Introspectiva
Autora: María Tersuer
Autora: María Tersuer
Autora: Ceci
Ellos eran enamorados desde hace algún tiempo, se conocieron en la Universidad y, pese a ser de facultades, distintas siempre andaban juntos.Sus relaciones en ese tiempo habían sido muy tensas pues él quería ayudarla en un curso que lo tenía al borde de perderlo y pese a sus reiterados consejos para que lo tome en serio, ella no le hacía caso, siempre estuvo acostumbrada a hacer las cosas a su manera. Sin embargo ahora estaba contento pues advertía que ella ya había adquirido noción de su responsabilidad y se tomaba las cosas en serio dejándose ayudar por él.
Esa mañana tenía examen y era definitivo para sus expectativas de pasar el curso. Con un besito y una nalgadita de cariño, la empujo tiernamente hacia las escaleras que la llevarían al salón donde daría la prueba. Miguel tenía hora libre y mientras tanto esperaba confiado en la cafetería. Abruptamente Patricia, una amiga de curso de Carla se le acercó a él con la prueba y le dijo que por encargo de Carla, le pedía que le resolviera esos dos problemas y que ella se lo llevaría de vuelta.Él se extrañó, sintió mucha cólera, no esperaba eso de ella, eso no era honesto. Fueron muchos sus reparos, pero no tenía caso pensarlo y resolvió ayudarla. Ya lo habían hablado, ella quería que él la reprendiera e inclusive darle de nalgadas para ayudarla a ser mejor y pese a que él también lo deseaba, tenia temor de ser muy duro, asustarla o perderla ya que en el fondo era muy petulante y rebelde. Pero esta sí era una ocasión perfecta para enseñarle a ser más honesta y responsable. Le entregó los problemas resueltos y la amiga regresó al salón de clases.
Lo que sucedió después él no lo supo, por lo menos en ese instante. Solo que se vio, de cara frente a ella y toda furibunda le sacaba en cara haberle mandado las respuestas que ella no había solicitado, y una serie de frases mas. Así era Carla, solo gritaba y no le importaba el entorno que tenía en esos momentos- Hey, espera, si tu amiga... ni si quiera dejó que Miguel terminara la frase, y ella continuó gritando, él le pedía que bajara la voz pero ella seguía con toda esa escena delante de muchos pares de ojos que se reían de la furia de la chica y de su propia vergüenza. Él ya no pudo más, la tomó del brazo, muy suavemente y le habló al oído
- Pensaba pedirte disculpas por haberte juzgado mal, pero tu comportamiento amerita que no solo inicie tu castigo, si no que me lo piense mejor en la dureza que debo imprimir en ello, no me das otra chance Carlita. Y siguió hablando ante el asombro de ella; la tenía cogida de la mano pero imprimiendo firmeza la hacía salir de la cafetería- Mi nena te lo advertí…no te resistas y camina si antes no quieres que aquí en medio de todos haga algo que ni te imaginas. Y empezaron a caminar entre los salones de su pabellón
Inexplicablemente se dejo llevar, porque la voz de él contenía esa alerta que le aseguraba a ella que lo haría. Tenía miedo, lo sentía estricto y eso era nuevo en él, pero igual descubrió que encima de ese temor había unas ganas de saber que más venía.- Tráeme a tu amiguita, tráela porque ahora yo seré el que castigue su gran hazaña y ambas verán lo que es bueno.
Ella podía rebelarse, por supuesto que podía, pero en el fondo no quería y decidió seguir hasta el final. Demoró solo unos minutos y la trajo.-¿Qué quieres, para que me llamas? Dijo Paty con mucho desparpajo.
-¡Te creíste muy lista! Ya sé que Carla no te pidió nada y que solo lo hiciste por tu propio interés.- Si pero pensé en ella también, por eso le pasé el cuaderno con las respuestas, contestó Paty.
- Si pero yo no te pedí nada, dijo Carla muy molesta y altanera, tonito que para nada le agradó a Miguel que inmediatamente le dijo:- Silencio Carla, nadie te pidió que dijeras una palabra… cállate si no quieres que duplique la tunda que te voy a dar. Al escuchar esas palabras, Paty se sonrió un poco de burla y un poco de sorpresa, no podía creer lo que escuchaba, Carla no podía dejarse tratar así, si ella era una chica muy autosuficiente y pensó que era una broma.
- Bueno, bueno, yo no tengo vela en este entierro, me voy de aquí y uds. arréglense de la manera como más les agrade y haciendo mohines de burla, soltó su paso suave hacia la puerta.Y Miguel la paró con un:
-¡Alto allí chiquilla tonta! ¿Crees, que te llamé solo para que te burles de Carla?- Ella será castigada, ya no por copiar la prueba como pensé, si no por grosera y malcriada. Pero tú también recibirás tu castigo, por deshonesta, mentirosa y por no apreciar lo que es la amistad
- Déjame!, sácame la mano de encima. Tú estás loco, que te has creído tú!, dijo la chica.- Tú eliges, si no te quedas a recibir tu merecido por tu falta, simplemente me voy a buscar a tu profesor y le cuento la gracia que hiciste, ¡elige!, te quedas a recibir tu merecido o te largas, pero anda alistando tus cosas porque aquí no te van a querer y agradece que tengo aún un espíritu democrático.
No le quedó otra chance, ya tenía dos antecedentes de ese estilo y no le iban a tolerar uno más. Se quedó y él se acercó a la puerta, vio que los pasillos estaba vacíos, la última clase en la facultad había culminado y había una clima de intimidad muy favorecedor para sus planes y le ordenó a Paty que se bajara el pantalón…- ¡Ya! lo quiero para ahora, no para mañana… y la chica empezó a descender el zipper de su pantalón.
-Carlita, mira, mira lo que te vas a ganar a partir de ahora, si sigues haciendo tus berrinches y queriéndome manejar a tu antojo. Le ordenó a Paty que se volteara contra la pared, que apoyen sus manos en ella y empezó a dar de palmazos, uno, dos, tres, imprimiendo mucha fuerza.Auchhhh, yaaaaaaaaaa, que te has creído, bruto auchhhhhhhhhhhhhhh.
- Cállate mocosa tramposa, cállate, porque recién estamos empezandoElla hizo intentos por voltearse, obligándole a Miguel a volverla a colocar de cara a la pared y de un solo tirón le bajó el calzón sin ninguna delicadeza y empezó a darle en una y otra nalga, cada vez con mas fuerza, y ya la chica dejó su furibundo grito para llorar como una pequeña y a suplicar que ya dejara de golpear sus adoloridas y ardientes nalgas.
- Dilo, dilo. Reconoce que actuaste como una tramposa, dilo porque hasta que no lo hagas no pararé de azotar tu trasero.Buahhhhhhh, lo siento, buahhhhhhhhhhhhh
No te escuché bien... ¿¿¿¿qué dijiste chiquilla????- No seré tramposa, no haré esto más, buahhhhhhhhhh
-OK, así esta mejor y mientras decía esto, la volteó, le ordenó que se subiera la trusa y el pantalón y le dijo que se parara allí al frente, porque ahora iba a presenciar la zurra que le iba a dar a su amada malcriada, que perpleja miraba lo que sucedía con Paty.Y llegó el momento esperado: Saborear como plato de fondo a su Carlita .Y con ella fue más tierno, pero más severo aún. Ella le había hecho muchas cosas pero el nunca había actuado así ni nunca lo creyó tan resuelto a castigar sus arranques. Tenía miedo pero también anhelaba ese cosquilleo que empezaba en su estomago y se iba a anidar mas abajo de su vientre. Miedo, vértigos, vergüenza, orgullo, porque ya de verdad la estaba tratando como una chiquita y no como la novia autosuficiente y rebelde que ella era. Y extrañamente eso le gustaba.
Él jaló la silla del escritorio, se sentó en medio del aula y con un gesto con su dedo índice la llamó. Él se deleitaba mirándola, aún no había empezado a azotarla pero esa expresión de niña asustadiza casi como un pajarillo desvalido, le arremetió una sensación de ternura y excitación. Pese a que solo la llamó una vez, ella se movió, aunque muy despacio para su gusto. Pero él ya disfrutaba de la entrega mental de su amada.-Ven mi amor… VEN RAPIDO, que si no vienes ya, me pararé e iré a traerte aunque sea a rastras. Y sus pasos, los de ella, empezaron a recorrer la distancia que los separaba con mucho más agilidad…
La abrazó, le dió un ligero beso en los labios, la atrajo hacia si, aprisionó su cuerpo entre el suyo, sintió su tibieza pero también su temblor, empezó a recorrer con sus manos su cabello, su espalda, su cintura, su caderas y sus nalgas, y estampó una primera nalgada tan de improviso que la hizo saltar y empezar a temblar.- Miguel, no por favor te prometo que…
-Shuttttttttt shttttttttttt, silencio preciosa, silencio…y colocando un dedo sobre sus labios le invitó a hacer mutis total. Y siguió hablándole con mucha ternura, sin dejar de mirarla.- He visto que gozas haciéndome sentir como un tonto y creíste que nunca iba a hacer eso que tú misma me pediste muchas veces. Ella estaba como petrificada y ni se movía.
Mientras él le hablaba muy lentamente iba bajando el cierre del pantalón, pasando sus manos por las nalgas, acariciándolas, metiendo delicadamente un dedo por los bordes de su trusita. Al mismo tiempo tampoco dejaba de dirigirse a la espectadora que aún se sobaba las nalgas- Ves Paty, yo la quiero, la amo, por eso soy así con ella y le voy a enseñar a ser más tolerante y menos histérica.
- Colócate aquí en mis rodillas Carlita… ven tu misma. Ahora si reaccionó y dijo:-Nooo, me va doler, no quiero, yo lo decía por decir, por favor olvídate de eso… y lo decía con voz muy trémula.
-Ven preciosa, decía él pausadamente… pero la segunda palabra que salió de su boca fue con mucha firmeza.- VENNNN y en un abrir y cerrar de ojos la atrajo ágilmente a su regazo y en medio del silencio de la habitación, empezaron a resonar los golpes, cada vez más intensos y los alaridos de ella.
Plas, plas, plas, plasssssssssssssss,,,,,,,,,auchhhhhhhhhhh - Toma y aprende que tienes que cambiar y plassssssssssss, plasssss, plasssssssssssssss.- Que ya no voy a soportar tus berrinches plassssssssssssss, plashhhhhhhhhhh. Y seguía con los palmazos alternando una y otra nalga.
Estas ya lucían rojas y los gritos de ella empezaron a excitarlo. Hubiese querido dejar eso y hacerle el amor, pero quería ver como terminaba esto.
Buahhhh, buahhhhh, ya nooooooooooooooooooooooo buahhhhhhhhhhhhh
¡Qué rico lloraba! nunca había gozado esos llantitos y gemidos, alguna vez se los imaginó, pero que va! era una delicia para sus oídos escuchar su llanto, ese llanto libre de toda rebeldía, de toda autosuficiencia y capricho. Quería ver su rostro, verlo con dolor por eso la paró delante de él, enjugando sus lágrimas le decía:..-Pobre mi nenita…ya están poniéndose rojitas esas nalguitas, a lo mejor ya tenemos que parar. Pero no lo hizo así, insistiendo en mirarla a los ojos y con mucha parsimonia bajo la trusa de algodón que llevaba su chica, despacio, lento, acariciando también las ardientes nalgas. Y sus ojos se gozaron su rostro adolorido, con miedo, también el color fresa que esas nalgas estaban adquiriendo.
