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Relatos de azotes

Los hermanos sean unidos

Autora: Ana K. Blanco 

 El libro “Martín Fierro” de José Hernández, que salvando las diferencias es como “El Quijote” de la Pampa, tiene una parte donde el viejo Vizcacha le da sus consejos al protagonista, y le dice: 

“…Los hermanos sean unidos
porque esa es la ley primera
Tengan unión verdadera
en cualquier tiempo que sea
porque si entre ellos pelean
los devoran los de afuera…”.

¿Y a qué viene todo esto? dirán ustedes.  Es que quiero invitarlos a viajar conmigo en el tiempo, meternos en la historia y conocer algo más a dos hermanitos que nos son conocidos: Carlos V y Fernando I, hijos ambos de Juana la loca y Felipe el hermoso, por tanto, nietos de los Reyes Católicos Isabel de Castilla y Felipe de Aragón.

Pero lo que yo les quiero relatar es la otra parte, la que la historia no nos contó y que es tan real como mis relatos.  Vengan, acérquense al fogón y tómense unos mates que yo les voy a contar la primera de las andanzas “secretas” de estos hermanitos. 

…corrían los últimos años de la segunda década del siglo XVI.  Carlos I de España era el hombre más poderoso de Europa y ya se había convertido en Carlos V, Emperador del Sacro Imperio Romano Germánico.

Fernando I, su hermano, era el Rey de Bohemia y a fines de 1526 lo eligen Rey de Hungría, comenzando así una dinastía (la de los Habsburgos o Austrias) que duraría por más de 400 años.

Hasta aquí, lo que nos dice la historia, pero de aquí en más viene el “verdadero” relato. Resulta que… sabemos que los años que corren son años de intrigas, sabotaje, cortesanas, amantes, rebeliones, guerras, moros y cristianos, aliados y rebeldes, fieles y traidores…

Ana Karenina, Duquesa de Linz y de Castronuevo, la joven y hermosa cortesana española de padre austriaco y madre española, era el arma secreta de los hermanos. Además de su atractivo físico, Ana era inteligente, rápida en el pensamiento, audaz y filosa en la contestación. Totalmente fiable y discreta, ya había hecho para los hermanos más de un “trabajito” exitoso. Sólo tenía un defecto: su falta de memoria y despiste; y fuera de sus misiones también la perdía su lengua. Ana Karenina hablaba demasiado y no medía lo que decía hasta después que lo había dicho, pero para entonces… ¡ya era demasiado tarde!  Fernando y Carlos le tenían bastante paciencia debido a todo lo que representaba esta mujer para ellos, pero ya más de una vez  habiendo querido castigarla se habían contenido de hacerlo para mantener una distancia entre ellos, pero por deseo lo habrían hecho más de una vez y le habrían puesto el culete más rojo y caliente que un tizón encendido.

¡Pero esta vez llegaría demasiado lejos! Por diversión, sólo por diversión personal, Ana Karenina había escrito una carta dirigida a Carlos en un tono bastante subido y explícito.  No se la pensaba entregar, la había hecho dejando correr su fantasía erótica con el soberano, que en ese momento se encontraba de incógnito en Praga.

Se preparaba por aquellos días la inauguración del Palacete que Fernando le había hecho construir a su esposa, Ana de Bohemia y de Hungría, en el Jardín Real del Palacio en Praga. Y para eso se haría un baile donde estaba invitada toda la corte. Para asistir, sólo debía contestar la invitación Real de su puño y letra.

Ana Karenina estaba tan entusiasmada y feliz con esta idea que escribió la respuesta y como siempre dejó todo desordenado sobre su escritorio y salió corriendo hacia algún lugar de la enorme propiedad donde residía. Al regresar metió la carta en el sobre y envió a su lacayo a llevar la respuesta.  Aún faltaban algunos pocos días para el baile, pero quería hacer las cosas bien y con tiempo. Cuando el lacayo partió, guardó la carta para Carlos en el cajón secreto de su escritorio, se cruzó de brazos y se puso a soñar…

A los dos días vino a buscarla el Consejero Real y le ordenó acompañarlo. Ella conocía al viejo Conde de Apoline y le tenía un gran afecto, pero… éste no traía hoy cara de buenos amigos.

-Buenos días señor Conde… ¡Pero qué cara traéis hoy! ¿Sucede algo? ¿Hay algún problema?

-Sí Duquesa, sí lo hay. Pero no estoy autorizado a hablar. Su Majestad don Fernando quiere veros de inmediato. Tendréis que acompañarme ahora mismo al Palacio.

-¿Su Majestad? Sí ¡vamos enseguida!

El viaje en carroza se le hizo largo, y no hubo manera de que el Conde le dijera algo o le diera un adelanto de lo que sucedía, pero se le veía muy preocupado.

Una vez en Palacio se dirigieron presurosos a unas habitaciones secretas. Golpearon y una voz les dio el permiso para entrar.

-Majestad –dijo la Duquesa Ana haciendo una reverencia – Aquí estoy a vuestra orden.

-Menos mal que habéis llegado Ana. Estoy desesperado! Mirad –y le extiende una carta. Ana la reconoce inmediatamente… es ¡SU carta! ¡La carta que le escribió a Carlos!

-Majestad, puedo…

-No me habléis Ana, dejadme hablar a mí!

-Pero Majestad…

-¡He dicho silencio! –Ana vio lo enfurecido que estaba y optó por callar- Necesito hablar con alguien, y ese alguien sois vos, la única persona en quien puedo confiar.  No puedo creer que mi esposa, a la que tanto amo, a la que le estoy haciendo un palacio y muchas cosas más ¡me engañe con mi propio hermano!


Pero ya he tomado medidas y he mandado encerrar a Carlos en la torre de este castillo. ¡Maldito traidor!  Y ella se está salvando porque no está aquí, pero ya he mandado apresarla en cuanto regrese. Leed esa carta Ana, ¡leedla! En ella dice que me quiere mucho, que me admira, pero que el verdadero hombre de su vida es Carlos, y le declara su amor.

En la mirada del monarca, Ana vio a un hombre destruido, pisoteado. Vio el profundo amor que tenía por esa mujer, mezclado por el odio de la traición de dos de los seres que más amaba: su esposa y su hermano.

La Duquesa no sabía qué hacer, si callar o hablar. Si callaba estaba condenando a muerte a dos seres que no tenían nada que ver con su equivocación. Pero si hablaba… debería asumir las consecuencias de ese terrible error.  ¿Cómo había pasado semejante cosa? ¿Cómo mezcló los papeles? Fue cuando envió la respuesta al baile. Al estar los dos papeles juntos, los confundió y envió la carta que nunca debió haber salido de su escritorio en vez de la respuesta a la invitación del baile.

No podía permitir que por esa falta de atención, dos seres fueran castigados injustamente.  Ella debía hablar, no importaba las consecuencias, debería asumirlas a como diese lugar.

-Don Fernando, Majestad… por favor permitidme hablar! Yo os puedo explicar lo que sucedió.

-¿Vos? Pero… ¿qué tenéis que ver vos con todo esto? Esta carta fue escrita y firmada por Ana! Ana… mi es… -allí comenzó a darse cuenta de quién había firmado aquella carta realmente.

-¿Esta carta es vuestra? ¿Sois vos la Ana que firmó esta carta?

Ana no se animaba a contestar, pero sus mejillas se arrebolaron inmediatamente. ¡La respuesta estaba dada!

-¿Cómo es posible que haya pasado esto? ¡Y yo encerré a mi hermano por vuestra culpa! No puedo creer que vuestro error, vuestra tontería me haya llevado a hacer algo así. ¡Hablad! ¿Qué hay entre vos y mi hermano?

-Na... nada Majestad.  Esa carta la escribí solo con intención de sacar para afuera lo que sentía: un profundo y gran amor por don Carlos y un gran afecto y respeto por vos. Pero cometí el error de enviarla en lugar de la respuesta al baile real…  Lo siento Don Fernando, no sé que decir.

-¿No sabéis qué decir? Pues ¡no digáis nada! Tengo que mandar liberar a mi hermano inmediatamente. Aguardad aquí. Voy a por él y a ver cómo le explico lo sucedido.  Y vos Duquesa… preparaos, porque el castigo será inolvidable. Rezad y… ¡comenzad a temblar!

-Me asustáis mi señor.

-¿De verdad? ¡Pues hacéis bien en asustaros! Yo en vuestro lugar estaría temblando de miedo y pavor. Quedaos aquí y pensad…

La Duquesa trató de recordar la carta. La había leído y releído tantas veces que casi la recordaba de memoria. Le confesaba su amor incondicional a Carlos y su cariño y lealtad a su Majestad, don Fernando, su Señor. Pero eso no era lo malo, sino que le confesaba a Carlos sus fantasías eróticas más íntimas: un trío con sus dos hombres, con sus reyes y señores, donde ellos estaban a su disposición, para hacerla sentir bella, deseada, mimada por ambos. Todos sus deseos, sus más ocultas fantasías habían sido plasmadas en aquel papel. Sintió vergüenza de que eso se conociera, y justamente por los hombres con los que soñaba y que tanto deseaba que la poseyeran.

Pero había algo aún más preocupante: ¿qué le harían? ¿cómo la castigarían? Don Carlos estaría furioso con ella, pues por su culpa había sido encarcelado como un vil delincuente, encadenado, encapuchado y encerrado en un lugar horrible!! Y humillado por su hermano y seguramente sin entender nada de lo que sucedía. ¿Podría perdonarla algún día? Seguramente sí, pero se lo haría pagar primero. Conocía a Carlos y si bien no guardaba rencor, sí hacía que aquel que lo había ofendido no olvidara su ultraje. Pero ella llevaba una ventaja: Carlos la conocía y seguramente, a pesar de su enojo, podría contar con él. Pero Fernando era peor. No solamente castigaba al ofensor, sino que le divertía hacer público el error y la ofensa de aquel que había tenido la mala suerte de cometer una equivocación. El castigo, fuera cual fuera, sería en público! Le temía tanto al castigo de uno como al del otro. ¿Qué tramarían los dos hermanos para hacerle pagar tamaña ofensa? ¡No quería ni imaginarlo!

Pasó un muy largo rato antes de que la puerta secreta se abriera. Su corazón dio un brinco y miró hacia la entrada. En primer lugar apareció Don Fernando, con la cara sombría y tras él… Don Carlos, con un gesto adusto y frío.

Siguiendo el protocolo que muy poco podría importar en ese momento, la Duquesa se inclinó temblorosa ante sus Majestades. No se atrevía a levantar la cabeza y mucho menos a mirar a Carlos a los ojos. Se incorporó con su cabeza baja y mirando al suelo.

-Duquesa Ana… sí que la habéis armado en grande esta vez. Vuestro descuido pudo haber sido fatal, y por el mal sabor de boca y el terrible momento que nos habéis hecho pasar, será muy pero muy difícil que os lo podamos perdonar. ¿Qué tenéis que decir en vuestra defensa?

Ana quería que se la tragara la tierra. Por el tono de la voz, la cara de enojo y los gestos de Carlos… no podía soñar en que él, su amor, fuera su apoyo en esos momentos. Estaba sola ante estos dos hombres, no podía contar más que con ella y su valentía para enfrentar esta situación. El temor y la incertidumbre la invadieron…

-Solo que fue un error involuntario mi Señor. Nunca debí haber escrito esa carta que jamás pensé en enviar. Me siento muy avergonzada Majestad, y también muy apenada por todo lo ocurrido. Nunca pensé que algo así podría pasar. Pero tampoco pienso huir. Aquí estoy a la disposición de Vuestras Majestades. No tengo defensa, excepto mi distracción y mala memoria.

-¡La distracción y mala memoria sólo cuentan en vuestra contra en este caso! Fernando me contó todo, y no tengo nada en contra de él. Yo hubiera reaccionado de la misma forma que él lo hizo; y ambos agradecemos que no esté presente la Reina, porque allí sí hubiese sido todo peor. Hasta hubiese corrido sangre Duquesa, ¿sois conciente de eso? –Le gritaba enfurecido. La ira inyectaba sus ojos de sangre y parecía que le salía espuma por la boca- ¡Pregunté si sois conciente de lo que habéis provocado con vuestro error!

-Creo que sí Majestad.

-Pero esto no va a quedar así. Seréis debidamente castigada por los dos. Y nadie se enterará de lo sucedido, excepto nosotros tres y el Conde.

-¡No! –gritó Fernando- Ese castigo es demasiado leve para la gran falta que cometió. Ya pensaré en algo que esté de acuerdo al tamaño de su error.

-En tanto vos pensáis en el futuro Fernando, –le dijo Carlos, colocando dos sillas enfrentadas- comenzaremos con el castigo de Ana ahora mismo. Hermano mío, tomad asiento por favor.

Ambos se sentaron quedando sus rodillas juntas. Al mirarse los hermanos se sonrieron de una forma que Ana no pudo comprender, pero que no le presagiaba nada bueno.

-Acercaos Duquesa.

-Pero… Majestad… yo…

-¿Es que no habéis oído a vuestro Señor? –le gritó Fernando – Más vale que obedezcáis inmediatamente y no empeoréis vuestra situación más aún.

-Sí Señor… -dijo la Duquesa, acercándose con esos pasos lerdos que dan los niños cuando saben que van a ser castigados. En su mente los pensamientos y emociones se cruzaban: había confusión, miedo, vergüenza por el error cometido y porque el hombre que amaba conocía sus más íntimos pensamientos, y también había un profundo arrepentimiento por lo ocurrido. A medida que se acercaba a donde estaban los monarcas una extraña sensación comenzó a manifestarse en ella: sentía como mariposas en el estómago.

-Ana, venid aquí –le dijo Don Carlos y, de un tirón, la colocó sobre las rodillas de ambos

- Hermano mío, comenzad!

Plas, plas, plas… Las manos de los dos hombres se dejaron caer sobre la zona de las nalgas de Ana.

-Pero…  pero… mis Señores! Ohhhhh!!

Así como estaba, por encima de la ropa, sentía los golpes de esos hombres. No dolía demasiado pero le dolía su orgullo. Verse en esa posición humillante, con los dos hombres más importantes de Europa nalgueándola era vergonzoso, pero…  porqué entonces se sentía así, tan… ¿excitada?

-Deteneos Fernando… ¿qué estamos haciendo? Con la cantidad de tela que tiene esta mujer sobre su cuerpo, no le estamos haciendo ni siquiera una caricia… Ana ¡levantaos! Y despojaos de ese vestido.

-¿Cómo? No Don Carlos, no me pidáis eso, por favor, eso no!

-Quitaos ese vestido, o… -hizo movimiento como para ponerse de pie- si preferís ¡os lo quitaré yo!

-No, no Señor…

Mientras los dos hombres la miraban, se fue despojando de sus vestiduras hasta quedar únicamente con una camisa, el corsé y los calzones que le llegaban por debajo de la rodilla. Se veía nerviosa y desamparada, y así se sentía. Pero no se podía explicar a sí mismas porqué sentía como mariposas en el estómago y una extraña sensación de placer en la entrepierna…

-Bien, volved a la posición anterior –le indicó Fernando.

Ella se puso otra vez sobre las piernas de aquellos hombres que apenas estuvo colocada comenzaron a descargar sus fuertes manos sobre su trasero. Anteriormente, con toda la ropa, no sentía casi los impactos, pero ahora… ¡uy, cómo dolían! Durante un rato que se le hizo eterno, estos hombres la nalguearon, hasta que en determinado momento pararon. Quiso mirar hacia atrás, pero no pudo. Inmediatamente sintió que le estaban bajando sus calzones.

-No mis Señores, noooooooooo!!  Por favor, por piedad os ruego que no lo hagaís! Por piedad!

Miró hacia el lado de Carlos, pero solo encontró una mirada fría y casi de desprecio. No podía contar con él, y menos aún con Fernando. Dolida por la actitud del hombre que amaba y que ella esperaba que la cuidara, avergonzada por estar en esa situación delante de aquellos dos hombres, bajó su cabeza aceptando la derrota y se preparó para soportar ese castigo. ¿Castigo? Bueno… dolía mucho, es verdad, pero no entendía porqué sentía tanta excitación estando en esa situación. Sentía su trasero hirviente como la lava, pero deseaba que aquello siguiera por la tremenda excitación que le causaba.

Al bajarle Fernando los calzones, quedo al descubierto su culo, y los hermanos quedaron sin palabras. Carlos clavó sus ojos en aquella parte de la anatomía de la Duquesa y mil pensamientos se agolparon en su mente. El culo de aquella mujer era perfecto: de formas redondeadas que se acentuaban aún más con aquella pose, de una blancura casi nívea, respingón, firme y con una piel suave que no pudo resistir tocar.  La visión que tenía ante sus ojos lo había hipnotizado. Fernando se dio cuenta de ello y tosió fuerte para volver a la realidad a su hermano, cosa que apenas logró.

Los golpes siguieron cayendo sobre las nalgas de Ana K., esparcidos por todos lados, en forma uniforme y en menos tiempo del que imaginaba tenía las posaderas rojas y ardientes. Los hermanos miraron su obra con orgullo y grabaron aquella imagen en sus mentes para recordarla por siempre.

Acto seguido la hicieron poner de pie, y sin permitirle que se subiera los calzones, le tiraron por encima una manta y le dijeron que caminara. Don Fernando iba al frente con ella siguiéndolo, y detrás de ellos venía Don Carlos, siguiendo con su mirada el balanceo de aquellos globos rojos que lo habían cautivado. Ana K. estaba confundida, dolorida y avergonzada, pero no tanto como para no darse cuenta que Don Fernando la conducía a… ¡las mazmorras!

La encerraron en una celda húmeda y fría, que por todo lujo y comodidad tenía algo que pretendía ser un colchón relleno de paja y un taburete de madera, viejo y desvencijado. Don Fernando entró con ella al calabozo y allí la abandonó mientras que Carlos observaba todo desde fuera del calabozo. Sin mediar palabra, se dieron vuelta y marcharon dejando encerrada a la Duquesa.

Allí, en esas horribles mazmorras, encerrada en aquella apestosa, fría y húmeda celda, Ana K. se sintió sumamente sola, aturdida y confundida. Debía ordenar sus pensamientos pues habían sido demasiadas emociones juntas para tan poco tiempo. No sabía como calmar el ardor de su trasero ni cómo llegar a comprender todas esas sensaciones que había experimentado: sorpresa al saber dónde había ido a parar su carta; decepción al ver que Carlos que era su único apoyo, la había dejado sola; humillación y vergüenza al verse azotada por estos dos hombres que no repararon en obligarla a despojarse de sus ropas; pero todo eso le había producido una enorme excitación que aún sentía, porque aunque no quería admitirlo, el ardor de su trasero se lo recordaba de continuo; y sentía una gran rabia con ella misma por haber cometido un error tan grave que la obligaba a someterse a las órdenes y los caprichos de esos dos hombres.  Y ese terrible sentimiento de culpa que le oprimía el corazón. Si le hubiera pasado algo a Carlos, no se lo hubiese perdonado jamás…

Estaba comenzando a sumirse cada vez más en sus pensamientos, cuando sintió unos pasos acercarse velozmente. Las llamas de las antorchas descubrieron una imagen que ella no esperaba: ¡Carlos!

No sabía si mirarlo o no, no sabía qué hacer, como presentarse ante él. Era el primer momento que estaban solos y ella no tenía idea de cómo enfrentarlo.

-Ana querida –le dijo estirando sus brazos y atrayéndola hacia su pecho- No os imagináis cuánto me habéis hecho sufrir hoy. Vuestro error, querida mía, pudo haberme costado la vida. ¿Sois conciente de eso?

-Sí Majestad –dijo ella bajando la vista, con el rostro enrojecido por la vergüenza y su orgullo herido. Ya tenía bastante sentimiento de culpa, pero las palabras de Carlos, dicho de forma tan dulce y paternal la hacían sentir peor aún.

-Mi dulce Duquesa… leí vuestra misiva y, debo admitir que quedé impresionado. Nunca imaginé que pudiera llegar a despertar tales deseos y sentimientos en vos. Como hombre, jamás me sentí tan halagado. Con esa carta habéis elevado mi ego a límites insospechados. Además… debo admitir que me sentí tocado en las fibras más sensibles de mi corazón cuando leí vuestros sentimientos hacia mí. El contenido de esa carta, querida Ana Karenina, me ha emocionado profundamente.

La tenía abrazada, y ella apoyaba la cabeza en su pecho como a una niña pequeña. La miró, y tomándola de su barbilla hizo que ella levantara su vista hacia él. Notó que sus ojos, esos ojos siempre chispeantes y luminosos, estaban apagados y llorosos.

-Mi niña… –le dijo él con toda la ternura de la que fue capaz. Ana no soportó más aquella presión y se echó a llorar. Necesitaba desahogarse y sus lágrimas le corrían por el rostro e iban a parar al pecho de Carlos. La abrazó fuerte contra sí y dejó que ella tuviera su catarsis. Mientras, la miraba amorosamente y sin soltarla la balanceaba como si fuera una niña pequeña…


El aroma de su pelo, la suavidad de su piel, el desamparo en que se encontraba ablandó el duro corazón del Monarca. Comenzó a atraerla dulcemente contra sí, a besarla en la frente, a transmitirle su calor, su tibio aliento… Ana temblaba, no sabía si era de frío o de qué, pero por fin estaba sucediendo lo que ella tantas veces había deseado. Y aquella noche se dejó amar por el hombre de su vida…

-Ana Karenina, Duquesa de Linz y de Castronuevo –vociferó el paje real, luego de golpear el suelo por dos veces, como solía hacer para anunciar debidamente y de forma protocolar a cada uno de los invitados.

