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Relatos de azotes

F / m

Memorias de un spankee V

Autor:  Cars 

¡Vanesa! ¿Cuántas veces habré susurrado su nombre en silencio?, cuántas en el transcurrir de éstos meses, las lágrimas saladas como el océano han bañado mi almohada al pronunciar su nombre, ese que me fue prohibido nombrar salvo en raras y excepcionales situaciones y que al hacerlo no hacía más que acentuar el dolor que me causa su ausencia. Aquel día, aun estaba a tiempo de salvar mi alma. La razón, la experiencia, todo lo que era como policía y todas las vivencias que había experimentado y que me habían conducido a ese instante, me gritaban que me pusiera a salvo. Pero no sé porqué macabro juego del destino, no era capaz de resistirme a su mirada, a su tacto y a su voz. Igual que hiciera un encantador de serpientes, ella me guiaba a su antojo ya no solo por aquella estancia, ni siquiera por los juegos de alcoba, sino por la vida misma. Yo estaba unido a ella pese a mis últimas reservas, y parecía vivir de su aliento, de sus deseos e igual que el mar juega a placer con un velero a la deriva, su voluntad jugueteaba con mis deseos y vida.

Esta noche fría que me rodea, parece que su recuerdo me daña mucho más. Los acontecimientos  que me llevaron a esta soledad, se me presentan hoy como fantasmas de una vida ya vivida que se resisten a ocupar su lugar en la memoria, relegados a meros recuerdos. Y por eso arremeten una y otra vez contra mi conciencia para recordarme, que tal vez en mi mano tuve la posibilidad de hacer que las cosas fueran distintas, pero mi flaqueza o mi debilidad me empujaron a la  agónica situación que hoy estoy viviendo. Cada paso que doy me recuerda a ella, y aun me parece poder percibir el aroma del perfume que llevaba aquella mañana en la que sellé mi destino.

-¡Lo siento pero estoy muy confundido! -susurré al tiempo que deshacía el saludo, y veía como el general nos dejaba solos.

-Me lo imagino! Y no sólo por la expresión de tú rostro, -su tono era casi jocoso, me dio la espalda y se dirigió a su escritorio.- Yo estaría igual de sorprendida si estuviera en su lugar.

Mientras hablaba, eché un vistazo al lujoso despacho, y me concentré en una foto de Vanesa, -Mi AMA- en la que estrechaba la mano del presidente del gobierno. Ella guardó silencio, y cuando reparé en ese detalle, la miré. Me observaba medio sentada en su escritorio.

-¿Qué hago aquí? -Le pregunté al tiempo que daba unos pasos hacia ella.-

-¡Creo que está claro! -Su voz había recuperado la rigidez de costumbre.- Se te ha asignado a mi equipo de seguridad, es más, tú serás el encargado de seleccionarlo y hacerte cargo de la seguridad mía y de mi trabajo.

-Lo siento... -la miré a los ojos- pero no puedo.

-No tienes opción.

-Sí la tengo. -Extrañamente, estaba eufórico por mi determinación.- No saldría bien.

-¡Claro que saldrá bien! Sólo tienes que hacer tú trabajo. -Sé acercó a mí.

-¡Pero Vanesa!  Hay muchas razones para que esto no sea una buena idea.

-No te entiendo.

-Si me encargará de tu seguridad, tendría que darte indicaciones, en ocasiones ordenes, tú eres mi AMA, y eso es difícil de olvidar.

-Así que ahora soy tu AMA -Se acercó aún más.- Hace unos instantes era Vanesa, y no recuerdo haberte dado permiso para usar ese nombre.

-Ves, a esto me refiero...

-¡No me interrumpas! -Me calle al instante.- Mira Andy, llevo muchos años viviendo la dominación, y te aseguro que se distinguir unas situaciones de otras, no voy a interferir en tu trabajo, y nuestra relación no va a estar presente mientras estemos trabajando. Yo puedo separar una cosa de otra. Y si tú no puedes, entonces es que no eres el hombre y el profesional que había creído que eras.

-Yo podría, -resolví- pero no quiero. No quiero tener la responsabilidad de tu vida. Por que si cometiera un error, el más mínimo y te pasará algo... -guardé unos instantes de silencio- jamás podría vivir con eso. Te ruego que me permitas renunciar y regresar a mi destino anterior.

Ella permaneció en silencio, en sus ojos se reflejó una ternura que no había visto antes. Un cierto aire de resignación. Era como si detrás de las palabras que había pronunciado se escondiera un sentimiento que no había expresado. Comprensión y renuncia. El tiempo parecía que se hubiera detenido, y ninguno de los dos estuviera dispuesto a reaccionar. Al fin, se acercó a mí, acarició con dulzura la mejilla. Me beso y se dirigió a su escritorio.

-Hablaré con el General. -Comenzó a hablar sin mirarme.- Mandaré un informe y te aseguro que tu renuncia no aparecerá en tu hoja de servicio.

-Gracias

-Espera fuera, te acompañarán a la salida.

En ese instante, sentí una extraña frialdad que recorrió todo mi ser. Me encaminé a la puerta. Puse la mano en el pomo y lo giré. La pesada puerta de madera pareció quejarse cuando la empujé. Eché una mirada atrás. Vanesa seguía leyendo unos documentos. Para ella ya me había ido. Estaba a un paso de mi salvación. Todo en mi interior me decía que lo diera, que saliera del despacho. Bajé la cabeza. Por unos instantes que pareció una eternidad, volví a ver en mi mente aquel brillo extraño en sus ojos.

-¿Qué pasó con tu escolta? La que has tenido desde que te conozco. -Comencé a decir al tiempo que volvía a cerrar la puerta y me encaraba con ella.

-¿Cómo?

-¡Tu escolta! Que ha pasado con ella. -Repetí.

-La he destituido.

-¿A todos?

-Si, pero no te preocupes, -respondió con desdén- Antes de que acabe el día tendré una.

-Venga Vanesa. -Sus ojos se clavaron en los míos.- Dime que ha pasado.

-¡Andy! Estás agotando mi paciencia. Si vuelves a pronunciar ese nombre sin que te autorice a ello...

-Lo siento mi AMA -Me disculpé.- Por favor, dime qué ha pasado. -Ella se relajó.

-Está bien. El servicio de información interceptó algunas llamadas, estaban planeando permitir un atentado contra mi persona para hacerse con los documentos en los que estoy trabajando. -Guardó silencio, como dándome tiempo de asimilar lo que me estaba diciendo.- Mira, estas son algunas amenazas que he recibido en la última semana. En tres de ellas dejaron huellas parciales.

-¿Ahora estas a salvo?

-Les están interrogando, pero hasta que no demos con el cerebro de la operación, no lo estaré al cien por cien.

-¿Por qué yo? -Le interrogué.

-Porque confió en ti. -Ella salió de detrás de su despacho y se acercó a mi.- Porque cuando estoy a tú lado es cuando verdaderamente me siento segura.

De una forma instintiva, la estreché entre mis brazos. Ella recostó su cabeza en mi hombro. Le besé en los labios mientras sentía el latido de su corazón junto al mío.

-Esto lo cambia todo.- le susurré al oído- no envíes ningún informe, esta noche cuando regreses a casa, lo harás con una escolta que no te traicionará.

-¡Gracias! Sabía que al final aceptarías. -Le sonreí- Pero eso no te va a librar del castigo que te mereces por la falta de respeto que has mostrado al usar mi nombre sin permiso.

-Pero... -Me interrumpió con un beso.

-¡Andy! Ni una palabra más sobre ese asunto. -Sus ojos se clavaron en los míos.- Esta noche cuando estemos en casa, quiero que me recuerdes que te tengo que castigar.

-Como ordene mi AMA -Mi alma se llenó de una extraña calma al sentir la autoridad que ejercía sobre mi. Era como el amarre que mantiene a un barco seguro en el puerto durante la tormenta.- Ahora tengo que salir unas horas. Regresaré a las siete.

-De acuerdo, pero antes de regresar ve a esta dirección. -Me extendió un papel.- quiero que conozcas a mi tía, tiene algo para la boda y te lo tienes que probar. Y Andy... quiero que esta noche me cuentes todo lo que haya pasado durante el día. ¡Todo!

Salí del despacho llevando el papel el la mano. Durante el día me enfrasqué en el trabajo, para las cuatro ya tenía a tres personas de mi más absoluta confianza designadas para la protección de Vane... mi AMA.

El reloj marcaba las cuatro y treinta cuando toque el timbre de la casa de la tía. Cuando la puerta se abrió vi ante mi a una mujer de unos cuarenta años, esbelta, el pelo rubio caía en cascada sobre sus hombros, lo cierto es que parecía más joven. Observé su busto resaltado por una ajustada camiseta de licra blanca. Llevaba una falda negra hasta las rodillas. Me llamó la atención sus piernas morenas y bien torneadas. Llevaba unas sandalias de tacón que permitían la visión de unos dedos delicadamente pintados de rojo.

-Tú debes ser Andy. Yo soy Ana -Su voz me saco de mi ensimismamiento.

-Sí. Siento llegar tan tarde.

-Pasa, pasa... Ya hablaremos de eso más tarde. 

Nos dimos un par de besos y la seguí hasta un lujoso salón. Unas tazas de café esperaban en una mesita. Me senté en un sillón, mientras que ella lo hacía en el sofá. Desde mi posición, sus pies quedaban completamente a mi vista. En una estantería había una caja con mi nombre. Durante unos instantes no pude apartar la vista de ella.

-¿Así que os vais a casar? -Me preguntó en medio de una sonrisa.

-Sí, dentro de tres semanas.

-Te he hecho venir, porque Vanesa es como una hija para mí, y quería darte un regalo especial para el día de la boda.

-Muchas gracias -Volví a mirar la caja.

-No me las des, es solo un detalle. -Su tono era muy cordial, y yo no podía apartar mis ojos de sus pies. Aquellas sandalias los realzaban de una forma especial. Era de tiras negras, pero las que cruzaban el pie justo en el nacimiento de los dedos, tenían pequeñas piedras que brillaban con la luz, en finos destellos.

-Andy, dime... ¿por qué me has hecho esperar tanto? Mi sobrina me dijo vendrías a las tres, -Guardó silencio durante unos instantes.- Mira, hasta había preparado café, pero se ha enfriado.

-Lo lamento muchísimo, pero me fue imposible llegar antes -Alegué en medio de una sonrisa. El trabajo, ya me entiende.

-Lo que entiendo Andy, es que mi sobrina todavía no te ha enseñado a no dar excusas para tus faltas. Siempre ha sido un poco blanda.

Mi cara dibujo la sorpresa más intensa de los últimos meses, junto con una gran oleada de vergüenza, hasta el punto que creo que me llegue a ruborizar ante aquella mujer que me miraba divertida.

-¡No te ha dicho nada! -exclamó en medio de una amplia risa.- Claro que sé que tipo de relación tenéis, entre nosotras no hay secretos. Lo entenderás en cuanto veas el regalo. Esta en esa cajita con tu nombre. Yo, mientras que te lo pruebas, voy a cambiarme de zapatos, porque estas sandalias me matan los ojos.

Mi mirada se clavaron en sus pies, mientras que ella ajena a mi atención, comenzó a aflojar la hebilla de las finas tiras de cuero que se sujetaban al tobillo, una vez se vio libre del calzado, se puso en pie me dedicó una sonrisa y se alejó andando de puntillas, lo que hacía que toda su figura pareciera más sensual.

-Cuando regrese, quiero vértelo puesto. 

Su voz sonaba ya algo lejana, pero no por ello menos determinante. Me levanté, y cogí la caja. Con gran curiosidad la abrí. Dentro un montón de tiras de cuero formaban una bola. La saqué y la miré con extrañeza. Miré aquellas tiras desde todos los ángulos sin que pudiera entender lo que eran. Los minutos pasaron con gran rapidez.

-¿Aun así? -Sonó en mi espalda.-

-No sé que es... -alegué con desconcierto.

Volví a mirarla, no se había cambiado de ropa, solo unas zapatillas cubrían ahora sus pies. Apenas tenían tacón, Parecía de terciopelo rojo, con un pequeño dibujo de una ninfa con sus alas extendidas. Debido a su suela de goma, -de esa amarilla de toda la vida- no la había oído llegar. Ella me  las quitó de las manos y me miró divertida.

-Lo primero que tienes que hacer es quitarte la ropa.

-¿Cómo?

-¡Digo que te quietes la ropa! -Y reafirmó su orden, con un seco azote en mi trasero.

Su voz era tan autoritaria como la de mi AMA, por lo que sin saber muy bien porqué,  comencé a desvestirme. Una vez desvestido, ella me cogió de la mano y se sentó en el sofá, me pasó aquellas tira por los hombros, que cayeron hasta la cintura, después las ajustó a otra que parecía un cinturón, y de la que su vez colgaba una más corta. Cuando quedaron sujetas las primeras, me dio la impresión de llevar tirantes, después, con la otra tira y ante mi sorpresa, rodeó mis testículos, yo intenté apartarme, pero ella descargó una serie de manotazos en mi muslo derecho, lo que hizo que desistirera. Cuando esta última quedo sujeta, sentí como al mantener la cabeza erguida, sentía un constante tirón de mis testículos. Algo verdaderamente incómodo.

-¡Perfecto! -Dijo al fin.- Siéntate un rato, para que te acostumbres. No olvides que el día de la boda lo tendrás que llevar puesto en todo momento, hasta que mi sobrina te lo diga.

No salía de mi asombro, pero obedecí como un autómata. Una vez sentado, el dolor se hizo más intenso.

-¡Y bien Andy! -Me dijo, mientras que cruzaba sus piernas, y comenzaba a jugar con la zapatilla, balanceándola una y otra vez- ¿Qué vamos ha hacer con tu indisciplina?                                  

-¡Lo siento!, le aseguró que no volverá a suceder. -Volví a disculparme.

-Mira como yo lo veo -me dijo.- Tenemos dos opciones. Puedo castigarte yo. Con una pequeña azotaina me daré por satisfecha. O puedo llamar a mi sobrina, y contarle tus faltas, para que ella te castigue convenientemente. Tú decides...

Tras aquellas palabras guardó silencio, mientras que seguía jugando con su zapatilla. Yo ya sabía que me esperaba un castigo cuando llegará a casa, por lo que darle motivos para enfadarla más, no me atraía especialmente. Así que la idea de recibir una azotaina de aquella mujer que me miraba con impaciencia parecía lo menos doloroso, ya que yo daba por sentado que no sería muy severa. Sin obviar, que desde que la vi con aquellas zapatillas, sentí un deseo enorme de que me azotara. Y de no ser por las tiras que me oprimían hubiera mostrado una erección desde hacía rato con la sola idea de recibir unos azotes.

-¿Y bien? -dijo sacándome de mis pensamientos.

-Creo que será mejor la primera opción.

-¡Bien!, pero antes tienes que prometerme que bajo ningún concepto se lo dirás a mi sobrina. No quiero que se lleve a engaños y piense algo distinto a lo que es. Sé que es muy celosa de lo suyo.

-De acuerdo -Respondí con firmeza.- Se lo prometo.

