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Mi Nueva Familia

Publicado: 22/07/2007 11:02 por azotes en En Familia

Autor: Fer 

Nunca hubiese creído encontrarme habiendo formado una nueva familia y siendo tan feliz. Si me lo hubiesen dicho que la armonía entre mis fantasías más oscuras y una perfecta vida burguesa se iba a establecer en estos años de mi vida, hubiese contestado que me estaban hablando de otra persona.

Cuando bordeaba la cincuentena, mi matrimonio de toda la vida con Amalia acabó de hundirse. Ya venía haciendo aguas desde hace años, me atrevería a decir que desde hace lustros, nuestra interesante vida bohemia del comienzo se fue haciendo una densa rutina de reproche y rencores. La puntilla final la dieron ciertos problemas económicos derivados de mi decisión de trabajar menos horas, dejar de ser la locomotora financiera de esa relación y tratar de disfrutar un poco más del tiempo libre. Nuestra separación me causó mucha amargura y mucho dolor. Pese a que la pasión se quedó encallada en la década de los ochenta, el afecto era enorme y más de veinte años de vida en común pesan.

Después de un tiempo conocí, por motivos de trabajo a una mujer, Ana, que me devolvió el interés por relacionarme afectivamente con alguien. Solo me quedaban unos pocos amigos de toda la vida que no tomaron partido en la ruptura.

Ana fue entrando en mi vida muy suavemente, primero como amiga, luego como algo más, mientras yo iba saliendo de mi ensimismamiento. Realmente fue ella quien tomó la iniciativa un día que salimos juntos y depositó un casto beso en mis labios. Una cosa fue llevando a la otra y pese a la diferencia notable de edad de más de 15 años la relación pasó a ser algo más. Nos encontramos bien el uno con el otro y Ana me introdujo en su familia. Su madre, aunque muy mandona, una mujer inteligente y activa y su padre el típico buenazo. Ana es hija única, siendo su familia muy unida y pudiente económicamente. Ana está divorciada desde hace muchos años. Tiene dos hijas, Diana de 16 años y Mara de 14,

Fue pasando el tiempo y la relación se fue haciendo más y más cercana. Con Ana comencé a vivir una gran tranquilidad, solamente perturbada por las preocupaciones que ella sufría que tenían como fuente la conducta de sus hijas y las tonterías que hacía su ex marido. Sobre este último, Cristian, percibí de forma fría y casi de inmediato que es el típico niñato rico inmaduro y – en resumen – el perfecto cantamañanas.

Ana y yo decidimos, hará cosa de poco más de un año, ir a vivir juntos, por lo que me trasladé a su magnífico piso y pude alquilar el mío una vez se hubo marchado Amalia. Nos casamos hace exactamente 8 meses y medio.

Los primeros tiempos de convivencia fueron un poco complicados, nos tuvimos que ir adaptando el uno al otro y todo esto con Diana y Mara, dos adolescentes encantadoras pero muy desorientadas. Mimadas, indisciplinadas y siempre tanteando los límites de su madre y, por extensión, los míos.

Ana es una mujer con las ideas muy claras, una profesional independiente que no solo tiene un gran patrimonio inmobiliario y financiero sino que gracias a su impresionante Currículum Vitae se gana estupendamente la vida con su trabajo, una mujer con carácter, delgada, elegante, bien vestida con un incisivo toque de clase.

Al principio nuestra vida sexual no fue demasiado satisfactoria para mí. Ana, según me dijo tenía muy poca experiencia ya que, aparte de su marido – al cual dudo si incluir o no - sólo han pasado 3 hombres por su cama contándome a mí... Sólo conserva buenos recuerdos de un amante que luego del torpe de su marido supo rendirle los debidos tributos amorosos. Sin embargo Ana estaba muy contenta y muy feliz en este aspecto conmigo, no soy el autor del kamasutra pero me gusta hacer disfrutar a una mujer y me las apaño bien para hacer feliz a mi compañera de cama si me lo propongo.

Yo estaba acostumbrado a mantenerme en lo más profundo y oscuro del armario spanko en mi anterior matrimonio, ya que Amalia era feminista primitiva y el spanking lo podía interpretar, claro está, como una humillación de la mujer frente al varón dominante, etc., etc. y no osé exhibir mis fantasías y anhelos como spanker. Esta actividad solo se había limitado a alguna experiencia esporádica con alguna amante ocasional y en los últimos años al bendito mundo Internet.

En todo caso Ana me aseguraba desde un principio ser muy feliz a mi lado en todos los sentidos.

El problema que nos atenazaba era el comportamiento de las llamadas “niñas” que ya no eran tales. Dos adolescentes muy diferentes entre ellas pero con el denominador común de un padre bastante lelo y todas las tonterías de las chicas ricas de colegio elitista.

Diana es delgada, menuda, morena un tanto anoréxica, reservada, muy secundaria en sus reacciones, ávida lectora, muy técnica para hacer todas sus cosas y con unos hermosos ojos negros misteriosos. Viste como una top model. Es capaz de desplegar frialdad, cinismo y toda la indiferencia que haga falta. Mara en cambio, parece mayor que Diana, es rubia, alta, llena de curvas, extrovertida, deportista, sonriente, desordenada, diabólicamente seductora y muy encantadora.

Estas chicas han crecido en la teoría y práctica de la explotación de la situación de divorcio de los padres sin un límite, salvo algún esporádico bufido de Ana. Yo creo que desde un principio les caí bien a ambas, sin hacer gran cosa para ello pero procurando no hacer nada para caerles mal.

Muy rápidamente en mi nueva familia se fueron estableciendo nuevos equilibrios. Podemos decir que se produjo una reasignación de los papeles de cada uno. Ana aseguraba el altísimo nivel económico y social en el que nos movíamos, yo aportaba la figura del hombre adulto y experto y las chicas estaban a la expectativa. Esta expectativa era muy activa pues en todo momento tanteaban los límites de tolerancia de la nueva pareja, hasta que un día llamaron del colegio que se había montado un tremendo enredo en el cual ambas habían sido sorprendidas fumando porros con otros chicos, con lo que uno de ellos, noviete de Diana, resultó expulsado del colegio por haber traído el hashich. Cuando Ana se enteró se puso como una furia y las castigó sin ir a esquiar dos fines de semana en plena temporada, si bien el castigo les resbaló como tal, ese medio mes fue una etapa insoportable para la convivencia. El castigo fue peor para nosotros que para ellas. Ana sufrió mucho esos fines de semana.

Yo me mantuve al margen hasta que un día Ana me pidió formalmente que tomase cartas en el asunto de la educación de las chicas. Yo que no tuve hijos de mi anterior matrimonio le dije que tenía menos experiencia que ella pero que lo intentaría.

Mantuvimos una conversación de pareja muy seria y Ana, una mujer tan valiente y tan desenvuelta en su trayectoria habitual, estalló en su desesperación e impotencia con estas hijas tan indisciplinadas y me pidió que pusiese orden en la casa. Yo le pregunté por los métodos y hasta dónde quería que llegase. Ella casi me dejó estupefacto cuando me dijo que les diese azotes si no entendían otro lenguaje. A partir de aquí tuvimos una seria conversación familiar que las chicas se tomaron con cierta sorna y displicencia.

Una semana después, un viernes, fueron a la fiesta de una amiga y quedaron en volver sobre las 12 y media o una, a más tardar, pues cual sería nuestra sorpresa cuando ya eran las dos de la mañana y no habían vuelto.

Llamamos a casa de la amiga de Diana y nos comunicaron que la fiesta había terminado hacía rato pero que ellas no habían asistido. Las llamamos mil veces por los teléfonos móviles que ambas poseen, nada, el buzón de voz. Casi a las tres, cuando ya pensábamos llamar a la policía y a todos los hospitales de la ciudad, llegaron con alguna copa de más, muchas risas y en plan burla hacia nosotros.