Ana K. era una de las figuras más esperadas en las fiestas de las cortes europeas. Su simpatía, belleza e inteligencia la hacían una de las mujeres más codiciadas por los hombres de las cortes y casas reales. Así que tuvo que rehacerse y caminar erguida, con una sonrisa en los labios y saludando hacia todos lados con inclinaciones de cabeza.

A pesar de la monumental paliza que le dieron los hermanos el día anterior y que su colita tenía algunos morados todavía, no sentía dolor. Pero en su mente se agolpaban todos acontecimientos y sensaciones de las últimas horas: el enojo de los hermanos por su error, el rostro de fastidio y enfado de Carlos, la azotaína que tanto le había dolido físicamente, la vergüenza y la humillación de la golpiza y su encierro en el calabozo. Pero todavía no podía descifrar ese sentimiento de… ¿placer? ¿excitación? ¿goce? O quizás todo eso junto. Y la visita de Carlos, sus palabras, sus abrazos y… todo lo que había pasado entre ellos la noche anterior.

Y a pesar de todo eso debía disimular y seguir como si nada hubiera pasado, como si no supiera que Carlos estaba en Praga desde hacía días.

Cuando llegó al trono donde estaban sentadas sus Majestades, puso su mejor cara de asombro al ver a Carlos, pues debía disimular ante la Reina Ana. Luego, dando un paso atrás se retiró y se unió a la fiesta, siempre rodeada de muchos hombres y alguna mujer.

Ana Karenina iba y venía como una mariposa revoloteando por todo aquel enorme salón. No paraba, no se lo permitía ni su juventud ni sus nervios.

En un momento que estaba con el Duque de Montblanc y el Marqués de Venecia y algún que otro noble, se acercaron sus Majestades, don Carlos V y Fernando I, y se unieron a la conversación.

-Don Carlos, Majestad… ¡qué agradable sorpresa nos habéis dado! –le dijo el Marqués de Venecia.
-Sí Don Carlos, no sabíamos nada de vuestra presencia aquí –afirmó el Duque de Montblanc.
-Porque no me habéis preguntado a mí –dijo Ana K. muy suelta de cuerpo.

¡Carlos y Fernando la miraron como para fulminarla! ¿Cómo era posible tamaña indiscreción? Pero… ¿es que esta niña no aprendería más? ¡Otra vez se fue de lengua!!

Ana K. bajó la mirada y…

-Digo, mi querido Duque, que no os enterasteis ¡porque ninguno de vosotros me preguntó a mí!! –sintió las miradas de los monarcas en su cara, pero ¡no se asustó ni se sonrojó!
-Pero… ¿es que vos sabíais Duquesa, de la presencia de don Carlos en Praga?
-¡Por supuesto que no! Pero… ¿a qué todos pensasteis por un momento que sí?? Jajajajaa!!

Todos soltaron la carcajada, menos los monarcas que apenas se sonrieron para seguir la broma. Ana los miró y les hizo una guiñada que ninguno de los dos se atrevió a interpretar.

-¡Ana Karenina! Acercaos por favor –la que requería su presencia era la Reina. La Duquesa se acercó y se inclinó respetuosamente ante su soberana. Los hermanos la siguieron…

-Ordenad Majestad –dijo Ana.

-Querida ¿en mi ausencia ha sucedido alguna cosa de la que vos creáis que tenga que ser informada?

-Bueno, nada importante ha sucedido Alteza, excepto… -y miró a los Monarcas que venían tras ella- excepto la azotaína que recibió una doncella por parte de dos hermanos…

Carlos y Fernando quedaron lívidos de golpe. No sabían qué hacer, ni para qué lado mirar. ¡Esta niña pagaría cara su indiscreción!

-¿Qué cosa? Pero ¿de qué me habláis Ana querida?

-Nada de importancia Alteza… ¡solo un rumor divertido! ¿Os imagináis? ¿Dos hombres azotando el trasero de una pobre doncella? –cada palabra que decía, miraba a los Reyes como desafiándolos y con picardía.

-¡Pobre chica! ¿Qué habrá hecho para que eso le sucediera? Contadme Ana, contadme… -le dijo la Reina mientras la tomaba del brazo y se alejaba de los hombres.

-Seguramente nada demasiado grave Alteza, pero vos sabéis…

Carlos y Fernando estiraban sus cabezas para tratar de oír qué decían, pero no lo lograron. Solo podían verlas reír y mirarlos mientras conversaban las dos. A los pocos minutos regresaron junto a los hombres.

-Gracias por contarme todo Ana. Conversaremos en otro momento –le dijo la Reina retirándose rápidamente.

Carlos y Fernando se acercaron a Ana K. desde detrás de ella, uno por cada lado, y le susurraron al oído:

-Os arrepentiréis de esto Ana. Nos habéis hecho pasar muchos nervios esta noche…!! Preparaos… esta vez no seremos tan buenos y condescendientes con vos.

-Pero… pero… ¿qué he hecho ahora señores? ¿Me castigaréis por hacer una pequeña chanza? ¿Por una broma inocente? ¿O por contarle a la Reina…?  –les dijo Ana con su mejor carita de ángel inocente.

-Vuestras bromas nos dejaron con el corazón en la boca más de una vez. Debéis tener cuidado con vuestra lengua, o nosotros os enseñaremos a hacerlo.

-Uffff… ya ni hablar podré ahora. ¡Esto no es justo! –dijo cruzándose de brazos y dando en el suelo una patadita de niña caprichosa.

Fernando la tomó fuertemente del brazo, y le dijo:

-Ni a mi hermano ni a mí nos gustan las niñas caprichosas y desobedientes. Seréis castigada nuevamente por los dos. Y más os vale no haberle dicho nada a la Reina que pueda levantar sospecha. Pero la próxima azotaína ya es vuestra, os la habéis ganado –y la soltó. Los dos hermanos salieron caminando lentamente, dejando a Ana detrás de ellos. De repente, Carlos se dio vuelta a mirarla y…

Ana estaba riéndose mientras que se tapaba la boca con la mano, y lo miraba de una forma desafiante y pícara a la vez…  Carlos comprendió todo sin necesidad de palabras. Y acercándose a su hermano, le susurró algo al oído y al momento ambos se dieron vuelta a mirar a Ana K. Le sonrieron, le guiñaron un ojo y siguieron participando de la fiesta y compartiendo los tres, miradas cómplices de niños traviesos.

Se habló mucho de un supuesto romance entre Carlos y Ana Karenina, y también sobre Fernando y Ana Karenina. Algún relator hasta llegó a insinuar un trío entre los dos Monarcas y la bella joven, pero ¡sabemos cómo mienten los historiadores! Aquí entre nos, les puedo asegurar basada en todos los escritos, documentos y notas de época encontrados y recopilados por mí, que entre los Reyes y la Duquesa jamás hubo nada que no hubiera entre un spanker y su spankee…

A la distancia

Autores: Amadeo Pellegrini y Ana Karen Blanco

A   LA  DISTANCIA

En ningún momento Ana Karen volvió la cabeza. La seguí con la mirada hasta que traspasó las puertas de cristal y se mezcló con la concurrencia. Lo único razonable que me quedaba por hacer era poner en marcha el motor y abandonar el Aeroparque. Pero no siempre estoy dispuesto a hacer las cosas razonablemente; en mi vida hay espacios reservados para la improvisación y también para seguir los ignotos senderos de la intuición.

Por eso me quedé allí. ¿Esperando qué? ¿Que Ana Karen cambiara de idea y regresara? ¿Que al último momento el vuelo fuera cancelado por desperfectos en una de las turbinas? No lo sé. El niño que llevo dentro, -el mismo que ella arrancó del profundo sopor en el que mi yo adulto lo mantenía relegado-, estaba triste muy triste. Más triste todavía cuando el avión ganó altura enfilando recto como brillante saeta rumbo al sol naciente.

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Si volvía la cabeza para mirar a Amadeo, no lograría llegar al avión, me quedaría. Y yo sabía que no me podía quedar. Tenía la loca esperanza de que Amadeo saliera corriendo tras de mí, que como en las películas corriera, pasara vallas prohibidas y le suplicara a la azafata que me llamara justo cuando iba a pasar la puerta de embarque. Pero nada de eso pasó, como era lógico.
Las lágrimas saben saladas y amargas, muy amargas.
Al llegar a mi casa en Montevideo corrí a la computadora, a mi casilla de correo. Allí haba un mail de Amadeo Pellegrini. Asunto: A la distancia. Lo quiero compartir con ustedes:

Los sentimientos, como algunas conductas, resultan difíciles de explicar. Vivimos en una sociedad que nos asigna roles a los que debemos ajustarnos: el paradigma de esposo, padre, profesional, ejecutivo, comerciante para todo hay arquetipos, hasta para los de Tilingos existen modelos en esta sociedad globalizada.
No esperen que aporte nada nuevo, en realidad escribo para una sola persona que ahora está lejos, ella seguramente entenderá aquello que yo no alcancé a expresar con entera claridad.
Pienso que todas esas etiquetas que nos rotulan y el modo de actuar que las mismas imponen, sofocan, silencian y en algunos casos eliminan al niño que llevamos dentro.
El niño en cuestión es el yo íntimo, secreto, personal, intransferible, que tenemos enclaustrado dentro de nosotros. El que cada tanto nos exige que lo liberemos.
Dos personas pueden cohabitar toda una vida, en perfecta armonía inclusive, pero los niños que cada uno lleva consigo es probable que no se conozcan jamás, si llegan a conocerse es muy posible que no alcancen a congeniar tampoco. Por ese motivo, encontrar a la persona cuyo niño interior coincida con el niño propio y armonice con él, resulta algo extraordinario, casi prodigioso.
En mi caso personal, pasé toda mi vida buscando el gemelo de mi niño interior. Los poetas hablan de almas gemelas, eso es muy difuso, yo creo en la existencia del niño porque vive dentro de mí.
En las contadas oportunidades que revelé esta búsqueda a personas de ambos sexos que captaban el concepto con claridad, obtuve como respuesta que el encuentro de dos personas que alentaran sus deseos coincidentes y paralelos era una utopía.
Lo creí. Resignado acepté para mi niño la aislada realidad que padecí, hasta que conocí a Ana Karen.
Cuando aquella noche en el hotel donde nos presentaron, le conté la historia de La Puy que a mí, de pequeño, me había fascinado tanto, advertí en sus ojos un brevísimo destello, era una chispa de entusiasmo de la niña que lleva adentro.
Lo extraño es que en el viaje no intercambiamos confidencias. Más raro aun resultó el episodio del Monte de Corcuera en la laguna, que Ana Karen no dudo en atribuir al Hualichum.
Reflexionando después, sobre aquellos sucesos llegamos a la conclusión que el Hualichum existe, pero en forma individual; mora en cada uno de nosotros, es el daimon de los griegos, un espíritu maligno inferior, un pequeño demonio interior que inspira y guía ciertas conductas nuestras.
Desde entonces lo visualizo mejor gracias a Ana Karen.
Lo que no hemos podido determinar todavía y no creo que lleguemos a saberlo jamás es si el Hualichum  o daimon personal, -si así se prefiere-, se nos incorpora en el instante mismo de la concepción o ingresa a nosotros más tarde, en el amanecer de nuestra existencia.
Admito que la entidad del Hualichum pueda ser cuestionada, acepto que mis argumentos sean rebatidos por personas mejor informadas. Pero entonces, ¿cómo explicar que dos perfectos desconocidos, que han vivido ya la mitad de la vida en pases diferentes, con experiencias distintas, puedan vibrar al unísono con sólo tocar una cuerda que puedan entenderse a la perfección con nada más mirarse a los ojos...?
Nuestro Hualichum es el de las azotainas que compone el anverso y el reverso de una misma medalla. Para decirlo de otra manera, llevamos impreso un mismo sello: Ana Karen exhibe la figura, yo muestro la contrafigura o viceversa. En la estética secreta de las azotaínas, ambos formamos un todo indivisible.
Porque de esa unión no es posible separar la víctima del verdugo, ni es tampoco dable, identificar al dominante del dominado. ¿Son las cosas como parecen? ¿Resulta todo tan sencillo como lo muestra a veces una imagen fotográfica? ¿El poder lo ejerce el verdugo o la víctima? ¿Tiene el verdugo derechos propios o los posee por delegación de la víctima? ¿Quién rige los tiempos?..
Y lo más importante: ¿Quién puede acertar las respuestas?
Hablo por mí: En algún instante de mi vida, antes de comenzar a concurrir a la escuela, a los cinco años quizá, comencé a interesarme por las azotaínas. Ya entonces pedía que me contaran cuentos que terminaran con palizas, si ese final no estaba previsto debían inventarlo para complacerme.
Y con cuanta emoción esperaba yo el momento que la lechera de la fábula regresara a la casa para que su madre le diera una buena azotaína por distraída, por descuidada, por haber roto el cántaro, o que el pastor mentiroso recibiera su merecido por haberse burlado de los otros pastores vecinos.
A partir de entonces comencé a llevar esa contradicción íntima, el placer de los azotes y los remordimientos por experimentarlo. Creí durante mucho tiempo que era un sujeto singular, diferente del resto de la humanidad sólo por alentar esta afición tan rara.
Ingresar al mundo de la lectura amplió mis horizontes. Los clásicos. La Cabaña del Tío Tom, Tom Sawyer y otros, abrieron nuevos rumbos a mi limitada imaginación infantil. Más tarde fueron imágenes del cine y la televisión.
No me quedé allí. Buscando el origen de mis inclinaciones me sumergí de lleno en obras de psicología y psicoanálisis. Frecuenté a Freud, a Havelock Ellis, a Steckel y otros que me permitieron descubrir que lo mío era una parafilia que me emparentaba con fetichistas, vouyeristas, cortadores de trenzas, y toda una colección de supuestos bichos raros a quienes se llamaban también desviados sexuales.
Esos estudios no me hicieron ningún bien, el bien me lo hizo una querida amiga Psicóloga, colega en la docencia, quien en una sóla conversación que tuvimos no le dio ninguna importancia al tema. Se limitó a decirme que ni ella ni nadie logrará arrancarme mis fantasías, que lo mejor que podía hacer era disfrutarlas sin remordimientos. ¡Bendita sea por siempre! Me liberé de todos los sentimientos de culpa, pero me aseguré también que no encontraría jamás la perla negra, que no soñaría con ella ni la buscaría.
¡Qué equivocada estabas, querida amiga! ¡La encontré! ¡La encontré! Tarde tal vez, ¡pero la encontré!
El avión que llevaba a Ana Karen se perdió de mi vista. No tenía más nada que hacer allí, contristado, desganado, agaché la cabeza, abrí la portezuela y entré en el auto

Besos, Amadeo

000

¿Y  qué puedo agregar yo a esta declaración? Todo está demasiado claro como para que yo, soberbiamente, pueda agregar algo más.
Mi adorado Amadeo, compartimos un mismo Hualichum, nuestro demonio interior es el mismo. Somos la cara y la contracara de esta medalla que es la azotaína o nalgada. Como tan bien dices, es difícil encontrar ese otro niño interior que se complemente con el nuestro, que con sólo una palabra, o hasta sin hablar, sepa lo que el otro quiere, desea o piensa. Porque quizá los dos quieren, desean o piensan lo mismo.
Te dijeron que era casi imposible que apareciera esa perla negra en nuestra vida. ¿Aparecimos tarde? Para algunas cosas quizá sí, pero para vivir esta experiencia ¡definitivamente no! No es tarde mi adorado Amadeo. Estamos viviéndola, así que no es tarde.
Escucha Amadeo, escucha  qué nos dice Ricardo Arjona:

Precisamente ahora
irrumpes en mi vida,
con tu cuerpo exacto y ojos de asesina.
Tarde como siempre,
nos llega la fortuna.

Pero llegamos tarde,
te vi y me viste,
nos reconocimos enseguida,
pero tarde.
Maldita sea la hora
que encontré lo que soy,
tarde...
Tanto soñarte y extrañarte sin tenerte,
tanto inventarte,
tanto buscarte por las calles como un loco,
sin encontrarte.

Ganas de besarte,
de coincidir contigo.
De acercarme un poco,
y amarrarte en un abrazo,
de mirarte a los ojos
y decirte bienvenida.
Pero llegamos tarde,
te vi y me viste,
nos reconocimos enseguida,
pero tarde.
quizá en otras vidas,
quizá en otras muertes.
Qué ganas de rozarte,
qué ganas de tocarte,
de acercarme a ti y golpearte con un beso,
de fugarnos para siempre

Nada más que agregar. Sólo que hoy no es tarde. No permitamos que lo sea.
Amadeo nuestro Hualichum nos llama. ¿Vamos?

Más besos, Ana Karen

fin
FIN

 

El bicho feo

Autores: Amadeo Pellegrini  y  Ana Karen Blanco
 
En una jornada gris, propicia a las evocaciones nostálgicas, saldadas las diferencias con Ana Karen, viajábamos, en plena armonía rumbo a Buenos Aires donde mi amiga tomaría el avión de regreso a Montevideo, en tanto yo haría el camino de vuelta a la oficina.

En su equipaje llevaba la fusta de barba de ballena y mango de marfil, recuerdo de la tía Filomena Ferrato, y en los más atractivos lugares, -no visibles-, de su persona, ciertas marcas emblemáticas, para decirlo de manera elegante-, provenientes del mismo adminículo.

Un impensado silencio nos envolvía.

La Gallita Oriental, arrellanada en el asiento con la mirada perdida en el horizonte continuaba abismada en sus cavilaciones, mientras yo conducía cada vez más concentrado en el tránsito desde que comenzara a caernos encima una fina llovizna.

De pronto se irguió en el asiento y comenzó a entonar:

“Qué noche llena de hastío y de frío,
el viento trae un extraño lamento.
Parece un pozo de sombra la noche,
y yo en la noche camino muy lento...
Mientras tanto la garúa
se acentúa con sus púas
en mi corazón....”

-Me gusta Julio Sosa. –Murmuró, sin apartar la mirada del horizonte.

-A mi también. –Respondí.

-Más que Gardel…

Si con aquella afirmación pretendía iniciar una controversia, equivocaba el camino, porque repuse sin vacilar: 
-Estamos de acuerdo.

Otra vez un largo silencio entre los dos. Para interrumpirlo le  propuse que pusiera música. Se negó con la cabeza y enseguida dijo:
-No, no tengo ganas de aturdirme con música…

Luego de un momento añadió:
-¿Te das cuenta Amadeo? todavía no hace tres días que nos conocemos y ya no tenemos más nada que decirnos…

-Me hago cargo –repuse-, aunque en realidad parece que hiciera más tiempo, porque lo consumimos intensamente…
 
-Es verdad –admitió- ¿Es por eso entonces que ahora parecemos una fatigada pareja que no tiene otra perspectiva que el aburrimiento, porque llevan demasiados años viviendo juntos?..

-En eso no estoy de acuerdo, muchas veces los momentos de silencio resultan necesarios, para pensar, para concentrarse, para recordar, para no equivocarse al doblar, como ahora, -dije imprimiendo un leve toque al volante, en lo que pretendía ser una broma. Ana Karen esbozó una sonrisa tristona.
-Lo que me molesta es que no tenemos temas, no somos un par de viejos, es verdad, pero nos estamos portando como dos desconocidos…
 
-Para nada, -observé-, estamos viviendo circunstancias nuevas que deberemos afrontar a partir de mañana y eso nos pesa a los dos.
-Sí, como un maleficio…

-¡No, Ana Karen, no volvamos otra vez al “Hualichum”! ¡Por favor! -dije extendiendo la mano para acariciar su rodilla.

Ella se rió de buena gana exclamando:
-No, tonto, eso es cosa del pasado, pensaba en un tango

-Entonces más preciso hubiera sido decir: “nos pesa como una condena…”

-¡Ese es otro tango!... Meditó unos instantes para aducir: Bueno, después de todo yo soy muy dueña de decir lo que me parece… ¿No? ¡Pero a vos Amadeo te gusta hacerte el sabelotodo y  corregirme!...
-Sí, seguro, encima de mis rodillas, especialmente…

-¡Puto!... ¡No me hagas acordar, -¡puto, reputo!-, que todavía estoy dolorida! Por tu culpa y el viaje voy a llegar a Montevideo con la cola desecha…

-¿Por mi culpa? -pregunté divertido.

-¡Sí! ¡Sí! ¡Por tu culpa! ¿Quién me habló del “Hualichum”? ¡Vos! ¿Quién me llevó a la laguna? ¡Vos! ¿Quién me dejó sola allá? ¡Vos!

Volvía a ser la Ana Karen desafiante de siempre, la que me derretía por dentro.
–Tenía entendido que habíamos firmado la paz, ¿no es así?

-¡Yo no firmé nada! Quedamos solamente en no volver a hablar del asunto, pero a vos te gusta refregármelo y como ahora no podés pegarme te divertís burlándote de mí.

La voz alcanzaba ya la modulación justa, faltaban, únicamente  los pucheritos…
-¿Por qué tenés que ser tan, pero tan puto, Amadeo? ¿Por qué no me hablás de otras cosas?...

