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Relatos de azotes

El compañero

Autor: Mkaoss. 6 de marzo de 2.003

Menuda tarde aburrida estoy pasando. Cuentas, balances y estadísticas que no sirven nada más que para que el jefe se luzca en el Consejo de Dirección hablando de cosas que no entiende.

Y todos los días igual, uno tras otro, abriendo y cerrando cajones y archivos, como hace mi compañera. Hoy parece que está más alterada; se ha quedado ya dos días por la tarde, y parece que está nerviosa.
¿- Qué te pasa, Bárbara?

No hubo respuesta. Bueno, no me habrá oído. De vez en cuando la pasa. No quiere escuchar y por eso no quiere responder.

- ¿A que adivino lo que estás buscando?
- A que no, listo ¡-dijo ella de forma despectiva.
- Estás buscando algo que no encuentras, ¿a que sí?

Bárbara me echó una mirada de asco y dijo con rabia:
-! ¡Eres un idiota!
- Mira, Bárbara, si yo fuera tu marido te tumbaría en mis rodillas y te pondría el culo como un tomate.
Bárbara enrojeció al pronto y se quedó fijamente mirándome. Balbuciendo sus palabras, dijo:
- ¿De......verdad que....harías eso?
- Por supuestísimo. Creo que es lo que andas buscando y, claro, no lo encuentras, por que no lo pides.
- ¡Eso que te crees tú! Mira, tú y yo nos conocemos desde hace tiempo, y...tenemos confianza el uno con el otro. Lo que acabas de decir.... ¿lo decías en serio?
- Sí, totalmente en serio. No hay nada más sano que una azotaina en el trasero para que el ambiente se relaje.
- Ojalá fuera así mi marido- dijo en bajito, pero lo suficientemente alto para que lo oyera.
- Bárbara, amiga, cuéntame. Yo también te he contado cosas personales.
- Bueno. ¡Ahí va! Pero como te rías, te parto la cara.
- Entonces...no podré ponerte el culo colorao!
- ¡Y dale....! Pues bien...pues...que es eso...lo de la azotaina...AZOTES. ¿Me entiendes?
- ¡Sí, pero quiero que me lo digas tú!
- ¡Ah, no! ¡Así no tiene gracia! Él es el que tiene que adivinarlo.
- ¡Vaya! ¿Y porque los hombres no seamos adivinos, os pasáis la vida refunfuñando?

Bárbara no paraba de moverse, y cada vez estaba más nerviosa. Incluso se tocaba la falda como queriendo colocársela mejor. Y yo, cada vez más excitado.

- Oye- preguntó Bárbara- ¿Tú alguna vez.....alguna vez has azotado a alguna mujer?
- En sueños..... ¡A todas las que he podido!
- Ja, ja, ja, ja, ja. ¿De verdad que tú también estás en el OTK?
- ¡Oye!, eres una experta- dije con admiración.
- Psss ¡Se hace lo que se puede!

Nos quedamos mirándonos un rato y de sus ojos salía un brillo especial que nunca había detectado. Miraba como diciendo: ¿a qué esperas?

- Bueno, y ahora que conocemos nuestro secreto, ¿qué vamos a hacer?- pregunté ingenuamente.
- ¿Tú cómo estás?- preguntó
- Yo estoy.... que muero de ganas de azotarte el culo- la dije mirándola fijamente como ordenándola que acatara mi deseo.
- Es una locura. No puede ser....
- Bárbara, déjate llevar. Tienes que expresar tus sentimientos. Yo ya lo he hecho, y me siento mucho mejor. Sé que tú no me vas a hacer daño y tú sabes que yo tampoco te lo haría. En la escena OTK, al principio, debes de forzar un poco la situación. ¿Qué quieres ser? :
¿Una niña malcriada con papi o con maestro? ¿Una jovenzuela gamberra con poli? ¿Una esposa incordiona? ¿Una amiga impuntual? ¿Una secretaria que se equivoca más de la cuenta ?.......

Bárbara no daba crédito a mis palabras y cada vez sus ojos parecían más grandes, como si estuviera disfrutando ya de los azotes.

- ¿Tú crees que haríamos bien?- preguntó.
- Sí, ¿por qué no? Conocemos a nuestras parejas y sabemos qué es lo que da cada uno. ¿Cambiarías a tu pareja sólo por que no sea spanker? La mía, por desgracia, no es spankee, pero no la cambiaría por nada.
- No sé. Lo tengo que pensar.
- ¿Tú se lo has dicho a Javier?
- No
- Pues díselo, anda.
- Y ¿tú a la tuya?
- Sí, y me ha dicho que no, pero por eso no la voy a dejar. Sin embargo, no renuncio a mis gustos. Si tienes las cosas claras no tiene que haber problemas. El OTK está por encima del amor, y si estuviera dentro, sería el paraíso. Ahora bien, ¿cuántas parejas conoces que sean tal para cual? Yo, a muy poquitas, por no decir a ninguna.
- Vale, pero sin implicación sexual- dijo ella.
- ¿Sexual? ¿Por quién me has tomado? Cómo bien habrás leído, si te interesa tanto el OTK, la azotaina es el arte del azote: es una técnica de estimulación, de juego, de masaje, de fantasía....donde ambos se entregan y se dan al mismo tiempo, con total libertad, con un respeto absoluto a los términos y límites pactados. ¿En cuántas películas de spanking acaban en la cama? En poquitas, por no decir ninguna.- dije yo enfadado- ¡Bueno, espera! Yo no necesito convencerte, por que tampoco necesito zurrarte. La que lo necesitas eres tú. Tú quieres ser zurrada para sentirte amada, deseada, cuidada, vigilada, estimulada.... y todas las “hadas” que quieras, por que en el fondo eres una “hada”.

Bárbara agachó la cabeza y preguntó:

- Si yo fuera tu mujer, y hubieras decidido darme una paliza por lo que había hecho, dime ¿cómo desarrollarías la escena?
- ¡Ay, mi amiga! Fíjate bien: Imagino que tu comportamiento había sido horrible, tan horroroso que tu paciente marido, fuera de sí, no puede controlar su respeto y te piílla “ in fraganti “, te hace ver lo fatal de tu conducta y te diría lo apenado que estaba por su relación contigo, que debería de pensar si le merecía la pena seguir al lado de una mujer tan descuidada, perezosa e irresponsable; te diría tales cosas que tú te verías obligada a pedirle y suplicarle que te perdonara, por que si no, le perderías; que harías cualquier cosa que él te pidiera. El te recordaría todas las veces que te perdonó y las veces que te volviste a portar mal. Tú, al final, le pedirías una última oportunidad y él te diría que no, que no habría otra oportunidad a menos que aceptases un serio castigo que te hiciera ver las cosas de otra forma.
- ¿Un castigo ?...... ¿Qué tipo de castigo?
- Justamente el que se merecen las niñas traviesas como tú: una buena azotaina en el trasero desnudo, hasta ponértelo como un tomate.

Ella se quedaría pensando entre excitada y rebelde de sucumbir.
- Mañana cuando vuelva de trabajar, quiero encontrarte vestida como una pequeña colegiala: nickie blanco, faldita corta, calcetines hasta la mitad de las piernas, zapatos bajos de cordón y el pelo recogido en dos coletas.
- Jooo!...-protestaría ella dando un zapatazo en el suelo.

Al día siguiente, cuando estuviera en la oficina, la llamaría por teléfono y la recordaría lo que iba a suceder por la tarde, que se lo fuera pensando y que, aunque se arrepintiera y pidiera que la perdonase, no se libraría de la zurra que la iba a dar. Ella lloriquearía y pediría nuevamente perdón. Yo la colgaría el teléfono con un firme. “Tú te lo has buscado “.

De vuelta a casa intentaría relajarme lo más posible, a fin de estar tranquilo cuando actuara.

Cuando entrase, ella estaría esperándome en el pasillo.

Hola, Bárbara, veo que ya estás preparada.

Iría a la habitación, me quitaría la chaqueta y vaciaría los bolsillos de mi pantalón, de las llaves y monedas.

- Vamos al salón - Me sentaría solemne en el sillón y haciéndola permanecer de pie, con los brazos a ambos lasos, la diría:

- Mira, Bárbara. Desde hace algún tiempo vienes portándote como una niña malcriada, haciéndome rabiar y dándome la lata en las cosas más elementales. No sé a qué se debe, pero parece como si estuvieras diciéndome: ¡venga!, ¿a ver si te atreves? Pues bien, claro que me atrevo y te lo voy a demostrar ahora mismo. ¿Tienes algo que añadir a tu favor?

-No- diría ella compungida y llorosa, mirando hacia el suelo, con las manos unidas por delante de su cuerpo, medio encorvado.

- Muy bien. Pues ¡vamos allá! – Me levantaría y colocaría una silla sin brazos en mitad del salón. Me enrollaría las mangas de la camisa y me soltaría el nudo de la corbata. Sentándome en la silla, la indicaría que se tumbase en mis rodillas.

