Se muestran los artículos pertenecientes al tema Escolares.

Ángela, los dos lados del Spanking

Publicado: 17/06/2009 04:25 por azotes en Escolares

Autor: Cars

Una tímida sonrisa afloró a los labios de Ángela cuando vio la timidez de aquel muchacho de piel morena y apunto de cumplir los dieciocho años que se desnudaba ante su mirada atenta. Desde donde ella le observaba pudo apreciar como la piel se le ponía de gallina al contacto con la frialdad del ambiente, que si bien no era incomodo si era apreciable, máxime si  tenemos en cuenta la desnudez, que salvo por unos slip el joven mostraba. Sus manos instintivamente se cruzaron intentando tapar aquella su entrepierna.

Ángela le hizo una seña, y él se acercó tímidamente hasta que llegó a su lado. Sus miradas se cruzaron, y ella le dedico un guiño a la par que le rodeaba con su brazo la cintura. Ambos sintieron la tibieza de la piel con aquella caricia. Su mano recorrió la espalda del joven hasta que llegó al firme trasero. Dejó la mano sobre sus nalgas, mientras que dejaba que el silencio impregnara cada fibra de aquel cuerpo que latía junto a ella.

Aquella habitación se convirtió en un pequeño oasis en el que cada uno se servía del otro para colmar sus necesidades, y ambos se complementaban una vez por semana, bebiendo del otro aquel néctar que ansiaban como el aire que respiraban. Las palabras sobraban, ellos no las necesitaban. Cada uno sabía lo que esperaba del otro por lo que cuando Ángela empujo la espalda de él, aquel joven no necesito nada más. Su cuerpo se movió lentamente hasta colocarse de bruces sobre el  regazo de aquella mujer a la que durante  los últimos meses le entregaba su voluntad cada jueves a las cinco de la tarde.

Ángela dejó descansar su mano izquierda sobre la espalda, mientras que con la derecha comenzó a masajear su trasero. Tras unos minutos en los que el muchacho pareció adormecer, la mujer levanto un poco la pierna derecha, dejando un poco más expuestas aquellas nalgas juveniles. Y de una forma pausada pero enérgica, alzo la mano, y el sonido del primer azote desalojó al silencio reinante hasta ese instante en la habitación. Los azotes se sucedieron Ángela alzaba una y otra vez la mano dejando cada vez una azote enérgico y perfectamente calculado. Poco a poco su mano recorrió cada centímetro de aquel trasero. El sonido opaco debido a la prenda de ropa que se interponía entre su mano y aquellas nalgas eran el testigo del castigo que estaba recibiendo aquel joven. El calor fue aumentando, a la par que el dolor de aquellas palmadas iba quebrando la voluntad de no llorar. Ella lo sabía, y por eso aumento la cadencia de los azotes, y la fuerza que imprimía a cada uno. La velocidad fue en aumento, y sin poderlo controlar, las lágrimas aparecieron en los ojos de aquel muchacho nublándole la visión. Ángela mantuvo aquel ritmo por casi diez minutos en los que el chico comenzó a moverse sobre las rodillas de ella intentando inútilmente evitar el aluvión azotes que le estaba administrando.

Ella se detuvo. Los azotes dejaron paso a las caricias, y el llanto al sollozo.        

-¿Estas bien?- Le susurró ella mientras que acariciaba la cabeza del muchacho.

-¡Sí! –Fue su escueta pregunta.

            Las caricias y el calor que emanaban de sus nalgas le sumieron en un extraño ensueño, alentado por las palabras susurradas por aquella mujer que llegaba a la frontera de los cincuenta años, pero que aun conservaba una gran belleza y mucho atractivo, unido a una excepcional forma física. Poco a poco el dolor que sentía fue despertando una excitación. Ángela sonrió al notar aquel miembro latiendo contra su muslo y le indicó que aquel muchacho estaba preparado para continuar, por lo que se agacho un poco para poder recoger una zapatilla de tela con cuadros rojos y suela de goma amarilla. El joven acarició la pantorrilla de Ángela y cerro los ojos esperando el primer zapatillazo que no tardo en llegar.

            La zapatilla golpeo aquellas nalgas reavivando el dolor que se había apaciguado. El sonido amortiguado por la prenda de ropa que llevaba llenó de nuevo la estancia. Aquel primer azote no fue excesivamente fuerte, y a éste le siguieron otros de una intensidad similar. Ángela no parecía tener prisa y azotaba ligeramente toda la superficie de aquel trasero expuesto. Alternando los zapatillazos en ambas nalgas. Parecía estar realizando un dibujo que solo ella podía ver. Los minutos pasaban y ella continuaba golpeando sin ejercer prácticamente fuerza, solo la inercia y el peso del calzado iban provocando que la excitación aumentara. Ella se detuvo. Era una señal que el joven reconoció como el preludio de una azotaina más severa. Cuando cayo el siguiente azote, lo hizo con más fuerza. Ángela comenzó a imprimir gradualmente más fuerza y más rapidez al castigo. Tras pocos minutos el chico comenzó a llorar como un descosido, y su mano intentó cubrir las nalgas que eran azotadas con gran energía. Ángela retuvo la muñeca del chico en la espalda mientras que proseguía con el castigo.

Si alguien entrará en esos instantes en la habitación, creería estar presenciando una escena de gran violencia, aunque en realidad estaba ante una situación anhelada por ambos, carentes de cualquier sentimiento de enfado o ira. Cada uno estaban donde realmente ansiaban estar, por lo que aunque el muchacho se debatía sobre las rodillas de Ángela, ésta continuaba azotando una y otra vez a aquel muchacho que se abandonaba a sus deseos más secretos.

El dolor estaba apunto de llegar al umbral de la resistencia del chico. Ella se detuvo. Dejo caer la zapatilla ante el muchacho. Y comenzó ha acariciar el trasero, del que emanaba una enorme cantidad de dolor.

Ángela ayudo a incorporarse al chico. Su cuerpo temblaba en medio de un llanto que podía parecer desalentador. Ella le abrazo y le beso en la cabeza, mientras le susurraba palabras de cariño y aliento. Las lágrimas empaparon el pecho de ella. Tras unos minutos Ángela separo al chico y colocó un pie en la silla, después estiró la mano y cogió la del muchacho, tirando de él. Con delicadeza le recostó  en su muslo y lo acomodo a su gusto. Después cogió un cinturón de cuero que colgaba del respaldo de la silla. Lo sujeto por la hebilla, dando un par de vueltas sobre su mano. Puso de nuevo la mano sobre la espalda del chico, y alzo la mano. El cuero impacto sobre las nalgas, en un golpe perfectamente medido. Después unos segundos de reposo y nuevamente el cuero golpeo los glúteos. Ángela dosificaba los correazos y los tiempos de reposo hasta alcanzar los treinta azotes. Después se detuvo y dejó la correa donde estaba antes. El chico era un mar de lágrimas. Ella le ayudo a incorporarse. Lo abrazo nuevamente y le beso en la frente. Después se sentó en la silla y le bajó lentamente los calzoncillos.

Ángela esbozó una sonrisa al ver la erección del muchacho. Después acarició las nalgas recién castigas. Mostraban  un tono rojo intenso.  Poso su mano para sentir el calor que emanaba de aquel trasero. Tras indicarle que pusiera las manos en la nuca, palpo y masajeo los glúteos.

            -¡Ahora ve a tu rincón! Espera a que te llame para la segunda parte de tu castigo. –Le ordenó mientras que sentenciaba sus palabras con un enérgico azote.-  

El muchacho se dirigió al ángulo recto que formaban dos paredes, y se colocó cara a la pared, con las manos en la nuca. Ella se reclinó en la silla y miró por los ventanales que se encontraban a la izquierda del rincón donde esperaba él. Ángela cruzo las piernas y echo una mirada. El enrojecimiento del trasero resaltaba sobre la piel del chico. Fuera comenzaba  a llover. El agua repicaba en el cristal. El ritmo ya frenético de una ciudad se vio aumentado por los que corrían para protegerse de la densa cortina de agua que bañaba las calles.

Ángela dejo volar su mente, y los recuerdos la llevaron a una tarde también lluviosa del invierno del año 1969 habían pasado ya treinta y cuatro años. Aquel día fue uno de los tantos vividos en aquellos años que se quedaron grabados a fuego en su mente, y que de una forma u otra, fueron los que encauzaron su vida, para que hoy estuviera en aquella estancia, esperando para volver ha azotar a un jovencito que lo deseaba tanto como ella. Aquel día en cuestión era especial. Acababa de cumplir los dieciséis años, y como hoy la lluvia golpeaba los cristales del autocar que le conducía al orfanato en el que pasaría los dos años siguientes, y que marcarían para siempre su futuro.

 

****************************

Las muchachas comenzaron a bajar del autocar que las había conducido desde varios lugares del país. Ante sus ojos se presentó un edificio de piedra antiguo y robusto, rodeado de un gran terreno rodeado de una tapia de unos tres metros de largo. Aquel terreno estaba plagado de árboles y setos perfectamente cuidados. Ángela no parecía impresionada por las dimensiones de todo lo que la rodeaba. Ante las grandes puertas del Colegio para Señoritas que sería su hogar los siguientes dos años, le esperaban unas cuarenta chicas de edades muy diferentes perfectamente formadas. Delante de ellas había cinco mujeres cuatro de ellas con hábitos de monja. La otra mujer era más alta, llevaba un traje gris de falda y chaqueta, bajo la que se dibujaba unos senos notablemente grandes. Calzaba unas botas negras, pero lo que más impresionó a Ángela era la penetrante mirada con la que las observaba. A unos metros de aquel grupo, formaba uno más reducido, formado por seis chicas dos de ellas tenían unos doce años, las otras cuatro eran mayores casi la edad de Ángela. Delante de ellas formaban otras tres chicas mayores vestidas con el mismo uniforme gris y blanco de las demás, pero a diferencia del resto que llevaban mocasines negros, ellas calzaban botas negras. Tras una seña, las tres muchachas, se acercaron al grupo de recién llegadas, y a empujones las obligaron a formar. Ángela echo una mirada a su alrededor, y contemplo como se alejaba el autobús por el sinuoso camino de tierra por el que había llegado.

            -¡Bienvenidas Señoritas! –Comenzó a decir en voz alta aquella mujer las escrutaba con la mirada.- Aquí van pasar unos años, hasta que cumplan la mayoría de edad. Y pueden pasar dos cosas.

            El miedo comenzó a instalarse en el corazón de cada una de aquellas jovencitas. En el de todas salvo en el de Ángela, ya que en su corazón solo existía rebeldía.

                        -¡Aquí pueden estudiar y sacar provecho al tiempo! –Continuó diciendo.- o pueden perder el tiempo. A mi me da igual, pero lo que tendréis que hacer, es  obedecer todas y cada una de las normas del centro. Y para esto no hay opción, y cuanto antes lo entendáis, más sencillo será todo. Si sois obedientes y hacéis caso a las hermanas y a vuestras compañeras instructoras todo ira sobre rueda, pero sino habrá consecuencias, y me ha parecido instructivo que las conozcáis hoy mismo.

            Mientras que hablaba, una chica vestida de sirvientas salió del edificio y coloco una silla delante del grupo. Entonces, Una de las instructoras, saco a una chica pelirroja de las seis que esperaban apartadas. A empujones la obligo a apoyar las manos en la silla, la joven lloraba mientras se mordía el labio. Ángela abrió los ojos al máximo intuyendo lo que iba ha ocurrir pese a no dar crédito a lo que vía.  

            Cuando la joven estuvo colocada, una monja se acercó a ella, levantó el pie y se descalzó una alpargata  de suela de esparto. –Vuestra compañera va a recibir treinta alpargatazos por fumar, aquí esta prohibido fumar.- Cuando la mujer terminó de hablar, la monja comenzó con el castigo. Uno a uno fue asestando los treinta azotes sobre el trasero de la chica que se debatía y lloraba con cada uno, mientras la instructora se encargaba sujetarla. Algunas chicas apartaron la vista y un murmullo se instauró entre las recién llegadas. Al terminar, la monja regreso a su lugar, mientras que la joven era conducida al interior del edificio. Después le llego el turno a otra de las muchachas, que recibió otros treinta golpes, esta vez con una regla. Los minutos iban sucediéndose, mientras que aquellas imágenes se iban grabando en la mente de Ángela. Un mar de emociones le inundo todo su ser. Después les llego el turno a las más pequeñas. Una instructora de melena rubia cogió del brazo a una de ellas y la condujo hasta la silla, se sentó y recostó a la niña sobre su regazo, después comenzó a administrarle una severa azotaina con la mano. Los azotes caían sobre el trasero en medido de un mar de lagrimas de la joven. La instructora parecía disfrutar con aquella situación. Poco a poco fue aumentando el ritmo del castigo. Tras largos minutos se detuvo. Sin ningún miramiento condujo a la niña dentro del edificio.

            Durante la cena Ángela y sus compañeras no mencionaron los acontecimientos de aquel día, pero por la noche aquellas escenas la asaltaron, y sin saber porque una extraña excitación hizo que se despertará sobresaltada.

            Durante las semanas siguientes a su llegada, los castigos fueron sucediéndose por los motivos más simples. Cada día eran tres o cuatro las jóvenes que recibían azotes no solo de las mojas o la directora, sino que las instructoras no dejaban pasar la mínima oportunidad para zurrar a sus compañeras.

            Una tarde, Ángela salía de la ducha, y tropezó con una muchacha que se disponía a entrar.

–Al menos pide disculpa. –Le grito la muchacha con gran soberbia.

Además de torpe eres mal educada.

                        -Eres idiota o te lo haces. –Le respondió levantando la voz.- La que tienes que mirar por donde va eres tú.

