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Relatos de azotes

Una tarde diferente

Autora: Su

A mí nunca me habían azotado. La verdad es que ni se me había pasado por la mente que algo así pudiera ocurrir, hasta hace dos años.

Llevaba un tiempo separada, sin saber ni querer saber nada de relaciones, pero conocí a un hombre por el que me sentía muy atraída y, aunque estaba casado, iniciamos un romance divertido y gratificante a todos los niveles. Teníamos buen sexo, nos reíamos muchísimo y, aunque sus circunstancias personales nos obligaban a vernos a escondidas, en el campo, en el coche, hoteles... en líneas generales, todo iba fenomenal.

A veces discutíamos por pequeñas cosas, (nada de importancia), pero los enfados nos duraban el tiempo justo para querer reconciliarnos. Las reconciliaciones son geniales. Sin embargo, hubo una discusión diferente, muy dura. Si os digo la verdad, ni recuerdo la razón.

Fui a su local (tenía una tienda de ropa) empezamos a hablar y de repente todo se fue torciendo hasta que terminamos tan enfadados, que le dejé con la palabra en la boca y me dirigí a la puerta. Me dijo que volviese, que no habíamos terminado de hablar, le dije que no me daba la gana y que me iba, pero no me dejó. Sentí su mano grande y fuerte en mi brazo. Después de cerrar con llave la tienda, me arrastró literalmente hasta la trastienda, se sentó en una silla y me puso sobre sus rodillas. Yo estaba aturdida... Todo iba rapidísimo. Me levantó la falda hasta la cintura, me bajó las bragas y comenzó a azotarme con su mano gigante y potente con tanta fuerza, que creía que me iba a desmayar.

¡Madre mía! Qué cosas le dije. Chillaba y pataleaba para que me soltase, pero él me sujetaba firmemente con un brazo y con la otra  mano seguía golpeando mis nalgas mientras me decía que me estuviese quieta. Me ardía el trasero y estaba furiosa, pero me di cuenta de que también estaba excitada. Él también lo notó. Me tocó y al ver que estaba completamente mojada, dejó de azotarme, me incorporó y me quitó la camiseta y el sujetador.

-¿Te excita el dolor?

 Yo no contesté. Me daba muchísima vergüenza aquella situación tan rara. Entonces me pellizcó con fuerza los pezones.

Nunca lo había hecho tan bruscamente. Siempre me había besado los pechos con dulzura pero realmente aquella tarde estaba llena de novedades. Volvió a hacerlo. Retorció mis pezones, los estiró, apretó mis pechos hasta hacerme llorar. Lamió mis lágrimas y siguió pellizcando hasta que  empecé a sentir un placer tan extraño e intenso, que me rendí a sus maniobras.

Salimos de la trastienda, me inclinó sobre el mostrador, con el culo  en pompa y comenzó a azotarme de nuevo con una mano mientras pellizcaba mis pezones con la otra. Veíamos a la gente pasar por la calle y aunque dentro estaba todo oscuro y no nos veía nadie, daba la sensación de que teníamos público para aquella sesión de sexo tan peculiar. Me dijo que me inclinara más y que me masturbara. Yo creía que iba a reventar de placer, pero aun quedaba la puntilla. En aquella posición en la que estábamos, él detrás de mí, yo completamente expuesta y sometida, se bajó los pantalones y me penetró por detrás con todas sus fuerzas.

Estábamos en otro grado de conciencia, como en un torbellino de sensaciones tremendas que no te dejan parar y que te obligan a querer más y más, hasta que te desmadejas. Así acabamos los dos... Completamente desmadejados, jadeantes y agotados.

Era tarde. Me iba a lavar y a vestir para volver a casa pero él hizo algo sorprendente. Guardó mi ropa en una bolsa. Solo me dejó las medias y las botas puestas. No me dejó ir al baño. Tomó mi abrigo, cogió unas tijeras y le cortó los bolsillos sonriendo maliciosamente.

Yo no entendía nada. Luego me lo tendió y me ayudó a ponérmelo sin nada debajo. Él se vistió, se puso su cazadora, cogió la bolsa con mi ropa y me indicó que saliésemos a la calle así. Me quería morir. En contra de lo que yo creía, no subimos a su coche para ir a casa.

Así como estaba, desnuda bajo el abrigo, me invitó a tomar algo en el café moro de la esquina, lleno de hombres hasta arriba. Me daba la  sensación de que todo el mundo me miraba. Pasamos al fondo, justo a la esquina de la barra. Metió su mano en mi  bolsillo cortado y empezó a tocarme. La humedad me invadía. Luego pasó su mano sobre mi nalga colorada y ardiente y la pellizcó. Yo  tenía que disimular mientras me tomaba el café.

Volvió a poner su mano entre mis piernas, a acariciarme distraídamente. Yo apretaba las rodillas. "Abre". Fue un susurro, pero era una orden. Obedecí. Delante de todos aquellos hombres, sin que ellos se diesen cuenta,  tuve un orgasmo brutal, silencioso y excitante, sabiéndome como me sabía completamente desnuda bajo aquel abrigo que no tenía más sujeción que un cinturón anudado. Pagamos y me llevó a casa.

-Ven así a la tienda mañana, sin ropa bajo el abrigo. Te devolveré la tuya. Cuando llegues, pasa directamente a la trastienda. Te estaré  esperando en la silla. No digas nada. Solo inclínate sobre mis rodillas para recibir lo que te mereces.

Lo hice... Y desde ese día, durante los dos años siguientes, me  convertí en su esclava sexual, en su spankee particular. Nada le negué. Cada cosa que me sugirió, que me pidió, que me ordenó, la  cumplí con diligencia suprema. Eso no me libró de las nalgadas.  Tampoco pretendía librarme de ellas. Eran parte de mi placer privado.

Hace un par de meses que la relación terminó. Extraño todo lo que hacía con él, la sumisión, la entrega, el placer del dolor... Sin duda, aquella tarde peculiar, él abrió para mí, caminos  extraordinarios.

-FIN-

Parece mentira pero todo se dió así...

Autora: Roxana

Parece mentira pero todo se dio así, jamás ni en mis más exagerados sueños lo había imaginado así, pero, para no dejar de sorprenderme a mi misma la vida, me regaló estos momentos maravillosos.

Estaba charlando con alguien como de costumbre en el Chat del grupo, cuando de pronto entro una invitación de alguien totalmente desconocido para mí y como siempre, jamás rechazo a nadie, le di entrada a mis contactos, nunca me imagine que de esa forma le estaba dando entrada a mi vida.

Era viernes en la noche, y empezamos a charlar, se presentó haciendo referencia a algo que conocía de mí por el tablón, y así se dio el primer contacto, me contó de él, le conté de mí y todo se volvió tan natural que parecíamos viejos amigos con un café de por medio.

El estaba afuera de la Ciudad, se había ido a levantar un antiguo depto, en el que había vivido con su ex pareja y un hijito de seis años, estaría allí hasta el lunes a la noche, ya que el martes muy temprano tenia que trabajar.

Charlamos el viernes, charlamos el sábado, charlamos el domingo y charlamos el lunes.

Yo vivo en las afueras de la Capital Federal y ese fin de semana me había quedado en lo de mi vieja, incluido el lunes...no sé por qué.

Fueron tres días de charlas mágicas, casi sin querer cada uno sabia todo del otro. El aparte de ser profesional es escultor, me habló de eso con tanta pasión, que cuando me mostró sus esculturas en Internet, lo representaban tal y como el se había descrito. Me fascinó, me deslumbró, me atrapó su historia, su honestidad, su cinismo, su desvergüenza, su forma desapasionada de escucharme, de reconocerme.

De entrada me propuso que nos conociéramos enseguida, y yo acepte que a su vuelta tuviéramos un encuentro, un café, una charla y lo que la piel dijera...

Sólo tenía que esperar hasta que volviera y veríamos...

Pero de golpe en la charla del lunes a la tarde, llega la primera propuesta loca, descabellada, en mi cuadro de diálogo apareció lo siguiente: "...llego a las cinco de la mañana a la estación de tren, te animás a ir a esperarme? tengo hasta las nueve de la mañana para tomar mate con vos en mi consultorio, vos traes los bizcochitos de grasa..."

Quede pasmada del otro lado de la pantalla, lo primero que pensé fue: "...este tipo esta reloco!!!!! A las cinco de la mañana en la estación del tren?????? ...pero que lindo seria no????...me gustaría?...sí, claro que me gustaría!!!!... pero como hago? ...planto todo y me voy y listo?...pero es una locura...yo estoy totalmente locaaaaaaaaaaaaaaa...

Entonces con el temor de cerrar la posiblidad de verlo le dije que me dejara ver como arreglaba y que le mandaba un mensajito de texto.

Y asi quedamos, él con la esperanza de un encuentro espontáneo y tempranero y yo con la preocupación y las ganas de hacer algo loco por primera vez en toda mi vida.

Pero la verdad era que ya antes de cerrar el cuadro de diálogo y despedirme, ya había tomado la decisión de ir, tenía que ir, me moría de ganas de ir.

En medio de ese torbellino de ideas contrapuestas sobre lo que debía hacer  y lo que quería hacer realmente, me volví a mi casa, y actué de madre normal y responsable y reservé un remis para las cuatro de la mañana, no sin antes haberle avisados a mis hijos que saldría muy temprano a hacer un trámite urgente.

Decidí no dormir, para no perderme ni por casualidad la aventura que tenía por delante, pero en la hora y media final me venció el cansancio de la espera, y casi, casi el remis se va sin mí, así que el encuentro tan esperado comenzó con mil contratiempos ya que mi pelo era un nido de caranchos, mi cara daba espanto y la ropa apenas era la que yo quería ya que en el apuro me puso lo primero que tuve a mano.

Ya en el remis y por la autopista a esa hora de la madrugada, llegue a la estación en media hora, solo me faltaban conseguir los bizcochitos con grasa, pero por suerte las panaderías de la estación están abiertas toda la noche.

Eran las cinco y el tren llegaba  a las cinco y veinte, todavía y ya con los bizcochos en mis manos tenia veinte minutos de interminable espera; entonces camine por el hall central sin rumbo fijo con la esperanza de que el tiempo pasará más rápido, me imagine una y mil veces el encuentro, él me había dicho "esperame al lado de la reja, que ahí tengo que verte seguro..." No conocía mi cara más que por la fotito miniatura del MSN

Y yo solo conocía apenas su perfil por una foto no muy clara de su blog de las esculturas en la que se lo ve trabajando casi de espaldas.

El se había descrito como un señor grande de 53 años, con algo de pancita y por su foto se notaba rubio y más bien alto y grandote. Me había avisado que viajaba con unos jeans negros y una campera igual y yo le había contado la ropa que llevaba puesta en el momento de la charla por el chat, sin contar con la posibilidad del cambio de ropa final que pude hacer al volver a casa.

En medio de la espera y mis desvaríos decidí ir al baño antes de que llegara el tren y cuando volví, pucha!!!! ya había entrado el tren al anden y había gente saliendo, me paré igual en la reja del anden doce, "el último del costado más cerca de la avenida" tal como me había dicho. Miraba desesperada a mí alrededor y solo veía un señor rubio y con anteojos parado un poco mas lejos de la entrada donde yo estaba, no podía ser él!!!!!!, era tan distinto a lo que yo buscaba!, no definitivamente no podía ser él!, Sin embargo ese señor que también miraba sorprendido y con dudas tenia puesto unos jeans, que ya no era negro, pero que lo había sido y una campera igual de gastada pero casi negra también, tenia que ser ÉL.

Yo lo había imaginado grande de edad y de aspecto, circunspecto, con un  tipo froidiano indiscutible, pero ese no era él, El que estaba allí parado era un tipo joven, buen mozo, alto, muy alto, desaliñado y tan pero tan lejos de Freud que no cabía en lo imaginado.

De golpe desde la reja donde yo seguía parada inmóvil, lo volví a mirar y me fui acercando y le pregunté ¿licenciado?, Su sonrisa y su sorpresa hablaban claramente de su sensación hacia mí, yo tampoco era lo que él se había imaginado, yo tampoco cuadraba en la persona que él estaba esperando y buscando hacia unos minutos.

Lo primero que me dijo después de darme un cálido beso en la boca fue, "...no pensé que eras tan petisa..." ja ja ja qué expresión poco feliz, pensé que me moría, sólo quería desaparecer de ahí, realmente al lado de él mi metro cincuenta y tres daba lástima, pero enseguida, y como queriendo reparar ese error dijo "...qué fuerte que estás, pareces más joven de lo que decías y tu altura esta perfecta para manipularte mejor...ja ja ja", ya eso fue un gran alivio.

Inmediatamente y como si eso fuera lo normal de todos los martes de nuestra vida a las cinco y media de la madrugada me pidió que llevara una bolsa que había traído y me indico el camino hacia la parada del "bondi" que nos iba a llevar hasta su consultorio, lugar prometido para el desayuno con mate y bizcochitos.

Como era una noche destinada a las sorpresas, al llegar al consultorio continuó mi asombro al descubrir que era el lugar más raro y más especial que había conocido en mi vida.

Primero estuvimos en su consultorio y ya allí el primer contacto fue rápido y contundente, me abarcó entre su inmenso cuerpo en un abrazo apretado, me tocó, sopesó y palpó bien el motivo de su deseo, mis nalgas, y me dió un beso cálido y profundo y ronroneo como un gato, cosa que después descubrí que hace permanentemente cuando en cada encuentro comienza el contacto de nuestra piel y nuestras bocas. De golpe paró y me dijo: "vamos a la cocina o jamás vamos a tomar mate..."

En esos pocos minutos confirme lo que ya había descubierto sobre él, era un hombre brillante, de pensar abierto y sin tapujos, un anarquista sin ley ni religión, sin límites ni fronteras, un cínico, irónico y dulcísimo varón.

Entonces me llevó hasta la cocina recorriendo todo el lugar, donde había oficinas con recovecos raros por todos lados, en el camino descubrí una valiosísima biblioteca apilada en el piso de un espacio que hay en el fondo, entonces me contó que el lugar que funcionaba como biblioteca junto agua y humedad por lo cual decidieron salvar los libros de una muerte segura y había preferido ese desorden a su desaparición paulatina por ahogo.

Ya con la pavita caliente y el mate nos encerramos en su consultorio  y tomamos dos mates cada uno con apenas un bizcocho, ya que era mucho más el apuro por tocarnos y descubrirnos que el hambre, la sed o la necesidad de justificar la excusa de ese primer encuentro.

Desde que apoyó el mate en el piso,  dijo "...basta de esto..." y se trasladó del sillón al diván, pasaron apenas unos segundos en los que no medio palabra, solo hizo un ademán, palmeando los almohadones, indicándome donde ponerme. Él ya estaba sentado cómodamente con la espalda apoyada en la pared y sus piernas estiradas, listas para recibirme. Me indico sin preámbulos que me tumbara allí boca abajo y comenzó a casi suavemente a palmear mis nalgas sobre el vestido solero, que al final había sido mi atuendo de esa madrugada.

Me sorprendió este comienzo, no hubo búsqueda de motivos, no hubo preparativos ni acuerdos previos, ni retos, ni nada, solo una tácita y muda promesa de placer mutuo y una expectante sensación de no ser ya necesarias las palabras.

