Había conocido a Claudia por Internet. Desde que vi su foto quedé realmente impresionado de su belleza, lo que aumentó considerablemente cuando intercambiamos ideas sobre el spanking.
Ella, una chica delicada muy sensual de una piel blanca que incitaba a amarla, a tratarla con delicadeza, hacía que mis pensamientos volaran a mil sobre la posibilidad de una sesión spanking cuando nos encontráramos. Cuando sucedió esta historia había llegado a Costa Rica con el claro propósito de conocerla. Ya habíamos salido un par de veces y creo que habíamos congeniado, a pesar de mi edad, tengo 39 años, soy un hombre mucho mayor que ella, la conversación fluía fácilmente y platicábamos de uno u otro tema.
Mi deseo por Claudia se complicaba por cuanto ella estaba casada, muy enamorada de su marido con quien tenía una hijita muy linda e inteligente. Claudia tenía 6 meses de haber dado a luz a esa nena preciosa.
Esta vez, la tercera que nos encontrábamos, estaba muy linda. Llevaba un vestido de una sola pieza, de seda y arriba de la rodilla, con tirantitos. El vestido se le pegaba provocativamente a la piel y los tirantitos al desnudar un poco su pecho hacían mas atractiva esa zona deliciosa y que seguramente estaba siendo de uso exclusivo de la hijita de Claudia. Fuimos a un restaurante, comimos cualquier cosa y platicamos mucho, entre la conversación yo buscaba alguna forma de pillarla, para obtener el derecho de castigarla, mis deseos eran inmensos pues sus nalgas se habían vuelto una obsesión para mi y la posibilidad de verla llorando o quejándose de una buena zurra hacía que me excitara de solo pensarlo.
En un momento en que yo le contaba sobre una experiencia con una de las chicas con quien yo practicaba spanking en Nicaragua, ella se quedó observando con detenimiento a un joven apuesto que estaba en el restaurante frente a nosotros.
- Oye Claudia, le dije, no me estás poniendo atención, mira que lo que te estoy contando es muy importante para mi...
En esa momento el tipo, atraído por la belleza de Claudia y por sus indiscretas miradas, le sonrió y ella le respondió sin percatarse de lo que yo le decía.
Víctima de los celos me levanté bruscamente de la mesa y le dije:
- ¿Claudia, porque me tratas así? No me pones atención y coqueteas abiertamente con un tipejo simpático que esta en la otra mesa. No aguanto más, me voy de aquí.
Ella se asustó y me dijo:
- Oye Alex ¿qué te pasa? No estoy haciendo nada malo y no quiero que me dejes sola, ven siéntate por favor.
Pero yo estaba celoso y furioso, y le dije:
- Claudia ¡nos vamos de aquí en el acto!.
Ella percibió con claridad lo serio y molesto que yo estaba y sin oponerse se levantó de la mesa y me acompañó al auto de alquiler en el que yo la había llevado al restaurante.
Nos introdujimos en el coche sin hablar ni una palabra. Mi disgusto era serio, muy serio y deseaba desahogarme. Y se me ocurrió la idea de llevarla al apartamento que estaba alquilando temporalmente, mientras durara mi estancia en Costa Rica, y, desde luego, ahí dar riendas sueltas a mis más queridos instintos. Quería zurrar a Claudia en aquellas nalgas deliciosas que estaba deseando tanto desde que conversábamos por Internet.
Agarré rumbo a mi apartamento y ella se asustó y me preguntó: - ¿Qué haces Alex, donde me llevas?
La volví a ver hecho una fiera y con gran aplomo le dije: - vamos a mi apartamento, voy a zurrarte nenita, te has portado muy mal conmigo y vas a pagarlo.
- Pero yo no he hecho nada malo papi, que te sucede ¿porqué me tratas así?
Me había dicho papi, como me decía en Internet, cosa que ella sabía me deleitaba pues me otorgaba cierto nivel de autoridad sobre ella.
- Crees que no es malo tratarme como un idiota, le dije exaltado, mira nenita tu papi tiene cierto nivel de tolerancia, pero hay un momento que ya no permito más y ese fue el momento que sucedió hoy y vas a pagarlo, te castigaré como te lo mereces.
- NO papi no lo hagas, no me castigues por favor, solo eran miraditas con el muchacho ese, yo no pensaba molestarte, gritaba casi implorando.
Había comenzado a llorar y seguía rogando que no la azotara pues además del temor del castigo se sumaba la posibilidad de que su marido lo supiese y desconocía cual sería su reacción. Pero yo ya estaba decidido y nada podría detenerme.
En lo que quedaba del trayecto del viaje no volvía a decir una palabra, aunque mi excitación era evidente, pues la reacción de Claudia era deliciosa, y yo me sentía dueño y señor de la situación y de Claudia en ese momento.
Cuando llegamos al apartamento, estacioné el auto y me salí mientras ella se quedaba llorando en su asiento, le abrí su puerta y la jalé de una mano. Ella salió oponiendo cierta resistencia, casi la arrastré hacia la entrada del apartamento y abrí la puerta y la empujé hacia adentro. Cerré con llave la puerta. Ella seguía llorando y me dijo entre sollozos: - ¿Qué vas a hacerme papito? Por favor no lo hagas, no me castigues papi, no quise molestarte...
- Voy a castigarte como te lo mereces, me molesta que te comportes como una putita cuando andas conmigo, anda quítate el vestido y me esperas.
Me introduje en la habitación del apartamento me desnudé totalmente y me puse el pantalón de látex negro que me gustaba usar en estas ocasiones. Este pantalón me quedaba bastante tallado y tenía un orificio en el lado donde se ubica el pene. Mi pene salía erguido y grande desafiando la gravedad como fruto de la excitación que me embargaba.
Claudia estaba solo en una tanguita blanca, sin brasier, sus pechos se veían deliciosos y las curvas de su cuerpo eran una invitación al erotismo mas desenfrenado. Sus nalguitas casi desnudas se erguían elegante y provocativamente como dos montañas de carne que iban a ser arrasadas por mi furia y mi deseo.
