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Relatos de azotes

Los secretos de Charito (segunda parte)

Autor:  Amadeo Pellegrini   

A partir de aquel verano nos veíamos sólo durante las vacaciones y de manera fugaz en algunas contadas ocasiones.

En cada una de mis visitas la encontraba mejor formada y más bella. La atracción que Charito ejercía sobre mi aumentaba con sus encantos, aunque nuestras relaciones habían tomado definitivamente un rumbo adulto, no quedaba espacio para ninguna clase de jugueteos entre nosotros, porque el tradicional tabú familiar los impedía.

Estoy seguro que si hubiéramos tenido las oportunidades de antes hubiésemos regresado a los devaneos de entonces, porque manteníamos  los sentimientos a flor de piel, sin embargo la continuada vigilancia y presiones maternas procurando hacer de ella una “verdadera señorita”  nos separaban cada vez más.

Años más tarde ambos terminamos nuestros estudios, Charito se recibió de profesora de piano y yo me incorporé a una importante empresa. Poco después falleció nuestra abuela.Esa luctuosa circunstancia consolidó nuestra unión afectiva. No obstante yo regresé a mis actividades profesionales en Buenos Aires.

Como resultaba previsible mi prima comenzó a ser asediada por una nube de galanes. A su belleza y atractivos personales unía la fortuna de su padre, razón más que suficiente para convertirla en la soltera más codiciada de la región.

A pesar del reiterado asedio masculino el tiempo transcurría sin que Charito se decidiera por ninguno de los cortejantes. Para desesperación de mi tía que deseaba verla casada, ella encontraba siempre la forma de desalentarlos y alejarlos de su entorno.

De esa manera transitaron, con pena y poca gloria, por la casona de Don Raúl los mozos más seductores, los de mejor estampa masculina, los de mayor prestigio social por sus actividades profesionales o deportivas, los ricos herederos. Todos tuvieron la misma suerte, o sea: no la tuvieron…

Los despechados aspirantes y sobre todo sus familiares, agraviados por los supuestos desdenes de Charito la convirtieron en blanco de  murmuraciones. De ese modo el comportamiento de mi prima fue calificado de altivo, altanero, soberbio, indiferente, orgulloso, engreído, presuntuoso, hipócrita y una cantidad más de adjetivos reprobatorios, que a ella, desde luego, no la afectaban en los más mínimo.

No creo que mi tía haya fallecido por los disgustos que le causaba la hija como murmuraban las lenguas viperinas en el velatorio de sus restos, decididamente tomo partido por el certificado de defunción en el que consta aneurisma aórtico como causa del deceso.

Murió, relativamente joven, es verdad, como tantas otras personas, por la rotura de las túnicas de la arteria aorta y nada más, sólo la malevolencia pueblerina podía atribuir el óbito a Charito que bien sé cuánto sufrió la pérdida de su madre.

Poco tiempo después la empresa me ofreció una excelente oportunidad de trabajo en Venezuela, acepté y salvo esporádicas visitas al país, permanecí ausente cinco años. Nunca dejé de estar en contacto con mi prima, nos escribíamos, hablábamos por teléfono y por conducto de ella tenía noticias de mi solar nativo. 

Durante mi ausencia se instaló allá un tal Andrés Valdivia, un individuo poco conocido que ofició durante muchos años como radiotelegrafista en los barcos de la flota mercante. Retirado voluntariamente de la marina llegó para hacerse cargo de la dirección y redacción del periódico semanal “La Insignia”, vacante por fallecimiento de su tío, el director fundador y propietario.

La Insignia era un pasquín de mala muerte que merced a la prédica socialistoide de su fundador se había ganado la antipatía de los notables de la ciudad y en especial de la gente de la  iglesia, quienes sarcásticamente lo llamaban: “La Insidia”.

El sujeto que tomó las riendas del cuestionado periódico, poseía una figura un tanto ridícula, alto, desgarbado, de desordenada cabellera grisácea, rostro afilado, en cuya nariz cabalgaba un par de anteojos de marco oscuro grueso con cristales de notable espesor.

La siempre alerta maledicencia popular no tardó en endilgarle un mote acorde con su aspecto, comenzaron a llamarlo “El Lechuzón” .

De todo esto vine a enterarme recién a mi regreso definitivo. No me llamó la atención que mi prima nunca mencionara a Andrés Valdivia, porque si existían en la ciudad dos personas situadas en las antípodas sociales, eran Charito y el Lechuzón.

Ambos frecuentaban círculos diferentes y hasta antagónicos, pues mi prima no dejaba de asistir a misa todos los domingos y fiestas de guardar, en tanto Valdivia, reconocido masón, no tardó en convertirse en Venerable de la logia “Estrella de Oriente”. 

La muerte de su mujer afectó más que nadie a Don Raúl Deraud, que unos años más tarde, carente de un delfín a quien poner al frente sus negocios, resolvió reconvertir su actividad, vendió las haciendas, arrendó sus campos, transfirió sus negocios y por consejo de sus asesores destinó la mayor parte de su fortuna a inversiones inmobiliarias en Buenos Aires, adquirió departamentos, locales comerciales, oficinas y cocheras, formó una sociedad anónima destinada a administrar todas sus propiedades incluidas las rurales, cuyos únicos socios resultamos su hija y yo.

De esa manera, por su voluntad, añadimos ambos  al lazo familiar que nos une un sólido vínculo societario.

Debo reconocer, sin falsa modestia, que el vejete demostró apreciarme lo suficiente como para, -a falta de algo mejor: un yerno por ejemplo-, confiarme los intereses de su hija para el momento que él se marchara de este mundo.

Después de tomar aquellas providencias, a poco de iniciada la nueva vida de rentista Don  Raúl padeció un ataque de apoplejía del que se recuperó a medias, pero a consecuencias del cual abandonó las partidas de dominó en el Club Social y hasta dejó de asistir a la iglesia para quedar definitivamente recluido en su casona.

Ninguno de los cambios afectaron la existencia de mi prima que continuó asistiendo a misa los domingos, atendiendo la Biblioteca Popular en horas de la tarde, cargo que ejercía ad-honorem desde que egresara del Conservatorio y haciendo visitas mensuales al cementerio para llevar flores a la tumba de su madre.

Cuando Don Raúl murió. Acompañé a mi prima quien, como esperaba, se apoyó en mi. Sentí entonces que debía saltar por encima de todos los tabúes y convencionalismos sociales y proponerle matrimonio. Así lo hice convencido que ella compartía los mismos sentimientos.

Grande fue mi sorpresa cuando al exponerle mis intenciones escuché de sus labios que ella pertenecía ya a otro hombre. Quedé alelado y estúpidamente pregunté:

-¿Qué quiere decir que perteneces a otro hombre?

-Eso mismo, tonto, que mi cuerpo y mi alma las posee desde hace mucho tiempo un hombre: el hombre que amo.

Quizás para conformarme me dijo:

-¡Tontito! Esperaste demasiado… Llegaste tarde, soy de otro que me hace muy feliz…

Nadie puede imaginar lo que esa revelación representó para mi. Si en ese momento el suelo se hubiera abierto bajo mis pies la sorpresa y desconcierto no hubieran sido tan grandes como la que experimentaba ante las palabras y la sonrisa de Charito.

Quise saber el nombre de la persona que había ganado su corazón, pero se negó.-Todavía es un secreto.

-Pronto lo sabrás. Debemos dejar pasar un tiempo razonable de duelo antes de formalizar nuestra unión, ¿comprendes verdad?...

Lo único que comprendía era que estaba parado allí como un estúpido al que acababan de echarle encima un balde de agua helada.

-Desde luego serás el padrino -agregó con la más seductora de sus sonrisas mientras pasaba su manita por mi rostro, pero esta vez no estaba pegajosa ni de chocolate, ni de caramelo, estaba impregnada de ácido nítrico… Al menos así me sentó la caricia. 

¡Charito! ¡Mi Charito de otro hombre! Increíble… inconcebible… inaudito… Traté de imaginar que se trataba de una broma de mal gusto porque en un medio tan reducido y chismoso como aquel donde todos vivían pendientes del prójimo, nadie le conocía ningún romance, muchísimo menos un amorío.

Si la noticia me dejó estupefacto a mi, cuando el suceso tomó estado público produjo el efecto de una bomba de alto poder. La sorpresa, el asombro, el desconcierto de la población fue mayúsculo porque nadie entendía nada, mucho menos que el elegido fuera tan luego Andrés Valdivia (a) “El Lechuzón”.

¿Cuándo? ¿Cómo? ¿Dónde? ¿En qué lugar? Se preguntaban unos a otros porque jamás se los había visto juntos. 

La boda se celebró en la mayor intimidad. Naturalmente yo conduje a mi prima al altar y allí, frente al oficiante, simbólicamente la entregué a su prometido… Los recién casados partieron en viaje de luna de miel a Europa.

La maledicencia popular reemplazó inmediatamente el mote de “ El Lechuzón”  por el admirativo de: “El Braguetón”. 

 (Continuará)

Los secretos de Charito (primera parte)

Autor: Amadeo Pellegrini  

Para Rosario, como muestra de afecto.  

Salí del sanatorio, con renovadas esperanzas y el pensamiento puesto en Charito que, con inevitable lentitud, se repondría allí en la habitación 101. 

El lugar había cambiado mucho; las sucesivas ampliaciones y remodelaciones lo transformaron en un establecimiento de primer nivel. Nada quedaba del antiguo sanatorio, sólo la placa de bronce recordatoria de la fundación y los retratos de los primeros médicos en las paredes del hall central, invadido a esa hora por médicos, enfermeras, pacientes y visitantes que deambulaban por los silenciosos corredores.

Cuarenta años atrás, -lo recordaba con absoluta claridad- había entrado allí de la mano de mi madre para conocer a mi recién nacida primita, tenía yo siete años y creo que en esa época prefería los varones; porque el hermanito que me habían prometido se demoraba en llegar… Tanto que al final nunca apareció.

Supongo que no les presté demasiada atención ni a la madre ni a la hija, atraído como estaba por otros objetos más novedosos para mí, como la perilla del timbre sobre la cabecera de la cama de la tía, que en un  descuido de los presentes pulsé consiguiendo la inmediata presencia de una solícita enfermera y una reprimenda de mi madre junto con la exhortación de mi abuela a comportarme como un “hombrecito”.

De aquella primera visita a mi prima, -única hija tardía del ricacho Don Raúl Deroud y de la hermana de mamá-, la imagen que conservo es su cara colorada como un rabanito, nada más.  

Los visitantes la veían hermosa, rozagante y qué sé yo qué, pero para mi era una cosa deforme y sin gracia. Claro que me cuidé bien de expresar ese pensamiento en voz alta para no ganarme una nueva reprimenda, un coscorrón materno, o ambas cosas.

Probablemente debido a aquella impresión inicial no tengo registrados los primeros tiempos de María del Rosario, nombres con los que fue bautizada, recién comencé a tenerla en cuenta cuando andaba por la casa balbuceando su nombre “Charito” por Rosarito como le decíamos los demás.

Obstinada desde el vamos, logró identificarse ante todo el mundo como Charito, lo cierto es que a partir de entonces consiguió que la llamáramos así y empezó a brillar con luz propia no solamente por su terquedad, sino también por su inteligencia y, -quizás para contradecir mi primera impresión-, por su belleza.

Afirmar que mi prima nació en cuna de oro y la criaron entre algodones no es ninguna exageración. Deseada, esperada hija de padres maduros, única heredera de la sólida fortuna amasada centavo a centavo por su padre, tuvo desde que abrió los ojos a la vida todo lo que una personita puede tener: mimos, riquezas y prestigio familiar, porque si bien nuestra rama materna provenía de un añejo tronco burgués, el ascendiente social paterno lo tenía adquirido el vejete Don Raúl a base de surtidos billetes de banco que le abrieron de par en par las puertas de la iglesia y de todas las demás instituciones  como destacado benefactor, además las autoridades locales y aun provinciales lo distinguían como hombre de consulta y la comunidad lo consideraba la figura más representativa de sus valores.

Por cierto que a Charito todas esas cosas le importaban un bledo, me atrevo a asegurar que no sólo las ignoró desde la niñez sino que mantuvo la misma actitud indiferente a lo largo de toda su existencia.

En lo que a mi respecta mi única prima representó al principio un gran fastidio. Me seguía, -mejor dicho me perseguía- a todas partes, con las manos pegoteadas de chocolate o de caramelo se prendía a mis pantalones, me adhería sus mocos en las mejillas cada vez que me besaba, pretendía que participara de sus juegos, cosa muy poco honorable para un varoncito.

En fin, como la mocosita mimada hasta el hartazgo que era, hacía cuanto estaba a su alcance para importunar a un chico crecido como yo que miraba con mayor interés a sus compañeritas de colegio.

De más está decir que la mayor parte de las veces Charito lograba sus propósitos, o bien porque, aun a regañadientes, terminaba por rendirme a su persistente acoso o para obedecer a los mayores que me inculcaban el deber de proteger, atender y complacer a la primita que me quería tanto…

Ni falta hace que reconozca que los juegos los conducía ella y que disponía de mí como hacía con sus muñecas, a las que dejaba en penitencia en los rincones o le alzaba las falditas para aplicarles palmadas por “portarse mal” . Sólo que para mi no había rincón ni castigos, al contrario a veces mi papel consistía en mandarla en penitencia al rincón también a ella, algo que, -lo confieso-, hacía a menudo y de muy buena gana.

Pero si a mí me perseguía para compañero de juegos, a nuestra abuela, que vivía con ellos, la abrumaba exigiéndole que le leyera o le contara cuentos. 