-Vamos. Ya sabes lo que tienes que hacer- Y si opusiera resistencia, la cogería de la muñeca y la tumbaría yo mismo.

Dedicaría unos momentos para ponerla en la mejor posición posible. La cabeza baja, las piernas estiradas, el culo prominente. Al llevar falda corta, el inicio del trasero y la insinuación de las bragas sería evidente, por lo que los primeros azotes aplicados caerían tanto en la falda como en los muslos.

Al principio ella mantendría la postura, pero a medida que los azotes arreciasen, la falda se subiría y el bamboleo de sus nalgas me indicaría que era hora de levantarla del todo las faldas. Ella protestaría pero se dejaría hacer ya que tampoco su trasero se habría calentado lo suficiente.

Con fuerza, reiniciaría la azotaina, cada vez más fuerte, aumentando la velocidad según fuera controlando el golpe. Ella empezaría a moverse incómoda y a proferir ligeros “ayes” de dolor.

Ya basta, ¿no? ¡Déjame en paz, ya!- pediría ella.

¿Dejarte? Si no he hecho nada más que empezar. Es hora de bajarte las bragas.

Y de un tirón se las pondría abajo del todo.

No sé de donde sacaría las fuerzas, pero los azotazos que la cayeran, retumbarían en la habitación, y a cada golpe, rebotaría mi brazo para el siguiente azote.

Ella ya tendría el culo colorado, estaría llorando, y las bragas se la habrían caído hasta los tobillos de tanto patalear y suplicar que parase la zurra.

Como no se estaría quieta, la cambiaría de postura, la tumbaría sobre mi pierna izquierda, bloqueando sus piernas con mi pierna derecha. De esa forma la inmovilidad es casi absoluta, el trasero queda más elevado y redondo, ya que se obliga a que el cuerpo se arquee mucho más.

En esa postura, los movimientos de la pelvis de arriba abajo, realizan un corto recorrido, asemejando claramente una cópula, aumentando la fricción de los cuerpos que, juntamente con la sangre acumulada en la zona, favorece la excitación sexual.

Mi mujer bañada en lágrimas y gritos de dolor, entrecortaría su respiración que se volvería profunda y jadeante, pronunciándose los movimientos de caderas y quedando un instante en la tensión máxima del orgasmo. Ahí sería cuando me daría cuenta de todo el engaño, y entonces, reduciría la severidad de la zurra y llevaría dulcemente mi mano a las zonas castigadas para concentrarme en la zona anal y vulvar, y consolarla con besos y caricias.

Hasta que no se hubiera tranquilizado del todo, no dejaría de cuidarla diciéndola dulces palabras:

-No has sido sincera conmigo, Bárbara. No hacía falta que chocaras el coche, ni que quemases la comida, ni que estropearas el informe de mi trabajo, ni que dejaras de abonar el recibo que debíamos. Tan solo tenías que haberme dicho lo que realmente querías. ¿De acuerdo?

Sí, cariño- diría ella, estando ya de pie y frotándose el culo.

- Bien. Ahora quiero que estés de cara a la pared durante 10 minutos. El tiempo que necesito para ponerme cómodo y volver a estar contigo. Esta vez como tu marido.

¿FIN? (Ya veremos)