Ana me sonrió. Me extendió la mano. Yo me levanté, y ella me guió hasta su lado. Después me hizo tumbar sobre sus rodillas, dejando que mi cara casi tocara el suelo, por lo que mi trasero quedó totalmente expuesto. En esa posición, mi único punto de equilibrio eran mis manos, ya que mis pies casi no tocaban el suelo. Ana paso su mano derecha por mi espalda, mientras que con la otra acariciaba mis nalgas para que las relajara. Yo respiré hondo, sabía que pronto llegaría el primer azote, aunque ella no parecía tener prisa. Entonces reparé en lo cerca que estaba mi cara de su pie. Mis ojos se clavaron en la zapatilla que llevaba. Hasta entonces no me había fijado en el acabado en dorado que llevaba y que le rodeaba el empeine y el tobillo. En esos pensamientos estaba cuando sentí aquel primer azote, al que le siguieron una cantidad que no puede llegar a precisar. Golpeaba con energía, por lo que pronto el calor inicial comenzó a transformarse en un  dolor intenso. Con cada golpe, mi pene rozaba los muslos de aquella mujer que me tenía a su merced, lo que provocó una considerable excitación. Aquella primera zurra casi me hace llorar. Y digo primera porque tras una pausa observé cómo se descalzaba el pie que estaba más cerca de mi.

-Dame esa zapatilla Andy -Me dijo con serenidad. Yo la miré con cierto pánico.- ¡Venga! ¿No me has oído?

-Pero...

Media docena de palmadas realmente fuertes impactaron en el centro de mi trasero, obligándome a coger el calzado y dárselo. Su tacto era muy suave, aunque era más pesada de lo que había imaginado al verla. La suela de goma era muy flexible pero densa. Ella me sonrió cuando la volví a mirar mientras se la daba. Aun hoy me parece recordar el calor que emanaba cuando recién se descalzo.

-¡No te preocupes Andy! -Me dijo adivinando mis pensamientos.- Esta zapatilla no te va a dejar marca duradera, su suela es ideal para este castigo. Un poco de enrojecimiento que desaparecerá en unas horas. Pero el dolor inminente, ese, cielo, lo recordarás bastante tiempo.

Diciendo esto, descargó el primer zapatillazo. Después se concentró en una nalga, en la que descargó casi dos docenas seguidas de azotes, después en la otra. Con meticulosidad, me golpeó hasta que lloré como un chaval. Pero lo hacía siempre en una amplia zona, por lo que cuando al final acabó el castigo todo mi trasero estaba tan rojo como ardiente, aunque como me dijo, no había marcas de importancia. Mientras intentaba controlar el llanto y masajeaba mis glúteos, Ana me liberó de las tiras que aprisionaban  mi pene. Y lo guardó en la cajita.

-Ven, túmbate aquí.- Me dijo señalando su regazo.

Pero esta vez, era para extenderme una crema. Sus manos masajearon mis nalgas, mientras sin ser conciente de lo que hacía, mi mano comenzó a acariciar su pie descalzo.

-Andy, ya que tienes la mano ahí, ponme la zapatilla.- Y me la devolvió. Con gran turbación, se me la puse, y dejé mi mano sobre ella, sintiendo su calor, mientras que Ana seguía masajeando. Tras unos minutos, me dedicó una nueva tanda de azotes que me hicieron despertar de aquel embobamiento.

Tras vestirme, me despedí con dos besos, y me encaminé a buscar a mi AMA. El dolor de mi trasero fue menguando, aunque no así la excitación que suponía el recuerdo de esa tarde. Para las siete en punto estaba tocando en la puerta de su despacho. Tras entrar, hice pasar a las personas que había designado para su escolta. Una breve presentación, bastó. A las siete y media, un coche blindado la acompañaba a casa, mientras que yo la seguía con mi coche a corta distancia. Cuando cerré la puerta del garaje, el coche ya se había alejado por la calle. Entre en casa. La oí trastear en la cocina. Después salió con una lata de cerveza en la mano. Se sentó en el sofá y encendió la tele. Yo saqué mi arma de la funda, y tras quitarle el cargador la guardé en un cajón del salón, dejando una bala en la recámara. El cargador lo dejé en otro cajón diferente. Y me acerqué a mi AMA. Me puse de rodillas junto a ella. Acaricié sus piernas, hasta llegar a los zapatos beige que llevaba. Mantenía la cabeza baja, sentí sus manos sobre mi cabeza.

-Andy, Andy... -susurró.- Por más que quiero evitar castigarte, tú no me dejas opción. -Me levantó la barbilla hasta que la miré a los ojos.- Sabes que voy a ser severa ¿verdad? -Asentí.- bien, ahora quiero que vayas al cuarto, que te quites la ropa y que esperes meditando sobre tu conducta de hoy. Espera allí hasta que te llame. Me levanté, y me encaminé al cuarto.

-Antes cuéntame como te fue con mi tía. -me dijo cogiéndome de la mano y haciéndome que me sentara a su lado.

-¡Fue bien mi Ama! -Las imágenes del castigo que había recibido asaltaron mi mente. Tuve que hacer verdaderos esfuerzos para no excitarme.- Me dio esto, -le entregué la cajita,- y después de probármelo me fui a recogerte.

-¿Nada más? -Preguntó.

-Básicamente, nada más -Aquellas palabras me estaban dejando un sabor a traición muy amargo. La mera omisión, constituía una mentira en si misma.

-Bueno. Ve al cuarto y haz lo que te he dicho. -Yo permanecí inmóvil, quería obedecerla pero una extraña angustia me invadía. Le estaba mintiendo.- ¡Vamos! ¿a qué esperas? -Insistió.

-Es que... -Comencé a decir bajando la cabeza.

-¿Qué pasa ahora?

-Verás mi AMA, tu tía me esperaba a las tres, y yo llegue a las cuatro y media, y entonces ella... -Hice una pausa.- Bueno, ella...

-¡Venga Andy! -Gritó.- Me estás poniendo nerviosa.

-Ella me azotó. -Dije al fin mirándola a la cara.

-¿Qué hizo qué?

-Bueno, me dio unos azotes. Pero no me dejó marcas.

-¡Bájate los pantalones! -Su enfado aumentaba por momentos, lo que hacía que yo me pusiera más nervioso. Se levantó.- ¡Pero si no fue casi nada! 

-¡Te he dicho que te bajes los pantalones y me dejes ver! -Me gritó al tiempo que me cruzaba la cara con sendas bofetadas.

Apresuradamente, me levanté y me bajé los pantalones, ella llevada por la impaciencia casi me tira cuando me bajó los slip. Me palpó las nalgas, aun guardaban algo de calor, pero el enrojecimiento prácticamente había desaparecido, de echo si yo no se lo hubiera contado, nunca lo hubiera adivinado al verme desnudo. Me hizo inclinar sobre el respaldo del sofá para observar bien mi trasero. Después me hizo contarle con pelos y señales todo lo sucedido. En sus preguntas y en su respiración, yo podía notar cómo su enfado iba en aumento, yo intentaba apaciguarla quitándole toda la importancia, pero sentía que no lo conseguía. Cuando terminé mi relato, la oí renegar al tiempo que caminaba por la estancia. Intenté incorporarme, pero ella me ordenó permanecer así.

-Eres un bobo Andy -Me dijo poniéndose a mi lado.- Y lo peor es que también eres un desobediente.

-¡Pero mi AMA, si te lo he contado! -Una dolorosa como inesperada serie de azotes hizo que me callara y la mirara con sorpresa.

-No debiste ponerte en esa situación. Me has dejado muy mal delante de mi tía, y además, -Sentí como tiraba la hebilla de mi cinturón hasta sacarlo de su sitio,- debiste contármelo nada más verme, y no esperar a llegar a casa.

-¡No, con el cinto no mi AMA! -Grité al sentir el primer azote de la correa.

-Con el cinto no, ¿eh? -Me dijo mientras descargaba cuatro azotes seguidos.- Pensaste que era mejor su castigo a que yo te castigará dos veces ¿no? Pues vas a recibir dos castigos. Y te aseguró que no los vas a olvidar en mucho tiempo.

-No fue así mi AMA... -Intenté excusarme al tiempo que me cubría el trasero con mis manos.

-¡Quita las manos de ahí Andy! -Me ordenó.

-Deja que me explique -supliqué.

-¡Que quites las manos de ahí! -repitió.

Tímidamente retiré las manos. Podía sentir su respiración agitada, un nuevo azote, y otro y otro. Realmente estaba recibiendo un castigo que no olvidaría en mucho tiempo. Su mano caía una y otra vez. Tras largos minutos se detuvo. Me dejó levantar. Se sentó en el respaldo del sofá, y me atrajo hasta ella. Se quitó la chaqueta y la blusa.

-¡Eres mío!  -Me dijo al fin.- Y no me gusta que nadie toque lo que me pertenece. ¿Tú sientes eso Andy? -Permanecí en silencio.- Sientes que eres mío, que soy verdaderamente tu AMA, o todo esto no es más que un juego para ti.

-¡Sí! -Me arrodillé ante ella, quedando entre sus piernas.- ¡Sin dudarlo mí AMA! No estoy jugando te lo prometo.

-Entonces, ¿Por qué dejaste que fuera mi tía la que te castigara y no yo? ¿Por qué eso lo decidiste tú?

-No sé que decir mi AMA

-Esa respuesta no me vale. ¡Hoy no! Dame una explicación.

El dolor era agudo, pero no me refiero a de mi trasero, que créanme que era intenso, sino al que me provocaba las palabras de mi AMA, y al miedo que me invadía, ya que sentía que de mi respuesta dependería que pudiéramos seguir juntos o no. Se me ocurrieron excusas que afortunadamente aborté antes de llegar a pronunciarlas. Recordé el día en el que me castigó en la tienda, decidí que  volvería a hablarle con todo lo que tenía en mi corazón, igual que aquel día. Y si con eso no bastaba, entonces solo me quedaría el dolor de perderla.

-Mi AMA... No quería defraudarte, sabía lo importante que era para ti que causara buena impresión a tu tía. E imaginé que si ella te llamaba, te sentirás defraudada, y eso me aterraba.  -Ella me acarició la mejilla, mientras mis ojos se llenaban de lágrimas.- Además, sentía vergüenza.

-¿Vergüenza? -Preguntó.

-¡Si mi AMA! Sentí vergüenza de que te llamaran para quejarse de mi comportamiento, me sentí como un colegial ante la directora, y no quería que te llamara. -Ella esbozó una sonrisa.

-¡Andy! Creo que es por esa forma tuya de ver las cosas por las que estas consiguiendo que me enamore de ti. Eres un mundo de contrastes. Fuerte, con los pies en la tierra y maduro, pero a la vez una pizca de inocencia y simpleza, rayando lo adolescente. Pero eso no te exime de las consecuencias de tus actos. -La observaba mientras hablaba. Con tranquilidad, había comenzado a doblar el cinturón. Hasta darle cuatro vueltas. No media más de veinte centímetros. Lo apretó bien en su mano y me miró de nuevo.- Nadie, salvo que yo te lo diga explícitamente, debe castigarte. Y menos a elección tuya. Si buscas que te trate como un adolescente, lo haré, y te aseguro que no me va a temblar el pulso. Aprenderás a comportarte, de una forma o de otra.

Tras decir esto, tiró de mí hasta que quede tumbado sobre su regazo. Entonces, sin rabia pero con toda la fuerza que podía, comenzó a azotarme de nuevo. Esta vez, los azotes dolían mucho más. Y ella parecía no pensar en descansar. Tras casi diez minutos, se detuvo. Se levantó y me beso en los labios.

-¡Toma! -Me entregó el cinto.- Ahora ve al cuarto hasta que te llame, después de cenar arreglaremos la cuenta pendiente.

Mientras me giraba, ella me dio una palmada que acentuó el dolor que ya sentía. En la soledad de dormitorio me desahogue en un mar de lágrimas. Hasta que casi me quedo durmiendo, boca abajo, eso sí. Hasta que tras casi dos horas la oí llamarme. Salté de la cama como un resorte, y me encamine al salón. Ella estaba sentada en el sofá, y yo sentí el frío en mi piel ya que como me había indicado estaba desnudo. Llegue a su lado. Y me agache para darle un beso que ella respondió.

-¿Crees que habrà aprendido la lección?

Sonó a mi espalda. Cuando me giré puede comprobar que quien hablaba desde la puerta de la cocina no era otra que la tía de mi AMA.

-¡Es muy obstinado tía! -Contestó al tiempo que se levantaba y se acercaba a ella.

-Tú ya le has castigado por mentirte, pero ¿qué ocurre conmigo? -Le dijo a mi AMA.- Me prometió que no te lo iba a contar y no lo ha cumplido.

-Lo cierto tía es que no se puede decir que lo que hiciste fuera un castigo. -Mi AMA parecía disfrutar de aquella situación.

-Hija, no me provoques. Si hubiera querido, Andy no se sentaría en un mes. -Ambas se rieron.- Creo que es justo que pueda castigarle por no cumplir con su palabra.

-Pero AMA -Deje oír.- ¡No es justo!

Ella se acercó a mí. Estaba radiante, disfrutaba sabiéndose con el control no sólo de la situación, sino de mis sentimientos y mis emociones.

-Pero mi amor -Su mano acarició mi mejilla, mientras se ponía detrás de mí.- ¿Quién te ha dicho que yo tenga que ser justa? -Mientras hablaba, me tiró del pelo obligándome a echar la cabeza hacia atrás. Su otra mano me golpeó varias veces en el trasero.- Debe bastarte con saber que te amo Eso, -mordió el lóbulo de mi oreja- y que eres mío. Pero no te preocupes, el castigo que te espera lo compartiremos mi tía y yo, pero sólo si eres bueno, no protestas y te vas a la cocina para preparar la cena.

Tras unos azotes más, me soltó el pelo y me encaminé a la cocina. Ana me detuvo, y me colocó un delantal con el que me sentí mucho más vulnerable al escuchar  las risas de ambas mujeres.

-Impresiónanos con la cena.- Me dijo al tiempo que soltaba una fuerte palmada en mi nalga.

En ese instante me di cuenta de la trampa en la que había caído, ya que hiciera lo que hiciera aquella tarde en casa de la tía Ana, nada me hubiera librado del castigo recibido. En ese instante, me sentí más suyo, más dependiente de su voluntad y de sus caprichos.

Mientras que me afanaba por preparar la cena, oía el murmullo de ambas mujeres riéndose y charlando. Yo me sentí a salvo mientras que oía la voz de mi AMA. Ese día sin darme cuenta, había dado un paso más en mi entrega, hoy era un poco más suyo que antes, y eso me llenaba de un gran gozo. Fui conciente que nada con ella estaba dejado al azar, nada era improvisación, todo estaba debidamente orquestado y eso me hacía sentirme a salvo.

Las miré desde la cocina. Pese al dolor que sentía en mi trasero, sabía que la noche no había llegado a su fin. Una mezcla de temor y deseos me invadieron, la imaginación voló mientras que una nueva erección irrumpió con fuerza. La noche iba a ser larga, y yo anhelaba todo lo que me pudiera deparar.

Bueno... todo lo que la noche me deparó no lo deseaba realmente, pero tuve que aprender a vivir con ello...