Rosario evidenció desde muy pequeña un extraordinario interés por todo lo relacionado con castigos corporales, en especial penitencias y azotainas, algo que a todos les llamaba poderosamente la atención porque ella jamás había recibido castigos de ninguna naturaleza.

No obstante, nadie encontraba anormal en ese interés y si alguno murmuraba: “¡Qué curiosidad tan rara la de esta nena!”  Los de la familia acostumbrados a las extravagancias de mi prima, respondían indiferentes: “Ya se le va a pasar…

Sospechaba yo, que nuestra abuela, quien filosóficamente sostenía que las historias en las cuales los protagonistas no corrieran peligros o sufrieran, no despertaban ningún interés, estimulaba las inclinaciones de su nieta y de alguna manera determinaba sus gustos.

Mi suposición se basaba en que, para complacerla, modificaba ella los finales de los cuentos infantiles, así Caperucita Roja recibía después una buena paliza de su mamá por haberse detenido en el bosque a hablar con el lobo, el pastorcillo mentiroso se llevaba una buena tunda por engañar a los demás pastores,  el trasero de la lechera pagaba por el cántaro roto, las respectivas posaderas de Hansel y Gretel padecían las iras familiares por empacharse de chocolate, así, con azotainas, ponía siempre punto final a todos los cuentos.

Charito entonces festejaba ruidosamente cada narración exigiéndole a la abuela mayores detalles y precisiones acerca de las palizas.

Ignoro el momento preciso en que las demandas de mi prima dejaron de fastidiarme, cuando mis sentimientos se modificaron y comencé a prestarle mayor atención. Es posible que esto sucediera cuando ella, cercana ya a los diez años, se perfilaba como una hermosa mujercita en ciernes y empezaba a ejercer con más soltura el innato arte de la seducción y manipulación del prójimo.

Fue de esa manera que entre nosotros se estableció de a poco, más que una clase de camaradería una suerte de complicidad que nos llevaba a alejarnos de los mayores para incorporar a nuestros juegos variantes menos inocentes o más procaces, según se mire.

No está en mi ánimo eludir las responsabilidades que como varón y  unos años mayor me cabían, pero debo aclarar a su vez que gran parte de esas, un tanto impúdicas, variantes las sugería y promovía la misma Charito con absoluto desenfado.

A modo de ejemplo, -puesto que no corresponde en esta oportunidad detenerme en esta clase de detalles-, diré que en cierta ocasión me presentó una figurita que representaba a una niñita boca abajo sobre las rodillas del papá quien la castigaba sobre el calzoncito con la mano abierta y después de preguntarme si sabía qué significaba aquello, me propuso que hiciera otro tanto con ella.

Charito misma se colocó en esa posición sobre mi regazo, instándome a que le pegara. La palmeé con suavidad sobre el coqueto calzoncito amarillo, mientras ella se burlaba del “castigo” diciendo: “¡No me duele!... ¡No me duele! Lo hacía con el evidente propósito de obligarme a proceder con mayor energía, la amenacé entonces con bajarle el calzoncito. Me desafió a que lo hiciera.

Yo tenía mis reservas, no por decencia precisamente, si no por temor a una acusación posterior, de manera que le dije que no lo hacía porque ella se lo contaría a su mamá.

Me aseguró que no lo haría, de inmediato me provocó llamándome “¡Tonto!... ¡Tonto!”  Con lo que consiguió la rápida remoción de la prenda y  que, al asomar su culito, le estampara allí una sonora palmada que la sobresaltó.

-“¡Ayyyy!... – chilló- “¡Me hiciste doler, tonto!...”  

Pero no hizo ningún amago de abandonar mis rodillas, retorciéndose de satisfacción cuando mi mano volvió a tomar contacto con su piel…No sigo.

Esta clase de jueguitos continuaron hasta que un par de años después ella viajó con sus padres a Europa, en cuyo ínterin yo me inscribí en la universidad de Buenos Aires y comencé a cursar mi carrera. 

Mi prima estuvo ausente nueve meses. Mis tíos regresaron cuando en Europa comenzaba el invierno boreal en tanto nosotros empezábamos a gozar del verano austral. De manera que volvimos a vernos durante las vacaciones.

Charito se empeñó en demostrarme, a fuerza de regalos, que durante su ausencia me había tenido presente en cada lugar donde habían estado: De Ginebra me trajo un cromómetro “Omega”  de oro, de Florencia una agenda de cuero repujado, de Roma media docena de corbatas de seda, de París lociones, de Toledo una navaja, de Barcelona una billetera y un cinturón de cuero, de Francfort una cámara fotográfica “Leica”, de Niza un par de anteojos para el sol y una multitud de obsequios más como un alfiler de corbata de oro, una estilográfica “Mont Blanc”  y otras cosas de no me acuerdo dónde.

(Continuará)

Un caso sencillo

 Por: Amadeo Pellegrini 

A la memoria de: Samuel Dashiell Hammett y

Raymond Chandler artífices del policial negro  

Herbert Kuhnn aminoró la velocidad y giró el volante; el automóvil salió de la Interestadual para ingresar en una ruta secundaria. De acuerdo a las instrucciones debía marchar por ella casi seis millas hasta encontrar una gasolinera abandonada, doblar allí en el cruce de caminos vecinales hacia la derecha, continuar media milla y detenerse frente a las ruinas de una antigua destilería. 

Desde que dejara la policía para establecerse como investigador privado, era este su primer caso: una burda extorsión. La víctima el Fiscal Budgen primer candidato a Alcalde, lo había contratado para que se ocupara de ese turbio asunto que involucraba a su familia y cuyas consecuencias podían malograrle la carrera política. 

Debía hallarse satisfecho que el Fiscal lo eligiera precisamente a él para ese trabajo, sin embargo no lo estaba. Lo había condicionado demasiado, quizás por eso mismo lo había escogido, para poder manejar los resultados y evitar de ese modo que trascendieran otros aspectos de su vida privada.  

El joven ex policía no encontraba otra explicación, además de aquellas fotografías que comprometían la moral familiar debían existir otras cosas más graves en aquel hogar.  

Lo había contratado para que descubriera la persona que tomó fotografías pornográficas a su hija, quien por los negativos le exigía cinco mil dólares bajo la amenaza de darlas a la prensa en vísperas de las elecciones primarias. 

Era inevitable que la candidatura y aun el futuro político de Budgen quedaran pulverizados  si algunas de aquellas fotografías llegaban a la opinión pública.  Nadie ignoraba, -el extorsionador menos que ninguno-, hasta donde llegaba la apetencia de poder del Fiscal. 

Por esa razón Art Budgen no había recurrido a la policía y las condiciones que le impusiera fueron: recuperar los negativos, pero abstenerse de seguir la investigación más allá con instrucciones de no reunir pruebas incriminatorias contra el culpable, o los culpables. 

Resultaba entendible que su cliente no deseara llevar el asunto a la justicia. Lo extraño consistía en que tampoco quisiera conocer la identidad del extorsionador, como si tratara de protegerlo, pero más incomprensible era aun su actitud para con la hija, pues le había exigido dejar a la muchacha completamente de lado. 

Era obvio que Muriel Budgen había posado por propia voluntad, a menos que hubiera estado bajo los efectos de alguna droga. En cualquiera de ambos casos no ignoraría el uso que darían a esas fotos algo que, naturalmente,  la convertía en cómplice. 

Resultaba lógico que los padres trataran de ocultar la participación de la hija, pero no que se desentendieran de ella, porque desde unas semanas antes Muriel no se comunicaba con ellos, había abandonado la carrera y dejado la residencia universitaria de manera que a la fecha ignoraban su paradero.

El investigador, solicitó al Fiscal que cuando el extorsionador volviera a telefonear negociara un plazo de una semana con el pretexto de reunir el dinero, en ese lapso él procuraría localizar y recuperar los negativos. 

En aquella oportunidad se sintió obligado a preguntarle a los padres qué debía hacer si daba con Muriel.  

Trate que vuelva a casa. Fue la respuesta que obtuvo. 

Herbert Kuhnn empezó por la Universidad de California. Su juventud le facilitó una inmediata inserción en el ambiente estudiantil y no tardó en reunir la información que necesitaba para encaminar la búsqueda. Muriel Budgen, había comenzado militando en los grupos pacifistas anti Vietnam, lo que había provocado el primer desencuentro con su padre, después pasó a formar parte de una de las tantas comunidades hippies que en esos años brotaban como hongos entre los jóvenes.  

Supo así mismo que había consumido alcohol, marihuana y LSD y conocido a un estudiante de arte, con quien había terminado por formar pareja. 

De  Stanley Mulligham supo que era fotógrafo aficionado, una especie de lobo solitario, no se le conocían amigos apenas camaradas de universidad a los que había dejado de frecuentar el cuatrimestre anterior antes de abandonar los estudios.  

Todas las piezas encajaban, sin embargo nadie pudo informarlo del paradero actual de la pareja, porque casi simultáneamente ambos habían desaparecido de los lugares que acostumbraban a frecuentar. 

A pesar de la poca colaboración que los esposos Budgen le prestaron Kuhnn, en las breves entrevistas que tuvo con ellos, advirtió que las cosas no andaban del todo bien aunque ambos desempeñaran a la perfección los papeles del matrimonio perfecto. 

El temblor en las manos de la mujer, que al principio atribuyó a la tensión bajo la cual se encontraban, reveló al detective su adicción al alcohol. Y aunque no le permitieron interrogar al servicio doméstico, -ajeno al drama que estaba sucediendo en la casa-, supo por la mucama que la señora había comenzado a beber a toda hora cuando convocaron a filas al joven William, el único hijo varón. 

El prestigio del Fiscal Budgen estaba sólidamente reforzado por sus intachables principios morales y patrióticos. La imagen de familia modelo unida a la influencia ejercida para que su hijo integrara el contingente de soldados que combatían a los comunistas del vietcong, era una demostración irrefutable de la solidez de aquellos principios.  

Kuhnn sospechó enseguida que todo eso no era más que una hermosa fachada sostenida para consolidar las ambiciones políticas de Art Budgen. 

Sumido en tales pensamientos arribó a la gasolinera abandonada que dejó a su izquierda para tomar la ruta que conducía a las ruinas de la destilería cuya alta chimenea de ladrillos tercamente en pie, permitía divisarla desde lejos. 

Llevaba en el asiento contiguo un maletín negro con apretados fajos de papel de periódico, simulando el dinero exigido, porque al aproximarse el vencimiento sin haber localizado a los extorsionadores se resolvió poner en práctica el plan alternativo, consistente simular el pago para apoderarse de los negativos. 

Aunque las llamadas provenían seguramente de teléfonos públicos el sujeto había actuado con tan poco profesionalismo que una investigación bien llevada a partir de las fotos y del papel en que estaban impresas lo hubiera puesto al descubierto, pero las trabas impuestas, -sólo le habían permitido ver dos fotografías nada más, ni siquiera conservarlas para examinarlas en un laboratorio- y la ansiedad del político lo impulsaron a jugar la carta de arrebatar los negativos simulando la entrega del rescate. 

Su cliente había aceptado esa estratagema, pero prohibiéndole que concurriera armado. No quería que la situación se agravara con un hecho de sangre, pero hizo caso omiso de la prohibición, preparó su pistola más otro cargador completo, añadió también un par de esposas y una larga cuerda. 

Al llegar al lugar convenido, detuvo el motor y se apeó del automóvil. Imaginaba que lo estarían observando. Para darles seguridad que se encontraba solo caminó alrededor del vehículo. Después se apoyó en una de las portezuelas, de cara a las ruinas y encendió un cigarrillo. 

Transcurrieron diez largos minutos, hasta que finalmente una esmirriada figura surgió de entre la maleza encaminándose en dirección al automóvil. 

La estrafalaria vestimenta de quien venía a su encuentro no le impidió reconocer en aquel mamarracho hippie a Muriel Budgen. 

-¿Lo manda mi padre, no? -preguntó a boca de jarro. Kuhnn, asintió con la cabeza. 

-¿Trajo el dinero?  

El detective volvió a hacer un gesto afirmativo con la cabeza. 

-¿Dónde lo tiene? 

Sin pronunciar palabra, le volvió la espalda, abrió la portezuela, sacó la maleta del interior y la colocó sobre el capot. 

-¡Démela! -ordenó con voz imperiosa. Se encontraban a unos diez pasos de distancia. Por toda respuesta, el detective con estudiada lentitud encendió un cigarrillo mientras movía la cabeza en sentido negativo.  

-¡Arrójela a mis pies!... ¡Vamos!...  ¡Hágalo!... 

-Primero déme usted el rollo de película para asegurarme que se trata de las mismas fotos y luego llévese el maletín. Antes no. Ese es el trato… -contestó sin dejar de sonreírle. Visiblemente fuera de sí la muchacha, gritó: 

-¡Le ordeno que me entregue el dinero!...

-Lo lamento señorita, pero sin rollo, no hay pasta. Son las órdenes que tengo -repuso sin abandonar la sonrisa y con las manos en los bolsillos como no dando importancia a la cuestión.

Las cosas estaban saliendo como las había planeado un poco más y la chica se abalanzaría sobre el maletín. Para apremiarla miró el reloj y afirmó en tono resuelto: 

-No perdamos más tiempo, si en diez minutos no me entrega el rollo, meteré la maleta en el auto y volveré por donde he venido.   

La muchacha miraba desesperadamente a ambos lados como buscando ayuda. Luego dijo: 

-No trajimos el rollo, se lo enviaremos a mi padre por correo… 

-Lo siento, no es eso lo convenido -sostuvo volviéndose hacia el auto.

