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Relatos de azotes

El don (segunda parte)

Por: Amadeo Pellegrini  

La ansiedad me poseía. Padecía un desasosiego inexplicable y poco frecuente en mi, que -no sin esfuerzo- he logrado controlar bastante bien las emociones. Sin embargo en esa oportunidad el contenido del paquete que llevaba conmigo me urgía a volver cuanto antes.

En otras circunstancias, para regresar a casa, hubiera optado por el ómnibus o el subterráneo, en la ocasión la prisa me impulsó a ocupar el primer taxi libre que se cruzó en mi camino. 

No bien dejé el paquete sobre el escritorio,  tomé los acostumbrados recaudos, que pueden parecer nimiedades, sin embargo son los que convienen para alcanzar el punto óptimo de concentración mental.

Ante todo relajamiento corporal, para lo cual, lo más apropiado es tomar una ducha tibia,  después vestir ropas livianas y holgadas.

Luego del baño me ocupé de cerrar las ventanas, bajar las persianas y  correr las cortinas para amortiguar los ruidos exteriores y filtrar el paso de la luz, encendí también el equipo de audio que inundó la habitación con el suave arrullo de los clásicos.

Cumplidos todos esos pasos rituales previos, me arrellané en el sillón y procedí a desatar el envoltorio…

Cerré los ojos, extendí las manos y palpé la fusta… Un cúmulo de sensaciones se agolpó en mi cerebro… 

Debo explicar qué es lo que ordinariamente sucede cuando entramos en contacto con un transmisor, se trate de una persona o  de un objeto inanimado. En cualquiera de los dos casos la mente se abre como la pantalla de un televisor y las imágenes se suceden sin orden ni concierto.

Ocasionalmente, se adhieren a las imágenes voces, sonidos, olores o sabores porque, si bien la percepción en sí misma tiene lugar fuera de los sentidos o por sobre ellos, estos contribuyen a racionalizarlas después, porque se recibe una especie de puzzle, algo así como un rompecabezas de figuras que luego hay que ordenar y recomponer valiéndose de los sentidos.

La primera y más contundente de las representaciones que percibí al instante de entrar en contacto con la pulida superficie de cuero fue el rostro de una mujer bellísima que expresaba un profundo sufrimiento, a ésta le siguieron una multitud de flashes mentales, que me sumieron en profundo estado de estupor.

No pecaré de reiterativo, diré solamente que, por primera vez en mucho tiempo, me costó sobreponerme al pasmo que el experimento me causó. Tampoco aburriré con el relato acerca del método con que fui recomponiendo las sensaciones hasta completar el cuadro emitido por la fusta. Para conocimiento de los lectores a continuación transcribiré los primeros apuntes que fui tomando:

Imagen recurrente: Mujer joven, no más de veintinueve o treinta años de edad, cabellos negros, tez blanca, ojos celestes, posiblemente miope, usa anteojos, rostro ovalado, boca regular.

Señas particulares visibles ninguna. Expresión de sufrimiento moral, no físico.

Lugar: Habitación de paredes color crema, dos retratos  enmarcados, dormitorio, cama y mesas de noche estilo provenzal, cobertor azul claro. Ventana y postigos abiertos, cortinas al tono.  Sugiere espera. Sensación: desconsuelo

Imágenes difusas: Mismo lugar, cuerpo femenino desnudo tendido en la cama decúbito ventral, sábanas en desorden, rostro invisible oculto en la almohada ropa de vestir sobre una silla. Ventana cerrada, cortinas corridas. Una silueta masculina fuera del campo visual. Sensación:  abandono, amenaza, entrega…

Imágenes disgregadas: Colillas de cigarrillos en el cenicero de cristal sobre la mesa de noche. Un libro abierto y encima un par de anteojos. Ropa interior femenina en el suelo junto al calzado. Sin presencia humana. Sensación: angustia, perturbación.

La copia precedente es apenas un resumen incompleto, sólo para mostrar la manera como se presentan las percepciones extrasensoriales.

Desde luego, las sensaciones anotadas corresponden a las experimentadas a medida que las distintas imágenes desfilan por el cerebro, también cabe señalar que la memoria las guarda y pueden evocarse después a voluntad, pero no así las sensaciones y emociones que son irrepetibles, porque se experimentan por única vez. 

Las vibraciones que emanaban de la fusta, a medida que recorría lentamente su superficie con la yema de mis dedos, me iban revelando el gran  sufrimiento padecido por esa enigmática mujer.

Un sufrimiento de naturaleza moral por la pérdida de un bien muy valioso, vinculado a un extinguido dolor corporal, porque las vibraciones delataban también que su cuerpo había recibido azotes con ese mismo instrumento.

Su figura tendida de bruces en la cama deshecha, desnuda así como la presentida silueta masculina en la habitación no dejaban  margen posible de error. El esfuerzo por desentrañar aquellas incógnitas me dejó exhausto. Caí en un estado de agotamiento tal que perdí la conciencia por espacio de varias horas.  

Junto con el conocimiento, recobré la lucidez; tuve entonces la certeza que no había sido la casualidad la que había puesto en mis manos aquella fusta, sino que ella había atraído mis pasos hasta el anticuario de San Telmo donde se hallaba expuesta.

De inmediato vinieron a mi mente algunas ideas relativas a las funciones del dolor. Una de las principales es que constituye una señal de advertencia sobre la presencia, inmediata o potencial, del mal. De acuerdo a ella, el dolor se transforma en un medio de comunicación.

Comunicación que puede ser de carácter sensible, sea visual, auditiva o táctil, pero también de naturaleza suprasensible, es decir intuitiva.

Cuando el dolor adquiere una intensidad mayor se transforma de simple comunicador en activo demandante de auxilio.

Estaba claro. ¡Un pedido de socorro me llegaba por conducto de la fusta! 

Desde algún ignoto lugar, una mujer, de extraordinaria belleza, reclamaba mi ayuda. 

Por cierto, ella no sabía de mi existencia, como tampoco había grabado su pedido de manera consciente. Pero la fusta que tenía en mis manos equivalía al mensaje en la botella que el náufrago en un último y desesperado gesto arroja al mar con la ilusión que alguien la encuentre y acuda a rescatarlo.

Podía renunciar a esa empresa, porque en una ciudad como Buenos Aires, que unida al conurbano, forma un conglomerado humano de once millones de personas, dar con una mujer de la que sólo se conoce el rostro. resulta una tarea para anormales.

El sentido común me decía que dejara las cosas como estaban. Después de todo. ¿Quién podría reprocharme que colgara la fusta como adorno en una de las paredes y me olvidara de todo lo demás? Últimamente ya era mía, la había adquirido legítimamente, no tenía por lo tanto ninguna obligación de ocuparme de nada más. 

Con esfuerzo abandoné mi sillón favorito, para cambiar de ropa y bajar a cenar. Aunque, más que apetito sentía la necesidad de abandonar esa atmósfera opresiva que yo mismo había provocado.

En la calle, decidí ir a un restaurant más alejado para obligarme a caminar. Andar por las calles un poco al azar es la actividad que me permite ventilarme y tomarle el pulso a la ciudad.

Para mi las caminatas constituyen una sana costumbre que, además de oxigenarme los pulmones me ayudan a descomprimir la mente al inducirme a mirar y pensar cosas distintas.

Sin embargo esa noche sólo me sirvió para henchirme los pulmones porque la dueña de la fusta mantuvo permanentemente ocupado mi cerebro, a punto tal que ni siquiera la comida, que eligió por mi el mesero, consiguió alejar de mi su imagen.

Cada vez que la puerta se abría para dar paso a nuevos comensales, levantaba yo la vista impulsado por el pensamiento mágico de verla entrar y acercarse hasta mi. 

Al regreso, en uno de los kioscos de Corrientes que cierran pasada la medianoche compré una revista, con la intención de leer algo antes de apagar la luz.

Ni siquiera la abrí, tampoco apagué la luz, me quedé tendido en la cama mirando el cielorraso, hasta que dejé de sentirme confundido e indeciso al pensar que pocas veces en mi vida había sido desdichado, pero  si no daba con aquella mujer, estaba seguro que lo sería por el resto de mi vida… Esa convicción me hizo sentir afligido e impotente.

Las posibilidades de dar con ella eran prácticamente nulas, lo sabía muy bien, no obstante emprender una tarea aun de resultados inciertos sirve para alimentar las esperanzas y éstas para amortiguar la aflicción, por ese motivo, la aflicción se transforma en estos casos en fuerte estímulo.

De modo que tomé la decisión de encontrarla. Recién entonces apagué la luz.

(Continuará)

El don

Por: Amadeo Pellegrini  

In memorian G.H.E. 

Todas las personas  traen, desde la cuna, al menos algún don particular, es decir alguna cualidad, aptitud, talento o disposición especial. De ese modo existen personas muy dotadas para las artes, o las matemáticas, o el trabajo manual, etc. Los dones a su vez son innumerables, los hay elementales o complejos,  unos son más comunes o frecuentes que otros, pero todos ellos resultan dones al fin.

Cuando en una persona su don principal alcanza un desarrollo gigantesco, acostumbra a decirse de él que se trata de un “superdotado”, como lo fueron Beethoven, Bach, Mozart y tantos otros genios de la música, por otra parte a los que no alcanzan un grado aceptable de desenvolvimiento de sus aptitudes se los llama “infradotados”.

Normalmente los dones se ponen de manifiesto a muy temprana edad y, si se tiene la suerte de crecer en un medio propicio, comienzan a desarrollarse de manera rápida, dando lugar a casos de precocidad.

Me ocupo de esto, porque el mío es algo bastante fuera de lo común, pues vine a este mundo con el don de la percepción extrasensorial.

Para quienes no están familiarizados con el tema debo decir que consiste en llegar a conocer o descubrir algo por una vía distinta a la de los sentidos. La persona que lo posee adquiere conocimientos sin la intervención directa  del tacto, la vista, el olfato, el oído o el gusto.

Vulgarmente se suele hablar de “sexto sentido” o “premonición” otros con más precisión agrupan y designan los casos bajo el nombre de “fenómenos paranormales” .

Muchos estudiosos han destinado enormes esfuerzos a desentrañar y explicar estos fenómenos, produciendo  innumerables obras científicas que los desmenuzan y teorizan acerca de ellos.

No deseo abrumar a nadie con la exposición de tales teorías, simplemente me propongo contar mi historia.

Mi percepción extrasensorial se manifestó tempranamente. No tenía más de seis años cuando “vi” morir a mi abuelo paterno que residía a más de 200 kilómetros de nuestro hogar.

Sucedió así: estaba durmiendo y soñé que mi abuelo Juan caía al suelo y no se movía. Me desperté en el acto sabiendo que estaba muerto, entonces me puse a gritar: ¡El abuelo está muerto! ¡El abuelo está muerto!  

Al instante acudieron mis padres para tranquilizarme.

-Es una pesadilla, querido -decía mi madre tratando de calmarme.

-Si, estabas soñando… Aseguraba mi padre.

-¡Está muerto! ¡Lo vi!  ¡Lo vi! – continuaba insistiendo yo.

Media hora más tarde sonó el teléfono en el vestíbulo. Papá fue a atender la llamada y al cabo volvió para confirmarnos que su padre acababa de morir de un infarto.

Otra oportunidad en la que sucedió un caso parecido, fue viajando en tren, tendría entonces unos ocho años cuando de pronto “vi” como un automóvil atropellaba a nuestro perro, lancé entonces un grito que sobresaltó a los pasajeros del vagón.

-¡Lo mataron al Cachilo!... ¡Fue un auto verde!... ¡Lo pisó un auto verde!...

Ese hecho también se confirmó, aunque no el detalle del color del auto, puesto que quienes se acercaron al perro no consiguieron ponerse de acuerdo sobre el tipo de vehículo que lo había atropellado. Se trataba de una calle muy transitada a esa hora y los presentes prestaron sin duda más atención al animal herido que no tardó en morir que al automóvil, que continuó la marcha.

Después de este episodio me pusieron en manos de un psicólogo para que me liberara de posibles sentimientos de culpa por ambas muertes.

Esa sabia decisión de mis padres resultó muy acertada, pues el terapeuta me hizo comprender muchas cosas y me estimuló para que desarrollara esa facultad. Gracias al tratamiento aprendí a valorar mis percepciones y más adelante a cultivarlas.