 - FIN -

Memorias de un spankee IV

 

Autor: Cars  

Los meses fueron transcurriendo con normalidad. Los preparativos para la boda se iban llevando a cabo con cierta lentitud. Mi AMA era la que iba dictando las pautas sobre ese asunto. Aunque para ser sincero, poco a poco ella fue asumiendo las decisiones de todo lo referente a nuestra relación, y a mi vida. Así, a principios del mes de abril puse mi piso a la venta, y me mude a su casa. Normalmente dormía en su dormitorio, junto a ella, y digo normalmente, porque no faltaban las noches en que lo hacía en el suelo junto a su cama, o en el pasillo junto a su puerta, -según fuera la gravedad de mis faltas- durante el día me encargaba de algunas tareas, y de hacer los recados que ella me encomendaba. Igual que un suave somnífero, sus deseos me iba adormeciendo, llevándome a un mundo en el que solo su voluntad era la que imperaba, e igual que los planetas giran en torno a un sol que los mantiene unidos en una distancia calculada, así mi vida y mis emociones iban dejándola a ella en el centro de mi existencia. En ocasiones la observaba desde el salón trabajar en su pequeño despacho. Toda su vida, su pasado, su trabajo y sus planes eran un misterio para mí, ese pequeño cuarto rodeado de estanterías repletas de libros era la única zona de la casa que yo tenía vetada. Aun hoy me parece oírla mientras me advertía que el día que entrará sin su permiso, ese día mi castigo sería perderla para siempre sin segundas oportunidades, por eso pese a la enorme curiosidad que me invadía, mis pasos siempre estaban lejos del umbral de aquella puerta. Un día de ese mes de abril, mientras la observaba desde el sofá detrás de aquella mesa en medio de un centenar de papeles, caí en la cuenta. Mi excedencia llegaba a su fin, en no más de diez días me tenía que incorporar a mí puesto de trabajo. No sabía como se lo iba a decir a mi AMA, ni como lo iba a encajar ella. ¿Qué me diría? ¿Me recriminaría que no se lo hubiera dicho antes? Esas cuestiones me comenzaron invadir. Se lo tendría que decir, pero no sabía cual sería el mejor momento para hacerlo. Esas divagaciones hicieron que no me percatará de que ella había salido de su despacho, y se había sentado a mi lado. 

-¿En que piensas? –Su voz me devolvió de golpe a la realidad.-

-¡En nada mi AMA! –Le dije con una cierta inseguridad.- ¡Tonterías mías! 

La noche transcurrió con tranquilidad, y el amanecer me sorprendió despierto, naufragando en un mar de ideas que no conseguía ordenar. La miré, era hermosa. El pelo alborotado medio cubría su piel. Una piel que yo me moría por acariciar. Con suavidad le aparté el cabello, su rostro estaba relajado, mientras que su pecho vibraba con la suave respiración. Su brazo rodeaba mi cintura, y su tacto era calido y suave. Alargué la mano para coger el despertador. Faltaban diez minutos para que sonará. Lo apague. Después continué mirándola, perdiéndome en su aliento. Me sentía orgulloso de pertenecerle, poco a poco había ido dejando que aquella mujer que dormía a mi lado me fuera imponiendo unas cadenas no a mi cuerpo, ya que estás se podrían quebrar con facilidad, sino que había ido encadenado mi voluntad, mi espíritu y mi corazón a su voluntad, con unas cadenas que pese a ser invisibles, eran férreas e inquebrantables. Suavemente, acerque mis labios a los suyos, y le dejé un beso. Ella se movió, emitiendo un ruido, que se me antojó parecido al ronroneo de un gatito. Nuevamente  la volví a besar. Esta vez, abrió los ojos y me dedicó una sonrisa.  

-¡Buenos días! –Le susurré al oído, mientras que ella se estiraba y me miraba con un brillo especial.- ¡Es la hora de levantarse mi AMA!

-¡Buenos días! –Me respondió al tiempo que se abrazaba a mí y se ponía casi encima.- ¡Tienes una forma muy tierna de despertarme! –Sonreí- Prométeme que siempre me despertarás así.

-¡Por supuesto mi AMA! –Le dije, mientras que la besaba--¡Por supuesto no! –Me dijo mirándome fijamente

- ¡Prométemelo!

-Te lo prometo. Siempre te despertaré así mi AMA. 

Ella sonrió y me beso, nos abrazamos durante unos minutos, tras los cuales ella se metió en el baño y yo me dispuse a preparar el desayuno. A las nueve y media como cada mañana ya estaba dispuesta para irse a trabajar, y como cada día también esperaba en medio de cierta impaciencia junto al sofá. 

 -¡Mi AMA! –Le dije sacándolas de sus pensamientos.- Hoy me gustaría ir a recoger unas cosas que me quedaron en el piso.

-¿A qué hora estarás de vuelta?

-Sobre las tres de la tarde si te parece bien. Iba a decir algo, pero en ese instante, y también como cada mañana el timbre de la puerta sonó, ella cogió el maletín y tras dejar un beso fugaz en mis labios se dirigió a la puerta.

–A las tres en punto.- me dijo mientras cerraba la puerta.

Yo me acerqué a la ventana. Y la vi  subirse como siempre en un coche y alejarse.  El día transcurrió con cierta normalidad, recogí lo que debía de mi piso, y a las tres estaba entrando por la puerta. Al entrar la puede ver sentada en el sofá. La mirada estaba perdida en las páginas de una revista. Miró su reloj, y dejó aflorar una sonrisa. Yo dejé unas cosas sobre la mesa, entre las que se encontraba una caja de metal, cerrada con un candado de combinación. Mi AMA se fijó en ella, pero no dijo nada. Yo me acerqué. Le bese. 

-¡Ya he recogido todo de mi piso mi AMA! ¿Cómo ha ido tu día?

-¡Muy largo! –Ella dejó la revista a un lado.--¿Tienes que volver a salir?  -Negó con la cabeza

- ¿Quieres que te traiga las zapatillas?

-¡Por favor!  

Mientras que yo me encaminé al dormitorio, ella se recostó estirando los brazos por encima de la cabeza.  

-¡Cuanta eficacia! –Dijo levantando la voz para que la oyera.- No habrás echo algo y quieres ganar meritos para que sea indulgente. ¿eh?

-¡No mi AMA! –Le respondí en medio de una sonrisa.-  ¿Cómo puedes pensar eso?

-¡Ya veremos!  

Me arrodillé ante ella, y lentamente le descalce. Le di un pequeño masaje, que hizo que cerrará los ojos. Después le calce las zapatillas, y me apoye en sus rodillas, ella se puso su mano en mi cabeza.

-¿Haz comido?- Me preguntó. Yo asentí y levante la cabeza para mirarle a los ojos.  

-Tengo que hablarte de algo importante. –Le dije bajando la voz.-

-¡Ahí esta! ¿Qué pasa ahora?

-Se trata de mi trabajo. –Guarde unos instantes de silencio.- El próximo viernes me tengo que incorporar.

-¿Trabajo? –Su cara mostró cierta sorpresa.-

-Al poco tiempo de conocernos te comente que tenía excedencia. –Mi tono era casi un susurro.-

-Lo recuerdo, pero pensé que te quedaba un par de años. –Me respondió extrañada.--Era de un par de años, pero me vence ya.-Bueno, no es tan grave. –Dijo al fin levantándose, y fijando su mirada en la caja metálica sobre  la mesa- Tendrás que esmerarte, porque tus obligaciones no va  a ser menores. –Su tono era determinante.- No pienses que por que tengas que ir a trabajar te voy a liberar de tus deberes conmigo. Sí eso era lo que me ibas a decir, ya sabes la respuesta.

-¡No es eso mi AMA! –Le dije mientras que me levantaba. Y sacaba una pequeña cartera del bolsillo.- Solamente quería que supieras cual es mi trabajo.  

Le di la cartera, y me aleje unos pasos. Ella permaneció unos instantes mirándola sin abrirla, al final lo hizo muy lentamente. Su rostro no disimulo la sorpresa que le supuso lo que vio. Me miró muy seria, y después volvió a mirar la placa de policía que brillaba ante ella. 

-¿Qué significa esto? –Me preguntó mientras se acercaba a mí y de devolvía la cartera.- ¿Donde tienes el uniforme?

-Soy inspector, -le respondí con serenidad y desconcierto por su tono.- No suelo llevarlo.

-¡Así que inspector! –Me miró a los ojos.- ¿Cuál es tú destino?

-¡Homicidios!

-¡Joder! ¿Por qué no me lo dijiste antes? ¿Por qué esperaste hasta ahora?

-¡No pensé…

-¡Cállate! –Me ordenó.- No me esperaba esto. Y no te diré que me gusta la idea de que trabajes en un sitio donde te pueden pegar un tiro.

-¡No te preocupes mi AMA! –No me esperaba aquella bofetada, pero sonó como una bomba.-

-¡Te he dicho que te calles!  

Por primera vez, puede ver algo diferente en su mirada. Aquella seguridad y energía que irradiaba había sido sustituida por un nerviosismo desconocido para mí hasta entonces. Yo permanecí inmóvil, sin saber que como actuar.  

-¿Qué hay en la caja?

-¡Mi arma!

-¡Perfecto! –No tenías derecho a ocultarme algo así. Debí saberlo hace mucho tiempo.-

-¡Yo no se que decir! –Aquellas recriminaciones se me clavaban en mi corazón provocándome un enorme desasosiego.-

-¡No digas nada! –Me cortó tajantemente.- ¿Si te digo que lo dejes?

-¿Cómo? –Aquella pregunta me descolocó totalmente.-

-¿Qué harías si te ordeno que dejes tú trabajo? ¿Qué decidas entre tú trabajo o yo? 

Su voz era determinante. Se alejó de mí unos paso, y se giró para mirarme a la cara. Yo permanecí de pie mirándola sin poder articular palabra. Me encontraba perdido. La mujer a la que amaba y a la que le había entregado toda mi voluntad, me había puesto en la mayor encrucijada de mi vida. Las ideas me bombardeaban el cerebro de una manera descontrolada, y una oleada de sentimientos contradictorios llenaron mi corazón. En ese instante me pregunté si amaba lo suficiente a la mujer que me miraba con impaciencia, para dejar atrás lo más importante de mi vida, y lo que realmente me hacía sentir vivo, o por el contrario ese amor era solo un espejismo que se desvanecía tan rápido como lo haría un castillo de naipes. Intentaba encontrar las palabras, pero no era capaz de articularlas. Las pocas e incoherentes frases que se me ocurrían, se ahogaban en mi garganta haciendo más eterno aún el silencio gélido que se había adueñado de la estancia.Allí estaba yo, ante la mirada de aquella mujer, que demandaba una respuesta que no era capaz de dar. Me sentía como alguien sorprendido in fraganti por la autoridad, incapaz de justificar su acción. Bajé la vista, mis ojos se llenaron de unas lágrimas tan saladas como el mar, y tan dolorosas como la respuesta que estaba naciendo en mi interior. Sentí su mano en mi cuello. Ella levantó mi barbilla hasta que sus ojos se clavaron en los míos. 

-¡Lo siento! –Comencé a decir.-

-¡No, no digas nada! –Me cortó ella poniéndome un dedo en los labios.- ¡Si me respondes lo que hay en tu corazón, te perderé! Si te acabará de conocer no me importaría, pero ahora no podría perderte. –Me acarició la mejilla.- Sólo prométeme que tendrás cuidado, y que pase lo que pase, volverás a casa cada día.

-¡Te lo prometo! 

Los días siguientes casi ni hablamos. Yo sentía que le había fallado, que mi entrega tenía reservas. En ese tiempo, parecíamos dos extraños. Ella rehusaba mi compañía, salvo para dormir. –Durante la noche, dormía abrazada a mí, sin apenas soltarse. Era como si temiera que si me soltaba desaparecería de su lado.- Pero por el día pasaban horas sin que cruzáramos ni una palabra.  

El primer día de trabajo, fue bastante rutinario. La mayor parte del tiempo lo ocupe en llenar formularios, y firmar documentos. Para cuando conocí a mis compañeros y a mis jefes, era la hora casi de salir. Poco a poco, igual que las aguas de un río desbordado regresan a su cauce, la rutina diaria hizo que mi AMA se tranquilizara, y nuestra relación se fuera normalizando. Unas semanas más tarde, ya hablábamos de mi trabajo con toda normalidad, nos reíamos y bromeábamos. Aunque yo era consciente de la tensión que ella pasaba cuando me retrasaba. O que permanecía en vela hasta que me oía meter el coche en el garaje. Salvo por esos instantes, ella no mostraba nunca un exceso de nerviosismo.

Un día, mes y medio después, nuestra vida era totalmente tranquila. Cuando llegue a casa ella estaba en el sofá me acerque y le bese. No había sido una jornada fácil, y me encontraba muy tenso. Era uno de eso días en los que sin saber porqué, te gustaría gritar y llorar, aunque te sientes impotente. Durante la cena yo estuve especialmente callado. Después mientras realizaba mis tareas en la casa, mi mente seguía anclada en mis preocupaciones. Sentía un peso en el pecho que no podía liberar. Al finalizar mis obligaciones, fui a sentarme junto a mi AMA, ella me sonrió. 

-¿Qué te pasa? –Me preguntó mientras me indicaba que pusiera la cabeza en su regazo.- ¡Has estado muy callado!

-¡No es nada!, -Le respondí.- Hoy es uno de esos días en los que me gustaría gritar y patalear. ¡Tengo un peso aquí! –Lleve su mano a mi pecho.- Que no se como liberarlo. Es una mezcla de indignación e impotencia. Pero no te preocupes, ya se pasará.  Pasaron los minutos, y por un breve momento puede relajarme, aunque solo en mi mente, ya que mi cuerpo permanecía tenso. 

-¡Ve y date un baño! –Me ordenó mi AMA, levantándose.- Te espero en el dormitorio. La miré unos instantes sin entender esa indicación tan repentina. Era aun muy temprano.

-¡Venga!- Insistió dando unas palmadas. Yo me levanté y entré en le baño.

Tras unos minutos regresé al dormitorio únicamente con el albornoz. Ella estaba sentada en el tocador. Llevaba lencería negra, me fije en que se había puesto unas medias y calzaba unos zapatos de tacón. ¿Pensaba salir? –Me pregunte.- Por un momento permanecí en silencio viendo como se cepillaba el cabello. Cuando me vio en el umbral de la puerta, se levantó. Me beso y ante mi asombro me puso un antifaz negro que me impedía totalmente la visión. 

-¿Qué vas ha…?

-¡No hables! –Me ordenó.-  

Sentí como me despojaba del albornoz. La piel se me puso de gallina al sentir el aire en ella. Mi AMA me guió unos pasos, hasta llegar más o menos al centro del dormitorio.- Sus manos recorrieron mi piel. Yo deje escapar una sonrisa, que se convirtió en quejido cuando presionó con firmeza mis pezones. La oscuridad de mis ojos hacía que me sintiera inseguro, pero esa inseguridad me excitaba al mismo tiempo. Tras unos minutos de caricias, su mano golpeo con fuerza mi trasero. Ella comenzó a recriminarme una serie de faltas imaginarias, mientras que su mano seguía azotándome con cierta severidad.

