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Relatos de azotes

M / f

“…siempre tuvo la frente muy alta, la lengua muy larga y la falda… muy corta!”

Autora: Ana K. Blanco

Ella estaba preparada para salir. Tomó su cartera, los papeles y las carpetas que creyó necesarias, se miró al espejo por última vez y con paso firme como era su costumbre, salió a la calle.

Estaba enojada! Cómo se atrevía ese hombre, por muy inspector que fuera, mandarle semejante notificación por las supuestas faltas y carencias en las que, según él, incurría su negocio. Faltaba más!! Eso era poco menos que un insulto! Ella, que tanto esmero ponía para que estuviera todo impecable, perfecto, sin faltas de ninguna especie, y este “tipo” le decía que su empresa era un desastre! Calificativos de toda naturaleza cruzaron su cabeza pensando en aquel hombre.

Tan concentrada iba en sus pensamientos que no percibía las miradas de cuanto hombre se cruzaba con ella por la calle. Era bastante alta para el estándar de estatura de una mujer, y además, bastante grande y robusta, sin ser gorda. Rubia, con rulos que caían sobre sus hombros y espalda. Los pechos acordes al resto del cuerpo: enormes! Y ella no se preocupaba por disimularlos. Su cintura y sus caderas eran bien proporcionadas. Sus nalgas sobresalían y las piernas… eran su orgullo y hacía lo posible porque todos se dieran cuenta. Bueno, con semejante tamaño de mujer, imposible que pasara desapercibida!

Había decidido vestirse con una falda negra, bastante corta, una blusa blanca y chaqueta con pequeños cuadros blancos y negros. Los zapatos eran negros con un alto tacón que no le importaba usar a pesar de su estatura, pues sabía que sus piernas se lucirían más. Un maquillaje suave y discreto con un brillo especial en sus labios, que por su forma de corazón y su tamaño, daban ganas de besarlos con solo verlos. El perfume puesto en lugares estratégicos permitían que dejara una estela con el delicioso aroma por donde caminaba.

Pero esta vez, camino al Ayuntamiento de la ciudad, Cristina no veía nada, ni nada le importaba excepto enfrentar a ese hombre. Ya lo pondría en su lugar! Y que ni soñara que iba a pagar esa cifra exagerada por la multa que él había puesto! Sí, estaba enfada de verdad. Y no veía nada, o mejor dicho: veía todo negro debido a su ira y a su enojo.

Entró al Ayuntamiento y dejó al portero con la boca abierta, mirándola como embobado al verla pasar a su lado como un relámpago. Se dirigió a la Sección de Inspección General y solicitó hablar con el Director. Pensaba denunciar ante él, el jefe, a este Inspector que se la había tomado con ella. Entregó a el empleado de la oficina la tarjeta con su nombre, cargo y datos de la empresa. No tuvo que esperar mucho, casi inmediatamente la hicieron pasar a un despacho sencillo pero con todas las comodidades, hasta un sillón enorme que llamó poderosamente su atención. Para qué querrían un sillón tan grande en una oficina? Nunca imaginó qué pronto lo averiguaría!

El director estaba de espaldas a ella y la dejó parada, sin darle importancia, por unos minutos que a ella se le hicieron eternos. Cuando se dio vuelta, Cristina no lo podía creeer!! Sí, era el Inspector!

- Pe… pero… pero… usted!!- casi gritó sin salir de su asombro.
- Buenas tardes señora. Vino a pagar la multa por todas las irregularidades cometidas por su empresa?
- Por supuesto que NO! Venía a denunciar al inspector que no sé porqué motivo se ensañó conmigo, pero… ya veo que es imposible! Qué le pasa señor Director? No gana lo suficiente que tiene que hacer horas extras como Inspector?

No hacía ningún esfuerzo para ser sarcástica. Le salía casi naturalmente cuando quería herir a alguien.

- No señora, mi sueldo es suficiente como bien para vivir, pero no tengo problemas en hacer tareas de menor rango cuando es necesario. Como por ejemplo, inspeccionar empresas a cuyo frente hay personas… difíciles.
- Está usted hablando de mí? Me está diciendo que soy una persona difícil?? –La ira se le escapaba por los ojos y sin darse cuenta estaba elevando la voz más de la cuenta debido a su enojo.
- Le recuerdo señora que no está usted en su casa, sino en MI oficina, por lo tanto le exijo que baje la voz. Y sí, le estoy diciendo que es usted una persona muy difícil de tratar, y yo he recibido varias quejas de diferentes inspectores respecto a su persona, por lo que resolví visitarla yo mismo y comprobar qué sucedía. Y sin salirme para nada de las reglamentaciones vigentes, labré el acta correspondiente a las anomalías que detecté. Simplemente fui estricto y no tuve ningún tipo de contemplación con usted. Apliqué el código de forma rígida, pero legal, sin salirme en ningún momento de la reglamentación. Quizás así entienda cómo debe de comportarse usted ante el resto del mundo y mostrar un mínimo de respeto por el prójimo.

Cristina no podía creer lo que oía. Sin saber qué hacer se sentó en la silla que estaba frente al escritorio.

- Y a quién le ha pedido usted permiso para sentarse? O quién se lo ha dado? Levántese inmediatamente!
- Es usted un maleducado!
- Yo señora?? Porqué? Por no permitirle que me lleve por delante como lo hace con todo el mundo? No! Conmigo no tendrá esa suerte!

Hablaba con un tono severo. Cristina no estaba acostumbrada a que le hablaran en ese tono, sino utilizarlo ella con los demás. Recién en ese momento reparó en el hombre que tenía delante: de unos 50 y pocos años, canoso, sumamente atractivo para su edad, altísimo y de contextura grande, como para meter un poco de miedo… pero ella no se iba a dejar vapulear ni siquiera verbalmente por aquel hombre! Decidió cambiar de táctica y de actitud, pero sin perder su altanería.

- Bien. Dígame qué es lo que pretende que haga.
- Muy simple señora: pague la multa y a otra cosa. Y no me haga perder más tiempo. Tengo mucho para hacer.

No lo podía creer!! No encontraba argumentos para luchar! Ella, que se sabía todos los trucos para salirse con la suya, esta vez estaba perdida! Había algo en ese hombre que la atraía en forma poderosa. Le excitaba la forma en que la trataba, aunque también la enojaba. Nadie se había atrevido jamás a decirle las cosas de aquella forma tan… grosera! Qué podría hacer? No tenía el dinero para pagar la exorbitante multa que le había impuesto aquel despreciable individuo.

- Es que… no tengo el dinero para pagar la multa! Es… demasiado elevada!
- No, no lo es. Es estrictamente lo que marca la reglamentación.
- Pero… es mucho! No tengo tanto dinero!
- Consígalo! Ese no es mi problema.
- He pedido mucho dinero últimamente y… no tengo crédito.
- Puede hacer un convenio de pago con el Ayuntamiento. Están dando facilidades para los grandes deudores.
- Ya tengo un convenio por otro motivo, y solo permiten un convenio a la vez…
- Le repito: no es mi problema!! Retírese de una vez y déjeme en paz.

Él la miraba por el rabillo del ojo. Sabía que la tenía en sus manos y eso lo ponía feliz y le daba un aire de vencedor que casi no podía disimular. La miró: estaba a punto de estallar en lágrimas, pero sabía que no lo haría… todavía!

- Ayúdeme! No sé qué hacer.

La miró con cierto desprecio. Gozaba al sentir su poder por encima de aquella mujer que en ese momento había dejado a un lado la altanería. Pero no era suficiente para él.

- Eso fue una orden o una súplica?? Es difícil ayudar a las mujeres como usted.
- ¿Cómo yo? Qué quiere decir con “como usted”? Cómo soy yo?
- Usted señora, es como la mujer que describe Sabrina en su canción “19 días y 500 noches”.
- Ah, sí? Y cómo es esa canción? Qué dice?
- Dice que la mujer de la cual está hablando “…siempre tuvo la frente muy alta, la lengua muy larga y la falda… muy corta”- Y bajó su mirada hasta aquellas piernas que lo habían enloquecido desde la primera vez que la vió y decidió planificar todo esto. Le tendió una trampa y ella cayó sin remedio.

Se detuvo un momento a contemplarla con más detenimiento, porque no había cesado de observarla y gozar su presencia desde que apareció con su aire altivo por la puerta de su oficina. Sí, quizás no fuera la mujer más bella del mundo, pero… tenía un atractivo especial, un brillo diferente, un carácter fuerte y dominante al que él se había propuesto cambiar. Era todo un reto el vencerla y él tenía todos los ases para ganar.

- Está bien, -dijo ella- Es verdad. Soy así! Pero también es verdad que no tengo el dinero para pagar, y quiero saber si puede darme usted alguna solución.

Sí, así la quería, aunque aún más derrotada. Pero iba por buen camino.

- Vea señora, tiene dos posibilidades. Una, es pagar la multa y asunto arreglado. O, si no tiene el dinero, le puedo dar una segunda opción que sólo depende de mí. Podría suspender la multa, pero no sé si usted estaría dispuesta a hacer lo que le mande y sin chistar.
- Usted sabe que no tengo opción. Dígame qué tendría que hacer.

Se sonrió, ahora sí con toda soltura. El triunfo sobre esa altiva mujer le daba un brillo especial a sus ojos. Sin dejar su aire burlón le espetó:

- Cambiar la canción de Sabina.
- ¿¿Cómo?? No comprendo!

- Simple: quiero que en vez de tener la frente muy alta como hasta ahora, que la baje. Que cambie su lengua tan larga por una que hable menos y con tono más respetuoso. Y, por supuesto, bajarle la falda que la lleva tan corta!

- Ah, sí?? Y cómo haría eso?
- Acepte y se enterará.

Nunca se había sentido tan humillada! Caramba con este tipo! La sangre hervía en sus venas y el color rojo de su rostro demostraba la ira e impotencia que sentía en ese momento.

Por un lado, sabía que tenía que pagar un dinero que le era imposible reunir. Por otro lado, aunque odiaba admitirlo, tenía cierta curiosidad por saber qué pensaba hacer este hombre con ella, y eso… la excitaba! Bueno, no tenía otra opción que no fuera ceder ante aquella proposición.