Podría llenar páginas enteras relatando casos en los que utilicé mi don. Uno de los primeros usos que di a esa facultad fue para  encontrar objetos perdidos, para “descubrir” el juego de mis adversarios, para “adivinar” el número  que iba a extraer, cuando jugábamos a los naipes o a la lotería familiar.

Los que no tienen mayores conocimientos se detienen sólo en los aspectos anecdóticos de la cuestión, porque ignoran los esfuerzos de concentración mental que exige activar los mecanismos del cerebro para descifrar las percepciones con el auxilio de los demás sentidos, en especial el del tacto, tanto como el agotamiento que sobreviene después.

Porque resulta difícil concebir que el esfuerzo mental requerido vaya acompañado por un enorme dispendio de energía física, como ocurre por ejemplo, para captar un mensaje subliminalmente transmitido por una persona distante o capturar e interpretar las ondas emitidas por los objetos bajo determinadas condiciones.

Es un hecho comprobado también que en algunas oportunidades las percepciones extrasensoriales afloran naturalmente en el sujeto sin esfuerzo alguno,  sin necesidad tampoco que ponga nada de su parte para  activarlas o emplearlas. Esto suele suceder cuando la energía transmisora resulta muy potente y “golpea” al receptor.

Por último, a aquellos que envidian el don de la percepción extrasensorial, he de decirles que quien lo posee, padece paralelamente la condena de la soledad.

En efecto, a la mayoría de ellos, por obvias razones, les resulta muy difícil mantener relaciones afectivas intensas y permanentes. Aunque, no necesariamente la soledad los convierte en seres desdichados muchos, como Leonardo Da Vinci, la vuelcan a la creatividad.

He mencionado relaciones afectivas permanentes y estables, no relaciones sexuales. No quiero ofender la inteligencia de los lectores con mayores precisiones sobre esto.

En mi caso particular reparto mi vida entre las actividades profesionales que me proveen de relaciones tanto como del sustento material indispensable, con las culturales que rellenan mis vacíos existenciales.

Tal combinación me ha permitido sobrellevar las carencias afectivas. Porque debo decirlo, también añoro las delicias de un verdadero hogar. En ese sentido comparto como verdad indiscutible el precepto bíblico que no es bueno que el hombre esté solo.

En una época traté de formar pareja estable, lo logré o creí lograrlo, pero por corto tiempo, todas las tentativas resultaron efímeras, de manera que me resigné al sino de la soltería. 

Mis apetencias culturales marchan al vaivén de mis recursos económicos. Cuando engrosa la cuenta bancaria los deseos se transforman en viajes cuyo destino y duración guardan relación directa con el monto de los caudales disponibles. A medida que estos  merman, mis aspiraciones se limitan a visitar museos,  concurrir a conciertos, conferencias o estrenos teatrales y cinematográficos. Finalmente cuando el dispendio aproxima las reservas a niveles cercanos al cero, entonces mis gustos terminan reducidos a largos paseos por la ciudad e interminables visitas a las librerías de viejo, donde invariablemente doy con alguna obra que me conduce al sillón de mis ocios. 

En la época que comienza el relato de esta parte de mi vida, concluía un viaje de un mes  repartido entre San Petersburgo y París, lo que equivale a decir que mi espíritu estaba pletórico con las visitas al Palacio de Invierno y al Louvre, pero el estado de  mis arcas daba lástima.

Retornar a la actividad cotidiana en Buenos Aires luego de ese tour me reconfortaba, pues conviene alejarse un tiempo de los sitios familiares para recuperarlos luego y descubrir cosas nuevas.

Me sentía feliz de caminar despreocupadamente por la Avenida de Mayo con sus edificios emblemáticos, el Barolo, el Tortoni, La Prensa … Recorrido que incluía paradas en las mesas de dos o tres librerías de viejo para terminar con un café en una mesa del London, donde Cortázar ambientó el comienzo de su novela “Los Premios”.

Desplegué el diario, a la espera del café que bebería con toda la calma, hasta decidir luego el rumbo a tomar…

Eludí el imán de Florida, atestada a esa hora por un enjambre de gente y bajé hasta Bolívar para seguir por allí, donde sólo me entretuve apenas en la Librería de Ávila, antes de internarme por Defensa en el corazón de San Telmo.

San Telmo, cuyo epicentro está en la plaza Dorrego, es el equivalente del Marché aux Pouces de París, de Portobelo Road de Londres, de la Feria de la calle Tristán Narvaja de Montevideo, del Rastro de Madrid o del Mercadillo detrás de la iglesia de la Resurrección de San Petersburgo, no se parece a ninguno pero comparte el encanto mágico de todos ellos.

Normalmente visito San Telmo los fines de semana, en las horas que se habilitan los tenderetes en la plaza, donde se puede regatear y con suerte hacer algún hallazgo o conseguir alguna ganga.

Pero ese día laborable llegué, sin proponérmelo, hasta la esquina de Humberto Primo. Creía que la casualidad me había llevado allí, pero ni bien ascendí a la vereda y alcé la vista, los latidos de mi corazón se aceleraron al comprender que no había sido el azar sino una fuerza poderosa la que me había guiado  hasta ese objeto que desde la vidriera reclamaba mi atención.

Era una pequeña fusta, corta, íntegramente confeccionada en cuero; la  empuñadura tenía el grosor aproximado de mi dedo pulgar, su extremo opuesto remataba en dos finas lengüetas de unas cinco pulgadas de largo.

Se las conoce como  “Fustas de Dama” porque forman parte del conjunto de equitación de las amazonas. Suelen constituir además verdaderas joyas de artesanía, con puños de oro, plata o alpaca finamente cincelados, las hay también con empuñaduras de marfil o ébano tallado.

La que mantenía en vilo mis sentidos, era muy sencilla, a la par de las otras que he mencionado hubiera resultado insignificante. Sin embargo para mí superaba a todas las demás juntas porque desde el momento que la vi supe que me estaba destinada.

Entré al anticuario decidido a llevármela despreocupándome del precio que pretendieran por ella.

-Es una fusta excelente. –Dijo el vendedor al darme el precio, yo asentí con la cabeza-. Parece un juguete sin embargo es sólida y flexible. Examínela.

Rehusé con un gesto porque tenía la garganta seca, no obstante conseguí responder:

-No es necesario, la llevo. Pagué y salí con mi tesoro bien envuelto en papel grueso como le había pedido al vendedor. Mis manos no la habían tocado en ningún momento, ya tendría tiempo en casa de conocer todo lo que la fusta tenía para decirme y por qué me había llevado hasta ella.   

(Continuará) 

Disciplina Doméstica

Autora: Mayte Riemens

 

Mi esposo era un hombre estricto y chapado a la antigua. Desde que éramos novios me corregía algunas de mis faltas y me decía que tenía suerte de que aún no estuviéramos casados. Yo reía y le preguntaba que qué me haría si ya fuera mi esposo. Ya lo sabrás, me decía. Cuando me pidió matrimonio, me dijo que, antes de aceptar, yo debía leer un documento que él había preparado, pues no quería que hubiera malos entendidos ni tuviera algo de qué arrepentirme, una vez que estuviéramos casados. Me dio el documento en un sobre cerrado y me dijo que lo leyera cuando estuviera a solas, al día siguiente ya le diría yo si aceptaba casarme con él.

A solas en mi habitación de la casa de mis padres, leí las cuatro páginas que mi novio me había entregado. En ellas me explicaba que me amaba intensamente, pero que creía que ningún matrimonio podía sobrevivir, aún cuando hubiera amor, si las peleas y las discusiones rompían la armonía de la convivencia diaria. Me decía que yo era una chica encantadora, pero también caprichosa y, a veces, algo irresponsable y poco juiciosa. Me amaba así, pero por mi propio bien, debía modificar algunas de esas conductas y procurar erradicarlas de mi carácter. La carta continuaba diciendo que él estaba dispuesto a modificar aquellos defectos que a mí me molestaran, que yo era libre de hacérselos notar y que si él no procuraba modificarlos, que yo estaría en todo el derecho para reprochárselo, sin que él se molestara por ello. Así, también yo debía someterme a la corrección de mis errores y defectos, pero para mí, él proponía un sistema diferente a las palabras. Entonces exponía con todo detalle el método que emplearía:

Cuando cometas alguna falta, te lo haré notar con seriedad y firmeza, pero con respeto y sin gritos ni frases hirientes. Tú podrás alegar lo que convenga a tu favor, pero si no existiera una justificación razonable, tendré que castigarte y así te lo haré saber.

Cuando tú escuches de mis labios la frase “Tendré que castigarte” Te irás a la habitación, te descubrirás completamente el trasero y te colocarás sobre la cama, con un par de almohadones bajo el vientre. Entonces yo iré hasta ahí y te aplicaré el correctivo que corresponda, de acuerdo con la falta que hayas cometido.

La severidad podrá ser desde moderada hasta muy alta, dependiendo de tu falta.

El castigo consistirá en azotes en las nalgas que, dependiendo de tu falta, podré aplicarlas con la palma de mi mano, con un cepillo o paleta de madera o con mi cinturón.

El número de azotes será de un mínimo de veinte y un máximo de 100, dependiendo, otra vez, de la falta que hayas cometido.

Cuando el castigo haya sido aplicado, pasarás un rato reflexionando sobre tu comportamiento. De pie, sentada o de rodillas ante un rincón, con el trasero desnudo, exhibiendo con vergüenza el resultado de tu mal comportamiento. El tiempo de reflexión podrá variar, pero nunca será menor a diez minutos.

Al finalizar el castigo, prometo no volver a mencionar el problema ni te guardaré ningún rencor, pero tú también deberás prometer lo mismo.

Para evitar malos entendidos y resentimientos, es importante detallar cuáles son los comportamientos que serán motivo de castigo, así como su  gravedad y el correspondiente grado de severidad del castigo

Faltas leves que serán castigadas con moderada severidad:

Faltar a tus obligaciones domésticas

Ser díscola, grosera o poco amable conmigo

Callar algún disgusto que yo te haya provocado

No atender tus propias necesidades

Faltas graves que serán castigadas con severidad media

Mentirme

Llegar a casa después de las once de la noche

Salir de casa sin avisarme

Hacer berrinches, gritar o enfurecerte, en lugar de hablar con respeto y procurando resolver los problemas

Hacer gastos tontos o no cuidar el dinero de la familia

Desobedecerme, a menos  que exista una razón totalmente justificable

Faltas muy graves que recibirán el castigo más severo

Coquetear con otros hombres

Resistirte al castigo

Faltarme o faltarte al respeto

Hablar de este método con cualquier persona

Guardar resentimientos o rencores por un castigo recibido

Persistir en una conducta por la cual ya hayas sido castigada

Es importante que sepas que, si durante el castigo, tu comportamiento no es el adecuado, podrías recibir hasta 20 azotes extra, incluso sobre el máximo de 100. También el castigo en el rincón podría hacerse más severo, no por tiempo, pero sí por agregarle algunas variantes para hacerlo más incómodo o vergonzoso para ti.

 Nunca te daré más de dos zurras en un mismo día, pero si durante el día merecieras un castigo más, se pospondrá hasta el día siguiente.

Cuando hayas cometido alguna falta y yo no lo sepa, tú misma podrás solicitar el castigo, incluso, en caso de que yo no quiera aplicarlo, tú podrás exigirlo. Nunca te dejaré sin un castigo que tú o yo creamos que mereces.

Los castigos siempre serán aplicados en las nalgas desnudas, así evitaré sobrepasarme o ser demasiado flojo al castigarte, pues podré monitorear el estado de tu piel y evitar un daño extremo o el que el castigo no sea efectivo. El método se basa en el amor y en la confianza, quiero que sepas que jamás abusaría de ti ni te causaría un daño grave o irreversible.

Quiero que quede bien claro, que esto no implica que quiera someterte a mi voluntad ni que nuestra relación deba cambiar en ningún aspecto. Tú eres libre para seguir haciendo lo que siempre has hecho, para comportarte como hasta ahora lo haces, pues mi método es para evitar conflictos conyugales, peleas y discusiones que podrían dar al traste con nuestro matrimonio y, de ninguna manera, para dominarte, atemorizarte  o convertirte en un títere de mi voluntad.