Ella me quedó viendo con mayor temor que antes. Yo hice caso omiso a su mirada temerosa y me fui directo al sofá que había en el apartamento. Me senté en el sofá y le dije:
- Nenita preciosa, ven que papi va a castigarte como te lo mereces...
Ella se acercó al sofá. Su mirada seguía siendo temerosa, pero en su tanguita se comenzaba a apreciar la humedad de su excitación. Aquello me encendió más y la tomé de una mano la atraje hacia mí y la acosté boca abajo en mis piernas. Sus nalgas quedaron a mi merced. Por fin tenía esas nalgas deliciosas en mi poder, por fin iba a poder disfrutarla como lo deseaba.
Agarré la tanguita y de un tirón se la arranqué dejándola completamente desnuda. Mis manos grandes y fuertes acariciaron con morbo aquellas nalgas blancas y delicadas. Que delicia, que placer más inmenso y de repente solté el primer manotazo en aquellas nalgas apetitosas: zaaasssssssss, con fuerza, con determinación, con algo de furia.
Claudia gritó: - aaaaaaaaayyyyyyyy papi me duele muchoooooooooo.
Le di otro manotazo y otro y otro y muchos más: ZASSSSSSS. ZASSSS, ZAS, ZAAASSSSS, ZAASSSS, ZAAASSSSSSSS, ZAAASSSSSSSS. Las palmadas resonaban en el apartamento y aquellas nalgas blanquita iban adquiriendo un dolor rojizo fuerte por el flagelo infringido de mi parte.
Mientras la azotaba le decía: - toma nenita malcriada, hijita malportada, tomaaaaaaaa, papi te castiga duro, para que no te portes como una putita cuando sales con el, toma bebita rebelde. Y la seguía golpeando y golpeando en aquellas nalgas que sufrían el martirio de mis manotazos.
Claudia lloraba y se retorcía y gritaba: - ya no papi, ya noooo, no lo vuelvo a hacer, para papito, yaaaaaaaaaa, aaaaaaaaaahhh, ya no, ya no más papito querido, te lo juro que no lo vuelvo a hacer.
El movimiento de Claudia hacía que mi pene se frotara con su pubis, y sentía sus vellos púbicos, pero también sentía una humedad enorme que fluía de ese sexo hermoso de mi Claudia bella. Claudia lloraba, pataleaba, gritabaaaaaaaa, su dolor y placer era inmenso y yo lo percibía, yo sabía que en medio de esos gritos, de esos movimientos y esos llantos habían orgasmos intensos de por medio. Mi placer no era menor los gritos y la sensación del roce de mi pene con el pubis de Claudia se fueron convirtiendo en algo sumamente delicioso, excitante, los nalgazos me estaban volviendo mas loco de la excitación, ya había perdido la cuenta de los manotazos dados con furia en las nalgas desnudas de Claudia, nalgas que enrojecidas salvajemente parecía que iban a brotar de ellas sangre. Y llegó el placer máximo y con él una eyaculación brutal, fuerte e intensa que bañó el pubis y toda la parte pélvica de Claudia y mis piernas y pancita también.
La dejé de azotar y ambos quedamos exhaustos. Ella encima de mí llorando y yo gimiendo un poco, producto de los deleites de mi orgasmo.
- Puedes levantarte Claudia, le dije, tu castigo ha terminado por hoy.
Ella se levantó y se introdujo dentro de la habitación. Yo la dejé por unos minutos dentro de la habitación sola, para que hiciera los menesteres que considerara conveniente. Cuando me decidí a entrar la encontré acostada desnuda, boca abajo, en mi cama, entre dormida y despierta. Busqué entre mis utensilios alguna crema reconfortante para untárselas en sus flageladas nalgas y ella pudiera resistir de mejor manera la post relación spanking que tanto placer nos había proporcionado a ambos.
Esperé en el cuarto durante un rato, con algo de miedo, no lo voy a negar. Me sentía tremendamente avergonzada por ese comienzo tan nefasto. Pensaba además que para entonces todo Londres sabia que había recibido unos azotes en la vía publica. En ello estaba meditando cuando llamaron a la puerta, tras lo cual se abrió lentamente. Temí que fuera Capdevilla. Pero no fue así, era su esposa. Se trataba de una mujer de 35 años, nativa, en realidad irlandesa por lo que pude averiguar después. Tenía el pelo rubio, corto, y llevaba gafas de metal que le resbalaban por su escasa naricilla. Tenía el vello tan claro, que a penas unas cejas rubillas y escasas le protegían unos preciosos ojos verdes. Su piel era pálida, de no haber recibido el sol en años. Y su cuerpo delgado, enfundado en un vestidito de flores, se acercaba delgado y sinuoso hasta mí. - ¿cómo tú te encuentras? Me pregunto con un acentuado deje extranjero - bueno, abochornada. Contesté - es bien, Joan es muy enfadado con tú, pero el es bien en unas horas. - Me dijo que quería hablar conmigo. - Sí, este es cierto, pero creo que conversation él quiere no gusta a ti. - ¿Será muy duro? - Yo cree tu has sido una niña muy mala y necesita un castigo para que tu aprende a comportarte.
Me acarició el pelo, y me miró con ternura y pena. Ally era una persona muy dulce y aportaba serenidad con su mirada. En realidad me sentía como en casa. Al igual que en este hogar, en el mío, convivían mi padre español y mi madre extranjera. Por lo que por unos momentos me sentí a gusto, pensando que estaba en casa de nuevo, y toda esta movida no tenía más razón que la preocupación por mi salud.
Me dispuso unos almohadones en la cama, y me indicó que me pusiera bocabajo. No quiso bajarme ella misma el pantaloncillo del pijama por no avergonzarme más, pero me propuso que esperara allí con la grupilla expuesta desnuda para cuando entrara su marido. Me paso la mano por la espalda y abandonó el cuarto, etérea, como un fantasma, tal y como había entrado.
