Blogia
Relatos de azotes

M / f

Audiencia de Conciliación

Audiencia de Conciliación

 Autores: Ana Karen y Amadeo Pellegrini

Estaba por vencer el plazo de espera cuando el prosecretario del Juzgado Laboral se acercó para decirme:
-Doctor, la audiencia ha sido suspendida a pedido de la contraparte, el Juez proveyó su pedido presentado a última hora. Habrá que fijar nuevo día y hora. Creí que la Dra. Álvarez le había avisado ayer.
No, la muy cretina no se había molestado en levantar el teléfono para decirme que pediría un aplazamiento de la audiencia. Una postergación que no tenía sentido porque yo, en un gesto de lealtad profesional, le había advertido que mi cliente estaba dispuesto a allanarse a las pretensiones de su cliente, y que lo único que pediríamos sería costas por su orden y un pequeño plazo para pagar la totalidad. O sea, era un caso virtualmente terminado.
Salí del tribunal maldiciendo el tiempo perdido, execrando a todas las abogadas conocidas y por conocer, en particular a esa pécora que tiene una linda carita y una figura excitante para ambular como una diva por todos los juzgados.
Además de enojado estaba desconcertado. ¿Qué carajo pretendía esa vedette al pedir un aplazamiento? Entré a la oficina rumiando mi bronca y traté en vano de concentrarme en los expedientes apilados que me esperaban encima del escritorio.
El teléfono me trajo a la realidad. Era Alicia, mi secretaria, avisándome que tenía un llamado de la Dra. Álvarez.
Atendí de muy mala gana con un seco “Hola” que según mi intención debía detonar como una bala en su oído. Desde el otro extremo me llegó la voz meliflua de mi colega, que sin disculpar su descortesía profesional me pedía una entrevista para ajustar el reclamo de su cliente.
-¿Ajustar qué, Doctora? ¿No habíamos acordado casi que mi cliente pagaría todo si se le concedía un pequeño plazo para reunir el resto del dinero?
-Mire Doctor, lamentablemente mi cliente ha cambiado de idea porque quiere ampliar la demanda, usted habrá leído que hay una reserva en ese sentido… (Efectivamente las hay en casi todas esas demandas, son de práctica pero aquello daba muy mal olor).
-Esta bien Doctora. Usted dirá entonces cuáles son las pretensiones de su cliente para que las evaluemos.
-Por teléfono no se lo puedo decir Doctor será mejor que nos encontremos a una hora que le convenga en el “El Galeón”…
Acepté, acordamos la hora y maldiciéndola mentalmente colgué.

* * *

Odio admitirlo y solo lo hago ante mí misma. Jamás aceptaría ante nadie el profundo respeto y admiración profesional que tengo por Lorenzo, y mucho menos lo que me excita verlo en un pleito defendiendo su caso: tan seguro, tan viril, tan sabio y conocedor de los vericuetos de nuestra profesión.
Un par de veces me tocó enfrentarlo y no fue nada fácil. Yo siempre quise ganarle un caso a como diera lugar y cuando me enteré que era él el defensor de la otra parte me dije: “ésta es la mía”, dado que el caso es sumamente fácil. Y el diablito de la venganza más la soberbia de querer ganarle se apoderó de mí. Pero fui más lejos aún y planeé algo un poco más complicado, más para molestarlo que otra cosa.
Pedí que se suspendiera la audiencia y el juez me lo proveyó. Por supuesto que no le avisé, lo que le hizo perder tiempo y con toda seguridad… ¡enojarlo mucho!
Cuando lo llamé a su estudio para concretar una entrevista y ajustar el reclamo de mi cliente, no podía disimular su enojo y eso me divertía muchísimo. Casi lo obligué a que nos encontráramos en “El Galeón”.

**********

“El Galeón” es la confitería preferida de los abogados porque está muy cerca del palacio de Tribunales; es un antiguo bar que mantiene la fachada y el mobiliario de la belle époque, un sitio donde se han cerrado más tratos y concluido más litigios que en los propios juzgados.
Decidí hacerla esperar como un pequeño desquite por el plantón de la mañana y cuando entré media hora más tarde la encontré sonriente frente a un pocillo de café vacío y un par de colillas aplastadas en el cenicero. Adrede no me disculpé por la demora, chasqué los dedos para que viniera el mozo, ordené un café y me senté delante de esa vampiresa de pacotilla.
Fue directamente al grano y sin preámbulos, mirándose las uñas arregladas, esas tan cuidadas que me fascinaban pero que, en ese momento me parecieron las garras de una tigresa; dijo que su cliente iba a demandar a mi patrocinado por acoso sexual exigiendo indemnización por daño moral.
Era una estocada mortal para mi cliente, por secreto profesional yo conocía muchos pormenores de su carrera amatoria y si esa relación con su ex empleada se ventilaba en los tribunales sería su ruina matrimonial y el comienzo de un terremoto económico.
No pude contenerme y le dije lo que pensaba, que eso tenía un nombre muy feo, se llamaba extorsión.
-Llamalo como te parezca Lorenzo -me dijo sin dejar de sonreír. En público nos dábamos un trato profesional pero en privado nos tuteábamos- Hablá con tu cliente y convencelo de que le conviene arreglar.
Más vale que le convenía arreglar. Ya le había solucionado yo una crisis matrimonial que lo colocó al borde del divorcio. Esta vez estaba listo. La muy ladina lo sabía.
-Bueno Doctor, espero su llamado –dijo al despedirse, sonriendo burlonamente mientras salía taconeando llevándose tras ella la mirada de deseo de todos los parroquianos.

* * *

Yo fui bastante puntual, pero tal y como me lo imaginé él llegó tarde con el sólo propósito de hacerme esperar. Por supuesto que no le dije nada y fui directamente al punto: estaba dispuesta a demandar a su cliente por acoso sexual. Dada la situación de este hombre, no le quedaría otra que aceptar y yo lo sabía.
Disfruté del enojo de Lorenzo, de su impotencia, de saber que lo tenía en mis manos y aunque no estaba siendo honesta ni profesional, me estaba divirtiendo de tener a mi abogado preferido en mis manos. ¡Dios, qué manera de regodearme con esta situación!
Cuando me dijo que “eso” tenía un solo nombre: extorsión, sólo me seguí burlando de él. Le dije que hablara con su representado y que más le valía arreglar. Él lo sabía, y por supuesto que yo también. Podría haber tenido un poco de piedad, pero no quería, no me daba la gana. Quería sentir la satisfacción de tenerlo en mis manos y eso era lo que estaba haciendo. Y era… sencillamente ¡delicioso!
-Bueno “doctor”, espero su llamado –me despedí mientras agitaba mi mano sin dejar de sonreírle. Me di media vuelta sin poder disimular la sonrisa de triunfo que me iluminaba. Porque esto todavía no había terminado.

******

Tuve que llamarla nomás y aceptar las condiciones que le impuso a mi cliente. Como si fuera poco debí ir a su estudio a llevarle los cheques. Fui, pero había madurado un plan para vengarme. Mi cliente pagaría, claro, pero ella me las pagaría a mí. y de una forma que iba a recordar por mucho tiempo.
El arreglo se hizo en las condiciones que ella impuso. Actuó de la manera que imaginé que lo haría cuando volví a recordarle que eso era una extorsión porque las relaciones de mi cliente con la demandante no provenían de un acoso sexual sino de una situación querida y aun buscada por ella, ya que voluntariamente se había entregado a su patrón.
Estela no dejó de reírse y pavonear como yo esperaba, admitió que era verdad lo que yo decía,  que tenía razón, pero que los hombres éramos tan tontos que “eso” nos hacía perder la cabeza, que lo teníamos merecido por calientes, que era justo que pagáramos porque planteado el caso el juez le daría la razón a la más débil o sea a su cliente, porque él también era hombre y tan boludo como los demás. Después de recibir los cheques firmó el desistimiento de la acción y del derecho.

* * *

Cuando me llamó como esperaba, para concretar el pago, lo hice venir hasta mi oficina a traerme los cheques, cosa que lo enojó aún más.
Lo esperé vestida con un escotado vestido rojo, muy ajustado en la parte superior que marcaba hasta el último centímetro de mi busto. La amplia falda se movía al compás de mis caderas. Unas sandalias del color del vestido, con unos altos tacos, servían para sostener mis largas piernas, de las que me sentía orgullosa. Quería provocarlo y demostrarle mi triunfo desde más de un aspecto. Sabía que Lorenzo me encontraba atractiva, pero jamás me dijo una palabra porque era un gran profesional que no le gustaba mezclar las cosas…
Mientras me entregaba los cheques, yo no podía disimular la alegría por mi triunfo.
-Estela querida, mi adorable doctora Álvarez... vos tenés claro que esto es extorsión, ¿verdad?
No contesté. Me limité a mirarlo y sonreír.
-Este caso no es de acoso sexual. Tu cliente buscó y hasta se ofreció a su jefe. O sea, fue una situación querida.
-¿Y con eso qué? Sí Lorenzo, esto es extorsión limpia y pura, lo admito. Pero ustedes, los hombres, son tan tontos que por “eso” pierden la cabeza y más. Así que… es justo que paguen. Sabés perfectamente que planteado el caso, el juez, que es hombre y tan boludo como el resto de su especie, le dará la razón a la parte más débil, o sea… a mi cliente.
Dicho esto y satisfecha de mí misma, firmé el desistimiento de la acción y del derecho. Estaba feliz, me sentía muy contenta por haber ganado el caso a pesar que no había sido ni profesional ni demasiado honesta. Pero le había ganado a Lorenzo y eso era todo lo que quería, todo lo que me importaba.

* * * *

Entonces yo saqué del bolsillo del saco un micrograbador y mostrándoselo le dije:
-Querida colega, vamos a ver que dictamina el tribunal de ética profesional del Colegio de Abogados cuando escuche esta cinta después de leer la denuncia que voy a presentar en tu contra…
 La hora de mi triunfo había sonado. Era yo quien tenía en la mano las cartas del triunfo, su rostro se demudó, pero aun así estaba radiante, no se me había escapado ni el brillo de sus ojos ni el cuidado que había puesto en arreglarse, porque estaba vestida y maquillada con esmero, más propio de alguien preparada para una fiesta que para trabajar en la oficina. En otras circunstancias la hubiera encontrado allí bien vestida, sí, pero seguramente con una indumentaria más cómoda, pantalones, un suéter al tono; zapatos de taco bajo y el cabello recogido, más propio de una letrada.
 El vestido rojo de amplio escote y falda acampanada que lucía con unas elegantes sandalias de alto tacón más el peinado que delataba el paso por la peluquería, no podían significar otra cosa que el placer de la victoria, como esos generales que se presentan al desfile con todas sus condecoraciones y entorchados, así apareció mi colega.
-¡Lorenzo! ¡No te vas a atrever! ¡Vos no me podés hacer eso! ¡Eso sería una canallada!... No, no te atreverás…
-Mirá querida, mi cliente salió perjudicado injustamente así que cuando te suspendan la matrícula, con la plata de tus honorarios más lo que le vas a cobrar a tu cliente podés tomarte unas lindas vacaciones…
-¡Hijo de puta!
Con estudiada calma me levanté y me dirigí a la puerta. Ella pensó que me retiraba, entonces me rogó que llegáramos a un acuerdo, estaba al borde de las lágrimas. Cerré la pesada puerta de roble con doble vuelta de llave y me la eché al bolsillo.
-Mirá muñeca, yo no quiero perjudicarte,  te voy a regalar el casete, pero recién después de hacer lo que tengo que hacer con vos…
-¿Qqqquuuéee vvvaaas aaa hhhaccceeer? ¡Soltame!
-Si gritás –murmuré- tu secretaria, la pasante y la gente que está en la sala de espera van a enterarse que la Doctora Álvarez recibió una soberana paliza en su propia oficina.

* * * * * *

Pero la sonrisa y el aire de triunfo se me borraron del rostro cuando el muy desgraciado sacó de su bolsillo un micrograbador que me mostró sonriente mientras me decía:
-Querida colega, vamos a ver qué dictamina el tribunal de ética profesional del Colegio de Abogados cuando escuche esta cinta después de leer la denuncia que voy a presentar en tu contra…
No podía creer lo que oía. El muy desgraciado me había hecho hablar y me había grabado. Me desesperé y comencé a caminar hacia él:
-¡Lorenzo! ¡No te vas a atrever! ¡Vos no me podés hacer eso! ¡Eso sería una canallada!... No, no te atreverás…
Me dijo algo de que con lo que le había sacado injustamente a su cliente, con mis honorarios y lo que le cobraría a mi cliente, me podría ir de vacaciones cuando me suspendieran la matrícula. Creí que me moría del disgusto y los nervios. Tuve que apoyarme en el escritorio, pero enseguida reaccioné:
-¡Hijo de puta!
Tenía ganas de pegarle, de insultarlo más, de herirlo con mis palabras pero… nada se me venía a la mente y tenía que calmarme. Me tenía a su merced…
Lorenzo se levantó y se dirigió a la puerta. No podía permitir que se fuera.
-¡Esperá, no te vayas por favor! Tenemos que llegar a un acuerdo, te lo ruego.
Sentía que la cabeza me estallaba. Tenía que pensar algo y rápido. Conocía a Lorenzo y tenía claro que si hacía eso era porque estaba seguro de ganar. Cuando sentí que cerraba la puerta con llave y la guardaba en su bolsillo… menos aún entendí. Hasta que vi su sonrisa de triunfo…
Lorenzo no necesita hablar. Con sus gesticulaciones dice todo. Tiene los labios finos, y cuando sonríe con la seguridad de haber ganado un caso pues… cierra sus ojos, parpadea suavemente y sus labios se convierten en una fina línea que termina en dos hoyuelos deliciosos. Y sé por experiencia que su contrincante está perdido, como lo estaba yo en aquél momento.
-Mirá muñeca, yo no quiero perjudicarte,  te voy a regalar el casete, pero recién después de hacer lo que tengo que hacer con vos…
Sin mediar palabra y sin que mi mente me permitiera moverme, tomó la silla en la que había estado sentado, la colocó en el medio del despacho, se quitó la chaqueta y la corbata, remangó su camisa y me agarró fuertemente del brazo.
-¿Qqqquuuéee vvvaaas aaa hhhaccceeer? ¡Soltame!
No le hizo falta mucho esfuerzo para que terminara yo sobre sus rodillas. Muchas veces me había prometido una azotaína pero jamás le había creído, y menos con aquel caso con el que me sentía totalmente ganadora. Comencé a gritar que me soltara, mientras él, con toda calma me decía que si gritaba se iba a enterar mi secretaria, clientes y toda la gente que estaba afuera. Lo peor era que tenía razón.

* * * * *

Ella se sentía triunfante, hasta que la suerte, -que también es mujer-, dejó de sonreírle.
Allí estaba atónita y muda mirándome mientras yo me deshacía del saco y la corbata. En ese momento no estaba seguro de poder cumplir con el objetivo que me había propuesto, podía ella recobrarse y pedir auxilio. Su secretaria, entonces con el pasante y las personas de la sala de espera acudir y encontrar la puerta cerrada con llave. ¡Menudo escándalo!
Si me acusaba de agresión sexual, con tantos testigos me las vería en figurillas para levantar los cargos, no obstante confiaba que ella temía más al escándalo que a mí, pues no ignoraba en absoluto los sentimientos y deseos que me inspiraba desde hacía mucho tiempo.
Apenas balbuceó una protesta ante mi indigno comportamiento, por haber abusado de su buena fe grabando la conversación… Pero tal como pensaba, no pidió ayuda y cuando la solevé para voltearla sobre mis rodillas, tan sorprendida estaba que no atinó a oponer resistencia.
Acusó las primeras palmadas con unos gemiditos muy parecidos a los de una gata en trance. Eso me animó, no sólo a seguir adelante sino a avanzar sobre las endebles defensas.
Sospecho que en ese momento maldijo haber elegido aquel vestido de leve gasa cuya falda remonté sin dificultad para regodearme con la vista de sus cremosas nalgas enfundadas en un satinado slip blanco.
Debo ser fiel a la verdad en ningún momento sentí enojo, pero tampoco arrepentimiento, lo que experimentaba en esos instantes era placer. Puro placer, un compuesto maravilloso de emoción estética, sensación de poder y mucho agradecimiento, por no decir amor por la persona que había urdido la trama de la cual en definitiva había resultado víctima.
Aguantaba con bastante resignación las sonoras palmadas que le dispensaba y eso me animó a derribar la última barrera. Me apoderé de la cintura elástica y con movimientos firmes y seguros anulé el último bastión del pudor. A pesar de sus ruegos y protestas logré descender la prenda hasta despejar por completo el glorioso campo carmesí de la que mi mano se enseñoreó.

* * * * *

Las primeras nalgadas las sentí a través del fino vestido. Me supieron deliciosas, como caricias, yo sabía que no me estaba dando muy fuerte, pero comenzaba a sentir un rico calorcito en mis nalgas. Cuando levantó la falda ¡creí morirme de vergüenza! Yo, una profesional reconocida, la doctora Álvarez, con mis nalgas al aire… ¡no! ¡no podía permitirlo! Traté de zafarme, de que me soltara: pataleos, golpes en sus piernas, movimientos bruscos y hasta súplicas…todo fue en vano. Su mano siguió cayendo sobre mis nalguitas, pero ya no me sabían a caricias porque ahora ardían y mucho.
Debía tener mi cola como una grana, pero la bestia peluda de Lorenzo continuó con los azotes, y hasta se atrevió a bajarme la bikini blanca. Nunca había sentido tanta vergüenza en mi vida. Sentía tanta vergüenza como… como… como… ¿excitación? Sí, aquella maravillosa sensación era una mezcla de dulce dolor y de excitación.  Las lágrimas comenzaron a rodar, pero en mi rostro se dibujó una sonrisa de picardía y placer. “Seguí Lorenzo, seguí… ¡Sí! ¡qué sensación más deliciosa!” pensaba para mí.
De todas formas, aunque vencida una vez más, el final de este episodio fue realmente “reconciliatorio”.

