Blogia
Relatos de azotes

M / f

El baúl

Autores: Amadeo Pellegrini  y  Ana K. Blanco

Después del episodio de la laguna quedamos con Ana Karen en vernos recién al mediodía. porque por la mañana teníamos que ir con Zaldívar, mi socio, a la escribanía de una localidad vecina a completar algunos trámites para firmar un boleto de compraventa.

El Bebe Zaldívar es uno de mis mejores amigos y además médico, así que en el trayecto le conté más o menos lo que había sucedido en la laguna con mi amiga; omití, por supuesto, los azotes que le había dado.  Le expliqué, eso sí, en qué estado la había encontrado y el escalofriante alarido con que respondió a mis llamados y enseguida la risa desenfrenada e histérica que le impedía articular palabras.
-¿Y vos qué hiciste? -Me preguntó.
Le respondí que primero la había zamarreado un poco para que recuperara el habla y como no reaccionaba ni contestaba a mis preguntas le di dos o tres sopapos, que no lo recordaba del todo, porque yo estaba bastante alterado también.
-¡Ajá.! ¿Y después?... 
No, después reaccionó, pero por un buen rato siguió llorando y diciendo pavadas. Hacía pucheros y hablaba de no sé qué espíritus malos y una sarta de disparates por el estilo.
-Entonces.
-Y. Traté de tranquilizarla, la ayudé a vestirse, -respondí-, la abracé y la acaricié un poco.
-Si, sí. Ya me imagino, mi viejo yacaré, para eso te tengo fe. ¡Atorrante!
-No jodás Bebe. ¡Te estoy hablando en serio!...
-Y yo también, ¡boludo!... Mirá por lo que me contaste vos dejaste a la chica sola en la laguna. ¿Cuánto tiempo?...
-Habrán sido treinta o treinta y cinco minutos, ponele cuarenta como mucho.
-Suficiente.
-¿Suficiente para qué?...
-Para un ataque de pánico. -Respondió-. Mirá Amadeo, los ataques de pánico suceden en instantes y presentan síntomas parecidos, no son frecuentes, pero son comunes. A menos que.
-¿A menos que, qué.?
-Que vos no me contaras toda la verdad y hayas tratado de hacer con ella algo inconfesable.
-¡Vamos, che! Vos me conocés bien.
-Sí, Amadeo, te conozco. Vos sos el abanderado de los boy scouts y yo la Madre Teresa de Calcuta. ¡Andá!... Me dijiste que ella es uruguaya, ¿no?
-Sí, de Montevideo.
-¿Y se puede saber para qué la llevaste hasta el montecito de Corcuera?
-Por que ella quería ir ahí.
-¡Ah!... Ella.¿Sí, eh?...
-¡Cortala Bebe, me estás haciendo calentar! Te hablo como amigo porque estoy preocupado por Ana Karen. Mejor explicame bien cómo es eso del pánico.
-¡No te sulfurés, Amadeo! Ahora no te aguantás ni una cargadita. Mirá el pánico suele ser, en gran parte de los casos, una manifestación fóbica, por ejemplo: claustrofobia, aracnofobia, ágorafobia... en otros, producto de fenómenos colectivos. ¿Te acordás de la puerta 12 de River cuando la gente se enloqueció de golpe y atropelló para salir por ahí y murieron aplastadas un montón de personas? Bueno, eso fue pánico colectivo.¿Por qué te pensás que en la guerra los alemanes le ponían sirenas en las alas a los cazas Stukas y las hacían sonar cuando los largaban en picada? Para generar eso mismo, que la población  toda entrara en pánico. Y yo te aseguro que con las sirenas esos aviones mataron más personas que con las ametralladoras. El pánico es así y cuando hay mucha gente resulta contagioso, por lo general aparece de golpe, vos vas en un ascensor y de pronto el tipo que está al lado tuyo se pone pálido empieza a sudar y súbitamente entra a gritar y a golpear la jaula del ascensor. ¿No te pasó nunca?...
-Decime. ¿Lo de Ana Karen puede ser fóbico?
-Mirá, no me parece. Hay una serie de factores que se conjugaron, vino de viaje, está en otro país, fatigada y con algo de stress, entonces se encuentra sola en medio de un campo en un lugar desconocido, oye los ruidos del monte, que vos conocés mejor que yo, se le agolpan un montón de ideas en la cabeza: como que está ahí indefensa, que a vos te puede haber sucedido algo malo y no volver a buscarla, que no sabe como regresar, entra en un estado de confusión mental que desemboca en shock. Si no ha tenido antes esa clase de episodios y no vuelven a repetirse en fechas cercanas, no es nada serio.
-¿Y si no?
-Y, en ese caso, lo aconsejable es un tratamiento psicológico. Cuando vuelvas preguntale y, de acuerdo a lo que te conteste, traela al consultorio la vemos y le receto algún tranquilizante hasta que regrese a Montevideo, después allá que consulte a un especialista primero.

000

La primer cosa que hice al regreso, fue interrogar a Ana Karen para averiguar esos antecedentes como me aconsejó Zaldívar. Ella me aseguró que nunca antes había sentido pánico, miedo si, angustia también, pero pánico jamás, de niña tampoco. Entonces volvió a insistir con eso del "Hualichum" y todas esas estupideces que tenía en la cabeza y ,como es bastante tozuda, empezó que lo de ella no había sido un ataque de pánico y que, el que necesitaba un psicólogo era yo.

Ahí empezamos a discutir otra vez. Yo, medio en broma y medio en serio, apuntándole con el dedo, le dije:
-Me parece señorita que lo que usted anda queriendo es que yo la ponga de nuevo sobre mis rodillas y le caliente la cola con unos buenos chirlos.
-¡Ni se te ocurra Amadeo! -Bramó- ¡Si te atrevés te arranco los ojos!... ¡¡Te juro que esta vez te arranco los ojos!!...

000

No pasó nada, desde luego, la sangre no llegó al río. En lugar de fumar la pipa de la paz, compartimos el almuerzo y el café en paz. Después salimos para "Villa Amelia", la quinta de mis abuelos maternos, donde me alojo cuando vengo de Buenos Aires.

Como Ana Karen insistía con que quería ver al menos una foto de "La Puyí", le aseguré que en la Quinta, mi madre había guardado en una caja de lata un montón de viejas fotografías familiares, que allí tenía que haber varias fotos del tío Francisco y de la tía Benita.

000

Mi abuelo, Antonio Ferrato compró esas dos hectáreas retiradas de la planta urbana después de la crisis de 1930, como era constructor, refaccionó la vieja casa, impuso a la Quinta el nombre de su mujer y se instaló ahí con ella y sus cuatro hijos, un varón y tres mujeres, la mayor de las cuales era mi madre.
En vida de los abuelos ese lugar era un vergel, como buen italiano, el viejo la llenó de árboles frutales, armó una huerta donde hasta colmenas llegó a tener.

Para los nietos ese lugar era el paraíso terrenal. A nosotros, los varones el abuelo nos reservó una lonja de gramilla, colocó ahí dos arcos de palo para que jugáramos al fútbol sin estropearle las plantas, a las nietas les colgó hamacas en los árboles de sombra y para él armó una cancha de bochas, su juego preferido, donde reunía a los amigos.

Todas estas cosas le iba contando yo a Ana Karen mientras entrábamos en la casa que, aunque espaciosa, resultaba mucho más modesta que la de los Pellegrini. Diferencia más acentuada en la actualidad, por cuanto aquella, transformada en Club de Campo, estaba arreglada y bien mantenida, mientras que a esta otra, -muerto el abuelo-, el correr de los años la fue degradando.
En la Quinta todo envejeció, desde la edificación a los frutales, aunque todavía  se conservan algunos vestigios de los buenos tiempos.
Los detalles que le iba haciendo notar no la desencantaron, al contrario, lo juzgó un sitio romántico, opinión que yo no comparto del todo. En los días que la ocupo, a la casa especialmente, la encuentro bastante incómoda, pero bueno, ella ve las cosas con ojos de mujer, más soñadores que los míos.
Las habitaciones adolecen la falta de muebles cómodos y funcionales porque los herederos fueron llevándose los mejores. A la Quinta vinieron a parar, en cambio, todos los rezagos familiares. Eso mismo iba explicándoselo, al mostrarle, -por ejemplo-, el rincón vacío que antes ocupaba el piano  de mamá y sus hermanas.

Una vez terminado el recorrido interior, me dediqué a buscar la famosa caja de lata con las fotografías para complacer el pedido -tentado estoy de escribir el capricho-, de mi amiga.
Mientras yo abría cajones y puertitas, en pos de la dichosa lata, Ana Karen aprovechó para subir al altillo, pero encontró la puerta cerrada con llave.
¿Por qué será que las puertas con llave excitan la curiosidad de la mayoría de las mujeres? Estoy seguro, más que seguro, que si esa dichosa puerta hubiera estado abierta, ella hubiese escapado de ahí más que volando, huyendo del polvo, de las telas de araña, de los bichos, del tufo de ese depósito de cachivaches. Pero estaba cerrada. Desde arriba me llegó su voz, pidiéndome con inusitada dulzura que por favor le buscara la llave para entrar allí.
En vano traté de desalentarla, explicándole que en esa covacha no encontraría nada que valiera la pena y sí, en cambio, suciedad, calor, malos olores y bichos. Para esto, su tonito de voz iba cambiando. Casi diría que faltaba poco para que hiciera pucheritos, quejándose porque me negaba a abrirle esa puerta.

¿Aprenderemos los hombres alguna vez a entender a las mujeres? Yo estaba aconsejándola con todo criterio y la mejor buena voluntad, convencido que saldría de allí asqueada y sucia de polvo. ¿Qué conseguí?: Ir en busca de la llave. ¿Qué consiguió ella además de la llave? La promesa de que si encontraba alguna antigüedad que le gustara, yo se la regalaría para llevarla de recuerdo al Uruguay. Le dije que sí, así nomás a la ligera, porque yo más o menos tenía un inventario mental de las cosas que ella podía encontrar, sillas rengas, valijas viejas, trastos de toda clase, porque ese lugar ya había sido prolijamente rastrillado y saqueado por mamá y mis tías que no dejaron nada que tuviera algún valor. Como estaba fastidiado porque no encontraba la bendita caja de lata de las fotografías y porque en definitiva mi querida amiga, de una manera o de otra, se las arreglaba para explotar mi buena disposición para terminar saliéndose con la suya; insidiosamente le advertí antes de bajar:
-Mirá nena, si ahí arriba te agarra otro ataque de pánico o aparece ese monstruo amigo tuyo, yo te aseguro que los azotes del otro día te van a parecer caricias al lado de los que vas a recibir hoy. Es bueno que lo vayas sabiendo.

Me respondió con una carcajada burlona.

000

Aquella maldita caja de fotos no apareció. El altillo era el último lugar donde podía estar, pero resultaba raro que alguien la hubiera llevado hasta allí, más probable resultaba que mi madre en una de sus visitas anteriores decidiera recobrarla.

Entonces me ocupé en repasar las facturas y cuentas que tenía que pagar antes de volver a Buenos Aires, para dejarle los cheques a Isidro, que es el cuidador de la Quinta. En eso estaba, cuando desde arriba me llegó su grito:
-¡Amadeo vení, subí pronto! ¡Dale vení! ¡Mirá lo que hay acá!...
No era ciertamente un grito desgarrador como el de la laguna, parecía más bien una exclamación de sorpresa.
Subí. Encontré a Ana Karen sofocada y excitada, pero no en estado  angustioso, sino todo lo contrario, eufórica diría. El motivo de tal agitación se debía al descubrimiento de un baúl abandonado en uno de los rincones, oculto a la vista por viejas  bolsas de arpillera vacías, fundas de colchones retapizados, un fardo de lana, una bolsa con estopa y retazos de trapos polvorientos.
-¡Está cerrado! -Exclamó- ¿Ayudame a abrirlo!... Al advertir que vacilaba insistió: ¡Vamos ayudame!...  Acordate que me prometiste.
Bajé las escaleras en busca de una cuchilla y un destornillador. No necesité otras herramientas para saltar los viejos herrajes aunque no me cabían dudas que no obstante su peso, adentro no habría nada que valiera la pena, probablemente, -pensé- diarios, revistas y algunos libros o cuadernos viejos. Íntimamente deseaba que ella se llevara un chasco.

Levanté la tapa, recogí el destornillador y la cuchilla, me incorporé diciendo: -Ahí lo tenés es todo tuyo.

000

Transcurrió en buen rato en completo silencio en el que llené y firmé los cheques, dejé la lista de pagos y archivé las boletas en un bibliorato. En eso estaba cuando Ana Karen desde la puerta me preguntaba:
-Decime Amadeo, ¿quién es Mena, la conocés, no?
Tuve que recordar a quién la llamaban así; se trataba de una de las hermanas de mi abuelo, entonces respondí: -A la tía Filomena.
-¿Sí? Bueno, el baúl es de ella. ¿A que no sabés qué encontré?...
-Oro y piedras preciosas. -Le grité. (La tía Mena había muerto en la mayor pobreza cinco años atrás en el geriátrico donde pasó el último lustro de su vida.)
-¡No!... ¡No!... ¡Subí!...

000
 
Como Ana Karen hizo el hallazgo le cedo el espacio siguiente para que lo comunique.

000

Está bien: reconozco que Amadeo es un santo, que me tiene una paciencia única y que a veces me pongo tan impertinente que si yo fuera otro me daría una paliza. Pero este hombre paciente y amoroso me hace "casi" todos los gustos. Creo que tendré que fortificar mis métodos de persuasión para que los "casi" se conviertan en "todos".

Pero el hallazgo valía la pena. En aquél baúl encontré sombreros, vestidos, carteritas sin nada dentro, zapatos. todo muy fino y de excelente calidad. Pero lo verdaderamente interesante era un paquete, una caja que por fuera tenía una cubierta de hule color cereza. Por dentro, la caja forrada de terciopelo rojo con una terminación exquisita, y en ella había encontrado un montón de cartas dispuestas en diferentes montones, todos atados con cintas de raso de diversos colores, como que cada color significaba algo diferente o fuera un tipo de clasificación.

En casi todos los montones había cartas principalmente, pero también contenían alguna flor disecada, postales muy antiguas y fotografías color sepia, viejas y manoseadas, pero bien conservadas a pesar de todo.

Mirándolas por arriba, sin profundizar demasiado, vi que todas estaban dirigidas a la Sra. Filomena Ferrato, y "casualmente", todos los remitentes pertenecían a nombres femeninos. Algunas habían sido escritas desde casas particulares, otras desde hoteles, y hasta había alguna con escudos de armas. Entre las cartas también había fotos sacadas en lugares emblemáticos como el Arco del Triunfo de París, o la Plaza de San Marcos de Venecia, o New York, entre otros sitios. La curiosidad había podido más que yo (como siempre) y me atreví a abrir y leer algunas de aquellas cartas.