Ana les dijo que esto no podía ser y que las cosas habían cambiado, la discusión fue subiendo de tono y yo entré con una postura muy inflexible. Les hice ver de una forma muy seria que esto no podía continuar así, que las cosas habían cambiado y les recordé nuestra conversación. Ellas, especialmente Diana, seguían en actitud desafiante, habían estado bebiendo claras con unos amigos y dando unas vueltas en su coche. La discusión fue subiendo de tono hasta que yo les dije:

- Esto se acabó, jovencitas, si no entendéis las cosas como personas adultas las entenderéis como niñas por lo que os voy a dar unos azotes en el culo

Ellas pasaron de la actitud burlona poco a poco primero a la incredulidad y después a la perplejidad. Esto a mí me estaba causando enormes tensiones interiores, ya que por una parte estaba en mi papel de hombre de la casa que ejerce la autoridad que mi esposa Ana me había transferido sobre sus hijas y por otra parte, y vosotros me comprenderéis perfectamente, soy un spanker y esta situación me resultaba excitante, por más que intentase negármelo a mí mismo.

En eso estábamos cuando me encontré con Diana con su corta faldita tendida sobre mis rodillas. No era el momento de echarme atrás, Ana estaba pendiente de mí. Cuando le levanté la falda hasta la cintura protestó muy airadamente y apareció un tanga blanco de una lencería de tal lujo que, una jefa del departamento de estudios del mejor banco del país no podría permitírselo, de todas formas se lo bajé hasta las rodillas dejando al descubierto sus posaderas. Diana imploraba y suplicaba que “eso no” refiriéndose a que la privase de su última protección, pero inevitablemente quedó con su pompis al aire, Ana miraba fascinada pero aprobando con su gesto la escena y en la cara de Mara se reflejaba que la cosa iba en serio.

Comencé a azotar con mi mano, creedme que es pesada, a Diana primero de forma relativamente suave para in crescendo ir aumentando la cadencia e intensidad del castigo, que iba acompañado de duras recriminaciones. Creo que fueron unos 40 o 50 los azotes que le propiné, el hecho es que al principio no quiso demostrar nada pero luego le caían las lágrimas por la cara a medida que sus nalgas enrojecían. Ana le dijo:

- Diana, ahora te quitas la falda y las braguitas y te pones de cara a la pared hasta que Fernando te permita irte a tu habitación

El espectáculo de la soberbia Diana en tacones, con su top de fiesta, sin ropa de cintura para abajo y con el culete enrojecido por el castigo fue verdaderamente digno de verse. La princesita de la casa había sido destronada. Sin embargo algo de sumisión y docilidad comenzaba a verse reflejaba en su nueva actitud.

Luego le tocó el turno a Mara, que como no podía ser de otra forma, intentó negociar que se le dejaran las blancas braguitas de algodón puestas y reducir el número de azotes alegando que no había sido idea suya y que había bebido muy poco.

Mara se resistía como una lagartija y ¡se reía! Y también lloraba. Yo me atrevería a decir que disfrutaba de la azotaina... al final ella misma se quitó la falta y las braguitas y se puso junto a su hermana, con el culete más ostensiblemente enrojecido dada la palidez de su tez.

Así estuvieron hasta las cinco de la mañana. Y esta escena se repitió varias veces pues ellas parecían provocar las situaciones para llegar a este extremo. Pero poco a poco se volvieron más obedientes y mejoraron en todas sus actitudes siendo muy cariñosas con su madre y conmigo también muy apegadas a mi persona.

Poco después, en nuestra casa de la Costa Brava se produjo un incidente nuevo en nuestra particular guerra. En casa estaban como invitados a pasar gran parte del verano David de 15 años, primo hermano de las chicas por parte de padre y Sarai de 17, una bonita chica chilena del colegio compañera de Diana. Los cuatro bajaban casi a diario a la playa y, puesto que las pautas de disciplina habían mejorado espectacularmente, gozaban de la libertad de salir por las noches y llegar más allá de las 2 de la madrugada, siempre y cuanto su madre y yo supiésemos en donde estaban y se llevasen los teléfonos móviles.

Sin embargo, quizás envalentonadas por la presencia de Sarai y David una mañana hicieron algo que tenían absolutamente prohibido, alquilaron motos náuticas. Su madre y yo creemos que son peligrosas y que perturban el medio ambiente rompiendo la paz de la playa con sus excesivos decibelios. Lo que Diana y Mara no pudieron prever es que yo escrutaba con mis poderosos binoculares la playa con fines inconfesables como ver un bonito topless o algún bello trasero apretado por un bikini y me percaté que habían alquilado un par de motos y estaban saltando olas tan contentas.

Cuando volvieron los cuatro para la hora de la comida, las chicas fueron interpeladas y de forma muy descarada Diana contestó con un cierto tono de chulería con las consiguientes risitas de Mara, en apenas un segundo Ana y yo nos miramos y sentimos al unísono que todo esto nos recordaba a épocas superadas y en el instante siguiente decidí actuar tirando por la calle de en medio.

Les espeté,

- Parece que volvemos a las andadas, habíamos quedado que nada de motos náuticas!  Os pensáis que soy tonto ¿o que me chupo el dedo? Ahora os vais a enterar y será aquí, en el jardín delante de vuestro primo y de vuestra amiga que os voy a zurrar en el culo como a unas crías pequeñas

Ellas, protestaron vivamente al ver que yo no me detenía ante nada, ni siquiera en que había dos invitados en la casa que observaban atónitos la escena que se estaba desarrollando.

Esto duró solo unos instantes pues ordené a Diana bajarse el bañador hasta la mitad de los muslos y tenderse sobre mis rodillas. Protestó y se permitió palabras hirientes pero le advertí que todo sería peor si plantaba cara. Finalmente lo hizo y comencé a azotarla con una parsimonia y tranquilidad asombrosa, le obligué a contar los azotes y dar las gracias por cada uno, fueron unos 30. Con el bañador como lo tenía la hice colocarse de espaldas a todos nosotros mirando la zona del parrillero.

De inmediato le tocó el turno a Mara, siempre es más agradable azotar a Mara ya que su culete es redondo, duro y muy blanco. Yo mismo le bajé el bikini aún mojado y procedía a azotarla sistemáticamente. En medio de los azotes les dije a sus invitados que como se pusiesen tontos ellos también cobrarían, que no me costaba nada hablar con sus padres y sugerirlo.

Mara quedó expuesta mientras comíamos al lado de su hermana con el bañador por las rodillas y el trasero tatuado con mis manos.

Ana estaba de buen humor y los chicos invitados no decían ni pío.

A partir de aquí las sesiones de castigo se hicieron más esporádicas y las chicas cada vez fueron siendo más y más dóciles.
 
Muchas cosas cambiaron en nuestra familia. A mí me parecía insólito que un método tan tradicional como los azotes funcionase tan bien en el siglo XXI. Ana comenzó a disfrutar de una placidez y una tranquilidad de espíritu muy grande. Yo sentí que tenía un lugar en mi nueva familia. La armonía y el equilibrio reinan en nuestro hogar.

Mis pulsiones spanko, pese a un cierto conflicto interior, ya que por una parte me excitaba tremendamente azotar a Diana y Mara y me atrevería a decir que era recíproco y por otra estaba cumpliendo mi cometido en el pacto familiar, por lo tanto mis oscuros anhelos se veían canalizadas en una situación socialmente aceptada. Todo eran contradicciones en mi espíritu.

En un momento dado sufrí tanto con estas dudas que incluso, pese a no ser practicante, hablé con un sacerdote amigo de mi familia, un antiguo cura-obrero y misionero, a quien le expliqué la situación y él me dijo que si todos eran más felices, cosa que pudo constatar las veces que vino a comer a casa, y yo había triunfado sobre esos pensamientos con las chicas, esos castigos estaban justificados mientras no se convirtieran en práctica habitual sino excepcional y muy justificada. El buen cura me proporcionó una paz interior que yo necesitaba para dejar de debatirme en mis oscuras tribulaciones, Eso me tranquilizó mucho la conciencia.

Un efecto secundario fue que también mi vida sexual con Ana, que hasta el momento salvo la no práctica del spanking, no se podría calificar como vainilla, mejoró espectacularmente. Y esta es la parte quizás más sorprendente de este relato.