* * * *

Sí, más que la azotaína, la humilló la broma que le gasté, es que a cualquier dama las burlas le duelen más que esa clase de azotes.
Le caían lágrimas de indignación al enterarse que lo de la grabación era una mentira. Advertí que le costaría perdonarme y además deseaba hacerlo. Me acerqué a ella, la tomé por la barbilla para alzarle el rostro y la besé…
Ella, me jacto al decirlo, devolvió el beso transformando el episodio en una verdadera audiencia de conciliación.

                                                            FIN

Nancy, una mujer inalcanzable

Autor: Fer (*) 

Promediaba la mañana del viernes cuando Fernando Fústez, posiblemente el más eficiente, voluntarioso y lacónico de los empleados de Pompas Fúnebres El Ocaso Sociedad Anónima, traspuso la puerta de cristal y entró en la recepción del sector de los ejecutivos de la empresa, el coto de caza privado de Nancy, la secretaria.

Nancy...Si alguien le hubiera preguntado a Fernando Fústez cuál era su ideal de mujer, hubiera respondido sin vacilar: "Nancy".

Nancy, con el enigma de su edad -y ese aire a la vez juvenil y señorial-, con sus trajes de corte, sus blusas blancas, y su gesto ceñudo. Nancy, la eficiencia personificada, la otra cara de la seriedad, con un carácter poco propicio para las familiaridades y nada permisivo para las insinuaciones y las bromas de oficina. Nancy y su misteriosa vida privada. Nadie podía decir que conocía su estado civil, si tenía pareja o si le gustaban las mujeres. Pero todos coincidían en que si en esa oficina había una mujer a la que todos deseaban pero con quien no convenía tener un encontronazo, era con Nancy.

Nancy, la secretaria perfecta para una empresa de estas características, que en ese momento redactaba un correo electrónico, conseguía una comunicación ur-gen-te para uno de los mandamases, y contestaba una llamada por el teléfono móvil, todo al mismo tiempo.

-Me dijo que quería hablar conmigo -dijo, dando por sentado que ella sabía que hablaba de su jefe. Era sabido que en la empresa nadie podía traspasar el virtual muro del escritorio de Nancy quien, como un soldado en su puesto de guardia, decidía quién podía pasar y quién no, lo que la hacía acreedora a la antipatía de casi todos, menos la de Fernando. A él nada de eso le importaba.

El podía mirar un poco más allá y ver a la Nancy de las manos esbeltas, con sus largas piernas exquisitamente torneadas como columnas griegas, su cabello rubio recogido con estudiado descuido, los senos generosos que sólo se adivinaban debajo de la seda cuando se inclinaba sobre el teclado del ordenador, o la forma en que se tensaba la falda en las caderas perfectas, como si hubieran sido moldeadas por un artista del Renacimiento. Algunas veces la había mirado furtivamente por detrás para apreciar una espalda perfecta finalizada en unas nalgas más marcadas de lo que su tipo físico podía indicar, redondas, generosas y muy probablemente duras...Él veía a una Nancy de singular elegancia, de una belleza casi mítica, dueña de una sensualidad felina delatada en el grosor apenas más pronunciado del labio inferior. Una Nancy que disimulaba hábilmente esas pecas que le salpicaban el escote y que olía a perfume francés.

Nancy...¿Cuántas noches se había dormido pensando en Nancy, fantaseando con esa deliciosa mujer totalmente inaccesible para él? Pensaba en tenerla sobre sus rodillas y hacerle entender quién estaba al mando... pero...estaba seguro que ella ni siquiera recordaba su nombre.

Pero esa soleada mañana de viernes, y para su sorpresa, Nancy dejó de aporrear el teclado, lo miró y le sonrió como nunca antes le había sonreído a nadie que él conociera.

-Adelante, Fernando -le contestó, mientras vaciaba el contenido de un sobrecito de edulcorante en la taza de café que tenía sobre su escritorio.
Lo había llamado por su nombre.

Cuando salió del despacho, tras media hora de reunión, ya sabía que ese fin de semana, tenía que llevarse trabajo extra a su casa. Un trabajo sobre la rentabilidad de los ataúdes de cartón prensado para incineraciones"que tiene que estar el lu-nes-sin-fal-ta, Fernando, sé que tú puedes hacerlo", había dicho el mandamás. Cerró tras de sí la puerta del despacho y no pudo evitar mirar a Nancy que en ese momento estaba terminando de tomarse el café. Ella volvió a sonreírle.

¡Dos sonrisas en un mismo día!
 

Las mejillas le ardían, como si alguien se las hubiera encendido con un lanzallamas.
-Gracias... hasta luego... -dijo, mirándola de soslayo y enfilando hacia la salida.
Fernando no era precisamente el Rodolfo Valentino de la empresa, aunque tampoco era un timorato con las mujeres. De hecho, había salido con algunas compañeras -ese juego que se conoce como aventuras de oficina-, aunque no se había comprometido en ninguna relación, tal vez por tratarse de una empresa que trabajaba con la muerte, todo se compensaba con un Eros potente que circulaba por sus pasillos, salas de reunión y despacho. Fernando era un asiduo navegador de Internet en busca de mujeres aficionadas a recibir azotes eróticos... si bien, era muy difícil obtener citas por ese medio, debía conformarse con el sexo vainilla. Por lo general, y aunque no se consideraba un galán ni un seductor profesional, no tenía problemas en el trato con las chicas, pero con Nancy...

Con Nancy era distinto.

Cuando se la cruzaba en el ascensor, a la entrada o a la hora de salir, no podía evitar comportarse como un adolescente vergonzoso, que se ruboriza cuando se encuentra frente a frente con la chica de sus sueños. En todo el tiempo que trabajaba en la oficina, y desde la primera vez que la viera, no habían cruzado más que un par de palabras y algún que otro gesto a manera de saludo.

Casi llegaba a la doble puerta de cristal cuando escuchó la voz a sus espaldas:
-Fernando -otra vez su nombre en boca de ella.
-¿Eh? -se detuvo a mitad de camino y cuando se dio vuelta, allí estaba la sonrisa otra vez, envolviéndolo. ¿Lo estaba seduciendo?
-Me dijeron que te las apañas con los ordenadores -dijo ella.
-Emm... sí, algo... -contestó Fernando, con modestia y aturdido por las sensaciones.
-Yo... quería pedirte un favor -aventuró ella-. Bueno, en realidad quiero pedirte un favor.
-¿Un favor? -preguntó Fernando-. ¿A mí?
-Sí. Precisamente a ti -contestó ella con la sonrisa que se empecinaba en su boca, dejando al descubierto sus dientes parejos, con los dos centrales apenas separados, que le regalaba un aire juvenil y los ojos verdes rebosantes de chispitas doradas,
-Bueno, yo... e-este... -vaciló Fernando. Sentía que en el pecho, en vez de corazón, parecía tener un martillo neumático-. ¿Qué favor?
-Podría decirse que es un intercambio -dijo ella.
-¿Intercambio?
-Yo te invito a cenar y tu me revisas el ordenador, que no sé qué problema tiene -le contestó como si hubiera conocido de antemano que él no se iba a negar bajo ninguna circunstancia.

Eran apenas pasadas las ocho de la noche de ese día, cuando Fernando presionó el timbre del portero eléctrico del edificio. Las piernas se le habían hecho de goma. Una brisa fresca hacía ondular la copa de los árboles de la calle donde ella vivía. Le había dado la dirección de su casa esa misma mañana, en la oficina, explicándole que no podía usar ni el correo electrónico ni el buscador y él le prometió llevar los CD para reinstalar los programas, porque debía tratarse de eso, sin duda. En ese momento, cuando ella le entregó una tarjeta en la que garabateó su dirección, el corazón de Fernando empezó a latir demasiado rápido, ahora sentía que en cualquier momento se le iba a escapar del pecho.
Por supuesto, se había olvidado por completo del trabajo sobre las malditas cajas de cartón que tenía que estar el lu-nes-sin-fal-ta
-¿Fernando? -la voz de ella en el intercomunicador, anticipándose a su respuesta.
 -Sí, soy yo... Fernando -contestó él.
-Adelante, entra -dijo la voz de ella y un segundo después, el zumbido de la puerta que se abría.

Cuando Nancy abrió la puerta y le franqueó la entrada, se puso en puntas de pie para saludarlo con un beso en la mejilla. Fernando sintió ganas de pellizcarse para comprobar que no estaba soñando, que era la realidad.
Ella estaba envuelta en una bata blanca de toalla, con el cabello todavía mojado y descalza. Como no podía ser de otra manera, tenía unos pies deliciosos. Llevaba las uñas pintadas de rojo y en el tobillo izquierdo una fina pulsera de oro.

Entró al ambiente sosegado, apenas iluminado por la luz difusa de una lámpara de mesa y de otras, estratégicamente ubicadas en el cielorraso. De algún lugar del interior le llegaban los acordes del Adaggio, de Albinoni.
-Discúlpame por el atuendo... pero llegué molida y necesitaba una ducha antes de preparar la cena.
"¿Discúlpame el atuendo? ¿Qué tiene de malo el atuendo?", pensó Fernando, "¡Está fantástica!"
-No tendrías que haberte molestado -dijo, en cambio, sin moverse del lugar donde se había quedado como petrificado, junto a la puerta.
Nancy estiró las manos.
-¿Te vas a quedar ahí parado con la chaqueta puesta? -había algo de picardía en la pregunta-. Ven, hombre, ponte cómodo.
Lo ayudó a quitarse la americana y con total naturalidad y torpe femineidad le aflojó el nudo de la corbata.
-¿Vemos la máquina ahora? -ofreció Fernando, dejándose hacer.
-Después -contestó Nancy y, con aire divertido agregó-: Ahora, señor Fústez, si quiere acompañarme vamos a terminar de preparar una rica comida y a tomarnos una copa de buen vino. Dime que te gusta el vino, por favor.
-Sí... me gusta el tinto -Fernando, de pronto, se sintió excepcionalmente cómodo.
-Anda, ven y descorcha la botella -lo alentó ella, y en ese momento de alguna manera él supo con toda certeza que esa noche iba a terminar como no había imaginado ni en sus más alocadas fantasías.

Cuando advirtieron que ya era casi medianoche. Habían hablado de todo, menos de la oficina. De ellos, de sus vidas, de algunos fragmentos de sus historias personales. Para entonces, se conocían bastante más y la botella de vino estaba vacía.
-Ay, mira que hora es -exclamó ella-. El tiempo se nos ha pasado tan rápido...
-La computadora -dijo él.
-¿No es muy tarde para que te pongas a trabajar? -preguntó ella, dejando los platos en la pica de la cocina.
-Es un minuto -No pensaba irse de allí, y menos en ese momento-. ¿Adonde tienes el equipo?
En ese instante Nancy se volteó y quedó enfrentada a Fernando a menos de medio palmo. El escote de la bata blanca que olía a acondicionador de ropa, a sol y a mujer, se había abierto y él pudo ver el canalillo de los senos, salpicado de pecas.
-En el dormitorio -dijo Nancy, mirándolo a los ojos. Le tomó la mano. -Vamos -resolvió. La última imagen que recordaba Fernando es que el dormitorio estaba en un entresuelo, una suerte de planta superior, y era un reflejo de la personalidad de Nancy. Cuando subieron por la escalera caracol, ella lo precedió y él no pudo dejar de admirar sus pantorrillas, que remataban en la fina curva de los tobillos, la fina cadenita de oro en el izquierdo. Los rosados talones perfectos, que levantaba ligeramente cuando subía los escalones de madera en puntas de pie. Apreció – valorando – sus bien formado culo que se marcaba deliciosamente. También vio que la computadora estaba en un mueble empotrado en una biblioteca bien provista de libros que cubría toda una pared, junto a la ventana.
-Ahí está -señaló Nancy con un gesto, invitándolo a sentarse en el cómodo sillón de trabajo.
-Es un minuto -dijo Fernando, por decir algo, porque en realidad quería que el tiempo no pasara.
-¿Un poco más de vino? -ofreció ella.
-Sólo si tú me acompañas -aceptó él.

Entonces se puso al trabajo con el ordenador, cargó nuevamente los programas y, contra todo pronóstico, todo funcionó a la perfección.

Le comentó:

- Tienes un poco desordenadas las carpetas de Mis Documentos ¿te ayudo a organizarlas?

Ella contestó afirmativamente, mientras no dejaba de mirarlo algo inquieta.

Al llegar a una carpeta cuyo título era “A. SPK” a Fernando el corazón le dio un vuelco... le preguntó:

-¿Puedo entrar a esta carpeta?

Ella le contestó con un gesto pícaro:

-Mejor que no porque sabrías casi todos mis secretos

Él le dio al doble clic y la sorpresa fue mayúscula al encontrarse con un archivo con cientos de fotos y de clips de spanking...

Ella había bajado la mirada

Y, él con una rapidez de reflejos extraordinaria, le dijo:

- No te preocupes yo también soy aficionado a este tipo de fantasías de azotes

-¿Qué prefieres ser spankee o ser spanker? Porque yo soy spanker...

Ella contestó con gran alivio y naturalidad:

- He jugado en los dos papeles, tengo fantasías de los dos tipos y se puede decir que soy switch

Después, la magia convirtió la fantasía en realidad.

Fernando le dijo:

- ¡Me has provocado mucho y toda tu altanería merece un estricto castigo!

Nancy con una vocecilla apenas audible le susurró:

- No he hecho nada malo, no merezco que me trates así, ¡soy una dama!

Él la tomó fuertemente por la muñeca, la tumbó en un segundo sobre sus piernas y le dijo

- Ahora vas a pagar todo lo que me has hecho sufrir con tu chulería de mujer inalcanzable

Le levantó el albornoz, para su sorpresa llevaba unas bonitas braguitas de encaje estilo culotte, y comenzó a azotarla por encima de su ropa interior. Ella comenzó a protestar, ya con una voz que indicaba que se estaba recuperado y volvía a ser un reflejo de la mujer-diosa que Fernando conocía tan bien. Esto enardeció a Fernando que redobló la fuerza de sus azotes y le bajó las braguitas hasta la mitad de sus muslos.

Ahora ella protestó más enérgicamente diciendo:

-No me hagas eso que es muy humillante, por favor, Fernando...

Él estuvo a punto de caer en la trampa, pero sus reflejos de viejo spanker le hicieron aumentar la intensidad y la cadencia de sus azotes que caían en una y otra nalga y ya comenzaban a enrojecer ese trasero de ensueño.

Durante un largo rato, pese a las protestas de Nancy, la azotaina sobre las rodillas de Fernando siguió su curso, incluso con monotonía, cuanto más excitado estaba Fernando, más sistemáticamente procedía con el castigo.

Finalmente decidió darle una tregua a Nancy, le acarició las nalgas y poco rato después ella ya se estaba riendo. Fernando pensó que ahora vendría la segunda parte.

Entonces la hizo poner de pie, le quitó el albornoz y las braguitas y la tumbó boca abajo sobre la cama, apoyando sus caderas encima de un gran cojín. Rápidamente se sacó la camisa, ya que estaba acalorado y gran parte de su ropa y, aprovechó, para deslizar su cinturón fuera de las presillas.

Sin solución de continuidad, comenzó con el cinturón, con el cual no era tan diestro como con la fusta, pero, lamentablemente no iba preparado, por lo cual se tuvo que conformar con el cinturón.

Iba castigando con energía las nalgas expuestas de Nancy, alternativamente, pese a que algún cinturonzazo caía sobre el último tramo de los muslos de la mujer.

Ahora Nancy se quejaba, pero también jadeaba de forma entrecortada, y se movía inquieta. De cuando en cuando intentaba protegerse con sus manos, pero Fernando se las retiraba inmediatamente y sus trallazos se tornaban más estrictos.

Mientras seguía la “cueriza”, como le llamaban a este tipo de castigo sus amigas de Internet mexicanas, Fernando atisbó con el rabillo del ojo sobre el tocador de Nancy un gigantesco y tradicional cepillo de pelo. Le dijo:

-Esto no se ha acabado, tengo que tener la certeza que te llega el mensaje que te estoy enviando... solo te dejo un minuto de descanso...

Tomó el cepillo, cambiándolo por el cinturón y recordó el manejo de este instrumento casero pero agradecido.

Ella no se había percatado del cambio y fue sorprendida por el primer golpe de cepillo al cual siguieron al menos un ciento... fue una larga sesión de azotes...

Fernando percibió como su sexo, rasurado sobre los labios, .estaba húmedo desde el inicio del correctivo con el cinturón, pero al llegar al cepillo ya desbordaba y la humedad, ya no era un simple rocío sino un minúsculo manantial de carne rosada y palpitante. También Fernando tenía una erección pétrea...

Fernando decidió entrar en la fase de consuelo y mimos, muy bien aceptados por Nancy que cambió su actitud inicial de spankee rebelde por un comportamiento, primero de mayor sumisión y luego muy mimosa. Finalmente se mostró como toda una mujer anhelante de locuras sexuales.

La hizo ponerse en pie y observó el cuerpo rotundo de una bella mujer madura. Los senos más que generosos, con los pezones erectos y las areolas pequeñas y rosadas, y la forma en que se le erizó la piel cuando la rozó con los dedos.

Las manos de Fernando no podían dejar de tocar esa piel que se le antojó de seda; de sopesar los senos, acunándolos para rozar con sus labios los pezones. En algún lugar de su memoria recordaba que mientras la besaba -la adoraba, para ser justos-, le decía cosas y que Nancy le sonreía y entrelazaba sus dedos en el pelo y también le decía algo que lo excitaba.