mkaoss. 6 de marzo de 2.003

Era una noche típica de exámenes

m/f cinturón

Autor: Charly Gaucho

Cerca de treinta estudiantes de la última cursada estaban sentados en el aula esperando nuestra llegada.
La mesa examinadora estaba formada por un adjunto, que llamaremos Pedro, y por mí como titular.
Nos sentamos al lado de la mesa. Revisamos el bolillero, que estuvieran todas las bolillas (son doce), que hubiera suficientes programas de examen de la asignatura y cuando todo estuvo en orden comenzamos el examen.
Pedro iba llamando a los alumnos en función de una lista que había preparado la Secretaría Administrativa con todos los inscriptos que estaban en regla.
Mientras uno daba examen otra estaba "en capilla", leyendo el programa, eligiendo una de las dos bolillas que había extraído y preparando su exposición.
Así se fueron sucediendo varios alumnos -algunos aprobaron otros no- hasta que le tocó a ella.
La llamaremos Gabriela (es un humilde y sentido homenaje a la reina universal de las travesuras spanko).
Gabriela se adelantó, apoyó los programas sobre la mesa, dio vuelta el bolillero un par de veces y extrajo las dos bolillas que le correspondían.
Concentrado en la exposición del alumno que daba examen sólo le dirigí una fugaz mirada. En mi inconsciente algo me dijo que pasaba algo extraño. Entonces la miré conscientemente.
Tenía alrededor de 25 años. Su larga cabellera teñida de rubio (que era teñida lo supe después ya que la tintura estaba muy bien hecha), una blusa suelta que escondía sus formas y una pollera amplia que le llegaba a las rodillas.
Entonces me percaté de que me había llamado la atención. Gabriela siempre había adoptado una actitud desenvuelta y provocativa durante la cursada. Pantalones muy ajustados. Faldas muy cortas. Blusas transparentes. Preguntas capciosas que sólo pretendían poner en aprietos a quien daba la clase.
Ahora estaba aplacada. Parecía intentar pasar desapercibida. Era una actitud bastante extraña. Se sentó en capilla y sus manos nerviosamente se aplastaban sobre su pollera mientras apretaba fuertemente una pierna contra la otra. Serán los nervios, supuse yo y volví a concentrarme en el examen del alumno que estaba rindiendo.
Finalizó su muy buen examen, se paró y se retiró.
Gabriela se levantó, avanzó y se sentó en la silla ubicada frente a la mesa de examen.
Curiosamente, en vez de acercarse a la mesa, corrió la silla un poco hacia atrás.
Eligió bolilla y le pedí que comenzara su exposición sobre el tema que ella misma había elegido.
Bajó las manos debajo de la mesa, bajó la cabeza y clavó su mirada en el piso.
Estuvo un rato meditando, levantó la mirada y de repente comenzó a recitar de corrido el tema elegido.
De pronto se detuvo y volvió a bajar la mirada. Estuvo un rato así y luego -levantando de nuevo sus ojos- continuó con el tema también de corrido.
Parecía que recordaba de a pedazos. Su proceder me llamó la atención.
Me acerqué a Pedro y le susurré en su oreja "Mantenela, no la dejes ir, no me mires. Cuando cruce la puerta hacele otra pregunta sobre el mismo tema". En voz más audible dije "Voy al baño. Ya vuelvo".
Me levanté, fui hacia la puerta, la abrí, salí y la cerré de manera tal que se escuchara perfectamente. Me coloqué sobre el pasillo del otro lado de la puerta, de forma tal que Gabriela no pudiera verme y entonces Pedro le hizo otra pregunta.
Ella repitió la rutina. Lo miró, después bajó la vista y entonces comenzó a levantar su falda de manera tal que casi se le veía su bombacha. Sus muslos al descubierto descubrieron el enigma. Estaban totalmente escritos con diversos caracteres que -desde mi posición- no podía leer, pero era evidente que todos sus muslos se habían convertido en un inmenso machete y que ahí leía las respuestas que daba.
Me sonreí. Hice un poco de tiempo esperando que ella volviese a bajar su pollera y -levantando la mirada- comenzase su exposición. Cuando Gabriela hizo esto, yo reingresé a la habitación y me senté en mi lugar.
Siguió el examen con las mismas bajadas y subidas de mirada, hasta que luego de una buena respuesta de parte de Gabriela di por terminado su examen. La despedí de forma tal que -sin decírselo- le hice creer que le había ido bien.
Continuaron sus compañeros hasta que todos los que decidieron presentarse lo hicieron.
Finalizado el examen le pedimos a los alumnos que se retirasen al pasillo.
Pedro y yo acordamos las notas de los exámenes y luego le expliqué lo sucedido con Gabriela.
Le pusimos su nota y le dije a Pedro
"Dejala por mi cuenta. Si querés andate."
"Estás loco, mirá si me la voy a perder, conociéndote" me contestó.
"Bueno" le dije.
Mientras Pedro acomodaba papeles y bolilleros, salí al pasillo y leí las notas de todos menos la de Gabriela.
Luego de recordarles que debían concurrir al día siguiente para retirar las libretas universitarias, di la vuelta y encaré hacia dentro del aula donde estaba Pedro.
"Doctor" escuché a mis espaldas y me sonreí. La voz era inconfundible. Apoyé las actas sobre la mesa.
"No me dio la nota" me dijo Gabriela mientras ella también avanzaba dentro el aula.
"¿No?" le pregunté intentando tener un aire "de yo no fui".
Mientras tomaba nuevamente las actas que había apoyado sobre la mesa Pedro se deslizó a nuestras espaldas y sigilosamente cerró la puerta. Nadie parecía haber quedado en la Facultad, fuera del sereno que siempre permanecía junto a la puerta de entrada.
Haciendo que leía el acta le dije
"Gabriela... Acá está... Uno para tu examen y seis para el de tus piernas. Promedio tres y medio" (Cabe aclarar que para aprobar se requiere un mínimo de cuatro puntos).
"¿Qué?" exclamó ella.
"Lo que oíste" respondí.
"No... no entiendo" balbuceó mientras un traidor sonrojo se pintaba en sus mejillas.
"Si no entendés ¿por qué te ruborizás? pregunté.
"No sé de que habla, Doctor" me contestó.
"No sabés, lo que no sabés es tener vergüenza. Nos tomaste de idiotas o qué. Te pensás que te podés hacer la mujer superada durante la cursada, haciendo preguntas con el único objeto de poner en aprietos a los profesores y que ahora te vas a llevar el examen de arriba leyendo en tus piernas las respuestas".
La miré fijamente, ya el rubor era netamente rojizo y había cubierto todo su rostro.
"Así que no sabés de que hablo. Levantate la pollera y vas a entender. A nosotros nos vas a tomar de idiotas solamente si queremos que nos tomes. No te das cuenta que cuando vos fuiste nosotros ya fuimos y volvimos".
Detrás de ella el rostro de Pedro estaba conmovido por la gracia que le producía la situación y casi no podía contener la risa
La volví a mirar fijamente y le dije:
“Mañana mismo voy a pedir tu expulsión. Lo que hiciste no tiene nombre ni perdón. Así que te sugiero que te prepares”
Comencé a caminar hacia la puerta dando por finalizada la conversación, cuando mis espaldas estalló un profundo y acongojado llanto:
“No, echarme no, por favor” me dijo dirigiéndome una mirada suplicante bañada en un mar de lágrimas.
“Ajá y vos pensás que lo que hiciste puede quedar impune. Acaso crees que no te merecés un buen castigo por tu actitud y tu conducta”.
La volví a mirar fijamente. Sus manos estaban cruzadas a sus espaldas. Su cuerpo se estremecía con sus sollozos.
“No mi querida, esto no puede quedar así y no va a quedar así. Hacete a la idea de tu castigo y expulsión, porque yo no voy a tolerar que sigas en esta Universidad después de lo que hiciste” le despaché con toda la fuerza que pude.
“Fue muy grave. Te quisiste burlar de dos profesores delante de todos tus compañeros y eso no te lo vamos ni a permitir ni a perdonar” finalicé.
“Por favor", balbuceó en un nuevo arranque de llanto. Las lágrimas ya resbalaban hasta su cuello. Interiormente sentí deseos de consolarla pero sabía que tenía que mantenerme firme y no dar ni un paso atrás.
“Por favor, castígueme como quiera, pero no pida que me echen. Mis padres se matan trabajando para que yo pueda estudiar y si me expulsan los voy a matar, tienen puestas todas sus esperanzas en mí. Por favor” dijo.
“Así que no sólo te burlaste de nosotros dos, sino que también estafaste a tus padres” le escupí sobre su desconsolado rostro. “Razón de más entonces para expulsarte y que tus padres sepan la hija que tienen. Yo mismo me voy a encargar de explicarles personalmente a ellos las causas de tu expulsión” agregué.
“No” suplicó mirándome desde la profundidad de sus ojos, me di cuenta que jamás pensó que su travesura iba a terminar así. “Por favor, castígueme como quiera pero no me eche, por favor... ” reiteró.
Miré a Pedro que continuaba sonriéndose apoyado sobre la puerta cerrada. En esa sonrisa y en su mirada encontré su conformidad para proceder como yo quisiera.
“Por favor, te fijás si hay alguien todavía en el Decanato” le pedí a Pedro, que salió y se dirigió hacia las oficinas.
Mientras esperaba que Pedro volviese miré nuevamente a Gabriela que continuaba llorando desconsoladamente.
Cuando Pedro volvió me informó: “El único que queda es el sereno, que está en la puerta principal, no hay más nadie ni en el Decanato ni en ningún lado”.
Volví a mirar a Gabriela y le susurré “¿Cómo yo quiera?”.
Me miró. “Haga lo que quiera pero no me expulse, por favor” dijo.
“Va a ser duro, muy duro. Te va a doler mucho” le aclaré. “Pero tu conducta de niña malcriada sólo puede merecer un intenso y profundo correctivo de manera que nunca jamás te olvides de lo que pasó y ni siquiera se te ocurra pensar en volver a intentarlo” agregué.
Me miró como si no entendiera y volvió a bajar los ojos. “Haga lo que quiera pero no me eche” repitió.
Miré a Pedro. Continuaba apoyado en la puerta sonriente. Miré a Gabriela. “Levantate la pollera” le ordené. Creyó que era por el machete y entonces las levantó un poco de manera que pudiera ver algo de la escritura. “Bien arriba” volví a decir. Lo hizo. Aparecieron ante nuestra vista un sinnúmero de inscripciones escritas en las partes anterior e interna de ambos muslos.
“Increíble, tenías razón” exclamó Pedro a mis espaldas.
Gabriela me miró mientras sostenía su falda. El rubor se había extendido a todo su cuerpo y sus muslos sonrojados contrastaban con el blanco de su bombacha.
Mientras me miraba, desabroché mi cinturón, lo tomé por ambas puntas y lo sostuve en el aire. Se puso pálida. “¿Qué va a hacer?” preguntó. “Castigarte como una niña malcriada, ya te dije. Eso o la expulsión. Elegí” agregué.
Me miró, miró el cinturón, tragó saliva y dijo “Está bien, la expulsión no, por favor”.
Tomé una de las mesas de examen y la coloque sola en medio del aula. A su lado puse una silla con el respaldo al lado de la mesa.
“Arrodillate en la silla” le ordené. Lo hizo.
“Acostate sobre la mesa” le volví a exigir. También lo hizo.
Me acerqué desde atrás, le enrolle la pollera alrededor de su cintura de manera que sus muslos y sus nalgas quedasen totalmente descubiertos.
Tomé su bombacha con ambas manos y comencé a bajársela.
Se sacudió “La bombacha no, por favor, me da mucha vergüenza” dijo.
“¡¡¡Cómo!!!” exclamé. “Hacer lo que hiciste no te dio vergüenza, así que te la bancás o ya sabés que va a pasar”, grité. Estaba a punto de conseguir mi objetivo y no iba a dejar escapar la presa.
Calló y agachó la cabeza sumida en medio de un mar de lágrimas. Y eso que todavía no habíamos empezado. Sentí que toda su resistencia se había derrumbado.
Terminé de bajar su bombacha hasta la altura de sus rodillas y miré el panorama. Era extraordinario. Esas nalgas invitaban a un intenso castigo y yo iba a complacerlas.
Di un par de pasos hacia atrás mientras hacía restallar el cinturón sobre la palma de mi mano.
Cuando me ubiqué en el lugar adecuado, comenzó el castigo. Desde el borde superior de sus nalgas hasta la parte inferior de sus muslos el cinturón fue dejando una marca tras otra de su acción.
¡¡¡¡¡¡¡¡AAAAAAAAAAAAAYYYYYYYYYYYYYYYYYYY!!!!!!!!!!!!
Las lonjas rozadas con sus bordes rojizos se fueron dibujando en la pálida piel. Fui hacia abajo, volví hacia arriba. Me concentré en sus nalgas. Allí fui particularmente intenso. Volví hacia abajo, fui hacia arriba. Volví a dedicarme con especial intensidad a sus nalgas.
¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡AAAAAAAAAAAAHHHHHHHHHHHHH!!!!!!!!!!!!!!!!
“Basta por favor”, suplicó.
“¿Cuántos van, Pedro?” pregunté.
“Cuarenta” contestó.
Me acerqué a Gabriela y acaricié la tersa y caliente piel. Cuando apoyé la mano en sus nalgas se estremeció.
“¿Duele?” pregunté. “Mucho” contestó Gabriela. “Esa era la intención, pero todavía no terminamos” continué.
La miré. Sus manos estaban aferradas al borde de la mesa. Sus nudillos estaban blancos de hacer fuerza sobre ese borde. Me acerqué y le levanté la cabeza tirando de su cabello. Su rostro era un mar de lágrimas y su boca -apretada en una mueca- demostraba su dolor. Sus ojos su humillación y su vergüenza. Le apoyé la cabeza sobre la mesa y miré sus nalgas y sus muslos.
El cinturón había hecho bien su trabajo. Las marcas eran profundas y perfectamente perceptibles. Volví a acariciar la superficie afectada. Estaba muy bien castigada pero Gabriela tenía que aprender su lección de una vez para siempre.
Volví a mi posición anterior. “Serán diez más” aseguré.
Continuó el castigo. Fueron diez azotes más sobre las nalgas, luego continué hasta debajo de los muslos, volví hacia arriba y descargué los últimos diez azotes -con toda la fuerza de que era capaz- sobre sus nalgas.
¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡AAAAAAAAAAAAYYYYYYYYYYYYYYY!!!!!!!!!!!!!!!! El grito recorrió los desiertos pasillos de la Facultad.
“Suficiente” dije, mientras Gabriela se sobaba lentamente sus piernas y nalgas. “Mañana te quiero ver acá para retirar tu libreta y ya sabés que tenés que hacer” finalicé, colocándome nuevamente el cinturón.
Tomamos con Pedro los elementos y nos dirigimos a la salida mientras Gabriela se ordenaba sus ropas. Al llegar a la salida le dejamos las cosas al sereno y nos fuimos.
Al día siguiente, a la hora convenida volvimos a ingresar en el aula donde estaban todos los alumnos esperando sus libretas.
“Siéntense” les dije y todos se sentaron. Todos menos Gabriela.
“¿Por qué no te sentás Gabriela?” pregunté.
Bajando la mirada al piso, susurró “No puedo, mis padres se enteraron de lo que hice durante el examen y me castigaron tanto con el cinto que no puedo sentarme por el dolor que siento”.
“Me parece que hicieron lo correcto después de tu estúpida conducta” afirmé mirando a los restantes alumnos que contemplaban la escena estupefactos.

