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Justiciera Argentina: la superheroína nalgueada

Autor: Máximo Cozzeti


Ivana estaba preparando el desayuno para su hijo Matías, que debía ir a la escuela al mediodía. Aquella mañana se presento soleada y calurosa, pero con la humedad típica de Buenos Aires. Todo marchaba como un lunes común y corriente: su marido en el trabajo, su hijo jugando al futbol con un amigo en el patio, y ella preparando el desayuno para luego ir a dar sus clases de aerobic en el gimnasio de su barrio.
De repente, su pequeño hijo entra sobresaltado a la casa, junto con su amigo:
-Maith, que te pasa? Pregunto la joven madre.
-Mama, estábamos jugando a la pelota y sin querer se nos cayo en el patio de al lado, donde vive don Ramírez y doña Doris, agarraron el balón y se lo llevaron adentro, y luego nos amenazaron diciendo que si volvíamos a arrojar otra cosa en su casa, nos iban a dar una alísalos ojos del niño de 10 años permanecían abiertos mientras relataba lo ocurridota madre intento calmarlo:-Bueno hijo, no te preocupes.Yo voy a hablar con ellos, Ho en todo caso te compro otra pelota de futbol.
 Ivana no podía dejar pasar esto: tenia que recuperar la pelota. Don Ramírez y Doña Doris son una pareja de ancianos que viven en ese barrio prácticamente desde que se creo: Don Ramírez es un viejo que odia a los chicos: antipático, malhumorado, anticuado, siempre encuentra algo para quejarse; a sus 80 años discutió con muchos vecinos, pero aun así respetan enormemente a este hombre calvo, de estatura mediana, y de poblados bigotes blancos.
Doña Doris es prácticamente la versión femenina de Ramirez:sus características físicas son típicas de una señora de barrio:cabello canoso, recogido con un rodete, el rostro provisto de arrugas, delgada, algo encorvada, y siempre se la ve con el mismo vestido largo adornado de lunares blancos; octogenaria igual que su marido, es una mujer de mucho carácter, quizás mas temperamental que don Ramírez.
-Estos viejos creen que pueden hacer lo que quieren-pensó Ivana.Pero aquel día iba a ser diferente.Ivana siempre tuvo admiración por superheroínas de los cómics, como Wonder Woman, y Supergirl.Estas justicieras eran portadoras de físicos perfectos, y es por eso que, intentando emular los cuerpos de sus idolas de la infancia, se convirtió en profesora de aeróbic entrenando duramente su cuerpo desde hace años, combinando el ejercicio físico con dietas estrictas, y vaya que logro grandes resultados.
Ivana debía hacer algo: el vecindario necesita una heroína, y ella es la indicada; esperó a que su hijo se vaya a la escuela, y dijo: estos vecinos van a pagar lo que hicieron...pero no responderán a Ivana González sino a...Justiciera Argentina!!!
Tomo una ducha rapida,y comenzó a diseñar su disfraz de superheroína basado en su propia imaginación: consistía en un antifaz celeste, con forma triangular en las puntas, el cabello largo y rubio atado con una cola que descendía sensualmente hasta la cintura, guantes blancos que le tapaban los antebrazos, costosas botas blancas bucaneras de tacos altos que le llegaban hasta la rodilla, una pequeña minifalda blanca y una ajustado top deportivo celeste, que dejaba al descubierto su abdomen plano y fibroso: lo único que llevaba debajo era una diminuta tanga blanca. El cuerpo de Justiciera Argentina era perfecto: el cabello rubio despedía un hermoso aroma, su piel tostada por años de tomar sol, senos sugerentes y bien levantados, el abdomen marcado, las piernas duras y torneadas, y unos glúteos firmes que cualquier supermodelo envidiaría.
El plan de Justiciera Argentina consistía en entrar a la casa de sus vecinos, intimidarlos y así recuperar la pelota de su hijo. -No será muy difícil.-Pensó la superheroína, solo debía darles un susto a los villanos.
La curvilínea justiciera salio de la ventana de su habitación, y de un salto logro inmiscuirse en el patio de los ancianos vecinos. Evitando que nadie la vea, intentó entrar por la puerta que afortunadamente estaba abierta. La puerta hizo un leve chirrido, pero los viejos no lo oyeron: Justiciera Argentina alzo la mirada y vio a don Ramírez y doña Doris sentados en el comedor, bebiendo tranquilamente un te...
-Señores, disculpen la molestia...vine a recuperar algo que ustedes tienen y no les pertenece!-La superheroína interrumpió abruptamente con un tono firme que dejo boquiabiertos a los dos viejos, a lo que don Ramírez llego a preguntar:-¿!Se puede saber quien es usted, y que hace en nuestra propiedad!?
La profesora de aeróbic se acerco, coloco sus manos a ambos lados de la cintura, y dijo: -Soy Justiciera Argentina, la superheroína del vecindario.- Al oír eso, el viejo lanzo una carcajada escupiendo el te, Ivana prosiguió:-Vine a buscar una pelota de futbol perteneciente a su vecino, quiero que se la devuelvan inmediatamente...de lo contrario, se las van a ver con Justiciera Argentina.
En ese momento, Ivana advierte que doña Doris se levanta lentamente de su silla:-Finalmente lo logre.-pensó la joven superheroína.-Se dispone a entregarme el balón.-
Pero don Ramírez interrumpió sus pensamientos:-Si, ya se de quien me hablas, le sacamos la pelota a ese mocoso de al lado, para que aprenda, y no se la voy a devolver, señorita. Y ahora vas a pagar un precio muy caro por haber entrado a nuestro domicilio de esa manera. De repente, Justiciera Argentina siente un fuerte golpe en la zona de sus nalgas que la hace perder el equilibrio:-Oooofff!!!-Exclama Ivana, cayendo boca abajo en la mesa que tenia enfrente, para luego sentir otro golpe mas en el mismo lugar, la justiciera nuevamente vuelve a quejarse. La habían golpeado con algo duro, aun encima de la mesa, intenta girar su cuello y distingue justo detrás suyo a doña Doris con una escoba en su poder, a punto de efectuar otro golpe mas con el palo de esa escoba: TOC!!!-AAAYYYY!!!!-El palo de la escoba emitía un sonido seco al chocar con las duras nalgas de Justiciera Argentina. La heroína se encontraba dolorida y asombrada, esto no estaba resultando como ella creía: intentando recobrar un poco de dignidad, la profe de aeróbic intenta reincorporarse tratando de escapar de esa posición tan lamentable en la que se encontraba, tan expuesta para seguir recibiendo escobazos por parte de doña Doris: Entonces Justiciera Argentina da un giro brusco apartándose de la mesa, pero los tacones altos patinaron en el resbaloso piso, dejando caer de culo a la rubia heroína:-OOOOWWW!!-Grito Ivana, pues su parte trasera aya estaba dolorida. Los viejos reían con sus escasos dientes al ver su infortunio, pero doña Doris no pierde tiempo, y antes que Justiciera Argentina pueda recomponerse, le conecta un severo puntapié en la entrepierna de la superheroína, que emitió un rugido de dolor: -YYYIIIIIIIIIIEEEEEEEEEEEEWW!!!!!!!!-Justiciera Argentina se retorcía en el suelo, tomándose la castigada vagina con ambas manos. Entre gritos y gemidos, oía a la vieja decirle: _ ¿Quien te pensas que sos, entrando así a la casa de dos personas mayores, maleducada? Ya vas a ver lo que hacemos con irrespetuosas como vos!
La dolorida superheroína se encontraba fuera de combate, esa patada en la zona genital la había dejado sin respiración, y no podía levantarse, mas lo peor era estar siendo sermoneada por su vecina como si fuese una chiquilla traviesa, obviando su rol de superheroína. Pero repentinamente sus esperanzas volvieron: Delante suyo, a escasos metros de distancia, se encontraba la preciada pelota de futbol de su hijo. Tomándose la entrepierna con una mano, Justiciera Argentina comenzó a gatear rápidamente ayudándose con su otro brazo para alcanzar el balón secuestrado, pero detrás suyo era inminente el ataque de la pareja de abuelos. En una hazaña muy inteligente, don Ramírez, aprovechando la postura de Justiciera Argentina, y evitando que ella logre recuperarse, se sienta encima de su espalda, colocando todo su peso en el cuerpo de la desventurada heroína, reduciéndola completamente: -Vos no te vas a ningún lado, oíste?.- Le dice don Ramírez. Ivana intenta desesperadamente quitárselo de encima, pero es inútil, y poco a poco se hunde en la impotencia de ver frente a sus ojos aquella pelota de futbol que la metió en este problema, y no poder acercarse y tomarla; al mismo tiempo, el peso del viejo sobre sus espaldas la estaba dejando sin respiración. La joven superheroína siente que don Ramírez le levanta la pequeña minifalda hasta la cintura, y junto con doña Doris, comienzan a nalguearla: _OOWOWOOWWWWOWWOWW OWW!!_ Las manos de doña Doris y don Ramírez golpeaban sin clemencia la exuberante cola de Justiciera Argentina, apenas cubierta por una diminuta tanga, que no protegía en absoluto sus nalgas. Sus botas bucaneras pataleaban sin cesar al ritmo de los terribles chirlos que los viejos le estaban propinando: la joven heroína sentía un dolor y una humillación nunca antes jamás sentida: se encontraba en el suelo, atrapada entre las piernas de un abuelo de 80 años que le daba nalgadas junto con su mujer...
_Aaayyy!!!! Basta, por favor!!!AAWWW!!! No pueden hacerme esto!!!_ Justiciera Argentina no podía creer que aquellos viejos golpearan con tanta fuerza, aunque los maléficos vecinos hacían oídos sordos de sus suplicas, hasta que Don Ramírez dijo a su mujer: _Vieja,  traeme el cucharón de madera. Al oír estas palabras, la desventurada heroína evoco un grito ensordecedor:-NOOOO!
_Te quiero bien calladita, o el castigo puede ser peor todavía_ Le murmuro el anciano, mientras acariciaba suavemente las redondas nalgas de Justiciera Argentina:_Esto te va a doler mucho, pero vas a terminar aprendiendo que con nosotros no tendrías que haberte metido_
Finalmente, Doña Doris se acerca con el cucharón en la mano, a la vieja le genero mucha bronca ver a su esposo tocándole la cola fraternalmente a la intrusa, y decidió interrumpir el momento dándole el primer azote con la cuchara en los grandes y enrojecidos cachetes de Ivana, que la hizo aullar.
_Acá tenes lo que me pediste_ Dijo secamente la vieja, como si nada hubiera ocurrido. El viejo comenzó a repartir impiadosamente una serie de azotes, mientras Justiciera Argentina se movía y se contorsionaba frenéticamente, pero era inútil: estaba atrapada y ya sin fuerzas para intentar quitárselo de encima. La madera de la cuchara le estaba dejando marcas muy visibles en el culo de Ivana, debía hacer algo urgente; don Ramírez se veía muy entusiasmado castigando sus nalgas, y algo le decía que no iba a detenerse. Justiciera Argentina, en un intento desesperado por escapar de tremendo castigo físico, tomo del cuello a Don Ramírez usando sus largas y esbeltas piernas, y tomando impulso intento quitárselo de encima, pero lo que logro fue meter la cabeza del viejo en el medio de sus glúteos. Aunque esa no fue su intención, logró su cometido que era ganar tiempo y huir. Don Ramírez quedo con su cabeza en la raya del trasero de la superheroína, que impulsando su cintura hacia atrás, logro deshacerse de el; los reflejos y la velocidad de Don Ramírez hicieron que se demore en incorporarse y Justiciera Argentina aprovecho la oportunidad: era ahora o nunca; Comenzó a correr, atravesó el living, la puerta de entrada, y se encontraba en el patio: debía olvidarse de la pelota de su hijo y pensar en la salud de sus nalgas, la joven heroína había llegado a la conclusión que su misión fue un fracaso y su plan de ataque fue un desastre. La castigada heroína sentía la voz de los viejos que la perseguían: _veni para acá!!!_. Si bien sus piernas eran más largas y ágiles, los tacones altos de sus botas bucaneras y el tremendo dolor en sus nalgas le impedían correr rápidamente y sus temibles villanos estaban a unos pasos de acercarse a su presa. Justiciera Argentina se encontró frente al enrejado que rodeaba la casa de los ancianos, y opto por pasar a través de las rejas, pero fue lo mas erróneo que podría haber hecho: milagrosamente su cabeza y sus enormes pechos atravesaron el enrejado, pero su cintura quedo atascada: Justiciera Argentina intentaba impulsarse con las piernas, pero era imposible, y lo peor de todo es que un numeroso grupo de curiosos vecinos se acerco a ver el espectáculo, incluyendo su marido, Pedro.
_No se queden ahí mirando!!! Sáquenme de acá!!!_ Gritaba histéricamente la humillada superheroína, pero don Ramírez le retruco: _ No la ayuden. Esta señorita  se metió en nuestra casa sin permiso, y ahora vamos a enseñarle que tiene que respetar a sus mayores._ Los vecinos asintieron, y la heroína se encontraba perdida: _No señor, por lo que mas quiera, ya aprendí la lección!!! La nalgueada superheroína rogaba desconsoladamente, mientras veía la expresión atónita de su marido al ver esa situación tan peculiar: La humillación de Justiciera Argentina era completa, pero al menos se sintió aliviada al saber que su antifaz cubría su rostro y su esposo no sabia que era ella. Doña Doris, en tanto, le levanta la faldita exhibiendo su preciosa cola en forma de manzana frente a toda la multitud, las nalgas maltratadísimas rebotaban y se movían desesperadamente, intentando evitar lo inevitable. La vieja, obviando sus suplicas, toma con su arrugada mano la parte de atrás de la pequeña tanga blanca de la superheroína, y la jala fuertemente para arriba, dejando aun más al descubierto su culo: _ OOOHH!!!_ Se quejo la rubia justiciera, y Don Ramírez retomo el castigo pendiente con el cucharón de madera, mientras decía entre dientes: _Esto es por querer escapar...CRACK! CRACK!
Justiciera Argentina lloraba sin cesar. Las lagrimas recorrían  su antifaz mientras la muchedumbre allí reunida observaba aquel extraño espectáculo: Justiciera Argentina podía ver como su marido se descomponía de la risa, mientras gritaba:_ Mas fuerte, don Ramírez, mas fuerte!_ El castigador vecino propino unos 30 azotes, que fueron suficientes para que las nalgas de Ivana le quemen como el fuego mismo: La nalgueada superheroína aullaba como una gata en celo, su cabeza colgaba inerte del otro lado de la reja, con su largo cabello rubio que tapaba su llanto.
_Ya no hay nada mas que ver acá, múdense todos para su casa!_ Ordeno Doña Doris con su manera tosca de decir las cosas. Los vecinos, incluso el esposo de Justiciera Argentina, obedecieron a la anciana. Haciendo un poco de fuerza, don Ramírez logro separar un poco las rejas que aprisionaban a la nalgueada heroína; finalmente estaba libre, al menos eso pensó ella...
Al liberarse de las rejas, Ivana cayo desplomada en el piso, tomándose las nalgas y refregándoselas freneticamente. Sin ningún tipo de piedad, doña Doris la tomo de la oreja como si fuera una niña traviesa: _ Veni para acá_
_AAAYY!! No por dios, señora, no me quedan fuerzas para nada, mi culo esta en llamas, apenas puedo caminar! ay! Mi oreja!! Me duele!!!. Justiciera Argentina estaba siendo honesta, pero la anciana no le prestaba atención. Finalmente la pareja de castigadores y nuestra heroína se adentran nuevamente a la casa, entonces el viejo la toma fuertemente de ambos brazos y le dice a su mujer: _Doris, sacale la pollera_ La vieja le quita la falda fácilmente._La braguita también._ Ordena don Ramírez. La pobre heroína sentía escalofríos mientras sentía los dedos de la anciana bajarle la tanga lentamente; Justiciera Argentina ya no podía defenderse, había perdido todo su orgullo, y los viejos lo sabían. Don Ramírez deposita a la nalgueada joven sobre las rodillas de doña Doris, mientras el sostiene sus manos. La vieja empezó a nalguear a Ivana con dureza, y al unísono, la regañaba como si de una niña se tratase: _Toma esto...SPANK!!Y esto!! PAF!!!Te crees que vas  hacer lo que queres...SPANK!!! Ahora vas a aprender a comportarte con las personas mayores...toma!!SPANK!!!
Ivana gritaba, rogaba, lloraba a mares, hasta que afortunadamente para ella, el castigo llego a su fin. Ivana estaba agotadísima luego de la terrible tortura a la que fue sometida, sus lágrimas caían a través de su antifaz para mojar los pantalones del viejo, que seguía sosteniéndole los brazos. Ivana, aun en las rodillas de doña Doris, empezó a sentir que la mano de su castigadora vecina comenzó a masajearle suavemente el dolorido culo, haciendo movimientos circulares todo alrededor de los glúteos que si bien no calmaban el terrible dolor, eran muy relajantes. Justiciera Argentina sollozaba cada vez menos, mientras Doris proseguía con aquellas caricias tan suavizantes alrededor de toda la zona afectada, que a pesar de verse visiblemente lesionada, conservaba esa forma perfecta. Ivana entrecerró los ojos con su cabeza apoyada en las rodillas de don Ramírez que comenzó a acariciarle la cabeza mientras la mano de la anciana hacia lo propio con su trasero. Así estuvo unos quince minutos, por un momento se durmió profundamente debido a las suaves caricias de la vecina y el agotamiento físico que sufrió aquella tarde, hasta que oyó la voz de doña Doris que le ordeno ponerse de pie, y saliendo de la tranquilidad que le proporcionaron los masajes, se dio cuenta que estaba casi desnuda: había sido despojada de su minifalda y su ropa interior. Totalmente avergonzada, se tapo su parte mas intima, y dijo: por favor señora, puede darme la ropa?_
_Nada de eso, querida. La falda y las bragas se quedan acá, y no quiero escuchar una sola queja, o te voy a dar tal paliza que no vas a poder caminar por semanas.
_Exacto. La pelota y tu ropa se quedan acá._ Interrumpió el viejo.
Justiciera Argentina se moría de vergüenza: el balón, su minifalda y su tanga eran trofeos de guerra, la vieja se llevo las prendas de la superheroína mientras ella miraba sin poder hacer nada, lo único que llevaba puesto eran los guantes largos, el antifaz, el top, y debajo las costosísimas botas bucaneras. Lo peor de todo es que su marido ya estaba en su casa, y no podía entrar por la puerta, pues la descubriría.
La dolorida superheroína, nalgueada a base de manos, un palo de escoba, y una cuchara de madera, les imploraba con la mirada, sin poder soltar una palabra, a la par que se tapaba su vagina con ambas manos, pero los vecinos permanecía inmutables, hasta que doña Doris le clavo una mirada intimidante a Ivana y le dijo: _Ah, no te vas a ir?? No fue suficiente? Ya vas a ver..._ La vieja arremango su anticuado vestido, y tomo un rebenque que colgaba de la pared. Justiciera Argentina sabía muy bien que la malvada vecina no dudaría en usar ese rebenque contra sus enrojecidas nalgas. No lo dudo mas: La derrotada y humillada superheroína opto por salir corriendo de esa casa del infierno en la que no solo quedo secuestrado el balón de su hijo, sino también la minifalda y la tanga....la semidesnuda heroína corrió atravesando el patio de la casa de sus castigadores vecinos, hasta que logro alejarse de los inminentes fustazos: Detrás de ella oía las risotadas de los viejos que la veían huir disparada, con el culo al aire. Justiciera Argentina entonces, entro por la parte trasera de su casa, la única entrada que tenia era la ventana de su habitacion. Evitando hacer ruido, la joven logro meterse en su cuarto. Rápidamente se quito el antifaz, las botas, y los guantes, y se puso su ropa deportiva que usa para dar sus clases de aeróbic: una musculosa negra, una bincha para sostener el cabello, zapatillas blancas y unas apretadísimas calzas negras: Ivana rechinaba los dientes, evitando dar un alarido de dolor provocado por el simple roce de la calza contra su culo, hasta que con muchísimo esfuerzo,  logro meter su trasero en ellas.
_Ivana, no sabia que estabas en casa_ Pedro, el marido de la nalgueada heroína estaba frente a ella.
_AY! Amor...si...no, ya me iba al gym, se me hizo un poco tarde._ Contesto nerviosamente Ivana, casi balbuceando._ Que raro, yo estoy acá desde hace una hora, me entretuve viendo lo que ocurrió en la casa de don Ramírez, te enteraste?_
_No, no me entere de nada..._Ivana baja la mirada y pretende retirarse evitando aquel momento tan incomodo, pero repentinamente, el esposo la toma del brazo y la pone sobre sus rodillas.
_Pedro...que estas haciendo, estupido??? Soltame!!! Soltame inmediatamente, carajo! Sacame las manos de encima, te voy a matar!!!!_ Ivana, sobre las rodillas de su marido, pataleaba, intentaba salir de esa penosa posición que ella ya conocía...El hombre le quito las calzas, y sin apiadarse de sus castigadas nalgas, comenzó a darle unas buenas nalgadas.
_Sabia que eras vos, pude reconocerte, y dejame decirte algo: Te tenes bien merecido lo que nuestro vecinos te hicieron, eso quizá te enseñe a que los problemas se resuelven de otra manera...toma!!! PLAS!!!PLAS!!!! Ivana gritaba y lloraba, mientras a lo lejos, doña Doris y don Ramírez oían su llanto y sus quejidos que les resultaron muy familiares: El viejo miro a su mujer y sonrieron al darse cuenta que la heroína que tan mal la había pasado en su casa era nada menos que la joven y atractiva vecina de al lado, que ahora seguía sufriendo un castigo en su propio hogar. Al otro día, Ivana opto por comprarle una pelota a su hijo...y es algo que debería haber hecho desde el principio. Aun así, ella sabe muy bien que Justiciera Argentina volverá a las andanzas...


FIN

La lección de Lucía

Autora: caro (caroqferlini)

Corrían los años 90; las crisis económicas estaban a la vuelta de la esquina y en esa familia no era la excepción, el padre aunque nunca había puesto un dedo encima ni a su mujer ni a sus hijos no hacia otra cosa que gritarles y tratarles mal.

La mayor de sus hijos, Lucia, con mucho esfuerzo logro salir de ese circulo vicioso, se había encaminado en el mundo del estudio pero los recuerdos del pasado la atormentaban y poco a poco iba saliendo de pequeñas crisis que llegaban para hacerla amargar y sentir menos que los demás, poco a poco iba saliendo de esos estados pero llegó un momento en que ya no pudo evitarlos. La depresión la agarró desprevenida; siempre había sido muy fuerte nunca lloraba ni expresaba lo que sentía pero la depresión la traía de cabeza, no lograba controlar su llanto menos fingir una sonrisa, poco a poco ésta y todos sus males la consumían, empezó a fumar, a tomar en exceso y a pensar en el suicidio nunca había sido esa una posibilidad en su vida hasta que un día en un ataque de histeria se cortó la muñeca y sin percatarse de nada reventó su vena, la sangre corría a montones y tuvo que ser llevada al hospital por su padre.

Al llegar ahí fue atendida por un buenmozo medico Mauricio se llamaba este curo sus heridas y charlo con ella durante varios minutos, una vez cerradas sus heridas, entró su padre a la habitación furioso por semejante escena y le propino a la chica una sonora cachetada, ante esto ella claramente se hecho a llorar y el medico impactado le dijo al padre que esa no era la manera de disciplinar a su hija que si tan necesario lo veía la pusiera sobre sus piernas, pero ahí no era ni el momento ni el lugar indicados. Seguidamente hizo salir al padre de la habitación, ayudó a Lucia a calmarse y procedió a decirle: "mira lo que le dije a tu padre fue en serio yo en su caso te hubiera dado tu buena tunda en la cola por hacer esto".

Los días pasaron y ella debió quedar internado en el hospital por intento de suicidio por lo que Mauricio la visitaba a diario, pasaron las semanas y ellos se hicieron amigos, al tiempo ya eran novios Mauricio ayudaba a Lucia con su depresión y ella llenaba de luz su vida a pesar de sus bajones de animo, un día ya meses después de su intento de suicidio Lucia volvió a caer en la depresión, estaba sola Mauricio había salido de viaje por unos días y ella volvió a cortarse esta vez no se hizo mayor daño pero si lastimo su piel, al llegar Mauricio a casa noto a Lucia un poco decaída y vio la herida que aunque superficial destacaba en su brazo inmediatamente se preocupo, la reviso y pregunto porque lo había hecho ante su respuesta el le recordó lo que en un momento le había dicho a su padre que si estuviera el en su lugar le haría entender en la cola lo que ella era y lo significaba además del daño que se hacia por no querer ayudarse. Ya para ese momento Lucia lloraba desconsolada mas por el decepcionado Mauricio que por el castigo que le esperaba, el fue a la habitación, cogió un cepillo de madera, su cinturón y el paddle, la llamo al sillón y le hizo colocarse sobre sus piernas, Lucia no podía parar de llorar, el empezó regañándola por su comportamiento al mismo tiempo que chocaba las palmas de sus manos contra las nalgas de ella, lo hacia con la suficiente fuerza como para que ella diera unos  cuantos brinquitos pero no era suficiente.

Seguidamente hizo a levantar su falda con lo que ella se limito a tratar de evitarlo pero el tomo su brazo y lo prenso a su espalda impidiendo así que pudiese moverlo, acto seguido continuo con la descarga de nalgadas con su mano, luego le dio 100 veces con el cepillo y 100 veces con el paddle, Lucia gritaba, lloraba y suplicaba que por favor parase pero el no la escuchaba en lugar de eso le recordaba lo que en su momento le dijo a su padre y le dijo que esto no acabaría hasta que ella no comprendiera lo maravillosa chica que era.

Una vez terminado con los implementos de madera la hizo acostarse sobre la cama con dos almohadas bajo su vientre y se aproximo a darle 200 golpes con el cinturón, para ese momento Lucia ya no hay mas que llorar en silencio diciendo de vez en vez que había comprendido que lo que había hecho estaba mal y que nunca mas volvería a atentar contra su vida, sus nalgas estaban tan hinchadas, tan rojas que Mauricio decidió parar en ese momento el castigo, le ordeno quedarse así, trajo crema y la esparció por las turgentes nalgas de su novia lo cual proporciono alivio tan hermosa parte de su cuerpo, retiro las almohadas que estaban bajo su vientre y las coloco bajo su cabeza, le inyecto un tranquilizante en el brazo pues sabia que sus cachetes inferiores no lo soportarían, tendió una sabana muy liviana sobre ella y la dejo descansar no sin antes besar su frente y decirle al oído cuanto la amaba, mas que a la  vida misma y que su vida sin ella no tendría ningún sentido en absoluto.

Areana y Daniel

Autora: Rossy

Areana con un profundo suspiro metió la llave en la cerradura, sus manos temblaban al girarla, sabía que al traspasar el umbral tendría que tomar la decisión mas importante de su vida.

Lo había pensado, meditado, razonado y llegado a la conclusión  de que esa relación no la llevaba hacia ninguna parte, Sí amaba a Daniel, pero se sentía a veces a la deriva, navegando a merced de la marea sin rumbo fijo. Él era tan desesperantemente pasivo, tan enervantemente complaciente en todos los sentidos, si al principio era  maravilloso, hacía evocar a todo un caballero presto a cumplir los deseos de su dama, pero cuando estos se convertían en caprichos y aún así eran cumplidos a la mayor prontitud, dejaba de ser tan maravilloso.

Ella lo había calado varias veces, probando los límites, los cuales parecían ser  inexistentes. Esta ocasión volvía a casa después de una noche fuera, ella había planeado que fueran 3 días de ausencia, en los que esperaba que el entendiera que la relación iba cuesta abajo y que no existía ya remedio, le daría esos días para darse cuenta y que el mismo decidiera marcharse.

Pero la sorprendida fue ella, al recibir recién llegando al cuarto de hotel, en primer mensaje de texto al celular, en este mensaje, Daniel se notaba más preocupado que otra cosa, y Areana decidió simplemente no contestar, que se enterara por sí mismo que lo estaba dejando, a ese mensaje siguieron dos o tres más, y cada vez la preocupación parecía disiparse, a los mensajes sin contestar prosiguieron llamadas, primero cada hora, después se hicieron mas insistentes hasta el punto que eran realizadas no mas allá de cada 5 minutos. Esto la sacó un poco de balance, no se espera una reacción así, dudó entre contestar o simplemente apagar el celular y dejar pasar las horas en total incertidumbre, tanto para él como para ella, que no sabría si se habría resignado y marchado o aumentado su preocupación.

Apagó el celular durante unas horas durante las cuales decidió dormir un poco, para despejarse y pensar muy bien cuál sería su siguiente paso a dar. Al despertar y encender el celular lo que vió la dejó un tanto fuera de control: 10 mensajes de texto y más de 45 llamadas perdidas; al ir revisando los mensajes notó como pasaban de la preocupación a la desesperación, y de esta al enojo, pero los dos últimos la dejaron atónita, su estómago  vibró, sus sentidos se alertaron, no podía creer lo que leía y menos aun que pasara justo cuando ella daba ya todo por perdido creía que ya era demasiado tarde; los mensajes decían:

"Mi vida solo quiero que sepas que me tenías bastante preocupado pensando que algo te había pasado, llamé a tu oficina, familiares, incluso a hospitales, la llamada que me aclaró todo fue a Ana, la cual no queriendo me...."

Y ahí se cortaba, leyendo esto su decisión se transformó en enojo, furia, ¿pero quién se creía? Para estar llamando incluso a su oficina y familiares, y además tener la desfachatez de avisarle  y decirme "mi vida". No lo podía creer, ahora más que nunca corroboraba su decisión de dejarlo, y ya sin ningún tipo de contemplación, sería fría y crudamente ¡¿Pues qué se creía?!. Su enojo estaba al 100%, estaba a punto de llamarle y recordarle con toda la extensión de la palabra su árbol genealógico completo, cuando tomó el celular no pudo evitar mirar el otro mensaje, la continuación, el cual decía:

"contó tu plan, de irte de fin de semana sola, mi niña. Yo nunca he sido un impedimento para que te diviertas, pero este susto si que lo pagarás muy caro y encima la preocupación...."

 No!!! Se cortaba de nuevo, pero ahora no estaba ya tan enojada, más bien estaba consternada, este mensaje tenía aproximadamente 7 minutos de haber sido enviado, su mente daba mil revoluciones por minuto, su corazón latía a gran velocidad sus manos temblaban al sostener el teléfono, estaba sin aliento, decidiendo entre llamar o contestar... Con otro mensaje cuando el teléfono vibró de nuevo. Un mensaje... El cual decía:

"No puedo ya dejarlo impune niña mía, te he tolerado estas últimas semanas pero ya no puedo más, como te comportas como niña, como tal te trataré."

Ella no lo podía creer, ¿a que se refería? Ella no era ninguna niña, ¿Qué pasaba por su mente?, pero a la vez estaba nerviosa, ansiosa, un tanto aprensiva, ahora esperaba el siguiente mensaje con ansias contenidas, y le parecían eternos los segundos, hasta que llegó :

"Te informo NIÑA, que cada minuto que tardes en comunicarte, se estará sumando a tu ya de por sí crecida cuenta. Con amor Daniel"

 A mi larga cuenta?, fue lo primero que se preguntó Areana, crecida cuenta en respecto a qué? ¿De que hablaba ese hombre? No entendía mucho, pero le asombraba descubrir que ya no era tan grande la necesidad de alejarse, ahora sentía un hormigueo recorriendo su cuerpo, suspiró, tomó el teléfono y realizó la llamada que cambiaría su destino.

Daniel contestó, serio pero tranquilo, le dijo que se alegraba mucho de que estuviera bien, y adoptando un tono serio, le informó que estaba muy enojado y sobre todo decepcionado de ella, que se había comportado cual niña caprichosa y maleducada, Areana quiso decir algo, defenderse, pero El simplemente dijo: SILENCIO! No discutas, en un tono que no dejaba lugar a dudas de que ejercía en ese momento la autoridad necesaria, aun así Areana empezó otra frase  justificativa y recibió un "¡QUE TE CALLES!", ahí mismo ella supo que  había surgido el Daniel que ella siempre deseo junto a ella, al que siempre buscaba y parecía no encontrar, permaneció callada, Él le indicó que debía volver de manera inmediata y mientras más tardase más aumentaría su castigo .¿castigo? preguntó entre admirada y temeros, Si Niña, CASTIGO y te dije que te callaras, deja de discutir y por tu bien apresúrate a volver, que te estoy esperando. Y sin más se corto la comunicación.

Areana de manera casi mecánica tomó su pequeña maleta, suspiró y salió; en el camino le costaba tanto concentrarse en la carretera, no dejaba de imaginar y de apremiarse internamente. Deseaba ya poder ver esa transformación, quería comprobar que Daniel realmente pudiera poner las cartas sobre la mesa y actuar, despertar, dejar tanta pasividad atrás.

Y ahora ya estaba ahí, con la llave en la mano, giró la cerradura, dió un largo y sentido suspiro y entró. Daniel que había escuchado el auto la sorprendió sentado parsimoniosamente en la sala con un libro en la mano, Areana entró, lo saludó, El se acercó le dió un abrazo y un beso en la mejilla, la miró y le dijo que se alegraba que estuviera bien, después de eso dió un paso atrás y dijo: ahora sí amor, te comportaste como una niña malcriada e irresponsable y así es entonces como de hoy en adelante serás tratada. Areana lo miraba asustada ¿a que se refería? ¿Seria acaso? ¡No! Él no podía ser así...

Daniel sin vacilar la sacó de sus pensamientos al tomarla de la mano y suave pero decididamente y la hizo caminar, ella se dejó llevar, llegaron al sillón donde él la había estado esperando, Daniel tomó asiento y la dejo ahí parada a su lado, la miró fijamente y con una actitud fría le dijo: "amor créeme que esto  es por tu bien" y sin más la jaló y la tumbó sobre sus rodillas y empezó a darle duras y contundentes nalgadas mientras le echaba en cara su mal comportamiento y su falta de responsabilidad. Areana  forcejeaba le gritaba que la dejara, incluso lo llamó "bruto" ¿pero qué te crees?, palabra a la cual Daniel respondió con una nalgada más fuerte y apoyándose en su espalda y le dijo: " ¿qué me creo yo?, deberíamos empezar por ¿¡Qué te crees tú escuincla!?, pero está bien. Sólo por esta única vez te diré: Me creo la persona que te va a enseñar más respeto hacia los demás, colmaste mi paciencia y siguió repartiendo nalgadas de manera precisa y dolorosa una y otra vez mientras continuaba con su eterno regaño.

Areana se cansó de forcejar y ya sólo lloraba y le pedía que parara, pero Daniel seguía claro y contundente hasta que el color de sus nalgas fue rojo intenso y ella empezó a pedir perdón y suplicar, diciendo que no volvería a ser tan egoísta, dicho esto Daniel dió 20 nalgadas más y le permitió incorporarse.

Areana lloraba y se sobaba cuando Daniel la tomó amorosamente de la mano y la llevó a una contra esquina, si un "lindo" rincón, donde le ordenó permanecer ahí. Areana asombrada abrió la boca para protestar, pero sólo alcanzó a decir media palabra, pues él con dos sonoras nalgadas la hizo callar y quedarse ahí parada, sólo llorando y frotando sus doloridas nalgas mientras Daniel gozaba con el espectáculo que tenía enfrente.

Una vez transcurridos 5 minutos él la llamó y amorosamente la abrazó y le secó las lágrimas de la cara y le dijo que ese iba a ser el trato que tendría de ese día en adelante, si se comportaba como niña malcriada, como tal sería tratada. Tomó una crema hidrante y la acomodó de nuevo sobre sus rodillas para poder curarla. Areana sólo atinó a sonreír entre las lágrimas y besarlo. Daniel respondió al beso.

Lo que pasó después ya lo imaginará cada uno a su gusto, pero lo que sí puedo decirles es que a Areana JAMÁS se le volvió a cruzar por la mente la idea de abandonarlo y menos aun pensar que no era de decisiones tomar.

 

Rossy

LA TRAGEDIA

Autora: Ana Karen Blanco
(anitaK[SW])

La tragedia envolvió a toda la familia de forma inesperada. Sandro Barrientos y Mabel Giacomazzi habían fallecido en un accidente automovilístico dejando tras sí a sus tres hijos: Katherine de 22 años, Fabricio de 20 y Mauro de 14.
Apenas Emilia Giacomazzi supo que su hermana y su cuñado habían muerto, se desesperó, pero también se sintió segura, apoyada en todo momento por su esposo Rodrigo Sena, que la acompañó sin separarse de su lado. Una vez que regresaron del entierro, con los ojos llorosos y la voz entrecortada le dijo:
-Me preocupan esos niños Rodrigo. Tenemos que ayudarlos en todo lo que podamos porque somos su única familia. ¿Verdad que tú me ayudarás con ellos? Han quedado en la más completa soledad y eso me pone muy mal... Le dije a Kathy que se mudaran con nosotros al menos los primero tiempos, pero se negó. Dijo que ella se haría cargo de todo si nosotros la apoyábamos.
-Supongo que le habrás dicho que diera por descontado nuestro apoyo incondicional en todo momento, ¿verdad amor? –dijo Rodrigo interrumpiéndola.
-Por supuesto. Ella sabe que cuenta con nosotros siempre. Fabricio tiene todo preparado para ir a estudiar arte a Italia, y ella es una chica fuerte, voluntariosa e inteligente. No tendrá problema de cuidar a Mauro ya que casi toda la vida fue como una segunda madre para él. Tú sabes lo previsor que era Sandro y les ha quedado un buen respaldo económico, pero de todas formas deberán cuidarlo. Kathy ya se recibió como profesora de literatura y da clases en diferentes institutos, además de las particulares a varios alumnos. Económicamente están bien cubiertos, pero… la vida diaria es mucho más que eso.
-Eso lo sabemos muy bien tú y yo, y seguramente ella lo aprenderá muy pronto.