Sorprendida, vi que algunas dirigidas al "Ama Mena", a "Filomena, mi amor.", o "Tía Mena". Pero el contenido de aquellas cartas era todo un descubrimiento: por lo poco que había podido leer, sin dudas que la tía Mena era lesbiana y practicaba el sado. Las cartas eran las que le habían escrito sus amantes lesbianas. Cuando le comenté a Amadeo las andanzas de su tía, no salía de su asombro.
-Pero eso no es todo. Resulta que la querida tía Mena, además de lesbiana ¡era dominante!
-¡Andaaaa! ¡Vos estás loca!
-¡Por supuesto que no! Mirá, escuchá esto y después me decís:
"Mi adorada Mena:
Sólo hace unas horas que te marchaste y no puedo resistir la tentación de escribirte. Estos días en París y a tu lado me han resultado increíbles. Los días fueron de inmensa felicidad caminando de tu brazo por las avenidas parisinas y sin que nadie nos señale. Las noches, románticas a tu lado, en este hotel y en esta habitación, todos mudos testigos de nuestro prohibido amor. La flor que me regalaste ayer en La Ópera la guardé como un tesoro, porque cada uno de sus pétalos recorrieron tu cuerpo desnudo y se impregnaron de tu aroma. Llevo tus besos en mi boca, tu aliento en mi cuello, tu  piel contra mi piel y. tus manos en mis nalgas! Me encanta que hayas usado las manos para despedirte. Sabes cuánto me gusta que me azotes con ellas. Sentirlas caer planas sobre mis cachetes, el picor de la nalgada, el calor que emanan cuando llevas un rato castigándolas.(etc, etc.)  firma: Ethel"

Y esa no es nada. Escuchá, escuchá esta:
"Querida Ama Mena:
Gracias por permitirme escribirle y permitirme expresar mis sentimientos y pensamientos sobre usted. Sé que no soy digna de dirigirle la palabra, pero es usted tan generosa que me permite hacerlo. Lamento haberme comportado tan mal el otro día cuando decidió castigarme con la fusta de barba de ballena. Lo siento, siento haber llorado tanto, pero es que tenía la colita muy castigada y no soportaba un golpe más." La carta sigue y está firmada por Leandra, pero aquí debajo tiene un escrito con otra letra, y está firmada por Ama Mena.

Mirá esto, mirá lo que dice! No tiene desperdicio:
"Leandra:
Si sigues así te echaré de mi lado como la perra que eres! No querré verte más y tampoco querré saber nada de tí. ¿Entendiste? Dices aquí en tu carta: ".pero es que tenía la colita muy castigada." La única que decide qué tan castigada tienes la cola o cualquier parte de tu cuerpo que es mío, soy yo! ¡Y también soy yo la que decido cuánto soportas! ¿Cuándo entenderás que eres mía y que la única que toma decisiones por tí soy yo?..." 

¡Guau! Bravita la tía Mena, eh?  Decime una cosa Amadeo, me dijiste que vos no la llegaste a conocer, pero contame lo que sepas, poco o mucho, de la tía Mena. Me miró con esa mirada paterna y paciente. No sé si con ganas de abrazarme o de estrangularme, pero. adoro cuando me mira así. Me dan ganas de portarme bien para que no me rezongue, pero también me dan ganas de portarme mal para que, aunque sea, me mire y se ría de mis travesuras. 
"Mirá Ana Karen, yo no sé casi nada de ella, porque era algo así como la oveja negra de la familia, por eso trataban de no mencionarla. Para mí siempre fue un enigma; ella se casó con un marino noruego, sueco o danés. No sé bien el apellido creo que era algo así como Sorboe o Jarboe y vivió muchos años en el extranjero; decían que tenían mucho dinero. De ella se hablaba en voz baja y yo era muy chico para entender ciertas cosas. Volvió aquí hará unos 10 o 12 años ya vieja y arruinada (física y económicamente) El abuelo la mantuvo en una pensión hasta que murió él.

Después la familia se la sacó de encima y la metió en el geriátrico donde ella murió. Decían que ya estaba medio chiflada. Por eso no tenía idea que este baúl estaba acá, lo debe haber tenido con ella y una vez muerta se lo entregaron a mi tío Luis que lo arrumbó en este altillo dejándolo como vos lo encontraste. Por lo visto nadie quería "tocar" nada de ella. Mi sospecha es que realmente fue madama de Prostíbulos. En cuanto a la llave del baúl, la vieja la perdió o quedó olvidada en el geriátrico."
-Pues la tía Mena y sus historias me tienen fascinada. Dejame que te lea un cachito de otras cartas. Tu tía era una diosa, se las sabía de todas, todas!  Mirá esto: "... y esto será lo que te haré la próxima vez que nos veamos. Te lo cuento para que te vayas preparando, porque no tendrás escapatoria esta vez. El error que cometiste la última vez que estuvimos juntas, el desparramo de vino que hiciste en la mesa del restaurante y el atreverte a ir con la ropa interior puesta después de todas mis advertencias. lo pagarás muy caro! Te ataré las muñecas a la cabecera de la cama, y tus tobillos correrán igual suerte. Toda tu intimidad quedará a mi merced, y así, totalmente expuesta recibirás los azotes que te daré con diferentes instrumentos: paleta, cinto, cepillo. y si lo creo necesario, también la vara recorrerá tus nalgas. Y para tu zona más íntima, esa zona que se te pone caliente y jugosa cada vez que te zurro, para ese lugarcito mi pequeña perra, te daré algo especial: ¡el latiguillo de pelo de caballo!..."
Por supuesto que el detalle del castigo sigue, pero ¿sabés qué? Estuve mirando algunas de las muchas cartas y resulta que todas son de sus amantes-sumisas-esclavas. Conté muy por encima y son como quince diferentes. ¡Guau! con la tía Mena. Siempre escuché decir que las personas homosexuales son más celosas y posesivas que las heterosexuales, y estas cartitas lo confirman. Escuchá: "... ya te lo dije Nannete, estoy harta de tus celos estúpidos y sin fundamento. La Duquesa es una vieja amiga de cuando vivía en París y lo nuestro fue hace mucho tiempo. Además, no te voy a dar explicaciones porque no te las merecés.  Sabés que te quiero solo a vos, pero con estas escenas tontas como la que me diste ayer en el hall del hotel, lo único que vas a lograr es que me vaya para no regresar." y continúa con otros temas.

¡Pahhhh!! Esto sí que está bueno! Jajajajajaaaa. ídolas! Estas tipas sí que se divertían y les importaba poco lo que pudieran decir de ellas. Mirá lo que hicieron en Venecia: "... fue delicioso caminar contigo por Venecia. Cómo me hiciste reír cuando aquellos soldados nos gritaron tantas cosas entre silbidos y aplausos! Pero cuando te paraste, me tomaste de la cintura y me besaste la boca... se querían morir! El punto máximo fue cuando me desabrochaste todo el vestido y quedé totalmente desnuda ante ellos. Recuerdo que estaban del otro lado del canal y tú comenzaste a tocarme por todos lados mientras besabas mi boca y mis senos. Yo estaba roja como una grana, pero. el morbo de que todos ellos nos estuvieran mirando me excitó tanto que..."   ¿Que quéeeee? Ay, nooo!! No me digas que no está la otra parte. Bueno, la buscaré en Montevideo.
-¿Cómo que en Montevideo?
-Y sí. Estas cartas se vienen conmigo a Montevideo.
-Ni lo sueñes!! Eso jamás. Eso es propiedad de mi familia y no te lo podés llevar. Es un secreto que estuvo muy bien guardado durante años y no quiero que salga a la luz. Esas cartas serán quemadas para guardar la memoria y el honor de la difunta.
-Ah, por favor Amadeo, no seas tonto! Eso es ridículo. Además, vos me prometiste que me podía llevar lo que quisiera, no? Bueno, quiero esas cartas! Y me las voy a llevar! Me di media vuelta y salí disparada hacia aquel baúl. Y él detrás de mí.
-¡Ana Karen! vení para acá y dame esas cartas. ¡Ya!
-No, no, no y no! Vos no podés faltar a tu promesa. Y no te doy nada y chau!

Y me metí de cabeza dentro del baúl, sacando las últimas pertenencias de la tía Mena: guantes de un encaje finísimo, sombreros con velo, alguna ropa más y... y ¿qué era aquello? Mi mano tropezó con algo largo, fino. Miré al interior y vi algo parecido a eso que yo conocía con el nombre de "ballena", como las que se utilizaban antiguamente, allá por 1910 para los corsés, dado que no existía el material plástico. La tomé y al sacarla del baúl, cuál no sería mi sorpresa al ver que era ¡una fusta! Increíble. Una pequeña fustita de barba de ballena, con un bellísimo mango de marfil con un monograma grabado: "FF".
-¿FF? -pregunté
-Claro: ¡Filomena Ferrato!
Lo miré con toda la picardía de la que fui capaz. Y él comprendió mis intenciones al instante.
-¡No! Ni la fusta ni las cartas. Y poné todas las caritas de niña caprichosa que quieras, hacé pucheros, pateá el piso, no me importa! No vas a conseguir nada esta vez.
-Ay Amadeo, daleeeee. porfi!! ¿Sí?
-Mirá nena, mirá Anita Karencita: no te pongas tonta ni caprichosa porque lo que vas a lograr va a ser que.
-¿Qué? -le dije en tono desafiante y con los brazos en jarra.

Basta. Mejor, retomo la palabra:

Ana Karen, tiene una manera de escribir muy particular, pero a veces exagera un poco y, cuando decide pasar por víctima, carga bastante las tintas, pero, ella es así y yo la quiero como es.

Exagera al mostrarme como un celoso defensor de la "honra familiar". Omite decir, en cambio, que la paliza ya venía flotando en el aire y que, en ese momento, ella encendía el ventilador.

Dije, -es cierto-, que parecíamos profanadores de tumbas, que no teníamos derecho a sacar a luz secretos de personas muertas para divertirnos con sus hechos ni sus dichos. Pero, a la niñita caprichosa, malcriada y respondona que Ana Karen lleva adentro, negarle algo es más o menos como pretender hacerle tomar una cucharada de aceite de ricino. Para ser honesto, debo reconocer que yo deseaba ardientemente darle una buena y sonora paliza, deliberada, prolija, más erótica que contundente, teniendo en cuenta que el episodio de la laguna había sido accidental y por ende improvisado. En suma deseaba disfrutar de todos y cada uno de los detalles de una buena paliza del principio al fin.
Tengo que admitir, de pasada, que no era ese el escenario que  había elegido para darle su merecido, pretendía para ese especial momento un decorado más digno, acorde con el pasado de "Villa Amelia", pensaba en el vetusto sofá Chesterfield, que el abuelo tenía en su escritorio.
En medio de esa superficie de gastado cuero capitoné imaginaba instalar mi humanidad y encima de mí, -bien sujeta y estirada-,  a la querida fierecilla, nunca en la incomodidad de ese polvoriento cuartucho que ni siquiera ofrecía un sitio donde sentarse.
Pero la vida me enseñó a tomar las cosas como se presentan, de manera que allí estábamos enfrentados, baúl de por medio, Ana Karen y yo.
Ella tratando de escaparle a mi persecución para apresarla y doblegarla. Si hacía ademán de ir hacia la izquierda, ella se movía en dirección contraria, en ese tira y afloje propio de tener obstáculos de por medio.
Al cabo, la clásica artimaña de la finta seguida de un rápido giro en sentido contrario, me permitió capturarla entre mis brazos. Aunque se debatiera ya era mía. Volteé con la pierna la tapa del baúl y me senté encima arrastrándola en medio de la nube de polvo que levantó la caída de la misma.
La victoria quedaba asegurada, faltaba despejar el campo y para esto las circunstancias me favorecían, pues sólo llevaba encima  blusita sin mangas, minifalda de jean y sandalias de tacón bajo.
Debo reconocer que ella se portó como buena perdedora. Si en lugar de entregar el rey como todo jugador derrotado cuando el  mate resulta inevitable, se hubiese encabritado y puesto a corcovear sobre mis rodillas me las hubiera visto en figurillas para mantenerla en esa posición. porque las costillas de madera de la tapa estaban martirizando mis asentaderas, lo que posiblemente habría dado como resultado momentáneo prolongar la lucha, porque al final iba a cobrar lo mismo o peor. Una vez asegurada en esa pose comencé por sacudirle el polvo apenas, con unas cuantas palmadas sobre la faldita, esperando que la corriente de sentimientos que en tales circunstancias fluye de uno a otro se exteriorizara en grititos de protesta de su parte y en los chasquidos de la mano abierta, por la mía.
Para prolongar al máximo ese mágico instante de triunfo que el papel dominante me proporcionaba, -aunque la realidad demostrara lo contrario-, demoré un poco más en recogerle la falda. Lo hice con refinada lentitud para regodearme con la exposición del fondillo de su bombacha color crema. La delgada trama de esa prenda se estremecía formando pliegues y arrugas que delataban los temblores de la carne escondida, que allí mismo, debajo de aquel minúsculo retazo de género esperaba los azotes para darle la bienvenida al dolor.
Palmeé con firmeza, acentuando sucesivamente la energía a cada golpe de manera que la piel resplandeciera al calor de los azotes. Sus protestas servían para guiar mi mano, de la misma forma que los balidos del cordero atraen al puma que va a devorarlo.
La vocecita de la niña agazapada en el fondo de Ana Karen brotaba insistente, quejumbrosa, lastimera como la de un animalito herido. Suspendí los chirlos para prolongar el placer de la paliza, mientras mis dedos se ocupaban del elástico de la bombacha.
-¡No!... ¡La bombacha, no! -clamaba con voz infantil- ¡La bombachita nooo!... Intentó el ademán inútil de proteger la prenda con la mano.
Mientras la apartaba de allí, afirmé:
-¡La bombacha sí, qué joder!... -y empecé a tironear la cinturilla elástica.
-¡Me da mucha vergüenzaaaa!.(Esperaba que protestara alegando que no tenía yo derecho alguno, como hace la mayoría en situaciones semejantes)- ¡No, no Amadeo, me da vergüenza de verdad!... -Interpreté el mensaje cifrado: "¡Obligame, vamos! ¿Qué estás esperando?".
-¡Mirá Ana Karen será mejor que te calles la boca porque te vas a arrepentir en serio y te lo digo una sóla vez!  -Exclamé, tratando que mi voz resultara dura y firme, al tiempo que tironeaba con fuerza. Ella respondió acompañando con los movimientos precisos del cuerpo el recorrido de la prenda hasta el confín de las nalgas. Caído el último baluarte de la resistencia femenina, la mano entró de lleno sobre su desguarnecida superficie de satinada belleza. Belleza mancillada, belleza ultrajada, belleza azotada, que por esas mismas circunstancias resplandecía como nunca. Ignorando ayes, quejas, protestas y llantos de mi dulce víctima, me dispuse a ejercer los derechos del vencedor. Suspendí la azotaina, no por magnanimidad, sino con el propósito de hacer un detenido reconocimiento de la ciudadela conquistada; deslicé entonces el índice por el surco que divide ambos hemisferios presionándolo a manera de cuña para separarlos más. Ella los contraía con fuerza tratando de impedir esa excesiva intromisión en la intimidad de su cuerpo.
Después me ocupé de empujar la bombacha más abajo todavía. Hasta los tobillos llegó sin esfuerzos de ninguna clase.
Reemprendí la azotaina. La vocecita infantil había sido reemplazada por la voz adulta de Ana Karen exhalando profundos gemidos cuya verdadera naturaleza no tardé en advertir, no eran de dolor, eran de pasión.
Mi propia excitación estaba alcanzando también los máximos niveles, si no realizaba ímprobos esfuerzos de concentración me arrastraría con ella para acabar eyaculando yo en la ropa, en el instante mismo que ella alcanzara el climax. Lo que en ciertas ocasiones me había ocurrido.
Ana Karen no se contuvo. Sus espasmos me impusieron el final de la zurra, si me empecinaba en continuar lo único que lograría sería irritarla. Dejé de nalguearla, aflojé la presión que ejercía mi brazo izquierdo y cuando ella lo dispuso la ayudé a incorporarse. Permanecimos abrazados unos minutos, hasta que se calmó.
-Las cartas las dejo. -dijo finalmente-. Pero la fusta me la llevo -añadió desafiante- Me la acabo de ganar.
-¡Sí, -respondí- te la vas a llevar puesta encima porque te voy a llenar la cola de fustazos sino metés ya mismo todo lo que sacaste en el baúl!
Para demostrarle que hablaba en serio recogí la fusta y como aún no había remontado la bombacha, le alcé la falda y le apliqué un par de secos azotes.
Ana Karen se estremeció, ensayó una queja que corté con otro fustazo diciéndole: -Va a ser un honor para vos llevarte esta fusta que ha paseado triunfal por tanta colas del Viejo Mundo, pero ahora me ordenás todo ¡Vamos! ¡Rápido!
Y como tenía la cola en una posición muy tentadora le apliqué otros dos fustazos (Ana Karen dirá seguramente que fueron más de veinte, si alguien le cree va de su cuenta).