-¿Te duelen mucho mi amor? le decía mientras sobaba y acariciaba esas lindas y rosadas nalguitas, pero aún no estaban como el quería verlas. Él las quería muy rojas, así que el pensó que el llanto eran solo lágrimas artificiales aún y sin claudicar siguió,plassssssss, plasssssssssssss , plasssssssssssssss…buahhhhhhhhhhhhh. buahhhhhhhhhhh
Y lloraba, lloraba de verdad, ante la mirada sorprendida y sobrecogida de la amiga y la amorosa mirada de su pareja.Bueno, creo que aún no es suficiente mi amor. Y sin darle tregua a pronunciar más palabra, empezó a imprimir más fuerza, una y otra vez
Auchhhhhhhhhhhh, buahhhhhhhhToma, toma , plas, plassssssssssssssss,plassssssssssssssssssss
-Que no se te olvide que las niñas buenas no hacen quedar en ridículo a nadie y que ahora en adelante controlarás tus ataques de histeria. Y seguía fustigando sus nalgas .- ¿Verdad que lo harás mi amor?. Y esta vez se dirigió a la observadora Paty:
- Alcánzame el cepillo que tiene Carla en su bolsa……- Noooooooooooooooooooooo, noooooooooooooooo, ya nooooooooooo, gritó Carla desoladamente.
- ¡Silencio, te dije que no hablaras! y una sonora y fuerte palmada restelló sobre sus nalgas- Paty muévete o quieres que también yo te de con el cepillo, y ella se lo entregó
Y reanudó el castigo con avidez casi compulsiva,.zasssssssssssssss,. zasssss, zasssssss, plassssssssssssssssssssssssss
Y la chiquilla lloraba, gritaba, el dolor era ya penetrante, habían sido demasiados azotes, ni había llevado la cuenta pero era algo que no podía tolerar, pero contradictoriamente le incrementaba la sensación mucho más fuerte que el cosquilleo. Lloraba, porque le dolía, pero en medio de ese llanto descubrió otra sensación mas agradable, otra que la crispaba y le hacia sentir la necesidad de gritarle que siguiera, que no parara, que también disfrutaba de los azotes, que ya estaba muy excitada y traspasando ese velo sutil hacia su propio gozo. Miguel también reconocía como los gritos de ella aumentaban su excitación. En medio de cada cepillazo, las oleadas de placer, la impulsaba a apretar sus piernas y afianzar su pubis en las rodillas de Miguel obligándose ella misma a moverse casi frenéticamente. Y él lo captó. Podían juntos ya conjurar sus dolores, sus pasiones, sus locuras y corduras, todo el placer mutuo de gozarse.Habiendo ya traspasado esa barrera; no quiso mas espectadores, eso quería disfrutarlo solo con su amada .Gritó a la chica que se fuese y Paty salió mirando, no precisamente con pena a su amiga, quizás si, con cierta envidia y morbo por ver la mezcla de ternura , dureza y pasión que apreciaba en esa pareja. Se fue y se quedaron completamente solos. Y el volvió a concentrarse solo en lo suyo,
-Amor,.mi chiquita, estas gozando no es así? y no paraba con el cepillo, plasssssssssste duele pero te gusta y a mi me encanta más
plassss , plassss, toma, buahhhhhhhhhhhhhhhh. BuahhhhhhhhhhLlantos, gemidos, gritos de excitación, Él gozaba de solo escucharla y ella sin más, solo dejaba de circular su placer en la longitud y ancho de su cuerpo y él tampoco podía aguantar más.
Terminó de despojarla del calzón, el resto de las ropas casi se las arrancó y asida ella a él retiraron los últimos obstáculos y se precipitaron a continuar con el goce que les proporcionó el haberse inaugurado como spank-amantes… y se gozaron, como nunca, como ni en su más recóndita imaginación lo habían sospechado. Ese fue el mejor de los bálsamos para el ardor de ella y él supo que no más dejaría de disfrutar aquello. Fueron horas realmente maravillosas,Al final de cuentas, agradecieron la trampa de Jessica, que también tuvo lo suyo pues se fue imaginándose lo que pasaría después entre ellos.
Autora: Ana K. Blanco
La nieve está cayendo muy suave sobre la casa de madera de dos pisos. Tiene a la entrada una estancia grande con la estufa como protagonista acompañada por la mullida alfombra; y sin que moleste la vista del fuego, un sillón grande y cómodo. Sobre un costado está el comedor, y algo más alejada una cocina tipo americana. Los dormitorios están en el piso de arriba, al que se accede por una simple escalera de madera. Nada lujoso, sólo cómodo y funcional. La música envuelve el ambiente, que se ha vuelto cálido gracias al fuego de la leña ardiente. En un rincón de la cocina, Stephan prepara la cena. Algo sencillo pero delicioso, especial para mí.
- Pero… ¿porqué Stephan? ¿Qué hice ahora?
Parado detrás de mí, comienza a amasar mis carnes rojas y ardientes con sus manos, que son como un bálsamo para mis doloridas nalgas. En ese vaivén de caricias, lleva lentamente sus dedos hasta mi entrepierna, percibiendo de inmediato mi humedad. Juguetea con mi clítoris, lo retuerce, me hace estremecer mientras que con la otra mano mete y saca sus dedos de mi vagina. Estoy a punto de explotar de placer, gimo y me retuerzo sobre la cama. Stephan me conoce profundamente, y cuando estoy por sentir los primeros espasmos… me levanta de la cama de golpe y me lleva hacia el escritorio, donde me coloca con el vientre sobre él, con las piernas algo abiertas.
Sigo sin entender, pero cuando me doy vuelta, veo que en su mano sostiene… la temible cane! Actúa con tal celeridad que no me permite hablar y suelta el primer varazo. Me incorporo levemente por la sorpresa más que por el dolor. Stephan colocó varios espejos por toda la habitación, de forma tal que siempre puedo ver cómo me azota y presentir el golpe antes que llegue.
Veo bajar la cane una y otra vez. La apoya contra mis nalgas, la separa solo unos centímetros, como para medir el golpe, por dos o tres veces y… asesta el golpe en el lugar exacto que él quiere. Al poco rato mi culo está rayado de tanto azote y yo ya no resisto más. Lo miro como suplicando y él decide parar y consolarme. Me levanta del escritorio, me toma entre sus brazos y me acaricia tiernamente. Quiero que este momento no termine.
Me conduce hasta la cama y me coloca encima de él. Me acaricia las piernas sintiendo el final de mis medias y el comienzo de la carne "al natural". Eso me excita aún más, si es eso posible... Y me doy cuenta que sí lo es, porque puesta sobre él en perfecto ángulo recto y con unos deliciosos movimientos, logramos llegar al mejor orgasmo jamás soñado por mí.
9 de noviembre del 2005
Autora: Ana K. Blanco
Ser maestro rural en una escuelita perdida en la mitad de aquel campo interminable le estaba resultando difícil. Los niños venían a estudiar desde varios kilómetros a la redonda: algunos caminando, otros a caballo, otros en algún tipo de transporte… Todos, a su manera, hacían el esfuerzo diario de trasladarse hasta allí para estudiar. Los tenía de todas las edades: desde 5 años hasta 12 o 13 años, y a todos les daba la misma atención y el mismo afecto.Como en todas las escuelas había niños más inteligentes y avispados y otros más tímidos o no tan vivaces. Y también estaban los traviesos y casi incorregibles. Él no estaba de acuerdo con el castigo físico a los niños; su pensamiento era que si un niño no estaba bien educado, la responsabilidad era de los mayores que estaban a cargo de él, que le permitían de una forma u otra comportarse así. Ese era el caso de Alicia, la niña de 8 años cuya mamá la consentía de forma constante, y ese detalle no le permitía a él corregirla de la forma adecuada. Si le mandaba alguna tarea para la casa, era probable que su mamá no le obligara a hacerla o que ni siquiera se ocupara de ver si la realizaba o no. Alicia respondía bien en la escuela, pero fuera de ella… ¡Definitivamente, el problema era la mamá y no la niña! Por eso la había llamado para que lo fuera a ver después de las clases, que terminaban a las 4 de la tarde. Y eran casi las 5 y aún no aparecía…
Puso el agua hirviendo en el termo, le puso la yerba al mate sin llenarlo demasiado, un chorrito de agua tibia para hinchar la yerba sin quemarla, y la bombilla se abrió camino solita hasta llegar al fondo del porongo. Un chorro de agua caliente sobre el costado de la bombilla y… salió un mate perfecto con espuma y todo!! Era todo un ritual aquello de preparar el mate.
Salió a la puerta de la vivienda que ocupaba pegada a la escuela. Le gustaba matear sentado en el porche de la casita, en las tardes, mientras los tonos rojizos del atardecer teñían el campo. Esa gama de colores rojos, de los más suaves a los más púrpuras, le recordaban cierta parte del cuerpo femenino después de... Mejor pensaría en otra cosa. Esta era su hora de tranquilidad, de sosiego, de paz. Se lo merecía después de lidiar todo el día con los niños…
A lo lejos divisó una figura a caballo. De seguro era Laura, la mamá de Alicia. Laura era una mujer adulta, de algo más de 30 años, estatura regular y una bella figura. Hacía unos tres años que su esposo la había abandonado, y desde entonces ella se dedicó sólo a su trabajo y a su hija, a la que le daba todos los gustos que podía y sin darse cuenta la estaba haciendo caprichosa y malcriada.
Miró la escena como quién mira una obra de arte: una bella amazona con la larga cabellera negra al viento, vestida con la ropa apropiada para cabalgar, un corcel blanco contrastando con los colores del atardecer,… ¡todo un espectáculo!
Le dio una vuelta a la bombilla, cebó otro mate y esperó a que ella desmontara.
-¡Hola maestro! Buenas tardes…
-Buenas tardes Laura ¿cómo está? Tome asiento. ¿Un mate?
-Sí, gracias. A esta hora nunca desprecio un buen “cimarrón” -le dijo mientras estiraba la mano- Leí la nota que me envió con Alicia y aquí estoy. ¿Qué pasa ahora? ¿Qué hizo Alicia esta vez?
-Alicia es una niña buena y solo hace lo que le permitimos hacer. Aquí en la escuela es una maravilla: se porta bien, es responsable, presta atención en clase… sólo alguna vez me tengo que poner un poco más rígido porque ella se encapricha y quiere hacer su voluntad, pero enseguida entra en razón.
-Entonces no entiendo cuál es el problema.
-El problema son las tareas que tiene que hacer en el hogar: no las trae, o no las hace, o si las hace están descuidadas y sucias… Por eso pedí que viniera hasta aquí Laura, para hablar con usted.
-¿Y qué pretende que haga yo? Le digo que haga sus tareas, pero se pone a jugar y como yo tengo mucho que hacer…
-Laura, no es la primera vez que tenemos una charla como esta –le dijo con tono recio.
-Lo sé… ¿porqué no le da usted unas nalgadas para que haga las cosas bien?
-¿Yooooo?? Pero… usted sabe perfectamente que yo soy contrario a ese tipo de castigos en los niños por parte de los maestros. Eso debe hacerlo usted que es su madre. Además… ¿sabe qué? A la que hay que poner en su lugar antes que a nadie ¡es a usted! ¡Yo no responsabilizo a la niña por no hacer su tarea, sino a usted!
-¿A mí? ¿Y a mí porqué?
-Porque los padres en general y las madres en particular, son las personas responsables de la educación de los niños. Por mucho que yo hago aquí, todo es en balde debido al tratamiento que le da usted a la niña en su casa.
Laura se puso de pie, algo enojada. Se cruzó de brazos y comenzó a caminar nerviosa de aquí para allá.
-Ahora bien Laura -le dijo el maestro- ¿para qué cree que la hice venir hasta aquí? ¿Para repetirle una vez más lo que ya sabe usted de memoria? ¡No Laura, esta vez NO!