- Está bien. Acepto. Dígame qué tengo que hacer.
- No se apresure. Piense bien antes de contestar. Una vez que acepte no tendrá vuelta atrás, porque si no cumple veré la forma de triplicarle la multa! Y usted sabe que puedo hacerlo.
- Ya lo pensé y acepté. Y no le permito que dude de mí. Yo soy mujer de cumplir mi palabra. Hable!
- En primer lugar, cambie su tono al dirigirse a mí. No me ordene, no me mande, y pídame las cosas POR FAVOR!
- Lo siento… Por favor, dígame en qué consiste lo que tengo que hacer.
- Así está mejor. Le explico: he sacado algunas cuentas y la multa asciende a unos 2.500 dólares. Pues bien, yo le cobraré el 10% de esa cantidad en azotes en su hermoso trasero.
- Qué cosa?? Cómo se atreve a hacerme tal proposición?
- Serán 250 azotes con la mano.
- Eso no es justo!!
- Por supuesto que no! Es demasiado poco! Así que agregaré 100 azotes más con la regla, y 100 con el cinto.
- Pero…
- Y esto irá en aumento en la medida que siga protestando! Teniendo en cuenta que usted no ha recibido nunca azotes en su vida…
- Y qué sabe usted de eso??
- Señora… si hubiese usted recibido unos buenos azotes a tiempo, no sería tan desagradable y petulante como es ahora! Pero no se preocupe porque nunca es tarde, y aquí estoy yo para ponerla en su lugar!

Lo odiaba, lo odiaba con todo su ser! Pero era lo suficientemente inteligente como para no hacer comentarios que aumentaran aún más tan terrible castigo!

- Como le decía: debido a que es usted nueva en esto de recibir azotes, los repartiremos en 5 sesiones. Todos los jueves a esta hora, la esperaré aquí para darle su lección privada de buenos modales. Y comenzaremos hoy, por supuesto!

- Pero yo…
- Hoy recibirá 10 azotes más con cada uno de los instrumentos, mano incluída, para que haga las cosas como se le indican, en forma rápida y sin protestar!! Ahora, venga aquí. Ya! O quiere que se lo repita y aumente el castigo?

No sabía qué hacer ni qué decir, así que decidió obedecer. Él la condujo hasta el sillón, se sentó cómodamente y le indicó que se sacara la chaqueta y se pusiera boca abajo sobre sus rodillas. Obedeció sin decir nada, y él agradeció el tener piernas largas y fuertes como para soportar aquel tamaño de mujer. Ella también era alta y aquella posición no le resultaba nada cómoda a ninguno de los dos, así que él se sentó lo más para atrás que pudo y eso permitió que ella se acomodara a lo largo de aquel enorme sofá.

Su trasero estaba listo. Se veía enorme y redondo! La falda se había subido aún más debido a la postura y podía ver su bombachita de encaje blanco. Estaba tan excitado con aquella visión que no pudo evitar tener una erección mayúscula! De seguro que ella la sentía, pero no diría ni una palabra.

Pensó en darle los primeros golpes suaves y por encima de la ropa. En el fondo, no quería lastimarla sino darle una lección. Pero tenía un gusto que se quería dar… y lo hizo! Primero, sobó un poco aquellas nalgas que se notaban hermosas y túrgidas por debajo de la falda. Luego, sin dejar de sobarla con la mano izquierda, levantó su mano derecha y la dejó caer con la mayor fuerza de que fue capaz. La sorpresa y el impacto fueron tan grandes que… solo fue capaz de emitir un gemido seguido de un largo “aaayyyyyyy!!!”.

- Bien, estimada señora. Ya hemos comenzado a cumplir con el cambio de la primera y segunda parte de la letra de la canción. En la pose en que se encuentra en este momento, ya he logrado que no “tenga la frente muy alta”, sino que la hemos bajado bastante, verdad?? Jejejejejejeeeeee… Y creo que con esto también se le ha acortado la lengua… o no?

Y continuó asestando golpes con la mano, no demasiado fuertes, como para que se fuera acostumbrando. Y siguió, uno tras otro, con ritmo, hasta que llegó a veinte. Ella lo soportó bastante bien, aunque tenía los ojos llenos de lágrimas. La hizo que se pusiera de pie.

- Ahora quiero que se suba la falda y baje sus medias hasta la mitad de la rodilla.
- Cómo?
- Todavía le quedan 40 azotes con la mano, y a menos que quiera que sean más, le sugiero que se de prisa!

La vergüenza era grande, pero ya le ardía bastante el trasero como para enojar aún más a aquel hombre. Estaba avergonzada, sí, pero también estaba excitada como nunca soñó estarlo. Nunca imaginó que después de esos azotes estuviera esperando ansiosa el resto. Ese hombre sabía lo que hacía, y ella se dejaba hacer…

Se puso nuevamente sobre sus rodillas, se acomodó de forma tal que pudiera seguir sintiendo la erección de su verdugo, se aflojó y… sintió el primer azote en sobre su piel desnuda! Dolió! Ardió. Sintió escozor! Pero no pudo detenerse a pensar demasiado en ese azote porque antes de darse cuenta ya estaba sintiendo el otro, y el otro, y el otro, y… el dolor se le estaba haciendo insoportable. Todo su trasero ardía como una brasa encendida!

El Director estaba gozando al máximo! Por fin tenía a su merced a esta mujer y su adorable trasero! Estaba fascinado mirando cómo el color rosa fuerte que tenía cuando se puso en su regazo por segunda vez, se fue tornando cada vez más rojo. Él había tenido la precaución de ir esparciendo los golpes en forma pareja, para dejar todo ese hermoso y enorme culo de un color uniforme. Durante todo el rato siguió diciéndole cómo debía tratar a las personas, de ser más educada, de tener más respeto, etc. Y la mano seguía cayendo sin piedad… Plas! Plas! Plas…!

Cristina no soportaba ya ni un golpe ni una humillación más! No veía la hora de terminar. Le ardía su trasero y su orgullo estaba destrozado. Pensó que no podría sentarse por el resto de su vida!! Durante la golpiza había pataleado, se había movido y había tratado de poner sus manos para evitar algún golpe. Todo esto terminó cuando él la amenazó con aumentar la cantidad de palmadas…

- …y 60! Ahora párese! Y puede sobarse un rato mientras preparo el resto de su castigo.
- Ya no más, por favor!!!
- Señora, lo hubiera pensado antes de aceptar! Ahora, ya es tarde, aunque se puede ir cuando desee y pagar el triple de la multa… Es su decisión.

El Director sabía que no se iría. Por fin la tenía en sus manos, que aunque estaban dolidas y también le ardían por el efecto de los golpes, no pensaba dejar este castigo por nada. Quería ser un verdugo implacable con ella. Y lo estaba logrando.

- Ya estuvo bien de descanso! Acérquese aquí. Quítese la falda… y sin protestar!

Miró la enorme regla de madera dura que tenía en la mano, pero ya no tenía deseos de suplicar, sabía que era en vano. Tomó la posición que él le indicaba: las palmas de las manos apoyadas en la pared, los pies alejados como a un metro de ésta, las piernas algo abiertas, el trasero en pompa ofrecido hacía él como un regalo… y la lluvia de reglazos comenzó! Uno tras otro mientras sentía un enorme escozor por fuera y por dentro… una enorme excitación mojaba enteramente su entrepierna!!

Y finalmente sobre el sillón sintió la piel del cinto que su verdugo se había quitado de su pantalón y había doblado en dos para hacerlo estallar sobre aquella parte adolorida y machucada de su anatomía.

-Felicitaciones!! PLAS! Aquí comenzamos el cambio… PLAS!! de la tercera parte de la canción: PLAS, PLASSS, PLAASSSS!! Tendrá que alargar esa… PLASS! PLAS!! “falda muy corta”!

Cristina no comprendió lo que le decía hasta que los golpes comenzaron a caer sobre la parte baja de sus muslos y piernas. Quedarían marcas que si no quería que la gente lo notara, tendría que alargar su falda…

Cuando el castigo por fin terminó, él vino con una crema que pasó con todo cariño sobre sus nalgas tan maltratadas, mientras le decía:

- Bien, hemos logrado en esta primera sesión, lo que quería: bajar su frente, acortar su lengua y bajar su falda, porque tiene prohibido usar pantalones! Y para que se pueda sentar a gusto necesitará alrededor de 19 días, pero para aplacar la humedad que sentí en su entrepierna necesitará como… 500 noches!- le dijo con una sonrisa burlona y cierto tono de sarcasmo!!
- Recuerde señora: la próxima sesión será el jueves que viene a la misma hora. Más le vale que sea puntual o… necesito explicarle lo que recibirá a cambio de cualquier falla de su parte? No, no lo creo! Cuando hayan pasado los 5 jueves y su castigo haya sido cumplido, le daré todos los originales para que haga lo que desee con ellos. Eso siempre y cuando se cumpla la totalidad del castigo. Supongo que no se permitirá el lujo de faltar!
- No faltaré… -respondió ella con un hilo de voz que a él le sonó extraño, como con un dejo de picardía. Sería así? Solo Cristina lo podría responder…

FIN

Y llegó el sábado primero de octurbre

Autora: Vicky Fresita

Llegó el sábado primero de octubre, mi celular timbró yo contesté.
- Hey!!! Me dijo él, ya llegué al aeropuerto, y una sensación de mariposas revoloteando en el estomago sentí, me fascina su voz, le saludé y le dije que yo estaba en la playa bronceándome, me dijo
- La playa?? Y por quÉ no me vienes a recoger al aeropuerto??
le dije
- No, pues estoy muy lejos, y me tengo que arreglar,
me dijo,
- Está bien, cojo un taxi y nos vemos a las 4 de la tarde,
era como la 1 PM, pero como yo asumo que el tiempo no corre, me quedé allí tirada en la arena tostándome al sol, después me volteé para broncearme por detrás y me puse a leer un libro, y cuando me di cuenta eran las 2 de la tarde, recogí mis cosas caminé hacia el parqueadero y me fui al apartamento de mi amiga que vive cerca a la playa y cerca al hotel donde él estaba hospedado.

Pero cuando llegué al edificio ella no estaba y yo no tenia como entrar, así que me quedé en la piscina para nadar un rato y esperar por ella, al fin llego como a las 3 de la tarde y por fin pude entrar, mi spanker me llamaba y me llamaba pero como yo estaba en la piscina nadando no escuche el teléfono, cuando por fin me llamó y le contesté, me dijo....
- Where are you????? Donde estas??? y le dije,
- Ya casi estoy lista...pero ni siquiera me había bañado, y así lo tuve diciéndole “ya casi”, “ya casi” y me demoré muchísimo arreglándome.

