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Relatos de azotes

En paños menores por la prepa (relato corto con comentario)

Autora: Elvira 

 

Caminaba, en paños menores, en los pasillos de la prepa…  no entendía por qué estaba allí, semidesnuda y asistiendo a clases. La vergüenza de verme así, me tenía paralizada y, de repente, ya estaba sentada en mi mesa-banco, pero con las mejillas a punto de reventar, por la pena que sentía. El profesor me miraba con fuego en los ojos y me ordenaba subir a la tarima para recibir el castigo a tal provocación. ¡Qué situación tan terrible!... caminaba, me enfrentaba al profesor y el dolor intenso en el trasero… ¡me despertó!

Comentario

Autor: Seniba

La autora desarrolla la historia en primera persona, utilizando una  terminología coloquial y apropiada para su rol: una joven alumna de un colegio. Esta forma de expresarse (’en paños menores’, ’la  prepa’, . . . ) hace que el lector identifique claramente la época de la vida en la que está basada la narración y ¡más aún! Hace que el lector sienta auténtica ternura hacia la joven e ingenua
protagonista del relato.

Se trata de un excelente relato breve que, en sólo 92 palabras, describe una situación a la que podríamos calificar como delicada.

Durante toda la historia se habla de unos hechos aparentemente reales que, sólo en las ¡dos! últimas palabras se descubren como fruto de una situación imaginaria, fruto de un sueño de la protagonista. De esta forma el lector finaliza la lectura con una sorprendente información que da sentido a todo lo que no había comprendido previamente. ¡A todo lo que no tenía una explicación lógica!

El argumento fundamental de la historia, inicialmente incompresible incluso para la propia protagonista, se basa en una escena que se repite con mucha frecuencia en la imaginación de personas de toda edad y condición: hallarse, de modo súbito, desnudo o semi-desnudo en un lugar público, sin saber exactamente como se ha llegado a esa situación.

La autora del texto resume magistralmente esa situación con apenas siete palabras: ¡no entendía por qué estaba allí, semidesnuda¡. Sin duda se trata de una idea que en más de una ocasión la propia Elvira ha experimentado en su vida real: Imaginarse a si misma semi-desnuda ante todos; sin saber porqué; aterrorizada por la situación; incapaz de saber como reaccionar; presa de una vergüenza atroz.

La situación es tan desagradable que la jovencita no sabe como reaccionar (’me tenía paralizada’) y termina recurriendo al único elemento que puede emplear para ocultar su desnudez: Se sienta en su mesa-banco. Con la inútil esperanza de que nadie se haya dado cuenta . . . . de que nadie se haya fijado en ella.

Pero la estratagema no funciona. Todos, incluso el profesor, la han visto desnuda. Todos la miran. Y el profesor toma una decisión que, con toda seguridad, incluso ella misma justifica: Debe subir a la tarima para ser castigada. Para ser azotada.

Este momento es, si cabe, aún más enojoso que los vividos anteriormente. Ahora, ya sin ninguna duda, la joven será la auténtica e involuntaria protagonista de la escena. Será objeto de la mirada de todos sus compañeros, que la contemplarán detalladamente, mientras avanza desnuda para recibir un castigo inminente y, por si fuera poco, también se siente observada por el propio profesor. ¡Todos la miran! ¡Desde todos los ángulos!

Justo en ese momento, en el peor momento, como suele pasar en todas las pesadillas, la protagonista despierta y, por un momento, confunde sueño con realidad, hasta tal punto de que llega a sentir dolor en sus nalgas, como consecuencia de los azotes imaginarios que ha recibido.

Lo más valioso de este relato, en mi opinión, es que la autora haya utilizado su propio miedo para dar intensidad a la historia. De alguna manera se está desnudando de nuevo antes los lectores de su texto.

Mucha gente, yo mismo, ha sentido esa sensación en numerosos sueños. Esta obsesión es sin duda fruto de la idea trasmitida por padres y profesores de que la desnudez es vergonzosa. Pero la desnudez, desde otro punto de vista más natural, no sólo no es vergonzosa: incluso es agradable, ¡es sensual! Por eso se mezclan dos sentimientos aparentemente contradictorios: vergüenza y placer.

Excelente relato.

Nalgadas de personas más jóvenes a personas mayores

Autor: thebestspanker@yahoo.com

Nota del Editor: este relato está basado en hechos verídicos que le ocurrieron al narrador.

Sobre el tema en cuestión, habré de decirles que, desde bastante joven tuve algunas ocasiones de sobar y dar unas cuantas nalgadas a los traseros de respetables damas que me llevaban añitos, algunas varios más, algunas unos cuantos.
   
Recuerdo un incidente en particular, cuando me tocó hacer de enfermero de una muy interesante dama –semi pariente-. Ella era paraguaya y para entonces estaría bordeando los 40, mientras quien esto escribe andaría por los 22 o 23 añares.
  
Resulta que esta casi tía mía, quien estaba pasando una temporada al cuidado de una anciana que vivía muy cerca de la vivienda que entonces moraba con mis padres, andaba bastante resfriada y la cosa se había complicado con una bronquitis que casi no le dejaba respirar.
  
Por conveniencia y también por afinidad, una vez que había atendido a la anciana, ella se venía a compartir las comidas del medio día y de la noche a la casa.
  
Fue en una de esas visitas que salió el comentario de que se sentía verdaderamente mal, pero que tenía que pasar la noche cuidando de la anciana y que, lo peor de todo era que la enfermera que le había colocado la primera inyección -de 3 dosis recetadas-no podría ir ese día.
  
Ni corto ni perezoso, me brindé a colaborarla, puesto que era el flamante poseedor de un certificado que garantizaba mi habilidad de brindar primeros auxilios, que había recientemente logrado mediante un curso que se dictaba en la Cruz Roja.

Viendo a aquella mujer aún joven y bien proporcionada, de cuerpo delgado y caderas gratas a la vista que cruzaba conmigo su mirada sorprendida, pude observar cómo invadía su rostro rápidamente el rubor, propiciado, supongo, por lo extraño de la situación. Es quizás necesario aclarar que estábamos los dos solos, en el comedor de diario, ya que el resto de la familia se encontraba disfrutando de la televisión en la planta alta.

Me preguntó si tenía experiencia colocando inyecciones y le respondí que sí, que había resultado el mejor del curso en aplicarlas vía intramuscular y que, en definitiva, las endovenosas me daban un poco más de trabajo, por lo que tenía cierto temor de aplicarlas.

Me respondió que, por ese lado no habría problema, porque las inyecciones que necesitaba eran intramusculares. Pero, precisamente por eso –me confesó- le daba mucha vergüenza pensar en que yo se las aplicara y concluyó con que era mejor que buscara una farmacia donde pudieran inyectarla. Me pidió pues que más bien la acompañara a buscar una.

Sin embargo, no pudimos encontrar ninguna cerca y ella se sentía muy mal, por lo que me pidió que la acompañara a la casa de la anciana, donde ella vivía temporalmente.

Llegados allá, me invitó a pasar un momento, para invitarme un café y me pidió que la esperara en una amplia sala que poseía la casa de la anciana.

Cuando regresó con el café, me sorprendió al decirme que lo había pensado mejor y de que, dadas las circunstancias aceptaba mi ofrecimiento. Me dijo que ella tenía las ampollas de penicilina y las botellitas de agua mezclada con silocaina. Le repliqué, algo turbado, que requeriría también algodón y alcohol medicinal y me dijo que no habría mayor problema.

Mientras aún saboreaba el café y conversaba, con ella recostada en un extremo del amplio sillón, le pregunté si no sentía que tenía temperatura. Como respuesta, me pidió que fuera a su habitación y que buscara el termómetro que había dejado sobre la mesa de noche, mismo que encontré en aquella ubicación, junto a 4 ampollas y dos jeringas descartables.

Sin pensarlo mucho, cogí una de las botellitas de agua, la partí por el cuello como me habían enseñado en el curso y procedí a llenar una de las jeringas con su contenido, para posteriormente romper el sello de la ampolla que contenía la penicilina benzatínica de 1.200 unidades que le habían recetado y proceder a mezclar el agua con el polvo blanco hasta formar una sustancia viscosa que agité con firmeza hasta verificar que no quedaran grumos. Acto seguido, volví a cargar el contenido en la jeringa, puse el protector en la aguja y fui a buscarla.

De retorno en su habitación, bastante excitado por cierto, y con una erección de los mil demonios que intentaba disimular bajo mi jean, sin poder conseguir ocultar la protuberancia que se había formado como frondosa vena en mi bolsillo frontal derecho y que bajaba por parte de mi pierna, me atreví a decirle que, primero le tomaría la temperatura y que después le aplicaría la inyección, por lo que la invité a recostarse de bruces y soltarse el pantalón. Me preguntó algo extrañada si no le iba a tomar la temperatura primero y le respondí que sí, pero que sería rectal, que era la más precisa. Confundida, me preguntó como se tomaba esa temperatura y le expliqué que debería introducir el termómetro en su ano. Uffffffffffffff!!!!!!! Casi me muero y cómo temblaba mi voz al hacerlo!!!!! Rápidamente, me respondió que no, que era suficiente y que quizás sería mejor que volviera a casa. Le repliqué que ya había preparado la inyección y que si no deseaba que le tomara la temperatura estaba bien. Quizás, ella misma podría hacerlo luego, pero insistí, quizás con un poco de morbo y porque realmente sigo pensando que es la mejor manera de tomarla, que cuando lo hiciera, introdujera el termómetro en su ano.

Con bastante recelo, terminó por aceptar finalmente que la inyectara, no sin repetir su negación varias veces, pero, dado su frágil estado, terminó por ceder finalmente y, mientras soltaba el broche del pantalón se recostó de bruces en su cama.

Me acerqué por detrás y le bajé de un tirón el pantalón hasta media pierna, ocasionando que ella tratara de levantárselo nuevamente. Instintivamente, sin meditarlo, le apliqué un par de nalgadas por hacerlo y le dije que se quedara quieta. Casi de inmediato me disculpé, pero no recibí respuesta alguna y solo vi como fruncía las nalgas y ocultaba la cabeza apretándola contra la cama. Observando esto y más envalentonado, cogí con mis dos manos su calzón (negro de poliéster) por la banda superior, a la altura de las caderas y de un golpe se lo bajé hasta la base de las nalgas, descubriendo a mi vista un par de blanquísimas carnes con una ligera coloración rosada en una de ellas (la izquierda). En ese momento, vi como tensionaba aún más las nalgas y le indiqué que debería relajarse para recibir la inyección, pero sólo recibí su silencio. Paso seguido, busqué la jeringa y recién me percaté que no tenía el algodón y el alcohol, por lo que le pregunté donde los tenía. Sin moverse y con la boca apretada contra la cama, me dijo que buscara en su ropero, mientras permanecía así, expuestas sus nalgas a mi ansiosa vista.

Una vez obtenidos ambos elementos, volví donde ella y procedí a limpiar la superficie donde aplicaría la inyección (escogí la nalga izquierda). Le pedí que pusiera sueltas las nalgas pero como no lo hacía, apliqué la técnica aprendida de dar unas palmaditas hasta lograr que finalmente estuvieran más sueltas (debo decir que fue un gran deleite para mí, puesto que las palmadas consistían en rítmicos y suaves golpes de mis dedos contra esas suaves carnes contenidas por una piel firme, como pude comprobar). Cuando vi conveniente, pellizqué una extensión apropiada de su nalga e introduje la aguja con un suave golpe que al parecer apenas percibió, para luego proceder, previa comprobación de que no había perforado ningún vaso, a introducir suavemente el viscoso líquido. Ella empezó a quejarse por la sensación de dolor (la penicilina benzatínica es una inyección bastante dolorosa), por lo que disminuí la presión en la base superior de la jeringa y me di todo el tiempo del mundo para aplicársela. Cuando terminé, jalé la jeringa y vi como salía un poquito de líquido blanquecino del pequeño hueco que dejó, por lo que presto acudí con el algodón empapado en alcohol para proceder a friccionar ese espacio. Instintivamente, coloqué con descuido mi mano libre sobre la otra nalga y, cayendo en cuenta, también se la acaricié. ¡Vaya que me puse cachondo con ello! Más grato, sin embargo, fue ver que ella me dejaba hacerlo. Cuando concluí este impensado sobeo que se prolongó por unos deliciosos e interminables instantes, casi de manera natural, le aplique unas cuantas nalgadas más y le subí los calzones, indicándole que podía vestirse.

Lentamente, mientras se incorporaba de la cama, giró su rostro hacia mí, aún dándome la espalda y pude observar, además del marcado rubor que inundaba sus mejillas, una amplia sonrisa que contagiaba hasta a su mirada, mientras me agradecía y me pedía que volviera al día siguiente para colocarle la otra inyección y ponderaba mis dotes de enfermero.

Ah! Me olvidaba, sí terminé, aunque no ese día, tomándole la temperatura rectal y puedo confesarles que le coloque muchas inyecciones más, que le di muchas nalgadas (aunque nunca disciplinarias como siempre deseé hacerlo) y que acaricié aquellas carnes a lo largo de todo ese año que permaneció cerca de nosotros.

El resto, me lo guardo en un rinconcito especial de mi memoria.

En La Paz, a 22 días de marzo de 2006

 

Misterios dolorosos

Por: Amada Correa

Hace falta más valor  para sufrir que para morir."

Napoleón Bonaparte

Mis vacaciones terminaron a comienzos de enero. De muy mala gana regresé a la ciudad, necesitaba aprobar dos materias en los turnos de marzo para estar en condiciones de cursar como alumna regular el último año.

Estudiar en  pleno verano con temperaturas de casi cuarenta grados resultaba una verdadera tortura, yo tenía muchos deseos de aprobar y, paradójicamente, muy pocas ganas de abocarme a los libros, por ese motivo resolví buscar una compañera de estudios.