Conseguí sacarla del ensimismamiento, ese era mi propósito. Reaparecía entera la Gallita Oriental con las alas desplegadas y los espolones a la vista, preparada para emprenderla a picotazos . Era el momento justo de condescender. Le pregunté:
-Bien, ¿de qué  querés que hablemos?

-Hablame de vos. De vos, cuando eras todavía buena persona, cuando eras un chico inocente que iba a la escuela y jugaba con otros.

La vocecita comenzaba a destilar dulzura.
 -Me gusta conocer cómo eras entonces…

 -Voy a tratar de complacerte, -le dije-, pero te prevengo que no me acuerdo nada del tiempo de mi inocencia, los juegos, de los que me acuerdo al menos, de cándidos tenían poco y nada.

-Sí, entiendo, en Montevideo también, cuando yo iba a la escuela a los varones les gustaba hacer cosas prohibidas, sobre todo con las nenas.

-Es que ustedes las nenas uruguayas debían ser ejemplares

-Si, claro. –Advirtió enseguida que estaba bordeando una trampa, entonces la eludió preguntando:
-¿Y las de acá no, acaso?

Las de acá dejaban mucho que desear, porque tenían unos jueguitos que bueno, bueno.

-¡Huy! Amadeo, sos de lo que no hay… ¿Qué hacían? Apretó cariñosamente mi brazo y endulzó más la voz para pedir: Contame, contaaame…

Si, te voy a contar uno de los juegos de mis compañeritas de colegio, pero mejor hagamos un trato.
-No, no, Amadeo, con vos yo no hago un sólo trato más, porque sos muy sinvergüenza y después termino toda dolorida.

Para acentuar su condición de víctima formó el clásico hociquito con los labios mientras movía la cabeza de izquierda a derecha. Estábamos detenidos en la estación de servicio, esperando que el playero terminara de limpiar el parabrisas. Al reemprender la marcha dije:
-Ana Karen, el trato que te propongo es completamente inocente.

-Nada que venga de tu parte puede resultar inocente, Amadeo. Acabás de decirme que no te acordás de cuando lo eras.

-Está bien, hablemos entonces de un trato justo: yo te cuento el jueguito de las nenas y después vos me contás uno de los de tus tiempos del colegio. ¿Estamos?

-¿De nenas también?

-De lo que sea, a mi también me gusta saber cómo eras de chiquita, aunque me lo figuro.

-¡No seas puto! -exclamó pellizcándome el brazo- Bueno, está bien. Empezá, dale.

-Yo hice la escuela primaria en un colegio nacional, te acordás que te conté…

-A mí nunca me contaste nada.  Habrá sido a otra… Te estás con-fun-dien-do, Amadeito…

-Yo no me confundo, que vos no te acuerdes es cosa tuya. Cuando íbamos para “Villa Amelia”, al pasar por allí te mostré un edificio viejo, color mostaza, y te dije que esa era mi escuela.

-¡Ah!, Sí, ahora me acuerdo…

_Ahhhh, sííí… ahora síii… -dije haciéndole una mueca.

-No te burles, ¡estúpido!

-Resulta que ahora también soy estúpido.

-Sí, estúpido, puto y sinvergüenza.

-¡Cuántas cosas lindas! Bueno, sigamos…

-Empezá de una vez

-Ese era un colegio mixto donde se dictaban clases en dos turnos, yo iba al de la tarde porque mi casa quedaba bastante lejos. A ese turno concurrían más niñas que varones. No llevábamos uniformes como los colegios pagos, pero sí guardapolvos los varones y delantales las niñas, todos blancos, en ese tiempo las mujeres no usaban pantalones como ahora, así que en invierno llevaban medias tres cuartos y soquetes en primavera.

Resulta que teníamos un Director con ideas avanzadas para una población tan chica, provinciana y prejuiciosa como la nuestra. Encima el tipo pertenecía al Partido Socialista, así que con el Cura se tenían mucha tirria, aunque no lo demostraban, en público guardaban las formas, Señor Director de aquí, señor Cura Párroco de allá, pero no se podían ver, de eso nos vinimos a enterar después cuando sucedió lo que sucedió.

Consecuente con sus ideas pro feministas de igualdad de sexos y antidiscriminatorias, en los recreos permitía que, varones y chicas nos mezcláramos para jugar juntos. El personal a su cargo, o sea las maestras se turnaban en el patio sólo para vigilar los baños, que estaban separados.

Al principio las cosas anduvieron bastante bien, las niñas jugaban a la rayuela, al pisa-pisuela, a la mancha, saltaban la soga, o hacían el fideo fino que consistía en juntar los pies, tomarse de las manos y echarse para atrás comenzando a girar, muertas de risa, cada vez más rápido hasta que se soltaban mareadas; a los varones nos gustaba jugar a los milicos formando un bando que perseguía al otro, el de los ladrones para encerrarlos en un círculo marcado en la tierra que representaba la cárcel, los ladrones podían soltar a sus compañeros. El juego no terminaba nunca porque la campana lo interrumpía siempre.

-Ana Karen, vos conocés ese refrán: “El roce, descose” ¿No es así? Bueno, de a poco, cada vez era mayor el número de chicos que desertaban de nuestros dos principales juegos, para sumarse a los  de las niñas, pues además de la “miliqueada” estaba también la “gata parida” que consistía en formar una fila con la espalda apoyada a la pared y empujarse de costado desde cada extremo, hasta que la presión de la fila los iba desalojando de a uno, ganaban los que conseguían quedar apoyados en la pared.

-Y vos, fuiste de los primeros en abandonar los juegos de los varones para pasarte al de las nenas ¿no?

-Por supuesto. Además tenía mis motivos…

-Los conozco, Amadeo, vos me contaste que no tenías hermanitos, - ¡pobrecito!-, por eso buscabas hermanitas o primitas.

-Primitas tenía…
-Entonces las compadezco…

-¡Acabala, Charrúa del Diablo!

Fue a mitad de ese año cuando se puso de moda el juego del “Bicho Feo” que consistía en sorprender por detrás a alguna de las chicas y entonces impetuosamente levantarle las faldas y el delantal, para que los que estaban alrededor corearan burlones.
 
“Feo bicho, bicho feo,
las bombachas yo te veo…
Feo bicho, bicho feo,
las bombachas yo te veo…”
 
Batían palmas y reían todos los circunstantes, menos la víctima que, en ocasiones se enojaba y hasta se ponía a lloriquear de vergüenza, aunque después festejara con las demás cuando hacían “Bicho feo” a otra compañera.

-Me imagino, Amadeo que vos estarías allí en primera fila…

-¡Por supuesto! Es uno de los mejores recuerdos que tengo de la escuela por eso te lo cuento.

En ese tiempo descubrí una variedad enorme de modelitos de bombachas y bombachitas, la mayoría eran color blanco, algunas con puntillitas, pero había también  amarillas, marfil, rosas, verdes, estampadas con florcitas, con maripositas… ¡Un primor!

-¿Qué pasó después?

-Lo previsible, oficialmente ninguna autoridad del colegio conocía ese juego, el Director nunca aparecía en el patio, las maestras conversaban entre ellas y si veían algo inconveniente se hacían las desentendidas, hasta que ocurrió lo que, tarde o temprano, sucedería: le alzaron la ropa a la hija de una familia importante, adinerada, muy religiosa con sólidos contactos políticos en la capital de la Provincia y también en Buenos Aires.

-Llorando a lágrima viva, la víctima fue a refugiarse detrás del hermano mayor, alumno de los últimos grados, quien arremetió contra las autoras, las instigadoras y las que aún festejaban la hazaña, trompeó a algunas, a otras las empujó, las demás se desbandaron gritando mientras corrían a refugiarse cerca de las maestras.

-Bien, abreviando la cuestión: intervinieron los padres, se movieron influencias, del Ministerio de Educación bajó un Inspector para instruir un sumario a las autoridades de la escuela. Entretanto las suspendieron, provisoriamente designaron en la dirección a un funcionario del Ministerio hasta deslindar responsabilidades.

-Los padres de las hijas señaladas como promotoras del jueguito pretendían que se descubriera a la culpable, es decir que apareciera “el chivo expiatorio.” ¿Quíén? La que trajo esa moda al colegio y que fuera expulsada.
 
-¿Y la descubrieron? -interrumpió Ana Karen impaciente.

-La mayoría acusó como cabecilla a María Cristina Rodríguez, hija del Jefe de Correos, quien hacía muy poco tiempo que había sido trasladado al pueblo.

-¿Qué pasó con ella?  ¿La echaron, no?

Negué con la cabeza.
–No es tan fácil expulsar a un alumno, ni antes ni ahora, deberías saberlo, nena. Terminaron por tapar el asunto.

A causa del escándalo, a la culpable la ajustició, cinturón en mano, su propio padre con unos azotes de aquellos.

Las otras cómplices, en su gran mayoría, recibieron también sus palizas. En resumen, todas, aun las que no participaban activamente quedaron escarmentadas.

A la pobre María Cristina, las compañeras, por orden terminante de las respectivas familias le hicieron el vacío dejándola de lado hasta fin del año.

El nuevo Director, anuló las medidas anteriores, los patios fueron separados los varones quedamos de un lado, las mujeres del otro, las maestras recibieron la orden de vigilar los juegos de todos nosotros. Así terminó la cosa.

-¿Se supo de dónde o de quién sacó, esa chica  María Cristina la idea del jueguito? -quiso saber mi amiga.

Esta vez me encogí de hombros.
 –Vaya a saber, -dije- esa familia venía de otro pueblo, lo habría aprendido allí, o tal vez lo vio en alguna parte. Si lo dijo no se supo, de lo contrario yo me hubiera enterado.

-Conociéndote, no me cabe ninguna duda que te hubieras enterado sinvergüenza.

 Como me abstuve de hacer ningún comentario, agregó suspirando:
-¡Lo lamento, pobre chica!
 -¡Yo más que vos! –exclamé-. La posteridad ha cometido con ella una grave injusticia al no rendirle homenaje por haber sido la precursora del cola-less. Mirá cómo andan mostrando las bombachas y algo más, las chicas de hoy.

Como Ana Karen quedó muda y pensativa, la saqué del aletargamiento, recordándole que era su turno.

000

¿Así que es mi turno, eh? Bueno Amadeo, si querés que te cuente voy a empezar por decirte que remontarme a los tiempos que fui una niña no me cuesta porque fui muy feliz.

Toda mi niñez y adolescencia transcurrió en un colegio de monjas. Entré al jardín (en aquel tiempo se le llamaba jardinera y luego se pasaba al pre-escolar) con 4 años y feliz. Cuando salí estaba recibida de secretaria ejecutiva y tenía 18.

Durante estos 14 años de mi vida, conocí muchísimas  hermanas (monjas). Muchas de ellas habían tomado los hábitos por verdadera vocación y eran un modelo de dulzura, paciencia y amor por los niños. Pero otras… estaban peleadas con la vida, con la humanidad y con Dios, y no lo disimulaban. Una de estas monjas fue mi maestra de segundo grado, la hermana Marques.

Recuerdo que era más bien baja, porque con mis 7 años no era mucho más alta que yo (teniendo en cuenta que siempre fui la más grande de la clase). Era delgadita, menuda y con cara de culpar a la humanidad por su miserable vida. Vida que ella había elegido tener, supongo. Usaba unas gruesas gafas con una horrible montura de plástico negro que hacían resaltar su “bigote”. No era de facciones feas, sino todo lo contrario, y su tez era fina y suave. Pero siempre tenía cara de enojada, expresión de fastidio por tener que soportar todos los días a aquellas terribles niñas (era colegio femenino) que hacían sus travesuras con el sólo fin de que ella llegara más rápido a los altares y todos los días tuviera sacrificios y penitencias para ofrecer a Dios.

No recuerdo haberla visto sonreír jamás. Pero sí iba siempre con el ceño fruncido, y cara de enojo. Todos los días eran un suplicio para nosotras, pero creo que el que más nos disgustaba a todas era el lunes por la mañana.

Quiero hacerte notar, mi querido Amadeo, que este recuerdo es de comienzo de los años 60, antes del Concilio Vaticano II, cuando el cura daba la misa de espaldas, rezaba la misa en latín y las mujeres, no importaba la edad, debían cubrir sus cabezas con alguna mantilla y los señores quitarse los sombreros, etc. Siempre me pareció una cosa muy tonta porque era más agradable ver a las señoras peinadas aunque fuera sencillamente, que las calvas o semi calvas de los señores.

Volviendo al tema, te preguntarás por qué eran tan duros los lunes de mañana. Pues bien: resulta que la hermana Marques pasaba lista para ver quién había ido a misa el domingo anterior y quién no. A la que no había ido a misa se le ponía una falta como si no hubiera concurrido ese día a clase. Y si había ido, tenía que presentar una libretita con la firma del cura.

Bueno, aquí comenzaba la disyuntiva: si había ido a misa, pues nada, todo bien. Pero si había faltado, cometiendo pecado contra el tercer mandamiento: “Santificar las fiestas”, que se preparara para la reprimenda. La cara de la hermana Marques era especial para hacernos sentir culpables y por supuesto que nadie nos salvaba de la falta del día. ¿Cuántas faltas se podrían tener en el año? Ella decía que no muchas, o sea que había que ir a misa sí o sí. Por supuesto que la fe, el libre albedrío y todas esas cosas eran tonterías sin importancia. A la misa dominical había que ir por obligación de buen cristiano ¡y punto!

Cuando llegábamos  los lunes  a la escuela, la pregunta no era: ¿estudiaste? ¿saliste el fin de semana? ¿fuiste al cine? o ¿visitaste a tu abuelita? ¡NO! La pregunta clásica era ¿fuiste a misa?

Mis padres tenían comercio y se abría los domingos medio día, por lo tanto, la mayoría del tiempo no se podía ir a misa debido a los horarios en la mañana y al cansancio acumulado durante la semana en la tarde. Así que la mayoría de los lunes yo me tenía que presentar ante aquella terrible mujer y reconocer que había pecado por no ir a misa el domingo. ¡Cómo odiaba las mañanas de los lunes!

Muchas veces mentí diciendo que sí había ido, pero que el Padre Fulano estaba ocupado con otros feligreses y no podía esperar a que me firmara, o que mis padres salieron de apuro y no podían firmar, o cualquier mentirilla piadosa por el estilo. Entonces venía el remordimiento porque, además de no ir a misa, había mentido.

Era invierno y yo, que no era muy traviesa pero siempre tuve bastante imaginación a Dios gracias, se me ocurrió una travesura para hacerle a esa monja que tan mal me caía. Compré en una papelería una caja de chinches*. En el recreo volví al aula sin que me vieran y coloqué aquellas chinches* doradas con la parte puntiaguda hacia arriba, en la silla de la hermana Marques. Las puse intencionalmente, deliberadamente, con la forma de los glúteos, dibujando con ellas como una gran W, y salí sigilosamente de la clase, corriendo a jugar otra vez. Esperaba que se pinchara todo el culo y saltara de la silla ¡como un resorte!

Al regresar del recreo la hermana se dirigió a su mesa y se sentó sin más, comenzando a impartir la lección correspondiente. Me sorprendió muchísimo que no saltara al sentir los pinchazos, pero pensé que quizás lo estaría haciendo por sacrificio o algo así!

De repente se paró y se dio vuelta hacia el pizarrón, dando la espalda al salón: la carcajada fue general!!

Le había quedado marcado en el lugar exacto, un culito redondito y precioso!! Después me di cuenta que era tanta la ropa que tenía debajo de su hábito, que las tachuelas ¡se le habían quedado adheridas a la ropa!

Con su habitual cara de enojo giró sobre sus talones y nos miró desafiante, pero fueron pocas las niñas que lograron parar de reírse.

-Pero… ¿Qué falta de respeto es esta? ¿Cómo se atreven a reírse así en plena clase? ¿De qué se están riendo, cuál es la gracia?

No podíamos parar.
-¡Silencio! A ver… González, dígame qué pasa, cuál es la gracia!

González era la mejor alumna de la clase y su preferida, además de ser la “chupamedias”, “pelota” u "oreja” como se dice comúnmente. Pero esta vez su consentida no se animó a hablar.

-Ahhh, no vas a hablar, eh? Bien… entonces Domínguez, dígame usted qué pasa.

-Na… nadaa her… hermana! –y bajando la cabeza se puso muy colorada.

Y así nombro a tres o cuatro niñas más, pero ninguna se atrevió a decirle nada.

Pero no todo estaba de mi lado. Justamente pasaba por allí la hermana Superiora y en uno de los giros de la hermana Marques vio aquel culito marcado sobre las negras vestiduras de la monja. Con toda rapidez entró al aula y con más rapidez aún nos pusimos nosotras de pie para recibir con el respeto debido a la Superiora, con las voces al unísono, diciendo:
-¡Buenos días hermana Superiora!

-Buenos días niñas. Hermana Marques, acompáñeme por favor –y tomándola del brazo la sacó rápidamente del salón de clases.

Todas nos quedamos viendo la escena a través de los vidrios de la puerta, mientras la superiora le explicaba lo que le había pasado. Cuando la hermana miró la parte posterior de su hábito… no salía de su asombro!! Le dijo algo en voz baja mientras que entre las dos desprendían las tachuelas* del hábito.

Una vez que la Superiora se fue con una enorme sonrisa en los labios que pude ver perfectamente, la hermana Marques entró al aula con la cara roja por la ira. Nos enfrentó, puso su cara más dura, su voz más agria y mostrando las tachuelas en su mano nos espetó:
-Muy bien… ¿quién es la responsable de esta falta de respeto?

Por supuesto que el silencio fue absoluto y ya ninguna de nosotras reía. Yo estaba súmamente asustada y temía que mi cara me vendiera.

La monja siguió preguntando y nosotras seguimos callando, mirándonos unas a otras. Yo no le había contado nada a ninguna de mis compañeras, por lo tanto ellas tampoco sabían que había sido yo.

-Si la o las culpables de este desatino no se levantan y confiesan su falta, me veré obligada a que todas, ¿entienden? todas, paguen por esto. Consideraré que la clase en general y cada una en particular, cometieron esta fechoría.

Hubo alguna tímida protesta, pero por supuesto que nadie se hizo cargo de la travesura. Y yo menos que nadie, porque ¡tenía tanto miedo!

En determinado momento, con su furia a flor de piel nos pidió que pusiéramos sobre el pupitre nuestro “cuaderno viajero”, que era el cuaderno donde anotábamos los deberes para la casa, los avisos para los padres sobre los viajes o acontecimientos de la escuela, y por supuesto las observaciones sobre nuestras conductas, buenas o malas, por parte de la maestra.

Se apoyó sobre su escritorio con los nudillos sobre la mesa y desde allí nos dijo:
-Tomen su cuaderno viajero y copien lo que voy a escribir en el pizarrón –obedecimos con la cabeza baja y el lápiz en la mano sobre el cuaderno. En el pizarrón escribió algo así:
-“Queridos papá y mamá:
Les confieso que hoy he sido responsable de una gravísima falta de respeto contra mi maestra, la hermana Marques. He puesto tachuelas* en su silla con la intención de lastimarla y burlarme de ella, ya que dibujé con las tachuelas una parte innombrable de nuestro cuerpo. Me confieso ante ustedes para que me apliquen el castigo que crean conveniente. Para asegurar este hecho, la hermana Marques firmará a continuación.”

Y una por una fuimos pasando por su escritorio y ella firmó cada uno de los 32 cuadernos de las niñas que estábamos allí presentes.

Al llegar a mi casa y presentar el cuaderno a mis padres, se enojaron muchísimo, ya que la hermana Marques además de maestra era una religiosa, por lo que se le debía doble respeto.

Mi papá sólo me castigó dos veces en mi vida, y ésta fue una de ellas. El cinto silbó por los aires varias veces cayendo sobre mi cuerpo mientras yo saltaba. No fueron muchos azotes, pero me dolieron mucho y las marcas tardaron varios días en irse.

Al día siguiente al regresar a la escuela, vi que muchas compañeritas habían corrido la misma suerte que yo, y me sentí peor aún. Pero luego, pasado el tiempo, el sentimiento de culpa fue desapareciendo, pero nunca se fue por completo. Hoy por hoy, cuando lo recuerdo, todavía me siento un poquito mal, pero fue tan divertido hacerlo y ver la cara de esa monja llena de vergüenza y enojo que ¡no me arrepiento de nada! Valió la pena mi azotaína y la de mis compañeras, que se divirtieron tanto o más que yo porque no tenían el peso de la culpa, no?

Nadie supo jamás quién había sido la responsable de aquella travesura. Nunca confesé mi falta hasta hoy, querido Amadeo. Tú eres el primero en saberlo. Y espero que no me castigues!

Rompimos en carcajadas, pero los dos sabíamos que toda esa risa y aparente alegría era sólo una máscara para tapar la tristeza que realmente sentíamos.

El pensamiento de mi partida me inundó nuevamente. Mejor dicho, no me molestaba marchar, no me dolía irme, lo que en realidad me hundía en una profunda tristeza era saber que Amadeo se quedaba y nos separaríamos, quién sabe por cuánto tiempo. Al pensar esto mi sonrisa desapareció y lentamente y casi sin dame cuenta, me fui enrollando hasta que tomé una posición casi fetal. Necesitaba sentir a este hombre maravilloso muy cerca de mí, sentir una vez más el calor de su piel y llevarme su olor y su tibieza. Lentamente me dejé caer sobre su hombro, apoyé mi cabeza sobre él y allí me quedé, en silencio...