Le hice caso, cómo no hacerlo, pedido con esa dulzura, y cómo no, por el miedo a las represalias. Pero aposté a bajarme los pantalones sólo cuando entrara Capdevilla, ya que me parecía muy vergonzoso esperar en esta tesitura todo el tiempo. Así lo hice, y cuando por fin entró mi verdugo, y me vio corriendo a obedecer lo que me había indicado su mujer se molestó considerablemente. No me permitió acabar mi labor, sino que cogiéndome del brazo, y sentándose sobre la cama me puso sobre sus rodillas, y de un tirón me bajo el pijama y las braguitas. Al instante sentí un fuerte azote con algo plano y frío.
PLASSSSSS PLASSSSSSS PLASSSSSSSS PLASSSSSSSS PLASSSSSSSSSS PLASSSSSSSS PLASSSSSSSSSSS PLASSSSSSSSSSSS PLASSSSSSS PLASSSSS Mientras me azotaba, me reprendía. - muy bien jovencita, no aprendemos la lección, eh? Como eres una niña muy muy desobediente te mereces unos buenos azotes además de los que te pensaba dar. Vas a recibir tantos azotes que cuando acabe contigo vas a obedecer con sólo mirarte. PLASSSSSS PLASSSSSSS PLASSSSSSSS PLASSSSSSSS PLASSSSSSSSSS PLASSSSSSSS PLASSSSSSSSSSS PLASSSSSSSSSSSS PLASSSSSSS PLASSSSS - Si te comportas como una niña pequeña te trataré como tal. Y las niñas malas la única manera que tienen de aprender a ser obedientes es recibiendo una buena hair brushing. PLASSSSSS PLASSSSSSS PLASSSSSSSS PLASSSSSSSS PLASSSSSSSSSS PLASSSSSSSS PLASSSSSSSSSSS PLASSSSSSSSSSSS PLASSSSSSS PLASSSSS - A partir de ahora vas a tenerle miedo a tu amigo el cepillo. Créeme PLASSSSSS PLASSSSSSS PLASSSSSSSS PLASSSSSSSS PLASSSSSSSSSS PLASSSSSSSS PLASSSSSSSSSSS PLASSSSSSSSSSSS PLASSSSSSS PLASSSSS
Sentía hervir mi trasero, los azotes escocían de verdad, eran mucho peor que con la mano, estos quemaban, y no me daba tiempo a reponerme de uno cuando venia el siguiente. Para entonces yo lloraba como una boba, mientras le oía regañarme muy avergonzada. Su voz se confundía con el sonido de los cachetes. Tenia acento catalán, y el olor que había dejado a colonia fresca su mujer, el lo había cambiado por el intenso olor a after shave, que sentía sobre mi, y que se abanicaba con el aire desplazado por los azotes.
Por fin terminó, o al menos yo lo pensaba así. Por el contrario me hizo despojarme por completo de pantalón y ropa interior, y me indicó que me tendiera como debía de haberlo hecho desde un principio. En esa postura, tremendamente calentada, y llorosa y sumisa, me dio otros diez azotes mas fuertes, que yo hube de contar dando las gracias por cada uno de ellos. Me exhortó a que permaneciera en esa postura hasta nueva orden y salió del cuarto.
Al tiempo entró Ally. No me miraba el trasero, se dirigía directamente a mi cara, supongo que por respeto. Me secó las lágrimas con un pañuelo y me retiró el pelo que mojado se me pegaba en la cara. - es mejor si tu haces caso. Me dijo. - Asentí. - ahora el viene y tu podrás ir a dormir.
Me besó en la frente y salió. Al momento entró él. De nuevo el olor a after shave, y una punzada de miedo en mi estómago. Me ayudó a incorporarme y me sentó sobre sus rodillas, sobre su pantalón de pana, que aunque suave, irritaba mis nalgas. Bueno, me acomodó como pudo, porque yo no podía permanecer sentada con soltura por razones obvias. Me explicó porque me había castigado, y cómo de ahora en adelante él tenia la responsabilidad de un padre sobre mí. También me emplazó a futuras azotainas. Durante una semana, una por noche, para compensar el castigo por llegar tarde, por fumar porros, por vestir de manera inadecuada, por cruzar la calle de forma imprudente, así hasta dar con siete motivos que se saldarían en siete nalgadas nocturnas antes de ir a dormir, con el cepillo del pelo.
Yo callaba, y contenía las lágrimas, pero después que me abrazara y me mandara a dormir con cariño, eché a llorar como una niña pequeña. No me vestí de nuevo, dejé que la sábana de franela fría acariciara mi trasero enrojecido y ardiente. Y me quedé dormida por agotamiento bocabajo, con una intensa humedad y calor entre mis piernas.
Después de esto, conviví con ellos durante esa semana, recibiendo mis azotes todas las noches antes de ir a dormir. Yo acudía a sus rodillas y a los almohadones como una cachorrilla obediente. Hacia caso en todo. Y ayudaba a Ally en lo que podía. Ambos pasaban mucho tiempo fuera, dando clases. La irlandesa impartía clases en la misma universidad en el Departamento de Literatura del siglo XX, por lo que salían por la mañana temprano y no los veía hasta por la noche.
Algunos días después incluso pude oír que Joan Capdevilla no sólo me conducía a mí al buen camino, sino que a su compañera también le propinaba severas azotainas que yo oía muy excitada desde mi dormitorio.
Este relato contiene algunos datos auto-biográficos aunque tengo que remarcar que el único personaje real soy yo. Todos los demás personajes, lugares y sucesos son fruto de mi imaginación. Si alguien quiere comentar algo puede hacerlo a mi correo: riot_girl_7@yahoo.es. Espero que lo disfruteis.