No gritó, no habló, no sugirió, no preguntó, solo indicó con pequeños gestos y ademanes y eso alcanzó para quedar atrapada, subyugada y casi hipnotizada bajo su poder.

Me nalgueó durante un rato boca abajo sobre sus rodillas, me subió el vestido y siguió con las nalgadas un rato más sobre la bombacha y sobre la cola limpia, luego ya me indicó sacarme el vestido y volver a mi posición, siguió pegando cada vez más fuerte, sin pausa y sin prisa, sobre todo sin prisa.

Para mí esa era como la primera vez, el rito visto tantas veces e imaginado por siempre, se cumplía   en cada paso y mis sentimientos eran cada vez más contradictorios. Cada azote dolía y cada vez dolían mássssssssssss, no puedo decir que me gustará ese dolor, no me excitaba, casi no me producían nada de todo lo imaginado, solo dolía, pero al mismo tiempo me encantaba estar allí, tumbada y bajo el poder su poder y en cada chirlo solo sentía el contacto de su mano en mi piel, y eso si me excitaba, me gustaba, me volvía loca.

De golpe paró y se levantó a buscar algo que tenía guardado en un armario, un implemento muy raro, nunca descrito en ningún blog, en ningún artículo, en ningún lugar. Era algo de plástico alargado, más ancho en la punta y más finito atrás, era plano, raro, cuando le pregunté qué era se tomó el tiempo para mostrármelo y describirlo y por su cara de picardía me di cuenta que a le gustaba mucho usarlo, y  enseguida se dedicó a hacérmelo sentir.

Guauuuuuuuuuuuu era tan chiquito y dolía tanto, me daba golpecitos cortos y firmes, rápidos y ordenados, parecía que estaba armando una figura sobre mi piel y cuando e dije esto le hizo mucha gracia, se estaba entreteniendo mucho, jaaaaaaaaaaa.

De golpe terminó, me acarició mucho, me dejó descansar, me mimó, siempre boca abajo sobre sus piernas y con la cara sobre el diván, yo solo lo dejaba hacer.

Pasados unos minutos me hizo parar y solo me dijo, "...vení..." me llevó hasta un sillón  metálico de un cuerpo, sobre el que yo había estado sentada tomando mate, y me hizo reclinarme sobre él, yo no discutí, solo con cierto desazón le pregunte tímidamente si seguiría entonces dijo:"... si, es necesario, pero no te preocupes no te voy a lastimar..." no sé porque confié en esa media sonrisa burlona que no se le borraba de la cara desde que habíamos llegado, pero así fue.

Estando en la posición indicada y de espaldas a él solo escuche un sonido con el que había fantaseado durante años, el ruido de cuero deslizándose por entre las presillas de un pantalón, al darme vuelta asustada la imagen que me encontré se me quedo grabada para siempre, tanto que cada vez que rememoro esa mañana y al volverlo a ver acomodando el cinturón entre sus manos detrás de mí, me sigo humedeciendo.

La verdad es que tuve miedo y se lo di a entender, pero él ya no dio explicaciones, solo tiró el primer cintazo sobre mi cola, fue duro, muy duroooooooooo, dolió, doliooooooooo mucho, pero resistí sin chistar. El segundo pegó con tal intensidad que la punta se adhirió a mi costado derecho dejando un surco de fuego, ahí me quejé y me retorcí y se dio cuenta que había sido muy fuerte, espero a que se me pasara un poco y aplicó dos mas, menos intensos pero igual de dolorosos, creo que había decidido que para ser la primera vez ya era suficiente y con toda la calidez de que es capaz, luego de la fortaleza con que aplica sus golpes, me llevó hasta el diván y me hizo el amor en un millón de formas y posturas distintas, cuidando y gozando de mi cuerpo, hasta quedar agotados los dos total y plenamente.

Ya era hora de comenzar a trabajar, hacia rato que había amanecido y ninguno de los dos se había dado cuenta, afuera era un día espléndido, pero nunca tan maravilloso como el que había amanecido allí adentro.

La despedida fue tan natural como el encuentro, se cambió ahí conmigo mientras yo me vestía también y de golpe apareció disfrazado de licenciado, que buen mozo que estaba por Dios, me acompañó hasta el "bondi" y me despidió con un abierto y tierno beso solo diciéndome "...hasta luego..."

FIN

El recuerdo de una noche

Autor: CARS 

No puedo dejar de sonreír al mirar a mi alrededor, estas paredes fueron testigo de uno de los momentos más cruciales de mi vida, y al mirar hoy a mi alrededor con la perspectiva que da la luz del día, llego a la conclusión de que tal vez mi vida pueda tomar un rumbo distinto. Las últimas frases que escribí anoche en mi ordenador aun están ahí, como testigos de los sentimientos que las provocaron, desafiando a todos y a nadie al mismo tiempo.            

Las leo y cierro los ojos, intentando ver en mi interior si algo es hoy diferente a quien era hace unas horas; “Querido diario, -escribí- hoy a sido un día horrible, uno de eso días que quisiera borrar. Ahora tengo esa extraña sensación de pesar, unas ganas de llorar que como tantas y tantas veces se quedarán solo en eso: en ganas. Es en momentos como este, querido diario en los que me gustaría poder contarle a alguien mis más secretas necesidades. Tener una esposa, novia o amiga a quién decirle lo que necesito y que de su mano encontrara yo esa calma que ansío. Cada día en los chat, o en alguna revista leo de personas, que como yo necesitan una vía de escape, un bálsamo y que lo encuentran al llegar a casa. Yo por el contrario solo hallo soledad. Les envido. No me avergüenza decirlo. Envidio cuando pueden tumbarse en los regazos de una mujer a la que le importan y reciben de su mano ese bálsamo que sana su alma. Envidio cada azote que reciben seguramente porque yo necesito también ser castigado para despojarme de esta sensación que aún necesitando el desahogo de las lágrimas no encuentro las fuerzas para llorar. Si alguien pudiera leer esto, sin duda pensaría que estoy loco. Que necesito ir al loquero por desear que una mujer me azote. Pero que más da, primero porque nadie va a leerlo, y segundo porque no me importa lo que puedan pensar los que señalan con el dedo sin ponerse en el lugar del otro. ¡Estoy divagando! En resumen, desde mi adolescencia cuando descubrí la sensación de los azotes por primera vez de mano de mi segunda novia  y la aceleración del corazón provocada por la emoción, y la excitación de esa mezcla de dolor y caricias; desde ese día, entregarme de esa formar confiando plenamente en la otra persona, a supuesto una fuente de suma felicidad y estabilidad. Por eso ahora, cuando lo único que me espera en casa es la soledad, siento ese gran vacío, y en días como hoy ese vacío se torna en pesar…”           

Fue lo último que escribí, después unos asuntos llamaron mi atención y se me olvidó por completo, mientras que el pequeño cursor seguía en su continúo parpadeo junto a estas palabras.           

Poco a poco el personal se fue marchando, y yo me quedé en la oficina repasando unos documentos. No tenía prisa en marcharme. Sólo un par de personas permanecían aun allí.                        

-Permiso. –La voz Esther me hizo levantar la cabeza, ella era una de las dos jefas de ventas que tenía en mi empresa.- Jefe, ¿puedo dejarle el móvil aquí, un segundo? Voy a cambiarme por que hoy me voy a cenar con Jorge y su novia.                       

-Por supuesto. –Respondí.- ¿Esperas una llamada?                        

-Seguro que me llama mi novio, si lo hace, puede decirle que ya me ido y que me he olvidado el móvil aquí.                       

-¡Descuida! La miré mientras se alejaba en dirección a los vestuarios, el eco de sus zapatos de tacón se hicieron más y más lejanos. Apenas habían transcurrido veinte minutos cuando regreso. Llevaba una minifalda vaquera que dejaban al descubierto sus largas piernas. Normalmente se había llevaba el pelo largo, pero ahora lucía su cabello negro suelto, y su cabellera caía por las espalda. Aquella blusa dejaba ver un generoso escote, y al darse la vuelta puede comprobar que también dejaba al descubierto una gran parte de su espalda. No llevaba medias, y completaba su atuendo unas zapatillas de lona amarrilla a juego con el cinto de la minifalda y suela de esparto. Llevaba el talón al descubierto, pese a que el calzado permita que lo cubriera, por lo que al andar emitía un sonido peculiar.             -¿Ha llamado alguien?           

-Tú novio. Le dije lo que acordamos y parece que se quedo tranquilo. ¿Va todo bien?           

-Sí, no te preocupes. Solo es que necesito un poco de espacio.            

-Pasarlo bien. –Le respondí sin darle mucha importancia al comentario.-           

-Jefe. –Me dijo desde la puerta.- Porque no viene a cenar con nosotros.-            

-Venga anímese. -Son a su espalda,  Jorge asomaba la cabeza sonriendo.-           

-No chicos, -Les respondí.- Ir vosotros. Otro día.           

-¿Seguro? –Indagó ella.-           

-Si, marcharos o no vais a encontrar nada abierto.

El sonido de sus pasos se hizo más lejano. Después regreso el silencio. Un último ruido al cerrarse la puerta y después el silencio. Me recline en el asiento y miré al techo durante unos minutos. Busqué la ventana de mi diario en el ordenador, y durante unos segundos sentí el deseo de continuar escribiendo, pero aquellas palabras me parecían tan deprimentes, que opte por seguir trabajando. Tras treinta minutos de números y más números me levante, cogí mi chaqueta me dirigí hacía la puerta. Había recorrido la mitad de la distancia que me separaba de la salida, cuando las sombras se movieron a mi derecha.           

-¿Ya vas a reunirte con tu soledad? –Sonó tras de mi.-            

-¿Quién eres? Me giré, de las sombras salió una figura que se fue haciendo cada vez más visible. La luz de mi despacho le daba en la espalda, por lo que su rostro quedo en la penumbra. Lentamente me acerque.           

-¡Esther! Que haces aquí. Se te ha olvido algo.           

-No, Javi.  –Me respondió mientras se acercaba hacia mi con pasos lentos.- Yo hace horas que me fui. ¿No recuerdas?           

-Ya, muy graciosa, menudo susto me has dado. –Respondí quitándole hierro al asunto.-Esther se acercó a mí, puso un dedo en mis labios indicándome que guardara silencio y después tomó la chaqueta de mi brazo y la dejó en una mesa. Lentamente acercó su cara a la mía. Pude sentí su aliento mientras que se acercaba para susurrarme al oído. Su pelo me produjo un leve cosquilleo al roce con mi piel. Y el aroma de su perfume entraba en mis pulmones con cada respiración.           

-¡No estoy aquí! Y mañana tal vez pienses que es un sueño, pero hoy llenaré ese vacío que te aprisiona el pecho. –me susurró.-           

-Yo no sé qué decir Esther.            

-No tienes que decir nada.

Sus palabras fueron seguidas de movimientos lentos que le conducían hacia mi despacho. Levemente tiró de mí, y yo le seguí. No sabía exactamente en qué momento tomó mi mano, pero ahora podía sentir su tacto, la calidez y suavidad de su mano. En aquellos momentos nada a mi alrededor existía. El suelo se me antojaba movedizo. Al entrar la luz golpeó mis ojos y temí que al abrirlos ella se hubiera desvanecido, pero no. Seguía allí cerrando la puerta detrás de nosotros. Se giró y me sonrió. Era una sonrisa distinta, era de complicidad, de cercanía.  

Esther acercó sus labios a los míos y dejó un tenue beso, después se sentó en mi butaca, estiró la mano y yo, como si una fuerza imantada me atrajera, me acerqué a ella. Aquella mujer a la que creía conocer y que hoy se me presentaba distinta y misteriosa me sujetó la mano y empujó el asiento hacia atrás hasta que tocó el respaldo en la pared. Después abrió las piernas, y ante mi sorpresa que iba en aumento, me hizo inclinar sobre su pierna derecha. Tuve que apoyarme con las manos en el suelo para no caerme. La miré, en el momento sentí un enjambre de mariposas en mi estómago, estaba emocionado a la par que un poco confundido. Esther pasó su pierna izquierda sobre las mías, levantó un poco la pierna derecha apoyando el talón en la pata de la silla. Desde mi posición, podía ver su pie, apoyado sobre sus dedos y los dobleces que se producían en la lona de la zapatilla. Aquella visión aumentó mi excitación. Sentí sus manos sobre mi trasero.  – ¿Estas cómodo?- me preguntó. Yo asentí sin apenas mirarla.

Un mar de emociones se encontraba arremetiendo todo mi ser. Por un lado me sentía excitado por la situación, ansioso por que los acontecimientos se precipitasen, y temeroso de que todo fuera un sueño del que despertaría de un momento a otro. Además, me sentía bastante avergonzado, estaba allí, sobre el regazo de una de mis empleadas sin saber muy bien cómo había ocurrido aquello.

Los primeros azotes hicieron que abandonara cualquier pensamiento. La tela de mis pantalones hacía que el sonido fuera opaco, y el dolor no hiciera su aparición de forma brusca. Esther no imprimía una fuerza excesiva, pero lo contrarrestaba con gran constancia. Los minutos pasaban y ella no cesaba de golpear una y otra vez mis nalgas. Lo hacia en series de diez. Jugaba con el ritmo, unas veces eran rápidos y seguidos sin apenas pausa. Sistemáticamente cada centímetro de mi trasero recibió una gran cantidad de azotes. El calor de mis nalgas inflamó mi entrepierna, por no decir que el dolor se hizo persistente. Ella era concienzuda y seguía azotando mi trasero una y otra vez.

Apenas si hablamos durante el castigo; yo apreté los dientes para no emitir los quejidos que nacían provocados por la prolongada azotaina que estaba recibiendo. Tras un tiempo bastante largo que no soy capaz de precisar, se detuvo. Su mano acarició mi trasero. La excitación se apoderó por completo de mí. Hice ademán de incorporarme, pero no me lo permitió. Presionó mi espalda indicándome que permaneciera como estaba. Noté que la presión de su pierna izquierda disminuía durante unos instantes, y después el dolor de mi trasero se incrementó con aquel azote. La miré asombrado mientras levantaba nuevamente la mano armada con la zapatilla. Me sonrió y guiño un ojo. Después bajé la cabeza a la espera del nuevo azote que no tardó en llegar. Nuevamente se dedicó a conciencia, y no dejaba un solo lugar por azotar, desde la parte alta de los muslos hasta el final de mi trasero. Unas tímidas lágrimas llegaron a mis ojos justo en el momento en que los azotes cesaron, note como ponía la zapatilla sobre mi espalda y comenzaba a darme un masaje en mi dolorido trasero.            

-Levántate nene. –Me indicó con total familiaridad.- ¿Estás bien? –Sus manos acariciaron mis mejillas.- Toma aguántala hasta que te la vuelva a pedir. Esther puso la zapatilla en mi mano, y me sonrió mientras que comenzaba a desabrocharme el cinturón. Me sentía en medio de una nube, y rezando para que no desapareciera. Tímidamente intente ayudarla con lo que hacía, pero una fuerte palmada en mi mano me indicó que no deseaba mi ayuda para bajarme los pantalones.

