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Relatos de azotes

Siete horas de diferencia

Autor: Eleutheris
  Para María. 

“¡Nos une una fantasía! ¿No ves que lo que nos une es una fantasía? ¿Qué cosa más poderosa nos podría unir?”. Si mal no recuerdo eso fue lo último que le dije ayer antes de perder la comunicación.

Doy una larga calada al cigarro, y mientras separo la boquilla de mis labios y la mano va bajando para terminar descansando sobre la muñeca de la izquierda, me pregunto, “¿no había yo dejado de fumar?.”

 

.......................

 

Mientras camino al auto, y escucho un parco, “buena noche”, la contestación que debiera ser automática se me complica por que tiene tiempo molestándome que las “buenas noches” de toda la vida se haya trasformando singularizándose. ¿Dónde perdimos la capacidad de ser generosos incluso en el saludo? Cuando levanto la cabeza para intentar la sonrisa mecánica y responder, el interlocutor ha desaparecido. Busco las llaves en el pantalón y al sentir el roce de la bolsa en la palma de mi mano derecha, siento un pequeño calambre, la saco de inmediato, y la observo: sigue roja, y cuando soy consciente de ella, siento los pequeños y largo calambres que van de la base de la palma a tres de los dedos. Sonrío satisfecho.

 

....................

 

“Es verdad, nos une una fantasía, pero nos separan otras muchas”. Así empieza el correo que había abierto incluso antes de servirme el café nada más ver su nombre en la bandeja de entrada. Antes de seguir leyendo, levanto mi mano y la observo, lo rojo y los sugestivos calambres han desaparecido. Me hace falta un cigarro.

 

....................

 

Cuando por fin no encontramos ese día, ella viste la camiseta que tanto me gusta y unos muy breves pantalones cortos debajo de los cuales supongo una de sus tangas preferidas. Va descalza y me saluda de manera cariñosa. La beso con un corto contacto sobre los labios, y me empieza a contar su día. Percibo algo de nervios, no es normal que evite de esa manera mi mirada.

 

................

 

Le ordeno ponerse de pie, y ella hace como si no me escuchara. Tengo que decir que se ve preciosa. Está mal sentada en el sillón de la sala, con la cabeza a tres cuartos del respaldo, media apoyada en la codera, y con las piernas extendidas una sobre la otra. Finge una cara de aburrimiento, y sobre la camiseta con que me recibió se ha puesto algo para el fresco que empieza a hacer. El rojo de esa prenda le va bien al tono de su piel, y los ojos le brillan como nunca.

“Ponte de pie”, repito la orden. Se acurruca en el sillón, se hace una especie de ovillo, como si se protegiera, y por fin voltea su mirada hacia mí.

“Tienes tres para ponerte de pie, uno... dos...”

El tres llegó cuando ella intentaba evadir la mano que se dirigía a su patilla derecha.

 

........................

 

Descanso la mano sobre su culo. Irgo la espalda y suspiro. Levanto la cabeza, cierro los ojos e intento concentrarme en las sensaciones. Se escucha su llanto apagado. Ha desaparecido la tensión exagerada de su cuerpo. Sudor. Mucho sudor. El olor es embriagador.  Mi cuerpo está caliente, y todos mis músculos en tensión.

Abro los ojos, bajo la cabeza, y la observo encantado. Todavía no se relaja nada de mi cuerpo, pero de alguna manera de mi boca sale una frase cariñosa que le pide levantarse, nos ponemos de pie juntos, y nos abrazamos en silencio. No pasan dos segundos, y nos estamos meciendo como tanto nos gusta.

 

......................

 

No me puedo quitar de la cabeza la extraña sensación de novedad que compite con el ardor en mi mano, y la sonrisa boba de mi cara.

Lo que había hecho estaba mal y ella lo sabía, lo que no sabía, y en realidad yo tampoco entonces, es que de “enriquecer la realidad”, como a ella le gustaba decir, habíamos transitado ese día, y sin darnos cuenta, a incluir un error real a lo que aparentemente dejaba de ser solo un juego (O tal vez, el juego era ahora lo que se enriquecía.)

Tendré que decirle eso cuando hablemos la próxima vez, por ahora, ¿dónde están mis cigarros?

 

Audiencia de Conciliación

Audiencia de Conciliación

 Autores: Ana Karen y Amadeo Pellegrini

Estaba por vencer el plazo de espera cuando el prosecretario del Juzgado Laboral se acercó para decirme:
-Doctor, la audiencia ha sido suspendida a pedido de la contraparte, el Juez proveyó su pedido presentado a última hora. Habrá que fijar nuevo día y hora. Creí que la Dra. Álvarez le había avisado ayer.
No, la muy cretina no se había molestado en levantar el teléfono para decirme que pediría un aplazamiento de la audiencia. Una postergación que no tenía sentido porque yo, en un gesto de lealtad profesional, le había advertido que mi cliente estaba dispuesto a allanarse a las pretensiones de su cliente, y que lo único que pediríamos sería costas por su orden y un pequeño plazo para pagar la totalidad. O sea, era un caso virtualmente terminado.
Salí del tribunal maldiciendo el tiempo perdido, execrando a todas las abogadas conocidas y por conocer, en particular a esa pécora que tiene una linda carita y una figura excitante para ambular como una diva por todos los juzgados.
Además de enojado estaba desconcertado. ¿Qué carajo pretendía esa vedette al pedir un aplazamiento? Entré a la oficina rumiando mi bronca y traté en vano de concentrarme en los expedientes apilados que me esperaban encima del escritorio.
El teléfono me trajo a la realidad. Era Alicia, mi secretaria, avisándome que tenía un llamado de la Dra. Álvarez.
Atendí de muy mala gana con un seco “Hola” que según mi intención debía detonar como una bala en su oído. Desde el otro extremo me llegó la voz meliflua de mi colega, que sin disculpar su descortesía profesional me pedía una entrevista para ajustar el reclamo de su cliente.
-¿Ajustar qué, Doctora? ¿No habíamos acordado casi que mi cliente pagaría todo si se le concedía un pequeño plazo para reunir el resto del dinero?
-Mire Doctor, lamentablemente mi cliente ha cambiado de idea porque quiere ampliar la demanda, usted habrá leído que hay una reserva en ese sentido… (Efectivamente las hay en casi todas esas demandas, son de práctica pero aquello daba muy mal olor).
-Esta bien Doctora. Usted dirá entonces cuáles son las pretensiones de su cliente para que las evaluemos.
-Por teléfono no se lo puedo decir Doctor será mejor que nos encontremos a una hora que le convenga en el “El Galeón”…
Acepté, acordamos la hora y maldiciéndola mentalmente colgué.

* * *

Odio admitirlo y solo lo hago ante mí misma. Jamás aceptaría ante nadie el profundo respeto y admiración profesional que tengo por Lorenzo, y mucho menos lo que me excita verlo en un pleito defendiendo su caso: tan seguro, tan viril, tan sabio y conocedor de los vericuetos de nuestra profesión.
Un par de veces me tocó enfrentarlo y no fue nada fácil. Yo siempre quise ganarle un caso a como diera lugar y cuando me enteré que era él el defensor de la otra parte me dije: “ésta es la mía”, dado que el caso es sumamente fácil. Y el diablito de la venganza más la soberbia de querer ganarle se apoderó de mí. Pero fui más lejos aún y planeé algo un poco más complicado, más para molestarlo que otra cosa.
Pedí que se suspendiera la audiencia y el juez me lo proveyó. Por supuesto que no le avisé, lo que le hizo perder tiempo y con toda seguridad… ¡enojarlo mucho!
Cuando lo llamé a su estudio para concretar una entrevista y ajustar el reclamo de mi cliente, no podía disimular su enojo y eso me divertía muchísimo. Casi lo obligué a que nos encontráramos en “El Galeón”.

**********

“El Galeón” es la confitería preferida de los abogados porque está muy cerca del palacio de Tribunales; es un antiguo bar que mantiene la fachada y el mobiliario de la belle époque, un sitio donde se han cerrado más tratos y concluido más litigios que en los propios juzgados.
Decidí hacerla esperar como un pequeño desquite por el plantón de la mañana y cuando entré media hora más tarde la encontré sonriente frente a un pocillo de café vacío y un par de colillas aplastadas en el cenicero. Adrede no me disculpé por la demora, chasqué los dedos para que viniera el mozo, ordené un café y me senté delante de esa vampiresa de pacotilla.
Fue directamente al grano y sin preámbulos, mirándose las uñas arregladas, esas tan cuidadas que me fascinaban pero que, en ese momento me parecieron las garras de una tigresa; dijo que su cliente iba a demandar a mi patrocinado por acoso sexual exigiendo indemnización por daño moral.
Era una estocada mortal para mi cliente, por secreto profesional yo conocía muchos pormenores de su carrera amatoria y si esa relación con su ex empleada se ventilaba en los tribunales sería su ruina matrimonial y el comienzo de un terremoto económico.
No pude contenerme y le dije lo que pensaba, que eso tenía un nombre muy feo, se llamaba extorsión.
-Llamalo como te parezca Lorenzo -me dijo sin dejar de sonreír. En público nos dábamos un trato profesional pero en privado nos tuteábamos- Hablá con tu cliente y convencelo de que le conviene arreglar.
Más vale que le convenía arreglar. Ya le había solucionado yo una crisis matrimonial que lo colocó al borde del divorcio. Esta vez estaba listo. La muy ladina lo sabía.
-Bueno Doctor, espero su llamado –dijo al despedirse, sonriendo burlonamente mientras salía taconeando llevándose tras ella la mirada de deseo de todos los parroquianos.

* * *

Yo fui bastante puntual, pero tal y como me lo imaginé él llegó tarde con el sólo propósito de hacerme esperar. Por supuesto que no le dije nada y fui directamente al punto: estaba dispuesta a demandar a su cliente por acoso sexual. Dada la situación de este hombre, no le quedaría otra que aceptar y yo lo sabía.
Disfruté del enojo de Lorenzo, de su impotencia, de saber que lo tenía en mis manos y aunque no estaba siendo honesta ni profesional, me estaba divirtiendo de tener a mi abogado preferido en mis manos. ¡Dios, qué manera de regodearme con esta situación!
Cuando me dijo que “eso” tenía un solo nombre: extorsión, sólo me seguí burlando de él. Le dije que hablara con su representado y que más le valía arreglar. Él lo sabía, y por supuesto que yo también. Podría haber tenido un poco de piedad, pero no quería, no me daba la gana. Quería sentir la satisfacción de tenerlo en mis manos y eso era lo que estaba haciendo. Y era… sencillamente ¡delicioso!
-Bueno “doctor”, espero su llamado –me despedí mientras agitaba mi mano sin dejar de sonreírle. Me di media vuelta sin poder disimular la sonrisa de triunfo que me iluminaba. Porque esto todavía no había terminado.