El espíritu malo

Autores: Amadeo Pellegrini  y  Ana Karen Blanco


La reunión tuvo lugar en la antigua residencia que hasta 1973 perteneciera a mis abuelos, cuyos propietarios actuales la transformaron en hostería primero y años más tarde en un exclusivo club de campo con canchas de polo y links de golf.
 
La casa original, construída por mi bisabuelo en 1903, fue destinada a Club House, pero no obstante las sucesivas ampliaciones, refacciones, remodelaciones y adaptaciones mantenía todavía parte del decorado original y del mobiliario con los retratos de mis antepasados en las paredes.

La conservación de aquellas reliquias familiares así como la añosa arboleda del parque diseñado por un paisajista del siglo pasado, tenía el propósito de acentuar la prosapia histórica del predio para justificar la publicidad que lo promocionaba como:  "Un sitio único en la Provincia donde se conjugan la historia y las tradiciones con las bellezas naturales."

Esa vistosa propaganda acompañada por artísticas fotografías y antiguas crónicas, más o menos auténticas, formaba parte del show destinado a atraer  turistas y curiosos.

En medio de esos campos de mi infancia y juventud, me encontraba yo, esa semana de diciembre, donde la casualidad hizo que, en la barra del bar, amigos comunes me presentaran a una huésped uruguaya.

Ana Karen resultó una mujer atractiva, poseía lo que los franceses denominan: "Charme"  o sea ese encanto especial, propio de su elegancia así como de su natural simpatía. Por mi parte le caí bien de modo que congeniamos casi de inmediato y no tardamos en aislarnos del grupo de amigos para pasar el resto de la velada solos.

Mi reciente amiga, estaba fascinada con el lugar y sus leyendas, de manera que, al enterarse que yo era descendiente directo de los primeros pobladores, comenzó a acosarme con preguntas sobre cosas del pasado y de la historia familiar.

A ella la asombró descubrir que en esa zona habían acampado las tribus araucanas de Namuncurá hasta 1879 en que fueron definitivamente desalojadas por las tropas nacionales  comandadas por el General Julio Argentino Roca y más aun enterarse que todavía quedaban descendientes de aquellos aborígenes en la región
Le expliqué que en realidad las tolderías indígenas estaban a orillas de la laguna cercana a la que ellos llamaban "Nahuel-co" que en lengua araucana significaba: nahuel = tigre y co = agua, o sea Aguada del Tigre.

Ana Karen estaba interesada en saber si todavía había tigres. A riesgo de desilusionarla, le dije que nunca hubo tigres en la llanura bonaerense, sólo pumas o gatos monteses que, a la caída del sol, bajaban a la laguna a beber y a cazar nutrias, venados o vizcachas para alimentarse.

A su insaciable curiosidad respondí que cuando éramos chicos, para evitar que nos escapáramos hasta allí, nos contaban historias truculentas de ahogados, de desaparecidos, de animales salvajes que devoraban criaturas y cosas por el estilo. Pero que ya mayorcitos recorríamos los alrededores en busca de puntas de flechas, boleadoras, mazas y otras reliquias indígenas.

Quería saber también si yo había conocido algunos descendientes de los indios de Namuncurá, le dije entonces que no solamente había conocido a varios, sino que una de mis tías abuelas era india pura o casi pura.

Al principio lo tomó a broma, hasta que le aseguré que Francisco uno de los hermanos de mi abuelo se había casado con "La Puyí", que era india. 
- Al tío abuelo Pancho no lo recuerdo porque murió siendo yo muy chico -le dije-, pero a su mujer que lo sobrevivió unos veinte años, la tengo bien presente, de ella nadie sabía a ciencia cierta la edad, pero al morir calculaban que tenía más de noventa años.

Tuve que contarle la historia desde el comienzo.
 
La Puyí era hija de una india y posiblemente de un cristiano porque tenía rasgos mestizos, nadie supo quien fue su padre y la madre murió cuando la Puyí tendría cinco o seis años, no tenía nombre cristiano le decían puyí que era una deformación de la palabra araucana "Pichí"  que significa pequeño o pequeña.
Al quedar huérfana, el Juez de Paz y el Cura decidieron pedirle a la viuda de Tejedor, una dama muy caritativa, que la tomara a su cargo para no enviarla a un orfanato.

Aquella mujer de buenos sentimientos aceptó criarla. La hizo su ahijada de Bautismo para darle también un apellido. La bautizaron con el nombre de Benita Tejedor, de acuerdo al santoral de ese día, aunque para todo el mundo continuó siendo La Puyí, a secas.

La ahijada no tardó en darle frecuentes dolores de cabeza a su buena Madrina. Puyí era una criatura despierta, dócil y de carácter manso, en apariencia, porque de buenas a primeras tenía arranques intempestivos que provocaban verdaderos desastres domésticos.

En la escuela aprendió rápidamente a leer y escribir con soltura, pero no duró más de un par de años, doña Victoriana Tejedor tuvo que retirarla a pedido de los maestros porque revolucionaba todo el colegio.

Desconcertada por la conducta de su ahijada que pasaba temporadas enteras comportándose como niña modelo hasta que se desmandaba cometiendo mil tropelías, como encerrar gatos vivos en los armarios, hacer muecas, monerías y ruidos groseros mientras rezaban el rosario, esconder o romper cosas, fastidiar a los vecinos, la señora pidió consejo al Cura.

Consternada le confesó que no veía otro camino que usar los  castigos corporales, puesto que, ni reprimendas ni penitencias le hacían mella alguna.
El religioso estuvo completamente de acuerdo, manifestando que corregir cristianamente con azotes a quien lo mereciera era también una obra de caridad, Jesús mismo dio el ejemplo al tomar un látigo para echar a los mercaderes del templo.

En apoyo de sus consejos, el sacerdote le entregó a la afligida viuda un escapulario de la Virgen, bordado por las monjas y un latiguito trenzado por su Sacristán, que en los ratos libres hacía artesanías de cuero. El escapulario para colocárselo a Benita sobre el pecho y el rebenquito para aplicárselo repetidamente en las nalgas cuando resultara necesario.
 Doña Victoriana habló con su ahijada, le prendió el escapulario y le mostró el rebenquito advirtiéndole que la azotaría si se portaba mal. La Puyí la dejó hacer y asintió con la cabeza cuando escuchó las advertencias, pero no pronunció ni una sola palabra.

Por un tiempo la señora de Tejedor creyó que las oraciones del Cura y los dos objetos que le entregara habían obrado un milagro porque Benita se portaba a las mil maravillas. Hasta que llegó el desengaño y la afligida mujer no tuvo más remedio que echar mano al látigo.
 Cuando la madrina le anunció que iba a pegarle, la Puyí sin protestar agachó la cabeza, con extraña resignación se quitó la ropa para presentarle las nalgas desnudas. Durante la azotaina, aunque brincó, pataleó y lloró de dolor, aguantó del primero al último azote sin pedir clemencia.

A medida que desgranaba mi relato observé en los ojos de mi flamante amiga un brillo de interés, que en mi caso particular no podía pasar desapercibido, como tampoco la sonrisa con un dejo de escepticismo que dejó traslucir un par de veces.

Su curiosidad pudo más, aprovechó la pausa que hice al apurar el vaso de whisky para preguntarme -sin sorna pero con cierta reticencia-, cómo conocía tantos pormenores de la vida de la Puyí.

- Ana Karen, -le dije- tenés todo el derecho del mundo a dudar de la veracidad de mi relato, pero te aseguro que en líneas generales se ajusta a todo lo que oí de chico en casa de mis abuelos y de mis padres como también de labios de la propia Puyí, que no te olvides era una de mis tías abuelas. De paso te diré que la tía Benita como la llamábamos familiarmente trabajaba muy bien en el telar y a mi en particular me quería mucho así que me tejió un ponchito con una guarda pampa que todavía conservo de recuerdo. Ya en los últimos tiempos cuando estaba casi ciega, yo era uno de los pocos parientes que no dejaba de visitarla cada vez que venía aquí y a ella le gustaba evocar conmigo cosas del pasado. Pero todavía falta lo mejor.

Ella me aseguró que no dudaba de la autenticidad de la historia, aunque yo no le creí del todo. Me pidió que prosiguiera y lo hice.
La viuda de Tejedor era una mujer compasiva, de muy buenos sentimientos, así que sufría cada vez que tenía que azotar a su ahijada. Trataba por todos los medios de convencerla con buenas palabras pero no había caso, a la corta o a larga, tenía que acudir al latiguito.

- ¿Pero no te das cuenta Benita, -le decía la buena mujer-, que no me gusta pegarte? ¿Por qué no te portás bien así no tengo que castigarte o acaso te gustan las palizas?

La Puyí le contestaba que se portaba mal porque "Hualichum"  se lo pedía.

Le expliqué a Ana Karen que "Gualicho o Hualicho" en lengua araucana es el demonio, en realidad no precisamente el demonio sino un espíritu malo que invocaban  "las Peñís"-esto es las brujas de las tribus-, para hacer sus maleficios, porque "engualichar", todavía hoy, significa embrujar a alguna persona para dañarla.

Bueno pues, Puyí juraba y perjuraba que "Hualichum"  era el responsable de su mala conducta, que él la obligaba a portarse mal. La viuda no entendía nada.
- Pero Benita, -argumentaba la mujer-, si te portás mal yo tengo que pegarte, ¿por qué entonces le hacés caso a ese espíritu malo?

La respuesta de la ahijada la dejaba más confundida todavía:
- Porque a "Hualichum" le gusta que me peguen, él ve cuando me pegan y se pone contento, más me pegan más contento está. Entonces después se va muy contento y me deja tranquila.

- ¿Pero vos lo has visto alguna vez?

Puyí negaba enfáticamente. -No. No lo veo, pero lo siento Madrina, él viene de noche cuando duermo y se mete en mi cabeza para decirme lo que tengo que hacer.
- Y vos, tonta, le hacés caso.

- Tengo que hacerlo, Madrina.

- Pero Benita, yo te quiero mucho y entendeme no quisiera tener que volver a pegarte nunca más.

- Yo también la quiero mucho Madrina, pero usted tiene que pegarme, eso lo sé. Y él también lo sabe.

Mi amiga estaba sorprendida, ya no podía disimular el interés por conocer cuánto más sabía yo de esa singular criatura.
 
Por lo que sé, Ana Karen, "Hualichum" , Gualicho, Walichú. Espíritu Malo o como quieras llamarlo siguió poseyéndola hasta después de su matrimonio con el tío Pancho.

Al llegar a la pubertad la conducta de Puyí empeoró, se escapaba de la casa de doña Victoriana y vagaba sin rumbo a veces un par de días, después regresaba tan sigilosamente como se había marchado sabiendo que allí la esperaba una severa azotaina que recibía con la acostumbrada resignación.

- Pero no te confundas Ana Karen, me encuentro obligado a hacerte una salvedad, la Puyí no era sumisa ni viciosa, era corajuda como pocas. En una oportunidad puso en fuga a cuatro esquiladores que quisieron abusar de ella y lo hizo sola armada con una tijera de tusar en una mano y un palo en la otra.
Es posible que el tío Francisco la conociera de antes, pero el encuentro decisivo aconteció en "Nahuel-co" .Tío Pancho era aficionado a la caza salía en las noche propicias, o sea las de luna llena cuando esa claridad tenue alumbra la llanura; armado entonces con su "Winchester", marchaba a apostarse en la laguna a esperar que los venados bajaran a la aguada.

La noche en cuestión mientras aguaitaba desde su escondite observó una silueta que se aproximaba a la orilla. Al principio la tomó por un animal, pero no tardó en descubrir que tenía forma humana. La Puyí, -pues de ella se trataba-, se acercó al borde de la laguna, allí se despojó de toda la ropa y se metió en el agua.

El frustrado cazador, molesto por esa presencia humana que alejaría a sus presas se fue acercando silenciosamente con el propósito de dar un buen susto al intruso.
 
Los cabellos sueltos de la muchacha le revelaron la identidad de la bañista, entonces él a su vez se quitó la ropa para entrar en el agua.

Después de un breve forcejeo o quizás apenas un simulacro de lucha cuerpo a cuerpo, sucedió lo inevitable. El sol los sorprendió desnudos y abrazados en medio del pajonal, sobre la manta que tío Pancho llevaba para apostarse.
Para sorpresa de la población y alivio de la viuda Tejedor, a pesar que el novio estaba debidamente advertido de las misteriosas intervenciones de "Hualichum"  se casaron como Dios manda.

Mi amiga, quiso saber si Benita, "La Puyí",  fue o no, una buena esposa. La pregunta apuntaba a determinar si a pesar de la influencia del "Espíritu Malo" que la dominaba le era fiel al marido y cómo reaccionaba éste ante las ausencias de su mujer.

- Tengo que confesarte, Ana Karen -dije con absoluta convicción-, que no puedo responderte con certeza. Sé que no tuvieron hijos y el matrimonio duró hasta la muerte del tío Pancho, eso no prueba nada también lo sé, aunque podría resultar un indicio. Lo que estoy seguro es que cada tanto, en especial al regreso de sus escapadas era recibida con una buena paliza.

 La hora avanzaba, el grupo del bar se fue deshaciendo. Me despedí de Ana Karen, no sin antes prometerle que a las 8 de la mañana pasaría a buscarla para llevarla a conocer la laguna como habíamos quedado.