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Kathy era una bellísima mujer. Alta, espigada, con un brillante pelo negro que hacía resaltar su piel blanca. Los ojos verdosos de mirada acariciante enloquecían a más de un hombre. Era hermosa y lo sabía; su inteligencia y vivacidad la hacían más atractiva aún. Sus minifaldas eran escandalosamente cortas; imposible dejar de mirarla cuando caminaba por algún lugar o hacía su entrada por cualquier puerta como en aquel momento en casa de sus tíos.
-Rodrigo, tienes que ayudarme –le espetó antes de colgarse de su cuello y plantarle un sonoro beso en la mejilla.
-Sí niña, sí. A ver ¿qué te pasa ahora?
Rodrigo se estaba acostumbrando a la presencia casi diaria de aquella joven que había visto nacer y crecer. Hoy era una mujer que lograba turbarlo con su sola presencia, pero que disimulaba haciendo grandes esfuerzos. Ella lo consultaba por asuntos que para Rodrigo eran menores como el pago de ciertas cuentas, trámites en organismos públicos, seguros y asesoramiento sobre la compra de un automóvil, rentas de propiedades y cuestiones financieras generales. También recurría a Emilia para pedirle recetas de cocina, cómo quitar una mancha o averiguar las ofertas de esa semana. Kathy se había convertido en visita permanente, no tenía reparos en llamar por teléfono a cualquier hora, pero a sus tíos no les molestaba demasiado porque era tan querible y simpática que no podían enojarse con ella. Pero a Rodrigo le era imposible mirarla como familiar, sus instintos de macho le hacían desearla como mujer. Ella lo sabía y gozaba seduciéndolo de forma inocente ante los demás, pero cuando estaban solos lo hacía descaradamente, aunque disfrazando de juego sus más perversas insinuaciones.
Dicen que no hay nada más seductor que una mujer hermosa que sabe que lo es, ni nada más erótico que la inteligencia. Ella era todo eso y tenía el conocimiento para utilizar su belleza e inteligencia como le viniera en gana. Su “tío” Rodrigo no le resultaba indiferente. Desde muy niña se había sentido atraída por ese hombre tan alto y gallardo, siempre impecablemente vestido y con aquel perfume varonil: el de su propia piel, porque no utilizaba otro aroma que el de la limpieza diaria. Siempre lo había visto de bigotes, unos bigotes negros, espesos, perfectamente recortados. De pequeña él solía hacerle cosquillas con ellos; hoy se preguntaba qué sentiría al rozarlos. A veces lo provocaba besándolo en la comisura de los labios y percibía un pequeño estremecimiento en el cuerpo de él, que se retiraba rápidamente de su lado. Buscaba excusas para llamarlo, tonteras que ella sabía cómo resolver perfectamente. Lo hacía ir a su casa para reparar cosas que ella misma descomponía o que podría resolver llamando a un fontanero o un electricista, pero sólo buscaba la forma de verlo con la mayor frecuencia posible…
Una madrugada, a las dos de la mañana sonó el teléfono en casa de la familia Sena-Giacomazzi. El cansancio había rendido a la pareja después de varios días de ajetreo preparando el viaje de Fabricio, que había partido la tarde anterior a estudiar al extranjero. Rodrigo, más dormido que despierto, levantó el teléfono.
-Sí… hable.
-¿Es el señor Rodrigo Sena? Le habla el Sargento de Policía Agente Daniel Rivera. Estamos llamando desde la residencia de la señorita Katherine Barrientos…
Rodrigo pegó un salto en la cama y se levantó de golpe.
-¿Qué pasó? ¿Qué sucedió oficial? ¿Está todo bien? –La palidez de su rostro asustó a Emilia que exigía a sus espaldas explicaciones de lo que sucedía, mientras él le señalaba con la palma extendida que esperara y lo dejara escuchar.
-Sí señor. Le ruego que se calme, está todo bajo control. La casa fue asaltada pero los ladrones no lograron llevarse nada porque en ese momento volvía la familia y al escuchar el regreso de los moradores de la finca, huyeron dejando todo. Tanto la señorita como su hermano y el amigo están bien pero muy nerviosos; me pidieron que lo llamara para que viniera lo antes posible.
-Ya mismo estoy saliendo para allá Sargento.
Tras una breve explicación a Emilia mientras se vestía velozmente, Rodrigo emprendió la marcha hacia la casa de los sobrinos de su esposa. Debía conducir uno rato para unir los poco más de treinta kilómetros que había de distancia entre ambas residencias. A esa hora de la madrugada casi no había tránsito. Prendió la radio del vehículo y se dejó envolver por la portentosa voz del tenor Plácido Domingo que le trajo a su lado a la mujer con “Aquellos ojos verdes…”; luego un “Te quiero, sabrás que te quiero…” era casi una declaración de amor para esa joven de piernas largas y torneadas como dos columnas griegas, esa niña de ojos verdes y pelo negro que lo embriagaba con su juventud, energía y vitalidad. Debía estar loco, él amaba a Emilia, sin duda que la amaba pero… Kathy era otra cosa.
Kathy, Kathy… con solo nombrarla la boca se le llenaba de miel y su virilidad daba muestras de que a sus 48 años estaba más vivo que nunca.
Apenas había descendido del auto cuando Kathy se echó sobre él prendiéndose del cuello. Rodeó aquel cuerpo tan deseado con sus brazos, aspiró el perfume de su cabello, acarició con sus manos la mil veces imaginada piel y la alzó. Por un instante que le pareció eterno la tuvo para sí, totalmente suya. Pero inmediatamente la volvió a depositar en el suelo.
-Rodrigo, por fin has llegado –casi nunca le decía tío, ni siquiera de pequeña, siempre prefirió llamarlo por su nombre de pila, y sus hermanos siguieron su ejemplo-. Estoy desesperada, nerviosa, me siento muy mal y angustiada por todo esto.
-Tranquila mi niña, ya todo está bajo control. Además, no ha pasado nada. Pero deberemos tomar esto como un aviso, una advertencia y apenas despunte el día nos dedicaremos a asegurar este lugar convenientemente. Ahora cálmate… ¿cómo está tu hermano?
-Aquí estoy Rodrigo, con mi amigo Carlos.
Un muchacho alto y prolijamente desgarbado como indicaba la moda, se acercó y lo saludó con un beso en la mejilla. Rodrigo lo abrazó cálidamente mientras el chico devolvía el abrazo.
-¿Todo bien Mauro? Menudo susto que me llevé.
-Lamento haberlo perturbado caballero, pero su sobrina así lo solicitó y además creo que era lo más correcto.
Al darse vuelta hacia el lugar de donde provenía la voz, observó un hombre joven y atractivo. No es que a él le gustaran los hombres, pero le llamó la atención la masculina belleza de aquel ejemplar de varón de unos treinta y cinco años. Era alto, de casi un metro noventa; pesaría unos noventa y cinco o cien kilos, de los cuales la mayor parte debían ser de magra musculatura. Pelo negro, lacio, brillante. En su rostro de marcada angulosidad varonil, resaltaba un bien cuidado bigote; los ojos castaños y vivaces enmarcados por unas espesas cejas que le daban a su mirada una especial expresión. Tenía aspecto recio y serio, y la placa que lucía dejaba saber su condición de miembro de la policía, ya que por su ropa de civil nadie lo imaginaría. Se acercó a Rodrigo con su mano extendida:
-Muy buenas… madrugadas –dijo mientras sonreía amigablemente- Soy el Sargento de Investigaciones Daniel Rivera. Hace un rato hablé por teléfono con usted.
-Sí, así fue –le dijo Rodrigo mientras que sentía un firme apretón de manos por parte del oficial, al que no vaciló en contestar de la misma forma- Permítame agradecerle personalmente lo que ha hecho hasta ahora Sargento Rivera.
-Nada que agradecer señor, es nuestra obligación y deber. Si lo desea, pasaré a informarle lo sucedido.
El Sargento comenzó a darle detalles de cómo había sido el intento de robo, de cómo deberían tener cerradas las entradas y qué medidas de seguridad sería conveniente que tomaran.
No le hizo falta a Rodrigo mucho rato para percatarse de las miradas y sonrisas que el Sargento le dedicaba a Kathy. Y no era el único. El resto de los policías, además del amigo de su sobrino, estaban prendados de la chica que seguía abrazada a él.
Al rato de estar por allí, decidió tomar el teléfono y llamar a Emilia para avisarle que estaba todo bien, pero que había tomado la decisión de quedarse y acompañar a los chicos esa noche, cosa que ella aprobó por completo.
Una vez que el sargento Rivera y los agentes a su cargo se hubieron retirado, pasaron a la casa. Santiago, el amigo de Mauro, no desprendía la mirada del cuerpo ondulante de la hermana de su amigo.
-Si la sigues mirando así vas a quedar bizco –le susurró Rodrigo, haciendo que los colores del muchacho subieran hasta sus mejillas y se instalaran allí.
-Santi, vamos a dormir –le gritó a su amigo Mauro –Ya estuvo bueno por hoy, mañana nos levantaremos muy tarde. Hasta mañana a los dos, gracias Rodrigo por venir.
-Hasta mañana jóvenes, y que descansen –saludó el hombre mientras los vio perderse hacia el enorme ático de la casa donde Mauro había decidido instalar su dormitorio, sala de sonido, de juegos y más. Allí ponía el equipo de audio con todos los decibeles imaginables sin molestar al resto de los mortales de la casa. Sonrió con esos pensamientos y movió suavemente la cabeza.
Cuando giró sobre sí, la mirada de Rodrigo se topó con el cuerpo y los ojos de Kathy. Estaba en el sillón grande, sentada de costado, de una forma lánguida y sexy. Las piernas cruzadas y entrelazadas hacían imaginar una planta trepadora que da mil vueltas para llegar a lo alto.
La miró sin poder disimular su excitación. Ella se paró y se encaminó hacia él sin dejar de mirarlo. Ya no era una chiquilla, era una mujer provocativa, que sabía perfectamente qué hacer para lograr enloquecer a un hombre como ahora lo hacía con él. Tenía un andar felino y una mirada arrebatadora que hipnotizaba. En ese momento, más que nunca, comprendía por qué los varones hacían cualquier cosa por estar a su lado.
Se acercó hasta él y pasó los brazos por encima de su cuello, atrayéndolo suavemente hasta que tuvo su boca casi pegada a la de ella… pero no lo besó. Entreabrió la boca y su lengua, rosada y húmeda, recorrió los labios de él sin permitir que la besara. Eso… lo excitó aún más. Pero sabía que era un territorio prohibido. Aunque no llevaban la misma sangre, era su sobrina, casi como una hija. Y también una mujer deliciosa. Tenía que hacer algo para cortar aquello.
La apartó suavemente de su lado, y sonriéndole tomó la mano izquierda de la chica con su mano derecha y la condujo al sillón, donde se sentaron sin desprenderse. Ella siguió su ejemplo sin dejar de mirarlo a los ojos. Rodrigo sacó un pañuelo del bolsillo de su americana y las gafas hicieron mil piruetas en el aire antes de caer sobre la suave alfombra, pegando antes en el zapato izquierdo del hombre y yendo a parar a escasos centímetros. Rodrigo se tiró hacia atrás en el sillón con un visible gesto de cansancio.
-Deja Rodrigo, yo te los levanto – dijo la joven.
No se paró, sino que apoyándose en las rodillas del hombre, se cruzó sobre las piernas de este para alcanzar los espejuelos. El espectáculo que tenía Rodrigo ante sus ojos era celestial. La pequeña falda de Kathy se había levantado lo suficiente como para dejar ver el comienzo de dos globos perfectos, blancos, jóvenes, turgentes. La visión de aquel culo lo extasió pero… también le dio una idea.
Kathy se estaba demorando demasiado en recoger los espejuelos, y también se movía y contorneaba más de la cuenta con la clara intención de excitar al hombre. Cuando quiso incorporarse…
-No Kathy, espera, no te levantes –le dijo mientras presionaba su mano izquierda sobre la cintura de la chica- Es necesario que te quedes así un momento, quiero decirte algo.
-¿Así? Pero ¿para qué? ¿Qué me quieres decir?
-Kathy… Basta de provocarme.
La mano cayó pesadamente sobre la base de las nalgas con un movimiento ascendente que las hizo temblar. La sorpresa se apoderó de chica que sólo logró emitir un leve quejido. Las nalgadas siguientes comenzaron a picarle más y más, lo que la hizo contorsionarse y corcovear.
-Rodrigo, para ya – le ordenó.
El hombre se detuvo de inmediato, y ella trató de incorporarse una vez más. Y una vez más se encontró impedida de hacerlo. Esta vez no era la mano, que estaba en ese momento rodeando su cintura, sino el codo de Rodrigo que se clavaba en su columna.
-Esto recién empieza. ¡No te muevas!
La sentencia estaba dada. Kathy sintió cómo se subía su falda y dos dedos se introducían por los costados de sus bragas, levantándolas mientras la fina tela se perdía entre los cachetes. Los azotes siguieron cayendo sin piedad, mientras las nalgas se tornaban cada vez más rojas y calientes.
Cuando Rodrigo pareció oír un sollozo, paró. Volvió a colocar las prendas en su lugar, ayudó a Kathy a ponerse en pie y se dirigió a la puerta en silencio. Al alcanzar el picaporte se dio vuelta y mirando a la joven que se frotaba las nalgas, le dijo con una voz ruda que ella jamás le había escuchado:
-Recuerda que soy un hombre y no uno de tus alumnos. No vuelvas a provocarme.
La joven no terminaba de comprender lo sucedido, pero lo que sí entendía perfectamente es que jamás en su vida había estado tan excitada como en ese momento. Sus pensamientos habrían hecho sonrojar a la propia Anaïs Nin. Una sonrisa casi diabólica se instaló en su rostro.

---000---

-Buenos días señorita Kathy –saludó sonriente al abrirse la puerta.
-Ah… es usted inspector. ¿Qué deseaba? –contestó con algo de desdén, actitud que no amilanó a Daniel.
-Pasaba por aquí y me pareció oportuno ver si estaba todo bien y he podido comprobar con agrado que han tomado las medidas que les sugerí.
-Sí, Rodrigo se encargó de todo.
-¿Su tío? –dijo con algo de sorna.
-El esposo de mi tía, sí. Le agradezco su preocupación inspector, pero ya tengo que salir.
-Bien, en ese caso le pido que me permita acompañarla y luego invitarla a almorzar.
Kathy dudó un instante antes de aceptar. Era una mujer inteligente, calculadora y quizás el inspector era quien le ayudaría a que nadie sospechara su posible relación con Rodrigo, de quién creía estar enamorada profundamente. La azotaína y las palabras del hombre solo habían logrado que lo buscara con más ahínco aún.
Los días siguientes fueron testigos de las visitas y atenciones de Daniel hacia la bella mujer. Ella aceptaba todos sus elogios pero no olvidaba a su azotador. No importaba qué hiciera, él estaba continuamente en sus pensamientos y se pasaba las horas pensando y urdiendo diferentes planes para atraer a su lado al hombre al que pertenecía su corazón.
Las continuas llamadas telefónicas, las visitas y la creciente excitación hicieron que Rodrigo aceptara verla. Se encontrarían para almorzar. El centro de la ciudad los recibió con el anonimato de las grandes urbes donde la gente pasa inadvertida. Ella lo esperó en una parada de autobús y se montó en el coche apenas este paró. La luz del día se volvió en su contra y se refugiaron en un restaurante muy íntimo. Hablaron de mil temas mientras degustaban el cóctel que habían pedido como aperitivo. A pesar de la fría brisa que salía de los huecos del aire acondicionado, Kathy manifestaba sentir calor.
-Ufffff… este calor es terrible ¿no crees? –le decía mientras se daba aire con sus manos. El vestido ajustado a su cuerpo tenía sólo dos finos breteles, dejando sus bellos hombros al aire. Él adoraba sus hombros…
La música con aires mexicanos se apoderó del ambiente. Unos siete u ocho mariachis se acercaron a la mesa. Mientras el cantante hacía gala de su envidiable garganta, los demás formaban un semicírculo en torno a la muchacha que se dejaba halagar. Cuando el hombre cantó: “…besar tus labios quisiera, malagueña salerosa, y decirte niña hermosa, que eres linda y hechicera…” Kathy, conocedora de los artilugios que puede utilizar una mujer, fingiendo más calor del que realmente sentía, recogió su cabello con las manos, desde la nuca hacia arriba, levantando sus brazos y dejando a la vista sus axilas suaves y blancas. Rodrigo creyó enloquecer de deseo y se retorció en la silla tratando de disimular su excitación.
Kathy regalaba sonrisas, caídas de ojos, movimientos exagerados del cabello, miradas cargadas de erotismo… todo dirigido al cantante y de rebote también le llegaba a alguno de los músicos. Tras una muy generosa propina los mariachis se retiraron, no sin que antes el cantante le pidiera permiso a Rodrigo para “…saludar a la señorita, y con la venia del caballero besar su mano. Buen provecho y que tengan una buena tarde”. Recién allí comenzó a retirarse sin dejar de mirarla, a la vez que ella le sonreía sumamente divertida.
El camarero se acercó a tomar la orden que Rodrigo se encargó de pedir: como primer plato antipasto, y como plato principal tallarines a la puttanesca. Para acompañar, vino tinto. Un Cabernet Savignon sería lo más apropiado. La bodega y la cosecha quedaban a consideración del somelier.
Mientras llegaba la orden el maduro comensal se deleitó contemplando a su bella acompañante, en tanto ella sonreía y coqueteaba. Cuando el camarero se acercó con el vino y le mostró la botella a Rodrigo, este asintió con la cabeza. Ante la aprobación, comenzó inmediatamente a descorchar la botella. Cuando quitó el corcho se lo presentó a Rodrigo, que luego de aspirar su aroma, por segunda vez volvió a asentir. La enorme copa de cristal recibió el líquido purpúreo y casi culminando la ceremonia, le ofreció la copa a Rodrigo con una inclinación de cabeza. Como un gran catador, movió la copa haciendo girar el líquido, volvió a aspirar el aroma, volcó la copa para apreciar el color y el cuerpo del vino. Cuando iba a dar el sorbo para saborear y catar definitivamente aquel delicioso elixir, Kathy le espetó:
-¡Espera! Así no se cata el vino. Déjame enseñarte a hacerlo…
Le quitó suavemente la copa, volcó el líquido hacia un costado mientras introducía el dedo índice en él.
-Esto se hace así… –Sacó el dedo empapado en el vino y comenzó a pasárselo por los labios entreabiertos de Rodrigo que no podía creer aquello, mientras que el camarero con los ojos desorbitados y una amplia sonrisa disfrutaba de la desfachatez de aquella joven mujer –Ahora recoge el vino con la punta de tu lengua y saboréalo. –Rodrigo obedeció mientras ella sostenía su mirada.
Volvió a introducir el dedo en la copa y se lo metió en la boca, con el gesto más lascivo que pudo, chupó el líquido entrecerrando los ojos, y mirando a los dos hombres susurro:
-Mmm… ¡grandioso y delicioso! Mis felicitaciones al somelier por tan buena elección. Sírvanos por favor…
El camarero cumplió la orden agradeciendo interiormente a Baco por haber bendecido el vino, y al resto de los dioses por haberle tocado atender aquella pareja que lo estaba poniendo a mil.
Luego del primer plato, Kathy se levantó para dirigirse al tocador. Rodrigo se paró en un gesto de caballerosidad y ella se fue moviendo las caderas un poco exageradamente. Se sabia atractiva. Los hombres y mujeres del restaurante no pudieron evitar seguirla con la mirada. Quien observaba el pasaje de esa joven por cualquier lugar, necesariamente recordaría la “ola” que se forma en los estadios de fútbol. Esto era similar: ella caminaba y las cabezas se iban dando vuela a su paso…
Durante la cena, la chica llamó al camarero más veces de las necesarias, y en cada una de las ocasiones le coqueteaba, inclinándose de más para mostrar sus senos, diciéndole al chico alguna palabra como para comprometerlo o ponerlo en evidencia. Rodrigo sonreía ante esas niñerías, sabiendo que eran para ponerlo celoso y llamar su atención. Ese era el precio que debía pagar por estar al lado de tan joven y bella mujer.
No tomaron postre. Ella quiso ir a una heladería y pidió un helado mediano. Apenas se lo entregaron comenzó a pasarle la lengua alrededor, a subir y bajar por la superficie de la cremosa preparación hasta que tomó la forma de una gruesa banana. Entonces, mirando a Rodrigo a los ojos, se engulló el helado y al sacarlo de su boca lo fue acariciando con los labios. Los hombres la miraban divertidos y las mujeres la criticaban por lo bajo. ¿Envidia quizás? Rodrigo la tomó del brazo y le indicó que se subiera al auto. Ya estaba bueno de hacer el ridículo. Tenían que conversar en un lugar privado para dejar claro los puntos, así que irían a un motel.
El motel se llamaba “La Cascada” y pidió la mejor suite que resultó ser una habitación bellísima. Estaba en penumbras. Música acariciante y romántica flotaba en el ambiente. Se acercaron a un pequeño bar donde había bebidas varias.
-Champagne, vino, whisky… ¿qué deseas tomar querida?
-Creo que la ocasión merece champagne –contestó ella con una amplia sonrisa.
-Sea.
Se acercó al frigobar y sacó una botella pequeña de champagne. Mientras la destapaba y servía sendas copas, Kathy tomó asiento entrelazando sus largas piernas y acomodándose sobre un extremo del sofá, dejando espacio suficiente para él, que con la copas en la mano se reclinó a su lado y le ofreció una.
-¿Brindamos? –preguntó la chica mientras alzaba la copa.
-Claro… ¿por qué quieres brindar?
-Por la vida, por estar aquí a tu lado, por ti, por mí… ¡por nosotros! Salud…
-Salud…
El fino cristal de las copas se quejó al choque del brindis. Ambos dieron buena cuenta del contenido y luego las apoyaron en la mesa.
-¿Sabes? Estás bellísima…
-Lo sé… -Rodrigo sonrío ante tal contestación.
-No hay nada más excitante que una mujer que se sabe bella y disfruta siéndolo.
Se acercó a ella y la atrajo hacia él. La joven sonrió pensando en su triunfo y torciendo su cabeza entreabrió sus labios cerrando sus ojos mientras se aproximaba a él. Pero no lo encontró, por lo que tuvo que abrir los ojos de golpe.
-¿Qué sucede Rodrigo? ¿Acaso no me deseas?
-Eso no importa. Tus padres no están ahora y creo que es mi deber cuidarte y protegerte. En el restaurante te comportaste como una mujer vulgar, y eso me molesta muchísimo. No basta ser una dama, tienes que demostrar que lo eres.
-Pero… ¿qué dices?
-Que tu comportamiento de hoy deja mucho que desear. Coqueteaste con todo varón que se cruzó en tu camino. No me molesta que lo hagas cuando no estés conmigo. Pero me aseguraré de que te quede claro. Ven aquí.
La copa voló por el aire y fue a dar al otro extremo del sillón, desparramando el dorado líquido por el suelo. La tomó del brazo y moviendo uno de los sillones la hizo reclinarse sobre el respaldo, quedando su rostro casi sobre los almohadones y su culo totalmente expuesto. Trató de levantarse en medio de protestas, pero Rodrigo se lo impidió.
Con la cabeza sobre el almohadón, Kathy sólo pudo oír el cinto que se deslizaba por las presillas del pantalón. Al querer reaccionar sintió un fuerte azote que le cruzó las nalgas.
-Por Dios Rodrigo ¿qué haces?
-Simple: te pongo en tu lugar.
-Pe…
-¡Silencio! ¿O quieres seguir agregando motivos a tu castigo?
-No eres quién para castigarme. ¡No eres nadie, no te permito que lo hagas!
Un silencio envolvió el lugar. La chica se incorporó sin ningún tipo de inconveniente por parte de su verdugo, que había dejado de serlo.
-Bien, si esa es tu decisión, nos vamos.
Se colocó el cinto con in disimulado fastidio. La joven no sabía qué hacer, cómo reaccionar. ¿Qué había hecho? Su intención no había sido molestar a Rodrigo, pero él se veía sumamente enojado.
-Perdóname Rodrigo. He sido una niña tonta.
-Sí, pero ya verás tú cómo cambiar si es que lo deseas.
-Lo que yo deseo es que tú me ayudes a cambiar.
-No, gracias. Ya lo intenté pero tú no apruebas mis métodos. Te espero en el auto.
-¡Espera! Lo siento… Sí acepto tu castigo. ¡Azótame por favor!
Rodrigo salía de la habitación y la tenía a sus espaldas. Ella no pudo ver la sonrisa de triunfo que se dibujó en su rostro. Sí… su método había dado resultado. Sabía que finalmente sería la chica quien le pidiera que la azotara. Retomando el gesto sombrío y adusto en su rostro, el hombre se dio vuelta y la miró a los ojos.
-¿Estás segura de lo que dices?
-Totalmente.
-Si en algún momento cambias de opinión me lo dices y dejaré de ser tu educador. ¿Estás dispuesta a obedecerme?
-Si Rodrigo.
-Ponte en la misma posición de antes. Ahora abre las piernas y apóyate firmemente en el suelo. Si en algún momento crees que no soportas el castigo, bastará con que digas “amarillo” y suspenderé de inmediato para darte un descanso. Luego retomaré. Si quieres que me detenga por completo, di “rojo” y daré el castigo por terminado. Ahora… cuando estés preparada di “verde” y comenzaré. Veremos si soportas el castigo que tengo para ti.
Kathy respiró profundamente mientras terminaba de tomar la posición que le había indicado. Cuando dijo “verde” cerró sus ojos y se puso tiesa esperando el azote, pero este demoraba en llegar. Al intentar darse vuelta para ver qué pasaba, el cinto se estrelló contra sus nalgas, y lanzó un tímido gemido de dolor.
Cuando Rodrigo creyó que eran suficientes azotes, levantó su falda y comenzó a bajar sus bragas. La mano de la joven asió fuertemente la del hombre, obligándolo a detenerse.
-Si quieres que me detenga, sólo debes decir la palabra adecuada y lo haré. De lo contrario seguiré adelante.
Luego de unos segundos, la chica soltó la mano en silencio y tomó su posición. Los ojos del disciplinador se deleitaban ante las nalgas cruzadas por gruesas líneas rojas. Pasó su mano como para refrescar aquel fuego, y luego se retiró unos pasos. Toda la intimidad de Kathy estaba expuesta. Una maraña salvaje de negra espesura era como el centinela de aquella joya rosada y húmeda. El orificio de su ano se veía delicioso y pedía atención en forma casi desesperada. La excitación de Rodrigo era evidente, pero ella no podía verlo. Así que apoyando su mano izquierda sobre la cintura de la chica, comenzó a nalguearla con la mano, teniendo extremo cuidado de no tocar sus partes íntimas, sólo rozarlas levemente. Cada vez que lo hacía, sentía estremecerse a la mujer que tenía bajo su poder, un poder que ella misma le había concedido.
Kathy estaba en peor situación. No podía negar su excitación, porque los jugos que se escondían en su vagina estaban a punto de resbalarse por sus piernas. Nunca había sentido una sensación tan maravillosa. El esposo de su tía no sabía que era la segunda vez que cumplía la fantasía que tenía desde niña: ser nalgueada por ese hombre tan viril, tan guapo, tan… ¡masculino! Sentía cada azote como una caricia dolorosa que la hacía temblar por dentro y por fuera. Sus nalgas estaban ardiendo y de su parte más íntima, ahora impúdicamente expuesta, los jugos comenzaban a correr.
Los azotes cesaron y sintió cómo le volvían a colocar las prendas en su lugar.
-Toma tus cosas, nos vamos.
No lograba entender nada. Se terminó de acomodar sus prendas y lo siguió hacia la salida.

---000---

Pero la situación volvería a repetirse. Esta vez Rodrigo la planeó diferente: sería una noche romántica. La pasó a buscar y se dirigieron al puerto. De allí partía todas las noches un corto crucero en un fabuloso yate que ofrecía cena y show. También había casino donde las parejas comprobaban aquel dicho de “desafortunado en el juego, afortunado en el amor”.
Las mujeres lucían como recién sacadas de una revista de modas, con vestidos finísimos, peinadas y maquilladas como artistas, y sus acompañantes estaban igual de elegantes.
La cena transcurrió entre miradas cariñosas y subyugantes. Cuando la orquesta comenzó a tocar, salieron a la pista y se fundieron en un abrazo. La música sonaba y el abrazo de la pareja se hacía más intenso. La mano de Rodrigo subía y bajaba de forma casi imperceptible por la espalda casi desnuda de Kathy. Mientras danzaban los ojos de ella se clavaron en el rostro de él.
-¿Jugamos unas fichas en el casino? –sugirió Kathy con una sonrisa cuando cesó la música.
-Está bien. Si es lo que quieres… -contestó Rodrigo mientras tomaba su cintura para dirigirla hacia la salida del salón.
Luego de perder una cantidad bastante importante en la mesa de ruleta, decidieron subir a cubierta. La noche parecía sacada de un cuento fantástico. El cielo estaba despejado, por lo que permitía observar las estrellas que parecían diamantes volcados al azar sobre un enorme paño de terciopelo azul. La luna estaba en su fase llena, y era la reina de la noche, reflejando su belleza en el mar. Una brisa fresca levantaba los cabellos negros de Kathy mientras ella se apoyaba sobre el borde del yate. Rodrigo miró su rostro, iluminado por la luz de la luna. ¡Se veía tan hermosa! La tomó de los hombros haciendo que girara hasta enfrentarlo. Levantó la barbilla con su índice, e inclinándose sobre ella la besó dulcemente, pero con pasión. Kathy alzó sus brazos y cruzó las manos sobre la nuca de Rodrigo. Los largos dedos de la joven se perdieron en la espesura del cabello del hombre. Así estuvieron largo rato, besándose y jugueteando con sus lenguas y labios, diciéndose palabras incomprensibles para el resto de los mortales. De ese modo, las pocas horas que duraba el crucero se pasaron rápidamente.
El motel “Séptimo Cielo” fue quien los recibió aquella noche. Dejaron el coche en el garaje y subieron a la habitación. Rodrigo la había tomado de la cintura, subiendo y bajando la mano suavemente… Flanqueó la puerta y le cedió el paso caballerosamente. Ella se detuvo un instante para mirar los detalles de la habitación mientras depositaba su bolso sobre una de las altas sillas situadas junto al pequeño bar. Al darse vuelta para hacer un comentario, su boca fue tapada con los labios de Rodrigo, que comenzó a besarla de forma salvaje y ardiente. Las lenguas se entrelazaban, la humedad de sus bocas se confundía, los labios recorrían y se pegaban a los otros labios. Tenían sed de pasión, una sed que parecía insaciable, pero sabiendo que el otro era el oasis en ese agobiante calor de la lujuria, más ardiente que cualquier desierto.
Las manos de Rodrigo recorrían aquel cuerpo túrgido y joven, vibrante… Por fin había decidido conocer aquella
“piel de satín y azucenas” como decía el tango. La piel de aquella joven encendía su pasión, y bajo la luz de las velas adquiría un brillo especial, con un juego de luces y sombras que la hacían más deseable aún.
Comenzó a besar su cuello continuando con sus hombros, redondos y deliciosos. Bajó los breteles del fino vestido y comenzó a deslizarlo hasta dejar a la vista los bellos senos. Eran firmes, del tamaño ideal, suaves, con una aureola rosada y un botón que a pesar de estar en su mínima expresión, se alzaba tímidamente sobre la deliciosa montaña. Terminó de bajar la vestimenta de la chica que quedó con una pequeña bikini de encaje blanco que hacía resaltar más su vientre, plano y delicadamente musculoso. El vestido cayó al suelo cuando él la tomó en sus brazos para depositarla en la cama. Ya descalza, la depositó delicadamente y la observó. Así, casi desnuda y tendida a su merced, el caballero recio y excitado dejó paso a un hombre conmovido y turbado por la belleza y entrega de su acompañante. Comenzó a desvestirse sin dejar de mirarla. Era una mujer cautivadora, abandonada a su pasión, que lo miraba con ansias, con ganas, con hambre de sexo salvaje… Desprendió el último botón de su camisa.
-Ponte boca abajo -le pidió Rodrigo con suavidad.
Al terminar de cumplir la orden, sintió como se sentaba a horcajadas encima de ella. No podía verlo, pero no se opuso cuando él la tomó de las muñecas y le colocó unas cuerdas con las que la ató diestramente a la cabecera de la cama. Un pañuelo de seda, sacado de la nada al estilo del mejor ilusionista, fue a parar a los ojos de Kathy impidiéndole por completo la visión. Comprendió que a partir de ese instante debería guiarse sólo por sus sentidos y sus instintos.
Sintió a Rodrigo caminar de un lado a otro de la habitación. Sentía sus pasos, ruidos que no lograba reconocer y sonidos que le eran familiares.
El azote que le cruzó las nalgas de forma tan inesperada que le hizo dar saltar, más por la sorpresa que por el dolor.
-No te atrevas a moverte o te irá peor.
-¿Pero qué haces?
-Shhhhhh… no hables, no te muevas, no quiero más sonidos que el del azote y… el silencio.
Un nuevo golpe cayó en las nalgas de la chica, que apenas se movió mientras clavaba las uñas y hundía su rostro en la almohada para ahogar el quejido. No sabía con que la golpeaba, pero era algo largo, fino, lacerante, flexible… y que le hacía arder la piel. Los azotes se fueron sucediendo lentamente pero sin pausa. Sentía que tenía sus nalgas marcadas con finas rayas en todas las direcciones.
-Me has hecho perder una pequeña fortuna hoy, y continúas seduciéndome sin reparos. Ese descaro lo voy a cobrar en tus nalgas.
Se acercó a la joven y le quitó las bragas. No obtuvo ninguna resistencia esta vez, y no porque estuviera atada, sino porque Kathy había decidido entregarse a aquel hombre dominante y recio.
Rodrigo pasó sus manos por cada una de las largas marcas rojas que cruzaban aquellos deliciosos globos. La unión de la curvatura de los hemisferios invitó a la mano a continuar el camino hacia la parte más íntima y escondida de la mujer. Con un simple movimiento le hizo saber que deseaba que se abriera totalmente de piernas, dejando su sexo a la vista.
Los dedos expertos de Rodrigo comenzaron a recorrer aquella cueva encantada que continuaba siendo guardada por una espesa maraña de vellos negros y ensortijados; hasta que encontraron el mágico botón que la hizo estremecer. Con el clítoris entre sus dedos comenzó un mágico baile de vaivén, una deliciosa tortura que ejercía presionando lo suficiente el manojo de nervios que se unen en esa zona mágica. A la reunión se acopló la lengua del hombre: sabia, experta, deseosa de dar placer. Una vez más se juntaron las humedades y se confundieron. Kathy no podía impedir el fluir de sus jugos vaginales, y la impúdica lengua comenzó a invadir el interior de su vagina mientras que el orgasmo comenzaba a florecer sin ningún tipo de pudor. Rodrigo sentía en su lengua cada uno de los espasmos, de las contracciones vaginales de la joven que no paraba de gozar y gemir.
Sin darle el menor respiro, la lengua de Rodrigo se concentró en su otro agujero. En pocos segundos la joven se comenzó a retorcer una vez más y la lengua encontró otra vaina donde refugiarse.
La saliva corría y se confundía con los demás jugos. Sin dejar de tocarla, el hombre se terminó de desvestir. Su pene se erguía impúdicamente, apuntando el techo de la habitación. Rodrigo se dirigió a la cabecera de la cama y desató a la joven, quitándole también la venda de los ojos para que se enfrentara cara a cara con el miembro viril de Rodrigo. Tenía la punta brillante y acercándolo a la cara de la joven se lo ofreció. La lengua de Kathy comenzó un recorrido vertiginoso de arriba abajo, mientras que las lánguidas manos de largos y hábiles dedos tomaban, una, la base del pene torciéndolo suavemente y con la otra los testículos, que eran masajeados tierna pero firmemente. Jamás había experimentado algo así y se estaba volviendo loco de placer. Pero no quería dar todo por terminado tan rápido.
-Ven mi pequeña, ponte en cuatro patas.
Lo obedeció de inmediato, imaginando cuál sería el próximo paso.
-Mi pequeña perrita…
El pene se apoyó en el dilatado ano de la mujer y comenzó a introducirse lentamente. El grito fue sofocado por la mano del hombre, que dejando caer su cuerpo sobre el de Kathy, la hizo extenderse. Podía sentir el tibio aliento del hombre en su nuca.
-¿Estás gozando pequeña?
-Mucho
-¿De quién es ese culo?
-Mío
-No, estás equivocada. A partir de hoy y hasta que yo lo decida es sólo mío ¿entendiste?
-Sí
-Si eso es verdad, quiero que me lo digas, que lo repitas. Di que es sólo mío y que no se lo darás a nadie más.
-Mi culo es tuyo, solo tuyo, y nadie más lo tocará, no se lo daré a nadie más que a ti. Te lo prometo.
-¿Segura?
-Sí, segura. Quiero ser tu puta y quiero que mi culo sea sólo tuyo, que te pertenezca.
Las palabras de la joven fueron el impulso final que él necesitaba para hacer los embates más fuertes cada vez, hasta que el jadeo de ambos se hizo más frecuente y el semen comenzó a salir a borbotones, inundando las entrañas de Kathy que, exhausta, cerró los ojos para descansar con el peso de su hombre encima y llena de sus jugos.
-Kathy… -una vez más sintió el tibio aliento del hombre en su nuca- Eres tan hermosa que por momentos dudo que esto sea verdad. No quisiera que se acabara nunca.
-No sé si alguna vez acabará pero hoy existe Rodrigo. Así que será mejor aprovechar este momento que es el que tenemos. Ven… ven a mi lado… y continúa amándome como siempre soñé que lo harías.
El resto de la noche continuó siendo una conjunción de caricias, gemidos, palabras entrecortadas y suspiros de placer.
Fue aquel uno de muchos encuentros furtivos, de mañanas de lujuria, tardes de pasión y noches de placer… Los dos estaban bien económicamente y podían darse el lujo de alquilar un taxi para pasar un día en alguna ciudad no muy lejana, alojarse en algún lujoso hotel y comer en los mejores restaurantes. O tomarse un avión en la mañana, irse a un país limítrofe y regresar por la noche.

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Aquella mañana Kathy se apareció en la oficina en la que Rodrigo trabajaba como vice-presidente. La secretaria la anunció y ella entró como la persona importante que se suponía que era: la sobrina del segundo hombre más poderoso de la empresa.
Rodrigo, caballerosamente como él solía comportarse, se puso en pie para recibirla. Una vez que la secretaria cerró la puerta, ella se abalanzó en sus brazos y se besaron con pasión:
-Cosita chiquitita…
-Hola luv… te estaba extrañando mucho y no pude dejar de venir a verte. Me tienes abandonada.
-No mi niña, no es así. Es que… tú sabes que esto no puede ser, no podemos seguir adelante con esta relación. Tú tía no se lo merece, ni tú, ni yo, ni siquiera… Daniel. Él está enamorado de ti y tú no haces nada por retribuir su amor.
-Yo no le pedí que me amara, y sabes perfectamente que a ti a quien amo –le dijo mientras pasaba sus brazos por encima de los hombros de él y acariciaba la nuca de aquel hombre maduro, mientras se ponía en puntas de pie para poder alcanzar sus labios en tanto él abrazaba su cintura.
Escenas como esta se repetían con demasiada frecuencia, cada vez más abiertamente, lo que significaba un gran riesgo para Rodrigo quien sería el más perjudicado si aquella relación se hacía pública.
-Me dijo Emilia que estábamos invitados para ir a cenar esta noche. Así que nos volveremos a ver hoy, luv.
-Espero que te comportes como es debido.
-Claro, siempre lo hago –contestó blandiendo su mejor y más picaresca sonrisa.
-Entonces… vete ahora y nos vemos a la noche.
-Ahhhhhhhh… ¡no quiero! No me eches cariño, por favor –le dijo haciendo uno de esos mohines que él tanto adoraba.
-Anda, no te pongas caprichosa y obedece. Nos vemos esta noche –y la acompañó a la puerta de la oficina, como para tener seguridad de que se retiraría.

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La mesa estaba preparada para cuatro personas. Emilia era una excelente anfitriona: fina, distinguida y sumamente sencilla. Estaba acostumbrada a recibir gente de alto nivel cultural y financiero debido a la posición de su esposo; siempre quedaba muy bien con todos y hacía que el hombre que amaba hacía tantos años, se enorgulleciera de ella. También por ese motivo quería Rodrigo terminar aquella relación con Kathy, porque en el fondo amaba profundamente a su esposa. Pero aquella niña lo volvía loco de verdad y no sabía cómo hacer para dar por terminado lo que había comenzado casi sin querer.
Sonó el timbre y Emilia se dirigió a la puerta para dar una cordial bienvenida a los invitados. Daniel estaba elegantísimo, con un traje que parecía cortado encima de su musculoso cuerpo, le caía maravillosamente bien. Prolijamente afeitado y peinado, con un perfume discreto y masculino, cruzó la sala con la mano estirada para saludar al anfitrión.
-Don Rodrigo, qué placer volver a verle.
-Igualmente muchacho. ¿Todo bien?
-Sí señor, todo muy bien. Permítame agradecerle a usted y a Emilia la gentileza de invitarnos a cenar.
-Por favor… es un placer tenerlos aquí –contestó cortésmente Emilia mientras se tomaba del brazo de su esposo
-Hola Rodrigo –dijo Kathy con una sonrisa que la hizo aún más bella. Él la beso suavemente en la mejilla mientras su corazón latía de alegría al verla.
-Daniel, usted aún no conoce la casa. Acompáñeme, se la mostraré y me ayudará a preparar unos tragos para el aperitivo. Kathy querida –le dijo a su sobrina mirándola con afecto- te robaré a tu guapísimo novio por un rato. Debo felicitarte por tan buena elección, es un hombre de trabajo, se ve refinado, culto, elegante y hacen una bellísima pareja.
-Muchas gracias señora, me halaga usted.
-No me digas señora Daniel, me llamo Emilia. Vamos… ayúdame a preparar los tragos –le decía mientras lo tomaba del brazo y se lo llevaba a la habitación contigua.
Una música tenue flotaba en el ambiente. Rodrigo adoraba la música clásica y la ópera. Andrea Boccelli acompañaba a la perfección la fina velada mientras que Rodrigo y Kathy, una vez solos, comenzaron a mirarse sin disimular su pasión.
-Kathy, que te conozco. Compórtate como la dama que eres y dime qué has hecho hoy.
-He sido una niña mala Rodrigo… Merezco que me castigues.
-Pero… ¿Qué dices?
-Quisiera que me abofetearas para redimir mis culpas.
-No digas tonterías ¡por favor!
-Anda Rodrigo, castígame…
-No, no lo haré.
-Si no lo haces, gritaré y me pondré a llorar, te miraré con odio y extrañeza. No sabrás cómo explicar la situación… Y será peor.
-Compórtate y no me amenaces.
-Quiero que me abofetees…
Rodrigo estaba totalmente desconcertado. Kathy comenzó a besarlo, mientras se oían las voces de la otra habitación. La separó de él y miró nerviosamente por encima de su hombro.
-Basta Kathy, no hagas niñerías –La tomó de los hombros y la zarandeó como para hacerla reaccionar.
-Abofetéame…
-Ya te dije que no lo haré
-¡Daniel! –gritó entonces. Rodrigo quedó de una pieza…
-Dime cariño… -contestó la voz masculina desde la otra habitación. Rodrigo contuvo la respiración.
-¿Me preparas ese cóctel que tanto me gusta? –gritó ella con una mueca divertida.
-En eso estaba. Le explicaba a Emilia lo complicado que es prepararlo…
La tensión empezó a sentirse en el ambiente mientras que la música también subía su intensidad. El “Gloria in Excelsis Deo” de Vivaldi comenzaba con esa velocidad vertiginosa que lo hace tan especial, los violines tocados por manos prodigiosas hacían correr la adrenalina por las venas de la pareja mientras se miraban a los ojos desafiándose mutuamente. La soprano alzó su voz y la bofetada resonó tapada con la música de los violines y las voces del coro. Rodrigo no había podido contener su furia y el nerviosismo lo había hecho caer bajo los influjos de esa mujer que, cuando volvió su rostro hacia él, lo hizo con una sonrisa sarcástica y de total triunfo. Los dedos de Rodrigo se percibían apenas en la blanca y delicada mejilla de Kathy.
-Cariño, aquí está tu cóctel –Daniel había entrado de improviso, tomándolos totalmente de sorpresa- Pero… ¿Qué te pasó en el rostro? Parece que…
-¡Sí! Rodrigo me abofeteó –gritó al tiempo que se cubría la mejilla con la mano y señalaba con el índice al hombre que hasta hacía pocos momentos antes había estado besando.
-Pero… Yo… -trató de explicarse Rodrigo, mientras que Daniel lo acusaba con la mirada y su esposa lo observaba con extrañeza.
-Jajajajajaaaaa… -rió Kathy estrepitosamente, mientras todos la miraban atónitos– Relájense, que era una broma. Le estaba contando algo a Rodrigo y me pegué en la mejilla con demasiada fuerza. Pero por solo ver el rostro de desconcierto de mi tío, valió la pena la broma. Y ustedes dos disculpen, perdóname tía Emilia, pero… ¡la tentación fue muy grande!
-Ay niña, ¡qué susto me has dado! Sé perfectamente que Rodrigo jamás haría algo así, pero qué momento me hiciste pasar. Daniel, deberías poner a esta niña sobre tus rodillas y darle unas nalgadas para enseñarla a comportarse… vamos, pasemos a tomar el aperitivo.
Rodrigo se acercó con disimulo al oído de quién le había hecho pasar uno de los momentos más vergonzosos de su vida, e inclinándose le susurró: “Esta me la pagas, y bien cara, niña”. Ella le sonrió y le guiñó un ojo, mientras lo tomaba del brazo para seguir a sus parejas.
La cena transcurrió plácidamente y el incidente pareció olvidado junto con la marca en el rostro.
Sí, el incidente “pareció” olvidado, pero en realidad ninguno de los cuatro lo pudo olvidar. Emilia comenzó a comportarse de forma extraña con Kathy. Muchas de las actitudes de la chica dejaron de caerle bien y algunas veces no le daba a su esposo los recados de la sobrina. Rodrigo también se dio cuenta que ya no miraba con simpatía y agradecimiento cuando le decía que iba a casa de los chicos, o que ayudaría a Kathy con tal o cual trámite. El hombre comenzó a ser mas cuidadoso y precavido con sus comentarios, pero el hostigamiento y la forma de hablar de su esposa se hacia cada día mas evidente.
Emilia comenzó a hablar cada vez menos con su sobrina y lentamente la relación se fue enfriando. Cuando la joven iba a casa de sus tios siempre era recibida correctamente, pero ya no había el cariño, los gestos de alegría y bienvenida de antes. El trato hacia ella por parte de su tia era fríamente correcto. Rodrigo tuvo que ponerse a pensar que iba a hacer con esa situación cada dia más insostenible. Debía decidirse: su esposa o Kathy. Todo un dilema que lo tuvo más de una noche sin dormir. Le costaba decidirse y necesitaba algo que torciera la balanza para un lado u otro. Él no lo sabía aun, pero ese peso que volcaría uno de los platillos estaba a punto de llegar.