******

Tuve que llamarla nomás y aceptar las condiciones que le impuso a mi cliente. Como si fuera poco debí ir a su estudio a llevarle los cheques. Fui, pero había madurado un plan para vengarme. Mi cliente pagaría, claro, pero ella me las pagaría a mí. y de una forma que iba a recordar por mucho tiempo.
El arreglo se hizo en las condiciones que ella impuso. Actuó de la manera que imaginé que lo haría cuando volví a recordarle que eso era una extorsión porque las relaciones de mi cliente con la demandante no provenían de un acoso sexual sino de una situación querida y aun buscada por ella, ya que voluntariamente se había entregado a su patrón.
Estela no dejó de reírse y pavonear como yo esperaba, admitió que era verdad lo que yo decía,  que tenía razón, pero que los hombres éramos tan tontos que “eso” nos hacía perder la cabeza, que lo teníamos merecido por calientes, que era justo que pagáramos porque planteado el caso el juez le daría la razón a la más débil o sea a su cliente, porque él también era hombre y tan boludo como los demás. Después de recibir los cheques firmó el desistimiento de la acción y del derecho.

* * *

Cuando me llamó como esperaba, para concretar el pago, lo hice venir hasta mi oficina a traerme los cheques, cosa que lo enojó aún más.
Lo esperé vestida con un escotado vestido rojo, muy ajustado en la parte superior que marcaba hasta el último centímetro de mi busto. La amplia falda se movía al compás de mis caderas. Unas sandalias del color del vestido, con unos altos tacos, servían para sostener mis largas piernas, de las que me sentía orgullosa. Quería provocarlo y demostrarle mi triunfo desde más de un aspecto. Sabía que Lorenzo me encontraba atractiva, pero jamás me dijo una palabra porque era un gran profesional que no le gustaba mezclar las cosas…
Mientras me entregaba los cheques, yo no podía disimular la alegría por mi triunfo.
-Estela querida, mi adorable doctora Álvarez... vos tenés claro que esto es extorsión, ¿verdad?
No contesté. Me limité a mirarlo y sonreír.
-Este caso no es de acoso sexual. Tu cliente buscó y hasta se ofreció a su jefe. O sea, fue una situación querida.
-¿Y con eso qué? Sí Lorenzo, esto es extorsión limpia y pura, lo admito. Pero ustedes, los hombres, son tan tontos que por “eso” pierden la cabeza y más. Así que… es justo que paguen. Sabés perfectamente que planteado el caso, el juez, que es hombre y tan boludo como el resto de su especie, le dará la razón a la parte más débil, o sea… a mi cliente.
Dicho esto y satisfecha de mí misma, firmé el desistimiento de la acción y del derecho. Estaba feliz, me sentía muy contenta por haber ganado el caso a pesar que no había sido ni profesional ni demasiado honesta. Pero le había ganado a Lorenzo y eso era todo lo que quería, todo lo que me importaba.

* * * *

Entonces yo saqué del bolsillo del saco un micrograbador y mostrándoselo le dije:
-Querida colega, vamos a ver que dictamina el tribunal de ética profesional del Colegio de Abogados cuando escuche esta cinta después de leer la denuncia que voy a presentar en tu contra…
 La hora de mi triunfo había sonado. Era yo quien tenía en la mano las cartas del triunfo, su rostro se demudó, pero aun así estaba radiante, no se me había escapado ni el brillo de sus ojos ni el cuidado que había puesto en arreglarse, porque estaba vestida y maquillada con esmero, más propio de alguien preparada para una fiesta que para trabajar en la oficina. En otras circunstancias la hubiera encontrado allí bien vestida, sí, pero seguramente con una indumentaria más cómoda, pantalones, un suéter al tono; zapatos de taco bajo y el cabello recogido, más propio de una letrada.
 El vestido rojo de amplio escote y falda acampanada que lucía con unas elegantes sandalias de alto tacón más el peinado que delataba el paso por la peluquería, no podían significar otra cosa que el placer de la victoria, como esos generales que se presentan al desfile con todas sus condecoraciones y entorchados, así apareció mi colega.
-¡Lorenzo! ¡No te vas a atrever! ¡Vos no me podés hacer eso! ¡Eso sería una canallada!... No, no te atreverás…
-Mirá querida, mi cliente salió perjudicado injustamente así que cuando te suspendan la matrícula, con la plata de tus honorarios más lo que le vas a cobrar a tu cliente podés tomarte unas lindas vacaciones…
-¡Hijo de puta!
Con estudiada calma me levanté y me dirigí a la puerta. Ella pensó que me retiraba, entonces me rogó que llegáramos a un acuerdo, estaba al borde de las lágrimas. Cerré la pesada puerta de roble con doble vuelta de llave y me la eché al bolsillo.
-Mirá muñeca, yo no quiero perjudicarte,  te voy a regalar el casete, pero recién después de hacer lo que tengo que hacer con vos…
-¿Qqqquuuéee vvvaaas aaa hhhaccceeer? ¡Soltame!
-Si gritás –murmuré- tu secretaria, la pasante y la gente que está en la sala de espera van a enterarse que la Doctora Álvarez recibió una soberana paliza en su propia oficina.

* * * * * *

Pero la sonrisa y el aire de triunfo se me borraron del rostro cuando el muy desgraciado sacó de su bolsillo un micrograbador que me mostró sonriente mientras me decía:
-Querida colega, vamos a ver qué dictamina el tribunal de ética profesional del Colegio de Abogados cuando escuche esta cinta después de leer la denuncia que voy a presentar en tu contra…
No podía creer lo que oía. El muy desgraciado me había hecho hablar y me había grabado. Me desesperé y comencé a caminar hacia él:
-¡Lorenzo! ¡No te vas a atrever! ¡Vos no me podés hacer eso! ¡Eso sería una canallada!... No, no te atreverás…
Me dijo algo de que con lo que le había sacado injustamente a su cliente, con mis honorarios y lo que le cobraría a mi cliente, me podría ir de vacaciones cuando me suspendieran la matrícula. Creí que me moría del disgusto y los nervios. Tuve que apoyarme en el escritorio, pero enseguida reaccioné:
-¡Hijo de puta!
Tenía ganas de pegarle, de insultarlo más, de herirlo con mis palabras pero… nada se me venía a la mente y tenía que calmarme. Me tenía a su merced…
Lorenzo se levantó y se dirigió a la puerta. No podía permitir que se fuera.
-¡Esperá, no te vayas por favor! Tenemos que llegar a un acuerdo, te lo ruego.
Sentía que la cabeza me estallaba. Tenía que pensar algo y rápido. Conocía a Lorenzo y tenía claro que si hacía eso era porque estaba seguro de ganar. Cuando sentí que cerraba la puerta con llave y la guardaba en su bolsillo… menos aún entendí. Hasta que vi su sonrisa de triunfo…
Lorenzo no necesita hablar. Con sus gesticulaciones dice todo. Tiene los labios finos, y cuando sonríe con la seguridad de haber ganado un caso pues… cierra sus ojos, parpadea suavemente y sus labios se convierten en una fina línea que termina en dos hoyuelos deliciosos. Y sé por experiencia que su contrincante está perdido, como lo estaba yo en aquél momento.
-Mirá muñeca, yo no quiero perjudicarte,  te voy a regalar el casete, pero recién después de hacer lo que tengo que hacer con vos…
Sin mediar palabra y sin que mi mente me permitiera moverme, tomó la silla en la que había estado sentado, la colocó en el medio del despacho, se quitó la chaqueta y la corbata, remangó su camisa y me agarró fuertemente del brazo.
-¿Qqqquuuéee vvvaaas aaa hhhaccceeer? ¡Soltame!
No le hizo falta mucho esfuerzo para que terminara yo sobre sus rodillas. Muchas veces me había prometido una azotaína pero jamás le había creído, y menos con aquel caso con el que me sentía totalmente ganadora. Comencé a gritar que me soltara, mientras él, con toda calma me decía que si gritaba se iba a enterar mi secretaria, clientes y toda la gente que estaba afuera. Lo peor era que tenía razón.

* * * * *

Ella se sentía triunfante, hasta que la suerte, -que también es mujer-, dejó de sonreírle.
Allí estaba atónita y muda mirándome mientras yo me deshacía del saco y la corbata. En ese momento no estaba seguro de poder cumplir con el objetivo que me había propuesto, podía ella recobrarse y pedir auxilio. Su secretaria, entonces con el pasante y las personas de la sala de espera acudir y encontrar la puerta cerrada con llave. ¡Menudo escándalo!
Si me acusaba de agresión sexual, con tantos testigos me las vería en figurillas para levantar los cargos, no obstante confiaba que ella temía más al escándalo que a mí, pues no ignoraba en absoluto los sentimientos y deseos que me inspiraba desde hacía mucho tiempo.
Apenas balbuceó una protesta ante mi indigno comportamiento, por haber abusado de su buena fe grabando la conversación… Pero tal como pensaba, no pidió ayuda y cuando la solevé para voltearla sobre mis rodillas, tan sorprendida estaba que no atinó a oponer resistencia.
Acusó las primeras palmadas con unos gemiditos muy parecidos a los de una gata en trance. Eso me animó, no sólo a seguir adelante sino a avanzar sobre las endebles defensas.
Sospecho que en ese momento maldijo haber elegido aquel vestido de leve gasa cuya falda remonté sin dificultad para regodearme con la vista de sus cremosas nalgas enfundadas en un satinado slip blanco.
Debo ser fiel a la verdad en ningún momento sentí enojo, pero tampoco arrepentimiento, lo que experimentaba en esos instantes era placer. Puro placer, un compuesto maravilloso de emoción estética, sensación de poder y mucho agradecimiento, por no decir amor por la persona que había urdido la trama de la cual en definitiva había resultado víctima.
Aguantaba con bastante resignación las sonoras palmadas que le dispensaba y eso me animó a derribar la última barrera. Me apoderé de la cintura elástica y con movimientos firmes y seguros anulé el último bastión del pudor. A pesar de sus ruegos y protestas logré descender la prenda hasta despejar por completo el glorioso campo carmesí de la que mi mano se enseñoreó.

* * * * *

Las primeras nalgadas las sentí a través del fino vestido. Me supieron deliciosas, como caricias, yo sabía que no me estaba dando muy fuerte, pero comenzaba a sentir un rico calorcito en mis nalgas. Cuando levantó la falda ¡creí morirme de vergüenza! Yo, una profesional reconocida, la doctora Álvarez, con mis nalgas al aire… ¡no! ¡no podía permitirlo! Traté de zafarme, de que me soltara: pataleos, golpes en sus piernas, movimientos bruscos y hasta súplicas…todo fue en vano. Su mano siguió cayendo sobre mis nalguitas, pero ya no me sabían a caricias porque ahora ardían y mucho.
Debía tener mi cola como una grana, pero la bestia peluda de Lorenzo continuó con los azotes, y hasta se atrevió a bajarme la bikini blanca. Nunca había sentido tanta vergüenza en mi vida. Sentía tanta vergüenza como… como… como… ¿excitación? Sí, aquella maravillosa sensación era una mezcla de dulce dolor y de excitación.  Las lágrimas comenzaron a rodar, pero en mi rostro se dibujó una sonrisa de picardía y placer. “Seguí Lorenzo, seguí… ¡Sí! ¡qué sensación más deliciosa!” pensaba para mí.
De todas formas, aunque vencida una vez más, el final de este episodio fue realmente “reconciliatorio”.

