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Relatos de azotes

Nalgadas de personas más jóvenes a personas mayores

Autor: thebestspanker@yahoo.com

Nota del Editor: este relato está basado en hechos verídicos que le ocurrieron al narrador.

Sobre el tema en cuestión, habré de decirles que, desde bastante joven tuve algunas ocasiones de sobar y dar unas cuantas nalgadas a los traseros de respetables damas que me llevaban añitos, algunas varios más, algunas unos cuantos.
   
Recuerdo un incidente en particular, cuando me tocó hacer de enfermero de una muy interesante dama –semi pariente-. Ella era paraguaya y para entonces estaría bordeando los 40, mientras quien esto escribe andaría por los 22 o 23 añares.
  
Resulta que esta casi tía mía, quien estaba pasando una temporada al cuidado de una anciana que vivía muy cerca de la vivienda que entonces moraba con mis padres, andaba bastante resfriada y la cosa se había complicado con una bronquitis que casi no le dejaba respirar.
  
Por conveniencia y también por afinidad, una vez que había atendido a la anciana, ella se venía a compartir las comidas del medio día y de la noche a la casa.
  
Fue en una de esas visitas que salió el comentario de que se sentía verdaderamente mal, pero que tenía que pasar la noche cuidando de la anciana y que, lo peor de todo era que la enfermera que le había colocado la primera inyección -de 3 dosis recetadas-no podría ir ese día.
  
Ni corto ni perezoso, me brindé a colaborarla, puesto que era el flamante poseedor de un certificado que garantizaba mi habilidad de brindar primeros auxilios, que había recientemente logrado mediante un curso que se dictaba en la Cruz Roja.

Viendo a aquella mujer aún joven y bien proporcionada, de cuerpo delgado y caderas gratas a la vista que cruzaba conmigo su mirada sorprendida, pude observar cómo invadía su rostro rápidamente el rubor, propiciado, supongo, por lo extraño de la situación. Es quizás necesario aclarar que estábamos los dos solos, en el comedor de diario, ya que el resto de la familia se encontraba disfrutando de la televisión en la planta alta.

Me preguntó si tenía experiencia colocando inyecciones y le respondí que sí, que había resultado el mejor del curso en aplicarlas vía intramuscular y que, en definitiva, las endovenosas me daban un poco más de trabajo, por lo que tenía cierto temor de aplicarlas.

Me respondió que, por ese lado no habría problema, porque las inyecciones que necesitaba eran intramusculares. Pero, precisamente por eso –me confesó- le daba mucha vergüenza pensar en que yo se las aplicara y concluyó con que era mejor que buscara una farmacia donde pudieran inyectarla. Me pidió pues que más bien la acompañara a buscar una.

Sin embargo, no pudimos encontrar ninguna cerca y ella se sentía muy mal, por lo que me pidió que la acompañara a la casa de la anciana, donde ella vivía temporalmente.

Llegados allá, me invitó a pasar un momento, para invitarme un café y me pidió que la esperara en una amplia sala que poseía la casa de la anciana.

Cuando regresó con el café, me sorprendió al decirme que lo había pensado mejor y de que, dadas las circunstancias aceptaba mi ofrecimiento. Me dijo que ella tenía las ampollas de penicilina y las botellitas de agua mezclada con silocaina. Le repliqué, algo turbado, que requeriría también algodón y alcohol medicinal y me dijo que no habría mayor problema.

Mientras aún saboreaba el café y conversaba, con ella recostada en un extremo del amplio sillón, le pregunté si no sentía que tenía temperatura. Como respuesta, me pidió que fuera a su habitación y que buscara el termómetro que había dejado sobre la mesa de noche, mismo que encontré en aquella ubicación, junto a 4 ampollas y dos jeringas descartables.

Sin pensarlo mucho, cogí una de las botellitas de agua, la partí por el cuello como me habían enseñado en el curso y procedí a llenar una de las jeringas con su contenido, para posteriormente romper el sello de la ampolla que contenía la penicilina benzatínica de 1.200 unidades que le habían recetado y proceder a mezclar el agua con el polvo blanco hasta formar una sustancia viscosa que agité con firmeza hasta verificar que no quedaran grumos. Acto seguido, volví a cargar el contenido en la jeringa, puse el protector en la aguja y fui a buscarla.

De retorno en su habitación, bastante excitado por cierto, y con una erección de los mil demonios que intentaba disimular bajo mi jean, sin poder conseguir ocultar la protuberancia que se había formado como frondosa vena en mi bolsillo frontal derecho y que bajaba por parte de mi pierna, me atreví a decirle que, primero le tomaría la temperatura y que después le aplicaría la inyección, por lo que la invité a recostarse de bruces y soltarse el pantalón. Me preguntó algo extrañada si no le iba a tomar la temperatura primero y le respondí que sí, pero que sería rectal, que era la más precisa. Confundida, me preguntó como se tomaba esa temperatura y le expliqué que debería introducir el termómetro en su ano. Uffffffffffffff!!!!!!! Casi me muero y cómo temblaba mi voz al hacerlo!!!!! Rápidamente, me respondió que no, que era suficiente y que quizás sería mejor que volviera a casa. Le repliqué que ya había preparado la inyección y que si no deseaba que le tomara la temperatura estaba bien. Quizás, ella misma podría hacerlo luego, pero insistí, quizás con un poco de morbo y porque realmente sigo pensando que es la mejor manera de tomarla, que cuando lo hiciera, introdujera el termómetro en su ano.

Con bastante recelo, terminó por aceptar finalmente que la inyectara, no sin repetir su negación varias veces, pero, dado su frágil estado, terminó por ceder finalmente y, mientras soltaba el broche del pantalón se recostó de bruces en su cama.

Me acerqué por detrás y le bajé de un tirón el pantalón hasta media pierna, ocasionando que ella tratara de levantárselo nuevamente. Instintivamente, sin meditarlo, le apliqué un par de nalgadas por hacerlo y le dije que se quedara quieta. Casi de inmediato me disculpé, pero no recibí respuesta alguna y solo vi como fruncía las nalgas y ocultaba la cabeza apretándola contra la cama. Observando esto y más envalentonado, cogí con mis dos manos su calzón (negro de poliéster) por la banda superior, a la altura de las caderas y de un golpe se lo bajé hasta la base de las nalgas, descubriendo a mi vista un par de blanquísimas carnes con una ligera coloración rosada en una de ellas (la izquierda). En ese momento, vi como tensionaba aún más las nalgas y le indiqué que debería relajarse para recibir la inyección, pero sólo recibí su silencio. Paso seguido, busqué la jeringa y recién me percaté que no tenía el algodón y el alcohol, por lo que le pregunté donde los tenía. Sin moverse y con la boca apretada contra la cama, me dijo que buscara en su ropero, mientras permanecía así, expuestas sus nalgas a mi ansiosa vista.

Una vez obtenidos ambos elementos, volví donde ella y procedí a limpiar la superficie donde aplicaría la inyección (escogí la nalga izquierda). Le pedí que pusiera sueltas las nalgas pero como no lo hacía, apliqué la técnica aprendida de dar unas palmaditas hasta lograr que finalmente estuvieran más sueltas (debo decir que fue un gran deleite para mí, puesto que las palmadas consistían en rítmicos y suaves golpes de mis dedos contra esas suaves carnes contenidas por una piel firme, como pude comprobar). Cuando vi conveniente, pellizqué una extensión apropiada de su nalga e introduje la aguja con un suave golpe que al parecer apenas percibió, para luego proceder, previa comprobación de que no había perforado ningún vaso, a introducir suavemente el viscoso líquido. Ella empezó a quejarse por la sensación de dolor (la penicilina benzatínica es una inyección bastante dolorosa), por lo que disminuí la presión en la base superior de la jeringa y me di todo el tiempo del mundo para aplicársela. Cuando terminé, jalé la jeringa y vi como salía un poquito de líquido blanquecino del pequeño hueco que dejó, por lo que presto acudí con el algodón empapado en alcohol para proceder a friccionar ese espacio. Instintivamente, coloqué con descuido mi mano libre sobre la otra nalga y, cayendo en cuenta, también se la acaricié. ¡Vaya que me puse cachondo con ello! Más grato, sin embargo, fue ver que ella me dejaba hacerlo. Cuando concluí este impensado sobeo que se prolongó por unos deliciosos e interminables instantes, casi de manera natural, le aplique unas cuantas nalgadas más y le subí los calzones, indicándole que podía vestirse.

Lentamente, mientras se incorporaba de la cama, giró su rostro hacia mí, aún dándome la espalda y pude observar, además del marcado rubor que inundaba sus mejillas, una amplia sonrisa que contagiaba hasta a su mirada, mientras me agradecía y me pedía que volviera al día siguiente para colocarle la otra inyección y ponderaba mis dotes de enfermero.

Ah! Me olvidaba, sí terminé, aunque no ese día, tomándole la temperatura rectal y puedo confesarles que le coloque muchas inyecciones más, que le di muchas nalgadas (aunque nunca disciplinarias como siempre deseé hacerlo) y que acaricié aquellas carnes a lo largo de todo ese año que permaneció cerca de nosotros.

El resto, me lo guardo en un rinconcito especial de mi memoria.

En La Paz, a 22 días de marzo de 2006

 

746 comentarios

Simón -

Alejandra:
Coincido con carlónimo. Cuéntanos tus experiencias. Qué han tenido de tan terrible para que les tengas tanto temor?

Simón -

Querido Carlónimo:
Está muy bien que quieras disfrutarla en muchos sentidos, pero ello no obsta que puedan entregarse desenfrenadamente. Llegará el momento y estoy seguro de que lo disfrutarán de modo sublime.
Espero la descripción minuciosa.
En cuanto a Silvia y yo, no te preocupes; no me excedí. Luego les contaré cómo siguió la historia por la mañana.

Anna -

Querido Simón:

Teneís razón parece que ahora los médicos son más conscientes, a mi cuando niña no me pinchaban muy seguido pero si el médico de la familia lo recetaba, entonces no había de otra opción. A mi madre le daba manía por los supositorios más que por las inyecciones, porque cada vez que tenía temperatura me quería poner uno, hasta que me hice grande y eso se solucionó con comprimidos.

Pero ya ves, Carlónimo ha revivido las experiencias con el doctor Alcatara recetandome todo tipo de cosas, con las que el que más sufria era mi pobre culo.

Carlónimo -

Querido Simón

Te agradezco tu comentario. Efectivamente, la estamos pasando de maravilla. Anna es tan linda que no tengo palabras para describirte lo que siento por ella. Desde luego que la deseo pero no estoy impaciente pues quiero disfrutarla en muchos aspectos. Lo que me proeocupa es el regreso a México, no se cómo podré vivir sin ella.

Ahora bien, te confieso que la erótica escena que nos compartes, con la sensualísima Silvia aporreada en sus encantadoras nalguitas me ha encendido y espero que no altere mis planes con respecto a la preciosa Anna. No te excedas gaucho de la pampa, no le vayas a estropear el encanto. ¡Muy buen relato, gracias!

Muy pronto Anna y yo te contaremos nuestras experiencias.

Carlónimo -

El Encuentro, primera parte.

Oscuridad, cansancio, somnolencia y una voz femenina que poco a poco voy entendiendo: “…en unos minutos más aterrizaremos en el Aeropuerto de Madrid-Barajas, donde son las 23 horas con cuarenta y seis minutos, la temperatura: 18 grados centígrados…cae una ligera llovisna… poner su respaldo vertical…abrochar los cinturones de seguridad. Aeroméxico les agradece su preferencia…”

¡AAhh! Por fin… exclamé bostezando y estirando perezosamente los brazos y las piernas. Introduje mis pies en los mocasines mientras me frotaba los ojos, el pelo, las orejas y trataba de entrar en una realidad incomprensible. Había recorrido más de nueve mil kilómetros sin que para ello mediaran el desempeño de una comisión profesional, el interés turístico, o un compromiso familiar, Sólo el impulso de reunirme fugazmente con una bella personita con quien, además, no podría aparecer libremente pues soy un intruso en su contexto social.

Retiré mi equipaje de la banda móvil y adquirí un billete de bus para recorrer por Avenida de la Hispanidad los 12 kilómetros que separan a Barajas de la Capital. Entramos en zona cada vez más poblada hasta llegar al centro de Madrid donde descendí a un costado de la Plaza Mayor. Recorrí a pie algunas calles hasta que apareció el hotel Maria Elena Palace, en el que tenía mi reservación. Me registré y llegué felizmente a la habitación 204 donde aventé los zapatos, el cinturón, me tiré sobre la cama y me quedé profundamente dormido. No fue sino dos horas después que reaccioné y tuve el impulso de levantarme, cambiar de ropa y disponerme formalmente al descanso.

La intensa luz entrando por la ventana cuya gruesa cortina olvidé cerrar, así como el murmullo citadino cada vez más intenso, me anunciaron que el día no sólo había comenzado sino que estaba ya bastante avanzado. Girando el cuerpo y tratando de adaptar mis pupilas a la intensa luminosidad, consulté el reloj percatándome que pasaba de las 10, por lo que me incorporé apresuradamente, entré corriendo al baño para mojarme la cara y me aproximé a la ventana de la habitación donde realicé algunos estiramientos y contorsiones corporales. Contemplando el ir y venir de los vehículos y de las personas, caí por fin en la cuenta de que estaba en el Viejo Continente y que a diferencia de los asiduos ciudadanos que caminaban sumidos en su rutina diaria, yo vivía una jornada muy singular, una especie de receso sabático en el que me apartaba no sólo de mis ocupaciones sino también de mi contexto, de mi entorno normal, para regalarme una vivencia algo extraña y caprichosa pero muy anhelada, que provenía de una deliciosa propuesta de la preciosísima Anna: ¿Te parece bien si vienes a España?

Después de ducharme bajé a la cafetería donde, saboreando un poco de fruta bañada con yoghurt y cereal, pensaba en ella, en los hermosos detalles con que me había conquistado. Su recuerdo me hacía vibrar, me sentía en las nubes. Salí a caminar, atravesé la Plaza Mayor y me dirigí a la Calle Preciados donde estuve curioseando los escaparates, luego compré “El País” y la “Gaceta de los negocios” con los que me entretuve en el hotel hasta las 2:45, hora pactada con ella. Sintiendo el corazón como redoble de tambor, tomé el teléfono y marqué. De inmediato contestaron: “Imagen Empresarial, buenas tardes” y tras pedir hablar con Anna, ella contestó: “Asesoría en Arte…” Su encantadora voz me hizo exclamar: “Aquí no hay más arte que el guiño de tus pestañas, el quiebre de tu cintura y tu salero ¡guapa!” Ella gritó ¡Carlónimo, no sabes la ilusión que me hace tu visita! Pues a mí la impaciencia me mata, tanto que la lentitud del avión me impulsaba tirarme al mar y seguir a nado. Estoy en María Elena Palace ¿te veo en la Plaza Mayor? Prefiero que sea frente a la Catedral de la Almudena, sólo recojo mis cosas y salgo.

Llegué al sitio indicado y esperé unos pocos minutos hasta que divisé su graciosa figurita. Ataviada con un vestido corto, en color amarillo limón, se detuvo a cinco metros de mí, me regaló una espontánea y fresca sonrisa, corrió a mis brazos y se me colgó del cuello. Mi reacción fue alzarla y girarla como en un dinámico carrusel en el que, pegados mejilla con mejilla, vimos pasar varias veces los edificios de esa imponente ciudad cosmopolita, vivificados por la célebre canción: “Madrid, Madrid, Madrid, en México se piensa mucho en ti. Por el sabor que tienen tus verbenas, por tantas cosas buenas que soñamos desde aquí. Y vas a ver lo que es canela fina y armar la tremolina cuando vayas a Madrid”

Después nos fuimos caminando por Bailén hasta la Plaza de España donde la escultural experta en arte me mostró y me refirió los antecedentes del Monumento a Miguel de Cervantes, los edificios España y Torre de Madrid, así como el Templo egipcio de Debod, trasladado a España piedra por piedra ¡Cuánta sapiencia! Pero yo no podía dejar de mirarla a ella, extasiado por la belleza de sus ojos castaños, la frescura de su rostro y la extraordinaria armonía de sus formas. Tal vez imbuida por mi falta de atención, me tomó de la mano y nos fuimos caminando en dirección a la Plaza de Isabel II donde llamó mi atención la Taberna Real, un sitio muy pintoresco frente al cual nos detuvimos y le propuse entrar. Ella me miró con dulzura aclarando que no había pensado en ese sitio pero, juntando coquetamente su cabeza con la mía me impulsó a entrar diciendo: ¡será como tú digas, ala, que sí entramos!

Sentados a la mesa y habiendo ordenado para compartir: unos apetitosos pimientos asados con bonito y una orden de jamón ibérico de bellota; hicimos chocar nuestras copas, ella con un suave vino de oporto y yo con txacoli de euskera, iniciando por fin nuestra conversación. No podía creer lo que estaba viviendo. Contemplé su rubia cabellera, me embebí admirando sus expresivas mejillas, sus labios tiernos, suculentos: Recordé que le llevaba un presente y tomándolo de mi bolsillo se lo prendí de la solapa. Era una delicada rosa confeccionada en oro por los hábiles joyeros de Taxco, México, que se le veía suprema ¿Qué se le puede ver mal a una mujer tan bella?

Platicando contigo querida Anna, te hice recordar algunos momentos para mí muy especiales: Cuando te comunicaste conmigo por primera vez diciendo: “desde hace tiempo te leo pero no te habia escrito nada” no imaginé la inquietud que muy pronto me empezarían a causar tus mensajes. El primer impacto me lo diste cuando un molesto lector me atacó verbalmente y saliste en mi defensa diciendo “José Miguel si no te ponen caliente estos relatos, para qué entras a la pagina y los lees? Anónimo te pido que hagas caso omiso de ese tipo de comentarios”. No te imaginas lo que me hizo sentir tu airada intervención. En ese momento descubrí tu extraordinaria solidaridad y tu firme carácter que de inmediato me prendó.

Pronto me diste la oportunidad de hacer lo que ya desde antes desaba pero no me decidía a realizar: hablar de ti, escribir acerca de ti. Así que me emocionó oírte decir: “Me encantaria un relato en el cual hay una chica que su novio es doctor, y pues bueno lo demas lo dejo a tu imaginación. Me gustaria verme reflejada en un relato tuyo”. Te fui conociendo, querida Anna, a partir de mi propia imaginación y de mi pluma. Me percaté poco a poco de tu belleza y de tus virtudes. Y empezaste a hablar de tus “relatos favoritos” demostrando que los conocías todos y que los leíste más de una ocasión. Tus opiniones fueron cada vez más interesantes y creativas: “el hecho de encontrarse con un hombre al que le gustas y que te debe de inyectar, me agrada. Y el nerviosismo de mostrarle las nalgas a un hombre que te gusta y con el cual no hay relacion amorosa. Y estar con la duda de si la inyección dolerá o no y si será cariñoso o si pudiera suceder algo mas que solo la inyección profesional” En esa forma me hacías pensar y descubrir escenarios muy eróticos.

Y empezaste a enriquecer los relatos ¡participando ya de hecho en ellos!: “Esa inyección que recibi de manos de Fernando, uffff! bueno qué te puedo decir? me gustaron sus atenciones, la posicion y la aplicacion de la inyección, fueron increibles! Disfruté mucho también la aplicacion a German y el deseo que le causó, ademas la aplicación de mi vacuna y el coito que siguió a esto fue delicioso. Realmente disfruté mucho” ¿Pensaste alguna vez lo que estabas ocasionándome Anna? Tus intervenciones eran ya soberbias, únicas y me inquietaban cada vez más.

Tus ideas mostraban un gran orden y sobre todo una extraordinaria fineza, nunca dejabas de saludar y de referirte a todos. De manera que un día me hiciste exclamar: “Te agradezco el habernos acostumbrado a tener una mejor comunicación. Tú nos has enseñado a ser más ordenados al emitir nuestros comentarios. Eres atenta, cuidadosa, equilibrada, sensata y cariñosa. Me encanta tu estilo ¡Te felicito!”

Luego me impresionó tu capacidad para entender una situación que parecía complicada, sobrellevarla y finalmente emitir un juicio y una propuesta de lo más sutil, sugiriendo una forma genial de recomponer el escenario: “Me encantan estos juegos de Carlos, perdón de Anónimo. Yo me di cuenta del juego pero me parece extraordinaria su capacidad de creación e imaginación y creo que su objetivo era el de crear un poco de polémica y mayor participación. A mi no me importa quién escribe los relatos, los disfruto mucho” Con semejante comentario me hiciste manifestarte mi beneplácito: “Me pareces una mujer muy inteligente, creo que no hay problema que tú no puedas resolver. La táctica de referirte a un tal “Carlos” fue genial y en gran parte por eso estoy ahora aquí ¿Sabes que me encantas?” Y tu deliciosa respuesta me hizo sentir vértigo: “¿Sabes que tu también me encantas? Me gusta tu creatividad, me gusta la manera en qué escribes, me gusta que me tienes en suspenso y me gustan muchas cosas más”.

Y vino tu intervención suprema, la que dio lugar a esta nueva etapa que estamos ahora viviendo y que ha revolucionado tanto nuestra historia como el ámbito del intercambio por internet: “COMO TE COMENTÉ EN AQUELLA OCASIÓN EN LA QUE ESTUVIMOS CONVERSANDO MUY ANIMADAMENTE EN LAS TAPAS, afortunadamente ese día llegó mi padre, de no ser así no se qué hubiese hecho” Dime querida Anna ¿pretendiste acaso desencadenar el tipo de comunicación que ahora tenemos, Tuviste conciencia de ello?

Tengo fuertes razones para amarte y para desear tu grata compañía. Gracias por haberme invitado a tu entrañable tierra haciendo posible nuestro encuentro ¡Salud! Viendo cómo disfrutabas la bebida te pregunté: ¿Qué tal está el oporto? Y tú, con la gracia y la coquetería que te caracterizan, humedeciste tus labios con el suculento vino portugués y me los ofreciste diciendo: “Prueba” Me quedé por un instante paralizado, luego me acerqué lentamente resistiéndome a creer lo que veía, pero tu firme actitud me animó a continuar. Degusté por fin tus deliciosos labios que me supieron a gloria.

Bueno, antes de que exclames:”Jolines que a este tío no lo callo ni con polvorones”, concluyo mi intervención para que, en el mismo escenario, sentada frente a mí a la mesa de la Taberna Real, me respondas, me cuentes lo que te inspira nuestro primer encuentro, me platiques también tu experiencia en Cancún y tu molesto padecimiento, aclarando que aún podemos rescatar aquel objetivo tuyo: “me apetecía conversar contigo y también me hubiese encantado que me ayudases”. De esta manera fijaremos nuestros próximos encuentros dentro del breve lapso que pasaremos juntos. Te escucho…querida.

Simón -

Respecto de la primera pregunta: Intuyo que Anna guardaba un secreto anhelo de que sus nalgas se encontraran con tu maestría para inyectar.
Respecto del segundo punto: nada considero de pervertido en tu encuentro con Isabel. Sólo lo que te he dicho, algo de celos por pensarla disfrutando de tus habilidades para inyectar.
De ninguna manera es un palazo a Isabel, a quien más bien agradezco haber traído a estos lares algo de renovación pues ya hemos dicho hasta el cansancio que sería genial que muchos más de los que leen esta página se animaran a participar. Sin embargo, también se ha de comprender que somos humanos y como tales tenemos contradicciones. Me encanta la nueva presencia femenina de Isabel y al mismo tiempo siento celos. ¿Está mal lo que siento? Entiendo perfectamente, porque ya me lo has hecho saber, que los celos te enojan y quizá sea por ello que me siento regañado. Tal vez tengas razón... voy a pensar en ello porque tampoco soy necio.
Por lo pronto te relato mi martirio, como le dices.
Cuando salí de la oficina tenía la caja de ampollas en el bolsillo del piloto. Seguía dándole vueltas al asunto y no sabía cómo resolver la cuestión planteada por Carlónimo.
Mientras caminaba las tres cuadras que me separan de la estación de subterráneo encontré la solución. Seguí un impulso y me metí en una farmacia. No lo pensé porque si lo pienso creo que no lo hago. Carlónimo dijo que le daba lo mismo quien lo hiciera, así que un profesional estaría bien. La historia era cómo pedir la aplicación sin tener la orden médica.
“señor, ¿en qué puedo servirle?” Preguntó el empleado de guardapolvo blanco. Tipo joven y ni muy feo ni muy lindo.
Ya estaba hecho. Sin vuelta atrás, no podía decirle que no necesitaba nada y salir corriendo del local.
“¿Aplican inyecciones?”
“Sí, señor. Pase por aquí”. La primera parte fue fácil, no preguntó nada; evidentemente es más mi rollo al respecto que lo que en realidad es. Hizo un gesto indicando el gabinete donde se hacían las colocaciones de inyectables. Pasé, él detrás de mí y cerró la puerta. Terrible sensación de no tener escapatoria. Le tendí la caja y comencé a prepararme. Me quité el piloto, el saco y me desabroché el pantalón. Él preparaba cuidadosamente la jeringa y cuando vi que más o menos ya estaba lista me tendí boca abajo con el culo parcialmente descubierto.
Se acercó a mí y mirando más detalladamente señaló: “Veo que tiene marcas. ¿Le han estado pinchando ya?”
“Mi salud no ha estado demasiado bien últimamente” ¿Qué le iba a decir?
“Bueno…” mientras me limpiaba con el algodón. “Son de vitamina C, ¿sabe, no?” Casi me levanto y me voy. “el líquido es un poco irritante. La va a sentir un poquito” y antes de terminar de decirlo me pinchó. Cuando el líquido empezó a entrar me dolió, y confieso que involuntariamente fruncí el culo.
“No, no. No apriete la cola. Le va a doler más. Vamos, flojito” Mientras me agarró el glúteo y me lo apretaba y me lo soltaba para que lo relaje. Fue un esfuerzo importante lograrlo pero no quería más dolor, así que intenté todo lo que pude.
Terminó de inocular el medicamento y me pasó el algodón nuevamente.
“Listo”. Me levanté dolorido pero orgulloso de haber podido cumplir el pedido de mi amigo. Aboné el servicio y salí a la calle rumbo al subte. Cada paso me recordaba el agujazo sufrido y mejor ni digo sobre lo que fue bajar la escalera y sentarme. Carlónimo, deberías haber recordado, cuando compraste la medicina, que la que yo te puse era indolora.
Debo haber hecho alguna mueca sin darme cuenta porque la señora que estaba parada a mi lado se quedó mirándome fijamente.
Cuando llegué a casa estaba Silvia preparando la cena. Nos besamos y corrí al baño. Me bajé la ropa y me miré la cola, contorsionándome. El lugar del pinchazo tenía una aureola enrojecida y afiebrada. Me volví a vestir esperando que a Silvia no se le ocurriera que llegáramos a un punto íntimo en el que debería quedarme con las nalgas al aire porque no sabría cómo explicar la marca. Siempre me quedaba la alternativa de decir que me había sentido mal, que fui a la guardia y que me recetaron una inyección. Pero no me perdonaría que no hubiera reservado mi cola para ella y su placer de pinchármela.
Comimos mirando algo de TV y cuando Silvia terminó con la vajilla se me acercó y canturreó: “Miiiii viiiidddaaaaa…… tengo ganas de darle un refuercito a tu colita…… Te voy a regalar una de las ampollas que me trajiste”
“hoy no” dije serio. “Estoy cansado. Mañana, tal vez”
“Pero…”
“Silvia, estoy cansado. Aún no me repongo del viaje”
“Ayer no daba la misma impresión”
“Por favor…”
“Bien. Si eso es lo que deseas…” y se retiró ofendida al cuarto. Cuando entré, luego de pasar por el baño y corroborar que la marca era inocultable, la encontré dormida (o haciéndose la dormida, no sé) de costado, dando la espalda a mi lado de la cama.
UFFF! Creo que escapé por los pelos hoy, pero no se cómo haré para manejar su enojo mañana.

Carlónimo -

Isabel, tu nombre me fascina, es de lo más sensual. Las inyecciones son por sí mismas excitantes. Te excitan a ti, me excitan a mí y excitan a mucha gente. Unos lo reconocen y otros no se atreven. Estoy dispuesto a preparar un relato en el que yo mismo te inyecte, pero a condición de escribas de nuevo describiendo cómo eres tú. Ya dijiste que tus nalgas son blancas pero di algo más. Espero tu respuesta.

Carlónimo -

Alejandra, me alegra que te hayas animado a escribir en esta página donde sabemos del dolor de las inyecciones pero lo compensamos con el erotismo que despiertan. Al ver que te acercas y que probablemente has leído algunos de los relatos, supongo que las inyecciones te duelen pero también te gustan, así que estamos abiertos a que nos compartas alguna experiencia.

Simón -

espero que tu encuentro con Isabel no opaque el nuestro, que estoy por exponer.
Perdón, creo que se me han salido los celos nuevamente.....

Carlònimo -

Pues no solo la cabeza, ya me calentò todo. En fin, acepto el reto y te veo pronto querida Isabel.

Simón -

Veo que nuestra nueva amiga no tiene reparos en calentar la cabeza de nuestro más eximio relator. No quiero imaginar lo que saldrá de ahí, pero seguramente será algo bueno.

Carlònimo -

Fer, muchìsimas gracias por la hospitalidad. Hace tiempo que deseaba saber a quièn manifestar mi reconocimiento y gratitud. Un abrazo

Simón -

SHHHHH! Anna, que Carlónimo no se entere de que sólo lo estamos haciendo rabiar un poco. Estoy totalmente de acuerdo con vos: lo voy a seguir llamando Carlónimo, nada de Fray.
No se si Silvia se enojaría con lo de que me hice pinchar por otro sino más bien por el motivo; no olvides que no sabe nada (creo) de nuestros intercambios y menos de mis encuentros con Carlónimo. Y lo de los azotes, ¿es lo que harías vos?

Carlónimo -

La respuesta que me das es incorrecta pues la pregunta fue: Por qué dices: “disfrutando de otras nalgas ¿Con respecto a cuáles?” Es decir disfruté las de Isabel pero tú afirmas implícitamente que esas además de “otras” y es a lo que yo te pregunto ¿Cuáles? Pues no hay otras.

Tal vez tengas razón en cuanto al otro planteamiento, de manera que yo soy el que está tergiversando las cosas, pero es que la fantástica comunicación que estamos manteniendo es cada día más sublime, yo diría que de muy alto nivel y cae uno contínuamente en la duda ¿Qué hay detrás de esto? Y se pone uno nervioso. Yo veo una posición de rechazo y de enojo pero, efectivamente, no se si lo que ocurre es que Anna y tú ya entraron a un nuevo nivel de abstracción que no he entendido, o simplemente se molestaron y escandalizaron por mi “pervertida” actitud. Yo me pongo, por ejemplo, en los zapatos de Isabel: Ella llega igual que llegó Anna o Karol, deseosa de participar y de pronto ¡Rájale! Le atizan un palo como diciendo: No eres bienvenida pues ya causaste una inconformidad. Y eso es lo que me preocupa ¿Me explico? Estoy desde luego a favor de que llevemos las cosas cada vez a una mayor abstracción pues creo que estamos abriendo brecha en esto del intercambio y la comunicación y me fascina lo que hacemos y no dudo que ya algunos estén tratando de imitarnos. Pero es necesario que vayamos aprendiendo y entendiendo muy bien lo que hacemos.

Como corolario de esta nota: mi felicitación tanto a Anna como a ti y hasta a Isabel, que han entendido de maravilla el escenario.

Y ya no pospongas tu martirio, cualquiera diría que no quieres que te piquen las nalgas.

Carlónimo -

Simón, te agradezco tus comentarios y qué bueno que te gustó el relato. Isabel es una mujer entera, guapísima y me inspiró situar el encuentro en un lugar romántico. Lo importante es que la propia Isabel nos comente cómo vivió la experiencia. A mí me parece que sí disfrutó tanto la inyección como el coito, pero dejémosla que ella hable. Querida Isabel, esperamos ansiosos tu punto de vista.

ISABEL -

hola carlonimo soy isabel.
pues mira tengo un cuerpaso la verdad,unos pechos q tiene q ver.
pero yo tambien pongo una condicion q los dos estemos desnudos cuando m ponga la inyeccion va.
y si yegamos a otra cosa bieno tu ya te imaginaras verdad.
espero tu respuesta carlonimo.
bye...

alejandra -

hola soy alejandra y me dan pavor las inyecciones que puedo aser para olvidar eso me puede mandar 1 comentario a mi E-mail.
grasias.

Simón -

Querida Anna:

Creo que todos hemos pasado por la terrible experiencia de las inyecciones cuando niños. Me parece que ahora los pediatras son más concientes de lo traumáticas que resulotan para los pequeños y las evitan dentro de lo posible. Quiza sea el intenso efecto que han tenido en nosotros temprana edad lo que nos lleva ahora a tener una fijación con ellas.... no sé, sólo pienso en voz alta, que de lo psicológico no entiendo nada de nada. En mi caso, mi madre creía que no me curaría de nada si no era con pinchazos en el culo por lo que siempre le pedía al doctor de la familia (la verdad que no me acuerdo el apellido)que los recetara. Y el muy cabrón para no escucharla taladrarle los oídos, lo hacía. Recuerdo que mi mamá llamaba rapidito al enfermero del barrio, un tipo alto y flacucho que más parecía un muerto que hubiera necesitado las medicinas que quien venía a ponerlas. El lugar oficial de la ceremonia de aplicación era la cama de mis padres, donde me acostaban boca abajo con el culo desnudo a esperar el agujazo (que coincidencia, es como Silvia suele ponermelas ahora)que siempre era doloroso y aterrorizante. Más valía no hacer escándalo porque si no, además, cobrabas un buen chirlo. Cuando terminaba la tortura, sólo quedaba esperar la próxima alegrándose de que quedaba una menos. La única que se compadecía de mi dolor y comprendía mi desolación era mi abuela. No servía demasiado porque aunque algunas veces hubiera discutido con mi mamá sobre la manía de hacerme pinchar, no era la que decidía sobre mi salud. La buena de la abuela se limitaba a besarme el cachetito pinchado y acariciarlo suavemente mientras repetía "sana, sana, colita de rana. Si no sana hoy, sanará mañana"

Anna -

Querido Simón:

Me han encantado tus últimos relatos y no había tenido oportunidad de decirtelo. Me gusta toda esta historia que ha surgido y te agradezco que nos cuentes cómo te suceden las cosas y lo que vives con Silvia. ¿Crees que se moleste si sabe que otra persona te pinchó el culo? Mmmm, quizá hasta te de unos azotes en el culo por no haberlo dicho.

Tendrás que pensar bien en lo que haces. Por lo pronto estoy disfrutando mucho con esta historia y un poco tambien con el "sufrimiento" de Carlónimo, me divierte mucho ese chico, es muy creativo y aunque él no lo crea me agrada mucho.

Simón -

Annita:
Es verdad, pero si los dejás demasiado se convierten en vinagre.....
En otro orden de cosas, va el cuento de cómo están yendo las cosas con Silvia:

El viernes me puse la segunda inyección de Carlónimo. De ida a la oficina paré en otra farmacia, una cualquiera en el camino, y me la hice poner. Cuando entré me arrepentí un poco. El farmacéutico debía tener como 80 años y las manos temblorosas, pero otra vez ya estaba ahí. Pasamos al cuartito de atrás, él preparó la jeringa y me miró, no dijo ni una palabra. Asumió que yo sabía lo que tenía que hacer, y así era. Me bajé el pantalón y me acosté boca abajo muerto de miedo pensando si iba a embocar el lugar con el tembleque. Pero resultó ser que el viejo era un maestro. No voy a decir que no me dolió porque las ampollitas de Carlónimo, ya sabemos, están más cerca del sólido que del líquido; pero me dolió bastante menos que con el enfermerito del otro día.
Como me la puse a la mañana para cuando llegué a casa creo que ya no despedía olor a eucalipto. La relación seguía siendo una tortura; apenas un intercambio de monosílabos. Esta situación me está afectando porque yo no soy así; en general, tengo buen humor y me gusta ser demostrativo del cariño que siento. Pero sigo las sugerencias de Carlónimo y de Anna.
Así siguió el fin de semana, una tortura.
Hoy decidí acelerar un poco el proceso. De vuelta de la oficina pasé por lo del viejo y me hice poner otra inyección.
Cuando legué a casa, seguro de que, como dijo Carlónimo, el olor se sentiría, saludé con un lacónico “hola” y me fui a cambiar. Luego me senté en la computadora a terminar un informe y escuché que Silvia lloraba en la cocina. Era evidente que trataba de evitarlo o por lo menos de que no se escuchara. Fui hasta la cocina y me senté frente a ella apoyando las manos con los dedos entrelazados sobre la mesa.
Con parsimonia le dije: “Silvia, ¿Qué es lo que te pasa?”
Ella no contestaba, sólo seguía llorando. Yo estaba que me moría, quería abrazarla, pero me mantuve firme y en silencio esperando la respuesta.
Cuando logró calmarse un poco contestó: “¿Dónde estuviste? ¿Con quién?”
La miré sorprendido: “¿Que con quién estuve?”
Empezó a llorar otra vez desesperadamente y entre los lloros dijo “¡Si te enamoraste de otra me muero!”
No pude más que sonreír. Pobre, no era lo apropiado para su desesperación, pero confieso que me produjo algo de satisfacción.
Le tomé una mano y poniéndome de pie la conduje hasta el sillón del living que fue mi cama todos estos días.
“Silvia, ¿te acordás que te propuse casarnos?”
Llorando “Sí”
“¿Pensás que te propondría casamiento si quisiera estar con otra en lugar de con vos?”
“N….No sé. Creo que no……”
“y entonces? ¿qué es toda esta pavada?. Te voy a contar, a ver si te tranquilizás.” Y le conté. Por supuesto una versión un poco arreglada en la que conservé en secreto la identidad de Carlónimo y la forma en que nos conocimos. Pero por lo demás, verídica.
Ella escuchaba con avidez el relato. Cuando terminé se limpió las lágrimas y todavía entre sollozos me dijo “perdón…. No debería haber desconfiado. ¿Me perdonás?”
“Depende de tres cosas”
Se quedó en silencio, un silencio de pregunta.
“Primero, creo que es justo que si yo te conté qué hice, vos me cuentes qué hacés vos”
“te prometo que sí. No me pidas que lo haga ahora, pero te prometo que sí”
“¿por qué no ahora? ¿Necesitás tiempo para ver cómo me lo contás?” Eso fue cruel, lo sé. Pero ella había sido bastante dura conmigo también.
Se puso a llorar otra vez. Ya no lo puedo tolerar; me afecta verla mal. Así que intenté desviar su atención del último comentario siguiendo con el punto dos.
“Segundo: Tengo derecho a hacerme pinchar por quien quiera y cuando quiera. Y lo voy a hacer. Eso no implica nada más que eso. Me pinchan y punto”
Ya no lloraba sonoramente, sólo las lágrimas caían por sus mejillas.
“Por lo menos me vas a contar cómo fue y me vas a dejar que te mime la cola después de los pinchazos?”
“veré. Depende de cómo te portes al respecto. Si vas a empezar a hacer escenas, no”
“No, te prometo que no. ¿Hoy fuiste a ponerte una inyección, no? ¿Te dolió mucho?”
“Sí, pero no más que tu actitud hacia mí”
“Por favor, dejame que vea”
Sucumbí a su encanto y le mostré el culo.
“Simón!, tenés moretones! Cómo te debe doler esto!” Y empezó a acariciarme la cola. Desde luego que comencé a excitarme como loco, pero en ese momento recobré el control y me subí la ropa.
“Todavía no terminé. ¿Te acordás que dije que dependía de tres cosas? Falta la tercera.”
Se quedó frustrada; creo que pensó que lograría salirse con la suya fácilmente pero la desarmé.
“Supongo que entenderás que te portaste muy mal conmigo y que merecés un castigo”
“Un castigo? Qué querés decir?”
“Andá al cuarto y desvestite”
“Qué?! Para qué?”
“Te acabo de decir que te voy a castigar. Vos elegís: aceptás o aceptás?”
“Pero, Simón…”
“Las condiciones son esas. Aceptás el castigo o seguimos como estábamos”
No creí que fuera a ser tan fácil, pero evidentemente Carlónimo y Anna tenían razón. Ella lo estaba buscando. Fue hasta el dormitorio sin decir ni una palabra y se desnudó. Casi sucumbo otra vez, pero pude controlarme y pensar en los beneficios futuros.
“Y ahora?”
“Ahora bajás el tono altanero porque no estás en posición de hacerte la viva. Fuiste muy irrespetuosa el otro día conmigo. ¿Te acordás? Elemental, tarado, boludo…… Una de dos: si no pensás eso de tu futuro esposo, no se lo decís o si lo pensás, no debe ser tu futuro esposo. Cuál es la situación?”
“Yo te quiero. No pienso eso! Estaba enojada y no medí lo que decía!”
Imaginen la escena: ella totalmente desnuda frente a mí manteniendo esta conversación.
“Sería bueno que empezaras a reflexionar un poco antes de actuar. Te puede traer muchos problemas” Y sentándome en la cama le dije: “Acostate sobre mis piernas”
“Me vas a pegar?”
“Dicho así suena muy mal. Te voy a disciplinar un poco para que no seas tan impulsiva ni tan posesiva”
“No, por favor. No va a volver a pasar. Nunca me pegaron en la cola”
“Siempre hay una primera vez. Acᔠle dije palmeándome la falda.
Empezando a moquear otra vez, obedeció. Yo casi me muero. La tenía ahí, con su maravilloso culo respingado entregado a mí. “Quiero que dejes la cola flojita como cuando te voy a poner una inyección” Y empecé a descargar nalgadas suaves alternando el cachete. La idea no era hacerla sufrir, pero sí que lo sintiera y exploráramos qué nos producía. Era un espectáculo increíble ver cómo sus glúteos se zangoloteaban con cada palmada. Si bien eran suaves, al rato tenía el trasero colorado y calentito y cada vez le costaba más mantenerse quieta.
Para aumentar un poco la suculencia de la situación metí la mano derecha entre sus piernas y agarrándola del pubis la reacomodé. Sentí cómo estaba totalmente empapada. Ella estaba como loca y atinó a decir: “Sí. Simón!. Por favor….” Saqué la mano.
“SHHHH!. Silencio. Te recuerdo que esto es un castigo” Y se puso a llorar otra vez.
Terminé la sesión con una palmada fuerte, que le hizo pegar un respingo, en cada nalga. El sonido de mi mano estrellándose contra la carne de ella me resultó sumamente motivador, deberían probarlo. Luego le dije: ”Después de comer te vas a ir a acostar y te vas a quedar toda la noche con la cola al aire, que quiero controlar cómo va evolucionando”
“Hoy está Lost (su serie preferida), ¿puedo verlo? Porque vi en la propaga…..”
La interrumpí “Te dije que estás castigada, nada de tele. A la cama con la cola al aire”
“Sí, como vos digas”
A esta altura tenía un poco de temor que estar pasándome, pero no iba a volver atrás. Ya la iba a compensar correspondientemente.
Efectivamente, después de comer ella se fue al cuarto a cumplir con el resto del castigo, seguida de cerca por mí, que fiscalicé que se quedara como le había dicho. Para que rabiara un poco más me fui al living a ver Lost; por supuesto lo grabé para que ella pudiera verlo al día siguiente.
Esa noche volví a dormir a la cama. No pude dormir demasiado con el culo de Silvia llamándome permanentemente. Pero le tenía sorpresas para la mañana siguiente.




ISABEL -

hola.
sola mente quiero saber porq me exitan tanto las inyecciones.
mis nalgas estan blancas y nose porq se exitan cuando me inyectan los homjbres.
como quisiera q uno de ustedes me inyectara creen q puedan.
bueno bye

Simón -

Carlónimo:
Por favor no te tomes mucho tiempo, ya ves que ando necesitado de consejo.
Voy a tratar de no sulfurarme, me lo voy a tomar con calma pero no se a que lleva esto; qué me podés sugerir para lo de acción pero con ternura?.
Lo que te pediría es que, antes de dedicarte de lleno a preparar el encuento con nuestra querida hispana, me cuentes un poco lo que sabés de lo que sucedió con Slvia durante mi segundo viaje; quiero estar preparado para lo que tenga para relatarme.

Simón -

Carlónimo:
Coincido contigo en que sería importantísimo que Isabel nos contara su vivencia de la situación. Lo esperamos ansiosos.
Fer: Gracias por el cobijo y por qué no te animas y nos cuentas alguna de tus experiencias? Sería un gusto para nosotros.

Anna -

Querido Carlónimo:

Primero decirte que no estoy de acuerdo en llamarte "Fray Carlónimo", si así quieres escribir hazlo pero yo te diré Carlónimo.

Segundo, volviendo a lo dicho: ¿de dónde has salido tan remilgado? Simón y yo hemos entendido muy bien que en esta página hay un escenario y lo principal es que lo disfrutemos, y eso fue lo que tu nos enseñaste vale? bueno pues vamos pa lante, porque aquí no hay ningun enojo y tu puedes disfrutar con cuanta mujer se te ponga por enfrente, que seguramente seran muchas por los encantos que te caracterizan.

Te agradezco que hayas relatado con tanta maestría lo que me sucedió en mi visita a México, me ha gustado y mucho.

Creo que no es ningun secreto mi nacionalidad pero si no ha quedado clara, soy de España y fuera del escenario que hemos construido, si he estado rescientemente en México y creo que es un país encantador.

¿Te parece bien si vienes a España en un viaje rápido en el que nos citamos en un lugar para tomar unas tapas y es ahí donde te enteras de lo mal que estuve por exponerme al sol en México y el tratamiento que me indicaron?

A pesar de lo remilgado que eres, me sigues pareciendo guapo, encantador y sobretodo ¡muy majo!

Simón -

Querido Carlónimo:

Gracias por eximirme de relatar yo mismo el episodio, sabes que mi orgullo no soportaría la herida. Pero debo decirte que me alegra saber a traves de tí que mi amada Silvia puede tener algo de alivio mientras no estoy en casa. Por mi parte, confieso que el relato me excitó; hasta el final no me di cuenta (o no quise darme cuenta) de quien era la protagonista y aun soñando que era otra me sentí atrapado y con ganas de pinchar una cola y de que me pinchen la mía. Si encuentras por ahí alguien que quiera hacerme el favor de ponerme las ampollas de reconstituyente (las que eran tan dolorosas que me había recetado mi doctora personal, recuerdas?)o quizá seas tú mismo quien quiera ayudar ya que mi viaje de trabajo ha sido a México. No quiero dejar pasar la dosis que me corresponde porque Silvia está particularmente interesada en que me las ponga ya que dice que me han hecho bien y que me ponen en un estado tal vigor que cuesta seguirme el ritmo. Pero cuando vuelva a casa lo necesitaré porque ambos estaremos tan necesitados que nada será suficiente.

Anna -

Ja ja ja ja! ¡Espera Simón, espera! Los mejores vinos deben de tener un tiempo de maduración.

Simón -

Pero caramba! tampoco es para ponerse así. La verdad que podés ser más extremista que nosotros. Habrán observado que comencé a escribir como se habla en mi tierra. No lo hice antes no por ocultar nada, Carlónimo, sino por respetar el estilo que se venía llevando. Siéntanse en libertad de comentar cómo lo prefieren.
Pero sigamos con lo que decía.
Mostrar algo de celos no implica querer que lleves las cosas al extremo de la castidad; cosa que dudo que puedas hacer. Más bien sólo vas a evitar contárnoslo. ¿o me equivoco? Y, francamente, no se que es más provocativo.
En lo que a mí respecta no atiendas demasiado a lo que digo, hacé lo que sientas. No me atrevo a hablar por Anna. No se que estará pensando ni que siente porque está desaparecida otra vez.
En cuanto a lo de relatar una nueva aplicada recíproca, veré que puedo hacer. Tengo que pensar cómo agasajo a Silvia esta noche para superar lo del otro día. Ya te voy a contar.

Simón -

Qué bueno! Carlónimo y Anna, que por fin tuvieron el encuentro tan deseado y fantaseado. Creo que, a pesar de lo que ambos decían, sí necesitaban el desenfreno.
Carlónimo: comprendo tu preocupación por el regreso, luego de esto que relatas. Pero no permitas que la anticipación nefasta al respecto empañe la felicidad que tienen. Ya verán cómo resolverlo. De última, todos trataremos de colaborar con ideas.

Carlónimo -

Mi clienta favorita

Esa chica me encendió desde que la conocí, recuerdo que llevaba puesto un pantalón negro ajustado y una blusa blanca delgadita, entallada. Entró a la farmacia y me pidió dos ampolletas de reconstituyentes con sus respectivas jeringas. Cuando salió, mi reacción refleja fue admirarle las nalgas pues las tiene redonditas, erguidas, muy bien formadas. Me pregunté si ella sería la receptora de los piquetes y el pene se me puso tieso como una tranca. Esa tarde seguí pensando en ella y fue tan intensa la calentura que la desnudé mentalmente y me corrí una sensacional puñeta. Sólo así pude descansar un poco. Pero siguió frecuentando el negocio para adquirir en turno: jeringas, ampolletas, alcohol, algodón y supositorios. De inmediato intuí que en esa atractiva mujer había algo más que una simple necesidad de medicación y no me equivoqué en el diagnóstico.

Poco a poco establecí una incipiente comunicación con ella. Empecé por ofrecerle algunas ofertas, recomendarle productos e inquirir si éstos le habían gustado. Respecto a unas vitaminas que le vendí me dijo que eran buenas pero que le habían dolido demasiado, con lo cual confirmé que ella había sido la inyectada. Entonces le comenté en tono muy profesional, que la molestia se abate realizando la punción a 2.5 centímetros de la cresta ilíaca con un ángulo no menor de 35 ni mayor de 38 grados y evitando mediante intervalos de flujo, que la entrada del líquido se interrumpa. Me miró con suspicacia pero luego pareció reconocer mi sapiencia. Entonces, buscando preparar el terreno, le dije que para cuando lo requiriese, en la compra de las ampolletas la farmacia ofrecía gratuitamente la aplicación, ya fuera en el propio establecimiento, o bien a domicilio.

Siguió adquiriendo conmigo las medicinas lo cual no es de extrañar pues ofrecemos muy buenos precios. Un día la vi llegar modelando un pequeñísimo short blanco, realmente atractivo que le resaltaba el encantador trasero y traslucía el contorno de una brevísima panty rayana en tanga. Se paseó campantemente por el establecimiento buscando unas panty medias mientras lucía la sensualísima vestimenta y luego se acercó para solicitarme la consabida dotación de ampolletas, pero esta vez me indicó que posiblemente aprovecharía la oferta de que se las aplicaran a domicilio, para lo cual me telefonearía más tarde. Sin embargo, no habló ese día y como yo me encontraba bien caliente pensando en el opíparo festín que tendría, tuve que recurrir de nuevo a la puñeta para tranquilizarme.

Llegó al día siguiente para comprar un desodorante y le comenté que me había quedado esperando su llamada. Ella respondió: perdón, no fue necesario, mi esposo me inyectó ayer, yo te aviso cuando lo requiera. Dio vuelta y se retiró caminando garbosamente, ofreciendo una sensual panorámica de su atractivo trasero enfundado con un jeans ajustadito que delataba el suave bamboleo, así como la exuberancia de sus nalgas. De nuevo me excité contemplando aquel impresionante monumento.

Dos días después su llamada me tomó por sorpresa y me hizo trastabillar la lengua al contestarle: “sssii, cóomo no señora a las 6 estoy en su casa ¿es la misma ampolleta que se llevó el otro día? De acuerdo, llevaré la jeringa adecuada”. Y a la hora convenida entraba yo al acogedor departamento donde la dama me esperaba luciendo un vaporoso vestido blanco, cortito, como ella siempre los modela. Muy seria, sin peámbulos, me hizo pasar directamente a la alcoba donde pude apreciar el buen gusto que tiene para la decoración de su casa. El mobiliario, de corte modernista, era transparente y en tono acerado. Pendían del techo dos soberbias lámparas circulares de cristales también acerados, caprichosamente ensamblados sobre unas superficies cóncavas que producían espectaculares destellos muy suaves.

Bajo esa inusual irradiación, se alzó resueltamente el vestido permitiéndome disfrutar del colosal espectáculo de sus piernas y de sus nalgas completas. Los muslos, llenos y redondos, los deliciosos cachetes extensos muy blancos, esponjados, de una tersura extraordinaria. Con la pequeña panty replegada hasta las rodillas se acostó y se acomodó cuidadosamente sobre un pomposo edredón de seda blanco que producía fulgores fosforescentes. No pude apreciar ningún otro detalle ambiental. Su hermoso culo me hipnotizó y me puso en erección plena. Con una actitud excesivamente desdeñosa, la dama respingaba sus elásticos glúteos como exigiéndome acelerar el proceso. Me sentí nervioso, yo quería seguir admirando aquellas estupendas formas, pero ella no parecía resistir la espera, infiero que las inyecciones le producen una inquietud incontrolable. Cuando le apliqué el hisopo dio un breve saltito, la nalga se le contrajo y sus labios emitieron una sensualísima queja: ¡despacito m’hijo, despacito! Los glúteos parecían esponjarse muy erguidos, profusos, como invitándome a penetrarlos, al menos con la vista. El delicioso nudito rectal se le distendió deseoso de ser estimulado.

Respondiendo a la evidente inquietud de la dama, inserté la hiriente hipodérmica, con lo que el atemorizado glúteo se onduló sutilmente e hizo que ella resoplara, tirara de su cabello y me suplicara ¡lastimame, pero sólo lo necesario, por favor…lo necesario! Vi como el flujo de la ardiente sustancia la hacía temblar de pies a cabeza. Aquellas encantadoras nalguitas se estremecían rítmicamente, al final las contrajo manteniéndolas enjutas hasta que se le humedecieron las piernas. Cuando extraje la aguja ella me pidió que le masajeara cuidadosamente el sitio de la aplicación, así que me senté a su lado y me di gusto friccionando y presionando la mullida y blanca superficie que había pinchado, mientras ella resoplaba ansiosamente sin que yo pudiera interpretar sus sentimientos y sus expectativas, hasta que me hizo la espectacular pregunta: ¿te calientan las inyecciones?...a mí me excitan demasiado.

En eso sonó el teléfono. Despreocupadamente, sin cambiar de posición pero respingando coquetamente el culo para que se lo siguiera frotando, tomó el inalámbrico del buró, lo llevó a su oreja y exclamó: Sí soy yo…Silvia ¿Eres tú mi vida? Estoy bien ¿ya bajaste del avión? No olvides inyectarte querido Simón, a mí me va a inyectar la tía Gudelia.

Simón -

Queridísimos Anna y carlónimo:

Que Alegría inmensa me da saber que finalmente se encontraron! Es tan evidente que ambos se desean desenfrenadamente... Por eso, entréguense así, desenfrenadamente. Que el límite sea el cielo.

Simón -

Estuve el lunes en casa preparando todo lo necesario para el viaje. Para cuando Silvia volvió de su trabajo yo había preparado una cena especial para tener una despedida romántica. Sin embargo, ella tenía otra cosa en mente.
“Cariño, cada vez me cuesta más estar sin ti. Cada vez te extraño más cuando viajas. Antes de irte quiero que me pinches la cola con algo que me recuerde a ti cada vez que me siente. Ponme el aceite que te recetaron, por favor.”
“Mi cielo, duele mucho. Si quieres una inyección te pongo otra cosa. Eso no.”
Pero ella estaba intransigente. Quería sentirse unida a mí compartiendo dolor de nalgas, dijo. Nos desvestimos lentamente, disfrutando de nuestros cuerpos pero con ansias de llegar a nuestro más alto nivel de excitación.
La acosté boca abajo en la cama con las piernas ligeramente separadas y yo me puse de rodillas abarcando entre mis piernas las suyas. Preparé rápidamente la jeringa y apoyé mi pene en la entrada de su vagina. Ella comenzó a mojarse más intensamente, yo sentía cómo humectaba mi miembro. Se movía para lograr roce en los lugares que le daban placer. Ese roce en el glande me estaba llevando a un lugar sin regreso. Le di una nalgada “¡Shhhh, quieta, que me vas a hacer correr! No seas ansiosa, ya vamos a llegar ahí”.
Se calmó, aunque contrariada. Usando el método que ella inauguró, saqué la aguja de la jeringa y de un movimiento certero la clavé en el cachete aún relajado por la nalgada.
“Cariño, voy a comenzar con el líquido. Por favor, avísame si quieres que lo detenga” sólo hizo un gesto de asentimiento, se la notaba expectante y temerosa a la vez.
Comencé a apretar el émbolo y acompañé esta acción con la lenta penetración en su vagina.
“¡Aaaaaaaaaa!” dolorida y sorprendida a la vez.
“Floja, mi vida. Disfrutalo”
“¡Ah! Duele!”
“Me detengo?”
“No. No. Sigue…… despacio. No salgas de adentro de mí, por favor”
Se quejó y lloró todo el tiempo pero no me permitió interrumpir la operación.
Permanecí bombeando lentamente aún luego de haber terminado la inyección. Saqué la jeringa pero dejé la aguja clavada. Me resultaba divino verle el culito redondo perforado y a ella llegando al orgasmo loca de placer. Cuando terminaron los espasmos saqué la aguja y palmeé la nalga de mi amor para lograr que la relajara nuevamente.
Quedó tendida completamente relajada, la respiración acompasada. Se llevó la mano al cachete ”Creo que voy a recordarte toda la semana. Gracias”
Comimos y nos acostamos porque me tendría que levantar a las 3 de la mañana para llegar al aeropuerto. Estaba entre dos sentimientos: ya estaba extrañando a Silvia y por otra parte, ya estaba ansioso por ver que me deparaba mi nuevo encuentro con Carlónimo. Pero lo que le dije a Silvia vale también para mí, ya vamos a llegar allí.

Simón -

Dios mío, Carlónimo! A veces me asustas. Ni yo había notado las particularidades de lo que me mandaste poner. Y lo de resina y espeso explica como me quedó el culo, aún me duele. Vuelvo a preguntarte: ¿No podrías haber devuelto mi gentileza de pincharte sin dolor?.
En fin.... así están las cosas. Quiere decir que quedé como un idiota ante Silvia. Si cedo a la idea de confesar que me hice pinchar algo que traje de México y ella solicita ser ella la que me lo ponga, consentirías en que así fuera? Prometo que iría a ponerme fuera de casa algo comprado aquí, así que no te quedarías sin saber mis experiencias extrahogareñas.
Por otro lado, no es que te oculte mi nacionalidad intencionalmente, sólo que el otro tema me tenía ocupada la cabeza. Nací y vivo en el país más austral de América del Sur, Argentina.

Simón -

Querido Carlónimo:"¿Que nalgas?", preguntas! Es muy claro, las de Isabel. Entiendo que esta página es para gozar y nadie te lo impide, el relato detallado que haces de tu encuentro con Isabel lo demuestra. Pero también déjanos expresar lo que nos sucede. Tan mal no está que te celemos un poco. Habla de la alta estima en la que tenemos tus atenciones. Si por lo menos Isabel hiciera acto de presencia y comentara el hecho......
Lo que le sucedió a Anna es fantástico, aunque ella parece haber sufrido un poco. No así la enfermera que ha pasado un buen momento y menos mal que te lo ha contado. Me gustaría saber que dice Anna al respecto.
En lo que a mí se refiere tengo alguna dificultad para cumplir con tu solicitud, pero intento. Te juro que intento. Veré si esta tarde,cuando salgo de la oficina, puedo hacer algo.

Simón -

El viernes por la mañana, mientras estaba en la oficina dando algunas instrucciones de cosas por hacer a mi secretaria, recibí un mensaje de Silvia en el celular: LLEGO A LAS 21. TE ESPERO PARA PINCHARTE LA COLA.
De inmediato volví a las escena con Carlónimo en México. Sentí claramente cómo me puse colorado por la excitación que me produjo la anticipación estando en público. Como me sucede siempre, pasé todo el día laboral intentando sacar de mi cabeza lo que sabía que sería una noche plagada de dolor de cachetes y placer. Sin embargo, también tenía presente todo lo que la experiencia con Carlónimo me había hecho reflexionar.
Cuando llegué a casa ella ya estaba esperándome; luego de darme un apasionado beso me llevó de la mano al dormitorio y señaló la mesa de luz. En una bandejita cromada había una jeringa ya preparada. El esfuerzo de producción fue enorme porque no se de donde sacó la jeringa: era una de esas antiguas de vidrio, de las que había que hervir, las que usaban para pincharnos cuando éramos pequeños. La aguja era imponente y relucía a la luz del velador. Yo no podía hablar porque estaba nuevamente trasladado a aquellas escenas infantiles que tanto me habían perturbado en México. Comenzó a desnudarme lenta y sensualmente, acariciando mi cuerpo a cada paso. Me hizo pararme dándole la espalda y luego de acariciarme las nalgas me dijo: "te he dicho alguna vez que tienes unas nalgas muy estéticas y atractivas?" Casi me muero; eran las mismas palabras de Carlónimo. Todo tomaba un tinte inquietante. Con un pequeño empujón me invitó a acostarme sobre mi vientre en la cama, ofreciéndole el culo. Me pasó alcohol por el cachete y la vi sacar la aguja de la jeringa enfilándola hacia el glúteo. Me la clavó sola como se acostumbraba cuando éramos niños. "Ahora tienes el culo condecorado. Te queda hermoso. No te tenses que empezaré con el líquido" Adosó la jeringa y comenzó a empujar el émbolo. Instantáneamente empecé a sentir el dolor lacerante que acompaña esa acción; de pronto me di cuenta de que tenía los puños apretados, los nudillos casi blancos. Sin dejar de hacer penetrar la sustancia me preguntó: "¿Qué sientes?" "Me duele, me duele mucho la cola" "¿y por qué no lo dices? ¿Por qué no te quejas? Mi cielo, debes relajarte, pero no la cola, hablo de tí. No puedes vivir siempre tan controladito, déjate llevar, muestra tus emociones" Y como para ayudar apretó con fuerza el émbolo e hizo entrar de golpe una cantidad de medicamento. Grité y comencé a llorar. "desahógate, amor, desahógate". La inyección terminó y yo seguí llorando largo rato. Me sentía relajado como nunca y tomé conciencia del grado de conexión que tenemos con Silvia. Permanecimos abrazados en la cama no se cuanto tiempo. En un momento dado me vi impulsado a decirle "te amo. Quiero estar el resto de mi vida contigo" Me levantó a medias y me preguntó: "¿Me estás proponiendo matrimonio?" "Absolutamente sí". El resto de la noche lo pasamos planeando qué haríamos. En breve les diré qué fecha elegimos. También comenzamos a pensar en la luna de miel y aunque no lo puedan creer Silvia me dijo que le gustaría ir a México! Carlónimo, debemos comenzar a pensar cómo haremos para que puedas encontrarte con nosotros y tener quizá alguna experiencia pinchando a Silvia. Podrás observar cómo he avanzado en el tema de los celos; de todos modos, luego de conocerte he comprendido que puedo confiar en tí.
Por lo pronto, ten en cuenta que el martes estaré viajando nuevamente a México, como te había anticipado. Si aún lo deseas podemos reencontrarnos, cuéntame cómo desearías que sea la situación e intentaré comportarme más acorde.

Carlónimo -

Afirmo que Silvia sabía que venías de ser inyectado porque el medicamento vitamínico antigripal que te aplicaron se elabora a base de resinas de Eucalipto, un espeso componente aceitoso de aroma muy penetrante, que se transpira después de la aplicación. Por eso ocurrió lo que comentas: “la señora que estaba parada a mi lado se quedó mirándome fijamente” Y Silvia lo percibió de inmediato y se calentó; por eso te propuso: “Miiiii viiiidddaaaaa…… tengo ganas de darle un refuercito a tu colita……“ Sigues ocultándome tu nacionalidad.

Simón -

Querido Carlónimo:
Cada día me convenzo más de tu hombría y honradez. Resignar la posibilidad de un encuentro con las soberbias nalgas de Silvia, sabiendo lo que las desearías y disfrutarías, sólo habla del profundo respeto que tienes por nuestra amistad.
Respecto de nuestro encuentro en mi segunda visita a tu tierra ya veré qué podemos hacer para poder disfrutar ambos. Hasta el martes, ya estoy terminando de preparar la maleta.

Carlónimo -

Simón, lo que quiere Silvia es acción, pero con ternura, no te sulfures. Amigos, gracias por comprenderme y liberarme del terrible tormento al que me tenían sometido. Les ruego que me dispensen ausentarme unos días para preparar mi encuentro con la deliciosa hispana, que fuera hasta ayer tan sólo un inconfesable anhelo. Simón, querido pibe, no vayas a ser tú el que ahora se sienta, que ya te veré luego. Y que siga la función.

Carlónimo -

¡Aahh! Qué alivio Simón, me habías alarmado demasiado. Por otro lado, estoy convencido de que sabrás elegir a tu asistente. Quien sea que te inyecte, esoy seguro de que disfrutará el erotismo que se desprende de tener a la vista tu muy estético trasero, rendido y expectante.

Carlónimo -

El Encuentro, segunda parte.

Seguimos la conversación en la taberna: Anna, muchas gracias por tus hermosas palabras, pero no quiero que pienses más en el incidente que te entristeció y que se debe al nerviosismo natural que los dos tuvimos, pues a mí me ocurrió lo mismo. Después de comentarte con gran entusiasmo que en en las tapas “pude confirmar que vivía en el error de haberte imaginado menos bella de lo que eres…” deseaba con ansias conocer tu respuesta ya que mi mensaje había sido una especie de declaración. Pero el viaje a Cancún, del que no sabía nada, me hizo sufrir tu terrible silencio. Me sentí fracasado, decepcionado. Pero eso ya pasó y como tu dices: “bueno pues vamos pa lante, porque aquí no hay ningún enojo”. Al verte sorber tu oporto te robé un nuevo beso. Juntando nuestros labios y lenguas nos abrazamos y permanecimos aferrados acariciándonos. Empezamos a sentir las miradas curiosas sobre nosotros, de manera que corregimos nuestra actitud y cuando lo consideramos prudente salimos de la taberna.

Tomados del brazo caminamos despacito, el tibio sol vespertino hacía crecer nuestras sombras proyectándolas en el suelo de la Plaza de España, mientras nos dirigíamos a la Gran Vía. Me platicaste acerca de tu trabajo. Te escuchaba y pensaba en la gran fortuna de tenerte cerca, de caminar a tu lado. Habiendo cruzado las calles del Carmen y Preciados, llegamos a la Plaza de Callao donde nos detuvimos para abordar el tema de mayor importancia en ese momento. Todo empezó cuando te pregunté: ¿y cómo sigue tu piel, debes aplicarte aún el tratamiento? Tu respuesta fue concisa, tajante: Sí, espero que tú me lo apliques hoy. El corazón me latió con gran fuerza no sabía cómo abordar el punto. Pero enseguida me rescataste diciendo: “no me preguntes cómo, pero pude arreglar las cosas en tal forma que estos días los pasaré contigo, de tiempo completo”. Sentí que mis labios dibujaban una gran sonrisa. Te abracé, me abrazaste, de nuevo nos besamos.

Después de ponernos de acuerdo te acompañé a la oficina donde habías dejado tus cosas. Mientras estabas ahí llamé por teléfono al hotel para que colocaran un gran arreglo floral y champagne en la habitación. Luego te llevé al Tablao Flamenco del Corral de la Morería, un verdadero palacio del zapateado y del jaleo, donde cantamos y hasta bailamos (eres una verdadera artista) quedamos exhaustos. Mientras degustaba una copa de vino sentí tu cabeza reposando tiernamente en mi hombro. Te abracé preguntándote ¿qué pasa mi vida? Me dijiste: “Pues… que la estoy pasando excelente pero que… pues… que ya quiero, pues eso… disfrutar contigo”. Así que nos fuimos directo al hotel donde te encantaron las flores con que estaba adornada la habitación.

Pusimos música suave y decidimos tomar un baño: tú en la tina de hidromasaje, yo en la regadera. Me puse el pijama, cogí una gran toalla y pasé a la tina a recogerte. Cargada en mis brazos te llevé a la cama donde te estuve secando cuidadosamente. Tu cuerpo, querida Anna, el que he descrito en varias ocasiones al relatar historias de amor que ahora me hieren, lo descubrí totalmente en la habitación 204 del hotel María Elena Palace, de Madrid España, y afirmo que es más bello de lo que esperaba. Sus proporciones son perfectas, su tersura, suavidad y coloración, excelsas. Retiré la toalla y te coloqué boca abajo del lado derecho de la cama.

Reflejando la cálida luz de los proyectores tu blanquísima piel fulguraba sin dejar de marcar sensuales sombras. Tenías los brazos alineados a la cabeza con las palmas de las manos descansando sobre la cama. Tu cabeza ligeramente inclinada hacia la izquierda, los ojos cerrados, los labios insinuantes. La refulgente cabellera caprichosamente dispersa te daba un fascinante toque de intemperancia. Los hombros, breves, femeninos, la cintura estrecha muy bien marcada, las nalgas redondas, firmes, incitantes, distanciadas una de la otra. Los muslos robustos, llenos. Las pantorrillas enérgicas y torneadas.

Tomé la pomada y la empecé a aplicar en círculo desde las pantorrillas sobre las zonas que mostraban cierta pigmentación rosácea. Pronto empezaste a resentir los efectos pues se trata de un agente hidratante de alta resolución que irrita y causa intenso ardor. Te la apliqué en los muslos con lo cual te agitabas y decías ¡Carlónimo, amor, me duele, amor! En las nalgas el ardor se tornó más intenso, al grado que te hizo gritar y estremecer, pero a medida que te aplicaba capas sucesivas la dolencia pareció disminuir. Acariciándote, viendo tus excitantes nalgas, después la espalda, me estimulaba tu suave lamento y pensaba en lo sorpresiva y espléndida que es la vida. Anna, la deliciosa Anna, la de los relatos, la que surgió de pronto y creció en mi vida como gigantesca ola ¡no lo podía creer! yacía frente a mí, desnuda, en mis brazos dispuesta a recibir el estímulo de mis propias manos. Había hablado de ella, al principio con cierta timidez, situándola en los brazos de su novio doctor y después, de algunos pretendientes, pero no concebí que llegara en verdad a ser mía. La molestia fue cediendo, te tranquilizaste, después me preguntaste coquetamente: Carlónimo ¿te gusta mi cuerpo?

A mi contundente afirmativa siguió tu estremecedor anuncio: “Seguiremos disfrutando pues ahora tendrás que inyectarme” y me entregaste una ampolleta de Flugenol, un molesto antiespasmódico a base de sodio contra los dolores musculares producidos por la insolación. Mientras preparaba la jeringa recordé tus comentarios: “el hecho de encontrarse con un hombre al que le gustas y que te debe de inyectar, me agrada. Y el nerviosismo de mostrarle las nalgas a un hombre que te gusta. Y estar con la duda de si la inyección dolerá o no” Entonces te pregunté: ¿Estás nerviosa? Y me contestaste: Sí bastante y muy excitada Carlónimo, pues lo que estamos viviendo rebasa los sueños que pude forjar respecto de tí. Me acerqué, introduje el brazo debajo de tu cintura, me senté en la cama y tú me entendiste rápidamente. Pasaste las piernas por encima de las mías y te acostaste en mi regazo quedando tus nalgas a mi disposición para picarlas. Lucían fragantes, ansiosas, espléndidas, respingadas. Me dijiste, déjame intervenir, no se porqué lo deseo y me excita, yo dirigiré y manejaré el algodón. Entonces se lo entregué y le dije Amor ¿De qué lado prefieres que te pique? Palpaste con atención cada uno de tus glúteos buscando el sitio perfecto ¿Qué rico ver que tú misma hurgabas tus encantadores cachetes!

Tu actitud exacerbó mi excitación. Por fin, punzando un sitio bastante razonable del lado derecho me dijiste ¡Aquí, mi vida, justo aquí te pido que me inyectes! Y procediste a tallar la zona con el algodón. Luego, cerraste los ojos, apretaste los puños, ondulaste ligeramente los glúteos y me ordenaste: ¡ahora, pícame ya Carlónimo! Y diste un pequeño salto al sentir que la aguja perforaba violentamente tu carne, Mientras la sustancia entraba, no dejaste de repetir mi nombre: ¡Carlónimo, Carlónimo, Carlónimo, Carlónimo, Carlónimo! Y el culito te temblaba eróticamente. Extraje la aguja y de inmediato te pusiste el algodón en el sitio del piquete. Mientras te aplicabas tu misma el masaje, inicié el juego erótico besándote las nalgas, lengueteándolas, mordisqueándolas y succionándolas suavemente, a lo cual respondías tallándome tu pubis en las piernas, estremeciéndote, al tiempo que emitías sensuales lamentos.

Te sentaste en la cama haciendo que me pusiera de pie y me bajaste con furia el pijama y la trusa liberándome el pene que se balanceó sin perder su posición horizontal. Al verlo me pareció más largo y grueso de lo que en realidad es, creo que las circunstancias lo magnificaron. Pasaste la lengua por el glande y lo chupabas mientras me acariciabas los testículos y me tallabas con desesperación las nalgas. El placer fue tan intenso que te pedí: ¡por favor Anna, espera, no me hagas terminar a destiempo! Te tiraste de espalda sobre la cama y me avalancé sobre ti iniciando una fase de ardientes besos, caricias y roces corporales. Nuestras mejillas se restregaban sin cesar, nos besábamos y lamíamos la cara, los labios, el cuello, los hombros y los brazos, teniendo la respiración extraordinariamente agitada. Chupé y succioné desesperadamente tus pezones ¡tienes un busto flamante: amplio, firme, recto, delicioso!

Luego te puse sobre mí para poder acariciar tus nalgas que son un poema y no me canso de describirlas: extensas, generosas, respingadas, muy sensibles al tacto, pues se estremecen ante el menor estímulo. Te picaba levemente el culito y respingabas apretando mi cabeza con ambos brazos y lengueteándome las orejas. Al fin te diste vuelta, gritaste ¡Ya Carlónimo, ala, penétrame que no aguanto más! Separaste las piernas, me cogiste el pene, lo dirigiste a la vulva y lo insertaste decididamente ¡Aaaahhhh, qué sensación más exquisita! Tienes la cavidad y la humectación ideales, ni más ni menos ¡qué fresco, suave y ajustado roce! Temí no llegar a tu final pero me salvó el orgullo de mi Patria así que, emitiendo los dos al unísono fenomenales alaridos: ¡Ala! ¡Coño! ¡Carajo! Penetrándote yo una oreja con la punta de mi lengua y tú retorciéndome las nalgas hasta dejármelas cruelmente marcadas, detonamos un orgasmo tan descomunal que puede comparársele con la erupción de mi querido Popocatépetl ¡Que vivan México y España, paisas!

Después del huracán, quedamos los dos en paz y pasamos una noche deliciosa. Sentí, querida Anna, tu suave cuerpo siempre sujeto al mío, calentándonos, energizándonos y amándonos mutuamente.

Te cedo la palabra, amor, para que describas, con todo detalle, la forma en que viviste nuestra primera experieiencia íntima.

Carlónimo -

¡Caramba! Te agradezco querido Simón la espléndida deferencia. Mi primera reacción fue emocionarme, pero luego me puse a pensar en los serios inconvenientes que entraña pues yo no te he ocultado lo que la sensualísima Silvia me hace sentir. Me resulta por sí terrible enterarme y describir algunas experiencias íntimas de tu amada, así que pensar en tener un encuentro con ella ¡para inyectarla! me acobarda y me hace temer un espantoso brete y un explicable sufrimiento que no sería capaz de librar. A pesar de lo que esto implica, creo que preferiría me dispensaras esa espeluznante prueba de lealtad y de amistad a la que quieres someterme.
En cuanto a tu próximo viaje a México pues sí me daría mucho gusto que volviéramos a reunirnos. Lo del buen o mal comportamiento que comentas me parece totalmente improcedente ya que el morbo por las inyecciones debe vivirse con toda libertad. Creo que a partir de un sano principio de diversidad es más adecuado que tú describas los sucesos en ese segundo encuentro. Así podremos conocer y disfrutar tu propia percepción. La pluma está de tu lado.

Simón -

Querido Carlónimo:
Te agradezco enormemente haberme recibido en tu tierra con tanto cariño y dedicación. Haberte hecho un tiempo para cumplir con mis deseos es algo que valoro profundamente. Sólo me avergüenza un poco haber montado semejante infantil escena; quizá no permitió que tú disfrutaras como esperabas tus propias fantasías. Pero debo reconocer que fuiste tan paciente y a la vez tan firme cuando fue necesario que el placer llegó a niveles muy elevados. Sólo me queda prometerte mejor comportamiento y devolverte el favor, si quieres, dado que probablemente deba volver a tu país a terminar el trabajo iniciado en este viaje. Aún me excita recordar el calor de las nalgadas que te viste en la obligación de darme para que permita la aplicación del tratamiento y el mismísimo ardor profundo cuando inoculabas sin dudas el líquido.
Aún no estaba en fecha de que Silvia me pusiera la nueva dosis cuando regresé pero no falta mucho para ello. Logré contarle la situación, retocando algunos detalles para mantener tu identidad y los secretos de nuestra página al resguardo, lo cual creo que da cierto tinte interesante a nuestros intercambios. Sólo señaló que el "enfermero" que me pinchó me tuvo demasiada paciencia y que ella me hubiera puesto el culo ardiendo mucho antes. Quizá en el fondo soy conciente de eso pues nunca le he hecho a ella una escena tal, aunque a veces ganas no me han faltado. Quizá también forme parte de mi anticuada educación el hecho de que no está bien que un hombre se muestre débil o temeroso frente a una mujer. Contigo he podido mostrarme tal como me sentía y te lo agradezco.

Simón -

Queridos Carlónimo y Anna:

Excelso relato como siempre. Les agradezco a ambos; a Carlónimo por relatar tan magníficamente la historia de Anna con la que muchos podemos sentirnos identificados y a Anna por permitir que Carlónimo lo haga. Sin duda son fuertes los recuerdos, todos pasamos por el temor a que el doctor nos pnchara y finalmente por el dolor con el pinchazo efectivo, pero no por la terrible experiencia del abuso al que Alcántara te sometió. Confío en que tu fortaleza te ha ayudado a superar aquel momento.
Acabo de terminar de escribir el relato de lo que continuó a aquella consulta que tuvo Silvia con el Dr. González, recuerdan?
Ahí va.....
Tardamos un rato en reponernos y nos dimos juntos una hermosa ducha. Mientras Silvia fue a la cocina a comenzar a preparar algo de comer yo me ocupé de poner orden en el “consultorio”.
Cuando entré a la cocina la encontré contra la mesada rallando zanahoria para la ensalada. Me acerqué por detrás y la abracé. Mientras le besaba el cuello, cosa que se que le encanta, me dijo: “El doctor me indicó varios tratamientos. Debo colocarme unas inyecciones; él mismo me puso las dos primeras. La verdad es que tengo las nalgas bastante doloridas”
“Quizá te sirva un masaje” le dije mientras le aflojaba el cierre del pantalón como para que mis manos pudieran deslizarse dentro de ellos y por debajo de la bombacha. Permaneció quieta, a la expectativa. Mis manos amasaban insistentemente la maravillosa cola de mi mujer mientras ella tiraba la cabeza hacia atrás demostrando que le gustaba. En el momento que pasé una mano hacia adelante y traté de alcanzar su clítoris, sintiéndose provocada, apostó a más.
“También me mandó a poner supositorios y una crema desinflamante en el ano. Podrías hacerme el favor?, yo sola no puedo”
Yo estaba nuevamente que volaba. Ahora le bajé completamente la ropa y la ayudé a sacársela por los pies. Volví a colocarla contra la mesada empujando con suavidad su torso para indicarle que se inclinara sobre ella. Recordé las cosas que mi amigo Carlónimo me había contado en confidencia acerca de los gustos de Silvia y me arrodillé detrás de ella. Manteniéndole las nalgas lo más separadas que podía comencé a lamerle la raja y el ano. Deslizaba la lengua lentamente hasta que al rato le pregunté “¿Está bien colocada así la cremita desinflamante?”
“Sí, mi amor, justo así dijo el doctor. Continúa que me haces mucho bien” La notaba casi delirando de placer. A veces me pregunto cómo tenemos tanta tolerancia. Acabamos de salir de una y ya estamos nuevamente en otra. Pero me resulta inevitable. Nunca sentí tanta atracción por una mujer y por eso comprendo lo que le sucede a Carlónimo con ella. Me halaga, incluso, pensar que muchos la desean y ella disfruta conmigo y me hace disfrutar.
Ya me había puesto el pijama, por lo que solamente debí tirar hacia abajo para liberar mi pene de su cárcel. Manteniendo aún bien separadas las cachas de Silvia coloqué la punta en su entrada trasera y di un pequeño empujón. Ella colaboró con la entrada como ya tantas veces habíamos hecho. “Cariño, acá va el supositorio que el dr. te indicó” “Por favor, necesito que te quedes dentro hasta que se disuelva, como hizo él”.
Nos movíamos lentamente para prolongar el momento pero finalmente, no pudimos más. Cuando noté que ella llegaba, me dejé llevar y obtuvimos el segundo round de la noche. Quedamos los dos tendidos a medias sobre la mesada y luego de un rato pudimos separarnos. Recompusimos nuestra ropa y Silvia volvió a sorprenderme con un rapto de su sabida creatividad.
“las inyecciones me las tengo que poner por una infección. EL Dr. dice que puedes estar contagiado, así que te tocan a ti también. Mañana paso por la farmacia, las compro y comienzo a ponértelas”
De manera instintiva me llevé las dos manos a los glúteos anticipando los deliciosos piquetes. Se rió cuando me vio hacerlo “No te preocupes, son menos dolorosas que el reconstituyente que te mandó tu doctora” y continuamos juntos la preparación de la cena.

