Blogia

Relatos de azotes

Bel y Rafa

Autor: Jano

 
 Él aceptó entrenarla para la alta competición bajo ciertas condiciones: asistencia puntual a los entrenamientos y, entre otras más, obediencia ciega y esfuerzo.
 
Contaría con un bagaje de cien puntos que no debía rebajarse por ningún concepto como consecuencia de faltas  o actitudes que no coincidieran con las necesidades del fin perseguido por ambos, cada uno en su parcela, de conseguir la mejor marca en el campeonato. Como consecuencia de un mal comportamiento por parte de ella, esos puntos irían rebajándose en la medida de la falta cometida. Tal reducción, sería acompañada del castigo que quisiera imponerle y que debía cumplir sin protesta alguna.
 
Además de la relación deportiva, ambos mantenían otra bien distinta. Se veían con  frecuencia para otra clase de actividad. En dos palabras: eran amantes desde hacía tiempo, aunque sin relacionarse en el ámbito deportivo.
 
Bel (Maribel), aceptó las condiciones: quería llegar a lo más alto  y Rafa era la persona idónea para entrenarla con garantías de éxito.
 
Estaban a tres meses de que se celebrara la competición y debían trabajar con ahínco.
 
Durante un mes en que entrenaban duro y a diario, Bel comenzaba a mostrar signos de cansancio. Rafa la animaba y le decía que no debía desfallecer. Faltaba poco tiempo y le quedaba mucho por perfeccionar la técnica. En más de una ocasión, se vio en la obligación de amenazar con castigarla. Los ánimos y las amenazas surtieron su efecto durante algunos días más. Ella se afanaba en cumplir las órdenes e indicaciones de Rafa.
Sin embargo, su situación anímica, que no física, se iba deteriorando: empezaba a pensar que no se encontraba en las condiciones necesarias para la consecución de sus anhelos. La fe en sí misma se iba deteriorando.
 
Así las cosas, un día faltó al entrenamiento. Considerando que su relación afectiva con Rafa era aparte de la deportiva, como de costumbre, se presentó en su casa a las ocho de la tarde. Cuando llegó, la actitud de él era lo bastante elocuente como para que un escalofrío recorriera su espalda. El ceño fruncido, las mandíbulas apretadas y los ojos echando chispas, no auguraban nada bueno.
 
   “¿Qué ha pasado para que faltaras al entrenamiento? ¿Dónde has estado y como te has atrevido a fallarme?
 
   “…………………..   ……….”
 
   “ De nada te sirve una excusa tan pueril. Me has dejado plantado como un idiota  sin saber qué te había ocurrido. Las reglas que aceptaste eran claras y no las has cumplido hoy. Te he llamado a casa y no estabas.”
 
   “… …… …………………………”
 
   “Te repito que no creo nada y que tu intento de justificación carece de fundamento. Hoy vas a tener cumplido conocimiento de lo que en varias ocasiones te he dicho. Vas a ser castigada como una niña que eres al hacer éstas cosas que, a partir de hoy, no te atreverás a repetir. Si quieres que siga entrenándote, deberás aceptar el castigo que te tengo preparado. ¿Vacilas?: es tu decisión. O haces lo que te diga o  dejamos de preparar la competición. Llevas varios días sin prestar la debida atención ni el esfuerzo necesario.”
 
   “…. . . …….”
 
   “Entonces, ya que reconoces tu falta y aceptas mis condiciones, pasa al dormitorio y desnúdate de cintura para abajo incluidos los zapatos. Con las manos cruzadas sobre la nuca, apoya la frente sobre la pared y espera a que yo llegue”
 
Bel, aunque con gesto de preocupación y desagrado, obedeció la orden. Un tanto asustada sin saber lo que Rafa pretendía, se despojó de todo lo que él le había ordenado.
Adoptó la posición dicha y esperó. Empezaba a cansarse de la postura: las piernas le dolían y la espalda comenzaba a darle tirones por lo forzado de la posición. Solo lo bien entrenado que estaba su cuerpo la mantenían en pie tras más de quince minutos sola, esperando el próximo movimiento de él. Aquellos minutos se le hicieron horas. Su mente no paraba de dar vueltas a la extraña situación. ¿Qué hacía ella de aquella guisa? Quién le había puesto en aquella forma lo sabía, pero ¿Qué hacía que ella accediera a comportarse así, a permitir que él la manejara de aquel modo? Mil preguntas sin respuesta se cruzaban y entrechocaban en su mente. Se sentía humillada. Solo la necesidad de que Rafa la preparara como solo el sabía hacerlo y la propia necesidad de participar con ciertas garantías de éxito le hacían acatar aquella estrafalaria petición.
Mejor pensado: aquella extraña imposición.
 
En estos pensamientos estaba Bel sumida, cuando la entrada de Rafa la sacó de sus cavilaciones. Éste comenzó por amonestarla severamente por su ausencia de ese día, por el escaso rendimiento de los últimos tiempos. Durante un largo tiempo que a Bel se le hizo insoportable en su cuerpo y en su orgullo, hubo de soportar la sarta de reproches con que el la reprendía.
 
De repente, sin aviso, con el mayor de los asombros, Bel sintió en sus carnes la dura mano de Rafa quién, sin la menor piedad, la estrellaba en su parte más expuesta. Trató de volverse y huir, pero, con fuerza, él se lo impidió.
 
   “No trates de escapar o será peor. Acepta el castigo que te doy a cambio de todos los errores que llevas cometiendo desde hace tiempo y la imperdonable falta de no haber asistido al entrenamiento de hoy sin razón alguna. Desde ahora, aprenderás para el futuro que lo que hacemos es algo serio y con una finalidad, que si no se ponen todos, absolutamente todos los medios, no llegará a buen puerto. Si para conseguirlo debo castigarte muchas veces, lo haré. Ahora, no te muevas. Por tu bien, tengo que azotarte como la niña pequeña que has demostrado ser”
 
Bel tenía ganas de llorar, pero su orgullo se lo impedía.
 
Rafa siguió azotándola sin pausa, con fuerza, sin parar de darle instrucciones, consejos  y repitiendo la lista de quejas que sobre su comportamiento tenía. La  mano se estrellaba
sin descanso sobre aquellas nalgas que tantas veces había acariciado en circunstancias más agradables y amorosas. En estos momentos, él no estaba para esas consideraciones y azotaba con extremo vigor: su objetivo ahora, consistía en castigarla de forma tal que evitara repeticiones desagradables en el futuro.
 
Ante el castigo que recibía, Bel trataba de eludirlo moviendo las caderas de forma incontrolada de un lado a otro, sin conseguirlo. La mano, las manos de él, encontraban siempre su objetivo pese a esos intentos y sin preocuparse de las quejas de la muchacha.
Después de quince minutos de castigo, el culo de Bel despedía una a modo de luz roja.
 
En cierto momento, consecuencia del castigo y del cansancio que mordía las piernas y la espalda de Bel, ésta cayó de rodillas sobre el suelo. El suceso hizo que Rafa se apiadara de ella y diera por terminada la azotaina. Sin embargo, en tono serio y admonitorio advirtió a la joven que no toleraría más desmanes por su parte, Fue duro y claro: o aceptaba las condiciones impuestas y aceptadas en el principio o daría por finalizado su compromiso con ella en el aspecto deportivo. No obstante, la ayudó a levantarse y la abrazó hablándole con dulzura. Las palabras que le dirigía ahora eran de consuelo y de amorosa regañina como si de una mocosa se tratara.
 
Bel se refugió en los brazos del hombre quejándose del trato recibido, pero prometiendo portarse mejor a partir de ese momento.
 
Siguieron los duros entrenamientos de los que ella terminaba exhausta. Pese al cansancio, la visita habitual a la casa del entrenador acababa con los más tiernos
actos del amor que se profesaban.
 
Durante una de las sesiones en el gimnasio, los nervios de ambos estaban a flor de piel.
Por una pequeñez, un malentendido, Bel se irritó de tal manera que gritó a Rafa llamándole tirano y déspota. Como consecuencia, las voces de ambos subieron de tono y, el resto de los que allí se hallaban, presenciaron la áspera disputa. Para finalizar, Rafa
le dijo a ella que la esperaba en casa a la hora de costumbre y que, allí hablarían. Bel recogió sus cosas y se marchó sin decir una palabra más dando un portazo.
 
A la hora acostumbrada, apareció por la casa de Rafa ya calmada y con una mirada huidiza. Le pidió disculpas por su comportamiento y se refugió entre sus brazos. Con suavidad, él la apartó de sí y le mandó que, como la vez anterior, se despojara de toda la ropa de cintura para abajo. Bel  dio un paso atrás, asustada, recordando aquello que ocurrió y temiendo que se repitiera, pues ciertas eran las señales. Durante un eterno minuto, calculó todas las posibilidades que una u otra respuesta de su parte conllevaría.
Finalmente,  a paso lento, se dirigió al dormitorio e hizo lo que se le había dicho.
 
En ésta ocasión, el castigo se multiplicó. Sin dejar de amonestarla, Rafa la azotó durante largo rato, pese a las protestas de ella. Cuando habían trascurrido más de veinte
minutos y tal vez doscientos azotes, Rafa la tumbó sobre la cama y, extrayendo su cinturón del pantalón, comenzó a cruzar las nalgas de la chica metódicamente en uno y otro lado con las consiguientes protestas y gritos de ella.
 
   “Me prometiste hacer bien las cosas y obedecerme y no lo has hecho. Para colmo, has
montado un escándalo en público y me has obligado a perder la compostura. No te tolero esa actitud. Bastante estresado estoy yo preparándote y viendo que no acabo de
limar tus defectos para el campeonato para que hagas que me exalte con tus niñerías. De
éstas, cada vez que te alteres, y no hagas las cosas como yo quiero o te rebeles, vas a tener muchas sesiones así.
 Sigue con tus tonterías que yo seguiré corrigiéndote en el gimnasio de la manera habitual y aquí de la forma que lo estoy haciendo ahora. Nos queda menos de un mes de trabajo y no podemos perder ni un minuto”
 
Entretanto, Rafa no dejaba de descargar el cinturón espaciando los golpes. Bel, gemía, se retorcía, llevaba sus manos a los lugares donde el cinturón hacía impacto y pedía clemencia. Sin hacerle caso, él seguía con el castigo y las advertencias. En ésta situación, aún pasaron otros veinte minutos en los que ella no dejaba de patalear. Llegó un momento en el que el dolor era tan insoportable que se atrevió a insultarle. Sin alterarse, él se acercó a un mueble de la habitación: de un cajón, extrajo una larga y gruesa regla de madera: con ella, descargó veinte o treinta golpes. Mientras tanto, para evitar la huída de la joven, se sentó sobre sus piernas. Pese a la dureza de los golpes,
Bel siguió profiriendo insultos, aunque ahora en voz baja.
 
   “Si sigues así, no pararé de azotarte, Tenía pensado dejarlo ya, pero con tu actitud no haces sino alargar tu sufrimiento”
 
Siguió, siguió y siguió pese a las protestas de Bel. Cambiaba de la regla a la mano, de la mano a la regla. Acudió al cinturón sin dejare de decirle “de ésta, te enteras quién da las órdenes aquí. No te voy a consentir lo más mínimo incluso fuera de los entrenamientos.
No vas a tener un momento de reposo y tu culo pagará cualquier impertinencia. Lo que te digo: te vas a enterar siempre que me alteres los nervios”
 
El estruendo de los azotes, apenas dejaban escuchar lo que decía.
 
Llegado a un punto, Rafa se fue calmando y comenzó a espaciar los azotes hasta al fin detenerse del todo. Cuando vio el estado en que había dejado las nalgas de la mujer, su
afán castigador cesó casi por ensalmo. Sabía que esa era la forma en que ella le prestara
la necesaria atención. No obstante, un sentimiento parecido a la compasión, le hizo consolarla sin dejar de amonestarla: ella se lo había ganado con su propio esfuerzo.
 
