar la sangre aunque dejaron la piel salpicada de cardenales y hematomas, que seguramente tardaron varios días en desaparecer.
Lo único notable es que una vez concluida la paliza, el señor Brown entregó a la muchacha un billete cuya denominación no pudo observar el testigo pues lo puso en mano de Nelly cuidadosamente doblado.

A esta altura de los acontecimientos el suscripto se vio obligado a retirarse por el peligro de ser descubierto al abandonar la mansión, no obstante supo al día siguiente que más tarde las “sobrinas” del señor “Brown” recibieron también una nutrida sesión de varazos.
A la segunda visita del señor “Brown” el suscripto no pudo asistir para permitir la entrada del fotógrafo quien fue instalado en el armario de doble fondo, por esa razón algunas de las fotografías salieron fuera de foco y otras algo borrosas ya que le resultaba imposible trabajar con flash allí adentro y la iluminación del saloncito resultaba insuficiente para tomar imágenes de buena calidad, no obstante las agregadas en esta carpeta son las mejores.

* * *
Con el último párrafo transcripto concluye el informe preliminar que se completa con los testimonios del personal de servicio, de informantes privados así como algunas notas sustraídas y las fotografías.

El fisgón que contraté para esa tarea no pudo permanecer más tiempo en la casa, tuvo que abandonarla de prisa porque, como me explicó verbalmente, todos los atardeceres sueltan en el jardín perros feroces entrenados para atacar a curiosos y merodeadores y queda un vigilante nocturno a cargo de la seguridad pues las principales orgías se llevan a cabo durante la noche, cuando se activan también las alarmas internas para que el personal de servicio no merodee por los salones privados.
De todas maneras había allí material suficiente para hacerle caer la venda de los ojos a la incauta de mi hermana y obligarla a renunciar a su proyectos de boda.

Por lo tanto cerré la carpeta, me restregué las manos, encendí un nuevo cigarro y me dediqué a pensar en qué momento y cómo abordaría a Millicent mientras saboreaba una generosa dosis del inimitable “Remy Martin”.

(continuará)

UN PERFECTO CABALLERO (1ª Parte)

 

Autor: Amadeo Pellegrini Acosta 

Dedicado a mi dilecto amigo Alan Martinet

Siempre pensé que un individuo perfecto, lo que se dice perfecto, no existe. No, no sólo no existe, sino que en si mismo es una aberración. El hombre perfecto, como el hombre invisible, es un producto de ficción, un engendro, un invento; -en fin- ¡Un asco!

El asunto en realidad no es de mi incumbencia ni me importaría; si existiera ese hombre perfecto, allá él, que se lo lleve el demonio, mi problema no es el hombre, es mi hermana Millicent.

Bueno, para comenzar por el principio, debo decir que Millie, -digo Millicent- es mi medio hermana porque nuestro padre cometió la solemne estupidez de volverse a casar unos años después de enviudar, lo que demostraría por el absurdo que el hombre perfecto no existe pero sí el perfecto estúpido.

Millicent tiene ahora 21 años, es una belleza que resultaría adorable si no fuera caprichosa, testaruda, malhumorada y respondona, creo que nadie con una pizca de sentido común la tomaría por esposa, pero como además de sus defectos ella es rica, porque la segunda estupidez de mi padre fue incluirla en el testamento adjudicándole la mitad exacta de su fortuna, lo único cuerdo que hizo fue designarme albacea y su tutor hasta que alcanzara la mayoría de edad o contrajera matrimonio, con mi consentimiento -desde luego-  De suerte que hasta el presente he podido gobernar su vida.

Aunque gobernar, lo que se dice gobernar tampoco es exacto, porque ella es ingobernable, así que me limité a internarla en los mejores colegios que conseguí hasta que cumplió los dieciocho años y ya no quisieron admitirla en ninguna parte.

El problema que se me presenta en este momento es que se ha propuesto casarse y como para eso es necesario tener pareja, se puso pues de novia con ese individuo al que no me atrevo a llamar imbécil porque según ella y aquellos que lo conocen se trata de un perfecto caballero.

Ese es mi problema.

No se le conocen vicios ni defectos, no bebe, no fuma, no juega,  pero además es todo un dandy, lo visten los mejores sastres de Saville Row, es miembro de los clubes más selectos de Londres, sus antecedentes familiares también son impecables, de las ramas de su árbol genealógico cuelgan como manzanas almirantes, generales, obispos, dignatarios, magistrados y profesores, para peor es tan rico como mi hermana y lo peor de todo: ella está perdidamente enamorada de él.

¿Cuál es el problema entonces? Pensarán ustedes a quienes a lo mejor no les interesa la clase de cuñado que les toque en suerte, pero a mi que tengo que rendir cuentas y entregarle después de la boda todos los bienes de mi medio hermana para que los administre no me hace ninguna gracia, no señores. El patrimonio familiar se desmembrará por su culpa y eso me quita el sueño.

La solución sería oponerme a la boda. Parece fácil, si no fuera por el empecinamiento de Millie y porque su pretendiente no tiene ningún punto débil conocido, oponerse resulta entonces imposible.

Dije bien, conocido porque yo, que no creo en los hombres perfectos, estoy seguro que ese sujeto tiene gruesos defectos que disimula y esconde muy bien, de manera que para desbaratar esa unión dispongo de dos vías posibles: una el asesinato, otra descubrir sus taras, defectos y vicios para desenmascararlo delante de esa atolondrada.

Descarto el asesinato porque yo también me considero un gentleman  y tal extremo es inapropiado para alguien de mi clase, lo pertinente sería retarlo a duelo, pero olvidé señalar que el individuo en cuestión practica box, es excelente tirador y además un formidable esgrimista, que sin duda llevaría las de ganar en cualquier terreno a costa de mi integridad física, desde luego. Me queda desenmascararlo. Tarea nada sencilla por cierto habida cuenta que el maldito sólo frecuenta los altos círculos aristocráticos y financieros de la City donde no cualquiera accede

Recursos no me faltan así que apelando a mi natural astucia contraté los servicios de un sabueso particular que por veinticinco guineas de oro se comprometió a seguirlo noche y día hasta dar con sus secretos y una vez descubiertos prepararme un informe completo y pormenorizado.

* * *

Satisfecho con la solución hallada, me dediqué a esperar los resultados que no dudaba resultarían satisfactorios, porque como lo he repetido hasta la saciedad el ser humano perfecto no existe. Convendrán conmigo que es naturalmente imposible que exista.

Entre tanto comencé a preparar el discurso de ocasión que recitaría a Millicent en el momento de poner en sus manos el informe confidencial sobre el farsante de su pretendiente. -Comprenderán que me resisto aun aquí mientras escribo estas memorias a llamarlo su novio, menos aun su prometido-  Aunque haya tenido la osadía de pedirme oficialmente la mano de Millie.

Claro que, como carecía de argumentos valederos para negarme de plano, arteramente le pedí que me concediera unos meses de tiempo para asegurarme de los sentimientos de mi querida hermana.  Mi proposición resultaba sensata así que él, como "caballero", no pudo objetar nada, tuvo que aceptar nomás el aplazamiento de mi respuesta.

Como decía, abordar a mi hermanastra no es tarea fácil debido a su índole levantisca y contestataria, más propia de una fulana de los suburbios que de la dama que traté que hicieran de ella. Así pues, llevarle la contraria imposible, desenmascararlo como un farsante, peor. Lo mejor resultaría mostrarme como el hermano mayor preocupado, no por el destino de los bienes, sino por su propia felicidad conyugal impidiendo que resultara ultrajada por alguien indigno de ella; recién entonces pondría en sus manos el informe y aguardaría que Millicent sacara sus propias conclusiones y obrara en consecuencia.

* * *

El sabueso reapareció al fin, semanas más tarde, con una ancha sonrisa en su desagradable rostro, se quitó el sombrero al entrar, me saludó con una inclinación de cabeza pues en la otra mano portaba un gastado portafolios.

Como no hacía más que deshacerse en zalamerías, -pensando ciertamente en las veinticinco guineas-, le pedí que fuera al grano.

-Verá, Señor Wilson  -comenzó- sus pálpitos resultaron acertados, el personaje en cuestión, tiene sus -¡ejem!- debilidades, por así decirlo. Pero antes debo aclararle que no resultó fácil descubrirlo y bastante costoso llegar a la verdad pues tuve que sobornar a mucha gente... Sobornable claro, como criadas, cocineras, porteros, mayordomos, en fin gente de servicio que como usted bien sabe tienen ojos y oídos en todas partes y conocen más de sus amos y patrones que ellos mismos... Sí, por favor no se impaciente, lo resumiré en pocas palabras: el señor en cuestión acude regularmente a una casa de los alrededores de Londres a satisfacer sus extrañas aficiones disolutas...

Sí., Señor Wilson, disolutas, lujuriosas o pervertidas, como usted prefiera llamarlas...

Mientras ponía énfasis en esas palabras abrió su ajado portafolios y extrajo de él un voluminoso legajo que me tendió, mientras decía: -Aquí encontrará usted todo Señor Wilson, como lo pidió con pruebas, testimonios, documentos y fotografías. De paso le diré que estas últimas me salieron bastante caras pues hube de contratar a un fotógrafo profesional que me cobró veinte Libras por el trabajo y se negó a darme recibo... ¡Veinte Libras! Una estafa, Señor...

Tomé el fajo de papeles cuidadosamente encarpetados, lo deposité sobre la mesa luego de darle un ligero vistazo al contenido incluidas las fotografías de neto corte pornográficas, para librarme cuanto antes de la presencia de ese gusano fisgón le entregué las veinticinco guineas convenidas a las que añadí un billete de cinco Libras como gratificación adicional.

 Guardé en mi estudio bajo llave el frondoso legajo a cuya lectura me abocaría inmediatamente después de la cena, luego mandé un recado al Club comunicando que me hallaba impedido de asistir por una situación no prevista a fin que se ocuparan de conseguirme un reemplazante para la mesa de póquer de los jueves,.

(continuará)

La erótica sumisión de Lizet

Autor: Eduardo (ediwarrior79@hotmail.com)

     Hola soy Lizet, mi pasión por las nalgadas se hizo fuerte cuando me vine a estudiar a Concepción (Chile) y tenía que buscar pensión, pues soy de Angol.

     Con mis 17 años no me atrevía a arrendar algo muy independiente, pues soy un poco regalona (mimada).
     Buscando en los avisos clasificados apareció uno muy interesante en un sector céntrico: "Comparto departamento con señorita". Confieso que casi me excité se solo pensar que podía ser una mujer mayor (bueno...hombre no podria ser), quizás se hacia fuerte en mi una ilusión lésbica, (soy hetero
curiosa).

     Nerviosa e ilusionada a la vez me presenté en el lugar y apareció Verónica; una mujer de pelo crespo castaño oscuro, ojos del mismo color (muy penetrantes), estatura de unos 1.65 como yo, piel clara, no tanto como yo y de 40 años (me lo dijo).

- "soy Lizet"- le dije y creo que le agradé de inmediato

- "hola soy Verónica, pasa y conozcamonos.

   Me dijo, entre otras cosa, que ella es separda sin hijos, no imponía presiones, pero aseguraba ser muy estricta en varias cosas. Yo le demostré mi lado sumiso de inmediato y mi mente y corazón, aunque con un inmenso
susto también, ya consideraban a Verónica como una posible fantasía sexual.

   Vero acostumbraba a usar pantalones y faldas en forma muy variada, es ejecutiva, lo que le hacia notar un par de piernas muy bonitas

   Me instalé en su apartamento muy pronto, pues el precio lo acomodó (sería para no perderme de vista). Me gustó la que fue mi habitación y todo lo demás.

   La Vero de dijo que tratara de llegar a las 11:00 p.m. a más tardar, y yo le decía entre risas:

-"lo que ordene Verito", aunque quería que la tutease.

   Al correr de los días yo notaba que le caia muy bien, pero quise poner a prueba su femenino instinto.

   Una noche que la sentí llegar como a las 00:00 hice que nos viéramos pícaramente. Como estábamos en Marzo y todavía hacia calor, yo dormía con pura polera (playera) y desnuda de la cintura para abajo ( a poto pelao, como decimos acá), es algo que me encanta y así muchas noches tengo sueños húmedos. Entonces, sentí que Verónica iba por el pasillo a su pieza, al lado del baño, yo intencionalmente, fui a este así, vestida nada más que con mi polera blanca hasta la cintura. Prendí la luz y le presenté mi vello púbico rubio y dije, fingiendo timidez:

- "aaay.. Verito.. perdona...voy al baño!!"

- "Ooohh.. Lizet.." dijo sonriente mientras le dí la espalda en dirección al baño mostrándole mi gordo, blanco y bien formado culito.

  Salí a los dos minutos y ella todavía estaba ahí, pasé despacito:


- "buenas noches Verito"

- "mmmm buenas noches guachita( niñita) fresca"- decia, al tiempo que me dio una sonora y coqueta palmada en mis nalgas desnudas.

- "bonito poto"- agregó

- "aaayy"- le dije sonriendo y me fuí a acostar con gran calentura, por la nalgada y por mostrarle mis encantos, tanto que me tuve que masturbar para conciliar el sueño.

   A los dos días quise provocar algo mucho más ardiente y lo conseguí.

   Intencionalmente me demoré en llegar de la universidad, eran como las 23:40 y la Verónica me llamó al celular, respondí:

-"bah...aayy Verito no me hinches por favor, si yo quiero, llego tarde y por último arreglémonos en casa"

Yo iba subiendo la voz y noté un silencio al otro lado del teléfono, como 10 segundos, luego le escuche decir con pacífica autoridad:"aquí nos vamos a arreglar, bonita"- Eso me asustó y exitó a la vez.-

Cuando llegue al dep. entré y vi a mi arrendadora, la hermosa Verónica, sentada en el sofá del living con una falda corta, mostrando sus lindas piernas cruzadas y sus ojos desafiantes acompañados de una pícara sonrisa,
le dije:

- "hola...¿que pasa?"- no me respondía pero sus ojos ya quemaban los míos-

- "donde estabas"- preguntó

- "estudiando con una amiga y..."

- "¿qué dije la otra vez...? y ¿qué forma es esa de hablarme por teléfono?

- "Verito es que.."

- "¡¡ Lizet ¡¡ -en tono más alto- me hiciste enojar...y creo que lo hiciste a propósito, así que debería darte un correctivo"

   Me asusté y me quede de una y roja de vergüenza y temblor le dije:

- "Verito por favor, no me rete (regañe) haré lo que sea pero no me asustes si quieres me puedes castigar...de... alguna forma.

  Ella abrió los ojos de dulce asombro y orgullosamente dijo:

- "bueno...no va ser nada malo enseñarte de buena forma quien manda aquí. A ver sácate los pantalones, por favor"

   Yo obedecí altiro, el miedo y el placer daban vuelta dentro de mi. Quedé con polera rosada, calzón blanco y calcetas blancas. Ella dijo:

- "ven aquí y échate sobre mis rodillas boca abajo"- el corazón me temblaba. Así lo hice y sentí la calida piel de sus piernas junta a la piel de mis muslos.

  Luego me bajó lentamente los calzones hasta los muslos, sintiendo ahora su piel con la de mi puvis también. El corazón me latía a unos 2000 por hora, mientras ella me decía tocándome mi trasero desnudo

-"unas buenas palmadas en el poto te harán muy bien, aunque me pidas perdón"

  Yo ya no daba más, nunca antes me habían azotado o castigado así pero no niego que estaba dentro de mis fantasias ocultas y tartamudeando le dije:

-"a ver"

Y con su mano derecha me comenzó a azotar ambos cachetes del poto, primero a ritmo lento, después más fuerte, sonando: ¡plas, plas, plas, plas..! yo me quejaba:

-"aaaayyy, aaaayyy, aahahaaayy, mi potito- y ya comenzaban a salir mis lagrimitas, ella decía:

- "y esto... m'hijita es...para que aprenda...a respetar...a su amiga mayor...y dueña de casa"

El poto me dolía pero me gustaba sentir esas nalgadas que en el fondo deseaba. Como a la duodécima no aguante más tanta emoción, dolor y gusto y me eche a llorar, diciendo:

-"yaaaa, yaaaa, aaaayyyy, ya Verito, yaaaa¡ perdóneme por favor, snif, snif.

Mientras ella no paró hasta la 20ava nalgada más o menos. Y sin mirarla a la cara me volteé a abrazarla colocando mi cara en su pecho llorando mucho y en forma tierna. Ella me abrazó de inmediato y acariciando mis rojas y calientes nalguitas me dijo:

- "yaaa, mi chanchita potoncita, yaaaa mi amor... ¿ve? eso le pasa por falta de respeto...ya, ya cosita linda, aayy te dejé tan rojo tu lindo potito, pero te voy a dar mucho cariño".

Sus tiernas palabras me hacían tan pero tan bien que creo que me sentí hasta más excitada. No paraba de llorar en su pecho y en tanta caricia de sus manos en mi culito, incluso en mi ano, dejaron asomarse varios jugos
vaginales, ella se dio cuenta, pero siguió así acariciándome el potito y la cabeza tan dulcemente que hubiese querido estar así una eternidad. Me pareció que con ese dulce castigo alcance un maravilloso orgasmo.

Luego de un rato me atreví a mirarla a los ojos y rogarle que si fuera necesario que me volviera a castigar para que me enseñase a ser una mujer de verdad, por que necesitaba buena corrección por parte de una mujer como
ella, sin dejar de suplicarle que nunca me falten sus sabrosas (e insinuantes) caricias de consuelo. Ella me miro con dulzura sonriéndome y diciéndome:

-"bueno amor, si es necesario te volveré a castigar así, cada vez entenderás que soy estricta, pero también muy cariñosa"- y dicho esto me volvió a abrazar, a acariciar el culito y besarme en la mejilla casi en los labios.

 Al ver la mi humedad vaginal en sus manos me sonrojé y la iba a decir algo cuando tocó despacito mis labios y me dijo susurrando al oído:

-"no digas nada mi amor, no pasa nada malo"

Luego volví muy contenta a la posición de castigo sin antes  darle otro beso, y Verónica me dio otros suaves masajes en mis todavía rojitas nalgas lo cual me volvía a excitar, no cabe duda que a ella eso también le agradaba.


Esas caricias me parecieron tan dulces como interminables.

Esto fue mi comienzo del placer de recibir azotes sabrosos por parte de otra mujer, de ahí en adelante más de una vez provoqué a Verónica para que ella me volviera a dar de nalgadas a "poto pelao" y por mucho que dolieran siempre me gustaron y terminaba llorando tiernamente en su pecho con sus manos en mi culito e incluso en mi húmeda zorrita (vagina) ¡¡¡qué rico!!!

Quizás les cuente alguna de esas otras veces.

Adiós

 

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Nelly, la profesora de la Prepa

Autora: Ana Karen Blanco

(relato basado en una experiencia de Roberto Ortiz)

A veces, a las personas que nos gusta escribir nos pasa que nos quedamos sin ideas. Pasa también que tenemos la idea pero no se nos ocurre cómo desarrollarla; pero lo peor es cuando las musas se nos vuelven esquivas y nos dan la espalda, negándose a colaborar. Quizás los escritores spankers tengan la ventaja de poder agarrarlas y poniéndolas sobre sus rodillas, obligarlas a cumplir con su deber de inspirarlos. Pero a las pobres spankees no nos pasa eso. Más bien tenemos que huir del Monte Parnaso antes que Apolo nos azote confundiéndonos con musas o ninfas traviesas. Así que cuando yo estoy falta de inspiración, en vez de ir a Grecia o visitar el Olimpo, siempre tan peligroso para las mujeres bellas (sí, ya sé que yo no sufriría ningún peligro, pero tengo derecho a ilusionarme ¿no?) me dedico a pedir ayuda a los generosos spankers que quieren compartir alguna experiencia con el resto de sus colegas, siempre con la intención de que sirva de ejemplo educativo a las spankees, y que tengamos presente qué nos podría suceder de estar en una situación similar. ¡Loados sean los dioses del Olimpo porque las spankees nunca acabaremos de entender!

Esta vez fue don Roberto Ortiz quien corrió en mi ayuda y me contó una experiencia de su juventud, cuando él estaba en la Prepa, en sus épocas de bachiller. Dice que fue una experiencia inolvidable y que la recuerda porque... Bueno, mejor vamos al relato en sí. Esto fue, más o menos, lo que sucedió:

Roberto se levantó temprano aquella mañana. No es que el acontecimiento lo mereciera, pero era el primer día de clases del segundo grado de la Preparatoria. Luego de un baño y un desayuno que él consideraba bueno pero que ningún nutricionista hubiese coincidido con él, salió de la casa en busca de Carlos, su compañero y amigo para marchar juntos a clases. La parada del autobús ya era conocida pues el año anterior habían hecho el mismo recorrido que ese día estaban repitiendo.

Exactamente como el año anterior, el autobús de esa hora venía repleto, así que no les quedó más remedio que viajar parados. Las personas que viajan a esa hora en los transportes públicos, suelen ser "grises", es decir: hombres de trajes oscuros rumbo a sus oficinas, señoras vestidas con colores sobrios dirigiéndose a su trabajo, jóvenes con sus uniformes charlando animadamente... Pero ella era diferente a todos, por eso captó la atención de Roberto y de su amigo. Los ojos de los jóvenes no podían dejar de mirarla, como tampoco pudieron dejar de decir varias frases que hicieron que la mujer se incomodara. Vestía un traje rojo tipo sastre que la hacía verse hermosísima y resaltar del resto del pasaje. Los jóvenes cuando están acompañados siempre se animan a decir cosas que solos jamás dirían. Pero eran dos y lograron que la bella dama se ruborizara con sus frases.

Un par de cuadras antes de llegar a la escuela, la chica, que era un poco mayor que ellos, descendió bastante molesta del autobús. Los chicos siguieron su ruta y al llegar a la parada de la escuela, bajaron y se dirigieron al salón de clases. La primera hora tocaba una aburrida y tediosa clase de historia que pasó sin novedad. La segunda hora les trajo una materia nueva: Ética. En el receso entre materias, todos aprovecharon para saludar más efusivamente a los compañeros del curso anterior y contarse algunas novedades de las vacaciones. En lo mejor de la charla y las bromas, irrumpió en el salón la nueva profesora que les impartiría Ética. Roberto y Carlos quedaron boquiabiertos... Para su sorpresa era la misma chica del autobús, a la que habían molestado y habían logrado fastidiar. Carlos se puso muy nervioso, pero no sucedió lo mismo con nuestro protagonista, al que le divirtió la idea de lo que estaba pasando.

La nueva profesora tomó su puesto sin dejar entrever ninguna reacción. Se mantuvo calma y fría como si fuera la primera vez que veía a los muchachos, aunque los tres sabían que no era así. Se puso de pie ante la clase y se presentó: "Soy la profesora Nelly, y le impartiré la clase de Ética", dijo. Y comenzó a disertar sobre su materia. El resto de la hora transcurrió sin ningún inconveniente, pero al finalizarla, Carlos y Roberto fueron llamados por Nelly a su escritorio. Cuando los tuvo delante se puso de pie y comenzó a caminar mientras les decía:

-Así que les gusta molestar a las mujeres ¿eh? Pues conmigo van a aprender a no hacerlo.

Carlos bajó la cabeza y guardó silencio, pero Roberto no soportó la situación y le contestó:

-Creo que usted también va a aprender algunas cosas... profesora Nelly.

-Pero... ¿cómo se atreve? ¿Usted cree que esa es la forma de hablarle a su profesora? -le dijo mientras que le lanzaba una mirada desafiante y chispas de ira salían por sus ojos. Pero Roberto no se dejó intimidar:

-No. No le hablaría así si fuese usted una profesora como dice serlo, pero... empiezo a dudarlo.

Sin permitirle ninguna respuesta, le dio la espalda y salió del salón con una sonrisa de triunfo en su rostro. Había ganado el primer round.

Los encuentros y discusiones se hicieron cada vez más frecuentes en el primer trimestre. Cuando habían pasado dos meses del segundo trimestre y más de la mitad el curso había quedado atrás, un lunes con su nueva carga de clases se hizo presente. Roberto apareció corriendo en el salón a sabiendas que llegaba tarde. Cuando intentó entrar dirigiéndose a su lugar...

-¿Dónde cree que va Roberto? -le dijo con un tono bastante burlón. El chico se paró en seco y devolviendo su tono le contestó:

-A mi asiento profesora Nelly.

-Quizás no se haya dado cuenta, pero la clase comenzó hace 20 minutos.

-Sí, me dí cuen...

-Retírese inmediatamente del salón de clases y espere fuera a que terminemos -le dijo, interrumpiéndolo y señalándole la salida con el índice- No me interesa oír sus excusas. Fuera del salón ya mismo.

Roberto recordó algunos de los últimos episodios de semanas anteriores y comprendió que era inútil cualquier motivo que quisiera esgrimir, así que giró sobre sí mismo y salió del salón.

Pasados unos 25 minutos, la campana sonó dando por terminada la hora de Ética, así que se paró sobre un costado de la puerta permitiendo que la oleada de jóvenes saliera a su antojo. Una vez despejado el salón, se asomó a la clase. Quedaban dentro su amigo Carlos y un puñado de compañeros, chicos y chicas. Nelly lo vió y le hizo seña de que entrara y se acercara a ella. A medida que el joven obedecía, observó a la bella profesora que iba enfundada aquel día en un bonito y ligero vestido, con la falda muy amplia, color negro estampado con flores rojas. Se veía espectacular y lo sabía. No hay nada más seductor que una mujer hermosa que sabe que lo es. Sin levantar la vista del escritorio, le espetó:

-¿Por qué llegó tarde y además no entró a clase? -le dijo en un tono burlón pero servero. Ambos sabían que ella lo había echado del salón, y eso enervó a Roberto, que se puso realmente molesto ante la actitud de la profesora.

-Pero profesora, usted vio que entré y me echó del aula.

-Yo nunca hice eso -le dijo mientras que se ponía de pie y se sentaba en la orilla del escritorio, quedando enfrentada a su alumno- El ser un irresponsable es lo que ha hecho que no entre cuando sabe que debe hacerlo.

La ira de Roberto iba en aumento.

-Mira Nelly -le dijo visiblemente molesto y olvidándose del título de la chica- desde que te conocimos Carlos y yo, he notado que no soy de tu agrado, pero no te preocupes que tú tampoco lo eres para mí.

Con el tiempo Roberto se llevaría una gran sorpresa al descubrir que los sentimientos de su profesora no eran los que él imaginaba. Pero en ese instante la cara de Nelly se transformó.

-Es usted un insolente Roberto -le gritó- ¡Váyase! ¡No quiero volver a verlo en mi clase!

-No te preocupes Nelly, me iré. Pero antes te voy a enseñar que también los alumnos merecemos respeto.

No le dio tiempo a reaccionar, ni a ella ni a sus compañeros de curso. La tomó del brazo, se sentó en la silla de los profesores y jalándola fuertemente la puso sobre sus rodillas, mientras la  sujetaba firmemente de la cintura. Entonces comenzó a nalguearla.

En cada palmada Roberto sentía la dureza de aquellas nalgas que temblaban con cada impacto. Al apoyar su mano percibía la redondez de cada cachete y la hendidura que separaba los dos hemisferios.  La amplitud de la falda y el delgado grosor de la tela le permitía nalguearla como si estuviera desnuda. Sentía el borde de su ropa interior, y hasta podía palpar el encaje de sus bragas. No le había propinado más de 10 o 12 nalgadas cuando sus gritos se hicieron casi insoportables, mientras que los compañeros de curso del chico reían y un par de chicas le decían: "¡Robert, déjala!", pero él estaba tan ensimismado en su tarea que hizo oídos sordos a lo que le decían y continuó nalgueándola hasta sentirse satisfecho.

Seguramente Nelly sentía la fuerza y el vigor de la mano de Roberto. Si en ese momento hubiese levantado su falda, sus nalgas se verían rojas y brillantes. La forma de nalguear de este joven, de abajo hacia arriba, hacía que a veces se levantara la fina tela del vestido y por unos segundos se viera algo más de lo conveniente en una profesora de Preparatoria, además de que los azotes se sentían mucho más fuertes así.

Con la intención de que alguien fuera en su ayuda, la profesora gritó y pataleó más de lo conveniente, cosa que hizo que el resto del alumnado se agolpara en la puerta para ver el espectáculo. Con seguridad no había en esa multitud ningún profesor, o hubiese impedido la azotaína. Al menos eso supuso Roberto.

Cuando le pareció suficiente la soltó. En el momento en que pudo sostenerse por sí misma, levantó su mano como para abofetear o arañar al hombre que le había hecho pasar la vergüenza de su vida, pero con un rápido movimiento el chico tomó las manos de la mujer y le dijo con voz firme:

-Mi querida profesora... si no te calmas o si tratas de pegarme, no dudaré en repetir el castigo sobre esas deliciosas nalgas que tienes.

Nelly tenía la cara roja, quizás de vergüenza, quizás por el tiempo que estuvo sobre sus rodillas con la cabeza baja, quizás por la rabia contenida que no podía manifestar como quisiera. Cuando le soltó las manos, Nelly bajó la cabeza y comenzó a frotarse las nalgas, en forma muy discreta pero vigorosa. Mientras caminaba sin dejar de mirarlo,  lo llenaba de insultos que a Roberto le sabían a triunfo y gloria.

Al salir de la clase seguido de Carlos y el resto de los compañeros, muchas miradas de asombro en algún caso y de admiración en otros se posaron en el nalgueador. Nelly quedó en el salón y Roberto se enteró más tarde de que no se presentó en la Preparatoria por dos semanas. Claro que él tampoco lo hizo. Lo que sí hizo fue darse de baja de la clase de Ética, actitud que le valió tener que repetir la materia al año siguiente. Pero estoy segura que quien le pregunte a Roberto si valió la pena, la respuesta será ¡SÍ!

FIN

Una tarde diferente

Autora: Su

A mí nunca me habían azotado. La verdad es que ni se me había pasado por la mente que algo así pudiera ocurrir, hasta hace dos años.

Llevaba un tiempo separada, sin saber ni querer saber nada de relaciones, pero conocí a un hombre por el que me sentía muy atraída y, aunque estaba casado, iniciamos un romance divertido y gratificante a todos los niveles. Teníamos buen sexo, nos reíamos muchísimo y, aunque sus circunstancias personales nos obligaban a vernos a escondidas, en el campo, en el coche, hoteles... en líneas generales, todo iba fenomenal.

A veces discutíamos por pequeñas cosas, (nada de importancia), pero los enfados nos duraban el tiempo justo para querer reconciliarnos. Las reconciliaciones son geniales. Sin embargo, hubo una discusión diferente, muy dura. Si os digo la verdad, ni recuerdo la razón.

Fui a su local (tenía una tienda de ropa) empezamos a hablar y de repente todo se fue torciendo hasta que terminamos tan enfadados, que le dejé con la palabra en la boca y me dirigí a la puerta. Me dijo que volviese, que no habíamos terminado de hablar, le dije que no me daba la gana y que me iba, pero no me dejó. Sentí su mano grande y fuerte en mi brazo. Después de cerrar con llave la tienda, me arrastró literalmente hasta la trastienda, se sentó en una silla y me puso sobre sus rodillas. Yo estaba aturdida... Todo iba rapidísimo. Me levantó la falda hasta la cintura, me bajó las bragas y comenzó a azotarme con su mano gigante y potente con tanta fuerza, que creía que me iba a desmayar.

¡Madre mía! Qué cosas le dije. Chillaba y pataleaba para que me soltase, pero él me sujetaba firmemente con un brazo y con la otra  mano seguía golpeando mis nalgas mientras me decía que me estuviese quieta. Me ardía el trasero y estaba furiosa, pero me di cuenta de que también estaba excitada. Él también lo notó. Me tocó y al ver que estaba completamente mojada, dejó de azotarme, me incorporó y me quitó la camiseta y el sujetador.

-¿Te excita el dolor?

 Yo no contesté. Me daba muchísima vergüenza aquella situación tan rara. Entonces me pellizcó con fuerza los pezones.

Nunca lo había hecho tan bruscamente. Siempre me había besado los pechos con dulzura pero realmente aquella tarde estaba llena de novedades. Volvió a hacerlo. Retorció mis pezones, los estiró, apretó mis pechos hasta hacerme llorar. Lamió mis lágrimas y siguió pellizcando hasta que  empecé a sentir un placer tan extraño e intenso, que me rendí a sus maniobras.

Salimos de la trastienda, me inclinó sobre el mostrador, con el culo  en pompa y comenzó a azotarme de nuevo con una mano mientras pellizcaba mis pezones con la otra. Veíamos a la gente pasar por la calle y aunque dentro estaba todo oscuro y no nos veía nadie, daba la sensación de que teníamos público para aquella sesión de sexo tan peculiar. Me dijo que me inclinara más y que me masturbara. Yo creía que iba a reventar de placer, pero aun quedaba la puntilla. En aquella posición en la que estábamos, él detrás de mí, yo completamente expuesta y sometida, se bajó los pantalones y me penetró por detrás con todas sus fuerzas.

Estábamos en otro grado de conciencia, como en un torbellino de sensaciones tremendas que no te dejan parar y que te obligan a querer más y más, hasta que te desmadejas. Así acabamos los dos... Completamente desmadejados, jadeantes y agotados.

Era tarde. Me iba a lavar y a vestir para volver a casa pero él hizo algo sorprendente. Guardó mi ropa en una bolsa. Solo me dejó las medias y las botas puestas. No me dejó ir al baño. Tomó mi abrigo, cogió unas tijeras y le cortó los bolsillos sonriendo maliciosamente.

Yo no entendía nada. Luego me lo tendió y me ayudó a ponérmelo sin nada debajo. Él se vistió, se puso su cazadora, cogió la bolsa con mi ropa y me indicó que saliésemos a la calle así. Me quería morir. En contra de lo que yo creía, no subimos a su coche para ir a casa.

Así como estaba, desnuda bajo el abrigo, me invitó a tomar algo en el café moro de la esquina, lleno de hombres hasta arriba. Me daba la  sensación de que todo el mundo me miraba. Pasamos al fondo, justo a la esquina de la barra. Metió su mano en mi  bolsillo cortado y empezó a tocarme. La humedad me invadía. Luego pasó su mano sobre mi nalga colorada y ardiente y la pellizcó. Yo  tenía que disimular mientras me tomaba el café.

Volvió a poner su mano entre mis piernas, a acariciarme distraídamente. Yo apretaba las rodillas. "Abre". Fue un susurro, pero era una orden. Obedecí. Delante de todos aquellos hombres, sin que ellos se diesen cuenta,  tuve un orgasmo brutal, silencioso y excitante, sabiéndome como me sabía completamente desnuda bajo aquel abrigo que no tenía más sujeción que un cinturón anudado. Pagamos y me llevó a casa.

-Ven así a la tienda mañana, sin ropa bajo el abrigo. Te devolveré la tuya. Cuando llegues, pasa directamente a la trastienda. Te estaré  esperando en la silla. No digas nada. Solo inclínate sobre mis rodillas para recibir lo que te mereces.

Lo hice... Y desde ese día, durante los dos años siguientes, me  convertí en su esclava sexual, en su spankee particular. Nada le negué. Cada cosa que me sugirió, que me pidió, que me ordenó, la  cumplí con diligencia suprema. Eso no me libró de las nalgadas.  Tampoco pretendía librarme de ellas. Eran parte de mi placer privado.

Hace un par de meses que la relación terminó. Extraño todo lo que hacía con él, la sumisión, la entrega, el placer del dolor... Sin duda, aquella tarde peculiar, él abrió para mí, caminos  extraordinarios.

-FIN-

Parece mentira pero todo se dió así...

Autora: Roxana

Parece mentira pero todo se dio así, jamás ni en mis más exagerados sueños lo había imaginado así, pero, para no dejar de sorprenderme a mi misma la vida, me regaló estos momentos maravillosos.

Estaba charlando con alguien como de costumbre en el Chat del grupo, cuando de pronto entro una invitación de alguien totalmente desconocido para mí y como siempre, jamás rechazo a nadie, le di entrada a mis contactos, nunca me imagine que de esa forma le estaba dando entrada a mi vida.

Era viernes en la noche, y empezamos a charlar, se presentó haciendo referencia a algo que conocía de mí por el tablón, y así se dio el primer contacto, me contó de él, le conté de mí y todo se volvió tan natural que parecíamos viejos amigos con un café de por medio.

El estaba afuera de la Ciudad, se había ido a levantar un antiguo depto, en el que había vivido con su ex pareja y un hijito de seis años, estaría allí hasta el lunes a la noche, ya que el martes muy temprano tenia que trabajar.

Charlamos el viernes, charlamos el sábado, charlamos el domingo y charlamos el lunes.

Yo vivo en las afueras de la Capital Federal y ese fin de semana me había quedado en lo de mi vieja, incluido el lunes...no sé por qué.

Fueron tres días de charlas mágicas, casi sin querer cada uno sabia todo del otro. El aparte de ser profesional es escultor, me habló de eso con tanta pasión, que cuando me mostró sus esculturas en Internet, lo representaban tal y como el se había descrito. Me fascinó, me deslumbró, me atrapó su historia, su honestidad, su cinismo, su desvergüenza, su forma desapasionada de escucharme, de reconocerme.

De entrada me propuso que nos conociéramos enseguida, y yo acepte que a su vuelta tuviéramos un encuentro, un café, una charla y lo que la piel dijera...

Sólo tenía que esperar hasta que volviera y veríamos...

Pero de golpe en la charla del lunes a la tarde, llega la primera propuesta loca, descabellada, en mi cuadro de diálogo apareció lo siguiente: "...llego a las cinco de la mañana a la estación de tren, te animás a ir a esperarme? tengo hasta las nueve de la mañana para tomar mate con vos en mi consultorio, vos traes los bizcochitos de grasa..."

Quede pasmada del otro lado de la pantalla, lo primero que pensé fue: "...este tipo esta reloco!!!!! A las cinco de la mañana en la estación del tren?????? ...pero que lindo seria no????...me gustaría?...sí, claro que me gustaría!!!!... pero como hago? ...planto todo y me voy y listo?...pero es una locura...yo estoy totalmente locaaaaaaaaaaaaaaa...

Entonces con el temor de cerrar la posiblidad de verlo le dije que me dejara ver como arreglaba y que le mandaba un mensajito de texto.

Y asi quedamos, él con la esperanza de un encuentro espontáneo y tempranero y yo con la preocupación y las ganas de hacer algo loco por primera vez en toda mi vida.

Pero la verdad era que ya antes de cerrar el cuadro de diálogo y despedirme, ya había tomado la decisión de ir, tenía que ir, me moría de ganas de ir.

En medio de ese torbellino de ideas contrapuestas sobre lo que debía hacer  y lo que quería hacer realmente, me volví a mi casa, y actué de madre normal y responsable y reservé un remis para las cuatro de la mañana, no sin antes haberle avisados a mis hijos que saldría muy temprano a hacer un trámite urgente.

Decidí no dormir, para no perderme ni por casualidad la aventura que tenía por delante, pero en la hora y media final me venció el cansancio de la espera, y casi, casi el remis se va sin mí, así que el encuentro tan esperado comenzó con mil contratiempos ya que mi pelo era un nido de caranchos, mi cara daba espanto y la ropa apenas era la que yo quería ya que en el apuro me puso lo primero que tuve a mano.

Ya en el remis y por la autopista a esa hora de la madrugada, llegue a la estación en media hora, solo me faltaban conseguir los bizcochitos con grasa, pero por suerte las panaderías de la estación están abiertas toda la noche.

Eran las cinco y el tren llegaba  a las cinco y veinte, todavía y ya con los bizcochos en mis manos tenia veinte minutos de interminable espera; entonces camine por el hall central sin rumbo fijo con la esperanza de que el tiempo pasará más rápido, me imagine una y mil veces el encuentro, él me había dicho "esperame al lado de la reja, que ahí tengo que verte seguro..." No conocía mi cara más que por la fotito miniatura del MSN

Y yo solo conocía apenas su perfil por una foto no muy clara de su blog de las esculturas en la que se lo ve trabajando casi de espaldas.

El se había descrito como un señor grande de 53 años, con algo de pancita y por su foto se notaba rubio y más bien alto y grandote. Me había avisado que viajaba con unos jeans negros y una campera igual y yo le había contado la ropa que llevaba puesta en el momento de la charla por el chat, sin contar con la posibilidad del cambio de ropa final que pude hacer al volver a casa.

En medio de la espera y mis desvaríos decidí ir al baño antes de que llegara el tren y cuando volví, pucha!!!! ya había entrado el tren al anden y había gente saliendo, me paré igual en la reja del anden doce, "el último del costado más cerca de la avenida" tal como me había dicho. Miraba desesperada a mí alrededor y solo veía un señor rubio y con anteojos parado un poco mas lejos de la entrada donde yo estaba, no podía ser él!!!!!!, era tan distinto a lo que yo buscaba!, no definitivamente no podía ser él!, Sin embargo ese señor que también miraba sorprendido y con dudas tenia puesto unos jeans, que ya no era negro, pero que lo había sido y una campera igual de gastada pero casi negra también, tenia que ser ÉL.

Yo lo había imaginado grande de edad y de aspecto, circunspecto, con un  tipo froidiano indiscutible, pero ese no era él, El que estaba allí parado era un tipo joven, buen mozo, alto, muy alto, desaliñado y tan pero tan lejos de Freud que no cabía en lo imaginado.

De golpe desde la reja donde yo seguía parada inmóvil, lo volví a mirar y me fui acercando y le pregunté ¿licenciado?, Su sonrisa y su sorpresa hablaban claramente de su sensación hacia mí, yo tampoco era lo que él se había imaginado, yo tampoco cuadraba en la persona que él estaba esperando y buscando hacia unos minutos.

Lo primero que me dijo después de darme un cálido beso en la boca fue, "...no pensé que eras tan petisa..." ja ja ja qué expresión poco feliz, pensé que me moría, sólo quería desaparecer de ahí, realmente al lado de él mi metro cincuenta y tres daba lástima, pero enseguida, y como queriendo reparar ese error dijo "...qué fuerte que estás, pareces más joven de lo que decías y tu altura esta perfecta para manipularte mejor...ja ja ja", ya eso fue un gran alivio.

Inmediatamente y como si eso fuera lo normal de todos los martes de nuestra vida a las cinco y media de la madrugada me pidió que llevara una bolsa que había traído y me indico el camino hacia la parada del "bondi" que nos iba a llevar hasta su consultorio, lugar prometido para el desayuno con mate y bizcochitos.

Como era una noche destinada a las sorpresas, al llegar al consultorio continuó mi asombro al descubrir que era el lugar más raro y más especial que había conocido en mi vida.

Primero estuvimos en su consultorio y ya allí el primer contacto fue rápido y contundente, me abarcó entre su inmenso cuerpo en un abrazo apretado, me tocó, sopesó y palpó bien el motivo de su deseo, mis nalgas, y me dió un beso cálido y profundo y ronroneo como un gato, cosa que después descubrí que hace permanentemente cuando en cada encuentro comienza el contacto de nuestra piel y nuestras bocas. De golpe paró y me dijo: "vamos a la cocina o jamás vamos a tomar mate..."

En esos pocos minutos confirme lo que ya había descubierto sobre él, era un hombre brillante, de pensar abierto y sin tapujos, un anarquista sin ley ni religión, sin límites ni fronteras, un cínico, irónico y dulcísimo varón.

Entonces me llevó hasta la cocina recorriendo todo el lugar, donde había oficinas con recovecos raros por todos lados, en el camino descubrí una valiosísima biblioteca apilada en el piso de un espacio que hay en el fondo, entonces me contó que el lugar que funcionaba como biblioteca junto agua y humedad por lo cual decidieron salvar los libros de una muerte segura y había preferido ese desorden a su desaparición paulatina por ahogo.

Ya con la pavita caliente y el mate nos encerramos en su consultorio  y tomamos dos mates cada uno con apenas un bizcocho, ya que era mucho más el apuro por tocarnos y descubrirnos que el hambre, la sed o la necesidad de justificar la excusa de ese primer encuentro.

Desde que apoyó el mate en el piso,  dijo "...basta de esto..." y se trasladó del sillón al diván, pasaron apenas unos segundos en los que no medio palabra, solo hizo un ademán, palmeando los almohadones, indicándome donde ponerme. Él ya estaba sentado cómodamente con la espalda apoyada en la pared y sus piernas estiradas, listas para recibirme. Me indico sin preámbulos que me tumbara allí boca abajo y comenzó a casi suavemente a palmear mis nalgas sobre el vestido solero, que al final había sido mi atuendo de esa madrugada.

Me sorprendió este comienzo, no hubo búsqueda de motivos, no hubo preparativos ni acuerdos previos, ni retos, ni nada, solo una tácita y muda promesa de placer mutuo y una expectante sensación de no ser ya necesarias las palabras.

No gritó, no habló, no sugirió, no preguntó, solo indicó con pequeños gestos y ademanes y eso alcanzó para quedar atrapada, subyugada y casi hipnotizada bajo su poder.

Me nalgueó durante un rato boca abajo sobre sus rodillas, me subió el vestido y siguió con las nalgadas un rato más sobre la bombacha y sobre la cola limpia, luego ya me indicó sacarme el vestido y volver a mi posición, siguió pegando cada vez más fuerte, sin pausa y sin prisa, sobre todo sin prisa.

Para mí esa era como la primera vez, el rito visto tantas veces e imaginado por siempre, se cumplía   en cada paso y mis sentimientos eran cada vez más contradictorios. Cada azote dolía y cada vez dolían mássssssssssss, no puedo decir que me gustará ese dolor, no me excitaba, casi no me producían nada de todo lo imaginado, solo dolía, pero al mismo tiempo me encantaba estar allí, tumbada y bajo el poder su poder y en cada chirlo solo sentía el contacto de su mano en mi piel, y eso si me excitaba, me gustaba, me volvía loca.

De golpe paró y se levantó a buscar algo que tenía guardado en un armario, un implemento muy raro, nunca descrito en ningún blog, en ningún artículo, en ningún lugar. Era algo de plástico alargado, más ancho en la punta y más finito atrás, era plano, raro, cuando le pregunté qué era se tomó el tiempo para mostrármelo y describirlo y por su cara de picardía me di cuenta que a le gustaba mucho usarlo, y  enseguida se dedicó a hacérmelo sentir.

Guauuuuuuuuuuuu era tan chiquito y dolía tanto, me daba golpecitos cortos y firmes, rápidos y ordenados, parecía que estaba armando una figura sobre mi piel y cuando e dije esto le hizo mucha gracia, se estaba entreteniendo mucho, jaaaaaaaaaaa.

De golpe terminó, me acarició mucho, me dejó descansar, me mimó, siempre boca abajo sobre sus piernas y con la cara sobre el diván, yo solo lo dejaba hacer.

Pasados unos minutos me hizo parar y solo me dijo, "...vení..." me llevó hasta un sillón  metálico de un cuerpo, sobre el que yo había estado sentada tomando mate, y me hizo reclinarme sobre él, yo no discutí, solo con cierto desazón le pregunte tímidamente si seguiría entonces dijo:"... si, es necesario, pero no te preocupes no te voy a lastimar..." no sé porque confié en esa media sonrisa burlona que no se le borraba de la cara desde que habíamos llegado, pero así fue.

Estando en la posición indicada y de espaldas a él solo escuche un sonido con el que había fantaseado durante años, el ruido de cuero deslizándose por entre las presillas de un pantalón, al darme vuelta asustada la imagen que me encontré se me quedo grabada para siempre, tanto que cada vez que rememoro esa mañana y al volverlo a ver acomodando el cinturón entre sus manos detrás de mí, me sigo humedeciendo.

La verdad es que tuve miedo y se lo di a entender, pero él ya no dio explicaciones, solo tiró el primer cintazo sobre mi cola, fue duro, muy duroooooooooo, dolió, doliooooooooo mucho, pero resistí sin chistar. El segundo pegó con tal intensidad que la punta se adhirió a mi costado derecho dejando un surco de fuego, ahí me quejé y me retorcí y se dio cuenta que había sido muy fuerte, espero a que se me pasara un poco y aplicó dos mas, menos intensos pero igual de dolorosos, creo que había decidido que para ser la primera vez ya era suficiente y con toda la calidez de que es capaz, luego de la fortaleza con que aplica sus golpes, me llevó hasta el diván y me hizo el amor en un millón de formas y posturas distintas, cuidando y gozando de mi cuerpo, hasta quedar agotados los dos total y plenamente.

Ya era hora de comenzar a trabajar, hacia rato que había amanecido y ninguno de los dos se había dado cuenta, afuera era un día espléndido, pero nunca tan maravilloso como el que había amanecido allí adentro.

La despedida fue tan natural como el encuentro, se cambió ahí conmigo mientras yo me vestía también y de golpe apareció disfrazado de licenciado, que buen mozo que estaba por Dios, me acompañó hasta el "bondi" y me despidió con un abierto y tierno beso solo diciéndome "...hasta luego..."

FIN

El recuerdo de una noche

Autor: CARS 

No puedo dejar de sonreír al mirar a mi alrededor, estas paredes fueron testigo de uno de los momentos más cruciales de mi vida, y al mirar hoy a mi alrededor con la perspectiva que da la luz del día, llego a la conclusión de que tal vez mi vida pueda tomar un rumbo distinto. Las últimas frases que escribí anoche en mi ordenador aun están ahí, como testigos de los sentimientos que las provocaron, desafiando a todos y a nadie al mismo tiempo.            

Las leo y cierro los ojos, intentando ver en mi interior si algo es hoy diferente a quien era hace unas horas; “Querido diario, -escribí- hoy a sido un día horrible, uno de eso días que quisiera borrar. Ahora tengo esa extraña sensación de pesar, unas ganas de llorar que como tantas y tantas veces se quedarán solo en eso: en ganas. Es en momentos como este, querido diario en los que me gustaría poder contarle a alguien mis más secretas necesidades. Tener una esposa, novia o amiga a quién decirle lo que necesito y que de su mano encontrara yo esa calma que ansío. Cada día en los chat, o en alguna revista leo de personas, que como yo necesitan una vía de escape, un bálsamo y que lo encuentran al llegar a casa. Yo por el contrario solo hallo soledad. Les envido. No me avergüenza decirlo. Envidio cuando pueden tumbarse en los regazos de una mujer a la que le importan y reciben de su mano ese bálsamo que sana su alma. Envidio cada azote que reciben seguramente porque yo necesito también ser castigado para despojarme de esta sensación que aún necesitando el desahogo de las lágrimas no encuentro las fuerzas para llorar. Si alguien pudiera leer esto, sin duda pensaría que estoy loco. Que necesito ir al loquero por desear que una mujer me azote. Pero que más da, primero porque nadie va a leerlo, y segundo porque no me importa lo que puedan pensar los que señalan con el dedo sin ponerse en el lugar del otro. ¡Estoy divagando! En resumen, desde mi adolescencia cuando descubrí la sensación de los azotes por primera vez de mano de mi segunda novia  y la aceleración del corazón provocada por la emoción, y la excitación de esa mezcla de dolor y caricias; desde ese día, entregarme de esa formar confiando plenamente en la otra persona, a supuesto una fuente de suma felicidad y estabilidad. Por eso ahora, cuando lo único que me espera en casa es la soledad, siento ese gran vacío, y en días como hoy ese vacío se torna en pesar…”           

Fue lo último que escribí, después unos asuntos llamaron mi atención y se me olvidó por completo, mientras que el pequeño cursor seguía en su continúo parpadeo junto a estas palabras.           

Poco a poco el personal se fue marchando, y yo me quedé en la oficina repasando unos documentos. No tenía prisa en marcharme. Sólo un par de personas permanecían aun allí.                        

-Permiso. –La voz Esther me hizo levantar la cabeza, ella era una de las dos jefas de ventas que tenía en mi empresa.- Jefe, ¿puedo dejarle el móvil aquí, un segundo? Voy a cambiarme por que hoy me voy a cenar con Jorge y su novia.                       

-Por supuesto. –Respondí.- ¿Esperas una llamada?                        

-Seguro que me llama mi novio, si lo hace, puede decirle que ya me ido y que me he olvidado el móvil aquí.                       

-¡Descuida! La miré mientras se alejaba en dirección a los vestuarios, el eco de sus zapatos de tacón se hicieron más y más lejanos. Apenas habían transcurrido veinte minutos cuando regreso. Llevaba una minifalda vaquera que dejaban al descubierto sus largas piernas. Normalmente se había llevaba el pelo largo, pero ahora lucía su cabello negro suelto, y su cabellera caía por las espalda. Aquella blusa dejaba ver un generoso escote, y al darse la vuelta puede comprobar que también dejaba al descubierto una gran parte de su espalda. No llevaba medias, y completaba su atuendo unas zapatillas de lona amarrilla a juego con el cinto de la minifalda y suela de esparto. Llevaba el talón al descubierto, pese a que el calzado permita que lo cubriera, por lo que al andar emitía un sonido peculiar.             -¿Ha llamado alguien?           

-Tú novio. Le dije lo que acordamos y parece que se quedo tranquilo. ¿Va todo bien?           

-Sí, no te preocupes. Solo es que necesito un poco de espacio.            

-Pasarlo bien. –Le respondí sin darle mucha importancia al comentario.-           

-Jefe. –Me dijo desde la puerta.- Porque no viene a cenar con nosotros.-            

-Venga anímese. -Son a su espalda,  Jorge asomaba la cabeza sonriendo.-           

-No chicos, -Les respondí.- Ir vosotros. Otro día.           

-¿Seguro? –Indagó ella.-           

-Si, marcharos o no vais a encontrar nada abierto.

El sonido de sus pasos se hizo más lejano. Después regreso el silencio. Un último ruido al cerrarse la puerta y después el silencio. Me recline en el asiento y miré al techo durante unos minutos. Busqué la ventana de mi diario en el ordenador, y durante unos segundos sentí el deseo de continuar escribiendo, pero aquellas palabras me parecían tan deprimentes, que opte por seguir trabajando. Tras treinta minutos de números y más números me levante, cogí mi chaqueta me dirigí hacía la puerta. Había recorrido la mitad de la distancia que me separaba de la salida, cuando las sombras se movieron a mi derecha.           

-¿Ya vas a reunirte con tu soledad? –Sonó tras de mi.-            

-¿Quién eres? Me giré, de las sombras salió una figura que se fue haciendo cada vez más visible. La luz de mi despacho le daba en la espalda, por lo que su rostro quedo en la penumbra. Lentamente me acerque.           

-¡Esther! Que haces aquí. Se te ha olvido algo.           

-No, Javi.  –Me respondió mientras se acercaba hacia mi con pasos lentos.- Yo hace horas que me fui. ¿No recuerdas?           

-Ya, muy graciosa, menudo susto me has dado. –Respondí quitándole hierro al asunto.-Esther se acercó a mí, puso un dedo en mis labios indicándome que guardara silencio y después tomó la chaqueta de mi brazo y la dejó en una mesa. Lentamente acercó su cara a la mía. Pude sentí su aliento mientras que se acercaba para susurrarme al oído. Su pelo me produjo un leve cosquilleo al roce con mi piel. Y el aroma de su perfume entraba en mis pulmones con cada respiración.           

-¡No estoy aquí! Y mañana tal vez pienses que es un sueño, pero hoy llenaré ese vacío que te aprisiona el pecho. –me susurró.-           

-Yo no sé qué decir Esther.            

-No tienes que decir nada.

Sus palabras fueron seguidas de movimientos lentos que le conducían hacia mi despacho. Levemente tiró de mí, y yo le seguí. No sabía exactamente en qué momento tomó mi mano, pero ahora podía sentir su tacto, la calidez y suavidad de su mano. En aquellos momentos nada a mi alrededor existía. El suelo se me antojaba movedizo. Al entrar la luz golpeó mis ojos y temí que al abrirlos ella se hubiera desvanecido, pero no. Seguía allí cerrando la puerta detrás de nosotros. Se giró y me sonrió. Era una sonrisa distinta, era de complicidad, de cercanía.  

Esther acercó sus labios a los míos y dejó un tenue beso, después se sentó en mi butaca, estiró la mano y yo, como si una fuerza imantada me atrajera, me acerqué a ella. Aquella mujer a la que creía conocer y que hoy se me presentaba distinta y misteriosa me sujetó la mano y empujó el asiento hacia atrás hasta que tocó el respaldo en la pared. Después abrió las piernas, y ante mi sorpresa que iba en aumento, me hizo inclinar sobre su pierna derecha. Tuve que apoyarme con las manos en el suelo para no caerme. La miré, en el momento sentí un enjambre de mariposas en mi estómago, estaba emocionado a la par que un poco confundido. Esther pasó su pierna izquierda sobre las mías, levantó un poco la pierna derecha apoyando el talón en la pata de la silla. Desde mi posición, podía ver su pie, apoyado sobre sus dedos y los dobleces que se producían en la lona de la zapatilla. Aquella visión aumentó mi excitación. Sentí sus manos sobre mi trasero.  – ¿Estas cómodo?- me preguntó. Yo asentí sin apenas mirarla.

Un mar de emociones se encontraba arremetiendo todo mi ser. Por un lado me sentía excitado por la situación, ansioso por que los acontecimientos se precipitasen, y temeroso de que todo fuera un sueño del que despertaría de un momento a otro. Además, me sentía bastante avergonzado, estaba allí, sobre el regazo de una de mis empleadas sin saber muy bien cómo había ocurrido aquello.