Un buen día en nuestro dormitorio hablando de los castigos que había aplicado a las niñas, como ella insistía en llamar a las mujeres que ya tenía por hijas, me dijo que ella nunca había recibido ese tipo de castigos. Si conocieseis al bueno de su padre lo entenderíais perfectamente. Quien ponía los límites en su casa de pequeña era la madre y por su fuerte carácter y determinación le resultaba innecesario recurrir al castigo físico. Y, Ana me decía que por no haber tenido esas vivencias, que le producía una gran curiosidad vivir la experiencia que había transformado a sus hijas, mientras me lo decía yo casi no me atrevía a respirar. También me dijo que quería vivir lo mismo que sus hijas y que no era por celos que me lo comentaba.

Finalmente se decidió y me preguntó que si yo me atrevería a proporcionarle unos buenos azotes en las nalgas. Yo no daba crédito a lo que oía, pero a pesar de que el corazón me batía al menos al doble de su velocidad de crucero, procuraba aparentar calma. Hasta tuve la sangre fría de hacerme el remolón y que ella – ya muy mimoso – me lo pidiese casi rogándolo.

-Papi, como me decía entre cariñosa y burlona, he sido una niña mala: castígame, porfa!

Cuando por fin accedí, bendita hipocresía, ella tuvo el buen gusto de cambiarse los pantalones que llevaba puestos por una faldita muy corta, creo que también se cambió la ropa interior y se puso un top muy cortito que, gracias a su tipo tan esbelto, podía lucir estupendamente, para secreta envidia de alguna de sus más viperinas amigas.

La coloqué sobre mis rodillas, levanté con una lentitud de ritual primitivo su falda, deslicé sus braguitas blancas hasta abajo del todo y comencé, primero muy suave, a azotar su culete virgen de palmadas. Cuando aceleré los golpes pretendía zafarse e interponía sus manos ente mi poderosa palma y su ya enrojecido trasero, pero yo solo me detendría si escuchaba la palabra “Stop” , que era la que habíamos pactado como medio de seguridad, no haciendo caso ni a sus ruegos ni a su llanto.

El hecho es que le di una buena azotaina y le dejé el culete rojo como un tomate y pensé al ver la reacción cromática que de alguien tuvo que heredar la piel tan blanca Mara. Luego la tendí sobre el secreter en una postura más forzada que separando sus nalgas permitía una visión más íntima de sus encantos más ocultos y reanudé mi tarea de forma constante y sistemática.

Al final, cuando di por acabada la azotaina, ella me dijo que le ardía mucho y si no le aplicaba una crema nutritiva, de esas de 130 euros el bote de 50 gramos que se apilan por docenas en su mesita de noche, cosa que comencé a hacer de inmediato. Le apliqué una generosa ración sobre su delicioso culito colorado que fui extendiendo de forma parsimoniosa por toda la superficie afectada y zonas anexas.

Todo esto tuvo en ella y en mi un efecto afrodisíaco de auténticos megatones de potencia. Tuvimos la mejor sesión de sexo desde que nos conocimos, para mí que hasta entonces me había mantenido frío o cuando mucho tibio, tal vez después de una sesión de azotes con las chicas, fue una excitación que parecía envolverme en todo el calor del trópico para terminar en increíbles explosiones simultáneas de placer. No es que hiciéramos algo especial o que tuviésemos una práctica que antes no hubiésemos tenido, creo que lo habíamos probado en materia de sexo estándar prácticamente todo, lo que ocurrió es como si nuestro motor sexual hubiese pasado de estar alimentado por un par de pilas de 1,5 Volts, todo lo alcalinas que se quiera, a enchufarse directamente a una línea trifásica de 380 V.

A partir de entonces estos juegos, se convirtieron en habituales e incluso añadimos muchos incentivos como el paddle y el cepillo y, más tarde, a través de un club que había en Internet, conocimos a otra pareja muy simpática que alguna vez los practicaba con nosotros. Si bien ahora casi no azotaba nunca a las chicas puesto que su conducta era cada vez más madura y cariñosa con Ana y conmigo, algunas imágenes de los azotes que les había proporcionado se quedaron a vivir para siempre junto a mis fantasmas preferidos. 

FIN

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Rosario

Publicado: 13/11/2005 02:37 por en En Familia

Autor: Jano

(Rams)

Después de consultarme, mis primos, Ana y Juan, me han enviado a su hija Rosarín con el fin de que la enderece. No en vano, saben de mi experiencia, adquirida durante mi estancia en Escocia.

Me refiero al hecho de que, durante cuatro años, trabajé en un exclusivo Centro de los alrededores de Glasgow, especializado en corregir niñas procedentes de familias con un gran poder adquisitivo e incapaces de domeñar a sus hijas por sí mismos; en el citado Centro, pese a la prohibición  reinante en la actualidad de impartir castigos corporales a los alumnos de cualquier Institución de enseñanza, allí, haciendo oídos sordos a la situación legal, se observaba la regla de que la letra,--y las buenas maneras--, con sangre entra. Allí pasé cuatro años como lector,--profesor--, de español y debí, por la norma de la casa, azotar a muchas alumnas con el rigor que se me exigía. Al principio me resultaba extraño y poco ético castigar de aquella forma a las alumnas, hasta que, pasado el tiempo y a la vista de los buenos resultados, que con el tiempo y notable esfuerzo daba el sistema, me integré por entero en las costumbres del Colegio, no siendo el que menos castigaba de todo el claustro; casi me atrevería a decir que, le tomé tal afición y fe, que no pasaba día sin que algunas de mis pupilas pasara por mis manos. Hubo ocasiones en que fueron varias las que sufrieron mis rigores durante la misma jornada escolar.

Confiando en mi experiencia que ya les había contado, mis primos me mandaron a Rosarín para que hiciera con ella lo que creyera oportuno para enderezarla. Se trataba de una niña aparentemente dulce, pero que, a la más mínima ocasión, se desataba en improperios, amenazas y soeces palabras ante cualquier contratiempo que alterara sus pretensiones. En definitiva, se trataba de una niña malcriada, voluntariosa e imposible de tratar. Acostumbrada a salirse con la suya en su casa, cuando se presentó ante mí supuso que podría continuar con sus mañas y me presentó una sonrisa angelical. No me hice ilusiones sabiendo por mis primos sus artimañas  y maniobras para conseguir lo que quería.

Una vez que sus padres se fueron dejándola a mi cuidado, la hice pasar al salón donde le expliqué el régimen de vida que iba a llevar desde ese preciso momento; que si no se ajustaba a las normas que le impondría, su vida no sería un camino de pétalos de rosa. Obediencia ciega, disciplina y buenas maneras, tanto conmigo como con la empleada que nos atendía. En su rostro se pintaba una sonrisa desdeñosa ante mis palabras. Sin hacer caso a su expresión, seguí enumerando sus obligaciones y todas aquellas cosas que no le permitiría hacer o decir.

Previamente a su llegada a mi casa, cuando me fue anunciada su visita, había tomado la precaución de insonorizar la habitación que ocuparía; sus padres pagaron gustosos los gastos cuando les expliqué el motivo de querer hacerlo. Aunque espacioso el piso, estaba rodeado de otras viviendas y, no confiando en las no muy gruesas paredes de la casa, temía que, una vez que comenzara con la clase de castigos que pensaba inflingirla si no se portaba como era debido, trascendería el ruido de los azotes a los demás vecinos con la posibles e indeseables consecuencias.

La acompañé a su dormitorio advirtiéndole, que desde ese preciso momento, sus arraigadas costumbres de rebeldía, había quedado fuera para siempre. Por toda contestación, me lanzó una patada que no impactó entre mis piernas gracias a que tuve tiempo de esquivarla. Al instante, me lancé sobre ella como un ariete y la derribé sobre la cama. Pese a sus pataleos e insultos, le propiné  media docena de azotes sobre la ropa.