NOTA:  *chinche = tachuela o chincheta.

000

A medida que nos acercábamos a la Avenida General Paz, el silencio nos arropó nuevamente, esta vez yo tampoco tenía ánimos para iniciar una nueva conversación.
La Gallita había plegado las alas y encogido las piernas para acercarse más a mí hasta quedar con la cabeza apoyada en mi hombro.

Nuestro mutismo resultaba cada vez menos soportable, encendí el receptor para escuchar las noticias. Alentaba la secreta ilusión de oír, en medio de todas las informaciones, el aviso que el Aeroparque de la Ciudad de Buenos Aires no se encontraba operable, por lo tanto los vuelos quedarían suspendidos durante toda la jornada.

Era la única manera de retenerla conmigo unas horas más; era asimismo la manera de prolongar una agonía común. El  esperado anuncio, por cierto no llegó, las condiciones del tiempo habían mejorado completamente. Un horizonte rosado servía de fondo a los oscuros edificios que desfilaban a la par nuestra.

Entré al estacionamiento y detuve el coche en un rincón de sombra que no tardaría en ser barrida por el sol que emergía desde el Río de la Plata. Ana Karen me había pedido que nos despidiéramos allí.

No quería ser acompañada hasta el hall de embarque, argumentando que allí le resultaría más difícil dejarme. Había también otra razón: alguna persona conocida podía vernos.

Quedé sentado en el auto con el sabor a lágrimas del último hondo y sentido beso, viendo como se alejaba de mí...

(continúa)

El baúl

Autores: Amadeo Pellegrini  y  Ana K. Blanco

Después del episodio de la laguna quedamos con Ana Karen en vernos recién al mediodía. porque por la mañana teníamos que ir con Zaldívar, mi socio, a la escribanía de una localidad vecina a completar algunos trámites para firmar un boleto de compraventa.

El Bebe Zaldívar es uno de mis mejores amigos y además médico, así que en el trayecto le conté más o menos lo que había sucedido en la laguna con mi amiga; omití, por supuesto, los azotes que le había dado.  Le expliqué, eso sí, en qué estado la había encontrado y el escalofriante alarido con que respondió a mis llamados y enseguida la risa desenfrenada e histérica que le impedía articular palabras.
-¿Y vos qué hiciste? -Me preguntó.
Le respondí que primero la había zamarreado un poco para que recuperara el habla y como no reaccionaba ni contestaba a mis preguntas le di dos o tres sopapos, que no lo recordaba del todo, porque yo estaba bastante alterado también.
-¡Ajá.! ¿Y después?... 
No, después reaccionó, pero por un buen rato siguió llorando y diciendo pavadas. Hacía pucheros y hablaba de no sé qué espíritus malos y una sarta de disparates por el estilo.
-Entonces.
-Y. Traté de tranquilizarla, la ayudé a vestirse, -respondí-, la abracé y la acaricié un poco.
-Si, sí. Ya me imagino, mi viejo yacaré, para eso te tengo fe. ¡Atorrante!
-No jodás Bebe. ¡Te estoy hablando en serio!...
-Y yo también, ¡boludo!... Mirá por lo que me contaste vos dejaste a la chica sola en la laguna. ¿Cuánto tiempo?...
-Habrán sido treinta o treinta y cinco minutos, ponele cuarenta como mucho.
-Suficiente.
-¿Suficiente para qué?...
-Para un ataque de pánico. -Respondió-. Mirá Amadeo, los ataques de pánico suceden en instantes y presentan síntomas parecidos, no son frecuentes, pero son comunes. A menos que.
-¿A menos que, qué.?
-Que vos no me contaras toda la verdad y hayas tratado de hacer con ella algo inconfesable.
-¡Vamos, che! Vos me conocés bien.
-Sí, Amadeo, te conozco. Vos sos el abanderado de los boy scouts y yo la Madre Teresa de Calcuta. ¡Andá!... Me dijiste que ella es uruguaya, ¿no?
-Sí, de Montevideo.
-¿Y se puede saber para qué la llevaste hasta el montecito de Corcuera?
-Por que ella quería ir ahí.
-¡Ah!... Ella.¿Sí, eh?...
-¡Cortala Bebe, me estás haciendo calentar! Te hablo como amigo porque estoy preocupado por Ana Karen. Mejor explicame bien cómo es eso del pánico.
-¡No te sulfurés, Amadeo! Ahora no te aguantás ni una cargadita. Mirá el pánico suele ser, en gran parte de los casos, una manifestación fóbica, por ejemplo: claustrofobia, aracnofobia, ágorafobia... en otros, producto de fenómenos colectivos. ¿Te acordás de la puerta 12 de River cuando la gente se enloqueció de golpe y atropelló para salir por ahí y murieron aplastadas un montón de personas? Bueno, eso fue pánico colectivo.¿Por qué te pensás que en la guerra los alemanes le ponían sirenas en las alas a los cazas Stukas y las hacían sonar cuando los largaban en picada? Para generar eso mismo, que la población  toda entrara en pánico. Y yo te aseguro que con las sirenas esos aviones mataron más personas que con las ametralladoras. El pánico es así y cuando hay mucha gente resulta contagioso, por lo general aparece de golpe, vos vas en un ascensor y de pronto el tipo que está al lado tuyo se pone pálido empieza a sudar y súbitamente entra a gritar y a golpear la jaula del ascensor. ¿No te pasó nunca?...
-Decime. ¿Lo de Ana Karen puede ser fóbico?
-Mirá, no me parece. Hay una serie de factores que se conjugaron, vino de viaje, está en otro país, fatigada y con algo de stress, entonces se encuentra sola en medio de un campo en un lugar desconocido, oye los ruidos del monte, que vos conocés mejor que yo, se le agolpan un montón de ideas en la cabeza: como que está ahí indefensa, que a vos te puede haber sucedido algo malo y no volver a buscarla, que no sabe como regresar, entra en un estado de confusión mental que desemboca en shock. Si no ha tenido antes esa clase de episodios y no vuelven a repetirse en fechas cercanas, no es nada serio.
-¿Y si no?
-Y, en ese caso, lo aconsejable es un tratamiento psicológico. Cuando vuelvas preguntale y, de acuerdo a lo que te conteste, traela al consultorio la vemos y le receto algún tranquilizante hasta que regrese a Montevideo, después allá que consulte a un especialista primero.

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La primer cosa que hice al regreso, fue interrogar a Ana Karen para averiguar esos antecedentes como me aconsejó Zaldívar. Ella me aseguró que nunca antes había sentido pánico, miedo si, angustia también, pero pánico jamás, de niña tampoco. Entonces volvió a insistir con eso del "Hualichum" y todas esas estupideces que tenía en la cabeza y ,como es bastante tozuda, empezó que lo de ella no había sido un ataque de pánico y que, el que necesitaba un psicólogo era yo.

Ahí empezamos a discutir otra vez. Yo, medio en broma y medio en serio, apuntándole con el dedo, le dije:
-Me parece señorita que lo que usted anda queriendo es que yo la ponga de nuevo sobre mis rodillas y le caliente la cola con unos buenos chirlos.
-¡Ni se te ocurra Amadeo! -Bramó- ¡Si te atrevés te arranco los ojos!... ¡¡Te juro que esta vez te arranco los ojos!!...

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No pasó nada, desde luego, la sangre no llegó al río. En lugar de fumar la pipa de la paz, compartimos el almuerzo y el café en paz. Después salimos para "Villa Amelia", la quinta de mis abuelos maternos, donde me alojo cuando vengo de Buenos Aires.

Como Ana Karen insistía con que quería ver al menos una foto de "La Puyí", le aseguré que en la Quinta, mi madre había guardado en una caja de lata un montón de viejas fotografías familiares, que allí tenía que haber varias fotos del tío Francisco y de la tía Benita.

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Mi abuelo, Antonio Ferrato compró esas dos hectáreas retiradas de la planta urbana después de la crisis de 1930, como era constructor, refaccionó la vieja casa, impuso a la Quinta el nombre de su mujer y se instaló ahí con ella y sus cuatro hijos, un varón y tres mujeres, la mayor de las cuales era mi madre.
En vida de los abuelos ese lugar era un vergel, como buen italiano, el viejo la llenó de árboles frutales, armó una huerta donde hasta colmenas llegó a tener.

Para los nietos ese lugar era el paraíso terrenal. A nosotros, los varones el abuelo nos reservó una lonja de gramilla, colocó ahí dos arcos de palo para que jugáramos al fútbol sin estropearle las plantas, a las nietas les colgó hamacas en los árboles de sombra y para él armó una cancha de bochas, su juego preferido, donde reunía a los amigos.

Todas estas cosas le iba contando yo a Ana Karen mientras entrábamos en la casa que, aunque espaciosa, resultaba mucho más modesta que la de los Pellegrini. Diferencia más acentuada en la actualidad, por cuanto aquella, transformada en Club de Campo, estaba arreglada y bien mantenida, mientras que a esta otra, -muerto el abuelo-, el correr de los años la fue degradando.
En la Quinta todo envejeció, desde la edificación a los frutales, aunque todavía  se conservan algunos vestigios de los buenos tiempos.
Los detalles que le iba haciendo notar no la desencantaron, al contrario, lo juzgó un sitio romántico, opinión que yo no comparto del todo. En los días que la ocupo, a la casa especialmente, la encuentro bastante incómoda, pero bueno, ella ve las cosas con ojos de mujer, más soñadores que los míos.
Las habitaciones adolecen la falta de muebles cómodos y funcionales porque los herederos fueron llevándose los mejores. A la Quinta vinieron a parar, en cambio, todos los rezagos familiares. Eso mismo iba explicándoselo, al mostrarle, -por ejemplo-, el rincón vacío que antes ocupaba el piano  de mamá y sus hermanas.

Una vez terminado el recorrido interior, me dediqué a buscar la famosa caja de lata con las fotografías para complacer el pedido -tentado estoy de escribir el capricho-, de mi amiga.
Mientras yo abría cajones y puertitas, en pos de la dichosa lata, Ana Karen aprovechó para subir al altillo, pero encontró la puerta cerrada con llave.
¿Por qué será que las puertas con llave excitan la curiosidad de la mayoría de las mujeres? Estoy seguro, más que seguro, que si esa dichosa puerta hubiera estado abierta, ella hubiese escapado de ahí más que volando, huyendo del polvo, de las telas de araña, de los bichos, del tufo de ese depósito de cachivaches. Pero estaba cerrada. Desde arriba me llegó su voz, pidiéndome con inusitada dulzura que por favor le buscara la llave para entrar allí.
En vano traté de desalentarla, explicándole que en esa covacha no encontraría nada que valiera la pena y sí, en cambio, suciedad, calor, malos olores y bichos. Para esto, su tonito de voz iba cambiando. Casi diría que faltaba poco para que hiciera pucheritos, quejándose porque me negaba a abrirle esa puerta.

¿Aprenderemos los hombres alguna vez a entender a las mujeres? Yo estaba aconsejándola con todo criterio y la mejor buena voluntad, convencido que saldría de allí asqueada y sucia de polvo. ¿Qué conseguí?: Ir en busca de la llave. ¿Qué consiguió ella además de la llave? La promesa de que si encontraba alguna antigüedad que le gustara, yo se la regalaría para llevarla de recuerdo al Uruguay. Le dije que sí, así nomás a la ligera, porque yo más o menos tenía un inventario mental de las cosas que ella podía encontrar, sillas rengas, valijas viejas, trastos de toda clase, porque ese lugar ya había sido prolijamente rastrillado y saqueado por mamá y mis tías que no dejaron nada que tuviera algún valor. Como estaba fastidiado porque no encontraba la bendita caja de lata de las fotografías y porque en definitiva mi querida amiga, de una manera o de otra, se las arreglaba para explotar mi buena disposición para terminar saliéndose con la suya; insidiosamente le advertí antes de bajar:
-Mirá nena, si ahí arriba te agarra otro ataque de pánico o aparece ese monstruo amigo tuyo, yo te aseguro que los azotes del otro día te van a parecer caricias al lado de los que vas a recibir hoy. Es bueno que lo vayas sabiendo.

Me respondió con una carcajada burlona.

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Aquella maldita caja de fotos no apareció. El altillo era el último lugar donde podía estar, pero resultaba raro que alguien la hubiera llevado hasta allí, más probable resultaba que mi madre en una de sus visitas anteriores decidiera recobrarla.

Entonces me ocupé en repasar las facturas y cuentas que tenía que pagar antes de volver a Buenos Aires, para dejarle los cheques a Isidro, que es el cuidador de la Quinta. En eso estaba, cuando desde arriba me llegó su grito:
-¡Amadeo vení, subí pronto! ¡Dale vení! ¡Mirá lo que hay acá!...
No era ciertamente un grito desgarrador como el de la laguna, parecía más bien una exclamación de sorpresa.
Subí. Encontré a Ana Karen sofocada y excitada, pero no en estado  angustioso, sino todo lo contrario, eufórica diría. El motivo de tal agitación se debía al descubrimiento de un baúl abandonado en uno de los rincones, oculto a la vista por viejas  bolsas de arpillera vacías, fundas de colchones retapizados, un fardo de lana, una bolsa con estopa y retazos de trapos polvorientos.
-¡Está cerrado! -Exclamó- ¿Ayudame a abrirlo!... Al advertir que vacilaba insistió: ¡Vamos ayudame!...  Acordate que me prometiste.
Bajé las escaleras en busca de una cuchilla y un destornillador. No necesité otras herramientas para saltar los viejos herrajes aunque no me cabían dudas que no obstante su peso, adentro no habría nada que valiera la pena, probablemente, -pensé- diarios, revistas y algunos libros o cuadernos viejos. Íntimamente deseaba que ella se llevara un chasco.

Levanté la tapa, recogí el destornillador y la cuchilla, me incorporé diciendo: -Ahí lo tenés es todo tuyo.

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Transcurrió en buen rato en completo silencio en el que llené y firmé los cheques, dejé la lista de pagos y archivé las boletas en un bibliorato. En eso estaba cuando Ana Karen desde la puerta me preguntaba:
-Decime Amadeo, ¿quién es Mena, la conocés, no?
Tuve que recordar a quién la llamaban así; se trataba de una de las hermanas de mi abuelo, entonces respondí: -A la tía Filomena.
-¿Sí? Bueno, el baúl es de ella. ¿A que no sabés qué encontré?...
-Oro y piedras preciosas. -Le grité. (La tía Mena había muerto en la mayor pobreza cinco años atrás en el geriátrico donde pasó el último lustro de su vida.)
-¡No!... ¡No!... ¡Subí!...

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Como Ana Karen hizo el hallazgo le cedo el espacio siguiente para que lo comunique.

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Está bien: reconozco que Amadeo es un santo, que me tiene una paciencia única y que a veces me pongo tan impertinente que si yo fuera otro me daría una paliza. Pero este hombre paciente y amoroso me hace "casi" todos los gustos. Creo que tendré que fortificar mis métodos de persuasión para que los "casi" se conviertan en "todos".

Pero el hallazgo valía la pena. En aquél baúl encontré sombreros, vestidos, carteritas sin nada dentro, zapatos. todo muy fino y de excelente calidad. Pero lo verdaderamente interesante era un paquete, una caja que por fuera tenía una cubierta de hule color cereza. Por dentro, la caja forrada de terciopelo rojo con una terminación exquisita, y en ella había encontrado un montón de cartas dispuestas en diferentes montones, todos atados con cintas de raso de diversos colores, como que cada color significaba algo diferente o fuera un tipo de clasificación.

En casi todos los montones había cartas principalmente, pero también contenían alguna flor disecada, postales muy antiguas y fotografías color sepia, viejas y manoseadas, pero bien conservadas a pesar de todo.

Mirándolas por arriba, sin profundizar demasiado, vi que todas estaban dirigidas a la Sra. Filomena Ferrato, y "casualmente", todos los remitentes pertenecían a nombres femeninos. Algunas habían sido escritas desde casas particulares, otras desde hoteles, y hasta había alguna con escudos de armas. Entre las cartas también había fotos sacadas en lugares emblemáticos como el Arco del Triunfo de París, o la Plaza de San Marcos de Venecia, o New York, entre otros sitios. La curiosidad había podido más que yo (como siempre) y me atreví a abrir y leer algunas de aquellas cartas.

Sorprendida, vi que algunas dirigidas al "Ama Mena", a "Filomena, mi amor.", o "Tía Mena". Pero el contenido de aquellas cartas era todo un descubrimiento: por lo poco que había podido leer, sin dudas que la tía Mena era lesbiana y practicaba el sado. Las cartas eran las que le habían escrito sus amantes lesbianas. Cuando le comenté a Amadeo las andanzas de su tía, no salía de su asombro.
-Pero eso no es todo. Resulta que la querida tía Mena, además de lesbiana ¡era dominante!
-¡Andaaaa! ¡Vos estás loca!
-¡Por supuesto que no! Mirá, escuchá esto y después me decís:
"Mi adorada Mena:
Sólo hace unas horas que te marchaste y no puedo resistir la tentación de escribirte. Estos días en París y a tu lado me han resultado increíbles. Los días fueron de inmensa felicidad caminando de tu brazo por las avenidas parisinas y sin que nadie nos señale. Las noches, románticas a tu lado, en este hotel y en esta habitación, todos mudos testigos de nuestro prohibido amor. La flor que me regalaste ayer en La Ópera la guardé como un tesoro, porque cada uno de sus pétalos recorrieron tu cuerpo desnudo y se impregnaron de tu aroma. Llevo tus besos en mi boca, tu aliento en mi cuello, tu  piel contra mi piel y. tus manos en mis nalgas! Me encanta que hayas usado las manos para despedirte. Sabes cuánto me gusta que me azotes con ellas. Sentirlas caer planas sobre mis cachetes, el picor de la nalgada, el calor que emanan cuando llevas un rato castigándolas.(etc, etc.)  firma: Ethel"

Y esa no es nada. Escuchá, escuchá esta:
"Querida Ama Mena:
Gracias por permitirme escribirle y permitirme expresar mis sentimientos y pensamientos sobre usted. Sé que no soy digna de dirigirle la palabra, pero es usted tan generosa que me permite hacerlo. Lamento haberme comportado tan mal el otro día cuando decidió castigarme con la fusta de barba de ballena. Lo siento, siento haber llorado tanto, pero es que tenía la colita muy castigada y no soportaba un golpe más." La carta sigue y está firmada por Leandra, pero aquí debajo tiene un escrito con otra letra, y está firmada por Ama Mena.

Mirá esto, mirá lo que dice! No tiene desperdicio:
"Leandra:
Si sigues así te echaré de mi lado como la perra que eres! No querré verte más y tampoco querré saber nada de tí. ¿Entendiste? Dices aquí en tu carta: ".pero es que tenía la colita muy castigada." La única que decide qué tan castigada tienes la cola o cualquier parte de tu cuerpo que es mío, soy yo! ¡Y también soy yo la que decido cuánto soportas! ¿Cuándo entenderás que eres mía y que la única que toma decisiones por tí soy yo?..." 

¡Guau! Bravita la tía Mena, eh?  Decime una cosa Amadeo, me dijiste que vos no la llegaste a conocer, pero contame lo que sepas, poco o mucho, de la tía Mena. Me miró con esa mirada paterna y paciente. No sé si con ganas de abrazarme o de estrangularme, pero. adoro cuando me mira así. Me dan ganas de portarme bien para que no me rezongue, pero también me dan ganas de portarme mal para que, aunque sea, me mire y se ría de mis travesuras. 
"Mirá Ana Karen, yo no sé casi nada de ella, porque era algo así como la oveja negra de la familia, por eso trataban de no mencionarla. Para mí siempre fue un enigma; ella se casó con un marino noruego, sueco o danés. No sé bien el apellido creo que era algo así como Sorboe o Jarboe y vivió muchos años en el extranjero; decían que tenían mucho dinero. De ella se hablaba en voz baja y yo era muy chico para entender ciertas cosas. Volvió aquí hará unos 10 o 12 años ya vieja y arruinada (física y económicamente) El abuelo la mantuvo en una pensión hasta que murió él.

Después la familia se la sacó de encima y la metió en el geriátrico donde ella murió. Decían que ya estaba medio chiflada. Por eso no tenía idea que este baúl estaba acá, lo debe haber tenido con ella y una vez muerta se lo entregaron a mi tío Luis que lo arrumbó en este altillo dejándolo como vos lo encontraste. Por lo visto nadie quería "tocar" nada de ella. Mi sospecha es que realmente fue madama de Prostíbulos. En cuanto a la llave del baúl, la vieja la perdió o quedó olvidada en el geriátrico."
-Pues la tía Mena y sus historias me tienen fascinada. Dejame que te lea un cachito de otras cartas. Tu tía era una diosa, se las sabía de todas, todas!  Mirá esto: "... y esto será lo que te haré la próxima vez que nos veamos. Te lo cuento para que te vayas preparando, porque no tendrás escapatoria esta vez. El error que cometiste la última vez que estuvimos juntas, el desparramo de vino que hiciste en la mesa del restaurante y el atreverte a ir con la ropa interior puesta después de todas mis advertencias. lo pagarás muy caro! Te ataré las muñecas a la cabecera de la cama, y tus tobillos correrán igual suerte. Toda tu intimidad quedará a mi merced, y así, totalmente expuesta recibirás los azotes que te daré con diferentes instrumentos: paleta, cinto, cepillo. y si lo creo necesario, también la vara recorrerá tus nalgas. Y para tu zona más íntima, esa zona que se te pone caliente y jugosa cada vez que te zurro, para ese lugarcito mi pequeña perra, te daré algo especial: ¡el latiguillo de pelo de caballo!..."
Por supuesto que el detalle del castigo sigue, pero ¿sabés qué? Estuve mirando algunas de las muchas cartas y resulta que todas son de sus amantes-sumisas-esclavas. Conté muy por encima y son como quince diferentes. ¡Guau! con la tía Mena. Siempre escuché decir que las personas homosexuales son más celosas y posesivas que las heterosexuales, y estas cartitas lo confirman. Escuchá: "... ya te lo dije Nannete, estoy harta de tus celos estúpidos y sin fundamento. La Duquesa es una vieja amiga de cuando vivía en París y lo nuestro fue hace mucho tiempo. Además, no te voy a dar explicaciones porque no te las merecés.  Sabés que te quiero solo a vos, pero con estas escenas tontas como la que me diste ayer en el hall del hotel, lo único que vas a lograr es que me vaya para no regresar." y continúa con otros temas.