Los primeros azotes hicieron que abandonara cualquier pensamiento. La tela de mis pantalones hacía que el sonido fuera opaco, y el dolor no hiciera su aparición de forma brusca. Esther no imprimía una fuerza excesiva, pero lo contrarrestaba con gran constancia. Los minutos pasaban y ella no cesaba de golpear una y otra vez mis nalgas. Lo hacia en series de diez. Jugaba con el ritmo, unas veces eran rápidos y seguidos sin apenas pausa. Sistemáticamente cada centímetro de mi trasero recibió una gran cantidad de azotes. El calor de mis nalgas inflamó mi entrepierna, por no decir que el dolor se hizo persistente. Ella era concienzuda y seguía azotando mi trasero una y otra vez.

Apenas si hablamos durante el castigo; yo apreté los dientes para no emitir los quejidos que nacían provocados por la prolongada azotaina que estaba recibiendo. Tras un tiempo bastante largo que no soy capaz de precisar, se detuvo. Su mano acarició mi trasero. La excitación se apoderó por completo de mí. Hice ademán de incorporarme, pero no me lo permitió. Presionó mi espalda indicándome que permaneciera como estaba. Noté que la presión de su pierna izquierda disminuía durante unos instantes, y después el dolor de mi trasero se incrementó con aquel azote. La miré asombrado mientras levantaba nuevamente la mano armada con la zapatilla. Me sonrió y guiño un ojo. Después bajé la cabeza a la espera del nuevo azote que no tardó en llegar. Nuevamente se dedicó a conciencia, y no dejaba un solo lugar por azotar, desde la parte alta de los muslos hasta el final de mi trasero. Unas tímidas lágrimas llegaron a mis ojos justo en el momento en que los azotes cesaron, note como ponía la zapatilla sobre mi espalda y comenzaba a darme un masaje en mi dolorido trasero.            

-Levántate nene. –Me indicó con total familiaridad.- ¿Estás bien? –Sus manos acariciaron mis mejillas.- Toma aguántala hasta que te la vuelva a pedir. Esther puso la zapatilla en mi mano, y me sonrió mientras que comenzaba a desabrocharme el cinturón. Me sentía en medio de una nube, y rezando para que no desapareciera. Tímidamente intente ayudarla con lo que hacía, pero una fuerte palmada en mi mano me indicó que no deseaba mi ayuda para bajarme los pantalones.

La hebilla hizo un leve sonido metálico cuando toco el suelo, y una refrescante sensación de frescura recorrió mis piernas. Sus manos palparon mis nalgas, que desprendían un considerable calor. Ella tiró de mi slip, por primera vez sentí el tacto de su piel sobre las nalgas. Después sus manos pasaron tímidamente por el sexo, que se encontraba a punto de estallar. La miré buscando en ella una pista de lo que seguiría a continuación. El corazón me latía a mil por hora.

Esther se palmeó las piernas, yo la miré dudando y ella tiró de mí hasta que nuevamente me encontré sobre su regazo. Volvió a levantar una rodilla dejando mi trasero un poco levantado. Entonces me di cuenta. Ahora estaba sobre sus dos piernas, y mi pene se había acomodado entre sus calidos muslos. Aquella sensación casi consigue que explotase.

–Si te corres antes de que te de permiso, desapareceré para siempre.-

Su tono al advertirme de aquello estaba cargado de seriedad, por lo que hice todo lo posible por controlar mis deseos. Su mano volvió a masajear mis nalgas, hasta que los azotes se reanudaron. Esta vez el dolor fue mucho más intenso su mano impactaba una y otra vez sin que hubiera nada que amortiguara los golpes. Tras casi veinte minutos se detuvo. Su mano acarició la zona golpeada, y después estiró el brazo con la mano abierta delante de mi cara. Yo comprendí en el momento lo que quería, pero permanecí inmóvil, sus dedos se movieron nerviosamente mientras que una docena de azotes enérgicos y fuertes  cayeron sobre mis nalgas. -¿Hay que pedírtelo todo hablando nene?- Me dijo levantando la voz. Yo negué con la cabeza, y le entregue nuevamente la zapatilla.

Esther metió una mano por debajo de la camisa y subió por mi espalda hasta llegar al cuello. Cerré los ojos para acentuar aquella sensación, que pronto se mezclo con el dolor de los azotes que comenzaron a llover sobre mi trasero. Tras la primera docena las lágrimas ya no se pudieron contener, y rompí en un llano infantil. Ella golpeó con más fuerza, mientras yo me movía sobre su regazo intentando inútilmente evitar el castigo. El dolor fue aumentando así como mi llanto. Y con él, aquel extraño peso que me aprisionaba el pecho se fue desvaneciendo. Cuando Esther dejó caer la zapatilla al suelo, mi trasero estaba completamente rojo, amoratado en algunos sitios, y el dolor recorría todo mi ser como un fuego purificador.

Poco a poco me fui deslizando hasta el suelo, quedando abrazado a sus piernas. Lentamente recosté mi cabeza en su regazo y seguí llorando mientras que ella acariciaba mi cabeza. Mis lágrimas mojaron su piel, ella levantó mi barbilla.            

-¿Mejor? –Me susurró regalándome una sonrisa. Yo asentí.- ¡Llora nene!

Volví a recostar mi cabeza en su regazo, ella también se reclino en el sillón mientras sus dedos jugueteaban en mi pelo. Suavemente comencé a sentir que su pie rozaba mi sexo. La excitación estaba en su punto más álgido, entre el castigo recibido y el tacto de su pie en mi pene, estaba apunto de enloquecer. El llanto se tornó sollozo, y el sollozo suspiros, hasta que solo quedó el tacto de su piel en mi mejilla, y la oleada de sensaciones que emergían de mi sexo -¿Puedo? -Susurré tímidamente.- -Si. -Me respondió.-            

Tras unos pocos minutos más, explote mientras besaba sus muslos empapados por mis lágrimas. Ambos nos miramos y descubrimos un brillo en la mirada que nos acercaría mucho más.                       

-¿Por qué…? –le pregunté mientras me vestía.-                       

-Esta tarde, cuando entre a recoger unos papeles a tu despacho, leí lo que escribías en tu diario. –Me explicó.- Sé que es privado, pero lo tenías abierto en la pantalla y me pudo la curiosidad. Tras leerlo –continuó diciendo- sentí los deseos de llenar al menos esta noche el vacío que sentías.

Estaban dando las dos de la mañana en el reloj de la iglesia cuando llegué a casa. El sueño me asaltó en medio del recuerdo de las experiencias vividas. Hoy solo espero volver a verla. No sé si se volverá a repetir una noche como la pasada, pero pase lo que pase, el recuerdo de ella me acompañará toda la vida. Aunque espero que esto solo sea el principio de otras muchas noches en las que explorar ese maravilloso mundo de los erotismo y los azotes.                                   

CARS  

La primera vez de Julia

 Autor: Spanker Látigo 

Sábado de esa semana 3.05 a.m.: 

Era de noche, el viento soplaba con intensidad, las calles lucían frías y casi desiertas. Pasaban de las tres de la mañana cuando Julia entraba al garaje a su edificio en auto. A través del ventanal que permitía divisar toda la planta baja, se veía al portero pesadamente dormido sobre su silla. 

Desde su auto, con su llave, Julia abrió la puerta levadiza del  garaje. Al traspasarla observó por su espejo retrovisor como la puerta se cerraba atrás de ella. Todo era quietud y penumbra.  

Estacionó lentamente su auto entre una columna y otro auto. Con paso inseguro empezó a recorrer los varios metros que la separaban de las puertas del ascensor. El silencio era absoluto, sus pasos retumbaban sin interferencia contra las paredes de hormigón. 

Algo nerviosa por la soledad del garaje Julia apretaba y apretaba en forma insistente el botón del elevador. Mientras esperaba recorría con su vista los autos estacionados en fila y las columnas grises que se repetían cada tres autos, todo tenuemente iluminado por focos de luz muy separados entre sí. Solo percibía quietud, silencio y su respiración un tanto agitada. El ascensor no llegaba y como rompiendo a su ansiedad tomó en forma repentina su celular y marcó una de sus memorias. Una distante voz femenina contestó:  

-Julia, bebé, ¿qué pasó ?-Ivonne ¿llegaste a tu casa?-No, todavía no. Estoy llegando.

-Estoy nerviosa. ¿Estás seguro que todo va a estar bien ?

-Julia, quedate tranquila, que todo está bien. Una locura la tiene cualquiera. Además Roberto no llega hasta mañana del interior... Imposible que se entere. Bueno corazón, estoy llegando a casa. Mañana hablamos. Te llamo. Besote.

-Hola, hola... (ya había cortado). 

El ascensor abrió sus puertas iluminando escasamente más allá de su marco. Julia entró, y apretó el  8 del panel digital. Durante el trayecto Julia se miraba en el espejo de ascensor y nerviosamente se acomodaba el pelo y su ropa. 

Al llegar abrió su cartera y revolviendo encontró las llaves. El pulso le temblaba un poco, pero no lo suficiente como para demorar de forma perceptible la apertura de la puerta de su apartamento. 

Cerró la puerta y suspiró. “Estoy en casa”. No prendió ninguna luz. La oscuridad la relajaba. Conociendo de memoria la ubicación de todos los muebles dejó su cartera y tapado sobre una silla del comedor. 

Caminó hasta la heladera y la abrió para tomar una botella plástica de agua mineral. La luz de la heladera arrojaba una suave penumbra que se diluía rápidamente por la blancura de la cocina. 

La respiración de Julia se cortó. Sus latidos se aceleraron en un instante al doble. La voz no le salía de la garganta. Un contorno masculino se recortaba nítidamente en la cocina. El fuerte sobresalto era por lo inesperado, no por el desconocimiento. En una exhalación Julia pudo pronunciar su nombre: “¡Roberto!” 

*     *     *    * 

Parada descalza en medio del dormitorio estaba Julia. Además de sus prendas más íntimas pudo mantener puesto su bucito de lana de manga muy larga que solo le llegaba a la cintura. 

El amplio dormitorio de Julia y Roberto estaba en sombras, salvo por un spot de intensidad  regulable que proyectaba un foco relativamente tenue, frente al espejo de la habitación. Bajo este haz de luz amarillento, Julia permanecía tímidamente de pie, con las rodillas casi tocándose, y el dedo gordo de un pie acariciando nerviosamente al otro. 

-Por favor Roberto ¿Por qué me estás haciendo esto? 

No hubo respuesta, solo silencio... Apenas se veía la silueta de Roberto, sentado en un sofá con las piernas cruzadas.  

-Roberto, por favor... estoy asustada. ¿Por qué me tenés aquí parada? Yo te puedo contar todo.  

 Roberto se paró y empezó a recorrer la habitación hasta detenerse atrás de ella. Julia sintió en su piel cuando Roberto enganchó sus dedos en el elástico de sus bragas. Quedó paralizada. En un movimiento firme se las bajó hasta las rodillas. Julia se estremeció, quedando sorprendida e íntimamente expuesta. 

-Empezá a decirme que fue lo que pasó esta noche Julia.

-No sé por donde empezar.

-Empezá por el principio. 

Julia suspiró, mientras hacía un esfuerzo por contener el llanto. Después de una larga pausa y viendo que no le quedaban muchas alternativas empezó a hablar...  

Miércoles de esa semana, 11 a.m.

Julia estaba en el juzgado sentada revisando unos expedientes. Otra mujer de muy similar edad se le aproximó con una sonrisa que parecía no caberle en el rostro. 

-¡Julia! ¿sos vos? (emocionada)

-¡Ivonne! Julia se paró y las dos mujeres se confundieron en un largo y afectuoso abrazo, para después intercambiarse prolongados besos en sus respectivas mejillas. 

-Julia, estás igual que siempre. Cuántos años.

-Vos también Ivonne. ¡Tenés el pelo corto ahora! Te queda bárbaro.

-Te recibiste por lo que veo (Julia sonrió)

-Por lo que veo vos también. (Ivonne sonrojada le devolvió la sonrisa)

-Julia, no puede ser que haya pasado tanto tiempo y no nos hayamos seguido viendo. Tenemos que recuperar el tiempo perdido ¡ya!  Vamos a tomar un café ¿Podés?

-¡Siiiii, vamos! En 5 minutos termino acá y vamos. 

*     *     *    * 

Desde el ventanal del Café Brasilero se veía pasar a  la gente muy abrigada por la calle Ituzaingó. El mozo se acercaba a la mesa de Julia e Ivonne con dos tazas humeantes de café con leche y dos porciones de torta. 

Con espontánea sinceridad y fluidez las dos viejas amigas empezaron a ponerse al día con sus respectivas vidas.

-¡Cuántos años Julia! Desde facultad que no nos vemos. Todavía tengo fotos de aquellos años. ¿Te acordás cuando militábamos en la federación de estudiantes..? ¿Te acordás Julia cuando nos fuimos de camping a Santa Teresa con toda la barra? ¿Que pasó con Roberto?

-(Julia sonrió) Vivimos juntos desde hace años.

-¡No te puedo creer ! Qué maravilla 10 años después y siguen juntos. Me alegro mucho. (El rostro de Julia adquirió cierto tono de preocupación.)

-No te alegres tanto, desde hace casi un año que no andamos muy bien. Los dos trabajamos mucho. Estamos distantes, con problemas de comunicación. Él tiene que ir muy seguido al interior y vuelve siempre tarde y cansado... Parece que siempre su atención está en otras cosas menos en mí.

-¡Bebé! tranquila, estás cosas pasan. Son rachas. Estamos en una edad de mucha entrega a nuestras profesiones.

-Sí, lo sé, pero me gustaría que estuviera un poco más arriba mío, que me cuidara un poco más. Que me dedicara más tiempo.

-Julia, hay momentos en que hay que revelarse contra la rutina, hay  que hacer algo distinto, algo que sorprenda y que encienda nuevamente la llama de la pasión.

-(Con ironía Julia pregunta) ¿Tenés alguna idea? Porque te juro que nada me viene funcionado con Roberto. Ivonne se rió muy expresivamente, y en forma solidaria le tomó la mano a Julia sobre la mesa. 

-Algo se me va a ocurrir (y le sonrió con mucha ternura a Julia)

-Bueno Ivonne, basta de hablar de mí. Hablame de vos.

-Tantas cosas. Estoy trabajando mucho yo también. ¿Sabés por lo que me dio? En mi tiempo libre, estoy en un taller de teatro aprendiendo arte dramático y psicodrama. No sabés el efecto que eso está teniendo en mí. Aprendí a verme, a verbalizar mis emociones, a manejar mucho mejor mi entorno afectivo.

-Ivonne, no puede ser que haya pasado tanto tiempo sin que nos hayamos visto. Dame tu celular.

-... y vos el tuyo. Ambas mujeres sacaron sus celulares y mutuamente se incluyeron en las memorias de los mismos.  Entre las dos se volvió a producir esa conexión íntima y mágica de antaño. Otra hora más de conversación fluyó casi sin que ambas se dieran cuenta. 

*     *     *    * 

Sábado de esa semana, 3:45 am

Julia permanecía bajo la tenue iluminación del spot. Sin levantar el tono pero con firmeza Roberto cuestionó:

-¿Qué más  pasó?

-Nada, me llamó el jueves y hoy fuimos junta a cenar.-

Julia... tu memoria necesita un poco de ayuda... y  pienso dársela.

-Roberto fuimos a tomar un vinito con unas tapas y ¡eso fue todo! 

Desde la penumbra Roberto se paró otra vez atrás de Julia, y le susurró en el oído: “Hubo más.” La tomó del brazo, y empezó a arrastrarla hasta la cama. Julia con sus bragas a la altura de las rodillas,  ensayaba una inútil resistencia, hundiendo sus talones en la moquete del dormitorio. No demoró mucho en terminar sobre las rodillas de Roberto. “ ¡No, no, no, no, Roberto! ¡Por favor!”. 

Roberto sosteniéndola de la cintura la puso en posición para recibir. Julia, incrédula de lo que está sucediendo yacía boca abajo sometida ante él. Ensayaba algunos leves pataleos nerviosos, que no hacían más que anunciar el inevitable destino. La pesada mano de Roberto cayó en el cenit de la cola de Julia, dejando una estela de ardor. Las posaderas de Julia se sacudieron, y un envolvente y seductor sonido de piel contra piel pareció envolverlos a ambos. Su mente tardó unos instantes en reaccionar para después emitir un muy sentido: “¡Aaaayyy Roberto!”. No demoraron en llegar más. Las nalgas de Julia empezaron a estar bajo un asedio permanente de fuertes palmadas.

-¡Ay, uy, ay, mmmmfff, Roberto basta! aaay, Roberto por favor ¡aaay!  Uy... 

Roberto no paraba de nalguear a Julia y ella no paraba de suplicar. En forma rítmica y sostenida por cerca de 15 minutos el ritual continuó.  

-Roberto.... aaayyy...  Roberto ¡por favor ! uuuy.... Mi cola ya es un fuego. Uuuy.

-¿Que fue lo que pasó Julia?

-Roberto, uuuuyyy. Por favor Roberto. ¡Por favor! me arde mucho.... I

mpotente y sin poder resistirse Julia sentía como el calor que se estaba produciendo en su cola se disipaba hasta el último de sus poros. Sus caderas hacían un leve movimiento pendular que lejos de evitar las nalgadas, en algunos casos las hacía más fuertes. -Aaay, por favor, por favor pará. Voy a contarte todo no sigas, por favor.-Escucho. Con su cola mostrando un amplio abanico de matices de rojo, Julia permanecía tendida boca abajo sobre las piernas de Roberto. Necesitaba una pausa. No quería demorar mucho por temor a que las palmadas empezaran de nuevo...  

*     *     *    *

Jueves de esa semana, 4:45 p.m. 

Julia estaba en el estudio, sentada en su PC terminando de redactar un oficio. En ese momento suena su celular. Ve por el captor que es Ivonne. 

-¡Ivonne! Que alegría saber que no tuvieron que pasar otros 10 años. (risas)

-¡Hola Julia! Escuchame, desde que nos encontramos ayer no pude dejar de pensar en reunirnos otra vez. Qué te parece si este viernes de noche salimos juntas. Julia tuvo algún instante de duda, para luego decir: 

-Roberto está en el interior, así que claro que acepto.-¡Esa es mi Julia!-A  las 10 de la noche, nos encontramos. Hay para un restaurante que se llama “Rueda”, está en Mignones y Joaquín Nuñes. ¿Lo conocés?

-Si lo conozco ¡me encanta! 

-Bien, no encontramos allí. Tengo muchas ganas de que vengas. Beso, hasta mañana.

-Beso para vos también Ivonne. Ambas cortaron. Le resultaba tan extraño encontrarse otra vez después de tantos años con su compañera de estudio tan querida. En su alma se alojaba la inexplicable sensación de estar por emprender un viaje hacia lo desconocido, lo cual por un lado la hacía temer, pero por otro no podía dejar de ir a su encuentro.  

*     *     *    * 

Viernes de esa semana 10:05 p.m. 

Era una fría y ventosa noche de viernes. Gracias a que un auto salía dejando el lugar libre Julia pudo aprovechar para estacionar muy cerca de la puerta del Restaurante al que se dirigían. El lugar presentaba el perfecto equilibrio entre decoración, iluminación y buen gusto. Lo primero que Julia divisó fue la barra, donde solo había un par de hombres de traje tomando un trago y conversando. 

Desde un apartado, una inconfundible mano quería llamar su atención. A Julia se le iluminó la cara con una sonrisa. 

-¡Hola Ivonne!

-¡Julia!  Qué suerte que llegaste. 

Ivonne se paró y ambas se abrazaron y besaron afectuosamente. Julia se sacó su tapado, y lo acomodó al lado del de Ivonne. Con elocuente naturalidad ambas mujeres se sentaron frente a frente. 

La alquimia instantánea que se produjo le provocó a Julia un cierto arrepentimiento por haber dejado pasar tanto tiempo. A pesar de que tenía otras amigas muy cercanas, con Ivonne sentía que existía una conexión muy espontánea y desprejuiciada. Ninguna acaparaba del todo la conversación: Las sonrisas, los gestos de asombro y las risas se intercalaban con los vasos de buen vino y los variados bocaditos servidos en bandeja de fino aspecto. 

El tiempo pasaba más allá de la percepción de ambas mujeres. La bebida obraba como perfecto catalizador para que la conversación se pusiera cada vez más íntima. 

-¿Por qué te divorciaste Ivonne? Digo... de veras, ¿qué fue lo que falló? 

Ivonne bebió lo que le quedaba de vino en la copa. Tomó la botella y volvió a llenar ambos copas. 

-Omar es un muy buen tipo. Buen padre, buena persona. Julia, yo siempre fui muy independiente, económicamente hablando, afectivamente hablando, y de todas las formas posibles de imaginar. Esto nunca fue un problema para él

-Pero ¿y entonces?

-En algún punto tuve la necesidad incontrolable de que me pusiera algunos límites, sin sacarme libertad, pero que me marcara la cancha.

-¿Marcarte la cancha? (Ivonne se sonrojó)

-¡Sí! es difícil de explicar lo que necesitaba...

-Sé que hace mucho que no nos vemos, pero Ivonne... por algo estamos hoy aquí recuperando el tiempo perdido. La rutina y el trabajo nos llevó a alejarnos, pero siempre fuimos íntimas. Eso no lo olvido. Yo estoy sintiendo la misma confianza que tenía con vos en aquellos años. Somos mujeres y amigas... Me parece que el vino me está haciendo efecto... cuando tomo cambio de introvertida a extrovertida. 

Ambas mujeres rieron. Julia siguió hablando. 

-... Lo que vos me contás es parecido a lo que yo te conté el miércoles en el café... quizás nos podamos ayudar mutuamente. 

Como tomando coraje para hacer una confesión íntima Ivonne suspiró profundamente. 

-Te voy a contar algo que nunca le conté a nadie... 

Ivonne tomó la mano de Julia y apretándola le dijo: 

-...y te pido lo mantengas en reserva. Yo siento que puedo confiar en vos. 

En respuesta Julia le devolvió una mirada cargada de ternura y entendimiento. 

-Podés confiar en mí Ivonne.

-Cuando tenía 16 años, yo iba a clases particulares de Matemáticas con un muchacho que era mayor que yo. Vivía en el barrio, tenía 20 años. Era un estudiante de Ingeniería que le iba muy bien en su carrera. Mi madre conocía a sus padres, y como favor especial para ella me empezó a preparar para dar matemáticas. Fue la única vez que me llevé una materia a febrero. Yo iba a su casa, y en su dormitorio me daba clases a mí sola. Como sus dos padres trabajaban estábamos solos por lo general.  Para mí fue verlo y gustarme, todo uno. Era buen mozo, educado, cálido y paciente. Sabía hacerme fácil lo difícil, y con él entendí las matemáticas. Se llamaba Alfonso, yo lo llamaba “Profe”. No faltaba a una clase. Siempre hacía todos los deberes... siempre, pero no lograba llamarle la atención como mujer... Era muy exigente. Cerca la fecha del examen me mandó muchos deberes para el fin de semana. Me acuerdo que protesté, y le dije:  

-¡Profe, es mucho!...  ¿y que pasa si no hago los deberes?

-Entonces te vas a portar como una niña traviesa, y te voy a tener que castigar. Cuando me dijo “castigar” algo muy fuerte despertó dentro de mí... algo que parecía estar clamando por ser descubierto. 

-¿Castigar…? (pausa) ¿Cómo me castigarías Profe?

-Más vale que no averigües, y hagas todos los ejercicios que te mandé. El permanecía en silencio revisando lo me estaba mandando. Lo tomé del brazo, y mirándolo a los ojos le dije: 

-¡Profe, quiero saber que me harías!-No lo vas a averiguar por que tú vas a hacer todos los deberes que te mandé para el fin de semana.

-... y ¿si no los hago? 

Entre la atracción que sentía por él combinado por la enorme curiosidad que me provocaba su amenaza no podía creer lo que estaba haciendo, pero una fuerza interior no me permitía detenerme. Yo tenía que saber qué era lo que me iba a hacer. 

-Créeme, tú no vas a querer que cumpla mi palabra. Haz tus deberes. 

Sorprendida por los laberintos que me estaba conduciendo mi curiosidad no dudé en contestarle. 

-Como tú no me dices cómo me vas a castigar, yo no te voy a decir si voy a hacer los deberes. Nos vemos el lunes.   

Le dí un beso me di media vuelta y me fui. Me pasé el fin de semana entero haciendo los ejercicios, pero no pude resistir la tentación...  Dejé los deberes en casa, y el lunes me aparecí sin los deberes como si no los hubiera hecho.... A propósito fui con una falda muy cortita. Me di cuenta que él lo notó enseguida... 

-Ivonne ¡no puede creer que te dejaras estar de esta manera! El viernes es tu exámen. ¿Qué pasó?

-No pude hacerlos Profe.

-Ivonne ¡ese examen los vas a salvar!  Los ejercicios los vas a hacer ahora, aunque te lleve toda la tarde y la noche terminarlos.

-Pero...

-Nada de “peros”. ¡A trabajar!

-¡No!

-¿Cómo que “No”?

-¡No quiero! 

Como si alguien hubiera detenido mágicamente el tiempo, él permaneció mirándome, y yo mirando hacia el piso. Fue el silencio más largo de mi vida. “Dejá tus cuadernos arriba del escritorio.” dijo Alfonso con tono severo... Yo los dejé. El me tomó del brazo y me llevó hasta el borde de su cama. Se sentó cómodamente sin soltarme del brazo. Luego me puso sobre sus rodillas boca abajo. Era tanto el respeto que sentía por Alfonso que casi no ofrecí resistencia... Los latidos de mi corazón retumbaban en mi garganta. Dejó pasar un rato que para mí fue eterno. Después me levantó la falda, y bajó mis bragas hasta dejarme la cola  totalmente descubierta.  

Con la boca abierta, rostro mezcla de asombro y curiosidad, Julia escuchaba. Un inexplicable cosquilleo recorría su cuerpo. No sabía qué acotar. Sólo quería que Ivonne siguiera con su relato... 

-¿Qué pasó luego?

-Mi curiosidad se vió largamente satisfecha. Nada parecía detener la determinación de Alfonso. Nunca pensé que su mano fuera tan dura, y su brazo tuviera tanto balanceo. La lluvia de palmadas fue interminable. Al principio pataleaba un poco, luego lentamente me fui derritiendo sobre sus piernas. Al final casi lloro. Mis padres jamás me habían hecho algo así. Recibí la nalgueada de mi vida.

-¡Qué locura Ivonne! ¿Le contaste a tu Madre?

-¿Contarle a mi Madre? (pausa) Ni loca.

-¿Todo terminó allí? ¿Qué pasó después? Una expresión de nostalgia se instaló en el rostro de Ivonne. 

-Me puso en penitencia.

-¿Cómo?

-Me mandó al rincón con la falda levantada y las bragas tal como la había dejado él.

-¿..y vos fuiste?

-Sí. Me quedé hasta que el me sacó de la penitencia. Luego le pedí para ir al baño. (pausa) Me miraba las nalgas en el espejo. Me habían quedado como un tomate. Me las toqué y eso me produjo una sensación imposible de describir.

-¿Te fuiste?

-Si me fui ¡já! No Julia, me quedé. Hice todos los ejercicios. Todos los que me había mandado otra vez, y más. Al día siguiente fui otra vez e hice más ejercicios matemáticos. Él me los ponía cada vez más difíciles, y yo los resolvía. Salvé el examen con 91 sobre 100. Estaba tan feliz que a la primera persona que fui a ver a la salida del examen fue a Alfonso. Él se puso muy contento y me regaló un chocolate.

-Ivonne, pero ¿no fue traumático para vos esa experiencia? 

Ivonne miró a Julia con lágrimas en los ojos. 

-Fue una de las experiencias más maravillosas de mi vida. Sin prácticamente hablar, Alfonso me ayudó a descubrir que yo era una spankee. Nunca hicimos el amor, no porque yo no lo deseara, pero meses después se fue becado a Bélgica y nunca más lo vi. Para mí ese día fue más importante que el día que perdí mi virginidad.

-¿Spankee? ¿Así llaman a las mujeres que les gusta que las nalgueen?

-Es más que eso. Pero a grandes rasgos, sí.

-Toda esto surgió cuando te pregunté por tu divorcio. ¿Como se conecta esto? (profundo suspiro de Ivonne)

-Después que se fue Alfonso, yo me negué a mí misma que era una spankee. ¿Uruguaya reprimida yo? (ambas mujeres rieron a coro). Me llevó algunos años y psicoterapia aceptarlo. Entendí que era quien soy, y que negármelo era ir en contra de mi propia naturaleza. Todo esto me ayudó a vencer dos cosas, mi miedo y mis prejuicios. Un buen día encaré a Omar y le dije que necesitaba que me pusiera límites, y si no los respetaba que me nalgueara duro y parejo. No me contestó enseguida... Un buen día me invitó a tomar un café, y me explicó que me respetaba pero que eso no era para él.  

Ivonne extendió su mano, tomó su cartera y extrajo un pañuelito con bordados. Se lo llevó a los ojos. 

-Linda…. ¿qué te pasa? Hablemos de otra cosa si querés.

-No Julia. No sabés la necesidad de contar todo esto que tengo. ¿Te aburro?

-¿Vos estás loca? Ni el Código Da Vinci me atrapó de esta manera. Por favor, seguí hablando.

-Después dar muchísimas vueltas sobre ese y otros asuntos que tampoco funcionaban, decidimos separarnos... Yo le expliqué que no era violencia doméstica. Que iba a ser muy bueno para nuestra pareja. Que nos iba a hacer mucho bien a nuestras autoestimas. Pero no lo entendió...

-Ivonne, no sabés cuánto lo siento.  

Julia extendió sus brazos y puso sus manos sobre la cara de su amiga. Ivonne tomó las manos de Julia y las sostuvo. 

-Seguime contando Ivonne.

-Omar pasó. No fue fácil, pero pasó. Nunca dejé de pensar en Alfonso, pero sé que sigue por Europa, y está instalado allá. 

Ivonne suspiró con un profundo alivio. 

-No sabés la necesidad que tenía de decir todo esto. Ninguna amiga mía es tan buen escucha como vos. (Julia sonrió, y le apretó ambas manos)

-Cómo pudimos dejar pasar tanto tiempo, tenemos que recuperarlo urgente. (pausa) Ivonne es viernes, y la noche es joven, vamos para la Ciudad Vieja para cambiar de aire. -Ivonne sonríe ampliamente.-¡Sí, claro que sí! 

Ambas mujeres terminaron tranquilamente su entremés. Pagaron la cuenta, y luego en sus respectivos autos iniciaron la marcha hacia la Ciudad Vieja. 

Sábado de esa semana, 4:05 am 

Roberto puso a Julia de pie, para luego mediante su mano conducirla gentilmente hasta la pared. Julia frotaba con suavidad sus nalgas ardidas. Roberto la terminó de desvestir dejándola completamente desnuda, con sólo sus pulseras y collar puesto. Contrastando con la fría noche de invierno la temperatura del dormitorio era agradable. 

Julia sintió como los dedos de Roberto recorrían su espina dorsal, esto le provocó un profundo suspiro. Desde atrás Roberto acercó sus labios a la oreja de Julia. 

-¿Qué más pasó esta noche Julia?

-¡Nada Roberto! Fuimos a la Ciudad Vieja, tomamos un par de tragos más, picamos algo, bailamos un poco, y me vine para casa. 

El tono de voz de Julia sonaba como la de una niña que estaba ocultando una travesura. 

-Manejaste después de haber tomado dos tragos... ¿más todo lo anterior?

-Bueno... Sí... pero manejé con cuidado....

-¿Qué bailaste?

-Rock y Rítmica, música divertida. Por favor Roberto....  

Roberto sacó del bolsillo de su camisa una hoja A4 doblada en cuatro. Lentamente la  desdobló y la contempló con expresión neutra. Con mirada severa se dirigió a Julia. 

-No se puede negar que la calidad de las impresiones es cada vez mejor. ¿No opinás lo mismo? 

Julia voltea su cabeza tratando de mirar de reojo el papel impreso.  

-¿Querés verla?   

Roberto le acerca la hoja a Julia, quien la toma pero no logra distinguir bien su contenido.  

-Acercarte a la luz. 

Julia empieza a caminar hacia el foco de luz, haciendo que éste bañe por completo la hoja impresa. Sus ojos incrédulos la recorrían de punta a punta. Su boca en gesto de asombro se abría cada vez más, su garganta se secó, y no pudo emitir palabra. Roberto sirvió medio vaso de agua mineral y se lo ofreció a Julia, quien lo bebió con expresión de alivio y ojos cerrados.  En la impresión se podía ver a dos mujeres danzando sobre dos mesas distintas rodeadas de gente bailando. La única prenda que ambas mujeres lucían era sus diminutas bragas. Una de ellas era inconfundiblemente Julia. 

-Roberto, lo puedo explicar... fue un momento de locura... ¿Cómo te llegó esto?

-A la luz de la evidencia Julia, las preguntas las hago yo.

-Roberto ¡por favor! 

Roberto caminó hasta la cama y puso dos almohadas apiladas en el centro de la misma. Una sensación de extrañeza recorrió el cuerpo de Jullia. 

-¿Qué vas a hacerme Roberto?

-Acostate boca abajo sobre la cama.

-Papito... por favor... no lo voy a hacer más.

-Ahora Julia. 

Julia abrazó a Roberto y empezó a llorar, y él la contuvo en silencio. Después de un rato la tomó del brazo y la acompaño hasta el borde la cama. Ella se arrodilló sobre el borde la cama para luego con sus brazos hacia delante ponerse en posición. Las almohadas dejaban sus posaderas en posición saliente. Extendió sus brazos y hundió sus dedos en el acolchado que cubría la cama. Roberto desabrochó su cinturón y se lo sacó, Lo dobló en dos. Parado al costado izquierdo de Julia la observaba con detenimiento. 

-¡Papito, por favor! ¿Qué me vas a hacer?  

Una extrañísima sensación mezcla de temor, ansiedad, excitación y arrepentimiento recorría el cuerpo de Julia. Un cosquilleo nervioso y casi tangible unía su paladar con su ingle.  

-Ahora si Julia, ¡toda la verdad...!  

Sábado de esa semana, 2:15 am 

Ambas mujeres entraron a un  resto-pub bailable llamado “Luna Menguante” sobre la calle Bacacay. Era un lugar pensando para los de treinta y pico en adelante. Eligieron una mesa, ordenaron bebida y se sentaron. 

-Aquí me parece que hay más onda para divertirnos.

-Julia mirá en aquella mesa hay unas amigas, son dos boludas pero muy divertidas. Vení vamos a saludarlas. Ambas mujeres se levantaron y se dirigieron a la otra mesa, donde había otras dos mujeres. 

Después del ritual de las presentaciones, Julia no recordaba cuál era María José y cuál Magela.  Gracias a las bebidas que seguían corriendo generosamente las cuatro mujeres rápidamente entraron en confianza. Después de un rato salieron todas a bailar. Con la música Fito Paez, Peter Gabriel, Jaime Roos, Carly Simon y el Negro Rada, el ritmo y la temperatura de la cruda noche de invierno iba en aumento. El punto de inflexión llegó cuando a través de los parlantes empezó a escucharse “You can keep your hat on” de Joe Cocker (la canción que inmortalizó Kim Basinger con su escena de desnudo en Nueve Semanas y media). La pista de baile se alborotó. Una de las chicas, Magela, se acercó a Julia y le dijo al oído “Gordita, estoy seguro que no te vas a animar a seguirme”. Se alejó bailando, y con la ayuda de un par de galanes se subió a una mesa y siguió bailando pero de forma muy provocativa. A medida que la canción discurría empezó a desabrocharse la blusa. Ivonne y Julia miraban con asombro. “¡Está Loca!” dijeron a coro. María José, que presentaba ya ciertas señales de intoxicación no paraba de reírse. 

-Ivonne, esta hija de puta me llamó “gordita”.

-No le prestes atención. Te dije que son unas boludas. 

La blusa de Magela ya estaba totalmente desabrochada, con movimientos sexies que acompañaban el ritmo la sacó con lentitud. Hombre y mujeres no paraban de aplaudir. También se podía divisar algunas damas muy molestas con sus acompañantes masculinos. Magela miró a Julia a los ojos y vocalizó en forma inconfundible “Gordita”. Algo había hecho clic dentro Julia, los impulsos tomaron el control en su mente desplazando a la razón. “Gordita, pero me defiendo hija de puta” pensó Julia. 

Con la ayuda de una silla Julia se subió a otra mesa, y empezó a bailar... La multitud enloqueció. Julia abrió su blusa, y después de agitarla con delicada suavidad, la tiró. El duelo estaba instalado... 

-¡Julia estás loca!!  Por favor ¡bajá!  (Pero los gritos de Ivonne eran inútiles) 

Magela se desabrochó la falda y con movimientos de contoneo se la sacó por los pies, quedando con mirada desafiante hacia Julia. Esta no dudó, siguió bailando, y rápidamente también voló su falda.  Ivonne corría de un lado a otro recogiendo prendas. Ambas mujeres ya estaban en ropa interior, la situación no podía ser más caliente. Magela se desabrochó el brasier, y mirando de reojo lo dejó escurrir por sus brazos.  

-¡Julia, basta! (gritaba Ivonne) 

Julia la miró derecho a los ojos, también se desabrochó su brasier, se lo sacó y tiró hacia un costado. La única prenda que cubrían a las respectivas damas eran sus diminutas bragas. Magela empezó a jugar con el elástico de la suya empezando a hacer amagues de sacárselo. Julia sintiendo que sus bragas eran su último reducto también empezó a jugar con el elástico, pero no quería avanzar más, pero ¿perdería el duelo? Repentinamente Ivonne subió a la mesa con un tapado y cubrió a Julia, ambas bajaron con ayuda de la mesa. María José le gritaba a Magela para que bajara también, quien con algunos tropiezos obedeció. 

A coro los concurrentes empezaron a gritar “¡Empate! ¡Empate!”.    

*     *     *    *

En el enorme baño de mármol negro del lugar, con la ayuda de Ivonne, Julia se terminaba de vestir. Los estados de ánimos fluctuaban desde la culpa hasta las risotadas. Tanto la bebida como la excitación habían dejado sus huellas en los rostros de ambas mujeres. Julia primero se refrescó con toques de agua fría en la cara, para después quedarse mirando en el enorme espejo de pared a pared. 

-Dios mío Ivonne ¿qué hice?. Me enloquecí.

-Quedate tranquila. ¿Viste a alguien conocido?

-No que me diera cuenta. Fue un momento de locura, que quizás debas tomarlo como un momento de liberación.

-No sé qué me pasa esta noche Ivonne, quizás sea la bebida, pero me siento distinta. No he podido dejar de pensar en lo que me contaste que te hizo Alfonso cuando tenías 16. 

Ivonne quedó sorprendida, no sabiendo qué contestar. Se tomó un momento: 

-¿Que te provoca?

-(pausa) …es raro. Curiosidad, ansiedad...

-Dejalo salir.-¿Que lo deje salir? ¿Cómo?

-No lo reprimas. Sé vos misma. 

Mientras se hace algunos retoques, Julia queda sumida en la reflexión, mirándose al espejo.  

*     *     *    * 

Julia e Ivonne van caminando hacia sus autos en silencio, luego ambas se abrazan. 

-Qué lindo fue volverte a ver.-Lo mismo digo Ivonne. ¿Vamos a vernos la semana que viene?

-¡Por supuesto! Tenemos mucho de lo cual seguir hablando.

-Me divertí mucho contigo esta noche, sentí que volvimos a aquellos años en que salíamos juntas con el resto del grupo.

-Te estoy llamando el lunes Julia.

-Claro que sí. Cuidate. 

Ambas mujeres se volvieron a abrazar y besar.  

Sábado de esa semana, 4:35 am 

Julia ya había confesado. Por un lado se sentía aliviada, por otro sentía que con Roberto parado a su lado con cinto en mano, y ella desnuda en posición sobre la cama, el veredicto iba a ser culpable. 

-Julia, jamás fui un obstáculo para salieras con tus amigas, ni lo pienso ser, pero vos corriste un riesgo y yo te pesqué, no te vas a librar de un buen castigo por lo que hiciste.

-Pero por favor Roberto, ¡por favor! Fue un momento de locura. Te prometo que me voy a portar bien.

-15 azotes,  y los vas a contar uno por uno.

-¿15? ¡Por favor mi amor! Mi cola ya recibió sufrió bastante.

-20-No, no, mi amor, 15 está bien.

-20 ¿o vas a querer 25?-

No, no, no, no 20 está bien. 

Julia respiró profundo, cerró los ojos y apretó fuertemente el acolchado con sus puños... Slash!!! El primer cintazo cayó a pleno sobre sus nalgas, sacudiéndolas fuertemente y dejando una franja de ardor de lado a lado... “Aaaaaaayyyy Papito, aaaayyy”. Al rato otro azote aterrizó, pero esta vez más cerca de la unión con sus piernas... Con intensidad y pasión Julia pronunció: “Uuuuuy Roberto... te prometo, te prometo que me voy a portar bien, te lo prometo!!!”

 -No empezaste a contar.

-Dos, dos, Roberto van dos. 

Ceremoniosamente fueron cayendo los azotes uno a uno, quedando la cola de Julia con un centro muy rojo, y franjas coloradas que salían en todas las direcciones. Estoicamente Julia los contó todos. Muy caballerosamente Roberto la puso de pie y la condujo al rincón, donde ella esperó un buen rato. Luego sintió que él empezó a frotarle crema por las nalgas. La sensación le resultaba de enorme alivio y placer. En medio de una marea suspiros inclinó su cabeza hacia atrás y le dijo: “Gracias Señor”.

Fue la primera vez que lo vio sonreír esa noche. 

A Julia le resultaba casi imposible compilar todas las sensaciones y emociones que había vivido. Roberto la tomó del brazo y la llevó de vuelta a la cama donde se acostaron juntos. Hasta que los sorprendió el amanecer; las penumbras fueron cómplices de sus silencios, y los silencios de sus pasiones.   

Lunes siguiente 9:15 am 

Julia llegó a su trabajo, mostrándose relajada, muy sonriente y con un paso más cadencioso que de costumbre. En su camino se cruzó Lorenzo Santos, uno de los abogados veteranos de la firma. 

-Hola Julia. Qué bien se te ve hoy.-Muchas Gracias Lorenzo... tuve un fin de semana... entretenido. ¿Cómo fue el tuyo?

-¡Bien gracias! Tranquilo, en casa disfrutando de mis nietos que me vinieron a visitar. Parece que tenés un admirador secreto.

-¿Admirador secreto? ¿A que te referís?

-Cuando veas tu escritorio te vas a dar cuenta. 

Julia puso cara de duda y siguió avanzando Al llegar a su escritorio la sorprendió un ramo de rosas rojas en una copa con un pequeño adherido a su costado. Notó como todos sus compañeros la miraban de reojo. Con su mayor naturalidad ella se sentó. El apoyar sus posaderas en su sillón le hizo recordar que la próxima lo hiciera con más cariño. Tomó las flores y las olió. Despegó el sobre de la copa y lo abrió. Extrajo un tarjeta blanca que lucía la siguiente frase: “La próxima vez que quieras bailar desnuda, hacelo para mi. Roberto”. Con cierto histrionismo se dirigió al resto de sus compañeros: “Lo siento chicos, muy privado”. Todos rieron a coro. El evento dio lugar a muchos chistes de oficina que hicieron de ese lunes, un lunes distinto para Julia. 

En plena faena de oficina suena su celular y por el captor ve que es Ivonne, con disimulo se levanta y dirige a la sala de reuniones que estaba vacía. 

-¡Ivonne! No te imaginás todo lo que me pasó. Ahora estoy con ramo de rosas arriba del escritorio, pero no sabés las que pasé.

-¡Contame!-Roberto me estaba esperando en casa cuando llegué...  Tenía una foto mía bailando sobre las mesas de Luna Menguante. ¡No lo podía creer! Yo te dije que fue una locura, debió haber algún conocido de él allí. Alguien me sacó una foto con un celular y se la mandó.

-Pero ¿qué te pasó?

-Imaginate…

-¡Nooo! Te puso sobre sus rodillas y te...

-¡Si Ivonne! Me nalgueó. Me dejó la cola rojo fuego. Pero ¿quién pudo haber estado allí? (largo silencio)

-Fui yo Julia.

-¿Cómo? ¿Cómo que fuiste vos?

-Fui yo la que le mandé la foto desde mi celular. Primero busqué el número de Roberto en el tuyo, y luego se lo mandé.

-Pero ¿vos estás loca? ¿Por qué me hiciste eso? No lo puedo creer. ¿Vos sabés cómo me quedó la cola? Porque sabés que después de las nalgadas vino el cinto. ¿En que estabas pensando? No lo puedo creer.

-Pensalo bien Julia y decime, ¿quién es la que ahora tiene la atención de su marido? (silencio)

-¿Quién es la que tiene el ramo de rosas rojas sobre su escritorio? (silencio)

-¿Quién es la que debe haber pasado un sábado y domingo de reencuentro? (silencio)

-Pero...  yo... yo... no sé si mandarte al diablo o agradecerte...

-Julia, mientras lo pensás, agendate para el jueves de tarde “Ir a tomar el té a lo de Ivonne”. 

FIN

¿Sexo o azotes? (Primera parte)

PRIMERA PARTE:

Doña Marculina, la madrina curandera

Autora: Ana K. Blanco 

Dedicado a: ediwarrior79 

Doña Marculina era la curandera de aquellos pagos. Era respetada por todos y en muchos casos suplantaba al médico del pueblo cuando la medicina del doctor no obtenía los resultados esperados. En realidad era más que la curandera, porque además de las pócimas y ungüentos que preparaba, de saber curar el mal de ojo, “tirar el cuerito”, curar empacho y culebrilla, muchos de los parroquianos habían nacido gracias a las veces que hizo de partera. Y no hablemos de la gente joven y no tanto que la buscaban para que les diera consejos y algún yuyito “p’al amor”. Ella conocía los secretos de las hierbas, conjuros y fórmulas mágicas que le habían enseñado sus ancestros, pues era descendiente directa de los charrúas, y sus rasgos faciales así lo delataban: cara casi cuadrada, labios prominentes, nariz achatada, ojos negros y vivaces, tez trigueña, pelo lacio y estatura mediana. La blancura de su pelo que ataba en una gruesa trenza y el rostro surcado de arrugas, eran los únicos rasgos que delataban la avanzadísima edad de esta mujer.  

El doctor Jiménez, médico del pueblo, pedía su ayuda en algunos casos. Extrañamente, habían llegado a un acuerdo: habría casos en los que actuarían en conjunto, teniendo en cuenta que la medicina del doctor poseía elementos desconocidos por ella, y él sabía que muchas veces sus pacientes creían más en los yuyos y pócimas de doña Marculina que en la medicina moderna, y la fe muchas veces cura tanto como los químicos. A veces en forma secreta y a veces a la vista de todos, el pacto de respeto y ayuda mutua estaba claro entre los dos. El rancho de la curandera era de terrones de barro y paja, sumamente modesto. Uno de sus tantos vecinos agradecidos, le había puesto el techo, quinchado a dos aguas. El agua la sacaba del aljibe, y jamás le faltaba comida. Ni bebida: la grapa y la caña supieron ser sus compañeras en alguna noche de soledad. Nunca había tenido hijos propios, y desde hacía muchísimos años que era viuda. 

Aquella mañana se había despertado más temprano de lo habitual. El brasero continuaba encendido, solo debió avivarlo y arrimarle un poco más de leña para que la caldera sintiera el calor y comenzara casi inmediatamente a despedir humo por el pico. La galleta de campaña colocada cerca del fuego, sería el acompañamiento ideal para aquel mate amargo matutino. Miró el horizonte: el sol asomaba lentamente por el oriente envuelto en oro y fuego.  El gallo lo saludó y con su canto despertó al resto de la naturaleza. Marculina sonrió satisfecha mientras mascaba con sus escasos dientes un trozo de galleta, y se dispuso a preparar aquella infusión tan típica de la gente de campo, con la que había crecido y que la había acompañado toda la vida. La calabaza o porongo tenía un tamaño mediano, y a la yerba le había agregado algunos yuyos que ayudaban a que su gastado organismo funcionara mejor. Mojó la yerba con un poco de agua fría del aljibe y la dejó reposando mientras colocaba el agua hirviendo en el termo. Luego echó un chorro de agua hirviendo a la yerba y la dejó hinchar. Clavó la bombilla en la yerba mojada y volcó una porción de agua hirviendo en el agujero dejado por la bombilla.  Una espuma verdosa subió tapando el agua. ¡Eso era un mate!

Sorbiendo el líquido verde y caliente, miró por la ventana del rancho. Era un día hermoso, y le gustaba ver la naturaleza a esa hora de la mañana.  Sí, ese iba a ser un gran día. El mate amargo de aquella mañana tenía un sabor especial y lo estaba disfrutando muchísimo. Posó el porongo después de haber tomado hasta la última gota, y se dispuso a hacer sus tareas. 

Ya era pleno día cuando el Matrero comenzó a ladrar desaforadamente, pero era su ladrido de alegría, de saludo, de gente conocida. Marculina salió a la puerta del rancho y reconoció enseguida al visitante. 

-Ave María Purísima… -saludó el joven quitándose el sombrero.

-Sin pecado concebida m‘hijo –contestó la mujer- Y qué anda haciendo usté por acá a estas horas de la madrugada, qué bicho le ha picado.            

Eulogio  bajó la mirada y se acercó tímidamente a la anciana. Cuando los cansados ojos de la curandera pudieron verlo más de cerca se dio cuenta de la realidad: había estado llorando y tenía una expresión de gran tristeza. Con un rápido ademán corrió la cortina que oficiaba de puerta en la entrada del rancho y pasó seguida del joven. No le dio tiempo a hablar: 

-¿Qué problema tenés con la Rosenda?

-Pero… ¿cómo puede saberlo sin que yo le haya dicho nada?

-En vez de hacer esas preguntas idiotas decime de una vez qué pasa.

-Ella… ya no me quiere. Me ha dejado de amar, ya no le intereso. Ahora en lo único que piensa es en sus conservas. Usté sabe, ‘ña Marculina, que para ganar unos pesos más se ha puesto a fabricar mermeladas, vegetales encurtidos, frutas en almibar y algún licor. Le ha ido muy bien, la gente del pueblo le pide cada vez más cantidad y le va quedando menos tiempo para mí. Ahora le importan más sus naranjas y sus pepinos que yo.

-¿Estás celoso de que esté ganando más plata que vos?           

-No, le juro que no, al contrario. Sé que soy joven pero si me llegara a morir, tengo la seguridad de que ella podrá arreglárselas sola, sin depender de nadie.

-Y si le va tan bien, ¿por qué no contrata a mujeres que la ayuden y tener más tiempo libre para ustedes?-Eso mismo le dije yo, pero se niega. No quiere pagar sueldos para juntar más dinero. -¿Y qué querés que yo le haga? Si ella está contenta…

-Pero… usté es su madrina, casi su madre. Si le dice algo, seguritito que cambia. Yo me voy a ir al pueblo y regresaré al anochecer. Se lo ruego: hable con ella ‘ña Marculina. A usté la va a oír.        

-Claro que sí, m’hijo. Te aseguro que a mí me va a oír. 

Marculina lo vio encaminarse rumbo al pueblo, mientras se sentaba en la silla baja a la entrada del rancho. El ombú que había en el frente, frondoso y enorme, daba la sombra necesaria para que el calor no fuera abrasador. Tomó la bolsa de choclos (maíz) que había tenido secando al sol, se puso una palangana esmaltada entre las piernas y comenzó su tarea. El desgranar choclos era algo que hacía automáticamente y siempre le daba la serenidad necesaria para meditar. 

Comenzó a recordar el día que nació Rosenda mientras que los granos de maíz golpeaban al caer en el recipiente. Era una beba pequeña y débil. Su madre no resistió el complicado parto y murió. Nada había podido hacer ella por salvar a la madre, y eso le creo cierto sentido responsabilidad, porque también había traído al mundo a aquella mujer. Los Rodríguez eran sus vecinos y Zoila, la madre de Rosenda, era como una hija para ella. Ante el dolor del esposo y el desamparo de la bebé, la curandera decidió convertirse en algo así como la abuela adoptiva de la niña, a quien la bautizó con el nombre que la madre había decidido ponerle. 

Rosenda siempre había sido traviesa, obcecada, decidida, valiente y sumamente caprichosa. Cuando quería algo, de una forma u otra, siempre lo conseguía. Tenía un gran corazón, pero más de una vez, don Rodríguez, su padre, no había dudado en ponerla sobre sus rodillas y propinarle unas buenas nalgadas por sus travesuras y su carácter rebelde. No eran grandes azotaínas, pero sí lo suficientemente fuertes como para hacerla llorar un rato y que el efecto le durara un par de días. Marculina jamás le había puesto la mano encima porque de eso se había encargado siempre su progenitor, aunque más de una vez tuvo ganas de robarle al padre ese privilegio. Pero tanto de niña como de adulta, Rosenda siempre le había guardado el respeto y el amor que la anciana merecía y que había cultivado durante toda la existencia de la joven. 

Llevaba un buen rato concentrada en sus pensamientos cuando vio pasar el auto del señor Marcelo Fernández Montero, que entre la polvareda levantaba su mano izquierda para saludarla. Devolvió el saludo con la mano y una leve inclinación de cabeza, mientras seguía el coche con la vista. Lo vio detenerse en casa de Rosenda y eso no le gustó para nada.  

Don Marcelo era el hombre con más dinero en el pueblo, por lo tanto, el más poderoso porque presidía el único banco existente en la zona y decidía a quién prestaba dinero y a quién no. Se sabía que muchas veces a las personas que no podían cubrir las cuotas, les cobraba rematando sus bienes o, en algunos casos, con favores “especiales”, sobre todo cuando se trataba de mujeres hermosas. Podían ser jóvenes o maduras, casadas, viudas o solteras, porque su edad o estado civil le era totalmente irrelevante. No era buena persona, pero tenía olfato para saber a quién prestarle dinero sabiendo que no podrían pagar. Conocía el arte de la seducción y del convencimiento para que hombres y mujeres aceptaran sus ofertas. Así había logrado hacerse de una considerable fortuna y una lamentable fama. 

-“Seguro que ese mal bicho vio a Eulogio en el pueblo y se mandó para acá –pensó la anciana –pero seguro que no contaba conmigo” 

Una idea se le vino a la mente. Tiró el marlo a medio desgranar en el recipiente y entró al rancho. Destapó una serie de tarros, tomó varios yuyos y los ató. Con sumo cuidado sacó un trozo de tela blanca de una caja y envolvió aquellas hierbas que expelían un delicioso aroma entre ácido y dulzón. Agregó el pequeño atado a una cantidad de atados similares, unos envueltos como el último y otros atados con hilo de otro color. Tomó la bolsa con el delicado contenido, manoteó un tarro que colocó en el bolsillo de su delantal, y saliendo del rancho se dirigió a la casa de su ahijada.  

Había caminado unos pasos cuando vio pasar de regreso el auto del banquero. Con un ademán volvió a saludar a la curandera, que sin disimular su molestia apenas contestó el saludo y siguió caminando. A mitad de camino se internó levemente en el campo y tomando con un trozo de tela una planta, le cortó unas hojas que envolvió en la misma tela. Todo fue a dar dentro del bolsillo de su delantal. Se acomodó la ropa y continuó con paso ligero el pequeño trecho que la separaba la casa de Rosenda. 

Cuando entró en la cocina, su ahijada caminaba con nerviosismo de un lado a otro. El aroma de la mermelada de naranjas flotaba en el ambiente. Los ojos de la anciana se clavaron en Rosenda que, sabiendo que había actuado mal, bajó la cabeza para no enfrentar la mirada de su madrina. 

-Bendición madrina        

-Dios me la bendiga y me la guíe por buen camino, ahijada. Y ahora dígame, ¿qué buscaba ese tipo por acá?-Vino a ofrecerme plata. Quería que firmara un papel y él me daría el dinero para ampliar esto y poder fabricar más cantidad de productos.

-¿Y?        

-Y… yo casi firmo madrina. Ya sé que está mal, pero quiero seguir con esto, quiero ese dinero, quiero ampliar la cocina y contratar gente para poder vender más. Los productos se vendieron muy bien desde un principio, pero desde que me dio esos paquetes aromáticos, la venta creció de forma increíble. Yo cumplí la promesa de no abrir los paquetes madrina, pero ¿algún día me dará la fórmula para que yo los pueda hacer?

-Algún día quizás te la dé. Por ahora te los iré surtiendo yo. Acá te traje unos cuantos más. Pero no me cambie de tema… ¿qué más te dijo ese mala entraña?        

-No me dijo mucho, fue poco el tiempo que estuvo. Yo le dije que regresara cuando estuviera aquí Eulogio, y casi lo eché porque no se quería ir.        

-Hizo bien m’hija. Ahorita siéntese que quiero hablar con usté.        

-Sí madrina –dijo obediente la joven mujer, y se sentó frente a la anciana- usté dirá para qué soy buena.        

-Parece que últimamente para lo único que sos es buena para hacer conservas.        

-¿Porqué me dice eso madrina?        

-Porque hoy estuvo Eulogio a verme, y me contó algo que yo ya sabía sin que me lo dijera: que lo tenés abandonado. El pobre muchacho piensa que ya no lo querés, que dejaste de amarlo y no sé cuántas tonterías más. Ahora, te quiero preguntar algo. Yo quiero saber: ¿qué se siente al cambiar un marido por un tarro de conserva?        