-¿Entonces…? –Le contestó ella con aire desafiante y los brazos en jarra- ¿para qué me hizo venir?
El maestro, sentado como estaba, giró su cuerpo para apoyar el termo y el mate en la mesita que tenía al costado. Con toda la parsimonia comenzó a remangar su camisa y le comenzó a hablar:
-La hice venir para enseñarle lo que debe hacer y cómo lo debe hacer. La hice venir para hacer realidad y llevar a la acción todas las palabras que le dije hasta ahora. La hice venir, querida Laura… ¡para esto!
La tomó del brazo y sin ningún miramiento la colocó sobre sus rodillas antes de que ella pudiera reaccionar. Debió apoyar sus manos en el piso para sostener el equilibrio. El maestro miró con regocijo el espectáculo que se presentaba ante sus ojos: los pantalones de montar, de tela elástica, dejaban muy bien marcadas las nalgas redondas y turgentes. El pelo, negro y lacio, le caía hacia delante y tocaba el suelo. Tenía los pies casi en el aire…
-Pe… pero… maestro!! ¿Qué es lo que piensa hacer? No se atreverá usted a… aaaayyyy!!!
-Ya me estoy atreviendo –le dijo junto a la segunda nalgada- Para que su niña aprenda, ¡aprenderá usted primero! Plas, plas, plasss, plas…
Laura comenzó a corcovear como esos caballos que a veces solía montar… Movía sus piernas, levantaba sus manos de a una: usaba una para no perder equilibrio, y la otra para interponerla entre la mano del maestro y sus doloridas nalgas.
-¡Basta señor maestro! ¡¡ Basta por favor!! Ya entendiiiiiiiiiiiiiii…
El maestro se detuvo y la ayudó a ponerse de pie. Laura comenzó a refregarse su colita con vigor.
-Ayyy, qué ardor! Ya me voy…
-Noooooooo, qué va! Usted se queda aquí señora, todavía el castigo no comenzó…
-¿Qué cosa?
-Pase al salón de clases
-Pe…
-¡SIN PEROS! ENTRE A LA CLASE… ¡YA!
Estaba un poco asustada. Jamás había visto al maestro tan enojado y tampoco se hubiera imaginado jamás que le haría algo así a ella. Pensó que más le valía obedecer…
-Tome una tiza y escriba en el pizarrón: “Es horrible la falta de educación y de obediencia, dado que son valores imprescindibles en esta vida”.
Laura obedeció y escribió:
“Es orible la falta de educasion y de hovediensia, dado que son balores inpresindivles en esta vida”
El maestro no hizo ni una sola mueca. Solo se quedó mirando el pizarrón… Luego de un momento, miró a Laura y le dijo:
-Venga por aquí por favor, de este lado del escritorio, frente al pizarrón. –Laura cumplió la orden- Ahora, dígame algo: ¿cree usted que lo que escribió, está escrito correctamente?
Laura clavó los ojos en el pizarrón y le espetó:
-Por supuesto que está escrito correctamente.
-Está usted segura, ¿verdad?
-¡Estoy totalmente segura de eso! -contestó sin pensarlo.
-En ese caso, estará usted dispuesta a recibir 10 azotes por cada falta de ortografía.
-No hay faltas… -dudó un segundo- ¿o sí?
-Sí las hay. ¡Muchas y muy graves!
Se acercó al pizarrón y mientras subrayaba las palabras incorrectas, le comenzó a decir:
-horrible: dos faltas… ¡¡Por favor!! ¡¡¡Realmente horrible!!!
-educación: dos faltas
-obediencia: tres faltas. Dígame Laura, ¿realmente conoce esta palabra?
-valores: una falta
-imprescindibles: ¿¡cuatro faltas!?
-Laura, pase y corrija esas palabras.
De muy mala gana y arrastrando los pies, hizo las correcciones. Escribió:
-horible
-educacion
-obediencia
-valores
-inprecindivles
¡¡El maestro no lo podía creer!!
-Laura, si bien está mucho mejor, no entiendo… ¿cómo es posible? ¿Fue usted a la escuela?
-Por supuesto que sí. ¿Qué pasa? ¿Todavía están mal?
-Por supuesto que sí… -le dijo el maestro en tono de burla- Necesita usted venir a la escuela… ¡casi tanto como su hija! ¡Y lo hará!
-¡Claro que no, no lo haré! ¡Yo no tengo edad, ni tiempo ni ganas!
-Vea usted Laura, tiene dos opciones. La primera será que venga usted a la escuela, y a cambio sólo le daré a usted la mitad de los azotes que se ha ganado hasta ahora, que suman 170.
-¿¿Cómo?? ¿17 faltas?
-Exacto. Está usted mejor en matemáticas que en ortografía.
-No me gusta la primera opción. Dígame cuál es la segunda…
-La segunda opción es que siga escribiendo las palabras que están mal escritas y seguir sumando azotes hasta que las escriba correctamente… Y recibir hoy la totalidad de los azotes. ¿Qué prefiere?
Laura no sabía que contestar: miraba las palabras en el pizarrón y… ¡para ella estaban perfectas! ¿17 faltas? Quizás no fuera mala idea concurrir a la escuela, pero… ¡qué humillante! Pero era preferible recibir 85 azotes que 170. Y solo para comenzar, porque… ¡¡quién sabe qué cantidad más!! Bueno, volver a la escuela también era una forma de ver al maestro, de ver más seguido a ese hombre que tanto le gustaba. La azotaína que le había propinado hoy, la había dejado… ¿excitada? No, eso no era posible… ¿o sÍ?
-Maestro, creo que lo mejor será volver a la escuela –le dijo con la cabeza baja.
-Sabia decisión Laura. ¡Felicitaciones! Para no interrumpir demasiado su trabajo, vendrá martes, jueves y sábados durante 3 horas cada día.
-Sí maestro…
-Bien, ahora baje su pantalón y ponga el vientre apoyado en el escritorio.
-¿Lo qué?
-Me oyó perfectamente. ¡HÁGALO! Le quedan 85 azotes… a menos que quiera que sean más.
No lo tuvo que repetir. Se bajó los pantalones hasta la altura de la rodilla y se puso como el maestro se lo había indicado.
Él se acercó por detrás de ella, le apoyó la mano izquierda en la cintura y comenzó a azotarla con la mano una vez más: plas, plas, plassss… Los golpes eran fuertes, secos, parejos y los esparcía de forma uniforme. Laura no quería llorar, pero el ardor se le estaba haciendo insoportable! A medida que los golpes iban cayendo, la braga se le iba metiendo entre los cachetes, que iban perdiendo su color rosáceo para tornarse del color de la flor del ceibo: rojo!
-Por favor maestro, ya no me pegue más!
-Querida Laura… tú eres buena en matemáticas, y si contaste los azotes, apenas llegamos a los 30! Pero está bien. Dejaré de azotarte con la mano…
-¡Gracias! -le dijo ella mientras hacía un amague para levantarse los pantalones
-Pero ¿qué vas a hacer?
-Voy a ponerme los pantalones para irme…
-¿Los azotes te habrán dañado el oído? Dije que ya no te azotaría “con la mano”. Los azotes que te di hasta ahora fueron 30. Dime Laura, ¿cuánto es 85 menos 30?
-…
-¿Laura? ¡Contesta! –y le dio una nalgada tan fuerte que la hizo saltar.
-¡55 señor maestro! ¡55!
-Bien… esos son los azotes que te daré… con la regla!
-Nooooooooooo!!!
-Y deja de moverte si no quieres que los aumente -le decía mientras sus calzones iban a parar a la misma altura que tenía el pantalón- y abre un poco tus piernas.
La vergüenza no podía ser mayor: allí estaba ella, frente al maestro, mostrando sus partes más íntimas y totalmente expuesta ante él. La regla fue cayendo implacable sobre su trasero: 10, 20, 40, 55 veces… Las lágrimas de Laura habían corrido por su rostro junto con el poco maquillaje que llevaba puesto. Tenía su culito tan colorado y maltratado que apenas se podía mover. Sería una larga cabalgata de vuelta hasta la casa, ¿cómo haría para regresar? Cuando estaba concentrada en sus pensamientos y en su dolor, sintió algo húmedo y tibio en sus posaderas: era el maestro, que tiernamente le aplicaba paños tibios para calmarle el dolor y la hinchazón.
-No te preocupes por tu regreso a casa Laura. Yo te llevaré en mi vehículo y mañana te enviaré el caballo. Espero que esto te sirva de lección.
Mientras le hablaba le iba aplicando las compresas. Entre estas y las palabras susurrantes del hombre, Laura comenzó a calmarse lentamente.
Esa misma semana el maestro comenzó a darle clases; la ortografía y cultura general de Laura mejoró increíblemente en poco tiempo.
Lo que no se terminaba de explicar el maestro, era porque a partir de que tenía a Laura como alumna vespertina, varios de sus alumnos traían las tareas que mandaba para el hogar hechas un desastre. En fin, tendría que hablar con las otras madres también…
FIN
Ana Karen
Montevideo, 30 de octubre de 2005
Estaba cansado, muy cansado, pero… ¿cómo no estarlo trabajando para esa mujer? Ser el valet y secretario privado de la señora Paola no resultaba fácil ni era tarea para cualquier mortal! Su horario era de 0 a 24, de lunes a domingo, todos los días del año.
¿Cuándo había tomado sus últimas vacaciones? Ya era el quinto año que trabajaba para ella, y sólo había tenido vacaciones los dos primeros años, o sea que hacía tres que no se movía de su lado. Y estaba agotado física y mentalmente. Como secretario la acompañaba a todos lados, le recordaba sus citas y compromisos, se encargaba de responder los mensajes, cartas, pagar sus cuentas personales, enviar regalos para sus amigos (la señora no tenía familia), y un largo etcétera imposible de enumerar! Y como valet estaba a su servicio para cosas tan simples como prepararle el baño, elegirle la ropa que iba a usar o prepararle sus maletas cuando salían de viaje, cosa que hacían muy frecuentemente.Además, la señora Paola tenía un carácter ¡más que difícil!! En su extenso y supuestamente tan pulido vocabulario, no existían palabras como: “por favor”, “lo siento” y muchísimo menos “gracias” o “me equivoqué” Ella consideraba que si estaba pagando por un servicio no tenía que usar ninguna de esas palabras ni muchas otras de ese tipo. ¡Y pagaba muy bien, él lo sabía! Varias veces había pensado en renunciar a este trabajo que lo agobiaba y lo estresaba tanto. Envió su currículo a varios trabajos y en todos fue aceptado, pero el salario era casi la mitad de lo que ganaba aquí. Además del excelente salario, la señora le compraba su ropa, toda fina y de marca, le pagaba el pasaje siempre en primera, a su lado, y en los hoteles compartían el mismo apartamento o suite, pero en dormitorios diferentes.
El compartir el mismo lugar de descanso, aunque fuera en otra habitación, traía aparejado serios inconvenientes para Javier, dado que la señora no tenía reparos en entrar en cualquier momento y a cualquier hora en su recámara, y por supuesto, sin golpear la puerta o pedir permiso para entrar. Sabía que la responsabilidad de que esto sucediera era totalmente de él, dado que por conservar el trabajo no había dicho nada al comienzo y luego, pasado el tiempo, ya no tenía sentido.
Paola lo había visto de todas las maneras imaginables: vestido, desnudo, durmiendo, leyendo, en la ducha… Las pocas veces que había intentado protestar, ella le contestaba que si no le gustaba podía renunciar cuando quisiera, y que si ella lo necesitaba o quería decirle algo lo haría en el momento que lo creyera oportuno ¡o cuando le viniese en gana! Paola tenía la seguridad de que él no lo haría, el sueldo era demasiado generoso !Ahhh… “poderoso caballero, Don Dinero”, como reza el dicho español.