Encontrar a esa altura del año alguien para estudiar juntos resultaba bastante difícil, no obstante coloqué un aviso en la cartelera del centro de estudiantes y dos días más tarde recibí un llamado telefónico de Nora Leroy. avisándome que estaba dispuesta a preparar aquellas dos materias conmigo.

Nora, a quien yo habría visto una media docena de veces en la Facultad, pero con quien nunca había conversado, era un par de años mayor que yo, trabajaba medio día en una oficina y vivía en casa de una tía viuda. Por lo que tuve que amoldarme a sus horarios.

Nora era una persona dulce, de carácter más bien tímido cuyo rostro sin ser bello resultaba armonioso pues reflejaba una extraña placidez. Yo me sentía muy a gusto con ella, tanto que en poco tiempo resultamos grandes amigas.

Una particularidad suya que me llamó de inmediato la atención era su ferviente religiosidad, pues no sólo cumplía los preceptos sino que además frecuentaba los sacramentos. Para una muchacha mundana como yo aquello resultaba algo insólito; de no haber sido por el afecto que sentía hacia ella y el respeto que me inspiraba quizás hasta me hubiera permitido hacerle algunas bromas. En cambio para complacerla muchos domingos acepté su invitación y la acompañé a misa.

Las horas que estudiábamos juntas eran bien aprovechadas, apenas nos permitíamos breves intervalos de descanso antes de regresar de nuevo a los libros.

La semana anterior al primer examen, su tía nos dejó solas para que yo me instalara en la casa. Ella viajó al campo a visitar una hermana, Nora pidió licencia en el trabajo, de ese modo, pudimos dedicarnos de lleno a repasar la materia.

La víspera del examen, como de costumbre, yo era un manojo de nervios, en cambio mi compañera estaba alegre, se mostraba más tranquila y confiada que nunca.

Me extrañaba, esa actitud suya porque la materia además de difícil era extensa, la mesa examinadora la componían tres de los profesores más exigentes de la Facultad y ambas sabíamos de antemano que algunos temas los llevábamos prendidos con alfileres, por lo tanto, si en esos puntos flojos llegaban a interrogarnos a fondo las posibilidades de salir airosas serían mínimas.

No pude menos que preguntarle qué le daba tanta seguridad. Me respondió que la Virgen nos ayudaría y, -agregó-, bajando el tono de voz: -Hice una promesa.

Ella y su tía eran devotas de Nuestra Señora de los Dolores, por ese motivo en un lugar destacado de la sala de estar se hallaba la clásica imagen de la Virgen rebozada con manto negro exhibiendo el corazón traspasado por las siete espadas con que de manera mística se representan sus peores sufrimientos de madre. 

En el examen nos fue muy bien a las dos. A mi me tocó rendir primera porque las listas se confeccionaban por orden alfabético. Después permanecí ansiosa en la puerta del aula, hasta que Nora apareció resplandeciente. Ambas habíamos aprobado con muy buenas calificaciones.

A la salida de la Facultad, a instancias de mi amiga, nos detuvimos en una de las iglesias para agradecer a la Virgen el feliz resultado de la prueba que acabábamos de superar.

Satisfechas y distendidas, pasamos el resto de la tarde viendo televisión, después de cenar decidimos acostarnos enseguida para comenzar a repasar temprano la materia que debíamos rendir la semana  siguiente.

En el dormitorio, dispuestas ya a meternos en cama, Nora, como todas las noches, se arrodilló al pie de la suya para rezar las tres avemarías, yo estaba a punto de tenderme en la mía cuando incorporándose dijo:

 -No te acuestes todavía, porque necesito que me ayudes a cumplir mi promesa… Dicho esto se dirigió a la cómoda, abrió el último cajón, del que extrajo algo envuelto en un trozo de terciopelo azul oscuro que dejó sobre la cama.

Al desenvolverlo quedó a la vista una recia correa de unos dos dedos de ancho por más o menos sesenta centímetros de largo, con empuñadura de hule en un extremo mientras el otro terminaba en forma redondeada.

Nora me alcanzó el instrumento pidiéndome que lo tomara, y pasó a explicarme que la promesa consistía en recibir siete severos correazos, en conmemoración de los siete dolores de la Virgen, que yo debía aplicarle.

Sorprendida por aquel insólito pedido me rehusé a cumplirlo. Nora previendo mi negativa, apeló a todos los argumentos a su alcance a fin de hacerme cambiar de opinión. Finalmente lo consiguió, pues aunque de mala gana terminé cediendo a sus deseos y antes que pudiera reaccionar, ella se tendió en la cama boca abajo y con gran rapidez se bajó la bombacha para quedar con las nalgas expuestas.

Vacilé bastante antes de descargar la correa y cuando por fin lo hice apremiada por ella que me instaba a golpearla, lo hice con tanto cuidado, que apenas lo sintió.

Molesta por mi reticencia y tal vez porque aquello se prolongaba demasiado, dijo que ese golpe no debía tenerse en cuenta porque yo debía descargar la correa con toda la fuerza de mi brazo de lo contrario la promesa no tendría ningún valor.

El tono apremiante e imperativo con que se dirigía a mi me amoscó bastante y puesto que así lo quería le apliqué un vigoroso azote, cuyo chasquido me dejó atontada.

Temiendo haberle causado un daño grave permanecí inmóvil observando si la correa había lastimado la delicada piel de mi amiga, pero sólo había dejado allí un trazo rojizo.

Nora aprobó ese azote pidiéndome que lo repitiera con más fuerza si era posible, y adelantándose a mis prevenciones agregó que no debía tener miedo de hacerle daño porque ella estaba acostumbrada…

De manera que, con el mismo rigor e intensidad le apliqué los seis azotes siguientes, espaciándolos como me lo indicara para intercalar entre uno y otro una breve jaculatoria.

Al cabo tenía las nalgas congestionadas y enrojecidas, supuse que debía dolerle bastante, sin embargo soportó los azotes con entereza desde el principio hasta el fin, sin que de sus labios escapara un solo quejido.

Me dirigí a la cómoda para dejar allí la correa, esperando entretanto que Nora se incorporara, pero la escuché decir que no había cumplido la promesa aun, pues debía recibir otros siete correazos, esta vez por ella, puesto que había hecho una doble promesa para que aprobáramos las dos…

Es asombroso cómo las circunstancias llevan a las personas a aceptar como algo natural cosas que momentos antes le provocaban repulsa, en este caso era yo misma quien lo experimentaba. Yo que, minutos antes me rehusaba a azotarla, de pronto, sin  vacilar volví a empuñar la correa…

Esta vez me animaba un indefinible fervor, Esperé a que Nora diera la orden de comenzar y, recién entonces,  la azoté con ganas atenta al estallido del cuero contra la epidermis observando fascinada como a cada azote la lonja copiaba la comba de las nalgas.

Yo tenía plena conciencia que consumábamos una suerte de ceremonia primitiva, un rito cruel, pero extrañamente embriagador, pues percibía que algo en mi interior se iba desbordando: mi corazón y mis sienes latían con fuerza en tanto mis entrañas ardían como fuego. Creo, no obstante, que en esos momentos nada hubiera logrado contener mi brazo.

Cumplida la serie de siete inclementes azotes, aguardé a que Nora se incorporara del lecho. Cosa que hizo con notoria dificultad y cierto embarazo, vuelta pudorosamente hacia la pared hasta cubrir sus partes más íntimas, que en ningún momento me fue dado entrever siquiera, pues durante todo el tiempo mantuvo las piernas muy juntas.

Una vez recolocadas sus prendas se encaminó hasta mí con los brazos abiertos, su rostro trasuntaba una beatitud desconocida. Me estrechó con fuerza y me plantó dos sonoros besos en las mejillas murmurando: -¡Gracias! ¡Gracias, querida, me has hecho un bien muy grande!... ¡Que la Virgen te bendiga!...

Aquello resultaba más de lo que mis nervios podían soportar así que prorrumpí en llanto. Una madeja de sentimientos encontrados atenazaban mi conciencia.

Por encima de todo experimentaba una enorme vergüenza por lo que acababa de hacer, aunque no me atrevía a admitirlo,  y mucho menos a confesarlo.

Mi manera de proceder en la ocasión me rebajaba a mis propios ojos, nunca me hubiera creído capaz de llegar al extremo de golpear  con saña a alguien a quien quería y estimaba, que además ningún daño me había hecho, sino todo lo contrario. Para mayor escarnio, ella me lo agradecía.

Llorando, pedía yo perdón compungida, prometiéndole que nunca más volvería a hacerlo aunque me lo rogara… -Me siento mal, Nora, me siento muy mal, -declaré entre sollozos-, yo no tenía ningún derecho a pegarte como lo hice… 

Nora acariciaba dulcemente mis cabellos, secando de a ratos mis lágrimas con tiernos besos mientras me mantenía estrechamente abrazada.

Por fin la angustia y los remordimientos que me corroían por dentro fueron cediendo ante las reconfortantes palabras de mi amiga.

Una vez calmada, intercambiamos el beso de las buenas noches para marchar cada una a su cama.

Me costó mucho, conciliar el sueño. Aquella azotaina había despertado en mí sensaciones desconocidas, que revelaron un lado oscuro de mi personalidad de lo que hablaré en la próxima.

Me acosté presa de un estado de confusión mental. Me hallaba excitada por mi participación en aquel episodio, a la vez me sentía humillada por haber cooperado voluntariamente a producirle dolor físico a otra persona, yo, -nada menos-, que hasta entonces me consideraba pusilánime e inofensiva, incapaz de matar a una mosca, pero  más extraño me resultaba haber sentido, -a pesar mío-, un oscuro goce al descargar azotes sobre la piel desnuda… Eso, especialmente, me colmaba de vergüenza...

En vano me repetía, que ella me lo había pedido, que hasta me había obligado, ninguna razón justificaba el disfrute que yo había experimentado al azotarla…

No obstante, lo más grave de esa noche de tensiones en que el sueño estaba lejano aun, era que no podía apartar de mi cabeza la imagen de esas prominentes nalgas enrojecidas cuyo recuerdo producía hormigueos en todo mi cuerpo… Las caricias que me prodigué para aplacarlos, me procuraron el alivio y descanso esperado.

Es verdad que a la luz del día las cosas se ven diferentes. Al encontrar a Nora tan bien dispuesta, alegre y animosa como siempre, los amargos remordimientos que me habían atormentado durante la noche, desaparecieron.

Sin embargo, por más empeño que pusiéramos en disimular lo sucedido la víspera y actuar como si nada hubiera pasado, el recuerdo de la azotaina se interponía entre las dos.

Yo espiaba cada uno de sus gestos y reacciones, percibiendo, a mi vez, que era observada por ella.

Para evitar explicaciones embarazosas, fingía yo concentrarme en el estudio, por su parte Nora, ¿exageraba también el contento que exteriorizaba o realmente lo sentía? Resultaba difícil saberlo, pero en todo caso me convencí que, en mi presencia, no se encontraba cohibida ni avergonzada

Reflexionando llegué a sospechar que existía algo perverso en su proceder pues, si bien no contaba con demasiados elementos de juicio y tampoco conocimientos como para asegurarlo, disponía de alguna información acerca del sadismo y también del masoquismo.

Años atrás en la biblioteca de mi primo había encontrado varios ejemplares de la versión en español de la  revista “Sexology” que despertaron mi curiosidad.

Recordé entonces que, en una de ellas, había leído un artículo sobre los componentes del sadismo. El nombre del autor y gran parte de los argumentos desarrollados allí los tenía olvidados, sólo recordaba muy bien la ilustración que acompañaba al texto.

Se trataba de un grabado antiguo representando a una mujer sentada con una joven atravesada boca abajo sobre las rodillas, inmovilizada en esa posición con las faldas recogidas y las nalgas al aire, recibiendo azotes con una vara empuñada por la dama.

El cuadro llevaba esta inscripción al pie: “Madre castigando a la hija por regresar tarde a la casa –grabado francés del siglo XVIII-”  debajo habían añadido la siguiente frase: “En los padres que azotan a los hijos se advierten a menudo rasgos sadistas.”

Recuerdo esos pormenores porque la figura en cuestión me pareció completamente absurda y ridícula, a punto tal que me causó risa más que impresión; en cambio, de la nota, llamó mi atención una frase que también recuerdo de memoria: “por extraño que parezca hay personas que derivan gratificación sexual de los azotes recibidos, así como quienes los propinan.” 

El tema de la revista, si bien en su momento constituyó para mi una revelación, nunca llegó a interesarme del todo, otras cosas del complejo entramado del placer acaparaban mi curiosidad. Hasta que, relacioné aquellas viejas lecturas con el comportamiento de mi amiga; fue entonces, que surgieron mis recelos por las posibles implicancias sexuales…

Podía equivocarme en cuanto a las verdaderas intenciones de Nora, creo que obraba por devoción, pero yo no podía engañarme, había percibido con claridad la relación azotes-sexo, de otro modo, hubiese permanecido impasible.

De todas maneras a partir de ese hecho mi existencia cambió, la experiencia de esa noche obró como disparador, fue una puerta entreabierta hacia un mundo desconocido, que me urgía explorar.

Una oleada de interrogantes colmaba mi cerebro, aparecían durante la noche, como las mareas, paulatinamente inundaba mis pensamientos.

Como jamás en mi vida me habían aplicado castigos corporales, una de mis mayores inquietudes consistía en descubrir qué se experimentaba en esos trances. Por más que intentara colocarme en la situación de recibir azotes, -la sola idea me excitaba-, sin embargo no pasaba de ser, en todos los casos, una estéril representación mental.

Pensaba también que, si llegara a probarlos en algún momento, el dolor, con seguridad, me provocaría suficiente repulsa como para alejar de mi cabeza para siempre esas locas ocurrencias.

De la oficina convocaron a Nora con urgencia, de manera que quedé sola en su casa por espacio de unas horas, pues ella me adelantó que no regresaría hasta pasadas las once.