Hasta que fue el turno de ella, que también le susurraba al oído que lo había deseado tanto, aunque ahora le doliera un poco, mientras le bajaba el cierre del pantalón, dejando que él la explorara y la reconociera.

Y en el momento siguiente ambos estaban en la cama, los cuerpos entremezclados, besándose en la boca, jugando con sus lenguas, mirándose a los ojos, disfrutando el haber llegado a lo que ambos buscaban: el final del camino.

Fernando se excitaba acariciando su culo, aún muy caliente por los azotes recibidos.

Fernando gozaba por sí mismo y por tener a Nancy así de excitada, retorciéndose de gusto, pidiéndole que no dejara de acariciarla y que no dejara de tocarla, que siguiera acariciando y besándole los senos, que la reconociera.

Nancy...Tal como se la había imaginado, como la había vislumbrado bajo la apariencia de seria eficiencia. Una mujer entregada y demandante al mismo tiempo, que en cierto momento le prohibió moverse y fue deslizando su lengua por el torso y el vientre, hasta llegar a su sexo, donde se dedicó de pleno a darle placer. Activa, vehemente, posesiva y experta, lo llevó hasta la explosión final y bebió de ése manantial el néctar ligeramente dulzón que brotaba del cuerpo de Fernando.

Después se abrió a él, y pidió reciprocidad, ofreció su propio pozo de delicias para que él saciara la misma sed que la había cautivado. Y cuando él se hubo y la hubo saciado, lo apremió para que se deslizara adentro y lo aceptó, lo capturó y ambos se permitieron llegar a las más altas cumbres del placer, y se entregaron al vértigo del orgasmo y después, sudorosos y agitados, se abrazaron pero por un breve instante, porque sin darse cuenta casi, habían comenzado de nuevo. Y otra vez. Y otra... El domingo, cuando el sol como un disco de fuego se escondía entre los edificios de la gran ciudad, ya habían pasado dos días con sus noches encerrados, dedicados por completo y exclusivamente al amor.

Habían cocinado juntos. Se habían sumergido juntos en la gran bañera para tomar dejarse relajar entre aceites y sales, para volver una y otra vez a explorar nuevas formas de placer, el regocijante ejercicio del amor. En ningún momento se vistieron. Disfrutaron del andar desnudos por el piso, con esa naturalidad que da la intimidad conseguida a pura pasión descubierta y desatada.

Hubo otra deliciosa sesión de azotes y sexo, más sexo, sexo del bueno... Para ambos todo esto era como un sueño lejano hecho realidad. Hablaron entre azotes y sexo, entre sexo y azotes, hablaron y hablaron. Cómo había surgido en ellos el gusto por los azotes, los compañeros de juego que habían tenido. Nancy le confesó que durante muchos años había azotado a una sobrina segunda que estuvo viviendo en su casa mientras estudió la carrera de Derecho. Y por supuesto hablaron de la gran dificultad que representa conseguir compañeros para estos juegos. Ambos se confesaron mutuamente que solo esperaban buen sexo vainilla, pero que la suerte les había permitido a ambos mostrarse tal cual eran.

Jugaron a muchos juegos prohibidos, especialmente cuando ella abrió su armario y de un neceser tipo Samsonite con combinación extrajo todo tipo de juguetes sexuales. Nancy le confesó a Fernando que los plugs eran sus predilectos, en posición OTK,  Fernando no tardó en irle insertando de forma gradual los tres plugs que componían el juego, cuando el de más grueso calibre estuvo insertado, la azotó con una zapatilla y cuando su culo volvió a estar rojo como un tomate, la colocó a cuatro patas y extrajo el plug y gracias a la dilatación lograda la sodomizó de un solo golpe, ella no tardó ni un minuto y medio de movimiento sincronizado, en tener un orgasmo explosivo y profundo. Unos minutos después, Fernando también llegó a un orgasmo termonuclear dentro del canal más estrecho de Nancy. Verdaderamente ella rindió honor a su confesión de ser una mujer “muy anal”.

Sólo una inquietud vino a perturbar ese fin de semana idílico.
 

Fue cuando tomaban un último bocado en la cama -casi no se habían podido despegar de ese terreno sagrado del amor que era el somier-, mientras miraban una película de spanking bajada de la red.

-¡Uh! -exclamó de pronto Fernando, chasqueándose la frente.
-¿Qué? ¿Qué ocurre, querido? -preguntó Nancy, tomada por sorpresa.
-El trabajo... el maldito trabajo sobre la rentabilidad del nuevo producto.
-¿De qué trabajo me estás hablando?
-El que me encargó tu jefe, el de los ataúdes de cartón,cuando tuve la reunión con él... el viernes.
-¿Qué pasa con el trabajo? -se interesó ella, dejando la copa de vino en la mesa de luz.
-Que no lo hice -dijo él.
Nancy retiró la bandeja que estaba entre ellos.
-¿Qué? ¿No te das cuenta que mañana no sé qué voy a decirle? -insistió él.
Pero la mano de Nancy se había apoderado de su hombría, que rápidamente volvió a despertar.

Nancy no le contestó. En sus ojos brillaban esas chispitas doradas de picardía que él había descubierto en sus ojos, se mordió ligeramente el labio inferior y asomó su hermosa lengua entre los dientes.

Un instante después de montarse a horcajadas y hacer que él se deslizara en su carne, con sus generosos senos salpicados de pecas rozándole las mejillas, y cuando ya volvía a entregarse a la mujer, escuchó que ella decía:
-Déjalo por mi cuenta, yo lo soluciono. Olvídate de ese trabajo y dedícate a éste...

Cuando, exhaustos, por fin se durmieron el uno en los brazos del otro, empezaba a clarear un nuevo día.

___________________________________________________________________________________

(*) Este relato fue escrito de forma muy divertdia, con inestimable ayuda de un “generador de relatos” que funciona en el blog Voyeur http://voyeur.laeditorial.com/blog/ al cual recomiendo visita.

Este es el enlace de la página para escribir relatos eróticos. ¿Por qué no pruebas suerte?

http://voyeur.laeditorial.com/default.cfm?seccion=relatos&afil=5673023

Nalgadas de personas más jóvenes a personas mayores

Autor: thebestspanker@yahoo.com

Nota del Editor: este relato está basado en hechos verídicos que le ocurrieron al narrador.

Sobre el tema en cuestión, habré de decirles que, desde bastante joven tuve algunas ocasiones de sobar y dar unas cuantas nalgadas a los traseros de respetables damas que me llevaban añitos, algunas varios más, algunas unos cuantos.
   
Recuerdo un incidente en particular, cuando me tocó hacer de enfermero de una muy interesante dama –semi pariente-. Ella era paraguaya y para entonces estaría bordeando los 40, mientras quien esto escribe andaría por los 22 o 23 añares.
  
Resulta que esta casi tía mía, quien estaba pasando una temporada al cuidado de una anciana que vivía muy cerca de la vivienda que entonces moraba con mis padres, andaba bastante resfriada y la cosa se había complicado con una bronquitis que casi no le dejaba respirar.
  
Por conveniencia y también por afinidad, una vez que había atendido a la anciana, ella se venía a compartir las comidas del medio día y de la noche a la casa.
  
Fue en una de esas visitas que salió el comentario de que se sentía verdaderamente mal, pero que tenía que pasar la noche cuidando de la anciana y que, lo peor de todo era que la enfermera que le había colocado la primera inyección -de 3 dosis recetadas-no podría ir ese día.
  
Ni corto ni perezoso, me brindé a colaborarla, puesto que era el flamante poseedor de un certificado que garantizaba mi habilidad de brindar primeros auxilios, que había recientemente logrado mediante un curso que se dictaba en la Cruz Roja.

Viendo a aquella mujer aún joven y bien proporcionada, de cuerpo delgado y caderas gratas a la vista que cruzaba conmigo su mirada sorprendida, pude observar cómo invadía su rostro rápidamente el rubor, propiciado, supongo, por lo extraño de la situación. Es quizás necesario aclarar que estábamos los dos solos, en el comedor de diario, ya que el resto de la familia se encontraba disfrutando de la televisión en la planta alta.

Me preguntó si tenía experiencia colocando inyecciones y le respondí que sí, que había resultado el mejor del curso en aplicarlas vía intramuscular y que, en definitiva, las endovenosas me daban un poco más de trabajo, por lo que tenía cierto temor de aplicarlas.

Me respondió que, por ese lado no habría problema, porque las inyecciones que necesitaba eran intramusculares. Pero, precisamente por eso –me confesó- le daba mucha vergüenza pensar en que yo se las aplicara y concluyó con que era mejor que buscara una farmacia donde pudieran inyectarla. Me pidió pues que más bien la acompañara a buscar una.

Sin embargo, no pudimos encontrar ninguna cerca y ella se sentía muy mal, por lo que me pidió que la acompañara a la casa de la anciana, donde ella vivía temporalmente.

Llegados allá, me invitó a pasar un momento, para invitarme un café y me pidió que la esperara en una amplia sala que poseía la casa de la anciana.

Cuando regresó con el café, me sorprendió al decirme que lo había pensado mejor y de que, dadas las circunstancias aceptaba mi ofrecimiento. Me dijo que ella tenía las ampollas de penicilina y las botellitas de agua mezclada con silocaina. Le repliqué, algo turbado, que requeriría también algodón y alcohol medicinal y me dijo que no habría mayor problema.

Mientras aún saboreaba el café y conversaba, con ella recostada en un extremo del amplio sillón, le pregunté si no sentía que tenía temperatura. Como respuesta, me pidió que fuera a su habitación y que buscara el termómetro que había dejado sobre la mesa de noche, mismo que encontré en aquella ubicación, junto a 4 ampollas y dos jeringas descartables.

Sin pensarlo mucho, cogí una de las botellitas de agua, la partí por el cuello como me habían enseñado en el curso y procedí a llenar una de las jeringas con su contenido, para posteriormente romper el sello de la ampolla que contenía la penicilina benzatínica de 1.200 unidades que le habían recetado y proceder a mezclar el agua con el polvo blanco hasta formar una sustancia viscosa que agité con firmeza hasta verificar que no quedaran grumos. Acto seguido, volví a cargar el contenido en la jeringa, puse el protector en la aguja y fui a buscarla.

De retorno en su habitación, bastante excitado por cierto, y con una erección de los mil demonios que intentaba disimular bajo mi jean, sin poder conseguir ocultar la protuberancia que se había formado como frondosa vena en mi bolsillo frontal derecho y que bajaba por parte de mi pierna, me atreví a decirle que, primero le tomaría la temperatura y que después le aplicaría la inyección, por lo que la invité a recostarse de bruces y soltarse el pantalón. Me preguntó algo extrañada si no le iba a tomar la temperatura primero y le respondí que sí, pero que sería rectal, que era la más precisa. Confundida, me preguntó como se tomaba esa temperatura y le expliqué que debería introducir el termómetro en su ano. Uffffffffffffff!!!!!!! Casi me muero y cómo temblaba mi voz al hacerlo!!!!! Rápidamente, me respondió que no, que era suficiente y que quizás sería mejor que volviera a casa. Le repliqué que ya había preparado la inyección y que si no deseaba que le tomara la temperatura estaba bien. Quizás, ella misma podría hacerlo luego, pero insistí, quizás con un poco de morbo y porque realmente sigo pensando que es la mejor manera de tomarla, que cuando lo hiciera, introdujera el termómetro en su ano.

Con bastante recelo, terminó por aceptar finalmente que la inyectara, no sin repetir su negación varias veces, pero, dado su frágil estado, terminó por ceder finalmente y, mientras soltaba el broche del pantalón se recostó de bruces en su cama.

Me acerqué por detrás y le bajé de un tirón el pantalón hasta media pierna, ocasionando que ella tratara de levantárselo nuevamente. Instintivamente, sin meditarlo, le apliqué un par de nalgadas por hacerlo y le dije que se quedara quieta. Casi de inmediato me disculpé, pero no recibí respuesta alguna y solo vi como fruncía las nalgas y ocultaba la cabeza apretándola contra la cama. Observando esto y más envalentonado, cogí con mis dos manos su calzón (negro de poliéster) por la banda superior, a la altura de las caderas y de un golpe se lo bajé hasta la base de las nalgas, descubriendo a mi vista un par de blanquísimas carnes con una ligera coloración rosada en una de ellas (la izquierda). En ese momento, vi como tensionaba aún más las nalgas y le indiqué que debería relajarse para recibir la inyección, pero sólo recibí su silencio. Paso seguido, busqué la jeringa y recién me percaté que no tenía el algodón y el alcohol, por lo que le pregunté donde los tenía. Sin moverse y con la boca apretada contra la cama, me dijo que buscara en su ropero, mientras permanecía así, expuestas sus nalgas a mi ansiosa vista.

Una vez obtenidos ambos elementos, volví donde ella y procedí a limpiar la superficie donde aplicaría la inyección (escogí la nalga izquierda). Le pedí que pusiera sueltas las nalgas pero como no lo hacía, apliqué la técnica aprendida de dar unas palmaditas hasta lograr que finalmente estuvieran más sueltas (debo decir que fue un gran deleite para mí, puesto que las palmadas consistían en rítmicos y suaves golpes de mis dedos contra esas suaves carnes contenidas por una piel firme, como pude comprobar). Cuando vi conveniente, pellizqué una extensión apropiada de su nalga e introduje la aguja con un suave golpe que al parecer apenas percibió, para luego proceder, previa comprobación de que no había perforado ningún vaso, a introducir suavemente el viscoso líquido. Ella empezó a quejarse por la sensación de dolor (la penicilina benzatínica es una inyección bastante dolorosa), por lo que disminuí la presión en la base superior de la jeringa y me di todo el tiempo del mundo para aplicársela. Cuando terminé, jalé la jeringa y vi como salía un poquito de líquido blanquecino del pequeño hueco que dejó, por lo que presto acudí con el algodón empapado en alcohol para proceder a friccionar ese espacio. Instintivamente, coloqué con descuido mi mano libre sobre la otra nalga y, cayendo en cuenta, también se la acaricié. ¡Vaya que me puse cachondo con ello! Más grato, sin embargo, fue ver que ella me dejaba hacerlo. Cuando concluí este impensado sobeo que se prolongó por unos deliciosos e interminables instantes, casi de manera natural, le aplique unas cuantas nalgadas más y le subí los calzones, indicándole que podía vestirse.

Lentamente, mientras se incorporaba de la cama, giró su rostro hacia mí, aún dándome la espalda y pude observar, además del marcado rubor que inundaba sus mejillas, una amplia sonrisa que contagiaba hasta a su mirada, mientras me agradecía y me pedía que volviera al día siguiente para colocarle la otra inyección y ponderaba mis dotes de enfermero.

Ah! Me olvidaba, sí terminé, aunque no ese día, tomándole la temperatura rectal y puedo confesarles que le coloque muchas inyecciones más, que le di muchas nalgadas (aunque nunca disciplinarias como siempre deseé hacerlo) y que acaricié aquellas carnes a lo largo de todo ese año que permaneció cerca de nosotros.

El resto, me lo guardo en un rinconcito especial de mi memoria.

En La Paz, a 22 días de marzo de 2006

 

Betanía

Autor: Jano

Betanía se alejó del sillón en el cual estuvo de rodillas durante veinte minutos frotando sus nalgas a dos manos, con el inútil afán de mitigar el escozor  producido por el incontable número de azotes que había recibido durante ese tiempo. Se condujo con diligencia al dormitorio para tumbarse en la cama como le había sido ordenado.

Quizás sea mejor empezar por el principio y retratar a Betanía y sus circunstancias.

Ella es una mujer joven, venezolana, de negra y larga cabellera, con grandes ojos negros, duros y enhiestos pechos, cintura estrecha y bonitas caderas que  acompañan unas apetecibles y prominentes nalgas: de regular  estatura, su figura, por decirlo de una vez, atrae las miradas de cualquiera con el que se cruce y tenga ojos para disfrutar de su espléndida figura y atractivo rostro. Siempre con una sonrisa en los labios, no pasa desapercibida para nadie.

En el año…… cuando contaba diecisiete, entró a trabajar para J. como doncella, cocinera y todo lo relacionado con el cuidado de la casa y su persona. Desde aquella ocasión, habían transcurrido cinco años.

Durante un tiempo, su comportamiento fue irreprochable. La eficiencia de que hacía gala llenaba de satisfacción a J. quien no era ajeno a sus encantos además de estar encantado de haberla contratado.

A los pocos meses, Betanía, consciente de la admiración que por ella sentía J., comenzó a descuidar sus obligaciones, a prestar una menor atención al buen estado de la casa y de su señor, convencida como estaba de lo que él sentía por ella y, por ello, incapaz de reprenderla. Se dio en pasar más tiempo tumbada en la cama o viendo la TV que ocupada de sus tareas.

Pese a que J. se sentía atraido por ella y deseaba con todas sus fuerzas poseerla, la situación se estaba volviendo insostenible: encontraba polvo en casi cualquier sitio, los buenos alimentos que le preparaba antes se habían convertido en algo incomestible. Su cama hecha de cualquier manera, con arrugas y falta de cuidado. Su calzado y ropa antes tan mimada y colocada en su sitio, ahora se volvía loco tratando de encontrar cualquier prenda.

Habló con ella haciéndole ver lo irregular de su comportamiento sin obtener resultado alguno. Ella seguía comportándose de la misma forma descuidada.

En contra de su natural bondadoso y paciente, J. decidió tomar cartas en el asunto para intentar cambiar aquellos malos hábitos de Betanía a la que, en efecto, había tomado algo más que afecto y a quien no quería perder por nada del mundo: lo más adecuado hubiera sido despedirla, pero…… y ese pero era lo que por ella sentía y le impedía hacerlo.

Dos veces más intentó que ella cambiara sus malos hábitos de los últimos tiempos sin que consiguiera lo más mínimo. Betanía, en su fuero interno, creía que nada de lo que ella hiciera mal, sería motivo de que la despidiera por el amor que bien sabía J. sentía por su persona. No andaba muy descaminada.