Pero lo que más fastidiaba a Javier era la falta de consideración de la señora. En el tiempo que llevaba trabajando para ella, jamás le dio las gracias por lo que hacía, por el tiempo que le dedicaba y la atención y el esmero que ponía en cada una de sus tareas. Sí, ella le pagaba y muy bien, pero él quería algo más. Se conformaría con una sonrisa, un gesto de agradecimiento, un simple “por favor” o “gracias”, pero eso era demasiado fantasioso tratándose de Paola.
Por suerte, en pocos días más ella partiría de vacaciones a unas islas en el Pacífico y él aprovecharía para pedirle su licencia. No iría con ella ni aunque se lo suplicara. Esta vez no cedería! Y si lo echaba, pues… ¡mala suerte! No soportaba más esta situación y había ahorrado suficiente dinero como para darse el lujo de estar un largo período sin trabajar, y con sus excelentes referencias conseguiría trabajo cuando lo deseara, a pesar de sus 52 años.
- Javier, está todo preparado para las vacaciones, ¿verdad? Supongo que ya te habrás encargado de todo: pasajes, hotel, automóvil…
- Sí señora. Ya he sacado su pasaje, le he hecho la reservación en el mejor hotel y también me he ocupado de conseguirle una limusina con chofer.
- ¿Qué cosa? ¿Cómo que has sacada MI pasaje? Querrás decir ¡LOS pasajes!
- No señora, quise decir SU pasaje.
- ¡Explícate!
- Hace ya 3 años que no me tomo vacaciones.
- ¿Cómo que no? ¡Yo siempre te llevo conmigo!
- Sí señora, es verdad. Pero cuando yo viajo con usted, la que toma vacaciones es la señora, no yo! Cada vez que está usted de viaje, por trabajo o por descanso, es lo mismo para mí, pues yo me sigo encargando de todas sus necesidades y continúo siendo su valet, amén de su secretario privado. Necesito tomarme un tiempo para mí, solo conmigo mismo… de verdad.
No supo jamás qué cara le habría puesto para que ella accediera a su pedido. ¡Casi no lo podía creer!!
- Y ¿ya has pensado dónde serán tus vacaciones?
- Sí señora. Me iré a una montaña en Asturias, cerca del pueblo de mis padres. Ellos murieron hace años y me trae paz y buenos recuerdos regresar allí. He comprado un terreno con una cabaña en la montaña y un amigo arquitecto la ha ido reparando de a poco y me ha avisado hace unos días que ya está terminada. ¡Estoy muy feliz!! Y quiero darle las gracias por permitirme partir.
- ¿Y cómo es la cabaña Javier? – le preguntó mientras se sentaba en el sofá y cruzaba sus maravillosas y largas piernas.
- Es una cabaña grande pero sencilla. Le he hecho muchas reformas y dejando el casco original, mandé ponerle las comodidades que son casi imprescindibles en el mundo de hoy: calefacción central, agua caliente, todos los dormitorios con baño privado y he mandado reformar la cocina también.
- Suena muy tentador.
- Bueno… lo es para mí! Sé que allí estoy en mi hogar y podré descansar, volver a ver a la gente que conozco desde niño y disfrutar del bello paisaje que tanto me gusta!
Y sin ningún reparo, Paola le espetó:- ¡Me voy contigo!
“Nooooooooooooo!!!” –tuvo ganas de gritarle! Pero se contuvo.
- Señora Paola… quisiera pensarlo antes de contestarle.
- ¿Qué es lo que tendrías que pensar?
- Si es conveniente que venga usted conmigo. Como le dije, quiero vacaciones, no podría hacerme cargo de usted…
- ¡Yo no te necesito! ¡No seré una carga para ti!
¡Su primer pensamiento fue de fastidio! Claro que lo necesitaba, pero ella no se daba cuenta de cuán importante era él en su vida. Importante, no imprescindible. ¡Y por su mente se cruzó una idea! En menos de un segundo ya tenía todo planificado y entonces…
- Tiene razón señora Paola. Será un placer “para mí” que venga a mi cabaña.
Ella le notó algo extraño en su tono al decir esto, pero no le dio mucha importancia.
- Mañana mismo ultimaré los detalles y en unos pocos días partiremos hacia la cabaña. Pero quiero algo de usted antes de seguir adelante con esto.
- ¿Qué cosa?
- Hace ya cinco años que estoy a su lado. Hay actitudes suyas que no comparto, pero la considero una mujer con dos maravillosas características que no son comunes en el día de hoy: es usted una persona honrada ¡y de palabra!
- ¡Por supuesto! Si doy mi palabra la cumplo a como dé lugar, aún perdiendo lo que tenga que perder.
- Lo sé, fui testigo varias veces de eso. Por eso me atrevo a pedirle que me dé su palabra de honor que durante el mes que estemos de vacaciones ¡NO SERÉ SU EMPLEADO! Y que si algo sucediera será separado del trabajo. A partir del momento en que tomemos la limusina hasta el aeropuerto y hasta que regresemos a este lugar no recibiré ninguna orden de su parte. No será usted mi jefa en esos días ni yo su empleado. Deberá depender de usted misma en todo momento
- ¡Pero por supuesto!! ¡Eso está sobreentendido! ¡Es lógico que sea así!
- Necesito su palabra señora. Por usted y por mí, por la tranquilidad de los dos.
- Javier, tienes mi palab…
- ¡No señora! –la interrumpió- No ahora… ¡Le sugiero que lo piense antes de hacerlo!
- No tengo nada que pensar. Tú me conoces bien y sabes perfectamente que una vez que tomo una decisión no me desdigo ¡ni doy marcha atrás! Javier: “tienes mi palabra de honor que el empleado y la jefa se quedan aquí mismo! Al viaje de vacaciones irán solamente un hombre y una mujer al que los une una relación amistosa”. ¿Te basta con eso o quieres algo más??
- Sí, hay algo más. También quiero que me prometa que me obedecerá en absolutamente todo lo que le diga.
- ¡Yo no obedezco a nadie!
- Entonces no podré llevarla… ¡lo siento!
- ¡Yo no quiero prometer obedecerte! ¿Para qué haría tal promesa?
- Es el precio para que venga usted conmigo. No quiero alguien caprichoso que me arruine mis vacaciones.
- ¡Yo no soy caprichosa! –le dijo ella haciendo un mohín…
- Pues si no lo es, ¡¡lo disimula usted muuuuuy bien!!
Paola no tuvo más remedio que reírse! Sabía que no sólo era caprichosa, sino que además muchas veces era insoportable…
- Prometo durante el mes que duren las vacaciones, obedecerte en todo. ¿Está bien así?
- ¡Esta perfecto! Es más que suficiente señora. Sólo espero que no se arrepienta…
Al día siguiente Javier canceló el viaje de Paola e hizo todos los arreglos para el nuevo itinerario a su lado. Estuvo la mayor parte de la noche planificándolo todo, hasta el último detalle. Preparó su equipaje y también el de ella. Paola jamás miraba lo que él ponía en la maleta, pues confiaba plenamente en su gusto y daba por descontado que él sabía qué debía ponerse para cada evento. Y esta vez, ¡él lo sabía mejor que nunca!!! Así que con “alevosía y premeditación” preparó la ropa, calzado y lo que él deseaba que ella usara en esta ocasión.
Y el día llegó. Estaba todo preparado a la hora adecuada, como siempre. Javier le avisó que era hora de partir y ella salió de la habitación en dirección al ascensor mientras el botones del hotel se ocupaba del equipaje. La limosina esperaba en la puerta para llevarlos al aeropuerto.
Una vez dentro del vehículo y con el auto en marcha, Javier le dijo:
- Bien… las vacaciones han comenzado y el empleado y la jefa quedaron en el hotel.
- Así es – contestó Paola.
- Aquí tienes (es la primera vez que la tuteaba!!) tus papeles: pasaje, pasaporte, tarjeta de embarque y demás documentación necesaria para el viaje.
- Pero… no harás tú los trámites como siempre? Y… es la primera vez que me tuteas!
Esto no podía comenzar mejor para Javier!! Prácticamente aún no habían salido y ya estaba ella pidiéndole cosas y llamándole la atención por algo: tal cual lo había imaginado!!
- Primera respuesta: no, no haré TUS trámites porque estoy de vacaciones y no soy tu empleado.
Y segunda respuesta: te tuteo porque nuestra relación es de amistad, como tú lo dijiste “…un hombre y una mujer al que los une una relación amistosa”. Y si soy tu amigo, creo tener el derecho a tutearte, verdad? Es lógico que el trato sea más cercano.
- Está bien, no me molesta. Y yo soy capaz de hacer mis propios trámites… -dijo ella con un dejo de enojo en la voz.
Una vez en el aeropuerto, tuvo que cada uno hacerse cargo de su equipaje, presentarse en el mostrador correspondiente, buscar la puerta de embarque, etc. Paola tuvo algunos inconvenientes por la falta de costumbre, pero salió airosa de todas las situaciones. Una vez dentro del avión, que casi pierden por las demoras de ella, Javier se dirigió a clase turista mientras que a ella le indicaban su lugar en primera clase. Paola no entendía nada. Durante el viaje lo buscó para recriminarle porqué no había sacado los dos pasajes en primera.
- Porque yo no tengo dinero como para pagarme tal lujo. Tú sabes que soy solo un trabajador y tengo que pensar en mi futuro. Prefiero ahorrar la diferencia del pasaje para invertir en otras cosas más importantes para mí.
Y en ese momento se le cruzó a Paola un pensamiento como un refusilo: estas vacaciones no serían como ella las imaginó. Se había acostumbrado a Javier y… lo amaba! No se lo diría jamás! pero se había enamorado de ese hombre tan especial, dulce y paciente con ella. Pero algo sucedía, algo extraño que no lograba ver aún. Lo que tampoco imaginaba era lo cerca que estaba de descubrirlo!
Cuando llegaron era casi de noche. Javier estacionó el auto en la puerta de la cabaña. Abrió la portezuela de la valija del auto y sacó las maletas. Le había hecho cargar a ella con su equipaje desde Madrid, pero… se veía tan cansada ¡que le dio pena! Cuando con cara de sufrimiento Paola se dirigió a buscar su equipaje, él le dijo:
- Yo las llevaré. No olvido mi caballerosidad. Además… te ves muy cansada.
Esperaba que Paola le diera las gracias, pero no lo hizo. Eso lo enfureció un poco, pero lo disimuló. Aún no era el momento…
La cabaña se veía humilde pero bien arreglada por fuera. Al entrar Paola se asombró del contraste: estaba decorada con refinamiento y buen gusto. Los muebles, adornos y decoración no eran de marca ni carísimos, pero sí de excelente calidad y buen diseño. Todo el lugar se veía confortable y había sido reformado guardando un gran respeto por la arquitectura y diseño originales. En una palabra, era un lugar… ¡encantador!
En la planta baja, donde originalmente se guardaba el ganado, Javier había pedido que lo convirtieran en un comodísimo garaje con un lugar para hacer el lavado, secado y planchado de la ropa. En el primer piso estaba la sala principal, el comedor y una enorme cocina con una salita que tenía varios sillones cómodos y una estufa de leña. La cocina era tipo americana y tenía todos los utensilios que podría exigir un buen cocinero, y Javier lo era, así que había pedido que la diseñaran a su gusto. A un costado había una puerta que daba a un baño muy coqueto y completo.