No fue éste el último castigo que ella recibiera. Varias veces más a lo largo de aquel mes que faltaba para el campeonato, debió someterse a duros castigos de su maestro.
 
Los cien puntos con que comenzara al principio, se habían rebajado a diez. Los noventa gastados, se tradujeron en soberbias azotainas que Bel recibía ya con la entereza que le daba el entrenamiento de sus nalgas ante los rigores con que Rafa castigaba sus errores o salidas de tono. Él parecía haberle tomado gusto al asunto e incluso se excitaba con los castigos que inflingía. Al menor gesto, actitud negativa o falta, por pequeña que fuera, de ella, Rafa no perdía la ocasión de azotarla con esto o aquello. Cuando llegaba el momento de sus relaciones amorosas, después de una sesión de castigo, los resultados eran excepcionalmente satisfactorios.
 
EPÍLOGO.
 
Llegó el día de la competición tan ansiada y temida al mismo tiempo. Bel consiguió un
segundo puesto por el que obtuvo la medalla de plata.
 
No se sabe que papel jugaron  en la consecución de tal premio las largas sesiones de castigos. Ambos querían, buscaban la medalla de oro, pero tuvieron que conformarse con el segundo puesto.
 

No todo se consigue, ni con azotes.

Madrid, 28 de Septiembre de 2005.

Jano 

Mi primera azotaína

Autora: Ana Karen
(Dedicado a mi querido spanker oriental:  Alberto)

Lo que van a leer a continuación son mis sentimientos y pensamientos acerca de mi primera azotaína. Les aseguro que aquí va toda la realidad mezclada con un gran porcentaje de fantasía. ¿Qué es fantasía y qué es realidad? Cada uno de ustedes lo decidirá…  y seguramente estará en lo cierto.

Lo conocí en un tablón de Internet. Alberto se comunicó conmigo como tantos otros lo hicieron, pero él… él es especial. Y no sólo porque compartimos la misma nacionalidad y vivimos en el mismo país, sino porque desde su primer mail (que fue en privado) tuvimos muy buena onda.

A medida que pasaban los días, los mails se hicieron más frecuentes cada vez, y comenzaron las llamadas telefónicas. Al vivir cada uno en un extremo del país tampoco se nos hacía fácil el poder vernos: nuestros trabajos y vida diaria no estaban ni están pensados para este tipo de situaciones, pero nuestra comunicación era tan frecuente, vasta y fluida que nos parecía conocernos desde siempre.

Pero cuando las cosas se tienen que dar… simplemente se dan! Nuestros deseos de vernos y conocernos eran tan grandes que el Destino y el dios Eros se confabularon para que sucediera algo y poder conocernos al fin. 

Soy la administradora de la empresa para la cual trabajo, y a principio de mes me avisaron de la Asociación de Administradores de Empresas que el Congreso de Administradores se haría este año en la fronteriza ciudad de Rivera, a solo 23 kilómetros de donde reside Alberto. Recién un miércoles que el congreso sería el sábado de esa semana, así que decidí partir de aquí el jueves de noche para tener el viernes para “descansar”, pues el viaje implica más de 8 horas en autobús.

No consulté con nadie, solo llamé para reservar el pasaje, pero me faltaba conseguir alojamiento. Pero todo es perfecto siempre, aunque al principio nos parezca que no. Por ser una ciudad pequeña, la capacidad hotelera estaba desbordada, así que no conseguía alojamiento por ningún lado. Pero yo sabía que tenía los dioses a mi favor: busqué entre mis amistades alguien que me consiguiera un lugar y todo salió a pedir de boca: una amiga me consiguió un apartamento amueblado en un bello barrio de Rivera. ¡Estaba feliz! y apenas lo supe llamé a Alberto para contarle, y al enterarse también se puso contento, pues era más fácil y más discreto un apartamento que un hotel.

Hacía varios días que, aunque yo no sabía nada de lo que se venía, tenía una “manada” de mariposas en el estómago que me revoloteaban sin cesar.

El día llegó y las mariposas aumentaban a medida que el autobús se acercaba a la ciudad. Llegué muy temprano en la mañana, lo que me vino perfectamente bien para prepararme para la noche de mi “debut”. Fue un día larguísimo, demasiado largo para mí debido a mi excitación. Durante el día nos llamamos varias veces, arreglamos el horario y…

A la hora exacta que habíamos acordado tocó timbre. Lo recibí en la puerta, nos saludamos y mis mariposas se alborotaron aún más! Estaban desaforadas, nerviosas,  casi tanto como yo!  Nos estudiamos mutuamente por unos segundos y nos sentamos a charlar, después de todo era la primera vez que nos veíamos personalmente.

Alberto fue el primero en enfrentar la situación:

-¿Y? ¿Soy cómo esperabas?
-¡Sí, estás igual que en la foto!
-Entonces… ¿te decepcioné?
-¡No! ¡Por supuesto que no! ¿Por qué me decís eso?
-Es que…  todavía no me has dado ni un beso.

Me sonreí y creo que me sonrojé levemente. Tomé su cara entre mis manos y le di el beso más dulce que pude, mientras que los dos nos incorporábamos para abrazarnos y besarnos con más pasión. Cuando nuestras bocas decidieron separarse, preguntó:

-¿Así que sos muy gallita vos? –me dijo abrazando mi cintura.
-Ehhhh… esteeeeee… bueno, yo…

¡Zas! Había llegado mi primer azote: suave, dulce, cómplice de la situación. Me sorprendió pero ¡me gustó muchísimo!

-¿Así que vos sos la que te hacés la viva con los spankers que están lejos porque no te pueden nalguear?
-¡Es que ellos me provocan! –dije con un mohín como para defenderme.
-¿De verdad? –dijo con una gran sonrisa en su cara.

¡Zas! ¡zas! Ardieron un poquitín más, pero… no demasiado. Me seguía besando mientras amasaba mis nalgas. Era una sensación deliciosa, y mis mariposas no sabían qué hacer. Creo que algunas revoloteaban de aquí para allá y se chocaban con las que ya habían sentido el placer de los primeros besos y volaban suavemente dejándose llevar por el momento.

No dejaba de besarme y de darme nalgadas muy suaves, muy ricas que a mí ¡me sabían a gloria! En determinado momento me tomó de la mano y se dirigió hacia la otra parte de la casa donde encontró el dormitorio.  Me dejó parada a los pies de la cama.

Se acercaba el momento que me imaginaba y que tanto y tanto había deseado durante años: mi primera azotaína!

Soy una mujer muy grandota, por lo que al spanker no se le hace fácil nalguearme en OTK, pero al hacerlo en una cama las dos partes se pueden acomodar de otra forma. Me dijo que me pusiera sobre sus piernas y lo hice…

-Gallito… te llegó la hora de que te bajen la cresta!

Lo miré de costado, con la mejor cara de mártir que pude poner, pero por supuesto que eso no le importó. 

-¡Bajá la cabeza! –me dijo con una voz tan firme que me hizo correr un frío por la espalda.
-¡No! –le contesté sin dejar de mirarlo. No quería bajar la cabeza, eso es muy humillante para mí.
-Bajá la cabeza… ¡ya! –Y por supuesto que obedecí. Es que su tono de voz se impuso ante mí y como no sabía qué podía pasar, pensé que lo mejor sería obedecer… al menos por un rato.

Los primeros azotes cayeron encima de la falda. ¿Cuántos fueron? ¿4, 6, 7? No lo sé, pero gocé cada uno de ellos y mi entrepierna también se comenzó a enterar de mi primera azotaína.

Sentí como me subía la falda y dejaba mi colita al descubierto. ¡Wow, qué momento!  Los siguientes azotes no se hicieron esperar, y sentir la mano de Alberto casi sobre mi piel me hizo excitarme aún más. 

Sí: me dolía, me ardía, me picaba, pero… ¡qué sensación más adorable! Claro que fueron muy poquitos los azotes recibidos así, con las bragas puestas. Enseguida me las bajó y las colocó exactamente donde terminaban mis nalgas. Allí comenzó el real castigo. A cada golpe de su mano, mi cuerpo tenía una reacción que no podía evitar: saltaba sobre sus piernas. No sé cuánto rato estuvo azotándome, pero por primera vez sentí esa famosa dicotomía de la que tantas veces hablé y leí en los relatos: quería que parara porque ya sentía mucho ardor y dolor, pero… haría lo que fuera para que continuara con ese maravilloso castigo.  Mi entrepierna estaba empapada, y en mi cerebro resonaban sus palabras una y otra vez:

-¡Yo te voy a bajar la cresta gallita! La cabeza bien abajo ¡con la frente tocando el colchón!

No sé porqué lo hice, o quizás sí. Quería más, quería que no parara, quería sentir finalmente todo lo que había querido sentir durante más de 40 años. Y para eso necesitaba provocarlo. Creo que evidentemente no sabía lo que hacía, pero por suerte para mí, Alberto sí.  Así que…

-Dije la cabeza bien abajo –me espetó empujando mi cabeza hacia el colchón.
-¡NO! –contesté lo más insolentemente que pude.
-La frente contra el colchón y ¡no te lo repetiré!
Su tono de voz me asustó, no lo voy a negar, pero mi rebeldía pudo más:
-¡NO! ¡No lo haré! –le dije mirándolo a los ojos y de la forma más soberbia y petulante de la que fui capaz.
-Bien.  Como vos quieras –dijo con algo de parsimonia. Me tomó de la nuca, y de forma firme pero sin hacerme daño puso mi frente contra el colchón y empujó de forma tal que no podía levantar la cabeza. Sentí que su cuerpo giraba, porque no podía ver nada debido a la posición en que me encontraba. En el momento que por algún motivo soltó mi cabeza, quise incorporarme, pero no pude. Con la rapidez de un felino puso otra vez mi frente contra el colchón e inmediatamente sentí un chasquido seguido de un fuerte ardor en mi nalga: ¡había comenzado a azotarme con el cinto!

Si mi colita sintió ardor con su mano, imaginen lo que fue con el cinto. El ardor y el dolor se confundían con la quemazón que me producía el cuero contra mi piel, que hasta hacía un rato había sido blanca y muy suave.

Aún así yo trataba de subir mi frente, y él me la bajaba y me daba más duro (o por lo menos yo lo sentía así).

-¡Te dije que te iba a bajar la frente gallito! Cuando leía tu altanería e insolencia en el tablón, me prometía a mí mismo que el día que tuviera tu culo a mi merced te enseñaría a no ser tan arrogante y a no burlarte de los spankers. Te aprovechabas porque están lejos, pero no tomaste en cuenta que siempre hay alguno cerca de ti para guiarte por el buen camino y mostrarte cómo debes de comportarte.

Con todo ese palabrerío y encima los azotes del cinto cayendo cada vez con más fuerza, traté de zafarme más de una vez: me retorcí, salté sobre su falda, quise levantar la cabeza y no sé cuántas cosas más. Todo fue en vano.

Alberto es un spanker consumado y…  como solo tiene dos manos, con una sostenía mi cabeza y con la otra iba alternando entre agarrarme para que no me moviera tanto y cuando me quedaba un poco quieta, ¡ZAS!, me azotaba con el cinto otra vez.

De repente paró.

-Levántate –me dijo con su voz ruda y dura – ¡De pie!

Miré su rostro impávido, sin la menor muestra de ningún sentimiento o emoción. Sus facciones parecían haber sido talladas en la piedra más dura. Y sus ojos querían reflejar la misma dureza de su rostro, pero mirándolo fijamente, cosa que yo apenas podía hacer, dejaban ver en el fondo y sólo por un instante, una chispa de ternura. Haciendo uso de todas mis armas de seducción y de manipulación, me acerqué a su rostro para besarlo, lo miré tiernamente, lo acaricié. Pero todo fue inútil, no logré que moviera ni una pestaña.  Tenía rostro de… spanker! Sin darse por aludido ante todas mis artimañas, sólo me dijo:

-Tu frente aún está demasiado alta para mi gusto. Tu cresta todavía sigue en alto gallito, pero remediaremos eso ahora mismo. Arrodíllate y poné tu frente en el suelo y tu cola bien en alto.  ¡YA!