Al oírlo la muchacha reaccionó como Kuhnn esperaba: se precipitó hacia el maletín con intención de tomarlo, pero no logró llegar a él, el hombre fue más veloz, asiéndola por el brazo la atrajo hacia sí y antes que Muriel atinara a nada, con dos clics metálicos le ciñó las esposas. Ella trató de darle de puntapiés, mientras se retorcía como una serpiente gritando en demanda de ayuda. 

-¡Ayúdame Stan! ¡Vamos Stan!... 

Kuhnn abrió la portezuela y a empellones la hizo entrar en el automóvil, enseguida sacó la pistola tomó el maletín y lo arrojó  sobre el asiento trasero cerrando ambas puertas. Después pistola en mano se atrincheró detrás del vehículo. En el interior del auto la muchacha, gritando pugnaba sin éxito por salir del encierro. La espera no resultó demasiado larga. En ese lapso la prisionera no dejó por un instante de gritar y patalear.

El silencio fue quebrado de pronto por el ronco sonido de un motor…  Una motocicleta emergió detrás de los muros de la destilería para ganar la ruta tomando velozmente la dirección opuesta hasta perderse detrás de una nube de polvo… El detective guardó el arma y entró al automóvil.

Esperó  que Muriel se tranquilizara un tanto, encendió dos cigarrillos, y después de colocarle uno en los labios dijo: 

-Bueno hermana. Tenemos dos caminos por delante,  o volver juntos a casita para que mamá y papá Budgen le den su merecido, o ir hasta donde están los negativos para que yo se los lleve. Elija. 

-¿Qué hará con el dinero? ¿Me lo entregará acaso?... -preguntó. 

-Mire. yo cumpliré mi palabra, me contrataron para recuperar ese rollo, me autorizaron a entregar a cambio ese maletín. Cuando yo regrese con los negativos y se los entregue a papá Budgen, cobraré recién mis honorarios, que es lo único que me interesa, después me olvido del resto… ¿Entendido?... -Muriel escrutó detenidamente el rostro de su interlocutor, que sostenía su mirada sin dejar de sonreírle.

-¿Qué hará conmigo después? –quiso saber ella. El detective se encogió de hombros antes de responder:  

-Depende… 

-¿Depende de qué…? 

-De usted, desde luego. Si cumple su parte yo cumpliré la mía, si no lo hace,  entonces yo sabré qué hacer…¿Está claro?... 

-Está claro. ¡Ahora quíteme esto! Ordenó alzando los puños esposados. 

-Todavía no muchacha, es demasiado pronto. No me agradan las sorpresas, su amiguito anda suelto, ignora nuestro acuerdo y puede tratar de hacerse el héroe a mi costa… Además, entre nosotros, no confío demasiado en una mujercita que se deja fotografiar desnuda para sacarle plata al papá… 

-¡Usted es un puerco!... 

-Y usted una inocente criatura… Si quiere pasarse el día platicando aquí conmigo, no tengo inconvenientes, pero si desea terminar el negocio de una vez, indíqueme el camino así nos ponemos en marcha… 

Muriel comprendió que no tenía alternativas, explicó la manera de llegar hasta el sitio donde se refugiaban, después se encerró en un hosco silencio. Kuhnn puso en marcha el motor y encendió la radio. Recorrieron varias millas por un intrincado camino entre cerros bajos. Encajonada en una pequeña abra dieron con un desvencijado remolque de madera sin ruedas, montado sobre rústicos pilares de piedra. Kuhnn guió el vehículo hasta donde la senda le permitió llegar y detuvo la marcha, Muriel abrió la boca para decir: 

-Es aquí. 

Quedaron a unos treinta pasos. No habían advertido vestigios de vida en todo el trayecto, tampoco los había en los alrededores de esa miserable choza, no obstante el detective echó pie a tierra con el arma en la mano y rodeó la construcción, abrió luego de un puntapié la puerta.  

No bien hubo comprobado que no había nadie, regresó al auto; ayudó a la muchacha a descender. Luego tomándola por el brazo para impedir que resbalara mientras portaba el maletín en la otra mano, la condujo hasta el interior de la madriguera, que por todo mobiliario disponía de una especie de yacija en el suelo, una pequeña mesa y un formidable desorden de ropas colgadas y apiladas en medio de cajas de cartón. Arrojó el maletín sobre la cama. 

Aquel sitio no podía ofrecer un aspecto más sórdido. El hombre quedó asombrado ante el abismo que separaba la magnifica vivienda de los Budgen de aquella inmunda pocilga así como las enormes contradicciones que encerraba el abrupto descenso de esa jovencita desde un hogar confortable a esa suciedad.

En el rincón que oficiaba de cocina, descubrió un calentador a kerosén sobre una banqueta de madera, una palangana en el suelo, al lado un par de bidones y encima de todo una repisa repleta de latas y botellas.  Se detuvo frente a una cochambrosa sartén colgada en la pared a observar detenidamente las fotografías de distintos tamaños que, adheridas con chinchetas, se hallaban a ambos costados. Desprendió un par de ellas y las llevó hasta la puerta para mirarlas mejor, después exhibiéndoselas preguntó a Muriel si el de las fotos era Mulligham. La chica asintió con la cabeza mientras estiraba las manos para que la librara de las esposas. El detective se desentendió del gesto y guardándose las fotografías en el bolsillo, preguntó: 

-¿Dónde está el rollo? 

-Primero suélteme… 

-Despacio chica, voy a soltarte después que confirme que no me engañas, ya sabes que soy desconfiado por naturaleza… 

No tuvo más remedio que señalarle una lata de té, convencida  que él llevaba todas las de ganar. Kuhnn extrajo el rollo del envase y salió afuera. Después de permanecer un rato examinando las tomas una por una regresó al remolque. 

-Hermosas vistas realmente… Quizás no valgan los cinco mil que piden por ellas, pero no están nada mal -dijo con sorna mientras le quitaba las esposas.  

En tanto Muriel, avergonzada por el comentario, mantenía la cabeza gacha. No bien se sintió libre lo primero que hizo fue volverle la espalda mientras se frotaba enérgicamente las muñecas,  después se sentó sobre el camastro y colocó el maletín sobre su regazo … 

-¡Cochino hijo de puta!... ¡Me engañó hijo de puta! -gritó arrojando al suelo el contenido del maletín. Los fajos de papel de diario se desparramaron mientras ella furiosa arremetía contra Kuhnn que trató de contenerla. Antes que el hombre reaccionara Muriel alcanzó a asestarle dos fuertes puntapiés en las piernas y a escupirle el rostro. Trató de abofetearlo pero las manos del detective encerraron sus brazos como garfios. Kuhnn comenzó a sacudirla, mientras le decía: 

-Quieta muchacha no me obligue a desfigurarla a sopapos… No quiero presentarla a sus padres con los labios partidos, las mejillas hinchadas y los ojos morados… 

Por toda respuesta ella volvió a escupirlo, mientras gritaba presa de un ataque de histerismo: 

-¡Usted no me llevará a ninguna parte, grandísimo hijo de puta!... 

Con la velocidad adquirida por la práctica policial Muriel se encontró nuevamente esposada con las manos a la espalda. Sin embargo no se dio por vencida volvió a patearlo, pero esta vez no tomó por sorpresa a su oponente quien cuando ella alzó el pie le dio un empellón haciéndola caer sobre el camastro. Desde allí vociferaba torrentes de palabras soeces propias de una mujer de la calle.

La seguridad que ese hombre no la maltrataría, para no indisponerse con su padre la alentaba a continuar con los insultos.  Lo hostigaba para que perdiera el aplomo, pero Kuhnn ignorando los agravios continuaba revisando calmosamente uno por uno los objetos que tenía delante. Descolgó un bolso con forma de morral y lo vació sobre la mesa. Dos de las bolsitas de tela que cayeron contenían picadura de marihuana, la otra un poco más grande estaba llena de una pasta color marrón, fósforos, una caja de librillos de papel de fumar, dos paquetes de cigarrillos abiertos, una libreta, un cortaplumas mediano, un envoltorio de toallas higiénicas, preservativos sueltos, un sobre con apósitos, una pipa ordinaria, un lápiz y algunas monedas. Desparramó en el piso el contenido de las bolsitas, arrojó también la pipa y la quebró con el zapato,  guardó en uno de los bolsillos traseros del pantalón la libreta y el resto lo volvió a colocar dentro del bolso. La muchacha que por un momento había cerrado la boca para observar los movimientos de su captor, cuando lo vio tirar la marihuana, gritó: 

-¿Pero qué hace?... ¡Nada de esto es suyo!... ¡Usted, hijo de puta no tiene ningún derecho a tocar nada!... ¿Entiende eso policía de mierda?... ¿Me oye hijo de puta?... ¿Qué otra cosa busca acá?... ¡Contésteme!... ¡Hable vamos!... 

Sin darse por aludido continuó con su tarea. Vació una de las cajas de cartón para ir colocando en ella las prendas de la muchacha, incluido el bolso y unos libros de texto. 

-¡Le prohibo que toque mis cosas!... ¿Oye puerco?... ¡Todo eso es mío!... -chilló la joven. Kuhnn cerró la caja, después de amarrarla con un cordel la llevó hasta el automóvil y la depositó en el baúl. Silbando regresó al remolque. 

Al oírlo regresar Muriel renovó los gritos y los insultos. Como le costaba volverse pues tenía brazos y manos inmovilizados, trataba de adivinar las intenciones del detective que se movía detrás de ella. 

-¿Qué mierda quiere hacer ahora?...  

-Tenga paciencia señorita Budgen, no bien termine me ocuparé de usted… se lo prometo, como le prometí a su padre llevarla de regreso a casa. 

-¡Esta es mi casa y no pienso moverme de aquí! ¡Usted va a tener que soltarme porque si no lo voy a acusar de secuestro! ¿Oye, hijo de puta?...

De pronto advirtió que las manos del hombre hurgaban su cintura hasta dar con el cierre de sus pantalones. 

-¡Sáqueme las manos de encima o voy a acusarlo de violación!...

Los dedos de Kuhnn transformados en garfios arrastraron los desflecados pantalones hasta la media pierna… 

-¡Cómo se atreve, inmundo policía! -gritó enfurecida.

El grito se transformó en un agudo chillido de sorpresa cuando la pesada mano del detective cayó de plano en medio de los glúteos apenas cubiertos por la delgada trama de nylon de la prenda interior. Más que el dolor, el bochorno de las sonoras palmadas que se sucedieron elevaron el nivel de las protestas y gritos femeninos. Al comienzo Kuhnn pensó que sólo deseaba humillarla un poco, apenas lo necesario para intimidarla y aplacarla, pero una extraña voz interior lo incitó a profundizar la tarea, entonces se decidió a embutir los dedos debajo del elástico del calzón y arrastrarlo hasta la mitad de los muslos. Gesto que le valió renovados insultos y amenazas. 

Plantado en ambos pies frente a la tendida muchacha con una agradable sensación de poder, el hombre contempló su obra mientras despasaba las trabas del pantalón para liberar el cinto.  El contacto de la mano y el incipiente enrojecimiento de la suave epidermis castigada despertaron sus sentidos, pero el acendrado sentimiento del deber se impuso a ellos.  Concentró la vista en el cinturón de cuero; lo dobló cuidadosamente encerrando la hebilla y el extremo opuesto en el puño, alzó luego el brazo imprimiéndole un rápido movimiento semicircular que la lonja acompañó hasta cruzar con un chasquido seco los dos hemisferios de delicada carne juvenil. Continuó azotándola hasta que las airadas protestas y los bajos insultos resultaron ahogados por espasmódicos sollozos. La piel había adquirido una intensa tonalidad rojiza en la que se destacaban algunos trazos más oscuros en las partes donde el cuero llegara con mayor fuerza. Abandonó el castigo y volvió a colocarse el cinturón sin dejar de regodearse con el espectáculo de aquel insolente trasero convertido por obra de los azotes en un par de temblorosos montículos escarlata… 

Encendió un cigarrillo, mientras los incontenibles sollozos decantaban paulatinamente en un compungido llanto apenas audible…  Aplastó la colilla, se acercó a la muchacha y, en silencio, la ayudó a incorporarse. La sostuvo abrazándola por la cintura mientras con la mano derecha la liberaba de las esposas. Sacó un pañuelo para limpiarle los mocos y secarle los ojos, después agachado alzó ambas prendas hasta volverlas a su sitio. 

Muriel, caminó con paso vacilante. Intentó apoyarse en una de las paredes para no caer, pero su entumecido brazo no le respondió, Kuhnn la sostuvo conduciéndola hasta la puerta, allí la ayudó a descender enlazándola nuevamente por la cintura y sin soltarla la acompañó hasta el automóvil. Dejó a la muchacha junto al vehículo para regresar a grandes zancadas al remolque.

Una vez adentro derramó el contenido del bidón de kerosén sobre el camastro y el resto de las ropas. Luego, desde la puerta arrojó al interior un bollo de papel encendido. Abandonó el lugar recién cuando las llamas alcanzaron la altura de las paredes.  Encontró a la muchacha llorando. Abrió la portezuela, la tomó por los hombros forzándola a entrar en el vehículo.

Mientras se alejaban de allí, Muriel continuó llorando silenciosamente. De pronto volviéndose hacia él, preguntó: 

-¿Por qué tenía que prender fuego al remolque?... 

-Para protegerla… -¿A mí?... ¿De qué?... ¿De quién?... 

-Algún día lo sabrá -respondió con sequedad. Encendió un cigarrillo y se lo alcanzó luego encendió el suyo. Terminaron de fumar e hicieron gran parte del camino sin dirigirse la palabra. Hasta que ella lo abordó nuevamente. 

-¿Por qué se empeña en llevarme a mi casa?... 