Ese hecho casual me proporcionó la ocasión que esperaba. Había resuelto concretar de una buena vez la experiencia aplicándome yo misma algunos azotes. Así  que una vez asegurada la ausencia de la dueña de casa, fui hasta el cajón de la cómoda donde guardaba la correa.

La desenvolví y durante unos instantes la estuve contemplando sin resolverme a empuñarla. Temblando, -ignoro si de emoción, de ansiedad, o de miedo-, la probé primero ligeramente sobre la ropa. No sentí dolor, apenas percibí el golpe, pero fue suficiente para decidirme.

Quería hacer las cosas bien, ya que sería aquella mi primera azotaina,  -quizás también la última-, debía aplicarme la correa como corresponde, es decir desnuda.

Elegí la tranquilidad del cuarto de baño, donde, movida por un incomprensible sentido de recato puesto que estaba completamente sola, trabé la puerta.

Creo que al comienzo pensé en quitarme la bombacha nada más, pero como no encontraba forma de mantener la falda recogida en la cintura y no había otra manera de aplicarme los azotes que no fuera de pie o arrodillada, opté por desnudarme casi del todo, me quité la falda y también la blusa para dar mayor libertad de movimiento a los brazos, conservé puestos solamente el sostén y las sandalias.

Con el corazón batiendo alocadamente dentro del pecho, empuñé con firmeza la correa y empleando toda la fuerza de mi brazo la hice describir un rápido giro hasta que el extremo impactó con estrépito en mi nalga derecha.

Sorpresa, dolor, calor, ardor y excitación… supongo que esa fue la secuencia de impresiones que agitaron mi ser. Dejé pasar unos segundos antes de repetir el golpe, que al dar en el mismo sitio que el primero esta vez causó bastante más dolor y, con la piel ya sensibilizada, el tercero resultó más lacerante aún.

Resolví entonces cambiar de mano para alcanzar la nalga indemne, a la que también apliqué tres recios correazos.

El dolor, pero tal vez más que éste, el deseo de contemplar el resultado en el espejo, pues la temperatura y ardor de la piel castigada me indicaban que los azotes habían dejado sus marcas, me impulsó a concluir el autoimpuesto castigo.

El espejo corroboró mis presunciones, en parte mis nalgas estaban al rojo vivo, pero el dolor inicial había cedido el paso a un ardoroso cosquilleo… A partir de ese momento un nuevo mundo se abrió para mí

La espera

Autor: Jano

¿Cómo evitar el castigo? El tiempo se me ha pasado en ensoñaciones. Mi Señor ha sido el protagonista de tales sueños. Su apostura, sus manos, esas manos, sus desvelos para inculcarme disciplina, rigor en mis actos, precisión en los cometidos. ¿Cómo justifico que  la cama no esté bien hecha? Lo está, pero presenta algunas arrugas que él detectará al instante. Me castigará, lo hará con el derecho que le asiste. Lo merezco por desordenada. Quizás no lo haga al momento dejándome con la incertidumbre. Llegará, sin duda.

Esa espera me enerva, eriza el vello de todo mi cuerpo. Él lo sabe. Me mantendrá expectante . Reprenderá mi  comportamiento una vez más antes de avisarme del castigo que, sin dudarlo,  recibiré cuando él decida. Espero su llegada. La temo. ¿La ansío?.

He sido instruida detalladamente sobre cuales son mis obligaciones y la manera de llevarlas a cabo de forma precisa, sin errores; supervisará con detenimiento cada rincón de la casa, interrogará sobre mis actos y aprovechará cualquier descuido, el menor resquicio en mis contestaciones para castigarme de la forma que determine. Siento ya, como si lo estuviera sufriendo, el rigor de sus manos sobre mi piel, el dolor de mi cuerpo, el cual,  anticipadamente, arde en deseos de purgar en la forma que él considere las faltas cometidas.

En lugar de afanarme, de aplicarme a ordenar todo, a que no halle una mota de polvo que justifique su rigor para conmigo, me solazo en sueños, recuerdos de las muchas veces en que he dado lugar a sus correctivos. En un contínuo, las imágenes de las escenas que recuerdo bajo sus manos se representan como una vívida película que altera mis hormonas.

De repente, observo dos cuadros frente a mí que están sin la precisa horizontalidad, ligeramente descuadrados: me apresuro a colocarlos en la debida forma; a él no le pasaría desapercibido y las consecuencias serían previsibles y dolorosas para mi cuerpo, para esa parte que con tanto empeño se complace en castigar por mi propio bien como tantas veces ha dicho.

Sus incesantes esfuerzos por mejorar mi atención para realizar las tareas encomendadas y conseguir la perfección, se ven anulados por mi notoria ineficacia y desidia. Tal actitud, inconscientemente rebelde, provoca que, muy a menudo, casi a diario, reciba de sus manos o cualquier otra cosa que quiera utilizar, largos castigos, zurras y admoniciones, regaños sin fin. Mi cuerpo y mi mente se debaten entre dos sensaciones contrapuestas; la una es dolorosa mientras, inexplicablemente, la otra provoca una excitación extrañamente placentera.

Temo su llegada; también su afán por educarme; sin embargo, no sé por qué razones, la espero con un aletear de mariposas en el vientre. Sé que mi Señor es justo, aunque también conozco su severidad para con mi educación. No se le escapa un detalle ni pierde ocasión de utilizar los medios que cree más oportunos para conseguir el objetivo de enseñarme a ser pulcra, atenta a mis deberes, a sus órdenes e instrucciones encaminadas a mi mejora.

Recuerdo aquel día en que, pese a mis esfuerzos por dejar la casa en perfecto estado de revista, a su gusto, el tiempo se pasó velozmente sin permitirme terminar el trabajo por completo antes de su llegada. Cuando él entró, aun me quedaba por repasar el largo pasillo. Su mirada de reproche, sin una palabra, me hizo comprender que pagaría cara mi falta. La orden fue tajante; debería fregar el maldito pasillo a la manera antigua, de rodillas, a mano. Me obligó a ponerme una de las cortas faldas que me había regalado, la más exigua que apenas cubría mis piernas. Pese a mis protestas y explicaciones de que el resto de la casa estaba en perfecto orden, de que no había tenido tiempo suficiente para terminar, no alteró su decisión y repitió la orden con gesto hosco. Para evitar males mayores de los que ya suponía se avecinaban, opté por obedecer. Antes de comenzar con tan humillante postura a cumplir sus deseos, me obligó a quitarme las bragas que aun llevaba puestas. En cuanto me arrodillara, mostraría en su plenitud mis nalgas a su mirada.

No bien me puse a la tarea, él se ausentó por un momento: cuando volvió, inopinadamente, sentí sobre mis carnes el picotazo de un golpe dado con la punta de la vara que yo tanto temía; a éste, siguieron otros más dados como un repiqueteo. Pese al dolor que sentía y los respingos que mi cuerpo daba, no debía perder de vista realizar la labor con la mayor celeridad y precisión posibles o imposibles. No contento con el castigo que me estaba inflingiendo, al parecer no contento con los resultados o para humillarme todavía más, de un golpe, derramó parte del agua que contenía el cubo. Airada, le miré; no debí hacerlo: la vara impactó en mi culo con una mayor violencia. Sin ánimo para rebelarme, me apliqué en achicar el agua esparcida por el suelo.

Durante un tiempo que pareció detenerse, seguí con mi labor sin dejar de recibir a intervalos regulares la mordedura de aquel odioso instrumento. Pese al dolor que me producían los golpes, una parte de mi cuerpo estaba tan húmeda, e incluso mojada, como el suelo que intentaba dejar limpio. Cuando terminé mi labor, le miré para saber si parecía satisfecho: nada en su semblante me indicó si lo estaba. Aun de rodillas, esperé anhelante sus instrucciones; éstas fueron que, una vez recogido todo, vestida como estaba,-- más bien semidesnuda--, me tumbara boca abajo en la cama y le esperara. Obedecí con prontitud y esperé pacientemente en la postura que me había indicado a que apareciera o no. Lo hizo al cabo de un rato. Después de reconvenirme por mis faltas durante unos minutos y repetirme que todo lo hacía por mi bien, imponente en su estatura y su gesto, lentamente, como siguiendo un plan preconcebido en sus más mínimos detalles, extrajo su cinturón y lo puso suavemente sobre mis nalgas;  después, las acarició con sus manos lo que me produjo un cálido bienestar y un escalofrío a lo largo de la espalda y el vientre.

Pasados unos minutos en que sus caricias me provocaban espasmos de placer, sin previo aviso, me azotó con la correa durante lo que pareció una eternidad sin darme tregua  para relajarme ni reponerme de cada golpe. De repente, los cintazos cesaron y él salió de la habitación. Al fin pude descansar, aunque no por mucho tiempo. Regresó y no hice el menor gesto para mirarle. Algo frío y mojado, una esponja empapada en agua, acarició mis nalgas refrescándolas y uniéndose a la ya patente humedad que discurría entre mis piernas. La gran excitación que sentía pedía imperiosamente que me penetrara como tantas veces hacía llevándome al placer más exquisito. Contra mis deseos, lo que penetró en mi cuerpo, fue un intenso dolor que me producían los golpes de lo que supuse era un recio cepillo para el cabello que él manejaba con gran maestría. La rudeza de sus golpes, unida al hecho de que tuviera las nalgas mojadas, hacían casi insoportable el dolor; en tanto, yo gemía y suplicaba que parara el castigo, pero sin éxito. La extraña dicotomía era que, a pesar del dolor, la fuente de mi excitación no dejaba de manar.

Un tremendo orgasmo sacudió las fibras de mi organismo, de mi cuerpo todo, que se contraía y se expandía a efectos de un placer nunca antes conocido.

Dejó de golpearme. De un cajón de la mesilla de noche, con gesto pausado y casi solemne, tomó un tubo de gel que aplicó a mis doloridas nalgas con exquisita suavidad y delicadeza. El frescor del producto y el contacto de sus manos, calmaron en unos pocos y deliciosos momentos el efecto de los golpes recibidos.

A pesar del tiempo transcurrido, conservo nítidas en mi imaginación todas las secuencias de aquel día. No es el único recuerdo que tengo de sus castigos: otros muchos se agolpan en mi memoria, no iguales, pero sí, semejantes.

El ruido producido por la puerta de la calle al abrirse me ha sacado de mis ensueños. Sé que pasará revista a toda la casa y, casi con toda seguridad, encontrará algo que no está a su gusto: no espero salvarme de una bien aplicada zurra.

¿Cómo podría evitar el más que probable castigo? ¿Querría evitarlo quizás?

Madrid, 12 de Marzo de 2006

Amadeo y Ana Karen: En Paris

Autores: Amadeo Pellegrini y Ana K. Blanco

 

Cuando el avión comenzó a despegar, no lo podía creer. Yo, que había soñado toda mi vida con viajar a París, estaba convirtiendo mi sueño en realidad. Y eso se lo debía a mi “mago” personal, Amadeo,  desde que había aparecido en mi vida y me había tocado con su magia, todo cambió para mí.
 
Me moría de los nervios, estaba cansada y con sueño porque en los últimos días casi no había podido dormir o lo hacía entrecortadamente por los nervios y porque trabajé bastante los días previos, pues quería dejar mis negocios en marcha por primera vez sin mí. Tengo claro que no soy imprescindible, pero sí  importante y también muchas veces necesaria
 
Me daba cierto remordimiento alejarme, pero deseaba y necesitaba salir del engranaje de los negocios y desenchufarme un poco de todo eso, cuando apareció esta oportunidad como “por arte de magia”.
 
París debe de ser bello en cualquier época, aunque me decía Amadeo que si hubiésemos podido esperar hasta mayo la temperatura resultaría ideal. Pero no importa, al contrario, deseo que nieve para poder disfrutar de la nevada, del frío, y del amor de Amadeo.
 
Abordé el avión con ropa de verano: unos pantalones livianos, pues resultan más cómodos para viajar, una sencilla blusa y la chaqueta haciendo juego con el pantalón. No me preocupaba pasar frío durante el vuelo, porque la climatización interior es excelente.
 
Después de horas interminables para mi paciencia, aterrizamos finalmente en París. Al descender, pude observar a través de los cristales que afuera estaba ventoso y la gente andaba muy abrigada. Por ese motivo, luego de pasar por migraciones y recoger el equipaje, me dirigí al toilette para mudarme de ropa, peinarme y maquillarme, pues deseaba que Amadeo me encontrara bella luego de un viaje tan largo.
 
Traté de cambiarme lo más rápido posible, pero tuve que sacar ropa más abrigada, ponerme medias ya que había descartado aparecer con pantalones, calzarme zapatos de tacón. De manera que  cuando salí, todos los pasajeros de mi vuelo habían desaparecido. Me encontré sola y perdida. Desorientada anduve un rato dando vueltas sin encontrar a nadie a quién preguntar, hasta que vi el cartel que decía “SORTIE – EXIT”. Gracias a él abordé finalmente la escalera correcta.
 
 
Los que han aterrizado alguna vez en las Terminales 1 o 2 del “Charles De Gaulle” entenderán por qué estaba seriamente preocupado al no ver aparecer a Ana Karen al sector de arribos, donde me encontraba esperándola. De acuerdo a la pantalla del televisor que tenía enfrente, el vuelo había arribado a horario, por lo que el descenso, el retiro del equipaje y el paso por migraciones le insumiría alrededor de media hora. Pero ya llevaba una espera de casi una hora y ella sin dar señales de vida. Estaba francamente preocupado. En esos casos uno siempre piensa lo peor, porque a pesar de su enorme tamaño la circulación interior se encuentra tan bien concebida y señalizada que resulta imposible extraviarse.
 