Simón -

Querido Carlónimo:
No creas que pienso mal de tí, ni de ella. Estoy convencido de que eres fiel a nuestra amistad. Sólo imaginaba la posibilidad de que ella te haya conocido a través del blog sin saberlo yo (como tampoco sabe ella de mi participación)y esté en conocimiento de todos tus dichos y tus gustos por lo que en él se relata. Quizá sólo sea casualidad y real sintonía, lo que Jung hubiera llamado sincronicidad.
Estoy en la oficina y te cuento, Carlónimo, que me tiene preocupado tu pedido. Edith es una alternativa, pero me causa temor pedirle a ella en vista de la intenciones hacia mí que mostró cuando la inyecté yo. Veré que hago finalmente. Encima la caja que me diste tiene 4 ampollas; ¡son muchas para pensar en quién me las ponga!

Simón -

Querido Carlónimo:
Creo que no tienes ni idea del desafío que representó para mí cumplir con lo que me solicitaste. Sabes que salvo con Silvia y contigo no he podido expresar fácilmente mis gustos compartidos con Uds. Justamente mantuve la objetividad porque me daba mucha vergüenza (y lo sabes, porque si no no hubiera tenido gracia para tí hacerme el pedido)que el enfermero notara la excitación que me producía la inyección. Quizá por eso elegí también un desconocido y profesional; alguien a quien no lo excitara (abiertamente, por lo menos) inyectar. Se que puede sonar tonto, pero es lo que me sucede. Eso no quiere decir que no me haya excitado; quizá lo más excitante sea compartirlo con ustedes.
Por otro lado, ¿cómo sabes que Silvia sabía que venía de ser inyectado? Ella no sabe nada de nuestro encuentro y de tu pedido, así que ¿cómo sabría que había ido a hacerme pinchar? te ruego que no alimentes mi paranoica cabeza dándome a pensar que Silvia está enterada de la existencia de la página y, por lo tanto, de todo lo que cuento en ella. Por otra parte, si le decía, cómo sortearía la explicación de por qué? ¿Lo que me sugieres es que le diga que tuve ganas de que meviera el culo otra persona y ella entenderá? ¿O en realidad lo que deseas es que le cuente de nuestra relación y de la página y la haga participar?

Simón -

lo de Anónimo fue un error involuntario. Disculpa.

Simón -

Querido Anónimo:
Te agradezco hayas comentado lo que te suscitó nuestro encuentro. también me alegra haber captado más o menos la esencia de lo que te sucedía. En cuanto a la "mística" que dices, tampoco yo lo entiendo, sólo disfruto, sin hacerme muchas preguntas, de lo que me provoca tanto poner como que me pongan inyecciones. Quedas formalmente invitado a visitarme cuando desees y veremos qué podemos hacer.
Tienes razón respecto de Anna; se la está extrañando.
Estoy recién llegado y el trabajo que se atrasó aquí me tiene muy atareado pero en cuanto me libere unos minutos te contaré cómo fue el regreso.

Carlónimo -

Aahh!!! Olvidé decirles que mi nuevo seudónimo será: Fray Carlónimo

Carlónimo -

Pero relátanos una aplicación recíproca más entre Silvia y tú ¿de acuerdo pibe? Ya sabes que la sensualidad de Silvia me pone de cabeza. Fíjate que estaba justamente pensando y caí en la cuenta de que lo que Anna y tú desean de mí es la castidad. Pues bien, estoy dispuesto a brindárselas. No importa que me caliente viéndola a ella copular deliciosamente con Germán, Fernando, Daniel, Andrés, o permitiendo que la inyecten doctores y farmacéuticos; o a ti cogiendo con la despampanante Silvia que me enloquece, o con Edith, o con quien tú decidas hacer el amor. A mí no me perdonaron ni una, ni siquiera en labores de anfitrión en nuestra página (digo “nuestra” porque Fer, el editor, así la determinó hace unos días, lo cual se le agradece). De acuerdo: GANARON. A partir de este momento me convierto en célibe escritor de relatos eróticos al servicio de los calenturientos personajes que decidan participar, pero sin derecho de pernada. Espero que así me perdonen, en especial la deliciosa Anna.

Simón -

La verdad es que no se si por temor a quedarme dormido y perder el avión o por la ansiedad de lo que me esperaba allá, no pegué un ojo. A las 3 de la mañana me levanté. Silvia rodó en la cama para darme un beso y cuando su cachete pinchado quedó bajo el peso de su cuerpo pegó un gritito. “AY! Me duele la cola de la inyección!” Nos reimos y le besé el lugar del pinchazo. Me duché y me alisté para salir. Luego de despedir a una llorosa Silvia, lo que me partió el alma, me fui al aeropuerto en remise. Pude descansar algo en el vuelo aunque sólo de a ratos interrumpidos por escenas de mi anterior encuentro con Carlónimo mezcladas con la despedida con culo dolorido de Silvia.
Al llegar a destino encontré que Carlónimo estaba allí para recogerme. Nos dimos un abrazo de bienvenida, comentamos algunas cosas sin importancia. Él me ha descripto a mí, pero es demasiado modesto para hablar de él mismo; así que lo haré yo. Es alto, mucho. Supongo yo que cerca del metro con 85 centímetros. Delgado y fibroso, bronceado como quien practica mucha vida al aire libre. Gracias a Dios nuestros planes no incluyen buscar chicas, porque estoy seguro de que yo correría con desventaja. De cabellos oscuros, resaltan sus ojos verdes y una mirada franca y amistosa. Es a la vez enérgico y educado. En fin, creo que probablemente sea mejor tampoco poner a Silvia en la situación de hacer comparaciones……
Carlónimo me dejó en el hotel y me dijo que debíamos dejar nuestro encuentro para el día siguiente pues tenía ciertos compromisos que cumplir esa noche. Me pasé la noche pensando en si tendría familia, esposa, hijos. Pero decidí que no preguntaría, creo conveniente respetar su intimidad hasta donde él quiera mantenerla.
Voy a acostarme pues mañana debo presentarme temprano en la oficina regional de mi empresa y debo estar despabilado. Seguramente durante el día arreglaremos nuestro encuentro.

Carlónimo -

Querido Simón, tu relato es muy bueno y veráz, lo disfruté muchísimo. Las aplicaciones con el paciente puesto de pie no me llamaban mucho la atención pero así como las describes son bastante eróticas. Me sorprende y no termino de entender tu “mística” hacia los piquetes en propia cola. Cuando te apliqué los dos jeringazos tus cachetes se estremecías intensamente, temblaban de placer, lo cual no tardó en calentarme. Después, al sentirme tendido y entregado para que tú me inyectaras llegué a la erección plena. Es muy cierto lo que dices, me estimula más pinchar que ser pinchado, pero en el contexto de la experiencia que tuvimos, tu iniciativa de inyectarme resultó efectiva, sobre todo para la superación de aquel desagradable suceso que te referí y que no has olvidado. Qué gusto haberte visto de nuevo para compartir el delicioso morbo que nos ocupa. Te aclaro que la comunicación de Isabel no opacó para nada nuestro encuentro. A quien extraño muchísimo es a la encantadora Anna y sus talentosos comentarios.

Carlónimo -

Simón, acabas de referirnos con estricto rigor científico (una gran objetividad) lo que ocurrió en relación a tu más reciente pinchazo, pero no dices absolutamente nada respecto de la motivación ni los sentimientos derivados del hecho. ¿Qué te hizo acudir a un lugar totalmente extraño? ¿por qué un enfermero? Dices que algo te impulsó a entrar a esa farmacia ¿qué fue ese algo?

No dices lo que te hizo sentir la inyección ¿pena, excitación? Y luego, ya en casa, ¿por qué tratas de engañar a Silvia? Ella sabía muy bien que venías de ser inyectado y tu actitud la descontroló. No le dejaste satisfacer su deseo de continuar el juego erótico. Ella es muy juguetona, ardiente inquieta y le gusta la aventura. No te he contado lo que vivió cuando viajaste por segunda vez a México, ya te lo referiré luego.

Por cierto, tengo una queja respecto de ti y de Anna. México es el único país que mencionamos y yo creo que ustedes también tienen Patria, inclusive nuestra amiga dice: “ya estoy aquí otra vez en mi patria querida”. ¿No creen que ya es tiempo de que me la refieran?

Carlónimo -

Por qué dices: disfrutando de otras nalgas ¿Con respecto a cuáles?

Pero…tienes razón, yo soy el culpable y es que…

“Venga chicos! que no es para tanto! De dónde han salido tan remilgados? Recuerden chicos que esta página es solo para pasarla bien…”

¿Oíste eso Simón? ¿Cómo que no oíste nada? ¿Estaré imaginando cosas?

“…no es para tanto! De dónde han salido tan remilgados? Recuerden chicos, chicos, chicos…”

Otra vez… ¿Oíste?... ¿Nada? ¿Me estaré volviendo loco?

Bueno, es que el golpe recibido no es para menos. Mejor trato de relajarme platicándoles algo que acabo de saber. Escuchen…


La indisposición de Anna

Aquella tarde entró a la farmacia una chica de muy “buen ver: 1.65 m. de estatura, esbelta, bien formada y proporcionada, cabello rubio y ojos color marrón”. Corrí a atenderla, venía un poco pálida y con fuertes molestias estomacales pues había abusado en el consumo de platillos muy condimentados. El malestar que traía no era como para recetarle un chocho y despacharla a su casa, así que la encaminé con uno de los médicos que aquí en Farmacias de Similares (Dr. Simi) tenemos disponibles a toda hora. La preciosa chica se retorcía de dolor.

Después de tomarle la presión el médico la acostó sobre la cama, le alzó la delgada blusita y le estuvo explorando el vientre encontrando que lo tenía muy inflamado. A cada golpecito que le dabe ella emitía una aguda queja. Entonces la volteó boca abajo, le bajó ligeramente el pantalón hasta el comienzo de las nalgas y siguió dándole golpecitos en la región media, de lo que confirmó una fortísima indigestión que requería ser atendida de inmediato. La hizo que se sentara y le dijo: señorita, usted requiere de una inyección y una lavativa pues tiene los intestinos saturados. Ella abrió los ojos muy grandes, miró al doctor, luego me miró a mí que soy la enfermera, y emitiendo un nuevo lamento respondió resignada: De acuerdo, ya no aguanto.

Mientras el médico preparaba un enorme irrigador, indiqué a la joven que se desnudara la parte baja del cuerpo, así que nos dejó ver unas piernas muy bien torneadas y unas nalguitas de lo más sensual: extensas, paradas y llenitas. Mientras yo preparaba la jeringa, la chica dobló su ropa, la colocó sobre una sillita auxiliar y se tendió con el trasero muy bien expuesto. A pesar de ser enfermera, estas escenas me excitan demasiado. La joven tenía unos cachetes pálidos, extraordinariamente tersos, firmes y armoniosamente curvados. Sin preámbulos, pues ella se encontraba bastante molesta, le froté un poco de alcohol viendo como le temblaba la pequeña zona amenazada y le hinqué la hipodérmica que se deslizó suavemente, sin problemas ¡Aahh qué deliciosa vista la de ese escultural culito pinchado! Pocas veces me ha ocurrido que la paciente me pida acelerar la entrada del líquido pero en el caso de esta chica es explicable que el dolor en el vientre le hiciera desear el medicamento, así que me gritaba: ¡ya, por favor métemelo rápido, rápido que ya no aguanto! Será que soy de mentalidad ardiente pero sus palabras me calentaron enormemente. Además, éstas ampolletas son dolorosas, muchas personas se resisten a recibirlas, pero la joven, a pesar de que las nalguitas le temblaban por el fuerte ardor de la sustancia, parecía ignorar el molesto tormento y elevaba el glúteo como induciendo que la inoculación se agilizara. Yo estaba que reventaba de excitación. Por fin terminé de inyectarla y estuve frotándole el sitio del piquete, en el cual se formó una pequeña ampollita que poco a poco se fue disipando.

Enseguida el doctor la levantó poniéndola en la pose conocida como “de perrito”, le separó los apetitosos cachetes, le untó un poco de lubricante, punteó deliciosamente el ojetito anal y empujó con fuerza la cánula haciéndola entrar de golpe en el estrechísimo culito que la engulló apenas y con dificultad, haciendo que la chica gritara sin represión alguna: ¡Me duele, doctor, siento que me rasga el culo, me duele! Pero estoy segura de que no era más que la molestia natural pues el médico utilizó una cánula bastante gruesa, curva y larga pero de superficie muy suave, para que la sustancia ingresara hasta la zona más afectada por la saturación. Una vez que la cánula entró completa, la molestia descendió y, abierta la llave del irrigador, el doctor me hizo levantar éste y sostenerlo en posición casi vertical para que el líquido descendiera con mayor fuerza.

La joven estuvo tranquila hasta que recibió la mitad del líquido, pero después empezó a inquietarse, a gritar, a moverse en una forma que a mí me calentó aún más. Ella insistía que sus intestinos se encontraban colmados y que se le reventarían. El médico la sujetó fuertemente de las caderas mientras me indicaba apretar el irrigador para acelerar el flujo. En un instante crítico, pero de gran sensualidad, yo veía el agujerito de la joven cruelmente vulnerado por el descomunal instrumento que le separaba los cachetes exageradamente, mientras ella gritaba, se retorcía, endurecía y ondulaba en turno sus encantadores glúteos, mientras la blanquísima piel incrementaba su pigmentación por el forcejeo.

En ese momento imaginé a la joven en una situación análoga pero cualitativamente diferente. Tranformé el irrigador en el rostro de un apuesto joven que la poseía, las manos del médico fueron para mí las del enloquecido amante que sostenía con fuerza las atractivas caderas, y la cánula se conviertió en un descomunal pene que realizaba sucesivas descargas de semen. Sólo reaccioné cuando el doctor me dio una fuerte palmada en la espalda diciendo: ¡Señorita! ¿Qué le pasa? ¡Reaccioné, que ya terminamos!

Carlónimo -

Pues ¡ala! Que ya está aquí de nuevo la preciosa Anna y esa sí que es una escultura y no la Diana Cazadora ni la Venus de Milo ¡Qué gusto oírte tan salerosa diciendo: ¡Majo! ¡Ala! Y ¡Vosotros! Qué maja y castiza ¡y olé, guapa! qué bonito es lo bonito ¿no creen?
Y además me dice que pasó a buscarme y la nota que dejó bajo la puerta lo confirma. Y yo tan ajeno a que por mis rumbos anduviese semejante monumento a quien, por desgracia, la sopa de lima, los salbutes, los codzitos, el pollo pibil, los chiles X’catik de cazón, los motuleños, el pollo alcaparrado, los papadzules y demás exquisiteces de la comida maya le habían afectado la tripa. Y, sin embargo, dice ella, “le pediría que me llevase a un lugar donde hubiese comida típica de México” ¡Qué aguante y pasión por la comida mexicana!

La verdad no se qué decir, la nota que me dejó es tan cariñosa y tan tierna que la leo, la releo y la vuelvo a repasar y no me canso ni termino de asimilarla. Lo que se me ocurre para tratar de hacerme perdonar es invitarte, querida Anna, a realizar un “tour” por México, pero no se si te parezca un descomunal atrevimiento de mi parte. Espero tu respuesta preciosa.

Por otra parte ¡Carlónimo! Mira que especular respecto de Silvia y de mí… Tú sabes lo que ella me hace sentir pero de ahí a otra cosa… Mira que lo que estás haciendo es atizarle al fuego!!! Qué gusto haber tenido en mis manos las sensuales ampolletas que le inoculaste en sus deliciosas nalguitas y ¡te lo aseguro! Pero, te lo aseguro, soy el primer sorprendido respecto de su misterioso comentario. Me has dejado estupefacto.

Simón -

Nos encontramos temprano y acordamos salir a cenar luego de todo lo que tuviéramos ganas de hacer. Nos quedamos en la habitación que había arrendado ya que es amplia y ofrece todas las comodidades que deseemos. Quedamos que sería Carlónimo quien conseguiría los insumos ya que al ser del lugar le sería más sencillo. Estaba muy producido, ropa de buena marca e impecablemente planchada. Estábamos ambos a la expectativa pero sin embargo, algo extraño había en el ambiente. Como si no supiéramos cómo comenzar. Tomamos algo del frigobar, seguimos hablando de nimiedades. Hasta que en un momento Carlónimo tomó una mochila que había traído y comenzó a sacar cosas de ella. Traía jeringas, agujas y viales diversos. Por supuesto, había algodón y alcohol. Entendí que él estaba tomando la iniciativa y que serían mis nalgas las pinchadas en primer lugar. Tenía dudas de que no fueran las únicas que iban a ser pinchadas; Carlónimo, es sabido, no es efecto a contar sus propias experiencias de piquetes y supongo que es porque, en realidad, no le gusta demasiado recibirlos.
En esta oportunidad decidí ofrecerle mis cachetes de pie ya que recordé que le gustó eso cuando le conté que había pinchado así a Edith y él dijo que nunca lo había hecho. Me desabroché el cinturón y el cierre del pantalón e incliné mi torso sobre la mesa que constituía el principal mueble de la recepción de mi cuarto.
Carlónimo preparó la primera jeringa y la colocó sobre la mesa delante de mi vista. Respiré profundo.
“Bien, Simón. ¿Cómo te encuentras?”
“Bien, estoy bien. Adelante”
“Comencemos despacio”. Me bajó los pantalones y el calzón hasta el piso. “Vas a relajarte y a estarte quieto. No va a doler así que, tú tranquilo. Desinfectamos bien…… Relaja… Relaja……” y luego de un par de nalgadas suaves sentí la aguja adentro.
“Dolió?”
“No”
“Bien. Mantente flojo. Voy a introducir el líquido muy despacio” mientras apretaba el émbolo. Debo decir que no hubo dolor, sólo sensación de algo que llenaba mi músculo y generaba presión.
“Dolió?”
“No”
“Bien. Vamos por más. Desinfectamos el otro cachete…. Esta va un poquito más adentro. Vas a sentirla un poco más” Sentí el pinchazo. Nada terrible, pero lo sentí.
“Adeeeeeeeentro…….” La presión fue mayor y me dejó la zona como entumecida pero aún no puedo decir que dolió.
“Te has portado de maravilla. Estoy muy satisfecho y espero que tu también”
“Qué? Terminaste?”
“Sólo si tu quieres. Pero si lo deseas puedo intensificarlo un poco”
“Por favor”
“Bien. Vamos. Esta duele un poquito más. No te vayas a mover ni pongas dura la cola. No quiero lastimarte”
Volví a respirar hondo acompañando la introducción de la aguja. Esta vez fue lentamente y juro que la sentí cada milímetro dentro de mí. Empujó el émbolo y el primer chorro de líquido quemó. Me incorporé, casi retirando el glúteo. Me apoyó con suavidad la mano libre en la espalda y me volvió a la posición.
“Tranquilo, no va a doler más que eso. Disfrutalo. Si deseas me detengo”
“No, está bien. No duele tanto. Continúa, por favor”
Sentí cada gota con intensidad pero el dolor fue soportable. Cuando terminó sacó la aguja de la nalga y se dedicó a masajear en profundidad los lugares pinchados.
Me recompuse y volví a colocarme la ropa.
“¿Quieres?” ofrecí señalando con un gesto de la cabeza las jeringas.
Suspiró. “Espero que no te importe… Yo…… Yo…”
“Si no quieres que te aplique está bien. La idea es que cada uno haga lo que quiera y disfrute.”
“No es que no quiero, no puedo. “
“Hombre, no te pongas mal… Me has hecho disfrutar y si tu has disfrutado…”
“No es eso. Creo que ya te conté de una mala experiencia…”
“Estás tenso. Ven, te hago un masaje. Sólo para que te relajes y te sientas a gusto”
Lo conduje a la cama, donde se acostó boca abajo, así como estaba, vestido.
Lo ayudé a sacarse la camisa y comencé un profundo masaje. Presioné cada uno de los músculos de su espalda. Poco a poco fue sintiéndose más cómodo y cuando el masaje llegó a la cintura me dijo “Espera, por favor” y se desabrochó el pantalón. Comienzo a bajárselo y a poco la veo. Allí estaba la cicatriz en su nalga izquierda. En ese momento recordé la experiencia que me relató el 30 de septiembre del 2008 cuando dos amigas le jugaron una broma y le pincharon con una aguja despuntada que le quedó enterrada y requirió la intervención de un médico y un dolorosísimo tratamiento posterior. Comprendí su rechazo a recibir. Rocé delicadamente la cicatriz para indicarle que comprendía. Él volvió a suspirar.
“Debo superar esto y creo que tu paciencia puede ayudarme. Adelante. Inyéctame”
“¿Estás seguro que quieres? Por mí no te preocupes; no debes hacerlo si no quieres”
“Por favor, hazlo ahora. Necesito vencer esta fobia y no sé si volveré a tener coraje”
Rápidamente preparé una jeringa con la solución más liviana. Comencé un masaje delicado en el glúteo asegurándome de su relajación y en el momento que menos se lo esperaba lo pinché.
“Te dolió?”
Suspirando aliviado dijo “Ni lo sentí”
“Bien. Si permaneces relajado tampoco sentirás el resto”
“Me cuesta relajarme. Tenme paciencia”
“Tengo mucha. Sólo entrégate. No voy a hacerte daño. La idea es que lo goces, no que lo padezcas. Quizá no sea hoy que puedas disfrutarlo, pero con el tiempo…” Y comencé a inocularlo lentamente, muy lentamente. Hubo algo de tensión pero inmediatamente detuve el flujo de entrada del líquido y lo hice tomar conciencia del estado de sus músculos. Cuando estuvo relajado nuevamente continué. Al finalizar el líquido, retiré la aguja y apoyándole el algodón le dije
“Ya está, lo has vencido”
Permaneció así largo rato y yo permanecí acompañándolo en silencio.
“Gracias, hermano”
“De nada, cuando lo necesites”
En los días siguientes hasta que volví a casa nos encontramos varias veces, algunas sólo paseamos con él mostrándome lo mejor de la ciudad y otras tuvimos alguna que otra sesión de inyectables. Si bien él superó su fobia debo reconocer que es evidente que le gusta más poner que recibir, de modo que así fue. Regresé con las nalgas bien surtidas a encontrarme con Silvia, que seguramente desearía ponerme más. No podría negarme, al menos no confesando que en la semana había tenido suficiente.

Fer -

Soy el editor de este blog que ya tiene cuatro años y medio largos de existencia, estoy fascinado por el díalogo entre vosotros, Simón, Anónimo, Isabel, Carlónimo... os escucho en silencio y disfruto con la esponaneidad de vuestra historia. Me alegro de daros cobijo en este blog que es más vuestro que de nadie.

Simón -

Querido Carlónimo:
Te agradezco el comentario. Quedas en libertad de ayudar a Silvia a vivir otra experiencia extrahogareña. Pero por favor, no me pidas aún que lo haga yo. Te recuerdo que la frase es "me halaga pensar que otros la desean....", no "que otros la disfrutan". Una cosa es decirlo y otra es hacerlo; de todos modos reconóceme el esfuerzo que estoy haciendo. Necesito algo de aliento al respecto. Aunque no lo parezca, he sido criado de una manera muy tradicional y no es fácil cambiar los hábitos.
Por otra parte, Anna y Carlónimo, no me dejen afuera de esos encuentros que mantienen en las tapas y que alimentan el contenido de este blog.

Carlónimo -

Simón

Me dio gusto saber que Simón vendría a México y que tendríamos la oportunidad de conocernos. Y es que la contínua comunicación compartiendo textualmente nuestras calenturas derivadas del morbo por las inyecciones, de alguna manera nos hermana. Recibí temprano su llamada notificándome que ya estaba en la Ciudad de México alojado en el Hotel Imperial, el cual ocupa un edificio muy bello de esos llamados “de época” situado en el Paseo de la Reforma, justo enfrente de la Glorieta Colón.

Al término de mi jornada de trabajo ya que mi oficina está muy cerca del lugar, no se me dificultó acudir a la cita. A las 19:30 horas entré al suntuoso lobby y me dirigí al restaurante Gaudi, donde inmediatamente vi que el comensal situado en una de las primeras mesas se puso de pie y llamó mi atención diciendo: seguro que eres Carlónimo. ¡Simón! ¡Carlónimo! ¡Qué gusto! Y sellamos el encuentro con un prolongado y estruendoso abrazo.

Simón es de buena estatura, complexión entre mediana y robusta, más no gordo. Sus modales son finos, propios de quien ha recibido una buena educación. Es agradable, comunicativo, dicharachero, de franca sonrisa. Su fisonomía me agradó de inmediato y creo no haberle causado una impresión contraria pues enseguida establecimos una excelente comunicación que fue el mejor aderezo de la cena, ésta última frugal por elección de ambos. Hablamos de nuestros respectivos países, de nuestro continente, de nuestro trabajo, los negocios y las finanzas. Finalmente, entrando al tema de intimidad que nos compenetra, Simón me reveló que desde muy pequeño siente una gran pasión por las inyecciones, siendo una preferencia difícil de comunicar y de compartir con las demás personas, de manera que la reservó para sí hasta que nos encontró a la querida Anna y a mí en este blog.

Por mi parte le compartí el razonamiento de que hay millones de personas que “padecemos” la misma debilidad y, sin embargo, evitamos romper el tabú y ver a las intramusculares como una alternativa no vergonzosa sino normal del juego erótico. Ese es justamente el punto, comentó Simón, y quiero iniciar el rompimiento conjuntamente con mis amigos del ámbito erótico, por eso te invité a reunirnos y a que tu mismo me inyectes, lo cual representa para mí la materialización de un caro deseo que me inquieta desde que inicié mi participación en la página, cuando yo era todavía “Lector Empedernido” y tú “Anónimo” si no me equivoco. Los dos reímos y nos pusimos de pie para dirigirnos a la habitación de mi amigo, donde tomamos del frigobar una botellita de vino tinto que yo degusté mientras Simón se daba un duchazo.

Con la mirada puesta en la ventana por la que se podía ver la estatua del Descubridor de América señalando la ruta de las Indias, oí la voz de Simón a mi espalda que me decía: Carlónimo, disculparás el atrevimiento pero esto de las inyecciones tiene para mí un significado tan erótico que quiero disfrutar al máximo la que tú me vas a aplicar. Así acostumbro ponerme cuando Silvia me inyecta. Me percaté que yacía desnudo y vuelto boca abajo sobre la cama. No obstante que su cuerpo en general responde al patrón masculino, sus nalgas son amplias, torneadas y poco velludas, lo que podría hacerlas más estimulantes para un observador del sexo masculino. A mí me impactaron, me parecieron bastante estéticas. Aproximándome, tomé de la mesa la jeringa y la ampolleta y sentándome en la poltrona empecé a preparar lo necesario para inyectar al amigo, quien me manifestaba su deleite y el nerviosismo que sentía. Cuando terminé de expulsar las burbujitas de la jeringa y la pastosa sustancia color verde jade estaba lista para su aplicación, miré de nuevo a mi paciente ¡Qué terrible impesión! Temblaba de pies a cabeza y las nalgas se le sacudían como gelatina agitada. Le pregunté: ¿Qué pasa Simón, te sientes mal? Pero él no podía ni hablar, se cubría la cabeza con ambos brazos, sólo gemía y susurraba, mientras su cuerpo entero parecía bailar al ritmo de samba ¡Así no te puedo inyectar, parece que tienes el llamado mal de San Vito!

Simón rodó sobre la cama quedando boca arriba con el pene totalmente erecto y chorreante de semen, pero la temblorina no cesaba. Entonces dejé la jeringa en el buró, fui a cerrar la ventana, induje que se sentara y le di algunas palmaditas en la epalda diciendo: ¡Vamos, que no es para tanto! Se que estas ampolletas son dolorosas pero veo que te alteras como si se tratara de una letal, no exageres por favor. Respiró profundamente, permaneció un rato cabisbajo y me dijo ¡Ya Carlónimo, ya me dejo, me dejo, pero tenme paciencia!

Poco a poco se fue tranquilizando hasta que la temblorina dejó de ser tan notoria. Tenía las manos y los pies helados. Por fin giró el cuerpo y me ofreció de nuevo el trasero, en el que le apliqué algunas palmaditas tranquilizantes, cosa que pareció surtir buen efecto porque finalmente quedó inmóvil y expectante. No hice mas que tomar la jeringa y tentalearle el gluteo para encontrar el sitio más conveniente para el pinchazo, que de nuevo se agitó diciendo ¡espera, por favor espera, pues siento que me viene un calambre! Y poniéndose de pie alzó la pierna izquierda sujetándose del armario.

Viendo que era cuestión de paciencia me senté en la poltrona y estuve observando sus erráticos movimientos: Brincaba sobre un pie, se daba fuertes palmadas en la frente, en las piernas y en las nalgas y finalmente cayó hecho un ovillo dando fuertes gritos de dolor con la pierna semi estirada, como engarrotada. Fui a auxiliarlo, lo hice girar boca arriba y tomándole la pierna acalambrada le mantuve el pie fuertemente flexionado, hasta que la molestia fue cediendo y tornó la calma. Le ayudé a levantarse y a acostarse en la cama donde se colocó de nuevo boca abajo diciendo: ¡Ya Carlónimo, estoy listo, me dejo, me dejo! Volví a tomar la jeringa, seleccioné el lugar y cuando sintió el alcohol empezó nuevamente a temblar.

No resistí más, tomé vuelo y le soné varias estruendosas nalgadas en ambos glúteos, de hombre a hombre, con todas mis fuerzas, hasta que la mano se me puso bien colorada. Simón no rehuyó el castigo, lo soportó estoicamente y me dijo: ¡Ahora sí me dejo, pero por favor ya no me pegues! Por tercera vez elegí el punto de punción y sin más le clavé la aguja pero esta trompicó bruscamente pues Simón apretó las nalgas con fuerza y empezó de nuevo a temblar. Ya cansado le dije: no puedo dar marcha atrás, no te muevas porque vas a romper la aguja y tendremos que buscar a un médico. Te aguantas, ahí te va el pinchazo. Y con fuerza hice entrar el resto de la aguja mientras él daba fuertes gritos y mamporros sobre la cabecera haciendo un escándalo fenomenal.

Cuando empezó a sentir la ardiente sustancia que penetraba su sensible carne, cambió de actitud, se quedó muy quieto, dejó de gritar, pero empezó a llorar con amargura como lo hacen los niños cuando ya no encuentran escapatoria y se resignan a padecer la inyección. Moqueaba, balbuceaba, sollozaba y decía, perdóname Carlónimo me he portado muy mal, perdóname pero ha sido inevitable. Por fin le extraje la aguja y le brotó un hilillo de sangre que le estuve limpiando pacientemente con el algodón, mientras él seguía sollozando y diciendo: Yo se que tú me comprendes, es que tal vez por la emoción me activaste algunas vivencias ocultas de la niñez y no las pude controlar. Sea lo que fuere ahí estaba mi amigo Simón muy lastimado, lo ayudé a vestirse y ya con el pijama se metió en la cama. Yo me despedí diciendo: no te podré aplicar las otras dos inyecciones, te sugiero descansar y que Silvia te las ponga cuando estés de nuevo en tu casa. Dos días después nos reunimos para comer y platicamos largamente. Luego lo llevé al aeropuerto donde tomó el avión, muy impaciente de llegar donde Silvia, abrazarla, contarle sus penurias e intercambiar deliciosos pinchazos con ella.

Carlónimo -

Muy bien Simón, el coito anal con la sensualísima Silvia ¡delicioso! ¿Ahora comprendes por qué la arrebaté momentáneamente de tus brazos? Fue algo que tú capitalizaste. Me emocionó oirte decir: “Me halaga, incluso, pensar que muchos la desean y ella disfruta conmigo y me hace disfrutar”. Las escenitas de celos y las actitudes dictatoriales sólo llevan al fracaso de la pareja. Espero que le permitas tener un nuevo acto de libertad cuando lo requiera. Me encantaría presenciarlo.

Querida Anna, cómo no recordar el venturoso día del que me hablas, cuando aceptaste mi atrevida invitación y nos reunimos en las tapas, donde pude confirmar que vivía en el error de haberte imaginado menos bella de lo que eres. Aquella tarde afortunada en que, sentado frente de ti me embebí contemplando tus ojos, la expresión tierna e inteligente de tu rostro, esos labios por demás expresivos, seductores, tus finos y delicados modales, tu risa incomparable. El delgado vestido entallado delataba la perfección de tus formas, cuyo recuerdo me subyuga y me impulsa a seguir escribiendo.

Crlónimo -

Las nalguitas de la niña Anna

Cuando niña, cómo le gustaba al Dr. Alcántara, nuestro médico familiar, inyectarme. Mucho sufrí sus terribles piquetes y ¡vamos! que de vez en cuando de un supositorio no me escapaba. Al recordar mi físico, yo era piernuda con el culito muy bien respingado, comprendo por qué desde los 10 años el facultativo me tomó por su cuenta. Las visitas eran mensuales y sin previo aviso, de manera que estando en la escuela o jugando en la casa, de pronto me entraba la terrible preocupación al pensar: “no ha venido, hace tiempo que no lo veo” y ¡pácatelas! ese mismo día o el siguiente ahí estaba el rechoncho y calvo señor con su traje formal ya sea el de color azul marino o el verde olivo, cargando su pesado maletín y saludando estruendosamente ¡Hola! ¿cómo va la salud en casa?

Al oír su estentórea voz sentía como un martillazo en la cabeza, el corazón se me aceleraba, tenía deseos de abrir la puerta y salir corriendo, pero imposible que pudiera hacerlo. En realidad mis padres y hasta yo misma lo queríamos bien pues a todos nos había arrebatado alguna vez de las garras de la enfermedad y sus diagnósticos eran por lo general acertados. Lo malo, al menos para mí, es que le encantaba recetar inyecciones y aplicarlas él mismo. Varias veces embrolló a mis padres en largos tratamientos a base de piquetes que les hacían renegar de la sapiencia y la bonhomía del susodicho médico, pero lo sobrellevaban porque le tenían bastante afecto y era como de la familia. Así que cuando a mí me venía la tos, una gripa, recargamiento estomacal, o simplemente porque el doctor decía: esta niña está débil, le vendría bien un refuerzo, o cualquier otra voz de alarma, de inmediato mis padres le respondían: Como usted diga doctor y ¡zas! a picarme el culo con agujas, cánulas y supositorios.

Invariablemente diagnosticaba, recetaba y, de inmediato me aplicaba la primera ampolleta. Recuerdo que siempre se sentaba en la cama o en una silla, me ponía su mano izquierda en el vientre, la derecha en la espalda y con ellas inducía que me acostara sobre sus piernas. Ya en esa posición, tal vez aprovechando que me encontraba imposibilitada de ver lo que hacía, sacaba del maletín la jeringa y la cargaba con la ampolleta, mientras platicaba con mi madre, explicándole lo que me iba a hacer, asegurándole siempre que la inyección en cuestión no era dolorosa. Luego me alzaba la faldita y me bajaba totalmente la panty. Esas experiencias que yo no había querido platicarles por considerarlas poco gratas, pero que Carlónimo, con la facilidad que tiene de entrometerse en la intimidad de las personas me ha hecho revivir y comentar, son en parte execrables y en parte supremas.

La verdad es que no se puede gozar el erotismo en presencia de la propia madre y es por eso que no puedo ponderar como gratos aquellos hechos. Pero también es innegable que fueron para mí los primeros estímulos sexuales concientes. Tal vez sin quererlo el doctor Alcántara fue quien me permitió identificar las zonas erógenas de mi cuerpo. Aún recuerdo sus dedos tentaleando sin recato y, para mí con evidente calentura, mis respingados glúteos, con lo cual me hacía sentir que el encanto de éstos podía desatar el instinto primario de los hombres. Pero además, me enseñó a identificar los primeros estremecimientos del propio deseo sexual.

Siempre que me inyectaron de pequeña las agujas me lastimaron horriblemente, las sentía enormes, frías, profundísimas, desgarradoras, inhumanas, un verdadero instrumento de tortura. Pero en el tiempo que les estoy refiriendo, mi ánimo ya recogía: por una parte, las emociones infantiles que me ponían al borde, no del grito sino del alarido; y por otra, el orgullo y la vanidad femeninas que me hacían cerrar los ojos, apretar los dientes, los puños, y soportar estoicamente el martirio, para buscar en los recovecos de mi cerebro los brotes de ese inigualable placer sádico-masoquista que encierran las inyecciones y que a los 10 años ya se me manifestaba claramente. Con la nalguita sangrante, desgarrada por el implacable piquete, padeciendo el terrible ardor de la viscosa sustancia que invadía mis delicadas entrañas, sabiéndome no sólo contemplada sino deseada por aquel calenturiento médico, ante la pasividad de mi madre que parecía no darse cuenta del abuso y de la brutal intrusión que aquel hombre estaba cometiendo, aprendí desde pequeña a sufrir y a gozar los terribles jeringazos, que desde entonces se enquistaron en mi cerebro, como ingrediente de mi erotismo.

Estando ya cerca de los doce años, no obstante que mi cuerpo se parecía más al de una mujer que al de una niña, el doctor Alcántara seguía poniéndome en sus piernas, manipulando libremente mi ropa y tentaleando sin pudor todo mi cuerpo. Recuerdo aquella mañana que mi madre no estaba. Se presentó el terrible médico y aprovechando que me encontraba sola, me inyectó como de costumbre, luego me introdujo un supositorio que más parecía desodorante, me metió los dedos y después la lengua en el recto. Yo permanecía muy quieta, aterrada pero vigorosamente estimulada, sin saber qué decir, cómo reaccionar, hasta que empezó a manosearme la vagina y a buscarme los senos. No obstante la placentera sensación que me invadía, comprendí que aquello no podía ser y empecé a forcejear con él. Entonces me sujetó, me dio un par de violentas nalgadas que me hicieron gritar de dolor y, si no es porque en ese momento llegó mi madre, estoy segura que me hubiera violado. Aún después del frustrado intento de poseerme, Alcántara me mantuvo acostada sobre sus piernas y le decía a mi madre que me iba a aplicar una pomadita para la irritación que tenía en las nalgas y que no era más que el resultado de los bestiales manotazos que me había propinado. Preferí no contradecirlo pues me encontraba invadida de miedo, sabiendo que aquel hombre, descontrolado como estaba, era capaz de agredirnos a las dos y de abusar de ambas, pues era evidente que a mi madre también la deseaba.

Providencialmente en ese momento llegó mi padre y esa fue la última vez que el referido Alcántara estuvo en nuestra casa.

Simón -

Carlónimo!! Que me dejas sin aliento! Realmente no tienes paz; lo que has vivido con Isabel es increíble. Todo fue tan sensual, tan ardiente, tan.... no sé, ya no tengo palabras. Me has dejado anonadado. No imaginaba a Isabel tan guapa, tienes suerte. Pero también sabes sacar provecho de ella. Ni hablar del atrevimiento de pedir entrar por atrás en el primer encuentro! Sabemos que las damas no son afectas a concederlo de entrada, pero corriste el riesgo y ganaste.
Realmente eres un maestro no sólo en el arte de escribir.

XxelxupapenesXx -

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Simón -

Decidí que algo simple y romántico sería la mejor opción para aflojar a Silvia. Camino a casa le compré un precioso ramo de fresias. Silvia las adora.
Cuando llegué, contento con mi obsequio, la encontré poniendo ropa a lavar en el lavarropa. Me paré detrás de ella y le acerqué el fragante ramo a la naríz.
“Ponelas en agua. El florero está en el mueble del comedor” Fue su única respuesta.
“Vamos, Silvia. Por favor. No es para tanto”
No fueron las palabras indicadas. Se dio vuelta furiosa.
“Vas a tener que hacer mucho mérito”
Intenté otra vez. Me acerqué y la abracé. “¿Cómo preferís que haga mérito? Acá… O acᅔ
Acariciándole sus lugares preferidos.
“No seas elemental” Espetó mientras me apartaba.
Tenía intención de recomponer las cosas así que dejé pasar el comentario hiriente.
“Dale, Sil! Aflojá!”
Volvió a apartarme diciendo “Correte. No te hagas el tarado, que no me dejás cerrar el lavarropa”.
Y van dos……
Decidí jugar una carta fuerte. Me bajé el pantalón y dándole el culo le dije “Pinchame y sacate la bronca.”
“No quiero”
“me podés decir qué es tan grave para que estés así?”
“Dejá de hacerte el boludo!. Sabés que me molestó que me ocultaras cosas” Todo esto ya gritando.
Yo también gritando “BASTA, Silvia!. No voy a permitirte que me sigas agrediendo. En veinte minutos me dijiste elemental, tarado y boludo. ¿Eso es lo que pensás de mí?. Ya que estamos, si tu problema es que no te digo todo lo que hago yo puedo reclamar lo mismo!”
Y así empezó una discusión a los gritos en la que ya no se que nos decíamos, o en realidad qué me decía porque yo no tengo demasiado que criticarle; dicen que el amor es ciego. Pero no me gustó que ella tuviera tanta bronca guardada. No comprendo por qué, porque Carlónimo sabe mejor que nadie que vivo para ella, que me cuesta horrores aceptar que alguien puede tener otros desahogos y me privo voluntariamente de tenerlos, no como obligación sino porque lo siento así. Pero atendiendo a sus consejos he hecho oídos sordos a la posibilidad de que tuviera historias fuera de nuestro dormitorio y no pregunto. Y ahora es ella la que hace reclamos al respecto cuando hacerme aplicar por otro una inyección de una manera ultraprofesional no me convierte en un pecador perdido. Entiendo que frente a mi ocultamiento ella puede haber pensado en algo mucho más serio de lo que realmente fue, pero no creo que sea para tener esta reacción.
Cuando la discusión ya no daba para más porque ninguno escuchaba al otro, agarré mi campera y me fui dando un portazo.
Caminé, caminé, caminé, necesitaba descargar la tensión y tranquilizarme.
Volví a las tres de la mañana y me acosté a dormir algo en el sillón del living.

Anna -

Querido Carlónimo;

Cuando he leido tu relato "Andrés" no había caído en cuenta hasta ahora ya he vuelto a leerlo y fue cuando recordé al Dr. Alcantara y recordé cómo le gustaba recertame inyecciones cuando niña y lo mucho que sufria yo con sus aplicaciones, sin embargo teneís razón en que en el momento en que Daniel me tenía sobre sus piernas me hizo recordar al doctor y sus terribles inyecciones y vamos... que de vez en cuando de un supositorio no me escapaba.

Simón -

Cuando salí del aeropuerto luego del largo vuelo estaba ella, hermosa, esperándome. Nos abrazamos como si hiciera largo tiempo que no estábamos juntos. Yo venía juntando ganas porque mantuve la abstinencia durante mi estadía en México. Pero confieso que los encuentros con Carlónimo habían generado una tensión que fue creciendo progresivamente.
Volvimos en nuestro auto, manejaba yo como siempre que vamos juntos. Estaba ansioso por llegar a casa y darle a Silvia las pequeñas cosas que le había traído de recuerdo. Había algo especial; ella nunca se enteraría que provenía de Carlónimo pero a mí me excitaba mucho pensar en ello. La noche anterior a mi partida Carlónimo vino a despedirse y me dijo “Amigo, tengo algo para que te lleves y te acuerdes de mí” Sacó de un bolsillo de su saco una caja de ampollas y tendiéndomelas dijo: “Son para la cola de Silvia. Quiero que se las pongas en mi honor. No son terriblemente dolorosas pero hacen sentir su presencia” Tomé la caja sonriendo y prometí ponérselas recordando nuestros encuentros. Luego sacó otra caja “Estas son para tu cola.” Cuando yo estaba por tomarlas las retiró de mi alcance y me indicó: “Tienen una condición. Debes animarte a que te las coloque alguien que no sea Silvia. No me importa quien, no me importa si es hombre o mujer, sólo que tomes coraje y le pidas a otro que te inyecte”
¡Qué malévolo puede ser Carlónimo cuando quiere! Bien, no tendría alternativa. Acepté el desafío prometiendo contarle los resultados.
Ahora estoy en casa, por fin, con Silvia esperando ver cómo se desarrollan los acontecimientos.
Fuimos abrazados, torpes y tropezando hasta la cama y nos dejamos caer en ella besándonos desaforadamente. Con la misma torpeza de un adolescente que teme que lleguen sus padres y lo descubran nos quitamos la ropa, ansiosos.
“Cariño” dijo Silvia, “Mi nalga me ha recordado a ti todos estos días pero estoy necesitando un refuerzo.”
Me levanté velozmente de la cama y corrí a buscar en la maleta las ampollas dedicadas a ella que me dio Carlónimo.
“Mira lo que te traje”, dije contento mostrándole la cajita como quien trae chocolates de recuerdo.
“En serio? Entonces estuviste pensando en mí?”
“Claro, mi cielo. Y no podía esperar a tenerte cerca. Voltéate, necesito tus nalgas desesperadamente”
Comencé a hacerle un masaje circular en la cola, con una mano en cada cachete.
“Eeeeeeeso, bien fofas”
“¿Qué dices?. Me mato haciendo sentadillas para tener el culo espléndido!”
“Lo tienes, mi vida, lo tienes. El mejor que conozco. Quiero decir que estás relajada y preparada para recibir mi regalo”
Me cercioré de que el glúteo siguiera igual de flojito y la pinché. Cuando el líquido comenzó a penetrar su carne inmaculada se estremeció.
“¿Te duele mucho, cariño?”
“No, no es un dolor terrible. Pero innegablemente estas ampollas que me has traído hacen sentir su presencia! Gracias”
Me quedé de una pieza. Es verdaderamente terrible el nivel de sintonía que tienen Silvia y Carlónimo. Quizá sea por eso que me llevo bien con ambos. Sin embargo, no puedo dejar de pensar en la posibilidad de que, sin saberlo yo, se conozcan. Tendré que pensar en algo para averiguarlo. También tendré que pensar cómo haré para llevar a cabo su pedido; es un requisito exigente pero él confía en que puedo realizarlo y eso me da ánimo. Lo dejaré para mañana. Lo que queda de la noche disfrutaré de mi intimidad con Silvia.

Anna -

Querido Carlónimo:

Gracias por plasmar en este blog y por medio de tu relato lo que que conté sobre las historias del doctor Alcantara. La verdad es que si tuve esa vivencia fuerte con él, pero lo superé y ahora en cierta forma le agradezco que me haya enseñado a descubrir mis zonas erógenas y a disfrutarlas. Como te comenté en aquella ocasión en la que estuvimos conversando muy animádamente en las tapas, afortunadamente ese día llegó mi padre, de no ser así no se que hubiese hecho.

Realmente lo has contado muy bien y lo haces mejor que yo Carlónimo. ¡Muchas gracias!

Querido Simón:

Gracias por contarnos tus experiencias con Silvia, vaya que lo están disfrutando y me da gusto. Me ha encantado este relato ¡Enhorabuena! Me ha gustado el masaje y todo lo implicó el tratamiento que prescribió el médico.

Carlónimo -

Isabel

Isabel llegó a mi vida cubierta por el velo del misterio. Yo sólo sabía que le excitaban las inyecciones, que tenía un cuerpazo, que sus nalgas eran blancas, que me invitaba a inyectarla estando los dos desnudos, y que no le arredraría afrontar las consecuencias. Como ven, fue una singular invitación que no podía desaprovechar ni tomar a la ligera, así que llegué esa tarde a verla, con la intención de hacerle una agradable propuesta.

Es una mujer formidable y lo comprobé al admirarla enfundada en un entallado jeans que delataba sus sensuales piernas, sus generosas caderas, sus abundantes nalgas, y una muy bien delineada cintura que resaltaba la cadencia de su sensualísimo andar. Le adornaban también unas prominentes tetas que concentraron mi atención y no dejé de admirar intermitentemente, mientras hablábamos y me solazaba conociéndola en todos sus detallas: su rostro sonriente muy agradable, su cabello oscuro ensortijado y sus manos muy suaves bien arregladas.

Degustando una copa de suculento vino nos fuimos conociendo. Me enteré que es diseñadora industrial y que trabaja para una prestigiada empresa textil. Que le encantan el baile, el tenis y desde luego el sexo. No me inspiró ni me pareció adecuado llevarla tan sólo a una amueblada para inyectarla, sino que preferí invitarla a que realizáramos un placentero viaje de fin de semana, cosa que ella aceptó. Así que pasamos por sus cosas, tomamos la carretera y dos horas después llegamos a un exclusivo hotel enclavado en las montañas, donde ocupamos una acogedora cabaña con vista panorámica. Pedimos una suculenta charola de bocadillos, servimos el chispeante champagne y ocupados en alimentar con gruesos leños el hogar de la chimenea, contemplando el firmamento tachonado de brillantes estrellas, probé y disfruté la dulzura de sus ardientes labios.

Ella vestía un ajustado pantalón de color verde tierno y un pulover cerrado del mismo tono. Así la recuerdo, expuesta al resplandor del fuego de la chimenea, sentada a mi lado, después sobre mis piernas, colgada de mi cuello, abrazándome con denuedo mientras yo deslizaba mis manos por su cintura, sus mullidas nalgas y sus piernas, sintiendo a la vez sus erguidos pezones que rasguñaban mi pecho. Así fue como iniciamos el juego erótico. Después nos enfundamos la ropa de noche y entramos a la cama donde estuvimos abrazados cachondeando y por fin me pidió que la inyectara.

Replegandole ligeramente la ropa de cama le deslicé hasta los muslos tanto el pijama como la panty. Su cuerpo es un derroche de sensualidad. Tiene la cintura estrecha, caderas muy amplias, las nalgas blanquísimas, espaciosas, abundantes, con pequeños lunares dispersos en el glúteo derecho. Posee unos muslos bastante carnosos y redondos, con ligerísimas lonjitas de las llamadas “chaparreras” en ambos lados, justo en la colindancia con las nalgas ¡Qué sensuales se le ven! Sus frondosas intimidades me llevaron a la lujuria. Me avalancé para besarlas una y otra vez, sintiendo en los labios la suavidad, la firmeza y la sinigual tensión que guardan esas nalgas. Luego me acosté lateralmente con la cabeza apoyada en los soberbios glúteos que me servían de almohada. Los acaricié y admiré palmo a palmo, sintiéndome muy afortunado.

Cuando Isabel se percató que ya había tomado la jeringa y me disponía a cargarla, empezó a jadear intensamente y a frotar todo su cuerpo contra la cama. Los gluteos se le contorsionaban ofreciendo sensuales y elásticas formas que se repetían una y otra vez y que no cesaron al aplicarle el hisopo. Sólo exclamó: ¡Carlónimo, qué ganas tenía de que me tuvieras en esta forma! Ahora no se si estoy leyendo o viviendo una de tus historias, con las que tanto me has calentado, y que me han servido hasta para masturbarme pensando en este singular momento que tanto deseaba. La aguja perforó con suavidad el glúteo derecho haciéndolo vibrar tenuemente y permitiéndome comprobar que Isabel no abriga ningún miedo por los pinchazos. Su cuerpo está habituado a las inyecciones y disfruta de ellas, por lo que adopta la posición y la tensión ideal. No fue necesario decirle que se relajara. Esa actitud me hizo recordar a la otra Isabel, mi querida Elizabeth ¿Recuerdan aquel para mí entrañable relato que dice lo siguiente?

“Elizabeth no manifestó molestia alguna, su nalga se estremeció ligeramente pero sólo como movimiento reflejo, permaneció tranquila, con la misma actitud de la chica del libro. Sólo cuando empezó a entrar la sustancia, sin perder la figura, casi sonriendo, exclamó: ¡me arde un poco! y eso fue todo lo que dijo. Su actitud controlada, serena, me impresionó y me calentó más que si la hubiera visto gritar, quejarse y patalear”. Aquel relato hizo a mi amiga Carola exclamar: ¡Que caliente es el NO miedo de los otros por las inyecciones!

Así me hizo sentir Isabel a quien inoculaba el pastoso líquido sin que ella emitiera molestia o queja alguna. Su respiración estaba agitada por la excitación, sus ojos permanecían cerrados, sus labios dibujaban una levísima, tierna sonrisa, que me cautivó. Cuando la nalguita de Isabel dibujó el sensual pellizquito que produce la extracción de la hipodérmica, ella suspiró a profundidad y permaneció unos instantes quieta, en profundo silencio, como concentrada en un ideal. Luego, girando suavemente la cabeza me miró y me dijo: Carlónimo, ya ocurrió ¿Recuerdas lo que te dije? “Si llegamos a otra cosa, bien. Tú ya te imaginarás”. Qué bueno que me trajiste aquí porque vas a tener que apagar el fuego.
Me acosté encima de ella y le besé con desesperación las mejillas, el cuello, la espalda, las nalgas. Acerqué mis labios a su ardiente entrada vaginal y con la lengua le estimulé el clítoris, al tiempo que mis manos recorrían la extensa superficie de sus nalgas. Isabel intensificó su jadeo y sentí en la barbilla los primeros efluvios de su inigualable néctar vaginal. Apoyando mi erecto pene en su raja trasera le deslicé el glande una y otra vez a lo largo de esa deliciosa hendidura que palpitaba y me pedía a gritos que la penetrara. Entonces induje que elevara las nalgas. Ella entendió mi deseo y colocándose de perrito separó con sus manos las propias nalgas acercándome la entrada rectal al glande. Tomando una generosa cantidad del líquido vaginal que le escurría por los muslos se lo introduje en el recto, me embadurné también el pene y se lo metí despacito, haciéndole emitir una sensualísima queja. No precipité las cosas, preferí aprovechar esa deliciosa penetración rectal para encender a Isabel todavía más. Deslizándole el pene muy lentamente hacia afuera, hacia adentro, hacia afuera, hacia adentro, tan sólo unas cuantas veces, se lo extraje y busqué la entrada vaginal. Ella aprobó efusivamente el cambio diciendo: ¡Muy bien Carlónimo, ya no aguanto, penétrame a profundidad por donde se debe!

Mi pene se deslizó suavemente hasta el fondo de la húmeda y cálida hendidura y tomándo a Isabel por las anchas caderas inicié el delicioso deslizamiento en ambas direcciones mientras veía sus exuberantes nalgas acercarse y alejarse rítmicamente hasta que la aceleración y el desajuste del intensísimo jadeo me avisó que el final estaba ya muy cerca. Entonces la penetré hasta el fondo y deslizando mis manos por su cintura las hice llegar hasta los profusos senos donde busqué los erguidos pezones y los estimulé cuanto pude, haciéndola gritar: ¡Ya, ya mi vida, me vengo, me vengo, métemela hasta los huevos! Al sentir mis cojones fuertemente adherido a los albos glúteos de Isabel, le disparé varias ráfagas del ardiente líquido que ella recibió con una prolongada y potente exclamación: ¡Aaaaaaayyyy qué riiiicooooo!

Simón -

Querida Anna:

Te agradezco tu consejo, viniendo de una dama creo que será de utilidad para tratar con otra.
Iré contándote cómo siguen las cosas.
Por el momento disfrutá de los preparativos del encuentro con Carlónimo, te aseguro que no te vas a arrepentir.

Simón -

Anna, querida! Haber sabido que eras tú! Qué oportunidad nos hemos perdido de conversar más profundamente. Bueno, otra vez será, yo no pierdo las esperanzas. Realmente eres simpática y sensual, no puedo ni imaginar el placer que hubiera sido ayudarte con tu malestar. Pero entiendo que has logrado resolverlo en la farmacia, por favor, cuéntanos.

Simón -

Es que, Carlónimo, entiendo a Anna; creo que ha sido una desilusión tremenda no poder encontarte. Y encima saber que fue porque estabas disfrutando de otras nalgas!
Qué se va a hacer! Otra vez será!
Y aquí hay otro dicho: "A llorar, ¡a la iglesia!"

Anna -

Querido Carlónimo:

Desde tu llegada a Madrid no he parado de tener una sonrisa en mis labios, me has hecho muy feliz con tu visita y más feliz cuando he leído tu relato. Cuando te tengo en frente, constantemente me apetece abrazarte y llenarte de besos, la verdad es que la he pasado muy bien contigo.

Te confieso que tenía un poco de miedo a tu llegada, pero tu me hiciste sentir en confianza y con todos tus encantos me cautivaste, entonces fue cuando no pude resistir pedirte que "probaras" el oporto y nos fundimos en un beso inolvidable.

De todas las veces que habiamos conversado en las tapas, creo que nunca la habia pasado como ahora, eres una persona muy detallista, gentil y se que puedo confiar en ti y te lo agradezco.

Cuando fui a México quería pasar unas gratas vaciones y verte para conversar un poco, jamás pensé que necesitaría de tu ayuda, ya que en Cancún estuve al sol muchas horas y eso me trajó fuertes consecuencias en la piel, por lo cual tuve que llamar a un médico, que me hizo pasar una experiencia desagradable ya que insistía en aplicarme medicamentos en crema en las zonas de piel afectadas, que concretamente era la espalda, nalgas y piernas. No tuve otro remedio que dejar que me aplicara el tratamiento y que me viese con sus ojos lujuriosos dandose un buen festín a costa de mi.

Cuando terminé mi estancia en Cancún fui a buscarte a la Ciudad de México, quería verte para contarte mi experiencia y tambien para contarte todas las cosas bonitas que había visto en Cancún además de disfrutar unos días con tu compañía.

Al día siguiente de irte a buscar por primera vez, fue cuando tuve la indisposición estomacal y decidí volver a tu piso a buscarte, pero una vez más no te encontré, por lo que decidí dejarte una nota bajo la puerta e ir a buscar ayuda a la sanidad médica.

Luego al volver a Madrid y leer que habías estado con Isabel, me sentí muy triste porque aunque entre tu y yo sólo había una amistad sincera, ya empezabas a parecerme encantador y me gustabas. Por lo que me sentí decepcionada de saber que habías estado con isabel y un poco celosa, pero en ningún momento me molesté contigo. Fue ahí cuando Simón se convirtió en mi confidente, porque podía hablarle abiertamente sobre ti y lo que sentía por ti.

La Taberna Real es un lugar muy acogedor para estar contigo conversando y tus labios me han encantado, besas muy bien.

!Jolínes, me encanta que describas todo con detalles!

Creo que pasaremos unos momentos increibles juntos...

Carlónimo -

En México hay un refrán muy antiguo que dice: “El que se va a la Villa…perdió su silla” ¿Cómo ves querido Simón? Ni más ni menos lo que me pasó con la encantadora Anna que, además de preciosa y de talentosa, tiene su carácter… Ya ni llorar es bueno.

Anna -

Querido Simón:

Yo creo que no es para preocuparse tanto, probablemente Silvia este haciendo todo esto como parte de un juego en el que quiere incluir algo de castigo, solo espero que no exagere.

Yo te recomiendo que no le ruegues, si ella está enojada deja que se le pase y que te avise cuando se le haya pasado.

Te cuento que estoy ilusionada con la visita de Carlónimo, lo voy a llevar a un lugar de tapas que le va a encantar, tengo muchas ganas de conversar con él, ya te contaremos cómo noa ha ido, por lo pronto te deseo suerte con Silvia.

Anna -

Mi querido Carlónimo:

He pasado unos días en México y algunas de las cosas que has escrito no las entiendo. Pero lo que me ha quedado claro es tu si que eres majo! ¡Y si que es bonito lo bonito... guapo!

Realmente estuve en México y probé algunos platillos de la cultura maya, pero si alguien mencionó algun nombre de platillos como los que has escrito, no lo recuerdo, vamos... que son nombres muy difíciles de recordar. Pero sabores difíciles de olvidar, porque me han encantao, es una pena que no hayas estado en casa para llevarme a comer a un lugar de comida mexicana me apetecía conversar un poco contigo, porque la indisposición digestiva fue unos días mas tarde y también me hubiese encantado que me ayudases.

Que bueno que te haya gustado la nota que te he dejado, lo que te escribí es de corazón, lástima que en ese momento te encontrabas en brazos de Isabel.

Me hubiese gustado veros a Simón y a ti juntos, pero por lo menos he tenido oportunidad de conocer personalmente a Simón. Ya habrá oportunidad de volver a conversar contigo guapo!

Ya les contaré mis experiencias durante mi estancia en tan hermoso país.

!Hasta luego guapo!

Anna -

Pues ala estoy aquí otra vez en mi patria querida. Al parecer nadie de vosotros quiere hablar de lo sucedido pero yo os voy a recordar un poco.

He tomado unas vacaciones y he decidido pasarlas en Cancún. Pero el avión que he tomado ha tenido que hacer escala en la Ciudad de México, y aunque en ese momento solo pude estar seis horas en esa linda ciudad, disfruté mucho estar unos momentos en el "Aeropuerto Benito Juárez". Como tenía tiempo suficiente deicidí dar una vueltina por el aeropuerto, ver las tiendas y hacer una que otra comprina. En una tienda de artesanias mexicanas me encontré con un hombre muy majo y guapo que hablaba diferente a los mexicanos, por lo que intuí que no era de México y que como yo, se encontraba de paso por dicha ciudad. Yo permanecí viendo las artesanias que vendian ahí y que no acaba de entender qué eran y para qué servian. Pero el empleado de la tienda estaba ocupado atendiento al chico guapo mientras le cobraba algunos artículos que compró y se los envolvía para regalo, por lo que no podía atenderme a mi. Aproveché para acercarme a la caja donde se encontraban ellos y tratar de conversar un poco con el chico. Le dije que estaba buscando un regalo para un amigo y le pedi que me ayudara a escoger algo. Él muy amablemente me sugirió algunas cosas, terminó de pagar lo que estaba comprando y se despidió de mi. Ahí fue cuando me ha dicho que su nombre era Simón, yo me quedé un poco sorprendida pero no me atreví a preguntarle nada, pensé que quizá solo era una coincidencia, solo le he dicho: "Mucho gusto, yo soy Anna". Nos despedidos y se fue.

Al fin tomé mi avión para Cancún y pasé una semana disfrutando de tan bonitos lugares, tomé un poco de sol aunque no mucho porque soy muy blanca y tengo la piel delicada, pero aproveché la oportunidad para estrenar algunos bikinis y pasearme por la playa. Además de conocer lugares encantadores donde había personas muy amables que me mostraron muchas pirámides y lugares encantadores.

Desgraciadamente se acabó la paradisiaca semana que pasé en Cancún y tuve que tomar un vuelo a la Ciudad de México nuevamente, pero esta vez dispondría de algunos días para conocer la ciudad y pensé en pasar a buscar a mi querido amigo Carlónimo y esta vez no iriamos a las tapas, le pediría que me llevase a un lugar donde hubiese comida típica de México. Fuí a buscarlo a su piso y nadie me abrió, ahora por lo que he leido me doy cuenta de que estaba muy ocupado vacacionando e inyectado a Isabel. Es una pena porque quería pasar un momento agradable con él, conversar un poco y quizá me pudiese ayudar ya que había comido algo que me perjudicó el sistema digestivo y necesitaba de su ayuda. Por lo que tuve que ir a la farmacia y pedir que recomendaran algún medicamento pero eso.... es otra historia que ya les contaré después.

Me ha gustado mucho la Ciudad de México y Cancún es espectacular, aunque el sol me hizo un poco de daño además del problema estomacal.

Conocí más pirámides en la Ciudad de México, pero son tantos nombres tan dificiles que no he podido aprendermelos todos. Definitivamente me quedaron ganas de volver a ese país tan hermoso y con gente tan cálida.

Afortunadamente, ahora me doy cuenta de que el chico majo que vi en el aeropuerto era verdaderamente Simón, y quiero decirte Simón, que eres muy agradable en lo poco que te conocí y que Silvia es muy afortunada al tenerte cerca, y me ha dado mucho gusto saber las experiencias que han vivido Carlónimo y tu. Como has podido darte cuenta, soy de buen ver, aunque no soy muy alta a penas mido 1.65m, esbelta, bien formada y proporcionada, cabello rubio y ojos color marrón. Tu me has parecido muy guapo y sobretodo muy majo.

Querido Carlónimo:

Que bueno que hayas disfrutado con Isabel, ojalá que en otra ocasión que visite México te pueda encontrar, aunque creo que no será pronto porque está muy lejos de donde vivo. Espero que hayas recibido la nota que te dejé de bajo de la puerta.

Anónimo -

Noticias de Elisa

Este relato lo escribí a partir de la información que me dio Miriam, quien me dijo: la doctora se encuentra algo desubicada.

Elisa revisaba su agenda cuando sonó el timbre del teléfono, era Miriam la recepcionista, quien le dijo en el tono atento y respetuoso que le dispensaba no obstante la intimidad que tuvo con ella: doctora, es la chica de la farmacia, dice que viene a inyectarla. Está bien Miriam, que pase… no, mejor dile que me espere un momento, yo te llamo. Tomó su bolsa y entró rápidamente al baño. Se bajó el pantalón de color negro, la panty blanca, y se sentó a orinar, luego tomó papel se levantó separó las piernas y empinó las nalgas pasando el brazo por detrás de ellas. Se limpió cuidadosamente, accionó la palanca haciendo que el amarillo líquido desapareciera, luego dejó caer el pantalón y la panty hasta el suelo, tomó de su bolsa un desodorante íntimo en spray y se roció generosamente la zona púbica, el interior de los labios vaginales, la grieta trasera, el ano y toda la entrepierna. Mientras se peinaba esperó que el liquido aplicado se secara, luego cepilló su bello púbico para mejorar el aspecto. Se miró de cuerpo completo en el espejo que estaba adherido a la puerta, giró para observarse las nalgas, las palmeó un poco para provocarles cierto rubor, volvió a observarlas en varias poses y se vistió saliendo enseguida del baño. Colocó la bolsa sobre el escritorio, se sentó y tomando el teléfono avisó a la recepcionista que la señorita de la farmacia ya podía pasar, luego jaló su libreta de apuntes, cogió una pluma y esperó a que la joven llegara, para recibirla en una pose natural de trabajo, haciendo como que escribía.

Doctora, buenas tardes vengo a inyectarla. Sí Vicky te lo agradezco, pasa, sólo déjame terminar de redactar una frase. La joven, como de diecisiete años, delgada, bonita, muy agradable, se sentó en una de las sillas de visitante, sacó de su bolsa la jeringa, algodón y un frasquito con alcohol, los puso sobre el escritorio y esperó pacientemente hasta que Elisa remarcó el punto final de una frase absurda que no decía nada, se puso de pie, abrió el cajón izquierdo del escritorio y le entregó la ampolleta diciéndole: ¡Ay, qué nervios, trato de no pensar en el piquetote que me vas a dar, pero el miedo me pone helada! Mira cómo están mis manos, y aplicó sus palmas a las mejillas y el cuello de la chica, la cual se quedó muy seria.

Mientras la joven preparaba la jeringa Elisa se descubrió totalmente las pálidas nalgas y se acostó en el diván parándolas ostensiblemente y comentando: además, me da mucha pena exhibirme desnuda contigo, no me acostumbro a pesar de que ya me has inyectado varias veces, te veo tan formal y seriecita que me cohíbo a pesar de mis años, qué tontería ¿no te parece? La chica no le hizo caso, en ese momento estaba de espalda con los brazos en alto extrayendo las burbujitas de aire de la jeringa. Elisa la miró con aire de frustración, le recorrió con la vista todo el cuerpo centrando la atención en el torneado culo cubierto por el pantalón de corte vaquero. Hasta donde pudo, giró la cabeza para echar un vistazo a sus propias nalgas, se las palmeó con ambas manos para darles color y adoptó nerviosa la clásica posición para recibir las inyecciones acostada.

Vicky terminó de preparar el medicamento, dio media vuelta y se aproximó a Elisa diciéndole: doctora, para que no se apene le aclaro: no es necesario que se baje todo el pantalón, basta que se descubra una pequeña parte del glúteo que le voy a picar. Las suaves palabras de Vicky cayeron a plomo en el ánimo de Elisa quien se sonrojó y escondió la cara entre los brazos. No obstante, permaneció impávida no dándose por aludida, pero las nalgas se le contrajeron y se le pigmentaron de manera natural, estaba muy apenada. En eso se le vino una idea a la cabeza y le dijo a Vicky: me bajé el pantalón porque me siento bastante mal y quiero que me tomes la temperatura por vía rectal, el termómetro está en el cajón de la izquierda, cógelo por favor.

La joven buscó el instrumento pero no lo encontró, entonces le dijo: no está doctora ¿quiere que lo busque en otra parte? Elisa se quedó pensando, luego aclaró: ¡Ah qué tonta, me lo llevé a la casa el otro día! pero puedes tomarme la temperatura manualmente. ¿Cómo? Preguntó Vicky, la doctora respondió: ¡muy fácil! igual que la tomas de manera aproximada palpando la frente o el cuello de la persona, puedes insertarme tu dedo en el recto, donde se manifiesta mucho mejor el grado de calentamiento corporal, en el cajón derecho está el lubricante. La joven se quedó pensando, luego movió la cabeza y sonriendo pícaramente contestó: primero la inyecto doctora para que no se cristalice la sustancia, luego le tomo la temperatura rectal. Elisa respiró más tranquila.

A pesar de su corta edad Vicky es muy experimentada inyectando. Se aproximó resueltamente a Elisa, le buscó y le palpó con el dedo meñique el borde extremo del hueso pélvico y, a partir de esa referencia marcó cuatro dedos en horizontal colocando el pulgar en el sitio exacto donde debía picarla, le aplicó una certera nalgada y con la misma mano clavó la hipodérmica en el glúteo de manera instantánea. Es un procedimiento que la joven tiene muy bien dominado, tan espectacular en su realización que engaña la vista de quien lo observa, además de confundir al paciente, el cual con tanto manoseo no se percata del instante preciso en que sufre el piquete. A Elisa le encanta recibir de esa manera las inyecciones, pues el procedimiento no sólo le evita dolor, sino que le excita sentir que la engañan, la revuelcan simbólicamente, declarándose totalmente dominada. Cuando comprobó que ya tenía la aguja dentro del glúteo, gimió eróticamente y sus labios vaginales se mojaron. Mientras le inoculaban la densa y roja sustancia comentó voluptuosamente: perdona mi franqueza Vicky, pero la forma en que me dominas con tu indiscutible habilidad, hace que yo desee locamente tus inyecciones. Mantenía los ojos y los puños cerrados, suspiraba con excitación, paraba las nalgas y deslizaba su cabeza por la superficie de la cama.

Vicky no respondió nada, extrajo mecánicamente la aguja, frotó por un instante el sitio del piquete y, abriendo el cajón derecho del escritorio tomó el tubo de lubricante, lo destapó, se puso una cantidad generosa en el dedo central de la mano derecha y lo aplicó en el culo de Elisa, primero en pequeños giros sobre el remolinito y después insertándolo y haciendo girar sólo la puntita del dedo al interior del orificio anal. Elisa frotaba la cabeza, los brazos y las piernas en la superficie de la cama diciendo: Vicky, tus dedos son como de seda ¡qué delicia! La joven interrumpió bruscamente el devaneo de Elisa ordenándole ¡quédese quieta, le voy a meter todo el dedo! Y de un golpe se lo sumió completito moviéndolo con fuerza en todas direcciones, luego se lo sacó y le metió dos dedos juntos, siguió frotando, luego tres dedos, Elisa paraba cada vez más las nalgas, estaba totalmente fuera de sí, gemía y daba voces nada discretas. Entonces, sin dejar de estimularle el recto, Vicky le buscó el clítoris y se lo frotó con la otra mano hasta provocarle un orgasmo tan explosivo que el líquido vaginal le escurría por todas partes. Elisa se retorcía con la boca abierta, jadeando descontroladamente, como si se ahogara, luego se quedó muy quieta, como dormida, pronunciando palabras incoherentes y vagas.

Vicky abrió la bolsa de Elisa diciendo: voy a tomar el importe de la inyección, usted no tiene temperatura. Al no recibir respuesta cogió varios billetes y se retiró. Elisa estaba tumbada con las piernas bien abiertas, la entrepierna y los glúteos empapados, moviendo las nalgas, jadeando y balbuceando ¡vienes mañana, me inyectas, me coges...querida Vicky!

Lector empedernido -

Es verdad, había olvidado ese relato. pero se ve que no fue suficiente.
Vamos, Anónimo! No te resistas que pensaré que tienes miedo de que pinchen el culete!

Anónimo -

Platiquen lo que piensan o qué les parecen los últimos relatos, de Ruth para acá. Si ustedes no escriben yo tampoco lo voy a hacer ¿cómo ven?

Anónimo -

Lector empedernido, te agradezco que me indiques tus puntos de calentura pero ya traté lo que me pides. Te recomendaría ver el relato titulado “Inesperada experiencia”. Sin embargo, tal vez en el próximo, te contaré algo más sobre inyecciones recibidas en mi propio culo. Por lo pronto voy a seguir el hilo que llevo.

¿Éxito o frustración?

La infidelidad es algo feo y peligroso, pero reprimirse también lo es. Pretender un buen equilibrio de estas dos situaciones exige ser muy tolerante y aceptar que navegamos en aguas de “toma y daca”. Cada quien sabe las que debe y no puede exigir al consorte que cumpla lo que uno viola. La solución es saber ganar y saber perder, pero sobre todo gozar y hacer gozar, enamorarse y enamorar, ser conquistado y conquistar, a la misma persona, reiteradamente, cada día. Cumplido esto, las breves escalas que efectuemos en islas ajenas podrían no ser tan graves, lo cual no implica que la parte afectada deje de pasarnos un día la cuenta, hay que aceptarlo. Elizabeth me ama como yo la amo, no hay mujer a quien desee tanto, pero los caprichosos enclaves del apetito sexual me han llevado a disfrutar de algunas otras damas, y no puedo condenar que lo mismo haya ocurrido alguna vez con ella.

En un momento de gran romance, de esos en los que ya no sabemos cómo halagar al otro, Elizabeth me confesó un día que había salido con otro hombre para compararnos, y que el resultado me fue muy favorable, que se convenció de lo mucho que me amaba. Surgió enseguida el personal sentimiento de culpa, cruzaron por mi mente las placenteras jornadas que por entonces yo tenía tanto con Ruth como con Martha, y sin mayor averiguación, minimizando los alcances de la expresión “salí con él”, me olvidé del comentario y opté por amar más a Elizabeth, disfrutarla y hacerla gozar sexualmente.

Pero quiso el destino que algunos años después yo tuviera referencias del hombre de quien ella me habló, el cual vino a saber de mí por un amigo de ambos, a quien le platicó que los dos “habíamos andado” con la misma chica. Aprovechando que el amigo común casi no sabe nada de mí, recibí su comentario diciéndole: ¡Ah si¡ por la época a la que tu amigo se refiere, ya se de qué chica pudiera tratarse, muy bonita ella por cierto. Y un día le saqué toda la sopa. Uriel (ese es el nombre del amigo suyo) ya le había platicado en detalle el encuentro que tuvo con mi mujer.

Uriel le contó que Elizabeth era una muchacha veracruzana muy guapa, de cuerpo sensual: busto mediano, cinturita estrecha, caderas y muslos vastos, nalgas redondas erguidas y amplias, de esas que al verlas te hipnotizan. Por las referencias comprobé que sí hablaba de mi esposa. Uriel continuó diciendo a su amigo: mentalmente yo la desnudaba, la poseía, supe que tenía novio y la ví con él varias veces, pero busqué la forma de relacionarme con ella. Un día me enteré que a veces acudía a que la inyectara Beatriz una amiga mía empleada de la farmacia cercana a su casa, de manera que estuve aguardando y presionando hasta que por fin se me presentó la gran oportunidad de espiarla. Mi amiga me llamó un día diciéndome: hoy inyecté a la veracruzana y va a venir mañana por su segundo piquete, si quieres contemplarla vente. Llegué a la hora convenida y Bety me indicó trepar a un estante que me permitía mirar por una rendija que daba al interior de la pequeña habitación trasera.

A los pocos minutos oí su voz y la vi entrar en el cuartito diciendo: “…y luego vamos a ir a la playa donde estaremos cinco días” en tanto se alzó despreocupadamente la pequeña faldita negra, se bajó la panty blanca hasta las piernas, también en absoluta confianza, y se acostó sobre el diván sin dejar de referir a Bety lo que pensaba hacer. Yo observaba embobado esos muslos redondos, firmes, y sobre todo esas nalgas que me impresionaron por su tropical belleza: eran amplias, erguidas, glamorosas, muy blancas, dignas representantes del carnaval jarocho. Bety preparaba la jeringa sin dejar de platicar y de reír con ella, luego se acercó, le frotó el glúteo derecho donde clavó de golpe la aguja, Elizabeth no emitió queja alguna, ante la pregunta ¿te duele? Contestó: no Bety, sólo me arde un poquito pero es soportable, y siguió platicando sus planes emocionada. La roja y brillante sustancia le entraba lentamente produciendo un casi imperceptible estremecimiento de la nalga. Yo veía la jeringa bien clavada en aquel soberbio culo, el émbolo que se precipitaba hasta el fondo haciendo entrar sin piedad la molesta sustancia en el cuerpo de la bellísima veracruzana, quien alzó de pronto la cabeza, movió con inquietud la pierna derecha y emitió una moderada queja: ¡Uuuhh, me arde mucho amiga! Pero la inoculación del líquido, felizmente para ella, ya había terminado, Bety le extrajo la aguja y le aplicó el algodón, yo estaba retorciéndome de excitación.

Después de la inyección, sin dejar de platicar, Elizabeth se levantó, se vistió lentamente y caminaron hasta el mostrador de la farmacia donde siguieron comentando, yo me fui detrás de ellas y salí, luego entré fingiendo llegar al negocio en ese momento. Bety me la presentó y en las siguientes semanas disfruté dos veces más el momento en que mi amiga la inyectaba, además la estuve tratando pacientemente, obsequiándola, ganándome su confianza y afecto, hasta que un día la invité a salir conmigo, primero no quería pero terminó aceptando. Fuimos a tomar café dos veces, en otra ocasión la llevé al cine y ¡por fin! aceptó acompañarme a una fiesta, donde cenamos, bailamos y tomamos algunas copas. Ella no dejaba de mentarme a su novio pero el agradable momento que estábamos pasando, el alcohol y mi eficiente labor de convencimiento, la fueron ablandando hasta que, ya camino a su casa, aceptó que fuéramos a un hotel.

Nos desnudamos, le acaricié voluptuosamente todo el cuerpo, mis manos recorrieron centímetro a centímetro esas deliciosas curvas que tanto la agracian. Llegamos al momento culminante, traté de ponerla de perrito para copular disfrutando visualmente sus extraordinarias nalgas, ella en principio aceptó pero al sentir la punta de mi tiesa verga, como que reaccionó y dándose la vuelta para asumir una posición de “sesenta y nueve”, me acercó su conchita a los labios y me empezó a acariciar tanto el pene como los testículos. Entendiendo que ella quería prolongar el juego erótico, le mamé con fruición el clítoris mientras ella ¡me masturbaba! Entonces le dije: ¡no, espera!, traté de detenerla pero no pude sobreponerme a tan deliciosa inercia. Sintiendo sus finos dedos que tallaban con extraordinaria suavidad mi excitadísima picha, teniendo a la vista esas nalgas frondosas, esculturales, que se erguían por encima de mi cabeza, y lamiendo con desesperación sus suaves labios vaginales, exploté lanzando al aire varias descargas de ardiente semen que cayeron en mis propias piernas.

Elizabeth se levantó, entró al baño, luego salió se vistió y me preguntó: ¿gozaste cariño? Pues sí mucho, le dije, pero no he tenido aún el goce supremo de penetrar tu deliciosa intimidad. Elizabeth respondió: ya será, no comas ansias, quiero que lo hagamos en otro sitio, me encantan los lugares tranquilos apartados, me resultan muy románticos. Acepté en principio sus términos, pero con el frustrante resultado de que no volví a verla. Cambió de domicilio, después supe que se casó y se fue a vivir a otro país.

Estimado Uriel, ahora que conozco en detalle el incompleto romance que llegaste a tener con mi mujer, siempre que copulo en pose de perrito con ella, te recuerdo afectuosamente. Observando las deliciosas nalgas de Elizabeth, que consumando la penetración de mi erecto falo, van y vienen, se estremecen y tiemblan, escuchando su agitada respiración, su incesante jadeo, asido a sus amplias caderas, acariciando sus elásticos glúteos, inevitablemente te recuerdo diciendo: esto es lo que tú no llegaste a tener Uriel, lo que ella finalmente no te dejó hacer ¡qué pena!