Cuando terminé de leer, estaba sorprendida, confundida y… muy excitada. Jamás habría podido atreverme a confesarle a Lázaro que me excitaba la idea de ser nalgueada por él. Ahora su carta llegaba como caída del cielo, me llenaba de emoción y me hacía prometerme una vida conyugal deliciosa y llena de los placeres más extraños y sensuales. Pero también, me impedía confesarle mi secreta fantasía. Si yo le decía que me excitaba ser castigada, su método perdería toda efectividad, al menos a sus ojos, y quizá lo desechara. Lo pensé toda la noche, leyendo y releyendo su carta, excitándome con la lectura, con la imaginación de lo que mi vida de casada me traería. Por la mañana había tomado decisiones: por supuesto, aceptaría casarme con él y aceptaría que su método de “armonía conyugal” fuera aplicado, pero nunca le confesaría mis fantasías, recibiría los castigos como quien no los desea, como quien los sufre y se arrepiente de sus actos. Quizá eso tuviera una miel especial y aderezara aún más las delicias que se me prometían.

Tres meses después, nos casamos. Un par de meses después de que volvimos de la luna de miel, decidí que era momento de experimentar. Una mañana, Lázaro me fue a buscar a la cocina y me reprochó con aire serio y grave alguna tontería doméstica. Yo reaccioné como verdadera feminista y lo mandé a paseo con sus exigencias. Le dije que si quería las camisas bien planchadas, que se ocupara él mismo o me consiguiera más ayuda doméstica… en fin, todo un berrinche armado con profesionalismo impecable.

- Habíamos hecho un trato, María. Y lo aceptaste con todo lo que implicaba. Ahora estás desobedeciendo me estás faltando al respeto y eso es ya una falta grave. ¿Sabes cuál es el castigo para eso? – Sentí un delicioso escalofrío y una punzada en la vagina. Me estaba excitando muchísimo el regañito. Hice un puchero y comencé a llorar.

 

- ¡No, Lázaro! ¡No me castigues! ¡Por favor! - le rogué paladeando con deleite cada palabra

Ahora estás resistiéndote al castigo, María. Ya conseguiste dos castigos muy severos. Tendrás uno hoy y otro mañana.  Vamos. No sigas con esto – hablaba con amabilidad, pero se mostraba inflexible – Ahora se me hace tarde, pero cuando volvamos del trabajo, por la tarde, tendrás tu primer castigo por las graves faltas que has cometido. – Sollocé y me cubrí la cara. Realmente me sentía avergonzada, pues para él no era un juego y yo estaba haciéndolo por puro placer.

-          Cuando llegues de trabajar, te colocarás boca abajo sobre la cama, con las nalgas desnudas y tres almohadas bajo el vientre. Sobre la mesa de noche quiero que esté mi cinturón y la pala de madera de la cocina. Me esperarás así a que yo llegue. ¿Has comprendido?

-          Sí, mi amor – respondí llorando ocultando la cara entre las manos para que no me delatara una sonrisa de placer. Me hizo una caricia y se fue.

Durante todo el día disfruté del miedo y la excitación por lo que me esperaba, mi entrepierna se mantuvo húmeda todo el tiempo y, en el trabajo, no podía concentrarme pensando en el castigo que iba a recibir, finalmente, probaría, no sólo las nalgadas que tanto deseaba, sino también el cinturón y la paleta de madera. No imaginaba cómo me iba a doler eso, quizá fuera demasiado doloroso y no lo disfrutara, pero igual lo iba a sentir, pues Lázaro me iba a castigar, quisiera yo o no. Esa sensación de estar en sus manos y no poder evitar el castigo me excitaba todavía más. Tenía miedo y era delicioso sentirlo. Me escapé del trabajo un poco más temprano y llegué a casa emocionada, dejé mis cosas y me fui directo a la cocina a elegir la pala, por precaución no tomé la más grande y gruesa que tenía, sino una livianita, después fui al armario de Lázaro y elegí un cinturón, puse ambas cosas sobre la mesa de noche, coloqué tres almohadas en la cama y entonces, paladeando cada segundo, me levanté la falda y me bajé las bragas casi hasta las rodillas, después me coloqué en la posición de castigo. Estar ahí tumbada, con las nalgas levantadas y al aire me excitaba mucho, la espera se hacía larga, pero eso me excitaba todavía más. Esperé poco más de media hora, cuando lo oí entrar, la emoción me hizo liberar un sollozo y decidí que era lindo que me encontrara llorando pero dispuesta al castigo, así que dejé correr toda mi tensión con lágrimas. No me dijo nada. Se sentó en la cama y me acarició un poco las nalgas provocándome más sollozos.

-          ¡Lo siento, mi amor! ¡No me castigues demasiado duro, por favor! – le supliqué, deseando exactamente lo contrario. Comenzó a nalguearme con mucha fuerza, esas nalgadas eran duras, me ardían horriblemente, más porque mis nalgas estaban frías después de tanto tiempo de estar desnudas, pero resultaban mucho más deliciosas y excitantes de lo que yo había imaginado. Después de muchas nalgadas, por fin se detuvo y me acarició las nalgas enrojecidas y calientes, después atoró el vuelo de mi falda en la pretina.

-          Ahora ponte de pie frente al rincón, con las manos en la cabeza – me ordenó con amabilidad. Obedecí bañada en lágrimas y con la entrepierna muy húmeda. La vergüenza de aquellos diez minutos castigada me excitó todavía más. Me sentía absurda ahí parada, de pronto me pareció todo una comedia, como si los dos estuviéramos actuando para alguna cámara escondida. Pero era muy real, las nalgas me dolían y estaba siendo castigada. Sabía que la tunda no había terminado y además sentía a Lázaro tendido en la cama, mirando mis nalgas enrojecidas.

-          Espero que estés avergonzada, María – me dijo con severidad. – No es propio de una señora casada, toda una profesional, tener que pasar diez minutos castigada frente a un rincón, con las nalgas calientes en total exhibición, y las manos en la cabeza, como una niña malcriada.

-          Estoy muy avergonzada, mi amor – murmuré entre sollozos. Cuando pasaron los diez minutos, Lázaro me llamó.

-          Vuelve a colocarte para continuar con el castigo – me dijo. Yo obedecí totalmente enloquecida de pasión por aquel hombre severo e inflexible. Levanté lo más que pude mis nalgas y esperé.

-          Esto va a doler un poco más – me advirtió

-          Sí, mi amor. – le dije procurando que no notara lo excitada que estaba. Los azotes comenzaron. Lázaro había doblado el cinturón a la mitad y lo aplicaba con fuerza atravesando de lado a lado mis nalgas. Aullé desde el primer azote, apreté el cubrecama con toda mi fuerza para soportar el siguiente, sollocé adolorida y excitada como nunca y en medio de aquel paroxismo de placer y dolor, traté de contar los azotes. En el número veinte, sentí que no podía más y atravesé mi mano para impedir que continuara.

-          Quita la mano, María. No me gustaría golpearla. – me dijo. Obedecí temblando, el castigo se reinició pero a los pocos azotes volví a cubrirme

-          ¡Por favor! ¡Me duele mucho! ¡Perdóname! ¡Ya aprendí la lección! –supliqué. Por toda respuesta, sentí que Lázaro tomaba mi mano y me la sostenía a un lado de mi cuerpo, continuó el castigo y yo procuré no volver a mover las manos, pero me era casi imposible, pataleaba, me agitaba y me retorcía de dolor. Cuando se detuvo, sentía que las nalgas me ardían y las imaginaba del color del granate. Sollocé con fuerza y me froté un poco.

-          No te toques, aún sigues castigada. – me dijo con severidad – Ve otra vez al rincón. Arrodíllate de cara a la pared, las manos en la cabeza. – Obedecí bañada en lágrimas, gimiendo como niñita y deseando como nunca que aquel hombre me hiciera suya. Me coloqué en el rincón a cumplir otros diez minutos de castigo. Me preocupaba que la humedad de mi sexo escurriera por mis piernas y me delatara, así que apreté las piernas, lo cual debe haber resultado en la tensión de mis nalgas, que mi marido observaba mientras me hablaba otra vez de lo vergonzoso de mi posición y, sobre todo, de lo absurdo de mi conducta. Oí que salía de la habitación, pero no tardó en volver, se acercó a mí, me tomó ambas manos y me las hizo poner en mi espalda, yo lloré como niña arrepentida.

-          ¡Ya perdóname, Lázaro! ¡No me pegues más, por favor! – le rogué. No me respondió, se ocupó en atar mis muñecas, una con otra con el cinturón de seda de mi bata de noche. El nudo era suave, no me hacía daño, pero me sería imposible volver a cubrirme las nalgas durante el castigo. Un rato más de rodillas y me llamó de nuevo. Me levanté con dificultad, pues mis manos maniatadas no ayudaban a mi equilibrio. Me tomó del brazo y me llevó a la cama, pero en lugar de hacerme tender como antes, se sentó y me puso boca abajo sobre sus rodillas, como una niña pequeña que va a ser castigada por su padre. Me sostuvo firmemente rodeando mi cadera con su brazo y entonces comenzó a azotarme con la pala de madera. ¡Eso sí que dolía! Aquello era un verdadero castigo, incluso para mí, los golpes caían de lleno sobre mis ya lastimadas nalgas y no había nada que yo pudiera hacer para evitarlos. Lloré, grité, supliqué, pero Lázaro se aplicó seriamente en castigarme sin descanso, con ritmo y fuerza. Me dio quince azotes que me dejaron grandes cardenales. Cuando me levanté con su ayuda, mi cara estaba totalmente descompuesta por el llanto. Me dejó ahí de pie y atada de manos, mientras colocaba en el rincón un banco de madera alto, de los de la barra de la cocina.

-          Siéntate aquí – me ordenó. Me acerqué y con su ayuda y mucho dolor, me senté. Entonces me desató las manos. – No quiero tener que atarte otra vez, cariño. Pero lo haré si no aprendes a mantener tus manos fuera del área de castigo.

-          Sí, mi amor. Lo siento – murmuré. Me hizo poner las manos sobre mis rodillas y enderezar la espalda. Estuve ahí diez minutos castigada. Sintiendo mi clítoris saltar emocionado, cosquillear exigiendo ser acariciado…

-          Ya puedes levantarte, cariño. Por hoy hemos terminado. Mañana tendrás otra dosis… un poco más severa. Te aplicaré la máxima severidad, para que sepas a qué atenerte en el futuro.

-          Sí, mi amor. – le dije y me acerqué a besarlo. Le pedí perdón, le dije que el castigo me había hecho mucho bien y que, aunque ya había aprendido la lección, recibiría el del día siguiente con toda obediencia, pues sabía muy bien que me lo merecía. Lázaro me besó, me acarició suavemente las nalgas y terminamos haciendo el amor con la pasión más exquisita que jamás habíamos soñado.