PD: Este relato nunca existió, salvo en lo que se refiere al ser profesor o a la toma de exámenes.

Spanking Enema (en inglés)

medicall m/f

An enema is no "wash out"! Your contributor W.K. Ireland (mag) writes about an interesting happening, and I would love to read the letters he refers to in his opening paragraph i.e. the one about the girl who gave an enema to her French flatmate. The erotic effect of a gentle enema is fabulous and needs no medicinal "wash out" excuse. I can assure you, and this is based on the fact that delicate nerve centers are near the rectal and anal areas which form an erotic zone. Women appreciate the feeling of having "something inside", the sensation of a lubricated nozzle riding in and out of the anal passage - once the initial concern or fear is over- come - is a very pleasant experience indeed whether liquid is injected or not.

Martha, my wife, used to be worried about her figure and I caught her taking dangerous slimming pills which were really an irritant to open her bowels. She had been caned before for various misdeeds but this time I gave her a good lesson. I told her to prepare herself for an enema of three pints, and I injected the soapy suds none too gently to be effective as high as possible. That accomplished I told her to keep the liquid inside her for fifteen minutes at least and meantime proceeded to give her twelve cuts of the cane which she does not mind all that much, having got used to it over the years. Only after our swishy cane was laid across her butt twelve times was she to leave for the toilet; at least that was my plan. However, after the fifth stroke, given at intervals of one minute, she jumped up to run away. I was so flabbergasted; she can take a half a dozen without too many contortions. I rushed after her brandishing the cane. She reached the toilet but could not shut herself in, so great was her hurry and her internal pressure. She raced to the W.C bowl and the three pints of so carefully prepared and applied water solution just jetted out of her bottom without having cleaned her inside to any great extent. She was sorry about it and I was annoyed since my prescription had misfired.
I decided to make the treatment really effective and this time used her vaginal douche so we could be sure of the quantity of fluid injected using a more efficient solution. We settled for a Giant Douche full of 40% glycerin, 10% of caster oil and 50% of lukewarm water. Martha had second thoughts about the size of the douche and followed the procedure wide-eyed and begged me to stop. I just grabbed her arms, pulled her onto our bed, placed her on her back, pulled her struggling legs over her head and tied them as well as her hands to the headboard. I then placed a small cushion under the small of her back so that she could bend her knees and move her thighs. In this way she could not interfere with my delicate operation. The stem of her douche is about one inch thick and five inches long. I put Vaseline on the outside and gently brought its tip onto her rather small anus, but now well stretched. Her big pink bum cheeks should not have offered her any protection, but Martha nevertheless squeezed them fearfully together.

The attempted "squeezing out" of the nozzle was rewarded with two very juicy cuts of the cane which really made her scream in earnest as she wobbled her twin globes now decorated with sets of criss-crossing tramlines, the earlier strokes already forming dark wealed ridges. Again I brought the nozzle to her tight hole and with a deft movement pushed the stem in. After the first shock my wife smiled bravely at me and suggested I take my time as she was in no position to do much about it. I gradually immersed the douche into her bottom as far as it would go and squeezed the lukewarm contents into her bowels. I worked the huge rubber ball several times to make sure that all the fluid was expelled and withdrew the syringe. Not wishing to lose any of the excellent mixture, I wiped her slippery cleft clean with some paper tissues and fixed a three inch sticking plaster to her backside smoothing it down into the crease with both hands to ensure complete adhesion.
I told Martha that she was to receive her original punishment for the slimming pills now because the earlier half measures had been to no avail and I wanted to be sure that the enema this time would be really efficient, mixing the lubricant well with the hardened matter in her bowels. It was this hardness which gave her so much pain before when trying to expel the motion.

Lustily I laid on the cane, and lustily she responded, her thighs going like connecting rods, her bottom jerking wildly in all directions, her tummy gyrating and in this way working the injection well in, judging by her crying, tears and entreaties for me to take the plaster off. I can be most determined when I want to be, and I wanted to be. Twelve cutting minutes later I untied Martha. She rolled over to her side, her legs still thrashing the air. Her hands flew to her very painful behind, now striped in a random pattern. Martha vigorously rubbed her inflamed posterior the redness of which was now accentuated by her slender white hands. She sobbed and pleaded for me to remove her "bottom gag". I told her it was for her own good to keep the enema as long as possible, that I would be the judge, and that I was very pleased with her to find her so cooperative, slithering about on the bed, massaging her burning sit-upon, as all this would further add to the medicinal action of the douching.

Half an hour later, I told Martha, who by now had quieted down and indeed was squeezing my hands tenderly and kissing me in appreciation of the nursing care I gave so freely and willingly, "Let us see how you evacuate your enema. I want to see whether it was worth the trouble." We went to the toilet, poor Martha really hobbled, and I tried to remove the plaster. But Martha was so sensitive after the beating that whenever I touched her weals she winced. I had no option but to ruthlessly tear the plaster off. Fortunately her cleft is hairless but the suddenness made her scream and wriggle on the toilet where I had placed her in anticipation of her "decompression". All control was now gone and with accompanying noises of relief the efficiency of the treatment became obvious. A soft brown mass about five times the volume of the enema injected shot out effortlessly, leaving on Martha's face an expression of relief and bliss.
She washed herself thoroughly agreeing that "inner cleanliness" comes first. My wife confided that the actual insertion of the syringe was such a delight that she begged me to modify my lovemaking to simulate the experience there and then. Oh, this was indeed a wonderful experience for both of us. Back in the bedroom she knelt down and offered her now nicely perfumed body to me. I had no difficulty entering her from behind since her sphincter muscle had now been suitably exercised. Her striped bottom simply invited me to squeeze a handful of the wealed skin which made her yell out loudly. Her bottom was really sore and I grabbed the part where there were several welts crossing each other. Believe me I did not have to pinch hard for her rear to buck wildly. Oh, yes, Martha's big rear gyrated madly! I saw to that until I ejaculated. She blushingly told me that this was the most exciting sex she had ever experienced: impaled, her cheeks smarting, a love juice injection just like from the powerful douche. We are now educated in the art of erotic douching which requires much less effort than the sex act, for a possibly greater thrill.
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Anonymous

O Tío (en portugués)

Autor(a) desconocido(a)

Aninha sentou na cama, e com os braços envolveu os joelhos, ficando toda encolhida, como uma menininha emburrada. Um turbilhão de sentimentos passava em sua cabeça, e ela não saberia definir como estaria naquele momento: irritada, triste, confusa, agressiva ou meramente cansada.

Mas os minutos foram se passando, e os pensamentos assentando como a poeira após a rajada de vento. Lá fora, o silêncio, só um cachorro latindo. O sol entrava pela janela do quarto e ia bater de encontro à escrivaninha desarrumada, enquanto a cortina semi-cerrada deixava a cama na sombra. Onde estaria o tio, agora? Aninha sabia que não demoraria a vê-lo, e estava um pouco nervosa. Pôs-se a recordar. Recordou sua chegada na casa do tio, vinda do interior para fazer a faculdade na capital. Lembrou de seu deslumbramento inicial, dos novos amigos que fizera, os passeios, as descobertas, a rotina do estudo... tudo acontecendo muito rápido. Era muita tentação, e ao mesmo tempo, muita responsabilidade. Estudava feito uma doida para acompanhar o ritmo, mas também saia, voltava tarde, não tinha tempo nem para comer direito. Nem telefonava mais para a mãe, e negligenciava as antigas amizades. Só queria saber de novidade, novidade, novidade... o tio também andava meio chato. Aninha sempre gostou daquele tio, e sabia que ele era cuidadoso e severo. Lembrou os dias da juventude, quando ela e as primas faziam arte até cansar, e punham os velhos de cabelos em pé. De vez em quando a mãe e as tias pegavam o chinelo e saiam a distribuir chineladas na molecada. Mas como o tio era diferente. Ele nunca perdia a calma. Tinha aquele olhar que parecia desnudar a alma, e apontava direitinho o que ela havia feito de errado, porque era errado, e como ela deveria ter feito. E nada de berrar e distribuir chinelada, o castigo era aplicado com a solenidade que se reserva aos ritos importantes. Aninha lembra bem as primas, com cara de choro, a abaixar a calcinha e a deitar devagar no colo do tio, com o bumbum gorducho oferecido à justa punição. O tio, ar severo, erguia uma escova de cabelo de fundo chato, e serenamente punha-se a carimbar aquele traseiro, como um digno tabelião que carimba uma pilha de certidões, batendo pausadamente ora aqui, ora ali, fazendo as nádegas da menina chacoalhar como um pudim, e os dois pezinhos a subir e descer como os de um nadador que tentasse nadar no seco. Algumas vezes ela própria já havia experimentado aquele corretivo, e sabia como ele podia tirar-lhe o desejo de repetir a travessura por um bom tempo.