Anónimo -

La razón por la cual no me interesa contar nada acerca de inyecciones en mis propias nalgas es la mala experiencia que tuve al respecto y que les comparto a continuación.

Juego sucio y peligroso

¿Recuerdan cuando a petición de Elisa piqué a la ardiente Alma con aguja chata? Pues yo pensé que debido al postrer sacrificio de la autora intelectual del atentado (cuando ella misma se recetó y me hizo aplicarle también un piquete chato) había quedado satisfecha su hermana. ¡Sorpresa que me llevé luego!

Un día me invitó Elisa a pasar el fin de semana en la casa de campo de su familia. Acudí gustoso en busca de tranquilidad pero al llegar nos recibió Alma que, como saben, es muy inquieta. Los tres estuvimos platicando durante la cena, luego caminamos por el jardín, regresamos a la cocina para tomar café y terminamos viendo una película de Tinto Bras.

En eso Alma, aparentemente en broma, dijo a su hermana: ahora que estamos solos ¿por qué no agarramos a tu amigo y nos vengamos de los piquetes chatos que nos propinó a las dos en la cola? Me parece bien, contestó Elisa, él sabe que nosotras sufrimos el duro castigo y, como caballero que es, lo menos que puede hacer es sufrir la misma pena. Desde el principio me di cuenta que no bromeaban y que querían solazarse a mis costillas. Les pedí que depusieran su malévolo plan diciéndoles: ¿por qué perder el tiempo en eso teniendo todo a nuestro favor para disfrutar los tres de una suculenta y descomunal velada? Elisa, la supuesta puritana, preguntó de inmediato: ¿a qué tipo de disfrute te refieres? y Alma, de un estilo más liberal que su hermana, sin disimular sus fogosas intenciones le dijo: no te hagas, quiere divertirse con nosotras y yo estoy de acuerdo, a eso vinimos (Elisa la miró con ojos agresivos) pero la experiencia le va a costar, así que primero nos afloja el culo.

Concretamente ¿cuál es tu plan? le pregunté. Alma me explicó muy bien: se trata de que juguemos a ser dos competentes enfermeras las cuales tratan a un paciente delicado y le aplican los remedios que requiere. Danos eso a cambio de los dos piquetes con aguja chata que nos debes. Para hacerla repelar, envalentonado contesté. Les devuelvo a las dos lo que les debo, pero no me prestaré a que me utilicen como su juguete. De acuerdo, insistió ¿es tu última palabra? como la oíste, querida Alma. Pasé al baño y mirándome en el espejo me dije: espero que no duela tanto…luego me tranquilicé pensando: si ellas lo resistieron ¿por qué yo no? y salí dispuesto a que me inyectaran en esa forma para demostrarles que no me asustaban.

Las dos estaban sonrientes, Elisa llevaba las jeringas, Alma las ampolletas, entramos en la recámara y me ordenaron desnudarme el culo. Esperé a que Elisa preparara todo, pero cuando se disponía a cortar la punta de la aguja me entraron los nervios, así que evitando ver aquello, me descubrí las nalgas y me acosté sobre la cama. Alma me dijo: a ver si eres tan valiente como piensas. No respondí nada. Sentí los suaves dedos de Elisa que me desinfectaron cuidadosamente el glúteo izquierdo, me relajé lo más que pude.

Estaba concentrado pensando en el campo, los árboles, en los peces multicolores que zigzagueaban en las aguas del hermoso lago, cuando de pronto sentí una pavorosa estocada, una especie de rayo fulminante, un espeluznante schock en todas las fibras nerviosas de mi cuerpo. Mi cerebro golpeó el cráneo, fue como un golpe de knock out, sentí desvanecerme, grité a todo pulmón: ¡Aaaayyyy, no por favor, me descuartizas! Y sin pensar me contraje adoptando la posición fetal, lo cual me produjo un dolor aún más intenso. Elisa gritó: ¡No hagas eso, quédate quieto! No modifiqué mi postura, tenía la aguja sesgada perforando el glúteo en dos o más direcciones, me atormentaba cualquier movimiento, las lágrimas brotaron de mis ojos como chisguete. Elisa pidió a su hermana: corre por el agua oxigenada, tenemos que pararle la hemorragia. Me puso un enorme trozo de algodón, pero al tocarme el sitio yo gritaba desesperado pues sentía que me rasgaban la carne. Me aplicó el agua en chorro, intentó mover la jeringa pero ésta se desprendió dejándome toda la aguja enterrada, la sangre me escurría en gruesos hilos. Elisa pataleaba de impotencia. Gritó: ¡mira lo que hicimos hermana necesitamos llamar a un médico! Eso fue lo último que oí. Vi que Alma salía corriendo del cuarto y me desvanecí.

Cuando desperté oí varias voces, un médico como de cuarenta años ordenaba a su ayudante, una joven enfermera, que preparara dos ampolletas más. Yo estaba nalgas arriba con una almohada debajo del cuerpo, me estaban aplicando una serie de inyecciones con aguja corta, en varias partes del glúteo, intuí que se trataba de anestesia. Permanecí callado, me tapaba la cara, no quería que me vieran. No se con precisión cuántas veces me picaron pero fueron muchas. El doctor se sentó pacientemente sin decir nada, luego, acercándose me picó la nalga y me preguntó ¿sientes algo? Sí, ligeramente, le dije. Esperó como diez minutos más, volvió a levantarse, me punzó nuevamente con una aguja preguntando ¿sientes algo? No, ya nada, fue mi respuesta. Siguió preguntando mientras me picaba cada vez con mayor fuerza la nalga, pero ésta se encontraba insensible.

Estuvo trabajando con el bisturí, creo que se le dificultó bastante la extracción pues la aguja vino a quedar en horizontal. A pesar de la anestesia yo sentía dolor, pero traté de no externarlo pues el suceso por sí mismo me causaba bastante pena. Finalmente el doctor me insertó con fuerza unas pinzas haciéndome gritar desesperado, pero extrajo con ellas la aguja chata. Estuvo inspeccionándola cuidadosamente y, viendo fijamente a las dos hermanas les preguntó muy serio: ¿por qué utilizaron esta aguja totalmente despuntada? Ellas se miraron entre sí, evitaron ver al doctor y permanecieron calladas. Después de darme seis puntos de sutura, el doctor me inyectó los dos glúteos, extendió la receta, determinó los cuidados que debía recibir en los siguientes días, y seguido por Alma se retiró. La venganza de mis amigas estaba consumada pero indudablemente se les pasó la mano. En mi oportunidad yo corté tan sólo la parte más aguda de la aguja para inyectarlas, pero ellas retiraron la punta completa.

Elisa permaneció a mi lado muy apenada, no sabía qué decirme, me estuvo cuidando con esmero, me hacía la curación prescrita cada seis horas y me inyectaba cada ocho horas en la misma nalga, la derecha, pues la izquierda estaba inutilizada. Cada vez era más angustiosa la aplicación. Una vez me inyectó durante la noche, yo dormía de lado descansando invariablemente sobre el glúteo derecho pues el otro estaba demasiado lastimado. Me pidió ponerme boca abajo, me bajó la trusa y desde que me frotó la nalga con el algodón sentí una fuerte punzada. Al clavarme la aguja el dolor se volvió terrible, grité y lloré como nunca lo hice de niño cuando me inyectaban, la sustancia me producía un terrible escozor como si por dentro me estuvieran quemando. Al terminar, Elisa se arrodilló en el suelo apoyando la cabeza y los brazos en mi espalda y rompió a llorar encima de mí con la misma amargura que yo lo hacía. Me gritaba ¡perdóname, por favor perdóname, me siento muy apenada! Estuvimos así un buen rato hasta que poco a poco los dos nos fuimos calmando.

A partir de ese momento nos sentimos más tranquilos. El deplorable estado en que se encontraban mis pobres nalgas nos llevó a decidir que las últimas cinco inyecciones me las aplicara una enfermera en los muslos, de manera alternada. Ese fue el final de una “travesura” que a Elisa, Alma y a mí nos hizo pensar muy seriamente acerca de los límites que debe tener el juego erótico, por estimulante que este sea. En aras de satisfacer el morbo y dejarnos llevar por la calentura, había ocurrido algo grave y estábamos exhibiendo nuestra inmadurez.

Don Miguel -

Pero, qué despistado! Me refería, en todo caso, al primer relato de esta sección: Nalgadas de personas más jóvenes a personas mayores. Ya son casi 3 años de cuando compartí ese recuerdo y vaya que se había andado algo en el transcurso. Saludos, gente linda.
Don Miguel (thebestspanker@yahoo.com)

Don Miguel -

Vaya! Y pensar que escribí ese relato, basado en un caso de la vida real que me tocó pasar. No pensé que iba a inspirar tantos otros en este género. En todo caso, me agrada saber que haya tantas personas que disfruten de este tipo de fetiche. Saludos gente linda,
Don Miguel

Anónimo -

Piquetes y más piquetes

Fue la tercera dosis de 800 000 unidades de bencilpenicilina procaínica. La segunda se la puse el día anterior recordando a la chica del libro, mientras que la primera se la suministró el doctor que le extendió la receta. Elizabeth tenía puesto un vestido estampado en tono canela claro que se le adhería sensualmente al cuerpo. Se levantó la falda y bajó la pantimedia dejando a la vista una breve pantaletita color guinda oscuro. Me dijo: es incómodo llevar vestido y medias cuando te inyectan pero contigo no hay ningún problema ¿Lo has tenido antes? pregunté. Sí, precisamente con el doctor que me inyectó el otro día. Yo le dije que me pondría la ampolleta más tarde pero él insistió que era urgente, preparó la jeringa, casi me empujó hasta el diván donde se sentó indicándome que me acostara sobre sus piernas. Y lo peor es que me desconcerté y le obedecí como autómata. Entonces me alzó el vestido, me bajó la pantimedia y la pantaleta hasta las piernas y me clavó el termómetro en el recto. Reaccioné y le dije: ¡sólo me iba a inyectar, no me ponga eso! Pero ya era tarde, estaba imposibilitada de actuar teniendo el termómetro bien metido en la cola. Sólo me lo extrajo después de haberme inyectado, luego me empezó a manosear la vagina, yo grité lo más fuerte que pude y sólo así me soltó, se puso de pie y se fue a sentar al escritorio, de manera que cuando entró la enfermera él estaba escribiendo muy serio pero sin dejar de mirar lujuriosamente los apuros que yo tenía para vestirme. A la enfermera le comentó: ¡no pasa nada, es que a esta señorita le impresionan las inyecciones, se pone muy nerviosa! Por prudencia no dije más, sólo terminé de arreglarme y salí corriendo.

Cuando terminó de narrarme lo sucedido, Elizabeth se encontraba ya acostada sobre la cama con el culito totalmente descubierto, lista para ser inyectada. Permanecía como el día anterior absolutamente relajada a pesar de ver cómo iba yo colocando sobre el buró la envoltura de la jeringa, la ampolleta vacía y el frasco del alcohol. Palpé el delicioso glúteo derecho, le apliqué alcohol, clavé la aguja y jalé el émbolo para comprobar que no había picado un vaso sanguíneo. Mi sorpresa y apuración fueron grandes al percatarme que la jeringa se llenaba de sangre. La extraje rápidamente y le dije: perdón mi vida tengo que picarte de nuevo. ¿Por qué? me preguntó intrigada. Al explicarle el problema vio los tres mililitros de la cristalina sustancia y los dos mililitros de sangre que empezaban a diluirse y sin escandalizarse me dijo: no creo que pase nada si me inyectas mi propia sangre. Le empecé a desinfectar el glúteo contrario pero ella me pidió resueltamente: no, mejor pónmela del mismo lado donde la tomaste, así que clavé de nuevo la aguja en el glúteo derecho, ligeramente arriba y hacia afuera, con respecto al piquete anterior, jalé nuevamente el émbolo pero éste no se movió, así que lo empujé lentamente hasta que la penicilina y la sangre desaparecieron dentro del glúteo.

Me senté en la cama y, mientras le masajeaba el puntito del piquete, le pregunté: ¿te dolió? Pero ella totalmente apacible respondió: no, casi nada. Entonces le comenté: eres la primera mujer que conozco a quien las inyecciones no le duelen ni le impresionan. Elizabeth sonrió y me dijo: y tú eres el primer hombre que me inyecta sin acosarme sexualmente. No se por qué a los hombres en general les calientan tanto las inyecciones. Se levantó lentamente, se vistió en mi presencia, me dio un beso en la boca, tomó los materiales sobrantes y salió de la habitación.

Al día siguiente, cuando le iba a aplicar la cuarta inyección, me enteré que había llegado su hermanita de Veracruz para pasar unos días con ella, pero también estaba enferma y había que inyectarla. Rocío es una deliciosa niña de 12 años que lleva en su cuerpo y en su ánimo la alegría, la gracia y la belleza del carnaval. Siempre parece contenta, platicadora, bailadora. Tiene unos muslos y unas nalgas frondosas que enloquecen, por las cuales le han pedido participar como bastonera en desfiles y fiestas de la región. Cuando me vio me abrazó cariñosamente, luego me dijo: dice Eli que me vas a inyectar ¿no me va a doler? No Chio, para nada, le dije y, como la cosa era urgente pasamos a la recámara. Ella, sin ningún complejo ni pena se levantó la faldita, se bajó la panty y se acostó en presencia de su hermana ¡Qué delicia de culito! Lo tiene abundante, muy bien formado y, desde luego, firme y lozano, mi pene inició la cuesta arriba. Con todo ya listo me aproximé, le tallé el sitio seleccionado y clavé la aguja. Rocío emitió tan solo un leve ¡AAyy, me duele! Que se fue desvaneciendo lentamente, la ví que apretaba la almohada y hundía su cabeza en ella. Cuando le extraje la aguja volteó a verme y me regaló una tenue sonrisa, tenía los ojos ligeramente vidriados. ¿Te dolió? Le dije, pero ella afirmó que no, se levantó resueltamente, se vistió y me dijo: tú inyectas muy bien, me dolió más con la enfermera que me puso las otras. Enseguida inyecté a Elizabeth quien se bajó el pantalón negro y la mini-panty del mismo color ¡qué sensual se le veían! Pero esta vez, debido a que su hermanita la estaba mirando, sólo se descubrió la mitad de las nalgas. Recibió tranquilamente el pinchazo, al final me confesó que la sustancia le había ardido demasiado pero no varió su semblante, miraba a Rocío con rostro tierno, sonriente y relajado.

Al otro día Rocío llevaba puesto un short blanco bien entallado y una blusita marinera también blanca con líneas horizontales azules. Tal vez por el ejemplo que el día anterior le dio su hermana, su actitud fue muy serena ¡Qué belleza de jovencita! el respingado culito totalmente descubierto estaba enmarcado por el faldón de la blusa enrollado en la cintura y el elástico del short estirado al máximo para alcanzar todo el perímetro de la sensual y extensa cadera. Al recibir el piquete la niña apretó la mano de su hermana que estaba sentada a su lado en la cama, emitió una leve queja: ¡aayy, aayy! y terminó su actuación con una sonrisa encantadora. A su vez, Elizabeth se preparó para la última inyección subiendo la breve faldita verde, de manera que pude apreciar sus nalgas y sus piernas completas ¡son extraordinariamente desinhibidas esas veracruzanas! Se acostó, Rocío le terminó de bajar la panty hasta los muslos y la inyecté. Ella volvió a decirme que la sustancia le ardió demasiado pero mientras se la inoculaba no dejó de platicar y de bromear con su hermana.

Al otro día Rocío me abrió la puerta con la toalla enrollada en el cuerpo, se acababa de bañar y Elizabeth lo estaba haciendo en ese momento. No quiso esperar, me dijo: de una vez inyéctame. Estuvo mirando como preparaba la jeringa y sin ninguna inhibición se retiró la toalla para acostarse completamente desnuda sobre la cama ¡se veía encantadora, mi pene se puso bien tieso! Hundió su cabeza en el cuenco de los brazos y se estremeció cuando le clavé la aguja pero no emitió queja alguna. Mientras le entraba el líquido sus nalguitas temblaban menudamente. Cuando le extraje la jeringa se puso de pie fue hacia mí y me dio un beso diciendo ¡ya acabé, ya fueron las cinco, gracias! Luego se percató que estaba desnuda y se cubrió rápidamente con la toalla, yo salí del cuarto pensando ¡qué escultura y candidez de niña!

Lo que ya les conté no fue todo, ese mismo día llegó Marisa, otra hermana de Elizabeth que tiene un gran parecido con ella y curiosamente requería ser inyectada, así que tomándome la sugerente palabra aceptó y me pidió que yo lo hiciera. Entramos los dos en la habitación, ella llevaba puesta una falda gris que no se pudo subir por estar muy pegada, así que me dijo: voltéate, voy a quitármela. Yo miré hacia la pared pero luego hice trampa y la vi cómo se sacó la falda, se bajó la pantaleta y se acostó cubriendo sus piernas con la falda. Un tercer modelo de culo análogo al de sus hermanas: extenso, carnoso bien formado ¡esas veracruzanas son increíbles! Marisa es sensual y coqueta, le encanta ser admirada pero no va más allá de ese límite. Hizo mucho escándalo: pataleó, manoteó, gritó, me suplicó que no la lastimara, pero se dejó inyectar muy bien y relajó suficientemente el culo.

Al otro día pasé a su casa para ponerle la inyección que le faltaba y me recibió con una minifalda negra, sin medias y una playerita blanca. Nuevamente se descubrió completo el culo y tuvo una actuación aún más consagrada que el día anterior. Cada vez que la iba a picar tensaba el culo y me pedía ¡no, espera, un poquito, espera! Yo la esperé el tiempo que quiso pues me estaba dando un festín visual con esas deliciosas nalgas que alternadamente se encogían y se distendían produciendo sensuales bachitos y haciendo gala de su firme elasticidad. Finalmente se dejó inyectar, recuerdo que me dijo: ¡bueno, pícame ya! y poniéndose las manos en los oídos, no dijo más, pero sus atractivos cachetes temblaron al ser horadados y pataleó muy finito en tanto le inoculaba la sustancia.

Han pasado ya varios años y puedo afirmar que Elizabeth es una mujer todavía muy bella, con un cuerpo tan erótico que no puedo inyectarla sin quedar empapado, pero tan aparentemente insensible en esa materia, que me produce una explosión de morbo y de lujuria. No obstante, en la actitud de Elizabeth hay un factor profundamente discordante: no parece sentir nada con las inyecciones, pero en muchos momentos y circunstancias se ha prestado a que la inyecten otros hombres: médicos, vecinos y hasta parientes políticos. Creo que ella de alguna manera lo disfruta además de saber que con eso me encela y concentra mi interés en ella. Yo se lo permito porque se que no va más allá de dejarse admirar las nalgas, lo cual me calienta sobremanera.

Lector empedernido -

Vamos!, anímense a contar sus experiencias! Seguramente a todos les deben haber pinchado la cola, y a muchos más de una vez. Acá la continuación del tratamiento:


He sobrevivido al primer día de tratamiento. He sobrevivido pero a duras penas. Luego de ir al super, he ido a la oficina y he tenido que tener cuidado al sentarme porque ni imaginan lo que me duele el cachete pinchado anoche.

Estuve todo el santo día con la cabeza en el pinchazo de esta noche y he tenido que hacer varias cosas más de una vez porque estoy muy distraído.

Cuando llegué a casa, acomodé un poco, puse a cocinar las lentejas, aunque no me gustan mucho son buenas en hierro. Ya veré cómo las bajo. Mientras buscaba alguna receta para prepararlas sonó el timbre. Llegó la hora de volver a poner la colita a disposición de esa encantadora señora que me la pincha.

Siempre la misma historia. Sonríen como si todo estuviera fenomenal y a uno están por hacerlo sufrir como a un condenado. Entiendo que ellas están acostumbradas, ponen montones de inyecciones por día y ya es rutinario: preparar el medicamento, culo al aire, pinchazo, saludo y hasta mañana. Pero deberían ponerse un poco más en los zapatos del pobre paciente para quien esto no es pura rutina. Son mis nalgas las que se exhiben, reciben el piquete, se llenan de un espeso y espantoso líquido y quedan doloridas por horas y hasta días. Un poco de compasión no estaría nada mal.

Mientras pienso todo esto ella ya está preparando la maldita jeringa. Yo no puedo evitar mirar todo el proceso anticipando lo que vendrá. Cuando termina me mira y dice:
- ¿Todavía no estás listo?
(No, no estoy listo! No quiero que me pinchen la cola! Duele! No me gusta! Tengo miedo!). Pero en lugar de decir todo eso, mansamente me acuesto y me bajo el pantalón y los canzoncillos.
- A ver cómo está la de anoche- dice apretándome el lugar del pinchazo y haciendo que vea las estrellas- Está bien, un poquito duro pero es normal, este medicamento tarda en absorberse, por eso duele tanto.
Y mientras me pasaba el alcohol por la otra nalga agregaba: - Pero es excelente, vas a ver cómo te sientes mejor después de esto.
Y sin decir agua va, me palmeó y ya tenía la aguja otra vez clavada. Nuevamente apreté el glúteo, creo que nunca me acostumbraré a esto.
- Vamos, flojito. Con lo bien que te portaste ayer......
¡Qué ganas de insultarla! Digan que soy un caballero, pero que no se exceda porque todo tiene un límite. Sin embargo, debo reconocer que ella es muy paciente. No comenzó a inocular el líquido hasta que no vio que el músculo se iba relajando. De todos modos fue un sufrimiento atroz. El medicamento quema, duele, no se cómo describir la sensación. Y encima es muchiiiiiiiiiiisimo. ¡Ánimo que sólo faltan 8!

Cuando termina, retira la aguja y me da dos palmaditas en la parte más baja del cachete, cuidando de no tocarme el lugar del pinchazo, para indicarme que ya está.
- No te preocupes, quedate así descansando un ratito que yo se dónde está la salida.... Nos vemos mañana.

Desgraciadamente nos vemos mañana y mi culete tendrá su tercer encuentro cercano.....

Fer -

Espero que esta espontánea cadena de relatos no se corte y continúe, realmente hay piezas muy buenas.
Os felicito a todas y todos.
Saludos
Fer

lector empedernido -

Soberbio! Anónimo, ni se te ocurra dejar de escribir. Lo que sí me gustaría es leer alguna vez lo que sientes cuando te aplican inyecciones en la cola a tí. No puede ser que solo disfrutes con el dolor y la exposición de otros. Relátanos cómo imaginas el momento, el temor, vergüenza, dolor... en fin, lo que te suceda a tí. si lo que deben ponerte es una serie de intramusculares dolorosas,mejor; todos te haremos cariñitos virtuales luego de de los pinchazos.

Anónimo -

Gloria, la joven de la escalera.

Después de comentarles lo ocurrido con Eulogia me quedé desubicado pues interrumpí la serie iniciada acerca de Elizabeth. Estuve como pasmado y resolví descansar unos días antes de emprender algún otro relato. Pero al regresar hoy por la tarde a mi oficina me topé con un grupo de muchachas entre las cuales acaparó mi atención la que llevaba puesta una blusa negra y un pantalón blanco muy pegado que delataba unas nalgas sumamente sensuales. Tomó la escalera eléctrica y fui a quedar justo detrás de ella. De nombre Gloria, tenía el trasero relativamente angosto pero muy firme y erguido. La grieta entre los glúteos se comía la tela del pantalón y la pequeña panty se le dibujaba tan exquisitamente que me quedé fascinado.

Tuve el deseo de celebrar un encuentro erótico con tan escultural sirena, pero no soy un Don Juan, así que me limité a asignarle un fantástico rol en el tinglado de mis personales imaginaciones. La hice llegar a su casa por la noche muy cansada y entrar en su cuarto donde le espera el marido preocupado porque ella no ha querido aplicarse las inyecciones que el médico insistentemente le ha recetado. Le pregunta ¿hoy sí lo hiciste querida? No, responde ella, ya sabes que los piquetes me acobardan sobremanera.

Le dice él: entonces…perdóname mi vida, la abraza y la tumba sobre la cama. Salen del vestidor las dos cuñadas, una le desabrocha el ajustado pantalón blanco, la otra intenta bajárselo, el marido forcejea con ella y la acuesta nalgas arriba sobre sus piernas, las cuñadas le descubren violentamente el atractivo trasero, ella patalea, grita, insulta: ¿qué es esto? No se vale ¡suéltame cabrón, no tienes derecho a desnudarme públicamente! Un joven paramédico entra en la habitación con la hipodérmica lista. Al ver la aguja Gloria se agita aún más y suplica ¡no, no me inyectes, eso duele mucho! ya le dije al doctor que me recete pastillas.

Sus captores terminan de someterla con fuerza. Debido al forcejeo, el pantalón y la panty se le retuercen enrollados en las piernas a la altura de las rodillas, mientras las nalgas y los muslos derrochan firmeza, se menean compactos y se contorsionan por el esfuerzo de la desesperada joven. La firmeza de la piel y el vigor de los recios músculos delinean pequeños bachitos muy sensuales en los flancos exteriores de las nalgas. En el rostro del paramédico se advierte la candente curiosidad que aquella singular escena le produce.

La lucha de la joven es infructuosa, sigue gritando pero no le permiten moverse, el esfuerzo y la contrariedad le pigmentan el rostro de rojo y la hacen llorar amargamente de dolor y de impotencia. A pesar de que sus nalgas siguen tensas el paramédico se acerca, posa los dedos de la mano izquierda sobre el glúteo, demarca la zona que va a embestir y la pincha con fuerza haciendo que Gloria emita un agudo grito, zarandee lo más que puede el violentado glúteo y llorando apele la benevolencia de su esposo: ¡me están lastimando amor, me duele mucho!

La densa y verde sustancia entra resueltamente en el glúteo haciéndolo estremecerse por el intenso ardor que le produce. Gloria aprieta fuertemente los puños, cierra los ojos, se pone aún más roja y grita desquiciada: ¡AAyy pinche paramédico, me estás quemando el culo! Mientras las nalgas le tiemblan se desvanece momentáneamente. El muchacho termina de inocularle la sustancia, en tanto una de las cuñadas le acerca a la nariz la botella destapada del alcohol, Gloria hace pucheros y empieza a recuperarse. Las cuñadas y el paramédico abandonan sigilosamente la habitación.

Gloria permanece rendida sobre las piernas de su marido quien le acaricia los glúteos y la anima: amor, ya pasó todo, perdóname fue por tu bien. Ella se queda muy quieta, sólo menea sensualmente el culo y responde: te comprendo, pero no me pareció que me exhibieras desnuda frente a tus hermanas y, menos con ese paramédico de la farmacia a quien detesto pues es un libidinoso; tú no sabes cómo me mira el culo siempre que me ve en la calle. Él le responde: ¡claro que lo se, por eso le pedí que te inyectara! ¿cómo decirte? Estoy enamorado de ti y me gusta presumir tus preciosas nalguitas, me calienta saber que otros las desean. Le planta varios besos en cada glúteo, ella se estremece y sigue moviendo las nalgas eróticamente. Continúa él: pero dime mi vida ¿te vas a dejar aplicar las otras cuatro inyecciones que te faltan?

Ella se queda seria por unos instantes, luego responde conciliadoramente: amor, no vayas a enojarte, tú dices que disfrutas saber que otros desean mi culo. Pues caliéntate un chingo porque un paramédico del hospital que está cerca de mi trabajo me miraba con tanto morbo las nalgas que sentí curiosidad y decidí acudir con él para que me inyectara. Lo hizo con mano tan suave que fui tres veces más y hubiera querido que él me aplicara la quinta. El marido muy serio le busca las huellas de los anteriores piquetes y efectivamente comprueba su existencia: ¡uno, dos, tres, cuatro! Y le encuentra además un tremendo chupetón en el remolinito anal. Ella se levanta sigilosamente, le acerca coquetamente las nalgas al pene diciéndole: Cógeme, mi vida, no sabes cómo te deseo. Él se queda mirándola inexpresivamente.

Anónimo -

Para ti, querida Martha, donde te encuentres

Aunque ya había oído hablar de ella, la conocí en un relevante acontecimiento familiar: un tío muy querido de ambos estaba siendo homenajeado. ¡Cómo recuerdo esos momentos! Ella estaba en la fila de adelante, vestía un traje formal de color claro. El pantalón delgado y ajustado le traslucía una pequeña panty que no cubría ni la mitad de las nalgas, dejándolas tan desamparadas que se les podría inyectar sin mover de su sitio la prenda. Por unos instantes me ocupé en desnudar a la prima imaginariamente. Terminada la ceremonia vino el acostumbrado parloteo, me la presentaron, ella me trató de manera cariñosa, con ese estilo españolado que entrevera risas, besos, bromas, cumplidos y caricias, hablando siempre en voz bastante elevada. Era alta, de cabello corto rubio, ojos claros, guapísima, bien formada. En lo civil era madre de dos hijos ya separados de ella. A mayor información, era divorciada.

Poco después me habló por teléfono al trabajo, situación que me causó una gran sorpresa pero que ella me aclaró suficientemente: tenía amistad con un compañero mío que le proporcionó el número. Nos vimos un par de veces para comer, luego me invitó a conocer lo que llamaba “mi cuevita” un pequeñísimo departamento en el que vivía sola. No se cuántas veces estuve ahí antes de que ocurriera lo que les voy a contar, pero sí estoy seguro de que fueron muy pocas. Mi relación con Martha fue extraordinariamente explosiva y fugaz: “como una ola” tal cual.

Llegué a las 7 de la noche, recuerdo que mi prima vestía un conjunto que combinaba colores azul marino y rojo, se veía muy atractiva, le comenté que parecía un soldadito de plomo. Preparó bocadillos, me sirvió vino tinto y estuvimos platicando sabrosamente, al grado que dieron las 11 de la noche y teníamos cuerda para rato. Con su incuestionable simpatía Martha hilaba los temas de conversación espléndidamente. Estábamos sentados en un estrecho “love seat” sobre el cual modificábamos frecuentemente la postura para no entumecernos. Me dijo: quítate la corbata para que descanses y ella misma me la retiró cariñosamente. También me ofreció quitarme los zapatos, prestándome en consecuencia unas chanclas de baño bastante amplias que me ajustaron bien. Hecho esto me preguntó: ¿estás de acuerdo en que yo me ponga cómoda? Manifiesta mi absoluta aprobación, fue a la recámara y regresó ataviada con un camisón blanco que apenas le cubría la tercera parte de los muslos y que sentada con la soltura que me dispensaba, prácticamente me permitía observarle todo. En ese momento me percaté que algo bueno se aproximaba, pero me conduje con precaución.

Seguimos platicando, ella se revelaba cada vez más cariñosa y se me acercaba melosamente. Al calor del vino me animé a decirle que en particular sus labios eran singularmente bellos. Como respuesta, Martha me los aproximó dándome un beso corto y sonado en la boca, luego otro, luego muchos otros similares en cadena, como jugando, me decía que yo le gustaba. Aún así me contuve y seguí la conversación. Recuerdo que miré el reloj y le comenté: son ya las 12:20. Entonces exclamó: ¡qué bárbara, se me pasó la hora de la inyección! El corazón me latió muy fuerte y le pregunté ¿tienes que inyectarte? Sí, contestó, debí hacerlo a las 9 y se me va a juntar con la otra pues es cada 8 horas, me estoy curando una especie de alergia ¿te molesta si me la aplico ahora? No, para nada, al contrario ¿quieres que te lleve a un hospital o algo así? No, yo me inyecto sola, esa es otra de mis gracias. Le manifesté mi sorpresa y me contestó: hay quienes no se atreven a hacerlo, les da mucho miedo, pero a mí me resulta fácil ¿te gustaría verme? Le contesté: si tú no tienes inconveniente, pues sí, me gustaría verte.

Entramos a la recámara, me pidió sentarme en la cama, ella abrió su closet y tomó de ahí lo necesario. Me parecía un sueño ver a tan atractiva dama, que unos días antes ni siquiera conocía, compartiendo ese momento de gran intimidad conmigo. Lista la jeringa me entregó el algodón diciendo: tú vas a ser mi asistente de alcohol. Se tiró sobre la cama, se alzó el camisón y me pidió que le bajara la panty. Metí mis dedos por encima del resorte y al tacto de sus suaves y tibias nalguitas la deslicé hasta medio culo. Martha me corrigió: bájala toda, pues de otra manera no me ubico bien para encontrar el sitio correcto. Jalé más y pude admirarle completas las blanquísimas y apetitosas nalgas que me pusieron en completa erección ¡qué increíble momento estaba viviendo!

A partir de sus indicaciones le desinfecté el glúteo derecho, ella permaneció acostada en tanto el alcohol se evaporaba, luego llevó el brazo por detrás de sí y girando el cuello lo más posible seleccionó el sitio a pura vista y se punzó magistralmente el culo. Utilizando el dedo índice jaló y luego empujó lentamente el émbolo, la transparente sustancia entraba con suavidad en la mullida nalga que se estremecía eróticamente, mientras la singular enfermera-paciente expresaba un ligerísimo gemido, con los labios sutilmente despegados y los ojos semi cerrados. Extrajo la aguja y me di a la placentera labor de masajearle el puntito de la horadación. Mi deliciosa primita permaneció un rato tendida sin decir nada, asiendo con la mano derecha el picudo instrumento con que se había beneficiado y torturado. La felicité por su depurada técnica de auto-inyección y le dije: mereces muchos besitos, me incliné y le besé una y otra vez las inquietas nalguitas. Dio media vuelta, se sentó y me dijo: ponte aquí a mi lado para que estés cómodo. Quedamos los dos sentados con la espalda apoyada en la cabecera de la cama, me bajó el cierre del pantalón, cogió el pene y volteó para ver mi reacción. Le acerqué los labios e iniciamos una sesión de ardientes y prolongados besos.

Recordarte a ti preciosa Martha es evocar el instante preciso en que tiernamente me preguntaste: ¿quieres que sea tuya? Tan sólo intercambiamos miradas y señales explosivas que desataron la descomunal erupción volcánica. Te inclinaste y me mamaste ansiosamente el pene, luego te besé con avidez teniéndote encima de mí, acaricié tus nalgas, el clítoris y los suaves labios vaginales. Desesperada, me urgiste que te penetrara, te tumbaste de espalda, abriste las piernas, trascendí con mi pene tu incomparable nirvana vaginal. Jamás olvidaré la deliciosa fricción en suavidad, calidez y humedad, que nos produjo una descomunal hecatombe, en la que nuestros jugos fluyeron sin control alguno y se fundieron en un todo. Quedamos rendidos, jadeando, suspirando, abrazándonos con desesperación.

La postrera frase que tú me regalaste aquella noche acostados y entrelazados los dos en tu cama, la conservo y la evoco recurrentemente. Fue una dulce y estimulante reiteración: ¡qué rico, qué rico, qué rico!

lector empedernido -

Querido Anónimo: Me quedé pensando en que no es justo que te pida que te quedes con la cola al aire para que te la pinchen delante de todos nosotros. Creo que hay que dar el ejemplo, por eso va una historia vivida en carne propia. UFF, sólo de recordarlo me duele....


Primer Día
Fui a ver al médico de mi familia porque últimamente no me he sentido del todo bien. El Dr. González ha sido el médico de mi madre y mis tías desde que yo recuerdo. Él es a quien se consulta por cualquier problemita médico que haya en la familia. Es un tipo bastante grande, muy amable y tranquilo que me conoce desde que era pequeño.
Cuando le cuento de mi malestar me hace un montón de preguntas sobre mi estilo de vida, cuántas horas trabajo, si me alimento bien, cómo duermo, si hago actividad física. Fallo en la mayoría de las respuestas; evidentemente mi vida necesita un poco de orden.
Luego de examinarme concienzudamente, me hace una orden para un montón de análisis. Diciéndome que cuando los tenga vuelva a verlo, me despide mandándome saludos para mi madre.
A la mañana siguiente, me levanto temprano y salgo sin desayunar con la excusa de que tengo que ir a sacarme sangre. Pero en realidad, no soy demasiado ordenado y la mayoría de los días no desayuno. A veces tampoco almuerzo, la paso todo el día tomando café y cuando llego a la noche a casa estoy tan cansado que no tengo ganas de cocinar ni comer, así que en general como cualquier pavada y a dormir.
Supongo que este ritmo de vida está teniendo sus consecuencias. Veremos qué dice la analítica.
Varios días después, cuando casi me había olvidado de todo esto, recibo una llamada de mi madre recordándome que esa tarde estarían los resultados de mis análisis y que no olvidara pasar por ellos. Ella se encargaría de pedir hora al Dr. González para que viera los resultados.

Cuando llegué al consultorio casi no tuve que esperar, ni bien me senté en la sala de espera salió del consultorio una señora y ya era mi turno.

Me senté y le entregué al médico los estudios. Los leyó atentamente y me dijo:
- Tal como suponía, lo que tienes es una anemia importante. Vamos a hacer dos cosas. Primero, conversar sobre tus hábitos.
Y ahí empezó una reprimenda que duró casi 15 minutos acerca de la importancia de alimentarse adecuadamente, dormir bien, hacer actividad física......
- La segunda cosa, como solía decir tu abuela es “Lo que no entra por la boca......”.
Me acordé inmediatamente del dicho que le había escuchado a mi abuela tantas veces de niño y que nunca había terminado de comprender.
- Te voy a recetar unas (antes de que terminara la frase, todos mis temores se hicieron realidad. Ya sabía lo que seguía) inyecciones de vitaminas.
Mi cara debe haber sido bastante expresiva porque se rió y siguió.
- Me conoces hace muchos años y sabes que no soy afecto a recetar inyectables a menos que sean estrictamente necesarios.
Era totalmente cierto. Casi no recuerdo que durante mi infancia me haya hecho aplicar inyecciones, aún cuando mi madre le pedía permanentemente que me diera vitaminas e incluso, como no me gustaba tomar remedios, le pedía que me diera los antibióticos en inyección. Ël siempre había cuidado mi trasero de los deseos de mi madre de hacérmelo pinchar.
- Vamos a hacer una serie de 10, repetimos los análisis de sangre y luego veremos cómo seguimos. Pero te advierto que a menos que no empieces a alimentarte correctamente, sobre todo consumiendo lo que te he puesto en la lista, te pasarás la vida bajándote los pantalones para el pinchazo. Tu anemia es severa, y no puedes seguir de este modo. El tratamiento es así: las inyecciones son intramusculares, es decir, se ponen en la nalga (me lo aclaraba como si fuera idiota, no se si creía que no entendía o disfrutaba a medida que mi rostro se iba transfigurando). La aplicación debe hacerse profunda y lenta ya que el líquido es bastante espeso. Te advierto que duelen, pero ni sueñes con no aplicártelas porque de lo contrario tu condición empeorará y el tratamiento deberá ser cada vez más agresivo. Te pondrás una cada día, por lo menos por ahora, cambiando de nalga. No vayas a una botica, consigue a alguien de confianza que vaya a tu casa y te la aplique acostado boca abajo y tomándose todo el tiempo necesario. Nos vemos luego de esta primera etapa de tratamiento.

Dios mío! Era claro que esto seguiría por más de 10 días. Me tendió la mano y le agradecí tartamudeando. Salí del consultorio en silencio con la receta en la mano, resignado a poner la cola para que me la pinchen no una ni dos, sino diez veces; y probablemente más. No conozco a nadie que aplique inyectables en el barrio así que no me queda más remedio (qué buena frase dadas las circunstancias!) que decirle a mi madre lo que ha dicho el doctor y pedirle el teléfono de alguna enfermera conocida. Seguramente tendría que soportar otra reprimenda, que siempre te lo digo, que no comes como es debido, que desde niño digo que hay que inyectarte vitaminas, que por fin el Dr. González reconoce que tengo razón....... Eso si además no quiere venir a acompañarme cuando venga la enfermera.
Mientras camino hacia mi casa, voy imaginando la escena. Timbre, enfermera vieja sonriendo en la puerta como si no pasara nada. Desde luego, a ella no le pasa nada, al que le pasará es a mi culo. Le indico dónde está el dormitorio. Le doy la caja de medicamentos y vuelve a torturarme con que debería alimentarme mejor para evitar esto y con lo dolorosas que son. Veo todo el proceso de preparación, la mezcla del polvo con el aceite, la gota que sale de la enorme aguja para sacar todo el aire......

- Bueno, a ver esa cola......

Me acuesto tembloroso boca abajo mientras me bajo la ropa. Ya con el culo al aire siento cómo se hunde la cama cuando ella se sienta en el borde al lado mío. Me pasa el alcohol por el glúteo derecho, instintivamente lo aprieto, me da una palmada seca y sonora mientras dice: “aflojá que así no se puede”. Intento relajar el músculo pero me cuesta controlar el miedo que siento. Me da otra nalgada y ZAZ, la aguja hasta el fondo. Tengo ganas de gritar pero me muerdo la lengua. No es tanto lo que ha dolido el pinchazo, pero la impresión es horrible. Hacía tanto que no me daban una inyección intramuscular que no recordaba que la aguja se sintiera así. La escucho decir: “Ahora sí aflojá bien que va el líquido y duele”. Empieza a apretar y casi no puedo aguantarme de pegar un grito. Aprieto fuertemente la almohada tratando de mantener flojita la cola, pero me cuesta. El maldito medicamento sigue entrando sin prisa pero sin pausa provocándome un dolor casi insoportable. Me acuerdo del médico y de todas las mujeres de su familia. Al rato, que me parece eterno, por fin siento que la aguja sale de mi carne. Pero casi no hay alivio, el glúteo me sigue doliendo y seguirá así por bastante tiempo. Lo terrible es que cuando empiece a sentirme mejor, me lo volverán a pinchar y como está sensible, será peor. Además, ahora que se lo que me espera, no se si podré relajarme debidamente.

Para cuando llego a mi casa, estoy aterrorizado. Debo admitir que se me cruzó la idea de no llamar a una enfermera, no ir a comprar las ampollas y no darme nada las inyecciones, pero también recordé la amenaza del médico de que sería aún peor.
Tomé coraje y llamé a mi mamá para pedirle el teléfono de la enfermera. Luego de 10 minutos en los que en lugar de darme ánimos me dijo que me lo tenía merecido, obtuve el número de una cerca de casa. La llamé y le expliqué en qué consistía el tratamiento. Quedamos que vendría cerca de las 7 de la noche, pero lo que me dijo me llenó de temor (si cabía más): “Iré al anochecer así luego puedes quedarte descansando en tu casa”.

Lamentablemente, salvo que la enfermera no era una vieja, sino una agradable señora de cuarenta y pico, todo lo demás fue tal y como lo imaginé.

Recién me ha puesto la primera inyección, pero ya he reconsiderado mi estilo de vida. Esta mañana, medio cojeando por el dolor en el glúteo, he ido al super: ya compré espinacas, lentejas, hígado y un suplemento dietario de hierro. Si logro sobrevivir a esta serie de 10 pinchazos, no quiero recibir ni uno más.




Anonima -

Felicidades por el relato, a mi en lo personal las nalgadas y las inyecciones me excitan demasiado y despues de haber leido el relato, ardo.

claudio necol -

Estaba corto de fondos y debia aplicar inyecciones a ancianas. En una ocasion me dirigi a la casa de doña Sara, cuyo marido estaba duchandose. Hice que se recostara en la cama, le pedi que se levantara la pollera y se bajara la bombacha y en vez de inyectarla, la penetré con toda la fuerza, recordandole que si se quejaba, haria saber a todos que su hijo estaba detenido por estafas. Soportó mi bombeo sin chistar, pero las lagrimas salian de sus ojos. Yo se las lamia mientras eyaculaba en su ano. Su marido no se dio cuenta.
En otras oportunidades, mientras el marido caminaba al lado del caballo, hice que Sara se subiera al caballo adelante mio, y yo le introducia mi pene en su ano. El andar del caballo tenia un efecto mastrubatorio y yo terminaba por eyacular en el ano de Sara, mientras el marido miraba el paisaje.

Carlónimo -

La sensualísima Silvia

Vivir mi erotismo al lado de Simón es una experiencia deliciosa a más de extenuante. A veces he llegado a desear una terapéutica variante casual, de la que tuve ocasión al saber que mi amado estaría dos semanas fuera de la ciudad. Primero me sentí muy mal considerando que lo extrañaría demasiado, luego me entraron celos de pensar que él tendría que acudir a otras manos para continuar su tratamiento a base de inyecciones, pero finalmente me tranquilicé cavilando que yo tendría que hacer lo propio y que probar otras manos me haría tal vez más llevadera la inevitable penuria de los pinchazos.

Aquella mañana nos despedimos sintiendo un grueso nudo en la garganta y nos recomendamos: “por favor, mi vida, no dejes de inyectarte” Yo le había comentado que para esos efectos podía acudir a una tía muy querida, mientras él me hizo saber que buscaría en cualquier farmacia cercana que se las aplicaran. Pero las evidencias comprueban que ninguno cumplió lo prometido sino que buscamos otras instancias para desatar nuestro implacable erotismo. Por azares del destino, me vine a enterar que Simón había tomado el avión junto con Edith, una guapa compañera suya de mucha confianza, y que ya estaban de acuerdo en que ella le “haría el favor” de inyectarlo en mi ausencia. Así que yo, animada por ese turbio precedente, llamé a Marcos, un amigo de la adolescencia que no pensó gran cosa para invitarme y llevarme a una bella exposición de pintura. Estando en el consabido brindis, le comenté que no podía ingerir alcohol pues debía inyectarme y le pedí que por favor me llevara a una clínica, pero como era de esperar él me ofreció aplicármela en su casa, lo cual acepté gustosa.

Soy una mujer muy atractiva de complexión mediana, ojos grandes aceitunados, cabello negro ensortijado, tez blanca, labios sensuales, nalgas llenas respingadas, temperamento ardiente, con un acentuado morbo por las inyecciones. Marcos, quien es guapo, atento y tan ardiente como yo, no precipitó las cosas, puso música suave, con toda calma me mostró su departamento, luego sirvió el café e indujo una deliciosa conversación acerca de la belleza corporal. Así pasamos no menos de dos horas que disfruté muchísimo y me apartaron de pensar en lo que pasaba con Simón en otro lugar, donde Edith preparaba cuidadosamente la jeringa y él permanecía tendido en la cama con el calzón del pijama y la trusa replegados hasta las piernas…anhelante…delirante. Yo se que a él lo tensa muchísimo ese singular momento pero también lo calienta, así que sus piernas vibraban y sus varoniles glúteos no dejaban de estremecerse, hasta que recibieron por fin el violentó piquete. La espesa sustancia le hizo gritar y terminó de erizarle el pene. Edith se percató del súbito calentamiento de su paciente y actuó en consecuencia.

Ignorando esa para mí desagradable circunstancia, accedí pasar a la confortable recámara de Marcos donde me aparté de cualquier mojigatería y me comporté con toda liberalidad. Alcé la pequeña faldita mostrándole mi sensualísima panty color vino, tan raboncita que permitía apreciar mis atrayentes glúteos casi completos, con excepción de las breves zonas rectal y vaginal. Me deslicé decididamente la prenda hasta las piernas y me tendí lentamente sobre la cama, primero de costado con las rodillas algo flexionadas tratando de arreglar la falda para que no se arrugara, luego con los glúteos arriba, bien erguidos, meneándolos coquetamente para lograr la posición que me resultara más cómoda.

Marcos no podía creer lo que veía pues nunca imaginó que al término de nuestra primera entrevista lograría la anhelada intimidad. Yo lo conocía muy bien, me resultaba atractivo, estaba molesta con Simón y, por ende, no descarté ningún tipo de desenlace para mi singular entrevista. Marcos revisó cuidadosamente mis nalgas percatándose que tenían múltiples marquitas de inyecciones y me dijo que éstas habían sido aplicadas en sitios inadecuados. Enseguida me palpó el lugar elegido, sentí las suaves yemas de sus dedos reconociendo mi glúteo izquierdo y, sin dar tiempo para que me tensara, clavó la aguja con tal maestría que apenas percibí la gélida ráfaga que traspasó mi fogosa carne sin causarme dolor alguno. La sustancia sí me causó molestia pero eso sirvió de pretexto para que deleitara a mi asistente gimiendo y quejándome con toda la sensualidad de que soy capaz.

Cuando Edith le extrajo la aguja a Simón, este permanecía muy tenso, con las nalgas engarrotadas musitando que la inyección le había resultado sumamente dolorosa, así que ella se sentó a su lado y le estuvo acariciando el trasero tanto como quiso y como el propio paciente, mediante la emisión de lastimeras voces, le indujo a hacerlo. Cuando Simón se incorporó de espaldas ella lo abrazó y le cogió el erecto pene. Los dos se trenzaron, se tumbaron en la cama y rodaron desesperadamente.

Yo tampoco me limité para suspirar y jadear cuando Marcos se inclinó y empezó a besar mis dolientes nalgas hasta hacerlas temblar de placer y de ganas. Primero empiné el culo como ofreciéndoselo, luego acerqué mi vulva a sus delirantes belfos que la besaron, la lamieron, la penetraron lingualmente. Yo permanecía empinada, con la boca abierta, los ojos cerrados, los puños apretados, deseando que Marcos consumara lo que ya había iniciado.

El tieso miembro de Simón pasó entre las piernas de Edith, punteó con el grueso glande la empapada y peluda vagina y se introdujo en ella haciendo que la ardiente receptora gritara con todas sus fuerzas, en un arrebato de lujuria que la llevó a cruzar las piernas por la espalda de su amante e inducir con ellas una mayor velocidad a las de por sí violentas arremetidas que él le daba, hasta que los dos gritaron como dementes, se mordieron los labios, las mejillas, el pelo y se quedaron por fin muy quietos.

Yo le rogué a Marcos que me penetrara pues me encontraba al borde del orgasmo. Me tiré de espalda, abrí las piernas y recibí una bestial estocada: amplia, profunda, cálida, perfectamente colocada. Empecé a sacudirme, a jadear, a suspirar, a revolverme, apreté a mi amante con todas mis fuerzas, le grité que me cogiera, que me traspasara, que me lastimara con su descomunal verga. El no perdió la compostura pero sus embestidas eran cada vez más violentas, sus huevos me propinaban verdaderos latigazos en las nalgas, hasta que irrumpimos una sin igual andanada de choques pélvicos, gritos irracionales y chillidos dislocantes, que enmarcaron el copioso intercambio de secreciones.

Después de aquellos sucesos vino la explicable calma, la reflexión, el reconocimiento de lo que habíamos hecho. Tirados en la cama, tras habernos inyectado mutuamente, Simón y yo nos acariciábamos y nos besábamos con renovado ardor. Cada uno reconoció en su interior que la infidelidad no fue más que una simple aventura, de la que no estaba…ni confundido, ni arrepentido.

Anna -

¡Magnífico! Carlónimo este nuevo relato "Andrés" me ha gustado mucho, creo que indudablemente he disfrutado más la aplicación del supositorio de manos de Daniel que si hubiese sido por parte de Andrés, ya que Daniel se ha delietado con el "proceso" y me ha hecho disfrutarlo, además de que me ha gustado la posición que ha elegido para la aplicación.

Ojala que no se termine pronto el tratamiento, te agradezco que me incluyas en tus relatos y tus palabras, además de que me pareces un excelente escritor, muy creativo y como persona me pareces fascinante. Por otro lado les he ido tomando cariño a ti y a Simón y comparto tu deseo de que Simón nos deleite con otra vez con una "muestra de su virtuosa pluma"

Simón -

A las 18.30 no aguanté más y me fui a casa. He dejado cosas sin terminar y seguramente me valdrá quedarme hasta tarde mañana. Seguí sus instrucciones a rajatabla: me encontraría dispuesto a recibir el tratamiento. Me desnudé, me dí una ducha y me tendí boca abajo en la cama, desnudo como estaba, a esperar la llegada de la “doctora”. Conforme pasaba el tiempo me iba poniendo más ansioso, hasta que finalmente, a las 19.30 en punto, escuché la puerta de calle. Entró en la habitación de manera informal y cuando vio el panorama rápidamente cambió de postura y tono de voz. Creo que con la actitud de total entrega de mis nalgas logré sorprenderla.
“Ah, bien! No esperaba verlo “tan” dispuesto”.
“Perdón, Dra. Si la posición no es correcta, por favor…” me cortó en seco.
“No, González, está muy bien. Ya que está en esa posición empecemos por las intramusculares y luego seguiremos con el resto del examen” (las?, más de una?, qué resto del examen?).
Comencé a ponerme algo más nervioso pero sentí dos nalgadas y ella diciendo “Así me gusta, bien flojito así duele menos” Terminó de preparar las jeringas y se acercó a mí por detrás. “Vamos a empezar con la vitamina de siempre; luego le pondré un tratamiento de reconstitución celular que traje especialmente para Ud. de Suiza. Es un aceite puro altamente destilado extraído del fruto de un arbusto que crece en los Alpes. Ya verá que bien le hace” Lo de aceite puro me intranquilizó; nada aceitoso penetrando en mis nalgas sería agradable. Pero ahí estaba, entregado a ella. No llevaba registro de que hubiera quedado ninguna ampolla de las vitaminas, pero rápidamente me di cuenta que así era cuando reconocí el familiar dolor. Lo toleré relativamente bien y cuando sentí felicidad porque se había terminado caí en la cuenta de que lo que venía podía ser peor. Ella me masajeaba el cachete inyectado cuando decidí preguntar si la nueva medicación me dolería. “Bueno, Ud. es el primer paciente al que yo personalmente se la aplico pero no voy a mentirle; el laboratorio que la fabrica advierte que la inyección duele bastante. Haremos la experiencia. Ud. ya sabe lo que tiene que hacer: aflojar la cola y quedarse quietito”. Imaginen si iba a poder aflojar la cola luego de aquella declaración. Antes de que pudiera reaccionar sentí como la aguja penetraba en mi glúteo milímetro a milímetro, la muy sádica me la estaba haciendo entrar lentamente. “Bueno, vamos a empezar la penetración del líquido. Lento… Despacito…… flojito… Flojito…“ Mejor no les cuento lo que dolió el bendito aceitito de los Alpes Suizos, que encima me debe haber salido carísimo!. Cuando terminó sacó la aguja tan lenta y dolorosamente como la había introducido. Yo estaba transpirando y respiraba agitado pero ni se imaginan la calentura que tenía.
“Sr. González, descanse un ratito, repóngase, mientras voy a buscar lo necesario para el resto del examen” permanecí quieto porque todo movimiento era una tortura en mis nalgas.
Cuando volvió intenté darme vuelta pero me lo impidió. “He visto en sus registros que nunca le han hecho un examen prostático. A su edad es importante porque el cáncer de próstata es muy habitual y hay que prevenir”. Casi me muero. Pensaba hurgar en mi culo! Hacía un tiempo que habíamos comenzado a disfrutar de las delicias del sexo anal, pero siempre soy yo el que la penetra a ella y de más está decir lo delicado que soy al respecto. Pero ahora me encontraba en el otro extremo. No quería decirle que no porque cuando yo quise hacerlo ella no me lo negó a pesar del temor que le producía, pero al mismo tiempo la perspectiva me parecía horrorosa.
“Separe un poco las piernas, por favor” mientras se calzaba un par de guantes de látex. “Antes del examen debo asegurarme de que la zona esté adecuadamente limpia para lo que le administraré un pequeño enema” Si no hubiera estado acostado me hubiera caído de la sorpresa, pero tomé coraje y decidí entregarme completamente a sus deseos. Sabía que no me haría daño ni sobrepasaría los límites de lo que fuera capaz de soportar. Sentí un dedo húmedo en la entrada lubricándome, penetró un poco e instintivamente contraje el esfínter.
“No, no, no. Afloje la cola. Relájese” Y al tiempo que sonriendo me acarició la cara dijo “le puedo asegurar que no le va a disgustar” El gesto de familiaridad fue el guiño que faltaba para que deseara más que nada en el mundo que hiciera conmigo lo que quisiera.
Sentí como comenzaba a entrar la cánula, lenta y profundamente. Enseguida empezó a entrar líquido, estaba tibio y no fue tan desagradable como esperaba… hasta que comencé a sentir ganas de evacuarlo. Cuando el líquido terminó de entrar ella sacó la cánula y me dijo “diez minutitos adentro serán suficientes. Apriete bien las nalgas para que el líquido no salga” El problema era que apretar la cola me producía dolor, no olviden que las tenía bien pinchadas y realmente me costó un gran esfuerzo. Ella se sentó sobre mis piernas y comenzó un lento masaje de espalda. Terrible! Doble tortura porque el masaje me relajaba pero no podía relajarme porque no podía dejar salir el líquido. Cuando creí que ya no podría aguantar y haría un soberano desastre en nuestra cama, Silvia me dijo que me levantara lentamente que me acompañaría al baño a evacuar. Me levanté no tan lentamente porque estaba desesperado y fui caminando al baño con ella detrás sosteniéndome los cachetes apretados. Me dejó evacuar en privado, creo que eliminé hasta la primera mamadera, me bañé nuevamente y volví al cuarto. Dios mío! La encontré desnuda, solamente con guantes de látex, esperándome. Me abalancé a abrazarla, ya no daba más. Pero ella me separó con firmeza “Aún no hemos terminado el examen, Sr. González. Tiéndase en la misma posición en la que estaba, por favor.” Se arrodilló a mi izquierda en la cama, apoyó la mano izquierda sobre la parte baja de mi espalda, casi rozando el nacimiento de las nalgas y apuntó el dedo mayor de la derecha directamente a mi ano. Jugó largo rato en la entrada y logró que le rogara que entrara. Comenzó a penetrarme y fue supremo. Lo indescriptible fue cuando alcanzó la próstata. Es verdad que ya venía con un grado altísimo de excitación, pero el masaje en la próstata me hizo explotar en el orgasmo más largo y copioso de mi vida.
Cuando logré reponerme y mientras ella me acariciaba tiernamente el cabello tendida al lado mío le dije “Doctora, qué efectividad sus tratamientos!. Puede pincharme todo lo que desee y la recomendaré a todo el mundo. No, mejor no. Creo que es mejor que practique mucho conmigo”

Simón -

Perdón, estoy con los nombres...... Quise decir Carlónimo

Simón -

Querida Anna:
Me alegra mucho que te hayan gustado los relatos. Pero debo solicitar que no estés "ausente unos días" porque la retroalimentación se extraña y como ya has visto, además, inspira.
Ese encuentro con la cretividad de Silvia me ha motivado a otro, cuyo relato estoy elaborando; denme algo de tiempo porque tengo que encontrar la forma más adecuada para transmitir tanto placer.
Manténganse en contacto.
Anónimo,ahora que ya sabes la opción de Anna, por favor, no nos hagas esperar demasiado.

Simón -

A las 19.30 en punto sonó el timbre de la puerta. La recibí dándole la mano
“Qué tal, Sra. Gómez? Buenas tardes”
Me miró divertida. Estaba en el impecable guardapolvo que ya había utilizado pero debajo estaba completamente desnudo.
También ella me estrechó la mano, ansiosa.
“Por favor, pase al consultorio” y la conduje hasta el comedor. Cuando miró dentro se le iluminó la cara. Había sacado las sillas y colocando una sábana blanquísima sobre la mesa la transformé en una improvisada camilla. Me excitaba el cambio de escenario, salir del dormitorio le daría a la historia más verosimilitud.
“Querida, por favor, quítese toda la ropa y siéntese en la camilla”
“¿Toda la ropa, doctor?”
“Sí, le haré un examen completo. Así que tarde o temprano deberá sacarse todo. Ganemos tiempo que aún debo ver otros pacientes” Le dije severamente.
“Sí, doctor”. Tímidamente comenzó a desvestirse bajo mi atenta supervisión. Se sentó en el borde de la mesa, algo encogida como tratando de esconder su intimidad.
“Comencemos por ver cómo andan esos pulmones que tanto trabajo nos han dado últimamente” y comencé a auscultarla evitando explícitamente rozar sus pechos. Me daba cuenta que ella esperaba ese contacto por lo que la notaba algo fastidiada. Pero yo les tenía reservada otra atención.
Cuando consideré que era suficiente dejé el estetoscopio en la mesa auxiliar que había preparado con todo lo que usaría en aquella consulta y le indiqué que se tendiera de espaldas en la camilla.
“Haremos el examen de mamas, Sra. Gomez. Cierre los ojos y relájese.” Comencé a palpar con la yema de los dedos delicadamente de a uno los pechos de mi amada. Progresivamente fui haciendo más intenso el contacto hasta transformarlo en un masaje profundo pero a la vez suave pues no quiero lastimarla. Cada tanto interrumpía el amasado para rozar suavemente los pezones, tomarlos entre los dedos índice y pulgar y estirarlos cuidadosamente. En varias oportunidades Silvia no pudo evitar arquear la cintura acompañando las caricias.
Súbitamente detuve el masaje diciendo “Por aquí todo en orden. Pero al contacto parece Ud. algo afiebrada. Vamos a controlar su temperatura. Por favor, cola arriba” Silenciosamente obedeció la orden, la escuché suspirar. Separé sus nalguitas y coloqué en profundidad el termómetro debidamente lubricado.
“Ay, doctor. El termómetro me duele un poco”
“No debería. Seguramente deben estar algo inflamadas las hemorroides. ¿Ha hecho algún desarreglo en las comidas?”
“No, doctor. Le aseguro que no”
“Bien, ya nos ocuparemos de eso”. Mientras esperaba que el termómetro hiciera el registro le palmeaba suavemente las nalgas.
“Ajá. Efectivamente tiene fiebre. Ya veremos que la produce. Por el momento atenderemos la inflamación de su recto. Para eso le recetaré unos supositorios y una crema para la zona externa. Pondremos el primero ahora, así va calmando la molestia. Por favor, sepárese los cachetes”
Con ambas manos separó todo lo que pudo las nalgas. Maravillosa la vista!. No estaba tomando yo su culito, ella me lo entregaba ardiente. Abrí, muy lentamente para perpetuar la espectáculo y aumentar su deseo, el envoltorio del supositorio de glicerina y lo enfilé a la entrada. Se estremeció con el primer contacto; le indiqué respirar hondo y comencé la introducción, también lenta. Acompañé todo el trayecto con mi dedo mayor y lo dejé dentro señalándole que debía asegurarme de que comenzara a actuar. Noté que cuando percibió que mi dedo empezaba a salir apretó los músculos rectales para evitarlo. Sonreí al notar su necesidad pero decidí que sería mejor que el placer llegara despacio.
“Bien, acuéstese nuevamente boca arriba, acérquese al borde de la camilla con los talones pegados a la cola. Vamos a hacer el examen pélvico. ¿Alguna molestia ahí?”
Mientras tomaba posición respondió: “Quizá algo de irritación, Dr.”
“Veamos”, mientras emulando un examen externo toqueteaba su vulva y su clítoris. Sabía que esto la elevaría a un grado de excitación increíble. Ya jadeaba audiblemente, yo no estaba mucho menos excitado que ella pero quería ir despacio para que ambos disfrutáramos todas las sensaciones.
“Es verdad. Está muy irritada. Debemos ver qué lo provoca. Voy a colocarle el espéculo, puede molestarle un poquito porque usaré uno grande; debo ver bien adentro. Por favor, respire hondo, hooooooonnnnnnnndooooooooooo……….”mientras introducía mi miembro en su hambrienta vagina. Acompañó desesperada el movimiento. Fuimos moviéndonos al unísono hasta casi alcanzar el orgasmo. Cuando sentí que se acercaba, retiré mi pene de su interior. Se semilevantó, apoyándose en los codos y preguntó “¿Qué hace, doctor?” Le palmeé cariñosamente el flanco al tiempo que decía “Calma, todo llega. Todo a su tiempo”. Se dejó caer decepcionada. Pero de ninguna manera esto había terminado.
“Querida, ¿Dónde se ha metido? ¿con quiénes habrá estado?. Lo que Ud. tiene es una infección. Debería darle unas buenas nalgadas para que aprenda a cuidarse.”
“Por favor, doctor, no me castigue” dijo nuevamente metida en la historia, “fue un impulso, no pude evitarlo”
“Mire, me agarra en un buen día. Que no se repita porque si no la pondré sobre mis rodillas y les daré una paliza en la cola que no va a poder sentarse cómodamente por días. ¿Ha comprendido?”
“Sí, doctor, se lo prometo”
“Vamos al tratamiento. Se dará cuenta de que necesita antibióticos. Y en función de que la infección es bastante importante, deben ser administrados por vía intramuscular. Además le daré unas vitaminas para fortalecer su sistema inmune. Vuelva a colocarse boca abajo, la voy a inyectar”
Haciendo pucheros, pero volteándose según lo indicado, decía “Doctor, las últimas inyecciones que me dio eran terribles, casi no podía soportarlas”. Su fingido mohín de temor me causó gracia, pero mantuve la línea. “Querida, entiendo que las anteriores eran verdaderamente dolorosas pero fueron necesarias. Estas no son así. No voy a engañarla, no es que son indoloras pero se soportan bien. Vaya aflojándose mientras preparo las jeringas”.
En esta oportunidad utilizaría disolvente para inyectables, había escuchado que molestaba un poco pero nada que ver con lo que había tenido que ponerle con anterioridad. Además, era totalmente inocuo.
Le pasé el alcohol por el cachete izquierdo y le di dos palmaditas suaves mientras le decía “vamos con la vitamina”. Le pinché el glúteo, ella inspiró hondo esperando lo peor pero fue evidente que no hubo mucho dolor porque pudo permanecer relajada. “muy bien, querida. Lo hizo muy bien. Vamos con el antibiótico.” Tranquila por la experiencia de la primera inyección estaba relajada. En este caso le di una palmada más intensa, casi una nalgada y noté que el músculo estaba como un flan. Clavé la aguja casi sin resistencia y señalé “Le va a doler un poquito más, pero mantenga la colita floja”. Lo que le iba a poner era exactamente lo mismo pero un poco de ansiedad anticipatoria no le vendría mal a la situación.
Luego de clavar la aguja en el mullido cachete y comenzar a inocular el líquido le pregunté “¿Le duele mucho?”
“un poco, doctor. Pero Ud. es muy delicado. Continúe tranquilo” Casi cuando ya estaba terminando preguntó “¿Cuántas inyecciones deberé colocarme, doctor?”
Saqué la aguja de la blanca carne, di un pequeño masaje y le indiqué volver a ponerse en posición ginecológica pues para decidirlo quería volver a dar un vistazo para constatar la severidad de la infección. No se hizo rogar y a la velocidad del rayo estaba posicionada. Toqué la entrada de su vagina y noté que estaba empapada. De un solo movimiento volví a entrar en ella hasta el fondo y al poco de comenzar a movernos alcanzamos un enorme orgasmo. Ella estaba casi en éxtasis y las oleadas de satisfacción se sucedían interminablemente. La miré con amor; estaba absolutamente feliz de poder darle a mi mujer tanto placer.


Simón -

Queridos Anna y Carlónimo:

Debo reconocer que su estímulo obró positivamente en mi inspiración. Pero quizá sea lo que me sucedió a la mañana lo que más influyó.
Esta mañana, mientras estaba sacando algunas fotocopias a documentos en la oficina, se me acercó Edith. En voz muy baja me dijo: “Tengo que ponerme unas hormonas y hoy saldré muy tarde de aquí. Para cuando llegue a casa la farmacia ya estará cerrada y Andrés tiene guardia toda la noche. ¿Me harías el favor?” Me quedé de una pieza; avanzaba nuevamente y yo no estaba seguro de querer seguirle la corriente. Las cosas con Silvia están muy bien y no quiero embarrarla, pero tampoco me quiero perder la oportunidad de pinchar un culito. La llamé a mi oficina donde, por mi cargo gerencial, tengo un baño privado pequeño pero cómodo. La hice pasar allí y mientras yo preparaba la jeringa ella se iba bajando la ropa. Se apoyó en la pileta y yo me senté sobre la tapa del inodoro, quedando a una altura ideal. Su culo a la altura de mi cara….. Limpié una porción de nalga y antes de que le clavara la aguja la escuché decir: “Despacito, que duelen…” “No te preocupes, seré lo más delicado que pueda” Y la pinché. Esa parte no pareció molestarle demasiado pero al hacer entrar el medicamento se quejó “AY! Dios mío! Como duele…” “Tranquila, ya terminamos” Le masajeé cariñosamente la cola pinchada y ella se dio vuelta de golpe, agarrándome el bulto que ya se insinuaba. Haciendo acopio de toda mi fuerza de voluntad la separé de mí y le dije “No Edith, no está bien que le hagamos esto a Andrés, a quien sabes que aprecio”. Lo había conocido en algunas reuniones que la empresa organizaba para el personal y me parecía una buena persona (Ya se, no todo lo que reluce es oro, pero todavía me siento culpable por lo de la otra vez). Además deseaba intentar mantenerme fiel a Silvia y reservar para ella toda mi calentura. Y era mucha. Me moría de ganas de pinchar una cola o de que me la pincharan a mi. Cuando Edith salió de mi oficina, con una sonrisa tímida, mandé un mensaje de texto a Silvia: DRA. GOMEZ, NO ME ENCUENTRO BIEN. NECESITO TRATAMIENTO. A los pocos minutos recibo su respuesta: A LAS 19.30 LO QUIERO EN MI CONSULTORIO (léase, nuestro dormitorio) DISPUESTO A RECIBIRLO.
Luego les cuento. Pero no se cómo voy a aguantar la ansiedad hasta las 19.30.
¿Qué se imaginan que me tiene preparado?

Carlónimo -

Estimado Simón, discúlpame si he afectado tus sentimientos. No creo que debamos considerar está página un reflejo fiel de nuestra vida e identidad. Yo no se si en realidad te llamas Simón, si Anna es Anna. A mí el nombre me lo dio la propia Anna de quien tengo una gratísima impresión porque creo que ha entendido perfectamente el sentido de lo que aquí hacemos. Ella dice: “yo no se si es Anónimo, Carlos o Carlónimo, simplemente disfruto lo que me ofrece. Yo respeto profundamente a Silvia como novia tuya y en ese terreno no me atrevería a hablar de ella. Yo sólo me estoy refiriendo al personaje “Silvia” que tú has traído y que amablemente nos has compartido. Y yo te he dicho que no la concibo como una sufriente enfermita y es que en los relatos que nos has ofrecido ella me causa dolor pues se le ve cansada, lastimada, desubicada ¿o me equivoco? Entonces, quiero rescatar al personaje, exclusivamente al personaje como lo he visto. Si afirmé que ella se siente asfixiada es porque tú me lo has hecho sentir pues sufre y ya no puede más con el rosario de piquetes. Me gustaría que me dijeras si esta aclaración mejora las cosas, o si definitivamente he fracasado. Recibe un abrazo cordial.

Carlónimo -

Gracias Simón y espero que pronto tengamos otra muestra de tu virtuosa pluma. Un abrazo

Carlónimo -

Muy buen relato Simón, veo con agrado que aceptas el sentido de este singular intercambio, conforme al cual nada es imposible ¿Ya ves cómo sí eres capaz de disfrutar de otros culitos? En cuanto a tu pregunta prefiero no imaginar ni inducir nada y esperar la deliciosa experiencia que nos compartirás respecto a la sensualísima Silvia.

Querida Anna, llegamos a un nuevo momento de decisión. Daniel indudablemente te ama y sabe que con ninguna otra mujer alcanzará mayor placer que contigo, pues está conciente de todas tus virtudes: no sólo de tu belleza física, sino indudablemente del talento, la personalidad, y de esa forma de ser tan cariñosa y espontánea que tienes y que tanto te agracia. Pero has notado que él mantiene una fijación con respecto a las nalgas de Lulú, que se ha quedado con el antojo de que sean suyas alguna vez y eso te preocupa demasiado. Después de pensar muy bien las cosas, llegas a la conclusión de que hay una forma de liberarlo de semejante antojo y es: dejar que lo satisfaga. Pero no estás segura de poder tolerar la aventura sin sentirte burlada. Para compensar ese desequilibrio, ves la posibilidad de acceder por única vez a las pretensiones de Andrés (el marido de Lulú, quien es otro Andrés distinto del Andrés marido de Edith). Él no ha podido disimular la calentura que le provocas y, de hecho, tú también lo deseas. De manera que debes decidir si:

a) Terminas con Daniel y te olvidas tanto de él como de Andrés.
b) Estrechas la vigilancia sobre Daniel para que no tenga ocasión de ver y de calentarse con Lulú.
c) Consientes sagazmente que Daniel pueda gozar una sesión de intimidad con Lulú y simultáneamente aceptas tener una cita con Andrés.

Espero tu decisión.

Simón -

Estimado Carlónimo:
No es que quiera parecer una carmelita descalza, pero soy hombre de una sola mujer (al menos mientras estoy con ella) y por eso me golpeó tanto. Si embargo, acepto tu fantasía al respecto. Pero quizá lo más duro es leer que ella necesita buscar alivio afuera de una "relación que la asfixia"... la amo y estoy dispuesto a considerar tu análisis de las cosas si eso nos ayuda. La maestría de Marcos para lograr que Silvia explote de placer me hace pensar que las comparaciones son odiosas y no quiero pensar en que sea yo el que salga perdiendo. Lo que has escrito hoy no parece indicarlo; sin embargo, te agradezco que me cuentes en confidencia las cosas que le producen tanto placer, así podré comenzar a explorarlas. Sinceramente pensaba que nuestra relación la satisfacía pero esto enseña que nunca se debe dar nada por seguro....

Anna -

!Hombre!, que a penas me ausento unos días y me encuentro con muchas sorpresas. No se a quien dirigiele las primeras palabras, pero creo que comenzaré por orden de hechos.

Querido Simón:

El primer relato me ha gustado, ha sido una buena oportunidad la de inyectar a Esther y ha servido para tener una experiencia inolvidable con Silvia. El segundo relato ha sido extraordinario, Silvia ha tenido muy buenas ideas y se puede ver que tu lo has disfrutado, me da gusto que confies en tu novia y que le permitas "explorar" otras cosas, no todos los hombres son así, cosa que me disgusta un poco porque a las mujeres nos gusta tanto como a ustedes ese tipo de "exploración". ¿Ya ves como si tienes una pluma virtuosa? Gracias por deleitarnos con tus ideas y tus relatos y por compartir con nosotros tus experiencias.


Querido Carlónimo:

Vamos.. que ésto se está poniendo interesante. ¿Cúando se les quitará a los hombres eso de poner interés en otras mujeres, cuando a la que tienen no le sobra nada? Pero soy de la idea de dejar que el hombre viva otras expeciencias siempre y cuando no lo haga descaradamente; me siga amando, respetando y deseando; y además que yo me pueda hacer de la vista gorda, si falta alguno de estos requisitos entonces me olvido de todo. Por lo tanto elijo la opción "c".

Saludos chicos y felicidades por ser tan buenos para los relatos.

Anna -

Venga chicos! que no es para tanto! De dónde han salido tan remilgados? No olvidemos que esto es ficción y es solo para disfrutarlo, quizas podamos contar alguna historia real pero sólo el que la cuenta lo sabe y al escribirla en esta página la historia se vuelve irreal.

Vamos que yo también les conté de mi novio y luego Anónimo le quitó en sus relatos el lado interesante que le quedaba, pero solo en sus relatos, fue cuando aprendi que del que hablaba Anónimo no era mi novio en la vida real, solo era el novio de Anna en la página de "nalgadas de personas mas jóvenes...", y en los mismos yo puedo tener relaciones con cuantos chicos quiera Anónimo, pero en la realidad yo sigo con mi novio.

Recuerden chicos que esta página es solo para pasarla bien y de un tiempo para acá solo hemos escrito nosotros tres y nos hemos llevado bien, sigamos como estabamos por favor, que yo los estimo mucho a los dos.

Carlónimo -

Simón, disculpa si mi relato no fue lo que tú esperabas, la vida siempre nos da sorpresas. Lo que pasa es que trato de rescatar a Silvia a quien no concibo como una doliente enfermita que sufre desdichadamente cada vez que la inyectan sin tener muy claro en qué van a parar las cosas. La entiendo en cambio como una mujer muy sensual que sabe lo que espera y que es capaz de franquear los límites de una relación que a veces la asfixia. Tampoco creo que tú seas una hermanita de la caridad incapaz de mirar a otras mujeres con interés y expectativas de placer. Así se dieron las cosas para que ambos tuvieran una experiencia que reanimara su propia relación.

Después de aquel desliz los dos han vuelto con renovado interés uno en el otro.

Silvia dice: Cuando tengo a Simón en la cama no sólo me estimulan los besos y las caricias que me da, sino también lo que compartió con Edith. Imagino el placer que ella sintió en sus brazos y me congratulo de saber que en el ánimo de mi amado ella no pasa de ser un amor ocasional. Que conmigo disfruta las experiencias más eróticas. Al permanecer acostada sobre sus piernas, cuando desliza mi panty. Cuando acaricia mis nalgas con sin igual ardor, cuando las perfora con la recia hipodérmica. En el momento que la ardiente sustancia quema mis entrañas. Al disfrutar sus chupadas en el culo. Al sentir que tiembla de placer, que su pene está henchido de un poderoso semen destinado a poblar mi fogosa vagina. Cuando por fin me penetra empinada sobre el sofá o sobre la cama, con la falda levantada, las nalgas bien paradas. No dejo de pensar en Edith, de calentarme discurriendo el inmenso placer que recibió de quien no tiene mayor interés en ella.

Y tú ¿que nos dices de la experiencia de Silvia con Marcos?

Simón -

Carlónimo:
Quizá tengas razón en lo que dices de mi "defensa" de Daniel. Tal vez me sobreidentifiqué con él y, sin querer parecer presumido, como nunca me sucedió algo similiar me dio un poco de vértigo.
Respecto de lo de Silvia, no dudes que les mostraré los hechos como si estuvieran participando de los mismos. Nada les ocultaré pues los siento casi cómplices de mi obtención de placer. Veremos cómo le va a Silvia con el Dr. Gonzalez; cuando me reponga de las emociones que seguramente obtendré, les contaré.

Simón -

Querida Anna:

Te agradezco tus apreciaciones. Sí creo que estamos en plena armonía y no sólo en el plano sexual. Ambos hicimos, como contó Carlónimo, pruebas fuera de casa y nos volvimos a elegir. Será cuestión de aguzar el ingenio y no dejar que decaiga la pasión y nos gane el aburrimiento.
Es cuestión de estar atentos a las señales del otro. Anónimo, en su momento, me ayudó a reflexionar al respecto cuando me dijo que quizá Silvia no estaba disfrutando tanto de cómo eran las cosas (y se lo agradezco, donde esté)y creo que he ido modificando mi manera de llegar a ella según sus necesidades.
Definitivamente, sí el amor nos hace pensar en el bienestar del otro.

Simón -

Querida Anna:
Por favor, cuentame tus reflexiones acerca de mi frase final. No pensé que tuviera tanta importancia, sólo lo siento. Tu mirada del tema quizá me ayude a comprender más el alma femenina.

Carlónimo -

Simón, por la forma en que “defiendes” a Daniel, estoy seguro que te diría: “No me defiendas compadre” Yo dejaría que Anna decida. No hay que olvidar que ella estratégicamente lo dejó probar el culo de su rival. Daniel probó igual que Lulú pero no resultaron compatibles, eso es todo. Aparentemente la relación Anna Daniel si funciona. El verdadero problema es Andrés, tercero en discordia a quien Anna sigue deseando, pero estoy seguro que ella sabrá decidir hasta qué punto lo aprovecha. Por otra parte, ya deseo ver los deliciosos encantos íntimos de Silvia, espero que no tengas objeción en mostrármelos.

Anna -

"La miré con amor; estaba absolutamente feliz de poder darle a mi mujer tanto placer."

Querido Simón:

La frase me hizo pensar en el amor verdadero entre hombre y mujer y en la reciprocidad en una relación sexual.

No siempre, cuando se ama intensamente a una persona, se lleva a cabo la reciprocidad sexual y pensé en la importancia que tiene esto. Puedes amar intensamente a tu pareja y esto te lleva a querer brindarle mucho placer sexual, y también puedes amar a tu pareja y creer que le brindas el mismo placer sexual que sientes tu. O que las mismas cosas que te dan placer a ti, le dan placer a tu pareja.

Me enterneció leer a un hombre que busca su placer sexual pero que también disfruta dandole mucho placer a su mujer. Si la mujer corresponde en igual manera, entonces hay una relación en equilibrio.

Creo que mujeres como Silvia son muy afortunadas en el plano sexual y no dudo que Silvia es muy afortunada en los demás aspectos.

Simón -

Estimado Carlónimo:
Sin duda Yesenia mantiene sus habilidades para la estimulación trasera. O quizá sea más bien que superas ampliamente la capacidad descriptiva de Anónimo. En cuanto a la estimulación oral clitorideana, si bien lo oral no es lo que más gusto me da (nunca mejor usado el término gusto)ha sido un condimento; pero o no he comprendido la posición adoptada por Anna para recibir la inyección y el supositorio o Yesenia realmente es contorsionista!
Me tiene intrigado qué resolverá ahora Daniel. No es un detalle menor enterarse de ese modo cuáles son los modos en que obtiene placer tu amada. Puede ser traumático o puede servir para orientar mejor todos los acercamientos posteriores. Veremos hacia dónde se inclina pero seguramente a Anna le costará algo.