En vista de que no paraba en sus acciones y apenas podía sujetarla, me monté a horcajadas sobre sus espaldas; levanté su falda hasta la cintura y seguí azotando sin la más mínima consideración ni prestar oídos a sus protestas cada vez más enérgicas. Sus gritos no conseguían ahogar el sonido de mis manos cayendo sobre sus nalgas; tan fuertes eran. Desde el primer momento, aquella niña tremenda tenía que saber lo que le esperaba; no tendría piedad con ella y debería aprenderlo. Cuando me pareció oportuno, la dejé pataleando y soltando por su boca toda clase de insultos e imprecaciones hacia mi persona, pero con el culo como un tomate. Dado que mi piso estaba a una altura considerable de la calle no tuve el temor de que se escapara una vez que cerré la maciza puerta dotada de una excelente cerradura  incapaz de manipular por su parte. A través de la puerta, le dije que no comería hasta la noche y se perdería la del mediodía. También a través de la puerta, podía escuchar los golpes que daba sobre los muebles: no tenía miedo de que les hiciera el menor daño. Todo lo tenía yo pensado y, a excepción de la cama de hierro anclada al suelo, sólo había una armario enorme de fuerte madera de haya, una mesa de roble y una pesada silla, ambas también ancladas al suelo. De momento, ninguna ropa ni colchón, sábanas u otras cosas susceptibles de romper, había sido puestas en la habitación en previsión de que ocurriera lo que yo me temía y sucedía en ésos momentos.

Al llegar la noche, los ruidos de golpes y gritos habían cesado. Abrí la puerta con sumo cuidado y encontré a Rosarín tumbada sobre el duro somier. Al verme, prorrumpió en insultos y amenazas pueriles. Intentó abalanzarse sobre mí; lo evité y, como en la mañana, la sujeté con fuerza y la derribé sobre la cama. De nuevo a horcajadas sobre ella, volví a levantarle la falda; sacando mi cinturón, me di en descargarlo sobre ella con toda la fuerza de que era capaz, soslayando sus intentos de golpearme y obviando sus insultos y gritos. Durante quince minutos no cesé de golpearla mientras ella se debatía sin éxito bajo mi peso, muy superior al suyo. A medida que transcurría el tiempo y los azotes no disminuían, sus gritos se fueron apagando por puro agotamiento. Cuando cesé el castigo, me levanté y le pregunté con el tono más seco que pude que si quería cenar debería acompañarme en silencio. Asintió levemente con la cabeza y me acompañó sin alterarse. Durante la comida, debí recriminarle varias veces su postura, su forma de comer con la boca abierta; en varios momentos, observé que quería replicar aunque se abstuvo de hacerlo. El hambre la mantenía en estado de una cierta calma; pese a ello, aparentaba estar tensa. Una ve que finalizamos la colación, la acompañé a su dormitorio y le pregunté que si quería que se le pusiera un colchón para poder descansar.

Con los ojos enrojecidos por la ira, me dijo que sí. Llamé a la empleada y se le proveyó de él, sin otra cosa más. Cerré la puerta tras de mí deseándole buenas noches y advirtiéndole que no toleraría más gritos y golpes suyos.

A la mañana siguiente, le pedí a la empleada, Carmen, que le llevara alguna ropa de la que habían traído sus padres para ella y que teníamos guardada a buen recaudo: que la acompañara al baño y la obligara a bañarse o ducharse: como prefiriera, pero sin negarse. En caso de que lo hiciera, debería comunicármelo y yo tomaría las medidas necesarias. Como era de esperar, se negó. Cuando fui informado, me dirigí al cuarto de baño y encontré a Rosarín completamente vestida, con un gesto de obstinación y los brazos cruzados ante el pecho. Le ordené que se desnudara y se metiera en la ducha; también como estaba previsto, se negó. Llamé a Carmen, una buena moza fuerte como un roble y le ordené que la desvistiera. Pese a su negativa, aunque con bastante esfuerzo, consiguió quitarle prenda a prenda toda la ropa en mi presencia.

Quizás debería haberme ido, pero mi deseo de sojuzgarla, humillarla y como medida de precaución por si se le ocurría alguna barbaridad contra Carmen, allí me quedé observando la cara de vergüenza y humillación de la muchacha. Antes de introducirse en la ducha, trató de escapar hacia el pasillo. Me interpuse. La sujeté de un brazo. Desnuda como estaba, estrellé mi mano sobre sus nalgas. Más de veinte azotes necesité para convencerla de que debía hacer caso. La dejé en la ducha al cuidado de Carmen y cerré la puerta del baño.

Pasaron unos pocos días en relativa calma.

Una tarde, durante la comida, dijo con un tono altanero que quería ir al cine para ver una película que anunciaban en la televisión. Al negarme a complacerla puesto que su comportamiento no era el propio de que se le premiara con nada, alzando la voz exigió que cumpliera su deseo. Le recriminé por su tono y volví a negarme. Ante esto, se levantó con gesto airado y arrasó cuanto había sobre la mesa estrellando platos, vasos y comida contra el suelo lanzando insultos a diestro y siniestro.  No me cupo otra solución sino levantarme de la mesa, acercarme a ella y utilizando la fuerza, aplastar su cuerpo sobre mis piernas, levantarle la falda (no se le permitía llevar pantalón), bajarle las pequeñas bragas de algodón hasta las rodillas, tomar una paleta de madera que todavía quedaba sobre la mesa y azotarla con dureza. Pese a sus pataleos, seguí zurrándola sin piedad durante el tiempo suficiente hasta  que ella mostrara cierta calma.

Fueron no menos de treinta golpes los que recibió. Los mofletes de su culo mostraban a las claras los lugares donde había recibido los paletazos y el color que habían adquirido. Cuando cesé el castigo y la solté, se levantó llorando y salió del comedor como una exhalación en dirección a su dormitorio; en el camino, con sus dos manos, se iba frotando las nalgas antes de encerrarse en él.

A medida que pasaban los días, sus explosiones de malhumor y de obstinación, se iban espaciando en el tiempo. No obstante, no pasaba un solo día sin que, por una u otra razón, recibiera varios azotes que iba aceptando de mejor grado. Era tal la cantidad de castigos que recibía que más parecía que se fuera acostumbrando. Sólo una vez más, al cabo de unas semanas, recibió una buena zurra con mano, cinturón y regla que duró más de una hora como consecuencia de una bofetada que le diera a Carmen por no acceder a un capricho suyo. En esa ocasión si que sufrió mi cólera y la pegué sin compasión espaciando los golpes de tanto en tanto para que se recuperara de los anteriores. Mientras descargaba sobre sus nalgas los azotes, no dejaba de recriminarla por su actitud y le vaticinaba numerosas y dolorosas palizas.

Poco a poco, su comportamiento se fue reformando hasta el punto de que, sólo esporádicamente se rebelaba y, por tanto, los castigos se espaciaban.

Cuando llegué al convencimiento de que se había reformado en gran medida, llamé a mis primos para que se la llevaran. Cuando vieron el cambio sufrido por su hija, se llenaron de asombro y de una inmensa alegría diciendo que apenas la reconocían a lo que Rosarín respondía con bajar la cabeza. Me lo agradecieron encarecidamente y, ya que no nos habíamos visto desde que la trajeran, les expliqué todo lo ocurrido a solas en mi despacho, para no hacerlo en presencia de la muchacha. Les sugerí que adoptaran ellos el mismo sistema seguido por mí si no querían que la muchacha volviera por sus fueros. Podía ser un cambio transitorio y habría que llevar con ella la mano levantada en cuanto intentara desmandarse. Así me  prometieron que lo harían a la vista de los buenos resultados obtenidos con  el sistema.

Cuando se fueron, Rosarín me dio un beso con una actitud de lo más modosita y yo me quedé satisfecho de haber recuperado para la sociedad a la pequeña fiera que me habían entregado.

¿He de decir que, en gran medida lamenté no tenerla más tiempo a mi lado para seguir con su educación? Esa muchacha que ya apuntaba maneras y figura de mujer, debo confesar que me había calado hondo. Quizás con más tiempo..........quién sabe…….