            La muchacha sin mediar palabra soltó una bofetada que Ángela no pudo esquivar. En el acto ambas chicas comenzaron una pelea que les llevó rodando por el suelo. En pocos segundos el baño se llevo de chicas gritando mientras Ángela seguía golpeando a la otra donde podía.

            Tras unos minutos dos mojas irrumpieron disolviendo el grupo de jóvenes, y con cierto esfuerzo separaron a los dos que se golpeaban a diestro y siniestro. Después, fueron arrastradas literalmente hasta la habitación de la directora, que se encontraba en camisón dispuesta a dormir. Ambas chicas permanecieron de pie en silencio mientras que la directora las observaba. Ángela tenía algunos arañazos, pero la peor parte se la llevo su compañera. Marta era  una chica un poco más baja que ella, tenía el pelo negro y corto. Sangraba abundantemente por la nariz, y el labio.

La habitación en la que se encontraban era muy amplia, estaba dividida en dos salas, una de ellas era el dormitorio, y en la que se encontraban el lujo lo llenaba todo, estaba decorado como una sala de estar. Junto a la ventaba había una gran mesa de madera finamente tallada en la que la directora trabajaba a menudo hasta altas horas de la noche.

                        -Vaya Ángela, -comenzó a decir la directora mientras se acercaba a Marta y le acaricia la mejilla.- me preguntaba cuanto tiempo tardarías en provocarme.

                        -No he empezado yo

                        -¡Silencio! –Le gritó.- Crees que no he notado como me miras, con que arrogancia te diriges a tus profesoras.

                        -Señora, yo no tengo arrogancia.

                        -¡Que te calles! –Repitió mientras le abofeteaba.- Ya verás como aquí vas a aprender que no debes hablar sin permiso.

            Tras eso, hizo una señal a las monjas que esperaban en silencio, una de ella tiro de Ángela hasta el sofá, después la empujo sobre el respaldo, y mientras que una la sujetaba, la otra monja comenzó a azotarla con la mano. Los golpes eran duros. Ante la atenta mirada  la directora. Tras unos minutos, las monjas intercambiaron su lugar, y tras despojarla del pijama comenzó a azotarla de nuevo, pero en esta ocasión los azotes caían directamente sobre las nalgas ya castigadas de la joven. Después de largos minutos las monjas permitieron que Ángela se incorporara.

                        -¡No veo lágrimas en los ojos! –Sentenció la directora.-

            En el acto, una monja se sentó y obligaron a Ángela a tumbarse en su regazo, y comenzó a castigar la de nuevo, aunque en ésta ocasión lo hacia con una zapatilla de fieltro verde con bordes dorados y suela amarilla. Los zapatillazos caían una y otra vez sobre su trasero desnudo. Hasta que después de unos cuarenta azotes, las lágrimas comenzaron a rebosar de sus ojos. La moja parecía no detenerse, a pesar que el trasero ya presentaba algunos moratones en medio de la rojez que producía el castigo. La directora levanto la mano. La moja se detuvo. Ángela lloraba abiertamente, ante la mirada complaciente de las mujeres.

                        -Llevadla, a su cuarto. Yo tengo que hablar con Marta. –Dijo la directora.-

            Cuando se quedo a solas con Marta, la directora la cogió de la mano, y tiro delicadamente de ella. En su camino hacia el escritorio cogió una botella de agua. Una vez que llegó a la mesa, se sentó en la silla, y sentó a marta en su rodilla. Después con delicadeza mojo un pañuelo de tela y fue limpiado la sangre de la nariz y el labio. Marta comenzó a llorar, la directora le beso tiernamente en la mejilla y la abrazó. Suavemente limpio sus heridas, y le susurro palabras de consuelo. Después, se incorporó y la abrazó hasta que el llanto desapareció. Tras largos minutos miró a la joven a los ojos.

                        -¡Los siento! –Susurro-

                        -¿Qué sientes? –Le preguntó la directora.-

                        -Siento haberme portado mal.  Yo la provoque. 

                        -¿Por qué hiciste eso?

                        -¡No sé! Ella es guapa y parece que lo sabe todo.

                        -Tú también eres guapa. Y no puedes ir por ahí provocando peleas. Sobre todo si no las vas a ganar. Anda, ve a dormir

                        -¿No me vas a castigar? –Le preguntó Marta.-

                        -¡Debería! Pero creo que has aprendido la lección. Anda ve a tu cuarto.   –Mientras hablaba le dio un azote enérgico pero cariñoso.-

            Marta se dirigió a la puerta, al llegar se giro de nuevo.

-Directora. ¿Entonces porque me siento mal?

-A ver Marta acércate. –Le indicó mientras le estiraba la mano.- ¿No habrás provocado todo esto para que te castigue verdad?

-Bueno, es que….

-Marta, ¿si o no? –Le preguntó con firmeza, mientras le levantaba la barbilla para mirarla a los ojos.- ¡Y bien!

-Si. –Respondió susurrando.-

            La directora sonrió y la abrazó. Después se separó de ella y comenzó en dirección al dormitorio.

                        -Te espero en el dormitorio, ya sabes lo que tienes que hacer.

            Marta comenzó a desvestirse. Lentamente doblo su ropa y lo colocó en el sofá, después únicamente con la ropa interior y unos calcetines blancos, se acercó a la directora.

                        -¡Marta! –Le dijo endureciendo el tono.- Esto no se puede repetir. No te puedes portar mal, para conseguir mi atención. La próxima vez que quieras jugar, me lo dices.  Y por eso, hoy no va ha ser un juego.

                        -¡Vale! Pero es que me da vergüenza pedírtelo.

                        -Bueno jovencita, colócate aquí –Le indicó su regazo.-

            Marta sonrió y se tumbo donde le indicaba la directora. Tras unos segundos la estancia se lleno del sonido de los azotes que la mujer administraba sobre el trasero de la chica. La directora cambiaba el ritmo de los azotes, y poco a poco fue aumentando la fuerza con que azotaba. Tras largos minutos, se descalzo la zapatilla. Era un calzado pesado, con una gruesa suela de goma flexible, de fieltro color burdeos y abierta por el talón. Los azotes fueron cayendo sobre el trasero de Marta  de manera enérgica y meticulosa. Unos diez minutos después de comenzar la azotaina, la directora se detuvo, depósito la zapatilla en la cama, e incorporó a la chica.

                        -¡Gracias Ana! –Le dijo la chica mientras le daba un beso a la directora, mientras se frotaba las nalgas doloridas en medio de una sonrisa.- Buenas noches.

                        -No tan rápido jovencita. –Le dijo Ana mientras la retenía sujetándole por una mano, ante la sorpresa de la chica.-

                        -Tú querías estar aquí, lo empezaste, pero no significa que tú seas la que lo acabas. Aun no hemos acabado.

                        -¡Pero…! –Intentó protestar.-

                        -¡Ssssss! No quiero oír ni una palabra. –Le cortó tajantemente.- Te advertí que esto no sería un juego.

Mientras hablaba, comenzó a despojar a la joven de la pequeña ropa interior que cubría sus nalgas, tras lo cual la volvió a tumbar en su regazo. Pasó una de sus piernas por el de la chica, y después comenzó una tanda de azotes con la mano. La energía y rapidez de aquella azotaina provocó las lágrimas de Marta, mientras que una sonrisa apareció en los labios de Ana. Los azotes dieron paso a unas caricias, y un pequeño masaje en las doloridas nalgas de la joven. Tras aquel breve descanso, Ana prosiguió aquel castigo, pero esta vez fue el turno de la zapatilla, que impacto de forma enérgica al menos treinta veces. Las lágrimas empaparon las sabanas de aquella alcoba. Ana sentó a la joven en su rodilla, y lleno aquel rostro lloroso de besos y caricias, después se tumbo en la cama, y abrazo a Marta sobre su pecho, hasta que el llanto dio paso al sollozo. Tras unos minutos, extendió delicadamente una crema en aquel trasero enrojecido y dolorido por la paliza, después Ana la arropo a su lado y espero hasta que Marta vencida por el cansancio se durmiera. Eran las doce de la noche cuando la luz se apago y el sueño acampo definitivamente por todos los rincones del centro.

Cuando Ángela abrió los ojos, sintió como el dolor de su trasero había desaparecido prácticamente durante la noche, aunque el dolor de su humillación permanecía inalterado. Con paso lento se encamino a los árboles que rodeaban el centro. Eran viernes, y los próximos tres días eran totalmente libres, en los que la chicas podían hacer lo que desearan, salvo ausentarse del recinto. Ángela opto por alejarse de todos. Se sentía humillada, y confundida por los sentimientos que albergaba. Busco la sombra de un gran castaño, y se recostó en su tronco.

            -¡Qué haces aquí sola! –La voz de un hombre la saco de sus pensamientos. Instintivamente se levanto sobresaltada, hasta que reconoció al jardinero y mecánico.

-Quería un poco de intimidad. Odio este lugar y odio a todas esas brujas.

            Una abundante carcajada salió de la garganta de aquel hombre. Medía un metro noventa. Pese a no tener más de cuarenta años la piel estaba curtida por el sol y el trabajo duro. Ángela no pudo evitar fijarse en la excelente forma física que se adivinaba debajo de aquella camisa suelta.

                        -¿Qué pasa, te han castigado? –Indagó.-

                        -Anoche. Y fue humillante. Me voy a largar de aquí en cuanto pueda.

                        -Tranquila mujer, no es para tanto. Es todo como se mire. –Los ojos de Ángela se abrieron hasta el punto casi salírseles de las orbitas.- Lo que hoy es humillante, mañana puede no serlo.

                        -¿Cómo puede no ser humillante?

                        -Todo esta aquí –le dijo tocándole con el dedo la frente.- Tú puedes hacer que las cosas sean distintas.

                        -¡Ya! Si tú lo dices. –Le dijo ella, mientras que comenzaba a alejarse.-

                        -¿Quieres descubrir el otro lado de los azotes? –Ella se detuvo y se giro para mirarle.-

                        -¡Los azotes no tienen dos lados! –Sentenció.- Duelen y humilla. Eso es todo.

                        -¡Bueno! ¿Si tú lo dices? –Respondió con desdén y se encaminó a su cabaña.- Seguro hace falta más valor del que tú tienes para aprender.

                        -A mí no me falta valor para nada en ésta vida. –Le gritó ella mientras le seguí.- Pero no creo que haya que aprender nada.

                        -¿Tú crees? –El se detuvo y la miro a los ojos.- ¿Estas totalmente segura de eso? –Ella dudo, mientras que su corazón comenzó a bombear sangre a toda velocidad.-

                        -Si hay algo que aprender, -Dijo al fin ella.- ¿Tú me lo puedes enseñar?

                        -Solo hay una forma de aprender. –Se acercó más a ella.- Y si quieres aprender, tendrás que aceptar que te azote. –Ella sintió como el corazón le iba a mil.- Si estas decidida sígueme.

            El hombre comenzó a caminar. Ella le vio alejarse entre la maleza. Lentamente echo andar detrás de él. Su mente se hallaba en una nube. El hombre entró en una pequeña casa de madera en medio de aquel pequeño bosque, lejos de la vista del edificio principal. Dejó las herramientas en el suelo, y miró de reojo la silueta que se dibujo en el umbral de la puerta.

                        -¡Pasa y cierra! –Le indicó.- Solo te voy a poner dos reglas. –Ella se sentó en la mesa, mientras le miraba fijamente.-

                        -¿Cuáles?

                        -La primera es que si te quedas no te iras hasta el domingo por la noche. Si decides empezar, no podrás abandonar hasta el final.

                        -¿Y la segunda?

                        -La segunda es que jamás, jamás se lo contarás a nadie del centro. No mientras que tú y yo sigamos aquí. –El silenció se asentó entre ellos.-

                        -Esto es un error. –Ángela se levanto y se encaminó a la salida. Abrió la puerta y miró la vegetación que les rodeaba.- ¿A cuantas chicas has traído aquí?

                        -A ninguna. Nadie me pareció nunca interesante para enseñarle lo que sé.

                        -¿Cómo te llamas?

                        -¡Gabriel! –El hombre se desabrocho la camisa y se la quito, tirándola a un cesto donde la ropa se amontonaba.- Vete o quédate, pero decídete porque no tengo todo el día.

            La puerta se cerró de golpe. El se giró y entró en la cocina. Abrió el frigorífico,  y sacó una botella de leche. Después de camino al salón, recogió dos vasos. Al regresar Ángela continuaba de pie en la puerta tal y como él la había dejado.

                        -¿Quieres leche? -Ella se acercó y cogió el vaso que le tendía. Ambos se sentaron a la mesa.- Los azotes se pueden ser un medio de castigo, pero también una fuente de placer. Pero para que lo entiendas, debes experimentar los dos extremos. ¿Estas segura que quieres seguir adelante?

                        -¿Hablas mucho? –Le respondió ella con tono descarado.- ¿Tienes previsto preguntarme muchas veces lo mismo? –Dejó escapar una sonrisa-

                        -¿Siempre eres tan descarada? –Ella dio un sorbo de leche, y encogió los hombros.- Bueno, veremos cuanto te dura esa actitud. ¡Levántate, sacate la blusa y ponte de cara a la pared hasta que te llame!

                        -¡Si hombre!

                        -¡VAMOS! –Gritó Gabriel, mientras se levantaba y golpeaba la mesa con su mano.-

            Marta se sobresalto, estaba aturdida y comenzó a desabrocharse la blusa. El hombre le ayudo con cierta brusquedad. Ella se quedó únicamente con el sujetador. El la cogió por el brazo y mientras que le asestaba un fuerte manotazo en el trasero la condujo hasta un rincón. –No te muevas hasta que te llame.- Le dijo de nuevo, y volvió  a  soltar otro azote para reafirmar la orden. Pese a los vaqueros que llevaba, Ángela comenzó a sentí un leve picor en sus nalgas.