Aquellos azotes consiguieron que obtuviera una excitación mucho más intensa que otras veces. Ella me había castigado en numerosas ocasiones, y el dolor no era menos intenso ese día, pero el saber que no era un castigo real, sino un juego lo hacía mucho más excitante. Allí, en medio del dormitorio y pese a estar con los ojos tapados, podía verme en mi mente siendo azotado por mi AMA. La imaginé vestida con aquella lencería, sentí su aliento en mi espalda mientras que su mano me golpeaba, por un instante y pese al dolor que sentía me sentí un poco más libre. Los azotes cesaron. Oí sus pasos por la habitación. Un sonido metálico. Después la frialdad del metal. ¡No lo podía creer!, me estaba esposando con las manos en la espalda. Forjecee un poco, lo que me costo una nueva ración de azotes especialmente fuertes, tras los cuales me dejo solo en la habitación. Los minutos pasaron y nuevamente oí sus pasos por la estancia. Sus labios rozaron los míos. Intenté besarla adelantando la cabeza, pero ella se separó, dándome una bofetada. Tras unos segundos volvió a rozar mis labios, y nuevamente se alejó al intentar besarla, con la consiguiente bofetada. Después de casi una docena de bofetadas, entendí sus deseos, y cuando sentí sus labios en los mío, permanecí inmóvil. Ella los besó con suavidad, sentí sus manos en mi pecho, y pude comprobar que se había puesto unos guantes. El tacto era suave, como si fueran de seda. Volvió a jugar con mis pezones. No pude reprimir una queja cuando los pellizcó.

–Serás bueno y no gritarás más, o prefieres que te amordace. ¿Eh?-

Su voz era apenas un susurró en mis oídos. Intenté contestar, pero ella me lo impidió con un  beso, que acabó en un leve mordisco en el labio inferior. Con rapidez, me amordazó. Y me empujo sobre la cama. Mi vientre cayó sobre algo mullido, -almohadas quizás.- que mantuvieron mi trasero un poco levantado.

Nuevamente, oí como se alejaba, después el silencio. Un silencio pesado. Tras largos minutos, aquel silencio se rompió con un silbido, semejante al del viento cuando se cuela con fuerza por una rendija. Yo moví la cabeza en dirección al ruido, pero obviamente no podía ver nada. De nuevo lo oí, pero esta vez, fue precedido de un extraño y agudo dolor. Era nuevo. Mi mente no lo reconoció, pese a que recorrió todo mi ser hasta estallar en mi cerebro. Era como una pequeña pero potente descarga eléctrica. Tarde casi media docena de azotes entender con que me estaba golpeando. Aquella vara impactaba certeramente en mis glúteos inflamando cada rincón de mi ser. Mi AMA se tomaba su tiempo entre azote y azote, midiendo la fuerza necesaria para que sintiera el dolor, pero sin que la piel se rompiera. Calculaba exactamente el lugar exacto que quería golpear. Las lagrimas inundaban mis ojos, cada poco tiempo, ella acariciaba la zona castigada, recuerdo el tacto de su mano enguantada en contraste con el calor y el dolor que sentía. Aquella mezcla hacía que mi excitación fuera en aumento. De no llevar la mordaza hubiera gritado a todo lo que pudieran dar mis pulmones. No se cuantos azotes me propinaría, ya que después de unos minutos perdí la cuenta. Pero si se que mi AMA no dejó ni un palmo de piel de mis muslos y mi trasero sin golpear. Mientras duró el castigo ella no paro de recriminar mi conducta díscola, achacándome faltas que no había cometido.

Tras un tiempo que soy incapaz de determinar, oí como tiraba la vara al suelo. Después sus manos ágilmente liberaron mis muñecas, y aflojaron la mordaza. Ella tiró de mí ayudándome a llegar a la parte alta de la cama. Yo lloraba como un colegial, mientras que permanecía boca abajo. Ella me abrazó y me susurro al oído palabras de consuelo. Después, sentí como extendía una crema por la zona castigada. Mi llanto se convirtió en un sollozo. Fue entonces cuando reparé en algo reconfortante. La congoja que había tenido oprimiéndome el pecho todo el día se había esfumado. Aquellos azotes que había recibido habían pulgado y angustia. Cada vez que mi Ama me había golpeado había arrancado no solo un grito ahogado por la mordaza, sino que también me había ido despojando de mí pesar. Ese día descubrí que los azotes eran no solo una consecuencia de mi negligencia, sino que eran una valiosa válvula de escape por la que deshacerse de aquello que no podía expulsar por mi mismo. Es día mi corazón estaba más cerca si cabe de mi AMA, y mi confianza en ella había rebasado la línea imaginable hasta ese momento. Era un hombre nuevo, sin aquel malestar que me había invadido. Cuando finalizó el masaje, yo moví lentamente las manos para sacarme el antifaz de los ojos.  

-¡De eso nada mi amor! –Me susurró mi AMA apartándome las manos.- todavía es pronto.  

Ella me beso, y me indicó que yo hiciera lo mismo es su cuerpo. Así, en la más absoluta oscuridad, acaricié y bese cada milímetro de él. Lentamente saboree su piel, y me perdí en su Monte de Venus. Después nos amamos como si la vida nos fuera en ello, el dolor que sentía en mi cuerpo y el placer que el suyo me proporcionaba me hizo llegar a un clímax desconocido para mí hasta ese momento. Al verme privado del sentido visual, todos los demás se vieron magnificados y exaltados. Al igual que un arco iris despliega su colorido, aquella noche miles de matices se desvelaron para mí. Exhaustos nos sorprendió el sueño. Abrazado a ella y a oscuras dejé que ese sueño reparador me alcanzara. 

En los días que siguieron a esa noche, no pude dejar de pensar en las innumerables sensaciones diferentes que había sentido. Al menos dos veces al día acabe sobre el regazo de mi AMA, no para ser castigado, sino para recibir la crema que aliviaba el dolor de aquella paliza tan intensa como edificante.

El dolor de aquella noche estaba llegando a su fin, cuando entré en el despacho de mi superior. Su rostro estaba especialmente serio. Apenas me miró al indicarme que me sentara. Una y otra vez repasaba un documento que tenía ante él. Al alzo la vista.  

-¡Tengo una orden de traslado para ti! –Sentenció.-

-¿Cómo que traslado? –Me acerque a la mesa.- ¡No quiero un traslado!

-¡Te han solicitado del gabinete diplomático! –Dijo con serenidad, ignorando por completo mis protestas.- A partir de las doce del medio día estarás adscrito la unidad de protección de personalidades. –Guardo unos instantes de silencio.- A menos que rehúses formalmente el nombramiento.

-No sé, hace mucho que había solicitado ese destino, creí que nunca llegaría.

-Pues llegó. –Me extendió el documento que tenía ante él.- Me alegró por ti, pero sinceramente preferiría que lo rechazaras. No me hace gracia desprenderme de buenos hombres.

-¡Se lo agradezco comisario! –Miré el documento.- Pero no puedo rechazarlo.

-Me lo imaginaba. –Su tono iba cargado de resignación.- Tienes que presentarte hoy en la delegación de gobierno. Allí te dirán  para quién harás de niñera. 

Las calles parecían mucho más saturadas de coches y personas que de costumbre. La impaciencia estaba apunto de hacer que me volviera loco. Por eso recorrí casi corriendo los peldaños que me separaban de la entrada. Llegue a la puerta principal. Tras identificarme y pasar los oportunos controles de seguridad, llegue a un despacho del que vi salir a un ministro. ¿Sería a él a quién  tendría que acompañar? Una secretaria me hizo salir de mis divagaciones. ¡Sígame por favor! Tras pasar por dos puertas, llegue ante un hombre de unos cincuenta años, una abundante melena blanca, y una gafas de diseño le daba un aire marcial bajo aquel traje de Arman. 

-¡General! Le presentó al agente Sánchez, se incorpora hoy a protección.

-¡Sí, sí! Bienvenido. Está usted muy bien recomendado, y su hoja de servicio es esplendida. Acompáñeme.  Aquel hombre se levanto como un resorte, y tras un saludo tan enérgico como breve me condujo por unos pasillos a los que accedimos por una puerta que estaba a su espalda. Todo aquello me resultaba extraño, siempre imagine que los generales iban con su uniforme a todos los sitios. Aquel hombre como si leyera mi mente, se volvió.           

-Disculpe esta ropa tan informal, pero es que hoy se casa mi hija.

- Esta usted asignado a uno de los asesores del presidente en defensa, es un civil pero no se lleve a engaños, es una persona altamente cualificada. Espero que como jefe de seguridad, me presente en el transcurso del día el nombre de tres personas para formar el equipo.

-¡No sabía que iba a ser el responsable! –Pensé en voz alta.-

-¿No se siente usted capaz? –Me preguntó parándose en seco y clavando su mirada.

-¡Por supuesto que me siento capaz General! –Me apresuré a contestar.- Es solo que me ha pillado por sorpresa. 

Tras unos escasos tres minutos llegamos ante una puerta, cruzamos unas mesas en las que unas secretarias se afanaban ante la pantalla de un ordenador. Una puerta más nos separaba de nuestro destino final. El general toco en la puerta con los nudillo y la abrió sin esperar a que contestarán. Yo me fije en el nombre que aparecía a la altura de los ojos. Entremos en un amplio despacho. Ante la sorpresa de ambos la silla estaba vacía. Nos miramos, en ese instante, el ruido del secador de manos del servicio no resolvió el misterio. A los pocos segundos, la puerta se abrió.  Yo abrí los ojos como nunca lo hice. El general se adelantó para estrechar la mano de ella. No podía creer lo que estaba sucediendo.   

-¡Agente Sánchez!  -comenzó a decir el general.- Le presentó a la Señora Vanesa Blázquez, asesora de seguridad.

-¡Señorita General! –Le dijo ella en medio de una sonrisa.- ¡Estoy prometida pero aun no estoy casada! ¡Me alegro de verte Andy! El agente Sánchez y yo ya nos conocemos un poco. ¿No es así? –Le dijo al general.-  Yo estaba sumido en la más absoluta sorpresa.

Allí estaba, ante mi AMA. Mis músculos no me obedecían. En mi mente ya había recorrido la distancia que me separaba de ella y le había estrechado la mano que me tendía, pero en realidad aun estaba inmóvil a dos pasos de ella. ¡Vanesa! No podía creer que después de casi un año sin saber su nombre me enterará de la forma más inaudita que pudiera imaginar. Extendí mi mano. Nuestra piel se tocó, nuestras miradas se encontraron, y todo a nuestro alrededor desapareció a excepción de su sonrisa.

 

Noches de la Antigüedad (fragmento)

 Autor: Norman Mailer

Editor: Fer

Entramos en el círculo de lapislázuli, donde ella bendijo mi cuerpo desnudo en un orden preciso. Esto también os digo: pasó el incienso por mi ombligo y mi frente, mis pies y mi garganta, mis rodillas y mi pecho, y por último, por los vellos de mi ingle. Luego ungió los siete lugares con gotas de agua, pulgaradas de sal y, por último, con gotas de aceite. Sostenía una vela encendida cerca de mi cuerpo para calentarlo. Ahora yo estaba bendecido y preparado.

Del altar tomó un cuchillo con mango de fino mármol blanco y punta tan afilada que hasta el ojo podía sangrar si se lo miraba fijo. Luego se quitó su bata blanca y se quedó tan desnuda como yo. Con el cuchillo me pinchó el vientre, justo debajo del ombligo, y mezcló mi sangre con la suya, pues también se pinchó debajo de su ombligo. Desde allí repitió cada paso de la bendición, tomando una gota de sangre de mi frente y de la de ella, del dedo gordo del pie, del pecho y de la ingle. Cada gota de sangre se aferraba a al punta del cuchillo como una lágrima, hasta que lo llevaba a la misma parte de su cuerpo, de modo que cuando terminamos, nuestra sangre estaba mezclada en estas siete moradas. Nos erguimos juntos frente al altar, solemnes, desnudos e igualmente marcados.

Ahora yo ya estaba preparado para ser consagrado ante su Templo. Me hizo acostar sobre la piedra dentro del círculo, en donde ardía un pabilo en un platillo de aceite; allí levantó un látigo y lo dejó caer sobre mí dos veces, cuatro veces, luego 14 veces.

De muchacho me habían azotado muchas veces. Luego debía arrastrarme y buscar barro para restañar las heridas sangrantes. En mi primera vida, por más alto que fuera mi rango, nadie podría haberme confundido jamás con un noble: tenía demasiadas cicatrices de latigazos en la espalda. Un azote no me era extraño. Pero ser azotado por Bola de Miel era diferente. Ella lo hacía con una suavidad que se propagaba. Si arrojarais una piedra en un estanque, y en el segundo intento lograrais acertar con otra piedra en el centro del primer círculo, y en el instante preciso (de modo de no crear una confusión al esparcirse la ola, pero sí profundizar el rizo), entonces os acercaríais al arte de Bola de Miel. El dolor me penetraba como el aceite perfumado alcanza hasta el último resquicio de la tela. En noches anteriores me había enseñado a besar, y yo vivía en la opulencia de esos abrazos, y sabía por qué el besar es una diversión de nobles. Ahora atravesé los valles de las flagelaciones. Un vértigo cercano a la embriaguez se apoderó de mis pensamientos, lo cual equivale a decir que me entregué a una adoración de mi propio sufrimiento, pues me sentía como purificado de toda vergüenza. Estaba al borde de la resistencia, listo para saltar al cielo debido a la tortura del mero toque del látigo. No obstante, provenía de ella una ternura. ¿Cómo explicar tal choque de sentimientos? Permitid que os diga que ella dejaba caer el látigo con golpes perfectos, una vez sobre cada nalga, luego dos veces y después una vez sobre las catorce partes dolientes del cuerpo de Osiris que ahora pertenecía tanto al dios como a mí. Me fustigó la cara, una vez con los ojos cerrados, otra con los ojos abiertos; luego le tocó el turno a la planta de los pies, a los brazos, a los puños, la espalda y el vientre, el pecho y el cuello. Por último el látigo cayó sobre mis testículos y, como una víbora, se enroscó alrededor de mi flácido gusano. Entre nubes de fuego oí cómo Ma-Khrut recitaba con voz clarísima, después de cada golpe, "Os santifico con óleo", mientras me ungía con óleo las partes donde el azote dejaba llamas, hasta que el fuego se enfrió y se convirtió en el calor de mi cuerpo. Luego ella dijo: "Os santifico con vino", y acercó la astringencia del vino a las 14 llamas, y mi piel volvió a dar alaridos. Entonces ella me lavó suavemente con agua fresa hasta que, al aquietarse el ardor, surgió el vapor de mi corazón; y ella dijo: "Os santifico con fuego", pero se limitó a acercar el incensario a cada lugar dolorido. Dijo por fin: "Os santifico con mis labios", y me besó en la frente con los ojos abiertos y luego cerrados me besó en las plantas de los pies y en los músculos de la corva de los brazos, me besó los nudillos de mis manos cerradas, y mi espalda, y el vientre, el pecho, el cuello, y terminó lamiendo alrededor del círculo de los testículos, y muy suavemente en la cabeza de mi espada que se elevó de entre el suave lodazal de mis ijares hasta volverse poderosa como un cocodrilo. Luego ella dijo: "Os nombro Primer Sacerdote del Templo de Ma-Khrut, que mora en Osiris. Jurad que seréis leal, jurad que serviréis", y cuando yo exclamé que lo haría (era el último juramento que había requerido en cada una de las 14 partes), se arrodilló ante mí como un templo maravilloso de dulce y temblorosa carne, y susurró mi Nombre Secreto, y manaron los catorce oasis en los que yo había absorbido las exudaciones del dolor, y mi río se desbordó en torrente. 