-Por que su padre me lo pidió. -

Ni usted ni mi padre pueden obligarme, ya tengo diecinueve años… 

-Diecinueve años, ¡Caramba!  yo creía que tenía apenas catorce y sólo ocho de edad mental… -respondió Kuhnn con sorna.

 -Por favor no se burle, le repito que usted no tiene ningún derecho a llevarme contra mi voluntad… 

-Bueno, al menos aprendió a decir “por favor”…

La mordaz indirecta hizo enrojecer a la chica. Muriel decidió cambiar de táctica. Intentando seducirlo puso la mano sobre el brazo del detective y dulcificando la voz preguntó: 

-¿Sería capaz de dejarme en libertad cuando lleguemos? 

-No jovencita, no pienso perder dinero, su padre me pagará una prima extra por llevarla hasta él. 

-¡Ah! Lo hace por dinero… Debí imaginarlo, a usted lo único que le interesa es el dinero que le va a sacar a mi padre… 

-¿Y, a usted no?... Por el jaleo que armó, creí que le importaban mucho los cinco mil de papito...

Muriel enmudeció; en tanto una idea maligna atravesó la mente del detective que dijo: 

-Tal vez podría ayudarla si me dice qué pensaban hacer con el dinero del rescate.

Al oírlo una luz de esperanza brilló en lo ojos de Muriel, que se apresuró a decirle: 

-Lo necesitábamos para marcharnos al este, Stan quería que fuéramos a vivir a Nueva York…  

-¿De quién fue la idea del chantaje?... ¿Suya?... 

-No. Antes yo le había pedido a mi padre que me prestara ese dinero, cuando él se negó, yo le propuse a Stan fingir un secuestro, pero a él le pareció demasiado peligroso… 

-Entonces a Stan se le ocurrió lo de las fotografías…¿No es así?...  

Ella pensó un instante antes de responder:

-Sí, la idea fue suya… 

-Y usted se prestó de buena gana… 

-En realidad sí, no me pareció mal, después de todo éramos pareja, además Stan me había hecho varios desnudos anteriormente porque yo quería prepararme para trabajar como modelo, según decía, yo tenía condiciones y la figura adecuada… Dígame ahora cómo me va a ayudar. 

-Antes respóndame esta pregunta. ¿Sabía usted que la publicación de las fotos comprometería la carrera de su padre?... 

-Claro que lo sabía, por eso estaba segura que iba a soltarnos la plata… 

-¿Acaso ni su dignidad personal, ni la carrera política de su padre  le importan?... 

-No, no me importa, porque a mi padre tampoco le importa nada de mi. Bueno respóndame de una vez: ¿Cómo piensa ayudarme? 

-Recomendándole a “papá” Budgen que no sea demasiado severo con usted, lo informaré que ya se ha llevado una buena azotaina a cuenta, de modo que si persiste en darle los azotes que merece, le pediré que al menos se los propine en una cuantas sesiones… Así su atractivo trasero tendrá tiempo para recuperarse…  

-¡Eso es estúpido! Mi padre jamás me ha pegado… ni me pegará… 

-Entonces le aconsejaré a la señora Budgen que utilice su cepillo con moderación… 

-¡Oh! ¿Se cree gracioso?...  -dijo con rabia, cruzando los brazos sobre el pecho mientras volvía la cabeza hacia la ventanilla. Continuaron en silencio. Al llegar a la Interestadual Muriel se quejó que tenía hambre, Kuhnn miró el reloj y le informó que no tardarían en llegar al sitio donde se detendrían a almorzar. No volvieron a hablar el resto del viaje. 

A medida que se aproximaban a la zona urbanizada el flujo de vehículos dificultaba el tránsito, obligando a Kuhnn a mantenerse atento al volante. Entre tanto su compañera se distraía estudiándolo.

-Es joven –pensó- Pero es duro y cínico, eso lo hace más viejo… Tal vez no tenga treinta años todavía… No usa anillo, aunque eso no significa nada, lo mismo puede tener mujer e hijos… una pareja, seguro… Resultaría agradable, si no fuera tan frío, tan bruto… Stan es hosco, pero distinto…  Diferente a pesar de haberse criado en un orfanato… Se muestra huraño porque no quiere tener trato con los demás… En realidad le cuesta darse con la gente… en medio de las personas se siente inseguro, indefenso…   

Abismada en sus pensamientos, Muriel no advirtió hasta que el automóvil se detuvo,  que se habían desviado de la ruta para internarse en un barrio de casas sencillas, frente a una de las cuales estacionaron. Kuhnn la invitó a bajar, ella preguntó:

-¿Dónde estamos? 

-En mi casa. Bajemos. 

Obedeció sin replicar. Juntos ingresaron en el living. Muriel observó que era pequeño pero bien arreglado. La limpieza y el orden que reinaban allí, así como los cortinados, los adornos y algunos otros detalles más revelaban una presencia femenina.  Mientras el detective volvía al automóvil, aprovechó para mirar las fotografías que estaban sobre la estufa. En ese examen la sorprendió cuando regresó con la caja que contenía los efectos de la muchacha. Al oírlo, se volvió para preguntarle: 

-¿Vive solo aquí?... 

-No, con mi madre. En realidad esta casa es suya… 

-¿Dónde está ella? -quiso saber. No se le escapó el tono suave de su voz ni la curiosidad infantil que ponía de manifiesto, le respondió del mismo modo: 

-En este momento en Seattle, una de mis hermanas vive allá y está por tener familia… -En tono cortés, pero firme, añadió:  -Ahora acompáñeme…  

Muriel lo siguió por el pasillo hasta la entrada al cuarto de baño.  El detective abrió la puerta de la derecha. –Este es el cuarto de mi madre. Indicó mientras depositaba la caja sobre la alfombra. Después sacó toallas limpias y se las entregó diciendo:

-Mientras preparo algo de comer, le recomiendo un buen baño y ponerse presentable… ¡Ah! No cierre las puertas, déjelas entreabiertas… 

-¿Piensa entrar para asegurarse que me baño y no trato de escapar?... 

-No, es una medida de precaución simplemente, no me agrada derribar puertas, mucho menos las de mi casa. 

-Voy a desvestirme... -dijo mientras iba colocando sobre la cama la ropa que sacaba de la caja. -¿Quiere quedarse?... Si lo desea puedo ofrecerle un buen espectáculo… 

-No lo dudo, pero no es necesario, tengo suficiente con las fotografías y lo que observé directamente del natural -fespondió. La velada alusión a la paliza, hizo sonrojar a Muriel que, arrepentida se mordió el labio.

Mientras la muchacha entraba al cuarto de baño, Kuhnn tomó el teléfono que estaba sobre la mesa de luz y marcó un número. Con las puertas entreabiertas pudo escuchar parte de la conversación del detective. 

-…Sí, Kuhnn habla…¿Teniente Murray?... Bien tome nota por favor Stanley Healey se hace llamar ahora Mulligham… No, no pude seguirlo.. se moviliza en una vieja moto “Indian”, va solo y merodea por los alrededores de las viejas canteras de “ Galoway”… Efectivamente por allí cerca… No, antes del puente...  Hará aproximadamente unas tres horas… Entendido… Bien… De acuerdo, nos mantendremos en contacto. 

Hacía mucho tiempo que Muriel no tomaba un baño como ese y aunque la llamada telefónica la intranquilizaba acerca de lo que podía sucederle a Stan, el agua que corría por su cuerpo resultaba deliciosa, tanto como el aroma a café que le llegaba desde la cocina recordándole que estaba hambrienta. Envuelta en una toalla pasó al dormitorio. Se detuvo frente al espejo del tocador y dejó caer la toalla. Complacida, observó su imagen desnuda, primero de frente sopesando sus pechos, luego el perfil derecho y el izquierdo, después destinó las últimas miradas a su espalda y al congestionado trasero que conservaba nítidas las señales que imprimiera allí el cinturón…  

-¿Cómo reaccionará si me presento así? -pensó. Y la idea de incitarlo sexualmente comenzó a rondarle la cabeza.  Últimamente es un hombre como los demás y todos en definitiva no buscan otra “cosa”… Suavemente pasó la yema de los dedos por el ensortijado matorral de vellos pubianos, mientras una sonrisa, -la primera en muchos días-  iluminaba su cara. 

-¡Termine de una vez que la comida se enfría!...

Aunque la orden le llegó desde la puerta de la cocina, al oírla no pudo evitar un estremecimiento. Sin perder un segundo se embutió el calzón, enseguida se ajustó el sostén y se deslizó dentro de un sencillo vestido de gasa un tanto descolorido.  Con el pelo todavía mojado y descalza se presentó en la cocina., donde el hombre había dispuesto la mesa en la que en una fuente crepitaban doradas salchichas envueltas en crocantes láminas de tocino, a uno de los lados un plato con tostadas, del otro un bowl con ensalada de papas, zanahorias y arvejas  condimentada con mayonesa. Kuhnn retiró la silla y con un gesto la invitó a sentarse mientras le preguntaba si los huevos fritos los prefería revueltos. Después de colocar los huevos en su plato le sirvió café. Comían en silencio.

De pronto el pie desnudo de Muriel comenzó a tentar la pierna del detective hasta dar con la bocamanga del pantalón, con delicadeza la fue subiendo para acariciarle la piel. Kuhnn fingió no advertir la maniobra de la muchacha y tampoco retiró la pierna dejó que continuara los avances cada vez más audaces… Cuando terminó de beber el café y secarse los labios con la servilleta, calmosamente dijo: 

-Le aconsejo no continuar con ese jueguito, a menos que desee volver a recibir otra buena azotaina…  

Como la muchacha no dejaba de apretar el pie contra su pierna, agregó:  

-Le aseguro señorita que me agradaría muchísimo volver a escuchar los variados registros de su voz mientras homenajeo su hermoso trasero con un nuevo recital de percusión a cinto… 

-Le creo, porque usted es un bruto que no tiene sentimientos… -exclamó retirando el pie. El detective se levantó para ordenar la mesa. 

-Vaya a arreglarse y junte sus cosas mientras yo ordeno la cocina. Estoy deseando terminar este asunto de una vez… 

-¡Yo también! -afirmó ella procurando disimular su resentimiento y humillación, mientras marchaba en dirección al dormitorio. 

Culminaron el trayecto de la misma manera como lo iniciaron, sin mirarse ni dirigirse la palabra. Cuando el detective enfiló el vehículo por el bulevar, Muriel posó la mano sobre el brazo de Kuhnn y le pidió que detuviera la marcha. Por enésima vez le rogó que la dejara marcharse, insistió en que no quería regresar a casa de sus padres y como el hombre no le respondía, soltó el llanto. 

-Si me obliga a bajar, lo odiaré por el resto de mi vida -dijo entre sollozos.

Kuhnn estacionó el automóvil frente a la entrada principal de la magnífica residencia de los Budgen. Estiró el brazo para rodear los hombros de Muriel y atraerla hacia él mientras le decía en tono paternal: 

-Vamos querida, es el momento de actuar como una persona adulta y afrontar de una vez las responsabilidades… 

-Es que… es que siento mucha vergüenza… 

El detective sonrió al comprobar el cambio experimentado por la muchacha y para animarla dijo: 

-Ese es un buen principio, tus padres serán los primeros en advertirlo, ya lo verás… ¡Valor, vamos! -añadió pasándole suavemente la mano por el cabello. Ella apoyó la cabeza en su hombro y murmuró: 

-Quiero que bajes conmigo y me acompañes… 

-Claro. ¡Vamos!... 

El recibimiento no fue tan penoso como la muchacha temía, ni tan cariñoso como Herbert Kuhnn hubiera deseado. El Fiscal ahorró las palabras de bienvenida, pero al mismo tiempo eludió las de reproche, se limitó a saludarla como si regresara de una colonia de vacaciones.  Como toda persona autoritaria la situación le resultaba visiblemente molesta, el papel de padre afectuoso no estaba hecho a su medida, de manera que llamó a su esposa quien aun en medio del estupor alcohólico tuvo el tino de besar a la hija. 

-Será mejor que la lleves a su cuarto –le ordenó-. Seguramente necesita descansar. Yo tengo que arreglar un asunto con el señor Kuhnn. 

No bien ambas mujeres se hubieron retirado, el detective sacó del bolsillo el rollo de película y se lo entregó. Por toda respuesta el Fiscal prometió enviarle el cheque por correo y con un seco: “Buenas tardes” dio por terminada la reunión. 

Una vez en la calle, Herbert Kuhnn se preguntó si debía sentirse satisfecho, pero ninguna de las respuestas que ensayó terminó por conformarlo. Mantenía el mismo sabor amargo con que había dado comienzo a ese caso. Solamente el recuerdo de las nalgas enrojecidas de Muriel, mientras encendía un cigarrillo, lo hizo sonreír. 

____________________________________________ 

Dos días más tarde le llegó el cheque prometido.

Esa misma mañana había leído en la sección policiales del “Chronicle”  que Stanley Healey alias Stanley Mulligham evadido de la prisión estatal a fines del año anterior había sido recapturado y debería afrontar varios cargos menores, entre ellos el de hurto de una motocicleta y el de asalto a una farmacia. 

Un par de semanas después el mismo periódico informaba en primera plana y con grandes titulares que Arnold J. Barnes resultaba nominado para Alcalde aventajando a su rival, el Fiscal A.  Budgen por una crecida cantidad de electores.  Kuhnn abandonó la lectura sin lograr establecer si la noticia del revés político experimentado por su antiguo cliente lo alegraba o entristecía. 