 

                                                                                                          CONTINUARA……

El Instituto de Reinserción

Publicado: 28/07/2007 01:00 por azotes en Escolares

Autor: Mkaoss

Cuando opté por este trabajo, no pensé que iba a influir tanto en mi lo que en aquella Institución sucedía, y si bien tardé tiempo en asimilarlo, hoy puedo contarlo sin vergüenza; incluso podría decir que me siento satisfecho con lo éxitos que conseguí en cambiar la conducta de algunas de aquellas muchachas. Yo había estudiado Pedagogía y me había especializado en Educación Especial, orientándome por casos conflictivos de desarraigo e inadaptación social y familiar. Por eso, cuando leí en el periódico que solicitaban una plaza de pedagogo en el Instituto de Reinserción, me ilusioné con la idea de poner en práctica mis conocimientos e ilusiones.El Instituto estaba alejado del pueblo más cercano a  15 Kms, y se encontraba en lo alto de una colina. Se trataba de un  viejo caserón en el que residían más de 60 chicas de 14 a 18 años, que habían sido ingresadas por orden judicial, debido a su mal comportamiento social, y cuyos delitos se limitaban a hurtos y robos, violencia y disturbios callejeros. Se trataba pues, de jóvenes inadaptadas, desobedientes y carentes de la autoridad y del cariño que deberían haber tenido. La organización del Instituto era casi militar, y el grupo total de chicas formaba, caminaba y se comunicaba de forma marcial, solicitando permiso para todo, pues prácticamente no había ninguna actividad voluntaria que pudieran hacer o solicitar. Debían adaptarse a las estrictas normas existentes o de lo contrario eran castigadas con severidad, de forma ejemplar, tal y como me dijeron al entrar, y pude comprobar a los pocos días.Pese a los castigos ejemplares que se aplicaban, seguían cometiéndose trasgresiones graves de las normas, por lo que el sistema punitivo no parecía tener grandes resultados, entre otras cosas, porque se solían aplicar de forma colectiva, esto es, no sólo era castigada la presunta culpable, sino también las compañeras que la ayudaron, las que sabiéndolo no lo impidieron y las que viéndolo no hicieron nada por evitarlo. O sea, se castigaba a TODAS. Por tal motivo, era frecuente que por la misma falta fueran castigadas cuatro o cinco chicas a la vez, o todo el grupo de habitación, compuesto por ocho jóvenes. Los castigos se llevaban a cabo en la Sala de Enmienda, que era una sala grande de reunión de profesores. Cuando llegaba el día del castigo, si este era colectivo, se acondicionaba la sala de modo que quedara un espacio diáfano para colocar los seis o diez potros, que eran unas mesas preparadas para que la alumna se tumbara en ellas, teniendo unos arneses a ambos lados de las cuatro patas, a las que se las ataba, una vez que se habían desnudado totalmente, de pies a cabeza.Las castigadas eran atadas fuertemente de pies y manos, a ambos lados de la mesa, a través de unas correas especiales, y en la mesa, que estaba acolchada, existía una banda ancha que sujetaba la espalda de la interesada. De esa forma la chica quedaba totalmente inmovilizada, doblada por su cintura, perfectamente expuesta para el castigo de sus nalgas y muslos. El castigo se las aplicaba nada más serles leída la acusación por el Director del Centro, sin que pudieran objetar la mínima queja  o descargo en su defensa. Las chicas con ojos espantados, sucumbían a la fuerza de los profesores, ya que la mínima resistencia hubiera acrecentado el castigo. Una vez colocadas y atadas a las mesas correspondientes, cada profesor encargado del castigo, elegía una vara a  conveniencia y criterio de él mismo, que estaba en función del trasero  azotar y de la simpatía o no hacia la alumna en cuestión, aunque a decir verdad, y por la forma de ejecutar el castigo, no creo que sintieran el mínimo aprecio por ninguna de ellas, excepto para provocarlas el máximo dolor con los varazos. A la voz del Director  “Que empiece el castigo”, los profesores encargados se dedicaban a descargar con toda su fuerza, la vara sobre las nalgas de las alumnas, de tal forma que se entremezclaban los ruidos silbantes de las varas con los gritos y lamentos de las chicas. El número de varazos dependía de la falta cometida pero yo nunca conté menos de seis golpes y muchas veces perdía la cuenta cuando sobrepasaban los treinta. Me resultaba tan ensordecedor los lamentos y los golpes propinados, que prefería enajenarme y pensar en otra cosa. Al terminar el castigo, los profesores abandonaban la sala dejando a las chicas todavía atadas que seguían quejándose de verdadero dolor y picazón. Al cabo de unos minutos, volvían a entrar en la sala, ya más calmadas las alumnas, y se dedicaban a contemplar los efectos de la vara en cada una de ellas, admirando las marcas dejadas sobre las pobres nalgas de las muchachas que presentaban prominentes verdugones, y se elogiaban, los unos a los a otros, por el buen trabajo realizado. Cuando les parecía bien, liberaban a las chicas de sus correas, recogían su ropa y salían corriendo, desconsoladamente, hacia sus habitaciones donde eran consoladas por el resto de sus compañeras que quedaban aterrorizadas por los efectos terribles del castigo. Como había comentado antes, los castigos se aplicaban de forma colectiva, al grupo, haciendo culpables a todas y cada una de las que lo formaban, por lo que de ejemplar, a mi modo de ver, tenía poco, puesto que si de todas formas ibas a terminar siendo castigada, fueras o no culpable, mejor sería, al menos, participar en la fechoría, puesto que así se ganaba en prestigio en el grupo, y era una forma de vengarse de las compañeras que motivaron mi anterior inmerecido castigo . Las chicas vivían esa injusticia de forma íntima y secreta, alimentando el odio y el rencor de ser consideradas todas iguales, para ser castigadas. Como su permanencia era limitada, sabían que a los 18 años saldrían de aquél infierno del que, por desgracia, estaban aprendiendo poco.Yo daba clase de Convivencia y realizaba talleres de grupo, por lo que se podrá intuir que en aquellas condiciones era difícil de trabajar, puesto que nunca había sido grupo y los miembros del grupo se odiaban a muerte por haber pagado deudas que no las correspondían. Desde el principio sintonicé bien con las chicas, y me estudié cada uno de sus historiales personales para mantener, más tarde, entrevistas con cada una de ellas. Eso me llevó mucho tiempo y mucho desgaste emocional, pero si tuviera que hacerlo de nuevo, lo haría hasta con mayor dedicación. Supe, entonces de sus problemas con la justicia, del tipo de familia que tenían, de las enfermedades que habían pasado, de las cicatrices tanto físicas como psíquicas que la vida te va dejando aun en esa edad, de sus ilusiones, de sus complejos, de sus abandonos, de sus iras, y sobretodo supe de su corazón y de su sentimiento,  al sentirse atrapadas en un mundo absurdo, en el que cualquier comentario era sádicamente silenciado en la Sala de Enmienda. Si soy sincero, me costó muchísimo al principio mantener la disciplina, si bien con el tiempo fueron entendiendo que para ser oído no hace falta gritar y si el que escucha necesita de los gritos, es porque no merece la pena hablar con él. Esto me valió varias advertencias del Director sobre mi contrato, no porque él estuviera descontento conmigo, sino por que el resto de profesores veían cómo peligraba su equilibrio docente y autoritario, ya que, curiosamente, mis clases se volvían cada vez más disciplinadas, sin que hubiera incidente alguno. Además las alumnas estaban adquiriendo una serie de hábitos que las reportaba rendimientos escolares muy satisfactorios, que fueron valorados muy positivamente por la auditoria que realizó la Fiscalía. A decir verdad, no es que fuera menos severo que el resto de profesores, pues aplicaba la misma disciplina que los demás, pero creo que lo hacía de una forma bien distinta. Desde luego, tuve la suerte de no participar en esos castigos terribles infligidos con la vara, ya que el Director siempre pedía voluntarios para realizarlos, y siempre había quien se ofrecía voluntariamente para liberar su ira y frustración en las nalgas de las alumnas castigadas. Mis métodos eran diferentes a los allí utilizados, y a pesar que también eran castigos corporales, en nada tenían que ver con la costumbre institucionalizada. En primer lugar, me cercioraba muy mucho de castigar únicamente a la culpables o culpables. Para nada hacía pagar culpas ajenas, que lejos de ser ejemplar, viene a perpetuar la injusticia universal desde la creación. El cómo sabía quien era la culpable, es algo que no rebelaré, pero sí diré que ninguna de mis alumnas me tachó de injusto, sino más bien de justiciero. Una vez conseguida la confesión por la interfecta, la obligaba a contar al resto de la clase cuál había sido su plan, las motivaciones para hacerlo, y los objetivos y beneficios que quería obtener de ello.  Establecía un diálogo abierto entre todas a fin que dijeran su parecer sobre los hechos, y aunque pocas se atrevían a condenarlo abiertamente, gozaban profundamente al saber que, en esta ocasión, solamente pagaría la culpable. Eso reforzaba su personalidad para decidir cuando participar o no en las travesuras, que seguían realizando, evidentemente, y las ayudaba a actuar sin coacciones por parte de la líder de turno que veía así cómo disminuía su dominio, aumentando el riesgo de ser castigada únicamente ella. Preguntaba por último a la interesada si quería decir algo a sus compañeras, a las que había puesto en apuros por su capricho, si quería pedir perdón y si creía merecer el castigo que la iba a aplicar. Terminada la sesión, comunicaba a la culpable la decisión final de castigarla, informándola que podía elegir de testigo a una compañera , a la vez que yo mismo, elegía a otra, habitualmente que no fuera demasiado amiga de ella. Con las mismas nos íbamos a la Sala de Enmienda, en donde colocaba una silla en la que me sentaba, pidiendo a la culpable se tumbara  bocabajo en mis rodillas. De inmediato la levantaba las faldas y empezaba a azotarla con la mano, aplicando toda la fuerza que podía, tratando de producir el mayor ruido posible. Paulatinamente, la alumna iba sintiendo el efecto de mis azotes, empezaba a patalear y a querer protegerse el trasero con la mano, por lo que la atrapaba las manos y se las ponía en la espalda, momento en el cual procedía a bajarla las bragas, y continuaba con las palmadas en el culo hasta ponérselo bien rojo y caliente. Si la falta había sido grave, solía coger una suela de cuero duro pero flexible, con la que le daba unos cuantos azotes, hasta que rompía llorar, pidiendo perdón y haciendo promesas de no volver a cometer la locura o desobediencia. A veces, con eso me bastaba para creerme su arrepentimiento y quedar saldada la falta, pero otras la comunicaba mis razonables dudas de no decir la verdad, por lo que levantando una de mis rodillas y forzándola un poco las manos, la inclinaba más todavía hacia el suelo, haciendo más prominente el trasero, sobre el que volvía a aplicar duramente mi mano hasta que mis dedos quedaban marcados en sus nalgas, momento a partir del cual paraba y procedía a recordarla lo mal que se había portado, lo mucho que se había merecido esos azotes y mis deseos que recapacitara para ocasiones futuras, advirtiéndola que volvería a mis rodillas tantas veces cometiera la falta. Una vez tranquilizada, la ayudaba a ponerse en pie y la abrazaba diciéndola que lejos de significar una afrenta, tenía que asimilar el castigo como la factura que pasa la vida ante las malas acciones que solemos hacer, desde ser ilógicamente rebeldes, no cumplir nuestras obligaciones o mentir para salvarnos del castigo merecido. Eso no significa que no puedas ser tu misma, que no puedas hacer bromas y travesuras, que no puedas decir tu parecer, pero siempre sabiendo que eres dueña y responsable de tus actos.La alumna castigada quedaba mirándome con los ojos vidriosos, y a una caricia mía en su mejilla, solía responderme con una tímida sonrisa de complacencia, que yo contestaba con un “Anda, vete, y pórtate bien….”, momento en que sus compañeras, que habían presenciado gustosamente la azotaina, la ayudaban a recoger sus cosas y la acompañaban entre risitas a su dormitorio donde permanecían por un buen rato. Habíamos trabajado el acto del arrepentimiento para la rectificación de los errores, a fin de conseguir la satisfacción personal por el objetivo logrado, a través de la liberación de la culpa, y quedé gratamente sorprendido por los resultados. Las chicas iban entendiendo que por encima de la sala de Enmienda, los caprichos de los profesores y las normas absurdamente estrictas, debía de existir una organización social, grupal y personal de la que nadie puede o debería eludir, y que la única forma de llevar a cabo nuestros deseos, es a través de una autodisciplina de la que estaban aprendiendo para cuando, ya fuera de la Institución, no existiera nadie para recordársela. Es cierto que hubo muchas que no quisieron atender a estas enseñanzas, y cayeron directamente en las redes de la delincuencia, el fracaso y la miseria social y personal, no sabiendo atender su vida como personas de la forma debida. Las más, fueron paulatinamente integrándose en la malla social del ambiente en el que vivieron, y creo que soportaron valientemente la existencia. Durante doce años fui profesor de dicho Instituto, y cuando me fui, sentí que una parte de mí quedaba en aquellas clases, en aquella Sala de Enmienda, en la que había impartido mis enseñanzas y mi disciplina, pero no me importó lo más mínimo, porque me llevaba el recuerdo de cada una de mis alumnas a las que azoté con el cariño y el deseo que consiguieran sentirse libres y responsables de sus actos.