 Me situé frente a las escaleras mecánicas por donde debía emerger, salieron por allí una verdadera multitud de viajeros con sus equipajes a cuestas, pero ni rastros de ella. Hasta que finalmente la descubrí, venía agitada cargada con el bolso y remolcando la valija. Se arrojó en mis brazos y permanecimos un rato unidos sin pronunciar palabras. A mi me volvió el alma al cuerpo, pero al mismo tiempo me vino el enojo que fue creciendo a medida que ella me explicaba los motivos de la demora, la angustia que sintió al no encontrar a nadie y no dar enseguida con la salida. Entonces la increpé por haberse demorado en los baños sin necesidad.
Ana Karen siempre tiene argumentos para explicar o justificar todos los desaguisados y los enredos que arma, adujo que no quería presentarse ante mí hecha un espantapájaros, que tenía que arreglarse, que sintió frío y necesitaba abrigo, que además el baño del avión estaba atestado de gente y bajó con deseos de hacer pis, por último, viendo que yo seguía con el ceño fruncido apeló al último recurso de su arsenal, comenzó a hacer pucheritos y a acusarme con vocecita aflautada de ser un desconsiderado con ella que en lugar de esperarla con un ramo de flores lo hacía con un montón de reproches, que si sabía que eso iba a suceder más le hubiera valido pensarlo dos veces antes de hacer el viaje, que después de una noche de insomnio, fatiga y del mal rato que había pasado, yo (cruel de mí) lo único que hacía era atormentarla…
 
 
¡Era el colmo! Este tipo es un cavernícola. Yo preocupada por cambiarme y arreglarme para aparecer presentable ante él, y no bien me saluda comienza a atormentarme con reproches. Y, enojada se lo dije, con algunos pucheritos para ablandarlo un poco.
 
Al darme vuelta para salir recibí un fortísimo chirlo en mi nalga izquierda. La sorpresa me hizo saltar, mientras me decía al oído:-Bueno, vamos a casa. Esto lo arreglaremos después, porque esta tarde tengo una de las últimas reuniones que creo que será definitoria, porque las cosas están un poco complicadas.
 
Tomó el equipaje y subimos a una “navette” que nos llevó hasta la estación del RER  (Tren Rápido). De vez en cuando yo, lo más disimuladamente posible… me frotaba la cola.
 
                                                     
 
Abordamos el vagón y yo le cedí la ventanilla. Estaba deliciosa, su cara resplandecía como la de una niña en un bazar. ¡Estamos en París! Repetía sin cesar ¡Me parece mentira Amadeo! Y a medida que nos acercábamos a una estación preguntaba: ¿Ya llegamos? ¿Falta mucho? ¿Qué es esto? Villepinte, respondía yo, Le Bourget, es la próxima. ¿Cuántas estaciones más faltan?... ¡Huy! entramos en un túnel…Descendimos en la Gare du Nord y allí mismo hicimos combinación con el Metro.
 
 
No lo podía creer… nosotros en París. Abrí los ojos lo máximo que pude, no quería perderme ningún detalle. Todo el trayecto lo acribillé a preguntas. Salimos a la vereda de una ancha avenida.-¿En qué parte de París estamos? –Pregunté.-Dans les Grands Boulevards, Mademoiselle -me respondió en francés y enseguida agregó: en el Barrio de la Opera. Tomamos enseguida la rue du Faubourg Montmartre, cruzamos dos o tres callecitas después doblamos por la rue Geoffroy-Marie. Y cuatro o cinco puertas más adelante teníamos nuestro nido, en el quinto piso. Antes de subir, Amadeo me señaló el fondo de la calle que terminaba a pocos metros de donde nos encontrábamos, entonces vi el cartel y la entrada del famoso “Folies Bergère”. Sí, sin duda esto era París.
 
 
            Ana Karen quedó fascinada con el departamento una buhardilla transformada en loft con tres ventanas a  la calle. Se puso a retozar y a batir palmas.  Antes que pudiera evitarlo abrió una de las ventanas de par en par y una ráfaga helada nos invadió, le pedí que cerrara. -Dejame ver París, Monstruito –Dijo- ¡Quiero ver París!
En vano intenté decirle que desde allí lo único que vería serían techos y chimeneas, que lo que conseguiría es que pilláramos un buen resfrío. No sirvió de nada, me contestó que la vista era preciosa porque los techos de París eran tan románticos y que ella no sentía frío, que sus estremecimientos eran de emoción. Tuve que sacarla de un brazo y cerrar la ventana.
 
Protestó un poco pero enseguida se puso mimosa. Yo miré el reloj, de allí a la Defense tenía no menos de media hora de viaje, así que le dije que se acostara y descansara, que si sentía hambre en la heladera de la kitchenette encontraría unos omeletes, salchichas, sopa de cebollas, gaseosas y jugos de fruta, que calentara lo que deseara en el microondas, que yo tenía que ir a la reunión y se me hacía tarde.
 
 
No cabía en mí de emoción. El departamento era pequeño pero bonito. Lo recorrí de punta a punta, mirando todo; me detuve en una de las  ventanas para observar el paisaje. Los cristales estaban empañados así que abrí la ventana para disgusto de Amadeo, que protestó por el aire frío que entraba. Tenía razón, pero a mí me pareció delicioso y ¡me revivió!
Fue apenas un segundo, porque Amadeo me tomó del brazo para alejarme de allí. Entonces me colgué de su cuello buscando sus mimos, pero dijo que tenía que irse a las oficinas, que en la kitchenette encontraría comida y bebidas, que comiera algo y  después me acostara a descansar hasta su regreso. Y se despidió con un beso que me pareció más helado que el viento que soplaba en ese momento. ¡Uffff, qué fastidio! Yo no quería descansar, no había viajado tanto para descansar, sino a estar con él, para hacernos el amor hasta caer rendidos. Pero el muy tonto y desconsiderado se contenta con un beso y marcha.
 
¡No podía creerlo! ¡Después de tanto tiempo sin estar juntos después de tantos mails llenos de amor y pasión, de tantas horas de vuelo, después de tantas ilusiones que me había hecho… el tipo me deja plantada!
Comencé entonces a caminar por el departamento, a protestar en voz alta golpeando el suelo con el pie y los puños apretados. Estaba furiosa, no podía hacer nada mucho menos dormir con esa bronca.
 
 
Al regreso encontré a Ana Karen con trompa. Al principio se hizo la dormida, cuando me incliné para besarla, me dijo que no la molestara que estaba muy cansada, que ahora no tenía ganas de mimos, que quería dormir, que si yo quería hacerle el amor que lo hubiera hecho cuando llegó, que ella venía ilusionada con el recibimiento que le daría y que yo en lugar de mostrarme apasionado con ella la había tratado como a una mocosa irresponsable…
Traté de suavizar las cosas, pero sin éxito. Ella sabe muy bien cómo explotar las ventajas, conoce mis debilidades mejor que yo mismo. Siguió con la cantinela de reproches y en un momento dado se tapó la cabeza con las mantas.
 
Quedó así formando un ovillo y pude observar que estaba sacudida por espasmos, pensé que estaba llorando, compadecido tiré del cobertor. La muy sinvergüenza estaba muerta de risa, feliz de verme la cara de imbécil que tenía yo. ¡Se estaba burlando de mi! Y el tonto siguiéndole el tren. Pero si quería que reaccionara lo había conseguido.
 
-¡Te ganaste una buena paliza Nena! Dije mientras la tomaba por los brazos y la sacaba de la cama. Me dedicó una retahíla de adjetivos: ¡Suéltame bruto que me haces daño! ¡Abusador! ¡Depravado! ¡Puerco! ¡Tengo frío torturador! ¡Déjame cochino!...Logró soltarse y encerrarse en el baño.
 
 
A pesar del cansancio y el enojo, tenía hambre, así que en la kitchenette calenté algo de lo que había en la heladera, después con la panza llenita me zambullí en la cama y quedé profundamente dormida. Al despertar no tenía conciencia del lugar ni de la hora, hasta que recordé que ¡estaba en París!
 
Escuché el ruido de la cerradura. Amadeo estaba de regreso; entonces decidí tomar venganza haciéndome la dormida. Con los ojos entreabiertos observé su enorme sonrisa al inclinarse para besarme. En ese momento le di la espalda diciéndole con cara de enojo:
-¡Ni se te ocurra molestarme ahora! No tengo ganas de mimos, está? Ahora quiero dormir. Si tienes ganas de hacerme el amor, lo hubieras hecho cuando llegamos, en vez de dejarme abandonada acá. Y yo con las ilusiones que venía pensando en el recibimiento que me ibas a dar. ¿Y vos? No solo no fuiste cariñoso, sino que además me trataste como a una nena malcriada.
 
Para simular más enojo todavía me arrollé en la cama tapándome hasta la cabeza para que Amadeo no pudiera descubrir que me estaba riendo. Pero no podía contener las sacudidas de mi cuerpo al ahogar las carcajadas.
Eso me delató.
Amadeo me destapó y descubrió mi juego enseguida.  También fingía estar enojado, y me amenazó con una paliza mientras me sacaba de la cama, en tanto yo lo “insultaba” con el repertorio de: bruto, abusador, depravado, torturador, puerco…y todo lo demás…
Tengo la suerte que, como Amadeo es grande y forzudo, teme lastimarme, por eso no me tenía agarrada con demasiada fuerza así que, conseguí zafarme para encerrarme en el baño antes que me atrapara de nuevo.
 
 
Finalmente abrió la puerta y salió envuelta en mi bata enarbolando el cepillo de baño mientras me ordenaba que me alejara porque tenía que vestirse advirtiéndome que no me atreviera a tocarla porque estaba dispuesta a defenderse… Con un gesto majestuoso me volvió la espalda.
 
No perdí un minuto la tomé por la cintura y sin soltarla me senté en la cama. Estaba esperando esa reacción mía porque no ofreció resistencia, blandamente se dejó extender sobre mi regazo, mientras soltaba quejiditos de nena, más parecidos a arrullos de paloma que a protestas
-¡No me pegues Amadeo querido!... ¡Te prometo que…. Ayyy!
No le di tiempo a nada, el tono de su voz expresaba lo contrario, estaba esperando mis azotes, protestaba sólo por forma, para excitarme más. Elevó el tono de las quejas cuando le descubrí el bello trasero que estaba adquiriendo tonalidades subidas, con enorme gozo, anticipo del deseo que me inflamaba, redoblé las palmadas hasta enrojecer toda la superficie de los montículos que tenía delante.
 
 
Aproveché a darme una ducha y arreglarme un poco pero como no tenía ropa, me puse su “robe du chambre”, tomé el cepillo de baño y salí. Su cara era un poema sentí ganas de tirar el cepillo y arrojarme a sus brazos, pero no se la haría tan fácil. ¡No señor!
 
-¡No te me acerques! No te atrevas a tocarme porque estoy dispuesta a todo –le decía mientras lo miraba a los ojos, lo amenazaba el cepillo y caminaba hacia atrás, pero  cometí el error de girar de golpe y ofrecerle la espalda. Ahí se abalanzó y me tomó de la cintura. Sin soltarme se sentó en la cama, me cruzó sobre sus rodillas. ¡Vaya momento más hermoso! Por fin se hacía realidad lo que esperé tanto tiempo. Sí, ya sé que se supone que en esa circunstancia no debemos admitir que nos gusta ser nalgueadas, fiel a mis principios no lo hice. ¡Protesté! Conste que protesté, claro que… no demasiado, ¡pero protesté!
 
El primer azote cayó sobre la bata, resultó delicioso porque sentí el golpe pero no picazón ni dolor. Cinco o seis más lo siguieron antes de levantar mi bata.
Mis tibias protestas y pataleos se hicieron más enérgicos cuando percibí que mi trasero quedaba totalmente expuesto ante él. Entonces sí comencé a sentir los azotes aplicados con fuerza, con entusiasmo, pero sin enojo. Sabía que él disfrutaba de la vista de mi culo que por el ardor y el calor de las palmadas, lo suponía más y más rojo cada vez. Sentía un intenso escozor como la picadura de veinte escorpiones a la vez.
De repente la mano se detuvo, me ayudó a incorporarme, cosa que me extrañó. Amadeo también se puso de pie y… tomando mi rostro entre sus manos me besó con toda la pasión a lo que yo correspondí con los ojos cerrados, porque quería concentrarme en aquel beso tan especial.
 
Desanudó la bata, la abrió haciéndola deslizarse por mi cuerpo hasta caer al piso para dejarme completamente desnuda. Abandonó mi boca por un instante mientras yo permanecía con los ojos cerrados, esperando nuevamente sus besos. ¡Ja! Ilusa de mí. No sé cómo lo logró, pero antes de que me diera cuenta estaba otra vez sobre sus rodillas y sentí de forma inesperada el inconfundible golpe del cepillo.
 
-Estos azotes son… ¡plas! por tu demora en el aeropuerto… ¡plas, plas, plasss! por haberme hecho esperar… ¡plass! más de una hora…. ¡plass, plas! por protestar y por ¡plass, plas, plas!... haberme hecho llegar tarde a la reunión –y con cada frase me asestaba una cantidad de cepillazos que me hacían corcovear y patalear con ganas.
 
No sé cuántos cepillazos recibí, pero una vez de pie al llevar enseguida las manos a mis nalgas sentí que ¡hervían de calientes! Las acaricié, masajeándolas, frotándolas, en vano continuaban rojas, picaban y escocían de lo lindo.
 
Amadeo me miraba con el cepillo en la mano sonriendo divertido, sentado en el borde de la cama. Lo miré con bronca mientras saltaba tomando mis nalgas con las dos manos.
 
En ese momento por la ventana ví caer copos de nieve. Nevaba en París y yo estaba ahí, desnuda, recién nalgueada por el hombre que amaba, mientras las luces afuera titilaban, haciéndome guiños cómplices. Vino de golpe a mi memoria ese tango tan bonito, “Anclao en París”. Me puse a tararear:
 
“…Contemplo la nieve que cae blandamente
desde mi ventana que da al bulevar.
Las luces rojizas con tonos murientes,
parecen pupilas de extraño mirar…”
 
Amadeo se levantó, tomó mis manos, las colocó alrededor de su cuello. Se inclinó levemente y comenzó a besarme de forma muy suave y dulce, mientras me conducía a la cama. Las luces de la habitación estaban encendidas.
 