A la hora convenida pasé por el hotel. Ana Karen me estaba esperando. A la luz del día la encontré tan espléndida como la víspera, enfundada en un par de vaqueros ceñidos luciendo una blusa de colores vivos y calzada con zapatillas deportivas como le había aconsejado. Nada de sandalias para andar por el campo.

Estacioné el auto y desde adentro abrí la puerta, ella se volvió para recoger el bolso y la cámara fotográfica que estaban en el piso; al agacharse me brindó una fugaz visión de sus bellas formas perfectamente modeladas bajo la tela de jean que las cubría y realzaba.

Se instaló a mi lado y partimos. Una emanación del delicado perfume, -el mismo que percibiera la noche anterior-, llenó el habitáculo.

A la laguna podíamos haber llegado caminando desde el hotel, pero eso representaba atravesar la cancha de polo y el campo de golf, para cubrir un recorrido de más de cuatro kilómetros hasta llegar a la orilla menos vistosa; en cambio, en automóvil siguiendo un camino vecinal de tierra llegaríamos al extremo opuesto desde donde podía disfrutarse un panorama inmejorable.

Al existir en ese sitio montecitos de caldén y tratarse de un espacio menos accesible resultaba el más tranquilo y propicio para acampar como teníamos previsto, para lo cual llevábamos con nosotros el equipo de mate.

Como la semana anterior habían caído copiosas lluvias, el camino de tierra presentaba un estado deplorable, cubierto de charcos, que en algunos lugares abarcaban de un alambrado a otro, obligándonos a avanzar con lentitud.
De todas maneras esa circunstancia no nos pesaba en absoluto, disponíamos de toda esa mañana que prometía regalarnos un sol radiante e íbamos conversando animadamente.

Un poco por vanidad, para hacer gala de mis conocimientos de lugareño, -lo reconozco- y otro poco para ilustrar a mi  compañera de viaje le iba dando los nombres de los campos a cuya vera pasábamos, señalándole algunas particularidades, mostrándole detalles propios de la zona, de su flora; datos que ella matizaba con algún comentario de circunstancias.

Pero, en definitiva, el tema de la conversación terminó recayendo en "La Puyí" personaje que había capturado por completo la atención de Ana Karen.
El intríngulis de mi amiga estribaba entre otros puntos en la participación del Cura. Sostenía ella, -no sin razón seguramente-, que el sacerdote, que ejercía notable influencia sobre la viuda de Tejedor, la presionaba para que cumpliera su deber de cristiana y no dejara de azotar a su ahijada.
 
Pensaba ella, que un trato más humano, menos riguroso. más persuasivo, empleando un poco de psicología hubiera dado mejores resultados que el latiguito que puso en manos de la mujer.

- Ana Karen, -respondí- te hablé poco del Cura porque no me consta su actitud instigadora, además tenés que tener en cuenta la época, eso tiene que haber sucedido alrededor de 1909 en adelante, la Puyí murió, si mal no recuerdo en 1984, en aquellos tiempos y en estos lugares hablar de psicología era un despropósito...

Mis argumentos resultaban endebles, -es verdad-, pero mi amiga uruguaya se mantenía tan firme en sus trece que, por un momento, me cruzó la sospecha que trataba de irritarme. No alcanzaba a descubrir el motivo, pero estaba empeñada en rebatir y aun atacar mis puntos de vista que en determinada oportunidad descalificó por "machistas".

Recordé de pronto que en sus últimos tiempos la Puyí hablaba que el dios de los cristianos había terminado aquí con los dioses araucanos pero que estos no habían muerto que estaban en las montañas. Quizás los años la hacían desvariar, eso pensé entonces, aunque tal vez nunca llegó a ser cristiana del todo o nunca terminó de ser pagana, ese era otro de los misterios que la Puyí se llevó a la tumba.

Se lo comenté a Ana Karen, diciéndole que posiblemente la tozudez de la Puyí en persistir con sus dioses araucanos fuera lo que la indisponía con el Cura por eso éste trataba de hacerle entrar la religión católica a palos.

- ¡Bonita manera de imponer la religión! -Exclamó ella.

La discusión terminó en ese punto porque llegamos al esquinero norte. Allí estacioné el auto fuera de la huella, debajo de un algarrobo y nos apeamos.
La laguna estaba a unos doscientos metros del esquinero. Salté primero el alambrado y ayudé a Ana Karen a trepar, luego la tomé por la cintura para ayudarla a bajar, después marchamos en dirección a la orilla.

La vista del espejo de agua era magnífica, fuimos bordeándolo rumbo a una lomita arbolada de caldenes que elegimos para sentarnos a matear  a la sombra. Llegar hasta allí nos obligó a caminar unos quinientos metros más.

Mi amiga estaba excitadísima, quería tocar el agua, quería mojarse los pies, quería llevarse algún recuerdo, quería buscar puntas de flechas o alguna otra reliquia indígena, quería tomar fotos, quería. quería. quería. La ansiedad la dominaba, ya no deseaba sentarse a descansar, ya no le apetecía tomar mate. De repente quería internarse en el monte siguiendo el caminito de la hacienda, pero en sentido inverso o sea desde la aguada hacia en interior del campo.
 
En suma, estoy seguro que ni ella misma sabía qué quería en realidad. Parecía poseída por una fuerza extraña que la impulsaba hacia adelante. De modo que pasamos de largo el montecito y seguimos caminando otro largo trecho.

De pronto descubrió que tenía deseos de fumar. Me pidió un cigarrillo. Como de mañana nunca fumo, recién entonces caí en la cuenta que el paquete de cigarrillos y el encendedor los tenía en la campera que había quedado en el coche.

Cuando se lo dije hizo una mueca de disgusto y con un tonito de chica caprichosa me dijo que tenía ganas de fumar y no insinuó, directamente me pidió que fuera hasta el auto a traerlos.

Me reservo lo que pensé en ese instante, porque después de todo yo la había invitado, la había traído, y -caprichosa o no-, no dejaba de ser una dama de manera que me dispuse a volver sobre mis pasos en busca de los cigarrillos. No sin antes recomendarle:

- Ana Karen, por favor no te muevas de aquí y no hagas nada, especialmente no metas los pies en el agua, en este lugar que viene la hacienda a beber, meterse puede ser peligroso, está lleno de pozos que se hacen en tiempos de seca cuando la laguna se achica, después las lluvias la hacen crecer y el agua los tapa. Esperame ahí a la sombra.

El auto había quedado a casi dos mil metros de donde estábamos de manera que la ida y  el regreso me insumieron más de media hora de caminata. Cuando volví al lugar donde mi amiga debía esperarme. ¡No estaba allí!.

Encontré solamente el bolso, el equipo de mate y la cámara fotográfica, Ana Karen había desaparecido. La llamé a los gritos. La busqué como loco por los alrededores.

Hasta aquí llega mi relato, lo que sucedió después es mejor que lo cuente la propia Ana Karen a quien le cedo la palabra.

AP

Amadeo, tan caballeroso él, se fue en busca de los cigarros. En realidad no tenía muchas ganas de fumar, pero. era la perfecta excusa para que se fuera y me dejara sola para hacer lo que se me viniera en gana. Sentía un extraño impulso de portarme mal, de hacer cosas "prohibidas", de romper las reglas. Como que algo dentro de mí me incitaba a la travesura.

¡Linda historia la de "La Puyí"! Y qué belleza de lago era aquel. Allí se habían encontrado por primera vez ella y el que luego fuera su esposo. Allí se habían encontrado y allí se habían amado. "Amadeo me dijo que no me metiera pero. sólo los pies, un poquito, para saber lo rica que debe de estar el agua. No, mejor no. No sé nadar y no hay nadie. Mejor tomar unas fotos de este lugar y luego buscaré a ver si encuentro alguna reliquia o algún recuerdo para llevarme".

Saqué la cámara digital y tomé varias fotos. Las miré. nada que ver con la realidad! La foto no reflejaba para nada el extraño encanto que tenía ese lugar. Me puse la cámara al cuello y me interné unos pasos por el caminito de la hacienda, mirando hacia los costados a ver si veía algo interesante por allí.  Di unos pasos más y vi algo que pareció brillar, pero. no, no era nada. Quizás un poco más hacia delante... En ese momento me percaté que el camino  había desaparecido y yo estaba perdida, no sabía para dónde ir.

Sentí la voz de Amadeo llamarme, pero no podía contestarle, no me salía la voz! Hasta que con gran esfuerzo lancé un grito que me asustó hasta mí misma. ¿Qué me había pasado.?

Vino corriendo y al verme quedó como petrificado. sus ojos abiertos y enormes no dejaban de contemplarme. Me incorporé lentamente y me di cuenta que. ¡estaba totalmente desnuda y empapada! El pelo chorreaba agua y mi piel estaba mojada, como que recién hubiese salido del agua.

¡Amadeo no cabía en sí de la furia! Su rostro se tornó rojo y estaba desencajado.

Me espetó:

- ¡Esto ya es demasiado! Te dije que no entraras al agua, pero no me hiciste caso. Sos una niña malcriada y desobediente. Me hiciste pegar el susto de mi vida, y todavía con ese grito! Vení para acá, yo te voy a enseñar a obedecer aunque sólo sea mientras estés conmigo.

Yo no entendía nada, no recordaba los últimos momentos, solo. esa voz! Pero algo más fuerte que yo me obligaba a obedecer a Amadeo, que de un jalón nada suave me puso de pie y sin saber cómo me encontré boca abajo sobre sus rodillas. El primer azote me tomó desprevenida y. dolió! Me ardió y me dio un extraño picor. Es que estaba mojada, y con la piel mojada los azotes duelen mucho más.
 
Su mano cayó implacable sobre mis nalgas que se ponían cada vez más y más rojas, y el picor se hacía cada vez más insoportable. Mientras me azotaba, Amadeo me decía lo mal que me había comportado, que eso no estaba bien en una mujer de mi edad, que parecía una chiquilina y yo qué sé cuántas cosas más. Yo sólo podía oír la risa burlona que resonaba dentro de mi cabeza. Era la risa de. ¡"Hualichum"!
Podía oírla claramente. Se reía porque había conseguido que Amadeo me diera una azotaína. Quise hablar pero. no pude, no me lo permitió. Solo me había dejado dar aquel grito para que Amadeo me encontrara.

Y Amadeo sí que estaba enojado. Mis nalgas quedaron al rojo vivo; el dolor era impresionante. Me levantó de sus rodillas y me puso de pie. Intenté nuevamente hablar, pero no pude.

- ¿Querés hablar? -me dijo Amadeo- Dale, ¡hablá! Explicate porqué hiciste esto! Más vale que lo hagas ahora o.

Estaba fuera de sí. Entonces recordé a "La Puyí" y bajé la mirada.
 
Me sentía sumamente avergonzada de verme así, desnuda y humillada delante de ese hombre que me había dado hospitalidad y estaría pensando lo mal que yo le estaba pagando.

- Bueno, estoy esperando. ¿vas a hablar o qué? ¿Porqué hiciste esto? ¿Qué te llevó a cometer semejante disparate que pudo hasta haberte costado la vida?

Levanté la mirada y clavé mis ojos en los suyos, para que me creyera lo que le iba a decir:

- ¡Fue el  "Hualichum" que me obligó!

Quedó descolocado. No supo qué contestar, pero. casi enseguida se le escapó una sonrisa seguida de una sonora carcajada que hizo eco en aquella laguna y sus alrededores.

-Jajajajajajaaaaa. ¡Esto es increíble! Le cuento una historia, ella hace una travesura y luego ¡le echa la culpa al "Hualichum"! Jajajajajaaaaa. Por lo menos podrías haber sido un poco más original para mentir. Ahora, decime la verdad.

- Esa es la verdad -le contesté muy enojada.

- Mirá Ana Karen, mi paciencia tiene un límite. Decime la verdad o. o. -miró hacia los costados- o te ataré de ese árbol y te daré con el cinto hasta que confieses! No me tomes el pelo, no me quieras agarrar de gil. Te puedo perdonar la travesura, pero no que me tomes por tonto.

- Es que. es que. ¡esa es la verdad! -le dije con mi mejor cara de inocente, mientras la risa en mi cabeza estallaba cada vez más fuerte.

No dijo más nada. Me tomó de la mano y con su propio cinto me ató a un árbol.

Estaba tan enojado que no valía la pena hablarle ni tratar de explicarle nada. Buscó mi ropa y quitó el cinto de mis jeans, que era bastante grueso. El pelo estaba aún muy mojado y el agua corría por mi espalda, mojando las nalgas continuamente.  Sentí su furia descargarse en cada uno de los varios azotes que me dio. Realmente dolieron mucho y dejaron unas marcas muy rojas cruzando mi colita.

Al percatarse de las huellas de los azotes y de mi reacción (las lágrimas corrían por mi rostro y dejaban huellas), reaccionó. Tiró el cinto al suelo, me desató y me abrazó tiernamente. Se quitó su camisa y me cubrió con ella. Yo lloraba desconsoladamente. La risa en mi cabeza había cesado.

A la hora de la cena me senté como pude en aquella hermosa y antigua silla del bellísimo comedor de la casa. Mi pobre colita aún sentía el ardor y picor de los azotes. 

Allí, mas calmados los dos, traté de explicarle a Amadeo qué había pasado, porque aún no se podía convencer: el espíritu malo que durante muchos años había perseguido y martirizado a "La Puyí", el "Hualichum" se había apoderado de mí aquella mañana y había logrado que, nuevamente, una mujer fuera azotada sólo para su goce y deleite.