Hubieron de pasar sin embargo más de tres largos meses antes que volviera a tener noticias de Muriel Budgen.  Se las trajo ella en persona, que comenzó pidiéndole perdón por haberlo tratado de una manera tan desconsiderada, había comprendido muchas cosas la principal que el detective había trabajado sólo para su bien, que quemó el remolque a fin que no quedaran pruebas de su presencia allí para que nadie pudiera vincularla con el convicto Stanley Healey, que supo que no había recibido ningún pago extra de honorarios por devolverla a sus padres, entendiendo recién entonces que lo había hecho para salvarla de caer nuevamente en manos de algún tenebroso y sobre todo arrancarla de la droga. Por ella supo además que los esposos Budgen se habían divorciado y que habían acordado pasarle a ella una pensión hasta que cumpliera los veinticinco años.  

Por último le confesó que lo amaba…  

-Desde el momento que me diste aquellos azotes ¿Recuerdas? -dijo ofreciéndole los labios.

   FIN

Historia corta para un amigo spankee

Autora: Vivi Verde

 Me imagino que si tu conciencia te acusa, la señora lo notará de inmediato en tu mirada.  

Te hará pasar a su despacho, te va a hacer sentar, y mientras da vueltas lentamente en torno a ti te ira haciendo confesar, como si no quiere la cosa. Tú te pondrás nervioso con su mano en tu hombro, en tu cabeza, en tus mejillas, y de a poco le irás relatando cuan mal te has comportado... A veces sus piernas rozarán las tuyas, y sentirás que sudas, mientras escuchas el rítmico sonido de sus tacones en el piso.  

Luego de tu confesión, hará que te pares, y te guiará hacia un sillón que hay en su despacho. Ella se sentará, y te soltará el cinturón. Luego te abrirá el botón de tus pantalones y te bajará el cierre. Sonreirá tranquilamente ante tu nerviosismo. Te bajará los pantalones, los calzoncillos, y se enojará al ver que estás un poco excitado, y que tu ropa interior no está completamente seca, como debería estar en un muchacho como debe ser. Te reprenderá, y hará que te arrodilles frente a ella, hará que pongas tu guatita sobre sus rodillas, y te acomodará lo suficiente para que tus nalgas queden en la posición adecuada para la zurra que te va a dar.  

Luego, sentirás que su mano izquierda sujeta tu espalda, y que su derecha acaricia tus glúteos para que te relajes. De pronto, esa mano que te acariciaba se levantará, y sentirás una primera palmada en tu nalga derecha, luego otra en la izquierda, y así... No son tan fuertes, piensas. Pero el castigo se comienza a prolongar, y vas sintiendo el efecto acumulativo de lo que sabes será sólo el precalentamiento. Comienzas a sentir que te pica un poco, y puedes imaginar cuan rojito tu derrière debe comenzar a verse. 

Ella de pronto se detendrá, y sentirás que algo estará buscando en un punto a tu espalda, lejos de tu campo visual. Intentarás volverte discretamente para ver qué es lo que te espera, pero la mano izquierda que sujetaba tu espalda tomará tu oreja izquierda, y te obligará a volver a mirar al frente. Ella te retará, y luego de una fuerte palmada en tus piernas y de un pellizco a tus glúteos, te acariciará ligeramente la cabeza y volverás a sentir que te sujetan la espalda.  

Luego sentirás algo helado en tus calientes nalgas... Reconocerás esa sensación: es la de su temida regla de acrílico. Ella la pasará para que sepas lo que te espera. Te preguntará si recuerdas cómo se sentía una treintena, sin esperar realmente tu respuesta. Luego te preguntará si te imaginas lo que serían sesenta golpes con la regla. No espera que le respondas, pues es ella misma la que lo hace por ti. Te dirá que no importa que no sepas la respuesta, pues cuando salgas de su oficina ya lo habrás aprendido. Sentirás como la regla se separa de tu piel, y aunque sabrás lo que te espera el primer golpe te sorprenderá de todos modos. Y seguirán.  

No te hará contar. Ella te golpeará en rápidas series de seis, dejando una breve pausa entre series para que puedas sentir el efecto, y puedas meditar sobre tu mal comportamiento. Te recordará cuan malo has sido, y cuánto necesitas ese castigo. Sentirás su mano inspeccionando tus más íntimas zonas, y ella notará cuan excitado estás. Ella se enojará aun más, y decidirá castigarte todavía más severamente. Te dirá que no admitirá más de ti tan vergonzosa actitud, y te prometerá darte tantos reglazos como sea necesario para que tu cuerpo pierda esa excitación tan poco adecuada en un buen muchacho. Te dirá que es su deber, y que no te va a defraudar. Y te prometerá que el castigo sólo se terminará cuando ella pueda verificar que no existe en ti entusiasmo alguno, porque sólo entonces el castigo habrá sido el adecuado. Y dicho esto reanudará la lluvia de reglazos, con más energía detrás de ellos.  

Tú sentirás que es imposible no excitarse, después del discurso que te ha dado. Te preguntarás si podrás soportar lo que te va a dar. Pero confiarás en que ella jamás te hará verdadero daño.

Pasará mucho tiempo, y tanto tú como ella perderán la cuenta de los reglazos administrados. Llegará un momento en que te aburrirás, y querrás acabar. La señora te recordará que te pusiste en sus manos, y que es ella quien decidirá cuando has sido suficientemente castigado.

Intentarás pararte, y ella te sujetará. Te resignarás, y ella eventualmente considerará que ya has tenido suficiente. Dejará la regla de lado y estará satisfecha al constatar que tu cuerpo ya no te delata. Ella sonreirá, y acariciará tus nalgas. Ya no te sujetará con su mano izquierda, pero tú te quedarás en la misma posición.  

Sentirás algo helado y viscoso chorreando tus nalgas, y sabrás que te va a poner cremita. Se sentirá fría contra derrière caliente. Sentirás sus manos masajeándolo. Y luego, sentirás como separa tus nalgas con una mano, mientras más cremita fría cae sobre tu ano. Sus dedos comenzarán a esparcir la crema en la zona, y sentirás que te excitas nuevamente. Ella también lo notará, y te dirá que cambies de actitud si no quieres que el castigo se reanude.  

Se enojará al constatar que eso en vez de hacer que te calmes, te pone en un estado todavía peor. Te dirá que no puede creerlo, pero que parece ser que necesitas un castigo todavía más severo. Te preguntarás si te va a dar otra serie de palmadas y reglazos, pero no.  

Ella introducirá tu termómetro en tu ano, y lo moverá para que te sientas algo humillado. Luego lo sacará y lo volverá a introducir en repetidas ocasiones, mientras te recordará cuan mal te estás portando, y cuan necesario es que ella te haga cambiar de actitud. En algún momento sacará el termómetro, y oirás el sonido de una mano cubriéndose con un guante de látex. Sabrás lo que te espera, e intentarás relajarte para que sea lo menos molesto posible. Sentirás un dedo recorriendo el surco entre tus nalgas, amenazando introducirse en tu ano en cada pasada. Comenzarás a desear que se meta de una buena vez, en vez de tenerte así, esperando. Pero ella se tomará su tiempo, hasta que decida hacer una primera inspección.  

Sentirás como su dedo se abre paso, y como se mueve tocándolo todo. Ella lo hará lento, y repetirá movimientos, asegurándote que necesita estar segura. Luego te dirá que con una opinión no le falta, y retirará su dedo. Sentirás un breve alivio antes de sentir que introduce lo que supones son dos dedos. Le preguntarás si ya no fue castigo suficiente, y ella se reirá. Te confesará que el castigo todavía no ha comenzado, y que lo que ha hecho es un simple reconocimiento...  

Sacará sus dedos, y te preguntarás cual será el castigo. Escucharás una tapita, y el sonido hará que te acuerdes de ciertos molestos polvitos. Le dirás que no lo haga, que no te gusta. Y ella te recordará que se trata de un castigo, por lo que no es sorprendente que no te guste... Y te recomendará que te quedes quieto y cooperes, si deseas que dure poco y que te lave tu popín pronto. Decides quedarte quieto, porque o si no quién sabe cuanto tiempo vas a estar sintiendo los dichosos polvitos. Ella introducirá lo que parecen ser tres dedos, y a los pocos segundos comenzarás a sentir un calorcillo en el ano, que crecerá hasta transformarse en ardor. Le dirás que te duele, y que quieres lavarte. Te dirá que aguantes, y que ella misma te va a lavar cuando el castigo haya acabado. Te recomendará nuevamente que te quedes quieto, para que eso sea pronto. Sentirás como molesta tu zona.  

Luego sentirás que se saca el guante. Te dará algunas palmadas, y sentirás más crema fría escurrir por tus testículos. Con su mano te esparcirá la crema. Si no fuera por el escozor en el ano, sería agradable. Ella te masajeará y te acariciará, con toda calma. Comenzarás a impacientarte. Finalmente te dirá que te pongas de pie. Sentirás que te duelen las rodillas, pero no reclamarás.  

Ella terminará de desnudarte, y te conducirá al baño. Esperarás mientras regula la temperatura del agua, y cuando esté lista te hará entrar a la ducha. Te hará inclinarte, y te lavará el derrière.  

Sentirás alivio cuando te lave al ano, a pesar de lo humillante de la situación. Luego cortará el agua, y te secará con una toalla. Te conducirá de vuelta al despacho, y te ayudará a vestirte. Te abrazará, y te besará la frente. Luego te dirá que puedes irte, y te recordará que te debes portar bien si no quieres que te tenga que volver a castigar.

El don (final)

Por: Amadeo Pellegrini

Ponerme en contacto con Gabriela, podía resultar la parte más difícil de todas, porque no imaginaba la manera de hacerlo. ¿Presentarme en su casa de Adrogué?... ¿Llamarla por teléfono?...

Con la esperanza de encontrar la manera de relacionarme, elegí las sonatas de Bach, encendí la computadora y abrí la carpeta titulada: Informes Complementarios.

Allí figuraban los estudios cursados, los cursos realizados, los títulos obtenidos, sus antecedentes docentes. La primera lectura de esa aglomeración de datos, no me sugirió nada. Le destiné entonces una segunda lectura esta vez con papel y bolígrafo al lado, mientras el equipo de audio desgranaba torrentes de acordes de órgano.

Fui tomando nota de los pormenores que me parecían más relevantes, entre ellos anoté que se había Licenciado en Letras Modernas en la Facultad de Letras de la Universidad Nacional de Buenos Aires y fui añadiendo el nombre de los distintos institutos de enseñanza por los que había pasado como alumna o profesora.

En un primer momento pensé en localizar a alguna  antigua compañera de colegio o de facultad o a una colega en la docencia que me sirviera de nexo para llegar a Gabriela.

De pronto junto con los últimos compases del viejo Juan Sebastián se me encendió la chispa. En la parte correspondiente a Trabajos Publicados encontré que tenía publicados unos poemas junto a otros noveles autores en una Antología editada por la Editorial Universitaria de Buenos Aires.

¡Eso era lo que necesitaba! Anoté febrilmente los datos del libro y la fecha de edición. Ahí tenía el pretexto que andaba buscando: conseguiría esa obra y le mandaría un correo electrónico con comentarios elogiosos obligándola que me respondiera al menos por cortesía.

A la mañana siguiente, fui yo el primer cliente que entró en la librería que EUDEBA tiene en avenida Rivadavia frente a la Plaza de los Dos Congresos . La vendedora me informó que creía que ese libro estaba agotado porque no lo encontraba en el catálogo, no obstante consultó en la computadora por si existían ejemplares en el depósito. La búsqueda resultó negativa.

Me resigné, tratándose de Gabriela nada podía resultarme fácil ni sencillo. Me sentí perseguido por una maldición, el Destino la había puesto en mi camino y desde ese mismo momento parecía divertirse complicándome las cosas…

Pensaba encaminarme al extremo de la plaza donde nace la avenida de Mayo, pero una vez en la vereda la cúpula de bronce del Congreso de la Nación me recordó su biblioteca, una de las más completas del país.

Crucé la plaza y la avenida Entre Ríos seguí hasta Alsina y con paso resuelto entré en el viejo edificio donde había estado en otras oportunidades.

Cumplí todos los requisitos formales yo mismo busqué en el fichero por títulos hasta dar con la tarjeta correspondiente, anoté las referencias,  fui al mostrador llené la boleta de pedido y esperé.

El libro finalmente llegó a mis manos, con él me instalé en la sala de lectura.  Rebusqué ansioso hasta dar con sus poemas. Estaban precedidos por una breve nota Biobliográfica de la autora.

Me sumergí en la lectura de su poesía. Resultaba realmente grata, doblemente grata por el armonioso estilo y bien trabajados versos  y porque encerraban un profundo significado que sólo los iniciados en los misterios de los azotes podemos entender en su sentido más cabal.

Lo que a los ojos de cualquier lector puede resultar una metáfora, acertada, exagerada o irrelevante, para los que sabemos algo más, constituían una revelación, una confesión, un reconocimiento de sus más recónditos secretos.

No necesitaría mentirle sobre el valor que tenía su obra. Me había subyugado por completo, más aun me admiraba su predilección por los sonetos, tal vez lo más difícil para cualquier poeta, técnicamente hablando, porque tiene tantas reglas precisas que resulta difícil componer los  catorce versos  que lo forman.

Marqué con recortes de papel la página del inicio y la del final de la parte que le correspondía después me encaminé a la ventanilla del servicio de fotocopiado, llené el formulario y entregué el libro.

Las copias se hacen por turno de a un libro por lector y por vez. De manera que esperé pacientemente hasta que me llamaron por el número de formulario, pagué el servicio y me retiré con el libro y un manojo de papeles.

Salí de allí satisfecho, consulté el reloj. Era pasado el mediodía. Enfilé por Combate de los Pozos pensando en que era hora de almorzar, pero antes me detuve en una de las librerías de esa calle e hice anillar las hojas que llevaba.