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Mientras todo un desfile de pensamientos cruzaba la cabeza de Rodrigo, otro hombre tenia también la suya llena de imágenes, sentimientos, emociones encontradas y no sabía cómo salir de esa situación que le hacía imaginar un bosque infectado de animales salvajes que lo acosaban sin tener escapatoria.
¿Hablar con Kathy? No, eso ya lo había hecho varias veces y sin resultado alguno. La chica negaba los amoríos con su tío, o con “el esposo de su tía” como le gustaba decirle. ¿Poner sobre aviso a Emilia? No… esa mujer era demasiado inteligente y seguramente ya lo sabía; sería una crueldad ponerla en evidencia. Era una mujer admirable y no merecía pasar por eso. Sólo la lastimaría sin sacar ningún provecho de esa acción. “Si no beneficia a nadie… ¿para qué?”. Lo que le quedaba era hablar con Rodrigo, frente a frente y de hombre a hombre, así que concertó una cita con el empresario.
Una elegante cafetería fue el punto de encuentro de lo dos hombres. Luego de los saludos protocolares tomaron asiento. El primero en hablar fue Rodrigo:
-Daniel, gracias por la invitación porque yo también quería hablar contigo.
-¿De verdad Rodrigo? ¿Y sobre qué sería la charla? –le dijo con un rostro serio y algo molesto.
-Sobre el único tema y persona que nos une Daniel: sobre Kathy. ¿O me equivoco?
-No, no se equivoca usted. Pero ya que comenzó le pido que continúe.
-Bien… tú sabes que no es fácil. No voy a negar que he tenido una relación con Kathy, como tampoco niego mi cuota parte de responsabilidad en esa relación. Desde un principio yo sabía que era algo sin futuro, los dos lo teníamos claro, pero ella siempre tuvo la esperanza de que yo dejara a su tía para irme con ella. No niego que más de una vez estuve a punto de hacerlo, pero… en realidad amo a Emilia. Kathy fue una inyección de vitalidad, frescura, juventud, belleza y locura. Pero al continuar con esta relación sólo estoy haciendo daño. Daño a mi esposa que sospecha que algo ocurre, daño a Kathy porque sé que no me quedaré a su lado, te daño a ti Daniel, porque al estar yo en el medio no permito que ella vea al hombre que tiene a su lado y que la ama con delirio.
-Sí Rodrigo, esa es la verdad: amo a Kathy con delirio, con pasión, con locura. Pero ya no soporto más esta situación. Así que vengo a decirle que uno de los dos debe de desaparecer. Si usted se queda yo me voy. Pediré traslado a otra ciudad, en el extremo opuesto del país… y allí trataré de comenzar una nueva vida.
-No Daniel, no será necesario. Y te explicaré por qué…
Rodrigo comenzó a informarle sus planes, los que Daniel comprendió y aceptó inmediatamente con una sonrisa en su rostro.
-Sé que no soy quien para darte consejos, así que te daré una sugerencia: Kathy es una chica muy rebelde, caprichosa, extremadamente inteligente y también manipuladora. Necesita a su lado un hombre firme, dominante, seguro de las cosas sin caer en la necedad. ¿Me explico?
-Creo que sí.
-No, me parece que no, así que te lo diré claramente. ¿Recuerdas el día de la cena, cuando Kathy dijo que yo la había abofeteado y luego lo negó diciendo que se lo había auto infringido?
-Sí, nos hizo pasar un momento muy feo.
-¿Recuerdas lo que te dijo Emilia?
-Mmm… No, sinceramente no.
-Te dijo más o menos con estas palabras que Kathy merecía que la pusieras sobre tus rodillas y le dieras unas buenas nalgadas.
-Jajajajaaaaaa… Sí, es verdad. Ahora lo recuerdo. Estuvo muy graciosa esa broma.
-No era broma Daniel. Te lo decía muy en serio.
El joven no salía de su asombro.
-Verás: ni yo ni Emilia estamos de acuerdo con la violencia doméstica bajo ningún punto de vista. Pero lo que te proponía era algo consensuado: unos azotes propinados en las nalgas mantendrán a raya a esa niña traviesa. Y ella estará totalmente de acuerdo. No solamente lo aceptará sino que… hará que se enamore perdidamente de ti y se olvide de mí fácilmente. Te doy mi palabra Daniel. Haz la prueba. Sé que no tienes porqué confiar en mí, pero… Si nos haces caso no te arrepentirás.
Luego de unas breves explicaciones sobre la disciplina doméstica y las azotaínas eróticas, los hombres se despidieron con un fuerte apretón de manos. No se volverían a ver jamás…

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Camino a su casa, Rodrigo iba imaginando mentalmente lo que le diría a Emilia. ¿Y si ella no aceptaba? Si ella no aceptaba tendría que hacerlo igual, aunque fuera solo. Era muy arriesgado, pero tenía que hacerlo. Repasó en su mente la posible conversación y las probables respuestas de Emilia, y qué le contestaría ante tal o cual frase. Así fue todo el camino, conduciendo lentamente y aprovechando los semáforos para cavilar la mejor forma de enfrentar esa charla, lo que le valió más de un bocinazo de algún chofer que sí tenía prisa por regresar a su hogar.
Bajó del auto y se dirigió a la puerta de entrada de su casa con la llave en la mano. Cuando la fue a introducir, la puerta se abrió y apareció Emilia con la cara sombría, el mismo rostro de tristeza que tenía desde hace un tiempo. Ya no estaba alegre como antes, sino que un velo de congoja cubría su rostro, y le era imposible disimularlo.
-Hola Rodrigo…
-Buenas tardes amor... –respondió dándole un suave beso en la mejilla. Luego la tomó de la mano y la condujo hasta los sillones de la sala – Emilia, ven conmigo. Tengo algo que decirte.
Emilia se paró en seco y se puso lívida. Abrió sus ojos con un dejo de extrañeza y desconsuelo mientras que se le llenaban de lágrimas.
-¿Qué me quieres decir Rodrigo? –preguntó con miedo a la respuesta - ¿Acaso…?
-Emilia, mi amor –le susurró al oído mientras la abrazaba al ver la reacción de su esposa- lo que tengo para decirte puede ser muy importante para nuestro futuro: para ti y para mí. Para los dos. Ven… sentémonos. Escúchame por favor…
-Rodrigo, no…
-Por favor amor, déjame contarte y luego me dirás tu parecer, ¿sí?
-Está bien… habla.
Los nervios de esa mujer eran evidentes. Bajó su mirada y apretó sus manos en un gesto de desesperación. Rodrigo se odió por hacerle pasar momentos así…
-Emilia, la empresa me ha ofrecido el puesto de presidente en la sucursal de Miami. Eso significaría tener que mudarnos para allí por al menos dos o tres años. Les dije que tenía que hablar contigo para responderles. El sueldo será mucho mayor, nos darán una casa y auto de la empresa. Es una oportunidad muy grande para mí, pero… quiero que me acompañes. Sería imposible estar allá sin ti…
Los ojos de Emilia se iluminaron, y las lágrimas corrían por su rostro mientras abrazaba a su esposo casi con desesperación. ¡Era esa la noticia! Ella había imaginado que le diría que la iba a dejar, pero no… su esposo le estaba pidiendo que se fueran de allí, lejos de todo aquello, lejos de…
-¡Rodrigo, mi amor! Claro que me voy contigo, donde tú vayas yo iré, yo te acompañaré, estaré a tu lado en todo momento. Sí, sí… sólo dime cuándo partimos y me pondré a hacer las maletas.
-Gracias por ser la mujer que eres. Temía que no quisieras venir, pero… ¿cómo pude imaginar que no me acompañarías? Gracias amor, gracias. Sé que es todo muy apresurado, pero deberíamos estar en Miami en 8 días. Si te parece bien, comenzaremos a dejar todo en orden y necesitaré tu ayuda para eso.
-Cuenta conmigo. Esta noche comenzaré a ordenar todo lo necesario con respecto a la casa, le avisaré a…
-¡No! No, por favor no le avises a nadie, no quiero que nadie se entere. Nadie. Dentro de una semana, cuando ya estemos tomando el avión, entonces ahí avisaremos a quien sea necesario. Pero quiero disfrutar este momento contigo solamente, quiero que este sea nuestro momento, nuestro logro, nuestro triunfo…
Tomo el rostro de la mujer que había sido su compañera de ruta por más de 25 años y la encontró más bella y resplandeciente que nunca. Acercó sus labios a los de ella y la beso dulcemente mientras la llevaba en brazos a la habitación.
Aquella noche fue muda testigo del fuego y la pasión que puede haber en una pareja que se ama y se comprende sin decir una palabra. Ellos eran un matrimonio que se conocían a la perfección y en esa lujuria desenfrenada Emilia comprobó que era ella quien había ganado aquella guerra no declarada.

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Los días pasaron rápidamente. Kathy trató de comunicarse con él de todas las formas imaginables, pero le era imposible ubicarlo. Daniel se estaba cansando del humor irritable de su novia y cada vez tenía más deseos de poner en práctica la sugerencia de aquella pareja veterana que seguramente sabía más de la vida y de la convivencia que él o su novia.
Finalmente, un día Kathy logró contacto con Rodrigo y se citaron en un discreto restaurante.
-Dime qué pasa Rodrigo. Por qué me rehuyes, qué es lo que está pasando.
-Mañana parto a trabajar al extranjero. Me dieron el puesto de Presidente en una sucursal fuera del país, y acepté.
-Pero… no me habías dicho nada…
-No, nadie lo sabe, no quise que nadie lo supiera hasta hoy. Pero tampoco podía partir sin decirte nada. Kathy… has sido alguien muy importante en mi vida. Contigo he pasado momentos inolvidables. En un momento en que pensaba que ya no había más nada me trajiste energía, frescura, juventud, pasión… me diste vida, me devolviste la esperanza y las ganas de seguir adelante. Eso, mi querida niña, jamás lo olvidaré y nunca viviré lo suficiente para agradecértelo. Pero…
-¿Pero…?
-No podemos seguir adelante por muchos motivos. Tú sabías desde un principio que yo no me quedaría contigo. Amo y necesito a Emilia. Lo que estabamos haciendo no era justo para nadie: ni para Emilia que confió en nosotros y la traicionamos, ni para Daniel que te ama con locura, ni para ti que no tendrías futuro a mi lado… ni siquiera para mí. Por eso decidí aceptar la Presidencia en esa sucursal lejos de aquí…
-¿Dónde te vas?
-Lejos, muy lejos… no importa dónde.
-Te odio Rodrigo. Me usaste como a un objeto y ahora que ya no me quieres más, me dejas como a una… basura.
Los ojos de Kathy despedían odio y las lágrimas le quemaban el rostro. Sentía rencor, rabia, vergüenza… y su corazón destrozado.
-No. No es así Kathy. Pero había que terminar de alguna manera, y creo que esto es lo mejor.
-¡Vete! No quiero volver a verte nunca más
-Kathy, yo no…
-¿No entendiste? Te dije que te fueras, vete con tu esposa y ojalá que les vaya bien. Solo espero que nunca más en la vida nos volvamos a ver. Este amor que te he tenido y que me está destrozando ahora, se irá aplacando con el tiempo, pero el dolor que estoy sintiendo… ese no creo que desaparezca jamás. Vete Rodrigo…
El hombre se levantó y caminó hacia la puerta sin volver la cabeza. Cuando llegó a la puerta se detuvo, titubeó pero… la empujó y salió en silencio del lugar.


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La joven entró dando un tremendo golpe al cerrar la puerta. Llorando, con los ojos enrojecidos, pasó al lado de Daniel. Hacía rato que esperaba en casa de la joven. Al verla en ese estado imaginó que Rodrigo había hablado con ella y la relación habría terminado. Tendría que hacerse el tonto y ver su reacción.
-¿Qué te sucede?
-Sucede que todos los hombres son iguales, una porquería, una basura. Nos utilizan a su antojo y cuando ya no les servimos nos arrojan fuera de sus vidas.
-Pero… ¿por qué dices eso? ¿qué te pasó?
-Nada que a ti te incumba. Déjame en paz. Vete de aquí.
-Estás mal Kathy… déjame quedarme a tu lado.
-¡No! Quiero que te vayas, desaparece de mi vida, no te quiero ver…
Le cerró la puerta del dormitorio en la cara. Sí, sin duda que Rodrigo había hablado con ella y ese era el motivo de su enojo. No se fue. Se acomodó pacientemente en el sofá y allí pasó la noche.
A la mañana siguiente se despertó muy temprano recordando que no tenía que ir a trabajar. Había pedido unos días de licencia previendo que algo así podría ocurrir cuando se fuese Rodrigo. Y estuvo muy acertado. Sintió ruido en la cocina. Era Kathy que envuelta en una toalla preparaba café.
-Buenos días…
-Buenos lo serán para ti. No veo qué tienen de buenos.
-Mejor me voy a bañar…
-Sí ¡mejor!
No soportaría ese trato mucho tiempo más. En la ducha, sintió deslizarse el agua por su cuerpo. El chorro muy caliente caía en su nuca, corriendo por su columna y espalda. Cambió la temperatura del agua y sintió un frío casi congelante que lo hizo estremecer. Salió y frotó la toalla por todo su cuerpo con vigor, con fuerza, con ganas… Ya se sentía mejor. Tomó una muda de ropa de su bolso y a los pocos minutos estaba de regreso en la cocina, con una radiante sonrisa en su rostro. Kathy seguía envuelta en el toallón, revolviendo tontamente el café en su taza.
-¿Quieres hablar Kathy?
-No, no quiero. Lo único que quiero es estar sola.
-Bien, me iré… después -El tono de su voz había cambiado notablemente. Le había hablado a ella como lo hacía con sus subordinados. Eso la descolocó levemente- Estoy harto de tus desplantes. Mi paciencia ha llegado a su límite. Pensé que podía encontrar en ti a la mujer que he estado deseando hace años. Pero me equivoqué, no eres más que una mocosa engreída, mal educada y caprichosa.
-¿Pero qué dices? ¿Cómo te atreves?
-Cuidado Kathy. No te confundas. He sido benévolo, pero me equivoqué. Me iré, sin duda que me iré. Cuando salga por esa puerta seguramente no me vuelvas a ver, pero antes… haré que me conozcas un poco mejor.
La tomó de la muñeca y casi la arrastró hasta el sofá. En el camino, Kathy trastabilló, perdiendo la toalla y quedando cubierta solamente por unas exiguas bragas negras. Los túrgidos pechos se bamboleaban al caminar. Llegando al sofá, Daniel se sentó de golpe y ella fue a dar sobre sus rodillas, llevada por la inercia.
-¿Pero qué haces, pedazo de animal? Suéltame o…
Los azotes no se hicieron esperar. Kathy se retorcía con cada nalgada, movía sus piernas como si estuviera nadando en una piscina olímpica, pero Daniel la tenía fuertemente agarrada y… al ver ese cuerpo casi desnudo, ese cuerpo deseado tantas veces, sentir el calor de su piel tan directamente, ver cómo se coloreaban sus cachetes cada vez más… lo llevaron a un grado de excitación que ni él mismo podía creer.
Sintió su brazo algo cansado y paró los azotes, sosteniendo fuertemente a Kathy. Las nalgas tenían un rojo parejo y brillante. Instintivamente comenzó a acariciarlas ante los suaves jadeos de la joven.
Así estuvo unos escasos 30 segundos, antes de que Kathy…
-¿Ya? Estarás satisfecho ¿verdad? Nunca creí que un hombre como tú pudiera convertirse en un troglodita azotador. Ahora suéltame y vete.
-Mmm… No, aún no. Veo que todavía te falta mucha educación, y como estoy de vacaciones, te ayudaré a adquirirla. Y de gratis, ¿eh? Veamos Kathy… dame una de tus chancletas.
-¿Qué cosa?
-Bueno… creo que mañana te lavaré yo mismo las orejas. Dije que me des una de tus chancletas.
-Tú estás más que loco si crees que haré algo así.
-Si no me obedeces, no sólo no te liberarás del castigo, sino que será peor, ¿entendiste? Así que… dame esa chancleta.
-¡No! Ya te dije que no lo haré. Me parece que el que tiene que lavarse las orejas eres tú. Cuando digo no, es ¡NO!.
-Bien… en ese caso… recordarás que te dije que me ibas a conocer y que no voy a permitir que te burles de mí. Así que si no es con la chancleta será con lo primero que encuentre.
Como si ella no existiera, se levantó haciéndola caer contra el piso, sin ninguna consideración. Se metió en la cocina y regresó con un matamoscas de plástico duro, una paleta plana y un cable de plancha. Ella estaba tratando aún de reaccionar, de levantarse. La encontró en cuatro patas al costado del sillón. La tomó de una oreja, obligándola al levantarse de inmediato, por supuesto que bajo las mil y una protestas de ella.
La miró a los ojos, se agachó levemente, y como hubiese cargado un estibador un bulto echándoselo al hombro, así hizo Daniel con aquella chiquilla.
Daniel era muy alto y tenía los brazos largos, por lo que podía además de sostenerla, aguantar sus piernas para que no lo pateara. En el camino hacia el dormitorio, le propinó varias y sonoras palmadas con todos los implementos juntos. Trataba de darle sólo con uno, pero de alguna manera ella los sentía todos.
-Estoy harto ¿oyes? Harto de tus tonterías. Esto te lo has ganado con creces. Desde que nos conocimos no has perdido oportunidad de maltratarme, de humillarme como quisiste.
-Pues si no te gustaba, te hubieras largado. Yo…
-Tú no sabes nada. Eres una mocosa estúpida y malcriada. Pero no te apures, yo te enseñaré a comportarte con la gente. Lo harás ¡claro que lo harás! O este precioso culo –le decía mientras se lo sobaba y lo azotaba a un tiempo- sabrá lo que es estar rojo y ardiente.
Kathy tenía una montaña de sentimientos en su mente. Estaba muy enojada, pero también muy excitada. Ese no era el Daniel que ella conocía, tan amable, dulce, tranquilo, complaciente. Este era el Daniel que ella había soñado: dominante, recio, duro, varonil… un hombre de verdad.
-Me cansaron tus impertinencias, tus caprichos de niña burguesa, tu maltrato para todo aquel que crees que no está a tu altura. Tus coqueteos con los hombres… eres… eres…
La tiró en la cama sin ningún reparo. El cuerpo de Kathy rebotó en el colchón y antes de que se diera cuenta, la había puesto boca abajo y estaba esposada a la cama con un juego de esposas en cada mano agarradas a los barrotes de la cama y haciendo que tuviera los brazos bien estirados. Le colocó un par de almohadas bajo el vientre. Sus nalgas se veían estiradas, levantadas, desafiantes y excitantes.
Tomó un par de bufandas de uno de los cajones y le ató las piernas.
-Bien… ¿Preparada para recibir el castigo de tu vida?
-Por supuesto que no
-Excelente. Entonces… ¡aquí vamos!
La paleta de madera chocaba violentamente contra las nalgas de Kathy. Era un sonido seco, apagado, pero chispeante a la vez. Con cada azote ella levantaba la cabeza y gemía. No le quedó un solo espacio sin azotar. Había adquirido un color rosa fuerte en ambas nalgas. Entonces hizo su aparición el cable de la plancha. Unas líneas rojas dejaban saber los lugares exactos por donde había estado el implemento.
-¡Caramba! Qué pena me da, pero… olvidé quitarte las bragas. En fin… estoy seguro que no te importa. ¿Verdad que tienes más?
Sin darle tiempo a responder, desgarró con un tirón seco las partes más finas de las bragas de Kathy, y se las sacó haciéndolas correr entre las nalgas… Su sexo quedó expuesto totalmente. Se veía húmedo y brillante.
-Mmm… veo que a la señorita la ha excitado todo este juego. O sea que debo presumir que está gozando, ¿verdad? Lamento recordarle que esto es castigo, no placer. Así que deberé esmerarme más.
El cable zumbaba en el aire y se estrellaba sin ningún reparo en las nalgas de la joven mujer. A veces también recibía alguno en la parte alta de las piernas y entrepierna. Un azote dado en su vagina la hizo saltar y retorcerse. Comenzó a llorar sin parar. Sus nalgas se veían hermosamente decoradas por un sin fin de líneas rojas en varias direcciones.
-Hasta hoy fuiste una chiquilla malcriada, pero te vas a convertir en una mujer como debe ser.
Daniel dejó caer la cuerda al suelo y tomó el matamoscas. Cuando lo alzó para seguirla azotando, vio los ojos de la joven clavados en sus pupilas. Estaba llorosa, indefensa, como un gatito asustado. Y eso lo conmovió.
Tomó un tarro de crema que había allí, y destapándolo se lo comenzó a frotar en ambas nalgas. La crema se deslizaba con facilidad por la suave pero ahora maltratada piel de Kathy.
-Suéltame de aquí. No eres más que un… ¡sucio animal salvaje!
-¿Te parece Kathy bella? Pues fíjate que te equivocas –le dijo mientras se ponía a un costado de la cama para que ella lo observara- El sucio animal salvaje viene ahora.
Al quitarse el jean, un poderoso pene salió disparado de entre las ropas. Nunca había visto algo tan… ¿portentoso? Era simplemente grande, y al acariciarlo con sus enormes manos, parecía más grande aún.
Sintió cómo se subía a la cama y se ponía encima de ella. Sintió su enorme miembro entre las nalgas y se tensionó. Las manos de Daniel comenzaron a recorrer el costado de su cuerpo, piernas, caderas, senos, brazos…. Hasta llegar a las manos que cubrió con las suyas. Kathy cerró los ojos y se abandonó. Fue entonces que sintió cómo le quitaba las esposas…
-Date vuelta. Ya desaté los pies también.
Poniéndose en cuatro patas, quitó las almohadas de la cama, y las arrojó al piso. Luego se dio vuelta sobre sí misma y miró a Daniel a los ojos.
El hombre estaba dispuesto a todo. Si le decía que se fuera, lo haría y entonces los consejos de Rodrigo no habrían servido de nada. Y si no… no podía suponer qué pasaría. Miró hacia abajo esperando la sentencia de la mujer, que cuando estuvo casi encima de él… lo beso con una pasión loca. Sus lenguas se trenzaron en una batalla buscando espacio en la boca del otro. Cerraron los ojos y comenzaron a reconocer sus cuerpos con las manos. Kathy fue depositada sobre el colchón, esta vez con infinita ternura. Las piernas de la joven rodearon la cintura de Daniel, que después de estar un momento encima de ella, la levantó por completo. Ella no dejó de rodearlo con sus piernas, lo que le dio al joven la oportunidad de insertar su miembro en la húmeda vagina, abierta totalmente para recibirlo, mojada y cálida para convertirse en la vaina de tremendo instrumento.
Un lento compás comenzó a surgir entre la pareja. Las manos de Daniel se colocaron debajo de las nalgas de Kathy que, sujeta como un náufrago a una tabla no lo soltaba ni un segundo. Los embates se hicieron más frecuentes, pero Daniel se detuvo.
-Bájate y ponte en cuatro patas
La mujer obedeció sin vacilar.
-Quizás esto te duela, pero deberás soportarlo como parte del castigo –le decía en su oído mientras embadurnaba su armamento con abundante gel- Espero que estés preparada.
Sintió la mano del hombre recorrer sus agujeros y concentrarse en su ano. El dedo mayor comenzó la exploración mientras le untaba un líquido frío y suave. De inmediato se le unió el dedo índice y luego el medio. La joven estaba a punto de llegar al orgasmo, así que sacó los dedos y le aplicó un par de azotes… y luego otro… y otro más… más… más… cuando quiso darse cuenta ya tenía el pene metido en su ano, y a Daniel tomándola de las caderas para que acompañara su frenética carrera hacia el clímax total. Ninguno de los dos podía creer tanto goce. Sin dejar de moverse, el hombre estiró las manos y tomó los senos de Kathy, apretó sus pezones tan fuertemente como pudo, mientras la joven llegaba al máximo orgasmo. El suyo no se hizo esperar. Kathy pudo sentir cada uno de los chorros que se estrellaban en su interior, llenándola por completo.
Cayó encima de ella, y ella encima de la cama. No se movieron, así se quedaron hasta que las ansias de amarse volvieron a aparecer. Y fueron varias ese día. Y los siguientes. Algo le decía a Daniel que aquella joven que él amaba, olvidaría pronto al hombre que estaba viajando lejos de ella.

---000---

A la hora prevista el avión decoló dejando la pista y el suelo de su querido país. Una nueva vida y un futuro brillante los esperaba en otro lugar. Emilia apretó la mano de su esposo y apoyó la cabeza sobre su hombro. En los últimos tiempos había vivido varias tragedias, pero de todas salió airosa, y ahora la vida le sonreía nuevamente junto al hombre que había amado siempre.
El aeropuerto internacional de Miami los recibió y salieron de allí rumbo a su nueva casa, su nueva vida, hacia la nueva etapa que los encontraría más enamorados y unidos que nunca.

--- FIN ---

DORADO Y CALIENTE

Autora: Ana K. Blanco

Para Cars, mi amigo spankee.
Para mi amiga Mara, maestra de las técnicas sexuales.
ParaLely, mi amiga spanker

“No se da ni cuenta que cuando la miro
Por no delatarme me guardo un suspiro
Que mi amor callado se enciende con verla
Que diera la vida para poseerla.
No se da ni cuenta que brillan mis ojos

Que tiemblo a su lado y hasta me sonrrojo
Que ella es el motivo que a mi amor despierta
Que ella es mi delirio y no se da cuenta.

La voz de Chiquetete sonaba en la vieja radio de la cocina. El rostro de Andrés estaba surcado de lágrimas. No sabía si era por ira, por dolor, por impotencia… Pero la letra de la canción “Esta cobardía” había sido escrita para él y para nadie más. Quizás él mismo se había metido en la cabeza de los autores (F.M.Moncada/P.Cepero) y les había dictado la letra describiendo perfectamente sus sentimientos y emociones cada vez que veía a la señora Amada.

Se dirigió con paso decidido a la alacena y sacó de allí los ingredientes: harina, sal, levadura en grano, azúcar. Puso agua fría en una jarra y la entibió con agua hirviendo. Su sangre también hervía, su mente bullía con todos aquellos pensamientos y el cantante no le daba tregua…

Esta cobardía de mi amor por ella
Hace que la vea igual que una estrella
Tan lejos, tan lejos en la inmensidad
Que no espero nunca poderla alcanzar.

Sí, su amor era cobarde, tanto que no le permitía decirle nada. Ella estaba lejos, tan lejos en aquella inmensidad que los distanciaba, tan lejos como él mismo la había colocado.

No se da ni cuenta que le concedido
Los cálidos besos que no me ha pedido
Que en mis noches tristes desiertas de sueño
Que en loco deseo me siento su dueño.

Andrés no quería sentirse ni ser su dueño, sólo quería servirla, amarla, estar a su disposición, pero… eso no era cosa de hombres. Él era un hombre, no un pelele que pueda ser dominado por una mujer.

No se da ni cuenta que ya la he gozado
Y que ha sido mía sin haberla amado
Que es su alma fría la que me atormenta
Que ve que me muero y no se da cuenta…”

Sí, su señora Amada tenía el alma fría como el hielo y él pensaba que lo ignoraba por completo. No le hacía caso, era algo inexistente para ella.

Sumido en sus pensamientos e incertidumbres, puso la levadura en una taza, un poco de azúcar para que reaccionara más rápido y colocó un poco de agua tibia para que la mojara. La puso sobre un costado e inmediatamente volcó la harina sobre la mesa. Una nube de polvo lo inundó y lo hizo volver en el tiempo, a aquella tarde que envuelto en otra nube de polvo llegó a la pulpería “De la Esquina”, de don Eustaquio Flores…

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Andrés estaba sin trabajo. Había ido a la pulpería porque allí era el centro de información, oficina de colocaciones, lugar de reunión y el sitio al que los hombres concurrían para todo: buscar empleo u ofrecerlo, dejar sus referencias, hacer amistades, compartir una copa de ginebra o aguardiente, jugar al “truco” dentro del recinto o a “la taba” afuera; hablar de mujeres, de ganado, de cosechas, y mil temas más.

Entre copa y copa recostado en el mostrador, se enteró por su amigo Román que se había vendido la chacra del viejo Casimiro, el que sintiéndose solo decidió irse a vivir a la ciudad con su familia y dejar el lugar donde había permanecido toda su vida hasta entonces.

-…la vendió barata porque estaba muy venida a menos –le contaba Román.
-¿Y puede saberse quién la compró?
-Una mujer. Pero ¡qué mujer! Es de la ciudad, pero no le hace asco a ningún trabajo. Es una tipa grandota, fuerte, robusta… Tiene un carácter muy jodido y está decidida a sacar la chacra adelante, y con el ímpetu que tiene seguro que lo logra. Se llama Amada Nosecuánto, y anda buscando un hombre que la ayude con los quehaceres del campo, pero nadie quiere ir porque hay mucho trabajo y poca paga. Pero si estás sin nada, por lo menos vas a tener casa, comida y algún pesito. Vos no tenés familia que mantener, así que mientras se viene la época de la yerra, capaz que te sirve –y apuró el trago de ginebra como para mojar la garganta que se le había secado de tanto hablar.
-Voy a darme una vuelta por “La Tacuara” y hablar con esta señora.
-Bue… te deseo suerte hermano. Dicen que no habla, solo ordena y no tiene pelos ni miramientos para decir las cosas. Es clarita como el agua, pero más dura que el acero y tiene la lengua afilada como su facón, que carga en su espalda como cualquier hombre de campo.

Andrés agradeció la información de su amigo con una franca sonrisa y un apretón de manos.

-Don Eustaquio, -gritó antes de marchar- sírvale una copa aquí a mi amigo. Y me anota todo. Estoy seguro que le pagaré mi deuda antes de lo que imagina.
-¡Pero cómo no Andrés! Vos tenés el crédito abierto. Andá tranquilo nomás.
Desató a su caballo, un overo de paso elegante y galopar seguro. Se montó y salió al trote en dirección a “La Tacuara”.

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Salió del rancho para prender el fuego del horno de pan. Lo limpió concienzudamente y le acomodó la leña que estaba preparada debajo, resguardada de la lluvia. Le puso unas ramitas bien secas y le arrimó el fuego. Se quedó mirando el danzar de las llamas cuando recordó que había dejado la levadura en remojo. Tapó el horno para que no perdiera el calor y entró a la cocina. La levadura ya había levado, así que la volcó sobre la harina a la que ya le había puesto la sal. Sus hábiles manos comenzaron a trabajar los elementos. Un poco de grasa vacuna le ayudaba a manejar mejor aquella masa. Pero no pensaba en eso, sino en el primer encuentro con la señora Amada…

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La puerta de la tranquera estaba abierta, así que decidió entrar. Un camino hecho por el tránsito de la gente, los animales y vehículos pasando durante años por el mismo lugar, había dejado sin pastura dos sendas paralelas que terminaban en la casa. Sobre el costado derecho se veía el motivo del nombre de la chacra: un plantío agreste de cañas de tacuara. A la izquierda el corral de los animales. Algunas vacas pastaban distraídas sin darle importancia a las visitas. Un perro cimarrón salió a su encuentro ladrando desaforadamente, pero Andrés se mantuvo tranquilo y lo miró sin decir palabra. El perro cambió su ladrido y comenzó a caminar al lado del caballo.

Al apearse, el perro se acercó moviendo la cola y con la mirada le suplicó una caricia. El jinete sonrió y se la regaló, rascando su cabeza y pasando su mano por el lomo del animal. Luego, seguido por el cimarrón, caminó con mirada escudriñadora todo el lugar.

La casa necesitaba algunas reparaciones. El techo era de chapa y se veía que con un soplido de viento volaría más de una. Otras de la chapas estaban en pésimas condiciones, con agujeros que se notaban a simple vista, lo que hacia que se filtrasen humedades. Las paredes pedían pintura urgente. La empalizada tenía algunos lugares a punto de caerse. Al estar roto el alambrado del gallinero, las gallinas estaban sueltas y podrían escaparse por la tranquera. Una de ellas, con una fila de pollitos detrás, corría en busca de alimento seguida por sus crías. En tanto un gallo de riña alto, espigado y con un cogote larguísimo se paseaba entre el resto de las aves con gesto altanero.
La porqueriza estaba también en malas condiciones, aunque todos los animales se veían saludables y bien atendidos.

-¡Alto yegua, aaaaaalto! –gritó una voz femenina a sus espaldas. Al sentir el galope apenas le dio tiempo de moverse e impedir que el animal lo atropellara. Un potrillo la seguía de atrás –La tranquera está abierta, se me vaaaaaa…

Cuando la mujer llegó a la puerta de la casa vió un jinete salir al galope tras su yegua, que había huído por la tranquera y ganado carretera. Las patas herradas del overo retumbaban en el suelo seco. Por suerte para Andrés, la yegua llevaba puesta las riendas, por lo que le resultó más fácil dominarla. Una vez que la calmó, retorno con ella hacia la chacra, bajo la atenta mirada de la dueña.

“Qué tipo más buen mozo”, pensó. “Qué bien me vendría alguien así para levantar este lugar”.

Andrés tenía unos treinta y pocos años. Hombre de campo, curtido por el sol y las tareas al aire libre. Tenía la piel tostada, un físico joven y modelado por el trabajo, no por las pesas de los clubes deportivos. Su rostro a lo lejos se veía oculto por el sombrero, tenía el pelo castaño claro y montaba como un jinete experimentado. Realmente sabía lo que hacía.

Se desmontó de su pingo sin soltarle las riendas a la yegua. Se acercó a la mujer, y allí ella pudo apreciar su rostro angular, la nariz un poco achatada, los labios gruesos y sensuales, y los ojos enormes, risueños, con mirada bondadosa y acariciante color caramelo. Ella que era una mujer alta, tuvo que alzar la vista para mirarlo directamente a los ojos.

-Aquí tiene su yegua señora –la fijeza con que ella lo estaba mirando lo turbó. Se sonrojó levemente y en voz baja le dijo- Le sugiero que de aquí en más la ate cuando no la esté usando o la deje fuera del corral.

¿Por qué no podía sostener la mirada de esa mujer? Había logrado ponerlo nervioso y eso lo turbaba aún más.

-Estaba dentro del corral, pero encontró un lugar que estaba roto y saltó por allí. De todas formas gracias por atraparla. Ahora… ¿se puede saber qué desea?

-Mi nombre es Andrés Vergara. Estoy sin trabajo en este momento y me dijeron en la pulpería de Don Eustaquio que usted andaba en busca de trabajadores.

-Quítele el plural. Busco uno solo y no porque no necesite varios, sino porque no puedo pagar más que uno. Ofrezco casa, comida y mucho trabajo. No tengo dinero para pagar sueldo hasta dentro de un mes que recibiré un dinero de la capital. Y quiero que me diga ya mismo si acepta y cuánto quiere ganar.

-Acepto señora. El sueldo lo dejo a su consideración. Deme un mes y le probaré lo que rindo. Usted verá cuánto me paga en ese momento, ¿le parece?

Amanda le estiró la mano para sellar el pacto. El apretón fue fuerte y seguro por ambas partes. Cuando ella giró y le dio la espalda, Andrés la miró detenidamente. Tendría unos 40 años, aproximadamente. Realmente era una mujer corpulenta, alta, grande. Sin embargo era extremadamente femenina en sus gestos, movimientos y con un cuerpo agradable en sus redondeces. Sin duda que Rubens se hubiera enamorado de ella. Vestía una camisa un par de talles más grandes de su tamaño, un pantalón ajustado que marcaba sus generosas curvas y unas botas de media caña que habían conocido mejores épocas. Tenía el pelo oscuro y largo, tirante y atado en un coqueto moño. Bueno… al menos había sido coqueto cuando se lo hizo en la mañana. A esa hora de la tarde ya caían mechones por todos lados y el sol, moribundo, aprovechaba para resplandecer un rato más en sus cabellos.

De repente se detuvo.

-Andrés, deje sus pertenencias en la puerta de la casa. Luego lleve los caballos al corral, aliméntelos y vea si puede arreglar provisoriamente la parte rota de la cerca. Después venga a la casa. Yo en tanto voy a cerrar la tranquera, guardar los pollos y prepararé algo de comer. Dese prisa.

-Sí señora –no pudo decir otra cosa. La voz firme y enérgica de Amada le imponía respeto. No miedo, pero sí respeto.

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Todos los ingredientes estaban unidos y la masa estaba muy pegajosa aún. Comenzó a sobarla y siguió recordando. Más de una vez golpeó la masa con furia contra la mesa de madera. Es que… traer a su mente ciertas escenas lo llenaban de ira. Como aquella vez cuando…

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-¡Andrés, carajooooooo! ¿Cuántas veces quiere que le diga que tenga su cuarto ordenado? Yo no soy su sirvienta, más bien que es al revés. Lo estoy alimentando y dándole un techo en mi propia casa. Lo menos que puede hacer es mantener el orden y la limpieza dentro de ella.

Odiaba que lo rezongara, pero al mismo tiempo sentía algo que no podía explicar. La mayoría de las veces deseaba que ella lo retara, pero al mismo tiempo no le gustaba ser tratado como un niño. Él trabajaba muy duro, durísimo. En un par de semanas había convertido aquella chacra en un lugar habitable. Por supuesto que ella trabajaba a su par. Se levantaba temprano y se acostaba después que él, pero era muy exigente con la higiene y el orden, y eso era algo a lo que no se podía acostumbrar. Antes que “perder tiempo” en arreglar el lugar donde dormía, prefería salir a trabajar fuera de la casa. ¡Había tanto para hacer!

Algo que Amada le recalcó varias veces fue el techo de la casa. Había ido expresamente a la pulpería de Don Eustaquio a encargarle las chapas, y estaban allí desde hacía dos días; la señora aprovechó el viaje del cobro del dinero de la capital que estaba esperando, y compró lo necesario para el cambio de chapas del techo de la casa. El día anterior había terminado de arreglar el gallinero, que era otro trabajo que venía posponiendo. Cuando terminó era pasado el mediodía. Aquello le había tomado más trabajo del que había imaginado, así que inmediatamente se puso a trabajar en el techo y continuó al día siguiente. A la hora del almuerzo Amada le dejó saber su preocupación por el techo.

-Dicen que se viene una tormenta muy fea Andrés. Supongo que entre el día de ayer y esta mañana habrá trabajado en eso, no?

Se le atragantó el guiso en la garganta. Carraspeó y moviendo los fideos, verduras y carne en el plato, con la mirada fija en ellos, contestó:

-Bueno… la verdad es que ayer… terminé el gallinero. Pensé que me iba a llevar poco tiempo, pero se me complicó y me tomó toda la mañana.
-¿Cómo que el gallinero? Andrés, traje ayer las chapas con toda urgencia para hacer el techo… No entiendo… ¿qué criterio usó usted para decidir dejar el techo para después y terminar el gallinero?

El hombre se sintió avergonzado, con ganas de que la tierra se abriera a sus pies y lo tragara. Quería desaparecer de la mirada dura de aquella mujer, que por otra parte, tenía toda la razón… Se levantó de la mesa dejando el plato servido.

-Con su permiso señora -y se dirigió a la puerta. Amada no le respondió.

Los rayos del mediodía calentaban de manera implacable la espalda del joven. En pocas horas se vendría la noche y no podría trabajar por la falta de claridad. La tirantería estaba en buenas condiciones, pero debía trabajar con cuidado de no caerse. Ya tenía terminado más de la mitad de la casa, pero aún le faltaba mucho. ¿Cómo había sido tan torpe? ¿Cómo no se había dado cuenta de la importancia del techo comparada con el gallinero?

El sol se desangraba en el horizonte y Andrés continuaba clavando chapas sin cesar. No iba a poder terminar y la tormenta se avecinaba. Optó por tratar de clavar lo mejor posible la parte que no pudo cambiar. No le estaba saliendo bien, no podía ver casi nada, estaba trabajando más al tanteo que por vista. Las primeras gotas de lluvia mojaron su espalda…

-Andrés, baje de allí inmediatamente. Está comenzando a llover y ya no se puede hacer nada –le gritó mientras Andrés seguía trabajando- ¿Pero está sordo o qué? Le dije que bajara! Además del agua hay rayos, relámpagos… Yo ya guardé los animales, así que deje eso y baje de una vez. ¡Obedezca!

El hombre la miró desde la altura del techo. Bajó la cabeza, recogió la herramienta y bajó. Luego de guardar todo en el granero, cerró la puerta y bajo una densa lluvia caminó lentamente hacia la casa. De vez en cuando un relámpago iluminaba todo el lugar. El cimarrón lo esperaba en el porche, moviendo la cola. Andrés estaba empapado, el agua le corría por todos lados. Entró a la casa.

-Puede ir a bañarse –le dijo Amada- Aquí lo espero.

Salió del baño vestido, con olor a jabón y el cabello húmedo. Se veía tan… sexy!

-Venga a comer Andrés. Estuvo todo el día trabajando y ni siquiera almorzó. Siéntese y coma… La tormenta es más grande de lo que imaginé. Y el viento sopla fuerte. Por suerte pude guardar todos los animales. El cimarrón tiene suerte: esta noche dormirá dentro.
-No pude terminar –contestó él apesadumbrado.
-Hizo lo que pudo. Y va a pasar lo que tenga que pasar. Ahora cálmese y coma.

No era una sugerencia, era una orden. Cuando Amada quería ser firme, a nadie le cabía la menor duda, y Andrés no era la excepción. Se puso un bocado de comida en la boca pero se le hizo difícil tragarlo. Se sentía culpable, sentía que le había fallado a la mujer que amaba, que había confiado en él y eso lo ponía mal. Sin decir palabra se levantó y se arrimó a la ventana. Afuera la lluvia caía copiosamente, apenas si dejaba ver algo. Algún rayo de vez en cuando rasgaba el cielo, y el viento era cada vez más fuerte…

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La masa estaba amasada y sobada lo suficiente. El recordar aquella noche lo había puesto mal y había descargado toda su furia en el amasado. Espolvoreó un rincón de la mesa con harina, tomó la masa, hizo un enorme bollo con ella y la colocó encima. Luego la cubrió con un lienzo; ahora debería esperar a que levara, que doblara su volumen, que creciera.

También había ido creciendo el viento aquella noche. Su mente volvió a viajar y el recordar el ruido que produjo la primera chapa al volar por los aires, lo estremeció. Su memoria recordó como Amada salió corriendo para el fondo de la casa, hacia el cuarto donde guardaba las semillas y otras cosas que hacía poco había comprado en la agropecuaria.

Cuando iba a abrir la puerta, Andrés la agarró por la espalda y se lo impidió.

-Señora Amada… no abra esa puerta, por favor.
-Es que se va a mojar todo. Los granos, las semillas, el alimento de los animales… no tengo dinero para comprar más.
-Lo sé señora, lo sé… Pero con el viento que hay, si abre la puerta entrará el viento aquí, se embolsará y levantará el techo. En la parte que pude hacer de la casa me aseguré de dejar bien seguro lo que colocaba porque imaginé que podría pasar algo así.
Amada soltó el pestillo de la puerta.
-¡Suélteme! –le dijo en un tono severo y con dolor- Esto no hubiera sucedido si no fuera por su ineptitud. Tendremos todas las gallinas a salvo, pero no podré sembrar nada… ¡por su culpa!

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Amada salió corriendo dejando a Andrés con la vista en el suelo, desolado; se dirigió a su habitación y cerró la puerta. Caminaba de aquí para allá mientras sentía volar parte de su casa, esa casa y ese lugar que había comprado con tanto esfuerzo. Se sintió impotente, sola, con el peso del mundo a sus espaldas. Tanto esfuerzo, tanto dinero gastado… ¿para qué? Las lágrimas comenzaron a correr por su rostro; lloraba de impotencia, de bronca, de rabia contenida. El viento seguía acechando y entre el cansancio y las fuertes emociones… se durmió.

Las primeras luces del día la despertaron vestida y tendida sobre su cama. Salió al porche y vió el desastre: al final, no había sido tanto como imaginaba, pero había chapas amontonadas en un rincón. Seguro que Andrés las había colocado allí. Se dirigió a la habitación del fondo a ver el estado de sus granos y semillas. Al abrir la puerta, comprobó que todo estaba bastante bien. Su idea de tapar todo con plástico y ponerlo en un lugar alto había dado resultado. Fue muy cuidadosa con todo, pero la noche cuando Andrés no la dejó entrar, estaba convencida de que la protección se había volado y había perdido todo. En realidad, lo único que se había arruinado eran unas bolsas con material de construcción que no tenía tanto valor. Respiró y miró hacia arriba. Andrés habia hecho un excelente trabajo, las chapas voladas serían unas 6 o 7 solamente. Ahora prepararía el desayuno y luego a trabajar otra vez.

Al pasar por el cuarto de Andrés, le llamó la atención la cama sin ropa. Entró. No había nadie allí y tampoco estaban las pertenencias del joven, sólo un sobre encima de la mesa de noche con su nombre manuscrito en el frente: “señora Amada”. Al abrirlo encontró todo el dinero que ella le había dejado el día anterior, la paga por el mes de trabajo. Comprendió que Andrés se había marchado…

Con el sobre en la mano se dirigió a la cocina, preparó el mate y se sentó a la mesa. Abrió el sobre, desplegó las hojas y leyó:

“Señora Amada,
O quizás debería decir amada señora…
Soy un hombre de campo, rústico y alguien que sabe apenas leer y escribir, por eso seguramente encuentre usted errores en esta carta, pero no en mis sentimientos.
Desde el día en que llegué y usted me permitió quedarme, me dio techo y comida, amistad y un poco de afecto, me hizo sentirme perteneciente a este lugar. Por eso trabajé con tanto ahínco y ganas, porque consideré esta casa mi hogar, aún sabiendo que no lo era.
Todo el trabajo y esfuerzo que realicé en este mes, se lo llevó la tormenta de ayer. Yo lo arruiné todo, todo lo que hicimos en este tiempo, el dinero que usted invirtió se mojó y se fue con la lluvia.
Tenía razón cuando me llamó inepto. Lo fui al poner el gallinero por encima del techo de la vivienda.
No sé cuánto habrá perdido. Supongo que todo el dinero que me pagó, más de lo que merezco, no cubrirá casi nada, pero es todo lo que tengo, por eso se lo dejo. Le dejaría también mi caballo, pero lo necesito para trabajar. Esta mañana antes de partir quise entrar al cuarto del fondo, pero no me animé ni a mirar.
Señora Amada, amada señora… me voy con mucho más de lo que vine, porque me llevo en el corazón este enorme amor que siento por usted. Se lo estoy diciendo ahora porque sé que no la volveré a ver jamás.
Gracias a usted ahora sé qué es estar enamorado. Ahora sé qué es beber los vientos por el amor de una mujer, pensar en ella cuando logro dormirme después de horas de insomnio cuando no me la puedo sacar de la cabeza. Que sea la primera imagen cuando me despierto y vestirme de apuro para poder verla en la cocina, caminando de un lado a otro mientras prepara el mate. Puedo besar sus labios cuando pongo los míos en la misma bombilla (utensillo que se utiliza para beber el mate) que ella tocó con los suyos.
Ahora sé lo que es conformarse con aspirar su perfume cuando pasa a mi lado, mirarla, desearla, tomar algo de su mano para sentir la tibieza de su piel… Pero también sé que es inalcanzable para alguien como yo, que solo supo hacerle daño y dejarla casi arruinada. Por eso, mi amada señora, he decidido marchar.
Ojalá que algún día pueda perdonarme. Le deseo lo mejor. Hasta siempre, hasta nunca.
Andrés”

-¡Es un imbécil! ¿Quién le dijo que yo soy inalcanzable? Si yo también lo amo…
Sí, ella lo amaba desde aquel día que lo vió galopar en busca de su yegua. Lo amó desde que él le regaló aquella mirada color caramelo. Amó su cuerpo dorado y cincelado por la naturaleza como a un dios griego. Amó su sonrisa, su disposición al trabajo, sus silencios y su timidez. Amó su entrega, su pasión a todo lo que hacía, el cariño por los animales, el campo y la naturaleza en general. Pero se había ido. Saldría a buscarlo pero… ¿dónde?