En el segundo piso estaban los dormitorios. Había uno enorme, hermosísimo, con un ventanal inmenso que daba a un balcón ¡y este tenía una visión fabulosa del lugar! La cama era tamaño king, y sobre un costado de la habitación tenía un espacio como para desayunar. En el otro costado había una estufa de leña rodeada de unos sillones magníficos. Por una puerta de roble se entraba a un baño con jacuzzi, todo en mármol y decorado con gusto magnífico. ¡Era una habitación digna de reyes!!
Paola tiró las maletas y se zambulló en la cama!
- Pero… ¿qué haces?- gritó Javier.
- Cómo que qué hago? ¡Me acuesto! ¡Estoy molida y quiero descansar!
- Me parece estupendo, ¡pero hazlo en TU habitación, no en la mía!!
- ¡Esta habitación me gusta! ¡Me quedo aquí!!
- Mira que casualidad: a mí también me gusta ¡porque la diseñé para mí!! Así que haz el favor ¡y vete de aquí!
- ¡No, no lo haré!
- ¿Es necesario que te recuerde tu promesa de obedecer en todo??
¡Fue como un resorte! Con una cara de pocos amigos se levantó de la cama y lo miró casi con desprecio…
- Paola…
- ¡Qué! – le gritó con enojo
- Mi cama… ¡no estaba en esas condiciones que la dejaste! Así que… déjala en las mismas condiciones que estaba cuando entraste a la habitación. Ya mañana hablaremos y te diré las reglas de convivencia que tendremos durante este mes.
- “¿Reglas de convivencia”? ¿Pero qué es eso??
- Mañana lo sabrás. La habitación que está a la derecha, enfrente a esta, es la tuya. ¡Toma tus cosas y sal de mi recámara! ¡Ah! Y no se te ocurra, por ningún motivo, entrar en esta habitación sin mi permiso. ¿Entendido??
Lo dijo en un tono severo. Nunca lo había visto así en estos años. Tuvo un poco de temor pero… en el fondo le gustaba más este Javier recio y fuerte de carácter que el siempre obediente que ella conocía.
Tomo sus pertenencias y salió en silencio de la habitación. Cuando cruzó la puerta sintió que ésta se cerraba tras ella y el sonido del cerrojo la hizo sentirse en una terrible soledad…
Las vacaciones habían comenzado, y algo en su interior le advertía que serían diferentes a las que había tenido anteriormente durante su vida.
Al abrir la puerta de su habitación, el alma se le vino a los pies. No era una habitación como ella hubiera soñado. No tenía nada que ver con la de Javier. Estaba limpia, ordenada, pero… ¡era de una pobreza franciscana! Casi no tenía muebles: la cama de una plaza, su mesita de noche sobre un costado y una pequeña veladora encima, un reloj digital barato, una mesa tipo escritorio con una silla, una cómoda con ¿cepillos para el pelo?? (¡qué extraño!, pensó), un espejo para verse de cuerpo entero y el placard. Las paredes estaban casi desnudas excepto por un pequeño cuadro que se perdía en la inmensidad del espacio vacío.
¿Y aquella puerta? Ah, era el baño. Bueno, por lo menos el baño estaba mejor que la habitación: era amplio, tenía una ducha cómoda, era completo, con un lavabo enorme y un espejo también de grandes dimensiones, un placard con toallas y en la parte inferior de este placard, los elementos para la limpieza.
Al regresar a la habitación se ¡sintió aún peor! Ella no estaba acostumbrada a tanta austeridad, y no entendía por qué Javier le estaba haciendo esto. ¿Por qué la trataba así?
Pero esas ideas le daban vueltas… Javier… enojado… mañana… zzzzzzzzzz…
Luego de la ducha donde dejó el baño igual que un lago de patos, como era su costumbre, se dirigió a la maleta y volvió a sonreír. Bien… no teniendo otra cosa se vistió como una colegiala y recogió su pelo ensortijado en una cola de caballo. Algún rizo rebelde se le escapaba y caía graciosamente sobre su rostro… Vestida así se veía juvenil y simpática, ¡y no le quedaba nada mal! Se miró al espejo y aprobándose a sí misma bajó las escaleras ¡haciendo un alboroto inusual en ella! ¡A pesar de todo se sentía feliz!!
- Javier, ¿qué hiciste para desayunar?? ¡Me muero de hambre!!!
No recibió respuesta.
- ¿Por qué no me contestas?? ¿Sigues de mal humor? ¿Se puede saber qué te pasa? ¡Me estoy cansando de tu actitud Javier!
Casi le gritó. El levantó la vista y la miró con un desprecio que la hizo estremecer. Un frío le corrió por la espalda…
- Antes que nada, se saluda cuando se llega a un lugar o cuando uno se levanta, aún cuando se ha dormido juntos. Quisiera saber quién te enseñó educación, tú que te crees tan refinada. Luego, si uno no está en su casa y desea algo, debe tener la gentileza de pedir lo que desea “por favor”. ¿Entendiste? Ahora, vuelve a entrar y esta vez hazlo correctamente.
- ¿Qué haga queeeeeeeeé?? ¡Por supuesto que no lo haré! ¿Quién te crees que eres para hablarme así? ¡No soy una niña, no te atrevas a decirme qué hacer y cómo debo hacerlo!
- Ayer te recordé que me diste tu palabra de que me obedecerías EN TODO. No pienso volver a recordártelo. Te lo digo por última vez Paola: cumple tu palabra ¡o ya mismo comenzarás a arrepentirte!
- Ah ¿sí? ¿Qué me harás? ¡No te atrevas a amenazarme Javier!
Se veía encantadora con esa ropa. Y cada vez que se daba vuelta de golpe, la falda tableada se levantaba levemente ¡dejando a la vista, por un instante, su precioso trasero!
- ¿Sabes Paola? Tienes razón, no vale la pena prevenirte ni amenazarte más. Mejor te daré tu primera lección de educación ya mismo. Ya que no estás dispuesta a obedecer y has roto tu palabra… ¡te enseñaré a ser educada y respetuosa!
- Ah ¿síiiiii? ¡Ja! Y ¿cómo lo harás?- le dijo con una sonrisa.
- De una forma antigua, sencilla… ¡y eficaz!! ¡Ven para aquí!
No le dio tiempo a reaccionar. Antes de que se diera cuenta se vio boca abajo sobre las fuertes piernas de Javier. ¡No lo podía creer! Trató de zafarse, pataleó, trató de golpearlo, pero… fue en vano. De alguna manera que no entendía él puso su pierna atrapando las de ella para que no pudiera patalear. Luego con la mano izquierda juntó sus manos en la espalda y apretándolas con fuerza a la altura de la cintura, la inmovilizó. Sólo podía contorsionarse levemente. ¿Qué pretendía hacer Javier? No podía ser que se atreviera a… ¿azotarla!?
- Ahora, mi querida Paola, tu primera lección de buenos modales… ¿Qué me tendrías que haber dicho al entrar?
- ¡Y yo qué sé! Lo que te digo usualmente: que me sirvas el desayuno.
- GOOOONNNGGG!! – Dijo él queriendo imitar una campana- ¡Respuesta incorrecta! El castigo serán 10 palmadas en tu trasero. Contemos: uno… plas! Dos… plas! Tres… plas! Cuatro…
Y los golpes seguían cayendo con toda la fuerza de la que era capaz. Gozaba ese momento. Siempre había deseado secretamente poner en su lugar a esa altiva y maleducada mujer ¡y aplicarle unos buenos azotes en su culo! Ahhh, ¡cómo estaba disfrutando! No así Paola, que saltaba con cada golpe y no terminaba de aceptar que eso le estuviera pasando justo a ella.
- Y diez… ¡Plassssss! Bien Paola, quizás esto te ayudó a recuperar la memoria. Volvamos a hacer la pregunta: ¿Qué me tendrías que haber dicho al entrar??
Paola pensó para sí: “Si este imbécil se piensa que porque me dé unas nalgadas cederé, ¡está muy pero muy equivocado! Aunque… ¡¡cómo duelen!! Pero no me rendiré.”
- Javier, ¡sírveme el desayuno de una puta vez!
- Paola… ¿de verdad te gustan las nalgadas?? Pues por mí no hay problema. Tenemos todo el mes para que me digas lo correcto. Más allá de que tú nunca lo digas, sabes muy bien cuál es la respuesta, ¿verdad?
- ¡Por supuesto que sí! ¡Pero no te lo diré! Puedes golpearme todo lo que desees, pero no te lo diré. ¡Me niego! Y por primera vez en mi vida estoy rompiendo mi palabra: NO TE OBEDECERÉ. Eres un energúmeno, un bruto, un bestia… y te exijo que me liberes ya mismo. ¡Suéltame yaaa!
- Ay, Paola… ¡Qué risa y qué pena me das! Te lo diré así, a ver si logras entenderlo: ¡cada vez que te repita la pregunta te doblaré la cantidad de azotes! O sea que ahora serán 20, y además te subiré la falda –le decía mientras levantaba la faldita por encima de su cintura- y te bajaré tus braguitas hasta las rodillas… así Javier quedó casi mudo ante la visión del tono rosado que habían tomado aquellos bellísimos cachetes. Agradecía que ella estuviera boca abajo y no pudiera ver su rostro que lo hubiera delatado de inmediato. Pero debía seguir adelante.
Paola por su parte no podía sentirse más avergonzada. Él la había visto desnuda alguna vez, pero nunca de aquella manera. Se sentía humillada y no podía creer que estaba viviendo aquella situación.
- Por lo tanto Paola… ¡gooonnnng! Respuesta incorrecta. Te comento que no comenzaré a contar los golpes hasta que digas la respuesta correcta.
Y comenzó a golpearla con más ahínco que antes. Parecía que sus manos eran de hierro candente, y los golpes caían en sus nalgas y le causaban un escozor insoportable. Cuando llevaba como unos 15 golpes…
- ¡Buenos días Javier! ¡Buenos días Javier! –¡comenzó a repetir sin cesar!
- Muy buenos días Paola ¡qué placer verte esta mañana! Uno, plas! dos, plas! tres…
La intensidad de los golpes no disminuía y sus nalgas se ponían más rojas cada vez.
- diecinueve ¡y veinte! Bueno, me alegra ver que aprendes rápido.
- Sí, claro. Ahora suéltame de una puta vez ¡so desgraciado!
- Vaya… ¡qué boquita! Y yo que había pensado que ya te habías vuelto educada. Lástima… ¡Tendremos que seguir el aprendizaje! Bien, 20 zapatillazos le vendrán muy pero muy bien a esta niña caprichosa, maleducada y peor hablada…
- ¡Nooooooooooooooo!!! ¿Cómo te atreves, cómo puedes hacer esto? ¡Suéltame ya, te lo ordeno!
- ¿Cómo que “te lo ordeno”?? De la única persona que acepto órdenes es de mi jefa, y ella no está aquí. La señora se quedó en el hotel ¿recuerdas? Aquí está una mujer “a la que me une una relación de amistad”. Y como soy su amigo y la quiero, le estoy enseñando a que se comporte mejor. Te presento a una de las compañeras que me ayudará en la tarea de tu educación: ¡la zapatilla!!
Y sin más comenzó a esparcir golpes en aquellas carnes que otrora fueran blancas y delicadas y ahora estaban rojas como amapolas.
- Uno, dos, tres…
- ¡No, no me pegues más!
- …diez, once…
- Ya, no me pegues, no soporto el escozor ni el dolor. ¡Es demasiado! –decía con la voz entrecortada y los ojos llenos de lágrimas.
- Aún no has dicho… dieciséis… las palabras mágicas… diecisiete, dieciocho… para que pare de golpearte… diecinueve…
- POR FAVORRRRRRR!!!