F I N

Madrid, 10 de Noviembre de 2005.
JANO.

La sorpresa

Publicado: 03/05/2005 06:06 por en En Familia
Autor: Mkaoss (diciembre de 2002)

Menuda semana he tenido en el trabajo. Esta gente se cree que valemos por cinco, pero después nos pagan por un uno. Menos mal que es viernes y me espera un feliz fin de semana.

Enfilaba ya la autopista metido en el atasco cotidiano y mis preocupaciones laborales iban desapareciendo a medida que me alejaba de mi centro de trabajo. Como si fuera un trasvase mental, a la vez que mi mente se vaciaba de problemas, se iba llenando de proyectos agradables con mi familia: mi mujer y mi hija se encargarían de relajar mi atormentada mente llena de balances, clientes y jefes, por un agradable fin de semana y románticos paseos por el campo.

Mi mujer también estaba ocupada con su trabajo, además de las tareas de la casa, al menos en lo que se llama la intendencia, o sea la organización, ya que el resto, o sea la faena de la compra, el lleva y trae, el sube y baja, era yo el que me ocupaba.

“¡No te preocupes, cariño, que ya lo haré!", decía ella, pero a mí se me iban las manos y terminaba haciéndolo yo, con tal de quitarle la mayor parte de las cargas.

Pero pese a todo, sentía yo desde hacía un tiempo, algún que otro detalle que indicaba que nuestra copa de la felicidad no estaba del todo llena.

“Bueno, todo eso se puede hablar y llegar a un acuerdo" la decía yo cordialmente. “¿O acaso tengo que ser yo el que tenga la última palabra? ¿No somos iguales?...Pues tenemos que decidir entre los dos."

"Somos iguales, pero a mí me gustaría que de vez en cuando fueras más impositivo" se quejaba ella.

"Oye, el que yo crea en la igualdad no significa que sea "blandito". La fuerza está en la razón, y no en la razón de la fuerza" replicaba yo totalmente convencido.

"Hummm!" Mi mujer movía la cabeza como contrariada, como si ahora precisara de una mano más dura.

¡Madre mía! ¿Acaso sería que no se sentía ya segura conmigo?, ¿o es que no la había demostrado ya mis fuertes convicciones y mi firmeza? Las cosas nos iban de maravilla y, sin embargo, yo notaba que la pasión de los primeros años parecía disiparse en la rutina de las obligaciones. ¿Por qué tienen que imponerse las cosas si tan claro está que deben hacerse ?... Cumplimos con nuestros trabajos, con la casa, con el colegio....EL COLEGIO, Ahora que caigo, Susana tiene que traer las notas de este trimestre. Susana es mi hija, una preciosa quinceañera, mujer del siglo XXI, abierta, sociable y solidaria, como la inmensa mayoría de los jóvenes de ahora. Pero, la verdad, es un poco vaga en sus estudios. Eso de estudiar la debe de llevar mucho tiempo, tal vez demasiado. Yo la entiendo, también me quemé yo las pestañas a su edad estudiando la carrera o para el examen de ingreso en mi empresa....y cada día es más duro, más competencia, más requisitos para entrar y más fácil que te echen. Yo lo entiendo...pero, ¡qué caray! lo que haya que hacerse, se debe de hacer, si lo acabo de decir: cumplir con las obligaciones...y ELLA NO CUMPLE.

Ya en los primeros exámenes nos trajo una nota del tutor para que fuéramos a hablar con él. Le dije a Teresa, mi mujer, que cambiara la cita, que tenía una reunión imprevista de trabajo. Imagino que le habrá llamado, aunque no me ha dicho nada.

Bueno, bueno, tranquilo, debes confiar en que lo haya hecho, de otra forma sería un desastre el resultado de Susana.

¡Puf! Menudo tortazo se han metido esos. Con esta caravana de coches, el mínimo frenazo significa un golpe en cadena. Menos mal que ya llego a casa.

Una vez aparcado el coche, no hay sonido más lindo que el de la cerradura de la puerta de tu casa. Un sólo clic, y estás en tu palacio, con reina y princesa dentro. Nada más grande y satisfactorio, mis únicas razones para ser feliz: mi mujer y mi hija, cada una con sus defectos, pero totalmente INSUSTITUIBLES.

“¿Teresa? Ya he llegadooo...." Así, a voz en pecho, que me oigan bien.

Oye, me ha llamado mi amiga Pilar, que me invita a su fiesta de cumpleaños. ¿Verdad que me dejarás ir? “me dijo mi hija.

“Espera, Susana. Antes tienes que decir a tu padre lo que tú ya sabes " dijo mi mujer.

" ¡k.o., mamá, entonces no me dejará ir a la fiesta!”.

“Empecé a mosquearme " Vengo del trabajo reventado y me encuentro a mi mujer y a mi hija enzarzadas en un lío de no sé qué. A ver, ¿quiero saber qué es lo que pasa? “Dije malhumorado.

“Pues lo que pasa es que tu querida hija piensa que las cosas se pueden conseguir sin esfuerzo, y que la vamos a decir que sí a todo lo que nos pida, aunque no cumpla con sus obligaciones " dijo mi mujer de una sentada.

"¡La culpa la tiene mamá por no haber hablado con mi tutor!”

¡LAS NOTAS! ¡Las malditas notas!... ¡El TUTOR! ¡Seguro que no ha llamado al tutor! ¿Será posible? Y todo por dejar libertad: ¡Ajá! ¡Libertad-Responsabilidad-Compromiso! Qué bonito. ¡Me la han jugado otra vez!

“Chillé, tirando el abrigo al sillón " Lo primero tú, Susana. ¿Qué ha pasado con tus notas? "

...Bueno, papá, es que el profesor me tiene manía, y como mamá no ha hablado con él...."

“¡¡¡ ¿O sea, que tampoco tú le has llamado como te dije que hicieras?!!! " ¡Era el colmo!

Balbuceó mi mujer.

“Vale, estupendo. Yo como un incauto confío en que vais a cumplir con vuestras obligaciones y ni tan siquiera eso. Tú, Susana, muchas promesas de estudiar, de portarte bien ¡y la evaluación hecha un desastre! Déjame ir a la fiesta, déjame ir a la fiesta...y luego tú no cumples con lo tuyo. Muy bien. Y para remate mi querida mujercita se olvida de llamar al tutor para cambiar la cita. O sea, que cada una hace lo que le da la gana”

Cada vez estaba más indignado, más encendido, y encima, de sus caras parecían salir estrellitas divertidas. ¡Claro! menudo espectáculo las estaba ofreciendo. ¡ESO! ¡YA ESTA! ¡ESPECTACULO....ESPECTA - CULO! ¡La fórmula mágica! ¡Eso era lo que estaban esperando, eso era lo que me estaban pidiendo desde hacía tiempo...y yo sin darme cuenta!

Que las cosas van a cambiar desde ahora mismo. Se acabó la libertad sin responsabilidad, la diversión sin merecerla, la continua impunidad. Se acabó el AQUÍ NO PASA NADA. ¡Si vosotras no sabéis cumplir los tratos, yo sí que los sé cumplir y os lo voy a demostrar aquí y ahora! "

Entonces cogí una silla y la puse en el centro de la habitación. Me quité la chaqueta y me enrollé las mangas de la camisa. Con toda la serenidad que me fue posible, miré a las dos con firmeza y decisión. Crucé mis brazos por delante del pecho, y las dije: " MIS DOS QUERIDISIMAS MUJERES SE ACABAN DE GANAR LA AZOTAINA DE SU VIDA”.

Me senté en la silla, miré a mi hija Susana y tapeando mis rodillas la dije:

“Tú vas a ser la primera para que después puedas disfrutar caliente la zurra que también voy a dar a tu madre. ¡Ven aquí y túmbate en mis rodillas! "

Susana, atónita, se acercó dubitativa, como si aquello fuera una broma que la estaba gastando. Cuando la tuve a mi alcance, la agarré de su muñeca izquierda y la coloqué boca abajo en mis rodillas. Rectifiqué su posición de tal forma que su cabeza estuviera más baja que su trasero, elevando mi rodilla derecha y así hacerle mucho más prominente.