La hebilla hizo un leve sonido metálico cuando toco el suelo, y una refrescante sensación de frescura recorrió mis piernas. Sus manos palparon mis nalgas, que desprendían un considerable calor. Ella tiró de mi slip, por primera vez sentí el tacto de su piel sobre las nalgas. Después sus manos pasaron tímidamente por el sexo, que se encontraba a punto de estallar. La miré buscando en ella una pista de lo que seguiría a continuación. El corazón me latía a mil por hora.

Esther se palmeó las piernas, yo la miré dudando y ella tiró de mí hasta que nuevamente me encontré sobre su regazo. Volvió a levantar una rodilla dejando mi trasero un poco levantado. Entonces me di cuenta. Ahora estaba sobre sus dos piernas, y mi pene se había acomodado entre sus calidos muslos. Aquella sensación casi consigue que explotase.

–Si te corres antes de que te de permiso, desapareceré para siempre.-

Su tono al advertirme de aquello estaba cargado de seriedad, por lo que hice todo lo posible por controlar mis deseos. Su mano volvió a masajear mis nalgas, hasta que los azotes se reanudaron. Esta vez el dolor fue mucho más intenso su mano impactaba una y otra vez sin que hubiera nada que amortiguara los golpes. Tras casi veinte minutos se detuvo. Su mano acarició la zona golpeada, y después estiró el brazo con la mano abierta delante de mi cara. Yo comprendí en el momento lo que quería, pero permanecí inmóvil, sus dedos se movieron nerviosamente mientras que una docena de azotes enérgicos y fuertes  cayeron sobre mis nalgas. -¿Hay que pedírtelo todo hablando nene?- Me dijo levantando la voz. Yo negué con la cabeza, y le entregue nuevamente la zapatilla.

Esther metió una mano por debajo de la camisa y subió por mi espalda hasta llegar al cuello. Cerré los ojos para acentuar aquella sensación, que pronto se mezclo con el dolor de los azotes que comenzaron a llover sobre mi trasero. Tras la primera docena las lágrimas ya no se pudieron contener, y rompí en un llano infantil. Ella golpeó con más fuerza, mientras yo me movía sobre su regazo intentando inútilmente evitar el castigo. El dolor fue aumentando así como mi llanto. Y con él, aquel extraño peso que me aprisionaba el pecho se fue desvaneciendo. Cuando Esther dejó caer la zapatilla al suelo, mi trasero estaba completamente rojo, amoratado en algunos sitios, y el dolor recorría todo mi ser como un fuego purificador.

Poco a poco me fui deslizando hasta el suelo, quedando abrazado a sus piernas. Lentamente recosté mi cabeza en su regazo y seguí llorando mientras que ella acariciaba mi cabeza. Mis lágrimas mojaron su piel, ella levantó mi barbilla.            

-¿Mejor? –Me susurró regalándome una sonrisa. Yo asentí.- ¡Llora nene!

Volví a recostar mi cabeza en su regazo, ella también se reclino en el sillón mientras sus dedos jugueteaban en mi pelo. Suavemente comencé a sentir que su pie rozaba mi sexo. La excitación estaba en su punto más álgido, entre el castigo recibido y el tacto de su pie en mi pene, estaba apunto de enloquecer. El llanto se tornó sollozo, y el sollozo suspiros, hasta que solo quedó el tacto de su piel en mi mejilla, y la oleada de sensaciones que emergían de mi sexo -¿Puedo? -Susurré tímidamente.- -Si. -Me respondió.-            

Tras unos pocos minutos más, explote mientras besaba sus muslos empapados por mis lágrimas. Ambos nos miramos y descubrimos un brillo en la mirada que nos acercaría mucho más.                       

-¿Por qué…? –le pregunté mientras me vestía.-                       

-Esta tarde, cuando entre a recoger unos papeles a tu despacho, leí lo que escribías en tu diario. –Me explicó.- Sé que es privado, pero lo tenías abierto en la pantalla y me pudo la curiosidad. Tras leerlo –continuó diciendo- sentí los deseos de llenar al menos esta noche el vacío que sentías.

Estaban dando las dos de la mañana en el reloj de la iglesia cuando llegué a casa. El sueño me asaltó en medio del recuerdo de las experiencias vividas. Hoy solo espero volver a verla. No sé si se volverá a repetir una noche como la pasada, pero pase lo que pase, el recuerdo de ella me acompañará toda la vida. Aunque espero que esto solo sea el principio de otras muchas noches en las que explorar ese maravilloso mundo de los erotismo y los azotes.                                   

CARS  

La primera vez de Julia

 Autor: Spanker Látigo 

Sábado de esa semana 3.05 a.m.: 

Era de noche, el viento soplaba con intensidad, las calles lucían frías y casi desiertas. Pasaban de las tres de la mañana cuando Julia entraba al garaje a su edificio en auto. A través del ventanal que permitía divisar toda la planta baja, se veía al portero pesadamente dormido sobre su silla. 

Desde su auto, con su llave, Julia abrió la puerta levadiza del  garaje. Al traspasarla observó por su espejo retrovisor como la puerta se cerraba atrás de ella. Todo era quietud y penumbra.  

Estacionó lentamente su auto entre una columna y otro auto. Con paso inseguro empezó a recorrer los varios metros que la separaban de las puertas del ascensor. El silencio era absoluto, sus pasos retumbaban sin interferencia contra las paredes de hormigón. 

Algo nerviosa por la soledad del garaje Julia apretaba y apretaba en forma insistente el botón del elevador. Mientras esperaba recorría con su vista los autos estacionados en fila y las columnas grises que se repetían cada tres autos, todo tenuemente iluminado por focos de luz muy separados entre sí. Solo percibía quietud, silencio y su respiración un tanto agitada. El ascensor no llegaba y como rompiendo a su ansiedad tomó en forma repentina su celular y marcó una de sus memorias. Una distante voz femenina contestó:  

-Julia, bebé, ¿qué pasó ?-Ivonne ¿llegaste a tu casa?-No, todavía no. Estoy llegando.

-Estoy nerviosa. ¿Estás seguro que todo va a estar bien ?

-Julia, quedate tranquila, que todo está bien. Una locura la tiene cualquiera. Además Roberto no llega hasta mañana del interior... Imposible que se entere. Bueno corazón, estoy llegando a casa. Mañana hablamos. Te llamo. Besote.

-Hola, hola... (ya había cortado). 

El ascensor abrió sus puertas iluminando escasamente más allá de su marco. Julia entró, y apretó el  8 del panel digital. Durante el trayecto Julia se miraba en el espejo de ascensor y nerviosamente se acomodaba el pelo y su ropa. 

Al llegar abrió su cartera y revolviendo encontró las llaves. El pulso le temblaba un poco, pero no lo suficiente como para demorar de forma perceptible la apertura de la puerta de su apartamento. 

Cerró la puerta y suspiró. “Estoy en casa”. No prendió ninguna luz. La oscuridad la relajaba. Conociendo de memoria la ubicación de todos los muebles dejó su cartera y tapado sobre una silla del comedor. 

Caminó hasta la heladera y la abrió para tomar una botella plástica de agua mineral. La luz de la heladera arrojaba una suave penumbra que se diluía rápidamente por la blancura de la cocina. 

La respiración de Julia se cortó. Sus latidos se aceleraron en un instante al doble. La voz no le salía de la garganta. Un contorno masculino se recortaba nítidamente en la cocina. El fuerte sobresalto era por lo inesperado, no por el desconocimiento. En una exhalación Julia pudo pronunciar su nombre: “¡Roberto!” 

*     *     *    * 

Parada descalza en medio del dormitorio estaba Julia. Además de sus prendas más íntimas pudo mantener puesto su bucito de lana de manga muy larga que solo le llegaba a la cintura. 

El amplio dormitorio de Julia y Roberto estaba en sombras, salvo por un spot de intensidad  regulable que proyectaba un foco relativamente tenue, frente al espejo de la habitación. Bajo este haz de luz amarillento, Julia permanecía tímidamente de pie, con las rodillas casi tocándose, y el dedo gordo de un pie acariciando nerviosamente al otro. 

-Por favor Roberto ¿Por qué me estás haciendo esto? 

No hubo respuesta, solo silencio... Apenas se veía la silueta de Roberto, sentado en un sofá con las piernas cruzadas.  

-Roberto, por favor... estoy asustada. ¿Por qué me tenés aquí parada? Yo te puedo contar todo.  

 Roberto se paró y empezó a recorrer la habitación hasta detenerse atrás de ella. Julia sintió en su piel cuando Roberto enganchó sus dedos en el elástico de sus bragas. Quedó paralizada. En un movimiento firme se las bajó hasta las rodillas. Julia se estremeció, quedando sorprendida e íntimamente expuesta. 

-Empezá a decirme que fue lo que pasó esta noche Julia.

-No sé por donde empezar.

-Empezá por el principio. 

Julia suspiró, mientras hacía un esfuerzo por contener el llanto. Después de una larga pausa y viendo que no le quedaban muchas alternativas empezó a hablar...  

Miércoles de esa semana, 11 a.m.

Julia estaba en el juzgado sentada revisando unos expedientes. Otra mujer de muy similar edad se le aproximó con una sonrisa que parecía no caberle en el rostro. 

-¡Julia! ¿sos vos? (emocionada)

-¡Ivonne! Julia se paró y las dos mujeres se confundieron en un largo y afectuoso abrazo, para después intercambiarse prolongados besos en sus respectivas mejillas. 

-Julia, estás igual que siempre. Cuántos años.

-Vos también Ivonne. ¡Tenés el pelo corto ahora! Te queda bárbaro.

-Te recibiste por lo que veo (Julia sonrió)

-Por lo que veo vos también. (Ivonne sonrojada le devolvió la sonrisa)

-Julia, no puede ser que haya pasado tanto tiempo y no nos hayamos seguido viendo. Tenemos que recuperar el tiempo perdido ¡ya!  Vamos a tomar un café ¿Podés?

-¡Siiiii, vamos! En 5 minutos termino acá y vamos. 

*     *     *    * 

Desde el ventanal del Café Brasilero se veía pasar a  la gente muy abrigada por la calle Ituzaingó. El mozo se acercaba a la mesa de Julia e Ivonne con dos tazas humeantes de café con leche y dos porciones de torta. 

Con espontánea sinceridad y fluidez las dos viejas amigas empezaron a ponerse al día con sus respectivas vidas.

-¡Cuántos años Julia! Desde facultad que no nos vemos. Todavía tengo fotos de aquellos años. ¿Te acordás cuando militábamos en la federación de estudiantes..? ¿Te acordás Julia cuando nos fuimos de camping a Santa Teresa con toda la barra? ¿Que pasó con Roberto?

-(Julia sonrió) Vivimos juntos desde hace años.

-¡No te puedo creer ! Qué maravilla 10 años después y siguen juntos. Me alegro mucho. (El rostro de Julia adquirió cierto tono de preocupación.)

-No te alegres tanto, desde hace casi un año que no andamos muy bien. Los dos trabajamos mucho. Estamos distantes, con problemas de comunicación. Él tiene que ir muy seguido al interior y vuelve siempre tarde y cansado... Parece que siempre su atención está en otras cosas menos en mí.

-¡Bebé! tranquila, estás cosas pasan. Son rachas. Estamos en una edad de mucha entrega a nuestras profesiones.

-Sí, lo sé, pero me gustaría que estuviera un poco más arriba mío, que me cuidara un poco más. Que me dedicara más tiempo.

-Julia, hay momentos en que hay que revelarse contra la rutina, hay  que hacer algo distinto, algo que sorprenda y que encienda nuevamente la llama de la pasión.

-(Con ironía Julia pregunta) ¿Tenés alguna idea? Porque te juro que nada me viene funcionado con Roberto. Ivonne se rió muy expresivamente, y en forma solidaria le tomó la mano a Julia sobre la mesa. 

-Algo se me va a ocurrir (y le sonrió con mucha ternura a Julia)

-Bueno Ivonne, basta de hablar de mí. Hablame de vos.

-Tantas cosas. Estoy trabajando mucho yo también. ¿Sabés por lo que me dio? En mi tiempo libre, estoy en un taller de teatro aprendiendo arte dramático y psicodrama. No sabés el efecto que eso está teniendo en mí. Aprendí a verme, a verbalizar mis emociones, a manejar mucho mejor mi entorno afectivo.

-Ivonne, no puede ser que haya pasado tanto tiempo sin que nos hayamos visto. Dame tu celular.

-... y vos el tuyo. Ambas mujeres sacaron sus celulares y mutuamente se incluyeron en las memorias de los mismos.  Entre las dos se volvió a producir esa conexión íntima y mágica de antaño. Otra hora más de conversación fluyó casi sin que ambas se dieran cuenta. 

*     *     *    * 

Sábado de esa semana, 3:45 am

Julia permanecía bajo la tenue iluminación del spot. Sin levantar el tono pero con firmeza Roberto cuestionó:

-¿Qué más  pasó?

-Nada, me llamó el jueves y hoy fuimos junta a cenar.-

Julia... tu memoria necesita un poco de ayuda... y  pienso dársela.

-Roberto fuimos a tomar un vinito con unas tapas y ¡eso fue todo! 

Desde la penumbra Roberto se paró otra vez atrás de Julia, y le susurró en el oído: “Hubo más.” La tomó del brazo, y empezó a arrastrarla hasta la cama. Julia con sus bragas a la altura de las rodillas,  ensayaba una inútil resistencia, hundiendo sus talones en la moquete del dormitorio. No demoró mucho en terminar sobre las rodillas de Roberto. “ ¡No, no, no, no, Roberto! ¡Por favor!”. 

Roberto sosteniéndola de la cintura la puso en posición para recibir. Julia, incrédula de lo que está sucediendo yacía boca abajo sometida ante él. Ensayaba algunos leves pataleos nerviosos, que no hacían más que anunciar el inevitable destino. La pesada mano de Roberto cayó en el cenit de la cola de Julia, dejando una estela de ardor. Las posaderas de Julia se sacudieron, y un envolvente y seductor sonido de piel contra piel pareció envolverlos a ambos. Su mente tardó unos instantes en reaccionar para después emitir un muy sentido: “¡Aaaayyy Roberto!”. No demoraron en llegar más. Las nalgas de Julia empezaron a estar bajo un asedio permanente de fuertes palmadas.

-¡Ay, uy, ay, mmmmfff, Roberto basta! aaay, Roberto por favor ¡aaay!  Uy... 

Roberto no paraba de nalguear a Julia y ella no paraba de suplicar. En forma rítmica y sostenida por cerca de 15 minutos el ritual continuó.  

-Roberto.... aaayyy...  Roberto ¡por favor ! uuuy.... Mi cola ya es un fuego. Uuuy.

-¿Que fue lo que pasó Julia?

-Roberto, uuuuyyy. Por favor Roberto. ¡Por favor! me arde mucho.... I

mpotente y sin poder resistirse Julia sentía como el calor que se estaba produciendo en su cola se disipaba hasta el último de sus poros. Sus caderas hacían un leve movimiento pendular que lejos de evitar las nalgadas, en algunos casos las hacía más fuertes. -Aaay, por favor, por favor pará. Voy a contarte todo no sigas, por favor.-Escucho. Con su cola mostrando un amplio abanico de matices de rojo, Julia permanecía tendida boca abajo sobre las piernas de Roberto. Necesitaba una pausa. No quería demorar mucho por temor a que las palmadas empezaran de nuevo...  

