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Relatos de azotes

M / f

Un caso sencillo

 Por: Amadeo Pellegrini 

A la memoria de: Samuel Dashiell Hammett y

Raymond Chandler artífices del policial negro  

Herbert Kuhnn aminoró la velocidad y giró el volante; el automóvil salió de la Interestadual para ingresar en una ruta secundaria. De acuerdo a las instrucciones debía marchar por ella casi seis millas hasta encontrar una gasolinera abandonada, doblar allí en el cruce de caminos vecinales hacia la derecha, continuar media milla y detenerse frente a las ruinas de una antigua destilería. 

Desde que dejara la policía para establecerse como investigador privado, era este su primer caso: una burda extorsión. La víctima el Fiscal Budgen primer candidato a Alcalde, lo había contratado para que se ocupara de ese turbio asunto que involucraba a su familia y cuyas consecuencias podían malograrle la carrera política. 

Debía hallarse satisfecho que el Fiscal lo eligiera precisamente a él para ese trabajo, sin embargo no lo estaba. Lo había condicionado demasiado, quizás por eso mismo lo había escogido, para poder manejar los resultados y evitar de ese modo que trascendieran otros aspectos de su vida privada.  

El joven ex policía no encontraba otra explicación, además de aquellas fotografías que comprometían la moral familiar debían existir otras cosas más graves en aquel hogar.  

Lo había contratado para que descubriera la persona que tomó fotografías pornográficas a su hija, quien por los negativos le exigía cinco mil dólares bajo la amenaza de darlas a la prensa en vísperas de las elecciones primarias. 

Era inevitable que la candidatura y aun el futuro político de Budgen quedaran pulverizados  si algunas de aquellas fotografías llegaban a la opinión pública.  Nadie ignoraba, -el extorsionador menos que ninguno-, hasta donde llegaba la apetencia de poder del Fiscal. 

Por esa razón Art Budgen no había recurrido a la policía y las condiciones que le impusiera fueron: recuperar los negativos, pero abstenerse de seguir la investigación más allá con instrucciones de no reunir pruebas incriminatorias contra el culpable, o los culpables. 

Resultaba entendible que su cliente no deseara llevar el asunto a la justicia. Lo extraño consistía en que tampoco quisiera conocer la identidad del extorsionador, como si tratara de protegerlo, pero más incomprensible era aun su actitud para con la hija, pues le había exigido dejar a la muchacha completamente de lado. 

Era obvio que Muriel Budgen había posado por propia voluntad, a menos que hubiera estado bajo los efectos de alguna droga. En cualquiera de ambos casos no ignoraría el uso que darían a esas fotos algo que, naturalmente,  la convertía en cómplice. 

Resultaba lógico que los padres trataran de ocultar la participación de la hija, pero no que se desentendieran de ella, porque desde unas semanas antes Muriel no se comunicaba con ellos, había abandonado la carrera y dejado la residencia universitaria de manera que a la fecha ignoraban su paradero.

El investigador, solicitó al Fiscal que cuando el extorsionador volviera a telefonear negociara un plazo de una semana con el pretexto de reunir el dinero, en ese lapso él procuraría localizar y recuperar los negativos. 

En aquella oportunidad se sintió obligado a preguntarle a los padres qué debía hacer si daba con Muriel.  

Trate que vuelva a casa. Fue la respuesta que obtuvo. 

Herbert Kuhnn empezó por la Universidad de California. Su juventud le facilitó una inmediata inserción en el ambiente estudiantil y no tardó en reunir la información que necesitaba para encaminar la búsqueda. Muriel Budgen, había comenzado militando en los grupos pacifistas anti Vietnam, lo que había provocado el primer desencuentro con su padre, después pasó a formar parte de una de las tantas comunidades hippies que en esos años brotaban como hongos entre los jóvenes.  

Supo así mismo que había consumido alcohol, marihuana y LSD y conocido a un estudiante de arte, con quien había terminado por formar pareja. 

De  Stanley Mulligham supo que era fotógrafo aficionado, una especie de lobo solitario, no se le conocían amigos apenas camaradas de universidad a los que había dejado de frecuentar el cuatrimestre anterior antes de abandonar los estudios.  

Todas las piezas encajaban, sin embargo nadie pudo informarlo del paradero actual de la pareja, porque casi simultáneamente ambos habían desaparecido de los lugares que acostumbraban a frecuentar. 

A pesar de la poca colaboración que los esposos Budgen le prestaron Kuhnn, en las breves entrevistas que tuvo con ellos, advirtió que las cosas no andaban del todo bien aunque ambos desempeñaran a la perfección los papeles del matrimonio perfecto. 

El temblor en las manos de la mujer, que al principio atribuyó a la tensión bajo la cual se encontraban, reveló al detective su adicción al alcohol. Y aunque no le permitieron interrogar al servicio doméstico, -ajeno al drama que estaba sucediendo en la casa-, supo por la mucama que la señora había comenzado a beber a toda hora cuando convocaron a filas al joven William, el único hijo varón. 

El prestigio del Fiscal Budgen estaba sólidamente reforzado por sus intachables principios morales y patrióticos. La imagen de familia modelo unida a la influencia ejercida para que su hijo integrara el contingente de soldados que combatían a los comunistas del vietcong, era una demostración irrefutable de la solidez de aquellos principios.  

Kuhnn sospechó enseguida que todo eso no era más que una hermosa fachada sostenida para consolidar las ambiciones políticas de Art Budgen. 

Sumido en tales pensamientos arribó a la gasolinera abandonada que dejó a su izquierda para tomar la ruta que conducía a las ruinas de la destilería cuya alta chimenea de ladrillos tercamente en pie, permitía divisarla desde lejos. 

Llevaba en el asiento contiguo un maletín negro con apretados fajos de papel de periódico, simulando el dinero exigido, porque al aproximarse el vencimiento sin haber localizado a los extorsionadores se resolvió poner en práctica el plan alternativo, consistente simular el pago para apoderarse de los negativos. 

Aunque las llamadas provenían seguramente de teléfonos públicos el sujeto había actuado con tan poco profesionalismo que una investigación bien llevada a partir de las fotos y del papel en que estaban impresas lo hubiera puesto al descubierto, pero las trabas impuestas, -sólo le habían permitido ver dos fotografías nada más, ni siquiera conservarlas para examinarlas en un laboratorio- y la ansiedad del político lo impulsaron a jugar la carta de arrebatar los negativos simulando la entrega del rescate. 

Su cliente había aceptado esa estratagema, pero prohibiéndole que concurriera armado. No quería que la situación se agravara con un hecho de sangre, pero hizo caso omiso de la prohibición, preparó su pistola más otro cargador completo, añadió también un par de esposas y una larga cuerda. 

Al llegar al lugar convenido, detuvo el motor y se apeó del automóvil. Imaginaba que lo estarían observando. Para darles seguridad que se encontraba solo caminó alrededor del vehículo. Después se apoyó en una de las portezuelas, de cara a las ruinas y encendió un cigarrillo. 

Transcurrieron diez largos minutos, hasta que finalmente una esmirriada figura surgió de entre la maleza encaminándose en dirección al automóvil. 

La estrafalaria vestimenta de quien venía a su encuentro no le impidió reconocer en aquel mamarracho hippie a Muriel Budgen. 

-¿Lo manda mi padre, no? -preguntó a boca de jarro. Kuhnn, asintió con la cabeza. 

-¿Trajo el dinero?  

El detective volvió a hacer un gesto afirmativo con la cabeza. 

-¿Dónde lo tiene? 

Sin pronunciar palabra, le volvió la espalda, abrió la portezuela, sacó la maleta del interior y la colocó sobre el capot. 

-¡Démela! -ordenó con voz imperiosa. Se encontraban a unos diez pasos de distancia. Por toda respuesta, el detective con estudiada lentitud encendió un cigarrillo mientras movía la cabeza en sentido negativo.  

-¡Arrójela a mis pies!... ¡Vamos!...  ¡Hágalo!... 

-Primero déme usted el rollo de película para asegurarme que se trata de las mismas fotos y luego llévese el maletín. Antes no. Ese es el trato… -contestó sin dejar de sonreírle. Visiblemente fuera de sí la muchacha, gritó: 

-¡Le ordeno que me entregue el dinero!...

-Lo lamento señorita, pero sin rollo, no hay pasta. Son las órdenes que tengo -repuso sin abandonar la sonrisa y con las manos en los bolsillos como no dando importancia a la cuestión.

Las cosas estaban saliendo como las había planeado un poco más y la chica se abalanzaría sobre el maletín. Para apremiarla miró el reloj y afirmó en tono resuelto: 

-No perdamos más tiempo, si en diez minutos no me entrega el rollo, meteré la maleta en el auto y volveré por donde he venido.   

La muchacha miraba desesperadamente a ambos lados como buscando ayuda. Luego dijo: 

-No trajimos el rollo, se lo enviaremos a mi padre por correo… 

-Lo siento, no es eso lo convenido -sostuvo volviéndose hacia el auto.

Al oírlo la muchacha reaccionó como Kuhnn esperaba: se precipitó hacia el maletín con intención de tomarlo, pero no logró llegar a él, el hombre fue más veloz, asiéndola por el brazo la atrajo hacia sí y antes que Muriel atinara a nada, con dos clics metálicos le ciñó las esposas. Ella trató de darle de puntapiés, mientras se retorcía como una serpiente gritando en demanda de ayuda. 

-¡Ayúdame Stan! ¡Vamos Stan!... 

Kuhnn abrió la portezuela y a empellones la hizo entrar en el automóvil, enseguida sacó la pistola tomó el maletín y lo arrojó  sobre el asiento trasero cerrando ambas puertas. Después pistola en mano se atrincheró detrás del vehículo. En el interior del auto la muchacha, gritando pugnaba sin éxito por salir del encierro. La espera no resultó demasiado larga. En ese lapso la prisionera no dejó por un instante de gritar y patalear.

El silencio fue quebrado de pronto por el ronco sonido de un motor…  Una motocicleta emergió detrás de los muros de la destilería para ganar la ruta tomando velozmente la dirección opuesta hasta perderse detrás de una nube de polvo… El detective guardó el arma y entró al automóvil.

Esperó  que Muriel se tranquilizara un tanto, encendió dos cigarrillos, y después de colocarle uno en los labios dijo: 

-Bueno hermana. Tenemos dos caminos por delante,  o volver juntos a casita para que mamá y papá Budgen le den su merecido, o ir hasta donde están los negativos para que yo se los lleve. Elija. 

-¿Qué hará con el dinero? ¿Me lo entregará acaso?... -preguntó. 

-Mire. yo cumpliré mi palabra, me contrataron para recuperar ese rollo, me autorizaron a entregar a cambio ese maletín. Cuando yo regrese con los negativos y se los entregue a papá Budgen, cobraré recién mis honorarios, que es lo único que me interesa, después me olvido del resto… ¿Entendido?... -Muriel escrutó detenidamente el rostro de su interlocutor, que sostenía su mirada sin dejar de sonreírle.

-¿Qué hará conmigo después? –quiso saber ella. El detective se encogió de hombros antes de responder:  

-Depende… 

-¿Depende de qué…? 

-De usted, desde luego. Si cumple su parte yo cumpliré la mía, si no lo hace,  entonces yo sabré qué hacer…¿Está claro?... 

-Está claro. ¡Ahora quíteme esto! Ordenó alzando los puños esposados. 

-Todavía no muchacha, es demasiado pronto. No me agradan las sorpresas, su amiguito anda suelto, ignora nuestro acuerdo y puede tratar de hacerse el héroe a mi costa… Además, entre nosotros, no confío demasiado en una mujercita que se deja fotografiar desnuda para sacarle plata al papá… 

-¡Usted es un puerco!... 

-Y usted una inocente criatura… Si quiere pasarse el día platicando aquí conmigo, no tengo inconvenientes, pero si desea terminar el negocio de una vez, indíqueme el camino así nos ponemos en marcha… 

Muriel comprendió que no tenía alternativas, explicó la manera de llegar hasta el sitio donde se refugiaban, después se encerró en un hosco silencio. Kuhnn puso en marcha el motor y encendió la radio. Recorrieron varias millas por un intrincado camino entre cerros bajos. Encajonada en una pequeña abra dieron con un desvencijado remolque de madera sin ruedas, montado sobre rústicos pilares de piedra. Kuhnn guió el vehículo hasta donde la senda le permitió llegar y detuvo la marcha, Muriel abrió la boca para decir: 

-Es aquí. 

Quedaron a unos treinta pasos. No habían advertido vestigios de vida en todo el trayecto, tampoco los había en los alrededores de esa miserable choza, no obstante el detective echó pie a tierra con el arma en la mano y rodeó la construcción, abrió luego de un puntapié la puerta.  

No bien hubo comprobado que no había nadie, regresó al auto; ayudó a la muchacha a descender. Luego tomándola por el brazo para impedir que resbalara mientras portaba el maletín en la otra mano, la condujo hasta el interior de la madriguera, que por todo mobiliario disponía de una especie de yacija en el suelo, una pequeña mesa y un formidable desorden de ropas colgadas y apiladas en medio de cajas de cartón. Arrojó el maletín sobre la cama. 

Aquel sitio no podía ofrecer un aspecto más sórdido. El hombre quedó asombrado ante el abismo que separaba la magnifica vivienda de los Budgen de aquella inmunda pocilga así como las enormes contradicciones que encerraba el abrupto descenso de esa jovencita desde un hogar confortable a esa suciedad.

En el rincón que oficiaba de cocina, descubrió un calentador a kerosén sobre una banqueta de madera, una palangana en el suelo, al lado un par de bidones y encima de todo una repisa repleta de latas y botellas.  Se detuvo frente a una cochambrosa sartén colgada en la pared a observar detenidamente las fotografías de distintos tamaños que, adheridas con chinchetas, se hallaban a ambos costados. Desprendió un par de ellas y las llevó hasta la puerta para mirarlas mejor, después exhibiéndoselas preguntó a Muriel si el de las fotos era Mulligham. La chica asintió con la cabeza mientras estiraba las manos para que la librara de las esposas. El detective se desentendió del gesto y guardándose las fotografías en el bolsillo, preguntó: 

-¿Dónde está el rollo? 

-Primero suélteme… 

-Despacio chica, voy a soltarte después que confirme que no me engañas, ya sabes que soy desconfiado por naturaleza… 

No tuvo más remedio que señalarle una lata de té, convencida  que él llevaba todas las de ganar. Kuhnn extrajo el rollo del envase y salió afuera. Después de permanecer un rato examinando las tomas una por una regresó al remolque. 

-Hermosas vistas realmente… Quizás no valgan los cinco mil que piden por ellas, pero no están nada mal -dijo con sorna mientras le quitaba las esposas.  