-¿Dejarás las luces así? –le pregunté tímidamente.
 
-¡Por supuesto! ¿O es que querés hacer el amor a oscuras precisamente en La Ciudad Luz? –respondió con una sonrisa, volviéndome a besar mientras sus manos comenzaban a recorrer mi cuerpo...

 

Betanía

Autor: Jano

Betanía se alejó del sillón en el cual estuvo de rodillas durante veinte minutos frotando sus nalgas a dos manos, con el inútil afán de mitigar el escozor  producido por el incontable número de azotes que había recibido durante ese tiempo. Se condujo con diligencia al dormitorio para tumbarse en la cama como le había sido ordenado.

Quizás sea mejor empezar por el principio y retratar a Betanía y sus circunstancias.

Ella es una mujer joven, venezolana, de negra y larga cabellera, con grandes ojos negros, duros y enhiestos pechos, cintura estrecha y bonitas caderas que  acompañan unas apetecibles y prominentes nalgas: de regular  estatura, su figura, por decirlo de una vez, atrae las miradas de cualquiera con el que se cruce y tenga ojos para disfrutar de su espléndida figura y atractivo rostro. Siempre con una sonrisa en los labios, no pasa desapercibida para nadie.

En el año…… cuando contaba diecisiete, entró a trabajar para J. como doncella, cocinera y todo lo relacionado con el cuidado de la casa y su persona. Desde aquella ocasión, habían transcurrido cinco años.

Durante un tiempo, su comportamiento fue irreprochable. La eficiencia de que hacía gala llenaba de satisfacción a J. quien no era ajeno a sus encantos además de estar encantado de haberla contratado.

A los pocos meses, Betanía, consciente de la admiración que por ella sentía J., comenzó a descuidar sus obligaciones, a prestar una menor atención al buen estado de la casa y de su señor, convencida como estaba de lo que él sentía por ella y, por ello, incapaz de reprenderla. Se dio en pasar más tiempo tumbada en la cama o viendo la TV que ocupada de sus tareas.

Pese a que J. se sentía atraido por ella y deseaba con todas sus fuerzas poseerla, la situación se estaba volviendo insostenible: encontraba polvo en casi cualquier sitio, los buenos alimentos que le preparaba antes se habían convertido en algo incomestible. Su cama hecha de cualquier manera, con arrugas y falta de cuidado. Su calzado y ropa antes tan mimada y colocada en su sitio, ahora se volvía loco tratando de encontrar cualquier prenda.

Habló con ella haciéndole ver lo irregular de su comportamiento sin obtener resultado alguno. Ella seguía comportándose de la misma forma descuidada.

En contra de su natural bondadoso y paciente, J. decidió tomar cartas en el asunto para intentar cambiar aquellos malos hábitos de Betanía a la que, en efecto, había tomado algo más que afecto y a quien no quería perder por nada del mundo: lo más adecuado hubiera sido despedirla, pero…… y ese pero era lo que por ella sentía y le impedía hacerlo.

Dos veces más intentó que ella cambiara sus malos hábitos de los últimos tiempos sin que consiguiera lo más mínimo. Betanía, en su fuero interno, creía que nada de lo que ella hiciera mal, sería motivo de que la despidiera por el amor que bien sabía J. sentía por su persona. No andaba muy descaminada.

Sin embargo, tras un largo tiempo en que J., armado de paciencia y de amor mezclado con deseo, harto, desesperado por no obtener resultados por las buenas y llegado a un punto de no retorno, después de un nuevo intento y comprobar que sólo las palabras no hacían mella en la actitud de la joven, enfadado en grado sumo, casi sin saber lo que hacía y en contra de todos sus planteamientos vitales sobre la no violencia, descargó su mano sobre la cara de ella, lo que la obligó a tambalearse. Con los ojos desmesuradamente abiertos por la sorpresa, Betanía se llevó la mano al lugar donde había sido golpeada.

Contra toda previsión, de su boca no salió una sóla palabra de protesta: se quedó inmóvil, expectante, balanceándose sobre uno y otro pie. En su rostro se pintaba un no se sabía qué. Enardecido por la respuesta de ella, J. la arrastró sin miramientos hasta un sillón cercano y, haciendo que se inclinara sobre él, comenzó a lanzar una serie interminable de azotes a aquellas nalgas que tanto deseaba acariciar sólo protegidas por el ajustado vestido negro de uniforme.

Una insana satisfacción se apoderó de J. mientras la castigaba de aquella forma. Quizás de aquel modo consiguiera lo que no había obtenido de buenas maneras. De cualquier forma, poco importaba el resultado de aquella acción: era tal su grado de excitación y el placer que le producían el castigo que estaba inflingiendo a la joven, que nada que ocurriera después le preocupaba.

En tanto, Betanía, inexplicablemente, sólo profería gemidos sin que se notara en ella la intención de escapar al castigo. Estóicamente, permanecía en la posición en que J. le había colocado. Éste, cada vez más excitado, alentado por la pasividad de Betanía y lo que parecía una aceptación de semejante castigo como expiación por tanto tiempo de incumplir su cometido, sin la menor consideración, levantó el vestido de la muchacha hasta la cintura y bajó sus bragas hasta los tobillos. Fue entonces cuando por primera vez pudo apreciar la magnificencia de aquellas gloriosas nalgas, las cuales, aun cubiertas por la ropa, tantas noches de insomnio y estados febriles le habían costado. Durante unos segundos, presa de la admiración y los deseos que aquella visión le producían, no sabía si azotar o acariciar, sumergirse en el placer de tocar y aspirar su aroma o proseguir con el castigo. Optó por lo último y recomenzó a estrellar sus manos de forma inmisericorde sobre aquella palpitante y ya roja piel. Los gemidos de Betanía que acompañaban como la respuesta en un canon cada azote que recibía,  excitaban más y más a J. hasta el punto de que una a modo de espesa niebla se cernía sobre él.

Inopinadamente, J. se inclinó sobre aquellas adorables nalgas y las acarició con delectación mientras inspiraba el aroma que de ellas se desprendía. Con un esfuerzo de voluntad, pese a que lo que deseaba sobre todas las cosas era penetrar entre aquellos turgentes y deseados globos, con un gesto decidido, extrajo su cinturón y, con el doblado en dos, reinició el castigo azotando a Betanía sin descanso durante diez minutos o más. En tanto, ella seguía sin abandonar el ara donde sus nalgas estaban siendo sacrificadas.

Como todo tiene un final, el castigo llegó a su término. J. hizo que Betanía se alzara de su posición y, sin poder ni querer remediarlo, la abrazó y besó con ardientes besos a los que ella correspondió de la misma forma. Dejando de sujetarle con ambos brazos,  una de sus manos acarició las tan azotadas nalgas para luego llevarlas al pubis donde se encontró con una verdadera fuente. Sin más preámbulos, allí mismo, sobre la alfombra, ambos se poseyeron frenéticamente durante un espacio de tiempo inverosímil y eterno.
Pasados los arrebatos de la pasión, decidieron dar y pedir explicaciones. J. le confesó a Betanía el amor que había ido creciendo hacia ella casi desde el instante de conocerla. Ella le confesó que lo mismo le había ocurrido y que todas las cosas que había hecho mal eran para llamar su atención; que le veía tan distante y caballero que no se le ocurrió otra forma de hacerlo. Estaba contenta porque había conseguido su propósito y con la paliza había pagado todo lo que había hecho mal.

Durante un tiempo, Betanía volvió a ser la que era y la relación entre ella y su señor, se convirtió en algo más que de trabajo.
Sin embargo, extrañamente, pasado un tiempo en que todo funcionaba a la perfección, en que se amaban a todas horas y la casa relucía limpia y ordenada, algunas cosas empezaron a fallar. J. se dio cuenta casi al momento pero no quiso tomar medidas drásticas con la que ahora, además de la casa, se ocupaba de llenarle de satisfacciones habiéndose convertido en su amante a la que correspondía con entusiasmo y amor.

Pasaban los días y la cosa iba cada vez peor. El desinterés de aquel tiempo pasado, parecía haberse instalado en Betanía. Viendo que las advertencias no servían para nada y que la casa iba cada vez a peor, J. decidió retomar lo que, salvo aquella primera vez, había dejado en suspenso: nunca más había castigado a su amor.

Una noche en que después de disfrutar de sus cuerpos y su amor el la recriminó por su dejadez, ella le contestó que no era su esclava. Asombrado por aquellas palabras, irritado, le dio la vuelta desnuda como estaba y comenzó a azotarla sin piedad. Veía cómo sus nalgas se iban poniendo cada vez más rojas, cómo ella pataleaba y se quejaba del trato pese a lo cual, él seguía descargando las manos sobre ella. Paró durante unos instantes y le preguntó si aquello era suficiente para que rectificara su conducta. A eso respondió ella que no y la azotaina recomenzó. Sólo cuando J. se sintió casi agotado y con un gesto comprobó el estado que presentaba la entrepierna de su amante, cesó de golpearla.
Haciendo pucheros y mirándole tiernamente, Betanía le dijo:
--Tonto; ¿Es que no te dabas cuenta de que lo que intentaba era que volvieras a castigarme? ¿Que me gustó tanto aquella vez que quería que lo repitieras y tú ni enterarte?—


Madrid, 12 de Febrero de 2006

Cuando el amor duerme

Autores: Amadeo Pellegrini y Ana K. Blanco

Mi querida Ana Karen:

Son aquí las tres de la mañana, mi Hualichum personal me despertó para recordarme que me tenía que levantar a escribirte, me arrebató de los brazos de Morfeo para arrojarme a los tuyos, tengo que agradecérselo, después de todo el "Espíritu Malo" no lo es tanto, (podría ser peor, pienso) Lo único malo de todo es que estoy dormido todavía en una especie de estado de estupor, como si llegara de otro planeta.
 
¿Qué se le dice a una persona que en este momento está durmiendo, desnudita, desparramada en la cama, reponiéndose de las fatigas y emociones del día? Le estoy pidiendo al Hualichum que me inspire para decirte algo lindo, pero si supieras lo que el muy canalla me sugiere, si imaginaras las cosas que me está insinuando que te escriba, hasta a mí me da vergüenza y eso que creía haberla perdido hace mucho tiempo.
 
Ahora la entiendo a la pobre "Puyí" de qué forma la dominaba, me exige que te levante la sábana, me tienta diciéndome que estás desnuda, que puedo ver resplandecer tu fina piel blanca y que como estás profundamente inconsciente puedo tocarte por todas partes y por esas órdenes que me da, ahora estoy despierto con el corazón latiendo enloquecido y la sangre calentándome la cabeza. ¡Ay mi querida muchacha qué mal me tiene este genio maligno! Yo sé que vos no tenés la culpa de nada, que sos inocente y que en este momento ignorás todo lo que el Hualichum me está proponiendo que te haga.
 
Estoy considerando hacer un trato con él para que en lugar de hacértelo te lo escriba como un cuento y hasta le pensé el título, el título nada más por ahora, le pondría "el amor dormido" o "cuando el amor duerme" este último me gusta más, ¿sabés lo que me dijo el maldito? Me dijo:  ¡No seás pelotudo el amor nunca se duerme! El amor tiene que estar siempre despierto, el amor tiene que estar siempre alerta, el amor tiene que... Bueno ¿Para qué voy a seguir? Las cosas que dice harían sonrojar al Marqués de Sade, con eso te digo todo, mi querida.
 
Y al final me hizo destaparte para decirme: Mirá qué formas tan hermosas, mirá la morbidez de su piel... ¡Dale animate, tocala vas a ver que suave es! Mirala, imaginátela en la Inglaterra Victoriana, una púdica y reprimida damita inglesa recatada y prudente durmiendo desnuda... ¿No te parece que habría que darle una lección? ¿Decime Amadeo qué le harías a ese culito ahora? Y dale yo ya no sé como sacármelo del medio...

En este momento está encaramado encima de la pantalla de la computadora; desternillándose de risa, me dice: No necesito leer lo que estás escribiendo ¡Papanatas! Con verte la cara de marmota que tenés ya sé lo que pensás. Pero decí la verdad a vos te gusta mirarla, te gusta pensar todas estas cosas, no ves el momento de tenerla para vos solo, te relamés de pensarlo ¡Morboso! ¡Morite de ganas!  y seguí escribiendo mañana cuando tu amorcito se despierte y lea esto, ¿qué te parece que va a decir? Que sos un imbécil que ya tendrías que haber ido diez veces a su encuentro, tonto, cobarde, pusilánime, indeciso.

¿Qué estás esperando? Y no me vengas con el cuento de la responsabilidad, de tu trabajo, mentira, mandá todo a la mierda y deja de escribir pavadas. Agarrala de una vez por todas, apretala, mostrale que sos un tipo de agallas como corresponde y dale unos buenos azotes para que te conozca, entonces después sí la abrazás, la besás, la mimoseas, la baboseas,  te revolcás ahí en la matita, te metés en la cuevita y hacés todo lo que tenés que hacer. ¿O te crees que escribiéndole ganás algo? No m’hijito las cosas hay que hacerlas no escribirlas. ¡Vamos de una vez!
 
No lo vas a creer mi amor, pero me tiene así a cada rato, por momentos creo que se ha ido para dejarme tranquilo pero no, enseguida reaparece y vuelve a la carga con más furia. ¡Pobre Puyí! ¡Lo que habrá sido para ella... Con razón se escapaba a la laguna! Ahora la comprendo.