*     *     *    *

Jueves de esa semana, 4:45 p.m. 

Julia estaba en el estudio, sentada en su PC terminando de redactar un oficio. En ese momento suena su celular. Ve por el captor que es Ivonne. 

-¡Ivonne! Que alegría saber que no tuvieron que pasar otros 10 años. (risas)

-¡Hola Julia! Escuchame, desde que nos encontramos ayer no pude dejar de pensar en reunirnos otra vez. Qué te parece si este viernes de noche salimos juntas. Julia tuvo algún instante de duda, para luego decir: 

-Roberto está en el interior, así que claro que acepto.-¡Esa es mi Julia!-A  las 10 de la noche, nos encontramos. Hay para un restaurante que se llama “Rueda”, está en Mignones y Joaquín Nuñes. ¿Lo conocés?

-Si lo conozco ¡me encanta! 

-Bien, no encontramos allí. Tengo muchas ganas de que vengas. Beso, hasta mañana.

-Beso para vos también Ivonne. Ambas cortaron. Le resultaba tan extraño encontrarse otra vez después de tantos años con su compañera de estudio tan querida. En su alma se alojaba la inexplicable sensación de estar por emprender un viaje hacia lo desconocido, lo cual por un lado la hacía temer, pero por otro no podía dejar de ir a su encuentro.  

*     *     *    * 

Viernes de esa semana 10:05 p.m. 

Era una fría y ventosa noche de viernes. Gracias a que un auto salía dejando el lugar libre Julia pudo aprovechar para estacionar muy cerca de la puerta del Restaurante al que se dirigían. El lugar presentaba el perfecto equilibrio entre decoración, iluminación y buen gusto. Lo primero que Julia divisó fue la barra, donde solo había un par de hombres de traje tomando un trago y conversando. 

Desde un apartado, una inconfundible mano quería llamar su atención. A Julia se le iluminó la cara con una sonrisa. 

-¡Hola Ivonne!

-¡Julia!  Qué suerte que llegaste. 

Ivonne se paró y ambas se abrazaron y besaron afectuosamente. Julia se sacó su tapado, y lo acomodó al lado del de Ivonne. Con elocuente naturalidad ambas mujeres se sentaron frente a frente. 

La alquimia instantánea que se produjo le provocó a Julia un cierto arrepentimiento por haber dejado pasar tanto tiempo. A pesar de que tenía otras amigas muy cercanas, con Ivonne sentía que existía una conexión muy espontánea y desprejuiciada. Ninguna acaparaba del todo la conversación: Las sonrisas, los gestos de asombro y las risas se intercalaban con los vasos de buen vino y los variados bocaditos servidos en bandeja de fino aspecto. 

El tiempo pasaba más allá de la percepción de ambas mujeres. La bebida obraba como perfecto catalizador para que la conversación se pusiera cada vez más íntima. 

-¿Por qué te divorciaste Ivonne? Digo... de veras, ¿qué fue lo que falló? 

Ivonne bebió lo que le quedaba de vino en la copa. Tomó la botella y volvió a llenar ambos copas. 

-Omar es un muy buen tipo. Buen padre, buena persona. Julia, yo siempre fui muy independiente, económicamente hablando, afectivamente hablando, y de todas las formas posibles de imaginar. Esto nunca fue un problema para él

-Pero ¿y entonces?

-En algún punto tuve la necesidad incontrolable de que me pusiera algunos límites, sin sacarme libertad, pero que me marcara la cancha.

-¿Marcarte la cancha? (Ivonne se sonrojó)

-¡Sí! es difícil de explicar lo que necesitaba...

-Sé que hace mucho que no nos vemos, pero Ivonne... por algo estamos hoy aquí recuperando el tiempo perdido. La rutina y el trabajo nos llevó a alejarnos, pero siempre fuimos íntimas. Eso no lo olvido. Yo estoy sintiendo la misma confianza que tenía con vos en aquellos años. Somos mujeres y amigas... Me parece que el vino me está haciendo efecto... cuando tomo cambio de introvertida a extrovertida. 

Ambas mujeres rieron. Julia siguió hablando. 

-... Lo que vos me contás es parecido a lo que yo te conté el miércoles en el café... quizás nos podamos ayudar mutuamente. 

Como tomando coraje para hacer una confesión íntima Ivonne suspiró profundamente. 

-Te voy a contar algo que nunca le conté a nadie... 

Ivonne tomó la mano de Julia y apretándola le dijo: 

-...y te pido lo mantengas en reserva. Yo siento que puedo confiar en vos. 

En respuesta Julia le devolvió una mirada cargada de ternura y entendimiento. 

-Podés confiar en mí Ivonne.

-Cuando tenía 16 años, yo iba a clases particulares de Matemáticas con un muchacho que era mayor que yo. Vivía en el barrio, tenía 20 años. Era un estudiante de Ingeniería que le iba muy bien en su carrera. Mi madre conocía a sus padres, y como favor especial para ella me empezó a preparar para dar matemáticas. Fue la única vez que me llevé una materia a febrero. Yo iba a su casa, y en su dormitorio me daba clases a mí sola. Como sus dos padres trabajaban estábamos solos por lo general.  Para mí fue verlo y gustarme, todo uno. Era buen mozo, educado, cálido y paciente. Sabía hacerme fácil lo difícil, y con él entendí las matemáticas. Se llamaba Alfonso, yo lo llamaba “Profe”. No faltaba a una clase. Siempre hacía todos los deberes... siempre, pero no lograba llamarle la atención como mujer... Era muy exigente. Cerca la fecha del examen me mandó muchos deberes para el fin de semana. Me acuerdo que protesté, y le dije:  

-¡Profe, es mucho!...  ¿y que pasa si no hago los deberes?

-Entonces te vas a portar como una niña traviesa, y te voy a tener que castigar. Cuando me dijo “castigar” algo muy fuerte despertó dentro de mí... algo que parecía estar clamando por ser descubierto. 

-¿Castigar…? (pausa) ¿Cómo me castigarías Profe?

-Más vale que no averigües, y hagas todos los ejercicios que te mandé. El permanecía en silencio revisando lo me estaba mandando. Lo tomé del brazo, y mirándolo a los ojos le dije: 

-¡Profe, quiero saber que me harías!-No lo vas a averiguar por que tú vas a hacer todos los deberes que te mandé para el fin de semana.

-... y ¿si no los hago? 

Entre la atracción que sentía por él combinado por la enorme curiosidad que me provocaba su amenaza no podía creer lo que estaba haciendo, pero una fuerza interior no me permitía detenerme. Yo tenía que saber qué era lo que me iba a hacer. 

-Créeme, tú no vas a querer que cumpla mi palabra. Haz tus deberes. 

Sorprendida por los laberintos que me estaba conduciendo mi curiosidad no dudé en contestarle. 

-Como tú no me dices cómo me vas a castigar, yo no te voy a decir si voy a hacer los deberes. Nos vemos el lunes.   

Le dí un beso me di media vuelta y me fui. Me pasé el fin de semana entero haciendo los ejercicios, pero no pude resistir la tentación...  Dejé los deberes en casa, y el lunes me aparecí sin los deberes como si no los hubiera hecho.... A propósito fui con una falda muy cortita. Me di cuenta que él lo notó enseguida... 

-Ivonne ¡no puede creer que te dejaras estar de esta manera! El viernes es tu exámen. ¿Qué pasó?

-No pude hacerlos Profe.

-Ivonne ¡ese examen los vas a salvar!  Los ejercicios los vas a hacer ahora, aunque te lleve toda la tarde y la noche terminarlos.

-Pero...

-Nada de “peros”. ¡A trabajar!

-¡No!

-¿Cómo que “No”?

-¡No quiero! 

Como si alguien hubiera detenido mágicamente el tiempo, él permaneció mirándome, y yo mirando hacia el piso. Fue el silencio más largo de mi vida. “Dejá tus cuadernos arriba del escritorio.” dijo Alfonso con tono severo... Yo los dejé. El me tomó del brazo y me llevó hasta el borde de su cama. Se sentó cómodamente sin soltarme del brazo. Luego me puso sobre sus rodillas boca abajo. Era tanto el respeto que sentía por Alfonso que casi no ofrecí resistencia... Los latidos de mi corazón retumbaban en mi garganta. Dejó pasar un rato que para mí fue eterno. Después me levantó la falda, y bajó mis bragas hasta dejarme la cola  totalmente descubierta.  

Con la boca abierta, rostro mezcla de asombro y curiosidad, Julia escuchaba. Un inexplicable cosquilleo recorría su cuerpo. No sabía qué acotar. Sólo quería que Ivonne siguiera con su relato... 

-¿Qué pasó luego?

-Mi curiosidad se vió largamente satisfecha. Nada parecía detener la determinación de Alfonso. Nunca pensé que su mano fuera tan dura, y su brazo tuviera tanto balanceo. La lluvia de palmadas fue interminable. Al principio pataleaba un poco, luego lentamente me fui derritiendo sobre sus piernas. Al final casi lloro. Mis padres jamás me habían hecho algo así. Recibí la nalgueada de mi vida.

-¡Qué locura Ivonne! ¿Le contaste a tu Madre?

-¿Contarle a mi Madre? (pausa) Ni loca.

-¿Todo terminó allí? ¿Qué pasó después? Una expresión de nostalgia se instaló en el rostro de Ivonne. 

-Me puso en penitencia.

-¿Cómo?

-Me mandó al rincón con la falda levantada y las bragas tal como la había dejado él.

-¿..y vos fuiste?

-Sí. Me quedé hasta que el me sacó de la penitencia. Luego le pedí para ir al baño. (pausa) Me miraba las nalgas en el espejo. Me habían quedado como un tomate. Me las toqué y eso me produjo una sensación imposible de describir.

-¿Te fuiste?

-Si me fui ¡já! No Julia, me quedé. Hice todos los ejercicios. Todos los que me había mandado otra vez, y más. Al día siguiente fui otra vez e hice más ejercicios matemáticos. Él me los ponía cada vez más difíciles, y yo los resolvía. Salvé el examen con 91 sobre 100. Estaba tan feliz que a la primera persona que fui a ver a la salida del examen fue a Alfonso. Él se puso muy contento y me regaló un chocolate.

-Ivonne, pero ¿no fue traumático para vos esa experiencia? 

Ivonne miró a Julia con lágrimas en los ojos. 

-Fue una de las experiencias más maravillosas de mi vida. Sin prácticamente hablar, Alfonso me ayudó a descubrir que yo era una spankee. Nunca hicimos el amor, no porque yo no lo deseara, pero meses después se fue becado a Bélgica y nunca más lo vi. Para mí ese día fue más importante que el día que perdí mi virginidad.

-¿Spankee? ¿Así llaman a las mujeres que les gusta que las nalgueen?

-Es más que eso. Pero a grandes rasgos, sí.

-Toda esto surgió cuando te pregunté por tu divorcio. ¿Como se conecta esto? (profundo suspiro de Ivonne)

-Después que se fue Alfonso, yo me negué a mí misma que era una spankee. ¿Uruguaya reprimida yo? (ambas mujeres rieron a coro). Me llevó algunos años y psicoterapia aceptarlo. Entendí que era quien soy, y que negármelo era ir en contra de mi propia naturaleza. Todo esto me ayudó a vencer dos cosas, mi miedo y mis prejuicios. Un buen día encaré a Omar y le dije que necesitaba que me pusiera límites, y si no los respetaba que me nalgueara duro y parejo. No me contestó enseguida... Un buen día me invitó a tomar un café, y me explicó que me respetaba pero que eso no era para él.  

Ivonne extendió su mano, tomó su cartera y extrajo un pañuelito con bordados. Se lo llevó a los ojos. 

-Linda…. ¿qué te pasa? Hablemos de otra cosa si querés.

-No Julia. No sabés la necesidad de contar todo esto que tengo. ¿Te aburro?

-¿Vos estás loca? Ni el Código Da Vinci me atrapó de esta manera. Por favor, seguí hablando.

-Después dar muchísimas vueltas sobre ese y otros asuntos que tampoco funcionaban, decidimos separarnos... Yo le expliqué que no era violencia doméstica. Que iba a ser muy bueno para nuestra pareja. Que nos iba a hacer mucho bien a nuestras autoestimas. Pero no lo entendió...

-Ivonne, no sabés cuánto lo siento.  

Julia extendió sus brazos y puso sus manos sobre la cara de su amiga. Ivonne tomó las manos de Julia y las sostuvo. 

-Seguime contando Ivonne.

-Omar pasó. No fue fácil, pero pasó. Nunca dejé de pensar en Alfonso, pero sé que sigue por Europa, y está instalado allá. 

Ivonne suspiró con un profundo alivio. 

-No sabés la necesidad que tenía de decir todo esto. Ninguna amiga mía es tan buen escucha como vos. (Julia sonrió, y le apretó ambas manos)

-Cómo pudimos dejar pasar tanto tiempo, tenemos que recuperarlo urgente. (pausa) Ivonne es viernes, y la noche es joven, vamos para la Ciudad Vieja para cambiar de aire. -Ivonne sonríe ampliamente.-¡Sí, claro que sí! 

Ambas mujeres terminaron tranquilamente su entremés. Pagaron la cuenta, y luego en sus respectivos autos iniciaron la marcha hacia la Ciudad Vieja. 

Sábado de esa semana, 4:05 am 

Roberto puso a Julia de pie, para luego mediante su mano conducirla gentilmente hasta la pared. Julia frotaba con suavidad sus nalgas ardidas. Roberto la terminó de desvestir dejándola completamente desnuda, con sólo sus pulseras y collar puesto. Contrastando con la fría noche de invierno la temperatura del dormitorio era agradable. 

Julia sintió como los dedos de Roberto recorrían su espina dorsal, esto le provocó un profundo suspiro. Desde atrás Roberto acercó sus labios a la oreja de Julia. 

-¿Qué más pasó esta noche Julia?

-¡Nada Roberto! Fuimos a la Ciudad Vieja, tomamos un par de tragos más, picamos algo, bailamos un poco, y me vine para casa. 

El tono de voz de Julia sonaba como la de una niña que estaba ocultando una travesura. 

-Manejaste después de haber tomado dos tragos... ¿más todo lo anterior?

-Bueno... Sí... pero manejé con cuidado....

-¿Qué bailaste?

-Rock y Rítmica, música divertida. Por favor Roberto....  

Roberto sacó del bolsillo de su camisa una hoja A4 doblada en cuatro. Lentamente la  desdobló y la contempló con expresión neutra. Con mirada severa se dirigió a Julia. 

-No se puede negar que la calidad de las impresiones es cada vez mejor. ¿No opinás lo mismo? 

Julia voltea su cabeza tratando de mirar de reojo el papel impreso.  

-¿Querés verla?   

Roberto le acerca la hoja a Julia, quien la toma pero no logra distinguir bien su contenido.  

-Acercarte a la luz. 