Era una noche típica de exámenes

Publicado: 01/05/2005 22:58 por en Escolares
m/f cinturón

Autor: Charly Gaucho

Cerca de treinta estudiantes de la última cursada estaban sentados en el aula esperando nuestra llegada.
La mesa examinadora estaba formada por un adjunto, que llamaremos Pedro, y por mí como titular.
Nos sentamos al lado de la mesa. Revisamos el bolillero, que estuvieran todas las bolillas (son doce), que hubiera suficientes programas de examen de la asignatura y cuando todo estuvo en orden comenzamos el examen.
Pedro iba llamando a los alumnos en función de una lista que había preparado la Secretaría Administrativa con todos los inscriptos que estaban en regla.
Mientras uno daba examen otra estaba "en capilla", leyendo el programa, eligiendo una de las dos bolillas que había extraído y preparando su exposición.
Así se fueron sucediendo varios alumnos -algunos aprobaron otros no- hasta que le tocó a ella.
La llamaremos Gabriela (es un humilde y sentido homenaje a la reina universal de las travesuras spanko).
Gabriela se adelantó, apoyó los programas sobre la mesa, dio vuelta el bolillero un par de veces y extrajo las dos bolillas que le correspondían.
Concentrado en la exposición del alumno que daba examen sólo le dirigí una fugaz mirada. En mi inconsciente algo me dijo que pasaba algo extraño. Entonces la miré conscientemente.
Tenía alrededor de 25 años. Su larga cabellera teñida de rubio (que era teñida lo supe después ya que la tintura estaba muy bien hecha), una blusa suelta que escondía sus formas y una pollera amplia que le llegaba a las rodillas.
Entonces me percaté de que me había llamado la atención. Gabriela siempre había adoptado una actitud desenvuelta y provocativa durante la cursada. Pantalones muy ajustados. Faldas muy cortas. Blusas transparentes. Preguntas capciosas que sólo pretendían poner en aprietos a quien daba la clase.
Ahora estaba aplacada. Parecía intentar pasar desapercibida. Era una actitud bastante extraña. Se sentó en capilla y sus manos nerviosamente se aplastaban sobre su pollera mientras apretaba fuertemente una pierna contra la otra. Serán los nervios, supuse yo y volví a concentrarme en el examen del alumno que estaba rindiendo.
Finalizó su muy buen examen, se paró y se retiró.
Gabriela se levantó, avanzó y se sentó en la silla ubicada frente a la mesa de examen.
Curiosamente, en vez de acercarse a la mesa, corrió la silla un poco hacia atrás.
Eligió bolilla y le pedí que comenzara su exposición sobre el tema que ella misma había elegido.
Bajó las manos debajo de la mesa, bajó la cabeza y clavó su mirada en el piso.
Estuvo un rato meditando, levantó la mirada y de repente comenzó a recitar de corrido el tema elegido.
De pronto se detuvo y volvió a bajar la mirada. Estuvo un rato así y luego -levantando de nuevo sus ojos- continuó con el tema también de corrido.
Parecía que recordaba de a pedazos. Su proceder me llamó la atención.
Me acerqué a Pedro y le susurré en su oreja "Mantenela, no la dejes ir, no me mires. Cuando cruce la puerta hacele otra pregunta sobre el mismo tema". En voz más audible dije "Voy al baño. Ya vuelvo".
Me levanté, fui hacia la puerta, la abrí, salí y la cerré de manera tal que se escuchara perfectamente. Me coloqué sobre el pasillo del otro lado de la puerta, de forma tal que Gabriela no pudiera verme y entonces Pedro le hizo otra pregunta.
Ella repitió la rutina. Lo miró, después bajó la vista y entonces comenzó a levantar su falda de manera tal que casi se le veía su bombacha. Sus muslos al descubierto descubrieron el enigma. Estaban totalmente escritos con diversos caracteres que -desde mi posición- no podía leer, pero era evidente que todos sus muslos se habían convertido en un inmenso machete y que ahí leía las respuestas que daba.
Me sonreí. Hice un poco de tiempo esperando que ella volviese a bajar su pollera y -levantando la mirada- comenzase su exposición. Cuando Gabriela hizo esto, yo reingresé a la habitación y me senté en mi lugar.
Siguió el examen con las mismas bajadas y subidas de mirada, hasta que luego de una buena respuesta de parte de Gabriela di por terminado su examen. La despedí de forma tal que -sin decírselo- le hice creer que le había ido bien.
Continuaron sus compañeros hasta que todos los que decidieron presentarse lo hicieron.
Finalizado el examen le pedimos a los alumnos que se retirasen al pasillo.
Pedro y yo acordamos las notas de los exámenes y luego le expliqué lo sucedido con Gabriela.
Le pusimos su nota y le dije a Pedro
"Dejala por mi cuenta. Si querés andate."
"Estás loco, mirá si me la voy a perder, conociéndote" me contestó.
"Bueno" le dije.
Mientras Pedro acomodaba papeles y bolilleros, salí al pasillo y leí las notas de todos menos la de Gabriela.
Luego de recordarles que debían concurrir al día siguiente para retirar las libretas universitarias, di la vuelta y encaré hacia dentro del aula donde estaba Pedro.
"Doctor" escuché a mis espaldas y me sonreí. La voz era inconfundible. Apoyé las actas sobre la mesa.
"No me dio la nota" me dijo Gabriela mientras ella también avanzaba dentro el aula.
"¿No?" le pregunté intentando tener un aire "de yo no fui".
Mientras tomaba nuevamente las actas que había apoyado sobre la mesa Pedro se deslizó a nuestras espaldas y sigilosamente cerró la puerta. Nadie parecía haber quedado en la Facultad, fuera del sereno que siempre permanecía junto a la puerta de entrada.
Haciendo que leía el acta le dije
"Gabriela... Acá está... Uno para tu examen y seis para el de tus piernas. Promedio tres y medio" (Cabe aclarar que para aprobar se requiere un mínimo de cuatro puntos).
"¿Qué?" exclamó ella.
"Lo que oíste" respondí.
"No... no entiendo" balbuceó mientras un traidor sonrojo se pintaba en sus mejillas.
"Si no entendés ¿por qué te ruborizás? pregunté.
"No sé de que habla, Doctor" me contestó.
"No sabés, lo que no sabés es tener vergüenza. Nos tomaste de idiotas o qué. Te pensás que te podés hacer la mujer superada durante la cursada, haciendo preguntas con el único objeto de poner en aprietos a los profesores y que ahora te vas a llevar el examen de arriba leyendo en tus piernas las respuestas".
La miré fijamente, ya el rubor era netamente rojizo y había cubierto todo su rostro.
"Así que no sabés de que hablo. Levantate la pollera y vas a entender. A nosotros nos vas a tomar de idiotas solamente si queremos que nos tomes. No te das cuenta que cuando vos fuiste nosotros ya fuimos y volvimos".
Detrás de ella el rostro de Pedro estaba conmovido por la gracia que le producía la situación y casi no podía contener la risa
La volví a mirar fijamente y le dije:
“Mañana mismo voy a pedir tu expulsión. Lo que hiciste no tiene nombre ni perdón. Así que te sugiero que te prepares”
Comencé a caminar hacia la puerta dando por finalizada la conversación, cuando mis espaldas estalló un profundo y acongojado llanto:
“No, echarme no, por favor” me dijo dirigiéndome una mirada suplicante bañada en un mar de lágrimas.
“Ajá y vos pensás que lo que hiciste puede quedar impune. Acaso crees que no te merecés un buen castigo por tu actitud y tu conducta”.
La volví a mirar fijamente. Sus manos estaban cruzadas a sus espaldas. Su cuerpo se estremecía con sus sollozos.
“No mi querida, esto no puede quedar así y no va a quedar así. Hacete a la idea de tu castigo y expulsión, porque yo no voy a tolerar que sigas en esta Universidad después de lo que hiciste” le despaché con toda la fuerza que pude.
“Fue muy grave. Te quisiste burlar de dos profesores delante de todos tus compañeros y eso no te lo vamos ni a permitir ni a perdonar” finalicé.
“Por favor", balbuceó en un nuevo arranque de llanto. Las lágrimas ya resbalaban hasta su cuello. Interiormente sentí deseos de consolarla pero sabía que tenía que mantenerme firme y no dar ni un paso atrás.
“Por favor, castígueme como quiera, pero no pida que me echen. Mis padres se matan trabajando para que yo pueda estudiar y si me expulsan los voy a matar, tienen puestas todas sus esperanzas en mí. Por favor” dijo.
“Así que no sólo te burlaste de nosotros dos, sino que también estafaste a tus padres” le escupí sobre su desconsolado rostro. “Razón de más entonces para expulsarte y que tus padres sepan la hija que tienen. Yo mismo me voy a encargar de explicarles personalmente a ellos las causas de tu expulsión” agregué.
“No” suplicó mirándome desde la profundidad de sus ojos, me di cuenta que jamás pensó que su travesura iba a terminar así. “Por favor, castígueme como quiera pero no me eche, por favor... ” reiteró.
Miré a Pedro que continuaba sonriéndose apoyado sobre la puerta cerrada. En esa sonrisa y en su mirada encontré su conformidad para proceder como yo quisiera.
“Por favor, te fijás si hay alguien todavía en el Decanato” le pedí a Pedro, que salió y se dirigió hacia las oficinas.
Mientras esperaba que Pedro volviese miré nuevamente a Gabriela que continuaba llorando desconsoladamente.
Cuando Pedro volvió me informó: “El único que queda es el sereno, que está en la puerta principal, no hay más nadie ni en el Decanato ni en ningún lado”.
Volví a mirar a Gabriela y le susurré “¿Cómo yo quiera?”.
Me miró. “Haga lo que quiera pero no me expulse, por favor” dijo.
“Va a ser duro, muy duro. Te va a doler mucho” le aclaré. “Pero tu conducta de niña malcriada sólo puede merecer un intenso y profundo correctivo de manera que nunca jamás te olvides de lo que pasó y ni siquiera se te ocurra pensar en volver a intentarlo” agregué.
Me miró como si no entendiera y volvió a bajar los ojos. “Haga lo que quiera pero no me eche” repitió.
Miré a Pedro. Continuaba apoyado en la puerta sonriente. Miré a Gabriela. “Levantate la pollera” le ordené. Creyó que era por el machete y entonces las levantó un poco de manera que pudiera ver algo de la escritura. “Bien arriba” volví a decir. Lo hizo. Aparecieron ante nuestra vista un sinnúmero de inscripciones escritas en las partes anterior e interna de ambos muslos.
“Increíble, tenías razón” exclamó Pedro a mis espaldas.
Gabriela me miró mientras sostenía su falda. El rubor se había extendido a todo su cuerpo y sus muslos sonrojados contrastaban con el blanco de su bombacha.
Mientras me miraba, desabroché mi cinturón, lo tomé por ambas puntas y lo sostuve en el aire. Se puso pálida. “¿Qué va a hacer?” preguntó. “Castigarte como una niña malcriada, ya te dije. Eso o la expulsión. Elegí” agregué.
Me miró, miró el cinturón, tragó saliva y dijo “Está bien, la expulsión no, por favor”.
Tomé una de las mesas de examen y la coloque sola en medio del aula. A su lado puse una silla con el respaldo al lado de la mesa.
“Arrodillate en la silla” le ordené. Lo hizo.
“Acostate sobre la mesa” le volví a exigir. También lo hizo.
Me acerqué desde atrás, le enrolle la pollera alrededor de su cintura de manera que sus muslos y sus nalgas quedasen totalmente descubiertos.
Tomé su bombacha con ambas manos y comencé a bajársela.
Se sacudió “La bombacha no, por favor, me da mucha vergüenza” dijo.
“¡¡¡Cómo!!!” exclamé. “Hacer lo que hiciste no te dio vergüenza, así que te la bancás o ya sabés que va a pasar”, grité. Estaba a punto de conseguir mi objetivo y no iba a dejar escapar la presa.
Calló y agachó la cabeza sumida en medio de un mar de lágrimas. Y eso que todavía no habíamos empezado. Sentí que toda su resistencia se había derrumbado.
Terminé de bajar su bombacha hasta la altura de sus rodillas y miré el panorama. Era extraordinario. Esas nalgas invitaban a un intenso castigo y yo iba a complacerlas.
Di un par de pasos hacia atrás mientras hacía restallar el cinturón sobre la palma de mi mano.
Cuando me ubiqué en el lugar adecuado, comenzó el castigo. Desde el borde superior de sus nalgas hasta la parte inferior de sus muslos el cinturón fue dejando una marca tras otra de su acción.
¡¡¡¡¡¡¡¡AAAAAAAAAAAAAYYYYYYYYYYYYYYYYYYY!!!!!!!!!!!!
Las lonjas rozadas con sus bordes rojizos se fueron dibujando en la pálida piel. Fui hacia abajo, volví hacia arriba. Me concentré en sus nalgas. Allí fui particularmente intenso. Volví hacia abajo, fui hacia arriba. Volví a dedicarme con especial intensidad a sus nalgas.
¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡AAAAAAAAAAAAHHHHHHHHHHHHH!!!!!!!!!!!!!!!!
“Basta por favor”, suplicó.
“¿Cuántos van, Pedro?” pregunté.
“Cuarenta” contestó.
Me acerqué a Gabriela y acaricié la tersa y caliente piel. Cuando apoyé la mano en sus nalgas se estremeció.
“¿Duele?” pregunté. “Mucho” contestó Gabriela. “Esa era la intención, pero todavía no terminamos” continué.
La miré. Sus manos estaban aferradas al borde de la mesa. Sus nudillos estaban blancos de hacer fuerza sobre ese borde. Me acerqué y le levanté la cabeza tirando de su cabello. Su rostro era un mar de lágrimas y su boca -apretada en una mueca- demostraba su dolor. Sus ojos su humillación y su vergüenza. Le apoyé la cabeza sobre la mesa y miré sus nalgas y sus muslos.
El cinturón había hecho bien su trabajo. Las marcas eran profundas y perfectamente perceptibles. Volví a acariciar la superficie afectada. Estaba muy bien castigada pero Gabriela tenía que aprender su lección de una vez para siempre.
Volví a mi posición anterior. “Serán diez más” aseguré.
Continuó el castigo. Fueron diez azotes más sobre las nalgas, luego continué hasta debajo de los muslos, volví hacia arriba y descargué los últimos diez azotes -con toda la fuerza de que era capaz- sobre sus nalgas.
¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡AAAAAAAAAAAAYYYYYYYYYYYYYYY!!!!!!!!!!!!!!!! El grito recorrió los desiertos pasillos de la Facultad.
“Suficiente” dije, mientras Gabriela se sobaba lentamente sus piernas y nalgas. “Mañana te quiero ver acá para retirar tu libreta y ya sabés que tenés que hacer” finalicé, colocándome nuevamente el cinturón.
Tomamos con Pedro los elementos y nos dirigimos a la salida mientras Gabriela se ordenaba sus ropas. Al llegar a la salida le dejamos las cosas al sereno y nos fuimos.
Al día siguiente, a la hora convenida volvimos a ingresar en el aula donde estaban todos los alumnos esperando sus libretas.
“Siéntense” les dije y todos se sentaron. Todos menos Gabriela.
“¿Por qué no te sentás Gabriela?” pregunté.
Bajando la mirada al piso, susurró “No puedo, mis padres se enteraron de lo que hice durante el examen y me castigaron tanto con el cinto que no puedo sentarme por el dolor que siento”.
“Me parece que hicieron lo correcto después de tu estúpida conducta” afirmé mirando a los restantes alumnos que contemplaban la escena estupefactos.