¡Pahhhh!! Esto sí que está bueno! Jajajajajaaaa. ídolas! Estas tipas sí que se divertían y les importaba poco lo que pudieran decir de ellas. Mirá lo que hicieron en Venecia: "... fue delicioso caminar contigo por Venecia. Cómo me hiciste reír cuando aquellos soldados nos gritaron tantas cosas entre silbidos y aplausos! Pero cuando te paraste, me tomaste de la cintura y me besaste la boca... se querían morir! El punto máximo fue cuando me desabrochaste todo el vestido y quedé totalmente desnuda ante ellos. Recuerdo que estaban del otro lado del canal y tú comenzaste a tocarme por todos lados mientras besabas mi boca y mis senos. Yo estaba roja como una grana, pero. el morbo de que todos ellos nos estuvieran mirando me excitó tanto que..."   ¿Que quéeeee? Ay, nooo!! No me digas que no está la otra parte. Bueno, la buscaré en Montevideo.
-¿Cómo que en Montevideo?
-Y sí. Estas cartas se vienen conmigo a Montevideo.
-Ni lo sueñes!! Eso jamás. Eso es propiedad de mi familia y no te lo podés llevar. Es un secreto que estuvo muy bien guardado durante años y no quiero que salga a la luz. Esas cartas serán quemadas para guardar la memoria y el honor de la difunta.
-Ah, por favor Amadeo, no seas tonto! Eso es ridículo. Además, vos me prometiste que me podía llevar lo que quisiera, no? Bueno, quiero esas cartas! Y me las voy a llevar! Me di media vuelta y salí disparada hacia aquel baúl. Y él detrás de mí.
-¡Ana Karen! vení para acá y dame esas cartas. ¡Ya!
-No, no, no y no! Vos no podés faltar a tu promesa. Y no te doy nada y chau!

Y me metí de cabeza dentro del baúl, sacando las últimas pertenencias de la tía Mena: guantes de un encaje finísimo, sombreros con velo, alguna ropa más y... y ¿qué era aquello? Mi mano tropezó con algo largo, fino. Miré al interior y vi algo parecido a eso que yo conocía con el nombre de "ballena", como las que se utilizaban antiguamente, allá por 1910 para los corsés, dado que no existía el material plástico. La tomé y al sacarla del baúl, cuál no sería mi sorpresa al ver que era ¡una fusta! Increíble. Una pequeña fustita de barba de ballena, con un bellísimo mango de marfil con un monograma grabado: "FF".
-¿FF? -pregunté
-Claro: ¡Filomena Ferrato!
Lo miré con toda la picardía de la que fui capaz. Y él comprendió mis intenciones al instante.
-¡No! Ni la fusta ni las cartas. Y poné todas las caritas de niña caprichosa que quieras, hacé pucheros, pateá el piso, no me importa! No vas a conseguir nada esta vez.
-Ay Amadeo, daleeeee. porfi!! ¿Sí?
-Mirá nena, mirá Anita Karencita: no te pongas tonta ni caprichosa porque lo que vas a lograr va a ser que.
-¿Qué? -le dije en tono desafiante y con los brazos en jarra.

Basta. Mejor, retomo la palabra:

Ana Karen, tiene una manera de escribir muy particular, pero a veces exagera un poco y, cuando decide pasar por víctima, carga bastante las tintas, pero, ella es así y yo la quiero como es.

Exagera al mostrarme como un celoso defensor de la "honra familiar". Omite decir, en cambio, que la paliza ya venía flotando en el aire y que, en ese momento, ella encendía el ventilador.

Dije, -es cierto-, que parecíamos profanadores de tumbas, que no teníamos derecho a sacar a luz secretos de personas muertas para divertirnos con sus hechos ni sus dichos. Pero, a la niñita caprichosa, malcriada y respondona que Ana Karen lleva adentro, negarle algo es más o menos como pretender hacerle tomar una cucharada de aceite de ricino. Para ser honesto, debo reconocer que yo deseaba ardientemente darle una buena y sonora paliza, deliberada, prolija, más erótica que contundente, teniendo en cuenta que el episodio de la laguna había sido accidental y por ende improvisado. En suma deseaba disfrutar de todos y cada uno de los detalles de una buena paliza del principio al fin.
Tengo que admitir, de pasada, que no era ese el escenario que  había elegido para darle su merecido, pretendía para ese especial momento un decorado más digno, acorde con el pasado de "Villa Amelia", pensaba en el vetusto sofá Chesterfield, que el abuelo tenía en su escritorio.
En medio de esa superficie de gastado cuero capitoné imaginaba instalar mi humanidad y encima de mí, -bien sujeta y estirada-,  a la querida fierecilla, nunca en la incomodidad de ese polvoriento cuartucho que ni siquiera ofrecía un sitio donde sentarse.
Pero la vida me enseñó a tomar las cosas como se presentan, de manera que allí estábamos enfrentados, baúl de por medio, Ana Karen y yo.
Ella tratando de escaparle a mi persecución para apresarla y doblegarla. Si hacía ademán de ir hacia la izquierda, ella se movía en dirección contraria, en ese tira y afloje propio de tener obstáculos de por medio.
Al cabo, la clásica artimaña de la finta seguida de un rápido giro en sentido contrario, me permitió capturarla entre mis brazos. Aunque se debatiera ya era mía. Volteé con la pierna la tapa del baúl y me senté encima arrastrándola en medio de la nube de polvo que levantó la caída de la misma.
La victoria quedaba asegurada, faltaba despejar el campo y para esto las circunstancias me favorecían, pues sólo llevaba encima  blusita sin mangas, minifalda de jean y sandalias de tacón bajo.
Debo reconocer que ella se portó como buena perdedora. Si en lugar de entregar el rey como todo jugador derrotado cuando el  mate resulta inevitable, se hubiese encabritado y puesto a corcovear sobre mis rodillas me las hubiera visto en figurillas para mantenerla en esa posición. porque las costillas de madera de la tapa estaban martirizando mis asentaderas, lo que posiblemente habría dado como resultado momentáneo prolongar la lucha, porque al final iba a cobrar lo mismo o peor. Una vez asegurada en esa pose comencé por sacudirle el polvo apenas, con unas cuantas palmadas sobre la faldita, esperando que la corriente de sentimientos que en tales circunstancias fluye de uno a otro se exteriorizara en grititos de protesta de su parte y en los chasquidos de la mano abierta, por la mía.
Para prolongar al máximo ese mágico instante de triunfo que el papel dominante me proporcionaba, -aunque la realidad demostrara lo contrario-, demoré un poco más en recogerle la falda. Lo hice con refinada lentitud para regodearme con la exposición del fondillo de su bombacha color crema. La delgada trama de esa prenda se estremecía formando pliegues y arrugas que delataban los temblores de la carne escondida, que allí mismo, debajo de aquel minúsculo retazo de género esperaba los azotes para darle la bienvenida al dolor.
Palmeé con firmeza, acentuando sucesivamente la energía a cada golpe de manera que la piel resplandeciera al calor de los azotes. Sus protestas servían para guiar mi mano, de la misma forma que los balidos del cordero atraen al puma que va a devorarlo.
La vocecita de la niña agazapada en el fondo de Ana Karen brotaba insistente, quejumbrosa, lastimera como la de un animalito herido. Suspendí los chirlos para prolongar el placer de la paliza, mientras mis dedos se ocupaban del elástico de la bombacha.
-¡No!... ¡La bombacha, no! -clamaba con voz infantil- ¡La bombachita nooo!... Intentó el ademán inútil de proteger la prenda con la mano.
Mientras la apartaba de allí, afirmé:
-¡La bombacha sí, qué joder!... -y empecé a tironear la cinturilla elástica.
-¡Me da mucha vergüenzaaaa!.(Esperaba que protestara alegando que no tenía yo derecho alguno, como hace la mayoría en situaciones semejantes)- ¡No, no Amadeo, me da vergüenza de verdad!... -Interpreté el mensaje cifrado: "¡Obligame, vamos! ¿Qué estás esperando?".
-¡Mirá Ana Karen será mejor que te calles la boca porque te vas a arrepentir en serio y te lo digo una sóla vez!  -Exclamé, tratando que mi voz resultara dura y firme, al tiempo que tironeaba con fuerza. Ella respondió acompañando con los movimientos precisos del cuerpo el recorrido de la prenda hasta el confín de las nalgas. Caído el último baluarte de la resistencia femenina, la mano entró de lleno sobre su desguarnecida superficie de satinada belleza. Belleza mancillada, belleza ultrajada, belleza azotada, que por esas mismas circunstancias resplandecía como nunca. Ignorando ayes, quejas, protestas y llantos de mi dulce víctima, me dispuse a ejercer los derechos del vencedor. Suspendí la azotaina, no por magnanimidad, sino con el propósito de hacer un detenido reconocimiento de la ciudadela conquistada; deslicé entonces el índice por el surco que divide ambos hemisferios presionándolo a manera de cuña para separarlos más. Ella los contraía con fuerza tratando de impedir esa excesiva intromisión en la intimidad de su cuerpo.
Después me ocupé de empujar la bombacha más abajo todavía. Hasta los tobillos llegó sin esfuerzos de ninguna clase.
Reemprendí la azotaina. La vocecita infantil había sido reemplazada por la voz adulta de Ana Karen exhalando profundos gemidos cuya verdadera naturaleza no tardé en advertir, no eran de dolor, eran de pasión.
Mi propia excitación estaba alcanzando también los máximos niveles, si no realizaba ímprobos esfuerzos de concentración me arrastraría con ella para acabar eyaculando yo en la ropa, en el instante mismo que ella alcanzara el climax. Lo que en ciertas ocasiones me había ocurrido.
Ana Karen no se contuvo. Sus espasmos me impusieron el final de la zurra, si me empecinaba en continuar lo único que lograría sería irritarla. Dejé de nalguearla, aflojé la presión que ejercía mi brazo izquierdo y cuando ella lo dispuso la ayudé a incorporarse. Permanecimos abrazados unos minutos, hasta que se calmó.
-Las cartas las dejo. -dijo finalmente-. Pero la fusta me la llevo -añadió desafiante- Me la acabo de ganar.
-¡Sí, -respondí- te la vas a llevar puesta encima porque te voy a llenar la cola de fustazos sino metés ya mismo todo lo que sacaste en el baúl!
Para demostrarle que hablaba en serio recogí la fusta y como aún no había remontado la bombacha, le alcé la falda y le apliqué un par de secos azotes.
Ana Karen se estremeció, ensayó una queja que corté con otro fustazo diciéndole: -Va a ser un honor para vos llevarte esta fusta que ha paseado triunfal por tanta colas del Viejo Mundo, pero ahora me ordenás todo ¡Vamos! ¡Rápido!
Y como tenía la cola en una posición muy tentadora le apliqué otros dos fustazos (Ana Karen dirá seguramente que fueron más de veinte, si alguien le cree va de su cuenta).

El espíritu malo

Autores: Amadeo Pellegrini  y  Ana Karen Blanco


La reunión tuvo lugar en la antigua residencia que hasta 1973 perteneciera a mis abuelos, cuyos propietarios actuales la transformaron en hostería primero y años más tarde en un exclusivo club de campo con canchas de polo y links de golf.
 
La casa original, construída por mi bisabuelo en 1903, fue destinada a Club House, pero no obstante las sucesivas ampliaciones, refacciones, remodelaciones y adaptaciones mantenía todavía parte del decorado original y del mobiliario con los retratos de mis antepasados en las paredes.

La conservación de aquellas reliquias familiares así como la añosa arboleda del parque diseñado por un paisajista del siglo pasado, tenía el propósito de acentuar la prosapia histórica del predio para justificar la publicidad que lo promocionaba como:  "Un sitio único en la Provincia donde se conjugan la historia y las tradiciones con las bellezas naturales."

Esa vistosa propaganda acompañada por artísticas fotografías y antiguas crónicas, más o menos auténticas, formaba parte del show destinado a atraer  turistas y curiosos.

En medio de esos campos de mi infancia y juventud, me encontraba yo, esa semana de diciembre, donde la casualidad hizo que, en la barra del bar, amigos comunes me presentaran a una huésped uruguaya.

Ana Karen resultó una mujer atractiva, poseía lo que los franceses denominan: "Charme"  o sea ese encanto especial, propio de su elegancia así como de su natural simpatía. Por mi parte le caí bien de modo que congeniamos casi de inmediato y no tardamos en aislarnos del grupo de amigos para pasar el resto de la velada solos.

Mi reciente amiga, estaba fascinada con el lugar y sus leyendas, de manera que, al enterarse que yo era descendiente directo de los primeros pobladores, comenzó a acosarme con preguntas sobre cosas del pasado y de la historia familiar.

A ella la asombró descubrir que en esa zona habían acampado las tribus araucanas de Namuncurá hasta 1879 en que fueron definitivamente desalojadas por las tropas nacionales  comandadas por el General Julio Argentino Roca y más aun enterarse que todavía quedaban descendientes de aquellos aborígenes en la región
Le expliqué que en realidad las tolderías indígenas estaban a orillas de la laguna cercana a la que ellos llamaban "Nahuel-co" que en lengua araucana significaba: nahuel = tigre y co = agua, o sea Aguada del Tigre.

Ana Karen estaba interesada en saber si todavía había tigres. A riesgo de desilusionarla, le dije que nunca hubo tigres en la llanura bonaerense, sólo pumas o gatos monteses que, a la caída del sol, bajaban a la laguna a beber y a cazar nutrias, venados o vizcachas para alimentarse.

A su insaciable curiosidad respondí que cuando éramos chicos, para evitar que nos escapáramos hasta allí, nos contaban historias truculentas de ahogados, de desaparecidos, de animales salvajes que devoraban criaturas y cosas por el estilo. Pero que ya mayorcitos recorríamos los alrededores en busca de puntas de flechas, boleadoras, mazas y otras reliquias indígenas.

Quería saber también si yo había conocido algunos descendientes de los indios de Namuncurá, le dije entonces que no solamente había conocido a varios, sino que una de mis tías abuelas era india pura o casi pura.

Al principio lo tomó a broma, hasta que le aseguré que Francisco uno de los hermanos de mi abuelo se había casado con "La Puyí", que era india. 
- Al tío abuelo Pancho no lo recuerdo porque murió siendo yo muy chico -le dije-, pero a su mujer que lo sobrevivió unos veinte años, la tengo bien presente, de ella nadie sabía a ciencia cierta la edad, pero al morir calculaban que tenía más de noventa años.

Tuve que contarle la historia desde el comienzo.
 
La Puyí era hija de una india y posiblemente de un cristiano porque tenía rasgos mestizos, nadie supo quien fue su padre y la madre murió cuando la Puyí tendría cinco o seis años, no tenía nombre cristiano le decían puyí que era una deformación de la palabra araucana "Pichí"  que significa pequeño o pequeña.
Al quedar huérfana, el Juez de Paz y el Cura decidieron pedirle a la viuda de Tejedor, una dama muy caritativa, que la tomara a su cargo para no enviarla a un orfanato.

Aquella mujer de buenos sentimientos aceptó criarla. La hizo su ahijada de Bautismo para darle también un apellido. La bautizaron con el nombre de Benita Tejedor, de acuerdo al santoral de ese día, aunque para todo el mundo continuó siendo La Puyí, a secas.

La ahijada no tardó en darle frecuentes dolores de cabeza a su buena Madrina. Puyí era una criatura despierta, dócil y de carácter manso, en apariencia, porque de buenas a primeras tenía arranques intempestivos que provocaban verdaderos desastres domésticos.

En la escuela aprendió rápidamente a leer y escribir con soltura, pero no duró más de un par de años, doña Victoriana Tejedor tuvo que retirarla a pedido de los maestros porque revolucionaba todo el colegio.

Desconcertada por la conducta de su ahijada que pasaba temporadas enteras comportándose como niña modelo hasta que se desmandaba cometiendo mil tropelías, como encerrar gatos vivos en los armarios, hacer muecas, monerías y ruidos groseros mientras rezaban el rosario, esconder o romper cosas, fastidiar a los vecinos, la señora pidió consejo al Cura.

Consternada le confesó que no veía otro camino que usar los  castigos corporales, puesto que, ni reprimendas ni penitencias le hacían mella alguna.
El religioso estuvo completamente de acuerdo, manifestando que corregir cristianamente con azotes a quien lo mereciera era también una obra de caridad, Jesús mismo dio el ejemplo al tomar un látigo para echar a los mercaderes del templo.

En apoyo de sus consejos, el sacerdote le entregó a la afligida viuda un escapulario de la Virgen, bordado por las monjas y un latiguito trenzado por su Sacristán, que en los ratos libres hacía artesanías de cuero. El escapulario para colocárselo a Benita sobre el pecho y el rebenquito para aplicárselo repetidamente en las nalgas cuando resultara necesario.
 Doña Victoriana habló con su ahijada, le prendió el escapulario y le mostró el rebenquito advirtiéndole que la azotaría si se portaba mal. La Puyí la dejó hacer y asintió con la cabeza cuando escuchó las advertencias, pero no pronunció ni una sola palabra.

Por un tiempo la señora de Tejedor creyó que las oraciones del Cura y los dos objetos que le entregara habían obrado un milagro porque Benita se portaba a las mil maravillas. Hasta que llegó el desengaño y la afligida mujer no tuvo más remedio que echar mano al látigo.
 Cuando la madrina le anunció que iba a pegarle, la Puyí sin protestar agachó la cabeza, con extraña resignación se quitó la ropa para presentarle las nalgas desnudas. Durante la azotaina, aunque brincó, pataleó y lloró de dolor, aguantó del primero al último azote sin pedir clemencia.

A medida que desgranaba mi relato observé en los ojos de mi flamante amiga un brillo de interés, que en mi caso particular no podía pasar desapercibido, como tampoco la sonrisa con un dejo de escepticismo que dejó traslucir un par de veces.

Su curiosidad pudo más, aprovechó la pausa que hice al apurar el vaso de whisky para preguntarme -sin sorna pero con cierta reticencia-, cómo conocía tantos pormenores de la vida de la Puyí.

- Ana Karen, -le dije- tenés todo el derecho del mundo a dudar de la veracidad de mi relato, pero te aseguro que en líneas generales se ajusta a todo lo que oí de chico en casa de mis abuelos y de mis padres como también de labios de la propia Puyí, que no te olvides era una de mis tías abuelas. De paso te diré que la tía Benita como la llamábamos familiarmente trabajaba muy bien en el telar y a mi en particular me quería mucho así que me tejió un ponchito con una guarda pampa que todavía conservo de recuerdo. Ya en los últimos tiempos cuando estaba casi ciega, yo era uno de los pocos parientes que no dejaba de visitarla cada vez que venía aquí y a ella le gustaba evocar conmigo cosas del pasado. Pero todavía falta lo mejor.

Ella me aseguró que no dudaba de la autenticidad de la historia, aunque yo no le creí del todo. Me pidió que prosiguiera y lo hice.
La viuda de Tejedor era una mujer compasiva, de muy buenos sentimientos, así que sufría cada vez que tenía que azotar a su ahijada. Trataba por todos los medios de convencerla con buenas palabras pero no había caso, a la corta o a larga, tenía que acudir al latiguito.

- ¿Pero no te das cuenta Benita, -le decía la buena mujer-, que no me gusta pegarte? ¿Por qué no te portás bien así no tengo que castigarte o acaso te gustan las palizas?

La Puyí le contestaba que se portaba mal porque "Hualichum"  se lo pedía.

Le expliqué a Ana Karen que "Gualicho o Hualicho" en lengua araucana es el demonio, en realidad no precisamente el demonio sino un espíritu malo que invocaban  "las Peñís"-esto es las brujas de las tribus-, para hacer sus maleficios, porque "engualichar", todavía hoy, significa embrujar a alguna persona para dañarla.

Bueno pues, Puyí juraba y perjuraba que "Hualichum"  era el responsable de su mala conducta, que él la obligaba a portarse mal. La viuda no entendía nada.
- Pero Benita, -argumentaba la mujer-, si te portás mal yo tengo que pegarte, ¿por qué entonces le hacés caso a ese espíritu malo?

La respuesta de la ahijada la dejaba más confundida todavía:
- Porque a "Hualichum" le gusta que me peguen, él ve cuando me pegan y se pone contento, más me pegan más contento está. Entonces después se va muy contento y me deja tranquila.