Julia empieza a caminar hacia el foco de luz, haciendo que éste bañe por completo la hoja impresa. Sus ojos incrédulos la recorrían de punta a punta. Su boca en gesto de asombro se abría cada vez más, su garganta se secó, y no pudo emitir palabra. Roberto sirvió medio vaso de agua mineral y se lo ofreció a Julia, quien lo bebió con expresión de alivio y ojos cerrados.  En la impresión se podía ver a dos mujeres danzando sobre dos mesas distintas rodeadas de gente bailando. La única prenda que ambas mujeres lucían era sus diminutas bragas. Una de ellas era inconfundiblemente Julia. 

-Roberto, lo puedo explicar... fue un momento de locura... ¿Cómo te llegó esto?

-A la luz de la evidencia Julia, las preguntas las hago yo.

-Roberto ¡por favor! 

Roberto caminó hasta la cama y puso dos almohadas apiladas en el centro de la misma. Una sensación de extrañeza recorrió el cuerpo de Jullia. 

-¿Qué vas a hacerme Roberto?

-Acostate boca abajo sobre la cama.

-Papito... por favor... no lo voy a hacer más.

-Ahora Julia. 

Julia abrazó a Roberto y empezó a llorar, y él la contuvo en silencio. Después de un rato la tomó del brazo y la acompaño hasta el borde la cama. Ella se arrodilló sobre el borde la cama para luego con sus brazos hacia delante ponerse en posición. Las almohadas dejaban sus posaderas en posición saliente. Extendió sus brazos y hundió sus dedos en el acolchado que cubría la cama. Roberto desabrochó su cinturón y se lo sacó, Lo dobló en dos. Parado al costado izquierdo de Julia la observaba con detenimiento. 

-¡Papito, por favor! ¿Qué me vas a hacer?  

Una extrañísima sensación mezcla de temor, ansiedad, excitación y arrepentimiento recorría el cuerpo de Julia. Un cosquilleo nervioso y casi tangible unía su paladar con su ingle.  

-Ahora si Julia, ¡toda la verdad...!  

Sábado de esa semana, 2:15 am 

Ambas mujeres entraron a un  resto-pub bailable llamado “Luna Menguante” sobre la calle Bacacay. Era un lugar pensando para los de treinta y pico en adelante. Eligieron una mesa, ordenaron bebida y se sentaron. 

-Aquí me parece que hay más onda para divertirnos.

-Julia mirá en aquella mesa hay unas amigas, son dos boludas pero muy divertidas. Vení vamos a saludarlas. Ambas mujeres se levantaron y se dirigieron a la otra mesa, donde había otras dos mujeres. 

Después del ritual de las presentaciones, Julia no recordaba cuál era María José y cuál Magela.  Gracias a las bebidas que seguían corriendo generosamente las cuatro mujeres rápidamente entraron en confianza. Después de un rato salieron todas a bailar. Con la música Fito Paez, Peter Gabriel, Jaime Roos, Carly Simon y el Negro Rada, el ritmo y la temperatura de la cruda noche de invierno iba en aumento. El punto de inflexión llegó cuando a través de los parlantes empezó a escucharse “You can keep your hat on” de Joe Cocker (la canción que inmortalizó Kim Basinger con su escena de desnudo en Nueve Semanas y media). La pista de baile se alborotó. Una de las chicas, Magela, se acercó a Julia y le dijo al oído “Gordita, estoy seguro que no te vas a animar a seguirme”. Se alejó bailando, y con la ayuda de un par de galanes se subió a una mesa y siguió bailando pero de forma muy provocativa. A medida que la canción discurría empezó a desabrocharse la blusa. Ivonne y Julia miraban con asombro. “¡Está Loca!” dijeron a coro. María José, que presentaba ya ciertas señales de intoxicación no paraba de reírse. 

-Ivonne, esta hija de puta me llamó “gordita”.

-No le prestes atención. Te dije que son unas boludas. 

La blusa de Magela ya estaba totalmente desabrochada, con movimientos sexies que acompañaban el ritmo la sacó con lentitud. Hombre y mujeres no paraban de aplaudir. También se podía divisar algunas damas muy molestas con sus acompañantes masculinos. Magela miró a Julia a los ojos y vocalizó en forma inconfundible “Gordita”. Algo había hecho clic dentro Julia, los impulsos tomaron el control en su mente desplazando a la razón. “Gordita, pero me defiendo hija de puta” pensó Julia. 

Con la ayuda de una silla Julia se subió a otra mesa, y empezó a bailar... La multitud enloqueció. Julia abrió su blusa, y después de agitarla con delicada suavidad, la tiró. El duelo estaba instalado... 

-¡Julia estás loca!!  Por favor ¡bajá!  (Pero los gritos de Ivonne eran inútiles) 

Magela se desabrochó la falda y con movimientos de contoneo se la sacó por los pies, quedando con mirada desafiante hacia Julia. Esta no dudó, siguió bailando, y rápidamente también voló su falda.  Ivonne corría de un lado a otro recogiendo prendas. Ambas mujeres ya estaban en ropa interior, la situación no podía ser más caliente. Magela se desabrochó el brasier, y mirando de reojo lo dejó escurrir por sus brazos.  

-¡Julia, basta! (gritaba Ivonne) 

Julia la miró derecho a los ojos, también se desabrochó su brasier, se lo sacó y tiró hacia un costado. La única prenda que cubrían a las respectivas damas eran sus diminutas bragas. Magela empezó a jugar con el elástico de la suya empezando a hacer amagues de sacárselo. Julia sintiendo que sus bragas eran su último reducto también empezó a jugar con el elástico, pero no quería avanzar más, pero ¿perdería el duelo? Repentinamente Ivonne subió a la mesa con un tapado y cubrió a Julia, ambas bajaron con ayuda de la mesa. María José le gritaba a Magela para que bajara también, quien con algunos tropiezos obedeció. 

A coro los concurrentes empezaron a gritar “¡Empate! ¡Empate!”.    

*     *     *    *

En el enorme baño de mármol negro del lugar, con la ayuda de Ivonne, Julia se terminaba de vestir. Los estados de ánimos fluctuaban desde la culpa hasta las risotadas. Tanto la bebida como la excitación habían dejado sus huellas en los rostros de ambas mujeres. Julia primero se refrescó con toques de agua fría en la cara, para después quedarse mirando en el enorme espejo de pared a pared. 

-Dios mío Ivonne ¿qué hice?. Me enloquecí.

-Quedate tranquila. ¿Viste a alguien conocido?

-No que me diera cuenta. Fue un momento de locura, que quizás debas tomarlo como un momento de liberación.

-No sé qué me pasa esta noche Ivonne, quizás sea la bebida, pero me siento distinta. No he podido dejar de pensar en lo que me contaste que te hizo Alfonso cuando tenías 16. 

Ivonne quedó sorprendida, no sabiendo qué contestar. Se tomó un momento: 

-¿Que te provoca?

-(pausa) …es raro. Curiosidad, ansiedad...

-Dejalo salir.-¿Que lo deje salir? ¿Cómo?

-No lo reprimas. Sé vos misma. 

Mientras se hace algunos retoques, Julia queda sumida en la reflexión, mirándose al espejo.  

*     *     *    * 

Julia e Ivonne van caminando hacia sus autos en silencio, luego ambas se abrazan. 

-Qué lindo fue volverte a ver.-Lo mismo digo Ivonne. ¿Vamos a vernos la semana que viene?

-¡Por supuesto! Tenemos mucho de lo cual seguir hablando.

-Me divertí mucho contigo esta noche, sentí que volvimos a aquellos años en que salíamos juntas con el resto del grupo.

-Te estoy llamando el lunes Julia.

-Claro que sí. Cuidate. 

Ambas mujeres se volvieron a abrazar y besar.  

Sábado de esa semana, 4:35 am 

Julia ya había confesado. Por un lado se sentía aliviada, por otro sentía que con Roberto parado a su lado con cinto en mano, y ella desnuda en posición sobre la cama, el veredicto iba a ser culpable. 

-Julia, jamás fui un obstáculo para salieras con tus amigas, ni lo pienso ser, pero vos corriste un riesgo y yo te pesqué, no te vas a librar de un buen castigo por lo que hiciste.

-Pero por favor Roberto, ¡por favor! Fue un momento de locura. Te prometo que me voy a portar bien.

-15 azotes,  y los vas a contar uno por uno.

-¿15? ¡Por favor mi amor! Mi cola ya recibió sufrió bastante.

-20-No, no, mi amor, 15 está bien.

-20 ¿o vas a querer 25?-

No, no, no, no 20 está bien. 

Julia respiró profundo, cerró los ojos y apretó fuertemente el acolchado con sus puños... Slash!!! El primer cintazo cayó a pleno sobre sus nalgas, sacudiéndolas fuertemente y dejando una franja de ardor de lado a lado... “Aaaaaaayyyy Papito, aaaayyy”. Al rato otro azote aterrizó, pero esta vez más cerca de la unión con sus piernas... Con intensidad y pasión Julia pronunció: “Uuuuuy Roberto... te prometo, te prometo que me voy a portar bien, te lo prometo!!!”

 -No empezaste a contar.

-Dos, dos, Roberto van dos. 

Ceremoniosamente fueron cayendo los azotes uno a uno, quedando la cola de Julia con un centro muy rojo, y franjas coloradas que salían en todas las direcciones. Estoicamente Julia los contó todos. Muy caballerosamente Roberto la puso de pie y la condujo al rincón, donde ella esperó un buen rato. Luego sintió que él empezó a frotarle crema por las nalgas. La sensación le resultaba de enorme alivio y placer. En medio de una marea suspiros inclinó su cabeza hacia atrás y le dijo: “Gracias Señor”.

Fue la primera vez que lo vio sonreír esa noche. 

A Julia le resultaba casi imposible compilar todas las sensaciones y emociones que había vivido. Roberto la tomó del brazo y la llevó de vuelta a la cama donde se acostaron juntos. Hasta que los sorprendió el amanecer; las penumbras fueron cómplices de sus silencios, y los silencios de sus pasiones.   

Lunes siguiente 9:15 am 

Julia llegó a su trabajo, mostrándose relajada, muy sonriente y con un paso más cadencioso que de costumbre. En su camino se cruzó Lorenzo Santos, uno de los abogados veteranos de la firma. 

-Hola Julia. Qué bien se te ve hoy.-Muchas Gracias Lorenzo... tuve un fin de semana... entretenido. ¿Cómo fue el tuyo?

-¡Bien gracias! Tranquilo, en casa disfrutando de mis nietos que me vinieron a visitar. Parece que tenés un admirador secreto.

-¿Admirador secreto? ¿A que te referís?

-Cuando veas tu escritorio te vas a dar cuenta. 

Julia puso cara de duda y siguió avanzando Al llegar a su escritorio la sorprendió un ramo de rosas rojas en una copa con un pequeño adherido a su costado. Notó como todos sus compañeros la miraban de reojo. Con su mayor naturalidad ella se sentó. El apoyar sus posaderas en su sillón le hizo recordar que la próxima lo hiciera con más cariño. Tomó las flores y las olió. Despegó el sobre de la copa y lo abrió. Extrajo un tarjeta blanca que lucía la siguiente frase: “La próxima vez que quieras bailar desnuda, hacelo para mi. Roberto”. Con cierto histrionismo se dirigió al resto de sus compañeros: “Lo siento chicos, muy privado”. Todos rieron a coro. El evento dio lugar a muchos chistes de oficina que hicieron de ese lunes, un lunes distinto para Julia. 

En plena faena de oficina suena su celular y por el captor ve que es Ivonne, con disimulo se levanta y dirige a la sala de reuniones que estaba vacía. 

-¡Ivonne! No te imaginás todo lo que me pasó. Ahora estoy con ramo de rosas arriba del escritorio, pero no sabés las que pasé.

-¡Contame!-Roberto me estaba esperando en casa cuando llegué...  Tenía una foto mía bailando sobre las mesas de Luna Menguante. ¡No lo podía creer! Yo te dije que fue una locura, debió haber algún conocido de él allí. Alguien me sacó una foto con un celular y se la mandó.

-Pero ¿qué te pasó?

-Imaginate…

-¡Nooo! Te puso sobre sus rodillas y te...

-¡Si Ivonne! Me nalgueó. Me dejó la cola rojo fuego. Pero ¿quién pudo haber estado allí? (largo silencio)

-Fui yo Julia.

-¿Cómo? ¿Cómo que fuiste vos?

-Fui yo la que le mandé la foto desde mi celular. Primero busqué el número de Roberto en el tuyo, y luego se lo mandé.

-Pero ¿vos estás loca? ¿Por qué me hiciste eso? No lo puedo creer. ¿Vos sabés cómo me quedó la cola? Porque sabés que después de las nalgadas vino el cinto. ¿En que estabas pensando? No lo puedo creer.

-Pensalo bien Julia y decime, ¿quién es la que ahora tiene la atención de su marido? (silencio)

-¿Quién es la que tiene el ramo de rosas rojas sobre su escritorio? (silencio)

-¿Quién es la que debe haber pasado un sábado y domingo de reencuentro? (silencio)

-Pero...  yo... yo... no sé si mandarte al diablo o agradecerte...

-Julia, mientras lo pensás, agendate para el jueves de tarde “Ir a tomar el té a lo de Ivonne”. 

FIN

¿Sexo o azotes? (Primera parte)

PRIMERA PARTE:

Doña Marculina, la madrina curandera

Autora: Ana K. Blanco 

Dedicado a: ediwarrior79 

Doña Marculina era la curandera de aquellos pagos. Era respetada por todos y en muchos casos suplantaba al médico del pueblo cuando la medicina del doctor no obtenía los resultados esperados. En realidad era más que la curandera, porque además de las pócimas y ungüentos que preparaba, de saber curar el mal de ojo, “tirar el cuerito”, curar empacho y culebrilla, muchos de los parroquianos habían nacido gracias a las veces que hizo de partera. Y no hablemos de la gente joven y no tanto que la buscaban para que les diera consejos y algún yuyito “p’al amor”. Ella conocía los secretos de las hierbas, conjuros y fórmulas mágicas que le habían enseñado sus ancestros, pues era descendiente directa de los charrúas, y sus rasgos faciales así lo delataban: cara casi cuadrada, labios prominentes, nariz achatada, ojos negros y vivaces, tez trigueña, pelo lacio y estatura mediana. La blancura de su pelo que ataba en una gruesa trenza y el rostro surcado de arrugas, eran los únicos rasgos que delataban la avanzadísima edad de esta mujer.  

El doctor Jiménez, médico del pueblo, pedía su ayuda en algunos casos. Extrañamente, habían llegado a un acuerdo: habría casos en los que actuarían en conjunto, teniendo en cuenta que la medicina del doctor poseía elementos desconocidos por ella, y él sabía que muchas veces sus pacientes creían más en los yuyos y pócimas de doña Marculina que en la medicina moderna, y la fe muchas veces cura tanto como los químicos. A veces en forma secreta y a veces a la vista de todos, el pacto de respeto y ayuda mutua estaba claro entre los dos. El rancho de la curandera era de terrones de barro y paja, sumamente modesto. Uno de sus tantos vecinos agradecidos, le había puesto el techo, quinchado a dos aguas. El agua la sacaba del aljibe, y jamás le faltaba comida. Ni bebida: la grapa y la caña supieron ser sus compañeras en alguna noche de soledad. Nunca había tenido hijos propios, y desde hacía muchísimos años que era viuda. 