 

 

LA PEOR PALIZA DE MI VIDA

Autor: Carlos Inchauspe 
Desde muy niño, mi madre me azotaba en las nalgas como castigo a mi mal comportamiento, éste se daba por períodos, eran épocas en las que yo me portaba especialmente mal, y entonces ella procuraba poner remedio a mi mala conducta con esos correctivos.
Cuando consideraba que yo merecía un escarmiento, me llevaba a la habitación y me tendía boca abajo sobre sus rodillas, parecía ser su posición preferida y, he de confesar que también para mí era una buena postura. Entonces me bajaba los pantalones, mientras yo simulaba algo de resistencia, y en seguida empezaba a azotar mis nalgas con la palma de su mano. La fuerza de aquellas palmadas iba en aumento y cuando parecía que ya no podía ser más terrible, mi madre se detenía, sólo para bajarme los calzones y dejar al aire mis ya coloradas nalgas. Los azotes entonces empezaban de nuevo, pero con mayor fuerza, sobre mi cola totalmente desnuda. Sus nalgadas eran realmente duras, de verdad dolían, y siempre seguía, más o menos, el mismo ritual. Me regañaba mientras me azotaba, me decía que era un malcriado, que si era necesario, me seguiría azotando hasta que ya fuera un hombre y que no era posible que fuera tan revoltoso y “sabandija”.
Recuerdo una de las peores palizas que recibí, tendría algo así como trece años. Un martes, en lugar de ir al colegio, me escapé con unos amigos y fuimos a pasear al centro de la ciudad, luego al cine y terminamos en el zoológico. No era la primera vez que lo hacíamos, pero para mí, y sobre todo para mi trasero, esa ocasión tuvo consecuencias terribles. Sin que yo pudiera saberlo, mi tía Natalia me vio paseándome por ahí, pero no me dijo nada sino hasta el jueves siguiente, que fui a visitarla a su casa, como hacía al menos una vez a la semana para pasar la tarde con ella y jugar con mis primos.
Aquella ocasión, mi tía estaba sola en casa, según me dijo, mis primos se habían ido a la plaza con la abuela y yo quise ir a buscarlos, pero tía Natalia me detuvo.
-          No, Carlos. Quédate acá que tengo que hablar seriamente con vos – La verdad es que no me preocupé, ni siquiera por aquello de “hablar seriamente”. Me senté a su lado en el sillón del living y esperé a que hablara.
-          ¿El martes fuiste a la escuela? – me preguntó. Procuré no mostrarme nervioso y, fingiendo seguridad, respondí:
-          Sí, tía ¿por qué lo preguntas?
-          ¿Estás seguro? – Su insistencia me hizo ver que seguramente ella me había visto por ahí, no tenía caso seguir mintiendo y podría resultar peor, así que le confesé la verdad.
-          Sabes que eso no se hace – comenzó a reñirme – Eso está muy mal, sabes lo que opina tu madre al respecto, y yo pienso igual – A estas alturas yo ya imaginaba la que me esperaba – Así que, como podrás imaginarte, Carlitos, no me queda más remedio que tomar alguna medida. – Yo ya estaba realmente asustado. No dije nada – Tenemos dos opciones y no son negociables – me dijo – Una es decirle a tu madre lo ocurrido… sabes que no le va a gustar nada y también sabes lo que va a hacer…
¡Claro que lo sabía! Si mi madre se enteraba me iba a dar la paliza de mi vida. Las cosas de por sí no andaban muy bien, pues era una de aquellas épocas en las que yo no paraba de hacer macana tras macana.
-          La segunda opción – continuó mi tía – es que no le digamos nada a tu madre pero, como los chicos y la abuela no van a venir hasta dentro de un largo rato, te pongas ya mismo sobre mis rodillas para darte tu merecido, porque de alguna manera tienes que entender, Carlitos
¡Uy, uy, uy! Ya antes, en aquel mismo sillón, mi tía me había dado un par de palizas, por orden de mi madre. A causa de mi mal comportamiento, mi tía me había puesto sobre sus rodillas y me había dado unas nalgadas en la cola desnuda. Pero, para ser franco, aquellas palizas habían sido más bien livianitas, bueno… no tanto, pero peor opción era que mi madre se enterara. Al menos, si mi tía me castigaba, podía tener la esperanza de que me diera unos cuantos azotes, más o menos fuertes, que me quedara el culito un poquito adolorido, y ya está, se acabó el problema. Fue un grave error de cálculo, pero respondí que aceptaba la segunda opción, a cambio de que mi madre no se enterara de nada. Mi tía aceptó el trato, o al menos me hizo creer que lo aceptaba.
Por lo general, la tía Natalia era una mujer tranquila, le gustaba hablar antes de aplicar cualquier castigo y a mí me tenía un cariño especial, así que supuse que todo saldría bien. Me pidió con toda calma que me bajara los pantalones y yo, como había aceptado el trato, obedecí. Me puso en sus rodillas y me hizo levantar la cola, entonces me dio un pequeño pero firme discurso sobre la disciplina. Después, comenzó a nalguearme con una fuerza que yo no le conocía. La verdad es que no me esperaba aquellos azotes, pero estaba dispuesto a aguantarme la tunda con dignidad, sabía que me la merecía, sobre todo por ser tan estúpido de haberme dejado ver, paseando en día de colegio.
Las nalgadas proseguían, yo las sentía cada vez más fuertes, mi pobre culo me dolía, lo imaginaba colorado y lo sentía ardiendo. La paliza no estaba resultando, ni de lejos, la tunda suavecita y amable que yo había imaginado. Empecé a dar algunos gritos de dolor y a pedirle a mi tía que no me pegara más, a decirle que había aprendido la lección y esas cosas.
-          ¿Te duele, malcriado? – Me dijo enfadada sin dejar de azotarme - ¡Me alegro que así sea! ¡Y no sueñes con que ya voy a parar porque recién voy comenzando! Y además – agregó – te tengo una sorpresa. Esta vez sí vas a aprender la lección.
Yo no estaba para sorpresas, no las que parecían poder aparecer en aquel momento en que mis nalgas me picaban y sentía los azotes cada vez más fuertes. Pero entonces mi tía se detuvo. Suspiré aliviado, creyendo, inocente de mí, que la paliza había terminado. Mi tía, sin dejarme levantar, buscó algo bajo los cojines del sillón y sacó una raqueta de ping pong, nuevecita.
-          Te dije que te voy a dar la paliza de tu vida, te aseguro que no la vas a olvidar jamás – me dijo y empezó a azotarme con la raqueta.         
No podía creer lo que dolía aquello, pero además me sentía tan avergonzado que ni siquiera era capaz de reaccionar. El dolor ya era tan terrible que me puse a llorar, al principio de manera discreta, pero después como niño pequeño en total desconsuelo.
Sentía la paleta estrellándose una y otra vez en mis nalgas y no atinaba a hacer nada, ni siquiera resistirme o agitarme, para evitar aquella lluvia de azotes sobre mi cola que, a esas alturas, empezaría a amoratarse.
Cuando por fin mi tía se detuvo, no me atreví a moverme, no sabía si iba a continuar, pero parecía que no. Me dolía terriblemente, nunca en mi vida me habían dado una paliza semejante, había durado como media hora y naturalmente yo estaba bañado en lágrimas. Empecé a frotarme las nalgas para aliviar un poco el dolor, pero entonces mi tía habló.
- Bueno, Carlitos, ahora la sorpresa que te prometí: ¿a que no sabes quién está aquí?
¡Noooo! Lo supe en cuanto mi tía preguntó aquello, pero no pude responder, pues entonces oí la voz de mi madre. Entre las dos me explicaron que apenas mi tía me había visto paseando en lugar de ir al colegio, había ido a contárselo a mi madre, quien se puso furiosa y decidió que era tiempo de detenerme a cualquier costo, pues mi mal comportamiento no podía seguir. Mi tía, sabiendo que todos los jueves yo iba a visitarla, propuso que esperaran hasta ese día y entonces me dieran una soberana paliza, de esas que no te permiten sentarte en cuatro días. Mi madre ideó que mi tía iniciara el castigo para “ablandarme” un poco y luego ella misma lo remataría. Yo escuché todo aquello temblando, pues de por sí ya no aguantaba el dolor en la cola y entonces, mi madre se sentó en el sillón, se arremangó la falda y  tomándome del brazo me hizo colocarme en sus rodillas.
-          Te está quedando colorado, como tomate bien maduro – comentó mientras me acomodaba el trasero para castigarme – Te puedo asegurar que esto te va a doler más a vos que a mí – me dijo. ¡Vaya frase célebre! La llevaré siempre en el corazón.
Empezó a nalguearme y lo siguió haciendo por un largo tiempo, que a mí me pareció una eternidad. Yo sabía que me lo merecía y pensaba que estaba bien que me castigaran así, creo que trataba de convencerme de ello para poder seguir soportándolo. Lloraba desconsolado, aullaba de dolor, gritaba que por favor parara, le decía a mi madre que de verdad ya no aguantaba… pero no había caso, mi madre estaba decidida a dejar las cosas en su sitio, a que mi cola terminara ardiendo y que yo no me pudiera sentar en varios días. ¡Y además me lo decía!
-          ¡Te puedo asegurar, Carlitos, que no te vas a poder sentar por largo rato!
Cuando se detuvo por fin, yo sentía que, además de mi culito, mi cara también estaba afiebrada por tanto llanto, por la vergüenza, el dolor, por la situación… me habían atrapado y no había escapatoria, debía ser valiente y seguir sometiéndome al peor castigo de mi vida.
Mi madre aún no terminaba, me hizo colocarme de rodillas en el sillón y entonces, mi tía me sostuvo con fuerza ambos brazos, obligándome a inclinarme hacia delante sobre el respaldo.
-          A ver, Carlitos, levanta la cola – me ordenó. Otra andanada de paletazos cayó sobre mis maltrechas nalgas que ya estaban como adormecidas, aunque no tanto como para no sentir un terrible dolor.
-          Así que faltando al colegio ¿eh? ¡Yo te voy a dar a vos! ¿Qué te crees? ¿Que soy estúpida? ¿Qué podés hacer lo que querés?
-          ¡Por favor! ¡No me pegues más, te lo pido! – le rogaba llorando -¡Me voy a portar bien!
-          ¡De eso no me cabe duda, malcriado de porquería! ¡Ya me tenés cansada! – Me reñía mientras los azotes caían sobre mi cola, uno tras otro con rapidez, sin darme tiempo siquiera a respirar entre uno y otro. Siguió y siguió hasta dejarme el culo totalmente morado y caliente… ¡ardiendo!
Cuando terminó, me dijo que esperaba que hubiera aprendido la lección y me advirtió que si me veía haciendo otra macana, la próxima paliza sería aún peor. ¡¿Peor?! ¿Pero es que puede haber algo peor? Pensé. No sólo me habían pegado una tremenda paliza, sino que además lo habían planeado todo perfectamente: desde la raqueta oculta en el sillón, la sesión de “ablandamiento” con mi tía, el que ella me sostuviera de los brazos… hasta la humillación. Esto terminó por convertirme en el más sumiso de los hijos.
Volví a casa solo, me costó muchísimo porque no podía ni caminar sin que me doliera. Me fui a mi habitación, me puse hielo en las nalgas y me quedé allí reflexionando, tumbado boca abajo. Estaba abatido, pero no me sentía deprimido, todo lo contrario: para mi propia sorpresa, me encontraba en un estado de excitación total, comencé a parar la cola y a recordar con detalle cada momento del castigo.... ¡GUUUAAAUUU! ¡Qué bueno había estado...!
Había nacido un nuevo amante de las nalgadas.

PROVOCACIÓN

Autora: Ana K. Blanco 

(Dedicada a gavi y Don Miguel) 

“Provocación

en tus ojos veo clara provocación

cada vez que me miras hay provocación…”

(fragmento de la canción de Raphael) 

Resulta difícil para una mujer ser supervisora, jefa, o con un alto puesto ejecutivo y tener bajo su mando un determinado grupo de personas.           

Este era el caso de Gabriela, jefa de la sección con más personal de aquella fábrica. Su desempeño en la jefatura era correcto: justa, imparcial, firme, autoritaria sin abandonar la calidez humana. Ese era el perfil que le gustaba a Miguel.           

Aquella mujer podía excitarlo nomás verla ir de un lado a otro impartiendo órdenes vestida con una simple túnica; en especial cuando salía del trabajo enfundada en pantalones elastizados que resaltaban sus maravillosas nalgas o con minifaldas impactantes, pues a sus opulentas formas todo le quedaba bien.            

Frecuentemente, Miguel imaginaba que debajo de la túnica sólo llevaba mínima ropa interior y desde luego también marchaba sin nada debajo de aquel sencillo atuendo.           

No obstante el gusto que sentía por ella y la excitación que le producía haciéndolo soñar despierto, distaba mucho de ser dama perfecta, por eso la apodaba “Doña Quejitas”, pues se quejaba continuamente. Ella siempre encontraba motivos para rezongar: bien porque le dolía aquí, o porque fulano había hecho u omitido tal cosa, porque esa temporada había más trabajo que nunca, o porque las nuevas planillas de control resultaban más complicadas, etc.            

Gabriela era una mujer desafiante, a quien aunque no se le había subido el cargo a la cabeza, lo hacía sentir en cada oportunidad. A pesar de todo, el personal la apreciaba porque sabía perdonar errores pero resultaba demasiado estricta y muy apegada a la letra del reglamento.            