Al fin salí de la casa de mi amiga a las 6 de la tarde y mi sobrina me pidió que la llevara a donde una amiga que era cerca de donde yo tenía que ir, así que la llevé y entrçe el trafico y la distancia llegué al hotel de mi spanker a las 8 de la noche... lo llamé desde la recepción y le dije,
- Ya estoy aquí, baja, y me dijo,
- Come here now!!!! Ven aquí ya!!! Con un tono de voz que me asustó, pero le dije,
- Nooo, tú ven aquí....baja y charlamos, y me dijo con un tono más alto,
- Get your butt over here NOW!!! Y colgó... así que yo subí, y llegué al piso 17 habitación 1705, toqué la puerta y mis manos estaban heladas, él abrió la puerta y nos miramos....ayyyy Dios ese hombre estaba re lindo, súper alto, blanquito de ojos claros, un papasote... unos hombros super anchos, unos brazos enormes y las manos gigantes, nos dimos un beso en la mejilla, y entré, lo primero que dijo fue...
- 4 hours!!!! Vicky, 4 hours...te he esperado por 4 horas...huh?? Qué?? No dices nada?? yo llevaba puesto un vestido de diferentes líneas rosadas que de la cintura para arriba es apretado y sube en V para amarrarse detrás del cuello, y de la cintura para abajo cae en campana pero solo llega a la mitad de los muslos, bueno no es por nada pero ese vestido me queda divino.. y con el color de mi piel dorada por todo el sol de la playa, hacía un contraste y lo digo por que vi las miradas entrando al hotel y cuando caminé por la calle.

En fin, me hice la loca y me fuí hacia el balcón del cuarto y salí a ver el océano aunque ya estaba oscuro pero la vista era magnífica, él salió detrás de mi y me cogió la mano para llevarme hacia adentro, pero me le solté y entré un poco rápido alejándome de él, cogí una revista y me senté en el sofá y él se me paró enfrente. Cruzó los brazos enfrente del pecho y sólo me miraba, yo no lo miré y sólo hice que leía la revista. Me la quitó de las manos y allí me agarró la muñeca y me paró bruscamente, le dije awww, pero no me escuchó y me dijo,
- Ni siquiera has dicho sorry, y lo miré me reí y le dije
- OK fine, sorry.... y eso le dió rabia y se sentó en el borde de la cama y ahí fue....

Caí sobre sus rodillas y aunque traté de pararme no me dejó y sentí la primera nalgada sobre mi vestido, mandé mi mano para cubrirme pero me la quitó y me empezó a regañar, que era el colmo que él hubiera esperado 4 horas. Mientras hablaba su mano no paraba de caer, yo lo único que hacía era tratar de pararme; mis piernas pataleaban pero era imposible zafarme de él, le decía que no había sido mi culpa, que el tráfico, que había un accidente en la carretera y duré allí dos horas. Sus nalgadas caían más fuertes, me decía
-Y encima mentirosa.... cuando me pegó más fuerte traté de cubrirme y me dijo:
- Que no te cubras!!! Es que no entiendes??? Y me subió el vestido, allí grité noooooo, no quiero así, nooooo, pero no le importó. Ahora sí se sentía su mano quemar mi piel pues mis panticitos rojos de seda no cubrían nada....y allí si me empezó a doler, así que le dije,
- OK, OK!!!! déjame ir al baño, y me dijo mentiras.... le dije siiii tengo que ir, te lo juro, y me dijo con palabras muy secas dos minutos o entro al baño y te saco, así que me dejo parar de sus rodillas y caminé hacia el baño sobándome y haciéndo mala cara. Allí solo me miré al espejo y ya mi pobre traserito estaba súper rojo....rojo, me arreglé mi cabello, tomé una respiración profunda y salí otra vez. Estaba parado en frente de la puerta, le hice cara de niña inocente con puchero y todo pero me cogió la mano me la apretó duro y caminamos hacia la cama otra vez, me dijo otra vez lo mismo,
- Quiero la verdad....por qué me tuviste aquí esperando 4 horas???? Y yo me reí, y eso hizo que me tirara a sus rodillas y me levantara el vestido y sus nalgadas esta vez fueron super fuertes y seguidas, yo pataleé y pataleé y le decía que ya no había nada que hacer que ni modo me había cogido la tarde y qué podía hacer??? Pero como su mano caía tan fuerte traté de bajarme el vestido y allí me dijo
- Ohhh!!! No, baby, así no, y su mano empezó a bajar mis panties, le grité
- Nooooooooo, mis panties no...Please no, pero me dijo oh si....no panties, siempre es horrible cuando los panties bajan, se siente un no sé que, peleé todo lo que pude pero no logré nada....sólo que su mano cayera con más fuerza.

Así siguió por un rato hasta que logré zafarme y me paré de sus rodillas y le dije golpeando con un pie el piso,
- No más!!!!! no quiero más.... sobándome mis nalgas, así que me miró, se paró, y abrió un cajón, sacó de allí un paddle pequeño de cuero, le dije noooo, estás bromeando... yo no quiero mas, ya me duele mucho, y sólo movió la cabeza diciendo que no..... me dijo
- Recuéstate sobre el borde de la cama, de manera que todo mi torso quedara boca abajo de la cama y mis piernas tocando el suelo, como no lo hice me empujó dándome con el paddle sobre el vestido, así que me acomodé como quería, pero cuando trató de subirme el vestido no me dejé, lo cogí con las dos manos y no dejaba que lo subiera pero obviamente me pegó con el paddle fuertemente y me dijo que quitara las manos, así lo hice y el vestido subió... ese estúpido paddle ardía horrible, y ya yo me puse super rebelde, pues me dió un poco de mal genio, no se por qué pero a mi lo sumisa no me sale nunca, allí empecé a portarme super mal, a decir malas palabras a gritar y a quererme parar cada que el paddle caía sobre mi piel y sólo era peor para mí pues más duro me daba.

Me hizo contar, y decirle “thank you Sir”, eso yo lo odio, y como yo no lo decía él no paraba. Hasta que no pude más y me tocó empezar la cuenta desde el uno, pero si trataba de pararme se devolvía a uno otra vez o si se me salía una palabrota, o si no decía “thank you Sir”, o si lo decía de mala gana. Así que los 20 que conté fueron como 50 pues yo no hacía las cosas bien, cuando ya llegué a 20 me dijo:
- ¿Aprendiste la lección? ¿estas arrepentida? yo me quedé callada, no pude decir nada por el mal genio, entonces me dijo
- Ven te doy un abrazo, me ayudó a pararme de la cama y cuando me trató de abrazar le hice mala cara. Le dije
- I don't want to hug you, I hate you, o sea no te quiero abrazar te odio, me sobé mi colita, y me dijo,
- No te creo ¡Qué malcriada eres! Entonces le dije,
- Tengo sed, me trajo agua, pero yo no cambiaba mi mala cara, él me dijo: - Yo creo que una niña malcriada no ha aprendido la lección, se paró y se sacó el cinturón, yo creo que mis ojos se abrieron y le dije,
- OK, OK, I'm sorry, I am....pero no me escuchó. Allí otra vez metí la pata, empecé a gritar, a decirle malas palabras, y a pegarle a la cama pero el cinturón me hizo callar rapidito. Otra vez la contadera estúpida que no me gusta, que por no decirla como él quería volvía a empezar y a empezar.

Entonces el cinturón empezó a caer en un mismo lado y ya el dolor me estaba venciendo, pero mi rebeldía ganaba. En un descuido suyo, le agarré el cinturón y lo tiré al otro lado de la cama. Me paré, me dijo:
- Vicky, ya!!!! pórtate bien, a lo que le contesté,
- You stop it....that's enough!! Es suficiente, allí se sentó en la cama y me tiró sobre sus rodillas y con la mano me pegó bien fuerte y seguido, y mi lucha fue inútil hasta que le dije,
- Está bien, ya no más.....por favor, ya no mas!!!!!! I'm sorry....I'm sorry y allí me dijo:
- OK, está bien y bueno......no cuento más...ya el resto pues ummmmm!!! lo único que les digo es que el domingo no me pude sentar bien, y el dolor era horrible. El lunes que vine a trabajar todavía estaba súper rojo y una partecita morada donde el estúpido cinturón pegó en el mismo punto...pero ya estoy bien después de una semana, solo hay una marca leve....

FIN

ALEJANDRA

AUTOR: JANO

Huérfana de madre, Alejandra campaba por sus respetos sin hacer caso a nadie, rebelándose, embrollando, creando problemas por donde quiera que fuera.

En el momento que comienza ésta historia, Alejandra contaba con 16 años: bellísima, con expresivos ojos verdes y figura digna de ser inmortalizada por algún artista de renombre. Su carácter irascible y díscolo le granjeaba las antipatías de aquellos que la trataban. Su padre, diplomático en ejercicio, dejaba la educación de la adolescente en manos de criados y educadores: la pérdida de su esposa le había sumido en un estado de gran tristeza y, para colmo, su trabajo le impedía prestar la debida atención a la niña.

A sus 16 años, Alejandra había pasado por cinco colegios de los cuales, sistemáticamente, fue expulsada por una o varias razones. Faltaba a clase cuando le parecía , sembraba la discordia entre sus compañeras y no pasaba día sin que cometiera alguna fechoría. El vaso de sus diabluras se llenó de tal manera que acabó derramándose. El detonante que colmó la paciencia de sus profesores en el último colegio, fue que la encontraron en actitudes poco edificantes con el jardinero bastante ligera de ropa . En la carta que enviaron a su padre decían que, “con todo el dolor de su corazón”, se veían en el triste deber de expulsarla.

Al enterarse de lo sucedido, su padre quedó sumido en una gran tristeza y vergüenza. Fue consciente de que tenía que actuar drásticamente con su hija. Barajó varias posibilidades y optó por una de ellas. Había recabado información sobre instituciones especializadas en la educación de chicas que se hallaban en semejante situación a la de su hija. Se decidió por una situada cerca de la ciudad alemana de Frankfurt. Se trataba de un colegio privado y muy caro, donde las jóvenes vivían en régimen deinternado todo el año excepto un mes de vacaciones en verano.

Sin más dilación, acompañado por la niña, se presentó en el colegio tras un largo viaje. Las protestas de ella, su rebeldía, sus negativas, no hicieron vacilar su decisión.

Habló con el director, hombre de unos cincuenta años de gesto severo, de quién se desprendía un halo de gran autoridad y le puso al corriente de la situación de Alejandra. Él, después de escucharle pacientemente, le dijo que no se preocupara de nada; el colegio tenía una larga tradición atendiendo y solucionando casos como el de ella, e incluso peores, con brillantes resultados. Una única observación: debería dejar en sus manos la educación y el trato que dieran a la jovencita sin interferencia alguna del exterior; ni padres, ni familiares ni persona alguna deberían interponerse entre el colegio y la niña. Era ésta una condición indispensable: debería confiar en el colegio y sus métodos. Así lo acepto y firmó el desesperado diplomático. Allí dejó a su hija de quién se despidió brevemente escuchando toda clase de invectivas que salían de su boca.