-Pero… madrina… yo…  yo no lo cambié.        

-¿No? ¿Y qué hiciste entonces? Desde que empezaste con esto de las conservas, estás conservando todo menos a Eulogio. ¿Pero usté está loca m’hija? ¿En qué está pensando? ¿Dónde tiene la cabeza, carajo? –el tono de la voz era cada vez más fuerte y severo. Rosenda comprendió que la anciana tenía razón y se echó a llorar.        

-Perdón madrina. Es verdad, no lo pensé. La tentación de conseguir dinero fue más grande. Me imaginé todo lo que podría hacer y…  Además me gusta este trabajo, y no quiero dejarlo.        

-No tenés por qué dejar este trabajo. Vos bien sabés que yo soy una defensora de la idea que la mujer debe ser independiente económicamente del hombre. He visto más de un caso en que la mujer se quedó aguantando al marido por no tener manera de vivir sin el dinero de él. Seguí con esto, pero buscá la manera de atender las dos cosas.        

-Pero madrina, eso es imposible. Si me dedico a trabajar en esto, más los quehaceres de la casa, y todavía… ¡Eulogio! No puedo con todo.        

-Si querés continuar con lo de las conservas, poné a alguien que te ayude. Una, dos, las que sean.        

-Usté no entiende madrina. Si me pongo a pagar sueldos, voy a estar años para juntar la plata para ampliar acá. No, no, no… ¡Eulogio que se aguante! Y en vez de protestar tanto, que me ayude con las tareas que yo no puedo cumplir por falta de tiempo. Además, ya le dije que desde que le agrego a las conservas esos paquetitos que usté me trae, las ventas han aumentado más y más. Le repito madrina: espero que algún día me dé la receta.        

-Mire m’hija, lo único que le voy a dar por ahora es la paliza de su vida para que entienda lo que su madrina, que es vieja y sabe de esto, le está diciendo por su bien. Está muy terca, testaruda y desobediente, así que… esta vieja la va a hacer entrar en razón. Cuando termine con usté va a estar mansita como un corderito, ya va a ver –le dijo Marculina mientras se remangaba la ropa. Rosenda no podía dar crédito a sus oídos, y comenzaba a recular cuando su madrina la agarró del brazo y sentándose, la acomodó sobre sus rodillas. -¿Te das cuenta de algo? Yo fui la primera que te nalgueó cuando naciste. Y lloraste con muchas ganas en esa oportunidad. Te prometo que esta vez también lo harás.         

Las primeras nalgadas ni las sintió, pues se las estaba dando por encima de la ropa. Pero inmediatamente la vieja le subió las faldas y el culo de Rosenda quedó casi al aire, apenas cubierto por unas bragas de niña, de fondo amarillo y con pequeñas florcitas de colores. La curandera sonrió por la ingenuidad de la prenda, pero eso no hizo que bajara dureza de los azotes, sino que los iba incrementando cada vez más.          

Rosenda no podía creer que aquella vieja tuviera tanta fuerza en las manos, y comenzó a retorcerse. Cuando el picor era bastante insoportable, sintió la mano de su castigadora madrina que le bajaba las bragas a la altura de la rodilla, y sin darle ninguna tregua seguía nalgueándola.         

-Por favor madrina, pare de golpearme. Me duele mucho, siento mucho picor, basta por favor…         -Está bien m’hija. Póngase de pie.         

No tuvo que decírselo dos veces. Como un resorte la joven se paró y comenzó a frotarse las nalgas frenéticamente.         

-Ahora desnudate y poné la panza encima de esa mesa. Y agarrate fuerte del otro extremo.        

-¿Qué? Mire madrina, eso yo no…        

-Pero… ¿Cómo te atrevés a llevarme la contra? Siempre estuve convencida que tu padre nunca te azotó con suficiente fuerza, porque vos con tus caritas y súplicas siempre lo terminabas convenciendo. Pero conmigo no vas a poder ¿entendés? A mí no me conmueven tus gestos ni tus súplicas. Hoy vas a aprender… ¡obedeceme carajo! Y ponete como te mandé.         

Los ojos de la vieja despedían fuego, y Rosenda la conocía enojada. Más le valía obedecer sin decir nada. No solo porque no lograría convencerla, sino que la enojaría aún más y eso no era muy conveniente para sus nalgas. Así que se quitó toda la ropa y adoptó la posición que le había dicho la anciana.         

Mientras se desvestía, la vieja miraba y se regocijaba con el joven cuerpo de su ahijada, no con lascivia sino con admiración. La joven mujer tenía un cuerpo bello, con maravillosas curvas, senos túrgidos y sugerentes coronados con una bella aureola, las caderas firmes, las piernas largas y torneadas como una columna griega, la espalda perfecta, el cabello negro y brillante cayéndole en cascadas hasta tocar la cintura; la piel tersa, suave y blanca se había tornado de un rosa fuerte en la zona de sus nalgas. ¡Qué maravilloso culo tenía esa mujer! Redondo, respingón, dos hemisferios duros, apetecibles, deliciosos. Pensó en su juventud y recordó cuando ella también tenía un cuerpo como aquel. ¡Cuánto había gozado de su cuerpo! Había conocido las delicias del sexo y de los azotes gracias a su difunto marido. A diferencia de otros esposos, el de ella sólo la azotaba en las nalgas, con un amor y devoción como nunca había vuelto a ver.          

Cuando la chica estaba acomodada, le dijo:         

-El castigo va a ser duro, así que te ataré para que no te muevas.        

-Lo que usté diga madrina.        

-Así me gusta: que seas obediente y que vayas entendiendo que esto es por tu bien. Te ataré las manos a esta punta de la mesa. Quiero que ahora abras las piernas lo más que puedas.         

Los pies de Rosenda apenas tocaban el piso. En esa posición toda su intimidad quedaba a la vista. Los labios de la vagina mostraban una selva espesa y brillante cubierta de vellos negros. Rosenda se sentía sumamente avergonzada que su madrina la viera así, pero más vergüenza sentía porque se sabía excitada y mojada.          

-Bien, ahora te mostraré algo. –Se paró delante de la chica con una enorme cuchara de madera, una de las que ella usaba para revolver las mermeladas.- ¿Ves esta cuchara? Pues con ella te azotaré, para que cuando la veas te recuerdes de esta azotaína y no la uses más horas de las debidas.         

La madera era dura y dejó una marca redonda en la nalga de Rosenda. A veces sólo quedaba la marca de la cuchara, pero otras veces también aparecía parte del mango. El dolor se hacía más fuerte cada vez. Nunca le pegaba dos veces en el mismo lugar, pero llegó un momento en que ya estaba todo marcado. Las lágrimas caían por el rostro de la joven que lloraba sin consuelo. Oyó que la vieja dejaba la cuchara sobre el fogón y sintió que su mano la acariciaba, dándole un poco de descanso. Las manos de su madrina eran hábiles y sabían cómo masajear. Si bien le dolía cuando apretaba, al soltar el cachete el alivio era fantástico. Luego sintió cómo le colocaba un lienzo tibio sobre las nalgas.         

-Disfruta del descanso. Yo regreso enseguida, porque esto aún no terminó.         

Rosenda cerró los ojos y se concentró en el alivió que le estaba proporcionando aquella tela, que a pesar de lo tibia, estaba más fría que sus nalgas. Un silbido la sacó de la concentración. El sonido era conocido por ella, porque su padre también usaba una vara verde para castigarla. Miró para el costado y vio a su madrina con una larguísima vara parada a su lado. Era larga y fina, parecía un látigo. Doña Marculina quitó la tela y comenzó a azotarla.  Cada uno de los azotes dejaba una marca fina y roja en las nalgas de Rosenda. El dolor era lacerante, agudo y ardía como una línea de fuego. Cada vez que sentía un nuevo azote, la muchacha se contorsionaba, crispaba sus puños y echaba la cabeza hacia atrás en un vano intento de disminuir el dolor.  

Después de unos 20 azotes, la joven no tenía fuerza ni para moverse, apenas si se la oía sollozar. Volvió a sentir la mezcla de tibieza y frescor del paño húmedo, esta vez unido a unos suaves masajes. Estuvo así dos o tres minutos. Cuando abrió los ojos, doña Marculina estaba frente a ella y le mostraba unas hojas: eran ortigas. La chica no dijo nada, sólo comenzó a negar con la cabeza y a suplicar con la mirada, hasta que finalmente pudo lanzar un grito: 

-¡No, por favor no madrina, eso no! No lo hagas, eso es insoportable, prefiero que me sigas azotando, pero eso noooooooooo!!

-No sos vos quién decide –le dijo su madrina mientras se encaminaba hacia la parte posterior, donde ella no podía verla.         

La curandera vió aquel culo tan maltratado que no quiso tocarlo más. Pero la vagina estaba hermosa, rosada y con sus jugos chorreando, haciéndola brillar. Arrancó una hoja y la pasó alrededor del ano. Luego otra fue refregada en el clítoris. La entrada de la vagina y los labios tampoco se salvaron. El llanto de Rosenda era desconsolador. Se movía sin parar, pedía clemencia, juraba haber entendido la lección, pero su madrina permanecía inmutable. En pocos instantes las diminutas espinas de la ortiga habían inflamado toda la zona vaginal y anal de la chica. El picor era terrible, y no tenía forma de tocarse, al menos, para calmar el ardor.         

-Espero que esto te recuerde que debes cumplir con tus obligaciones de esposa. Espero que recuerdes que debes estar con tu marido y no sólo con tus conservas. ¿Podré quedarme tranquila de que aprendiste la lección?        

-Sí madrina, sí. Pero quitame este ardor por favor, ¡no lo soporto más!         

La anciana metió su arrugada mano en el delantal y sacó un frasco con una crema. Lo destapó con toda paciencia y tomando una pequeña porción entre sus dedos, comenzó a pasarlo por los mismos lugares que había pasado las ortigas. Luego se limpió la mano y tomó otra porción del ungüento. Esta vez lo pasó por las nalgas, en forma circular y utilizando las yemas de los dedos. Con la misma parsimonia con que había hecho todos los movimientos anteriores, tapó el frasco y lo guardó en su delantal.         

Rosenda comenzó a sentir un alivio inmediato. El picor cesó y el dolor en sus nalgas era cada vez más tenue. Sus manos ya no estaban presas, y podía mover las piernas a gusto: finalmente, su madrina la había liberado de las sogas.         

-Ahora andá y bañate. El dolor de las nalgas no se te irá, lo sentirás cada vez que te sientes, pero no te quedará ninguna marca. Espero que hayas aprendido la lección, porque si no estoy dispuesta a repetirla tantas veces como sea necesario para que te quede claro. ¿Entendiste?        

-Sí madrina.        

-¿Y cómo se dice?        

-Gracias madrina.        

-Muy bien m’hija. Me alegra saber que la lección sirvió para algo. Yo me voy para mi rancho, y usté prepárese que en cualquier momento llega su marido. A ver cómo se porta… -Se encaminó a la puerta cuando recordó el paquete- Ahí arriba del fogón te dejo los atados para las conservas. Acordate bien: las que están con hilo blanco son para los dulces, y las que están con hilo colorado son para los encurtidos.         

La vieja mujer salió sonriente de la casa y se encaminó a tu rancho. Ojalá que la azotaína hiciera que su ahijada cambiara el rumbo de su vida y de su matrimonio. Ella quería mucho a Eulogio, sabía que era un buen muchacho y que estaba profundamente enamorado de su niña. Ahora… debía tener mucho cuidado con el banquero. Y se lo iba a advertir al joven cuando lo viera pasar de vuelta para la casa.          

(Continuará) 

Día Mundial del Spanking 8/8 (ocho de agosto)

Autor del logo: Gran Dogon (diseñador gráfico) Texto: Fer

Practicamente todos los blogs en español se hacen eco de esta propuesta que este año parece que va a cuajar. Para más información puedes comenzar a navegar desde tu blog Spanking en Español - Azotes y Nalgadas.

 

 

 

Un solo motivo...

Autor: Selene.

Para Xana

...Se había convertido en el centro de su universo, lo único que realmente llegaba a importarle y hacerla feliz. Cada momento a su lado era único y los recuerdos la acompañaban durante mucho tiempo después de que cada uno de ellos se marchara tras los días de placer compartido.  

Cuando llegó a él, solo era una mujer caprichosa que había perdido el norte y a quien no era posible dominar y ahora se sentía única entre miles, distinta entre iguales y apreciada como un escaso bien que tenía el justo valor que él había sabido imprimirle con su extraña relación.  

No podía explicarse a sí misma sus reacciones en los últimos meses y como desde que conoció a aquel hombre su vida estaba cambiando, se había transformado en un remolino que no podía controlar y sin embargo el movimiento la hacía sentirse plena y feliz.  

Él descansaba sobre la cama, desnudo, tranquilo, mirando a través del balcón cómo las luces del atardecer se iban apagando mientras daban paso a una hermosa y cálida noche. El ruido amortiguado de los coches que transitaban la avenida más que molestar contribuía a adormecerle mientras repasaba mentalmente lo ocurrido unos momentos antes.  

Al otro lado de la pared, el agua de la ducha llevaba corriendo unos minutos y la imaginaba desnuda enjabonando su cuerpo y dejando caer el agua tibia sobre sus nalgas mientras enjuagaba su pelo. El mismo pelo casi dorado que minutos antes él había apartado de su nuca para besarla en el cuello…  

La nitidez de los recuerdos le hizo volver a sentir una erección y sonrió mientras se daba la vuelta para disfrutar de las escenas fugaces que se estaban fijando en su mente con el mero hecho de rememorarlas en ese instante.  

Una vez más ella había comenzado a besar su boca y la sentía estremecerse entre sus brazos con cada una de sus caricias. Recorrió su cuerpo con los labios, bajando por el cuello hasta su pecho mientras la sentía gemir de placer, ahogando levemente los profundos suspiros que escapaban de sus labios entreabiertos. Los ojos cerrados, ausente en la inmensa entrega que comenzaba en ese mismo momento con una pasión no sentida por ninguno de ellos hacía mucho tiempo.  

La recorrió por completo, sintiendo como ella se excitaba cada vez más y como sus gemidos se iban haciendo cada vez más intensos. Agarró su pelo con firmeza haciéndola echar hacia atrás la cabeza para dejarle libre el acceso a su cuello, mordiéndola, deslizando su lengua hasta su pecho, llenándola de besos mientras ella se dejaba amar en el silencio interrumpido por el sonido del placer para después ser ella quien le besara con toda la pasión que sabía imprimir a cada instante juntos.  

Se recreó en cada movimiento de ambos al desnudarla despacio, con la sensación de estar desenvolviendo un regalo dentro del cual le esperaba una sorpresa, hasta poder mirarla tapada tan solo por aquel conjunto de encaje blanco bajo el cual solo quedaba su sexo, húmedo ya con total seguridad a juzgar por el placer que ella expresaba en sus movimientos y su mirada.  

Arqueaba la espalda en una tensión infinita, mientras él, con sus dedos iba recorriendo todos sus rincones acompasado por el movimiento de sus caderas justo antes de tumbarse y recibirla a ella abierta sobre su cuerpo, penetrándola, haciéndola gritar de placer en cada uno de los movimientos acompasados con los que se deshacía en un momento único que él no hubiese querido que terminase nunca. 

Una vez alcanzado el clímax, con la piel aún tibia, la respiración jadeante y los ojos con ese brillo intenso que le quedaba tras lo momentos más intensos, ella se acercó a su oído, murmurándole, provocándole, recordándole que era una chica traviesa con muchas cosas pendientes con él. Y sí que lo era, la más caprichosa y rebelde que había conocido, pero en ese momento solo quería acariciarla. Ella siguió insistiendo, haciendo sonar el timbre de su voz mucho más infantil e inocente… pero él no sentía deseos de seguir el juego, solo quería abrazarla y sentirla suya en ese instante.  

Casi parecía vencida en su empeño cuando adoptó la actitud de niña desobediente que tanto le excitaba a él y que le hacían desear ponerla en sus rodillas y sintiendo como crecía en él un fuerte anhelo de azotarla la tomó con fuerza de las muñecas atrayéndola hacia él, provocando en ella una falsa resistencia mientras él la asía con más fuerza, sabiendo que solo era una forma de alargar el momento de dar comienzo a su juego.  

Sobre sus rodillas la tenía voluntariamente indefensa, era su spankee, la mujer con la que compartía un sueño y empezó a azotarla sobre las braguitas, buscando los lugares menos cubiertos por ellas, bajando con sus azotes hasta el lugar que marcaba el final de las nalgas, donde ella más se movía al recibir los azotes expresando verdadero disgusto y así, la nalgueó durante largo rato antes de bajarlas finalmente y observar el contraste entre el blanco que él retiraba y el rojo de las nalgas.  

Mientras subía la intensidad de los azotes, alternaba con caricias sobre la piel cada vez más caliente, buscando con sus dedos la humedad del sexo que él veía con absoluta libertad en esa postura, explorando con sus dedos y haciéndola debatirse nuevamente entre gemidos. Azotándola una y otra vez subiendo más y más la intensidad para sentirla tan suya que jamás hubiera imaginado sentir eso con una mujer en sus rodillas…  

La azotó sin descanso hasta que la escuchó llorar… apenas un sollozo al principio, creciendo en intensidad según él seguía azotándola con la palma de su mano que caía rítmicamente sobre las nalgas desnudas provocándole aquella sensación de bienestar tan intensa tras lo cual la incorporó para sentarla en sus rodillas, las mismas que un momento antes habían servido para deleitarse con ella en esa ceremonia tan íntima que ambos compartían hacía tiempo. Le secó las lágrimas, besó sus ojos, sus mejillas y luego sintió que debía decirle algo que había rondado su mente unos minutos antes: Cada vez me cuesta más azotarte sin motivos, estoy empezando a quererte demasiado”. 

Ella recuperó su altivez innata, le miró a los ojos y le dijo algo que si bien él sabía que no era más que una estrategia para mantener su deseo por azotarla, se le clavó de alguna forma en el centro de su pecho al escucharla decir: “¿Quieres un motivo? voy a darte uno solo… si tu no lo haces, habrá otro que lo haga”. Suficiente estímulo para actuar como lo hizo de inmediato, depositándola sobre la cama, justo encima de los almohadones y azotándola con el cinturón hasta que ella suplicó que parase empezando a arrepentirse de las palabras que acababa de pronunciar. Y ahora, él reposaba cansado sobre la cama, después de haberla poseído con furia y ella se envolvía en una toalla frente a él, con las nalgas aún rojas en las que las bandas que había dejado el cinturón se distinguían nítidas aún y les harían recordar durante toda la noche que ambos eran lo que eran y eso, nunca podían olvidarlo. 

La primera noche

Autor: CARS 

Aquel sonido comenzó a llenar la pequeña habitación en penumbras, iluminada única y escasamente por la luz blanquecina de una luna que reinaba con absoluta plenitud. Primero el sonido fue intermitente, tímido en su comienzo pero que fue adquiriendo una mayor vigorosidad conforme transcurrían los minutos, hasta adquirir un ritmo constante, que cesó de una forma tan espontánea como había comenzado, dejando paso únicamente a la respiración agitada de dos seres que a su manera encontraron todo lo que la vida siempre les hizo sospechar que necesitaban, pero que nunca antes habían encontrado.          

Ella miró a su compañero, pero al hacerlo descubrió a alguien distinto, tanto como ella misma. Acarició su cuerpo sudoroso, pasó sus manos por su espalda hasta su nuca en una larga caricia. Después bajó una de ellas lentamente por la espalda, mientras que la otra se encontraba con la de él, sus dedos juguetearon hasta quedar entrelazados. Ambos permanecieron en silencio, temiendo quizás que al pronunciar una palabra aquel momento se esfumaría con ellas.           La mujer se recostó en el respaldo de la cama, y de una forma instintiva regresó con su mente a un pasado tan cercano pero que le parecía un abismo: regresó a ese instante de la noche en el que al fin se encontraría consigo misma, con esa mujer que siempre sospechó ser y que nunca se había atrevido a descubrir.          

La noche había comenzado con una cena romántica, y al decir verdad, había superado todas las expectativas, teniendo en cuenta que esa noche había visto por primera vez a su acompañante. Una leve sonrisa afloró a sus labios al rememorar los primeros pensamientos que le vinieron a la mente cuando lo vio. Él era un poco, -no mucho- más joven que ella, y eso le hizo albergar aún mayores reservas. Pero después de los postres, y cuando arropados por la suave melodía de la orquesta se decidieron a bailar, ella supo que no se había equivocado con la cita. Algo en su interior le decía que la noche iba a prolongarse mucho más.          

Después, una vez en la habitación, todo se había precipitado. Un relajante baño para dos, unas copas de champán y  un primer beso apasionado fue el preludio de unos momentos de pasión en los que ambos recorrieron sus cuerpos, y se entregaron en un abrazo tan intenso como cálido.          

Tras haberse amado, no como en las películas ni novelas rosa, sino como los mortales imperfectos que eran, con las limitaciones que da la realidad, ambos quedaron exhaustos. Sudorosos y felices. Ella se incorporó para sentarse en la cama, mientras que él permaneció tumbado entre sus piernas boca abajo y con la cara en sus muslos, que comenzó a besar de vez en cuando mientras que ella encendía un cigarrillo.          

Pasaron los minutos y ella con la última calada le sonrió; él se incorporó un poco hasta que sus labios se unieron en un beso, después recostó su cabeza en los senos de aquella mujer a la que había comenzado a amar. Ella por su parte le acarició la cabeza. Sus movimientos eran lentos, como lentos eran también sus pensamientos. Sus manos recorrieron aquel cuerpo que latía junto al suyo. Subieron y bajaron por su espalda hasta que su mano izquierda permaneció inmóvil sobre sus nalgas, mientras que sus pensamientos también se detuvieron en algún lugar escondido de su mente. Respiró hondo mientras que su mano derecha acariciaba su cabeza, y sentía la respiración de aquel hombre en su pecho.           Aun ahora es difícil para ella tomar conciencia de aquel acto, ya que parecía que su cuerpo, - o al menos parte de él – había decidido actuar por su cuenta, movido por algún mecanismo oculto de su mente. Lo que realmente importa es que durante unos segundos sintió amplificadas sus sensaciones, la piel bajo su mano, la firmeza de los glúteos que tocaba, y aquel extraño picor. ¿Fue el picor, o el sonido? Para ella fue como despertar, su mano se alzó y cayó pesada sobre las nalgas. Después el silencio, ambos permanecieron inmóviles, hasta que nuevamente aquel chasquido llenó toda la estancia. Tras unos segundos en los que ella le miró y en los que él no hizo más que besar el seno sobre el que descansaba su mejilla, llegaron más y más palmadas. Al principio eran suaves, pausadas y podría decirse que hasta cargadas de una gran timidez, pero con el transcurrir de los minutos, el flujo de azotes se hizo constante, rítmico y paulatinamente más y más enérgico.         

Durante unos minutos que ninguno de los dos eran capaces de precisar, aquel movimiento se hizo dueño de todo. El sonido de los azotes eclipsó el latir agitado de sus corazones, y después el silencio. Tan violento como el ruido. Ella dejó su mano sobre el trasero castigado, y comenzó a sentir el calor que emanaba de la piel, que pese a no distinguirla por la oscuridad la sabía enrojecida.          

Su mente voló a comienzo de todo, mientras que con su mano derecha acarició a su amante, quien comenzó a besar aquellos senos con pasión, mordisqueando los pezones, sintiendo la calidez de aquel pecho que latía junto a él, y notando cómo el calor que emanaba de sus nalgas inflamaban su sexo de una forma que nunca antes lo había hecho. En ese instante su piel se volvió mucho más sensible, y el peso y tacto de la mano de aquella mujer que le abrazaba se volvieron todo su universo.          

Alzó la vista, ella le sonrió y después se besaron. Ella mordisqueo el labio inferior de él, de una forma delicada y sensual, después con suavidad hizo que recostara su cabeza de nuevo en su pecho, alzó su mano nuevamente dejándola caer con fuerza sobre el castigado trasero. Esta vez fue distinto: ella era totalmente conciente de lo que sucedía, y fue administrando más y más severidad a su movimiento. Comenzó a cambiar el ritmo de los azotes, primero una docena en una nalga, después en la otra. Unas series eran rápidas y otras en cambio lentas y pesadas. Alternaba los azotes con las caricias. En otras ocasiones administró azotes sumamente enérgicos en cada nalga hasta completar una serie de veinte.          

Él, por el contrario, permanecía inmóvil, suspirando y arqueando la espalda, reaccionado a los cambios que ella iba imponiendo. Unas veces dejaba suaves besos, y otras cerraba los ojos y se concentraba para no emitir ningún quejido. Su cuerpo iba cambiando y su excitación fue en aumento hasta el extremo en el que estuvo apunto de eyacular debido a la fricción de su miembro contra el muslo de ella.          

Al fin los azotes se detuvieron en el momento preciso para evitarlo, y ambos permanecieron en silencio, abrazados. Las sensaciones iban cambiando y el dolor que sentía en su trasero junto con la excitación que aquella azotaina le había producido, le elevó hasta un lugar en el que siempre quiso estar, pero que nunca había querido reconocer. Ella a su vez, se llenó de una extraña euforia, la erección de aquel hombre que se entregaba a sus caprichos la llenaban de una gran satisfacción. Era como ir desenvolviendo un hermoso paquete, que siempre quisiste abrir, pero que sin embargo mantuviste perfectamente envuelto, por un extraño temor, que pese a desear su contenido, una vez abierto te desilusionará estrepitosamente. Hoy, con cada uno de sus actos se iba despojando de todo el envoltorio, y se mostraba a sí misma como deseaba.          

En ese instante aquellas dos personas estaban tan cerca en mente y alma, que por unos instantes nada a su alrededor existía. Sólo ellos en una pequeña habitación de hotel. Se volvieron a besar, se acariciaron y se sintieron. Ella le miró a los ojos. Se volvieron a besar. – ¡Quiero más!- le susurró ella al oído. Él la beso y asintió. Su entrega era total, y sabía que ella no le dañaría. Pese a no conocerla más que de esa noche, -aunque habían mantenido una larga relación por e-mail.- estaba dispuesto a depositar en aquella mujer toda su confianza.          

Ella se movió, haciendo que él abandonará aquella posición. La mujer se sentó en el borde de la cama, y condujo a su amante en la oscuridad hasta que estuvo de pie a su lado. En ese instante, le acaricio su sexo, sus piernas y su pecho, mientras que él metía sus dedos entre su cabellera. Ella besó su vientre, - Gracias por confiar en mí y por entregarte como lo haces- Le susurró entre besos. – Ven.- y con suavidad le condujo hasta que lo hizo reclinarse en su  regazo. Acarició su  espalda y espero a que se relajara; pasó sus manos por las nalgas que aun conservaban el calor de los azotes anteriores. Pasó una pierna por encima de las de él, y entonces comenzó de nuevo a golpear aquel trasero que esperaba el castigo. Su mano cayó una y otra vez con fuerza, ya que esta vez le golpeaba con gran severidad. El hombre se movía y retorcía intentando evitar aquel castigo, tan doloroso como excitante. Sus movimientos eran tan bruscos que estuvo apunto de caerse de aquel regazo en más de una ocasión.                    

-¿Estás bien? –Preguntó ella mientras acariciaba aquellas nalgas enrojecidas y calientes. El asintió.- Si quieres solo tienes que decir la palabra mágica. -No. –Susurró él mientras que llevaba una mano atrás y comenzaba a frotarse el trasero. -Entonces sé bueno y no te muevas tanto, porque sino te caerás y tendré que castigarte de veras.         

Él giro la cabeza para verla y sonrió abiertamente, ella por el contrario parecía seria, aunque le guiñó un ojo. Él le enseño la lengua en un acto jovial. -¿Qué has hecho? ¿Me has enseñado la lengua? -No. -¿No? te crees que no te he visto.  -Le regaño ella en medio de una amplia sonrisa mientras que comenzaba a hacerle cosquillas en los costados.-  Ambos estallaron en una prolongada risa, que como era de esperar acabó con él cayéndose de su regazo al suelo, y provocando que ella también acabara junto a él al intentar evitarlo. Los dos rodaron medio abrazados, y él comenzó a besarla. Estaba encima de ella, y entre risas y risas comenzaron a besarse. Tras unos minutos el rodó hasta quedar de espaldas junto a ella, sus manos se volvieron a unir, y tras mirarse las risas se reanudaron.          

-¿Te parece bonito lo que has hecho? –Le recriminó ella tras quedarse sería. Él se acercó para besarla.- Tus besos no te librarán. Te has caído y encima me has tirado a mí.          

Él intentó protestar, pero ella se lo impidió besándole en los labios.  –Levántate y enciende la luz.- Sus instrucciones no dejaban lugar para la protesta. El se incorporó y en pocos segundos la luz de una gran lámpara que pendía del techo inundó toda la estancia. Ella miro a su compañero de pie en medio de sus piernas, con los brazos en jarra y una amplia sonrisa. Ella le sonrió mientras prestaba atención la erección que pese al castigo, -o debería decir “gracia”- mostraba. Ella estiro los brazos y él le sujeto de las manos mientras tiraba de ella. En pocos segundos la estaba abrazando y besando tiernamente.          

Ella retrocedió hasta el borde de la cama, y después se dejó caer. Le dió la vuelta a su amante y por primera vez pudo contemplar su obra. El calor que había sentido al tocar las nalgas, descubrían ante unos ojos llenos de expectación, un color rojo intenso. Toda la superficie estaba colorada, y en algunos lugares tenía pequeñas manchas rojas mas intensas. Ella beso con delicadeza aquella carne dolorida, y sintió el calor en sus labios. La excitación aumento no solo en su sexo, sino en su mente. Estaba extasiada con aquella visión, con su tacto y sobre todo por saberse ella responsable. Se sintió agradecida de que él se entregará a ella.          

Ambos se miraron. Él le volvió a sugerir que usara la palabra de seguridad, pero él solo dejo ver una amplia sonrisa y nuevamente la lengua apareció en un acto tan jovial como infantil. Los ojos de la mujer adquirieron un brillo especial. Tiró de él hasta que estuvo de nuevo sobre su regazo. Pasó la pierna sobre las suyas para inmovilizarlo más. Esperó. Esperó hasta que él se relajó. La mano derecha acariciaba su espalda y sus nalgas. Entonces se inclinó hacia delante y estiró la mano hasta alcanzar un cepillo de madera que usaba para peinarse. Después mientras que le recriminaba su acción al sacarle la lengua y tirarla al suelo, comenzó a azotarlo metódicamente.          

La madera provocaba un sonido más opaco que su mano, y las sensaciones que él recibía en cada azote también eran muy distintas, y más porque ella lo hacía de forma lenta y enérgica, dejando el suficiente tiempo entre azotes para que él pudiera sentirlo. Tras lagos minutos, aquellas nalgas habían adquirido un color más intenso. Y las lágrimas pugnaban por aflorar en sus ojos. Algo en su interior le impulsó a pronunciar la palabra que detendría el juego en el acto, pero la enorme erección que tenía, y las oleadas de sensaciones encontradas que estaba recibiendo la ahogaron antes de que las pronunciaran. Ella llevaba un rato acariciándole. Le giró la cabeza para mirar a aquel hombre que  estaba apunto de doblegarse, pero que aun se resistía. –¿Ves lo que le pasa a los chicos que sacan la lengua?- Le susurró. -¿Estás arrepentido?- Le preguntó con una sonrisa. El asintió. –Si es así, ¿por qué no me has pedido perdón, y porque no veo lágrimas? No me pareces arrepentido.          

Estaban jugando, y ambos querían saber si podían ir un poco más allá. No sabían lo que el otro esperaba, pero se sentían en tan plena conexión, que ninguno quería abandonar. Quizás por eso a pesar del dolor que sentía en su trasero, sacó la lengua una vez más, a la vez que sonreía.   –Hoy llorarás mi amor.- le susurró mientras le dedicaba una amplia sonrisa. Después se inclinó palpando el suelo con la mano hasta dar con lo que buscaba. Le miró durante un instante mientras levantaba la mano armada con una zapatilla de tela con la suela de goma negra muy flexible. El primer azote le hizo saltar literalmente sobre el regazo de ella. Intentó cubrirse con la mano.          

Ella le sujetó la mano a su espalda, y le acercó la zapatilla  a la cara. -¿La ves amor? Esta hará que entres en razón.- Él la contemplo durante unos instantes. Era beige con pequeñas franjas burdeos. La suela estaba gastada, pero no por ello picaba menos. Intentó decir algo, pero ella no le dio tiempo, comenzó una azotaina severa. Las nalgas saltaban de un lado para otro con cada azote. La severidad con la que le azotaba hizo que antes de la docena de azotes, él comenzará a sollozar y a pedir clemencia. Ella se detuvo y dejando la zapatilla sobre su espalda comenzó un suave masaje en las nalgas. Cualquiera hubiera perdido la ercción, pero él estaba en una nube de excitación. Las lágrimas constituían una enorme liberación, de años de espera, de ansias ocultas tan profundamente que estuvieron a punto de desvanecerse. Estaba recibiendo un castigo muy severo, pero también una liberación mucho más elevada que el dolor. Por eso cuando los azotes se reanudaron, dejó de resistirse, su cuerpo se relajó y el lloró a gusto mientras que la zapatilla golpeaba una y otra ves su ya enrojecido trasero.          

Ella se detuvo. Dejo caer al suelo la zapatilla, y cogió un bote con crema hidratante que solía usar para las manos. Con suavidad comenzó a extenderla por las nalgas de aquel hombre que lloraba como un niño en su regazo. Pronto el llanto se volvió suspiro, y tras unos reconfortantes minutos, ambos estaban abrazados en la cama, besándose en cada centímetro de su piel.                            

-Cris.- Susurró.                          

-Dime...                           

-Te quiero muchísimo....     

Cristina se le iluminó el rostro con una amplia sonrisa. Él la besó y ambos se susurraron cientos de palabras mientras sus manos pugnaban por recorrer el cuerpo del otro. Se amaron durante largo rato, después quedaron exhaustos, sudorosos pero felices de haberse conocido primero en una sala de chat, y después en aquella inolvidable noche. El yacía boca abajo, cruzado en la cama. Ella recostó su cabeza en la espalda y posó suavemente una mano sobre aquellas nalgas sumamente doloridas.          

Así les sobrevino el sueño. Ella sintiendo el calor de aquel trasero en su mano, y él la paz que había buscado durante años, sin saber donde hallarla. Hoy ambos se habían completado, formaban un todo sabiéndose poseedores de lo que el otro anhelaba. Así, juntos, soñaban con el mundo que acababan de describir, y deseando las experiencias que le deparaba aquel descubrimiento. Ambos estaban a las puertas de sus deseos y secretos, en aquella primera noche en la que todo su mundo se volvía a reescribir. 

- FIN -

El Instituto de Reinserción

Autor: Mkaoss

Cuando opté por este trabajo, no pensé que iba a influir tanto en mi lo que en aquella Institución sucedía, y si bien tardé tiempo en asimilarlo, hoy puedo contarlo sin vergüenza; incluso podría decir que me siento satisfecho con lo éxitos que conseguí en cambiar la conducta de algunas de aquellas muchachas. Yo había estudiado Pedagogía y me había especializado en Educación Especial, orientándome por casos conflictivos de desarraigo e inadaptación social y familiar. Por eso, cuando leí en el periódico que solicitaban una plaza de pedagogo en el Instituto de Reinserción, me ilusioné con la idea de poner en práctica mis conocimientos e ilusiones.El Instituto estaba alejado del pueblo más cercano a  15 Kms, y se encontraba en lo alto de una colina. Se trataba de un  viejo caserón en el que residían más de 60 chicas de 14 a 18 años, que habían sido ingresadas por orden judicial, debido a su mal comportamiento social, y cuyos delitos se limitaban a hurtos y robos, violencia y disturbios callejeros. Se trataba pues, de jóvenes inadaptadas, desobedientes y carentes de la autoridad y del cariño que deberían haber tenido. La organización del Instituto era casi militar, y el grupo total de chicas formaba, caminaba y se comunicaba de forma marcial, solicitando permiso para todo, pues prácticamente no había ninguna actividad voluntaria que pudieran hacer o solicitar. Debían adaptarse a las estrictas normas existentes o de lo contrario eran castigadas con severidad, de forma ejemplar, tal y como me dijeron al entrar, y pude comprobar a los pocos días.Pese a los castigos ejemplares que se aplicaban, seguían cometiéndose trasgresiones graves de las normas, por lo que el sistema punitivo no parecía tener grandes resultados, entre otras cosas, porque se solían aplicar de forma colectiva, esto es, no sólo era castigada la presunta culpable, sino también las compañeras que la ayudaron, las que sabiéndolo no lo impidieron y las que viéndolo no hicieron nada por evitarlo. O sea, se castigaba a TODAS. Por tal motivo, era frecuente que por la misma falta fueran castigadas cuatro o cinco chicas a la vez, o todo el grupo de habitación, compuesto por ocho jóvenes. Los castigos se llevaban a cabo en la Sala de Enmienda, que era una sala grande de reunión de profesores. Cuando llegaba el día del castigo, si este era colectivo, se acondicionaba la sala de modo que quedara un espacio diáfano para colocar los seis o diez potros, que eran unas mesas preparadas para que la alumna se tumbara en ellas, teniendo unos arneses a ambos lados de las cuatro patas, a las que se las ataba, una vez que se habían desnudado totalmente, de pies a cabeza.Las castigadas eran atadas fuertemente de pies y manos, a ambos lados de la mesa, a través de unas correas especiales, y en la mesa, que estaba acolchada, existía una banda ancha que sujetaba la espalda de la interesada. De esa forma la chica quedaba totalmente inmovilizada, doblada por su cintura, perfectamente expuesta para el castigo de sus nalgas y muslos. El castigo se las aplicaba nada más serles leída la acusación por el Director del Centro, sin que pudieran objetar la mínima queja  o descargo en su defensa. Las chicas con ojos espantados, sucumbían a la fuerza de los profesores, ya que la mínima resistencia hubiera acrecentado el castigo. Una vez colocadas y atadas a las mesas correspondientes, cada profesor encargado del castigo, elegía una vara a  conveniencia y criterio de él mismo, que estaba en función del trasero  azotar y de la simpatía o no hacia la alumna en cuestión, aunque a decir verdad, y por la forma de ejecutar el castigo, no creo que sintieran el mínimo aprecio por ninguna de ellas, excepto para provocarlas el máximo dolor con los varazos. A la voz del Director  “Que empiece el castigo”, los profesores encargados se dedicaban a descargar con toda su fuerza, la vara sobre las nalgas de las alumnas, de tal forma que se entremezclaban los ruidos silbantes de las varas con los gritos y lamentos de las chicas. El número de varazos dependía de la falta cometida pero yo nunca conté menos de seis golpes y muchas veces perdía la cuenta cuando sobrepasaban los treinta. Me resultaba tan ensordecedor los lamentos y los golpes propinados, que prefería enajenarme y pensar en otra cosa. Al terminar el castigo, los profesores abandonaban la sala dejando a las chicas todavía atadas que seguían quejándose de verdadero dolor y picazón. Al cabo de unos minutos, volvían a entrar en la sala, ya más calmadas las alumnas, y se dedicaban a contemplar los efectos de la vara en cada una de ellas, admirando las marcas dejadas sobre las pobres nalgas de las muchachas que presentaban prominentes verdugones, y se elogiaban, los unos a los a otros, por el buen trabajo realizado. Cuando les parecía bien, liberaban a las chicas de sus correas, recogían su ropa y salían corriendo, desconsoladamente, hacia sus habitaciones donde eran consoladas por el resto de sus compañeras que quedaban aterrorizadas por los efectos terribles del castigo. Como había comentado antes, los castigos se aplicaban de forma colectiva, al grupo, haciendo culpables a todas y cada una de las que lo formaban, por lo que de ejemplar, a mi modo de ver, tenía poco, puesto que si de todas formas ibas a terminar siendo castigada, fueras o no culpable, mejor sería, al menos, participar en la fechoría, puesto que así se ganaba en prestigio en el grupo, y era una forma de vengarse de las compañeras que motivaron mi anterior inmerecido castigo . Las chicas vivían esa injusticia de forma íntima y secreta, alimentando el odio y el rencor de ser consideradas todas iguales, para ser castigadas. Como su permanencia era limitada, sabían que a los 18 años saldrían de aquél infierno del que, por desgracia, estaban aprendiendo poco.Yo daba clase de Convivencia y realizaba talleres de grupo, por lo que se podrá intuir que en aquellas condiciones era difícil de trabajar, puesto que nunca había sido grupo y los miembros del grupo se odiaban a muerte por haber pagado deudas que no las correspondían. Desde el principio sintonicé bien con las chicas, y me estudié cada uno de sus historiales personales para mantener, más tarde, entrevistas con cada una de ellas. Eso me llevó mucho tiempo y mucho desgaste emocional, pero si tuviera que hacerlo de nuevo, lo haría hasta con mayor dedicación. Supe, entonces de sus problemas con la justicia, del tipo de familia que tenían, de las enfermedades que habían pasado, de las cicatrices tanto físicas como psíquicas que la vida te va dejando aun en esa edad, de sus ilusiones, de sus complejos, de sus abandonos, de sus iras, y sobretodo supe de su corazón y de su sentimiento,  al sentirse atrapadas en un mundo absurdo, en el que cualquier comentario era sádicamente silenciado en la Sala de Enmienda. Si soy sincero, me costó muchísimo al principio mantener la disciplina, si bien con el tiempo fueron entendiendo que para ser oído no hace falta gritar y si el que escucha necesita de los gritos, es porque no merece la pena hablar con él. Esto me valió varias advertencias del Director sobre mi contrato, no porque él estuviera descontento conmigo, sino por que el resto de profesores veían cómo peligraba su equilibrio docente y autoritario, ya que, curiosamente, mis clases se volvían cada vez más disciplinadas, sin que hubiera incidente alguno. Además las alumnas estaban adquiriendo una serie de hábitos que las reportaba rendimientos escolares muy satisfactorios, que fueron valorados muy positivamente por la auditoria que realizó la Fiscalía. A decir verdad, no es que fuera menos severo que el resto de profesores, pues aplicaba la misma disciplina que los demás, pero creo que lo hacía de una forma bien distinta. Desde luego, tuve la suerte de no participar en esos castigos terribles infligidos con la vara, ya que el Director siempre pedía voluntarios para realizarlos, y siempre había quien se ofrecía voluntariamente para liberar su ira y frustración en las nalgas de las alumnas castigadas. Mis métodos eran diferentes a los allí utilizados, y a pesar que también eran castigos corporales, en nada tenían que ver con la costumbre institucionalizada. En primer lugar, me cercioraba muy mucho de castigar únicamente a la culpables o culpables. Para nada hacía pagar culpas ajenas, que lejos de ser ejemplar, viene a perpetuar la injusticia universal desde la creación. El cómo sabía quien era la culpable, es algo que no rebelaré, pero sí diré que ninguna de mis alumnas me tachó de injusto, sino más bien de justiciero. Una vez conseguida la confesión por la interfecta, la obligaba a contar al resto de la clase cuál había sido su plan, las motivaciones para hacerlo, y los objetivos y beneficios que quería obtener de ello.  Establecía un diálogo abierto entre todas a fin que dijeran su parecer sobre los hechos, y aunque pocas se atrevían a condenarlo abiertamente, gozaban profundamente al saber que, en esta ocasión, solamente pagaría la culpable. Eso reforzaba su personalidad para decidir cuando participar o no en las travesuras, que seguían realizando, evidentemente, y las ayudaba a actuar sin coacciones por parte de la líder de turno que veía así cómo disminuía su dominio, aumentando el riesgo de ser castigada únicamente ella. Preguntaba por último a la interesada si quería decir algo a sus compañeras, a las que había puesto en apuros por su capricho, si quería pedir perdón y si creía merecer el castigo que la iba a aplicar. Terminada la sesión, comunicaba a la culpable la decisión final de castigarla, informándola que podía elegir de testigo a una compañera , a la vez que yo mismo, elegía a otra, habitualmente que no fuera demasiado amiga de ella. Con las mismas nos íbamos a la Sala de Enmienda, en donde colocaba una silla en la que me sentaba, pidiendo a la culpable se tumbara  bocabajo en mis rodillas. De inmediato la levantaba las faldas y empezaba a azotarla con la mano, aplicando toda la fuerza que podía, tratando de producir el mayor ruido posible. Paulatinamente, la alumna iba sintiendo el efecto de mis azotes, empezaba a patalear y a querer protegerse el trasero con la mano, por lo que la atrapaba las manos y se las ponía en la espalda, momento en el cual procedía a bajarla las bragas, y continuaba con las palmadas en el culo hasta ponérselo bien rojo y caliente. Si la falta había sido grave, solía coger una suela de cuero duro pero flexible, con la que le daba unos cuantos azotes, hasta que rompía llorar, pidiendo perdón y haciendo promesas de no volver a cometer la locura o desobediencia. A veces, con eso me bastaba para creerme su arrepentimiento y quedar saldada la falta, pero otras la comunicaba mis razonables dudas de no decir la verdad, por lo que levantando una de mis rodillas y forzándola un poco las manos, la inclinaba más todavía hacia el suelo, haciendo más prominente el trasero, sobre el que volvía a aplicar duramente mi mano hasta que mis dedos quedaban marcados en sus nalgas, momento a partir del cual paraba y procedía a recordarla lo mal que se había portado, lo mucho que se había merecido esos azotes y mis deseos que recapacitara para ocasiones futuras, advirtiéndola que volvería a mis rodillas tantas veces cometiera la falta. Una vez tranquilizada, la ayudaba a ponerse en pie y la abrazaba diciéndola que lejos de significar una afrenta, tenía que asimilar el castigo como la factura que pasa la vida ante las malas acciones que solemos hacer, desde ser ilógicamente rebeldes, no cumplir nuestras obligaciones o mentir para salvarnos del castigo merecido. Eso no significa que no puedas ser tu misma, que no puedas hacer bromas y travesuras, que no puedas decir tu parecer, pero siempre sabiendo que eres dueña y responsable de tus actos.La alumna castigada quedaba mirándome con los ojos vidriosos, y a una caricia mía en su mejilla, solía responderme con una tímida sonrisa de complacencia, que yo contestaba con un “Anda, vete, y pórtate bien….”, momento en que sus compañeras, que habían presenciado gustosamente la azotaina, la ayudaban a recoger sus cosas y la acompañaban entre risitas a su dormitorio donde permanecían por un buen rato. Habíamos trabajado el acto del arrepentimiento para la rectificación de los errores, a fin de conseguir la satisfacción personal por el objetivo logrado, a través de la liberación de la culpa, y quedé gratamente sorprendido por los resultados. Las chicas iban entendiendo que por encima de la sala de Enmienda, los caprichos de los profesores y las normas absurdamente estrictas, debía de existir una organización social, grupal y personal de la que nadie puede o debería eludir, y que la única forma de llevar a cabo nuestros deseos, es a través de una autodisciplina de la que estaban aprendiendo para cuando, ya fuera de la Institución, no existiera nadie para recordársela. Es cierto que hubo muchas que no quisieron atender a estas enseñanzas, y cayeron directamente en las redes de la delincuencia, el fracaso y la miseria social y personal, no sabiendo atender su vida como personas de la forma debida. Las más, fueron paulatinamente integrándose en la malla social del ambiente en el que vivieron, y creo que soportaron valientemente la existencia. Durante doce años fui profesor de dicho Instituto, y cuando me fui, sentí que una parte de mí quedaba en aquellas clases, en aquella Sala de Enmienda, en la que había impartido mis enseñanzas y mi disciplina, pero no me importó lo más mínimo, porque me llevaba el recuerdo de cada una de mis alumnas a las que azoté con el cariño y el deseo que consiguieran sentirse libres y responsables de sus actos.

Historia: lavar los platos

Autor: Rex Mauro 

Ella sabía que debía lavar los platos, pero no tenía ganas de nada, simplemente era más fácil tenderse en la cama a ver televisión, hora tras hora, sin ninguna presión y sin ninguna emoción, en el más absoluto aburrimiento. Al fin, llegó su marido, la saludó con un beso, fue a dejar sus cosas y se sentó en la mesa, diciendo, "sírveme comida". Ella, un poco temerosa, le contestó: "no hice comida" y al decirlo, con sólo mirar la expresión de su marido, pudo sentir mariposas en su estómago y en medio de sus piernas, una sensación sólo comparable a sentir un brusco e inesperado descenso en un bache en un avión, o una brusca desaceleración en una montaña rusa. Entonces él, con furia, se puso de pié, fue a dónde ella estaba, y acercándose casi al punto de estrellar su cuerpo con el de ella, le gritó en forma insultante, arrojando algo de saliva a su cara: "¡qué diablos significa esto!, ¡trabajo todo el día y tu no eres capaz de hacer una simple cosa!". Ella al escuchar esto sintió que sus piernas temblaban, sus rodillas se flexionaban un poco involuntariamente, su sangre se helaba, su corazón latía a mil por hora haciéndola sentirse algo mareada, al tiempo que algo ocurría en su bajo vientre, algo que no podía evitar, por cuanto sentía que tendría que pagar su falta con dolor y humillación, una humillación que no respetaría su condición de mujer... era muy claro que iba a ser vejada, golpeada, desnudada, insultada, obligada a pedir disculpas y finalmente violada por su propio marido.


En el intertanto, su marido fue a la cocina, y con gran sorpresa encontró una enorme pila de platos, amontonados en completo desorden, llenos de grasa y aceite. "Esto ya basta!" gritó, la tomó de un brazo, la empujó a la cocina, tomó una cuchara de palo, le bajó el pantalón de buzo que ella llevaba, y comenzó a golpearla rabiosamente en sus nalgas. Ella suplicó que parara, comenzó a sentir mucho miedo, a desesperarse, trató inútilmente de detenerlo, pero él era muchísimo más fuerte. El dolor no cesaba... al final las lágrimas brotaron, entonces el castigo paró, y ella quedó de rodillas en el piso de la cocina con la cara llena de lágrimas, sus piernas y nalgas desnudas, y su buzo y sus calzones ridículamente a la altura de las rodillas. Entonces él la arrastró de un brazo al living, mientras ella ridículamente trataba de caminar sin poderlo hacer porque el buzo a la altura de sus tobillos se lo impedía. Debió resignarse a ser arrastrada por el piso, sintiendo una gran impotencia de no poder pararse y caminar, lo cual era en extremo humillante. Fue arrojada sobre una alfombra llena de finos cojines, a los pies de un sofá, boca abajo, dejando expuestas sus bellas y castigadas nalgas. Mientras sollozaba y respiraba dificultosamente sobre los almohadones, y mientras acariciaba con una mano su castigado trasero, moviéndose boca abajo sobre los almohadones, comenzó a sentir un gran alivio de que hubiese terminado el castigo, alivio reforzado por el roce de las suaves telas de los almohadones sobre su piel, sus suaves muslos, su entre piernas. Estaba así boca abajo, sollozando, moviéndose lentamente, para calmar el dolor, cuando vió que arriba su marido se estaba sacando el cinturón, con la cara llena de satisfacción sádica, y le decía "ahora vas a ver quien manda y qué te pasará si me desobedeces" .


Era demasiado, nuevamente sintió ese latir de su corazón que la dejaba mareada, ese congelársele la sangre, aunque ahora comenzó a desearlo, a desear que él la tocara, la castigara, la golpeara, la manoseara, la penetrara. Sus entrañas comenzaron a mojarse copiosamente en complicidad, esperando el castigo, para sufrir cada segundo de él, para experimentarlo, para gozarlo, para entregarse por completo a lo que fuese que él quisiese hacerle.


Él comenzó a azotarla con el cinturón, mientras ella respondía moviendo sus piernas, y meciendo sus caderas, contrayendo su pelvis sobre los almohadones, como si deseara que los almohadones la penetraran luego de cada golpe, en un movimiento que comenzaba a ser demasiado sensual para su castigador. Sensual eran también sus gemidos, como los de una mujer excitada que está en proceso de alcanzar un orgasmo. Golpe tras golpe, minuto tras minuto, dolor sobre más dolor, continuó el castigo. Súbitamente, la tomó de un brazo levantándola. Ella casi desfallecía, estaba como en trance, adolorida, humillada, avergonzada, desnuda, excitada... muy mojada. La dejó sobre el lavaplatos, y le ordenó "¡ahora floja de porquería, lava esos platos!". Ella, que no reaccionaba, cometió el error de no reaccionar lo suficientemente rápido. Error imperdonable, pues él tomó una finísima ramita de árbol, verde y muy flexible, y aplicó unos certeros golpes sobre sus nalgas. Eso la hizo despertar, al tiempo que casi la hace alcanzar un orgasmo. Comenzó a lavar los platos mientras apenas podía soportar el deseo de ser penetrada, de ser amada... en ese preciso minuto. Estaba muy angustiada, pero sabía que había un sólo camino... hacer la voluntad de él, porque no importaba lo que ella pensara o tratara de hacer, al final él haría su voluntad, y a ella le correspondía solamente obedecerlo, seguirlo, satisfacerlo, complacerlo, entregarse a él por completo. Minuto tras minuto, la angustia de desear ser penetrada continuó, mientras él manoseaba sus nalgas esparciendo crema para aliviarla, a lo que luego continuaba con nuevos y dolorosos varillazos. Finalmente, cuando los platos ya estaban todos limpies, bajó su cierre, extrajo su pene y preguntó, mientras colocaba el glande sobre las nalgas de ella: "Quién es el que manda aquí", a lo que ella respondió "Usted". Él la penetró analmente y ambos acabaron en un orgasmo mientras ella era empujada una y otra vez contra el lavaplatos.

FIN

Mi Nueva Familia

Autor: Fer 

Nunca hubiese creído encontrarme habiendo formado una nueva familia y siendo tan feliz. Si me lo hubiesen dicho que la armonía entre mis fantasías más oscuras y una perfecta vida burguesa se iba a establecer en estos años de mi vida, hubiese contestado que me estaban hablando de otra persona.

Cuando bordeaba la cincuentena, mi matrimonio de toda la vida con Amalia acabó de hundirse. Ya venía haciendo aguas desde hace años, me atrevería a decir que desde hace lustros, nuestra interesante vida bohemia del comienzo se fue haciendo una densa rutina de reproche y rencores. La puntilla final la dieron ciertos problemas económicos derivados de mi decisión de trabajar menos horas, dejar de ser la locomotora financiera de esa relación y tratar de disfrutar un poco más del tiempo libre. Nuestra separación me causó mucha amargura y mucho dolor. Pese a que la pasión se quedó encallada en la década de los ochenta, el afecto era enorme y más de veinte años de vida en común pesan.

Después de un tiempo conocí, por motivos de trabajo a una mujer, Ana, que me devolvió el interés por relacionarme afectivamente con alguien. Solo me quedaban unos pocos amigos de toda la vida que no tomaron partido en la ruptura.

Ana fue entrando en mi vida muy suavemente, primero como amiga, luego como algo más, mientras yo iba saliendo de mi ensimismamiento. Realmente fue ella quien tomó la iniciativa un día que salimos juntos y depositó un casto beso en mis labios. Una cosa fue llevando a la otra y pese a la diferencia notable de edad de más de 15 años la relación pasó a ser algo más. Nos encontramos bien el uno con el otro y Ana me introdujo en su familia. Su madre, aunque muy mandona, una mujer inteligente y activa y su padre el típico buenazo. Ana es hija única, siendo su familia muy unida y pudiente económicamente. Ana está divorciada desde hace muchos años. Tiene dos hijas, Diana de 16 años y Mara de 14,

Fue pasando el tiempo y la relación se fue haciendo más y más cercana. Con Ana comencé a vivir una gran tranquilidad, solamente perturbada por las preocupaciones que ella sufría que tenían como fuente la conducta de sus hijas y las tonterías que hacía su ex marido. Sobre este último, Cristian, percibí de forma fría y casi de inmediato que es el típico niñato rico inmaduro y – en resumen – el perfecto cantamañanas.

Ana y yo decidimos, hará cosa de poco más de un año, ir a vivir juntos, por lo que me trasladé a su magnífico piso y pude alquilar el mío una vez se hubo marchado Amalia. Nos casamos hace exactamente 8 meses y medio.

Los primeros tiempos de convivencia fueron un poco complicados, nos tuvimos que ir adaptando el uno al otro y todo esto con Diana y Mara, dos adolescentes encantadoras pero muy desorientadas. Mimadas, indisciplinadas y siempre tanteando los límites de su madre y, por extensión, los míos.

Ana es una mujer con las ideas muy claras, una profesional independiente que no solo tiene un gran patrimonio inmobiliario y financiero sino que gracias a su impresionante Currículum Vitae se gana estupendamente la vida con su trabajo, una mujer con carácter, delgada, elegante, bien vestida con un incisivo toque de clase.

Al principio nuestra vida sexual no fue demasiado satisfactoria para mí. Ana, según me dijo tenía muy poca experiencia ya que, aparte de su marido – al cual dudo si incluir o no - sólo han pasado 3 hombres por su cama contándome a mí... Sólo conserva buenos recuerdos de un amante que luego del torpe de su marido supo rendirle los debidos tributos amorosos. Sin embargo Ana estaba muy contenta y muy feliz en este aspecto conmigo, no soy el autor del kamasutra pero me gusta hacer disfrutar a una mujer y me las apaño bien para hacer feliz a mi compañera de cama si me lo propongo.