Sin embargo, tras un largo tiempo en que J., armado de paciencia y de amor mezclado con deseo, harto, desesperado por no obtener resultados por las buenas y llegado a un punto de no retorno, después de un nuevo intento y comprobar que sólo las palabras no hacían mella en la actitud de la joven, enfadado en grado sumo, casi sin saber lo que hacía y en contra de todos sus planteamientos vitales sobre la no violencia, descargó su mano sobre la cara de ella, lo que la obligó a tambalearse. Con los ojos desmesuradamente abiertos por la sorpresa, Betanía se llevó la mano al lugar donde había sido golpeada.

Contra toda previsión, de su boca no salió una sóla palabra de protesta: se quedó inmóvil, expectante, balanceándose sobre uno y otro pie. En su rostro se pintaba un no se sabía qué. Enardecido por la respuesta de ella, J. la arrastró sin miramientos hasta un sillón cercano y, haciendo que se inclinara sobre él, comenzó a lanzar una serie interminable de azotes a aquellas nalgas que tanto deseaba acariciar sólo protegidas por el ajustado vestido negro de uniforme.

Una insana satisfacción se apoderó de J. mientras la castigaba de aquella forma. Quizás de aquel modo consiguiera lo que no había obtenido de buenas maneras. De cualquier forma, poco importaba el resultado de aquella acción: era tal su grado de excitación y el placer que le producían el castigo que estaba inflingiendo a la joven, que nada que ocurriera después le preocupaba.

En tanto, Betanía, inexplicablemente, sólo profería gemidos sin que se notara en ella la intención de escapar al castigo. Estóicamente, permanecía en la posición en que J. le había colocado. Éste, cada vez más excitado, alentado por la pasividad de Betanía y lo que parecía una aceptación de semejante castigo como expiación por tanto tiempo de incumplir su cometido, sin la menor consideración, levantó el vestido de la muchacha hasta la cintura y bajó sus bragas hasta los tobillos. Fue entonces cuando por primera vez pudo apreciar la magnificencia de aquellas gloriosas nalgas, las cuales, aun cubiertas por la ropa, tantas noches de insomnio y estados febriles le habían costado. Durante unos segundos, presa de la admiración y los deseos que aquella visión le producían, no sabía si azotar o acariciar, sumergirse en el placer de tocar y aspirar su aroma o proseguir con el castigo. Optó por lo último y recomenzó a estrellar sus manos de forma inmisericorde sobre aquella palpitante y ya roja piel. Los gemidos de Betanía que acompañaban como la respuesta en un canon cada azote que recibía,  excitaban más y más a J. hasta el punto de que una a modo de espesa niebla se cernía sobre él.

Inopinadamente, J. se inclinó sobre aquellas adorables nalgas y las acarició con delectación mientras inspiraba el aroma que de ellas se desprendía. Con un esfuerzo de voluntad, pese a que lo que deseaba sobre todas las cosas era penetrar entre aquellos turgentes y deseados globos, con un gesto decidido, extrajo su cinturón y, con el doblado en dos, reinició el castigo azotando a Betanía sin descanso durante diez minutos o más. En tanto, ella seguía sin abandonar el ara donde sus nalgas estaban siendo sacrificadas.

Como todo tiene un final, el castigo llegó a su término. J. hizo que Betanía se alzara de su posición y, sin poder ni querer remediarlo, la abrazó y besó con ardientes besos a los que ella correspondió de la misma forma. Dejando de sujetarle con ambos brazos,  una de sus manos acarició las tan azotadas nalgas para luego llevarlas al pubis donde se encontró con una verdadera fuente. Sin más preámbulos, allí mismo, sobre la alfombra, ambos se poseyeron frenéticamente durante un espacio de tiempo inverosímil y eterno.
Pasados los arrebatos de la pasión, decidieron dar y pedir explicaciones. J. le confesó a Betanía el amor que había ido creciendo hacia ella casi desde el instante de conocerla. Ella le confesó que lo mismo le había ocurrido y que todas las cosas que había hecho mal eran para llamar su atención; que le veía tan distante y caballero que no se le ocurrió otra forma de hacerlo. Estaba contenta porque había conseguido su propósito y con la paliza había pagado todo lo que había hecho mal.

Durante un tiempo, Betanía volvió a ser la que era y la relación entre ella y su señor, se convirtió en algo más que de trabajo.
Sin embargo, extrañamente, pasado un tiempo en que todo funcionaba a la perfección, en que se amaban a todas horas y la casa relucía limpia y ordenada, algunas cosas empezaron a fallar. J. se dio cuenta casi al momento pero no quiso tomar medidas drásticas con la que ahora, además de la casa, se ocupaba de llenarle de satisfacciones habiéndose convertido en su amante a la que correspondía con entusiasmo y amor.

Pasaban los días y la cosa iba cada vez peor. El desinterés de aquel tiempo pasado, parecía haberse instalado en Betanía. Viendo que las advertencias no servían para nada y que la casa iba cada vez a peor, J. decidió retomar lo que, salvo aquella primera vez, había dejado en suspenso: nunca más había castigado a su amor.

Una noche en que después de disfrutar de sus cuerpos y su amor el la recriminó por su dejadez, ella le contestó que no era su esclava. Asombrado por aquellas palabras, irritado, le dio la vuelta desnuda como estaba y comenzó a azotarla sin piedad. Veía cómo sus nalgas se iban poniendo cada vez más rojas, cómo ella pataleaba y se quejaba del trato pese a lo cual, él seguía descargando las manos sobre ella. Paró durante unos instantes y le preguntó si aquello era suficiente para que rectificara su conducta. A eso respondió ella que no y la azotaina recomenzó. Sólo cuando J. se sintió casi agotado y con un gesto comprobó el estado que presentaba la entrepierna de su amante, cesó de golpearla.
Haciendo pucheros y mirándole tiernamente, Betanía le dijo:
--Tonto; ¿Es que no te dabas cuenta de que lo que intentaba era que volvieras a castigarme? ¿Que me gustó tanto aquella vez que quería que lo repitieras y tú ni enterarte?—


Madrid, 12 de Febrero de 2006

Cuando el amor duerme

Autores: Amadeo Pellegrini y Ana K. Blanco

Mi querida Ana Karen:

Son aquí las tres de la mañana, mi Hualichum personal me despertó para recordarme que me tenía que levantar a escribirte, me arrebató de los brazos de Morfeo para arrojarme a los tuyos, tengo que agradecérselo, después de todo el "Espíritu Malo" no lo es tanto, (podría ser peor, pienso) Lo único malo de todo es que estoy dormido todavía en una especie de estado de estupor, como si llegara de otro planeta.
 
¿Qué se le dice a una persona que en este momento está durmiendo, desnudita, desparramada en la cama, reponiéndose de las fatigas y emociones del día? Le estoy pidiendo al Hualichum que me inspire para decirte algo lindo, pero si supieras lo que el muy canalla me sugiere, si imaginaras las cosas que me está insinuando que te escriba, hasta a mí me da vergüenza y eso que creía haberla perdido hace mucho tiempo.
 
Ahora la entiendo a la pobre "Puyí" de qué forma la dominaba, me exige que te levante la sábana, me tienta diciéndome que estás desnuda, que puedo ver resplandecer tu fina piel blanca y que como estás profundamente inconsciente puedo tocarte por todas partes y por esas órdenes que me da, ahora estoy despierto con el corazón latiendo enloquecido y la sangre calentándome la cabeza. ¡Ay mi querida muchacha qué mal me tiene este genio maligno! Yo sé que vos no tenés la culpa de nada, que sos inocente y que en este momento ignorás todo lo que el Hualichum me está proponiendo que te haga.
 
Estoy considerando hacer un trato con él para que en lugar de hacértelo te lo escriba como un cuento y hasta le pensé el título, el título nada más por ahora, le pondría "el amor dormido" o "cuando el amor duerme" este último me gusta más, ¿sabés lo que me dijo el maldito? Me dijo:  ¡No seás pelotudo el amor nunca se duerme! El amor tiene que estar siempre despierto, el amor tiene que estar siempre alerta, el amor tiene que... Bueno ¿Para qué voy a seguir? Las cosas que dice harían sonrojar al Marqués de Sade, con eso te digo todo, mi querida.
 
Y al final me hizo destaparte para decirme: Mirá qué formas tan hermosas, mirá la morbidez de su piel... ¡Dale animate, tocala vas a ver que suave es! Mirala, imaginátela en la Inglaterra Victoriana, una púdica y reprimida damita inglesa recatada y prudente durmiendo desnuda... ¿No te parece que habría que darle una lección? ¿Decime Amadeo qué le harías a ese culito ahora? Y dale yo ya no sé como sacármelo del medio...

En este momento está encaramado encima de la pantalla de la computadora; desternillándose de risa, me dice: No necesito leer lo que estás escribiendo ¡Papanatas! Con verte la cara de marmota que tenés ya sé lo que pensás. Pero decí la verdad a vos te gusta mirarla, te gusta pensar todas estas cosas, no ves el momento de tenerla para vos solo, te relamés de pensarlo ¡Morboso! ¡Morite de ganas!  y seguí escribiendo mañana cuando tu amorcito se despierte y lea esto, ¿qué te parece que va a decir? Que sos un imbécil que ya tendrías que haber ido diez veces a su encuentro, tonto, cobarde, pusilánime, indeciso.

¿Qué estás esperando? Y no me vengas con el cuento de la responsabilidad, de tu trabajo, mentira, mandá todo a la mierda y deja de escribir pavadas. Agarrala de una vez por todas, apretala, mostrale que sos un tipo de agallas como corresponde y dale unos buenos azotes para que te conozca, entonces después sí la abrazás, la besás, la mimoseas, la baboseas,  te revolcás ahí en la matita, te metés en la cuevita y hacés todo lo que tenés que hacer. ¿O te crees que escribiéndole ganás algo? No m’hijito las cosas hay que hacerlas no escribirlas. ¡Vamos de una vez!
 
No lo vas a creer mi amor, pero me tiene así a cada rato, por momentos creo que se ha ido para dejarme tranquilo pero no, enseguida reaparece y vuelve a la carga con más furia. ¡Pobre Puyí! ¡Lo que habrá sido para ella... Con razón se escapaba a la laguna! Ahora la comprendo.

Amor, no pensarás que me he levantado a esta hora sólo para escribirte lo que me dicta mi “Hualichum” personal, no, es que no aguanto esperar hasta mañana para darte una noticia: Me voy a París muy pronto, no bien nos confirmen la fecha de reunión. Resulta que una de las empresas, cliente de nuestra Consultora, tiene que renegociar allá unos contratos de exportación próximos a expirar y me han pedido que acompañe al gerente de ventas para colaborar con él. Obviamente además de los honorarios voy con los gastos pagos, los míos y los de mi acompañante, eso es lo convenido y aquí viene lo más importante: ¿Te animás a venir conmigo? Por favor contestame rápido, ya pedí reservar dos pasajes, por las dudas y con la esperanza que aceptes.

¡Dale decí que sí y nos vamos a París, mi amor! Espero tu respuesta hoy. Mil besos.

Amadeo

************

Mi adorado Amadeo:

¡Qué hermoso todo lo que me escribes! Adoro a nuestro Hualichum casi tanto como a ti. Me gustan las ideas que te da y las cosas que te hace hacer en las madrugadas. Porque sé que no es la primera vez que se comporta así, ¿verdad?

El relato de los sucesos nocturnos con nuestro demonio particular me gustó muchísimo, pero más me gustó tu invitación a Europa, para viajar y disfrutar de París. Y la respuesta es: ¡SIIIIIII! ¡por supuesto que sí!

Siempre soñé con visitar París y ¿qué mejor que de tu mano? Claro que acepto. Acepto encantada y te agradezco infinitamente la invitación. Estoy segura que lo pasaremos maravillosamente bien. “Du café au lait avec de croissants s’il vous plaît Monsieur” Eso es lo que quiero desayunar, y en la cama por supuesto.

Ahora, tú sabes que tengo dos empresas en funcionamiento, así que necesito organizarlas para irme tranquila. Calculo que en un una semana o 10 días tendré todo preparado. ¿Está bien así?  Imposible salir antes. Te lo digo por las dudas, porque veo cierta urgencia en lo tuyo y deduzco que quizás no puedas esperarme. Pero yo voy ¿eh? ¡Yo quiero ir!

Conocer París siempre fue uno de mis anhelos, pero jamás había soñado hacerlo junto a alguien como tú. ¡Ay amor! ya quiero estar allá contigo, y así será apenas arregle las cosas aquí. ¿Me esperarás para irnos juntitos?

Por favor, envíame las instrucciones necesarias, la fecha de partida, qué necesito presentar y demás, así mañana mismo comienzo a preparar todo para el viaje. ¿Te parece?

Bueno, mientras espero tu respuesta, me quedo con tus mil besos y te envío otros mil para ti, estos dulces y pegajosos para que no te los puedas quitar. ¡Te amo!

Ana Karen

*****************

Mi querida Ana Karen:

Mientras aguardaba tu respuesta que me llenó de alegría, recibimos un llamado de la empresa, saldremos pasado mañana por Alitalia via Milán – París. Hablé ya con la agencia de viajes, tu pasaje está confirmado y pagado, tenés que ponerte en contacto con ellos y mandarles tus datos; cuando llames preguntá por Moreno, es amigo mío, él se ofreció para hacerte también la otra reserva aérea, así combinás el vuelo desde allá a Ezeiza para tomar después el de Alitalia. Por favor avisale cuanto antes la fecha que vas a viajar por el tema de las plazas.

Todavía no sabemos en qué hotel nos vamos a alojar, eso quedó a cargo de los franceses, no obstante les pedí, si era posible conseguir para mi un apart-hotel en el centro. Las oficinas de ellos están en la Defense, pero prefiero un alojamiento más modesto aunque sea antiguo, donde nosotros dos podamos sentirnos más como en casa. De todas maneras si no nos resulta, nos mudamos a otro y chau.

Bueno mi adorable botija, nos mantenemos en contacto, entre tanto te salpico de besos.

Amadeo

continuará

El Sacachispas

Autores: Amadeo Pellegrini y Ana K. Blanco

Hasta los catorce años vivió en Montevideo con sus abuelos y la tía Clotilde, que la habían criado desde los dos meses de edad, a su madre no la conoció y a su padre lo veía cada tanto. De pronto Venancio Paunero había aparecido en la casa para llevarla con él a Carmelo.

-Estará mejor allá conmigo -había dicho. Los abuelos ya no estaban para andar ocupándose de botijas [niños], la hermana tampoco, ella tenía demasiados problemas y encima debía atender a los viejos, la ciudad resultaba peligrosa para una mocita que no tardaría en tener una bandada de gavilanes revoloteando a su alrededor. Además desde que había terminado la relación con la Fermina, disponía de lugar para ella en el inquilinato de la calle General Flores donde vivía.

No se ocupó de saber qué pensaba Balbina al respecto. Pero a ella, le entusiasmaba la idea de abandonar la casa de los abuelos, para quitarse de encima  la maniática vigilancia de la tía solterona que ni siquiera la dejaba asomar a la calle; por ese motivo la pequeña ciudad de Carmelo no la desilusionó como tampoco la austeridad de las dos habitaciones que componían su nuevo hogar, porque allí al menos tendría libertad…

De aquellos dos cuartos comunicados entre sí y con la galería que circundaba el primer patio, el más amplio servía de cocina, comedor y sala de estar, tenía una gran mesa de pino tea en el centro rodeada por seis sillas de paja, otra mesa más pequeña adosada a la pared para el calentador de kerosén, un armario antiguo y en una esquina la palangana, la jofaina y el toallero completaban el mobiliario. El otro, dividido por una deslucida cortina gris era dormitorio. De un lado estaba la cama de hierro de su padre, la mesa de noche y una cómoda: detrás de la cortina su catre y un gran baúl verde con guarniciones y herrajes de bronce. El ropero de tres cuerpos había sido colocado en el medio para bloquear las dos hojas de la puerta que daban a la galería.

Las piletas para lavar la ropa y los retretes para uso de los inquilinos estaban en el segundo patio, al fondo, eso resultaba para Balbina uno de los detalles más incómodos de aquella casona. Sin embargo más sugestivo e inquietante para ella, resultaba todavía en la cocina: el rebenque colgado del mismo clavo que sostenía también un almanaque.

Ese rebenque que había armado Venancio uniendo con alambre un trozo de rienda a un cabo de palo de escoba, no estaba allí precisamente como adorno, según le informó escuetamente su padre:

-Ese es el “Sacachispas” Mírelo bien mocita, porque cuando haga falta ese le va a ajustar bien las presillas, ¿sabe?

En ese momento Balbina no abrió la boca, se limitó a asentir con la cabeza.>

No cabía comentario ni pregunta alguna, estaba muy claro que cuando él “echara chispas” por algún motivo, emplearía el rebenque para “sacarle chispas”  a ella… y  lo de “ajustarle las presillas” significaría, claro, una azotaina. Ya se estaba acostumbrando a la forma de expresarse de su padre.

A Balbina, que, por obvias razones estaba decidida a no darle a Venancio Paunero motivos para usar el “Sacachispas”, aquel rebenque colocado de manera tan ostentosa que la mirada de cualquier visitante tropezaba enseguida con él, le resultaba desagradable pues se le antojaba algo indigno, vejatorio, poco menos que indecente.

Tenía conocimiento que muchas familias poseían también algún tipo de rebenque o zurriago parecido, tanto como elemento de disuasión como, -llegado el caso-, para castigar faltas domésticas, pero no los tenían a la vista de todo el mundo; el decoro, el buen gusto, la discreción los mantenía ocultos en  guardarropas, armarios, o en los cajones de algún otro mueble.