En tanto Muriel, avergonzada por el comentario, mantenía la cabeza gacha. No bien se sintió libre lo primero que hizo fue volverle la espalda mientras se frotaba enérgicamente las muñecas,  después se sentó sobre el camastro y colocó el maletín sobre su regazo … 

-¡Cochino hijo de puta!... ¡Me engañó hijo de puta! -gritó arrojando al suelo el contenido del maletín. Los fajos de papel de diario se desparramaron mientras ella furiosa arremetía contra Kuhnn que trató de contenerla. Antes que el hombre reaccionara Muriel alcanzó a asestarle dos fuertes puntapiés en las piernas y a escupirle el rostro. Trató de abofetearlo pero las manos del detective encerraron sus brazos como garfios. Kuhnn comenzó a sacudirla, mientras le decía: 

-Quieta muchacha no me obligue a desfigurarla a sopapos… No quiero presentarla a sus padres con los labios partidos, las mejillas hinchadas y los ojos morados… 

Por toda respuesta ella volvió a escupirlo, mientras gritaba presa de un ataque de histerismo: 

-¡Usted no me llevará a ninguna parte, grandísimo hijo de puta!... 

Con la velocidad adquirida por la práctica policial Muriel se encontró nuevamente esposada con las manos a la espalda. Sin embargo no se dio por vencida volvió a patearlo, pero esta vez no tomó por sorpresa a su oponente quien cuando ella alzó el pie le dio un empellón haciéndola caer sobre el camastro. Desde allí vociferaba torrentes de palabras soeces propias de una mujer de la calle.

La seguridad que ese hombre no la maltrataría, para no indisponerse con su padre la alentaba a continuar con los insultos.  Lo hostigaba para que perdiera el aplomo, pero Kuhnn ignorando los agravios continuaba revisando calmosamente uno por uno los objetos que tenía delante. Descolgó un bolso con forma de morral y lo vació sobre la mesa. Dos de las bolsitas de tela que cayeron contenían picadura de marihuana, la otra un poco más grande estaba llena de una pasta color marrón, fósforos, una caja de librillos de papel de fumar, dos paquetes de cigarrillos abiertos, una libreta, un cortaplumas mediano, un envoltorio de toallas higiénicas, preservativos sueltos, un sobre con apósitos, una pipa ordinaria, un lápiz y algunas monedas. Desparramó en el piso el contenido de las bolsitas, arrojó también la pipa y la quebró con el zapato,  guardó en uno de los bolsillos traseros del pantalón la libreta y el resto lo volvió a colocar dentro del bolso. La muchacha que por un momento había cerrado la boca para observar los movimientos de su captor, cuando lo vio tirar la marihuana, gritó: 

-¿Pero qué hace?... ¡Nada de esto es suyo!... ¡Usted, hijo de puta no tiene ningún derecho a tocar nada!... ¿Entiende eso policía de mierda?... ¿Me oye hijo de puta?... ¿Qué otra cosa busca acá?... ¡Contésteme!... ¡Hable vamos!... 

Sin darse por aludido continuó con su tarea. Vació una de las cajas de cartón para ir colocando en ella las prendas de la muchacha, incluido el bolso y unos libros de texto. 

-¡Le prohibo que toque mis cosas!... ¿Oye puerco?... ¡Todo eso es mío!... -chilló la joven. Kuhnn cerró la caja, después de amarrarla con un cordel la llevó hasta el automóvil y la depositó en el baúl. Silbando regresó al remolque. 

Al oírlo regresar Muriel renovó los gritos y los insultos. Como le costaba volverse pues tenía brazos y manos inmovilizados, trataba de adivinar las intenciones del detective que se movía detrás de ella. 

-¿Qué mierda quiere hacer ahora?...  

-Tenga paciencia señorita Budgen, no bien termine me ocuparé de usted… se lo prometo, como le prometí a su padre llevarla de regreso a casa. 

-¡Esta es mi casa y no pienso moverme de aquí! ¡Usted va a tener que soltarme porque si no lo voy a acusar de secuestro! ¿Oye, hijo de puta?...

De pronto advirtió que las manos del hombre hurgaban su cintura hasta dar con el cierre de sus pantalones. 

-¡Sáqueme las manos de encima o voy a acusarlo de violación!...

Los dedos de Kuhnn transformados en garfios arrastraron los desflecados pantalones hasta la media pierna… 

-¡Cómo se atreve, inmundo policía! -gritó enfurecida.

El grito se transformó en un agudo chillido de sorpresa cuando la pesada mano del detective cayó de plano en medio de los glúteos apenas cubiertos por la delgada trama de nylon de la prenda interior. Más que el dolor, el bochorno de las sonoras palmadas que se sucedieron elevaron el nivel de las protestas y gritos femeninos. Al comienzo Kuhnn pensó que sólo deseaba humillarla un poco, apenas lo necesario para intimidarla y aplacarla, pero una extraña voz interior lo incitó a profundizar la tarea, entonces se decidió a embutir los dedos debajo del elástico del calzón y arrastrarlo hasta la mitad de los muslos. Gesto que le valió renovados insultos y amenazas. 

Plantado en ambos pies frente a la tendida muchacha con una agradable sensación de poder, el hombre contempló su obra mientras despasaba las trabas del pantalón para liberar el cinto.  El contacto de la mano y el incipiente enrojecimiento de la suave epidermis castigada despertaron sus sentidos, pero el acendrado sentimiento del deber se impuso a ellos.  Concentró la vista en el cinturón de cuero; lo dobló cuidadosamente encerrando la hebilla y el extremo opuesto en el puño, alzó luego el brazo imprimiéndole un rápido movimiento semicircular que la lonja acompañó hasta cruzar con un chasquido seco los dos hemisferios de delicada carne juvenil. Continuó azotándola hasta que las airadas protestas y los bajos insultos resultaron ahogados por espasmódicos sollozos. La piel había adquirido una intensa tonalidad rojiza en la que se destacaban algunos trazos más oscuros en las partes donde el cuero llegara con mayor fuerza. Abandonó el castigo y volvió a colocarse el cinturón sin dejar de regodearse con el espectáculo de aquel insolente trasero convertido por obra de los azotes en un par de temblorosos montículos escarlata… 

Encendió un cigarrillo, mientras los incontenibles sollozos decantaban paulatinamente en un compungido llanto apenas audible…  Aplastó la colilla, se acercó a la muchacha y, en silencio, la ayudó a incorporarse. La sostuvo abrazándola por la cintura mientras con la mano derecha la liberaba de las esposas. Sacó un pañuelo para limpiarle los mocos y secarle los ojos, después agachado alzó ambas prendas hasta volverlas a su sitio. 

Muriel, caminó con paso vacilante. Intentó apoyarse en una de las paredes para no caer, pero su entumecido brazo no le respondió, Kuhnn la sostuvo conduciéndola hasta la puerta, allí la ayudó a descender enlazándola nuevamente por la cintura y sin soltarla la acompañó hasta el automóvil. Dejó a la muchacha junto al vehículo para regresar a grandes zancadas al remolque.

Una vez adentro derramó el contenido del bidón de kerosén sobre el camastro y el resto de las ropas. Luego, desde la puerta arrojó al interior un bollo de papel encendido. Abandonó el lugar recién cuando las llamas alcanzaron la altura de las paredes.  Encontró a la muchacha llorando. Abrió la portezuela, la tomó por los hombros forzándola a entrar en el vehículo.

Mientras se alejaban de allí, Muriel continuó llorando silenciosamente. De pronto volviéndose hacia él, preguntó: 

-¿Por qué tenía que prender fuego al remolque?... 

-Para protegerla… -¿A mí?... ¿De qué?... ¿De quién?... 

-Algún día lo sabrá -respondió con sequedad. Encendió un cigarrillo y se lo alcanzó luego encendió el suyo. Terminaron de fumar e hicieron gran parte del camino sin dirigirse la palabra. Hasta que ella lo abordó nuevamente. 

-¿Por qué se empeña en llevarme a mi casa?... 

-Por que su padre me lo pidió. -

Ni usted ni mi padre pueden obligarme, ya tengo diecinueve años… 

-Diecinueve años, ¡Caramba!  yo creía que tenía apenas catorce y sólo ocho de edad mental… -respondió Kuhnn con sorna.

 -Por favor no se burle, le repito que usted no tiene ningún derecho a llevarme contra mi voluntad… 

-Bueno, al menos aprendió a decir “por favor”…

La mordaz indirecta hizo enrojecer a la chica. Muriel decidió cambiar de táctica. Intentando seducirlo puso la mano sobre el brazo del detective y dulcificando la voz preguntó: 

-¿Sería capaz de dejarme en libertad cuando lleguemos? 

-No jovencita, no pienso perder dinero, su padre me pagará una prima extra por llevarla hasta él. 

-¡Ah! Lo hace por dinero… Debí imaginarlo, a usted lo único que le interesa es el dinero que le va a sacar a mi padre… 

-¿Y, a usted no?... Por el jaleo que armó, creí que le importaban mucho los cinco mil de papito...

Muriel enmudeció; en tanto una idea maligna atravesó la mente del detective que dijo: 

-Tal vez podría ayudarla si me dice qué pensaban hacer con el dinero del rescate.

Al oírlo una luz de esperanza brilló en lo ojos de Muriel, que se apresuró a decirle: 

-Lo necesitábamos para marcharnos al este, Stan quería que fuéramos a vivir a Nueva York…  

-¿De quién fue la idea del chantaje?... ¿Suya?... 

-No. Antes yo le había pedido a mi padre que me prestara ese dinero, cuando él se negó, yo le propuse a Stan fingir un secuestro, pero a él le pareció demasiado peligroso… 

-Entonces a Stan se le ocurrió lo de las fotografías…¿No es así?...  

Ella pensó un instante antes de responder:

-Sí, la idea fue suya… 

-Y usted se prestó de buena gana… 

-En realidad sí, no me pareció mal, después de todo éramos pareja, además Stan me había hecho varios desnudos anteriormente porque yo quería prepararme para trabajar como modelo, según decía, yo tenía condiciones y la figura adecuada… Dígame ahora cómo me va a ayudar. 

-Antes respóndame esta pregunta. ¿Sabía usted que la publicación de las fotos comprometería la carrera de su padre?... 

-Claro que lo sabía, por eso estaba segura que iba a soltarnos la plata… 

-¿Acaso ni su dignidad personal, ni la carrera política de su padre  le importan?... 

-No, no me importa, porque a mi padre tampoco le importa nada de mi. Bueno respóndame de una vez: ¿Cómo piensa ayudarme? 

-Recomendándole a “papá” Budgen que no sea demasiado severo con usted, lo informaré que ya se ha llevado una buena azotaina a cuenta, de modo que si persiste en darle los azotes que merece, le pediré que al menos se los propine en una cuantas sesiones… Así su atractivo trasero tendrá tiempo para recuperarse…  

-¡Eso es estúpido! Mi padre jamás me ha pegado… ni me pegará… 

-Entonces le aconsejaré a la señora Budgen que utilice su cepillo con moderación… 

-¡Oh! ¿Se cree gracioso?...  -dijo con rabia, cruzando los brazos sobre el pecho mientras volvía la cabeza hacia la ventanilla. Continuaron en silencio. Al llegar a la Interestadual Muriel se quejó que tenía hambre, Kuhnn miró el reloj y le informó que no tardarían en llegar al sitio donde se detendrían a almorzar. No volvieron a hablar el resto del viaje. 

A medida que se aproximaban a la zona urbanizada el flujo de vehículos dificultaba el tránsito, obligando a Kuhnn a mantenerse atento al volante. Entre tanto su compañera se distraía estudiándolo.

-Es joven –pensó- Pero es duro y cínico, eso lo hace más viejo… Tal vez no tenga treinta años todavía… No usa anillo, aunque eso no significa nada, lo mismo puede tener mujer e hijos… una pareja, seguro… Resultaría agradable, si no fuera tan frío, tan bruto… Stan es hosco, pero distinto…  Diferente a pesar de haberse criado en un orfanato… Se muestra huraño porque no quiere tener trato con los demás… En realidad le cuesta darse con la gente… en medio de las personas se siente inseguro, indefenso…   

Abismada en sus pensamientos, Muriel no advirtió hasta que el automóvil se detuvo,  que se habían desviado de la ruta para internarse en un barrio de casas sencillas, frente a una de las cuales estacionaron. Kuhnn la invitó a bajar, ella preguntó:

-¿Dónde estamos? 

-En mi casa. Bajemos. 

Obedeció sin replicar. Juntos ingresaron en el living. Muriel observó que era pequeño pero bien arreglado. La limpieza y el orden que reinaban allí, así como los cortinados, los adornos y algunos otros detalles más revelaban una presencia femenina.  Mientras el detective volvía al automóvil, aprovechó para mirar las fotografías que estaban sobre la estufa. En ese examen la sorprendió cuando regresó con la caja que contenía los efectos de la muchacha. Al oírlo, se volvió para preguntarle: 

-¿Vive solo aquí?... 

-No, con mi madre. En realidad esta casa es suya… 

-¿Dónde está ella? -quiso saber. No se le escapó el tono suave de su voz ni la curiosidad infantil que ponía de manifiesto, le respondió del mismo modo: 

-En este momento en Seattle, una de mis hermanas vive allá y está por tener familia… -En tono cortés, pero firme, añadió:  -Ahora acompáñeme…  

Muriel lo siguió por el pasillo hasta la entrada al cuarto de baño.  El detective abrió la puerta de la derecha. –Este es el cuarto de mi madre. Indicó mientras depositaba la caja sobre la alfombra. Después sacó toallas limpias y se las entregó diciendo:

-Mientras preparo algo de comer, le recomiendo un buen baño y ponerse presentable… ¡Ah! No cierre las puertas, déjelas entreabiertas… 

-¿Piensa entrar para asegurarse que me baño y no trato de escapar?... 

-No, es una medida de precaución simplemente, no me agrada derribar puertas, mucho menos las de mi casa. 

-Voy a desvestirme... -dijo mientras iba colocando sobre la cama la ropa que sacaba de la caja. -¿Quiere quedarse?... Si lo desea puedo ofrecerle un buen espectáculo… 

-No lo dudo, pero no es necesario, tengo suficiente con las fotografías y lo que observé directamente del natural -fespondió. La velada alusión a la paliza, hizo sonrojar a Muriel que, arrepentida se mordió el labio.

Mientras la muchacha entraba al cuarto de baño, Kuhnn tomó el teléfono que estaba sobre la mesa de luz y marcó un número. Con las puertas entreabiertas pudo escuchar parte de la conversación del detective. 

-…Sí, Kuhnn habla…¿Teniente Murray?... Bien tome nota por favor Stanley Healey se hace llamar ahora Mulligham… No, no pude seguirlo.. se moviliza en una vieja moto “Indian”, va solo y merodea por los alrededores de las viejas canteras de “ Galoway”… Efectivamente por allí cerca… No, antes del puente...  Hará aproximadamente unas tres horas… Entendido… Bien… De acuerdo, nos mantendremos en contacto. 