Cuando se marchó, el director salió al pasillo donde se encontraba Alejandra y le ordenó que le siguiera. En vista de su negativa, él tomó un silbato que colgaba de su cuello y lo hizo sonar. A los pocos segundos aparecieron dos hombres con uniforme quienes, sin dar explicaciones a la joven, la tomaron de los brazos y, en volandas, siguieron al director hasta una habitación del piso alto, donde, a la fuerza, introdujeron a Alejandra cerrando después la puerta con llave. Ésta se encontró en una habitación acolchada desprovista de muebles cuya única luz provenía de una alta ventana enrejada. Pataleó, gritó, insultó con su peor vocabulario a todo y a todos y, al comprobar que de nada le servía todo eso, al cabo de un rato, se tumbó en el mullido suelo abatida, irritada y con cierto temor por lo que pudiera ocurrir en el Futuro.

Pasaron varias horas hasta que la puerta se abrió dando paso a un hombre moreno de mediana estatura que la conminó a acompañarle al comedor donde sería presentada a sus nuevas compañeras. Por toda respuesta, Alejandra le lanzó una patada que él esquivó sin gran esfuerzo. Ante esto, el hombre (su tutor según se sabría después), llamó a los dos hombres que había quedado tras de él y les ordenó algo en voz baja. Éstos, sujetaron a la niña y, en volandas como la vez anterior, la introdujeron en otra habitación en la que se encontraban extraños muebles: un caballo de gimnasia, una escalera anclada a la pared, una gran mesa de roble, varias sillas de sólido aspecto…A una orden del tutor, los dos hombres ataron las manos de Alejandra a la escalera estirando sus brazos por encima de la cabeza. Ella pataleaba, insultaba, se debatía inútilmente pero asustada por la situación. No tardó mucho en saber lo que se le avecinaba: con una regla de madera en la mano, el tutor, Herr Kauffman, comenzó a azotarla sin descanso ni piedad alguna mientras la niña no dejaba de gritar y quejarse, amenazar e insultar a su verdugo quién, pese a sus protestas, seguía azotando sin hacerle caso. Al cabo de un rato, el tutor preguntó a Alejandra si estaba dispuesta a cumplir la orden de ir al comedor. La respuesta fue un aluvión de insultos y palabras soeces. De nuevo, él se aplicó en la tarea de sacudirle nuevos reglazos. Pasaron varios minutos antes de
que, dolorida como estaba, cesara en sus insultos y suplicara que terminara el castigo. A la pregunta de que si accedería a obedecer, contestó que sí con un hilo de voz.

Soltaron sus ataduras y la acompañaron hasta el comedor donde se encontraban reunidas unas cincuenta muchachas de distintas edades, ninguna mayor de 17 años. La presentaron como una nueva alumna y le indicaron una silla vacía donde se sentó a comer para saciar el apetito que la devoraba después de tan larga jornada sin probar bocado. Miraba hoscamente a su alrededor mientras daba cuenta de los alimentos que le habían puesto sobre la mesa. Las demás, parecían estar terminando de comer. El castigo sufrido había evitado que llegara a la hora de la comida como todas. Tanto el tutor como los otros dos hombres no le quitaban la vista de encima, vigilando sus menores movimientos.

Terminada la comida, la acompañaron a la habitación que le había sido asignada donde la dejaron no sin advertirle que no se toleraría ninguna actitud de rebeldía. Ella quedó sola unos pocos minutos hasta que entró una niña, quizás más joven que la misma Alejandra, quién le dijo que sería su compañera y se presentó con el nombre de Anita. Enfurecida como estaba, no le hizo el menor caso. Se paseaba por la habitación como un tigre enjaulado profiriendo amenazas contra los que consideraba sus raptores y también a su padre que la había dejado allí indefensa.

Llamaron para la cena y Anita le dijo que irían juntas. Hambrienta como estaba de nuevo, Alejandra no puso objeciones aunque sin abandonar su gesto adusto y malhumorado.

Después de la cena y todavía con el escozor que sentía en su culo, Alejandra y su compañera se dirigieron al dormitorio. Pasados unos minutos, Alejandra decidió escaparse de aquel lugar de la forma que fuera. Abrió la puerta y, ante su desesperación, se encontró apostado ante ella a uno de los hombres que la habían maniatado. Él la miró impasible y, con un gesto hizo que ella cerrara de nuevo la puerta. Preocupada, asustada, se dio cuenta de que no sería tarea fácil escaparse. Se acostó vestida y, durante el sueño, terribles pesadillas la invadieron haciendo que se despertara cada poco bañada en sudor.

A la mañana siguiente y siempre acompañada de Anita, se encontró en la primera clase de la mañana: se trataba de la que más odiaba ella: matemáticas. Se movía en su asiento, se levantaba y hacía toda clase de ruidos. La profesora, mujer de unos cuarenta años, rubia, sólida y de estatura más que regular, avisó suavemente a Alejandra que se comportara bien en dos ocasiones. A la tercera, utilizando el silbato que también ella llevaba colgado al cuello, hizo aparecer, como por arte de magia, a los dos hombres que ya conocía la niña. A una indicación de la profesora, éstos la sujetaron por ambos brazos y, siempre sin que los pies de ella tocaran el suelo, la llevaron de nuevo a la siniestra habitación donde había sido castigada. La tumbaron sobre el potro y ataron sus pies y sus manos a las patas del mismo. En esa posición la dejaron y abandonaron la estancia dejándola sola. Terribles escenas se desarrollaban en la imaginación de la niña.

Unos minutos más tarde, la puerta se abrió de nuevo y dio paso a su tutor quién, dirigiéndose a ella, le advirtió solemnemente que no se saldría con la suya y acabaría comportándose en debida forma. Subió sus faldas hasta la cintura dejando a la vista las braguitas de algodón blanco que formaban parte de la vestimenta reglamentaria y, provisto de la consabida regla, comenzó sin prisa pero sin pausa a descargarla sobre las infantiles nalgas. Alejandra gritaba, se retorcía, insultaba, se quejaba por los golpes. De nada le servía: el tutor seguía imperturbable estrellando la regla en ambos lados de sus nalgas coloreando su piel de un subido color granate. Él seguía el castigo sin que le importara lo más mínimo la actitud de la niña. Azotaba con precisión cada centímetro
sin variar el ritmo, la cadencia y la fuerza con que aplicaba la regla al culo de la muchacha. Después de sesenta azotes, el tutor llamo a los guardias: desataron a la niña y la condujeron de nuevo a la clase. Todas las miradas se dirigieron hacia ella, observando cada uno de sus gestos. Se sintió molesta por ser el objeto de la curiosidad de las alumnas y trató de no dejar traslucir su irritación y el dolor que sentía allí abajo. Sentóse con dificultad en su puesto, notando dolorosamente el roce de la ropa y el asiento en sus maltratadas nalgas. Se juró que aprovecharía la menor oportunidad para escaparse, aunque no sabía adonde dirigirse. Su padre no la recibiría con los brazos abiertos y, por otro lado, no tenía dinero alguno. ¿Qué hacer? Su porvenir se presentaba de lo más negro. Incierto, no: por las pruebas recibidas en tan corto espacio, el tiempo que pasara en ese lugar se le avecinaba mal para su persona y su integridad física. También contaba la humillación a que era sometida y, desgraciadamente, continuaría en adelante. Su mente se rebelaba ante la posibilidad de someterse. Recordaba las palabras de su padre; “No sé que hacer contigo. Me siento incapaz de convertirte en una persona responsable y de buen carácter. Debo tomar una determinación aún en contra de mi cariño hacia ti. No te será agradable, pero necesitas adquirir una disciplina de la que careces. Lo siento”.

El recuerdo de éstas palabras y la amable existencia que había perdido, hizo que a sus ojos asomaran lágrimas de tristeza.

Apenas pasaban dos jornadas sin que Alejandra fuera castigada de una u otra forma. Los días transcurrían monótonos excepto por los momentos en que era castigada. En algunas ocasiones, los castigos no eran aplicados con la regla sino con algo construido a partir de un mango de madera del que pendían varias tiras de cuero y que producían un gran escozor en sus nalgas. Muchas veces, casi todas a partir de cierto momento, el castigo lo recibía directamente sobre la piel carente de cualquier prenda. Aquello le hacía sentir infinitamente humillada sabiendo que dejaba expuestas a las miradas de sus torturadores lo más íntimo de su persona.

Pasaron algunos meses durante los cuales los castigos eran casi constantes. Su tutor había decidido ser él quién se ocupara de derrumbar las defensas de la niña. Para conseguirlo, aumentaba el número de azotes y las frases admonitorias. Mientras la castigaba, no cesaba de explicarle y advertirle que su vida sería un infierno constante si no cambiaba su actitud de rebeldía.

Alejandra, con el tiempo, se acostumbró a los castigos que ya no le parecían tan dolorosos. Incluso, en ocasiones, encontraba cierto placer en ellos. A veces, se imaginaba que quién la estaba castigando era su padre y aquello le producía unas raras sensaciones. Pensaba que, de haber recibido de su padre aquellos castigos, en la actualidad no estaría pasando por aquello. Recordaba el poco tiempo de que él disponía para atenderla y las mil y una vez que ella deseó su presencia, sus palabras, sus caricias.

Poco a poco, su actitud fue cambiando y, a medida que esto sucedía, los castigos se espaciaban. Llegó a hacerse tan responsable y dócil que durante, algún tiempo, dejó de recibir castigo alguno.

Curiosamente, cuando llevaba un mes sin recibir ningún castigo, Alejandra se sintió como abandonada, sola, sin nadie que se ocupara de ella excepto como al resto de sus compañeras. Ellas, de tiempo en tiempo, también eran llamadas a capítulo y recibían sus correspondientes zurras. Era la moneda corriente en aquél lugar. Los castigos se sucedían con frecuencia teniendo como protagonista a una u otra alumna. La misma Anita, su compañera, había recibido numerosas azotainas por su mal comportamiento.