A Miguel el trato cotidiano le hizo descubrir cuán caprichosa incorregible, malcriada y testaruda, podía llegar a ser cuando las cosas no salían como ella esperaba. En tales circunstancias perdía el control  y  el enojo la  despojaba de la necesaria ecuanimidad. Esas explosiones lo ponían mal, Miguel contenía sus reacciones porque se trataba de su superior jerárquico.            

Hasta que un día, a la hora de descanso, Gabriela llegó y tomó asiento junto a Miguel. En realidad más que sentarse, lo que hizo fue desplomarse en la silla. 

-¡Uffff… odio los miércoles! –bramó- Esta tarde tendré que llenar todas esas odiosas planillas … no veo forma de evitarlo y no quiero hacerlas.

-Pero  terminará haciéndolas ¿No es así Gabriela?

-¡Desde luego! ¡Yo soy una persona responsable!

-Entonces… ¿porqué se queja tanto?

-¡Yo no me estoy quejando!

-¿No? ¿Y qué nombre le da entonces a esto que hace todos los días?

-¿Le molesta que me exprese, Miguel?

-Para nada Gabriela. Además… usted es mi jefa y debo escucharla.

-No se trata de cargos. Mejor dígame qué le molesta. Sabe perfectamente que lo que tenga que decirme “no será usado en su contra” –dijo alzando una ceja en tono desafiante.

-Lo sé perfectamente Gabriela, usted es por sobre todo una persona justa. Sólo  dudo que le agraden mis opiniones.-Haga la prueba, hombre, o acaso teme que tome represalias…

-En realidad, no. Pero está bien, si se empeña en saberlo, se lo diré: Usted es una persona quejosa porque quiere las cosas salgan a SU gusto, siempre. –Recalcó el “su” para refirmar la actitud más chocante de la personalidad de su interlocutora

-Usted, a pesar de ser una excelente persona y una jefa competente,  se comporta muy a menudo como una mujer malcriada, caprichosa y testaruda. 

Gabriela cruzó las piernas y adoptando un tono más desafiante, espetó:            

-De acuerdo: es su opinión sobre mi persona y la respeto. Ahora bien, yo le pregunto: ¿Cree acaso que a esta altura de mi vida voy a cambiar mi modo de ser? Soy como soy y le repito, no voy a cambiar.

-Le agradezco que me dé la razón. Pero esa afirmación irracional “no voy a cambiar” es la típica respuesta de una niña insolente y caprichosa.

-Y si lo es ¿qué? –Gabriela ya se estaba saliendo de las casillas. Las razones y argumentos de aquel subordinado, un hombre tan guapo y viril, la intranquilizaban haciéndole perder el aplomo.

-Otra expresión propia de niña malcriada –dijo poniéndose de pie y sosteniendo su mirada, burlonamente agregó- Gabriela, lo único que usted necesita es dar con alguien que la trate como usted, con ese modo de ser de niña malcriada, está reclamando a gritos… Lo único que la puede hacer cambiar de opinión es la azotaina que seguramente nunca le dieron y que buena falta le hace. 

Gabriela no podía creer lo que estaba oyendo. Procuró calmarse, pero le resultaba imposible. Sus ojos despedían chispas y el tono de revelaba el enojo que la consumía. 

-¿Ah, sí? ¿Y se puede saber quién será ese “alguien”? Porque todavía no ha nacido el hombre que se atreva a azotarme.

-Se equivoca. Ese hombre nació, creció y en este momento lo tiene delante de sus ojos.

Impulsivamente abandonó todas las formalidades, exclamando:           

-¿Vos me corregirás? Jajajajajaaaaaa… Vos… y cuántos más?  Sin advertirlo incurría en la provocación que Miguel esperaba para actuar: 

-Sí Gabrielita, yo solito me basto y sobro … ¿sabés porqué? Porque no haré nada para obligarte, ya te darás cuenta que tengo razón y por eso vendrás el viernes al depósito, después que el personal se haya retirado. Pero te advierto: más vale que seas puntual o te irá peor de lo que te imaginás. No me gustaría agregar la impuntualidad a tu lista de defectos.

-¡Ya podés agarrar una silla y sentarte a esperarme! -fue la airada respuesta de la mujer.

-Precisamente una silla me hará falta para colocarte sobre mis rodillas una vez sentado  Te felicito porque estás entendiendo.             

¡Ay, que fastidio! Odiaba a aquel hombre tan seguro de sí mismo, con esa seguridad, virilidad y esos aires dominantes!             

Los días siguientes fueron una tortura para Gabriela. Cada vez que se cruzaban, él le susurraba al oido: 

-Prepará tus nalgas nena testaruda…

-¡Acordate que te espero en el depósito!

-Las chicas malcriadas merecen unos buenos chirlos en sus colitas

-Hola Doña Caprichitos. ¿preparada para la lección de tu vida?

-Por favor… poné cara de enojada y dame más motivos para tu castigo, sí?

-Conseguite almohadones y cremita, eh? No te vas a poder sentar en todo el fin de semana… 

Gabriela no entendía porqué, pero cada vez que oía algo de esto, mariposas le revoloteaban en el estómago. Lo odiaba pero al mismo tiempo sentía una terrible excitación y la cita del viernes no se le podía borrar de la cabeza. Dudaba entre ir o no, no sabía qué hacer. Por un lado, no deseaba dar el brazo a torcer y aceptar que lo que Miguel decía la verdad. Por  el otra parte, anhelaba fervientemente comprobar cómo se sentiría al ser azotada y dominada por un hombre así.

Llegó el día viernes pero las horas pasaban lentas. Evitó cruzarse con Miguel durante todo el día, aunque percibió su mirada penetrante cada vez que se aproximaba a su lugar de trabajo.

Llegó la hora. No quedaba nadie en la fábrica, Gabriela había demorado algunas tareas para tener motivos para dilatar la salida… Miguel decidió sentarse y esperar. Dios lo había bendecido con el don de la paciencia, pero aquella era una ocasión especial y cada pocos minutos miraba el reloj. ¿Qué decidiría Gabriela? ¿Vendría? Estaba casi seguro que sí, pero…

A las 17 horas en punto, Gabriela se plantó frente él. Estaba hermosa enfundada en aquella corta falda color amarillo que realzaba más el tostado de su piel. Blusa y sandalias blancas completaban su indumentaria. 

-¡Caramba! La nena será malcriada y caprichosa, pero también es puntual. Eso no te quitará ni un solo azote, pero tampoco le agregará ninguno.

-¿Pero quién te creés que sos?

-Soy el hombre que te quitará la malcriadez.

-¿Ah sí? Bueno, dale! Vení a buscarme –le dijo con una actitud desafiante, mientras le hacía señas para que se acercara.-

¿Qué yo vaya a buscarte? Jajajajajaaaaa… ¡Por supuesto que no! vos vendrás aquí solita, por tu propia decisión, yo no te obligaré a nada que no quieras hacer.

-Ja! Lo sabía… sabía que eras puro blablabla.  Ni vos ni nadie se atreve a enfrentarme.

-Sabés perfectamente que no es eso Gabriela. Acá no se trata de enfrentamientos, sino de disciplina. Vos necesitás que te disciplinen y eso es lo que yo voy a hacer. Pero vos solita te pondrás sobre mis rodillas. Eso significará que entendés que tengo razón y que te hace falta una buena azotaína.

-¡Eso será en tus sueños!

-¡Basta, ya es la hora!  Llevamos 5 minutos de atraso y por cada minuto que me hagas perder te daré 5 azotes extras. Vos decidís. O te vas ahora mismo y todo seguirá igual, o… venís de inmediato a echarte sobre mis rodillas para dar comienzo a tu educación disciplinaria.            

Dudó unos momentos. Estuvo a punto de huir, pero… sintió como una fuerza interior que la empujaba hacia Miguel, quien sonrió complacido mientras que acomodaba a su jefa sobre sus rodillas.  

-Bien, querida Gabriela, has tomado la decisión correcta –le dijo mientras apoyaba su mano y acariciaba esas deliciosas nalgas que tantas veces había deseado- a partir de este momento comprenderás que no puedes andar por la vida queriendo cumplir tus caprichos y que todo el mundo haga tu voluntad.            

La primera nalgada resonó en el depósito y Gabriela saltó por la sorpresa. Pero no tuvo tiempo a recuperarse, porque enseguida cayó la segunda, y la tercera y… sus nalgas comenzaron a arder. No era la intensidad de los golpes sino la frecuencia y ritmo de los mismos: una nalga y la otra, con una pausa de un segundo entre un azote y otro. Sin prisa pero sin pausa.  Los tímidos gemidos de dolor de Gabriela se comenzaban a sentir cuando Miguel le levantó la falda. 

-¡Nooooooooo! Pero ¿qué hacés? ¿cómo te atrevés?

-A las niñas caprichosas hay que nalguearlas así –le dijo, mientras seguía repartiendo chirlos a diestra y siniestra- Y si se ponen testarudas y pretenden hacer su santa voluntad como están acostumbradas, entonces se les hace esto –y de un tirón bajó la bombacha inmaculadamente blanca y se topó con un hermosísimo par de nalgas. Eran blancas, casi níveas, “de raso y de jazmín” como dice el tango; nalgas suaves y redondas como dos globos, separadas por un canal que hizo imaginar a Miguel que lo llevaría a los más delicados placeres. Pero ahora debía concentrarse en esas montañas carnosas que estaban comenzando a colorearse.                       

Gabriela saltó sobre las rodillas y trató de detener la bajada de su última prenda, pero todo fue inútil: la bombacha fue a dar al suelo. Eso no lo esperaba. No imaginaba tal humillación, y trató de taparse con las manos. 

-Esto es demasiado humillante Miguel. Pará por favor!

-Lo siento, pero es parte del castigo. Y te sugiero que no te tapes con las manos, porque me veré obligado a atártelas. No te voy a repetir.            

Por supuesto que se las ató, y lo hizo con un cordel que tenía preparado en el respaldo de la silla. Y el castigo continuó por más de 20 minutos. Gabriela no podía discernir los sentimientos y sensaciones que la invadían. Era dolor, sí, pero mezclado con placer. Era humillación y sometimiento, pero con sensación de libertad. De lo único que no tenía dudas era de la excitación enorme que sentía, y esa humedad entre sus piernas que no podía evitar. Miguel detuvo el castigo y comenzó a acariciar las nalgas que, aunque rojas y ardientes, todavía resistirían más.

 -Bien querida Gabriela… –ella hizo un intento de levantarse, pero él se lo impidió- No te muevas, esto recién comienza.

-¿Lo qué? Pero si ya no puedo más del dolor. ¡Dejame ir ya mismo! Te exijo que me sueltes.

-Vos no estás en pocisión de exigir nada, y no te vas a ir hasta que yo lo decida. Vos quisiste quedarte y eso me da derecho a castigarte hasta que yo crea que es suficiente. Vos, nena malcriada, no decides nada… te entregaste a mí, sos mi responsabilidad y yo te voy a cuidar mientras te enseño disciplina.            

Gabriela sintió un sonido que llamó su atención. Él se estaba moviendo demasiado. Intrigada, se dio vuelta como pudo y vió que Miguel se estaba quitando el cinturón. 

-Pero… ¿para qué te sacás el cinto? ¿qué vas a hacer?

-Voy a continuar con mi lección de disciplina. Te daré 20 cinturonazos. Y si llegás a protestar… te daré 5 más por cada vez que protestes.

-No podés hacer eso, no tenés derecho

-25

-Dejame ir, desgraciado!

-30

-No quiero que me pegues, animal. ¡Soltame carajo!

-35… y 10 más por la palabrota, o sea: 45 cinturonazos. ¿comenzamos o querés seguir agregando azotes?

Gabriela no contestó. El cinto comenzó a caer sobre su ya maltratado trasero, pero lo soportó estoicamente. A medida que los azotes iban cayendo… su soberbia y prepotencia también comenzaron a caer y las lágrimas rodaban por su rostro. Cuando iban en casi 40 azotes, Miguel comenzó a acariciar las nalgas de esta mujer que había tenido durante aquella tarde, varios actos de sumisión.           

Sacó el pote de crema que había llevado y comenzó a frotar aquellas nalgas tan rojas y ardientes. Mientras desparramaba la crema, su dedo mayor aprovechaba para comprobar la humedad de otra zona. Cuando el dedo se acercaba, Gabriela tenía un notorio estremecimiento.  