Hacía mucho tiempo que Muriel no tomaba un baño como ese y aunque la llamada telefónica la intranquilizaba acerca de lo que podía sucederle a Stan, el agua que corría por su cuerpo resultaba deliciosa, tanto como el aroma a café que le llegaba desde la cocina recordándole que estaba hambrienta. Envuelta en una toalla pasó al dormitorio. Se detuvo frente al espejo del tocador y dejó caer la toalla. Complacida, observó su imagen desnuda, primero de frente sopesando sus pechos, luego el perfil derecho y el izquierdo, después destinó las últimas miradas a su espalda y al congestionado trasero que conservaba nítidas las señales que imprimiera allí el cinturón…  

-¿Cómo reaccionará si me presento así? -pensó. Y la idea de incitarlo sexualmente comenzó a rondarle la cabeza.  Últimamente es un hombre como los demás y todos en definitiva no buscan otra “cosa”… Suavemente pasó la yema de los dedos por el ensortijado matorral de vellos pubianos, mientras una sonrisa, -la primera en muchos días-  iluminaba su cara. 

-¡Termine de una vez que la comida se enfría!...

Aunque la orden le llegó desde la puerta de la cocina, al oírla no pudo evitar un estremecimiento. Sin perder un segundo se embutió el calzón, enseguida se ajustó el sostén y se deslizó dentro de un sencillo vestido de gasa un tanto descolorido.  Con el pelo todavía mojado y descalza se presentó en la cocina., donde el hombre había dispuesto la mesa en la que en una fuente crepitaban doradas salchichas envueltas en crocantes láminas de tocino, a uno de los lados un plato con tostadas, del otro un bowl con ensalada de papas, zanahorias y arvejas  condimentada con mayonesa. Kuhnn retiró la silla y con un gesto la invitó a sentarse mientras le preguntaba si los huevos fritos los prefería revueltos. Después de colocar los huevos en su plato le sirvió café. Comían en silencio.

De pronto el pie desnudo de Muriel comenzó a tentar la pierna del detective hasta dar con la bocamanga del pantalón, con delicadeza la fue subiendo para acariciarle la piel. Kuhnn fingió no advertir la maniobra de la muchacha y tampoco retiró la pierna dejó que continuara los avances cada vez más audaces… Cuando terminó de beber el café y secarse los labios con la servilleta, calmosamente dijo: 

-Le aconsejo no continuar con ese jueguito, a menos que desee volver a recibir otra buena azotaina…  

Como la muchacha no dejaba de apretar el pie contra su pierna, agregó:  

-Le aseguro señorita que me agradaría muchísimo volver a escuchar los variados registros de su voz mientras homenajeo su hermoso trasero con un nuevo recital de percusión a cinto… 

-Le creo, porque usted es un bruto que no tiene sentimientos… -exclamó retirando el pie. El detective se levantó para ordenar la mesa. 

-Vaya a arreglarse y junte sus cosas mientras yo ordeno la cocina. Estoy deseando terminar este asunto de una vez… 

-¡Yo también! -afirmó ella procurando disimular su resentimiento y humillación, mientras marchaba en dirección al dormitorio. 

Culminaron el trayecto de la misma manera como lo iniciaron, sin mirarse ni dirigirse la palabra. Cuando el detective enfiló el vehículo por el bulevar, Muriel posó la mano sobre el brazo de Kuhnn y le pidió que detuviera la marcha. Por enésima vez le rogó que la dejara marcharse, insistió en que no quería regresar a casa de sus padres y como el hombre no le respondía, soltó el llanto. 

-Si me obliga a bajar, lo odiaré por el resto de mi vida -dijo entre sollozos.

Kuhnn estacionó el automóvil frente a la entrada principal de la magnífica residencia de los Budgen. Estiró el brazo para rodear los hombros de Muriel y atraerla hacia él mientras le decía en tono paternal: 

-Vamos querida, es el momento de actuar como una persona adulta y afrontar de una vez las responsabilidades… 

-Es que… es que siento mucha vergüenza… 

El detective sonrió al comprobar el cambio experimentado por la muchacha y para animarla dijo: 

-Ese es un buen principio, tus padres serán los primeros en advertirlo, ya lo verás… ¡Valor, vamos! -añadió pasándole suavemente la mano por el cabello. Ella apoyó la cabeza en su hombro y murmuró: 

-Quiero que bajes conmigo y me acompañes… 

-Claro. ¡Vamos!... 

El recibimiento no fue tan penoso como la muchacha temía, ni tan cariñoso como Herbert Kuhnn hubiera deseado. El Fiscal ahorró las palabras de bienvenida, pero al mismo tiempo eludió las de reproche, se limitó a saludarla como si regresara de una colonia de vacaciones.  Como toda persona autoritaria la situación le resultaba visiblemente molesta, el papel de padre afectuoso no estaba hecho a su medida, de manera que llamó a su esposa quien aun en medio del estupor alcohólico tuvo el tino de besar a la hija. 

-Será mejor que la lleves a su cuarto –le ordenó-. Seguramente necesita descansar. Yo tengo que arreglar un asunto con el señor Kuhnn. 

No bien ambas mujeres se hubieron retirado, el detective sacó del bolsillo el rollo de película y se lo entregó. Por toda respuesta el Fiscal prometió enviarle el cheque por correo y con un seco: “Buenas tardes” dio por terminada la reunión. 

Una vez en la calle, Herbert Kuhnn se preguntó si debía sentirse satisfecho, pero ninguna de las respuestas que ensayó terminó por conformarlo. Mantenía el mismo sabor amargo con que había dado comienzo a ese caso. Solamente el recuerdo de las nalgas enrojecidas de Muriel, mientras encendía un cigarrillo, lo hizo sonreír. 

____________________________________________ 

Dos días más tarde le llegó el cheque prometido.

Esa misma mañana había leído en la sección policiales del “Chronicle”  que Stanley Healey alias Stanley Mulligham evadido de la prisión estatal a fines del año anterior había sido recapturado y debería afrontar varios cargos menores, entre ellos el de hurto de una motocicleta y el de asalto a una farmacia. 

Un par de semanas después el mismo periódico informaba en primera plana y con grandes titulares que Arnold J. Barnes resultaba nominado para Alcalde aventajando a su rival, el Fiscal A.  Budgen por una crecida cantidad de electores.  Kuhnn abandonó la lectura sin lograr establecer si la noticia del revés político experimentado por su antiguo cliente lo alegraba o entristecía. 

Hubieron de pasar sin embargo más de tres largos meses antes que volviera a tener noticias de Muriel Budgen.  Se las trajo ella en persona, que comenzó pidiéndole perdón por haberlo tratado de una manera tan desconsiderada, había comprendido muchas cosas la principal que el detective había trabajado sólo para su bien, que quemó el remolque a fin que no quedaran pruebas de su presencia allí para que nadie pudiera vincularla con el convicto Stanley Healey, que supo que no había recibido ningún pago extra de honorarios por devolverla a sus padres, entendiendo recién entonces que lo había hecho para salvarla de caer nuevamente en manos de algún tenebroso y sobre todo arrancarla de la droga. Por ella supo además que los esposos Budgen se habían divorciado y que habían acordado pasarle a ella una pensión hasta que cumpliera los veinticinco años.  

Por último le confesó que lo amaba…  

-Desde el momento que me diste aquellos azotes ¿Recuerdas? -dijo ofreciéndole los labios.

   FIN

El don (final)

Por: Amadeo Pellegrini

Ponerme en contacto con Gabriela, podía resultar la parte más difícil de todas, porque no imaginaba la manera de hacerlo. ¿Presentarme en su casa de Adrogué?... ¿Llamarla por teléfono?...

Con la esperanza de encontrar la manera de relacionarme, elegí las sonatas de Bach, encendí la computadora y abrí la carpeta titulada: Informes Complementarios.

Allí figuraban los estudios cursados, los cursos realizados, los títulos obtenidos, sus antecedentes docentes. La primera lectura de esa aglomeración de datos, no me sugirió nada. Le destiné entonces una segunda lectura esta vez con papel y bolígrafo al lado, mientras el equipo de audio desgranaba torrentes de acordes de órgano.

Fui tomando nota de los pormenores que me parecían más relevantes, entre ellos anoté que se había Licenciado en Letras Modernas en la Facultad de Letras de la Universidad Nacional de Buenos Aires y fui añadiendo el nombre de los distintos institutos de enseñanza por los que había pasado como alumna o profesora.

En un primer momento pensé en localizar a alguna  antigua compañera de colegio o de facultad o a una colega en la docencia que me sirviera de nexo para llegar a Gabriela.

De pronto junto con los últimos compases del viejo Juan Sebastián se me encendió la chispa. En la parte correspondiente a Trabajos Publicados encontré que tenía publicados unos poemas junto a otros noveles autores en una Antología editada por la Editorial Universitaria de Buenos Aires.

¡Eso era lo que necesitaba! Anoté febrilmente los datos del libro y la fecha de edición. Ahí tenía el pretexto que andaba buscando: conseguiría esa obra y le mandaría un correo electrónico con comentarios elogiosos obligándola que me respondiera al menos por cortesía.

A la mañana siguiente, fui yo el primer cliente que entró en la librería que EUDEBA tiene en avenida Rivadavia frente a la Plaza de los Dos Congresos . La vendedora me informó que creía que ese libro estaba agotado porque no lo encontraba en el catálogo, no obstante consultó en la computadora por si existían ejemplares en el depósito. La búsqueda resultó negativa.

Me resigné, tratándose de Gabriela nada podía resultarme fácil ni sencillo. Me sentí perseguido por una maldición, el Destino la había puesto en mi camino y desde ese mismo momento parecía divertirse complicándome las cosas…

Pensaba encaminarme al extremo de la plaza donde nace la avenida de Mayo, pero una vez en la vereda la cúpula de bronce del Congreso de la Nación me recordó su biblioteca, una de las más completas del país.

Crucé la plaza y la avenida Entre Ríos seguí hasta Alsina y con paso resuelto entré en el viejo edificio donde había estado en otras oportunidades.

Cumplí todos los requisitos formales yo mismo busqué en el fichero por títulos hasta dar con la tarjeta correspondiente, anoté las referencias,  fui al mostrador llené la boleta de pedido y esperé.

El libro finalmente llegó a mis manos, con él me instalé en la sala de lectura.  Rebusqué ansioso hasta dar con sus poemas. Estaban precedidos por una breve nota Biobliográfica de la autora.

Me sumergí en la lectura de su poesía. Resultaba realmente grata, doblemente grata por el armonioso estilo y bien trabajados versos  y porque encerraban un profundo significado que sólo los iniciados en los misterios de los azotes podemos entender en su sentido más cabal.

Lo que a los ojos de cualquier lector puede resultar una metáfora, acertada, exagerada o irrelevante, para los que sabemos algo más, constituían una revelación, una confesión, un reconocimiento de sus más recónditos secretos.

No necesitaría mentirle sobre el valor que tenía su obra. Me había subyugado por completo, más aun me admiraba su predilección por los sonetos, tal vez lo más difícil para cualquier poeta, técnicamente hablando, porque tiene tantas reglas precisas que resulta difícil componer los  catorce versos  que lo forman.

Marqué con recortes de papel la página del inicio y la del final de la parte que le correspondía después me encaminé a la ventanilla del servicio de fotocopiado, llené el formulario y entregué el libro.

Las copias se hacen por turno de a un libro por lector y por vez. De manera que esperé pacientemente hasta que me llamaron por el número de formulario, pagué el servicio y me retiré con el libro y un manojo de papeles.

Salí de allí satisfecho, consulté el reloj. Era pasado el mediodía. Enfilé por Combate de los Pozos pensando en que era hora de almorzar, pero antes me detuve en una de las librerías de esa calle e hice anillar las hojas que llevaba.

Con el cuadernillo bajo el brazo, entré en “Quórum” uno de mis restaurantes preferidos. Juzgué que la ocasión bien merecía el premio de una buena comida…

Esa misma noche después de haber releído varias veces las poesías más sugerentes, redacté unos cuantos borradores de carta, hasta que, cruzando los dedos despaché el mail.

Para mi sorpresa la respuesta apareció en la pantalla casi de inmediato.  Agradecía mis conceptos manifestándose al mismo tiempo sorprendida por la acertada interpretación que había hecho de algunos de sus versos, -los más transparentes- , desde luego.

Mi corazón latía alborozado, mis sienes también… Leí, releí, volví a leer su mail con esa indescriptible sensación de triunfo que corona la satisfacción de un deseo largamente acariciado.

Lo más auspicioso era que con mi “anzuelo” había logrado no sólo engancharla sino conseguir que se mostrara interesada en que siguiera escribiéndole.

El paso estaba dado en ambas direcciones, en adelante, el éxito definitivo dependía de la habilidad con que manejara esa herramienta informática a la que tan poco afecto profesaba.

De ese modo comenzó un nutrido intercambio de correspondencia electrónica. Al principio fueron un par de mails diarios que se intensificaron a medida que sincerábamos nuestros pensamientos.

Mi propósito era inducirla para que deseara conocerme personalmente; para ello debía conseguir que me admirara de alguna manera. Yo me había adelantado al declarar mi sincera admiración por su poesía, en tanto ella ¿Qué podía admirar en mí?

Si en algún momento se traslucía mi ansiedad por conocerla podía derivar todo en un fracaso. La fina tela de araña que pacientemente construía con palabras y con la que poco a poco iba envolviéndola era de mi parte un recurso tramposo, porque ella apenas me conocía, en tanto yo disponía de abundante información sobre su persona y aun sobre su pasado, información que se ampliaba a cada respuesta suya.

Aquello resultaba para mí usar naipes marcados. Un error de mi parte o una ligera sospecha haría que la sutil tela de araña en la que me encontraba empeñado en tejer se desgarrara del todo…

¡Pero triunfé! Triunfé el día que en la pantalla, en uno de sus mails escribió: “¡Me gustaría tanto conocerte!”

No podía pedir más. Sin embargo debía mantener una actitud prudente. Si tanto deseaba conocerme podría invitarme a su casa de Adrogué, alguna razón poderosa existiría para que no lo hiciera. Después lo supe se trataba de sus padres ya mayores a quienes no les había hablado aun de mi porque no sabía cómo hacerlo.

Eran ambos personas mayores apegadas a ciertas costumbres, entre ellas las de las presentaciones formales, no entendían que la gente pudiera conocerse e intimar a través de una computadora. Desconfiaban de ese artilugio y temían las consecuencias…

Tomé la iniciativa le sugerí que podíamos encontrarnos en el centro de Buenos Aires, en alguna confiteria. Como paso previo al encuentro habíamos intercambiado ya fotografías.

Con las imágenes actué con  honestidad, no usé fotografías antiguas, ni recurrí al Corel o al Photoshop para mejorarlas. Elegí algunas de mi último viaje más que nada por los lugares emblemáticos que le servían de fondo, porque siempre pensé que la Torre Eiffel detrás da más brillo a la persona que aparece en primer plano.

Por último convinimos en encontrarnos en la “Richmond” de Florida.

Me adelanté a la hora de la cita. Deposité sobre una de las sillas la fusta cuidadosamente  envuelta en papel para regalo y coloqué encima un ramito que había comprado a una de las floristas de la calle, después la empujé para que quedara oculta debajo de la mesa.