    Ese fue el fin del rito, pero sólo el comienzo de los placeres de esa noche. Ahora fui yo quien le fustigó las nalgas, grandes como la luna y rojas para cuando terminé mis azotes. Yo también aprendí el arte de la flagelación, pues no era mi brazo el que sostenía el látigo, sino su corazón que lo atraía hacia su cuerpo, de modo que yo sentía que estaba azotando la marejada de su corazón. Luego, ante mi propia sorpresa y espanto, pues jamás había hecho esto antes (ni siquiera por Usimare), tomé esas montañas de faldas azotadas y acerqué la cara al pliegue de su asiento y, con ávida voracidad la besé en el lugar donde esconde su fragancia todo lo que pronto morirá. Después de tantos esfuerzos, olía como un caballo. Ella hizo lo propio conmigo, y rodamos con la cara escondida en el posterior del otro, y así, con esa ceremonia, nos casamos. Ya nunca seríamos iguales que antes. Ella me dio tantos besos en el portal del trasero, y tantas caricias me hizo, que terminé sintiéndome como un faraón, tendido de espaldas, sin saber si era el marido o la mujer de todo Egipto. Transportado por corrientes tan maravillosas, volví a sentir que había propósitos a los que ella no se refería y que me iba convirtiendo en el esclavo de sus vastas intenciones.

Comentario del editor: es muy interesante encontrar pasajes de grandes autores consagrados de la literatura con contenidos de spanking, en este caso Mailer remonta los azotes a la época de los faraones. Este pasaje lo encontré en un suplemento literario que cuenta con una serie de relatos eróticos, lamentablemente no todos de spank, bastante interesante (fuente: http://www.eltiempo.com/cambio/2006-12-28/ARTICULO-WEB-NOTA_INTERIOR-3381249.html )

 

Memorias de un spankee III

  Autor: Cars

Es extraño, los giros que da la vida. Pareciera que no te mueves, que los cambios son lentos, espaciados y lógicos, pero cuando echas la vista atrás, estás muy lejos del lugar del que partiste, y ese lugar en el que te hayas no es ni por asumo en el que soñaste estar. Esa es la sensación que me invade cada vez que echo la vista atrás y veo donde estoy, apenas dos años y medio después de aquel primer encuentro con ella.

Cuando veo mi reflejo en cualquiera de los cientos de escaparates que me rodean, no me reconozco. Sé que soy yo, pero no soy capaz de ver ni un rastro de aquel que fui. No quisiera que entendieran estas reflexiones como una declaración de arrepentimiento, ¡en absoluto! Pero sí que lleguen a vislumbrar aun cuando fuere solo un ápice de lo que siento en estos momentos. Hoy al ver mi reflejo y no reconocerme no dejo de pensar sino será todo esto una locura, si toda la pasión que he creído sentir no era más que la demencia de un pobre diablo. ¡Pero no!.... ¿Cómo puede ser locura algo que te empuja hacia delante y te sumerge en la más deliciosa de las libertades? ¿Cómo puede ser demencia lo que te hace vibrar y te muestra la vitalidad que hay en tu interior? ¡No puede ser! Sin duda al entregarme a su voluntad, al dejar que me encadenará a sus deseos, ella me estaba dando la llave de la más absoluta y clara libertad.

No puedo más que sonreír al pensar en cada instante de los que viví a su lado. Desearla y no poder estar junto a ella, ¡eso sí es una locura! Y no la agridulce esclavitud a la que lentamente me he sometido.

Las horas continúan inexorables, y el amanecer está pugnando por hacerse un hueco en la oscuridad que envuelve a esta noche, y a estas calles. Aunque no siempre estuvieron así. Durante las noches de aquel primer invierno que pasé junto a mi AMA, las luces lo invadían todo. Se acercaba el fin de un año que para mí al menos había estado plagado de sorprendentes cambios, en especial los últimos tres meses.

Mi paso era rápido en medio de una marabunta de gente que se afanaban por realizar las últimas compras del año. Yo estaba muy nervioso, en los últimos minutos no paraba de mirar el reloj, se me hacía tarde, y el tiempo parecía correr en mi contra. Apresuradamente llegue ante su casa. Saqué las llaves con tanto apuro que se me cayeron al suelo. Una vez dentro, deje las bolsas en el salón, y me encamine al dormitorio, el reloj de pared dio las nueve. En menos de una hora la casa se llenaría de invitados. En la cocina un ejército de camareros preparaba los detalles de la cena que mi AMA había contratado. Una nota sobre la almohada llamó mi atención.  Me acerqué. La abrí con nerviosismo. "Llegas tarde, ¡otra vez! Desnúdate y arrodíllate junto a la bañera estoy dándome un baño".

De una forma instintiva metí mi mano en el bolsillo de la chaqueta. Respiré hondo, después me desvestí lo más rápido que pude. Una leve música salía del baño. Entré, ella estaba en la bañera, al verme sacó un poco la mano,  me arrodillé como ella me indicaba en la nota, y con delicadeza deposité un beso en su mano, tras lo cual ella la retiró.

-¿A que se debe tu retraso? -Preguntó sin mirarme.

-¡Lo siento! Me encontré con un atasco, y de después...

-Eso no es motivo suficiente -me interrumpió sin levantar la voz- en el futuro tendrás que prever esas cosas para ser puntual, y evitar que te tenga que castigar.

-¡Si mi AMA! -contesté casi en un susurro.

Aquella situación era nueva para mí, nunca antes había estado presente cuando se bañaba, y no sabía como debía actuar. Tras unos minutos se levantó, yo la miré. Fue en ese instante, cuando vi su cuerpo moreno brillar bajo el agua que empapaba su piel, cuando supe que no deseaba estar en ningún otro lugar. Me levanté, ella me indicó con la mirada una toalla. Yo me apresuré a cogerla y comencé a secarla. El leve contacto de de mis dedos con su piel, era suficiente para que me sintiera muy excitado. Lentamente salió de la bañera, y yo continué recorriendo cada palmo de su piel. Sentía su olor, su calor, y su respiración.  La rodee desde atrás con la toalla en un cálido abrazo. Ella no dijo nada, tras unos segundos se apartó.

-¡Limpia esto! -Me dijo mientras salía del baño.

Yo la observé mientras que se alejaba. Cada vez que estaba cerca de ella, el corazón me latía a mil por hora y todo mi universo se reducía a ella, a su mirada. Sin pensarlo una vez más, comencé a limpiar, a los pocos minutos, cada cosa estaba en su lugar, y al igual que mi voluntad y determinación, todo estaba en un fino pero estable equilibrio. Me ví reflejado en el espejo, era yo, pero se me antojó verme distinto, extraño pero en paz. Estaba inmerso en cientos de divagaciones cuando su voz me devolvió de golpe a la realidad. Me reuní con ella, aun seguía desnuda, sentada ante su tocador.

-¡Acércate! -Me indicó nada más entrar en el dormitorio.-  Esta noche va ha ser larga, y vamos a tener invitados, por lo que voy a tener que castigarte ahora. ¡Ven! -señalo su regazo.

Yo me acerqué, y me incliné, ella me acomodó sobre sus rodillas, hasta que estuve a su gusto. Tras unos minutos en los que me remarcó cada uno de mis  errores, comenzó una azotaina severa. Su mano impactaba una y otra vez en mis glúteos y muslos. En esta ocasión  había omitido la suavidad con la que comenzaba los castigos. Pronto mis lágrimas brotaron de mis ojos. En ese instante, se detuvo. Por primera vez acarició mis nalgas enrojecidas. Me indicó que me incorporara. Y me miró a los ojos. Una leve sonrisa, y una delicada caricia para secar mis lágrimas.

-¡No tardes en ducharte, hoy me vestirás tú!

-¡Como ordenes mi AMA!

No podía creerlo, pese a haberme azotado con más dureza, el castigo había durando mucho menos de lo que yo pensaba. Sin duda la cercanía de la hora jugaba a mi favor. Con decisión me dispuse a seguir sus órdenes. Di un paso,  sentí su mano que tiraba de la mía. Me volví.

-¡No tan rápido Andy! -Mi rostro mostraba la sorpresa que me invadía en esos instantes.- Aun no hemos acabado, esto ha sido el calentamiento, ¡ven! -Me condujo ante el tocador.- ¡Cielo! ¿De verás pensaste que tu descuido sólo merecía esa tundita?

-¡No mi AMA! -susurré mientras bajaba la vista.

Ella me inclinó sobre el tocador, acarició mi espalda con un dedo, y cuando llegó al final, descargó una palmada que retumbo en toda la estancia. -¡Claro que lo pensaste!- Dijo en mientras descargaba una docena de palmadas más. Tras un ínfimo descanso, dejó un beso en mi mejilla. Vi de reojo como cogía un cepillo de madera del tocador, lentamente se puso detrás de mí, y comenzó a golpearme con él. Eran golpes secos, pausados. Midiendo a la perfección el lugar en el que golpeaba. El tacto de la madera era diferente a todo lo anterior, ni la zapatilla ni el cinturón tenían la más mínima comparación. El dolor pronto me hizo gritar suplicando, gritos que de no haber estado el dormitorio insonorizado hubieran sido oídos en toda la casa. Se detuvo. Durantes unos instantes me acarició. Yo me deshacía en un llanto descorazonador. Tras ese leve descanso, los azotes continuaron durante unos minutos más. Cuando al fin terminó el trasero era una autentico volcán al rojo vivo. Ella me abrazó con ternura, después me besó apasionadamente. Su mano acarició mi sexo. Fue en ese instante cuando reparé en que pese al dolor y al llanto, un fuego extraño pero placentero me hacía mantener una erección, que era del pleno agrado de mi AMA.

-¡Ahora puedes ir a la ducha! -Me dijo ella mientras me volvía a besar.

Tras una rápida ducha, me dirigí nuevamente al dormitorio, ella estaba ya maquillada, aunque permanecía desnuda. Con movimientos pausados, saqué un tanga rojo del cajón, y se lo ayude a colocar, prenda a prenda fui vistiéndola. Continuamente nuestras pieles se rozaba y se tocaba, aquellos pequeños contactos hicieron que volviera la erección, pese al dolor que sentía en mi trasero, o debería decir que era gracias a ese dolor, y al calor que sentía. Porque aunque en ese momento no lo asumiera, ella estaba dejando a la luz mi alma de sumiso, igual que un escultor va dejando visible su obra quitando los trozos que impiden verla, ella con cada azote, con cada nalgada me estaba ayudando a descubrir, que en el fondo yo siempre había deseado eso. Ser castigado y deseado a la vez.

Los minutos pasaban, y ella estaba casi vestida. Unas medias negras, un traje de gasa del mismo color, con los bordes del escote dorados, sin mangas y que dejaba ver su espalda. Se sentó, yo me dirigí al pequeño cofre en el que guardaba las joyas, escogí un colgante de oro blanco que ajuste a su cuello con delicadeza, unos pendientes y una pequeña pulsera a juego. Ella me sonrió. Después me dirigí al armario, con rapidez escogí unas sandalias de tacón doradas, a juego con un bolso de mano. Me arrodille junto a ella y tras besar cada uno de sus pies le calce aquellos zapatos. Una vez vestida se levanto, yo permanecí de rodillas.

-¡Andy! vistete y ve al estudio hasta que te llame. -Tras estas palabras se encaminó a la puerta.-

-¡Mi AMA! -Le dije levantando la cabeza.

-¡Sí! -Se volvió.

-Aun le falta algo mi AMA.

Ella se miró de arriba a bajo, sin entender a que me refería. Yo me dirigí hacia mi chaqueta, y extraje una pequeña caja. Corrí a su lado, y me arrodille al tiempo que le entregaba aquella caja cuadrada de color rojo y oro.

-¿Qué es? -Preguntó mientras que la abría. El silencio se adueño de su garganta extendiéndose por toda la estancia. Sus ojos se abrieron al máximo a ver un pequeño anillo de oro blanco con un diamante engarzado en un soporté que eran dos pequeñas manos. 

-¿Qué significa esto?- Alcanzó a decir mientras clavaba su mirada en mis ojos.

-¡Mi AMA! -Comencé a decir- estaría muy orgulloso si me permitiera ser su esposo.

-¡Es un anillo de compromiso! -Susurró al tiempo que se arrodillaba ante mí.- ¿Me estas pidiendo matrimonio? ¡Pero si apenas me conoces!

-Mi AMA, solo sé que quiero pasar el resto de mi vida junto a ti, sé que hoy te he defraudado, pero...

-¡Para, para! -Ella me puso los dedos mis labios, al tiempo que se levantaba y me cogía de la mano para que yo también me levantará. -¡No mezclemos las cosas! Te castigo porque me interesas,  por que veo que sexualmente me correspondes con mis gustos, pero eso no significa que me falles cada vez que metes la pata, ya que si no lo hicieras nuestra relación caería en la rutina y... -Hizo una pausa, las ideas se agolpaban en su mente y la respiración se agitó.- Pero pese a que me gustas, no sé si estoy preparada para esto, -señaló el anillo- lo que me pides, o mejor dicho lo que me ofreces es mucho más de lo que yo esperaba, y dudo que sea un momento propicio para contestarte.        

Aquellas palabras se clavaban en mi corazón como afiladas hojas ardientes. Cada sílaba era como un abismo que ella se molestaba en colocar debidamente entre nosotros. Un extraño nudo se formó en mi garganta. Era como si de repente alguien hubiera sacado todo el aire de la habitación. Mi mundo se alejaba y me dejaba sumido en el más frío de los abismos. Ella pareció leerme la mente. Sus manos cogieron las mías y nuestros ojos se perdieron en los del otro. Intenté hablar, pero las palabras no alcanzaron mi garganta, quedándose en un extraño suspiro.

-¡No te estoy rechazando! -Me dijo lentamente.- ¡Solo necesito tiempo para pensar, y darte una respuesta! -Asentí, por un momento pensé que sus siguientes palabras iban a ser. "No eres tú, soy yo" o "Estamos bien como estamos"  o cualquier otra frase parecida. ¡Pero no! Se limitó a darme un beso y alejarse dejándome allí de pie en medio de la estancia.

Las horas siguientes pasaron con suma lentitud, las paredes del estudio parecía que me iban ha aplastar. En el comedor se oía risa y brindis, yo no entendió por que me castigaba nuevamente privándome de la cena, y por consiguiente de su compañía. A la mayoría de los invitados ya los conocía. Ella me los había ido presentando fugazmente, así que no comprendía como la noche de fin de año ella me relegaba a la soledad del estudio. Un camarero trajo unos platos colmados de comida y una botella de vino, manjares que en cualquier otra ocasión yo habría casi devorado, ahora apenas llamaban mi atención. En medio de esa soledad, y por unos breves instantes, me pregunté que hacía allí. Igual que un rayo nace y muere en unos segundos, el pensamiento de alejarme de aquella casa y de su dueña me atravesó la mente y el corazón. ¿Pero a donde iba a ir? Si el mero echo de saber que ella estaba en la habitación contigua me llenaba de tranquilidad, me sentía a salvo. Lentamente me acerque a la comida y la saboree, picando de aquí y de allí.