Un acontecimiento vino a cambiar la situación de su incipiente docilidad: durante la clase de dibujo, una compañera tiró una bolita de papel al profesor. Cuando éste se volvió, sus miradas se dirigieron hacia Alejandra acusándola del hecho. Ésta se irritó y, levantando la voz más de lo necesario, se defendió de la acusación negándola. De nada le sirvió: se le ordenó presentarse en el despacho de su tutor para que él tomara la decisión que considerara conveniente. Herr Kauffman, con el gesto fruncido, escuchó las alegaciones de la muchacha y, sin creerla por su larga trayectoria de indisciplinada, súbitamente, sin mediar palabra, la sujetó de un brazo y colocó su cuerpo tendido sobre la gran mesa de roble del despacho, dejando que colgaran sus piernas. Levantó su falda y, pese a las protestas de Alejandra, de un tirón bajó sus braguitas hasta las rodillas. Con la mano desnuda, comenzó a propinar fuertes azotes sobre sus desnudas nalgas. Indignada por la injusticia, ella no cesaba de moverse tratando de zafarse del férreo brazo con que él la mantenía sobre la mesa. Uno a uno, muchos azotes se estrellaban sobre sus carnes. El dolor y la humillación hacían que las lágrimas acudieran a sus ojos.
Gritaba y se retorcía sin conseguir el objetivo de escapara a aquella lluvia de azotes. Mientras la azotaba, Herr Kauffman no dejaba de decirle lo muy contentos que se encontraba todo el claustro con ella por los cambios observados en su conducta de los últimos tiempos y lo decepcionado que se hallaba por ésta recaída. Ella negaba toda culpa en el suceso. Sin referirse a la autora ni dar su nombre, decía que fue otra la que cometió la falta. Pese a sus protestas, el castigo continuó: más de media hora estuvo recibiendo azotes tras lo cual, el tutor con voz seca y conminatoria, le ordenó que se encerrara en su dormitorio y se quedara allí sin acudir al comedor cuando sus compañeras lo hicieran. Solamente, sin comer, se presentaría a la primera clase de la tarde.

Alejandra comenzó de nuevo a cometer pequeñas faltas que, en principio, fueron toleradas. Al aumentar frecuencia, de nuevo se sucedieron los castigos. Herr Kauffman, irritado por lo que consideraba un retroceso de la niña, se aplicó a golpearla casi con saña. De cada castigo, ella salía acariciando sus nalgas de un subido color rojo. Un hecho curioso comenzó a manifestarse en ella. No se lo explicaba, pero aquellos azotes le producían un placer inexplicable. Ignoraba que lo producía; solo sabía que ocurría.

Con la confianza que le unía a Anita despues de tanto tiempo, la hizo confidencia de lo que sucedía en su cuerpo como consecuencia del castigo y se encontró con la sorpresa de que no era la única que tenía esos sentimientos, esas sensaciones: ella misma sentía lo mismo cuando era azotada y sabía por otras chicas, que otro tanto les pasaba a ellas.

Recordaba que, en cierta ocasión en que sus faltas fueron especialmente graves, el propio director, ante la presencia de todas las alumnas, en el gimnasio, azotó sus nalgas con una fusta durante varios minutos estando éstas expuestas a las miradas del resto sin ropa alguna que las cubriera. Aquello, que no se repitió nunca más, la excitó sobremanera. Saberse observada por sus compañeras le hizo sentir espasmos de placer incontrolable. Ahora que había pasado algún tiempo, todavía sentía las mismas sensaciones al recordarlo.

En la actualidad, era consciente de que cometía diabluras y tropelías con la intención de que el castigo cayera sobre ella, lo que ocurría con bastante frecuencia.

Los domingos eran días especiales en los cuales, reuniendo a todas las jóvenes en el gimnasio, se castigaba públicamente a aquellas que, durante la semana, habían cometido faltas dignas de ser castigadas. Una a una, las infractoras eran llamadas al centro de la instalación y, allí, en presencia de todos, sufría un largo castigo. Dependiendo de la falta, era azotada con uno u otro instrumento. Un domingo en concreto, una alta y sólida
muchacha rubia de largas trenzas llamada Sonia, fue despojada de su ropa interior y atada a un potro colocado en el centro. El director asumió la responsabilidad de azotarla. Comenzó usando una larga y ancha correa de cuero negro. Al resto de las chicas, se les ordenó que, a coro, contaran en voz alta el número de golpes. Tímidamente al principio, las niñas, casi en voz baja, hicieron lo que se les ordenaba. Se les conminó a que corearan los golpes en voz alta y así lo hicieron por el temor a ser castigadas ellas mismas.

“catorce, quince, dieciséis,………” contaban. La cuenta de los correazos no terminó hasta llegar a los sesenta. El director, concedió a Sonia un breve descanso. Pasados unos minutos, armado de unas largas tiras de cuero adheridas a un mango de madera, se acercó a la indefensa muchacha y lo abatió sobre sus nalgas:

“seis, siete, ocho…” corearon las alumnas. Sonia saltaba de un lado a otro tratando de esquivar el castigo. Sus nalgas mostraban los efectos de los azotes; el color era de un rojo intenso; se notaban los efectos del nuevo instrumento. Innumerables rayas se marcaban en su piel. Cuando la cuenta llegó a cincuenta, el director ordenó que fuera desatada. Ella se vistió como pudo y regresó al círculo de sus compañeras con paso inseguro.

Una tras otra, seis chicas fuero llamadas al centro del gimnasio . Más o menos azotes fueron impartidos dependiendo del tipo de la falta cometida. Así transcurrió la mañana del domingo, uno más de los habituales.

Se estaba acercando el tiempo de las vacaciones cuando Alejandra cejó en su conducta rebelde ajustándose algo más a las normas impuestas. No obstante y debido a su fama y a alguna actitud poco recomendable que aún tenía, su cuerpo, sus nalgas, recibían las caricias de algún castigo. Cuando era castigada injustificadamente, por equivocación, su espíritu se rebelaba y, pese a sus protestas, los azotes de Herr Kauffman mordían su cuerpo sin la menor consideración.

Llegaron las vacaciones y Alejandra regresó al hogar paterno. Su padre la recibió con un gran abrazo al que ella respondió apoyando la cabeza sobre su pecho y asomando unas lágrimas a sus ojos.

Durante un tiempo, ella se comportó debidamente con la evidente satisfacción de su padre. Solo fue un espejismo. Más pronto que tarde, volvió a mostrarse como la niña voluntariosa y desobediente que era en el pasado.

Puesto al corriente por el director del colegio de los métodos que allí se utilizaban con éxito, el padre de Alejandra optó por emplearlos y no paró de castigarla hasta que, al cabo de unos días, ella abdicó de su comportamiento.

Pasó otro año más en el colegio hasta cumplir los 18. Con alguna variante fue una repetición del anterior. De tiempo en tiempo, seguía siendo castigada, en privado o en público. Sus nalgas se habían acostumbrado a los azotes y los resistía con entereza e incluso, con cierto gusto.

A su salida del colegio y pasado cierto tiempo en que no recibía castigo alguno, sintió la necesidad de buscarlos. ¿Cómo conseguirlo? Esto, en todo caso, será motivo para otra narración.