Con el cuadernillo bajo el brazo, entré en “Quórum” uno de mis restaurantes preferidos. Juzgué que la ocasión bien merecía el premio de una buena comida…

Esa misma noche después de haber releído varias veces las poesías más sugerentes, redacté unos cuantos borradores de carta, hasta que, cruzando los dedos despaché el mail.

Para mi sorpresa la respuesta apareció en la pantalla casi de inmediato.  Agradecía mis conceptos manifestándose al mismo tiempo sorprendida por la acertada interpretación que había hecho de algunos de sus versos, -los más transparentes- , desde luego.

Mi corazón latía alborozado, mis sienes también… Leí, releí, volví a leer su mail con esa indescriptible sensación de triunfo que corona la satisfacción de un deseo largamente acariciado.

Lo más auspicioso era que con mi “anzuelo” había logrado no sólo engancharla sino conseguir que se mostrara interesada en que siguiera escribiéndole.

El paso estaba dado en ambas direcciones, en adelante, el éxito definitivo dependía de la habilidad con que manejara esa herramienta informática a la que tan poco afecto profesaba.

De ese modo comenzó un nutrido intercambio de correspondencia electrónica. Al principio fueron un par de mails diarios que se intensificaron a medida que sincerábamos nuestros pensamientos.

Mi propósito era inducirla para que deseara conocerme personalmente; para ello debía conseguir que me admirara de alguna manera. Yo me había adelantado al declarar mi sincera admiración por su poesía, en tanto ella ¿Qué podía admirar en mí?

Si en algún momento se traslucía mi ansiedad por conocerla podía derivar todo en un fracaso. La fina tela de araña que pacientemente construía con palabras y con la que poco a poco iba envolviéndola era de mi parte un recurso tramposo, porque ella apenas me conocía, en tanto yo disponía de abundante información sobre su persona y aun sobre su pasado, información que se ampliaba a cada respuesta suya.

Aquello resultaba para mí usar naipes marcados. Un error de mi parte o una ligera sospecha haría que la sutil tela de araña en la que me encontraba empeñado en tejer se desgarrara del todo…

¡Pero triunfé! Triunfé el día que en la pantalla, en uno de sus mails escribió: “¡Me gustaría tanto conocerte!”

No podía pedir más. Sin embargo debía mantener una actitud prudente. Si tanto deseaba conocerme podría invitarme a su casa de Adrogué, alguna razón poderosa existiría para que no lo hiciera. Después lo supe se trataba de sus padres ya mayores a quienes no les había hablado aun de mi porque no sabía cómo hacerlo.

Eran ambos personas mayores apegadas a ciertas costumbres, entre ellas las de las presentaciones formales, no entendían que la gente pudiera conocerse e intimar a través de una computadora. Desconfiaban de ese artilugio y temían las consecuencias…

Tomé la iniciativa le sugerí que podíamos encontrarnos en el centro de Buenos Aires, en alguna confiteria. Como paso previo al encuentro habíamos intercambiado ya fotografías.

Con las imágenes actué con  honestidad, no usé fotografías antiguas, ni recurrí al Corel o al Photoshop para mejorarlas. Elegí algunas de mi último viaje más que nada por los lugares emblemáticos que le servían de fondo, porque siempre pensé que la Torre Eiffel detrás da más brillo a la persona que aparece en primer plano.

Por último convinimos en encontrarnos en la “Richmond” de Florida.

Me adelanté a la hora de la cita. Deposité sobre una de las sillas la fusta cuidadosamente  envuelta en papel para regalo y coloqué encima un ramito que había comprado a una de las floristas de la calle, después la empujé para que quedara oculta debajo de la mesa.

Gabriela fue puntual. Me puse de pie y me adelanté. Nos saludamos con un beso en la mejilla como viejos conocidos. Ordenamos el pedido y quedamos mirándonos a los ojos.

Cuando nos trajeron el té saqué de la silla el ramito y se lo tendí. Las palabras estaban de más en ese momento. Todo lo decían nuestras miradas, respondiendo a las órdenes de mi percepción extendí mis  manos y las suyas vinieron a mi encuentro.

Huelgan las palabras. De todas maneras y aunque quisiera no las encontraría para describir lo que representó para ambos esa cita y aquel primer contacto epidérmico.

Todo avanzó de prisa. Tan de prisa que en un momento dado le revelé la manera cómo había llegado hasta ella. Entonces saqué el paquete que contenía la fusta lo coloqué sobre la mesa mientras le decía:

-Aquí hay algo que antes de pertenecerme fue tuyo.

-¡Por Dios! ¿Qué es? -preguntó asombrada, presintiendo tal vez de qué se trataba.

Rompí entonces parte del envoltorio y mostrándole lo que guardaba en su interior, dije:

-¡Esto!

Lo miró, se sonrojó llevándose la mano a la boca. Cuando recuperó el habla exclamó:

-¿Cómo la encontraste?...

-No, –repuse-,  no la encontré, ella me encontró a mi y gracias a ella yo te encontré…

-FIN-

El don (quinta parte)

Por: Amadeo Pellegrini

El subconsciente demostró una vez más ser mi más eficiente colaborador, mientras yo dormía arropado con un par de whiskies encima, una parte de mi cerebro continuó trabajando.

Desperté con el problema resuelto. Lo único que debía hacer era contratar una investigación por medio de una agencia de detectives. De modo que me desayuné con las páginas amarillas al lado. Nunca me imaginé que existieran tantas empresas agrupadas en el rubro “Investigaciones”.

Resolví que decidiera el azar, aunque después la elección recayó en una que escogí por dos razones, porque me atrajo la expresión: “Informes Confidenciales” y por su proximidad con Tribunales, que me llevó a pensar que compartirían clientes con muchos abogados y éstos se supone que saben a quienes contratan.

Concerté la entrevista por teléfono tal como indicaba el aviso y de acuerdo a lo convenido a las 11 horas me presenté en la oficina donde me atendió una señorita peinada, arreglada y vestida con discreción, quien haciendo honor a su aspecto sin preámbulos me invitó a sentarme tendiéndome un papel para que lo leyera.

Se trataba de un instructivo claro, conciso y concluyente donde se enunciaban las tareas que cumplía la empresa, las condiciones generales y particulares de cada una, también mis obligaciones en caso de contratar alguno de los servicios. Obligaciones que iban más allá del compromiso de pago de los honorarios sino que además debía mantener la confidencialidad de la fuente y no emplear la información para perjudicar a terceros más otros ítems parecidos.

Lo leí y se lo devolví.

Sin dedicarme la menor sonrisa me preguntó si había entendido el texto que acababa de leer o, en caso contrario, que le preguntara a ella lo que no había comprendido.

Respondí que lo había entendido todo perfectamente. Entonces me pidió que le dijera qué clase de servicios iba a contratar.

–Información confidencial sobre una persona. Dije.

Me adelantó el costo de los honorarios y la forma de pago, cuando lo acepté me extendió dos formularios impresos, solicitándome que los rellenara con letra de imprenta.  El primero era un interrogatorio detallado sobre mis datos personales. Los completé bajo la impresión de ser yo el investigado.

 Ese lugar no tenía ningún parecido con las imágenes de las oficinas de  detectives que muestran el cine y la televisión, mucho menos con las que describen las novelas policiales, era un austero despacho gris de paredes desnudas amueblado con un moderno escritorio  en L que tenía una computadora de última generación equipada con todos los accesorios en uno de los lados y  en el frente  solamente una lámpara y el cartelito de prohibido fumar.

 Para terminar de completar el segundo formulario tuve que pedirle algunas aclaraciones.

-Tache la parte de los informes comerciales y bancarios ya que no le interesan. Me dijo.

Cuando se lo tendí después de leerlo detenidamente me lo devolvió diciendo:

-Fírmelo, por favor.

Así hice y volví a entregárselo, junto con la tarjeta de crédito como me había pedido.

-Se incluye un adicional por las fotografías, me advirtió. El casillero correspondiente yo lo había marcado con una cruz.  Asentí con la cabeza.

Pasó la tarjeta por la máquina, emitió los cupones que firmé. Y mientras lo hacía me dijo que el informe lo tendría en mi poder aproximadamente en una semana y me llegaría en un CD por intermedio de un correo privado.

Así terminó la entrevista. Guardé la tarjeta de crédito y la copia del contrato firmado por ella cuyo sello me permitió saber que María Esther era su nombre y que tenía el carácter de “firma autorizada”.

Bajé a la calle sin saber a quién había contratado para que se ocupara de la investigación sobre Gabriela Estévez, si a Mike Hammer, Sherlock Holmes, Hércules Poirot o  Philip Marlowe.

Esperar una semana no resultaría fácil para mi. Creo que en el ascensor me arrepentí de haber confiado en los servicios de esa empresa, yo esperaba que mi don perceptivo me ayudara, pero no pude advertir nada en la mente de mi interlocutora que me alertara sobre la búsqueda, si resultaría sencilla o complicada, si daría o no resultados. Nada de nada. En ese momento pensé que mis facultades se habían desvanecido.

No tenía nada más que hacer esa mañana, como estaba en la zona de Tribunales decidí pasar por el estudio de un viejo compañero de colegio, de modo que doblé en Uruguay, crucé Lavalle y entré en el viejo edificio de oficinas donde los Elizondo y Asociados tenían el cuartel general fundado en los años cuarenta por el viejo Rafael y que a la fecha continuaban sus dos hijos, un yerno y un par de abogados jovencitos.

Entré a esas viejas oficinas con olor a madera, cuero y papel viejo, pedí a la recepcionista que me anunciara y, sin aguardar invitación, ocupé uno de los vetustos sillones donde depositaron los traseros y sus problemas varias generaciones de compatriotas.

Arturo no me hizo esperar demasiado. Campechano como siempre desde la puerta de su escritorio me llamó con su vozarrón, el mismo que emplea para impresionar a sus clientes.

-¡Bienvenido “¡Maestro insigne”! ¡Adelante! – Exclamó endosándome como de costumbre algún título absurdo, en otras oportunidades me había llamado: “Profesor Emérito”  “Señor Vizconde” y también “Embajador”. Mientras nos estrechábamos en un abrazo, por encima de mi hombro ordenó a la recepcionista que trajera café.

Después de los inevitables comentarios acerca de amigos e intereses comunes, de intercambiar chismes y evocar episodios más o menos decentes, le comenté, -lo que podía decirle modificando sustancialmente los pormenores-, que había contratado una agencia de investigaciones para pedir informes confidenciales sobre una dama y quería saber si él tenía referencias acerca de esa empresa y de su solvencia profesional.

Debí suponer que ese veterano rugbier iba a tomarlo un poco a la chacota.

-Así que estás por casarte y querés asegurarte que la ninfa es virgen todavía y que no habrá un horizonte de cuernos en tu futuro… ¿No es así, mala persona?

-Bueno algo así. –Respondí, siguiéndole la corriente. –Ya te va a llegar la participación de la boda… Pero ahora, Pachacho, (ese era el apodo que tenía en la escuela, lo conocíamos unos pocos y yo sabía que le fastidiaba que se lo recordáramos), contestame la pregunta. ¿Los conocés, qué referencias me podés dar?

-Mirá Aprendiz de Brujo, los conozco, son serios, trabajan bien y cobran mejor, por ese lado no tengo nada que decir. ¿Qué te hace sospechar de ellos? Porque como vos sos nigromante algún recelo tenés o los astros te mandaron algún aviso…

Entonces le respondí que no tenía nada, le describí cómo me había atendido la tal María Esther, que resultaba llamativo las pocas preguntas que me había hecho, que no me había presentado a ninguno de los investigadores y todas esas cosas que se suponen forman parte del oficio detectivesco.

La carcajada que soltó sacudió los anaqueles llenos de libros y expedientes.

-Pero, ¿en qué siglo vivís Piñuflo?  (él también recordaba mi mote colegial). Lo que pasa que vos ves muchas películas policiales, te informo que estamos en la era cibernética, de la informática, la robótica e internet…

-Si… claro, pero… Yo ni siquiera dí el número de documento ni el domicilio de la persona… porque los ignoro.

Le brotó una nueva carcajada antes de responderme, esta vez con seriedad.

-Ni falta hace que le dieras esos datos, a ellos sólo les llevará unos minutos conseguirlos, tienen todos los padrones electorales del país en CD los colocan en la computadora tipian el nombre en el buscador y en instantes aparece la información en pantalla, además cuentan con conexiones en el Registro Nacional de las Personas y una búsqueda que a cualquiera le llevaría varios días los contactos que ellos tienen ahí adentro se los pasan en media hora. ¿Entendés? Después todo es rutina, una vez que conocen el domicilio, chequean la información con la seccional o comisaría de policía del lugar, porque muchos policías hacen trabajitos extras para ellos, rascan algún dato de allí y hoy con la moda de los curriculums vitae el historial de su vida se los proporciona la misma persona investigada; el resto para ellos es pan comido una recorrida profesional, cinco o seis testimonios de vecinos chismosos, unas fotitos tomadas de sopetón con una camarita digital y ya tienen reunido todo el material para tu informe. Si hay que agregar el perfil patrimonial, financiero, crediticio o de otro tipo van a las bases de datos respectivas. En el mundo que vivimos el único secreto que perdura es que ya no existen secretos para nadie que posea el know how  para descubrirlos. Remachó.

Quedé perplejo, yo que me creía todo un detective porque en una esforzada búsqueda de tres días había conseguido reunir tres datos, la síntesis que hizo Arturo me apabulló.