Amor, no pensarás que me he levantado a esta hora sólo para escribirte lo que me dicta mi “Hualichum” personal, no, es que no aguanto esperar hasta mañana para darte una noticia: Me voy a París muy pronto, no bien nos confirmen la fecha de reunión. Resulta que una de las empresas, cliente de nuestra Consultora, tiene que renegociar allá unos contratos de exportación próximos a expirar y me han pedido que acompañe al gerente de ventas para colaborar con él. Obviamente además de los honorarios voy con los gastos pagos, los míos y los de mi acompañante, eso es lo convenido y aquí viene lo más importante: ¿Te animás a venir conmigo? Por favor contestame rápido, ya pedí reservar dos pasajes, por las dudas y con la esperanza que aceptes.

¡Dale decí que sí y nos vamos a París, mi amor! Espero tu respuesta hoy. Mil besos.

Amadeo

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Mi adorado Amadeo:

¡Qué hermoso todo lo que me escribes! Adoro a nuestro Hualichum casi tanto como a ti. Me gustan las ideas que te da y las cosas que te hace hacer en las madrugadas. Porque sé que no es la primera vez que se comporta así, ¿verdad?

El relato de los sucesos nocturnos con nuestro demonio particular me gustó muchísimo, pero más me gustó tu invitación a Europa, para viajar y disfrutar de París. Y la respuesta es: ¡SIIIIIII! ¡por supuesto que sí!

Siempre soñé con visitar París y ¿qué mejor que de tu mano? Claro que acepto. Acepto encantada y te agradezco infinitamente la invitación. Estoy segura que lo pasaremos maravillosamente bien. “Du café au lait avec de croissants s’il vous plaît Monsieur” Eso es lo que quiero desayunar, y en la cama por supuesto.

Ahora, tú sabes que tengo dos empresas en funcionamiento, así que necesito organizarlas para irme tranquila. Calculo que en un una semana o 10 días tendré todo preparado. ¿Está bien así?  Imposible salir antes. Te lo digo por las dudas, porque veo cierta urgencia en lo tuyo y deduzco que quizás no puedas esperarme. Pero yo voy ¿eh? ¡Yo quiero ir!

Conocer París siempre fue uno de mis anhelos, pero jamás había soñado hacerlo junto a alguien como tú. ¡Ay amor! ya quiero estar allá contigo, y así será apenas arregle las cosas aquí. ¿Me esperarás para irnos juntitos?

Por favor, envíame las instrucciones necesarias, la fecha de partida, qué necesito presentar y demás, así mañana mismo comienzo a preparar todo para el viaje. ¿Te parece?

Bueno, mientras espero tu respuesta, me quedo con tus mil besos y te envío otros mil para ti, estos dulces y pegajosos para que no te los puedas quitar. ¡Te amo!

Ana Karen

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Mi querida Ana Karen:

Mientras aguardaba tu respuesta que me llenó de alegría, recibimos un llamado de la empresa, saldremos pasado mañana por Alitalia via Milán – París. Hablé ya con la agencia de viajes, tu pasaje está confirmado y pagado, tenés que ponerte en contacto con ellos y mandarles tus datos; cuando llames preguntá por Moreno, es amigo mío, él se ofreció para hacerte también la otra reserva aérea, así combinás el vuelo desde allá a Ezeiza para tomar después el de Alitalia. Por favor avisale cuanto antes la fecha que vas a viajar por el tema de las plazas.

Todavía no sabemos en qué hotel nos vamos a alojar, eso quedó a cargo de los franceses, no obstante les pedí, si era posible conseguir para mi un apart-hotel en el centro. Las oficinas de ellos están en la Defense, pero prefiero un alojamiento más modesto aunque sea antiguo, donde nosotros dos podamos sentirnos más como en casa. De todas maneras si no nos resulta, nos mudamos a otro y chau.

Bueno mi adorable botija, nos mantenemos en contacto, entre tanto te salpico de besos.

Amadeo

continuará

El Sacachispas

Autores: Amadeo Pellegrini y Ana K. Blanco

Hasta los catorce años vivió en Montevideo con sus abuelos y la tía Clotilde, que la habían criado desde los dos meses de edad, a su madre no la conoció y a su padre lo veía cada tanto. De pronto Venancio Paunero había aparecido en la casa para llevarla con él a Carmelo.

-Estará mejor allá conmigo -había dicho. Los abuelos ya no estaban para andar ocupándose de botijas [niños], la hermana tampoco, ella tenía demasiados problemas y encima debía atender a los viejos, la ciudad resultaba peligrosa para una mocita que no tardaría en tener una bandada de gavilanes revoloteando a su alrededor. Además desde que había terminado la relación con la Fermina, disponía de lugar para ella en el inquilinato de la calle General Flores donde vivía.

No se ocupó de saber qué pensaba Balbina al respecto. Pero a ella, le entusiasmaba la idea de abandonar la casa de los abuelos, para quitarse de encima  la maniática vigilancia de la tía solterona que ni siquiera la dejaba asomar a la calle; por ese motivo la pequeña ciudad de Carmelo no la desilusionó como tampoco la austeridad de las dos habitaciones que componían su nuevo hogar, porque allí al menos tendría libertad…

De aquellos dos cuartos comunicados entre sí y con la galería que circundaba el primer patio, el más amplio servía de cocina, comedor y sala de estar, tenía una gran mesa de pino tea en el centro rodeada por seis sillas de paja, otra mesa más pequeña adosada a la pared para el calentador de kerosén, un armario antiguo y en una esquina la palangana, la jofaina y el toallero completaban el mobiliario. El otro, dividido por una deslucida cortina gris era dormitorio. De un lado estaba la cama de hierro de su padre, la mesa de noche y una cómoda: detrás de la cortina su catre y un gran baúl verde con guarniciones y herrajes de bronce. El ropero de tres cuerpos había sido colocado en el medio para bloquear las dos hojas de la puerta que daban a la galería.

Las piletas para lavar la ropa y los retretes para uso de los inquilinos estaban en el segundo patio, al fondo, eso resultaba para Balbina uno de los detalles más incómodos de aquella casona. Sin embargo más sugestivo e inquietante para ella, resultaba todavía en la cocina: el rebenque colgado del mismo clavo que sostenía también un almanaque.

Ese rebenque que había armado Venancio uniendo con alambre un trozo de rienda a un cabo de palo de escoba, no estaba allí precisamente como adorno, según le informó escuetamente su padre:

-Ese es el “Sacachispas” Mírelo bien mocita, porque cuando haga falta ese le va a ajustar bien las presillas, ¿sabe?

En ese momento Balbina no abrió la boca, se limitó a asentir con la cabeza.>

No cabía comentario ni pregunta alguna, estaba muy claro que cuando él “echara chispas” por algún motivo, emplearía el rebenque para “sacarle chispas”  a ella… y  lo de “ajustarle las presillas” significaría, claro, una azotaina. Ya se estaba acostumbrando a la forma de expresarse de su padre.

A Balbina, que, por obvias razones estaba decidida a no darle a Venancio Paunero motivos para usar el “Sacachispas”, aquel rebenque colocado de manera tan ostentosa que la mirada de cualquier visitante tropezaba enseguida con él, le resultaba desagradable pues se le antojaba algo indigno, vejatorio, poco menos que indecente.

Tenía conocimiento que muchas familias poseían también algún tipo de rebenque o zurriago parecido, tanto como elemento de disuasión como, -llegado el caso-, para castigar faltas domésticas, pero no los tenían a la vista de todo el mundo; el decoro, el buen gusto, la discreción los mantenía ocultos en  guardarropas, armarios, o en los cajones de algún otro mueble.

Paunero, nacido y criado en esa región, donde los ríos Uruguay y Paraná confluyen repartiendo sus aguas en la miríada de islas que forman el Delta de donde parte el estuario del Río de la Plata que baña las costas uruguayas y argentinas, había llevado una vida agitada por muchos amoríos y diversos oficios, algunos menos honestos que otros.

Las islas, lagunas, bañados [humedales], arroyos y riachos, sus meandros y escondrijos no tenían secretos para ese aventurero andariego que terminó haciendo del contrabando su profesión habitual.

Al comienzo fue un “bagayero” [contrabandista] como los demás, dedicado a pasar pequeños cargamentos, pero poco a poco fue ensanchando la base de operaciones hasta llegar a convertirse en un personaje importante dedicado a todos los rubros: contrabando de personas, cosas, armas, valores, lo que fuera, entre los dos países.

Esas actividades le habían proporcionado un buen pasar, pero al mismo tiempo demasiados sobresaltos. En varias ocasiones había tenido que esconderse meses enteros para eludir el brazo de la ley, por esa razón y con motivo del golpe militar en la Argentina que endureciera la vigilancia y los controles fronterizos había resuelto, finalmente, ocuparse de su única hija y llevar una vida más sosegada.

La mocita pintaba bien, tenía una figura grácil en la que comenzaban a sobresalir ciertas prominencias como esos dos pequeños bultitos de los pechos que empujaban la ropa hacia adelante o la  incipiente curva de las caderas.

En cuanto a su carácter, a Venancio le recordaba mucho a la madre, impulsiva, algo atolondrada, efusiva y temperamental. Con el tiempo seguramente se convertiría en una mujer apasionada, de reacciones ardientes y fogosas. Esto último le preocupaba bastante.

No dudaba que debía mantenerla sujeta, era consciente que si llegaba a aflojarle un poquito las riendas corría el peligro de perder muy rápido el control sobre ella.

Conocía bastante bien la hechura para no estar seguro que tarde o temprano y en más de una ocasión tendría que ajustarle las presillas…

Al principio todo anduvo sobre rieles, Balbina se mostraba dócil y obediente. Cual pequeña ama de casa, limpiaba y ordenaba las habitaciones, lavaba sus ropitas,  planchaba las camisas del padre, le cebaba mates. En poco tiempo aprendió también a guisar, a hacer el puchero y preparar otros platos sencillos.

El primer encontronazo entre ellos se produjo unas semanas más tarde. Balbina quería visitar el puerto de noche porque le habían dicho que desde allí se veían perfectamente las luces de la ciudad de Tigre en la orilla argentina.

Para hacer ese paseo había convencido a una de las muchachas del taller de costura de enfrente, sólo faltaba el permiso correspondiente.

Venancio fue terminante, el puerto no era lugar para que dos muchachas anduvieran solas de noche por ahí… La negativa soliviantó a la impulsiva Balbina que le respondió de mala manera volviéndole despectivamente la espalda.

Más le hubiera valido no hacerlo. Venancio Paunero tronó: ¡Mocita! ¡Venga para acá inmediatamente!

La inesperada orden dada en tono que no admitía réplicas ni demora alguna, detuvo en seco a la muchacha que demudada y temblorosa como hoja de papel, giró obedientemente sobre sus talones para regresar con la cabeza gacha.

¡Alcánceme el “Sacachispas”! ¡Enseguida!

No tenía intenciones de azotarla, porque la veía demasiado frágil y delicada todavía, el rebenque podía lastimarle la piel… sólo quería meterle un poco de miedo en el cuerpo.

Ya llegará la ocasión, -ensó-, de pelarle las asentaderas y hacerle sentir el gusto del cuero… De momento, para ajustarle las presillas, con la mano alcanza...

Más muerta que viva, Balbina, con mano temblona,  descolgó el rebenque y se lo alcanzó.

Paralizada por el terror, observó como Paunero enarbolando el instrumento descargaba fuertes latigazos encima de la mesa primero, sobre el asiento de una de las sillas enseguida y, por último, contra el suelo. Cada choque del cuero producía un estampido seco que la estremecía de la cabeza a los pies…

Después de esa primera demostración, el padre se entretuvo rozándole las piernas con la lonja, haciéndolo subir y bajar al rebenque por delante y por detrás. De tanto en tanto, para intimidarla un poco más, jugueteaba con la falda alzándosela hasta la cintura con el extremo del cabo.

Durante ese lapso Balbina, convencida que abrir la boca no haría más que agravar las cosas, mantuvo cerrados los ojos y las mandíbulas fuertemente apretadas esperando el chaparrón que se avecinaba…

Para su sorpresa Venancio colocó el rebenque encima de la mesa y, suavizando el tono de voz, dijo:

Vea, mocita, por esta vez voy a sofrenar al  “Sacachispas”. Pero ni se piense que se las va a llevar de arriba… Venga arrímese…

La tomó por un brazo obligándola a inclinar el cuerpo hacia adelante. Con deliberada lentitud fue atrayéndola hasta atravesarla boca abajo sobre las rodillas, enseguida nomás la acomodó bien en esa posición, luego le rodeó la cintura arrimándola más a su cuerpo con la mano izquierda.

La pasividad de la muchacha, facilitó todos los movimientos. Ni siquiera opuso resistencia en el momento que  le alzó las faldas exclamando: ¡Para esto los trapos sobran! Ni cuando agregó: Esto también está de más… al deslizar hacia abajo la bombacha [bragas] para descubrirle las nalgas.

La aparición del suave trasero adolescente retrotrajo a Venancio a épocas distantes de su existencia./p>

Mientras recorría con mirada complacida el relieve de aquellas tiernas prominencias, la estrecha hendidura, los breves pliegues y hoyuelos que adornaban el conjunto, por su cerebro desfilaban una multitud de imágenes del pasado.

La blanquecina piel de magnolia de Balbina, le recordaba el trasero de la Yoli, esa mujer de Las Lomas que lo había encaminado hacia los singulares deleites del castigo al confesarle, una lejana noche, que “se ponía así de loquita porque estaba necesitando un poco de rigor…”

Nunca olvidaría aquellas palabras ni la manera decidida como Yolanda Carrascal lo indujo a nalguearla tumbándose en su regazo; apremiándolo después para que no lo tomara a broma, porque ella pretendía  que la azotaran con ganas…

Para el inexperto joven, los sorprendentes efectos de esos primeros azotes propinados a mano abierta en el atractivo trasero de una ardorosa mujer madura constituyeron todo un descubrimiento.