Miguel la miró con ternura y consideró que el castigo, por aquel día, había sido suficiente.  

(Continuará)

EL ALEMÁN

Por: Amadeo Pellegrini

Dedicado a  Mayte Riemens

Advertencia: esta historia trata de un hecho real acaecido a mediados de la década de 1960. La persona que me la confió merece el mayor crédito, por tanto la transcribiré en primera persona procurando respetar en todas sus partes el relato original.

   

Aunque oriundo de Austria, a Hans Kern, lo conocían como “el Alemán”, y muy poco se sabía de él, pues casi nadie recordaba cuándo, cómo, ni por qué se había establecido allí.

Enjuto, encorvado, de barba y cabellos cenicientos entre los que afloraban algunas hebras de pelos rubios, el Alemán resultaba una figura extraña, su rostro  carecía de rasgos destacados, poseía sin embargo un par de inquietantes ojos celestes, cuya penetrante mirada resultaba muy difícil sostener.

Vivía, recluido en una pequeña casa de madera construida con sus propias manos, a las afueras de la localidad, la que abandonaba solamente para hacer algunos de los trabajos que únicamente él era capaz de llevar a cabo.

En efecto, lo requerían para cumplir tareas arriesgadas que ninguna otra persona se atrevía a tomar, como bajar a pozos de molinos de cuarenta metros de profundidad o más, a reparar los cilindros, trepar a la torres más altas a reemplazar las luces, desmontar árboles corpulentos que hacían peligrar las viviendas vecinas y como aquellas muchas otras obras de riesgo que el extraño individuo acometía con una naturalidad, agilidad y eficiencia asombrosas.

Por otra parte, en su domicilio recibía toda clase de objetos que le llevaban para componer o reparar. En esas ocasiones los examinaba en silencio, luego respondía: “puede” si se comprometía a componerlos o “No puede” si el objeto no tenía arreglo, pues hablaba sólo lo preciso.

Otra particularidad suya era que antes de aceptar ningún encargo decía la cantidad a cobrar, si alguien se atrevía a regatear o a decirle que el precio le parecía excesivo, sin vacilar devolvía el objeto diciendo: “Lleve”

Entonces no había ruego, promesa o disculpa que lo hiciera cambiar de opinión. Lo mismo sucedía cuando lo buscaban para alguna otra tarea, si no le aceptaban la cantidad pretendida, sin decir palabra daba media vuelta tomaba la bicicleta que era su medio de locomoción y se marchaba sin siquiera despedirse.

Por lo general era moderado en sus pretensiones, además como lo conocían y era único para ciertos trabajos, raramente le objetaban el precio.

Todo esto bastaba para transformarlo en un  personaje extravagante, pero lo que le había conferido bien ganada fama de brujo o de hechicero eran los extraños “poderes” que poseía y empleaba en circunstancias excepcionales.

Como la vez aquella que los caballos de un enorme carro se espantaron, cortaron las riendas marchando desbocados por la calle con riesgo de arrollar a unas criaturas que jugaban a la pelota allí.

Al verlos el Alemán se interpuso de un salto y levantando la mano derecha, sin siquiera tocarlos ni pronunciar palabra alguna, los detuvo en seco ante el asombro de los circunstantes.

Como aquella, llevaba realizadas muchas proezas de diversa índole.

Un fumador inveterado recordaba, que le preguntó si podía quitarle el vicio del tabaco, Kern le respondió: “Puede” y señalándole el paquete de cigarrillos agregó: “Deme” El interpelado le entregó entonces el paquete sobre el cual el Alemán trazó signos misteriosos para devolvérselo diciendo: “Fume”

Cuando el hombre extendió la mano para tomarlo, el envoltorio le quemaba de tal forma que gritó arrojándolo rápidamente al suelo. Reconoció después que lo mismo volvía a sucederle cada vez que pretendía encender un cigarrillo.

Por esa razón fui a verlo el día que un tornado le arrancó parte del techo al galpón de mi establecimiento. Tenía almacenado allí gran cantidad de lana, maquinarias y otros elementos.

Entonces ¿Quién otro que el Alemán para reparar un techo en doble pendiente con casi seis metros de altura en su parte más elevada?

Acepté el precio que pretendía y la condición de ponerle un ayudante para que desde abajo le alcanzara las chapas, las herramientas y los accesorios a medida que los necesitara

Recordé que mi encargado tenía un sobrino, de nombre Dionisio quien acababa de abandonar los estudios y como era un tanto inmaduro me había pedido que le consiguiera alguna ocupación aunque fuera temporaria, para ver si adquiría un poco de responsabilidad.

Al día siguiente temprano los tenía a ambos trabajando. El alemán colgado de un arnés; en lo más alto entre los tirantes desde allá arriba mediante silbidos y señas indicaba al muchachito las cosas que necesitaba y una vez que el ayudante las enganchaba  él izaba por medio de una cuerda.

En la tercera jornada me tocó presenciar el insólito episodio que los tuvo por protagonistas.

En cierto momento Dionisio entretenido con un perro se había ido alejando y no respondía al llamado de los silbidos del hombre, mientras yo estaba en el rincón opuesto afilando peines de una esquiladora.

De pronto ví a Kern deslizarse como un gato hasta el piso para enfrentarse con el chico. No lo escuché hablar, solamente lo tenía tomado por la barbilla obligándolo a sostener la mirada manteniéndolo así unos segundos.

Observé enseguida que el jovenzuelo, como respondiendo a un conjuro, se desprendía los pantalones para echarlos hacia abajo junto con los calzoncillos para de inmediato tumbarse, sin emitir protesta alguna, boca abajo sobre uno de los fardos de lana.

Al ver al  alemán quitarse el cinturón atravesó mi mente el pensamiento que estaba por asistir a un repugnante acto de sodomía.

Entre tanto yo me encontraba incapaz de intervenir como si un campo magnético me mantuviera paralizado en el lugar contemplando a aquel extraño sujeto con el cinturón doblado por el medio disponiéndose a azotar las rollizas nalgas de efebo del ayudante,

Ante mis ojos se desarrolló a continuación el espectáculo más grotesco que me fue dado presenciar. Con deliberada frialdad como si estuviera apaleando a un perro, el alemán comenzó a descargar azote tras azote sobre las temblorosas posaderas.

Pero más que aquella espaciada y metódica azotaina, me chocaba la actitud pasiva del jovenzuelo quien no solamente no oponía resistencia alguna al tratamiento que estaba recibiendo, tampoco había procurado en ningún momento proteger con las manos la vapuleada piel desnuda, sino que encima había recogido él mismo los faldones de su camisa para dejar el culo mejor expuesto a los azotes

Aquello debía resultarle doloroso, no obstante en ningún momento lo oí gritar ni pedir misericordia. Sus inflamados glúteos se estremecían a cada  contacto de la correa pero la única reacción que advertí era que a cada azote juntaba de manera alternativa los talones, los separaba uniendo la punta de sus pies y de nuevo separándolos, así ininterrumpidamente mientras dejaba escapar ahogados gemidos.

Por último el alemán chascó los dedos y Dionisio se incorporó para poner orden en su vestimenta.

En todo el tiempo ninguno de los dos pareció reparar en mi presencia, como si yo de pronto me hubiera vuelto invisible.

Mucho tiempo después se me presentó la oportunidad de tratar el tema con Dionisio, quien al principio se mostró sorprendido y un poco avergonzado, porque no recordaba haberme visto esa tarde.

A mis preguntas respondió que Hans Kern aquella tarde no le había dicho nada pero que con sólo mirarlo le hizo comprender qué lo azotaría, entonces él, obedeciendo a una fuerza interior irresistible, se aprestó a recibir el castigo.

Finalicé interrogándolo sobre lo que había experimentado en aquellos momentos. Reconoció que la azotaina le había resultado muy dolorosa pero agregó, de manera enigmática, que le había producido al mismo tiempo un extraño alivio. Creo que empleó también la palabra bienestar…

DEL OTRO LADO DE LA PARED

Por Amadeo Pellegrini y Ana K. Blanco 

Dedicado a Jano 

Cuando fuimos a vivir en lo que había sido un vetusto inquilinato de Palermo viejo, reconvertido varios años después en salón comercial al frente y media docena de pequeños departamentos al fondo vinculados por un largo pasillo común, la vivienda contigua la ocupaban los Guong, una familia de asiáticos, posiblemente coreanos.

Aquella familia, compuesta por una joven mujer y sus cuatro hijas, –según supimos después-  permanecía en Buenos Aires esperando trasladarse a los EE.UU para reunirse con el marido, que trabajaba allá, cuando éste consiguiera el permiso de residencia definitivo.

A los orientales resulta difícil acertarles la edad, pero la mujer, de baja estatura y renegridos cabellos lacios, no debía tener, -de acuerdo a mis cálculos-. más de treinta y cinco años y las hijas, la mayor entre catorce y quince en tanto la más pequeña alrededor de diez.

Gozaban sin duda de buena posición económica porque todas vestían bien aunque ninguna trabajaba. Las chicas sólo asistían regularmente a una de las academias de lengua inglesa del Barrio.

Se mostraban muy amables y corteses con todos los vecinos aunque no mantenían trato ni amistad con nadie. Nosotros sólo veíamos a las chicas cuando iban a clase o cuando salían de compras, el resto del tiempo permanecían en la casa. Únicamente los domingos madre e hijas salían juntas para ir hasta el locutorio vecino a hablar por teléfono a Estados Unidos. 

Por la disposición interna de ambos departamentos, los baños estaban conectados a un mismo conducto de ventilación. El deficiente aislamiento acústico de ese hueco, permitía escuchar todo lo que ocurría en la otra vivienda.

Como entre ellas hablaban en su idioma nativo, Noelia, -mi esposa- y yo no teníamos posibilidad de enterarnos de lo que conversaban, pero si bien sus palabras resultaban ininteligibles, ciertos sonidos que nos llegaban con claridad, revestían, en cambio, significados concretos, inconfundibles e inequívocos.

Enseguida, los ruidos que oíamos a través del indiscreto tubo de aireación nos permitieron saber, que el baño era usado también como cuarto de castigo, tal vez debido al espacio reducido de la vivienda que contaba apenas con dos habitaciones y una diminuta cocina. Allí las muchachitas recibían bastante a menudo las maternales azotainas de la señora Guong.

Los chasquidos que, mezclados con el griterío de la víctima, atronaban el espacio, resultaban por demás elocuentes. No se trataba de un juego, ni de una parodia, eran el producto de sabios azotes administrados con calma oriental..

Confieso que al principio aquellas palizas me resultaron chocantes, no resulta agradable oír gritos de dolor de nadie, aunque a fuerza de escucharlos uno termina acostumbrándose a ellos, en especial al advertir que las supuestas víctimas actúan normalmente de acuerdo a la edad, pues también oíamos sus juegos, cantos y  risas, así como las veíamos con una permanente sonrisa en los labios.

En mi caso las azotainas me despertaban curiosidad sobre los motivos o las faltas y cuán serias o graves resultarían, para que nuestra exótica vecina las sancionara con tan recios azotes. A Noelia, en cambio, cada azotaina la transfiguraba, le alteraba el ritmo cardíaco, le aumentaba la efusión de adrenalina, en una palabra le provocaba una revolución interna, muy difícil de explicar para ella y más difícil de entender para mi.

Le cedo el espacio para que ella lo exprese con mayor claridad.

"...No me gustaba vivir en aquel barrio. Nos mudamos sólo porque Lisandro había insistido en el lugar por la comodidad que representaba poder movilizarse a pie a su trabajo.

Nuestras vecinas, la señora Guong con sus cuatro hijas, todas muy jóvenes, bonitas, educadas y sobre todo reservadas. Aunque no hablo una sola palabra de taiwanés, mi inglés no es tan malo así que cuando tenía oportunidad de encontrarme con ellas y cambiar algunas palabras así pude conocer algunos detalles de sus vidas, como que su papá residía en Estados Unidos y ellas estaban esperando su residencia y en tanto aprovechaban el tiempo estudiando inglés.           

En una oportunidad las crucé en el pasillo, mientras regresaban. Nos saludamos, en ese momento advertí que la madre iba con cara de enojo mientras las chicas lo hacían con la cabeza gacha.