Estimada Anna. me alegro de que te haya gustado el video. No nos da para filmarnos porque lo nuestro no es el exhibicionismo pero no dudes que la escena se parece bastante.

Simón -

Carlónimo:
En el sentido que planteas nuestras intervenciones es como yo las entiendo. Desde luego que mis comentarios se ajustan al juego que proponemos y responden a lo que mis personajes pueden sentir o más bien, a lo que a mí se me ocurre que pueden sentir; sólo intento seguir alentando el intercambio, que me divierte, como si nuestros personajes fueran verdaderos.
Igual de cordial es mi abrazo.

P.D. tu dirás si deseas que continuemos o te incomoda el rumbo que ha tomado esto y amigos como siempre

Simón -

Queridos Carlónimo y Anna:
Les agradezco la gentileza de elogiar mi pluma, pero confieso que luego de leer a Carlónimo ni por asomo siento que sea virtuosa. Por otra parte, no he estado muy inspirado en este último tiempo; de hecho nos hemos avocado con Silvia a juegos más convencionales. De paso les cuento que el tratamiento de alergia se interrumpió porque no encontré mejoría alguna, así que estoy privado de los placeres intramusculares y ya me están agarrando algo de ganas de recibir algunos pinchazos de manos de Silvia o vaya a saber si de algún otro.

Simón -

Qué detalle el de no querer irritarme! te lo agradezco. Sin embargo, habría que ver si tu confusión no es porque Edith no estuviera también calmando conmigo algunas insatisfechas fantasías que no podía llevar a cabo con su pareja. De todos modos tu relato es supremo, como siempre.

Carlónimo -

Perdón a todos, ahora sí me cubrí de gloria. Yo que no quería irritar más a Simón y he puesto a su amante Edith como esposa de Andrés, en lugar de Lulú que es a quien deseaba referirme ¡Vaya ensalada! Ustedes disculparán. Querida Anna, espero que al menos tú me sigas favoreciendo con tu amable comprensión. Te digo nuevamente que me resultas una mujer por demás encantadora.

Simón -

No!......Mi solidaridad para con el pobre Daniel. Lo que le ha sucedido es verdaderamente terrible. Tampoco es justo para la pobre Anna que vuelva con ella por haber fracasado con otra; encima ella ha vivido la extraordinaria experiencia de sentirse plenamente satisfecha y ni quiero pensar el resultado de las comparaciones. Recuerda, querida Anna, que las comparaciones son odiosas y siempre alguien sale herido. Quizá estoy haciendo una defensa corporativa de hombres, pero es lo que me sale.
Coincido contigo, Carlónimo, en lo polémico de la exploración rectal; incluso relaté mis propias reservas al respecto. Sin embargo, debo decir que ha sido sorprendentemente placentero y que vamos a incluirlo en el repertorio de juegos amorosos que practicamos con Silvia.
Y a propósito de Silvia, esta mañana me ví envuelto en una súbita subida de excitación. Deseaba estar con ella y en vistas de que no era posible, al menos por el momento, decidí iniciar el jueguito e ir preparando el terreno. Jugando a ser mi propia secretaria le envié un mensaje de texto: "SRA. GOMEZ, RECUERDE QUE MAÑANA TIENE CITA CON EL DR. GONZALEZ A LAS 19.30". Mientras llega el momento voy pensando de qué manera sorprenderla y pienso en cómo va pensando ella qué sorpresas le tendré preparadas. Por lo pronto aceptó el juego porque cuando llegó a casa me dijo que menos mal que la secretaria del Dr. González le había recordado que tenía cita mañana porque casi lo había olvidado.

Simón -

Carlónimo: perdón por no hacer ningún comentario previo a tu intervención, pero lo que relataste me dejó tan shockeado que sólo podía reaccionar a eso. Pero debo reconocer que estaba esperando con ansias que aparecieras, quizá estoy comenzando a apegarme a tí.

Carlónimo -

Estimado Simón.

Tus dos relatos me dejaron buenas fijaciones. En el primero me encantó la escena de Edith apoyada en el lavabo para recibir la dolorosa inyección. Yo no he narrado ninguna aplicación con la paciente puesta de pie y confieso que me gustó. En el segundo la escena de exploración rectal es estimulante, aunque no deja de despertar polémica. Te agradezco que nos compartas tus buenas vivencias. Querida Anna, te entrego el desenlace de tu selección.

Tentaciones

No puedo decir que Daniel se embobara contemplando a Lulú pero no perdía ocasión de mirarle las nalgas. Ella seguía provocándolo. Andrés, el marido de Lulú, intuía lo que pasaba pero lejos de preocuparle lo aprovechaba para dirigirse a mí. La situación me ponía cada vez más nerviosa pero no era del todo desagradable, confieso que me gustaba. Decidí ser audaz Si Daniel sucumbía prendado del trasero de Lulú, yo me “consolaría” entregándome al guapo y atlético marido de ella, a quien tenía muy bien dispuesto. Así que fingí no darme cuenta del romance que se fraguaba.

Y en efecto fraguó. Una mañana, después de examinar y de inyectar a Lulú, Daniel no pudo resistir ya más la terrible excitación que le producían aquellas sensuales nalgas. Al extraer la aguja, escuchando los lamentos de la paciente, le besó el vacilante glúteo horadado y, como ella no le respondiera más que con un profundo suspiro, ya sin escrúpulo alguno se extasió acariciando a dos manos aquellas extensas, cálidas, tersas, mullidas, redondas y seductoras cachas. Abombando sensualmente el culo Lulú se incorporó lentamente, los dos se abrazaron y se besaron, acordando ir a un hotel esa misma noche.

Cuando Andrés me vio entrar en la clínica intuyó de inmediato lo que pasaba. No se qué me vio pero adivinó que yo le sugería entregarnos y actuó en consecuencia invitándome a la disco ya que a los dos nos encanta el baile. Sentados uno frente al otro escuchando música, degustando la copa, platicamos un rato. Luego me tomó la mano y fuimos al baile. Es un experto, nunca pensé que tuviera tanta facilidad. Es elástico, extraordinariamente rítmico, creativo, me contagió su alegría, su entusiasmo. Perdí el miedo, me olvidé de todo, de quién era yo y de quién era él, de Daniel, de Lulú, de todo… Emulando su risa, su contento, imitando sus pasos, nos entregamos a una fiesta interior y exterior que nos envolvió por varias horas, hasta que no pude más, realmente cansada le pedí sentarnos. Él siguió moviéndose, compartiéndome su risa, su alegría: la de estar ahí, la de estar conmigo, la de saber que me ama, la de saber que su compañía me fascina. Yo miraba su rostro, su amplia espalda, sus poderosos brazos, su breve cintura, sus musculosas piernas, sus varoniles nalgas… No se cómo fue, ni creo que él lo sepa, a poco nos encontrábamos en un hotel.

El voluptuoso cuerpo de Lulú se había develado completo. Aventados sobre la poltrona quedaron a la sazón: la falda, la blusa, el sostén, la brevísima panty. Con la ropa aventada en el suelo Daniel conservaba tan sólo su pequeña trusa replegada, por encima de la cual se erguía un pene bien erecto, triunfante, destinado a penetrar a la muy atractiva amante. Tumbados frente a frente, él besaba con desesperación las abultadas tetas, mamaba en turno los rojos, brillantes y erguidos pezones, acariciaba las extensas nalgas, los redondos muslos, haciendo que ella temblara, gimiera, se convulsionara, frotara con arrebato el tieso pene y las henchidas pelotas de su pareja.

Andrés recibió con beneplácito mi petición de que empezáramos con el tratamiento y me llevé una gran sorpresa cuando, después de preparar la jeringa y sin que yo se lo sugiriese, se sentó sobre la cama y me pidió que me acostara sobre sus piernas ¡qué delicia! Ni siquiera me dejó que yo me desvistiera. Fue sumamente original haciendo lo que ningún otro muchacho me había hecho. Levantó él mismo mi breve faldita y me bajó ligeramente la panty ¡ojo: dije ligeramente! Contra lo que yo esperaba, no se apresuró para desvestirme, sino que prefirió ofrecerse a sí mismo una visión paulatina de mi cuerpo ¡no saben cómo me calentó eso! Creo que la presencia de la panty cubriendo un poco más de la mitad de mis glúteos fue para el un poderoso fetiche que le hizo disfrutar aún más el momento. Y confieso que ese pequeño detalle a mí también me calentó en exceso. Ni Germán, ni Fernando, ni Daniel habían sido tan “respetuosos”.

Andrés, a pesar de tenerme ya en el hotel prefirió darme un trato mitad íntimo (al ponerme sobre sus piernas) y mitad formal (al desnudarme tan sólo lo necesario). Antes de pincharme comentó que ese momento, en la forma exacta que lo estábamos viviendo, era su más excelsa fantasía desde que me conoció. Dijo que no sabía por qué la idea de tenerme sobre sus piernas lo excitaba terriblemente. Luego, como leyendo mis pensamientos más íntimos, como si hubiera conocido perfectamente mi morbosa inclinación hacia las inyecciones, agregó: ¡espero que tengas un delicioso dolor, mi vida! Así que por primera vez los instantes anteriores al pinchazo no fueron de temor, sino de un mayor deseo. Si lo que hace gozar en buena medida es el sufrimiento de la inyección es explicable que ya quisiera sentirlo y llenarme de él. Se me hizo eterno el tiempo que tomó la frotación con el alcohol pues deseaba sentir la puntita de la hipodérmica desgarrando mi piel. Por eso grité: ¡clávala, clávala ya por favor querido Andrés! Y créanme que sentí el cruel rasgón como una suculenta caricia. Además, tanto me concentré en el piquete que pude apreciar cómo la puntita de la aguja iniciaba la brecha para que pudiera entrar el grueso tubo por el que correría la ardiente sustancia ¡Nunca antes, ni con Yesenia, se me había revelado tan pausadamente el delicioso embate de la hipodérmica!

Daniel había ascendido con gran éxito el primer escalafón de su singular encuentro pues tenía a Lulú en un estado de incontrolada lujuria al grado que, separándose de él se fue a colocar de perrito rogándole que ya la penetrara. Con el extenso culo de la joven dramáticamente empinado y entregado, Daniel se complacía y se regodeaba de haberla conquistado. Contemplaba y manoseaba aquellos elásticos glúteos fuertemente dilatados por la exigente posición en que se encontraban y disfrutaba visualmente la sensualísima raja trasera con el palpitante montículo rectal dispuesto y, poco más abajo los enrojecidos labios vaginales barnizados por la abundante secreción, prestos a engullir su tolete. A él le pareció que la penetración resultaba todavía precipitada pues no quería concluir tan rápido, pero ella no le daba alternativa pues gritaba una y otra vez con gran desesperación: ¡ya métemela, métemela, te lo ruego, métemela ya por favor! Entonces le acercó el glande y lo empujó suavemente sintiendo que entraba su pene completo sin causar a Lulú mayor cosa pues ésta seguía gritando: ¡métemela completa, toda, toda, mi vida! Pero él ya no tenía más cosa qué meterle y se concretó a darle violentos llegues que hacían chocar sus testículos contra las mullidas nalgas de la joven, la cual seguía gritando: ¡Dame más Daniel, mi vida, por favor, dame más, máaasss! Entonces Daniel pensó en mí, evocando en particular mi reducida y elástica vagina que ya había probado, perfectamente ajustadita a su pene. Se sintió por demás angustiado y el pene se le aflojó súbitamente.

Habiéndome clavado la aguja completa Andrés me dijo: quiero que percibas la entrada del ardiente líquido y que la mentalices como nunca lo has hecho. Por favor avísame cuando quieras que empuje el émbolo y lo voy a presionar por pequeños flujos para que sientas la entrada de cada uno de los chisguetes en tu deliciosa colita. Me preparé balanceando un poco el trasero y le pedí: ahora Andrés, aplícame un poquito de líquido. Entonces pude percibir cómo ingresó un breve chorrito causándome un ardor creciente ¿Lo sientes? preguntó Andrés. Yo estaba emocionada: ¡sí! Le dije, perfectamente y me arde, pero inyéctame un poco más. Y sentí una segunda aplicacioncita ¡Qué rico! Esté método me resultó aún más placentero que el de Yesenia y me prolongó deliciosamente la inyección sobre las piernas de mi encantador amante. Cuando terminó de aplicarme el medicamento yo estaba que reventaba de excitación.

Entonces vino el segundo estímulo que fue sensacional. Me separó las nalguitas y me introdujo con suavidad el supositorio, luego me indicó que me pusiera de perrito para hacerlo entrar a profundidad. Imaginé de inmediato lo que pretendía hacer y no me opuse, pero al ver el tamaño de su pene me estremecí y no pude dejar de gritar: ¡Andrés, tienes un pito gigantesco, creo que no lo voy a soportar por el recto! El me dijo muy tranquilo: no te inquietes preciosa, sólo te voy a meter la parte que te resulte placentera. Así que me punteó con el glande y sentí su tiesa y cálida barra que se introducía separándome suavemente los glúteos. Le dije: ¡Espera, Andrés, hazlo despacito, así, despacito! Pero la verdad me causaba tanto placer que yo quería engullir todo su pene completo. No obstante, sentí un intenso dolor que me hizo gritar. Él comprendió muy bien que yo había llegado al límite de mi capacidad y dejó de empujar, permitiéndome tan sólo asimilar el estímulo sin acrecentarlo. No me penetró más ni me talló el esfínter, me hizo disfrutar la parcial penetración que me había infligido. Yo no quería que me lo sacara, le decía ¡así, déjame sentir el grosor de tu pito, querido Andrés, déjame sentirlo! Estuvimos pegados un buen rato, yo apretaba el culo mientras él acariciaba con suavidad mis piernas, mi espalda y mis glúteos.

Lulú sufrió un serio colapso y gritó furiosa ¡no me dejes así pinche Daniel, dame más por favor que ya no aguanto! Haciendo un enorme esfuerzo mental Daniel pudo recomponer en alguna medida su triste imagen logrando que el pene se le irguiera de nuevo. Viendo los enormes cachetes de Lulú, sabiendo que ese culo que tanto había deseado estaba rendido y a su entera disposición, reaccionó friccionando a su amante con entusiasmo hasta que logró tener una buena eyaculación. Pero ella no había logrado el orgasmo y aunque gritó: ¡más, cógeme, tállame más, te lo suplico! Daniel se sintió rendido y quedó inmóvil. Terminó extrayéndole el pene entre murmullos, dejándola materialmente varada en el camino.

Andrés me extrajo el pene del recto y sentí que me daba un delicioso puyazo en la vagina. Gemí en forma aguda y prolongada. A esas alturas no podía identificar cuál era el mayor placer que mi amante me había dado. Estaba mentalmente enajenada por el delicioso método con que me inyectó. Sentía la vía rectal enteramente satisfecha pues nunca antes me habían cogido por ese delicado reducto en forma tan magistral. Y ahora Andrés me penetraba vaginalmente hasta el fondo con su descomunal tolete. Me sentía perfectamente servida, satisfecha ¡plena! Empecé a gritar como nunca lo había hecho, absolutamente desinhibida pidiéndole que me perforara, que me reventara. Por el tamaño de aquel monstruoso pene, sentí que los ojos se me salían de las cuencas. Pero seguía gritando: ¡más, más, tállame más! Hasta que los dos reventamos y explotamos a borbollones. El corazón me latió como si tuviera un micrófono integrado en el pecho. Llorosa de alegría, temblorosa, abracé con desesperación a mi singular amante, agradeciéndole todo el placer que me había prodigado.

Esa misma noche, al llegar a su casa, Lulú buscó los acogedores brazos de su esposo quien tuvo que apagar los fuegos que Daniel, su frustrado amante, le había dejado encendidos. Con el enorme pene alojado en su insaciable panocha, gritó llena de euforia y disfrutó un sensacional orgasmo, prometiendo fijar la atención en su marido, cuyo sin igual instrumento le venía como anillo al dedo.

Después de esa experiencia Daniel ha regresado a mí y se desvive por atenderme “estamos saliendo al café, a las tapas, al teatro, al cine y mis nalgas son el único centro de su atención” Alojados en el hotel, tras haberme inyectado me tiene en sus brazos penetrada mientras acaricia mis piernas, mis nalgas y mis pezones. Yo disfruto el delicioso estímulo sintiéndome amada y deseada. A él se la ha revertido la tentación que tenía por el culo de Lulú. Pero yo no puedo dejar de pensar en Andrés quien no ha parado de buscarme. Lo deseo mucho y me devano los sesos pensando si estará bien que lo vea de nuevo.

Simón -

Glup! Ahora sí que me has sorprendido. Nunca imaginé que seríamos capaces de esto. supongo que tendré que convivir con ello. ¡Qué coraje ese Marcos criticar el lugar donde inyecté a Silvia!

Anna -

¡Jolines! ¡Todo esto ha sido extraordinario!

Querido Carlónimo:

Maravilloso relato. Me ha dado gusto que la tal Lulú no haya quedado satisfecha con Daniel y que él no haya podido satisfacerla, pero no le deseaba tal humillación ante Lulú. Pero a ver si asi aprende a valorar lo que tiene y no buscar por otro lado. Por otro lado me encantó el coito con Andrés, su delicadeza y todo lo que hizo para lograr que yo tuviese un placer inmenso. Me has hecho reir cuando escribiste que Daniel y yo seguiamos saliendo: "al café, a las tapas..." Jajaja.

Andrés me ha gustado mucho, creo que la relación con Daniel corre peligro, tendría que ser mas creativo para suplir "otras cosas".

Me ha encantado, Carlónimo, ¡muchas gracias! Como siempre, eres encantador y tu también tienes una pluma magistral y cada relato es una prueba de ello.

Querido Simón:

¡Qué relato nos has dejado! Verdaderamente Carlónimo no se equivocó cuando dijo que tenías una pluma magistral, este relato ha sido magnífico, has sido muy creativo y has estado explorando nuevas facetas en la relación con Silvia, y esto los ha llevado a disfrutarlo mucho.

Lo que más llamó mi atención fue tu frase final: "La miré con amor; estaba absolutamente feliz de poder darle a mi mujer tanto placer." Esta frase me ha dejado pensando y sobretodo reflexionando......

Sobre lo que mencionaste que no debo de desaparecer de esta página, tienes toda la razón, sólo que no lo hago por gusto, ultimamente he estado muy liada y aprovecho para comentarles a los dos que quizá me desaparezca de esta página por un tiempo pero tengan la seguridad de que volveré cuanto antes, y todavía no llega ese momento.

¡FELICIDADES chicos! Os estáis convirtiendo en unos verdaderos maestros de este tipo de escritura. Y os agradezco a ambos el tiempo que le dedican y lo mucho que me hacen disfrutar.

Carlónimo -

Andrés

Querida Anna, te comento que Daniel siguió muy interesado en ti, te lo hizo saber y sentir continuamente. Después de lo ocurrido estuvo atendiendo personalmente tu tratamiento. Te sentiste fascinada por la forma en que te inyectó. Sin embargo, Edith siguió utilizando todos sus recursos y artimañas para llamar la atención de él y también consiguió que la siguiera inyectando. Un día llegaste al consultorio y ella estaba de nuevo tendida sobre la cama con el vestidito blanco, de por sí muy rabón totalmente alzado y una mini panty replegada hasta las piernas. Tiene unas nalgas excelentes, muy apetitosas. No pudiste controlar tu morbo por las inyecciones y te quedaste admirándola en el preciso instante que la hipodérmica desgarraba sus elásticas fibras haciéndola temblar, retorcer el culo y emitir sensuales lamentos, al grado que sentiste cierta excitación, no por ella, sino por la formidable escena que ninguna persona proclive a los piquetes podría dejar de disfrutar.

La entrada del denso líquido fue todavía más excitante pues Edith gritaba vencida por el insoportable dolor, mientras su castigado glúteo se crispaba y temblaba. Apretó fuertemente las mandíbulas y los puños, tiró con fuerza de su cabello, golpeó repetidamente el camastro y terminó llorando con verdadera consternación. Retirada la aguja siguió sollozando y enjugando sus lágrimas, mientras decía: ¡me dolió demasiado doctor, estas inyecciones son insoportables, no voy a aguantar una más! Daniel sonreía y le masajeaba el dolorido glúteo explicándole que ya llevaba cinco y que sólo faltaban tres para concluir el tratamiento. En ese momento te dominó el malestar, saliste del consultorio y fuiste a recepción para pedir que fuera algún paramédico quien te aplicara el tratamiento del día, pues querías castigar de alguna manera a Daniel.

Tres minutos después llegó un muchacho alto, fornido, moreno claro, de barba cerrada, ojos penetrantes, bastante guapo, que te llevó a uno de los cubículos para atenderte y que te miraba con acentuado interés. Cuando le explicaste que se trataba de una intramuscular y de paso un supositorio, le brillaron ostensiblemente los ojos. A pesar de lo impactante de aquella inesperada situación, te pareció providencial que te tocara un joven como él pues era tan atractivo que seguramente provocaría los celos de Daniel, así que entablaste comunicación y le preguntaste su nombre, a lo cual repuso que se llamaba Andrés y que le resultaba muy placentero poderte atender. De hecho nunca antes habías sentido una mirada tan perspicaz en algún hombre que se dispusiera a inyectarte por primera vez. Habías sentido la excesiva formalidad de Germán, la timidez de Fernando y la relativa turbación de Daniel. Pero cuando Andrés quedó de frente a ti con la imponente jeringa ya cargada parecía desnudarte con la mirada.

Ese día ibas preparada para que te inyectara Daniel pues esa era la expectativa que tenías y no la de ofrecerle a otro hombre el culo. Te desabrochaste el pantalón pero no podías deslizarlo hacia abajo. Por más que contoneabas la cadera y empujabas con tus pulgares el extremo superior de la prenda, ésta se resistía a bajar. El te dijo: no te preocupes yo te ayudo. Y rodeándote por detrás cogió el cierre delantero de tu pantalón que se encontraba a medio camino y terminó de bajarlo. Al sentir sus dedos sobre tu pubis te estremeciste y reaccionaste parando violentamente el culo, el cual fue a chocar con la entrepierna de él haciéndote sentir la dureza de su pene. Los dos saltaron apartándose uno del otro, volteaste a verlo pero él esquivó tu mirada, dio un paso atrás y se disculpó muy apenado. El corazón te palpitaba violentamente.

Estando algo molesta dejaste a la vista tan sólo un pequeño tramo de tu atractivo glúteo izquierdo y te acostaste con mucha frialdad deseando que aquella singular entrevista no se prolongara demasiado. Él entendió muy bien tu reacción y sin preámbulos desinfectó la zona y te clavó de golpe la aguja haciéndote emitir un leve murmullo involuntario. El líquido te ardió bastante pero reprimiste las quejas por haber sobradamente comprobado que el atractivo enfermero se encontraba muy excitado. A pesar de ello, disfrutaste el postrer ardor de la sustancia, recreando el fugaz contacto que tus nalgas habían tenido con ese duro pene que te pareció ser bastante grueso y largo. Sentiste cierta humedad en la vagina.

En cuanto Andrés te extrajo la aguja te pusiste de pie y te vestiste. Él no se atrevió a decir que faltaba la aplicación del supositorio y tú no le diste ninguna explicación al respecto. Era muy grata la atención que te brindaba pero no la consentiste porque cualquier avance postrer los hubiera llevado a los dos al éxtasis. Así que le agradeciste el servicio y saliste del cubículo para ir a reunirte con Daniel quien te recibió con mucho cariño reiterando su inmenso amor por ti. Te dijo igualmente que si el motivo de tu molestia era ver que él atendía profesionalmente a Edith, dejaría inmediatamente de hacerlo. Cuando le contaste que Andrés te había inyectado se quedó por un momento frío, inmóvil, ensimismado, pero reaccionó favorablemente al saber que no le habías permitido que te aplicara el supositorio.

Entonces se sentó sobre una pequeña silla auxiliar, te tomó cariñosamente de la cintura, desabrochó tu pantalón, lo deslizó igual que la pequeña panty hacia abajo y con mucho cariño te acostó por primera vez sobre sus piernas, quedando de un lado tus brazos y del otro tus pies, colgantes, someramente apoyados en el piso, en tanto tus deliciosas nalguitas se le ofrecían muy pálidas, plenas, erguidas, tan apetitosas que los labios y las mejillas del doctor temblaban menudamente por la súbita calentura que tu exquisita intimidad le provocaba. Nunca en tu vida adulta te habían puesto en semejante posición. Fernando te había acostado en forma análoga pero siempre en horizontal con los extremos de tu cuerpo apoyados sobre la cama.

Ahora fue diferente ya que tus atractivas nalguitas estaban en el vértice haciéndote sentir completamente entregada y dominada. Mientras los temblorosos dedos de Daniel hurgando tu desquiciante raja trasera te separaban con suavidad los tersos glúteos y acoplaban la puntita del supositorio en tu ardiente orificio rectal, emulaste algún suceso lejano de tu niñez: El doctor Alcántara ¡Seguro! La deliciosa experiencia que estabas viviendo te colocó al borde de un recuerdo tan erótico que no pudo escapar de tu memoria. Debes haber tenido unos diez o doce años cuando el doctor Alcántara, el querido médico familiar, te puso en la misma posición sobre sus piernas y te insertó una breve barrita medicinal igualmente por vía rectal, sugiriéndote una forma de placer a la que más tarde te aficionarías. En brazos de Daniel gemiste de manera delirante al sentir su enorme dedo que te empujaba el supositorio, excitando las múltiples terminaciones nerviosas de tu estrechísimo reducto anal. Enloquecido de placer, Daniel te introdujo dos dedos y te empezó a tallar el recto acompasadamente, hasta que la excitación te dominó y empezaste a jadear. Fue entonces que te pidió tener sexo anal y tú le dijiste que en verdad lo deseabas, así que acordaron practicar esa deliciosa penetración en su siguiente encuentro, de lo cual te platicaré próximamente.

Terminada la aplicación, ya que no era posible entregarse por el momento al ansiado coito, permanecieron un rato en la misma posición, mientras Daniel acariciaba con furor tus suaves nalgas, las besaba y te decía que no había para él un culito más atractivo que el tuyo. Después te reveló algo que te hizo estremecer y acelerar la respiración. Resulta que Andrés, el paramédico que te había inyectado, era nada menos que el marido de Edith ¡Y tú sin saberlo! Sin querer habías calentado al esposo de tu rival y, si tú lo hubieras deseado, habrías desestabilizado e inclusive roto su matrimonio. Él te siguió buscando para ofrecerte sus servicios y te dijo que le gustabas, que lo enloquecías. Entonces le hiciste saber que conocías muy bien a su mujer y le hiciste notar que Edith es por demás atractiva, que sus nalgas son un poema capaz de enloquecer a muchos hombres y que él debía valorar la posesión de semejante trasero cuyo recuerdo a ti misma en la intimidad te estremecía, por habérselo visto inyectar un par de veces. A partir de ese momento Andrés dejó de rondarte y comprobaste que fue Andrés y no Daniel quien terminó de aplicarle el tratamiento a Edith. Ella se enteró de la singular entrevista que tú habías tenido con su marido y se aplicó a cuidarlo y atenderlo sexualmente con verdadero esmero, aunque esto le significara deponer sus expectativas de conquistar a Daniel.

Anónimo -

Primera experiencia sexual con Elizabeth

Llegamos a un sitio paradisíaco, un Shangri-Lah enclavado en las montañas de la Sierra Madre Occidental, una excelente opción para la intimidad. En pocos minutos estábamos en las aguas de un transparente río dentro del área privada del hotel, ella con un bikini negro, yo con una pequeña trusa del mismo color. Cada escena, cada movimiento, cualquier pose de ella me hacían sufrir con el rigor más acentuado, las penurias de la forzada abstinencia, pues la actitud de Elizabeth, sus planes no manifiestos pero sí evidentes, me comprometían a esperar el refugio y la esplendidez de la noche para satisfacer mis más íntimos deseos de poseerla.

Después de tomar el frugal tentempié previsto en el contrato con el hotel, el cual formaba parte de un plan dietético perfectamente balanceado para mejorar la salud y purificar el organismo, salimos a caminar por la montaña, donde mi bella acompañante ataviada con pantalón vaquero muy ajustado y una blusita de color amarillo, estuvo esforzándose en hacerme comprender las virtudes y belleza de las diferentes especies silvícolas. Elizabeth ama la naturaleza, de la cual ella misma es un caso muy bien logrado, mantiene también muy buenos hábitos alimenticios que a mí me hacen a veces padecer hambre, y le gusta hacer el amor con cierto orden, por lo cual no me permite tocarla en cualquier lugar o momento. Aquella tarde yo me aguantaba todo, con tal de cumplir el dulce objetivo de cogérmela.

Por fin la ansiada oscuridad nos reveló un cielo verdaderamente tachonado de estrellas. Regresamos al hotel donde nos sirvieron el aún más exiguo condumio que nos correspondía para la cena y ¡por fin! nos dirigimos a nuestro cuarto. Me di un duchazo, luego lo hizo ella y, en tanto salía me metí en la cama donde hojeaba unas guías turísticas que encontré en el buró. Me sentía impaciente y emocionado. De pronto se abrió la puerta del baño y apareció un ángel en baby doll color azul cielo. Sentí una extraña combinación de: ternura, admiración, tranquilidad, seguridad y deseo.

La pequeña batita transparentaba un cuerpo escultural. La sola vista de sus torneadas caderas y piernas me levantó súbitamente el pene. Su cabello brillaba al influjo de la pequeña lámpara del cuarto, enmarcando con suaves destellos dorados el dulce rostro de corte redondo que me sonreía con aire de timidez y nerviosismo. Mi corazón palpitó a velocidad extrema haciéndome ver que no solo deseaba, sino que amaba locamente a esa hermosa mujer cuyos rasgos y aspecto cándido me hacían verla como a una niña.

Me puse de pie, la abracé, le acaricié el pelo y, cuando estaba a punto de besar sus labios me percaté que tenía dos gruesas lágrimas descendiendo por las mejillas ¿Qué pasa? le pregunté. No te preocupes, me dijo, estoy emocionada de entregarme a ti, te quiero y deseo ser tuya, no sólo por hoy sino para siempre. En ese momento entendí la trascendencia que Elizabeth le daba a nuestra primera relación sexual. Sintiendo que enfrentaba una enorme responsabilidad pues no era posible traicionar la confianza que me depositaba, le dije convencido: no te preocupes, yo te amo de igual manera, eres encantadora.

Le quité la pequeña batita quedando enfundada en un ligerísimo corpiño que transparentaba sus pezones bien erguidos, y una breve panty que hice descender suavemente hasta la mitad de sus piernas. La puse boca abajo para disfrutar visualmente aquel hermoso culo que en nuestra visita al balneario me había causado tan grata impresión y que ahora, desnudo y puesto a mi disposición me parecía bellísimo, fuera de serie. Le estuve besando los glúteos, las piernas, la espalda, nuevamente los glúteos, la raja, le chupé el botoncito anal, lo penetré con la lengua. Sabía delicioso: a limpio, a mujer, a deseo incontrolable.

Ella empezó a mover las nalguitas en círculo y cerraba intermitentemente el esfínter apresándome la lengua y diciéndome: por curiosa la voy a dejar adentro. Pero a la primera dilatación del culito se la saqué y la llevé a escudriñar la otra entrada. Elizabeth me dijo: quiero quitarme la panty. Se la bajé yo mismo para que permaneciera en la misma sensual posición en que estaba acostada. Abrió de inmediato las piernas y le mamé el clítoris, en tanto mis manos se daban gusto palpando y acariciando las amplias nalgas que, desde mi perspectiva se alzaban como erguidas montañas cuatas. Yo me decía: ¡ésta es una verdadera mujer: de piernas y nalgas suficientes, como las refieren los buenos libros de sexo! Me solazaba viendo y tocando ese fabuloso culo con sus pronunciadas y armónicas curvas. Ella empezó a emitir fuertes gemidos, se dio la vuelta, me abrazó y me dijo: ya por favor, penétrame, no aguanto más.

Abrió las piernas, me coloqué en medio de ellas, le dirigí el pene hacia la entrada y empecé a metérselo suavemente. El conducto era estrecho, se quejó un poco, seguí empujando y se quejó más. Volví a presionar, Elizabeth cerró los ojos apretando los párpados y emitió un fuerte grito ¡Ay, me duele mucho, espera, me duele mucho! Imaginé la situación, no quise prolongar el dolor y de un golpe le inserté todo el miembro con dificultad. Ella gritó aún más fuerte ¡Ay, qué dolor, me lastimas, espera, me duele mucho! Luego se tranquilizó y se prendió de mi cuello succionándolo. Estuve tallándole la vagina mientras le acariciaba las nalgas y chupaba sus pezones.

Ella alzó las piernas y las cruzó por detrás de mí en tanto alternaba expresiones opuestas de placer y de dolor, sentí que mi pene estaba muy mojado y me provocaba cierto ardor. Volví a cogerle las nalgas recreándolas en mi cerebro y en ese momento me vine abundantemente. Elizabeth gritó: ¡qué rico dolor, qué rico dolor! Y emitió algunos sollozos finales. Nos quedamos muy quietos, la miré percatándome que lloraba. Le extraje el pene y lo sentí aún más mojado. Me incorporé, lo miré bien, estaba totalmente cubierto de sangre lo mismo que la cama y la entrepierna de Elizabeth. La acababa de desvirgar, le había roto el himen. Me tumbé a su lado, la abracé sintiendo una gran ternura, se prendió de mí y se soltó a llorar profundamente hasta que se desahogó. Luego estuvo un rato muy tranquila hasta que rompió el silencio y me dijo: ya fui tuya, te amo, pero eres libre de tomar el camino que quieras. La abracé y me prendí de sus labios.

De antemano les agradezco sus comentarios, no me dejen solo. Muchos saludos. Lidia ¿dónde estás?

Anónimo -

Recuerdos de Nayeli

Pues para mí, doña Eulogia es una amenaza, no se si esté todavía haciendo de las suyas pero sería bueno que la recluyeran en un penal por los cargos de violación y tortura. Fuimos muchas sus víctimas. Claro que algunas, como mi madre, se aficionaron a sus servicios, se sometieron y hasta trataron de someternos a nosotras, sus hijas.

Nayeli me contaba con cierta molestia aquellas impactantes experiencias. Estaba sentada enfrente de mí. Físicamente se parece a Elisa: es alta, delgada, de tez blanca, ojos castaño claro muy bellos, cabello chino, senos pequeños. Su cuerpo a primera vista no impresiona tanto como el de Stella, pero en mi opinión es aún más sensual que ella. Ese día llevaba una blusa en tono beige, minifalda verde oscuro, no se había puesto medias y, al cambiar de postura hacía destellar una inquietante panty blanca entre sus piernas.

Muchas veces, me dijo, nos inyectó a Stella y a mí, nos puso lavados, supositorios y nos hurgó las nalgas como quiso. Siempre aparecía sorpresivamente con todo el instrumental ya listo. Nos sujetaba con fuerza y nos colocaba sobre sus piernas, mi mamá le ayudaba a someternos. Es denigrante que te desnuden a jalones y te exhiban el culo como les plazca. No saben el daño que te hacen. Tengo viva la angustia de sentirme sujeta, con las nalgas desnudas, bien paradas y a la vista de todos, porque si alguien llegaba en ese momento (incluyendo a vecinos y gente por demás extraña) le permitían que presenciara la tortura. Yo sentía la respiración de Eulogia en el ano. Si forcejeaba, me apretaba con más fuerza o me daba nalgadas, una vez me pegó con un cinturón. Yo me rebelaba no tanto por el dolor, sino por el coraje de que me humillaran en esa forma.

Si era inyección no le importaba lastimarnos, recuerdo que la aguja me rasgaba despiadadamente el músculo y después me hacía entrar el líquido con toda saña. No podría describirte el dolor tan intenso que me provocaba pero más de una vez sentí desvanecerme. Los días siguientes no podía caminar, me pasaba cojeando más de una semana. Mi madre me decía: ¡no exageres, sólo fue un piquetito! sin percatarse de la lesión que me habían infligido.

Y si era lavado o supositorio, había que ver a la lujuriosa de Eulogia metiéndonos los dedos en el culo, yo la recuerdo tallándome descaradamente el ano y metiéndome más de un dedo juntos. En una ocasión sentí su lengua en mi vagina, pero no me dejé y empecé a golpearla, por eso me lo dejó de hacer. En lavativas, lo bueno es que no utilizaba bolsa sino peras de goma, así que no nos metía demasiada agua como lo hacía siempre con mamá, a quien prácticamente le inundaba los intestinos, hasta que su culo se convertía en surtidor y empezaba a expulsar a presión el agua. La misma Eulogia alguna vez resultó bañada pero siguió haciendo lo mismo y mi mamá se lo permitió.

A Stella la lastimaban horrible. La recuerdo cuando tenía como diez años con sus nalguitas excesivamente tensas forcejeando para defenderse. En esa ocasión vi cómo le picaron salvajemente el culo: la aguja le fue entrando a empujones sucesivos ya que la tensión muscular la atoraba. Con cada arremetida Stelly saltaba, abría muy grandes sus ojos, le temblaban las mejillas y gritaba desesperadamente. Su carita estaba descompuesta y bañada en lágrimas. Aún así, Eulogia terminó de clavarle la aguja y presionó fuertemente el émbolo para inocularle de un jalón la espesa sustancia. Después sólo dijo: ¡ya estuvo, le entró limpiecita! Creo que disfrutaba mucho lastimándonos y humillándonos. En esa ocasión, las nalguitas de Stelly, que son respingaditas y mullidas, estaban enjutas de puro dolor y miedo. No pudo caminar bien en dos semanas y mi mamá ignoró de plano esa circunstancia, sólo dijo: es que ustedes no ayudan y se ponen demasiado tensas. A veces me pregunto si ella no habrá también disfrutado torturándonos.

Viendo que no había forma de evadir los frecuentes piquetes de Eulogia, yo decidí hacerle menos atractiva la fiesta, así que me negué a que me pusiera en sus piernas. Le decía: ¡no! yo me dejo inyectar pero acostada en la cama. Me levantaba el vestido, me bajaba la panty sólo hasta media nalga y me acostaba muy decidida. Eulogia quería bajarme más la panty pero yo no me dejaba. Entonces, como represalia me clavaba la aguja bruscamente. Yo ya había aprendido a relajar el culo y generalmente lo lograba, no obstante que Eulogia me anunciaba varias veces el piquete y se reía de ver que yo fruncía el culo cada vez que me sentía amenazada. Finalmente me clavaba la aguja como zigzagueando. Yo aflojaba las nalgas lo más que podía, apretaba muy fuerte los puños y las mandíbulas, pero me lastimaba. Sin embargo, no le daba el gusto de llorar o de quejarme.

Stella trató de imitarme pero, desgraciadamente ella es demasiado nerviosa y siguió sufriendo mucho las inyecciones. Se descubría ella sola las nalguitas y se acostaba, pero en cuanto percibía el olor del alcohol empezaba a temblar. Además Eulogia la atormentaba diciéndole: éstas ampolletas sí que duelen porque son muy espesas; y le anunciaba el piquete: ¡ahí va la aguja, prepárate porque esta sí va a ser pesada! Yo veía cómo la pobre Stella sumía su cara lo más posible en la cama, se cubría con los brazos y sus nalguitas se sacudían como si ya estuvieran siendo horadadas. Al notar esto Eulogia se tardaba aún más haciendo como que revisaba la jeringa, pero justamente cuando mi hermanita fruncía el glúteo, ella le clavaba la aguja con verdadera saña, desgarrándole el músculo. Stelly terminaba llorando amargamente. Después que la inyectaban nos encerrábamos en mi recámara, yo la acostaba sobre mis piernas y le daba masaje con una pomada. No se si eso realmente sirviera de algo, pero al menos se tranquilizaba. Así estuvimos soportando los abusos de esa señora y consolándonos mutuamente.

Un día que Eulogia me quiso aplicar un supositorio, le dije: yo me lo pongo sola, así que se lo arrebaté, me tumbé en la cama y me lo iba a meter por debajo del vestido. Mi mamá me desnudó el culo y me hizo meterme el supositorio enfrente de ellas. Me dio pena y mucho coraje pero al menos evité que Eulogia me hurgara con sus manotas. Stella trató de hacer lo mismo que yo pero mi mamá no lo aceptaba porque consideraba que no lo haría bien. Entonces le dije: si quieres yo te ayudo hermana. Ella se acostó enseguida y me ofreció confiadamente sus nalguitas. Me dio mucha ternura porque entendí el drama que significaba para Stelly dejar que Eulogia la manoseara y le lastimara su culito.

Cuando yo cumplí trece años nos negamos las dos rotundamente a que Eulogia nos inyectara, le decíamos a mi mamá que ella lo hiciera pero nunca aceptó pretextando que se ponía muy nerviosa, así que empezamos a ir a una clínica cercana, donde nos inyectaba una enfermera bastante joven. Nos sentimos mucho mejor pero Stella siguió poniéndose muy nerviosa y siempre terminaba algo lastimada.

Les entrego mi último relato

Nayeli

¿Por qué no decirlo? Nayeli me excita demasiado, como que en ella veo a la Elisa joven que no conocí. Mucho tiempo estuve buscando una oportunidad de inyectarla pero no se me daba, creo que ella misma me evitaba lo cual no es de extrañar pues conoce muy bien mi relación con su mamá.

Un día que me encontraba con ella y con Stella, me comentó que debía inyectarse y me dijo, así nada más como especulando: a ver si tú me la aplicas para saber qué tan suave tienes la mano. Creo que se me subió el color de la cara, seguimos conversando pero yo deseaba formalizar el ofrecimiento, me sentía muy inquieto. Al despedirme le dije: bueno Nayeli, si quieres que te inyecte me lo confirmas. Ella respondió: de acuerdo, gracias, será mañana en la tarde, yo te llamo.

Esa noche prácticamente no dormí pensando en ella. Al otro día, como no me llamó fui a su casa pretextando buscar a Elisa. La propia Nayeli me abrió la puerta y me dijo: pues no, mi mamá no está, ya sabes que a esta hora se encuentra en el consultorio. Entonces, aún exhibiendo vergonzosamente mi calentura, le dije: ¿y qué hay de la inyección, te la voy a aplicar? Su respuesta fue: ¡Ah, perdón, no te avisé, ya me inyectó un amigo que estudia medicina! Sentí como si me hubiera dado una bofetada, me llené de celos.

Los días siguientes me conduje con mucho cuidado ya que Nayeli parecía jugar con mis emociones. Sorpresivamente, una semana después me habló preguntando: ¿podrías inyectarme hoy en la tarde? Aunque la pregunta, lanzada a quemarropa, me aceleró escandalosamente las palpitaciones cardíacas, antepuse la cordura y traté de responder en forma mesurada: Voy a estar un poco ocupado Nayeli, pero pasadas las 7 podría verte. OK, me dijo ¿te espero? Claro que sí, voy a tu casa a las 7:30.

Nuevamente estuve muy inquieto, durante la mañana sólo pensé en ella, temiendo que nuevamente se malograra la expectativa. Por fin llegó la hora y fui a verla, Stella me recibió con un abrazo diciendo: ¡Hola, qué gusto! Nayeli te espera. Entré y la vi acercarse vistiendo una faldita de mezclilla natural y camiseta delgada algo entallada. Estuvimos platicando los tres, pero Nayeli interrumpió la conversación: ¡Bueno, inyéctame ya porque tenemos boletos para el cine y la película empieza a las 8:30! Pasamos a la recámara, le pedí a Stella que nos acompañara pero ella se disculpó diciendo que iba a bañarse.

No recuerdo haber sentido tantos nervios al inyectar a una persona: mis piernas parecían no sostenerme, las manos me sudaban y temblaban, creo que Nayeli percibió desde el principio mi turbación, la voz me salía tipluda, preferí no hablar concretándome a escuchar y a contemplar a mi bella paciente quien me entregó las cosas y se sentó a observar los preparativos. No saben ustedes lo que sufrí, no podía controlar el temblor de mis manos, me di la vuelta pretextando buscar la luz de la lámpara. Como tenía que levantar la jeringa para extraer las burbujas de aire, empecé a moverme nerviosamente buscando apuntalar mis manos una contra la otra para que no vibraran, pero todo mi esfuerzo fue inútil, Nayeli se dio cuenta de mi problema y decidió ayudarme. Se puso de pie, me dio la espalda y empezó a prepararse, lo cual me tranquilizó, aunque también me excitó más de lo que ya estaba.

La joven levantó su falda mostrándome completas sus piernas muy blancas, firmes, esbeltas, en colindancia con una panty azul marino muy sensual, que enseguida bajó hasta la base de unos glúteos albos, brillantes, como de mármol. Se arrodilló en la cama, inclinó el cuerpo y se acostó con todo el culo descubierto. Me quedé extasiado contemplando aquellos glúteos redondos, respingados, firmes, de piel blanca muy suave, espaciados por una deliciosa hendidura en cuyo fondo se apreciaba coloración oscura.

Un sarcástico comentario me sacó de mi embeleso: “te veo pasmado parece que mis nalgas te recuerdan a alguien”. Perdón, respondí, es que pensaba en… ¿en mi mamá? preguntó. Así es…, le dije, la verdad es que tienes un extraordinario parecido con ella. Luciendo una pícara sonrisa me pidió que no fuera a confundirla. Me sentí ridiculizado y sorprendido por la indiscutible agudeza de Nayeli, así que buscando mejorar mi posición le dije: despreocúpate, son parecidas pero no iguales. Se quedó muy seria, elevó eróticamente el culo y me dijo: es que no has visto bien, luego soltó la carcajada y añadió: de acuerdo tú ganas y tienes un punto a tu favor, se ve que sí amas a mi mamá. Por supuesto que la amo, le dije, ella es una mujer extraordinaria. Me quedé pensando: ¡Qué impresionantes reflejos tienen las mujeres! Tanto Stella como Nayeli, al verse frente a mí con las nalgas desnudas, aplicaron la misma estrategia preventiva: recordarme el romance con su mamá.

Me acerqué a Nayeli, le desinfecté el glúteo izquierdo y de inmediato respingó diciendo: espera, déjame prepararme, se acomodó balanceando las nalguitas, luego añadió: me vas a aguantar todo lo que diga, no me hagas caso, es una forma de controlar mis nervios; y se quedó muy quieta. Volví a pasarle el algodón, le apunté con la aguja y se la clavé de golpe, ella gritó: ¡Ay carajo, carajo, me duele, me duele mucho, no mames me duele mucho! Empujé lentamente el émbolo, ella apretó los ojos golpeó con sus puños la almohada y gritó aún más fuerte ¡no chingues, me duele mucho, no mames, me duele un chingo! Siguió gritando hasta que le extraje la aguja

Recordé las remembranzas de Stella de que su mamá gritaba ¡Ay, Ay, malcriadoota, groseroota, majaderoota, groseroooota! Hasta en eso se parece Nayeli a ella. Esperó pacientemente a que le diera un masajito en el sitio del piquete, me di mi tiempo contemplando y sobando esas deliciosas nalguitas relativamente breves pero muy sensuales, que tanto me calientan. Sentí mi pene bien hinchado, a punto de eyacular ¡qué ganas de montarme encima de ella y penetrarla!

Terminamos, se puso de pie, se vistió, me besó la mejilla y salió corriendo para buscar a Stella, yo me quedé en la recámara recogiendo los materiales sobrantes. En eso se apagó la luz y me abrazaron por la espalda apretando y acariciando mi pene erecto. No podía ver, extendí mis brazos hacia atrás y palpé la faldita de mezclilla y las nalguitas que me parecieron ser las mismas que acababa de inyectar. No puede ser, me dije a mí mismo, traté nuevamente de voltear pero me apretaron más fuerte y me empujaron hacia la cama, quedé tumbado, me besaron las mejillas, el cuello, por fin me di la vuelta, ella continuó arriba nos fundimos en un beso, sus labios me eran familiares pero me sabían también a nuevo. Acaricié la espalda, las nalgas breves, mullidas y firmes. Alcé lentamente la faldita de mezclilla, no tenía panty, palpé las piernas que de inmediato se separaron invitándome a hurgar la vagina. Me aproximé a sus umbrales: un suave vello púbico, los labios, el clítoris. Se estremeció, me apretó más fuerte, acaricié sus nalgas, me invadió la duda: dime por favor ¿eres Elisa? La respuesta… un simple murmullo, cercano y a la vez lejano: eso qué importa, disfruta y hazme gozar como tú sabes.

En la oscuridad total ¿cómo saber quién era ella, en verdad debía pasar eso por alto? La situación me inquietaba pero las circunstancias me apresaron, me puse a su lado y me dirigí al ansiado objetivo: le besé las nalgas, succioné su montículo anal, le mamé el clítoris. Aquellas deliciosas intimidades me sabían a Elisa, pero ese bello nombre se empalmaba con las recientes vivencias: Nayeli ofreciéndome su culito para que lo inyectara; el piquete, su sensual expresión facial de miedo y dolor, los encantadores movimientos corporales, las curiosas quejas ¡me duele, carajo, me duele mucho! que a su vez se empalmaban con otras quejas cuyo recuerdo igual me calentaba: ¡Ay, malcriadoota, groseroota, majaderooota!

No aguanté más, sin detenerme a pensar la monté por las nalgas y la penetré con verdadera desesperación. Mi pene traspasó los erguidos labios vaginales, nuestras íntimas secreciones se juntaron. La cuevita era estrecha, suave, ardiente, húmeda, como debía ser la de Nayeli, como sabía que era la de Elisa, como es la de una mujer en plenitud, caliente, ansiosa. Tallamos, gemimos, empezaron los sollozos, crecieron, se convirtieron en grito. Alcancé el punto más álgido, me estremecí, me paralicé, sentí el torrente, entré en una vorágine de estímulos diversos entrelazados, imágenes, voces: Elisa; Nayeli. En mis oídos retumbaron diversas frases: te ves flaca pero te cargas tus buenas nalgas; no aguanto más, pégame ¡no vaciles!; parece que mis nalgas te recuerdan a alguien”, ¡Ay, Ay, malcriadoota, groseroota, majaderooota!; ¡me duele, carajo, me duele mucho! ¡malcriadota, carajo, groseroota, me duele un chingo…! Elisa, Nayeli, Elisa, Nayeli, Elisa…

Fin de los relatos.

Gracias Karo
Gracias Jannethyta
Gracias lector empedernido
Gracias Paula
Gracias Carola
Gracias Lidia
Gracias también a todos los que leyeron y no me escribieron.

Adiós a todos, caliéntense y cojan muy rico.

lidia -

hola anonimo wooow
pues me encanto el relato escribes muy bien y pues me gustaria que escribieras mas de uts anecdotas que son fantasticas en realidad todas me han gustado sigue escribendo asi como lo haces describiendo todo caras, gestos, su dolor todo recibe un cordial saludo
lidia...

Anónimo -

La marquita en el glúteo.

Una semana después volví a invitarla, tomamos un par de copas y nuevamente llegamos al hotel donde nos dimos un verdadero festín. Ruth es una mujer super voluptuosa además de simpática e ingeniosa. Recuerdo que en esa segunda entrevista, después de haber tenido sexo oral como sólo ella sabe hacerlo, copulamos en tres poses distintas: primero la tradicional; segundo, ella acostada en el tocador con las piernas colgadas en mis hombros; y tercero, de perrito. Su calentura no tenía límite ni había forma de llenarla. Me dejó exhausto, desparramado en la cama con el pene bien encogido y totalmente flácido, entonces se acercó a mí, me agarró la insignificante perinola y sonriendo me dijo: ¡tan chiquito y arrugado! Los dos reímos a carcajadas.

En esa segunda entrevista, mientras le besaba las nalgas me percaté que tenía la marca de un piquetito en el glúteo izquierdo. Me invadió la curiosidad y al comentárselo ella me contestó: sí, es que me están inyectando ¿Quién? fue mi impaciente pregunta. Se rió: no te enceles, casi siempre lo hace mi hermana, o yo misma si es necesario. ¿Tú misma te inyectas, cómo es eso, me dejarías verte? A veces no puede mi hermana y yo lo hago, ya estoy acostumbrada, pero no, no te dejaría verme. ¿Por qué Ruth, qué tiene de malo? Pues no se, yo me desnudo frente a ti sin ningún prejuicio, pero las inyecciones son otra cosa. Puedo adivinar la causa de tu interés y no es más que morbo, pero a mí no me gusta entreverar las inyecciones con el sexo.

Su respuesta fue tan categórica que me hizo sentir avergonzado, como libidinoso, así que no le dije más, pero no dejaba de pensar en la impactante escena que me había pintado. Imaginaba a Ruth inyectándose ella misma, lo cual me producía una gran calentura. Pasaron días y yo estaba cada vez peor, me excitaba y tenía que masturbarme pensando en tan incitante suceso, así que le pedí nuevamente que me concediera verla, pero ella volvió a negarse ¿Qué no te bastan mi cuerpo, mis caricias, el hecho mismo de estar totalmente compenetrados? Deja en paz los fetiches pues sólo corrompen el acto sexual.

Pues yo seguí insistiendo hasta que por fin aceptó que en nuestro siguiente encuentro se aplicaría ella misma una inyección que era parte de su tratamiento. Al llegar al hotel yo traté, como en otras ocasiones, de besarla y cachondear un poco, pero ella me rechazó diciendo: primero voy a inyectarme. Sacó de su bolso una jeringa, la ampolleta, el algodón y un frasquito con alcohol, los puso sobre el tocador. Pasó rápidamente al baño y saliendo se quitó el vestido, quedando tan sólo en ropa interior: la mini panty color azul y un también pequeño brassiere que dejaba a la vista tres cuartas partes de sus deliciosos senos.

Mientras ella preparaba el medicamento yo contemplaba sus piernas y nalgas que tenían la reciedumbre felina. De pronto exclamó: ¡Ay no, no puede ser! ¿qué pasa? pregunté. Me distraje en la farmacia y me dieron una jeringa que no me va a servir. Yo la veía normal, pero resulta que Ruth no podía utilizar más que agujas de mayor grosor debido a la firmeza de su culo. ¿Y ahora qué vas a hacer? Pues probar con ésta más delgada pero dudo que me sirva. Cargó la transparente solución en la jeringa, le colocó la tapita protectora y la dejó sobre el buró, luego se bajó la mini panty hasta la base de las nalgas y se acostó boca abajo ¡yo estaba fascinado de presenciar aquella escena que rebosaba sensualidad!

Se desinfectó el glúteo derecho, tomó la jeringa, le retiró la tapita y haciendo alarde de elasticidad giró la espalda y el cuello para fijar su vista en el culo que parecía no tener un solo gramo de grasa. Con mucha decisión trató de clavar la aguja la cual entró unos cuantos milímetros y se curvó sin poder traspasar el recio músculo que según los libros de Anatomía, se llama “glúteo mayor”. La extrajo enseguida para ensayar exactamente la misma operación en la nalga izquierda, la cual se negó también a alojar la débil aguja, haciendo que Ruth emitiera un lastimero quejido que a mí me pareció super sensual, mi pene ya estaba bien erecto. Se limpió una gotita de sangre que le brotó del segundo piquete, luego se levantó fue hacia mí y me dijo: ¡es imposible, ya viste los resultados del doble intento! Yo no podía conformarme con tan breve espectáculo, así que llamé a la recamarera y le pedí traer de la botica más cercana la jeringa indicada la cual me pareció excesiva para un ser humano, pero es la que Ruth normalmente utilizaba.

Hizo pasar la sustancia a la nueva jeringa y se acostó, giró el torso y de un golpe certero se clavó la gruesa aguja en el glúteo derecho, el cual esta vez no resistió la fuerza del vigoroso acero. Ruth resopló, volteó a verme con expresión de dolor y me dijo ¡ayúdame a empujar lentamente la sustancia, por favor, me duele mucho! Me acerqué y le fui inoculando el medicamento mientras ella se quejaba y escondía el rostro entre los brazos. Fue mi primera experiencia en el arte de las inyecciones. Mientras la sustancia entraba Ruth me dijo: son muy dolorosas estas agujas pero son las únicas que podemos utilizar las personas con epidermis excesivamente fibrosa. Le extraje el instrumento y me dio el algodón para que le masajeara el glúteo ¡qué impresionante sensación la de frotar un culito tan firme y duro!

Terminada la aplicación yo me extraje el pene que estaba bien erecto y se lo mostré diciéndole: ¡mira cómo me tienes! Ella se dio la vuelta, lo tomó en sus manos y puesta así boca abajo, acabada de inyectar, con la mini pantaletita de encaje azul en los muslos, empezó a mamármelo tan deliciosamente que eyaculé casi de inmediato. La pose que ella tenía sobre la cama, sus nalgas, la enorme jeringa que permanecía en mis manos, la evocación de sus sutiles lamentos, de sus voluptuosas expresiones de dolor, todo aquello me impulsó violentamente el semen que bañó el rostro de Ruth. Ella gemía de placer y me acariciaba la base de los huevos en tal forma que mi pito no dejaba de expulsar leche.

Me tumbé encima de ella, abrazándola con delirio, después de un rato giró poniéndose a mi lado, los dos nos abrazamos y nos dormimos. Al despertar me acarició los testículos haciendo que mi pene se irguiera de inmediato. Me dijo: yo no he terminado, tienes que darme con ganas. Se puso por primera vez de perrito en la forma que ella sabía hacerlo. Sus nalgas de por sí duras las tenía corridas totalmente hacia atrás muy bien apalancadas por los antebrazos y la cabeza que reposaban totalmente apoyados en la superficie de la cama.

Observé sus excitadísimos labios vaginales, rojos, brillantes, muy bien lubricados, les acerqué mi tieso falo y lo empujé lentamente viendo cómo se perdía en medio de ellos. El fuerte estímulo visual aunado a la concentración del placer en el pene, me hicieron emitir profundos suspiros. Mi provocativa pareja intensificó el acoso diciéndome en tono extraordinariamente sensual: ¡penétrame, méteme por favor toda tu verga, quiero comérmela completa! Hice un gran esfuerzo para no eyacular precozmente, traté de pensar en otras cosas, me repetí una y otra vez: ¡tienes que hacerla gozar como nunca o te va a dejar, no vas a dar el ancho, ella es extremadamente caliente! Seguí adelante sintiendo un mayor control de la situación, hasta que la oí gritar a todo pulmón ¡Ay qué rico, ay, ay, me vengo, ay qué rico, tállame más, tállame más, me vengo! Intensifiqué el ritmo y sentí el torrente que entraba en la vagina, mientras me sujetaba de las firmes caderas contemplando el sensual y recio culo que se frunció por el efecto del fenomenal orgasmo. De momento ella no se relajó, permaneció en posición de perrito, muy tiesa soportando casi todo mi peso pues yo estaba desguanzado.

carola -

Que caliente es el NO miedo de los otros por las inyecciones. No me agrado que hubieras dejado de escribir...hay tanto de perveso en tu cabeza que nosotros los pervertidos Necesitamos de tus relatos....que caliente he quedado con algunos de ellos...escribe Anonimo que creo no somos pocos los que te leemos ....y nos recalentamos con los fetiches comunes....jajajaja...

Anónimo -

Se aceptan comentrios, sugerencias, criticas, etc. Es muy importante para mi recibirlas pues de otra manera no se si voy bien o me regreso o definitivamente me detengo.

nancy -

Anonimo, tus relartos me gustan demasiado no te habia escrito antes pero ahora que te despides pues no estoy de acuerdo porque somos muchas personas las que te leemos y nos dejas bien picadas y no pues quiero pedirte que lo pienses y que no dejes de escribir relatos porque nos gustan mucho y nos calientan, si ya no vas a escriibir pues dejanos como estabamos pero no esta bien que nos dejes bien calientes y deseando leer mas. o dinos adonde vas a escribir para buscarte, no hay que ser anonimo, danos algun dato tuyo. te quiero anonimo me calientas un chorro.

Anónimo -

Inesperada experiencia

Durante un fin de semana que pasamos en Cuernavaca, ocurrió lo que ahora les voy a contar. Ese sábado estuvimos encerrados. Ni el delicioso clima del lugar, ni las instalaciones acuáticas nos hicieron salir del cuarto, estábamos aferrados a la cama. Ahí ocurrió que la acosté por primera vez sobre mis piernas, cosa que a ella le fascinó y no ha olvidado nunca. Hace poco tiempo platicamos los dos por teléfono y, recordando nuestras vivencias de esos años, me dijo: “extraño la forma en que me acostabas sobre tus piernas”.

En esa ocasión, mientras nos duchábamos le enjaboné el cuerpo y, como parte del protocolo, le metí mis dedos bien enjabonados en el culo. Ella se resistía de palabra, pero me lo permitió de hecho. Animado por su actitud me enjaboné el penepronunciar una frase que jamás olvidaré, la cual me produce una enorme calentura al grado de evocarla mientras copulo inclusive con otras mujeres: ¿qué no ves que me haces daño?... ¿qué no ves que me haces daño? Enloquecido de placer continué tallándole la estrechísima abertura mientras el agua calientita de la regadera nos bañaba el cuerpo. De pronto me quedé paralizado y, besando con furor sus mojadas mejillas y su cabello, eyaculé abundantemente. Ella sólo apretó las nalguitas, se quedó muy seria y me dijo: “ya te di gusto, y tú tendrás que dármelo a mí cuando te pida algo”. Despreocupadamente le dije que sí.

En la noche volví a pedirle sexo anal y ella me lo concedió, esta vez lo hicimos en posición horizontal. Fueron mis primeras incursiones en esa deliciosa opción que nos gusta a los hombres tanto como escandaliza a la mayoría de las mujeres. Yo estaba fascinado por aquellas deliciosas vivencias, el fin de semana se me antojaba envidiable. La mañana siguiente desperté con las nalgas de Ruth pegadas a mi erecto pene, los dos llevábamos tan solo ropa interior. Me animé a preparar el siguiente coito pero, cuando empecé a estimular sus grandes pezones me dijo: espera, voy a pasar al baño. Se levantó, tomó su bolso y entró. Luego de un rato salió, yo esperaba que se metiera de nuevo en la cama pero ella permaneció de pie y me dijo: levántate amor. No Ruth, le contesté, mejor acuéstate, tengo muchas ganas. Entonces me dijo en tono imperativo ¡Levántate a darme gusto, me toca gozar a mí!

Me di la vuelta, me senté y la miré con atención sintiendo un gran escalofrío. Vestía su sensual ropa interior y me sonreía pícaramente llevando en su mano derecha una enorme jeringa cargada con líquido rojo muy brillante y, en la izquierda, un trozo de algodón cuyo picante aroma me revelaba estar perfectamente empapado en alcohol. Ven mi vida, te quiero inyectar y tú me lo vas a conceder igual que yo te dejé que me cogieras por la cola. Son sólo vitaminas nada dolorosas no te asustes, te va a gustar. Le argumenté: Ruth, espera, tú me dijiste que no querías mezclar las inyecciones con el sexo. Pero ya cambié de opinión, me dijo, y ahora quiero concretar esta fantasía sexual. Sentándose en la cama me ordenó, acuéstate sobre mis piernas.

Me acerqué indeciso, ella extendió su brazo y, notando que mi pene se había aflojado, me dijo: ¿no que estabas tan caliente? ¿ya te dio miedo? Me bajó la pequeña trusa hasta las piernas y me acarició los testículos haciendo que el pene reaccionara de inmediato. Así está mejor mi vida, no te achicopales, acuéstate aquí sin miedo. Lentamente me fui acomodando, ella abrió sus piernas y asió mi pene abrazándolo con sus tibios y firmes muslos. Lo hizo tan hábilmente que la erección me volvió completa.

Esa posición tan inusual y sorpresiva me inquietó demasiado, no se cómo explicarlo pero el hecho de tener mis nalgas expuestas tan a la vista de Ruth me causó mucha pena, mi problema no era de miedo por la jeringa sino de pudor por saber que ella me estaba viendo el trasero a tan corta distancia. Vinieron a mi mente incómodos recuerdos de la infancia, aquella bochornosa tarde en que mi madre me llevó al médico no se para qué efectos y él, cuyo apellido era Alamilla, doctor Alamilla, decidió inyectarme. Era un hombre maduro muy serio por quien yo sentía demasiado respeto para contradecir sus instrucciones, así que, cuando me ordenó desnudarme el culo y acostarme sobre la mesa de exploración, lo hice inmediatamente, pero sintiendo que me derretía de vergüenza pues ahí estaban, además del propio doctor, mi madre, mi hermana y una enfermera muy joven que entraba y salía del consultorio, le entregaba al doctor las cosas y se quedó asistiéndolo mientras él me inyectaba. Yo sentía a esa chica a mi lado mirándome con toda libertad el culo. Esa fue una de las experiencias más incómodas de mis primeros años, nunca se me quitó la pena y, cuando volví a ver a esa enfermera, me le escondía temiendo que se acordara de mis nalgas.

En la nueva circunstancia sentía una pena análoga. El acercamiento que tenía con Ruth, el cual un minuto antes me parecía total, se achicaba irremediablemente y tomaba su verdadera dimensión. Empecé a reflexionar que a ella la conocí en la oficina igual que a muchos otros compañeros y, por lo tanto, conjeturé que no tenía por qué estarle mostrando mis nalgas en semejante forma. Me sentí ridiculizado, como si toda la gente de aquella oficina me hubiera estado viendo el culo ¡qué terrible momento! Sólo las cariñosas palabras que Ruth me dedicaba, sus tiernos besos y caricias sobre mis nalgas, así como el cadencioso movimiento de sus muslos que estimulaban delicadamente mi pene, me fueron volviendo a la realidad y deslindándome de los dramáticos pensamientos con los que yo mismo me atormentaba.

Como si hablara a un niño pequeño Ruth me decía: a ver esas nalguitas tan preciosas ¿de quién son? Me las voy a comer completitas, están bien ricas. A ver mi vida afloja el culito para que no te duela, así flojito, sólo va a ser un piquetito. Intentaba reírme pero el humor no me volvía tan fácilmente. Sentí la nalgada que el doctor Alamilla me sonó aquella tarde diciendo ¡afloja el culo niño¡ sufrí el agudo piquete que Ruth me propinó diciendo ¡tranquilo amor, ya está pasando! La sustancia empezó a arderme en la nalga. Imaginé a la joven enfermera del Dr. Alamilla y a todos los compañeros de la oficina de Ruth ahí juntos, y deseaba que ya me metieran de golpe la sustancia para terminar la incómoda vivencia.

Luego me fui tranquilizando al oír las dulces e ingeniosas ocurrencias de Ruth: ¡no nos dolió nada, nada! Qué rico piquetito, nos gusta ¿verdad mi vida? Disfrútalo, como yo disfruté el otro día cuando me inyecté yo solita acostada en la cama ¿te acuerdas de la agujota clavada en mi nalguita? Qué rico, tú viste cómo me estremecí de dolor ¡y luego grité del agudo placer!

Los muslos de Ruth intensificaron el movimiento, me apretaban y tallaban cada vez con mayor fuerza el pene. Sentí su dedo que me entraba por el culo. No cuestioné ni pensé en nada, me dejé llevar por los embrollados estímulos del momento, los cuales se remontaron a niveles insospechados. La acelerada fricción en mi pene, las crecientes arremetidas en mi culo, las estratégicas palabras que Ruth pronunciaba: ¡jeringa, piquete, dolor, ano, verga, culo!

Mi verga escupió un cálido torrente seminal a borbotones. Ruth se estremeció y me apretó con todas sus fuerzas.


Anónimo -

Premonición

Cuando yo era niño mi madre tenía en su ropero un pequeño manual para aplicar inyecciones, el cual detallaba todo el proceso. Lo que me fascinaba de él es que contenía a doble página un grabado a todo color tan bien logrado que hasta parecía foto, de una mujer joven en el momento de ser inyectada.

En primer plano aparecía la dama, muy bonita, de tez blanca, con cabello castaño ondulado, bastante largo. Estaba acostada boca abajo con las nalgas totalmente descubiertas; su cuerpo era muy atractivo: cintura breve y nalgas generosas. Tenía puesto una especie de corpiño corto de color azul marino, con cintas atadas en la espalda; su panty blanca había sido replegada hasta el término de las nalgas. En segundo plano se veía parcialmente a una persona no bien definida que manejaba una jeringa, cuya aguja estaba clavada en el glúteo izquierdo de la joven. Era curioso ver que la paciente no estaba ni tensa ni asustada; en su rostro no había expresión alguna de miedo o de dolor, sino de satisfacción. Sonreía de manera natural y espontánea, como si aquella inyección le trajera un beneficio ansiosamente esperado.

De niño me encantaba ver ese grabado cada vez que podía, es decir, cuando la puerta del ropero estaba abierta y mi madre andaba por otro lado. Tomaba el libro, buscaba con impaciencia la página y contemplaba con deleite a la maja semidesnuda a quien amé secretamente. Cuando percibía la presencia de mi madre lo dejaba en su lugar rápidamente. Nunca imaginé que un día esa escena cobraría vida.

Resulta que poco después del viaje que les relaté en mi anterior, Elizabeth fue al doctor pues estaba resfriada y le recetaron cinco inyecciones de penicilina: la primera se la aplicó el propio doctor, pero faltaban cuatro. Al otro día llegué a su casa y me dijo que iba a buscar quién la inyectara. Yo de inmediato me ofrecí pues no iba a desaprovechar tamaña oportunidad no obstante contar apenas con los conocimientos básicos. Elizabeth se animó pensando que yo sabía hacerlo muy bien.

Pasamos a su recámara y me concentré muy bien para no cometer algún error. Desenvolví la hipodérmica, abrí la ampolleta que contenía el agua bidestilada y la succioné para agregarla al frasco con polvo blanco de 800 000 unidades de bencilpenicilina procaínica, el cual agité fuertemente hasta que se hizo la mezcla. Llené con ella la jeringa para después extraerle cuidadosamente las pequeñas burbujitas de aire. Hecho esto tomé algodón, lo empapé en alcohol y miré a Elizabeth para que se preparara, estaba vestida con una blusa azul marino sujeta con cintas en la espalda y un pantalón blanco entallado. Se veía contenta, me llamaba cariñosamente “mi enfermero”.

Con toda calma se desabrochó el pantalón y lo hizo descender un poquito junto con la panty que también era blanca. Se acostó boca abajo y me preguntó ¿así estoy bien? No. le dije, te voy a bajar más el pantalón y lo llevé hasta el final de las nalgas sin que ella me lo cuestionara. Me senté en la banquita del tocador y me disponía a inyectarla cuando ví reflejada en el espejo la imagen de Elizabeth, y Tal vez por la perspectiva en ese momento se me reveló el impresionante parecido que tenía con la chica del manual de inyecciones de mi madre.

La estuve viendo detenidamente: el rostro tranquilo, sosegado, la delgada blusita azul marino amarrada en la espalda, el cabello largo y ondulado, los brazos colocados en la misma posición, la breve cinturita, las amplias, sensuales y erguidas nalgas, la panty blanca muy bien replegada. Su semblante relajado me indicaba que las inyecciones no le impresionaban. Por no dejar, le pregunté: ¿le tienes miedo a las inyecciones? Pues no, me dijo sonriendo, sólo lo normal, y si tú me las aplicas, menos. Sus nalguitas se veían muy relajadas, en completa calma. Yo estaba impresionado de ver reproducido el grabado del libro.

Sabiendo que las inyecciones se aplican en el cuadrante superior externo de cada glúteo, lo medí mentalmente, le desinfecté la zona, clavé de golpe la aguja en el glúteo izquierdo. Elizabeth no manifestó molestia alguna, su nalga se estremeció ligeramente pero sólo como movimiento reflejo, permaneció tranquila, con la misma actitud de la chica del libro. Sólo cuando empezó a entrar la sustancia, sin perder la figura, casi sonriendo, exclamó: ¡me arde un poco! y eso fue todo lo que dijo. Su actitud controlada, serena, me impresionó y me calentó más que si la hubiera visto gritar, quejarse y patalear. Sentía el pene bien erecto y la trusa mojada.

Antes de extraer la aguja volví a contemplar la sensual escena como si me saliera de ella y la observara desde afuera. Era impresionante el parecido de Elizabeth con la joven del libro. Tuve una especie de visión de lo más extravagante pero que de pronto me estremeció la piel y me hizo sentir un leve desvanecimiento.

En el grabado de la revista que se encuentra dentro del arsenal de mis recuerdos infantiles más recónditos, la bella joven alzó la cabeza, volteó a verme y me dijo: tanto me has admirado y deseado desde que eras un niño pequeño, que ya soy tuya, te entrego mi vida y mi cuerpo. Mi nombre es Elizabeth, estoy acostada frente a ti, tú me inyectas hoy y eres el mismo que me inyectaba antes en el grabado del libro, el cual ya no existe, no existió nunca. Sólo fue premonición de lo que ahora vivimos tú y yo. Eres el hombre que esperaba.


Anónimo -

Mira Nancy, el otro día me sentí muy cansado de hablar acerca de esa familia con la que establecí una entrañable amistad, abruptamente interrumpida al terminar con Elisa. Confieso que la lejanía de mi amada me afectó mucho.

Ahora, después de leer tu mensaje, atendiendo tu amable petición me senté a escribir un poco, pero acerca de otra persona. Comienzo una nueva secuencia de relatos, ahora serán acerca de Ruth que fue para mí tal vez más importante que Elisa. Nos conocimos cuando los dos teníamos 24 años. Yo soltero, ella casada pero muy mal avenida con su marido. Nuestra relación fue muy intensa, tuvimos sexo incontables veces, en muy distintos lugares y formas. Por azahares del destino, el mismo año que terminé con ella me hice amante de Elisa.

Recuerdo a la bella Ruth con nostalgia y mucho cariño.

El inicio

En mis más antiguos recuerdos la veo caminar por aquella oficina donde ambos trabajábamos. Un día, no se cómo, empecé a tratarla. Nos fuimos conociendo, ella era dulce, cariñosa, comprensiva, sensualísima, fogosísima y muy guapa. Sus vivos ojos verdes, sus enormes senos y sus duras nalgas, acapararon mi atención. No duramos mucho tiempo trabajando juntos, en menos de un año me fui a otra empresa y, cuando pasé a despedirme de ella, la tomé por sorpresa y le planté un beso en la boca. Se puso muy nerviosa pensando que alguien nos hubiera visto, pero no me expresó molestia. Unos días después la invité a tomar un café y, nuevamente, al despedirme la abracé y la besé, ella se me prendió de inmediato y tuvimos un breve pero intenso cachondeo: comprobé que ambos nos deseábamos.

La invité a un bar donde platicamos, escuchamos música, bailamos, bebimos algunas copas, nos besamos y, viendo que aquello tenía muy buena cuerda, le propuse terminar nuestro primer encuentro en un hotel. Ella aceptó enseguida.

Sentados ya en la cama le extraje los fenomenales senos y estuve chupando con extremo deleite sus enormes pezones que se pueden catalogar fuera de serie, al tiempo que metía mi mano por debajo del vestido entre sus piernas, hasta llegar al fondo del estrecho callejón y hacer base en la deliciosa pared final. Luego le alcé el vestido, la acosté boca abajo para contemplarle el culo. Me impresionó la dureza de sus piernas y muy especialmente de sus nalgas. Éstas eran firmes, recias, tengo grabada en mi memoria la singular sensación de acariciárselas, presionárselas, palmeárselas, o de chocar cadenciosamente mis piernas y mi pubis contra ellas en el momento de hacer el amor en pose de perrito, que a ella le fascinaba. Sólo he conocido otro culo con esa dureza: el de una joven campesina con quien no llegué a tener más intimidad que una fugaz cachondeada. Esa cualidad que Ruth tenía en sus nalgas me calentaba enormemente y me inspiraba a darle nalgadas, a mordérselas, pellizcárselas y picárselas con mis dedos y con agujas hipodérmicas, como les contaré más adelante. A ella le gustaba y me permitía hacérselo.

Otra cualidad de Ruth es que usaba ropa interior muy atrevida y sensual: sus pantys eran prácticamente tangas, siempre de color, le encantaban las rojas, pero también usaba azules, verdes, amarillas, de tono coral, rosa mexicano muy intenso, siempre colores fuertes, envolturas acordes a la reciedumbre de aquello que cubrían. Al hacer el amor en pose de perrito no le retiraba la panty pues el diseño me calentaba en exceso, me encantaba verla y sentirla cerca.

Una cualidad más es que Ruth era una maestra tanto en el arte de besar como en el del sexo oral. Siempre me dijo que yo no sabía besar pues nunca llegué a igualar las salvajes embestidas de sus labios que me ensalivaban casi toda la cara, y de su lengua que me rastreaba palmo a palmo la boca y casi me ahogaba. Mientras me besaba yo me quedaba inmóvil, no podía hacer nada, su acción era tan impresionante que me paralizaba, acaparaba toda mi atención y no me daba tiempo de pensar en nada.

Aquella noche, cuando sentí por primera vez mi pene sumergido en aquella voluptuosa maquinaria de placer que tiene en la boca, pensaba estar ya adentro de la vagina ¡qué mamadas tan sensacionales! ¡Me pitorreo de todo lo que he conocido después y que prácticamente me causa risa! En esa ocasión le pedí que por favor ya me dejara, para poder llegar de alguna manera a la otra vía.

La puse boca abajo y cuando me percaté que su hermosa panty de fino encaje prácticamente me permitía verle el culo completo, me emocioné tanto que empecé a besarle la prenda así como los glúteos. Cuando sentí estar a punto de eyacular, le bajé la panty, ella se la quitó completamente, se dio la vuelta y abriendo las piernas me recibió el pene en su deliciosa covachita caliente, suave, muy bien lubricada, a la que no pude estimular más allá de unos breves segundos, pues sus brazos, la sensualidad de sus movimientos y de sus dichos (empújame todo tu pito, quiero sentir tus huevos) me hizo eyacular prematuramente, lo cual a ella le resultó frustrante, pero lo comprendió, supo que me sacaba una enorme ventaja en el arte de copular, pero decidió iniciarme en él. Ya les contaré.

Anónimo -

Elizabeth

Por ese tiempo el destino me deparó conocer a una chica extraordinaria. Aquella mañana me llevaron a presentar a una nueva compañera: tenía 19 años, guerita de cabello largo, ojos grandes color café, complexión y labios muy sensuales. El mini vestido color amarillo oro que llevaba permitía apreciar sus bellas piernas. Tenía además una estrecha cinturita, caderas y nalgas de lo más inquietantes. De esos cuerpos que le hacen a uno voltear, fijar con atención la vista y comentar después a los amigos: ¡qué buena está esa chica!

No recuerdo haber tramado ni establecido plan alguno para ganarla, los dos estábamos muy ocupados pero poco a poco nos fuimos conociendo y acercando. Primero nos ayudamos en el trabajo, luego empezamos a platicar y a retirarnos juntos. La encaminaba en transporte público a su casa para seguir mi camino a la escuela donde estudiaba por la tarde. Eran tiempos de minifalda, sus bellas piernas estaban siempre a la vista, su cuerpo despertaba la tentación y el morbo de la gente. Empecé a sentir las presiones de cuidarla, pero eso me hizo también apreciar mi privilegiada situación y la gran oportunidad que tenía de conquistarla porque, ya para entonces la deseaba.

Elizabeth es para mí el arquetipo de mujer plena. Buscando que me comprendan voy a utilizar el siguiente ejemplo. En arte pictórico, cuando se quiere representar a una mujer sensual, hermosa, apetecible y bella, se procede a trazar curvas. Para un dibujante la cosa es muy sencilla: marca la estrechez de la cintura, la prominencia de las caderas y el paulatino estrechamiento hacia las piernas. Eso es Elizabeth: la exitosa conclusión de un cuerpo femenino por parte de la naturaleza.

En una de nuestras primeras salidas fuimos a un balneario y la ví por primera vez en traje de baño. Era rojo de dos piezas tipo bikini. Comprobé sus bellas cualidades físicas: busto mediano, cintura muy estrecha, caderas y muslos anchos, nalgas erguidas, piernas muy bien proporcionadas. La traté con mucho cuidado pues era una niña formal de corte serio. Sólo recuerdo que estando acostada boca abajo sobre el césped con una gruesa trenza en la espalda, el aire trajo y posó una hojita sobre sus nalgas. Yo la observaba inquieto, lo estuve pensando y finalmente me atreví a retirársela. Tengo bien grabada en mi memoria la deleitable sensación de tocar aquel glúteo firme pero suave, apetitoso. Ella interrumpió por un instante la conversación, me miró nerviosa, luego bajó la vista y siguió platicando. Lucía unas nalgas que despertaban el interés y el morbo de cualquiera. Los varones que pasaban por el lugar no perdían la ocasión de mirarla con atención. Yo por mi parte estaba en un serio aprieto: no podía levantarme pues tenía el pene bien erecto.