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La masa ya había levado y Andrés sabía que era hora de armar el pan, como en aquel momento también había sabido que era hora de regresar con su señora Amada.

Partió la masa en 3 porciones. Su corazón también estaba partido cuando trataba de conseguir trabajo y no podía hacer nada. Era imposible arrancarla de su pensamiento o de su vida. Aquello era un infierno, un castigo terrible. No podía seguir así, por eso emprendió el regreso. Le pediría perdón a su señora y le diría que sólo quería estar a su lado. Estaba dispuesto a pagar su culpa como ella lo considerara conveniente.

Armando el pan recordó cómo había armado en su mente todo lo que le diría a la señora. Al llegar a la tranquera, el cimarrón salió a su encuentro a ladrido pelado, saltando hasta sus pies para demostrarle su alegría. Ante tal alboroto, la señora Amada había salido también al porche y se quedó quieta, esperando que se acercara a la casa. Sólo por verla allí parada había valido la pena el viaje de regreso.

Cruzada de brazos, con el cabello al viento y la mirada… la mirada… no sabía distinguir si era de enojo, de alegría, de… No, no, evidentemente estaba enojada, y no era para menos. Pero debía enfrentarla. Bajó del caballo, lo ató y se paró frente a ella, con la mirada baja.

-Pensé que había contratado un hombre trabajador y valiente, no un cobarde que huye ante el primer problema. ¿A qué volvió Andrés?
-A pedir perdón, a disculparme, a aceptar el castigo que usted decida imponerme por todo lo que hice mal. También decirle que lamento todo lo que le dije en la carta.
-¿Todo lo que me dijo? A qué se refiere, qué es lo que lamenta ¿haber huído? ¿haberme dejado el dinero? ¿o haberme declarado un falso amor?
-No señora ¡eso no! Mi amor es real –dijo, y bajó la cabeza de inmediato, lleno de vergüenza – El dinero era suyo, yo no lo merecía. Lo que lamento es que haya perdido los granos y semillas por mi ineptitud. Y encima, haberla abandonado en el peor momento, como un cobarde...
-Repito: ¿Qué es lo que quiere Andrés?
-Que me admita nuevamente como su sirviente, su peón, su empleado. No puedo vivir ya fuera de esta casa y… y sin su presencia señora.

La actitud de Amanda se hizo más dura aún.

-Y ¿vos te creés que te va a ser tan fácil? O sea, que decidís irte cuando se te da la gana, cuando más se necesitan dos brazos para trabajar; y decidís volver cuando querés, cuando te parece que mi enojo ya se habrá calmado. Y yo te tengo que perdonar, no?

-No señora, no tiene que perdonarme si no lo desea, pero… -cayó de rodillas- le suplico que me perdone. Castígueme como lo desee, pero permítame estar a su lado nuevamente.
-Andá al cañaveral y traé una tacuara. Limpiala y preparala porque con eso vas a recibir tu castigo. Cuando la tengas lista me la traés.

Él la quedó mirando desconcertado.

-¿Qué? ¿No me oíste? Hacelo ya, o de lo contrario… andate. Y no digás que me amás, que me querés servir y no sé cuántas cosas más –dio media vuelta y entró a la casa.

El hombre se levantó lentamente y salió hacia el cañaveral. Miró las cañas y tomó una; la midió, la cortó y comenzó a limpiarla. Cuando terminó su trabajo se dirigió a la casa, golpeó la puerta y la voz de su señora le dio el permiso para entrar.

-Aquí está lo que me pidió, señora Amada –extendió la caña con las dos manos y completamente limpia.

-Dejala arriba de la mesa y vení para acá –Andrés obedeció y se paró en frente de ella- Ahora te voy a decir algo: el castigo que vas a recibir no es por lo que se arruinó aquella noche de tormenta, sino que te voy a castigar por haberte ido, por haber abandonado tu trabajo y a mí cuando más te necesitaba. Te voy a castigar por no haber tenido la valentía de enfrentar tus errores… y tus aciertos.

Se sentó en la silla que él mismo había fabricado para ella, de cuero de vaca. Una vez que Amada se hubo acomodado, le indicó que se pusiera sobre sus rodillas. Con la cabeza gacha y muerto de vergüenza, Andrés obedeció. Era humillante esa posición. Lo estaba tratando como a un niño pequeño. Pero dijo que aceptaría todo y eso era lo que iba a hacer.

-¿Preparado para recibir tu castigo?
-Sí señora –contestó con voz segura.

Los golpes comenzaron a caer sobre sus nalgas. Nunca había sido tratado de aquella forma, ni siquiera por sus padres que perdió cuando era un jovencito. ¿Cómo era posible que él, tan hombre, tan viril, estuviera permitiendo que una mujer lo azotara de aquella forma tan humillante? Y lo peor, lo más inexplicable era que gozaba cada azote. El sentir la mano de la mujer que amaba sobre él, le experimentaba un estremecimiento especial.

Amada no era débil. Sus nalgadas se sentían lo suficiente como para que ardiera, aún encima de la ropa. Varios minutos estuvo así, soportando aquel castigo que si bien era doloroso, no lo era tanto como la humillación de verse en esa pose y azotado por una mujer. A medida que el castigo avanzaba, él reflexionaba en el motivo de todo aquello: su huída. Y se arrepentía una y mil veces de haberlo hecho.

-Ahora, ponete de pie. Y desnudate de la cintura para abajo.

Andrés iba a protestar, pero al ver el rostro de Amada, decidió obedecer. Se quitó las alpargatas, su pantalón y la ropa interior, que dejó en un montón tirado en el piso.

-Veo que no has cambiado tus hábitos. Recogé esa ropa inmediatamente, doblala y ponela sobre la silla.

El joven no sabía cómo hacer para ocultar su evidente excitación, mientras que Amada lo que trataba de ocultar era su sonrisa y aprobación por lo que veía. Le divertía ver el tremendo esfuerzo que hacía Andrés para que ella no pudiera observar su miembro en casi, su máxima expresión. Pero...

-Ahora que lo pienso mejor, sacate toda la ropa.
-Pero señora…
-Si vas a poner peros, agarrás tus cosas y te vas. Hoy te va a quedar claro quién manda si decidís quedarte a mi lado.

No dijo más nada y comenzó a desvestirse hasta que quedó totalmente desnudo ante la escrutiñadora mirada de Amada, que se deleitaba con cada parte de su cuerpo sin darle importancia a la vergüenza y pudor de aquel hombre que estaba amando más a cada momento, ese hombre que era capaz de soportar todo aquello por amor a ella, por quedarse a su lado.

-Bien. Alcanzame la vara. Quiero que apoyes manos y codos sobre la mesa, abras las piernas y escuches lo que voy a decirte: si te vas a quedar acá va a ser bajo mis órdenes. No podrás hacer nada sin preguntármelo antes. Tu voluntad me pertenece por completo, y vos también.

Mientras que decía esto, hacía silbar la vara, cortando el aire y haciendo imaginar a Andrés lo que le esperaba. El primer azote lo tomó de improviso. Él estaba atento a lo que le decía su señora.

Levantó la cabeza e hizo un pequeño gesto de dolor con su rostro, pero no dijo nada. Una marca roja cruzaba sus nalgas…

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Con el cuchillo muy afilado, Andrés hacía un corte en cruz sobre los bolos de masa. Así de lacerantes eran los azotes que le había propinado su señora Amada el día de su regreso. Su mente volvió a aquel momento una vez más. Si bien los azotes dolían, las palabras de su señora y dueña desde aquel momento, le dolían mucho más. ¿Era tan grande su amor por ella que era capaz de soportar todo aquello? ¿Dónde quedaba su hombría, su machismo? Se dio cuenta y aceptó que había renunciado a todo eso por obtener su amor.

-Decime Andrés… ¿quién te dio derecho de decidir por mí?
-¿Cómo dice señora? Yo jamás me atrevería a hacer eso.
-¿No? Pero lo hiciste. Decidiste reparar el gallinero en vez del techo de la casa. Decidiste levantarte de la mesa por dos veces y dejar la comida servida sin tomar en cuenta el trabajo que yo me había tomado para hacerla. Decidiste que el dinero que te dejé como pago de tu trabajo debías devolvérmelo. Decidiste irte sin dejarme saber que lo hacías y sin saber si yo quería que te fueras o no… Eso por nombrar solo algunas cosas. Y ahora volvés arrepentido para que te perdone.

Varios azotes más cayeron sobre las nalgas del joven, que se sentía más y más humillado cada vez. Sabía que su señora Amada tenía razón, que no había actuado de una manera correcta. Estaba recibiendo el castigo que merecía y lo recibía gustoso si ese era el precio que debía pagar para quedarse a su lado.

Lo que no entendía era por qué su pene se había empecinado en permanecer duro, inhiesto. Su excitación no tenía límites y temía no lograr controlarse y eyacular delante de su señora Amada.
Luego varios azotes, desnudo como estaba, le dijo que fuera al cuarto donde guardaban los enseres para los caballos. Una vez allí, lo hizo tenderse sobre una silla de montar.

-¿Sabes Andrés? Sos un potrillo bravo y salvaje que necesita conducción. Mi fusta y yo te conduciremos de aquí en más por los lugares correctos para vos.

Los golpes de la fusta eran precisos y el lugar donde caían bien definido. El azote de la fusta era diferente a los otros. Los 20 o 30 fustazos que recibió dejaron huella en sus nalgas y en su alma arrepentida.

En la posición que estaba no podía ver a la señora, pero oía el taconeo de sus botas, su firmeza para caminar. En un momento no sintió ningún paso más, pero su oído percibió el sonido que le hizo correr un frío por su médula. Sí, su señora se estaba quitando el cinto que traía puesto; lo hizo correr lentamente por cada una de las presillas y al final lo sacó de un solo tirón. El chasquido en el aire hizo que levantara su cabeza, pero el resto de su cuerpo se mantuvo indemne.

Amada acarició lentamente sus nalgas con el cinto. Luego pasó la mano por cada una de las múltiples marcas que mostraba aquel culo túrgido y de formas redondeadas. Lo acarició un largo rato y… Andrés se sintió en la gloria. Que ella lo tocara era todo su sueño, y sentirse así acariciado era más de lo que se había atrevido a soñar.

Luego de un descanso que se le había hecho necesario a los dos, Amada comenzó su castigo con el cinto. Una vez y otra mas levantó su brazo y dejó caer con fuerza la herramienta de castigo sobre las nalgas de Andrés.

Desde que él había comenzado a quitarse la ropa hasta ese momento, habían pasado al menos una hora y media, quizás más. Amada consideró que ya era suficiente.

-Levantate Andrés, y andá para mi cuarto…

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Los bollos ya estaban elevados y listos para ser horneados. Puso todo en una tabla especial de panadero y se dirigió al horno. Con la ayuda de unas bolsas de arpillera y con extremo cuidado, abrió la puerta del horno.

Miró el fuego. Las llamas ya se habían apagado y solo quedaba la brasa encendida. El horno estaba caliente y las brasas al rojo vivo. Rojo como su culo con aquella azotaína, y caliente como el ambiente de excitación que se había formado con toda aquella situación.
Se quedó hipnotizado mirando dentro del horno y se visualizó aquel día yendo hacia el cuarto de la señora, desnudo, avergonzado y humillado. Al llegar al lado de la cama se detuvo con la cabeza baja y esperó.

La señora Amada venía tras él, observando ese cuerpo glorioso y esas nalgas que necesitaban atención urgente. Ella también necesitaba atención y la iba a obtener.

-Apoyá las manos en esa silla.

Obedeció. No le diría que no a nada. Si ella consideraba que debía seguir castigándolo, lo aceptaría con tal de quedarse a su lado. Pero… cuál sería su sorpresa al sentir el frescor de una crema que la señora esparcía por sus nalgas. La crema se sentía refrescante y las manos de la señora eran de seda y azucenas. Un largo rato estuvo en esa pose, gozando las caricias de Amada, que a su vez también gozaba acariciando las nalgas del guapísimo joven.

-Quiero que sepas que esto lo hice por tu bien, para que quede claro quién mandará en tu voluntad y en tu vida. Hice esto porque me importás, porque quiero lo mejor para vos. Espero que así lo entiendas…

Como sin querer pero a propósito, más de una vez dejó escapar las caricias de las nalgas y tocó, al principio levemente pero luego con más detenimiento, los testículos del joven, que daba un respingo y gemía cada vez que esto sucedía.

-Ahora… ponete de pie y mirame.
Trató de tapar su excitación con las manos, pero ella se las apartó. Eso hizo que él bajara la cabeza y mirara para un costado. Tomando su cara con ambas manos, Amada hizo que él fijara sus ojos en ella. La mujer dio un paso hacia delante y comenzó a besar suavemente el rostro del hombre, hasta que llegó a sus labios. El enamorado de ojos de caramelo fijó su vista en la mujer y con la mirada le suplicó un beso, y ella se lo concedió.

¿A qué le supo aquel beso maravilloso? Era dulce como la miel, largo como su desesperación, húmedo como la lluvia de aquel día, tibio como el sol de la tarde, y caliente como las brasas de aquel horno que… se estaba enfriando. Metió los panes dentro y lo cerró.

También habían cerrado la puerta de la habitación cuando los besos dejaron lugar a las caricias más osadas. La señora era la que le permitía y hasta le suplicaba sin palabras que la hiciera suya.
Despojándola de toda la ropa, la tomó en sus brazos y la depositó en la cama, como si fuera de cristal. Ahora era completamente feliz y lo que más le importaba era hacer feliz a su señora.

Comenzó a tocarla suavemente, sin dejar de besarla en ningún momento. Las manos de Andrés acariciaron su rostro y su cuello. Luego conoció sus pechos aún túrgidos y acogedores, con sus pezones rosados y duros. Su boca comenzó a bajar por el centro del cuerpo entre los gemidos de la mujer. Cuando llegó a su Monte de Venus, le hizo abrir las piernas y ante sus ojos maravillados se encontró con una vulva rosada y húmeda. La lengua rozó levemente el clítoris, mientras que con los dos dedos de su mano derecha atrapaba ese centro de placer de las mujeres, moviéndolos en la base hacia delante y hacia atrás. A su vez la lengua jugaba y humedecía el glande, que se ponía cada vez más hinchado y tieso. Amada estaba a punto de explotar de placer, pero antes de que esto sucediera, él introdujo el dedo corazón en su vagina, y con él acarició la pared del lado donde estaba concentrada toda su atención. La descarga de flujos de Amada no fueron más pequeños que sus gritos de placer. A medida que los orgasmos iban apareciendo, apretaba la cabeza de Andrés contra ella. Una seguidilla de orgasmos hicieron que se transportara a otra dimensión. No le importaba nada, no sabía quién era, ni dónde estaba, ni si el mundo se acababa. Ella estaba logrando los mejores orgasmos de su vida. Las contorsiones y los espasmos entre gemidos y suspiros, hicieron sentirse totalmente satisfecho a Andrés, que había logrado que su señora gozara de aquella forma.

Mientras que Andrés se acomodaba a su lado, Amada trataba de recuperarse. Lo hizo casi inmediatamente, y ahora ella le haría gozar a él. Sin decirle nada, se dirigió a su pene. Posó su mano izquierda en la base y apretó levemente. Con la mano derecha tomó el resto del miembro, y bajando el prepucio y torciendo levemente el contenido de su mano derecha, dejó el glande totalmente al descubierto. Abrió su boca y Andrés comenzó a gozar de la humedad y calidez de Amada, que disfrutaba de solo verle la cara de satisfacción a su pareja. Los dientes se concentraron en rasguñar levemente el frenillo y todo el glande, mientras seguía sosteniendo con firmeza la base y su mano derecha subía y bajaba cada vez con más vigor y rapidez.

El hombre cerró los ojos y se entregó por completo al goce que le estaba proporcionando su señora Amada, su amada Señora. Nunca le habían hecho algo así, aquello superaba todo lo vivido hasta ese momento. Por momentos el placer era tal que si abría los ojos le quedaban totalmente en blanco. Cuando Amada se dio cuenta que él estaba a poco de explotar en un orgasmo, se colocó rápidamente encima de él e hizo que la penetrara.

Se tomaron de las manos y ella extendió los brazos cual un águila en la inmensidad del cielo. Los movimientos se hicieron cada vez más frenéticos hasta estallar en un mar de placer…


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La mesa estaba dispuesta. Era sencilla: platos, vasos, vino, una bandeja con fiambres y la comida preferida de Andrés. Amada se la había preparado y estaba esperando el pan. Miró por la ventana y vió como su amado y sumiso hombre lo sacaba del horno y lo colocaba en una fuente. Lo siguió con la mirada y pensó en lo enamorada que estaba de él. Tanto o más de lo que él la amaba.


-Mi señora Amada, aquí está el pan, tal como usted lo pidió…

-Sí, ya lo veo Andrés: dorado y caliente… ¡como vos!

--- FIN ---

EPÍLOGO DE

Autor: Amadeo Pellegrini Acosta


...Ella continuaba eufórica y exultante, subrepticiamente dirigiéndose a mi con seriedad como si de golpe hubiera recobrado la cordura, dijo:
-Bobby querido, debes dar tu conformidad a Reginald cuanto antes así fijamos pronto la fecha de la boda, quiero retenerlo conmigo para siempre. Y sin más me estampó un par de sonoros besos en las mejillas.


-EPILOGO-

Como comprenderán los lectores nada me quedaba por hacer. En realidad nada, lo que se dice nada no; cabía aun la posibilidad de recurrir a la drástica solución del crimen.

Estoy escribiendo estas memorias desde la prisión de Dartmoor donde estoy purgando una condena de veinte años de reclusión, culpable de tentativas reiteradas de asesinato con circunstancias agravantes en las personas de mi medio hermana y de Reginald Mount-Garble.
Pueden creerme que más que la condena en sí me subleva la circunstancia que mis bienes personales de cuya administración fui privado por orden judicial fueron confiados al gobierno de mi cuñado por carecer yo de otros familiares más cercanos.

De mi cuñado sí, porque al final esos dos se salieron con la suya, ahora bien, si por casualidad imaginan que he cambiado de opinión debo decirles que de ninguna manera, sigo sosteniendo que el perfecto caballero no existe, aunque si que existen personas con suerte, como ellos y otros como yo con muy mala suerte.


-FIN-



APUNTES PARA EL EPILOGO



“Que las ramas no impidan ver el bosque” (refrán popular)


A los lectores:

Queridos amigos el cuento “Un Perfecto Caballero” tiene un solo protagonista: el señor Robert (Bob)Wilson, medio hermano de Millicent, ésta y los demás personajes son secundarios, la verdadera trama es que ese señor que “administraba” los bienes de la muchacha, con su boda no sólo se vería privado de disfrutar la renta de tales bienes sino que debería rendir cuentas de lo que hizo con ella. Como el mismo se reconoce jugador, libertino y borrachín necesitaba impedir la boda a toda costa.

El relato en primera persona tiene como lo dice el protagonista carácter de “memorias” vale decir está recordando todo lo que hizo para impedir el matrimonio (contratar un detective, etc.) En las reflexiones que hace advierte que le quedan dos caminos: hacer que la muchacha desista de casarse o cometer un crimen, también se reconoce incapaz de retarlo a duelo.
Lo lógico es que los lectores se pregunten ¿Por qué escribe esas memorias y desde dónde las escribe? ¿Por qué destila tanto odio?

En la última parte cuando Millicent fascinada con su novio spanker decide casarse cuánto antes ¿Qué otro camino le queda a Wilson para impedir la boda? El crimen, naturalmente.
Y aquí es donde se me presentó la encrucijada porque sabía de antemano que las memorias las escribía en la cárcel; entonces tenía que convertirlo en asesino por medio de veneno, armas de fuego o accidente provocado, o bien dejarlo en la etapa de tentativa de asesinato y con eso mandarlo a la cárcel, preferí lo último para que el relato tuviera un final feliz para la pareja.

La idea de invitarlos a proponer un final me vino después, no quise darle el carácter de desafío porque eso implicaba pedantería de mi parte, era como decirles ¿Vamos a ver si son capaces de encontrarle un final como el mío? No, mi idea era explorar la posibilidad que imaginaran otra salida siguiendo la lógica de la historia porque la verdad es que yo no la encontré, me vi atrapado por mi propio argumento.

Por otra parte la ocurrencia de hacer participar a los lectores en la resolución de los enigmas tampoco es original la han usado varios autores de novelas policiales, si la memoria no me es infiel uno de los que más la emplearon fue "Ellery Queen".

Me queda por último agradecer a todos los que han participado incluída la "fuera de concurso" que también desconocía el final.

Amadeo

UN PERFECTO CABALLERO (3ª Parte)

Autor: Amadeo Pellegrini Acosta

(3ª parte)

Nadie podrá imaginar cuán feliz y satisfecho me encontraba con ese lapidario informe en mis manos. Podía finalmente respirar hondo y saborear por anticipado las mieles del éxito.

Doble triunfo si se mira bien, demoler por una parte la inmerecida fama de perfecto caballero de ese individuo y por la otra doblegar los antojos de la caprichosa Millie descubriéndole a sus locos sueños el feo rostro de la realidad.

A esto debo agregar para ser justo, que los graves vicios de ese odioso individuo representan también para mi una suerte de reparación moral, porque como es de conocimiento público a mi me agradó siempre disfrutar de los placeres que la vida ofrece a la juventud y al dinero cuando marchan a la par.

Con lo expresado, quiero decir que en los ámbitos que frecuento poseo reputación de manirroto, únicamente por concurrir de manera habitual a casinos, hipódromos y salas de juego, por eso nada más me consideran un jugador empedernido; quienes me ven en la constante compañía de mujeres de costumbres liberales me juzgan un libertino consumado, están también los que me han hecho fama de bebedor consuetudinario porque comparten conmigo noches de juerga y champán.

Puede que algo de razón tengan los que me endilgan esas aficiones, aunque ciertamente exageran bastante. No las niego, las exhibo tanto a la luz del sol en las pistas de carreras de Ascot como a la luz artificial de los casinos y cabarets del Soho.

Ahora bien, pregunto ¿Qué importancia tienen mis pecadillos a la vista del todo el mundo, en relación con los vicios infames que cultiva en secreto ese abyecto personaje que pretende convertirse en mi cuñado?

Ocurre que vivimos en una sociedad que sólo valora las apariencias, califica de caballeros a los hipócritas como él y de disolutos a las personas francas como yo que no se avergüenzan de mostrarse tal como son.

Creo que estarán de acuerdo conmigo que esto constituye una sinrazón, una grosera inequidad, por lo que desenmascarar a los hipócritas como me dispongo a hacer yo con ese caballerito de opereta no es otra cosa que cumplir con un verdadero acto de justicia.

* * *

Encontré a Millie en el invernadero ocupada con sus flores. Se sorprendió al verme allí a una hora tan temprana, quizás la desconcertó ver la seriedad pintada en mi rostro o advertir que llevaba una carpeta en la mano, porque se quedó boquiabierta mirándome de arriba abajo.

Antes que reaccionara la informé que tenía algo muy importante que comunicarle así que no bien se desocupara la esperaba en la biblioteca.

La biblioteca de nuestro padre sólo la utilizamos como salón para fumar y tomar café después de las comidas, algunas tardes para leer periódicos y revistas y en ciertas ocasiones para reunirnos a conversar.

Millicent, roída por la curiosidad no se hizo esperar, demoró apenas el tiempo necesario para quitarse los guantes de jardinería y despojarse del delantal. Cuando llegó llevaba todavía cubierta la cabeza con el pañuelo con que sujeta sus cabellos.

Fui directamente al grano.

-Millie, -le dije- como sabes Reginald Mount-Garble, te ha pedido en matrimonio y si bien pasa por ser una persona honorable y de suficientes medios de vida, como responsable de tu felicidad y tu seguridad, me he permitido encomendar una pequeña investigación acerca de sus costumbres antes de responder a su demanda. Como ya casi eres mayor de edad me parece justo que seas tú misma quien juzgue las calidades morales de esa persona.

Luego de ese breve exordio puse en sus manos la carpeta añadiendo: - Aquí tienes el resultado de esa encuesta.
-No era necesario investigarlo, conozco muy bien a Reginald sé la clase de persona que es. Respondió tomando no obstante la carpeta. En ese momento tuve ganas de gritarle: -¡Pequeña idiota no tienes la menor idea de quién ese individuo! No lo hice porque es peligroso llevarle la contraria, me limité a decir aparentando la mayor indiferencia:

-Es posible que creas conocerlo, no lo dudo, sin embargo estoy seguro que este informe te revelará algunos aspectos ignorados de su vida con lo que verás que tal vez no lo conoces tan bien como piensas…

Mis palabras surtieron el efecto buscado. Después de soltar un ¡Ufaaa! Exclamó: -Bueno voy a leerlo ahora mismo.

Estuve a punto de restregarme las manos de satisfacción, la muy tonta acababa de recibir un documento tan explosivo como una carga de dinamita para volar un tren completo como si nada, con él en la mano tomó asiento y lo abrió cual si se tratara de una novela rosa.

* * *

Sentado en el extremo opuesto detrás de un ejemplar del “Times” la observaba a hurtadillas simulando hallarme concentrado en la lectura.

Al comienzo Millicent paseó la mirada de manera displicente sobre los folios, hasta llegar al apéndice que contenía las fotografías. Allí su rostro cambió, pude advertir como la sangre se agolpaba en sus mejillas en tanto su respiración adquiría otro ritmo.

Es inútil decir que en el recinto reinaba el más completo silencio, atisbaba yo, de tanto en tanto y de la manera mas discreta posible, a mi medio hermana quien sumida en la lectura no levantaba la cabeza más que para pasar de una página a otra.

De pronto un ¡Ohhh! profundo, seguido de un ¡Ahhh! no menos intenso interrumpieron su mutismo. Fingí continuar absorto en la lectura del “Times” como si nada hubiese oído.

Mi regocijo interior no tenía límites, esas exclamaciones no podían significar otra cosa que sorpresa y desconcierto. Seguramente no tardaría en oírla proferir invectivas contra ese odioso sujeto y que en algún instante arrojara lejos de si el legajo para incorporarse bramando su furia, su despecho y su desengaño…

Tenía en esos instantes por bien invertidas las veinticinco guineas de oro que se había llevado aquel impresentable sabueso. Millicent podía tal vez concederse un pequeño espacio a la duda imaginando que el informe había sido fraguado para hundir sus proyectos matrimoniales, pero allí estaban también las pruebas y en especial las fotografías, que más que elocuentes, resultaban categóricas e irrefutables.

Los latidos de mi corazón se aceleraban a medida que la adrenalina fluía en mi interior a la espera de la explosión de desencantado furor que no tardaría en producirse…

* * *

Millicent, tardaba en reaccionar había terminado la lectura; pero mantenía la carpeta abierta en su regazo y la mirada perdida en el cielorraso, como si se hallara en estado de trance.

Comencé a revolverme inquieto en el sillón. El estallido que esperaba no ocurría, pensé que se trataría de una detonación de efectos retardados que cuando se produjera superaría en violencia todos los límites imaginables.

Transcurrido un tiempo prudencial con voz suave pregunté:

-¿Te sientes bien Millie?
-¿Eeeehhh? Respondió, como volviendo en sí y recién advirtiera mi presencia .. Luego, con voz vacilante completó -Sí…sí, me encuentro bien.
Para mí se hallaba en estado de extrema confusión de manera que me compadecí de su desconcierto, suponía que estaba tratando de digerir algo demasiado fuerte para sus pocos años.

De pronto se incorporó, apretando fuertemente la carpeta contra su pecho, -no lo creerán ustedes- su rostro se ensanchó en una sonrisa de arrobamiento y de su garganta salió como una especie de gorjeo de satisfacción.

-¡Qué maravilla! Clamó con entusiasmo ¡Qué hombre maravilloso! .¡Qué poder!... ¡Me fascina!... ¡Es único!... ¡El me dará todo lo que deseo y necesito y yo le daré todo lo que a él le gusta!... ¡Cuando me tenga por esposa no necesitará más los servicios de Lady Arabella!...

Mientras prorrumpía en estas sandeces e incoherencias, Millie bailaba en torno a la habitación como una poseída, pensé por un instante si no habría perdido por completo la razón y también en el camino que debía tomar: si ponerla en manos de un exorcista o internarla en una casa de salud mental…

Ella continuaba eufórica y exultante, subrepticiamente dirigiéndose a mi con seriedad como si de golpe hubiera recobrado la cordura, dijo:

-Bobby querido, debes dar tu conformidad a Reginald cuanto antes así fijamos pronto la fecha de la boda, quiero retenerlo conmigo para siempre. Y sin más me estampó un par de sonoros besos en las mejillas.

(concluirá)


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AVISO IMPORTANTE: El autor agradece a todos los lectores las notas enviadas, a las damas las besa y les palmea cariñosamente las posaderas y a los caballeros les brinda un cordial abrazo y amistosas palmaditas en los hombros, al mismo tiempo los INVITA a imaginar cómo termina este relato cuyo breve epílogo será publicado el día 31 de enero próximo. Quien o quienes acierten se harán acreedores a un almuerzo en un excelente restaurante de Buenos Aires acompañado con el mejor champán o cava del país. Así mismo deja constancia que no hay trampas de ninguna clase todos los elementos para construir con cierto rigor lógico el epílogo se encuentran a lo largo del relato. ¡Suerte para todos!

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Nota: El reconocimiento ofrecido NO incluye pasajes ni estadía en Buenos Aires. Además los epílogos deberán ser publicados en el Blog de Amadeo y Ana K antes de la fecha indicada. No serán consideradas las respuestas posteriores al día 30 de enero del corriente año

 

UN PERFECTO CABALLERO (2ª Parte)

Autor: Amadeo Pellegrini Acosta

(2ª parte)

Bien cómodo en pijama, robe de chambre y pantuflas, con el informe del investigador, la botella de Remy-Martin y una copa sobre la mesa del estudio; luego de encender la lámpara me concentré en la lectura.

Debo reconocer que el detective se esmeró en preparar la información, -aunque por veinticinco guineas podía yo pretender bastante más-, ordenó todo a la perfección hasta lo encabezó con un índice.
La primera parte contiene una síntesis de la encuesta donde relata en forma detallada los hechos principales a los que asistió, conforme a los apuntes que fue tomando en el lugar, después agregó los diversos testimonios, algunas notas, copias de mensajes y como apéndice una serie de fotografías.

Transcribo textualmente el informe preliminar para que quienes lean estas memorias formen su propio juicio acerca de la naturaleza humana. No sé cuál será la opinión que en definitiva les merezca, puedo decir en cambio que su lectura me resultó tan asombrosa que hasta finalizarla mi cigarro se consumió solo en el cenicero olvidándome también del coñac.
* * *

“Como todos los sábados después del mediodía el señor Reginald Mount-Garble, -que para tales ocasiones se hace llamar “señor Brown”- se marchó del domicilio en su Bentley que dejó en una cochera de Charing Cross de donde partió en otro vehículo cuyo chofer lo condujo a una villa rodeada de frondosos árboles en el sector residencial emplazado a medio camino entre Eton y Windsor.

La tal villa que lleva el sugestivo nombre de “El Sosiego” pertenece a una dama mayor que fue por muchos años la querida oficial del Primer Lord del Almirantazgo y más tarde de Sir William Dundee y a la muerte de éste de un diplomático Griego, para entonces ya era propietaria del lugar.
La dama en cuestión es conocida allí como Lady Arabella de Saint Alban, -aunque su verdadera identidad es Edith Murray, hija natural de una trotona irlandesa-. Retirada de la vida pública, desde hace años ejerce allí el infame oficio de proveedora de jóvenes a un selecto grupo de clientes adinerados entre los que se cuenta el señor Mount-Garble.

La casa ofrece especialidades variadas, pero su principal atractivo es la flagelación para ello dispone de una dotación permanente de media docena de muchachas que permanecen por temporada contratadas en carácter de “personal de servicio” y son renovadas periódicamente.
A fin de interiorizarse de todos los pormenores, aun los más insignificantes, el suscripto trabó relación con el jardinero, quien previa gratificación lo introdujo como ayudante para algunas tareas. De esa forma tuvo acceso al personal de servicio permanente de la mansión y más tarde pudo, con la complicidad de los mismos, llevar también al fotógrafo.

Como puede observarse en la vista tomada del exterior con la lente de aproximación, el edificio principal consta de tres plantas, subsuelo y ático. La segunda es la planta noble a la que se ingresa directamente desde el jardín por la escalinata de la entrada principal, allí es donde tienen lugar las fiestas y principales eventos, la planta baja es la de servicio en ella están la cocina, la despensa, las dependencias y el comedor del personal; el depósito y la caldera de la calefacción se encuentran en el subsuelo en el que hay también una pequeña bodega guarnecida por rejas, en la tercera planta está el departamento de la dueña de casa donde se encuentran las habitaciones para huéspedes y clientes especiales, el ático fue remodelado a fin de dotarlo de cuartos confortables para las pupilas.

Todos los interiores se hallan decorados con gran lujo, los ambientes cuentan con una enorme cantidad de cortinados y espejos que más que decorados sirven para disimular escondrijos, pasadizos y observatorios discretos, para observar sin ser visto todo lo que sucede aun en los ámbitos más íntimos como los cuartos de baño. Para expresarlo gráficamente la mansión, por la abundancia de agujeros que tiene se asemeja a un gigantesco queso de gruyère.

Las mencionadas características de la casa permitieron a quien esto escribe ver y escuchar al investigado en la visita a la que asistió, permaneciendo oculto adentro de un armario en la habitación contigua cuyo fondo es en realidad una ventana de cristal que del otro lado de la pared forma un gran espejo de grueso marco dorado.

Desde ese lugar le resultó posible ver y a través de falsas rejillas de calefacción escuchar todo lo que sucedía en el saloncito íntimo de la dueña de casa.

Allí aconteció que el señor Mount-Garble, después de ser anunciado como “Señor Brown” ingresó en el coqueto saloncito donde lo aguardaba Lady Arabella a quien ceremoniosamente besó la mano.

Una vez concluidos los saludos y frases de circunstancias, la dueña de casa dijo al visitante: -Reginald, lo he mandado llamar porque la conducta de sus sobrinas ha empeorado desde su última visita, no solamente se han mostrado disipadas descuidando las lecciones, sino que emplean modales francamente impropios, por no decir deplorables… He tratado de corregirlas mediante consejos y reprimendas; de acuerdo a las faltas les he impuesto algunas penitencias menores como privarlas de salidas, de postre, enviarlas a sus habitaciones… En fin he empleado con ellas todos los recursos a mi alcance menos los castigos corporales, pero todo ha sido inútil, por último les advertí que si persistían en comportarse mal me vería obligada a ponerlo en conocimiento a usted para que tomase las medidas que considere más convenientes…

El señor “Brown” -de espaldas a quien esto escribe e iba tomando notas taquigráficas de las palabras de la señora-, se limitaba a asentir con la cabeza, sin abrir la boca.

En tono más bajo y confidencial la mujer sibilinamente continuó: -¿Sabe usted, querido Reginald cómo han reaccionado cuando les hice esa advertencia?... ¡Sorpréndase! Marjorie, la mayor, la cabecilla, se encogió de hombros y dejó escapar un despectivo “pssst”; Ileana, en cambio lo tomó a risa, en tanto Pamela no sólo se limitó a repetir el gesto desdeñoso de su hermana mayor sino que burlonamente agregó: “¡Ohh! ¡Qué miedo! Cuando venga el tío, nos sermoneará y nos dará unas palmadas en las posaderas, como hace siempre. ¿Ustedes le tienen miedo a las nalgadas, chicas?” Exclamó soltando una carcajada a la que hicieron coro las otras dos… ¡Imagínese mi indignación! ¡Estuve a punto de abofetearlas! Sin embargo me contuve porque sé que tal medida hubiera resultado contraproducente. Me limité a prohibirles salir del cuarto hasta tanto llegara usted… Créame que lamento hacerlo venir de Londres para darle noticias tan desagradables, amigo mío…

-Por favor, querida Arabella, no sabe cuánto agradezco su preocupación y sus desvelos por esas criaturas, tanto como deploro los malos momentos que padece a causa de ellas… Respondió su interlocutor, que enseguida añadió: Ciertamente me veo en la obligación de tomar medidas más severas en lo sucesivo…
Créame Reginald que es necesario mostrarse inflexible; esas personitas han dejado de ser niñas a las que se puede corregir con palmadas, cuando éstas resultan ineficaces hay que aplicar medidas más drásticas; si me permite una sugerencia, en su lugar yo emplearía una buena vara… Precisamente dispongo de una vara de bambú a la que en ocasiones me veo obligada a recurrir para poner orden entre el personal de servicio, que como usted sabe son gente a la que hay que tratar en forma permanente con cierto rigor porque de lo contrario la casa se convierte en un desquicio, que comienza con los pequeños hurtos, las intrigas, el chismorreo y termina más tarde con que ellos son quienes toman las riendas y disponen lo que debe o no hacerse aquí…

Enseguida y a solicitud del señor “Brown” la dueña de casa hizo sonar la campanilla a cuyo llamado acudió una de las mucamas a la que ordenó hacer bajar a las niñas.

Minutos más tarde se presentaron allí, tres agraciadas jóvenes pulcramente vestidas y peinadas, la mayor de unos diecisiete o dieciocho años y la menor de no más de trece o catorce, que saludaron a los mayores con una corta reverencia inclinando la cabeza, luego una detrás de otras besaron la mano del “tío” y a una indicación de éste tomaron asiento con estudiado recato.

Luego de un denso silencio, el visitante comenzó a amonestar a las jóvenes que bajaron la cabeza al escuchar los reproches que les hacía el hombre cuyas palabras refrendaba con indisimulada complacencia la señora Arabella.
La escena duró bastante tiempo en cuyo transcurso las muchachas se removían inquietas en sus sitios previendo lo que no tardaría en suceder, de manera que llegado el momento en que el señor “Brown” les anunció su voluntad de castigarlas, de sus labios escapó al unísono un largo quejido que llenó de gozo a la dama cuyo rostro se iluminó con una expresiva sonrisa.

El “tío” convocó primero a la mayor, que haciendo melindres se tendió, como le indicara, boca abajo en sus rodillas. En tanto la señora Arabella también de pie acudió al lado de ambos para colaborar sofaldando a la joven y retirándole el calzón, con lo que vino a quedar con las ambarinas nalgas a la vista de los presentes y desde luego también a la mirada de quien esto escribe que puede dar fe de la rotundez y exhuberancia de ese bello trasero, -digresión que considera necesaria para mejor conocimiento del señor comitente-

La azotaina prolongada por espacio de varios minutos con ligeros intervalos, cumplió el cometido habida cuenta la rojez que adquirió la superficie de esos magníficos hemisferios y también debidamente sentida por la destinataria a juzgar por los constantes quejidos y contorsiones que provocaban tantos sonoros azotes propinados con decisión a mano abierta.

Una vez liberada la joven Marjorie quedó de pie con la cara vuelta hacia la pared y las congestionadas nalgas expuestas a la vista de los circunstantes.

Los mayores tomaron un breve respiro, lapso que puso más inquietas aun a las dos restantes.
Al cabo llegó el turno de la segunda, -ruega el escribiente que le sea permitido expresarlo de la siguiente manera: las tres son hermosas criaturas pero la mediana las aventaja en belleza y garbo, cuando quedó reducida a la miserable posición de víctima colgada como una res del regazo de su “tutor y tío” fue posible advertir que sus encantos posteriores superan a los otros en blancura, tersura y conformación-. No obstante lo manifestado sufrió idéntico tratamiento que el trasero de su hermana mayor, con vigorosas palmadas que estallaban en el opresivo silencio del salón como estampidos de pistola, de manera tal que quedó tan o más enrojecido y maltrecho que la anterior, ni que decir que culminada la azotaina pasó a ocupar un sitio al lado de la señorita Marjorie.

Esta vez el tiempo de descanso fue más dilatado en razón que el “señor Brown” se veía muy agitado, con sus sentidos quizás más alborotados que fatigados sus músculos, porque -cabe decirlo- el espectáculo así ofrecido resultó a los ojos de cualquier mortal muy excitante en términos carnales.
La menor llegado el momento brindó una escena de llanto, retorciendo las manos deshaciéndose en pedidos de perdón alcanzó a colocarse de rodillas frente a su inflexible “tío” sin dejar por ello de resistirse a ser colocada en la misma posición que sus hermanas, por lo que la señora Arabella hubo de prestar ayuda para reducirla y luego sujetarla con fuerza por los brazos a fin que pudiera ser desembarazada de las prendas interiores.

El culito, -permitida sea esta expresión un tanto vulgar-, pero cabe porque al fin de cuentas por la edad de la joven así como el tamaño y volumen del mismo merece ser mencionado de esa manera, puesto que no es más que traserito de una niña. Por tal circunstancia parece probable que hayan resultado las nalgas más perjudicadas de todas, aunque el “señor Brown” espació más las palmadas y en repetidas ocasiones buscó aliviar el ardor de la piel con delicadas caricias circulares…

La única ventaja de la joven Pamela sobre sus hermanas fue que se libró de permanecer expuesta con las nalgas al aire como ellas.

Concluida la última azotaina, a las tres se les ordenó remontar sus calzones y retirarse a su cuarto. Mandato que obedecieron con presteza y la misma rapidez con que remontaron sus prendas íntimas y se aliñaron los vestidos marchándose cabizbajas y abrumadas.

No bien las tres jóvenes abandonaron el salón, la dueña de casa se dispuso agasajar a su huésped con un reconfortante té cuyo servicio encomendó a la doncella que acudió al sonido de la campanilla.

En tanto, hasta que llegó la bandeja con la infusión, las masas y bocadillos salados, la conversación entre ambos transcurrió por carriles obvios relacionados siempre con la disciplina más conveniente a imponer a las jóvenes díscolas así como las ventajas de emplear más a menudo la caña de bambú o las flexibles varas de abedul.

La nota inesperada la puso la dueña de casa a la vista de la mucama con la bandeja del servicio de té sobre la mesilla.

-¡Inepta! ¡Atolondrada! -Increpó de viva voz a la joven- ¡Cómo nos presentas el té en la vajilla común cuando tengo ordenado que tratándose de invitados como el señor Brown, debe utilizarse siempre la porcelana doble corona de Bavaria! ¿Dónde tienes la cabeza? ¡Torpe!...

Aturdida la joven retrocedió, con tan mala fortuna que golpeó la mesita con su cuerpo, volcando íntegramente el contenido de la bandeja sobre la costosa alfombra de Boukhara.

Aquella fue la gota que rebasó la copa y desató un verdadero infierno para la infeliz servidora.
Tan real fue lo que ocurrió a continuación que podría decirse que se trató de un número fuera de programa pues, abreviando, la desdichada Nelly, -tal el nombre de la atolondrada sirvienta- purgó la falta con sus posaderas que recibieron más de dos docenas de recios varazos aplicados con la delgada caña de bambú que la señora extrajo de una gaveta.