Mas o que Aninha não se conformava, era que o tio nunca perdia a calma. Fora assim naquela manhã. É certo que ela havia respondido mal ao tio, que só havia chamado a atenção para o seu comportamento, e alertado de que sua mãe estava preocupada. Será que o tio não podia simplesmente dizer-lhe uns desaforos e dar o incidente por encerrado? Mas não. O tio não estava ali para isso. Ele genuinamente se preocupava com as filhas e as sobrinhas, e dava a todas a devida orientação e as merecidas reprimendas. Sim, Aninha sabia por que o tio a havia mandado ir para o quarto. Não adiantava se enganar, e enquanto pensava, vinha-lhe à mente as cenas da infância, acompanhadas de uma sensação de formigamento nervoso nas nádegas. Passou a desejar que o tio voltasse logo e desse o suplício por encerrado. Mas não. O tio fazia tudo bem-feito. Ela a havia mandado para o quarto para pensar, e ela estava pensando. Pensou o quanto estava sendo ingrata com o tio que a hospedava em sua casa, e veio-lhe uma vontade de chorar. Suspirou. Agarrou um travesseiro, colocou-o no colo e enterrou seu rosto nele. Neste instante desejou mesmo a presença física do tio, para que tudo se esclarecesse e voltasse a ser como era antes.

A porta enfim se abriu. O tio entrou, severo e triste, e trazia uma coisa na mão.

- Então, filha, pensou?

Aninha não respondeu. Fez que sim, com a cabeça.

- Agora você vai descer essas calças e vir até aqui.
O objeto que o tio trazia era uma escova de cabelo, daquelas antigas, de fundo chato de madeira. Aninha sentiu o coração disparar. Mas por que? No fundo ela sabia que era isso que a aguardava. Mas trazido pelo instinto, o espírito da menina levada voltou a comanda-la.

- Ah, quê isso, tio, você vai me bater??

- Vou sim, filha, conforme você merece, e conforme sua mãe me autorizou.

- Ah, nãããooo... não faz isso! Eu já estou grande para apanhar!

- Não, minha filha, você ainda é uma menina, e não está se comportando como adulta. Suas primas têm a sua idade, e todas apanham ainda quando necessário. Quando você veio para cá, eu me comprometi com a sua mãe de cuidar de você, e vou cuidar!

Você, para mim, é como se fosse minha filha!

Aninha sentiu um nó na garganta e os lábios tremerem. Uma lágrima aflorou em cada olho. Ela sabia que o tio gostava dela, e tudo o que ele fazia era para o seu bem. Mas estava com medo.

- Ah, nããooo... por favor, titio... eu peço perdão... Ahnnn Ahnn Ahnn não quero… Ahnn vai doer… Ahnnn

- Minha filha, você sabe direitinho como tem que fazer. Abaixa a calça e vem aqui deitar no meu colo.
Choramingando baixinho, olhando para baixo, Aninha levou os dedos até o botão da calça baixa que deixava seu umbigo a mostra. Devagar, desceu-a até os joelhos. Deveria descer também a calcinha? Não perguntou ao tio, mas achou que seria um desrespeito manter a calcinha no lugar, e desceu-a também. Nem bem os pelos pubianos ficaram a mostra, veio-lhe uma sensação esquisita, era como aquele dia em que foi tomar uma injeção, só que dessa vez o tio é que seria o farmacêutico... com passos trêmulos, aproximou-se do tio, que a aguardava sentado bem reto na cadeira da escrivaninha. Debruçou-se em seu colo, sentindo o cheiro dele, cheiro de homem misturado com sabonete Phebo. Sentiu um arrepio nas nádegas nuas e soltou um gemido abafado, enquanto posicionava-se com o traseiro bem empinado, mãos e pés tocando o chão. No que sentiu o contato da mão forte do tio em suas costas, acariciando-a gentilmente, parou de soluçar e sentiu-se forte, como se aquele contato lhe transmitisse a coragem necessária para enfrentar a sova merecida. O tio fazia aquilo por ela, não podia decepciona-lo!
Aninha sentiu o deslocamento de ar quando o tio ergueu a escova, e aterrissou-a sobre o traseiro branco e avantajado que lhe era oferecido.

PAF!

Um choque pareceu percorrer o corpo de Aninha, da ponta dos pés aos dedos das mãos. Mais uma vez a mão do tio subiu e desceu. PAF! PAF! PAF! Aninha sentiu que cada golpe produzia uma sensação de formigamento que se espraiava em círculos concêntricos pelas nádegas e descia pelas coxas, como se tudo estivesse em fogo.
PAF! Ai! PAF! AiAi! PAF! Ai, tio! PAF! Pár PAF! Tá doen PAF! Ai por fav PAF! Não faço mais PAF! Nunca mais PAF! Tá bom, tio PAF! Ai, tá bom PAF! AAII! PAF! PAF! PAF!
Aninha não conseguia conter-se. Era inacreditável como aquela escova dura era capaz de doer, batendo nas nádegas nuas! Ela esperneava e se contorcia, as súplicas saíam aos borbotões, assim como as lágrimas. Mas sentia que, junto com o suor e as lágrimas, parecia que saia também todo o mau humor que a andava impregnando por semanas a fio. Ia embora toda a mágoa e toda a revolta. Ela amava o tio por estar fazendo aquilo. Nem reparou quando ele parou de bater, continuou chorando e prometendo se comportar bem dali por diante. O tio esperou que ela se acalmasse um pouco, depois ajudou-a a se levantar, enxugou-lhe as lágrimas e levou-a até o banheiro para que se lavasse.

- Agora você não faz mais, não é, filha?

- Não... Ahnn não... Desculpa... Olha tio, obrigada, eu estava merecendo! Ahnnn
Sentindo-se leve como uma pluma, Aninha cantarolava uma canção enquanto lavava o chão da cozinha, cumprindo o castigo que o tio lhe dera. Sentia o frio da mistura de água com detergente em seus pés descalços, e vestia apenas um saiote, sem calcinha, cobrindo o traseiro vermelho, cheio de marcas circulares e salpicado de gel e talco. O tio, muito circunspeto, lia o jornal.

- Tio...

- O que foi, meu bem?

- Você ainda está zangado comigo?

- Não, meu amor, eu nunca fico zangado com você. Eu te castigo para você se corrigir, e não porque eu esteja zangado. Limpa direitinho o chão, e quando terminar dá um telefonema para a sua mãe, que ela está com saudades.
Sorrindo, Aninha pôs-se a torcer no balde o pano de chão, ansiosa para terminar e ligar para a mãe contando a surra que o tio lhe dera.

Fessées et masturbation (en francés)