Un día que paseamos juntos la llevé cerca de su casa (no me había invitado a llegar hasta la puerta). Me iba a despedir y no aguanté más las ganas: me acerqué a ella y le di un beso en la boca. Me miró nerviosa, sonrió y, sin ahondar en el hecho, se retiró. Después de casi tres meses de vernos solamente en la calle, me invitó por fin a su casa. Entonces me enteré que vivía con un hermano, la esposa y el hijo de éste. Sus padres y el resto de la familia vivían en una ciudad costera del Golfo de México, de la cual todos ellos son oriundos. Elizabeth vivía con una gran libertad de acción ya que tanto su hermano como una hermana casada que también radicaba en la ciudad, pasaban temporadas en su tierra.

Una tarde que estábamos cansados de caminar me invitó a su casa y encontró una nota sobre la mesa del comedor: su hermano se había ido a pasar el fin de semana con sus padres. Ella lo tomó con naturalidad, puso música y nos sentamos a tomar café. Estuvimos muy tranquilos pero, ya casi para retirarme, teniéndola a mi lado vestida con un pantalón rosa bien entallado y una blusita blanca delgada que acentuaba la estrechez de su cintura, la abracé, la acerqué a mí, nos besamos con gran pasión y terminamos tumbados en el sofá de la sala, ella encima de mí. Ahí le acaricié por primera vez esas nalgas tan hermosas. Nunca he tenido a mi alcance formas tan perfectas. Acariciar el cuerpo de Elizabeth es tomar una peligrosa ruta de curvas, en las que puede quedarse uno varado para siempre.

Traté de desabrochar su pantalón, ella me dijo: ¡no, espera! Pero cambió de opinión y me dejó avanzar un poco. Le desnudé las nalgas y parte de las piernas, comprobé la extraordinaria suavidad de su piel y la deliciosa consistencia de sus glúteos. No me cansaba de recorrer aquellas enloquecedoras curvas que empiezan brutalmente en la cintura y se extienden hasta la suave colina que desciende de las caderas por la mullida planicie de los muslos. Mientras nos besábamos con desesperación, mis manos escalaron los prominentes glúteos y bajaron lentamente hasta perderse en la grieta del culo. Palpé con deleite el accidentado nudo rectal donde inserté la punta del dedo y lo fui deslizando poco a poco hasta que entró casi completo. Cuando empezaba a tallarle la sensible abertura, Elizabeth me paró en seco. Se puso de pie, se vistió y me dijo: sí quiero hacerlo contigo, pero no aquí ni ahora, hagamos un viaje de fin de semana.

Así fue como acordamos realizar el viaje que les relataré luego.


Anónimo -

Gracias Carola, te recordé escribiendo algunos de mis relatos. Espero que el siguiente te guste. Te mando un beso.



Una cita por demás inesperada

Voy a abrir un paréntesis en los relatos que les estoy ofreciendo acerca de Elizabeth, porque surgió un imprevisto sumamente curioso que quiero compartirles.

Resulta que hace unos días me habló por teléfono una mujer y me dijo: ya leí lo que estás dando a conocer en INTERNET y quiero decirte que eres poco hombre, boquiflojo, incapaz de comportarte como un caballero. Elisa se entregó a ti por amor y no tienes por qué contar a todo el mundo lo que pasó entre ustedes. Pero es todavía peor y no tiene calificativo, que des a conocer otras intimidades de una familia a la que yo estimo como si fuera la mía. Tampoco es cierto lo que dices de mí, yo soy la señora Eulogia y nunca abusé de la confianza de Elisa ni de sus hijas, como tú lo haces creer.

Le expliqué que todo lo que sabía de ella me lo dieron a conocer quienes son aparentemente las afectadas y que no había dicho nada que no tuviera ese respaldo. Ella contestó: quiero hablar contigo en persona, espero que tengas el valor de hacerlo. Le respondí: yo acepto señora Eulogia, pero no se adonde quiere usted llegar ¿no le basta con lo que ya me dijo? No, en absoluto ¿me tienes miedo? Para nada señora Eulogia, será interesante conocerla.

Llegué al lugar indicado, pedí un café y me senté a esperar. Vi varias mujeres que encajaban en la imagen que me había formado acerca de ella, pero finalmente se acercó una dama que me desconcertó. Era alta de complexión media, ya grande, con aire distinguido. Tenía el cabello teñido en tono castaño. Llevaba un vestido floreado corto, color verde muy ajustado. Su rostro y toda ella con aire maduro pero bien conservada, su cuerpo aún podría llamar la atención. Soy Eulogia, me dijo, usted seguramente es A ¿puedo sentarme? Me puse de pie, le jalé la silla y la ayudé: siéntese por favor señora Eulogia, qué agradable sorpresa, no esperaba que fuera usted tan joven y tan guapa, la imaginaba mayor. Se quedó muy seria y me dijo: bueno, gracias por el cumplido pero la verdad es que no vengo a establecer relaciones contigo, sino a reclamarte por todo lo que has dicho de nosotras. Yo le contesté: lo que he dicho con base en mi propia experiencia es absolutamente cierto; de lo que me contaron sólo puedo garantizarle que no he añadido ni quitado nada.

Me miró muy seria y me preguntó: ¿cuál ha sido tu motivación para contar todo eso? Le contesté: me ha movido el deseo de recordar las hermosas vivencias que tuve con los personajes referidos, ya sea interactuando con ellos o simplemente escuchando sus confidencias. Ahora dígame usted ¿qué hay de cierto en las versiones de Elisa, Stella y Nayeli, de que usted abusó de ellas?

Se quedó muy seria, jaló la silla, cruzó la pierna mostrándome una parte de sus muslos y me lanzó un sorpresivo comentario: yo a ellas las conozco desde siempre y si dijeron eso es porque son muy bromistas, pero quiero que tú me conozcas y juzgues por ti mismo qué clase de mujer soy. No supe de momento qué contestar, me miraba con sensualidad. Indudablemente es una mujer ya grande pero eso la hace interesante, sobre todo porque conserva cierto atractivo físico. ¿Hasta qué punto está usted dispuesta a que la conozca señora Eulogia? Sonriendo, como en broma, me respondió: cualquier intento que hagas, cariño, contará con mi beneplácito, no estoy para ponerte condiciones.

Estuvimos platicando acerca de su vida, comprendí que su papel no muy bien definido de nana, asistente, amiga, enfermera, de la familia de Elisa, no fue sino una circunstancia muy marginal, pues lo suyo es el diseño y producción de ropa para dama. Reconoció que Elisa le despierta cierto morbo, pero dice que sus hijas no le llegan ni a los talones y que nunca tuvo interés en ellas. Asimismo afirmó no ser lesbiana ni haber tenido jamás relaciones con mujeres, excepto que le calienta inyectarlas, pero sus preferencias muy bien definidas son heterosexuales. Llevábamos cerca de dos horas platicando cuando súbitamente me invitó a seguir la reunión en su casa.

Vive en un departamento pequeño, muy acogedor. Me dijo: ponte cómodo, se sentó a mi lado y tomando mi mano comentó: yo nunca me ando por las ramas y a mi edad menos, ya que llegaste hasta aquí quiero decirte que me gustas, yo no he tenido sexo desde hace cerca de diez años, pero contigo llegaría a tenerlo. Le dije: apenas nos conocemos ¿no te causa inquietud eso? Ninguna, respondió, después de leer tus relatos te siento parte de la familia. ¿Y si después de tener relaciones sexuales contigo plasmara en un relato nuestra experiencia, qué pensarías? pregunté. Ella se quedó un momento muy seria, luego contestó: ¡qué padre! saber que a mi edad no sólo llegue a calentarte a ti sino también a las personas que lean el relato y conozcan nuestro idilio…es algo sensacional.

Viendo que no era en absoluto rebuscada, decidí lanzarle un anzuelo para saber cómo reaccionaba. Poniendo la mano sobre sus piernas le dije: fíjate que para entrar en calor me gustaría probar en ti misma las delicias de aquello en lo que tú eres una experta ¿me dejas que te inyecte? Eulogia desfiguró el semblante, respiró varias veces a profundidad, se puso de pie, caminó erráticamente, luego volvió a sentarse y finalmente me dijo: voy a ser muy sincera contigo, no quiero mentirte, esto casi nadie lo sabe pero a ti te lo voy a confiar: el morbo que me produce aplicar inyecciones emana del terror que me produce recibirlas, hace muchos años que no me inyectan y es algo que no podría soportar, pídeme otra cosa, cualquier tipo de sexo, pero no que me inyectes.

Descubrir el punto exacto del dolor me aceleró el morbo, de manera que le dije: nada me gustaría más que picarte las nalguitas cariño, tengo mano muy suave y quiero demostrártelo. Estuvimos discutiendo por un rato, ella me pedía que la comprendiera y me ofrecía cualquier cosa, que le aporreara y le perforara el culo, a cambio de no inyectarla. En respuesta la abracé, nos besamos, le acaricié las piernas, el busto, se fue calentando hasta que me dijo: a ver qué sale, por favor tenme paciencia, espero dominar mis nervios, y me hizo pasar a la recámara.

Sacó del closet una cajita con todo lo necesario para que la inyectara, incluyendo la célebre tinita plateada a la que tanto me referí durante los relatos acerca de Elisa. Fue a la cocina, preparó todo y, por fin regresó a la recámara y me entregó un plato sobre el cual estaban cuidadosamente colocadas: la antigua jeringa desensamblada; dos agujas, la ampolleta que seguramente consistía en simple agua bidestilada, algodón y un pequeño frasquito con alcohol.

Mientras yo ensamblaba y cargaba la jeringa, Eulogia entró al baño y después de un rato salió tan sólo en ropa interior de color negro, portando los símbolos más sensuales que estaban de moda a mediados del siglo pasado: pantaleta y brassiere de seda, y un pequeño liguero que le sujetaba las medias a la altura de los muslos; de esas medias que se fabricaban todavía con costura. Su cuerpo mostraba las huellas de la edad pero no dejaba de ser estimulante. Su blanquísima piel se veía un poco flácida pero no arrugada. El brassiere le sostenía los maduros senos dejando una gran parte de ellos a la vista. No tiene mucha cintura pero sus caderas son amplias y las nalgas abundantes, lo cual le moldea un poco el cuerpo. Sus piernas se ven todavía torneadas.

Se acercó a mí, me besó los labios y me dijo: espero que mi cuerpo aún pueda calentarte, te voy a dejar hacer lo que a ningún otro hombre le he permitido, o sea inyectarme. Diciendo esto, me dio la espalda situándose de frente a la cama y se bajó totalmente la pantaleta, quedando a la vista un culo con poca elasticidad y algo de celulitis en la parte baja, pero que una vez acostada Eulogia, mejoró mucho su aspecto, se le veía más firme, liso y atractivo. Le ayudaba también la vestimenta: las medias que eran de color oscuro le resaltaban la blancura de la parte no cubierta de los muslos así como de las nalgas. Me acerqué y le desprendí las ligas traseras de las medias diciéndole: ¡qué sensuales nalguitas tienes Eulogia! Ella sonrió, se veía tranquila, pero en el momento que le desinfecté el glúteo irguió como resorte el cuerpo quedando de rodillas sobre la cama y gritó: ¡no, por favor, espera, no me inyectes, no me inyectes, por piedad, discúlpame, no resisto los nervios!

Le di unas nalgaditas y volví a acostarla diciéndole: no pasa nada encanto, tranquila, es algo que tú le has hecho a muchísima gente y sabes muy bien que de eso no se muere nadie, mira qué lindo culito tienes, déjame verlo. En ese momento, sin decir más le clavé de golpe la aguja, haciendo que Eulogia emitiera un agudo chillido: ¡AAAAYYY, no por favooor, no me inyectes, no me inyectes, me duele AAAAYYY, AAAYYY me duele mucho! Como empezaba a forcejear la presioné de la cintura y le dije: quietecita cariño, estoy por terminar de inyectarte la colita, así ¡Listo preciosa! Le extraje la aguja, me tumbé encima de ella, la abracé y empecé a besarle las mejillas para consolarla pues estaba llorando a lágrima viva. Me decía: es que me engañaste, me tomaste por sorpresa, me lastimaste mucho…

Sentía sus nalgotas debajo de mí y mi pene empezó a reaccionar en consecuencia, me bajé el pantalón y le empecé a tallar la raja hasta que logré la erección plena. Mientras tanto le acariciaba las nalgas, sentía su piel muy suavecita y me excitaba muchísimo. Reflexioné que acababa de inyectar a una mujer ya entrada en años y que ahora me la iba a coger y esa idea me excitó todavía más, al grado que decidí separarme un poco para contemplarla detenidamente. Estaba, en efecto, acariciando unas nalgas ya poco firmes pero grandes, blancas, tibias, muy suaves, que se movían exquisitamente.

Pasé mis brazos uno a cada lado del cuerpo de Eulogia y concentré mis manos debajo de su panocha, hurgando con las puntita de mis dedos el delgado bello púbico, mientras con el pene le empecé a horadar los dilatados labios hasta penetrarle a fondo la vagina, que era muy amplia, pero cálida, húmeda, ansiosa, placentera. Eulogia suspiró repetidas veces, luego gimió como gatita y me dijo: gracias amor por regalarme estos momentos tan bellos, gracias por comprenderme, gracias de todo corazón por lo bueno que eres, gracias mi amor, muchas gracias. Mientras tanto en un movimiento envolvente yo le presionaba la pelvis y le propinaba buenas arremetidas con la verga bien erecta. A cada empujón sentía mi pito deslizarse holgadamente en esa deleitable covacha. Ella abría la boca y exhalaba con fuerza, apretando los puños y desorbitando los ojos. Estaba totalmente desinhibida, relajada, enloquecida de placer y de ganas. De pronto se quedó como trabada, empezó a jadear como si se ahogara, a retorcerse apretando las nalgas y pataleando, luego gritó: ¡me vengo, no lo puedo creer, me vengo, ya no me acordaba cómo se sentía esto! Y pronunciando un interminable ¡aaagggggghhhhh! empezó a temblar y a estremecerse como convulsionada, al momento que mi semen le bañó con indomable fuerza las maduras entrañas.

inyecciones!!! -

relato de una inyeccion!!



hola a todos los que esten leyendo este relatoyo soy zara y se trata de mi temor a las inyecciones en mi infancia y adolescencia resulta que yo me enfermaba con una facilidad impresionante y para mi mala suerte las inyecciones siempre me acompañaban a casa.
un dia me empece a sentir un poco mal, me dolia el cuerpo, los ojos me lloraban y me comence a tener temperatura, yo no queria decirle nada a mi mama porque sabia que me iba a llevar al doctor pero era inevitable ocultar lo mal que me sentia asi que en la hora de la cena mi papa me pregunto si me sentia bien y yo le conteste que si que todo estaba bien, de pronto a mitad de la cena senti la necesidad de ir al baño,las nauseas eran impresionantes de modo que no podia ocultar mas mi estado y en ese momento mi mama decidio llevarme al doctor
MAMA: zara que te pasa mi amor, te sientes mal.
yo le conteste que si que me sentia pesimo.
MAMA: deja voy por mi bolsa y nos vamos para que te revisen
PAPA: no yo la llevo mejor tu quedate con los niños que ya estan dormidos
MAMA: esta bien, aqui los espero
mi papa y yo nos dirigiamos al consultorio y yo ya sentia los nervios previos, empece a sudar frio y me daban escalofrios mi papa preocupado me dio su saco y me dijo que me calmara que ya faltaba poco para llegar.
se incrementaron mas mis nervios y no podia dejar de pensar que me podrian recetar unas cuantan inyecciones solo de pensarlo se me ponia chinita la piel.
PAPA: llegamos, ven bajate chiquita.
el consultorio eren de esos que estan junto a una farmacia entonces teniamos que hacer la cita en la misma, mi papa se encargo de todo eso.
PAPA: ven vamos a esperar a que se desocupe el doctor.
nos sentamos en la banquitas que estan afuera y yo cada vez me sentia peor, me quede dormida en los brazos de mi papacuando de pronto nos avisaron que ya podiamos pasar.
DOCTOR: adelante porfavor, que los trae por aca.
PAPA: pues aqui mi niña que se siente mal.
el doctor me dijo que iva a examinar y me pregunto que si me dolia algo en especifico y le comente los sintomas que ya les habia dicho antes.
DOCTOR: bueno, si tienes una infeccion muy fuerte en la garganta la traes muy inflamada, te voy a tener que recetar unas inyecciones de penicilina que te van a ayudar mucho.
en ese momento mis ojos se llenaron de lagrimas me dio un miedo terrible que lo unico que hice fue abrazar a mi papa.
PAPA: cuantas inyecciones le va a recetar.
DOCTOR: el tratamiento consta de 7 inyecciones y es muy importante que te las pongas todas zara.
ZARA: yono quiero ninguna me duelen mucho.
DOCTOR: SR. quiere que le aplique la primera.
mi papa le dijo que no porque mi abuela era la que nos inyectaba siempre entonces compramos el medicamento en la farmacia y nos regresamos a la casa
MAMA: como les fue.
yo abraze a mi mama y empece a llorar.
PAPA: le dieron inyecciones, hay que hablerle a mi mama para que venga a inyectarla.
MAMA: ven vamos a tu cuarto a recostarnos un ratito.
subi a mi recamara con mi mama e insistio en que me pusiera mi pijama la cual accedi para estar un poco mas comoda, me meti en las sabanas porque tenia mucho frio debido ala temperatura que tenia y de pronto entro mi papa al cuarto.
PAPA: ya viene tu abuela para aca.
yo solo me cubri hasta la cabeza con las sabanas y trataba de dormir un poco cuando se escucha el timbre.
mi papas bajaron a abrir la puerta, se quedaron un rato abajo platicando supongo,cuando menos lo esperaba tocan a mi puerta era mi abuela.
ABUELA: hola!!! zarita como que te enfermaste??
ZARA: si abuela me siento muy mal, pero no quiero que me inyectes.
ABUELA: si no te inyecto como te piensas recuperar.
ZARA: no se, pero no me quiero inyectar.
mi mama le dio la jeringa y el medicamento a mi abuela para que preparara la inyeccion, yo sabia que no habia otra alternativa mas que inyectarme.
ABUELA: no te preocupes zarita te vas a sentir mejor con estos piquetitos.
ZARA: haay!! no quiero abuela.
me empece a poner demasiado nerviosa viendo a mis papas en el cuarto, a mi abuela preparando la inyeccion y para colmo mi abuelo iva entrando a mi cuarto.
ABUELO: mi niña, como te sientes.
ZARA: mas o menos.
por mas que trataba de no voltear a ver a mi abuela como preparaba esa inyeccion que no se si eran mis nervios pero yo la veia enorme, la jeringa estaba llena del medicamento hasta el tope y esa aguja era la mas larga que habia visto en mi vida.
MAMA: ven zara, vamos a acomodarte.
ZARA: no mami no quiero( me dieron unas ganas enorme de llorar).
MAMA: no pasa nada andale volteate amor.
ABUELA: solo preparo el algodon y estoy lista chiquita.
el escuchar eso me presiona mas de lo que estaba.
PAPA: zara rapidito mamita, no le pienses mucho.
ZARA: papi me va a doler, no quiero.
ABUELA: ya zarita, se me va a tapar y te voy a tener que poner doble piquete.
ZARA: noooo!!!
MAMA: ven para bajarte la pijama.
ZARA: esperame mami.
MAMA: esperate a que?
ZARA: tengo miedo.
ABUELA: no pasa nada zarita.
PAPA: ven rapido, bajate la pijama, andale amor estas haciendo mas show de lo que es.
ZARA: abuelita me va a doler mucho?
ABUELA: no ya acuestate bocabajo.
ABUELO: no te preocupes no se van a tardar nada en ponertela.
MAMA: a ver ya volteate para bajarte el calzon amor.
ABUELA: listo te voy a poner el alcohol, va a estar un poco frio.
PAPA: doblale la pierna amor.
MAMA: asi
ABUELA: si
ZARA: abuelita ponmela despacito
ABUELA:si tu tranquila ok.
ZARA: haaay noooo!! voy a llorar
MAMA: llora mi amor no pasa nada.
ZARA: papi sueltame yo puedo sola.
PAPA: asi estas bien ya no te muevas.
ZARA: mami porfavor no quiero.
MAMA: tranquila bebe relajate si.
mientras mi papa me sujetaba del torso mi abuelo me detenia las piernas, estaba completamente inmovilizada situacion que era muy frustrante, mientras le rogaba a mi mama que me ayudara ella solo me decia que todo iva a estar bien que me relajara y me daba un ligero masaje sobre la espalda.
el momento menos deceado llago para mi. Mi abuela me introduciria la aguja en mi pompita...
ABUELA: no te me muevas porque puedes romper la aguja, ni aprietes la pompita sino te va a doler ok mi amor.
ABUELA: 1...2...3... aqui viene el piquetito.
ZARA: haaaaaaaayyy!!!
MAMA: chiquita no aprietes la pompi.
ZARA: esque me duele mami, me duele mucho.
MAMA: ya vaa pasar te lo prometo.
en ese momento lo unico que podia hacer era llorar.
si les pudiera decir con palabras lo que senti en ese momento fue muy doloroso, las lagrimas se me salian de mis ojos, mi pompita me temblaba del dolor, la pierna se me empezaba a acalambrar y a todo esto no llevaba ni la mitad del medicamento inyectado...
ZARA: ya abuelita ya sacamela me duele mucho.
MAMA: no grites bebe estan tus hermanos dormidos, aprieta mi mano si es necesario.
mi mama no dejaba de darme besos y masajes en la espalda tratando de calmarme, pero nada era suficiente para calmar el dolor que sentia.
ABUELA: ya casi termino zarita ya no llores.
PAPA: ya mi amor falta poco.
me decia esto mi papa mientras limpiaba las lagrimas de mi rostro.
ABUELO: esto es por tu bien mi niña, no nos gusta verte enfermita.
ZARA: ya no aguanto mas porfavor.
ABUELA: LISTO! ya fue todo.
PAPA: ya zara ya fue todo, mi bebe no llores.
MAMA: a descansar mi amor, duermete un rato.
ABUELA: zarita que descanses chiquita mañana nos vemos.
ZARA: adios.
ABUELO: que te recuperes pronto mi niña, nos vemos luego.
ZARA: si abuelo, adios.
ABUELO: nos vemos hijo.
PAPA: deja los encamino ala puerta.
ZARA: mami, quedate conmigo.
MAMA: claro que si chiquita, ya no llores mi vida ya paso todo he
ZARA: me dolio bastante.
MAMA: ya descansa mi amor.



es asi esta mi historia con las inyecciones espero que les haya gustado un saludo muy afectuoso a todos los que lo han leido si les gusto no duden en decirmelo y les podre contar mas historias

nos vemos, hasta la proxima

bye!!

=)



crm -

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Karol -

Hola amigos, he estado un poco ausente por cuestiones laborales y no me ha quedado tiempo de escribir, aunque esta vez lo hago para hacer un comentario: No se si estoy equivocada pero quiero decirles lo siguiente. Para mí Eulogía es el mismo Anonimo el que está escribiendo, desde hace rato lo había empezado a sospechar, pero ahora al leer estos últimos relatos de Eulogía me he dado cuenta que la forma como relatan es total mente igual.... y me perdonan si estoy equivocada pero lo pienso así.. Si es así lastima porque estabamos acostumbrados al seudonimo de Anonimo, y ademàs yo creo que para todos era como el personaje prinicpal de todos estos relatos. Suerte a todos.

Anna -

Querido Simón:

Excelente vídeo, muchas gracias. Efectivamente no sois Silvia y tu pero en la vida real deberá de haber encuentros como éste.


Anna -

Querido Carlónimo:

Pensé que eso que decía Eulogia sobre el fallecimiento de Anónimo no era cierto, es una pena y todavía me resisto a creerlo. Afortunadamente tú has venido a terminar lo que él ya no pudo hacer. Aunque sigo pensando que no puede ser que haya fallecido.

¿Sabes que tu también me encantas? Me gusta tu creatividad, me gusta la manera en qué escribes, me gusta que me tienes en suspenso y me gustan muchas cosas más. Cuando leí la descripción que ha hecho Eulogia sobre Anónimo, lo imaginé, y pensé que se llamaría Carlos.

No, no haré que cambies la historia, yo escogí a Daniel y si se que hemos seguido saliendo Daniel y yo nosé que me puede pasar pero ya ves que si hemos salido.

Y te voy a decir una cosa, esa tal Lulú estará muy bien dotada pero no tanto como yo y tendrá un prominente culo pero quizá ese sea su único atractivo mientras que yo poseo muchos mas. Y acepto todas las consecuencias de mi elección, que por cierto ya las estoy viendo.

Yesenia me está liando, ya que debe de haberse confabulado con Lulú, pero será a cambio de algún "favor" por parte de Lulú. ¿Cómo puede uno resistirse a tanto placer? Aunque Daniel tiene un poco de culpa por no prestame la atención debida, pero vamos... veamos cúal es la rección de Danielito.

¡Y me encanta que estés aquí Carlónimo!

Carlónimo -

Hola querida Anna

Me pareces una mujer muy inteligente, creo que no hay problema que tú no puedas resolver. La táctica de referirte a un tal “Carlos” fue genial y en gran parte por eso estoy ahora aquí ¿Sabes que me encantas?

Pero no harás que cambie la historia, en su oportunidad te inclinaste por Daniel y lo que tenga que ser, será. ¿Por qué dices “hemos estado saliendo al café, a las tapas, al teatro y al cine y…”? Eso tú no lo sabes todavía ¿o sí? Por otro lado, es cierto que tú eres muy bella y con un cuerpo sensacional, pero no olvides que Lulú está muy bien dotada, en particular cuenta con unas nalgas de vértigo, con las que puede conquistar a muchos hombres. Y es muy astuta. Hay mucho qué contar, no comas ansias ni, por nervios, trates de blindarte a las consecuencias de tu elección.

Simón -

Enorme misterio...... pero podrían ir mandando relatos los demás y mantendríamos activo el blog en su honor, esté donde esté.

Simón -

Nuevamente, no somos Silvia y yo, pero la escena es muy buena:

http://www.youtube.com/watch?v=wXPD0uPThII&feature=channel_page

Carlónimo -

Incómoda rivalidad

Es cosa de todos los días que yo aplique inyecciones. Durante las 8 horas que comprende mi jornada de trabajo, algunos de los médicos del hospital me llaman para que acuda a sus consultorios y suministre las intramusculares que ellos recetan, las cuales por diversas razones ellos deciden no aplicar personalmente. Aquella mañana me sorprendió ser llamada al consultorio del doctor Daniel, un joven muy guapo a quien yo no dejo de admirar en diversas formas. Nunca me piden ir ahí porque él acostumbra inyectar a sus pacientes personalmente, así que cuando llegué estaba ansiosa de saber de quién se trataba y me sentí impactada al percatarme que era una joven por demás atractiva a quien el doctor ofrecía un trato muy considerado. Mientras yo la miraba con suma curiosidad y celos el doctor me sacó del embeleso ordenando: Lulú, por favor aplica a la señorita 3 mililitros de mega-complejo PX37 plus.

La joven me miró un poco sorprendida ya que probablemente esperaba que Daniel la inyectara y poniéndose de pie mudó su semblante y me obsequió una dulce sonrisa mientras el doctor no le quitaba la vista. En realidad no sabía por qué Daniel me hizo acudir al consultorio pues de todas maneras él permaneció sentado sin dejar de contemplar la escena. La joven, de nombre Anna, estaba un poco confundida pero, como parecía tener con el doctor una gran confianza y también lo miraba con cierto embeleso, no titubeó para alzar su pequeña faldita, introducir los pulgares de ambas manos al interior del fino elástico de la panty y hacerla descender suavemente hasta la cima de sus respingados, suaves y redondos cachetes que, al ser mostrados, sufrieron un leve pero innegable sonrojo. Anna trató de esconder las nalguitas girando graciosamente el cuerpo con el pretexto de buscar acomodo en el diván, intercambió una fugaz miradita con el doctor que la contemplaba sin parpadear y, por fin se acostó con el rostro sumido en el rombo que había formado con los brazos. Daniel parecía suspirar al contemplarla tendida con el amplio trasero desnudo ofrecido en pompa.

Cuando me dispuse a escoger el sitio para la aplicación descubrí rastros de piquetes sucesivos en ambos glúteos. Presioné sutilmente con mi dedo la zona inyectable del lado izquierdo y Anna emitió una lastimosa queja. Repetí la operación del lado derecho y la hice gritar de dolor. Miré entonces al doctor solicitándole sus instrucciones y él se levantó para constatar personalmente la gravedad del daño. Enseguida identificó más de diez vestigios de piquetes anteriores, oprimió con su propio índice las áreas de posible aplicación y, tras percatarse del dolor que eso causaba a la joven, me preguntó: ¿la inyectarías? Yo le contesté que por el momento no. Entonces me agradeció la asesoría recibida y, habiéndome percatado por fin del motivo por el cual Daniel había solicitado mis servicios, me ocupé en desechar la dosis inyectable no utilizada, mientras él explicaba a la joven que iniciarían el tratamiento de otra manera. Se aproximó a la vitrina repleta de medicamentos y tomando un paquete de supositorios me ordenó que le suministrara uno de ellos a Anna. La joven se agitó nerviosa y miró a Daniel con inquietud, pero él la reconvino dándole unas leves palmaditas en la espalda. Busqué el rostro del doctor inquiriéndole si procedía, a lo cual él asintió con un leve movimiento de cabeza. Desenvolví el supositorio, desnudé completo el atractivo nalgatorio que mantenía a Daniel muy atento, separé con mis dedos índice y pulgar los fríos y elásticos cachetes de la nerviosa joven, coloqué y puncé con la cilíndrica pieza el breve remolinito anal, el cual la engulló nerviosamente sin que el culito horadado dejara de manifestar un súbito estremecimiento. Empujé resueltamente la pieza con mi dedo central haciéndola entrar lo más que pude. Luego extraje lentamente mi dedo sintiendo cómo el roce que producía en el túnel rectal hacía que la joven temblara sin cabal control de su erizado cuerpo. Viendo cómo las torneadas nalguitas se conmovían, dejé que el excitado doctor realizara la última función de mantener momentáneamente comprimidos los sensuales cachetes de la joven para evitar que regresara el medicamento.

Los días siguientes Anna acudió al consultorio donde el doctor la estuvo tratando y aplicando personalmente los supositorios que, ante la imposibilidad de inyectarla, le había recetado. Yo veía con celos cómo la atractiva joven entraba al consultorio y salía de él mostrando cada vez un mayor entendimiento con el médico. A poco me di cuenta de que empezaron a salir juntos lo cual me produjo un mayor desaliento. Así fue como conocí a Anna, a quien desde ese momento consideré mi implacable rival, por ser la paciente distinguida del doctor Daniel, a quien yo amaba.

Anna -

Vaya Carlónimo ¡qué excitante experiencia! Gracias por incluirme en este relato. Es agradable que Daniel prefiera mis nalgas a las de esa tal Lulú. Y esa experiencia sexual con él ha sido deliciosa, tantos detalles y su manera de hacerme llegar al orgasmo me han encantado. Y me gusta que mis nalgas le produzcan tal excitación.

He ido nuevamente a ver a Daniel a su consultorio y me ha dicho que mi tratamiento debe continuar aunque no me ha dicho claramente cómo y esa tal Lulú sigue rondandolo, cosa que no me gusta. Y hemos estado saliendo al café, a las tapas, al teatro y al cine y siempre me ha parecido encantador, al parecer mis nalgas son el centro de su atención.

Simón -

Tampoco hay mucha más paticipación que digamos.....

Moni -

Y seguimos igual,alguien save algo de anonimo?? Que lo diga yo quisiera saber porque sus relatos son muy buenos y aunque los vulvo a leer quisiera nuevos

Carlónimo -

Sorpresivo encuentro

Seguimos conviviendo y disfrutando sexualmente. Después de una deliciosa cena conmemorativa de nuestro tercer aniversario mensual, me entregó el anillo de compromiso y me propuso que nos casáramos. Yo me quedé fría, le pedí esperar un poco y, después de un acalorado debate, acordamos que fuera al año siguiente. Continuaba también mi tratamiento consistente en inyecciones y supositorios. Lo bueno es que casi siempre me atendía Daniel en su consultorio, o en última instancia Laura, su madre, quien para entonces ya me había tomado un gran cariño.

Pero un día que me tocaba recibir ambas dosis, Daniel estaba muy ocupado y su mamá de viaje así que, tratando de evadir la nada grata asistencia que me podía brindar Lulú, acudí mejor al área de practicantes del hospital y, cuando me preguntaron qué prefería, si asistente masculino o femenino, por prudencia y respeto a Daniel les indiqué que femenino. Lo que ni remotamente imaginé y me dejó petrificada es que, a poco, llegó Yesenia. No me preocupaba que ella me atendiera, sino el hecho de que por ahí estuviera Fernando, lo cual dichosamente no ocurrió. Así que después de saludarnos me hizo pasar a uno de los consultorios, le indiqué lo que requería y se dispuso comedidamente a atenderme.
Desde luego que no me pasó inadvertido el riesgo de que ella tratara de sacar provecho de la sesión pues ya sabía muy bien que su sexualidad no discrimina del todo a las mujeres y, además ya me había manifestado que le emocionaba atenderme a mí en particular. Pero yo estaba de buen humor y pensé que mientras no se propasara, el disfrute que ella tuviera era cuestión suya. Así que cuando me pidió que me bajara completa la panty y ella misma me alzó la falda dejando a la vista todo mi atractivo trasero, sonreí para mis adentros y traté de distraerme para no sugestionarme con su singular técnica. Después de acariciarme insistentemente los glúteos con el pretexto de reconocer las áreas inyectables, me aplicó la aguja como ella acostumbra, haciéndola vibrar, lo cual genera primero una especie de escozor que, para los amantes de las inyecciones se convierte en sensual estímulo. Mis cachetes comenzaron a vibrar y yo a sentir un cada vez más placentero ardor en la medida que la aguja avanzaba pequeñísimos tramos desgarrando lentamente el tejido y, por lo tanto, atrapando, concentrando, multiplicando, la sensación del piquete. Sentir la incisión como un estímulo duradero es algo indescriptible, confieso que empecé a generar humedad en la vagina, pero dejé a la practicante que continuara. Antes que la aguja llegara al tope yo empecé a jadear involuntariamente y mi enajenación se acrecentó cuando empecé a sentir el ardor de la viscosa sustancia que Yesenia me hacia entrar lentamente. El dolor era agudo, irresistible, pero extraordinariamente placentero.

Mientras esto sucedía, Yesenia empezó a puntearme el ano con el supositorio, girándolo suavemente, como desafiando al esfínter que es una válvula de paso pues está diseñada para expulsar o para tragar, pero no para retener, de manera que, la indeterminación del estímulo recibido le hacía fruncirse y a mí estremecerme de desesperación por no poder deglutir la pieza. En el momento que por fin me introdujo la barra junto con dos de sus dedos, apreté con tal fuerza las nalgas que hasta la hice gritar: ¡cuidado, que vas a romper la aguja! Y es que, sintiendo los efectos combinados del dolor de la inyección y la excitación por la penetración rectal, mi vagina acrecentó su segregación. Además, sentí la lengua de Yesenia lamiéndome desesperadamente el clítoris. Yo estaba fuera de mí, la alteración era tal que instintiva e irreflexivamente separé las piernas. Entonces Yesenia me terminó de encajar su cabeza y acopló los labios a mi vagina, con lo que me corrí en un tremendo orgasmo.

Antes de que pudiera reaccionar y liberarme de semejante acoso, se abrió la puerta del consultorio y apareció Lulú seguida por Daniel. Yesenia apartó sus labios de mi vulva pero fue demasiado tarde, mi amado ya se había percatado de lo sucedido. Sin dar siquiera tiempo para que me extrajeran la aguja me incorporé sintiendo un fuerte dolor en la nalga pero logré ponerme de pie frente a Daniel, quien me miraba con rostro inexpresivo y serio. Yesenia me extrajo la aguja como pudo y salió corriendo, yo pude apreciar el guiño que le hizo Lulú cuando pasó junto a ella. No sabía qué hacer ni qué decir. Los ojos se me vidriaron, me abracé a Daniel y empecé a llorar desconsoladamente, apretando su cuerpo y diciendo: “no fue lo que imaginas, no, no fue eso, te lo juro”. Lulú abandonó el consultorio y yo seguí sujeta a mi amado llorando con amargura. Después de un rato, él me subió la panty, me compuso la falda y me abrazó.

Simón -

Eulogia:
No es para que te ofendas. Es que todo resulta tan extraño.....

Simón -

Querida Anna:

¿Qué opinas de los últimos mensajes? Estás tan desconcertada como yo.....?

Eulogia -

Resulta que ahora la que no existe soy yo ¡vaya! Resulta que no soy más que una marioneta, una ocurrencia de Anónimo!!!

Simón -

Estimada Karol:

Ante la rareza de los últimos intercambios comencé a sospechar lo mismo pero no sabía si era una locura. Si eso es cierto no comprendo el objetivo.

Anna -

Jajajaja ¡qué divertido se pone esto!

¡Parece que tenemos un nuevo participante en esta página! Cosa que me da mucho gusto porque ya extrañaba a Anónimo, pero tal parece que Carlónimo también tiene buenas dotes de escritor y lo mejor es que me ha incluido en su relato, cosa que le agradezco, y no solo eso si no que ha dejado un poco de lado el tema de las inyecciones para pasar al de los supositorios, que también tienen su lado excitante y más si son de manos de un médico tan atractivo como Daniel.

Yo me pregunto, ¿quién será mas atractivo, Daniel o Anónimo? Ya que con la descripción que nos ha dado Eulogia sobre su aire intelectual, me ha dejado pensando e imaginandolo.

Carlónimo:

¡Qué relato tan delicioso has escrito! Ya me puedo imaginar que debo ir todos los dias al consultorio de un guapo doctor, enseñarle mis nalguitas y que él me ponga un supositorio. Me gusta que este médico busque medicamente alternativos e igual de interesantes.

Querido Simón:

Quizá no haya mucha participación pero lo menos yo no he parado de reirme con tanta ocurrencia que ha tenido el autor de estos relatos y estoy segura que él mismo también debe de estar pasandola bien mientras lee todos nuestros comentarios.

Eulogia -

Yo quiero platicarle lo que yo viví aquella vez de mi experiencia íntima con Anónimo, como lo vi, lo que yo sentí, lo que me llevó a seducirlo y a pedirle que estuvieramos juntos en mi departamento. Como él les dijo llegué al restaurante y cuando lo vi sentado en aquella mesa cerca de la entrada dudé que fuera el pero al mismo tiempo lo desee porque me gustó mucho ese hombre de complexión media, reposado, de aire intelectual, tranquilo, seguro de sí mismo. Desde que me recibió con esa atención que él mismo les relató y de la que realmente se quedó corto, el corazón me latió muy fuerte y dije: yo lo quiero, yo lo quiero, tengo que hacerlo mío. Así que después de fingir cierta molestia porque estaba contando cosas de Elisa y de su familia y también de mí, empecé a tratarlo con familiaridad y hasta coquetería. Cuando crucé la pierna y le dejé ver todas mis piernas, él se mantuvo tranquilo muy respetuoso y nunca volteó a contemplar mi intimidad con descaro ni con insistencia. Ya cuando estábamos en mi departamento yo estaba segura de que lo iba a hacer mío y pues sí, aunque alguien me diga que soy una puta pues no importa, yo me le ofrecí descaradamente porque me fascinó y cuando me empezó a tocar con sus manos de seda, no saben ustedes el tacto, la suavidad, la tersura de sus manos, ya no aguantaba más. Tocó mis piernas, introdujo su mano por mi entrepierna y cuando me dijo que quería inyectarme tocó mis nalgas, yo de inmediato vencí mi cuerpo hacia delante apoyando mi cabeza en su pecho y dándole toda la facilidad para que siguiera hurgando mi trasero. El no dudo, de inmediato metió su mano derecha por debajo de mi vestido y me acarició el glúteo suavemente insertando su palma por debajo de mi pantaleta. Yo estaba completamente vencida, fuera de mí y busqué sus labios. Lo besé con desesperación. Nos tiramos en el sofá me puso encima, levantó totalmente mi vestido y me bajó la panty. Lo que él no les platicó es que nuestra conversación acerca de que me iba a inyectar fue en esa posición, mientras me acariciaba suavemente las nalgas y me decía que le encantaba su suavidad. Luego me dijo que un día había tenido a la vista dos rosas en su jardín, una nueva firme encantadora a la vista y otra madura, ya pasada y que acarició a ambas y la madura se desbarató en ese momento rodando los pétalos por el suelo y que pensó en lo efímera que es la plenitud. Pero que entonces levantó uno de los pétalos caídos y lo acarició percatándose de su extraordinaria suavidad y tersura y que pasó su dedo por uno de los pétalos de la rosa nueva y que se percató que no había punto de comparación porque la suavidad de la rosa nueva no llegaba a ser tan extraordinaria como la de la rosa vieja y que comprendió entonces que el cuerpo de una mujer madura es bellísimo y sensualísimo y que aunque no tenga la gracia visual de la joven, ya en la intimidad en el encuentro muy cercano, ofrece maravillosos tesoros porque la mujer nunca deja de ser bella, sólo cambia la forma de belleza y que mis nalgas le recordaban aquella flor que se desmoronó en sus manos y que mis nalgas le excitaban en una forma incontrolable por ser muy suaves y no duras sino ya dilatadas, como que pródigas, entregadas plenamente al estímulo que recibían. Lo de la inyección, que si me la ponía o que si no me la ponía, para mí fue lo de menos, seguí la corriente y el juego porque me pareció que eso a él le estimulaba, pero sólo eso quería calentarlo, ponerlo al rojo vivo. Luego me cambié de ropa y, de acuerdo con lo que me había dicho de que mi madurez lo calentaba, me puse la ropa antigua que él les relató y que estoy segura que lo estimuló más porque me decía al oído que estaba viviendo conmigo una experiencia muy diferente y que lo transportaba a su infancia porque las primeras mujeres que lo calentaron estaban vestidas así como yo y que las imaginaba así como yo. Así como me lo dijo Anna cuando le pedí que me contara qué le había causado ese relato, un momento realmente estelar fue cuando me preparó para el piquete desprendiéndome los tirantes del liguero, bajándome la panty y contemplando y acariciando suavemente mis gluteos que para entonces yo sentía calientísimos, desesperadamente ardientes, deseosos de que Anónimo me los picara tanto con la jeringa como con el pene.
Sí, es cierto que grité y que hice todo tipo de visiones y faramallas pero sólo deseaba que él gozara porque yo quería calentarlo, tenía la duda de que mi cuerpo pudiera llevarlo a la plenitud del placer, tenía miedo de que él no lograra la erección plena y que aquello terminara en un rotundo fracaso. Pero no saben ustedes en realidad lo que yo gocé cuando me clavó la aguja y el líquido empezó a entrar en mi nalga, es la inyección más voluptuosa que yo haya recibido en toda mi vida. Fue como si hubiera yo llegado al momento más álgido de mi experiencia sexual a mi edad ya madura calentando así a un hombre como estaba sucediendo con Anónimo. Pero al mismo tiempo, mientras sentía el ardor y el placer de la sustancia pensaba en que él estaba sintiendo también algo muy especial como si estuviera teniendo una experiencia sexual con los fetiches y los personajes de su lejana infancia a los que había idealizado. Ël jadeaba, créanme que él jadeaba viendo cómo me inyectaba y decía: Eulogía, tus nalguitas están preciosas, me encantan, pero lo decía de verdad, sintiéndolo, no porque mi culo no estuviera viejo sino porque él así lo deseaba en ese momento para recrear la sensualidad de su pasado, de muchas cosas que había vivido e imaginado con mujeres maduras justamente en su infancia. Tal vez en ese momento pensaba en Cristina, en la señora Darién y otras mujeres así que él deseó cuando niño y que las inyectó en mi propia persona. En mi propio culo inyectó a todas ellas, estoy segura de que en ese momento le puso inyecciones imaginariamente a muchas mujeres maduras que conoció en su infancia.

Lo demás rebasa totalmente mi capacidad de redacción. El placer que me produjo la penetración, el coito, la poderosa eyaculación que me regaló no hay palabras para describirlo. Sólo les puedo decir que Anónimo se vació en mi vagina, que aventó todo el esperma que también tenía reservado para Cristina, la Señora Darien y otras mujeres de su infancia que deseó pero que, obviamente, no llegó a cogerse. Yo espero que esta reflexión les guste y que nos ayude a encontrar una forma de seguir la comunicación que Anónimo deseaba.

Anna -

Querido Simón:

Tan desconcertada me he quedado que no he sabido qué escribir y sinceramente estaba esperando que tu escribieras algo para saber qué pensabas al respecto, y ya veo que estamos igual.

Saludos

Simón -

Estimado Carlónimo:
No pretendía ser descortés pero también debe comprenderse que lo sorpresivo de la desaparición de Anónimo me lleva a un período de duelo; he perdido a alguien que ya consideraba un amigo.
Sin embargo, no pienses que estoy cerrado a aceptar nuevos amigos pero lleva tiempo construir una relación.
Desde luego me ha encantado lo que has escrito y desde luego también estás autorizado a utilizarnos a Silvia y a mí en tus fantasias; incluso me entusiasma pensar en ello. Quizá tus relatos ayuden a que vuelva mi inspiración.
Un saludo... y sé bienvenido

Simón -

Moni:

Cuéntanos de cuando tu madre te ponía inyecciones a tí. ¿También te gustaba o sólo ver a otros?

Carlónimo -

Simón, tu frío comentario denota cierto malestar. Considerando que te refieres a la tarea no realizada por Anónimo, el ahora finado, cuyo cumplimiento me encargó antes de retirarse al eterno descanso, ésta se hará, te lo aseguro. Me hubiera gustado iniciar una relación contigo en otros términos, por ejemplo que me dieras la bienvenida a esta página, pero, en fin, cada quien tiene su estilo. Realmente pienso que Silvia es una mujer muy sensual y tanto la admiro que espero no te cause malestar saberlo, de manera que quiero referirme a ella y aliviar mi deseo imaginándola en la intimidad, acompañada de ti desde luego. Igual que le acabo de pedir a Anna, a ti te ruego no desesperar, verás que tengo mucho que decir de tu bella amada. Pero, tú bien lo sabes, este espacio es de creatividad y ésta requiere al menos de tres elementos: deseo, inspiración y trabajo, no pudiendo faltar ninguno de ellos. En particular el segundo, es muy caprichoso e impredecible. Acostumbra llegar sin aviso previo.

moni -

Pues a mi me gustan mucho las inyecciones son como que un padecimiento pero bien rico, te duele y te gusta y quieres más. Tengo 21 años y desde chica me gustaba ver que inyectaran a mis tías y a mi mamá, así como cuenta Anonimo de Stella yo tambien me calentaba viendo las nalgas de ellas, sobre todo las de una tía que era como de cuarenta años y tenía las nalgas grandes bien formadas y llegaba a la casa para que mi mamá la inyectara y me dejaban verla. Cuando estaba acostada con las nalgas descubierta y estaban a punto de picarla era yo creo que el momento mas rico porque mi tia como que gemia y decia que mejor no y la carne se le movia asi bien rico como que le temblaba y tenia las nalgasgrandes ybien blancas y eso no se porque pero me calentaba mas. Y cuando mi mamá le clavaba la aguja siempre gritaba y golpeaba la cama con las palmas de las manos y ver como la medicina entraba poco a poco y mi tia soplaba con los ojos cerrados me calentaba mas todavia mas. Es un placer que no puedo describirles me gustaria contarselo a Anonimo para que él lo convirtiera en un verdadero relato pero no se si eso sera posivle ya no se. Como que me ha dejado un vacio, antes no me decidi decirle nada y ahora lo estraño y quisiera hablar con el.

Moni -

Si, mi madr me inyectaba de niña pero yo no lo disfrutaba mucho. No se porque pero me daba muchos nervios y me dolia sufria mucho. Comence a tomar mucho placer cuando ya era adolecente e iba a una clinica cercana para que me inyectaran inclusive cuando tenia 17 fui varias veces por mi misma cuando me sentia algo mal de gripa iba para que me pusieran inyecciones y gozaba mucho. Era una enfermera joven la que me inyectaba y yo creo que se daba cuenta de mi morbo porque ella me la creba en parte. Sentía delicioso cuando estaba acostada y ya me iban a pinchar, era como que sentirme muy importante y muy sensual con mis nalgas (que son amplias y atractivas) ya desnudas. Cuando me clavaban la aguja ya estaba a punto de venirme y varias veces sucedió que termine toda mojada. Luego me inyectaba una amiga y todavía lo hace a veces en sesiones intimas pero no lesbianas porque no lo somos y las dos gozamos un chorro pero yo tambien me inyecto sola y me gusta mucho. Espero que pronto me inyecte un hombre pero que yo ame, hasta ahora no ha sido posible y hacer luego el amor con el. Oye Eulogia entonces Anonimo???

Carlónimo -

Anna y Daniel

Fue un viernes cuando Daniel, tras haberme aplicado el supositorio, me invitó a que saliéramos juntos. Yo ya estaba esperando que ocurriera, así que le manifesté de inmediato mi beneplácito. El sábado pasó por mí y nos fuimos a ver una obra de teatro. Después me invitó a cenar en un restaurante muy pintoresco donde platicamos acerca de nuestras vidas, de lo que habíamos hecho después de conocernos en la escuela secundaria. En esas se nos fue el tiempo y terminamos al filo de la medianoche, muy contentos del encuentro. Al otro día me llevó a su casa y almorcé con su familia que me recibió con gran amabilidad. En particular me encantó la forma de ser de su madre. Hoy martes, escucho música en casa y no dejo de pensar en él. De pronto suena el teléfono ¡Es Daniel invitándome a tomar un café! En un encuentro de lo más estimulante me pide que sea formalmente su novia. Me abandono en sus brazos…nos besamos.

Para continuar el tratamiento llego al hospital el jueves y, como habíamos acordado, entré con toda libertad en el consultorio. Cuál no sería mi sorpresa al sorprenderlo parado frente a la mesa de exploración inyectando a Lulú, quien yace con la falda totalmente alzada y la panty replegada hasta las corvas. Me percato que tiene unas nalgas excelentes, exuberantes, capaces de inquietar a cualquier hombre. Daniel me mira con extremo nerviosismo, titubea para pedirme que lo dispense en tanto termina de inyectar a la insidiosa enfermera que no pierde la ocasión de mirarme y de sonreírme cínicamente. Decido no salir del consultorio, al contrario, me acerco a ver la escena. Las nalgas de Lulú, de por sí grandes están empinadas, ella trata de impresionar al médico con el innegable encanto de su trasero. Mientras el líquido fluye hacia la mullida nalga Lulú cierra los ojos, gime sensualmente, lloriquea, se queja y toma la mano de Daniel que descansa sobre la mesa. La aprieta desesperadamente. Por fin termina la inoculación de la dolorosa sustancia, Daniel extrae la enorme aguja y aplica el hisopo para absorber una gruesa gota de sangre que se ha formado en el punto de la desgarradora incisión. Lulú continúa lloriqueando, de sus ojos fluyen algunas lágrimas. Finalmente se cubre con fingido pudor las espléndidas nalgas, se pone de pie y se refugia tras un biombo para arreglarse el atuendo. Daniel trata de abrazarme, lo esquivo instintivamente, pero él insiste y, delante de la provocativa enfermera, me da un beso. Luego me lleva abrazada hasta una silla y me sienta para empezar la consulta. Me habla intercalando expresiones cariñosas: “mi vida”, “mi amor”, “encanto”. Después de auscultarme me avisa que ya puede inyectarme. Yo le pido que por favor lo haga en otra parte, así que salimos del consultorio abrazados y nos dirigimos a su casa.

En el camino le reclamo, él solo me escucha, luego me abraza y me dice que me ama profundamente y que ninguna mujer lo alejará de mí. Aclara que es un médico y como tal está obligado a atender a quien lo requiere, pero que un médico no puede tener la perspectiva mundana del cuerpo humano con excepción del mío que lo calienta irremediablemente. Ya en la casa, la madre de Daniel nos recibe con mucho afecto y se ofrece a inyectarme ella misma pero reflexiona acerca de nuestra perspectiva y prefiere dejarme en compañía de su hijo. Como no está nadie más que ella en casa decidimos que me aplicará la ampolleta en el sofá de la sala. Mientras su madre se aleja a la cocina, Daniel prepara cuidadosamente la jeringa. Me acuesto y con las nalgas descubiertas le digo en voz baja: Vas a extrañar la plenitud del culo de tu enfermera, pues el mío no es tan espléndido como el de ella. Daniel se apura a decirme: Tus bellas nalguitas, mi vida, me resultan infinitamente más atractivas, te lo aseguro. Sufro el súbito piquete, me invade el consiguiente ardor, el glúteo se me engarrota, amenaza sobrevenir el calambre, emito una leve queja que hace estremecer a Daniel quien por fin me extrae la aguja diciendo ¡ya mi vida, hemos terminado! Los días siguientes el padre y los hermanos de Daniel están en casa, por lo que Laura (la madre de Daniel) me lleva a su recámara y ahí me inyecta ella misma con toda calma. Tiene mano muy suave y se desvive alabando “mis encantos corporales”. Sintiendo mis nalgas firmes, redondas, atractivas, sensualmente pinchadas por la hipodérmica en manos de la madre de Daniel a quien empiezo a amar con locura, no dejo de sentirme igualmente amada, deseada, admirada. La dulce atención brindada por Laura y el cariñoso trato de su hijo me hacen soñar de nuevo, la figura de Fernando se desvanece, me siento en las nubes y…también ¿por qué no? empieza a inquietarme la necesidad de un primer encuentro en la ansiada intimidad con Daniel.

Fue al término de un espléndido paseo por el parque que me besó y me dijo: Anna, no puedo permanecer más tiempo en la terrible vigilia de no tener tu cuerpo. De ahí derivó el gran encuentro. Alojados en un elegante hotel, después de pasar una inolvidable velada en el bar, habiendo disfrutado la música más romántica, nos dirigimos por fin a la excelente habitación donde pasamos la primera noche de nuestra intimidad total. La tenue luz, las flores y la música, fueron testigos del excelso encuentro. Yo lucía un sensual baby doll color champagne. Tras una emotiva sesión de ardientes besos sentí sus manos muy firmes que se deslizaron a lo largo de mi talle, la cintura, los muslos y acariciaron por fin mis nalgas. Sus labios me llenaban de besos. Descendieron por las mejillas, el cuello y se estacionaron en los pezones de mi ardiente seno. Sentí por fin su pene bien erecto que merodeaba por la zona pélvica. Me puso boca abajo y sentí la tensa y ardiente barra que se deslizaba a lo largo de mis piernas y de mi culo. Sus labios besaban mi cuello, mejillas, la espalda, las nalgas, los ardientes labios vaginales. Su lengua se estacionó en mi clítoris haciéndome estremecer de placer. Después Daniel se extasió en la contemplación de mis nalgas. Yo permanecía acostada boca abajo y él a horcajadas en mis piernas acariciando muy suavemente mis glúteos, besándolos. Me introducía alternadamente sus dedos en la vagina y en el recto. Parecía recordar y recrear cada uno de los supositorios que me aplicó antes. Sentí hasta tres de sus dedos traspasando juntos mi esfínter anal, deslizándose una y otra vez, cadenciosamente, en ambas direcciones como en un delicioso coito anal que no se atrevió a proponerme pero que, estoy segura, él deseaba en ese momento. Identificó las marquitas de las sucesivas inyecciones que yo había padecido. Me preguntó quién me inyectaba antes de acudir con él. Lo de menos era mentirle, pero creo que su motivación no eran los celos sino el morbo de imaginar a otro hombre disfrutando mis encantadoras intimidades. Le dije la verdad, le platiqué un poco acerca de Fernando y del desagradable epílogo que tuvo mi relación con él. No se inmutó, sólo me dijo: lo comprendo, tus nalgas producen tal atracción y su posesión tal alegría que se me antoja a mí gritar a los cuatro vientos que son mías. Sonriendo le dije: por favor Daniel, no lo hagas, no vayas a hacer lo mismo que él. Reímos a carcajadas.

Enseguida me colocó de perrito y me penetró por fin a profundidad. Con la mejilla derecha pegada a la cama igual que los antebrazos y las palmas de mis manos, jadeando incesantemente, apuntalando mi empinada posición, disfrutando la certidumbre, de ser invadida, traspasada, violada. Sentí el cadencioso entrar y salir de su frondoso pene, una y otra vez, de manera incesante, hasta que me hizo entrar al nirvana del orgasmo, al que contribuyeron y acompañaron las colosales exclamaciones de placer, los gritos de júbilo y las salvajes arremetidas finales, con que Daniel acompañó la descomunal expulsión del ardiente semen que derramó en mi vagina a borbotones, cual gigantescas aspersiones. Así es él, en verdad que no exagero.

Anna -

Sinceramente ya había perdido un poco de interés, pero me encantan estos juegos de Carlos, perdón de Anónimo. Yo desde hace mucho me di cuenta del juego, pero me parece extraordinaria su capacidad de creación e imaginación y creo que su objetivo era el de crear un poco de polémica y mayor participación de todos nosotros, y lo ha logrado.
A mi no me importa quien escribe los relatos, si es Carlos o Eulogia, los disfruto mucho no solo por la temética sino también por la creatividad que demuestra el autor.

Eulogia:

Me ha encantado poder escuchar tu versión, creo que en la versión de Carlos le falto dar un poco de detalles que tu no has dejado pasar y que me han encantado. Enhorabuena.

Carola -

eh, lo de Alma me sorprendió, creo que su hermana puede ser truculenta, ellas se odian, pero no creí que tu siguieras el juego de ella, fué un golpe bajo cortar la punta de la aguja....y aunque si, ella se merecía un escarmiento quizas podría haber sido mas sutil, que es peor que te den con una aguja dolorosisima o que no le hubieses dado en el gusto de ponerla en tus rodillas, ni mostrarte exitado (aunque te reventaras de exitación)y poner la inyección de manera formal, sin caricias ni contensión sino que con un trato brusco, directo a la medicina ( una inyección espesa en su cachete contraido de miedo, sin tratarla con cariño), incluso podrías haber subido su calzón y solo dejar al descubierto la mitad de su gluteo y no permitirle a ella la exitación que buscaba si no una frustración. Quizás ahí habría sentido un miedo terrible a la inyección en cuestión....ahora a ti te ancanta dejar locas a las mujeres que inyectas Jajajaj...pero me abría gustado mas por ahí el asunto....

Paula -

Quisiera que me cntaras algo acerca de Alma, me parece una mujer muy sensual y muy audaz. Dime si has tenido alguna relaciòn con ella y cuenta detalles de cojidas, inyecciones, etc. Tambièn cuenta si a tì te calienta que te inyecten y alguna experiencia tuya. Me encantas y me pones bien caliente.

Anónimo -

Gracias Carola, lo siento pero así ocurrieron las cosas, yo tengo tremendas debilidades cuando me veo confrontado con el sexo. Y Alma, quien es una dama particularmente sensual y atractiva, me arrastró en su calentura. ¿Con cuál de las dos hermanas piensas tú que me alié ese día? Apoyé a Elisa en sus pretensiones de que lastimara a su hermana con la aguja chata ¡confieso que lo hice! pero Elisa también me pidió enfáticamente que copulara con Alma “castigándola” por las tres vías ¿Tu crees que Elisa no pensó que yo iba a disfrutar semejante consigna? ¿concluyes que Alma fue la perjudicada? ¿descartas que el propósito de Elisa pueda haber sido calentarse ella misma haciéndome coger con su hermana? El siguiente relato te aclarará algunos puntos y ya verás lo que pasó más adelante, te repito que hay mucho que contar. Sería muy bueno que alguien más emitiera su opinión.

Inyección a Elisa

Lograr la aceptación de Alma fue muy sencillo, me dijo: ¿Qué me inyectes para disfrute de Stelly? Claro, ¿por qué no? será divertido, hazla entrar a mi casa “secretamente”, llévala a mi vestidor y desde ahí podrá espiar la escena. Con Elisa la cosa fue más difícil. Después de informarle los detalles del encuentro con su hija, le dije: ¿sabes por qué Stelly no se desnuda frente a tí? El problema es que tú no le has permitido conocer tu cuerpo. Ella guardó silencio y no me resolvió nada ese día. Una semana después me dijo. Respecto al asunto de Stelly he pensado bien la situación y tal vez sea conveniente mostrarme a ella como lo quiere. Si no se lo permito va a intentarlo en mil formas y resultará peor para las dos. Me inyectarás en mi casa cuando ella supuestamente ande fuera, dejas la puerta de la recámara entreabierta.

Al otro día llegué a la casa de Elisa y me abrió la puerta vistiendo un sensual baby doll color rosa pálido. Me dijo en voz alta: pasa, estoy sola, Stelly se fue temprano con sus amigas y llega hasta la noche. Se me antojaba abrazarla y besarla pues se veía deliciosa, pero pasé muy profesional hasta su recámara diciéndole: espero que te haga bien el medicamento. Nos sentamos sobre la espléndida cama repleta de mullidos cojines de encaje color azul cielo, que armonizaban muy bien con la mullida colcha blanca. Tal vez tratando de dar suficiente tiempo para que Stelly se aproximara a la puerta, me dijo con toda calma: tú sabes que las inyecciones me impresionan pero por favor trátame con mucha firmeza pues es lo conveniente en estos casos. Creo que la ampolleta es dolorosa pero debo aplicármela, así que no te tientes el corazón conmigo, aunque me queje.

Dicho lo anterior, se puso en pie, caminó hacia el buró, tomó un plato conteniendo la jeringa ya sin empaque, un frasco de alcohol, un paquete de algodón y la ampolleta con la solución color guinda muy oscuro. y puso todo en mis manos. Elisa guardaba mucha naturalidad en sus movimientos, no parecía sentirse observada. Seguí sentado, puse el plato sobre la cama, ella se sentó también y me iba dando lo necesario. Enseguida se tumbó boca abajo sobre la cama con las piernas cuidadosamente juntas y sin descubrirse las nalgas. Cuando iba a cargar la solución me di cuenta que ¡la jeringa tenía la puntita de la aguja mochada! y de inmediato oí a Elisa que en voz baja me decía: quiero sentir lo mismo que mi hermana.

Pensé no prestarme a semejante tortura por lo que me quedé paralizado, quise cambiar la aguja pero no tenía a la mano otra jeringa. Le pregunté: ¿sabes lo que me pides? Claro que sí, contestó, adelante, pórtate muy firme. Era una terrible situación pero Elisa no me dio alternativa, así que me aproximé a ella, le levanté el baby doll percatándome que no llevaba pantaleta así que sus piernas y sus deliciosas nalgas quedaron totalmente a la vista de Stella, quien seguramente ya disfrutaba la escena a escasos tres metros de distancia desde la puerta situada en la dirección a la que apuntaban los pies de Elisa.

Palpé cuidadosamente el glúteo derecho buscando encontrar el punto más blando, luego busqué en el izquierdo, regresé al derecho y decidí el lugar exacto. Hundí mi dedo índice varias veces en el sitio sintiendo que tal vez por ahí la lastimaría menos. Olvidando por un momento que Stella estaba observando aquello, regresé al glúteo izquierdo. Elisa, con aparente molestia queriendo abreviar la preparación me dijo: ¡ya deja de manosearme, decide dónde me vas a picar o me vas a poner nerviosa! Estaba aparentemente tranquila, con sus bellas nalgas muy bien relajadas, así que palpé por última vez el mejor sitio detectado, desinfecté la zona y clavé la aguja lo más que pude. Elisa resopló violentamente, apretó los ojos y los puños y todo su cuerpo se puso rígido. No ha entrado completa, le dije ¿Y qué esperas carajo? respondió ansiosa ¡ya termina! Empujé más y el dolor hizo que Elisa se volteara un poco. Le dije: no, cuidado, quédate quieta, pero ella se retorcía. Entonces me susurró: no aguanto más, pégame ¡no vaciles! Le di una soberbia cachetada en la nalga horadada la cual se le puso roja como tomate pero seguramente se le adormeció un poco, lo cual aproveché para empujar con fuerza hasta que la aguja entró completa.

Elisa volvió a resoplar y sus ojos se llenaron de lágrimas pero se quedó en calma. Empujé el émbolo rápidamente sabiendo que lo peor ya había pasado. Elisa se quejó pero no se tensó más, luego extraje la aguja y apliqué el algodón con alcohol para cubrir la hemorragia que ya se venía fuerte. Taponé con un trozo más grande de algodón. Elisa emitía fuertes sollozos. En ese momento recordé que tiene la misma reacción cuando llega al orgasmo, cosa que es muy de ella. Mantenía sus piernas escrupulosamente cerradas pero la humedad de la entrepierna le hacía brillar una parte de los muslos. Me dijo: cúbreme, no quiero que Stelly me vea chorreada, pero la acción hubiera sido evidente a más de ineficiente, así que le dije: tranquila, ya todo terminó, descansa. Le estuve friccionando un poco más la herida pero pronto dejó de sangrar. Estoy sorprendido de la entereza y el aplomo de Elisa quien por último me dijo: haces salir a mi hija de la casa. Caminé hacia la puerta y vi a Stella que ya caminaba hacia la puerta de salida, me dijo con mímica que nos veíamos luego y salió, yo cerré suavemente la puerta.

Entré a la cocina para tirar los desechos y me quedé frio al ver a ¡Sandra! que había estado escondida en el patio de servicio de la casa seguramente con la complicidad de Elisa, y que entraba portando un baby doll idéntico al de ella. Me dijo ¡Hola amor! ¿está muy lastimada? Reponiéndome a semejante impresión le respondí ¡sí, creo que lo está! ¿vas a verla? Ya lo creo, me dijo y caminó hacia la habitación, entró se quitó de un jalón el baby doll sacándolo por la cabeza y lo tiró coquetamente al suelo quedando totalmente desnuda. Tornó sensualmente el cuerpo para despedirse de mí pero sin permitirme ver su pene, luego me guiñó el ojo y cerró la puerta con seguro.

En mi mente quedó grabado el cuadro final: Elisa, con sus apetitosas nalgas bien calientes y coloradas; y el pálido trasero de Sandra a quien en ese momento no pude ver como mujer, ya que estaba a punto de cogerse a mi amada, quien se encontraba ardiendo de ganas. Yo no podía hacer nada, por dignidad terminé de ordenar y anuncié mi salida con un buen portazo para dirigirme a la casa de Alma, en cuyos alrededores Stelly ya me esperaba. Cuando la chica me vio me dijo: llegaste muy pronto, no te… La interrumpí bruscamente ¿qué te pareció? Ella suspirando me dijo: ¡sensacional! no se cómo entiendo yo a mi madre, pero te juro que me dejó empapada.

Carola -

Me encantó tu relato .Gracias. Espero ansiosa por la escena que verá Stelly, creo que debe ser a su mamá a quien inyectes esta vez.
Y a ti no te inyectará alguna mujer ??. Me encantaría.

Anónimo -

Nuevamente gracias Carola, voy a tratar de darte gusto. Que disfrutes las inyecciones que te apliquen y me cuentas algo para ofrecerte un relato de tí misma. Te mando un beso

Carola -

Quizas Elisa es quien aprende a dar inyecciones y disfruta mucho tanto con nalgas de hombres como de mujeres, gente que tiene pavor, que ruega por no ser inyectada y que finalmente se entrega a esta ennfermera que los contiene, les da nalgadas y los convense. Puedes describir con calma el miedo, los liquidos y sus colores, la aguja, personas que miran la aguja sin querer y se austan mas, la exitación femenina, de tetas y vaginas al momento de inyectar a otros, la mujer como narrador de cuando le dan una inyección y como se exita a pesar del miedo-dolor, etc....me encanta como escribes y que decir de como me excito al leer.

Anónimo -

Lidia, muchas gracias por tu mensaje y por el ánimo que me das. Te dedico el siguiente relato.
¿Te inquieta en particular Nayeli?

Miriam

En el primero de mis relatos, titulado “Aquella tarde otoñal” cité a la recepcionista del consultorio de Elisa, quien en esa ocasión me pidió esperar y por fin me pasó a ver a la doctora ¿recuerdan?

Cuando Elisa rompió relaciones conmigo, Miriam, que es el nombre de la joven y guapa recepcionista de apenas 16 años, morena clara, nalgoncita, de cabello corto ensortijado y ojos aceitunados, me llamó un par de veces para comentarme que la doctora le preguntaba frecuentemente si yo había telefoneado. Mi joven amiguita decía que la entristecía nuestro distanciamiento, porque en su opinión formábamos una bonita pareja.

Con este incidente se acrecentó mi simpatía por ella. A veces tomamos juntos un café y me platica muchas cosas, algunas acerca de Elisa quien, según me dijo, le ha aplicado varias inyecciones. El tema me despertó una gran curiosidad y lo fui induciendo en nuestra conversación, hasta que por fin un día aceptó referirme lo que ocurrió la primera vez que la inyectó Elisa. Me froté imaginariamente las manos, deseoso de presenciar al menos virtualmente, la horadación de tan bellas nalguitas.

La doctora es muy atenta, me dijo Miriam, y me infunde una gran confianza por eso cuando le confié que tenía un exagerado miedo a los piquetes y ella me ofreció inyectarme, no lo pensé más y acepté subir esa misma tarde a su consultorio en cuanto terminara de dar su última consulta. Yo era muy penosa para las inyecciones y me cohibía desnudarme frente a cualquier doctor o enfermera. Me parecía estar haciendo algo incorrecto porque las inyecciones me excitan demasiado y el sentimiento de culpa no me permitía relajarme.

Cuando entré al consultorio, la doctora estaba en su escritorio haciendo anotaciones en la agenda. Al verme me dijo: pasa Miriam, ahora estoy contigo, relájate, ponte muy cómoda. Mientras terminaba de ordenar sus cosas me habló de mi problema. Las inyecciones, dijo, tienen un componente mágico que pervive de manera simultánea en las fantasías eróticas tanto de quien las aplica como de quien las recibe. En ocasiones los dos sujetos se complementan a tal grado que establecen un placentero vínculo de consecuencias impredecibles. La convivencia en una misma persona de sentimientos opuestos (como vergüenza y placer) en torno a las inyecciones, indica que es proclive a gozar de ellas, pero que, conciente o inconcientemente, el sujeto acompañante, o sea quien inyecta, no le da ocasión de disfrutarlas.

Esta vez yo soy tu sujeto acompañante: tú vas a recibir la inyección, yo te la aplico, pero notarás la diferencia con respecto a otras experiencias que has tenido, pues voy a inducir que liberes todo el erotismo que la propia inyección te produce y que no has podido sacar antes. Quiero que te liberes de prejuicios, que te relajes y que me vayas diciendo lo que sientes, lo que deseas hacer y lo que quieres que yo te haga, pero, sobre todo, no reprimas ningún impulso, deja volar tu imaginación, tus instintos y entiéndelos como algo natural, lo cual te liberará del sentimiento de culpa.

Se levantó de su asiento y puso música suave. Teniendo como fondo la melodía “Cuánto te deseo” de Di Blassio, se acercó a mí y me fue desvistiendo, lo cual al principio me inquietó pero la suavidad de sus manos y el respeto que me infunde la doctora, me hicieron aceptarlo gustosamente. Por fin, estando totalmente desnuda me hizo girar un par de veces y me acostó boca abajo diciéndome: Miriam, tienes un cuerpo escultural, lo he admirado tanto…deseaba verlo y tocarlo… Quiero que te concentres en la música, piensa que estás en confianza, no hay nadie extraño, sólo estás tú deseando recibir y gozar la inyección que necesitas. Puso sus manos en mi espalda, las deslizó por la curvatura de mi cintura, recorrió suavemente mis glúteos y me dijo: siente la energía que flota por encima de tu cuerpo, que penetra tus senos, tu espalda, tus nalguitas tan preciosas.

Las palabras y las caricias de la doctora me calentaron a tal grado que mis instintos empezaron a despertar explosivamente, sentía mis pezones que reventaban. Ansiosa, le dije: ¡inyéctame, lastímame el culo si es necesario! Ella, muy tranquila, tomó un trozo grande de algodón empapado en alcohol, me frotó con él ambos glúteos, parte de la espalda y de las piernas, lo que hizo extenderse por toda la habitación ese aroma fuerte, agresivo, seductor, característico del alcohol, que anuncia la proximidad del piquete. Presentí la inmediación de esa fría y violenta ráfaga plateada que perforaría instantáneamente mi glúteo haciéndome retener el aliento, acelerar el pulso, soñar, desear, inferir el placer y el deseo equivalente de quien me inyecta.

Cayeron una tras otra frente a mis ojos: la envoltura de la jeringa, la cubierta de la aguja, la ampolleta vacía; ¡no cabía duda, estaba a punto de ser horadada! Me emocioné, sentí una súbita aceleración de las palpitaciones, mi vagina se humedeció. Los tibios dedos de la mano izquierda de Elisa se posaron en la parte más respingada de mi glúteo para demarcar el área seleccionada, de lo cual inferí que con la otra mano, la derecha, sostenía el gélido rayo que ya amenazaba traspasar mi carne. Me cubrí el rostro con los brazos, apreté las mandíbulas, contuve la respiración, la piel se me erizó y sentí ¡por fin! la ligera saeta que fulminante perforó mi nalga, haciéndola temblar y estremecerse de emoción. Mi cuerpo completo se agitó profusamente y grité con euforia: ¡qué rico piquete, gracias por este placer tan intenso!

Los labios y los párpados me palpitaban, sentí escalofrío, tenía la respiración muy agitada. Le dije ¡lastímame, por favor hazme daño! Como respuesta recibí una estruendosa nalgada que me produjo un ardor muy intenso. Llorando de placer, exclamé: ¡Más, dame más, te lo suplico! Elisa aceleró la inoculación de la roja sustancia cuya elevada viscosidad me laceraba las entrañas. Luego me extrajo la aguja y con una pala de goma me aporreó sin piedad las nalgas hasta que dudé si las tenía calientes o heladas. Me corrí profusamente observando extasiada la impresionante jeringa vacía que Elisa puso enfrente de mis ojos, cuya larga y punzante aguja había perforado mi desamparada nalga, para desencadenar aquella prodigiosa entelequia.

Permanecí tendida, por un momento perdí la percepción del mundo… La melodía “Corazón de niño” me hizo volver a la realidad, estaba empapada, rendida. Miré hacia atrás buscando a Elisa quien en ese momento se encontraba también prófuga. Contemplando mis ruborizadas nalgas estimulaba con deleite sus propios senos. Empezó a emitir fuertes sollozos.

Anónimo -

Remembranzas de Stelly

Días después yo comentaba a Stelly el buen desempeño que tuvo al inyectar a su tía Alma. Ella me agradecía el haberla iniciado en el arte de los piquetes y de haberle permitido estar tan cerca y tocar inclusive aquellas soberbias nalgas que tanto le inquietaban. ¿Te excitaste mucho? le pregunté. Ella exclamó ¡seguro, es un banquete horadar ese magnífico culo! Te voy a hacer una confidencia: cuando terminé de aplicar la ampolleta a mi tía, entré al baño y no pude aguantar más, así que me quité el pantalón y tumbada en el piso me masturbé ¡Estaba excitadísima! Fíjate, le dije, que desafortunadamente no se me ocurrió que inyectaras a tu mamá. Stella se estremeció, luego sonrió y me dijo: no hubiera podido sortear las caprichosas complicaciones que ella te causó.

Le dije: tengo la enorme duda de ¿por qué te excitan tu madre y tu tía? El origen de todo, contestó la chica, puede estar en las vivencias de mi primera infancia. Tengo inquietantes recuerdos sobre todo de cuando apenas tenía cuatro o cinco años y veía que inyectaban a mi mamá. Pero también recuerdo haber presenciado que le aplicaran lavativas, tanto a ella como a Alma. ¿Quieres contarme algo de eso? pregunté. Sí claro, respondió, y nos fuimos a tomar un café. Primero te contaré sobre mamá: no podría precisar cuántas veces ocurrió pero fueron varias. Llegaba en la mañana a la casa la señora Eulogia, una especie de nana de ella, de mucha…yo diría que demasiada, confianza. Yo me alborotaba cuando la veía llegar, pues eso me anunciaba que iba a haber función, y no me le despegaba.

A pesar de que ya no se usaban esos arcaicos instrumentos, ella llevaba siempre un estuchito metálico algo flameado, que contenía una jeringa de vidrio y varias agujas reutilizables. Llenaba de agua el estuchito y lo ponía sobre la estufa para desinfectar las cosas. Mientras tanto abría la ampolleta, la colocaba sobre un plato, igual que ponía un trozo de algodón en él y el frasquito de alcohol. Retiraba la tinita, armaba la jeringa introduciéndole el émbolo, fijaba bien la aguja que seleccionaba. Recuerdo que las agujas eran más gruesas que las actuales, muy brillantes, y con un componente metálico plateado o dorado que permitía el ensamble con la jeringa. Luego la señora Eulogia colocaba sobre el plato el instrumento ya armado, pasábamos a la recámara y ahí esperábamos pacientemente a mi mamá, quien siempre hacía una escala previa en el baño donde orinaba, según para aprovechar mejor la medicina. Nunca me prohibieron estar en primera fila muy atenta a todo, la única condición era que me mantuviera callada y quieta.

En eso, mi madre entraba al cuarto y se sentaba sobre la cama viendo cómo la señora Eulogia cargaba cuidadosamente la jeringa, le extraía las burbujitas, empapaba el algodón y, con la jeringa en la mano derecha y el hisopo en la izquierda, se quedaba muy quieta esperando a que mi mamá se preparara. Ella siempre lo hacía de la misma manera: se ubicaba en el costado izquierdo de la cama, levantaba su vestido, empinaba el trasero insertando al mismo tiempo los pulgares entre el elástico de la pantaleta y los glúteos, la hacía descender por tramos hasta que la dejaba casi a la mitad de sus muslos. Apoyaba primero la rodilla izquierda en la cama, extendía y hacía montar sobre ésta la pierna derecha, la cual a su vez se convertía en punto de apoyo para alzar la pierna izquierda y hacerla descansar también sobre la cama, quedando así acostada boca abajo. Enseguida, perfeccionaba su postura con sumo cuidado balanceando las nalgas hasta que se sentía suficientemente cómoda.

Aunque no fuera necesario, la señora Eulogia tomaba siempre el vestido y lo subía al máximo, de manera que el formidable nalgatorio quedaba totalmente descubierto igual que una parte de la espalda y de los muslos. Hay algo muy especial en las nalgas de mi mamá, yo no se si tú lo has notado: cuando está vestida se aprecia que las tiene muy bien formadas pero relativamente pequeñas; en cambio, cuando se desnuda parece como si se le esponjaran, crecieran: se le ven extensas, erguidas, abundantes; he pensado que puede ser debido al color tan blanco de su piel. Oyendo a Stelly recordé el diagnóstico que la madre de Elisa hiciera un día acerca de ella diciéndole: Eres engañosa ¡te ves flaca pero te cargas tus buenas nalgas! Esa impactante escena de mi madre, continuó la joven, acostada luciendo unas nalgas que a mí me parecían y me parecen aún como que muy grandes, brillante, deslumbrantes, es la que condiciona mi erotismo y mi gusto incontrolable por las inyecciones.

Ya lista mi madre para ser inyectada, la señora Eulogia se aproximaba lentamente a ella y buscaba, no con cuidado ni esmero, sino con verdadero cariño, pasión ¡fascinación! el sitio a picar. Puedo decirte sin exagerar que pasaba diez o quince minutos sobando, acariciando, buscando los “hoyitos” en los que ella decía se deben aplicar las inyecciones. Hay agujeritos en las nalgas, decía ella, que prácticamente te invitan a que los penetres ¡ahora caigo en la cuenta de que tal vez hablaba en doble sentido! La aclaración de Stella me hizo reír a carcajadas. Luego, continuó la joven, seleccionado el punto a horadar Eulogia tallaba con el algodón todo el glúteo, lo bañaba, lo empapaba: el aroma del alcohol invadía toda la habitación y a mí se me quedó grabado para siempre ese aroma como un signo de la placentera intimidad que viví con mi madre. Después, acercando sus labios al glúteo bañado, Eulogia soplaba lentamente, hasta que se percataba de que ya estaba perfectamente seco. Entonces decía: ¡ahí va el dolor m’hija! Y le pinchaba de un jalón el culo.