Yo estaba acostumbrado a mantenerme en lo más profundo y oscuro del armario spanko en mi anterior matrimonio, ya que Amalia era feminista primitiva y el spanking lo podía interpretar, claro está, como una humillación de la mujer frente al varón dominante, etc., etc. y no osé exhibir mis fantasías y anhelos como spanker. Esta actividad solo se había limitado a alguna experiencia esporádica con alguna amante ocasional y en los últimos años al bendito mundo Internet.

En todo caso Ana me aseguraba desde un principio ser muy feliz a mi lado en todos los sentidos.

El problema que nos atenazaba era el comportamiento de las llamadas “niñas” que ya no eran tales. Dos adolescentes muy diferentes entre ellas pero con el denominador común de un padre bastante lelo y todas las tonterías de las chicas ricas de colegio elitista.

Diana es delgada, menuda, morena un tanto anoréxica, reservada, muy secundaria en sus reacciones, ávida lectora, muy técnica para hacer todas sus cosas y con unos hermosos ojos negros misteriosos. Viste como una top model. Es capaz de desplegar frialdad, cinismo y toda la indiferencia que haga falta. Mara en cambio, parece mayor que Diana, es rubia, alta, llena de curvas, extrovertida, deportista, sonriente, desordenada, diabólicamente seductora y muy encantadora.

Estas chicas han crecido en la teoría y práctica de la explotación de la situación de divorcio de los padres sin un límite, salvo algún esporádico bufido de Ana. Yo creo que desde un principio les caí bien a ambas, sin hacer gran cosa para ello pero procurando no hacer nada para caerles mal.

Muy rápidamente en mi nueva familia se fueron estableciendo nuevos equilibrios. Podemos decir que se produjo una reasignación de los papeles de cada uno. Ana aseguraba el altísimo nivel económico y social en el que nos movíamos, yo aportaba la figura del hombre adulto y experto y las chicas estaban a la expectativa. Esta expectativa era muy activa pues en todo momento tanteaban los límites de tolerancia de la nueva pareja, hasta que un día llamaron del colegio que se había montado un tremendo enredo en el cual ambas habían sido sorprendidas fumando porros con otros chicos, con lo que uno de ellos, noviete de Diana, resultó expulsado del colegio por haber traído el hashich. Cuando Ana se enteró se puso como una furia y las castigó sin ir a esquiar dos fines de semana en plena temporada, si bien el castigo les resbaló como tal, ese medio mes fue una etapa insoportable para la convivencia. El castigo fue peor para nosotros que para ellas. Ana sufrió mucho esos fines de semana.

Yo me mantuve al margen hasta que un día Ana me pidió formalmente que tomase cartas en el asunto de la educación de las chicas. Yo que no tuve hijos de mi anterior matrimonio le dije que tenía menos experiencia que ella pero que lo intentaría.

Mantuvimos una conversación de pareja muy seria y Ana, una mujer tan valiente y tan desenvuelta en su trayectoria habitual, estalló en su desesperación e impotencia con estas hijas tan indisciplinadas y me pidió que pusiese orden en la casa. Yo le pregunté por los métodos y hasta dónde quería que llegase. Ella casi me dejó estupefacto cuando me dijo que les diese azotes si no entendían otro lenguaje. A partir de aquí tuvimos una seria conversación familiar que las chicas se tomaron con cierta sorna y displicencia.

Una semana después, un viernes, fueron a la fiesta de una amiga y quedaron en volver sobre las 12 y media o una, a más tardar, pues cual sería nuestra sorpresa cuando ya eran las dos de la mañana y no habían vuelto.

Llamamos a casa de la amiga de Diana y nos comunicaron que la fiesta había terminado hacía rato pero que ellas no habían asistido. Las llamamos mil veces por los teléfonos móviles que ambas poseen, nada, el buzón de voz. Casi a las tres, cuando ya pensábamos llamar a la policía y a todos los hospitales de la ciudad, llegaron con alguna copa de más, muchas risas y en plan burla hacia nosotros.

Ana les dijo que esto no podía ser y que las cosas habían cambiado, la discusión fue subiendo de tono y yo entré con una postura muy inflexible. Les hice ver de una forma muy seria que esto no podía continuar así, que las cosas habían cambiado y les recordé nuestra conversación. Ellas, especialmente Diana, seguían en actitud desafiante, habían estado bebiendo claras con unos amigos y dando unas vueltas en su coche. La discusión fue subiendo de tono hasta que yo les dije:

- Esto se acabó, jovencitas, si no entendéis las cosas como personas adultas las entenderéis como niñas por lo que os voy a dar unos azotes en el culo

Ellas pasaron de la actitud burlona poco a poco primero a la incredulidad y después a la perplejidad. Esto a mí me estaba causando enormes tensiones interiores, ya que por una parte estaba en mi papel de hombre de la casa que ejerce la autoridad que mi esposa Ana me había transferido sobre sus hijas y por otra parte, y vosotros me comprenderéis perfectamente, soy un spanker y esta situación me resultaba excitante, por más que intentase negármelo a mí mismo.

En eso estábamos cuando me encontré con Diana con su corta faldita tendida sobre mis rodillas. No era el momento de echarme atrás, Ana estaba pendiente de mí. Cuando le levanté la falda hasta la cintura protestó muy airadamente y apareció un tanga blanco de una lencería de tal lujo que, una jefa del departamento de estudios del mejor banco del país no podría permitírselo, de todas formas se lo bajé hasta las rodillas dejando al descubierto sus posaderas. Diana imploraba y suplicaba que “eso no” refiriéndose a que la privase de su última protección, pero inevitablemente quedó con su pompis al aire, Ana miraba fascinada pero aprobando con su gesto la escena y en la cara de Mara se reflejaba que la cosa iba en serio.

Comencé a azotar con mi mano, creedme que es pesada, a Diana primero de forma relativamente suave para in crescendo ir aumentando la cadencia e intensidad del castigo, que iba acompañado de duras recriminaciones. Creo que fueron unos 40 o 50 los azotes que le propiné, el hecho es que al principio no quiso demostrar nada pero luego le caían las lágrimas por la cara a medida que sus nalgas enrojecían. Ana le dijo:

- Diana, ahora te quitas la falda y las braguitas y te pones de cara a la pared hasta que Fernando te permita irte a tu habitación

El espectáculo de la soberbia Diana en tacones, con su top de fiesta, sin ropa de cintura para abajo y con el culete enrojecido por el castigo fue verdaderamente digno de verse. La princesita de la casa había sido destronada. Sin embargo algo de sumisión y docilidad comenzaba a verse reflejaba en su nueva actitud.

Luego le tocó el turno a Mara, que como no podía ser de otra forma, intentó negociar que se le dejaran las blancas braguitas de algodón puestas y reducir el número de azotes alegando que no había sido idea suya y que había bebido muy poco.

Mara se resistía como una lagartija y ¡se reía! Y también lloraba. Yo me atrevería a decir que disfrutaba de la azotaina... al final ella misma se quitó la falta y las braguitas y se puso junto a su hermana, con el culete más ostensiblemente enrojecido dada la palidez de su tez.

Así estuvieron hasta las cinco de la mañana. Y esta escena se repitió varias veces pues ellas parecían provocar las situaciones para llegar a este extremo. Pero poco a poco se volvieron más obedientes y mejoraron en todas sus actitudes siendo muy cariñosas con su madre y conmigo también muy apegadas a mi persona.

Poco después, en nuestra casa de la Costa Brava se produjo un incidente nuevo en nuestra particular guerra. En casa estaban como invitados a pasar gran parte del verano David de 15 años, primo hermano de las chicas por parte de padre y Sarai de 17, una bonita chica chilena del colegio compañera de Diana. Los cuatro bajaban casi a diario a la playa y, puesto que las pautas de disciplina habían mejorado espectacularmente, gozaban de la libertad de salir por las noches y llegar más allá de las 2 de la madrugada, siempre y cuanto su madre y yo supiésemos en donde estaban y se llevasen los teléfonos móviles.

Sin embargo, quizás envalentonadas por la presencia de Sarai y David una mañana hicieron algo que tenían absolutamente prohibido, alquilaron motos náuticas. Su madre y yo creemos que son peligrosas y que perturban el medio ambiente rompiendo la paz de la playa con sus excesivos decibelios. Lo que Diana y Mara no pudieron prever es que yo escrutaba con mis poderosos binoculares la playa con fines inconfesables como ver un bonito topless o algún bello trasero apretado por un bikini y me percaté que habían alquilado un par de motos y estaban saltando olas tan contentas.

Cuando volvieron los cuatro para la hora de la comida, las chicas fueron interpeladas y de forma muy descarada Diana contestó con un cierto tono de chulería con las consiguientes risitas de Mara, en apenas un segundo Ana y yo nos miramos y sentimos al unísono que todo esto nos recordaba a épocas superadas y en el instante siguiente decidí actuar tirando por la calle de en medio.

Les espeté,

- Parece que volvemos a las andadas, habíamos quedado que nada de motos náuticas!  Os pensáis que soy tonto ¿o que me chupo el dedo? Ahora os vais a enterar y será aquí, en el jardín delante de vuestro primo y de vuestra amiga que os voy a zurrar en el culo como a unas crías pequeñas

Ellas, protestaron vivamente al ver que yo no me detenía ante nada, ni siquiera en que había dos invitados en la casa que observaban atónitos la escena que se estaba desarrollando.

Esto duró solo unos instantes pues ordené a Diana bajarse el bañador hasta la mitad de los muslos y tenderse sobre mis rodillas. Protestó y se permitió palabras hirientes pero le advertí que todo sería peor si plantaba cara. Finalmente lo hizo y comencé a azotarla con una parsimonia y tranquilidad asombrosa, le obligué a contar los azotes y dar las gracias por cada uno, fueron unos 30. Con el bañador como lo tenía la hice colocarse de espaldas a todos nosotros mirando la zona del parrillero.

De inmediato le tocó el turno a Mara, siempre es más agradable azotar a Mara ya que su culete es redondo, duro y muy blanco. Yo mismo le bajé el bikini aún mojado y procedía a azotarla sistemáticamente. En medio de los azotes les dije a sus invitados que como se pusiesen tontos ellos también cobrarían, que no me costaba nada hablar con sus padres y sugerirlo.

Mara quedó expuesta mientras comíamos al lado de su hermana con el bañador por las rodillas y el trasero tatuado con mis manos.

Ana estaba de buen humor y los chicos invitados no decían ni pío.

A partir de aquí las sesiones de castigo se hicieron más esporádicas y las chicas cada vez fueron siendo más y más dóciles.
 
Muchas cosas cambiaron en nuestra familia. A mí me parecía insólito que un método tan tradicional como los azotes funcionase tan bien en el siglo XXI. Ana comenzó a disfrutar de una placidez y una tranquilidad de espíritu muy grande. Yo sentí que tenía un lugar en mi nueva familia. La armonía y el equilibrio reinan en nuestro hogar.

Mis pulsiones spanko, pese a un cierto conflicto interior, ya que por una parte me excitaba tremendamente azotar a Diana y Mara y me atrevería a decir que era recíproco y por otra estaba cumpliendo mi cometido en el pacto familiar, por lo tanto mis oscuros anhelos se veían canalizadas en una situación socialmente aceptada. Todo eran contradicciones en mi espíritu.

En un momento dado sufrí tanto con estas dudas que incluso, pese a no ser practicante, hablé con un sacerdote amigo de mi familia, un antiguo cura-obrero y misionero, a quien le expliqué la situación y él me dijo que si todos eran más felices, cosa que pudo constatar las veces que vino a comer a casa, y yo había triunfado sobre esos pensamientos con las chicas, esos castigos estaban justificados mientras no se convirtieran en práctica habitual sino excepcional y muy justificada. El buen cura me proporcionó una paz interior que yo necesitaba para dejar de debatirme en mis oscuras tribulaciones, Eso me tranquilizó mucho la conciencia.

Un efecto secundario fue que también mi vida sexual con Ana, que hasta el momento salvo la no práctica del spanking, no se podría calificar como vainilla, mejoró espectacularmente. Y esta es la parte quizás más sorprendente de este relato.

Un buen día en nuestro dormitorio hablando de los castigos que había aplicado a las niñas, como ella insistía en llamar a las mujeres que ya tenía por hijas, me dijo que ella nunca había recibido ese tipo de castigos. Si conocieseis al bueno de su padre lo entenderíais perfectamente. Quien ponía los límites en su casa de pequeña era la madre y por su fuerte carácter y determinación le resultaba innecesario recurrir al castigo físico. Y, Ana me decía que por no haber tenido esas vivencias, que le producía una gran curiosidad vivir la experiencia que había transformado a sus hijas, mientras me lo decía yo casi no me atrevía a respirar. También me dijo que quería vivir lo mismo que sus hijas y que no era por celos que me lo comentaba.

Finalmente se decidió y me preguntó que si yo me atrevería a proporcionarle unos buenos azotes en las nalgas. Yo no daba crédito a lo que oía, pero a pesar de que el corazón me batía al menos al doble de su velocidad de crucero, procuraba aparentar calma. Hasta tuve la sangre fría de hacerme el remolón y que ella – ya muy mimoso – me lo pidiese casi rogándolo.

-Papi, como me decía entre cariñosa y burlona, he sido una niña mala: castígame, porfa!

Cuando por fin accedí, bendita hipocresía, ella tuvo el buen gusto de cambiarse los pantalones que llevaba puestos por una faldita muy corta, creo que también se cambió la ropa interior y se puso un top muy cortito que, gracias a su tipo tan esbelto, podía lucir estupendamente, para secreta envidia de alguna de sus más viperinas amigas.

La coloqué sobre mis rodillas, levanté con una lentitud de ritual primitivo su falda, deslicé sus braguitas blancas hasta abajo del todo y comencé, primero muy suave, a azotar su culete virgen de palmadas. Cuando aceleré los golpes pretendía zafarse e interponía sus manos ente mi poderosa palma y su ya enrojecido trasero, pero yo solo me detendría si escuchaba la palabra “Stop” , que era la que habíamos pactado como medio de seguridad, no haciendo caso ni a sus ruegos ni a su llanto.

El hecho es que le di una buena azotaina y le dejé el culete rojo como un tomate y pensé al ver la reacción cromática que de alguien tuvo que heredar la piel tan blanca Mara. Luego la tendí sobre el secreter en una postura más forzada que separando sus nalgas permitía una visión más íntima de sus encantos más ocultos y reanudé mi tarea de forma constante y sistemática.

Al final, cuando di por acabada la azotaina, ella me dijo que le ardía mucho y si no le aplicaba una crema nutritiva, de esas de 130 euros el bote de 50 gramos que se apilan por docenas en su mesita de noche, cosa que comencé a hacer de inmediato. Le apliqué una generosa ración sobre su delicioso culito colorado que fui extendiendo de forma parsimoniosa por toda la superficie afectada y zonas anexas.

Todo esto tuvo en ella y en mi un efecto afrodisíaco de auténticos megatones de potencia. Tuvimos la mejor sesión de sexo desde que nos conocimos, para mí que hasta entonces me había mantenido frío o cuando mucho tibio, tal vez después de una sesión de azotes con las chicas, fue una excitación que parecía envolverme en todo el calor del trópico para terminar en increíbles explosiones simultáneas de placer. No es que hiciéramos algo especial o que tuviésemos una práctica que antes no hubiésemos tenido, creo que lo habíamos probado en materia de sexo estándar prácticamente todo, lo que ocurrió es como si nuestro motor sexual hubiese pasado de estar alimentado por un par de pilas de 1,5 Volts, todo lo alcalinas que se quiera, a enchufarse directamente a una línea trifásica de 380 V.

A partir de entonces estos juegos, se convirtieron en habituales e incluso añadimos muchos incentivos como el paddle y el cepillo y, más tarde, a través de un club que había en Internet, conocimos a otra pareja muy simpática que alguna vez los practicaba con nosotros. Si bien ahora casi no azotaba nunca a las chicas puesto que su conducta era cada vez más madura y cariñosa con Ana y conmigo, algunas imágenes de los azotes que les había proporcionado se quedaron a vivir para siempre junto a mis fantasmas preferidos. 

FIN

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EL MEDIADOR

Autora: Ana K. Blanco 

Dedicado a mis inspiradores:

The Dark Phantom y el “Colo”

Los abogados suelen decir que a veces sus clientes se desnudan más frente a ellos que ante sus médicos, porque al abogado le muestran el alma, lo más íntimo, sus secretos más ocultos. Lo toman de confesor, le cuentan cosas que no se le dice a nadie más. Quizás ni siquiera al propio cura confesor. Eso le pasó a Jacinta Vargas, una señora joven, de unos 38 años, divorciada, con una hija, Daniela, de 16 años. Daniela representaba más edad por su cuerpo tan bien formado, y parecía más la hermana menor de la señora que su hija.            

El Doctor en Leyes Leonardo Matos recibió en su estudio a una mujer desesperada por la situación que estaba viviendo su hija. Al abogado le tomó bastante tiempo lograr que aquella madre le contara su tragedia. Comenzó por explicarle que ella era consciente que la niña despertaba pasiones con su voluptuoso cuerpo, pero esto ya era demasiado y tenía que hacer algo en forma inmediata.            

Daniela durante los meses de vacaciones, para tener su propio dinero y ayudar a su madre, trabajaba en un restaurante cuyo dueño, el señor Roldán, era un hombre cuarentón, casado y con hijos. Según le había contado la niña, este tipo la miraba y veía con ojos de lujuria, y muchas veces había intentado seducirla y habían llegado a tener relaciones íntimas. Aparentemente ahora que se acercaba el fin de la temporada, esta persona había dejado de tener interés en ella y había intentado despedirla sin más. No había aquí amor, sino la simple excitación y “calentura” del momento.            

La señora, muy compungida, contaba todo esto en medio de un mar de lágrimas y con el dolor lógico de una madre que sabe qué le han hecho a su única hija. Dolor, vergüenza, impotencia, deseos de justicia, eran sólo algunos de los sentimientos que expresaba con sus palabras y gestos.  El doctor Matos tenía una hija de más o menos esa edad e imaginó cuál sería su reacción si a su niña le sucediera algo similar. Su cabeza se llenó de palabras legales: corrupción de menores, violación, acoso sexual, coacción…  Necesitaba hablar con la niña antes de comenzar a tomar acciones a nivel judicial, así que le pidió a la señora Vargas que la llevara a su estudio al día siguiente.            

La “niña” medía un metro setenta y cinco y tenía más curvas que el circuito de Le Mans. El pelo negro y largo, lacio, brillante, enmarcaba un rostro de ángel con ojos marrones y pícaros. Estaba vestida como cualquier chica de su edad, pero no tenía el cuerpo de cualquier niña de su edad. La camiseta ajustada hacía resaltar su turgente busto, y la minifalda de jean hacía dudar si usaría ropa interior. Las piernas largas y torneadas sostenían una cola digna de una diosa griega. Luego de tragar saliva varias veces y apelar más veces a su profesionalismo, el abogado comenzó a interrogar a la muchacha.             

-Dime Daniela, ¿qué horario haces en el restaurante?           

-De once de la mañana a cuatro de la tarde de martes a jueves, y de seis de la tarde a once de la noche los viernes y sábados. Los domingos también trabajo de mañana y los lunes el restaurante cierra.           

-¿Qué horarios tiene el restaurante?           

-No entiendo qué tiene que ver eso con lo que me pasó.           

-Eres brillante niña –le dijo el abogado de forma halagadora – No tiene nada que ver, son solo preguntas para distendernos.

-¡Ah! Comprendo… de 11:30 a 14:30, y de 19:00 a 22: 30.           

-Bien, ahora… cuéntame qué tareas desempeñas allí, qué es lo que haces.           

-Pues barro y lavo los pisos, preparo las mesas para cuando llegan los clientes y ayudo en la cocina lavando o acercando los platos ya preparados a los que sirven las mesas.           

-Bien… ¿me cuentas quiénes trabajan en el restaurante?           

-Don Roldán y su familia: su esposa Teresa, sus cuatro hijos, y Patricia, la hermana de él. Es un restaurante pequeño, Teresa y su cuñada se encargan de la cocina, don Roldán hace las compras y se encarga del restaurante en general, y los hijos son los que sirven.           

-¿Ninguno de los hijos se ha propasado contigo?          

-Noooo –contestó con una sonrisa burlona- Son tres chicas y un varón. Juan es mi compañero de estudios, y sabe que no le doy ninguna chance de que me diga nada. Siempre que insistió, lo rechacé.           

-Daniela… debo hacerte unas preguntas más íntimas. Te ruego que me contestes sin pudores, con la mayor de las libertades y que seas sincera. Tómate tu tiempo pero contesta.           

-Sí señor… -dijo con una sonrisa que dejó en el abogado un cierto a sabor a… extrañeza.           

-¿En qué te basas para decir que  don Roldán se aprovechó de ti?           

-Porque… -bajó la cabeza y luego, levantándola apenas, le clavó una mirada con un contenido más de seducción que de vergüenza- él me hizo el amor.           

-¿Y tú se lo permitiste?           

-Es que… es que… me decía tantas palabras dulces, tantas cosas bonitas. Me decía que estaba enamorado de mí, que yo era hermosa, que me quería para él, que quería amarme cómo yo merecía ser amada…           

-¿Todo eso te decía? Vaya… Mira Daniela, no quiero avergonzarte. Cambiemos de tema por un momento, así tú puedes reponerte de esto que debe de ser muy difícil para ti…            

En realidad Daniela parecía más divertida que otra cosa. Parecía gozar del interrogatorio de Leonardo y no perdía oportunidad de mirarlo con ojos pícaros, de regalarle sonrisas descaradas y cruzarse de piernas más veces de las necesarias. El abogado era un hombre mayor, de más de 60 años, experimentado, sumamente ágil e inteligente, noble, decente y derecho… Algo no le estaba cerrando, pero llegaría a la verdad.            

-Dime Dani… ¿me permites llamarte así? Bien, dime… ¿en qué momentos se quedan solos tú y don Roldan?           

-Bueno… nunca –comenzó a ponerse nerviosa           

-¿Nunca? ¿Y cómo hizo él para decirte todo lo que te dijo?           

-Es que… me lo decía al pasar, cuando yo me lo cruzaba en algún sitio. A veces en la bodega, o en el depósito, entre las mesas del restaurante mientras yo trabajaba…            

-Claro, claro, tienes razón, no me había dado cuenta de que podía ser en esos momentos… -la niña sonrió con un gesto de victoria.           

-Pero… ¿y cuándo hicieron el amor? ¿En qué momento?           

-Fueee… un día… esteee… antes de que todos llegaran.            

-¿Antes de que todos llegaran? Pero… ¿a qué hora comienzan a cocinar en ese restaurante? Si tu entras de mañana a las once y de tarde a las seis… ¿cuándo preparan los alimentos? Si son dos personas, por muy rápidas que sean es imposible que tengan todo preparado en media hora o en una hora.           

-Es que… fue… esteee… fue un lunes. Es restaurante estaba cerrado. –se veía que la niña estaba inventando- Don Roldán nos citó sólo a limpiar a fondo…           

-¡Por supuesto! Qué tonto soy. Es verdad que el lunes no abren. Pero entonces… ¿qué hacías tú allí?           

-Don Roldán me invitó, me dijo que fuera de mañana, a las 8 y 30 de la mañana antes que llegara el resto y que lo pasaríamos muy bien. ¿Quiere que le cuente qué pasó y cómo pasó?           

-No, no es necesario. No quiero exponerte a tal vergüenza –le dijo el abogado con aire paternal.           

-No me molesta, está bien. Se lo aseguro –dijo la niña con total desparpajo.           

-Bien, me lo contarás, pero déjame hacerte otra pregunta, necesito saberlo para la denuncia penal, tú sabes… ¿qué día fue eso?           

-Fue… creo que…  el 24 de julio.           

-¿No recuerdas la fecha? –le preguntó mientras veía cómo la niña miraba de reojo el almanaque.           

-Sí… bueno, no con exactitud… sé que fue un lunes a fines de julio.                        

El paciente abogado se puso de pie. Caminó de un lado a otro con las manos en la espalda. Luego se sentó, se acomodó los lentes, se pasó la mano por su corto pelo canoso y le dijo:            

-Daniela… Es hora de mi medicamento. Voy por un vaso de agua y regreso enseguida. Ponte cómoda y espérame un momento por favor. ¿Quieres que te traiga un refresco u otra cosa?           

-No gracias, estoy bien.            

El doctor salió del escritorio y tardó un rato en regresar. Lo hizo junto a la madre de la niña que esperaba fuera. Se sentó en su escritorio con una sonrisa en los labios, pero eso no lo hizo perder su parsimonia habitual.            

-Daniela… debes estar cansada. Dejemos esto para pasado mañana. Vuelve con tu mamá y quizás comencemos con los primeros pasos legales.           

-Pero yo no estoy cansada.           

-Seguramente tú no, pero yo sí. Así que regresen pasado mañana, eh?           

-Por supuesto doctor, y gracias por todo –le dijo la señora Vargas.            

A la hora señalada aparecieron en el estudio jurídico madre e hija. El doctor las hizo pasar y todos tomaron asiento. Antes de comenzar a hablar, el abogado juntó las puntas de los dedos de sus manos, apoyó su cabeza en ellos y…            

-Señora Vargas… Daniela… ayer estuve con el señor Roldán en su restaurante -las mujeres se mostraron sorprendidas, pero la niña se puso fuera de sí.           

-¿Cómo? Pero… ¿cómo pudo ir a ver a ese hombre? ¿Por qué? Él es el malo, él es el que me dañó… usted no puede hacer algo así… -su voz denotaba nerviosismo, pero el sagaz abogado no dijo nada.           

-Daniela… yo le dí mi permiso al señor abogado para que hablara con el señor Roldán. Confío en el doctor, que también es mediador, y él lo creyó conveniente. Cálmate… Lo escuchamos doctor.            

Leonardo se puso de pie y con toda su calma comenzó a explicar las conclusiones a las que había llegado. La niña trabajaba en el restaurante muy pocas horas, y con toda la familia del hombre. No tenían tiempo físico para que Roldán hiciera lo que ella declaraba. También pensó que podría haberlo hecho en la privacidad de la bodega o el depósito, pero la bodega y los vinos estaban a la vista, en una habitación que se veía desde el restaurante, y el depósito estaba en la cocina y no tenía puerta. El día 24 de julio había sido feriado, y aunque la niña no había trabajado por ser su día libre, el restaurante igual había abierto. Daniela había estado todo el día con sus amigas, en el cine, en el shopping... El resto de los lunes de julio habían ido a visitar a los abuelos que vivían fuera de la ciudad, por lo que salían muy temprano en la mañana y regresaban por la noche…                       

-El señor Roldán me dijo varias cosas, entre ellas que él también tiene hijas de la edad de Daniela y que comprende su proceder señora. Daniela tiene una forma muy particular de mirar, tiene una mirada muy… digamos… pícara, y que cualquier hombre podría interpretar de una forma, digamos, equivocada. Pero el señor Roldán hizo caso omiso a las miradas e insinuaciones de Daniela. Y como prueba está dispuesto a hacerse cualquier tipo de exámen para demostrar que jamás ha tenido nada con ella. No tiene nada que ocultar. Y le creo. En cambio tú Daniela… has mentido y mucho.                        

Al verse descubierta Daniela bajó la vista por completo y trató de ocultarse bajo su enorme mata de pelo.            

-Daniela… ¡no es posible! ¿Otra vez? –le dijo la madre con mucho enojo. Leonardo la quedó mirando.           

-¿Cómo que “otra vez”? –le preguntó el asombrado abogado.           

-Sí doctor. Hace poco más de un año me peleé con mi familia porque hizo algo parecido con un pariente. Estoy harta de esto, así no puedo seguir viviendo.                       

Miró a Daniela y la agarró de los cabellos haciéndole echar la cabeza para atrás. El rostro de la jovencita reflejaba dolor y trataba de que su madre la soltara:            

-¿Sabes qué voy a hacer? Te voy a mandar internar con orden judicial, que un Juez se haga cargo de tí. Yo no puedo ni quiero seguir viviendo de esta forma, siempre metida en problemas por tu culpa… Pero no se preocupe doctor, que ahora cuando lleguemos a casa voy a “hablar” con ella.             

El gesto que hizo con la mano cuando dijo “hablar”, fue más que elocuente. Una azotaína era lo que recibiría la chica ese día. El veterano abogado sonrió.            

-Sra. Vargas… usted es su madre y yo no puedo meterme, pero… quizás no sea el método más adecuado.           

-Quizás doctor, pero le aseguro que es el único que ella entiende. Esta vez será la última que me meta en este tipo de problemas…           

-Repito señora: no creo que sea el método, pero usted es la madre y sabe qué es lo mejor para su hija.            

Se despidieron en la puerta del estudio y al marchar, oyó a la señora Vargas decirle por lo bajo:                        

-Ve preparándote porque te voy a dejar el culo como para remendar chupetes (mamilas, biberones, chupones). Zapatilla, cinto, vara… todo vas a tener… ¡¡y por más de un día!!... ya verás…            

Las amenazas se intercambiaban con leves empujones, y las palabras se fueron haciendo cada vez más lejanas hasta que dejaron de escucharse, al menos en los viejos oídos de Leonardo, que sonriendo se quedó imaginando la escena de esa madre azotando a su hija… y volvió a sonreír. 

Epílogo            

A la semana siguiente las dos mujeres regresaron al estudio. Cuando Leonardo las recibió las invitó a tomar asiento. La señora Vargas se sentó inmediatamente, pero Daniela se mantuvo en pie. La señora le comentó al doctor que había hablado finalmente con el señor Roldán, y que estaba todo aclarado.             

-…y Daniela está muy arrepentida de lo que hizo, ¿verdad mi amor? Creo que la “ayuda” que obtuvo por mi parte durante esta semana, le hizo comprender que no debe meterse con las personas mayores ni armar historias o fantasías que pudieran involucrar a gente decente en líos tan feos. ¿No es cierto que sientes mucho toda esta situación, que estás arrepentida y que entendiste todo mi amor?            

Daniela bajó la cabeza avergonzada, y asintió levemente. De forma instintiva llevó su mano derecha a la cola y se la refregó lo más disimuladamente que pudo. La señora Jacinta sabía cumplir con sus amenazas y Daniela lo tenía muy claro. 

El doctor en leyes Leonardo Matos, con esa sonrisa que lo caracterizaba, se echó para atrás en su enorme sillón. Había logrado cerrar un caso más usando sus dotes de mediador y sin llegar a los juzgados…

-- FIN -- 

Corazón de spanker

Autor: Cars
         La tarde comenzaba a oscurecerse cuando Marta entró en la cocina de su piso de dos habitaciones que compartía con su novio. Pese a tener sólo veintiséis años se sentía feliz por las responsabilidades que había asumido. Le parecía mentira que ya hubieran pasado tres años desde que entrara por primera vez en él. Vacío, sin muebles y con aquella horrible pintura crema en las paredes. Paredes que hoy lucían unos colores más modernos, una mezcla de rojos, azules y melocotón, cada uno en una estancia diferente de aquel hogar. Sólo pensar en esa palabra le llenaba de turbación. Realmente estaba a gusto.
Sonrió mientras llenaba la  olla de agua. Miró de reojo a Fran, estaba absorto en un partido de fútbol. Con su cerveza a medias y los pies puestos en la mesita. -¡Esos pies!- dijo alzando un poco la voz, y continúo con sus preparativos, mientras el hombre retiraba los pies, y la miraba. Ambos sonrieron. Y continuaron prestando la atención a sus intereses. Todo estaba en su orden, ellos lo sabían y se reconfortaban.
Durante unos instantes, nada pareció cambiar, el edificio transmitía la tranquilidad de un domingo cualquiera. Hasta que por el patio de luces que daba a la cocina Marta comenzó a oír algo que la turbó en un principio para acabar indignándola. El sonido era sistemático. Ella se asomó a la pequeña ventana. El sonido se hizo más y más nítido. Se secó las manos con cierto enfado, y tiró el trapo encima de la encimera. Salió de la cocina quitándose el delantal.
                   -¿A dónde vas? ¿Qué ocurre Marta?
                   -Ese niñato del primero, otra vez le está pegando a su hermana. –Su voz estaba cargada de ira.-
                   -¡Espera! -Fran se levantó y le cogió de la mano.- Puede que sea su madre. No puedes irrumpir en la casa de un vecino porque le esta dando unos azotes a su hija.
                   -Fran, no son unos azotes, es una paliza, ¿no oyes los golpes?
                   -Pues llama a la policía. Pero no te metas.
                   -Sé lo que hago. Y estoy segura que es el hijo mayor.
                   -¿Por que estas tan segura?
                   -Todos los domingos los padres van al teatro, y hoy les he visto salir.
Marta no esperó más, soltó la mano de su novio y salió de la casa. Bajó por las escaleras. Su paso era rápido y el golpeteo de sus zapatillas al bajar los escalones resonaban en su mente más fuerte que los latidos de su corazón. Cuando llegó ante la puerta dudó. Se miró de arriba a abajo. Por primera vez calló en la cuenta que iba en pijama. Sus pantaloncitos cortos dejaban ver sus esbeltas piernas. Aquellas zapatillas de felpa naranja con dos ositos y suela negra de goma le hacían verse de una forma infantil. Por un segundo tuvo la intención de dar media vuelta, pero en ese instante aquel sonido volvió a enfadarla. Con decisión tocó el timbre dos veces. Los segundos parecieron horas hasta que al final se abrió la puerta.
Un chico pecoso, con el pelo negro rizado y una mirada huidiza apareció ante ella. Su respiración era agitada, y se notaba que los nervios le salían hasta por las orejas.
                   -Deja de pegarle a tu hermana, o avisaré a tus padres y a la policía. –Le dijo Marta señalándole con el dedo.-
                   -¿Cómo? Yo no le estoy pegando a nadie. –Le dijo mientras intentaba cerrar la puerta.-
                   -Mira niñato de mierda. Si te gusta maltratar a la gente, hazlo con alguien de tu edad. –Su enfado iba en aumento.- Quiero ver a tu hermana.
                   -No está.
Marta no esperó, abrió la puerta y entró en el piso, ante las protestas del joven, que la seguía por las habitaciones vacías. Mientras intentaba convencerla de que en el piso no había nadie. Marta se sintió frustrada. Efectivamente en el piso no parecía haber nadie más. Su paso le llevo de nuevo al cuarto del adolescente. Abrió el armario y miró debajo de la cama. En ese instante, allí arrodillada en un piso ajeno, con la mano en el colchón, y el pelo alborotado ante la mirada de aquel muchacho se sintió ridícula.
Entonces cuando estaba apunto de levantarse vió entre las sabanas una zapatilla de mujer. Posiblemente de la madre del chico. Era de tela roja. La suela era amarilla con un ligero tacón. Los bordes eran dorados con un escudito en forma de gato dorado en el empeine.
                   -¿Y esto? –Gritó mientras se levantaba y blandía la zapatilla ante los ojos del asustado muchacho. ¿Qué hacías con ella?
                   -Eso no es asunto suyo. –Alcanzó a decir el muchacho, mientras bajaba la vista al suelo.- Pero no le pegaba a mi hermana.
Marta estaba confundida. Miraba al muchacho que acababa de sonrojarse de una forma espectacular. -¿Entonces?- Preguntó mientras levantaba la barbilla del joven para mirarle a los ojos.
Marta abrió los ojos como platos. Miró a la entrepierna del muchacho y reparó en la considerable erección que mostraba.
                   -¿Estabas haciendo lo que pienso? Pero por qué.
                   -¡Porque me gusta! –La voz salió en forma de grito.- Y eso no es asunto suyo.
                   -¿Te excita pegarte con la zapatilla de tu madre?
                   -Yo no me meto en su vida, así que láguese de mi casa y déjeme en paz.
                   -¡Eres un guarro!
                   -Y usted una zorra entrometida.
Aquel insulto la hizo enfurecer en extremo. Por un instante le pareció ser otra persona. Agarró al muchacho de un brazo y se dejó caer en la cama. Al hacerlo el chico quedo sobre sus rodillas.  Entonces comenzó a golpear el trasero de aquel muchacho que se debatía bajo su brazo. Ella le azotaba con rabia, recriminándole no sólo el insulto sino su actitud y sus acciones.
-¿Querías sentir  la zapatilla? Pues la vas a sentir.- Le decía mientras golpeaba una y otra vez aquel trasero.
Tras casi diez minutos, se detuvo. Tiró la zapatilla al suelo y contempló al joven que había dejado de revelarse y lloraba sobre su regazo. Marta se miró en un espejo que había allí. No entendía qué era, pero el verse sentada con aquel joven sobre sus rodillas le producía una extraña sensación. Mientras azotaba al muchacho algo había cambiado en su interior. Se sentía bien. Una extraña paz llenó su alma, recorrió cada filamento de su ser y la reformó en lo más profundo de su ser. Volvió a mirar al muchacho, le acarició la cabeza, mientras él la miraba con los ojos llenos de lágrimas. Entonces movida por una fuerte curiosidad le bajó los pantalones. Ante ella apareció un trasero de adolescente totalmente enrojecido. Sus dedos tímidamente recorrieron la piel. Estaba caliente, un calor que emanaba y le llegaba al corazón. Una sonrisa afloró en sus labios. Ella había hecho aquello, y lejos de sentirse mal, aquella visión le provocaba una inmensa serenidad. El chico había dejado de llorar. Ella le miró. Sintió el pene de muchacho aprisionado contra su muslo y al sentir su excitación ella también lo hizo. Entonces colocó al muchacho mejor sobre sus rodillas y le pasó su mano derecha por el trasero. Le dolía horrores, pero era una sensación que había estado buscando siempre. Ella apartó su mano y la retuvo cogida por la suya, mientras sin decir nada comenzó a dar unas palmadas sobre aquel ya maltratado trasero.
Al principio eran casi caricias, pero después el ritmo aumento. Eran más enérgicas. Marta controló el ritmo y la fuerza de aquellos azotes. El chico por su parte no pataleo no lloró, simplemente la dejaba hacer, emitiendo un leve sollozo, mientras que su pene se frotaba una y otra vez sobre aquel cálido muslo por la acción de los azotes.
Marta parecía no dispuesta a detenerse. El trasero del joven ya mostraba un color rojo intenso. Ella aumentó el ritmo, las ultimas palmadas era fuertes, rápidas y enérgicas. El dolor volvió a ser tan intenso que el chico comenzó a llorar. Al final se detuvo. Acarició aquel trasero y tras unos minutos le ayudó a levantar. Le subió los pantalones y le beso en la frente. Mientras que le regalaba una enorme sonrisa.
Ya en la puerta ella le acaricio la mejilla. -¿Te duele?- El chico asintió y sonrió mientras se frotaba la nalgas. Ella subió las escaleras, mirando atrás.
                   -¿Te volveré a ver? –Le preguntó el chico.-
Ella se acercó de nuevo a él. Le beso tiernamente en los labios, después levantó el pie, y se descalzo mostrándole la zapatilla que llevaba al chico. –La próxima vez la probaras.- después la dejo caer al suelo y tras calzarse corrió escaleras arriba.
Cuando Marta entró en su piso, lo hizo como una mujer diferente. Distinta. Ya no se sentía igual. Algo en su interior era distinto, ahora tenía un corazón de spanker, aunque no supiera lo que eso significaba.

Una tarde en el ciber

Autor: Cars 

Era una de esas tardes en las que no tenía muchas cosas que hacer, por lo que entré en la sala de un ciber, dedicándome al  visionando unas paginas de dominación femenina. No hay mucha gente, un par de jovencitos jugando en una esquina. Yo escogí un ordenador más bien intimo, solo hay una persona detrás de mí que me da la espalda. La he visto al entrar. Es una mujer joven, unos treinta años, es bastante más alta que yo, que mido 1.65, ella pese a estar sentada calculo que debe medir 1.80 o algo así, es pelirroja, y su piel está morena por el sol. Tiene una larga cabellera de pelo ondulado que
cae por su espalda, apenas nos miramos al entrar, yo me senté y comencé mi búsqueda.

Al final me quede contemplando una foto en la que una mujer rubia tenía a un muchacho en sus rodillas, los pantalones en los tobillos, y el trasero se veía ya bastante rojo. Su mano estaba alzada, y una pícara sonrisa que denotaba un gran placer en aquella situación se dibujaba en los labios de aquella mujer. En mi mente la foto tomaba movimiento, y aquella mano se abatía una vez más sobre el indefenso trasero. Quizás por eso no oí las primeras palabras. Yo estaba en una nube, hasta que una dulce pero enérgica voz me devolvió a la realidad.

-¡Esa posición es la que todos los hombres deberían experimentar muy a menudo!

Me giré. No daba crédito a lo que veía. Una penetrante mirada se clavó en mis ojos. Aquella mujer me estaba hablando, y no parecía muy contenta.

-¿Perdón? -dije casi tartamudeando mientras que apresuradamente hacia desaparecer aquella imagen de la pantalla.

-¡No te molestes! -Me dijo ella restableciéndola y sentándose a mi lado- Si no querías que la viera nadie, deberías buscar un lugar más privado.

-¡Yo....! Bueno.... No sé que decir...

-No digas nada, apaga el ordenador y espérame en la calle, creo que necesitas que alguien te enseñe buenos modales.

Salí del local, sin saber exactamente que estaba haciendo. ¿Porque la obedecía? ¿Qué pretendía de mí?

-¡Sígueme! - Ordenó cuando salió  a la calle. Yo no sabía que hacer pero estaba tan emocionado que comencé a caminar. Tras largos minutos caminé unos pasos atrás de ella por las calles sin decir nada. Llegamos ante una casa baja, me indicó que entrará, y que me quitara "solo" los pantalones, mientras ella se ponía cómoda. Al regresar, puede ver que solo se había quitado las botas que llevaba, sustituyéndolas por unas zapatillas rojas que resaltaban con aquellas largas y hermosas piernas enfundadas en medias negras. Yo por el contrario no me había movido del centro del salón, y por supuesto no me había desnudado, -cosa que lamenté- Ella miró para mis pantalones, esbozó una sonrisa y se acercó a mí.

  La tremenda bofetada que recibí, casi me hace caer al suelo, estaba aterrorizado. Ella espero a que me repusiera. Otra vez su mano impacto en mi mejilla. Yo no era capaz de hablar. Una a una fueron cayendo media docena de bofetadas en mis mejillas.

-¡Ahora! -dijo sin levantar la voz.- Quítate solo los pantalones y la camisa.

Mis manos volaban sobre los botones, todo mi cuerpo temblaba. Unas lágrimas comenzaron a correr por mis mejillas, y paralelamente a esto, una gran erección comenzó a turbarme a un más. Ella mientras tanto se desabrochó la chaqueta y la coloco en una silla, después hizo lo propio con la blusa quedándose solo con un sugerente sujetador de encaje rojo que dejaba ver la hermosura de sus pechos. Una vez que  terminé de desvestirme, ella se acercó a mí, me cogió
de la mano y me condujo hasta un sofá que presidía el centro del amplio salón. Ella se sentó, mientras que yo permanecí de pie. Con tono muy severo, ella me dijo lo enfadada que estaba de mi comportamiento, que llevaba días observándome en el ciber y que estaba indignada por la forma descortés y obscena con la que usaba las fotos. Por lo que hoy me iba a castigar muy severamente por ello.

Yo intenté protestar, pero ella tiro de mí colocándome sobre sus rodillas sin darme tiempo a replicar. Un extraño escalofrío recorrió mi cuerpo a sentir el tacto de su mano en mi espalda. Levantó un poco la rodilla dejando bien expuesto mi trasero, y tras unas caricias, cayó el primer azote. Fue enérgico. Pesado, aunque la tela de mi slips amortiguo el dolor. Uno a uno fueron cayendo los azotes. Imprimía bastante fuerza, por lo que pronto el dolor se fue haciendo más patente. Las lágrimas brotaron abiertamente de mis ojos, y comencé una danza con mi trasero para salvarlo del castigo. Ella por el contrario golpeó con mucha más fuerza. Nunca creí que una mujer pudiera pegar tan duro, pero lo hacia. Tras largos minutos en los
que me golpeó a placer, una y otra vez. Se paró. Yo lloraba en su regazo. 

-¡Shiiissss! Vamos, vamos, no llores tanto. -Me decía mientras me acariciaba las doloridas y calientes nalgas.- Esto no es más que el principio.

Aquellas palabras me helaron la sangre. De un tirón, sacó mis calzoncillos, y comenzó a golpearme de nuevo. Zas, zas, zas, zas, zas, zas... una docena de azotes en una nalga, después en la otra. Esta vez lo hacía con cierta saña. Su mano caía una y otra vez sin piedad. El calor y el dolor iban en aumento. Yo me intente revelar, pero ella me sujetó con más fuerza, pasando una de sus piernas por encima de las mías. Así, inmovilizado me dedicó una treintena de palmotadas en mi trasero que casi me dejan sin aliento. Después, me dejó descansar un poco, mientras me aleccionaba en cuanto al trato
que debía de tener siempre con una mujer, y en especial con ella. Su mano acarició la zona castigada. El dolor era casi insoportable. Y no tan solo en mi trasero, ya que mi entrepierna también estaba inflamada. Su mano acarició mi miembro.

-¡Si te corres... te azotaré tan duro que no te podrás sentar en un mes! ¿Me entiendes?

-Sí. -susurré- ¡ZAS, ZAS, ZAS, ZAS ZAS! Una docena de fuertes azotes volvieron a caer en mis nalgas.

- ¡No te he oído!

-Sí -Volví a decir casi gritando.

-Bien.

Entonces, uno de sus pies se movió saliendo de su zapatilla. Puede ver lo hermoso que era. Desee besarlos, lamerlos. Por un instante olvide mi dolor.

-Dame esa zapatilla.- Me dijo al tiempo que acentuaba su orden con media docena de palmadas más. Casi temblando la cogí y se la di. Su tacto era suave, y se podía sentir el calor de su pie todavía en ella. Mi verduga, o mejor dicho mi salvadora aunque yo no lo sabía aún, cogió el calzado, y tras agarrarme las manos a la espalda, comenzó a golpearme con la zapatilla. Los primeros azotes no eran muy duros, aunque debido al dolor que ya sentía, era como un martillo. Pero poco a poco la fuerza de los zapatillazos fue aumentando, convirtiéndose en una verdadera paliza. Yo gritaba y lloraba, mientras que ella continuaba castigándome. No se cuanto tiempo paso, pero se que fue mucho. La piel de mi trasero se rasgo por algunos sitios, debido a la fuerza de los golpes. Yo ya estaba abandonado a su voluntad, y permanecía inmóvil sobre sus piernas, sin ofrecer la más mínima resistencia. Envuelto, eso sí, en un mar de lágrimas.

Ella cesó en su castigo. Y su mano ahora acariciaba mi maltrecho trasero. Poco a poco mi llanto fue solo un susurro, y su otra mano sujetó mi pene. Permanecía tumbado en su regazo, y así, con su permiso me llegue al clímax, confundiendo el dolor y el placer en un mar de sensaciones. Resbale de su regazo, y quede en el suelo a sus pies. Los besé, los besé con pasión. Tras unos minutos, ella me indicó que me pusiera de rodillas. Me miró a los ojos. Un brillo especial los alumbraba. Después, me tendió su móvil.

-Llama a tu familia. Diles que te vas lo que queda de semana con unos amigos. Mañana comenzaré tú educación.

La obedecí, ella se levantó y se fue a dar un baño, mientras a mí me ordenó preparar la cena. Aquel día iba a ser el comienzo de una nueva vida...

Hechizo de amor en la noche de San Xuan

  Autora: Ana K. Blanco

INTRODUCCIÓN

De Xanas, Cuélebres, Trasgus y más...

Vivir en Asturias es una delicia para los seres que la habitan. Se trata de un "paraíso natural" como dicen las propagandas. Si vive frente al mar Cantábrico, se disfruta de sus playas, acantilados y esos paisajes marineros que conjugan en perfecta armonía la montaña y el mar. Y en las montañas interiores, el mismo cielo tiene envidia de los habitantes de este paraíso y las nubes bajan hasta las laderas de las montañas para acomodarse allí todo el tiempo que pueden antes de desaparecer.

Los bosques asturianos tienen un encanto especial y los seres mitológicos que en ellos habitan se esconden en las fuentes, las cuevas y caminan entre las brumas para que quienes los descubran no puedan tener total certeza de haberlos visto.

Esta es una historia tan real y palpable como una xana. Mi madre me la contaba de pequeña cuando hacía alguna travesura. En mi mente infantil y en mi memoria quedaron grabadas esas imágenes que ahora revivo y comparto con ustedes con algún agregado de mi parte.

Antes de comenzar con la historia, permítanme contarles quién es quién en la mitología astur.

Las Ayalgas o Atalayas: Aunque en las descripciones de los primeros estudiosos se utiliza el nombre para los tesoros, (ayalga = alhaja) mientras a las jóvenes doncellas que los custodian son conocidas como atalayas o ayalgas, semejantes a las xanas por su juventud, aunque no tan bellas. Parece que se diferencian de éstas en que las atalayas son mujeres y están siempre encantadas, mientras que las xanas no son humanas y rara vez estan encantadas. Debido a su penosa situación, presentan habitualmente una expresión de gran tristeza, cantando bellas pero melancólicas canciones, mientras el Cuélebre permanece atento a sus movimientos, excepto el día de San Juan, cuando entra en un sopor irresistible, momento en el cual es posible desencantarlas.

La xana es el nombre que reciben  las hadas en Asturias. Representan una entidad etérea de cuerpo juncal, cabellos rubios y ojos claros. Vive en las fuentes y se aparece a los caminantes reflejada en las aguas cuando estos acuden para apagar su sed. Son unas criaturas constructoras a las que se les atribuye la edificación de muchos dólmenes, que según la creencia popular no son más que los vestigios de los grandiosos palacios que erigieron.

El Trasgu: Este es el personaje equivalente al trasgo, que se conoce en el resto de España. Es una especie de duende travieso y juguetón, cojitranco y de corta estatura que por las noches se cuela en las casas para hacer las tareas pendientes y colocar las cosas en su sitio o, si está malhumorado,  romper objetos o cambiarlos de sitio con objeto de crear confusión... Viste un gorro colorado, y  un traje del mismo color. Tiene cuernos, rabo y un agujero en la mano por el cual se le escapa el grano que el aldeano le ofrece para hacerle  rabiar. Además de colarse en las casas, también lo hace en las cuadras del ganado al que molesta despertando a los dueños de los animales  por el revuelo y los ruidos.

El Cuélebre es un animal fantástico con cuerpo de serpiente y alas de murciélago,  lleno de escamas y tiene una larga cola. Se asemeja a un dragón o una serpiente alada. Emite silbidos muy molestos siendo muy temido por los hombres que viven en las proximidades de su guarida, los cuales, para darle caza, han de atravesarle  la garganta que es su único punto vulnerable, pues esas escamas que protegen su piel son excesivamente duras y resistentes. Vive en los bosques y cuevas y en la orilla de los ríos: su labor es guardar a las xanas y proteger los tesoros. Se alimenta de personas o ganado y cuando llega el fin de su vida terrenal se va a morir al mar, en cuyas profundidades custodia tesoros durante toda la eternidad.

HECHIZO DE AMOR EN LA NOCHE DE SAN XUAN

A mis padres, que me inculcaron

el amor por Asturias y sus tradiciones.

A Xana y a  todo el pueblo astur.

Claudio había conocido a Xulián en la fiesta de unos amigos comunes, y siendo un hombre que siempre se había sentido atraído por la mitología de los diferentes pueblos, escuchó con mucha atención a aquel asturiano que narraba historias fantásticas sobre hadas, duendes, brujas y demás personajes que pululaban por los bosques de Asturias. Luego de aquellas narraciones fantásticas, Claudio y Xulián se quedaron hablando durante horas. Al  retirarse,  dijo Xulián:

"Ven y pasea por los bosques de Asturias durante la noche de San Xuan. Quien sabe; quizás te hechice una Xana o una Atalaya y no puedas abandonar nuestra tierra..."

Esas palabras quedaron resonando en la cabeza de Claudio.  Estaban en plena primavera a finales de Abril, así que faltaban casi dos meses para esa mágica noche.

La segunda semana de Mayo, ya en tierras asturianas, comenzó a viajar y a "estudiar" todo lo referente a su mitología. Él sabía que estos personajes no existían, pero algo le decía que debía seguir investigando y aprendiendo lo  más que pudiera.

Así se enteró más profundamente de que las xanas eran seres encantados, parecidos a las hadas y de una belleza sin igual. Se diferenciaban de las Atalayas en que estas eran seres humanos, mujeres encantadas; casi siempre hermosísimas princesas. Ambas estaban custodiadas por el Cuélebre. Muchos más seres mitológicos fue conociendo Claudio: el Nuberu, el Busgosu, el Diaño Burlón, la Güestia, el Trasgu, las Bruxas...

En todo eso iba pensando aquella mañana mientras subía la montaña por el estrecho camino trazado por los caminantes y los carros. No hacía calor, pero aquella caminata le había dado sed y le habían indicado que un poco más adelante encontraría una "fonte" (fuente) donde podría beber. La divisó a lo lejos y a ella se acercó. Cuando tenía sus labios posados en el agua, abrió los ojos y vió el reflejo de una joven de ojos verdes, cuyo rostro de gran belleza enmarcaba su larguísimo cabello rubio. Se sobresaltó y miró por encima de su hombro, pero nadie estaba allí. Esperó unos segundos, volvió a mirar en el agua, y allí estaba la hermosa ninfa, mirándole con cierta picardía y desfachatez.

Claudio quedó inmóvil por la emoción y la sorpresa; ante sus ojos fue desapareciendo lentamente la imagen de la joven. Casi corriendo, llegó al pueblo de Villabolle donde estaba hospedado, y le contó a Jesús, su anfitrión, lo sucedido.

"Tranquilo hombre, tranquilo. Sólo has visto a Soñada, la xana que vigila el tesoro de la fonte de Francos. No te hará daño, pero puede usar sus encantos para enamorarte y eso sí es peligroso. Cuídate, no la mires si vas a beber agua allí, y sigue tu camino".

Claro que decirle que no fuera era como una clara invitación a que siguiera haciéndolo. Se fue a su sencilla habitación a dormir con el rostro de Soñada en su mente. Fue quitándose la ropa y doblándola ordenadamente, así como el resto de sus pertenencias.  A medida que las sacaba de los bolsillos iban a parar al cajón que oficiaba de mesita de noche... Se acostó en el camastro y luego de innumerables vueltas, se durmió. Entre sueños le pareció oír ruidos extraños, pero no lograron despertarlo. Al día siguiente, cuando ya asomaba el sol, se desperezó mientras el canto del gallo seguía anunciando el nuevo día.

Se sentó en la cama y, al mirar de reojo el cajón,... ¡se sobresaltó! Todos sus objetos estaban fuera de lugar y le faltaba el reloj. No entendía nada: los habitantes de aquella casa eran personas honorables y de confianza.  Negábase a pensar que alguno de ellos hubiera  entrado a su habitación para hacer aquel desastre estando él ni sin estar. ¿Qué habría ocurrido?

Pasó a la cocina para desayunar. En una pequeña mesa frente a la lumbre, estaba Jesús sentado en un banco saboreando una humeante taza de café. El pan de Grandas estaba siendo cortado por su esposa María, con una maestría que solo la costumbre de repetirla varias veces al día podía dar.

-"Buenos días", saludó Claudio.

-"Buenos días: adelante. Tome asiento. ¿Le sirvo un café?", preguntó solícita la dueña de casa.

-"Sí, por favor. Muchas gracias".

-"¿Qué le sucede Claudio? Parece que haya pasado algo... ¿está bien?", le dijo Jesús con gesto preocupado.

-"Bueno... la verdad es que...", no se animaba a contar lo sucedido y, bajando la mirada, calló.

-"Vamos, cuente, quizás le podamos ayudar".

-"Verá usted... no sé qué pasó, pero... esta mañana encontré mis pertenencias fuera de lugar, y me faltó el reloj. Soy una persona ordenada: sé cómo coloco mis cosas cuando me acuesto y estaba todo revuelto".

-"Ese fue el Trasgu", dijo María sin titubear. "En mi cocina también encontré desorden y de noche hubo estropicio de ollas y sartenes. Pero ya lo arreglaré yo"

-"Pero... pensé que el Trasgu no existía, que era una leyenda, un mito", dijo Claudio sin salir de su asombro.

-"Pues sí; existe querido amigo. Si no ¿cómo podría explicar lo que pasó?," le decía Jesús mientras revolvía el café- "Su reloj aparecerá donde menos lo imagine".

El desayuno transcurrió escuchando la explicación de María; le contaba que para que el Trasgu no molestara más, se le daban tres tareas, imposibles de cumplir para que él  que es tan orgulloso, al no poder hacer lo que se le mandaba, se marcha frustrado y deja de molestar. Las tareas encomendadas eran: llenar con agua de mar una cesta de mimbre, convertir en blanco una piel o "peleyu" negro de carnero, y por último llevar media copa de licor en su mano izquierda o bien recoger con esa mano el cereal que estaba desparramado en el suelo. El Trasgu tiene un agujero en la mano izquierda, así que, cuando intenta agarrar líquidos o cosas pequeñas, estas se le escapan por él.