- ¿Pero vos lo has visto alguna vez?

Puyí negaba enfáticamente. -No. No lo veo, pero lo siento Madrina, él viene de noche cuando duermo y se mete en mi cabeza para decirme lo que tengo que hacer.
- Y vos, tonta, le hacés caso.

- Tengo que hacerlo, Madrina.

- Pero Benita, yo te quiero mucho y entendeme no quisiera tener que volver a pegarte nunca más.

- Yo también la quiero mucho Madrina, pero usted tiene que pegarme, eso lo sé. Y él también lo sabe.

Mi amiga estaba sorprendida, ya no podía disimular el interés por conocer cuánto más sabía yo de esa singular criatura.
 
Por lo que sé, Ana Karen, "Hualichum" , Gualicho, Walichú. Espíritu Malo o como quieras llamarlo siguió poseyéndola hasta después de su matrimonio con el tío Pancho.

Al llegar a la pubertad la conducta de Puyí empeoró, se escapaba de la casa de doña Victoriana y vagaba sin rumbo a veces un par de días, después regresaba tan sigilosamente como se había marchado sabiendo que allí la esperaba una severa azotaina que recibía con la acostumbrada resignación.

- Pero no te confundas Ana Karen, me encuentro obligado a hacerte una salvedad, la Puyí no era sumisa ni viciosa, era corajuda como pocas. En una oportunidad puso en fuga a cuatro esquiladores que quisieron abusar de ella y lo hizo sola armada con una tijera de tusar en una mano y un palo en la otra.
Es posible que el tío Francisco la conociera de antes, pero el encuentro decisivo aconteció en "Nahuel-co" .Tío Pancho era aficionado a la caza salía en las noche propicias, o sea las de luna llena cuando esa claridad tenue alumbra la llanura; armado entonces con su "Winchester", marchaba a apostarse en la laguna a esperar que los venados bajaran a la aguada.

La noche en cuestión mientras aguaitaba desde su escondite observó una silueta que se aproximaba a la orilla. Al principio la tomó por un animal, pero no tardó en descubrir que tenía forma humana. La Puyí, -pues de ella se trataba-, se acercó al borde de la laguna, allí se despojó de toda la ropa y se metió en el agua.

El frustrado cazador, molesto por esa presencia humana que alejaría a sus presas se fue acercando silenciosamente con el propósito de dar un buen susto al intruso.
 
Los cabellos sueltos de la muchacha le revelaron la identidad de la bañista, entonces él a su vez se quitó la ropa para entrar en el agua.

Después de un breve forcejeo o quizás apenas un simulacro de lucha cuerpo a cuerpo, sucedió lo inevitable. El sol los sorprendió desnudos y abrazados en medio del pajonal, sobre la manta que tío Pancho llevaba para apostarse.
Para sorpresa de la población y alivio de la viuda Tejedor, a pesar que el novio estaba debidamente advertido de las misteriosas intervenciones de "Hualichum"  se casaron como Dios manda.

Mi amiga, quiso saber si Benita, "La Puyí",  fue o no, una buena esposa. La pregunta apuntaba a determinar si a pesar de la influencia del "Espíritu Malo" que la dominaba le era fiel al marido y cómo reaccionaba éste ante las ausencias de su mujer.

- Tengo que confesarte, Ana Karen -dije con absoluta convicción-, que no puedo responderte con certeza. Sé que no tuvieron hijos y el matrimonio duró hasta la muerte del tío Pancho, eso no prueba nada también lo sé, aunque podría resultar un indicio. Lo que estoy seguro es que cada tanto, en especial al regreso de sus escapadas era recibida con una buena paliza.

 La hora avanzaba, el grupo del bar se fue deshaciendo. Me despedí de Ana Karen, no sin antes prometerle que a las 8 de la mañana pasaría a buscarla para llevarla a conocer la laguna como habíamos quedado.


A la hora convenida pasé por el hotel. Ana Karen me estaba esperando. A la luz del día la encontré tan espléndida como la víspera, enfundada en un par de vaqueros ceñidos luciendo una blusa de colores vivos y calzada con zapatillas deportivas como le había aconsejado. Nada de sandalias para andar por el campo.

Estacioné el auto y desde adentro abrí la puerta, ella se volvió para recoger el bolso y la cámara fotográfica que estaban en el piso; al agacharse me brindó una fugaz visión de sus bellas formas perfectamente modeladas bajo la tela de jean que las cubría y realzaba.

Se instaló a mi lado y partimos. Una emanación del delicado perfume, -el mismo que percibiera la noche anterior-, llenó el habitáculo.

A la laguna podíamos haber llegado caminando desde el hotel, pero eso representaba atravesar la cancha de polo y el campo de golf, para cubrir un recorrido de más de cuatro kilómetros hasta llegar a la orilla menos vistosa; en cambio, en automóvil siguiendo un camino vecinal de tierra llegaríamos al extremo opuesto desde donde podía disfrutarse un panorama inmejorable.

Al existir en ese sitio montecitos de caldén y tratarse de un espacio menos accesible resultaba el más tranquilo y propicio para acampar como teníamos previsto, para lo cual llevábamos con nosotros el equipo de mate.

Como la semana anterior habían caído copiosas lluvias, el camino de tierra presentaba un estado deplorable, cubierto de charcos, que en algunos lugares abarcaban de un alambrado a otro, obligándonos a avanzar con lentitud.
De todas maneras esa circunstancia no nos pesaba en absoluto, disponíamos de toda esa mañana que prometía regalarnos un sol radiante e íbamos conversando animadamente.

Un poco por vanidad, para hacer gala de mis conocimientos de lugareño, -lo reconozco- y otro poco para ilustrar a mi  compañera de viaje le iba dando los nombres de los campos a cuya vera pasábamos, señalándole algunas particularidades, mostrándole detalles propios de la zona, de su flora; datos que ella matizaba con algún comentario de circunstancias.

Pero, en definitiva, el tema de la conversación terminó recayendo en "La Puyí" personaje que había capturado por completo la atención de Ana Karen.
El intríngulis de mi amiga estribaba entre otros puntos en la participación del Cura. Sostenía ella, -no sin razón seguramente-, que el sacerdote, que ejercía notable influencia sobre la viuda de Tejedor, la presionaba para que cumpliera su deber de cristiana y no dejara de azotar a su ahijada.
 
Pensaba ella, que un trato más humano, menos riguroso. más persuasivo, empleando un poco de psicología hubiera dado mejores resultados que el latiguito que puso en manos de la mujer.

- Ana Karen, -respondí- te hablé poco del Cura porque no me consta su actitud instigadora, además tenés que tener en cuenta la época, eso tiene que haber sucedido alrededor de 1909 en adelante, la Puyí murió, si mal no recuerdo en 1984, en aquellos tiempos y en estos lugares hablar de psicología era un despropósito...

Mis argumentos resultaban endebles, -es verdad-, pero mi amiga uruguaya se mantenía tan firme en sus trece que, por un momento, me cruzó la sospecha que trataba de irritarme. No alcanzaba a descubrir el motivo, pero estaba empeñada en rebatir y aun atacar mis puntos de vista que en determinada oportunidad descalificó por "machistas".

Recordé de pronto que en sus últimos tiempos la Puyí hablaba que el dios de los cristianos había terminado aquí con los dioses araucanos pero que estos no habían muerto que estaban en las montañas. Quizás los años la hacían desvariar, eso pensé entonces, aunque tal vez nunca llegó a ser cristiana del todo o nunca terminó de ser pagana, ese era otro de los misterios que la Puyí se llevó a la tumba.

Se lo comenté a Ana Karen, diciéndole que posiblemente la tozudez de la Puyí en persistir con sus dioses araucanos fuera lo que la indisponía con el Cura por eso éste trataba de hacerle entrar la religión católica a palos.

- ¡Bonita manera de imponer la religión! -Exclamó ella.

La discusión terminó en ese punto porque llegamos al esquinero norte. Allí estacioné el auto fuera de la huella, debajo de un algarrobo y nos apeamos.
La laguna estaba a unos doscientos metros del esquinero. Salté primero el alambrado y ayudé a Ana Karen a trepar, luego la tomé por la cintura para ayudarla a bajar, después marchamos en dirección a la orilla.

La vista del espejo de agua era magnífica, fuimos bordeándolo rumbo a una lomita arbolada de caldenes que elegimos para sentarnos a matear  a la sombra. Llegar hasta allí nos obligó a caminar unos quinientos metros más.

Mi amiga estaba excitadísima, quería tocar el agua, quería mojarse los pies, quería llevarse algún recuerdo, quería buscar puntas de flechas o alguna otra reliquia indígena, quería tomar fotos, quería. quería. quería. La ansiedad la dominaba, ya no deseaba sentarse a descansar, ya no le apetecía tomar mate. De repente quería internarse en el monte siguiendo el caminito de la hacienda, pero en sentido inverso o sea desde la aguada hacia en interior del campo.
 
En suma, estoy seguro que ni ella misma sabía qué quería en realidad. Parecía poseída por una fuerza extraña que la impulsaba hacia adelante. De modo que pasamos de largo el montecito y seguimos caminando otro largo trecho.

De pronto descubrió que tenía deseos de fumar. Me pidió un cigarrillo. Como de mañana nunca fumo, recién entonces caí en la cuenta que el paquete de cigarrillos y el encendedor los tenía en la campera que había quedado en el coche.

Cuando se lo dije hizo una mueca de disgusto y con un tonito de chica caprichosa me dijo que tenía ganas de fumar y no insinuó, directamente me pidió que fuera hasta el auto a traerlos.

Me reservo lo que pensé en ese instante, porque después de todo yo la había invitado, la había traído, y -caprichosa o no-, no dejaba de ser una dama de manera que me dispuse a volver sobre mis pasos en busca de los cigarrillos. No sin antes recomendarle:

- Ana Karen, por favor no te muevas de aquí y no hagas nada, especialmente no metas los pies en el agua, en este lugar que viene la hacienda a beber, meterse puede ser peligroso, está lleno de pozos que se hacen en tiempos de seca cuando la laguna se achica, después las lluvias la hacen crecer y el agua los tapa. Esperame ahí a la sombra.

El auto había quedado a casi dos mil metros de donde estábamos de manera que la ida y  el regreso me insumieron más de media hora de caminata. Cuando volví al lugar donde mi amiga debía esperarme. ¡No estaba allí!.

Encontré solamente el bolso, el equipo de mate y la cámara fotográfica, Ana Karen había desaparecido. La llamé a los gritos. La busqué como loco por los alrededores.

Hasta aquí llega mi relato, lo que sucedió después es mejor que lo cuente la propia Ana Karen a quien le cedo la palabra.

AP

Amadeo, tan caballeroso él, se fue en busca de los cigarros. En realidad no tenía muchas ganas de fumar, pero. era la perfecta excusa para que se fuera y me dejara sola para hacer lo que se me viniera en gana. Sentía un extraño impulso de portarme mal, de hacer cosas "prohibidas", de romper las reglas. Como que algo dentro de mí me incitaba a la travesura.

¡Linda historia la de "La Puyí"! Y qué belleza de lago era aquel. Allí se habían encontrado por primera vez ella y el que luego fuera su esposo. Allí se habían encontrado y allí se habían amado. "Amadeo me dijo que no me metiera pero. sólo los pies, un poquito, para saber lo rica que debe de estar el agua. No, mejor no. No sé nadar y no hay nadie. Mejor tomar unas fotos de este lugar y luego buscaré a ver si encuentro alguna reliquia o algún recuerdo para llevarme".

Saqué la cámara digital y tomé varias fotos. Las miré. nada que ver con la realidad! La foto no reflejaba para nada el extraño encanto que tenía ese lugar. Me puse la cámara al cuello y me interné unos pasos por el caminito de la hacienda, mirando hacia los costados a ver si veía algo interesante por allí.  Di unos pasos más y vi algo que pareció brillar, pero. no, no era nada. Quizás un poco más hacia delante... En ese momento me percaté que el camino  había desaparecido y yo estaba perdida, no sabía para dónde ir.

Sentí la voz de Amadeo llamarme, pero no podía contestarle, no me salía la voz! Hasta que con gran esfuerzo lancé un grito que me asustó hasta mí misma. ¿Qué me había pasado.?

Vino corriendo y al verme quedó como petrificado. sus ojos abiertos y enormes no dejaban de contemplarme. Me incorporé lentamente y me di cuenta que. ¡estaba totalmente desnuda y empapada! El pelo chorreaba agua y mi piel estaba mojada, como que recién hubiese salido del agua.

¡Amadeo no cabía en sí de la furia! Su rostro se tornó rojo y estaba desencajado.

Me espetó:

- ¡Esto ya es demasiado! Te dije que no entraras al agua, pero no me hiciste caso. Sos una niña malcriada y desobediente. Me hiciste pegar el susto de mi vida, y todavía con ese grito! Vení para acá, yo te voy a enseñar a obedecer aunque sólo sea mientras estés conmigo.

Yo no entendía nada, no recordaba los últimos momentos, solo. esa voz! Pero algo más fuerte que yo me obligaba a obedecer a Amadeo, que de un jalón nada suave me puso de pie y sin saber cómo me encontré boca abajo sobre sus rodillas. El primer azote me tomó desprevenida y. dolió! Me ardió y me dio un extraño picor. Es que estaba mojada, y con la piel mojada los azotes duelen mucho más.
 
Su mano cayó implacable sobre mis nalgas que se ponían cada vez más y más rojas, y el picor se hacía cada vez más insoportable. Mientras me azotaba, Amadeo me decía lo mal que me había comportado, que eso no estaba bien en una mujer de mi edad, que parecía una chiquilina y yo qué sé cuántas cosas más. Yo sólo podía oír la risa burlona que resonaba dentro de mi cabeza. Era la risa de. ¡"Hualichum"!
Podía oírla claramente. Se reía porque había conseguido que Amadeo me diera una azotaína. Quise hablar pero. no pude, no me lo permitió. Solo me había dejado dar aquel grito para que Amadeo me encontrara.

Y Amadeo sí que estaba enojado. Mis nalgas quedaron al rojo vivo; el dolor era impresionante. Me levantó de sus rodillas y me puso de pie. Intenté nuevamente hablar, pero no pude.

- ¿Querés hablar? -me dijo Amadeo- Dale, ¡hablá! Explicate porqué hiciste esto! Más vale que lo hagas ahora o.

Estaba fuera de sí. Entonces recordé a "La Puyí" y bajé la mirada.
 
Me sentía sumamente avergonzada de verme así, desnuda y humillada delante de ese hombre que me había dado hospitalidad y estaría pensando lo mal que yo le estaba pagando.

- Bueno, estoy esperando. ¿vas a hablar o qué? ¿Porqué hiciste esto? ¿Qué te llevó a cometer semejante disparate que pudo hasta haberte costado la vida?

Levanté la mirada y clavé mis ojos en los suyos, para que me creyera lo que le iba a decir:

- ¡Fue el  "Hualichum" que me obligó!

Quedó descolocado. No supo qué contestar, pero. casi enseguida se le escapó una sonrisa seguida de una sonora carcajada que hizo eco en aquella laguna y sus alrededores.

-Jajajajajajaaaaa. ¡Esto es increíble! Le cuento una historia, ella hace una travesura y luego ¡le echa la culpa al "Hualichum"! Jajajajajaaaaa. Por lo menos podrías haber sido un poco más original para mentir. Ahora, decime la verdad.

- Esa es la verdad -le contesté muy enojada.

- Mirá Ana Karen, mi paciencia tiene un límite. Decime la verdad o. o. -miró hacia los costados- o te ataré de ese árbol y te daré con el cinto hasta que confieses! No me tomes el pelo, no me quieras agarrar de gil. Te puedo perdonar la travesura, pero no que me tomes por tonto.

- Es que. es que. ¡esa es la verdad! -le dije con mi mejor cara de inocente, mientras la risa en mi cabeza estallaba cada vez más fuerte.

No dijo más nada. Me tomó de la mano y con su propio cinto me ató a un árbol.

Estaba tan enojado que no valía la pena hablarle ni tratar de explicarle nada. Buscó mi ropa y quitó el cinto de mis jeans, que era bastante grueso. El pelo estaba aún muy mojado y el agua corría por mi espalda, mojando las nalgas continuamente.  Sentí su furia descargarse en cada uno de los varios azotes que me dio. Realmente dolieron mucho y dejaron unas marcas muy rojas cruzando mi colita.

Al percatarse de las huellas de los azotes y de mi reacción (las lágrimas corrían por mi rostro y dejaban huellas), reaccionó. Tiró el cinto al suelo, me desató y me abrazó tiernamente. Se quitó su camisa y me cubrió con ella. Yo lloraba desconsoladamente. La risa en mi cabeza había cesado.

A la hora de la cena me senté como pude en aquella hermosa y antigua silla del bellísimo comedor de la casa. Mi pobre colita aún sentía el ardor y picor de los azotes. 

Allí, mas calmados los dos, traté de explicarle a Amadeo qué había pasado, porque aún no se podía convencer: el espíritu malo que durante muchos años había perseguido y martirizado a "La Puyí", el "Hualichum" se había apoderado de mí aquella mañana y había logrado que, nuevamente, una mujer fuera azotada sólo para su goce y deleite.

AKB

Después del carnaval

Por: Amada Correa

“…Pero el encanto de aquellas horas
al morir Momo, se disipó y con mi dolor
a solas, lloré la muerte de una ilusión…” 

“Después del Carnaval” (TANGO)
Música y letra Amuchástegui – Keen


Ese año la cosecha, había resultado excepcional, la gente disponía de dinero y muchas ganas de divertirse, por eso los carnavales prometían resultar inolvidables.

Como siempre la avenida principal de la localidad, luciría adornada para el Corso (N. del Editor: desfile de carnaval, Rúa), después el baile de disfraz con dos orquestas, se llevaría a cabo  al aire libre en las instalaciones del Sporting Club.

Para el Comisario Benítez, funcionario de gruesos bigotes y espesas cejas negras, policía “de los de antes”, cuyo apego al orden delataba la reciedumbre de su carácter, los festejos del carnaval resultaban oportunidades de desbordes y desmanes.

El Comisario con el propósito de advertir a la población, mandó fijar, una semana antes, en lugares bien visibles el “Edicto de Carnaval”, estableciendo las prohibiciones, las contravenciones, la obligatoriedad de los permisos de disfraz y, -lo más serio-, las penalidades para los infractores, que iban desde multa de cinco pesos para arriba hasta treinta días de arresto. El último apartado estaba impreso en caracteres destacados.


Santiaguito Riello y Ricardito Covacci eran amigos inseparables o sea, eran lo que vulgarmente llaman: “carne y uña”. Ninguno de los dos recordaba quién de ellos había tenido la loca idea de disfrazarse de mujer para esos carnavales. Lo que seguramente nunca olvidarían serían las consecuencias que les deparó aquel desdichado episodio juvenil…

Fanny y Nilda Covacci, hermanas mayores de Ricardito, acogieron entusiasmadas el proyecto de los dos muchachitos. Fueron ellas las que idearon  vestirlos de gitanas y las que, en el más absoluto secreto, se ocuparon de preparar los disfraces; para lo cual, a escondidas, deshicieron y tiñeron viejas cortinas, reformaron blusas pasadas de moda, remendaron y rellenaron con lana dos gastados corpiños, confeccionaron, con lienzo de color, un par de grandes pañuelos, exhumaron, de un baúl, postizos y trenzas de utilería de la época que ambas formaban parte del grupo de teatro vocacional de la Comisión de Fomento Cultural y Agrario.

La víspera del carnaval, los dos amigos se presentaron en la comisaría para sacar el correspondiente permiso de disfraz.

El policía que los atendió, después de anotar en una planilla sus nombres, direcciones y el tipo de disfraz elegido, -allí declararon que se disfrazarían de linyeras (N. del Editor: sintecho, homeless, clochard) -, les entregó la cartulina numerada que ambos debían llevar colocada en la ropa de manera visible.
  

El primer día de carnaval, desde temprano, en medio de bromas y risas, los cuatro conjurados, pusieron manos a la obra. Con las faldas en su lugar, ceñidos los corpiños debajo de las blusas; agujas e hilo en mano, las hábiles mujeres, dieron los últimos toques a las vestimentas  para pasar a componer los respectivos tocados, después fue el turno del maquillaje: rimel y sombra en los párpados, pintura en los labios, abundante carmín en las mejillas, falsos lunares alrededor de la boca, esmalte rojo en uñas de manos y pies…

Por último, collares, pulseras y aros de fantasía completaron el prodigio, el espejo mostró entonces la inequívoca figura de dos auténticas gitanitas retorciéndose de risa y a las hermanas Covacci por detrás celebrándolos.

Fue Nilda, la menor de las hermanas, quien advirtió que faltaba un detalle importante. Regresó de su habitación con dos delicadas bombachas (N. del Editor: bragas, pantaletas) de satén para reemplazar los masculinos calzoncillos.

Como todas las cosas tienen sus límites, al principio, por timidez o por vergüenza, los muchachos las rechazaron. Al cabo, a regañadientes, ante la insistencia y los burlones comentarios de las mujeres, sin mirarse entre sí, se las colocaron para terminar un rato después por recogerse las faldas delante del espejo, muertos de risa.

El Corso estaba programado para las 21 horas, pero desde un par de horas antes el público empezó a congregarse en los sitios más estratégicos para no perder ningún detalle del desfile de carrozas y de las comparsas, mientras tanto dos policías montados recorrían, de un extremo al otro, el trayecto engalanado de la avenida para impedir que la gente se estacionara en la calzada o jugara con agua.