* * * *

Sí, más que la azotaína, la humilló la broma que le gasté, es que a cualquier dama las burlas le duelen más que esa clase de azotes.
Le caían lágrimas de indignación al enterarse que lo de la grabación era una mentira. Advertí que le costaría perdonarme y además deseaba hacerlo. Me acerqué a ella, la tomé por la barbilla para alzarle el rostro y la besé…
Ella, me jacto al decirlo, devolvió el beso transformando el episodio en una verdadera audiencia de conciliación.

                                                            FIN

Isabel

Autor: Jano

 

                                                       Quiero, y no saben qué quiero:

                                                        yo sólo sé que me muero.

 

                                                                        CALDERON DE LA BARCA

 

                                                                      o0o0o0o0o

 

                                                        De su cuerpo garrido,

                                                        lozanía trascendía.

 

                                                                         JANO.

 

                                                                       o0o0o0o0o

  

Desde su más tierna infancia, la mente de Isabel se había poblado de escenas de castigos en las cuales, de una u otra forma, se sentía la protagonista.

 

Cuando por alguna pequeña trastada recibía unos leves azotes como advertencia de lo que no se debe hacer, disfrutaba de ellos como consecuencia de sus inclinaciones.

 

Flacucha, con grandes ojos color de miel, soñaba con frecuencia,--despierta o dormida--, con situaciones que alteraban su espíritu de una manera que no comprendía.

 

Los años fueron pasando por Isabel,-- o mejor, ella fue pasando por los años--, sin que tales imágenes la abandonaran. Su mayor deseo era que alguien, un hombre justo pero autoritario corrigiera sus faltas con la mayor severidad haciéndola sentir lo que tanto deseaba.

 

Buscaba sin saber cómo encontrar. miraba a los hombres con los que se cruzaba e incluso a los de su familia, calculando si alguno sería el que colmara sus ansias.

 

Tiempo atrás habían quedado aquellos maravillosos y dulces azotes que, de tiempo en tiempo, recibía de alguno de sus progenitores. Ni siquiera le quedaba más que en el recuerdo aquel pequeño consuelo.

 

Con los años fue adquiriendo un fogoso temperamento que la incitaba a satisfacerlo por sí misma acudiendo a su fantasía recurrente. Lo hacía en la intimidad de su habitación, aunque con suma discrección pues compartía la habitación con su hermana menor, en el  coche de sus padres durante los largos  trayectos, en un autobús si se desplazaba a otra ciudad……..en fin, cualquier lugar donde tuviera discreto acceso a su entrepierna. 

 

Ya en la Universidad, con sus hermosos ojos, a los dieciocho años recién cumplidos, mostraba una esbelta y deliciosa figura que era el foco de aquellos compañeros: la miraban con mal disimulado deseo y más de uno le hizo proposiciones.

 

Como ya se ha explicado, debido a su natural fogoso y sus secretas ansias, mantuvo algunas esporádicas relaciones que la dejaron insatisfecha, vacía y de las que no obtuvo aquello que poblaba sus fantasías pese a que hizo tímidos intentos de comunicarlo a sus accidentales amantes.

 

Frustrada, durante algún tiempo, evitó relacionarse íntimamente con hombre alguno.

 

Continuó con su inveterada costumbre de masturbarse con frecuencia. Incluso, llegó a autoflagelarse, con el consiguiente desencanto: algo importante le faltaba; esa especie de ritual que tantas veces había imaginado en el que era dominada, castigada de palabra y obra como corrección a sus debilidades. No fue el dolor el que le impidió repetir la experiencia sino la falta de estímulo que cumpliera los requisitos de un juego que ella imaginaba placentero, lleno de matices y pleno de satisfacciones para sus fantasías nunca realizadas.

 

Desanimada de que algún día pudiera cumplir sus deseos, siguió con sus estudios  afanosamente.

 

En determinado momento de la carrera, tropezó con la maldita “estadística” de la que, a pesar de dedicar enormes esfuerzos, no conseguía  obtener el menor resultado. Derrotada en sus intentos, pidió ayuda a su profesor argumentando su incapacidad para aprobarla. De la reunión que mantuvo con él salió un tanto esperanzada a la vez que intrigada. ¿Qué había querido decir con que utilizaría cualquier medio para ella consiguiera el aprobado? Siempre contando con su interés y trabajo: a esto, le había contestado con vehemencia que haría lo que fuera necesario y pondría todo su empeño en la tarea.

 

Durante un tiempo, la clase semanal que recibía, los consejos del profesor y su paciente dedicación, ayudaron en gran manera a Isabel. Pero (siempre hay un pero), llegó un momento en el que él comenzó a perder la paciencia por lo que consideraba falta de rigor.

 

En cierto momento en que su profesor parecía estar más irritado, inesperadamente se apartó de su mesa como un relámpago tomando a Isabel desprevenida; la tumbó sobre sus piernas dedicándose a palmear su trasero con notable habilidad y fuerza. Sorprendida al principio, al poco, una luz se hizo en su cerebro dejándose hacer con la mayor docilidad y, por qué no decirlo, satisfacción indecible. Sin dejar traslucir sus pensamientos ni su gozo, se dejó hacer. Sus jeans, absorbían los golpes evitando que un mayor dolor y placer llegaran a sus nalgas. Isabel se maldijo por no haberse puesto ese día algo más liviano. La primera y ansiado zurra que tanto deseaba sucedía cuando menos  preparada estaba. Se prometió hacer lo imposible para que, si se repetía el suceso, la encontrara adecuadamente preparada para sus designios.

 

Cuando la azotaina terminó al límite del tiempo que él le dedicaba, la conminó a esmerarse en lo sucesivo para no tener que repetir el castigo. Aparentando afectación, con un mohín como de un disgusto que no sentía, la casi satisfecha joven salió del despacho evitando dar saltos de alegría antes de transponer la puerta, cosa que hizo al estar al abrigo de sus miradas. Con el corazón brincando en el pecho como un caniche a los brazos de su dueña, Isabel se fue a su casa prometiéndoselas muy felices si aquello continuaba.

 

Una vez a la semana era poco para progresar en el estudio de la horrible asignatura y así se lo hizo saber al profesor: éste estuvo de acuerdo y le dijo de ampliarlo a dos días.

 

Con alguna que otra variante, día sí y día no, recibía una soberana paliza de aquel hombre que no parecía estar nunca satisfecho con sus progresos. Nunca comentaban la azotaina de la que Isabel salía corriendo como un corzo regocijada y ansiando llegar a su casa para satisfacerse, ya que él, jamás se tomaba libertad alguna ni hacía intención de tocarla. Parecía que lo consideraba un sagrado deber para con ella.

 

Ella decidió provocarle para que fuera más allá de los azotes: con tal fin, comenzó a llevar faldas más sueltas, finas. El resultado era siempre el mismo; terminado el castigo, la despedía con las mismas admoniciones para que estudiara más. El espíritu y el cuerpo de Isabel estaba más por otra labor que por el estudio.

 

Provocó más aun al hombre, poniéndose faldas cortísimas, casi exiguas, llegando incluso a llegar sin ropa interior. El resultado era siempre el mismo. El no abdicaba de su papel instructor: parecía no darse cuenta de las provocaciones que le hacían comportándose con extrema corrección. Aquello la enervaba: en sus sueños y fantasías, siempre se representaba a sí misma con el culo desnudo mientras era azotada y con aquel hombre no lo conseguía. Llegaba a veces a inclinarse hasta el suelo sin doblar las piernas con lo que parte de sus nalgas, libres de cualquier prenda que las ocultara, mostraban de forma evidente parte de ellas. Ni así conseguía que él hiciera algún intento que ella necesitaba imperiosamente. Como de costumbre, acalorada allí donde era azotada y más aun  entre las piernas, su calentura no alcanzaba la tranquilidad hasta que en la intimidad de su habitación se desahogaba con frenesí.

 

Repitió la asignatura el curso siguiente por haber sido suspendida, con lo cual, previamente, rogándole de nuevo ser admitida en aquellas tutorías a lo que el profesor accedió no sin antes recriminarla haber perdido el curso anterior.

 

Por no hacer prolija la narración, diremos que Isabel se las arregló dos veces por semana para recibir aquellos castigos que tanto la excitaban, aunque no obteniendo jamás la consecución de la segunda parte de sus deseos: él se mantuvo incólume pese a sus artimañas. Llegó a pensar si sería gay pese a que en más de una ocasión había observado un abultamiento dentro de su pantalón. Algo muy importante, si no era su inclinación a los hombres, le mantenía alejado de intención lasciva alguna hacia ella. Poco a poco, se abrió en la mente la idéa de que, quizás, por la posición que ocupaba dentro de la Universidad, le impidiera que diera rienda suelta a sus impulsos,--en caso de que los tuviera--, de que intentara algo más que azotarla, lo cual ya era bastante peligroso para su estatus. Tal vez se hubiera dado cuenta de la complacencia con que ella recibía los castigos y con eso se satisficiera sin sentirse amenazado en su carrera.

 

Lo cierto es que pasó el curso que Isabel aprobó con nota sin que ocurriera nada nuevo digno de mención.

 

Como es lógico, una vez aprobada la asignatura, no existían motivos para que siguiera acudiendo a su despacho: durante el resto de la carrera, nunca más le vio. ¡Con cuanta insistencia rememoró las frecuentes azotainas que recibía de aquel tutor! Al no recibirlas, solo alimentaba sus fantasías eróticas con los más mínimos detalles de aquellos días que desmenuzaba como los pétalos de su más preciada flor.

 

Durante algo más de un año, como consecuencia de sus vivos deseos no satisfechos, contrajo una depresión de la que salió con medicamentos y los buenos servicios de un psicólogo al que acudió en demanda de ayuda. Pese a todo el tiempo de terapia a que estuvo sometida; pese a las consideraciones que el buen psicólogo le hacía, Isabel, en ningún momento abandonó sus fantasías de las que se nutría constantemente.

 

Salida de aquel estado, buscó trabajo y se dedicó a él en cuerpo y alma una vez conseguido.

 

Mucho más tarde, conoció al hombre con el que se fue a vivir; si bien la satisfacía en sus deseos sexuales, la asignatura  pendiente que le quedó a Isabel, hasta donde se conoce, se mantuvo durante años sin aprobar.

 

Pasado el tiempo, por desavenencias mutuas, se separaron.

 

Aquella parte de su gozo que funcionaba, terminó por esfumarse también.

 

Sola, sin más sensaciones agradables que aquellas cuyas propias manos le proporcionaban, elucubraba cómo encontrar alguien que la correspondiera en todas y cada una de sus necesidades físicas y mentales.