PD: Este relato nunca existió, salvo en lo que se refiere al ser profesor o a la toma de exámenes.

La Doctoranda

Publicado: 27/04/2005 18:38 por en Escolares
m/f

Autor Fer

Jueves 14 de abril (curiosamente aniversario de la proclamación de la República Española)

Atención Magnífico Rector, Ilustrísimos Señores Catedráticos, Doctísimos Profesores, Venerables Catedráticos Eméritos: la candidata a doctoranda Señorita Licenciada Dª Mayte Riemens presenta su Proyecto de Investigación sobre:

"Visión Crítica de la Historiografía de los azotes eróticos en Meso-América de los Mixtecas a la Administración López Portillo"

(aplausos)

Aparece la brujita en toga (por debajo no lleva nada, por supuesto) muy formal frente a todos los graves catedráticos de la elite intelectual mexicana, entre todos suman cientos de años de diplomas, doctorados, condecoraciones de Yale a La Sorbone, de La Complutense a la UNAM, premios nacionales de Historia, algún discípulo del exilio intelectual español y el Colegio de México. Gracias a que los tiempos modernos han llegado al interior sacro de las Cátedras, también hay alguna augusta doctora, severas, con sus gafas de montura poderosa.

Todos ellos y ellas son spankers de una sociedad secreta...

Lo que acontece a continuación forma parte del ritual inicíatico en donde el más anciano de los doctos varones con un leve asentimiento de cabeza pone en marcha la liturgia.

Se cierran las pesadas puertas del Paraninfo Universitario, se apagan las luces con excepción de un potente reflector en el cenit de la sala que ilumina el centro. Silencio. Unos ujieres traen una especie de reclinatorio y un armario (del tiempo del Emperador Maximiliano) con ruedas. Lo instalan en el centro del hemiciclo, se encienden los reflectores y se apagan las luces...

Los ujieres que son los más antiguos, ya hombres con cabellos blancos, acompañan a la candidata a doctoranda al reclinatorio, la instalan doblada hacia adelante y con su trasero hacia arriba.

El Rector Magnífico baja ceremoniosamente hacia el centro de la luz, se acerca a la candidata a doctoranda, sube su toga dejándola expuesta e indefensa. El Rector contempla unos instantes sus nalgas, resplandecientes de luz, y da inicio a la ceremonia dándole unos fuertes azotes a mano.

Al cabo de unos 3 minutos de nalgueo, con un gesto se dirige al Cuerpo Docente y se inicia un lento desfile de Doctos Catedráticos y Doctas Catedráticas que nalguean a la candidata, de acuerdo al viejo ritual ya establecido en tiempos de la Colonia. Unos lo hacen a mano, otros recurren al armario en donde hay todo tipo de implementos, algunos muy valiosos por ser piezas históricas cedidas por el Patrimonio Nacional de la República Mexicana para esta ocasión. Fustas, canes cultivados en las tierras de la Facultad de Ciencias del Agro, paddles, cepillos, cinturones y muchos más instrumentos de disciplina.

La candidata de vez en cuando exhala una pequeña queja sorda, pero resiste de acuerdo al código de honor y aguanta su llanto ahogado por mil emociones, por fin va a poder ingresar en la Sociedad Secreta. Pese a la extraña situación, nuestra heroína ya comienza a saborear las verdaderas mieles académicas, por fin será una de ellos.

Finalmente, cuando el culete de la candidata luce el color del jitomate maduro, el Rector Magnífico pronuncia una frase en latín que abre su alocución y continúa en castellano diciendo "Por las Prebendas que me son concedidas declaro a la Licenciada Dª Mayte Riemens miembro de nuestra Sociedad Secreta y candidata apta"

Un aplauso cerrado (los aplausos de un par de docenas de spankers son equivalentes en decibelios a un público de 240 personas) corona el sencillo acto. Los hujieres untan de crema balsámica las coloradas nalgas de la nueva integrante de la Sociedad y le aplican paños tibios con árnica, la ayudan a recobrar la compostura y ésta pronuncia un emocionado discurso de agradecimiento. Nunca sabremos de qué recónditas emociones provienen las lágrimas que empañan los bellos ojos de nuestra nueva doctoranda...

Le son entregados el diploma y la banda de honor.

(aplausos y más aplausos)

La Tesis II Parte

Publicado: 26/04/2005 23:34 por en Escolares
f/f paleta

Autora: Maria Elfmann

Durante el año de recopilación de datos y pruebas el profesor Herrera me enseñó multitud de técnicas, TAT, Test de Roecshter, entre otros. Y por fin llego la hora de llevar a cabo un trabajo de campo.

A lo largo del año anterior, todos los miércoles en su descolorido despacho había sido inevitable hablar sobre el instrumento que presidía el despacho, aquel enorme paddle, asimismo me enseñó otros que tenía guardados en un cajón con llave, por ser éstos muy antiguos. Poseía tawses, paddles, y todo tipo de armas de castigo. Se notaba que le entusiasmaba el tema, y a mí se me debía notar a la legua, aunque lo tratara en vano de tapar con un interés meramente intelectual. Pero tener esas paletas en las manos, uf. No podían por menos que hacerte temblar.

Incidimos sobre los castigos físicos y la repercusión que éstos tienen en la conducta humana, de una parte la redención, y en otra menos conocida el placer. Estudiamos conductas sadomasoquistas, y como éstas habían sido utilizadas en la publicidad. Mujeres de cuero para anunciar colonias, pequeñas lolitas, susceptibles de recibir unos azotes, una joven caperucita que roba el perfume Channel, mientras el masculino lobo se somete y se limita a aullar. Todo tenía un objetivo básico: La persuasión usando el fetichismo como instrumento.

Así de este modo decidió indicarme que el tema de mi trabajo de campo serían los azotes, los castigos físicos, y las instituciones donde se han usado o aún se usan. Para ello me proporcionaba la universidad una beca, para visitar lugares donde se estudiase el tema, o bien sitios donde aun se llevaran a cabo.

Comencé pues mi trabajo. En primer lugar me mandó a Salamanca. Al parecer existía un convento en las afueras, donde aún hoy día se impartían castigos físicos. Se trataba de un lugar de recogida de muchachas de familia bien, que por una u otra razón necesitaban ser enmendadas. Había madres prematuras, chicas cazadas por sus progenitores fumando o realizando el acto sexual, chicas que habían confesado su homosexualidad en un retrogrado seno materno, etc. Si bien antiguamente hubieran reconducido la vida de estas jóvenes hacia las contemplaciones seglares, en este caso se limitaban a impartirles catequesis, y clases de historia, álgebra, y literatura. Las mantenían limpias y aseadas, y libres de pecado, confesaban ante el cura de modo secreto y ante sus tutoras con castigo corporal como penitencia.

Por supuesto que no habéis iodo hablar de este lugar. No pensareis que viene en sitios Goegle o en la agencia de viajes de spankófilos, no? El lugar sitúa los castigos físicos dentro de la clandestinidad, hoy día seria impensable que se permitieran estas licencias según la constitución actual. Y yo me dirigía a él por el amplio conocimiento en la materia del doctor Herrera, quien conocía a la abadesa profundamente.

Así fue como llegué al convento, haciéndome pasar por una de esas chicas descarriadas que habían sido pilladas in fraganti en actitud poco decorosa con un varón. Me puse en manos de la Madre Superiora. Por supuesto que en ningún momento pensé que yo fuera blanco de castigos, la superiora conocía mi calidad de espectadora por lo que yo esperé encontrar un trato favorable. Al fin y al cabo estaba allí por trabajo.

Aunque me excitaran los azotes, la angustia que me trasmitían los muros no me inspiraban para imaginar un correctivo placentero. El convento en su fachada exterior era plateresco, corriente muy común en la zona, pero se hallaba realizado sobre un monasterio anterior de orden románico, del que conservaba la disposición y materiales del interior. Era mucho más antiguo, más oscuro, mas retraído. Las paredes de piedra eran húmedas y frías, el suelo también, andar con una suela fina ponía los pelos de punta. Olía por todas partes a piedra y arena, a cirios y a iglesia cerrada.

Las internas dormían todas juntas en un amplio dormitorio de camas dispuestas una al lado de la otra, muy cerca, casi el espacio justo para andar de canto entre una cama y otra. Había unas 20 aproximadamente, y venían de todas partes de España, pero por lo que vi, mucho apellido noble, y mucha familia pía.

Yo ocupe una cama del final, junto a una chica de Alicante de 20 años, era simpática, pero no decía porque estaba allí, y actuaba con cierta timidez, al igual que el resto de las jóvenes, se comportaban de manera muy recatada y sin excesos.

Como llegué por la noche únicamente presenté mis respetos a la Madre superiora quien me indicó que me acomodara en mi catre. Venía cansada del viaje, y sin prestar mucha atención me puse un pijama de verano cortito y fino, y me eché a dormir, bien tapadita hasta el cuello.
Zzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzz
De repente, sentí una sacudida, una mujer vestida sin hábitos pero con bata de religiosa me zarandeaba y me gritaba no se qué, de si era aquella una manera correcta de dormir. Con el sueño no me enteraba de nada, y a causa del viaje ni siquiera sabía aún dónde me encontraba. Cuando sí reaccione fue cuando me saco a tirones de la cama y abrí los ojos para contemplar el enorme dormitorio comunal a oscuras, con las paredes bañadas por la luz de la luna entrecortada por los barrotes de las ventanas. Hasta ella se encontraba encerrada en aquel lugar sombrío.

La hermana que me zarandeaba, de repente se sentó en mi cama, tiro de mi brazo y con él de mi cuerpo amodorrado por el sueño, y me deposito en sus rodillas, ahí sí me desperté, ¿qué c*** hacia esta tipa???? Pero cuando resolví mi duda fue a causa de un impacto fuerte sobre mi trasero que hacia que éste ardiera. Me estaba azotando!!!! Me tenía agarrada por un brazo y con el otro no se qué demonios estaba usando pero picaba como el diablo. Instintivamente alargue mi brazo a la nalga donde recibí el azote, a lo que sentí un fuerte tirón de la misma, quedando inutilizada. Con una sola mano me sujetaba las mías, era una mano fuerte y grande para ser de una mujer. Me reprendía por dormir tapada hasta el cuello. “Los brazos fuera de la manta!!!” Me indicaba “así no podréis caer en la tentación” “y no se duerme bocabajo” “conozco todos vuestros trucos para satisfaceros”. Mientras me regañaba noté que me desprendía de un tirón seco de mi pantaloncillo del pijama para después hacer lo mismo con mis braguitas. Yo me intentaba zafar, pero era ducha en su propósito la jodida. Sentí un azote fuerte en el trasero, ahora sí sabía que me azotaba con la mano, era una mano recia, fuerte, de exprimir coladas a mano, de recolectar la huerta y arrancar las malas yerbas, curtida y encallecida. Los azotes eran rápidos y enérgicos, me azotaba profusamente en la parte mas baja de la nalga, donde escocía horrores.

Después de darme unos 100 azotes con la mano, mi grupa ardía, reposó la mano sobre ella, mientras me reñía de nuevo, me explicaba que eso era por haberme interpuesto en el castigo, que el castigo en si venia a continuación. La mano no solo estaba apoyada sobre mi nalga, la muy ***** me sobaba, me palpaba a gusto, parecía que disfrutaba. Bollera reprimida... pensé.

No fue mucho el tiempo de pensar. De mis deducciones me sacó a base de un buen paletazo en el trasero. Ahora sí supe al primer encuentro qué había utilizado, era una paleta. Con el tiempo averigüe que utilizaban el instrumento en cuestión para golpear la ropa para que se secara, además de para indicar el buen camino a jovencitas.

Me rocío 20 paletazos lentos, espaciados, con orgullo. Estoy segura que se sentía orgullosa de su trabajo, de su buen hacer, porque se deleitaba en ellos.

PLASSS tiempo PLASSSS tiempo PLASSSSS tiempo PLASSSSS

Se me escapaban las lágrimas, no estaba llorando de rabia sino se me escapaban de escozor. De impotencia de no poder parar ese tremendo dolor que recaía sobre mis nalgas.

Después me proporcionó otros diez por llevar esa indumentaria poco adecuada y me indico que ya me proporcionarían un camisón decente. Además, me instó a seguir dos de las normas más importantes en la cama, no dormir bocabajo, en ningún caso; y los brazos fuera de la manta para que se puedan ver en una revisión.

Sin más se fue. Según avanzaba por el pasillo con la paleta en la mano, yo empezaba a asimilar por una parte lo que me costaría dormir con semejante escozor en mis nalgas, que me ardían, no podía apoyarlas contra el lecho, y por otra… lo húmeda que me encontraba.