Claudio no podía creer que esto le pasara a él y estuviera conviviendo con seres mitológicos. Sumido en esos pensamientos, dirigió sus pasos hacia la orilla del bosque. La naturaleza fue generosa con el suelo asturiano y le regaló una inmensa variedad de árboles. Es común encontrar abedules, avellanos, tejos, castaños, sauces, nogales, robles, encinas... y mirando su suelo se ven hierbas medicinales y también mágicas, como la ruda, la valeriana o la verbena, por solo nombrar tres de ellas.

Una densa nube estaba cubriendo el bosque, lo que no permitía distinguir claramente qué había unos metros más adelante, así que cuando vió moverse algo entre los árboles, pensó que sería un corzo. Se paró, agudizó la vista y distinguió una figura humana. Era... ¡una mujer! Vestía ropajes antiguos; un vestido de terciopelo azul que le llegaba a los tobillos, con las mangas largas y ajustadas. Su cabello dorado caía más abajo de su cintura y cantaba algo que no terminaba de comprender, pero que sonaba doloroso. Le gritó que se detuviera y ella lo hizo, mientras que se daba vuelta y le miraba de frente: tenía un rostro bellísimo, dulce y triste, muy triste. Parecía que estuviera a punto de llorar. Cuando estaba a pocos metros de ella, la chica comenzó a correr y desapareció entre la bruma y los árboles...

Una vez más debió recurrir a Jesús que le explicó con una paciencia infinita:

-"Sí; es Nadia, una princesa mora encantada que vaga por el bosque. Dicen que guarda los tesoros de Ricardín, escondidos en una cueva cerca de Escanlares. Como todas las Atalayas, está esperando que un hombre rompa su hechizo y pueda volver a ser un ser humano normal. Pero año tras año llega la fiesta de San Xuan y nadie logra desencantarla..."

Tras aquella declaración, Claudio iba día a día al bosque con la esperanza de volver a ver a aquella hermosa princesa. Pero esta no aparecía, así que, luego de varias horas de espera, se retiraba cabizbajo de camino al pueblo.

Mientras que Claudio consumía sus días entre la fonte y el bosque, varios ojos se fijaban en él. Por un lado Soñada, la xana traviesa que se había encaprichado con aquel hombre andaba siempre junto a Nadia. Juntas le perseguían sin ser vistas y  hacían alguna travesura que ponía una sonrisa en la boca de Nadia, siempre triste y melancólica.

Soñada era una xana como otras tantas; bella, sonriente, joven... pero se diferenciaba del resto por ser  traviesa. El Cuélebre que la cuidaba, debía estar siempre atento a esta ninfa que le sacaba escamas de todos los colores tratando de mantenerla a raya. Soñada había encontrado una compañera de juegos y travesuras en Nadia , siempre  tratando de animarla, aunque le resultaba muy difícil. Así que cuando vio a Claudio y estando tan cerca la esperada fiesta de la noche de San Xuan, trató de idear un plan para que él pudiera desencantarla, pero antes... se divertiría con él, aunque fuera un poquito.

La idea de entrar en la casa y revolver cada cosa haciendo pensar a todo el mundo que había sido el Trasgu, fue brillante. El asombro de aquel joven forastero al encontrar el reloj en la fonte, el ver su cara desencajada por la sorpresa, supo que sólo por eso había valido la pena tal travesura. La mejor parte era que nadie sospechaba de ella y todos culpaban al Trasgu.

Faltaban pocos días para la fiesta de San Xuan y la primavera ya se sentía cercana. Las flores y el bosque comenzaban a reverdecer mostrándose esplendorosos. Las ninfas de los bosques se dedicaban a cortar flores y fabricarse coronas para adornar sus cabezas, o prendían flores en sus largos y dorados cabellos...

Claudio había logrado  ver de nuevo a ambas ninfas otras veces, pero jamás pudo entablar contacto directo con ellas. Siempre se escabullían o desaparecían en el bosque sin dejar rastro. Desde la primera vez que vio a Nadia en el bosque entre la bruma, el triste rostro de aquella mujer había logrado enamorarlo y no podía quitarla de su mente. Sabía que era algo imposible, pero quería creer que él la podría salvar quitándole aquel hechizo. No sabía ni qué ni cómo tenía que hacer para lograrlo, pero lo averiguaría.

Lo que también tenía extrañado a este hombre, es que continuaban desapareciendo objetos de la casa donde él estaba, además de los ruidos nocturnos y el desorden que se producía un día sí y otro también.

Él siguió investigando día a día, preguntando, consultando libros y a las gentes de los pueblos. Así, reuniendo información de varios lados pudo saber que para librar del hechizo a Nadia necesitaría la ayuda de una bruxa (bruja) que practicara la magia teurgia (blanca). Las bruxas que practicaba la magia goecia (negra) hacían hechicerías y ritos satánicos, utilizando para estos fines los libros grimorios, como por ejemplo el libro de San Cipriano que era el más usado y al que todos llamaban "Ciprianillo". Contaba la tradición popular que el 30 de abril, incluso en ese año, les bruxes preparaban un ungüento que al frotárselos  en las ingles les permitía volar en sus escobas. Por supuesto que siempre se encontraba algún vecino que había visto alguna y hasta estaba dispuesto a dar su descripción.

En el pueblo de Francos vivía una bruxa llamada Celeste. Quizás ella le podría ayudar, porque  dijeron que era una bruxa "buena". Así que tomó las pertenencias con las que solía salir a dar sus vueltas y se encaminó al pueblo. Una vez allí encontró vecinos amables que le indicaron la ubicación exacta de la casa. No tuvo mayores problemas en reconocerla. Les bruxes como Celeste eran ampliamente respetadas en los pueblos y aún lo siguen siendo.

Al llegar, golpeó con sus manos la puerta de la casa y notó que las tenía húmedas. No quería admitirlo, pero estaba sumamente nervioso. La puerta se abrió con un ligero quejido de goznes y apareció una mujer de mediana edad, muy bonita, con el cabello negro  recogido en un moño y vestida como cualquier otra mujer del pueblo. Claudio quedó descolocado. Aquella señora no era lo que él esperaba encontrar...

-"Buenos días señor" le dijo con una amplia sonrisa.

-"Bu... buenos días"contestó quitándose el sombrero y sin dejar de mirarla.

-"¿Puedo hacer algo por usted?" No recibió contestación, a lo que agregó "Sí, estoy segura que puedo. Pase adelante..."

La mujer le franqueó la entrada y él no dudó en traspasar el umbral de la casa. Consistía en una habitación sencilla donde se encontraba la lumbre sobre la que colgaba una olla. Diversos olores impregnaron su nariz. Eran casi todos aromas conocidos de plantas, flores, árboles y hierbas. Allí había piedras para espantar culebras, para quitar el mal de ojo, plantas para los amores y curar diferentes enfermedades; flores para perfumar y líquidos desconocidos por él. Frascos, recipientes y  un mortero completaban aquel "laboratorio". Si la mujer no era lo que él imaginaba que sería una "bruxa", el interior de la casa era similar a la idea que él tenía de cómo podía ser el lugar donde ellas fabrican sus pociones, brebajes y demás.

"Tome asiento. No hace falta que me diga su nombre, es usted muy popular en toda la comarca por haber atraído a varios seres mágicos de los que habitan por aquí. Hay gente muy anciana que jamás se topó con un Trasgu o una Xana, pero usted... Trasgus, Xanas y hasta una Atalaya que ha logrado enamorarlo, ¿verdad? Pero quiero oírlo de sus labios. Cuénteme..."

Claudio la miraba sin articular palabra. Su asombro era demasiado grande... pero se sobrepuso y como pudo le pidió que le ayudara a desencantar a Nadia.

-"Celeste, usted es una bruxa que practica la magia teurgia. Ayúdeme por favor. La noche de San Xuan se acerca y no tenemos mucho tiempo. Sé que es la única noche en el año en que el Cuélebre queda adormilado y las ninfas pueden escapar. Pero para ello hay que desencantarlas y la única que puede hacerlo es usted."

-"No querido amigo, se equivoca. La única persona que puede desencantar a Nadia es usted mismo. Yo lo único que puedo hacer es prepararle y decirle qué hacer. El resto no depende más que de usted."

-"Perfecto. Dígame qué hacer..."

-"No se apresure. Esto no es fácil y el más pequeño error que se cometa puede hundir aún más a Nadia. Hay que ir con mucho cuidado y precaución. Son muchos los ingredientes que se necesitan para preparar el hechizo que rompa el encantamiento. Les bruxes como yo no tenemos libros por dónde guiarnos, lo que conocemos es por tradición oral, así que tendré que buscar en mi memoria. Ahora vete... déjame pensar y recordar.  Te avisaré cuando tenga todo preparado para ti..."

Claudio dejó la casa de Celeste y retomó el camino a casa sumido en sus pensamientos. Él no lo sabía, pero Soñada, la traviesa xana de la Fonte, había descubierto al guapo y joven americano y seguía cada uno de sus pasos de cerca. Escondida entre la bruma nocturna descubrió la casa donde se hospedaba y planeó en su mente una trampa para hechizar a este hombre. Ella era muy joven y no tenía mucha experiencia en estas cosas, pero lo que primero decidió hacer fue llamar su atención. No era intención de ella enamorarlo ni encantarlo, sólo quería fastidiar y hacer travesuras para pasar el tiempo.

En la casa de Celeste los calderos burbujeaban y ella escribía sin cesar cada elemento que recordaba para preparar los hechizos y brebajes para aquel hombre enamorado de una Atalaya. Muchos eran los ingredientes necesarios. Así que anotó:

Las siete plantas sagradas de la noche de San Juan:

Salvia: por sus virtudes curativas, era la planta de la longevidad

Aquilea o Milenrama: curativa, cicatrizante. Usada por las brujas asturianas para potenciar sus poderes.

Crisantemo de los Prados: Simboliza el Sol, la perfección, la inmortalidad.

Hiedra terrestre: Medicinal. También se usa triturada para invocar a algunos espíritus de la naturaleza. Sus bayas son venenosas.

Rusco: da unas bayas comestibles muy nutritivas y sirve para infusiones.

Artemisa: Medicinal. Con sus tallos se trenzaban figuras antropomorfas y se colgaban en las puertas de las casas como protección mágica. Claudio la usaría para fabricar flechas y lanzarlas a los cuatro puntos cardinales, a modo de conjuro contra los malos espíritus.

Hipérico o hierba de San Xuan: se la vincula con el Sol y debe recogerse la noche de San Xuan. Posee grandes poderes mágicos y curativos. Curan las depresiones y  ahuyentan los malos espíritus.

También le pidió los siguientes ingredientes:

Ruda: era la planta mágica por excelencia, y se debía recoger la misma noche de San Xuan. Esta planta cumpliría la función de quitar los maleficios de otras brujas, ahuyentaría al Cuélebre que custodiaba a Nadia y se encargaría de mezclarla con agua para que el amor de estos jóvenes durara para siempre. También era afrodisíaca, así les aseguraba un ardiente encuentro.

Valeriana: no podía faltar. Siempre se utilizaba en los hechizos de amor.

Verbena: esta planta se utilizaba contra las culebras y nunca estaba de más.

Beleño: imprescindible en la elaboración de cualquier poción mágica. Si se quema, el humo que produce provoca sueño y alucinaciones.

Belladona: la planta mágica más conocida.

Mandrágora: Tiene múltiples usos pero es muy misteriosa porque tiene figura humana y gime cuando la arrancan del suelo.

Avellano: este árbol se usa contra los maleficios y sus ramas ahuyentan al Cuélebre y a las culebras.

Fresno, Higuera, Roble, Encina y Laurel: utilizaría ramas de estos árboles para que no hubiera ni rayos ni tormentas esa noche de San Xuan.

Sauce: prepararía ungüentos con este árbol para aplicar en cualquier lastimadura.

Tilo: debía recordar plantar un tilo el día de la boda, para asegurar el matrimonio de la pareja.

La recolección de plantas, raíces y hojas se tenía que realizar conjurando a los cuatro puntos cardinales, además de contemplar unos ritos, en los que la pureza del cuerpo y la repetición de ensalmos eran esenciales. Celeste lo sabía y lo respetaba porque comprendía que el más pequeño error sería irreparable.

Debía recordar pedirle también piedras mágicas como la piedra de San Pedro, que debía traer de la comarca de Boal. Esta piedra, llamada también "chiastolita", era usada contra demonios y brujerías.

Asegurándose de que la lista estaba completa mandó llamar a Claudio, que fue inmediatamente a su encuentro.

-"Aquí tienes la lista completa de todos los elementos necesarios y los conjuros y ensalmos que deberás pronunciar. Sólo queda una semana para la noche de San Xuan, así que apresúrate a conseguirlos siguiendo las instrucciones tal cual te las dicté. Es necesario que comprendas que si cometes el más pequeño error, todo será en vano. Pero eso no es lo peor, sino que quedarás invalidado para repetir el rompimiento del hechizo."

-"Entiendo" dijo con solemnidad. Y tomando el papel que Celeste le extendía, partió sin saber muy bien  adónde dirigirse.

Necesitaba un lugar tranquilo donde nadie lo molestara y decidió ir a la Fonte. Allí se sentó y comenzó a leer. Había cosas que le parecían imposibles de conseguir, y otras que tendría que tener presente porque debía recogerlas la noche misma de San Xuan.

Mientras tanto, muy cercano a él pero sin ser vistas, Soñada y Nadia le miraban y susurraban. Sus risas apagadas eran inaudibles para el joven, muy concentrado ahora en sus planes de recolección de elementos comunes que en pocos días se convertirían en mágicos.

-"Nadia, míralo: es guapísimo. ¿Le amas mucho?"

-"Sí, mucho."

-"Lo que no entiendo es por qué no le encantas de una vez y lo retienes aquí mientras viva."

Nadia la miró a los ojos tratando de explicarle con ellos. La tristeza volvió a su rostro y a su voz.

-"Si lo encanto nunca sabré si me ama realmente. Si va a ser él quien me arranque de este hechizo que me tiene presa, quiero que lo haga porque me ama, no por un hechizo que le impedirá pensar por sí mismo y sólo le hará actuar por impulso. Esta vez es diferente a  las otras veces; en esta ocasión quiero que me ame por mi misma, y si triunfa donde tantos otros fracasaron..."

No se animó a seguir hablando.

-"Si triunfa ¿qué? Continúa, no me dejes así."

-"Olvídalo" dijo mientras se iba cabizbaja y melancólica como siempre.

Soñada salió detrás de ella, jugando y saltando aquí y allá mientras le contaba a su amiga las nuevas travesuras que tenía planeadas para esa noche. Nadia la escuchaba pacientemente mientras caminaban hacia la cueva de Ricardín, donde cuidaban los tesoros allí escondidos.

-"Esta noche iré a la casa de Balbina y moveré sus cuencos con mucho ruido. En la casa de Lorenzo, o mejor dicho, en su hórreo, han puesto ayer la cosecha, así que esparciré un poco de grano y dejaré huellas de pies pequeños: así, todos seguirán creyendo que es el Trasgu... jajajajajaaaaa!!! Claro que no es lo único que pienso hacer. También iré a..."

Nadia la interrumpió diciendo:

-"Eso no está bien y lo sabes. Además, el Trasgu tiene un humor terrible. Cuando sepa que lo están culpando a él por cosas que tú haces... ¡no sé qué te hará!"

-"No me hará nada porque nunca se enterará."

Las amigas siguieron caminando y hablando, mientras Claudio planeaba mentalmente qué rutas hacer y cómo conseguir todo a tiempo para aquella mágica noche que tenía tan cerca. Pensó en Nadia y su corazón comenzó a latir fuertemente. ¿Estaría hechizado? Pues si lo estaba no le importaba porque sentía un profundo amor por aquella atalaya que le había impresionado desde que la oyó cantar entre la bruma. Y aquel rostro tan triste, sus ojos y su mirada...  ¡debía rescatarla! Así que se puso en pie y comenzó a caminar mirando hacia la tierra y los árboles, buscando las hierbas y hojas exigidas por Celeste para los conjuros.  Se dirigía a la comarca de Boal a buscar la piedra de San Pedro, que era básica en la noche de San Xuan, para protegerse de lo que  pudiera sucederle.

Ajeno a todo, Claudio se encaminó por los bosques junto al río Navia, pasando por varios pueblos en su periplo a Boal. Como se hallaba en el Concejo de Grandas de Salime, debía cruzar los de Pesoz e Illiano para llegar al de Boal.

Luego de un largo viaje, al llegar al Concejo, fue hasta Los Mazos y allí se presentó en la casa de Joselo, un joven de unos 25 años, quién, pese a   la diferencia de edad, era muy buen amigo de Jesús. Cuando le contó su historia y el motivo que lo había llevado hasta allí, Joselo le dijo:

-"Cuenta conmigo para buscar la piedra, y veremos si yo puedo conseguir una también."

-"Pero... ¿para qué la quieres tú? " preguntó intrigado Claudio.

-"Es que... tú veras: no sé si estoy encantado o enamorado, pero no dejo de pensar en Soñada. Vi a esa xana un día en la Fonte, y no pude quitármela de la cabeza nunca más. Descansa en mi casa esta noche y mañana saldremos juntos en busca de la chiastolita."

Al día siguiente emprendieron el regreso a Grandas de Salime. Demoraban mucho en el camino, ya que iban despacio buscando el preciado tesoro que significaba esa piedra. Llegando casi al límite con Illianos, pudieron encontrar una pequeña chiastolita. Joselo la introdujo cuidadosamente en una bolsa de terciopelo y se la colgó del cuello a Claudio.

-"Consérvala tú" le dijo, "yo sé dónde puedo conseguir otra."

En el camino, Joselo le fue dando varias sugerencias que él había aprendido por tradición oral de su familia y de los ancianos de su pueblo.

"Si conoces las plantas, querido amigo, tendrás en tus manos toda la magia del reino vegetal y los espíritus que contienen   . Por ejemplo: el árbol es el representante más perfecto del reino vegetal por lo que su magia es la más poderosa. Fíjate -le decía mientras señalaba un Texu (Tejo)- las raíces del árbol representan el mundo terrenal, mientras que la copa representa el mundo celestial; ambas partes están unidas por el tronco que es el vínculo entre ambos mundos. Esto es un Texu, el árbol sagrado de la mitología asturiana y representa el vínculo del pueblo asturiano con la tierra. Es el símbolo de la espiritualidad."

-"¿Y cómo se llama aquel árbol? Lo reconozco pero no recuerdo su nombre."

-"Por supuesto que lo conoces: es un Roble. En Asturias lo conocemos como "Carbayu" y varios apellidos han salido de él: Carballo, Carbajal, Carbajales, Carballido... y recordemos también el famoso "Carbayón", símbolo de la ciudad de Oviedo. Dicen que frente a este árbol ocurrían fenómenos como el de una mujer misteriosa vestida de negro que luego de agarrarse al árbol y convulsionarse, desaparecía sin más. La naturaleza ha sido extremadamente generosa con el suelo asturiano. ¿Quieres que te vaya señalando los diferentes árboles y contándote algo de ellos?" le preguntó amablemente Joselo a su amigo forastero.

-"Eso sería una maravilla porque además de lo que aprenderé a tu lado nos ayudará a que este viaje se nos haga más corto y entretenido. Comienza por favor, te escucho..."

Con una amplia sonrisa comenzó el lugareño a señalar y describir algunas de las características más sobresalientes de los árboles que se daban por aquellos parajes del territorio occidental de Asturias.

-"Hasta ahora hemos visto sólo dos de ellos: el Tejo o Texu, y el Roble o carbayu. También -continuó diciendo Joselo- hay Fresnos o Fresnus pero a los pobrecitos hay muchos que no los quieren porque tienen fama de ser morada de demonios. Otro es la Encina o Ancina; en los claros de los encinares las brujas asturianas hacían sus aquelarres a la luz de la luna llena."

-"¿Qué son los aquelarres?" preguntó con interés Claudio.

-"Los aquelarres son las reuniones nocturnas de brujos y brujas donde el demonio hace su aparición en forma de macho cabrío. Muchas veces, la mayoría, dicen que estos aquelarres terminaban en una gran orgía."

-"¡Vaya! qué cosas tan interesantes me cuentas -le contestó Claudio- Supongo que me habrás nombrado solo algunas especies ¿verdad?"

-"Sí, solo algunas, es que... ¿sabes? Hay muchos árboles mágicos en estas tierras. Por ejemplo el Avellano o Ablanu que se relaciona no sólo con la sabiduría, sino que es la madera utilizada por los magos, brujos y hechiceros para revolver las marmitas y obtener pócimas, además de usarlas  para confeccionar las varitas mágicas.  También hay árboles como el Nogal o Nozal que es peligroso porque aquel que duerma a su sombra enfermará. Además, al contrario del Fresno y el Laurel, éste atrae los rayos.  Y ¿qué sería de Asturias sin el Manzano o Manzanu? Se le considera un árbol sagrado y representa la inmortalidad.

He dejado para el final el árbol más importante de todos, al menos, el que creo que es más importante para ti: el Abedul o Bidul; digo que es importante no porque represente el equinoccio de primavera, ni porque la gente piense que si se escala su tronco se llega a la iluminación espiritual, y tampoco porque sus ramas sirvan para expulsar los malos espíritus y castigar a los que tienen mal comportamiento. Lo digo, querido amigo, porque las ramas pueden servirte para desencantar Atalayes como Nadia. Y a propósito de ella... ¿sabes su historia?"

-"De ella sólo sé que es una princesa mora que fue encantada hace mucho tiempo, nadie sabe cuánto, y que cuida un enorme ayalgue o tesoro que procede de las fraguas de los moros."

-"No, no es así. Nadia sí es una princesa, pero no es mora. Y te aclaro que estos moros de los que estamos hablando no son los de áfrica del norte, sino que son hombres que tuvieron que abandonar sus viviendas inesperadamente y trasladarse bajo tierra sin poder llevar con ellos ni sus pertenencias ni sus mujeres, a las que protegieron con un halo mágico hasta su vuelta. Pero nunca regresaron, y las moras llevan siglos esperando que alguien las desencante. Pero tu Nadia no es mora, sino que es una princesa que se enamoró de un campesino pobre. Su padre la encerró en una cueva, la de Ricardín, con los bienes que le corresponderían de herencia y dote, mientras los hechiceros, con sus conjuros convirtieron la soga que la mantenía atada en un Cuélebre. Mientras que Nadia lloraba desconsoladamente por la suerte que le había cabido, su padre le dijo la forma de desencantarla: "un joven forastero deberá llegar cargado de reliquias la noche de San Xuan, y  matar al cuélebre de una lanzada en la garganta."  Me temo, querido amigo, que ese joven forastero eres tú."

-"¿Ma... matar... yo al... Cuélebre? -dijo Claudio con la voz entrecortada. Trató de visualizarse con varias lanzas ante un enorme Cuélebre verde. Se estremeció y un aire frío congeló su espalda- No sé si podré..."

-"Claro que podrás, o mejor dicho: podremos. Hay muchas formas de matar a los Cuélebres: dándole a comer una piedra al rojo, o una boroña (pan) lleno de alfileres y objetos puntiagudos y cortantes, para que cuando lo trague le causen la muerte, o como lo harás tú, clavándole una lanza en la garganta que es el único lugar que no está cubierto por escamas. La otra ventaja es que en la noche de San Xuan entra en un profundo sopor, se rinde a la fatiga y es cuando debemos aprovechar para matarlo y poder  llevarnos a Nadia y a Soñada."

 -"¿Imagina Soñada que la desencantarás?"

-"Claro que no. Bueno, supongo que no... Creo que ella me encantó a mí porque no puedo dejar de pensar en ella. Es una Xana muy traviesa, y hermosa como toda Xana, pero... es también muy especial. A veces le gusta hacer bromas y hacerse pasar por el Trasgu: se mete en las casas, hace ruidos, tira las cosas, esconde objetos..."

-"¿De verdad? Pues quizás haya sido ella y no el Trasgu el que anduvo por las casas del pueblo, y la que escondió mi reloj que luego encontré en la fonte."

Joselo comenzó a reír sin parar.

-"¡Seguro que fue ella! Jajajajajaaaaaa... Esas travesuras tienen firma: Soñada. ¡Qué chiquilla más traviesa! me gustará mucho poder educarla y enseñarla a comportarse." 

-"No creo que vaya a ser una tarea fácil amigo."

 -"No, no lo será. Pero estoy seguro que aprenderá. Se ve muy inteligente además de su belleza física"

Los dos amigos continuaron su camino hablando de varios temas, sobre todo haciendo planes para la mágica noche de San Xuan donde sus amores los estarían esperando para ser desencantas.

Cuando estaban cerca de Grandas de Salime, pasaron por los bosques de los pueblos de Serán, Sanzo y Santa María marcando cuidadosamente los lugares específicos donde deberían recoger las hierbas señalando  los sitios con varas clavadas, y en otros dejaron marcas que solo tenían sentido para ellos. Ahora sólo deberían esperar el 24 de junio.

LA MADRUGADA DEL DÍA DE SAN XUAN

Ya estaba allí el día en que el astro rey alcanza el punto más alto de su carrera: era el solsticio de verano, el día de más luz y la noche más corta.

Claudio y Joselo se levantaron muy temprano y vieron que había orbayada (rocío matutino), así que  salieron presurosos para disfrutar de "la flor del agua", o sea, el rocío que estaba sobre las plantas y flores. Luego, siguiendo la tradición, se tirarían sobre la hierba para "bañarse y protegerse" de los males que  pudieran  ocurrirles.

A lo largo del día prepararon sus morrales con los elementos que creyeron necesarios, y se dirigieron a la casa de Celeste cuando el sol aún estaba alto. Allí la bruxa les proporcionó pócimas, polvos, líquidos con las respectivas instrucciones y varias recomendaciones. Luego les deseo suerte y los vio partir montados en briosos corceles. Esta vez necesitarían moverse rápido, así que cabalgando llegaron hasta  donde habían dejado señaladas las plantas que se tornarían mágicas y los ayudarían a cumplir su cometido.

Cuando llegaron al lugar, dejaron pastar a sus animales y comenzaron a preparar los elementos con los que realizar los rituales y conjuros para aquella noche.

Claudio, muy ceremonioso, comenzó a tirar las flechas hacia los cuatro puntos cardinales repitiendo las palabras que había aprendido de memoria. Estas flechas, así como varias lanzas, estaban fabricadas con Artemisa, una de las siete plantas mágicas que les había dicho Celeste, y que servían para alejar a los malos espíritus.

Una vez cumplido este ritual, se sentaron mirando el occidente y esperando la desaparición del sol tras el horizonte.

LA NUECHE DE SAN XUAN

Es la noche del año mágica por excelencia: noche de prodigios, de espíritus, donde las fuerzas sobrenaturales de los cuatro elementos: tierra, aire, fuego y agua, se juntan al filo de las doce campanadas y comienza el reino de los presagios, hechicerías, encantos y conjuros.

En los pueblos se encienden las hogueras y los muchachos saltan sobre ellas por diversas razones: ahuyentar los malos espíritus y las enfermedades, o simplemente para llamar la atención de la moza de sus desvelos. De ese mismo fuego de las hogueras, la gente enciende manojos de hierbas que acercan a sus herramientas de labranza para alejar así las plagas de las cosechas.

Les xanes aprovechan a salir de sus maravillosas casas en los manantiales y por única vez en el año se presentan a los ojos de los hombres que las ven jugar a los bolos, hilar sus hechizos, lavar y tender ropa o peinarse con sus peines de oro puro.

Les bruxes juntan las hierbas mágicas en los bosques que luego utilizarán en sus pócimas. Y los hombres como Claudio y Joselo buscan las hierbas mágicas para desencantar a sus amores, mientras que otros quieren conseguir un trébol de cuatro fueyes (hojas) para encontrar ayalgues (alhajas o tesoros) ocultos en los bosques.

Es el día en que el Cuélebre cae en un irresistible sopor y aquellos elegidos pueden derrotarlo y desencantar xanes y atalayes que estuvieron encantadas por siglos, y conseguir los fabulosos tesoros que ellas vigilan.

En el pueblo

Mientras que Manuel, un frero ermitaño que tenía a su cargo la capilla de San Antonio en Villabolle y contaba las más bellas historias y los espantos más grandes para delicia de la gente que concurría a oírlo, los demás trabajaban para disfrutar de aquella noche llena de magia y misterio.

Fogueras u hogueras hechas con leña de fresno -que no echa ni humo ni chispas y es silenciosa- aparecían en diferentes puntos. Ese año echaron también peornos y otras plantas simbolizando que quemaban las impurezas del año solar que terminaba y comenzar limpios el nuevo año.

Cristeta, la mujer más vieja del lugar comenzó a animar a los jóvenes músicos para que comenzaran a tocar las gaitas y los tambores, mientras una bella joven de ojos verdes cantaba populares versos en asturiano, propios de la noche de San Xuan:

"Amor es fuego,

quien non se atreva

a saltar la foguera,

que non me quiera"

"La flor de xabugu, madre,

ya la tengo recoyía,

del sereno de San Xuan,

que sirve de melecina"

"A los mozos forasteros,

favores y más favores,

que están lejos de sus casas,

y vienen ver sus amores"

Acompañando la música y las canciones, otra joven se animó a tocar la pandereta y Cristeta comenzó a bailar, seguida casi inmediatamente por los jóvenes que preferían esta actividad a tener que saltar la foguera, que estaba alcanzando su máximo poderío y donde otros galanes más arrojados intentaban de esa forma deslumbrar a las mozas de sus preferencias.

Cuando dieron las doce campanadas que todos esperaban agolpados a lo largo del camino, las mujeres salieron corriendo hacia la fonte del pueblo, a ver quién llegaba primera a recoger el agua para cumplir el ritual de todos los años: una vez que obtenía el agua, se dirigirían a la casa, y puesta en un vaso le vertirían dentro un huevo fresco; dejándolo al sereno en la ventana toda la noche, en la mañana se podría ver una figura que le daría alguna pista sobre su futuro: el campanario de una iglesia, un barco, una casa...

Con todo el alboroto nadie notó a dos jóvenes que pasaban por allí montados en caballos y con sus alforjas cargadas. Eran Claudio y Joselo que entre las sombras se deslizaron hasta un bellísimo helecho. Esperaron y contaron las campanadas del reloj de la iglesia: una, dos, tres, cuatro, cinco, seis...

-"¡Ahora!" gritaron al unísono.

Ante sus ojos apareció una bellísima flor mágica. Esta flor fue recogida por Joselo y en ese mismo instante desapareció. Claudio no podía creerlo, aunque sabía que esa flor le concedía invisibilidad a quién la tomara en sus manos. Sintió la voz de Joselo que le decía:

-"¿Has visto querido amigo? Yo no tengo la piedra de San Pedro, pero conocía esto y al estar invisible estaré protegido también. Debemos darnos prisa, porque este hechizo se rompe con el primer rayo de sol..."

De la misma forma silenciosa y disimulada con que habían entrado al pueblo, salió Claudio sin que nadie lo notara, seguido por su amigo, ahora invisible. Se encaminaron al bosque en dirección a la cueva de Ricardín donde rescatarían a Nadia, e inmediatamente pasarían por la fonte para rescatar a Soñada.

La gente del pueblo quedab a la espera de la chocolatada, una bonita tradición que se hacía de la siguiente forma: se pedía por las casas el chocolate; todos colaboraban y en el momento de saborearlo cada uno iba con su chocolatera, se servían y lo tomaban haciendo un gran círculo en lo que iba quedando de la hoguera. Cuando el ambiente estaba fresco y encima caía el orbayu (rocío) de San Xuan, una taza de chocolate caliente y la tibieza de las brasas era agradecida por los concurrentes a la fiesta.

En el bosque

Mientras en el pueblo la mayoría de la gente cantaba, bailaba, recogían la flor del agua, hacían hogueras y saltaban sobre ellas, algunos hombres se introducían en el bosque para ver las xanas, si es que las podían encontrar.

La noche de San Xuan, aprovechando la somnolencia del Cuélebre, las xanas aprovechan a sacar sus objetos de oro y disfrutarlos, jugando con los bolos, peinándose, hilando en las ruecas sus ovillos de oro y divirtiéndose como ningún otro día del año. Todo eso a la vista de los hombres que quedan embelesados ante tanta belleza, brillo, alegría y  luminosidad que emiten las xanas.

Este día, Soñada, debía bajar a la fonte a bendecir las aguas y las plantas que se recogían para guardar durante el resto del año. Y así lo hizo... Más bella que nunca, con un resplandor especial en sus cabellos recién peinados, en sus ropas inmaculadamente blancas y en su corona de flores recién cortadas, bajó hasta la fonte y diciendo esas palabras secretas que ella conocía tan bien, cumplió con su deber de bendecir el agua de su fonte y toda la flora del bosque.

Cumplida esta misión, se sentó a esperar a Joselo que quizás lograra rescatarla para llevarla a su lado. Tantos mozos lo habían intentado a través de los siglos, pero ninguno lo había logrado. ¿Sería quizás Joselo el indicado, el elegido? El Cuélebre que cuidaba de ella y de Nadia comenzaba a dar signos de cansancio y somnolencia.

Ella tenía poderes como para hechizar, y más esa noche. Estaba sentada frente a una campánula, la planta donde las xanas tejían sus embrujos. Si ella... quizás... podría... sólo tenía que...

Mil ideas se le vinieron a la mente y enseguida comenzó a tejer mientras decía palabras extrañas y movía manos y labios con gran velocidad.

En ese mismo momento, en la cueva de Ricardín...

El Cuélebre yacía sobre un costado de la cueva, somnoliento y con los ojos semicerrados. Los jóvenes dejaron sus caballos alejados del lugar. Traían un plan que no sabían si les daría resultado: mientras Joselo lo distraía, Claudio sacaría a Nadia y la introduciría en el bosque.

Apretando fuertemente la piedra de San Pedro, Claudio rezó: "querido  santo ; ayúdame para liberar a mi amada". En ese momento Joselo comenzó a hacer ruido moviendo ramas hasta que logró que el Cuélebre se incorporara mirando hacia el lugar desde donde provenían los ruidos. Al verlo, Joselo corrió hacia el extremo opuesto aprovechando su invisibilidad. Al moverse del lugar, el Cuélebre dejó libre la entrada de la cueva, momento que aprovechó Claudio para introducirse en ella y salir casi inmediatamente de la mano de su amada Nadia.

Momentos de gran tensión tuvieron que vivir mientras que el Cuélebre caminaba lentamente desde un extremo al otro del claro. Ellos se escondieron hasta que, cansado de buscar algo inexistente, el enorme animal se tumbó nuevamente en la entrada de la cueva y cayó dormido por el enorme esfuerzo que le había significado aquel movimiento.

-"¡Por aquí, por aquí! Debemos darnos prisa" oyeron decir a una voz proveniente del bosque y que enseguida reconocieron como la de su amigo Joselo. 

"Esperen, tengo algo que nos servirá -dijo Claudio- Celeste me dió esta crema. Es una pócima mágica, la misma con que untan sus piernas la noche del 30 de abril, cuando salen a volar por los aires en sus escobas. Me dijo que si la untábamos en nuestros pies y zapatos, nos ayudaría a correr con mayor velocidad, aunque no estaba segura de que diera resultado. Probemos" dijo con seguridad y energía en su voz.

Miró a Nadia a los ojos y se inclinó ante ella. La bella princesa levantó la falda de su vestido dejando ver sus pies, enfundados en unos hermosos y finos zapatos de seda bordada. Con toda delicadeza, Claudio comenzó a untarle aquella crema grasienta por sus pies y luego por los zapatos que parecieron arruinarse por completo debido a lo delicado del tejido. Luego extendió el pote y dijo:

-"Joselo, creo que deberás aplicarte la crema tú mismo."

-"Sí, claro... ya veo que no tienes voluntad para hacerlo" contestó su amigo en tono de broma.

Los tres rieron al unísono mientras que la crema parecía que volaba en el aire y se detenía casi a la altura de la tierra. En unos segundos unas manchas grasientas caminaban por el aire de aquí para allá...

-"Bueno, ahora yo" dijo Claudio mientras hacía lo mismo que su amigo. Al concluir, comenzaron a caminar y sintieron como que no pesaran nada, como que sus cuerpos flotaban en el aire y a grandes zancadas por el bosque llegaron a la fonte en pocos minutos.

No quedaba mucho tiempo; en cualquier momento aparecería el lucero del alba y los primeros rayos del sol, y con ellos desaparecería la magia y el encanto de esa noche. Si eso sucedía antes de rescatar a Soñada y hacer toda la ceremonia de desencantamiento... de nada habría servido todo el esfuerzo de los jóvenes enamorados.

Vieron a Soñada a un costado de la fonte y las manchas grasientas se dirigieron hacia ella:

-"¡Soñada! -gritó. La xana se sobresaltó.- He venido a romper tu encantamiento y llevarte conmigo."

En ese momento un terrible silbido surcó los aires. Todos miraron hacia arriba: era el Cuélebre, que al notar la falta de Nadia salió en su búsqueda temiendo que la xana a su cuidado también hubiese huído. Al ver allí a aquel hombre guardando tras sí a la princesa, y al otro lado la xana, su furia aumentó.

Estos hombres pudieron observar al Cuélebre con toda su ira. Medía varios metros y era como una serpiente gigante: arrojaba fuego por la boca mientras lanzaba unos terribles silbidos. Las enormes alas de murciélago, desplegadas en su totalidad, empujaban el aire como si se tratan de vientos huracanados y movían las copas de los árboles con inusitada furia. Las garras de sus patas se abrían y cerraban de acuerdo a la potencia de sus silbidos.  Sus escamas, duras y fuertes, protegían la totalidad de su cuerpo, pero al arrojar fuego y silbar, dejaba libre su único punto débil: la garganta.

-"Nunca lo había visto tan enfurecido"dijo Nadia.

-"Tampoco nunca se había visto tan amenazado y con la presencia de la muerte tan cerca" le contestó Claudio, mientras con total tranquilidad y firmeza, sacó una de aquellas flechas confeccionadas con plantas de Artemisa, y diciendo un conjuro esparció sobre ella un polvo mágico. La flecha adquirió brillo y luminosidad mientras la colocaba en el arco.

Surcando los aires la flecha se clavó en la garganta de la bestia alada, pero no le hizo demasiado daño, aunque logró ponerlo más irascible aún.

El Cuélebre se preparó para el ataque y voló en picado, con las alas desplegadas, en dirección al grupo de humanos, cuando un dolor desgarrador le quemó la garganta. Una lanza emponzoñada con pócimas preparadas por Celeste se incrustó en la garganta del animal mitológico que, herido de muerte por el arma hechizada, emprendió vuelo al cielo mientras giraba sobre sí mismo. Lo vieron irse volando en dirección al mar, mientras que  los silbidos que emitía eran ensordecedores y desgarrantes. Los lastimeros quejidos de este guardián varias veces centenario, se sintieron por unos momentos. Luego la tierra tembló levemente y todo el bosque quedó en calma. El Cuélebre había ido a parar al fondo del mar, donde seguramente cuidaría de otros tesoros.

El hechizo de Nadia estaba roto: un gallardo joven había clavado una lanza en la garganta del Cuélebre y le había dado muerte. La doncella comenzó a transformarse perdiendo el resplandor que la rodeaba, pero el verdadero desencantamiento sucedió cuando, después de cientos de años, sonrió por primera vez. Aquella sonrisa  dio brillo y luminosidad a su cara, y la hizo aún más hermosa. Por fin se sentía viva, radiante y sobre todo: ¡libre! Miró a Claudio, se acercó a su lado y le dio un beso en la mejilla. Era la forma de agradecerle todo lo que había hecho hasta ese momento.

-"Debemos darnos prisa, el lucero del alba ya está aquí" dijo una voz que Soñada enseguida reconoció.

-"¿Eres tú mi amor? ¿Joselo? ¿dónde estás? No logro verte..."

-"Estoy a tu lado Soñada. La flor mágica del helecho me permitió ser invisible para poder rescatarte. Ven... en el morral guardo las pócimas, brebajes y hechizos que te convertirán en un ser humano. Dime mi bella xana... ¿deseas seguir con esto y convertirte en humana?"

Soñada miró hacia el lugar desde donde provenía la voz y le dijo:

-"Tú me amas Joselo, dime qué quieres que sea y eso seré."

-"Yo quiero que tú seas... lo que quieras ser."

-"Entonces seré humana para estar a tu lado mientras vivamos. Pero antes te haré una confesión: esta noche, después de bendecir las aguas, me senté frente a una campánula a tejer hechizos y pensé en ti. Estuve a punto de hechizarte para que me amaras y me rescataras pero... no lo hice. Mi hechizo fue para que si eras tú el indicado, pudieras liberarme, pero no para que me amaras. Quise dejarte en libertad de elegir... y lo hiciste. Ahora soy tuya para siempre: yo, mi casa y mis tesoros. Adelante, ¡rompe el hechizo!"

Joselo comenzó con un ritual sencillo; arrojó sobre Soñada algunas hierbas, dijo conjuros y pasó a su alrededor varias varas de diferentes árboles que había juntado formando un ramo. A medida que el desencantamiento iba llegando a su fin, la xana perdía brillo y luminosidad, pero no belleza.

-"Y ahora, el paso final" -dijo Joselo. Se acercó a ella que permaneció inmóvil y tomando su rostro le dió tres besos en cada carrillo. La soltó y retrocediendo dos pasos la miró y... la vio más hermosa que nunca. Entonces fue ella la que avanzó y arrojándose en sus brazos le dio un largo y apasionado beso de amor.

El primer rayo de sol se abrió paso entre la arboleda e iluminó a Joselo, que comenzó a hacerse visible lentamente ante los ojos de su amda y de sus amigos.

Claudio y Nadia, por otro lado, también habían cumplido con el rompimiento del hechizo y la bella princesa volvió a su estado humano después de varios siglos de vivir prisionera en la cueva de Ricardín. Hasta allí llevó a Claudio y le entregó sus tesoros.

Soñada hizo lo propio con Joselo, que finalmente pudo entrar a la casa de una xana y ver sus tesoros: calderos, ruecas, tijeras, herramientas, y hasta un juego de bolos... todo de oro. El joven no podía creer tanta felicidad: estar junto a la mujer más bella que fuese vista jamás y compartir la fortuna que ella había guardado durante siglos.

Las dos parejas, felices y enamoradas, se encaminaron hacia el pueblo junto con los primeros rayos del sol. Era un día claro y primaveral. Las flores estaban en todo su esplendor y el pasto lucía verde y brillante. Los cuatro jóvenes caminaban de la mano cuando de repente... un hombrecillo se apareció ante ellos cortándoles el paso.

No había dudas: era el Trasgo: con rabo, pequeños cuernos, algo cojo, vestido totalmente de colorado y con un agujero en su mano izquierda. Se le veía  sumamente enojado y parándose en puntas de pie señaló con su dedo índice a Soñada.

-"¡Contigo quería hablar! Era a ti a quien he estado buscando, bibronzuela. Has hecho estragos en las casas de los aldeanos con ruidos, regando cosas, esparciendo granos, molestando el ganado, escondiendo pertenencias... todas travesuras para inculparme y que ellos pensaran que había sido yo ¿verdad? Pero en el bosque todo se sabe y llegó a mis oídos la noticia que habías sido tú, pequeña bribona. Ahora ya no eres una xana, te has convertido en humana y tendrás tu casa. Pero quiero que sepas que no te dejaré en paz durante el resto de tu vida. Te haré la vida insoportable a ti y a tu familia. Y además..."

-"Disculpa que te interrumpa" le dijo Joselo en un tono sumamente respetuoso pero firme. "Sé que no soy nadie para dirigirte la palabra, pero quisiera hablar contigo por favor."

 -"Por supuesto que no eres nadie, apenas un insignificante ser humano, pero dado el respetuoso trato que me has dado te escucharé."

 -"Quisiera que fuera en privado, por favor" le susurró el joven pegado a su gorro colorado.

Titubeó unos segundos, pero casi inmediatamente con paso decidido se alejaron de los tres jóvenes que no comprendían cuál era el plan de Joselo.

En un pequeño claro se pararon ambos personajes. El gallardo caballero se puso en cuclillas para quedar a la misma altura que el hombrecillo de colorado; hablaba con susurros y ademanes pausados, mientras que el Trasgu se movía sin cesar, daba pequeños saltos y todos sus ademanes eran de enojo y fastidio. Le oían gritar, pero no lograban comprender qué decía.

Al seguir escuchando lo que le decía Joselo, de pronto pareció calmarse y una pícara sonrisa se le dibujó en el rostro. Miró a Soñada de reojo, volvió a mirar a Joselo y después de estrechar sus manos volvieron a reunirse con los demás.

El duendecillo de colorado tenía una enorme sonrisa en su rostro y miraba a Soñada de una forma que ella no podía comprender. Y parándose en puntas de pie, con sus manos tras la espalda, espetó:

-"Bien, he hablado con el enamorado de esta encantadora doncella y llegamos a un acuerdo. Adelante, díselo tú mientras yo voy a recoger lo necesario".

Joselo se acercó a Soñada, mientras que Claudio y Nadia, unos pasos detrás de ellos, miraban la escena expectantes y sin comprender lo que pasaba.

-"Amada mía, mi bella Soñada... -le dijo dulcemente Joselo-. Cuando el Trasgu nos amenazó con hacernos la vida imposible en nuestra nueva casa, me asusté porque sé que es de palabra y lo haría. Ni tú ni yo podríamos vivir así. Además... él tiene razón: te excediste en tus bromas con los aldeanos y lo peor fue que no asumiste la responsabilidad de lo que hiciste, sino que se lo quisiste adosar a otro, específicamente a el Trasgu. Comprendo su indignación y su deseo de que seas corregida. Así que para que se vaya conforme y nos deje en paz, le propuse un pacto."

-"¿Qué tipo de pacto? -preguntó extrañada la joven- Porque... después de todo, mi amor, no fue para tanto. Solo unas pequeñas travesuras... lo hice para divertirme un rato, nada más. No estarás tú enfadado conmigo también ¿verdad?"

-"¿Enfadado yo? ¿contigo? No mi amor, yo no me podría enfadar contigo jamás. Pero sí quiero que aprendas a comportarte como es debido. Tú sabías y sabes que lo que hiciste no está bien, aunque lo hayas hecho bromeando. El Trasgu desea que tú seas castigada, lo que me parece muy justo, así que yo le propuse que me permitiera ayudarlo a corregirte."

-"¿Corregirme a mí? pero... "

-"Nada mi cielo, nada. Tú déjame hacer a mí -dijo mientras la tomaba del brazo y se sentaba sobre un tronco caído- verás que todo queda aclarado; el Trasgu se irá feliz y tú y yo comenzaremos una nueva vida."

Mientras decía esto colocaba a Soñada a su derecha y ella lo miraba extrañada pero seguía sus palabras y comentarios con mucha atención. De repente le dio un suave tirón, ella trastrabilló y cayó sobre las rodillas del que había sido su salvador hacía poco rato. Con un rápido movimiento pasó el brazo por encima y la tomó de la cintura. Los azotes comenzaron a caer sobre sus nalgas mientras resonaban por todo el bosque.

El Trasgu sonreía satisfecho al ver patalear a Soñada, y acercándose a la pareja le extendió a Joselo un conjunto de ramas de abedul atadas con una cinta colorada que había extraído de entre sus ropas. La joven rubia captó inmediatamente el fin que tendrían aquellas ramas y comenzó a gritar:

-"Suéltame, no puedes hacer esto... conozco hechizos secretos y te encantaré. ¡Te convertiré en sapo o algo peor! Sueltameeeeeeee!"

Joselo paró de nalguearla, se acodó en su espalda y le dijo:

"Te recuerdo que no eres más una xana: por lo tanto, de nada te servirán tus supuestos hechizos. En cambio eres una mujer, y estas nalgadas te ayudarán a comportarte como es debido y te recordarán qué es lo que no debes hacer."

Sin más, levantó su falda y comenzó el castigo con las ramas de abedul. Claudio y Nadia que observaban atentamente la escena sentían un poco de pena por Soñada, en cambio el Trasgu, satisfecho y sonriente, dio media vuelta y se perdió entre los árboles y arbustos. La traviesa ninfa había pagado su osadía.

Al terminar, Joselo ayudó a Soñada a ponerse en pie, mientras esta refregaba sus nalgas y hacía mohines. La abrazó dulcemente, la besó, y sin decir palabra marcharon los cuatro al pueblo.

Los años pasaron y los personajes mitológicos del bosque astur se renovaron. Una y otra vez jóvenes gallardos enamorados trataron de quitar hechizos a xanas y atalayas, pero ninguno tuvo el éxito que aquella noche de San Xuan lograron Joselo y Claudio al liberar dos jóvenes prisioneras de diferentes encantamientos. Los cuatro obtuvieron aquella vez el más grande hechizo: el Hechizo de Amor en la Noche de San Xuan.

- FIN -

Memorias de un spankee VI

Autor: Cars

 

Hoy desde mi soledad, mientras me dirijo a un piso vacío, tan vacío como mi existencia, me doy cuenta que aquella noche cambió todo. Desde mi percepción de la vida que tenía en ese instante, hasta los sentimientos que siempre había tenido en lo más profundo de mí. Aquella noche los fantasmas que siempre había tenido en lo más profundo de mi ser se disponían a salir, a invadirme y a intentar derribar lo que era y en lo que creía. En aquellos momentos en los que estaba en la cocina, ajeno a lo que ocurría, a mi alrededor todo se estaba orquestando para que nada volviera a ser como antes. Y creo que a lo que llegado, los acontecimientos que me han llevado a esta devastadora soledad comenzaron a fraguarse en los mismos minutos en los que yo estaba preparando aquella cena.

Una cena que por otro lado fue del total agrado de mi Ama y de su tía. Ambas mujeres me felicitaron y yo -no me avergüenza reconocerlo- me sentí orgulloso de esos halagos, aunque en realidad de lo que me sentía sumamente dichoso era de haber echo feliz a mi ama. -Termina de recoger esto y ven para el salón.- me dijo mientras se levantaba junto a su tía. En pocos minutos estaba de rodillas junto al sofá en el que se sentaba mi ama. Tímidamente recosté mi cabeza sobre su regazo, y sentí el tibio tacto de su mano acariciando mi cabeza. Esos eran los instantes en los que yo me sentía más unido a ella. No necesitábamos las palabras, los gestos eran nuestro mayor vehículo para mostrar nuestros sentimientos. -Andy, trae el cinturón que esta en el cuarto.-  Aquella orden me sacó de mis pensamientos, la mire con cierta incredulidad.

-¡Vamos! -Me gritó al tiempo que me daba una pequeña bofetada- ¿No me has oído?

-Sí, mi AMA, -alcance a decir al tiempo que me levantaba y me dirigía al cuarto.

-¡Si quieres que esto salga bien, debes usar un poco más de mano dura!

-Vamos tía, no me calientes la cabeza.

-¿Pero que te pasa? Te aseguro que no te reconozco. De verdad crees que ese muchacho es lo que buscas.

-Sí, estoy segura. El me ama y hará lo que yo le diga, -yo iba a entrar en el salón, pero me detuve, necesitaba seguir escuchando lo que aquellas mujeres decían- Además, yo también le quiero. A su ritmo y a su manera se está entregando a mi, y no voy a rechazarlo ni a forzar su aprendizaje.

-¡Veremos que dicen las demás!

-Las demás no tienen nada que decir. Cuando él esté listo lo presentaré y  no me defraudará.

-¿Y si lo hace? -Ana alzo la voz.- ¿Y si no pasa la prueba?

-Tía te quiero mucho, has sido casi una madre para mí, pero te voy a decir una cosa, -Mi ama se puso de pie y se colocó delante de ella- Nunca me hagas escoger entre él y el grupo. Ni tú ni nadie, porque perderéis.

-Nadie te obliga a escoger, pero te recuerdo que no es un club del que te puedas dar de baja. Eres lo que eres y quien eres. Y no puedes renunciar a eso ni por él ni por nadie. Así que te recomiendo que estés totalmente segura cuando le presentes porque no te puedes permitir que fracase.

Aquella conversación me estaba llenando de gran inquietud, y dado el cariz que estaba tomando opte por entrar en el salón. Apuré el paso y me puse a su lado.

-¡Tome mi ama! -Le extendí el cinturón.

Ella me miró a los ojos, nunca antes la había visto con aquella mirada: era fría, distante y perdida en un mar de pensamientos cargados de dolor a los que no sabía como acceder. El rostro por primera vez parecía el de otra persona, apretaba los dientes intentando contener una ira que amenazaba con arrasar todo a su paso.

-Dáselo a ella.- Me indicó, al tiempo que me cogía de la muñeca y tiraba de mí hasta llegar a la mesa del salón.

-¿Adonde fuiste a por el cinto? ¿A Roma?- Me dijo durante el corto trayecto hasta la mesa. Intente excusarme, pero ella me lo impidió con un cortante -¡Cállate!

Después se sentó en la mesa y me coloco entre sus piernas. Yo estaba desnudo a excepción del delantal que solo me cubría la parte delantera. Mi ama una vez me tuvo colocado se encargo de sacármelo, dejándome totalmente desnudo.

-Creo que cuarenta azotes serán suficiente castigo por haber faltado a su palabra. ¿No crees? -Dijo Ana mientras se acercaba a nosotros y doblaba el cinto en tres vueltas.-

-¡Que sean veinte tía! Y solo dos vueltas al cinto por favor.

La tensión entre ambas mujeres iba en aumento. Yo estaba en medio de una contienda que no entendía, pero que me llenaba de gran nerviosismo.

-¿Si quieres lo dejamos para otro momento en el que estés de mejor humor?- Aquella pregunta iba cargada de una gran dosis de rabia.

-¡A mi humor no le pasa nada! -Le replicó mi AMA.- Es tu castigo, y siguieres esperar a otro día pues que así sea, pero seguirán siendo veinte y con solo dos vueltas de cinturón.

El primer azote me sobrevino por sorpresa. Mi ama pegó mi cuerpo al suyo en un abrazo que me obligaba a inclinarme hacia ella, por lo que mi trasero quedaba expuesto al cinto que caía sin piedad sobre mi piel ya enrojecida por el castigo anterior. Sentí un beso en mi cuello, era solo apenas una caricia, pero se repitió tras cada azote. Mis manos descansaban sobre los muslos de ella, sentía el calor de su piel, el tacto de sus manos en mi espalda y el tibio roce de sus labios en mi cuello. Aquel contraste de sensaciones provocó en mí una terrible excitación. Me sentía vulnerable, pero al mismo tiempo protegido por los brazos de mi ama. Los azotes se sucedían con un ritmo casi constante. Fue cuando estaban llegando a su fin cuando noté algo frío en mi hombro, pequeñas gotas de agua caían también constantes. Ese echo me llenó de turbación. Aquellas lágrimas que derramaba mi ama eran algo que no llegaba a entender. Lloraba por el castigo o por haberse enfrentado a su tía. Seguramente si los acontecimientos de aquella noche no se hubieran desarrollado de la forma en que lo hicieron se lo hubiera preguntado. Pero casi con el último azote, el timbre de la puerta nos distrajo a todos de cualquier pregunta.

-¡Yo abriré! -La voz de Ana sonó con gran determinación, y no dejo lugar a discusión. Con rapidez se dirigió a la puerta.- ¡Pasad! Os habéis adelantado

Yo no salía de mi asombro. En pocos segundos dos mujeres entraron seguida de Ana que cerró la puerta. Yo consciente de mi desnudez solo alcance a ponerme detrás de mi ama, quién se había levantado de la mesa para recibirlas.

-¡No os esperaba hoy! -La voz de mi ama parecía cargada de gran tristeza.- Pero sed bienvenida.

-¡Vanesa querida! -Comenzó a decir una de ellas.- Espero que no te moleste, le dije a tú tía que aprovechando que ella venía te haríamos una pequeña visita. Y así conoceríamos a tu nuevo amigo.

-¡Carol! Tú nunca molestas. -Ambas mujeres se dieron un beso al tiempo que se separaba de mí.

-¿Es él?

-Sí       

-¡No parece tan....! ¡No sé, no te pega nada! -Le susurró con el volumen de voz justo para que yo le oyera.

En esos momentos, me sentí muy incómodo. Las recién llegadas me miraron y observaron como si se tratase de un animal. Pero lo que más me descolocó fue la impasividad de mi ama ante tal acto. Carol era la que llevaba la voz cantante, su actitud era arrogante y un tanto despectiva. No era una mujer muy alta, el pelo muy corto y rubio le daba un aire aniñado aunque una mirada exhaustiva al rostro descubría el paso de los casi cuarenta años que tenía. Vestía un traje gris y unos zapatos negros, sin medias. La otra mujer era más alta y delgada, su nombre no consigo recordarlo, pese a que la volvería a ver en un futuro no muy lejano a aquella noche. Tenía el pelo negro que caía sobre sus hombros. Llevaba unos vaqueros y un jersey de cuello. Lo que me llamo más la atención de ella fue sus ojos. Eran azules, un azul claro como el del cielo. Casi diría que hería al mirar fijamente a ellos. Tras unos minutos más de saludos las cuatro mujeres se sentaron en el salón. Yo permanecí de pie, observándolas en silencio.

-¡Vanesa! -Le dijo Carol señalándome.- ¡Ese perrito que tienes como compañero! ¿Podría traernos un café?

-¡Andy, trae café! -Yo permanecí de pie, inmóvil la rabia que sentía apenas podía controlarla.

-¡Querida tienes que llevarlo al médico! Has recogido a un perrito sordo. -Todas las mujeres salvo Vanesa estallaron en una sonora carcajada. Yo miré a mi AMA, y entendí perfectamente que con su mirada me pedía que obedeciera. No era una orden, sino más bien una sutil insistencia, pero yo tenía demasiada ira como para atender a ese reclamo.                       