Quedaba un buen trecho aún para llegar a la tienda y ya llegaba tarde. No me apresuré ni pensé en otra excusa estúpida que decirle a mi jefa. Repartía comida a domicilio para sacarme un dinero extra al mes y, la verdad, no me lo tomaba nada en serio. Entré a trabajar porque dos de mis amigas también estaban allí y eso me permitía poder verlas un ratito al día. Mi jefa sabía de sobras que jamás daría el cien por cien ya que por las mañanas trabajaba en una fundación donde me ganaba bastante bien la vida. Tampoco le importaba demasiado porque en el turno en el que estaba yo no había mucha faena. Entré por la puerta de reparto sigilosamente y me fui derecha al vestuario. Me cambié la falda y la camisa por el uniforme compuesto de pantalón de algodón azul marino y polo rojo. Cuando salía me di de bruces con mi jefa.
-¿Tu sabes qué hora es? Hace diez minutos que deberías estar aquí con la moto a punto para repartir.
-Los siento, de verdad. No he podido llegar antes. Te prometo que en el primer pedido me paro en una tienda y te traigo un cruasán de chocolate - este era un truco que nunca me fallaba, tenía a media plantilla sobornada a base de cruasanes y bollicaos que compraba entre viajes.
-...Bueno, pero que no se repita. Y haz el favor de ponerte el polo por dentro de los pantalones y de traer vaqueros como todo el mundo, que no vienes aquí a estar guapa.
Fui a por la moto mientras mi jefa me seguía con la mirada.
Esa noche había poca faena y en una hora todavía no había salido a llevar ningún pedido. Estaba de charla con mis amigas mientras íbamos cargando el lavaplatos y las cámaras cuando oí a mi jefa alzar la voz por encima de nuestras risas:
-Sale calle Escudellers, ¿a quién le toca?
Yo seguía haciendo tonterías y bromas mientras mi jefa volvía a preguntar de quién era el turno de salir. Al final, supuso que sería yo. Noté como me agarraban de un brazo haciéndome girar en redondo:
-Niña, ¿estás sorda o qué? Sale un pedido para ti. No se que te pasa hoy pero estas atontada. A ver si te voy a tener que dar unos azotes para que me prestes atención - mientras decía esto oí perfectamente como los de la cocina se reían. Eso me hizo enrojecer hasta las orejas.
-Ya voy, ya voy.
Leí el pedido a toda prisa para ver lo que me faltaba, metí la pizza en la bolsa térmica y llené otra bolsa de plástico con las ensaladas y los postres. Lo cogí todo y salí disparada. Tenía que ir a una calle situada en el barrio gótico. El número no me sonaba de nada y cabía la posibilidad de que fuera un piso de estudiantes y no me dieran nada de propina. Eso me hizo confiar en mi buena suerte y me relajé. Cuando empecé a adentrarme por las estrechas calles del casco antiguo de Barcelona me acordé que le debía un cruasán a mi jefa. Me salí de la ruta más rápida para poder llegar a alguna tienda que aún estuviera abierta. Todas las que quedaban cerca estaban ya cerradas así que calculé si me daría tiempo a llegar a la gasolinera sin que el cliente se diera cuenta del retraso. Pensé que solo serían cinco minutos y prefería perder la propina a tener a malas a mi jefa. Cuando llegué a la portería me di cuenta que llegaba casi doce minutos tarde y que desafortunadamente aquello jamás podría ser la casa de un grupo de estudiantes. Muchos edificios del barrio gótico han sido reformados completamente hasta convertirse en auténticos pisos de lujo para gente elitista. Este era uno de ellos. Subí un poco avergonzada por haberles hecho esperar tanto. Cuando llegué al rellano vi la puerta entreabierta. Piqué tímidamente con la mano y salió un hombre de unos 35 años. Todavía llevaba la ropa de calle, unos pantalones de vestir negros, camisa blanca con las mangas arremangadas y una corbata medio desanudada. Era muy alto, al menos para mí, tenía una barba incipiente y me miraba de forma directa e intimidatoria.
-Llegas tarde-así, sin más, se había percatado de mi poco discreto retraso.
-Buenas noches, lo siento, pero había muchos pedidos- no se me ocurrió otra cosa que decir, a esas horas no podía culpar al tráfico.
-¿Seguro? Acabo de llamar al restaurante y hace... -se miró su reloj de pulsera-exactamente 25 minutos que has salido de allí. Se que deberías haber tardado menos. Al menos, no trates de engañarme.
Jamás me había sentido tan intimidada y atraída por un cliente. Saqué lentamente la bolsa de las ensaladas y los postres y la caja con la pizza. El lo cogió sin dejar de mirarme. Dejó la pizza en el mueble de la entrada y abrió la bolsa delante mío.
-Faltan las bebidas.
-No puede ser...-cogí el pedido para comprobarlo y, efectivamente , faltaban dos refrescos- uff, verá, puedo ir a buscarlos en un momento...
-¿Y tardar otros 25 minutos?
-No, de verdad, esta vez volveré antes de que tenga tiempo de sentarse a cenar. Se lo aseguro.
-Espero que esta vez no me estés engañando mientras decía esto posó distraídamente la mano por su cinturón de cuero y me sonrió.
Nunca había circulado tan aprisa por el centro de la ciudad, saltándome pasos de cebra y semáforos. Entré en la tienda sin resuello y con el maldito cruasán en la mano. Se lo di a mi jefa y me juré interiormente no hacer una estupidez así en la vida. Ella lo cogió sorprendida y me preguntó:
-¿Se puede saber cuánto le has hecho esperar a ese pobre hombre para que llamara preguntando por ti? ¿Y por qué me miras así?
-Me he olvidado las bebidas y ... preferiría que fuera otra persona a llevarlas...
-Jajaja, esa si que es buena, ya puedes cogerlas y llevárselas en dos segundos. En otra ocasión no me importaría pero si cometes dos errores no mandaré a otro a enmendarlos por ti.