Gabriela fue puntual. Me puse de pie y me adelanté. Nos saludamos con un beso en la mejilla como viejos conocidos. Ordenamos el pedido y quedamos mirándonos a los ojos.

Cuando nos trajeron el té saqué de la silla el ramito y se lo tendí. Las palabras estaban de más en ese momento. Todo lo decían nuestras miradas, respondiendo a las órdenes de mi percepción extendí mis  manos y las suyas vinieron a mi encuentro.

Huelgan las palabras. De todas maneras y aunque quisiera no las encontraría para describir lo que representó para ambos esa cita y aquel primer contacto epidérmico.

Todo avanzó de prisa. Tan de prisa que en un momento dado le revelé la manera cómo había llegado hasta ella. Entonces saqué el paquete que contenía la fusta lo coloqué sobre la mesa mientras le decía:

-Aquí hay algo que antes de pertenecerme fue tuyo.

-¡Por Dios! ¿Qué es? -preguntó asombrada, presintiendo tal vez de qué se trataba.

Rompí entonces parte del envoltorio y mostrándole lo que guardaba en su interior, dije:

-¡Esto!

Lo miró, se sonrojó llevándose la mano a la boca. Cuando recuperó el habla exclamó:

-¿Cómo la encontraste?...

-No, –repuse-,  no la encontré, ella me encontró a mi y gracias a ella yo te encontré…

-FIN-

El don (quinta parte)

Por: Amadeo Pellegrini

El subconsciente demostró una vez más ser mi más eficiente colaborador, mientras yo dormía arropado con un par de whiskies encima, una parte de mi cerebro continuó trabajando.

Desperté con el problema resuelto. Lo único que debía hacer era contratar una investigación por medio de una agencia de detectives. De modo que me desayuné con las páginas amarillas al lado. Nunca me imaginé que existieran tantas empresas agrupadas en el rubro “Investigaciones”.

Resolví que decidiera el azar, aunque después la elección recayó en una que escogí por dos razones, porque me atrajo la expresión: “Informes Confidenciales” y por su proximidad con Tribunales, que me llevó a pensar que compartirían clientes con muchos abogados y éstos se supone que saben a quienes contratan.

Concerté la entrevista por teléfono tal como indicaba el aviso y de acuerdo a lo convenido a las 11 horas me presenté en la oficina donde me atendió una señorita peinada, arreglada y vestida con discreción, quien haciendo honor a su aspecto sin preámbulos me invitó a sentarme tendiéndome un papel para que lo leyera.

Se trataba de un instructivo claro, conciso y concluyente donde se enunciaban las tareas que cumplía la empresa, las condiciones generales y particulares de cada una, también mis obligaciones en caso de contratar alguno de los servicios. Obligaciones que iban más allá del compromiso de pago de los honorarios sino que además debía mantener la confidencialidad de la fuente y no emplear la información para perjudicar a terceros más otros ítems parecidos.

Lo leí y se lo devolví.

Sin dedicarme la menor sonrisa me preguntó si había entendido el texto que acababa de leer o, en caso contrario, que le preguntara a ella lo que no había comprendido.

Respondí que lo había entendido todo perfectamente. Entonces me pidió que le dijera qué clase de servicios iba a contratar.

–Información confidencial sobre una persona. Dije.

Me adelantó el costo de los honorarios y la forma de pago, cuando lo acepté me extendió dos formularios impresos, solicitándome que los rellenara con letra de imprenta.  El primero era un interrogatorio detallado sobre mis datos personales. Los completé bajo la impresión de ser yo el investigado.

 Ese lugar no tenía ningún parecido con las imágenes de las oficinas de  detectives que muestran el cine y la televisión, mucho menos con las que describen las novelas policiales, era un austero despacho gris de paredes desnudas amueblado con un moderno escritorio  en L que tenía una computadora de última generación equipada con todos los accesorios en uno de los lados y  en el frente  solamente una lámpara y el cartelito de prohibido fumar.

 Para terminar de completar el segundo formulario tuve que pedirle algunas aclaraciones.

-Tache la parte de los informes comerciales y bancarios ya que no le interesan. Me dijo.

Cuando se lo tendí después de leerlo detenidamente me lo devolvió diciendo:

-Fírmelo, por favor.

Así hice y volví a entregárselo, junto con la tarjeta de crédito como me había pedido.

-Se incluye un adicional por las fotografías, me advirtió. El casillero correspondiente yo lo había marcado con una cruz.  Asentí con la cabeza.

Pasó la tarjeta por la máquina, emitió los cupones que firmé. Y mientras lo hacía me dijo que el informe lo tendría en mi poder aproximadamente en una semana y me llegaría en un CD por intermedio de un correo privado.

Así terminó la entrevista. Guardé la tarjeta de crédito y la copia del contrato firmado por ella cuyo sello me permitió saber que María Esther era su nombre y que tenía el carácter de “firma autorizada”.

Bajé a la calle sin saber a quién había contratado para que se ocupara de la investigación sobre Gabriela Estévez, si a Mike Hammer, Sherlock Holmes, Hércules Poirot o  Philip Marlowe.

Esperar una semana no resultaría fácil para mi. Creo que en el ascensor me arrepentí de haber confiado en los servicios de esa empresa, yo esperaba que mi don perceptivo me ayudara, pero no pude advertir nada en la mente de mi interlocutora que me alertara sobre la búsqueda, si resultaría sencilla o complicada, si daría o no resultados. Nada de nada. En ese momento pensé que mis facultades se habían desvanecido.

No tenía nada más que hacer esa mañana, como estaba en la zona de Tribunales decidí pasar por el estudio de un viejo compañero de colegio, de modo que doblé en Uruguay, crucé Lavalle y entré en el viejo edificio de oficinas donde los Elizondo y Asociados tenían el cuartel general fundado en los años cuarenta por el viejo Rafael y que a la fecha continuaban sus dos hijos, un yerno y un par de abogados jovencitos.

Entré a esas viejas oficinas con olor a madera, cuero y papel viejo, pedí a la recepcionista que me anunciara y, sin aguardar invitación, ocupé uno de los vetustos sillones donde depositaron los traseros y sus problemas varias generaciones de compatriotas.

Arturo no me hizo esperar demasiado. Campechano como siempre desde la puerta de su escritorio me llamó con su vozarrón, el mismo que emplea para impresionar a sus clientes.

-¡Bienvenido “¡Maestro insigne”! ¡Adelante! – Exclamó endosándome como de costumbre algún título absurdo, en otras oportunidades me había llamado: “Profesor Emérito”  “Señor Vizconde” y también “Embajador”. Mientras nos estrechábamos en un abrazo, por encima de mi hombro ordenó a la recepcionista que trajera café.

Después de los inevitables comentarios acerca de amigos e intereses comunes, de intercambiar chismes y evocar episodios más o menos decentes, le comenté, -lo que podía decirle modificando sustancialmente los pormenores-, que había contratado una agencia de investigaciones para pedir informes confidenciales sobre una dama y quería saber si él tenía referencias acerca de esa empresa y de su solvencia profesional.

Debí suponer que ese veterano rugbier iba a tomarlo un poco a la chacota.

-Así que estás por casarte y querés asegurarte que la ninfa es virgen todavía y que no habrá un horizonte de cuernos en tu futuro… ¿No es así, mala persona?

-Bueno algo así. –Respondí, siguiéndole la corriente. –Ya te va a llegar la participación de la boda… Pero ahora, Pachacho, (ese era el apodo que tenía en la escuela, lo conocíamos unos pocos y yo sabía que le fastidiaba que se lo recordáramos), contestame la pregunta. ¿Los conocés, qué referencias me podés dar?

-Mirá Aprendiz de Brujo, los conozco, son serios, trabajan bien y cobran mejor, por ese lado no tengo nada que decir. ¿Qué te hace sospechar de ellos? Porque como vos sos nigromante algún recelo tenés o los astros te mandaron algún aviso…

Entonces le respondí que no tenía nada, le describí cómo me había atendido la tal María Esther, que resultaba llamativo las pocas preguntas que me había hecho, que no me había presentado a ninguno de los investigadores y todas esas cosas que se suponen forman parte del oficio detectivesco.

La carcajada que soltó sacudió los anaqueles llenos de libros y expedientes.

-Pero, ¿en qué siglo vivís Piñuflo?  (él también recordaba mi mote colegial). Lo que pasa que vos ves muchas películas policiales, te informo que estamos en la era cibernética, de la informática, la robótica e internet…

-Si… claro, pero… Yo ni siquiera dí el número de documento ni el domicilio de la persona… porque los ignoro.

Le brotó una nueva carcajada antes de responderme, esta vez con seriedad.

-Ni falta hace que le dieras esos datos, a ellos sólo les llevará unos minutos conseguirlos, tienen todos los padrones electorales del país en CD los colocan en la computadora tipian el nombre en el buscador y en instantes aparece la información en pantalla, además cuentan con conexiones en el Registro Nacional de las Personas y una búsqueda que a cualquiera le llevaría varios días los contactos que ellos tienen ahí adentro se los pasan en media hora. ¿Entendés? Después todo es rutina, una vez que conocen el domicilio, chequean la información con la seccional o comisaría de policía del lugar, porque muchos policías hacen trabajitos extras para ellos, rascan algún dato de allí y hoy con la moda de los curriculums vitae el historial de su vida se los proporciona la misma persona investigada; el resto para ellos es pan comido una recorrida profesional, cinco o seis testimonios de vecinos chismosos, unas fotitos tomadas de sopetón con una camarita digital y ya tienen reunido todo el material para tu informe. Si hay que agregar el perfil patrimonial, financiero, crediticio o de otro tipo van a las bases de datos respectivas. En el mundo que vivimos el único secreto que perdura es que ya no existen secretos para nadie que posea el know how  para descubrirlos. Remachó.

Quedé perplejo, yo que me creía todo un detective porque en una esforzada búsqueda de tres días había conseguido reunir tres datos, la síntesis que hizo Arturo me apabulló.

Con más tranquilidad y un tanto aliviado me despedí de mi amigo, percibiendo al mismo tiempo una incómoda sensación de vértigo ante lo profundo y oscuro que resulta el vasto océano de mi ignorancia…

Mientras almorzaba  reflexioné en cuánta razón tenía Arturo. Si unos pendejos de la secundaria llamados Hawkers  o piratas informáticos, jugando con sus PC habían conseguido penetrar en las supercomputadoras del Pentágono en los Estados Unidos y funcionarios fiscales de Francia sentados cómodamente a unos kilómetros de la frontera, escudriñaban las cuentas cifradas de los Bancos de sus vecinos suizos, mientras los satélites revolotean continuamente el planeta fotografiándolo palmo a palmo y enviando imágenes que permiten distinguir una pelotita de golf en una cancha de fútbol ¿Qué secreto entonces puede permanecer resguardado por mucho tiempo?...

Antes de completar la tierra su séptima rotación desde el momento que encargué la pesquisa sobre Gabriela Estévez tenía en mis manos un sobre encerrado en una cobertura de plástico termosellado, sin membrete ni datos del remitente.

Con mano temblorosa valiéndome de un cuchillo rompí la cubierta, corté el papel y extraje el CD que venía acompañado por un papelito con el siguiente texto: Por cualquier reclamo o consulta sírvase referenciar Expediente: RB050141.

Me precipité a la computadora, inserté el disquito dorado en la ranura correspondiente, abrí el programa y en la pantalla aparecieron tres carpetas cuyos títulos eran: Datos Personales –Informes Complementarios -Fotografías Actuales.

Abrí la primera carpeta y leí: ESTÉVEZ, Gabriela Haydée nacida en La Plata el 10 de agosto de1971 Documento Nacional de Identidad Nº…   continuaban todos los demás datos filiatorios y en el renglón del estado civil figuraba Divorciada de…

Devoré más que leí toda la información contenida en la pantalla. Comprobé que su domicilio actual era calle Erézcano Nº… de Adrogué, Partido de Almirante Brown, Provincia de Buenos Aires. La última línea consignaba la dirección de correo electrónico.

Salté la segunda carpeta pues ya tendría ocasión de leerla detenidamente más adelante y abrí la de las fotografías. Contenía ocho fotografías a color tomadas en distintas oportunidades y seguramente con cámara digital con la fecha de cada toma sobreimpresa en la misma.

¡Era Ella! El mismo rostro que once días atrás había aparecido en la pantalla de mi mente y que desde entonces permanecía impreso en mi memoria.

No tengo idea cuánto tiempo pasé subyugado frente a la computadora pasándolas una a una, repasándolas, volviéndolas a pasar, acercándolas y alejándolas… 

Me faltaba dar el paso decisivo: contactar con Gabriela.

(Concluirá)

El don (tercera parte)

Por: Amadeo Pellegrini

 

 

Desperté, luego de una noche poblada de tortuosos sueños, con un único pensamiento: comenzar de inmediato la búsqueda que me había propuesto la víspera. El problema que tenía por delante era por dónde principiar…

Lo resolví mientras desayunaba: empezaría por el anticuario de San Telmo, allí podrían decirme cómo había llegado hasta ellos aquella fusta y, con el optimismo que infunde una mañana bañada de sol, hasta llegué a imaginar que el resto resultaría más sencillo todavía.

¿Cómo no se me había ocurrido eso el día anterior?

Con el espíritu remozado bajé sin pérdida de tiempo y abordé el taxi que me dejó en la esquina de Humberto Primo y Defensa. Allí, al mirar el reloj, experimenté la primera contrariedad, el negocio abría a las diez de la mañana y eran recién las ocho cuarenta y cinco.

No había reparado en el horario, de modo que disponía de una larga hora de espera.

En ese momento las calles estaban desiertas, los encargados de la limpieza eran los únicos que ocupaban las veredas y recién comenzaban a abrir los cafés. Me ubiqué enfrente, estaba vacío; al mozo que se aproximó a desgano le ordené un cortado con dos medialunas.

En esa mesa me sumí en un mar de conjeturas: ¿Obtendría la información que buscaba? Podían negarse de plano o responderme de manera ambigua, como, por ejemplo, decir que la fusta había venido en un lote de muebles y objetos provenientes de una estancia de la Provincia de Buenos Aires o algo así.

Ciertamente advertiría de inmediato la mentira, pero de qué me valdría saberlo, se obstinarían en su versión y yo debería retirarme como había venido.

¿Cómo debía enfrentar la situación? ¿Cómo justificar mi interés por ese dato clave para mi? ¿Debía explicarles la verdad de entrada o romper primero el hielo fingiendo interés por algún objeto? ¿Explicarles la verdad… cuál verdad, que mi percepción extrasensorial me había llevado hasta allí? No, de ninguna manera, a menos que quisiera ser tomado por loco. No todo el mundo sabe en qué consiste la percepción extrasensorial y muchos de los que la conocen no creen en ella, de modo que no era el camino a seguir.