FIN

Lecciones de educación

Autor: Xesc

El radio despertador marcaba las diez de la mañana, y el sol se filtraba por la estrecha rendija de una persiana de la amplia habitación, cuando Estefanía abrió tímidamente los ojos, cansada y resacosa por la juerga del día anterior que había terminado bien entrada la madrugada. Molesta por los rayos de sol que le laceraban la vista volvió a cerrar los párpados, se dio media vuelta en la cama e intentó conciliar el sueño de nuevo, pero a la primera vuelta le siguió otra, y otra más, acercándola más a un inevitable estado de vigilia, al tiempo que Morfeo se mostraba cada vez menos dispuesto a recibirla de nuevo en sus brazos. Por otro lado, el intenso calor canicular del mes de agosto, junto con la asfixiante humedad que saturaba el aire barcelonés, hacían que sus vanas tentativas de conciliar el sueño sólo le reportaran un notable aumento de la secreción de sus glándulas sudoríparas. Precisamente, toda la humedad que empapaba su piel hacía que el breve y fino camisón de satén que la cubría se ciñese cada vez más a las sinuosas curvas de su generosa anatomía. Pero la humedad no sólo estaba presente en la tela satinada, también su entrepierna se estaba mojando por momentos, pues su cada vez más despierta mente se estaba yendo por derroteros bastante excitantes. Y es que la noche no había sido tan maravillosa como ella esperaba, y el guaperas de Toni había pasado olímpicamente de ella, sucumbiendo a los encantos de su -hasta ese momento- amiga Susana, a la que ahora Estefanía dedicaba apelativos tan cariñosos como zorra o pendón desorejado, por no citar otros sinónimos de mayor contundencia. Poco a poco dejó a un lado la deplorable imagen de Susana abrazada como una boa constrictora a Toni, y se concentró en otra mucho más sugerente del mismo. Desde luego la guarra de Susana no tenía mal gusto, pues el objeto de su conquista era el sueño de cualquier chica que no estuviera ciega: pelo negro azabache, ojos verdes, labios carnosos y sensuales, espaldas y hombros de atleta, cintura estrecha pero musculosa, terminada en un culito perfectamente redondeado y unas piernas que se intuían más que recias. Todo esto unido a un indiscutible “savoir faire” (sobretodo con el sexo femenino), una cultura más que aceptable, y su simpatía rebosante, virtudes todas ellas que lo hacían irresistible para toda hembra. Caliente como estaba por fuera y por dentro y sabedora de los efectos relajantes de un buen polvo o, en su defecto, de una buena paja, Estefanía deslizó su mano derecha hasta la entrepierna, donde un dedo experto no tardó en localizar y posarse en el punto álgido del placer: el clítoris. Con suave pero constante vaivén fue acariciando el erecto órgano, penetrando ocasionalmente en la inundada cavidad que lo rodeaba como si fuera un pequeño islote en medio de un mar de ocres aromas. Mientras el dedo hacía diestramente su labor, la mano libre se posó sobre las prominentes colinas formadas por sus majestuosos pechos, coronadas por las puntiagudas protuberancias de sus pezones. Así, con una mano explorando la empapada vagina y la otra alternando ora un seno ora el otro, Estefanía se masturbaba ceremoniosamente, ajena a todo lo que no fuera su placer.
Sin embargo, cuando estaba a punto de librarse a un profundo y placentero orgasmo, su concentración se vio truncada por unos intensos y desagradables ruidos procedentes del patio de luces, del que tan solo la separaba la ventana de su habitación. Intentó en vano volver a enfocar la agradable imagen origen de su excitación, pero su mentes se negó en redondo a pensar en otra cosa que no fuese el taladro cuyo desagradable chirriar parecía querer perforarle el cerebro. Cansada y visiblemente malhumorada, optó por levantarse de la cama y tomar una buena ducha relajante.
Una vez liberada del sudor que empapaba todo su cuerpo se secó con una toalla y, desnuda, se dirigió a su habitación, sin preocuparle lo más mínimo que algún vecino la pudiera ver tal como su madre la trajo al mundo. Resignada del todo a no poder dormir, decidió vestirse lo más cómoda y fresca posible para pasar un tranquilo y apacible día en casa, disfrutando del “dolce fare niente” que dirían en Italia, tierra de uno de sus innumerables ligues. Así pues, se puso unas delicadas braguitas azul claro de nylon, pequeñas y transparentes como a ella le gustaban, resaltando y cubriendo a penas unas nalgas respingonas, no muy grandes pero bien redondeadas y firmes; al fin y al cabo, tenía sólo 20 añitos recién cumplidos, y pasaba un buen número de horas en el gimnasio, por no hablar de sus salidas a esquiar muchos fines de semana. Encima de tan breve prenda tan solo un corto vestido blanco, entallado en la cintura y ceñido a unos erguidos pechos juveniles, asomando descarados y vivaces por un profundo escote; la falda de vuelo, pues le gusta andar sin que tal parte de su indumentaria estorbara su andar vivaz y saltarín. Como de costumbre no se puso ningún tipo de sostén que oprimiera sus gráciles senos que parecían contradecir, desafiantes y altivos, la ley de la gravedad; tan solo en pleno invierno los usaba, y no siempre. Una vez vestida, se calzó sus cómodas zapatillas de andar por casa –con algo de tacón, ¡faltaría más!- y se dirigió a la cocina a prepararse un opíparo desayuno, energético pero bajo en grasas, para empezar el día con las pilas bien cargadas.
Por la ventana abierta de la cocina pudo ver con claridad a los culpables de su desasosiego: un par de hombretones rudos y sudados que colgaban de un andamio en el patio de luces. El mayor de ellos era más bien grueso pero al mismo tiempo extremadamente robusto, pues su fornido pecho sobrepasaba en dimensiones a una nada despreciable barriga; su compañero, algo más joven, lucía un físico más atlético, pero casi igual de recio. Vestían ambos sendas camisetas imperio que mostraban sus abombados pectorales y sus musculosos brazos, unidos al tronco por hercúleos hombros. Al principio Estefanía no les prestó demasiada atención, tan solo una soberbia y desafiante mirada de desprecio al notar sus ojos clavados en sus nalgas, ligeramente visibles al agacharse, pero acabó por encontrarlos incluso sexys, a pesar de su aspecto brutal y desaliñado.
-Qué curioso –pensó-, no se parecen en nada a mi prototipo de hombre ideal (tipo Toni, el clásico guaperas bien vestido, aseado y perfumado, de rostro bien afeitado y suave como el culito de un bebé), y sin embargo me están poniendo cachonda por momentos.
Tal vez fuera precisamente por ese contraste o por que le recordaban a su severo padre (sobretodo el mayor), o simplemente porqué todavía persistía el picor en la entrepierna, pero el caso es que no pudo evitar imaginar como sería un polvo con uno de aquellos hombretones (¡o con los dos, porqué no!). Con esta idea dándole vueltas por la cabeza se tomó un buen vaso de zumo de naranja y se zampó un par de rebanadas de pan integral, una con jamón York y la otra con queso fresco; y para rematar el desayuno un poco de leche fresca (¡desnatada, “of course”!). Una vez llenado el buche se dirigió de nuevo a su habitación, bamboleando provocativamente la sugestiva grupa ante la atenta mirada de los obreros, que no se perdían detalle. Del cajón del tocador de la estancia cogió un cepillo de madera para el pelo, se sentó en un taburete frente al espejo y empezó a cepillarse pausadamente la larga melena rubia de la que tan orgullosa se sentía. Como quiera que el ruido persistía e incluso aumentaba, decidió que lo mejor sería poner algo de música, y que mejor que algo de “dance”, así le parecería que seguía en la discoteca de la que había salido unas horas antes. Y para no oír el ruido de los golpes y el taladro, la puso a toda pastilla. Dejó el cepillo sobre la mesita de noche y se tumbó de bruces en la cama a hojear una revista del corazón.
Al cabo de unos minutos durante los cuales hasta las paredes retumbaban –y no precisamente por culpa de los golpes-, pudo oír unas voces masculinas que le gritaban:
-¡Niña! ¡Baja ya ese ruido, que nos vas a romper los tímpanos!
-¿Qué ruido ni qué leches?-respondió airada la muchacha- . Esto que suena es la mejor música de discoteca del momento. ¡Que no os enteráis, carrozones!
-¡Llámale como quieras, pero bájalo de una puta vez, que no estamos en una discoteca! –le espetó el mayor de los trabajadores.
Estefanía no solo hizo caso omiso de la petición, sino que subió aún más el volumen de su equipo, luego se acercó a la ventana y, con un gesto obsceno que daba énfasis a sus palabras, les gritó:
-¡Que os folle un pez! ¡A mí ya no me da órdenes ni mi padre!
Dicho esto, se dio media vuelta con aire triunfal y se lanzó de nuevo de bruces sobre la cama, de tal modo que la falda del vestido se le subió ligeramente, dejando a la vista el inicio del ebúrneo nalgamen y algo de la tela azul de sus braguitas; de este modo siguió con la despreocupada lectura, sin imaginar que su ofensa no iba a quedar impune.
Los albañiles, ambos padres de familia y algo chapados a la antigua, no estaban dispuestos a tolerar que una niñata malcriada les faltara al respeto. Ambos tenían hijas adolescentes, y semejante conducta hacia su padre o su madre les hubiera costado una buena tunda, sobretodo en casa del mayor de ellos, pues su correa visitaba con relativa frecuencia las desnudas posaderas de su prole, dos chicas y un chico, a veces por faltas menos graves que la irrespetuosa conducta de Estefanía. Y no es que los padres de ésta hubieran sido excesivamente blandos con ella o con su hermana mayor, pero ya llevaba casi un año viviendo fuera de casa y no recordaba las severas azotainas recibidas de niña y de no tan niña (la última se la dio su padre con 18 años recién cumplidos, por llegar tarde a casa y con una borrachera considerable). Por esta razón, y a la vista de que con semejante maleducada no valían las buenas palabras, los dos operarios coincidieron enseguida en que a la chica le hacía falta un buen escarmiento, y enseguida se pusieron de acuerdo en el modo de actuar.
El andamio se encontraba ubicado en la misma fachada que la ventana del comedor del piso de Estefanía, apenas unos metros más arriba, y dada su sujeción con un sistema de ascenso y descenso, no les supuso ningún problema acceder al apartamento, más teniendo en cuenta que las ventanas estaban abiertas de par en par. Sin que la chica se enterara de nada a causa del elevado volumen de la música, entraron en su habitación y desconectaron el equipo de sonido. En ese momento se dio cuenta Estefanía de su presencia, levantándose de un brinco de la cama y encarándose decididamente a un par de individuos que le sacaban un palmo de altura y dos de anchura.
-Pero ¿qué os habéis creído? ¡Largaros inmediatamente de mi casa sino queréis que llame a la policía!
-Mira mocosa –le respondió el mayor- tengo edad para ser tu padre, así que háblame con respeto o te arrepentirás de lo que dices.
-Tú no eres nadie para darme órdenes, y no tienes cojones para hacer que me arrepienta de nada, así que ¡vete a tomar por culo!
Sin que Estefanía tuviera tiempo de reaccionar, aquel tipo la agarró de la muñeca y, con la facilidad que le daba su enorme fuerza y una cierta práctica en estos menesteres, se sentó en una silla y la hizo caer sobre su regazo; le sujetó firmemente ambas manos a la espalda con una sola de sus enormes manazas, inmovilizándola casi completamente. La pobre chica se revolvía e intentaba huir, pero pronto tuvo la certeza de que nada podía hacer por librarse de la férrea llave. Ante la atenta y cómplice mirada de su colega, el verdugo levantó lentamente la falda de su víctima, dejando al descubierto dos perfectas medias lunas cuya redondez se veía más que intuía bajo la breve y tenue tela azul de sus braguitas.