¡Era demasiada humillación para mí! Pero… ¿quién se creía este tipo que era? No, no lo haría.  Así que mirándolo de frente (todavía me pregunto cómo logré hacerlo) y con mi mirada más desafiante le dije:

-¡NO!

No me dio tiempo a reaccionar cuando sentí una vez más su mano sobre mi dolorida colita.  Mi reacción fue inmediata:

-¡Sí, sí, sí…! ¡Ya! ¡Ya tengo mi frente en el piso! ¡ya…!

Y con toda la vergüenza y la humillación que alguien pueda sentir, puse mi frente en el suelo y la cola bien en alto para que siguiera enseñándome a no ser tan altanera y petulante.  Los azotes continuaron durante unos minutos que se me hicieron interminables.

Luego, empujó mis bragas hasta las rodillas y notó que estaban empapadas en la entrepierna, y no precisamente por la temperatura de la noche, sino porque mi excitación había llegado al punto máximo. No podía soportar más y… el estallido de placer por el orgasmo obtenido fue sublime!
 
Inconscientemente levanté mi cabeza para gozar al máximo ese momento. Alberto se dio cuenta y no sólo se detuvo, sino que se acercó por detrás de mí y me tomó en sus brazos abrazándome dulcemente.

-Gallita, usted va a tener que aprender a no cacarear tanto, y a bajar un poco esa cresta que la puede meter en muchos problemas. Que usted va a aprender se lo aseguro, y yo la voy a ayudar ¿entendió?

Bajé mi mirada y asentí con la cabeza. Yo, una mujer madura, con un cuerpo y una altura muy grande, habiendo tenido hasta ese momento toda la soberbia y la omnipotencia a flor de piel, me sentí como una niña pequeña, abrazada dulcemente por alguien que me puso límites por primera vez en mi vida.

Alberto me dijo una vez:  “¿viste que ser Spanker no es sólo dar nalgadas?”.  Hoy me doy cuenta que tiene razón, y le contestaría que: “tampoco ser spankee es sólo recibirlas”.

Querido Alberto:

Gracias por iniciarme de una forma tan maravillosa. 
Gracias por cuidarme tanto.
Gracias por tratarme con la paciencia, el cariño y la firmeza que un padre trataría a su hija traviesa.
Gracias por ser lo suficientemente hombre y caballero como para no hacer caso de mis quejas, de mis insinuaciones maliciosas y ¡hasta de mis reproches por querer más y más!

Me sirvió de mucho que me ayudaras a ver que soy más manipuladora, rebelde, caprichosa y malcriada de lo que me imaginaba. 

Pero iré mejorando. (¿O no? Jejejejejejeeeeeee…)

Con todo el cariño de tu spankee,

Ana Karen
27 de noviembre del 2005

Carta a una amiga

Autor: Jano 

Querida amiga:
Como ya sabes por mi última carta, la paz no brillaba en mi matrimonio. Pese a que mi marido es un dechado de paciencia, un diablillo interno me empujaba a menudo para que se la pusiera a prueba. Cuanto más le atacaba, más retraído y alejado le notaba. Raramente me hacía frente y en esas raras ocasiones, después de la discusión, se encerraba en su despacho durante horas.
En realidad, por mucho que lo meditaba, no conseguía saber qué pasaba en mi interior para portarme de forma desconsiderada con alguien que me quería y a quién yo correspondía en el fondo de mi corazón.
No todo era negativo; nuestra actividad sexual era aceptable, e incluso muy satisfactoria,--curiosamente--, cuando habíamos tenido una discusión fuerte a lo largo del día (fuerte desde mi lado: él no solía responderme)
Como te decía, por mucho que buceaba en mis motivaciones para actuar de aquella forma con él, no sabía cuales eran las causas de mi actitud. Sí sabía, que todas nuestras desavenencias procedían de mis malas formas para con mi marido.
Pasaban los días y los meses y la relación iba empeorando casi por minutos.
Él, cada vez mas encerrado en sí mismo; yo, cada vez mas nerviosa y agresiva.
                     - - - - - - - - - - -
Estando de visita en casa de mi amiga Ana ,--a la que tu debes recordar de nuestros tiempos de Instituto --, hice un descubrimiento asombroso.
Mientras ella charlaba con el resto de las chicas, mi afición, casi compulsiva por la lectura, me llevó ante las estanterías donde Ana tenía sus muchos libros y revistas. Mis ojos se fijaron en un grueso tomo en cuyo lomo se podía leer "Enciclopedia del SM". El título me intrigó ¿Qué era aquello de SM?. Lo abrí: en sus páginas encontré muchos dibujos, historietas, narraciones y fotografías sobre niñas, mujeres y alguna de hombres siendo sometido y sometidas, azotados y azotadas con la mano y otros instrumentos. La lectura y la visión de aquello, hizo que algo como una nube me rodeara y una excitación sin precedentes se apoderara de todo mi ser. A medida que pasaba las páginas, mi calentura subía. (Te cuento esto por la gran confianza que nos une). Noté, desconcertada, que por mis piernas discurría el líquido que ya antes había empapado las bragas.
¿Qué me estaba pasando?. Repentinamente, me vinieron  a la memoria escenas soñadas o en duermevela durante mis años de la pubertad y en las cuales, niñas o niños, eran azotados sobre las rodillas, de adultos con el culo bien expuesto: aquellas ensoñaciones culminaban en lo que ahora sé eran los primeros aunque pequeños orgasmos.
Ante aquellos recuerdos y la visión de los castigos mostrados en la enciclopedia, mi estado era el de una elevada calentura. Dejando el libro en la estantería, pero con sus imágenes grabadas en mi memoria, fui al cuarto de baño y....(fue así, te lo confieso), me masturbé frenética y largamente.
Antes de terminar la reunión, apartando a Ana de las demás, le pedí que me prestara el libro, a lo que accedió guiñándome un ojo. Buscó una bolsa y me la entregó con una pícara sonrisa dibujada en su rostro sin ningún comentario. "Ya me lo devolverás"--me dijo-- "No hay prisa"
                  - - - - - - - - - - - - -
 
Al regresar a casa y comprobar que estaba sola, encendida como seguía estando, fui al dormitorio y, allí, con una almohada entre las piernas, conseguí cinco orgasmos maravillosos leyendo y viendo aquellas imágenes.
                   - - - - - - - - - - -
 
Repentinamente, descubrí cual era el diablillo que me impelía a mantener aquella estúpida y beligerante actitud con mi marido. Lo que anhelaba, sin ser consciente de ello,  era recibir en mi cuerpo aquellos que me parecían deliciosos azotes.
Tenía que trazar un plan. 
Puse varios indicadores de papel entre diferentes  páginas, --las más explícitas --, y dejé el libro "descuidadamente" sobre la mesa de centro en el salón. Me puse aquella camisa blanca y la minifalda tableada de cuadros rojos y negros ( ya sabes:  las faldas escocesas ): una que guardaba como recuerdo de mis años de colegio y que apenas podía abrochar. Me había pedido mi marido que me vistiera de esa forma en numerosas ocasiones, lo que había supuesto que yo me pusiera con él como una fiera.
Esperé pacientemente a que él llegara sentada ante el televisor. Mi mente no estaba para lo que había en la pantalla; otros eran mis intereses.
Pasada media hora, que se me hizo interminable, mi marido llegó y le saludé. Al verme así vestida, se quedó parado a la entrada del salón con cara de asombro.
 Mis piernas cruzadas, mostraban toda su longitud hasta casi, casi, la cadera. Hice como que no me percataba de su actitud de asombro y me levanté para cambiar de canal manualmente (lo que me obligó a agacharme y enseñar el culo apenas cubierto por unas bragas blancas, también de mi época de adolescente)
Le dejé allí con su expresión asombrada y me fui a la cocina a prepararme un gin-tonic, procurando, durante el trayecto, mover las caderas más de lo acostumbrado.
Me tomé un buen rato en la preparación de la bebida. Cuando al fin volví, él estaba ojeando el libro: me miró con gesto interrogativo. A su pregunta muda, le contesté que me había gustado y lo había pedido prestado.
"Esto es lo que te está haciendo falta a ti desde hace mucho tiempo y no me he atrevido a hacer por respeto, pero que ha pasado por mi cabeza miles de veces debido a tu forma de comportarte. No me he atrevido .......hasta ahora. En adelante, cada vez que me montes un numerito de los tuyos, vas a saber lo que es bueno"
Se le veía alterado como no le había visto nunca. Le provoqué, le insulté, le dije todo lo que se me ocurrió.
Con sus ojos despidiendo chispas, vino hacia mí y me dio una bofetada.
 
"Es la última vez que me haces esto. Se acabó. "
 
No bien acababa de decirlo, me agarró de un brazo y me tumbó sobre el sofá. A continuación, con toda tranquilidad, sin alterarse ahora, comenzó a estrellar su mano en mi trasero sin pausa, metódicamente, a ritmo de metrónomo, no muy fuerte al principio, pero, paulatinamente, aumentando la fuerza de los impactos.
Por alguna razón por mí desconocida, no hice la menor señal de rebelarme. Los azotes dolían pero, a medida que se multiplicaban, el dolor dejaba paso a un cierto placer desconocido hasta el momento. Me levantó del sillón y me puso de pié, frente a él. Desabrochó su cinturón y, sacándolo bruscamente, lo hizo restallar en el aire antes de sujetarme por una muñeca y colocarme sobre sus piernas. Me quitó las bragas de un tirón, las envió lejos y comenzó a descargar cintazos sobre mi desnudo culo. En aquella posición notaba el gran bulto  de su sexo contra ni vientre desnudo.
Aquella situación era un tanto surrealista: la agresora habitual que era yo, no se resistía en tanto que, el agredido, me estaba sacudiendo bien sacudida. Era como si hubieran cambiado los papeles ( y así era, en efecto)
Toda resistencia tiene un límite y, las lágrimas afloraron a mis ojos, mansas, dulces. En mí se produjo una catarsis. Algo se rompió en mi interior. Una gran paz se apoderaba de mí. El dejó de azotarme, me levantó con dulzura y secó mis lágrimas con besos y caricias. Me besó dulce y largamente.
No recuerdo bien que dijo, pero fue algo así.
"¿Esto te duele? Y, todo el tiempo que me has estado martirizando, ¿crees que ha sido justo? Todo lo he soportado por amor. Espero que eso haya terminado para siempre"
 
Entretanto, me acariciaba yo mi maltrecho culo y le juraba que "nunca más".
La sesión acabó en nuestro dormitorio, sin haber comido , pero alimentándonos de los frutos del amor.
                 - - - - - - - - - - - - - -
Jamás cumplí mi juramento, pero él sí su promesa. Cada vez que trataba de molestarle, el cinturón, la mano y otros útiles que se fueron añadiendo, amén de ser castigada frente a la pared, o de rodillas y otras lindezas, eran el fin de toda discusión (no sin que después hiciéramos una incursión al dormitorio).
Desde aquel día, somos felices y cada uno tiene lo que quiere.
Te dejo: El está a punto de llegar y quiero jugar un rato.
Con el cariño de siempre, tu amiga feliz,
 
JANA.
P.s. Espero tu respuesta y tu parecer lo antes posible. Vale.
 