Volví a salir de la tienda con la sensación de que esa noche me pasaría algo por haber sido tan irresponsable. De nuevo conduje como una loca olvidándome de cualquier código de circulación. Para cortar camino me metí en una calle muy corta en contra de dirección pensando que no habría peligro alguno. Nada más entrar me encontré un guardia urbano. Me hizo aparcar la moto y sacar la licencia de conducir y los papeles del seguro. Yo solo quería que acabara pronto, me daba igual la multa, pero no quería llegar tarde otra vez a casa del cliente. Después de darme un sermón sobre la mala conducción de los repartidores y sobre el peligro que son en la carretera y todo eso, me devolvió mis papeles y mi flamante multa. Cuando llegué a la portería me di cuenta de había tardado 20 minutos en llegar. Esta vez subí completamente atemorizada porque tenía la certeza de que el cliente me abroncaría un buen rato. No me hizo falta picar porque ya estaba esperándome en la puerta.
-Veamos, esta vez solo has tardado 20 minutos. ¿Qué te ha pasado?
Me intimidaba su manera de mirarme y su sarcasmo. Me dejaba completamente sin argumentos.
-Verá, quise venir tan rápido que me multaron... casi en ese mismo momento me arrepentí de habérselo confesado. Por unos instantes su mandíbula se tensó.
-¿Quieres decir que además has puesto en peligro tu vida? Creo que no te tomas en serio tu trabajo. ¿Tu jefe no te dice nada al respecto? Supongo que al menos te sancionará por lo que has hecho hoy, ¿no?
-No me dice nada, no le gustará lo de la multa pero la pagará la empresa. Todo el mundo se equivoca ¿Por qué tenía que darle explicaciones a un cliente sobre si yo cumplía en el trabajo o no?
Se quedó pensativo mientras le daba la bolsa con las bebidas y le decía el importe que debía pagarme. No quería ni imaginarme lo que pasaba por su cabeza en esos momentos.
-Verás, hay un problema. La cena se ha enfriado mientras esperaba la bebida. Como voy a tener que calentarla antes de comérmela he pensado que deberías pagar por tus descuidos. ¿Qué te parece?
-...está en su derecho de no pagar el pedido...he llegado tarde y está frío...- su cara indicaba que no era eso exactamente de lo que estaba hablando.
-¿Crees que me preocupa el dinero? ¿Te parecería justo que tu empresa pagara tus errores? Yo creo que no. Me parece que eres una niña malcriada que no sabe tener responsabilidades y es hora de que alguien ponga el remedio. ¿Tu qué crees?
-Creo que tiene razón...
Me hizo pasar a su recibidor y cerró la puerta de la calle. En esos momentos estaba pasando más calor que en el día más caluroso de un verano.
-Estas en tu derecho de escoger. Si decides aceptar mi castigo lo harás hasta el final. Te advierto que soy inflexible y que no cedo a no ser que sea por fuerzas mayores. Si decides irte, te pagaré el pedido pero te iras sabiendo que has dejado a un cliente completamente decepcionado.
Le miré a los ojos. Estaba erguido con los brazos cruzados a la altura del pecho. No sabía que pasaría después pero en ese momento supe que le seguiría hasta el fin del mundo si hiciera falta.
-Acepto mi castigo.
Yo sabía que había alguien más en la casa puesto que yo había llevado cena para dos. Me preguntaba quien sería a otra persona. ¿Su mujer?¿Su amante? Me estremecía solo de pensarlo. ¿Cómo había llegado a esta situación? Me llevó hasta el salón. Había un sofá de cuero blanco. Se sentó justo en el centro y me hizo un ademán para que me acercara. Yo no sabía que tenía que hacer. Esperaba que me riñera o que me obligara a calentarle cena o alguna cosa así. Pero el me miraba ceñudo esperando algo de mi que se escapaba a mi entendimiento.
-¿Tengo que ir a por ti? Si me obligas a ello será mucho peor.
No podía ser cierto. ¡Me iba a zurrar como si fuera una niña de parvulario! No pensé que ese sería mi castigo. Me acerqué despacio. Me tumbó en sus rodillas y posó su mano sobre mi trasero. La dejó allí durante unos interminables segundos y yo hubiera dado cualquier cosa por que empezara el castigo de una vez.
-Espero que guardes este momento durante mucho tiempo y que saques algún tipo de enseñanza de él.
Levantó la mano y la dejó caer pesadamente en medio de mis nalgas. Deseaba haberme puesto los vaqueros y el polo por dentro ese día ya que mi pantaloncito de algodón me dejaba casi sin protección.
-Te daré un azote por cada minuto que has tardado en traer los pedidos. ¿Cuántos serán?
-45, señor.
Siguió azotándome pausadamente pero con una intensidad asombrosa. Calculaba el lugar exacto donde debía zurrarme de manera que acabó por cubrir todo mi trasero en pocos azotes. El hecho de que no estuviera enfadado me humillaba más todavía. Lo hacía porque creía que era justo. Yo no tardé en ponerme a llorar puesto que hacía muchísimos años que nadie me castigaba así. A mitad del castigo paró en seco.
-Llevo 25 por los primeros 25 minutos. Los siguientes 20 serán con el trasero al descubierto nada más decir esto me incorporó lo justo para poder desabrocharme el pantalón. Después me lo bajó hasta los tobillos. Yo pensé que eso sería suficiente pero agarró el elástico de mis braguitas y me las bajó hasta las rodillas.
-Así no, por favor. Ya ha sido suficiente. Prometo hacerlo mejor la próxima vez.
-Quedamos en que aceptarías tu castigo hasta el final y así será. Esto te costará 10 azotes extra.
No podía tolerar una cosa así a mi edad. Intenté levantarme y poner pies en polvorosa antes de que empezara a azotarme de nuevo. Eso no le gustó nada y me sujetó la mano derecha a la espalda mientras pasaba su pierna por encima de las mías haciendo una pinza.
-¿Qué se supone que estas haciendo? Te recuerdo que mi cena ya está fría y no me importa perder unos minutos más azotando este culo inquieto, así que compórtate de una vez.