Una vez en la calle me di cuenta que había olvidado las facturas que debía pagar, de modo que regresé a casa. No bien entré al pasar frente a la puerta del baño oí como la vecina estaba reprendiendo a alguna de las hijas, por supuesto no entendía nada de lo que les recriminaba la señora Guong, pero el tono de su voz no dejaba lugar a dudas.           

Me quedé allí tratando de descifrar lo que ocurría entre ellas y no tardé en oír unos chasquidos seguidos de lamentos por el ruido deduje que se trataba de una mano abatiéndose repetidamente sobre la piel.Mi morbo comenzó a funcionar, supuse que aquello se tratada de una paliza en toda regla de modo que pegué mis orejas a la banderola para asegurarme y no perder detalle.            

No sé porqué, pero las expresiones, el tono empleado por los orientales induce a pensar que están permanentemente enojados, aunque no sea así, pero ese día la señora Guong se notaba especialmente enfadada. La azotaína duró unos quince minutos durante los cuales mezclados con los chasquidos de los azotes, se oyeron primero los gemidos y por último llantos de dolor. No soy metida, pero… aquella zarabanda me excitaba incitándome a querer saber más.

No me preocupaba en ese momento entrometerme en la intimidad ajena aunque me intrigó después la causa de mi excitación. En cierto momento advertí que la llorosa se retiraba de allí pero la señora Guong no había dejado de reprender a otra de las hijas. Los azotes no tardaron en recomenzar, reconocí en medio de las súplicas la voz de una de las mayores. Esta vez los golpes resonaban con más fuerza y durante los quince o veinte minutos que duró la azotaína, también cambiaron los sonidos de los azotes, de modo que supuse que la chica estaba siendo azotada con diferentes instrumentos.¡Por Dios! ¡Qué excitación me poseía! En mi mente imaginaba a la señora Guong con la hija sobre sus rodillas nalgueándola de firme con la mano en tanto la pobre pataleaba y lloraba.

Al percibir luego sonidos más secos supuse que reemplazaba la mano por algún objeto de madera: un cepillo, tal vez….

Absorta en lo que sucedía del otro lado de la pared perdí noción del tiempo. Cuando tomé conciencia de ello Lisandro estaba a mi lado. 

-¿Qué ocurre? ¿Qué hacés en el baño? ¿Te sentís mal?

-No… no, estoy bien. Pero no te imaginás lo que acaba de pasar con nuestras vecinas… Escuchá… 

Lisandro es el hombre que amo y lo amo porque es especial. Creo que debe de ser el único hombre en la tierra y en el universo que me permite expresarme de la forma que lo hago: avasalladora, entreverada, nerviosa… procuro decirle mil cosas en un minuto y que además me comprenda. Él me deja hablar  siempre, pero demora en responderme porque, supongo yo, necesita traducir lo que digo a un idioma coherente, interpretar lo que dije, pensar la respuesta adecuada para que no me enoje y luego expresarse claramente para que yo pueda entender. No es una tarea fácil ni es para cualquiera, por eso lo amo. 

Le expliqué lo sucedido y la extraña emoción que me había embargado mientras esa mujer azotaba a sus hijas al imaginar la forma en que lo hacía. El bueno de Lisandro me miraba sin compartir mi exaltación, aunque trataba  de comprenderme. No entendía porqué tenía aquel extraño brillo en los ojos, ni aquella particular forma de relatar los hechos con tantos  detalles.

Lo sucedido pasó para él como una anécdota más, pero no para mí. A partir de aquél día viví pendiente de todas las conversaciones, tonos de voces, ruidos, en fin todo lo que sucedía en aquella vivienda… Y después, cuando él llegaba yo me apresuraba a contarle lo sucedido. 

Una pregunta rondaba continuamente en mi cabeza: ¿Porqué me excitaban tanto esos azotes y aun con sólo pensar en ellos? ¿Qué sentirían esas chicas cuando eran azotadas? Y más aún… ¿Qué sentiría yo si me azotaran?

Este tema me obsesionaba al extremo que a veces me costaba dormirme. En mi fuero íntimo deseaba fervientemente ser azotada como lo eran esas jovencitas, pero… no me animaba a confesárselo a Lisandro. ¿Qué pensaría de mí? Probablemente que era una degenerada o una desviada sexual, así que prefería hablarle del tema a ver si él se daba cuenta de lo excitada que me ponía cuando se lo contaba. Pero no… él sólo me escuchaba hablar, me sonreía con esa sonrisa pelotuda que  tanto amo, y nada más. ¡Qué días difíciles pasé! y qué noches insomnes sin que nada  calmara mis ardores, ni siquiera hacer el amor con él, porque a nuestra relación le faltaba algo: los azotes.

Un atardecer, salí al pasillo a tomar un poco de fresco y al asomarme vi a la señora Guong con el rostro sombrío y una gruesa correa en la mano. Mi corazón comenzó a palpitar de una forma incontrolable cuando escuché unos pasos apresurados por el largo corredor: era la mayor de las chicas Guong. A medida que se acercaba la madre levantaba el tono de  voz  mostrándole la correa. No bien cerraron la puerta tras ellas, marché corriendo al baño. Sólo percibí la voz maternal y en  tono apenas audible la chica le contestaba con monosílabos.

Como mi oído estaba ya entrenado, las seguí hasta que llegaron al baño. Poco después escuché como  la mano de la mujer caía sobre las nalgas de la chica. Luego de la mano, comenzó a caer sobre la jovencita la temible correa.  El sonido de la lonja de cuero era algo diferente, y los gritos de la chica también. Imaginé aquel culito cruzado por franjas rojas en diferentes sentidos.

En determinado momento la azotaina se detuvo, pero solo para reanudarse un momento más tarde,  con algún objeto más rígido pues los golpes resonaban secos retumbando en aquella estrecha habitación. Los sollozos de la muchachita no ablandaron a la mujer, que con voz dura y tono severo continuaba reprendiéndola…

En esa oportunidad esperé a Lisandro más ansiosa que nunca. Cada segundo me parecía una eternidad. No bien abrió la puerta me arrojé en sus brazos y comencé a besarlo de una forma frenética y desaforada. Estaba fuera de mí sin poder evitarlo. Este hombre maravilloso con el que comparto mi vida no entendía nada, aunque agradeció y retribuyó con creces mi demostración de cariño.

Le conté lo sucedido mientras cenábamos, y le seguí contando cuando nos acostamos. Estaba tan nerviosa, tan deseosa de una azotaína, de saber qué se sentía, era tal mi grado de excitación que en un arranque de valentía mezclada con locura y lujuria, con la voz temblorosa por la que podría ser su reacción, le pedí a Lisandro que me azotara.  

-Amor… no puedo más. Quiero saber que se siente, porque esto se ha convertido para mí en una obsesión.  Por favor… ¡azotame! 

Me miró como si yo estuviera loca. No sabía qué hacer, lo había tomado totalmente de sorpresa. Así que simplemente lo miré a los ojos, rocé mis labios en los suyos, y me crucé sobre sus rodillas luego de mirarlo con todo mi amor…

Como siempre, tardó unos minutos en reaccionar. Comenzó a frotar mis nalgas y a darme unos más que tímidos golpecitos en la colita. Cuando se animó a bajarme la ropa interior sentí como que quedó paralizado… Él sabe cuán impaciente soy para todo, así que como por instinto comenzó a nalguearme.

El primer azote fue sencillamente delicioso, me picó pero no me dolió, las endorfinas comenzaron a liberarse por cantidades enormes y mi gozo era cada vez mayor. Sentir la piel enrojecerse, sentir cómo la sangre se agolpa en ese lugar, la sensación que da el contacto de la mano con la suave y delgada piel de las nalgas, sus caricias para enfriar en algo el calor producido por el azote, el picor mezclado con el dolor y el placer. Un cóctel de emociones y sensaciones totalmente nuevas y maravillosas para mí… y también para él, que al ver mi reacción ante las nalgadas dadas con su mano tuvo el suficiente coraje para vencer preconceptos y, finalmente, sacarse el cinturón que yo le había regalado con este secreto fin.Oír correr el cinto por las presillas del pantalón, escuchar el chasquido que hace el último tramo al ser liberado, sentir cómo lo dobla en dos mientras mira con deseo, amor y pasión las nalgas de la mujer que ama y que se le entrega como una ofrenda sagrada para goce de los dos."  

En efecto, aquellas azotainas de la señora Guong excitaban a Noelia, como acaba de explicarlo.

Yo tardé en comprender quizás por ser corto de entendederas o porque ella por timidez o vergüenza no se atrevía a revelarme sus deseos secretos.

Lo cierto es que, como durante la semana  pasaba gran parte del día fuera de casa ocupado en mis negocios, me perdía la mayor parte de las palizas de nuestra vecina. Claro que cuando regresaba a casa, Noelia después de besarme, con ojos brillosos y lujo de detalles me refería todo lo que había oído desde nuestro baño, agregando sus propias opiniones. Y una vez acostados continuaba con el tema y sus comentarios. Comentarios que casi siempre terminaban con el mismo interrogante: ¿Qué se sentirá con los azotes?

Hasta la oportunidad que, Noelia asomada al pasillo, vio a la señora Guong en el umbral de su departamento, con una gruesa correa en las manos esperando el tardío regreso de la hija mayor. La azotaina que tuvo lugar más tarde la perturbó tanto que su excitación alcanzó la cima, porque esa noche no habló de otra cosa, hasta que en un incontenible rapto de deseo enronqueciendo la voz me pidió que la azotara…No me resultó fácil complacerla. No. Al menos la primera vez.

Recién al contemplar el níveo trasero de Noelia ofrecido en su divina desnudez, -visión que me provocó un estrecho nudo en la garganta-, advertí la poderosa sugestión del castigo dado o recibido y me decidí. Percibí su agitación, advertí la ansiedad o del miedo que emanaba de su cuerpo… Vencí, por fin mis escrúpulos, enarbolé el doblado cinturón, el mismo que ella me había obsequiado, para descargarlo sin demasiada fuerza ni convicción sobre las dos masas que, trémulas, aguardaban el contacto del cuero. Las respuestas de Noelia expresaban una voluptuosidad hasta entonces desconocida para mi, también para ella, pues hasta ese momento sólo había intuido, aunque no experimentado, el extraño placer erótico que encierran las azotainas, antes, durante y después… 

Luego hicimos el amor como nunca lo habíamos hecho, coronando así una noche memorable, para nosotros y seguramente también, del otro lado de la pared, para la señora Guong y su hija mayor, aunque por diferentes motivos.

EL BANQUETE

Por:  Amadeo Pellegrini

Dedicado:

 a Ana Karen Blanco que me

llevó a  conocer las moradas

alquímicas del Uruguay

El medio centenar de invitados recorrían asombrados, entre los exquisitos bocadillos y tragos del cóctel de bienvenida, los lujosos ambientes de la singular mansión Delaunay. 

Acudieron allí todos, menos el anfitrión, representado por su mayordomo que en nombre del propietario lo excusó por su ausencia, debido a que la víspera tuvo que marchar de urgencia hacia un destino desconocido.

No obstante, la voluntad expresa del dueño de casa era que el banquete de inauguración de su flamante morada no se suspendiera por esa circunstancia, rogando  a los visitantes que además de disculparlo se sintieran allí como en su casa y disfrutaran del agasajo que les había preparado.

De modo que, obsequiados por un ejército de solícitos camareros, y movidos por la curiosidad, los invitados seguían al mayordomo a través de las distintas estancias, extasiados con las maravillas que encontraban a cada paso: esculturas, cuadros de firmas famosas, muebles de época, vitrinas con colecciones de objetos de marfil y piedras duras, sin contar los infinitos detalles que ornamentaban cada habitación desde los pisos a los cielorrasos; como los trabajados revestimientos de maderas preciosas, los pulidos mármoles, las finas molduras revestidas con láminas de oro, las cortinas forradas de seda.

La admiración de los concurrentes alcanzó el punto máximo en la enorme sala destinada a albergar los cincuenta mil volúmenes de la biblioteca  del Profesor dispuestos en soberbios anaqueles de madera de nogal italiano.