-¡Escúchame señora! -Le grité mientras que me dirigía hacía ella.- No le consiento que me hable así. No sé en que mundo vive pero si vuelve a dirigirse a mí de esa forma la sacaré de esta casa a patadas.

El silencio cayó pesadamente sobre todos como una lápida de mármol. Ana abrió los ojos hasta el punto de querer salir de sus cuencas. Carol se levantó de golpe del sofá como si le hubieran pinchado con un alfiler. Por un momento mi desnudez -que me había tenido cohibido durante un tiempo- desapareció de mí mente.

-¿Cómo te atreves? -Me gritó Carol.- ¡No me dirijas la palabra y trae el café de una puta vez!

-Si quieres café -le rebatí- tienes dos opciones, te vas al bar y te lo tomas allí o vas a la cocina y te lo preparas tú misma. Porque si esperas que yo te lo traiga....

Carol tuvo la intención de avanzar hacia mí, pero Vanesa se interpuso entre ambos en ese instante.

-¡Siéntate, yo lo arreglaré!- Le dijo a Carol. Después se giró hacia mí. Nuestras miradas se clavaron. Y nuevamente el silencio campo a sus anchas. Mi ama espero hasta que Carol se hubo sentado para dirigirme la palabra.

-¡Sé lo que piensas, sé lo que sientes! -Intenté hablar pero ella puso un dedo en mis labios y me lo impidió.- Este encuentro no tenía que haberse producido hasta que hubiéramos hablado. Hay cosas que no te he dicho, -guardó silenció, parecía estar buscando las palabras adecuadas- y que te debería a ver contado, pero ahora solo puedo pedirte que vayas y traigas café. Después hablaremos de todo, pero éste no es el momento, ni la situación. No te imaginas lo que me duele esto. Pero... ¡Andy, trae café!                      

-¿Y si no lo traigo?

-¿De veras me vas a obligar a contestarte?

Un mar de lágrimas estaba luchando por derramarse de aquellos ojos que me miraban con desesperación. Yo me encontraba envuelto en una extraña nube. En esos momentos no era más que un zombi, cuya voluntad estaba agonizando. Con un tremendo dolor, me encamine a la cocina y comencé obedecer la orden más amarga que jamás antes había recibido de mi ama.

-¡Ninguna de ustedes debería hablar con él hasta la presentación oficial! -Le dijo mi ama nada más salir yo del salón a las mujeres que la acompañaban.-

-No es inusual ni inapropiado visitas antes de la ceremonia. -Protestó Carol.- Tú misma has hecho este tipo de visitas. Ahora no te puedes oponer.

-Me opongo a las formas. Me opongo a que se haya producido a mis espaldas y sin aviso. ¡A eso me opongo! Y te aseguro que me encargaré de que esto se sepa en la asamblea.

Cuando entré con él café, todas se callaron, con el pulso tembloroso por  la humillación que me suponía la situación, comencé a servirlo.

-¡Te cuidado perrito! -Me dijo Carol.- ¡No tires el café!                      

-¡Una palabra más, solo una! -Mi mirada se endureció.- Te juró que si vuelves a dirigirme la palabra una vez más, saldrás a tanta...                      

-¡Andy! -Me gritó Vanesa.-                  

-¡Qué! Te respeto y te quiero, -Me encaré a ella, mientras que las palabras salían de mi boca casi a empujones.- He traído el puto café, pero si vuelve a insultarme, la sacaré de aquí a patadas. Cueste lo que me cueste.                      

-Vete a la cocina, y no salgas hasta que yo te llame.                       

-No pienso aguantar....

-¡A la cocina! -Me grito mi ama.

Yo nuevamente volví a obedecer. Aunque me moría por dentro permanecí en la cocina maldiciendo mi actitud. Unas veces por la sumisión que estaba mostrando, y otras por haberme enfrentado a mi AMA. Estaba inmerso en esas divagaciones, cuando sonó la alarma de mi reloj. Eran las doce de la noche. Me acerque al cuarto y me puse un chándal, después regresé al salón. Cogí el arma del cajón y me acerqué a mi AMA. Ella hizo el ademán de recriminarme no solo haber salido de la cocina sino haberme vestido sin su permiso, -tengo que hacer la ronda de vigilancia- le susurre aplacando cualquier protesta. Ella asintió y yo me encaminé a la azotea del edificio. La noche estaba tranquila. Tras echar un vistazo al barrio me tome unos minutos para disfrutar de la soledad que sentía. Miré los coches aparcados en fila. Al ver un Land Rover plateado me di cuenta que siempre quise tener uno, pero que nunca me había decidido a comprarlo. Esa noche tomé la determinación de hacerlo. Apenas sin darme cuenta habían pasado treinta minutos. Bajé a la vivienda, y cruce el salón para depositar el arma en el cajón. Vanesa se levantó en ese instante, la vi de reojo, estaba delante de la ventana. Fue como los flashes de una foto. Escenas que me asaltaron a la mente. La miré, el tiempo pareció ralentizarse. Todos mis músculos se tensaron y mi mano de forma instintiva amartilló el arma al tiempo que corrí hacía ella.

-Al suelo- Grité en el mismo instante en el que mi hombro empujaba a Vanesa. Mi mirada se dirigió hacia el Land Rover que había llamado mi atención, ahora me maldecía por no haberme dado cuenta antes, ¡la ventana de atrás no tenía cristal! De ese lugar salio -en el mismo segundo en el que mi cuerpo tocó a Vanesa- el fogonazo precedido del estallido agudo del disparo que resonó en la noche como un cañón, rasgando el silencio que la envolvía. Oí el cuerpo de mi ama chocar contra el suelo, y mientras el mío caía tras ella, mi dedo presionó cuatro veces el gatillo de mi arma. Cuando toque el suelo, me giré para cubrirla. Permanecí unos segundos inmóvil, recorrí la estancia con la vista, Ana y las otras dos mujeres estaban sollozando en el suelo. Miré a Vanesa.

-¿Estas herida?- Le susurré.

Ante su negativa, revisé mi arma y rodé hasta la puerta. La abrí y saltè a los setos de la entrada, unas sirenas se comenzaron a oír entre las calles. Con rapidez, corrí entre los coches aparcados, hasta llegar al vehículo desde el que se realizó el único disparo. Dentro un cuerpo permanecía inmóvil sobre un fusil con mira telescópica aun caliente. Le apunté, le grité que levantara las manos, pero no se movió. Con sumo cuidado y sin dejar de apuntarle, le busqué el pulso. ¡Estaba muerto! Tres de los cuatro disparos que efectué estaban en su pecho.

Un extraño frío me invadió. Nunca antes había disparado contra una persona. Y aquel cuerpo inerte me producía una extraña sensación. Era un asesino, y si yo, no le hubiera matado, seguramente él sí lo hubiera hecho, pero al margen de eso, era un ser humano al que yo le había arrebatado la vida, y eso era algo para lo que no encontraba la forma de afrontarlo. Un extraño sentimiento aprisionó mi pecho. Mis ojos se clavaron en aquel hombre que había intentado arrebatarme la vida, y sin embargo no era capaz de sentir otra cosa que no fuera pesar por haber sido yo el que se la arrebatara a él. En pocos minutos la calle se llenó de coches y de policías. Después, vinieron las declaraciones y la espera hasta que a las cinco de la madrugada, el juez ordenó el levantamiento del cuerpo.

Tras unos pocos minutos más, Vanesa y yo nos quedamos solos. Casi sin decir una palabra nos acostamos, nos besamos y nos acariciamos hasta que el amanecer nos sorprendió abrazados. Por un momento volvía a sentir paz y serenidad. Allí con mi cabeza en su pecho sintiendo el rítmico golpeteo de su corazón encontré la calma que había perdido esa noche.

Los días se sucedieron, y dieron paso a las semanas, y aquel incidente fue perdiendo protagonismo en nuestras vidas privadas, no así en mi trabajo, ya que aquello le daba otro enfoque al asunto, y además abría unas vías de investigación nuevas. Antes de poderme dar cuenta, nos encontrábamos en vísperas de la boda. Mi ama se había encargado de todos los detalles con su tía, a la que yo no había vuelto a ver desde aquella noche. La ceremonia se celebraría el domingo, y el viernes yo aun no había ido a recoger el traje con el que me iba casar. Lamentaba muchas cosas en ese momento, pero lo que más me preocupaba es no haber podido encontrar a los que intentaban acabar con la vida de mi AMA.  Estaba inmerso en esas divagaciones, cuando un claxon me sobresaltó. Miré a mi espalda y pude ver a Vanesa en su coche con una amplia sonrisa.

-Sube te llevo          

-Voy a buscar el traje, aun está en el sastre.         

-¡Qué subas! -Me repitió.- El traje ya está en el maletero.

Con gran asombro subí al vehículo, asegurándome que nos seguía el coche de escolta. Ella me beso y emprendió la marcha por las calles hasta salir de la ciudad. Intenté preguntarle por el destino, pero ella permaneció en el más absoluto silencio. Tras casi una hora de camino por carreteras secundarias, llegamos ante un pequeño hotel de montaña que se encontraba en medio de un pinar.

-¡Tenemos que hablar de algunas cosas antes de la boda! -Me dijo al fin mirándome fijamente.- Lo he estado aplazando pero debes saberlo antes de dar el sí el domingo.-

-¡Mi Ama! -Alegué.- No necesito explicaciones, no hay nada que me haga cambiar de idea.                      

-No son explicaciones Andy. -Su voz se endureció.- Son cosas que debes conocer de mi circulo de amistades. Compromisos que he adquirido y que tú debes estar dispuesto a asumir. Así que no me repliques. Saca el equipaje del maletero y ve para la recepción.                     

-¡Si mi AMA!

Los trámites me llevaron unos minutos. Después, me encaminé al ascensor, entré en la suite y acomodé el equipaje. Tras un echar un vistazo a la habitación comprobé que todo estaba en orden. Mi ama llego justo cuando estaba terminando de preparar el baño.

-Ven al baño conmigo. Hoy me frotarás la espalda.- Me susurró al oído y entró en él dejándome atrás una sonrisa y su sugestivo guiño.

El agua estaba tibia, y nuestros cuerpos se estremecieron al entrar en aquel jacuzzi. Mi ama me rodeó con sus brazos, mientras que yo me recostaba en su pecho. Sentir sus senos firmes y el bombeo de su corazón que retumbaba en mi espalda me produjo una cierta excitación, y una paz aún mayor. Cerré los ojos. Me concentré en sentirla junto a mí. Su tacto, su aliento y el roce de sus cálidos labios al besar mi cuello. Con suavidad pasó su mano por mi pecho, por mi costado. Aun me estremezco al imaginar el roce de sus manos en mi piel.

-¡Hoy quiero que hagas algo! -Intenté girarme para mirarla, pero ella suavemente me guió con sus manos en mi cara para que mirara adelante.- Tienes que redactar un documento, en el que expreses tus límites.                      

-¿Límites?                      

-¡Sí! Quiero que delimites tu entrega hacia mí. -guardó silencio, como esperando un comentario.- Expresa hasta donde quieres llegar, los castigos que soportarás y los que no quieres. Define lo más concisamente que puedas hasta donde quieres llegar, que es lo que nunca aceptarás. Escoge también algunas palabras de seguridad, para hacer notar que deseas poner fin a una situación.                      

-¡Mi ama me conoce mejor que yo mismo en esa materia! ¿Por que necesito escribirlo?                     

-Primero por que te lo ordeno, -a esta aseveración le siguió una pequeña bofetada, y un beso en el cuello.- Y en segundo lugar porque una vez que nos casemos nos relacionáremos con alguna personas, y ellas necesitan conocer esos protocolos para no excederse en el trato contigo.                  

-¡No sé si lo entiendo!

-Mira, yo pertenezco a un grupo o sociedad -llámalo como quieras- de AMAS, hablamos e intercambiamos experiencias y anécdotas. Y en ocasiones, en algunas reuniones también permitimos que nuestros sumisos reciban algún que otro castigo de otra AMA. -La miré con asombro.- ¡No te preocupes! No suele ocurrir, pero cuando esa situación se da, necesitamos conocer las limitaciones de las personas que participan. Normalmente siempre puedes negarte a asistir.              

-¿Normalmente?

-Sí, sólo en una ocasión debes ir aunque no lo desees. En los primeros doce meses después de nuestra boda, asistirás a una especie de ceremonia de presentación. Allí el resto de AMAS te conocerán, y jugarán contigo. En el futuro antes de que llegue el momento te explicaré con más detalles esa ceremonia.                     

-¿Y si no quiero ir?

-Entonces no podremos casarnos. -Su voz era determinante.- Nuestra relación finalizará en ese momento.

-¡No me parece justo!

Ella se movió hasta quedarse delante de mí. Por un instante permaneció en silencio como buscando las palabras. Yo le sostuve la mirada. Me sentía extraño, recordé a las mujeres que nos visitaron y la forma en que me trataron. Rechazaba de plano aquel trato, y ofrecerme voluntariamente para ponerme en sus manos me resultaba repugnante. Por un momento pensé que mi AMA nunca iba a romper aquel silencio.

-¡Andy! -Dijo al fin.- Entiendo tus reservas, pero te recuerdo que te avisé. Mucho antes de llegar a éste punto, te dije que para mí esto no era un juego, sino una filosofía de vida. Nunca te obligué a aceptar nada, si sigues  a mi lado es porque lo deseas, y si así lo decides puedes salir de mi vida de la misma forma. -Me miró con una extraña mezcla de firmeza y ternura. Sus manos cogieron las mías.- Quiero que entiendas algo, y que no tomes mis palabras como una coacción. Pero consideraré tu negativa como una tremenda jugarreta. Me has hecho creer que tu determinación de servirme era cierta, y me he enamorado de ti en parte por tu entrega. Nunca hubiera permitido que mis sentimientos llegaran hasta éste punto de haber imaginado que ahora ibas a dar la espalda a mis deseos.         

-¡No es eso mi AMA! Es que lo que me pides es nuevo para mí, y no me apetece ser tratado por un puñado de mujeres como un animal. Contigo es distinto, en ti confío y sé que nunca me dañarás. Que te importo y que nos dirigimos hacia un lugar juntos. Pero ahora me hablas de otras mujeres, a las que apenas conozco, y a las que sí conozco, desearía no haberlo hecho.           

-¡He dicho que te entendía! -Me interrumpió.- Pero eso no cambia nada. Lo que te pido es que confíes en mí. Y que me creas, cuando te digo que ni yo ni nadie te dañaran.           

-Tengo que pensarlo -Musité.

-Como quieras -Se volvió a recostar donde estaba antes.- Vete. Quiero terminar el baño sola. Sal y piensa todo lo que quieras.

Salí del agua y me sequé, mientras sentía la indiferencia de la mujer a la que amaba y nuevamente sentía que la había defraudado.

-Cuando salga del baño, tienes que tener una respuesta. Redacta lo que te he pedido en los términos que deseo o recoge tus cosas y márchate. No hace falta que te despidas.-Aquellas palabras me helaron la sangre. Permanecí en pie, con la mano en el pomo de la puerta y la cabeza baja. Sentí una extraña sensación de soledad. Me giré para decirle algo, pero su indiferencia era tan notable que no me atreví. Lentamente salí de la habitación. Me senté en la cama. Miles de ideas me asaltaban sin orden. Tras unos minutos comencé a sacar la ropa de los cajones donde los había colocado sólo unos minutos antes. Cuando la maleta estuvo llena, la cerré y me quede nuevamente en silencio. Mirándome las manos. No sé en que momento mis ojos se llenaron de lágrimas. Sentía deseos de vestirme y alejarme de aquella habitación.

*************

Veinte minutos después, la puerta del baño se abrió. Vanesa entró en la habitación. La sintió vacía. Miró el armario. Los cajones estaban abiertos, y faltaba alguna ropa. Caminó lentamente, pisando con miedo la moqueta. Sus ojos escudriñaron cada rincón. Una oleada de frío la hizo estremecer. Se llevó la mano a los labios, e hizo lo imposible para que un mar de lágrimas que pugnaban por salir, no inundaran sus ojos. El pelo aun mojado empapaba su espalda, y sus pies dejaban una huella humedad por la estancia. Miró hacia la puerta, estaba entreabierta. Una maleta permanecía inerte, a la espera de que la recogieran. Unos folios blancos llenaban la mesa, en la que habían sido colocados.

Por un momento se sintió desmayar. Se apoyo en uno de los postes de la cama que sostenían un techo de raso. Entonces apretó los dientes y se dijo así misma que era mejor así. Después se volvió y se dirigió a la puerta. Miro la maleta. La rodeo y abrió más la puerta. Cuando la cerró tras colocar el cartel de "no molestar" se sintió vacía. Por primera vez, toda la seguridad que siempre le había rodeado, se desvanecía bajo sus pies quebrándose igual que haría el vidrio. E igual que él, los trazos rasgaban su interior provocándole un dolor desconocido hasta entonces. Su cuerpo se fue deslizando hasta el suelo, mientras que un intenso llanto se abría paso. En esos momentos se maldijo. Se maldijo por haberse vuelto vulnerable, por haberse puesto en esa posición. Y lo que era peor. Por haber entregado su corazón para que lo rompieran en cientos de trozos. La soledad que ahora la envolvía, amenazaba con arrojarla a la locura. Por primera vez, sus deseos no se verían cumplidos. El se había ido,  y aunque lo deseaba con todo el corazón no volvería. Ella se había encargado de ponerlo en una situación en la que una vez tomada la decisión no cabía la posibilidad del retorno. Ya que si eso ocurriera implicaría que uno de los dos habría renunciado a su postura.

Ella no lo podía hacer, no lo deseaba hacer. Y esa determinación la condenaba a esa soledad que la abrazaba con su gélido manto. Reclino la cabeza sobre sus brazos. -¡No llore, mi AMA! -Oyó en medio de su llanto. Vanesa levantó la vista. Le miró. Era él, ¡no se había ido! Estaba allí con el torso desnudo y la toalla en la cintura, sentado en una silla con un papel en las manos. Con cierta lentitud, aparto las lágrimas que empañaban la visión.

Me iba a ir, -comenzó a hablar aquel hombre que la contemplaba en su dolor.- te aseguró que me iba a marchar. Pero fui incapaz de vestirme. Mi mente me empujaba, me gritaba desde lo más profundo de mí ser. -Guardó silencio mientras que sentía como un torrente de lágrimas corrían por su mejilla.- Pero no tenía donde ir. Tú eres todo para mí, te he dado hasta la más mínima porción de mi alma y de mi corazón. Y el solo pensamiento de alejarme de ti, de no volver a mirarme en tus ojos. Me sumía en la más despiadada de las torturas. Renunciar a tus caricias, a tus besos y a todo el universo de sensaciones que has abierto ante mí, me destrozaba. He llegado hasta aquí, y ya solamente puedo seguir adelante. Todo lo que había a mi espalda ha ido desapareciendo, y ahora sòlo existes tú. Mi vida, mi amor, todo lo que siento y lo que amo eres tú. Soy tuyo desde el mismo instante en el que me miraste en aquel bar. Yo soy tuyo y tú eres mi AMA. Y ya no podría vivir sin ti.

Mientras que hablaba, ella se había ido acercando a él. Cuando levantó la vista se encontró con la de ella. Una leve sonrisa afloró a sus labios. Vanesa cogió el papel de sus manos. Lo leyó. Después se acercó más aun poniéndose entre sus piernas, él la rodeo con sus brazos, y recostó su cabeza en su vientre. Ella dejó caer el papel que se meció suavemente hasta quedar inmóvil a sus pies. Después lo abrazó con ternura. Lo pegó a ella mientras que ambos sintieron como una oleada de serenidad les liberaba del peso que la idea de la separación les había echo sentir. Durante aquellos minutos todo a su alrededor despareció. Nada existía fuera de aquel abrazo que le unía y les hacía sentir en paz.

                    ******************

Aquella tarde hicimos el amor hasta caer exhaustos. A medida que iba redactando aquel documento, iba entregando lo poco que quedaba de mí. Mi voluntad, mis esperanzas, hasta mis miedos más profundos se los estaba entregando a aquella mujer que me hacia estremecer y cuyo cuerpo notaba vibrar entre mis brazos.

Perdí la noción del tiempo. El sueño nos alcanzó y nos dormimos abrazados, en el ocaso de un día en el que nos habíamos acercado tanto el uno al otro, que supe - o al menos eso creí yo en aquel momento- nadie nos iba a separar jamás. La vida se encargaría de enseñarme que nunca podemos dar algo por logrado. Ya que lo que vemos como el triunfo de un día, es el comienzo del fracaso de otro. Un fracaso que en mi caso tiene un sabor agridulce. Nunca me he podido sacar de la cabeza en estos seis meses que fui yo, con mi firma en aquel documento el causante de esta soledad que me acosa.

Sea como fuere, ya no vale a la pena revolcarse en el pasado, lo único que me queda son los recuerdos. Los momentos mágicos y sumamente excitantes que viví junto a ella. No solo en el ámbito sexual, ya que estar con ella en los acontecimientos cotidianos y vulgares podía ser una experiencia cargada de emociones. Vanesa es el tipo de persona que lo ilumina todo con su presencia. Sus reflexiones, sus opiniones, todo en ella era excelente, y yo me sentía vivo estando a su lado, contemplándola.

Si me esfuerzo, aun puedo sentir el aroma que desprendían las coníferas y los pinos que rodeaban aquel hotel. Se filtraba por cada rendija, por cada rincón, y lo bañaba todo con un frescor relajante. Frescor como el que me despertó en aquella tarde. Bueno no podría definir si ya había oscurecido o no, ya que cuando me desperté toda la habitación estaba a oscuras, a excepción de una pequeña lámpara que había en la cómoda. Lo primero que noté fue la frialdad que tenía en el pecho. Cuando puede enfocar la visión, la ví encima de mí, con un cubito de hielo en la mano, y esa mirada felina que me indicaba que tenía algo especial pensado. Alce la cabeza para besarla, ella apenas permitió que mis labios rozaran los suyos, esquivó mi boca, y dejó un mordisco relativamente fuerte en mi cuello. Después se levantó, y me indicó con el dedo que le siguiera.

Comencé a gatear por la cama hasta llegar al final del colchón. La escasa luz que había en la habitación estaba a su espalda, por lo que un aura luminosa parecía rodearla. Llevaba unos pantalones muy cortos negros, a juego con un sujetador sin tiras del mismo color. Parecía de cuero. No llevaba medias, y los zapatos negros que calzaba le realzaban las hermosas piernas. Se había maquillado, y llevaba un collar ajustado al cuello. Me sonrió, dió una palmada en su muslo, y yo salté de la cama hasta llegar junto a ella. Allí a sus pies comencé a besar aquellas piernas, subí hasta los muslos y bajé hasta sus pies. Besé con esmero cada milímetro de piel, una piel cálida y tersa cuyo perfume aun me parece poder percibir. De vez en cuando sentía su mano acariciarme la cabeza y juguetear con mi pelo. Tras unos minutos en los que el tiempo pareció detenerse, ella se dirigió hasta la cama. Tras sentarse yo continué besando y lamiendo sus piernas. Los zapatos olían a nuevo, con ese peculiar aroma del cuero que no ha sido estrenado. Los bese y lamí. Después la descalce y bese sus dedos y cada palmo de su piel. No puedo llegar a precisar cuanto tiempo transcurrió. Mi AMA agarro mi pelo y tiro de él hasta que me incorporé quedándome de rodillas ante ella.

La veía hermosa, radiante. Nos besamos apasionadamente. Después me indicó que fuera a la cómoda y cogiera una fusta que había comprado. Yo estaba muy excitado, y mi voluntad era totalmente suya, por lo que no me inmuté ante aquella orden. Tan rápido como pude regresé con la fusta en mi boca. Hice ademán de entregársela, pero ella rehusó tal gesto. Observé que se había vuelto a poner los zapatos, mientras me acomodaba cruzado en su regazo. -Andy, procura que no se te caiga la fusta de la boca hasta que yo la desee coger.- Me indicó mientras me colocaba a su gusto. Los azotes comenzaron a caer sin previo aviso. Eran fuertes y eran alternados con momentos de leves caricias. Pese a que me azotaba solo con la mano, el dolor después de la primera andanada de palmadas ya era insoportable, y tenía que hacer verdaderos esfuerzos para que no se me cayera la fusta de la boca. Tras aquel leve descanso los azotes volvieron a caer, una y otra vez.

Esta azotaina era muy distinta a otras que había recibido. Era más severa, aunque carente de rabia o enfado. No era un castigo, -o al menos yo lo sentía así.- más bien era una prueba de mi sometimiento y sobre todo de su dominio. Mi ama se esmeraba en que sintiera cada azote. En ocasiones golpeaba la misma zona diez o quince veces antes de pasar a otra. Tras largos minutos de castigo, su mano acarició mis nalgas, proporcionándome un leve descanso. Entonces caí en la cuenta. Había estado tan preocupado por la fusta, que había pasado por alto la enorme excitación que tenía, y para ser sincero, me sentía feliz de estar allí, junto a aquella mujer, sometiéndome dócilmente a sus caprichos. No me avergüenza decirlo, ni temo que por eso me tachen de enfermo o de trastornado, aunque soy consciente que mis palabras pueden sonar a delirio. ¡Nunca halle tanta felicidad como cuando estaba entregándome a sus deseos! El dolor que en ocasiones -muchas, debo reconocer- sentía, se mezclaba con el infinito placer que ese dolor provocaba. Pero sin duda lo que más satisfacción y lo que mejor me hacía sentir, es que si ella, si mi AMA no sintiera un profundo amor hacia mí, nunca me hubiera dado la posibilidad de estar junto a ella y de experimentar lo que estaba sintiendo. Me amaba, lo sentía y eso hacía que yo la amara más aún, y que deseara que mi entrega fuera mayor.

Tras ese leve descanso, permitió que me levantara. Se dirigió a un cajón y extrajo varios fulares, con lentitud, ató cada uno de ellos a mis muñecas y tobillos respectivamente. Lo hacía con movimientos precisos, rozando mi piel y besando de vez en cuando aquellas partes de mi cuerpo que deseaba. Después ató cada fular a los postes de la cama que sostenían el techo de la cama. Cuando estuve bien sujeto, cogió la fusta de mi boca, y me beso apasionadamente. Cerré los ojos. Sentí el calido tacto de sus labios, el roce de su cabello y desee tener las manos libres para acariciarla y abrazarla. Pero sin duda, mi ama tenía otros planes. Se colocó detrás de mí, y comenzó a usar la fusta. Los azotes tenían como objetivo mis ya ardientes nalgas. Eran golpes precisos. Así recorrió mis glúteos y mis muslos. Las lágrimas ya hacía tiempo que inundaban mis ojos. En más de una ocasión estuve tentado a gritar nuestra palabra de seguridad para que aquel dolor cesara. Pero en esos momentos, como si pudiera leer mi mente, mi AMA se detenía y acariciaba la zona castigada. En un par de ocasiones, mientras me besaba en el cuello, me preguntó si deseaba parar. Pero yo, no sé porqué extraño deseo, anhelaba conocer mis limites, y llevarlos más allá. Confiaba plenamente en ella, sabía que su amor por mí le impediría dañarme. Por lo que solamente deseaba que ella me llevará de la mano hasta donde yo podía llegar, pero que solo ella era capaz de llevarme.

Tras uno de esos descansos, mi AMA salió de la habitación. Los minutos se sucedían con lentitud. Cuando sus pasos volvieron a llenar la habitación, traía algo en las manos. Yo pese a verla, no era capaz de entender lo que iba a suceder. Por eso cuando sentí el calor de aquellas primeras gotas de cera caer en mi trasero, pensé que me estaba atravesando la piel. Lance un gritó, que ella se apresuró a ahogar con su mano. -¡Shisss! Relájate mi vida. Y no temas.- Aquellas palabras susurradas en mi oído fue como un bálsamo, como el cabo que sujeta firmemente un barco al puerto en tiempo de tormenta. Aquella extraña sensación se repitió. Poco a poco mis nalgas y parte de mi espalda quedaron casi cubiertas por la cera. Debo reconocer que aquella sensación que era absolutamente desconocida para mí era de lo más contradictorias. Y poco a poco el dolor se fue tornando en placer, el calor que inflamaba mi piel ya enrojecida, encendía también otra llama de excitación y placer.

Mi ama me dejó descansar unos minutos. Yo podía sentir la fina capa de cera fría en mi piel. Sentía como se cuarteaba con mis movimientos. En ese tiempo sentí las manos de ella acariciar mi cuerpo. La dureza de esa manos al castigarme se volvía mariposas cuando decidía acariciar mi piel. Sentí su calor y su aliento, sentí sus besos, y ella buscó con sus mansos la muestra de mi gozo. Mi sexo sintió también sus caricias. Tras varios minutos, ella se volvió a alejar de mí. Sentí el frío en mi piel. Ella volvió a coger la fusta, y con certeros azotes fue haciendo saltar la cera de mi piel. Después de aquellos nuevos azotes, mi ama me soltó. Una vez me ví libre de mis ataduras, no puede reprimirme, la abracé y la bese con desesperación. Como bebería agua de un riachuelo alguien que está al borde de la muerte, yo bebí de sus labios un agua que me revitalizaba. Y nuevamente nos volvimos a amar. Nuestros cuerpos pugnaban por unirse, por no dejar el más mínimo espacio entre nosotros. No acariciamos y nos amamos hasta que el sueño nos cubrió nuevamente. Y así, nos sorprendió el amanecer, abrazados y unidos de una forma que jamás antes había experimentado.

El sábado lo dedicamos a pasear y a charlar y a repasar el documento que había redactado. Mi AMA introdujo algunas cosas en las que yo había pensado. Durante todo el día, Vanesa se esmero en hidratar mi piel, extendiendo crema por toda la zona castigada.

Al final del día ella recogió sus cosas, y se dirigió al coche. Yo me quedé en el hotel, ya que siguiendo la tradición no debía ver a la novia la noche antes al enlace. Debo confesar que no me hacía gracia que estuviera sola en casa, pero ella insistió. Los escoltas montarían guardia fuera y dentro de la casa, por lo que al final accedí.

Las horas pasaron muy pesadamente, ya que apenas podía dormir. Una y otra vez repasaba el contenido de aquel singular contrato que había firmado el día antes. En lo más profundo de mí ser me reprochaba haberlo firmado, haber sido débil. Pero no tenía fuerzas para oponerme, el miedo a perderla definitivamente me hizo cobarde. E irónicamente esa cobardía ha sido la causante de que al final ella se hubiera alejado de mí. Claudiqué de mis deseos en pos de los suyos para no perderla, y fue esa y no otra la causa fundamental de mi soledad. Grotescamente gracioso, y tremendamente dolorosa es aceptar esa realidad. Pero ya no tengo ni ganas ni fuerzas para resistirme a ella. Ya que solo me queda el recuerdo, no puedo camuflarlo, ni enmascararlo para que no duela, ya que su ausencia es mucho más dolorosa que cualquier recuerdo.

Eso es a todo lo que se ha reducido mi existencia, a recuerdos. Recuerdos como los de aquella mañana soleada. Cuando la ví entrar en la iglesia. Yo esperaba en el altar, junto ella comenzó a caminar por un pasillo adornado con una alfombra roja y cientos de flores a ambos lados. La música ahogó el suave murmullo de los asistentes, y ella recorrió los metros que nos separaban del brazo de su padre. Llevaba un vestido blanco roto, con pedrería dibujando el discreto escote, y en las mangas. No llegaba al suelo, por lo que se podía ver los delicados zapatos blancos y sus pies enfundados en medias del mismo color. Un ramillete de rosas blancas con una roja en el medio terminaban de convertirla en la novia más hermosa que yo hubiera visto. Llevaba también unos guantes de encajes, y una pequeña diadema con piedras que brillaban con la luz, provocando en ellas delicados destellos de color. Nos sonreímos. Cuando estuvo junto a mí, nuestras manos se unieron, para no soltarse prácticamente en toda la ceremonia, que se realizó con toda normalidad.

Tras el ¡sí! Y las formalidades, nos dispusimos a salir del templo. Ya éramos  marido y mujer. La felicidad era inmensa. Fuera todos esperaban para echarnos el arroz tradicional. Cuando llegamos al umbral de la puerta, una docena de compañeros vestidos con el uniforme de gala de la policía nos hicieron un túnel con sables. Ella se emocionó, y me apretó la mano mientras que pasábamos bajo ellos.

Al llegar al final, esperamos a que llegara el coche. Algunos invitados comenzaron a sacarnos fotos.

-¡Que boda más bonita! -Alabó la esposa de mi comisario.

-¡Si! Me recuerda mucho a la de la hija de aquel general. -Le respondió su esposo.- ¿Cómo se llamaba?

-¡No lo sé cariño! -Suspiró la señora.- ¡Hace más de un año y medio!

-¡No se referirán al General Blanes! -Le dije, en medio de un gran asombro.

-Ese mismo muchacho. -Me respondió el comisario.

-¡Vanesa! -Le susurre, tirando de su brazo.- ¿Cuántas hijas tiene el General de tu gabinete?

-¿El General Blanes? ¡Una! Y es hija única. -Su respuesta iba cargada de gran sorpresa.- ¿A qué viene eso?

-¡Nada! No le des importancia.

Afortunadamente el coche llegó, y yo aproveche para cambiar el tema, aunque durante toda la cena no paré de pensar en lo que había oído. La fiesta se alargó hasta las cuatro de la madrugada. En ese tiempo, prácticamente no me separé de ella, salvo lo indispensable. Yo aproveche un momento en el que mi AMA, se ausentó de la fiesta para cambiarse de calzado y ponerse algo más cómodo, para reunirme con parte de mi equipo. La charla fue corta, pero en el acto dos de ellos salieron de la fiesta. Yo regresé con los invitados. A las tres y media conseguimos  escabullirnos y subir a la suite que habíamos reservado en el hotel en el que celebramos el banquete. En el ascensor nos besamos como dos adolescentes. Nuestras manos se buscaron y se perdieron en nuestros cuerpos. Cuando las puertas se abrieron, salimos casi corriendo de aquel habitáculo. Abrí apresuradamente la puerta de la habitación, y haciendo gala de las costumbres más tradicionales, la tome en brazos ante su sorpresa, y cruce el umbral mientras nos besábamos. En el acto, las luces se encendieron. Yo la dejé en le suelo, mientras que hicimos mil y un comentario sobre la boda y la fiesta. Nos besamos nuevamente. Nos abrazamos. Durante ese  abrazó yo me fije en el espejo del armario, que llegaba hasta el suelo. En él ví reflejado el calzado que llevaba.

-¡Mi AMA! -Le susurré.- ¡Lleva zapatillas nuevas!

-¡Sí! -Se sentó en la cama mientras levantaba el traje para que las viera.- Me ha costado mucho encontrarlas.

No sé porque fuerza invisible era movido en aquellos instantes, pero me arrodille junto a ella para verlas más de cerca. Eran blancas, parecía de raso, con unas costuras que le daban un aspecto acorchado. Tenía unas pequeñas perlas adornando el borde del empeine. Mi AMA levantó el pie derecho, yo lo sujete. Tenía un pequeño taco, pero la suela era fina.

-Son muy cómodas.- Comentó en medio de una sonrisa.

-¡Son hermosas, y te sientan muy bien! -Yo la miré, por primera vez sentí deseos de que me azotará con ellas.- ¡Mi AMA....!

-¿Estas seguro? -Me preguntó anticipándose a mis pensamientos.

Yo asentí, ella extendió su mano y yo la descalcé. Después se la entregué. Ella se alisó el traje y me cogió de la mano. Dócilmente me tumbé en su regazo. Cuando me ví  reflejado en el espejo, un agradable y excitante hormigueo recorrió mi vientre hasta la entrepierna. Mi AMA me indicó que le diera mi mano derecha. Ella me la sujeto a la espalda. Sentía su mano cogiendo la mía. Nuestros dedos se entrelazaron. El primer azote fue suave, y al hacerlo sobre mis pantalones, casi no lo sentí. Tras ese vino otro, y otro. Comenzaron siendo apenas caricias, para ir creciendo en fuerza e intensidad. El dolor fue en aumento, y el calor se extendió definitivamente a mí sexo. Ella se detuvo. Acarició mis nalgas, las masajeo y las apretó. -Andy, ¿te das cuenta que ésta es la primera zurra recibes como mi esposo?- Me dijo mientras que acariciaba mi trasero. Yo asentí y le miré de reojo dedicándole una amplia sonrisa.

Los azotes se reanudaron. Esta vez la fuerza era mayor. Me dolía de verdad. Estaba apunto de que unas lágrimas de dolor y placer bañaran mis ojos, cuando me ví reflejado en el espejo. Aquella imagen me lleno de excitación. Estaba vestido con el uniforme de gala, tendido en las rodillas de mi esposa aun con el traje de novia puesto, recibiendo una paliza como un colegial. Y ese dolor lejos de molestarme, me provocaba un infinito placer. Me sentía amado por la mujer a la que amaba, y nada en este mundo podía hacerme desear estar en otro sitio ni en otra situación. Estaba exactamente donde quería estar. Y aquellos azotes que seguían cayendo sobre mi trasero eran sencillamente... ¡Bueno, eso mejor imagínenselo ustedes!

Spanking en estado puro

Autora: Ana K. Blanco 

Dedicado a todos los que disfrutan

del Spanking a su manera...

Cassandra estaba nerviosa y no comprendía por qué.  Ella era spankee y encontrarse con un spanker por primera vez era algo que ya había hecho con anterioridad. Claro que no era lo usual verse con un médico de la fama de Miguel para jugar spanking, y además que la cita fuese en el consultorio de él.

Esta situación no estaba recubierta de grandes emociones, sino que era algo más bien común. Ambos habían coincidido en un grupo de spanking en internet y se habían puesto en comunicación por medio de mails y tras muchas horas de chatear confesándose mutuas fantasías vieron que ambos eran algo "perversos" en sus juegos, sin que profundizaran demasiado en el bdsm, solo lo suficiente como para darle un poquito  más de sabor, la pimienta y la sal necesaria para hacerlo más sabroso.

En sus charlas por chat habían encendido sus respectivas cámaras y se habían visto. El doctor Miguel Duarte era un hombre cincuentón, de pelo cano muy corto y de complexión más bien delgada: usaba lentes, los cuales no impedían ver unos bellos ojos oscuros de mirada pícara y penetrante, mientras que su rostro lucía una sempiterna sonrisa. Se confesó como un hombre alto y atlético, y aparentemente era así. La forma de su cabeza era perfecta, y con su sonrisa lograba iluminar la pantalla. La primera impresión de Cassandra al verlo fue "¡qué potro!". A medida que charlaban, Miguel iba mostrando su inteligencia y  sagacidad para preguntar y contestar que despertaba la admiración de ella.

Luego de muchos meses de chatear, enviarse mail e incluso hablarse por celular, estaba todo combinado para el encuentro: sería ese miércoles a las nueve de la noche en el consultorio del Dr. Duarte, luego de su jornada de trabajo.

La primavera estaba cercana pero el invierno se negaba a desaparecer. Ese miércoles amaneció gris y plomizo. La amenaza de lluvia estaba clara y comenzaría a llover en cualquier momento. Así que Cassandra, inteligentemente, decidió pasar el día en su casa y no arriesgarse a salir a pesar de algunos compromisos que tenía pendientes. Ser su propia jefa le daba ciertos privilegios y ella que trabajaba tan duro diariamente, no perdería demasiado por tomarse un día de descanso. Aprovecharía a leer algo y dormir antes de prepararse para la cita. Un libro y algo de música fueron su compañía mientras que fuera llovía copiosamente.

Tres horas antes de la cita comenzó a prepararse: una larga y renovadora sesión de baño con hidromasaje, la ducha y un poco de crema por todo el cuerpo; la ropa interior la esperaba sobre la cama. Cuando terminó de colocarse el finísimo conjunto de bragas y sostén de seda, inmaculadamente blancos y con toques de finos bordados, se miró al espejo. La imagen que este le regresó la dejó muy conforme.

Cassandra era una mujer de más de 40 años, pero no los representaba: tenía el cabello muy negro, largo, lacio y brillante. Su tez era aceitunada y sus ojos verdes resaltaban en aquel rostro moreno. Era alta y con algún kilo de más justo en los lugares adecuados. Cuando caminaba por la calle, los ojos de los hombres se dirigían sin dudas a sus pechos, grandes, turgentes, y luego a sus ojos. Cuando pasaba la seguían con la mirada que se clavaba en las nalgas: firmes, duras, redondas, apetecibles...

Se colocó un vestido muy ajustado, de tela elastizada que resaltaba más aún su cuerpo casi perfecto. Las medias de color natural subieron hasta la parte superior de sus muslos y se prendieron en el portaligas blanco que hacía juego con la ropa interior. Unas sandalias de altísimo tacón hacían que sus piernas lucieran en todo su esplendor. Buscando el toque femenino final, tomó el perfume pero... haciendo gala de su discreción obvió tal elemento que podía dejar huellas en la ropa y piel del hombre con quien iba a estar y del cual ignoraba si estaba comprometido o no. Tomó su cartera, las llaves del auto y manejó hasta la zona céntrica de la ciudad donde Miguel tenía su consultorio.

Luego de estacionar, dio un pequeño rodeo hasta llegar a la entrada del antiguo y bello edificio. Pulsó el botón y una voz masculina le contestó algo que no comprendió. Sólo atinó a decir su nombre y empujando la pesada puerta de hierro entró al hall. Se dirigió con paso firme y seguro hacia el fondo donde encontró los ascensores. El estado de nervios y ansiedad le impedían fijarse en la delicadeza del trabajo que tenían esos pequeños cubículos, tan antiguos como el edificio mismo.

El ascensor se detuvo de golpe y la trajo a la realidad. Cuando encontró la puerta del consultorio tocó el timbre, pero nadie contestó. Miguel le había dicho a las nueve y faltaban todavía diez minutos. "Quizás esté aún con algún paciente" -pensó-,  así que aguardó en silencio mientras observaba todo sin ver nada de lo que había a su alrededor. Los minutos pasaban y ella se impacientaba cada vez más. Sentía nervios, expectación y para qué negarlo: también una enorme excitación.

De repente el ruido del ascensor la apartó de sus pensamientos. Al abrirse la puerta un caballero de pelo cortísimo, casi blanco, con lentes y una amplia y franca sonrisa le dirigió una mirada afectuosa. Reconoció enseguida al hombre con el que había chateado tantas veces. Miguel era realmente alto y muy bien parecido y sus cuidadas manos no disimulaban el adecuado tamaño para el spanking: eran grandes y largas.

Se acercó a ella que se mantuvo inmóvil, y como saludo inicial le dio un suave beso en los labios que Cassandra no pudo evitar. Reaccionó a medias cuando Miguel, muy gentilmente, flanqueó la puerta indicándole que pasara. El lugar se veía acogedor, antiguo, con muebles que hacían juego con la antigua y elegante edificación. Las plantas distribuidas en forma estratégica le daban vida y color al ambiente.

Había una serie de consultorios en el lugar; todos se veían distinguidos, desde las placas en bronce que anunciaban pomposamente el nombre del profesional, hasta la alfombra, mullida y de colores sobrios. Cassandra sabía que en ese edificio no cualquiera podía alquilar un espacio, así que sin duda, él era un profesional de prestigio y fama. Cuando llegaron al final del corredor, Miguel abrió la puerta y le cedió el paso...

Los ojos de ella se posaron inmediatamente en la camilla y el hermoso diván de piel. Su imaginación le hizo visualizar las mil y una posiciones diferentes en que le gustaría colocarse para ser azotada por aquel guapísimo spanker.

Miguel se paró a su lado. Cassandra era alta, y aún montada en aquellas sandalias con taco de casi diez centímetros, quedaba un poco más baja que él.

-Puedes dejar tus cosas encima de esa silla -le indicó. Obedeció y al darse vuelta se volvió a topar con él, que de inmediato rodeó su cintura mientras la besaba de una forma deliciosa.

La lengua de Miguel exploraba su boca, y ella no dudó en devolver aquel beso, aprisionando la lengua con los labios y rodeando el cuello del hombre con sus brazos. Sentía la presión de las manos de él mientras recorrían todo su cuerpo.

Los besos continuaban... mejor dicho "el" beso, porque era uno sólo, larguísimo y apasionado. Cuando una de las manos dejó de tener contacto con ella, pensó: "ahí llega el primer azote!"; y así fué. La enorme y fuerte mano del doctor cayó sobre la nalga izquierda, produciendo en la chica una deliciosa sensación de suave picor que la hizo excitarse aún más. Siguieron besándose mientras él combinaba el recorrido por todas las curvas del sinuoso cuerpo de Cassandra con los azotes cada vez más fuertes y frecuentes sobre las nalgas. Las manos del hombre se movían mezclando delicadeza, maestría, destreza... Sabía qué puntos tocar y cómo hacerlo.

Con movimientos precisos que delataban una larga experiencia como amante, subió sus manos por la espalda de aquella mujer que había logrado ponerlo excitadísimo y desabrochó su sostén. No hizo nada más; sólo quería "preparar" el terreno para lo que vendría después.

Y la continuación de aquella escena se convirtió en un sueño. Cassandra lo vivió como si estuviera metida en una nebulosa, sin ser totalmente consciente de lo que sucedía, pero disfrutándolo a fondo.

Miguel se desprendió de los brazos de la spankee y se dirigió al escritorio del que extrajo varios instrumentos: una varilla no muy larga pero rígida, un objeto de plástico rojo que contenía un extraño diseño similar a ochos entrelazados, y otras cosas que no captaron la total atención de ella, quien, presurosa, se dio vuelta y de entre sus pertenencias sacó un cepillo de madera dura de tamaño mediano y se lo ofreció al spanker sonriendo de forma cómplice y pícara. Esta actitud produjo una grata sorpresa en él.

Sin decir más, se acomodó en el espléndido diván y le pidió a la chica que se colocara sobre sus rodillas. Cassandra no entendía aquello... ¿no habría motivos para el castigo? ¿No habría rezongos, ni amenazas, ni rincón? No, definitivamente no lo comprendía y así se lo hizo saber.

-Querida, ven aquí, siéntate a mi lado por favor y permíteme explicarte qué es para mí y como siento el spanking. Comprendo la típica idea de un juego de spanking donde la spankee es castigada por cualquier razón. Pero... he comprendido que esos juegos no terminan de satisfacerme porque tanto el spanker como la spankee sabemos que no es verdad y... soy muy mal actor.

-Para jugar a las nalgadas debo de estar de excelente humor, porque para mí es una fiesta. En la realidad no azotaría a nadie estando enojado, y aunque traté al principio de actuar... soy muy malo fingiendo. Así que decidí que viviría el spanking a mi manera.-

-A mí me gustan las nalgas de la mujer: es la zona donde más recreo mi vista cuando alguna se me cruza y es el lugar con el que sueño y fantaseo eróticamente. No creo ni me intereso en el spanking disciplinario, pero sí en el erótico. Como admirador y adorador de las nalgas femeninas, quiero azotarlas hasta el límite donde el placer comienza a tornarse en puro dolor. Allí pararé. No me erotiza el ver nalgas con moretones o marcas extremas. Me gustan las nalgas rojas, brillantes, calientes... ¿Me voy explicando?, le dijo mientras ella lo miraba en silencio con los ojos extremadamente abiertos y sin salir de su asombro.

-Mi querida Cassandra-, continuó sin dejar de mirarla a los ojos: si yo voy a ser tu spanker esta noche, tú aceptarás hacerlo a mi modo. Pruébalo y luego me dices qué te pareció esta experiencia que para mí, es la esencia del spanking: la nalgada por la nalgada misma, por el puro gusto de darla y de recibirla. Sin roles, sin motivos ficticios, sin adornos...  La nalgada dada con amor, con afecto, con el máximo respeto y cariño que la mujer me inspira.-

-Ahora, mi niña, si así lo deseas, tiéndete sobre mis rodillas- terminó diciendo Miguel, expectante por la decisión que la chica tomaría.

Si antes estaba en una nebulosa, en ese instante no sabía dónde se encontraba ni tenía muy claro qué estaba sucediendo. Sólo su instinto la impulsó a obedecer a ese hombre que le había hablado con un tono dulce pero enérgico y que le había dado razones altamente valederas como para que se entregara totalmente a él.

Tendida sobre sus rodillas con la cadera encima de ellas, con lo cual dejaba su trasero totalmente expuesto a los deseos de Miguel, bajó la cabeza, apoyó la frente en sus manos y olvidándose de todo se abandonó completamente a aquel hombre, que una vez encontrada la posición adecuada, comenzó a acariciarla con suavidad y destreza. La mano izquierda se encargaba del cuello, la nuca, la espalda y se detenía en la cintura para volver a subir. Con la mano derecha surcaba la separación de las nalgas, apretaba los dos gloriosos globos que se estremecían con el contacto de los dedos que no paraban de moverse, iban y regresaban por la entrepierna y los muslos.

Una vez que se convenció que estaba totalmente distendida, le preguntó:

-¿Preparada?

Con una levísima inclinación de cabeza le dejó saber que sí. Las palmadas comenzaron a caer de forma precisa por toda la superficie de las nalgas. Primero en esta, luego en aquella, arriba, abajo, en el medio... no quedó un solo lugar sin recibir azotes. A los pocos segundos Cassandra comenzó a gemir, pero de placer por aquel picor que sentía en las nalgas y recorría todo su cuerpo. Cada nalgada era un paso más en el interior de aquella nebulosa que no le permitía pensar y sólo la obligaba a gozar de cada instante sin importar nada más.

No supo en qué momento le quitó la ropa, pero de pronto sintió que sus bragas bajaban y dejaban expuestas sus nalgas. Aquella mano tan grande como suave acariciaba su zona más caliente y el dedo mayor bajaba con más frecuencia de la necesaria a reconocer la humedad de la entrepierna, que era una catarata emanando los líquidos resultantes del placer que vivía en esos momentos.

La situación por la que estaba pasando le hacía perder la noción del tiempo, del lugar y de todo lo que no fueran sus sensaciones. Eso le había ocurrido solo un par de veces en su vida, cuando las emociones eran tan fuertes que no se sentía capaz de vivirlas de forma más intensa porque era imposible. Aquella nube la envolvía y la transportaba a la zona de máximo placer...

Sintió a lo lejos la voz de Miguel que le pedía ponerse de pie. Estaba totalmente desnuda con excepción de sus sandalias. Hizo un gesto de quitárselas, pero él le pidió que no lo hiciera. Al mirarlo vio que él también estaba totalmente desnudo y pudo observar un cuerpo casi atlético, perteneciente al hombre que la había estado azotando. Parecía un dios griego, con su virilidad en el punto máximo.

Sin mediar palabra, en varios momentos Cassandra probó aquel plastiquito con que Miguel la azotaba, dejando en su piel el dibujo que guardaba por unos instantes. Él miraba aquella obra de arte que se desvanecía mientras los quejidos de la mujer lo animaban a seguir decorando la piel blanca que aceptaba reproducir lo que él quisiera: rayas, círculos, ondas...

El spanking se intercaló con el sexo de una manera sutíl. Los cadenciosos movimientos de cadera, los gemidos apagados con besos apasionados, el chasquido del cinturón sobre la piel de Cassandra, las firmes manos, la potencia de los azotes, la dulzura de las caricias y los mimos de Miguel cuando alguna lágrima amenazaba con aparecer en los ojos de ella, todo se combinó de forma tal que era imposible para la chica recordar los hechos en forma cronológica.

Acostada en su cama y en la intimidad de su habitación, trataba una vez más de repasar lo sucedido. Y todo aparecía envuelto en aquella bruma que le impedía recordar con claridad los hechos. En cambio, tenía muy claras las sensaciones vividas porque hacía mucho tiempo que no había gozado tanto. Un cúmulo de sensaciones maravillosas, de sentimientos encontrados y de emociones que quería tener presentes era el balance altamente positivo que sacaba de este encuentro.

Trataba de explicarse cómo era que pudiera sentir aquel cúmulo de sensaciones que le regalaba el spanking sin que existieran amenazas, rincón, espera, rezongos... Como diría una querida amiga, aquello era "spanking puro y duro". Y le había gustado, lo había gozado sin lugar a dudas.

El que Miguel hubiese mezclado ratos de spanking con ratos de sexo, había sido del total agrado de ella, porque en ningún momento él permitió que decayera ninguna de las dos cosas. Cassandra estaba expectante pensando cuál sería el siguiente paso que dar por él. Pero fuera el que fuera, sin duda, lo aceptaría.

Al final del encuentro, cuando se retiraba, le agradeció a Miguel la sesión y él le contestó:

-Querida... para mí también ha sido maravilloso. No es fácil encontrar una spankee tan bien dispuesta como tú, con actitudes dignas de ser tenidas en cuenta. Espero que pronto nos volvamos a encontrar porque hoy no hemos podido probar la camilla y todos los instrumentos que tengo a mi disposición por mi trabajo. Eso queda pendiente para la próxima vez, porque... habrá una próxima vez ¿verdad?

Los ojos verdes de Cassandra se iluminaron y él obtuvo una enorme sonrisa y un guiño por toda respuesta.

Memorias de un spankee V

Autor:  Cars 

¡Vanesa! ¿Cuántas veces habré susurrado su nombre en silencio?, cuántas en el transcurrir de éstos meses, las lágrimas saladas como el océano han bañado mi almohada al pronunciar su nombre, ese que me fue prohibido nombrar salvo en raras y excepcionales situaciones y que al hacerlo no hacía más que acentuar el dolor que me causa su ausencia. Aquel día, aun estaba a tiempo de salvar mi alma. La razón, la experiencia, todo lo que era como policía y todas las vivencias que había experimentado y que me habían conducido a ese instante, me gritaban que me pusiera a salvo. Pero no sé porqué macabro juego del destino, no era capaz de resistirme a su mirada, a su tacto y a su voz. Igual que hiciera un encantador de serpientes, ella me guiaba a su antojo ya no solo por aquella estancia, ni siquiera por los juegos de alcoba, sino por la vida misma. Yo estaba unido a ella pese a mis últimas reservas, y parecía vivir de su aliento, de sus deseos e igual que el mar juega a placer con un velero a la deriva, su voluntad jugueteaba con mis deseos y vida.

Esta noche fría que me rodea, parece que su recuerdo me daña mucho más. Los acontecimientos  que me llevaron a esta soledad, se me presentan hoy como fantasmas de una vida ya vivida que se resisten a ocupar su lugar en la memoria, relegados a meros recuerdos. Y por eso arremeten una y otra vez contra mi conciencia para recordarme, que tal vez en mi mano tuve la posibilidad de hacer que las cosas fueran distintas, pero mi flaqueza o mi debilidad me empujaron a la  agónica situación que hoy estoy viviendo. Cada paso que doy me recuerda a ella, y aun me parece poder percibir el aroma del perfume que llevaba aquella mañana en la que sellé mi destino.

-¡Lo siento pero estoy muy confundido! -susurré al tiempo que deshacía el saludo, y veía como el general nos dejaba solos.

-Me lo imagino! Y no sólo por la expresión de tú rostro, -su tono era casi jocoso, me dio la espalda y se dirigió a su escritorio.- Yo estaría igual de sorprendida si estuviera en su lugar.

Mientras hablaba, eché un vistazo al lujoso despacho, y me concentré en una foto de Vanesa, -Mi AMA- en la que estrechaba la mano del presidente del gobierno. Ella guardó silencio, y cuando reparé en ese detalle, la miré. Me observaba medio sentada en su escritorio.

-¿Qué hago aquí? -Le pregunté al tiempo que daba unos pasos hacia ella.-

-¡Creo que está claro! -Su voz había recuperado la rigidez de costumbre.- Se te ha asignado a mi equipo de seguridad, es más, tú serás el encargado de seleccionarlo y hacerte cargo de la seguridad mía y de mi trabajo.

-Lo siento... -la miré a los ojos- pero no puedo.

-No tienes opción.

-Sí la tengo. -Extrañamente, estaba eufórico por mi determinación.- No saldría bien.

-¡Claro que saldrá bien! Sólo tienes que hacer tú trabajo. -Sé acercó a mí.

-¡Pero Vanesa!  Hay muchas razones para que esto no sea una buena idea.

-No te entiendo.

-Si me encargará de tu seguridad, tendría que darte indicaciones, en ocasiones ordenes, tú eres mi AMA, y eso es difícil de olvidar.

-Así que ahora soy tu AMA -Se acercó aún más.- Hace unos instantes era Vanesa, y no recuerdo haberte dado permiso para usar ese nombre.

-Ves, a esto me refiero...

-¡No me interrumpas! -Me calle al instante.- Mira Andy, llevo muchos años viviendo la dominación, y te aseguro que se distinguir unas situaciones de otras, no voy a interferir en tu trabajo, y nuestra relación no va a estar presente mientras estemos trabajando. Yo puedo separar una cosa de otra. Y si tú no puedes, entonces es que no eres el hombre y el profesional que había creído que eras.

-Yo podría, -resolví- pero no quiero. No quiero tener la responsabilidad de tu vida. Por que si cometiera un error, el más mínimo y te pasará algo... -guardé unos instantes de silencio- jamás podría vivir con eso. Te ruego que me permitas renunciar y regresar a mi destino anterior.