AKB

El Doctor Satiuglan Sajor

Autor: Mauricio Zamora 

Está historia tuvo lugar en un colegio, que tenia el despacho médico en su interior...
En este colegio no había uniforme para las alumnas así que podían vestir como quisieran, pero de una manera decente...sin coquetería, eso si, no estaba permitido el maquillaje ni las uñas largas.
Todo empezó un día viernes, ese día tenían examen de matemáticas, las chicas del sexto curso.....En ese curso estudiaba Jessica una niña (señorita) muy guapa media 1m65cm,era de piel blanca pelo rubio, y tenía unos ojos verdes muy grandes y bonitos...su cuerpo era espectacular tenia unos pechos bien duritos y de un buen tamaño, una cintura pequeña y un trasero descomunal, redondo y respingón ..en fin era la más guapa del colegio.
Jessica no era muy buena alumna descuidaba constantemente sus estudios, razón por la cuál el día del examen decidió fingir estar enferma para no realizar el examen y de esta manera evitar un castigo de sus padres que eran muy estrictos....
Pero ella no contaba con lo que le podía costar la bromita, sucedió así :  
A los 11 de la mañana Jessica luego de fingir estar enferma fue enviada al despacho médico, por el profesor de matemáticas, al llegar allí toco la puerta y una voz muy varonil la dijo pase, al entrar el Dr Satiuglan quedo impresionado, era Jessica vestía un pantalón vaquero azul que le quedaba apretado, como les gusta vestir a las chicas, parecía que su trasero quería salirse de el, una camisa sport de color negro y una chaqueta que era conjunto del pantalón vaquero.......Luego de un momento el Dr. reaccionó y la invitó a sentarse...que es lo que te pasa preguntó el Dr.?....Jessica contestó me encuentro muy mal me duele la garganta y tengo fiebre....
Pasa acá le dijo el Dr. quítate la chaqueta y siéntate sobre la camilla te voy a revisar....Jessica obedeció...entonces luego de revisarle la garganta, el pecho y el corazón el Dr. Dijo, no pareces tener nada, ahora acuéstate boca abajo y bájate los pantalones te voy a tomar la temperatura.....Jessica  dijo per....o     no me la toma por la boca.....No dijo el Dr.   aquí solo tenemos el termómetro rectal....Date prisa, le ordenó con voz autoritaria mientras tomaba el termómetro y una cajita con vaselina...Jessica muy nerviosa y con la cara roja de la vergüenza, obedeció.... Entonces se acerco el Dr. y luego de bajarle las braguitas hasta las rodillas, con los dedos de su mano izquierda separo las nalguitas de Jessica e introdujo suavemente el termómetro unos tres centímetros, sólo se escuchó un leve quejido de Jessy  AHhhh....no sufras le dijo el Dr. serán sólo  un par de minutos,,,,pasados los 2 minutos el Dr. saco el instrumento del culito de Jessy de un sólo tirón y nuevamente Ohhhh  se quejo Jessy y llevo su mano al trasero, ya está le dijo el Dr. puedes vestirte, Jessy aun avergonzada se puso de pie subió sus braguitas y luego el pantalón...El Dr. miro el termómetro y comprobó que todo era normal...En ese momento le dijo mira Jessica tú no tienes nada ,,todo esto a sido otra de tus trampas para evitar el examen....Jessica dijo NO..NO....me duele mucho...Silencio gritó el Dr. voy a mandarles una nota a tus padres para que tomen medidas,,ven aquí siéntate y espera....Rápidamente Jessica suplico No por favor Dr. no les avise a mis padres....Lo que has hecho esta muy mal le dijo el Dr. Satiuglan,y mereces un castigo, así que aviso a tus padres o ahora mismo te castigo yo......
Jessica agacho la cabeza y sabiendo con la severidad que la castigarían sus padres, además de prohibirle salir durante un buen tiempo.......con voz temblorosa y sin mirarle a la cara dijo,,,mis padres no por favor, Castígueme usted Dr...............Muy bien dijo el  Dr. y tomando su silla la colocó en medio del despacho, se dirigió a la puerta y echó el cerrojo, se dirigió a la silla, se sentó y le dijo Jessica, vas a recibir un castigo que no vas a olvidar durante mucho tiempo, pues tus nalgas te lo van a recordar a diario cada vez que te sientes.....Túmbate sobre mis rodillas le ordenó. Ante esto Jessica se exaltó y advirtiendo lo que se le venía encima le dijo, no por favor no!!!!!!! entonces el Dr. le tiro con fuerza del brazo y la situó sobre sus rodillas, ahí estaba el culo más perfecto del colegio a su entera disposición para ser castigado...Coloco su mano derecha sobre su cintura e inmediatamente pasó a azotarla, una a una caían las nalgadas con fuerza pero no muy seguidas alternando,1 derecha y 1 izquierda....al principio Jessica estaba quieta sorprendida talvez por lo que le estaba sucediendo, pero según aumentaban las nalgadas empezaba a quejarse ,plass ...AUhhhh plashhhh Auhhhh,y asi durante unos 5 minutos, no más por favor decía la chiquilla, en ese momento la levanto......y rápidamente Jessica empezó a frotarse el trasero que ya le dolía, ella pensó que eso era todo,,,pero no fue así ...El Dr. le dijo que esto era sólo un calentamiento y le dijo que se desnudara de cintura para abajo que su castigo aún no había terminado,.....y mientras más tardes en obedecer va a ser peor.....Ante esto Jessy pensó que lo mejor era obedecer así que se quito el pantalón y luego las bragas quedando totalmente al aire su culito que ya había perdido su color natural, ahora era de un color rojizo pero no muy intenso....Nuevamente la tumbo sobre sus rodillas y empezó de nuevo la descarga de nalgadas que ahora hacían más daño ya que nada protegía las nalguitas de Jessy,El DR SATIUGLAN estaba disfrutando, con el castigo le daba 6 nalgadas seguidas,3 en la derecha,3 en la izquierda y luego la masajeaba el trasero, así siguió durante otros 5 minutos, durante este tiempo Jessica ya lloraba y suplicaba que parara, pues ya sentía el calor en su trasero que ya tenía un color mas rojizo .....En ese momento el Dr. le ordenó que se pusiera de pie y que se frotara el trasero para aliviarlo un poco,,Jessica se puso de pie y según se masajeaba su trasero empezó a sentir una extraña sensación de placer, que no se lo explicaba pues el dolor de su culito decía lo contrario....
Luego de dejarla descansar 2 minutos, el Dr. se quito la bata y luego empezó a sacar su cinturón lentamente ,lo doblo por la mitad y ordeno a Jessica colocarse acostada sobre la camilla con un cojín bajo su vientre para tener una mejor vista de su trasero,,,como es de suponerse esto no le gusto nada a Jessy,y le dijo que ya había recibido suficiente castigo, negándose a obedecerle,,,pero en ese momento el Dr. le recordó que le iría peor y si no obedecía cumpliría su amenaza de comunicar su falta a sus padres. Entonces Jessica obedeció, en medio de lloros y lamentos se tumbo en la camilla....Se acerco el cruel Dr. se colocó a 1m de ella agito su cinturón en el aire y empezó a azotarla, luego de cada correazo PLAFFFF,AYYYY gritaba Jessy y llevaba las manos a su trasero, así siguió el castigo hasta llegar a 20 golpes con el cinturón luego de los cuales Jessica permaneció acostada, frotandose su dolorido trasero que ya tenía un color rojo carmesí,..No paraba de llorar,,,hasta que un raro sonido llamo su atención era el silbido de la cane que su cruel castigador agitaba en el aire......De pie ordeno el cruel Dr. vas a recibir 12 varazos para finalizar tu merecido castigo,,,,nuevamente no sin antes rechistar Jessica obedeció Se levanto de la camilla y caminó hasta el escritorio del Dr. ,túmbate aquí y coloca tus manos en el otro extremo, por cada vez que te sueltes para tocarte el trasero te daré 2 más entendido?....S...i   SNifff   Y se colocó, es indescriptible relatar lo hermoso que se veía su culo en esa posición....
Jessica vas a contar uno por uno los varazos....
Levanto su mano y con Fuerza dejo caer el primer azote. Splashhh ...AYYYY 1,,Splashhhh 2  ...............Splashhh11.....y   Splashhh12  Gracias Dr. dijo Jessica ,,para sorpresa de este¡¡¡¡¡¡.....Había resistido los 12 golpes sin desobedecer ...
Ya hemos terminado dijo el Dr. ,ayudo a incorporarse a Jessica. Miró detenidamente su trasero era rojo intenso y tenía 12 delgadas líneas que le habían dejado los golpes de la cane......le dio una palmadita en el centro del trasero y le dijo ..ya te puedes vestir,,,,Así lo hizo Jessy se coloco las bragas y el pantalón con mucha dificultad....el la miraba satisfecho de su obra,,,a la vez que le decía, talvez tú olvides este castigo al cruzar la puerta...Pero como te dije TUS NALGUITAS TE LO RECORDARAN DURANTE MUCHO TIEMPO.......Te puedes ir.....Según salía caminando muy despacio y aún sobándose el culito, miró a su cruel Dr....que lo miraba con una morbosa sonrisa..... Cerro la puerta y se marcho....
NOTA.....Han pasado ya quince días del castigo que JESSICA recibió del
DR. SATIUGLAN  SAJOR......y ella ya esta pensando en qué hacer para volver a su  Despacho...........................FIN...
 
 

Bel y Rafa

Autor: Jano

 
 Él aceptó entrenarla para la alta competición bajo ciertas condiciones: asistencia puntual a los entrenamientos y, entre otras más, obediencia ciega y esfuerzo.
 
Contaría con un bagaje de cien puntos que no debía rebajarse por ningún concepto como consecuencia de faltas  o actitudes que no coincidieran con las necesidades del fin perseguido por ambos, cada uno en su parcela, de conseguir la mejor marca en el campeonato. Como consecuencia de un mal comportamiento por parte de ella, esos puntos irían rebajándose en la medida de la falta cometida. Tal reducción, sería acompañada del castigo que quisiera imponerle y que debía cumplir sin protesta alguna.
 
Además de la relación deportiva, ambos mantenían otra bien distinta. Se veían con  frecuencia para otra clase de actividad. En dos palabras: eran amantes desde hacía tiempo, aunque sin relacionarse en el ámbito deportivo.
 
Bel (Maribel), aceptó las condiciones: quería llegar a lo más alto  y Rafa era la persona idónea para entrenarla con garantías de éxito.
 
Estaban a tres meses de que se celebrara la competición y debían trabajar con ahínco.
 
Durante un mes en que entrenaban duro y a diario, Bel comenzaba a mostrar signos de cansancio. Rafa la animaba y le decía que no debía desfallecer. Faltaba poco tiempo y le quedaba mucho por perfeccionar la técnica. En más de una ocasión, se vio en la obligación de amenazar con castigarla. Los ánimos y las amenazas surtieron su efecto durante algunos días más. Ella se afanaba en cumplir las órdenes e indicaciones de Rafa.
Sin embargo, su situación anímica, que no física, se iba deteriorando: empezaba a pensar que no se encontraba en las condiciones necesarias para la consecución de sus anhelos. La fe en sí misma se iba deteriorando.
 
Así las cosas, un día faltó al entrenamiento. Considerando que su relación afectiva con Rafa era aparte de la deportiva, como de costumbre, se presentó en su casa a las ocho de la tarde. Cuando llegó, la actitud de él era lo bastante elocuente como para que un escalofrío recorriera su espalda. El ceño fruncido, las mandíbulas apretadas y los ojos echando chispas, no auguraban nada bueno.
 
   “¿Qué ha pasado para que faltaras al entrenamiento? ¿Dónde has estado y como te has atrevido a fallarme?
 
   “…………………..   ……….”
 
   “ De nada te sirve una excusa tan pueril. Me has dejado plantado como un idiota  sin saber qué te había ocurrido. Las reglas que aceptaste eran claras y no las has cumplido hoy. Te he llamado a casa y no estabas.”
 
   “… …… …………………………”
 
   “Te repito que no creo nada y que tu intento de justificación carece de fundamento. Hoy vas a tener cumplido conocimiento de lo que en varias ocasiones te he dicho. Vas a ser castigada como una niña que eres al hacer éstas cosas que, a partir de hoy, no te atreverás a repetir. Si quieres que siga entrenándote, deberás aceptar el castigo que te tengo preparado. ¿Vacilas?: es tu decisión. O haces lo que te diga o  dejamos de preparar la competición. Llevas varios días sin prestar la debida atención ni el esfuerzo necesario.”
 
   “…. . . …….”
 
   “Entonces, ya que reconoces tu falta y aceptas mis condiciones, pasa al dormitorio y desnúdate de cintura para abajo incluidos los zapatos. Con las manos cruzadas sobre la nuca, apoya la frente sobre la pared y espera a que yo llegue”
 
Bel, aunque con gesto de preocupación y desagrado, obedeció la orden. Un tanto asustada sin saber lo que Rafa pretendía, se despojó de todo lo que él le había ordenado.
Adoptó la posición dicha y esperó. Empezaba a cansarse de la postura: las piernas le dolían y la espalda comenzaba a darle tirones por lo forzado de la posición. Solo lo bien entrenado que estaba su cuerpo la mantenían en pie tras más de quince minutos sola, esperando el próximo movimiento de él. Aquellos minutos se le hicieron horas. Su mente no paraba de dar vueltas a la extraña situación. ¿Qué hacía ella de aquella guisa? Quién le había puesto en aquella forma lo sabía, pero ¿Qué hacía que ella accediera a comportarse así, a permitir que él la manejara de aquel modo? Mil preguntas sin respuesta se cruzaban y entrechocaban en su mente. Se sentía humillada. Solo la necesidad de que Rafa la preparara como solo el sabía hacerlo y la propia necesidad de participar con ciertas garantías de éxito le hacían acatar aquella estrafalaria petición.
Mejor pensado: aquella extraña imposición.
 
En estos pensamientos estaba Bel sumida, cuando la entrada de Rafa la sacó de sus cavilaciones. Éste comenzó por amonestarla severamente por su ausencia de ese día, por el escaso rendimiento de los últimos tiempos. Durante un largo tiempo que a Bel se le hizo insoportable en su cuerpo y en su orgullo, hubo de soportar la sarta de reproches con que el la reprendía.
 
De repente, sin aviso, con el mayor de los asombros, Bel sintió en sus carnes la dura mano de Rafa quién, sin la menor piedad, la estrellaba en su parte más expuesta. Trató de volverse y huir, pero, con fuerza, él se lo impidió.
 
   “No trates de escapar o será peor. Acepta el castigo que te doy a cambio de todos los errores que llevas cometiendo desde hace tiempo y la imperdonable falta de no haber asistido al entrenamiento de hoy sin razón alguna. Desde ahora, aprenderás para el futuro que lo que hacemos es algo serio y con una finalidad, que si no se ponen todos, absolutamente todos los medios, no llegará a buen puerto. Si para conseguirlo debo castigarte muchas veces, lo haré. Ahora, no te muevas. Por tu bien, tengo que azotarte como la niña pequeña que has demostrado ser”
 
Bel tenía ganas de llorar, pero su orgullo se lo impedía.
 
Rafa siguió azotándola sin pausa, con fuerza, sin parar de darle instrucciones, consejos  y repitiendo la lista de quejas que sobre su comportamiento tenía. La  mano se estrellaba
sin descanso sobre aquellas nalgas que tantas veces había acariciado en circunstancias más agradables y amorosas. En estos momentos, él no estaba para esas consideraciones y azotaba con extremo vigor: su objetivo ahora, consistía en castigarla de forma tal que evitara repeticiones desagradables en el futuro.
 
Ante el castigo que recibía, Bel trataba de eludirlo moviendo las caderas de forma incontrolada de un lado a otro, sin conseguirlo. La mano, las manos de él, encontraban siempre su objetivo pese a esos intentos y sin preocuparse de las quejas de la muchacha.
Después de quince minutos de castigo, el culo de Bel despedía una a modo de luz roja.
 
En cierto momento, consecuencia del castigo y del cansancio que mordía las piernas y la espalda de Bel, ésta cayó de rodillas sobre el suelo. El suceso hizo que Rafa se apiadara de ella y diera por terminada la azotaina. Sin embargo, en tono serio y admonitorio advirtió a la joven que no toleraría más desmanes por su parte, Fue duro y claro: o aceptaba las condiciones impuestas y aceptadas en el principio o daría por finalizado su compromiso con ella en el aspecto deportivo. No obstante, la ayudó a levantarse y la abrazó hablándole con dulzura. Las palabras que le dirigía ahora eran de consuelo y de amorosa regañina como si de una mocosa se tratara.
 
Bel se refugió en los brazos del hombre quejándose del trato recibido, pero prometiendo portarse mejor a partir de ese momento.
 