 

Más tarde, encontró varios grupos con gente de sus mismas aficiones: de entre aquellos que la buscaron, tras algún tiempo de largas conversaciones por internet, acabó por conocer a tres hombres. Tras conocerse, recibió tanto y más de lo que pedía. Solo uno de ellos parecía conformarse con los castigos que le inflingía sin sexo. Los otros dos eran activos en todo: tiernos, respetuosos, eficaces con los castigos y fogosos, unos por una cosa otros por otras, Isabel gozaba de todo ello con delectación. Sus más íntimos deseos eran satisfechos plenamente.

 

En adelante, no se ató a ninguna relación estable pero teniendo lo que desde pequeña había ansiado. Tuvo cuanto quería de ésta vida.

 

El Jeque

Autor: Jano

 

Yosuf-al-Raschid era un gobernante de poder omnímodo, cruel con sus súbditos a quienes esquilmaba con exagerados  impuestos y mantenía en el más absoluto terror.

 

Su historia ha corrido de boca en boca entre las caravanas y gentes  del Sahara durante casi  dos siglos hasta llegar a mí a través de un camellero al que contraté como guía para mi visita al desierto.

 

Lo que sigue, es lo que me contó en su mal español.

 

“La historia, transmitida durante generaciones, se refiere a un mal gobernante de hace mucho tiempo llamado Yosuf-al-Raschid

 

Se dice que era un hombre de gran apostura, de ojos negros como su pelo y barba, de facciones perfectas, aunque solo eso se podría admirar de él. Lascivo, cruel, despótico, era odiado y temido por cuantos tenían noticias suyas. Sus concubinas, eran requeridas con la mayor frecuencia para satisfacer sus apetitos. A veces, ni siquiera los más jóvenes jenízaros de su guardia personal se salvaban de sus excesos; los sodomizaba cuando le venía en gana. Debido a la exagerada longitud y grosor de su miembro, les producía tales daños que, durante un tiempo,  apenas si podían andar normalmente.

 

Su vida transcurría en constantes bacanales, placeres de la mesa y la cama, en tanto sus súbditos morían de hambre.

 

Una de sus más graves defectos, por si lo antedicho no fuera bastante,  consistía en su extremada crueldad: disfrutaba con azotar a sus esclavas antes de poseerlas de la forma más brutal e incluso después. Diestro jinete, con su fusta, propinaba largos castigos: lo que le hacía disfrutar sobremanera  era escuchar sus gemidos y gritos.

 

Sin embargo, a unas pocas, entre las que se encontraba la bella judía Sarah, solo azotaba con una labrada paleta de grueso cuero o un ancho cinturón del mismo material.

 

Dado que era ella una de sus favoritas, su trato hacia Sarah solía ser menos salvaje aunque, por la afición que tenía de yacer con ella más a menudo que con el resto de las jóvenes, los castigos se producían con mayor frecuencia.”

   

Tal historia, me la iba contando mi guía cuando acampábamos, a la luz de una hoguera, mientras degustábamos nuestras tazas de té verde con hierbabuena. La figura de Yosuf, había llegado hasta nuestros días, quizás un tanto adulterada o magnificada en su crueldad.

   

Pero sigamos:

 

“Parecía  que corrían vientos de rebeldía entre su pueblo por las infames condiciones a que eran sometidos.

 

Sarah, la bellísima judía, harta,--no ya de las palizas--, de soportar tantas veces en su cuerpo que no lograba descansar de las acometidas de aquel tremendo miembro del tirano, concibió la idea de minar su autoridad con el mayor sigilo.

 

Al iniciar su estrategia, un aberrante y desproporcionadamente gordo eunuco, la oyó exponer sus planes a otra esclava y, sin perder un minuto, se lo contó al sátrapa. Éste la  hizo llamar a su presencia; ordenó que la desnudaran. Enojado, furioso, con los ojos inyectados en sangre, se abalanzó sobre ella llevando en la mano la terrible paleta de cuero y, en el colmo del furor, le propinó cien  o más golpes hasta que Sarah cayó rendida al suelo medio inconsciente. Cuando se repuso, sin el menor miramiento la penetró por detrás disfrutando con los aullidos de la joven ante sus acometidas.

 

Más tarde, ordenó que fuera llevada a una mazmorra y atada con una cadena a la argolla  incrustada en una de las paredes. Al poco tiempo de estar allí, debido al calor reinante en tan pequeña celda, su cuerpo transpiraba por cada poro de su cuerpo produciendo un intenso vapor.

 

Cada noche, o cuando le venía en gana, Yosuf, obligaba que la presentaran ante él martirizando su cuerpo con la fusta o lo que tuviera a mano tras lo cual, la poseía con ardor y mandaba la hicieran regresar a su celda.

 

Sarah se juró que tomaría venganza si en alguna ocasión le fuera posible.

 

Tres años tardó el despiadado Yosuf en permitirle volver al gineceo. Durante un largo tiempo, no la llamó a su presencia, ocasión en que, con más cuidado que la vez anterior, ella se confabuló con sus compañeras, angustiadas cada día esperando ser llamadas, a las que consiguió conquistar para su causa. Todas, excepto una a quién en secreto le complacían los castigos que recibía. Ante la negativa de la joven negra senegalesa, todas, asustadas de que pudiera llegar a oídos de su Amo el complot que estaban tramando, como una sola voz, la amenazaron con degollarla si decía una palabra de aquello. Juró no decir nada aunque ante la desconfianza general.

 

Durante unos días, las concubinas permanecieron en un estado de constante desasosiego, hasta el día en que la joven senegalesa fue llamada a satisfacer al señor: ésta. acudió dócilmente a su llamada. Disfrutó de la consabida paliza hasta tener varios orgasmos que trató de ocultar para que no fueran percibidos por Yosuf.

 

En tanto la joven permanecía ausente del harem, el resto de las mujeres no cabían en sí por el terror que les causaba la posibilidad de ser descubiertas en sus propósitos. Solo cuando trascurría el tiempo desde su regreso sin que  ocurriera  nada, comenzaron a tranquilizarse.

 

Aquella joven senegalesa había sido capturada tiempo atrás. De negro pelo, pechos pequeños y caderas estrechas, más parecía un efebo que una mujer. En cuanto la vio, el Jeque la cogió para sí; no se arrepintió de tenerla en el harem: su fogoso temperamento la hacían insustituible. Aunque también estrecha en su conducto vaginal, sin embargo, no solo soportaba las embestidas del enorme pene del hombre, sino que parecía disfrutar de él. Su afición a recibir azotes de todo tipo, la excitación que sentía con los castigos y que nunca confesó a nadie, hacían que suspirara por ser llamada. En aquella ocasión había disfrutado más que en otras veces ya que, añadido al placer sexual y al producido por la azotaina, él la había besado en la boca; algo en lo que no se prodigaba. Ni siquiera se había acordado del juramento que les hizo a sus compañeras ni la decisión de ajustarse a él y callar la boca sabedora de las consecuencias que podía tener para todas que el Amo se enterara de semejante cosa. Pese a su decisión de guardar silencio, algo la preocupaba; si por algún suceso inesperado fuera apartada de él, no sabría cómo soportar la ausencia de sus castigos, sus tremendas embestidas que tanto placer le provocaban.

 

Entretanto, Sarah seguía con sus planes. Sabedora de que por si solas no conseguirían librarse del tirano, pese a las dificultades que entrañaba su plan, decidió implicar a los genízaros de la guardia personal de Yosuf.

 

Con la mayor cautela, en los momentos que el eunuco abandonaba la vigilancia, salía a hurtadillas del gineceo y provocaba a uno u otro guardia; le concedía sus favores y le inducía a tomar medidas para librarse del monstruo. Poco a poco, se fue ganando a la guardia, sembrando en ellos la semilla de la rebelión. Uno de los más jóvenes guardias que por su extremada belleza era cabalgado con frecuencia por el Jeque, hablando con sus compañeros,--la mayoría de los cuales eran tratados de la misma forma--,fue ayudando a que la semilla sembrada por Sarah fructificara y se consolidara.

 

Todos debieron posponer sus planes de derrocar a aquel ser despreciable: éste abandonó por un tiempo la región para entrevistarse con otros jeques.

 

Durante la ausencia de Yosuf, tanto unos como las otras, tuvieron tiempo de afinar el plan que habían concebido. Mientras algunas de las jóvenes entretenían al siniestro eunuco, varias se reunían con la guardia y ultimaban los detalles. Además de planear la estrategia, se daban el gusto de disfrutar los unos de las otras y viceversa.

 

A la joven senegalesa la mantenían aparte de sus maquinaciones.”

   

Mi guía, al llegar a éste punto, como Sherezade, dejó para la noche siguiente la continuación del relato, dejándome sobre ascuas por la espera.

   

Como había prometido, Hamed, como se llamaba el camellero, continuó con la crónica a la noche siguiente.

 

“Ya dispuesto el plan, Yosuf regresó. Lo primero que hizo fue subir los impuestos. La indignación cundió en la población.

 

Viendo que no había otra solución, la guardia personal del Jeque decidió actuar. En ocasión de una de sus innumerables orgías, rodeado de todas sus concubinas, penetraron en tromba en la estancia;  pese a sus gritos y amenazas, le redujeron y ataron como un fardo. Siguió profiriendo amenazas de muerte hacia sus soldados, quienes no le prestaban la menor atención mientras deliberaban qué hacer con él. Algunos optaban por degollarle sin más. Sarah, que se encontraba allí, propuso algo muy distinto: matarle sería como hacerle casi un regalo. Explicó su plan.

 

     --Opino que debemos dejarle con vida; hacer como si nada hubiera pasado y nosotros mismos actuar en su nombre. Bajar los impuestos, dar alimentos a la población y obligarle a firmar los decretos. Se resista o no, lo hará. Como lo mantendremos en secreto, nadie sabrá lo que ocurre en éste recinto. Propongo también otra cosa; aquel de vosotros que quiera, le sodomizará cuantas veces le venga en gana. Nosotras, por nuestra parte, le azotaremos sin descanso como él hacía con todo a quién quería. Creo que eso será más castigo que la muerte.--

 

Aceptaron todos con entusiasmo la iniciativa de Sarah y así se hizo en adelante. Encerraban a Yosuf durante el día dándose al solaz entre ellos; una vez que caía la noche, le llevaban al gran salón donde le propinaban soberanas palizas,--como no podría ser de otro modo por tratarse de quién era-- y le vejaban obligándole a comer del suelo lo único que le daban en todo el día.

 

En el futuro, sin que nadie echara de menos al cruel Jeque, la vida  allí estuvo plena de satisfacciones de todo tipo y una idílica paz.

 

A la joven senegalesa, en premio a su silencio y complicidad, le concedieron que utilizara el miembro de aquél hombre a su antojo, una vez que confesó su debilidad por él y los azotes. Éstos últimos, se los propinaba cualquiera que quisiera dárselos a entera satisfacción suya que disfrutaba cada noche.