 

El caso de la cerveza derramada durante una cena

Autor: Jano

 

La mujer que quiero  no es alta de estatura pero sí de inteligencia. Es tan expresiva que habla con la boca y más aun con los ojos y las manos que mueve como aleteos de mariposa. Se apasiona con lo que dice hasta tal punto, de que olvida que ante ella hay vasos o jarras y no es infrecuente que derrame lo que contienen, llegando, incluso, a romper alguno. Cuando salimos  a cenar y tomar unas copas con los amigos, antes de hacerlo recibe una azotaina de aviso, preventiva, con la advertencia explícita de que preste atención a lo que está al alcance de sus manos para evitar accidentes siempre molestos. Pese a mis esfuerzos y a que, además de mis palabras sus nalgas reciben el estímulo de unos azotes que le ayuden a recordar en sus carnes que debe tener cuidado con sus gestos, su exuberancia expresiva lo hace imposible. La experiencia de mucho tiempo me ha demostrado que pocas veces le sirven para controlarse a pesar de que sufre los efectos del castigo que no puede olvidar, tanto si está de pie como sentada. Por efecto de la emoción que pone en la conversación, sus manos describen parábolas casi imposibles en el aire. Es entonces cuando la cristalería que se encuentra a su alcance, corre el peligro de estrellarse en el suelo. A veces, cuando veo que el peligro de que ocurra es inminente, le hago una sutil advertencia que pasa inadvertida para el resto y toma conciencia por un momento de que el roce de sus nalgas sobre el asiento actualiza el recuerdo del  castigo recibido y,
por un instante, presta atención a que sus manos no se conviertan en armas peligrosas para lo que está ante ella.
 
Una noche de la pasada semana, estábamos citados para una cena. Tratando de evitar lo que posiblemente fuera inevitable, antes de que se vistiera y acicalara para salir le advertí de  lo que  me proponía hacer, como ya era costumbre. Se negó. Le dije que de nada le serviría negarse y que recibiría el correspondiente castigo de advertencia. Ella no estaba en el mejor de los humores y volvió a negarse. De nada le sirvieron negativas y más tarde ruegos. El acto se consumó. Una serie de azotes cayeron sobre ella en mayor número que los que le hubiera dado sin sus negativas y oposición. Fue una corta pero intensa sesión, como consecuencia de la cual, sus nalgas adquirieron el color que es de suponer y que, esperaba yo, la mantendrían alerta durante la cena. Al ponerse la ropa interior una vez acabada la azotaina, su cara denotaba a las claras el escozor que atormentaba su trasero y que la obligaban a buscar la mejor postura para hacer menos doloroso el acto de vestirse. Me dijo que era un exagerado y le contesté que me remitía a las veces en los que sus movimientos habían ocasionado un desastre en más de una cafetería o restaurante. No muy convencida, quejándose y lanzándome miradas asesinas, terminó de vestirse y salimos hacia la cita.
 
Para hacer breve la  narración, diré que mis peores sospechas se confirmaron. No había pasado una hora, cuando en su apasionamiento durante la conversación, con un brazo, derramó la copa de cerveza que estaba a su lado, con la mala fortuna de  que, parte del líquido cayó sobre mi pantalón. Sus ojos se dirigieron al instante hacia mí con una mirada mezcla de temor y petición de disculpas. Yo, que conocía hasta sus más íntimos pensamientos, sabía la tormenta que se estaba desarrollando en su interior. Con toda seguridad, en su imaginación, se estaba desarrollando una escena que tan bien conocía en la cual, ella como protagonista, acabaría con el culo al rojo. Un leve temblor de su cuerpo anticipaba lo que de forma inevitable sabía que ocurriría.  Tuve que hacer un gran esfuerzo para aparentar tranquilidad y no azotarla en público. En mis ojos leyó, con toda seguridad, lo que le esperaba una vez llegados a nuestra casa. Sabía a ciencia cierta lo que yo pensaba y lo que le tenía destinado. Se movió inquieta en el asiento notando, con seguridad, los efectos del castigo ya recibido.
 Los amigos, en un loable gesto de cortesía,
trataron de quitar importancia a lo sucedido, bromeando a la vez que condoliéndose por el estado en que había quedado mi pantalón. Traté de estar a la altura de las circunstancias y seguí las bromas, aunque prometiendo para mi fuero interno, castigarla en la debida forma una vez llegado el momento oportuno.
 
De tanto en tanto, nuestras miradas se encontraban y, en mis ojos, leía como en un libro abierto las intenciones que, aunque invisibles para el grupo de amigos, para ella eran la certeza de un castigo corrector de sus desmanes. La anticipación  de lo que ocurriría al llegar a casa, la mantenían en un estado de inquietud y nerviosismo al que los demás eran ajenos, pero no se ocultaba a mi percepción. Aparentando una tranquilidad externa que en nada correspondía con las ideas que danzaban en mi cabeza, seguí charlando como si nada hubiera pasado.
 
Pese al estado anímico que se encontraba, ella seguía participando de las conversaciones cruzadas que manteníamos, aunque limitaba los movimientos de sus manos, sometida a la tensión de saber que no quedaría impune su descuidada acción; menos aun, si se repetía algo parecido
 
La velada transcurrió sin ningún otro incidente digno de mención. Las miradas que ella
me lanzaba de vez en cuando, denotaban a las claras su preocupación por los acontecimientos futuros que sabía inevitables. Tan bien la conozco, que ante mí se representaban las ideas e inquietudes que poblaban su cerebro. Yo correspondía a sus miradas con el gesto que ella tan bien conoce
 
Cuando nos despedimos del grupo, ya en nuestro coche al que entró con cierto recelo, le recriminé el incidente,  le ordené que se quitara las bragas y se pusiera de rodillas de cara al respaldo, de rodillas sobre el asiento.
Con gesto mimoso y haciéndome caricias a la vez que suplicaba que la perdonara, trató de evitar obedecerme. Necesité de varias advertencias para que lo hiciera. El gesto de mi cara no auguraba nada bueno ante sus débiles negativas. Ella, la descuidada, conocía perfectamente que, cuando tomaba una decisión, ésta era inapelable. No sin reticencia, acabó por obedecerme y adoptó la postura que le había ordenado despues de despojarse de su íntima prenda;  con una ojeada, comprobé que se encontraban húmedas.
 
Sin preocuparme si alguien pudiera vernos, le propiné varios azotes que la hicieron botar y quejarse por el trato. Frases tales como “te vas a enterar en cuanto lleguemos a casa”,
“ no hay forma de que evites tales accidentes pese a mis esfuerzos”, “no vale de nada que vele constantemente por que no hagas esas cosas”,” no vas a poder sentarte en varios días cuando termine contigo”, etc., acompañaban mis azotes. Con los labios apretados, mi amor, arrepentida por lo hecho, soportaba con paciencia y estoicismo el castigo que, inexplicablemente, casi nadie contempló pese a que, por el lugar, transitaban grupos de gente paseando disfrutando de la noche de fin de semana. Solo una pareja de señoras con abrigos de piel que pasaban por allí, se pararon un momento para mirarnos con gesto de sorpresa y reprobación.
 
Cuando consideré que ya era suficiente, le dije que se sentara y guardara en un bolsillo sus bragas. Así, desnuda bajo su exigua falda  y con el culo dolorido, se sentó con gesto compungido.
 
Llegados a casa, sin perder tiempo, la despojé de la ropa hasta la cintura y, extrayendo mi cinturón, comencé a azotarla con él. En tanto, iba recriminándole su falta de atención.
Del cinturón, pasé a darle sonoros azotes con la mano tal vez más  dolorosos que con la correa, aunque más íntimos. Me pedía disculpas entre gemidos y ni lo uno ni lo otro me ablandaban. Seguí con la azotaina un largo rato hasta que me pareció que ya había recibido bastante castigo por aquella noche. El color de su cara no desmerecía con el que presentaban sus nalgas después de la dura y larga azotaina que había recibido. Ella no lloraba nunca pese a las intensas zurras que recibía con frecuencia; en ésta ocasión, pese a la ausencia de lágrimas, sus ojos se mostraban acuosos. Sus manos, despues de pedirme permiso para hacerlo, se acercaron veloces a frotar su enrojecido culo, con la intención de mitigar el escozor que en él sentía. Después, se abrazó a mí ocultando su cara contra mi pecho con actitud mimosa a lo que correspondí con caricias y, levantando su cara hacia mí, la besé apasionadamente enervado por su perfume que tan bien conocía. Mis manos se dirigieron atentas a comprobar la temperatura de sus nalgas que encontré calientes por la azotaina. Su respuesta fue un estremecimiento mientras apretaba su vientre sobre el mío. Así unidos, pecho contra pecho, vientre contra vientre,
las bocas unidas en un apasionado, largo y frenético beso, nos mantuvimos unidos por un tiempo difícil de calcular.
 
Lo que sabía con toda certeza, era que, a la primera ocasión que se presentara, ella, con sus movimientos tan expresivos, volvería a cometer una nueva tropelía que sería respondida con el mismo tratamiento.
 
Dado que lo cortés no quita lo valiente y que la visión de su semidesnudez habían disparado mi libido, en un gesto de perdón y como consecuencia del amor que por ella siento, además de la excitación que no me permitía más dilación,  la atraje hacia la cama con dulzura: la desnudé completamente y yo hice lo propio. Nos abrazamos con pasión y terminamos la noche amorosamente unidos, Lo demás, lo dejo a la imaginación de quién se digne leer éstas líneas
  
El amor, en su infinita sabiduría, subsanó lo ocurrido: el castigo recibido había hecho que disculpara su falta. Mi justificado pero exagerado y casi pretendido enfado había desaparecido para dar paso a otros sentimientos y deseos que se colmaron con creces.
 
En cierto modo, el hecho de que cometa esos y otros errores, me permiten continuar ab in eternum zurrándola con un atisbo de justificación.
 
 
                                             F I N.
 

Mi Jefa

Autor: Jano

 

Analía, la directora y propietaria de la empresa en la que trabajo como su secretario particular, es la mujer más altanera, déspota y engreída  que darse pueda. Maneja la oficina y a su personal con mano dura aprovechándose de los grandes beneficios que proporciona a su personal. Nadie levanta la voz ante su presencia. Más parece un rey absolutista de horca y cuchillo que una empresaria. En mi caso, no me escapo del mismo tratamiento que el resto, solo que a mí, dada su larga jornada de trabajo, me tiene a su servicio de sol a sol, hasta el punto de que, una vez se ha marchado el resto del personal, nos quedamos solos ultimando los detalles que a su juicio son necesarios terminar ese día.
 
Aunque tragándome el orgullo, continúo a su servicio por el alto sueldo que percibo y por las dificultades existentes en el mercado laboral; de no ser así, habría dimitido tiempo atrás.
 
Todo lo que tenía de reprobable en sus actitudes lo tenía de belleza. Ésta respondía a los gustos más exigentes; de estatura más que mediana, su feminidad y espectaculares formas, dejaban sin respiración al que la veía sin sospechar la dureza de su carácter.
 
Sus tiernos ojos verdes inducían al error: escondían un espíritu que podía llegar incluso a la crueldad con sus subordinados. Sin embargo, su pecho firme, las rotundas caderas, las largas y bien torneadas piernas y su elegante porte, hacían suspirar por ella a todo hombre que la trataba. Pese a su forma de tratarme, fijándome solo en su cuerpo, yo era uno de los que la deseaba con más fuerza. Estar a su lado todo el día era un suplicio doble: por un lado, la atracción que por ella sentía; por otro, la amargura de soportar su trato hacia mí. Extraña dicotomía.
 
En más de una ocasión, hube de contenerme para no lanzarme sobre ella y castigarla por cada afrenta que me había hecho.
 
Como ya he dicho, solo la buena situación económica que me proporcionaba impedía que dimitiera y me alejara de la que era causa de todas mis desazones, tanto de sufrir por no poder poseerla como de soportar su mal trato.
 
Sin embargo, la paciencia humana tiene un límite y algún día tendría que salir a la luz el acíbar acumulado durante tanto tiempo.
 