Solos en casa de los Covacci, ambos amigos esperaban ansiosos que oscureciera por completo y comenzara el bullicio de las comparsas para sumarse a la fiesta. Llegado ese momento,  encerraron al perro para evitar ser seguidos y reconocidos por los vecinos,  se colocaron los antifaces color rosa, saltaron la tapia por los fondos hacia la casa lindera, desde allí, agazapados, cruzaron rápidamente un ancho baldío (N. del Editor: solar, terreno) hasta ganar la calle y pegados a las paredes llegaron a la esquina del palco de los organizadores y el jurado.

El Sporting Club  había instituido tentadores premios por un total de 500 Pesos distribuidos así: 250 Pesos a la mejor carroza, 150 Pesos a la mejor comparsa y dos primeros premios de 50 Pesos al mejor disfraz masculino y otro tanto al femenino.

En medio del bullicio de silbatos, matracas y tamboriles de lata entraron, balanceando las caderas al compás, como les habían recomendado las chicas, en la avenida San Martín.

Se ubicaron  detrás de la comparsa “Los Desalmados” formada por unos ocho jovencitos envueltos en sábanas con la cara cubierta por una máscara de tela blanca simulando calaveras, donde se mezclaron con otro grupito de disfrazados que venían acompañando la murga, “Las Flores del Chiquero”(N. del Editor: pocilga, cuadra para cerdos).

De entrada, las dos “gitanitas” llamaron la atención de los espectadores, al llegar frente a la confitería “La Ideal” donde estaban reunidos la mayor parte de los vagos de la localidad, la presencia de los dos amigos fue saludada con una silbatina y un coro de piropos. Desde uno de los balcones cayó sobre ellos el homenaje de una lluvia de serpentinas y papel picado.

Por un momento ambos se sintieron los ídolos de la noche, la muchachada esperaba verlos pasar nuevamente para abalanzarse sobre ellos, con intenciones de robarles besos o destinarles alguna caricia audaz matizada con propuestas obscenas.

El baile estaba en lo mejor con la pista saturada de bailarines y disfrazados estorbándolos. Allí se repitió con más virulencia el asedio que habían experimentado en el Corso. Para librarse de los cargosos no tuvieron más remedio que acercarse a los grupos de mujeres estacionadas frente a los baños, pomposamente llamados “Tocadores”.
 
Fue entonces donde no tuvieron mejor idea que entrar a la antesala de los retretes para las damas y para rematarla, por gracia Ricardito hizo estallar un petardo al grito de ¡Me matan!... ¡Me matan!...

El pandemónium que se produjo en el atestado recinto fue extraordinario; en cuestión de minutos dos agentes de policía flanquearon la salida cerrando el paso a los curiosos que se arremolinaron en torno a la puerta. Acusados por dos gruesas damas que salieron de los retretes en el momento preciso del estallido y que atestiguaron en su contra ambos fueron prendidos en el acto y trasladados a la Comisaría.

Una vez identificados fueron alojados en un oscuro calabozo. Allí adentro, los dos consternados amigos quedaron aguardando su suerte. Es decir esperando la llegada del Comisario Benítez, y de sólo pensarlo se les ponía carne de gallina…

Entre tanto desde exterior llegaban a la celda los apagados compases de una milonga, matizadas de a ratos con las suaves melodías de algún valsecito y las alegres notas de los pasodobles entreverados más tarde con las melancólicas cadencias de la selección de tangos.
 
Afuera la gente seguía divirtiéndose, en cambio para ellos y para “Jarrita” perdidamente borracho que compartía aquel sórdido alojamiento, la fiesta había terminado…

El Comisario llegó a su oficina cuando la orquesta típica anunciaba el sorteo de la Mesa Servida y a continuación la última selección de la noche…
Soria, el escribiente, que por una cruel burla del azar cortejaba a la menor de las Covacci, fue el encargado de dar el parte de novedades a su Jefe.
-Bien Soria, -aprobó el funcionario-. Ahora prepare el mate y después tráigame a esos dos mariquitas…

Desencajados y temblorosos aparecieron Santiaguito y Ricardo a quienes el acompañante ordenó quedarse de pie debajo de las tulipas que iluminaban la sala, de cara al Comisario, que ni siquiera se molestó en levantar la vista para observar a los recién llegados, simuló continuar ocupado con los papeles que tenía dispersos sobre la mesa sorbiendo con fruición los mates que le alcanzaba el  escribiente.

En absoluto silencio, la escena se prolongó por un buen espacio de tiempo. Soria, conocedor de los métodos policiales en general y los de su superior en particular, pensó: “Vaya a saber cuánto tiempo más los va tener haciendo amansadora…”

Hacerles la amansadora a los presos consistía en mantenerlos esperando en silencio, para ablandarlos. Tratamiento que, en ocasiones se prolongaba durante varias horas, lo que en la jerga policial llamaban: “juntando pis”, hasta que la víctima no pudiera resistir las ganas de orinar. A veces, algunos presos llegaban a mojarse encima, situación humillante que los colocaba ante los policías en situación de completa inferioridad.

Por fin el Comisario Benítez se puso de pie y , siempre en total silencio, comenzó a recorrer la habitación a grandes pasos sin dejar de observar de arriba abajo a los dos muchachos. Cada tanto se detenía detrás de ellos, que impedidos de volverse para mirar qué hacía se sofocaban de angustia.
 
Soria acatando una seña imperceptible de su jefe se colocó en un ángulo de la estancia fuera también de la vista de los detenidos. Desde esa misma posición el Comisario dirigiéndose a su subordinado en voz bien alta, dijo:

-¿Ve Soria? Así empiezan estos mariquitas…  Jugando, jugando se visten de nenas… Y le toman el gusto…¿Sabe?... Después, de más grandecitos se dejan el pelo largo, usan zapatos con tacones y se ponen pantalones ajustados que les marquen bien el culo… ¡Eso es lo que más les gusta! ¡Mostrar el culo!… ¿Sabe cómo se acaba la cosa, Soria? Terminan convertidos en maricones del todo;  viciosos que ya no tienen más remedio.

El escribiente, conocía su papel, por eso no respondió una sola palabra. Hubo un largo intervalo de silencio, luego del cual el funcionario retomó el monólogo:
-A estos hay que agarrarlos de chicos, Soria, cuando recién empiezan a mostrar la hilacha, entonces se les da un buen “tratamiento” y se curan… ¡Claro que se curan, se lo aseguro yo!…

En silencio nuevamente reemprendió el paseo alrededor de la sala. Hasta que por fin se detuvo delante de la ventana que daba a la calle:

-Ya está clareando… -dijo volviéndose hacia su subordinado, a quien después ordenó señalando a Santiago:

-A éste me lo mete de nuevo en el calabozo…- y añadió: A éste otro después me  lo lleva a las caballerizas… ¿Entendido?

-¡Entendido señor! –Exclamó Soria juntando los tacos (N. del Editor: dando un taconazo), tomó por el brazo a Riello obligándolo a caminar a su lado.

Cuando regresó por Ricardo, el Comisario se había marchado. El muchacho aprovechó para preguntarle al novio de su hermana a dónde lo llevaban y qué le iban a hacer allí. Soria le respondió:

-¡Callate, pibe! No preguntés nada y hacé todo lo que el jefe te ordene si querés volver enseguida a tu casa…

-Pero…¿Por qué me llevan a las caballerizas? Insistió tartamudeando.

Soria recordó con deseo a Nilda Covacci, el pibe se parecía bastante a la hermana y sintió un poco de pena por él.

-Ahí vas a conocer el monturero y ahora te callás porque ya llegamos…

Habían cruzado el desolado patio para entrar en el cobertizo de los caballos, en uno de cuyos extremos estaba el depósito de monturas y arneses, cuartito conocido como: monturero, sitio que, por hallarse aislado, alejado de miradas indiscretas se usaba también para los “aprietes” que en el argot carcelario significaban: los apremios ilegales (vejámenes muy próximos a las torturas).

El monturero no tenía ventanas, únicamente la puerta de madera, la iluminación allí provenía de una sencilla lámpara eléctrica colgada del techo, una de las paredes tenía amurados soportes de hierro para  las sillas de montar, en la del otro extremo había gran cantidad de ganchos fijados a distintas alturas del que pendían, riendas, arneses, atalajes y otros elementos ecuestres, en uno de los rincones estaban apiladas algunas bolsas de avena, cerca de ellas el Comisario Benítez, en persona, los esperaba.

-Soria ayude a la “señorita” a sacarse la ropa. Dio la orden en un tono ligero acentuando el dejo burlón al pronunciar la palabra señorita. El escribiente que no ignoraba lo que su superior se proponía hacer volvió a sentir lástima por el muchacho, pero acató la orden de inmediato.

Cayeron las sayas gitanas, al suelo fue a parar también el tocado completo junto con la blusa. Ricardo quedó expuesto sólo con las prendas íntimas de sus hermanas encima: la coqueta bombacha color salmón guarnecida de encaje y el portasenos henchido de lana. En el momento que Soria se disponía a desprenderle el corpiño su jefe le ordenó dejarlo como estaba extendiéndole un par de esposas.

-Póngale estas pulseras, que le van a quedar mejor a la señorita. Después retírese –Dijo.

El escribiente hizo lo que le ordenaba, enseguida dio media vuelta y se marchó cerrando la puerta al salir.

Una vez solos, el Comisario con sarcasmo comentó:
-¿Así que te gusta adornarte el culo con calzoncitos de mujer? ¡Mirá que habías sido “coqueta”! Pero te los voy a tener que bajar para no estropearlos ¿Sabés?

Uniendo la acción a la palabra tironeó del elástico hasta dejar la prenda en mitad de los muslos.

¡Caramba! Tenés un lindo culo. Exclamó palpando groseramente ambos glúteos, para descargar sobre ellos enseguida todo el peso de su velluda mano. La palmada resonó como un pistoletazo y arrancó a la víctima un ¡Ay! profundo. Cambiando de tono agregó:

-¿Te gusta andar moviendo el culo, no?... Como no obtuvo respuesta añadió: ¡Seguro que te gusta!... Pero no te preocupes con esto –dijo mostrándole una gruesa correa- te lo voy a hacer mover de lo lindo…¡ Ya vas a ver como lo vas a sacudir para todos lados!

Mientras hablaba tomó la cadena de las esposas arrastrándolo hasta uno de los ganchos de donde lo colgó. Ricardo quedó de esa forma literalmente estampado de cara a la pared.

-¡Tomá! ¡Dale movelo con ganas ahora! Gritó al descargar el primer azote contra las blandas carnes del joven. ¡Eso es!.. ¡Así tenés que balancear el culo!... ¡Otro poco más!... ¡Dale! ¡Dale! ¡Sacudilo con ganas!... ¡Más ganas!... ¿No te gusta acaso que te hagan mover el culo?... ¿No es eso lo que buscabas?... Bueno ahí lo tenés… Gózalo entonces…¡Tomá!  Cada frase iba seguida por fuertes azotes y acompañada por los agudos sollozos y chillidos de la víctima…

Por una hendija del tablero de la puerta Soria que estaba del otro lado presenciaba la azotaina…

El Comisario Benítez pegaba como un diablo, el ayudante pensó que le agradaban los azotes porque esa tarea no la delegaba en ningún subordinado, él en persona era el encargado de las azotainas cualquiera fuera el destinatario.

El castigo terminó. El escribiente, entonces fue convocado para recibir nuevas órdenes:

-¡Sáquele las esposas, que junte todos esos trapos y así como está, me lo pone en la calle para que se mande a mudar enseguida antes que me arrepienta!... Después me lo trae al otro…

Sudoroso el policía encendió un cigarrillo y salió al patio, mientras en el interior cumplían sus órdenes…

-¡No! ¡No! ¡Dejá eso no te pongas nada encima ya lo oíste al comisario juntá todo y salí como estás! –Murmuró Soria al oído de Ricardo… Y apurate antes que se arrepienta…

Minutos después Ricardito Covacci estaba en la calle en ropa íntima de mujer huyendo a todo correr a refugiarse en su casa. Su compañero de travesuras después de pasar por el mismo trance hizo otro tanto…

La Siesta

Por: Amada Correa

“EL AMOR Y  EL ORO, RESULTAN  IMPOSIBLES
 DE  ESCONDER POR  MUCHO TIEMPO ”
Refrán Popular

Su hermana y su cuñado terminaron por convencerla.
 
A los sesenta y un años de edad y cinco de viudez, Magdalena estaba acostumbrada a vivir sola, no necesitaba ninguna clase de compañía, con Obdulia que tres veces por semana venía a ayudarla con la limpieza, además de lavarle y planchar la ropa, le bastaba.

Cuando le recomendaron tomar a su servicio una jovencita del campo, -los chacareros tenían por costumbre colocar a las hijas como domésticas en casas de familia y a los hijos como mandaderos en comercios del pueblo a condición que los enviaran a la escuela o les enseñaran algún oficio-. ella se negó de plano.
-No he tenido hijos, bueno sería que a mi edad me ocupe de criar hijos ajenos. Argüía cuando planteaban el asunto.

Una noche angustiosa a raíz de una caída que pudo ser grave, la persuadió que tenían razón aquellos que le sugerían la compañía de alguna persona joven.

De esa manera Amanda pasó a formar parte de su existencia. Se la recomendó el cuñado que tenía de arrendatarios a los padres. La chica era la tercera de nueve hermanos y estaba por cumplir catorce años cuando entró a su servicio.

Al comienzo la viuda la ocupó con reservas, pero Amanda era humilde, un poco torpe tal vez, no obstante bien dispuesta y de buen carácter, tanto que terminó por habituarse a ella y fue cobrándole cada vez más aprecio.

Poco a poco la muchacha fue ganando la confianza y el afecto de su quisquillosa patrona, que no tardó en tratarla como una hija y además de las tareas de la casa le enseñó a coser, tejer y bordar.

Pasaban el día juntas, ocupadas en las mismas tareas compartiendo todos los momentos, escuchaban los radioteatros mientras hacían labores, tomaban mate y los domingos iban a misa y al cine.

Las únicas horas que no compartían eran las de sueño, -por la noche y a la siesta-, en las que cada una se retiraba a su habitación.
Aunque la relación entre ellas no siempre resultaba apacible, Amanda era torpe y como su patrona, tenía pocas pulgas,  muchas veces corría el riesgo de recibir de ella algunos sopapos.

 En esas ocasiones Magdalena se contenía porque la chica le inspiraba lástima. Resignada, la pobrecita, hacía pucheros encogida de miedo esperando el castigo, ese gesto de sumisa indefensión desarmaba a la mujer que, conmovida, optaba por bajar el brazo.

En un medio tan pequeño como aquel, no era un secreto para nadie que en el hogar de esos chacareros brutos, hartaban de palizas a los hijos. Su madre y también el padre, -según ella misma contaba-desde chiquita la traían a latigazo limpio… A doña Magdalena tal proceder le causaba repulsión.

Algo más de año y medio llevaban viviendo juntas, en ese lapso la criatura delgaducha y macilenta recién llegada del campo se había transformado a la sombra de su patrona en una agraciada mocita de tentadoras formas y delicadas maneras.

 Doña Magdalena, que disfrutaba de un buen pasar, tenía algunas debilidades, entre las más notorias: ínfulas de mujer elegante, que la llevaban a lucir lo último de la moda. No podía por consiguiente, permitir que su doncella anduviera mal entrazada, de manera que Amanda, -merced a esa debilidad de la patrona-, disponía también de un conjunto de vestimentas que contribuían a realzar sus juveniles encantos… 
 
 La figurita de Amanda, resultaba ya la de un pimpollo que inquietaba al elemento masculino del pueblo, permanentemente atento a la floración de beldades locales. Pero así como agudas espinas resguardan las rosas, la altiva viuda custodiaba aquel capullo.

 ¿En qué momento consiguió Héctor Lamura Alias “El Flaco” atraer la atención de Amanda? ¿Cuándo consiguió eludir la pertinaz vigilancia de doña Magdalena? ¿De qué medios se valió para enamorarla? Son incógnitas que permanecerán sin resolver, ante los sucesos sólo caben conjeturas.

 Se encontraban todos los días a la hora de la siesta en el fondo del patio, a escondidas, -desde luego-. Amanda recogía la mesa, lavaba la vajilla y limpiaba la cocina a toda prisa, mientras doña Magdalena descansaba en su cuarto.
Cuando escuchaba la señal de su amado: un largo silbido modulado de manera inconfundible, daba por terminada las labores, después de secarse las manos y desembarazarse del delantal corría al encuentro del novio en el antiguo gallinero.

Allí al abrigo de miradas extrañas, en un ángulo sombrío se entregaban a las prácticas que, con mayor o menor reserva y precauciones, llevan a cabo todos los enamorados del planeta desde que el mundo es mundo, que por obvias y reiteradas no vale la pena describir.

 ¿Cómo se anotició del romance clandestino Doña Magdalena? ¿Por intuición? ¿Por advertencias? ¿Por pura casualidad? ¿Por alguna evidencia?... No se sabe, lo concreto es que del estado de sospecha pasó raudamente al de certeza.
Comprobarlo con sus propios ojos y abalanzarse como un rayo sobre la pareja le demandó a la airada señora un solo instante.

El galán, con los pantalones a medio abrochar, alcanzó trepar la tapia y, en milésimas de segundo, ganó la calle; en cambio la doncella, dispuesta como se encontraba a consumar el informal himeneo, quedó allí mismo petrificada de espanto…

La intervención de la dueña de casa, aunque desgraciada e inoportuna para los enamorados, resultó, conforme a la moral de la época, providencial al impedir consecuencias irreparables.

Desgraciada para Amanda por lo que sucedió a continuación, inoportuna para “El Flaco” quien en el preciso momento que estaba por hincar el diente, acabó en medio de la calle sin el pan y sin la torta…

La patrona, con la drástica determinación que interrumpiera el íntimo coloquio, resolvió la despedir a la doncella.

La viuda intachable que durante más de cinco años había permanecido fiel a la memoria del difunto esposo, no podía bajo ningún concepto permitir actos de libertinaje en su propia casa… ¡Delante de mis propias narices debería decir! 
-¡Puerca!... ¡Desvergonzada!...¡ Marchate inmediatamente de mi vista... Andá a preparar tus cosas porque voy a avisar a tu casa que vengan a buscarte!... ¡No quiero tenerte un minuto más aquí!

A medida que la indignación de la dama aumentaba su figura aparentaba crecer hasta alcanzar dimensiones gigantescas, por contraste el físico de la culpable parecía ir empequeñeciéndose cada vez más Tal la impresión que cada una de las protagonistas experimentaba en la circunstancia.

Al escuchar el veredicto condenatorio la infeliz Amanda, que hasta ese momento se había limitado a llorar en silencio, sin alzar la cabeza, prorrumpió en desesperadas súplicas…

-¡Por el amor de Dios, señora!...¡Por lo que más quiera!... ¡No me eche!... ¡Ay de mí, en casa me molerán a palos!... ¡Ay! ¡Perdóneme por favor!... ¡Haré lo que usted me pida!... No quiero volver a casa… ¡Ay! ¡Ay! ¡Usted no se imagina el castigo que me van a dar!

-¿Pensás acaso que merecés un premio, puerca? ¡Una gran paliza es lo menos que te corresponde desvergonzada! En el lugar de tus padres, yo te daría una soberana paliza por cada una de las veces que lo hiciste! ¿Porque esa cochinada de hoy la vienen haciendo desde hace rato, no?...

Como la muchacha enmudeciera anonadada por la filípica, la patrona exigió:
-¡Vamos contestame! ¿Cuántas veces lo hicieron?... ¡Decimelo!

Con un hilo de voz Amanda respondió:
-Nunca lo hicimos, señora…

Doña Magdalena, imprimiendo más potencia a su voz y en tono sarcástico insistió:
-¿Pretendés que te crea?... ¡Mentirosa de porquería!... ¿Te estás burlando de mi?...

La interpelada negó con la cabeza y extrayendo fuerzas de la difícil situación, exclamó:
-No, señora…No le miento… ¡Se lo juro por Dios! Uniendo la acción a la palabra formó una cruz con los dedos y la besó. “-Eso” no lo hicimos nunca  señora.
Se expresó con tanta vehemencia que la mujer le creyó, aunque se abstuvo de manifestarlo, para humillarla un poco más todavía agregó…

-¡Ah, no!... ¿Qué hacían entonces?... ¿Qué estaban haciendo recién?... Ante el silencio de su interlocutora, insistió: ¡Vamos decime que hacían a la hora de la siesta! ¡Contestame sinvergüenza!

Luego de un momento de vacilación, tratando de encontrar alguna esperanza de perdón en aquel bochornoso interrogatorio, con un hilo de voz musitó: -Me besaba…lo besaba…nos besábamos…

-¿Nada más? Tronó la voz inquisidora, para añadir: -No  creo que se besaran solamente… ¿Qué otra cosa hacían?

Tartamudeando Amanda respondió: -Nos acariciábamos…

-Eso quería oírte decir… Exclamó con aire triunfal Doña Magdalena. O sea que se toqueteaban ¿No es así? Como la chica asintiera con la cabeza que mantenía gacha, la mujer arremetió: -Y vos, -¡buena pieza!- dejabas que él te manoseara por todas partes… ¿Verdad? 