La joven que no deseaba ser puesta de patitas en la calle como le prometiera en el primer momento la indignada patrona, se avino de inmediato a recibir como castigo una cincuentena de azotes en las nalgas desnudas.

Con una docilidad y sumisión sorprendentes, ella misma marchó al centro del salón; donde se recogió faldas y enagua, echó abajo los calzones para ofrecer, de rodillas, su macizo trasero de sonrosadas carnes.

Vara en mano la señora Arabella se colocó a la izquierda de Nelly que mantenía la frente apoyada en el piso y apretadas las mandíbulas. La patrona midió la distancia con el bambú, luego lo enarboló para abatirlo con toda fuerza sobre las temblorosas carnes de su víctima.

Al siniestro silbido de la caña lo sucedió una ruda contracción de todo el cuerpo al impactar de lleno el azote en la protuberante epidermis. Tan impetuoso resultó el espasmo provocado por el primer golpe que la cofia de la muchacha se desprendió de su cabeza para ir a parar a unos pasos de distancia.

Los azotes con los continuos estremecimientos que provocaban alborotaron los cabellos de la muchacha en tanto ambas mejillas, anteriores y posteriores enrojecían vivamente.

Al promediar el vapuleo, la dama cedió la vara al huésped invitándolo a que prosiguiera la faena, práctica que le serviría, -díjole-, para cuando deba emplearla con sus “sobrinas”.

El “señor Brown” no se hizo rogar, empuñó con evidente satisfacción el bambú haciéndolo vibrar en el aire antes de proseguir la azotaina.

La descripción de la misma resulta a todas luces inconducente puesto que prosiguió en líneas generales el mismo trazado de marcas comenzado por la anterior con la salvedad que ninguno de los dos hizo brotar la sangre aunque dejaron la piel salpicada de cardenales y hematomas, que seguramente tardaron varios días en desaparecer.
Lo único notable es que una vez concluida la paliza, el señor Brown entregó a la muchacha un billete cuya denominación no pudo observar el testigo pues lo puso en mano de Nelly cuidadosamente doblado.

A esta altura de los acontecimientos el suscripto se vio obligado a retirarse por el peligro de ser descubierto al abandonar la mansión, no obstante supo al día siguiente que más tarde las “sobrinas” del señor “Brown” recibieron también una nutrida sesión de varazos.
A la segunda visita del señor “Brown” el suscripto no pudo asistir para permitir la entrada del fotógrafo quien fue instalado en el armario de doble fondo, por esa razón algunas de las fotografías salieron fuera de foco y otras algo borrosas ya que le resultaba imposible trabajar con flash allí adentro y la iluminación del saloncito resultaba insuficiente para tomar imágenes de buena calidad, no obstante las agregadas en esta carpeta son las mejores.

* * *
Con el último párrafo transcripto concluye el informe preliminar que se completa con los testimonios del personal de servicio, de informantes privados así como algunas notas sustraídas y las fotografías.

El fisgón que contraté para esa tarea no pudo permanecer más tiempo en la casa, tuvo que abandonarla de prisa porque, como me explicó verbalmente, todos los atardeceres sueltan en el jardín perros feroces entrenados para atacar a curiosos y merodeadores y queda un vigilante nocturno a cargo de la seguridad pues las principales orgías se llevan a cabo durante la noche, cuando se activan también las alarmas internas para que el personal de servicio no merodee por los salones privados.
De todas maneras había allí material suficiente para hacerle caer la venda de los ojos a la incauta de mi hermana y obligarla a renunciar a su proyectos de boda.

Por lo tanto cerré la carpeta, me restregué las manos, encendí un nuevo cigarro y me dediqué a pensar en qué momento y cómo abordaría a Millicent mientras saboreaba una generosa dosis del inimitable “Remy Martin”.

(continuará)

UN PERFECTO CABALLERO (1ª Parte)

 

Autor: Amadeo Pellegrini Acosta 

Dedicado a mi dilecto amigo Alan Martinet

Siempre pensé que un individuo perfecto, lo que se dice perfecto, no existe. No, no sólo no existe, sino que en si mismo es una aberración. El hombre perfecto, como el hombre invisible, es un producto de ficción, un engendro, un invento; -en fin- ¡Un asco!

El asunto en realidad no es de mi incumbencia ni me importaría; si existiera ese hombre perfecto, allá él, que se lo lleve el demonio, mi problema no es el hombre, es mi hermana Millicent.

Bueno, para comenzar por el principio, debo decir que Millie, -digo Millicent- es mi medio hermana porque nuestro padre cometió la solemne estupidez de volverse a casar unos años después de enviudar, lo que demostraría por el absurdo que el hombre perfecto no existe pero sí el perfecto estúpido.

Millicent tiene ahora 21 años, es una belleza que resultaría adorable si no fuera caprichosa, testaruda, malhumorada y respondona, creo que nadie con una pizca de sentido común la tomaría por esposa, pero como además de sus defectos ella es rica, porque la segunda estupidez de mi padre fue incluirla en el testamento adjudicándole la mitad exacta de su fortuna, lo único cuerdo que hizo fue designarme albacea y su tutor hasta que alcanzara la mayoría de edad o contrajera matrimonio, con mi consentimiento -desde luego-  De suerte que hasta el presente he podido gobernar su vida.

Aunque gobernar, lo que se dice gobernar tampoco es exacto, porque ella es ingobernable, así que me limité a internarla en los mejores colegios que conseguí hasta que cumplió los dieciocho años y ya no quisieron admitirla en ninguna parte.

El problema que se me presenta en este momento es que se ha propuesto casarse y como para eso es necesario tener pareja, se puso pues de novia con ese individuo al que no me atrevo a llamar imbécil porque según ella y aquellos que lo conocen se trata de un perfecto caballero.

Ese es mi problema.

No se le conocen vicios ni defectos, no bebe, no fuma, no juega,  pero además es todo un dandy, lo visten los mejores sastres de Saville Row, es miembro de los clubes más selectos de Londres, sus antecedentes familiares también son impecables, de las ramas de su árbol genealógico cuelgan como manzanas almirantes, generales, obispos, dignatarios, magistrados y profesores, para peor es tan rico como mi hermana y lo peor de todo: ella está perdidamente enamorada de él.

¿Cuál es el problema entonces? Pensarán ustedes a quienes a lo mejor no les interesa la clase de cuñado que les toque en suerte, pero a mi que tengo que rendir cuentas y entregarle después de la boda todos los bienes de mi medio hermana para que los administre no me hace ninguna gracia, no señores. El patrimonio familiar se desmembrará por su culpa y eso me quita el sueño.

La solución sería oponerme a la boda. Parece fácil, si no fuera por el empecinamiento de Millie y porque su pretendiente no tiene ningún punto débil conocido, oponerse resulta entonces imposible.

Dije bien, conocido porque yo, que no creo en los hombres perfectos, estoy seguro que ese sujeto tiene gruesos defectos que disimula y esconde muy bien, de manera que para desbaratar esa unión dispongo de dos vías posibles: una el asesinato, otra descubrir sus taras, defectos y vicios para desenmascararlo delante de esa atolondrada.

Descarto el asesinato porque yo también me considero un gentleman  y tal extremo es inapropiado para alguien de mi clase, lo pertinente sería retarlo a duelo, pero olvidé señalar que el individuo en cuestión practica box, es excelente tirador y además un formidable esgrimista, que sin duda llevaría las de ganar en cualquier terreno a costa de mi integridad física, desde luego. Me queda desenmascararlo. Tarea nada sencilla por cierto habida cuenta que el maldito sólo frecuenta los altos círculos aristocráticos y financieros de la City donde no cualquiera accede

Recursos no me faltan así que apelando a mi natural astucia contraté los servicios de un sabueso particular que por veinticinco guineas de oro se comprometió a seguirlo noche y día hasta dar con sus secretos y una vez descubiertos prepararme un informe completo y pormenorizado.

* * *

Satisfecho con la solución hallada, me dediqué a esperar los resultados que no dudaba resultarían satisfactorios, porque como lo he repetido hasta la saciedad el ser humano perfecto no existe. Convendrán conmigo que es naturalmente imposible que exista.

Entre tanto comencé a preparar el discurso de ocasión que recitaría a Millicent en el momento de poner en sus manos el informe confidencial sobre el farsante de su pretendiente. -Comprenderán que me resisto aun aquí mientras escribo estas memorias a llamarlo su novio, menos aun su prometido-  Aunque haya tenido la osadía de pedirme oficialmente la mano de Millie.

Claro que, como carecía de argumentos valederos para negarme de plano, arteramente le pedí que me concediera unos meses de tiempo para asegurarme de los sentimientos de mi querida hermana.  Mi proposición resultaba sensata así que él, como "caballero", no pudo objetar nada, tuvo que aceptar nomás el aplazamiento de mi respuesta.

Como decía, abordar a mi hermanastra no es tarea fácil debido a su índole levantisca y contestataria, más propia de una fulana de los suburbios que de la dama que traté que hicieran de ella. Así pues, llevarle la contraria imposible, desenmascararlo como un farsante, peor. Lo mejor resultaría mostrarme como el hermano mayor preocupado, no por el destino de los bienes, sino por su propia felicidad conyugal impidiendo que resultara ultrajada por alguien indigno de ella; recién entonces pondría en sus manos el informe y aguardaría que Millicent sacara sus propias conclusiones y obrara en consecuencia.

* * *

El sabueso reapareció al fin, semanas más tarde, con una ancha sonrisa en su desagradable rostro, se quitó el sombrero al entrar, me saludó con una inclinación de cabeza pues en la otra mano portaba un gastado portafolios.

Como no hacía más que deshacerse en zalamerías, -pensando ciertamente en las veinticinco guineas-, le pedí que fuera al grano.

-Verá, Señor Wilson  -comenzó- sus pálpitos resultaron acertados, el personaje en cuestión, tiene sus -¡ejem!- debilidades, por así decirlo. Pero antes debo aclararle que no resultó fácil descubrirlo y bastante costoso llegar a la verdad pues tuve que sobornar a mucha gente... Sobornable claro, como criadas, cocineras, porteros, mayordomos, en fin gente de servicio que como usted bien sabe tienen ojos y oídos en todas partes y conocen más de sus amos y patrones que ellos mismos... Sí, por favor no se impaciente, lo resumiré en pocas palabras: el señor en cuestión acude regularmente a una casa de los alrededores de Londres a satisfacer sus extrañas aficiones disolutas...

Sí., Señor Wilson, disolutas, lujuriosas o pervertidas, como usted prefiera llamarlas...

Mientras ponía énfasis en esas palabras abrió su ajado portafolios y extrajo de él un voluminoso legajo que me tendió, mientras decía: -Aquí encontrará usted todo Señor Wilson, como lo pidió con pruebas, testimonios, documentos y fotografías. De paso le diré que estas últimas me salieron bastante caras pues hube de contratar a un fotógrafo profesional que me cobró veinte Libras por el trabajo y se negó a darme recibo... ¡Veinte Libras! Una estafa, Señor...

Tomé el fajo de papeles cuidadosamente encarpetados, lo deposité sobre la mesa luego de darle un ligero vistazo al contenido incluidas las fotografías de neto corte pornográficas, para librarme cuanto antes de la presencia de ese gusano fisgón le entregué las veinticinco guineas convenidas a las que añadí un billete de cinco Libras como gratificación adicional.

 Guardé en mi estudio bajo llave el frondoso legajo a cuya lectura me abocaría inmediatamente después de la cena, luego mandé un recado al Club comunicando que me hallaba impedido de asistir por una situación no prevista a fin que se ocuparan de conseguirme un reemplazante para la mesa de póquer de los jueves,.

(continuará)

Nelly, la profesora de la Prepa

Autora: Ana Karen Blanco

(relato basado en una experiencia de Roberto Ortiz)

A veces, a las personas que nos gusta escribir nos pasa que nos quedamos sin ideas. Pasa también que tenemos la idea pero no se nos ocurre cómo desarrollarla; pero lo peor es cuando las musas se nos vuelven esquivas y nos dan la espalda, negándose a colaborar. Quizás los escritores spankers tengan la ventaja de poder agarrarlas y poniéndolas sobre sus rodillas, obligarlas a cumplir con su deber de inspirarlos. Pero a las pobres spankees no nos pasa eso. Más bien tenemos que huir del Monte Parnaso antes que Apolo nos azote confundiéndonos con musas o ninfas traviesas. Así que cuando yo estoy falta de inspiración, en vez de ir a Grecia o visitar el Olimpo, siempre tan peligroso para las mujeres bellas (sí, ya sé que yo no sufriría ningún peligro, pero tengo derecho a ilusionarme ¿no?) me dedico a pedir ayuda a los generosos spankers que quieren compartir alguna experiencia con el resto de sus colegas, siempre con la intención de que sirva de ejemplo educativo a las spankees, y que tengamos presente qué nos podría suceder de estar en una situación similar. ¡Loados sean los dioses del Olimpo porque las spankees nunca acabaremos de entender!

Esta vez fue don Roberto Ortiz quien corrió en mi ayuda y me contó una experiencia de su juventud, cuando él estaba en la Prepa, en sus épocas de bachiller. Dice que fue una experiencia inolvidable y que la recuerda porque... Bueno, mejor vamos al relato en sí. Esto fue, más o menos, lo que sucedió:

Roberto se levantó temprano aquella mañana. No es que el acontecimiento lo mereciera, pero era el primer día de clases del segundo grado de la Preparatoria. Luego de un baño y un desayuno que él consideraba bueno pero que ningún nutricionista hubiese coincidido con él, salió de la casa en busca de Carlos, su compañero y amigo para marchar juntos a clases. La parada del autobús ya era conocida pues el año anterior habían hecho el mismo recorrido que ese día estaban repitiendo.

Exactamente como el año anterior, el autobús de esa hora venía repleto, así que no les quedó más remedio que viajar parados. Las personas que viajan a esa hora en los transportes públicos, suelen ser "grises", es decir: hombres de trajes oscuros rumbo a sus oficinas, señoras vestidas con colores sobrios dirigiéndose a su trabajo, jóvenes con sus uniformes charlando animadamente... Pero ella era diferente a todos, por eso captó la atención de Roberto y de su amigo. Los ojos de los jóvenes no podían dejar de mirarla, como tampoco pudieron dejar de decir varias frases que hicieron que la mujer se incomodara. Vestía un traje rojo tipo sastre que la hacía verse hermosísima y resaltar del resto del pasaje. Los jóvenes cuando están acompañados siempre se animan a decir cosas que solos jamás dirían. Pero eran dos y lograron que la bella dama se ruborizara con sus frases.

Un par de cuadras antes de llegar a la escuela, la chica, que era un poco mayor que ellos, descendió bastante molesta del autobús. Los chicos siguieron su ruta y al llegar a la parada de la escuela, bajaron y se dirigieron al salón de clases. La primera hora tocaba una aburrida y tediosa clase de historia que pasó sin novedad. La segunda hora les trajo una materia nueva: Ética. En el receso entre materias, todos aprovecharon para saludar más efusivamente a los compañeros del curso anterior y contarse algunas novedades de las vacaciones. En lo mejor de la charla y las bromas, irrumpió en el salón la nueva profesora que les impartiría Ética. Roberto y Carlos quedaron boquiabiertos... Para su sorpresa era la misma chica del autobús, a la que habían molestado y habían logrado fastidiar. Carlos se puso muy nervioso, pero no sucedió lo mismo con nuestro protagonista, al que le divirtió la idea de lo que estaba pasando.

La nueva profesora tomó su puesto sin dejar entrever ninguna reacción. Se mantuvo calma y fría como si fuera la primera vez que veía a los muchachos, aunque los tres sabían que no era así. Se puso de pie ante la clase y se presentó: "Soy la profesora Nelly, y le impartiré la clase de Ética", dijo. Y comenzó a disertar sobre su materia. El resto de la hora transcurrió sin ningún inconveniente, pero al finalizarla, Carlos y Roberto fueron llamados por Nelly a su escritorio. Cuando los tuvo delante se puso de pie y comenzó a caminar mientras les decía:

-Así que les gusta molestar a las mujeres ¿eh? Pues conmigo van a aprender a no hacerlo.

Carlos bajó la cabeza y guardó silencio, pero Roberto no soportó la situación y le contestó:

-Creo que usted también va a aprender algunas cosas... profesora Nelly.

-Pero... ¿cómo se atreve? ¿Usted cree que esa es la forma de hablarle a su profesora? -le dijo mientras que le lanzaba una mirada desafiante y chispas de ira salían por sus ojos. Pero Roberto no se dejó intimidar:

-No. No le hablaría así si fuese usted una profesora como dice serlo, pero... empiezo a dudarlo.

Sin permitirle ninguna respuesta, le dio la espalda y salió del salón con una sonrisa de triunfo en su rostro. Había ganado el primer round.

Los encuentros y discusiones se hicieron cada vez más frecuentes en el primer trimestre. Cuando habían pasado dos meses del segundo trimestre y más de la mitad el curso había quedado atrás, un lunes con su nueva carga de clases se hizo presente. Roberto apareció corriendo en el salón a sabiendas que llegaba tarde. Cuando intentó entrar dirigiéndose a su lugar...

-¿Dónde cree que va Roberto? -le dijo con un tono bastante burlón. El chico se paró en seco y devolviendo su tono le contestó:

-A mi asiento profesora Nelly.

-Quizás no se haya dado cuenta, pero la clase comenzó hace 20 minutos.

-Sí, me dí cuen...

-Retírese inmediatamente del salón de clases y espere fuera a que terminemos -le dijo, interrumpiéndolo y señalándole la salida con el índice- No me interesa oír sus excusas. Fuera del salón ya mismo.

Roberto recordó algunos de los últimos episodios de semanas anteriores y comprendió que era inútil cualquier motivo que quisiera esgrimir, así que giró sobre sí mismo y salió del salón.

Pasados unos 25 minutos, la campana sonó dando por terminada la hora de Ética, así que se paró sobre un costado de la puerta permitiendo que la oleada de jóvenes saliera a su antojo. Una vez despejado el salón, se asomó a la clase. Quedaban dentro su amigo Carlos y un puñado de compañeros, chicos y chicas. Nelly lo vió y le hizo seña de que entrara y se acercara a ella. A medida que el joven obedecía, observó a la bella profesora que iba enfundada aquel día en un bonito y ligero vestido, con la falda muy amplia, color negro estampado con flores rojas. Se veía espectacular y lo sabía. No hay nada más seductor que una mujer hermosa que sabe que lo es. Sin levantar la vista del escritorio, le espetó:

-¿Por qué llegó tarde y además no entró a clase? -le dijo en un tono burlón pero servero. Ambos sabían que ella lo había echado del salón, y eso enervó a Roberto, que se puso realmente molesto ante la actitud de la profesora.

-Pero profesora, usted vio que entré y me echó del aula.

-Yo nunca hice eso -le dijo mientras que se ponía de pie y se sentaba en la orilla del escritorio, quedando enfrentada a su alumno- El ser un irresponsable es lo que ha hecho que no entre cuando sabe que debe hacerlo.

La ira de Roberto iba en aumento.

-Mira Nelly -le dijo visiblemente molesto y olvidándose del título de la chica- desde que te conocimos Carlos y yo, he notado que no soy de tu agrado, pero no te preocupes que tú tampoco lo eres para mí.

Con el tiempo Roberto se llevaría una gran sorpresa al descubrir que los sentimientos de su profesora no eran los que él imaginaba. Pero en ese instante la cara de Nelly se transformó.

-Es usted un insolente Roberto -le gritó- ¡Váyase! ¡No quiero volver a verlo en mi clase!

-No te preocupes Nelly, me iré. Pero antes te voy a enseñar que también los alumnos merecemos respeto.

No le dio tiempo a reaccionar, ni a ella ni a sus compañeros de curso. La tomó del brazo, se sentó en la silla de los profesores y jalándola fuertemente la puso sobre sus rodillas, mientras la  sujetaba firmemente de la cintura. Entonces comenzó a nalguearla.

En cada palmada Roberto sentía la dureza de aquellas nalgas que temblaban con cada impacto. Al apoyar su mano percibía la redondez de cada cachete y la hendidura que separaba los dos hemisferios.  La amplitud de la falda y el delgado grosor de la tela le permitía nalguearla como si estuviera desnuda. Sentía el borde de su ropa interior, y hasta podía palpar el encaje de sus bragas. No le había propinado más de 10 o 12 nalgadas cuando sus gritos se hicieron casi insoportables, mientras que los compañeros de curso del chico reían y un par de chicas le decían: "¡Robert, déjala!", pero él estaba tan ensimismado en su tarea que hizo oídos sordos a lo que le decían y continuó nalgueándola hasta sentirse satisfecho.

Seguramente Nelly sentía la fuerza y el vigor de la mano de Roberto. Si en ese momento hubiese levantado su falda, sus nalgas se verían rojas y brillantes. La forma de nalguear de este joven, de abajo hacia arriba, hacía que a veces se levantara la fina tela del vestido y por unos segundos se viera algo más de lo conveniente en una profesora de Preparatoria, además de que los azotes se sentían mucho más fuertes así.

Con la intención de que alguien fuera en su ayuda, la profesora gritó y pataleó más de lo conveniente, cosa que hizo que el resto del alumnado se agolpara en la puerta para ver el espectáculo. Con seguridad no había en esa multitud ningún profesor, o hubiese impedido la azotaína. Al menos eso supuso Roberto.

Cuando le pareció suficiente la soltó. En el momento en que pudo sostenerse por sí misma, levantó su mano como para abofetear o arañar al hombre que le había hecho pasar la vergüenza de su vida, pero con un rápido movimiento el chico tomó las manos de la mujer y le dijo con voz firme:

-Mi querida profesora... si no te calmas o si tratas de pegarme, no dudaré en repetir el castigo sobre esas deliciosas nalgas que tienes.

Nelly tenía la cara roja, quizás de vergüenza, quizás por el tiempo que estuvo sobre sus rodillas con la cabeza baja, quizás por la rabia contenida que no podía manifestar como quisiera. Cuando le soltó las manos, Nelly bajó la cabeza y comenzó a frotarse las nalgas, en forma muy discreta pero vigorosa. Mientras caminaba sin dejar de mirarlo,  lo llenaba de insultos que a Roberto le sabían a triunfo y gloria.

Al salir de la clase seguido de Carlos y el resto de los compañeros, muchas miradas de asombro en algún caso y de admiración en otros se posaron en el nalgueador. Nelly quedó en el salón y Roberto se enteró más tarde de que no se presentó en la Preparatoria por dos semanas. Claro que él tampoco lo hizo. Lo que sí hizo fue darse de baja de la clase de Ética, actitud que le valió tener que repetir la materia al año siguiente. Pero estoy segura que quien le pregunte a Roberto si valió la pena, la respuesta será ¡SÍ!

FIN

Una tarde diferente

Autora: Su

A mí nunca me habían azotado. La verdad es que ni se me había pasado por la mente que algo así pudiera ocurrir, hasta hace dos años.

Llevaba un tiempo separada, sin saber ni querer saber nada de relaciones, pero conocí a un hombre por el que me sentía muy atraída y, aunque estaba casado, iniciamos un romance divertido y gratificante a todos los niveles. Teníamos buen sexo, nos reíamos muchísimo y, aunque sus circunstancias personales nos obligaban a vernos a escondidas, en el campo, en el coche, hoteles... en líneas generales, todo iba fenomenal.

A veces discutíamos por pequeñas cosas, (nada de importancia), pero los enfados nos duraban el tiempo justo para querer reconciliarnos. Las reconciliaciones son geniales. Sin embargo, hubo una discusión diferente, muy dura. Si os digo la verdad, ni recuerdo la razón.

Fui a su local (tenía una tienda de ropa) empezamos a hablar y de repente todo se fue torciendo hasta que terminamos tan enfadados, que le dejé con la palabra en la boca y me dirigí a la puerta. Me dijo que volviese, que no habíamos terminado de hablar, le dije que no me daba la gana y que me iba, pero no me dejó. Sentí su mano grande y fuerte en mi brazo. Después de cerrar con llave la tienda, me arrastró literalmente hasta la trastienda, se sentó en una silla y me puso sobre sus rodillas. Yo estaba aturdida... Todo iba rapidísimo. Me levantó la falda hasta la cintura, me bajó las bragas y comenzó a azotarme con su mano gigante y potente con tanta fuerza, que creía que me iba a desmayar.

¡Madre mía! Qué cosas le dije. Chillaba y pataleaba para que me soltase, pero él me sujetaba firmemente con un brazo y con la otra  mano seguía golpeando mis nalgas mientras me decía que me estuviese quieta. Me ardía el trasero y estaba furiosa, pero me di cuenta de que también estaba excitada. Él también lo notó. Me tocó y al ver que estaba completamente mojada, dejó de azotarme, me incorporó y me quitó la camiseta y el sujetador.

-¿Te excita el dolor?

 Yo no contesté. Me daba muchísima vergüenza aquella situación tan rara. Entonces me pellizcó con fuerza los pezones.

Nunca lo había hecho tan bruscamente. Siempre me había besado los pechos con dulzura pero realmente aquella tarde estaba llena de novedades. Volvió a hacerlo. Retorció mis pezones, los estiró, apretó mis pechos hasta hacerme llorar. Lamió mis lágrimas y siguió pellizcando hasta que  empecé a sentir un placer tan extraño e intenso, que me rendí a sus maniobras.

Salimos de la trastienda, me inclinó sobre el mostrador, con el culo  en pompa y comenzó a azotarme de nuevo con una mano mientras pellizcaba mis pezones con la otra. Veíamos a la gente pasar por la calle y aunque dentro estaba todo oscuro y no nos veía nadie, daba la sensación de que teníamos público para aquella sesión de sexo tan peculiar. Me dijo que me inclinara más y que me masturbara. Yo creía que iba a reventar de placer, pero aun quedaba la puntilla. En aquella posición en la que estábamos, él detrás de mí, yo completamente expuesta y sometida, se bajó los pantalones y me penetró por detrás con todas sus fuerzas.

Estábamos en otro grado de conciencia, como en un torbellino de sensaciones tremendas que no te dejan parar y que te obligan a querer más y más, hasta que te desmadejas. Así acabamos los dos... Completamente desmadejados, jadeantes y agotados.

Era tarde. Me iba a lavar y a vestir para volver a casa pero él hizo algo sorprendente. Guardó mi ropa en una bolsa. Solo me dejó las medias y las botas puestas. No me dejó ir al baño. Tomó mi abrigo, cogió unas tijeras y le cortó los bolsillos sonriendo maliciosamente.

Yo no entendía nada. Luego me lo tendió y me ayudó a ponérmelo sin nada debajo. Él se vistió, se puso su cazadora, cogió la bolsa con mi ropa y me indicó que saliésemos a la calle así. Me quería morir. En contra de lo que yo creía, no subimos a su coche para ir a casa.

Así como estaba, desnuda bajo el abrigo, me invitó a tomar algo en el café moro de la esquina, lleno de hombres hasta arriba. Me daba la  sensación de que todo el mundo me miraba. Pasamos al fondo, justo a la esquina de la barra. Metió su mano en mi  bolsillo cortado y empezó a tocarme. La humedad me invadía. Luego pasó su mano sobre mi nalga colorada y ardiente y la pellizcó. Yo  tenía que disimular mientras me tomaba el café.

Volvió a poner su mano entre mis piernas, a acariciarme distraídamente. Yo apretaba las rodillas. "Abre". Fue un susurro, pero era una orden. Obedecí. Delante de todos aquellos hombres, sin que ellos se diesen cuenta,  tuve un orgasmo brutal, silencioso y excitante, sabiéndome como me sabía completamente desnuda bajo aquel abrigo que no tenía más sujeción que un cinturón anudado. Pagamos y me llevó a casa.

-Ven así a la tienda mañana, sin ropa bajo el abrigo. Te devolveré la tuya. Cuando llegues, pasa directamente a la trastienda. Te estaré  esperando en la silla. No digas nada. Solo inclínate sobre mis rodillas para recibir lo que te mereces.

Lo hice... Y desde ese día, durante los dos años siguientes, me  convertí en su esclava sexual, en su spankee particular. Nada le negué. Cada cosa que me sugirió, que me pidió, que me ordenó, la  cumplí con diligencia suprema. Eso no me libró de las nalgadas.  Tampoco pretendía librarme de ellas. Eran parte de mi placer privado.

Hace un par de meses que la relación terminó. Extraño todo lo que hacía con él, la sumisión, la entrega, el placer del dolor... Sin duda, aquella tarde peculiar, él abrió para mí, caminos  extraordinarios.

-FIN-

Parece mentira pero todo se dió así...

Autora: Roxana

Parece mentira pero todo se dio así, jamás ni en mis más exagerados sueños lo había imaginado así, pero, para no dejar de sorprenderme a mi misma la vida, me regaló estos momentos maravillosos.

Estaba charlando con alguien como de costumbre en el Chat del grupo, cuando de pronto entro una invitación de alguien totalmente desconocido para mí y como siempre, jamás rechazo a nadie, le di entrada a mis contactos, nunca me imagine que de esa forma le estaba dando entrada a mi vida.

Era viernes en la noche, y empezamos a charlar, se presentó haciendo referencia a algo que conocía de mí por el tablón, y así se dio el primer contacto, me contó de él, le conté de mí y todo se volvió tan natural que parecíamos viejos amigos con un café de por medio.

El estaba afuera de la Ciudad, se había ido a levantar un antiguo depto, en el que había vivido con su ex pareja y un hijito de seis años, estaría allí hasta el lunes a la noche, ya que el martes muy temprano tenia que trabajar.

Charlamos el viernes, charlamos el sábado, charlamos el domingo y charlamos el lunes.

Yo vivo en las afueras de la Capital Federal y ese fin de semana me había quedado en lo de mi vieja, incluido el lunes...no sé por qué.

Fueron tres días de charlas mágicas, casi sin querer cada uno sabia todo del otro. El aparte de ser profesional es escultor, me habló de eso con tanta pasión, que cuando me mostró sus esculturas en Internet, lo representaban tal y como el se había descrito. Me fascinó, me deslumbró, me atrapó su historia, su honestidad, su cinismo, su desvergüenza, su forma desapasionada de escucharme, de reconocerme.

De entrada me propuso que nos conociéramos enseguida, y yo acepte que a su vuelta tuviéramos un encuentro, un café, una charla y lo que la piel dijera...

Sólo tenía que esperar hasta que volviera y veríamos...

Pero de golpe en la charla del lunes a la tarde, llega la primera propuesta loca, descabellada, en mi cuadro de diálogo apareció lo siguiente: "...llego a las cinco de la mañana a la estación de tren, te animás a ir a esperarme? tengo hasta las nueve de la mañana para tomar mate con vos en mi consultorio, vos traes los bizcochitos de grasa..."

Quede pasmada del otro lado de la pantalla, lo primero que pensé fue: "...este tipo esta reloco!!!!! A las cinco de la mañana en la estación del tren?????? ...pero que lindo seria no????...me gustaría?...sí, claro que me gustaría!!!!... pero como hago? ...planto todo y me voy y listo?...pero es una locura...yo estoy totalmente locaaaaaaaaaaaaaaa...

Entonces con el temor de cerrar la posiblidad de verlo le dije que me dejara ver como arreglaba y que le mandaba un mensajito de texto.

Y asi quedamos, él con la esperanza de un encuentro espontáneo y tempranero y yo con la preocupación y las ganas de hacer algo loco por primera vez en toda mi vida.

Pero la verdad era que ya antes de cerrar el cuadro de diálogo y despedirme, ya había tomado la decisión de ir, tenía que ir, me moría de ganas de ir.

En medio de ese torbellino de ideas contrapuestas sobre lo que debía hacer  y lo que quería hacer realmente, me volví a mi casa, y actué de madre normal y responsable y reservé un remis para las cuatro de la mañana, no sin antes haberle avisados a mis hijos que saldría muy temprano a hacer un trámite urgente.

Decidí no dormir, para no perderme ni por casualidad la aventura que tenía por delante, pero en la hora y media final me venció el cansancio de la espera, y casi, casi el remis se va sin mí, así que el encuentro tan esperado comenzó con mil contratiempos ya que mi pelo era un nido de caranchos, mi cara daba espanto y la ropa apenas era la que yo quería ya que en el apuro me puso lo primero que tuve a mano.

Ya en el remis y por la autopista a esa hora de la madrugada, llegue a la estación en media hora, solo me faltaban conseguir los bizcochitos con grasa, pero por suerte las panaderías de la estación están abiertas toda la noche.

Eran las cinco y el tren llegaba  a las cinco y veinte, todavía y ya con los bizcochos en mis manos tenia veinte minutos de interminable espera; entonces camine por el hall central sin rumbo fijo con la esperanza de que el tiempo pasará más rápido, me imagine una y mil veces el encuentro, él me había dicho "esperame al lado de la reja, que ahí tengo que verte seguro..." No conocía mi cara más que por la fotito miniatura del MSN

Y yo solo conocía apenas su perfil por una foto no muy clara de su blog de las esculturas en la que se lo ve trabajando casi de espaldas.

El se había descrito como un señor grande de 53 años, con algo de pancita y por su foto se notaba rubio y más bien alto y grandote. Me había avisado que viajaba con unos jeans negros y una campera igual y yo le había contado la ropa que llevaba puesta en el momento de la charla por el chat, sin contar con la posibilidad del cambio de ropa final que pude hacer al volver a casa.

En medio de la espera y mis desvaríos decidí ir al baño antes de que llegara el tren y cuando volví, pucha!!!! ya había entrado el tren al anden y había gente saliendo, me paré igual en la reja del anden doce, "el último del costado más cerca de la avenida" tal como me había dicho. Miraba desesperada a mí alrededor y solo veía un señor rubio y con anteojos parado un poco mas lejos de la entrada donde yo estaba, no podía ser él!!!!!!, era tan distinto a lo que yo buscaba!, no definitivamente no podía ser él!, Sin embargo ese señor que también miraba sorprendido y con dudas tenia puesto unos jeans, que ya no era negro, pero que lo había sido y una campera igual de gastada pero casi negra también, tenia que ser ÉL.

Yo lo había imaginado grande de edad y de aspecto, circunspecto, con un  tipo froidiano indiscutible, pero ese no era él, El que estaba allí parado era un tipo joven, buen mozo, alto, muy alto, desaliñado y tan pero tan lejos de Freud que no cabía en lo imaginado.

De golpe desde la reja donde yo seguía parada inmóvil, lo volví a mirar y me fui acercando y le pregunté ¿licenciado?, Su sonrisa y su sorpresa hablaban claramente de su sensación hacia mí, yo tampoco era lo que él se había imaginado, yo tampoco cuadraba en la persona que él estaba esperando y buscando hacia unos minutos.

Lo primero que me dijo después de darme un cálido beso en la boca fue, "...no pensé que eras tan petisa..." ja ja ja qué expresión poco feliz, pensé que me moría, sólo quería desaparecer de ahí, realmente al lado de él mi metro cincuenta y tres daba lástima, pero enseguida, y como queriendo reparar ese error dijo "...qué fuerte que estás, pareces más joven de lo que decías y tu altura esta perfecta para manipularte mejor...ja ja ja", ya eso fue un gran alivio.

Inmediatamente y como si eso fuera lo normal de todos los martes de nuestra vida a las cinco y media de la madrugada me pidió que llevara una bolsa que había traído y me indico el camino hacia la parada del "bondi" que nos iba a llevar hasta su consultorio, lugar prometido para el desayuno con mate y bizcochitos.

Como era una noche destinada a las sorpresas, al llegar al consultorio continuó mi asombro al descubrir que era el lugar más raro y más especial que había conocido en mi vida.

Primero estuvimos en su consultorio y ya allí el primer contacto fue rápido y contundente, me abarcó entre su inmenso cuerpo en un abrazo apretado, me tocó, sopesó y palpó bien el motivo de su deseo, mis nalgas, y me dió un beso cálido y profundo y ronroneo como un gato, cosa que después descubrí que hace permanentemente cuando en cada encuentro comienza el contacto de nuestra piel y nuestras bocas. De golpe paró y me dijo: "vamos a la cocina o jamás vamos a tomar mate..."

En esos pocos minutos confirme lo que ya había descubierto sobre él, era un hombre brillante, de pensar abierto y sin tapujos, un anarquista sin ley ni religión, sin límites ni fronteras, un cínico, irónico y dulcísimo varón.

Entonces me llevó hasta la cocina recorriendo todo el lugar, donde había oficinas con recovecos raros por todos lados, en el camino descubrí una valiosísima biblioteca apilada en el piso de un espacio que hay en el fondo, entonces me contó que el lugar que funcionaba como biblioteca junto agua y humedad por lo cual decidieron salvar los libros de una muerte segura y había preferido ese desorden a su desaparición paulatina por ahogo.

Ya con la pavita caliente y el mate nos encerramos en su consultorio  y tomamos dos mates cada uno con apenas un bizcocho, ya que era mucho más el apuro por tocarnos y descubrirnos que el hambre, la sed o la necesidad de justificar la excusa de ese primer encuentro.

Desde que apoyó el mate en el piso,  dijo "...basta de esto..." y se trasladó del sillón al diván, pasaron apenas unos segundos en los que no medio palabra, solo hizo un ademán, palmeando los almohadones, indicándome donde ponerme. Él ya estaba sentado cómodamente con la espalda apoyada en la pared y sus piernas estiradas, listas para recibirme. Me indico sin preámbulos que me tumbara allí boca abajo y comenzó a casi suavemente a palmear mis nalgas sobre el vestido solero, que al final había sido mi atuendo de esa madrugada.

Me sorprendió este comienzo, no hubo búsqueda de motivos, no hubo preparativos ni acuerdos previos, ni retos, ni nada, solo una tácita y muda promesa de placer mutuo y una expectante sensación de no ser ya necesarias las palabras.

No gritó, no habló, no sugirió, no preguntó, solo indicó con pequeños gestos y ademanes y eso alcanzó para quedar atrapada, subyugada y casi hipnotizada bajo su poder.

Me nalgueó durante un rato boca abajo sobre sus rodillas, me subió el vestido y siguió con las nalgadas un rato más sobre la bombacha y sobre la cola limpia, luego ya me indicó sacarme el vestido y volver a mi posición, siguió pegando cada vez más fuerte, sin pausa y sin prisa, sobre todo sin prisa.

Para mí esa era como la primera vez, el rito visto tantas veces e imaginado por siempre, se cumplía   en cada paso y mis sentimientos eran cada vez más contradictorios. Cada azote dolía y cada vez dolían mássssssssssss, no puedo decir que me gustará ese dolor, no me excitaba, casi no me producían nada de todo lo imaginado, solo dolía, pero al mismo tiempo me encantaba estar allí, tumbada y bajo el poder su poder y en cada chirlo solo sentía el contacto de su mano en mi piel, y eso si me excitaba, me gustaba, me volvía loca.

De golpe paró y se levantó a buscar algo que tenía guardado en un armario, un implemento muy raro, nunca descrito en ningún blog, en ningún artículo, en ningún lugar. Era algo de plástico alargado, más ancho en la punta y más finito atrás, era plano, raro, cuando le pregunté qué era se tomó el tiempo para mostrármelo y describirlo y por su cara de picardía me di cuenta que a le gustaba mucho usarlo, y  enseguida se dedicó a hacérmelo sentir.

Guauuuuuuuuuuuu era tan chiquito y dolía tanto, me daba golpecitos cortos y firmes, rápidos y ordenados, parecía que estaba armando una figura sobre mi piel y cuando e dije esto le hizo mucha gracia, se estaba entreteniendo mucho, jaaaaaaaaaaa.

De golpe terminó, me acarició mucho, me dejó descansar, me mimó, siempre boca abajo sobre sus piernas y con la cara sobre el diván, yo solo lo dejaba hacer.

Pasados unos minutos me hizo parar y solo me dijo, "...vení..." me llevó hasta un sillón  metálico de un cuerpo, sobre el que yo había estado sentada tomando mate, y me hizo reclinarme sobre él, yo no discutí, solo con cierto desazón le pregunte tímidamente si seguiría entonces dijo:"... si, es necesario, pero no te preocupes no te voy a lastimar..." no sé porque confié en esa media sonrisa burlona que no se le borraba de la cara desde que habíamos llegado, pero así fue.

Estando en la posición indicada y de espaldas a él solo escuche un sonido con el que había fantaseado durante años, el ruido de cuero deslizándose por entre las presillas de un pantalón, al darme vuelta asustada la imagen que me encontré se me quedo grabada para siempre, tanto que cada vez que rememoro esa mañana y al volverlo a ver acomodando el cinturón entre sus manos detrás de mí, me sigo humedeciendo.

La verdad es que tuve miedo y se lo di a entender, pero él ya no dio explicaciones, solo tiró el primer cintazo sobre mi cola, fue duro, muy duroooooooooo, dolió, doliooooooooo mucho, pero resistí sin chistar. El segundo pegó con tal intensidad que la punta se adhirió a mi costado derecho dejando un surco de fuego, ahí me quejé y me retorcí y se dio cuenta que había sido muy fuerte, espero a que se me pasara un poco y aplicó dos mas, menos intensos pero igual de dolorosos, creo que había decidido que para ser la primera vez ya era suficiente y con toda la calidez de que es capaz, luego de la fortaleza con que aplica sus golpes, me llevó hasta el diván y me hizo el amor en un millón de formas y posturas distintas, cuidando y gozando de mi cuerpo, hasta quedar agotados los dos total y plenamente.

Ya era hora de comenzar a trabajar, hacia rato que había amanecido y ninguno de los dos se había dado cuenta, afuera era un día espléndido, pero nunca tan maravilloso como el que había amanecido allí adentro.

La despedida fue tan natural como el encuentro, se cambió ahí conmigo mientras yo me vestía también y de golpe apareció disfrazado de licenciado, que buen mozo que estaba por Dios, me acompañó hasta el "bondi" y me despidió con un abierto y tierno beso solo diciéndome "...hasta luego..."

FIN

La primera vez de Julia

 Autor: Spanker Látigo 

Sábado de esa semana 3.05 a.m.: 

Era de noche, el viento soplaba con intensidad, las calles lucían frías y casi desiertas. Pasaban de las tres de la mañana cuando Julia entraba al garaje a su edificio en auto. A través del ventanal que permitía divisar toda la planta baja, se veía al portero pesadamente dormido sobre su silla. 

Desde su auto, con su llave, Julia abrió la puerta levadiza del  garaje. Al traspasarla observó por su espejo retrovisor como la puerta se cerraba atrás de ella. Todo era quietud y penumbra.  

Estacionó lentamente su auto entre una columna y otro auto. Con paso inseguro empezó a recorrer los varios metros que la separaban de las puertas del ascensor. El silencio era absoluto, sus pasos retumbaban sin interferencia contra las paredes de hormigón. 

Algo nerviosa por la soledad del garaje Julia apretaba y apretaba en forma insistente el botón del elevador. Mientras esperaba recorría con su vista los autos estacionados en fila y las columnas grises que se repetían cada tres autos, todo tenuemente iluminado por focos de luz muy separados entre sí. Solo percibía quietud, silencio y su respiración un tanto agitada. El ascensor no llegaba y como rompiendo a su ansiedad tomó en forma repentina su celular y marcó una de sus memorias. Una distante voz femenina contestó:  

-Julia, bebé, ¿qué pasó ?-Ivonne ¿llegaste a tu casa?-No, todavía no. Estoy llegando.

-Estoy nerviosa. ¿Estás seguro que todo va a estar bien ?

-Julia, quedate tranquila, que todo está bien. Una locura la tiene cualquiera. Además Roberto no llega hasta mañana del interior... Imposible que se entere. Bueno corazón, estoy llegando a casa. Mañana hablamos. Te llamo. Besote.

-Hola, hola... (ya había cortado). 

El ascensor abrió sus puertas iluminando escasamente más allá de su marco. Julia entró, y apretó el  8 del panel digital. Durante el trayecto Julia se miraba en el espejo de ascensor y nerviosamente se acomodaba el pelo y su ropa. 