Estos azotes eran mucho más duros que los anteriores. Tenía el trasero dolorido aún de los anteriores y como no paraba de moverme encima suyo noté como se excitaba. Justo en ese momento escuché unos pasos en el pasillo. Giré un poco la cabeza en dirección a la puerta y vi los pies de otro hombre. Ese debía ser el que cenara con él esa noche. Se paró justo en la entrada al comedor.
-¿Interrumpo? - ¿Cómo podía preguntar eso el muy estúpido? Estaba claro que interrumpía.
-No, dime lo dijo como si azotar a una desconocida medio desnuda fuera lo más normal del mundo.
-Los de París quieren saber si pueden contar contigo para la conferencia del viernes.
-Diles que estoy en una reunión muy importante dijo esto mientras me acariciaba las nalgas distraídamente y que les llamaré en cuanto acabe.
-OK. Y no seas muy duro con la chica o no querrá traer más pedidos en su vida.
En esos momentos quería que me tragara la tierra. ¿Cómo podían hablar de temas serios estando yo allí en esa postura? ¿Y por qué el otro no se escandalizaba por ver una cosa así? Antes de plantearme más cosas volví a sentir su mano en mi culo. A veces me daba de refilón haciéndome escocer toda la piel y otras veces dejaba caer la mano pesadamente dejándome casi sin respiración.
-Bien, hemos llegado a los 20. Faltan los 10 extras por haber sido insolente. ¿Preparada?
Los 10 últimos azotes fueron realmente duros y rápidos. No creo que tardara mas de ocho segundos en propinármelos. A esas alturas lloraba como una niña de 6 años. Me giró hasta sentarme en sus rodillas. Me avergonzaba estar así sentada con la ropa bajada y siendo consolada por la persona que me había castigado tan duramente. Sin darme ni cuenta noté como empezaba a acariciarme la parta baja de mi espalda mientras que con la otra mano jugueteaba con los pelos de mi pubis. Empezó a lamerme el cuello suavemente hasta acabar besándome apasionadamente. Estaba excitadísima y quería seguir su juego en igualdad de condiciones. Intenté desabrocharle el cinturón para poder acariciarle el pene. Esto hizo que su actitud cambiara radicalmente. Me cogió la cara con ambas manos y me miró seriamente.
-Aún no he terminado contigo, gatita. ¿A cuánto asciende la multa que te han puesto?
-Creo que son 96 euros.
-No voy a darte 96 azotes más. La multa asciende a 16.000 pesetas de las de antes ¿no? Me parece razonable propinarte 16 azotes. Y no me mires de esa manera. De alguna manera has de pagar la infracción que has cometido.
No quise creer que fuera a azotarme de nuevo y menos en el estado de excitación en que nos encontrábamos los dos. El seguía mirándome pero yo me negaba a obedecer. Finalmente tuve que ceder y me di la vuelta para volver a tumbarme en sus rodillas. El no me lo permitió, me cogió por la cintura y me puso de pie en frente suyo.
-No voy a zurrarte otra vez con la mano. Estos azotes son para castigar una conducta más grave. Te los daré con el cinturón mientras decía esto, se levantó y colocó un cojín enorme en medio del sofá. Túmbate.
Me tumbé en contra de mi voluntad y noté como mi culo quedaba mucho más elevado que mi cuerpo. Notaba el tacto del cuero suave del sofá en mis piernas y pensé que le habría costado una fortuna. Vi como se desabrochaba el cinturón y lo hacía resbalar lentamente por las presillas del pantalón. Lo dobló en dos y lo chasqueó en el aire. El primer azote me pilló desprevenida, cayó en la parte baja de mis nalgas y no pude evitar un grito.
-Si se te vuelve a ocurrir gritar empezaré a azotarte desde el principio. Tu decides.
Volvió a azotarme de nuevo. Me daba los correazos en tandas de dos o tres muy seguidos y después dejaba un tiempo pequeño de descanso para que pudiera recuperarme. Yo estaba llorando a mares pero eso no le hizo dejar de castigarme. Cuando quedaba poco para terminar no pude resistir pedirle que parara.
-Por favor, no me castigue! No puedo resistir ni uno más...
-Parece que nunca aprendes ¿verdad? ¿En qué hemos quedado? Estás comenzando a enfadarme y voy a tener que empezar de nuevo.
Esta vez si que me zurró duro y no me dejo descanso entre uno y otro. Cuando terminó se quedó de pie mirándome mientras yo lloraba y me acariciaba el trasero que parecía tener relieve por donde había caído la correa. Se fue hacia el pasillo por donde había venido antes su compañero y oí como abría la nevera. Cuando volvió traía algo escondido en la mano y no pude averiguar lo que era. Se sentó a mi lado y me acarició el culo despacio. De pronto noté algo muy frío que se deshacía al contacto con el ardor de mi piel. ¡Había traído un cubito de hielo! Poco a poco fui recuperándome de la azotaina y gracias a sus caricias volví a estar en un estado de total excitación. Me puso boca arriba y me levantó el polo. Posó la yema de sus dedos por mi vientre, subió hasta llegar a mis pezones y acabó lamiéndomelos. Por fin pude desabrocharle el pantalón y coger su pene completamente erecto. Empecé a masturbarle lentamente. Mientras lo hacía me introdujo un dedo en la vulva y gimió al notar mi humedad. Durante unos segundos llegué a pensar que tendríamos un orgasmo de un momento a otro. Fue él quien puso fin a la situación.
-Cariño, te esperan en tu trabajo. ¿Quieres llegar tarde de nuevo? Puedes volver cuando acabes. Estas en tu derecho de escoger. Si decides volver aceptarás lo que te pida hasta el final. Te advierto que soy un amante inflexible y que no cedo a no ser que sea por fuerzas mayores. Si decides no volver esta noche será sabiendo que has dejado a un hombre completamente enamorado.
Menuda tarde aburrida estoy pasando. Cuentas, balances y estadísticas que no sirven nada más que para que el jefe se luzca en el Consejo de Dirección hablando de cosas que no entiende.