 

Pasados unos años, aquel engendro murió de tristeza y penurias, aunque sin arrepentirse de su comportamiento inhumano.

 

El pueblo, desconocedor de lo que ocurría y de la suerte de Yosuf, mejoradas sus condiciones de vida, abandonó las intenciones de sublevación y pudieron vivir una vida digna que el Señor no les había proporcionado antes. Tanto los genízaros como las esclavas, gobernaron en nombre del execrable y odiado hombre al que con el tiempo, consideraron su benefactor gracias a lo que suponían se debía a un milagro, sin saber que no era él quién gobernaba.

 

Hasta aquí, lo que se sabe de aquella crónica. Si ocurrió o no como se cuenta, jamás se sabrá.”

   

Ésta es la historia que, en noches de luna, admirando el cielo estrellado del desierto, me relató mi guía y yo comparto con ustedes.

   

Aunque rara vez, la maldad se paga a un alto precio.

Aquellos cincuenta pesos

Por: Amada Correa

“Mienten quienes quieren disfrazar la vida
con la máscara loca de la literatura”
Camilo José Cela – “La Colmena"

Cuando cursaba el quinto grado, revisando una de las viejas carteras de mamá, tuve la suerte,  lo que es, -como se verá-, sólo una manera de decir, de dar en el fondo de una de ellas con un ajado billete de cincuenta pesos, apenas visible en medio de un  revoltijo de manoseados papeles, olvidado allí quién sabe desde hacía cuánto tiempo.

Seré breve, fue verlo y calcular de inmediato la cantidad de chocolatines blancos que podía comprar lo que me impulsó a silenciar el hallazgo para transformarlo, al día siguiente, camino del colegio, en varios puñados de mis golosinas favoritas.

Llegué a la  clase con más de treinta chocolatines guardados en la cartera entre los útiles escolares.

Para no delatarme, los primeros los consumí en el baño del colegio durante los recreos y los papeles a medida que los desenvolvía los fui arrojando al inodoro.

Recién rumbo casa comencé a preocuparme seriamente por el resto de los chocolatines y las posibles consecuencias de mis acciones, pues tenía plena conciencia de haberme apoderado de un dinero ajeno para malgastarlo todo en chocolate, sustancia que no me permitían consumir en exceso.
 

Ante mi se abrían entonces dos caminos: sincerarme con mamá y aceptar lo que sin duda caería enseguida, una severa reprimenda aderezada con alguna penitencia más o menos desagradable o bien cruzar los dedos, callarme la boca y, -que-fuera-lo-que-Dios-quiera-. Opté por lo último.

Al comienzo la suerte estuvo de mi parte, cuando llegué mi madre estaba muy atareada, apenas si me prestó atención mientras me ayudaba a quitarme el delantal y lo mismo durante el almuerzo.

Por la tarde tampoco me pidió los cuadernos ni revisó mi cartera, de manera que, después en mi habitación, mientras completaba los deberes, devoré uno a uno todos los chocolatines que quedaban.
 

La evidencia delatora, o sea los envoltorios, los fui escondiendo en el fondo de la cartera con el propósito de deshacerme de ellos al día siguiente en los baños del colegio.

Todo marchaba a la perfección hasta que, en algún momento, mi organismo dijo basta. 

A la hora de la cena llegué descompuesta, el olor de la comida me producía nauseas, rechacé la  cena aduciendo un fuerte dolor de estómago.

Resistí la insistencia de mi madre para que tomara algún bocado, lloriqueando aseguré hallarme descompuesta. Papá observó que tenía el rostro muy congestionado. Luego de un breve conciliábulo, resolvieron mandarme a la cama, donde me tomarían la temperatura y me llevarían un te digestivo.

Haciendo ascos tomé aquel brebaje, el termómetro no acusó fiebre, de modo que no creyeron conveniente molestar al médico por una posible indisposición pasajera. Resolverían qué hacer conmigo al día siguiente de acuerdo al estado que presentara…

Por la mañana antes de salir para el trabajo papá pasó por mi dormitorio a observarme y se despidió con un beso. Al salir le oí decir a mamá que yo no tenía buen semblante, que por las dudas no me mandara al colegio y me tuviera en cama hasta el mediodía, si durante la mañana llegaba a tener vómitos o me quejaba de dolores intensos entonces que llamara enseguida a nuestro médico.

 Un poco más tarde mamá me trajo el desayuno a la cama. Aprovechó para colocarme el termómetro en la ingle. Al levantarme el camisón descubrió mi abdomen salpicado de erupciones y algunas ronchas enormes en la parte donde había estado rascándome.  Pero no dijo nada, solamente me informó que no tenía fiebre y por último me examinó la lengua.

Yo, -a excepción de las molestias que me producía la picazón de la urticaria-, ajena por completo a las idas y venidas de mi madre, me encontraba en el mejor de los mundos. Hasta que escuché que hablaba por teléfono, al parecer con papá.

Sigilosamente salté de la cama y me arrimé a la puerta para escuchar. Alcancé a oír que respondía con enojo: “-Sí, sí claro, le voy a dar una enema enseguida, pero antes va a recibir una que ni se la imagina…”

No quise escuchar más, con el corazón en la boca, regresé de un salto a la cama. La perspectiva de la enema, sospechada desde el momento mismo que me hizo sacar la lengua, resultaba de por sí desagradable, pero lo que me resultaba más inquietante era la “otra cosa” que iba a darme…
 

Permanecía yo en la cama, inmóvil, angustiada y con el oído atento a cualquier movimiento que revelara la proximidad de mamá, cuyas idas y venidas desde la cocina al cuarto de baño acompañaba mentalmente.

Por fin apareció en la puerta para ordenarme que me calzara las pantuflas para acompañarla al baño. Lo que hice sin demora. Allí estaba ya todo dispuesto: colgada del respaldo de la silla una toalla grande y sobre el asiento la palanganita de plástico con la pera de goma para enemas, el pote de vaselina y un paquete de algodón.

Mientras ella desocupaba la silla para tomar sentarse y colocar sobre su regazo la toalla doblada en cuatro, me pidió que me sacara la bombacha. Después hizo que me colocara atravesada boca abajo sobre la toalla como hacía siempre cuando me ponían enemas o supositorios.
 

Lo que percibí, una vez instalada de cara al piso, no fue la habitual sensación provocada por el molesto pico de la pera de goma tratando de franquear la entrada de mi cuerpo , sino una inesperada, fuerte, sonora y ardiente palmada en medio de las nalgas, a la que siguió otra, otra y otra del mismo calibre e intensidad…

Mamá suspendió momentáneamente el castigo para formalizar  un detenido interrogatorio. Quería saber: cuándo, cómo, dónde y por obra de quién había conseguido yo los chocolatines…

En vano traté de ganar tiempo fingiendo no entender sus preguntas, eso le valió a mi desguarnecido trasero una crecida y violenta salva de azotes. Pues aunque aplicados con la mano abierta resonaban sobre mi piel como auténticos cañonazos.

Entre azote y azote, mamá, me hizo comprender que resultaba inútil que me hiciera la desentendida o tratara de negar los hechos porque ella había descubierto en mi cartera los envoltorios de los chocolatines y blancos, -¡nada menos!-, los más indigestos…

Entonces, entrecortadamente a causa de los sollozos confesé todo de Pe a Pa. A medida que la verdad salía a la luz, el enojo de mi madre crecía y el vigor de sus azotes también…

Nunca hasta esa oportunidad, en los once años y medio que llevaba vividos había sufrido una paliza como aquella pues si bien mis padres eran ordenados y estrictos, no empleaban conmigo  castigos corporales.

Ellos eran partidarios de las penitencias, aunque, -algunas veces-, a mamá sobre todo, cuando se le volaban los pájaros, se le iba la mano, entonces sí, me propinaba tirones de pelo o de orejas… En tanto papá, -en las contadas oportunidades que logré sacarlo de las casillas-, se vio ocupó de encajarme sobre la ropa un par de palmadas, pero jamás fueron azotes y menos en las nalgas desnudas.

Una vez terminada la sesión de azotes, extendida y llorosa recibí, creo que hasta con cierto alivio, la intrusión de la pera de goma y la descarga del líquido en los intestinos… El resto del día lo pasé en la cama.

 

Epístola

No hace mucho tiempo recibí de mi dilecta amiga, Amada Correa, una carta donde se ocupa de poner negro sobre blanco en un tema colorido, como es  de las azotainas. Ella, como se verá, prefiere prescindir de barbarismos o extranjerismos como spanking, canne, tawse, otk, y otros correlativos o concordantes, así como los usuales neologismos derivados de aquellos: spankos, spanker,  etc. para emplear términos equivalentes de nuestro propio lenguaje y, asimismo, reivindicar el rol protagónico que cabe a los hispanos y a su descendencia cultural en la historia y desarrollo de las azotainas.

Transcribo a continuación la mencionada correspondencia de la que he suprimido solamente el encabezamiento y el final por motivos personales.

………………………………………………………………………….

“Bien, en cuanto a los links y sites que frecuento desde hace un tiempo, debo decirte que estoy sorprendida e indignada por el empleo de palabras ajenas a nuestro idioma y por la falta de información de nuestros cofrades hispanoparlantes, como si la afición por los azotes fuera un invento anglosajón y no algo propio de la naturaleza humana, también como si nosotros –los latinos en general y los íberos en particular- careciéramos de ricas tradiciones y excelente literatura sobre las azotainas para andar buscando fuentes de solaz e inspiración en otras lenguas y lugares.”

“Mira Amadeo, tú sabes que dispongo de una crecida bibliografía sobre esto, no solamente en español, por eso sostengo que en muchos aspectos la nuestra es muy superior en cuanto a descripciones, gracia y voluptuosidad; lo que puedo demostrar con cantidades de casos y ejemplos desde la prehistoria hasta el presente.”

“Para confirmar lo que digo, basta con pasar una ligera revista al Siglo de Oro y así hartarse de azotes y azotainas, desde ”El Paso de las Aceitunas” de Lope de Rueda, donde la desdichada Mencigüela recibe palizas tanto de su madre como de Toruvio, su padre, hasta “Las venturas y desventuras del ojo del culo” de Don Francisco de Quevedo y Villegas, sin omitir a ninguno de los más reputados ingenios como Don Lope Félix de Vega Carpio y hasta el mismísimo Don Miguel de Cervantes Saavedra, cuya pluma pone en boca del Licenciado Vidriera, “que los azotes que los padres dan a los hijos honran y los del verdugo afrentan”; y en “Rinconete y Cortadillo” hace admitir a la vapuleada quejosa, que luego de los azotes recibió de su amado verdugo hartos más halagos y caricias…”

“Y si revisamos las páginas de leyendas de la historia, ¿no fueron acaso, azotadas por los infantes de Carrión las hijas del Cid Campeador en el robledal de Corpes?...”