Faltaban quince minutos para las campanadas cuando un camarero irrumpió en el estudio.

-La señora le pide que se reúna con ella en el comedor.

Los pies me llevaron casi a la carrera, cuando entre todos estaban apunto de dar un brindis, alguien me ofreció una copa, y brindamos por el año que finalizaba. Un camarero pasó con unos cuencos que portaban las uvas de la suerte. Uno a uno los invitados se fueron colocando ante un televisor para ver la retrasmisión de las ansiadas campanadas. El camarero se acercó a nosotros. En la bandeja solo que daba un cuenco. Yo le hice una seña para que fuera ella la que lo tomara.

-¡Cojélo tú! -Me dijo.- ¡Nunca me ha gustado esta costumbre! -El camarero me acercó la bandeja.

-¡Gracias, yo tampoco tomo nunca las uvas! -Ella me miró extrañada.- ¡En serio! Ni de pequeño me gustaron las uvas.

El camarero se alejó, mientras que comenzaron  a sonar los cuartos. Todos se prepararon para las campanadas. Ella levantó su copa para brindar conmigo. Al levantarla, puede ver que el anillo brillaba en su dedo. Una sonrisa iluminó su rostro ante mi asombro, intenté hablar, pero ella me besó, impidiendo con su beso que salieran mis palabras, bebimos en medio de una gran alegría. Yo pasé mi mano por su cintura, y ella hizo lo propio. La primera campanada sonó. En ese instante ella dejó caer una palmada en mi trasero. Todos los invitados estaban concentrados mirando fijamente al enorme reloj de la Plaza del Sol, por lo que no se percataron de aquel gesto. Nos miramos, y ella me hizo un guiño. La segunda campanada repicó, y nuevamente un azote impactó en mis nalgas. Una a una hasta doce palmadas reavivaron el dolor que sentía por la paliza anterior, pero mi corazón irradiaba una alegría que no podría describir, por no decir lo que reavivo en otras zonas de mi cuerpo. Tras un sonado brindis mi AMA y yo nos fundimos en un apasionado beso. Todo a nuestro alrededor desapareció, todo el mundo dejó de existir en esos instante en el que solo existían nuestros corazones latiendo al unísono, cuando nos separamos de aquel beso éramos un solo corazón. El mío estaba ya tan encadenado al de ella como lo había llegado a estar mi cuerpo al suyo.  

La noche continúo con un periplo por los pub y discotecas de la zona. Y con los primeros rayos del sol, yo nacía como un hombre nuevo, junto a aquella mujer, a la que sin saberlo comencé a amar desde el día en el que la vi por primera vez.

Memorias de un spankee II

 

Autor: Cars

¡MI AMA!..... Aquella palabra era totalmente desconocida para mí, y a pesar de entender, no alcanzaba a comprender lo que para mi vida significaba. Aquella primera noche, el dolor y la excitación se mezclaron en mi alma, y formaron un complejo entramado de cadenas y que ataban más y más a ella. Las horas de la noche transcurrían, y yo no podía dormir. Estaba allí, junto a una mujer hermosa, de la que desconocía hasta el nombre. La contemple en su sueño, un brazo me rodeaba la cintura y sentía el calor de su cuerpo junto al mío. Era un ser extraño, sensual y misterioso. Y a medida que la iba observando fui dándome cuenta que sabía lo que necesitaba saber de ella. Descubrí que desde el primer momento en que nuestras miradas se cruzaron y le pertenecía, y como me acababa de decir, ella era MI AMA, y todo lo demás sobraba.

Ahora, estas calles desiertas, me muestran la soledad que su partida ha dejado en mi corazón. Y no se porqué mis pasos no me llevan al refugio de mi hogar. Aunque pensándolo bien, tal vez sea porque ella era ese hogar, con su ausencia me ha arrebatado eso también. Estas calles son lo único que me queda de ella, cada rincón en el que estuvimos juntos, reaviva su recuerdo, y me reconforta. He llegado hasta la primera tienda en la que estuvimos juntos, y en la que mi entrega se hizo patente, como un contrato que te vincula indefinidamente a la otra persona.

Llevábamos dos días sin salir de casa, por lo que me sorprendió la determinación que mostró al decirme que íbamos de compras. Me vestí lo más aprisa que pude, y al salir el sol me golpeo con virulencia la cara. La miré de reojo, estaba bellísima. Vestía una falda blanca por encima de las rodilla, una blusa de sisa con unas letras doradas que no recuerdo que decían. Completaba su atuendo unos zapatos negros de tacón. Pero sin duda, lo que más recuerdo es el aroma de su piel cuando me acerque para darle un beso en la mejilla. Respiré hondo hundiendo mi cara en su cuello y dejando que su pelo me envolviera. Ella sonrió, y dejó un suave beso en mis labios.

-¡Me has hecho esperar! -Susurró mientras que comenzaba a caminar- ¿Has cogido el dinero que dejé en la mesa?  -Asentí- No quiero llevar el bolso hoy.

Yo camine a su lado, en varias ocasiones intente cogerla de la mano, pero ella siempre rehusaba tal acto. La cuarta o quinta vez que lo intenté, ella se paró, se puso delante de mí obligándome a parar.

-¿Qué haces? -Me preguntó secamente.- Llevas toda la mañana intentando coger mi mano.

-¡No sé! -Estaba confundió, y temeroso de decir algo inapropiado. - Me gustaría caminar teniendo tu mano entre la mía.

-¿Te gustaría? -Repitió ella con cierto enfado.- ¡Cuándo te he hecho creer que tus gustos son relevantes para mí!

-Yo pensé... -las palabras no alcanzaban a salir por mi garganta. Ella levantó la mano para abofetearme. Durante unos instantes me pareció sentir la bofetada, pero ante mi sorpresa, bajó la mano.

-¡Esto es un error! -se giró y volvió sobre sus pasos.- ¡Ve a tu casa, y olvida estos dos días!

Durante unos instantes, el mundo bajo mis pies pareció desaparecer, y yo me sentía caer en un vacío oscuro y frío, del que no podía salir. Todo a mi alrededor pareció ralentizarse, la gente y los edificios todo parecía girar enloquecidamente. La miré mientras se alejaba, y una oleada de frío me envolvió amenazando con petrificarme. En ese instante de mi interior salió una extraña oleada de calor, todo mi ser ardía desesperadamente. Sin entender qué había echo mal, corrí tras ella. Sólo sabía que no podía perderla. Que fuera como fuera debía recomponer lo que hubiera roto. Sin duda, al no golpearme me había herido mil veces más que el peor castigo físico que me hubiera podido infringir.

-¡Espera por favor! -Le supliqué poniéndome delante.

-Tengo prisa. -Su voz iba cargada de desdén.

-¡No sé qué he podido decir que te ha ofendido, pero te pido perdón! ¡Necesito tiempo para saber cómo comportarme! -Ella me miraba pero su rostro seguía serio, distante.

-¡Mira! -Comenzó a decir- Yo no tengo las ganas de perder el tiempo con medias tintas. Y no creo que tú quieras tomarte las cosas tan en serio como yo. -Hizo ademán de seguir andando, pero yo no me moví..

-¡Hace tan solo dos días que nos conocemos! -Comencé  a decir.- Y todo lo que he experimentado junto a ti ha sido contradictorio. Me asusta pero a la vez me atrae y hace que sólo desee someterme. -Tomé aire, durante unos instante algo en sus ojos cambió, un leve brillo me hizo saber que había un pequeño rayo de esperanza.- Antes me preguntas porque insistía en cogerte de la mano, y yo dije que "me gustaría" porque me daba miedo decir lo que realmente sentía.

-¡Miedo! ¿Miedo a qué? -Me dijo.-

-Miedo a decir que necesito cogerte de la mano, miedo a reconocer que pese a no saber ni tu nombre, necesito el tacto de tu piel, el calor de tu cuerpo, porque sin él, un frio extraño y gélido arrasa mi interior. -El silencio se instalo cómodamente entre nosotros, y amenazaba con ser eterno.

-¡Eso es lo más  hermoso que me han dicho nunca! ¿Pero porque he de creerte? -Tras decir esas palabras, se movió a la derecha y reanudó su marcha.

-¡Porque eres mi AMA! -Le dije casi susurrando.- Y ya no podría vivir sin ti.

Ella se detuvo, lentamente se giró. Yo permanecía de pie, mirándola. Una extraña sensación recorrió mis mejillas. No sé exactamente cuándo comencé a llorar, pero lo cierto es que cuando ella se acercó a mí, mis ojos estaban nublados por aquellas lágrimas tan saladas como el mar. Su mano rozó levemente mi piel, secándola. Una leve pero reparadora sonrisa fue para mí como una bocanada de aire fresco.

-¡De veras soy tu AMA! -Me preguntó. Yo asentí.- Andy, hace unas horas que nos conocemos, solo dos días, y no es mucho para saber que tu entrega es sincera. Si lo que me has dicho hoy es cierto, un día podrás dar rienda a tus deseos, y pactaremos unas reglas, unos limites y avanzaremos. Pero hasta que me puedas demostrar con hechos tus palabras, no tendrás ese derecho.

-¡Pero soy sincero, y mi entrega es total! -Protesté.

-Eso espero, y pronto me lo podrás demostrar.

Ella volvió a acariciarme la mejilla, y comenzamos  a caminar entre la gente. Tras unos minutos, llegamos a una tienda. Entramos y en el acto una dependienta se acercó a nosotros. El local estaba lujosamente decorado. Bolsos y zapatos llenaban las finas estanterías de cristal. 

-¡En que podemos servirles! -Pregunto amablemente la empleada. Mi AMA me susurró al oído lo que debía decir.-

-¡Estamos interesados en ver algunos cintos de mujer! -Repetí.

-Por supuesto señor. ¡Síganme! -Comenzamos un recorrido por la tienda, hasta llegar a unas perchas de la que colgaban unas docenas de cinturones.- ¡Aquí los tiene! Si necesitan algo estaré encantada de ayudarles. -Ella volvió a susurrarme.

-¡No! -Repetí en voz alta.- Ya nos apañamos solos, gracias.

La dependienta se alejó unos pasos, mientras que yo comenzaba a coger uno por uno aquellos cintos, y se los enseñaba a mi AMA. Ella negaba con la cabeza, o asentía según fuera de su agrado o no. Tras unos minutos, cogía uno con una hebilla formada por dos aros, era de cuero, bastante ancho, y su color era marrón. Me llamo la atención por lo pesado que era. Se lo mostré, ella asintió y lo cogió en sus manos, después se lo puso en la cintura y se miró a un espejo. La miré de reojo, y la vi probárselo. Volví a mirar al frente, ya que no quería incomodarla. Sentí sus pasos acercarse, y de una forma súbita, sentí impactar el cuero en mi trasero. El sonido fue seco, amortiguado por la tela de mi pantalón. Pero el escozor no tardo en aparecer. La miré con asombro, y con cierto miedo.

-¿Algún problema?

-¡No mi AMA! -Ella me sonrió, y depositó un beso en mi cuello.-

Un nuevo azote, cayó en mi trasero. Esta vez el dolor fue agudo. Miré a mí alrededor, y pude ver la mirada de sorpresa de la empleada, que nuevamente había oído el golpe. Un tercer azote me sobrevino ante la mirada de la muchacha que corrió hacia nosotros. 

-¿Qué hacen? -Comenzó a decir al borde de un ataque de nervios.- ¡No pueden...

-Mi AMA ha creído necesario probar el cinturón antes de comprarlo. -Le interrumpí mientras me acercaba a ella y buscaba con la mirada la aprobación de mi AMA.-

-¡Pero no es el lugar! -Protestó ella.

-¡Mire, ahora no hay clientes, y a mi AMA le gusta probar las cosas antes de comprarlas. -Con un rápido movimiento saque un billete de cincuenta euros de la cartera y lo deje en las manos de ella.- ¡Confiamos en su discreción y su comprensión!

Cuando la dependienta vio el billete en sus manos, dejó escapar una sonrisa y me hizo un guiño. Después se retiró un poco. Yo regrese junto a mi AMA, una sonrisa de aprobación, y una seña para que me diera la espalda fue su respuesta. Tras unos segundos volvió a descargar otro azote sobre mi trasero. Con tranquilidad fue azotándome, sin escatimar fuerzas. Tras una treintena de azotes se acercó a mí, y me acarició la zona castigada. Mis ojos estaban llenos de lágrimas, y paradójicamente  pese al intenso dolor que sentía mi trasero, mi corazón rebosaba felicidad.

Mi AMA se puso delante de mí, y dejó un tierno beso en mis labios,

-Estoy orgullosa de ti- me susurro al oído.

Mi excitación era patente, como lo era la atención que nos prestaba la dependienta, ya que durante todo el castigo no había apartado ni un minuto la mirada de nosotros. Mi AMA se acercó a ella. Durante unos minutos estuvieron hablando. La muchacha mostraba un extraño nerviosismo. Los colores le subieron al rostro, me miró fugazmente por encima del hombro de mi AMA. Ambas mujeres eran de una estatura similar. La chica lucía una cabellera rubia bastante corta, peinada hacia atrás, una piel blanca en la que resaltaba el rojo de sus labios y el azul de su mirada. Tras unos minutos ambas mujeres se acercaron a mí. Yo desconocía por completo lo que pretendía mi AMA. Acercó un taburete y puso el pie en él. Después me atrajo hacia ella, me rodeó con sus manos el cuello, y pego sus labios al lóbulo de mi oreja.

Miré de reojo a la dependienta que se había colocado de tras de mí. Con asombro puede ver que se descalzaba el pie derecho, y cogía la chinela del suelo.

-¡Ella no! -Supliqué.

-¿No confías en mí? -Me susurró ella al oído. Yo asentí. Ella me beso tiernamente en el cuello.- ¡No te preocupes, entrégate a mi voluntad!

En ese instante procuré relajarme, mi AMA me inclino un poco más sobre su pierna. Y tras hacerle una seña a la chica, esta comenzó a golpearme en el trasero con la chilena. Una y otra vez me azotaba con fuerza. Unas serie de golpes en una nalga, después en la otra. La azotaina parecía que no iba a tener fin. Yo me deshacía en un llanto en los brazos de mi ama, a medida que comprobaba con estupor, que la erección lejos de desaparecer había aumentado. El sentir el tacto y el calor de mi AMA junto a los azotes que me propinaba aquella desconocida provocaban en mí una extraña y excitante sensación.

La paliza llego a su momento álgido, los azotes se sucedía. Y el dolor amenazaba con volverme loco. Ella le hizo una seña, y la muchacha ceso el castigo. Me incorporé, miré a mi verduga, en medio de un mar de lágrimas, y puede ver reflejado en su rostro una enorme satisfacción. Le sonreí, ella me hizo un guiño, y se calzó la chinela. Después me volví hacía mi AMA. Su rostro también brillaba de felicidad.

-¡Estoy muy orgullosa de ti! -Me dijo, antes de darme un beso apasionado en los labios.

-¿Les envuelvo el cinturón? -Interrumpió la dependienta. -

-¡Si por favor! -Si contestó mi AMA

Nos encaminamos a la caja, yo me frotaba el trasero que me dolía horrores. Entonces reparé en que la puerta estaba cerrada con pestillo, miré a la dependienta.