f/f
Autor(a) desconocido(a)
J'aime être dominée, j'ai d'ailleurs connu très tôt les plaisirs troubles de la punition. Mes parents sont très bons, mais mes incartades sont toujours punies de fessées. Il faut dire que, dans son genre, maman est une spécialiste et je me souviens avoir lu en cachette un livre se trouvant dans sa chambre intitulé " La fessée ", de l'auteur L. Frapié. Comme toutes adolescentes de mon âge, j'avais des défauts mais, hélas j'étais et je suis encore très franche et le mensonge me fait horreur. Aussi la moindre bêtise était avouée à ma maman qui me disait " Bien, Christiane, crois-tu que tu as mérité la fessée ? ". Invariablement, la réponse était " oui maman, je reconnais que je mérite une fessée. Je te demande pardon ". Du doigt, elle me montrait sa chambre où je la précédais rougissante et tête baissée, maman plaçait une chaise devant sa coiffeuse et, debout devant elle, je relevais ma robe et déboutonnais ma culotte de coton à fines côtes. Puis je levais ma robe et allongeais mon buste sur ses genoux Elle me tenait en travers de ses cuisses et me fessait de la bonne manière, a moins que, la faute étant plus grave, je ne doive aller me courber sous son bras gauche, bien cambrer les fesses, et être fouettée avec le martinet. Depuis mes 16 ans, il ne servait plus, et il avait disparu du porte parapluie de l'entrée. J'avais été autorisée à le ranger dans mon armoire. Je le sortais parfois. Il me fascinait toujours avec ses douze lanières de cuir, terrible et attirant en même temps. Une étrange nostalgie me prenait. Ce qui m'a toujours frappée chez ma mère, c'est le cérémonial de la correction. Il y avait plusieurs sortes de fessées. La fessée ordinaire maman empoignant le bout du pan ou l'élastique de ma culotte, tirant en hauteur pour plaquer l'étoffe sur les fesses avant de me corriger. La bonne fessée : elle m'ordonnait de relever vivement robe et combinaison très haut dans le dos, de baisser ma culotte ou de l'enlever complètement suivant l'humeur du moment. La fessée en public devant les filles de mon âge ou devant les amies de ma mère, je devais toujours me déculotter moi même, demander pardon de ma faute et m'offrir fesses nues sans faire d'histoire. En présence de garçons, je n'avais pas le derrière nu, exception faite pour papa. Je devais seulement tirer sur ma culotte, repousser les côtés dans la raie afin de présenter quand même toute la surface des chairs fessières à la correction. Les préparatifs terminés, je recevais une bonne fessée, et sans se laisser intimider par mes pleurs ou mes gigotements de jambes, elle me faisait rougir le postérieur, m'obligeant à compter les coups à haute voix. A l'annonce d'une fessée, je tremblais de peur au point qu'il m'arrivait souvent de mouiller ma culotte, ce qui avait pour effet de fâcher très fort maman qui, après m'avoir frotté la figure avec, m'attachait ma culotte dans le dos avant de me corriger. J'arrivais vers mes 16 ans, quand les corrections les plus humiliantes, c'est à dire les fréquentes fessées publiques cul nu ou presque nu devant les garçons, me donnèrent l'envie irrésistible de me masturber. Je connus mes premiers orgasmes. Cependant, ma conscience n'était pas tranquille et, pour me punir de ce péché, je devenais arrogante, insolente à la maison pour me faire fesser, je croyais ainsi avoir effacé ma faute. C'est à peu près à la même époque que maman arrêta de le donner la fessée, estimant sans doute que j'étais trop grande pour cette punition enfantine. L'époque des petits bateaux et de la fessée étant révolue, j'étais une grande fille et, du jour au lendemain, commençais à me maquiller légèrement, à mettre plus souvent des bas, à sortir et surtout à rentrer plus tard sans que mes parents se fâchent. J'avais suffisamment d'argent de poche pour ne pas dépendre des garçons. Bien des filles de mon âge auraient été satisfaites, moi pas. Je me masturbais de temps en temps, mais sans plus, par habitude. Puis vint la mode de la minijupe que j’adoptais de suite, de toutes petites jupettes m'arrivant au ras des fesses, évidemment avec un panty, sauf à la maison où j’aime mieux avoir les jambes nues, à moins, surtout par beau temps, que je ne mette un short. Petit à petit, à me voir vêtue si court, mes parents se crurent revenus en arrière et une insolence fut le prétexte. Maman m'informa que papa me donnerait la fessée. J'étais étonnée, lui qui, pendant mon enfance, l'avait fait rarement, il réservait cette sanction uniquement pour les mauvais bulletins. A la rentrée de papa, il me dit qu'il allait me corriger, et comme je lui faisais observer que j'avais dépassé mes 21 ans, que j'étais majeure, il me répondit : Raison de plus, tu n'as qu'à te conduire comme une adulte et non comme une gamine ", et, comme au bon vieux temps, je dus enlever ma culotte, me retrousser et marcher piteusement vers papa, tête baissée, sentant mes grosses fesses nues se balancer, et je me retrouvais à plat- ventre, gigotant sous la sévère fessée claquante, qui porta mes chairs étalées au rouge le plus vif.. Une fois dans ma chambre, je me masturbais et ma jouissance fut formidable. Depuis, je suis de temps en temps fessée, pas assez à mon gré, peut- être deux fois par semaine. Ma dernière correction paternelle remonte à deux jours. Papa claque fort, mais je tremble de plaisir avant, pendant et après la fessée. Il m'arrive moi-même, dans le secret de ma chambre, de me fouetter avec ma ceinture à lanières de cuir et aussi, pour faire moins de bruit, avec des orties prises dans le jardin. Mes parents me font beaucoup de cadeaux, me laissent ma paye, mais pour eux, la fessée s'inscrit dans le cadre de l'éducation et, surtout malgré mes vingt-quatre ans, je suis toujours pour eux leur petite fille. Il m'arrive encore, heureusement, de recevoir de temps en autres une vraie fessée en règle au martinet, en grand cérémonial humiliant. Je dois dire que j'aime mieux une punition de ce genre que des reproches continuels. J'ajoute que je suis toujours vierge, bien que fiancée, nous allons nous marier au mois de mars l'année prochaine. Comment faire comprendre à mon futur mari, sans le choquer, que je me masturbe régulièrement et mon besoin de domination ? Pouvez-vous m'expliquer ce plaisir de me faire fesser à mon âge comme une fillette de dix ans ? De demander pardon à genoux, à 24 ans, déjà jupe relevée et culotte baissée, avant d'aller humblement présenter mes fesses nues au martinet de mon père ? Suis-je une exception, une anormale, une vicieuse ou au contraire cela est-il arrivé à d'autres filles ?"

Del lustrado de zapatos

Tenía catorce años. Estaba en segundo grado de secundaria, justo en esa época de la vida cuando crees que ya eres mayor, sientes que te puedes comer al mundo y no hay nada, o casi nada, a lo que le tengas miedo.

Una mañana apenas había empezado el día escolar, cuando la prefecta de mi grupo –la señora Lupita – entró a nuestro salón a hacer revisión de uniformes. El colegio de monjas en el que yo estaba era bastante estricto, debíamos llevar el uniforme completo y en perfectas condiciones, de otra manera había sanciones y notas a los padres. La señora Lupita nos hizo ponernos de pie y pasó fila por fila a revisar el estado de nuestros uniformes y nuestra apariencia en general. A algunas de mis compañeras las hacía pasar al frente después de reprenderlas por alguna omisión o desperfecto en su apariencia. Había quien había olvidado el suéter, quien llevaba una blusa que no era la del uniforme, alguna que se había presentado con las uñas barnizadas y algunas a quienes se acusó de no haber lustrado sus zapatos. Yo fui una de las últimas en pasar la inspección casi militar. Estaba tranquila, pues mi uniforme estaba en perfectas condiciones, no usaba las uñas largas ni me las barnizaba, llevaba los colores reglamentarios en mis adornos del cabello y mis zapatos, aunque algo gastados, estaban limpios. Eso creía yo al menos, porque cuando la prefecta me revisó, inmediatamente señaló mis zapatos.