Siguieron los duros entrenamientos de los que ella terminaba exhausta. Pese al cansancio, la visita habitual a la casa del entrenador acababa con los más tiernos
actos del amor que se profesaban.
 
Durante una de las sesiones en el gimnasio, los nervios de ambos estaban a flor de piel.
Por una pequeñez, un malentendido, Bel se irritó de tal manera que gritó a Rafa llamándole tirano y déspota. Como consecuencia, las voces de ambos subieron de tono y, el resto de los que allí se hallaban, presenciaron la áspera disputa. Para finalizar, Rafa
le dijo a ella que la esperaba en casa a la hora de costumbre y que, allí hablarían. Bel recogió sus cosas y se marchó sin decir una palabra más dando un portazo.
 
A la hora acostumbrada, apareció por la casa de Rafa ya calmada y con una mirada huidiza. Le pidió disculpas por su comportamiento y se refugió entre sus brazos. Con suavidad, él la apartó de sí y le mandó que, como la vez anterior, se despojara de toda la ropa de cintura para abajo. Bel  dio un paso atrás, asustada, recordando aquello que ocurrió y temiendo que se repitiera, pues ciertas eran las señales. Durante un eterno minuto, calculó todas las posibilidades que una u otra respuesta de su parte conllevaría.
Finalmente,  a paso lento, se dirigió al dormitorio e hizo lo que se le había dicho.
 
En ésta ocasión, el castigo se multiplicó. Sin dejar de amonestarla, Rafa la azotó durante largo rato, pese a las protestas de ella. Cuando habían trascurrido más de veinte
minutos y tal vez doscientos azotes, Rafa la tumbó sobre la cama y, extrayendo su cinturón del pantalón, comenzó a cruzar las nalgas de la chica metódicamente en uno y otro lado con las consiguientes protestas y gritos de ella.
 
   “Me prometiste hacer bien las cosas y obedecerme y no lo has hecho. Para colmo, has
montado un escándalo en público y me has obligado a perder la compostura. No te tolero esa actitud. Bastante estresado estoy yo preparándote y viendo que no acabo de
limar tus defectos para el campeonato para que hagas que me exalte con tus niñerías. De
éstas, cada vez que te alteres, y no hagas las cosas como yo quiero o te rebeles, vas a tener muchas sesiones así.
 Sigue con tus tonterías que yo seguiré corrigiéndote en el gimnasio de la manera habitual y aquí de la forma que lo estoy haciendo ahora. Nos queda menos de un mes de trabajo y no podemos perder ni un minuto”
 
Entretanto, Rafa no dejaba de descargar el cinturón espaciando los golpes. Bel, gemía, se retorcía, llevaba sus manos a los lugares donde el cinturón hacía impacto y pedía clemencia. Sin hacerle caso, él seguía con el castigo y las advertencias. En ésta situación, aún pasaron otros veinte minutos en los que ella no dejaba de patalear. Llegó un momento en el que el dolor era tan insoportable que se atrevió a insultarle. Sin alterarse, él se acercó a un mueble de la habitación: de un cajón, extrajo una larga y gruesa regla de madera: con ella, descargó veinte o treinta golpes. Mientras tanto, para evitar la huída de la joven, se sentó sobre sus piernas. Pese a la dureza de los golpes,
Bel siguió profiriendo insultos, aunque ahora en voz baja.
 
   “Si sigues así, no pararé de azotarte, Tenía pensado dejarlo ya, pero con tu actitud no haces sino alargar tu sufrimiento”
 
Siguió, siguió y siguió pese a las protestas de Bel. Cambiaba de la regla a la mano, de la mano a la regla. Acudió al cinturón sin dejare de decirle “de ésta, te enteras quién da las órdenes aquí. No te voy a consentir lo más mínimo incluso fuera de los entrenamientos.
No vas a tener un momento de reposo y tu culo pagará cualquier impertinencia. Lo que te digo: te vas a enterar siempre que me alteres los nervios”
 
El estruendo de los azotes, apenas dejaban escuchar lo que decía.
 
Llegado a un punto, Rafa se fue calmando y comenzó a espaciar los azotes hasta al fin detenerse del todo. Cuando vio el estado en que había dejado las nalgas de la mujer, su
afán castigador cesó casi por ensalmo. Sabía que esa era la forma en que ella le prestara
la necesaria atención. No obstante, un sentimiento parecido a la compasión, le hizo consolarla sin dejar de amonestarla: ella se lo había ganado con su propio esfuerzo.
 
No fue éste el último castigo que ella recibiera. Varias veces más a lo largo de aquel mes que faltaba para el campeonato, debió someterse a duros castigos de su maestro.
 
Los cien puntos con que comenzara al principio, se habían rebajado a diez. Los noventa gastados, se tradujeron en soberbias azotainas que Bel recibía ya con la entereza que le daba el entrenamiento de sus nalgas ante los rigores con que Rafa castigaba sus errores o salidas de tono. Él parecía haberle tomado gusto al asunto e incluso se excitaba con los castigos que inflingía. Al menor gesto, actitud negativa o falta, por pequeña que fuera, de ella, Rafa no perdía la ocasión de azotarla con esto o aquello. Cuando llegaba el momento de sus relaciones amorosas, después de una sesión de castigo, los resultados eran excepcionalmente satisfactorios.
 
EPÍLOGO.
 
Llegó el día de la competición tan ansiada y temida al mismo tiempo. Bel consiguió un
segundo puesto por el que obtuvo la medalla de plata.
 
No se sabe que papel jugaron  en la consecución de tal premio las largas sesiones de castigos. Ambos querían, buscaban la medalla de oro, pero tuvieron que conformarse con el segundo puesto.
 

No todo se consigue, ni con azotes.

Madrid, 28 de Septiembre de 2005.

Jano 

Mi primera azotaína

Autora: Ana Karen
(Dedicado a mi querido spanker oriental:  Alberto)

Lo que van a leer a continuación son mis sentimientos y pensamientos acerca de mi primera azotaína. Les aseguro que aquí va toda la realidad mezclada con un gran porcentaje de fantasía. ¿Qué es fantasía y qué es realidad? Cada uno de ustedes lo decidirá…  y seguramente estará en lo cierto.

Lo conocí en un tablón de Internet. Alberto se comunicó conmigo como tantos otros lo hicieron, pero él… él es especial. Y no sólo porque compartimos la misma nacionalidad y vivimos en el mismo país, sino porque desde su primer mail (que fue en privado) tuvimos muy buena onda.

A medida que pasaban los días, los mails se hicieron más frecuentes cada vez, y comenzaron las llamadas telefónicas. Al vivir cada uno en un extremo del país tampoco se nos hacía fácil el poder vernos: nuestros trabajos y vida diaria no estaban ni están pensados para este tipo de situaciones, pero nuestra comunicación era tan frecuente, vasta y fluida que nos parecía conocernos desde siempre.

Pero cuando las cosas se tienen que dar… simplemente se dan! Nuestros deseos de vernos y conocernos eran tan grandes que el Destino y el dios Eros se confabularon para que sucediera algo y poder conocernos al fin. 

Soy la administradora de la empresa para la cual trabajo, y a principio de mes me avisaron de la Asociación de Administradores de Empresas que el Congreso de Administradores se haría este año en la fronteriza ciudad de Rivera, a solo 23 kilómetros de donde reside Alberto. Recién un miércoles que el congreso sería el sábado de esa semana, así que decidí partir de aquí el jueves de noche para tener el viernes para “descansar”, pues el viaje implica más de 8 horas en autobús.

No consulté con nadie, solo llamé para reservar el pasaje, pero me faltaba conseguir alojamiento. Pero todo es perfecto siempre, aunque al principio nos parezca que no. Por ser una ciudad pequeña, la capacidad hotelera estaba desbordada, así que no conseguía alojamiento por ningún lado. Pero yo sabía que tenía los dioses a mi favor: busqué entre mis amistades alguien que me consiguiera un lugar y todo salió a pedir de boca: una amiga me consiguió un apartamento amueblado en un bello barrio de Rivera. ¡Estaba feliz! y apenas lo supe llamé a Alberto para contarle, y al enterarse también se puso contento, pues era más fácil y más discreto un apartamento que un hotel.

Hacía varios días que, aunque yo no sabía nada de lo que se venía, tenía una “manada” de mariposas en el estómago que me revoloteaban sin cesar.

El día llegó y las mariposas aumentaban a medida que el autobús se acercaba a la ciudad. Llegué muy temprano en la mañana, lo que me vino perfectamente bien para prepararme para la noche de mi “debut”. Fue un día larguísimo, demasiado largo para mí debido a mi excitación. Durante el día nos llamamos varias veces, arreglamos el horario y…

A la hora exacta que habíamos acordado tocó timbre. Lo recibí en la puerta, nos saludamos y mis mariposas se alborotaron aún más! Estaban desaforadas, nerviosas,  casi tanto como yo!  Nos estudiamos mutuamente por unos segundos y nos sentamos a charlar, después de todo era la primera vez que nos veíamos personalmente.

Alberto fue el primero en enfrentar la situación:

-¿Y? ¿Soy cómo esperabas?
-¡Sí, estás igual que en la foto!
-Entonces… ¿te decepcioné?
-¡No! ¡Por supuesto que no! ¿Por qué me decís eso?
-Es que…  todavía no me has dado ni un beso.

Me sonreí y creo que me sonrojé levemente. Tomé su cara entre mis manos y le di el beso más dulce que pude, mientras que los dos nos incorporábamos para abrazarnos y besarnos con más pasión. Cuando nuestras bocas decidieron separarse, preguntó:

-¿Así que sos muy gallita vos? –me dijo abrazando mi cintura.
-Ehhhh… esteeeeee… bueno, yo…

¡Zas! Había llegado mi primer azote: suave, dulce, cómplice de la situación. Me sorprendió pero ¡me gustó muchísimo!

-¿Así que vos sos la que te hacés la viva con los spankers que están lejos porque no te pueden nalguear?
-¡Es que ellos me provocan! –dije con un mohín como para defenderme.
-¿De verdad? –dijo con una gran sonrisa en su cara.

¡Zas! ¡zas! Ardieron un poquitín más, pero… no demasiado. Me seguía besando mientras amasaba mis nalgas. Era una sensación deliciosa, y mis mariposas no sabían qué hacer. Creo que algunas revoloteaban de aquí para allá y se chocaban con las que ya habían sentido el placer de los primeros besos y volaban suavemente dejándose llevar por el momento.

No dejaba de besarme y de darme nalgadas muy suaves, muy ricas que a mí ¡me sabían a gloria! En determinado momento me tomó de la mano y se dirigió hacia la otra parte de la casa donde encontró el dormitorio.  Me dejó parada a los pies de la cama.

Se acercaba el momento que me imaginaba y que tanto y tanto había deseado durante años: mi primera azotaína!

Soy una mujer muy grandota, por lo que al spanker no se le hace fácil nalguearme en OTK, pero al hacerlo en una cama las dos partes se pueden acomodar de otra forma. Me dijo que me pusiera sobre sus piernas y lo hice…

-Gallito… te llegó la hora de que te bajen la cresta!

Lo miré de costado, con la mejor cara de mártir que pude poner, pero por supuesto que eso no le importó. 

-¡Bajá la cabeza! –me dijo con una voz tan firme que me hizo correr un frío por la espalda.
-¡No! –le contesté sin dejar de mirarlo. No quería bajar la cabeza, eso es muy humillante para mí.
-Bajá la cabeza… ¡ya! –Y por supuesto que obedecí. Es que su tono de voz se impuso ante mí y como no sabía qué podía pasar, pensé que lo mejor sería obedecer… al menos por un rato.

Los primeros azotes cayeron encima de la falda. ¿Cuántos fueron? ¿4, 6, 7? No lo sé, pero gocé cada uno de ellos y mi entrepierna también se comenzó a enterar de mi primera azotaína.

Sentí como me subía la falda y dejaba mi colita al descubierto. ¡Wow, qué momento!  Los siguientes azotes no se hicieron esperar, y sentir la mano de Alberto casi sobre mi piel me hizo excitarme aún más. 

Sí: me dolía, me ardía, me picaba, pero… ¡qué sensación más adorable! Claro que fueron muy poquitos los azotes recibidos así, con las bragas puestas. Enseguida me las bajó y las colocó exactamente donde terminaban mis nalgas. Allí comenzó el real castigo. A cada golpe de su mano, mi cuerpo tenía una reacción que no podía evitar: saltaba sobre sus piernas. No sé cuánto rato estuvo azotándome, pero por primera vez sentí esa famosa dicotomía de la que tantas veces hablé y leí en los relatos: quería que parara porque ya sentía mucho ardor y dolor, pero… haría lo que fuera para que continuara con ese maravilloso castigo.  Mi entrepierna estaba empapada, y en mi cerebro resonaban sus palabras una y otra vez:

-¡Yo te voy a bajar la cresta gallita! La cabeza bien abajo ¡con la frente tocando el colchón!

No sé porqué lo hice, o quizás sí. Quería más, quería que no parara, quería sentir finalmente todo lo que había querido sentir durante más de 40 años. Y para eso necesitaba provocarlo. Creo que evidentemente no sabía lo que hacía, pero por suerte para mí, Alberto sí.  Así que…

-Dije la cabeza bien abajo –me espetó empujando mi cabeza hacia el colchón.
-¡NO! –contesté lo más insolentemente que pude.
-La frente contra el colchón y ¡no te lo repetiré!
Su tono de voz me asustó, no lo voy a negar, pero mi rebeldía pudo más:
-¡NO! ¡No lo haré! –le dije mirándolo a los ojos y de la forma más soberbia y petulante de la que fui capaz.
-Bien.  Como vos quieras –dijo con algo de parsimonia. Me tomó de la nuca, y de forma firme pero sin hacerme daño puso mi frente contra el colchón y empujó de forma tal que no podía levantar la cabeza. Sentí que su cuerpo giraba, porque no podía ver nada debido a la posición en que me encontraba. En el momento que por algún motivo soltó mi cabeza, quise incorporarme, pero no pude. Con la rapidez de un felino puso otra vez mi frente contra el colchón e inmediatamente sentí un chasquido seguido de un fuerte ardor en mi nalga: ¡había comenzado a azotarme con el cinto!

Si mi colita sintió ardor con su mano, imaginen lo que fue con el cinto. El ardor y el dolor se confundían con la quemazón que me producía el cuero contra mi piel, que hasta hacía un rato había sido blanca y muy suave.

Aún así yo trataba de subir mi frente, y él me la bajaba y me daba más duro (o por lo menos yo lo sentía así).

-¡Te dije que te iba a bajar la frente gallito! Cuando leía tu altanería e insolencia en el tablón, me prometía a mí mismo que el día que tuviera tu culo a mi merced te enseñaría a no ser tan arrogante y a no burlarte de los spankers. Te aprovechabas porque están lejos, pero no tomaste en cuenta que siempre hay alguno cerca de ti para guiarte por el buen camino y mostrarte cómo debes de comportarte.

Con todo ese palabrerío y encima los azotes del cinto cayendo cada vez con más fuerza, traté de zafarme más de una vez: me retorcí, salté sobre su falda, quise levantar la cabeza y no sé cuántas cosas más. Todo fue en vano.