Al llegar abrió su cartera y revolviendo encontró las llaves. El pulso le temblaba un poco, pero no lo suficiente como para demorar de forma perceptible la apertura de la puerta de su apartamento. 

Cerró la puerta y suspiró. “Estoy en casa”. No prendió ninguna luz. La oscuridad la relajaba. Conociendo de memoria la ubicación de todos los muebles dejó su cartera y tapado sobre una silla del comedor. 

Caminó hasta la heladera y la abrió para tomar una botella plástica de agua mineral. La luz de la heladera arrojaba una suave penumbra que se diluía rápidamente por la blancura de la cocina. 

La respiración de Julia se cortó. Sus latidos se aceleraron en un instante al doble. La voz no le salía de la garganta. Un contorno masculino se recortaba nítidamente en la cocina. El fuerte sobresalto era por lo inesperado, no por el desconocimiento. En una exhalación Julia pudo pronunciar su nombre: “¡Roberto!” 

*     *     *    * 

Parada descalza en medio del dormitorio estaba Julia. Además de sus prendas más íntimas pudo mantener puesto su bucito de lana de manga muy larga que solo le llegaba a la cintura. 

El amplio dormitorio de Julia y Roberto estaba en sombras, salvo por un spot de intensidad  regulable que proyectaba un foco relativamente tenue, frente al espejo de la habitación. Bajo este haz de luz amarillento, Julia permanecía tímidamente de pie, con las rodillas casi tocándose, y el dedo gordo de un pie acariciando nerviosamente al otro. 

-Por favor Roberto ¿Por qué me estás haciendo esto? 

No hubo respuesta, solo silencio... Apenas se veía la silueta de Roberto, sentado en un sofá con las piernas cruzadas.  

-Roberto, por favor... estoy asustada. ¿Por qué me tenés aquí parada? Yo te puedo contar todo.  

 Roberto se paró y empezó a recorrer la habitación hasta detenerse atrás de ella. Julia sintió en su piel cuando Roberto enganchó sus dedos en el elástico de sus bragas. Quedó paralizada. En un movimiento firme se las bajó hasta las rodillas. Julia se estremeció, quedando sorprendida e íntimamente expuesta. 

-Empezá a decirme que fue lo que pasó esta noche Julia.

-No sé por donde empezar.

-Empezá por el principio. 

Julia suspiró, mientras hacía un esfuerzo por contener el llanto. Después de una larga pausa y viendo que no le quedaban muchas alternativas empezó a hablar...  

Miércoles de esa semana, 11 a.m.

Julia estaba en el juzgado sentada revisando unos expedientes. Otra mujer de muy similar edad se le aproximó con una sonrisa que parecía no caberle en el rostro. 

-¡Julia! ¿sos vos? (emocionada)

-¡Ivonne! Julia se paró y las dos mujeres se confundieron en un largo y afectuoso abrazo, para después intercambiarse prolongados besos en sus respectivas mejillas. 

-Julia, estás igual que siempre. Cuántos años.

-Vos también Ivonne. ¡Tenés el pelo corto ahora! Te queda bárbaro.

-Te recibiste por lo que veo (Julia sonrió)

-Por lo que veo vos también. (Ivonne sonrojada le devolvió la sonrisa)

-Julia, no puede ser que haya pasado tanto tiempo y no nos hayamos seguido viendo. Tenemos que recuperar el tiempo perdido ¡ya!  Vamos a tomar un café ¿Podés?

-¡Siiiii, vamos! En 5 minutos termino acá y vamos. 

*     *     *    * 

Desde el ventanal del Café Brasilero se veía pasar a  la gente muy abrigada por la calle Ituzaingó. El mozo se acercaba a la mesa de Julia e Ivonne con dos tazas humeantes de café con leche y dos porciones de torta. 

Con espontánea sinceridad y fluidez las dos viejas amigas empezaron a ponerse al día con sus respectivas vidas.

-¡Cuántos años Julia! Desde facultad que no nos vemos. Todavía tengo fotos de aquellos años. ¿Te acordás cuando militábamos en la federación de estudiantes..? ¿Te acordás Julia cuando nos fuimos de camping a Santa Teresa con toda la barra? ¿Que pasó con Roberto?

-(Julia sonrió) Vivimos juntos desde hace años.

-¡No te puedo creer ! Qué maravilla 10 años después y siguen juntos. Me alegro mucho. (El rostro de Julia adquirió cierto tono de preocupación.)

-No te alegres tanto, desde hace casi un año que no andamos muy bien. Los dos trabajamos mucho. Estamos distantes, con problemas de comunicación. Él tiene que ir muy seguido al interior y vuelve siempre tarde y cansado... Parece que siempre su atención está en otras cosas menos en mí.

-¡Bebé! tranquila, estás cosas pasan. Son rachas. Estamos en una edad de mucha entrega a nuestras profesiones.

-Sí, lo sé, pero me gustaría que estuviera un poco más arriba mío, que me cuidara un poco más. Que me dedicara más tiempo.

-Julia, hay momentos en que hay que revelarse contra la rutina, hay  que hacer algo distinto, algo que sorprenda y que encienda nuevamente la llama de la pasión.

-(Con ironía Julia pregunta) ¿Tenés alguna idea? Porque te juro que nada me viene funcionado con Roberto. Ivonne se rió muy expresivamente, y en forma solidaria le tomó la mano a Julia sobre la mesa. 

-Algo se me va a ocurrir (y le sonrió con mucha ternura a Julia)

-Bueno Ivonne, basta de hablar de mí. Hablame de vos.

-Tantas cosas. Estoy trabajando mucho yo también. ¿Sabés por lo que me dio? En mi tiempo libre, estoy en un taller de teatro aprendiendo arte dramático y psicodrama. No sabés el efecto que eso está teniendo en mí. Aprendí a verme, a verbalizar mis emociones, a manejar mucho mejor mi entorno afectivo.

-Ivonne, no puede ser que haya pasado tanto tiempo sin que nos hayamos visto. Dame tu celular.

-... y vos el tuyo. Ambas mujeres sacaron sus celulares y mutuamente se incluyeron en las memorias de los mismos.  Entre las dos se volvió a producir esa conexión íntima y mágica de antaño. Otra hora más de conversación fluyó casi sin que ambas se dieran cuenta. 

*     *     *    * 

Sábado de esa semana, 3:45 am

Julia permanecía bajo la tenue iluminación del spot. Sin levantar el tono pero con firmeza Roberto cuestionó:

-¿Qué más  pasó?

-Nada, me llamó el jueves y hoy fuimos junta a cenar.-

Julia... tu memoria necesita un poco de ayuda... y  pienso dársela.

-Roberto fuimos a tomar un vinito con unas tapas y ¡eso fue todo! 

Desde la penumbra Roberto se paró otra vez atrás de Julia, y le susurró en el oído: “Hubo más.” La tomó del brazo, y empezó a arrastrarla hasta la cama. Julia con sus bragas a la altura de las rodillas,  ensayaba una inútil resistencia, hundiendo sus talones en la moquete del dormitorio. No demoró mucho en terminar sobre las rodillas de Roberto. “ ¡No, no, no, no, Roberto! ¡Por favor!”. 

Roberto sosteniéndola de la cintura la puso en posición para recibir. Julia, incrédula de lo que está sucediendo yacía boca abajo sometida ante él. Ensayaba algunos leves pataleos nerviosos, que no hacían más que anunciar el inevitable destino. La pesada mano de Roberto cayó en el cenit de la cola de Julia, dejando una estela de ardor. Las posaderas de Julia se sacudieron, y un envolvente y seductor sonido de piel contra piel pareció envolverlos a ambos. Su mente tardó unos instantes en reaccionar para después emitir un muy sentido: “¡Aaaayyy Roberto!”. No demoraron en llegar más. Las nalgas de Julia empezaron a estar bajo un asedio permanente de fuertes palmadas.

-¡Ay, uy, ay, mmmmfff, Roberto basta! aaay, Roberto por favor ¡aaay!  Uy... 

Roberto no paraba de nalguear a Julia y ella no paraba de suplicar. En forma rítmica y sostenida por cerca de 15 minutos el ritual continuó.  

-Roberto.... aaayyy...  Roberto ¡por favor ! uuuy.... Mi cola ya es un fuego. Uuuy.

-¿Que fue lo que pasó Julia?

-Roberto, uuuuyyy. Por favor Roberto. ¡Por favor! me arde mucho.... I

mpotente y sin poder resistirse Julia sentía como el calor que se estaba produciendo en su cola se disipaba hasta el último de sus poros. Sus caderas hacían un leve movimiento pendular que lejos de evitar las nalgadas, en algunos casos las hacía más fuertes. -Aaay, por favor, por favor pará. Voy a contarte todo no sigas, por favor.-Escucho. Con su cola mostrando un amplio abanico de matices de rojo, Julia permanecía tendida boca abajo sobre las piernas de Roberto. Necesitaba una pausa. No quería demorar mucho por temor a que las palmadas empezaran de nuevo...  

*     *     *    *

Jueves de esa semana, 4:45 p.m. 

Julia estaba en el estudio, sentada en su PC terminando de redactar un oficio. En ese momento suena su celular. Ve por el captor que es Ivonne. 

-¡Ivonne! Que alegría saber que no tuvieron que pasar otros 10 años. (risas)

-¡Hola Julia! Escuchame, desde que nos encontramos ayer no pude dejar de pensar en reunirnos otra vez. Qué te parece si este viernes de noche salimos juntas. Julia tuvo algún instante de duda, para luego decir: 

-Roberto está en el interior, así que claro que acepto.-¡Esa es mi Julia!-A  las 10 de la noche, nos encontramos. Hay para un restaurante que se llama “Rueda”, está en Mignones y Joaquín Nuñes. ¿Lo conocés?

-Si lo conozco ¡me encanta! 

-Bien, no encontramos allí. Tengo muchas ganas de que vengas. Beso, hasta mañana.

-Beso para vos también Ivonne. Ambas cortaron. Le resultaba tan extraño encontrarse otra vez después de tantos años con su compañera de estudio tan querida. En su alma se alojaba la inexplicable sensación de estar por emprender un viaje hacia lo desconocido, lo cual por un lado la hacía temer, pero por otro no podía dejar de ir a su encuentro.  

*     *     *    * 

Viernes de esa semana 10:05 p.m. 

Era una fría y ventosa noche de viernes. Gracias a que un auto salía dejando el lugar libre Julia pudo aprovechar para estacionar muy cerca de la puerta del Restaurante al que se dirigían. El lugar presentaba el perfecto equilibrio entre decoración, iluminación y buen gusto. Lo primero que Julia divisó fue la barra, donde solo había un par de hombres de traje tomando un trago y conversando. 

Desde un apartado, una inconfundible mano quería llamar su atención. A Julia se le iluminó la cara con una sonrisa. 

-¡Hola Ivonne!

-¡Julia!  Qué suerte que llegaste. 

Ivonne se paró y ambas se abrazaron y besaron afectuosamente. Julia se sacó su tapado, y lo acomodó al lado del de Ivonne. Con elocuente naturalidad ambas mujeres se sentaron frente a frente. 

La alquimia instantánea que se produjo le provocó a Julia un cierto arrepentimiento por haber dejado pasar tanto tiempo. A pesar de que tenía otras amigas muy cercanas, con Ivonne sentía que existía una conexión muy espontánea y desprejuiciada. Ninguna acaparaba del todo la conversación: Las sonrisas, los gestos de asombro y las risas se intercalaban con los vasos de buen vino y los variados bocaditos servidos en bandeja de fino aspecto. 

El tiempo pasaba más allá de la percepción de ambas mujeres. La bebida obraba como perfecto catalizador para que la conversación se pusiera cada vez más íntima. 

-¿Por qué te divorciaste Ivonne? Digo... de veras, ¿qué fue lo que falló? 

Ivonne bebió lo que le quedaba de vino en la copa. Tomó la botella y volvió a llenar ambos copas. 

-Omar es un muy buen tipo. Buen padre, buena persona. Julia, yo siempre fui muy independiente, económicamente hablando, afectivamente hablando, y de todas las formas posibles de imaginar. Esto nunca fue un problema para él

-Pero ¿y entonces?

-En algún punto tuve la necesidad incontrolable de que me pusiera algunos límites, sin sacarme libertad, pero que me marcara la cancha.

-¿Marcarte la cancha? (Ivonne se sonrojó)

-¡Sí! es difícil de explicar lo que necesitaba...

-Sé que hace mucho que no nos vemos, pero Ivonne... por algo estamos hoy aquí recuperando el tiempo perdido. La rutina y el trabajo nos llevó a alejarnos, pero siempre fuimos íntimas. Eso no lo olvido. Yo estoy sintiendo la misma confianza que tenía con vos en aquellos años. Somos mujeres y amigas... Me parece que el vino me está haciendo efecto... cuando tomo cambio de introvertida a extrovertida. 

Ambas mujeres rieron. Julia siguió hablando. 

-... Lo que vos me contás es parecido a lo que yo te conté el miércoles en el café... quizás nos podamos ayudar mutuamente. 

Como tomando coraje para hacer una confesión íntima Ivonne suspiró profundamente. 

-Te voy a contar algo que nunca le conté a nadie... 

Ivonne tomó la mano de Julia y apretándola le dijo: 

-...y te pido lo mantengas en reserva. Yo siento que puedo confiar en vos. 

En respuesta Julia le devolvió una mirada cargada de ternura y entendimiento. 

-Podés confiar en mí Ivonne.

-Cuando tenía 16 años, yo iba a clases particulares de Matemáticas con un muchacho que era mayor que yo. Vivía en el barrio, tenía 20 años. Era un estudiante de Ingeniería que le iba muy bien en su carrera. Mi madre conocía a sus padres, y como favor especial para ella me empezó a preparar para dar matemáticas. Fue la única vez que me llevé una materia a febrero. Yo iba a su casa, y en su dormitorio me daba clases a mí sola. Como sus dos padres trabajaban estábamos solos por lo general.  Para mí fue verlo y gustarme, todo uno. Era buen mozo, educado, cálido y paciente. Sabía hacerme fácil lo difícil, y con él entendí las matemáticas. Se llamaba Alfonso, yo lo llamaba “Profe”. No faltaba a una clase. Siempre hacía todos los deberes... siempre, pero no lograba llamarle la atención como mujer... Era muy exigente. Cerca la fecha del examen me mandó muchos deberes para el fin de semana. Me acuerdo que protesté, y le dije:  

-¡Profe, es mucho!...  ¿y que pasa si no hago los deberes?

-Entonces te vas a portar como una niña traviesa, y te voy a tener que castigar. Cuando me dijo “castigar” algo muy fuerte despertó dentro de mí... algo que parecía estar clamando por ser descubierto. 

-¿Castigar…? (pausa) ¿Cómo me castigarías Profe?

-Más vale que no averigües, y hagas todos los ejercicios que te mandé. El permanecía en silencio revisando lo me estaba mandando. Lo tomé del brazo, y mirándolo a los ojos le dije: 

-¡Profe, quiero saber que me harías!-No lo vas a averiguar por que tú vas a hacer todos los deberes que te mandé para el fin de semana.

-... y ¿si no los hago? 

Entre la atracción que sentía por él combinado por la enorme curiosidad que me provocaba su amenaza no podía creer lo que estaba haciendo, pero una fuerza interior no me permitía detenerme. Yo tenía que saber qué era lo que me iba a hacer. 

-Créeme, tú no vas a querer que cumpla mi palabra. Haz tus deberes. 

Sorprendida por los laberintos que me estaba conduciendo mi curiosidad no dudé en contestarle. 

-Como tú no me dices cómo me vas a castigar, yo no te voy a decir si voy a hacer los deberes. Nos vemos el lunes.   

Le dí un beso me di media vuelta y me fui. Me pasé el fin de semana entero haciendo los ejercicios, pero no pude resistir la tentación...  Dejé los deberes en casa, y el lunes me aparecí sin los deberes como si no los hubiera hecho.... A propósito fui con una falda muy cortita. Me di cuenta que él lo notó enseguida... 

-Ivonne ¡no puede creer que te dejaras estar de esta manera! El viernes es tu exámen. ¿Qué pasó?

-No pude hacerlos Profe.

-Ivonne ¡ese examen los vas a salvar!  Los ejercicios los vas a hacer ahora, aunque te lleve toda la tarde y la noche terminarlos.

-Pero...

-Nada de “peros”. ¡A trabajar!

-¡No!

-¿Cómo que “No”?

-¡No quiero! 

Como si alguien hubiera detenido mágicamente el tiempo, él permaneció mirándome, y yo mirando hacia el piso. Fue el silencio más largo de mi vida. “Dejá tus cuadernos arriba del escritorio.” dijo Alfonso con tono severo... Yo los dejé. El me tomó del brazo y me llevó hasta el borde de su cama. Se sentó cómodamente sin soltarme del brazo. Luego me puso sobre sus rodillas boca abajo. Era tanto el respeto que sentía por Alfonso que casi no ofrecí resistencia... Los latidos de mi corazón retumbaban en mi garganta. Dejó pasar un rato que para mí fue eterno. Después me levantó la falda, y bajó mis bragas hasta dejarme la cola  totalmente descubierta.  

Con la boca abierta, rostro mezcla de asombro y curiosidad, Julia escuchaba. Un inexplicable cosquilleo recorría su cuerpo. No sabía qué acotar. Sólo quería que Ivonne siguiera con su relato... 

-¿Qué pasó luego?

-Mi curiosidad se vió largamente satisfecha. Nada parecía detener la determinación de Alfonso. Nunca pensé que su mano fuera tan dura, y su brazo tuviera tanto balanceo. La lluvia de palmadas fue interminable. Al principio pataleaba un poco, luego lentamente me fui derritiendo sobre sus piernas. Al final casi lloro. Mis padres jamás me habían hecho algo así. Recibí la nalgueada de mi vida.

-¡Qué locura Ivonne! ¿Le contaste a tu Madre?

-¿Contarle a mi Madre? (pausa) Ni loca.

-¿Todo terminó allí? ¿Qué pasó después? Una expresión de nostalgia se instaló en el rostro de Ivonne. 

-Me puso en penitencia.

-¿Cómo?

-Me mandó al rincón con la falda levantada y las bragas tal como la había dejado él.

-¿..y vos fuiste?

-Sí. Me quedé hasta que el me sacó de la penitencia. Luego le pedí para ir al baño. (pausa) Me miraba las nalgas en el espejo. Me habían quedado como un tomate. Me las toqué y eso me produjo una sensación imposible de describir.

-¿Te fuiste?

-Si me fui ¡já! No Julia, me quedé. Hice todos los ejercicios. Todos los que me había mandado otra vez, y más. Al día siguiente fui otra vez e hice más ejercicios matemáticos. Él me los ponía cada vez más difíciles, y yo los resolvía. Salvé el examen con 91 sobre 100. Estaba tan feliz que a la primera persona que fui a ver a la salida del examen fue a Alfonso. Él se puso muy contento y me regaló un chocolate.

-Ivonne, pero ¿no fue traumático para vos esa experiencia? 

Ivonne miró a Julia con lágrimas en los ojos. 

-Fue una de las experiencias más maravillosas de mi vida. Sin prácticamente hablar, Alfonso me ayudó a descubrir que yo era una spankee. Nunca hicimos el amor, no porque yo no lo deseara, pero meses después se fue becado a Bélgica y nunca más lo vi. Para mí ese día fue más importante que el día que perdí mi virginidad.

-¿Spankee? ¿Así llaman a las mujeres que les gusta que las nalgueen?

-Es más que eso. Pero a grandes rasgos, sí.

-Toda esto surgió cuando te pregunté por tu divorcio. ¿Como se conecta esto? (profundo suspiro de Ivonne)

-Después que se fue Alfonso, yo me negué a mí misma que era una spankee. ¿Uruguaya reprimida yo? (ambas mujeres rieron a coro). Me llevó algunos años y psicoterapia aceptarlo. Entendí que era quien soy, y que negármelo era ir en contra de mi propia naturaleza. Todo esto me ayudó a vencer dos cosas, mi miedo y mis prejuicios. Un buen día encaré a Omar y le dije que necesitaba que me pusiera límites, y si no los respetaba que me nalgueara duro y parejo. No me contestó enseguida... Un buen día me invitó a tomar un café, y me explicó que me respetaba pero que eso no era para él.  

Ivonne extendió su mano, tomó su cartera y extrajo un pañuelito con bordados. Se lo llevó a los ojos. 

-Linda…. ¿qué te pasa? Hablemos de otra cosa si querés.

-No Julia. No sabés la necesidad de contar todo esto que tengo. ¿Te aburro?

-¿Vos estás loca? Ni el Código Da Vinci me atrapó de esta manera. Por favor, seguí hablando.

-Después dar muchísimas vueltas sobre ese y otros asuntos que tampoco funcionaban, decidimos separarnos... Yo le expliqué que no era violencia doméstica. Que iba a ser muy bueno para nuestra pareja. Que nos iba a hacer mucho bien a nuestras autoestimas. Pero no lo entendió...

-Ivonne, no sabés cuánto lo siento.  

Julia extendió sus brazos y puso sus manos sobre la cara de su amiga. Ivonne tomó las manos de Julia y las sostuvo. 

-Seguime contando Ivonne.

-Omar pasó. No fue fácil, pero pasó. Nunca dejé de pensar en Alfonso, pero sé que sigue por Europa, y está instalado allá. 

Ivonne suspiró con un profundo alivio. 

-No sabés la necesidad que tenía de decir todo esto. Ninguna amiga mía es tan buen escucha como vos. (Julia sonrió, y le apretó ambas manos)

-Cómo pudimos dejar pasar tanto tiempo, tenemos que recuperarlo urgente. (pausa) Ivonne es viernes, y la noche es joven, vamos para la Ciudad Vieja para cambiar de aire. -Ivonne sonríe ampliamente.-¡Sí, claro que sí! 

Ambas mujeres terminaron tranquilamente su entremés. Pagaron la cuenta, y luego en sus respectivos autos iniciaron la marcha hacia la Ciudad Vieja. 

Sábado de esa semana, 4:05 am 

Roberto puso a Julia de pie, para luego mediante su mano conducirla gentilmente hasta la pared. Julia frotaba con suavidad sus nalgas ardidas. Roberto la terminó de desvestir dejándola completamente desnuda, con sólo sus pulseras y collar puesto. Contrastando con la fría noche de invierno la temperatura del dormitorio era agradable. 

Julia sintió como los dedos de Roberto recorrían su espina dorsal, esto le provocó un profundo suspiro. Desde atrás Roberto acercó sus labios a la oreja de Julia. 

-¿Qué más pasó esta noche Julia?

-¡Nada Roberto! Fuimos a la Ciudad Vieja, tomamos un par de tragos más, picamos algo, bailamos un poco, y me vine para casa. 

El tono de voz de Julia sonaba como la de una niña que estaba ocultando una travesura. 

-Manejaste después de haber tomado dos tragos... ¿más todo lo anterior?

-Bueno... Sí... pero manejé con cuidado....

-¿Qué bailaste?

-Rock y Rítmica, música divertida. Por favor Roberto....  

Roberto sacó del bolsillo de su camisa una hoja A4 doblada en cuatro. Lentamente la  desdobló y la contempló con expresión neutra. Con mirada severa se dirigió a Julia. 

-No se puede negar que la calidad de las impresiones es cada vez mejor. ¿No opinás lo mismo? 

Julia voltea su cabeza tratando de mirar de reojo el papel impreso.  

-¿Querés verla?   

Roberto le acerca la hoja a Julia, quien la toma pero no logra distinguir bien su contenido.  

-Acercarte a la luz. 

Julia empieza a caminar hacia el foco de luz, haciendo que éste bañe por completo la hoja impresa. Sus ojos incrédulos la recorrían de punta a punta. Su boca en gesto de asombro se abría cada vez más, su garganta se secó, y no pudo emitir palabra. Roberto sirvió medio vaso de agua mineral y se lo ofreció a Julia, quien lo bebió con expresión de alivio y ojos cerrados.  En la impresión se podía ver a dos mujeres danzando sobre dos mesas distintas rodeadas de gente bailando. La única prenda que ambas mujeres lucían era sus diminutas bragas. Una de ellas era inconfundiblemente Julia. 

-Roberto, lo puedo explicar... fue un momento de locura... ¿Cómo te llegó esto?

-A la luz de la evidencia Julia, las preguntas las hago yo.

-Roberto ¡por favor! 

Roberto caminó hasta la cama y puso dos almohadas apiladas en el centro de la misma. Una sensación de extrañeza recorrió el cuerpo de Jullia. 

-¿Qué vas a hacerme Roberto?

-Acostate boca abajo sobre la cama.

-Papito... por favor... no lo voy a hacer más.

-Ahora Julia. 

Julia abrazó a Roberto y empezó a llorar, y él la contuvo en silencio. Después de un rato la tomó del brazo y la acompaño hasta el borde la cama. Ella se arrodilló sobre el borde la cama para luego con sus brazos hacia delante ponerse en posición. Las almohadas dejaban sus posaderas en posición saliente. Extendió sus brazos y hundió sus dedos en el acolchado que cubría la cama. Roberto desabrochó su cinturón y se lo sacó, Lo dobló en dos. Parado al costado izquierdo de Julia la observaba con detenimiento. 

-¡Papito, por favor! ¿Qué me vas a hacer?  

Una extrañísima sensación mezcla de temor, ansiedad, excitación y arrepentimiento recorría el cuerpo de Julia. Un cosquilleo nervioso y casi tangible unía su paladar con su ingle.  

-Ahora si Julia, ¡toda la verdad...!  

Sábado de esa semana, 2:15 am 

Ambas mujeres entraron a un  resto-pub bailable llamado “Luna Menguante” sobre la calle Bacacay. Era un lugar pensando para los de treinta y pico en adelante. Eligieron una mesa, ordenaron bebida y se sentaron. 

-Aquí me parece que hay más onda para divertirnos.

-Julia mirá en aquella mesa hay unas amigas, son dos boludas pero muy divertidas. Vení vamos a saludarlas. Ambas mujeres se levantaron y se dirigieron a la otra mesa, donde había otras dos mujeres. 

Después del ritual de las presentaciones, Julia no recordaba cuál era María José y cuál Magela.  Gracias a las bebidas que seguían corriendo generosamente las cuatro mujeres rápidamente entraron en confianza. Después de un rato salieron todas a bailar. Con la música Fito Paez, Peter Gabriel, Jaime Roos, Carly Simon y el Negro Rada, el ritmo y la temperatura de la cruda noche de invierno iba en aumento. El punto de inflexión llegó cuando a través de los parlantes empezó a escucharse “You can keep your hat on” de Joe Cocker (la canción que inmortalizó Kim Basinger con su escena de desnudo en Nueve Semanas y media). La pista de baile se alborotó. Una de las chicas, Magela, se acercó a Julia y le dijo al oído “Gordita, estoy seguro que no te vas a animar a seguirme”. Se alejó bailando, y con la ayuda de un par de galanes se subió a una mesa y siguió bailando pero de forma muy provocativa. A medida que la canción discurría empezó a desabrocharse la blusa. Ivonne y Julia miraban con asombro. “¡Está Loca!” dijeron a coro. María José, que presentaba ya ciertas señales de intoxicación no paraba de reírse. 

-Ivonne, esta hija de puta me llamó “gordita”.

-No le prestes atención. Te dije que son unas boludas. 

La blusa de Magela ya estaba totalmente desabrochada, con movimientos sexies que acompañaban el ritmo la sacó con lentitud. Hombre y mujeres no paraban de aplaudir. También se podía divisar algunas damas muy molestas con sus acompañantes masculinos. Magela miró a Julia a los ojos y vocalizó en forma inconfundible “Gordita”. Algo había hecho clic dentro Julia, los impulsos tomaron el control en su mente desplazando a la razón. “Gordita, pero me defiendo hija de puta” pensó Julia. 

Con la ayuda de una silla Julia se subió a otra mesa, y empezó a bailar... La multitud enloqueció. Julia abrió su blusa, y después de agitarla con delicada suavidad, la tiró. El duelo estaba instalado... 

-¡Julia estás loca!!  Por favor ¡bajá!  (Pero los gritos de Ivonne eran inútiles) 

Magela se desabrochó la falda y con movimientos de contoneo se la sacó por los pies, quedando con mirada desafiante hacia Julia. Esta no dudó, siguió bailando, y rápidamente también voló su falda.  Ivonne corría de un lado a otro recogiendo prendas. Ambas mujeres ya estaban en ropa interior, la situación no podía ser más caliente. Magela se desabrochó el brasier, y mirando de reojo lo dejó escurrir por sus brazos.  

-¡Julia, basta! (gritaba Ivonne) 

Julia la miró derecho a los ojos, también se desabrochó su brasier, se lo sacó y tiró hacia un costado. La única prenda que cubrían a las respectivas damas eran sus diminutas bragas. Magela empezó a jugar con el elástico de la suya empezando a hacer amagues de sacárselo. Julia sintiendo que sus bragas eran su último reducto también empezó a jugar con el elástico, pero no quería avanzar más, pero ¿perdería el duelo? Repentinamente Ivonne subió a la mesa con un tapado y cubrió a Julia, ambas bajaron con ayuda de la mesa. María José le gritaba a Magela para que bajara también, quien con algunos tropiezos obedeció. 

A coro los concurrentes empezaron a gritar “¡Empate! ¡Empate!”.    

*     *     *    *

En el enorme baño de mármol negro del lugar, con la ayuda de Ivonne, Julia se terminaba de vestir. Los estados de ánimos fluctuaban desde la culpa hasta las risotadas. Tanto la bebida como la excitación habían dejado sus huellas en los rostros de ambas mujeres. Julia primero se refrescó con toques de agua fría en la cara, para después quedarse mirando en el enorme espejo de pared a pared. 

-Dios mío Ivonne ¿qué hice?. Me enloquecí.

-Quedate tranquila. ¿Viste a alguien conocido?

-No que me diera cuenta. Fue un momento de locura, que quizás debas tomarlo como un momento de liberación.

-No sé qué me pasa esta noche Ivonne, quizás sea la bebida, pero me siento distinta. No he podido dejar de pensar en lo que me contaste que te hizo Alfonso cuando tenías 16. 

Ivonne quedó sorprendida, no sabiendo qué contestar. Se tomó un momento: 

-¿Que te provoca?

-(pausa) …es raro. Curiosidad, ansiedad...

-Dejalo salir.-¿Que lo deje salir? ¿Cómo?

-No lo reprimas. Sé vos misma. 

Mientras se hace algunos retoques, Julia queda sumida en la reflexión, mirándose al espejo.  

*     *     *    * 

Julia e Ivonne van caminando hacia sus autos en silencio, luego ambas se abrazan. 

-Qué lindo fue volverte a ver.-Lo mismo digo Ivonne. ¿Vamos a vernos la semana que viene?

-¡Por supuesto! Tenemos mucho de lo cual seguir hablando.

-Me divertí mucho contigo esta noche, sentí que volvimos a aquellos años en que salíamos juntas con el resto del grupo.

-Te estoy llamando el lunes Julia.

-Claro que sí. Cuidate. 

Ambas mujeres se volvieron a abrazar y besar.  

Sábado de esa semana, 4:35 am 

Julia ya había confesado. Por un lado se sentía aliviada, por otro sentía que con Roberto parado a su lado con cinto en mano, y ella desnuda en posición sobre la cama, el veredicto iba a ser culpable. 

-Julia, jamás fui un obstáculo para salieras con tus amigas, ni lo pienso ser, pero vos corriste un riesgo y yo te pesqué, no te vas a librar de un buen castigo por lo que hiciste.

-Pero por favor Roberto, ¡por favor! Fue un momento de locura. Te prometo que me voy a portar bien.

-15 azotes,  y los vas a contar uno por uno.

-¿15? ¡Por favor mi amor! Mi cola ya recibió sufrió bastante.

-20-No, no, mi amor, 15 está bien.

-20 ¿o vas a querer 25?-

No, no, no, no 20 está bien. 

Julia respiró profundo, cerró los ojos y apretó fuertemente el acolchado con sus puños... Slash!!! El primer cintazo cayó a pleno sobre sus nalgas, sacudiéndolas fuertemente y dejando una franja de ardor de lado a lado... “Aaaaaaayyyy Papito, aaaayyy”. Al rato otro azote aterrizó, pero esta vez más cerca de la unión con sus piernas... Con intensidad y pasión Julia pronunció: “Uuuuuy Roberto... te prometo, te prometo que me voy a portar bien, te lo prometo!!!”

 -No empezaste a contar.

-Dos, dos, Roberto van dos. 

Ceremoniosamente fueron cayendo los azotes uno a uno, quedando la cola de Julia con un centro muy rojo, y franjas coloradas que salían en todas las direcciones. Estoicamente Julia los contó todos. Muy caballerosamente Roberto la puso de pie y la condujo al rincón, donde ella esperó un buen rato. Luego sintió que él empezó a frotarle crema por las nalgas. La sensación le resultaba de enorme alivio y placer. En medio de una marea suspiros inclinó su cabeza hacia atrás y le dijo: “Gracias Señor”.

Fue la primera vez que lo vio sonreír esa noche. 

A Julia le resultaba casi imposible compilar todas las sensaciones y emociones que había vivido. Roberto la tomó del brazo y la llevó de vuelta a la cama donde se acostaron juntos. Hasta que los sorprendió el amanecer; las penumbras fueron cómplices de sus silencios, y los silencios de sus pasiones.   

Lunes siguiente 9:15 am 

Julia llegó a su trabajo, mostrándose relajada, muy sonriente y con un paso más cadencioso que de costumbre. En su camino se cruzó Lorenzo Santos, uno de los abogados veteranos de la firma. 

-Hola Julia. Qué bien se te ve hoy.-Muchas Gracias Lorenzo... tuve un fin de semana... entretenido. ¿Cómo fue el tuyo?

-¡Bien gracias! Tranquilo, en casa disfrutando de mis nietos que me vinieron a visitar. Parece que tenés un admirador secreto.

-¿Admirador secreto? ¿A que te referís?

-Cuando veas tu escritorio te vas a dar cuenta. 

Julia puso cara de duda y siguió avanzando Al llegar a su escritorio la sorprendió un ramo de rosas rojas en una copa con un pequeño adherido a su costado. Notó como todos sus compañeros la miraban de reojo. Con su mayor naturalidad ella se sentó. El apoyar sus posaderas en su sillón le hizo recordar que la próxima lo hiciera con más cariño. Tomó las flores y las olió. Despegó el sobre de la copa y lo abrió. Extrajo un tarjeta blanca que lucía la siguiente frase: “La próxima vez que quieras bailar desnuda, hacelo para mi. Roberto”. Con cierto histrionismo se dirigió al resto de sus compañeros: “Lo siento chicos, muy privado”. Todos rieron a coro. El evento dio lugar a muchos chistes de oficina que hicieron de ese lunes, un lunes distinto para Julia. 

En plena faena de oficina suena su celular y por el captor ve que es Ivonne, con disimulo se levanta y dirige a la sala de reuniones que estaba vacía. 

-¡Ivonne! No te imaginás todo lo que me pasó. Ahora estoy con ramo de rosas arriba del escritorio, pero no sabés las que pasé.

-¡Contame!-Roberto me estaba esperando en casa cuando llegué...  Tenía una foto mía bailando sobre las mesas de Luna Menguante. ¡No lo podía creer! Yo te dije que fue una locura, debió haber algún conocido de él allí. Alguien me sacó una foto con un celular y se la mandó.

-Pero ¿qué te pasó?

-Imaginate…

-¡Nooo! Te puso sobre sus rodillas y te...

-¡Si Ivonne! Me nalgueó. Me dejó la cola rojo fuego. Pero ¿quién pudo haber estado allí? (largo silencio)

-Fui yo Julia.

-¿Cómo? ¿Cómo que fuiste vos?

-Fui yo la que le mandé la foto desde mi celular. Primero busqué el número de Roberto en el tuyo, y luego se lo mandé.

-Pero ¿vos estás loca? ¿Por qué me hiciste eso? No lo puedo creer. ¿Vos sabés cómo me quedó la cola? Porque sabés que después de las nalgadas vino el cinto. ¿En que estabas pensando? No lo puedo creer.

-Pensalo bien Julia y decime, ¿quién es la que ahora tiene la atención de su marido? (silencio)

-¿Quién es la que tiene el ramo de rosas rojas sobre su escritorio? (silencio)

-¿Quién es la que debe haber pasado un sábado y domingo de reencuentro? (silencio)

-Pero...  yo... yo... no sé si mandarte al diablo o agradecerte...

-Julia, mientras lo pensás, agendate para el jueves de tarde “Ir a tomar el té a lo de Ivonne”. 

FIN

Un solo motivo...

Autor: Selene.

Para Xana

...Se había convertido en el centro de su universo, lo único que realmente llegaba a importarle y hacerla feliz. Cada momento a su lado era único y los recuerdos la acompañaban durante mucho tiempo después de que cada uno de ellos se marchara tras los días de placer compartido.  

Cuando llegó a él, solo era una mujer caprichosa que había perdido el norte y a quien no era posible dominar y ahora se sentía única entre miles, distinta entre iguales y apreciada como un escaso bien que tenía el justo valor que él había sabido imprimirle con su extraña relación.  

No podía explicarse a sí misma sus reacciones en los últimos meses y como desde que conoció a aquel hombre su vida estaba cambiando, se había transformado en un remolino que no podía controlar y sin embargo el movimiento la hacía sentirse plena y feliz.  

Él descansaba sobre la cama, desnudo, tranquilo, mirando a través del balcón cómo las luces del atardecer se iban apagando mientras daban paso a una hermosa y cálida noche. El ruido amortiguado de los coches que transitaban la avenida más que molestar contribuía a adormecerle mientras repasaba mentalmente lo ocurrido unos momentos antes.  

Al otro lado de la pared, el agua de la ducha llevaba corriendo unos minutos y la imaginaba desnuda enjabonando su cuerpo y dejando caer el agua tibia sobre sus nalgas mientras enjuagaba su pelo. El mismo pelo casi dorado que minutos antes él había apartado de su nuca para besarla en el cuello…  

La nitidez de los recuerdos le hizo volver a sentir una erección y sonrió mientras se daba la vuelta para disfrutar de las escenas fugaces que se estaban fijando en su mente con el mero hecho de rememorarlas en ese instante.  

Una vez más ella había comenzado a besar su boca y la sentía estremecerse entre sus brazos con cada una de sus caricias. Recorrió su cuerpo con los labios, bajando por el cuello hasta su pecho mientras la sentía gemir de placer, ahogando levemente los profundos suspiros que escapaban de sus labios entreabiertos. Los ojos cerrados, ausente en la inmensa entrega que comenzaba en ese mismo momento con una pasión no sentida por ninguno de ellos hacía mucho tiempo.  

La recorrió por completo, sintiendo como ella se excitaba cada vez más y como sus gemidos se iban haciendo cada vez más intensos. Agarró su pelo con firmeza haciéndola echar hacia atrás la cabeza para dejarle libre el acceso a su cuello, mordiéndola, deslizando su lengua hasta su pecho, llenándola de besos mientras ella se dejaba amar en el silencio interrumpido por el sonido del placer para después ser ella quien le besara con toda la pasión que sabía imprimir a cada instante juntos.  

Se recreó en cada movimiento de ambos al desnudarla despacio, con la sensación de estar desenvolviendo un regalo dentro del cual le esperaba una sorpresa, hasta poder mirarla tapada tan solo por aquel conjunto de encaje blanco bajo el cual solo quedaba su sexo, húmedo ya con total seguridad a juzgar por el placer que ella expresaba en sus movimientos y su mirada.  

Arqueaba la espalda en una tensión infinita, mientras él, con sus dedos iba recorriendo todos sus rincones acompasado por el movimiento de sus caderas justo antes de tumbarse y recibirla a ella abierta sobre su cuerpo, penetrándola, haciéndola gritar de placer en cada uno de los movimientos acompasados con los que se deshacía en un momento único que él no hubiese querido que terminase nunca. 

Una vez alcanzado el clímax, con la piel aún tibia, la respiración jadeante y los ojos con ese brillo intenso que le quedaba tras lo momentos más intensos, ella se acercó a su oído, murmurándole, provocándole, recordándole que era una chica traviesa con muchas cosas pendientes con él. Y sí que lo era, la más caprichosa y rebelde que había conocido, pero en ese momento solo quería acariciarla. Ella siguió insistiendo, haciendo sonar el timbre de su voz mucho más infantil e inocente… pero él no sentía deseos de seguir el juego, solo quería abrazarla y sentirla suya en ese instante.  

Casi parecía vencida en su empeño cuando adoptó la actitud de niña desobediente que tanto le excitaba a él y que le hacían desear ponerla en sus rodillas y sintiendo como crecía en él un fuerte anhelo de azotarla la tomó con fuerza de las muñecas atrayéndola hacia él, provocando en ella una falsa resistencia mientras él la asía con más fuerza, sabiendo que solo era una forma de alargar el momento de dar comienzo a su juego.  

Sobre sus rodillas la tenía voluntariamente indefensa, era su spankee, la mujer con la que compartía un sueño y empezó a azotarla sobre las braguitas, buscando los lugares menos cubiertos por ellas, bajando con sus azotes hasta el lugar que marcaba el final de las nalgas, donde ella más se movía al recibir los azotes expresando verdadero disgusto y así, la nalgueó durante largo rato antes de bajarlas finalmente y observar el contraste entre el blanco que él retiraba y el rojo de las nalgas.  

Mientras subía la intensidad de los azotes, alternaba con caricias sobre la piel cada vez más caliente, buscando con sus dedos la humedad del sexo que él veía con absoluta libertad en esa postura, explorando con sus dedos y haciéndola debatirse nuevamente entre gemidos. Azotándola una y otra vez subiendo más y más la intensidad para sentirla tan suya que jamás hubiera imaginado sentir eso con una mujer en sus rodillas…  

La azotó sin descanso hasta que la escuchó llorar… apenas un sollozo al principio, creciendo en intensidad según él seguía azotándola con la palma de su mano que caía rítmicamente sobre las nalgas desnudas provocándole aquella sensación de bienestar tan intensa tras lo cual la incorporó para sentarla en sus rodillas, las mismas que un momento antes habían servido para deleitarse con ella en esa ceremonia tan íntima que ambos compartían hacía tiempo. Le secó las lágrimas, besó sus ojos, sus mejillas y luego sintió que debía decirle algo que había rondado su mente unos minutos antes: Cada vez me cuesta más azotarte sin motivos, estoy empezando a quererte demasiado”. 

Ella recuperó su altivez innata, le miró a los ojos y le dijo algo que si bien él sabía que no era más que una estrategia para mantener su deseo por azotarla, se le clavó de alguna forma en el centro de su pecho al escucharla decir: “¿Quieres un motivo? voy a darte uno solo… si tu no lo haces, habrá otro que lo haga”. Suficiente estímulo para actuar como lo hizo de inmediato, depositándola sobre la cama, justo encima de los almohadones y azotándola con el cinturón hasta que ella suplicó que parase empezando a arrepentirse de las palabras que acababa de pronunciar. Y ahora, él reposaba cansado sobre la cama, después de haberla poseído con furia y ella se envolvía en una toalla frente a él, con las nalgas aún rojas en las que las bandas que había dejado el cinturón se distinguían nítidas aún y les harían recordar durante toda la noche que ambos eran lo que eran y eso, nunca podían olvidarlo. 

Historia: lavar los platos

Autor: Rex Mauro 

Ella sabía que debía lavar los platos, pero no tenía ganas de nada, simplemente era más fácil tenderse en la cama a ver televisión, hora tras hora, sin ninguna presión y sin ninguna emoción, en el más absoluto aburrimiento. Al fin, llegó su marido, la saludó con un beso, fue a dejar sus cosas y se sentó en la mesa, diciendo, "sírveme comida". Ella, un poco temerosa, le contestó: "no hice comida" y al decirlo, con sólo mirar la expresión de su marido, pudo sentir mariposas en su estómago y en medio de sus piernas, una sensación sólo comparable a sentir un brusco e inesperado descenso en un bache en un avión, o una brusca desaceleración en una montaña rusa. Entonces él, con furia, se puso de pié, fue a dónde ella estaba, y acercándose casi al punto de estrellar su cuerpo con el de ella, le gritó en forma insultante, arrojando algo de saliva a su cara: "¡qué diablos significa esto!, ¡trabajo todo el día y tu no eres capaz de hacer una simple cosa!". Ella al escuchar esto sintió que sus piernas temblaban, sus rodillas se flexionaban un poco involuntariamente, su sangre se helaba, su corazón latía a mil por hora haciéndola sentirse algo mareada, al tiempo que algo ocurría en su bajo vientre, algo que no podía evitar, por cuanto sentía que tendría que pagar su falta con dolor y humillación, una humillación que no respetaría su condición de mujer... era muy claro que iba a ser vejada, golpeada, desnudada, insultada, obligada a pedir disculpas y finalmente violada por su propio marido.