Paunero, nacido y criado en esa región, donde los ríos Uruguay y Paraná confluyen repartiendo sus aguas en la miríada de islas que forman el Delta de donde parte el estuario del Río de la Plata que baña las costas uruguayas y argentinas, había llevado una vida agitada por muchos amoríos y diversos oficios, algunos menos honestos que otros.

Las islas, lagunas, bañados [humedales], arroyos y riachos, sus meandros y escondrijos no tenían secretos para ese aventurero andariego que terminó haciendo del contrabando su profesión habitual.

Al comienzo fue un “bagayero” [contrabandista] como los demás, dedicado a pasar pequeños cargamentos, pero poco a poco fue ensanchando la base de operaciones hasta llegar a convertirse en un personaje importante dedicado a todos los rubros: contrabando de personas, cosas, armas, valores, lo que fuera, entre los dos países.

Esas actividades le habían proporcionado un buen pasar, pero al mismo tiempo demasiados sobresaltos. En varias ocasiones había tenido que esconderse meses enteros para eludir el brazo de la ley, por esa razón y con motivo del golpe militar en la Argentina que endureciera la vigilancia y los controles fronterizos había resuelto, finalmente, ocuparse de su única hija y llevar una vida más sosegada.

La mocita pintaba bien, tenía una figura grácil en la que comenzaban a sobresalir ciertas prominencias como esos dos pequeños bultitos de los pechos que empujaban la ropa hacia adelante o la  incipiente curva de las caderas.

En cuanto a su carácter, a Venancio le recordaba mucho a la madre, impulsiva, algo atolondrada, efusiva y temperamental. Con el tiempo seguramente se convertiría en una mujer apasionada, de reacciones ardientes y fogosas. Esto último le preocupaba bastante.

No dudaba que debía mantenerla sujeta, era consciente que si llegaba a aflojarle un poquito las riendas corría el peligro de perder muy rápido el control sobre ella.

Conocía bastante bien la hechura para no estar seguro que tarde o temprano y en más de una ocasión tendría que ajustarle las presillas…

Al principio todo anduvo sobre rieles, Balbina se mostraba dócil y obediente. Cual pequeña ama de casa, limpiaba y ordenaba las habitaciones, lavaba sus ropitas,  planchaba las camisas del padre, le cebaba mates. En poco tiempo aprendió también a guisar, a hacer el puchero y preparar otros platos sencillos.

El primer encontronazo entre ellos se produjo unas semanas más tarde. Balbina quería visitar el puerto de noche porque le habían dicho que desde allí se veían perfectamente las luces de la ciudad de Tigre en la orilla argentina.

Para hacer ese paseo había convencido a una de las muchachas del taller de costura de enfrente, sólo faltaba el permiso correspondiente.

Venancio fue terminante, el puerto no era lugar para que dos muchachas anduvieran solas de noche por ahí… La negativa soliviantó a la impulsiva Balbina que le respondió de mala manera volviéndole despectivamente la espalda.

Más le hubiera valido no hacerlo. Venancio Paunero tronó: ¡Mocita! ¡Venga para acá inmediatamente!

La inesperada orden dada en tono que no admitía réplicas ni demora alguna, detuvo en seco a la muchacha que demudada y temblorosa como hoja de papel, giró obedientemente sobre sus talones para regresar con la cabeza gacha.

¡Alcánceme el “Sacachispas”! ¡Enseguida!

No tenía intenciones de azotarla, porque la veía demasiado frágil y delicada todavía, el rebenque podía lastimarle la piel… sólo quería meterle un poco de miedo en el cuerpo.

Ya llegará la ocasión, -ensó-, de pelarle las asentaderas y hacerle sentir el gusto del cuero… De momento, para ajustarle las presillas, con la mano alcanza...

Más muerta que viva, Balbina, con mano temblona,  descolgó el rebenque y se lo alcanzó.

Paralizada por el terror, observó como Paunero enarbolando el instrumento descargaba fuertes latigazos encima de la mesa primero, sobre el asiento de una de las sillas enseguida y, por último, contra el suelo. Cada choque del cuero producía un estampido seco que la estremecía de la cabeza a los pies…

Después de esa primera demostración, el padre se entretuvo rozándole las piernas con la lonja, haciéndolo subir y bajar al rebenque por delante y por detrás. De tanto en tanto, para intimidarla un poco más, jugueteaba con la falda alzándosela hasta la cintura con el extremo del cabo.

Durante ese lapso Balbina, convencida que abrir la boca no haría más que agravar las cosas, mantuvo cerrados los ojos y las mandíbulas fuertemente apretadas esperando el chaparrón que se avecinaba…

Para su sorpresa Venancio colocó el rebenque encima de la mesa y, suavizando el tono de voz, dijo:

Vea, mocita, por esta vez voy a sofrenar al  “Sacachispas”. Pero ni se piense que se las va a llevar de arriba… Venga arrímese…

La tomó por un brazo obligándola a inclinar el cuerpo hacia adelante. Con deliberada lentitud fue atrayéndola hasta atravesarla boca abajo sobre las rodillas, enseguida nomás la acomodó bien en esa posición, luego le rodeó la cintura arrimándola más a su cuerpo con la mano izquierda.

La pasividad de la muchacha, facilitó todos los movimientos. Ni siquiera opuso resistencia en el momento que  le alzó las faldas exclamando: ¡Para esto los trapos sobran! Ni cuando agregó: Esto también está de más… al deslizar hacia abajo la bombacha [bragas] para descubrirle las nalgas.

La aparición del suave trasero adolescente retrotrajo a Venancio a épocas distantes de su existencia./p>

Mientras recorría con mirada complacida el relieve de aquellas tiernas prominencias, la estrecha hendidura, los breves pliegues y hoyuelos que adornaban el conjunto, por su cerebro desfilaban una multitud de imágenes del pasado.

La blanquecina piel de magnolia de Balbina, le recordaba el trasero de la Yoli, esa mujer de Las Lomas que lo había encaminado hacia los singulares deleites del castigo al confesarle, una lejana noche, que “se ponía así de loquita porque estaba necesitando un poco de rigor…”

Nunca olvidaría aquellas palabras ni la manera decidida como Yolanda Carrascal lo indujo a nalguearla tumbándose en su regazo; apremiándolo después para que no lo tomara a broma, porque ella pretendía  que la azotaran con ganas…

Para el inexperto joven, los sorprendentes efectos de esos primeros azotes propinados a mano abierta en el atractivo trasero de una ardorosa mujer madura constituyeron todo un descubrimiento.

La manifestación de ese aspecto velado y fascinante de los juegos amorosos lo acompañaría de por vida.

A partir de aquella lujuriosa experiencia fueron muchas las mujeres a las que, por algún motivo o simples deseos carnales, Venancio Paunero  nalgueó sobre sus rodillas.

No las olvidaría; de cada una conservaba gratos recuerdos. Mujeres como la dulce Flora Marún que a pesar de su aspecto aniñado y corta estatura se resistía con fiereza a las azotainas, obligándolo a mantenerla bien sujeta porque durante la paliza corcoveaba a lo potro lanzando recios puntapiés; en cambio pasaron otras más resueltas, de carácter áspero y fornida apariencia, que protestaban un poco, pero a los primeros azotes se doblegaban con resignada mansedumbre, no faltaron tampoco las que se entregaban blandamente sin rechistar y también aquellas que, después del estreno no tardaban en aficionarse al castigo.

Estaba seguro que ninguna de ellas le guardaba rencor y que casi todas tenían buenos recuerdos de su callosa mano…

Esto pasaba por la cabeza del hombre, mientras acomodaba el cuerpo de la hija. Aunque en la ocasión las cosas resultaban distintas, pues estaba haciendo uso de su legítima autoridad, aunque no podía sustraerse al influjo de aquellas  desprotegidas nalgas…

Cerró los ojos para alejar de la mente los turbadores recuerdos  antes de descargar la palma de la mano que se hundió en la blanda carne dejando allí una impronta rojiza…

Fue espaciando las palmadas, mientras tanto Balbina pugnando por no gritar para no alborotar al resto de los habitantes de la casa, lloraba a moco tendido. Paunero llevaba mentalmente la cuenta, al llegar a la docena suspendió el castigo y ayudó a la muchachita a recuperar la verticalidad.

Aunque estaba convencido que había obrado con mesura el llanto de Balbina lo conmovió en lo más hondo.

Aquella paliza representó un episodio trascendente en la vida del padre y también de la hija. Las emociones experimentadas en la ocasión despertaron en la muchacha sensaciones hasta entonces oscuramente intuidas, pero en Venancio avivaron inconfesables deseos férreamente reprimidos que esa misma noche fue a satisfacer en uno de los tugurios aledaños al  viejo astillero...

Durante unos días ambos evitaron mirarse a la cara. Balbina avergonzada por lo sucedido, su padre también, aunque por diferentes motivos.

A raíz de aquel suceso, ambos formularon apreciaciones equivocadas respecto de las actitudes asumidas por el otro. La muchacha atribuía los gestos adustos del padre a la permanencia del enojo que ella había provocado, en tanto el hombre imputaba la mirada huidiza de la hija al bochorno producido por la envilecedora desnudez que le impusiera al castigarla.

A Venancio, en verdad,  lo avergonzaba un turbio deseo que lo inclinaba hacia ella… Aunque, durante la tormentosa relación que mantuviera con la madre, en algún momento dudó de su paternidad

A Balbina, por su parte, la humillaban los ásperos estímulos sensuales que aquellos azotes habían despertado en su cuerpo; desde entonces la urgía un insólito afán por renovar idénticas emociones…

El transcurso del tiempo se encargó de atemperar todos los recelos y volver las cosas al estado anterior. La relación de confianza entre ambos se restableció de manera más firme.

>Día a día Balbina experimentaba mayor admiración por el padre, en tanto Venancio advertía que la hija le importaba mucho más que su propia vida y que, cuando pensaba en el futuro, el malestar de los celos lo iba carcomiendo.

Imaginar que algún día la mocita llegara a abandonarlo como había hecho la madre lo sacaba de quicio. Por esa razón extremó los controles y la vigilancia sobre ella.

Pero resultaba imposible vivir pendiente de la hija todas las horas del día, pues atender los pedidos, la clientela, los “pasadores” y comisionistas que trabajaban para él le insumía buena parte de la jornada fuera de la casa, porque en su vivienda de la calle General Flores no recibía a nadie por ningún motivo, sus despachos  en horas determinadas eran las mesas de ciertos bares del centro, allí cobraba, pagaba y cerraba todos los tratos.

Para no descuidar la vigilancia sobre la moza contaba con la complicidad de algunas vecinas que, -favores y propinas mediante-, lo mantenían al corriente de las idas y venidas de la muchacha.

Al comienzo, Balbina creyó que las ausencias de Venancio la dejaban en completa libertad sin sospechar que era objeto de un permanente espionaje por medio del cual todos sus movimientos eran registrados y debidamente informados.

Descubrir que no podía mentir, ni engañar a Venancio le valió la segunda gran paliza de su vida. En la ocasión zafó, por muy poco, de probar los efectos de “el sacachispas”, pero no consiguió evitar el balanceo boca abajo sobre los muslos de su padre, mientras éste, -luego de ventilarle el trasero-, se lo azotó con inusitada furia…

No es que cometiera una falta seria, ella simplemente había salido a dar un inocente paseo, pero le había mentido, eso era lo grave del asunto: la mocita comenzaba a mostrar la hilacha, para que no le tomara demasiada afición a la calle, el autor de sus días resolvió prevenirla de esa manera.

Al principio, la vigorosa aplicación del remedio elegido esultó bastante amargo para la muchacha que no pudo contener el llanto, pero a medida que los dolores disminuían cediendo paso al escozor en la enrojecida piel, irrumpieron los inquietantes, aunque agradables, cosquilleos en las partes más recónditas y sensibles de su cuerpo…

La cólera inicial del hombre, se apaciguó del todo con los prolegómenos de la paliza; la vista del blanco trasero de Balbina le aceleró las pulsaciones, pero no contuvo la fuerza de su mano que aplastó repetidamente la blanda carnadura de los glúteos.

Los azotó hasta enrojecerlos, sin ninguna clase de reparos, ni pausa, ni prisa… Ya dispondría más tarde del tiempo necesario para desfogarse en la barriada del astillero con alguna de las muchachas de allá…/p>

Venancio Paunero, no tardó en lamentar que el tiempo transcurriera con tanta rapidez, la mocita que había traído de Montevideo crecía demasiado rápido. La plenitud de sus formas, la cadencia de sus pasos, el acompasado movimiento de sus caderas, hasta los menores gestos prefiguraban ya una hembra hecha y derecha.

Paralelamente adquiría ella mayor firmeza e independencia, sostenía sus opiniones con vehemencia, trataba de imponer sus criterios y aunque las rebeldías y la obstinación voluntarista le acarrearan frecuentes palizas, éstas no parecían afectarla demasiado, más aun, en algunas ocasiones parecía provocarlas.

Consciente el padre que las palizas ya no la impresionaban y por ese motivo no producían los efectos buscados, estuvo por echar mano al rebenque en más de una ocasión.

Sin embargo se contuvo y continuó castigándola como siempre: boca abajo en sus rodillas, era la manera de hacerle saber que aun no había crecido lo suficiente, que todavía era una botija [niña], convencido, de paso, que ese tratamiento la humillaba más, porque terminada la paliza corría ella a tumbarse en su catre...

Rafaela llegó a Carmelo casi con la primavera. Era hermoso ver como cambiaba todo en septiembre. Volvían las golondrinas, se veían las primeras hojitas salir de los brotes, todo florecía y hasta el aire, aun frío, se hacía más respirable y energizante.

La habían contratado de un colegio privado de Carmelo, pero eso sería a partir de marzo del siguiente año. Entonces decidió irse a vivir desde ya, así podría ir conociendo la gente, costumbres, lugares y autoridades del lugar, para que una vez comenzadas las clases, todos la conocieran y también ella saber con quién estaba lidiando. Tenía 31 años, aunque representaba un poco menos.

Al llegar a la estación de autobuses de Carmelo no sabía muy bien hacia dónde dirigirse, así que contrató a Ricardo para que cargara sus valijas y hablando con algunos vecinos y haciendo preguntas sobre dónde podría alojarse, varios le recomendaron el inquilinato de la calle General Flores. Allí podría alquilar una o dos habitaciones hasta conseguir una casita, o de lo contrario quedarse allí permanentemente.

Bueno, aunque trató de disimular, se sintió algo desilusionada al ver el lugar. No era una persona demasiado ostentosa en sus gustos, pero le hubiera agradado más tener su propia vivienda con baño privado y todo eso, pero… en fin, para salir del apuro estaría bien. Rafaela era una convencida de que nada es casual, así que habló con la encargada y esta le rentó dos habitaciones: una le serviría de dormitorio y en la otra haría el área de cocina-comedor y estar. Mientras Dominga, la encargada, le mostraba su futuro hogar, Ricardo esperaba afuera con las maletas. En eso entraron en la habitación contigua, un hombre de unos cuarenta y pico de años con una muchachita que andaría por los 15 años. El hombre tenía un aspecto bastante severo, y la chica iba con la cabeza baja, pero Rafaela pudo ver perfectamente cómo la chica miraba a Ricardo por el rabillo del ojo.

Una vez arreglados los detalles con doña Dominga, le pidió a Ricardo que le ayudara a entrar los bultos a la habitación y que le trajera el resto de las cosas cuando llegaran de Montevideo. Había dejado unos cuantos bultos con libros y enseres que su familia le despacharía más tarde. El resto del día lo dedicó a organizar sus cosas y a la noche ya se sentía en su hogar. Su vecinita le golpeó la puerta y se presentó. Dijo que se llamaba Balbina, que tenía 16 años y que vivía con su papá don Venancio Paunero. Estuvieron charlando un rato y quedaron muy amigas.

Al día siguiente Rafaela se presentó en el colegio, donde por cierto la recibieron muy bien. También consiguió unas cuantas clases particulares que le servirían para mantenerse holgadamente hasta que comenzara el curso siguiente.

Cuando regresó a la pensión vio a Ricardo con una de sus cajas, parado frente a la habitación y charlando animadamente con Balbina, la joven vecina, mientras que ésta barría el patio. “Aquí hay amor en puerta”, pensó para sus adentros Rafaela.

Luego que puso la caja en la habitación, Ricardo se fue y Balbina entró con una sonrisa que no le cabía en la cara.
-¡Rafaela, Rafaela! ¿No es lindo Ricardo?
-Pero niñaaaaa… ¡cálmate! Sí, es un joven muy guapo… y a ti te gusta mucho, ¿verdad?
-Sí –confesó con su cara roja como una grana- Pero seguro que a mi papá no le parece bien que salga con él.
-¿Porqué no?
-Creo que tiene miedo de quedarse solo…

Comenzaron a conversar. Esa niña necesitaba hablar, y con un poco de psicología por parte de la maestra, Balbina le confesó una muy buena parte de su vida, sobre todo del último tiempo vivido con su papá, de lo estricto que era este, y de las azotaínas que le propinaba por cualquier razón. Más la amenaza del “sacachispas”.

En lo más animado de la conversación, pero luego de un buen desahogo, apareció por la puerta don Venancio.

-¡Balbina! ¿Qué hace usté aquí mocita, en vez de estar arreglando su casa? Deje ya de molestar a la señorita. Me presento –dijo estirando su mano- Venancio Paunerio pa’ lo que guste mandar.

-Es un placer don Venancio –le contestó Rafaela mientras su suave y delicada mano se perdía en la inmensidad de la mano de aquel hombre tosco pero… interesante sin llegar a guapo- Y no le diga nada a Balbina, si ella no me molesta para nada, todo lo contrario, es una gran compañía para mí.

Y dándose la vuelta  con un guiño cómplice a la chica y sin que él la viera, le dijo:

-Justamente estábamos hablando de trabajo para ella y para mí. Como a Balbina le quedan algunas horas libres en el día y a mí también, le estaba proponiendo un negocio.