El tiempo transcurría con una lentitud exasperante. Entraron dos parroquianos; debían ser habitués del lugar, pues luego de saludar en voz alta, se acodaron en el mostrador mientras el que estaba situado detrás de la máquina de café le arrancaba a ésta largos silbidos de vapor.

Después los tres se enredaron en una, por momentos apasionada, discusión sobre los hombres que Pekerman debía desechar y los que tenía que incorporar a la selección. No lograban ponerse de acuerdo…

Yo tampoco lograba acordar con mis pensamientos. No bien se me ocurría una idea acerca de la versión con que debía comenzar, inmediatamente la descartaba de plano, en tanto las agujas del reloj proseguían su marcha…

Había elegido una mesa contigua al ventanal guillotina, desde donde podía ver la entrada del almacén de antigüedades.

Por fin se alzó la cortina metálica. Esperé unos diez minutos antes de cruzar la calle. Cuando abandoné el café los del mostrador todavía seguían haciendo y deshaciendo la selección nacional.

Concluí por admitir que la mejor manera de entrar allí con el pie derecho resultaría hacerlo como comprador, pretextando buscar una pieza interesante, entretanto enderezar la conversación hacia el tema que me llevaba allí.

Deplorando por anticipado el daño que inferiría a mi tarjeta de crédito, traspuse el umbral. Me atendió una mujer más o menos de mi edad de cabellos artificialmente rubios y unos ojillos vivaces detrás de los anteojos de carey.

Después de responder mi saludo, me preguntó qué deseaba. Me atuve al libreto que tenía preparado, con la mejor sonrisa repuse:

-En realidad, todavía no lo sé, señora, porque hay aquí tantas cosas bonitas, interesantes, originales que me gustaría mirar un poco antes de decidirme.

Ella aprobó mi respuesta con la cabeza desplegando la más comercial de sus sonrisas y, en tono amable, añadió:

-Puedo orientarlo si me dice más o menos qué le interesa…

Resolví jugar la carta y sin más comenté que el día anterior me había atendido un señor muy amable de bigote al que le había comprado una fusta…

-¡Ah! Néstor. –Exclamó dirigiéndome una mirada cargada de sospecha. Intuí su pensamiento: “Mi presencia allí se debía más que a las antigüedades expuestas a la venta a un interés particular por el tal Néstor”. Entonces para confundirla dije con suavidad y en tono confidencial:

-No es por lo que piensa, señora. Ayer escuché al señor Néstor  recomendarle a un cliente una armería, como yo tengo varias armas largas deseaba hacerle algunas preguntas, en especial sobre una antigua escopeta quizás él me podría indicar dónde pueden conseguirse algunas piezas que necesito…

La mujer se sonrojó al ver descubiertos sus sucios pensamientos. No le di tregua, de mejor modo le dije:

-No importa, pasaré otro día o lo llamaré por teléfono. En realidad ayer estaba algo apurado y me olvidé que se acerca un aniversario así que veré qué puedo regalar. Si no le molesta, primero voy a mirar un poco.

-¡Oh! Sí, sí claro, mire nomás sin apuro. Me invitó, recomponiendo la sonrisa comercial. -Es una lástima, agregó, porque Néstor vendrá por la tarde, hoy tiene que hacer Bancos.

La atención al público en los Bancos va de las 10,30  a las 14,30 horas, de manera que la persona que me interesaba entrevistar no volvería antes de las 16. Iba haciendo estos cálculos mientras recorría con la mirada los exhibidores que contenían relojes, alhajas antiguas y artesanías con vistosas piedras, de allí pasé al siguiente repleto de adornos y figuras  de porcelana, luego a la vitrina de las armas de puño, después examiné las que estaban en un armero. Saqué un Winchester 44 bastante maltrecho, para examinarlo con aire apreciativo.

En ese lapso habían ingresado algunos clientes. Miré el reloj llevaba más de una hora allí. Me acerqué a la vendedora esperando que terminara de atender a una pareja de turistas brasileños. Después señalándole un alhajero antiguo de porcelana con bordes de plata primorosamente cincelados, le pregunté el precio.

- Es una belleza. Dijo mientras lo sacaba del exhibidor para colocarlo delante de mi, sobre el cristal del mueble, abierto para que apreciara el interior forrado en seda roja.

 -Bien, ¿cuánto? Insistí.

Me dijo la cifra. Sobrepasaba un poco el monto que estaba dispuesto a gastar. Tomé la pieza en mis manos y volví a examinarla como buscándole algún defecto… Mientras tanto me concentré en sus pensamientos: Estaba dispuesta a rebajar el precio, sólo tenía que esperar un poco más hasta que cediera.

-Claro que si paga de contado podría hacerle un diez por ciento de descuento. –Dijo. Como me mantenía indeciso, agregó: -Si es con tarjeta de crédito podría darle tres cuotas sin interés…

-Bueno. Respondí sonriendo. También puede darme tres cuotas y hacerme el diez por ciento ¿no?...

-Está bien. Exclamó sin vacilar. -¿Lo preparo para regalo?

-Sí, se lo ruego. Repuse tendiéndole la tarjeta de crédito. –Pero tengo que pedirle un favor...

-Usted, dirá.

-Se me está haciendo tarde, tengo una audiencia en Tribunales y mi abogado está esperándome. Mentí -¿Sería usted tan amable de guardarlo hasta que pase por él o mande a retirarlo?

-No hay inconveniente.

-Si mando a alguien vendrá a buscarlo con una tarjeta personal con la orden firmada por mi.

-De acuerdo. Descuide, si cuando usted o la otra persona vengan, no estoy lo dejaré encargado a Néstor. Explicó mientras yo firmaba el cupón.

Coloqué el duplicado junto con la factura y la tarjeta de crédito y guardé todo en la billetera. La saludé y me marché.    

Crucé la Plaza de Mayo y continué hasta Leandro Alem, hasta encontrar un  restaurante donde almorzar.

Mientras esperaba ser atendido y más tarde, mientras comía con poco apetito, tracé un balance de lo conseguido para concluir que, en concreto, sólo tenía un alhajero antiguo al que no sabía qué destino dar; del motivo que me había insumido toda la mañana poco y nada había obtenido, apenas el nombre del vendedor que me atendiera el día anterior.

Tenía la sensación que desde que comprara la fusta hasta ese momento, habían transcurrido siglos, cuando en realidad no se habían cumplido aun las veinticuatro horas.

Me conformó el pensamiento que recién comenzaba una investigación de corte policial recordando las palabras de un oficial inspector amigo, quien sostenía que para culminar con éxito una pesquisa eran indispensables tres cosas: buen olfato, una enorme paciencia y mucha suerte, sobre todo mucha suerte, recalcaba siempre esto último.

Nada que ver con lo que ocurre en las novelas policiales donde un detalle minúsculo, como un botón o un cabello posibilitan, mediante procesos deductivos que se van confirmando o desechando, formar el encadenamiento lógico de hechos y circunstancias que permitan llegar al culpable.

Yo ignoraba si disponía de buen olfato y menos todavía si me acompañaba o no la suerte, sólo sabía que la búsqueda en la que estaba empeñado iba a poner a prueba mi paciencia.  

Volví a consultar el reloj por enésima vez. No debía apresurarme a volver al anticuario, debía dar tiempo para que el tal Néstor regresara, lo que, de acuerdo a mis cálculos, no sucedería antes de las 16, de modo que contaba con un lapso de casi tres horas en blanco que debía ocupar de alguna manera.

El primer impulso fue ir hasta Corrientes tomar el subterráneo y regresar a casa. Pero allá no tenía nada qué hacer, de modo que continué hasta Lavalle y decidí meterme en algún cine.

Entré a una sala casi vacía cuando la película había comenzado. Era un film estadounidense con una intriga amorosa bastante previsible, pero me fastidiaba leer el subtitulado. Así que presté más atención a mi alrededor que a lo que sucedía en la pantalla.

Una butaca, tres filas delante de mi, estaba ocupada por una mujer sola, su figura se recortaba contra la pantalla cada vez que el brillo de ésta se acentuaba. Fantaseé con que podía tratarse de la persona que buscaba.

Una idea absurda, desde luego, pero como no hacía mucho había leído una obra de Paul Auster cuyo argumento giraba precisamente en torno al azar, la consideraba como una remotísima posibilidad.

Aunque no había despertado mis percepciones, me pregunté si únicamente la casualidad me había traído hasta ese cinematógrafo. Esa idea me divertía y me retuvo hasta el final.

Cuando encendieron las luces descubrí que la mujer que había concitado mi interés durante la proyección no tenía ningún parecido con la imagen que guardaba en mi mente.

Regresé a San Telmo en taxi. Néstor estaba allí. Seguramente la mujer le había hablado de mi porque se adelantó a saludarme como a un viejo cliente. El camino estaba allanado.

Recordaba haberme vendido la fusta y cuando le pregunté por el origen no tuve que esforzarme en darle mayores explicaciones.

-Sí, lo recuerdo y también me acuerdo cómo llegó acá. El propietario anterior no está registrado, porque solamente se anota la procedencia de las cosas de precio como alhajas, antigüedades de valor y obras de arte, por seguridad, sabe. Pero a la fusta la recuerdo porque vino con otras cosas que trajo, hace unos días un viejo proveedor que tenemos. Es encargado de un edificio enorme en Caballito y cuando junta varias cosas que pueden interesarnos las deja acá para la venta.

-¡Qué curioso! –Exclamé sorprendido. El portero de un edificio. Quisiera saber más cosas sobre esa fusta, porque está muy bien hecha quizás podría dar con el artesano que la confeccionó, seguro que es un talabartero que domina un oficio que está desapareciendo, me gustaría encargarle la reparación de algunas piezas de cuero.

-Tiene razón. –Convino- Está tan bien hecha que en un momento pensamos en hacerle agregar una empuñadura más vistosa para darle mayor valor, pero hoy por hoy las fustas, aun las más económicas tienen muy poca salida… -Agregó en tono de broma: -Es que ahora la gente prefiere el auto al caballo… Para festejarle la ocurrencia esbocé una sonrisa asintiendo con la cabeza; él agregó: -¿Para qué otra cosa si no  sirven las fustas?...

-Para azotar bellas nalgas y practicar otro tipo de equitación, mi buen amigo. Estuve a punto de decirle, pero me contuve.

Conseguí luego, sin dificultad, que me revelara los datos del encargado del edificio,  aconsejándome además que me presentara a él invocando su nombre.

Satisfecho, abandoné el almacén de antigüedades llevando conmigo el alhajero y una nueva búsqueda por delante.

(Continuará)

El don (segunda parte)

Por: Amadeo Pellegrini  

La ansiedad me poseía. Padecía un desasosiego inexplicable y poco frecuente en mi, que -no sin esfuerzo- he logrado controlar bastante bien las emociones. Sin embargo en esa oportunidad el contenido del paquete que llevaba conmigo me urgía a volver cuanto antes.

En otras circunstancias, para regresar a casa, hubiera optado por el ómnibus o el subterráneo, en la ocasión la prisa me impulsó a ocupar el primer taxi libre que se cruzó en mi camino. 

No bien dejé el paquete sobre el escritorio,  tomé los acostumbrados recaudos, que pueden parecer nimiedades, sin embargo son los que convienen para alcanzar el punto óptimo de concentración mental.

Ante todo relajamiento corporal, para lo cual, lo más apropiado es tomar una ducha tibia,  después vestir ropas livianas y holgadas.

Luego del baño me ocupé de cerrar las ventanas, bajar las persianas y  correr las cortinas para amortiguar los ruidos exteriores y filtrar el paso de la luz, encendí también el equipo de audio que inundó la habitación con el suave arrullo de los clásicos.

Cumplidos todos esos pasos rituales previos, me arrellané en el sillón y procedí a desatar el envoltorio…

Cerré los ojos, extendí las manos y palpé la fusta… Un cúmulo de sensaciones se agolpó en mi cerebro… 

Debo explicar qué es lo que ordinariamente sucede cuando entramos en contacto con un transmisor, se trate de una persona o  de un objeto inanimado. En cualquiera de los dos casos la mente se abre como la pantalla de un televisor y las imágenes se suceden sin orden ni concierto.

Ocasionalmente, se adhieren a las imágenes voces, sonidos, olores o sabores porque, si bien la percepción en sí misma tiene lugar fuera de los sentidos o por sobre ellos, estos contribuyen a racionalizarlas después, porque se recibe una especie de puzzle, algo así como un rompecabezas de figuras que luego hay que ordenar y recomponer valiéndose de los sentidos.

La primera y más contundente de las representaciones que percibí al instante de entrar en contacto con la pulida superficie de cuero fue el rostro de una mujer bellísima que expresaba un profundo sufrimiento, a ésta le siguieron una multitud de flashes mentales, que me sumieron en profundo estado de estupor.

No pecaré de reiterativo, diré solamente que, por primera vez en mucho tiempo, me costó sobreponerme al pasmo que el experimento me causó. Tampoco aburriré con el relato acerca del método con que fui recomponiendo las sensaciones hasta completar el cuadro emitido por la fusta. Para conocimiento de los lectores a continuación transcribiré los primeros apuntes que fui tomando:

Imagen recurrente: Mujer joven, no más de veintinueve o treinta años de edad, cabellos negros, tez blanca, ojos celestes, posiblemente miope, usa anteojos, rostro ovalado, boca regular.

Señas particulares visibles ninguna. Expresión de sufrimiento moral, no físico.

Lugar: Habitación de paredes color crema, dos retratos  enmarcados, dormitorio, cama y mesas de noche estilo provenzal, cobertor azul claro. Ventana y postigos abiertos, cortinas al tono.  Sugiere espera. Sensación: desconsuelo

Imágenes difusas: Mismo lugar, cuerpo femenino desnudo tendido en la cama decúbito ventral, sábanas en desorden, rostro invisible oculto en la almohada ropa de vestir sobre una silla. Ventana cerrada, cortinas corridas. Una silueta masculina fuera del campo visual. Sensación:  abandono, amenaza, entrega…

Imágenes disgregadas: Colillas de cigarrillos en el cenicero de cristal sobre la mesa de noche. Un libro abierto y encima un par de anteojos. Ropa interior femenina en el suelo junto al calzado. Sin presencia humana. Sensación: angustia, perturbación.

La copia precedente es apenas un resumen incompleto, sólo para mostrar la manera como se presentan las percepciones extrasensoriales.

Desde luego, las sensaciones anotadas corresponden a las experimentadas a medida que las distintas imágenes desfilan por el cerebro, también cabe señalar que la memoria las guarda y pueden evocarse después a voluntad, pero no así las sensaciones y emociones que son irrepetibles, porque se experimentan por única vez. 

Las vibraciones que emanaban de la fusta, a medida que recorría lentamente su superficie con la yema de mis dedos, me iban revelando el gran  sufrimiento padecido por esa enigmática mujer.

Un sufrimiento de naturaleza moral por la pérdida de un bien muy valioso, vinculado a un extinguido dolor corporal, porque las vibraciones delataban también que su cuerpo había recibido azotes con ese mismo instrumento.