En el intertanto, su marido fue a la cocina, y con gran sorpresa encontró una enorme pila de platos, amontonados en completo desorden, llenos de grasa y aceite. "Esto ya basta!" gritó, la tomó de un brazo, la empujó a la cocina, tomó una cuchara de palo, le bajó el pantalón de buzo que ella llevaba, y comenzó a golpearla rabiosamente en sus nalgas. Ella suplicó que parara, comenzó a sentir mucho miedo, a desesperarse, trató inútilmente de detenerlo, pero él era muchísimo más fuerte. El dolor no cesaba... al final las lágrimas brotaron, entonces el castigo paró, y ella quedó de rodillas en el piso de la cocina con la cara llena de lágrimas, sus piernas y nalgas desnudas, y su buzo y sus calzones ridículamente a la altura de las rodillas. Entonces él la arrastró de un brazo al living, mientras ella ridículamente trataba de caminar sin poderlo hacer porque el buzo a la altura de sus tobillos se lo impedía. Debió resignarse a ser arrastrada por el piso, sintiendo una gran impotencia de no poder pararse y caminar, lo cual era en extremo humillante. Fue arrojada sobre una alfombra llena de finos cojines, a los pies de un sofá, boca abajo, dejando expuestas sus bellas y castigadas nalgas. Mientras sollozaba y respiraba dificultosamente sobre los almohadones, y mientras acariciaba con una mano su castigado trasero, moviéndose boca abajo sobre los almohadones, comenzó a sentir un gran alivio de que hubiese terminado el castigo, alivio reforzado por el roce de las suaves telas de los almohadones sobre su piel, sus suaves muslos, su entre piernas. Estaba así boca abajo, sollozando, moviéndose lentamente, para calmar el dolor, cuando vió que arriba su marido se estaba sacando el cinturón, con la cara llena de satisfacción sádica, y le decía "ahora vas a ver quien manda y qué te pasará si me desobedeces" .


Era demasiado, nuevamente sintió ese latir de su corazón que la dejaba mareada, ese congelársele la sangre, aunque ahora comenzó a desearlo, a desear que él la tocara, la castigara, la golpeara, la manoseara, la penetrara. Sus entrañas comenzaron a mojarse copiosamente en complicidad, esperando el castigo, para sufrir cada segundo de él, para experimentarlo, para gozarlo, para entregarse por completo a lo que fuese que él quisiese hacerle.


Él comenzó a azotarla con el cinturón, mientras ella respondía moviendo sus piernas, y meciendo sus caderas, contrayendo su pelvis sobre los almohadones, como si deseara que los almohadones la penetraran luego de cada golpe, en un movimiento que comenzaba a ser demasiado sensual para su castigador. Sensual eran también sus gemidos, como los de una mujer excitada que está en proceso de alcanzar un orgasmo. Golpe tras golpe, minuto tras minuto, dolor sobre más dolor, continuó el castigo. Súbitamente, la tomó de un brazo levantándola. Ella casi desfallecía, estaba como en trance, adolorida, humillada, avergonzada, desnuda, excitada... muy mojada. La dejó sobre el lavaplatos, y le ordenó "¡ahora floja de porquería, lava esos platos!". Ella, que no reaccionaba, cometió el error de no reaccionar lo suficientemente rápido. Error imperdonable, pues él tomó una finísima ramita de árbol, verde y muy flexible, y aplicó unos certeros golpes sobre sus nalgas. Eso la hizo despertar, al tiempo que casi la hace alcanzar un orgasmo. Comenzó a lavar los platos mientras apenas podía soportar el deseo de ser penetrada, de ser amada... en ese preciso minuto. Estaba muy angustiada, pero sabía que había un sólo camino... hacer la voluntad de él, porque no importaba lo que ella pensara o tratara de hacer, al final él haría su voluntad, y a ella le correspondía solamente obedecerlo, seguirlo, satisfacerlo, complacerlo, entregarse a él por completo. Minuto tras minuto, la angustia de desear ser penetrada continuó, mientras él manoseaba sus nalgas esparciendo crema para aliviarla, a lo que luego continuaba con nuevos y dolorosos varillazos. Finalmente, cuando los platos ya estaban todos limpies, bajó su cierre, extrajo su pene y preguntó, mientras colocaba el glande sobre las nalgas de ella: "Quién es el que manda aquí", a lo que ella respondió "Usted". Él la penetró analmente y ambos acabaron en un orgasmo mientras ella era empujada una y otra vez contra el lavaplatos.

FIN

Hechizo de amor en la noche de San Xuan

  Autora: Ana K. Blanco

INTRODUCCIÓN

De Xanas, Cuélebres, Trasgus y más...

Vivir en Asturias es una delicia para los seres que la habitan. Se trata de un "paraíso natural" como dicen las propagandas. Si vive frente al mar Cantábrico, se disfruta de sus playas, acantilados y esos paisajes marineros que conjugan en perfecta armonía la montaña y el mar. Y en las montañas interiores, el mismo cielo tiene envidia de los habitantes de este paraíso y las nubes bajan hasta las laderas de las montañas para acomodarse allí todo el tiempo que pueden antes de desaparecer.

Los bosques asturianos tienen un encanto especial y los seres mitológicos que en ellos habitan se esconden en las fuentes, las cuevas y caminan entre las brumas para que quienes los descubran no puedan tener total certeza de haberlos visto.

Esta es una historia tan real y palpable como una xana. Mi madre me la contaba de pequeña cuando hacía alguna travesura. En mi mente infantil y en mi memoria quedaron grabadas esas imágenes que ahora revivo y comparto con ustedes con algún agregado de mi parte.

Antes de comenzar con la historia, permítanme contarles quién es quién en la mitología astur.

Las Ayalgas o Atalayas: Aunque en las descripciones de los primeros estudiosos se utiliza el nombre para los tesoros, (ayalga = alhaja) mientras a las jóvenes doncellas que los custodian son conocidas como atalayas o ayalgas, semejantes a las xanas por su juventud, aunque no tan bellas. Parece que se diferencian de éstas en que las atalayas son mujeres y están siempre encantadas, mientras que las xanas no son humanas y rara vez estan encantadas. Debido a su penosa situación, presentan habitualmente una expresión de gran tristeza, cantando bellas pero melancólicas canciones, mientras el Cuélebre permanece atento a sus movimientos, excepto el día de San Juan, cuando entra en un sopor irresistible, momento en el cual es posible desencantarlas.

La xana es el nombre que reciben  las hadas en Asturias. Representan una entidad etérea de cuerpo juncal, cabellos rubios y ojos claros. Vive en las fuentes y se aparece a los caminantes reflejada en las aguas cuando estos acuden para apagar su sed. Son unas criaturas constructoras a las que se les atribuye la edificación de muchos dólmenes, que según la creencia popular no son más que los vestigios de los grandiosos palacios que erigieron.

El Trasgu: Este es el personaje equivalente al trasgo, que se conoce en el resto de España. Es una especie de duende travieso y juguetón, cojitranco y de corta estatura que por las noches se cuela en las casas para hacer las tareas pendientes y colocar las cosas en su sitio o, si está malhumorado,  romper objetos o cambiarlos de sitio con objeto de crear confusión... Viste un gorro colorado, y  un traje del mismo color. Tiene cuernos, rabo y un agujero en la mano por el cual se le escapa el grano que el aldeano le ofrece para hacerle  rabiar. Además de colarse en las casas, también lo hace en las cuadras del ganado al que molesta despertando a los dueños de los animales  por el revuelo y los ruidos.

El Cuélebre es un animal fantástico con cuerpo de serpiente y alas de murciélago,  lleno de escamas y tiene una larga cola. Se asemeja a un dragón o una serpiente alada. Emite silbidos muy molestos siendo muy temido por los hombres que viven en las proximidades de su guarida, los cuales, para darle caza, han de atravesarle  la garganta que es su único punto vulnerable, pues esas escamas que protegen su piel son excesivamente duras y resistentes. Vive en los bosques y cuevas y en la orilla de los ríos: su labor es guardar a las xanas y proteger los tesoros. Se alimenta de personas o ganado y cuando llega el fin de su vida terrenal se va a morir al mar, en cuyas profundidades custodia tesoros durante toda la eternidad.

HECHIZO DE AMOR EN LA NOCHE DE SAN XUAN

A mis padres, que me inculcaron

el amor por Asturias y sus tradiciones.

A Xana y a  todo el pueblo astur.

Claudio había conocido a Xulián en la fiesta de unos amigos comunes, y siendo un hombre que siempre se había sentido atraído por la mitología de los diferentes pueblos, escuchó con mucha atención a aquel asturiano que narraba historias fantásticas sobre hadas, duendes, brujas y demás personajes que pululaban por los bosques de Asturias. Luego de aquellas narraciones fantásticas, Claudio y Xulián se quedaron hablando durante horas. Al  retirarse,  dijo Xulián:

"Ven y pasea por los bosques de Asturias durante la noche de San Xuan. Quien sabe; quizás te hechice una Xana o una Atalaya y no puedas abandonar nuestra tierra..."

Esas palabras quedaron resonando en la cabeza de Claudio.  Estaban en plena primavera a finales de Abril, así que faltaban casi dos meses para esa mágica noche.

La segunda semana de Mayo, ya en tierras asturianas, comenzó a viajar y a "estudiar" todo lo referente a su mitología. Él sabía que estos personajes no existían, pero algo le decía que debía seguir investigando y aprendiendo lo  más que pudiera.

Así se enteró más profundamente de que las xanas eran seres encantados, parecidos a las hadas y de una belleza sin igual. Se diferenciaban de las Atalayas en que estas eran seres humanos, mujeres encantadas; casi siempre hermosísimas princesas. Ambas estaban custodiadas por el Cuélebre. Muchos más seres mitológicos fue conociendo Claudio: el Nuberu, el Busgosu, el Diaño Burlón, la Güestia, el Trasgu, las Bruxas...

En todo eso iba pensando aquella mañana mientras subía la montaña por el estrecho camino trazado por los caminantes y los carros. No hacía calor, pero aquella caminata le había dado sed y le habían indicado que un poco más adelante encontraría una "fonte" (fuente) donde podría beber. La divisó a lo lejos y a ella se acercó. Cuando tenía sus labios posados en el agua, abrió los ojos y vió el reflejo de una joven de ojos verdes, cuyo rostro de gran belleza enmarcaba su larguísimo cabello rubio. Se sobresaltó y miró por encima de su hombro, pero nadie estaba allí. Esperó unos segundos, volvió a mirar en el agua, y allí estaba la hermosa ninfa, mirándole con cierta picardía y desfachatez.

Claudio quedó inmóvil por la emoción y la sorpresa; ante sus ojos fue desapareciendo lentamente la imagen de la joven. Casi corriendo, llegó al pueblo de Villabolle donde estaba hospedado, y le contó a Jesús, su anfitrión, lo sucedido.

"Tranquilo hombre, tranquilo. Sólo has visto a Soñada, la xana que vigila el tesoro de la fonte de Francos. No te hará daño, pero puede usar sus encantos para enamorarte y eso sí es peligroso. Cuídate, no la mires si vas a beber agua allí, y sigue tu camino".

Claro que decirle que no fuera era como una clara invitación a que siguiera haciéndolo. Se fue a su sencilla habitación a dormir con el rostro de Soñada en su mente. Fue quitándose la ropa y doblándola ordenadamente, así como el resto de sus pertenencias.  A medida que las sacaba de los bolsillos iban a parar al cajón que oficiaba de mesita de noche... Se acostó en el camastro y luego de innumerables vueltas, se durmió. Entre sueños le pareció oír ruidos extraños, pero no lograron despertarlo. Al día siguiente, cuando ya asomaba el sol, se desperezó mientras el canto del gallo seguía anunciando el nuevo día.

Se sentó en la cama y, al mirar de reojo el cajón,... ¡se sobresaltó! Todos sus objetos estaban fuera de lugar y le faltaba el reloj. No entendía nada: los habitantes de aquella casa eran personas honorables y de confianza.  Negábase a pensar que alguno de ellos hubiera  entrado a su habitación para hacer aquel desastre estando él ni sin estar. ¿Qué habría ocurrido?

Pasó a la cocina para desayunar. En una pequeña mesa frente a la lumbre, estaba Jesús sentado en un banco saboreando una humeante taza de café. El pan de Grandas estaba siendo cortado por su esposa María, con una maestría que solo la costumbre de repetirla varias veces al día podía dar.

-"Buenos días", saludó Claudio.

-"Buenos días: adelante. Tome asiento. ¿Le sirvo un café?", preguntó solícita la dueña de casa.

-"Sí, por favor. Muchas gracias".

-"¿Qué le sucede Claudio? Parece que haya pasado algo... ¿está bien?", le dijo Jesús con gesto preocupado.

-"Bueno... la verdad es que...", no se animaba a contar lo sucedido y, bajando la mirada, calló.

-"Vamos, cuente, quizás le podamos ayudar".

-"Verá usted... no sé qué pasó, pero... esta mañana encontré mis pertenencias fuera de lugar, y me faltó el reloj. Soy una persona ordenada: sé cómo coloco mis cosas cuando me acuesto y estaba todo revuelto".

-"Ese fue el Trasgu", dijo María sin titubear. "En mi cocina también encontré desorden y de noche hubo estropicio de ollas y sartenes. Pero ya lo arreglaré yo"

-"Pero... pensé que el Trasgu no existía, que era una leyenda, un mito", dijo Claudio sin salir de su asombro.

-"Pues sí; existe querido amigo. Si no ¿cómo podría explicar lo que pasó?," le decía Jesús mientras revolvía el café- "Su reloj aparecerá donde menos lo imagine".

El desayuno transcurrió escuchando la explicación de María; le contaba que para que el Trasgu no molestara más, se le daban tres tareas, imposibles de cumplir para que él  que es tan orgulloso, al no poder hacer lo que se le mandaba, se marcha frustrado y deja de molestar. Las tareas encomendadas eran: llenar con agua de mar una cesta de mimbre, convertir en blanco una piel o "peleyu" negro de carnero, y por último llevar media copa de licor en su mano izquierda o bien recoger con esa mano el cereal que estaba desparramado en el suelo. El Trasgu tiene un agujero en la mano izquierda, así que, cuando intenta agarrar líquidos o cosas pequeñas, estas se le escapan por él.

Claudio no podía creer que esto le pasara a él y estuviera conviviendo con seres mitológicos. Sumido en esos pensamientos, dirigió sus pasos hacia la orilla del bosque. La naturaleza fue generosa con el suelo asturiano y le regaló una inmensa variedad de árboles. Es común encontrar abedules, avellanos, tejos, castaños, sauces, nogales, robles, encinas... y mirando su suelo se ven hierbas medicinales y también mágicas, como la ruda, la valeriana o la verbena, por solo nombrar tres de ellas.

Una densa nube estaba cubriendo el bosque, lo que no permitía distinguir claramente qué había unos metros más adelante, así que cuando vió moverse algo entre los árboles, pensó que sería un corzo. Se paró, agudizó la vista y distinguió una figura humana. Era... ¡una mujer! Vestía ropajes antiguos; un vestido de terciopelo azul que le llegaba a los tobillos, con las mangas largas y ajustadas. Su cabello dorado caía más abajo de su cintura y cantaba algo que no terminaba de comprender, pero que sonaba doloroso. Le gritó que se detuviera y ella lo hizo, mientras que se daba vuelta y le miraba de frente: tenía un rostro bellísimo, dulce y triste, muy triste. Parecía que estuviera a punto de llorar. Cuando estaba a pocos metros de ella, la chica comenzó a correr y desapareció entre la bruma y los árboles...

Una vez más debió recurrir a Jesús que le explicó con una paciencia infinita:

-"Sí; es Nadia, una princesa mora encantada que vaga por el bosque. Dicen que guarda los tesoros de Ricardín, escondidos en una cueva cerca de Escanlares. Como todas las Atalayas, está esperando que un hombre rompa su hechizo y pueda volver a ser un ser humano normal. Pero año tras año llega la fiesta de San Xuan y nadie logra desencantarla..."

Tras aquella declaración, Claudio iba día a día al bosque con la esperanza de volver a ver a aquella hermosa princesa. Pero esta no aparecía, así que, luego de varias horas de espera, se retiraba cabizbajo de camino al pueblo.

Mientras que Claudio consumía sus días entre la fonte y el bosque, varios ojos se fijaban en él. Por un lado Soñada, la xana traviesa que se había encaprichado con aquel hombre andaba siempre junto a Nadia. Juntas le perseguían sin ser vistas y  hacían alguna travesura que ponía una sonrisa en la boca de Nadia, siempre triste y melancólica.

Soñada era una xana como otras tantas; bella, sonriente, joven... pero se diferenciaba del resto por ser  traviesa. El Cuélebre que la cuidaba, debía estar siempre atento a esta ninfa que le sacaba escamas de todos los colores tratando de mantenerla a raya. Soñada había encontrado una compañera de juegos y travesuras en Nadia , siempre  tratando de animarla, aunque le resultaba muy difícil. Así que cuando vio a Claudio y estando tan cerca la esperada fiesta de la noche de San Xuan, trató de idear un plan para que él pudiera desencantarla, pero antes... se divertiría con él, aunque fuera un poquito.

La idea de entrar en la casa y revolver cada cosa haciendo pensar a todo el mundo que había sido el Trasgu, fue brillante. El asombro de aquel joven forastero al encontrar el reloj en la fonte, el ver su cara desencajada por la sorpresa, supo que sólo por eso había valido la pena tal travesura. La mejor parte era que nadie sospechaba de ella y todos culpaban al Trasgu.

Faltaban pocos días para la fiesta de San Xuan y la primavera ya se sentía cercana. Las flores y el bosque comenzaban a reverdecer mostrándose esplendorosos. Las ninfas de los bosques se dedicaban a cortar flores y fabricarse coronas para adornar sus cabezas, o prendían flores en sus largos y dorados cabellos...

Claudio había logrado  ver de nuevo a ambas ninfas otras veces, pero jamás pudo entablar contacto directo con ellas. Siempre se escabullían o desaparecían en el bosque sin dejar rastro. Desde la primera vez que vio a Nadia en el bosque entre la bruma, el triste rostro de aquella mujer había logrado enamorarlo y no podía quitarla de su mente. Sabía que era algo imposible, pero quería creer que él la podría salvar quitándole aquel hechizo. No sabía ni qué ni cómo tenía que hacer para lograrlo, pero lo averiguaría.

Lo que también tenía extrañado a este hombre, es que continuaban desapareciendo objetos de la casa donde él estaba, además de los ruidos nocturnos y el desorden que se producía un día sí y otro también.

Él siguió investigando día a día, preguntando, consultando libros y a las gentes de los pueblos. Así, reuniendo información de varios lados pudo saber que para librar del hechizo a Nadia necesitaría la ayuda de una bruxa (bruja) que practicara la magia teurgia (blanca). Las bruxas que practicaba la magia goecia (negra) hacían hechicerías y ritos satánicos, utilizando para estos fines los libros grimorios, como por ejemplo el libro de San Cipriano que era el más usado y al que todos llamaban "Ciprianillo". Contaba la tradición popular que el 30 de abril, incluso en ese año, les bruxes preparaban un ungüento que al frotárselos  en las ingles les permitía volar en sus escobas. Por supuesto que siempre se encontraba algún vecino que había visto alguna y hasta estaba dispuesto a dar su descripción.

En el pueblo de Francos vivía una bruxa llamada Celeste. Quizás ella le podría ayudar, porque  dijeron que era una bruxa "buena". Así que tomó las pertenencias con las que solía salir a dar sus vueltas y se encaminó al pueblo. Una vez allí encontró vecinos amables que le indicaron la ubicación exacta de la casa. No tuvo mayores problemas en reconocerla. Les bruxes como Celeste eran ampliamente respetadas en los pueblos y aún lo siguen siendo.

Al llegar, golpeó con sus manos la puerta de la casa y notó que las tenía húmedas. No quería admitirlo, pero estaba sumamente nervioso. La puerta se abrió con un ligero quejido de goznes y apareció una mujer de mediana edad, muy bonita, con el cabello negro  recogido en un moño y vestida como cualquier otra mujer del pueblo. Claudio quedó descolocado. Aquella señora no era lo que él esperaba encontrar...

-"Buenos días señor" le dijo con una amplia sonrisa.

-"Bu... buenos días"contestó quitándose el sombrero y sin dejar de mirarla.

-"¿Puedo hacer algo por usted?" No recibió contestación, a lo que agregó "Sí, estoy segura que puedo. Pase adelante..."

La mujer le franqueó la entrada y él no dudó en traspasar el umbral de la casa. Consistía en una habitación sencilla donde se encontraba la lumbre sobre la que colgaba una olla. Diversos olores impregnaron su nariz. Eran casi todos aromas conocidos de plantas, flores, árboles y hierbas. Allí había piedras para espantar culebras, para quitar el mal de ojo, plantas para los amores y curar diferentes enfermedades; flores para perfumar y líquidos desconocidos por él. Frascos, recipientes y  un mortero completaban aquel "laboratorio". Si la mujer no era lo que él imaginaba que sería una "bruxa", el interior de la casa era similar a la idea que él tenía de cómo podía ser el lugar donde ellas fabrican sus pociones, brebajes y demás.

"Tome asiento. No hace falta que me diga su nombre, es usted muy popular en toda la comarca por haber atraído a varios seres mágicos de los que habitan por aquí. Hay gente muy anciana que jamás se topó con un Trasgu o una Xana, pero usted... Trasgus, Xanas y hasta una Atalaya que ha logrado enamorarlo, ¿verdad? Pero quiero oírlo de sus labios. Cuénteme..."

Claudio la miraba sin articular palabra. Su asombro era demasiado grande... pero se sobrepuso y como pudo le pidió que le ayudara a desencantar a Nadia.

-"Celeste, usted es una bruxa que practica la magia teurgia. Ayúdeme por favor. La noche de San Xuan se acerca y no tenemos mucho tiempo. Sé que es la única noche en el año en que el Cuélebre queda adormilado y las ninfas pueden escapar. Pero para ello hay que desencantarlas y la única que puede hacerlo es usted."

-"No querido amigo, se equivoca. La única persona que puede desencantar a Nadia es usted mismo. Yo lo único que puedo hacer es prepararle y decirle qué hacer. El resto no depende más que de usted."

-"Perfecto. Dígame qué hacer..."

-"No se apresure. Esto no es fácil y el más pequeño error que se cometa puede hundir aún más a Nadia. Hay que ir con mucho cuidado y precaución. Son muchos los ingredientes que se necesitan para preparar el hechizo que rompa el encantamiento. Les bruxes como yo no tenemos libros por dónde guiarnos, lo que conocemos es por tradición oral, así que tendré que buscar en mi memoria. Ahora vete... déjame pensar y recordar.  Te avisaré cuando tenga todo preparado para ti..."

Claudio dejó la casa de Celeste y retomó el camino a casa sumido en sus pensamientos. Él no lo sabía, pero Soñada, la traviesa xana de la Fonte, había descubierto al guapo y joven americano y seguía cada uno de sus pasos de cerca. Escondida entre la bruma nocturna descubrió la casa donde se hospedaba y planeó en su mente una trampa para hechizar a este hombre. Ella era muy joven y no tenía mucha experiencia en estas cosas, pero lo que primero decidió hacer fue llamar su atención. No era intención de ella enamorarlo ni encantarlo, sólo quería fastidiar y hacer travesuras para pasar el tiempo.

En la casa de Celeste los calderos burbujeaban y ella escribía sin cesar cada elemento que recordaba para preparar los hechizos y brebajes para aquel hombre enamorado de una Atalaya. Muchos eran los ingredientes necesarios. Así que anotó:

Las siete plantas sagradas de la noche de San Juan:

Salvia: por sus virtudes curativas, era la planta de la longevidad

Aquilea o Milenrama: curativa, cicatrizante. Usada por las brujas asturianas para potenciar sus poderes.

Crisantemo de los Prados: Simboliza el Sol, la perfección, la inmortalidad.

Hiedra terrestre: Medicinal. También se usa triturada para invocar a algunos espíritus de la naturaleza. Sus bayas son venenosas.

Rusco: da unas bayas comestibles muy nutritivas y sirve para infusiones.

Artemisa: Medicinal. Con sus tallos se trenzaban figuras antropomorfas y se colgaban en las puertas de las casas como protección mágica. Claudio la usaría para fabricar flechas y lanzarlas a los cuatro puntos cardinales, a modo de conjuro contra los malos espíritus.

Hipérico o hierba de San Xuan: se la vincula con el Sol y debe recogerse la noche de San Xuan. Posee grandes poderes mágicos y curativos. Curan las depresiones y  ahuyentan los malos espíritus.

También le pidió los siguientes ingredientes:

Ruda: era la planta mágica por excelencia, y se debía recoger la misma noche de San Xuan. Esta planta cumpliría la función de quitar los maleficios de otras brujas, ahuyentaría al Cuélebre que custodiaba a Nadia y se encargaría de mezclarla con agua para que el amor de estos jóvenes durara para siempre. También era afrodisíaca, así les aseguraba un ardiente encuentro.

Valeriana: no podía faltar. Siempre se utilizaba en los hechizos de amor.

Verbena: esta planta se utilizaba contra las culebras y nunca estaba de más.

Beleño: imprescindible en la elaboración de cualquier poción mágica. Si se quema, el humo que produce provoca sueño y alucinaciones.

Belladona: la planta mágica más conocida.

Mandrágora: Tiene múltiples usos pero es muy misteriosa porque tiene figura humana y gime cuando la arrancan del suelo.

Avellano: este árbol se usa contra los maleficios y sus ramas ahuyentan al Cuélebre y a las culebras.

Fresno, Higuera, Roble, Encina y Laurel: utilizaría ramas de estos árboles para que no hubiera ni rayos ni tormentas esa noche de San Xuan.

Sauce: prepararía ungüentos con este árbol para aplicar en cualquier lastimadura.

Tilo: debía recordar plantar un tilo el día de la boda, para asegurar el matrimonio de la pareja.

La recolección de plantas, raíces y hojas se tenía que realizar conjurando a los cuatro puntos cardinales, además de contemplar unos ritos, en los que la pureza del cuerpo y la repetición de ensalmos eran esenciales. Celeste lo sabía y lo respetaba porque comprendía que el más pequeño error sería irreparable.

Debía recordar pedirle también piedras mágicas como la piedra de San Pedro, que debía traer de la comarca de Boal. Esta piedra, llamada también "chiastolita", era usada contra demonios y brujerías.

Asegurándose de que la lista estaba completa mandó llamar a Claudio, que fue inmediatamente a su encuentro.

-"Aquí tienes la lista completa de todos los elementos necesarios y los conjuros y ensalmos que deberás pronunciar. Sólo queda una semana para la noche de San Xuan, así que apresúrate a conseguirlos siguiendo las instrucciones tal cual te las dicté. Es necesario que comprendas que si cometes el más pequeño error, todo será en vano. Pero eso no es lo peor, sino que quedarás invalidado para repetir el rompimiento del hechizo."

-"Entiendo" dijo con solemnidad. Y tomando el papel que Celeste le extendía, partió sin saber muy bien  adónde dirigirse.

Necesitaba un lugar tranquilo donde nadie lo molestara y decidió ir a la Fonte. Allí se sentó y comenzó a leer. Había cosas que le parecían imposibles de conseguir, y otras que tendría que tener presente porque debía recogerlas la noche misma de San Xuan.

Mientras tanto, muy cercano a él pero sin ser vistas, Soñada y Nadia le miraban y susurraban. Sus risas apagadas eran inaudibles para el joven, muy concentrado ahora en sus planes de recolección de elementos comunes que en pocos días se convertirían en mágicos.

-"Nadia, míralo: es guapísimo. ¿Le amas mucho?"

-"Sí, mucho."

-"Lo que no entiendo es por qué no le encantas de una vez y lo retienes aquí mientras viva."

Nadia la miró a los ojos tratando de explicarle con ellos. La tristeza volvió a su rostro y a su voz.

-"Si lo encanto nunca sabré si me ama realmente. Si va a ser él quien me arranque de este hechizo que me tiene presa, quiero que lo haga porque me ama, no por un hechizo que le impedirá pensar por sí mismo y sólo le hará actuar por impulso. Esta vez es diferente a  las otras veces; en esta ocasión quiero que me ame por mi misma, y si triunfa donde tantos otros fracasaron..."

No se animó a seguir hablando.

-"Si triunfa ¿qué? Continúa, no me dejes así."

-"Olvídalo" dijo mientras se iba cabizbaja y melancólica como siempre.

Soñada salió detrás de ella, jugando y saltando aquí y allá mientras le contaba a su amiga las nuevas travesuras que tenía planeadas para esa noche. Nadia la escuchaba pacientemente mientras caminaban hacia la cueva de Ricardín, donde cuidaban los tesoros allí escondidos.

-"Esta noche iré a la casa de Balbina y moveré sus cuencos con mucho ruido. En la casa de Lorenzo, o mejor dicho, en su hórreo, han puesto ayer la cosecha, así que esparciré un poco de grano y dejaré huellas de pies pequeños: así, todos seguirán creyendo que es el Trasgu... jajajajajaaaaa!!! Claro que no es lo único que pienso hacer. También iré a..."

Nadia la interrumpió diciendo:

-"Eso no está bien y lo sabes. Además, el Trasgu tiene un humor terrible. Cuando sepa que lo están culpando a él por cosas que tú haces... ¡no sé qué te hará!"

-"No me hará nada porque nunca se enterará."

Las amigas siguieron caminando y hablando, mientras Claudio planeaba mentalmente qué rutas hacer y cómo conseguir todo a tiempo para aquella mágica noche que tenía tan cerca. Pensó en Nadia y su corazón comenzó a latir fuertemente. ¿Estaría hechizado? Pues si lo estaba no le importaba porque sentía un profundo amor por aquella atalaya que le había impresionado desde que la oyó cantar entre la bruma. Y aquel rostro tan triste, sus ojos y su mirada...  ¡debía rescatarla! Así que se puso en pie y comenzó a caminar mirando hacia la tierra y los árboles, buscando las hierbas y hojas exigidas por Celeste para los conjuros.  Se dirigía a la comarca de Boal a buscar la piedra de San Pedro, que era básica en la noche de San Xuan, para protegerse de lo que  pudiera sucederle.

Ajeno a todo, Claudio se encaminó por los bosques junto al río Navia, pasando por varios pueblos en su periplo a Boal. Como se hallaba en el Concejo de Grandas de Salime, debía cruzar los de Pesoz e Illiano para llegar al de Boal.

Luego de un largo viaje, al llegar al Concejo, fue hasta Los Mazos y allí se presentó en la casa de Joselo, un joven de unos 25 años, quién, pese a   la diferencia de edad, era muy buen amigo de Jesús. Cuando le contó su historia y el motivo que lo había llevado hasta allí, Joselo le dijo:

-"Cuenta conmigo para buscar la piedra, y veremos si yo puedo conseguir una también."

-"Pero... ¿para qué la quieres tú? " preguntó intrigado Claudio.

-"Es que... tú veras: no sé si estoy encantado o enamorado, pero no dejo de pensar en Soñada. Vi a esa xana un día en la Fonte, y no pude quitármela de la cabeza nunca más. Descansa en mi casa esta noche y mañana saldremos juntos en busca de la chiastolita."

Al día siguiente emprendieron el regreso a Grandas de Salime. Demoraban mucho en el camino, ya que iban despacio buscando el preciado tesoro que significaba esa piedra. Llegando casi al límite con Illianos, pudieron encontrar una pequeña chiastolita. Joselo la introdujo cuidadosamente en una bolsa de terciopelo y se la colgó del cuello a Claudio.

-"Consérvala tú" le dijo, "yo sé dónde puedo conseguir otra."

En el camino, Joselo le fue dando varias sugerencias que él había aprendido por tradición oral de su familia y de los ancianos de su pueblo.

"Si conoces las plantas, querido amigo, tendrás en tus manos toda la magia del reino vegetal y los espíritus que contienen   . Por ejemplo: el árbol es el representante más perfecto del reino vegetal por lo que su magia es la más poderosa. Fíjate -le decía mientras señalaba un Texu (Tejo)- las raíces del árbol representan el mundo terrenal, mientras que la copa representa el mundo celestial; ambas partes están unidas por el tronco que es el vínculo entre ambos mundos. Esto es un Texu, el árbol sagrado de la mitología asturiana y representa el vínculo del pueblo asturiano con la tierra. Es el símbolo de la espiritualidad."

-"¿Y cómo se llama aquel árbol? Lo reconozco pero no recuerdo su nombre."

-"Por supuesto que lo conoces: es un Roble. En Asturias lo conocemos como "Carbayu" y varios apellidos han salido de él: Carballo, Carbajal, Carbajales, Carballido... y recordemos también el famoso "Carbayón", símbolo de la ciudad de Oviedo. Dicen que frente a este árbol ocurrían fenómenos como el de una mujer misteriosa vestida de negro que luego de agarrarse al árbol y convulsionarse, desaparecía sin más. La naturaleza ha sido extremadamente generosa con el suelo asturiano. ¿Quieres que te vaya señalando los diferentes árboles y contándote algo de ellos?" le preguntó amablemente Joselo a su amigo forastero.

-"Eso sería una maravilla porque además de lo que aprenderé a tu lado nos ayudará a que este viaje se nos haga más corto y entretenido. Comienza por favor, te escucho..."

Con una amplia sonrisa comenzó el lugareño a señalar y describir algunas de las características más sobresalientes de los árboles que se daban por aquellos parajes del territorio occidental de Asturias.

-"Hasta ahora hemos visto sólo dos de ellos: el Tejo o Texu, y el Roble o carbayu. También -continuó diciendo Joselo- hay Fresnos o Fresnus pero a los pobrecitos hay muchos que no los quieren porque tienen fama de ser morada de demonios. Otro es la Encina o Ancina; en los claros de los encinares las brujas asturianas hacían sus aquelarres a la luz de la luna llena."

-"¿Qué son los aquelarres?" preguntó con interés Claudio.

-"Los aquelarres son las reuniones nocturnas de brujos y brujas donde el demonio hace su aparición en forma de macho cabrío. Muchas veces, la mayoría, dicen que estos aquelarres terminaban en una gran orgía."

-"¡Vaya! qué cosas tan interesantes me cuentas -le contestó Claudio- Supongo que me habrás nombrado solo algunas especies ¿verdad?"

-"Sí, solo algunas, es que... ¿sabes? Hay muchos árboles mágicos en estas tierras. Por ejemplo el Avellano o Ablanu que se relaciona no sólo con la sabiduría, sino que es la madera utilizada por los magos, brujos y hechiceros para revolver las marmitas y obtener pócimas, además de usarlas  para confeccionar las varitas mágicas.  También hay árboles como el Nogal o Nozal que es peligroso porque aquel que duerma a su sombra enfermará. Además, al contrario del Fresno y el Laurel, éste atrae los rayos.  Y ¿qué sería de Asturias sin el Manzano o Manzanu? Se le considera un árbol sagrado y representa la inmortalidad.

He dejado para el final el árbol más importante de todos, al menos, el que creo que es más importante para ti: el Abedul o Bidul; digo que es importante no porque represente el equinoccio de primavera, ni porque la gente piense que si se escala su tronco se llega a la iluminación espiritual, y tampoco porque sus ramas sirvan para expulsar los malos espíritus y castigar a los que tienen mal comportamiento. Lo digo, querido amigo, porque las ramas pueden servirte para desencantar Atalayes como Nadia. Y a propósito de ella... ¿sabes su historia?"

-"De ella sólo sé que es una princesa mora que fue encantada hace mucho tiempo, nadie sabe cuánto, y que cuida un enorme ayalgue o tesoro que procede de las fraguas de los moros."

-"No, no es así. Nadia sí es una princesa, pero no es mora. Y te aclaro que estos moros de los que estamos hablando no son los de áfrica del norte, sino que son hombres que tuvieron que abandonar sus viviendas inesperadamente y trasladarse bajo tierra sin poder llevar con ellos ni sus pertenencias ni sus mujeres, a las que protegieron con un halo mágico hasta su vuelta. Pero nunca regresaron, y las moras llevan siglos esperando que alguien las desencante. Pero tu Nadia no es mora, sino que es una princesa que se enamoró de un campesino pobre. Su padre la encerró en una cueva, la de Ricardín, con los bienes que le corresponderían de herencia y dote, mientras los hechiceros, con sus conjuros convirtieron la soga que la mantenía atada en un Cuélebre. Mientras que Nadia lloraba desconsoladamente por la suerte que le había cabido, su padre le dijo la forma de desencantarla: "un joven forastero deberá llegar cargado de reliquias la noche de San Xuan, y  matar al cuélebre de una lanzada en la garganta."  Me temo, querido amigo, que ese joven forastero eres tú."

-"¿Ma... matar... yo al... Cuélebre? -dijo Claudio con la voz entrecortada. Trató de visualizarse con varias lanzas ante un enorme Cuélebre verde. Se estremeció y un aire frío congeló su espalda- No sé si podré..."

-"Claro que podrás, o mejor dicho: podremos. Hay muchas formas de matar a los Cuélebres: dándole a comer una piedra al rojo, o una boroña (pan) lleno de alfileres y objetos puntiagudos y cortantes, para que cuando lo trague le causen la muerte, o como lo harás tú, clavándole una lanza en la garganta que es el único lugar que no está cubierto por escamas. La otra ventaja es que en la noche de San Xuan entra en un profundo sopor, se rinde a la fatiga y es cuando debemos aprovechar para matarlo y poder  llevarnos a Nadia y a Soñada."

 -"¿Imagina Soñada que la desencantarás?"

-"Claro que no. Bueno, supongo que no... Creo que ella me encantó a mí porque no puedo dejar de pensar en ella. Es una Xana muy traviesa, y hermosa como toda Xana, pero... es también muy especial. A veces le gusta hacer bromas y hacerse pasar por el Trasgu: se mete en las casas, hace ruidos, tira las cosas, esconde objetos..."

-"¿De verdad? Pues quizás haya sido ella y no el Trasgu el que anduvo por las casas del pueblo, y la que escondió mi reloj que luego encontré en la fonte."

Joselo comenzó a reír sin parar.

-"¡Seguro que fue ella! Jajajajajaaaaaa... Esas travesuras tienen firma: Soñada. ¡Qué chiquilla más traviesa! me gustará mucho poder educarla y enseñarla a comportarse." 

-"No creo que vaya a ser una tarea fácil amigo."

 -"No, no lo será. Pero estoy seguro que aprenderá. Se ve muy inteligente además de su belleza física"

Los dos amigos continuaron su camino hablando de varios temas, sobre todo haciendo planes para la mágica noche de San Xuan donde sus amores los estarían esperando para ser desencantas.

Cuando estaban cerca de Grandas de Salime, pasaron por los bosques de los pueblos de Serán, Sanzo y Santa María marcando cuidadosamente los lugares específicos donde deberían recoger las hierbas señalando  los sitios con varas clavadas, y en otros dejaron marcas que solo tenían sentido para ellos. Ahora sólo deberían esperar el 24 de junio.

LA MADRUGADA DEL DÍA DE SAN XUAN

Ya estaba allí el día en que el astro rey alcanza el punto más alto de su carrera: era el solsticio de verano, el día de más luz y la noche más corta.

Claudio y Joselo se levantaron muy temprano y vieron que había orbayada (rocío matutino), así que  salieron presurosos para disfrutar de "la flor del agua", o sea, el rocío que estaba sobre las plantas y flores. Luego, siguiendo la tradición, se tirarían sobre la hierba para "bañarse y protegerse" de los males que  pudieran  ocurrirles.

A lo largo del día prepararon sus morrales con los elementos que creyeron necesarios, y se dirigieron a la casa de Celeste cuando el sol aún estaba alto. Allí la bruxa les proporcionó pócimas, polvos, líquidos con las respectivas instrucciones y varias recomendaciones. Luego les deseo suerte y los vio partir montados en briosos corceles. Esta vez necesitarían moverse rápido, así que cabalgando llegaron hasta  donde habían dejado señaladas las plantas que se tornarían mágicas y los ayudarían a cumplir su cometido.

Cuando llegaron al lugar, dejaron pastar a sus animales y comenzaron a preparar los elementos con los que realizar los rituales y conjuros para aquella noche.

Claudio, muy ceremonioso, comenzó a tirar las flechas hacia los cuatro puntos cardinales repitiendo las palabras que había aprendido de memoria. Estas flechas, así como varias lanzas, estaban fabricadas con Artemisa, una de las siete plantas mágicas que les había dicho Celeste, y que servían para alejar a los malos espíritus.

Una vez cumplido este ritual, se sentaron mirando el occidente y esperando la desaparición del sol tras el horizonte.

LA NUECHE DE SAN XUAN

Es la noche del año mágica por excelencia: noche de prodigios, de espíritus, donde las fuerzas sobrenaturales de los cuatro elementos: tierra, aire, fuego y agua, se juntan al filo de las doce campanadas y comienza el reino de los presagios, hechicerías, encantos y conjuros.

En los pueblos se encienden las hogueras y los muchachos saltan sobre ellas por diversas razones: ahuyentar los malos espíritus y las enfermedades, o simplemente para llamar la atención de la moza de sus desvelos. De ese mismo fuego de las hogueras, la gente enciende manojos de hierbas que acercan a sus herramientas de labranza para alejar así las plagas de las cosechas.

Les xanes aprovechan a salir de sus maravillosas casas en los manantiales y por única vez en el año se presentan a los ojos de los hombres que las ven jugar a los bolos, hilar sus hechizos, lavar y tender ropa o peinarse con sus peines de oro puro.

Les bruxes juntan las hierbas mágicas en los bosques que luego utilizarán en sus pócimas. Y los hombres como Claudio y Joselo buscan las hierbas mágicas para desencantar a sus amores, mientras que otros quieren conseguir un trébol de cuatro fueyes (hojas) para encontrar ayalgues (alhajas o tesoros) ocultos en los bosques.

Es el día en que el Cuélebre cae en un irresistible sopor y aquellos elegidos pueden derrotarlo y desencantar xanes y atalayes que estuvieron encantadas por siglos, y conseguir los fabulosos tesoros que ellas vigilan.

En el pueblo

Mientras que Manuel, un frero ermitaño que tenía a su cargo la capilla de San Antonio en Villabolle y contaba las más bellas historias y los espantos más grandes para delicia de la gente que concurría a oírlo, los demás trabajaban para disfrutar de aquella noche llena de magia y misterio.

Fogueras u hogueras hechas con leña de fresno -que no echa ni humo ni chispas y es silenciosa- aparecían en diferentes puntos. Ese año echaron también peornos y otras plantas simbolizando que quemaban las impurezas del año solar que terminaba y comenzar limpios el nuevo año.

Cristeta, la mujer más vieja del lugar comenzó a animar a los jóvenes músicos para que comenzaran a tocar las gaitas y los tambores, mientras una bella joven de ojos verdes cantaba populares versos en asturiano, propios de la noche de San Xuan:

"Amor es fuego,

quien non se atreva

a saltar la foguera,

que non me quiera"

"La flor de xabugu, madre,

ya la tengo recoyía,

del sereno de San Xuan,

que sirve de melecina"

"A los mozos forasteros,

favores y más favores,

que están lejos de sus casas,

y vienen ver sus amores"

Acompañando la música y las canciones, otra joven se animó a tocar la pandereta y Cristeta comenzó a bailar, seguida casi inmediatamente por los jóvenes que preferían esta actividad a tener que saltar la foguera, que estaba alcanzando su máximo poderío y donde otros galanes más arrojados intentaban de esa forma deslumbrar a las mozas de sus preferencias.