Lo que sigue, fíjate muy bien lo que te digo, insistió Stelly, la vivencia que sigue es para mí fascinante y al evocarla se me yerguen al máximo los pezones y se me humedece la vagina. Una vez que tenía la aguja adentro, mi mamá empezaba a repetir sin cesar: ¡Ay, Ay, malcriadoota, groseroota, majaderoota, malcriadoota, groseroota, majaderoota, malcriadooota, groseroooota! Elevaba o bajaba el volumen según sentía mayor o menor dolor. Generalmente iba subiendo el volumen conforme entraba la sustancia en su nalga, y llegaba al punto más álgido poco antes que le extrajeran la aguja. En ese punto los insistentes gritos: ¡Ay, Ay…malcriadota… groseroota…majaderoota…malcriadoota…groseroota…majaderoota…malcriadotota…groserootoota! se multiplicaban y eran audibles en toda la casa. Era una forma tan simple empleada por mi mamá para anunciarme su dolor físico, a mí niñita de 4 años, que me hacía comprenderlo y sufrirlo junto con ella y, tal vez por eso pude llegar al sentido profundo de las inyecciones: un resignado sufrimiento privado al que nos sometemos voluntariamente y que nos reporta una extraña satisfacción, un placer de intimidad basado en perversiones sádico-masoquistas.

Extraída la hipodérmica tornaba la calma, la señora Eulogia terminaba siempre riendo y daba a mi mamá un masajito final que podía durar media hora o más. Durante ese tiempo las dos platicaban de diversas cosas. Luego mi mamá se levantaba y se vestía muy tranquila. En mi percepción infantil, mi madre había sufrido mucho pero había soportado estoicamente el dolor. Lo sufría por considerarlo necesario y se sometía voluntariamente a él ofreciendo valientemente lo más íntimo de su cuerpo: sus propias nalgas. La admiraba por su entereza, resistencia y belleza corporal. La combinación de todo aquello me resultaba muy gratificante y es, creo yo, lo que impulsa mi excitación con respecto a las inyecciones y hacia ella.

Anónimo -

Gracias Carola. Si me comentan sus impresiones y me dicen acerca de qué personaje o suceso les gustaría que les contara más, lo haré gustoso. Saludos

Anónimo -

Lidia, muchas gracias por tu mensaje, me encanta escribir para ustedes. A ver qué te parecen los siguientes relatos: el primero continúa los recuerdos infantiles de Stella, para no dejarlos inconclusos; mientras el segundo describe algo más reciente, entre chavas. No dejes de comunicarte, eso me anima a continuar.

Más recuerdos de Stella

En ocasiones, continuó Stelly, la señora Eulogia llegaba a la casa con una bolsa de mano grande color guinda ¡cómo la recuerdo! y eso me anunciaba que en lugar de inyección le iba a aplicar una lavativa a mi mamá. Era un procedimiento más complicado pero no me resultaba menos atractivo.

La primera escala de Eulogia era en la cocina donde tomaba un cazo grande de agua y lo ponía sobre la estufa al fuego. En tanto el agua se entibiaba iba a la recámara con la bolsa y desempacaba varias cosas. Primero, tomaba una carpeta plástica en color gris y cubría con ella la cama. Luego colocaba junto a ésta una pequeña mesita auxiliar que había en la casa y ponía sobre ella un irrigador de color rojo con capacidad como de dos litros. Le ensamblaba mediante rosca una manguerilla negra bastante larga que, en el otro extremo tenía una cánula de 10 centímetros de largo por 2 de ancho, la cual parecía un cacahuatote tanto por la forma como por el color Enseguida acercaba un perchero y colgaba en él el irrigador ya armado. Desinfectaba con alcohol la cánula y la colgaba. Finalmente sacaba del bolso un frasco de vaselina y lo ponía sobre la mesita. Ya para entonces iba a la cocina y regresaba cargando el cazo de agua tibia con la cual llenaba el irrigador. Hurgaba nuevamente en la bolsa guinda y sacaba un segundo irrigador pero éste pequeño tipo pera, color verde oscuro, como del tamaño de una naranja y que tenía ensamblada una cánula más delgada que la del irrigador grande. Acto seguido, apretaba la pera y sumergía la cánula de esta en una sustancia blanquecina que se encontraba dentro de un frasco transparente sin etiqueta. Una vez llena la pera, la colocaba en un plato sobre la mesa y salía de la recámara para avisar a mi madre que ya todo estaba listo.

Mamá entraba a la recámara y se desnudaba de la cintura para abajo, permaneciendo con una blusa ligera. Se acostaba boca abajo, erguía en combo las nalgas y la señora Eulogia le metía bajo el cuerpo a la altura de la región púbica un cojincillo cilíndrico plástico que le empinaba sensualmente los glúteos. Tengo muy vivo el recuerdo del provocativo culo ofrecido sensualmente en pompa a la lujuriosa curiosidad de la señora Eulogia que desde ese momento no dejaba de admirárselo con insistencia, aunque debo confesar que yo tampoco perdía detalle. Con las manos inquietas, temblorosas, la señora tomaba una plasta de vaselina y separándole los glúteos a mi mamá, se la untaba cuidadosamente en el ano introduciéndole el dedo central (el más largo) con el cual le tallaba repetidas veces, digamos que exageradamente, tanto el esfínter anal como el recto. Alguna vez oí a mi mamá exhortarla, si bien cordialmente: ¡ya señora Eulogia, no se pase! Pero en realidad no le objetaba nada de lo que hacía y, cuando le reclamaba, dibujaba en sus labios una pícara sonrisa.

Concluida la lubricación Eulogia procedía a aplicar un enema preparatorio que prevenía la constipación del tracto. Para ello le insertaba suavemente la canulita de la pera en el culo, pero recuerdo que la hacía girar repetidas veces ya sea a la derecha, a la izquierda, o alternadamente. Mi mamá sonreía y decía algo en voz baja que provocaba también la risa de Eulogia quien enseguida presionaba la pera haciendo que el líquido circulara lentamente. Me tocó ver alguna vez que se interrumpiera momentáneamente el flujo, ocasionando que el culo regresara algo de líquido el cual quedaba regado sobre el hule de la cama después de mojar las manos de la señora así como una parte de los glúteos y de las piernas de mi mamá. En esa eventualidad interrumpían la aplicación, la cánula era extraída, mi mamá abría las piernas para que Eulogia la secara con un pañuelo y secara también el hule de la cama, le volvía a insertar la cánula y continuaba. En esos casos yo podía ver en la entrepierna de mamá sus amplios labios vaginales que me causaban una gran curiosidad. Terminada la introducción de la sustancia, Eulogia extraía la cánula, colocaba la pera sobre la mesita y tomando los glúteos los cerraba firmemente por tiempos y los agitaba para, según ella, hacer que la solución bajara y que no se saliera. Pasaban así algunos minutos. Luego, cuando mi mamá decía no aguantar más la presión del líquido, se levantaba con cuidado, se ponía la bata y se dirigía lentamente al baño para desalojar el vientre.

Regresaba más tranquila y se acostaba nuevamente para recibir la lavativa, o sea el flujo mayor de agua que le inyectarían a profundidad para limpiarle el intestino. La señora le volvía a poner vaselina en el culo, presumo que una porción mayor porque entre risitas y cuchicheos le tallaba por más tiempo y con mayor fuerza el ano y el conducto rectal. Luego, con los dedos de la mano izquierda puestos en la raja, le separaba lo más que podía los glúteos y con la mano derecha le empujaba la punta del cacahuatote hasta que la cabezona extremidad de éste traspasaba el esfínter anal, el cual terminaba por ceñirse y ajustarse automáticamente al menor grosor que la cánula tenía en su parte media. De esta forma la manguera quedaba firmemente insertada y se prevenía que las pulsaciones naturales del recto, las que favorecen la defecación, pudieran expulsarla. No obstante estar la cánula diseñada con esa protección que dificulta tanto una mayor entrada como la salida, mientras Eulogia se ocupaba en sujetar el irrigador, abrir la llavecita y regular la altura, mi mamá levantaba su mano izquierda y se la ponía ella misma en el culo apuntalando con los dedos la parte aún visible de la cánula para prevenir que la presión del agua pudiera extraerla. Ese momento en particular era para mí el más impactante, el de mayor sensualidad, el que condiciona mi erotismo, pues yo sólo podía ver que mi mamá, por su propia mano, se estaba introduciendo aquel agresivo artefacto con el cual se horadaba el recto.

El proceso duraba mucho y se volvía angustiante para mi madre quien, muy inquieta, preguntaba ¿Cuánto falta? y la respuesta era casi siempre desconsoladora: “la mitad”; o, “más de la mitad”; o, “todavía bastante”. Yo veía como le empezaban a temblar las piernas y los glúteos por la tremenda presión del vientre. Según me dijo mamá unos años después, Eulogia le aplicaba cantidades exageradas de agua. Hubo vez en que, por no poder aguantar ya más, se extrajo violentamente la cánula y gritó con desesperación: ¡no seas cabrona me vas a reventar la panza! mientras el agua le salía por el culo a borbotones.

Las inyecciones terminaban casi siempre tranquilamente, pero las lavativas producían generalmente el caos en la casa: mi mamá se levantaba deprisa y corría desnuda hacia el baño entre gritos, insultos, manotazos y chisguetes de agua por la cola. Ella juraba no volverse a dejar, pero pasado un tiempo se imponía nuevamente el reto.

La sugestiva descripción hecha por Stella, me hizo reír a carcajadas imaginando a la circunspecta Elisa en tales apuros.


Stella y Nayeli

Stella estaba fascinada por haber comenzado a inyectar y muy pronto tuvo ocasión de seguir practicando, pero sobre todo de consolidar una relación afectiva extraordinaria. Su hermana Nayeli, dos años mayor que ella con quien había tenido hasta entonces trato más bien frío, cayó víctima del resfriado y le recetaron cinco inyecciones de penicilina y supositorios cada doce horas. Nayeli estaba postrada en su cama y Stella, extrañada de no verla pues eran cerca de la tres de la tarde, entró a la recámara y se enteró del problema, agravado por la circunstancia de que su hermana, a pesar de sentirse muy mal, debía levantarse para acudir a la clínica a que le aplicaran la primera ampolleta. Stelly le dijo: no te apures Nayeli yo puedo ayudarte, fíjate que ya se inyectar, lo hice con Alma y tanto ella como mi maestro concluyeron que no lo hice mal. Si tú quieres yo te inyecto y no tendrás que salir de la cama.

Una hora después Stella fue a la farmacia y compró todo lo necesario, así que a las siete de la noche se dispuso a inyectar a su hermana quien no había dicho ni sí ni no; la perspectiva se le revelaba un poco bizarra, pero se sentía tan mal que se abandonó en manos de Stella. Cuando la vio entrar a su recámara llevando en las manos la ampolleta, sólo preguntó entre los mareos de la fiebre: ¿es en serio? Bueno, hazme lo que quieras porque me siento bien jodida.

Stella me platicó muy contenta todo lo ocurrido, empezó así su relato: creo que de no ser por lo mal que se sentía mi hermana, a quien la fiebre no le permitía darse cabal cuenta de nada, hubiera rechazado mi ofrecimiento. Pero por algo se dan las cosas, así que esa tarde le dije a Nayeli: arrímate un poco para allá. Me senté en la cama y estuve preparando cuidadosamente la jeringa mientras ella parecía mirarme pero creo que no tenía clara conciencia de que lo que pasaba. Le mostré la jeringa ya lista y le dije: date vuelta, empujándola para que adoptara la posición boca abajo; ella obedeció sin decir nada. Replegué la ropa de cama, le levanté el camisón y le pedí: ayúdame a bajarte la panty. Nayeli levantó un poco las nalgas y yo jalé la prenda hacia abajo dejándole el blanco trasero a la vista sin que eso pareciera preocuparle en absoluto, pues no se encontraba en condiciones de percibirlo y mucho menos de pensarlo.

Nayeli no es piernuda ni nalgona como yo. Su cuerpo se parece más al de mamá: delgada muy bien formada. Sus glúteos son firmes, redondos, de piel suave. No tuve que darle ninguna indicación y de todas maneras no creo que me escuchara. Le desinfecté el lugar seleccionado y la piqué sin observar reacción alguna. Le inoculé muy lentamente la sustancia hasta que el émbolo llegó al fondo de la jeringa. Le di un masajito en el cachete percatándome que no había ni sangrado ni reflujo. Le subí la panty, volví a cubrirla sólo con la sábana y con un delgado cobertor a efecto de regularle la temperatura. Se durmió inmediatamente y siguió así por un par de horas.

Pasadas las nueve de la noche fui a verla, le di a beber un poco de agua, luego me acosté con ella un rato hasta que entré en calor. Entonces la abracé, pasé mi brazo por detrás de ella, alcé su camisón y le bajé la panty. Busqué a lo largo de su raja el orificio anal, le coloqué en ese punto el supositorio en posición de entrada y lo empujé lentamente hasta que rebasó el esfínter anal. Sentí que su culito lo engulló completo, después le hice entrar mi dedo y lo mantuve así por un rato. Ella, entre sueños, me dijo: lo que es estar enferma, te pican las nalgas, te enculan y no puedes hacer nada. Me reí de la puntada, ella se dio vuelta y volvió a dormirse.

A las 7 de la mañana volví a entrar en su cama y le apliqué un nuevo supositorio. Al meterle mi dedo en el culo, ella me dijo: “van dos”, se rió, besó mi mejilla y agregó: gracias hermana. En la tarde fui a verla y la encontré despierta. Me preguntó riendo ¿ya vienes otra vez a jeringarme? Me senté a su lado y platicamos un rato. Luego preparé la inyección, le pedí que se diera vuelta, le descubrí las nalgas y estando a punto de picarla me interrumpió diciendo: ayer me picaste este cachete, siquiera permíteme que los alterne. Es cierto, disculpa, le palpé el glúteo izquierdo, lo desinfecté y le clavé la aguja, la nalguita se estremeció sensualmente pero mi hermana no expresó mayor molestia, sólo apretó un poquito los puños. Más tarde entré para aplicarle el supositorio, ella misma se descubrió las nalgas, se puso de ladito y se lo inserté. Le mantuve el dedo adentro y después de un rato me dijo ¡ya párale! Yo le contesté en broma: ni modo hermanita, ya perdiste la virginidad conmigo.

Así estuvimos dos días más, bromeando cada vez que la picaba; ella me decía: ya llegará el desquite. Terminado el tratamiento, cuando le apliqué el último supositorio le dije: ya quedaste bien violada y me puse de pie riendo. Nayeli se levantó de la cama muy tranquila y, justo cuando yo estaba recogiendo los materiales sobrantes, me agarró por la cintura, me tumbó boca abajo sobre la cama y se sentó sobre mis nalgas para inmovilizarme. Cada vez que yo intentaba levantarme me hacía cosquillas, de manera que mejor me quedaba quieta.

Entonces me dijo: ahora si vas a ver quién pierde. Alzó mi vestido, me bajó la panty y fingiendo voz masculina como de sargento mal pagado, me decía: ¡qué nalgotas carajo, están bien buenas! ¡éste sí es un buen culo no chingaderas! me hacía cosquillas para sosegarme, me daba buenas cachetadas, me mordió una nalga haciéndome brincar pues en verdad que se le pasó la mano. Luego alcanzó de su buró un bolígrafo y me dijo ¿cuántas inyecciones me pusiste querida? Como no le contestaba volvió a hacerme cosquillas y siguió preguntándome ¿cuántas dijiste que fueron? A ver repite: ¡cinco! grité ¡fueron cinco! mientras me retorcía de risa. Entonces tomó el bolígrafo y de punta me fue picando alternadamente las nalgas diciendo: ¡una! ¡dos! ¡tres! ¡cuatro! y ¡cinco! cada vez picándome con mayor fuerza por lo que me dejó bien marcados los puntos. Yo gritaba ¡ya, ya terminaste! Pero ella continuaba con las cosquillas y yo mejor me quedaba quieta.

Viendo que los piquetes que me dio me habían dejado buenas marcas en las nalgas me dijo: ya estuvo bien de inyecciones, pero faltan los supositorios ¿cuántos fueron Stelly? No se, no se, le dije intentando liberarme de ella. Volvió a hacerme cosquillas hasta que ya no aguantaba más y me preguntó nuevamente ¿cuántos supositorios me debes preciosa? Fueron diez, grité, fueron sólo diez. Entonces empezó a clavarme el bolígrafo en el culo. Yo creí que iba a ser sólo superficialmente, pero me lo clavó completo y sin lubricante.

Entonces se tumbó encima de mí y con su pubis empezó a empujarme el bolígrafo en el culo mientras me ordenaba ¡pídeme que te coja! dime: ¡métemela más papacito, métemela más! Y me volvió a hacer cosquillas, así que empecé a gritar desesperadamente: ¡métemela papacito, métemela más, pero más! Ella se movía con fuerza como si me estuviera penetrando y yo sentía el bolígrafo que me tallaba muy fuerte el culo, por un momento temí que me lo rasgara. Así estuvo el tiempo que quiso, luego fingiendo nuevamente voz masculina, gritó ¡qué venidota, ya terminé! dime ¿quién se cogió a quién? Y me hacía cosquillas. Yo contesté: tú a mí, pero ella ordenó, di nombres preciosa, di nombres ¡Nayelli a Stella, Nayeli se cogió a Stella, ya déjame! Se bajó de mí y salió del cuarto riendo a carcajadas. No pude seguirla pues estaba bien penetrada, apenas con la punta de mis dedos pude tomar la partecita del bolígrafo que aún permanecía afuera de mi culo, jalé despacio y poco a poco me lo fui extrayendo. Me dejó algo lastimada pero me hizo reír y no pude dejar de reconocer la buena puntada de mi hermana.

Paula -

A mi me gustó mucho el relato de Alma pues creo que es una mujer que no se reprime y que bueno que tu tampoco te reprimiste y no creo que le hayas seguido el juego a Elisa porque ella sólo queria que dañaras a su hermana y tu mejor gozaste junto con ella y te la cogiste bien rico lod dos enloquecieron de ganas y de placer. Elisa esta medio loca y puede llegar a cualquier cosa pues es capas de tener sexo hasta con su hija.Alma no se reprime pero Elisa es explisiva y un poco malvada. Cuenta mas, yo me pongo bien caliente cuando te leo.

lidia -

hola anonimo
ay no q impresionantes y fantasticos relatos
me encantaron
sigue porfavor poniendolos
y tu nunka le palicaste supositorios o inyecciones a nayeli
o a niñas mas pekeñas q eyas
sigue escribiendo asi me facinan tus relatos mas cuando dices las caras de sufrimiento por la inyeccion o por el lavado o por el supositorio
por favor sigue escribviendo y describiendo el sufrimiento de cada uno
recibe mis saludos y mi admiracion.

Anónimo -

Nuevo relato sobre Alma

Estimadas Carola y Paula. Tratando de complacerlas al menos parcialmente, me voy a referir a un suceso que ya tenía en mente contarles, relativo a Alma la hermana gemela de Elisa quien, en efecto, es coqueta, impulsiva, candente y bastante bella. Como ya les he contado Elisa y Alma no se llevan muy bien que digamos y, aunque se quieren como hermanas, mantienen también una cierta rivalidad. Alma es excesivamente vanidosa y presume de ser muy solicitada, aunque en realidad la que tiene un pegue natural es Elisa.

Cuando conocí a Alma, noté su frialdad producto del recelo que le causaba la intensa y estable relación que yo llevaba con su hermana. Alma es divorciada y sólo emprende ligeras aventuras amorosas que casi siempre terminan en escandalitos, pero así es su carácter y difícilmente cambiará. Después de manifestarme tan solo frialdad, Alma cambió su estrategia buscando mediante coquetería acaparar mi atención y apartarme de su hermana, pero Elisa se percató de inmediato y me dijo: déjala que haga su lucha para que resulte más frustrada.

Un día que estábamos comiendo en un restaurante, llegó “casualmente” Alma y se sentó a comer con nosotros. Esperó pacientemente el momento y, por fin, aprovechando que su hermana se levantó de la mesa para ir al baño, me dijo a quemarropa: ya me contó mi sobrina Stella que eres un gran maestro inyectando y te quiero pedir que por favor me inyectes a mí pues tengo que aplicarme una serie de intramusculares que según parece son muy dolorosas. Te hablo mañana, por favor te ruego encarecidamente que no le vayas a decir nada a Elisa porque es muy celosa y mal pensada, y seguramente va a decir que tengo algún interés malsano en tí, siendo que solamente deseo aprovechar tus dotes de buen enfermero. Te confieso que las inyecciones me dan pánico, pero de verdad ¡pánico! Por eso te pido ayuda. Al regresar Elisa, Alma terminó su cuchicheo y habló con voz normal diciéndome: “…y así fue como aprendí a cocinar y me hice experta en repostería ¿qué te parece? Pues muy bien Alma, le contesté, uno nunca sabe por donde va a saltar la liebre.

Esa misma noche le conté a Elisa lo ocurrido y ella sin más me dijo: ¿Pánico a las inyecciones? si creo que las usa regularmente antes de coger. Quiero que vayas con la puta de Alma, que la inyectes con aguja chata, y que después te la cojas por las tres vías, y que le metas el pito por el culo sin lubricante ¡para que le desgarres el ano! Que además la agarres a chingadazos. Quiero que chille de dolor ¿me oyes? Que te ruegue piedad ¿me prometes hacerlo? Bueno, le dije, creo que tu hermanita sí merece trato rudo pero esa no es mi especialidad, sin embargo, te prometo hacer lo que pueda.

Al otro día me llamó Alma y me dijo: te hablo por lo que ayer te comenté, espero que te apiades de mí y que me ayudes porque nada más de pensar en las inyecciones siento que me desmayo ¿cómo ves si hoy mismo me aplicas la primera aquí en mi casa? ¿Te espero a las 6 de la tarde? Sí Almita, cómo no, le dije, para eso son los amigos. Antes de la hora me llamó Elisa y me dijo: le tengo preparada otra sorpresita a mi hermana, por favor no vayas a cerrar la puerta de su recámara, yo tengo llave de su casa. Pero Elisa, le dije, ¿vas a acudir para sorprenderla? No, me contestó, va a acudir alguien más, no te preocupes, no habrá mayor problema pero quiero que Alma sienta muy bien lo puta que se está portando.

Llegué con Alma a la hora convenida y me pasó directamente a su recámara. Llevaba puesto un pantalón color blanco de lo más entallado y se le trasparentaba una mini pantaletita rayana en tanga. Complementaba su atuendo una blusa con escote que le dejaba al descubierto tres cuartas partes de sus voluminosos senos. La verdad es que tiene muy buen cuerpo, lo cuida y lo sabe lucir muy bien, confieso que mi pene reaccionó de inmediato. Me pidió sentarme en confortable sillón emplazado frente a la cama desde donde percibí el suculento aroma del café que empezaba a hervir en una artística cafeterita de cristal cortado puesta sobre una mesita auxiliar de estilo provenzal. Me sirvió una taza de café, luego se sirvió ella y se sentó a mi lado ofreciéndome despreocupadamente el paisaje de sus abultados senos.

Mientras degustábamos el café, me estuvo explicando que sus nalgas, aunque lo parecen, no son en realidad muy abundantes. Para demostrarlo se puso de pie y se bajó el pantalón y la panty hasta media nalga, luego me pidió que le tocara esas blanquísimas carnosidades, cosa que hice percatándome que las tiene bastante duras. Le comenté mi buena impresión y ella, bajándose aún más el pantalón y la panty, respondió: sí, las ejercito diariamente pues no quiero envejecer tan rápido, es cosa que le recomiendo constantemente a Elisa, pero ella no hace caso por eso se está poniendo flácida. No hice ningún comentario al respecto, si bien recordé las bellas y firmes nalguitas de mi amante.

Alma se subió el pantalón y fue hacia el cajón inferior de una pequeña cómoda que estaba frente a mí y se empinó poniéndome las nalgas a escasos centímetros de la cara. Así estuvo un momento y luego se irguió y giró para estar frente a mí y entregarme el frasco con el medicamento que le debía aplicar. Me indicó que los demás implementos se encontraban sobre la mesa del café. Me puse de pie y le dije: ¡Bueno Almita! Prepárate para el piquete, voy a preparar la jeringa. Caminé hacia la mesa sin dejar de ver lo que hacía mi amiga. Tomé la jeringa que tenía gradación de 5 mililítros ¡bastante grande y de aguja larga que lanzaba destellos amarillos, rojos y verdes al reflejar la luz del bello candelabro que colgaba al centro de la recámara. Abrí el frasco con el medicamento y me percaté que la sustancia, de color verde cristalino, era bastante espesa. Comenté a la paciente: Te espera un buen padecimiento porque es de los medicamentos que de verdad duelen amiga.

Alma, que en ese momento ya se había bajado el pantalón y la panty hasta las rodillas y que estaba empinada y a punto de acostarse en la cama donde sus blanquísimas nalgas contrastaban con la mullida colcha en tono azul marino jaspeada, se quedó paralizada y me dijo: ¡no me pongas más nerviosa de lo que estoy, no me asustes que hasta siento que las pompis me tiemblan! Y permaneció así, con las nalgas bien empinadas mientras me veía cargar la jeringa. La verde solución empezó a invadir la jeringa lentamente hasta que el émbolo estuvo a punto de salirse, luego retiré el frasco vacío y empecé a empujar la solución hacia arriba golpeando con mi dedo el instrumento hasta que las pequeñas burbujitas de aire desaparecieron y asomó una gota de la espesa sustancia en la puntita de la aguja. En ese momento Alma se tumbó boca abajo, tomó la almohada, se la puso sobre la nuca y gritó: ¡prefiero no ver, no quiero impresionarme más! Y pataleaba rítmicamente haciendo que sus nalgas se agitaran, luego se puso de costado y empezó a decir: ¡no, me da mucho miedo! Espera que me tranquilice.

Aprovechando que mi singular paciente estaba tumbada de lado ofreciéndome no la espalda sino las nalgas, y que tenía la cabeza tapada con la almohada, fui hacia la puerta y quité el seguro, luego saqué disimuladamente de mi pantalón unas pequeñas pincitas corta-alambre y corté la mitad del filito de la aguja, luego comprobé que el líquido sí pasara. Pensé ¡vas a ver lo que es bueno¡ del puro piquete vas a chillar. Me aproximé a ella y tocándole las nalgas le dije: tranquila Almita, ya colócate bien para inyectarte. Le retiré la almohada y la empujé hacia la cama quedando en posición boca abajo con las piernas ligeramente abiertas, dejándome ver su atractiva panocha con el bello púbico cuidadosamente recortado.

Alma se quedó por un momento quieta y, cuando intenté desinfectarle el glúteo endureció violentamente las nalgas. Le dije, ¡no Almita, tranquila, así no puedo inyectarte, relájate por favor! Entonces me propuso: pónme en la misma posición que a Stelly para que pueda relajarme. Bueno, le dije, y me senté sobre la cama. Ella inmediatamente se encaramó sobre mis piernas y me paraba las nalgas. En ese momento se abrió la puerta y apareció un joven como de 16 años que entró decididamente hasta el lecho, se agachó y le dio un beso a Almita diciéndole: ¡hola tía! Perdón, te ¿por qué te van a inyectar en esa posición? Alma dio un grito terrible y quería incorporarse pero no se decidía a hacerlo porque tenía el pantalón y la panty prácticamente en los tobillos. Medio se incorporó tapándose la zona púbica con las manos, luego tomó la almohada y se cubrió un tanto las nalgas, mientras decía: salte m’hijo, no puedes entrar ahorita, ¡me están inyectando! El joven respondió: bueno ya me voy tía, no te veo. Le dio un nuevo beso y se retiró. A poco se oyó la puerta de la calle que se cerraba.

Alma estaba roja de la cara, se puso de pie, se quitó los calzones y pantalones y corrió hasta la puerta de entrada para poner un seguro de llave. Luego regresó y me dijo: perdóname, estos muchachos son capaces de todo, qué pena siento. Le dije: tranquilízate Alma, sólo vio que te estaba inyectando, un mero accidente que a cualquiera le pasa, olvídalo, no fue nada. Cerró con cuidado y puso el seguro de la puerta de la recámara y me dijo: bueno ¿en qué estábamos? Estabas sobre mis piernas, le dije, para que te relajes. Se colocó de nuevo ofreciéndome su bello trasero que realmente me excitaba, empecé a sentir erección. Después del incidente del joven Alma se turbó un poco y se portó menos exagerada, de manera que, después de serenarla sobándole lentamente las nalgas, le desinfecté la nalga derecha y clavé de golpe la aguja que llegó apenas a la mitad por lo chata que estaba y le hice pegar un agudo grito. Trataba de levantarse y la detuve, estuvimos forcejeando un rato y como no se quedaba quieta le pegué una terrible nalgada en el otro glúteo, el cual se le enrojeció súbitamente, pero logré que se quedara quieta y sin decir nada. Entonces, sin piedad alguna le empujé la jeringa hasta el fondo sintiendo cómo le rasgaba el músculo. De inmediato apareció algo de sangre en el sitio del piquete. Alma volvió a gritar y me dijo ¡me lastimas, no seas cabrón, me lastimas! Como respuesta la sujeté más fuerte y empujé el émbolo a toda velocidad haciendo que Alma gritara repetidamente, se contorsionara, pataleara y me lanzara nuevos insultos. Extraje por fin la jeringa, haciendo que Alma gritara de nuevo, luego puse el algodón empapado en alcohol sobre la herida de la cual brotaba un grueso hilo de sangre que descendía por el glúteo de Alma. Le dije ¡Ya mi vida, tranquilízate! Lo que pasa es que este tipo de inyecciones debe aplicarse así, rápidamente para evitar que duelan aún más.

Alma me decía ¡pero me dolió demasiado y hasta me pegaste con fuerza, te juro que me dolió muchísimo, te portaste bien cabrón! Entonces la senté sobre mis piernas y sin dejar de masajearle el lugar del piquete, la abracé con ternura hasta que apoyó su cabeza sobre mi pecho y me abrazó resignada. Después de un rato empecé a acariciarle todo el cuerpo diciéndole: mira que ballas formas tienes Almita, estás increíble, ella se fue serenando, me abrazó y buscando mis labios los besó con desesperación. Nos tumbamos los dos sobre la cama, le retiré la blusa y empecé a acariciarle los senos. Ella me dijo: ¡no se por qué, pero mientras me sometías a tanto dolor, sentía mis pezones bien erguidos, míralos cómo están ahora y creo que me vine. Efectivamente, pasé mi mano por la parte interior de los bellos muslos de Alma, luego por la vagina y le mostré cómo había quedado empapada. ¿Ya ves? Le dije, al menos gozaste. Sí, mucho, me contestó y nos trenzamos nuevamente en un violento abrazo, rodamos por la cama hacia un lado, hacia el otro, luego busqué su cabeza y la dirigí hacia mi pene erecto. Ella de inmediato lo engulló hasta el fondo y le dio unas soberbias mamadas que me produjeron una eyaculación muy intensa. Alma se tragó todo el semen, luego estuvimos recostados como media hora. Yo seguía extasiado viendo y acariciando las bellas formas de Alma, sus piernas, sus nalgas, muy firmes, sus enormes tetas. Le empecé a chupar los pezones, los cuales se irguieron de inmediato, luego la puse encima de mí y le tallaba mi pene contra su vagina mientras le picaba con mis dedos el culo haciéndole emitir algunos quejidos por la falta de lubricación. Finalmente la tumbé boca arriba sobre la cama y la monté, le abrí las piernas y la penetré. Estuvimos tallando un buen rato, Alma gritaba y se retorcía de placer hasta que se vino de nuevo, al tiempo que yo le inyectaba una buena dosis de semen en su deliciosa cuevita frontal. Nuevamente nos quedamos quietos y creo que hasta nos dormimos como una hora.

Despertamos, yo tenía sus pezones cerca de mi boca y nuevamente los estimulé chupándolos suavemente, luego la acosté encima de mí, transversal a mi cuerpo, a la altura de mi pubis, con las nalgas a mi disposición. Mientras le decía que admiraba en verdad su bello cuerpo, le empecé a horadar el ano, ella me pedía lubricante, a lo cual tomé el semen que me escurría por el pene, lo combiné con las emanaciones de su vagina y le unté esa singular mezcla en tola la zona, la resbalé por su recto hasta donde me lo permitieron los dedos. Cumplí así la promesa de no utilizar lubricante sintético, pero preparé la penetración con nuestros propios jugos, con nuestras emanaciones de amor, de deseo carnal ilimitado. La coloqué boca arriba, le levanté las piernas forzándolas hasta que quedaran flanqueando la cara de Alma y así, con las blancas y carnosas nalgotas bien abiertas, con los músculos de las extremidades llevados al límite de su resistencia, me monté y le empujé la verga por el recto, haciéndola gritar de dolor, de ganas, de placer intenso, desesperación, deseos de ser reventada, traspasada, rasgada, desmadrada. Alma me gritaba, castígame todo lo que quieras, eres un cabrón pero te deseo, quiero que me partas, que me revientes, que me hagas pedazos. Tállame, desmádrame. Cuando sintió mi torrente seminal emitió un grito desgarrador y me dijo: desbarátame el culo, despedázamelo, sigue demostrándome que eres un gran cabrón. Finalmente terminamos, se la saqué, ella se quejaba constantemente pero me abrazaba con todas sus fuerzas. Pasamos aquella noche juntos y sellamos un pacto de amor eterno.

Carola -

Que encantador relato. Las inyecciones son lo mas caliente del planeta, me exitan en exceso, quiero aprender a ponerlas. Por años me daban panico y arrancaba de ellas, ahora me dan pánico pero busco me pongan unas pocas y aprovecho de relatar mi susto a la enfermera o paramédico, me gusta ese momento en que por susto me tratan de manera especial y me relajan mientras siento pudor porque me están viendo el trasero.
Gracias por los relatos

Anónimo -

Este relato lo dedico a Carola, esperando que responda en alguna medida a sus finas expectativas.

Segunda inyección a Stella

Que Elisa me pidiera inyectar a su hija Stella fue algo tal vez inusual tomando en cuenta la relación que llevábamos, pero no tan extraño como lo que ocurría ahora: que la propia Stella fuera a mi casa solicitándome continuar el tratamiento. Llegó guapísima, ataviada con un vestido muy delgadito verde limón muy corto que se le untaba sensualmente al cuerpo. Su cabello castaño ensortijado la agraciaba sobremanera mientras que su sonrisa, sus suaves y tiernas expresiones faciales hacían pensar en un ángel. Pasa, le dije, estás en tu casa pero no sabía, al menos tu mamá no me comentó que el tratamiento consistiera en más de una inyección ¿cambió de opinión el doctor? No, para nada, él dijo desde un principio que serían tres inyecciones, y esta es apenas la segunda.

Stelly, le dije mirándola fijamente a los ojos ¿tu mamá está enterada de esto? Pues yo creo que sí, me contestó, porque después que me inyectaste la vez pasada le dije que las inyecciones restantes sólo me las dejaría poner de ti. Pero la vez pasada tu mamá prácticamente tuvo que arrastrarte para que te dejaras picar y ahora tú me dices por propia iniciativa que te inyecte de nuevo. Y eso qué tiene, contestó Stella, he comprendido que me hace bien el tratamiento y después que me inyectaste la primera vez estoy dispuesta a terminarlo. Me sentí muy inquieto, pensé telefonear a Elisa, pero me pareció ofensivo para Stella quien acudía con tanta naturalidad a inyectarse. Me dije a mí mismo: no debes ser tan mal pensado.

Bueno Stelly, dame la ampolleta. La vi y, en efecto, era la misma medicina. Le pregunté ¿traes la jeringa? No, me respondió ¿tú no tienes una? No, le dije, habrá que comprarla. Entonces se me ocurrió una buena idea, así que abriendo mi refrigerador le dije: mira, tengo un helado delicioso, pruébalo mientras yo voy a la botica a comprar una jeringa y alcohol puesto que tampoco eso tengo. De acuerdo, me contestó y empezó a servirse. Yo salí rápidamente de la casa y llamé por teléfono a Elisa comentándole lo ocurrido, pero, ella respondió con extrañeza: ¿cuál es el problema? Bueno, le dije, yo sólo quiero que estés enterada pues tener a Stelly en mi casa para inyectarla es algo que me inquieta por lo que pudiera pensarse. De inmediato me interrumpió diciendo: yo no recordaba el tratamiento pero me parece muy bien que Stella esté pendiente de él pues es en su beneficio. Además yo te pedí inyectarla lo cual demuestra la confianza que te tengo, por favor deja de pensar mal. Y, cambiando drásticamente el tono de voz me dijo sensualmente: si el problema es que inyectar a mi hija te calienta, ya sabes que no tienes por qué apurarte, te veo más tarde.

Compré las cosas y regresé a la casa más tranquilo, Stella estaba en la sala viendo el televisor acostada boca abajo sobre el sofá. Como no llevaba fondo alguno bajo el vestido, sus nalguitas se dibujaban perfectamente, lo que me ocasionó un súbito estremecimiento, hasta los oídos me zumbaron. Le dije ¿quieres que te inyecte en el sofá o pasas a la recámara? Como quieras, contestó, pero al rato se puso en pie y agregó: mejor en la cama, está más cómoda. Entramos los dos a mi cuarto, ella de inmediato se alzó el vestido, se bajó la blanca panty hasta las rodillas y se acostó despreocupadamente vuelta hacia mí para ver cómo preparaba la jeringa. En ese momento yo pensaba: qué curioso, Stella parece tener predilección por la ropa interior blanca, igual que su mamá a quien no he podido convencer de usarla en tono oscuro a pesar de que, por su color tan blanco de piel el negro se le vería sumamente sensual.

Descabecé la ampolleta y empecé a cargar la jeringa. Stella veía atentamente como ésta se iba tornando color ambarino y me preguntaba ¿está densa la sustancia? No tanto, le contesté, pierde cuidado que esta vez no te va a doler. Bueno, me dijo, la vez pasada me tomaste desprevenida pero eso ya lo aprendí, de manera que no vas a poder utilizar la misma táctica ¿cómo vas a hacer para que no me duela? ¿acaso me vas a pegar de nalgadas como hiciste con mi tía Alma? Su comentario me hizo sentir helado. ¿Quién te dijo eso? le pregunté. Pues ella misma ¿quién más lo iba a saber? dice que no eres nada suave inyectando y que la lastimaste mucho ¿Por qué lo hiciste?

Sin saber qué contestar comenté erráticamente que las medicinas duelen en distinta forma y que a su tía le apliqué una ampolleta especialmente molesta pero que no hubo de mi parte intención alguna de lastimarla. Bueno, contestó, de todas maneras mi tía estaba contenta pues dijo que después de inyectarla pasó un rato muy bueno contigo ¿qué hicieron? Stelly querida, le dije, no se por qué me haces tanta pregunta, tu tía me pidió inyectarla porque tú me recomendaste con ella y tu mamá lo supo muy bien e inclusive me pidió que lo hiciera ¿crees que la traté de manera distinta a como te traté a ti la vez pasada? No lo se, me dijo y preguntó ¿la pusiste sobre tus piernas como a mí y le acariciaste las nalgas para que se tranquilizara? Nuevamente sentí vértigo y le dije, vamos Stelly, ya está lista la jeringa y me aproximé a ella. Entonces empezó como la vez anterior a quejarse ostensiblemente diciendo ¡ya me entraron los nervios, esa medicina es muy dolorosa y su color amarillento no se por qué pero me impresiona! Además la aguja se ve muy larga y puntiaguda, me va a causar mucha molestia. Espera, deja que me tranquilice y se puso de costado vuelta hacia mí con la zona púbica descubierta y temblando.

Por pudor me pasé del otro lado y la invité a colocarse boca abajo. Ella me dijo: mejor ponme sobre tus piernas, eso me tranquiliza. La situación me estaba preocupando bastante, pero accedí para evitar que continuara con sus preguntas. Me senté sobre la cama y ella se me encaramó diciendo: me siento incómoda con las nalgas descubiertas y puestas así frente a ti ¿crees que hago mal? No, Stelly, no creo que hagas mal, lo que importa es la intención y ni tú ni yo tenemos otra que no sea cumplir el tratamiento que te dieron. Esta vez, como tú lo dijiste, no te voy a poder tomar desprevenida, así que recuerda lo ocurrido, mientras tus nalgas estaban relajadas la aguja entró sin dolor alguno, así que relájalas, simplemente piensa que no te va a doler. Bueno sí, me dijo, lo voy a hacer pero espera un momentito, dame un poco de masaje pero no vayas a clavarme la aguja sorpresivamente, quiero acostumbrarme a recibir las inyecciones concientemente. Por cierto, preguntó ¿alguna vez has inyectado a mi mamá?

Stelly, le dije, ya deja de preguntarme cosas inútiles, no se qué te hace pensar eso. Ella respondió: yo quiero mucho a mi papá pero se que él no se puede llevar bien con mi mamá y, por lo tanto no me enoja que tu seas novio de ella y que la inyectes ¿quién te ha dicho que somos novios? le pregunté molesto. Nadie, contestó, yo los he visto besarse en la boca, abrazarse y… Stelly, grité ¡ya deja de presionarme! Te lo suplico, necesito inyectarte o la sustancia se va a espesar y te va a doler más. Sólo dime si has inyectado alguna vez a mi mamá, insistió, sólo eso dime. Dejé la jeringa sobre la cama, respiré profundo y le contesté: Sí, la he inyectado como te he inyectado a ti, a tu tía, a muchas otras personas ¿qué tiene eso de particular? ¿Crees que las nalgas de mi mamá son bellas? Nuevamente me sentí muy mal parado, pero reponiéndome contesté con la mayor naturalidad: sí, creo que son muy bellas, digamos que toda ella es una mujer muy bella. ¿Quién tiene las nalgas más bonitas, mi mamá o mi tía Alma? Yo no soy juez de esas cosas, le dije, pero si fuera el caso, prefiero el físico y la forma de ser de tu mamá. Tu tía ha estado platicando contigo ¿no es cierto? Ella es intrigosa, no dejes que te sugestione. Es que me dijo que tú la amas ¿es cierto? Seguro que no Stelly, yo amo a otra persona ¿A mi mamá? Así es, le dije. Bueno, inyéctame ya estoy lista.

Tomé de nuevo la jeringa y el algodón y me disponía a desinfectarle el glúteo cuando súbitamente se abrió la puerta y entró Elisa, lo cual hizo que Stella gritara, se pusiera de pie y se cubriera las nalgas ¿por qué haces eso mamá no es correcto que entres cuando me están inyectando. Elisa abrazó a su hija, la reconfortó, le dio unas nalgaditas, le volvió a subir el vestido y la acostó de nuevo sobre mis piernas. Stelly accedió pero fruncía las nalguitas y se mostraba nerviosa. Muy inquieta me dijo: ya inyéctame, hazlo pronto. No, le dije, espera un momento, la senté sobre la cama, me puse de pie, abracé a Elisa y la hice salir de la habitación. Ya afuera le pregunté: ¿Te acuerdas el día que te inyectó la señora Eulogia y tanto ella como tu mamá te descubrieron todo el culo y te lo miraban insistentemente? Dime ¿estabas contenta entonces? No hagas eso con Stelly, respeta su privacidad mi vida. Elisa no dijo nada, se sentó en la sala y me dijo, aquí los espero.

Entré de nuevo en la habitación, puse el seguro de la puerta, Stella sollozaba, la abracé, le di un beso y la llevé de nuevo a la cama, la acosté sobre mis piernas, le di unas cuantas palmaditas en las nalgas y me percaté que las tenía relajadas. Le desinfecté el glúteo derecho, ella permaneció tranquila, clavé la aguja firmemente y ella exclamó: ¡Ya la tengo adentro y es enorme además de gruesa! y se estremeció súbitamente. Me dolió poco el piquete pero la sustancia me arde mucho. Los quejidos y al mismo tiempo el estremecimiento de la joven iban en aumento, sus nalguitas temblaban violentamente. Le dije, voy a hacerte entrar el líquido más despacito, pero Stella me contestó ¡no, sigue empujando! Quiero confesarte que el dolor que me haces sentir me gusta mucho. Miré instintivamente su vagina y comprobé que tenía el bello púbico muy mojado, igual que la parte interior de los muslos. Comprendí en ese momento muchas cosas.

¿No va a entrar mi mamá? me preguntó de pronto muy preocupada mientras fruncía ligeramente el culo. No Stelly, descuida, ya puse el seguro de la puerta. Quiero contarte que cuando me inyectas me excito demasiado y no quiero que ella me vea. Tengo una especie de fascinación por las inyecciones. Además, las imagino en el culo de mi tía y de mi mamá y me excito aún más, no se la razón, quisiera ver cuando las inyectas ¿podrías ayudarme a satisfacer un día ese capricho? Desde luego que sí mi vida yo te ayudo. Qué bueno que me cuentas esto, despreocúpate, eso ocurre a mucha gente, no a toda, pero sí a mucha gente, es un componente muy fino de la sexualidad de cada quien, el cual puede manifestarse en mayor o menor medida. Tú lo tienes muy marcado, te voy a ayudar a que lo manejes correctamente para que disfrutes una vida sexual plena.

Después de extraerle la aguja tomé un pañuelo y le estuve secando el líquido vaginal. Stella temblaba recurrentemente, miré el sitio de la inyección, estaba limpio, no sangró ni tuvo reflujo de la sustancia. En cambio sus redondas y firmes nalguitas se estremecían y se fruncían cada vez que experimentaba un espasmo vaginal. Esperé pacientemente hasta que se fue tranquilizando. Después la incorporé comprobando a través del vestido que sus pezones estaban bien erguidos. Se vistió y pasó al cuarto de baño. Me reuní con Elisa y le dije: misión cumplida, pero te anuncio que debemos comprender a Stelly y trabajar muy duro con ella, necesito de tu absoluta cooperación.

Anónimo -

Stella

Lector empedernido, gracias por tu mensaje. Habiéndome comentado tus preferencias recordé un incidente con la hija de mi querida Elisa. Es un relato de lo más inusual como lo es todo lo concerniente a la personalidad de mi ex amante, de quien tengo recuerdos sumamente gratos, algunos de los cuales ya conoces.

Resulta que una tarde, justamente después de que tuvimos sexo en su consultorio, Elisa me dijo: te voy a pedir un gran favor y lo hago porque te conozco bien y te tengo suficiente confianza. Resulta que a Stella (su hijita que entonces tenía 17 años) le recetaron una inyección muy dolorosa que debe aplicarse con suma lentitud precisamente por lo agresiva que es la sustancia ya que arde como si fuera chile. Como el año pasado le aplicaron una dosis, está escamada y esta vez no se deja. Por más que le he rogado no acepta, ni conmigo, ni con el doctor, ni con nadie.

Como tú sabes, hay dos personas a las que ella quiere mucho y les tiene una enorme confianza: una es su padre y la otra eres tú pues desde que estaba chiquita jugaba contigo y como le tienes mucha paciencia te quiere y te hace mucho caso. Le respondí: cómo no Elisa, yo hablo con ella para que acepte ir a que se la apliquen, pero la doctora me interrumpió: ¡te digo que no se va a dejar con nadie! pero estoy segura de que sí se dejaría inyectar por ti.

Me pones en situación difícil le dije, porque si Stella me ve como a un doctor me va a perder la confianza, además de que si la inyección es intramuscular, imagínate, Stella ya no es una niña y está muy desarrollada. Elisa respondió: ese es otro factor por el que te prefiero a ti, ya que el doctor que la atiende es muy competente pero creo que mira a mi hija con demasiada insistencia y no pierde ocasión para desnudarla, como también lo quiere hacer conmigo cuando lo consulto pues enseguida quiere auscultarme y ponerme inyecciones en las nalgas. ¿Y lo ha logrado? pregunté preocupado. No es que lo haya logrado, me dijo Elisa, lo que pasa es que al principio me tomó desprevenida y en la primera visita me desnudó completamente, me estuvo tentaleando todo el cuerpo y me inyectó en la cola, con tal malicia que no me volví a prestar a semejante tratamiento. ¿Bueno, me dijo: ¿me vas a ayudar con Stella? Claro, mi amor, voy a hacer lo que pueda.

Después de refrescarnos un poco pues el encuentro sexual había sido muy intenso, Elisa tomó el teléfono y citó a Stella diciendo: ya llegó A para inyectarte, te esperamos. Quince minutos después llegó la bella jovencita luciendo una mini espectacular pues tenía unos muslos de vedette y una cinturita muy bien formada. Estuvimos platicando cerca de una hora, al grado que ya no recordábamos el motivo del encuentro, hasta que Elisa nos interrumpió diciéndome: ya es hora de que inyectes a la niña y empezó a preparar la jeringa. Stella exclamó: mamá, conste que me dejo solamente porque A me la va a poner pues esa cosa duele como si me estuvieran clavando un cuchillo.

Ya lista la jeringa, Elisa le pidió a su hija acostarse sobre el diván, pero ella le dijo: no mamá no quiero que tú me veas, a lo cual Elisa exclamó: ¡pero cómo es que tu mamá no puede verte el culo niña! No, no quiero porque me pones más nerviosa, mejor tú salte un rato. Elisa me miró desconcertada pero enseguida tomó su bolso y dijo: voy a la tienda a comprar algunas cosas y salió del consultorio. Yo quedé en tal situación que me parecía una especie de sueño pues una hora antes había estado en intimidad con Elisa y ahora de alguna manera lo estaba, en el mismo sitio, con su hija.

En cuanto salió su mamá, Stella corrió y puso el seguro de la puerta, luego se levantó la faldita y se bajó la panty, dejando a la vista una buena parte de sus frondosas nalgas, redondas y muy bien formadas, yo de inmediato sentí una reacción en el pene y traté de distraerme para no hacer el oso. Se puso frente a mí un tanto titubeante y le indiqué que se acostara sobre el diván, ella lo hizo pero sus carnosas nalgas, de por sí muy firmes, aparecían sumamente tensas. Le dije: Stelly, ten confianza, no voy a lastimarte, relaja el culito porque así como estás te va a doler mucho. Me senté a su lado y estuve dándole algunas palmaditas leves en los glúteos pero la tensión no cesaba. Stella me dijo ¡no puedo tranquilizarme, es que esa medicina duele demasiado!

Entonces me levanté, puse música suave, regresé al diván y, dejando la jeringa sobre el escritorio, apliqué un leve masaje en las nalguitas de mi amiga hasta que noté que entraban un poco en calor y los respingados y anchos glúteos se iban relajando. Tomé entonces la jeringa, el algodón con alcohol y me dispuse a picarla pero, cuando Stella sintió que le desinfectaba la zona, volvió a tensarse y cogiéndose la cabeza con ambas manos, gritó: ¡no, espera, todavía no me piques¡

La situación estaba difícil pues efectivamente Stella se encontraba muy nerviosa. Entonces volví a poner la jeringa sobre el escritorio y le pedí que se sentara. Estuvimos platicando un momento, le dije que esa medicina, igual que todas, produce mucho dolor la primera vez pero que en la segunda y posteriores prácticamente no se siente. Stella me escuchaba pero no parecía muy convencida. Entonces le pedí que se volviera a recostar pero esta vez sobre mis piernas argumentándole que era una forma menos dolorosa de recibir ese tipo de inyecciones. Stelly se acomodó de inmediato pero no dejó de decirme que sentía un poco de pena que la tuviera en esa forma. Yo le contesté que sólo trataba de aminorarle la molestia pero que la inyectaría en la pose que ella quisiera, inclusive puesta de pie si le resultaba menos impactante.

No, me dijo Stella, vamos a probar así, creo que la posición me está relajando. Yo seguía como soñando pues recordaba haber tenido a Elisa ahí mismo en la misma posición una hora antes, si bien acariciándole el clítoris y chupándole el orificio anal. Volví a sentir erección por el recuerdo de Elisa y también porque las juveniles nalguitas de Stella son muy atractivas. Le acaricié con suavidad la superficie de los dos glúteos, luego tomé la jeringa de nuevo, pero Stella me dijo: no, sigue sobando un poco pues eso me relaja bastante, ya casi estoy lista pero yo te aviso, de manera que le bajé totalmente la pantaleta y seguí realizando la gratísima labor de acariciar tan hermosas nalguitas. Pasaron cerca de diez minutos, hasta que le pregunté: ¿cómo ves Stelly, ya te puedo inyectar? Ella me dijo Sí, yo creo que ya estoy preparada, pero hazlo muy suavecito para que no me duela tanto.

Le desinfecté la zona, pero Stella frunció de nuevo las nalguitas y gritó: ¡no, espera, otra vez me puse tensa! La situación era muy difícil así que decidí torear a mi querida paciente. Le dije: Stelly Yo espero el tiempo que necesites, no tengo ninguna prisa, vamos a empezar de nuevo, y volví a acariciarla sin dejar la jeringa, ella fue relajando poco a poco los glúteos y, cuando me pareció oportuno, de un golpe le clavé la aguja en la nalguita contraria a la que había desinfectado, Creo que Stella ni siquiera se percató pues siguió tranquila disfrutando el masaje que le daba con la mano izquierda, mientras con la derecha empecé a presionar el émbolo. Cuando le había inoculado una cuarta parte de la sustancia, Stella se percató del avance y trataba de voltear para verse el culo, pero le dije: Mi vida, ya ves que no te dolió el piquete ni la entrada de la mitad de la sustancia, así que continúa relajada, ya vamos a terminar. Ella me dijo: ¡lo lograste! No sentí nada y en este momento sólo me arde un poquito, es un dolorcito muy leve. Continuamos así hasta el final, la nalguita de Stella mostraba una leve inflamación en el lugar del piquete, así que retrasé aún más la entrada del líquido, finalmente le extraje la aguja y le dije: Stelly, quédate así, para que el líquido se disperse ya que es muy grueso y está aglutinado en la zona del piquete.

La joven me dijo, cómo tú me indiques, no me dolió la inyección y puedo esperar el tiempo que sea necesario. Estuve acariciando, no masajeando, el sitio inflamado, hasta que la sustancia quedó totalmente dispersa. Mientras tanto, admiraba aquel fantástico culito juvenil, alcancé a ver el delicioso remolinito rectal y se me antojaba perforárselo con la lengua. Siguiendo la raja, poquito más abajo, aparecía el bello púbico y el borde inferior del labio vaginal. Mi erección fue completa, besé y di un leve lengüetazo a la nalguita horadada de mi amiguita y la invité a ponerse de pie. Ella se vistió, luego se inclinó y me abrazó, me dio un beso y me dijo: ¡te quiero mucho! Ojalá que tú me inyectes siempre.

A poco llegó Elisa y Stella le informó alborozada que conmigo no había sentido dolor alguno. Elisa volteó a verme y me regaló una dulce sonrisa, yo le guiñé el ojo y seguí sentado porque tenía el pene bien parado y me sentía mojado. Elisa sonrió con cierta picardía, entre ella y ello existió siempre una comunicación completa. Una vez que Stella se retiró me dijo ¿está guapa mi hija, no te parece? Yo le respondí: demasiado atractiva, es un bombón, no se porqué te gusta jugar conmigo en esa forma. Elisa soltó la carcajada, se sentó en mis piernas y me dijo: te conozco muy bien, aunque se que es muy peligroso que te quedes así. De lo que sí estoy segura es que tengo el remedio y puedo exprimirte el apuro. Me acostó completamente sobre el diván, se bajó el pantalón y se acostó sobre mí abrazando mi pene entre sus muslos, yo le acaricié las nalgas con verdadera fruición. A poco invertimos la posición, ella se puso boca abajo sobre la cama y yo la penetré vaginalmente. Bufamos, gemimos y gritamos hasta llegar al climax.

Así es Elisa, una mujer impredecible y deliciosa.

Anónimo -

Paula, gracias por tu comentario, los incentivos sexuales varían de persona a persona. Qué bueno que te gustó el relato sobre Alma. El siguiente tal vez podría gustarle más a Carola. Espero sus comentarios y los de cualquier otro amable lector.

Saludos

Stella se prepara

El comentario que me hizo Stelly me preocupó sobremanera pues no podía aceptar como normal que el culo de su madre le produjera tanta excitación. Conociendo el muy ardiente temperamento de Alma a quien debía inyectar en un momento, decidí cambiar drásticamente el plan y le dije a la joven: como veo que tienes vocación, quiero que con Alma tengas tu primera lección de enfermería y que tú la inyectes. La joven me miró con emoción y sorpresa y me dijo: pero yo no he inyectado nunca y Alma puede estar en desacuerdo. No te preocupes, contesté, yo te estaré asesorando y vas a ver cómo ella acepta.

Cuando Alma abrió la puerta ataviada con una coqueta batita floreada en tono verde limón y vio a su sobrina conmigo, puso cara de susto y empezó a titubear terriblemente, a tal grado que no organizaba bien sus dichos. Le expliqué: fíjate que Stelly tiene deseos de aprender a aplicar inyecciones y me ha pedido que le enseñe, de manera que se me ocurrió traerla para que empiece a practicar contigo. Qué mejor que sea con personas de mucha confianza, pero no te preocupes porque ella no hará nada que yo no apruebe. Puedes estar segura de que recibirás la inyección correctamente.

Arrinconada, Alma repuso: me tomas por sorpresa, me lo hubieras dicho antes, me siento muy nerviosa porque no había pensado en semejante situación, la verdad es que, como tú sabes, tengo terror por las inyecciones y…Cortando de tajo sus desesperados argumentos le dije: no te apures Almita, ten confianza, todo va a salir bien, te repito que será como si yo te inyectara pero contribuirás a que ella aprenda y después te inyectará cada vez que lo requieras ¿o no Stelly? Claro que sí Alma, yo te inyectaré con gusto. Dame la ampolleta, le dije, verás que Stelly tiene unas manitas muy suaves. Caminé hacia la recámara, Stella me siguió resuelta y Alma hizo lo propio pero con un aire de abatimiento tal, que parecía dirigirse a que la torturaran.

Nos lavamos las manos, desempaqué la jeringa y la entregué a Stella. Luego abrí la ampolleta y le dije: procede a cargarla. La niña emprendió su tarea como una experta lo cual me hacía ver que con base en la propia iniciativa de observación ella conocía muy bien el procedimiento. Alma permaneció de pie a nuestro lado muy callada, mirando atentamente los preparativos. Se estremeció cuando la espesa sustancia iba pasando de la ampolleta a la jeringa. Con mucha decisión Stella puso el frasquito vacío sobre la mesa y levantó la jeringa sumiendo cuidadosamente el émbolo para extraer las pequeñas burbujitas de aire que le quedaban. No tuve nada que indicarle, lo hacía como verdadera conocedora. Luego ensambló la tapita a la jeringa, la puso sobre la mesa y tomando una cantidad suficiente de algodón lo empapó con alcohol.

Volvió a tomar la jeringa, le retiró la cubierta, volteó resueltamente a ver a su tía y le dijo: listo Alma, por favor acuéstate. La liberal y muy guapa tía carraspeó ostensiblemente para diluir el nudo de su garganta, dio media vuelta dirigiéndose hacia la cama, con aire titubeante preguntó a la joven, ¿en qué dirección me acuesto? Como gustes Alma, como te sientas más cómoda, fue la lacónica respuesta. Alma seleccionó primero la posición transversal (en paralelo con la cabecera) pero luego corrigió dirigiéndose al flanco izquierdo del lecho, me miró tratando de dibujar una leve sonrisa de puros nervios que le resultó fingida. Alzó lentamente, como con vergüenza, el faldón de su breve bata percatándonos de que no llevaba panty, y finalmente se acostó con las piernas muy juntitas, sobre la mullida cama adornada por una elegante colcha jaspeada.

Stella palpó por separado cada uno de los glúteos de su tía, sumió varias veces su dedo índice en el lugar que le pareció apropiado y me dijo: yo creo que aquí está bien ¿cómo ves? Haciendo lo propio palpé cuidadosamente el sitio y le respondí: perfecto Stelly, muy buena selección. Al sentir que su sobrina le desinfectaba el cachete, Alma alcanzó uno de los cojines del lecho, lo puso debajo de su cabeza, escondió la cara en el cuenco de sus brazos y emitiendo un breve quejido recibió el certero pinchazo que le hizo temblar violenta y sensualmente la bien formada nalga. No se quejó, sólo hundió más su cara en el lecho como tratando de fugarse del embarazoso momento. Presionando suavemente el émbolo Stella hizo pasar la sustancia al tierno y elástico glúteo que se estremecía y temblaba debido al ardor que provoca la agresiva sustancia. Stelly preguntó: ¿cómo te sientes Alma, te duele? La atractiva mujer contestó escuetamente: casi nada querida tienes unas manos de ángel.

La aguja fue abandonando suavemente el elástico cachete haciendo que la fina piel se jalara en un pellizquito que se diluyó cuando la jeringa estuvo totalmente fuera en las hábiles manos de Stelly. La joven aplicó y presionó un poco el algodón provocando una leve hendidura momentánea.

Finalmente lo retiró y me mostró que no había quedado más rastro que el pequeño puntito del piquete. Le dije: felicidades, eres ya una diestra enfermera. Alma bajó de inmediato el delgado faldón de su bata cubriéndose cuidadosamente las nalgas. Dando cumplidamente las gracias a su sobrina permaneció acostada. Stella salió de la habitación hacia el baño para depositar en el cesto de basura los materiales sobrantes.

Alma volteó despreocupadamente su cuerpo boca arriba, flexionó y abrió por un momento las piernas ofreciéndome una fugaz panorámica de su deliciosa intimidad púbica. Se puso de pie y me dijo en tono de queja: Stelly podrá ser muy hábil inyectando, pero no sabes cómo me puse nerviosa, sudé frío, me entró terror y vergüenza, luego me calenté sin poder desahogarme. Eché de menos tus entrañables manos y tus certeras caricias. Espero que tú me apliques la otra.

lidia -

hola ANOMIMO
pues es la primera ves que te escribo tengo ya tiemo leyendo tus relatos y me facinan yo e tengo mucho miedo a las inyecciones me dan cierto pudor pero tambien cierto morbo me facinan tus relatos como los cuentas los relatos de elisa y alma me facinaron y ahora con stellaestan fantasticos quisiera pedirte que sigas contando relatos de stella ya que me gusta mas saber de inyecciones a jovencitas como sufren y el miedo que le tienen me gustaria que escribieras mas acerca de eso a y tambien si tienes una historia sobre lavados o supositorios acia jovenes eres genial para escribir recibe mis saludos espeor encontrar pronto otro relato

Anónimo -

Carola, perdona ¿te gustó también el relato sobre Alma? ¿qué piensas acerca de ella?

Anónimo -

Bueno, pensaba contar algo antes pero comprendo muy bien que la expectativa de inyectar a Elisa tiene en este caso un peso muy especial,de manera que puedo darle preferencia y satisfacer tu deseo Carola. Pero me interesa que me digan lo que piensan acerca de Stella y de la motivación que tiene de ver que inyectan a su mamá ¿cuál piensan ustedes que es el sentimiento que la joven tiene hacia Elisa? Hay mucho que platicar pero estoy utilizando una página ajena. Espero, antes de que me borren, abrir mi propia página. Espero contar con el tiempo suficiente y poder avisarles.

Anna -

Simón por el momento te puedo recomendar que visites esta página: http://inyecciones.ning.com/
hay videos que creo que te gustarán y te pueden dar ideas, pero no hay relatos y si se me ocurre algo mas te lo diré ¿vale?

Anónimo: TE EXTRAÑAMOS!!!!

eulogia -

No esperan más a Anónimo, creo que ya no está entre nosotros ¡es una pena! Fue un repentino quebranto de consecuencias fatales. Tengo dicha de haberlo visto poco antes del final. Estaba muy guapo y no le abandonó el buen humor, la amabilidad y el optimismo. Me pidió que lo despidiera de ustedes diciendo que tenía la pena de haberse quedado en deuda tanto con Anna como Simon. He llorado mucho por él y no puedo olvidarlo ni como su amante (aunque sea una vez) que fui ni como persona, cuando leo sus relatos, sobre todo el mío, me pongo a llorar. Creo que ustedes deben regalarle un último comentario, una despedida que el leerá con gusto y se regocijará de que se lo hagan. Pero pues no se ojala que no.

Anna -

Uufff!! que historia! A veces el deseo transforma a las personas, y las hace que las veamos tal cual son y no precisamente como ellos se quieren mostrar.

Definitivamente será mejor olvidarnos del tio este, Fernando, y no volver a dirigirle ni una mirada y mucho menos el habla.

Gracias Anonimo por esta nueva historia que definitivamente tiene moraleja. "Conocer a las personas antes de entregarnos a ellas".

Saludos muchachos!

Simón -

Llegó el día de volver a ponerle la inyección a Silvia. Y esta vez jugaríamos un poco para aliviar el dolor. Varios días atrás había pasado por la zona de las facultades y compré algunas cositas para jugar. Luego les iré contando qué.
Por la noche, luego de cenar (no nombré el hierro antes de la cena para que no estuviera nerviosa mientras comía), le dije que vaya al dormitorio y se fuera preparando mientras yo iba al baño.
Cuando entré a la habitación la encontré en pijama esperando sentada en la cama con cara de dar lástima. Pero cuando me vio su cara cambió. Estaba con una bata de médico inmaculada, me había peinado con gel y llevaba anteojos. En la mano, un maletín de doctor.
- ¿Qué tal, señorita? ¿Cómo se ha sentido?
- Mejor doctor, he seguido sus indicaciones y me encuentro mejor.
- Veamos, entonces.
Dejé el maletín a los pies de la cama y saqué un estetoscopio.
- Por favor, quítese la chaqueta para que la ausculte.
- Sí, doctor.
Se sacó la parte de arriba del pijama y vi con deleite que no llevaba corpiño. Me calcé los audífonos en los oídos y apoyé la copa en su pecho. Se estremeció con el frío contacto y al ver la forma como se irguieron sus pezones decidí que siempre lo aplicaría frío. Apoyé el esteto en varios lugares antes de pasar a la espalda. Ella cerró los ojos, evidentemente lo disfrutaba así que seguí. Lo puse en varios lugares de la espalda, pero sosteniéndola por delante para que se inclinara delicadamente. Es obvio que mi antebrazo rozaba tenuemente sus pezones, que cada vez estaban más duritos. También yo iba poniéndome más durito. Pero aún había mucho trabajo por hacer.
- Bien, señorita. Veo que ha estado haciendo el tratamiento porque sus pulmones se escuchan mucho mejor. Pero aún es necesario continuar el tratamiento. Voy a ver cómo evolucionó la fiebre (sacando el termómetro de adentro del maletín, junto con un guante). Por favor, acuéstese boca abajo y descubra sus nalgas. La temperatura rectal es más exacta.
- No, doctor, por favor. En la cola, no. Me da temor.
- Querida, le aseguro que no duele en absoluto. Vamos, tranquilícese.
Y suavemente la fui empujando hasta que quedó sobre su abdomen.
- Por favor, bájese el pantalón.
- Pero doctor…
- Shh, Shh, Shh. Hágame caso. Abajo el pantalón, son dos minutitos, nada más.
Refunfuñando dejó el culo al aire y yo casi ya no aguantaba, pero mantuve mi profesionalismo (JA JA) y abrí sus nalguitas de reina y coloqué suavemente el termómetro dentro de su ano.
- No le ha dolido, ¿verdad?
- No, doctor.
Pero noté que se había puesto colorada, mientras yo le tomaba ambas nalgas con mi mano y se las mantenía apretadas como se hace con los niños.
Exactamente dos minutos después saqué el termómetro de la cola de mi amor.
Ella ya estaba subiéndose el pantalón cuando le dije:
- No, no, no, querida. Permanezca así que voy a ponerle su inyección de medicina.
- No, doctor, por favor. No me pinche la cola, la medicina que me mandó duele mucho. Se lo pido, por favor.
- Querida, se lo dolorosas que son las inyecciones que le receté. Pero no podrá decirme que no le hicieron bien. Debe ser valiente, dejar la cola bien flojita y pensar en algo bonito. Voy a ser delicado y quizá, si se porta bien, tendrá un premio.
Mientras ella intentaba relajarse preparé la jeringa rápidamente, para que no creciera su ansiedad.
Pasé un poquito de alcohol por el encantador cachetito y de un solo movimiento hice entrar la aguja. Emitió un quejido, sus nalgas se estremecieron de anticipación y cuando el líquido espantoso empezó a penetrar, las lágrimas comenzaron a fluir silenciosamente. Me apenaba verla sufrir tanto y mientras apretaba el émbolo comencé a acariciarle el otro cachete. Cuando finalicé la inyección, masajeé vigorosamente el lugar inoculado y luego lo besé.
Secándose las lágrimas se dio vuelta y me dijo:
- Doctor, fui buena y me dejé inyectar. Ahora me toca el premio.
Sin perder un segundo busqué en el maletín y le dí un enorme chupetín. Lo miró sorprendida y luego largó una gran carcajada, me abrazó y……
Como a las dos horas seguíamos tendidos en la cama tratando de reponernos; me dijo “Encantador el doctor, creo que podría atenderme nuevamente con él”. Ya veremos qué podemos hacer al respecto.
Me preguntó de dónde había sacado la idea de la temperatura por el culo ya que nunca se la habían tomado así. Recordé entonces aquel día que fui a la guardia sospechando una apendicitis. Pero se los cuento otro día.

Anna -

Querido Simón, gracias por tu apoyo, pienso que esta vez la decisión me ha parecido mas fácil.

Querido Anónimo:

Gracias por seguir dandome opciones y por acordaros de mi. Está vez me parece mas fácil la decisión, ya que eso de estar con alguien que te ha tratado mal y te dicen que ya van a cambiar, sinceramente no va conmigo. Y elegir entre una mujer y un hombre, prefiero un hombre, aunque no descarto utilizar los servicios profesionales de Yesenia en un futuro, ya que considero que ha sido agradable.

Esta vez eligo la opción: "c".

Saludos a todos vosotros y gracias nuevamente Anónimo.

Simón -

Gracias Anónimo por darme a conocer que sigues aquí. Espero que tu problema personal no sea serio y que se resuelva favorablemente.
Lamentablemente no es simple seguir la comunicación nosotros, porque salvo Anna, tú y yo, no parece haber gente que nos lea. Valdrá la pena seguir? Quizá estoy un poco pesimista... veré con Silvia si algunos pinchazos en la cola me levantan el ánimo.

Simón -

Querida Anna:
Lamento que no cuentes con alguien que realmente satisfaga tus deseos. Quizá pueda serte útil compartir por este medio los juegos que tenemos con Silvia. Si bien no te sale escribir tus propias fantasías, a lo mejor podrías compartir tus ideas para que yo las ponga en práctica con Silvia y te relate los resultados; se me va terminando el ingenio y no me gustaría dejar de aprovechar los beneficios que nos traen. Espero tus sugerencias.... y las de Anónimo.
Anónimo, te tenemos paciencia pero ten en cuenta que te extrañamos

Simón -

Ajá, Anna. Dejemos que el tiempo haga su trabajo y veamos que te depara el destino.....

Anónimo -

Muy bien Simón, qué bueno que sigues escribiendo. Silvia es un personaje de lo más erótico ¡me encanta! Ténganme un poco de paciencia. El trabajo normal y un problema personal me ha impedido escribir. Sigan ustedes la comunicación por favor. Un abrazo.

Mariana -

Mariana

Eulogia, yo no entiendo lo que dices, no se afirma una cosa tan seria si no tienes toda la seguridad ¿cómo que “creo que ya no estᔠY esa frase final: “Pero pues no se ojala que no” me parece incalificable, pareces una galopina dando explicaciones pendejas a su patrona. No se cuál sea la situación, espero que Anónimo esté bien y que se confirme tu pésima intencion de meter cizaña. ¿Qué clase de amiga esres? Tu posición me parece detestable, solo quieres cacarear que estuviste alguna vez con el ¡para mí eres una puta!

Simón -

Anna y Anónimo:

¿Que le ha sucedido a Fernando? ¿Ha enloquecido?. No puedo creer que alguien tan cariñoso y respetuoso se haya transformado en ese monstruo sin ningun control. Pobre Anna lo que has padecido. Ten cuidado porque es capaz de volver prometiendo que no volverá a suceder, pero esa promesa ya te la hizo y no cumplió.

Espero que te repongas rápidamente del mal trago.

Anna -

Querido Simón:

Vamos que la verdad es que no podía decidirme entre German y conocer a Daniel, y me gustaría probar la mano de Daniel para inyectar, pero bueno quizá en otra oportunidad necesite de sus servicios, ¿no crees?

Simón -

Ya decía yo que Fernando aparecería arrepentido. Lo del psicólogo es bueno pero no sé, yo tendría mis dudas.
Por lo demás, Anna, tienes muchas opciones de entre las que escoger, no es sencilla tu posición.
Te apoyo desde aquí y ojalá decidas lo mejor para tí.

Simón -

Querida Anna.

Veo que sigues apostando fuerte! Ya veremos cómo le cae esto a Germán. Igual no habría que descartar de plano a Daniel, a lo mejor inyecta bonito

Anna -

¡Magnífico Simón! ¡Te felicito! Que relato mas ingenioso, Silvia debe de estar contenta y no es para menos. ¡Has tenido una muy buena idea! Uyy que diera yo porque mi novio fuera un poco mas avispado para estas cosas. Pero en fin... me ha encantado tu relato.

No te desanimes hombre... mira que yo he tratado de escribir algo, pero la verdad es que no me sale. No he tenido vivencias interesantes pero si tuve un sueño que a veces quiero compartirles pero cuando trato de hacerlo, no se ni cómo comenzar.

No se si nos leeran mas personas pero yo sinceramente, valoro mucho los relatos que nos dejan tu y Anónimo y se los agradezco a los dos.

Anonimo: Espero que resuelvas tus problemas muy pronto y que todo sea para bien. Aquí te estaremos esperando.

Anónimo -

Querida Anna, siento mucho que esta vez las cosas no hayan salido como deseábamos pero, como tú bien lo reconoces, en la vida es necesario andar con cierta precaución. El caso es que habiendo regresado a tu casa te enteraste que Germán te había estado buscando pues estaba muy preocupado por ti. Cuando hablaste con él te confesó que te había extrañado mucho y te pidió que le dieras una cita, a lo cual le dijiste que estabas muy cansada y que tal vez el siguiente fin de semana podrías verlo pero sólo profesionalmente para que te revisara. Al día siguiente te llamó Fernando diciéndote que estaba apenadísimo por lo ocurrido y te rogaba encarecidamente perdonarlo, ofreciéndote ponerse en manos de un psicólogo que lo ayudara a superar su problema. Te pidió acompañarlo con el facultativo, con quien ya había concertado una cita, para que tú participaras en su rehabilitación. Te negaste rotundamente, pero siguió insistiendo que por favor lo ayudaras pues no había para él otra mujer como tú. También Daniel se hizo presente invitándote a salir con él. Se preocupó cuando le dijiste que habías tenido un disgusto y que además estabas inyectándote como parte de un tratamiento, así que te ofreció sus servicios profesionales indicándote que podía hacerte un reconocimiento general. En realidad a él lo consideras muy respetuoso y hasta un poco tímido pues desde que lo conociste años atrás demostró su respeto y lealtad contigo. Sin embargo, le dijiste que luego lo buscarías.

Como tu tratamiento debe continuar y, además, sabes muy bien que no es bueno deprimirse, reconoces que debes tomar de inmediato una decisión, así que te planteas las siguientes alternativas:

a. Aceptar ver a Germán para que te haga un reconocimiento general y te atienda, lo cual te permitirá saber si su actitud ha cambiado.
b. Decides apoyar a Fernando para que se atienda de su problema psíquico y de paso aprovechas que él te inyecte.
c. Resuelves ver a Daniel y darte la oportunidad de conocerlo en su nueva fase de médico.
d. Por lo pronto no quieres ver a ninguno de los tres y le pides a Yesenia que acuda a tu casa para inyectarte.

Anónimo -

Querida Anna, te dejo tu nueva experiencia con Fernando. Estimado Simón, no me olvido de tu encargo. Un abrazo a todos.

La sorpresa de Fernando

No obstante la insistencia con que Germán me propuso ir a la playa, decidí rechazar su amable ofrecimiento ya que me sentía anímicamente lastimada por la forma en que me trató las últimas veces que nos encontramos. Es cierto que él me amó, que yo lo amé y que compartimos preciosas experiencias. Aún recuerdo con nostalgia aquel momento que ya les narró Anónimo: “Se prodigaron renovadas caricias, se desnudaron y la encantadora Anna se postró boca abajo para recibir por la espalda una nueva penetración vaginal. El coito no duró gran cosa, tras un agitado y cada vez más intenso vaivén, el novio derramó toda su virilidad en la tierna y cálida intimidad de la mujer a quien amaba, la cual se estremeció, jadeó, sollozó y hasta gritó delirante de placer, mientras Germán la besaba en la nuca, los labios y la espalda. Quedaron por fin en calma, pero no se separaron, permanecieron juntos, abrazados, tratando de eternizar aquella deliciosa vivencia”

¡Aaaahhhh! ¿No creen que esos momentos sean difíciles de olvidar? A mí me parece que sí, pero esta vez cerré los ojos y me entregué de nuevo a Fernando, el gran amor de mi vida, cuyo recuerdo me hizo rechazar inclusive la invitación de Daniel, una de mis más caras pretensiones. Y no sólo acepté permanecer con Fernando, sino que le platiqué la propuesta de Germán. Él me miró muy serio, luego me sonrió con dulzura y me dijo: “No quiero que nuestra experiencia de fin de semana te haga sentir algún vacío, así que te propongo irnos justamente a la playa” Esa misma noche tomamos la carretera y, después de dos horas de fantástica convivencia en las que repasamos nuestros mutuos proyectos disfrutando la vista del esplendoroso firmamento plagado de estrellas, entramos por fin en un pequeño y confortable hotelito pegado a la costa, que tenía todas las cualidades para recrear nuestra intimidad.

Era ya tarde pero el exuberante escenario nos invitaba a permanecer despiertos, así que, arropados en la quietud y la soledad del sitio, nos desnudamos y tomados de la mano nos fuimos caminando a lo largo de la playa disfrutando el concierto de las olas y admirando la majestuosa luna que rielaba el imponente y accidentado espejo del agua. Seguimos despreocupadamente haciendo continuas escalas para abrazarnos y besarnos, hasta que nuestro implacable instinto nos derribó en la mullida arena donde me penetró con su enorme pene y copulamos intensamente. Embebidos en aquel paradisíaco encuentro llegamos al clímax: jadeamos, chillamos, nos revolcamos y juntando nuestros labios, con la vista puesta en el firmamento, nos juramos prodigarnos amor eterno.

Por fin en la habitación caí rendida y tras la primera vigilia del sueño tuve una erótica vivencia: la ropa de cama se replegó, mi cuerpo fue inducido a postrarse boca abajo, sentí unas suaves caricias en mi cachete izquierdo y el súbito piquete que traspasó mi carne para alojar la ruda hipodérmica en posición de descarga. Entre adolorida y alborozada, sentí el terrible ardor de la densa sustancia que Fernando, siempre pendiente de mi tratamiento, me inoculaba lentamente, con absoluta calma, tratando de que el dolor no me despertara. Todo ocurrió en el paraje de la pesada somnolencia, estando mitad dormida, mitad despierta. Preferí permanecer tranquila. Sintiendo el suave masajito final y un delicioso beso en mi glúteo horadado, me entregué de nuevo al descanso en los confortables brazos de Fernando, cuyo rígido pene estrujaba placenteramente mi trasero.

El ruido del mar y los primeros rayos de luz penetrando la ventana me despertaron. Contemplé a mi amado dormido, despatarrado, con el pene en reposo, mustio, doblegado. No resistí la tentación de tomar la suculenta pieza en mis manos y acariciarla suavemente hasta que se alargó, se tornó muy brillante y emitió una densa y blanquizca gota de semen. Lo puse en medio de mis labios, con la lengua repasé milímetro a milímetro aquel glande extenso, duro, palpitante. Inicié por fin el tallado del enorme pene haciéndolo llegar hasta el fondo de mi garganta, una y otra vez, sucesiva, acompasadamente, hasta que Fernando emitió un ansioso bramido y me lanzó una descomunal descarga que alcanzó a regar mi barbilla, senos, manos, brazos, piernas, así como el vientre del propio Fernando.

Aquella mañana estrené un precioso bikini color cereza. Era brevísimo, a tal grado que me causó un gran nerviosismo portarlo. Tenía un sensacional escote que dejaba al descubierto tres cuartas partes de mis profusos senos, mientras el calzón apenas me cubría el pubis y la raja trasera, dejando a la vista gran parte de mis redondos, firmes y respingados cachetes. Fernando se veía orgulloso de estar a mi lado; me abrazaba y me besaba continuamente induciendo que camináramos una y otra vez en medio de la gente congregada en la playa. Yo sentía que mi cuerpo alborotaba a los hombres y la varonil anatomía de Fernando, a las mujeres. Creo que conformábamos una agraciada pareja. Nos acostamos en sendos camastros dispuestos al borde de la playa. Fernando tomó el bronceador y me lo aplicó centímetro por centímetro, insistentemente, desde la cara hasta las plantas de los pies, pasando por los senos, el vientre y las nalgas, donde su labor se tornó muy paciente, minuciosa y esmerada. Sentía las manos deslizarse tan suavemente en todo mi cuerpo que, poco a poco me fue invadiendo una profunda somnolencia, hasta que inevitablemente me abatió el sueño.