Cuando abandonó el habitáculo, algunas de las chicas levantaron la cabeza primero hacia donde se había perdido la hermana y después hacia mí. Mi compañera de al lado me alcanzo la mano, y me la acaricio con suavidad. “Intenta dormir con la almohada en los riñones, eso alzará el trasero y te rozará menos con el colchón”

Así lo hice, a pesar de lo recio y basto de la ropa de cama, imagino que del mismo cansancio de la paliza, al poco tiempo y tremendamente escocida y dolorida me quedé dormida. No sentía esta sensación de dormir tras unos azotes, desde hacía muchos muchos años, cuando era mi padre el que se encargaba de hacerme dormir de un tirón después de haber estado dando la lata.

Continuará

La Tesis I parte

Publicado: 25/04/2005 23:40 por en Escolares
m/f paleta

Por Maria Elfmann


Cuando empecé a hacer la tesis tenía miedo, no miedo como al coco, pero sí respeto. Acabé la carrera de periodismo con dos años de retraso, porque durante el tiempo que hube de estar estudiando estuve en barriladas, conciertos, y fiestas varias hasta aburrirme. También me aproveché de la ambigüedad del mundo de la comunicación. Me gustan los hombres sí, pero me gustan mas las chicas, y creedme en periodismo es difícil encontrar una chica hetero.

Como decía, al empezar la tesis me inspiraba respeto, en primer lugar porque se acabo la época de despendole, ahora tenía que rendir cuentas a un tutor; y en segundo lugar y principalmente por el tutor en sí. Los profesores de periodismo parecen cualquier cosa menos profesores, sin embargo algunos adjuntos de filología, derecho o sociología y psicología (como era el caso) pertenecen a la vieja escuela, y el cambio se nota.

Yo había elegido un doctorado en métodos y técnicas de investigación social y psicología porque me apasiona, aunque muy a pesar mío lo impartía un viejo conocido, viejo por su edad y amigo en el sentido más irónico, puesto que habíamos discutido en clase alguna vez por discrepar de sus lecciones. Se podría decir que se trata del hueso más duro de la carrera. Y su asignatura fue la última que aprobé antes de acabar y en convocatoria de gracia. El profesor doctor Herrera, cuantas veces me habré acordado de sus antepasados... En fin, el susodicho provenía de la facultad de sociología y psicología, donde yo había de entrevistarme con él.

Para aquellos que conozcan la Universidad de Sevilla, coincidirán conmigo en que es el escenario ideal de una escena de spanking. Para quienes no la conozcáis, os describo: Con anterioridad el edificio fue una fábrica de tabaco, sí la famosa fábrica de tabaco donde Carmen engatusó a un oficial que perdió la cabeza y su vida por ella, y cuya historia fue llevada a oídos del pueblo por Merimet. Se trata de un edificio barroco, de artesonados labrados en madera, ventanales amplios, pasillos tristes, adornados por esculturas romanas a los lados que escoltan al visitante en silencio. Pupitres posiblemente pertenecientes al siglo anterior en el que resultaba extraño no encontrar un joven encorbatado recibiendo unos azotes con una vara. En fin, un edificio vetusto y anclado en las antiguas tradiciones.

En un recodo de la institución se encontraba, flanqueado por una vieja puerta de madera recia el despacho del doctor Herrera.

El despacho, era para deprimirse, una única lámpara de despacho color verde que desprendía una luz mortecina y triste, muebles de maderas nobles, cuidadosamente labradas, pero maderas muy oscuras y lóbregas al fin y al cabo, nada que ver con las sillas de colores de periodismo, ninguna ventana, estanterías repletas de libros muy antiguos, caretas, tribales, símbolos de la fertilidad de sabe dios qué cultura, armas, catanas, dagas hindúes, japonesas y castellanas, y oh! Que ven mis ojos, diferentes objetos de azotes, entre ellos un paddle, en el que venia expresamente escrito Corrector. Guauuuu me había metido en la boca del lobo.

Para sorpresa mía, el primer año de doctorado se pasó no sólo sin problemas, sino que finalmente nos hicimos amigos por la coincidencia del apasionamiento de ambos en la sociología.

Lo siento por vosotros, mentes spankocalenturientas que pensabais que me iba a dar unos azotes en el despacho, pero no, no fue así. Muy a pesar mío, ya que para mi hubiera sido fantástico. Y pienso que para él también, por fuerza a ese hombre habían de gustarle las azotainas.

Lo imaginaba remangándose la camisa, inclinándome sobre la mesa de color tan desosegadamente oscuro y con olor a madera antigua, subiéndome la faldita, y azotándome con el impresionante paddle que se exhibía orgulloso sobre la mesa. ZASSSSSS uno señor, ZASSSSSSSSSSSS dos señor, ZASSSSSSSSSSS tres señor, así hasta 20 azotes, fuertes, repartidos. Tras ello lo imaginaba depositándome sobre sus rodillas, la luz verde iluminando la escena, mientras me introducía lentamente los dedos por debajo de mis braguitas y las bajaba con parsimonia hasta las rodillas dejando al aire mi ahora enrojecido trasero, y de repente una buena serie de azotes, rápidos, enérgicos que enjuiciaran sabiamente mis nalgas que tantas veces se habían ausentado de los bancos de clase, para presentarse en un bar. Y en esa misma postura instruirme en lo que debe ser un alumno responsable y estudioso. Y tras ello me obligaría a sentarme en la dura y fría silla del despacho con varias enciclopedias sobre mis piernas para que hubiera de pegar el trasero al asiento, y sentir así el escozor producido mientras estudiaba.

Pero en fin, eso solo eran fantasías que calentaban mis noches. Lo que sí llevamos a cabo fue una sesión de hipnosis, de la que él tomo sus datos y no me reveló nada.

Al segundo año tenía que realizar un trabajo de campo. Y es aquí donde viene la parte mas interesante de mi doctorado, ya que nunca jamás esperé que me ocurriera nada parecido.

Continuará.

No toleraré esa conducta en mi escuela

Publicado: 23/04/2005 00:13 por en Escolares
m/f regla, cinturón, vara

Autor(a) desconocido(a)

- No toleraré esa conducta en mi escuela, señorita, se lo advierto, lo lamentará mucho si desea continuar con este comportamiento. Lleva sólo dos meses en el Internado y ya ha pasado más de una docena de veces por mi oficina. La próxima vez que cruce esa puerta lo lamentará. Vaya a su habitación, permanecerá confinada durante dos semanas, sólo podrá salir para las clases.
-
Ella sonrió mientras se dirigía a su habitación, estaba logrando lo que quería y en menos tiempo del que esperaba, y decían que en esta escuela las cosas serían diferentes, lo único diferente es que el director tiene menos paciencia que los otros, lo cual me conviene - pensaba ella - así me expulsarán muy pronto.

Ya había sido expulsada de tres prestigiosos internados para señoritas, y estaba empeñada en que la expulsaran de este, estaba harta de haber vivido siempre en internados, lejos de su familia y esta era su manera de vengarse. Lo único que lamentaba de ser expulsada de este internado es que no volvería a verlo, siempre tan estricto, elegante, ella aún no comprendía porqué se sentía de esa manera tan especial cada vez que lo veía, porqué sentía remordimientos cuando él la reñía, porqué no le era indiferente, porqué le importaba tanto lo que él pensaba, alejando estos pensamientos de su mente se dijo a sí misma

- Mañana hay examen de historia, eso me da la oportunidad que estoy buscando. Voy a preparar todo ahora mismo - diciendo esto puso en marcha su plan, copiar durante el examen colocando apuntes en sus muslos y hacerlo de la manera mas indiscreta, de modo que le asegure el ser descubierta y terminar en la oficina del director, el no tendría más castigo que darle que expulsarla de su escuela...- Todo esta saliendo de maravillas - se dijo

Al día siguiente se dirigió a su salón y al iniciar el examen puso en marcha su plan, no pasaron ni un par de minutos cuando fue descubierta por la auxiliar.
-
- Acérquese - le ordenó - y traiga consigo su examen

Ella obedeció estaba ansiosa por ser llevada ante el director
-
- Copiando durante el examen, ya veremos qué es lo que dicen sus padres cuando lo sepan, acompáñeme a la oficina del director

Al llegar allí, ella no sabia porque, pero empezó a sentir mariposas en el estómago - Debe ser la emoción porque lograré mi cometido ahora mismo - pensaba, aunque le extrañaba sobremanera, las veces anteriores no había sentido nada parecido...
La puerta se abrió y lo vio a él sentado hablando por teléfono, con una mano hizo señas para que ingresen. Sus piernas le temblaban, no comprendía porque, la auxiliar la jaló del brazo para hacerla avanzar.

Cuando estuvieron frente a su escritorio él la miró directamente a los ojos, ella trató de mantener la mirada altiva y rebelde que la caracterizaba pero al ver el reproche en sus ojos no pudo evitar el desviar la mirada hacia abajo y vio sus manos, grandes, fuertes, muy bien cuidadas.
El terminó de hablar por teléfono y se levantó de su silla dirigiéndose hacia el frente de su escritorio en el cual se apoyó...
-
- ¿Tan pronto y ya de vuelta por aquí? pensé que al menos pasarían las dos semanas de su último castigo. ¿Que hiciste ahora?

Ella no atinaba a responder, por lo que la auxiliar le dijo: "Estaba copiando durante el examen, tiene las piernas todas escritas, mire"-le dijo levantando la falda para mostrarle, Ella sólo atinó a bajarse la falda sonrojándose.
-
- Yo me haré cargo de la señorita, déjenos solos - indicó el director, y la auxiliar se retiró dejándolos a solas. La emoción crecía en su cuerpo, no sabia ni entendía por que pero sentía que su corazón palpitaba aceleradamente y sus piernas temblaban ligeramente, ¿Tenia miedo? no, no era posible...¿qué le ocurría entonces?, lo único que quería era salir lo más pronto posible de esa oficina
-
- Ahorrémonos el sermón, ¿si?, mientras llama a mi casa yo iré a preparar mis maletas... - dijo dándose vuelta
-
- No le he dicho que puede retirarse, y ¿por qué habla de hacer maletas?
Ella volteó lentamente, el oír su voz tan autoritaria la turbó
-
- No va a expulsarme?
-
- ¿Expulsarla? no, ¿de dónde sacó eso?
-
- Ayer... dijo que no toleraría mi comportamiento en su escuela...yo
-
- Usted pensó que a la próxima que hiciera, sería expulsada, ¿verdad?, conque ese era su propósito, lo imaginaba, desde que llegó no ha hecho más que portarse mal, pésimamente, ahora comprendo porque, pero no entiendo, ¿por qué quiere ser expulsada?
-
- Eso no es algo que le interese, sólo expúlseme y ya, dejo de ser su problema
-
- Pues bien, aquí las cosas no funcionan así, mire, sus padres me encomendaron la tarea de convertirla en una señorita, si la expulsara sería como darme por vencido ante su rebeldía y yo no soy de las personas que se dan por vencido ante una dificultad, es más usted se ha convertido en todo un reto para mí, un desafío y si usted es orgullosa y altanera pues yo lo soy más y con una ventaja sobre usted, tengo mayor autoridad y fuerza

El oír estas palabras hicieron que se estremeciera, pero no quería demostrarle a él lo que sentía, así que caminando alrededor de la oficina, como para darse importancia le dijo
-
- ¿Y de que le servirá?, si se empeña en mantenerme aquí lo único que lograra es ver como traigo abajo su tan prestigiado colegio, mientras yo contemplo todo sentada desde mi ventana

- Tal vez pueda contemplar esa escena que describe, pero créame no lo hará sentada, de eso me encargaré yo personalmente - Al decir esto tomo una silla y la colocó en el centro de la oficina, se quitó el saco y se remangó la camisa mientras miraba divertido la cara de desconcierto de su alumna, al sentarse le dijo

- Acérquese

- ¿Qué pretende?

- Voy a darle un castigo que si lamentará, ¿qué pensaba, que iba a confinarla nuevamente en su habitación?, ¿qué acaso cree que ignoro que sale por la ventana cada noche para pasear por los jardines? - ella no supo que responder - Acérquese - ordenó él con voz firme - no le conviene que vaya por usted

- Pues está loco si cree que iré - respondió ella dirigiéndose a la puerta

- No atraviese esa puerta, ya estoy bastante enojado, más le vale no hacerme enojar aun más o le pesará

- ¿A si?, pues mire cuanto me importa - dijo ella abriendo la puerta

Él se levanto de inmediato y cerro la puerta de un sólo golpe, ella permaneció de pie al lado de la puerta, muerta de miedo, nunca imaginó que esto pasaría. El cerró la puerta con llave y colocó la llave en su bolsillo para luego dirigirse a la silla nuevamente

- Acércate – ordenó. Ella permaneció inmóvil, de espaldas a él, no quería verle a los ojos, estaba asustada

- No me hagas ir por ti - gritó, pero ella no se movía

- Bien, ahora sí agotaste mi paciencia, lo lamentarás y mucho, te lo aseguro - gritó nuevamente mientras se acercaba a ella, la tomó de un brazo y la jaló fuertemente

- Ay, me lastima - se quejó

- Espera y verás... - respondió él mientras se sentaba y la jalaba a ella de modo que quedara sobre sus rodillas

Ella sollozaba

- no puede hacer esto, no puede

- ¿qué no puedo? ya verá si no puedo, y más le vale no resistirse o le irá peor...
No terminó de decir esto y ella logró liberarse de su regazo y se alejó de él, él dirigió su mirada hacia ella, estaba muy enojado, se le notaba en la mirada, en su expresión

- No debiste hacer esto, mientras más me enojes peor para ti.