Ella permaneció en silencio, en sus ojos se reflejó una ternura que no había visto antes. Un cierto aire de resignación. Era como si detrás de las palabras que había pronunciado se escondiera un sentimiento que no había expresado. Comprensión y renuncia. El tiempo parecía que se hubiera detenido, y ninguno de los dos estuviera dispuesto a reaccionar. Al fin, se acercó a mí, acarició con dulzura la mejilla. Me beso y se dirigió a su escritorio.

-Hablaré con el General. -Comenzó a hablar sin mirarme.- Mandaré un informe y te aseguro que tu renuncia no aparecerá en tu hoja de servicio.

-Gracias

-Espera fuera, te acompañarán a la salida.

En ese instante, sentí una extraña frialdad que recorrió todo mi ser. Me encaminé a la puerta. Puse la mano en el pomo y lo giré. La pesada puerta de madera pareció quejarse cuando la empujé. Eché una mirada atrás. Vanesa seguía leyendo unos documentos. Para ella ya me había ido. Estaba a un paso de mi salvación. Todo en mi interior me decía que lo diera, que saliera del despacho. Bajé la cabeza. Por unos instantes que pareció una eternidad, volví a ver en mi mente aquel brillo extraño en sus ojos.

-¿Qué pasó con tu escolta? La que has tenido desde que te conozco. -Comencé a decir al tiempo que volvía a cerrar la puerta y me encaraba con ella.

-¿Cómo?

-¡Tu escolta! Que ha pasado con ella. -Repetí.

-La he destituido.

-¿A todos?

-Si, pero no te preocupes, -respondió con desdén- Antes de que acabe el día tendré una.

-Venga Vanesa. -Sus ojos se clavaron en los míos.- Dime que ha pasado.

-¡Andy! Estás agotando mi paciencia. Si vuelves a pronunciar ese nombre sin que te autorice a ello...

-Lo siento mi AMA -Me disculpé.- Por favor, dime qué ha pasado. -Ella se relajó.

-Está bien. El servicio de información interceptó algunas llamadas, estaban planeando permitir un atentado contra mi persona para hacerse con los documentos en los que estoy trabajando. -Guardó silencio, como dándome tiempo de asimilar lo que me estaba diciendo.- Mira, estas son algunas amenazas que he recibido en la última semana. En tres de ellas dejaron huellas parciales.

-¿Ahora estas a salvo?

-Les están interrogando, pero hasta que no demos con el cerebro de la operación, no lo estaré al cien por cien.

-¿Por qué yo? -Le interrogué.

-Porque confió en ti. -Ella salió de detrás de su despacho y se acercó a mi.- Porque cuando estoy a tú lado es cuando verdaderamente me siento segura.

De una forma instintiva, la estreché entre mis brazos. Ella recostó su cabeza en mi hombro. Le besé en los labios mientras sentía el latido de su corazón junto al mío.

-Esto lo cambia todo.- le susurré al oído- no envíes ningún informe, esta noche cuando regreses a casa, lo harás con una escolta que no te traicionará.

-¡Gracias! Sabía que al final aceptarías. -Le sonreí- Pero eso no te va a librar del castigo que te mereces por la falta de respeto que has mostrado al usar mi nombre sin permiso.

-Pero... -Me interrumpió con un beso.

-¡Andy! Ni una palabra más sobre ese asunto. -Sus ojos se clavaron en los míos.- Esta noche cuando estemos en casa, quiero que me recuerdes que te tengo que castigar.

-Como ordene mi AMA -Mi alma se llenó de una extraña calma al sentir la autoridad que ejercía sobre mi. Era como el amarre que mantiene a un barco seguro en el puerto durante la tormenta.- Ahora tengo que salir unas horas. Regresaré a las siete.

-De acuerdo, pero antes de regresar ve a esta dirección. -Me extendió un papel.- quiero que conozcas a mi tía, tiene algo para la boda y te lo tienes que probar. Y Andy... quiero que esta noche me cuentes todo lo que haya pasado durante el día. ¡Todo!

Salí del despacho llevando el papel el la mano. Durante el día me enfrasqué en el trabajo, para las cuatro ya tenía a tres personas de mi más absoluta confianza designadas para la protección de Vane... mi AMA.

El reloj marcaba las cuatro y treinta cuando toque el timbre de la casa de la tía. Cuando la puerta se abrió vi ante mi a una mujer de unos cuarenta años, esbelta, el pelo rubio caía en cascada sobre sus hombros, lo cierto es que parecía más joven. Observé su busto resaltado por una ajustada camiseta de licra blanca. Llevaba una falda negra hasta las rodillas. Me llamó la atención sus piernas morenas y bien torneadas. Llevaba unas sandalias de tacón que permitían la visión de unos dedos delicadamente pintados de rojo.

-Tú debes ser Andy. Yo soy Ana -Su voz me saco de mi ensimismamiento.

-Sí. Siento llegar tan tarde.

-Pasa, pasa... Ya hablaremos de eso más tarde. 

Nos dimos un par de besos y la seguí hasta un lujoso salón. Unas tazas de café esperaban en una mesita. Me senté en un sillón, mientras que ella lo hacía en el sofá. Desde mi posición, sus pies quedaban completamente a mi vista. En una estantería había una caja con mi nombre. Durante unos instantes no pude apartar la vista de ella.

-¿Así que os vais a casar? -Me preguntó en medio de una sonrisa.

-Sí, dentro de tres semanas.

-Te he hecho venir, porque Vanesa es como una hija para mí, y quería darte un regalo especial para el día de la boda.

-Muchas gracias -Volví a mirar la caja.

-No me las des, es solo un detalle. -Su tono era muy cordial, y yo no podía apartar mis ojos de sus pies. Aquellas sandalias los realzaban de una forma especial. Era de tiras negras, pero las que cruzaban el pie justo en el nacimiento de los dedos, tenían pequeñas piedras que brillaban con la luz, en finos destellos.

-Andy, dime... ¿por qué me has hecho esperar tanto? Mi sobrina me dijo vendrías a las tres, -Guardó silencio durante unos instantes.- Mira, hasta había preparado café, pero se ha enfriado.

-Lo lamento muchísimo, pero me fue imposible llegar antes -Alegué en medio de una sonrisa. El trabajo, ya me entiende.

-Lo que entiendo Andy, es que mi sobrina todavía no te ha enseñado a no dar excusas para tus faltas. Siempre ha sido un poco blanda.

Mi cara dibujo la sorpresa más intensa de los últimos meses, junto con una gran oleada de vergüenza, hasta el punto que creo que me llegue a ruborizar ante aquella mujer que me miraba divertida.

-¡No te ha dicho nada! -exclamó en medio de una amplia risa.- Claro que sé que tipo de relación tenéis, entre nosotras no hay secretos. Lo entenderás en cuanto veas el regalo. Esta en esa cajita con tu nombre. Yo, mientras que te lo pruebas, voy a cambiarme de zapatos, porque estas sandalias me matan los ojos.

Mi mirada se clavaron en sus pies, mientras que ella ajena a mi atención, comenzó a aflojar la hebilla de las finas tiras de cuero que se sujetaban al tobillo, una vez se vio libre del calzado, se puso en pie me dedicó una sonrisa y se alejó andando de puntillas, lo que hacía que toda su figura pareciera más sensual.

-Cuando regrese, quiero vértelo puesto. 

Su voz sonaba ya algo lejana, pero no por ello menos determinante. Me levanté, y cogí la caja. Con gran curiosidad la abrí. Dentro un montón de tiras de cuero formaban una bola. La saqué y la miré con extrañeza. Miré aquellas tiras desde todos los ángulos sin que pudiera entender lo que eran. Los minutos pasaron con gran rapidez.

-¿Aun así? -Sonó en mi espalda.-

-No sé que es... -alegué con desconcierto.

Volví a mirarla, no se había cambiado de ropa, solo unas zapatillas cubrían ahora sus pies. Apenas tenían tacón, Parecía de terciopelo rojo, con un pequeño dibujo de una ninfa con sus alas extendidas. Debido a su suela de goma, -de esa amarilla de toda la vida- no la había oído llegar. Ella me  las quitó de las manos y me miró divertida.

-Lo primero que tienes que hacer es quitarte la ropa.

-¿Cómo?

-¡Digo que te quietes la ropa! -Y reafirmó su orden, con un seco azote en mi trasero.

Su voz era tan autoritaria como la de mi AMA, por lo que sin saber muy bien porqué,  comencé a desvestirme. Una vez desvestido, ella me cogió de la mano y se sentó en el sofá, me pasó aquellas tira por los hombros, que cayeron hasta la cintura, después las ajustó a otra que parecía un cinturón, y de la que su vez colgaba una más corta. Cuando quedaron sujetas las primeras, me dio la impresión de llevar tirantes, después, con la otra tira y ante mi sorpresa, rodeó mis testículos, yo intenté apartarme, pero ella descargó una serie de manotazos en mi muslo derecho, lo que hizo que desistirera. Cuando esta última quedo sujeta, sentí como al mantener la cabeza erguida, sentía un constante tirón de mis testículos. Algo verdaderamente incómodo.

-¡Perfecto! -Dijo al fin.- Siéntate un rato, para que te acostumbres. No olvides que el día de la boda lo tendrás que llevar puesto en todo momento, hasta que mi sobrina te lo diga.

No salía de mi asombro, pero obedecí como un autómata. Una vez sentado, el dolor se hizo más intenso.

-¡Y bien Andy! -Me dijo, mientras que cruzaba sus piernas, y comenzaba a jugar con la zapatilla, balanceándola una y otra vez- ¿Qué vamos ha hacer con tu indisciplina?                                  

-¡Lo siento!, le aseguró que no volverá a suceder. -Volví a disculparme.

-Mira como yo lo veo -me dijo.- Tenemos dos opciones. Puedo castigarte yo. Con una pequeña azotaina me daré por satisfecha. O puedo llamar a mi sobrina, y contarle tus faltas, para que ella te castigue convenientemente. Tú decides...

Tras aquellas palabras guardó silencio, mientras que seguía jugando con su zapatilla. Yo ya sabía que me esperaba un castigo cuando llegará a casa, por lo que darle motivos para enfadarla más, no me atraía especialmente. Así que la idea de recibir una azotaina de aquella mujer que me miraba con impaciencia parecía lo menos doloroso, ya que yo daba por sentado que no sería muy severa. Sin obviar, que desde que la vi con aquellas zapatillas, sentí un deseo enorme de que me azotara. Y de no ser por las tiras que me oprimían hubiera mostrado una erección desde hacía rato con la sola idea de recibir unos azotes.

-¿Y bien? -dijo sacándome de mis pensamientos.

-Creo que será mejor la primera opción.

-¡Bien!, pero antes tienes que prometerme que bajo ningún concepto se lo dirás a mi sobrina. No quiero que se lleve a engaños y piense algo distinto a lo que es. Sé que es muy celosa de lo suyo.

-De acuerdo -Respondí con firmeza.- Se lo prometo.

Ana me sonrió. Me extendió la mano. Yo me levanté, y ella me guió hasta su lado. Después me hizo tumbar sobre sus rodillas, dejando que mi cara casi tocara el suelo, por lo que mi trasero quedó totalmente expuesto. En esa posición, mi único punto de equilibrio eran mis manos, ya que mis pies casi no tocaban el suelo. Ana paso su mano derecha por mi espalda, mientras que con la otra acariciaba mis nalgas para que las relajara. Yo respiré hondo, sabía que pronto llegaría el primer azote, aunque ella no parecía tener prisa. Entonces reparé en lo cerca que estaba mi cara de su pie. Mis ojos se clavaron en la zapatilla que llevaba. Hasta entonces no me había fijado en el acabado en dorado que llevaba y que le rodeaba el empeine y el tobillo. En esos pensamientos estaba cuando sentí aquel primer azote, al que le siguieron una cantidad que no puede llegar a precisar. Golpeaba con energía, por lo que pronto el calor inicial comenzó a transformarse en un  dolor intenso. Con cada golpe, mi pene rozaba los muslos de aquella mujer que me tenía a su merced, lo que provocó una considerable excitación. Aquella primera zurra casi me hace llorar. Y digo primera porque tras una pausa observé cómo se descalzaba el pie que estaba más cerca de mi.

-Dame esa zapatilla Andy -Me dijo con serenidad. Yo la miré con cierto pánico.- ¡Venga! ¿No me has oído?

-Pero...

Media docena de palmadas realmente fuertes impactaron en el centro de mi trasero, obligándome a coger el calzado y dárselo. Su tacto era muy suave, aunque era más pesada de lo que había imaginado al verla. La suela de goma era muy flexible pero densa. Ella me sonrió cuando la volví a mirar mientras se la daba. Aun hoy me parece recordar el calor que emanaba cuando recién se descalzo.

-¡No te preocupes Andy! -Me dijo adivinando mis pensamientos.- Esta zapatilla no te va a dejar marca duradera, su suela es ideal para este castigo. Un poco de enrojecimiento que desaparecerá en unas horas. Pero el dolor inminente, ese, cielo, lo recordarás bastante tiempo.

Diciendo esto, descargó el primer zapatillazo. Después se concentró en una nalga, en la que descargó casi dos docenas seguidas de azotes, después en la otra. Con meticulosidad, me golpeó hasta que lloré como un chaval. Pero lo hacía siempre en una amplia zona, por lo que cuando al final acabó el castigo todo mi trasero estaba tan rojo como ardiente, aunque como me dijo, no había marcas de importancia. Mientras intentaba controlar el llanto y masajeaba mis glúteos, Ana me liberó de las tiras que aprisionaban  mi pene. Y lo guardó en la cajita.

-Ven, túmbate aquí.- Me dijo señalando su regazo.

Pero esta vez, era para extenderme una crema. Sus manos masajearon mis nalgas, mientras sin ser conciente de lo que hacía, mi mano comenzó a acariciar su pie descalzo.

-Andy, ya que tienes la mano ahí, ponme la zapatilla.- Y me la devolvió. Con gran turbación, se me la puse, y dejé mi mano sobre ella, sintiendo su calor, mientras que Ana seguía masajeando. Tras unos minutos, me dedicó una nueva tanda de azotes que me hicieron despertar de aquel embobamiento.

Tras vestirme, me despedí con dos besos, y me encaminé a buscar a mi AMA. El dolor de mi trasero fue menguando, aunque no así la excitación que suponía el recuerdo de esa tarde. Para las siete en punto estaba tocando en la puerta de su despacho. Tras entrar, hice pasar a las personas que había designado para su escolta. Una breve presentación, bastó. A las siete y media, un coche blindado la acompañaba a casa, mientras que yo la seguía con mi coche a corta distancia. Cuando cerré la puerta del garaje, el coche ya se había alejado por la calle. Entre en casa. La oí trastear en la cocina. Después salió con una lata de cerveza en la mano. Se sentó en el sofá y encendió la tele. Yo saqué mi arma de la funda, y tras quitarle el cargador la guardé en un cajón del salón, dejando una bala en la recámara. El cargador lo dejé en otro cajón diferente. Y me acerqué a mi AMA. Me puse de rodillas junto a ella. Acaricié sus piernas, hasta llegar a los zapatos beige que llevaba. Mantenía la cabeza baja, sentí sus manos sobre mi cabeza.

-Andy, Andy... -susurró.- Por más que quiero evitar castigarte, tú no me dejas opción. -Me levantó la barbilla hasta que la miré a los ojos.- Sabes que voy a ser severa ¿verdad? -Asentí.- bien, ahora quiero que vayas al cuarto, que te quites la ropa y que esperes meditando sobre tu conducta de hoy. Espera allí hasta que te llame. Me levanté, y me encaminé al cuarto.

-Antes cuéntame como te fue con mi tía. -me dijo cogiéndome de la mano y haciéndome que me sentara a su lado.

-¡Fue bien mi Ama! -Las imágenes del castigo que había recibido asaltaron mi mente. Tuve que hacer verdaderos esfuerzos para no excitarme.- Me dio esto, -le entregué la cajita,- y después de probármelo me fui a recogerte.

-¿Nada más? -Preguntó.

-Básicamente, nada más -Aquellas palabras me estaban dejando un sabor a traición muy amargo. La mera omisión, constituía una mentira en si misma.

-Bueno. Ve al cuarto y haz lo que te he dicho. -Yo permanecí inmóvil, quería obedecerla pero una extraña angustia me invadía. Le estaba mintiendo.- ¡Vamos! ¿a qué esperas? -Insistió.

-Es que... -Comencé a decir bajando la cabeza.

-¿Qué pasa ahora?

-Verás mi AMA, tu tía me esperaba a las tres, y yo llegue a las cuatro y media, y entonces ella... -Hice una pausa.- Bueno, ella...

-¡Venga Andy! -Gritó.- Me estás poniendo nerviosa.

-Ella me azotó. -Dije al fin mirándola a la cara.

-¿Qué hizo qué?

-Bueno, me dio unos azotes. Pero no me dejó marcas.

-¡Bájate los pantalones! -Su enfado aumentaba por momentos, lo que hacía que yo me pusiera más nervioso. Se levantó.- ¡Pero si no fue casi nada! 

-¡Te he dicho que te bajes los pantalones y me dejes ver! -Me gritó al tiempo que me cruzaba la cara con sendas bofetadas.

Apresuradamente, me levanté y me bajé los pantalones, ella llevada por la impaciencia casi me tira cuando me bajó los slip. Me palpó las nalgas, aun guardaban algo de calor, pero el enrojecimiento prácticamente había desaparecido, de echo si yo no se lo hubiera contado, nunca lo hubiera adivinado al verme desnudo. Me hizo inclinar sobre el respaldo del sofá para observar bien mi trasero. Después me hizo contarle con pelos y señales todo lo sucedido. En sus preguntas y en su respiración, yo podía notar cómo su enfado iba en aumento, yo intentaba apaciguarla quitándole toda la importancia, pero sentía que no lo conseguía. Cuando terminé mi relato, la oí renegar al tiempo que caminaba por la estancia. Intenté incorporarme, pero ella me ordenó permanecer así.

-Eres un bobo Andy -Me dijo poniéndose a mi lado.- Y lo peor es que también eres un desobediente.

-¡Pero mi AMA, si te lo he contado! -Una dolorosa como inesperada serie de azotes hizo que me callara y la mirara con sorpresa.

-No debiste ponerte en esa situación. Me has dejado muy mal delante de mi tía, y además, -Sentí como tiraba la hebilla de mi cinturón hasta sacarlo de su sitio,- debiste contármelo nada más verme, y no esperar a llegar a casa.

-¡No, con el cinto no mi AMA! -Grité al sentir el primer azote de la correa.

-Con el cinto no, ¿eh? -Me dijo mientras descargaba cuatro azotes seguidos.- Pensaste que era mejor su castigo a que yo te castigará dos veces ¿no? Pues vas a recibir dos castigos. Y te aseguró que no los vas a olvidar en mucho tiempo.

-No fue así mi AMA... -Intenté excusarme al tiempo que me cubría el trasero con mis manos.

-¡Quita las manos de ahí Andy! -Me ordenó.

-Deja que me explique -supliqué.

-¡Que quites las manos de ahí! -repitió.

Tímidamente retiré las manos. Podía sentir su respiración agitada, un nuevo azote, y otro y otro. Realmente estaba recibiendo un castigo que no olvidaría en mucho tiempo. Su mano caía una y otra vez. Tras largos minutos se detuvo. Me dejó levantar. Se sentó en el respaldo del sofá, y me atrajo hasta ella. Se quitó la chaqueta y la blusa.

-¡Eres mío!  -Me dijo al fin.- Y no me gusta que nadie toque lo que me pertenece. ¿Tú sientes eso Andy? -Permanecí en silencio.- Sientes que eres mío, que soy verdaderamente tu AMA, o todo esto no es más que un juego para ti.

-¡Sí! -Me arrodillé ante ella, quedando entre sus piernas.- ¡Sin dudarlo mí AMA! No estoy jugando te lo prometo.

-Entonces, ¿Por qué dejaste que fuera mi tía la que te castigara y no yo? ¿Por qué eso lo decidiste tú?

-No sé que decir mi AMA

-Esa respuesta no me vale. ¡Hoy no! Dame una explicación.

El dolor era agudo, pero no me refiero a de mi trasero, que créanme que era intenso, sino al que me provocaba las palabras de mi AMA, y al miedo que me invadía, ya que sentía que de mi respuesta dependería que pudiéramos seguir juntos o no. Se me ocurrieron excusas que afortunadamente aborté antes de llegar a pronunciarlas. Recordé el día en el que me castigó en la tienda, decidí que  volvería a hablarle con todo lo que tenía en mi corazón, igual que aquel día. Y si con eso no bastaba, entonces solo me quedaría el dolor de perderla.

-Mi AMA... No quería defraudarte, sabía lo importante que era para ti que causara buena impresión a tu tía. E imaginé que si ella te llamaba, te sentirás defraudada, y eso me aterraba.  -Ella me acarició la mejilla, mientras mis ojos se llenaban de lágrimas.- Además, sentía vergüenza.

-¿Vergüenza? -Preguntó.

-¡Si mi AMA! Sentí vergüenza de que te llamaran para quejarse de mi comportamiento, me sentí como un colegial ante la directora, y no quería que te llamara. -Ella esbozó una sonrisa.

-¡Andy! Creo que es por esa forma tuya de ver las cosas por las que estas consiguiendo que me enamore de ti. Eres un mundo de contrastes. Fuerte, con los pies en la tierra y maduro, pero a la vez una pizca de inocencia y simpleza, rayando lo adolescente. Pero eso no te exime de las consecuencias de tus actos. -La observaba mientras hablaba. Con tranquilidad, había comenzado a doblar el cinturón. Hasta darle cuatro vueltas. No media más de veinte centímetros. Lo apretó bien en su mano y me miró de nuevo.- Nadie, salvo que yo te lo diga explícitamente, debe castigarte. Y menos a elección tuya. Si buscas que te trate como un adolescente, lo haré, y te aseguro que no me va a temblar el pulso. Aprenderás a comportarte, de una forma o de otra.

Tras decir esto, tiró de mí hasta que quede tumbado sobre su regazo. Entonces, sin rabia pero con toda la fuerza que podía, comenzó a azotarme de nuevo. Esta vez, los azotes dolían mucho más. Y ella parecía no pensar en descansar. Tras casi diez minutos, se detuvo. Se levantó y me beso en los labios.

-¡Toma! -Me entregó el cinto.- Ahora ve al cuarto hasta que te llame, después de cenar arreglaremos la cuenta pendiente.

Mientras me giraba, ella me dio una palmada que acentuó el dolor que ya sentía. En la soledad de dormitorio me desahogue en un mar de lágrimas. Hasta que casi me quedo durmiendo, boca abajo, eso sí. Hasta que tras casi dos horas la oí llamarme. Salté de la cama como un resorte, y me encamine al salón. Ella estaba sentada en el sofá, y yo sentí el frío en mi piel ya que como me había indicado estaba desnudo. Llegue a su lado. Y me agache para darle un beso que ella respondió.

-¿Crees que habrà aprendido la lección?

Sonó a mi espalda. Cuando me giré puede comprobar que quien hablaba desde la puerta de la cocina no era otra que la tía de mi AMA.

-¡Es muy obstinado tía! -Contestó al tiempo que se levantaba y se acercaba a ella.

-Tú ya le has castigado por mentirte, pero ¿qué ocurre conmigo? -Le dijo a mi AMA.- Me prometió que no te lo iba a contar y no lo ha cumplido.

-Lo cierto tía es que no se puede decir que lo que hiciste fuera un castigo. -Mi AMA parecía disfrutar de aquella situación.

-Hija, no me provoques. Si hubiera querido, Andy no se sentaría en un mes. -Ambas se rieron.- Creo que es justo que pueda castigarle por no cumplir con su palabra.

-Pero AMA -Deje oír.- ¡No es justo!

Ella se acercó a mí. Estaba radiante, disfrutaba sabiéndose con el control no sólo de la situación, sino de mis sentimientos y mis emociones.

-Pero mi amor -Su mano acarició mi mejilla, mientras se ponía detrás de mí.- ¿Quién te ha dicho que yo tenga que ser justa? -Mientras hablaba, me tiró del pelo obligándome a echar la cabeza hacia atrás. Su otra mano me golpeó varias veces en el trasero.- Debe bastarte con saber que te amo Eso, -mordió el lóbulo de mi oreja- y que eres mío. Pero no te preocupes, el castigo que te espera lo compartiremos mi tía y yo, pero sólo si eres bueno, no protestas y te vas a la cocina para preparar la cena.

Tras unos azotes más, me soltó el pelo y me encaminé a la cocina. Ana me detuvo, y me colocó un delantal con el que me sentí mucho más vulnerable al escuchar  las risas de ambas mujeres.

-Impresiónanos con la cena.- Me dijo al tiempo que soltaba una fuerte palmada en mi nalga.

En ese instante me di cuenta de la trampa en la que había caído, ya que hiciera lo que hiciera aquella tarde en casa de la tía Ana, nada me hubiera librado del castigo recibido. En ese instante, me sentí más suyo, más dependiente de su voluntad y de sus caprichos.

Mientras que me afanaba por preparar la cena, oía el murmullo de ambas mujeres riéndose y charlando. Yo me sentí a salvo mientras que oía la voz de mi AMA. Ese día sin darme cuenta, había dado un paso más en mi entrega, hoy era un poco más suyo que antes, y eso me llenaba de un gran gozo. Fui conciente que nada con ella estaba dejado al azar, nada era improvisación, todo estaba debidamente orquestado y eso me hacía sentirme a salvo.

Las miré desde la cocina. Pese al dolor que sentía en mi trasero, sabía que la noche no había llegado a su fin. Una mezcla de temor y deseos me invadieron, la imaginación voló mientras que una nueva erección irrumpió con fuerza. La noche iba a ser larga, y yo anhelaba todo lo que me pudiera deparar.

Bueno... todo lo que la noche me deparó no lo deseaba realmente, pero tuve que aprender a vivir con ello...

 - FIN -

La historia de mi humilde cinturón

  Autor: Gerardo (yerar51)

Era una vez, un cinturón humilde, de la calle, de esos que se venden de las manos toscas de los comerciantes ambulantes.

Me miró, me pidió que me lo llevara, que tenía frío, que necesitaba calor de un cuerpo... Todo eso me enterneció, me lo llevé y me lo cargué al cinto casi de inmediato.

Nos hicimos muy amigos. Él sabía cuando yo por excitación salía de su posición, y se alegraba por mí. Conocía a las damas que por sus delicadas manos desactivaban la seguridad y desplazaban por las pretinas hasta que ya no cumplía su misión de sujetador.

Pero un día en que estábamos los dos solos, lo vi muy triste y supe de inmediato que estaba enfermo. Lo observé como un doctor observa a su paciente y de pronto encontré su enfermedad: él se estaba desarmando en su interior. Tomé de inmediato la decisión de operarlo y hacerle un transplante de nervio. Me dí a la tarea de encontrar un órgano adecuado y sin mucho que buscar encontré ese preciado órgano: un trozo de lona industrial de color verde sedoso, pero lo más importante, con una tela interior entre sus dos caras, lo que daba la ventaja de que jamás se rompería. Y así fue. Después de largas horas de operación quedó como nuevo, brillante. Conservó su color negro por fuera, ganó un color verde y sedoso por su interior, pero... lo más importante: ganó resistencia, peso y mucha flexibilidad manual. Mi amigo estaba feliz, feliz.

Pasó un tiempo y gozamos juntos: él mirando y sintiendo manos suaves desabrochándolo, y yo disfrutando de las pieles sedosas y hermosas que frecuentaba.

Pero mi cinturón nuevamente estaba triste, y lo volví a notar. Un día le pregunté qué le pasaba, si no estaba contento con su nueva estructura, y me dijo que sí. Lo que lo tenía triste era que él quería también tocar esas suaves pieles que yo tocaba, que quería disfrutar igual que yo, pues... "Ya está", le dije, "es hora de que lo hagas". Y así fue.

Citamos una piel suave, yo la besé con mucha ternura, le excité lentamente, abracé su cuerpo, le calenté sus glúteos con mis manitas, probé sus pechos con mis labios, la puse sobre mis rodillas, sentí su peso en mis piernas, azoté con más ganas sus glúteos hasta dejarlo de color rosas y calientitos.

De pronto le ordeno que se coloque de a cuatro patas como un perrito, que levante su colita, y sin más aviso y sin que se diera cuenta, mi amigo el cinturón probó esos glúteos con placer. Y se dejó caer de nuevo. Y otra vez.

Ella saltaba en cada visita de mi amigo. Fueron diez veces que sin parar mi amigo cinturón cortaba el aire y se estrellaba con mucha alegría contra ese hermoso cuerpo. Nos detenemos y ambos miramos esas marcas maravillosas dejadas, media lunas hermosas, recuerdos para ella que le durarán a lo menos una semana. Es una obra y me cambio de lado y las visitamos diez veces más esa noche, para que mi cinturón amigo no quedar con ganas. Y mi niña lloraba, pedía perdón, contaba, saltaba, sus piernas se batían... pero nada. Esa noche no tenía yo corazón para dejar a mi amigo cinturón con ganas a más.

Hoy lo recuerdo con pena. Hoy, lo echo de menos. Adiós amigo, ojalá estés en buenas manos... hoy.

FIN

Memorias de un spankee IV

 

Autor: Cars  

Los meses fueron transcurriendo con normalidad. Los preparativos para la boda se iban llevando a cabo con cierta lentitud. Mi AMA era la que iba dictando las pautas sobre ese asunto. Aunque para ser sincero, poco a poco ella fue asumiendo las decisiones de todo lo referente a nuestra relación, y a mi vida. Así, a principios del mes de abril puse mi piso a la venta, y me mude a su casa. Normalmente dormía en su dormitorio, junto a ella, y digo normalmente, porque no faltaban las noches en que lo hacía en el suelo junto a su cama, o en el pasillo junto a su puerta, -según fuera la gravedad de mis faltas- durante el día me encargaba de algunas tareas, y de hacer los recados que ella me encomendaba. Igual que un suave somnífero, sus deseos me iba adormeciendo, llevándome a un mundo en el que solo su voluntad era la que imperaba, e igual que los planetas giran en torno a un sol que los mantiene unidos en una distancia calculada, así mi vida y mis emociones iban dejándola a ella en el centro de mi existencia. En ocasiones la observaba desde el salón trabajar en su pequeño despacho. Toda su vida, su pasado, su trabajo y sus planes eran un misterio para mí, ese pequeño cuarto rodeado de estanterías repletas de libros era la única zona de la casa que yo tenía vetada. Aun hoy me parece oírla mientras me advertía que el día que entrará sin su permiso, ese día mi castigo sería perderla para siempre sin segundas oportunidades, por eso pese a la enorme curiosidad que me invadía, mis pasos siempre estaban lejos del umbral de aquella puerta. Un día de ese mes de abril, mientras la observaba desde el sofá detrás de aquella mesa en medio de un centenar de papeles, caí en la cuenta. Mi excedencia llegaba a su fin, en no más de diez días me tenía que incorporar a mí puesto de trabajo. No sabía como se lo iba a decir a mi AMA, ni como lo iba a encajar ella. ¿Qué me diría? ¿Me recriminaría que no se lo hubiera dicho antes? Esas cuestiones me comenzaron invadir. Se lo tendría que decir, pero no sabía cual sería el mejor momento para hacerlo. Esas divagaciones hicieron que no me percatará de que ella había salido de su despacho, y se había sentado a mi lado. 

-¿En que piensas? –Su voz me devolvió de golpe a la realidad.-

-¡En nada mi AMA! –Le dije con una cierta inseguridad.- ¡Tonterías mías! 

La noche transcurrió con tranquilidad, y el amanecer me sorprendió despierto, naufragando en un mar de ideas que no conseguía ordenar. La miré, era hermosa. El pelo alborotado medio cubría su piel. Una piel que yo me moría por acariciar. Con suavidad le aparté el cabello, su rostro estaba relajado, mientras que su pecho vibraba con la suave respiración. Su brazo rodeaba mi cintura, y su tacto era calido y suave. Alargué la mano para coger el despertador. Faltaban diez minutos para que sonará. Lo apague. Después continué mirándola, perdiéndome en su aliento. Me sentía orgulloso de pertenecerle, poco a poco había ido dejando que aquella mujer que dormía a mi lado me fuera imponiendo unas cadenas no a mi cuerpo, ya que estás se podrían quebrar con facilidad, sino que había ido encadenado mi voluntad, mi espíritu y mi corazón a su voluntad, con unas cadenas que pese a ser invisibles, eran férreas e inquebrantables. Suavemente, acerque mis labios a los suyos, y le dejé un beso. Ella se movió, emitiendo un ruido, que se me antojó parecido al ronroneo de un gatito. Nuevamente  la volví a besar. Esta vez, abrió los ojos y me dedicó una sonrisa.  

-¡Buenos días! –Le susurré al oído, mientras que ella se estiraba y me miraba con un brillo especial.- ¡Es la hora de levantarse mi AMA!

-¡Buenos días! –Me respondió al tiempo que se abrazaba a mí y se ponía casi encima.- ¡Tienes una forma muy tierna de despertarme! –Sonreí- Prométeme que siempre me despertarás así.

-¡Por supuesto mi AMA! –Le dije, mientras que la besaba--¡Por supuesto no! –Me dijo mirándome fijamente

- ¡Prométemelo!

-Te lo prometo. Siempre te despertaré así mi AMA. 

Ella sonrió y me beso, nos abrazamos durante unos minutos, tras los cuales ella se metió en el baño y yo me dispuse a preparar el desayuno. A las nueve y media como cada mañana ya estaba dispuesta para irse a trabajar, y como cada día también esperaba en medio de cierta impaciencia junto al sofá. 

 -¡Mi AMA! –Le dije sacándolas de sus pensamientos.- Hoy me gustaría ir a recoger unas cosas que me quedaron en el piso.

-¿A qué hora estarás de vuelta?

-Sobre las tres de la tarde si te parece bien. Iba a decir algo, pero en ese instante, y también como cada mañana el timbre de la puerta sonó, ella cogió el maletín y tras dejar un beso fugaz en mis labios se dirigió a la puerta.

–A las tres en punto.- me dijo mientras cerraba la puerta.

Yo me acerqué a la ventana. Y la vi  subirse como siempre en un coche y alejarse.  El día transcurrió con cierta normalidad, recogí lo que debía de mi piso, y a las tres estaba entrando por la puerta. Al entrar la puede ver sentada en el sofá. La mirada estaba perdida en las páginas de una revista. Miró su reloj, y dejó aflorar una sonrisa. Yo dejé unas cosas sobre la mesa, entre las que se encontraba una caja de metal, cerrada con un candado de combinación. Mi AMA se fijó en ella, pero no dijo nada. Yo me acerqué. Le bese. 

-¡Ya he recogido todo de mi piso mi AMA! ¿Cómo ha ido tu día?

-¡Muy largo! –Ella dejó la revista a un lado.--¿Tienes que volver a salir?  -Negó con la cabeza

- ¿Quieres que te traiga las zapatillas?

-¡Por favor!  

Mientras que yo me encaminé al dormitorio, ella se recostó estirando los brazos por encima de la cabeza.  

-¡Cuanta eficacia! –Dijo levantando la voz para que la oyera.- No habrás echo algo y quieres ganar meritos para que sea indulgente. ¿eh?

-¡No mi AMA! –Le respondí en medio de una sonrisa.-  ¿Cómo puedes pensar eso?

-¡Ya veremos!  

Me arrodillé ante ella, y lentamente le descalce. Le di un pequeño masaje, que hizo que cerrará los ojos. Después le calce las zapatillas, y me apoye en sus rodillas, ella se puso su mano en mi cabeza.

-¿Haz comido?- Me preguntó. Yo asentí y levante la cabeza para mirarle a los ojos.  

-Tengo que hablarte de algo importante. –Le dije bajando la voz.-

-¡Ahí esta! ¿Qué pasa ahora?

-Se trata de mi trabajo. –Guarde unos instantes de silencio.- El próximo viernes me tengo que incorporar.

-¿Trabajo? –Su cara mostró cierta sorpresa.-

-Al poco tiempo de conocernos te comente que tenía excedencia. –Mi tono era casi un susurro.-

-Lo recuerdo, pero pensé que te quedaba un par de años. –Me respondió extrañada.--Era de un par de años, pero me vence ya.-Bueno, no es tan grave. –Dijo al fin levantándose, y fijando su mirada en la caja metálica sobre  la mesa- Tendrás que esmerarte, porque tus obligaciones no va  a ser menores. –Su tono era determinante.- No pienses que por que tengas que ir a trabajar te voy a liberar de tus deberes conmigo. Sí eso era lo que me ibas a decir, ya sabes la respuesta.

-¡No es eso mi AMA! –Le dije mientras que me levantaba. Y sacaba una pequeña cartera del bolsillo.- Solamente quería que supieras cual es mi trabajo.  

Le di la cartera, y me aleje unos pasos. Ella permaneció unos instantes mirándola sin abrirla, al final lo hizo muy lentamente. Su rostro no disimulo la sorpresa que le supuso lo que vio. Me miró muy seria, y después volvió a mirar la placa de policía que brillaba ante ella. 

-¿Qué significa esto? –Me preguntó mientras se acercaba a mí y de devolvía la cartera.- ¿Donde tienes el uniforme?

-Soy inspector, -le respondí con serenidad y desconcierto por su tono.- No suelo llevarlo.

-¡Así que inspector! –Me miró a los ojos.- ¿Cuál es tú destino?

-¡Homicidios!

-¡Joder! ¿Por qué no me lo dijiste antes? ¿Por qué esperaste hasta ahora?

-¡No pensé…

-¡Cállate! –Me ordenó.- No me esperaba esto. Y no te diré que me gusta la idea de que trabajes en un sitio donde te pueden pegar un tiro.

-¡No te preocupes mi AMA! –No me esperaba aquella bofetada, pero sonó como una bomba.-

-¡Te he dicho que te calles!  

Por primera vez, puede ver algo diferente en su mirada. Aquella seguridad y energía que irradiaba había sido sustituida por un nerviosismo desconocido para mí hasta entonces. Yo permanecí inmóvil, sin saber que como actuar.  

-¿Qué hay en la caja?

-¡Mi arma!

-¡Perfecto! –No tenías derecho a ocultarme algo así. Debí saberlo hace mucho tiempo.-

-¡Yo no se que decir! –Aquellas recriminaciones se me clavaban en mi corazón provocándome un enorme desasosiego.-

-¡No digas nada! –Me cortó tajantemente.- ¿Si te digo que lo dejes?

-¿Cómo? –Aquella pregunta me descolocó totalmente.-

-¿Qué harías si te ordeno que dejes tú trabajo? ¿Qué decidas entre tú trabajo o yo? 

Su voz era determinante. Se alejó de mí unos paso, y se giró para mirarme a la cara. Yo permanecí de pie mirándola sin poder articular palabra. Me encontraba perdido. La mujer a la que amaba y a la que le había entregado toda mi voluntad, me había puesto en la mayor encrucijada de mi vida. Las ideas me bombardeaban el cerebro de una manera descontrolada, y una oleada de sentimientos contradictorios llenaron mi corazón. En ese instante me pregunté si amaba lo suficiente a la mujer que me miraba con impaciencia, para dejar atrás lo más importante de mi vida, y lo que realmente me hacía sentir vivo, o por el contrario ese amor era solo un espejismo que se desvanecía tan rápido como lo haría un castillo de naipes. Intentaba encontrar las palabras, pero no era capaz de articularlas. Las pocas e incoherentes frases que se me ocurrían, se ahogaban en mi garganta haciendo más eterno aún el silencio gélido que se había adueñado de la estancia.Allí estaba yo, ante la mirada de aquella mujer, que demandaba una respuesta que no era capaz de dar. Me sentía como alguien sorprendido in fraganti por la autoridad, incapaz de justificar su acción. Bajé la vista, mis ojos se llenaron de unas lágrimas tan saladas como el mar, y tan dolorosas como la respuesta que estaba naciendo en mi interior. Sentí su mano en mi cuello. Ella levantó mi barbilla hasta que sus ojos se clavaron en los míos. 

-¡Lo siento! –Comencé a decir.-

-¡No, no digas nada! –Me cortó ella poniéndome un dedo en los labios.- ¡Si me respondes lo que hay en tu corazón, te perderé! Si te acabará de conocer no me importaría, pero ahora no podría perderte. –Me acarició la mejilla.- Sólo prométeme que tendrás cuidado, y que pase lo que pase, volverás a casa cada día.

-¡Te lo prometo! 

Los días siguientes casi ni hablamos. Yo sentía que le había fallado, que mi entrega tenía reservas. En ese tiempo, parecíamos dos extraños. Ella rehusaba mi compañía, salvo para dormir. –Durante la noche, dormía abrazada a mí, sin apenas soltarse. Era como si temiera que si me soltaba desaparecería de su lado.- Pero por el día pasaban horas sin que cruzáramos ni una palabra.  

El primer día de trabajo, fue bastante rutinario. La mayor parte del tiempo lo ocupe en llenar formularios, y firmar documentos. Para cuando conocí a mis compañeros y a mis jefes, era la hora casi de salir. Poco a poco, igual que las aguas de un río desbordado regresan a su cauce, la rutina diaria hizo que mi AMA se tranquilizara, y nuestra relación se fuera normalizando. Unas semanas más tarde, ya hablábamos de mi trabajo con toda normalidad, nos reíamos y bromeábamos. Aunque yo era consciente de la tensión que ella pasaba cuando me retrasaba. O que permanecía en vela hasta que me oía meter el coche en el garaje. Salvo por esos instantes, ella no mostraba nunca un exceso de nerviosismo.

Un día, mes y medio después, nuestra vida era totalmente tranquila. Cuando llegue a casa ella estaba en el sofá me acerque y le bese. No había sido una jornada fácil, y me encontraba muy tenso. Era uno de eso días en los que sin saber porqué, te gustaría gritar y llorar, aunque te sientes impotente. Durante la cena yo estuve especialmente callado. Después mientras realizaba mis tareas en la casa, mi mente seguía anclada en mis preocupaciones. Sentía un peso en el pecho que no podía liberar. Al finalizar mis obligaciones, fui a sentarme junto a mi AMA, ella me sonrió. 

-¿Qué te pasa? –Me preguntó mientras me indicaba que pusiera la cabeza en su regazo.- ¡Has estado muy callado!

-¡No es nada!, -Le respondí.- Hoy es uno de esos días en los que me gustaría gritar y patalear. ¡Tengo un peso aquí! –Lleve su mano a mi pecho.- Que no se como liberarlo. Es una mezcla de indignación e impotencia. Pero no te preocupes, ya se pasará.  Pasaron los minutos, y por un breve momento puede relajarme, aunque solo en mi mente, ya que mi cuerpo permanecía tenso. 

-¡Ve y date un baño! –Me ordenó mi AMA, levantándose.- Te espero en el dormitorio. La miré unos instantes sin entender esa indicación tan repentina. Era aun muy temprano.

-¡Venga!- Insistió dando unas palmadas. Yo me levanté y entré en le baño.

Tras unos minutos regresé al dormitorio únicamente con el albornoz. Ella estaba sentada en el tocador. Llevaba lencería negra, me fije en que se había puesto unas medias y calzaba unos zapatos de tacón. ¿Pensaba salir? –Me pregunte.- Por un momento permanecí en silencio viendo como se cepillaba el cabello. Cuando me vio en el umbral de la puerta, se levantó. Me beso y ante mi asombro me puso un antifaz negro que me impedía totalmente la visión. 

-¿Qué vas ha…?

-¡No hables! –Me ordenó.-  

Sentí como me despojaba del albornoz. La piel se me puso de gallina al sentir el aire en ella. Mi AMA me guió unos pasos, hasta llegar más o menos al centro del dormitorio.- Sus manos recorrieron mi piel. Yo deje escapar una sonrisa, que se convirtió en quejido cuando presionó con firmeza mis pezones. La oscuridad de mis ojos hacía que me sintiera inseguro, pero esa inseguridad me excitaba al mismo tiempo. Tras unos minutos de caricias, su mano golpeo con fuerza mi trasero. Ella comenzó a recriminarme una serie de faltas imaginarias, mientras que su mano seguía azotándome con cierta severidad.

Aquellos azotes consiguieron que obtuviera una excitación mucho más intensa que otras veces. Ella me había castigado en numerosas ocasiones, y el dolor no era menos intenso ese día, pero el saber que no era un castigo real, sino un juego lo hacía mucho más excitante. Allí, en medio del dormitorio y pese a estar con los ojos tapados, podía verme en mi mente siendo azotado por mi AMA. La imaginé vestida con aquella lencería, sentí su aliento en mi espalda mientras que su mano me golpeaba, por un instante y pese al dolor que sentía me sentí un poco más libre. Los azotes cesaron. Oí sus pasos por la habitación. Un sonido metálico. Después la frialdad del metal. ¡No lo podía creer!, me estaba esposando con las manos en la espalda. Forjecee un poco, lo que me costo una nueva ración de azotes especialmente fuertes, tras los cuales me dejo solo en la habitación. Los minutos pasaron y nuevamente oí sus pasos por la estancia. Sus labios rozaron los míos. Intenté besarla adelantando la cabeza, pero ella se separó, dándome una bofetada. Tras unos segundos volvió a rozar mis labios, y nuevamente se alejó al intentar besarla, con la consiguiente bofetada. Después de casi una docena de bofetadas, entendí sus deseos, y cuando sentí sus labios en los mío, permanecí inmóvil. Ella los besó con suavidad, sentí sus manos en mi pecho, y pude comprobar que se había puesto unos guantes. El tacto era suave, como si fueran de seda. Volvió a jugar con mis pezones. No pude reprimir una queja cuando los pellizcó.

–Serás bueno y no gritarás más, o prefieres que te amordace. ¿Eh?-

Su voz era apenas un susurró en mis oídos. Intenté contestar, pero ella me lo impidió con un  beso, que acabó en un leve mordisco en el labio inferior. Con rapidez, me amordazó. Y me empujo sobre la cama. Mi vientre cayó sobre algo mullido, -almohadas quizás.- que mantuvieron mi trasero un poco levantado.

Nuevamente, oí como se alejaba, después el silencio. Un silencio pesado. Tras largos minutos, aquel silencio se rompió con un silbido, semejante al del viento cuando se cuela con fuerza por una rendija. Yo moví la cabeza en dirección al ruido, pero obviamente no podía ver nada. De nuevo lo oí, pero esta vez, fue precedido de un extraño y agudo dolor. Era nuevo. Mi mente no lo reconoció, pese a que recorrió todo mi ser hasta estallar en mi cerebro. Era como una pequeña pero potente descarga eléctrica. Tarde casi media docena de azotes entender con que me estaba golpeando. Aquella vara impactaba certeramente en mis glúteos inflamando cada rincón de mi ser. Mi AMA se tomaba su tiempo entre azote y azote, midiendo la fuerza necesaria para que sintiera el dolor, pero sin que la piel se rompiera. Calculaba exactamente el lugar exacto que quería golpear. Las lagrimas inundaban mis ojos, cada poco tiempo, ella acariciaba la zona castigada, recuerdo el tacto de su mano enguantada en contraste con el calor y el dolor que sentía. Aquella mezcla hacía que mi excitación fuera en aumento. De no llevar la mordaza hubiera gritado a todo lo que pudieran dar mis pulmones. No se cuantos azotes me propinaría, ya que después de unos minutos perdí la cuenta. Pero si se que mi AMA no dejó ni un palmo de piel de mis muslos y mi trasero sin golpear. Mientras duró el castigo ella no paro de recriminar mi conducta díscola, achacándome faltas que no había cometido.

Tras un tiempo que soy incapaz de determinar, oí como tiraba la vara al suelo. Después sus manos ágilmente liberaron mis muñecas, y aflojaron la mordaza. Ella tiró de mí ayudándome a llegar a la parte alta de la cama. Yo lloraba como un colegial, mientras que permanecía boca abajo. Ella me abrazó y me susurro al oído palabras de consuelo. Después, sentí como extendía una crema por la zona castigada. Mi llanto se convirtió en un sollozo. Fue entonces cuando reparé en algo reconfortante. La congoja que había tenido oprimiéndome el pecho todo el día se había esfumado. Aquellos azotes que había recibido habían pulgado y angustia. Cada vez que mi Ama me había golpeado había arrancado no solo un grito ahogado por la mordaza, sino que también me había ido despojando de mí pesar. Ese día descubrí que los azotes eran no solo una consecuencia de mi negligencia, sino que eran una valiosa válvula de escape por la que deshacerse de aquello que no podía expulsar por mi mismo. Es día mi corazón estaba más cerca si cabe de mi AMA, y mi confianza en ella había rebasado la línea imaginable hasta ese momento. Era un hombre nuevo, sin aquel malestar que me había invadido. Cuando finalizó el masaje, yo moví lentamente las manos para sacarme el antifaz de los ojos.  

-¡De eso nada mi amor! –Me susurró mi AMA apartándome las manos.- todavía es pronto.  

Ella me beso, y me indicó que yo hiciera lo mismo es su cuerpo. Así, en la más absoluta oscuridad, acaricié y bese cada milímetro de él. Lentamente saboree su piel, y me perdí en su Monte de Venus. Después nos amamos como si la vida nos fuera en ello, el dolor que sentía en mi cuerpo y el placer que el suyo me proporcionaba me hizo llegar a un clímax desconocido para mí hasta ese momento. Al verme privado del sentido visual, todos los demás se vieron magnificados y exaltados. Al igual que un arco iris despliega su colorido, aquella noche miles de matices se desvelaron para mí. Exhaustos nos sorprendió el sueño. Abrazado a ella y a oscuras dejé que ese sueño reparador me alcanzara. 

En los días que siguieron a esa noche, no pude dejar de pensar en las innumerables sensaciones diferentes que había sentido. Al menos dos veces al día acabe sobre el regazo de mi AMA, no para ser castigado, sino para recibir la crema que aliviaba el dolor de aquella paliza tan intensa como edificante.

El dolor de aquella noche estaba llegando a su fin, cuando entré en el despacho de mi superior. Su rostro estaba especialmente serio. Apenas me miró al indicarme que me sentara. Una y otra vez repasaba un documento que tenía ante él. Al alzo la vista.  

-¡Tengo una orden de traslado para ti! –Sentenció.-

-¿Cómo que traslado? –Me acerque a la mesa.- ¡No quiero un traslado!

-¡Te han solicitado del gabinete diplomático! –Dijo con serenidad, ignorando por completo mis protestas.- A partir de las doce del medio día estarás adscrito la unidad de protección de personalidades. –Guardo unos instantes de silencio.- A menos que rehúses formalmente el nombramiento.

-No sé, hace mucho que había solicitado ese destino, creí que nunca llegaría.

-Pues llegó. –Me extendió el documento que tenía ante él.- Me alegró por ti, pero sinceramente preferiría que lo rechazaras. No me hace gracia desprenderme de buenos hombres.

-¡Se lo agradezco comisario! –Miré el documento.- Pero no puedo rechazarlo.

-Me lo imaginaba. –Su tono iba cargado de resignación.- Tienes que presentarte hoy en la delegación de gobierno. Allí te dirán  para quién harás de niñera. 

Las calles parecían mucho más saturadas de coches y personas que de costumbre. La impaciencia estaba apunto de hacer que me volviera loco. Por eso recorrí casi corriendo los peldaños que me separaban de la entrada. Llegue a la puerta principal. Tras identificarme y pasar los oportunos controles de seguridad, llegue a un despacho del que vi salir a un ministro. ¿Sería a él a quién  tendría que acompañar? Una secretaria me hizo salir de mis divagaciones. ¡Sígame por favor! Tras pasar por dos puertas, llegue ante un hombre de unos cincuenta años, una abundante melena blanca, y una gafas de diseño le daba un aire marcial bajo aquel traje de Arman. 

-¡General! Le presentó al agente Sánchez, se incorpora hoy a protección.

-¡Sí, sí! Bienvenido. Está usted muy bien recomendado, y su hoja de servicio es esplendida. Acompáñeme.  Aquel hombre se levanto como un resorte, y tras un saludo tan enérgico como breve me condujo por unos pasillos a los que accedimos por una puerta que estaba a su espalda. Todo aquello me resultaba extraño, siempre imagine que los generales iban con su uniforme a todos los sitios. Aquel hombre como si leyera mi mente, se volvió.           

-Disculpe esta ropa tan informal, pero es que hoy se casa mi hija.

- Esta usted asignado a uno de los asesores del presidente en defensa, es un civil pero no se lleve a engaños, es una persona altamente cualificada. Espero que como jefe de seguridad, me presente en el transcurso del día el nombre de tres personas para formar el equipo.

-¡No sabía que iba a ser el responsable! –Pensé en voz alta.-

-¿No se siente usted capaz? –Me preguntó parándose en seco y clavando su mirada.

-¡Por supuesto que me siento capaz General! –Me apresuré a contestar.- Es solo que me ha pillado por sorpresa. 

Tras unos escasos tres minutos llegamos ante una puerta, cruzamos unas mesas en las que unas secretarias se afanaban ante la pantalla de un ordenador. Una puerta más nos separaba de nuestro destino final. El general toco en la puerta con los nudillo y la abrió sin esperar a que contestarán. Yo me fije en el nombre que aparecía a la altura de los ojos. Entremos en un amplio despacho. Ante la sorpresa de ambos la silla estaba vacía. Nos miramos, en ese instante, el ruido del secador de manos del servicio no resolvió el misterio. A los pocos segundos, la puerta se abrió.  Yo abrí los ojos como nunca lo hice. El general se adelantó para estrechar la mano de ella. No podía creer lo que estaba sucediendo.   

-¡Agente Sánchez!  -comenzó a decir el general.- Le presentó a la Señora Vanesa Blázquez, asesora de seguridad.

-¡Señorita General! –Le dijo ella en medio de una sonrisa.- ¡Estoy prometida pero aun no estoy casada! ¡Me alegro de verte Andy! El agente Sánchez y yo ya nos conocemos un poco. ¿No es así? –Le dijo al general.-  Yo estaba sumido en la más absoluta sorpresa.

Allí estaba, ante mi AMA. Mis músculos no me obedecían. En mi mente ya había recorrido la distancia que me separaba de ella y le había estrechado la mano que me tendía, pero en realidad aun estaba inmóvil a dos pasos de ella. ¡Vanesa! No podía creer que después de casi un año sin saber su nombre me enterará de la forma más inaudita que pudiera imaginar. Extendí mi mano. Nuestra piel se tocó, nuestras miradas se encontraron, y todo a nuestro alrededor desapareció a excepción de su sonrisa.

 

El exámen final

Autora: Flakita

Aquel día Andrea se despertó temprano, era el último día de clases y ya no tendría que volver a ese odioso colegio religioso y por fin iría a la universidad. Salió de la ducha y comenzó a vestirse, al colocarse la falda y verse en el espejo sonrió y comenzó a recordar todos aquellos castigos que recibió de parte de la directora por llevarla tan corta, cuántas veces había terminado sobre las piernas de sus padres por todas aquellas quejas y avisos que la escuela hacia llegar a su casa, todos aquellos días que la suspendieron y que terminaban siempre en algún rincón de su casa con su trasero ardiendo y adolorido a la vista de sus padres o hermanas, pero el único castigo que ella quería recibir era el de Mauricio su maestro de literatura, un hombre joven, alto, de tez morena y mirada penetrante, fue su maestro durante este último año y aunque ella siempre lo provocó llegando tarde, no haciendo sus trabajos y hasta en ocasiones contestándole de mala manera él solo la mandaba a la dirección, todo el año ella soñó con el durante las noches, esos sueños donde él la reprendía y después la obligaba a inclinarse sobre sus piernas, le levantaba esa corta falda del uniforme que usaba y comenzaba a azotarla cada vez con más fuerza mientras ella se humedecía, él acariciaba sus nalgas desnudas y de vez en cuando sus dedos se concentraban en otra parte más íntima y al darse cuenta de lo excitada que ella se encontraba, terminaban teniendo sexo sobre el escritorio, completamente desnudos. Ella no podía dejar de pensar en esos sueños, sueños que volvían a su mente cada vez que lo tenía enfrente, y que ahora siendo el último día que lo vería no se quitaban de su cabeza.

Pero hoy era el último día y ella no le quedaba más que darse por vencida y dejarlo todo en sus sueños, además tenía que hacer un buen trabajo final ya que no quería tener problemas para entrar a la universidad por lo que se esforzó bastante en esta ocasión.

De pronto al ver el reloj se dio cuenta de lo tarde que se le había hecho al estar recordando lo que aquel maestro provocaba en ella, así que termino de vestirse rápidamente, y corrió hacia el colegio, y aunque el colegio estaba aun par de calles de su casa no logro llegar a tiempo. 

Cuando abrió la puerta de su salón, uno de sus compañeros ya se encontraba exponiendo el ensayo que había pedido el maestro para la calificación final, sus demás compañeros estaban en sus lugares, poniendo atención, y Mauricio detrás de su escritorio, al notar su llegada se acercó a la puerta.

- Entra rápido, ni el último día puedes llegar temprano - dijo Mauricio en tono molesto y con voz baja para no interrumpir.

Ella rápidamente se dirigió a su lugar y se dispuso a escuchar a su compañero. Pasaron unos 5 compañeros más y Mauricio le indicó que era su turno de presentar el ensayo. Ella sonrió y comenzó a buscar en su mochila, de pronto en su cara se comenzó a notar un poco de preocupación.

- ¿Pasa algo Andrea? -Preguntó Mauricio al ver su nerviosismo.