Aquella mañana se había despertado más temprano de lo habitual. El brasero continuaba encendido, solo debió avivarlo y arrimarle un poco más de leña para que la caldera sintiera el calor y comenzara casi inmediatamente a despedir humo por el pico. La galleta de campaña colocada cerca del fuego, sería el acompañamiento ideal para aquel mate amargo matutino. Miró el horizonte: el sol asomaba lentamente por el oriente envuelto en oro y fuego.  El gallo lo saludó y con su canto despertó al resto de la naturaleza. Marculina sonrió satisfecha mientras mascaba con sus escasos dientes un trozo de galleta, y se dispuso a preparar aquella infusión tan típica de la gente de campo, con la que había crecido y que la había acompañado toda la vida. La calabaza o porongo tenía un tamaño mediano, y a la yerba le había agregado algunos yuyos que ayudaban a que su gastado organismo funcionara mejor. Mojó la yerba con un poco de agua fría del aljibe y la dejó reposando mientras colocaba el agua hirviendo en el termo. Luego echó un chorro de agua hirviendo a la yerba y la dejó hinchar. Clavó la bombilla en la yerba mojada y volcó una porción de agua hirviendo en el agujero dejado por la bombilla.  Una espuma verdosa subió tapando el agua. ¡Eso era un mate!

Sorbiendo el líquido verde y caliente, miró por la ventana del rancho. Era un día hermoso, y le gustaba ver la naturaleza a esa hora de la mañana.  Sí, ese iba a ser un gran día. El mate amargo de aquella mañana tenía un sabor especial y lo estaba disfrutando muchísimo. Posó el porongo después de haber tomado hasta la última gota, y se dispuso a hacer sus tareas. 

Ya era pleno día cuando el Matrero comenzó a ladrar desaforadamente, pero era su ladrido de alegría, de saludo, de gente conocida. Marculina salió a la puerta del rancho y reconoció enseguida al visitante. 

-Ave María Purísima… -saludó el joven quitándose el sombrero.

-Sin pecado concebida m‘hijo –contestó la mujer- Y qué anda haciendo usté por acá a estas horas de la madrugada, qué bicho le ha picado.            

Eulogio  bajó la mirada y se acercó tímidamente a la anciana. Cuando los cansados ojos de la curandera pudieron verlo más de cerca se dio cuenta de la realidad: había estado llorando y tenía una expresión de gran tristeza. Con un rápido ademán corrió la cortina que oficiaba de puerta en la entrada del rancho y pasó seguida del joven. No le dio tiempo a hablar: 

-¿Qué problema tenés con la Rosenda?

-Pero… ¿cómo puede saberlo sin que yo le haya dicho nada?

-En vez de hacer esas preguntas idiotas decime de una vez qué pasa.

-Ella… ya no me quiere. Me ha dejado de amar, ya no le intereso. Ahora en lo único que piensa es en sus conservas. Usté sabe, ‘ña Marculina, que para ganar unos pesos más se ha puesto a fabricar mermeladas, vegetales encurtidos, frutas en almibar y algún licor. Le ha ido muy bien, la gente del pueblo le pide cada vez más cantidad y le va quedando menos tiempo para mí. Ahora le importan más sus naranjas y sus pepinos que yo.

-¿Estás celoso de que esté ganando más plata que vos?           

-No, le juro que no, al contrario. Sé que soy joven pero si me llegara a morir, tengo la seguridad de que ella podrá arreglárselas sola, sin depender de nadie.

-Y si le va tan bien, ¿por qué no contrata a mujeres que la ayuden y tener más tiempo libre para ustedes?-Eso mismo le dije yo, pero se niega. No quiere pagar sueldos para juntar más dinero. -¿Y qué querés que yo le haga? Si ella está contenta…

-Pero… usté es su madrina, casi su madre. Si le dice algo, seguritito que cambia. Yo me voy a ir al pueblo y regresaré al anochecer. Se lo ruego: hable con ella ‘ña Marculina. A usté la va a oír.        

-Claro que sí, m’hijo. Te aseguro que a mí me va a oír. 

Marculina lo vio encaminarse rumbo al pueblo, mientras se sentaba en la silla baja a la entrada del rancho. El ombú que había en el frente, frondoso y enorme, daba la sombra necesaria para que el calor no fuera abrasador. Tomó la bolsa de choclos (maíz) que había tenido secando al sol, se puso una palangana esmaltada entre las piernas y comenzó su tarea. El desgranar choclos era algo que hacía automáticamente y siempre le daba la serenidad necesaria para meditar. 

Comenzó a recordar el día que nació Rosenda mientras que los granos de maíz golpeaban al caer en el recipiente. Era una beba pequeña y débil. Su madre no resistió el complicado parto y murió. Nada había podido hacer ella por salvar a la madre, y eso le creo cierto sentido responsabilidad, porque también había traído al mundo a aquella mujer. Los Rodríguez eran sus vecinos y Zoila, la madre de Rosenda, era como una hija para ella. Ante el dolor del esposo y el desamparo de la bebé, la curandera decidió convertirse en algo así como la abuela adoptiva de la niña, a quien la bautizó con el nombre que la madre había decidido ponerle. 

Rosenda siempre había sido traviesa, obcecada, decidida, valiente y sumamente caprichosa. Cuando quería algo, de una forma u otra, siempre lo conseguía. Tenía un gran corazón, pero más de una vez, don Rodríguez, su padre, no había dudado en ponerla sobre sus rodillas y propinarle unas buenas nalgadas por sus travesuras y su carácter rebelde. No eran grandes azotaínas, pero sí lo suficientemente fuertes como para hacerla llorar un rato y que el efecto le durara un par de días. Marculina jamás le había puesto la mano encima porque de eso se había encargado siempre su progenitor, aunque más de una vez tuvo ganas de robarle al padre ese privilegio. Pero tanto de niña como de adulta, Rosenda siempre le había guardado el respeto y el amor que la anciana merecía y que había cultivado durante toda la existencia de la joven. 

Llevaba un buen rato concentrada en sus pensamientos cuando vio pasar el auto del señor Marcelo Fernández Montero, que entre la polvareda levantaba su mano izquierda para saludarla. Devolvió el saludo con la mano y una leve inclinación de cabeza, mientras seguía el coche con la vista. Lo vio detenerse en casa de Rosenda y eso no le gustó para nada.  

Don Marcelo era el hombre con más dinero en el pueblo, por lo tanto, el más poderoso porque presidía el único banco existente en la zona y decidía a quién prestaba dinero y a quién no. Se sabía que muchas veces a las personas que no podían cubrir las cuotas, les cobraba rematando sus bienes o, en algunos casos, con favores “especiales”, sobre todo cuando se trataba de mujeres hermosas. Podían ser jóvenes o maduras, casadas, viudas o solteras, porque su edad o estado civil le era totalmente irrelevante. No era buena persona, pero tenía olfato para saber a quién prestarle dinero sabiendo que no podrían pagar. Conocía el arte de la seducción y del convencimiento para que hombres y mujeres aceptaran sus ofertas. Así había logrado hacerse de una considerable fortuna y una lamentable fama. 

-“Seguro que ese mal bicho vio a Eulogio en el pueblo y se mandó para acá –pensó la anciana –pero seguro que no contaba conmigo” 

Una idea se le vino a la mente. Tiró el marlo a medio desgranar en el recipiente y entró al rancho. Destapó una serie de tarros, tomó varios yuyos y los ató. Con sumo cuidado sacó un trozo de tela blanca de una caja y envolvió aquellas hierbas que expelían un delicioso aroma entre ácido y dulzón. Agregó el pequeño atado a una cantidad de atados similares, unos envueltos como el último y otros atados con hilo de otro color. Tomó la bolsa con el delicado contenido, manoteó un tarro que colocó en el bolsillo de su delantal, y saliendo del rancho se dirigió a la casa de su ahijada.  

Había caminado unos pasos cuando vio pasar de regreso el auto del banquero. Con un ademán volvió a saludar a la curandera, que sin disimular su molestia apenas contestó el saludo y siguió caminando. A mitad de camino se internó levemente en el campo y tomando con un trozo de tela una planta, le cortó unas hojas que envolvió en la misma tela. Todo fue a dar dentro del bolsillo de su delantal. Se acomodó la ropa y continuó con paso ligero el pequeño trecho que la separaba la casa de Rosenda. 

Cuando entró en la cocina, su ahijada caminaba con nerviosismo de un lado a otro. El aroma de la mermelada de naranjas flotaba en el ambiente. Los ojos de la anciana se clavaron en Rosenda que, sabiendo que había actuado mal, bajó la cabeza para no enfrentar la mirada de su madrina. 

-Bendición madrina        

-Dios me la bendiga y me la guíe por buen camino, ahijada. Y ahora dígame, ¿qué buscaba ese tipo por acá?-Vino a ofrecerme plata. Quería que firmara un papel y él me daría el dinero para ampliar esto y poder fabricar más cantidad de productos.

-¿Y?        

-Y… yo casi firmo madrina. Ya sé que está mal, pero quiero seguir con esto, quiero ese dinero, quiero ampliar la cocina y contratar gente para poder vender más. Los productos se vendieron muy bien desde un principio, pero desde que me dio esos paquetes aromáticos, la venta creció de forma increíble. Yo cumplí la promesa de no abrir los paquetes madrina, pero ¿algún día me dará la fórmula para que yo los pueda hacer?

-Algún día quizás te la dé. Por ahora te los iré surtiendo yo. Acá te traje unos cuantos más. Pero no me cambie de tema… ¿qué más te dijo ese mala entraña?        

-No me dijo mucho, fue poco el tiempo que estuvo. Yo le dije que regresara cuando estuviera aquí Eulogio, y casi lo eché porque no se quería ir.        

-Hizo bien m’hija. Ahorita siéntese que quiero hablar con usté.        

-Sí madrina –dijo obediente la joven mujer, y se sentó frente a la anciana- usté dirá para qué soy buena.        

-Parece que últimamente para lo único que sos es buena para hacer conservas.        

-¿Porqué me dice eso madrina?        

-Porque hoy estuvo Eulogio a verme, y me contó algo que yo ya sabía sin que me lo dijera: que lo tenés abandonado. El pobre muchacho piensa que ya no lo querés, que dejaste de amarlo y no sé cuántas tonterías más. Ahora, te quiero preguntar algo. Yo quiero saber: ¿qué se siente al cambiar un marido por un tarro de conserva?        

-Pero… madrina… yo…  yo no lo cambié.        

-¿No? ¿Y qué hiciste entonces? Desde que empezaste con esto de las conservas, estás conservando todo menos a Eulogio. ¿Pero usté está loca m’hija? ¿En qué está pensando? ¿Dónde tiene la cabeza, carajo? –el tono de la voz era cada vez más fuerte y severo. Rosenda comprendió que la anciana tenía razón y se echó a llorar.        

-Perdón madrina. Es verdad, no lo pensé. La tentación de conseguir dinero fue más grande. Me imaginé todo lo que podría hacer y…  Además me gusta este trabajo, y no quiero dejarlo.        

-No tenés por qué dejar este trabajo. Vos bien sabés que yo soy una defensora de la idea que la mujer debe ser independiente económicamente del hombre. He visto más de un caso en que la mujer se quedó aguantando al marido por no tener manera de vivir sin el dinero de él. Seguí con esto, pero buscá la manera de atender las dos cosas.        

-Pero madrina, eso es imposible. Si me dedico a trabajar en esto, más los quehaceres de la casa, y todavía… ¡Eulogio! No puedo con todo.        

-Si querés continuar con lo de las conservas, poné a alguien que te ayude. Una, dos, las que sean.        

-Usté no entiende madrina. Si me pongo a pagar sueldos, voy a estar años para juntar la plata para ampliar acá. No, no, no… ¡Eulogio que se aguante! Y en vez de protestar tanto, que me ayude con las tareas que yo no puedo cumplir por falta de tiempo. Además, ya le dije que desde que le agrego a las conservas esos paquetitos que usté me trae, las ventas han aumentado más y más. Le repito madrina: espero que algún día me dé la receta.        

-Mire m’hija, lo único que le voy a dar por ahora es la paliza de su vida para que entienda lo que su madrina, que es vieja y sabe de esto, le está diciendo por su bien. Está muy terca, testaruda y desobediente, así que… esta vieja la va a hacer entrar en razón. Cuando termine con usté va a estar mansita como un corderito, ya va a ver –le dijo Marculina mientras se remangaba la ropa. Rosenda no podía dar crédito a sus oídos, y comenzaba a recular cuando su madrina la agarró del brazo y sentándose, la acomodó sobre sus rodillas. -¿Te das cuenta de algo? Yo fui la primera que te nalgueó cuando naciste. Y lloraste con muchas ganas en esa oportunidad. Te prometo que esta vez también lo harás.         

Las primeras nalgadas ni las sintió, pues se las estaba dando por encima de la ropa. Pero inmediatamente la vieja le subió las faldas y el culo de Rosenda quedó casi al aire, apenas cubierto por unas bragas de niña, de fondo amarillo y con pequeñas florcitas de colores. La curandera sonrió por la ingenuidad de la prenda, pero eso no hizo que bajara dureza de los azotes, sino que los iba incrementando cada vez más.          

Rosenda no podía creer que aquella vieja tuviera tanta fuerza en las manos, y comenzó a retorcerse. Cuando el picor era bastante insoportable, sintió la mano de su castigadora madrina que le bajaba las bragas a la altura de la rodilla, y sin darle ninguna tregua seguía nalgueándola.         

-Por favor madrina, pare de golpearme. Me duele mucho, siento mucho picor, basta por favor…         -Está bien m’hija. Póngase de pie.         

No tuvo que decírselo dos veces. Como un resorte la joven se paró y comenzó a frotarse las nalgas frenéticamente.         

-Ahora desnudate y poné la panza encima de esa mesa. Y agarrate fuerte del otro extremo.        

-¿Qué? Mire madrina, eso yo no…        

-Pero… ¿Cómo te atrevés a llevarme la contra? Siempre estuve convencida que tu padre nunca te azotó con suficiente fuerza, porque vos con tus caritas y súplicas siempre lo terminabas convenciendo. Pero conmigo no vas a poder ¿entendés? A mí no me conmueven tus gestos ni tus súplicas. Hoy vas a aprender… ¡obedeceme carajo! Y ponete como te mandé.         

Los ojos de la vieja despedían fuego, y Rosenda la conocía enojada. Más le valía obedecer sin decir nada. No solo porque no lograría convencerla, sino que la enojaría aún más y eso no era muy conveniente para sus nalgas. Así que se quitó toda la ropa y adoptó la posición que le había dicho la anciana.         