- Déjeme ir – exigió ella yendo hacia la puerta y tratando inútilmente de abrirla
El se acercó y la sujeto firmemente de los brazos

- Vas a dejar el teatro y aceptarás tu castigo, ya me colmaste la paciencia y no pienso tolerarte nada más
Ella intentó soltarse y como no lo conseguía, no pensó en mejor manera de liberarse que pateando al director, lo intentó pero él, adivinando la intención de ella, logró esquivar el golpe

- Bueno, si lo quieres a la mala, no me dejas otra
La soltó un momento mientras se dirigía a su escritorio y buscaba algo en su cajón, ella lo observaba desde la puerta, no podía creer lo que ocurriría, el director iba a azotarla, ni remotamente le había pasado esa idea por la cabeza, pero allí estaba ella, encerrada con él en esa oficina sin tener como escapar, sólo esperando el castigo, sabía que lo merecía, había sido muy majadera, pero su orgullo era muy grande y no estaba dispuesta a doblegarlo… Finalmente él encontró lo que buscaba, sacó del cajón una cuerda blanca no muy gruesa y bastante larga - ¿Es que va a amarrarme? - se preguntó,- pues primero deberá alcanzarme - se decía para sí

- Acércate, y no me hagas ir detrás de ti, porque aumentaré 10 azotes por cada minuto que me hagas perder

Ella permaneció inmóvil

- Vamos que esperas?

- No iré

- Bien, pues entonces serán 20 azotes más - le dijo mientras se acercaba, ella se dirigió al otro extremo de la habitación, El la siguió y ella nuevamente escapó, luego él se dirigió hacia ella, pero cuando menos lo esperaba cambió de dirección atrapándola en su huida. El la rodeaba con sus brazos y ella trataba de soltarse, pero él era mucho más fuerte y logró atar sus manos juntas y al frente

- Serán 50 azotes por hacerme perseguirte – dijo mientras tiraba de la cuerda y sujetaba el extremo libre a una argolla en la pared, luego colocó una mesa entre la pared y ella, de modo que quedó inclinada hacia adelante, en la posición propicia para recibir el castigo

- ¡Suélteme!, ¡es un salvaje!, ¡es un ...

- Mucho cuidado con su vocabulario, le recuerdo que no esta en posición de reclamar nada

- Me las pagará, le diré esto a ...

- ¿A quién? ¿A sus padres?, ¿Acaso piensas que ellos no lo saben?
Cuando escuchó esto se sorprendió por un momento, pero después de todo ella siempre había estado sola, y sola tendría que afrontar esto, pero no lo haría sin la rebeldía que la había caracterizado siempre, ella iba a enfrentarse a él y no le haría las cosas más fáciles, comenzó a rebelarse a intentar soltarse, a patearlo, o al menos a intentarlo

- ¿Es que nunca te cansas? ¿Voy a tener que amarrarte las piernas también?

- ¡Suélteme!, ¡se lo exijo!, no puede tenerme así amarrada

- No voy a soltarla hasta que reciba el castigo que merece y según mis cuentas tenemos para rato, así que le recomiendo relajarse y aceptar el castigo porque de lo contrario sólo logrará prolongarlo.

Esto no logró calmarla, al contrario, la enojó aún más y sólo se retorcía tratando de liberarse

- Bueno no me deja otra alternativa más que atarle las piernas - y diciendo esto le ató las piernas a las patas de la mesa, restringiendo aún más sus movimientos

- Ahora sí podemos empezar – le dijo alejándose un par de pasos hacia atrás - sólo falta un detalle – dijo

Mientras, ella sentía que él desabotonaba su falda, ¡es que va a azotarme desnuda!!!

- No puede hacer esto, ¡deténgase! – ordenó ella

- Quien da las órdenes aquí soy yo, no lo olvide –le dijo en tono amenazador mientras quitaba la falda y la colocaba sobre la silla, permaneció unos instantes contemplándola, a ella le parecía que el tiempo no pasaba, que se había detenido, que esa humillación no terminaría nunca, al menos aún conservaba su ropa interior y algo de dignidad...

- Qué espera ¡termine de una vez!!! –gritó

- Caramba, ahora estamos apurados, ¿eh? Si no se hubiera resistido hace mucho hubiese terminado y estaría ahora en su habitación, pero como se empeñó en rebelarse ahora parte de su castigo será ser paciente y aceptar mis condiciones, pero antes necesitamos “deshacernos” de algo que nos “estorba” fue hacia su escritorio para sacar unas tijeras, ella lo observaba sin dar crédito a lo que veía, no por mucho tiempo permanecería cubierta, él se acercó a ella y empezó a cortar su ropa de modo que en unos segundos quedó completamente desnuda ante él, sentía vergüenza, nadie la había visto así, desde que era una bebé, y tenía que verla él... la sola vergüenza era ya suficiente castigo para ella

- Por favor... – susurró ella

- Vaya, aún no empiezo el castigo y ya esta aprendiendo modales, por lo visto el castigo será efectivo.

- ¿Por qué hace esto?

- Porque quiero que se corrija, ahora guarde silencio, no quiero que emita el menor ruido mientras dura el castigo, por cada quejido o palabra que diga recibirá 5 azotes al final, con una vara, ¿entendido?

- ¿Está loco? No...

El la calló colocando su mano en la boca, estaba tibia y era muy suave, ella sentía que la acariciaba

- Ya lleva 15 golpes con la vara... mejor permanece en silencio o...
Esta vez no la amenazaba, más parecía un consejo y ella calló bajando la mirada, no podía hacer nada, no lograría evitar el castigo, pero aun no sabía si acceder a él o continuar rebelándose, parecía dispuesto a todo, pero ella también lo estaba, no, no dejaría de rebelarse, nunca doblegaría su orgullo ante nadie, ni siquiera ante él...

El sacó una regla larga de madera y la colocó en la mesa, luego se quitó el cinturón y lo colocó doblado en dos a un costado, finalmente abrió un armario y sacó una vara, era larga y delgada, el acarició sus nalgas con ella, provocando un estremecimiento

- No te preocupes, esta irá al final y tú decidirás cuantos golpes recibirás. Empezaré con la regla, 50 azotes por copiar en el examen, 50 con la correa por tu rebeldía e intentos por escapar del castigo, por cierto para la próxima vez no te lo recomiendo, el castigo es ya bastante severo como para que aumentes azotes por rebeldía, y bueno al final usaré la vara, por ahora son 15 azotes pero “sospecho” que serán más..., bueno empecemos

Tomó la regla y se colocó un par de pasos detrás de ella, la contempló unos segundos, tenía un trasero hermoso, quería acariciarlo en lugar de castigarlo, el tener estos pensamientos lo turbó, - es mi alumna ¿que pasa? ¿Por qué pienso en ella de esta manera? - le enojaba hacerlo, siempre había podido separar muy bien su trabajo de sus sentimientos pero ahora no podía hacerlo, precisamente cuando más falta hacía, ¿por qué esta chiquilla malcriada y engreída despertaba en él estos sentimientos?, trató de despejar su mente de estos pensamientos y de fijarla en el castigo que debía darle a ella, no podía dejar que sus sentimientos interfirieran con su deber, así que inició el castigo, tomo impulso y propinó un golpe fuerte en las nalgas de la chica, ella gritó de dolor

- 20

- no, por favor...

El no la dejó continuar, tomando su rostro con ambas manos le dijo

- debe aprender a obedecer, deberá guardar silencio durante el castigo o lo prolongará más de lo que puede soportar, créame no pienso detenerme hasta culminarlo – ella lo miró muy asustada, él la soltó para reiniciar el castigo

- no... –sollozó ella

- 40 con la vara, y apenas si ha recibido el primero con la regla...
Ella calló, se propuso guardar silencio, nunca antes la habían castigado azotándola, recién había recibido un golpe con la regla y ya sentía que le ardía el trasero, no creía que podría resistir todo el castigo, el más leve quejido incrementaba los azotes que recibiría con la vara, no sabía porque pero era el instrumento que más miedo le inspiraba, decidió no resistirse más y entregarse a su suerte, tal vez él se detendría antes si ella ponía de su parte...

El observaba la marca roja que se había formado en las nalgas de ella, no podía dejar de mirarla, pronto todo su trasero tendría el mismo color, ese color que tanto le gustaba... pero era momento de continuar, él retomó el castigo dándole golpes muy fuertes, distribuyéndolos en todo su trasero, pero concentrando la mayoría de ellos en la zona en que sus nalgas se unían a sus piernas, quería hacerla gritar, quejarse, retorcerse, pero ella resistía, se mordía los labios y apretaba los dientes para evitar hacerlo, esto lo enojaba más y la golpeaba con más fuerza, repitiendo varios golpes en el mismo lugar, hasta que finalmente ella no soportó más y sin poder contenerse gritó

- auch!! es un ... – y calló, quería insultarlo, decirle que era un salvaje, un abusivo, un cobarde por golpearla cuando ella no podía defenderse, pero sabía que eso aumentaría el castigo

El se detuvo, cayó en cuenta que estaba siendo injusto con ella, no sólo la castigaba por sus travesuras sino que la estaba castigando, y más severamente aún, por los sentimientos que estaba inspirando en él, la castigaba a ella por lo que él sentía, al darse cuenta de esto se sintió muy mal, ¿debería detener el castigo? No, ella sospecharía, no podía hacerlo y tampoco disminuir la intensidad, al menos no notoriamente. Pero decidió que si ella le pedía que se detuviese lo haría - lo hará pronto, no puede resistir mucho más – pensó para sus adentros, de este modo ella doblegaría su orgullo ante él y él vencería en este enfrentamiento

- Serán 50 con la vara – le indicó, trató que su voz no delatase lo que sentía en ese momento, pero no lo logró, ella sospechaba que algo estaba pasando pero no sabía que – Continuemos, aun faltan 10 con la regla...

La posición que ella debía mantener era sumamente incómoda, no podía apoyarse sobre su pecho o sus brazos para resistir mejor los golpes que recibía, lo que la hacía tener la sensación de que perdería el equilibrio en cualquier momento... él continuó con golpes fuertes, ella sentía que el trasero le ardía terriblemente, parecía que el castigo no terminaría nunca, ¿es que no se compadecería de ella y se detendría?

El colocó la regla sobre la mesa y se alejó sin tomar el cinturón, ¿Se detendrá? ¿Va a soltarme y dejarme ir?

- Esa posición es bastante incómoda, ¿verdad? – preguntó - si te desato ¿te quedarás quieta?

Ella asintió con la cabeza, sería más fácil soportar el castigo sin estar atada, no intentaría rebelarse, eso sólo había empeorado todo, si bien su orgullo no le permitía pedirle que se detenga, tampoco dejaría que incremente el castigo

El se acercó, colocándose tras ella y sujetándola de la cintura soltó el nudo de la argolla que sostenía sus manos, ella al perder tensión la cuerda que sostenía sus brazos y por esfuerzo realizado se inclinó hacia delante, él la sujetó con firmeza pero tiernamente, de modo que evitó que cayera sobre la mesa, sus miradas se cruzaron, la de ella no mostraba rebeldía, era más bien curiosa, se preguntaba el porqué de ese castigo, el porqué de lo que sentía, el porqué de la atracción que sentía hacia él, la de él en cambio no era de reproche, como ella esperaba, sino que era tierna, dulce, parecía que quería disculparse por tener que castigarla, pero no tenía otra opción, debía hacerlo, ella notaba la lucha interior que se desataba en él, pero no comprendía lo que pasaba, ¿por qué me mira así? ¿Es que siente algo por mí? ¿le intereso?, como si él comprendiese lo que ella pensaba y temiendo que ella pudiese adivinar sus pensamientos, desvió la mirada y la soltó, lentamente se inclinó a un costado de ella y le desató las piernas, por unos segundos contempló su trasero, muy rojo ya, que había quedado a la altura de su rostro, le encantaba ese espectáculo, hubiera querido continuar contemplándola por horas, pero debía continuar, se paró lentamente y procedió a desatar sus muñecas, al sentirse libre un impulso natural la obligó a dirigir sus manos a su trasero para intentar calmar en algo el ardor que sentía

- hey, tienes prohibido tocarte hasta que termine el castigo – dijo él sujetando sus manos suavemente – deberás mantenerlas sobre la mesa, inclínate apoyando tu peso en la mesa y separa las piernas mientras decía esto con sus manos la obligaba a tomar la posición que describía, ella se limitaba a obedecer, él tomó el cinturón de la mesa y vio que ella cerraba los ojos como presintiendo lo que le esperaba, él se paró un par de pasos tras ella, la observó un instante y se decidió continuar, tomo impulso y asestó el primer azote con la correa, justo en la parte más redondeada de su trasero, ella saltó en su sitio e intentó colocar sus manos para protegerse
-
– esa mano señorita! – interrumpió él - ¿o quieres incrementar aún más tu castigo?
Ella negó con la cabeza y regresó sus manos a la mesa, él dio el segundo golpe y ella gritó nuevamente, movió sus manos pero se detuvo antes que el le dijera algo. El prosiguió el castigo, ella trataba de no moverse, pero cada vez era más difícil, sentía el trasero como una braza ardiendo, finalmente no pudo evitarlo y colocó sus manos protegiéndose, mientras sollozaba, él detuvo el castigo, colocó la correa sobre la mesa y se acercó a ella, sin decirle nada tomó sus manos suavemente, mientras la miraba a los ojos, cogió la cuerda y ató sus muñecas

- No, por favor...- suplicó
-
- No quiero lastimarte, sólo las sujetaré al frente para que no puedas interponerlas – al terminar de atarla, sacó un pañuelo de su bolsillo y le limpió las lágrimas – así está mejor, continuemos
-
Tomó la correa de la mesa y regresó a su posición. Los golpes que siguieron no fueron tan fuertes, al menos ella no los sintió así, pudo soportar la mayor parte de ellos sin quejarse, aunque sentía pavor de lo que faltaba aún: la vara al terminar con la correa, la colocó sobre la mesa, tomó la vara y se colocó detrás de ella unos segundos, sentía la ansiedad de ella, su miedo, no creía que pudiese soportar 50 azotes más, menos con ese instrumento, miraba su trasero tan coloreado, tan hermoso, no, no continuaría, se dirigió al armario y guardó la vara, ella lo observaba sin dar crédito a lo que veía ¿le levantaba el castigo acaso?, aún mantenía la posición que él le había indicado, él tomó su falda y se acercó a ella colocándosela, luego la volteó y la tomó de las manos, la desató y le dijo

- puede ir a su habitación.