-La cerré cuando me dio el dinero, pensé que así estarían más tranquilos.

-¡Gracias! -Le dijo al tiempo que cogía la vuelta.

Yo cogí el paquete y salimos a la calle. La gente se movía de un lado para otro ajenos a la extraña experiencia que había tenido lugar a escasos metros de ellos. Volví a mirarla, llevaba una sonrisa radiante. Tras unos metros de sentí como su mano agarraba la mía. Fue como entrar de golpe en el paraíso. Sentir su tacto, su calor y su amor a través de aquel contacto era el mayor de los regalos. Por un momento el dolor de mi trasero desapareció, -por un momento muy corto eso sí- y solo sentía una enorme tranquilidad.

Durante toda la tarde paseamos por estas calles hoy desiertas cogidos de la mano, y soñando con nuevas sensaciones.

- FIN -

Memorias de un spankee

Autor: Cars

Hoy,  la noche parece más solitaria que de costumbre. Estas calles antaño recorridas con avidez por encontrarme con su mirada, se me antojan tan desiertas y desoladas como mi propia alma. Miro adelante, a un punto inconcreto entre las sombras de una ciudad ya callada y en calma, como si al hacerlo, en medio de esas sombras pudiera verla de nuevo. ¡Pero no! no es posible ya que está lejos. A una distancia insalvable  para mí, ya que es la que marca el tiempo y no el espacio. Es una distancia emocional más que carnal. Atrás queda lo vivido, el mundo de sensaciones que abrió ante mí. Ese sabor agridulce que tiene la entrega.  

Aun me parece que puedo oler su perfume. Sentir la suavidad de su piel, y sentir los latidos de su corazón. Aquel otoño… ¡Cómo recuerdo aquel aroma a humedad y frescor! Estaba radiante, en medio de una multitud que no podía eclipsar su donaire y su alegría. Nos miramos un instante pero fue como si el tiempo se detuviera para reiniciarse en un mundo distinto. Desde el comienzo marcó con firmeza la senda, y yo una vez me hube perdido en su mirada no pude por más que seguir por ella sin saber que al final ansiaría lo que me imponía como ansiamos el aire para respirar.  

Desde que entré en el local no pude separar los ojos de ella. Una cascada rojiza de pelo ondulante caía por una espalda tersa y morena, se movía al son de una música que no cesaba. Yo me ruboricé cuando nuestras miradas se cruzaron. Ella sonrió y yo baje la vista como haría un colegial sorprendido en alguna travesura. Cuando la miré de nuevo, ella me dedicó una sonrisa. Tras varios minutos de miradas,  se acercó a mí.  

-¿Cómo te llamas? -me preguntó acercándose a mi oído para que la música no ahogara sus palabras. 

No daba crédito a lo que pasaba, por lo que tardé unos segundos en contestar. Ella me miraba a la espera de esa respuesta que yo no era capaz de articular. 

-¿No me has oído, o es que te gusta que te repitan las cosas? 

-¡No, no lo siento! –me apresuré a decir saliendo de ni embobamiento- ¡Discúlpame por favor! Me llamó Andy.

 -Y dime Andy. –hizo una leve pausa para mirarme- ¿Porqué no has parado de mirarme? 

-¡Yo…! –no podía creer lo directa que era aquella desconocida que conseguía turbarme de aquella manera. El suelo pareció temblar a mis pies- No quería molestarte, solo que me pareces muy guapa y…  

-¿Y? 

-¡Lo siento tengo que irme! –me levanté. Mi cuerpo temblaba por el nerviosismo. Y ella parecía disfrutar con ello. .

-¡A mi también me pareces muy interesante! –me dijo reteniéndome levemente del brazo y hablándome al oído- Es una pena que te vayas, pensaba pedirte que me acompañaras al coche, y así podíamos charlar sin tanto ruido.  

No entiendo muy bien lo que sucedió, lo cierto es que en pocos minutos me ví andando por estas calles hoy grises y solitarias con ella. Durante el camino me estuvo recriminando medio en broma medio enserio mi actitud al mirarla tanto y no contestarle al momento. No le di mucha importancia al menos hasta llegar junto al coche. 

-¡Gracias! –me dijo tendiéndome la mano- Ha sido un paseo muy agradable, pero todo llega a su fin. 

-Para mí también lo ha sido.   Le respondí al tiempo que apretaba levemente su mano, y sentía su tacto y su calor. Alcé la mirada reteniendo su mano, y me perdí en aquella mirada coralina. Fue ahí, en ese instante, cuando supe que estaba prisionero de su voluntad.  

-¡Andy! Me gustaría invitarte a mi casa a tomar una copa. –me dijo con seguridad- ¿Te apetece? 

-¡Mucho! 

-No sé, creo que no es buena idea. –eijo separándose bruscamente y abriendo la puerta del coche. 

-¿Por qué no es buena idea? 

-Eres un buen chico. Pero… 

-Te prometo que seré un caballero. 

Ella sonrío, su rostro irradiaba seguridad y alegría. Tras unos segundos, aquella sonrisa se borró y su tono cambio radicalmente. 

-¡Está bien, sube al coche! ¡Ya veremos! 

Durante el camino nos enfrascamos en una conversación de lo más intrascendente. Tras unos minutos llegamos a un chalecito con setos y un portón de hierro, que se abrió al aproximarnos.  El salón estaba decorado con un gusto exquisito. Ella se acercó a una mini cadena y puso un CD de música romántica. 

-Voy a cambiarme –dijo mientras salía del salón- Prepara unas copas. Para mí, un martini con tres hilos y una aceituna.  

Yo me apresuré a servirlas. Cuando regreso yo ya la esperaba con las copas en la mano. Ella se había quitado la ropa y vestía una camiseta que le llegaba a los muslos, y unas zapatillas. No sé porque me fije en ellas, pero lo hice. Ella se acercó y cogió el martini.  

-Ponte cómodo, sácate la chaqueta, o… es que ya te vas. 

-¡Claro! –cuando colgué la chaqueta en el perchero, note que algo pasaba, me giré ella estaba casi sentada en la mesa del comedor mirando su copa. 

-¡Andy! Te dije en el bar que no me gusta repetir las cosas.

-¿Qué? -¡Tres hielos! sonó en mi mente, y yo solo le puse uno. La verdad es que no me pareció tan importante como me lo parecía ahora- ¡Ah! Disculpa, déjame la copa ahora te pongo dos más. 

-¡No importa! Ven. -me dijo mientras se sentaba en la mesa y me extendía los brazos.  

Yo me acerqué y me puse entre sus piernas. Ella me besó ligeramente en los labios.  -¿Qué vamos ha hacer para que me entiendas a la primera? -Nos volvimos a besar 

-Dame tiempo… -le susurré mientras le besaba el cuello.

Sentí su mano en mi espalda, y un segundo después, aquel primer azote sobre los pantalones. Fue lo bastante fuerte como para que llamara mi atención. La miré con una sonrisa en los labios. Ella me besó. Y nuevamente su mano golpeó mi trasero.  

-¡Creo que necesitas un incentivo para que prestes más atención!- Su mano me golpeo varias veces seguidas. Ya comenzaba a sentir un picor que me hizo alejar  de ella. 

-¿Qué haces? –le pregunté frotándome la zona golpeada. 

-Creo que esta bastante claro… –me dijo sin apenas inmutarse.- Necesitas un poco de disciplina. ¿Quieres venir aquí antes de que me enfade?  

-¡Quiero aclarar algo antes de….!             

-¡No hay nada que aclarar! Ven aquí o vete. ¡Ahora! 

Su tono era implacable y no daba lugar a replica. Movido por un extraño impulso, me acerqué. Ella dejó ver una sonrisa, me rodeó con sus brazos, y me habló al oído. 

-¡Me has hecho enfadar!, y ahora tengo que castigarte. Espero que no me enfades más de lo que estoy. 

La miré. Ella me beso fugazmente en los labios, antes de hacer que me inclinara un poco. Su mano acarició mi trasero unos instantes, para comenzar luego a azotarlo con dureza. Su mano caía una y otra vez sobre mis nalgas. Eran azotes enérgicos. Tras unos cinco o diez minutos, permitió que me incorporara un poco, después sus manos hábilmente me desabrocharon los pantalones y me bajaron los slips. Fue en ese momento cuando reparé en lo excitado que estaba pese al dolor que sentía. Ella contempló por unos instantes el color rojizo que comenzaba a tener mi trasero, antes de continuar con la azotaina, pero esta vez sin ropa que se interpusiera entre su mano y mi piel.  

Los azotes se sucedían, mientras ella se dedicaba a aleccionarme sobre mi comportamiento. Una y otra vez su mano golpeaba mis nalgas, y el dolor era tan intenso que por momentos consiguió que las lágrimas afloraran a mis ojos. Tras un tiempo que no soy capaz de precisar se detuvo. Acaricio la zona golpeada, y me abrazó con cierta ternura. Yo la besé. Ella se levantó y tiró de mí conduciéndome hasta el dormitorio. Por el camino dejé los pantalones, manteniendo sólo la camisa. Durante esos minutos ninguno articuló ni una palabra. Nuestros cuerpos latían y se comunicaban sin necesidad de hablar. Ella se sentó en la cama. Y tiró de mí hasta que quedé de rodillas entre sus piernas. Busqué su boca pero rehusó. Yo besé sus manos, sus brazos, sus muslos, ella levantó mi cabeza, y me miró a los ojos. 

-¿Me has pedido permiso para besarme? –me preguntó en un susurro. 

-¡No! 

 -¡Ya! Tendré que explicártelo de una forma que lo entiendas.  

Ella bajó la mano y se descalzo cogiendo una zapatilla, después me indicó que me tumbara sobre su regazo. Pese a mis protestas, me acomodó a su gusto, y comenzó una azotaina larga y pausada. Sin prisas pero sin escatimar fuerzas. La zapatilla golpeaba una y otra vez mis nalgas en medios de sus reproches y sus regaños. Bastaron unos pocos azotes con la zapatilla, para que rompiera a llorar como un colegial. Yo, pese al dolor me entregué a su voluntad, y sentí como aquella paliza pese a doler como dolía también me excitaba sobremanera. Tras una veintena de zapatillazos especialmente fuertes, dio por terminado el castigo. Mi trasero para entonces ardía y dolía horrores. Ella se levantó, y con delicadeza extendió una crema por él. Sus manos recorrieron mi cuerpo y nos amamos como nunca antes lo había hecho. Al terminar nos abrazamos. 

-¿Cómo te llamas? 

-¡Para ti! MI AMA….

 

Historia corta para un amigo spankee

Autora: Vivi Verde

 Me imagino que si tu conciencia te acusa, la señora lo notará de inmediato en tu mirada.  

Te hará pasar a su despacho, te va a hacer sentar, y mientras da vueltas lentamente en torno a ti te ira haciendo confesar, como si no quiere la cosa. Tú te pondrás nervioso con su mano en tu hombro, en tu cabeza, en tus mejillas, y de a poco le irás relatando cuan mal te has comportado... A veces sus piernas rozarán las tuyas, y sentirás que sudas, mientras escuchas el rítmico sonido de sus tacones en el piso.  

Luego de tu confesión, hará que te pares, y te guiará hacia un sillón que hay en su despacho. Ella se sentará, y te soltará el cinturón. Luego te abrirá el botón de tus pantalones y te bajará el cierre. Sonreirá tranquilamente ante tu nerviosismo. Te bajará los pantalones, los calzoncillos, y se enojará al ver que estás un poco excitado, y que tu ropa interior no está completamente seca, como debería estar en un muchacho como debe ser. Te reprenderá, y hará que te arrodilles frente a ella, hará que pongas tu guatita sobre sus rodillas, y te acomodará lo suficiente para que tus nalgas queden en la posición adecuada para la zurra que te va a dar.  

Luego, sentirás que su mano izquierda sujeta tu espalda, y que su derecha acaricia tus glúteos para que te relajes. De pronto, esa mano que te acariciaba se levantará, y sentirás una primera palmada en tu nalga derecha, luego otra en la izquierda, y así... No son tan fuertes, piensas. Pero el castigo se comienza a prolongar, y vas sintiendo el efecto acumulativo de lo que sabes será sólo el precalentamiento. Comienzas a sentir que te pica un poco, y puedes imaginar cuan rojito tu derrière debe comenzar a verse. 

Ella de pronto se detendrá, y sentirás que algo estará buscando en un punto a tu espalda, lejos de tu campo visual. Intentarás volverte discretamente para ver qué es lo que te espera, pero la mano izquierda que sujetaba tu espalda tomará tu oreja izquierda, y te obligará a volver a mirar al frente. Ella te retará, y luego de una fuerte palmada en tus piernas y de un pellizco a tus glúteos, te acariciará ligeramente la cabeza y volverás a sentir que te sujetan la espalda.  

Luego sentirás algo helado en tus calientes nalgas... Reconocerás esa sensación: es la de su temida regla de acrílico. Ella la pasará para que sepas lo que te espera. Te preguntará si recuerdas cómo se sentía una treintena, sin esperar realmente tu respuesta. Luego te preguntará si te imaginas lo que serían sesenta golpes con la regla. No espera que le respondas, pues es ella misma la que lo hace por ti. Te dirá que no importa que no sepas la respuesta, pues cuando salgas de su oficina ya lo habrás aprendido. Sentirás como la regla se separa de tu piel, y aunque sabrás lo que te espera el primer golpe te sorprenderá de todos modos. Y seguirán.  

No te hará contar. Ella te golpeará en rápidas series de seis, dejando una breve pausa entre series para que puedas sentir el efecto, y puedas meditar sobre tu mal comportamiento. Te recordará cuan malo has sido, y cuánto necesitas ese castigo. Sentirás su mano inspeccionando tus más íntimas zonas, y ella notará cuan excitado estás. Ella se enojará aun más, y decidirá castigarte todavía más severamente. Te dirá que no admitirá más de ti tan vergonzosa actitud, y te prometerá darte tantos reglazos como sea necesario para que tu cuerpo pierda esa excitación tan poco adecuada en un buen muchacho. Te dirá que es su deber, y que no te va a defraudar. Y te prometerá que el castigo sólo se terminará cuando ella pueda verificar que no existe en ti entusiasmo alguno, porque sólo entonces el castigo habrá sido el adecuado. Y dicho esto reanudará la lluvia de reglazos, con más energía detrás de ellos.  

Tú sentirás que es imposible no excitarse, después del discurso que te ha dado. Te preguntarás si podrás soportar lo que te va a dar. Pero confiarás en que ella jamás te hará verdadero daño.

Pasará mucho tiempo, y tanto tú como ella perderán la cuenta de los reglazos administrados. Llegará un momento en que te aburrirás, y querrás acabar. La señora te recordará que te pusiste en sus manos, y que es ella quien decidirá cuando has sido suficientemente castigado.

Intentarás pararte, y ella te sujetará. Te resignarás, y ella eventualmente considerará que ya has tenido suficiente. Dejará la regla de lado y estará satisfecha al constatar que tu cuerpo ya no te delata. Ella sonreirá, y acariciará tus nalgas. Ya no te sujetará con su mano izquierda, pero tú te quedarás en la misma posición.  