-No lustraste los zapatos, jovencita. Pasa al frente, serás castigada y no podrás entrar a clase hasta que hayas lustrado los zapatos.
-¡Pero claro que los lustré! – exclamé en mi defensa, molesta por la exhibición ante mis compañeras
- Pues en todo caso no lo has sabido hacer. En la dirección te prestarán grasa para que lo hagas.
- No voy a hacerlo. Yo lustré hoy mis zapatos y no pienso volver a hacerlo sólo porque a usted le parece que no lo hice. – respondí muy molesta y en un clásico acto de rebeldía adolescente.
- ¡Me estás faltando al respeto, María Teresa!
- Usted también lo está haciendo conmigo. Si le digo que lustré mis zapatos es porque así fue, lo que sucede es que usted no pierde oportunidad de molestarme – dije convencida de que la maestra tenía algo personal en contra mía, ya que continuamente estaba afeando mi conducta, fuera ésta buena o mala.
- Me parece que vas a tener que ir a ver a la directora a explicarle todo esto, señorita, tienes una pésima actitud, estás siendo rebelde y grosera
- No es cierto. Me estoy defendiendo de sus injusticias – respondí francamente furiosa
- Vamos a la dirección
- Pues vamos – dije encogiéndome de hombros para hacer patente que no me atemorizaba
La prefecta me tomó del brazo y yo lo retiré violentamente, adelantándome para salir del salón. Ya en la dirección, la maestra entró antes que yo al despacho de la directora y después me llamaron. Como era de esperarse, la directora me dio un largo sermón sobre la disciplina, el respeto y todas esas cosas. Yo escuché en actitud displicente, como quien tolera el discurso de un necio.
- Si sigues en esa actitud, María Teresa, me veré precisada a llamar a tus padres. Haz el favor de obedecer: sal al pasillo y ponte a lustrar tus zapatos como lo están haciendo tus compañeras
- No voy a hacerlo – respondí cada vez más molesta, envalentonada y rebelde, convencida de que no habría forma de obligarme. Por supuesto, mi orgullo de adolescente rebelde, me hacía olvidar que las consecuencias por mi actitud podrían ser muy graves.
- Muy bien, entonces serás suspendida del colegio por quince días, para que reflexiones y aprendas a respetar y a obedecer a tus maestros. – Guarde silencio sin bajar la mirada, aunque internamente sentí que el alma me caía a los pies, si me suspendían, mi padre me daría una azotaina de las más severas, pero ya me había metido en aquello y no daría un paso atrás.
- ¿Eso quieres? ¿Quieres ser suspendida?
- No voy a lustrar mis zapatos porque ya lo hice. Usted tiene el poder para suspenderme, yo no tengo ningún poder más que el de no hacer lo que no quiero hacer. – Noté que mi voz temblaba y que mis lágrimas luchaban por salir, pero aún así decidí mantenerme en rebeldía.
- Muy bien, señorita, ya que persistes en esa actitud soberbia, llamaré a tus padres para que vengan a hablar conmigo y avisarles que serás suspendida por quince días.
- Llámelos – respondí indiferente encogiendo mis hombros, obviamente, en mi interior, sentía que el corazón se me detenía. Lo único que me consolaba un poco era que mi padre estaba de viaje y llegaría hasta esa tarde, por lo que no sería él, sino mi mamá, quién acudiría al llamado de la directora. Eso era un atenuante, ¡mi padre era capaz de azotarme ahí mismo, enfrente de las dos brujas!
- Sal al pasillo y espera ahí hasta que te llame.
Sin responder nada, salí del despacho y me senté en una banca del pasillo. En efecto, algunas de mis compañeras estaban ahí lustrando sus zapatos. Enseguida me preguntaron que qué había pasado, y yo, con una sonrisa de triunfo, les expliqué que no lustraría mis zapatos y que le había dicho algunas cuantas verdades a la directora.
- Dice que me va a suspender por quince días, pero a mí no me importa. No voy a hacer lo que ellas quieran, nada más porque sí.
- ¿Y tus papás? ¿Qué van a decir?
- Nada, nunca dicen nada.- Mentí, no iba a contarles que en casa tendría que bajar mis calzones, levantar mi falda y presentarle a mi padre el trasero para que me diera unos azotes. ¡Eso era humillante y acabaría con mi imagen de líder, independiente, rebelde y todo lo que yo había construido!
Mis compañeras me miraron con una mezcla de admiración y compasión y al poco rato se marcharon. Me quedé ahí sola y me senté con las piernas cruzadas sobre la banca a mirar a otros grupos que hacían deportes en el patio. Algo me hizo volver la mirada hacia la dirección justo cuando un hombre muy alto entraba al despacho de la directora, dándome la espalda. Aquel hombre había tenido que pasar a escasos metros de donde yo me encontraba, quizá no me había visto pues iría buscando la dirección. Era mi padre.
Toda mi soberbia y seguridad en mí misma se me fue hasta el suelo y tuve que controlar un temblor involuntario que me recorrió la espalda. Inconscientemente me senté de manera correcta. Ahora sí tenía problemas. Nunca esperé que las cosas tuvieran este desenlace. Al parecer, papá había vuelto anticipadamente de su viaje. Pasé una media hora terrible, con los ojos que se me llenaban de lágrimas, sintiendo temblores involuntarios, dolor de estómago, mordiéndome las uñas y los labios...
Me escapé un minuto con el pretexto de ir al baño y desahogué mi miedo, no quería que nadie me viera llorar, pero ahí, en el baño solitario, solté el llanto y las lágrimas que se me agolpaban en los ojos. Cuando me recompuse, volví a la banca del pasillo y esperé.


Papá era un hombre muy estricto, aunque cariñoso, tenía una idea muy rígida de la disciplina y el orden. No toleraba faltas de respeto, desobediencias ni groserías, justo todo lo que yo había hecho, al menos a los ojos de aquellas maestras (brujas, pensaba yo en aquel momento), que seguramente le estaban diciendo las peores cosas de mí. Mi única esperanza era que mi edad me salvara de la tunda, hacía casi un año –quizá seis meses- que papito no me pegaba, y yo había atribuido esto a que él me veía muy grande y que consideraba que las nalgadas ya no eran un castigo adecuado para mí.

Después de cuarenta minutos de angustia, la secretaria de la directora me llamó y me indicó que pasara al despacho. Necesité un fuerte suspiro y todo mi golpeado valor, para tocar la puerta.
- Adelante – se escuchó la voz de la directora. Tragué saliva y abrí
- Pasa, María Teresa. – me ordenó. Entré lentamente, esquivando la mirada de las maestras y me dirigí a mi padre que estaba sentado ante el escritorio.
- Papito… - murmuré aterrada, la simulación había terminado, no podía continuar con mi escena de rebeldía y orgullo en frente de mi padre
- ¿Me puedes explicar qué sucede contigo jovencita?
- Papito, yo… lo… lo siento… no creí que…
- ¿Qué ya hubiera regresado? – me interrumpió duramente. – Lo que estoy viendo es que te comportas de manera vergonzosa creyendo que saldrás airosa y no habrá repercusiones ¿No es así?
- No, no, papito, es que…
- Es que nada, María Teresa, te has comportado como una niña malcriada y majadera. ¿Crees que vas a seguir engañándome con tu actitud modesta? ¡Mientras yo estoy vigilándote tienes un comportamiento intachable, pero apenas me doy la vuelta tu conducta es vergonzosa!
- Perdóname, papito – murmuré llorando
- ¿Perdonarte? Primero tienes que ofrecer una disculpa a la señora Lupita y a la señora directora, a quienes has faltado al respeto.
- Sí, papá – murmuré, pero permanecí callada, muerta de vergüenza y rabiando de coraje por lo que yo tomaba como un fracaso ante las brujas aquellas.
- Ahora, María Teresa – ordenó en un tono que siempre me había causado escalofríos. Ni modo, tuve que tragarme todo mi orgullo y mi rabia y ofrecer una disculpa a las brujas, lo hice correcta pero poco sincera.

Sólo esperaba que mi padre no comenzara a describirme, enfrente de aquellas brujas, los detalles de mi castigo. Si ellas se enteraban de que mi padre iba a darme una tunda, no podría volver a mirarlas jamás y hubiera preferido escupirlas en ese momento para lograr la expulsión definitiva de la escuela. Afortunadamente, papito no dijo más.

Salimos del despacho y yo sólo me separé de papá para tomar mi mochila que había dejado en la banca del pasillo, después corrí para alcanzarlo en la escalera. Para mi vergüenza, él me tomó de la mano como a una niña pequeña y yo no pude resistirme, aunque recé por que nadie nos viera.

Me abrió la puerta de la camioneta y me subí en la parte de atrás. Durante todo el camino no me dirigió la palabra. Noté que íbamos hacia la escuela de mis hermanos, pues ya era tarde y había que recogerlos. Cuando llegamos, aún no salían los alumnos, por lo que estuvimos un rato estacionados en la calle. Papá seguía sin hablarme pero me armé de valor y rompí aquel angustiante silencio.
- ¿Me vas a pegar, papito? – pregunté muerta de miedo de escuchar un sí.
- ¿Tú qué crees jovencita? ¿Te mereces la tunda? – Guardé silencio
- Te hice una pregunta, María Teresa, estoy esperando tu respuesta
- Sí…yo… no… no sé, señor. Creo que… - iba a decir que creía ser muy grande para recibir una tunda, pero lo pensé mejor, aquello conllevaría a un reproche del tipo “si ya eres grande porqué te comportas como niña” y todo eso. Decidí ahorrármelo.
- Creo que… sólo tú puedes decidir si merezco la tunda, papito
- Yo ya lo he decidido. Te estoy preguntando si tú crees merecerla.
La situación era bastante incómoda: si decía que no, podría parecer una cínica, pero si decía que sí y papito no pensaba dármela casi lo obligaría a hacerlo. Quedarme callada nunca había sido una opción con papito, así es que debía decir algo.
- Papito, es que… yo no… yo sí había lustrado mis zapatos esta mañana y…
- No he preguntado eso, jovencita y además no importa. Si lustraste los zapatos, bastaba con decir a la maestra que lo habías hecho pero que si ella consideraba que no estaban bien lustrados lo volverías a hacer con todo gusto. Eso hubiera terminado con el problema, tu limpieza y veracidad no hubiera quedado en entredicho y te habrías comportado como debe hacerlo una niña bien educada. En cambio provocaste todo un teatro tragicómico, con berrinches de mocosa malcriada, faltas de respeto y actitudes poco adecuadas para una hija mía. – comencé a llorar, la reprimenda era mucho más dura de lo que yo estaba en ánimo de aguantar - ¿Quieres saber si te voy a pegar? ¡Pues claro que voy a hacerlo! ¡Parece ser que toda la mañana te afanaste en conseguirlo, no te voy a defraudar mandándote a tu cuarto sin cenar! ¡Tendrás una tunda en toda regla!
- ¡No seas muy duro, por favor, papito!
- No intentes regatear conmigo jovencita, se hará como yo digo y tú, si quieres evitarte problemas mayores, obedecerás. ¿Me has comprendido?
- Sí, papá – murmuré con la garganta anudada imaginando la zurra que me tenía preparada. Sólo esperaba que no me hiciera pasar por la vergüenza del rincón, yo que me sentía tan mayor, ¡castigada como una niña pequeña! Pero conocía tan bien a papá como él a mí y podía haber apostado que el rincón estaba entre sus planes, pues él sabía cómo me avergonzaba semejante castigo.