Roja como la grana, Amanda continuaba asintiendo en silencio. –Seguro que vos también lo toqueteabas a él. Dijo y sin esperar la respuesta arriesgó la pregunta clave: -¿Cuándo se manoseaban él nunca te exigió que lo hicieran?...

Volvió a apremiarla para obtener respuesta. Con voz desfalleciente la doncella declaró: -Siempre me lo pedía, pero yo tenía miedo y me negaba…El decía que si yo lo quería de verdad teníamos que encamarnos… él amenazaba con largarme si me seguía negando, entonces yo lloraba… “Tenemos que encamarnos porque nos queremos”, decía para convencerme… Yo le rogaba que esperáramos un poco todavía…Entonces…

-Entonces, ¿qué?... Urgió Doña Magdalena, impaciente con los balbuceos de la acusada. ¡Vamos de una vez!

-Entonces me pedía que…que se lo agarrara…para calmarlo, decía… y yo… yo… Los sollozos sacudían su cuerpo impidiéndole continuar.

-Y vos hacías lo que él quería, ¿no es así?... Y también, -¡asquerosa! te lo ponías en la boca…¿verdad?... Amanda asentía sollozando cada vez con más vehemencia, hasta que cayo de rodillas suplicando:
-¡Basta por Dios, señora! Le he dicho toda la verdad, me porté muy mal con usted… Sé que merezco que me castiguen por todo lo que hice, no me importaría que usted me pegara hasta cansarse… puede pegarme con lo que quiera…pero por el amor de Dios no me eche de aquí… ¡Se lo ruego señora!...

 Doña Magdalena, deseaba quedarse a solas para poner un poco de orden en sus pensamientos, por ese motivo despachó a la muchacha a su habitación no sin antes recordarle que fuera preparando sus cosas.

En su cuarto, la desconsolada Amanda, se echó de bruces sobre la cama para continuar con el llanto. Mientras en el comedor, sentada en su sillón favorito al lado del receptor de radio, la dueña de casa, repasaba los hechos y cavilaba sobre el partido a tomar.

Luego de reflexionar a lo largo de media hora, durante la cual sopesó todos los pro y los contra, resolvió conservar a Amanda con ella. El motivo principal, -se dijo a si misma- era buscar una reemplazante, porque no quería quedarse sola. Existían además otras razones, en particular el vínculo de afecto que, a pesar del disgusto, la ligaba a esa criatura era, -aunque de momento se negara a reconocerlo-, la razón principal de aquella decisión.

La congoja, el arrepentimiento y la sinceridad de la chica, la predisponían a su favor, aunque pesaban en contra los principios rectores de su existencia, así como la honorabilidad y buen nombre de su casa que indecentemente Amanda había pisoteado…

-Perdonarla, estaría bien de mi parte…razonaba. Pero no, hacer borrón y cuenta nueva como si aquí no hubiera pasado nada, eso no me convence… No sería justo, así esa descarada de alguna manera se saldría con la suya…

De manera que, para volver a lo de antes no debía concederle el perdón graciosamente, entonces, como medida previa había que hacer justicia, de una sola manera: castigándola como correspondía.

Para recordarle sus faltas, tenía para elegir varios tipos de castigos, uno de ellos, mantenerla confinada en el cuarto después de cumplir con sus tareas sin permitirle salir de la habitación ni escuchar radio, otro imponerle trabajos desagradables o humillantes como obligarla a permanecer de plantón con la cara vuelta hacia la pared todos los días durante varias horas y, en ese lapso, no permitirle compartir  la mesa con ella…

Ninguna de esas variantes la conformaban, pues carecían de la severidad suficiente para escarmentarla… -¡Un escarmiento!…¡Esa es la palabra adecuada!  -se dijo- Llegó así a la conclusión que el único tratamiento adecuado para el caso era propinarle la severa paliza que tantos temores le inspiraba.

Fue así como la idea de la paliza la convenció por completo. Doña Magdalena no poseía experiencia alguna en materia de palizas, no recordaba haberlas recibido nunca, menos aún haberlas propinado, pero disponía, en cambio, de un enorme sentido práctico, que le permitió programar minuciosamente todos los pasos a seguir.

Por de pronto, resolvió no anticiparle su propósito, dejaría que en soledad continuara Amanda ignorando su suerte, la posibilidad que la decisión de echarla se mantuviera debía afligirla hasta el momento mismo de proponerle el castigo.

Entretanto se dedicó a preparar los elementos necesarios. Con la tijera de podar en mano se encaminó al laurel de jardín que adornaba un rincón del patio, seleccionó allí una vara del grosor de su dedo pulgar, la cortó en ambos extremos, e inmediatamente la curvó con ambas manos para comprobar su flexibilidad.

Del ropero sacó después el cinturón de tela de una de sus batas y un pañuelo de gasa. Con la vara debajo del brazo y los otros dos elementos en la mano se presentó en el cuarto de Amanda, quien al oír la puerta se incorporó de golpe.

Sin darle tiempo a reflexionar, la señora le dijo: -Amanda, veo que todavía no has preparado tus cosas… ¿Estás pensando que puedo perdonarte, verdad? Yo he pensado bastante en tu mal comportamiento y a pesar de todo estaría dispuesta a perdonarte, pero… Hay un inconveniente, si yo te perdono así porque sí, vos te vas a salvar de una paliza lo que sería muy injusto. ¿No te parece?... Entonces tendrás que elegir: o te vas a tu casa y la paliza te la dan allá o te quedás conmigo y en ese caso la paliza te la doy yo ahora mismo… ¿Qué decís?...

-Que me quedo, señora. Respondió la muchacha con resolución mientras sus distendidas facciones revelaban el alivio que sentía. La mujer la observó unos instantes para agregar después:

-Para que no te confundas, te prevengo que sigo tan enojada con vos como al principio y que la paliza que pienso darte te va a resultar muy, pero muy dolorosa…¿Ves esta vara? Puso delante de los ojos de la doncella la rama del laurel de jardín. Acabo de cortarla, parece hecha de goma, ¿ves qué blandita es? Para demostrarlo la hizo cimbrar en el aire. Todavía estás a tiempo de marcharte… Una vez que te desnudes y te ate al pie de la cama ya no vas a poder arrepentirte…

Ella sabía de antemano que la muchacha no se echaría atrás, continuaba hablándole sólo para prolongarle el sufrimiento moral que a su criterio formaba también parte del castigo y para informarle además la manera cómo había resuelto aplicarle la vara.

-Bueno, ¿qué hacemos, te vas o te quedás?

-Me quedo, señora… Me quedo.

-Entonces empezá a sacarte la ropa…¡ Todita la ropa!…

Amanda, estaba descalza, llevaba encima apenas un sencillo delantal de algodón estampado cuyos botones comenzó a desprender con  mal reprimido nerviosismo. Era la primera vez que se mostraría completamente desnuda delante de la señora.
Cuando estaba dentro de la casa debajo del vestido no llevaba corpiño, ni medias, únicamente la bombacha, de manera que desnudarse le llevó muy poco tiempo.
Durante la operación Amanda mantuvo la vista baja esquivando la mirada de su patrona, cuyos ojos en cambio recorrían con un dejo de envidia el cuerpo desnudo de la muchacha.

Doña Magdalena que en su juventud poseyera una cuidada figura era consciente de los estragos del tiempo: la elasticidad de sus formas y la tersura de su piel  iban perdiendo día a día firmeza y lisura. El espejo, que consultaba a menudo, le revelaba de manera impiadosa e inapelable todas esas señales de decrepitud.
Pensaba en todo eso mientras observaba las espléndidas carnes de la joven… De pronto, un sentimiento ruin, -del que no tardaría en avergonzarse-, le proporcionó la satisfacción de saber que tenía en sus manos el instrumento y el modo de apabullar la insolente soberbia de ese cuerpo.

La mujer depositó en la cama la vara de laurel y el pañuelo, enseguida ordenó: -¡Estirá los brazos! La chica, con la vista clavada en el suelo obedeció…

Magdalena rodeó con el cinturón de la bata ambas muñecas e hizo un nudo no demasiado ceñido aunque lo suficientemente firme para que los tirones no pudieran aflojarlo ni deshacerlo, después la hizo girar para enfrentarla a los pies de la cama de hierro, haciendo que pasara los brazos por encima del primer travesaño, después ligó los extremos del cinturón al segundo, de esa manera el cuerpo de Amanda quedó pegado a los barrotes de la cama y a causa de la escasa longitud de la improvisada cuerda quedó ligeramente curvada hacia adelante.

Aunque en aquella posición se hallaba prácticamente inmovilizada, la mujer reparó que no había tenido en cuenta sujetarle las piernas… En medio del dolor de la paliza en un intento desesperado por librarse de los azotes podía alcanzarla a ella con un puntapié. Para subsanar el olvido, extrajo de la cómoda de la chica un par de medias, con ellas le rodeó los tobillos anudándolas también.

El aspecto que ofrecía Amanda era lastimoso. El último detalle fue el pañuelo.
 
–Me imagino, -le susurró al oído-, que no querrás que los vecinos oigan tus gritos, ¿no es así?... Entonces vas abrir bien la boca para que te coloque el pañuelo…Dos gruesas lágrimas rodaron por las mejillas de la doncella, preludio de las que no tardarían en aflorar…

Doña Magdalena esperó unos minutos antes de comenzar con el vapuleo. Había resuelto actuar sin prisa, tomarse un tiempo entre varazo y varazo y observar las consecuencias, de ese modo, -pensaba-, la paliza surtirá el efecto buscado…
La vara describió una parábola antes de impactar en el medio de ambas nalgas… el cuerpo de la muchacha se crispó, la cama chilló y de su boca salió un gemido ahogado por el pañuelo…

-Esto te pasa por desfachatada, por puerca, por indecente, por sinvergüenza. Declamaba con voz calma la mujer mientras aprontaba el segundo golpe que, como el anterior dio de lleno en las convulsionadas nalgas dejando en ellas una estría rutilante provocando renovados estertores de dolor… -Para que no se te olvide… Remachó la dama sentenciosamente.

Uno…dos…tres… Diez varazos, matizados por consejos y reproches… Diez más no fueron suficientes para agotar el repertorio y los Diez sucesivos tampoco… La fuente de las lágrimas agotó su caudal… Amanda era un guiñapo de carne temblorosa y congestionada cuando Doña Magdalena se declaró satisfecha…

 Liberada de las ataduras, Amanda cayó despatarrada en la cama con el cuerpo sacudido por hondos sollozos. A pesar del convencimiento de haber obrado como correspondía, doña Magdalena no pudo evitar condolerse de la pobre muchacha… Al fin de cuentas la carne es débil… A su edad también me pudo haber sucedido a mi…El lejano recuerdo del asedio de un primo con quien jugaban a ser novios en lugares oscuros, apareció de repente arrancándole una tierna sonrisa…

Volvió del cuarto de baño con un pote de crema, se sentó en el borde de la cama y con mano maternal comenzó a untar las partes más dañadas de la piel. Comprobó que no había lastimaduras, aunque si numerosos cardenales y moretones.

La patrona le aplicaba la crema con delicadeza, con la misma suavidad de una caricia. Amanda había dejado de llorar aunque a veces el roce de la mano le provocaba contracciones involuntarias.

-¿Cómo te sentís?... Preguntó.

-Un poco mejor señora…

-¿Duele mucho?

-Un poquito, señora… ¿Sigue enojada conmigo?...

-No, Amanda, ya no estoy enojada con vos…

-Entonces me siento mejor…¡Gracias señora!

…………………………………………………………

-¿Podés levantarte?

-Creo que sí…

-Te ayudo a vestirte…Apurate, está por empezar el radioteatro de las cuatro…Mientras yo prepararé el mate…
 
Epílogo

A pesar de los buenos propósitos de ambas mujeres las cosas no volvieron a ser exactamente como antes, consciente de la debilidad de la carne, a la hora de la siesta Doña Magdalena tomaba la precaución de encerrar a Amanda bajo llave en el dormitorio cuya ventana tenía rejas y, por si acaso, mantuvo siempre a mano una vara de laurel de jardín…

Cinco años después de los sucesos narrados, Amanda, virgen todavía, se casó con un buen hombre… 

El Doctor Satiuglan Sajor

Autor: Mauricio Zamora 

Está historia tuvo lugar en un colegio, que tenia el despacho médico en su interior...
En este colegio no había uniforme para las alumnas así que podían vestir como quisieran, pero de una manera decente...sin coquetería, eso si, no estaba permitido el maquillaje ni las uñas largas.
Todo empezó un día viernes, ese día tenían examen de matemáticas, las chicas del sexto curso.....En ese curso estudiaba Jessica una niña (señorita) muy guapa media 1m65cm,era de piel blanca pelo rubio, y tenía unos ojos verdes muy grandes y bonitos...su cuerpo era espectacular tenia unos pechos bien duritos y de un buen tamaño, una cintura pequeña y un trasero descomunal, redondo y respingón ..en fin era la más guapa del colegio.
Jessica no era muy buena alumna descuidaba constantemente sus estudios, razón por la cuál el día del examen decidió fingir estar enferma para no realizar el examen y de esta manera evitar un castigo de sus padres que eran muy estrictos....
Pero ella no contaba con lo que le podía costar la bromita, sucedió así :  
A los 11 de la mañana Jessica luego de fingir estar enferma fue enviada al despacho médico, por el profesor de matemáticas, al llegar allí toco la puerta y una voz muy varonil la dijo pase, al entrar el Dr Satiuglan quedo impresionado, era Jessica vestía un pantalón vaquero azul que le quedaba apretado, como les gusta vestir a las chicas, parecía que su trasero quería salirse de el, una camisa sport de color negro y una chaqueta que era conjunto del pantalón vaquero.......Luego de un momento el Dr. reaccionó y la invitó a sentarse...que es lo que te pasa preguntó el Dr.?....Jessica contestó me encuentro muy mal me duele la garganta y tengo fiebre....
Pasa acá le dijo el Dr. quítate la chaqueta y siéntate sobre la camilla te voy a revisar....Jessica obedeció...entonces luego de revisarle la garganta, el pecho y el corazón el Dr. Dijo, no pareces tener nada, ahora acuéstate boca abajo y bájate los pantalones te voy a tomar la temperatura.....Jessica  dijo per....o     no me la toma por la boca.....No dijo el Dr.   aquí solo tenemos el termómetro rectal....Date prisa, le ordenó con voz autoritaria mientras tomaba el termómetro y una cajita con vaselina...Jessica muy nerviosa y con la cara roja de la vergüenza, obedeció.... Entonces se acerco el Dr. y luego de bajarle las braguitas hasta las rodillas, con los dedos de su mano izquierda separo las nalguitas de Jessica e introdujo suavemente el termómetro unos tres centímetros, sólo se escuchó un leve quejido de Jessy  AHhhh....no sufras le dijo el Dr. serán sólo  un par de minutos,,,,pasados los 2 minutos el Dr. saco el instrumento del culito de Jessy de un sólo tirón y nuevamente Ohhhh  se quejo Jessy y llevo su mano al trasero, ya está le dijo el Dr. puedes vestirte, Jessy aun avergonzada se puso de pie subió sus braguitas y luego el pantalón...El Dr. miro el termómetro y comprobó que todo era normal...En ese momento le dijo mira Jessica tú no tienes nada ,,todo esto a sido otra de tus trampas para evitar el examen....Jessica dijo NO..NO....me duele mucho...Silencio gritó el Dr. voy a mandarles una nota a tus padres para que tomen medidas,,ven aquí siéntate y espera....Rápidamente Jessica suplico No por favor Dr. no les avise a mis padres....Lo que has hecho esta muy mal le dijo el Dr. Satiuglan,y mereces un castigo, así que aviso a tus padres o ahora mismo te castigo yo......
Jessica agacho la cabeza y sabiendo con la severidad que la castigarían sus padres, además de prohibirle salir durante un buen tiempo.......con voz temblorosa y sin mirarle a la cara dijo,,,mis padres no por favor, Castígueme usted Dr...............Muy bien dijo el  Dr. y tomando su silla la colocó en medio del despacho, se dirigió a la puerta y echó el cerrojo, se dirigió a la silla, se sentó y le dijo Jessica, vas a recibir un castigo que no vas a olvidar durante mucho tiempo, pues tus nalgas te lo van a recordar a diario cada vez que te sientes.....Túmbate sobre mis rodillas le ordenó. Ante esto Jessica se exaltó y advirtiendo lo que se le venía encima le dijo, no por favor no!!!!!!! entonces el Dr. le tiro con fuerza del brazo y la situó sobre sus rodillas, ahí estaba el culo más perfecto del colegio a su entera disposición para ser castigado...Coloco su mano derecha sobre su cintura e inmediatamente pasó a azotarla, una a una caían las nalgadas con fuerza pero no muy seguidas alternando,1 derecha y 1 izquierda....al principio Jessica estaba quieta sorprendida talvez por lo que le estaba sucediendo, pero según aumentaban las nalgadas empezaba a quejarse ,plass ...AUhhhh plashhhh Auhhhh,y asi durante unos 5 minutos, no más por favor decía la chiquilla, en ese momento la levanto......y rápidamente Jessica empezó a frotarse el trasero que ya le dolía, ella pensó que eso era todo,,,pero no fue así ...El Dr. le dijo que esto era sólo un calentamiento y le dijo que se desnudara de cintura para abajo que su castigo aún no había terminado,.....y mientras más tardes en obedecer va a ser peor.....Ante esto Jessy pensó que lo mejor era obedecer así que se quito el pantalón y luego las bragas quedando totalmente al aire su culito que ya había perdido su color natural, ahora era de un color rojizo pero no muy intenso....Nuevamente la tumbo sobre sus rodillas y empezó de nuevo la descarga de nalgadas que ahora hacían más daño ya que nada protegía las nalguitas de Jessy,El DR SATIUGLAN estaba disfrutando, con el castigo le daba 6 nalgadas seguidas,3 en la derecha,3 en la izquierda y luego la masajeaba el trasero, así siguió durante otros 5 minutos, durante este tiempo Jessica ya lloraba y suplicaba que parara, pues ya sentía el calor en su trasero que ya tenía un color mas rojizo .....En ese momento el Dr. le ordenó que se pusiera de pie y que se frotara el trasero para aliviarlo un poco,,Jessica se puso de pie y según se masajeaba su trasero empezó a sentir una extraña sensación de placer, que no se lo explicaba pues el dolor de su culito decía lo contrario....
Luego de dejarla descansar 2 minutos, el Dr. se quito la bata y luego empezó a sacar su cinturón lentamente ,lo doblo por la mitad y ordeno a Jessica colocarse acostada sobre la camilla con un cojín bajo su vientre para tener una mejor vista de su trasero,,,como es de suponerse esto no le gusto nada a Jessy,y le dijo que ya había recibido suficiente castigo, negándose a obedecerle,,,pero en ese momento el Dr. le recordó que le iría peor y si no obedecía cumpliría su amenaza de comunicar su falta a sus padres. Entonces Jessica obedeció, en medio de lloros y lamentos se tumbo en la camilla....Se acerco el cruel Dr. se colocó a 1m de ella agito su cinturón en el aire y empezó a azotarla, luego de cada correazo PLAFFFF,AYYYY gritaba Jessy y llevaba las manos a su trasero, así siguió el castigo hasta llegar a 20 golpes con el cinturón luego de los cuales Jessica permaneció acostada, frotandose su dolorido trasero que ya tenía un color rojo carmesí,..No paraba de llorar,,,hasta que un raro sonido llamo su atención era el silbido de la cane que su cruel castigador agitaba en el aire......De pie ordeno el cruel Dr. vas a recibir 12 varazos para finalizar tu merecido castigo,,,,nuevamente no sin antes rechistar Jessica obedeció Se levanto de la camilla y caminó hasta el escritorio del Dr. ,túmbate aquí y coloca tus manos en el otro extremo, por cada vez que te sueltes para tocarte el trasero te daré 2 más entendido?....S...i   SNifff   Y se colocó, es indescriptible relatar lo hermoso que se veía su culo en esa posición....
Jessica vas a contar uno por uno los varazos....
Levanto su mano y con Fuerza dejo caer el primer azote. Splashhh ...AYYYY 1,,Splashhhh 2  ...............Splashhh11.....y   Splashhh12  Gracias Dr. dijo Jessica ,,para sorpresa de este¡¡¡¡¡¡.....Había resistido los 12 golpes sin desobedecer ...
Ya hemos terminado dijo el Dr. ,ayudo a incorporarse a Jessica. Miró detenidamente su trasero era rojo intenso y tenía 12 delgadas líneas que le habían dejado los golpes de la cane......le dio una palmadita en el centro del trasero y le dijo ..ya te puedes vestir,,,,Así lo hizo Jessy se coloco las bragas y el pantalón con mucha dificultad....el la miraba satisfecho de su obra,,,a la vez que le decía, talvez tú olvides este castigo al cruzar la puerta...Pero como te dije TUS NALGUITAS TE LO RECORDARAN DURANTE MUCHO TIEMPO.......Te puedes ir.....Según salía caminando muy despacio y aún sobándose el culito, miró a su cruel Dr....que lo miraba con una morbosa sonrisa..... Cerro la puerta y se marcho....
NOTA.....Han pasado ya quince días del castigo que JESSICA recibió del
DR. SATIUGLAN  SAJOR......y ella ya esta pensando en qué hacer para volver a su  Despacho...........................FIN...