Alberto es un spanker consumado y…  como solo tiene dos manos, con una sostenía mi cabeza y con la otra iba alternando entre agarrarme para que no me moviera tanto y cuando me quedaba un poco quieta, ¡ZAS!, me azotaba con el cinto otra vez.

De repente paró.

-Levántate –me dijo con su voz ruda y dura – ¡De pie!

Miré su rostro impávido, sin la menor muestra de ningún sentimiento o emoción. Sus facciones parecían haber sido talladas en la piedra más dura. Y sus ojos querían reflejar la misma dureza de su rostro, pero mirándolo fijamente, cosa que yo apenas podía hacer, dejaban ver en el fondo y sólo por un instante, una chispa de ternura. Haciendo uso de todas mis armas de seducción y de manipulación, me acerqué a su rostro para besarlo, lo miré tiernamente, lo acaricié. Pero todo fue inútil, no logré que moviera ni una pestaña.  Tenía rostro de… spanker! Sin darse por aludido ante todas mis artimañas, sólo me dijo:

-Tu frente aún está demasiado alta para mi gusto. Tu cresta todavía sigue en alto gallito, pero remediaremos eso ahora mismo. Arrodíllate y poné tu frente en el suelo y tu cola bien en alto.  ¡YA!

¡Era demasiada humillación para mí! Pero… ¿quién se creía este tipo que era? No, no lo haría.  Así que mirándolo de frente (todavía me pregunto cómo logré hacerlo) y con mi mirada más desafiante le dije:

-¡NO!

No me dio tiempo a reaccionar cuando sentí una vez más su mano sobre mi dolorida colita.  Mi reacción fue inmediata:

-¡Sí, sí, sí…! ¡Ya! ¡Ya tengo mi frente en el piso! ¡ya…!

Y con toda la vergüenza y la humillación que alguien pueda sentir, puse mi frente en el suelo y la cola bien en alto para que siguiera enseñándome a no ser tan altanera y petulante.  Los azotes continuaron durante unos minutos que se me hicieron interminables.

Luego, empujó mis bragas hasta las rodillas y notó que estaban empapadas en la entrepierna, y no precisamente por la temperatura de la noche, sino porque mi excitación había llegado al punto máximo. No podía soportar más y… el estallido de placer por el orgasmo obtenido fue sublime!
 
Inconscientemente levanté mi cabeza para gozar al máximo ese momento. Alberto se dio cuenta y no sólo se detuvo, sino que se acercó por detrás de mí y me tomó en sus brazos abrazándome dulcemente.

-Gallita, usted va a tener que aprender a no cacarear tanto, y a bajar un poco esa cresta que la puede meter en muchos problemas. Que usted va a aprender se lo aseguro, y yo la voy a ayudar ¿entendió?

Bajé mi mirada y asentí con la cabeza. Yo, una mujer madura, con un cuerpo y una altura muy grande, habiendo tenido hasta ese momento toda la soberbia y la omnipotencia a flor de piel, me sentí como una niña pequeña, abrazada dulcemente por alguien que me puso límites por primera vez en mi vida.

Alberto me dijo una vez:  “¿viste que ser Spanker no es sólo dar nalgadas?”.  Hoy me doy cuenta que tiene razón, y le contestaría que: “tampoco ser spankee es sólo recibirlas”.

Querido Alberto:

Gracias por iniciarme de una forma tan maravillosa. 
Gracias por cuidarme tanto.
Gracias por tratarme con la paciencia, el cariño y la firmeza que un padre trataría a su hija traviesa.
Gracias por ser lo suficientemente hombre y caballero como para no hacer caso de mis quejas, de mis insinuaciones maliciosas y ¡hasta de mis reproches por querer más y más!

Me sirvió de mucho que me ayudaras a ver que soy más manipuladora, rebelde, caprichosa y malcriada de lo que me imaginaba. 

Pero iré mejorando. (¿O no? Jejejejejejeeeeeee…)

Con todo el cariño de tu spankee,

Ana Karen
27 de noviembre del 2005

Carta a una amiga

Autor: Jano 

Querida amiga:
Como ya sabes por mi última carta, la paz no brillaba en mi matrimonio. Pese a que mi marido es un dechado de paciencia, un diablillo interno me empujaba a menudo para que se la pusiera a prueba. Cuanto más le atacaba, más retraído y alejado le notaba. Raramente me hacía frente y en esas raras ocasiones, después de la discusión, se encerraba en su despacho durante horas.
En realidad, por mucho que lo meditaba, no conseguía saber qué pasaba en mi interior para portarme de forma desconsiderada con alguien que me quería y a quién yo correspondía en el fondo de mi corazón.
No todo era negativo; nuestra actividad sexual era aceptable, e incluso muy satisfactoria,--curiosamente--, cuando habíamos tenido una discusión fuerte a lo largo del día (fuerte desde mi lado: él no solía responderme)
Como te decía, por mucho que buceaba en mis motivaciones para actuar de aquella forma con él, no sabía cuales eran las causas de mi actitud. Sí sabía, que todas nuestras desavenencias procedían de mis malas formas para con mi marido.
Pasaban los días y los meses y la relación iba empeorando casi por minutos.
Él, cada vez mas encerrado en sí mismo; yo, cada vez mas nerviosa y agresiva.
                     - - - - - - - - - - -
Estando de visita en casa de mi amiga Ana ,--a la que tu debes recordar de nuestros tiempos de Instituto --, hice un descubrimiento asombroso.
Mientras ella charlaba con el resto de las chicas, mi afición, casi compulsiva por la lectura, me llevó ante las estanterías donde Ana tenía sus muchos libros y revistas. Mis ojos se fijaron en un grueso tomo en cuyo lomo se podía leer "Enciclopedia del SM". El título me intrigó ¿Qué era aquello de SM?. Lo abrí: en sus páginas encontré muchos dibujos, historietas, narraciones y fotografías sobre niñas, mujeres y alguna de hombres siendo sometido y sometidas, azotados y azotadas con la mano y otros instrumentos. La lectura y la visión de aquello, hizo que algo como una nube me rodeara y una excitación sin precedentes se apoderara de todo mi ser. A medida que pasaba las páginas, mi calentura subía. (Te cuento esto por la gran confianza que nos une). Noté, desconcertada, que por mis piernas discurría el líquido que ya antes había empapado las bragas.
¿Qué me estaba pasando?. Repentinamente, me vinieron  a la memoria escenas soñadas o en duermevela durante mis años de la pubertad y en las cuales, niñas o niños, eran azotados sobre las rodillas, de adultos con el culo bien expuesto: aquellas ensoñaciones culminaban en lo que ahora sé eran los primeros aunque pequeños orgasmos.
Ante aquellos recuerdos y la visión de los castigos mostrados en la enciclopedia, mi estado era el de una elevada calentura. Dejando el libro en la estantería, pero con sus imágenes grabadas en mi memoria, fui al cuarto de baño y....(fue así, te lo confieso), me masturbé frenética y largamente.
Antes de terminar la reunión, apartando a Ana de las demás, le pedí que me prestara el libro, a lo que accedió guiñándome un ojo. Buscó una bolsa y me la entregó con una pícara sonrisa dibujada en su rostro sin ningún comentario. "Ya me lo devolverás"--me dijo-- "No hay prisa"
                  - - - - - - - - - - - - -
 
Al regresar a casa y comprobar que estaba sola, encendida como seguía estando, fui al dormitorio y, allí, con una almohada entre las piernas, conseguí cinco orgasmos maravillosos leyendo y viendo aquellas imágenes.
                   - - - - - - - - - - -
 
Repentinamente, descubrí cual era el diablillo que me impelía a mantener aquella estúpida y beligerante actitud con mi marido. Lo que anhelaba, sin ser consciente de ello,  era recibir en mi cuerpo aquellos que me parecían deliciosos azotes.
Tenía que trazar un plan. 
Puse varios indicadores de papel entre diferentes  páginas, --las más explícitas --, y dejé el libro "descuidadamente" sobre la mesa de centro en el salón. Me puse aquella camisa blanca y la minifalda tableada de cuadros rojos y negros ( ya sabes:  las faldas escocesas ): una que guardaba como recuerdo de mis años de colegio y que apenas podía abrochar. Me había pedido mi marido que me vistiera de esa forma en numerosas ocasiones, lo que había supuesto que yo me pusiera con él como una fiera.
Esperé pacientemente a que él llegara sentada ante el televisor. Mi mente no estaba para lo que había en la pantalla; otros eran mis intereses.
Pasada media hora, que se me hizo interminable, mi marido llegó y le saludé. Al verme así vestida, se quedó parado a la entrada del salón con cara de asombro.
 Mis piernas cruzadas, mostraban toda su longitud hasta casi, casi, la cadera. Hice como que no me percataba de su actitud de asombro y me levanté para cambiar de canal manualmente (lo que me obligó a agacharme y enseñar el culo apenas cubierto por unas bragas blancas, también de mi época de adolescente)
Le dejé allí con su expresión asombrada y me fui a la cocina a prepararme un gin-tonic, procurando, durante el trayecto, mover las caderas más de lo acostumbrado.
Me tomé un buen rato en la preparación de la bebida. Cuando al fin volví, él estaba ojeando el libro: me miró con gesto interrogativo. A su pregunta muda, le contesté que me había gustado y lo había pedido prestado.
"Esto es lo que te está haciendo falta a ti desde hace mucho tiempo y no me he atrevido a hacer por respeto, pero que ha pasado por mi cabeza miles de veces debido a tu forma de comportarte. No me he atrevido .......hasta ahora. En adelante, cada vez que me montes un numerito de los tuyos, vas a saber lo que es bueno"
Se le veía alterado como no le había visto nunca. Le provoqué, le insulté, le dije todo lo que se me ocurrió.
Con sus ojos despidiendo chispas, vino hacia mí y me dio una bofetada.
 
"Es la última vez que me haces esto. Se acabó. "
 
No bien acababa de decirlo, me agarró de un brazo y me tumbó sobre el sofá. A continuación, con toda tranquilidad, sin alterarse ahora, comenzó a estrellar su mano en mi trasero sin pausa, metódicamente, a ritmo de metrónomo, no muy fuerte al principio, pero, paulatinamente, aumentando la fuerza de los impactos.
Por alguna razón por mí desconocida, no hice la menor señal de rebelarme. Los azotes dolían pero, a medida que se multiplicaban, el dolor dejaba paso a un cierto placer desconocido hasta el momento. Me levantó del sillón y me puso de pié, frente a él. Desabrochó su cinturón y, sacándolo bruscamente, lo hizo restallar en el aire antes de sujetarme por una muñeca y colocarme sobre sus piernas. Me quitó las bragas de un tirón, las envió lejos y comenzó a descargar cintazos sobre mi desnudo culo. En aquella posición notaba el gran bulto  de su sexo contra ni vientre desnudo.
Aquella situación era un tanto surrealista: la agresora habitual que era yo, no se resistía en tanto que, el agredido, me estaba sacudiendo bien sacudida. Era como si hubieran cambiado los papeles ( y así era, en efecto)
Toda resistencia tiene un límite y, las lágrimas afloraron a mis ojos, mansas, dulces. En mí se produjo una catarsis. Algo se rompió en mi interior. Una gran paz se apoderaba de mí. El dejó de azotarme, me levantó con dulzura y secó mis lágrimas con besos y caricias. Me besó dulce y largamente.
No recuerdo bien que dijo, pero fue algo así.
"¿Esto te duele? Y, todo el tiempo que me has estado martirizando, ¿crees que ha sido justo? Todo lo he soportado por amor. Espero que eso haya terminado para siempre"
 
Entretanto, me acariciaba yo mi maltrecho culo y le juraba que "nunca más".
La sesión acabó en nuestro dormitorio, sin haber comido , pero alimentándonos de los frutos del amor.
                 - - - - - - - - - - - - - -
Jamás cumplí mi juramento, pero él sí su promesa. Cada vez que trataba de molestarle, el cinturón, la mano y otros útiles que se fueron añadiendo, amén de ser castigada frente a la pared, o de rodillas y otras lindezas, eran el fin de toda discusión (no sin que después hiciéramos una incursión al dormitorio).
Desde aquel día, somos felices y cada uno tiene lo que quiere.
Te dejo: El está a punto de llegar y quiero jugar un rato.
Con el cariño de siempre, tu amiga feliz,
 
JANA.
P.s. Espero tu respuesta y tu parecer lo antes posible. Vale.
 




 

El caso de la cerveza derramada durante una cena

Autor: Jano

 

La mujer que quiero  no es alta de estatura pero sí de inteligencia. Es tan expresiva que habla con la boca y más aun con los ojos y las manos que mueve como aleteos de mariposa. Se apasiona con lo que dice hasta tal punto, de que olvida que ante ella hay vasos o jarras y no es infrecuente que derrame lo que contienen, llegando, incluso, a romper alguno. Cuando salimos  a cenar y tomar unas copas con los amigos, antes de hacerlo recibe una azotaina de aviso, preventiva, con la advertencia explícita de que preste atención a lo que está al alcance de sus manos para evitar accidentes siempre molestos. Pese a mis esfuerzos y a que, además de mis palabras sus nalgas reciben el estímulo de unos azotes que le ayuden a recordar en sus carnes que debe tener cuidado con sus gestos, su exuberancia expresiva lo hace imposible. La experiencia de mucho tiempo me ha demostrado que pocas veces le sirven para controlarse a pesar de que sufre los efectos del castigo que no puede olvidar, tanto si está de pie como sentada. Por efecto de la emoción que pone en la conversación, sus manos describen parábolas casi imposibles en el aire. Es entonces cuando la cristalería que se encuentra a su alcance, corre el peligro de estrellarse en el suelo. A veces, cuando veo que el peligro de que ocurra es inminente, le hago una sutil advertencia que pasa inadvertida para el resto y toma conciencia por un momento de que el roce de sus nalgas sobre el asiento actualiza el recuerdo del  castigo recibido y,
por un instante, presta atención a que sus manos no se conviertan en armas peligrosas para lo que está ante ella.
 
Una noche de la pasada semana, estábamos citados para una cena. Tratando de evitar lo que posiblemente fuera inevitable, antes de que se vistiera y acicalara para salir le advertí de  lo que  me proponía hacer, como ya era costumbre. Se negó. Le dije que de nada le serviría negarse y que recibiría el correspondiente castigo de advertencia. Ella no estaba en el mejor de los humores y volvió a negarse. De nada le sirvieron negativas y más tarde ruegos. El acto se consumó. Una serie de azotes cayeron sobre ella en mayor número que los que le hubiera dado sin sus negativas y oposición. Fue una corta pero intensa sesión, como consecuencia de la cual, sus nalgas adquirieron el color que es de suponer y que, esperaba yo, la mantendrían alerta durante la cena. Al ponerse la ropa interior una vez acabada la azotaina, su cara denotaba a las claras el escozor que atormentaba su trasero y que la obligaban a buscar la mejor postura para hacer menos doloroso el acto de vestirse. Me dijo que era un exagerado y le contesté que me remitía a las veces en los que sus movimientos habían ocasionado un desastre en más de una cafetería o restaurante. No muy convencida, quejándose y lanzándome miradas asesinas, terminó de vestirse y salimos hacia la cita.
 