Con más tranquilidad y un tanto aliviado me despedí de mi amigo, percibiendo al mismo tiempo una incómoda sensación de vértigo ante lo profundo y oscuro que resulta el vasto océano de mi ignorancia…

Mientras almorzaba  reflexioné en cuánta razón tenía Arturo. Si unos pendejos de la secundaria llamados Hawkers  o piratas informáticos, jugando con sus PC habían conseguido penetrar en las supercomputadoras del Pentágono en los Estados Unidos y funcionarios fiscales de Francia sentados cómodamente a unos kilómetros de la frontera, escudriñaban las cuentas cifradas de los Bancos de sus vecinos suizos, mientras los satélites revolotean continuamente el planeta fotografiándolo palmo a palmo y enviando imágenes que permiten distinguir una pelotita de golf en una cancha de fútbol ¿Qué secreto entonces puede permanecer resguardado por mucho tiempo?...

Antes de completar la tierra su séptima rotación desde el momento que encargué la pesquisa sobre Gabriela Estévez tenía en mis manos un sobre encerrado en una cobertura de plástico termosellado, sin membrete ni datos del remitente.

Con mano temblorosa valiéndome de un cuchillo rompí la cubierta, corté el papel y extraje el CD que venía acompañado por un papelito con el siguiente texto: Por cualquier reclamo o consulta sírvase referenciar Expediente: RB050141.

Me precipité a la computadora, inserté el disquito dorado en la ranura correspondiente, abrí el programa y en la pantalla aparecieron tres carpetas cuyos títulos eran: Datos Personales –Informes Complementarios -Fotografías Actuales.

Abrí la primera carpeta y leí: ESTÉVEZ, Gabriela Haydée nacida en La Plata el 10 de agosto de1971 Documento Nacional de Identidad Nº…   continuaban todos los demás datos filiatorios y en el renglón del estado civil figuraba Divorciada de…

Devoré más que leí toda la información contenida en la pantalla. Comprobé que su domicilio actual era calle Erézcano Nº… de Adrogué, Partido de Almirante Brown, Provincia de Buenos Aires. La última línea consignaba la dirección de correo electrónico.

Salté la segunda carpeta pues ya tendría ocasión de leerla detenidamente más adelante y abrí la de las fotografías. Contenía ocho fotografías a color tomadas en distintas oportunidades y seguramente con cámara digital con la fecha de cada toma sobreimpresa en la misma.

¡Era Ella! El mismo rostro que once días atrás había aparecido en la pantalla de mi mente y que desde entonces permanecía impreso en mi memoria.

No tengo idea cuánto tiempo pasé subyugado frente a la computadora pasándolas una a una, repasándolas, volviéndolas a pasar, acercándolas y alejándolas… 

Me faltaba dar el paso decisivo: contactar con Gabriela.

(Concluirá)

El don (cuarta parte)

Por: Amadeo Pellegrini

La suerte que ese día pareció sonreírme terminó por volverme la espalda. Esa misma tarde, desde San Telmo me dirigí en derechura al edificio que Néstor me había indicado.

Esa mole de veinte pisos compuesta por dos bloques de departamentos, cuya altura sobrepasa toda la edificación circundante, convirtiéndola en una presencia imponente e inconfundible en el barrio de Caballito, se encuentra en la calle Río de Janeiro sobre las vías mismas del antiguo Ferrocarril Sarmiento. Y a menos de dos cuadras, puente ferroviario mediante, de la Avenida Rivadavia.

Toqué repetidamente el timbre de la portería sin que nadie acudiera al llamado. Terminé por declararme vencido e irme.

Llegué a casa con un estado de ánimo oscilante. Debía sentirme satisfecho con el resultado aunque incompleto de la jornada, sin embargo por momentos me encontraba desolado porque la búsqueda era aun incierta y demasiado lenta para mis expectativas.

En el pasado, a costa de enormes esfuerzos, había logrado no involucrarme emocionalmente en el ejercicio de mis percepciones. Para permanecer ecuánime aprendí a tomar distancia afectiva de las emociones ajenas, a no asumirlas por ningún motivo. “Mi vida me pertenece”.  Repetía constantemente a fin de impedir que la invadieran sentimientos ajenos.

A simple vista resulta una actitud egoísta,  sin embargo no es más que un modo  natural de defensa. Los abogados argumentan “defensa propia” cuando alguien ataca para repeler una agresión, a mi manera, yo combatía también acometidas que hacían peligrar mi equilibrio mental.

Este hábito de tomar distancia de los sentimientos ajenos, fue uno de los reproches más frecuentes que me hicieron las mujeres que pasaron por mi vida. Una de ellas llegó a decir que yo pretendía conseguir una perla. Sí, le respondí, pero no cualquiera, pretendo dar con una perla negra.

Hablábamos en sentido figurado, pero al decirle yo que pretendía algo más raro y precioso estaba reconociendo implícitamente mi propio fracaso, porque estaba convencido que nunca hallaría esa perla negra…

De pronto una fusta, un objeto inesperado, infrecuente y sugestivo a la vez, puso en movimiento mis facultades para que  una mujer ingresara a mi vida. Entrara, no de cualquier manera, sino invadiendo, ocupando todos los espacios de mi ser, anulando mi razón, captando mis emociones y sentimientos, forzando mi voluntad a actuar en una sola dirección con exclusión de cualquiera otra.

Para que quien lea esto, comprenda de manera cabal lo que deseo expresar, diré que la revelación que la fusta plasmó en mi mente era de una singularidad, de una rareza tan sugestiva como una perla perfecta:

Aquella mujer profesaba una desmedida  pasión por los azotes, una llama secreta que ocultaba celosamente desde los albores mismos de su existencia. Esa pasión había impreso un rumbo definido a su personalidad, haciéndola feliz y desdichada a la vez…

Hubo tiempos venturosos para ella, pero en la actualidad la dominaban una profunda angustia e impulsos suicidas que, cual siniestros cuervos, anidaban en  su mente…

Ese descubrimiento motorizaba la desenfrenada búsqueda a la que me había lanzado con todo el ímpetu de mi ser y debo confesarlo también: Una mujer tan definidamente apasionada por los azotes como aquella, era la contrafigura exacta de mi mismo, porque a mi también me consume la misma llama. Ella presentaba pues el perfil que había buscado sin éxito en todas las mujeres a lo largo de mi existencia…

Por esa razón me urgía encontrarla, porque la visión de la fusta encerraba además, aunque de manera difusa inquietantes indicios fúnebres, cuyo alcance y significado mis sentidos no habían conseguido desentrañar.

Una sola frase que leí en alguna oportunidad, definirá con precisión el estado con que pasé el resto de la tarde y la noche: “Los inseguros y los culpables no pueden soportar pausas prolongadas.”  Yo me sentía inseguro, no de la autenticidad de mis percepciones, sino de mi actuación; no me sentía culpable, sin embargo no podía evitar un regusto amargo ante la sensación de encontrarme todavía con las manos vacías.

La lluvia no resulta lo más apropiado para mejorar el estado de ánimo de las personas, no al menos el mío. Aunque en ocasiones me agrada caminar bajo una fina y persistente llovizna otoñal, en cambio la lluvia que se descolgaba a raudales sobre Buenos Aires desde las primeras horas de la mañana me resultaba un verdadero fastidio.

No podía esperar a que amainara, de manera que enfundado en un impermeable, paraguas en ristre, con decisión digna de Sir Galahad, me lancé a la calle.

Después de haber dudado acerca de la conveniencia o no de llevarla conmigo, opté por envolverla y cargar también con la dichosa fusta, que podía servirme en todo caso como prueba o carta de presentación, si Ángel Vega se mostraba reticente.

Tuve que esperarlo. Apareció al rato y, con los modales propios de los porteros, obligados por su oficio a ser corteses y desconfiados al mismo tiempo, me preguntó qué deseaba. No bien lo informé que venía de parte de Néstor Salvatierra de San Telmo, afloró en él, el ser humano.

Se excusó diciendo que en ese momento no podía atenderme porque no le era posible abandonar el edificio hasta después de las once que llegaría uno de sus ayudantes; me sugirió que regresara más tarde cuando pudiera atenderme en la vivienda que ocupaba en la planta baja.

Como deseaba hablar con él en un sitio neutral apropiado para manejarme con más soltura, aceptó mi propuesta de encontrarnos en el “Bremen”.

Al Bremen lo elegí por su proximidad: se encuentra a la salida de una galería sobre la Avenida Rivadavia, pero también porque es el café que solía frecuentar en una época no lejana cuando cortejaba a una muchacha que residía en Avenida La Plata a metros de allí. Nos refugiábamos en aquel salón por la atmósfera de intimidad que ofrecía a sus clientes.

Antes de entrar compré el diario en el kiosco de la esquina de Río de Janeiro. Vega recién apareció cuando había leído hasta la página de avisos fúnebres, en cuyo transcurso consumí dos cafés y una gran dosis de paciencia.

Pidió café y ante mi insistencia aceptó acompañarme con un coñac.

Para abrir el fuego comencé hablándole que Salvatierra me había dicho que lo apreciaba mucho y lo tenía como uno de los mejores proveedores del negocio. Vega, sonrió y me preguntó si no me molestaba que fumara. Le dije que no.

Después de encender el cigarrillo, dijo:

-Usted no se imagina la cantidad de cosas que se juntan, figúrese que ese edificio, tiene más de ciento sesenta departamentos y yo van a hacer siete años que estoy ahí. Es increíble lo que la gente tira… Tiran de todo especialmente las mujeres y no hablo de porquerías, ni de los diarios y las revistas viejas, no cosas que están buenas, carteras, zapatos, ropas, juguetes… Qué sé yo… Y todo eso tiene valor.

Yo asentía demostrando el mayor interés en lo que decía. Cuando se detuvo para animarlo a seguir, dije:

-¡Pero qué interesante Vega! Nunca me hubiera imaginado lo que usted me cuenta. Así que usted vive recogiendo esas cosas para llevárselas después a Néstor…

-No solamente allá, hay cosas que van para otro lado, porque eso no es nada cuando hay mudanzas la gente deja un montón de cosas, aparatos descompuestos, cuadros, linternas, extinguidores, herramientas… y cualquier cantidad de cosas raras, vea, jaulas vacías, hasta bichos embalsamados dejan… y está también lo que abandonan en la baulera. Cuando dejan un departamento la administración me hace vaciar la baulera y guardar las cosas en el sótano, si pasan dos meses y no las vienen a retirar, tengo orden de despacharlas, si no calcule me llenarían el sótano enseguida…

Apuró su coñac. Le ofrecí otro, pero se rehusó aduciendo que no podía demorarse mucho más. Entonces fui directamente al grano.

-Vega, a Néstor le compré anteayer una fusta y él me dijo que usted la había llevado… Me miró sorprendido, detecté una sombra de alarma en su mirada. Para tranquilizarlo, agregué: -Lo que me interesa saber es quién la fabricó porque está muy bien hecha y yo quisiera darle para arreglar unas cosas de cuero, ya casi no quedan talabarteros en Buenos Aires… Mire la traje para que usted la vea por si no la recuerda…

-¡Claro que me acuerdo! Exclamó sonriendo no hace falta que me la muestre. esa fusta era de la señorita Estévez que dejó el departamento hará dos meses más o menos… No, déjeme pensar, se alquiló el mes pasado y yo lo pinté así que no hace dos meses todavía…

-Estévez… Me suena. –Mentí-.

-Sí, Gabriela Estévez. Ella la dejó cuando se fue. Estaba metida en una caja con un montón de papeles y cachivaches… Todo esto es para tirar me dijo cuando me entregó las llaves…

-Usted, ¿no sabe dónde la habrá comprado esa señorita?... A lo mejor por acá por el barrio…

Movió la cabeza  de un lado a otro. -No tengo idea, don. Respondió.

-Tendré que ver a la dueña anterior entonces, dígame Vega ¿sabe usted dónde puedo encontrarla?

Volvió a mover la cabeza negativamente.  –No, no dejó dirección ni nada, nunca volvió, vino otra persona a buscar los recibos y la correspondencia. Yo sé que ella era profesora de algo en un colegio pero no sé tampoco dónde.

-¿Y en la administración?  Pregunté tratando de disimular mi ansiedad.

-No don, no creo porque el contrato de alquiler no estaba a nombre de ella, y las expensas venían a nombre del propietario.

-¿Tenía ella algunas personas amigas en el edificio a las que pueda haberles dejado la dirección?...

Se rascó la cabeza. –Mire, no se trataba con nadie, era muy educada, saludaba a todos los vecinos del piso si, pero no creo que tuviera amistad con ninguno… Hizo una pausa. -¡Espere! Sí, creo que se visitaba con una chica del cuarto piso que es profesora como ella, a veces volvían juntas…

-¿Esa persona vive todavía en el edificio?

-Si, claro está con los padres y ellos son los propietarios del departamento.

-¿No podría preguntarle usted si conoce la dirección de la señorita Estévez? Me haría un enorme favor.

Pensó un momento y luego, dijo: -Me parece que sí.

Saqué entonces de la billetera una tarjeta y un billete; se los extendí, diciendo: -Aquí tiene Vega, ahí está mi teléfono cuando averigüe la dirección haga el favor de llamarme.

Hizo un gesto como para rechazar el dinero que le ofrecía, pero ante mi insistencialo tomó y sonriéndome dijo: -Bueno, gracias, don. Hoy seguro que la veo y lo llamo. Se despidió con un hasta pronto.

Bueno la mujer buscada tenía ahora nombre y apellido: Gabriela Estévez. Sólo me quedaba esperar que Vega me llamara… Si me llamaba...

Pero alrededor de  las seis de la tarde sonó el teléfono. Era Vega.