Afortunadamente llevaba un chándal de tela fina, muy ligero, por lo que sus formas quedaban totalmente definidas y marcadas.

“Susana, hasta este momento creí que te había dado todo lo que necesitabas, pero ahora me doy cuenta que te falta lo más importante. La firmeza, la convicción y el ejemplo práctico del cariño que todo padre debe demostrar a su hija, sobre todo si es tan caprichosa e irresponsable como tú”. Susana permanecía inmóvil en mis rodillas, esperando paralizada la próxima acción.

“Te voy a dar unos buenos azotes en el culo de tal forma que tus ideas sobre la frivolidad de la vida te queden totalmente claras " y diciendo esto, levanté mi brazo derecho por encima de mi hombro, dejando caer mi mano con toda la fuerza que pude sobre su nalga derecha, produciéndose un sonoro PLAS, que nos cogió por sorpresa a los tres por su dureza. Susana dio un respingo, pero no se movió de su sitio. A continuación traté de igual forma su nalga izquierda, continuando con una sucesión de azotes rítmicos y cadenciosos, que pronto empezaron a hacer su efecto en su objetivo, cuando al menos llevaba una docena.

Así continué por unos minutos, pero dándome cuenta de la firmeza de su cuerpo y de lo enfadado que estaba con ella, decidí que el castigo debería ser más profundo, por lo que en un rápido movimiento sobre el elástico de sus pantalones, la dejé con el culo al aire ya que también sus bragas descendieron con él.

Sabía la humillación que eso la produciría y por un momento estuve tentado de parar y razonar con ella su mala conducta, pero hubiera sido mucho peor el que su padre no se atreviera a darle el merecido castigo.
Por eso, la sujeté con más fuerza cuando ella, entre gritos y pataleos por bajarse de mis rodillas, gritaba hecha una furia: " ¡¿Pero qué haces?!

Sujetándola con fuerza con mi mano izquierda, inicié una serie de azotazos sobre su ya caliente y dolorido culo, con tanta fuerza, que a cada golpe mi mano quedaba impresa por unos instantes en su trasero desnudo.

" Creías que no me iba a atrever, eh?” PLAS, PLAS, PLAS " Que no sería capaz de castigarte, eh?” PLAS, PLAS, PLAS " Confundes ( Pas, Plas ) ...libertad con permisividad ( Plas, Plas )... tolerancia( Plas ) con debilidad ( Plas, Plas, Plas, Plas)...pues para que aprendas qué significa educación en libertad ( Plas, Plas, Plas, Plas, Plas ) te enseñaré lo que se gana el no saber aprovechar la suerte de tener un padre como yo. TOMA, TOMA Y TOMA”.

La lluvia de azotes sobre su trasero caía de forma torrencial. Susana se retorcía de un lado a otro y en su intento de liberarse, su trasero subía y bajaba secuencialmente con cada azote. Su natural color blanco se había vuelto rojo brillante y su temperatura había subido considerablemente.

Su madre miraba ensimismada, contemplando cómo mi mano se dedicaba ahora a enrojecer sus muslos, en la zona de flexura donde empiezan las piernas, mientras oía extasiada sus gritos pidiendo clemencia.

" No me pegues más, papáááá....Te prometo que seré buenaaaa....Aaaiiiiggggghh! "

Entonces su madre se acercó y dijo " Ya está bien. No la pegues más, ya tiene bastante ! "

" Hombre!. Ahora preocupada por ella! O mas bien estás preocupada por ti?. No te preocupes, mujer, si me quedan todavía muchos azotes y tú también tendrás tu merecido "

Y levantando a Susana de mis rodillas, la llevé a un rincón de la habitación, mientras la seguía azotando el culo con la otra mano. La coloqué mirando hacia delante y la dije : " Vas a ver ahora cómo castigo a tu madre. Si queríais un padre y un marido autoritario, lo tendréis, ya que habéis tenido la gran suerte que yo también sé ser autoritario. No te pierdas detalle, Susana! "

Mientras volvía a la silla, agarré con fuerza el brazo de mi mujer. " Ay! Me haces daño ! " protestó ella " Y más daño te voy a hacer, pero en otro sitio!. Cuando acabe contigo te darás perfecta cuenta de lo " blandito " que es el marido con el que te has casado "

Me senté en la silla y la tumbé sobre mi rodilla izquierda. De forma inmediata la levanté la falda y la bajé las bragas de un tirón, quitándoselas del todo. Crucé mi pierna derecha sobre las suyas, de tal forma que quedase totalmente inmovilizada, y directamente comencé a darla azotes con toda la fuerza que podía a la vez que la decía : " Te he dado todo lo que he podido. Te he respetado y aguantado todos tus caprichos, pero ha llegado el momento de que entiendas que por encima de todas las cosas está el cumplimiento del deber y mi deber AHORA es ponerte el culo como un tomate ".

A medida que su trasero se calentaba por los azotes, sus esfuerzos por liberarse eran mayores. También la palma de mi mano aquejaba el dolorimiento por la azotaina que había dado a mi hija.

" Toma, Toma y Toma" " Ay, Ay, Ay... No más, ya no puedo más....déjame, por favor...."

" No te dejaré hasta que me asegure que has aprendido bien la lección " y continué azotándola con fuerza alternando uno y otro carrillo de su desnudo culo, y de vez en cuando dejaba caer uno de los fuertes en el mismo centro de su caliente trasero.

Mi mujer, en su doloroso baile producido por los azotes que la estaba dando, se movía con violencia hacia arriba y hacia abajo, mostrando involuntariamente sus partes más íntimas, en un frenético movimiento que se me hacía cada vez más difícil de controlar, no sólo por mi profunda excitación sino por la violencia de la escena.

Había estallado hacía rato en un profundo y lastimero llanto que cortaba su respiración jadeante, mientras era capaz de decir : " Sí...sigue...sigue...lo tengo merecido... lo siento....de verdad que ...lo...siento...

Perdóname..."

Decidí parar a fin de darla un respiro. Yo también estaba muy cansado. Mi hija miraba con profunda excitación la escena, mientras se frotaba sus doloridas nalgas y lloriqueaba a cada golpe que oía , como si ella también estuviera recibiendo el mismo azote.

Por fin liberé a mi mujer de su forzada postura y la puse al lado de Susana. " Ahora quiero que estéis ahí un rato de cara a la pared. Ah! y con las manos en la cabeza. Sin moveros! "

Con disimulo, me fui apesadumbrado. Por un lado estaba excitado sexualmente, pero por otro, chocaba mi forma de pensar sobre que es mejor la convicción que la imposición.

Dios mío, pobre Susana, que sentirá ahora, después de esta humillación! Y mi querida mujer....yo que la he respetado y amado hasta límites insospechados.....Seguro que me abandonará...y tendrá razón. Por maltrato!

Me había metido en un lío! k.o.! Encima eso, yo que respeto la libertad y la individualidad...y van a abandonarme las dos por maltrato. Increíble! ¿ Cómo he podido dejarme llevar por mi enfado?

Pasados unos minutos de profunda meditación por lo sucedido, volví a la habitación donde estaba mi mujer y mi hija, no sin antes recoger de mi maletín los encargos que me habían hecho el día anterior.

Con cara de circunstancia, entré en el cuarto y las encontré a ambas charlando animadamente, a pesar que seguían desnudas de cintura para abajo.

Cuando me vieron se colocaron rápidamente de cara a la pared.

" Lo sentimos papá, de verdad que sentimos haberte enojado tanto " dijeron las dos a la vez.

" Sabéis que yo os quiero.........BUF!......Toma, Susana, lo que ayer me pediste que te comprara " y la entregué su paquete. Acobardado, le di a mi mujer el suyo, susurrándola al oído : " Siento haberte pegado así...yo te amo! "

" Viva! Gracias, papá!. Es justo el que yo quería! " y rápidamente fue a enseñárselo a su madre.