- ¿Cómo? ¿Qué dijiste? ¿Oí bien?
- Por favor Javier, ya no me pegues más – le suplicó llorando.
- …veinte! –y suspiró… de repente- ¡Y veintiuno! El último fue por haber demorado tanto en decirlo Ahora, ¡ponte de pie!
Apenas pudo pararse. Había sido demasiado para ella que nunca fue tratada así. Cuando Javier le soltó las manos, ella comenzó a sobarse el trasero y se iba a ir corriendo, pero él la detuvo.
- ¿A dónde crees que vas? ¡Tu castigo no termina aquí!
Paola se dio vuelta y lo miró con los ojos rojos por el llanto y la cara suplicante. Estuvo a punto de dejarla ir, pero entonces sería en vano lo que hizo. Se puso fuerte y le dijo:
- Ahora, como la niña mala y caprichosa que eres, te quedarás de cara a la pared hasta que yo te diga. ¡Y ya no te sobes más! Quiero que sientas el ardor para que no se te olvide tu primera lección. Súbete la falda y métela dentro de la cintura para que pueda ver tus nalgas rojas. ¡Y que no se te caiga o recomenzaré el castigo desde el principio! No te atrevas a subirte las bragas y deja tus brazos a los costados… Mirando a la pared y ¡NO TE MUEVAS!
Paola no podía coordinar sus pensamientos. Era imposible que le estuviera pasando esto. Que Javier, su empleado, el hombre siempre tan dulce, educado, servicial y complaciente con ella, la hubiera puesto sobre sus rodillas y le pegara de una forma tan salvaje. ¡Y todavía ponerla contra la pared, era el colmo de la humillación! ¿Se habría vuelto loco de golpe? Y ella allí, en esa cabaña en el medio de la nada, sin poder huir.
Pero en el fondo sabía que Javier tenía razón. Ella jamás saludaba a la gente que estaba por debajo de su nivel social, y menos si trabajaban para ella de una forma u otra. Tampoco daba las gracias. ¿Porqué hacerlo si ella pagaba por el trabajo? El dinero recibido por esa gente debería ser suficiente ¿Y pedir algo por favor? ¡Jamás se le ocurriría semejante disparate! No le estaban haciendo ningún favor, ella pagaba por esa tarea. Claro que por el momento su inteligencia le decía que más valía que obedeciera a Javier y no lo contrariara, porque… ¡su trasero seguiría pagando su rebeldía!!
La voz grave de Javier la arrancó de sus pensamientos.
- Ven aquí, tenemos que hablar.
Obedeció sin decir palabra. Cuando se dio vuelta vio la mesa preparada con el desayuno. Se veía delicioso y ella se moría de hambre. Se sentó con el máximo cuidado debido al escozor que aún sentía y se dispuso a comer.
Bajó la cabeza sin decir nada. Cuando Javier se hubo sentado y le indicó que podía comenzar, ella lo hizo sin mirarlo. Sentía que lo odiaba por haberle pegado, por ponerla en evidencia continuamente y… porque sabía que tenía razón, ¡pero nunca lo iba a admitir!!
- Bien Paola, llegó el momento de aclarar las cosas. Quiero que me escuches muy atentamente: eres una mujer inteligente dado que manejas tus negocios de forma brillante, así que no te costará entender lo que te voy decir. Quiero que en este mes aprendas que no eres el centro del universo. Que te des cuenta que aunque tengas muchísimo dinero, la humanidad no gira a tu alrededor ni eres el ombligo del mundo. La gente que te rodea y te sirve son seres humanos que merecen respeto y dignidad, y eso no se compra Paola. Durante este mes aprenderás a hacer todas, o al menos la mayoría de las tareas que tú le exiges a los demás.
Aprenderás a valorar el trabajo de la gente que está a tu servicio. Y además, lo más importante: comenzarás a utilizar palabras como: “por favor”, “gracias”, “lo siento”, “perdón”, etc., y a saludar como corresponde a TODO el mundo, pertenezca o no a tu nivel social. Pero no lo harás porque yo te obligue, sino por convicción, porque te darás cuenta del esfuerzo que cada una de esas personas realiza para conformarte, aunque casi nunca lo logren.
Te enseñaré a hacer todas las tareas y comenzarás por lavar todo lo que utilizamos cuando termines tu desayuno. Luego subiremos a tu habitación y te diré cómo limpiar la recámara y el baño. Por hoy yo me encargaré de arreglar mi cuarto, pero a partir de mañana será también tu responsabilidad.
Todos los días te levantarás a las 7 para comenzar tus tareas, las cuales encontrarás escritas y pegadas en el refrigerador. Si no sabes cómo se hace algo, puedes preguntar y te explicaré cuantas veces sea necesario, pero… ¡no permitiré ningún error! Todos los errores que cometas serán castigados con severidad, así como cualquier acto de rebeldía o insolencia. ¿Entendido?
Además de dejar los cargos de jefa y empleado en el hotel, me prometiste y me diste tu palabra de obediencia total, y sólo eso te voy a exigir.
Recordó sus épocas de niña y le preguntó:
- Javier, ¿Puedo levantarme de la mesa para recoger y lavar la loza del desayuno?
- Sí, tienes mi permiso para hacerlo –le contestó con una sonrisa.
- Y por último hablaremos de tu ropa.
Era la oportunidad de Paola para sacarse un poco el enojo que tenía y lo aprovechó.
- ¡De eso te quería hablar yo también! ¿Puedes creer que los estúpidos de la línea aérea me entregaron la maleta equivocada? Jajajajajajaaaaa… Cualquiera que me conozca sabe perfectamente que yo no uso ropa como esta. Es la de una colegiala…
Pues yo te conozco muy bien y cuando hice tu maleta pensé que era la ropa adecuada para ti: la de una niña caprichosa. Cuando demuestres ser una mujer te podrás vestir como tal. En tanto te vestirás de acuerdo a las actitudes que tienes. Ahora dime Paola, ¿fui lo suficientemente claro para ti?
- Sí – respondió con un hilo de voz…
- En ese caso comencemos con las tareas para el día de hoy. Te acompañaré todo el tiempo para enseñarte paso a paso cómo se hace cada uno de los trabajos. Recuerda: no admitiré ningún error ni en las tareas, ni en tu comportamiento, y mucho menos en tu forma de hablar. Ven conmigo por favor…
- Como tú digas Javier -Todavía se veía muy enojado y no quería contrariarlo.
- Dime Paola… ¿no se te olvida algo?
Quedó pensativa… no quería cometer errores porque su orgullo y su trasero no se lo permitían, pero no se daba cuenta de qué hablaba Javier.
- ¿Hay algo que me tengas que decir?
- No… no tengo na.. nada más que decirte…- le contestó titubeando.
¡Debe haber recibido no menos de 20 o 30 azotes!
- Ahora vamos a tu recámara. ¡Sube ya!
Subió delante de él mientras se iba sobando el trasero, ofreciéndole un espectáculo maravilloso: aquel hermoso culo redondo y colorado y sus manos acariciándolo…
Y con toda la dulzura y paciencia del Javier que ella adoraba, le fue enseñando y explicando cómo debía de hacer cada una de las tareas. Paola no tenía mucha destreza manual y al nunca haber realizado este tipo de trabajos, era un poco torpe en sus movimientos, pero enseguida él iba en su auxilio y le ayudaba.
Luego pasaron a la habitación. Javier miró la habitación y luego la miró a ella, como diciendo con los ojos ¡que les esperaba una tarea titánica!
- Mira qué bello se ve ahora el cuarto Paola. Así ordenado da gusto, ¿verdad?, Ahora bien… ¿tienes algo para decirme?
- En realidad, sí… quiero descansar un rato, estoy muy cansada y me voy a recostar. Despiértame a la hora del almuerzo.
Se dio media vuelta y se tiró boca abajo sobre la cama.
El chasquido del primer cintazo lo percibió en el aire y luego lo sintió sobre su piel.
El castigo se le hizo interminable.
De repente él paró y le dijo que no se moviera. No lo hizo, estaba demasiado dolorida y asustada como para hacerlo. Al momento Javier volvió con un pote de crema en sus manos y comenzó a extenderlo sobre aquella zona tan roja y cruzada por las rayas que había dejado el cinto. Lo hacía con extremo cuidado y suavidad: hasta se diría que con amor. Paola podría haberse quedado así por siempre, adoraba las manos de Javier, sobre todo en momentos como este…
Con mucho cariño le dio vuelta, le abrazó con ternura y le volvió a hablar, esta vez suavemente y le explicó que hacía esto por su bien, para que dejara de ser tan petulante y agradeciera lo que se hacía por ella… Fue entonces cuando Paola creyó haber entendido el “juego”.
- Sí Javier, entiendo. “Gracias” por tus enseñanzas y por invertir el tiempo de tus vacaciones en mí.
Javier no lo podía creer: le había dicho ¡“gracias”! La abrazó con más fuerza y le dijo que descansara un rato, que él se iba a encargar del almuerzo; la dejó sola en la habitación, descansando… Había sido suficiente. Le enseñaría el resto de los quehaceres mañana.
El resto del día pasó sin novedades.
¡El sonido del despertador le estalló a Paola en la cabeza!! Con su trasero aún muy dolorido se levantó, se duchó, se vistió rápidamente y bajó a la cocina. Pegado en el costado de la heladera estaba la lista de tareas. ¡Parecía interminable! Pero se había propuesto hacer lo que él le mandaba. En el fondo era excitante obedecerle, y los azotes… Había algo que no entendía y le daba vueltas en la cabeza: cuándo él la azotaba sentía un dolor inmenso, pero al mismo tiempo su entrepierna se mojaba ¡y hasta había tenido más de un orgasmo! ¿Cómo podía ser eso? Bueno, no quería que él le pegara… ¿o sí? Su trasero decía que no, pero otra parte de ella lo deseaba con pasión.
Javier apareció en la cocina. Se veía tan bello aquella mañana, tan varonil, tan hombre. Era sumamente seductor y lo sabía. Además, no hacía nada por disimularlo.
- Buenos días Paola, ¿dormiste bien?
- Muy buenos días Javier. Sí, dormí perfectamente, gracias. ¿Y tú?
- Pero bueno, ¡qué bonito oírte hablar así! Ven, preparemos el desayuno mientras organizamos el día.
Compartieron tareas, él le enseñó todo lo que pudo y durante los días siguientes fueron muchas las veces que la azotó: por su lenguaje, por alguna tarea mal realizada, por dormirse… ¡cualquier excusa era una razón para ponerla sobre sus rodillas!
Cuando llegaron a la cabaña bajaron las bolsas, acomodaron las compras y entonces:
Ella se colocó boca abajo sobre sus rodillas. Entonces levantó un poco la cabeza y comprendió el porqué había colocado la silla allí: el espejo. Ella estaba frente al espejo y podría ver perfectamente cómo iba a ser castigada: el momento en el que él bajaba su mano y el golpe, además de sentirlo. Tembló.
- Espero que no olvides esta lección.
Bajó las bragas hasta las rodillas y comenzó a esparcir los azotes por todo su trasero, que estaba suave y pálido en ese momento, pero que no quedaría así por mucho tiempo. Luego de un buen rato y cuando pensó que ya estaba bastante colorado, tomó el enorme cepillo y comenzaron los golpes con él. El sonido era diferente, y la picazón también. Dolía y ¡mucho! No tuvo noción de cuántos cepillazos recibió, pero lloraba por el dolor, la hinchazón y el escozor. Luego de un rato se detuvo.
- Nunca más vuelvas a ponerme en evidencia delante de nadie, ¿entendiste??