Su figura tendida de bruces en la cama deshecha, desnuda así como la presentida silueta masculina en la habitación no dejaban  margen posible de error. El esfuerzo por desentrañar aquellas incógnitas me dejó exhausto. Caí en un estado de agotamiento tal que perdí la conciencia por espacio de varias horas.  

Junto con el conocimiento, recobré la lucidez; tuve entonces la certeza que no había sido la casualidad la que había puesto en mis manos aquella fusta, sino que ella había atraído mis pasos hasta el anticuario de San Telmo donde se hallaba expuesta.

De inmediato vinieron a mi mente algunas ideas relativas a las funciones del dolor. Una de las principales es que constituye una señal de advertencia sobre la presencia, inmediata o potencial, del mal. De acuerdo a ella, el dolor se transforma en un medio de comunicación.

Comunicación que puede ser de carácter sensible, sea visual, auditiva o táctil, pero también de naturaleza suprasensible, es decir intuitiva.

Cuando el dolor adquiere una intensidad mayor se transforma de simple comunicador en activo demandante de auxilio.

Estaba claro. ¡Un pedido de socorro me llegaba por conducto de la fusta! 

Desde algún ignoto lugar, una mujer, de extraordinaria belleza, reclamaba mi ayuda. 

Por cierto, ella no sabía de mi existencia, como tampoco había grabado su pedido de manera consciente. Pero la fusta que tenía en mis manos equivalía al mensaje en la botella que el náufrago en un último y desesperado gesto arroja al mar con la ilusión que alguien la encuentre y acuda a rescatarlo.

Podía renunciar a esa empresa, porque en una ciudad como Buenos Aires, que unida al conurbano, forma un conglomerado humano de once millones de personas, dar con una mujer de la que sólo se conoce el rostro. resulta una tarea para anormales.

El sentido común me decía que dejara las cosas como estaban. Después de todo. ¿Quién podría reprocharme que colgara la fusta como adorno en una de las paredes y me olvidara de todo lo demás? Últimamente ya era mía, la había adquirido legítimamente, no tenía por lo tanto ninguna obligación de ocuparme de nada más. 

Con esfuerzo abandoné mi sillón favorito, para cambiar de ropa y bajar a cenar. Aunque, más que apetito sentía la necesidad de abandonar esa atmósfera opresiva que yo mismo había provocado.

En la calle, decidí ir a un restaurant más alejado para obligarme a caminar. Andar por las calles un poco al azar es la actividad que me permite ventilarme y tomarle el pulso a la ciudad.

Para mi las caminatas constituyen una sana costumbre que, además de oxigenarme los pulmones me ayudan a descomprimir la mente al inducirme a mirar y pensar cosas distintas.

Sin embargo esa noche sólo me sirvió para henchirme los pulmones porque la dueña de la fusta mantuvo permanentemente ocupado mi cerebro, a punto tal que ni siquiera la comida, que eligió por mi el mesero, consiguió alejar de mi su imagen.

Cada vez que la puerta se abría para dar paso a nuevos comensales, levantaba yo la vista impulsado por el pensamiento mágico de verla entrar y acercarse hasta mi. 

Al regreso, en uno de los kioscos de Corrientes que cierran pasada la medianoche compré una revista, con la intención de leer algo antes de apagar la luz.

Ni siquiera la abrí, tampoco apagué la luz, me quedé tendido en la cama mirando el cielorraso, hasta que dejé de sentirme confundido e indeciso al pensar que pocas veces en mi vida había sido desdichado, pero  si no daba con aquella mujer, estaba seguro que lo sería por el resto de mi vida… Esa convicción me hizo sentir afligido e impotente.

Las posibilidades de dar con ella eran prácticamente nulas, lo sabía muy bien, no obstante emprender una tarea aun de resultados inciertos sirve para alimentar las esperanzas y éstas para amortiguar la aflicción, por ese motivo, la aflicción se transforma en estos casos en fuerte estímulo.

De modo que tomé la decisión de encontrarla. Recién entonces apagué la luz.

(Continuará)

El don

Por: Amadeo Pellegrini  

In memorian G.H.E. 

Todas las personas  traen, desde la cuna, al menos algún don particular, es decir alguna cualidad, aptitud, talento o disposición especial. De ese modo existen personas muy dotadas para las artes, o las matemáticas, o el trabajo manual, etc. Los dones a su vez son innumerables, los hay elementales o complejos,  unos son más comunes o frecuentes que otros, pero todos ellos resultan dones al fin.

Cuando en una persona su don principal alcanza un desarrollo gigantesco, acostumbra a decirse de él que se trata de un “superdotado”, como lo fueron Beethoven, Bach, Mozart y tantos otros genios de la música, por otra parte a los que no alcanzan un grado aceptable de desenvolvimiento de sus aptitudes se los llama “infradotados”.

Normalmente los dones se ponen de manifiesto a muy temprana edad y, si se tiene la suerte de crecer en un medio propicio, comienzan a desarrollarse de manera rápida, dando lugar a casos de precocidad.

Me ocupo de esto, porque el mío es algo bastante fuera de lo común, pues vine a este mundo con el don de la percepción extrasensorial.

Para quienes no están familiarizados con el tema debo decir que consiste en llegar a conocer o descubrir algo por una vía distinta a la de los sentidos. La persona que lo posee adquiere conocimientos sin la intervención directa  del tacto, la vista, el olfato, el oído o el gusto.

Vulgarmente se suele hablar de “sexto sentido” o “premonición” otros con más precisión agrupan y designan los casos bajo el nombre de “fenómenos paranormales” .

Muchos estudiosos han destinado enormes esfuerzos a desentrañar y explicar estos fenómenos, produciendo  innumerables obras científicas que los desmenuzan y teorizan acerca de ellos.

No deseo abrumar a nadie con la exposición de tales teorías, simplemente me propongo contar mi historia.

Mi percepción extrasensorial se manifestó tempranamente. No tenía más de seis años cuando “vi” morir a mi abuelo paterno que residía a más de 200 kilómetros de nuestro hogar.

Sucedió así: estaba durmiendo y soñé que mi abuelo Juan caía al suelo y no se movía. Me desperté en el acto sabiendo que estaba muerto, entonces me puse a gritar: ¡El abuelo está muerto! ¡El abuelo está muerto!  

Al instante acudieron mis padres para tranquilizarme.

-Es una pesadilla, querido -decía mi madre tratando de calmarme.

-Si, estabas soñando… Aseguraba mi padre.

-¡Está muerto! ¡Lo vi!  ¡Lo vi! – continuaba insistiendo yo.

Media hora más tarde sonó el teléfono en el vestíbulo. Papá fue a atender la llamada y al cabo volvió para confirmarnos que su padre acababa de morir de un infarto.

Otra oportunidad en la que sucedió un caso parecido, fue viajando en tren, tendría entonces unos ocho años cuando de pronto “vi” como un automóvil atropellaba a nuestro perro, lancé entonces un grito que sobresaltó a los pasajeros del vagón.

-¡Lo mataron al Cachilo!... ¡Fue un auto verde!... ¡Lo pisó un auto verde!...

Ese hecho también se confirmó, aunque no el detalle del color del auto, puesto que quienes se acercaron al perro no consiguieron ponerse de acuerdo sobre el tipo de vehículo que lo había atropellado. Se trataba de una calle muy transitada a esa hora y los presentes prestaron sin duda más atención al animal herido que no tardó en morir que al automóvil, que continuó la marcha.

Después de este episodio me pusieron en manos de un psicólogo para que me liberara de posibles sentimientos de culpa por ambas muertes.

Esa sabia decisión de mis padres resultó muy acertada, pues el terapeuta me hizo comprender muchas cosas y me estimuló para que desarrollara esa facultad. Gracias al tratamiento aprendí a valorar mis percepciones y más adelante a cultivarlas.

Podría llenar páginas enteras relatando casos en los que utilicé mi don. Uno de los primeros usos que di a esa facultad fue para  encontrar objetos perdidos, para “descubrir” el juego de mis adversarios, para “adivinar” el número  que iba a extraer, cuando jugábamos a los naipes o a la lotería familiar.

Los que no tienen mayores conocimientos se detienen sólo en los aspectos anecdóticos de la cuestión, porque ignoran los esfuerzos de concentración mental que exige activar los mecanismos del cerebro para descifrar las percepciones con el auxilio de los demás sentidos, en especial el del tacto, tanto como el agotamiento que sobreviene después.

Porque resulta difícil concebir que el esfuerzo mental requerido vaya acompañado por un enorme dispendio de energía física, como ocurre por ejemplo, para captar un mensaje subliminalmente transmitido por una persona distante o capturar e interpretar las ondas emitidas por los objetos bajo determinadas condiciones.

Es un hecho comprobado también que en algunas oportunidades las percepciones extrasensoriales afloran naturalmente en el sujeto sin esfuerzo alguno,  sin necesidad tampoco que ponga nada de su parte para  activarlas o emplearlas. Esto suele suceder cuando la energía transmisora resulta muy potente y “golpea” al receptor.

Por último, a aquellos que envidian el don de la percepción extrasensorial, he de decirles que quien lo posee, padece paralelamente la condena de la soledad.

En efecto, a la mayoría de ellos, por obvias razones, les resulta muy difícil mantener relaciones afectivas intensas y permanentes. Aunque, no necesariamente la soledad los convierte en seres desdichados muchos, como Leonardo Da Vinci, la vuelcan a la creatividad.

He mencionado relaciones afectivas permanentes y estables, no relaciones sexuales. No quiero ofender la inteligencia de los lectores con mayores precisiones sobre esto.

En mi caso particular reparto mi vida entre las actividades profesionales que me proveen de relaciones tanto como del sustento material indispensable, con las culturales que rellenan mis vacíos existenciales.

Tal combinación me ha permitido sobrellevar las carencias afectivas. Porque debo decirlo, también añoro las delicias de un verdadero hogar. En ese sentido comparto como verdad indiscutible el precepto bíblico que no es bueno que el hombre esté solo.

En una época traté de formar pareja estable, lo logré o creí lograrlo, pero por corto tiempo, todas las tentativas resultaron efímeras, de manera que me resigné al sino de la soltería. 

Mis apetencias culturales marchan al vaivén de mis recursos económicos. Cuando engrosa la cuenta bancaria los deseos se transforman en viajes cuyo destino y duración guardan relación directa con el monto de los caudales disponibles. A medida que estos  merman, mis aspiraciones se limitan a visitar museos,  concurrir a conciertos, conferencias o estrenos teatrales y cinematográficos. Finalmente cuando el dispendio aproxima las reservas a niveles cercanos al cero, entonces mis gustos terminan reducidos a largos paseos por la ciudad e interminables visitas a las librerías de viejo, donde invariablemente doy con alguna obra que me conduce al sillón de mis ocios. 

En la época que comienza el relato de esta parte de mi vida, concluía un viaje de un mes  repartido entre San Petersburgo y París, lo que equivale a decir que mi espíritu estaba pletórico con las visitas al Palacio de Invierno y al Louvre, pero el estado de  mis arcas daba lástima.

Retornar a la actividad cotidiana en Buenos Aires luego de ese tour me reconfortaba, pues conviene alejarse un tiempo de los sitios familiares para recuperarlos luego y descubrir cosas nuevas.

Me sentía feliz de caminar despreocupadamente por la Avenida de Mayo con sus edificios emblemáticos, el Barolo, el Tortoni, La Prensa … Recorrido que incluía paradas en las mesas de dos o tres librerías de viejo para terminar con un café en una mesa del London, donde Cortázar ambientó el comienzo de su novela “Los Premios”.

Desplegué el diario, a la espera del café que bebería con toda la calma, hasta decidir luego el rumbo a tomar…

Eludí el imán de Florida, atestada a esa hora por un enjambre de gente y bajé hasta Bolívar para seguir por allí, donde sólo me entretuve apenas en la Librería de Ávila, antes de internarme por Defensa en el corazón de San Telmo.

San Telmo, cuyo epicentro está en la plaza Dorrego, es el equivalente del Marché aux Pouces de París, de Portobelo Road de Londres, de la Feria de la calle Tristán Narvaja de Montevideo, del Rastro de Madrid o del Mercadillo detrás de la iglesia de la Resurrección de San Petersburgo, no se parece a ninguno pero comparte el encanto mágico de todos ellos.

Normalmente visito San Telmo los fines de semana, en las horas que se habilitan los tenderetes en la plaza, donde se puede regatear y con suerte hacer algún hallazgo o conseguir alguna ganga.

Pero ese día laborable llegué, sin proponérmelo, hasta la esquina de Humberto Primo. Creía que la casualidad me había llevado allí, pero ni bien ascendí a la vereda y alcé la vista, los latidos de mi corazón se aceleraron al comprender que no había sido el azar sino una fuerza poderosa la que me había guiado  hasta ese objeto que desde la vidriera reclamaba mi atención.

Era una pequeña fusta, corta, íntegramente confeccionada en cuero; la  empuñadura tenía el grosor aproximado de mi dedo pulgar, su extremo opuesto remataba en dos finas lengüetas de unas cinco pulgadas de largo.

Se las conoce como  “Fustas de Dama” porque forman parte del conjunto de equitación de las amazonas. Suelen constituir además verdaderas joyas de artesanía, con puños de oro, plata o alpaca finamente cincelados, las hay también con empuñaduras de marfil o ébano tallado.

La que mantenía en vilo mis sentidos, era muy sencilla, a la par de las otras que he mencionado hubiera resultado insignificante. Sin embargo para mí superaba a todas las demás juntas porque desde el momento que la vi supe que me estaba destinada.

Entré al anticuario decidido a llevármela despreocupándome del precio que pretendieran por ella.

-Es una fusta excelente. –Dijo el vendedor al darme el precio, yo asentí con la cabeza-. Parece un juguete sin embargo es sólida y flexible. Examínela.

Rehusé con un gesto porque tenía la garganta seca, no obstante conseguí responder:

-No es necesario, la llevo. Pagué y salí con mi tesoro bien envuelto en papel grueso como le había pedido al vendedor. Mis manos no la habían tocado en ningún momento, ya tendría tiempo en casa de conocer todo lo que la fusta tenía para decirme y por qué me había llevado hasta ella.   

(Continuará) 

Disciplina Doméstica

Autora: Mayte Riemens

 

Mi esposo era un hombre estricto y chapado a la antigua. Desde que éramos novios me corregía algunas de mis faltas y me decía que tenía suerte de que aún no estuviéramos casados. Yo reía y le preguntaba que qué me haría si ya fuera mi esposo. Ya lo sabrás, me decía. Cuando me pidió matrimonio, me dijo que, antes de aceptar, yo debía leer un documento que él había preparado, pues no quería que hubiera malos entendidos ni tuviera algo de qué arrepentirme, una vez que estuviéramos casados. Me dio el documento en un sobre cerrado y me dijo que lo leyera cuando estuviera a solas, al día siguiente ya le diría yo si aceptaba casarme con él.