Así fue, en efecto. Una noche en que especialmente se había cebado sobre mis supuestas faltas, tirando por la calle del medio, desesperado y arrostrando el despido, aprovechando que nos habíamos quedado solos en la oficina, ante un insulto difícil de digerir, me revolví y solté por mi boca toda la inquina guardada. Ante mi explosión, Analía, mi jefa, se quedó paralizada sin poder creer lo que estaba escuchando; se quedó como una estatua sin conseguir articular palabra alguna. Antes de que reaccionara, aun sabiendo que me estaba jugando el empleo y ya perdido todo control sobre mis actos, me abalancé a ella y le di dos sonaras bofetadas. Sin un momento de vacilación, perdidos ya los estribos y  el temor a las consecuencias, sujetándola con fuerza, la arrastré hasta una de las butacas de su despacho y, apoyándola sobre mis piernas pese a sus esfuerzos por escapar, como un poseso, comencé a azotarla violentamente resarciéndome de tantas veces como me había humillado. Una alegría salvaje me invadía mientras la azotaba al tiempo que una gran excitación me invadía al hacer contacto mi mano sobre sus adorables nalgas por tanto tiempo admiradas y deseadas por mí. Sabía que aquella acción podía acarrearme no solo el despido sino, incluso, una condena por lo que estaba haciendo en su persona. Ninguna consideración me detenía.
Mi mano caía inmisericorde sobre sus carnes a través de la fina seda de su vestido. Ella se debatía protestando de forma airada y amenazándome de todas las formas posibles.
Sin hacerle caso, yo proseguía sin descanso la azotaina.
 
Lo que durante un tiempo fueron amenazas e intentos por escapar, convencida quizás de que ni lo uno ni lo otro evitaban el castigo, su actitud se fue haciendo más pasiva; solo se movía imperceptiblemente cuando la mano llegaba a su destino.
 
Sabiéndome perdido y consciente de que nadie podía sorprendernos, acicateado por un deseo acuciante de mis instintos más básicos, quise ver algo de su intimidad y levanté su falda, dejando al descubierto unas exiguas bragas negras caladas que dejaban al descubierto, más que ocultaban, aquellas espléndidas formas dignas de su perfecta belleza. Extasiado por su visión, cesé un momento de azotarla para contemplarlas con arrobo. No tardando mucho, volví a la tarea de zurrarla.
 
Aquello era el fin de mi trabajo: lo sabía. Sin embargo, algo en su actitud había cambiado; ahora ya no amenazaba ni trataba de zafarse de mi presa.
 
Mientras la azotaba, no dejaba de recriminarle su forma de tratar s sus subordinado y especialmente  a mí. Me desquité de tanto tiempo callando y soportando con estoicismo su mal genio, desprecio, altanería y prepotencia que mostraba  hacia todos.
 
Me sorprendió que no hubiera respuesta alguna ni a los azotes ni a las frases que le dirigía.
 
Ante mi sorpresa, con voz quebrada dijo que me pedía perdón por todos los desaires con que me había humillado en ese tiempo. Atónito,  paré de golpearla. Todavía sobre mis piernas, confesó que su forma de actuar se debía al convencimiento de que era la única forma de que su negocio funcionara; en ningún momento debería bajar la guardia y mantener a todo el personal bajo control. Su padre, exitoso industrial, así la había enseñado. Solo mi actitud, de la persona en quién más confiaba pese a su forma de tratarme, le estaban haciendo ver su error. Me apreciaba y tenía en alta estima mi trabajo y dedicación. No podía suponer que me afectara tanto su forma de tratarme.
Sin salir de mi asombro, la hice levantar y, al hacerlo, pude apreciar cómo unas lágrimas discurrían por sus mejillas.  La mujer entera, fuerte, dominante, era, según me confesó, la primera vez en su vida que había sido tratada de aquella manera.
 
Le pregunté si debía considerarme despedido. Su contestación fue aun más asombrosa que sus palabras anteriores. –“No; necesitaba que alguien me hiciera ver lo erróneo de mi comportamiento y lo ha hecho la persona que más aprecio y respeto de mi empresa.
Espero no actuar nuevamente así. Aunque será difícil, trataré de cambiar”—
 
Sin saber muy bien lo que hacía, impulsado por no sé que interior, le dije: --“Espero que así sea. En caso contrario, lo que ha ocurrido hoy se repetirá cada vez que yo lo considere necesario”--. Acumulando sorpresa tras sorpresa, Analía bajó la cabeza e hizo con ella un gesto de afirmación.
 
                                             o0o0o0o0o0o
 
Epílogo.
 
Como es de suponer, algo tan arraigado en su personalidad como aquello que me había hecho quemar mis naves en un momento de casi locura y desesperación, no podía cambiar de la noche a la mañana. Con altibajos, yo podía comprobar día a día los esfuerzos que Analía intentaba para dejar atrás sus viejos hábitos. Me constituí en su
mentor: durante mucho tiempo, cuando nos encontrábamos solos en la oficina, le hacía ver sus malas actitudes y la zurraba sin compasión en castigo por sus faltas de humanidad hacia sus empleados. De mejor o peor grado, lo aceptaba.
 
Independientemente de nuestra relación laboral, algo más profundo, más tierno y acendrado se fue generando entre los dos.
 
Llegué a acostumbrarme de tal manera a tenerla sobre mis rodillas con las nalgas al aire, que  la vigilaba para, con el menor pretexto, azotarla y acariciarlas con un placer solo explicable por el deseo irrefrenable que sentía por ella.
 
Pasó el tiempo: a mis oídos llegaron rumores de que la relación existente entre ella y yo no eran las propias entre jefa y empleado. No les faltaba razón. Con el tiempo, me convertí en su socio y en algo más íntimo. Yo recibía el placer de acariciar su cuerpo y algo más, en tanto que, por mi parte, no dejaba de azotarla incluso cuando no cometía falta alguna.
 
Y éste es el fin de una historia rara pero con final feliz.
 
Madrid, 14 de Noviembre de 2005.
 
Jano.
 

Introspectiva

Autora: María Tersuer

 

En que líos me meto, sí ya sé que me diréis que me la he buscado, que si sé como va a reaccionar Carlos por qué me empeño en hacer el tonto a todas horas, y hacer que le hierva la sangre, pero ¿qué queréis que os diga?, la verdad que no sé que decir para disculparme ante mi forma de portarme, solo puedo alegar a mi favor que me gusta poner mi culo en peligro y que no sé vivir si de vez en cuando me llevo mis buenos azotes.
Pero sé que esta vez me van a doler mucho más de lo que es habitual, me he pasado, bueno me paso casi siempre, son cosas sin importancia, que puede provocar si está de buen humor una sonrisa en su cara, aunque después en casa me enseñe a través de unos cuantos azotes sobre sus rodillas la forma en que se tiene que comportar una señorita como yo.
Pero esta vez he ido más allá, he traspasado la frontera de lo que es una simple travesura a ser una gamberrada, y lo malo que el blanco de mis “bromitas” es el director general del Hospital Central, es decir su jefe inmediato. Y he puesto en peligro su puesto de trabajo.
Ahora debe estar recibiendo la gran bronca, y deshaciéndose en disculpas, todo por mi culpa. Me lo imagino haciéndose cada vez más y más pequeñito mientras el otro se crece y a medida que está recibiendo la bronca está pensando en la forma en que se va a cobrar lo que hice. Y andará pensando en cuantos azotes me va a dar y con qué, estará pensando ahora mismo que me merezco lo que más duele, es decir la vara de rattan, la temida vara de rattan.
Y todo esto lo estoy pensando castigada en mi habitación, mientras espero a que el llegue, la orden ha sido clara: Vete a casa y espérame en tu habitación, nada de tele ni de ordenador, ni de música, medita lo que has hecho y piensa en lo que te espera. Y en eso estoy, pensando tal como me ha ordenado…
Creo que oigo sus pasos subir por las escaleras… si es él, os dejo, no quiero que se enfade y hacer que sea peor el castigo, cuando pueda os contaré que pasó desde que él entró por la puerta.
Bueno, aquí me encuentro, y tal como os prometí (pero que el no se entere) os voy a relatar lo que ha pasado hace un rato, permitidme que coja un par de mullidos cojines y me acomode bien en la silla…. Auffff…. Jooo como escuece, si ya sé que me lo merezco y que tal vez penseís que se ha quedado corto, que si vosotros hubieseis estado en su lugar no me podría sentar en semanas… pero quizás si estuvieseis en su piel habríais reaccionado igual que él o no, eso no se sabe.
Como os iba a contar cuando Carlos llegó a casa yo estaba encerrada en mi habitación, supuestamente meditando sobre lo que hice, comiéndome las uñas (espero que no se le ocurra revisar mis manos, es una cosa que odia sobremanera). Entonces el me llamó ordenándome que fuera hacia su despacho, y rapidito, que no me entretuviera por el camino, puesto que el horno no estaba para bollos, y que fuera bien dispuesta a aguantar todo lo que él quisiera hacerme, sin protestar ni un poquito. ¡Si Maria sí, te lo has ganado con creces! Me iba diciendo a medida que me acercaba a su despacho.
Una vez dentro, me mandó que cerrara la puerta de doble hoja, y que me dirigiera detrás de su escritorio para coger una silla y ponerla delante de él, puesto que desde detrás del escritorio no tiene suficiente sitio para poder azotarme con comodidad. Puse la silla donde el me indicó, todo eso con la mirada baja y esperé nuevas ordenes de él. Tengo asumido que no puedo hacer ni el más mínimo movimiento si el no me lo ordena, así que tengo que quedarme quietecita esperando solícita sus ordenes.
Al cabo de unos minutos, que a mí se me hicieron eternos, me ordenó que me desnudara completamente de cintura para abajo, no siempre me azota con el culo al aire, sólo si él considera que  la falta ha sido grave, cosa que era en este caso. Así que me quité los zapatos merceditas que llevaba, para acto seguido sacar mis pantalones de mi cuerpo, luego los calcetines y finalmente las braguitas, todo eso lo deposité encima de su escritorio, bien dobladito y pobre de mí que se me ocurriese dejarlo tirado por el suelo, porque una de las cosas que odia Carlos es el desorden, se pone de muy mal humor cuando ve algo fuera de su sitio y más todavía si está enfadado por algún motivo.
Cuando acabé de realizar la orden que me había dado, me pidió que le mirara a los ojos, me costó mucho hacerlo, mi mirada sin querer se iba a la alfombra que tenía bajo mis pies, y empezó a recriminarme mi comportamiento de la mañana, y hablar de lo que había pasado después con su jefe, la bronca que había recibido, la amenaza de ser despedido, cosa que al final y gracias a Dios no fue así, porque Carlos es muy buen médico y tiene mucho prestigio en nuestra provincia, pero sí que le han suspendido de sueldo durante dos meses.
-¿Te das cuenta María lo que has conseguido con tus locuras?-  Me preguntó en tono tranquilo y conciliador- Si ya sé que no puedes evitarlo, que eres demasiado activa, que ya haces la acción antes de que se te pase la idea por la cabeza y te dé tiempo a meditar, pero espero que después de lo que te va a ocurrir en unos momentos pienses, pienses por tu bien y por el mío el alcance de tus actos y que si por un segundo ves que la cosa se te puede poner negra, evites que volvamos a llegar a esta situación. Así que mi niña ya sabes como tienes que ponerte para recibir tu merecido.
De sobras lo sé, sé como tengo que ponerme para recibir mi merecido desde que Carlos y yo empezamos a salir, lo que no me explico es como podemos llevar tanto tiempo juntos, un señor tan serio como él, tan metódico en su trabajo, en sus actos, con una cabra loca como yo, que no me tomo nada en serio, que de todo hago un chiste. Más de una vez me he hecho esa pregunta introspectivamente, hasta que un día armándome de valor me atreví a preguntarle:
-Oye Carlos, ¿Qué es lo que te lleva a aguantarme? No nos parecemos en nada, somos bien diferentes.
Y me contestó:
Me gustas mucho María, eres la chispa de mi vida, aunque seas un bicho, que sé que no lo haces a mala leche, pero eso me lleva a corregirte, cosa que me encanta y que me he acostumbrado de tal manera, que no podría vivir sin ello.
Como iba contando, Carlos me ordenó que me pusiera en sus rodillas de forma que mi culo quedara bien alto y bien ofrecido para recibir la lluvia de azotes que pensaba propinarme, cuando lo hago debo apoyar los pies y las manos en el suelo, y no puedo separarlos de él, ni tratar de moverme, tengo que aguantar estoicamente todos y cada uno de los azotes, y sin quejarme demasiado, él es de la creencia que si soy tan valiente como para hacer diabluras, debo ser tanto o más valiente para asumir el castigo que por mi comportamiento me he ganado a pulso, y si se le ocurre (cosa que es bastante frecuente) castigarme sin privilegios, como por ejemplo quedarme sin internet,  o sin salir con las amigas durante una temporada, no quiere que ni se me ocurra pedirle o preguntarle cuando me levantará el castigo, cree que si me comporto como una cría malcriada, debo ser tratada como tal.
Una vez acomodada en sus rodillas, Carlos empezó a azotarme con la mano abierta y cogiendo impulso desde lo alto de su cabeza, yo mientras iba notando como el culo me ardía cada vez más y como tenía ganas de empezar a quejarme y a llorar, pero debía aguantar fuese como fuese, sin gritar, sin moverme, solo concentrándome en tratar de tragar las lágrimas que estaban a punto de fluir por mis ojos. En el primer castigo que me propinó me puse a llorar mientras me reñía y me anunciaba que es lo que me iba a pasar momentos después, y mirándome a los ojos con semblante serio y voz severa me dijo: Guarda tus lágrimas para después, te va a hacer falta.
Notaba mi culo cada vez más caliente, y las lágrimas a punto de brotar de mis ojos, cuando Carlos paró y me ordenó que me pusiera en el rincón entre la librería y la puerta, con la nariz bien pegada a la pared, pero me espetó: “Todavía no hemos acabado pequeña, voy a buscar la vara, espérame ahí quietecita sin moverte ni un tantito”.
UFF la vara, la temida vara, eso sí que me da miedo, solo la usó una vez conmigo, y creerme que desde ese día he procurado no liarla a lo grande para no ganarmela de nuevo, si hubiese pensado en la vara, seguro que me había frenado antes de cometer el error y ahora no me encontraría aquí mirando a una pared vacía con mi culo rojo, esperando a que me lo ponga a rayas.
Los minutos se me hacen eternos, quiero que pase ya este infierno que me corroe por dentro, que me dé los varazos que crea que merezco, empieza a dolerme el estomago, mi traquea se cierra, me cuesta tragar saliva y mis ojos parpadean sin control, tal es el estado de nervios que tengo, no hay escapatoria posible, ni que me arrodillase delante de él y le suplicara perdón, ni que le jurara delante de la Biblia o el corán que voy a ser un modelo de chica, que va a estar orgulloso de mí y que no le voy a dar motivos para ni que siquiera tenga que reñirme, ni por esas me voy a librar, cuando toma la determinación de castigarme no hay nada que le detenga, así que, cuanto antes pase mejor.
Oigo la puerta abrirse, y la voz de Carlos que me ordena que me dirija hacía el sofá y que coja dos cojines de encima de el y que los ponga encima de la mesa, y que luego apoye mi barriga en ellos y que intente alcanzar el otro extremo con mis manos, la cabeza la quiere bien baja, de forma que no pueda ver nada de lo que pase a mi alrededor, nada de ver solo sentir. Obedezco y tal como el me ha ordenado apoyo mi estomago en los cojines y bajo mi cabeza de forma que lo único que veo es el barniz de la mesa.
Serán 60 azotes María uno por cada día de sueldo que no vamos a ingresar por tu culpa, así que cuentalos y dame las gracias por cada uno de ellos. El primer azote llega sin esperarmelo… zasssss uno gracias….. zasssssss dosss auchh graciass….treintaaa ufff por favor ya no puedo más que acabe ya este infierno, se toma un descanso, me toca el culo con sus manos grandotas, como tratando de saber que temperatura ha alcanzado… zasssssssss continua… treinta y uno graciasss  digo hipando… todavía me queda unos cuantos, no se si aguantaré, no soy tan valiente como pensaba, debo tener el culo morado lleno de verdugones… zassssssssss cincuenta, creo que voy a desmayarme de un momento a otro…. Zassss cincuenta y cinco… parece que note menos el dolor, mi culo debe estar anestesiado …. Zassssssss sesenta… gracias Señor..
Levántate y mírame a los ojos me ordena. Bien Maria, me sigue diciendo, como son dos meses lo que voy a estar sin ingresar ni un solo duro de la consulta por tu culpa, van a ser dos meses que vas a estar castigada, privilegios cero, ya sabes, ni internet, ni tele, ni llamadas, ni salidas, ahora vete a tu habitación y piensa en ello.
Así que ya sabeis voy a cerrar el ordenador antes de que llegue de hacer un recado, si no me veis en este tiempo no me ha pasado nada, solo que estoy castigada.
Fin
Tersuer  22 noviembre 2005