-Mira nenita –le dijo-, te crees una mujercita con muchas agallas, pero no eres más que una mocosa maleducada, y el mejor medio para enseñarte modales van a ser unos buenos azotes. Y luego, si alguien toma por el culo serás tú misma, pues te vamos a follar por todos tus agujeros para demostrarte si tenemos cojones o no. Supongo que no es la primera vez que te dan una azotaina, pero esta visto que hace demasiado tiempo que nadie te calienta tu culito de muñeca, y hoy vas a aprender una lección que nunca olvidarás.
Dicho esto, empezó a palmear enérgicamente las expuestas nalgas con su mano derecha, una mano curtida y encallecida por el trabajo físico al aire libre. PLAF, PLAF, PLAF… los azotes resonaban nítidamente en la habitación, ahora silenciosa, interrumpidos tan sólo por los gritos y sollozos de la muchacha, que pataleaba y contraía el trasero en un vano intento de mitigar el intenso dolor. Recordaba las zurras recibidas de su madre y de su padre, pero ni punto de comparación con la paliza que le estaba sacudiendo aquel bruto, cuyas manos no parecían ser de carne y hueso, sino de recia madera.
-¡Ay! ¡Uy! ¡Para ya! ¡Uhaoooo! ¡Me haces daño, animal! ¡Aaaaargh! ¿Estás loco o qué? Te denunciaré por violación. ¡Aaaaaaay! Y por allanamiento de morada.¡Auch!
Pero nada que pudiera hacer o decir hacía mella en el espíritu de su castigador, más que decidido a cumplir con sus promesas, y así se lo hizo saber a Estefanía:
-Entre la paliza que te vamos a dar y la enculada que te espera después, vas a estar un mes sin poder sentarte. Y no intentes escapar o rebelarte porqué será peor, si es necesario te ataremos.
Al tiempo que decía esto, cogía el elástico superior de las finas braguitas y las hacía descender hasta el inicio de los muslos de su víctima, dejando totalmente a la vista dos coloradas medias lunas. Prosiguió la rítmica azotaina unos minutos más y entonces hizo una pausa que Estefanía interpretó como el final de su suplicio, pero enseguida descubrió cuán equivocada estaba, al oír la voz de su verdugo hablando con su compañero:
-Esta zorra necesita un buen escarmiento y se lo voy a dar, aunque tenga que arrancarle la piel del culo a tiras, así aprenderá a respetar a las personas, especialmente si son mayores que ella. ¡Pepe! ¡Pásame el cepillo que hay en la mesita de noche!
Su compañero le alcanzó el recio cepillo de madera y, con tal implemento firmemente agarrado de la mano, reanudó con renovado vigor la interminable paliza, arrancando aullidos de dolor de la garganta de Estefanía, que pataleaba y lloraba como lo haría una chiquilla en su misma situación. Pero eso no ablandó el corazón de aquel hombre, y mucho menos su brazo, que no cesó de azotar con todas sus fuerzas las desnudas cúpulas, cuyo color púrpura fue dejando paso al morado.
Cuando por fin cesó el chaparrón de golpes, Estefanía notó que la presa que la inmovilizaba se aflojaba hasta dejarla libre; enseguida se dejó caer al suelo enmoquetado, sobre cuya ebúrnea superficie resaltaba el intenso color escarlata de sus maltrechas asentaderas. Tumbada bocabajo se agarraba y frotaba alternativamente ambas nalgas, con tal entusiasmo que parecía querer sacarles brillo (más aún, si cabe). Así se quedo un par de minutos ajena a otra cosa que no fuera tratar de aliviar el intenso escozor de su retaguardia, sin saber de los planes que se estaban acabando de gestar a sus espaldas.
El mayor de los trabajadores cogió a Estefanía con sus fuertes brazos, levantándola en vilo del suelo, y ésta –sorprendida- no reaccionó hasta encontrarse tumbada de bruces sobre su cama, con todo el peso del hombre sobre su cintura y espalda, impidiéndole toda fuga. Mientras esto sucedía, el albañil más joven se hacía con un par de medias de Estefanía, sacándolas del cajón en donde ésta guardaba su exquisito y variado repertorio de lencería íntima. En un santiamén le ató con ellas las manos a la cabecera de la cama, primero la derecha y luego la izquierda, una a cada extremo de aquélla. Posteriormente le ató las dos piernas unidas por los tobillos, valiéndose para ello de su propio cinturón e impidiendo que la chica se defendiera a patadas. Acto seguido la sujetó por los pies, permitiendo así a su compañero que se levantara de la cama. Una vez de pié se desabrochó el cinturón, se lo quitó y lo dobló por la mitad, al tiempo que se dirigía a su compañero:
-Pepe, sujétala bien porqué ahora va a ver quién soy yo con una correa en la mano, voy a zurcirle su redondo culito de bailarina a base de cintazos.
Estefanía se debatía inútilmente sobre la cama, consiguiendo tan solo que el corto vestido descubriera la totalidad de la superficie de sus maltratadas nalgas, aún encarnadas por efecto de la reciente tunda. De improviso un dolor especialmente agudo laceró de nuevo su popa, de babor a estribor: aquél animal la estaba azotando con todas sus fuerzas, y a juzgar por el impacto la correa era de un grosor y una amplitud considerables. Las franjas violáceas iban cubriendo el lienzo de las rojizas cachas, separadas entre sí al principio, pero luego confundiéndose en una amalgama de trazos horizontales y casi paralelos.
Más de cuarenta veces cruzó el cuero el culo desnudo antes de interrumpir su labor, pero tal interrupción no supuso en absoluto el cese de las hostilidades, sino tan solo una nueva pausa que aprovecharon los dos hombres para reorganizarse e intercambiar funciones. Ahora el más corpulento pasó a sujetar a la chica sobre la cama, mientras el otro cogía un par de cojines de un sillón cercano y los colocaba bajo el vientre de Estefanía, quedando así con el cuerpo bellamente arqueado y el torneado culo alzado y aún más expuesto. Una vez preparada lo mejor posible la diana, decidió hacerse con el necesario dardo, y la elección cayó sobre una de las lindas zapatillas de la muchacha, azules, con el empeine de piel y la suela de rígido cuero, todo ello de la mejor calidad. La sujetó firmemente por el tacón y con la suela empezó a hacer brincar las ancas de Estefanía para rematar la faena, sacudiendo más de un centenar de veces las castigadas medias lunas, que más que asemejarse al pálido satélite recordaban más un rojizo sol crepuscular dividido en dos hemisferios casi totalmente simétricos.
Desde luego, una simple zapatilla –aunque sea de suela de cuero rígido- no es un instrumento muy severo, y menos para un trasero adulto aunque juvenil, pero ahora llovía sobre mojado y la nueva tanda de azotes acabó por romper la poca resistencia que a Estefanía le pudiera quedar, y acabó rompiendo a llorar a lágrima viva, perdiendo definitivamente cualquier compostura residual y dejando de oponer resistencia de ningún tipo al trato vejatorio que estaba sufriendo, y cuya peor parte aún estaba por llegar. Su recién estrenado castigador dejó la zapatilla en el suelo y se quitó pantalones y calzoncillos, exhibiendo en todo su esplendor una erecta verga de unos veinte centímetros, surcada de inflamadas venas y coronada por un terso glande que parecía la cima y el cráter de un volcán a punto de entrar en erupción. Con el enhiesto mástil emergiendo del océano de vello de su vientre desnudo, se arrodilló en la cama detrás de Estefanía, agarrando con ambas manos la carnosa y ardiente grupa y separando sus dos mitades para dejar a la vista el prieto agujero marrón que ocupaba el centro del apretado valle. Se chupó el grueso índice, dejándolo bien empapado de saliva y con él se adentró en el estrecho conducto, lubricándolo con gesto de vaivén que lo dejó preparado para la visita de un intruso mucho más voluminoso. Retiró entonces el dedo y lo sustituyó por su erecta polla, cuyo congestionado capullo tuvo que vencer la resistencia del esfínter antes de dejar paso al resto del miembro viril, que se hundió totalmente y de una sola embestida en la cavidad, al tiempo que los hinchados cojones percutían sobre las coloreadas posaderas. Excitado como estaba por la azotaina propinada y por el resto de castigos presenciados, no tardó en eyacular, en medio de vigorosos espasmos de su bajo vientre y llenando la oquedad con su semen brotando a borbotones. Satisfecha su pasión se retiró de la acogedora guarida y cedió el puesto a su compañero.
Su colega se desnudó también de cintura hacia abajo, mostrando un rígido pene de longitud apenas superior al de su compañero, pero de un grosor descomunal. Se arrodilló frente a aquel apetecible culito que nada tenía que ver con el de la foca de su mujer, lo agarró por las caderas y lo levantó aún más para facilitar la introducción, que realizó sin ningún tipo de preámbulo, con lo cual obligó a Estefanía a chillar como un cerdo degollado. Grito que fue acallado con un imperativo “¡cállate puta!” y algunos sonoros cachetazos sobre el culo cuyo ano estaba destrozando sin compasión. Así, a base de azotes y embestidas brutales, fue bombeando la gruta que lo acogía muy a su pesar, hasta que se corrió con gran violencia, acabando de inundar de blanca leche el orificio.
Consumada su venganza, ambos trabajadores recuperaron sus ropas y se vistieron, desatando a continuación a Estefanía, que se quedó tendida e inmóvil sobre la cama, con el culo destrozado por fuera y por dentro y el ojete chorreando semen a borbotones. A modo de colofón se despidieron de la sollozante muchacha con un par de palmadas más sobre el trasero aún desnudo, una en cada nalga, al tiempo que el mayor de ellos le decía:
-Espero que esto te haya servido de lección, las perras como tú necesitáis que un buen macho os enseñe cual es vuestro lugar. Por otro lado, así también aprenderás a respetar al prójimo.
Sin prisa abandonaron la habitación, dirigiéndose y encaramándose de nuevo al andamio para terminar su labor. Totalmente exhausta y dolorida, Estefanía se quedó aún un buen rato acostada en la cama, sobándose las irritadas nalgas. No fue hasta pasados unos quince minutos que se levantó de la cama, se encaminó al cuarto de baño y allí se relajó con una tibia ducha, casi fría a la hora de regar las inflamadas cúpulas; se entretuvo un buen rato en limpiar a fondo el dilatado ano y acto seguido aplicó una generosa capa de crema hidratante sobre las ardorosas ancas, con un suave y pausado masaje que alivió considerablemente el escozor persistente.
El resto del día lo pasó leyendo y viendo la tele en el sofá, pero con un mullido cojín bajo el culo para poder sentarse con un poco de confort, con la humillación añadida de tener que soportar las irónicas miradas de los albañiles, que se reían de ella al verla retorcerse sobre el cojín. Por la noche, temprano (en cuanto los ruidos de la obra cesaron), se acostó en la cama, pero para poder conciliar el sueño tuvo que hacerlo bocabajo al no poder apoyar el culo sobre el rígido colchón.
Al día siguiente, al despertarse y levantarse de la cama, se sintió más aliviada, aunque no del todo pues sus posaderas aún lucían unos aparatosos moretones, que tardarían una semana en desaparecer completamente, el tiempo que permanecerían las dificultades para sentarse con comodidad. Por suerte su trabajo de azafata de congresos la obligaba a estar de pié, pero estuvo toda la semana sin aparecer por el gimnasio, para ahorrarse explicaciones en las duchas si sus compañeras veían los verdugones de su trasero.
Y aunque tal vez el palizón recibido no le enseñó buenos modales, al menos aprendió a no desafiar a un par de hombres rudos y curtidos por el trabajo físico.