La manifestación de ese aspecto velado y fascinante de los juegos amorosos lo acompañaría de por vida.

A partir de aquella lujuriosa experiencia fueron muchas las mujeres a las que, por algún motivo o simples deseos carnales, Venancio Paunero  nalgueó sobre sus rodillas.

No las olvidaría; de cada una conservaba gratos recuerdos. Mujeres como la dulce Flora Marún que a pesar de su aspecto aniñado y corta estatura se resistía con fiereza a las azotainas, obligándolo a mantenerla bien sujeta porque durante la paliza corcoveaba a lo potro lanzando recios puntapiés; en cambio pasaron otras más resueltas, de carácter áspero y fornida apariencia, que protestaban un poco, pero a los primeros azotes se doblegaban con resignada mansedumbre, no faltaron tampoco las que se entregaban blandamente sin rechistar y también aquellas que, después del estreno no tardaban en aficionarse al castigo.

Estaba seguro que ninguna de ellas le guardaba rencor y que casi todas tenían buenos recuerdos de su callosa mano…

Esto pasaba por la cabeza del hombre, mientras acomodaba el cuerpo de la hija. Aunque en la ocasión las cosas resultaban distintas, pues estaba haciendo uso de su legítima autoridad, aunque no podía sustraerse al influjo de aquellas  desprotegidas nalgas…

Cerró los ojos para alejar de la mente los turbadores recuerdos  antes de descargar la palma de la mano que se hundió en la blanda carne dejando allí una impronta rojiza…

Fue espaciando las palmadas, mientras tanto Balbina pugnando por no gritar para no alborotar al resto de los habitantes de la casa, lloraba a moco tendido. Paunero llevaba mentalmente la cuenta, al llegar a la docena suspendió el castigo y ayudó a la muchachita a recuperar la verticalidad.

Aunque estaba convencido que había obrado con mesura el llanto de Balbina lo conmovió en lo más hondo.

Aquella paliza representó un episodio trascendente en la vida del padre y también de la hija. Las emociones experimentadas en la ocasión despertaron en la muchacha sensaciones hasta entonces oscuramente intuidas, pero en Venancio avivaron inconfesables deseos férreamente reprimidos que esa misma noche fue a satisfacer en uno de los tugurios aledaños al  viejo astillero...

Durante unos días ambos evitaron mirarse a la cara. Balbina avergonzada por lo sucedido, su padre también, aunque por diferentes motivos.

A raíz de aquel suceso, ambos formularon apreciaciones equivocadas respecto de las actitudes asumidas por el otro. La muchacha atribuía los gestos adustos del padre a la permanencia del enojo que ella había provocado, en tanto el hombre imputaba la mirada huidiza de la hija al bochorno producido por la envilecedora desnudez que le impusiera al castigarla.

A Venancio, en verdad,  lo avergonzaba un turbio deseo que lo inclinaba hacia ella… Aunque, durante la tormentosa relación que mantuviera con la madre, en algún momento dudó de su paternidad

A Balbina, por su parte, la humillaban los ásperos estímulos sensuales que aquellos azotes habían despertado en su cuerpo; desde entonces la urgía un insólito afán por renovar idénticas emociones…

El transcurso del tiempo se encargó de atemperar todos los recelos y volver las cosas al estado anterior. La relación de confianza entre ambos se restableció de manera más firme.

>Día a día Balbina experimentaba mayor admiración por el padre, en tanto Venancio advertía que la hija le importaba mucho más que su propia vida y que, cuando pensaba en el futuro, el malestar de los celos lo iba carcomiendo.

Imaginar que algún día la mocita llegara a abandonarlo como había hecho la madre lo sacaba de quicio. Por esa razón extremó los controles y la vigilancia sobre ella.

Pero resultaba imposible vivir pendiente de la hija todas las horas del día, pues atender los pedidos, la clientela, los “pasadores” y comisionistas que trabajaban para él le insumía buena parte de la jornada fuera de la casa, porque en su vivienda de la calle General Flores no recibía a nadie por ningún motivo, sus despachos  en horas determinadas eran las mesas de ciertos bares del centro, allí cobraba, pagaba y cerraba todos los tratos.

Para no descuidar la vigilancia sobre la moza contaba con la complicidad de algunas vecinas que, -favores y propinas mediante-, lo mantenían al corriente de las idas y venidas de la muchacha.

Al comienzo, Balbina creyó que las ausencias de Venancio la dejaban en completa libertad sin sospechar que era objeto de un permanente espionaje por medio del cual todos sus movimientos eran registrados y debidamente informados.

Descubrir que no podía mentir, ni engañar a Venancio le valió la segunda gran paliza de su vida. En la ocasión zafó, por muy poco, de probar los efectos de “el sacachispas”, pero no consiguió evitar el balanceo boca abajo sobre los muslos de su padre, mientras éste, -luego de ventilarle el trasero-, se lo azotó con inusitada furia…

No es que cometiera una falta seria, ella simplemente había salido a dar un inocente paseo, pero le había mentido, eso era lo grave del asunto: la mocita comenzaba a mostrar la hilacha, para que no le tomara demasiada afición a la calle, el autor de sus días resolvió prevenirla de esa manera.

Al principio, la vigorosa aplicación del remedio elegido esultó bastante amargo para la muchacha que no pudo contener el llanto, pero a medida que los dolores disminuían cediendo paso al escozor en la enrojecida piel, irrumpieron los inquietantes, aunque agradables, cosquilleos en las partes más recónditas y sensibles de su cuerpo…

La cólera inicial del hombre, se apaciguó del todo con los prolegómenos de la paliza; la vista del blanco trasero de Balbina le aceleró las pulsaciones, pero no contuvo la fuerza de su mano que aplastó repetidamente la blanda carnadura de los glúteos.

Los azotó hasta enrojecerlos, sin ninguna clase de reparos, ni pausa, ni prisa… Ya dispondría más tarde del tiempo necesario para desfogarse en la barriada del astillero con alguna de las muchachas de allá…/p>

Venancio Paunero, no tardó en lamentar que el tiempo transcurriera con tanta rapidez, la mocita que había traído de Montevideo crecía demasiado rápido. La plenitud de sus formas, la cadencia de sus pasos, el acompasado movimiento de sus caderas, hasta los menores gestos prefiguraban ya una hembra hecha y derecha.

Paralelamente adquiría ella mayor firmeza e independencia, sostenía sus opiniones con vehemencia, trataba de imponer sus criterios y aunque las rebeldías y la obstinación voluntarista le acarrearan frecuentes palizas, éstas no parecían afectarla demasiado, más aun, en algunas ocasiones parecía provocarlas.

Consciente el padre que las palizas ya no la impresionaban y por ese motivo no producían los efectos buscados, estuvo por echar mano al rebenque en más de una ocasión.

Sin embargo se contuvo y continuó castigándola como siempre: boca abajo en sus rodillas, era la manera de hacerle saber que aun no había crecido lo suficiente, que todavía era una botija [niña], convencido, de paso, que ese tratamiento la humillaba más, porque terminada la paliza corría ella a tumbarse en su catre...

Rafaela llegó a Carmelo casi con la primavera. Era hermoso ver como cambiaba todo en septiembre. Volvían las golondrinas, se veían las primeras hojitas salir de los brotes, todo florecía y hasta el aire, aun frío, se hacía más respirable y energizante.

La habían contratado de un colegio privado de Carmelo, pero eso sería a partir de marzo del siguiente año. Entonces decidió irse a vivir desde ya, así podría ir conociendo la gente, costumbres, lugares y autoridades del lugar, para que una vez comenzadas las clases, todos la conocieran y también ella saber con quién estaba lidiando. Tenía 31 años, aunque representaba un poco menos.

Al llegar a la estación de autobuses de Carmelo no sabía muy bien hacia dónde dirigirse, así que contrató a Ricardo para que cargara sus valijas y hablando con algunos vecinos y haciendo preguntas sobre dónde podría alojarse, varios le recomendaron el inquilinato de la calle General Flores. Allí podría alquilar una o dos habitaciones hasta conseguir una casita, o de lo contrario quedarse allí permanentemente.

Bueno, aunque trató de disimular, se sintió algo desilusionada al ver el lugar. No era una persona demasiado ostentosa en sus gustos, pero le hubiera agradado más tener su propia vivienda con baño privado y todo eso, pero… en fin, para salir del apuro estaría bien. Rafaela era una convencida de que nada es casual, así que habló con la encargada y esta le rentó dos habitaciones: una le serviría de dormitorio y en la otra haría el área de cocina-comedor y estar. Mientras Dominga, la encargada, le mostraba su futuro hogar, Ricardo esperaba afuera con las maletas. En eso entraron en la habitación contigua, un hombre de unos cuarenta y pico de años con una muchachita que andaría por los 15 años. El hombre tenía un aspecto bastante severo, y la chica iba con la cabeza baja, pero Rafaela pudo ver perfectamente cómo la chica miraba a Ricardo por el rabillo del ojo.

Una vez arreglados los detalles con doña Dominga, le pidió a Ricardo que le ayudara a entrar los bultos a la habitación y que le trajera el resto de las cosas cuando llegaran de Montevideo. Había dejado unos cuantos bultos con libros y enseres que su familia le despacharía más tarde. El resto del día lo dedicó a organizar sus cosas y a la noche ya se sentía en su hogar. Su vecinita le golpeó la puerta y se presentó. Dijo que se llamaba Balbina, que tenía 16 años y que vivía con su papá don Venancio Paunero. Estuvieron charlando un rato y quedaron muy amigas.

Al día siguiente Rafaela se presentó en el colegio, donde por cierto la recibieron muy bien. También consiguió unas cuantas clases particulares que le servirían para mantenerse holgadamente hasta que comenzara el curso siguiente.

Cuando regresó a la pensión vio a Ricardo con una de sus cajas, parado frente a la habitación y charlando animadamente con Balbina, la joven vecina, mientras que ésta barría el patio. “Aquí hay amor en puerta”, pensó para sus adentros Rafaela.

Luego que puso la caja en la habitación, Ricardo se fue y Balbina entró con una sonrisa que no le cabía en la cara.
-¡Rafaela, Rafaela! ¿No es lindo Ricardo?
-Pero niñaaaaa… ¡cálmate! Sí, es un joven muy guapo… y a ti te gusta mucho, ¿verdad?
-Sí –confesó con su cara roja como una grana- Pero seguro que a mi papá no le parece bien que salga con él.
-¿Porqué no?
-Creo que tiene miedo de quedarse solo…

Comenzaron a conversar. Esa niña necesitaba hablar, y con un poco de psicología por parte de la maestra, Balbina le confesó una muy buena parte de su vida, sobre todo del último tiempo vivido con su papá, de lo estricto que era este, y de las azotaínas que le propinaba por cualquier razón. Más la amenaza del “sacachispas”.

En lo más animado de la conversación, pero luego de un buen desahogo, apareció por la puerta don Venancio.

-¡Balbina! ¿Qué hace usté aquí mocita, en vez de estar arreglando su casa? Deje ya de molestar a la señorita. Me presento –dijo estirando su mano- Venancio Paunerio pa’ lo que guste mandar.

-Es un placer don Venancio –le contestó Rafaela mientras su suave y delicada mano se perdía en la inmensidad de la mano de aquel hombre tosco pero… interesante sin llegar a guapo- Y no le diga nada a Balbina, si ella no me molesta para nada, todo lo contrario, es una gran compañía para mí.

Y dándose la vuelta  con un guiño cómplice a la chica y sin que él la viera, le dijo:

-Justamente estábamos hablando de trabajo para ella y para mí. Como a Balbina le quedan algunas horas libres en el día y a mí también, le estaba proponiendo un negocio.

-¿Qué clase de negocio si se puede saber?

-Uno muy conveniente para las dos, siempre y cuando usted lo apruebe, por supuesto…

-La escucho –le dijo con su tono más severo, seguramente con intención de amedrentarla, cosa que por supuesto no consiguió.

-Le ofrecía a Balbina darle clases particulares a cambio de que me ayude con la limpieza de mis habitaciones, dado que yo no estaré aquí parte del día, y el tiempo que esté lo ocuparé en impartir clases aquí mismo. Por lo tanto, necesito ayuda y ella está muy práctica con todo lo referente a la casa.

-Está bien, lo pensaré…

-¿Pero porqué no pasa usted y nos acompaña? Justo íbamos a tomar unos mates con Balbina…

Rafaela pretendía ganarse su confianza aunque no sabía muy bien por dónde entrarle a este hombre tan huraño. Finalmente aceptó y entre mate y mate lograron que don Venancio  aceptara que la maestra le diera lecciones privadas a Balbina.

Venancio era un hombre muy rígido y no estaba metido en negocios muy limpios, por lo que pudo enterarse con el correr de los días. Algo de contrabando y alguna cosita más que Rafaela no alcanzó a comprender. Quizás debido al ambiente donde se movía explicaba que fuera tan duro con su hija, al extremo de casi no dejarla salir a la calle sin su autorización o en su compañía.

Los días se fueron sucediendo uno tras otro y Balbina aprendía con una velocidad sorprendente. Las pertenencias de Rafaela tardaban más de lo creíble en juntarse con su dueña, pero ya se había dado cuenta que Ricardo las iba trayendo lentamente, día tras día, para poder ver más seguido a Balbina con una excusa. Rafaela no lo negaba ¡ella tapaba esos amores! Pero es que le daba tanta dulzura verlos juntos que… los dejaba sentados en el comedor y ella inventaba cualquier excusa para irse al dormitorio y dejarlos solos… y sentía desde allí el cuchicheo y algún beso que otro. Por supuesto que don Venancio no sabía nada de esto.

Una tarde como tantas, Ricardo apareció con una caja que ni siquiera era para la maestra, pero… ya había terminado de entregarle todas las cajas a Rafaela y la trajo “equivocadamente”. Como siempre ella se retiró al dormitorio y pasados unos minutos se abrió la puerta de golpe. ¡Era don Venancio! Y los pescó en pleno beso pasional.