Dulce castigo

Autora: Ceci

Ellos eran enamorados desde hace algún tiempo, se conocieron en la Universidad y, pese a ser de facultades, distintas siempre andaban juntos.

Sus relaciones en ese tiempo habían sido muy tensas pues él quería ayudarla en un curso que lo tenía al borde de perderlo y pese a sus reiterados consejos para que lo tome en serio, ella no le hacía caso, siempre estuvo acostumbrada a hacer las cosas a su manera. Sin embargo ahora estaba contento pues advertía que ella ya había adquirido noción de su responsabilidad y se tomaba las cosas en serio dejándose ayudar por él.

 Esa mañana tenía examen y era definitivo para sus expectativas de pasar el curso. Con un besito y una nalgadita de cariño, la empujo tiernamente hacia las escaleras que la llevarían al salón  donde daría la prueba.  Miguel tenía hora libre y mientras tanto  esperaba  confiado en la cafetería.  Abruptamente  Patricia, una amiga de curso de Carla se le acercó a él con la prueba y le dijo que por encargo de Carla, le pedía que le resolviera esos dos problemas y que ella se lo llevaría de vuelta.

Él se extrañó, sintió mucha cólera, no esperaba eso de ella, eso no era honesto.  Fueron muchos sus reparos, pero  no tenía caso pensarlo y resolvió ayudarla. Ya lo habían hablado, ella quería que él la reprendiera e inclusive darle de nalgadas para ayudarla a ser mejor y pese a que él también lo deseaba, tenia temor de ser muy duro, asustarla o perderla  ya que en el fondo era muy petulante y rebelde. Pero esta sí era una ocasión perfecta para enseñarle a ser más honesta y responsable. Le entregó los problemas resueltos y la amiga regresó al salón de clases.

 Lo que sucedió después él no lo supo, por lo menos en ese instante. Solo que se vio, de cara frente a ella y toda furibunda le sacaba en cara haberle mandado las respuestas  que ella no había  solicitado, y una serie de frases mas. Así era Carla, solo gritaba y no le importaba el entorno que tenía en  esos momentos

- Hey, espera, si tu amiga... ni si quiera dejó que Miguel  terminara la frase, y ella  continuó gritando, él le pedía que bajara la voz pero ella seguía con toda esa escena delante de muchos pares de ojos que se reían de la furia de la chica y de su propia vergüenza. Él ya no pudo más, la tomó del brazo, muy suavemente y le habló al oído

- Pensaba pedirte disculpas por haberte juzgado mal, pero tu comportamiento amerita que no solo inicie tu castigo, si no que me lo piense mejor en la dureza que debo imprimir en ello, no me das otra chance Carlita. Y siguió hablando ante el asombro de ella; la tenía cogida de la mano pero imprimiendo firmeza la hacía salir de la cafetería

- Mi nena te lo advertí…no te resistas y camina si antes no quieres que aquí en medio de todos haga algo que ni te imaginas. Y empezaron a caminar entre los salones de su pabellón

Inexplicablemente se dejo llevar, porque la voz de él contenía esa alerta que le aseguraba a ella que lo haría. Tenía miedo, lo sentía estricto y eso era nuevo en él, pero igual descubrió que encima de ese temor había unas ganas de saber que más venía.

- Tráeme a tu amiguita, tráela porque ahora yo seré el que castigue su gran hazaña y ambas verán lo que es bueno.

Ella podía rebelarse, por supuesto que podía, pero en el fondo no quería y decidió seguir hasta el final. Demoró solo unos minutos y la trajo.

-¿Qué quieres, para que me llamas? Dijo Paty con mucho desparpajo.

-¡Te creíste muy lista! Ya sé que Carla no te pidió nada y que solo lo hiciste por tu propio interés.

- Si pero pensé en ella también, por eso le pasé el cuaderno con las respuestas, contestó Paty.

- Si  pero yo no te pedí nada, dijo Carla muy molesta y altanera, tonito que para nada le agradó a Miguel que inmediatamente le dijo:

- Silencio Carla, nadie te pidió que dijeras una palabra… cállate si no quieres que duplique la tunda que te voy a dar. Al escuchar esas palabras, Paty se sonrió un poco de burla y un poco de sorpresa, no podía creer lo que escuchaba, Carla no podía dejarse tratar así, si ella era una chica muy autosuficiente y pensó que era una broma.

- Bueno, bueno, yo no tengo vela en este entierro,  me voy de aquí y uds. arréglense  de la manera como más les agrade y haciendo mohines de burla, soltó su paso suave hacia la puerta.

Y Miguel la paró con un:

-¡Alto allí chiquilla tonta! ¿Crees, que te llamé solo para que te burles de Carla?

- Ella será castigada, ya no por copiar la prueba como pensé, si no por grosera y malcriada. Pero tú también recibirás tu castigo, por deshonesta, mentirosa y por no apreciar lo que es la amistad

- Déjame!, sácame la mano de encima. Tú estás loco, que te has creído tú!, dijo la chica.

- Tú eliges, si no te quedas a recibir tu merecido por tu falta, simplemente me voy a buscar a tu profesor y le cuento la gracia que hiciste, ¡elige!, te quedas a recibir tu merecido o te largas, pero anda alistando tus cosas porque aquí no te van a querer y agradece que tengo aún un espíritu democrático.

No le quedó otra chance, ya tenía dos antecedentes de ese estilo y no le iban a tolerar uno más. Se quedó y él se acercó a la puerta, vio que los pasillos estaba vacíos, la última clase en la facultad había culminado y había una clima de intimidad muy favorecedor para sus planes y le ordenó a Paty que se bajara el pantalón…

- ¡Ya! lo quiero para ahora, no para mañana… y la chica empezó a descender el zipper de su pantalón.

-Carlita, mira, mira lo que te vas a ganar a partir de ahora, si sigues haciendo tus berrinches y queriéndome manejar a tu antojo. Le ordenó a Paty que se volteara contra la pared, que apoyen sus manos en ella y empezó a dar de palmazos, uno, dos, tres, imprimiendo mucha fuerza.

Auchhhh, yaaaaaaaaaa, que te has creído, bruto auchhhhhhhhhhhhhhh.

- Cállate mocosa tramposa, cállate, porque recién estamos empezando

Ella  hizo intentos por voltearse, obligándole a Miguel a volverla a colocar de cara a la pared y de un solo tirón le bajó el calzón sin ninguna delicadeza y empezó a darle en una y otra nalga, cada vez con mas fuerza, y ya la chica dejó su furibundo grito para llorar como una pequeña y a suplicar que ya dejara de golpear sus adoloridas y ardientes nalgas.