Para hacer breve la  narración, diré que mis peores sospechas se confirmaron. No había pasado una hora, cuando en su apasionamiento durante la conversación, con un brazo, derramó la copa de cerveza que estaba a su lado, con la mala fortuna de  que, parte del líquido cayó sobre mi pantalón. Sus ojos se dirigieron al instante hacia mí con una mirada mezcla de temor y petición de disculpas. Yo, que conocía hasta sus más íntimos pensamientos, sabía la tormenta que se estaba desarrollando en su interior. Con toda seguridad, en su imaginación, se estaba desarrollando una escena que tan bien conocía en la cual, ella como protagonista, acabaría con el culo al rojo. Un leve temblor de su cuerpo anticipaba lo que de forma inevitable sabía que ocurriría.  Tuve que hacer un gran esfuerzo para aparentar tranquilidad y no azotarla en público. En mis ojos leyó, con toda seguridad, lo que le esperaba una vez llegados a nuestra casa. Sabía a ciencia cierta lo que yo pensaba y lo que le tenía destinado. Se movió inquieta en el asiento notando, con seguridad, los efectos del castigo ya recibido.
 Los amigos, en un loable gesto de cortesía,
trataron de quitar importancia a lo sucedido, bromeando a la vez que condoliéndose por el estado en que había quedado mi pantalón. Traté de estar a la altura de las circunstancias y seguí las bromas, aunque prometiendo para mi fuero interno, castigarla en la debida forma una vez llegado el momento oportuno.
 
De tanto en tanto, nuestras miradas se encontraban y, en mis ojos, leía como en un libro abierto las intenciones que, aunque invisibles para el grupo de amigos, para ella eran la certeza de un castigo corrector de sus desmanes. La anticipación  de lo que ocurriría al llegar a casa, la mantenían en un estado de inquietud y nerviosismo al que los demás eran ajenos, pero no se ocultaba a mi percepción. Aparentando una tranquilidad externa que en nada correspondía con las ideas que danzaban en mi cabeza, seguí charlando como si nada hubiera pasado.
 
Pese al estado anímico que se encontraba, ella seguía participando de las conversaciones cruzadas que manteníamos, aunque limitaba los movimientos de sus manos, sometida a la tensión de saber que no quedaría impune su descuidada acción; menos aun, si se repetía algo parecido
 
La velada transcurrió sin ningún otro incidente digno de mención. Las miradas que ella
me lanzaba de vez en cuando, denotaban a las claras su preocupación por los acontecimientos futuros que sabía inevitables. Tan bien la conozco, que ante mí se representaban las ideas e inquietudes que poblaban su cerebro. Yo correspondía a sus miradas con el gesto que ella tan bien conoce
 
Cuando nos despedimos del grupo, ya en nuestro coche al que entró con cierto recelo, le recriminé el incidente,  le ordené que se quitara las bragas y se pusiera de rodillas de cara al respaldo, de rodillas sobre el asiento.
Con gesto mimoso y haciéndome caricias a la vez que suplicaba que la perdonara, trató de evitar obedecerme. Necesité de varias advertencias para que lo hiciera. El gesto de mi cara no auguraba nada bueno ante sus débiles negativas. Ella, la descuidada, conocía perfectamente que, cuando tomaba una decisión, ésta era inapelable. No sin reticencia, acabó por obedecerme y adoptó la postura que le había ordenado despues de despojarse de su íntima prenda;  con una ojeada, comprobé que se encontraban húmedas.
 
Sin preocuparme si alguien pudiera vernos, le propiné varios azotes que la hicieron botar y quejarse por el trato. Frases tales como “te vas a enterar en cuanto lleguemos a casa”,
“ no hay forma de que evites tales accidentes pese a mis esfuerzos”, “no vale de nada que vele constantemente por que no hagas esas cosas”,” no vas a poder sentarte en varios días cuando termine contigo”, etc., acompañaban mis azotes. Con los labios apretados, mi amor, arrepentida por lo hecho, soportaba con paciencia y estoicismo el castigo que, inexplicablemente, casi nadie contempló pese a que, por el lugar, transitaban grupos de gente paseando disfrutando de la noche de fin de semana. Solo una pareja de señoras con abrigos de piel que pasaban por allí, se pararon un momento para mirarnos con gesto de sorpresa y reprobación.
 
Cuando consideré que ya era suficiente, le dije que se sentara y guardara en un bolsillo sus bragas. Así, desnuda bajo su exigua falda  y con el culo dolorido, se sentó con gesto compungido.
 
Llegados a casa, sin perder tiempo, la despojé de la ropa hasta la cintura y, extrayendo mi cinturón, comencé a azotarla con él. En tanto, iba recriminándole su falta de atención.
Del cinturón, pasé a darle sonoros azotes con la mano tal vez más  dolorosos que con la correa, aunque más íntimos. Me pedía disculpas entre gemidos y ni lo uno ni lo otro me ablandaban. Seguí con la azotaina un largo rato hasta que me pareció que ya había recibido bastante castigo por aquella noche. El color de su cara no desmerecía con el que presentaban sus nalgas después de la dura y larga azotaina que había recibido. Ella no lloraba nunca pese a las intensas zurras que recibía con frecuencia; en ésta ocasión, pese a la ausencia de lágrimas, sus ojos se mostraban acuosos. Sus manos, despues de pedirme permiso para hacerlo, se acercaron veloces a frotar su enrojecido culo, con la intención de mitigar el escozor que en él sentía. Después, se abrazó a mí ocultando su cara contra mi pecho con actitud mimosa a lo que correspondí con caricias y, levantando su cara hacia mí, la besé apasionadamente enervado por su perfume que tan bien conocía. Mis manos se dirigieron atentas a comprobar la temperatura de sus nalgas que encontré calientes por la azotaina. Su respuesta fue un estremecimiento mientras apretaba su vientre sobre el mío. Así unidos, pecho contra pecho, vientre contra vientre,
las bocas unidas en un apasionado, largo y frenético beso, nos mantuvimos unidos por un tiempo difícil de calcular.
 
Lo que sabía con toda certeza, era que, a la primera ocasión que se presentara, ella, con sus movimientos tan expresivos, volvería a cometer una nueva tropelía que sería respondida con el mismo tratamiento.
 
Dado que lo cortés no quita lo valiente y que la visión de su semidesnudez habían disparado mi libido, en un gesto de perdón y como consecuencia del amor que por ella siento, además de la excitación que no me permitía más dilación,  la atraje hacia la cama con dulzura: la desnudé completamente y yo hice lo propio. Nos abrazamos con pasión y terminamos la noche amorosamente unidos, Lo demás, lo dejo a la imaginación de quién se digne leer éstas líneas
  
El amor, en su infinita sabiduría, subsanó lo ocurrido: el castigo recibido había hecho que disculpara su falta. Mi justificado pero exagerado y casi pretendido enfado había desaparecido para dar paso a otros sentimientos y deseos que se colmaron con creces.
 
En cierto modo, el hecho de que cometa esos y otros errores, me permiten continuar ab in eternum zurrándola con un atisbo de justificación.
 
 
                                             F I N.
 

Mi Jefa

Autor: Jano

 

Analía, la directora y propietaria de la empresa en la que trabajo como su secretario particular, es la mujer más altanera, déspota y engreída  que darse pueda. Maneja la oficina y a su personal con mano dura aprovechándose de los grandes beneficios que proporciona a su personal. Nadie levanta la voz ante su presencia. Más parece un rey absolutista de horca y cuchillo que una empresaria. En mi caso, no me escapo del mismo tratamiento que el resto, solo que a mí, dada su larga jornada de trabajo, me tiene a su servicio de sol a sol, hasta el punto de que, una vez se ha marchado el resto del personal, nos quedamos solos ultimando los detalles que a su juicio son necesarios terminar ese día.
 
Aunque tragándome el orgullo, continúo a su servicio por el alto sueldo que percibo y por las dificultades existentes en el mercado laboral; de no ser así, habría dimitido tiempo atrás.
 
Todo lo que tenía de reprobable en sus actitudes lo tenía de belleza. Ésta respondía a los gustos más exigentes; de estatura más que mediana, su feminidad y espectaculares formas, dejaban sin respiración al que la veía sin sospechar la dureza de su carácter.
 
Sus tiernos ojos verdes inducían al error: escondían un espíritu que podía llegar incluso a la crueldad con sus subordinados. Sin embargo, su pecho firme, las rotundas caderas, las largas y bien torneadas piernas y su elegante porte, hacían suspirar por ella a todo hombre que la trataba. Pese a su forma de tratarme, fijándome solo en su cuerpo, yo era uno de los que la deseaba con más fuerza. Estar a su lado todo el día era un suplicio doble: por un lado, la atracción que por ella sentía; por otro, la amargura de soportar su trato hacia mí. Extraña dicotomía.
 
En más de una ocasión, hube de contenerme para no lanzarme sobre ella y castigarla por cada afrenta que me había hecho.
 
Como ya he dicho, solo la buena situación económica que me proporcionaba impedía que dimitiera y me alejara de la que era causa de todas mis desazones, tanto de sufrir por no poder poseerla como de soportar su mal trato.
 
Sin embargo, la paciencia humana tiene un límite y algún día tendría que salir a la luz el acíbar acumulado durante tanto tiempo.
 
Así fue, en efecto. Una noche en que especialmente se había cebado sobre mis supuestas faltas, tirando por la calle del medio, desesperado y arrostrando el despido, aprovechando que nos habíamos quedado solos en la oficina, ante un insulto difícil de digerir, me revolví y solté por mi boca toda la inquina guardada. Ante mi explosión, Analía, mi jefa, se quedó paralizada sin poder creer lo que estaba escuchando; se quedó como una estatua sin conseguir articular palabra alguna. Antes de que reaccionara, aun sabiendo que me estaba jugando el empleo y ya perdido todo control sobre mis actos, me abalancé a ella y le di dos sonaras bofetadas. Sin un momento de vacilación, perdidos ya los estribos y  el temor a las consecuencias, sujetándola con fuerza, la arrastré hasta una de las butacas de su despacho y, apoyándola sobre mis piernas pese a sus esfuerzos por escapar, como un poseso, comencé a azotarla violentamente resarciéndome de tantas veces como me había humillado. Una alegría salvaje me invadía mientras la azotaba al tiempo que una gran excitación me invadía al hacer contacto mi mano sobre sus adorables nalgas por tanto tiempo admiradas y deseadas por mí. Sabía que aquella acción podía acarrearme no solo el despido sino, incluso, una condena por lo que estaba haciendo en su persona. Ninguna consideración me detenía.
Mi mano caía inmisericorde sobre sus carnes a través de la fina seda de su vestido. Ella se debatía protestando de forma airada y amenazándome de todas las formas posibles.
Sin hacerle caso, yo proseguía sin descanso la azotaina.
 
Lo que durante un tiempo fueron amenazas e intentos por escapar, convencida quizás de que ni lo uno ni lo otro evitaban el castigo, su actitud se fue haciendo más pasiva; solo se movía imperceptiblemente cuando la mano llegaba a su destino.
 
Sabiéndome perdido y consciente de que nadie podía sorprendernos, acicateado por un deseo acuciante de mis instintos más básicos, quise ver algo de su intimidad y levanté su falda, dejando al descubierto unas exiguas bragas negras caladas que dejaban al descubierto, más que ocultaban, aquellas espléndidas formas dignas de su perfecta belleza. Extasiado por su visión, cesé un momento de azotarla para contemplarlas con arrobo. No tardando mucho, volví a la tarea de zurrarla.
 
Aquello era el fin de mi trabajo: lo sabía. Sin embargo, algo en su actitud había cambiado; ahora ya no amenazaba ni trataba de zafarse de mi presa.
 
Mientras la azotaba, no dejaba de recriminarle su forma de tratar s sus subordinado y especialmente  a mí. Me desquité de tanto tiempo callando y soportando con estoicismo su mal genio, desprecio, altanería y prepotencia que mostraba  hacia todos.
 
Me sorprendió que no hubiera respuesta alguna ni a los azotes ni a las frases que le dirigía.
 
Ante mi sorpresa, con voz quebrada dijo que me pedía perdón por todos los desaires con que me había humillado en ese tiempo. Atónito,  paré de golpearla. Todavía sobre mis piernas, confesó que su forma de actuar se debía al convencimiento de que era la única forma de que su negocio funcionara; en ningún momento debería bajar la guardia y mantener a todo el personal bajo control. Su padre, exitoso industrial, así la había enseñado. Solo mi actitud, de la persona en quién más confiaba pese a su forma de tratarme, le estaban haciendo ver su error. Me apreciaba y tenía en alta estima mi trabajo y dedicación. No podía suponer que me afectara tanto su forma de tratarme.
Sin salir de mi asombro, la hice levantar y, al hacerlo, pude apreciar cómo unas lágrimas discurrían por sus mejillas.  La mujer entera, fuerte, dominante, era, según me confesó, la primera vez en su vida que había sido tratada de aquella manera.
 
Le pregunté si debía considerarme despedido. Su contestación fue aun más asombrosa que sus palabras anteriores. –“No; necesitaba que alguien me hiciera ver lo erróneo de mi comportamiento y lo ha hecho la persona que más aprecio y respeto de mi empresa.
Espero no actuar nuevamente así. Aunque será difícil, trataré de cambiar”—
 
Sin saber muy bien lo que hacía, impulsado por no sé que interior, le dije: --“Espero que así sea. En caso contrario, lo que ha ocurrido hoy se repetirá cada vez que yo lo considere necesario”--. Acumulando sorpresa tras sorpresa, Analía bajó la cabeza e hizo con ella un gesto de afirmación.
 
                                             o0o0o0o0o0o
 
Epílogo.
 
Como es de suponer, algo tan arraigado en su personalidad como aquello que me había hecho quemar mis naves en un momento de casi locura y desesperación, no podía cambiar de la noche a la mañana. Con altibajos, yo podía comprobar día a día los esfuerzos que Analía intentaba para dejar atrás sus viejos hábitos. Me constituí en su
mentor: durante mucho tiempo, cuando nos encontrábamos solos en la oficina, le hacía ver sus malas actitudes y la zurraba sin compasión en castigo por sus faltas de humanidad hacia sus empleados. De mejor o peor grado, lo aceptaba.
 
Independientemente de nuestra relación laboral, algo más profundo, más tierno y acendrado se fue generando entre los dos.
 
Llegué a acostumbrarme de tal manera a tenerla sobre mis rodillas con las nalgas al aire, que  la vigilaba para, con el menor pretexto, azotarla y acariciarlas con un placer solo explicable por el deseo irrefrenable que sentía por ella.
 
Pasó el tiempo: a mis oídos llegaron rumores de que la relación existente entre ella y yo no eran las propias entre jefa y empleado. No les faltaba razón. Con el tiempo, me convertí en su socio y en algo más íntimo. Yo recibía el placer de acariciar su cuerpo y algo más, en tanto que, por mi parte, no dejaba de azotarla incluso cuando no cometía falta alguna.
 
Y éste es el fin de una historia rara pero con final feliz.
 
Madrid, 14 de Noviembre de 2005.
 
Jano.