Cuando dieron las doce campanadas que todos esperaban agolpados a lo largo del camino, las mujeres salieron corriendo hacia la fonte del pueblo, a ver quién llegaba primera a recoger el agua para cumplir el ritual de todos los años: una vez que obtenía el agua, se dirigirían a la casa, y puesta en un vaso le vertirían dentro un huevo fresco; dejándolo al sereno en la ventana toda la noche, en la mañana se podría ver una figura que le daría alguna pista sobre su futuro: el campanario de una iglesia, un barco, una casa...

Con todo el alboroto nadie notó a dos jóvenes que pasaban por allí montados en caballos y con sus alforjas cargadas. Eran Claudio y Joselo que entre las sombras se deslizaron hasta un bellísimo helecho. Esperaron y contaron las campanadas del reloj de la iglesia: una, dos, tres, cuatro, cinco, seis...

-"¡Ahora!" gritaron al unísono.

Ante sus ojos apareció una bellísima flor mágica. Esta flor fue recogida por Joselo y en ese mismo instante desapareció. Claudio no podía creerlo, aunque sabía que esa flor le concedía invisibilidad a quién la tomara en sus manos. Sintió la voz de Joselo que le decía:

-"¿Has visto querido amigo? Yo no tengo la piedra de San Pedro, pero conocía esto y al estar invisible estaré protegido también. Debemos darnos prisa, porque este hechizo se rompe con el primer rayo de sol..."

De la misma forma silenciosa y disimulada con que habían entrado al pueblo, salió Claudio sin que nadie lo notara, seguido por su amigo, ahora invisible. Se encaminaron al bosque en dirección a la cueva de Ricardín donde rescatarían a Nadia, e inmediatamente pasarían por la fonte para rescatar a Soñada.

La gente del pueblo quedab a la espera de la chocolatada, una bonita tradición que se hacía de la siguiente forma: se pedía por las casas el chocolate; todos colaboraban y en el momento de saborearlo cada uno iba con su chocolatera, se servían y lo tomaban haciendo un gran círculo en lo que iba quedando de la hoguera. Cuando el ambiente estaba fresco y encima caía el orbayu (rocío) de San Xuan, una taza de chocolate caliente y la tibieza de las brasas era agradecida por los concurrentes a la fiesta.

En el bosque

Mientras en el pueblo la mayoría de la gente cantaba, bailaba, recogían la flor del agua, hacían hogueras y saltaban sobre ellas, algunos hombres se introducían en el bosque para ver las xanas, si es que las podían encontrar.

La noche de San Xuan, aprovechando la somnolencia del Cuélebre, las xanas aprovechan a sacar sus objetos de oro y disfrutarlos, jugando con los bolos, peinándose, hilando en las ruecas sus ovillos de oro y divirtiéndose como ningún otro día del año. Todo eso a la vista de los hombres que quedan embelesados ante tanta belleza, brillo, alegría y  luminosidad que emiten las xanas.

Este día, Soñada, debía bajar a la fonte a bendecir las aguas y las plantas que se recogían para guardar durante el resto del año. Y así lo hizo... Más bella que nunca, con un resplandor especial en sus cabellos recién peinados, en sus ropas inmaculadamente blancas y en su corona de flores recién cortadas, bajó hasta la fonte y diciendo esas palabras secretas que ella conocía tan bien, cumplió con su deber de bendecir el agua de su fonte y toda la flora del bosque.

Cumplida esta misión, se sentó a esperar a Joselo que quizás lograra rescatarla para llevarla a su lado. Tantos mozos lo habían intentado a través de los siglos, pero ninguno lo había logrado. ¿Sería quizás Joselo el indicado, el elegido? El Cuélebre que cuidaba de ella y de Nadia comenzaba a dar signos de cansancio y somnolencia.

Ella tenía poderes como para hechizar, y más esa noche. Estaba sentada frente a una campánula, la planta donde las xanas tejían sus embrujos. Si ella... quizás... podría... sólo tenía que...

Mil ideas se le vinieron a la mente y enseguida comenzó a tejer mientras decía palabras extrañas y movía manos y labios con gran velocidad.

En ese mismo momento, en la cueva de Ricardín...

El Cuélebre yacía sobre un costado de la cueva, somnoliento y con los ojos semicerrados. Los jóvenes dejaron sus caballos alejados del lugar. Traían un plan que no sabían si les daría resultado: mientras Joselo lo distraía, Claudio sacaría a Nadia y la introduciría en el bosque.

Apretando fuertemente la piedra de San Pedro, Claudio rezó: "querido  santo ; ayúdame para liberar a mi amada". En ese momento Joselo comenzó a hacer ruido moviendo ramas hasta que logró que el Cuélebre se incorporara mirando hacia el lugar desde donde provenían los ruidos. Al verlo, Joselo corrió hacia el extremo opuesto aprovechando su invisibilidad. Al moverse del lugar, el Cuélebre dejó libre la entrada de la cueva, momento que aprovechó Claudio para introducirse en ella y salir casi inmediatamente de la mano de su amada Nadia.

Momentos de gran tensión tuvieron que vivir mientras que el Cuélebre caminaba lentamente desde un extremo al otro del claro. Ellos se escondieron hasta que, cansado de buscar algo inexistente, el enorme animal se tumbó nuevamente en la entrada de la cueva y cayó dormido por el enorme esfuerzo que le había significado aquel movimiento.

-"¡Por aquí, por aquí! Debemos darnos prisa" oyeron decir a una voz proveniente del bosque y que enseguida reconocieron como la de su amigo Joselo. 

"Esperen, tengo algo que nos servirá -dijo Claudio- Celeste me dió esta crema. Es una pócima mágica, la misma con que untan sus piernas la noche del 30 de abril, cuando salen a volar por los aires en sus escobas. Me dijo que si la untábamos en nuestros pies y zapatos, nos ayudaría a correr con mayor velocidad, aunque no estaba segura de que diera resultado. Probemos" dijo con seguridad y energía en su voz.

Miró a Nadia a los ojos y se inclinó ante ella. La bella princesa levantó la falda de su vestido dejando ver sus pies, enfundados en unos hermosos y finos zapatos de seda bordada. Con toda delicadeza, Claudio comenzó a untarle aquella crema grasienta por sus pies y luego por los zapatos que parecieron arruinarse por completo debido a lo delicado del tejido. Luego extendió el pote y dijo:

-"Joselo, creo que deberás aplicarte la crema tú mismo."

-"Sí, claro... ya veo que no tienes voluntad para hacerlo" contestó su amigo en tono de broma.

Los tres rieron al unísono mientras que la crema parecía que volaba en el aire y se detenía casi a la altura de la tierra. En unos segundos unas manchas grasientas caminaban por el aire de aquí para allá...

-"Bueno, ahora yo" dijo Claudio mientras hacía lo mismo que su amigo. Al concluir, comenzaron a caminar y sintieron como que no pesaran nada, como que sus cuerpos flotaban en el aire y a grandes zancadas por el bosque llegaron a la fonte en pocos minutos.

No quedaba mucho tiempo; en cualquier momento aparecería el lucero del alba y los primeros rayos del sol, y con ellos desaparecería la magia y el encanto de esa noche. Si eso sucedía antes de rescatar a Soñada y hacer toda la ceremonia de desencantamiento... de nada habría servido todo el esfuerzo de los jóvenes enamorados.

Vieron a Soñada a un costado de la fonte y las manchas grasientas se dirigieron hacia ella:

-"¡Soñada! -gritó. La xana se sobresaltó.- He venido a romper tu encantamiento y llevarte conmigo."

En ese momento un terrible silbido surcó los aires. Todos miraron hacia arriba: era el Cuélebre, que al notar la falta de Nadia salió en su búsqueda temiendo que la xana a su cuidado también hubiese huído. Al ver allí a aquel hombre guardando tras sí a la princesa, y al otro lado la xana, su furia aumentó.

Estos hombres pudieron observar al Cuélebre con toda su ira. Medía varios metros y era como una serpiente gigante: arrojaba fuego por la boca mientras lanzaba unos terribles silbidos. Las enormes alas de murciélago, desplegadas en su totalidad, empujaban el aire como si se tratan de vientos huracanados y movían las copas de los árboles con inusitada furia. Las garras de sus patas se abrían y cerraban de acuerdo a la potencia de sus silbidos.  Sus escamas, duras y fuertes, protegían la totalidad de su cuerpo, pero al arrojar fuego y silbar, dejaba libre su único punto débil: la garganta.

-"Nunca lo había visto tan enfurecido"dijo Nadia.

-"Tampoco nunca se había visto tan amenazado y con la presencia de la muerte tan cerca" le contestó Claudio, mientras con total tranquilidad y firmeza, sacó una de aquellas flechas confeccionadas con plantas de Artemisa, y diciendo un conjuro esparció sobre ella un polvo mágico. La flecha adquirió brillo y luminosidad mientras la colocaba en el arco.

Surcando los aires la flecha se clavó en la garganta de la bestia alada, pero no le hizo demasiado daño, aunque logró ponerlo más irascible aún.

El Cuélebre se preparó para el ataque y voló en picado, con las alas desplegadas, en dirección al grupo de humanos, cuando un dolor desgarrador le quemó la garganta. Una lanza emponzoñada con pócimas preparadas por Celeste se incrustó en la garganta del animal mitológico que, herido de muerte por el arma hechizada, emprendió vuelo al cielo mientras giraba sobre sí mismo. Lo vieron irse volando en dirección al mar, mientras que  los silbidos que emitía eran ensordecedores y desgarrantes. Los lastimeros quejidos de este guardián varias veces centenario, se sintieron por unos momentos. Luego la tierra tembló levemente y todo el bosque quedó en calma. El Cuélebre había ido a parar al fondo del mar, donde seguramente cuidaría de otros tesoros.

El hechizo de Nadia estaba roto: un gallardo joven había clavado una lanza en la garganta del Cuélebre y le había dado muerte. La doncella comenzó a transformarse perdiendo el resplandor que la rodeaba, pero el verdadero desencantamiento sucedió cuando, después de cientos de años, sonrió por primera vez. Aquella sonrisa  dio brillo y luminosidad a su cara, y la hizo aún más hermosa. Por fin se sentía viva, radiante y sobre todo: ¡libre! Miró a Claudio, se acercó a su lado y le dio un beso en la mejilla. Era la forma de agradecerle todo lo que había hecho hasta ese momento.

-"Debemos darnos prisa, el lucero del alba ya está aquí" dijo una voz que Soñada enseguida reconoció.

-"¿Eres tú mi amor? ¿Joselo? ¿dónde estás? No logro verte..."

-"Estoy a tu lado Soñada. La flor mágica del helecho me permitió ser invisible para poder rescatarte. Ven... en el morral guardo las pócimas, brebajes y hechizos que te convertirán en un ser humano. Dime mi bella xana... ¿deseas seguir con esto y convertirte en humana?"

Soñada miró hacia el lugar desde donde provenía la voz y le dijo:

-"Tú me amas Joselo, dime qué quieres que sea y eso seré."

-"Yo quiero que tú seas... lo que quieras ser."

-"Entonces seré humana para estar a tu lado mientras vivamos. Pero antes te haré una confesión: esta noche, después de bendecir las aguas, me senté frente a una campánula a tejer hechizos y pensé en ti. Estuve a punto de hechizarte para que me amaras y me rescataras pero... no lo hice. Mi hechizo fue para que si eras tú el indicado, pudieras liberarme, pero no para que me amaras. Quise dejarte en libertad de elegir... y lo hiciste. Ahora soy tuya para siempre: yo, mi casa y mis tesoros. Adelante, ¡rompe el hechizo!"

Joselo comenzó con un ritual sencillo; arrojó sobre Soñada algunas hierbas, dijo conjuros y pasó a su alrededor varias varas de diferentes árboles que había juntado formando un ramo. A medida que el desencantamiento iba llegando a su fin, la xana perdía brillo y luminosidad, pero no belleza.

-"Y ahora, el paso final" -dijo Joselo. Se acercó a ella que permaneció inmóvil y tomando su rostro le dió tres besos en cada carrillo. La soltó y retrocediendo dos pasos la miró y... la vio más hermosa que nunca. Entonces fue ella la que avanzó y arrojándose en sus brazos le dio un largo y apasionado beso de amor.

El primer rayo de sol se abrió paso entre la arboleda e iluminó a Joselo, que comenzó a hacerse visible lentamente ante los ojos de su amda y de sus amigos.

Claudio y Nadia, por otro lado, también habían cumplido con el rompimiento del hechizo y la bella princesa volvió a su estado humano después de varios siglos de vivir prisionera en la cueva de Ricardín. Hasta allí llevó a Claudio y le entregó sus tesoros.

Soñada hizo lo propio con Joselo, que finalmente pudo entrar a la casa de una xana y ver sus tesoros: calderos, ruecas, tijeras, herramientas, y hasta un juego de bolos... todo de oro. El joven no podía creer tanta felicidad: estar junto a la mujer más bella que fuese vista jamás y compartir la fortuna que ella había guardado durante siglos.

Las dos parejas, felices y enamoradas, se encaminaron hacia el pueblo junto con los primeros rayos del sol. Era un día claro y primaveral. Las flores estaban en todo su esplendor y el pasto lucía verde y brillante. Los cuatro jóvenes caminaban de la mano cuando de repente... un hombrecillo se apareció ante ellos cortándoles el paso.

No había dudas: era el Trasgo: con rabo, pequeños cuernos, algo cojo, vestido totalmente de colorado y con un agujero en su mano izquierda. Se le veía  sumamente enojado y parándose en puntas de pie señaló con su dedo índice a Soñada.

-"¡Contigo quería hablar! Era a ti a quien he estado buscando, bibronzuela. Has hecho estragos en las casas de los aldeanos con ruidos, regando cosas, esparciendo granos, molestando el ganado, escondiendo pertenencias... todas travesuras para inculparme y que ellos pensaran que había sido yo ¿verdad? Pero en el bosque todo se sabe y llegó a mis oídos la noticia que habías sido tú, pequeña bribona. Ahora ya no eres una xana, te has convertido en humana y tendrás tu casa. Pero quiero que sepas que no te dejaré en paz durante el resto de tu vida. Te haré la vida insoportable a ti y a tu familia. Y además..."

-"Disculpa que te interrumpa" le dijo Joselo en un tono sumamente respetuoso pero firme. "Sé que no soy nadie para dirigirte la palabra, pero quisiera hablar contigo por favor."

 -"Por supuesto que no eres nadie, apenas un insignificante ser humano, pero dado el respetuoso trato que me has dado te escucharé."

 -"Quisiera que fuera en privado, por favor" le susurró el joven pegado a su gorro colorado.

Titubeó unos segundos, pero casi inmediatamente con paso decidido se alejaron de los tres jóvenes que no comprendían cuál era el plan de Joselo.

En un pequeño claro se pararon ambos personajes. El gallardo caballero se puso en cuclillas para quedar a la misma altura que el hombrecillo de colorado; hablaba con susurros y ademanes pausados, mientras que el Trasgu se movía sin cesar, daba pequeños saltos y todos sus ademanes eran de enojo y fastidio. Le oían gritar, pero no lograban comprender qué decía.

Al seguir escuchando lo que le decía Joselo, de pronto pareció calmarse y una pícara sonrisa se le dibujó en el rostro. Miró a Soñada de reojo, volvió a mirar a Joselo y después de estrechar sus manos volvieron a reunirse con los demás.

El duendecillo de colorado tenía una enorme sonrisa en su rostro y miraba a Soñada de una forma que ella no podía comprender. Y parándose en puntas de pie, con sus manos tras la espalda, espetó:

-"Bien, he hablado con el enamorado de esta encantadora doncella y llegamos a un acuerdo. Adelante, díselo tú mientras yo voy a recoger lo necesario".

Joselo se acercó a Soñada, mientras que Claudio y Nadia, unos pasos detrás de ellos, miraban la escena expectantes y sin comprender lo que pasaba.

-"Amada mía, mi bella Soñada... -le dijo dulcemente Joselo-. Cuando el Trasgu nos amenazó con hacernos la vida imposible en nuestra nueva casa, me asusté porque sé que es de palabra y lo haría. Ni tú ni yo podríamos vivir así. Además... él tiene razón: te excediste en tus bromas con los aldeanos y lo peor fue que no asumiste la responsabilidad de lo que hiciste, sino que se lo quisiste adosar a otro, específicamente a el Trasgu. Comprendo su indignación y su deseo de que seas corregida. Así que para que se vaya conforme y nos deje en paz, le propuse un pacto."

-"¿Qué tipo de pacto? -preguntó extrañada la joven- Porque... después de todo, mi amor, no fue para tanto. Solo unas pequeñas travesuras... lo hice para divertirme un rato, nada más. No estarás tú enfadado conmigo también ¿verdad?"

-"¿Enfadado yo? ¿contigo? No mi amor, yo no me podría enfadar contigo jamás. Pero sí quiero que aprendas a comportarte como es debido. Tú sabías y sabes que lo que hiciste no está bien, aunque lo hayas hecho bromeando. El Trasgu desea que tú seas castigada, lo que me parece muy justo, así que yo le propuse que me permitiera ayudarlo a corregirte."

-"¿Corregirme a mí? pero... "

-"Nada mi cielo, nada. Tú déjame hacer a mí -dijo mientras la tomaba del brazo y se sentaba sobre un tronco caído- verás que todo queda aclarado; el Trasgu se irá feliz y tú y yo comenzaremos una nueva vida."

Mientras decía esto colocaba a Soñada a su derecha y ella lo miraba extrañada pero seguía sus palabras y comentarios con mucha atención. De repente le dio un suave tirón, ella trastrabilló y cayó sobre las rodillas del que había sido su salvador hacía poco rato. Con un rápido movimiento pasó el brazo por encima y la tomó de la cintura. Los azotes comenzaron a caer sobre sus nalgas mientras resonaban por todo el bosque.

El Trasgu sonreía satisfecho al ver patalear a Soñada, y acercándose a la pareja le extendió a Joselo un conjunto de ramas de abedul atadas con una cinta colorada que había extraído de entre sus ropas. La joven rubia captó inmediatamente el fin que tendrían aquellas ramas y comenzó a gritar:

-"Suéltame, no puedes hacer esto... conozco hechizos secretos y te encantaré. ¡Te convertiré en sapo o algo peor! Sueltameeeeeeee!"

Joselo paró de nalguearla, se acodó en su espalda y le dijo:

"Te recuerdo que no eres más una xana: por lo tanto, de nada te servirán tus supuestos hechizos. En cambio eres una mujer, y estas nalgadas te ayudarán a comportarte como es debido y te recordarán qué es lo que no debes hacer."

Sin más, levantó su falda y comenzó el castigo con las ramas de abedul. Claudio y Nadia que observaban atentamente la escena sentían un poco de pena por Soñada, en cambio el Trasgu, satisfecho y sonriente, dio media vuelta y se perdió entre los árboles y arbustos. La traviesa ninfa había pagado su osadía.

Al terminar, Joselo ayudó a Soñada a ponerse en pie, mientras esta refregaba sus nalgas y hacía mohines. La abrazó dulcemente, la besó, y sin decir palabra marcharon los cuatro al pueblo.

Los años pasaron y los personajes mitológicos del bosque astur se renovaron. Una y otra vez jóvenes gallardos enamorados trataron de quitar hechizos a xanas y atalayas, pero ninguno tuvo el éxito que aquella noche de San Xuan lograron Joselo y Claudio al liberar dos jóvenes prisioneras de diferentes encantamientos. Los cuatro obtuvieron aquella vez el más grande hechizo: el Hechizo de Amor en la Noche de San Xuan.

- FIN -

Spanking en estado puro

Autora: Ana K. Blanco 

Dedicado a todos los que disfrutan

del Spanking a su manera...

Cassandra estaba nerviosa y no comprendía por qué.  Ella era spankee y encontrarse con un spanker por primera vez era algo que ya había hecho con anterioridad. Claro que no era lo usual verse con un médico de la fama de Miguel para jugar spanking, y además que la cita fuese en el consultorio de él.

Esta situación no estaba recubierta de grandes emociones, sino que era algo más bien común. Ambos habían coincidido en un grupo de spanking en internet y se habían puesto en comunicación por medio de mails y tras muchas horas de chatear confesándose mutuas fantasías vieron que ambos eran algo "perversos" en sus juegos, sin que profundizaran demasiado en el bdsm, solo lo suficiente como para darle un poquito  más de sabor, la pimienta y la sal necesaria para hacerlo más sabroso.

En sus charlas por chat habían encendido sus respectivas cámaras y se habían visto. El doctor Miguel Duarte era un hombre cincuentón, de pelo cano muy corto y de complexión más bien delgada: usaba lentes, los cuales no impedían ver unos bellos ojos oscuros de mirada pícara y penetrante, mientras que su rostro lucía una sempiterna sonrisa. Se confesó como un hombre alto y atlético, y aparentemente era así. La forma de su cabeza era perfecta, y con su sonrisa lograba iluminar la pantalla. La primera impresión de Cassandra al verlo fue "¡qué potro!". A medida que charlaban, Miguel iba mostrando su inteligencia y  sagacidad para preguntar y contestar que despertaba la admiración de ella.

Luego de muchos meses de chatear, enviarse mail e incluso hablarse por celular, estaba todo combinado para el encuentro: sería ese miércoles a las nueve de la noche en el consultorio del Dr. Duarte, luego de su jornada de trabajo.

La primavera estaba cercana pero el invierno se negaba a desaparecer. Ese miércoles amaneció gris y plomizo. La amenaza de lluvia estaba clara y comenzaría a llover en cualquier momento. Así que Cassandra, inteligentemente, decidió pasar el día en su casa y no arriesgarse a salir a pesar de algunos compromisos que tenía pendientes. Ser su propia jefa le daba ciertos privilegios y ella que trabajaba tan duro diariamente, no perdería demasiado por tomarse un día de descanso. Aprovecharía a leer algo y dormir antes de prepararse para la cita. Un libro y algo de música fueron su compañía mientras que fuera llovía copiosamente.

Tres horas antes de la cita comenzó a prepararse: una larga y renovadora sesión de baño con hidromasaje, la ducha y un poco de crema por todo el cuerpo; la ropa interior la esperaba sobre la cama. Cuando terminó de colocarse el finísimo conjunto de bragas y sostén de seda, inmaculadamente blancos y con toques de finos bordados, se miró al espejo. La imagen que este le regresó la dejó muy conforme.

Cassandra era una mujer de más de 40 años, pero no los representaba: tenía el cabello muy negro, largo, lacio y brillante. Su tez era aceitunada y sus ojos verdes resaltaban en aquel rostro moreno. Era alta y con algún kilo de más justo en los lugares adecuados. Cuando caminaba por la calle, los ojos de los hombres se dirigían sin dudas a sus pechos, grandes, turgentes, y luego a sus ojos. Cuando pasaba la seguían con la mirada que se clavaba en las nalgas: firmes, duras, redondas, apetecibles...

Se colocó un vestido muy ajustado, de tela elastizada que resaltaba más aún su cuerpo casi perfecto. Las medias de color natural subieron hasta la parte superior de sus muslos y se prendieron en el portaligas blanco que hacía juego con la ropa interior. Unas sandalias de altísimo tacón hacían que sus piernas lucieran en todo su esplendor. Buscando el toque femenino final, tomó el perfume pero... haciendo gala de su discreción obvió tal elemento que podía dejar huellas en la ropa y piel del hombre con quien iba a estar y del cual ignoraba si estaba comprometido o no. Tomó su cartera, las llaves del auto y manejó hasta la zona céntrica de la ciudad donde Miguel tenía su consultorio.

Luego de estacionar, dio un pequeño rodeo hasta llegar a la entrada del antiguo y bello edificio. Pulsó el botón y una voz masculina le contestó algo que no comprendió. Sólo atinó a decir su nombre y empujando la pesada puerta de hierro entró al hall. Se dirigió con paso firme y seguro hacia el fondo donde encontró los ascensores. El estado de nervios y ansiedad le impedían fijarse en la delicadeza del trabajo que tenían esos pequeños cubículos, tan antiguos como el edificio mismo.

El ascensor se detuvo de golpe y la trajo a la realidad. Cuando encontró la puerta del consultorio tocó el timbre, pero nadie contestó. Miguel le había dicho a las nueve y faltaban todavía diez minutos. "Quizás esté aún con algún paciente" -pensó-,  así que aguardó en silencio mientras observaba todo sin ver nada de lo que había a su alrededor. Los minutos pasaban y ella se impacientaba cada vez más. Sentía nervios, expectación y para qué negarlo: también una enorme excitación.

De repente el ruido del ascensor la apartó de sus pensamientos. Al abrirse la puerta un caballero de pelo cortísimo, casi blanco, con lentes y una amplia y franca sonrisa le dirigió una mirada afectuosa. Reconoció enseguida al hombre con el que había chateado tantas veces. Miguel era realmente alto y muy bien parecido y sus cuidadas manos no disimulaban el adecuado tamaño para el spanking: eran grandes y largas.

Se acercó a ella que se mantuvo inmóvil, y como saludo inicial le dio un suave beso en los labios que Cassandra no pudo evitar. Reaccionó a medias cuando Miguel, muy gentilmente, flanqueó la puerta indicándole que pasara. El lugar se veía acogedor, antiguo, con muebles que hacían juego con la antigua y elegante edificación. Las plantas distribuidas en forma estratégica le daban vida y color al ambiente.

Había una serie de consultorios en el lugar; todos se veían distinguidos, desde las placas en bronce que anunciaban pomposamente el nombre del profesional, hasta la alfombra, mullida y de colores sobrios. Cassandra sabía que en ese edificio no cualquiera podía alquilar un espacio, así que sin duda, él era un profesional de prestigio y fama. Cuando llegaron al final del corredor, Miguel abrió la puerta y le cedió el paso...

Los ojos de ella se posaron inmediatamente en la camilla y el hermoso diván de piel. Su imaginación le hizo visualizar las mil y una posiciones diferentes en que le gustaría colocarse para ser azotada por aquel guapísimo spanker.

Miguel se paró a su lado. Cassandra era alta, y aún montada en aquellas sandalias con taco de casi diez centímetros, quedaba un poco más baja que él.

-Puedes dejar tus cosas encima de esa silla -le indicó. Obedeció y al darse vuelta se volvió a topar con él, que de inmediato rodeó su cintura mientras la besaba de una forma deliciosa.

La lengua de Miguel exploraba su boca, y ella no dudó en devolver aquel beso, aprisionando la lengua con los labios y rodeando el cuello del hombre con sus brazos. Sentía la presión de las manos de él mientras recorrían todo su cuerpo.

Los besos continuaban... mejor dicho "el" beso, porque era uno sólo, larguísimo y apasionado. Cuando una de las manos dejó de tener contacto con ella, pensó: "ahí llega el primer azote!"; y así fué. La enorme y fuerte mano del doctor cayó sobre la nalga izquierda, produciendo en la chica una deliciosa sensación de suave picor que la hizo excitarse aún más. Siguieron besándose mientras él combinaba el recorrido por todas las curvas del sinuoso cuerpo de Cassandra con los azotes cada vez más fuertes y frecuentes sobre las nalgas. Las manos del hombre se movían mezclando delicadeza, maestría, destreza... Sabía qué puntos tocar y cómo hacerlo.

Con movimientos precisos que delataban una larga experiencia como amante, subió sus manos por la espalda de aquella mujer que había logrado ponerlo excitadísimo y desabrochó su sostén. No hizo nada más; sólo quería "preparar" el terreno para lo que vendría después.

Y la continuación de aquella escena se convirtió en un sueño. Cassandra lo vivió como si estuviera metida en una nebulosa, sin ser totalmente consciente de lo que sucedía, pero disfrutándolo a fondo.

Miguel se desprendió de los brazos de la spankee y se dirigió al escritorio del que extrajo varios instrumentos: una varilla no muy larga pero rígida, un objeto de plástico rojo que contenía un extraño diseño similar a ochos entrelazados, y otras cosas que no captaron la total atención de ella, quien, presurosa, se dio vuelta y de entre sus pertenencias sacó un cepillo de madera dura de tamaño mediano y se lo ofreció al spanker sonriendo de forma cómplice y pícara. Esta actitud produjo una grata sorpresa en él.

Sin decir más, se acomodó en el espléndido diván y le pidió a la chica que se colocara sobre sus rodillas. Cassandra no entendía aquello... ¿no habría motivos para el castigo? ¿No habría rezongos, ni amenazas, ni rincón? No, definitivamente no lo comprendía y así se lo hizo saber.

-Querida, ven aquí, siéntate a mi lado por favor y permíteme explicarte qué es para mí y como siento el spanking. Comprendo la típica idea de un juego de spanking donde la spankee es castigada por cualquier razón. Pero... he comprendido que esos juegos no terminan de satisfacerme porque tanto el spanker como la spankee sabemos que no es verdad y... soy muy mal actor.

-Para jugar a las nalgadas debo de estar de excelente humor, porque para mí es una fiesta. En la realidad no azotaría a nadie estando enojado, y aunque traté al principio de actuar... soy muy malo fingiendo. Así que decidí que viviría el spanking a mi manera.-

-A mí me gustan las nalgas de la mujer: es la zona donde más recreo mi vista cuando alguna se me cruza y es el lugar con el que sueño y fantaseo eróticamente. No creo ni me intereso en el spanking disciplinario, pero sí en el erótico. Como admirador y adorador de las nalgas femeninas, quiero azotarlas hasta el límite donde el placer comienza a tornarse en puro dolor. Allí pararé. No me erotiza el ver nalgas con moretones o marcas extremas. Me gustan las nalgas rojas, brillantes, calientes... ¿Me voy explicando?, le dijo mientras ella lo miraba en silencio con los ojos extremadamente abiertos y sin salir de su asombro.

-Mi querida Cassandra-, continuó sin dejar de mirarla a los ojos: si yo voy a ser tu spanker esta noche, tú aceptarás hacerlo a mi modo. Pruébalo y luego me dices qué te pareció esta experiencia que para mí, es la esencia del spanking: la nalgada por la nalgada misma, por el puro gusto de darla y de recibirla. Sin roles, sin motivos ficticios, sin adornos...  La nalgada dada con amor, con afecto, con el máximo respeto y cariño que la mujer me inspira.-

-Ahora, mi niña, si así lo deseas, tiéndete sobre mis rodillas- terminó diciendo Miguel, expectante por la decisión que la chica tomaría.

Si antes estaba en una nebulosa, en ese instante no sabía dónde se encontraba ni tenía muy claro qué estaba sucediendo. Sólo su instinto la impulsó a obedecer a ese hombre que le había hablado con un tono dulce pero enérgico y que le había dado razones altamente valederas como para que se entregara totalmente a él.

Tendida sobre sus rodillas con la cadera encima de ellas, con lo cual dejaba su trasero totalmente expuesto a los deseos de Miguel, bajó la cabeza, apoyó la frente en sus manos y olvidándose de todo se abandonó completamente a aquel hombre, que una vez encontrada la posición adecuada, comenzó a acariciarla con suavidad y destreza. La mano izquierda se encargaba del cuello, la nuca, la espalda y se detenía en la cintura para volver a subir. Con la mano derecha surcaba la separación de las nalgas, apretaba los dos gloriosos globos que se estremecían con el contacto de los dedos que no paraban de moverse, iban y regresaban por la entrepierna y los muslos.

Una vez que se convenció que estaba totalmente distendida, le preguntó:

-¿Preparada?

Con una levísima inclinación de cabeza le dejó saber que sí. Las palmadas comenzaron a caer de forma precisa por toda la superficie de las nalgas. Primero en esta, luego en aquella, arriba, abajo, en el medio... no quedó un solo lugar sin recibir azotes. A los pocos segundos Cassandra comenzó a gemir, pero de placer por aquel picor que sentía en las nalgas y recorría todo su cuerpo. Cada nalgada era un paso más en el interior de aquella nebulosa que no le permitía pensar y sólo la obligaba a gozar de cada instante sin importar nada más.

No supo en qué momento le quitó la ropa, pero de pronto sintió que sus bragas bajaban y dejaban expuestas sus nalgas. Aquella mano tan grande como suave acariciaba su zona más caliente y el dedo mayor bajaba con más frecuencia de la necesaria a reconocer la humedad de la entrepierna, que era una catarata emanando los líquidos resultantes del placer que vivía en esos momentos.

La situación por la que estaba pasando le hacía perder la noción del tiempo, del lugar y de todo lo que no fueran sus sensaciones. Eso le había ocurrido solo un par de veces en su vida, cuando las emociones eran tan fuertes que no se sentía capaz de vivirlas de forma más intensa porque era imposible. Aquella nube la envolvía y la transportaba a la zona de máximo placer...

Sintió a lo lejos la voz de Miguel que le pedía ponerse de pie. Estaba totalmente desnuda con excepción de sus sandalias. Hizo un gesto de quitárselas, pero él le pidió que no lo hiciera. Al mirarlo vio que él también estaba totalmente desnudo y pudo observar un cuerpo casi atlético, perteneciente al hombre que la había estado azotando. Parecía un dios griego, con su virilidad en el punto máximo.

Sin mediar palabra, en varios momentos Cassandra probó aquel plastiquito con que Miguel la azotaba, dejando en su piel el dibujo que guardaba por unos instantes. Él miraba aquella obra de arte que se desvanecía mientras los quejidos de la mujer lo animaban a seguir decorando la piel blanca que aceptaba reproducir lo que él quisiera: rayas, círculos, ondas...

El spanking se intercaló con el sexo de una manera sutíl. Los cadenciosos movimientos de cadera, los gemidos apagados con besos apasionados, el chasquido del cinturón sobre la piel de Cassandra, las firmes manos, la potencia de los azotes, la dulzura de las caricias y los mimos de Miguel cuando alguna lágrima amenazaba con aparecer en los ojos de ella, todo se combinó de forma tal que era imposible para la chica recordar los hechos en forma cronológica.

Acostada en su cama y en la intimidad de su habitación, trataba una vez más de repasar lo sucedido. Y todo aparecía envuelto en aquella bruma que le impedía recordar con claridad los hechos. En cambio, tenía muy claras las sensaciones vividas porque hacía mucho tiempo que no había gozado tanto. Un cúmulo de sensaciones maravillosas, de sentimientos encontrados y de emociones que quería tener presentes era el balance altamente positivo que sacaba de este encuentro.

Trataba de explicarse cómo era que pudiera sentir aquel cúmulo de sensaciones que le regalaba el spanking sin que existieran amenazas, rincón, espera, rezongos... Como diría una querida amiga, aquello era "spanking puro y duro". Y le había gustado, lo había gozado sin lugar a dudas.

El que Miguel hubiese mezclado ratos de spanking con ratos de sexo, había sido del total agrado de ella, porque en ningún momento él permitió que decayera ninguna de las dos cosas. Cassandra estaba expectante pensando cuál sería el siguiente paso que dar por él. Pero fuera el que fuera, sin duda, lo aceptaría.

Al final del encuentro, cuando se retiraba, le agradeció a Miguel la sesión y él le contestó:

-Querida... para mí también ha sido maravilloso. No es fácil encontrar una spankee tan bien dispuesta como tú, con actitudes dignas de ser tenidas en cuenta. Espero que pronto nos volvamos a encontrar porque hoy no hemos podido probar la camilla y todos los instrumentos que tengo a mi disposición por mi trabajo. Eso queda pendiente para la próxima vez, porque... habrá una próxima vez ¿verdad?

Los ojos verdes de Cassandra se iluminaron y él obtuvo una enorme sonrisa y un guiño por toda respuesta.

La historia de mi humilde cinturón

  Autor: Gerardo (yerar51)

Era una vez, un cinturón humilde, de la calle, de esos que se venden de las manos toscas de los comerciantes ambulantes.

Me miró, me pidió que me lo llevara, que tenía frío, que necesitaba calor de un cuerpo... Todo eso me enterneció, me lo llevé y me lo cargué al cinto casi de inmediato.

Nos hicimos muy amigos. Él sabía cuando yo por excitación salía de su posición, y se alegraba por mí. Conocía a las damas que por sus delicadas manos desactivaban la seguridad y desplazaban por las pretinas hasta que ya no cumplía su misión de sujetador.

Pero un día en que estábamos los dos solos, lo vi muy triste y supe de inmediato que estaba enfermo. Lo observé como un doctor observa a su paciente y de pronto encontré su enfermedad: él se estaba desarmando en su interior. Tomé de inmediato la decisión de operarlo y hacerle un transplante de nervio. Me dí a la tarea de encontrar un órgano adecuado y sin mucho que buscar encontré ese preciado órgano: un trozo de lona industrial de color verde sedoso, pero lo más importante, con una tela interior entre sus dos caras, lo que daba la ventaja de que jamás se rompería. Y así fue. Después de largas horas de operación quedó como nuevo, brillante. Conservó su color negro por fuera, ganó un color verde y sedoso por su interior, pero... lo más importante: ganó resistencia, peso y mucha flexibilidad manual. Mi amigo estaba feliz, feliz.

Pasó un tiempo y gozamos juntos: él mirando y sintiendo manos suaves desabrochándolo, y yo disfrutando de las pieles sedosas y hermosas que frecuentaba.

Pero mi cinturón nuevamente estaba triste, y lo volví a notar. Un día le pregunté qué le pasaba, si no estaba contento con su nueva estructura, y me dijo que sí. Lo que lo tenía triste era que él quería también tocar esas suaves pieles que yo tocaba, que quería disfrutar igual que yo, pues... "Ya está", le dije, "es hora de que lo hagas". Y así fue.

Citamos una piel suave, yo la besé con mucha ternura, le excité lentamente, abracé su cuerpo, le calenté sus glúteos con mis manitas, probé sus pechos con mis labios, la puse sobre mis rodillas, sentí su peso en mis piernas, azoté con más ganas sus glúteos hasta dejarlo de color rosas y calientitos.

De pronto le ordeno que se coloque de a cuatro patas como un perrito, que levante su colita, y sin más aviso y sin que se diera cuenta, mi amigo el cinturón probó esos glúteos con placer. Y se dejó caer de nuevo. Y otra vez.

Ella saltaba en cada visita de mi amigo. Fueron diez veces que sin parar mi amigo cinturón cortaba el aire y se estrellaba con mucha alegría contra ese hermoso cuerpo. Nos detenemos y ambos miramos esas marcas maravillosas dejadas, media lunas hermosas, recuerdos para ella que le durarán a lo menos una semana. Es una obra y me cambio de lado y las visitamos diez veces más esa noche, para que mi cinturón amigo no quedar con ganas. Y mi niña lloraba, pedía perdón, contaba, saltaba, sus piernas se batían... pero nada. Esa noche no tenía yo corazón para dejar a mi amigo cinturón con ganas a más.

Hoy lo recuerdo con pena. Hoy, lo echo de menos. Adiós amigo, ojalá estés en buenas manos... hoy.

FIN

El exámen final

Autora: Flakita

Aquel día Andrea se despertó temprano, era el último día de clases y ya no tendría que volver a ese odioso colegio religioso y por fin iría a la universidad. Salió de la ducha y comenzó a vestirse, al colocarse la falda y verse en el espejo sonrió y comenzó a recordar todos aquellos castigos que recibió de parte de la directora por llevarla tan corta, cuántas veces había terminado sobre las piernas de sus padres por todas aquellas quejas y avisos que la escuela hacia llegar a su casa, todos aquellos días que la suspendieron y que terminaban siempre en algún rincón de su casa con su trasero ardiendo y adolorido a la vista de sus padres o hermanas, pero el único castigo que ella quería recibir era el de Mauricio su maestro de literatura, un hombre joven, alto, de tez morena y mirada penetrante, fue su maestro durante este último año y aunque ella siempre lo provocó llegando tarde, no haciendo sus trabajos y hasta en ocasiones contestándole de mala manera él solo la mandaba a la dirección, todo el año ella soñó con el durante las noches, esos sueños donde él la reprendía y después la obligaba a inclinarse sobre sus piernas, le levantaba esa corta falda del uniforme que usaba y comenzaba a azotarla cada vez con más fuerza mientras ella se humedecía, él acariciaba sus nalgas desnudas y de vez en cuando sus dedos se concentraban en otra parte más íntima y al darse cuenta de lo excitada que ella se encontraba, terminaban teniendo sexo sobre el escritorio, completamente desnudos. Ella no podía dejar de pensar en esos sueños, sueños que volvían a su mente cada vez que lo tenía enfrente, y que ahora siendo el último día que lo vería no se quitaban de su cabeza.

Pero hoy era el último día y ella no le quedaba más que darse por vencida y dejarlo todo en sus sueños, además tenía que hacer un buen trabajo final ya que no quería tener problemas para entrar a la universidad por lo que se esforzó bastante en esta ocasión.

De pronto al ver el reloj se dio cuenta de lo tarde que se le había hecho al estar recordando lo que aquel maestro provocaba en ella, así que termino de vestirse rápidamente, y corrió hacia el colegio, y aunque el colegio estaba aun par de calles de su casa no logro llegar a tiempo. 

Cuando abrió la puerta de su salón, uno de sus compañeros ya se encontraba exponiendo el ensayo que había pedido el maestro para la calificación final, sus demás compañeros estaban en sus lugares, poniendo atención, y Mauricio detrás de su escritorio, al notar su llegada se acercó a la puerta.

- Entra rápido, ni el último día puedes llegar temprano - dijo Mauricio en tono molesto y con voz baja para no interrumpir.

Ella rápidamente se dirigió a su lugar y se dispuso a escuchar a su compañero. Pasaron unos 5 compañeros más y Mauricio le indicó que era su turno de presentar el ensayo. Ella sonrió y comenzó a buscar en su mochila, de pronto en su cara se comenzó a notar un poco de preocupación.

- ¿Pasa algo Andrea? -Preguntó Mauricio al ver su nerviosismo.

- Disculpe profesor, pero con las prisas dejé mi ensayo en la casa, pero vivo aquí muy cerca y puedo ir y regresar con el, no me tardo ni 10 minutos.

- No Andrea, ya estoy harto de tu actitud, pensé que te importaría este trabajo por que es importante para tu ingreso a la universidad, pero ya veo que no, y ahora voy a hacer algo que hace mucho tiempo debí hacer- dijo Mauricio mientras la jalaba del brazo y la llevaba al frente del salón.

Ella no creía lo que estaba pasando, por fin su sueño se iba a realizar, pero no quería que sus compañeros estuvieran presentes.

Mauricio colocó una silla en frente del salón, se sentó en ella y le ordenó que se recostara sobre sus piernas.

- ¡No! No puede hacerme esto enfrente de mis compañeros, por favor.

- Tu pésima conducta y tu insolencia siempre ha sido en frente de tus compañeros así que tu castigo será enfrente de ellos también -le dijo Mauricio mientras la jalaba del brazo y la colocó en la posición que le había indicado.

Le levantó la falda y dejó caer el primer azote, ella no pudo más que dar un salto por la fuerza del azote, en ella hubo muchas sensaciones en ese momento, desde dolor y humillación hasta excitación, se sentía tan apenada de ser castigada en frente de sus compañeros, los cuales observaban muy fijamente, y sus ojos reflejaban sorpresa, curiosidad, y en algunos otros un cierto agrado por aquella escena.

Los azotes continuaban dejando cada vez mas rojas las nalgas de Andrea, después Mauricio bajo lentamente sus bragas y dio unos 30 azotes más, mientras ella no hacia mas que tratar de zafarse por lo que Mauricio la golpeaba con más fuerza. De pronto se detuvo y la acarició un poco, sintiendo esa calidez en sus nalgas.

- Levántate- le ordenó.

Ella lo hizo sin voltear a ver a nadie ya que estaba muy apenada por lo que había sucedido y ni siquiera podía levantar la mirada.

- Quédate ahí, volteando a la pared, con tu falda arriba y tus bragas abajo para que todos puedan ver lo que provocó tu conducta- le dijo Mauricio mientras le señalaba un rincón en el frente del salón.