A solas en mi habitación de la casa de mis padres, leí las cuatro páginas que mi novio me había entregado. En ellas me explicaba que me amaba intensamente, pero que creía que ningún matrimonio podía sobrevivir, aún cuando hubiera amor, si las peleas y las discusiones rompían la armonía de la convivencia diaria. Me decía que yo era una chica encantadora, pero también caprichosa y, a veces, algo irresponsable y poco juiciosa. Me amaba así, pero por mi propio bien, debía modificar algunas de esas conductas y procurar erradicarlas de mi carácter. La carta continuaba diciendo que él estaba dispuesto a modificar aquellos defectos que a mí me molestaran, que yo era libre de hacérselos notar y que si él no procuraba modificarlos, que yo estaría en todo el derecho para reprochárselo, sin que él se molestara por ello. Así, también yo debía someterme a la corrección de mis errores y defectos, pero para mí, él proponía un sistema diferente a las palabras. Entonces exponía con todo detalle el método que emplearía:

Cuando cometas alguna falta, te lo haré notar con seriedad y firmeza, pero con respeto y sin gritos ni frases hirientes. Tú podrás alegar lo que convenga a tu favor, pero si no existiera una justificación razonable, tendré que castigarte y así te lo haré saber.

Cuando tú escuches de mis labios la frase “Tendré que castigarte” Te irás a la habitación, te descubrirás completamente el trasero y te colocarás sobre la cama, con un par de almohadones bajo el vientre. Entonces yo iré hasta ahí y te aplicaré el correctivo que corresponda, de acuerdo con la falta que hayas cometido.

La severidad podrá ser desde moderada hasta muy alta, dependiendo de tu falta.

El castigo consistirá en azotes en las nalgas que, dependiendo de tu falta, podré aplicarlas con la palma de mi mano, con un cepillo o paleta de madera o con mi cinturón.

El número de azotes será de un mínimo de veinte y un máximo de 100, dependiendo, otra vez, de la falta que hayas cometido.

Cuando el castigo haya sido aplicado, pasarás un rato reflexionando sobre tu comportamiento. De pie, sentada o de rodillas ante un rincón, con el trasero desnudo, exhibiendo con vergüenza el resultado de tu mal comportamiento. El tiempo de reflexión podrá variar, pero nunca será menor a diez minutos.

Al finalizar el castigo, prometo no volver a mencionar el problema ni te guardaré ningún rencor, pero tú también deberás prometer lo mismo.

Para evitar malos entendidos y resentimientos, es importante detallar cuáles son los comportamientos que serán motivo de castigo, así como su  gravedad y el correspondiente grado de severidad del castigo

Faltas leves que serán castigadas con moderada severidad:

Faltar a tus obligaciones domésticas

Ser díscola, grosera o poco amable conmigo

Callar algún disgusto que yo te haya provocado

No atender tus propias necesidades

Faltas graves que serán castigadas con severidad media

Mentirme

Llegar a casa después de las once de la noche

Salir de casa sin avisarme

Hacer berrinches, gritar o enfurecerte, en lugar de hablar con respeto y procurando resolver los problemas

Hacer gastos tontos o no cuidar el dinero de la familia

Desobedecerme, a menos  que exista una razón totalmente justificable

Faltas muy graves que recibirán el castigo más severo

Coquetear con otros hombres

Resistirte al castigo

Faltarme o faltarte al respeto

Hablar de este método con cualquier persona

Guardar resentimientos o rencores por un castigo recibido

Persistir en una conducta por la cual ya hayas sido castigada

Es importante que sepas que, si durante el castigo, tu comportamiento no es el adecuado, podrías recibir hasta 20 azotes extra, incluso sobre el máximo de 100. También el castigo en el rincón podría hacerse más severo, no por tiempo, pero sí por agregarle algunas variantes para hacerlo más incómodo o vergonzoso para ti.

 Nunca te daré más de dos zurras en un mismo día, pero si durante el día merecieras un castigo más, se pospondrá hasta el día siguiente.

Cuando hayas cometido alguna falta y yo no lo sepa, tú misma podrás solicitar el castigo, incluso, en caso de que yo no quiera aplicarlo, tú podrás exigirlo. Nunca te dejaré sin un castigo que tú o yo creamos que mereces.

Los castigos siempre serán aplicados en las nalgas desnudas, así evitaré sobrepasarme o ser demasiado flojo al castigarte, pues podré monitorear el estado de tu piel y evitar un daño extremo o el que el castigo no sea efectivo. El método se basa en el amor y en la confianza, quiero que sepas que jamás abusaría de ti ni te causaría un daño grave o irreversible.

Quiero que quede bien claro, que esto no implica que quiera someterte a mi voluntad ni que nuestra relación deba cambiar en ningún aspecto. Tú eres libre para seguir haciendo lo que siempre has hecho, para comportarte como hasta ahora lo haces, pues mi método es para evitar conflictos conyugales, peleas y discusiones que podrían dar al traste con nuestro matrimonio y, de ninguna manera, para dominarte, atemorizarte  o convertirte en un títere de mi voluntad.

Cuando terminé de leer, estaba sorprendida, confundida y… muy excitada. Jamás habría podido atreverme a confesarle a Lázaro que me excitaba la idea de ser nalgueada por él. Ahora su carta llegaba como caída del cielo, me llenaba de emoción y me hacía prometerme una vida conyugal deliciosa y llena de los placeres más extraños y sensuales. Pero también, me impedía confesarle mi secreta fantasía. Si yo le decía que me excitaba ser castigada, su método perdería toda efectividad, al menos a sus ojos, y quizá lo desechara. Lo pensé toda la noche, leyendo y releyendo su carta, excitándome con la lectura, con la imaginación de lo que mi vida de casada me traería. Por la mañana había tomado decisiones: por supuesto, aceptaría casarme con él y aceptaría que su método de “armonía conyugal” fuera aplicado, pero nunca le confesaría mis fantasías, recibiría los castigos como quien no los desea, como quien los sufre y se arrepiente de sus actos. Quizá eso tuviera una miel especial y aderezara aún más las delicias que se me prometían.

Tres meses después, nos casamos. Un par de meses después de que volvimos de la luna de miel, decidí que era momento de experimentar. Una mañana, Lázaro me fue a buscar a la cocina y me reprochó con aire serio y grave alguna tontería doméstica. Yo reaccioné como verdadera feminista y lo mandé a paseo con sus exigencias. Le dije que si quería las camisas bien planchadas, que se ocupara él mismo o me consiguiera más ayuda doméstica… en fin, todo un berrinche armado con profesionalismo impecable.

- Habíamos hecho un trato, María. Y lo aceptaste con todo lo que implicaba. Ahora estás desobedeciendo me estás faltando al respeto y eso es ya una falta grave. ¿Sabes cuál es el castigo para eso? – Sentí un delicioso escalofrío y una punzada en la vagina. Me estaba excitando muchísimo el regañito. Hice un puchero y comencé a llorar.

 

- ¡No, Lázaro! ¡No me castigues! ¡Por favor! - le rogué paladeando con deleite cada palabra

Ahora estás resistiéndote al castigo, María. Ya conseguiste dos castigos muy severos. Tendrás uno hoy y otro mañana.  Vamos. No sigas con esto – hablaba con amabilidad, pero se mostraba inflexible – Ahora se me hace tarde, pero cuando volvamos del trabajo, por la tarde, tendrás tu primer castigo por las graves faltas que has cometido. – Sollocé y me cubrí la cara. Realmente me sentía avergonzada, pues para él no era un juego y yo estaba haciéndolo por puro placer.

-          Cuando llegues de trabajar, te colocarás boca abajo sobre la cama, con las nalgas desnudas y tres almohadas bajo el vientre. Sobre la mesa de noche quiero que esté mi cinturón y la pala de madera de la cocina. Me esperarás así a que yo llegue. ¿Has comprendido?

-          Sí, mi amor – respondí llorando ocultando la cara entre las manos para que no me delatara una sonrisa de placer. Me hizo una caricia y se fue.

Durante todo el día disfruté del miedo y la excitación por lo que me esperaba, mi entrepierna se mantuvo húmeda todo el tiempo y, en el trabajo, no podía concentrarme pensando en el castigo que iba a recibir, finalmente, probaría, no sólo las nalgadas que tanto deseaba, sino también el cinturón y la paleta de madera. No imaginaba cómo me iba a doler eso, quizá fuera demasiado doloroso y no lo disfrutara, pero igual lo iba a sentir, pues Lázaro me iba a castigar, quisiera yo o no. Esa sensación de estar en sus manos y no poder evitar el castigo me excitaba todavía más. Tenía miedo y era delicioso sentirlo. Me escapé del trabajo un poco más temprano y llegué a casa emocionada, dejé mis cosas y me fui directo a la cocina a elegir la pala, por precaución no tomé la más grande y gruesa que tenía, sino una livianita, después fui al armario de Lázaro y elegí un cinturón, puse ambas cosas sobre la mesa de noche, coloqué tres almohadas en la cama y entonces, paladeando cada segundo, me levanté la falda y me bajé las bragas casi hasta las rodillas, después me coloqué en la posición de castigo. Estar ahí tumbada, con las nalgas levantadas y al aire me excitaba mucho, la espera se hacía larga, pero eso me excitaba todavía más. Esperé poco más de media hora, cuando lo oí entrar, la emoción me hizo liberar un sollozo y decidí que era lindo que me encontrara llorando pero dispuesta al castigo, así que dejé correr toda mi tensión con lágrimas. No me dijo nada. Se sentó en la cama y me acarició un poco las nalgas provocándome más sollozos.

-          ¡Lo siento, mi amor! ¡No me castigues demasiado duro, por favor! – le supliqué, deseando exactamente lo contrario. Comenzó a nalguearme con mucha fuerza, esas nalgadas eran duras, me ardían horriblemente, más porque mis nalgas estaban frías después de tanto tiempo de estar desnudas, pero resultaban mucho más deliciosas y excitantes de lo que yo había imaginado. Después de muchas nalgadas, por fin se detuvo y me acarició las nalgas enrojecidas y calientes, después atoró el vuelo de mi falda en la pretina.

-          Ahora ponte de pie frente al rincón, con las manos en la cabeza – me ordenó con amabilidad. Obedecí bañada en lágrimas y con la entrepierna muy húmeda. La vergüenza de aquellos diez minutos castigada me excitó todavía más. Me sentía absurda ahí parada, de pronto me pareció todo una comedia, como si los dos estuviéramos actuando para alguna cámara escondida. Pero era muy real, las nalgas me dolían y estaba siendo castigada. Sabía que la tunda no había terminado y además sentía a Lázaro tendido en la cama, mirando mis nalgas enrojecidas.

-          Espero que estés avergonzada, María – me dijo con severidad. – No es propio de una señora casada, toda una profesional, tener que pasar diez minutos castigada frente a un rincón, con las nalgas calientes en total exhibición, y las manos en la cabeza, como una niña malcriada.

-          Estoy muy avergonzada, mi amor – murmuré entre sollozos. Cuando pasaron los diez minutos, Lázaro me llamó.

-          Vuelve a colocarte para continuar con el castigo – me dijo. Yo obedecí totalmente enloquecida de pasión por aquel hombre severo e inflexible. Levanté lo más que pude mis nalgas y esperé.

-          Esto va a doler un poco más – me advirtió

-          Sí, mi amor. – le dije procurando que no notara lo excitada que estaba. Los azotes comenzaron. Lázaro había doblado el cinturón a la mitad y lo aplicaba con fuerza atravesando de lado a lado mis nalgas. Aullé desde el primer azote, apreté el cubrecama con toda mi fuerza para soportar el siguiente, sollocé adolorida y excitada como nunca y en medio de aquel paroxismo de placer y dolor, traté de contar los azotes. En el número veinte, sentí que no podía más y atravesé mi mano para impedir que continuara.

-          Quita la mano, María. No me gustaría golpearla. – me dijo. Obedecí temblando, el castigo se reinició pero a los pocos azotes volví a cubrirme

-          ¡Por favor! ¡Me duele mucho! ¡Perdóname! ¡Ya aprendí la lección! –supliqué. Por toda respuesta, sentí que Lázaro tomaba mi mano y me la sostenía a un lado de mi cuerpo, continuó el castigo y yo procuré no volver a mover las manos, pero me era casi imposible, pataleaba, me agitaba y me retorcía de dolor. Cuando se detuvo, sentía que las nalgas me ardían y las imaginaba del color del granate. Sollocé con fuerza y me froté un poco.

-          No te toques, aún sigues castigada. – me dijo con severidad – Ve otra vez al rincón. Arrodíllate de cara a la pared, las manos en la cabeza. – Obedecí bañada en lágrimas, gimiendo como niñita y deseando como nunca que aquel hombre me hiciera suya. Me coloqué en el rincón a cumplir otros diez minutos de castigo. Me preocupaba que la humedad de mi sexo escurriera por mis piernas y me delatara, así que apreté las piernas, lo cual debe haber resultado en la tensión de mis nalgas, que mi marido observaba mientras me hablaba otra vez de lo vergonzoso de mi posición y, sobre todo, de lo absurdo de mi conducta. Oí que salía de la habitación, pero no tardó en volver, se acercó a mí, me tomó ambas manos y me las hizo poner en mi espalda, yo lloré como niña arrepentida.

-          ¡Ya perdóname, Lázaro! ¡No me pegues más, por favor! – le rogué. No me respondió, se ocupó en atar mis muñecas, una con otra con el cinturón de seda de mi bata de noche. El nudo era suave, no me hacía daño, pero me sería imposible volver a cubrirme las nalgas durante el castigo. Un rato más de rodillas y me llamó de nuevo. Me levanté con dificultad, pues mis manos maniatadas no ayudaban a mi equilibrio. Me tomó del brazo y me llevó a la cama, pero en lugar de hacerme tender como antes, se sentó y me puso boca abajo sobre sus rodillas, como una niña pequeña que va a ser castigada por su padre. Me sostuvo firmemente rodeando mi cadera con su brazo y entonces comenzó a azotarme con la pala de madera. ¡Eso sí que dolía! Aquello era un verdadero castigo, incluso para mí, los golpes caían de lleno sobre mis ya lastimadas nalgas y no había nada que yo pudiera hacer para evitarlos. Lloré, grité, supliqué, pero Lázaro se aplicó seriamente en castigarme sin descanso, con ritmo y fuerza. Me dio quince azotes que me dejaron grandes cardenales. Cuando me levanté con su ayuda, mi cara estaba totalmente descompuesta por el llanto. Me dejó ahí de pie y atada de manos, mientras colocaba en el rincón un banco de madera alto, de los de la barra de la cocina.

-          Siéntate aquí – me ordenó. Me acerqué y con su ayuda y mucho dolor, me senté. Entonces me desató las manos. – No quiero tener que atarte otra vez, cariño. Pero lo haré si no aprendes a mantener tus manos fuera del área de castigo.