“En fin, amigo mío no quiero extenderme, en realidad deseaba obsequiarte estas dos poesías:

BUENA PERSONA  (*)

-¡Tío, tío! –Aquí estoy ya.

-¡Qué infamia! ¡Qué villanía!

-¿Qué tienes sobrina mía?

-Que me ha pegado mamá.

-¿Mi hermana, di? –Sí señor.

-¿Y por qué?... ¡Dios la confunda!

-¿Algún cachete? –Una tunda

de las de marca mayor.

¡Ay tío. Qué vapuleo!

¡Qué redoble! ¡Zas, zis, zas!

¡Una costilla nomás

se ha librado del solfeo!

Moquetes, y…sin recato

-sentiré escandalizarte.-

En salva sea la parte,

desnuda, con un zapato

una… ¡que ni a los chiquillos!

Tengo los cuatro carrillos

que me están echando lumbre.

-Los dos. –Los cuatro.- ¡Ya, ya!

Ahora lo adivino todo

¿Qué has hecho que de ese modo

te ha solfeado mamá?

-Pues mirar por la familia,

ser formal. – ¡Vaya un capricho!

-Mamá hace un rato me ha dicho:

“Hay que decidirse Emilia,

tienes tres novios, y no

quisiera yo que te perdieres

la ocasión ¿A cuál prefieres?”

Y entonces le dije yo:

“Si es forzoso decidir,

voy a hablarte sin empacho.

Mira, Andrés es un muchacho

como no hay más que pedir.

Su exquisita educación

y su porte distinguido

confieso que han encendido

en amor mi corazón

gentileza y juventud

une a un talento probado

y además es un dechado

de honradez y de virtud.

Tiene un alma generosa

todo cuanto puede hacer

la dicha de una mujer

que consiga ser su esposa.”

-Me gusta que así lo alabes

-Y en el Tribunal de Cuentas

tiene ya dos mil quinientas

pesetas de sueldo ¿Sabes?

Y según vale, confío

que ascienda rápidamente.

Es un muchacho excelente,

en fin una ganga, tío.

Juan en cambio es un tunante

Botín, Taurina, cafés…

y sombrero cordobés

juergas, y cañas, y cante

Siempre de toros –me irrita-

la conversación entabla

Cuando del Reverte no habla

es para hablar del Guerrita

Tiene fortuna, corriente,

y hasta escudo de nobleza

¿Qué sentará la cabeza?

Pero hasta que no la siente…

El tercero es necio y tonto,

Don Ramiro Pérez Mota,

un vejestorio con gota

que se morirá muy pronto.

Gasta peluca con rizos.

Es un mentecato, un lerdo

reparado del izquierdo

y ¡lleva dientes postizos!

Además es tartajoso.

Tiene, -y cada año la aumenta,-

veinte mil duros de renta

¡Pero es lo más asqueroso!

La elección, como tú ves,

no era dudosa. Elegí

-No digas más,… entendí,

al intachable, a tu Andrés

-No a Don Ramiro.- ¿Tú, tú?

¡Casta! -¿Qué hace usted? Ven Casta

Mira, toma mi bambú

y renueva el vapuleo…

-¡Tío, por Dios! -¡Chilla, chilla!

-¡Y le rompes la costilla

que se libró del solfeo!

Rafael María Liern (1832 – 1897)

(*) Publicado en la revista “Madrid Cómico” -Nº 590 del 9 de junio de 1894-

* * *

TRABAJAR PARA SU DAÑO

La madre de un muchacho campesino

ganaba su porción hilando lino,

su hijo un mísero galopo,

le hurtaba una porción de cada copo.

Con el producto de los hurtos fue tejiendo

Un látigo tremendo

con la benigna idea

de zurrar a los niños de la aldea.

Dióse en pelar la rueca tanta prisa

que hubo la madre de notar la sisa.

La casa revisó

del piso al techo

Y el látigo encontró

de hurtillos hecho;

cogióle furibunda

y le dio con él tan recia tunda

que de las posas al cogote

no quedó lugar libre de azote.

Y decía al azotarle de alto a bajo

¿Ves de qué sirve tu trabajo?

“A robar te llevó tu mal deseo

y con el robo yo te vapuleo”

Moraleja:

Siempre verás que el vicio labra por sus manos el suplicio

Juan Eugenio Hartzenbusch (1806 – 1880)

“Hermosas, ¿verdad? Pues mira si tenemos cosas buenas, sobre todo de este último que ha escrito muchas obras más que lo acreditan como un emérito aficionado a la flagelación doméstica.”

“Me despido…etc.”

Amada Correa

Nancy, una mujer inalcanzable

Autor: Fer (*) 

Promediaba la mañana del viernes cuando Fernando Fústez, posiblemente el más eficiente, voluntarioso y lacónico de los empleados de Pompas Fúnebres El Ocaso Sociedad Anónima, traspuso la puerta de cristal y entró en la recepción del sector de los ejecutivos de la empresa, el coto de caza privado de Nancy, la secretaria.

Nancy...Si alguien le hubiera preguntado a Fernando Fústez cuál era su ideal de mujer, hubiera respondido sin vacilar: "Nancy".

Nancy, con el enigma de su edad -y ese aire a la vez juvenil y señorial-, con sus trajes de corte, sus blusas blancas, y su gesto ceñudo. Nancy, la eficiencia personificada, la otra cara de la seriedad, con un carácter poco propicio para las familiaridades y nada permisivo para las insinuaciones y las bromas de oficina. Nancy y su misteriosa vida privada. Nadie podía decir que conocía su estado civil, si tenía pareja o si le gustaban las mujeres. Pero todos coincidían en que si en esa oficina había una mujer a la que todos deseaban pero con quien no convenía tener un encontronazo, era con Nancy.

Nancy, la secretaria perfecta para una empresa de estas características, que en ese momento redactaba un correo electrónico, conseguía una comunicación ur-gen-te para uno de los mandamases, y contestaba una llamada por el teléfono móvil, todo al mismo tiempo.

-Me dijo que quería hablar conmigo -dijo, dando por sentado que ella sabía que hablaba de su jefe. Era sabido que en la empresa nadie podía traspasar el virtual muro del escritorio de Nancy quien, como un soldado en su puesto de guardia, decidía quién podía pasar y quién no, lo que la hacía acreedora a la antipatía de casi todos, menos la de Fernando. A él nada de eso le importaba.

El podía mirar un poco más allá y ver a la Nancy de las manos esbeltas, con sus largas piernas exquisitamente torneadas como columnas griegas, su cabello rubio recogido con estudiado descuido, los senos generosos que sólo se adivinaban debajo de la seda cuando se inclinaba sobre el teclado del ordenador, o la forma en que se tensaba la falda en las caderas perfectas, como si hubieran sido moldeadas por un artista del Renacimiento. Algunas veces la había mirado furtivamente por detrás para apreciar una espalda perfecta finalizada en unas nalgas más marcadas de lo que su tipo físico podía indicar, redondas, generosas y muy probablemente duras...Él veía a una Nancy de singular elegancia, de una belleza casi mítica, dueña de una sensualidad felina delatada en el grosor apenas más pronunciado del labio inferior. Una Nancy que disimulaba hábilmente esas pecas que le salpicaban el escote y que olía a perfume francés.

Nancy...¿Cuántas noches se había dormido pensando en Nancy, fantaseando con esa deliciosa mujer totalmente inaccesible para él? Pensaba en tenerla sobre sus rodillas y hacerle entender quién estaba al mando... pero...estaba seguro que ella ni siquiera recordaba su nombre.

Pero esa soleada mañana de viernes, y para su sorpresa, Nancy dejó de aporrear el teclado, lo miró y le sonrió como nunca antes le había sonreído a nadie que él conociera.

-Adelante, Fernando -le contestó, mientras vaciaba el contenido de un sobrecito de edulcorante en la taza de café que tenía sobre su escritorio.
Lo había llamado por su nombre.

Cuando salió del despacho, tras media hora de reunión, ya sabía que ese fin de semana, tenía que llevarse trabajo extra a su casa. Un trabajo sobre la rentabilidad de los ataúdes de cartón prensado para incineraciones"que tiene que estar el lu-nes-sin-fal-ta, Fernando, sé que tú puedes hacerlo", había dicho el mandamás. Cerró tras de sí la puerta del despacho y no pudo evitar mirar a Nancy que en ese momento estaba terminando de tomarse el café. Ella volvió a sonreírle.

¡Dos sonrisas en un mismo día!
 

Las mejillas le ardían, como si alguien se las hubiera encendido con un lanzallamas.
-Gracias... hasta luego... -dijo, mirándola de soslayo y enfilando hacia la salida.
Fernando no era precisamente el Rodolfo Valentino de la empresa, aunque tampoco era un timorato con las mujeres. De hecho, había salido con algunas compañeras -ese juego que se conoce como aventuras de oficina-, aunque no se había comprometido en ninguna relación, tal vez por tratarse de una empresa que trabajaba con la muerte, todo se compensaba con un Eros potente que circulaba por sus pasillos, salas de reunión y despacho. Fernando era un asiduo navegador de Internet en busca de mujeres aficionadas a recibir azotes eróticos... si bien, era muy difícil obtener citas por ese medio, debía conformarse con el sexo vainilla. Por lo general, y aunque no se consideraba un galán ni un seductor profesional, no tenía problemas en el trato con las chicas, pero con Nancy...

Con Nancy era distinto.

Cuando se la cruzaba en el ascensor, a la entrada o a la hora de salir, no podía evitar comportarse como un adolescente vergonzoso, que se ruboriza cuando se encuentra frente a frente con la chica de sus sueños. En todo el tiempo que trabajaba en la oficina, y desde la primera vez que la viera, no habían cruzado más que un par de palabras y algún que otro gesto a manera de saludo.

Casi llegaba a la doble puerta de cristal cuando escuchó la voz a sus espaldas:
-Fernando -otra vez su nombre en boca de ella.
-¿Eh? -se detuvo a mitad de camino y cuando se dio vuelta, allí estaba la sonrisa otra vez, envolviéndolo. ¿Lo estaba seduciendo?
-Me dijeron que te las apañas con los ordenadores -dijo ella.
-Emm... sí, algo... -contestó Fernando, con modestia y aturdido por las sensaciones.
-Yo... quería pedirte un favor -aventuró ella-. Bueno, en realidad quiero pedirte un favor.
-¿Un favor? -preguntó Fernando-. ¿A mí?
-Sí. Precisamente a ti -contestó ella con la sonrisa que se empecinaba en su boca, dejando al descubierto sus dientes parejos, con los dos centrales apenas separados, que le regalaba un aire juvenil y los ojos verdes rebosantes de chispitas doradas,
-Bueno, yo... e-este... -vaciló Fernando. Sentía que en el pecho, en vez de corazón, parecía tener un martillo neumático-. ¿Qué favor?
-Podría decirse que es un intercambio -dijo ella.
-¿Intercambio?
-Yo te invito a cenar y tu me revisas el ordenador, que no sé qué problema tiene -le contestó como si hubiera conocido de antemano que él no se iba a negar bajo ninguna circunstancia.