Sentirás algo helado y viscoso chorreando tus nalgas, y sabrás que te va a poner cremita. Se sentirá fría contra derrière caliente. Sentirás sus manos masajeándolo. Y luego, sentirás como separa tus nalgas con una mano, mientras más cremita fría cae sobre tu ano. Sus dedos comenzarán a esparcir la crema en la zona, y sentirás que te excitas nuevamente. Ella también lo notará, y te dirá que cambies de actitud si no quieres que el castigo se reanude.  

Se enojará al constatar que eso en vez de hacer que te calmes, te pone en un estado todavía peor. Te dirá que no puede creerlo, pero que parece ser que necesitas un castigo todavía más severo. Te preguntarás si te va a dar otra serie de palmadas y reglazos, pero no.  

Ella introducirá tu termómetro en tu ano, y lo moverá para que te sientas algo humillado. Luego lo sacará y lo volverá a introducir en repetidas ocasiones, mientras te recordará cuan mal te estás portando, y cuan necesario es que ella te haga cambiar de actitud. En algún momento sacará el termómetro, y oirás el sonido de una mano cubriéndose con un guante de látex. Sabrás lo que te espera, e intentarás relajarte para que sea lo menos molesto posible. Sentirás un dedo recorriendo el surco entre tus nalgas, amenazando introducirse en tu ano en cada pasada. Comenzarás a desear que se meta de una buena vez, en vez de tenerte así, esperando. Pero ella se tomará su tiempo, hasta que decida hacer una primera inspección.  

Sentirás como su dedo se abre paso, y como se mueve tocándolo todo. Ella lo hará lento, y repetirá movimientos, asegurándote que necesita estar segura. Luego te dirá que con una opinión no le falta, y retirará su dedo. Sentirás un breve alivio antes de sentir que introduce lo que supones son dos dedos. Le preguntarás si ya no fue castigo suficiente, y ella se reirá. Te confesará que el castigo todavía no ha comenzado, y que lo que ha hecho es un simple reconocimiento...  

Sacará sus dedos, y te preguntarás cual será el castigo. Escucharás una tapita, y el sonido hará que te acuerdes de ciertos molestos polvitos. Le dirás que no lo haga, que no te gusta. Y ella te recordará que se trata de un castigo, por lo que no es sorprendente que no te guste... Y te recomendará que te quedes quieto y cooperes, si deseas que dure poco y que te lave tu popín pronto. Decides quedarte quieto, porque o si no quién sabe cuanto tiempo vas a estar sintiendo los dichosos polvitos. Ella introducirá lo que parecen ser tres dedos, y a los pocos segundos comenzarás a sentir un calorcillo en el ano, que crecerá hasta transformarse en ardor. Le dirás que te duele, y que quieres lavarte. Te dirá que aguantes, y que ella misma te va a lavar cuando el castigo haya acabado. Te recomendará nuevamente que te quedes quieto, para que eso sea pronto. Sentirás como molesta tu zona.  

Luego sentirás que se saca el guante. Te dará algunas palmadas, y sentirás más crema fría escurrir por tus testículos. Con su mano te esparcirá la crema. Si no fuera por el escozor en el ano, sería agradable. Ella te masajeará y te acariciará, con toda calma. Comenzarás a impacientarte. Finalmente te dirá que te pongas de pie. Sentirás que te duelen las rodillas, pero no reclamarás.  

Ella terminará de desnudarte, y te conducirá al baño. Esperarás mientras regula la temperatura del agua, y cuando esté lista te hará entrar a la ducha. Te hará inclinarte, y te lavará el derrière.  

Sentirás alivio cuando te lave al ano, a pesar de lo humillante de la situación. Luego cortará el agua, y te secará con una toalla. Te conducirá de vuelta al despacho, y te ayudará a vestirte. Te abrazará, y te besará la frente. Luego te dirá que puedes irte, y te recordará que te debes portar bien si no quieres que te tenga que volver a castigar.

LA PEOR PALIZA DE MI VIDA

Autor: Carlos Inchauspe 
Desde muy niño, mi madre me azotaba en las nalgas como castigo a mi mal comportamiento, éste se daba por períodos, eran épocas en las que yo me portaba especialmente mal, y entonces ella procuraba poner remedio a mi mala conducta con esos correctivos.
Cuando consideraba que yo merecía un escarmiento, me llevaba a la habitación y me tendía boca abajo sobre sus rodillas, parecía ser su posición preferida y, he de confesar que también para mí era una buena postura. Entonces me bajaba los pantalones, mientras yo simulaba algo de resistencia, y en seguida empezaba a azotar mis nalgas con la palma de su mano. La fuerza de aquellas palmadas iba en aumento y cuando parecía que ya no podía ser más terrible, mi madre se detenía, sólo para bajarme los calzones y dejar al aire mis ya coloradas nalgas. Los azotes entonces empezaban de nuevo, pero con mayor fuerza, sobre mi cola totalmente desnuda. Sus nalgadas eran realmente duras, de verdad dolían, y siempre seguía, más o menos, el mismo ritual. Me regañaba mientras me azotaba, me decía que era un malcriado, que si era necesario, me seguiría azotando hasta que ya fuera un hombre y que no era posible que fuera tan revoltoso y “sabandija”.
Recuerdo una de las peores palizas que recibí, tendría algo así como trece años. Un martes, en lugar de ir al colegio, me escapé con unos amigos y fuimos a pasear al centro de la ciudad, luego al cine y terminamos en el zoológico. No era la primera vez que lo hacíamos, pero para mí, y sobre todo para mi trasero, esa ocasión tuvo consecuencias terribles. Sin que yo pudiera saberlo, mi tía Natalia me vio paseándome por ahí, pero no me dijo nada sino hasta el jueves siguiente, que fui a visitarla a su casa, como hacía al menos una vez a la semana para pasar la tarde con ella y jugar con mis primos.
Aquella ocasión, mi tía estaba sola en casa, según me dijo, mis primos se habían ido a la plaza con la abuela y yo quise ir a buscarlos, pero tía Natalia me detuvo.
-          No, Carlos. Quédate acá que tengo que hablar seriamente con vos – La verdad es que no me preocupé, ni siquiera por aquello de “hablar seriamente”. Me senté a su lado en el sillón del living y esperé a que hablara.
-          ¿El martes fuiste a la escuela? – me preguntó. Procuré no mostrarme nervioso y, fingiendo seguridad, respondí:
-          Sí, tía ¿por qué lo preguntas?
-          ¿Estás seguro? – Su insistencia me hizo ver que seguramente ella me había visto por ahí, no tenía caso seguir mintiendo y podría resultar peor, así que le confesé la verdad.
-          Sabes que eso no se hace – comenzó a reñirme – Eso está muy mal, sabes lo que opina tu madre al respecto, y yo pienso igual – A estas alturas yo ya imaginaba la que me esperaba – Así que, como podrás imaginarte, Carlitos, no me queda más remedio que tomar alguna medida. – Yo ya estaba realmente asustado. No dije nada – Tenemos dos opciones y no son negociables – me dijo – Una es decirle a tu madre lo ocurrido… sabes que no le va a gustar nada y también sabes lo que va a hacer…
¡Claro que lo sabía! Si mi madre se enteraba me iba a dar la paliza de mi vida. Las cosas de por sí no andaban muy bien, pues era una de aquellas épocas en las que yo no paraba de hacer macana tras macana.
-          La segunda opción – continuó mi tía – es que no le digamos nada a tu madre pero, como los chicos y la abuela no van a venir hasta dentro de un largo rato, te pongas ya mismo sobre mis rodillas para darte tu merecido, porque de alguna manera tienes que entender, Carlitos
¡Uy, uy, uy! Ya antes, en aquel mismo sillón, mi tía me había dado un par de palizas, por orden de mi madre. A causa de mi mal comportamiento, mi tía me había puesto sobre sus rodillas y me había dado unas nalgadas en la cola desnuda. Pero, para ser franco, aquellas palizas habían sido más bien livianitas, bueno… no tanto, pero peor opción era que mi madre se enterara. Al menos, si mi tía me castigaba, podía tener la esperanza de que me diera unos cuantos azotes, más o menos fuertes, que me quedara el culito un poquito adolorido, y ya está, se acabó el problema. Fue un grave error de cálculo, pero respondí que aceptaba la segunda opción, a cambio de que mi madre no se enterara de nada. Mi tía aceptó el trato, o al menos me hizo creer que lo aceptaba.
Por lo general, la tía Natalia era una mujer tranquila, le gustaba hablar antes de aplicar cualquier castigo y a mí me tenía un cariño especial, así que supuse que todo saldría bien. Me pidió con toda calma que me bajara los pantalones y yo, como había aceptado el trato, obedecí. Me puso en sus rodillas y me hizo levantar la cola, entonces me dio un pequeño pero firme discurso sobre la disciplina. Después, comenzó a nalguearme con una fuerza que yo no le conocía. La verdad es que no me esperaba aquellos azotes, pero estaba dispuesto a aguantarme la tunda con dignidad, sabía que me la merecía, sobre todo por ser tan estúpido de haberme dejado ver, paseando en día de colegio.
Las nalgadas proseguían, yo las sentía cada vez más fuertes, mi pobre culo me dolía, lo imaginaba colorado y lo sentía ardiendo. La paliza no estaba resultando, ni de lejos, la tunda suavecita y amable que yo había imaginado. Empecé a dar algunos gritos de dolor y a pedirle a mi tía que no me pegara más, a decirle que había aprendido la lección y esas cosas.
-          ¿Te duele, malcriado? – Me dijo enfadada sin dejar de azotarme - ¡Me alegro que así sea! ¡Y no sueñes con que ya voy a parar porque recién voy comenzando! Y además – agregó – te tengo una sorpresa. Esta vez sí vas a aprender la lección.
Yo no estaba para sorpresas, no las que parecían poder aparecer en aquel momento en que mis nalgas me picaban y sentía los azotes cada vez más fuertes. Pero entonces mi tía se detuvo. Suspiré aliviado, creyendo, inocente de mí, que la paliza había terminado. Mi tía, sin dejarme levantar, buscó algo bajo los cojines del sillón y sacó una raqueta de ping pong, nuevecita.
-          Te dije que te voy a dar la paliza de tu vida, te aseguro que no la vas a olvidar jamás – me dijo y empezó a azotarme con la raqueta.         
No podía creer lo que dolía aquello, pero además me sentía tan avergonzado que ni siquiera era capaz de reaccionar. El dolor ya era tan terrible que me puse a llorar, al principio de manera discreta, pero después como niño pequeño en total desconsuelo.
Sentía la paleta estrellándose una y otra vez en mis nalgas y no atinaba a hacer nada, ni siquiera resistirme o agitarme, para evitar aquella lluvia de azotes sobre mi cola que, a esas alturas, empezaría a amoratarse.
Cuando por fin mi tía se detuvo, no me atreví a moverme, no sabía si iba a continuar, pero parecía que no. Me dolía terriblemente, nunca en mi vida me habían dado una paliza semejante, había durado como media hora y naturalmente yo estaba bañado en lágrimas. Empecé a frotarme las nalgas para aliviar un poco el dolor, pero entonces mi tía habló.
- Bueno, Carlitos, ahora la sorpresa que te prometí: ¿a que no sabes quién está aquí?
¡Noooo! Lo supe en cuanto mi tía preguntó aquello, pero no pude responder, pues entonces oí la voz de mi madre. Entre las dos me explicaron que apenas mi tía me había visto paseando en lugar de ir al colegio, había ido a contárselo a mi madre, quien se puso furiosa y decidió que era tiempo de detenerme a cualquier costo, pues mi mal comportamiento no podía seguir. Mi tía, sabiendo que todos los jueves yo iba a visitarla, propuso que esperaran hasta ese día y entonces me dieran una soberana paliza, de esas que no te permiten sentarte en cuatro días. Mi madre ideó que mi tía iniciara el castigo para “ablandarme” un poco y luego ella misma lo remataría. Yo escuché todo aquello temblando, pues de por sí ya no aguantaba el dolor en la cola y entonces, mi madre se sentó en el sillón, se arremangó la falda y  tomándome del brazo me hizo colocarme en sus rodillas.
-          Te está quedando colorado, como tomate bien maduro – comentó mientras me acomodaba el trasero para castigarme – Te puedo asegurar que esto te va a doler más a vos que a mí – me dijo. ¡Vaya frase célebre! La llevaré siempre en el corazón.
Empezó a nalguearme y lo siguió haciendo por un largo tiempo, que a mí me pareció una eternidad. Yo sabía que me lo merecía y pensaba que estaba bien que me castigaran así, creo que trataba de convencerme de ello para poder seguir soportándolo. Lloraba desconsolado, aullaba de dolor, gritaba que por favor parara, le decía a mi madre que de verdad ya no aguantaba… pero no había caso, mi madre estaba decidida a dejar las cosas en su sitio, a que mi cola terminara ardiendo y que yo no me pudiera sentar en varios días. ¡Y además me lo decía!
-          ¡Te puedo asegurar, Carlitos, que no te vas a poder sentar por largo rato!
Cuando se detuvo por fin, yo sentía que, además de mi culito, mi cara también estaba afiebrada por tanto llanto, por la vergüenza, el dolor, por la situación… me habían atrapado y no había escapatoria, debía ser valiente y seguir sometiéndome al peor castigo de mi vida.
Mi madre aún no terminaba, me hizo colocarme de rodillas en el sillón y entonces, mi tía me sostuvo con fuerza ambos brazos, obligándome a inclinarme hacia delante sobre el respaldo.
-          A ver, Carlitos, levanta la cola – me ordenó. Otra andanada de paletazos cayó sobre mis maltrechas nalgas que ya estaban como adormecidas, aunque no tanto como para no sentir un terrible dolor.
-          Así que faltando al colegio ¿eh? ¡Yo te voy a dar a vos! ¿Qué te crees? ¿Que soy estúpida? ¿Qué podés hacer lo que querés?
-          ¡Por favor! ¡No me pegues más, te lo pido! – le rogaba llorando -¡Me voy a portar bien!
-          ¡De eso no me cabe duda, malcriado de porquería! ¡Ya me tenés cansada! – Me reñía mientras los azotes caían sobre mi cola, uno tras otro con rapidez, sin darme tiempo siquiera a respirar entre uno y otro. Siguió y siguió hasta dejarme el culo totalmente morado y caliente… ¡ardiendo!
Cuando terminó, me dijo que esperaba que hubiera aprendido la lección y me advirtió que si me veía haciendo otra macana, la próxima paliza sería aún peor. ¡¿Peor?! ¿Pero es que puede haber algo peor? Pensé. No sólo me habían pegado una tremenda paliza, sino que además lo habían planeado todo perfectamente: desde la raqueta oculta en el sillón, la sesión de “ablandamiento” con mi tía, el que ella me sostuviera de los brazos… hasta la humillación. Esto terminó por convertirme en el más sumiso de los hijos.
Volví a casa solo, me costó muchísimo porque no podía ni caminar sin que me doliera. Me fui a mi habitación, me puse hielo en las nalgas y me quedé allí reflexionando, tumbado boca abajo. Estaba abatido, pero no me sentía deprimido, todo lo contrario: para mi propia sorpresa, me encontraba en un estado de excitación total, comencé a parar la cola y a recordar con detalle cada momento del castigo.... ¡GUUUAAAUUU! ¡Qué bueno había estado...!
Había nacido un nuevo amante de las nalgadas.