-¿Qué clase de negocio si se puede saber?

-Uno muy conveniente para las dos, siempre y cuando usted lo apruebe, por supuesto…

-La escucho –le dijo con su tono más severo, seguramente con intención de amedrentarla, cosa que por supuesto no consiguió.

-Le ofrecía a Balbina darle clases particulares a cambio de que me ayude con la limpieza de mis habitaciones, dado que yo no estaré aquí parte del día, y el tiempo que esté lo ocuparé en impartir clases aquí mismo. Por lo tanto, necesito ayuda y ella está muy práctica con todo lo referente a la casa.

-Está bien, lo pensaré…

-¿Pero porqué no pasa usted y nos acompaña? Justo íbamos a tomar unos mates con Balbina…

Rafaela pretendía ganarse su confianza aunque no sabía muy bien por dónde entrarle a este hombre tan huraño. Finalmente aceptó y entre mate y mate lograron que don Venancio  aceptara que la maestra le diera lecciones privadas a Balbina.

Venancio era un hombre muy rígido y no estaba metido en negocios muy limpios, por lo que pudo enterarse con el correr de los días. Algo de contrabando y alguna cosita más que Rafaela no alcanzó a comprender. Quizás debido al ambiente donde se movía explicaba que fuera tan duro con su hija, al extremo de casi no dejarla salir a la calle sin su autorización o en su compañía.

Los días se fueron sucediendo uno tras otro y Balbina aprendía con una velocidad sorprendente. Las pertenencias de Rafaela tardaban más de lo creíble en juntarse con su dueña, pero ya se había dado cuenta que Ricardo las iba trayendo lentamente, día tras día, para poder ver más seguido a Balbina con una excusa. Rafaela no lo negaba ¡ella tapaba esos amores! Pero es que le daba tanta dulzura verlos juntos que… los dejaba sentados en el comedor y ella inventaba cualquier excusa para irse al dormitorio y dejarlos solos… y sentía desde allí el cuchicheo y algún beso que otro. Por supuesto que don Venancio no sabía nada de esto.

Una tarde como tantas, Ricardo apareció con una caja que ni siquiera era para la maestra, pero… ya había terminado de entregarle todas las cajas a Rafaela y la trajo “equivocadamente”. Como siempre ella se retiró al dormitorio y pasados unos minutos se abrió la puerta de golpe. ¡Era don Venancio! Y los pescó en pleno beso pasional.

-¡Ahijuna gran perra! Yo te vi’a dar por andar propasándote con la Balbina…

Y sin más se le tiró encima al pobre Ricardo, sin darle tiempo siquiera de reaccionar. Rápidamente Rafaela logró interponerse a tiempo como para que el chico huyera con apenas algún machucón.

-Cálmese Venancio. Son muchachitos y no estaban haciendo nada malo.

Su mirada la fulminó. Parecía que le saliera fuego de los ojos./p>

-¿Así que usted es la que está tapando estos amores impúdicos? ¡Balbina! ¡Caminá pa’ la pieza carajo! Hoy sí que te la ganaste.

-Pero… ¿qué va a hacer usted Venancio?

-Eso no es su problema, maestra. Usté no se meta en esto, pero…  tenga bien presente que cuando termine con ella, sigue usté –le dijo señalándola con el dedo índice.

-Ese dedito, caballero, puede usted guardárselo. A mí no me señale ¿entendió?

-Ahora no tengo tiempo de discutir, debo ajustar cuentas con mi hija.

-Espere Venancio, usted no debería pegarle estando tan enojado. Está usted fuera de sí y podría hacerle verdadero daño a la niña.

-Le dije que no se metiera en esto. Si sigue así, la primera en ser fajada [castigada] será usté maestra.

-¡Oiga!… a mí no me amenace. Lo único que le estoy diciendo es que piense antes de tocar a su hija con el enojo que tiene.

-Y que usté está haciendo crecer a cada segundo…

-¿Porqué? ¿Por qué lo hago pensar? ¿Por qué sabe que está cometiendo un error?

Venancio optó por ignorarla y salió detrás de Balbina, que imaginando lo que se le venía lloraba desconsoladamente. Entraron a la pieza y Venancio siguió de largo, tomó una silla y se sentó mirando hacia Balbina y hacia la puerta, por donde vio que Rafaela se asomaba tímidamente.

-¡Balbina! –Gritó en forma desaforada- Traiga p’acá el sacachispas que hoy lo va a estrenar.

La niña, muerta de miedo, descolgó aquel terrible instrumento con el que había sido amenazada tantas veces. Se dio media vuelta y se dirigió hacia su padre, cuando de repente sintió que de un tirón le arrebataban el sacachispas. En menos de un segundo con el instrumento en su mano, salió Rafaela corriendo “como alma que lleva el diablo” por la puerta y ganó la calle. Venancio, casi fuera de sí, se dirigió tras sus pasos. Al llegar a la puerta la vio que corría hacia la calle principal. Tomó su auto y la interceptó en plena avenida.

-Buenas noches señorita Rafaela. ¿La llevo hasta la pensión?

-Aléjese de mí –le dijo por lo bajo.

-Maestra –le dijo en el tono más dulce y bajo que pudo lograr- puede usté subirse al auto tranquilamente, o puedo bajarme y obligarla a subir y que sea la comidilla del pueblo por varios días –y le mostró la más bella sonrisa de inocencia de la que fue capaz.

No tuvo otra opción que obedecer. Entró al auto con un gesto de malhumor y se sentó a su lado.

-Ahhhh… cómo me gustan las mujeres cuando son obedientes! –decía mientras ponía el auto en marcha hacia las afueras de la ciudad.

-Oiga, ¿dónde cree que va? ¿Dónde me lleva? ¿Qué pretende al sacarme del pueblo?

Su cara denotaba terror y Venancio la adoró en ese momento.

-No se asuste Rafaela. Sólo la voy a llevar a un lugar que conocemos un puñado de personas. Allí estaremos solos y podremos charlar un ratito y hablar de la educación de Balbina… y de la suya también.

-¿De “mi” educación? No quiero sonar soberbia don Venancio, pero dudo que usted me pueda enseñar educación a mí.

-No me menosprecie maestra. Yo no podré enseñarle todas esas cosas que usté enseña en sus clases, pero… sí puedo enseñarle humildad, obediencia y otras cositas tan básicas en la buena educación de una dama. Sobre todo una dama como usté.

-No lo menosprecio caballero, pero permítame poner en duda sus palabras.

-La pucha que habla fino usté…  En eso la admiro, ¿ve? Pero le aseguro, buena moza, que sí tiene alguna cosita más que aprender. Una pregunta: ¿Ande está el sacachispas?

-Aquí –le dijo, sacando el instrumento de dentro de la manga de la chaqueta- No iba a permitir que la gente viera esta porquería – y sin más la arrojó por la ventanilla.

El frenazo que dio Venancio casi la hace volar a través del parabrisas. Con una rapidez que hizo sonar la caja de cambios del automóvil, puso la reversa [marcha atrás] y paró aproximadamente por donde había caído el dichoso instrumento.

Abrió la portezuela del automóvil y con una terrible cara de enojo mientras que le mostraba su dedo índice, le espetó:

-¡Bájese inmediatamente del auto y búsquelo! Y más vale que lo encuentre.

Ella hizo un gesto como para hablar…

-¡No me hable! ¡No me dirija la palabra! Bájese ya mismo carajo! Y póngase a buscar el sacachispas.

-Pero… está oscuro, no veo nada!

-Haberlo pensado antes… ¡Bájase de una puta vez!

Vaya que estaba enojado. Más le valía obedecerle, así que abandonó el auto y se puso a buscarlo. Era una hermosísima noche de luna llena y eso le ayudó a encontrarlo con más facilidad después de unos pocos momentos de búsqueda.

Venancio se había bajado del auto y la observaba. Llevaba puesta una chaqueta azul y una amplia falda del mismo tono, camisa rosada y zapatos bajos azules. Venancio la miraba a lo lejos y con la complicidad de la noche y la oscuridad, se deleitaba con aquella figura. Él veía a Rafaela como toda una dama y muy lejos de su alcance, como a las estrellas que destellaban en el cielo aquella noche. Era esa una deliciosa mujer, pero imposible para él, así que se conformaba con soñarla en las noches.

En determinado momento, se detuvo y se agachó a recoger el sacachispas. Fue el exacto momento en que el dios Eolo se apiadó de Venancio y sopló lo suficientemente fuerte para levantarle la falda y darle a este hombre un espectáculo inolvidable: un culo redondo, fuerte, firme, juvenil, cubierto por unas bragas que ocultaban lo estrictamente necesario como para dejar mucho a la imaginación. Ese maravilloso trasero estaba sostenido por dos piernas como columnas, torneadas por Dios… porque solo el Divino Creador podía haber hecho semejante belleza. Quedó mudo, atontado, boquiabierto, congelado en el tiempo y tratando de retener en su mente aquella imagen para que no se le borrara jamás. Rafaela caminó en dirección a él. Cuando estuvo a su lado:

-Aquí tiene su estúpido instrumento –le dijo Rafaela mientras le estiraba su mano conteniendo el bendito sacachispas. Venía con el rostro bajo, y aún estaban arrebolados sus cachetes debido al episodio del levantamiento de la falda, y con esos colores y aquella actitud, se veía aún más bella. Pero él era lo suficientemente caballero a pesar de su poca cultura, como para decirle nada a la dama. El oír la voz de Rafaela lo hizo salir de su ensimismamiento. Lo tomó y…

-Suba otra vez, ya falta poco para llegar.

-¿Para llegar a dónde?

-¡Suba!

No lo iba a seguir provocando. Se dio media vuelta y subió al coche, que enseguida retomó la marcha.

La luna y la noche se combinaban con el resto de la naturaleza para crear sombras fantasmales que huían presurosas cuando las luces del auto las enfocaban. Los dos iban en silencio, cada uno sumido en sus propios pensamientos, aunque no tuvieron mucho tiempo para pensar, porque Venancio, luego de diferentes y extrañas idas y venidas por distintos caminos, con una experta vuelta de volante paró frente a lo que parecía un galpón.

-Sígame…

Esta vez no preguntó. Bajó en silencio del auto y lo siguió. Él iba delante, abriendo y cerrando portones, prendiendo y apagando luces y caminando seguro como quien conoce el lugar a ojos cerrados. Hasta que llegaron a una especie de escritorio dentro de aquel enorme galpón lleno de cajas de todo tipo, tamaño y color. Evidentemente era la “guarida”, el “escondrijo”, “la cueva de Ali-Babá” donde guardaban el contrabando. Ella miraba todo pero no decía nada…

Finalmente, Venancio prendió la luz de aquella especie de despacho. Era sumamente sencillo y humilde: un escritorio de madera con varios papeles sobre él, un teléfono, un portalápices y pocos elementos de escritorio más; una silla de cada lado del escritorio, una mesa con implementos para calentar agua, unas tazas, termo y mate, yerbera, y en un costado un archivador. Ese era todo el simple el mobiliario de aquella “oficina”.

Rafaela seguía mirando todo con ojos escudriñadores, y Venancio la dejaba…

-Siéntese – le ordenó. Porque se lo ordenó, no se lo pidió.

-Estoy bien así, gracias –le dijo en tono desafiante. Venancio sonrió… pero ella no supo leer aquella sonrisa.

-Bien Rafaela… la he traído hasta aquí para poder hablar tranquilos, sin que nadie nos moleste. Tengo que agradecerle y reconocer el trabajo que ha hecho con Balbina. Ahora es una señorita fina, y eso me gusta.

-Me alegra que vea usted los cambios.

-Los veo maestra, los veo. Yo lo veo todo. Por ejemplo hoy también vi cómo usted tapa los amores bajos de estos gurises [niños].

-¡No son amores bajos Don Venancio! No ensucie de esa manera un amor juvenil tan bonito y tan puro como el de estos muchachos.

-El beso que yo vi no tenía nada de “bonito y puro”. Era un beso de deseo y de pasión.

-¿Y eso lo hace bajo?>

-Bueno… de todas formas no estamos aquí para hablar de eso.

-¿Ah… no? ¿Y… para qué estamos aquí Don Venancio?

-Estamos aquí porque me impidió usted golpear a ese sabandija de Ricardo en primer lugar, y después no me dejó castigar a mi hija. Se interpuso sin más en el camino y todavía tuvo el descaro de robar este instrumento, que tiene mucho valor para mí.

-Por supuesto. ¡Y lo volvería a hacer! En el estado en el que estaba usted, con ese ataque de ira que tenía, no podía castigar a la niña. Le hubiera hecho mucho daño.

-¿Por qué ella es muy joven?

-Exacto. Y porque estaba usted fuera de sí.

-Bueno, entonces ahora que estoy calmado, castigaré a la verdadera responsable: ¡usted! Venga para acá. A usted le toca pagar por las dos.

Los ojos de Rafaela se abrieron como el dos de oros. Las mil mariposas que tenía en el estómago comenzaron a revolotear sin cesar. Ese hombre no podía estar hablando en serio, pero por más que protestó y pataleó, terminó sobre las piernas de Venancio, que comenzó a nalguearla sin ningún reparo. A medida que los azotes caían y ella sentía el ardor propio de una azotaína fuerte, comenzó a percibir una deliciosa sensación de excitación que no sentía desde la última vez que estuvo con un hombre. Después de varias nalgadas, Venancio levantó la falda para ver el estado de las nalgas que asomaban tímidamente rosáceas a los costados de las bragas. Así que siguió azotando con  maestría y experiencia mientras que Rafaela trataba de cubrir con una mano su colita y con la otra mantener el equilibrio.

Cuando ella pensó que todo había terminado, sintió que una mano invasora bajaba sus bragas.

-¡Noooooooo! ¡No se atreva usted a hacer eso! Déjeme ir. No tiene derecho a tratarme así. Suélteme… ¡bruto, grosero!!

-Siga pataleando por favor, así se cansará más rápido y se me hará más fácil el trabajo de azotarla.

Rafaela se sentía impotente, enojada, y hasta humillada de encontrarse en esa situación, aunque muy dentro suyo, pegaditas a las mariposas de su estómago, volaban también unas cuantas sensaciones maravillosas…

Cuando Venancio terminó de bajar las bragas, no podía creer lo que veía: eran las nalgas más hermosas que hubiese visto jamás. Un grito de ella lo hizo volver a la realidad y su mano comenzó a caer con una fuerza media, pero resonaba en aquel lugar con un eco que parecía que estuvieran nalgueando a un ejército. Las nalgas se iban tornando de un rojo más fuerte y oscuro con cada azote…

En determinado momento Rafaela dejó de patalear y él se percató de sus lágrimas. Su mano seguía siendo efectiva… Sonrió.

-Levántese Rafaela…

-¡Nunca le perdonaré esto! Humillarme de esta manera, ¡no tiene perdón! ¡So bruto, ignorante!

-No me insulte Rafaela… o me veré obligado a…

-¿A qué? ¿A seguirme golpeando? Desgraciado...

-Veo que no ha tenido suficiente, todavía tiene mucha fuerza, así que…

La llevó hasta el escritorio. Con una mano arrojó al suelo todo lo que estaba en él. La tomó y la colocó con su vientre sobre el mueble. Estiró su mano y tomó el sacachispas. Levantó el brazo para descargar el implemento sobre aquellas enrojecidas carnes, cuando… ella se soltó a llorar y se aflojó por completo. La soltó para ver qué hacía, pero no se movió… solo lloraba de forma desconsolada. Y eso lo enterneció.

Bajó la mano, tiró a un costado ese instrumento que por lo que parecía jamás iba a ser estrenado.

La levantó, la abrazó y sobre su pecho dejó que se calmara.

Cuando ella comenzó a sollozar muy suavemente, lo miró a los ojos y ninguno de los dos aguantó más. Se fundieron en un beso largo, profundo, dulce y… pegajoso, porque no podían despegarse. El beso y el abrazo fueron deliciosos…

Cuando se separaron, Venancio habló:

-A partir de hoy, vos te encargarás de la educación de Balbina, y yo me haré cargo de vos…

A la distancia

Autores: Amadeo Pellegrini y Ana Karen Blanco

A   LA  DISTANCIA

En ningún momento Ana Karen volvió la cabeza. La seguí con la mirada hasta que traspasó las puertas de cristal y se mezcló con la concurrencia. Lo único razonable que me quedaba por hacer era poner en marcha el motor y abandonar el Aeroparque. Pero no siempre estoy dispuesto a hacer las cosas razonablemente; en mi vida hay espacios reservados para la improvisación y también para seguir los ignotos senderos de la intuición.

Por eso me quedé allí. ¿Esperando qué? ¿Que Ana Karen cambiara de idea y regresara? ¿Que al último momento el vuelo fuera cancelado por desperfectos en una de las turbinas? No lo sé. El niño que llevo dentro, -el mismo que ella arrancó del profundo sopor en el que mi yo adulto lo mantenía relegado-, estaba triste muy triste. Más triste todavía cuando el avión ganó altura enfilando recto como brillante saeta rumbo al sol naciente.