- Dilo, dilo. Reconoce que actuaste como una tramposa, dilo porque hasta que no lo hagas no pararé de azotar tu trasero.

Buahhhhhhh, lo siento, buahhhhhhhhhhhhh

No te escuché bien... ¿¿¿¿qué dijiste chiquilla????

- No seré tramposa, no haré esto más, buahhhhhhhhhh

-OK, así esta mejor y mientras decía esto, la volteó, le ordenó que se subiera la trusa y el pantalón y le dijo que se parara allí al frente, porque ahora iba a presenciar la zurra que le iba a dar a su amada malcriada, que perpleja miraba lo que sucedía con Paty.

Y llegó el momento esperado: Saborear como plato de fondo a su Carlita .Y con ella fue más tierno, pero más severo aún. Ella le había hecho muchas cosas pero el nunca había actuado así ni nunca lo creyó tan resuelto a castigar sus arranques. Tenía miedo pero también anhelaba ese cosquilleo que empezaba en su estomago y se iba a anidar mas abajo de su vientre. Miedo, vértigos, vergüenza, orgullo, porque ya de verdad la estaba tratando como una chiquita y no como la novia autosuficiente y rebelde que ella era. Y extrañamente eso le gustaba.

Él  jaló la silla del escritorio, se sentó en medio del aula y con un gesto con su dedo índice la llamó. Él se deleitaba mirándola, aún no había empezado a azotarla pero esa expresión de niña asustadiza casi como un pajarillo desvalido, le arremetió una sensación de ternura y excitación. Pese a que solo la llamó una vez, ella se movió, aunque muy despacio para su gusto. Pero él ya disfrutaba de la entrega mental de su amada.

-Ven mi amor… VEN RAPIDO, que si no vienes ya, me pararé e iré a traerte aunque sea a rastras. Y sus pasos, los de ella, empezaron a recorrer la distancia que los separaba con mucho más agilidad…

La abrazó, le dió un ligero beso en los labios, la atrajo hacia si, aprisionó su cuerpo entre el suyo, sintió su tibieza pero también su temblor, empezó a recorrer con sus manos su cabello, su espalda, su cintura, su caderas y sus nalgas, y estampó una primera nalgada tan de improviso que la hizo saltar y empezar a temblar.

- Miguel, no por favor te prometo que…

-Shuttttttttt shttttttttttt, silencio preciosa, silencio…y colocando un dedo sobre sus labios le invitó a hacer mutis total. Y siguió hablándole con mucha ternura, sin dejar de mirarla.

- He visto que gozas haciéndome sentir como un tonto y creíste que nunca iba a hacer eso que tú misma me pediste muchas veces. Ella estaba como petrificada y ni se movía.

Mientras él le hablaba muy lentamente iba bajando el cierre del pantalón, pasando sus manos por las nalgas, acariciándolas, metiendo delicadamente un dedo por los bordes de su trusita. Al mismo tiempo tampoco dejaba de dirigirse a la espectadora que aún se sobaba las nalgas

- Ves Paty, yo la quiero, la amo, por eso soy así con ella y le voy a enseñar a ser más tolerante y menos histérica.

- Colócate aquí en mis rodillas Carlita… ven tu misma. Ahora si reaccionó y dijo:

-Nooo, me va doler, no quiero, yo lo decía por decir, por favor olvídate de eso… y lo decía con voz muy trémula.

-Ven preciosa, decía él pausadamente… pero la segunda palabra que salió de su boca fue con  mucha firmeza.

- VENNNN y en un abrir y cerrar de ojos la atrajo ágilmente a su regazo y en medio del silencio de la habitación, empezaron a resonar los golpes, cada vez más intensos y los alaridos de ella.

Plas, plas, plas, plasssssssssssssss,,,,,,,,,auchhhhhhhhhhh - Toma y aprende que tienes que cambiar y  plassssssssssss, plasssss, plasssssssssssssss.

- Que ya no voy a soportar tus berrinches plassssssssssssss, plashhhhhhhhhhh. Y seguía con los palmazos alternando una y otra nalga.

 

Estas ya lucían rojas y los gritos de ella empezaron a excitarlo. Hubiese querido dejar eso y hacerle el amor, pero quería ver como terminaba esto.

Buahhhh, buahhhhh, ya nooooooooooooooooooooooo buahhhhhhhhhhhhh

¡Qué rico lloraba! nunca había gozado esos llantitos y gemidos, alguna vez se los imaginó, pero que va! era una delicia para sus oídos escuchar su llanto, ese llanto libre de toda rebeldía, de toda autosuficiencia y capricho. Quería ver su rostro, verlo con dolor por eso la paró delante de él, enjugando sus lágrimas le decía:..

-Pobre mi nenita…ya están poniéndose rojitas esas nalguitas, a lo mejor ya tenemos que parar. Pero no lo hizo así, insistiendo en mirarla a los ojos y con mucha parsimonia bajo la trusa de algodón que llevaba su chica, despacio, lento, acariciando también las ardientes nalgas. Y sus ojos se gozaron su rostro adolorido, con miedo, también el color fresa que esas nalgas estaban adquiriendo.

-¿Te duelen mucho mi amor? le decía mientras sobaba y acariciaba esas lindas y rosadas nalguitas, pero aún no estaban como el quería verlas. Él las quería muy rojas, así que el pensó que el llanto eran solo lágrimas artificiales aún y sin claudicar siguió,

plassssssss, plasssssssssssss , plasssssssssssssss…buahhhhhhhhhhhhh. buahhhhhhhhhhh

Y lloraba, lloraba de verdad, ante la mirada sorprendida y sobrecogida de la amiga y la amorosa mirada de su pareja.

Bueno, creo que aún no es suficiente mi amor. Y sin darle tregua a pronunciar más palabra,  empezó a imprimir más fuerza, una y otra vez

Auchhhhhhhhhhhh, buahhhhhhhh

Toma, toma , plas, plassssssssssssssss,plassssssssssssssssssss

-Que no se te olvide que las niñas buenas no hacen quedar en ridículo a nadie y que ahora en adelante controlarás tus ataques de histeria. Y seguía fustigando sus nalgas .

- ¿Verdad que lo harás mi amor?. Y esta vez se dirigió a la observadora Paty:

- Alcánzame el cepillo que tiene Carla en su bolsa……

- Noooooooooooooooooooooo, noooooooooooooooo, ya nooooooooooo, gritó Carla desoladamente.

- ¡Silencio, te dije que no hablaras! y una sonora y fuerte palmada restelló sobre sus nalgas

- Paty muévete o quieres que también yo te de con el cepillo, y ella se lo entregó

Y reanudó el castigo con avidez casi compulsiva,.

zasssssssssssssss,. zasssss, zasssssss, plassssssssssssssssssssssssss

Y la chiquilla lloraba, gritaba, el dolor era ya penetrante, habían sido demasiados azotes, ni había llevado la cuenta pero era algo que no podía tolerar, pero contradictoriamente le incrementaba la sensación mucho más fuerte que el cosquilleo. Lloraba, porque le dolía, pero en medio de ese llanto descubrió otra sensación mas agradable, otra que la crispaba y le hacia sentir la necesidad de gritarle que siguiera, que no parara, que también disfrutaba de los azotes, que ya estaba muy excitada y traspasando ese velo sutil hacia su propio gozo. Miguel también reconocía como los gritos de ella aumentaban su excitación. En medio de cada cepillazo, las oleadas de placer, la impulsaba a apretar sus piernas y afianzar su pubis en las rodillas de Miguel obligándose ella misma a moverse casi frenéticamente. Y él lo captó. Podían juntos ya conjurar sus dolores, sus pasiones, sus locuras y corduras, todo el placer mutuo de gozarse.

Habiendo ya traspasado esa barrera; no quiso mas espectadores, eso quería disfrutarlo solo con su amada .Gritó a la chica que se fuese y Paty salió mirando, no precisamente con pena a su amiga, quizás si, con cierta envidia y morbo por ver la mezcla de ternura , dureza y pasión que apreciaba en esa pareja. Se fue y se quedaron completamente solos. Y el volvió a concentrarse solo en lo suyo,

-Amor,.mi chiquita, estas gozando no es así? y no paraba con el cepillo, plassssssssss

te duele pero te gusta y a mi me encanta más

plassss , plassss,  toma, buahhhhhhhhhhhhhhhh. Buahhhhhhhhhh

Llantos, gemidos,  gritos de excitación, Él gozaba de solo escucharla y ella sin más, solo dejaba de circular su placer en la longitud y ancho de su cuerpo y él tampoco podía aguantar más.

Terminó de despojarla del calzón, el resto de las ropas casi se las arrancó y asida ella a él retiraron los últimos obstáculos y se precipitaron a continuar con  el goce que les proporcionó el haberse inaugurado como spank-amantes… y se gozaron, como nunca, como ni en su más recóndita imaginación lo habían sospechado. Ese fue el mejor de los bálsamos para el ardor de ella y él supo que no más dejaría de disfrutar aquello. Fueron horas realmente maravillosas,

Al final de cuentas, agradecieron la trampa de Jessica, que también tuvo lo suyo pues se fue imaginándose lo que pasaría después entre ellos.

 

Fantasía invernal

Autora: Ana K. Blanco 

La nieve está cayendo muy suave sobre la casa de madera de dos pisos. Tiene a la entrada una estancia grande con la estufa como protagonista acompañada por la mullida alfombra; y sin que moleste la vista del fuego, un sillón grande y cómodo. Sobre un costado está el comedor, y algo más alejada una cocina tipo americana.  Los dormitorios están en el piso de arriba, al que se accede por una simple escalera de madera. Nada lujoso, sólo cómodo y funcional. La música envuelve el ambiente, que se ha vuelto cálido gracias al fuego de la leña ardiente. En un rincón de la cocina, Stephan prepara la cena. Algo sencillo pero delicioso, especial para mí.
Yo anduve todo el día cómoda, con solo las bragas, un blusón y medias blancas. Pero llegó el momento especial y me preparé para la ocasión, con todos los detalles posibles. Y hago mi aparición ante él que se me queda viendo como a una aparición. Veo la aprobación en sus ojos y ¡el deseo! No resiste la tentación y me besa mientras recorre mi espalda, cintura y más con sus manos ávidas de mí. Lo freno, no quiero apresurar las cosas y me alejo un poco. Puede observarme mejor: desde mis zapatos rojos de tacón, las medias transparentes con la liga, que se ve apenas debajo del enorme tajo que tiene el largo vestido de terciopelo negro, ajustado, insinuando cada una de las curvas de mi cuerpo.  Los guantes largos, rojos, llegan casi hasta los hombros.  El pelo recogido en un moño, cuidadosamente despeinado, dejando caer algún rulo por aquí y por allá.  Un maquillaje suave que destaca los ojos y los rojos labios...

Me ofrece una copa de champagne.
 
- "Dom Perignon -me dice- como a ti te gusta".  
Brindamos.  Me toma de la cintura y me lleva a la mesa que ya estaba servida.  Me ofrece una cena deliciosa, digna del más exigente gourmet. Se la agradezco en cada bocado sin necesidad de palabras, sólo con gestos y miradas. Todos los platos son una obra de arte, un deleite para la vista y para el paladar.  
Me invita a tomar el postre en el sofá.  Allí sentada continúo seduciéndolo de forma más o menos solapada: miradas, sonrisas y cruces de piernas que lo dejan casi bizco. Me toma del brazo y me invita a bailar: música suave, que es percibida por mis oídos mientras que sus hábiles manos se deslizan por mi espalda.  Su boca busca la mía y la encuentra ¡por supuesto! Un beso largo, tibio, húmedo, hace que mi corazón se acelere aún más.
 