Y todos los días igual, uno tras otro, abriendo y cerrando cajones y archivos, como hace mi compañera. Hoy parece que está más alterada; se ha quedado ya dos días por la tarde, y parece que está nerviosa. ¿- Qué te pasa, Bárbara?
No hubo respuesta. Bueno, no me habrá oído. De vez en cuando la pasa. No quiere escuchar y por eso no quiere responder.
- ¿A que adivino lo que estás buscando? - A que no, listo ¡-dijo ella de forma despectiva. - Estás buscando algo que no encuentras, ¿a que sí?
Bárbara me echó una mirada de asco y dijo con rabia: -! ¡Eres un idiota! - Mira, Bárbara, si yo fuera tu marido te tumbaría en mis rodillas y te pondría el culo como un tomate. Bárbara enrojeció al pronto y se quedó fijamente mirándome. Balbuciendo sus palabras, dijo: - ¿De......verdad que....harías eso? - Por supuestísimo. Creo que es lo que andas buscando y, claro, no lo encuentras, por que no lo pides. - ¡Eso que te crees tú! Mira, tú y yo nos conocemos desde hace tiempo, y...tenemos confianza el uno con el otro. Lo que acabas de decir.... ¿lo decías en serio? - Sí, totalmente en serio. No hay nada más sano que una azotaina en el trasero para que el ambiente se relaje. - Ojalá fuera así mi marido- dijo en bajito, pero lo suficientemente alto para que lo oyera. - Bárbara, amiga, cuéntame. Yo también te he contado cosas personales. - Bueno. ¡Ahí va! Pero como te rías, te parto la cara. - Entonces...no podré ponerte el culo colorao! - ¡Y dale....! Pues bien...pues...que es eso...lo de la azotaina...AZOTES. ¿Me entiendes? - ¡Sí, pero quiero que me lo digas tú! - ¡Ah, no! ¡Así no tiene gracia! Él es el que tiene que adivinarlo. - ¡Vaya! ¿Y porque los hombres no seamos adivinos, os pasáis la vida refunfuñando?
Bárbara no paraba de moverse, y cada vez estaba más nerviosa. Incluso se tocaba la falda como queriendo colocársela mejor. Y yo, cada vez más excitado.
- Oye- preguntó Bárbara- ¿Tú alguna vez.....alguna vez has azotado a alguna mujer? - En sueños..... ¡A todas las que he podido! - Ja, ja, ja, ja, ja. ¿De verdad que tú también estás en el OTK? - ¡Oye!, eres una experta- dije con admiración. - Psss ¡Se hace lo que se puede!
Nos quedamos mirándonos un rato y de sus ojos salía un brillo especial que nunca había detectado. Miraba como diciendo: ¿a qué esperas?
- Bueno, y ahora que conocemos nuestro secreto, ¿qué vamos a hacer?- pregunté ingenuamente. - ¿Tú cómo estás?- preguntó - Yo estoy.... que muero de ganas de azotarte el culo- la dije mirándola fijamente como ordenándola que acatara mi deseo. - Es una locura. No puede ser.... - Bárbara, déjate llevar. Tienes que expresar tus sentimientos. Yo ya lo he hecho, y me siento mucho mejor. Sé que tú no me vas a hacer daño y tú sabes que yo tampoco te lo haría. En la escena OTK, al principio, debes de forzar un poco la situación. ¿Qué quieres ser? : ¿Una niña malcriada con papi o con maestro? ¿Una jovenzuela gamberra con poli? ¿Una esposa incordiona? ¿Una amiga impuntual? ¿Una secretaria que se equivoca más de la cuenta ?.......
Bárbara no daba crédito a mis palabras y cada vez sus ojos parecían más grandes, como si estuviera disfrutando ya de los azotes.
- ¿Tú crees que haríamos bien?- preguntó. - Sí, ¿por qué no? Conocemos a nuestras parejas y sabemos qué es lo que da cada uno. ¿Cambiarías a tu pareja sólo por que no sea spanker? La mía, por desgracia, no es spankee, pero no la cambiaría por nada. - No sé. Lo tengo que pensar. - ¿Tú se lo has dicho a Javier? - No - Pues díselo, anda. - Y ¿tú a la tuya? - Sí, y me ha dicho que no, pero por eso no la voy a dejar. Sin embargo, no renuncio a mis gustos. Si tienes las cosas claras no tiene que haber problemas. El OTK está por encima del amor, y si estuviera dentro, sería el paraíso. Ahora bien, ¿cuántas parejas conoces que sean tal para cual? Yo, a muy poquitas, por no decir a ninguna. - Vale, pero sin implicación sexual- dijo ella. - ¿Sexual? ¿Por quién me has tomado? Cómo bien habrás leído, si te interesa tanto el OTK, la azotaina es el arte del azote: es una técnica de estimulación, de juego, de masaje, de fantasía....donde ambos se entregan y se dan al mismo tiempo, con total libertad, con un respeto absoluto a los términos y límites pactados. ¿En cuántas películas de spanking acaban en la cama? En poquitas, por no decir ninguna.- dije yo enfadado- ¡Bueno, espera! Yo no necesito convencerte, por que tampoco necesito zurrarte. La que lo necesitas eres tú. Tú quieres ser zurrada para sentirte amada, deseada, cuidada, vigilada, estimulada.... y todas las hadas que quieras, por que en el fondo eres una hada.