Ya en casa, al terminar la comida, papito se puso de pie y se dirigió a mí con un tono severo en su voz.
- María Teresa, hazme favor de subir a lavarte los dientes y bajas después a mi despacho. No olvides traer contigo el cepillo de madera, jovencita, lo vamos a necesitar.
- Sí papá – respondí temblando, al ver cumplidos mis temores
Toqué la puerta del despacho con un temblor en las manos y un escalofrío recorriéndome la espina.
- ¿Puedo pasar, papito? – pregunté en un murmullo
- ¿Trajiste el cepillo?
- Sí papá, aquí está – respondí entrando y extendiéndole el aterrador instrumento que nunca había servido para cepillar el cabello de nadie, sino sólo para azotar los traseros de mis tres hermanos y el mío, y aún así solía estar en el tocador del baño de mamá
- Creo que ya no hay nada que agregar a lo que hemos hablado, jovencita. ¿O me equivoco?
- No, papá… yo sólo… quería decirte que nunca he intentado engañarte – murmuré temblando y pasando saliva para tratar de deshacer el nudo de garganta que me impedía hablar con claridad. – No es cierto que cuando te das la vuelta yo me comporto mal, papito. Yo... bueno... es que...
- ¡Es que, nada, María Teresa! ¡Dime ahora que si además de la directora hubiera estado yo presente te hubieras comportado de la misma manera! – bajé la cabeza avergonzada. Papá tenía razón, cuando él no me miraba o cuando yo creía que él no tenía manera de saber lo que yo estaba haciendo, me transformaba en otra persona, actuaba con soberbia, con rebeldía y orgullo, actitudes que ni de broma exhibía ante mi padre. Si él hubiera estado presente, aun cuando no hubiera sido él quien me lo ordenara, sino la misma maestra bruja, yo hubiera lustrado mis zapatos sin chistar. No podía alegar nada a mi favor, así es que mejor guardé silencio.
- ¡Contéstame! ¿Te hubieras portado así?
- No, papá – respondí llorando
- ¿Y crees que te he educado sólo para que te portes bien cuando yo estoy vigilándote? ¿No se supone que si eres educada lo debes ser siempre? ¿Qué debes actuar bien porque estás convencida que así debe ser? ¿O acaso me he equivocado tanto en tu educación que lo único que te importa es evitar el castigo?
- No, no papito, claro que no… es que… yo… - Callé ¿qué podía decir? No tenía justificación ni escapatoria, el llorar y suplicar no servirían de nada, bien lo sabía yo, así es que más valía someterme y recibir el castigo. El se dio cuenta de que yo no diría nada más, así es que tomó la silla de su escritorio y la puso en el centro del despacho.

- Acércate- me ordenó. Yo obedecí lentamente, ya había empezado a llorar por la vergüenza y el temor. Me tomó del brazo y suavemente me hizo tumbarme sobre sus rodillas. Lo dejé hacer, tenía mucho miedo, yo bien sabía que los azotes con el cepillo de madera eran de por sí muy dolorosos, pero hacía ya seis meses o más que yo no recibía una sola nalgada, pensé que quizá estaría desacostumbrada y me dolería más.

Me levantó la falda hasta la cintura y enseguida me escalofrió sentir su mano tibia que se introducía por debajo de mis bragas y las deslizaba hasta mis rodillas. Cerré los ojos. Me puso su fuerte mano sobre la cintura para sostenerme y comenzó el castigo. Con el primer golpe solté el sollozo y me estremecí de dolor. Aquello sí que dolía, ya no me acordaba cuánto, era un ardor como de quemada e inmediatamente un hormigueo en la piel que se ponía caliente y muy sensible. Al décimo golpe empecé a gritar, a patalear y a suplicar que se detuviera, aunque yo bien sabía que era. Me agitaba retorciéndome de dolor y en un vano intento de liberarme y salir corriendo, aunque debo confesar que si hubiera logrado soltarme no hubiera tenido el valor para huir, sino que quizá me hubiera enderezado, sólo para suplicar una disculpa y me hubiera vuelto a poner en posición para que mi castigo continuara, con el riesgo de recibir algunos azotes extra por el atrevimiento.
- ¡Ya no, papito! ¡Ya no! ¡Te lo ruego, papito! ¡Ya no me pegues, por favor! ¡No volveré a hacerlo! ¡Me portaré muy bien! ¡Por favor! ¡Ay! ¡Por favor! ¡No tan fuerte, papito! ¡Por favor!

Papá continuaba regañándome duramente, repitiendo una y otra vez lo que ya me había dicho antes y asegurándome que volvería a azotarme tantas veces como fuera necesario hasta que yo aprendiera a comportarme.
Cuando por fin papá terminó de castigarme, yo me quedé aún inclinada sobre sus rodillas, sollozando y sobándome el trasero, pero el roce de mi mano me causaba más dolor que alivio, por lo que dejé de hacerlo. Deseaba echarme a correr y poner mi ardiente trasero en agua fría, pero obviamente no me atrevía a moverme hasta no recibir la autorización de mi padre. El mismo me ayudó a levantarme me extendió un pañuelo desechable y yo lo agradecí en un murmullo y me sequé lágrimas y mocos.

-Ahora párate en ese rincón – me ordenó señalando la esquina de su despacho que mi hermanos y yo llamábamos “el paredón” – Estarás ahí castigada con el trasero desnudo, a ver si así reflexionas y sientes algo de vergüenza por tu comportamiento.
- Si, papá – respondí obedeciendo muy avergonzada y llorando sin parar.
- No te muevas de ahí hasta que yo venga por ti.
- Sí, papito.

No sé cuánto tiempo estuve ahí, me pareció una eternidad. Pero cuando papá volvió a buscarme, me tomó de los hombros, me hizo dar la vuelta y me acunó en sus brazos cariñosamente. Yo solté todo el llanto y lo besé mimosa mientras prometía portarme bien en adelante. Y juro que era sincera, bueno.... ¡al menos hasta la otra!




Octubre 1982

Brujamestiza

Entrenamiento

Entrenamiento

Enfundada en su kimono blanco, hace ejercicios de elasticidad sobre el tatami separando sus piernas en un ángulo de 180º. Mira a su entrenador con aire desafiante inmersa en su propio enfado. Algo ha dicho él que no le ha gustado.

Comienza la clase y, poco a poco, en distintos momentos, su expresiva cara denota a las claras su descontento por las órdenes recibidas.

Está en la primera fila como corresponde a su condición de cinturón negro, donde sus expresiones no pasan desapercibidas al entrenador.

A medida que el tiempo pasa, su irritación y enfado aumentan, hasta el punto de que, contra todas las normas, lo manifiesta en voz alta.

Por toda respuesta, él desata su largo cinturón y, con un movimiento de va y ven, lo estrella en el culo de Ada. Esta, dando un respingo, se dirige al hombre de forma airada.

Un nuevo latigazo se estrella en su cuerpo haciéndola saltar. A éste le siguen otro y otro ante la mirada expectante del resto de los participantes en la clase. No es la primera vez que esta escena ocurre, bien con Ada como protagonista, bien con otros.

Ante las insistentes protestas de Ada que no ceja en su actitud agresiva, deja a cargo del entrenamiento a uno de sus ayudantes y, sujetándola con fuerza se la lleva al cuarto contiguo donde se encuentra guardado el potro de gimnasia. Allí, la obliga a ponerse sobre el aparato, no sin antes, y a pesar de la resistencia, bajar su pantalón hasta las rodillas.

Sin preocuparse por el ruido que pueda llegar a los otros, con el cinturón doblado, y siempre sin articular una sola palabra, lo descarga con firmeza sobre las nalgas desnudas de Ada quién, indefensa ante la mayor fuerza del entrenador, patalea y se retuerce sin parar. El sigue descargando el cinturón sobre el ya enrojecido culo de la joven sin hacerse eco de sus quejas e incluso amenazas.

Poco a poco, los esfuerzos de Ada por zafarse del castigo dan lugar a gemidos y a frotar una pierna contra la otra.

Cuando vuelven a la sala de entrenamiento, Ada aparece con la cara roja de vergüenza y acariciándose disimuladamente el culo.

El resto de la clase transcurre sin más quejas.

Al finalizar, el entrenador (su amante) y Ada entran en el coche de él, donde continúa la paliza que tan bién merecida tenía por su insubordinación y mal ejemplo para sus compañeros, con el culo bien expuesto a los azotes e, incluso, a la mirada curiosa de los paseantes.

Lo cierto era que, Ada disfrutaba de estas situaciones que ella misma provocaba, sabiendo cual era el resultado final : su culo, al rojo vivo.

Ya en casa, los azotes eran sustituidos por caricias y orgasmos múltiples de ella entre gemidos de placer y miradas apasionadas.

Yo, el entrenador.

Firmado Jano