- ¿Puedo preguntarle por qué?

- ¿Quiere acaso que continuemos con el castigo?

- No, yo...

- Soportó bien los azotes, supongo que es la primera vez que los recibe, ¿verdad? - ella asintió con la cabeza – para un primer castigo es suficiente, ahora vaya a su habitación

Ella salió de la oficina extrañada, al inicio del castigo se había sentido humillada, sentía que lo odiaba por lo que le estaba haciendo, pero conforme pasaba el castigo, sus sentimientos cambiaron, su atracción hacia él había aumentado tremendamente, no comprendía porqué precisamente él, quien la había castigado tan severamente, le parecía tan atractivo - estas loca, quítate estas ideas de la cabeza – pensó - son tonterías, será mejor pensar un nuevo plan, debe haber alguna manera de lograr que me expulsen.

Al llegar a su habitación se tiró boca abajo en la cama y sobó su adolorido trasero, recordando el castigo recibido, cómo dolía!!!,

- me vengaré, debo hacer algo para vengarme de él, ¡cómo pudo atreverse a golpearme!!!, y de esta manera, es un salvaje! Pero algo haré, para que se arrepienta de esto, amarrarme, ¡a mi!!! ¡Y golpearme!!!, de solo recordar aumenta mi enojo.

Pensando como vengarse, le sobrevino la idea perfecta, el tenía un auto precioso, deportivo rojo, al cual cuidaba como a un hijo, siempre impecable y brillante, ese auto le ayudaría en su venganza....

- Sí, es perfecto, sólo necesitaré algunas cosas que las podré conseguir para el fin de semana, allí pondré en marcha mi plan... es genial, me vengaré de él y a la vez querrá expulsarme, no puede ser mejor.

Su plan consistía en pegar muchos stickers en la cubierta del auto ¿saldrían después? Es lo de menos, cuando vea la nueva “decoración” de su auto se iba a enojar tanto que la echaría de la escuela....

Llegó el fin de semana y ella puso en marcha su plan, estaban solos en el internado, todos habían ido a sus casas, ella debía permanecer porque estaba castigada y él porque era necesario que alguien cuidase a la señorita. Ella empezó a pegar los stickers llevaba unos veinte cuando sintió una mano que la detenía
-
- ¿Pero qué está haciendo? ¿se ha vuelto loca? – gritó él – ¡ha arruinado mi auto!!!
Ella se soltó y lo miró de manera desafiante

- Si, ¿y? ¿qué hará ahora?
El verla tan arrogante y altiva, solo logró enojarlo aún más, ¿pero quien se cree esta chiquilla? ¿Es que no tiene límites?, arruinar su auto de esta manera y encima desafiarlo...si la vez anterior había logrado compadecerlo, esta vez no lo haría estaba dispuesto a darle el castigo que merecía. La tomó de un brazo y apoyándose sobre el auto, la jaló hacia él de modo que quedó sobre sus rodillas

- ¡suélteme!!! ¡salvaje!!!
El la sujetaba con tal fuerza que por más que ella intentaba soltarse no lo conseguía, con una mano le subió la falda y le bajó la ropa interior, y empezó a golpearla allí mismo en el patio

- Va aprender a respetar la propiedad ajena, no puede ir por allí arruinando lo que le de la gana sin importarle nada, es una engreída y desconsiderada...

Aún se notaban las marcas del castigo anterior, pero esta vez no cedería, estaba demasiado enojado con ella como para pasarle por alto esta falta. La golpeaba con fuerza, ella sentía que la mano del director le quemaba en el trasero a cada nalgada, la posición en la que estaba y el recibir los azotes con sus manos la humillaba, si bien no dolía tanto como la regla o la correa, ella consideraba que este castigo era mayor y se rebelaba luchando por liberarse, gritando, insultándolo

- Mientras más te resistas será peor – le decía él mientras incrementaba la fuerza y frecuencia de los azotes. – Esto es lo que buscabas, pues ahora lo aguantas

- ¡Suélteme! O lo lamentará

- ¿Yo lamentarlo?, cuando termine contigo no podrás sentarse en días, ya veremos quien lo lamenta

En eso le vino una idea a la cabeza y con el anillo que llevaba en el dedo le hizo un rasguño al auto, lo hizo sin detenerse a pensar en las consecuencias, él al verlo se detuvo y la obligó a pararse tomándola del brazo, estaba furioso ¿pero qué es lo que le pasa a esta chiquilla? ¿Es que no piensa en lo que hace?

- Esta vez fuiste demasiado lejos – le dijo mientras la llevaba a empujones a su oficina, ella trató de huir, pero él le dijo – Ni tan siquiera lo intentes, ya tienes suficientes problemas como para buscarte uno más

La forma en que le hablo, la hizo estremecerse de miedo, ella ya se había dado cuenta que se había extralimitado, no debió dejarse llevar por su rebeldía y actuar sin pensar, no pensó que causaría tanto daño y estaba arrepentida, él estaba muy enojado, mucho más que cuando recibió el primer castigo, seguramente este castigo sería aún más severo, pero ¿qué podía hacer ahora para remediarlo? ¿Disculparse? ¿Serviría de algo? Pero tener que bajar la cabeza ante él, precisamente él, no, resistiría el castigo, pero no doblegaría su orgullo

Al llegar a la oficina él la empujó y ordenó

- Quítate la falda e inclínate contra el escritorio, tu y yo tenemos una deuda pendiente y ahora la pagarás – se dirigió al armario y sacó la temida vara

- Profesor yo... –intentó disculparse

- Guarda silencio, no quiero oír ni una palabra ni queja, y las manos deberán permanecer en el escritorio en todo momento. Por cada desobediencia recibirás 5 azotes y esta vez no voy a perdonártelos ni dejarlos para otro día, hoy no sales de esta oficina hasta que recibas tu castigo: 50 azotes con la vara ella lloraba, temía lo que le esperaba, sabía que lo merecía pero eso no evitaba que quisiera salir corriendo de esa oficina y huir del castigo, pero sabía que esta vez no tendría tanta suerte como la vez anterior

- ¿Qué estás esperando?, ¿quieres 10 azotes más por demorarte?

- No, señor – respondió mientras se quitaba la falda y tomaba la posición que le había indicado

El se colocó tras ella y con la vara le indicó que separe las piernas, ella temblaba, nunca había estado tan asustada, ya ni siquiera le pasaba por la mente la idea de rebelarse, él la observaba, se veía hermosa así, su trasero era todo un paisaje, mostraba las marcas de la azotaina anterior y muy pronto estaría nuevamente muy roja, no podía esperar a verla así e inició el castigo, le dio un golpe con la vara en la parte donde sus nalgas se unían a sus piernas, ella no pudo evitarlo y se cogió con ambas manos mientras gritaba de dolor, no había imaginado que doliese tanto, sentía un ardor terrible y recién empezaba el castigo, no iba a soportarlo, tenía que hacer algo para detenerlo, ¿pero que? ¿Tendría que suplicarle? Pues lo haría de ser necesario

- Mantén tu posición, acabas de agregar 5 azotes

Ella volvió a su posición, no, no le suplicaría que se detenga – No serviría de nada, esta vez esta muy enojado, no va a perdonarme el castigo – pensó – tendré que soportar el castigo y hacer todo lo posible por no incrementarlo – mientras pensaba esto, él continuó el castigo, ella se retorcía, se mordía los labios para no gritar y luchaba contra el impulso de protegerse con las manos, él la observaba y veía ese trasero tan lindo coloreándose y mostrando unas marcas largas y delgadas en cada lugar en el que la vara la había tocado, él luchaba por alejar de su mente estos pensamientos, el no lograrlo lo hacía enojarse más con ella y con él mismo, lo cual lo llevaba a castigarla con azotes muy fuertes, cuando completó la mitad se detuvo un momento, ella lo agradeció infinitamente, pero mantuvo sus manos en el escritorio, hubiera dado lo que sea por calmar ese dolor, pero no se atrevía a moverse, él la observaba en silencio, ya no había en ella signos de rebeldía, el supo que ella ya había tomado conciencia de sus faltas y estaba recibiendo un castigo merecido, al fin ella estaba dejando de ser la niña engreída y voluntariosa que llegó al internado, pero debía terminar con el castigo o no serviría de nada, así que reinició la azotaina, ella trataba de no quejarse, pero le era tan difícil, al final del castigo había acumulado 25 azotes por moverse, ella sentía que no podría soportarlos, pero no hizo ningún intento por detenerlos, temía que si decía o hacía algo el castigo aumentaría. El la observaba, sabía que no podía continuar con la vara, su trasero ya estaba muy rojo y tampoco quería lastimarla, decidió darle los 25 azotes que faltaban con su mano, colocándola sobre sus rodillas, así que tomó una silla y la colocó en el centro de la oficina

- Acércate – le dijo mientras se sentaba

- Por favor, ya no….

- Acércate - repitió

Ella obedeció, él la acomodó sobre sus rodillas, apenas la tuvo en esa posición se arrepintió de propiciarla, el tener ese trasero tan cerca de sus manos era muy tentador, sabía que como su profesor no debía hacerlo pero no pudo contener el impulso de acariciarlo, pasó suavemente su mano por él y sintió como ella se estremecía, él mismo sentía un torbellino de sentimientos en su interior, levantó la mano para darle la primera nalgada pero no pudo hacerlo, sentía como ella lloraba, ella ya había aprendido su lección pero no era el momento de terminar el castigo, si lo hacía echaría por la borda todo el castigo recibido hubiera sido inútil armándose de valor y aún contra lo que él mismo quería empezó a castigarla, esta vez se cuidó de no repetir las nalgadas en el mismo lugar, y no muy fuertes, ya era suficiente con la golpiza que había recibido minutos antes, aunque los azotes no eran fuertes, si le dolían mucho, ella lloraba y trataba de resistir pero no pudo evitar interponer sus manos para cubrirse, él no la regañó, sujetó su mano retirándola suavemente y continuó el castigo, al terminar la ayudó a levantarse y tomando su rostro entre sus manos le dijo

- Realmente espero que no sea necesario repetir esto, ha recibido una azotaína muy severa, pero era necesario, debe comprender que no puede ir por todos lados haciendo cuanto le plazca sin asumir las consecuencias de sus actos, y comportándose como una chiquilla malcriada y engreída, debe aprender a comportarse y a ser responsable. No crea que me agrada haberla castigado así, pero intenté otras maneras y no quiso entender, tenía que hacer algo para hacerla caer en cuenta de su comportamiento, porque no quiero que pierda muchas oportunidades muy buenas solo por su rebeldía, eres una muchacha muy bonita y muy inteligente pero debes encaminar tu comportamiento hacia mejores objetivos, ¿me comprendes?

Ella asintió con la cabeza

- Ahora ve a tu habitación y permanece allí.

Ella obedeció, ahora si no pensaba en venganzas ni nada, sabía que había recibido lo que merecía, lamentó haberse comportado de esa manera, arruinó el auto del director y estaba muy arrepentida, y confundida a la vez ¿habría sido lo que sintió una caricia? ¿Por qué le dijo todo eso? ¿Es que ella le importaba de una manera especial?, era la primera vez en su vida que sentí que le importaba a alguien, nunca nadie se había interesado en corregirla y esto hacía que viese al director de una manera especial, no volvería a defraudarlo, de ahora en adelante se comportaría bien y dejaría de lado su rebeldía y sus caprichos.

En la noche no podía dormir, sentía que debía hacer algo por remediar el daño que había causado, así que se dirigió al garaje dispuesta a quitar los stickers del auto del director, salió despacio sin hacer ruido y cuando terminó su tarea y estaba saliendo del garaje para volver a su habitación, se dio cara a cara con el director

- ¡Nuevamente aquí! - gritó él - ¿qué ha hecho ahora? ¿es que el castigo de la tarde no fue suficiente? ¿nunca aprenderá? – estaba muy enojado creía que había ido al garaje a hacer otra travesura

- No...espere déjeme explicarle, yo…

El la jaló dentro del garaje y empezó a quitarse la correa, ella trataba de explicarle pero él no la escuchaba

- Espere, mire – dijo ella señalando el auto
Él volteó y vio que habían quitado los stickers

- Quería resarcir en algo mi falta, lamento mucho el daño que causé, hablaré con mi padre para que cubra los gastos para reparar el rasguño…

- No déjelo

- ¿Qué lo deje? ¿pero su auto… no quiere que lo arregle?

- Déjalo es sólo un auto y ese rasguño me recordará siempre la rebeldía de mi alumna y espero que a ti te recuerde como debes comportarte

- Sí, le prometo que no volveré a comportarme así, yo tampoco quiero que se repita lo de hoy – dijo sobándose el trasero

- Era necesario, y lo hice por tu bien

- Lo sé, aunque eso no quita que me duela, me asustó mucho cuando vi que se quitó la correa pensé que iba a castigarme nuevamente

- Pensé que habías hecho otra de las tuyas, en venganza… aunque debería castigarte por salir de tu habitación, te ordené que permanecieras allí....

- No, por favor…

El se acercó a ella y la abrazó – No temas, ya no voy a castigarte – sus miradas se cruzaron y sus labios se acercaron uniéndose en un tierno beso

– Mi pequeña rebelde, desde ahora todo será diferente…