Mientras se desvestía, la vieja miraba y se regocijaba con el joven cuerpo de su ahijada, no con lascivia sino con admiración. La joven mujer tenía un cuerpo bello, con maravillosas curvas, senos túrgidos y sugerentes coronados con una bella aureola, las caderas firmes, las piernas largas y torneadas como una columna griega, la espalda perfecta, el cabello negro y brillante cayéndole en cascadas hasta tocar la cintura; la piel tersa, suave y blanca se había tornado de un rosa fuerte en la zona de sus nalgas. ¡Qué maravilloso culo tenía esa mujer! Redondo, respingón, dos hemisferios duros, apetecibles, deliciosos. Pensó en su juventud y recordó cuando ella también tenía un cuerpo como aquel. ¡Cuánto había gozado de su cuerpo! Había conocido las delicias del sexo y de los azotes gracias a su difunto marido. A diferencia de otros esposos, el de ella sólo la azotaba en las nalgas, con un amor y devoción como nunca había vuelto a ver.          

Cuando la chica estaba acomodada, le dijo:         

-El castigo va a ser duro, así que te ataré para que no te muevas.        

-Lo que usté diga madrina.        

-Así me gusta: que seas obediente y que vayas entendiendo que esto es por tu bien. Te ataré las manos a esta punta de la mesa. Quiero que ahora abras las piernas lo más que puedas.         

Los pies de Rosenda apenas tocaban el piso. En esa posición toda su intimidad quedaba a la vista. Los labios de la vagina mostraban una selva espesa y brillante cubierta de vellos negros. Rosenda se sentía sumamente avergonzada que su madrina la viera así, pero más vergüenza sentía porque se sabía excitada y mojada.          

-Bien, ahora te mostraré algo. –Se paró delante de la chica con una enorme cuchara de madera, una de las que ella usaba para revolver las mermeladas.- ¿Ves esta cuchara? Pues con ella te azotaré, para que cuando la veas te recuerdes de esta azotaína y no la uses más horas de las debidas.         

La madera era dura y dejó una marca redonda en la nalga de Rosenda. A veces sólo quedaba la marca de la cuchara, pero otras veces también aparecía parte del mango. El dolor se hacía más fuerte cada vez. Nunca le pegaba dos veces en el mismo lugar, pero llegó un momento en que ya estaba todo marcado. Las lágrimas caían por el rostro de la joven que lloraba sin consuelo. Oyó que la vieja dejaba la cuchara sobre el fogón y sintió que su mano la acariciaba, dándole un poco de descanso. Las manos de su madrina eran hábiles y sabían cómo masajear. Si bien le dolía cuando apretaba, al soltar el cachete el alivio era fantástico. Luego sintió cómo le colocaba un lienzo tibio sobre las nalgas.         

-Disfruta del descanso. Yo regreso enseguida, porque esto aún no terminó.         

Rosenda cerró los ojos y se concentró en el alivió que le estaba proporcionando aquella tela, que a pesar de lo tibia, estaba más fría que sus nalgas. Un silbido la sacó de la concentración. El sonido era conocido por ella, porque su padre también usaba una vara verde para castigarla. Miró para el costado y vio a su madrina con una larguísima vara parada a su lado. Era larga y fina, parecía un látigo. Doña Marculina quitó la tela y comenzó a azotarla.  Cada uno de los azotes dejaba una marca fina y roja en las nalgas de Rosenda. El dolor era lacerante, agudo y ardía como una línea de fuego. Cada vez que sentía un nuevo azote, la muchacha se contorsionaba, crispaba sus puños y echaba la cabeza hacia atrás en un vano intento de disminuir el dolor.  

Después de unos 20 azotes, la joven no tenía fuerza ni para moverse, apenas si se la oía sollozar. Volvió a sentir la mezcla de tibieza y frescor del paño húmedo, esta vez unido a unos suaves masajes. Estuvo así dos o tres minutos. Cuando abrió los ojos, doña Marculina estaba frente a ella y le mostraba unas hojas: eran ortigas. La chica no dijo nada, sólo comenzó a negar con la cabeza y a suplicar con la mirada, hasta que finalmente pudo lanzar un grito: 

-¡No, por favor no madrina, eso no! No lo hagas, eso es insoportable, prefiero que me sigas azotando, pero eso noooooooooo!!

-No sos vos quién decide –le dijo su madrina mientras se encaminaba hacia la parte posterior, donde ella no podía verla.         

La curandera vió aquel culo tan maltratado que no quiso tocarlo más. Pero la vagina estaba hermosa, rosada y con sus jugos chorreando, haciéndola brillar. Arrancó una hoja y la pasó alrededor del ano. Luego otra fue refregada en el clítoris. La entrada de la vagina y los labios tampoco se salvaron. El llanto de Rosenda era desconsolador. Se movía sin parar, pedía clemencia, juraba haber entendido la lección, pero su madrina permanecía inmutable. En pocos instantes las diminutas espinas de la ortiga habían inflamado toda la zona vaginal y anal de la chica. El picor era terrible, y no tenía forma de tocarse, al menos, para calmar el ardor.         

-Espero que esto te recuerde que debes cumplir con tus obligaciones de esposa. Espero que recuerdes que debes estar con tu marido y no sólo con tus conservas. ¿Podré quedarme tranquila de que aprendiste la lección?        

-Sí madrina, sí. Pero quitame este ardor por favor, ¡no lo soporto más!         

La anciana metió su arrugada mano en el delantal y sacó un frasco con una crema. Lo destapó con toda paciencia y tomando una pequeña porción entre sus dedos, comenzó a pasarlo por los mismos lugares que había pasado las ortigas. Luego se limpió la mano y tomó otra porción del ungüento. Esta vez lo pasó por las nalgas, en forma circular y utilizando las yemas de los dedos. Con la misma parsimonia con que había hecho todos los movimientos anteriores, tapó el frasco y lo guardó en su delantal.         

Rosenda comenzó a sentir un alivio inmediato. El picor cesó y el dolor en sus nalgas era cada vez más tenue. Sus manos ya no estaban presas, y podía mover las piernas a gusto: finalmente, su madrina la había liberado de las sogas.         

-Ahora andá y bañate. El dolor de las nalgas no se te irá, lo sentirás cada vez que te sientes, pero no te quedará ninguna marca. Espero que hayas aprendido la lección, porque si no estoy dispuesta a repetirla tantas veces como sea necesario para que te quede claro. ¿Entendiste?        

-Sí madrina.        

-¿Y cómo se dice?        

-Gracias madrina.        

-Muy bien m’hija. Me alegra saber que la lección sirvió para algo. Yo me voy para mi rancho, y usté prepárese que en cualquier momento llega su marido. A ver cómo se porta… -Se encaminó a la puerta cuando recordó el paquete- Ahí arriba del fogón te dejo los atados para las conservas. Acordate bien: las que están con hilo blanco son para los dulces, y las que están con hilo colorado son para los encurtidos.         

La vieja mujer salió sonriente de la casa y se encaminó a tu rancho. Ojalá que la azotaína hiciera que su ahijada cambiara el rumbo de su vida y de su matrimonio. Ella quería mucho a Eulogio, sabía que era un buen muchacho y que estaba profundamente enamorado de su niña. Ahora… debía tener mucho cuidado con el banquero. Y se lo iba a advertir al joven cuando lo viera pasar de vuelta para la casa.          

(Continuará) 

Día Mundial del Spanking 8/8 (ocho de agosto)

Autor del logo: Gran Dogon (diseñador gráfico) Texto: Fer

Practicamente todos los blogs en español se hacen eco de esta propuesta que este año parece que va a cuajar. Para más información puedes comenzar a navegar desde tu blog Spanking en Español - Azotes y Nalgadas.

 

 

 

Un solo motivo...

Autor: Selene.

Para Xana

...Se había convertido en el centro de su universo, lo único que realmente llegaba a importarle y hacerla feliz. Cada momento a su lado era único y los recuerdos la acompañaban durante mucho tiempo después de que cada uno de ellos se marchara tras los días de placer compartido.  

Cuando llegó a él, solo era una mujer caprichosa que había perdido el norte y a quien no era posible dominar y ahora se sentía única entre miles, distinta entre iguales y apreciada como un escaso bien que tenía el justo valor que él había sabido imprimirle con su extraña relación.  

No podía explicarse a sí misma sus reacciones en los últimos meses y como desde que conoció a aquel hombre su vida estaba cambiando, se había transformado en un remolino que no podía controlar y sin embargo el movimiento la hacía sentirse plena y feliz.  

Él descansaba sobre la cama, desnudo, tranquilo, mirando a través del balcón cómo las luces del atardecer se iban apagando mientras daban paso a una hermosa y cálida noche. El ruido amortiguado de los coches que transitaban la avenida más que molestar contribuía a adormecerle mientras repasaba mentalmente lo ocurrido unos momentos antes.  

Al otro lado de la pared, el agua de la ducha llevaba corriendo unos minutos y la imaginaba desnuda enjabonando su cuerpo y dejando caer el agua tibia sobre sus nalgas mientras enjuagaba su pelo. El mismo pelo casi dorado que minutos antes él había apartado de su nuca para besarla en el cuello…  

La nitidez de los recuerdos le hizo volver a sentir una erección y sonrió mientras se daba la vuelta para disfrutar de las escenas fugaces que se estaban fijando en su mente con el mero hecho de rememorarlas en ese instante.  

Una vez más ella había comenzado a besar su boca y la sentía estremecerse entre sus brazos con cada una de sus caricias. Recorrió su cuerpo con los labios, bajando por el cuello hasta su pecho mientras la sentía gemir de placer, ahogando levemente los profundos suspiros que escapaban de sus labios entreabiertos. Los ojos cerrados, ausente en la inmensa entrega que comenzaba en ese mismo momento con una pasión no sentida por ninguno de ellos hacía mucho tiempo.  

La recorrió por completo, sintiendo como ella se excitaba cada vez más y como sus gemidos se iban haciendo cada vez más intensos. Agarró su pelo con firmeza haciéndola echar hacia atrás la cabeza para dejarle libre el acceso a su cuello, mordiéndola, deslizando su lengua hasta su pecho, llenándola de besos mientras ella se dejaba amar en el silencio interrumpido por el sonido del placer para después ser ella quien le besara con toda la pasión que sabía imprimir a cada instante juntos.  

Se recreó en cada movimiento de ambos al desnudarla despacio, con la sensación de estar desenvolviendo un regalo dentro del cual le esperaba una sorpresa, hasta poder mirarla tapada tan solo por aquel conjunto de encaje blanco bajo el cual solo quedaba su sexo, húmedo ya con total seguridad a juzgar por el placer que ella expresaba en sus movimientos y su mirada.  

Arqueaba la espalda en una tensión infinita, mientras él, con sus dedos iba recorriendo todos sus rincones acompasado por el movimiento de sus caderas justo antes de tumbarse y recibirla a ella abierta sobre su cuerpo, penetrándola, haciéndola gritar de placer en cada uno de los movimientos acompasados con los que se deshacía en un momento único que él no hubiese querido que terminase nunca. 

Una vez alcanzado el clímax, con la piel aún tibia, la respiración jadeante y los ojos con ese brillo intenso que le quedaba tras lo momentos más intensos, ella se acercó a su oído, murmurándole, provocándole, recordándole que era una chica traviesa con muchas cosas pendientes con él. Y sí que lo era, la más caprichosa y rebelde que había conocido, pero en ese momento solo quería acariciarla. Ella siguió insistiendo, haciendo sonar el timbre de su voz mucho más infantil e inocente… pero él no sentía deseos de seguir el juego, solo quería abrazarla y sentirla suya en ese instante.  

Casi parecía vencida en su empeño cuando adoptó la actitud de niña desobediente que tanto le excitaba a él y que le hacían desear ponerla en sus rodillas y sintiendo como crecía en él un fuerte anhelo de azotarla la tomó con fuerza de las muñecas atrayéndola hacia él, provocando en ella una falsa resistencia mientras él la asía con más fuerza, sabiendo que solo era una forma de alargar el momento de dar comienzo a su juego.  

Sobre sus rodillas la tenía voluntariamente indefensa, era su spankee, la mujer con la que compartía un sueño y empezó a azotarla sobre las braguitas, buscando los lugares menos cubiertos por ellas, bajando con sus azotes hasta el lugar que marcaba el final de las nalgas, donde ella más se movía al recibir los azotes expresando verdadero disgusto y así, la nalgueó durante largo rato antes de bajarlas finalmente y observar el contraste entre el blanco que él retiraba y el rojo de las nalgas.  

Mientras subía la intensidad de los azotes, alternaba con caricias sobre la piel cada vez más caliente, buscando con sus dedos la humedad del sexo que él veía con absoluta libertad en esa postura, explorando con sus dedos y haciéndola debatirse nuevamente entre gemidos. Azotándola una y otra vez subiendo más y más la intensidad para sentirla tan suya que jamás hubiera imaginado sentir eso con una mujer en sus rodillas…  

La azotó sin descanso hasta que la escuchó llorar… apenas un sollozo al principio, creciendo en intensidad según él seguía azotándola con la palma de su mano que caía rítmicamente sobre las nalgas desnudas provocándole aquella sensación de bienestar tan intensa tras lo cual la incorporó para sentarla en sus rodillas, las mismas que un momento antes habían servido para deleitarse con ella en esa ceremonia tan íntima que ambos compartían hacía tiempo. Le secó las lágrimas, besó sus ojos, sus mejillas y luego sintió que debía decirle algo que había rondado su mente unos minutos antes: Cada vez me cuesta más azotarte sin motivos, estoy empezando a quererte demasiado”. 

Ella recuperó su altivez innata, le miró a los ojos y le dijo algo que si bien él sabía que no era más que una estrategia para mantener su deseo por azotarla, se le clavó de alguna forma en el centro de su pecho al escucharla decir: “¿Quieres un motivo? voy a darte uno solo… si tu no lo haces, habrá otro que lo haga”. Suficiente estímulo para actuar como lo hizo de inmediato, depositándola sobre la cama, justo encima de los almohadones y azotándola con el cinturón hasta que ella suplicó que parase empezando a arrepentirse de las palabras que acababa de pronunciar. Y ahora, él reposaba cansado sobre la cama, después de haberla poseído con furia y ella se envolvía en una toalla frente a él, con las nalgas aún rojas en las que las bandas que había dejado el cinturón se distinguían nítidas aún y les harían recordar durante toda la noche que ambos eran lo que eran y eso, nunca podían olvidarlo. 

La primera noche

Autor: CARS 

Aquel sonido comenzó a llenar la pequeña habitación en penumbras, iluminada única y escasamente por la luz blanquecina de una luna que reinaba con absoluta plenitud. Primero el sonido fue intermitente, tímido en su comienzo pero que fue adquiriendo una mayor vigorosidad conforme transcurrían los minutos, hasta adquirir un ritmo constante, que cesó de una forma tan espontánea como había comenzado, dejando paso únicamente a la respiración agitada de dos seres que a su manera encontraron todo lo que la vida siempre les hizo sospechar que necesitaban, pero que nunca antes habían encontrado.          

Ella miró a su compañero, pero al hacerlo descubrió a alguien distinto, tanto como ella misma. Acarició su cuerpo sudoroso, pasó sus manos por su espalda hasta su nuca en una larga caricia. Después bajó una de ellas lentamente por la espalda, mientras que la otra se encontraba con la de él, sus dedos juguetearon hasta quedar entrelazados. Ambos permanecieron en silencio, temiendo quizás que al pronunciar una palabra aquel momento se esfumaría con ellas.           La mujer se recostó en el respaldo de la cama, y de una forma instintiva regresó con su mente a un pasado tan cercano pero que le parecía un abismo: regresó a ese instante de la noche en el que al fin se encontraría consigo misma, con esa mujer que siempre sospechó ser y que nunca se había atrevido a descubrir.          