En brazos de Morfeo corrí ligera por la playa y entré en el mar donde un enorme pulpo me esperaba. Traté de escapar pero me asió firmemente llevándome en vilo hasta una enorme gruta submarina donde me acostó boca abajo sobre una pesada roca para tallarme las nalgas con sus horribles tentáculos. Yo estaba por demás angustiada sin saber muy bien lo que el pulpo quería hacerme, pero intuí que mis nalgas le atraían, le fascinaban. Yo quería levantarme pero me sujetó muy fuerte de piernas y cintura. Entonces llamó a un enorme pez espada y le pidió que me clavara su afilada pértiga, mostrándole el punto exacto que quería traspasarme en la cola. Forcejeé tratando de liberarme pero el intento resultó inútil. Sentí un espantoso rasgón en la parte superior externa de mi glúteo derecho y grité desaforadamente. El pulpo me sujetó con mayor fuerza mientras el terrible pez espada me tallaba su espantosa puya produciéndome un calcinante ardor al interior de la nalga. Mis piernas se agitaban descontroladamente. La espantosa bestia empezó a sisearme al oído: ¡te amo, te pica, te amo, te pica! Cuando el dolor llegaba a su punto más álgido, alcé la cabeza buscando al monstruoso verdugo que tanto me lastimaba. Un torrente de luz golpeó mis ojos, el murmullo del mar se hizo presente, y entendí las dulces recomendaciones de mi amado ¡amor, tranquila, amor, tranquila, ya estamos terminando! Me percaté que en ese preciso instante Fernando ¡me estaba inyectando en la playa delante de la gente!

Más allá de la pena que aquella inesperada exhibición me causaba reaccioné tratando de aflojar el cuerpo, sobre todo las piernas, para que la inoculación me resultara menos dolorosa. Tenía la respiración muy agitada, me percaté de que varios hombres me miraban en forma por demás desvergonzada. Otros más, discretamente, de soslayo, pero no perdían detalle. No me gustó que Fernando me exhibiera de esa manera, me sentí señalada. Por fin terminó la aplicación y me levanté violentamente. En medio de un creciente murmullo caminé hacia el cuarto sintiendo en cada paso una fuerte dolencia. Entré a la habitación, me tumbé sobre la cama y lloré porque Fernando me había traicionado. A poco él entró y se tumbó a mi lado, abrazándome, mientras explicaba: “Querida Anna, tu cuerpo me subyuga, es mi deleite y mi orgullo, no sabes cómo me calienta compartirlo visualmente con otras personas” Me aparté de sus brazos diciendo: “no es justo, no estoy de acuerdo con eso. Yo te amo y me he entregado a ti, pero en la intimidad. Mi cuerpo no te pertenece. Las inyecciones son parte de esa intimidad que no tienes por qué exhibir públicamente”.

Fernando me abrazó y me prometió no cometer ese error de nuevo. Enseguida nos acostamos iniciando una sesión de besos y ardientes caricias. En la euforia del cachondeo le dije: ¡travieso, te perdono porque te amo, pero no vuelvas a hacerlo! Nos desnudamos, me colocó de perrito y me penetró profundamente, haciéndome emitir un suave y prolongado lamento. Tomó mis caderas y las hizo avanzar y retroceder cadenciosamente refregando mi vagina con su enorme pene que entraba y salía cada vez más violentamente. Gritaba: ¡tus nalguitas Anna, tus nalguitas me enloquecen y me hacen perder la cabeza! ¡Qué delicia, qué delicia! Y me acariciaba los cachetes con vehemencia. Ya cerca de la eyaculación retrocedió la cabeza para observar mejor nuestros respectivos genitales acoplados interactuando, e insistía: ¡tus nalguitas Anny, tus nalguitas y las marcas de los piquetes. Son una escultura, un monumento, me encantan! Sintiendo el golpeteo cada vez más violento de mis nalgas contra sus piernas y pubis, percibí los primeros síntomas del orgasmo. Apalanqué el cuerpo y emití un prolongado sollozo seguido por fuerte jadeo y por los inevitables gritos de júbilo que revelaron el clímax de aquel espléndido coito. Fernando celebraba el encanto de mis nalgas y yo me felicitaba de tener su descomunal y ardiente pene a mi disposición ¡Qué poema de verga!

Después pasamos una tarde muy agradable y romántica caminando por el pueblo cercano. Fernando me trató con esa cariñosa deferencia que me brinda regularmente. Al anochecer nos sentamos a disfrutar una bebida en la terraza del cuarto, colindante con las terrazas de las habitaciones contiguas, donde había grupitos de personas también conviviendo. Platicamos de muchas cosas, de nuestra vida, nuestro trabajo, nuestras expectativas. El desagradable incidente de la mañana estaba prácticamente olvidado. De pronto Fernando se inquietó diciendo: ¡Tu inyección Anna, tu inyección, ya te toca, voy a prepararla! Le contesté: De acuerdo amor, me llamas, y permanecí sentada disfrutando la frescura de la brisa.

Poco después salió y sentándose en la butaca palmeó sus piernas indicándome: ¡Acuéstate aquí cariño! Lo consideré una broma, así que levantándome me dispuse a entrar en el cuarto pero él me tomó con fuerza y me hizo caer de golpe sobre sus piernas con el culo empinado justamente hacia la terraza donde había varios señores platicando. De inmediato me alzó la falda y me bajó la panty hasta los muslos. Yo me sentí terriblemente avergonzada y forcejee un poco pero, por obvias razones, no quise hacer mayor barullo. Me desinfectó el glúteo y me clavó de golpe la aguja. Sentí un gran dolor sobre todo porque tenía las nalgas muy tensas. Las piernas y los brazos me temblaban sobre todo por el sentimiento de impotencia. Mi implacable verdugo me tenía sujeta de la cintura mientras me inoculaba el pastoso líquido sin el cuidado que otrora me había brindado, de manera que la densa sustancia se me agolpó en un solo sitio haciéndome estremecer y engarrotar el glúteo. Me sobrevino un terrible calambre que me hizo gritar sin pudor alguno, pues el dolor era insoportable.

Cuando Fernando me extrajo la aguja logré levantarme a la fuerza, pero resbalé y rodé estrepitosamente por el suelo con las nalgas y el pubis totalmente a la vista de los curiosos caballeros. Casi revolcándome de dolor, tanto por el calambre como por el golpe recibido en un brazo y en ambas rodillas, me deslicé como pude hacia el interior del cuarto aún con las nalgas al aire, pero alcancé a franquear la puerta. Estando tumbada en el suelo, pero por fin en la intimidad de la habitación, cerré de golpe la terraza dejando a Fernando afuera. Los siguientes minutos fueron terribles. Llorando de dolor, decepción y contrariedad logré por fin ponerme de pie. Enseguida me dirigí al guardarropa, empaqué mis cosas en la maleta, me di una “manita de gato” y salí corriendo. Entré en el coche de Fernando y emprendí el camino de regreso a mi casa ¡Sola, a deshoras y rumiando una fuerte amargura!

No puedo soportar semejante ambivalencia en una persona que ha recibido mi confianza entera.

Simón -

Muchas gracias, Anna!!!

lector empedernido -

Siempre lo mejor son las inyecciones en la cola, me encantan! Cuanto más detalle mejor, si son dolorosas, las quejas de la pobre víctima, el temor y la vergüenza de estar mostrando las nalgas.

Continúa!

Ana K. Blanco -

Estimado Señor: no recuerdo haber leído un relato sobre este fetiche que a tanto nos gusta como son las inyecciones... Un relato muy bonito, con mucha y buena descripción de los detalles. Me gustó mucho y ya descubrí tu faceta de escritor. Gracias! Saludos...
Ana K.

Anna -

Lector Empedernido:

Uyyy! como se voltearon los papeles! Y ademas de haber aprendido a inyectar has tenido la oportunidad de practicarlo y supongo, tambien, que de disfrutrarlo!
Creo que despues de esto, tu novia lo pensara dos veces antes de volver a decirte que necesitas algun tramiento con inyecciones porque ahora ya sabe que tu tambien puedes aplicarle un tratamiendo igual, pero ya estará en ustedes si siguen y lo disfrutan mutuamente o se olvidan del asunto.

Bueno pero sobre el relato, debo decirte que me ha gustado mucho, y que bueno que hayas tenido la oportunidad de darle tambien un par de nalgadas!

Cuentanos cómo estuvieron las ultimas inyecciones!

Anna -

Querido Lector Empedernido:

No os preocupeis, yo se que el comentario no era para mi, pero es injusto que casi nadie escribimos relatos, solo tu y Anonimo, quisiera poder hacer mas pero creo que no tengo dotes de escritora!

Karol:

Deseo que tu relacion con tu novio vaya mejor, algunas veces asi sucede, pero Anonimo es un experto con los relatos y no dudo que realice uno que te haga sentir mejor!

Simón -

Estimado Anónimo:

me concederías el honor de escribir el relato de mis experiencias con Silvia, pero desde la perspectiva de Silvia?. Quizá me ayudaría a comprender un poco más lo que siente y podría satisfacerla aún más.
Espero ansioso.

karol -

Anonimo gracias por tu relato estubo super, pero que lastima que en la vida real no he podido realizar mis fantasias con el fetiche que le tengo a las inyecciones. estaremos en contacto, haa y no me pasa nada es solo que he tenido mucho trabajo. un abrazo

Lector Empedernido -

Ay, Dios! No quiero ni saber lo que se le puede ocurrir a Anónimo en estas circunstancias!

Lector Empedernido -

Evidentemente a Germán no gustó demasiado saber que otro hombre había atendido las nalgas de Anna. ¿Que creen que sucederá cuando al decirle que debe ponerse la vacuna se entere de que ya se la inyectó Fernando?

Anna -

Querido Anonimo:

Nuevamente me ha gustado mucho el relato que le hiciste a Karol, ese paramédico es muy tentador. Y la frase final de Karol es muy cierta.

Tambien quiero agradecerte el comentario que me has dedicado, gracias por tus palabras, ¡me han alegrado mucho!


Querido Simón:

Bonito nombre! No se si de algo sirva mi opinión, pero creo que Silvia realmente disfruta esto de las inyecciones solo que ha sido mucho el dolor soportado y el miedo a tanta inyección, pienso que yo en su lugar hubiese reaccionado igual que ella. Y tu no has sido el culpable, a veces los médicos recetan cosas que quisiera ver si ellos mismos se las ponen. Me da gusto ver que han seguido con esto y que lo han disfrutado, que es lo que importa.

En cuanto a la Anna de la farmacia, no era yo. Si yo tuviese alguna experiencia real en que la recibiera alguna inyección, sin duda se las contaria.

Bueno pues les mando un abrazo particularmente a Simón y a Anonimo y tambien a los que nos leen.

karol -

Hola Anónimo, un cordial saludo a ti, a lector empedernido, a Anna y a todos los que leen este Blog, no estoy asusente, por lo contrario cada dia estoy pendiente de sus escritos tan excitantes. Lo que pasa es que ando un poco achicopalada porque la relación con mi novio Ricardo, no anda muy bien, como que si como que no, anonimo quiero que me hagas un relato que me levante el animo, podemos estar incluidos Ricardo y Yo. Un abrazo.

Lector Empedernido -

Anónimo:
Que suerte que compartas mi propuesta a Anna de que escriba! Quiza entre los dos lo logremos. Respecto a lo de Fernando, entiendo que no te provoque la cola de los hombres pero quizá puedas rescatar la totaliad de la situación (vínculo con Anna, desnudo, tal vez temor, reacción, etc.) y lograr así tentarte a escribirlo.
Respecto de los hombres y las mujeres, sí es interesante: será que hay menos hombres interesados (y en tal caso por que?)o será que los hombres se animan menos exponer sus sentimientos y fantasías?
Discutámoslo e invitemos a los hombres que leen el blog (si los hay)a comunicarse más. Sería bueno porque disfrutaríamos todos más. A veces pienso que leer y disfrutar y no dar nada a cambio es un poco egoísta. pero bueno! no se puede tener todo lo que se desea.

Anónimo -

Querida Anna, muchas gracias por tus valiosos comentarios que son muy maduros. Por cierto, me debes la continuación de tu lista de relatos favoritos. También, piénsalo y me dices sobre qué te gustaría que escribiera. Eres por ahora mi lectora más consistente y persistente y quiero por ello darte gusto.

Simón -

Estrenando identificación les cuento por qué decía que sigue exteriorizando su interés.
Ayer llegué de la oficina bastante más temprano que ella y como hacía mucho calor me di una ducha y me puse, desnudo como salí de la ducha,a trabajar en la computadora en unos informes que tenía atrasados. Se me pasó el tiempo y ella llegó y me encontró así. "Amor!, que acaloradoe estás y que caliente me pones!" Se me acercó por detrás y me hizo un poco de masajes en los hombros y de golpe bajó las manos y me apretó la cola, que se asomaba entre el asiento y el respaldo de la silla. "Ya vengo", me dijo y supuse que iría a ponerse cómoda. Seguí trabajando un poco mientras escuchaba que ella también se estaba bañando. Volvió a entrar al cuarto y de reojo vi que también estaba desnuda. Lo que no llegué a ver era que venía con las manos ocupadas. Antes de darme cuenta sentí un pinchazo en el culo y el líquido que entraba rápidamente, pero casi sin ningún dolor. Antes de que pudiera reaccionar me dijo "Perdón, amor. Pero verte el culito asomando tan redondito por el agujero de la silla me tentó."
"Pero qué me pusiste?. Las vitaminas no son porque no me dolió nada"
"Entonces es cierto que no duele. Te cuento lo que pasó. Esta mañana pasé nuevamente por lo del médico para llevarle los resultados de la analítica y me dijo que debía darme la vacuna de la gripe, también por vía intramuscular. La verdad que no sabía que hacer pero fui a la farmacia a comprarla. Cuando la empleada me trajo las cajas (porque compré para tí también) le pregunté cómo eran porque debido a un tratamiento inyectable que me estaba poniendo tenía las nalgas bastante doloridas. En ese momento un muchacha que estaba esperando al lado mío me dijo que había escuchado accidentalmente lo que decía y que me quedara tranquila que no dolía. Sólo que intentara que me la ponga alguien de confianza que me la ponga despacio y que ella también tenía las nalgas maltrechas por un tratamiento de inyecciones que estaba siguiendo y aún así la había tolerado muy bien. Yo le dije que ese no era problema porque me las ponía mi novio y era amoroso (ese soy yo) a lo cual ella contestó: Qué suerte tienes! Mi novio es doctor pero no es cariñoso cuando me inyecta, me hace sufrir bastante, por eso me las pone un amigo que es enfermero que es un amor!. Bueno, me voy, un gusto, mi nombre es Anna".
Yo me quedé helado, ¿será nuestra Anna?. Pero evidentemente no puedo decir palabra al respecto. Seguidamente se acostó boca abajo en la cama y me pidió que la vacune a ella. No hizo falta que me lo pida dos veces; masajito, pinchazo, masajito y un laaaaaaargo beso de agradecimiento. Esta vez no dolió y estoy feliz por ella.

Anna -

Querido Anonimo:

Sobre el relato "aquella dolosa experiencia" me ha gustado por
de ser un médico el que inyecta a Elizabeth y que estes tu
presente, su esposo, además la posición que tomó Elizabeth, el
"descaro" de bajarle de mas la panty, las palmaditas, hasta ahí
me gusta mucho, aunque vamos... que el momento humillante que pasó
la pobre Elizabeth no me gustó. Y cuando leo este relato solo
leo la primera parte y el desenlace lo evito.

En cuanto al relato "karen", me gusta por las dos cosas, todo el
relato es muy erótico y el final es sorprendente!

Si es una pena que Karol haya dejado de escribir, espero no
haya sido porque le molestó el intercambio de parejas, a mi no
me impactó el hecho, pero si por eso ha dejado de escribir, respeto
su opinión.

Sobre "Yesenia" me gusta la manera diferente de inyectar y de
disfrutar, aunque no me gustó tanto que estuviera "hurgando insistentemente sus genitales"
pero este relato tiene nuevamente el caso de que el final no me guste tanto como lo
anterior, asi que leo hasta donde me apetece.

Creo que quizá las mujeres somos mas comunicativas con nuestras fantasias,
aunque no es una regla y posiblemente los hombres disfruten mas saber que inyectan
a una mujer que a ellos mismos.

Sobre la propuesta de Lector Empedernido... mmmm... no se ni que decirles,
nunca he escrito nada y sinceramente me cuesta un poco expresar mis fantasias,
por eso dije que no es regla que las mujeres expresemos mas facilmente nuestras
fantasias. Tiene razon Lector Empedernido en decir que es egoista solo leer y
disfrutar.

Te agradezco Anonimo, tu ofrecimiento de hacer el bosquejo y que tu me ayudes con la
narración.

Voy a intentarlo, no les aseguro nada en concreto pero si les aseguro intentarlo, ya
sea el bosquejo o una narración, quiza me tarde un poco pero eso no quiere decir que
no lo esté intentado, vale?

Bueno chicos les dejo un beso y saludos

Lector Empedernido -

Estimadísimo Anónimo:
Me he quedado pensando en lo que dices de lo que le sucede a mi novia; pensé en terminar con esto y probar otras cosas, pero también pensé que fue ella la que exteriorizó inicialmente su interés y lo sigue haciendo (cuando termine esta reflexión, les contaré más). Además, me ha pegado mucho la última consideración de Karol: "Las mujeres que son capaces de manejar las propias emociones y las de su pareja, logran siempre lo que se proponen." Me pregunto si tanto escándalo no es una forma de actuación manipuladora, una manera de hacer que yo haga lo que a ella le gusta pero haciéndome creer que es lo que yo quiero. Tal vez es un poco complicado, aún no lo termino de organizar mentalmente. No niego que las inyecciones que le estoy poniendo son dolorosas, pero tampoco es que estoy poniéndole estas para que sufra; son las que le mandó el doctor. Justamente por eso en un mensaje anterior les pedí ayuda sobre qué sustancias podíamos colocarnos que no tengan efectos nocivos y no sean tan dolorosas.
Estuve pensando también que voy a dejar el anonimato (Y quizá tú deberías hacer lo mismo, querido Anónimo) porque hasta que no ponga mi nombre, no podrás hacerme protagonizar ninguno de tus relatos, y eso me gustaría tanto como a Karol o a Anna. Mi nombre es Simón y así apareceré de ahora en adelante en nuestros encuentros (ya que estamos te diré que mi novia se llama Silvia, por si quieres ponerla a ella también).

Lector Empedernido -

Continúo con lo sucedido luego de nuestro acuerdo.

Mientras bajábamos en el ascensor (solos) del consultorio del médico, apoyé mi mano sobre las nalgas de mi novia y le dije que ya deseaba comenzar con su tratamiento. Me quitó la mano molesta y se puso a llorar. “Yo no quería más inyecciones…….”.
“Pero piensa en todo lo que va a pasar después, mi amor……”
“Pero no quiero!”
“Si no quieres que te pinche yo llamaremos a alguien que lo haga, no te preocupes”
“No eres tú, es que tengo miedo….”
“Pero piensa que también me vas a pinchar a mí y que las vitaminas también me van a doler”
Salimos del edificio y nos dirigimos directamente a la farmacia a comprar el medicamento recetado.
La empleada puso la caja de ampollas sobre el mostrador y mientras fue a buscar las jeringas y agujas descartables, mi novia miró la caja y se le volvieron a llenar los ojos de lágrimas. La abracé y traté de calmarla. Volvió empleada, sacó la cuenta y luego de pagar nos fuimos a casa.
“Mi vida, ¿no habíamos quedado que nos pondríamos inyecciones por placer? Cambiaste de idea? Si no quieres no lo hacemos pero estas debes ponértelas porque el doctor te las ha mandado”
“Ya se”
“Qué ya sabes? Que habíamos quedado en ponernos o que te las debes poner igual porque lo dijo el doctor?”
“Las dos cosas. Es que me duele la cola y no se si ya tengo ganas de que me las pongas”
“Pero te las pondré porque es por tu salud. Hagamos una cosa: pínchame tu primero a mí”
“Harías eso por mí?”
“Desde luego, se que te gusta y descargar algo de tensión te hará bien” Y me encaminé rumbo al dormitorio. Me bajé el pantalón y el calzón sólo por debajo de las nalgas y me tumbé boca abajo. Ella preparó la jeringa sin decir palabra, me limpió el cachete y con gran maestría me pinchó. Algo del nerviosismo que tenía se traslució en la acción porque me dolió un poco. El tema empezó cuando comenzó a poner el líquido.
“EY! EY! EY! Despacio que duele!”
“Perdoname, mi vida! Lo haré más lento”. Y gracias a Dios que lo hizo porque dolió mucho.
Volvió a limpiar el cachete y luego de una leve palmada me subió la ropa.
“Gracias, mi amor. Te sacrificas para que yo cumpla mi deseo.”
“Ahora me toca a mí. Ponte en posición y probemos tu nuevo medicamento”
“No te enojes pero no quiero que me pongas la inyección”
“No te pongas como una niña; yo cumplí con mi parte y bien dolorido que me quedó el culo. El doctor dijo que son necesarias….. Te prometo que seré delicado y luego….” La abracé lujuriosamente dándole a entender que vendría después. Se apartó de mí y dijo que no se la pondría.
“No hagas que te trate como una niña! Estoy perdiendo la paciencia; no es justo, tú ya disfrutaste, ahora me toca a mí”
“no, no y no!”
“Bien, debes atenerte a las consecuencias” Y me fui hacia la cocina. Ella me siguió diciendo que no me enojara, que no era para tanto, etc.
Después de lo que había sucedido con su enfermedad, me había ocupado de pedir a mi madre una tarjeta de una empresa que se ocupa de mandar enfermeros a domicilio para inyecciones, toma de tensión arterial, etc. Tomé el teléfono y llamé pidiendo uno. Mi novia ya estaba en el cuarto relajada, pensando que se había salvado de que le pinchara el culo.
Como media hora después sonó el timbre. Me reí para mis adentros y bajé a abrir. Subí con el enfermero y lo llevé al cuarto donde estaba ella mirando la televisión.
“Mi vida, acá está el enfermero que te pondrá la inyección que mandó el doctor”
Su cara fue increíble. Mitad furia, mitad incredulidad. Pero dada la situación como estaba no podía hacer un escándalo.
Le di al sr. la caja de ampollas y la jeringa y aguja descartables. Cuando vio la caja dijo ”AH!, no nos andamos con chiquitas” “Qué quiere decir?”, preguntó ella asustada. “Son fuertes, pero excelentes”.
Mientras empezó a preparar las cosas le iba dando instrucciones.
“Cariño, te vas a poner boca abajo con la colita al aire”.
Yo estaba parado al lado de la cama, brazos cruzados y observando la situación muy divertido. Hubiera jurado que ella estaba tan furiosa que casi le salía humo por las orejas.
Terminó con la jeringa y viéndola a los ojos le dijo “Todavía no estás lista? Vamos, a ver esa cola…. Bien flojita…..” Ella asumió de mala gana la posición bajándose sólo un poco la bombacha; sin decir nada él terminó de bajársela, le pasó el algodón por el cachete derecho y la pinchó.
“AY!”
Dejó que se acostumbrara a la aguja adentro de su carne mientras explicaba “ahora va a doler un poquito porque el líquido es especito….. no vayas a apretar la cola, sabes?”. No se por qué los practicantes usan diminutivos, pensarán que así la gente se asusta menos.
Durante la aplicación ella lloró mucho, sin hacer escándalo ni nada, pero las lágrimas brotaban de sus ojos sin pausa.
Él finalmente terminó de apretar el émbolo y retiró la aguja de la nalga. Ella suspiró profundamente y se relajó.
Mientras masajeaba el cachete picado le preguntó “Dolió mucho, no?. Me parece que te van a tener que hacer unos cuantos mimos para que se te pase”
Juntó todo y salimos. Le pagué y lo acompañé a la puerta. Cuando volví ella seguía boca abajo con el culo al aire.
“Ya terminó la inyección, podés vestirte” Le dije secamente
“Pero estoy esperando los mimos que dijo el enfermero”
“Estoy bastante enojado por tu comportamiento conmigo. Ahora lo único que te daría sería unas buenas nalgadas, vístete” y salí del cuarto.
Largo rato después estaba en el living mirando la televisión y apareció completamente desnuda; en silencio se colocó sobre mis rodillas.
“Creo que me merezco las nalgadas. Sólo se cuidadoso con el lugar donde me pincharon porque me duele mucho”.
Le di algunas palmadas, flojas ero suficientes como para calentarle un poco el culo y la cabeza……

Anónimo -

El idilio de Anna y Fernando

Yesenia me había aplicado con su singular estilo la primera inyección. Mediante la segunda Fernando me hizo estremecer y, en ocasión de la tercera me hizo suya. Ahora, puesta nalgas arriba sobre sus piernas me disponía a recibir la cuarta. Sentía mis glúteos muy firmes, rebosantes de sensualidad. En mi ánimo no gravitaban expectativas de miedo y dolor, sino de erótico júbilo. Tras una súbita impresión sentí cómo la hiriente aguja perforó la primera capa de mi piel, la más sensible y elástica haciéndome estremecer de molestia y estupor. Estaba tan atenta que después de percibir el violento rompimiento de la capa superficial, la más compacta de la piel, distinguí el consiguiente desgajo del tejido subcutáneo, el de menor elasticidad, en el que sentí alojarse la aguja para depositarme la ardiente sustancia. Mis piernas, apoyadas en la superficie del camastro, temblaron menudamente, luego se agitaron con violencia haciendo que la pequeña panty de color negro que tenía a la altura de las rodillas descendiera un poco más hasta las pantorrillas. El creciente ardor me hizo emitir un súbito lamento. Fernando intervino: ¡ten calma, mi vida! Acarició suavemente mis nalgas y me explicó que las sucesivas aplicaciones de la medicina encrespan el tejido adiposo y muscular profundo haciéndolo cada vez más irritable. Me terminó de inocular el medicamento, extrajo por fin la aguja y me besó tiernamente las nalgas. Permanecimos así por unos minutos pero sin poder llegar a más, pues estábamos en la clínica.

Al día siguiente tuve cita con el doctor que me había diagnosticado y recetado, o sea con el propio Germán. No obstante que su estilo de trabajo, extremadamente profesional, me hizo más llevadera la situación, su presencia no dejó de inquietarme. Tras auscultarme me preguntó cómo me sentía y si me había aplicado las inyecciones. Le contesté que llevaba cuatro y de inmediato inquirió quién me las había puesto. Le respondí que habían sido los paramédicos del hospital, a lo cual se quedó por un instante muy serio y estuvo a punto de pedirme mayores detalles, pero se arrepintió y con frialdad me ordenó prepararme para recibir de sus manos la quinta inyección.

Alcé mi falda y bajé la panty tan sólo de un lado hasta medio culo. Me acosté cerrando los ojos pues trataba de fugarme de la escena. No puedo decir que sintiera remordimiento por haber tenido sexo con Fernando, más bien me inquietaba estar en ese momento enseñándole mi culo a otro hombre, aunque fuera Germán quien en realidad tenía el derecho de disfrutarlo. Me percaté de que estaba obligada a tomar una decisión acerca de él cuanto antes.

Al recibir el pinchazo las lágrimas me brotaron como cascada. Desesperada, grité ¡Germán, me estás picando en el mismo sitio de ayer! Reconocí desde luego mi culpa pues los nervios me habían llevado a descubrirle precisamente ese glúteo, pero lo que ocurría en realidad es que ya extrañaba la cariñosa atención que me brinda Fernando, quien seguramente hubiera inspeccionado con toda rigurosidad cada uno de mis cachetes y me hubiera dicho: “mi amor, te toca del otro lado”. La sustancia entró de golpe haciendo que mi carne se estremeciera. Apreté los labios pues no quería externar el espantoso dolor que me embargaba.

Aguanté lo más que pude pero, estando con el culo fruncido por el terrible castigo, justo en el momento que me extrajo la aguja exploté gritándole: ¡Germán, no tienes la menor consideración conmigo, estoy segura de que si inyectaras a un cerdo tendrías más cuidado, me lastimaste terriblemente! La enorme tensión de mis glúteos me ocasionó reflujo y sangrado. Dándome un leve masaje Germán me indicó que ya podía levantarme, pero yo le arrebaté el algodón, me lo apliqué en el sitio del piquete y me quedé acostada frotándome hasta que lo consideré prudente. Después me puse de pie, me vestí y entregándole el hisopo empapado de sangre, salí del consultorio bruscamente.

Esa tarde estuve con Fernando en su departamento y me entregué gustosa a él por segunda ocasión. Tras haber alcanzado un delicioso orgasmo nos abrazamos con gran emoción. Después de un rato buscó nuevamente mis nalgas, las acarició lamentando el terrible daño que Germán me había causado y me aplicó compresas calientes. Luego me hizo dormir un rato. Cuando desperté me tenía abrazada por detrás, besaba mi nuca, acariciaba mis senos y su pene lubricaba mi culo de manera natural. No me opuse a sus intrépidos deseos. Relajando el esfínter favorecí la penetración anal. Su enorme pene se introdujo en mi estrechísimo recto, de manera tan suave y concertada que en vez de dolor me causó una incontrolable satisfacción. Gemí suavemente y correspondí sus pausadísimas arremetidas con el sensual bamboleo de mis nalgas que, en pocos segundos le hicieron estallar una formidable explosión seminal, haciéndome sentir la impetuosa corriente de lava que recorría mis entrañas. Fue una experiencia maravillosa.

Pocos días después el Ministerio de Salud recomendó que todos nos aplicáramos la vacuna contra la influenza AH1N1. Al enterarnos que era obligatoria y por vía intramuscular, Fernando y yo decidimos aplicárnosla recíprocamente, para lo cual fijamos la tarde del viernes que ambos tendríamos libre, de manera que a las 5 en punto estábamos listos en su departamento. Para mí representaba una gran emoción embestir con la hipodérmica el recio culito de mi amado. Él no parecía tan contento, de hecho había tratado de convencerme de que se la aplicaran en la clínica, pero no le di la oportunidad de hacerlo. Le dije que si él no me permitía ponérsela, entonces yo iría a la farmacia para que otro hombre me inyectara y así fue como aceptó por fin mi sugerencia.

Aquella tarde los dos estábamos relajados, Fernando descorchó una botella de vino blanco y degustamos un par de copas oyendo música clásica. Nos quitamos la ropa y permanecimos, él en trusa, yo en panty, sin precipitar el acercamiento sexual, buscando tan sólo evidenciar que nuestra relación tenía como signo trascendente la intimidad. Por fin llegó el momento de nuestro festín erótico. Fernando me entregó la jeringa y todo lo necesario diciendo: bueno, creo que es oportuno que me inyectes y, quitándose la trusa se tumbó sobre la cama, cerró los ojos y esperó en silencio ¡Mis pezones se irguieron, qué momento tan sensacional estaba yo viviendo! Las manos me temblaban, tuve dificultad para preparar la jeringa, pero él no me veía ni me apuraba así que me tomé todo el tiempo que quise para contemplar la singular escena: veía la espalda, las nalgas y las piernas de Fernando, firmes, musculosas, atractivas. Y veía mi propio cuerpo en el espejo: busto generoso, estrecha cintura, nalgas erguidas, piernas muy bien torneadas. Pensé que conformábamos una bella pareja, me sentí muy feliz.

Lista la jeringa, me acerqué a Fernando tocando con mis dedos la zona inyectable de los dos glúteos: Tanto él como yo suspiramos. Le pregunté: ¿estás listo amor? Él respondió: me tienes en tus manos, mi vida. Habiendo seleccionado el cachete izquierdo, tomé el tobillo de ese lado y lo monté en la otra pierna, con lo cual logré una mayor relajación del área seleccionada. Se trata de un secreto que me transmitió mi madrina cuando de niña me inyectaba. Creo que su cariñosa asistencia tuvo algo que ver en la formación de mi acentuado morbo por las intramusculares. No me considero ruda picando y, tratándose de Fernando, extremé precauciones, así que estuve tentaleando insistentemente el glúteo, lo desinfecté y, atenta a la inclinación de la jeringa, inserté la aguja en el glúteo a una velocidad moderada. No obstante, pienso que debí hacerlo más rápido pues el lento desgarre del tejido elástico produjo un súbito endurecimiento del glúteo y mi amado emitió una incipiente queja que a mí me preocupó, pero confieso que también me calentó mucho.

Entonces llevé mi mano a sujetar el enorme falo erecto que iniciaba un precoz derrame de calostro sobre la cama. Froté la recia barra con gran ardor mientras con la otra mano inoculaba la espesa sustancia, teniendo a la vista las nalgas de mi amado. Fernando empezó a jadear cada vez con mayor insistencia y, poco antes de que se vaciara la jeringa, logré que su pene lanzara una súbita andanada de gruesos, calientes y espesos escupitajos seminales, que inundaron mi mano, una parte del brazo y el área correspondiente de la cama. Huelga decir que no tuve ningún problema para terminar de inyectarlo y que él quedó por demás complacido con mi cariñosa e inusual asistencia. Alterado y a la vez agotado, levantó ligeramente la cabeza y regalándome una sonrisa, me dijo: ¡eres genial, querida!

Llegado mi turno no tuve empacho, dolor o nervios que frenaran la reinante calentura. Me quité de inmediato la panty y acomodé cuidadosamente el culo para que Fernando me lo picara. Fue una inyección de puro trámite, yo estaba ya deseosa de llegar al momento estelar. El pinchazo me encendió y la inoculación me enardeció todavía más, así que llegado el ansiado retiro de la hipodérmica, me lancé a los brazos de mi amado quien me recibió con igual pasión, para entregarnos al delicioso quehacer de la delectación sexual. Separé apresuradamente las piernas y sentí por fin el rígido pene que me entraba a fondo en la caliente y húmeda vagina. Gemí desesperada, grité a todo pulmón, apreté y creo que hasta rasguñé la espalda de Fernando, quien sólo decía: ¡Anna, mi vida, eres deliciosa, mi vida…!

Anónimo -

Muchas gracias querida Anna, te entrego mis comentarios acerca de tu selección:

1. Otro relato acerca de Elisa.- Escena muy hogareña con inesperado desenlace, creo que por eso gusta
2. Revelaciones de Elisa.- La ternura del amor lésbico, a mí me enciende.
3. Stella y Nayeli.- Juego de niñas cargado de sensualidad, ellas realmente son así.
4. Miriam.- Creo que es casi real y sí, lo considero sensual, en lo personal me gusta
5. Inesperada experiencia.- Real, Ruth fue para mí el erotismo puro personificado
6. Una cita por demás inesperada.- Ya expusiste tus puntos de vista y en lo personal me gustan, son hermosos y evidencian tu sensualidad. Creo que quien más lo disfruta es Eulogia.
7. Gloria, la joven de la escalera.- El recuerdo de esta chica sigue inquietándome terriblemente y creo que el relato es sensual ¿no te gustó la segunda parte? He pensado escribir una tercera.
8. Noticias de Elisa.- En este relato hay cierta saña de mi parte, pero es erótico.
9. Juego sucio y peligroso.- De acuerdo contigo, esto sólo lo conté para explicarle a Lector Empedernido el porqué de mi negativa a narrar experiencias de inyecciones en mis propias nalgas
10. Sweet Caroline.- ¿Cómo olvidar a Carola? Me hubiera gustado conocer sus impresiones al respecto. El relato contiene mucho de ella, es como si ella lo hubiera escrito.
11. Marina.- Una deliciosa, sensualísima chica empleada del supermercado me lo inspiró ¡Cómo me hubiera gustado que fuera real!
12. Karo La llegada de Karol, una bella ausente
13. Aquella dolorosa experiencia.- ¿Por qué te gusta este? Por favor dímelo, no me lo niegues.
14. El romance de Mike.- Entiendo la razón de que te guste: es un piquete en culo masculino
15. La señora Darien.- Real, la señora Darien es símbolo de mi sexualidad infantil, una bella dama a quien amé secretamente
16. La señora Cristina Casi real. Ella es símbolo de mi sexualidad adolescente, me encendía verla
17. Servando Entiendo la razón de que te guste, son piquetes en culo masculino
18. Karen.- Una relajante ocurrencia ¿te gusta por curioso o por erótico?
19. Las tribulaciones de Teresa.- Ya me habías comentado que te gusta, me lo inspiró una mujer muy sensual con características parecidas, creo que la amé inconcientemente.
20. Guess who comes to inject you tonight (Adivina quién viene a inyectarte esta noche).- Fíjate que lo escribí con el temor de que pudiera producir celos entre Karol y tú, por aquello del cruce de parejas ¿qué pensaste, te impactó el hecho? Desde que lo escribí Karol dejó de escribir.
21. Yesenia ¿Qué opinas del personaje?
22. Fernando Sólo le di forma a tus sentimientos
23. El amor de Anna y Fernando Sólo le di forma a tus sentimientos

Respecto a tu comentario: “casi no hay relatos en los que el hombre es el que recibe la inyección” realmente es así, sin embargo, fuera del Lector Empedernido, son mujeres las que se han interesado y me han regalado sus comentarios: Karo, Janethita, Carola, Lidia, Karol, Anna, Claudia, Eulogia, Marisol, etc. ¿a qué lo atribuyes? ¿Será que simplemente son más comunicativas? No se si haya hombres lectores no manifiestos.

Y, sí cómo no, le seguiré dando forma a tus sentimientos, voy a preparar lo que me pides, espero satisfacerte pronto. Las nalgas masculinas no me inspiran pero buscaré la forma de aislar ese inconveniente.

Por último, apoyo totalmente la propuesta de Lector Empedernido, cuenta algo erótico tuyo, al menos bosquéjalo y si quieres yo te ayudo a narrarlo.

Anónimo -

¡Muy bien Lector Empedernido¡ Y gracias por permitirnos ver cómo inyectas a tu novia. Ha sido una experiencia muy estimulante. Me ha dado gusto también que esta página (o blog, no se cuál es la diferencia) ya camina animadamente aunque yo no participe ¡hasta Eulogia escribió y me hicieron reir las ocurrencias de todos, especialmente las de Anna! También, querida Anna, me llamó la atención tu siguiente comentario: “y que bueno que hayas tenido la oportunidad de darle tambien un par de nalgadas!” Tomé un descanso pero en breve les cuento algo que me ha estado inquietando y pidiendo ropaje de letras. Un abrazo a todos.

Anónimo -

Lector Empedernido.

Te felicito por tu relato, gracias por compartir con nosotros tan eróticas vivencias con tu novia ¡me enciende su sensualidad! Sin embargo, me parece que ella está siendo afectada por sentimientos muy extremos: quiere gozar pero sufre demasiado y parece no estar contenta con lo que pasa. Habría que reconsiderar actitudes. Continúa por favor.

Anna

Qué gusto que hayas disfrutado el último relato y te agradezco el habernos acostumbrado a tener una mejor comunicación. Tú nos has enseñado a ser más ordenados al emitir nuestros comentarios. Eres atenta, cuidadosa, equilibrada, sensata y cariñosa. Me encanta tu estilo ¡Te felicito!

Karol
Espero que te guste el relato con que respondo tu petición. Fíjate que estoy un poco sorprendido contigo pues me da la impresión que la Karol de los últimos dos mensajes recibidos es otra persona diferente de la Karol original a quien recuerdo mucho más espontánea platicando sus experiencias, diciendo lo que había hecho y lo que pensaba hacer, etc. Una Karol mucho más comunicativa ¿Qué ha pasado, tienes algún problema? Espero que pronto te relajes.

Anna -

Anonimo:

MUY BONITO!...tienes un estilo muy elegante para escribir y reflejar todo el erotismo del cuerpo humano, de las inyecciones y del encuentro apasionado entre un hombre y una mujer despues de vivir el dolor y el placer.

Gracias por este nuevo relato con el que, estoy segura, nos has deleitado a todos los que nos gusta este blog.

Simón -

Podemos inaugurar una nueva modalidad de compartir. Les mando dos direcciones de videos. No somos nosotros pero la situación se le parece. Miren que lindas colas y que lindos pinchazos.

http://www.youtube.com/watch?v=_IzK9RW42m8&feature=channel_page

http://www.youtube.com/watch?v=RZaPp58dGQY&feature=channel_page

Lector Empedernido -

Estimados todos:
¡No van a creerme lo que pasó! Correré el riesgo y se los contaré de todos modos.
El viernes por la noche llegó el momento temido. Cuando terminamos de cenar mi novia me preguntó si había notado alguna diferencia luego de la inyección de vitaminas. Esperando que desistiera de continuar con eso le dije que no había notado nada. Pero el truco no me salió bien porque me dijo: “eso es porque una no es suficiente. Tendremos que continuar con el tratamiento. Ve al dormitorio que ya voy a ponerte tu inyección”.
No había ninguna esperanza de que no me la fuera a poner así que fui al dormitorio, volví a acostarme boca abajo desnudo y abracé la almohada, preparándome mentalmente para lo que vendría.
Ella entró con la jeringa lista y me felicitó porque ya estaba preparado. Limpió el cachete correspondiente y sin preámbulo me clavó la aguja hasta el fondo. Empezó a hacer entrar el líquido mientras me decía: “flojo, flojo…..”. Para variar el dolor fue terrible y apreté la almohada de tal manera que si hubiera sido una persona la hubiera destripado. Volvió a limpiarme el lugar del piquete y salió del cuarto. Cuando volvió ya estaba en pijama y cuando intenté iniciar algo de lo que me tocaba en premio por haberme portado bien durante la aplicación me acarició la cabeza y me dijo: “hoy no, mi amor”.
Decepcionado me volteé para dormir pero fue una noche complicada porque ella estaba muy agitada y tosía todo el tiempo. Cerca de las 6 de la mañana la desperté y me di cuenta de que tendría fiebre. Seguramente por eso la noche anterior no había querido premiarme: se sentía mal.
Le dije: “Mi vida, ¿qué tienes?. Voy a tomarte la temperatura”. Fui al botiquín del baño y volví con el termómetro. Le tomé la fiebre (confieso que no donde hubiera querido): tenía casi 40 grados.
Fui hasta su cartera y saqué el carné del seguro social. Llamé un médico a domicilio y volví al dormitorio a vestirme para cuando llegara. Ella no paraba de quejarse y toser.
Cerca de una hora después sonó el timbre. Era el médico. Le abrí; seguramente en otras circunstancias mi mujer hubiera disfrutado mucho de que fuera ese doctor quien la hubiera examinado. Era un cincuentón entre rubio y canoso, fuerte y musculoso y con la piel bronceada.
Lo conduje al dormitorio y le estrechó la mano a mi novia. Sólo con el contacto de su mano se dio cuenta de la fiebre. Sacó el estetoscopio del maletín que traía y la auscultó por delante y por detrás. Volvió a guardar el estetoscopio y empezó a escribir una prescripción. Mientras ponía los datos del seguro social nos explicaba que lo que tenía era una bronquitis fuerte. La miró a los ojos y siguió escribiendo mientras le decía: “Con unas inyecciones en la cola va estar bien”. Me miró y me preguntó si tenía alguien que se las viniera a poner porque ella debía hacer reposo absoluto por lo menos por 72 horas. La verdad es que no previmos esta eventualidad y no tenemos ese dato; teléfonos de delivery de comida a montones pero pinchaculos s domicilio ninguno.
El seguro social de mi amor es de los que te mandan un doctor en ambulancia por si es necesario; sacó el handy y le indicó al camillero que le alcanzara no entendí el nombre de qué. Al minuto sonó otra vez el timbre y bajé a buscar lo solicitado. Lo iba mirando en el ascensor: ampolla (grande) con líquido de color lechoso pero densidad bastante más espesa que la leche.
Le entregué todo al doctor y allí fue cuando casi me muero y me acordé de todos Uds. Me preguntó “Ud. no sabe inyectar, no? Le voy a enseñar; siempre es bueno saber hacerlo, no se sabe cuando es necesario”
Yo no podía creer la situación. Hasta el día anterior les estaba pidiendo ayuda para aprender a inyectar y ahora me enseñaría un doctor!
Primero me enseñó a cargar la jeringa correctamente y cuando ya la tenía lista se dirigió a mi novia y le dijo: “Vamos a necesitar que se de vuelta con la cola al aire”. La cara de mi novia era increíble, mitad asombro, mitad vergüenza, pero hizo según se le indicó. Me explicó la región a inyectar marcando una cruz imaginaria con la yema del dedo índice en el cachete derecho y ella tuvo un estremecimiento. Luego me dio las indicaciones para el pinchazo: ”Tensa de esta manera la piel y clava la aguja de un golpe seco; no intente hacerla entrar de a poco porque es más doloroso y lesiona más el tejido”. Y ahí estaba yo, frente al culo desnudo de mi novia, con un testigo que me tomaba examen de cómo lo hacía y con una jeringa llena en la mano.
Mucho menos tembloroso de lo que habría sospechado, ¡TAC!, la pinché. “AY!”, la escuché decir al tiempo que su nalga se contraía de manera instintiva como intentando huir de la filosa amenaza.
“Le da tiempo para volver a relajar el músculo y empieza a apretar el émbolo muy lentamente”, dijo el doctor.
Ya más confiado, palmeé suavemente el cachete para ver el grado de relajación que tenía e inicié la inyección propiamente dicha del líquido.
Inmediatamente mi novia empezó a gritar “Detente, detente, que me lastimas!”. Aparté las manos y la dejé ahí, con la jeringa clavada en el medio del culo, mirando desesperado al médico.
“Continúe con lo que estaba haciendo que lo hace muy bien. Querida, va a tener que aguantar un poquito, yo se que estas inyecciones duelen, pero se la está poniendo de manera correcta”. Debimos esperar unos segundos a que se tranquilizara y volviera a aflojar el glúteo. El doctor me hizo un gesto con la cabeza para que siga y lo hice. Ella lloraba a mares, pobrecita, me hubiera gustado que no tuviera que pasar por este mal momento, pero la vida es así.
Cuando se terminó el líquido me indicó cómo retirar la aguja y descartarla para que no hubiera ningún accidente. Mi novia continuaba llorando y yo le subí decorosamente el pijama, pero ella permaneció en la misma posición.
Acompañé el doctor a la puerta y cuando ya se iba me dijo “Va a tener que ser firme con el tratamiento; dentro de un par de días se va a sentir bien y ya no querrá que la pinche, pero es fundamental que haga el tratamiento completo, las 10 aplicaciones, si no puede tener una recaída y puede ser grave. ¿Me entendió?”. Agradecí los servicios (Todo, diagnosticar a mi novia, darme la posibilidad de aprender a inyectar y que la posibilidad se repita 9 veces más).
Cuando volví al dormitorio la encontré aún boca abajo y lloriqueando. Me aboqué a masajearle el cachetito pinchado cariñosamente. Lentamente se fue calmando… me preguntó cuántas inyecciones le había recetado el doctor y cuando se lo dije se largó a llorar nuevamente. La besé tiernamente y le aseguré que lo haría con cuidado cada vez.
A esta altura ya le he puesto 4 inyecciones más, ya no tiene fiebre y tal como dijo el doctor no quiere más pinchazos. Esta mañana incluso he tenido que darle un par de nalgadas para que se quede quieta. La comprendo, tiene el culo bastante maltratado y ya le duele sólo el roce de la bombacha. Pero aún le faltan 5 y les juro que se las pondré. Lo que estoy esperando es que se recupere para poder hacer lo acostumbramos a hacer luego de mis inyecciones, porque estoy que reviento……….
Ahora la entiendo mejor a ella; espero que ella me entienda mejor a mí.

Lector Empedernido -

Querida Anna:
Te agradezco tus palabras respecto de mis relatos. Respecto de mis gustos te diré que lo que no es tan de mi agrado es la parte de las relaciones gay. No porque tenga nada contra los gay, por el contrario, es que simplemente no me calientan. Pero sí me gustan las inyecciones en nalgas de hombres. Es más, espero ansioso la inyección de Fernando, porque siempre es interesante ver qué le pasa con las inyecciones a alguien que las pone.
Pero además, Anna, ¿no podrías hacer un pequeño sacrificio por nosotros y escribir alguna de tus fantasías? No dudo que sería una belleza.

Lector Empedernido -

Querida Anna:

El comentario del egoísmo no era particularmente para tí.Si bien me encantaría que compartieras por escrito algo de lo que piensas, también creo que hacer comentarios, dar ideas de argumentos, etc., contribuye al disfrute colectivo.

Simón -

Se me olvidó contar que le pregunté a mi amor què le había dicho el doctor sobre el rsultado de los análisis.
"Ay! ¿Tenías que preguntar?"
"Sólo me preocupo por tí, mi vida. ¿QUé dijo?"
"Uff! que efectivamente estoy anémica"
"Y entonces?"
"Y entonces, qué?"
"Que te dijo que hicieras?. Me quieres ocultar algo?"
"No faltaba más!"
Se puso a hacer pucheros, pobrecita. Yo imaginaba lo que sucedía pero ella lo confirmó.
"Debo seguir con las inyecciones de hierro. ¿Me las pondrás tú, por favor? No quiero que vuelvas a llamar al enfermero"
"Desde luego, Silvia. Como tú quieras. Sabes que duelen y lo siento pero yo haré todo lo posible por ser delicado"
"Gracias, te amo"
"Sabes qué, Silvia? Creo que ya es el día que me toca que me pinches. Ya que la vacuna no me ha dolido, estoy en condiciones de soportar las vitaminas"
Se entusiasmó como niña con juguete nuevo, preparó la jeringa en tiempo record y escuché que me decía "A ver ese culito hermoso... vamos a darle un saludable pinchacito" Y ya tenía la aguja clavada.

Anónimo -

Karol y Ricardo

¿Recuerdan el cariño y esmero con que Ricardo me atendió cuando estuve hospitalizada y con fiebre muy alta? Sí, fue esa vez que a mí me inyectó Germán el novio de Anna, y a ella el propio Ricardo ¡Claro que me dieron celos y seguro también a Anna, que no se haga! Bueno, lo que quiero contarles es que a raíz de esa curiosa experiencia Ricardo andaba bien caliente y, como había aprendido a hacerlo, con cualquier pretexto trataba de inyectarme. Al principio le di por su lado y me dejé pinchar varios menjurjes vitamínicos ¡hasta los disfruté mucho con él! pero después de tanto piquete mis pobrecitas nalgas me dolían demasiado y decidí descansarlas un rato. Seguimos teniendo sexo pero ya no me dejé dar pinchazos. Entonces él hizo como que perdía el interés en inyectarme y, cuando después de un tiempo razonable traté de reactivar esa sensual práctica, él con aire muy digno hizo como que la descartaba, lo cual a mí me hizo sentir en cierto modo desairada. Pero en lugar de reclamarle decidí actuar en consecuencia, así que cuando pesqué una tremenda gripa, habiéndome el doctor recetado cinco piquetes, busqué al paramédico más guapo de la zona y le pedí que acudiera cada día a mi casa para inyectarme.

Aquella tarde, al llegar mi novio a buscarme, mamá le abrió la puerta y le dijo: “pasa Ricardo, siéntate, ahora viene Karol, la están inyectando”. El abrió muy grandes los ojos y extremadamente nervioso preguntó: ¿qui… quién la está inyectando? Mi madre tranquilamente le contestó: ¡despreocúpate, se trata de un paramédico experimentado! Mientras esto ocurría, yo estaba de pie en mi habitación con el vestido y la panty replegados, viendo cómo el atractivo enfermero cargaba la jeringa y me tranquilizaba diciendo: no te preocupes amiga, no te va a doler el pinchazo. Y mostrándome el picudo instrumento ya listo, me indujo a acostarme.

Yo se que mis nalgas son atractivas, y que en particular las bachitas que Anónimo les ha referido en algunos relatos, las hacen ver muy sensuales. Así que, con un inconciente afán de castigar a Ricardo, me descubrí el trasero completo y realicé titubeantes movimientos para acomodarme en la cama, de tal suerte que mis cachetes proyectaron un sinfín de oscilaciones, estremecimientos y vibraciones por demás elásticas, muy eróticas, que hicieron al perturbado joven exclamar con agudeza: ¡cómo te gusta torturar al prójimo! En respuesta, yo fingí una gran ingenuidad y le pregunté: ¿Me estoy tardando demasiado? Él se concretó a respirar profundo y, regalándome una cordial sonrisa, se tomó todo el tiempo que quiso para explorar y sobar la superficie de mis elásticos y respingados glúteos, buscando el sitio más idóneo en el que me clavaría la dolorosa aguja ¡Cómo disfruté aquellos sensuales preparativos, sobre todo pensando en la inquietud y furia que aquejarían a Ricardo!

Seleccionado el lugar, sentí la fricción alcohólica y, cuando estaba a punto de recibir el pinchazo, contraje violentamente el glúteo gritando: ¡espera, estoy muy nerviosa! Y puesta de costado adopté la posición fetal. Santiago, así se llamaba el paramédico, me miró perplejo y, frotándose la cabeza me preguntó: ¿Cómo hacemos? Te veo demasiado tensa. Entonces volví a ponerme boca abajo diciéndole: no, no, ya me dejo. Pero cuando estaba nuevamente a punto de clavarme la aguja, volví a encogerme diciendo: ¡Ay no, no puedo! Santiago se sentó a mi lado y acariciándome el culo trató de tranquilizarme. Lo dejé que se diera gusto por un momento, pero cuando me propuso ponerme sobre sus piernas me di cuenta que, por tratar de ganar tiempo y desesperar a Ricardo, estaba llevando el juego demasiado lejos, así que le respondí: ¡No Santiago, no es necesario, perdona mis nervios, ahora sí ya me dejo! me volví a acomodar nalgas arriba.

Él, todavía un poquito incrédulo, hizo un par de veces como que me picaba y, debido a que no me moví, a la tercera me clavó de golpe la aguja haciéndome brincar por lo sorpresivo del piquete. Me ardió bastante la entrada del líquido pero no hice mayores aspavientos aunque la nalga me dolía y con seguridad se me marcaron las famosas bachitas pues Santiago me comentó coquetamente: “te agracian esos hoyuelos, encanto”. Preferí no responderle. Extraída la aguja me levanté, me vestí y salí muy seria. Al atravesar la sala donde Ricardo estaba sentado con rostro bastante adusto, comenté ostensiblemente: ¡Muchas gracias Santiago me tuviste en verdad paciencia, espero no darte tantos problemas mañana! Te espero a la misma hora.

Salido Santiago, me senté junto a Ricardo diciéndole: Me dolió mucho amor, es una sustancia muy agresiva. El se concretó a recriminarme: No tenías por qué recurrir a ese paramédico, me hubieras dicho que te inyectara. Entonces le respondí: No quiero ser una carga para ti en ese sentido, pero además, se trata de una medicina delicada que prefiero me aplique alguien con mucha experiencia, como Santiago. Ricardo cambió la conversación y estuvimos conviviendo un rato, pero aunque no me lo decía estaba sumamente molesto y se retiró temprano.

Al día siguiente llegó antes que Santiago. Lo recibí despreocupadamente, estuve bromeando con él pero sin recibir buena respuesta de su parte. Antes de que llegara el paramédico, me propuso: Karol, por favor, yo te inyecto, no quiero que otro hombre esté viendo y tocando tus nalgas. Solté la carcajada diciéndole: ¡No te pongas celoso mi vida! Antes de que tu me inyectaras lo hacían otras personas y tu no me decías nada! Necesitas ver esto con naturalidad, no todo es sexo. En ese momento llegó Santiago, me puse de pie y después de besar los labios de Ricardo, me dirigí a la recámara seguida por el fornido y guapo enfermero. Entramos, cerré ostensiblemente la puerta con seguro, elevé mi vestido, descubrí totalmente mis nalgas y me acosté en espera de que Santiago preparara la jeringa. Mientras lo hacía, no dejó de desviar intermitentemente la mirada hacia mis nalgas. Yo lo dejé pensando que la plenitud física es tan efímera que si no la disfrutamos mientras se puede llegaremos un día a lamentarlo. No veo mal ofrecerle un buen “espectáculo” al hombre que me está atendiendo en cuestiones tan importantes como la de aplicarme un medicamento. Detesto que me consideren recatada.

Esta vez me mantuve tranquila. Sentí el súbito piquete y me concentré pensando en los celos de Ricardo, con lo cual pasó a segundo término el considerable dolor que produce la sustancia. En cambio, dibujé una sonrisa y decidí hacer tiempo platicando con Santiago. Así que, cuando me extrajo la aguja y empezó a darme el tradicional masajito le pregunté: ¿Cuánto tiempo llevas inyectando? Él me platicó sus primeras experiencias. Luego le pregunté si lo ponía nervioso inyectar a algunas personas. Él me dijo que sólo se alteraba cuando tenía que picar a mujeres algo mayores, de esas que tienen ya mucho colmillo y que les gusta divertirse coqueteando y provocando sutilmente a los jóvenes. Sólo que son muy peligrosas, agregó, ya que parecen bastante liberales pero cuando les tomas la palabra se escandalizan y se hacen las ofendidas. Así estuvimos platicando durante un buen rato, mientras Santiago, sentado en la cama, pasaba del masajito a la caricia, e iniciaba ya el abierto cachondeo de mis nalgas cuando me levanté repentinamente, me vestí y salí antes que él de la recámara para encontrarme con Ricardo.

Al otro día no acudió Ricardo, sólo me llamó unos minutos antes y me dijo: estoy demasiado ocupado amor, pero quiero pedirte que te portes muy bien. Me reí diciéndole: ¿crees que podría engañarte queriéndote como te quiero? Me respondió: no, creo que no, pero prefiero aclarar las cosas y no privarme de tus cariñosas palabras. ¡Tonto! Le dije, ya sabes que te amo. Pero unos instantes después estaba otra vez con las nalgas desnudas, ofrecidas a Santiago, a quien no sólo aprecio como enfermero sino que realmente me resulta inteligente y muy atractivo, así que esta vez le permití excederse un poquito más en sus manifestaciones de afecto. Mientras me inyectaba emití algunas quejas muy sensuales aprovechando que, por ser la tercera ampolleta, la sustancia ya me había escocido el tejido adiposo de las nalgas. Él se excitó y me dijo que estaba fascinado de mi belleza. Entonces le lancé una pregunta que siempre altera a los hombres: ¿De veras te gusto? Noté que su respiración se agitaba. Extrajo la jeringa y, agachándose, me dio un beso en las nalgas. No me inmuté y le permití que se diera gusto masajeando mis glúteos. Sentí un nuevo beso así que, notando lo delicado de la situación, me levanté y salí de la recámara gritando: ¡Mamá, Santiago, inyecta muy bien, hoy prácticamente no me dolió!

Como era previsible, Santiago tenía ya la percepción de que algo ocurría entre nosotros, mientras que Ricardo, presente en mi casa en ocasión de la cuarta inyección, estaba en el límite de su resistencia. Cuando lo besé y empecé a caminar hacia la recámara me desplegó una mirada de amor y de tristeza que me desgarró el alma. Pero seguí muy firme, así que cerré la puerta, desnudándome el culo me tumbé en la cama y empecé a emitir sensuales lamentos por lo que se avecinaba. Santiago se acercó acariciándome con cierto descaro los dos glúteos y diciendo: Karol, tienes las nalguitas bastante lastimadas. Con insinuante ternura levanté la cabeza y le musité casi al oído: inyéctame despacito querido, que ya no aguanto. Luego cerré los ojos, hundí la cabeza en el cuenco de mis brazos y lo dejé que actuara. Me desinfectó el lugar, pinchó de manera muy firme, hizo entrar la sustancia lentamente, mis nalgas se estremecieron, luego extrajo la hipodérmica y se sentó a mi lado, diciendo: Karol, te has comportado conmigo en forma coqueta, no se adónde quieres llegar pues tu novio está allá afuera sentado y no quiero ser el perdedor. Eres muy bella y me gustas, pero tú tienes la última palabra. Poniéndose de pie me dio una pícara nalgadita, yo le guiñé un ojo, nos levantamos y muy sonrientes salimos de la recámara.

Al otro día llamé a Ricardo diciéndole: Mi vida ¿estás dispuesto a inyectarme? Percibí una tremenda exhalación. Poco después estábamos los dos en la intimidad. Me desnudé y me acosté sobre sus piernas, en un delicioso retorno al paraíso terrenal. Recordé lo que recientemente había leído: La inteligencia emocional determina la cuota de placer. Las mujeres que son capaces de manejar las propias emociones y las de su pareja, logran siempre lo que se proponen.

Simón -

Estimado Anónimo:
Estaba empezando a preocuparme tu silencio, pero ahora comprendo que estabas en pleno proceso creativo.
¡Nos has descripto de una manera tan increíble! Me siento maravillosamente retratado en tu relato. Estoy empezando a pensar seriamente en compartir con Silvia la existencia de nuestra página, aunque aún no lo se. Lo pensaré un poco más.

te agradezco habernos concedido el honor de protagonizar el relato y te pido que no sea el último.

Va lo que me sucedió ayer:
La vida tiene cosas raras. Hacía años que no me pinchaban el culo, y ahora, en 15 días todo lo que me pasa parece resolverse con inyectables.
Esta tarde fui al doctor que me atendió cuando tuve el espasmo bronquial. Lo recuerdan? Decidí consultarlo porque recetaba inyecciones que no dolían y con la que me tenía que dar a la noche descubrimos que a Silvia y a mí nos provoca esto de las inyecciones en las nalgas.
Me revisó, me hizo mil preguntas y finalmente me explicó que haríamos un tratamiento de desensibilización para mis alergias.
“Ud. se va a poner estas inyecciones (escribiendo en la receta el nombre de una mezcla rara de cosas que en teoría me dan alergia) por vía subcutánea, cada dos días. La idea es ir dándole al cuerpo pequeñas dosis de lo que no tolera para que poco a poco se vaya acostumbrando y deje de reaccionar excesivamente. Como son subcutáneas se las puede colocar en cualquier parte del cuerpo, si quiere le enseño y se las pone Ud. mismo”.
Le expliqué que me las pondría mi pareja y siguió con la explicación del tratamiento.
“Va a hacer el tratamiento durante 3 meses. Después me viene a ver y vemos como seguimos. Además de esto, una vez por semana se va a poner una inyección de esto (volviendo a escribir el medicamento en la receta). Estas son intramusculares y se las va a poner en la nalga. La aplicación casi no duele, pero no se asuste si al rato le empieza a arder el lugar y se le enrojece o se le pone caliente, es porque el medicamento empieza a actuar. Si le molesta mucho, se pone hielo y ya está. ¿Entendió todo, tiene alguna duda?”
¿Qué duda podía tener? Iba a quedar como un colador, pero sólo de pensar lo que le iba a gustar a Silvia mi tratamiento, me calenté. Salí del consultorio y decidí llevar nuestro jueguito un poco más allá. Fui a la zona de las facultades y compré algunos implementos médicos; luego pasé por la farmacia y compré los frascos de mi tratamiento. Ver lo de 3 meses todo junto era un poco impresionante, pero tomé coraje pensando en lo que iba a representar en la cama.
Cuando llegó Silvia le dije que tenía buenas noticias para ella. Le expliqué en qué consistiría el tratamiento y decidió que la semanal se pondría los lunes, así que tocaba hoy. Además decidió que los lunes me pondría también las vitaminas, por lo que me iba pinchar los dos cachetes el mismo día. Me excitó y me dio un poco de miedo al mismo tiempo.
“Estoy ansiosa por probar tus inyecciones nuevas, vamos al dormitorio”.
Me llevó de la mano y me dijo:
“Ya sabes cómo es… colita al aire, mi vida. No, mejor sacate todo”
“Por favor, la que es subcutánea no me la pongas en la cola, no voy a aguantar”
“SHHH, tranquilo; se lo que hay que hacer” Acostado boca abajo, me agarró con dos dedos la piel de la espalda, como cuando te la separan para curarte del empacho y clavó ahí la aguja, entró el líquido de manera indolora y pasó el algodón.
“Bueno, eso fue muy fácil. ¿No te dolió, verdad?”. Le dije que no y quedé esperando lo que vendría.
“¿Con cuál seguimos? ¿Vitamina o alergia?” La verdad que me daba igual, a esa altura estaba transpirando de los nervios.
“La que quieras, mi amor”
“Vamos con la vitamina y dejamos la nueva para el final; me gusta el suspenso”
Sentí las consabidas palmadas para relajar el cachete izquierdo y me clavó la aguja de un golpe certero. Dolió como siempre, malditas sean las vitaminas. No pude evitar apretar los puños, intentando no apretar los glúteos.
“Muy bien. Cada día eres un mejor paciente. Bueno, vamos a ver cómo es la nuevita. ¿tienes miedo?”
“No se si miedo, nervios sí”
“Relajate, mi amor. Si estás tenso será peor y lo sabes. A ver… flojito… (mientras me daba nalgaditas flojas en el cachete libre)… flojito, mi amor” Y TAC, culo pinchado. Hasta acá, bien.
“va el líquido…… Flojo…, flojo…, flojo… Ya está. Parece que no dolió”
“Molesta un poco, pero las vitaminas son mucho peores”
“Bueno, vamos a comer que estoy cansadísima”.
Me estaba levantando de la cama y empecé a sentir dolorosos agujazos en el lugar inyectado. Progresivamente el ardor se hizo cada vez más molesto. Intenté llevarme la mano a la nalga y hacerme un masaje pero el dolor se intensificaba. Recordé que el médico sugirió hielo y casi al borde de las lágrimas la llamé a Silvia y le expliqué lo que pasaba. Fue volando a la cocina y trajo hielos envueltos en un repasador. Me volví a acostar y ella me sostuvo el paño frío casi 20 minutos. Progresivamente el dolor aminoró. Decidimos postergar la cena y aprovechar un rato más la cama. Pero cuando terminamos le dije a Silvia que fuéramos a comer porque si seguíamos con el desorden en las comidas no terminaríamos nunca con las vitaminas y el hierro. La próxima inyección le toca a ella y tengo preparada una sorpresita.


Anna -

Corrección

Con la emoción que me ha dado el relato de Anonimo, invertí los nombres de Fernando y German en mi comentario anterior, ustedes disculparan lo que ha causado en mi el relato! jaja

Anna -

Querido Simon:

Gracias por las ligas, la segunda la disfruté mas que la primera.

Parece que Silvia y tu ya lo estan disfrutando mas, me da mucho gusto.

Saludos a todos!

Anónimo -

Querida Anna ¿me ayudarías de nuevo?

Tu entrañable experiencia con Fernando te hizo sentir muy contenta, pero te inquietaba que tu relación con Germán estuviera vigente. Así que terminaste con él, a pesar de haberte pedido que le dieras una nueva oportunidad, que tú de inmediato le negaste. Pocos días después, mientras te aplicaban un nuevo tratamiento con inyecciones y ya tenías un plan de fin de semana al lado de Fernando, recibiste la llamada de Germán invitándote a que pasaras dos días con él en la playa, donde te brindaría toda la atención que el trabajo le había impedido darte.

Así que tienes que tomar una decisión, siendo las opciones:

a. Disculparte con Fernando pretextando que te surgió un ineludible compromiso familiar, e irte a la playa con Germán.
b. Reiterar tu negativa a Germán y pasar el fin de semana paseando y conviviendo con Fernando.
c. Disculparte con los dos y aceptar la invitación de Daniel, un ex compañero de escuela bastante guapo que ahora estudia medicina y parece muy interesado en ti.

Por favor hazme saber tu decisión.

Anna -

Querido Lector Empedernido:

Ahora sigo con los relatos que tu has escrito y que mas me han gustado, ya que al igual que Anonimo eres muy buen escritor, aqui estan:

Tengo 40 años y aunque resulte sospechoso....
Voy a contarles mi última experiencia. Estaba...
Primer dia
He sobrevivido al primer día de...

Gracias por los relatos que has escrito hasta ahora, espero que continues, aunque sea de vez en cuando, compartiendolos con nosotros!

Saludos a todos!

Anna -

Querido Anónimo:

Vamos que la experiencia con Fernando fue espectacular. Y creo que prefiero la opción "b".

Gracias por seguir al pendiente de esta página y por tomarme en cuenta para uno de tus relatos, ¡me encantan tus relatos!

Anna -

Querido Lector Empedernido:

Gracias por compartir con nosotros los momentos que has vivivo junto a tu novia, creo que como van, disfrutaran ambos de muchos momentos mas como este.

Suerte con las aplicaciones que faltan!

Anna -

Querido Anonimo:

Me ha encantado el relato! Esa inyección que recibi de manos de Fernando, uffff! bueno que te puedo decir? me gustaron sus atenciones, la posicion y la aplicacion de la inyección, fueron increibles!

En cuanto a Fernando, pues si se puso celoso, lastima que no tuvo el cuidado y las atenciones necesarias, asi como va terminaré decidiendome por German.

Sobre la vacuna, que idea tan original! Disfrute mucho la aplicacion a German y el deseo que le causó, ademas la aplicación de mi vacuna y el coito que siguió a esto fue delicioso.

Gracias por este relato, realmente lo disfrute mucho, se nota que dedicas mucho cuidado a tus escritos, enhorabuena!

Anna -

Querido Anonimo:

Por fin he terminado la lista de mis relatos favoritos, y esto lo he hecho a petición tuya, aqui está:

Juego sucio y peligroso: de este relato solo me gusta a partir de cuando dice "Cuando desperté..." la parte anterior me parece muy cruel y no es de mi gusto.
Sweet Caroline
Marina
Karo
Aquella dolorosa experiencia
El romance de Mike
La señora Darien
La señora Cristina
Servando
Karen
Las tribulaciones de Teresa
Guess who comes to inject you tonight (Adivina quién viene a inyectarte esta noche)
Yesenia
Fernando
El amor de Anna y Fernando

Te agradezco por decirme que soy tu lectora mas consistente y persistente, vamos... ¿cómo no serlo con estos relatos? Tambien gracias por querer darme gusto, te propongo que escribas sobre Fernando, solo que ahora él es el que necesita una inyección! Que os parece? Quizas no sea del gusto tuyo ni de Lector Empedernido, pero salvo los relatos para gays, el de Servando y unos relatos de Lector Empedernido, casi no hay relatos en los que el hombre es el que recibe la inyección.

Espero tus comentarios.

Saludos a todos.

Anónimo -

Betzabé

Soy pintora y en el ejercicio de mi profesión he plasmado múltiples escenas, ideas, inquietudes y sentimientos diversos. Pero quiero contarles que recientemente entré al ámbito de expresión de mis más íntimas vivencias, deseos y vida sexual. Todo empezó porque mi esposo, a quien amo profundamente, me animó a participar en un taller sobre figura humana y me integré a un grupo muy interesante de artistas con amplio criterio que me hicieron conocer el pensamiento liberal acerca de nuestra insoslayable corporeidad. Con espontánea alegría y confianza le platiqué a mi marido que en cada sesión trabajamos con modelos, un chico y una chica que posan desnudos para que realicemos los esbozos requeridos.

Lo que ya no tuve el valor de decirle es que, habiendo supuestamente superado la primera fase de consolidación de nuestra madurez visual, y buscando además nuevos ámbitos de expresión pictórica, el profesor nos propuso romper un segundo tabú y prestarnos voluntariamente a posar desnudos para el grupo. Fue Manuel (un hombre bastante atractivo como de 38 años) quien de inmediato aceptó y levantándose de su asiento se despojó de toda su vestimenta y se colocó en las diversas poses que el profesor le fue indicando.

Aquello me causó un gran impacto pues, aún tratándose de los chicos que tradicionalmente nos ayudan, no me resulta nada fácil despojar al cuerpo humano de todo el erotismo que sus órganos genitales pueden inspirarnos. Y menos aún, acostumbrada como estoy a llevar una intensa vida sexual, podía ver sin sobresaltarme, que un compañero de aula ya en edad madura yaciera desnudo, inclusive mostrándonos con la erección de su pene, que aquella vivencia lo calentaba.

Al producirse algunos sutiles comentarios acerca de lo que veíamos, el profesor intervino invitándonos a no escandalizarnos y aprovechar la ocasión de tener a la vista el cuerpo humano como en realidad es, o sea provisto de su natural lubricidad. De manera que en los diferentes esbozos que hicimos quedó patente la erección del, ya por sí enorme pene de nuestro compañero Manuel, quien ni siquiera se inmutó pues, terminado su trabajo se puso de pie con la enorme pichincha bien tiesa y lentamente se fue vistiendo sin preocuparle lo que pudiéramos pensar de él. Entre risas y felicitaciones terminó aquella accidentada sesión.

Al iniciarse la siguiente clase, vino de golpe la inevitable pregunta: ¿Hoy quién se encuera? Y fue el infausto Manuel quien levantándose comedidamente de su asiento dijo: Yo propongo que sea Betzabé. El fuerte clamor general aprobó la propuesta. Yo me puse muy nerviosa y les dije que no podía aceptar pues era algo que nunca había hecho y que además estaba casada…El grupo estalló una sonora carcajada, luego los más cercanos a mí me estuvieron diciendo que lo tomara con mentalidad muy amplia pues estábamos inmersos en un foro de arte, no de pornografía y que todos me verían con mucho respeto. Emma, que estaba sentada a mi lado me urgió aceptar inclusive comprometiéndose a ser ella misma la que posaría desnuda en la siguiente sesión.

Con un tremendo nudo en la garganta miré desconsoladamente al profesor quien muy sonriente me dijo: Betzabé, en tu caso no sería como Manuel lo hizo pues él se desvistió enfrente de todos. Tú lo harías en cambio como lo hace Ángeles, nuestra modelo profesional, quien se desviste en el cuarto contiguo y sale cubierta con una frazada. Inclusive, en tu caso, te retiraría la frazada cada vez que fijemos la pose y luego te cubriría para adoptar una nueva pose. Ya no sabía qué más decirme para convencerme de algo que a mí me parecía espantoso, pero la insistencia de todos y el afán de no parecer morbosa me hizo aceptar finalmente la incómoda proposición, de manera que me puse de pie y sintiendo la mirada de todos puesta en mi trasero, pasé a la habitación contigua donde me desnudé completamente, me estuve aplicando un poco de crema y salí cubierta con la fina frazada de lino color azul cielo que regularmente utiliza Ángeles, la modelo de 22 años cuya delgada fisonomía sobradamente conocemos.

El problema es que yo no tengo 22 sino 44 años y mi cuerpo no ostenta la delgadez que caracteriza al arte greco-romano, sino la magnificencia del erótico Renacimiento post-medieval. No soy gorda pues llevo una dieta rigurosa y cuento con una marcada cintura, pero mis piernas y mis nalgas son abundantes y voluptuosas, de manera que mi cuerpo no podía inspirarles algún sentimiento que estuviera totalmente desprovisto del erótico placer visual. Me consolé de alguna manera pensando en el arte y mientras evocaba el reconocimiento verbal que el maestro hizo de la lubricidad del cuerpo humano, me monté sobre la mesa y me plegué a las indicaciones que los suaves dedos del catedrático me transmitían, quedando finalmente tumbada de costado con la cabeza apoyada en el antebrazo izquierdo, la otra mano apoyada descansando en el muslo derecho, las piernas ligeramente entrelazadas y mis prominentes nalgas respingadas, ofrecidas en pompa a los bien dispuestos y aplicados compañeros, que no perdían detalle y esperaban ansiosos el retiro de la frazada.

No podría describirles lo que sentí cuando el maestro descubrió por fin mi cuerpo entero. Me pareció percibir un suave y festivo murmullo. Cerré los ojos tratando ilusamente de abandonar el escenario, como si la oscuridad reinante pudiera esconder mis ardientes formas que indefectiblemente yacían sobre aquella mesa, haciendo que se acelerara el ritmo respiratorio de algunos de los concurrentes, en especial el de Manuel, a quien yo ubicaba muy bien y estaba sentado precisamente enfrente de mis nalgas. El corazón me latía a mil por hora y sentía la sangre correr a toda velocidad por mis extremidades.

Pasados unos minutos el profesor me puso encima la frazada y me dirigió hacia una nueva posición, vuelta boca arriba, con la pierna derecha estirada, la izquierda ligeramente flexionada y los brazos apoyados eróticamente en los protuberantes muslos rodeándome el pubis. Comprendí lo que pasó con el propio Manuel el día anterior pues yo no pude evitar el progresivo erguimiento de mis pezones que, aunado a la creciente humedad de la vagina, dio como resultado que el profesor se refiriera suntuosamente a la: “invaluable oportunidad que tenemos de plasmar en un cuadro la irrefrenable pasión de que está revestido el cuerpo humano” Mi pregunta íntima y obligada fue: ¿cómo es que Ángeles y Francisco logran posar desnudos sin sufrir esos molestos y comprometedores inconvenientes? Por fin terminó aquella sesión que a mí ya me parecía eterna. El profesor me cubrió con la frazada, me dio cumplidamente las gracias y me ayudó a descender de la mesa para dirigirme a la habitación contigua, de la cual salí ya vestida para recibir un nutrido aplauso y diversas muestras de agradecimiento por parte de mis compañeros. Yo no sabía si “pisaba altos o bajos” me sentía muy alterada.

Al terminar la clase salí corriendo pues mi esposo me esperaba abajo en el coche, pero Manuel me alcanzó y mostrándome los bocetos que de mí había hecho, los cuales me parecieron muy buenos, me dijo: Betzabé, quiero pedirte que por favor me muestres los bocetos que hiciste ayer cuando yo posé ¿Aceptarías que tomemos un café minutos antes de iniciar la próxima sesión? Como estaba apresurada y la invitación no me pareció desproporcionada ni difícil de satisfacer, le dije que sí y al otro día estábamos los dos sentados a la mesa en una cafetería cercana, donde le mostré a Manuel mi trabajo. Él lo ponderó insistentemente, me felicitó y comentó que nuestro enemigo principal a la hora de la clase era el reducido tiempo con que contábamos para efectuar aquellos difíciles bocetos. Yo le dije que, en efecto, me desesperaba no poder hacer las cosas con un poco de calma. Entonces Manuel me propuso algo que, contrastando con su primera invitación, sí me resultó bastante audaz, pero a la vez interesante. Después de hacerme un poco la remolona, acepté que nos reuniéramos en su casa donde modelaríamos cada uno en turno para el otro con toda paciencia y, ya en confianza, ensayaríamos algunas poses que a los dos nos inquietaran.

Aquella mañana en que no teníamos clase Manuel me recogió y nos fuimos a su casa, un bello departamento propio de artistas, donde lo que sobra son espacios y recursos para el arte. El fue quien se desnudó primero y me permitió trabajar con toda calma, accediendo a satisfacer cualquier requerimiento que yo le hiciera. Logré varios bocetos interesantísimos, algunos de ellos bastante eróticos, muy audaces. Su pene permaneció erguido casi todo el tiempo y yo me di vuelo incorporando a Manuel en distintas escenas que quería presentar en una exposición bajo el tema: “La inescrutable lubricidad del hombre maduro” Lo hice que se masturbara un par de veces, pudiendo captar y expresar con toda intensidad el momento más álgido de ese habitual estímulo. En un cuadro que titulé: “El violento estertor de la uretra” plasmé desde una perspectiva superior propia de la divinidad, el abundante y denso esperma de Manuel exhalado con gran furia por la cabeza de su enorme falo, en un instante de bestial placer que proyectó y suspendió el regio plasma en el aire, donde ofrece sobrecogedoras formas que representan la fusión del amor y del instinto sexual, los cuales, en su desesperada fusión garantizan la continuidad del mundo.

Habiendo logrado con la ayuda de Manuel tan increíbles bocetos para armar mi proyectada exposición pictórica, no tuve empacho alguno en ofrecerle la vista completa de mi cuerpo, pero me sobrecogió enterarme del singular tema que mi amigo había escogido para su obra. Repetí y rumié con toda lentitud cada una de las palabras que él me manifestó y quedé por un instante petrificada tratando de dilucidar qué clase de complacencias debía yo ofrecerle para que montara su singular exposición denominada: “El poder erótico de las inyecciones”. Antes que nada, me dijo que unas nalgas como las mías eran el ingrediente fundamental que requería su obra. Me confesó que desde antes de haberme visto desnuda, al sólo contemplar el sensual y cadencioso movimiento de mis generosos glúteos ceñidos por el estrecho jeans o por la faldita menuda, supo que yo poseía lo que él necesitaba y que decidió conseguir mi colaboración por todos los medios.

Pero a mí lo que me inquietaba del tema era saber que Manuel me picaría los glúteos, lo cual me causa no sólo miedo sino verdadero terror. Tratando, según él, de tranquilizarme, me dijo que no sería precisamente él sino una enfermera profesional de mucha confianza suya, la que me aplicaría un total de cinco inyecciones ¡Cinco inyecciones en las nalgas, aplicadas el mismo día y prácticamente a la misma hora! Era demasiado, de manera que me sobrecogí. Entonces aclaró que recibiría cinco piquetes pero una sola inoculación, eso sí, bastante dolorosa, que aprovecharía para plasmar en su obra todo el drama que una bella mujer sufre en tales circunstancias. Como me defendiera, después de una acalorada negociación acepté recibir dos piquetes y la citada inoculación, pues a mi amigo no le convenció mi ofrecimiento de fingir la dolencia. Me dijo que necesitaba reproducir el angustioso momento que sólo se logra mediante una aplicación real.