000

Si volvía la cabeza para mirar a Amadeo, no lograría llegar al avión, me quedaría. Y yo sabía que no me podía quedar. Tenía la loca esperanza de que Amadeo saliera corriendo tras de mí, que como en las películas corriera, pasara vallas prohibidas y le suplicara a la azafata que me llamara justo cuando iba a pasar la puerta de embarque. Pero nada de eso pasó, como era lógico.
Las lágrimas saben saladas y amargas, muy amargas.
Al llegar a mi casa en Montevideo corrí a la computadora, a mi casilla de correo. Allí haba un mail de Amadeo Pellegrini. Asunto: A la distancia. Lo quiero compartir con ustedes:

Los sentimientos, como algunas conductas, resultan difíciles de explicar. Vivimos en una sociedad que nos asigna roles a los que debemos ajustarnos: el paradigma de esposo, padre, profesional, ejecutivo, comerciante para todo hay arquetipos, hasta para los de Tilingos existen modelos en esta sociedad globalizada.
No esperen que aporte nada nuevo, en realidad escribo para una sola persona que ahora está lejos, ella seguramente entenderá aquello que yo no alcancé a expresar con entera claridad.
Pienso que todas esas etiquetas que nos rotulan y el modo de actuar que las mismas imponen, sofocan, silencian y en algunos casos eliminan al niño que llevamos dentro.
El niño en cuestión es el yo íntimo, secreto, personal, intransferible, que tenemos enclaustrado dentro de nosotros. El que cada tanto nos exige que lo liberemos.
Dos personas pueden cohabitar toda una vida, en perfecta armonía inclusive, pero los niños que cada uno lleva consigo es probable que no se conozcan jamás, si llegan a conocerse es muy posible que no alcancen a congeniar tampoco. Por ese motivo, encontrar a la persona cuyo niño interior coincida con el niño propio y armonice con él, resulta algo extraordinario, casi prodigioso.
En mi caso personal, pasé toda mi vida buscando el gemelo de mi niño interior. Los poetas hablan de almas gemelas, eso es muy difuso, yo creo en la existencia del niño porque vive dentro de mí.
En las contadas oportunidades que revelé esta búsqueda a personas de ambos sexos que captaban el concepto con claridad, obtuve como respuesta que el encuentro de dos personas que alentaran sus deseos coincidentes y paralelos era una utopía.
Lo creí. Resignado acepté para mi niño la aislada realidad que padecí, hasta que conocí a Ana Karen.
Cuando aquella noche en el hotel donde nos presentaron, le conté la historia de La Puy que a mí, de pequeño, me había fascinado tanto, advertí en sus ojos un brevísimo destello, era una chispa de entusiasmo de la niña que lleva adentro.
Lo extraño es que en el viaje no intercambiamos confidencias. Más raro aun resultó el episodio del Monte de Corcuera en la laguna, que Ana Karen no dudo en atribuir al Hualichum.
Reflexionando después, sobre aquellos sucesos llegamos a la conclusión que el Hualichum existe, pero en forma individual; mora en cada uno de nosotros, es el daimon de los griegos, un espíritu maligno inferior, un pequeño demonio interior que inspira y guía ciertas conductas nuestras.
Desde entonces lo visualizo mejor gracias a Ana Karen.
Lo que no hemos podido determinar todavía y no creo que lleguemos a saberlo jamás es si el Hualichum  o daimon personal, -si así se prefiere-, se nos incorpora en el instante mismo de la concepción o ingresa a nosotros más tarde, en el amanecer de nuestra existencia.
Admito que la entidad del Hualichum pueda ser cuestionada, acepto que mis argumentos sean rebatidos por personas mejor informadas. Pero entonces, ¿cómo explicar que dos perfectos desconocidos, que han vivido ya la mitad de la vida en pases diferentes, con experiencias distintas, puedan vibrar al unísono con sólo tocar una cuerda que puedan entenderse a la perfección con nada más mirarse a los ojos...?
Nuestro Hualichum es el de las azotainas que compone el anverso y el reverso de una misma medalla. Para decirlo de otra manera, llevamos impreso un mismo sello: Ana Karen exhibe la figura, yo muestro la contrafigura o viceversa. En la estética secreta de las azotaínas, ambos formamos un todo indivisible.
Porque de esa unión no es posible separar la víctima del verdugo, ni es tampoco dable, identificar al dominante del dominado. ¿Son las cosas como parecen? ¿Resulta todo tan sencillo como lo muestra a veces una imagen fotográfica? ¿El poder lo ejerce el verdugo o la víctima? ¿Tiene el verdugo derechos propios o los posee por delegación de la víctima? ¿Quién rige los tiempos?..
Y lo más importante: ¿Quién puede acertar las respuestas?
Hablo por mí: En algún instante de mi vida, antes de comenzar a concurrir a la escuela, a los cinco años quizá, comencé a interesarme por las azotaínas. Ya entonces pedía que me contaran cuentos que terminaran con palizas, si ese final no estaba previsto debían inventarlo para complacerme.
Y con cuanta emoción esperaba yo el momento que la lechera de la fábula regresara a la casa para que su madre le diera una buena azotaína por distraída, por descuidada, por haber roto el cántaro, o que el pastor mentiroso recibiera su merecido por haberse burlado de los otros pastores vecinos.
A partir de entonces comencé a llevar esa contradicción íntima, el placer de los azotes y los remordimientos por experimentarlo. Creí durante mucho tiempo que era un sujeto singular, diferente del resto de la humanidad sólo por alentar esta afición tan rara.
Ingresar al mundo de la lectura amplió mis horizontes. Los clásicos. La Cabaña del Tío Tom, Tom Sawyer y otros, abrieron nuevos rumbos a mi limitada imaginación infantil. Más tarde fueron imágenes del cine y la televisión.
No me quedé allí. Buscando el origen de mis inclinaciones me sumergí de lleno en obras de psicología y psicoanálisis. Frecuenté a Freud, a Havelock Ellis, a Steckel y otros que me permitieron descubrir que lo mío era una parafilia que me emparentaba con fetichistas, vouyeristas, cortadores de trenzas, y toda una colección de supuestos bichos raros a quienes se llamaban también desviados sexuales.
Esos estudios no me hicieron ningún bien, el bien me lo hizo una querida amiga Psicóloga, colega en la docencia, quien en una sóla conversación que tuvimos no le dio ninguna importancia al tema. Se limitó a decirme que ni ella ni nadie logrará arrancarme mis fantasías, que lo mejor que podía hacer era disfrutarlas sin remordimientos. ¡Bendita sea por siempre! Me liberé de todos los sentimientos de culpa, pero me aseguré también que no encontraría jamás la perla negra, que no soñaría con ella ni la buscaría.
¡Qué equivocada estabas, querida amiga! ¡La encontré! ¡La encontré! Tarde tal vez, ¡pero la encontré!
El avión que llevaba a Ana Karen se perdió de mi vista. No tenía más nada que hacer allí, contristado, desganado, agaché la cabeza, abrí la portezuela y entré en el auto

Besos, Amadeo

000

¿Y  qué puedo agregar yo a esta declaración? Todo está demasiado claro como para que yo, soberbiamente, pueda agregar algo más.
Mi adorado Amadeo, compartimos un mismo Hualichum, nuestro demonio interior es el mismo. Somos la cara y la contracara de esta medalla que es la azotaína o nalgada. Como tan bien dices, es difícil encontrar ese otro niño interior que se complemente con el nuestro, que con sólo una palabra, o hasta sin hablar, sepa lo que el otro quiere, desea o piensa. Porque quizá los dos quieren, desean o piensan lo mismo.
Te dijeron que era casi imposible que apareciera esa perla negra en nuestra vida. ¿Aparecimos tarde? Para algunas cosas quizá sí, pero para vivir esta experiencia ¡definitivamente no! No es tarde mi adorado Amadeo. Estamos viviéndola, así que no es tarde.
Escucha Amadeo, escucha  qué nos dice Ricardo Arjona:

Precisamente ahora
irrumpes en mi vida,
con tu cuerpo exacto y ojos de asesina.
Tarde como siempre,
nos llega la fortuna.

Pero llegamos tarde,
te vi y me viste,
nos reconocimos enseguida,
pero tarde.
Maldita sea la hora
que encontré lo que soy,
tarde...
Tanto soñarte y extrañarte sin tenerte,
tanto inventarte,
tanto buscarte por las calles como un loco,
sin encontrarte.

Ganas de besarte,
de coincidir contigo.
De acercarme un poco,
y amarrarte en un abrazo,
de mirarte a los ojos
y decirte bienvenida.
Pero llegamos tarde,
te vi y me viste,
nos reconocimos enseguida,
pero tarde.
quizá en otras vidas,
quizá en otras muertes.
Qué ganas de rozarte,
qué ganas de tocarte,
de acercarme a ti y golpearte con un beso,
de fugarnos para siempre

Nada más que agregar. Sólo que hoy no es tarde. No permitamos que lo sea.
Amadeo nuestro Hualichum nos llama. ¿Vamos?

Más besos, Ana Karen

fin
FIN

 

El bicho feo

Autores: Amadeo Pellegrini  y  Ana Karen Blanco
 
En una jornada gris, propicia a las evocaciones nostálgicas, saldadas las diferencias con Ana Karen, viajábamos, en plena armonía rumbo a Buenos Aires donde mi amiga tomaría el avión de regreso a Montevideo, en tanto yo haría el camino de vuelta a la oficina.

En su equipaje llevaba la fusta de barba de ballena y mango de marfil, recuerdo de la tía Filomena Ferrato, y en los más atractivos lugares, -no visibles-, de su persona, ciertas marcas emblemáticas, para decirlo de manera elegante-, provenientes del mismo adminículo.

Un impensado silencio nos envolvía.

La Gallita Oriental, arrellanada en el asiento con la mirada perdida en el horizonte continuaba abismada en sus cavilaciones, mientras yo conducía cada vez más concentrado en el tránsito desde que comenzara a caernos encima una fina llovizna.

De pronto se irguió en el asiento y comenzó a entonar:

“Qué noche llena de hastío y de frío,
el viento trae un extraño lamento.
Parece un pozo de sombra la noche,
y yo en la noche camino muy lento...
Mientras tanto la garúa
se acentúa con sus púas
en mi corazón....”

-Me gusta Julio Sosa. –Murmuró, sin apartar la mirada del horizonte.

-A mi también. –Respondí.

-Más que Gardel…

Si con aquella afirmación pretendía iniciar una controversia, equivocaba el camino, porque repuse sin vacilar: 
-Estamos de acuerdo.

Otra vez un largo silencio entre los dos. Para interrumpirlo le  propuse que pusiera música. Se negó con la cabeza y enseguida dijo:
-No, no tengo ganas de aturdirme con música…

Luego de un momento añadió:
-¿Te das cuenta Amadeo? todavía no hace tres días que nos conocemos y ya no tenemos más nada que decirnos…

-Me hago cargo –repuse-, aunque en realidad parece que hiciera más tiempo, porque lo consumimos intensamente…
 
-Es verdad –admitió- ¿Es por eso entonces que ahora parecemos una fatigada pareja que no tiene otra perspectiva que el aburrimiento, porque llevan demasiados años viviendo juntos?..

-En eso no estoy de acuerdo, muchas veces los momentos de silencio resultan necesarios, para pensar, para concentrarse, para recordar, para no equivocarse al doblar, como ahora, -dije imprimiendo un leve toque al volante, en lo que pretendía ser una broma. Ana Karen esbozó una sonrisa tristona.
-Lo que me molesta es que no tenemos temas, no somos un par de viejos, es verdad, pero nos estamos portando como dos desconocidos…
 
-Para nada, -observé-, estamos viviendo circunstancias nuevas que deberemos afrontar a partir de mañana y eso nos pesa a los dos.
-Sí, como un maleficio…

-¡No, Ana Karen, no volvamos otra vez al “Hualichum”! ¡Por favor! -dije extendiendo la mano para acariciar su rodilla.

Ella se rió de buena gana exclamando:
-No, tonto, eso es cosa del pasado, pensaba en un tango

-Entonces más preciso hubiera sido decir: “nos pesa como una condena…”

-¡Ese es otro tango!... Meditó unos instantes para aducir: Bueno, después de todo yo soy muy dueña de decir lo que me parece… ¿No? ¡Pero a vos Amadeo te gusta hacerte el sabelotodo y  corregirme!...
-Sí, seguro, encima de mis rodillas, especialmente…

-¡Puto!... ¡No me hagas acordar, -¡puto, reputo!-, que todavía estoy dolorida! Por tu culpa y el viaje voy a llegar a Montevideo con la cola desecha…

-¿Por mi culpa? -pregunté divertido.

-¡Sí! ¡Sí! ¡Por tu culpa! ¿Quién me habló del “Hualichum”? ¡Vos! ¿Quién me llevó a la laguna? ¡Vos! ¿Quién me dejó sola allá? ¡Vos!

Volvía a ser la Ana Karen desafiante de siempre, la que me derretía por dentro.
–Tenía entendido que habíamos firmado la paz, ¿no es así?

-¡Yo no firmé nada! Quedamos solamente en no volver a hablar del asunto, pero a vos te gusta refregármelo y como ahora no podés pegarme te divertís burlándote de mí.

La voz alcanzaba ya la modulación justa, faltaban, únicamente  los pucheritos…
-¿Por qué tenés que ser tan, pero tan puto, Amadeo? ¿Por qué no me hablás de otras cosas?...

Conseguí sacarla del ensimismamiento, ese era mi propósito. Reaparecía entera la Gallita Oriental con las alas desplegadas y los espolones a la vista, preparada para emprenderla a picotazos . Era el momento justo de condescender. Le pregunté:
-Bien, ¿de qué  querés que hablemos?

-Hablame de vos. De vos, cuando eras todavía buena persona, cuando eras un chico inocente que iba a la escuela y jugaba con otros.

La vocecita comenzaba a destilar dulzura.
 -Me gusta conocer cómo eras entonces…

 -Voy a tratar de complacerte, -le dije-, pero te prevengo que no me acuerdo nada del tiempo de mi inocencia, los juegos, de los que me acuerdo al menos, de cándidos tenían poco y nada.

-Sí, entiendo, en Montevideo también, cuando yo iba a la escuela a los varones les gustaba hacer cosas prohibidas, sobre todo con las nenas.

-Es que ustedes las nenas uruguayas debían ser ejemplares

-Si, claro. –Advirtió enseguida que estaba bordeando una trampa, entonces la eludió preguntando:
-¿Y las de acá no, acaso?

Las de acá dejaban mucho que desear, porque tenían unos jueguitos que bueno, bueno.

-¡Huy! Amadeo, sos de lo que no hay… ¿Qué hacían? Apretó cariñosamente mi brazo y endulzó más la voz para pedir: Contame, contaaame…

Si, te voy a contar uno de los juegos de mis compañeritas de colegio, pero mejor hagamos un trato.
-No, no, Amadeo, con vos yo no hago un sólo trato más, porque sos muy sinvergüenza y después termino toda dolorida.

Para acentuar su condición de víctima formó el clásico hociquito con los labios mientras movía la cabeza de izquierda a derecha. Estábamos detenidos en la estación de servicio, esperando que el playero terminara de limpiar el parabrisas. Al reemprender la marcha dije:
-Ana Karen, el trato que te propongo es completamente inocente.

-Nada que venga de tu parte puede resultar inocente, Amadeo. Acabás de decirme que no te acordás de cuando lo eras.

-Está bien, hablemos entonces de un trato justo: yo te cuento el jueguito de las nenas y después vos me contás uno de los de tus tiempos del colegio. ¿Estamos?

-¿De nenas también?

-De lo que sea, a mi también me gusta saber cómo eras de chiquita, aunque me lo figuro.

-¡No seas puto! -exclamó pellizcándome el brazo- Bueno, está bien. Empezá, dale.

-Yo hice la escuela primaria en un colegio nacional, te acordás que te conté…

-A mí nunca me contaste nada.  Habrá sido a otra… Te estás con-fun-dien-do, Amadeito…

-Yo no me confundo, que vos no te acuerdes es cosa tuya. Cuando íbamos para “Villa Amelia”, al pasar por allí te mostré un edificio viejo, color mostaza, y te dije que esa era mi escuela.

-¡Ah!, Sí, ahora me acuerdo…

_Ahhhh, sííí… ahora síii… -dije haciéndole una mueca.

-No te burles, ¡estúpido!

-Resulta que ahora también soy estúpido.

-Sí, estúpido, puto y sinvergüenza.

-¡Cuántas cosas lindas! Bueno, sigamos…

-Empezá de una vez

-Ese era un colegio mixto donde se dictaban clases en dos turnos, yo iba al de la tarde porque mi casa quedaba bastante lejos. A ese turno concurrían más niñas que varones. No llevábamos uniformes como los colegios pagos, pero sí guardapolvos los varones y delantales las niñas, todos blancos, en ese tiempo las mujeres no usaban pantalones como ahora, así que en invierno llevaban medias tres cuartos y soquetes en primavera.

Resulta que teníamos un Director con ideas avanzadas para una población tan chica, provinciana y prejuiciosa como la nuestra. Encima el tipo pertenecía al Partido Socialista, así que con el Cura se tenían mucha tirria, aunque no lo demostraban, en público guardaban las formas, Señor Director de aquí, señor Cura Párroco de allá, pero no se podían ver, de eso nos vinimos a enterar después cuando sucedió lo que sucedió.

Consecuente con sus ideas pro feministas de igualdad de sexos y antidiscriminatorias, en los recreos permitía que, varones y chicas nos mezcláramos para jugar juntos. El personal a su cargo, o sea las maestras se turnaban en el patio sólo para vigilar los baños, que estaban separados.

Al principio las cosas anduvieron bastante bien, las niñas jugaban a la rayuela, al pisa-pisuela, a la mancha, saltaban la soga, o hacían el fideo fino que consistía en juntar los pies, tomarse de las manos y echarse para atrás comenzando a girar, muertas de risa, cada vez más rápido hasta que se soltaban mareadas; a los varones nos gustaba jugar a los milicos formando un bando que perseguía al otro, el de los ladrones para encerrarlos en un círculo marcado en la tierra que representaba la cárcel, los ladrones podían soltar a sus compañeros. El juego no terminaba nunca porque la campana lo interrumpía siempre.

-Ana Karen, vos conocés ese refrán: “El roce, descose” ¿No es así? Bueno, de a poco, cada vez era mayor el número de chicos que desertaban de nuestros dos principales juegos, para sumarse a los  de las niñas, pues además de la “miliqueada” estaba también la “gata parida” que consistía en formar una fila con la espalda apoyada a la pared y empujarse de costado desde cada extremo, hasta que la presión de la fila los iba desalojando de a uno, ganaban los que conseguían quedar apoyados en la pared.