Bárbara agachó la cabeza y preguntó:
- Si yo fuera tu mujer, y hubieras decidido darme una paliza por lo que había hecho, dime ¿cómo desarrollarías la escena? - ¡Ay, mi amiga! Fíjate bien: Imagino que tu comportamiento había sido horrible, tan horroroso que tu paciente marido, fuera de sí, no puede controlar su respeto y te piílla in fraganti , te hace ver lo fatal de tu conducta y te diría lo apenado que estaba por su relación contigo, que debería de pensar si le merecía la pena seguir al lado de una mujer tan descuidada, perezosa e irresponsable; te diría tales cosas que tú te verías obligada a pedirle y suplicarle que te perdonara, por que si no, le perderías; que harías cualquier cosa que él te pidiera. El te recordaría todas las veces que te perdonó y las veces que te volviste a portar mal. Tú, al final, le pedirías una última oportunidad y él te diría que no, que no habría otra oportunidad a menos que aceptases un serio castigo que te hiciera ver las cosas de otra forma. - ¿Un castigo ?...... ¿Qué tipo de castigo? - Justamente el que se merecen las niñas traviesas como tú: una buena azotaina en el trasero desnudo, hasta ponértelo como un tomate.
Ella se quedaría pensando entre excitada y rebelde de sucumbir. - Mañana cuando vuelva de trabajar, quiero encontrarte vestida como una pequeña colegiala: nickie blanco, faldita corta, calcetines hasta la mitad de las piernas, zapatos bajos de cordón y el pelo recogido en dos coletas. - Jooo!...-protestaría ella dando un zapatazo en el suelo.
Al día siguiente, cuando estuviera en la oficina, la llamaría por teléfono y la recordaría lo que iba a suceder por la tarde, que se lo fuera pensando y que, aunque se arrepintiera y pidiera que la perdonase, no se libraría de la zurra que la iba a dar. Ella lloriquearía y pediría nuevamente perdón. Yo la colgaría el teléfono con un firme. Tú te lo has buscado .
De vuelta a casa intentaría relajarme lo más posible, a fin de estar tranquilo cuando actuara.
Cuando entrase, ella estaría esperándome en el pasillo.
Hola, Bárbara, veo que ya estás preparada.
Iría a la habitación, me quitaría la chaqueta y vaciaría los bolsillos de mi pantalón, de las llaves y monedas.
- Vamos al salón - Me sentaría solemne en el sillón y haciéndola permanecer de pie, con los brazos a ambos lasos, la diría:
- Mira, Bárbara. Desde hace algún tiempo vienes portándote como una niña malcriada, haciéndome rabiar y dándome la lata en las cosas más elementales. No sé a qué se debe, pero parece como si estuvieras diciéndome: ¡venga!, ¿a ver si te atreves? Pues bien, claro que me atrevo y te lo voy a demostrar ahora mismo. ¿Tienes algo que añadir a tu favor?
-No- diría ella compungida y llorosa, mirando hacia el suelo, con las manos unidas por delante de su cuerpo, medio encorvado.
- Muy bien. Pues ¡vamos allá! Me levantaría y colocaría una silla sin brazos en mitad del salón. Me enrollaría las mangas de la camisa y me soltaría el nudo de la corbata. Sentándome en la silla, la indicaría que se tumbase en mis rodillas.
-Vamos. Ya sabes lo que tienes que hacer- Y si opusiera resistencia, la cogería de la muñeca y la tumbaría yo mismo.
Dedicaría unos momentos para ponerla en la mejor posición posible. La cabeza baja, las piernas estiradas, el culo prominente. Al llevar falda corta, el inicio del trasero y la insinuación de las bragas sería evidente, por lo que los primeros azotes aplicados caerían tanto en la falda como en los muslos.
Al principio ella mantendría la postura, pero a medida que los azotes arreciasen, la falda se subiría y el bamboleo de sus nalgas me indicaría que era hora de levantarla del todo las faldas. Ella protestaría pero se dejaría hacer ya que tampoco su trasero se habría calentado lo suficiente.
Con fuerza, reiniciaría la azotaina, cada vez más fuerte, aumentando la velocidad según fuera controlando el golpe. Ella empezaría a moverse incómoda y a proferir ligeros ayes de dolor.
Ya basta, ¿no? ¡Déjame en paz, ya!- pediría ella.
¿Dejarte? Si no he hecho nada más que empezar. Es hora de bajarte las bragas.
Y de un tirón se las pondría abajo del todo.
No sé de donde sacaría las fuerzas, pero los azotazos que la cayeran, retumbarían en la habitación, y a cada golpe, rebotaría mi brazo para el siguiente azote.
Ella ya tendría el culo colorado, estaría llorando, y las bragas se la habrían caído hasta los tobillos de tanto patalear y suplicar que parase la zurra.
Como no se estaría quieta, la cambiaría de postura, la tumbaría sobre mi pierna izquierda, bloqueando sus piernas con mi pierna derecha. De esa forma la inmovilidad es casi absoluta, el trasero queda más elevado y redondo, ya que se obliga a que el cuerpo se arquee mucho más.
En esa postura, los movimientos de la pelvis de arriba abajo, realizan un corto recorrido, asemejando claramente una cópula, aumentando la fricción de los cuerpos que, juntamente con la sangre acumulada en la zona, favorece la excitación sexual.
Mi mujer bañada en lágrimas y gritos de dolor, entrecortaría su respiración que se volvería profunda y jadeante, pronunciándose los movimientos de caderas y quedando un instante en la tensión máxima del orgasmo. Ahí sería cuando me daría cuenta de todo el engaño, y entonces, reduciría la severidad de la zurra y llevaría dulcemente mi mano a las zonas castigadas para concentrarme en la zona anal y vulvar, y consolarla con besos y caricias.
Hasta que no se hubiera tranquilizado del todo, no dejaría de cuidarla diciéndola dulces palabras:
-No has sido sincera conmigo, Bárbara. No hacía falta que chocaras el coche, ni que quemases la comida, ni que estropearas el informe de mi trabajo, ni que dejaras de abonar el recibo que debíamos. Tan solo tenías que haberme dicho lo que realmente querías. ¿De acuerdo?
Sí, cariño- diría ella, estando ya de pie y frotándose el culo.
- Bien. Ahora quiero que estés de cara a la pared durante 10 minutos. El tiempo que necesito para ponerme cómodo y volver a estar contigo. Esta vez como tu marido.