Se trataba de un precioso cepillo de pelo, de madera noble, de color natural, delicadamente pulido de forma manual. Su tacto hacía estremecer la sensación de la mano que lo tocara.

" Qué suerte tienes, Susana! Menudo padre te ha tocado! " dijo mi mujer con profundo sentimiento. " Pues mira lo que me ha traído a mí, lo que también le pedí ! " Mi mujer me había pedido un frasco de crema hidratante, de las que se utilizan para poner suave la piel, a la vez que la nutre aportándola las sustancias necesarias para su regeneración y tersura.

Ambas corrieron a abrazarme y a besarme, y entre lloriqueos y te quieros, mi mujer dijo en voz alta :

" ¿ Qué tal Susana si dejamos que papá pruebe ese precioso cepillo en nosotras y después tú y yo probamos esta crema hidratante? ¿ Lo harías por nosotras, por favor, querido ? ".

Sobrinita

Publicado: 01/05/2005 23:05 por en En Familia
m/f cinturón

Autor: Jano

Cuando abrió la puerta de la habitación,su sobrina Circe, sin más ropa que una exigua camiseta que apenas le cubría la cintura y dejando a la vista su culo, moreno por el sol, amplio y respingón que mostraba sin tener conciencia de su presencia. Le sorprendió lo que estaba haciendo: montada a horcajadas sobre el brazo del sillón , se movía adelante y atrás frotándose sobre él, con un movimiento que no dejaba lugar a dudas sobre su intención.

Excitado por el espectáculo y a la vez irritado por tan desvergonzada actitud, airadamente se dirigió a la jovencísima Circe exigiéndole que parara. Ella pareció no oírle y siguió con el vaivén. En vista de que no le hacía caso,
él, bruscamente, sacó rápidamente su cinturón que chasqueó en el aire y, sin explicaciones ni avisos, lo abatió sobre las expuestas nalgas, dejando rojas señales alargadas sobre ellas.

Ella, al primer cintazo, trató de eludir el castigo sin éxito. La mano de su tío la sujetó fuertemente al sillón; mientras, no cesaba de descargar un latigazo tras otro sobre aquel corazón de sandía en que se estaba convirtiendo el culo de
la joven.

El cinturón cruzaba el aire con un silbido amenazador antes de estrellarse ora sobre un lado, ora sobre el otro, alternando.

Las protestas y gritos de Adela fueron dando lugar a suaves gemidos cada vez que el cinturón hacía impacto en sus carnes.

Aparentemente, con la intención de evadirse del castigo,su cuerpo volvió a moverse de forma convulsiva de atrás hacia adelante frotando su entrepierna contra el brazo del sillón. Al observar aquella maniobra, su tío aumentó la fuerza y frecuencia de los azotes, ante lo cual, ella, por toda respuesta, incrementó la velocidad de sus movimientos.

La escena pareció quedar suspendida en el tiempo.

El tío, más excitado que enfadado con ella, sin embargo, no paraba de descargar golpes sobre aquél culo al que no dejaba de mirar como hipnotizado.

En tanto, Circe se aferraba al brazo del sillón, incluso con las uñas clavadas en él sin dejar de frotarse. El resto del cuerpo subía y bajaba al ritmo de los azotes.

Ninguno de los dos parecía prestar atención al tiempo transcurrido desde que empezara el castigo.

Repentinamente, ella cayó desplomada sobre el sillón. Asustado, su tío dejó de golpear pensando que se habría desmayado; cuando intentó levantarla, Adela se le abrazó con fuera al cuello mientras le besaba apasionadamente en los labios.

Lo que sucedió a continuación, pertenece a la intimidad de sobrina y tío.

Aquello fué "El Comienzo de una "Gran Amistad" (Casablanca)

JANO."

Juan Carlos

Publicado: 20/04/2005 03:48 por en En Familia
m/f cinturón

Autora: Mayte Riemens

Mis hermanos y yo estábamos jugando en el jardín con los hijos de los amigos de mis padres. Los adultos estaban adentro en la sobremesa de la comida de cumpleaños de papá.

¡Qué mal me caía Juan Carlos, el hijo del socio de mi papá! Era un niño mimado que se sentía adorado por todo el mundo, creía merecérselo todo y se la pasaba presumiendo todo lo que sus papás le compraban, sus viajes a Estados Unidos y los muchos juguetes caros que tenía. Tenía un año más que yo y estábamos juntos en la escuela.

Las niñas estábamos jugando a saltar el resorte y los niños bobeaban por ahí haciendo no sé qué, pero corrían a nuestro alrededor y, guiados por el antipático de Juan Carlos, cada vez que pasaban atrás de nosotras, alguno de ellos estiraba lo más que podía el resorte que Marisa y yo sosteníamos con las piernas. Después, lo soltaban dándonos un doloroso resortazo. Mis amigas y yo gritábamos furiosas, pero ellos continuaban con su tonto juego.

Pero yo no estaba de humor para aguantar sus tonterías y menos para permitir que Juan Carlos se diera el lujo de darme de resortazos sólo para divertirse, así es que, en una de las tantas ocasiones en que pasó a mi lado para jugarme la “bromita”, me giré hacia él y le di un golpe con el puño en la cara. No se lo esperaba, perdió el equilibrio y se fue de espaldas sobre el pasto. Aproveché mi pequeño triunfo para zafarme del resorte y me fui sobre él a golpes. Las niñas gritaban a mí alrededor animándome a seguir golpeándolo, los niños se burlaban de él con la cantaleta de “te está ganando una niña” y mi hermano trataba de controlarme, pensando seguramente en que mi conducta tendría graves consecuencias cuando papá se enterara. A mí nada me importaba, me estaba vengando de esa trastada y de otras muchas que Juan Carlos me había hecho, él no se defendía, sólo gritaba y, tapándose la cara, recibía los golpes que le daba en donde cayeran, con la palma de mi mano abierta.

La gritería debió haber llegado hasta la casa y los adultos no tardaron en salir al jardín a averiguar qué pasaba. No oí a mi padre cuando me llamó furioso, tan concentrada y emocionada estaba golpeando al niño antipático. Sentí su mano que me aferraba con fuerza del brazo y me hacía retroceder, dejando a Juan Carlos tirado en el pasto, llorando y gritando como si de verdad lo hubiera lastimado. Vi que su mamá corría a abrazarlo como si fuera un bebé, no pude ver más. Sentí una nalgada fortísima y una sacudida que me hizo reaccionar.

-¡Pero qué está pasando contigo, jovencita! – papá estaba furioso, me tomó de los hombros y me obligó a mirarlo. Yo comencé a llorar.

- ¡El empezó papito! ¡Te lo juro!
- ¡Eso no justifica que te comportes así! ¡El es tu invitado! ¡Estoy avergonzado de ti!
- ¡Papito, él me pegó primero! – traté de explicar, pero papá estaba tan enojado que no quería escucharme
- ¡¿Cómo se te ocurre irte a golpes sobre alguien?! ¡Como si fueras una niña de la calle sin educación!
- ¡Perdón papito! – dije llorando aterrada de la posibilidad de que me nalgueara ahí mismo frente a todo el mundo
- Vete inmediatamente a mi despacho, vamos a resolver esto ahora mismo
- Sí papi – murmuré y me eché a correr hacia la casa, sabía que me iba a pegar, ya era ganancia que no lo hubiera hecho enfrente de todos, pero si tardaba en obedecer podía cambiar de opinión. El se quedó en el jardín hablando con los papás de Juan Carlos, ofreciéndoles disculpas, supongo yo.