Eran apenas pasadas las ocho de la noche de ese día, cuando Fernando presionó el timbre del portero eléctrico del edificio. Las piernas se le habían hecho de goma. Una brisa fresca hacía ondular la copa de los árboles de la calle donde ella vivía. Le había dado la dirección de su casa esa misma mañana, en la oficina, explicándole que no podía usar ni el correo electrónico ni el buscador y él le prometió llevar los CD para reinstalar los programas, porque debía tratarse de eso, sin duda. En ese momento, cuando ella le entregó una tarjeta en la que garabateó su dirección, el corazón de Fernando empezó a latir demasiado rápido, ahora sentía que en cualquier momento se le iba a escapar del pecho.
Por supuesto, se había olvidado por completo del trabajo sobre las malditas cajas de cartón que tenía que estar el lu-nes-sin-fal-ta
-¿Fernando? -la voz de ella en el intercomunicador, anticipándose a su respuesta.
 -Sí, soy yo... Fernando -contestó él.
-Adelante, entra -dijo la voz de ella y un segundo después, el zumbido de la puerta que se abría.

Cuando Nancy abrió la puerta y le franqueó la entrada, se puso en puntas de pie para saludarlo con un beso en la mejilla. Fernando sintió ganas de pellizcarse para comprobar que no estaba soñando, que era la realidad.
Ella estaba envuelta en una bata blanca de toalla, con el cabello todavía mojado y descalza. Como no podía ser de otra manera, tenía unos pies deliciosos. Llevaba las uñas pintadas de rojo y en el tobillo izquierdo una fina pulsera de oro.

Entró al ambiente sosegado, apenas iluminado por la luz difusa de una lámpara de mesa y de otras, estratégicamente ubicadas en el cielorraso. De algún lugar del interior le llegaban los acordes del Adaggio, de Albinoni.
-Discúlpame por el atuendo... pero llegué molida y necesitaba una ducha antes de preparar la cena.
"¿Discúlpame el atuendo? ¿Qué tiene de malo el atuendo?", pensó Fernando, "¡Está fantástica!"
-No tendrías que haberte molestado -dijo, en cambio, sin moverse del lugar donde se había quedado como petrificado, junto a la puerta.
Nancy estiró las manos.
-¿Te vas a quedar ahí parado con la chaqueta puesta? -había algo de picardía en la pregunta-. Ven, hombre, ponte cómodo.
Lo ayudó a quitarse la americana y con total naturalidad y torpe femineidad le aflojó el nudo de la corbata.
-¿Vemos la máquina ahora? -ofreció Fernando, dejándose hacer.
-Después -contestó Nancy y, con aire divertido agregó-: Ahora, señor Fústez, si quiere acompañarme vamos a terminar de preparar una rica comida y a tomarnos una copa de buen vino. Dime que te gusta el vino, por favor.
-Sí... me gusta el tinto -Fernando, de pronto, se sintió excepcionalmente cómodo.
-Anda, ven y descorcha la botella -lo alentó ella, y en ese momento de alguna manera él supo con toda certeza que esa noche iba a terminar como no había imaginado ni en sus más alocadas fantasías.

Cuando advirtieron que ya era casi medianoche. Habían hablado de todo, menos de la oficina. De ellos, de sus vidas, de algunos fragmentos de sus historias personales. Para entonces, se conocían bastante más y la botella de vino estaba vacía.
-Ay, mira que hora es -exclamó ella-. El tiempo se nos ha pasado tan rápido...
-La computadora -dijo él.
-¿No es muy tarde para que te pongas a trabajar? -preguntó ella, dejando los platos en la pica de la cocina.
-Es un minuto -No pensaba irse de allí, y menos en ese momento-. ¿Adonde tienes el equipo?
En ese instante Nancy se volteó y quedó enfrentada a Fernando a menos de medio palmo. El escote de la bata blanca que olía a acondicionador de ropa, a sol y a mujer, se había abierto y él pudo ver el canalillo de los senos, salpicado de pecas.
-En el dormitorio -dijo Nancy, mirándolo a los ojos. Le tomó la mano. -Vamos -resolvió. La última imagen que recordaba Fernando es que el dormitorio estaba en un entresuelo, una suerte de planta superior, y era un reflejo de la personalidad de Nancy. Cuando subieron por la escalera caracol, ella lo precedió y él no pudo dejar de admirar sus pantorrillas, que remataban en la fina curva de los tobillos, la fina cadenita de oro en el izquierdo. Los rosados talones perfectos, que levantaba ligeramente cuando subía los escalones de madera en puntas de pie. Apreció – valorando – sus bien formado culo que se marcaba deliciosamente. También vio que la computadora estaba en un mueble empotrado en una biblioteca bien provista de libros que cubría toda una pared, junto a la ventana.
-Ahí está -señaló Nancy con un gesto, invitándolo a sentarse en el cómodo sillón de trabajo.
-Es un minuto -dijo Fernando, por decir algo, porque en realidad quería que el tiempo no pasara.
-¿Un poco más de vino? -ofreció ella.
-Sólo si tú me acompañas -aceptó él.

Entonces se puso al trabajo con el ordenador, cargó nuevamente los programas y, contra todo pronóstico, todo funcionó a la perfección.

Le comentó:

- Tienes un poco desordenadas las carpetas de Mis Documentos ¿te ayudo a organizarlas?

Ella contestó afirmativamente, mientras no dejaba de mirarlo algo inquieta.

Al llegar a una carpeta cuyo título era “A. SPK” a Fernando el corazón le dio un vuelco... le preguntó:

-¿Puedo entrar a esta carpeta?

Ella le contestó con un gesto pícaro:

-Mejor que no porque sabrías casi todos mis secretos

Él le dio al doble clic y la sorpresa fue mayúscula al encontrarse con un archivo con cientos de fotos y de clips de spanking...

Ella había bajado la mirada

Y, él con una rapidez de reflejos extraordinaria, le dijo:

- No te preocupes yo también soy aficionado a este tipo de fantasías de azotes

-¿Qué prefieres ser spankee o ser spanker? Porque yo soy spanker...

Ella contestó con gran alivio y naturalidad:

- He jugado en los dos papeles, tengo fantasías de los dos tipos y se puede decir que soy switch

Después, la magia convirtió la fantasía en realidad.

Fernando le dijo:

- ¡Me has provocado mucho y toda tu altanería merece un estricto castigo!

Nancy con una vocecilla apenas audible le susurró:

- No he hecho nada malo, no merezco que me trates así, ¡soy una dama!

Él la tomó fuertemente por la muñeca, la tumbó en un segundo sobre sus piernas y le dijo

- Ahora vas a pagar todo lo que me has hecho sufrir con tu chulería de mujer inalcanzable

Le levantó el albornoz, para su sorpresa llevaba unas bonitas braguitas de encaje estilo culotte, y comenzó a azotarla por encima de su ropa interior. Ella comenzó a protestar, ya con una voz que indicaba que se estaba recuperado y volvía a ser un reflejo de la mujer-diosa que Fernando conocía tan bien. Esto enardeció a Fernando que redobló la fuerza de sus azotes y le bajó las braguitas hasta la mitad de sus muslos.

Ahora ella protestó más enérgicamente diciendo:

-No me hagas eso que es muy humillante, por favor, Fernando...

Él estuvo a punto de caer en la trampa, pero sus reflejos de viejo spanker le hicieron aumentar la intensidad y la cadencia de sus azotes que caían en una y otra nalga y ya comenzaban a enrojecer ese trasero de ensueño.

Durante un largo rato, pese a las protestas de Nancy, la azotaina sobre las rodillas de Fernando siguió su curso, incluso con monotonía, cuanto más excitado estaba Fernando, más sistemáticamente procedía con el castigo.

Finalmente decidió darle una tregua a Nancy, le acarició las nalgas y poco rato después ella ya se estaba riendo. Fernando pensó que ahora vendría la segunda parte.

Entonces la hizo poner de pie, le quitó el albornoz y las braguitas y la tumbó boca abajo sobre la cama, apoyando sus caderas encima de un gran cojín. Rápidamente se sacó la camisa, ya que estaba acalorado y gran parte de su ropa y, aprovechó, para deslizar su cinturón fuera de las presillas.

Sin solución de continuidad, comenzó con el cinturón, con el cual no era tan diestro como con la fusta, pero, lamentablemente no iba preparado, por lo cual se tuvo que conformar con el cinturón.

Iba castigando con energía las nalgas expuestas de Nancy, alternativamente, pese a que algún cinturonzazo caía sobre el último tramo de los muslos de la mujer.

Ahora Nancy se quejaba, pero también jadeaba de forma entrecortada, y se movía inquieta. De cuando en cuando intentaba protegerse con sus manos, pero Fernando se las retiraba inmediatamente y sus trallazos se tornaban más estrictos.

Mientras seguía la “cueriza”, como le llamaban a este tipo de castigo sus amigas de Internet mexicanas, Fernando atisbó con el rabillo del ojo sobre el tocador de Nancy un gigantesco y tradicional cepillo de pelo. Le dijo:

-Esto no se ha acabado, tengo que tener la certeza que te llega el mensaje que te estoy enviando... solo te dejo un minuto de descanso...

Tomó el cepillo, cambiándolo por el cinturón y recordó el manejo de este instrumento casero pero agradecido.

Ella no se había percatado del cambio y fue sorprendida por el primer golpe de cepillo al cual siguieron al menos un ciento... fue una larga sesión de azotes...

Fernando percibió como su sexo, rasurado sobre los labios, .estaba húmedo desde el inicio del correctivo con el cinturón, pero al llegar al cepillo ya desbordaba y la humedad, ya no era un simple rocío sino un minúsculo manantial de carne rosada y palpitante. También Fernando tenía una erección pétrea...

Fernando decidió entrar en la fase de consuelo y mimos, muy bien aceptados por Nancy que cambió su actitud inicial de spankee rebelde por un comportamiento, primero de mayor sumisión y luego muy mimosa. Finalmente se mostró como toda una mujer anhelante de locuras sexuales.

La hizo ponerse en pie y observó el cuerpo rotundo de una bella mujer madura. Los senos más que generosos, con los pezones erectos y las areolas pequeñas y rosadas, y la forma en que se le erizó la piel cuando la rozó con los dedos.

Las manos de Fernando no podían dejar de tocar esa piel que se le antojó de seda; de sopesar los senos, acunándolos para rozar con sus labios los pezones. En algún lugar de su memoria recordaba que mientras la besaba -la adoraba, para ser justos-, le decía cosas y que Nancy le sonreía y entrelazaba sus dedos en el pelo y también le decía algo que lo excitaba.

Hasta que fue el turno de ella, que también le susurraba al oído que lo había deseado tanto, aunque ahora le doliera un poco, mientras le bajaba el cierre del pantalón, dejando que él la explorara y la reconociera.