-Mire don, estuve con la chica Ruiz y me dijo que ella tampoco tenía la dirección ni el teléfono, que lo único que sabía era que se había ido a vivir de vuelta con los padres que están en Adrogué y me dijo también que había renunciado al colegio…

Le agradecí prometiéndole pasar alguno de estos días a verlo y corté.

Gabriela Estévez, Adrogué. Esas tres palabras condensaban toda la información que había podido conseguir.

No me aparté del teléfono, solamente me incliné para sacar el primer tomo de la Guía Telefónica de Buenos Aires y Alrededores, que contiene la nómina de abonados cuyo apellido comienza con la letra E.  Busqué el encabezamiento EST. y recorrí toda la columna de apellidos Estévez, no encontré ninguno en Adrogué.

Advertí que me encontraba recién en la entrada de un laberinto, para llegar a Gabriela, -comenzaba ya a llamarla por su nombre-, tenía muchísimos vericuetos por delante y yo necesitaba imperiosamente cortar camino…

(Continuará)

El don (tercera parte)

Por: Amadeo Pellegrini

 

 

Desperté, luego de una noche poblada de tortuosos sueños, con un único pensamiento: comenzar de inmediato la búsqueda que me había propuesto la víspera. El problema que tenía por delante era por dónde principiar…

Lo resolví mientras desayunaba: empezaría por el anticuario de San Telmo, allí podrían decirme cómo había llegado hasta ellos aquella fusta y, con el optimismo que infunde una mañana bañada de sol, hasta llegué a imaginar que el resto resultaría más sencillo todavía.

¿Cómo no se me había ocurrido eso el día anterior?

Con el espíritu remozado bajé sin pérdida de tiempo y abordé el taxi que me dejó en la esquina de Humberto Primo y Defensa. Allí, al mirar el reloj, experimenté la primera contrariedad, el negocio abría a las diez de la mañana y eran recién las ocho cuarenta y cinco.

No había reparado en el horario, de modo que disponía de una larga hora de espera.

En ese momento las calles estaban desiertas, los encargados de la limpieza eran los únicos que ocupaban las veredas y recién comenzaban a abrir los cafés. Me ubiqué enfrente, estaba vacío; al mozo que se aproximó a desgano le ordené un cortado con dos medialunas.

En esa mesa me sumí en un mar de conjeturas: ¿Obtendría la información que buscaba? Podían negarse de plano o responderme de manera ambigua, como, por ejemplo, decir que la fusta había venido en un lote de muebles y objetos provenientes de una estancia de la Provincia de Buenos Aires o algo así.

Ciertamente advertiría de inmediato la mentira, pero de qué me valdría saberlo, se obstinarían en su versión y yo debería retirarme como había venido.

¿Cómo debía enfrentar la situación? ¿Cómo justificar mi interés por ese dato clave para mi? ¿Debía explicarles la verdad de entrada o romper primero el hielo fingiendo interés por algún objeto? ¿Explicarles la verdad… cuál verdad, que mi percepción extrasensorial me había llevado hasta allí? No, de ninguna manera, a menos que quisiera ser tomado por loco. No todo el mundo sabe en qué consiste la percepción extrasensorial y muchos de los que la conocen no creen en ella, de modo que no era el camino a seguir.

El tiempo transcurría con una lentitud exasperante. Entraron dos parroquianos; debían ser habitués del lugar, pues luego de saludar en voz alta, se acodaron en el mostrador mientras el que estaba situado detrás de la máquina de café le arrancaba a ésta largos silbidos de vapor.

Después los tres se enredaron en una, por momentos apasionada, discusión sobre los hombres que Pekerman debía desechar y los que tenía que incorporar a la selección. No lograban ponerse de acuerdo…

Yo tampoco lograba acordar con mis pensamientos. No bien se me ocurría una idea acerca de la versión con que debía comenzar, inmediatamente la descartaba de plano, en tanto las agujas del reloj proseguían su marcha…

Había elegido una mesa contigua al ventanal guillotina, desde donde podía ver la entrada del almacén de antigüedades.

Por fin se alzó la cortina metálica. Esperé unos diez minutos antes de cruzar la calle. Cuando abandoné el café los del mostrador todavía seguían haciendo y deshaciendo la selección nacional.

Concluí por admitir que la mejor manera de entrar allí con el pie derecho resultaría hacerlo como comprador, pretextando buscar una pieza interesante, entretanto enderezar la conversación hacia el tema que me llevaba allí.

Deplorando por anticipado el daño que inferiría a mi tarjeta de crédito, traspuse el umbral. Me atendió una mujer más o menos de mi edad de cabellos artificialmente rubios y unos ojillos vivaces detrás de los anteojos de carey.

Después de responder mi saludo, me preguntó qué deseaba. Me atuve al libreto que tenía preparado, con la mejor sonrisa repuse:

-En realidad, todavía no lo sé, señora, porque hay aquí tantas cosas bonitas, interesantes, originales que me gustaría mirar un poco antes de decidirme.

Ella aprobó mi respuesta con la cabeza desplegando la más comercial de sus sonrisas y, en tono amable, añadió:

-Puedo orientarlo si me dice más o menos qué le interesa…

Resolví jugar la carta y sin más comenté que el día anterior me había atendido un señor muy amable de bigote al que le había comprado una fusta…

-¡Ah! Néstor. –Exclamó dirigiéndome una mirada cargada de sospecha. Intuí su pensamiento: “Mi presencia allí se debía más que a las antigüedades expuestas a la venta a un interés particular por el tal Néstor”. Entonces para confundirla dije con suavidad y en tono confidencial:

-No es por lo que piensa, señora. Ayer escuché al señor Néstor  recomendarle a un cliente una armería, como yo tengo varias armas largas deseaba hacerle algunas preguntas, en especial sobre una antigua escopeta quizás él me podría indicar dónde pueden conseguirse algunas piezas que necesito…

La mujer se sonrojó al ver descubiertos sus sucios pensamientos. No le di tregua, de mejor modo le dije:

-No importa, pasaré otro día o lo llamaré por teléfono. En realidad ayer estaba algo apurado y me olvidé que se acerca un aniversario así que veré qué puedo regalar. Si no le molesta, primero voy a mirar un poco.

-¡Oh! Sí, sí claro, mire nomás sin apuro. Me invitó, recomponiendo la sonrisa comercial. -Es una lástima, agregó, porque Néstor vendrá por la tarde, hoy tiene que hacer Bancos.

La atención al público en los Bancos va de las 10,30  a las 14,30 horas, de manera que la persona que me interesaba entrevistar no volvería antes de las 16. Iba haciendo estos cálculos mientras recorría con la mirada los exhibidores que contenían relojes, alhajas antiguas y artesanías con vistosas piedras, de allí pasé al siguiente repleto de adornos y figuras  de porcelana, luego a la vitrina de las armas de puño, después examiné las que estaban en un armero. Saqué un Winchester 44 bastante maltrecho, para examinarlo con aire apreciativo.

En ese lapso habían ingresado algunos clientes. Miré el reloj llevaba más de una hora allí. Me acerqué a la vendedora esperando que terminara de atender a una pareja de turistas brasileños. Después señalándole un alhajero antiguo de porcelana con bordes de plata primorosamente cincelados, le pregunté el precio.

- Es una belleza. Dijo mientras lo sacaba del exhibidor para colocarlo delante de mi, sobre el cristal del mueble, abierto para que apreciara el interior forrado en seda roja.

 -Bien, ¿cuánto? Insistí.

Me dijo la cifra. Sobrepasaba un poco el monto que estaba dispuesto a gastar. Tomé la pieza en mis manos y volví a examinarla como buscándole algún defecto… Mientras tanto me concentré en sus pensamientos: Estaba dispuesta a rebajar el precio, sólo tenía que esperar un poco más hasta que cediera.

-Claro que si paga de contado podría hacerle un diez por ciento de descuento. –Dijo. Como me mantenía indeciso, agregó: -Si es con tarjeta de crédito podría darle tres cuotas sin interés…

-Bueno. Respondí sonriendo. También puede darme tres cuotas y hacerme el diez por ciento ¿no?...

-Está bien. Exclamó sin vacilar. -¿Lo preparo para regalo?

-Sí, se lo ruego. Repuse tendiéndole la tarjeta de crédito. –Pero tengo que pedirle un favor...

-Usted, dirá.

-Se me está haciendo tarde, tengo una audiencia en Tribunales y mi abogado está esperándome. Mentí -¿Sería usted tan amable de guardarlo hasta que pase por él o mande a retirarlo?

-No hay inconveniente.

-Si mando a alguien vendrá a buscarlo con una tarjeta personal con la orden firmada por mi.

-De acuerdo. Descuide, si cuando usted o la otra persona vengan, no estoy lo dejaré encargado a Néstor. Explicó mientras yo firmaba el cupón.

Coloqué el duplicado junto con la factura y la tarjeta de crédito y guardé todo en la billetera. La saludé y me marché.    

Crucé la Plaza de Mayo y continué hasta Leandro Alem, hasta encontrar un  restaurante donde almorzar.

Mientras esperaba ser atendido y más tarde, mientras comía con poco apetito, tracé un balance de lo conseguido para concluir que, en concreto, sólo tenía un alhajero antiguo al que no sabía qué destino dar; del motivo que me había insumido toda la mañana poco y nada había obtenido, apenas el nombre del vendedor que me atendiera el día anterior.

Tenía la sensación que desde que comprara la fusta hasta ese momento, habían transcurrido siglos, cuando en realidad no se habían cumplido aun las veinticuatro horas.

Me conformó el pensamiento que recién comenzaba una investigación de corte policial recordando las palabras de un oficial inspector amigo, quien sostenía que para culminar con éxito una pesquisa eran indispensables tres cosas: buen olfato, una enorme paciencia y mucha suerte, sobre todo mucha suerte, recalcaba siempre esto último.

Nada que ver con lo que ocurre en las novelas policiales donde un detalle minúsculo, como un botón o un cabello posibilitan, mediante procesos deductivos que se van confirmando o desechando, formar el encadenamiento lógico de hechos y circunstancias que permitan llegar al culpable.

Yo ignoraba si disponía de buen olfato y menos todavía si me acompañaba o no la suerte, sólo sabía que la búsqueda en la que estaba empeñado iba a poner a prueba mi paciencia.  

Volví a consultar el reloj por enésima vez. No debía apresurarme a volver al anticuario, debía dar tiempo para que el tal Néstor regresara, lo que, de acuerdo a mis cálculos, no sucedería antes de las 16, de modo que contaba con un lapso de casi tres horas en blanco que debía ocupar de alguna manera.

El primer impulso fue ir hasta Corrientes tomar el subterráneo y regresar a casa. Pero allá no tenía nada qué hacer, de modo que continué hasta Lavalle y decidí meterme en algún cine.

Entré a una sala casi vacía cuando la película había comenzado. Era un film estadounidense con una intriga amorosa bastante previsible, pero me fastidiaba leer el subtitulado. Así que presté más atención a mi alrededor que a lo que sucedía en la pantalla.

Una butaca, tres filas delante de mi, estaba ocupada por una mujer sola, su figura se recortaba contra la pantalla cada vez que el brillo de ésta se acentuaba. Fantaseé con que podía tratarse de la persona que buscaba.

Una idea absurda, desde luego, pero como no hacía mucho había leído una obra de Paul Auster cuyo argumento giraba precisamente en torno al azar, la consideraba como una remotísima posibilidad.

Aunque no había despertado mis percepciones, me pregunté si únicamente la casualidad me había traído hasta ese cinematógrafo. Esa idea me divertía y me retuvo hasta el final.

Cuando encendieron las luces descubrí que la mujer que había concitado mi interés durante la proyección no tenía ningún parecido con la imagen que guardaba en mi mente.

Regresé a San Telmo en taxi. Néstor estaba allí. Seguramente la mujer le había hablado de mi porque se adelantó a saludarme como a un viejo cliente. El camino estaba allanado.

Recordaba haberme vendido la fusta y cuando le pregunté por el origen no tuve que esforzarme en darle mayores explicaciones.

-Sí, lo recuerdo y también me acuerdo cómo llegó acá. El propietario anterior no está registrado, porque solamente se anota la procedencia de las cosas de precio como alhajas, antigüedades de valor y obras de arte, por seguridad, sabe. Pero a la fusta la recuerdo porque vino con otras cosas que trajo, hace unos días un viejo proveedor que tenemos. Es encargado de un edificio enorme en Caballito y cuando junta varias cosas que pueden interesarnos las deja acá para la venta.

-¡Qué curioso! –Exclamé sorprendido. El portero de un edificio. Quisiera saber más cosas sobre esa fusta, porque está muy bien hecha quizás podría dar con el artesano que la confeccionó, seguro que es un talabartero que domina un oficio que está desapareciendo, me gustaría encargarle la reparación de algunas piezas de cuero.

-Tiene razón. –Convino- Está tan bien hecha que en un momento pensamos en hacerle agregar una empuñadura más vistosa para darle mayor valor, pero hoy por hoy las fustas, aun las más económicas tienen muy poca salida… -Agregó en tono de broma: -Es que ahora la gente prefiere el auto al caballo… Para festejarle la ocurrencia esbocé una sonrisa asintiendo con la cabeza; él agregó: -¿Para qué otra cosa si no  sirven las fustas?...

-Para azotar bellas nalgas y practicar otro tipo de equitación, mi buen amigo. Estuve a punto de decirle, pero me contuve.

Conseguí luego, sin dificultad, que me revelara los datos del encargado del edificio,  aconsejándome además que me presentara a él invocando su nombre.

Satisfecho, abandoné el almacén de antigüedades llevando conmigo el alhajero y una nueva búsqueda por delante.

(Continuará)