-¡Ahijuna gran perra! Yo te vi’a dar por andar propasándote con la Balbina…

Y sin más se le tiró encima al pobre Ricardo, sin darle tiempo siquiera de reaccionar. Rápidamente Rafaela logró interponerse a tiempo como para que el chico huyera con apenas algún machucón.

-Cálmese Venancio. Son muchachitos y no estaban haciendo nada malo.

Su mirada la fulminó. Parecía que le saliera fuego de los ojos./p>

-¿Así que usted es la que está tapando estos amores impúdicos? ¡Balbina! ¡Caminá pa’ la pieza carajo! Hoy sí que te la ganaste.

-Pero… ¿qué va a hacer usted Venancio?

-Eso no es su problema, maestra. Usté no se meta en esto, pero…  tenga bien presente que cuando termine con ella, sigue usté –le dijo señalándola con el dedo índice.

-Ese dedito, caballero, puede usted guardárselo. A mí no me señale ¿entendió?

-Ahora no tengo tiempo de discutir, debo ajustar cuentas con mi hija.

-Espere Venancio, usted no debería pegarle estando tan enojado. Está usted fuera de sí y podría hacerle verdadero daño a la niña.

-Le dije que no se metiera en esto. Si sigue así, la primera en ser fajada [castigada] será usté maestra.

-¡Oiga!… a mí no me amenace. Lo único que le estoy diciendo es que piense antes de tocar a su hija con el enojo que tiene.

-Y que usté está haciendo crecer a cada segundo…

-¿Porqué? ¿Por qué lo hago pensar? ¿Por qué sabe que está cometiendo un error?

Venancio optó por ignorarla y salió detrás de Balbina, que imaginando lo que se le venía lloraba desconsoladamente. Entraron a la pieza y Venancio siguió de largo, tomó una silla y se sentó mirando hacia Balbina y hacia la puerta, por donde vio que Rafaela se asomaba tímidamente.

-¡Balbina! –Gritó en forma desaforada- Traiga p’acá el sacachispas que hoy lo va a estrenar.

La niña, muerta de miedo, descolgó aquel terrible instrumento con el que había sido amenazada tantas veces. Se dio media vuelta y se dirigió hacia su padre, cuando de repente sintió que de un tirón le arrebataban el sacachispas. En menos de un segundo con el instrumento en su mano, salió Rafaela corriendo “como alma que lleva el diablo” por la puerta y ganó la calle. Venancio, casi fuera de sí, se dirigió tras sus pasos. Al llegar a la puerta la vio que corría hacia la calle principal. Tomó su auto y la interceptó en plena avenida.

-Buenas noches señorita Rafaela. ¿La llevo hasta la pensión?

-Aléjese de mí –le dijo por lo bajo.

-Maestra –le dijo en el tono más dulce y bajo que pudo lograr- puede usté subirse al auto tranquilamente, o puedo bajarme y obligarla a subir y que sea la comidilla del pueblo por varios días –y le mostró la más bella sonrisa de inocencia de la que fue capaz.

No tuvo otra opción que obedecer. Entró al auto con un gesto de malhumor y se sentó a su lado.

-Ahhhh… cómo me gustan las mujeres cuando son obedientes! –decía mientras ponía el auto en marcha hacia las afueras de la ciudad.

-Oiga, ¿dónde cree que va? ¿Dónde me lleva? ¿Qué pretende al sacarme del pueblo?

Su cara denotaba terror y Venancio la adoró en ese momento.

-No se asuste Rafaela. Sólo la voy a llevar a un lugar que conocemos un puñado de personas. Allí estaremos solos y podremos charlar un ratito y hablar de la educación de Balbina… y de la suya también.

-¿De “mi” educación? No quiero sonar soberbia don Venancio, pero dudo que usted me pueda enseñar educación a mí.

-No me menosprecie maestra. Yo no podré enseñarle todas esas cosas que usté enseña en sus clases, pero… sí puedo enseñarle humildad, obediencia y otras cositas tan básicas en la buena educación de una dama. Sobre todo una dama como usté.

-No lo menosprecio caballero, pero permítame poner en duda sus palabras.

-La pucha que habla fino usté…  En eso la admiro, ¿ve? Pero le aseguro, buena moza, que sí tiene alguna cosita más que aprender. Una pregunta: ¿Ande está el sacachispas?

-Aquí –le dijo, sacando el instrumento de dentro de la manga de la chaqueta- No iba a permitir que la gente viera esta porquería – y sin más la arrojó por la ventanilla.

El frenazo que dio Venancio casi la hace volar a través del parabrisas. Con una rapidez que hizo sonar la caja de cambios del automóvil, puso la reversa [marcha atrás] y paró aproximadamente por donde había caído el dichoso instrumento.

Abrió la portezuela del automóvil y con una terrible cara de enojo mientras que le mostraba su dedo índice, le espetó:

-¡Bájese inmediatamente del auto y búsquelo! Y más vale que lo encuentre.

Ella hizo un gesto como para hablar…

-¡No me hable! ¡No me dirija la palabra! Bájese ya mismo carajo! Y póngase a buscar el sacachispas.

-Pero… está oscuro, no veo nada!

-Haberlo pensado antes… ¡Bájase de una puta vez!

Vaya que estaba enojado. Más le valía obedecerle, así que abandonó el auto y se puso a buscarlo. Era una hermosísima noche de luna llena y eso le ayudó a encontrarlo con más facilidad después de unos pocos momentos de búsqueda.

Venancio se había bajado del auto y la observaba. Llevaba puesta una chaqueta azul y una amplia falda del mismo tono, camisa rosada y zapatos bajos azules. Venancio la miraba a lo lejos y con la complicidad de la noche y la oscuridad, se deleitaba con aquella figura. Él veía a Rafaela como toda una dama y muy lejos de su alcance, como a las estrellas que destellaban en el cielo aquella noche. Era esa una deliciosa mujer, pero imposible para él, así que se conformaba con soñarla en las noches.

En determinado momento, se detuvo y se agachó a recoger el sacachispas. Fue el exacto momento en que el dios Eolo se apiadó de Venancio y sopló lo suficientemente fuerte para levantarle la falda y darle a este hombre un espectáculo inolvidable: un culo redondo, fuerte, firme, juvenil, cubierto por unas bragas que ocultaban lo estrictamente necesario como para dejar mucho a la imaginación. Ese maravilloso trasero estaba sostenido por dos piernas como columnas, torneadas por Dios… porque solo el Divino Creador podía haber hecho semejante belleza. Quedó mudo, atontado, boquiabierto, congelado en el tiempo y tratando de retener en su mente aquella imagen para que no se le borrara jamás. Rafaela caminó en dirección a él. Cuando estuvo a su lado:

-Aquí tiene su estúpido instrumento –le dijo Rafaela mientras le estiraba su mano conteniendo el bendito sacachispas. Venía con el rostro bajo, y aún estaban arrebolados sus cachetes debido al episodio del levantamiento de la falda, y con esos colores y aquella actitud, se veía aún más bella. Pero él era lo suficientemente caballero a pesar de su poca cultura, como para decirle nada a la dama. El oír la voz de Rafaela lo hizo salir de su ensimismamiento. Lo tomó y…

-Suba otra vez, ya falta poco para llegar.

-¿Para llegar a dónde?

-¡Suba!

No lo iba a seguir provocando. Se dio media vuelta y subió al coche, que enseguida retomó la marcha.

La luna y la noche se combinaban con el resto de la naturaleza para crear sombras fantasmales que huían presurosas cuando las luces del auto las enfocaban. Los dos iban en silencio, cada uno sumido en sus propios pensamientos, aunque no tuvieron mucho tiempo para pensar, porque Venancio, luego de diferentes y extrañas idas y venidas por distintos caminos, con una experta vuelta de volante paró frente a lo que parecía un galpón.

-Sígame…

Esta vez no preguntó. Bajó en silencio del auto y lo siguió. Él iba delante, abriendo y cerrando portones, prendiendo y apagando luces y caminando seguro como quien conoce el lugar a ojos cerrados. Hasta que llegaron a una especie de escritorio dentro de aquel enorme galpón lleno de cajas de todo tipo, tamaño y color. Evidentemente era la “guarida”, el “escondrijo”, “la cueva de Ali-Babá” donde guardaban el contrabando. Ella miraba todo pero no decía nada…

Finalmente, Venancio prendió la luz de aquella especie de despacho. Era sumamente sencillo y humilde: un escritorio de madera con varios papeles sobre él, un teléfono, un portalápices y pocos elementos de escritorio más; una silla de cada lado del escritorio, una mesa con implementos para calentar agua, unas tazas, termo y mate, yerbera, y en un costado un archivador. Ese era todo el simple el mobiliario de aquella “oficina”.

Rafaela seguía mirando todo con ojos escudriñadores, y Venancio la dejaba…

-Siéntese – le ordenó. Porque se lo ordenó, no se lo pidió.

-Estoy bien así, gracias –le dijo en tono desafiante. Venancio sonrió… pero ella no supo leer aquella sonrisa.

-Bien Rafaela… la he traído hasta aquí para poder hablar tranquilos, sin que nadie nos moleste. Tengo que agradecerle y reconocer el trabajo que ha hecho con Balbina. Ahora es una señorita fina, y eso me gusta.

-Me alegra que vea usted los cambios.

-Los veo maestra, los veo. Yo lo veo todo. Por ejemplo hoy también vi cómo usted tapa los amores bajos de estos gurises [niños].

-¡No son amores bajos Don Venancio! No ensucie de esa manera un amor juvenil tan bonito y tan puro como el de estos muchachos.

-El beso que yo vi no tenía nada de “bonito y puro”. Era un beso de deseo y de pasión.

-¿Y eso lo hace bajo?>

-Bueno… de todas formas no estamos aquí para hablar de eso.

-¿Ah… no? ¿Y… para qué estamos aquí Don Venancio?

-Estamos aquí porque me impidió usted golpear a ese sabandija de Ricardo en primer lugar, y después no me dejó castigar a mi hija. Se interpuso sin más en el camino y todavía tuvo el descaro de robar este instrumento, que tiene mucho valor para mí.

-Por supuesto. ¡Y lo volvería a hacer! En el estado en el que estaba usted, con ese ataque de ira que tenía, no podía castigar a la niña. Le hubiera hecho mucho daño.

-¿Por qué ella es muy joven?

-Exacto. Y porque estaba usted fuera de sí.

-Bueno, entonces ahora que estoy calmado, castigaré a la verdadera responsable: ¡usted! Venga para acá. A usted le toca pagar por las dos.

Los ojos de Rafaela se abrieron como el dos de oros. Las mil mariposas que tenía en el estómago comenzaron a revolotear sin cesar. Ese hombre no podía estar hablando en serio, pero por más que protestó y pataleó, terminó sobre las piernas de Venancio, que comenzó a nalguearla sin ningún reparo. A medida que los azotes caían y ella sentía el ardor propio de una azotaína fuerte, comenzó a percibir una deliciosa sensación de excitación que no sentía desde la última vez que estuvo con un hombre. Después de varias nalgadas, Venancio levantó la falda para ver el estado de las nalgas que asomaban tímidamente rosáceas a los costados de las bragas. Así que siguió azotando con  maestría y experiencia mientras que Rafaela trataba de cubrir con una mano su colita y con la otra mantener el equilibrio.

Cuando ella pensó que todo había terminado, sintió que una mano invasora bajaba sus bragas.

-¡Noooooooo! ¡No se atreva usted a hacer eso! Déjeme ir. No tiene derecho a tratarme así. Suélteme… ¡bruto, grosero!!

-Siga pataleando por favor, así se cansará más rápido y se me hará más fácil el trabajo de azotarla.

Rafaela se sentía impotente, enojada, y hasta humillada de encontrarse en esa situación, aunque muy dentro suyo, pegaditas a las mariposas de su estómago, volaban también unas cuantas sensaciones maravillosas…

Cuando Venancio terminó de bajar las bragas, no podía creer lo que veía: eran las nalgas más hermosas que hubiese visto jamás. Un grito de ella lo hizo volver a la realidad y su mano comenzó a caer con una fuerza media, pero resonaba en aquel lugar con un eco que parecía que estuvieran nalgueando a un ejército. Las nalgas se iban tornando de un rojo más fuerte y oscuro con cada azote…

En determinado momento Rafaela dejó de patalear y él se percató de sus lágrimas. Su mano seguía siendo efectiva… Sonrió.

-Levántese Rafaela…

-¡Nunca le perdonaré esto! Humillarme de esta manera, ¡no tiene perdón! ¡So bruto, ignorante!

-No me insulte Rafaela… o me veré obligado a…

-¿A qué? ¿A seguirme golpeando? Desgraciado...

-Veo que no ha tenido suficiente, todavía tiene mucha fuerza, así que…

La llevó hasta el escritorio. Con una mano arrojó al suelo todo lo que estaba en él. La tomó y la colocó con su vientre sobre el mueble. Estiró su mano y tomó el sacachispas. Levantó el brazo para descargar el implemento sobre aquellas enrojecidas carnes, cuando… ella se soltó a llorar y se aflojó por completo. La soltó para ver qué hacía, pero no se movió… solo lloraba de forma desconsolada. Y eso lo enterneció.

Bajó la mano, tiró a un costado ese instrumento que por lo que parecía jamás iba a ser estrenado.

La levantó, la abrazó y sobre su pecho dejó que se calmara.

Cuando ella comenzó a sollozar muy suavemente, lo miró a los ojos y ninguno de los dos aguantó más. Se fundieron en un beso largo, profundo, dulce y… pegajoso, porque no podían despegarse. El beso y el abrazo fueron deliciosos…

Cuando se separaron, Venancio habló:

-A partir de hoy, vos te encargarás de la educación de Balbina, y yo me haré cargo de vos…