De una forma casi imperceptible siento correr el cierre del vestido y sus manos comienzan a recorrer mi piel mientras el vestido cae al suelo. Se aleja unos pasos y me mira. Aprovecho la música para quitarme los largos guantes, queriendo imitar a Rita H. en "Gilda". No sé si me sale bien, pero él se queda paralizado mirándome. Es sólo un instante, porque al segundo me tira hacia él y comienza a besar mi cuello.  Su nariz se impregna de mi perfume y su boca y su lengua comienzan a recorrer cada uno de los poros de mi piel, como queriendo aprenderlos de memoria.  En este juego pasional, su ropa se une a la mía en un rincón. 
 
Continúa con las caricias y quiero participar, hacerle algo yo también, pero las sensaciones son tan fabulosas que sólo puedo tirar mi cabeza hacia atrás y lanzar un tímido gemido. No existe un lugar de mi cuerpo que sus manos no quieran recorrer esa noche. Las piernas se me aflojan y voy cayendo lentamente sobre la maravillosa alfombra que me recibe con toda su calidez. Busco su dulce boca que no me canso de besar, pero yo también quiero demostrarle mi pasión, así que... 
 
Poniendo su espalda contra la alfombra, me pongo encima de él, con mis piernas a los costados y tratando de no lastimarle con los tacos.  Siente en su cadera la liga de las medias que le rozan y lo excitan. Le comienzo a besar la frente, los ojos; bajo por su nariz y cuando cree que voy a su boca, salto hasta los lóbulos de sus orejas dejándole aún más deseoso de ese beso. A cambio le beso las mejillas, el mentón y bajo por el cuello. En un momento de descuido tomo su boca como por asalto. Siente ese beso que lo quema y quiere corresponder, pero yo me alejo.  
- ¡No! -digo- cierra los ojos y déjate hacer. 
Obedece en silencio, y entonces sí me dirijo a su boca, pero no como él espera. Le rozo apenas los labios con los míos, y luego, con la punta de mi lengua comienzo a recorrer sus labios, todo alrededor, despacio, sin apuro. Siente mi aliento cálido y puedo percibir entre mis piernas su excitación, que va creciendo segundo a segundo.  Me doy cuenta que quiere que le bese de una vez, pero al mismo tiempo está disfrutando esta "tortura" que alarga el placer.  
 
Cuando lo creo conveniente, mi lengua deja los labios para ir al encuentro de su lengua, que espera impaciente. Es un beso desesperado, de pasión contenida, así que nos devoramos mutuamente. 
De repente lo detengo y le pido que vuelva a cerrar los ojos. Otra vez sin muchas ganas obedece.  Quiere ver qué haré, pero está dispuesto a entregarse totalmente a mí.  Sin que Stephan me vea, tomo un cubo de hielo en mi mano.
 
Vuelvo a besarle los labios y bajo por la barbilla que levanta instintivamente, dejando descubierto el cuello que me indica el camino a seguir. Hago un camino de besos desde la barbilla a la mitad del pecho. En ese mismo camino marcado, paso mi lengua, húmeda y cálida dejando un huella brillante que aprovecha el hielo para deslizarse. El frío del hielo hace que se estremezca y sobresaltarte.  Pero no le doy tiempo a reaccionar, porque vuelvo a pasar mi lengua tibia por encima. Sensaciones tan dispares y tan seguidas hacen que le inunde el placer. 
Se le dificulta mantenerse en posición horizontal sobre la alfombra, porque se mueve como un muñeco eléctrico al compás de mis besos y de mi lengua.  No dice nada, pero yo sé que no quiere que pare. Así que sigo con este "tratamiento" de calor, frío, calor... 
Voy hacia sus pechos y hago reaccionar sus pezones; luego vuelvo a la mitad del cuerpo y...   le toca el turno al estómago, al ombligo, su vientre. "Algo" me dice que está a punto de estallar e imagino cuál es su deseo. Así que decido no cumplirlo y continuar el tratamiento sobre muslos, rodillas, pantorrillas, pies.

Dejo el poco hielo que me queda, y con la mano helada comienzo a acariciarle de abajo hacia arriba, teniendo cuidado de no rozar siquiera lo que él quiere que tome de una buena vez para permitirle descargar toda esa pasión acumulada. 
 
A mi mano helada la sigue la otra mano, caliente de tanto roce. Comienzo nuevamente a recorrer su cuerpo hasta que inevitablemente y sin escala previa me topo con algo que está... ¡paradísimo!
Su miembro parece dolerle por la dureza y está punto de estallar, y a su manera me implora que lo atienda.  Así lo percibo y excitada por mi propia excitación lo tomo entre mis dos manos para acariciarlo despacio y sin pausa, desde su base hasta la punta en un ir y venir cadencioso.
Una de mis manos se posa sobre sus testículos suaves a causa de la depilación, mientras la otra recorre todo el largo de su miembro duro y caliente, colorado y venoso. La abarco en mi palma envolviéndola como para regalo,  dejando cuidadosamente al descubierto la cabeza roja, que es el fiel reflejo de la mejor fresa.
 
Mis labios entre abiertos desean ese pene tan erecto...  mis ansias también. Pero mi instinto de verdugo implacable decide hacerlo sufrir un ratito más antes de devorarlo.
Stephan se da cuenta de mi juego, de mi malicia, de mi tortura intencional hacia él. Mis ojos lo miran y me delatan.  Mis labios esbozan una sonrisa traviesa que no puedo disimular y… ¡mi fin es inminente!
No sé cómo hace para ponerse de pie tan rápido. Me toma de una oreja y yo también me levanto veloz, con una agilidad y rapidez que hasta a mí me asombra.  No me dice una palabra, sólo se sienta en el enorme sillón y me acomoda sobre sus rodillas para comenzar un sinfín de azotes con su mano dura y recia.  Mi colita toma rápidamente el color y la temperatura de las llamas de la estufa. ¡Plas, plas, plas, plasss!
Ahora se detiene y siento que se inclina.  ¿Qué está buscando?
 
- ¡Ayyyyyyyyyyy!  ¡Nooooo!  Con el cinto no Stephan, ¡por favor!
¡Zas, zas, zas!  El cinto doblado silba en el aire y cae sobre mis nalgas haciéndolas temblar. Las lágrimas comienzan a correr veloces por mi rostro. Le pido, le suplico, le imploro que pare de castigarme de esa manera. Pero no; él hace caso omiso a mis palabras. No me oye, no me escucha, no le importa nada, sólo castigarme duramente por haberlo hecho sufrir y esperar tanto por un placer que quería obtener de inmediato.  Lo que más le molesta es que lo hice a propósito, que me reí de él en su cara, y eso es lo que me está haciendo pagar. Y ¡de qué manera!  Su furia es tan grande como la excitación que siento bajo mi vientre mientras me muevo más de lo necesario para frotarme contra él y mantenerlo así.  Me gusta sentirlo de esta forma: hombre, fuerte, varonil y sumamente excitado.  Por eso lo provoqué hasta llegar a este punto; él lo sabe y se está cobrando como sólo él sabe hacerlo.
No sé cuántos azotes recibo, pero está más de media hora azotándome sin tregua. 
De pronto, sin previo aviso para de azotarme, y comienza a frotarme las nalgas, rojas, hinchadas y cruzadas por las marcas del cinto.  Con su voz gruesa y demandante me ordena:
- Ponte de rodillas entre mis piernas y termina lo que comenzaste. ¡Ya!
Obedezco en silencio. Su orden no es tal, porque es lo que yo deseo hacer. Así que, con mi libido a mil, se me torna insoportable esperar más, y mis labios temblorosos por la excitación se posan sobre su miembro para saborearlo de a poquito. Primero la puntita, de inmediato y como por arte de magia la hago desaparecer hacia el interior de mi boca húmeda y tibia.   Le siento suspirar, ensayar un leve gemido de placer, y comienzo a lamerla suavecito y con cuidado como con miedo de romperla.  Emite quejidos indescifrables y se sigue retorciendo sentado en el sofá, ahora con más fuerza.  Me toma la cabeza con las dos manos y acompaña mis movimientos como en una danza africana,  al tiempo que mueve las caderas y no deja de pronunciar palabras indescifrables, que solo él es capaz de entender.
 
Me esfuerzo por que no estalle aún y hacer éste momento eterno. Con todo su miembro en mi boca, las idas y venidas son lentas, prolongadas, apasionadas, llenas de lujuria, dadas con una maestría tal que me parece imposible. Recorro cada centímetro de su pene degustándolo como al helado más rico. Me gusta hacerlo y lo siento enorme dentro de mi boca.
 
Todo esto me lleva a tal grado de excitación que mis pezones están duros y también piden atención.  Él se da cuenta y me acaricia. Sus manos recorren mis pechos, mi cadera, mi rostro que atrae hasta él y nos unimos en un beso ¡interminable! Nuestras lenguas se entrelazan así como nuestros cuerpos. Estamos ansiosos, expectantes, excitadísimos, ardientes como nunca. 
En este momento no sé qué pasa por su cabeza, qué lo lleva a tomarme de un brazo de forma bastante brusca y casi arrastrarme por las escaleras hasta la habitación, donde me arroja encima de la cama y sin más comienza a darme una nalgada tras otra con su mano abierta.  ¡Pica, arde, duele! Siento todo el escozor de los golpes en mi piel. No son caricias precisamente, sino que baja su mano y me golpea las nalgas con toda la fuerza de la que es capaz. Me asusto, no entiendo porqué lo hace, así que cuando me da una tregua, con las lágrimas que me brotan sin parar,  le pregunto entre sollozos:

 

-          Pero… ¿porqué Stephan?  ¿Qué hice ahora?
-          No hiciste nada en particular.
-          ¿Entonces?  ¿Por qué me azotas así?
-          Porque no necesitas hacer algo para que te azote; porque se me viene en gana; porque tengo deseos de azotarte; porque me gusta tu culo colorado como la amapola, y… porque sí!  Déjame verte…

 

Parado detrás de mí, comienza a amasar mis carnes rojas y ardientes con sus manos, que son como un bálsamo para mis doloridas nalgas.  En ese vaivén de caricias, lleva lentamente sus dedos hasta mi entrepierna, percibiendo de inmediato mi humedad.  Juguetea con mi clítoris, lo retuerce, me hace estremecer mientras que con la otra mano mete y saca sus dedos de mi vagina.  Estoy a punto de explotar de placer, gimo y me retuerzo sobre la cama.  Stephan me conoce profundamente, y cuando estoy por sentir los primeros espasmos… me levanta de la cama de golpe y me lleva hacia el escritorio, donde me coloca con el vientre sobre él, con las piernas algo abiertas.

 

Sigo sin entender, pero cuando me doy vuelta, veo que en su mano sostiene… la temible cane!  Actúa con tal celeridad que no me permite hablar y suelta el primer varazo.  Me incorporo levemente por la sorpresa más que por el dolor.  Stephan colocó varios espejos por toda la habitación, de forma tal que siempre puedo ver cómo me azota y presentir el golpe antes que llegue.

 

Veo bajar la cane una y otra vez.  La apoya contra mis nalgas,  la separa solo unos centímetros, como para medir el golpe, por dos o tres veces y… asesta el golpe en el lugar exacto que él quiere.  Al poco rato mi culo está rayado de tanto azote y yo ya no resisto más.  Lo miro como suplicando y él decide parar y consolarme.  Me levanta del escritorio, me toma entre sus brazos y me acaricia tiernamente.  Quiero que este momento no termine.

 

Me conduce hasta la cama y me coloca encima de él. Me acaricia las piernas sintiendo el final de mis medias y el comienzo de la carne "al natural".   Eso me excita aún más, si es eso posible...  Y me doy cuenta que sí lo es, porque puesta sobre él en perfecto ángulo recto y con unos deliciosos movimientos, logramos llegar al mejor orgasmo jamás soñado por mí.
Ana Karen Blanco

9 de noviembre del 2005