- Disculpe profesor, pero con las prisas dejé mi ensayo en la casa, pero vivo aquí muy cerca y puedo ir y regresar con el, no me tardo ni 10 minutos.

- No Andrea, ya estoy harto de tu actitud, pensé que te importaría este trabajo por que es importante para tu ingreso a la universidad, pero ya veo que no, y ahora voy a hacer algo que hace mucho tiempo debí hacer- dijo Mauricio mientras la jalaba del brazo y la llevaba al frente del salón.

Ella no creía lo que estaba pasando, por fin su sueño se iba a realizar, pero no quería que sus compañeros estuvieran presentes.

Mauricio colocó una silla en frente del salón, se sentó en ella y le ordenó que se recostara sobre sus piernas.

- ¡No! No puede hacerme esto enfrente de mis compañeros, por favor.

- Tu pésima conducta y tu insolencia siempre ha sido en frente de tus compañeros así que tu castigo será enfrente de ellos también -le dijo Mauricio mientras la jalaba del brazo y la colocó en la posición que le había indicado.

Le levantó la falda y dejó caer el primer azote, ella no pudo más que dar un salto por la fuerza del azote, en ella hubo muchas sensaciones en ese momento, desde dolor y humillación hasta excitación, se sentía tan apenada de ser castigada en frente de sus compañeros, los cuales observaban muy fijamente, y sus ojos reflejaban sorpresa, curiosidad, y en algunos otros un cierto agrado por aquella escena.

Los azotes continuaban dejando cada vez mas rojas las nalgas de Andrea, después Mauricio bajo lentamente sus bragas y dio unos 30 azotes más, mientras ella no hacia mas que tratar de zafarse por lo que Mauricio la golpeaba con más fuerza. De pronto se detuvo y la acarició un poco, sintiendo esa calidez en sus nalgas.

- Levántate- le ordenó.

Ella lo hizo sin voltear a ver a nadie ya que estaba muy apenada por lo que había sucedido y ni siquiera podía levantar la mirada.

- Quédate ahí, volteando a la pared, con tu falda arriba y tus bragas abajo para que todos puedan ver lo que provocó tu conducta- le dijo Mauricio mientras le señalaba un rincón en el frente del salón.

Ella se colocó donde Mauricio le había ordenado mientras escuchaba como sus compañeros continuaban con sus presentaciones, ella estaba tan excitada y húmeda por esa sensación de ardor en sus nalgas y de humillación por estar ahí con sus nalgas al descubierto mientras todos veían las marcas de su castigo.

Al terminar todas la presentaciones, los alumnos se retiraron, quedando solos en el salón Mauricio y Andrea aún en el rincón.

- Date la vuelta y acércate.

Andrea al voltearse vio a Mauricio cerca de su escritorio.

- Profesor discúlpeme, de verdad me esforcé en este trabajo y si me permite se lo puedo traer ahora mismo -le dijo mientras se acercaba a él.

- No, Andrea; ahora mismo vamos a continuar con el castigo, inclínate sobre el escritorio.

Ella lo hizo sin pensarlo, el escuchar esas palabras hicieron que su excitación aumentara. De pronto sintió el impacto de la regla de madera, era un dolor más intenso y no pudo evitar que las lágrimas se le salieran. Después de 30 azotes se detuvo y acarició sus nalgas, ella hizo un pequeño gemido que más que ser de dolor fue de placer. El sonrió disimuladamente y le ordenó que se pusiera de pie.

- Puedes irte y mañana espero tu presentación, y de verdad espero notar tu esfuerzo -le dijo Mauricio con un tono serio.

Ella subió su bragas y se acomodo la falda, le sonrió a Mauricio y salioó del salón. Se fue a su casa casi corriendo, estaba ansiosa por ver en el espejo las marcas de su castigo, al llegar a su casa, subió a su cuarto y cerró con llave, observó sus nalgas rojas en el espejo y no pudo evitar tocarse hasta llegar al orgasmo.

Al día siguiente, llegó muy temprano a la escuela y presentó su ensayo, Mauricio la felicito, y estaba sorprendido del buen trabajo que había hecho Andrea.

- Parece que de verdad te esforzaste, y vas a tener una buena calificación, puedes irte -Ella tomó sus cosas y se dirigía a la puerta.

- Aunque me hubiera gustado más tener que castigarte de nuevo- le dijo Mauricio sonriendo.

Ella solo se sonrojó, le sonrió y salio del salón.

A partir de ese día ninguno de los dos pudo olvidarse de lo que sucedió, pasaron un par de años, y un día se encontraron, ellos comenzaron a salir, y ella le confeso todo lo que le provocó ese día y lo mucho que lo había deseado. A partir de eso comenzaron una relación.

Ahora están juntos y de vez en cuando juegan a la alumna irresponsable y al maestro severo.

- FIN -

Leila llevó a Bijou a montar a caballo al Bois.

Autora: Anaïs Nin

Editor: Fer

Leila, montando, estaba muy hermosa; esbelta, masculina y arrogante. Bijou era más exuberante, pero también más torpe. Cabalgar en el Bois era una experiencia maravillosa. Se cruzaban con personas elegantes y luego avanzaban por largas extensiones de senderos aisla­dos y arbolados. De vez en cuando, encontraban un café, donde se podía descansar y comer.

Era primavera. Bijou había tomado unas cuantas lecciones de montar y era la primera vez que salía por su cuenta. Cabalgaban despacio, conversando. De repente, Leila se lanzó al galope y Bijou la siguió. AI cabo de un rato moderaron la marcha. Sus rostros estaban arrebolados.Bijou sentía una agradable irritación entre las piernas y calor en las nalgas. Se preguntó si Leila sentiría lo mismo. Tras otra media hora de cabalgar, su excitación creció. Sus ojos estaban brillantes y sus labios húmedos. Leila la miró admirada.

–Te sienta bien montar –observó.

Su mano sostenía la fusta con seguridad regia. Sus guantes se ajustaban a la perfección a sus largos dedos. Llevaba una camisa de hombre y gemelos. Su traje de montar realzaba la elegancia de su talle, de su busto y de sus caderas. Bijou llenaba su atuendo de manera más exuberante: sus senos eran prominentes y apuntaban hacia arriba de manera provocativa. Su cabello flotaba al viento.

Pero ¡oh, qué calor recorría sus nalgas y su en­trepierna! Se sentía como si una experimentada ma­sajista le hubiera dado friegas de alcohol o de vino. Cada vez que se alzaba y volvía a caer en la silla notaba un delicioso hormigueo. A Leila le gustaba cabalgar tras ella y observar su figura moviéndose sobre el caballo. Carente de un estremecimiento pro­fundo, Bijou se inclinaba en la silla hacia adelante y mostraba las nalgas, redondas y prietas en sus pantalones de montar, así como sus elegantes pier­nas. Los caballos se acaloraron y empezaron a espumear. Un fuerte olor se desprendía de ellos y se filtraba en la ropa de ambas mujeres. El cuerpo de Leila, que sostenía nerviosamente la fusta, parecía ganar en ligereza. Volvieron a galopar, ahora una al lado de la otra, con las bocas entreabiertas y el viento contra sus rostros. Mientras sus piernas se aferraban a los flancos del caballo, Bijou rememoraba cómo había cabalgado cierta vez sobre el estómago del vasco. Luego se había puesto de pie sobre su pecho, ofreciendo los genitales a su mirada. El la había mantenido en esta postura para recrear sus ojos. En otra ocasión, él se había puesto a cuatro patas en el suelo y ella había cabalgado sobre su espalda, tratando de hacerle daño en los costados con la presión de sus rodillas. Riendo nerviosamente, el vasco le daba ánimos. Sus rodillas eran tan fuertes como las de un hombre montando un caballo, y el vasco había experimentado una excitación tal, que anduvo a gatas alrededor de la habitación, con el pene erecto.

De vez en cuando, el caballo de Leila levantaba la cola en la velocidad del galope y la sacudía vigorosamente, exponiendo al sol las lustrosas crines. Cuando llegaron a donde el bosque era más espeso, las mujeres se detuvieron y desmontaron. Condujeron sus caballos a un rincón musgoso y se sentaron a descansar. Fumaron. Leila conservaba su fusta en la mano.

–Me arden las nalgas de tanto cabalgar –se la­mentó Bijou.

–Déjame ver –le pidió Leila–. Para ser la primera vez no tendríamos que haber cabalgado tanto. A ver qué te pasa.

Bijou se desabrochó lentamente el cinturón, se abrió los pantalones y se los bajó un poco, volviéndose para que Leila pudiera ver. Leila la hizo tenderse sobre sus rodillas y repitió:

–Déjame ver.

Acabó de bajarle los pantalones y descubrió com­pletamente las nalgas.

– ¿Duelen? –preguntó al tiempo que tocaba.

–No, sólo me arden como si me las hubieran tostado.Leila las acariciaba.

– ¡Pobrecilla! –se compadeció–. ¿Te duele aquí?

Su mano penetró más hondo en los pantalones, más hondo entre las piernas.

–Me siento arder ahí.

–Quítate los pantalones y así estarás más fresca –dijo Leila, bajándoselos un poco más y manteniendo a Bijou sobre sus rodillas, expuesta al aire.- Qué hermoso cutis tienes, Bijou. Refleja la luz y brilla. Deja que el aire te refresque.

Continuó acariciando la piel de la entrepierna de Bijou como si fuera un gatito. Siempre que los pantalones amenazaban con volver a cubrir todo aquello, los apartaba de su camino.

–Continúa ardiendo –dijo Bijou sin moverse.

–Si no se te pasa habrá que probar algo más.

–Hazme lo que quieras.Leila levantó la fusta y la dejó caer, al principio sin demasiada fuerza.

–Eso aún me irrita más.

–Quiero que te calientes aún más, Bijou; te quiero caliente ahí abajo, todo lo caliente que puedas aguantar.

Bijou no se movió. Leila utilizó de nuevo la fusta, dejando esta vez una marca roja.

–Demasiado caliente, Leila.

–Quiero que ardas ahí abajo, hasta que ya no sea posible más calor, hasta que no puedas aguantar más. Entonces, te besaré.

Golpeó de nuevo y Bijou continuó inmóvil. Golpeó un poco más fuerte.

–Ya está lo bastante caliente, Leila –dijo Bijou; bésalo.

Leila se inclinó sobre ella y estampó un prolongado beso donde las nalgas forman el valle que se abre hacia las partes sexuales. Luego volvió a golpearla una y otra vez. Bijou contraía las nalgas como si le dolieran, pero en realidad experimentaba un ardiente placer.

–Pega fuerte –pidió a Leila.Leila obedeció y luego dijo:–¿Quieres hacérmelo tú a mí?

–Sí –accedió Bijou, poniéndose en pie, pero sin subirse los pantalones.Se sentó en el frío musgo, tumbó a Leila sobre sus rodillas, le desabrochó los pantalones y empezó a fustigarla, suavemente al principio, y luego más fuerte, hasta que Leila empezó a contraerse y expandirse a cada golpe. Sus nalgas estaban ahora enrojecidas y ardiendo.

–Quitémonos la ropa y cabalguemos juntas –propuso Leila.

Se despojaron, pues, de sus vestidos y montaron ambas en un solo caballo. La silla estaba caliente. Se apretaron una contra otra. Leila, detrás, puso sus manos en los senos de Bijou y la besó en un hombro. Cabalgaron un breve trecho en esta postura, y cada movimiento del caballo hacía que la silla se restregara contra los genitales. Leila mordía el hombro de Bijou y ésta se volvía de vez en cuando y mordía a su vez un pezón de Leila. Regresaron a su lecho de musgo y se vistieron.

Antes de que Bijou se abrochara los pantalones, Leila le besó el clítoris; pero lo que Bijou sentía eran sus nalgas ardientes y rogó a Leila que pusiera fin a su irritación. Leila se las acarició y volvió a utilizar la fusta, con más y más fuerza, mientras Bijou se contraía bajo los golpes. Leila separó las nalgas con una mano para que la fusta cayera entre ellas, en la abertura más sensible, y Bijou gritó. Leila la golpeó una y otra vez, hasta que Bijou se convulsionó.

Luego Bijou se volvió y golpeó con fuerza a Leila, furiosa como estaba porque su excitación no había sido aún satisfecha, porque seguía ardorosa e incapaz de poner fin a esa sensación. Cada vez que golpeaba sentía una palpitación entre las piernas, como si estuviera tomando a Leila, penetrándola. Una vez se hubieron fustigado ambas hasta quedar enrojecidas y furiosas, cayeron la una sobre la otra con manos y lenguas hasta que alcanzaron, radiantes, el placer.

Comentarios del Editor: Este es un maravilloso pasaje del Delta de Venus, escrito por la polifacética Anaïs Nin posiblemente por encargo, en donde se produce una de las mejores escenas de spanking entre mujeres jamás narrada. Espero que disfrutes de este pasaje tanto o más de lo que gozo yo mismo, cada vez que vuelvo a releerlo.

 

Noches de la Antigüedad (fragmento)

 Autor: Norman Mailer

Editor: Fer

Entramos en el círculo de lapislázuli, donde ella bendijo mi cuerpo desnudo en un orden preciso. Esto también os digo: pasó el incienso por mi ombligo y mi frente, mis pies y mi garganta, mis rodillas y mi pecho, y por último, por los vellos de mi ingle. Luego ungió los siete lugares con gotas de agua, pulgaradas de sal y, por último, con gotas de aceite. Sostenía una vela encendida cerca de mi cuerpo para calentarlo. Ahora yo estaba bendecido y preparado.

Del altar tomó un cuchillo con mango de fino mármol blanco y punta tan afilada que hasta el ojo podía sangrar si se lo miraba fijo. Luego se quitó su bata blanca y se quedó tan desnuda como yo. Con el cuchillo me pinchó el vientre, justo debajo del ombligo, y mezcló mi sangre con la suya, pues también se pinchó debajo de su ombligo. Desde allí repitió cada paso de la bendición, tomando una gota de sangre de mi frente y de la de ella, del dedo gordo del pie, del pecho y de la ingle. Cada gota de sangre se aferraba a al punta del cuchillo como una lágrima, hasta que lo llevaba a la misma parte de su cuerpo, de modo que cuando terminamos, nuestra sangre estaba mezclada en estas siete moradas. Nos erguimos juntos frente al altar, solemnes, desnudos e igualmente marcados.

Ahora yo ya estaba preparado para ser consagrado ante su Templo. Me hizo acostar sobre la piedra dentro del círculo, en donde ardía un pabilo en un platillo de aceite; allí levantó un látigo y lo dejó caer sobre mí dos veces, cuatro veces, luego 14 veces.

De muchacho me habían azotado muchas veces. Luego debía arrastrarme y buscar barro para restañar las heridas sangrantes. En mi primera vida, por más alto que fuera mi rango, nadie podría haberme confundido jamás con un noble: tenía demasiadas cicatrices de latigazos en la espalda. Un azote no me era extraño. Pero ser azotado por Bola de Miel era diferente. Ella lo hacía con una suavidad que se propagaba. Si arrojarais una piedra en un estanque, y en el segundo intento lograrais acertar con otra piedra en el centro del primer círculo, y en el instante preciso (de modo de no crear una confusión al esparcirse la ola, pero sí profundizar el rizo), entonces os acercaríais al arte de Bola de Miel. El dolor me penetraba como el aceite perfumado alcanza hasta el último resquicio de la tela. En noches anteriores me había enseñado a besar, y yo vivía en la opulencia de esos abrazos, y sabía por qué el besar es una diversión de nobles. Ahora atravesé los valles de las flagelaciones. Un vértigo cercano a la embriaguez se apoderó de mis pensamientos, lo cual equivale a decir que me entregué a una adoración de mi propio sufrimiento, pues me sentía como purificado de toda vergüenza. Estaba al borde de la resistencia, listo para saltar al cielo debido a la tortura del mero toque del látigo. No obstante, provenía de ella una ternura. ¿Cómo explicar tal choque de sentimientos? Permitid que os diga que ella dejaba caer el látigo con golpes perfectos, una vez sobre cada nalga, luego dos veces y después una vez sobre las catorce partes dolientes del cuerpo de Osiris que ahora pertenecía tanto al dios como a mí. Me fustigó la cara, una vez con los ojos cerrados, otra con los ojos abiertos; luego le tocó el turno a la planta de los pies, a los brazos, a los puños, la espalda y el vientre, el pecho y el cuello. Por último el látigo cayó sobre mis testículos y, como una víbora, se enroscó alrededor de mi flácido gusano. Entre nubes de fuego oí cómo Ma-Khrut recitaba con voz clarísima, después de cada golpe, "Os santifico con óleo", mientras me ungía con óleo las partes donde el azote dejaba llamas, hasta que el fuego se enfrió y se convirtió en el calor de mi cuerpo. Luego ella dijo: "Os santifico con vino", y acercó la astringencia del vino a las 14 llamas, y mi piel volvió a dar alaridos. Entonces ella me lavó suavemente con agua fresa hasta que, al aquietarse el ardor, surgió el vapor de mi corazón; y ella dijo: "Os santifico con fuego", pero se limitó a acercar el incensario a cada lugar dolorido. Dijo por fin: "Os santifico con mis labios", y me besó en la frente con los ojos abiertos y luego cerrados me besó en las plantas de los pies y en los músculos de la corva de los brazos, me besó los nudillos de mis manos cerradas, y mi espalda, y el vientre, el pecho, el cuello, y terminó lamiendo alrededor del círculo de los testículos, y muy suavemente en la cabeza de mi espada que se elevó de entre el suave lodazal de mis ijares hasta volverse poderosa como un cocodrilo. Luego ella dijo: "Os nombro Primer Sacerdote del Templo de Ma-Khrut, que mora en Osiris. Jurad que seréis leal, jurad que serviréis", y cuando yo exclamé que lo haría (era el último juramento que había requerido en cada una de las 14 partes), se arrodilló ante mí como un templo maravilloso de dulce y temblorosa carne, y susurró mi Nombre Secreto, y manaron los catorce oasis en los que yo había absorbido las exudaciones del dolor, y mi río se desbordó en torrente. 

    Ese fue el fin del rito, pero sólo el comienzo de los placeres de esa noche. Ahora fui yo quien le fustigó las nalgas, grandes como la luna y rojas para cuando terminé mis azotes. Yo también aprendí el arte de la flagelación, pues no era mi brazo el que sostenía el látigo, sino su corazón que lo atraía hacia su cuerpo, de modo que yo sentía que estaba azotando la marejada de su corazón. Luego, ante mi propia sorpresa y espanto, pues jamás había hecho esto antes (ni siquiera por Usimare), tomé esas montañas de faldas azotadas y acerqué la cara al pliegue de su asiento y, con ávida voracidad la besé en el lugar donde esconde su fragancia todo lo que pronto morirá. Después de tantos esfuerzos, olía como un caballo. Ella hizo lo propio conmigo, y rodamos con la cara escondida en el posterior del otro, y así, con esa ceremonia, nos casamos. Ya nunca seríamos iguales que antes. Ella me dio tantos besos en el portal del trasero, y tantas caricias me hizo, que terminé sintiéndome como un faraón, tendido de espaldas, sin saber si era el marido o la mujer de todo Egipto. Transportado por corrientes tan maravillosas, volví a sentir que había propósitos a los que ella no se refería y que me iba convirtiendo en el esclavo de sus vastas intenciones.

Comentario del editor: es muy interesante encontrar pasajes de grandes autores consagrados de la literatura con contenidos de spanking, en este caso Mailer remonta los azotes a la época de los faraones. Este pasaje lo encontré en un suplemento literario que cuenta con una serie de relatos eróticos, lamentablemente no todos de spank, bastante interesante (fuente: http://www.eltiempo.com/cambio/2006-12-28/ARTICULO-WEB-NOTA_INTERIOR-3381249.html )

 

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Memorias de un spankee III

  Autor: Cars

Es extraño, los giros que da la vida. Pareciera que no te mueves, que los cambios son lentos, espaciados y lógicos, pero cuando echas la vista atrás, estás muy lejos del lugar del que partiste, y ese lugar en el que te hayas no es ni por asumo en el que soñaste estar. Esa es la sensación que me invade cada vez que echo la vista atrás y veo donde estoy, apenas dos años y medio después de aquel primer encuentro con ella.

Cuando veo mi reflejo en cualquiera de los cientos de escaparates que me rodean, no me reconozco. Sé que soy yo, pero no soy capaz de ver ni un rastro de aquel que fui. No quisiera que entendieran estas reflexiones como una declaración de arrepentimiento, ¡en absoluto! Pero sí que lleguen a vislumbrar aun cuando fuere solo un ápice de lo que siento en estos momentos. Hoy al ver mi reflejo y no reconocerme no dejo de pensar sino será todo esto una locura, si toda la pasión que he creído sentir no era más que la demencia de un pobre diablo. ¡Pero no!.... ¿Cómo puede ser locura algo que te empuja hacia delante y te sumerge en la más deliciosa de las libertades? ¿Cómo puede ser demencia lo que te hace vibrar y te muestra la vitalidad que hay en tu interior? ¡No puede ser! Sin duda al entregarme a su voluntad, al dejar que me encadenará a sus deseos, ella me estaba dando la llave de la más absoluta y clara libertad.

No puedo más que sonreír al pensar en cada instante de los que viví a su lado. Desearla y no poder estar junto a ella, ¡eso sí es una locura! Y no la agridulce esclavitud a la que lentamente me he sometido.

Las horas continúan inexorables, y el amanecer está pugnando por hacerse un hueco en la oscuridad que envuelve a esta noche, y a estas calles. Aunque no siempre estuvieron así. Durante las noches de aquel primer invierno que pasé junto a mi AMA, las luces lo invadían todo. Se acercaba el fin de un año que para mí al menos había estado plagado de sorprendentes cambios, en especial los últimos tres meses.

Mi paso era rápido en medio de una marabunta de gente que se afanaban por realizar las últimas compras del año. Yo estaba muy nervioso, en los últimos minutos no paraba de mirar el reloj, se me hacía tarde, y el tiempo parecía correr en mi contra. Apresuradamente llegue ante su casa. Saqué las llaves con tanto apuro que se me cayeron al suelo. Una vez dentro, deje las bolsas en el salón, y me encamine al dormitorio, el reloj de pared dio las nueve. En menos de una hora la casa se llenaría de invitados. En la cocina un ejército de camareros preparaba los detalles de la cena que mi AMA había contratado. Una nota sobre la almohada llamó mi atención.  Me acerqué. La abrí con nerviosismo. "Llegas tarde, ¡otra vez! Desnúdate y arrodíllate junto a la bañera estoy dándome un baño".

De una forma instintiva metí mi mano en el bolsillo de la chaqueta. Respiré hondo, después me desvestí lo más rápido que pude. Una leve música salía del baño. Entré, ella estaba en la bañera, al verme sacó un poco la mano,  me arrodillé como ella me indicaba en la nota, y con delicadeza deposité un beso en su mano, tras lo cual ella la retiró.

-¿A que se debe tu retraso? -Preguntó sin mirarme.

-¡Lo siento! Me encontré con un atasco, y de después...

-Eso no es motivo suficiente -me interrumpió sin levantar la voz- en el futuro tendrás que prever esas cosas para ser puntual, y evitar que te tenga que castigar.

-¡Si mi AMA! -contesté casi en un susurro.

Aquella situación era nueva para mí, nunca antes había estado presente cuando se bañaba, y no sabía como debía actuar. Tras unos minutos se levantó, yo la miré. Fue en ese instante, cuando vi su cuerpo moreno brillar bajo el agua que empapaba su piel, cuando supe que no deseaba estar en ningún otro lugar. Me levanté, ella me indicó con la mirada una toalla. Yo me apresuré a cogerla y comencé a secarla. El leve contacto de de mis dedos con su piel, era suficiente para que me sintiera muy excitado. Lentamente salió de la bañera, y yo continué recorriendo cada palmo de su piel. Sentía su olor, su calor, y su respiración.  La rodee desde atrás con la toalla en un cálido abrazo. Ella no dijo nada, tras unos segundos se apartó.

-¡Limpia esto! -Me dijo mientras salía del baño.

Yo la observé mientras que se alejaba. Cada vez que estaba cerca de ella, el corazón me latía a mil por hora y todo mi universo se reducía a ella, a su mirada. Sin pensarlo una vez más, comencé a limpiar, a los pocos minutos, cada cosa estaba en su lugar, y al igual que mi voluntad y determinación, todo estaba en un fino pero estable equilibrio. Me ví reflejado en el espejo, era yo, pero se me antojó verme distinto, extraño pero en paz. Estaba inmerso en cientos de divagaciones cuando su voz me devolvió de golpe a la realidad. Me reuní con ella, aun seguía desnuda, sentada ante su tocador.

-¡Acércate! -Me indicó nada más entrar en el dormitorio.-  Esta noche va ha ser larga, y vamos a tener invitados, por lo que voy a tener que castigarte ahora. ¡Ven! -señalo su regazo.

Yo me acerqué, y me incliné, ella me acomodó sobre sus rodillas, hasta que estuve a su gusto. Tras unos minutos en los que me remarcó cada uno de mis  errores, comenzó una azotaina severa. Su mano impactaba una y otra vez en mis glúteos y muslos. En esta ocasión  había omitido la suavidad con la que comenzaba los castigos. Pronto mis lágrimas brotaron de mis ojos. En ese instante, se detuvo. Por primera vez acarició mis nalgas enrojecidas. Me indicó que me incorporara. Y me miró a los ojos. Una leve sonrisa, y una delicada caricia para secar mis lágrimas.

-¡No tardes en ducharte, hoy me vestirás tú!

-¡Como ordenes mi AMA!

No podía creerlo, pese a haberme azotado con más dureza, el castigo había durando mucho menos de lo que yo pensaba. Sin duda la cercanía de la hora jugaba a mi favor. Con decisión me dispuse a seguir sus órdenes. Di un paso,  sentí su mano que tiraba de la mía. Me volví.

-¡No tan rápido Andy! -Mi rostro mostraba la sorpresa que me invadía en esos instantes.- Aun no hemos acabado, esto ha sido el calentamiento, ¡ven! -Me condujo ante el tocador.- ¡Cielo! ¿De verás pensaste que tu descuido sólo merecía esa tundita?

-¡No mi AMA! -susurré mientras bajaba la vista.

Ella me inclinó sobre el tocador, acarició mi espalda con un dedo, y cuando llegó al final, descargó una palmada que retumbo en toda la estancia. -¡Claro que lo pensaste!- Dijo en mientras descargaba una docena de palmadas más. Tras un ínfimo descanso, dejó un beso en mi mejilla. Vi de reojo como cogía un cepillo de madera del tocador, lentamente se puso detrás de mí, y comenzó a golpearme con él. Eran golpes secos, pausados. Midiendo a la perfección el lugar en el que golpeaba. El tacto de la madera era diferente a todo lo anterior, ni la zapatilla ni el cinturón tenían la más mínima comparación. El dolor pronto me hizo gritar suplicando, gritos que de no haber estado el dormitorio insonorizado hubieran sido oídos en toda la casa. Se detuvo. Durantes unos instantes me acarició. Yo me deshacía en un llanto descorazonador. Tras ese leve descanso, los azotes continuaron durante unos minutos más. Cuando al fin terminó el trasero era una autentico volcán al rojo vivo. Ella me abrazó con ternura, después me besó apasionadamente. Su mano acarició mi sexo. Fue en ese instante cuando reparé en que pese al dolor y al llanto, un fuego extraño pero placentero me hacía mantener una erección, que era del pleno agrado de mi AMA.

-¡Ahora puedes ir a la ducha! -Me dijo ella mientras me volvía a besar.

Tras una rápida ducha, me dirigí nuevamente al dormitorio, ella estaba ya maquillada, aunque permanecía desnuda. Con movimientos pausados, saqué un tanga rojo del cajón, y se lo ayude a colocar, prenda a prenda fui vistiéndola. Continuamente nuestras pieles se rozaba y se tocaba, aquellos pequeños contactos hicieron que volviera la erección, pese al dolor que sentía en mi trasero, o debería decir que era gracias a ese dolor, y al calor que sentía. Porque aunque en ese momento no lo asumiera, ella estaba dejando a la luz mi alma de sumiso, igual que un escultor va dejando visible su obra quitando los trozos que impiden verla, ella con cada azote, con cada nalgada me estaba ayudando a descubrir, que en el fondo yo siempre había deseado eso. Ser castigado y deseado a la vez.

Los minutos pasaban, y ella estaba casi vestida. Unas medias negras, un traje de gasa del mismo color, con los bordes del escote dorados, sin mangas y que dejaba ver su espalda. Se sentó, yo me dirigí al pequeño cofre en el que guardaba las joyas, escogí un colgante de oro blanco que ajuste a su cuello con delicadeza, unos pendientes y una pequeña pulsera a juego. Ella me sonrió. Después me dirigí al armario, con rapidez escogí unas sandalias de tacón doradas, a juego con un bolso de mano. Me arrodille junto a ella y tras besar cada uno de sus pies le calce aquellos zapatos. Una vez vestida se levanto, yo permanecí de rodillas.

-¡Andy! vistete y ve al estudio hasta que te llame. -Tras estas palabras se encaminó a la puerta.-

-¡Mi AMA! -Le dije levantando la cabeza.

-¡Sí! -Se volvió.

-Aun le falta algo mi AMA.

Ella se miró de arriba a bajo, sin entender a que me refería. Yo me dirigí hacia mi chaqueta, y extraje una pequeña caja. Corrí a su lado, y me arrodille al tiempo que le entregaba aquella caja cuadrada de color rojo y oro.

-¿Qué es? -Preguntó mientras que la abría. El silencio se adueño de su garganta extendiéndose por toda la estancia. Sus ojos se abrieron al máximo a ver un pequeño anillo de oro blanco con un diamante engarzado en un soporté que eran dos pequeñas manos. 

-¿Qué significa esto?- Alcanzó a decir mientras clavaba su mirada en mis ojos.

-¡Mi AMA! -Comencé a decir- estaría muy orgulloso si me permitiera ser su esposo.

-¡Es un anillo de compromiso! -Susurró al tiempo que se arrodillaba ante mí.- ¿Me estas pidiendo matrimonio? ¡Pero si apenas me conoces!

-Mi AMA, solo sé que quiero pasar el resto de mi vida junto a ti, sé que hoy te he defraudado, pero...

-¡Para, para! -Ella me puso los dedos mis labios, al tiempo que se levantaba y me cogía de la mano para que yo también me levantará. -¡No mezclemos las cosas! Te castigo porque me interesas,  por que veo que sexualmente me correspondes con mis gustos, pero eso no significa que me falles cada vez que metes la pata, ya que si no lo hicieras nuestra relación caería en la rutina y... -Hizo una pausa, las ideas se agolpaban en su mente y la respiración se agitó.- Pero pese a que me gustas, no sé si estoy preparada para esto, -señaló el anillo- lo que me pides, o mejor dicho lo que me ofreces es mucho más de lo que yo esperaba, y dudo que sea un momento propicio para contestarte.        

Aquellas palabras se clavaban en mi corazón como afiladas hojas ardientes. Cada sílaba era como un abismo que ella se molestaba en colocar debidamente entre nosotros. Un extraño nudo se formó en mi garganta. Era como si de repente alguien hubiera sacado todo el aire de la habitación. Mi mundo se alejaba y me dejaba sumido en el más frío de los abismos. Ella pareció leerme la mente. Sus manos cogieron las mías y nuestros ojos se perdieron en los del otro. Intenté hablar, pero las palabras no alcanzaron mi garganta, quedándose en un extraño suspiro.

-¡No te estoy rechazando! -Me dijo lentamente.- ¡Solo necesito tiempo para pensar, y darte una respuesta! -Asentí, por un momento pensé que sus siguientes palabras iban a ser. "No eres tú, soy yo" o "Estamos bien como estamos"  o cualquier otra frase parecida. ¡Pero no! Se limitó a darme un beso y alejarse dejándome allí de pie en medio de la estancia.

Las horas siguientes pasaron con suma lentitud, las paredes del estudio parecía que me iban ha aplastar. En el comedor se oía risa y brindis, yo no entendió por que me castigaba nuevamente privándome de la cena, y por consiguiente de su compañía. A la mayoría de los invitados ya los conocía. Ella me los había ido presentando fugazmente, así que no comprendía como la noche de fin de año ella me relegaba a la soledad del estudio. Un camarero trajo unos platos colmados de comida y una botella de vino, manjares que en cualquier otra ocasión yo habría casi devorado, ahora apenas llamaban mi atención. En medio de esa soledad, y por unos breves instantes, me pregunté que hacía allí. Igual que un rayo nace y muere en unos segundos, el pensamiento de alejarme de aquella casa y de su dueña me atravesó la mente y el corazón. ¿Pero a donde iba a ir? Si el mero echo de saber que ella estaba en la habitación contigua me llenaba de tranquilidad, me sentía a salvo. Lentamente me acerque a la comida y la saboree, picando de aquí y de allí.

Faltaban quince minutos para las campanadas cuando un camarero irrumpió en el estudio.

-La señora le pide que se reúna con ella en el comedor.

Los pies me llevaron casi a la carrera, cuando entre todos estaban apunto de dar un brindis, alguien me ofreció una copa, y brindamos por el año que finalizaba. Un camarero pasó con unos cuencos que portaban las uvas de la suerte. Uno a uno los invitados se fueron colocando ante un televisor para ver la retrasmisión de las ansiadas campanadas. El camarero se acercó a nosotros. En la bandeja solo que daba un cuenco. Yo le hice una seña para que fuera ella la que lo tomara.

-¡Cojélo tú! -Me dijo.- ¡Nunca me ha gustado esta costumbre! -El camarero me acercó la bandeja.

-¡Gracias, yo tampoco tomo nunca las uvas! -Ella me miró extrañada.- ¡En serio! Ni de pequeño me gustaron las uvas.

El camarero se alejó, mientras que comenzaron  a sonar los cuartos. Todos se prepararon para las campanadas. Ella levantó su copa para brindar conmigo. Al levantarla, puede ver que el anillo brillaba en su dedo. Una sonrisa iluminó su rostro ante mi asombro, intenté hablar, pero ella me besó, impidiendo con su beso que salieran mis palabras, bebimos en medio de una gran alegría. Yo pasé mi mano por su cintura, y ella hizo lo propio. La primera campanada sonó. En ese instante ella dejó caer una palmada en mi trasero. Todos los invitados estaban concentrados mirando fijamente al enorme reloj de la Plaza del Sol, por lo que no se percataron de aquel gesto. Nos miramos, y ella me hizo un guiño. La segunda campanada repicó, y nuevamente un azote impactó en mis nalgas. Una a una hasta doce palmadas reavivaron el dolor que sentía por la paliza anterior, pero mi corazón irradiaba una alegría que no podría describir, por no decir lo que reavivo en otras zonas de mi cuerpo. Tras un sonado brindis mi AMA y yo nos fundimos en un apasionado beso. Todo a nuestro alrededor desapareció, todo el mundo dejó de existir en esos instante en el que solo existían nuestros corazones latiendo al unísono, cuando nos separamos de aquel beso éramos un solo corazón. El mío estaba ya tan encadenado al de ella como lo había llegado a estar mi cuerpo al suyo.  

La noche continúo con un periplo por los pub y discotecas de la zona. Y con los primeros rayos del sol, yo nacía como un hombre nuevo, junto a aquella mujer, a la que sin saberlo comencé a amar desde el día en el que la vi por primera vez.

Un paseo entre las nubes

 

Autora: Selene

Entró a la vieja librería buscando el libro sin tener aún muy claro si se trataba de lo que estaba buscando. Se lo había recomendado un buen amigo y estaba deseando leerlo, pero no estaba segura de ser capaz de comprarlo sin que los colores tiñeran un poco sus mejillas. La librería estaba atestada de gente, por  lo que un poco contrariada, pensó que lo mejor sería recorrer las estanterías buscando por sí misma alfabéticamente por el título o la autora, aunque finalmente, pasados más de veinte minutos en los que recorrió  los diversos estantes sin éxito decidió interrogar a una dependienta que amablemente se dirigió a un terminal e introdujo el nombre y autora que le acababa de mencionar.

"Entre sus manos" autor: Marthe Blau y unos segundos después, en la pantalla, un viejo programa en desuso, con aquellas letras en fósforo verde,  le dio a la joven el resultado de la búsqueda: Estante 3 balda 1; Tema: sadomasoquismo. Con el título en la pantalla, se volvió a mirarla  visiblemente desconcertada, con una voz que delataba su estado de confusión preguntándole si estaba segura de que ese era el título, a lo que respondió con total tranquilidad, mucha más de la que tenía en ese momento la chica de la librería, que por supuesto, que ese era el libro que buscaba.  

Una vez con él en las manos, experimentando el placer de la adquisición de un objeto deseado, que además suponemos nos dará buenos momentos, terminó sus trámites antes de ir a tomar una última copa con un amigo que conoció la tarde antes y con quien le apetecía volver a charlar un rato antes de dirigirse a la terminal a coger el vuelo que la devolvería a su rutina diaria.

No iba vestida de un modo elegante o sensual, como le hubiese gustado mostrarse ante él, o ante cualquier otro hombre con quien hubiera querido pasar sus últimas horas en la ciudad,  sino cómoda e informal con unos jeans y un jersey grueso de cuello alto, sobre el que situó un foulard para intentar abrigarse de aquel intenso frío propio de la época del año.

Cuando le mostró su compra a su nuevo amigo, él sonrió y le preguntó si le gustaba aquel tema, entre spankos, hablar de todo eso resultaba fácil y cómodo. Le contestó que no, pero que aún no había encontrado nada más específico sobre sus gustos y aquello se acercaba bastante a las sensaciones que podía expresar sobre sus sentimientos acerca del spank.

Tras despedirse, se encaminó al aeropuerto donde se sentó a esperar la salida del vuelo. Mientras tanto, decidió comenzar a leer el libro que la había intrigado de aquella forma y que parecía moverse dentro de la bolsa para llamar su atención. Seguramente eran imaginaciones suyas, pero aquella tarde parecía que todo los que pasaban a su lado tomaban conciencia de la temática de la lectura a la que se había entregado.

La portada, no demasiado explícita de por sí, incluía sobre la foto una frase inequívoca sobre el tema que se trataba, una relación sadomasoquista que empuja a la protagonista a una relación destructiva de la que le costará salir.

Frente a ella, un hombre cercano a la cincuentena la miraba de reojo y apartaba la vista cada vez que alzaba la suya y le encontraba fijo sobre su cuerpo y sobre el libro, que había deducido él ya había tomado conciencia de que se trataba de algo cargado de erotismo.

Se hacía difícil seguir la lectura con la mirada de aquel hombre clavada de vez en cuando y las propias frases que le sumergían, gracias a su desbordada imaginación, a sentir casi en su propia piel aquellas situaciones tan extremas que se enumeraban en el libro. Claro que no era sumisa, su interés por los azotes se quedada en el  spank, pero encontraba en muchas de aquellas cosas grandes similitudes con las que ella misma sentía y vivía como spankee, los mismos miedos, angustias e inseguridades... los mismos azotes con un cinturón que se soltaba de pronto del pantalón de su propietario, la misma fusta que él le preguntaba si había utilizado alguna vez para algo que no fuese montar a caballo... demasiados lugares comunes... "quiero que me bese, pero él no lo hace" como frase repetitiva a lo largo del relato, en una relación extrema entre dos personas igualmente extremas.

En algún momento, mirando aquel hombre sentado frente a su asiento, imaginó si él conocería el libro, si podría intuir su contenido, el dolor físico y psicológico contenido entre sus páginas ... si él podría imaginar que ella, al igual que la protagonista, había sido alguna vez castigada con aquellos mismos implementos, sin ser sumisa... sino spankee. Pensó si tal vez aquel hombre, en caso de tomar conciencia de ese hecho, sería capaz de dirigirse a su lado y entablar una conversación sobre el tema. Tal vez incluso, si él estaba interesado en lo mismo... podrían alguna vez... era un hombre atractivo, a pesar de ser mayor que ella, tenía unos ojos oscuros de mirada penetrante que...

Pero la última llamada para embarque la sacó de sus ensoñaciones bruscamente, cerró el libro, lo guardó en el bolso y se dispuso a subir al avión que estaba a punto de despegar. Una vez dentro, con la mente revuelta por la lectura y cierto calor en su vientre, se dispuso a observar a aquel hombre, que se había situado dos asientos por delante al otro lado del pasillo, por lo que una mirada oblicua le permitía seguir observándolo e imaginando situaciones acerca de él... acerca de ambos.

Para hacer más relajado el viaje, decidió proseguir la lectura y se metió en el libro de tal forma que en algún momento perdió la conciencia de ir volando a nosecuantos miles de pies sobre la tierra, según acababa de informar el sobrecargo. Tan solo era consciente de la excitación que estaba produciéndole tan explícita lectura donde la protagonista había desnudado su alma para transmitir al mundo su experiencia.

Se sentía húmeda, agitada e iba perdiendo por momentos la serenidad cuando se dio cuenta de que el sobrecargo había pasado ya dos veces por el pasillo, tropezando con su brazo  en una de las ocasiones y habiéndose disculpado cortésmente sin fijar la mirada en ella más de unos segundos.

Entre esa excitación, el vuelo se le hizo muy corto y agradable y apenas tenía conciencia de haberse desplazado cuando había llegado a su destino casi a la par que había concluido la agradable lectura. Para hacer lo más rápida y diligente la salida del aparato, depositó el libro en el bolsillo del asiento delantero que contenía revistas y algunos folletos informativos y se situó en el pasillo para recoger su equipaje de mano. Una vez alcanzado éste y tras la apertura de puertas se dirigió a la terminal, aún excitada pero tranquila por el final del relato que había esperado distinto.

Una vez abajo, miró a su alrededor por si volvía a ver a aquel hombre que la había intrigado con su mirada, pero no pudo localizarle y siguió caminando por la terminal dispuesta a pedir un taxi para llegar al hotel. Sin embargo, no había terminado de cruzar el largo pasillo que la separaba de la calle cuando escuchó que la llamaban desde atrás.

El amable sobrecargo que había tropezado con su brazo durante el vuelo la llamaba sin grandes gritos ni aspavientos, en las manos llevaba el libro que había dejado olvidado en el bolsillo del asiento...

En ese momento, roja de vergüenza y visiblemente sorprendida, se detuvo y esperó que aquel joven llegase hasta donde se encontraba. Una vez a su lado, tomó conciencia del atractivo del hombre, más joven y alto que ella y que le dedicaba una sonrisa limpia y sincera.

-Es suyo ¿verdad? Se lo ha dejado olvidado en el avión.

-Sí... pero no tiene importancia, ya lo terminé y bueno... yo ... no...

-Parece un buen libro ¿Le gustan estas cosas?

-No... bueno, sí... un poco, pero no esto, es otra cosa, pero es parecida... no es exactamente ...

-Entiendo... usted, no es sumisa ¿verdad?

La sorpresa dibujada en su cara la hacían estar cada vez más atribulada en sus respuestas y su cara más roja mientras apartaba la mirada de aquel hombre tan seguro que le preguntaba todo aquello tan directamente.

-No lo soy... pero me ha gustado el libro... soy... spankee, puede quedárselo y leerlo, yo ya lo terminé...

-Spankee... ah! Spankee... así que a usted le gusta que le den unos azotes.

Si hasta ese momento había estado sorprendida por la actitud del sobrecargo, que impecablemente uniformado la miraba cada vez más interesado en sus palabras, pensó que al decir aquello él se sentiría como si hubiera afirmado ser de Marte. Sin embargo, aquella última frase la dejó fuera de juego por completo y con ganas de salir corriendo de allí.

-Muy bien señorita, así que le gustan los azotes... ¿puede acompañarme un momento?

-Pero ¿por qué? ¿Qué pasó? ¿Qué hice?

-Nada... tranquila, acompáñeme un momento, hablaremos más tranquilos en mi taquilla, le devolveré su libro y usted se marchará... si quiere.

Los escasos metros que separaban el  pasillo de la taquilla se le antojaron los más largos del mundo, más que una marathón ... y tan cansada como si la hubiera recorrido realmente. Una vez dentro, el sobrecargo tomó la maleta de sus manos, la dejó en el suelo y permaneció frente a ella, mirándola fijamente e increpándola de nuevo.

-Así que le gustan los azotes, las relaciones difíciles... quizás un poco de sumisión también...

-No... yo...

-Muy bien, muy bien... y seguramente mientras ha leído el libro durante el vuelo, se habrá sentido excitada ¿no es cierto?

-No... bueno, sí... un poco sí... es que...

-¿Es que? ... no señorita, es que nada... venga aquí que vamos a aclarar esto.

Y diciendo esto último, se sentó en un banco e hizo un gesto para que se acercara a él. Con su poca experiencia, ya sabía que aquel era el gesto que disparaba una escena spank y se dirigió a él, completamente descolocada, asombrada... pero feliz. Tumbarse en las rodillas de aquel hombre uniformado, más joven que ella, pero con la suficiente entereza y seguridad como para haber encontrado un motivo para reprenderla, haber tomado la decisión y haberla llevado a cabo... era demasiado para ser cierto...

Pero allí estaba, recibiendo las primeras nalgadas sobre sus jeans, que amortiguaban magníficamente bien los azotes y sintiendo un par de minutos después, como pausadamente, él la incorporaba, desabrochaba su pantalón, lo bajaba y volvía a colocarla en la posición inicial para seguir explicándole lo mal que estaba en una chica como ella ese comportamiento obsceno, esa exhibición impúdica de sus gustos y deseos, esa carita de niña rebelde que había tenido durante toda la lectura y que a él le habían perturbado durante el vuelo... y todo ello, acompañado de aquellos azotes que le supieron dulces, eróticos y sugestivos y la trasladaron a un estado de excitación mucho más fuerte que todo lo sentido hasta ese momento...

Azotes que alternados con aquellas caricias seguras y llenas de cariño que aquel desconocido le brindaba, la fueron elevando en su excitación hasta que él, consciente del estado en que se encontraba, dejó de azotarla y la ayudó a ponerse de pie justo antes de preguntarle:

-Y ahora, ¿seguimos adelante con esto? ¿o prefiere coger el libro y marcharse...?

Y empezó a besarla y a recorrer su cuerpo con sus manos, aliviando con sus caricias el dolor de sus nalgas justo al contrario que lo que acababa de leer en aquel libro que le había traído del cielo al hombre de sus sueños "pero él me besa... deseo que me bese y él... me besa" como preludio a lo que momentos después les llevó a culminar a ambos, en unos segundos que les hicieron sentirse otra vez entre las nubes.

 - FIN -

La carta olvidada III: El castigo

Autora: Ana K. Blanco 

El castigo

-Bien, comprendo su enojo y le vuelvo a pedir disculpas. Pero le ruego que ahora se vaya, por favor. Me siento no muy bien, y además estoy sumamente nerviosa por todo esto.  Lo acompaño a la puerta...

-Pero ¿usted se piensa que yo me iré así como así? ¿Usted se cree que con decir "lo siento" está todo arreglado? Señorita Rocío... si yo no me hubiera dado cuenta de su engaño, si su rostro no hubiera translucido su mentira, en este momento yo estaría aún sufriendo, lleno de dudas sobre el amor de Leticia, con mil preguntas que esas cartas me contestaron apenas las leí. No señorita, lo siento pero... no la puedo perdonar así nomás.

-Mire señor Alzamendi, me tiene muy sin cuidado si usted me perdona o no. Ya le pedí disculpas y si usted no me las quiere dar es su problema. Así que tome sus cartas y... ¡lárguese de una buena vez!

Fabián la miró furioso y se agachó a recoger las cartas. Cuando se volvió para mirarla, su rostro había cambiado por completo. Tenía una sonrisa... pícara, especial, soberbia y hasta con un brillo de ganador.

-Me retiro señorita Anchorena. Y por supuesto, de aquí voy directamente a la Comisaría a poner la denuncia contra usted.

El rostro de Rocío se tornó pálido, y ella abrió los ojos y la boca de forma descomunal por el asombro.

-Pero... ¿qué dice? ¿Denuncia de qué? Usted no me puede denunciar por nada ¡yo no hice nada!

-¿Qué no hizo nada?  Señorita, por favor! Violó usted correspondencia ajena abriendo un sobre cerrado, violó la privacidad de Leticia y mía, y... todavía puedo agregar alguna cosita más, como el que me haya negado el dármela. Sólo el violar correspondencia ya es un delito penal...

Rocío no sabía qué decir, pero sabía que él tenía razón. Cuando se dirigíó a la puerta y puso la mano en el pestillo ella le gritó:

-¡No, por favor no se vaya! Espere, hablemos un momento...

-No tenemos nada que hablar señorita. Usted no se arrepiente de lo que hizo, y me parece muy bien. Pero tendrá que atenerse a las consecuencias de sus actos. Buenas noches...

-Pero... tiene que haber alguna forma de arreglar este entuerto. Le pediré disculpas dobles, por mi error y por mi soberbia al no querer reconocerlo.

-Eso, señorita, no es suficiente.

-Entonces... qué es lo que pretende? ¿Qué quiere que haga para que me disculpe?

-Quiero que no mienta más, que sea sincera, que sea capaz de reconocer cuando se equivoca y que acepte su castigo con altura.

-¿Castigo...? ¿De qué castigo me habla?

-Para que yo la perdone deberá aceptar mi castigo: serán 500 nalgadas propinadas a nalga desnuda. Si acepta, prenderemos fuego las cartas y todo olvidado. Si no acepta... iré a hacer la denuncia.

Fabián gozaba por dentro, mientras que Rocío maldecía su suerte. Aunque...  ver a ese hombre tan viril, escuchar su proposición y que él se mantuviera tan firme en su decisión, habían logrado excitarla. Sí, estaba excitada ante la posibilidad de ser nalgueada por primera vez, de probar todo eso que había leído en la carta de Leticia, de sentir en carne propia lo que había visto en los videos y en internet.

-No, no quiero. Puede usted irse por donde vino, y ¡haga lo que quiera, no me importa!

Fabián salió decidido y llamó el elevador. Antes de que este llegara Rocío salió del departamento y dirigiéndose a él le dijo, mirando al piso

-Acepto. Usted gana...

Entraron en el departamento y sin decir nada Fabián se quitó la chaqueta, la colgó en una silla y luego se sentó en ella. Ella se mantuvo de pie con la mirada baja mientras que él se remangaba la camisa. Con un tono adusto le espetó:

-Bien Rocío, antes de comenzar quiero aclarar algunas cosas:

Primero: puede usted parar el castigo en el momento que lo crea conveniente, pero si lo hace antes de terminar, no tendrá validez y yo daré curso a la denuncia.

Segundo: yo soy quien tiene experiencia en esto, por lo tanto soy el que pone las reglas, el que decide cuándo dejarla descansar, cuándo seguir y con qué instrumentos la azotaré. Su palabra o sus deseos carecen totalmente de valor, excepto para parar por completo cuando quiera hacerlo, con las consecuencias que ya le mencioné, claro...

Tercero: deberá obedecerme sin chistar... o detener todo.

Cuarto: Pondremos una clave. En el momento que usted la diga, detendré el castigo de forma inmediata y me retiraré. Tendrá usted noticias mias por medio de mi abogado, o de la policía. La clave será... "Carta y castigo".

Si quiere hacer alguna pregunta o añadir algo, hágalo ahora. De lo contrario, comenzaremos de inmediato. ¿Está preparada para comenzar?

¿Qué sentía en ese momento por este hombre? ¿Odio? No sabía si era odio, pero sí mucha rabia por su trato tan frío e impersonal. También sentía desprecio, pero al mismo tiempo admiración por su actitud autoritaria y dominante. Quisiera golpearlo e insultarlo, pero también deseaba besarlo y hasta... Tenía razón Leticia: eran sentimientos contradictorios, dicotómicos y... maravillosos.

-Sí -contestó ella.- Estoy preparada.

-Bien. Acérquese entonces y colóquese boca abajo sobre mis rodillas... eso es. ¿Lista, verdad? Bien... ¡aquí vamos!

Sintió como él apoyaba la mano sobre sus nalgas y las tanteaba y masajeaba suavemente mientras que le hablaba. Era una sensación deliciosa, pero tenía la seguridad que cuando comenzara a nalguearla no pensaría igual.

-Quiero que sepa Rocío que estoy muy disgustado. No enojado, pero sí disgustado. Me molesta mucho cuando alguien invade mi privacidad como lo hizo usted, pero lo que sí me pone furioso es la mentira. Su comportamiento denotó una total falta de ética, de discreción, de educación y de moral. No debería permitir que comportamientos tan bajos como la curiosidad  y la mentira logren dominarla.

Rocío estaba concentrada en el discurso que le estaba dando Fabián, por lo que la primera nalgada la tomó totalmente desprevenida y la hizo saltar, no tanto por el dolor sino por la sorpresa.

-¡Aayyyyy! -gritó.

Fabián paró. Apoyó sus antebrazos en la espalda de la chica como si fuera una mesa, la miró aún sabiendo que ella no lo podía ver, y le espetó:

-Si cada palmada que le voy a dar va a significar un grito de ese calibre, me veré obligado a amordazarla.

-¿Qué cosa? No se atreverá a semejante disparate.

-Señorita... le sugiero que no me diga a lo que me atrevo o no -y comenzó a nalguearla de una forma pausada, rítmica y no demasiado fuerte, considerando que era su primera vez y... que todavía no habían comenzado con el castigo en sí, aunque posiblemente ella pensara que sí.

Continuó nalgueándola durante unos pocos minutos cuando decidió que era el momento de levantarle la falda.

-Noooooooo, pero... ¿qué hace? ¿cómo se atreve?

-Le recuerdo Rocío, que el que pone las reglas aquí soy yo. ¿Quiere que paremos? -Ella negó con la cabeza.- Entonces, obedezca y quédese quieta.

Levantó la amplia falda y se encontró con unas bragas blanquísimas, que cubrían casi por completo las nalgas. La poca piel que se veía por los costados estaba de un rosado no muy fuerte. Los globos de la chica se adivinaban hermosos, firmes, turgentes... y eso le dio más fuerzas aún para seguir adelante. Así que recomenzó el castigo sobre las bragas mientras que ella se retorcía y comenzaba a dar signos de dolor.

En un momento determinado, ella interpuso su mano y...

-Quite su mano. ¡Ya! -ella se frotaba las nalgas y no obedeció.- Si no quita su mano inmediatamente, le aseguro que será peor...

-Pero... ¿cuánto falta? -le preguntó con voz entrecortada.

-¿Cómo que cuánto falta? Todavía no empezamos. Si tiene usted memoria, recordará que le dije que el castigo de los 500 azotes sería "con las nalgas desnudas". Esto que tuvimos hasta ahora era simplemente el "precalentamiento".

Y sin más, metió sus dedos en el elástico superior y le bajó las bragas hasta el nacimiento de las nalgas. No le dio tiempo a reaccionar, cuando puso su mano para impedir la acción, con un rápido y certero movimiento, Fabián la tomó de la muñeca y tirando hacia arriba le impidió cualquier acción.

La lluvia de azotes comenzó a caer sobre las coloradas nalgas, y el picor de un principio comenzó a tornarse en dolor. La casi inmovilidad del comienzo se convirtió en el corcoveo de una yegua salvaje. Levantaba las piernas, se movía, se contorsionaba, trataba de esquivar los azotes de todas formas pero... era inútil.

-¡Basta! Pare, por favor... se lo ruego.

-Sólo diga la clave y me detendré. Mientras tanto... es como si no la oyera. ¿Tiene algo que decir? -Su respuesta fue el silencio fue total- Bueno, entonces la dejaré descansar un rato. Póngase de pie y vaya a aquel rincón, de cara a la pared. Y no se le ocurra protestar.

Con un gesto caballeroso pero firme, la ayudó a ponerse de pie mientras que ella se bajaba la falda del vestido. Se dirigió al rincón y cuando estaba cara a la pared, sintió las manos de Fabián levantándole la falda.

-Pero... ¿qué hace?

-La pongo en evidencia. Su falda permanecerá levantada y sus bragas bajas para que yo pueda observar sus nalgas castigadas. Ya le dije que el que mandaba era yo. No es necesario que se lo recuerde, ¿verdad? Y no se le ocurra tocarse, quiero que apoye sus palmas en la pared.

Fabián se alejó unos pasos y la observó. Se veía hermosa en esa pose, así que tomó asiento y se dedicó a observarla...  Ella, en tanto, sentía un tremendo escozor en su trasero, y esa pose le pareció terrible, dado que exponía sus partes más íntimas ante la aguda mirada de este hombre que... este hombre que... que... sí, debía reconocer que este hombre le había hecho conocer nuevas y deliciosas sensaciones, este hombre que había conocido por medio de esas cartas, de las descripciones de Leticia y que tantas cosas había imaginado gracias a eso.

Varios minutos pasaron, cada uno sumido en sus propios pensamientos que en realidad, no eran muy diferentes...

Aquella tarde Rocío conoció, de la mano de Fabián, muchos de aquellos instrumentos sobre los cuales había leído y había visto en diferentes sitios. Su excitación se incentivó cuando él se quitó el cinturón con el que la azotó. También probó otros instrumentos que Fabián le presentó, pero el que le arrancó verdaderas lágrimas fue... el pesado y enorme cepillo de pelo que sacó de su habitación.

Rocío no supo si los azotes fueron los quinientos que él le había dicho o si fueron cinco mil, sólo tuvo la plena convicción de que cuando Fabián se retiró del departamento y ella quedó sobándose las nalgas, una spankee había nacido: una hija traviesa de la curiosidad y la mentira...

- FIN -

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