- Sí Javier, lo que tú digas. Perdóname por favor…
La abrazó y la besó con toda la ternura y pasión que fue capaz. Luego la tomó en sus brazos mientras ella se abrazaba de su cuello. La llevó a su habitación y cerró la puerta.
Paola no olvidó jamás estos días en la cabaña de Javier. Con sus palabras, sus enseñanzas y sus azotes, había logrado hacerla mejor persona, y un maravilloso ser humano.
Autora: Ana K. Blanco
(Dedicado a la Sumisa María y a su “papi” Jaime)
El que lo veía caminar por las estrechas calles de la Ciudad Vieja de Montevideo notaba en él toda su pinta de taita y malevo. Desde la ropa hasta su forma de caminar y moverse, denotaban el típico guapo que tanto se conoce por las letras los tangos.
Jaime, más conocido como el “papi” Jaime, era alto, de pelo negro corto, con ojos penetrantes que relojeaban todo por debajo de su gacho; los botines le relucían de tanto betún y lustre; llevaba puesta una camisa blanca, con el cuello y puños inmaculados y para rematar el traje gris, una bufanda de seda que anudaba en el cuello como lo requería la moda del momento.
El tenía su propio negocio y hacia allá se encaminaba. Era un cabaret, aunque algunos lo tildaran de “cabaretucho” o peor aún: “piringundín”. Su negocio era respetable y tenía fama en el ambiente del arrabal. Desde que Carlitos cantaba allí había subido la concurrencia; ahora también estaba María, con esa hermosísima voz y esa mezcla rara de nena bien y milonguera que enloquecía a más de uno.
Después de admirar en la puerta el nombre del lugar: “Chanteclaire”, entró, pegó una rápida mirada a la concurrencia y fue para el mostrador.- ¡Bien! Esa mina es cumplidora y eso me gusta.
El cabaret estaba casi lleno. El humo de los puchos y el ruido de las voces y risas era lo típico de esos lugares. De repente todo quedó en silencio y Jaime vio que todos miraban hacia la puerta. La curiosidad lo hizo girar hacia la entrada y entonces se preguntó lo que el resto de la gente: ¿qué querrían esos tres “cajetillas”?
- ¡Pardo! Andá y atendé a esos pitucos a ver qué quieren. Llevalos al privado, y si quieren más, pueden usar mi oficina. Entendiste, no?
- Sí patrón.
- Dale, movete entonces. Y cualquier cosa me avisás.
El Pardo era su empleado de confianza. Lo vio dirigirse hacia los hombres bien vestidos y entonces reconoció al que venía al mando: se trataba de Don Floreal Vargas de Ron y Ruiz, perteneciente a una de las familias de más rancio abolengo y Senador de la República para más datos. Lo había visto en más de un acto político y era uno de los pocos que la gente consideraba honesto. Y le surgió la clásica pregunta: ¿qué haría un hombre como aquél en un cabaret como aquél? No era lo normal que gente de aquella categoría visitara el Chanteclaire.
Los vio desaparecer dentro del privado. Quizás tendría alguna cita con alguna mujer. Quizás venía por alguna de las minas del lugar. En fin, ya lo averiguaría cuando volviera el Pardo. María ya estaba por salir a cantar.- ¿Así? Dejámelo a mí nomás. ¡Yo lo arreglo! “¿Así que Senador incorruptible y honesto, no?”–Pensó para sí- “¡Ja! Son todos iguales. ¡Viejo degenerado!”
Los aplausos y gritos lo arrancaron de sus pensamientos. María ya estaba en escena hermosamente enfundada en un traje de “mina de arrabal”. Arrancaron las guitarras mientras ella se movía en el escenario como una experta.Lo escucho.
Cuando María terminó su actuación, el “Pardo” la estaba esperando.
- María, el “papi” quiere hablar con vos. Dice que vayás a su despacho, que te espera allá.
- Bueno, me cambio y voy.
- No, tiene que ser ahora mismo. Dale que te acompaño.
María lo miró extrañada. ¿Cuál sería el apuro que ni siquiera podía cambiarse esa pollera tan atrevida, con ese tajo que dejaba a la vista todo su muslo? Y todavía se había puesto la liga roja con la flor para sotener las medias de red. Le divertía vestirse así, como una arrabalera. Menos mal que allí nadie la conocía, que si no…
Siguió al Pardo hasta el despacho y éste golpeó la puerta.
- ¡Pasá! –gritó el “papi” Jaime desde dentro.
A María le sonó un tanto raro el tono de su voz, pero estaba tan feliz con su éxito de esa noche que no le dio importancia. Abrió la puerta, entró y… sus ojos no daban crédito a lo que veía: ¡su papá el Senador y el “papi” Jaime juntos! No, no era posible. Y se veían tan enojados los dos.
- Papá… pa… “papi”… yo…
- Hola María. ¿Sorprendida de verme nena? –le preguntó el Senador.
- Papá, yo… yo te voy a explicar… yo… este…
- ¿Qué? ¿Qué es lo que me vas a explicar? Esto no tiene explicación posible –le gritó.
María bajó la cabeza y con un hilo de voz se atrevió a preguntarle:
- ¿Cómo lo supiste? ¿Quién te lo dijo?
- ¡Sos una desvergonzada y una caradura! Me engañaste como un estúpido, pusiste el buen nombre de la familia en juego, no te importó todos estos años de sacrificio para mantener mi buen nombre y mi carrera política! ¡Sólo quisiste jugar a ser cabaretera sin pensar en nada ni en nadie!! -Dio un paso largo hacia ella y la encaró:
- ¿Querés saber cómo me enteré? Pasé a verte antes de irme a dormir y me extrañó tu posición en la cama, porque no era como acostumbrás dormir. Vi que estabas destapada fui a cubrirte. Cuando me acerqué, me di cuenta que mi “nena” no era otra que Renata, la sirvienta. Ella pagó bien caro el ser tu cómplice, y te juro que recordará esta noche cada vez que se siente, porque me encargué de ponerle el culo como una brasa! Y después de negarse y a base de azotes por fin me dijo dónde encontrarte. Así que vine a mostrarte el camino de vuelta a casa.
Sabía que estaba totalmente perdida y comenzó a sollozar. No podía huir ni hacer nada que no fuera aceptar su destino. El Senador le gritó a uno de sus empleados:
- ¡Felipe! Andá al auto y traéme “aquello” –Felipe salió de inmediato de la habitación- Y vos dejá de lloringuear que todavía no te di motivos para eso. Pero en unos momentos vas a llorar de verdad ¡ya vas a ver!
- Pero papá…
- Pero papá ¡NADA! No puedo tolerar una cosa así: me engañaste, me mentiste, traicionaste mi confianza y no conforme con eso, lo peor de todo: pusiste el nombre de la familia y mi carrera política en juego. Si alguno de mis detractores se enterara de esto, estaría perdido. Y lo mismo hiciste con Don Jaime.
Sí María -agregó Jaime- A mí también me engañaste. Dijiste un montón de mentiras que yo creí y todavía me hiciste quedar mal con alguien como el Senador, que merece todo mi respeto como hombre y como político. Preparate María, porque vas a recibir una lección inolvidable.
- Por favor “papi” Jaime, dame otra oportunidad. Yo solo quería cantar tango y era la única manera de conseguirlo.
- Pues si eso era lo que querías, lo lograste. –le dijo el Senador- Ahora vas a pagar el precio por conseguir tu capricho. Sos una rebelde, consentida y caprichosa. ¡Estoy harto de tus impertinencias! Pero todavía estoy a tiempo de corregirte y es lo que voy a hacer. Así que, vení para acá. Y vos Julio, esperá afuera. Cuando vuelva Felipe que no entre, yo lo llamaré.
- Sí, Don Floreal.
- Sí –dijo el “papi”- Tomátelas vos también.
Don Floreal tenía a María agarrada del brazo. Ella miraba todo sin saber qué hacer y con los ojos fuera de sus órbitas. Sabía que no era nada bueno lo que venía, pero no podía imaginarse qué pasaría. Sin soltarla le dijo al “papi” que acercara una silla, la puso en medio de la oficina y...
- Bien María, llegó el momento. El “papi” Jaime y yo hemos llegado a un acuerdo para tu castigo: dado que los dos somos los ofendidos, los dos te castigaremos. Y no se te ocurra decir nada, protestar o intentar huir porque no te va a servir de nada, entendés? Y solo vas a ganar que te castiguemos todavía más. Dale, vení para acá! Don Jaime, aquí se la entrego. Comience cuando quiera.
María estaba aterrorizada. Ahora sí imaginaba algo de lo que le esperaba.
- Pero papá, vos jamás permitiste que otra persona me castigara.
- Pero esta vez es diferente. ¡Y vos te lo buscaste!
El “papi” Jaime no la dejó hablar más. De un tirón la colocó sobre sus rodillas y comenzó la azotaína. “Plas, plas, plasss, plass..” No tenía ninguna piedad con ella. Don Floreal le había dicho que comenzara él y que lo hiciera sin quitarle la ropa, y el “papi” Jaime aceptó de buen grado.
Los golpes seguían cayendo y luego de unos minutos, a la seña de Don Floreal, Jaime paró.
- Ahora es mi turno. Vení para acá –le dijo, y de un tirón le arrancó la falda dejándola con las bragas solamente- Conmigo no vas a tener la suerte que tuviste con Jaime.
Le bajó las bragas y la colocó sobre sus rodillas. María conocía de sobra las manos de Don Floreal. Sabía cómo golpearla para que doliera más. Ella no lo veía, pero tenía sus cachetes con un bonito color rosado, que fue perdiendo para convertirse en rojo fuego a medida que el Senador comenzó a descargar golpes sobre ella, que se moría de vergüenza por la humillación de estar frente al “papi” casi desnuda.
De nada le sirvió patalear, gritar y llorar, solo que su padre aumentara la intensidad de los golpes. Nunca la había golpeado con tanta fuerza ni tan duramente.Durante todo el castigo cada uno de ellos le fue diciendo lo enojado que estaba, lo mal que se había comportado y que ese castigo era por su bien, para que aprendiera los modales que se esperaba de una señorita de su rango social.
-¡No te vas a olvidar de esta paliza en tu vida! Zas, zas, plass, zas, plas, plasss…- Lo siento papá, lo siento!- Puedes frotarte un poco -le dijo con una voz tajante y sin el menor grado de compasión. No lo iba a reconocer ante nadie, pero el ver a María de aquella forma lo hizo ponerse en un grado de excitación que casi no podía disimular.
María comenzó a frotarse su torturada colita y a pegar saltitos por toda la oficina.-Según me dijo Don Floreal, será con la que más aprendas, así que… ponete en posición y… ¡SILENCIO! o te va a ir más “pior”.
En la forma en que estaba acomodada, su maltratado trasero quedaba totalmente expuesto. Cambiaron posiciones y el Senador dio comienzo al castigo con el primer varazo: fuerte y seco. María saltó de dolor, movió sus caderas, levantó sus piernas y se preparó para el segundo, que fue ejecutado por Jaime y tan doloroso como el primero e igual a todos los que les seguirían.Uno tras otro fueron cayendo los varazos, hasta que se miraron entre ellos y con un gesto se indicaron que era suficiente.
Ayudaron a María a recostarse en el sillón y comenzaron a ponerle crema acompañada de compresas de agua fría para calmarla. Los dos le hablan con ternura y le repetían que todo había sido por su bien y que debía parar con esa doble vida.
Luego de un rato, Don Floreal envolvió a María en un cobertor y le dijo a Renato que la llevara hasta el auto. Se despidió del “papi” y salió de la oficina seguido por Julio. En último lugar salió Renato con María en brazos.