-          Sí, mi amor. Lo siento – murmuré. Me hizo poner las manos sobre mis rodillas y enderezar la espalda. Estuve ahí diez minutos castigada. Sintiendo mi clítoris saltar emocionado, cosquillear exigiendo ser acariciado…

-          Ya puedes levantarte, cariño. Por hoy hemos terminado. Mañana tendrás otra dosis… un poco más severa. Te aplicaré la máxima severidad, para que sepas a qué atenerte en el futuro.

-          Sí, mi amor. – le dije y me acerqué a besarlo. Le pedí perdón, le dije que el castigo me había hecho mucho bien y que, aunque ya había aprendido la lección, recibiría el del día siguiente con toda obediencia, pues sabía muy bien que me lo merecía. Lázaro me besó, me acarició suavemente las nalgas y terminamos haciendo el amor con la pasión más exquisita que jamás habíamos soñado.

 

 

PROVOCACIÓN

Autora: Ana K. Blanco 

(Dedicada a gavi y Don Miguel) 

“Provocación

en tus ojos veo clara provocación

cada vez que me miras hay provocación…”

(fragmento de la canción de Raphael) 

Resulta difícil para una mujer ser supervisora, jefa, o con un alto puesto ejecutivo y tener bajo su mando un determinado grupo de personas.           

Este era el caso de Gabriela, jefa de la sección con más personal de aquella fábrica. Su desempeño en la jefatura era correcto: justa, imparcial, firme, autoritaria sin abandonar la calidez humana. Ese era el perfil que le gustaba a Miguel.           

Aquella mujer podía excitarlo nomás verla ir de un lado a otro impartiendo órdenes vestida con una simple túnica; en especial cuando salía del trabajo enfundada en pantalones elastizados que resaltaban sus maravillosas nalgas o con minifaldas impactantes, pues a sus opulentas formas todo le quedaba bien.            

Frecuentemente, Miguel imaginaba que debajo de la túnica sólo llevaba mínima ropa interior y desde luego también marchaba sin nada debajo de aquel sencillo atuendo.           

No obstante el gusto que sentía por ella y la excitación que le producía haciéndolo soñar despierto, distaba mucho de ser dama perfecta, por eso la apodaba “Doña Quejitas”, pues se quejaba continuamente. Ella siempre encontraba motivos para rezongar: bien porque le dolía aquí, o porque fulano había hecho u omitido tal cosa, porque esa temporada había más trabajo que nunca, o porque las nuevas planillas de control resultaban más complicadas, etc.            

Gabriela era una mujer desafiante, a quien aunque no se le había subido el cargo a la cabeza, lo hacía sentir en cada oportunidad. A pesar de todo, el personal la apreciaba porque sabía perdonar errores pero resultaba demasiado estricta y muy apegada a la letra del reglamento.            

A Miguel el trato cotidiano le hizo descubrir cuán caprichosa incorregible, malcriada y testaruda, podía llegar a ser cuando las cosas no salían como ella esperaba. En tales circunstancias perdía el control  y  el enojo la  despojaba de la necesaria ecuanimidad. Esas explosiones lo ponían mal, Miguel contenía sus reacciones porque se trataba de su superior jerárquico.            

Hasta que un día, a la hora de descanso, Gabriela llegó y tomó asiento junto a Miguel. En realidad más que sentarse, lo que hizo fue desplomarse en la silla. 

-¡Uffff… odio los miércoles! –bramó- Esta tarde tendré que llenar todas esas odiosas planillas … no veo forma de evitarlo y no quiero hacerlas.

-Pero  terminará haciéndolas ¿No es así Gabriela?

-¡Desde luego! ¡Yo soy una persona responsable!

-Entonces… ¿porqué se queja tanto?

-¡Yo no me estoy quejando!

-¿No? ¿Y qué nombre le da entonces a esto que hace todos los días?

-¿Le molesta que me exprese, Miguel?

-Para nada Gabriela. Además… usted es mi jefa y debo escucharla.

-No se trata de cargos. Mejor dígame qué le molesta. Sabe perfectamente que lo que tenga que decirme “no será usado en su contra” –dijo alzando una ceja en tono desafiante.

-Lo sé perfectamente Gabriela, usted es por sobre todo una persona justa. Sólo  dudo que le agraden mis opiniones.-Haga la prueba, hombre, o acaso teme que tome represalias…

-En realidad, no. Pero está bien, si se empeña en saberlo, se lo diré: Usted es una persona quejosa porque quiere las cosas salgan a SU gusto, siempre. –Recalcó el “su” para refirmar la actitud más chocante de la personalidad de su interlocutora

-Usted, a pesar de ser una excelente persona y una jefa competente,  se comporta muy a menudo como una mujer malcriada, caprichosa y testaruda. 

Gabriela cruzó las piernas y adoptando un tono más desafiante, espetó:            

-De acuerdo: es su opinión sobre mi persona y la respeto. Ahora bien, yo le pregunto: ¿Cree acaso que a esta altura de mi vida voy a cambiar mi modo de ser? Soy como soy y le repito, no voy a cambiar.

-Le agradezco que me dé la razón. Pero esa afirmación irracional “no voy a cambiar” es la típica respuesta de una niña insolente y caprichosa.

-Y si lo es ¿qué? –Gabriela ya se estaba saliendo de las casillas. Las razones y argumentos de aquel subordinado, un hombre tan guapo y viril, la intranquilizaban haciéndole perder el aplomo.

-Otra expresión propia de niña malcriada –dijo poniéndose de pie y sosteniendo su mirada, burlonamente agregó- Gabriela, lo único que usted necesita es dar con alguien que la trate como usted, con ese modo de ser de niña malcriada, está reclamando a gritos… Lo único que la puede hacer cambiar de opinión es la azotaina que seguramente nunca le dieron y que buena falta le hace. 

Gabriela no podía creer lo que estaba oyendo. Procuró calmarse, pero le resultaba imposible. Sus ojos despedían chispas y el tono de revelaba el enojo que la consumía. 

-¿Ah, sí? ¿Y se puede saber quién será ese “alguien”? Porque todavía no ha nacido el hombre que se atreva a azotarme.

-Se equivoca. Ese hombre nació, creció y en este momento lo tiene delante de sus ojos.

Impulsivamente abandonó todas las formalidades, exclamando:           

-¿Vos me corregirás? Jajajajajaaaaaa… Vos… y cuántos más?  Sin advertirlo incurría en la provocación que Miguel esperaba para actuar: 

-Sí Gabrielita, yo solito me basto y sobro … ¿sabés porqué? Porque no haré nada para obligarte, ya te darás cuenta que tengo razón y por eso vendrás el viernes al depósito, después que el personal se haya retirado. Pero te advierto: más vale que seas puntual o te irá peor de lo que te imaginás. No me gustaría agregar la impuntualidad a tu lista de defectos.

-¡Ya podés agarrar una silla y sentarte a esperarme! -fue la airada respuesta de la mujer.

-Precisamente una silla me hará falta para colocarte sobre mis rodillas una vez sentado  Te felicito porque estás entendiendo.             

¡Ay, que fastidio! Odiaba a aquel hombre tan seguro de sí mismo, con esa seguridad, virilidad y esos aires dominantes!             

Los días siguientes fueron una tortura para Gabriela. Cada vez que se cruzaban, él le susurraba al oido: 

-Prepará tus nalgas nena testaruda…

-¡Acordate que te espero en el depósito!

-Las chicas malcriadas merecen unos buenos chirlos en sus colitas

-Hola Doña Caprichitos. ¿preparada para la lección de tu vida?

-Por favor… poné cara de enojada y dame más motivos para tu castigo, sí?

-Conseguite almohadones y cremita, eh? No te vas a poder sentar en todo el fin de semana… 

Gabriela no entendía porqué, pero cada vez que oía algo de esto, mariposas le revoloteaban en el estómago. Lo odiaba pero al mismo tiempo sentía una terrible excitación y la cita del viernes no se le podía borrar de la cabeza. Dudaba entre ir o no, no sabía qué hacer. Por un lado, no deseaba dar el brazo a torcer y aceptar que lo que Miguel decía la verdad. Por  el otra parte, anhelaba fervientemente comprobar cómo se sentiría al ser azotada y dominada por un hombre así.

Llegó el día viernes pero las horas pasaban lentas. Evitó cruzarse con Miguel durante todo el día, aunque percibió su mirada penetrante cada vez que se aproximaba a su lugar de trabajo.

Llegó la hora. No quedaba nadie en la fábrica, Gabriela había demorado algunas tareas para tener motivos para dilatar la salida… Miguel decidió sentarse y esperar. Dios lo había bendecido con el don de la paciencia, pero aquella era una ocasión especial y cada pocos minutos miraba el reloj. ¿Qué decidiría Gabriela? ¿Vendría? Estaba casi seguro que sí, pero…

A las 17 horas en punto, Gabriela se plantó frente él. Estaba hermosa enfundada en aquella corta falda color amarillo que realzaba más el tostado de su piel. Blusa y sandalias blancas completaban su indumentaria. 

-¡Caramba! La nena será malcriada y caprichosa, pero también es puntual. Eso no te quitará ni un solo azote, pero tampoco le agregará ninguno.

-¿Pero quién te creés que sos?

-Soy el hombre que te quitará la malcriadez.

-¿Ah sí? Bueno, dale! Vení a buscarme –le dijo con una actitud desafiante, mientras le hacía señas para que se acercara.-

¿Qué yo vaya a buscarte? Jajajajajaaaaa… ¡Por supuesto que no! vos vendrás aquí solita, por tu propia decisión, yo no te obligaré a nada que no quieras hacer.

-Ja! Lo sabía… sabía que eras puro blablabla.  Ni vos ni nadie se atreve a enfrentarme.

-Sabés perfectamente que no es eso Gabriela. Acá no se trata de enfrentamientos, sino de disciplina. Vos necesitás que te disciplinen y eso es lo que yo voy a hacer. Pero vos solita te pondrás sobre mis rodillas. Eso significará que entendés que tengo razón y que te hace falta una buena azotaína.

-¡Eso será en tus sueños!

-¡Basta, ya es la hora!  Llevamos 5 minutos de atraso y por cada minuto que me hagas perder te daré 5 azotes extras. Vos decidís. O te vas ahora mismo y todo seguirá igual, o… venís de inmediato a echarte sobre mis rodillas para dar comienzo a tu educación disciplinaria.            

Dudó unos momentos. Estuvo a punto de huir, pero… sintió como una fuerza interior que la empujaba hacia Miguel, quien sonrió complacido mientras que acomodaba a su jefa sobre sus rodillas.  

-Bien, querida Gabriela, has tomado la decisión correcta –le dijo mientras apoyaba su mano y acariciaba esas deliciosas nalgas que tantas veces había deseado- a partir de este momento comprenderás que no puedes andar por la vida queriendo cumplir tus caprichos y que todo el mundo haga tu voluntad.            

La primera nalgada resonó en el depósito y Gabriela saltó por la sorpresa. Pero no tuvo tiempo a recuperarse, porque enseguida cayó la segunda, y la tercera y… sus nalgas comenzaron a arder. No era la intensidad de los golpes sino la frecuencia y ritmo de los mismos: una nalga y la otra, con una pausa de un segundo entre un azote y otro. Sin prisa pero sin pausa.  Los tímidos gemidos de dolor de Gabriela se comenzaban a sentir cuando Miguel le levantó la falda. 

-¡Nooooooooo! Pero ¿qué hacés? ¿cómo te atrevés?

-A las niñas caprichosas hay que nalguearlas así –le dijo, mientras seguía repartiendo chirlos a diestra y siniestra- Y si se ponen testarudas y pretenden hacer su santa voluntad como están acostumbradas, entonces se les hace esto –y de un tirón bajó la bombacha inmaculadamente blanca y se topó con un hermosísimo par de nalgas. Eran blancas, casi níveas, “de raso y de jazmín” como dice el tango; nalgas suaves y redondas como dos globos, separadas por un canal que hizo imaginar a Miguel que lo llevaría a los más delicados placeres. Pero ahora debía concentrarse en esas montañas carnosas que estaban comenzando a colorearse.                       

Gabriela saltó sobre las rodillas y trató de detener la bajada de su última prenda, pero todo fue inútil: la bombacha fue a dar al suelo. Eso no lo esperaba. No imaginaba tal humillación, y trató de taparse con las manos. 

-Esto es demasiado humillante Miguel. Pará por favor!

-Lo siento, pero es parte del castigo. Y te sugiero que no te tapes con las manos, porque me veré obligado a atártelas. No te voy a repetir.            

Por supuesto que se las ató, y lo hizo con un cordel que tenía preparado en el respaldo de la silla. Y el castigo continuó por más de 20 minutos. Gabriela no podía discernir los sentimientos y sensaciones que la invadían. Era dolor, sí, pero mezclado con placer. Era humillación y sometimiento, pero con sensación de libertad. De lo único que no tenía dudas era de la excitación enorme que sentía, y esa humedad entre sus piernas que no podía evitar. Miguel detuvo el castigo y comenzó a acariciar las nalgas que, aunque rojas y ardientes, todavía resistirían más.

 -Bien querida Gabriela… –ella hizo un intento de levantarse, pero él se lo impidió- No te muevas, esto recién comienza.

-¿Lo qué? Pero si ya no puedo más del dolor. ¡Dejame ir ya mismo! Te exijo que me sueltes.

-Vos no estás en pocisión de exigir nada, y no te vas a ir hasta que yo lo decida. Vos quisiste quedarte y eso me da derecho a castigarte hasta que yo crea que es suficiente. Vos, nena malcriada, no decides nada… te entregaste a mí, sos mi responsabilidad y yo te voy a cuidar mientras te enseño disciplina.            

Gabriela sintió un sonido que llamó su atención. Él se estaba moviendo demasiado. Intrigada, se dio vuelta como pudo y vió que Miguel se estaba quitando el cinturón. 

-Pero… ¿para qué te sacás el cinto? ¿qué vas a hacer?

-Voy a continuar con mi lección de disciplina. Te daré 20 cinturonazos. Y si llegás a protestar… te daré 5 más por cada vez que protestes.

-No podés hacer eso, no tenés derecho

-25

-Dejame ir, desgraciado!

-30

-No quiero que me pegues, animal. ¡Soltame carajo!

-35… y 10 más por la palabrota, o sea: 45 cinturonazos. ¿comenzamos o querés seguir agregando azotes?

Gabriela no contestó. El cinto comenzó a caer sobre su ya maltratado trasero, pero lo soportó estoicamente. A medida que los azotes iban cayendo… su soberbia y prepotencia también comenzaron a caer y las lágrimas rodaban por su rostro. Cuando iban en casi 40 azotes, Miguel comenzó a acariciar las nalgas de esta mujer que había tenido durante aquella tarde, varios actos de sumisión.           

Sacó el pote de crema que había llevado y comenzó a frotar aquellas nalgas tan rojas y ardientes. Mientras desparramaba la crema, su dedo mayor aprovechaba para comprobar la humedad de otra zona. Cuando el dedo se acercaba, Gabriela tenía un notorio estremecimiento.  

Miguel la miró con ternura y consideró que el castigo, por aquel día, había sido suficiente.  

(Continuará)