Por meterte donde no te llamaban

zapatilla, cinturón

Autor(a) desconocido(a)

La jornada laboral había sido demasiado estresante, demasiado cargada, y lo único que deseaba era llegar a casa para tomarme una cerveza fresquita sentado en mi sofá viendo la tele para por fin deshacerme del cabreo que llevaba en el cuerpo. Ya en el coche de camino a casa me tuve que tragar un atasco impresionante, no veía la hora de llegar. Por fin aparque el coche y me dirigí hacia el portal con la boca seca pensando en esa cerveza que debía estar esperándome fría en la nevera. Había unos chicos jugando en parque de al lado, y se oían unos gritos de alguna madre gritando a su chico por alguna travesura. No tarde en percatarme de todo, mi vecina traía de la oreja a su retoño a paso acelerado adelantándole su futuro más próximo a voz en grito.

-Ahora cuando lleguemos a casa te voy a enseñar yo lo que te pasa cuando me desobedeces, siempre igual con este mocoso, te voy a dejar el culo mas rojo que nunca.

Esta aseveración se la hizo justo cuando pasaba por mi lado, y no pude hacer un pequeño comentario acerca de ella, intentando salir en defensa del pobre chaval.

-Señora Luisa no se enfade así con el pobre crío, seguro que no ha sido tan grave la travesura, no olvide que es un niño mujer, esta en la edad.

Como un resorte la mujer se paro en seco delante de mi clavándome su mirada en los ojos, en ese momento me pareció que si yo hubiera sido hijo suyo también hubiese tenido una ración especial de ese castigo reservada para mi.

-Tal vez joven a usted cuando vivía con sus padres no le castigasen en el trasero por cada travesura, pero en mi casa las reglas las pongo yo, y no dejo a nadie que interfiera en ello, y a este ya sabe lo que le espera.

Por la forma en que lo dijo, el tono y las maneras había conseguido dejarme en blanco. Tenía razón mis padres nunca me habían calentado el trasero de pequeño, y quizás alguna vez si que me lo hubiese merecido, pero en fin mi intento de ayuda para ese chaval creo que no iba a fructificar. Di la vuelta a la esquina y abrí la puerta del portal, allí estaba la madre del chaval con otra vecina explicándole lo que había pasado. El chico debía de haberse subido ya a casa porque no le vi por allí. Esperando el ascensor pude oír como ambas mujeres estaban de acuerdo en que una ración de zapatilla de vez en cuando no venía nada mal para esos traviesos muchachos. Sin poder evitarlo una carcajada un poco subida de tono me salió del alma.

-Lo siento, no quiero interferir más en sus asuntos, pero es que hablamos de unos chavales y de algunas travesuras de su edad. Déjele sin ver su programa favorito o sin salir a jugar mañana al parque, pero hablar entre ustedes de lo que deben hacer, ya me entienden, me da la impresión que están deseando pillarles in fraganti para, jajaja.

La señora Luisa se despidió de la otra vecina, con la cual no había yo hablado nunca, y se dirigió hacia el ascensor para tomarlo conmigo camino cada uno de su casa. Ya dentro de el cada uno pulso el botón de su piso correspondiente. No me sentía muy bien en ese momento al lado de esa mujer, parecía como si fuese yo el hijo de ella camino de casa en espera de ese castigo, por unos momentos supe como debía sentirse ese chaval. La señora Luisa me miro a la cara y con un tono suave me dijo.

-Si fueses mi hijo, tan solo por el comentario que has hecho abajo en el portal riéndote de nosotras dos te daría una azotaina que no te podrías sentar en una semana.

Me sorprendió el comentario, pero mas me sorprendió mi respuesta impulsiva a el.

-La cuestión es que no lo soy, pero vamos yo vivo el 7º, y si usted cree que me merezco un castigo ya sabe cual es mi puerta.

La señora Luisa se bajó en su piso y yo continué hacia el mío, aquel comentario lo había dicho con toda la ironía del mundo. La verdad es que la vecinita no estaba nada mal. Siempre llevaba falda y un poco ajustada siempre marcando todas sus curvas, y esas blusas un poco abiertas por arriba dejaban ver siempre el principio de aquello que reservaba para su marido, y que sin ningún lugar a la duda estaban muy, muy bien. El pelo negro azabache siempre lo lucia suelto, e incluso hasta en sus ojos había algo especial. Por fin tenía ya mi cerveza en las manos, y dándola el primer sorbo me di cuenta que nunca había pensado en ella de esa manera. Que rara es la vida pensé yo pensando de esa manera en esa mujer, y probablemente ella empleándose a fondo con su chaval tres pisos mas abajo en otros menesteres.

Sonó la puerta de la calle, ¿quién podría ser?, ¿no me iban a dejar tranquilo al final del día tampoco? Me dirigí a la puerta y la abrí, me quede anonadado, sin decir palabra alguna la señora Luisa paso dentro de casa moviendo sus caderas y con un paso demasiado firme.

-Que quiere señora Luisa, ¿la puedo ayudar en algo?

La verdad es que no sabía porque la llamaba señora Luisa, no debía de tener mucho más de treinta años, por lo que supuse que debía haber sido madre muy joven, y nuca había visto a su marido antes.

-No te acuerdas de lo que me has dicho en el ascensor, pues creo que te mereces una buena tunda por entrometerte en los asuntos de los demás, interrumpir las conversaciones ajenas a ti, y juzgar a las personas sin conocimiento de causa.

Todo esto dicho de una sola tacada me parecieron motivos suficientes como para calentarme el trasero, pero ni ella era mi madre, ni yo tenía edad para esas cosas, de modo que me disponía a contrarrestar su comentario cuando de nuevo ella clavando su mirada en mi me dijo firmemente.

-No quiero oír ni una palabra joven, o es que ahora tampoco va a tener palabra. Cierre la puerta y vaya haciéndose a la idea de que esta noche va dormir con el trasero bien caliente.

Cerré la puerta tras de mi, y seguí los pasos de mi vecina cual corderillo va al matadero. No podía casi ni pensar, todos estos acontecimientos me estaban superando. Cuando hice el comentario en el ascensor lo hice como riéndome de ella, suponiendo que no tendría valor para....., pero ahora estaba justo detrás de ella, esperando que me dijera que hacer para recibir mi castigo como un niño malo.

-Bueno, lo primero que quiero decirle es que la zurra que le voy a dar es la que se iba a llevar mi hijo, de modo que puede estar contento porque el dormirá bien a gusto esta noche, no creo que usted haga lo mismo.

Sin darme cuenta, y mientras escuchaba este comentario me di cuenta que mis pantalones estaban desabrochados y bajados. Me agarro de una de las orejas y me llevo hasta el sofá, y por el camino pude sentir como su mano comenzaba a saborear mi trasero, pues me dio tres azotes con la mano que sonaron de lo lindo y que sin dolerme me escocieron un poquito.

Me colocó justo enfrente de ella, pude ver perfectamente como subía la pierna lo suficiente como para que su mano derecha cogiera la zapatilla que calzaba, y asiéndola en la mano con fuerza me la enseño, como ritual al comienzo de la faena.

-Vas a ver que rica sabe esta zapatilla en tu culo, aunque puedes estar seguro que con el empacho de esta tarde, vas a tener pa todo el día.

Sabía que me iban a caer no menos de cuarenta seguro. Se sentó en el sofá, y con la zapatilla en la mano me bajo mis calzoncillos y me recostó sobre su regazo, comenzando sin mediar palabra con el castigo.

-Te voy a dejar, PLAS, PLAS, PLAS, este culito blanco, PLAS, PLAS, PLAS, más rojo que un tomate, PLAS, PLAS, PLAS.

Nunca pensé que pudiese doler tanto, al tercer zapatillazo comencé a gritar de dolor, e intente cubrirme mis partes para protegerlas de los posteriores impactos.

-Pero bueno que te has creído, PLAS, PLAS, PLAS, cuanto más intentes protegerte, PLAS, PLAS, PLAS, más duro y más zapatillazos te voy a dar, PLAS, PLAS, PLAS.

Las lágrimas se me estaban saltando, desde aquella posición solo podía ver el suelo, y con una de mis manos me agarre a una de las piernas de la señora Luisa.

PLAS, PLAS, PLAS, yo te voy a enseñar de ahora en adelante, PLAS, PLAS, PLAS, veras como respetas a la gente, PLAS, PLAS, PLAS.

Me hizo levantarme dándome permiso para que me frotase el culo. Lo hice con gusto, sintiendo todo el calor de mis nalgas por los zapatillazos recibidos, me habían caído no menos de cincuenta. Me fui a subir la ropa creyendo que ya habíamos terminado pero no era así.

-No hemos terminado aun jovencito, tan solo hemos llegado a la mitad, de modo que bájese los pantalones de nuevo, recuéstese sobre el respaldo del sofá, y prepárese para recibir treinta buenos zurriagazos con el cinturón. Te voy a dejar el culo mas caliente de la tierra. Y recuerde como lleve sus manos una sola vez para consolarse su pompis, le daré dos mas por cada vez que lo haga.

No sabía muy bien de donde había salido ese cinturón, ni siquiera se lo había visto cuando toco a la puerta, pero allí estaba con lagrimas en los ojos a mis 25 años, con el culo ya mas rojo que un tomate, y esperando a recibir treinta azotes más, que sabía que serian alguno mas, porque el culo ya me ardía. Levante un poco la vista y vi la figura de la señora Luisa en el espejo de la pared. Se mordía los labios como intentando no desperdiciar ni una sola de sus fuerzas en cada azote, podía ver perfectamente como echaba el brazo atrás, y como giraba su cadera haciendo que su brazo y su correa cayera con toda su fuerza sobre mi culo.

-PLAS, PLAS, PLAS, PLAS, PLAS, PLAS, PLAS, PLAS, PLAS, PLAS, PLAS, PLAS, PLAS, PLAS, PLAS, PLAS, PLAS, PLAS.

No podía más de modo que mis manos se fueron directas a mi culo, me quemaba literalmente, como me dolía. Estaba llorando como un crío, y encima algo excitado. No podía dejar de mirar a mi vecina, y todas sus curvas moviéndose, mientras me calentaba de lo lindo, y digo de lo lindo mi trasero porque si me dijesen siéntate, estoy seguro que en ese momento no podría hacerlo.

-Por un momento pensé que iba a aguantar toda la tanda sin protección, pero ya veo que no es así, PLAS, PLAS, hay tiene su recompensa por ello y ahora seguimos, tan solo lleva 17, venga cuente el resto no vaya a perder la cuenta y se lleve demás. Tengo el brazo ya suelto y su culo es todo un poema.

El resto de los azotes los fui contando como pude hasta recibir los treinta, y una vez acabados no me quedaban fuerzas siquiera ni para levantarme. La señora Luisa se acerco y puso una de sus manos sobre mi trasero, y comenzó a acariciarlo.

-Uff, si que esta caliente, la verdad es que a mi peque no le habría dado ni la mitad, pero me he dejado llevar y fíjate como te he dejado el pompis. Anda levántate y no te muevas.

Se fue al baño y volvió con una crema que me extendió por todo el trasero. Al final me dio un beso en los labios, y susurrándome al oído antes de marcharse me dijo.

-Cuándo te portes mal me vas a avisar para que te de tú merecido castigo, y cuando te portes bien te recompensare de otra manera, ¿lo has entendido?

Yo asentí con la cabeza, y vi como la puerta de mi casa se cerraba tras ella, estaba solo en el salón, sin pantalones y con el culo bien calentito, ¿por qué?

P.D.: Espero que les haya gustado, y espero sus críticas tanto si son buenas como malas, tanto en mi e-mail, como en los mensajes del grupo.