En el despacho, me desplomé sobre el sofá y empecé a llorar. Tenía mucho miedo y mucha más vergüenza porque papá me había regañado enfrente de toda esa gente, porque todos se iban a enterar de que papá me iba a pegar, el despacho estaba a un lado de la sala, todo lo que sucedía ahí se escuchaba en la otra habitación, así es que hasta el idiota de Juan Carlos iba a escuchar cómo me castigaban. Papá tardaba tanto que me dio tiempo de tranquilizarme y de volverme a poner nerviosa, escuché cómo los adultos volvían a entrar a la casa y se sentaban en la sala a continuar con sus pláticas, oí la voz de papá que sonaba alegre y amable, muy diferente a como yo la acababa de escuchar en el jardín, también escuché a Juan Carlos aún gimoteando, y a su mamá que continuaba consolándolo con un tono de voz que mi mamá sólo empleaba con mis primos pequeños. Imaginarme la escena me dio asco: Juan Carlos era un ridículo, chiqueado y estúpido. Después de todo, no me arrepentía de haberlo golpeado, aunque yo iba acabar llorando mucho más que él y los golpes que yo recibiría serían verdaderamente dolorosos.
Pensaba eso cuando me sobresaltó el ruido de la puerta. Me levanté como un resorte del sofá y miré muy asustada a mi papá.

- ¡Papito... déjame que te explique, por favor!
- No hay nada que explicar, jovencita. No hay ninguna razón para actuar como lo hiciste y lo que necesitas es un buen escarmiento que te recuerde que eres una niña educada y no un pandillero de la calle. – se llevó las manos al cinturón y yo, por supuesto, empecé a llorar desesperada
- ¡No, papito! ¡Por favor! ¡Con el cinturón, no! ¡No lo vuelvo a hacer, papito! ¡Perdóname!
- No lo vas a volver a hacer, Mayte, de eso yo me encargo. Ven acá – me ordenó con el cinturón doblado a la mitad en la mano derecha.
- ¡No papi! ¡Por favor!
- ¡Basta ya! ¡Obedéceme! – su tono de voz fue tan duro que preferí no resistirme más para no empeorar mi situación. Me acerqué a él lentamente, me tomó del brazo y entonces me hizo girar y apoyarme sobre su muslo que descansaba sobre el escritorio. Oí silbar el cinturón en el aire y entonces sentí el primer azote. Aullé de dolor y empecé a sollozar con fuerza, segundos después otro silbido y nuevamente el dolor como de una quemada, otro más y me cubrí el trasero con la mano.
- ¡Por favor, duele mucho!
- Quita la mano inmediatamente, Mara Teresa – me ordenó muy severo. Gemí y obedecí con un nuevo sollozo, entonces sentí que papá deslizaba mis pantalones cortos y después mis calzones hasta mis rodillas
- ¡No papi! ¡Te lo ruego!
- Tú lo has querido así, señorita – me mantuve quieta y entonces comenzó otra vez el castigo. Con la piel desnuda los azotes dolían muchísimo más, ardían y me dejaban una sensación de mucho calor, como si me hubiera quemado. No me resistí más, aunque el dolor de los azotes me hacía retorcerme y levantar mis piernas, frotar una contra la otra y saltar un poco a cada cinturonzazo. Después de varios azotes, no pude evitar suplicar que se detuviera, pues el dolor acumulado ya era excesivo.
- ¡Ya no, papito! ¡Por favor! ¡Ya no! ¡No lo vuelvo a hacer!

Con cada cinturonzazo aullé y sollocé con todas mis fuerzas, además de los gritos suplicando que se detuviera, los cuales seguramente se podían escuchar perfectamente en la sala, en donde se encontraban los amigos de papá y el odioso de Juan Carlos. Por supuesto que, mientras duró el castigo, eso fue en lo último en lo que pensé, pero en cuanto papá terminó de azotarme, la idea me vino a la mente y desee que me tragara la tierra.

- Ya puedes levantarte.

Obedecí y aproveché para frotarme el trasero que me ardía muchísimo. Miré a papá suplicante, pero no me atreví a decirle nada.

- Vístete y párate en ese rincón, de cara a la pared, no quiero que te muevas de ahí hasta que yo venga a buscarte ¿me oyes?
- Sí, papito – murmuré y me dirigí hacia el rincón que me señalaba.

Papá salió del despacho y yo me quedé ahí, frente a mi rincón, con el trasero adolorido, llorando y muerta del coraje, pensando en lo divertido que debía estar Juan Carlos sabiendo que mi papá me había azotado. En aquel largo tiempo imaginé la respuesta que tendría preparada cuando el estúpido niño se burlara de mí el lunes en la escuela... a mí me había pegado mi papá, no una niña más chica que yo.

Después tuve tiempo de reflexionar en lo que había hecho, que era lo que se suponía que debía hacer mientras estaba en el rincón. No me arrepentía de haberle pegado a Juan Carlos, se la había ganado, pero de plano me equivoqué al hacerlo en mi propia casa, en medio de una fiesta de mis padres, entendía que papá se hubiera enojado tanto, ¡la vergüenza que debió haber pasado con su amigo, el papá de Juan Carlos! No volvería a hacerlo, bueno, a menos que el estúpido me provocara, pero al menos, no lo volvería a hacer nunca en mi casa. Había corrido el riesgo de que papá me castigara frente a todos mis amigos y frente a mi enemigo, eso hubiera sido doblemente vergonzoso, además de la vergüenza que le había provocado a papá.

Ya estaba muy cansada, pasaba el peso de mi cuerpo de un pie al otro y estiraba mi espalda hacia atrás, tratando de aliviar el cansancio. El trasero aún me dolía, pero comenzaba a pasarse la sensación de ardor. Oí que los adultos comenzaban a despedirse, que mamá y papá los acompañaban a la puerta... Un rato después, oí que a mis espaldas se abría la puerta. Reacomodé mi postura rápidamente.

- Ven aquí, Mayte – me llamó papá. Yo, lentamente, me giré para mirarlo. Se estaba sentando en el sofá. Me acerqué despacio, mirándolo avergonzada y con un poco de miedo. Me detuve frente a él.
- Mayte... espero que estés arrepentida de lo que hiciste – me dijo amablemente. Debí haber contestado que sí lo estaba, pero no pude mentir, guardé silencio y bajé la cabeza
- ¿Eso quiere decir que no estás arrepentida? – me preguntó seriamente. Lo miré temerosa
- Papi... es que... Juan Carlos es un pesado, es grosero, chiqueado y se la pasa molestándonos... yo... ¡te juro que no voy a volverlo a hacer, papito, pero...!
- ¿No estás arrepentida? – la pregunta me escalofrió, ¿y si volvía a castigarme por no estarlo? Pero ya no era momento de mentir, podía ser peor.
- Estoy arrepentida de haberte hecho enfadar, papito, de haber echado a perder tu comida, de haberte hecho pasar una vergüenza así con tus amigos...
- Pero no de haberle pegado a Juan Carlos – completó él. Volví a mirarlo, estaba asustada pero, aunque hubiera querido, ya no podía echar marcha atrás.
- No, papito, de eso no. – Murmuré con la cabeza baja - El se lo merecía
- ¿Y crees que tú eres la indicada para tratar de educar a Juan Carlos?
- No papito, pero... es que nadie le dice nada. Su papá no lo regañó por habernos dado de resortazos a Marisa y a mí ¿o si? – pregunté arrepentida de lo que acababa de decir, a papá podía parecerle una insolencia.
- Eso no debe importarte a ti, Mayte. El hecho de que él sea un malcriado no te da derecho a serlo tú también
- Lo sé, papito. Perdóname – respondí bajando la mirada
- Está bien, Mayte. He de reconocer que tienes razón, Juan Carlos es un niño muy mal educado, a mi también me dan ganas de darle unos azotes, pero la educación consiste precisamente en controlarnos cuando alguien nos saca de quicio, no puedes ir por la vida golpeando a todo aquel que te caiga mal, y sobre todo, no debes perder de vista que hoy tú eras la anfitriona y quedaste realmente mal dando esa escena.
- Eso lo sé, papito. ¿Me puedes perdonar? Te prometo que no lo vuelvo a hacer.
- Claro que puedo perdonarte, Mayte – me ofreció los brazos abiertos y yo me lancé dentro de ellos. Permanecí en sus brazos un largo rato besándolo, recibiendo sus besos y caricias y escuchando lo que parecía una confidencia: él tampoco soportaba a Juan Carlos y también creía que era un chiqueado, grosero, ridículo...

Después de todo, no me había ido tan mal.

Agosto 79