El recinto estaba iluminado por media docena de enormes arañas de bronce con tulipas de cristal que pendían de las gruesas vigas de roble europeo que sostenían también el artesonado del cielorraso, mientras el pavimento de mármol de Carrara se hallaba cubierto por una espesa alfombra Persa.

Si la mansión en su conjunto maravillaba a los concurrentes, la leyenda que rodeaba la construcción de aquella residencia era más sorprendente aun.

Todos sabían que la obra había insumido diez años y que quienes trabajaron en ella, desde el más eximio artesano al más humilde peón,  habían realizado sus tareas bajo las órdenes directas del propietario, cuya mano confeccionara los planos, que a su vez nadie había visto jamás.

El mito en torno a la mansión nació, no tanto por el tiempo que demandó la construcción, sino por las extrañas circunstancias de la misma: nadie trabajó allí en forma permanente por lo que resultó un secreto a voces que mientras algunos obreros eran contratados para levantar muros, otras cuadrillas lo eran para demolerlos.

Así mientras unas manos edificaban un sector manos distintas lo derruían  al menos en parte y eran reemplazadas a su vez por otras, de esa manera se fue erigiendo aquel extraño palacete que se imaginaba lleno de alcobas secretas, de escondites, pasadizos ocultos, puertas disimuladas, túneles y escaleras misteriosas.

En verdad la casa hacía honor a la fabulada existencia de dueño: el extraño Profesor Delaunay a quien atribuían esotéricos conocimientos y misteriosos poderes que le habían permitido reunir una considerable fortuna.

* * *

Una vez completado el recorrido interior y consumidos los cócteles matizados con variados entremeses, los invitados fueron conducidos al espacioso comedor donde tomaron ubicación en torno a la gran mesa central ornamentada con tres pesados candelabros de plata.

Resulta ocioso abundar en detalles acerca de la mantelería, la vajilla, la cristalería, el menú o las bebidas, pues concordaban perfectamente con el entorno del festín.

Lo que cabe destacar, en cambio, era la atmósfera especial que reinaba en el interior de las habitaciones cuya temperatura mantenida en el punto ideal por un potente equipo de aire acondicionado se completaba con el sutilísimo perfume que al mismo tiempo exhalaban las rejillas de ventilación.

Tan etéreo resultaba el aroma difundido de esa manera que ninguno de los que respiraban allí lo advirtió. Por esa razón no atribuyeron al delicado gas que inhalaban el estado de bienestar que embargaba a cada uno.

Los más inteligentes imaginaron que se hallaban tan gustosos y felices allí por el sinnúmero de cosas bellas que los rodeaban y las atenciones de que eran objeto.

* * *

En el medio de un gabinete, de techo abovedado, blancas paredes y escaqueado piso de baldosas negras y blancas, el Profesor Delaunay rodeado por una  sofisticadísima batería de  equipos, entre los que descollaban los  de audio y video, seguía con atención las conversaciones y los gestos de sus invitados.

A veces se detenía para ampliar o congelar, durante segundos, una imagen. Desde ese gabinete insonorizado venía siguiendo desde el comienzo los pasos y conversaciones de sus invitados por medio de las potentes mini cámaras y los sensibles micrófonos diseminados por toda la mansión.

Se encontraba satisfecho. Sus invitados formaban un grupo heterogéneo de personas a las que había seleccionado cuidadosamente para llevar adelante aquel experimento y, en esos instantes respondían todos de conformidad a sus previsiones.

El gas A1D, de su invención, insuflado por el equipo de aire acondicionado resultó exitoso.  Los allí congregados parloteaban y reían todos como grandes amigos, incluidos los camareros que servían los manjares y bebidas gastando bromas a los invitados. Bromas que éstos a su vez festejaban y devolvían en medio de carcajadas.

La cordialidad provocada por ese sublime compuesto  había eliminado de golpe todos los prejuicios y barreras sociales, económicas, políticas e intelectuales entre ellos.

De modo tal que la altiva duquesa de Champvert y Montmirail conversaba familiarmente con el carpintero Desute quien se hallaba a su izquierda, en tanto el prestigioso médico de la Colina trataba de manera muy campechana a la recatada esposa del reverendo Gastre que reía y batía palmas como una quinceañera, en tanto la bellísima actriz Myrna Beaucenne se dejaba cortejar abiertamente por el pastor evangélico mientras continuaba celebrando los requiebros que le destinaba el  dentista López Aguerrido y de la  misma manera de un extremo al otro de la larga mesa, los demás comensales daban rienda suelta a la genialidad y al  buen humor.

Al promediar la comida, el Profesor Delaunay consideró que había llegado el momento de pasar a la segunda fase de su ensayo. Pulsó entonces uno de los botones de la consola que tenía delante y ordenó a su ayudante

-Pedro. Ahora daremos salida al A2E.

-De acuerdo Profesor. Se oyó por el parlante

* * *

En la mesa, clima distendido e informal continuó, aunque adquiriendo paulatinamente un cariz más entrañable y profundo, los circunstantes se iban tornando más proclives a las confidencias personales, al tiempo que experimentaban, en aquel inusitado impulso por revelar sus intimidades secretas, una incontenible voluptuosidad.

Tan insólito arrebato revestía las apremiantes características del deseo que precede a la entrega carnal  provocando los efectos físicos, porque nada menos que la duquesa reconoció con todo desparpajo y sin rubor alguno que “se estaba mojando como si una mano invisible le estuviera acariciando las partes más sensibles de su cuerpo”.

-Yo también siento ahí el mismo cosquilleo. Confesó imperturbable Marta, la esposa del ministro evangélico.

-Y a mi parece que si no hablo de lo que siento, quedaré tan pegajosa que cuando me levante no podré dar un paso. Declaró la bella Myrna con descaro, obsequiándoles la misma sonrisa al religioso y al dentista.

-Revelemos pues de aquello que más nos atormenta. Propuso el Juez Honorio Fontana.

-¡De acuerdo!- Exclamaron varios al unísono.

-¡Magnífico! Pero, ¿quién comienza?

-Se supone que como caballeros debemos dar prioridad a las damas. Mocionó el doctor López Aguerrido, agregando y que comiencen por orden de edad. Inmediatamente se rectificó, proponiendo el orden alfabético por apellidos.

-¡Caramba! Mi apellido empieza con B dijo la actriz. Así que soy la favorecida.

Todos los circunstantes aplaudieron con entusiasmo; la bella entonces retomó la palabra para decir:

-Mi deseo secreto, el que nunca pude ver realizado es ser nalgueada por una persona que me ame y a la que estoy segura que amaría por eso. Si, por extraño que les parezca, desde muy pequeña sentí ese extraño deseo de ser  zurrada en el trasero colocada boca abajo sobre las rodillas, al principio pensaba  que la encargada de hacerlo sería una mujer, mi mamá y más tarde una maestra de la que estaba locamente enamorada. Cuando advertí la naturaleza sexual de ese deseo me incliné porque me azotara un hombre… Y bien, nunca me atreví a confesarlo por vergüenza, por temor al ridículo, a que se burlaran de mi tomándome por loca y… Y nunca pude ver satisfecho ese anhelo secreto… Ahora lo saben.

-¡A mi me sucedió lo mismo!- Interrumpió una morena desde el otro extremo de la mesa. Lo único es que yo deseaba que un hombre me azotara con su cinturón en el trasero desnudo, como hacía el papá de una de mis amiguitas… Imaginarme en esa situación me excitaba muchísimo… Tanto que aprendí a masturbarme con esa fantasía y para hacer más real mis ensoñaciones a veces me colocaba desnuda frente al espejo del guardarropas y me propinaba azotes con un pequeño cinturón… Pero no era eso lo que yo deseaba y como Myrna yo tampoco me atreví a confesarle a nadie ese deseo y por eso nunca lo pude realizar…

-Pues a mi me azotaban de pequeña y hasta los catorce años. -Intervino Marta-, mi madre tenía una fustita y con ella nos azotaba a mis hermanos y a mi. Creo que no me gustaba, aunque descubrí que me hacía bien llorar… Saber que me pegaría me excitaba y llorar me calmaba Por eso le daba motivos para que me pegara… ¡Qué tonta! ¿No?... Después de grande volví a experimentar deseos de ser azotada y se lo comenté a mi esposo… Pero él no le dio importancia. ¿No es verdad, Guillermo?...

-No, no es así. Declaró el Pastor, me negué a hacerlo porque me parecía indigno de mi, el Señor te había confiado a mi para que te protegiera y cuidara, entonces…

-¡Qué ciegos son algunos hombres! Terció el carpintero. ¿Hay acaso algo más hermoso que un trasero femenino, yo desde pequeño me aficioné a los azotes, los daba y me los daban, con mis amiguitas jugábamos al papá y la mamá y nos azotábamos, jugando claro… Y encontrábamos gran placer en ese juego… De grande quise repetirlo, pero no me resultó tan sencillo saben… Aunque buscando, algo siempre se encuentra…

-¡Pensar que yo fui a un psicólogo para que me tratara por tener inclinaciones parecidas a las de ustedes! Dijo López Aguerrido. ¿Qué imbécil! ¿No? Creo que por eso me dediqué a las dentaduras para aterrorizar a las damas en el sillón, para disfrutar viendo sus miradas de terror cuando me disponía a emplear el torno…

-¿Qué les parece si en lugar de confesar nuestras frustraciones sexuales no satisfacemos nuestras inclinaciones? Lo mejor que podríamos hacer es ponerlas en práctica, porque yo, -dijo la duquesa de Champvert , siempre deseé presenciar una azotaina de verdad. Tuve que contentarme con los simulacros que ofrecen las películas o la televisión. Mi deseo secreto es ver una azotaina humillante, a alguien con los calzones bajos retorciéndose a causa de los azotes… Lo consideré siempre un deseo malsano, por eso lo oculté celosamente hasta ahora en que se nos presenta esta oportunidad y si tengo que someterme yo también, estoy dispuesta a que Alejandro Desute o cualquiera de ustedes me coloque sobre sus rodillas y sufrir mis azotes… De todas formas es interesante saber qué se siente en esos casos… ¿No les parece?...

-¡Estamos de acuerdo!... ¡Faltaba más!... ¡Así se habla!... ¡Manos a la obra!... Varias voces se alzaron para apoyar la iniciativa…

* * *

El Profesor Delaunay observaba con creciente interés el desarrollo de su experimento, sin poder evitar sentir un enorme placer ante el espectáculo de los traseros femeninos expuestos en toda su cruda belleza y sometidos a enérgicos azotes cuyo crepitar llegaba nítidamente por medio de los parlantes cuadrafónicos de su gabinete.

Llamó a su ayudante y discípulo para que él también contemplara la representación que tenía lugar en el comedor.

-¿Ves Pedro? Los antiguos alquimistas buscaban la panacea para retrasar la muerte, pensando que de ese modo la gente sería feliz, en la Edad Media cuando comenzaron la búsqueda el promedio de vida humana no llegaba a los treinta años. También querían crear la riqueza transmutando metales ordinarios en oro y plata… En fin la ciencia ha conseguido ambas cosas, hoy el promedio de vida se ha  triplicado desde entonces en casi todas las partes del mundo y los laboratorios fabrican diamantes artificiales a partir del carbono y los expertos obligan a las ostras a producir perlas… la riqueza como ves también se multiplica… ¿Pero es por eso la humanidad más feliz que antes? No. Para nada. Mientras la gente continúe acunando sueños secretos sin posibilidades de realizarlos seguirá siendo desdichada. Mi labor de alquimista consiste en obligarlos a sacar a luz esos deseos secretos y a realizarlos…¡ Mira! ¡Mira como disfrutan unos y otros con los azotes!... ¡Fíjate con azotes! Transmutan el dolor y la humillación en goce y gloria… Están sacando de adentro lo mejor de sí mismos…

-Sí maestro… ¿Pero qué sucederá después?... Cuando salgan de aquí al aire libre.

-No volverán a ser los mismos, te lo aseguro Pedro. Además recuerda que nos falta liberar el gas A3S que los adormecerá sumergiéndolos en un estupor semejante a la resaca alcohólica, recobrarán la conciencia más tarde y sólo recordarán esto como en medio de una bruma…

-¿Algo así como la resaca después de una borrachera, maestro?

-Efectivamente. Y ahora vuelve la sala de máquinas a esperar mi orden para liberar el gas A3S…………………………………………………………………………………