Y en el momento siguiente ambos estaban en la cama, los cuerpos entremezclados, besándose en la boca, jugando con sus lenguas, mirándose a los ojos, disfrutando el haber llegado a lo que ambos buscaban: el final del camino.

Fernando se excitaba acariciando su culo, aún muy caliente por los azotes recibidos.

Fernando gozaba por sí mismo y por tener a Nancy así de excitada, retorciéndose de gusto, pidiéndole que no dejara de acariciarla y que no dejara de tocarla, que siguiera acariciando y besándole los senos, que la reconociera.

Nancy...Tal como se la había imaginado, como la había vislumbrado bajo la apariencia de seria eficiencia. Una mujer entregada y demandante al mismo tiempo, que en cierto momento le prohibió moverse y fue deslizando su lengua por el torso y el vientre, hasta llegar a su sexo, donde se dedicó de pleno a darle placer. Activa, vehemente, posesiva y experta, lo llevó hasta la explosión final y bebió de ése manantial el néctar ligeramente dulzón que brotaba del cuerpo de Fernando.

Después se abrió a él, y pidió reciprocidad, ofreció su propio pozo de delicias para que él saciara la misma sed que la había cautivado. Y cuando él se hubo y la hubo saciado, lo apremió para que se deslizara adentro y lo aceptó, lo capturó y ambos se permitieron llegar a las más altas cumbres del placer, y se entregaron al vértigo del orgasmo y después, sudorosos y agitados, se abrazaron pero por un breve instante, porque sin darse cuenta casi, habían comenzado de nuevo. Y otra vez. Y otra... El domingo, cuando el sol como un disco de fuego se escondía entre los edificios de la gran ciudad, ya habían pasado dos días con sus noches encerrados, dedicados por completo y exclusivamente al amor.

Habían cocinado juntos. Se habían sumergido juntos en la gran bañera para tomar dejarse relajar entre aceites y sales, para volver una y otra vez a explorar nuevas formas de placer, el regocijante ejercicio del amor. En ningún momento se vistieron. Disfrutaron del andar desnudos por el piso, con esa naturalidad que da la intimidad conseguida a pura pasión descubierta y desatada.

Hubo otra deliciosa sesión de azotes y sexo, más sexo, sexo del bueno... Para ambos todo esto era como un sueño lejano hecho realidad. Hablaron entre azotes y sexo, entre sexo y azotes, hablaron y hablaron. Cómo había surgido en ellos el gusto por los azotes, los compañeros de juego que habían tenido. Nancy le confesó que durante muchos años había azotado a una sobrina segunda que estuvo viviendo en su casa mientras estudió la carrera de Derecho. Y por supuesto hablaron de la gran dificultad que representa conseguir compañeros para estos juegos. Ambos se confesaron mutuamente que solo esperaban buen sexo vainilla, pero que la suerte les había permitido a ambos mostrarse tal cual eran.

Jugaron a muchos juegos prohibidos, especialmente cuando ella abrió su armario y de un neceser tipo Samsonite con combinación extrajo todo tipo de juguetes sexuales. Nancy le confesó a Fernando que los plugs eran sus predilectos, en posición OTK,  Fernando no tardó en irle insertando de forma gradual los tres plugs que componían el juego, cuando el de más grueso calibre estuvo insertado, la azotó con una zapatilla y cuando su culo volvió a estar rojo como un tomate, la colocó a cuatro patas y extrajo el plug y gracias a la dilatación lograda la sodomizó de un solo golpe, ella no tardó ni un minuto y medio de movimiento sincronizado, en tener un orgasmo explosivo y profundo. Unos minutos después, Fernando también llegó a un orgasmo termonuclear dentro del canal más estrecho de Nancy. Verdaderamente ella rindió honor a su confesión de ser una mujer “muy anal”.

Sólo una inquietud vino a perturbar ese fin de semana idílico.
 

Fue cuando tomaban un último bocado en la cama -casi no se habían podido despegar de ese terreno sagrado del amor que era el somier-, mientras miraban una película de spanking bajada de la red.

-¡Uh! -exclamó de pronto Fernando, chasqueándose la frente.
-¿Qué? ¿Qué ocurre, querido? -preguntó Nancy, tomada por sorpresa.
-El trabajo... el maldito trabajo sobre la rentabilidad del nuevo producto.
-¿De qué trabajo me estás hablando?
-El que me encargó tu jefe, el de los ataúdes de cartón,cuando tuve la reunión con él... el viernes.
-¿Qué pasa con el trabajo? -se interesó ella, dejando la copa de vino en la mesa de luz.
-Que no lo hice -dijo él.
Nancy retiró la bandeja que estaba entre ellos.
-¿Qué? ¿No te das cuenta que mañana no sé qué voy a decirle? -insistió él.
Pero la mano de Nancy se había apoderado de su hombría, que rápidamente volvió a despertar.

Nancy no le contestó. En sus ojos brillaban esas chispitas doradas de picardía que él había descubierto en sus ojos, se mordió ligeramente el labio inferior y asomó su hermosa lengua entre los dientes.

Un instante después de montarse a horcajadas y hacer que él se deslizara en su carne, con sus generosos senos salpicados de pecas rozándole las mejillas, y cuando ya volvía a entregarse a la mujer, escuchó que ella decía:
-Déjalo por mi cuenta, yo lo soluciono. Olvídate de ese trabajo y dedícate a éste...

Cuando, exhaustos, por fin se durmieron el uno en los brazos del otro, empezaba a clarear un nuevo día.

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(*) Este relato fue escrito de forma muy divertdia, con inestimable ayuda de un “generador de relatos” que funciona en el blog Voyeur http://voyeur.laeditorial.com/blog/ al cual recomiendo visita.

Este es el enlace de la página para escribir relatos eróticos. ¿Por qué no pruebas suerte?

http://voyeur.laeditorial.com/default.cfm?seccion=relatos&afil=5673023

Testimonio de un tal Diego Torres de Villarroel

Por : Amada Correa

“Liberarse del miedo al diablo es un acto de sabiduría.”

Umberto Eco

El Nombre de la Rosa

Admito que el tema de los azotes y las azotainas resulta muy difícil de explicar y los castigos corporales imposibles de justificar en una época como la nuestra que sacraliza la causa de  los derechos humanos, lo que no impide que los gobiernos adalides de tan nobles principios desarrollen armas refinadamente salvajes como los fusiles laser que no matan, sencillamente queman los ojos de los enemigos, o que apliquen a  prisioneros crueles tormentos extraterritoriales, para los que, emplean como cámaras de torturas aviones especiales, dado que ningún juez en el mundo tiene jurisdicción ni competencia para juzgar lo que sucede a diez mil pies de altura sobrevolando los océanos…

Para no abundar demasiado. ¿Qué respuesta dar a   sociedades evolucionadas que no aciertan con la manera de solucionar los problemas de la violencia, la drogadicción, la inseguridad pública, la delincuencia juvenil?

He reflexionado bastante acerca de cuestiones tan candentes y actuales, sin llegar a conclusión alguna, como tampoco he hallado respuestas adecuadas en las obras de pensadores contemporáneos. De modo que siguiendo el consejo del sabio profesor que recomendaba a sus discípulos ávidos de novedades la lectura de autores clásicos, asegurándoles que encontrarían allí motivos de asombro, di con este testimonio:

“…Salí del pupilaje, detenido, dócil, cuidadoso y poco castigado, porque viví con temor y reverencia al maestro…

Fui bueno porque no me dejaron ser malo; no fue virtud fue fuerza. En todas las edades necesitamos de las correcciones; pero en la primera son indispensable los rigores…

Muchos mozos son malos porque no tienen a quien temer y muchos viejos delincuentes porque están fuera de la jurisdicción de los azotes. El maestro y la zurriaga deberían durar hasta el sepulcro, que hasta el sepulcro somos malos; y de otro modo no se puede hacer bondad con el más bien acondicionado de los hombres.

Los años, la prudencia, la honra y la dignidad son maestros muy apacibles, muy descuidados y muy parciales de nuestros antojos y apetitos; el zurriago es el maestro más respetuoso y más severo porque no sabe adular y sólo sabe corregir y detener.

Murió poco años ha, el maestro de mis primeras letras y lo temí hasta la muerte; hoy vive el que me instruyó en la gramática y aun le temo más que a las brujas, los hechizos, las apariciones de los difuntos, los ladrones y los pedigüeños porque imagino que aun me puede azotar, estremecido estoy en su presencia, y a su vista no me atrevo a subir la voz a más tono que el regular y moderado.

Ello parece disparate preferir que se hayan de criar los viejos con azotes como los niños, pero es disparate apoyado en la inconstancia, soberbia, rebelión y amor propio nuestro que no nos deja hasta la muerte.

Ahora me estoy acordando de muchos sujetos que si los hubieran azotado bien de mozos y los azotaran de viejos no serían tan voluntariosos y malvados como son.

En todas las edades somos niños y somos viejos, mirando a lo antojadizo de las pasiones, en todo tiempo vivimos con inclinación a las libertades y a los deleites forajidos y valen poco para detener su furia las correcciones ni las advertencias. El palo y el azote tienen más buena gente que los consejos y agasajos; finalmente en todas las edades somos locos y el loco por la pena es cuerdo.”   

Por prudencia suprimo cualquier comentario acerca del escrito precedente con el propósito que cada lector extraiga sus propias conclusiones, nada más agrego que el texto está tomado del libro: “Vida de Torres de Villarroel escrita por el mismo (1742-48)” , y corresponde al: “Trozo Segundo: de la vida de Don Diego de Torres, empieza desde los diez años hasta los veinte.”

Reitero que omito los comentarios por prudencia, no por pudibundez, en la que, -ante tanta provocación y derroche de exhibicionismo nudista contemporáneo-, descreo.

A título de ejemplo añado, para concluir, la siguiente anécdota: Una dama de mi amistad, cuya hija adolescente llevaba, en la ocasión, la cintura de su falda tan baja que sin dificultad se veía el comienzo de la bifurcación de sus glúteos, era la misma personita que preocupaba a mi amiga y a quien había observado yo lucir varias veces con absoluto desparpajo una escueta tanga  de la que sobresalían unos rozagantes cachetes tostados por el sol.

Mi interlocutora desorientada, recurría a mi consejo para saber qué hacer para que su muchachita retomara los estudios, dado que ni promesas ni regalos conseguían torcerle la voluntad.

Quise saber si había probado alguna vez de darle unos cuantos azotes en el culo… Azorada y escandalizada al advertir que estaba yo hablándole en serio, exclamó que jamás se atrevió a sentarle la mano en esas partes tan delicadas…

Le relaté entonces, el caso de una encumbrada dama de la corte de Francia que reprochó a M. Farel, a la sazón preceptor del Delfín, el atrevimiento de azotar la augusta persona del Príncipe heredero, a lo que el pedagogo respondió: “-Señora, jamás golpeo las partes ungidas de Su Alteza, únicamente sus nalgas…”

Creo que ella no entendió la anécdota, si la entendió tampoco hizo nada por cambiar las cosas.