-Y vos, fuiste de los primeros en abandonar los juegos de los varones para pasarte al de las nenas ¿no?

-Por supuesto. Además tenía mis motivos…

-Los conozco, Amadeo, vos me contaste que no tenías hermanitos, - ¡pobrecito!-, por eso buscabas hermanitas o primitas.

-Primitas tenía…
-Entonces las compadezco…

-¡Acabala, Charrúa del Diablo!

Fue a mitad de ese año cuando se puso de moda el juego del “Bicho Feo” que consistía en sorprender por detrás a alguna de las chicas y entonces impetuosamente levantarle las faldas y el delantal, para que los que estaban alrededor corearan burlones.
 
“Feo bicho, bicho feo,
las bombachas yo te veo…
Feo bicho, bicho feo,
las bombachas yo te veo…”
 
Batían palmas y reían todos los circunstantes, menos la víctima que, en ocasiones se enojaba y hasta se ponía a lloriquear de vergüenza, aunque después festejara con las demás cuando hacían “Bicho feo” a otra compañera.

-Me imagino, Amadeo que vos estarías allí en primera fila…

-¡Por supuesto! Es uno de los mejores recuerdos que tengo de la escuela por eso te lo cuento.

En ese tiempo descubrí una variedad enorme de modelitos de bombachas y bombachitas, la mayoría eran color blanco, algunas con puntillitas, pero había también  amarillas, marfil, rosas, verdes, estampadas con florcitas, con maripositas… ¡Un primor!

-¿Qué pasó después?

-Lo previsible, oficialmente ninguna autoridad del colegio conocía ese juego, el Director nunca aparecía en el patio, las maestras conversaban entre ellas y si veían algo inconveniente se hacían las desentendidas, hasta que ocurrió lo que, tarde o temprano, sucedería: le alzaron la ropa a la hija de una familia importante, adinerada, muy religiosa con sólidos contactos políticos en la capital de la Provincia y también en Buenos Aires.

-Llorando a lágrima viva, la víctima fue a refugiarse detrás del hermano mayor, alumno de los últimos grados, quien arremetió contra las autoras, las instigadoras y las que aún festejaban la hazaña, trompeó a algunas, a otras las empujó, las demás se desbandaron gritando mientras corrían a refugiarse cerca de las maestras.

-Bien, abreviando la cuestión: intervinieron los padres, se movieron influencias, del Ministerio de Educación bajó un Inspector para instruir un sumario a las autoridades de la escuela. Entretanto las suspendieron, provisoriamente designaron en la dirección a un funcionario del Ministerio hasta deslindar responsabilidades.

-Los padres de las hijas señaladas como promotoras del jueguito pretendían que se descubriera a la culpable, es decir que apareciera “el chivo expiatorio.” ¿Quíén? La que trajo esa moda al colegio y que fuera expulsada.
 
-¿Y la descubrieron? -interrumpió Ana Karen impaciente.

-La mayoría acusó como cabecilla a María Cristina Rodríguez, hija del Jefe de Correos, quien hacía muy poco tiempo que había sido trasladado al pueblo.

-¿Qué pasó con ella?  ¿La echaron, no?

Negué con la cabeza.
–No es tan fácil expulsar a un alumno, ni antes ni ahora, deberías saberlo, nena. Terminaron por tapar el asunto.

A causa del escándalo, a la culpable la ajustició, cinturón en mano, su propio padre con unos azotes de aquellos.

Las otras cómplices, en su gran mayoría, recibieron también sus palizas. En resumen, todas, aun las que no participaban activamente quedaron escarmentadas.

A la pobre María Cristina, las compañeras, por orden terminante de las respectivas familias le hicieron el vacío dejándola de lado hasta fin del año.

El nuevo Director, anuló las medidas anteriores, los patios fueron separados los varones quedamos de un lado, las mujeres del otro, las maestras recibieron la orden de vigilar los juegos de todos nosotros. Así terminó la cosa.

-¿Se supo de dónde o de quién sacó, esa chica  María Cristina la idea del jueguito? -quiso saber mi amiga.

Esta vez me encogí de hombros.
 –Vaya a saber, -dije- esa familia venía de otro pueblo, lo habría aprendido allí, o tal vez lo vio en alguna parte. Si lo dijo no se supo, de lo contrario yo me hubiera enterado.

-Conociéndote, no me cabe ninguna duda que te hubieras enterado sinvergüenza.

 Como me abstuve de hacer ningún comentario, agregó suspirando:
-¡Lo lamento, pobre chica!
 -¡Yo más que vos! –exclamé-. La posteridad ha cometido con ella una grave injusticia al no rendirle homenaje por haber sido la precursora del cola-less. Mirá cómo andan mostrando las bombachas y algo más, las chicas de hoy.

Como Ana Karen quedó muda y pensativa, la saqué del aletargamiento, recordándole que era su turno.

000

¿Así que es mi turno, eh? Bueno Amadeo, si querés que te cuente voy a empezar por decirte que remontarme a los tiempos que fui una niña no me cuesta porque fui muy feliz.

Toda mi niñez y adolescencia transcurrió en un colegio de monjas. Entré al jardín (en aquel tiempo se le llamaba jardinera y luego se pasaba al pre-escolar) con 4 años y feliz. Cuando salí estaba recibida de secretaria ejecutiva y tenía 18.

Durante estos 14 años de mi vida, conocí muchísimas  hermanas (monjas). Muchas de ellas habían tomado los hábitos por verdadera vocación y eran un modelo de dulzura, paciencia y amor por los niños. Pero otras… estaban peleadas con la vida, con la humanidad y con Dios, y no lo disimulaban. Una de estas monjas fue mi maestra de segundo grado, la hermana Marques.

Recuerdo que era más bien baja, porque con mis 7 años no era mucho más alta que yo (teniendo en cuenta que siempre fui la más grande de la clase). Era delgadita, menuda y con cara de culpar a la humanidad por su miserable vida. Vida que ella había elegido tener, supongo. Usaba unas gruesas gafas con una horrible montura de plástico negro que hacían resaltar su “bigote”. No era de facciones feas, sino todo lo contrario, y su tez era fina y suave. Pero siempre tenía cara de enojada, expresión de fastidio por tener que soportar todos los días a aquellas terribles niñas (era colegio femenino) que hacían sus travesuras con el sólo fin de que ella llegara más rápido a los altares y todos los días tuviera sacrificios y penitencias para ofrecer a Dios.

No recuerdo haberla visto sonreír jamás. Pero sí iba siempre con el ceño fruncido, y cara de enojo. Todos los días eran un suplicio para nosotras, pero creo que el que más nos disgustaba a todas era el lunes por la mañana.

Quiero hacerte notar, mi querido Amadeo, que este recuerdo es de comienzo de los años 60, antes del Concilio Vaticano II, cuando el cura daba la misa de espaldas, rezaba la misa en latín y las mujeres, no importaba la edad, debían cubrir sus cabezas con alguna mantilla y los señores quitarse los sombreros, etc. Siempre me pareció una cosa muy tonta porque era más agradable ver a las señoras peinadas aunque fuera sencillamente, que las calvas o semi calvas de los señores.

Volviendo al tema, te preguntarás por qué eran tan duros los lunes de mañana. Pues bien: resulta que la hermana Marques pasaba lista para ver quién había ido a misa el domingo anterior y quién no. A la que no había ido a misa se le ponía una falta como si no hubiera concurrido ese día a clase. Y si había ido, tenía que presentar una libretita con la firma del cura.

Bueno, aquí comenzaba la disyuntiva: si había ido a misa, pues nada, todo bien. Pero si había faltado, cometiendo pecado contra el tercer mandamiento: “Santificar las fiestas”, que se preparara para la reprimenda. La cara de la hermana Marques era especial para hacernos sentir culpables y por supuesto que nadie nos salvaba de la falta del día. ¿Cuántas faltas se podrían tener en el año? Ella decía que no muchas, o sea que había que ir a misa sí o sí. Por supuesto que la fe, el libre albedrío y todas esas cosas eran tonterías sin importancia. A la misa dominical había que ir por obligación de buen cristiano ¡y punto!

Cuando llegábamos  los lunes  a la escuela, la pregunta no era: ¿estudiaste? ¿saliste el fin de semana? ¿fuiste al cine? o ¿visitaste a tu abuelita? ¡NO! La pregunta clásica era ¿fuiste a misa?

Mis padres tenían comercio y se abría los domingos medio día, por lo tanto, la mayoría del tiempo no se podía ir a misa debido a los horarios en la mañana y al cansancio acumulado durante la semana en la tarde. Así que la mayoría de los lunes yo me tenía que presentar ante aquella terrible mujer y reconocer que había pecado por no ir a misa el domingo. ¡Cómo odiaba las mañanas de los lunes!

Muchas veces mentí diciendo que sí había ido, pero que el Padre Fulano estaba ocupado con otros feligreses y no podía esperar a que me firmara, o que mis padres salieron de apuro y no podían firmar, o cualquier mentirilla piadosa por el estilo. Entonces venía el remordimiento porque, además de no ir a misa, había mentido.

Era invierno y yo, que no era muy traviesa pero siempre tuve bastante imaginación a Dios gracias, se me ocurrió una travesura para hacerle a esa monja que tan mal me caía. Compré en una papelería una caja de chinches*. En el recreo volví al aula sin que me vieran y coloqué aquellas chinches* doradas con la parte puntiaguda hacia arriba, en la silla de la hermana Marques. Las puse intencionalmente, deliberadamente, con la forma de los glúteos, dibujando con ellas como una gran W, y salí sigilosamente de la clase, corriendo a jugar otra vez. Esperaba que se pinchara todo el culo y saltara de la silla ¡como un resorte!

Al regresar del recreo la hermana se dirigió a su mesa y se sentó sin más, comenzando a impartir la lección correspondiente. Me sorprendió muchísimo que no saltara al sentir los pinchazos, pero pensé que quizás lo estaría haciendo por sacrificio o algo así!

De repente se paró y se dio vuelta hacia el pizarrón, dando la espalda al salón: la carcajada fue general!!

Le había quedado marcado en el lugar exacto, un culito redondito y precioso!! Después me di cuenta que era tanta la ropa que tenía debajo de su hábito, que las tachuelas ¡se le habían quedado adheridas a la ropa!

Con su habitual cara de enojo giró sobre sus talones y nos miró desafiante, pero fueron pocas las niñas que lograron parar de reírse.

-Pero… ¿Qué falta de respeto es esta? ¿Cómo se atreven a reírse así en plena clase? ¿De qué se están riendo, cuál es la gracia?

No podíamos parar.
-¡Silencio! A ver… González, dígame qué pasa, cuál es la gracia!

González era la mejor alumna de la clase y su preferida, además de ser la “chupamedias”, “pelota” u "oreja” como se dice comúnmente. Pero esta vez su consentida no se animó a hablar.

-Ahhh, no vas a hablar, eh? Bien… entonces Domínguez, dígame usted qué pasa.

-Na… nadaa her… hermana! –y bajando la cabeza se puso muy colorada.

Y así nombro a tres o cuatro niñas más, pero ninguna se atrevió a decirle nada.

Pero no todo estaba de mi lado. Justamente pasaba por allí la hermana Superiora y en uno de los giros de la hermana Marques vio aquel culito marcado sobre las negras vestiduras de la monja. Con toda rapidez entró al aula y con más rapidez aún nos pusimos nosotras de pie para recibir con el respeto debido a la Superiora, con las voces al unísono, diciendo:
-¡Buenos días hermana Superiora!

-Buenos días niñas. Hermana Marques, acompáñeme por favor –y tomándola del brazo la sacó rápidamente del salón de clases.

Todas nos quedamos viendo la escena a través de los vidrios de la puerta, mientras la superiora le explicaba lo que le había pasado. Cuando la hermana miró la parte posterior de su hábito… no salía de su asombro!! Le dijo algo en voz baja mientras que entre las dos desprendían las tachuelas* del hábito.

Una vez que la Superiora se fue con una enorme sonrisa en los labios que pude ver perfectamente, la hermana Marques entró al aula con la cara roja por la ira. Nos enfrentó, puso su cara más dura, su voz más agria y mostrando las tachuelas en su mano nos espetó:
-Muy bien… ¿quién es la responsable de esta falta de respeto?

Por supuesto que el silencio fue absoluto y ya ninguna de nosotras reía. Yo estaba súmamente asustada y temía que mi cara me vendiera.

La monja siguió preguntando y nosotras seguimos callando, mirándonos unas a otras. Yo no le había contado nada a ninguna de mis compañeras, por lo tanto ellas tampoco sabían que había sido yo.

-Si la o las culpables de este desatino no se levantan y confiesan su falta, me veré obligada a que todas, ¿entienden? todas, paguen por esto. Consideraré que la clase en general y cada una en particular, cometieron esta fechoría.

Hubo alguna tímida protesta, pero por supuesto que nadie se hizo cargo de la travesura. Y yo menos que nadie, porque ¡tenía tanto miedo!

En determinado momento, con su furia a flor de piel nos pidió que pusiéramos sobre el pupitre nuestro “cuaderno viajero”, que era el cuaderno donde anotábamos los deberes para la casa, los avisos para los padres sobre los viajes o acontecimientos de la escuela, y por supuesto las observaciones sobre nuestras conductas, buenas o malas, por parte de la maestra.

Se apoyó sobre su escritorio con los nudillos sobre la mesa y desde allí nos dijo:
-Tomen su cuaderno viajero y copien lo que voy a escribir en el pizarrón –obedecimos con la cabeza baja y el lápiz en la mano sobre el cuaderno. En el pizarrón escribió algo así:
-“Queridos papá y mamá:
Les confieso que hoy he sido responsable de una gravísima falta de respeto contra mi maestra, la hermana Marques. He puesto tachuelas* en su silla con la intención de lastimarla y burlarme de ella, ya que dibujé con las tachuelas una parte innombrable de nuestro cuerpo. Me confieso ante ustedes para que me apliquen el castigo que crean conveniente. Para asegurar este hecho, la hermana Marques firmará a continuación.”

Y una por una fuimos pasando por su escritorio y ella firmó cada uno de los 32 cuadernos de las niñas que estábamos allí presentes.

Al llegar a mi casa y presentar el cuaderno a mis padres, se enojaron muchísimo, ya que la hermana Marques además de maestra era una religiosa, por lo que se le debía doble respeto.

Mi papá sólo me castigó dos veces en mi vida, y ésta fue una de ellas. El cinto silbó por los aires varias veces cayendo sobre mi cuerpo mientras yo saltaba. No fueron muchos azotes, pero me dolieron mucho y las marcas tardaron varios días en irse.

Al día siguiente al regresar a la escuela, vi que muchas compañeritas habían corrido la misma suerte que yo, y me sentí peor aún. Pero luego, pasado el tiempo, el sentimiento de culpa fue desapareciendo, pero nunca se fue por completo. Hoy por hoy, cuando lo recuerdo, todavía me siento un poquito mal, pero fue tan divertido hacerlo y ver la cara de esa monja llena de vergüenza y enojo que ¡no me arrepiento de nada! Valió la pena mi azotaína y la de mis compañeras, que se divirtieron tanto o más que yo porque no tenían el peso de la culpa, no?

Nadie supo jamás quién había sido la responsable de aquella travesura. Nunca confesé mi falta hasta hoy, querido Amadeo. Tú eres el primero en saberlo. Y espero que no me castigues!

Rompimos en carcajadas, pero los dos sabíamos que toda esa risa y aparente alegría era sólo una máscara para tapar la tristeza que realmente sentíamos.

El pensamiento de mi partida me inundó nuevamente. Mejor dicho, no me molestaba marchar, no me dolía irme, lo que en realidad me hundía en una profunda tristeza era saber que Amadeo se quedaba y nos separaríamos, quién sabe por cuánto tiempo. Al pensar esto mi sonrisa desapareció y lentamente y casi sin dame cuenta, me fui enrollando hasta que tomé una posición casi fetal. Necesitaba sentir a este hombre maravilloso muy cerca de mí, sentir una vez más el calor de su piel y llevarme su olor y su tibieza. Lentamente me dejé caer sobre su hombro, apoyé mi cabeza sobre él y allí me quedé, en silencio...

NOTA:  *chinche = tachuela o chincheta.

000

A medida que nos acercábamos a la Avenida General Paz, el silencio nos arropó nuevamente, esta vez yo tampoco tenía ánimos para iniciar una nueva conversación.
La Gallita había plegado las alas y encogido las piernas para acercarse más a mí hasta quedar con la cabeza apoyada en mi hombro.

Nuestro mutismo resultaba cada vez menos soportable, encendí el receptor para escuchar las noticias. Alentaba la secreta ilusión de oír, en medio de todas las informaciones, el aviso que el Aeroparque de la Ciudad de Buenos Aires no se encontraba operable, por lo tanto los vuelos quedarían suspendidos durante toda la jornada.

Era la única manera de retenerla conmigo unas horas más; era asimismo la manera de prolongar una agonía común. El  esperado anuncio, por cierto no llegó, las condiciones del tiempo habían mejorado completamente. Un horizonte rosado servía de fondo a los oscuros edificios que desfilaban a la par nuestra.

Entré al estacionamiento y detuve el coche en un rincón de sombra que no tardaría en ser barrida por el sol que emergía desde el Río de la Plata. Ana Karen me había pedido que nos despidiéramos allí.

No quería ser acompañada hasta el hall de embarque, argumentando que allí le resultaría más difícil dejarme. Había también otra razón: alguna persona conocida podía vernos.

Quedé sentado en el auto con el sabor a lágrimas del último hondo y sentido beso, viendo como se alejaba de mí...

(continúa)