La noche había comenzado con una cena romántica, y al decir verdad, había superado todas las expectativas, teniendo en cuenta que esa noche había visto por primera vez a su acompañante. Una leve sonrisa afloró a sus labios al rememorar los primeros pensamientos que le vinieron a la mente cuando lo vio. Él era un poco, -no mucho- más joven que ella, y eso le hizo albergar aún mayores reservas. Pero después de los postres, y cuando arropados por la suave melodía de la orquesta se decidieron a bailar, ella supo que no se había equivocado con la cita. Algo en su interior le decía que la noche iba a prolongarse mucho más.          

Después, una vez en la habitación, todo se había precipitado. Un relajante baño para dos, unas copas de champán y  un primer beso apasionado fue el preludio de unos momentos de pasión en los que ambos recorrieron sus cuerpos, y se entregaron en un abrazo tan intenso como cálido.          

Tras haberse amado, no como en las películas ni novelas rosa, sino como los mortales imperfectos que eran, con las limitaciones que da la realidad, ambos quedaron exhaustos. Sudorosos y felices. Ella se incorporó para sentarse en la cama, mientras que él permaneció tumbado entre sus piernas boca abajo y con la cara en sus muslos, que comenzó a besar de vez en cuando mientras que ella encendía un cigarrillo.          

Pasaron los minutos y ella con la última calada le sonrió; él se incorporó un poco hasta que sus labios se unieron en un beso, después recostó su cabeza en los senos de aquella mujer a la que había comenzado a amar. Ella por su parte le acarició la cabeza. Sus movimientos eran lentos, como lentos eran también sus pensamientos. Sus manos recorrieron aquel cuerpo que latía junto al suyo. Subieron y bajaron por su espalda hasta que su mano izquierda permaneció inmóvil sobre sus nalgas, mientras que sus pensamientos también se detuvieron en algún lugar escondido de su mente. Respiró hondo mientras que su mano derecha acariciaba su cabeza, y sentía la respiración de aquel hombre en su pecho.           Aun ahora es difícil para ella tomar conciencia de aquel acto, ya que parecía que su cuerpo, - o al menos parte de él – había decidido actuar por su cuenta, movido por algún mecanismo oculto de su mente. Lo que realmente importa es que durante unos segundos sintió amplificadas sus sensaciones, la piel bajo su mano, la firmeza de los glúteos que tocaba, y aquel extraño picor. ¿Fue el picor, o el sonido? Para ella fue como despertar, su mano se alzó y cayó pesada sobre las nalgas. Después el silencio, ambos permanecieron inmóviles, hasta que nuevamente aquel chasquido llenó toda la estancia. Tras unos segundos en los que ella le miró y en los que él no hizo más que besar el seno sobre el que descansaba su mejilla, llegaron más y más palmadas. Al principio eran suaves, pausadas y podría decirse que hasta cargadas de una gran timidez, pero con el transcurrir de los minutos, el flujo de azotes se hizo constante, rítmico y paulatinamente más y más enérgico.         

Durante unos minutos que ninguno de los dos eran capaces de precisar, aquel movimiento se hizo dueño de todo. El sonido de los azotes eclipsó el latir agitado de sus corazones, y después el silencio. Tan violento como el ruido. Ella dejó su mano sobre el trasero castigado, y comenzó a sentir el calor que emanaba de la piel, que pese a no distinguirla por la oscuridad la sabía enrojecida.          

Su mente voló a comienzo de todo, mientras que con su mano derecha acarició a su amante, quien comenzó a besar aquellos senos con pasión, mordisqueando los pezones, sintiendo la calidez de aquel pecho que latía junto a él, y notando cómo el calor que emanaba de sus nalgas inflamaban su sexo de una forma que nunca antes lo había hecho. En ese instante su piel se volvió mucho más sensible, y el peso y tacto de la mano de aquella mujer que le abrazaba se volvieron todo su universo.          

Alzó la vista, ella le sonrió y después se besaron. Ella mordisqueo el labio inferior de él, de una forma delicada y sensual, después con suavidad hizo que recostara su cabeza de nuevo en su pecho, alzó su mano nuevamente dejándola caer con fuerza sobre el castigado trasero. Esta vez fue distinto: ella era totalmente conciente de lo que sucedía, y fue administrando más y más severidad a su movimiento. Comenzó a cambiar el ritmo de los azotes, primero una docena en una nalga, después en la otra. Unas series eran rápidas y otras en cambio lentas y pesadas. Alternaba los azotes con las caricias. En otras ocasiones administró azotes sumamente enérgicos en cada nalga hasta completar una serie de veinte.          

Él, por el contrario, permanecía inmóvil, suspirando y arqueando la espalda, reaccionado a los cambios que ella iba imponiendo. Unas veces dejaba suaves besos, y otras cerraba los ojos y se concentraba para no emitir ningún quejido. Su cuerpo iba cambiando y su excitación fue en aumento hasta el extremo en el que estuvo apunto de eyacular debido a la fricción de su miembro contra el muslo de ella.          

Al fin los azotes se detuvieron en el momento preciso para evitarlo, y ambos permanecieron en silencio, abrazados. Las sensaciones iban cambiando y el dolor que sentía en su trasero junto con la excitación que aquella azotaina le había producido, le elevó hasta un lugar en el que siempre quiso estar, pero que nunca había querido reconocer. Ella a su vez, se llenó de una extraña euforia, la erección de aquel hombre que se entregaba a sus caprichos la llenaban de una gran satisfacción. Era como ir desenvolviendo un hermoso paquete, que siempre quisiste abrir, pero que sin embargo mantuviste perfectamente envuelto, por un extraño temor, que pese a desear su contenido, una vez abierto te desilusionará estrepitosamente. Hoy, con cada uno de sus actos se iba despojando de todo el envoltorio, y se mostraba a sí misma como deseaba.          

En ese instante aquellas dos personas estaban tan cerca en mente y alma, que por unos instantes nada a su alrededor existía. Sólo ellos en una pequeña habitación de hotel. Se volvieron a besar, se acariciaron y se sintieron. Ella le miró a los ojos. Se volvieron a besar. – ¡Quiero más!- le susurró ella al oído. Él la beso y asintió. Su entrega era total, y sabía que ella no le dañaría. Pese a no conocerla más que de esa noche, -aunque habían mantenido una larga relación por e-mail.- estaba dispuesto a depositar en aquella mujer toda su confianza.          

Ella se movió, haciendo que él abandonará aquella posición. La mujer se sentó en el borde de la cama, y condujo a su amante en la oscuridad hasta que estuvo de pie a su lado. En ese instante, le acaricio su sexo, sus piernas y su pecho, mientras que él metía sus dedos entre su cabellera. Ella besó su vientre, - Gracias por confiar en mí y por entregarte como lo haces- Le susurró entre besos. – Ven.- y con suavidad le condujo hasta que lo hizo reclinarse en su  regazo. Acarició su  espalda y espero a que se relajara; pasó sus manos por las nalgas que aun conservaban el calor de los azotes anteriores. Pasó una pierna por encima de las de él, y entonces comenzó de nuevo a golpear aquel trasero que esperaba el castigo. Su mano cayó una y otra vez con fuerza, ya que esta vez le golpeaba con gran severidad. El hombre se movía y retorcía intentando evitar aquel castigo, tan doloroso como excitante. Sus movimientos eran tan bruscos que estuvo apunto de caerse de aquel regazo en más de una ocasión.                    

-¿Estás bien? –Preguntó ella mientras acariciaba aquellas nalgas enrojecidas y calientes. El asintió.- Si quieres solo tienes que decir la palabra mágica. -No. –Susurró él mientras que llevaba una mano atrás y comenzaba a frotarse el trasero. -Entonces sé bueno y no te muevas tanto, porque sino te caerás y tendré que castigarte de veras.         

Él giro la cabeza para verla y sonrió abiertamente, ella por el contrario parecía seria, aunque le guiñó un ojo. Él le enseño la lengua en un acto jovial. -¿Qué has hecho? ¿Me has enseñado la lengua? -No. -¿No? te crees que no te he visto.  -Le regaño ella en medio de una amplia sonrisa mientras que comenzaba a hacerle cosquillas en los costados.-  Ambos estallaron en una prolongada risa, que como era de esperar acabó con él cayéndose de su regazo al suelo, y provocando que ella también acabara junto a él al intentar evitarlo. Los dos rodaron medio abrazados, y él comenzó a besarla. Estaba encima de ella, y entre risas y risas comenzaron a besarse. Tras unos minutos el rodó hasta quedar de espaldas junto a ella, sus manos se volvieron a unir, y tras mirarse las risas se reanudaron.          

-¿Te parece bonito lo que has hecho? –Le recriminó ella tras quedarse sería. Él se acercó para besarla.- Tus besos no te librarán. Te has caído y encima me has tirado a mí.          

Él intentó protestar, pero ella se lo impidió besándole en los labios.  –Levántate y enciende la luz.- Sus instrucciones no dejaban lugar para la protesta. El se incorporó y en pocos segundos la luz de una gran lámpara que pendía del techo inundó toda la estancia. Ella miro a su compañero de pie en medio de sus piernas, con los brazos en jarra y una amplia sonrisa. Ella le sonrió mientras prestaba atención la erección que pese al castigo, -o debería decir “gracia”- mostraba. Ella estiro los brazos y él le sujeto de las manos mientras tiraba de ella. En pocos segundos la estaba abrazando y besando tiernamente.          

Ella retrocedió hasta el borde de la cama, y después se dejó caer. Le dió la vuelta a su amante y por primera vez pudo contemplar su obra. El calor que había sentido al tocar las nalgas, descubrían ante unos ojos llenos de expectación, un color rojo intenso. Toda la superficie estaba colorada, y en algunos lugares tenía pequeñas manchas rojas mas intensas. Ella beso con delicadeza aquella carne dolorida, y sintió el calor en sus labios. La excitación aumento no solo en su sexo, sino en su mente. Estaba extasiada con aquella visión, con su tacto y sobre todo por saberse ella responsable. Se sintió agradecida de que él se entregará a ella.          

Ambos se miraron. Él le volvió a sugerir que usara la palabra de seguridad, pero él solo dejo ver una amplia sonrisa y nuevamente la lengua apareció en un acto tan jovial como infantil. Los ojos de la mujer adquirieron un brillo especial. Tiró de él hasta que estuvo de nuevo sobre su regazo. Pasó la pierna sobre las suyas para inmovilizarlo más. Esperó. Esperó hasta que él se relajó. La mano derecha acariciaba su espalda y sus nalgas. Entonces se inclinó hacia delante y estiró la mano hasta alcanzar un cepillo de madera que usaba para peinarse. Después mientras que le recriminaba su acción al sacarle la lengua y tirarla al suelo, comenzó a azotarlo metódicamente.          

La madera provocaba un sonido más opaco que su mano, y las sensaciones que él recibía en cada azote también eran muy distintas, y más porque ella lo hacía de forma lenta y enérgica, dejando el suficiente tiempo entre azotes para que él pudiera sentirlo. Tras lagos minutos, aquellas nalgas habían adquirido un color más intenso. Y las lágrimas pugnaban por aflorar en sus ojos. Algo en su interior le impulsó a pronunciar la palabra que detendría el juego en el acto, pero la enorme erección que tenía, y las oleadas de sensaciones encontradas que estaba recibiendo la ahogaron antes de que las pronunciaran. Ella llevaba un rato acariciándole. Le giró la cabeza para mirar a aquel hombre que  estaba apunto de doblegarse, pero que aun se resistía. –¿Ves lo que le pasa a los chicos que sacan la lengua?- Le susurró. -¿Estás arrepentido?- Le preguntó con una sonrisa. El asintió. –Si es así, ¿por qué no me has pedido perdón, y porque no veo lágrimas? No me pareces arrepentido.          

Estaban jugando, y ambos querían saber si podían ir un poco más allá. No sabían lo que el otro esperaba, pero se sentían en tan plena conexión, que ninguno quería abandonar. Quizás por eso a pesar del dolor que sentía en su trasero, sacó la lengua una vez más, a la vez que sonreía.   –Hoy llorarás mi amor.- le susurró mientras le dedicaba una amplia sonrisa. Después se inclinó palpando el suelo con la mano hasta dar con lo que buscaba. Le miró durante un instante mientras levantaba la mano armada con una zapatilla de tela con la suela de goma negra muy flexible. El primer azote le hizo saltar literalmente sobre el regazo de ella. Intentó cubrirse con la mano.          

Ella le sujetó la mano a su espalda, y le acercó la zapatilla  a la cara. -¿La ves amor? Esta hará que entres en razón.- Él la contemplo durante unos instantes. Era beige con pequeñas franjas burdeos. La suela estaba gastada, pero no por ello picaba menos. Intentó decir algo, pero ella no le dio tiempo, comenzó una azotaina severa. Las nalgas saltaban de un lado para otro con cada azote. La severidad con la que le azotaba hizo que antes de la docena de azotes, él comenzará a sollozar y a pedir clemencia. Ella se detuvo y dejando la zapatilla sobre su espalda comenzó un suave masaje en las nalgas. Cualquiera hubiera perdido la ercción, pero él estaba en una nube de excitación. Las lágrimas constituían una enorme liberación, de años de espera, de ansias ocultas tan profundamente que estuvieron a punto de desvanecerse. Estaba recibiendo un castigo muy severo, pero también una liberación mucho más elevada que el dolor. Por eso cuando los azotes se reanudaron, dejó de resistirse, su cuerpo se relajó y el lloró a gusto mientras que la zapatilla golpeaba una y otra ves su ya enrojecido trasero.          

Ella se detuvo. Dejo caer al suelo la zapatilla, y cogió un bote con crema hidratante que solía usar para las manos. Con suavidad comenzó a extenderla por las nalgas de aquel hombre que lloraba como un niño en su regazo. Pronto el llanto se volvió suspiro, y tras unos reconfortantes minutos, ambos estaban abrazados en la cama, besándose en cada centímetro de su piel.                            

-Cris.- Susurró.                          

-Dime...                           

-Te quiero muchísimo....     

Cristina se le iluminó el rostro con una amplia sonrisa. Él la besó y ambos se susurraron cientos de palabras mientras sus manos pugnaban por recorrer el cuerpo del otro. Se amaron durante largo rato, después quedaron exhaustos, sudorosos pero felices de haberse conocido primero en una sala de chat, y después en aquella inolvidable noche. El yacía boca abajo, cruzado en la cama. Ella recostó su cabeza en la espalda y posó suavemente una mano sobre aquellas nalgas sumamente doloridas.          

Así les sobrevino el sueño. Ella sintiendo el calor de aquel trasero en su mano, y él la paz que había buscado durante años, sin saber donde hallarla. Hoy ambos se habían completado, formaban un todo sabiéndose poseedores de lo que el otro anhelaba. Así, juntos, soñaban con el mundo que acababan de describir, y deseando las experiencias que le deparaba aquel descubrimiento. Ambos estaban a las puertas de sus deseos y secretos, en aquella primera noche en la que todo su mundo se volvía a reescribir. 

- FIN -