Cuando se alejaban, María asomó la cabeza, miró a el “papi” Jaime y, mientras sonreía levemente… le guiñó un ojo.
¿FIN?
Ana Karen
Montevideo - 25/octubre/2005
Autor: Eleutheris
Él lo sabía. Mantenía la cabeza gacha y fumaba con intensidad el último cigarrillo de la cajetilla comprada por la mañana mientras caminaba a su encuentro.
Él lo sabía. Levantó la visto y se dio cuenta de lo cerca que estaba de su casa. Al notarlo y sin implicar a su voluntad, los pasos fueron cada vez más cortos y lentos. Puso la bachicha entre la uña del dedo anular y la yema del pulgar, estiró el brazo y con un gesto de enfado y contrariedad, la arrojó por su costado sin ver que caía en un pequeño charco, se humedeció y el humo persistió sólo unos segundos antes de perderse en las pequeñas ráfagas de viento que provocaban en esa tarde-noche una rara sensación de frío para los inicios del otoño en el DF.
Él lo sabía. Y lo asumió con un largo suspiro, al que siguió un ligero ataque de tos. Mientras ponía el dedo en el botón que haría sonar el timbre en el departamento de Gavi.
-¿Sí?
- Hola, soy yo, Eleutheris.
- ¿y?
- ¿Cómo que “y” Gavi?, déjame pasar, anda, que está haciendo frío. Dijo mientras se acomodaba el cuello de la chamarra de mezclilla y metía en seguida las manos a las bolsas laterales de la misma.
- ¿Y si no te dejo pasar qué? (Se escuchó en seguida una pequeña risa ahogada con la palma de una mano pequeña).
- …
- Te hablo, que si no te dejo pasar ¿qué?
- …
- Si no me dices no te dejo pasar, ¿eh? La voz había cambiado, la risa había desaparecido por completo, y Eleutheris no se decidió a asumir si lo que se dejaba escuchar era enfado o nervios.
- Gavi, tenemos que hablar.
Ella ya no contestó, sólo se oyó la clásica chicharra del portero automático, Eleutheris empujó la puerta, y sacando las manos de la chamarra empezó a subir peldaños de dos en dos. Ahora tenía prisa y algo más que le hacía mantener los músculos tensos y el cuerpo rígido y es que, él lo sabía.
Al llegar al piso indicado, tomo aire, pensó en los cigarros que había fumado de más ese día, y limpió unas pequeñas gotas de sudor de la nariz con el dorso de la manga de la chamarra. Acomodó las gafas, y se encaminó a la puerta. Contra lo que pensaba, la encontró entornada, empujó un poco y le sorprendió también encontrar todo a oscuras. Todo es un decir, se veía luz en la recámara que Gavi usa para dormir.
- ¿Gavi?
- …
Le encantó el aroma que golpeó su nariz al dar los primeros pasos cuando se encaminó al pasillo. La puerta del baño estaba abierta y era evidente que se acababa de duchar. Era el agua vaporizada que carga empequeñecidas las moléculas de los aromas que unos minutos antes se habían puesto en juego, el shampoo de siempre, la loción para el cuerpo, las cremas para la cara, y sí, ese otro aroma que era sólo de ella, que era ella.
Su pene reaccionó, pero dejó de pensar en la molestia que le representaba en sus pantalones cuando la vio reflejada en el espejo al abrir la puerta. Tenía el pantalón del pijama puesto, y se empezaba a abrochar los botones de la camisa. Al verlo hizo ella su clásico gesto de niña berrinchuda, giró la cadera y le volteó la cara.
Evidentemente no sabía lo que él tenía planeado. Se sentía segura de la situación, se sentía con el control total. En las últimas semanas, él le había permitido más cosas de las que hubiera esperado. De hecho, los gestos de enfado no eran simple coquetería, había además una molestia real, tal vez por eso sonrió cuando al escuchar el sonido clásico, volteó para comprobar que él se quitaba el cinto y lo dejaba doblado cerca de la cabecera de la cama.
- Eleu, que tú no le pegas a nadie. ¿Para qué te quitas el cinto?
Aparentemente ella esperaba una retahíla de reclamos, o las ya cansadas explicaciones teóricas de Eleu. Lo que menos esperaba era el silencio que acompañó los pasos que le llevaron a su lado.
Ella continuó con su actitud, se mantuvo firme y retadora, levanto la barbilla, e intentó mirarle por encima del hombro. Pero él estaba demasiado cerca, y al hacerlo perdió el equilibrio. Trastabilló, y para no ceder ni un milímetro de piso, se agarró con la mano izquierda del tocador.
Iba a decir algo, cuando sintió la mano de él sujetar su oreja y jalarla hacia el lado de la cama, dobló la cabeza y se resistió a romper contacto con el mueble que le daba equilibrio.
- Eleutheris, ¿qué haces?, ¡me lastimas!
Sin soltar la oreja, con la otra mano, la tomó de la cintura, y la empujó en la misma dirección del jalón de orejas. Ella se percató entonces de que algo no estaba dentro de lo esperado.
- ¡Que me lastimas imbécil! ¿Qué te…..?
No pudo terminar la frase, tenía la cara en la cama, y no podía creer que él la hubiera arrojado así, intentó erguir el cuerpo para salir de la cama y el acoso, pero algo la sujetaba por la espalda, ¿Era su pierna? No lo podía creer, estaba siendo tan violento como nunca lo había sido, confiaba en él, pero se sintió sorprendida como nunca, ¿cómo era posible que sintiera al mismo tiempo esa excitación entre las piernas y el estómago?
Por lo extraño de la situación, por la mezcla de sensaciones quizá, se dio cuenta de lo tensa que estaba cuando las uñas le empezaron a lastimar sus propias manos, estaba sujeta a la sábana, y pegaba la cara al colchón, reaccionó y se notó llorando, levantó un poco la cara, la inclinó y a pesar de que lo único que veía era a él azotando rítmicamente con el cinto sus nalgas, supo que estaba con el culo al aire ¿a qué horas le había bajado el pantalón? En seguida notó el ardor, cómo picaba… intentó moverse, y una vez más se sintió por la espalda contenida, la fuerza de ese brazo le hizo caer rendida de nuevo…
Sí, se percibió rendida, y cuando lo hizo notó como estaba inflamada su vulva, estaba excitada, y darse cuenta de ello la llevó a frotar sus piernas y a caer de nuevo con la cara en la cama, sujetó la colcha, y dijo en un susurro involuntario: - Ya, Eleu, ya por favor.
Sabía que no la escucharía, en parte porque no quería. Ya no sentía del cinto más que la ola que en forma de excitación llegaba hasta al otro extremo de su cuerpo donde se había iniciado. Tensó un poco las rodillas, levantó el culo, y siguió llorando…
Al día siguiente, al despertar, se encontró con una nota en el buró:
“Gavi, lo sé, tenemos que hablar”
“Un beso,”
“Eleutheris.”
Dejó la Nota sobre la almohada vacía, sonrió, cerró lo ojos, y se acomodó de lado, ¿Qué horas serán?, Pensó, mientras conciliaba de nuevo el sueño.
Eleutheris.
26 de Octubre de 2005.
Autora: Brujamestiza
No sé por qué, pero me encanta castigarla, será esa sensación de ser más poderoso que ella que alimenta a mi estúpido y primigenio instinto de macho, o el sentirla totalmente entregada a mí, confiada de que todo estará bien y que nunca le haré daño real. La veo vulnerable, asustada y suplicante y eso me enloquece… precisamente por la misma razón que me seduce verla fuera de la intimidad, con su seguridad de mujer profesionista, ejecutiva de alto nivel dando órdenes a sus subalternos, organizando el rumbo de su empresa y tomando decisiones sustanciales. Pero cuando estamos solos, se transforma en una pequeña asustada, obediente de mis órdenes y dispuesta a satisfacer mis más extravagantes caprichos.
Me encanta verla como ahora, me da la espalda porque tiene la cara clavada en el rincón de la recámara. Sus nalgas, enrojecidas por el castigo, se exhiben desnudas para mí. Y llora en silencio, adolorida y cansada por el severo castigo, mientras yo me deleito con la imagen de una mujer que solo en mis manos es dócil, con la visión de su cuerpo –para mí maravilloso- que tiembla agitado por los sollozos.
Me enloquecen sus ojos suplicantes que me piden en silencio que no la castigue, cuando sabe que lo haré. Que soy una bestia inflexible y que cada una de sus faltas, por más minúsculas que sean, deben ser castigadas. Y a veces se rebela tímidamente y me reprocha mi severidad, pero se deja hacer. Podría evitarlo. Lo sé. Podría huir de mí, pues nada la retiene a mi lado y yo no le hago falta. Pero prefiere estar conmigo. Será que ella también disfruta los castigos. Al menos eso me dicen sus gemidos que a veces dejan de ser lamentos de dolor para convertirse en aullidos de placer. Eso me hace entender cuando, después del castigo, me posee con una pasión que antes de tenerla a ella, me era desconocida. Será, quizá, que ella también me ama.
Y la adoro cuando me confiesa, en un murmullo tímido, que ha cometido una falta, sabiendo lo que le espera y suplicando que no la castigue. Y la adoro igual cuando, ante un reclamo mío, ante el regaño, su sonrisa deliciosa se retuerce en un mohín de rebeldía, y niega ser responsable de su falta. Y entonces juega a resistirse, grita y patalea mientras la llevo a la recámara y la obligo a tenderse en mis rodillas, asegura que no ha sido su culpa, que el castigo es injusto y que soy arbitrario. Pero entonces, ante el dolor de las palmadas sobre sus nalgas desnudas, confiesa ser culpable y suplica el perdón.
No. No la perdono. No hasta que el castigo haya sido administrado. Diez, veinte, cincuenta azotes. Sus nalgas enrojecen, sus ojos destilan lágrimas saladas y su cuerpo se humedece excitado por el castigo. La envío a su rincón unos minutos y continúo con el regaño, mientras ella solloza y se retuerce avergonzada de estar ahí, sosteniendo su falda sobre su cintura, con las bragas a medio muslo, exhibiendo sus preciosas nalgas recién castigadas. Después, el castigo se reinicia. La coloco sobre la cama, las nalgas en alto y sacó el cinturón de las presillas haciendo suficiente ruido, ese ruido que la estremece y la excita.
Con el cinturón, no, por favor. Me dice en un gemido. Siempre lo dice y sabe que es infructuoso, que cualquier ruego es infructuoso. Veinte, treinta, cuarenta azotes son suficientes. ¡Cómo me excita oírla llorar! Y asegurar que no lo volverá a hacer, que se portará bien… sé que miente. Y ella también lo sabe. Creo que prueba hasta dónde puede llegar, aunque nunca ha llegado lejos.
Otro rato en el rincón. Esta vez de rodillas, o sentada en un banco alto con las nalgas desnudas. Eso la avergüenza mucho y la excita más.
Me encanta colocarla en mis rodillas, o hacerla inclinarse sobre la mesa y levantar su falda para luego deslizar lentamente sus bragas hasta medio muslo. Es un momento mágico. La siento estremecerse y luego la observo un largo rato, mientras ella teme y desea que el castigo se inicie. La acaricio suavemente y después comienzo. La primera palmada sobre su piel tibia me enloquece, ese primer gemido de dolor, la marca carmín de mi mano en sus nalgas... me invitan a continuar apasionado lo que inicié.
No hay mayor intimidad que aquella que existe sin ser sospechada. La magia del secreto de lo que sucede tras la puerta, algo que nadie imaginaría. Sólo ella y yo. Y sus nalgas enrojecidas diariamente bajo la amorosa tiranía de mi mano que la adora.
Y confieso que aunque yo soy el que manda, ella es quien me gobierna.