Habiendo llegado la joven y guapa enfermera que posaría en algunas vistas a mi lado, semidesnuda o desnuda, nos hizo a las dos ponernos una ropa interior de lo más sexy: menudita, ligera, para así poder empezar la sesión. En verdad que Manuel me hizo sudar y desquitar lo mucho que me había ayudado. Su inquietud artística lo llevó a producir incontables bocetos. Primero me hizo posar: de pie, arrodillada sobre la cama, bajando la panty, tumbada de costado, acostada nalgas arriba, boca abajo, elevando alternadamente las piernas, frunciendo el culo, forcejeando con la enfermera. Luego me indicó que iba a recibir el primer piquete, pero lo que previamente no me dijo es que sería una inserción por etapas, pues en el trayecto de la aguja desde que me clavaron apenas la puntita hasta que por fin entró completa, Manuel produjo cinco bocetos diferentes, así que tuve que soportar cinco piquetitos consecutivos que llevaron la misma aguja cada vez a mayor profundidad. No se cuál de ellos me dolió más, pero los excelentes bocetos develaron en mi rostro, en mis manos, en mis piernas y por supuesto en mis nalgas, un despiadado sufrimiento. La joven enfermera, que en esa primera secuencia aparece con el enorme busto descubierto, es una verdadera artista pues en la medida que yo iba manifestando un mayor dolor, ella expresaba una creciente satisfacción. Su rostro resplandece ofreciendo una sonrisa, entre sádica, morbosa, sensual, burlona y despiadada ¡Cuántas facetas y expresiones captó Manuel en el breve lapso de una inyección!

Enseguida vino lo peor pues una vez sufrido el “tijereteado” primer piquete que ya les relaté y que fue en verdad angustioso, Fanny, la enfermerita que para entonces ya se había desnudado completa y que aparecería acariciando sucesivamente sus genitales, me dio el segundo piquete, esta vez completo, con la jeringa ya cargada que me haría sufrir la espeluznante inoculación. Lo que tampoco me aclaró previamente Manuel es que ese segundo piquete lo recibiría en la misma nalga y prácticamente en el mismo sitio del primero, lo cual me hizo materialmente ver estrellas y gritar con gran desesperación.

En ese punto debo reconocer la calidad del boceto que Manuel logró, en el cual aparezco con el rostro levantado, la boca totalmente abierta y los músculos faciales en máxima tensión. Mis piernas están ligeramente abiertas mostrando en su inicio mis abultados labios vaginales. Pero el estado de alta tensión de mis abundantes y adoloridas nalgas es lo más impactante. En aquel espectacular boceto aparecen colapsadas, asustadas, retraídas, chinitas, lejanas, como si el dolor las hubiera llevado justamente a ignorar el propio dolor, situación que no lograrían alcanzar después, ya que en el siguiente boceto, el último de la inyección, el cual se refiere a la pavorosa entrada de la muy densa sustancia, todo mi culo está contraído y muy apretado, mientras golpeo mi propia cabeza, la pared y la cama, sin distinción alguna, como si todas ellas estuvieran coludidas para causarme el inhumano dolor que me embarga. En contraste, Fanny sonríe de placer, sosteniendo en su mano derecha la terrible jeringa con el émbolo prácticamente sumido hasta el fondo, mientras sus dedos de la mano izquierda los tiene insertados en la propia vagina.

Después de esa terrible experiencia yo estaba por demás fatigada, adolorida y alterada, no podía separar el dolor del placer y los dos me subyugaban. Como estaba acordado con Manuel, Fanny tomó su ropa y salió enseguida de la habitación. Manuel se desnudó y me dijo: Querida Betzabé, este es el punto culminante de mi obra pictórica, necesito coronarla con el acto sexual al que te lleva la indescriptible combinación del dolor y del placer a que una inyección da lugar. Adiviné de inmediato lo que me pedía y no le puse ningún obstáculo. Tenía un marido a quien amaba, pero la vida, el instinto y el arte, rebasan a veces el angosto reducto que te puede ofrecer un escenario marital. En nombre de esos tres factores envolventes, me abandoné al disfrute de aquella escena final que coronaría el enorme esfuerzo que mi amigo y yo habíamos realizado. Listas las cámaras instantáneas, Manuel logró las fotos que le sirvieron para armar después los bocetos de la serie final, la del inevitable coito que da sentido a la calentura.

Pasados unos días, reunidos en el mismo café donde inicialmente acordamos nuestra mutua colaboración, Manuel y yo contemplamos los bocetos que recogen la secuencia de nuestros cuerpos en total ebullición. Su pene me invade la raja trasera del culo y lo tengo totalmente insertado en el recto, estoy tumbada de perrito con la boca abierta, los puños muy apretados, las grandes nalgas distendidas y vulneradas. En otro boceto me penetra la vagina de costado, estoy doblada como alcayata, mis enormes nalgas son de nuevo el atractivo mayor de la escena. Por último Manuel yace acostado boca arriba y yo encima de él, penetrada vaginalmente. La toma se da nuevamente desde la perspectiva de mis espectaculares nalgas, carnosas, extensas, subyugadoras. Es el momento supremo, mis piernas se encuentran en máxima tensión y las manos de Manuel salen por debajo de mi cuerpo, por mis costados y están sumidas, clavadas, como implacables garras, cada una en el respectivo glúteo que tiene enfrente, sujetándolo, apretándolo, desfigurándolo, como un símbolo fiel de la inaudita pasión que invade a los enloquecidos amantes.

Eulogia -

Bueno Annita pues yo me pongo de acuerdo con Anónimo.

Anónimo -

El romance de Simón y Silvia

Aquella tarde, después del violento arrebato de Silvia y la consecuente búsqueda de un paramédico que la inyectara, yo trataba de relajarme mirando a trasluz la cristalina y roja sustancia que invadía el cilíndrico cuerpo de la jeringa. La aguda hipodérmica emitía fulgentes destellos plateados que la hacían ver aún más larga y gruesa de lo que era. Mi amada giró la cabeza y miró perturbada los dedos del fornido paramédico sosteniendo el impresionante rejón con que habrían de vulnerarla.

Emitiendo un sensual lamento se estremeció completa. Su torso cubierto con una delgada playera pareció encogerse. Las redondas y suaves nalguitas tiritaron de miedo. Sus torneadas piernas se extendieron nerviosas, como buscando un punto de apoyo, haciendo que la pequeña panty se desplazara de la zona del pliegue hacia los muslos, lo cual dejó a la vista el atrayente trasero completo. La visión de su estrecha cinturita, de sus erguidos glúteos y de sus amplias caderas me impactó sobremanera. Sentí una súbita agitación y la incipiente erección del pene, mientras el paramédico temblaba alterado y resoplaba de excitación.

Cuando por fin estuvo lista la jeringa, los dedos del competente enfermero presionaron el glúteo derecho marcando en él un sensual hoyuelo. Cambié de posición para poder apreciar mejor la escena. Los rayos del sol impactaban oblicuamente las nalguitas de mi amada resaltando su extraordinaria tersura y permitiendo apreciar la finísima felpa que las tapizaba. Se observaba también el interior de la sugestiva raja, con el suculento remolinito anal y el pliegue de los labios vaginales.

Perturbando mi incontrolable arrobamiento, la aguja se precipitó con furia para violentar la aterrorizada nalga. Percibí que el afilado rejón rasgaba la finísima epidermis y perforaba el áspero músculo con inaudita violencia. La boquilla prácticamente besó la superficie del glúteo y lo fustigó con la intrusión del ardiente líquido, provocándole terribles penalidades. El cachete tembló y se estremeció de dolor. Silvia estaba en crisis: sus párpados y labios trepidaban, restregaba con fuerza su cabello y gritaba. Me hizo sentir una gran pena e impotencia pero, extraída la aguja inicié la fase de consuelo y de amorosa asistencia.

Tras haberse retirado el paramédico, mis manos se ocuparon en prodigar intensas caricias en aquellas profusas y curvilíneas intimidades que poco a poco se fueron relajando. Silvia cambió su semblante alternando el dolor con la serenidad, el deseo y la consecuente búsqueda de placer. Poniéndose de pie vino a acostarse sobre mis piernas diciendo: “Querido Simón, realmente merezco tus nalgadas” Balanceaba y me ofrecía su precioso culito con tal vehemencia, que no pude evitar sonarle un par de contundentes cachetadas que la hicieron gritar, contorsionarse y pedirme que le diera más.

Como no soy afecto a esas prácticas, le dije: “No mi vida, yo quiero disfrutar tus encantos de una manera más convencional” Y besando con deleite sus inyectadas y ruborizadas cachas llevé mis dedos a hurgar los excitantes labios vaginales, de los que empezó a emanar el supremo calostro de la concupiscencia. Fue entonces que la levanté y colocándola al borde de la cama en un muy bien logrado “doggie style”, me coloqué detrás de ella admirando sus ardientes nalgas, prontas a satisfacer mis lascivos deseos. Identifiqué las marquitas que le habían dejado las sucesivas hipodérmicas en sus ahora enrojecidas nalgas. Recordé los sensuales gritos y lamentos que le produjeron en su momento, los excitantes movimientos corporales producto del dolor y del miedo. Percatándome de tener aquella intimidad absolutamente rendida, dominada, le dirigí mi ardiente falo. Mi ruborizado glande punteó y finalmente resbaló hasta el fondo de aquella cálida hendidura que lo engulló completo. Sujetando las amplias caderas de mi amada dirigí el cadencioso movimiento que nos llevó al supremo deleite. Extasiado, mirando mi grueso falo, deslizante y aprisionado, estallé un súbito manantial que me hizo retorcerme de placer y a ella gritar, manotear y jadear hasta quedar rendida, inmóvil, satisfecha.

Nos quedamos muy quietos. Silvia estaba empinada con las nalgas bien paradas y la cabeza apoyada sobre la cama, vuelta hacia la derecha, hacia la ventana. De pronto emitió un tremendo grito que me hizo saltar. Cuando reaccioné vi en la cortina la sombra de un tipo que corría. Como pude me separé y abriendo la ventana identifiqué al paramédico que escapaba después de haber espiado nuestro coito. Nos sentimos traicionados. Permanecimos un rato en silencio, luego nos vimos uno al otro, nos besamos, y estallamos sendas carcajadas.

Anna -

Me he ausentado unos dias y me encuentro con dos magníficos relatos.

El primero, Anonimo, me parece como siempre muy creativo y con una forma muy delicada de relatarlo. Me ha gustado mucho. Gracias por el tiempo que dedicas a estos relatos que nos encantan.

Y el segundo, Simón, te agradezco que nos cuentes tus vivencias en este tema.

Un saludo para todos.

Lector empedernido -

Queridos todos:
Sigo con lo que sucedió.

Finalmente ayer a la noche pudimos hablar francamente con mi novia acerca de lo que nos había sucedido. Llegamos a la conclusión de que a ambos nos gusta pinchar pero no que nos pinchen; por lo que si queremos disfrutar de esto tendremos que prestarnos a ser pinchados también para que el otro obtenga placer y obtenerlo uno cuando le toca y de saber que el otro está disfrutando. Así que convinimos en que nos pondríamos inyectables el uno al otro; la condición es que intentaremos que el inyectado no sufra. Les pido que nos ayuden dando ideas de qué se puede inyectar que no tenga efectos y no sea doloroso. Porque hasta ahora sólo se nos ocurren las vitaminas o el hierro que no nos afectarán, pero duelen mucho.
De todas formas las primeras sí serán de vitaminas pues si bien mi amor empezó a ponérmelas sólo por el gusto de pincharme el culito, debo reconocer que me voy sintiendo con más energía, así que acepté terminar el tratamiento aunque me duela. Por su parte ella consultó con su doctor y le dijo que era probable que se hubiera enfermado por tener las defensas bajas; vive haciendo dieta para mantener ese cuerpo maravilloso que tiene y a lo mejor está un poco débil. Así que le mandó análisis de sangre, pero mientras están los resultados le mandó una cajita de hierro intramuscular para ganar tiempo (me encanta lo práctico que es su doctor). A ella no le gustó demasado la idea e incluso se quejó, pero la miré fijo, le puse la mano sobre la pierna y le dije: "el doctor dice inyecciones; serán inyecciones". Inmediatamente se dio cuenta a que me refería y aceptó aunque hizo el además instintivo de llevarse la mano a la nalga, lo que me hizo bastante gracia. El médico asisntió complacido de tener mi apoyo y dijo: "Así me gusta, que se acepte la opinión del que sabe". Ojalá le tengan que pinchar el culo a él a ver qué opina, porque cuando la cola es de otro es fácil decir que el tratamiento es una cosa de nada.
Igual vamos a esperar unos días para comenzar porque ella aún está bastante dolorida de los antibióticos.
Luego veremos cómo se desarrolla esta nueva faceta de nuestra vida sexual. Confieso que tengo varios planes que no incluyen sólo aplicación de inyecciones, pero no voy a adelantarme, quizá ella no quiera y tendremos que llegar a nuevos acuerdos. No puedo esperar que llegue el momento; será pronto no voy a darle más de dos o tres días para que recupere sus posaderas: es importante que reforcemos sus defensas, no vaya a ser cosa que vuelva a enfermarse y deba volver a pincharle más aún el hermoso culo.

Lector Empedernido -

Estimado Anónimo:

EL relato es impresionante! Un arte, una manera de decir, unas imágenes, increíbles! Además, y no voy a cansarme de decirlo, me resulta impresionante la variedad de situaciones que puedes imaginarte.
Lo de mis inyecciones, en realidad mi experiencia de aplicárselas a mi novia, terminó ya. Pero las últimas fueron cada vez más trabajosas, se resistía y debo confesar que en un par volví a perder la paciencia y le di otro par de nalgadas.
La última fue, quizá, la más interesante pues decidí cambiar un poco la metodología. Acostada boca abajo como estaba, le pedí que separara un poco las piernas. En medio de gritos la pinché y en el momento en que inicié la introducción del antibiótico pasé la otra mano por debajo de su pubis y llegué a su clítoris; me mantuve masajeándoselo hasta que finalicé la inyección Ella estaba tan caliente que se dio vuelta, me desvistió violentamente y finalmente tuve mi premio.

Lector Empedernido -

Estimads Todos:

Sra. Eulogia, con todo mi respeto, paso. Suficiente tengo por ahora con las vitaminas que me pone mi novia. Podrá decirme cobarde, pero no hay nalgas que soporten tanto.
Espero, en cambio, ansioso saber de las que Anna ha aceptado.

Anónimo -

Gracias Karo, te agradezco tu amable comentario y te dedico el siguiente relato: disfrútalo.

Las travesuras de Elisa

Durante una sobremesa Elisa disfrutaba su bebida favorita: un Blanc Cassis que le estimulaba el alma y le aligeraba la lengua. Hablando de sexo me dijo: en materia de placer todo es tan subjetivo y las personas son tan engañosas que te quedas con la boca abierta.

El año pasado renté con mis hermanos una casa en Yecapixtla, donde pasamos las fiestas de fin de año y ocurrió que Alma, mi hermana gemela con quien te he contado que no me llevo nada bien, estaba resfriada y tenía que inyectarse, de manera que habló a la farmacia del pueblo y le dijeron que enviarían a una persona a la casa. Eran las 8 de la mañana cuando llegó un muchacho muy jovencito que tal vez no cumplía ni los dieciséis, de aire tímido, muy formal, blanquito y bastante guapo. Mi hermano lo pasó enseguida al cuarto de Alma, yo sólo lo miré a distancia, pero el aspecto del chavito me despertó la curiosidad y ¿por qué no? también el morbo de ver cómo se comportaba la mamona de mi gemela al ser inyectada por un chamaco con esas características. Entonces, aprovechando que mi hermano se fue a bañar y que el otro no estaba, salí al jardín y por la ventana del cuarto de Alma me dispuse a disfrutar la escena.

Mi hermana estaba acostada mirando perpleja al chamaco el cual se mostraba bastante nervioso tal vez por el interrogatorio al que era sometido. De tiempo en tiempo contestaba las preguntas que Alma, en su perorata, le formulaba. Luego se suavizó el gesto de mi hermana, sonrió al joven y le indicó que sobre la mesa estaba lo necesario para inyectarla. Mientras el joven preparaba la jeringa, ví cómo Alma se quitó la pantaleta, se alzó el camisón hasta la espalda y replegó las cobijas, quedando su culo no sólo desnudo sino erguido, ofrecido en pompa, pues ella elevaba descaradamente las nalgas. Nunca antes me había dado cuenta del carácter tan liberal de mi gemela.

El chavito dio media vuelta y cuando vio el soberbio nalgatorio de mi hermana se detuvo bruscamente, parpadeó repetidas veces y se acercó con timidez, jeringa y algodón en mano. Alma levantó la cara y algo dijo. El muchacho sonrió y por las señas que hacía entendí que preguntaba de qué lado la picaría. Entonces, seguramente instruido por mi provocativa gemela, palpó el mullido glúteo derecho, luego el izquierdo y con un evidente nudo en la garganta señaló y dijo que prefería el derecho. Alma asintió y paró todavía más el trasero como entregándoselo al jovencito. Este masajeó el glúteo seleccionado y lo pinchó en tanto mi hermana sermoneaba y se quejaba agitando brazos y piernas hasta que, al haber recibido toda la sustancia, quedó tendida en calma. Luego pidió al chavito que se sentara en la cama para masajearle la pompa pinchada.

Pasado un momento se incorporó sentándose ella también en la cama con la panochota a la vista del joven. Algo le estuvo diciendo, luego lo tomó de la cintura, lo acercó hacia ella y le agarró el bulto del pubis haciendo que creciera todavía más. Le bajó el pantalón, tomó el blanco y poco peludo tolete y se lo llevó a la boca metiéndoselo profundamente hasta la campanilla, luego le aplicó unas fenomenales mamadas y, cuando el jovencito daba muestras de venirse, Alma se tumbó boca arriba sobre la cama, abrió las piernas, se puso al chavo encima en pose de penetrarla, le tomó la verga y ella misma se la metió en la panocha moviéndose sensualmente y moviéndolo a él mientras le acariciaba con furor las nalgas, como si fuera su juguete, hasta que el chavo se quedó paralizado y eyaculó. Alma lo apretó contra sus chichis y jadeó hasta que le vino el orgasmo. Se quedó muy quieta abrazando al jovencito, luego lo incorporó le hizo que se vistiera rápidamente y lo despidió citándolo para el día siguiente ¡Qué bárbara! se lo cogió en tres minutos sin conocerlo, tan sólo después de ser inyectada.

Esa misma tarde después de comer le pregunté a Alma cómo se sentía y qué tal la habían inyectado. Ella me contestó: pues bien en general, ya sabes que esto del resfriado tarda un poco en quitarse pero el muchachito me inyectó correctamente, en realidad me la jugué con él pues debido a su edad dudaba que supiera hacerlo, además de que mentalmente me costó mucho trabajo enseñarle siquiera el lugarcito donde me picara pues me miraba con alguna insistencia y no quise escandalizarlo así que me porté muy recatada con él ¡qué falsa hermanita tengo! mira que decir eso cuando ví que enseguida se desnudó y que le empinaba descaradamente las nalgotas al chavito hasta que se lo cogió. Por cierto, agregó mi gemela, fíjate que mañana voy a ir muy temprano con mi hermano Arturo a Cuautla ¿podrías avisar en la farmacia que no vengan a inyectarme como quedamos sino hasta pasado mañana? Le respondí: cómo no Almita, yo les aviso. En ese momento se me ocurrió una forma de capitalizar en mi beneficio el compromiso de Alma y de alebrestarle para la siguiente sesión al joven enfermero, a ver cómo lo capoteaba.

No hablé a la farmacia de manera que al otro día llegó puntual el jovencito y yo lo esperé metida en la cama de Alma, dispuesta a recibir por ella el molesto piquete como precio de una buena sesión de sexo que la verdad se me antojaba. Era una mañana oscura algo lluviosa, lo cual me ayudó pues la penumbra imperante dificultaba que el chavo pudiera descubrir la treta. Cuando la sirvienta le hizo entrar en la habitación le dije: pasa, ya sabes dónde están las cosas y ya sin pantaleta me puse boca abajo, replegué las cobijas hasta la altura de mis rodillas y paré el culo como el día anterior lo hiciera Alma. El jovencito buscó sin más mi nalga izquierda, sentí el frio alcohol, el piquete y la dolorosa e inútil sustancia que me ardía al interior de la nalga haciéndome emitir algunos quejidos que por estrategia dramaticé en tono sensual.

Luego se sentó el chavito, me frotó el sitio del piquete y se siguió de frente acariciándome ambas nalgas y la zona vaginal. Entonces empezó mi estrategia para alebrestarlo en perjuicio o mayor goce de mi hermana al día siguiente. Adonde estuvieran las manos del chavito yo acercaba mi culín como invitándolo a que me lo hurgara lo cual no tardó en hacer hasta que ya descarado intentó metérmela por esa estrecha vía, a lo cual le dije: me encantaría que me la metieras por ahí, pero que sea mañana porque hoy quiero que me piques el otro agujerito, así que me lo encaramé y me dio con gusto y emoción yo creo que mejor que a mi hermana porque el día anterior estaba el chavo medio asustado. En verdad que me hizo gozar y supe lo que es recibir una verga nuevecita, suavecita, llena de empuje y de vida ¡qué rica cogida me dio ese chavito, te lo juro! Sentí su tierna lechita que me invadía las entrañas, calientita, ligerita y abundante, lo que me produjo un orgasmo sensacional. Mientras el nene se vestía me dijo: conste que mañana me vas a dejar que te la meta por el otro hoyito ¿sale? Claro que sí m’hijo, mañana sin falta te lo entrego.

Al día siguiente en la mañana llegó el jovencito y lo pasaron a la recámara de mi hermana, yo me fui enseguida al jardín para espiar, ansiosa de saber lo que pasaba. El chavito fue a la cama, le dio un beso en los labios y se ocupó en preparar la medicina. Mi hermana lo miró algo sorprendida del aplomo con que se conducía y esta vez sólo se bajó la pantaleta hasta media nalga sin replegar las cobijas ni parar el culo como antes lo hiciera, pero esto no frenó los impulsos del escolapio que de un tirón le bajó la panty y aventó las cobijas dejando a mi hermana desnuda e indefensa pues cuando ella intentó reaccionar se le montó, le frotó la nalga derecha y le clavó la aguja a fin de inmovilizarla. Ella gritó ¡me toca del otro lado! Pero ya era tarde, ni modo que la picaran de nuevo. El jovencito ni la peló. Cuando terminó de meterle el líquido dejó la jeringa en el buró y se le montó sobre las nalgas acariciándole el pelo y besándole insistentemente el cuello, la nuca y las mejillas. Alma parecía molesta pero se dejó aplicar la terapia. Sin embargo, cuando el chavito le punteó con su tieso instrumento el ojete anal, mi hermana se rebeló y se sentó sobre la cama mirándolo entre extrañada, desafiante y encabronada, pero el muchacho algo le estuvo diciendo mientras le acariciaba las piernas y las tetas. Después de un rato, con aire de extrañamiento Alma se puso de pie y sacó del closet un frasco de vaselina, tomó una generosa porción y ella misma se lo untó en el ano e inclusive se lo metió en el recto, luego se puso de rodillas en el borde de la cama, separó las piernas y se empinó descansando sobre el colchón los antebrazos completos y la cabeza ¡qué bárbara! La verdad es que yo no conocía esa pose. Las nalgas de Alma estaban totalmente empinadas y separadas al máximo una de la otra, de manera que su orificio anal brillaba ansioso de que lo penetraran.

El chavito, puesto de pie, la cogió por las caderas y arremetió con una estocada fenomenal que cimbró a mi hermana pero ella aguantó como las buenas apalancándose con los brazos y la cabeza sobre la cama. La fricción no duró gran cosa, el muchachito se paralizó y poniendo los ojos en blanco aflojó las piernas. Mi hermana sin ver intuyó lo que pasaba, a lo cual se separó sacándose el miembro y dando un espectacular giro cachó con la boca el esperma que en ese momento disparaba el erecto miembro: una, dos, tres y hasta cuatro descargas que la puta de mi hermana se tragó completas saboreando ostensiblemente el blanco líquido. No conforme, llevando sus labios al brillante pitón ¡que le acababan de extraer de la cola! lo chupó succionando con fuerza la uretra hasta que le extrajo todo el semen.

Casi enseguida, vistió al joven y lo despachó. Luego puso el seguro de la puerta, se fue a buscar en su bolsa y extrajo un enorme consolador en forma de pene de negro (por lo enorme) y tumbándose sobre la cama abrió las piernas y se lo clavó hasta la empuñadura friccionándolo con fuerza mientras con la otra mano se acariciaba magistralmente el clítoris. Gimió, sollozó y emitió agudos quejiditos que alcance a oir a través del vidrio, luego quedó rendida, desparramada sobre la cama, con las piernas bien abiertas y el tolete artificial aventado despreocupadamente sobre la cama ¿qué te parece? Me preguntó Elisa, así se las gasta mi querida hermana a quien saliendo de la habitación le pregunté ¿qué tal te inyectaron? Ella contestó: esta vez me dolió un poco, creo que voy a cambiar de enfermero.

Tras escuchar el relato de Elisa, no supe qué comentar, yo estaba muy caliente, digamos que al rojo vivo, pero esa tarde ella no quiso que copuláramos, prefirió seguir paseando.

Anónimo -

Terminan así los relatos acerca de Elisa. Podría contar otras cosas pero ya hablé bastante acerca de panochas, vergas y culos y no es el caso ahondar en lo que no constituye la esencia de mi amada. Ahora, para ser justo y aclarar el sentido de los relatos, quiero decirles que Elisa no es una depravada, ni ligera y que ni siquiera es fácil entablar comunicación con ella. Tiene un aire distinguido y arrogante, lleva el orgullo familiar en su frente, es una excelente profesionista, es humana, sensible, cariñosa con los suyos y una mujer de su casa.

Sabe, eso sí, gozar como mujer con quien ella ama y aprovechar con discreción las ocasiones que a ella le parecen apropiadas. Un día me dijo: “tal vez haya quien no, pera a mí me encanta el sexo y lo practico apasionadamente con quien quiero y cuando yo misma lo decido”. Y así es ella: una mujer polifacética de quien difícilmente se sospecharía que ha tenido experiencias tan singulares como las que les he contado.

Gracias por leer estas líneas y participar en lo que sexualmente me tocó vivir al lado de esta mujer extraordinaria. Gocen de los relatos, caliéntense, cojan muy rico pero en confianza. Jamás permitan que el sexo les domine, que haga de ustedes un títere, un guiñapo, o un instrumento para perjudicar a sus semejantes.

Reciban un fuerte abrazo

En la Ciudad de México, a los nueve días del mes de mayo 2008.

jannethyta -

encerio que bonitos relatos...me exita demasiado sobre todo de ti ANONIMO y por supuesto que deves escribir mas relatos son buenisimo.....



cuidende bye

besos

Karo -

WOW!! de verdad,tu si que deberias escribir un libro,obvio
de las experiencias de aquella chica..la verdad me gusto mucho leer esto, y no pues, podrias contar mas...

Anónimo -

Querida Jannethyta, muchas gracias por tu escrito. Deseando complacerte, aquí está un nuevo relato. ¡Que lo disfrutes!

“Caliéntense y cojan en confianza, pero eso sí: contrólense y cuídense mucho”


La pantaletita azul

Durante uno de mis encuentros con Elisa en su consultorio, ví sobre su escritorio un pequeño adorno que me pareció muy familiar. Era una figurita de porcelana que representaba a una especie de geisha estilizada. Le pregunté por el origen de ella pues me parecía haberla visto antes, tal vez en la oficina donde tiempo atrás habíamos trabajado juntos. Ella no hizo nada por orientarme, más bien la noté esquiva e inclusive, después de llevarme a otra conversación, pretextando un reacomodo de sus cosas tapó la figurita con unos libros. No le dije nada más al respecto lo cual le hizo pensar que había olvidado el asunto y no volví a ver la figurita sobre el escritorio.

Estuve haciendo memoria hasta que recordé que la susodicha figurita estaba antes en el escritorio de una chica que nos apoyaba a los dos en aquella oficina a la que me referí antes. Era una joven delgadita, muy guapa y cariñosa. De ella Elisa me comentó un día que era muy dependiente y que la tenía cansada de comportarse con ella como si fuera su hija. Lo cierto es que las dos tuvieron, al menos durante ese tiempo, una comunicación muy estrecha entre sí, y la presencia de la figurita en el escritorio de Elisa me hacía ver que después de varios años aún se recordaban, o bien, mantenían alguna relación. En la primera oportunidad que tuve, tomé discretamente el directorio de mi amiga y, en efecto, allí aparecía el nombre; luego tomé su agenda y ví que tenía proyectado recibirla el día siguiente a las 7 de la noche. Pero lo más extraño fue que en la misma agenda estaba un separador de página en el que aparecía un artístico pene pintado en línea de agua, sobre el cual con letra de mano decía: “Para Elisa con todo mi ser” y reconocí inmediatamente la bella y muy elaborada letra de Sandra, la chica de quien les hablo. Por mi mente pasó el recuerdo fugaz de Sofía que, por lo visto, podía no ser el único amor femenino de Elisa.

En fin, como ya conocía las excentricidades y los caprichos de mi amiga, no me alarmé pero pensé que no estaría de más descubrir sus posibles relaciones íntimas con Sandra. Durante los días que siguieron visité a Elisa un par de veces en las que tuvimos sexo muy placentero. En la segunda ocasión, cuando salí del consultorio subí al coche que estaba estacionado a media cuadra del consultorio y, cuando me disponía a retirarme se acercó una chica de muy buen ver, se agachó haciéndome señas por la ventanilla derecha y en ese momento la reconocí muy bien ¡era nada menos que Sandra! Había embarnecido, se veía muy guapa con su bella sonrisa de siempre pero ahora con un cuerpazo formidable. Inmediatamente le abrí la portezuela y se subió, me dio un beso cariñoso en la mejilla, me abrazó y me dijo ¡qué gusto verte, hace tanto tiempo que no sabía de ti! Elisa nunca me comentó que se frecuentaban. Platicamos un rato, yo estaba algo nervioso porque supuse que Sandra algo sabía de mis relaciones con Elisa y también porque la veía completamente desinhibida y yo la había conocido y tratado casi como a una niña. Llevaba puesto un vestido azul marino muy cortito que, ya en el asiento del coche se le replegaba exageradamente dejando al descubierto unos muslos extraordinarios. La verdad es que yo no estaba acostumbrado a tener con ella un acercamiento como el que las circunstancias en ese momento me deparaban y temía exceder mis expectativas.

Esperando terminar de inmediato la entrevista, le pregunté: ¿vas ahora con Elisa? No, me contestó, quería verte a ti y como supe que hoy vendrías, decidí buscarte para platicar un rato contigo ¡qué gusto verte! Pero…le dije ¿cómo supiste que hoy vendría puesto que Elisa no te habla de mí? Me respondió: olvídalo, eso qué importa, invítame a tomar una copa. Mientras manejaba, Sandra no dejaba de hablar con su personal encanto, sus femeninos ademanes y de tiempo en tiempo me daba palmaditas en la pierna derecha como reforzando sus dichos. A poco, entramos al bar, nos sentamos, ella cruzó la pierna y se convirtió en un importante foco de atención para quienes estaban sentados en las mesas contiguas. ¡Vaya sorpresa! la pequeña Sandra era toda una mujer muy atractiva y parecía querer un acercamiento conmigo. Platicamos y escuchamos el piano por cerca de una hora.

Al calor de las copas y de la agradable conversación, nos fuimos acercando uno al otro hasta que, sin saber cómo, deleitándonos con las notas de la inmortal “Let it be”, nuestras bocas y nuestras lenguas se juntaron desesperadamente. Tenía unos labios frescos, carnosos, suculentos, yo no quería exhibirme, así que le propuse retirarnos a la intimidad. Ella sonrió, asintió con la cabeza y me dijo: mientras liquidas la cuenta voy al baño. Pronto llegamos al hotel. Sandra se sentó al borde de la cama, me abrazó, seguimos besándonos, empecé a acariciarle las piernas, luego las nalgas, ella levantó su falda y se tendió boca abajo sobre la cama. Llevaba puesta una pantaleta de encaje bordado muy bella color azul pastel que me encantó cómo se le veía y que armonizaba excelentemente con su figura. Era una bellísima pieza de lencería muy fina que jugó un papel primordial en esa entrevista. A poco Sandra se bajó la pantaletita sólo hasta el final de sus nalgas y me dijo: excítame el ano, pues esa vía es mi delirio. Tenía unas caderas torneadas, carnosas muy sensuales, sus nalgas eran redondas, muy bien formadas y sobre todo firmes. Yo estaba ansioso por lo sorpresivo de la entrevista. A pesar de haber tenido poco antes sexo con Elisa, excitado por el delicioso e inesperado culito de Sandy sentía que me venía.

El cuerpo de Sandra era escultural o, al menos así me lo parecía, sus piernas y sus nalgas notablemente sensuales, la adornaba una cinturita muy estrecha y su cabello castaño que descendía ensortijado por la espalda. Le estuve acariciando las piernas, besando las nalgas y el pequeño montículo anal. De pronto me preguntó si me gustaban las inyecciones, a lo cual le contesté: en tus bellas nalguitas me enloquecen. ¿Y las sabes aplicar? Sí claro, por supuesto. Entonces abre mi bolso y toma de ahí las cosas pues quiero que me apliques una. A mi me producen mucho morbo y puesta por ti me desmadra. Abrí el bolso y tomé una jeringa, un pequeño frasquito con alcohol, un estuchito con algodón y una ampolleta. Le pregunte qué medicamento era ese y me contesto: no te preocupes es sólo agua bi-destilada. Después agregó: coge también mi cámara pues quiero que tomes unas fotos de recuerdo para calentarme después con ellas. Por favor, quiero que tú salgas completo.

Tomé la pequeña digital automática y la coloqué sobre el tocador, medí el campo visual y el ángulo, programé una serie de fotos y regresé con Sandra. Cargué la jeringa, empapé el algodón y adapté mis movimientos a la secuencia.

En la primera foto me veo muy profesional, como si fuera un médico. Tengo en las manos la jeringa apuntando hacia el techo para extraerle las burbujas de aire, mientras Sandra está acostada con las nalguitas bien paradas y la hermosa pantaletita azul puesta exactamente donde comienzan sus muslos. Sobre la cama, a un lado de Sandra, se aprecian: la ampolleta vacía, su bolso y los papelitos envoltura de la jeringa. La foto es sumamente sensual debido a la naturalidad de la escena aunada a la juventud y la belleza de la paciente.

En una segunda foto tengo el algodón en la mano izquierda después de haber limpiado el sitio de la aplicación y con la derecha estoy a punto de picar la nalguita derecha de mi amiga quien, en ese momento tiene puestas las manos sobre su cabeza como diciendo ¡Ay, ya viene el piquete! Se ve en verdad temerosa, sus nalguitas aparecen un poquito tensas, como si las hubiera fruncido ligeramente.

En la tercera foto Sandy ya tiene la aguja hipodérmica clavada y le estoy aplicando la cristalina sustancia. Ella parece palmear con sus manos la almohada y yo tengo mi mano izquierda puesta sobre uno de sus muslos tranquilizándola.

Finalmente, una cuarta foto nos muestra a los dos tranquilos, estando yo sentado sobre la cama masajeando la nalguita de Sandy quien tiene la pierna izquierda flexionada y levantada, lo cual le hace aparecer un hoyito digamos que “de expresión” muy coqueto en la superficie de la nalga del mismo lado. Tiene además la cabeza volteada hacia mi como diciéndome algo. Yo le sonrío también mirándola a la cara.

Después de recibir la inyección Sandra me dijo: ahora quiero que me apliques un supositorio, tómalo también por favor de mi bolso. Lo saqué y ví que era una barrita de vaselina como de cinco centímetros de largo. Retiré la envoltura y cuando me dirigí de nuevo a la cama vi que Sandra estaba acostada boca arriba con las piernas totalmente erguidas hacia el techo ofreciéndome sus nalguitas en un close up sensacional, con la pantaletita azul en el mismo sitio, justamente en el pliegue que marca la frontera entre nalgas y piernas, o sea bastante cerca del orificio anal, cubriéndole una pequeña parte de los muslos. Qué sensual te ves querida Sandy, le dije.

Programé de nuevo la cámara y, tomando con la mano izquierda sus tobillos para ayudarle a mantener la incómoda posición, le inserté medio supositorio, siendo ese punto en el que nos sorprendió la primera foto donde Sandy luce sus bellísimas nalguitas en medio de las cuales se aprecia el agujerito donde está entrando la blanca barrita.

Cuando terminé de meterle el supositorio ella emitió un gemido que me calmtó aún más de lo que ya estaba y, al cabo de unos segundos se produjo la segunda foto en la que tengo mi dedo metido en el recto de Sandy para llevar más adentro el supositorio y evitar que regrese. Pero lo más sensual es que ella tiene sus manos puestas una en cada glúteo separándolos con fuerza, de manera que aparece muy bien toda su raja, el orificio anal con su breve remolinito y mi dedo insertado casi totalmente en él. Se ve de nuevo la sensual pantaletita azul justo debajo de mi mano.

Al término de la segunda aplicación Sandy se colocó nuevamente boca abajo sobre la cama y me dijo: ahora penétrame el ano con tu pene. No lo pensé más. Le puse mi verga totalmente erecta en la entrada de su mínima y elástica abertura y la traspasé con cierta dificultad pues tiene el esfínter bastante estrecho. Lo que vino después fue un concierto de sensaciones exquisitamente placenteras. Sandra se movía en tal forma y me decía cosas como: ¡desvírgame el culito! ¡acaríciame las nalguitas con tus huevos! ¡aplícame todas las inyecciones, lavativas y supositorios que quieras! ¡méteme la verga hasta el fondo, hasta el mero fondo! Yo estaba como hipnotizado. Sandy me elevó a dimensiones verdaderamente insospechadas, de un placer similar al del momento de la eyaculación pero prolongado desde que la penetré hasta que salí de su culito. Cuando volví en mí estábamos los dos muy tranquilos en la antesala del sueño, la tenía abrazada y no quería despegarme de ella, mi pene permanecía bien erecto y se lo empujaba todavía en el recto sintiendo que aún goteaba semen y deseando tenerla permanentemente enculada. Estuvimos así por bastante tiempo hasta que por fin me dijo: siento entumido el culo, deja que me mueva.

Me retiré sacándole despacito la verga pero tal vez por el tiempo que duró la penetración ella se quejó bastante haciéndome detenerme y avanzar poco a poco, a duras penas. Por fin quedé acostado boca arriba sobre la cama, luego la abracé, puso su cabeza sobre mi pecho y estuve acariciando su cabello, sus mejillas y su hoyito traspasado. Le besé insistentemente los labios. Después de un rato, cuando mi pene reaccionaba de nuevo, ella me contuvo, se levantó y mientras se dirigía al baño, yo me deleité contemplando sus esculturales nalguitas en rítmico movimiento. Cuando ella salió yo entré al baño, después volví a la recámara y Sandra se encontraba ya lista para retirarnos. Le dije: espera encanto, lo que vivimos fue maravilloso, pero me falta penetrarte por la otra vía.

Hay cosas, me respondió, que no pueden ser, te lo digo como amiga y espero tu comprensión. Le pregunté ¿estás reglando? No mi amor, es algo más, te repito que espero tu total comprensión, te conozco bien y se que tú me entiendes. Entonces, tomando mi mano derecha se la metió por debajo del vestido hasta hacerme tocar ¡su pene! Sí, leíste bien ¡su pene! Sentí un frío muy intenso, me invadió el coraje, la impaciencia. Le dije ¡No es cierto Sandra, dime que no es cierto! Pero ella levantó su falda y bajó por fin totalmente la estratégica pantaletita azul pastel con la que se había estado cubriendo la verga que ahora tenía yo enfrente y que empezaba a endurecerse.

Miré fijamente a Sandra y ella subiéndose de nuevo la pantaletita me dijo: discúlpame, se que lo que hice conlleva un cierto engaño pero apelo a tu comprensión. Te conozco de hace tiempo, te deseo hasta el extremo y sabia que de otra manera no iba a ser posible tenerte. Además, creo que tú has disfrutado el sexo conmigo igual que yo contigo y eso no puedes negarlo pues he sentido tu cuerpo estremecerse en mis brazos de una manera voluptuosa que no he percibido nunca antes con nadie. Tu abundante semen aún lo tengo alojado en mi culo. Tú tienes una referencia femenina de mí y no quiero que la corrompas. De nada importa que yo cuente con un pene, pues en las demás partes de mi cuerpo, en mis modales, en mi voz, en todas las demás manifestaciones de mi persona y, lo más importante, en mi sentir más profundo, soy indudablemente una dama y eso tú lo sabes muy bien y lo has comprobado fehacientemente.

Sólo dime una cosa, la interrumpí: ¿Contaste con la complicidad de Elisa para hacer esto? Sandra sonrió y me dijo: así es, pero descuida, no le comentaré a ella nada de lo que pasó entre nosotros, le diré que nos reunimos pero de que nos acostamos, no le diré nada. Añadió: si no quieres verme nunca más, estás en tu derecho de hacerlo, pero por favor perdóname, conserva el recuerdo de este encuentro tan placentero que tuvimos hoy y piensa simplemente que fue con Sandra con quien cogiste, lo demás olvídalo, no existió, fue tan solo una fantasía. Yo seguiré dispuesta a estar contigo cuando quieras.

Salimos del hotel. De nuevo en el coche Sandra me platicó muchas cosas interesantes sin volver a mencionar el suceso. Yo la veía de tiempo en tiempo sin comprender cómo es que había logrado burlarme y, sobre todo, mantener durante tanto tiempo esa apariencia tan femenina en todos los detalles de su persona. Intermitentemente miraba sus bellas piernas que estaban, como antes, descubiertas sin ninguna inhibición. Cuando llegamos a su casa se acercó a mí para despedirse, yo esquivé sus labios pero dejé que me besara la mejilla. Abrió rápidamente la portezuela, me dijo: ¡seguiré siendo tuya, si tú lo deseas! Bajó y se alejó. La observé con atención: su andar femenino, sus piernas y sus nalgas en sensual movimiento. Reconocí que ese tipo de encuentros amorosos no es normal, pero no dejé de reconocer también la eficiencia del trabajo de Sandra: tanto en la naturalidad de su persona como en el intenso placer que me acababa de prodigar y que, confieso, aún me cosquillea en el cuerpo.

JESSI -

HOLA TENGO 17 AÑOS Y ESTARIA DISPUESTA AQ ALGHUIN M METIERA SU PITO Y GOSAR JUNTOS IQ M LAMBAN LA RRAJADA. CUIDENCE ADIOS

Anna -

Vamos hombre, Eulogia, pues claro que me calienta! y el coito tambien! Y no dudo que Anonimo se anime a inyectarte otra vez las pompis, tambien él debe de disfrutarlo.

Ahora vamos a ver si Lector Empedernido se anima a recibir una que otra inyección de tus manos, porque yo si me animo, ahora veremos si Anonimo se anima a aplicarte una inyección en tus nalguitas o a recibirla él.

Eulogia -

Ay Anna, de plano tu comentario es mas bien una burla!! pero hay algo que me agrada cuando dices que te gustó que anonimo me soltara las ligas y describiera mis nalgas y me tratara cariñosamente como de verdad lo hizo. Sólo dime, por favor ¿la escena te calienta? ¿te calienta el coito que tuvimos? Y yo qué más quisiera que Anonimo tuviera otra vez intimidad conmigo, hasta me dejaría inyectar las pompis de veras, pero él no quiere ¿o sí Anónimo, te animas? De ti Lector empedernido pues no creo poder ayudarte por corespondencia, tendría que aplicarte yo las inyecciones para enseñarte, si quieres dime, lo mismo que tú Anna, te inyectaría con muchísimo gusto las nalguitas y te haría gozar igual que Yesenia y desde luego a tí Anónimo, tengo la jeringa lista.

Anónimo -

Espero que les guste. Lector empedernido, buen relato el que nos diste, pero estoy de acuerdo con Anna, queremos que nos participes una inyección en las nalguitas de tu novia.

El amor de Anna y Fernando

Existe un desarrollo del pensamiento sobre lo real, lo irreal y la amenaza que pende sobre los dos. Este desarrollo está basado en los principios lógicos de la Filosofía Vedanta Advaita (No-dualista), uno de los seis sistemas filosóficos de la tradición que dimana de los Vedas (Hinduismo). Conforme a este pensamiento, la realidad que percibo yo como realidad está amenazada porque yo mismo en mi imperfección la deformo. Entonces, la realidad que percibo es hasta cierto punto irreal. Consecuentemente, aquello que para mí no existe como realidad estable, también está deformado por mi propia imperfección que lo pone en duda, de manera que siendo irreal, es hasta cierto punto real. Así pues, querida Anna, si algo te impresiona, te halaga y tú misma lo creas mediante elección personal, luego lo lees varias veces para recrearlo y alimentar tus sentidos ¿será simplemente irreal, o tendrá algo de real? ¿Recuerdas mi relato titulado “Premonición”?

Voy al punto de partida y eres tú quien nos cuenta lo ocurrido.

Después de haber visitado un interesante museo de arte moderno, fuimos a comer a un sitio encantador pletórico de jardines y de estanques con hermosos peces multicolores. Frente a un paraje de ensueño Fernando me abrazó y me besó de una manera subyugadora. Yo lo tenía igualmente ceñido tentando la solidez de su espalda. Empecé a sentir la erección de su recio pene y sus brazos me sujetaron cada vez con mayor fuerza haciendo crecer todavía más el provocativo bulto. Percibí aquella tiesa y enorme barra y la imaginé insertada en mi vagina, lo cual me estremeció violentamente y, separándome le rogué: ¡espera Fernando, espera que ya no aguanto! Fue en ese momento que me propuso acudir a su departamento para inyectarme.

¡Qué difícil me resultó la decisión! Yo deseaba estar en sus brazos pero nuestra relación se había iniciado tan sólo un día antes. Y, no obstante las dificultades para abrirnos algunos espacios íntimos, Germán y yo nos amábamos profundamente y nuestras vidas se encontraban entrelazadas. Por un instante me separé de Fernando y le dije: ¡no, las cosas no se hacen de esa manera! El no me dijo nada, nos sentamos y permanecimos callados. Luego agregué: ¡Perdóname, pero no puedo, son demasiadas cosas las que nos separan! Él me miró con ternura y respondió: será como tú quieras Anny, yo puedo esperar el tiempo que me pidas, pero a la postre serás mía, porque yo te amo con locura y quiero entregarte mi vida.

Nos tomamos de la mano, yo miraba su rostro que tenía un aire pensativo, sus ojos profundos, sus manos tiernas y a la vez avasalladoras. Me pregunté: ¿cómo es que estaba ahí sentada con él y qué fue lo que precipitó nuestro encuentro? Pensé en las vicisitudes que marcaban mi relación con Germán: sus continuas ocupaciones, su férrea concepción de la responsabilidad profesional, su falta de sensibilidad e indisposición para atender mi erótica inclinación hacia las inyecciones. Mi insatisfacción en ese tenor era por demás notoria pues yo deseaba ser comprendida y atendida por alguien que enloqueciera de placer junto conmigo a la hora de picarme las nalgas. Y ese alguien era Fernando quien el día anterior sufrió una crisis de nervios y se estremeció inyectándome, lo cual nos puso a los dos en un estado de incontrolable lujuria que yo no dejé avanzar hasta sus últimas consecuencias por considerar que se trataba de algo clandestino, indebido, prohibido, aún a sabiendas de que no podría recrearlo con Germán y que por ello padecería las nefastas consecuencias que trae aparejadas la represión sexual. Por esta razón, decidí modificar la visión que tenía del caso, miré de nuevo a Fernando, besé sus apetitosos labios y le dije: Vamos, acepto ir a tu departamento, voy a disfrutar contigo lo que no puedo tener con él.

A partir de ese momento los dos nos sentimos muy relajados, pasamos a comprar una botella de champagne y llegamos por fin al que sería nuestro eventual nidito de amor. Las cosas se dieron con relativa calma, Fernando descorchó el champagne. Mientras escuchábamos música bebimos una copa y hablamos acerca de nuestras expectativas. Lo más sorprendente fue que él no se refirió a lo que haría, sino a lo que esperaba que los dos hiciéramos ¡Yo estaba ya inmersa en sus planes de vida! Me sentía muy extraña, como que el mundo empezaba a surgir para mí.

Te dije muchas palabras, de esas bonitas
con que se arrullan los corazones
pidiéndote que quisieras, y convirtieras
en realidades, mis ilusiones

No era conveniente que me inyectaran habiendo bebido más de una copa, así que Fernando me dijo: prepárate encanto llegó el momento de disfrutar el erotismo que esta forma de medicación nos produce a ambos. Frente a mis ojos desenvolvió la jeringa, retiró la tapa protectora e introdujo la aguja en el ombliguito de la ambarina sustancia succionándola lentamente hasta completar los tres mililitros que debía aplicarme. Yo miraba la enorme y puntiaguda aguja ya lista para flagelar mi cachete, reposé la cabeza en el hombro de Fernando diciéndole: si no fuera porque tú me inyectas estaría verdaderamente aterrada. El besó mis labios, se puso de pie y lo seguí hasta la recámara donde alcé la falda azul marino, bajé mi panty y le pedí: ¡por favor inyéctame como sólo tú sabes Fernando, estoy nerviosa y al mismo tiempo ansiosa de recibir de tus manos el terrible y apetitoso piquete. El me contestó con inefable ternura: horadar las deliciosas nalguitas de mi amada constituye un placer tan intenso que desearía eternizar tan singular momento.

Me acosté y me acomodé lentamente en la cama, sentía las nalgas erguidas, amplias, provocativas. Traté de vivir aquel momento desde la perspectiva y el ánimo de Fernando, cuya detallista y cariñosa actitud me hacía sentir la enorme delectación que lo embargaba. Percibí las yemas de sus dedos posarse en la parte más álgida de mi cachete izquierdo y le pregunté: ¿estás nervioso mi vida? Respondió: Sí lo estoy porque me excita la belleza de tus deliciosas intimidades. Le propuse: entonces, siéntate, y masajéame como lo hiciste la vez anterior, así yo también me relajo. Sentí sus manos desplazarse suavemente sobre mis glúteos, parte de las piernas y labios vaginales, haciéndome estremecer de emoción y de apetito sexual.

y mientras te acariciaba,
lo digo con sentimiento, mi
pensamiento sólo en ti estaba.

Con gran emoción y de manera involuntaria, mis labios empezaron a pronunciar el nombre de quien me estaba trasladando al paraíso: ¡Fernando, Fernando, Fernando…! Sus dedos se deslizaron suavemente hacia el interior de mi vagina, me estimularon el clítoris y, mientras yo frotaba la cabeza, el pubis y las palmas de mis manos contra la cama, sentí el duro piquete que vulneró mi ardiente nalga haciéndola vibrar tenuemente y a mí emitir un sensual lamento que llevó a Fernando a exclamar: ¡me enloqueces mi vida, tus nalguitas se estremecen en tal forma que me enloquecen, no aguanto más el deseo! Entonces, sintiendo el terrible ardor que me producía el paso de la densa sustancia, llevé mi mano a sujetar el tremendo bulto que se había formado en la bragueta de Fernando y lo apreté con desesperación hasta que los dos empezamos a jadear intensamente. Extraída la hipodérmica, mientras me aplicaba un leve masajito en el sitio del piquete, empecé a gritar: ¡Vamos Fernando, acércate que ya no aguanto! Entonces sentí su húmedo glande que me punteaba la raja del culo y el pene completo que se recostaba en ella participándole su calor, su energía y su impresionante grosor.

Sintiendo los labios de Fernando que me besaban con delectación las mejillas, el cabello, el cuello y la espalda, recibí una soberbia penetración vaginal tan profunda y ajustada que me hizo pensar en un nuevo desvirgamiento, al grado que grité de dolor, de placer y de felicidad. La deliciosa fricción fue tan extensa, cadenciosa y acoplada, que llegamos al clímax en unos cuantos segundos, emitiendo los dos un grito tan explosivo que, terminado el acto, estando aturdidos, trenzados y asombrados del regio placer logrado, estallamos una espontánea y descomunal carcajada que se prolongó hasta que el cansancio finalmente nos venció y juntos disfrutamos una íntima siesta vespertina.

Amores habrás tenido, muchos amores
Anna bonita, Anna del alma
pero ninguno tan bueno ni tan ardiente
como el que hiciste que en mí brotara.

marisol -

que buena historia a mi me exitan cañon las nalgadas siempre e deseado que me den unas buenas nalgadas me exite cañon

Lector Empedernido -

Estimado Anónimo:

El relato Primer Día es un recuerdo mío del inicio de un infernal tratamiento con vitaminas que de sólo recordar me genera dolor en los cachetes.

Anna: me alegra que te haya gustado mi relato. Pero, tal como ya he dicho, como ves todos tenemos alguna experiencia inyectable que contar. ¿Por qué no sueltas tu memoria y nos cuentas alguna de las tuyas? Por favor, me encantaría leerte.

Lector Empedernido -

Estimada Sra. Eulogia:

No podría quizás Ud., que tanta experiencia tiene, darme unas lecciones por escrito sobre todos sus secretos para colocar intramusculares?

Anna -

JAJAJAJA si lo estoy pasando en grande! y mas con el mensaje de Eulogia!

Querida Eulogia:

Que bueno que escribes, primero decirte que eres muy buena para inyectar en las pobres nalgas de las demas personas, pero no te gusta que te inyecten a ti. Y no solo eso, te has deleitado poniendo enemas, supositorios, tomando la temperatura rectal, por cualquier pretexto y que sucede cuando os toca?
Tienes que decirle a Anonimo que te inyecte o te aplique el tratamiento que requieras para que se te vaya quitando el miedo vale?

Lo que mas me ha gustado de ese relato es como te has resistido a que te inyecten y especificamente la parte donde Anonimo te desprende las ligas traseras de las medias y hace referencia a tus nalgas,
luego la parte en que te da unas nalgaditas y cuando trata de tranquilizarte.... zaz... te inyecta, todo el escandalo que haces por que te duele el pinchazo y
por ultimo la parte en la que forcejeas y el te presiona la cintura cariñosamente.

Toda esa parte me encanta y que despues te consuele y te haga el amor de una manera
tan sensual!

Saludos Eulogia, y saludos a Lector Empedernido y a Anonimo!

Anónimo -

Gracias Lector Empedernido, gracias Anna, por sus valiosos comentarios.

Por orden de recepción, me refiero en primer lugar al interesante planteamiento del Lector Empedernido. Los expertos nos dicen que la etapa infantil es fundamental en la conformación de nuestra sexualidad. Elisa en su niñez estuvo sometida a la influencia de la señora Eulogia quien se dio gusto inyectándola, aplicándole lavativas y haciéndole todo lo que se le venía en gana, así que le dejó una serie de fijaciones eróticas muy intensas. Pero no se si sólo disfrutemos como tú dices: “exorcizando aquellos fantasmas” pues en nuestra vida adulta vamos acumulando experiencias referidas a inyecciones que condicionan también nuestra sexualidad, se trata de experiencias adultas muy intensas. Durante mucho tiempo yo pensé que el morbo por las inyecciones era algo extraño que solamente en mí se daba, pero fui descubriendo que muchas personas tienen esa misma cualidad y que la comparten.

En cuanto a Anna, en primer lugar muchas gracias por decirme qué relatos te han gustado más, eso me ayuda mucho y es para mí un gran regalo. Sólo me queda una duda pues el último que citas (Primer Día) no lo conozco, tal vez no recordaste bien el título. Respecto a tu interesante comentario acerca de las contradicciones, tal vez no es privativo de las mujeres sino también de los hombres. Como que al confiar algo muy íntimo nos sentimos vulnerados frente a la persona a quien se lo confiamos y eso no nos gusta así que tratamos como de “disfrazar” lo que ya confiamos. Creo que a Elisa le encanta la estimulación anal pero no lo acepta abiertamente porque eso le hace sentir invadida su intimidad.

Muchísimas gracias a los dos y espero preparar muy pronto nuevos relatos.

Anónimo -

Yesenia

Recuerdo que ya había visto a la chica que por instrucciones de Germán entró ese día al consultorio para inyectarme. El está tan ocupado con sus enfermos que no me puede suministrar con propia mano esa placentera medicación. Además, le preocupa que todos puedan enterarse de que él mismo inyecta a su novia, pues a raíz de que lo acompañé en el hospital se desató una ola de comentarios y de chismes que le valieron inclusive una llamada de atención por parte del director. De manera que estoy resignada a recibir los sensuales piquetes de manos extrañas y a dejar el disfrute con Germán confinado tan sólo a los breves descansos que a él le conceden, los cuales, eso sí, aprovechamos muy bien para amarnos con la rebosada pasión que el Anónimo ya les refirió.

Yesenia, la singular paramédico, llevaba un atuendo muy poco femenino: pantalón holgado, blusa blanca, una chaqueta con hombreras, y el cabello muy corto peinado hacia atrás. Sus modales no eran bruscos pero sí muy firmes. Su único rasgo de feminidad eran unos pequeños aretitos plateados con piedritas rojas. Me recibió muy amable, su sonrisa es franca y el trato bastante fino. Después de pedirme la ampolleta fue a la vitrina y sacó todo lo necesario, volteó a verme y me preguntó si estaba nerviosa, a lo cual tratando de ser amena y sin medir las consecuencias le respondí que las inyecciones no me asustan sino más bien me activan. Yesenia interrumpió súbitamente su labor, volteó a verme, entornó los ojos y me preguntó: ¿quieres decir que las inyecciones te excitan? Me quedé inmóvil, no supe qué contestar, después de un comprometedor silencio sonreí erráticamente y con voz titubeante le respondí: no, no es eso, lo que pasa es que me…digamos que me…me perturban… ¡eso es, me perturban! Ella me guiñó un ojo, sonrió, me dio una leve nalgadita y me pidió que me preparara. La miré con aire de molestia pero, como ella reanudara sonriente y despreocupadamente la preparación de la jeringa, no obstante que me sentía un poco acosada resolví pasar por alto el incidente. Alcé mi vestido negro, tomé el elástico de mi pequeña panty color azul cielo y lo deslicé suavemente descubriendo tres cuartas partes de mi cachete izquierdo. Luego me aproximé al camastro, apoyé la rodilla izquierda, elevé la pierna contraria y me tendí boca abajo mirando cómo la cristalina sustancia era gradualmente succionada.

Yesenia estaba concentrada viendo la pequeña gotita que coronaba la punta de la hipodérmica. Dejó que ésta resbalara lentamente adherida a la escueta y muy larga aguja que laceraría mi indefenso cachete en el que reconocí los primeros síntomas de sufrimiento. Listo el rejón, Yesenia me miró fijamente, se aproximó y palmeó con gran suavidad el glúteo que yo le estaba ofreciendo y que tenía ya listo para recibir el castigo. En ese momento sentí algo que no les podría describir: los finos dedos de la joven parecían flotar sobre la curvada superficie de mi nalga, acariciándola sin hacer contacto con ella, participándole el aura, energizándola. Su extraordinaria suavidad y sutileza me hizo erizar, estremecerme, temblar, sentí el fuerte golpeteo del corazón que se reflejaba en las puntas de mis dedos, en los tobillos, en mi cabeza. Su cariñosa expresión: “tienes unas nalguitas deliciosas” me agitó la respiración como si hubiera corrido un largo tramo y me hubiera detenido súbitamente. Aquella implacable agitadora agregó enseguida: “Querida Anna, sin que esto vaya más allá de lo que es, y aclarando que no tengo intención alguna de acosarte o de obtener tus invaluables favores, te confieso que tengo un incontrolable morbo por los inyecciones y que tú me lo incitas y me haces estremecer de pasión. Pero creo que tú también eres proclive al calentamiento por la vía intramuscular, así que te propongo disfrutar las dos este incomparable momento. No interpongas prejuicio alguno, déjame gozar y hacerte gozar abandonadas en el erotismo que envuelve a las inyecciones” Yo no le respondí nada, sentía las nalgas inusualmente erguidas, frescas, expectantes, deseosas de ser pinchadas, así que me bajé totalmente la panty, cerré los ojos y me dispuse a disfrutar el ansiado y brutal flagelo.

Yesenia volvió a tocar mis nalgas, primero la derecha, luego la izquierda, mis erguidos pezones casi estallaban. Presionó con el índice la zona inyectable de ambos cachetes, preguntando: ¿cuál de las dos pompis quieres que te pique? Como tú lo decidas, busca el mejor sitio, le respondí. Entonces me colocó la aguja en el cachete derecho y me clavó tan solo el vértice, o sea la parte rebajada, angulada, del instrumento. La nalga se me tensó, gemí suavemente al sentir que el músculo, en movimiento reflejo, jugaba a comprimir y distender sus elásticos tejidos, lo cual hacía ondular la superficie de mi glúteo. Yo no sabía si Yesenia iba a clavarme completa la aguja cuya puntita permanecía prendida de mi ansiosa carne. Quise preguntarle si me iba a aplicar la inyección de ese lado, pero el delicioso estímulo que me reportaba aquella especulativa indefinición a que la joven me tenía sometida, me hizo callar y permanecer atenta. La aguja empezó a menearse, se agitaba finamente como anunciando su implacable inserción total, pero ésta no ocurría. Yo experimentaba un fuerte cosquilleo, una especie de comezón que se fue acentuando y que me incentivaba el deseo de tallarme. Empecé a balancear las nalgas y a decirle: me irritas, ya no aguanto. Entonces me retiró la aguja y con la fina punta de sus dedos me aplicó un delicioso masajito relajante, haciéndome sentir un placer análogo al que se produce cuando después de un día muy agitado te desnudas y tallas tu cuerpo aliviándole la comezón que se experimenta sobre todo en las zonas donde la ropa está más ceñidas, como es el caso de la cintura, los senos, las piernas. Enseguida, Yesenia repitió el estímulo en mi cachete izquierdo: me clavó la puntita de la aguja manteniéndola fija, luego comenzó a menearla hasta que ya no aguanté más el cosquilleo y le grité que parara. Entonces posó nuevamente sus increíbles dedos de seda en mi irritado glúteo y lo masajeó magistralmente, haciéndome estremecer a tal grado que sentí la parte interior de mis piernas invadidas por una persistente secreción vaginal. Emití un espontáneo gemido que se prolongó al percibir los suaves dedos de Yesenia que recogían la creciente humedad de mis piernas y barnizaban mis erguidos cachetes con ella.

Volví a sentir la aguja en mi cachete derecho: primero la leve incisión, luego el incipiente cosquilleo y, cuándo este se tornó muy intenso, prácticamente insoportable, mi singular enfermera me hizo sufrir el implacable piquete total que, en las condiciones de hipersensibilidad en que mis nalgas se encontraban, magnificó su efecto haciéndome gritar de dolor, de placer y de estupor, porque jamás había imaginado hasta dónde te puede llevar un experto en la estimulación por vía intramuscular. Cuando el medicamento empezó a fluir yo estaba fuera de mí: con los oídos tapados, las mandíbulas engarrotadas, las piernas paralizadas, los puños muy apretados, el pubis fuertemente oprimido contra la sábana. Jadeaba sin ningún recato, tenía el sentido del tacto exacerbado: todas mis células corporales estaban perdidas, dominadas por el inmenso placer de un orgasmo fenomenal.

No supe muy bien lo que pasó después. Recuerdo haber permanecido tumbada en el lecho agitándome, emitiendo incoherentes locuciones de placer. Cuando por fin reaccioné, Yesenia estaba sentada a mi lado, con la boca abierta, los ojos cerrados, hurgando insistentemente sus genitales. Me levanté lentamente, reacomodé mi vestimenta, tomé de los hombros a la joven y la acosté. Ella siguió agitándose, tallando su cuerpo sensualmente, hasta que se tranquilizó, abrió los ojos, me regaló una dulce sonrisa y las dos nos agradecimos el intenso placer que nos habíamos prodigado. Aquella tarde busqué a Germán y nos refugiamos en un delicioso espacio de gran intimidad.

eulogia -

Bien Anónimo, veo que tu imaginación sigue dando buenos frutos y al menos ya no te refieres tanto a Elisa nia su familia, te felicito por ello. Me gustó mucho que Anna, la chica que te acompaña y que tanto florea tus historias, dsijera que uno de sus relatos favoritos es el que llamaste “Una cita por demás inesperada” y que se refiere a mí. Anna, házme el gran favior de decir por qué te gusta ese relato. Gracias anticipadas de quien no deja de leer esta página.

Lector Empedernido -

Estimados Anna y Anónimo:

Divino el relato yAnn, se ve que te estás pasando en grande!. Coincido en que sería precioso pinchar el hermoso culo de mi novia pero comprenderán que debo esperar a que se de una situación que más o menos lo amerite. Mientras tanto iré practicando con naranjas porque mi conocimiento de aplicación de inyectables es sólo teórica; pobre nalgas aquellas que se presten a mi entrenamiento!
de paso, si Uds. saben poner, podrían escribirme un instructivo bien detallado y así ayudarme a que tome coraje.

Lector Empedernido -

En primer lugar, estimado Anónimo, mis saludos para los hermanos mexicanos. Ojalá que las dificultades se superen rápidamente, por el bien del mundo, porque en estos tiempos globalizados que corren nada afecta sólo a uno.

Para seguir quería contarles lo de mi segunda inyección, se acuerdan de que había quedado sin relatar? Pues bien, ahí va.

Esa tarde me había encontrado con mi novia a la salida de la oficina. Fuimos hasta mi casa y cerca de las 8 de la noche, mientras pensábamos qué podíamos comer, me acordé de que tenía que ponerme la segunda inyección que me había mandado el médico aquella mañana. Besé a mi amor y le dije, "Ya vuelvo". Ella me preguntó a donde iba y cuando le expliqué me dijo que ella sabía inyectar, su madre le había enseñado cuando se enfermó y ella era sólo una jovencita. No sabía de esta habilidad de mi novia; si bien sentimos que somos almas gemelas, nuestra relación lleva nada más que 4 meses y aún no conocemos todo del otro. Me dijo "si vas a la farmacia a comprar una jeringa descartable, te la pongo yo". Debo haber dudado más tiempo del recomendable porque me miró seria y me dijo "Aunque si no me tienes confianza, todo bien. Que te la pongan en la farmacia". Odio esa capacidad que tienen las mujeres de hacernos sentir culpables. Le dije "No, mi amor, te tengo confianza; sólo me sorprendió. Ya vuelvo" Y salí a la farmacia a comprar la jeringa solicitada. Volví velozmente, con una mezcla de temor, vergüenza y excitación. Al llegar, mi novia tomó la jeringa y me pidió el frasco del medicamento. Se puso solícitamente a prepararlo mientras yo observaba su destreza; realmente parecía saber cómo hacerlo. Cuando finalizó, sonrió jeringa en mano, y con un gesto me indicó el dormitorio. Como yo no reaccionaba dijo "Vamos Amor, boca abajo en la cama con el culito al aire...". Imaginen que nos habíamos encontrado íntimamente infinidad de veces, pero ahora estaba avergonzado, era una situación diferente y nueva. Fui al dormitorio seguido de cerca por ella, como si cuidara que no me fuera a escapar. A pesar de todo, no se por qué porque para una inyección no es necesario, me saqué completamente el pantalón y el canzoncillo y me acosté desnudo de la cintura para abajo. Ella se sentó al lado mío y me dijo que no me iba a doler nada. Había llegado el momento de la verdad. Yo ya sabía que el medicamento no era doloroso, así que ahora quedaría demostrada su habilidad; si me llegaba a doler, la culpa sería de ella. De golpe sentí mojada la parte superior del cachete e inmediatamente la aguja adentro. Efectivamente no me dolió pero igual emití un leve quejido. No se por qué, pero decidí granjearme un poco de mimo y cuidado adicional y para ello me quejé despacito todo el tiempo que duró la introducción del líquido. Ella me calmaba cariñosamente "Ya casi terminamos, flojito mi vida". Sacó la aguja y se dedicó delicadamente a masajear la zona. Lentamente fue cambiando el masaje terapeutico por suaves caricias que ya no abarcaba sólo la región pinchada de la nalga. Yo estaba a mil y me di vuelta, la desvestí lentamente e hicimos el amor larga y tiernamente.
Rato después de que termináramos, y mientras estábamos abrazados en la cama, ella hizo un puchero y me dijo "Mi amor, me quedé muy mal, yo no quería hacerte doler la cola". Frente a tanta preocupación, no pude más que confesar mi pequeña travesura. Se transformó. Estaba furiosa "Te parece bien? hacerme sentir así? con lo cuidadosa que fui para que no te duela?" mientras su mano se estrelló dolorosa y sonoramente contra mi nalga. "Ni me mires, ni me toques" y se dio vuelta en la cama para dormir. La vi tan enojada que, mientras me frotaba el cachete que seguramente tenía los dedos marcados, decidí que era mejor no decir nada y esperar a que se le pasara.
A la mañana siguiente amaneció aparentemente tranquila. Me saludó, preparó el desayuno y nos fuimos a trabajar quedando para la noche.
Esa noche llegué yo primero y cuando ella llegó dejó una bolsita de la farmacia sobre la mesa. Debo confesar que tenía curiosidad pero nos pusimos a hablar de como nos había ido a ambos en el trabajo durante el día y pasó. Ella me propuso que saliéramos a pasear un poco aquella noche y me negué porque estaba muy cansado. En ese momento le di la excusa justa: "Me tiene preocupada tu cansancio. Creo que estás un poco estresado y no te alimentas bien. Yo se que te haría bien y lo traje". Mientras hablaba me iba empujando lentamente al dormitorio. Cuando me tuvo arrinconado junto a la cama, sacó el contenido de la bolsita: una caja de ampollas, vitaminas dijo que eran. Volvió a poner cara de pocos amigos y dijo "esto no se discute. Te las voy a poner y te sentirás mejor". Yo no podía decir palabra, tal era mi sorpresa. Luego de desabrocharme el cinturón me bajó los pantalones y la ropa interior hasta los tobillos, me hizo dar vuelta y me empujó suavemente sobre la cama. "Quietito ahí, preparo la jeringa y te la aplico. Relajate mientras, estas son espesas. Ahora vas a saber lo que es que duelan... Yo te voy a dar hacerte la víctima. ¡Cuántos querrían tener una mujer como yo! Que te cuide así". Yo seguía paralizado, de costado veía los preparativos y estaba convencido de que sería terrible; no se le había pasado nada el enojo, sólo lo estaba sublimando.
Otra vez sentí que se sentaba al lado mío en la cama y me limpiaba el cachete opuesto al de anoche. Clavó la aguja y esta vez sí me dolió pero no me atreví a quejarme, tuve una contracción refleja del músculo. "Aflojá (mientras me daba palmadas), este pinchazo duele porque va bien adentro y la aguja tiene que ser más gruesa por el tipo de líquido. Te lo voy a empezar a hacer entrar" ¡Y para qué! Ni se imaginan el dolor. Ya no me calmaba dulcemente, ahora era "Con la cola dura es peor". Finalmente terminó, sacó la aguja y me dió dos palmadas secas en el lugar del pinchazo que me hicieron pegar un brinco. Me quedé un rato así tratando de reponerme y no me di cuenta de lo que ella hacía mientras tanto. Cuando logré darme vuelta la vi completamente desnuda; se me acercó y me empezó a sobar los testículos. Cuando acerqué mi mano a su sexo me di cuenta de que estaba excitadísima. A pesar de que la experiencia nos valió una de las mejores noches de mi vida, temí terriblemente por mis nalgas ahora que me di cuenta de que inyectar la excita tanto. Luego de descansar un rato, ella me besaba y evidentemente ya no estaba enojada. Se lo pregunté y me contestó "No, no estoy enojada, te amo.... pero igual el tratamiento inyectable continúa por tu bien"

Lector Empedernido -

Estimado Anónimo:

Pobre Marisa! si bien es cierto que con sus caprichos pone nervioso a cualquiera, de ninguna manera podemos consentir semejante manifestación de violencia intrafamiliar por parte del desagradable de Roque. Probablemente tengas que aconsejar a tu cuñada pues no puede dejarse tratar de esa manera!

Lector Empedernido -

Vengo a contarles que estoy con la cola recién pinchada. Sí, recién, recién. Empecé con un espasmo bronquial y fui a la guardia de la clínica. El doctor me auscultó la espalda y me dijo que no había infección, sólo el espasmo y que me pondrían un inyectable. Imaginen la mezcla de sensaciones: tentación y miedo. Porque yo soy de los que le gustan las inyecciones pero en la cola de otro. Me dijo que esperara que vendría la enfermera a inyectarme. A los dos minutos aparece la enfermera, señora grande (en todo sentido, de edad y de tamaño), y me pide que me acueste boca abajo con la cola al aire. "Flojito que no duele nada" Yo pensé que me lo decía para tranquilizarme pero de todos modos con la dificultad que tenía para respirar sólo quería algo que me hiciera sentir mejor. Lentamente me di vuelta y me bajé un poco la ropa. Ella me la bajó un poco más, me pasó el algodón con alcohol y sentí apenas un pinchacito. Instintivamente encogí las nalgas; ella me dijo "tranquilo, yo no miento, de verdad no duele". Traté de relajar el músculo y la escuché decir "listo" mientras me tapaba la cola subiéndome el calzoncillo. No sentí nada de nada!!!! Genial!!!! Entró el doctor de nuevo y me dijo que me quedara descansando que él vendría en un rato a revisar si había mejorado con la medicación. Pasados unos 20 minutos claramente estaba más recuperado y cuando el doctor me revisó me dijo que me podía ir y que a la noche me aplicara otra ampolla. Me recomendó además que viera a mi médico para iniciar algún tratamiento para prevenir la aparición de nuevos espasmos. Esta noche iré a la farmacia sin temor a que me pinchen otra vez porque se que no me va a doler. Lo que estoy pensando es ver si el doctor que receta inyecciones que no duelen está en la cartilla de mi obra social; siempre es bueno poner el culete a salvo.
Imaginen que estoy sentado escribiendo y no siento dolor de cachete!

Anónimo -

Gracias Lector empedernido por tus amables comentarios, aunque te veo un poco puntilloso esta vez, creo que no te agradaron mis últimos relatos. Trataré de mejorar.

Estimada Anna, aunque no me has regalado todavía ningún comentario me anticipo pidiéndote que por favor me ayudes a realizar el siguiente experimento de “lectura participativa” siendo tú la que determine mi próximo relato.

Procedo a sentar los antecedentes.

Para recibir la segunda inyección de tu tratamiento, acudiste nuevamente a la clínica donde trabaja tu novio Germán y te dijeron que él se encontraba muy ocupado pero que te podía atender cualquiera de los paramédicos: Yesenia o Fernando.

A Yesenia ya la conoces pues te aplicó con su singular estilo la primera inyección y ese mismo día te la encontraste en la entrada de la clínica donde te ofreció de nuevo sus servicios diciéndote: “Hola Anna ¿cómo estás? Aquí entre nos, me dejaste impresionada y me encantaría volverte a inyectar, estoy segura de que te gustará”.

De Fernando, un joven bastante guapo, tienes la referencia de haberlo visto varias veces y de haber sentido su inquietante mirada recorriendo tu cuerpo y manifestándote implícitamente que le resultas muy atractiva y que le gustas. A ti te parece que es serio, muy dedicado a su trabajo, y no dejas de suspirar cuando lo ves.

De manera que, estando frente a la recepcionista tienes tan sólo unos segundos para decidir si:

a) Te aventuras de nuevo con Yesenia.
b) Te das la oportunidad de conocer y de disfrutar la asistencia de Fernando.
c) Decides retirarte y regresar más tarde para saber si Germán te puede inyectar.

Toma tu decisión y conocerás el desenlace. De preferencia, para darme algunos elementos, dime el por qué de tu elección.

Anónimo -

Muchas gracias por sus mensajes, me dan mucho ánimo y espero seguirles contando. Querida Anna, aquí nada es totalmente real ni totalmente irreal, te lo aseguro. Marisol, bienvenida a la página, cuéntame cómo y desde cuándo llegaste. Gracias por decirme tus preferencias, espero contarte algo que te guste. En este momento estamos pasando una situación difícil en México, así que les pido su comprensión por el retraso que pudiera tener mi siguiente relato. También les pido sus oraciones para que superemos el problema.

Lector Empedernido -

Estimados:
Otra vez por acá. Debe ser porque estoy muy preocupado y sólo con Uds. puedo compartirlo y que me comprendan. Si bien mi experiencia con las aplicaciones de mi novia las conté ayer, no olviden que estaba atrasado en el relato. Por lo tanto, ya estoy más o menos en fecha de que me ponga la segunda de vitaminas. Si bien me dijo que una vez por semana, no me anticipó què día sería y ya no puedo más de ansiedad. Supongo que eso es lo que ella quiere lograr. Al principio sólo esperaba que llegara el día esperando que no fuera ese, pero a medida que van pasando me voy dando cuenta de que el momento se aproxima inexorablemente. Y eso me pone cada vez más nervioso. Casi no puedo pensar en otra cosa; hoy hasta me encontré en un momento en la oficina sacando una fotocopia y masajeándome el glúteo como anticipando el dolor. Espero que nadie lo haya notado, tendré que tener cuidado. Estoy casi obsesionado, ya sólo quiero que me ponga la que me toca para sacarme el peso de encima. No se cómo lo voy a aguantar pero ya no me importa. Lo único que me alienta es lo que vendrá después.....

Lector Empedernido -

Simplemente precioso... Menudo problema tiene la pobre Anna!

Lector Empedernido -

Querida Anna:
El mío es el caso que señalas: vitaminas para sentirme mejor, pero ¡no estoy enfermo de nada!. Por qué es que eso no me quita la inquietud cada vez que pienso en los pinchazos? Mi novia me las pondrá una vez por semana, supongo que tendré tiempo de recuperarme entre una y otra. Supongo también que debo agradecer su preocupación y cuidados, pero eso no me alivia. Tengo miedito porque de verdad dolió... y trato de imaginar cómo serán las próximas. Espero, al menos, que realmente me sean útiles porque si no el sufrimiento no tendrá sentido. Al menos desde el punto de vista médico; quizá sea cuestión de intentar, como tú dices, que me empiece a gustar y lo disfrute. Evidentemente, si estoy aquí, algún gusto por esto tengo; pero se trata de imaginar, ver poner, escuchar relatos de quienes han puesto o recibido, no particularmente de recibir realmente.
En fin! Veremos cómo sigue esto...

Anna -

Querido Anonimo:

Disculpa que no haya podido comentar nada, no me habia podido conectar. Pero ahora que lo hago me encuentro con una agradable sorpresa: Ese relato maginifico de Yesenia. Me ha encantado! Y definitivamente me parece una forma dirente y original de gozar con las inyecciones, resultaria agradable encontrarse con alguien que te tiene que inyectar y que disfruta igual que tu.

En cuanto al proximo relato que me comentas, me encataria probar con Fernando, el hecho de encontrarse con un hombre al que le gustas y que te debe de inyectar, me agrada. Y el nerviosismo de mostrarle las nalgas a un hombre que te gusta y con el cual no hay relacion amorosa. Y estar con la duda de si la inyección dolerá o no y si será cariñoso o si pudiera suceder algo mas que solo la inyección profesional.

Estoy esperando con ansia ese relato! Me gusta mucho como escribes. Nuevamente gracias por regalarnos estos momentos agradables con tus relatos!

Lector Empedernido, que bueno que hayas cumplido con el tratamiento y espero que ya te encuentres mejor y que pronto nos cuentes tu experiencia.

Anónimo -

Fernando

No fue fácil decirle a la recepcionista que prefería a Fernando. Me hizo la singular proposición de optar por alguno de los paramédicos y esperó mi respuesta con un semblante de morbosa curiosidad. Además, cuando le di a conocer mi resolución ella insidiosamente preguntó: ¿qué no le gustó cómo la inyectó Yesenia? Y, para colmo, cuando le avisó por teléfono a Fernando le dijo: “Fer, aquí está la señorita Anna, novia del doctor Germán, que quiere que tú la inyectes”. Me sentí agredida y muy apenada, pero reclamar a la chismosa empleada hubiera resultado contraproducente, así que preferí actuar con toda naturalidad.

Fue el propio Fernando quien me ayudó a salir del aprieto. Llegó muy serio sin atreverse siquiera a mirarme a la cara. Llevando puesta una pulcra bata blanca bordada con el logo de la clínica fue al mostrador, recogió la orden, la leyó y se me acercó sigilosamente inquiriendo: ¿señorita Anna? Sí, soy yo, respondí. Él agregó muy atento: por favor, pase al consultorio 2. Caminamos juntos unos pasos, me abrió la puerta y la cerró con seguro después de haber entrado los dos a la habitación. De inmediato fue a la vitrina y, dándome la espalda, estuvo seleccionando cuidadosamente la jeringa, además de tomar el alcohol y el algodón. Yo miraba con gran curiosidad su amplia espalda, sus brazos muy fuertes, el aire varonil que circundaba su figura entera. Me dejó observar pacientemente todo su cuerpo. Luego, lentamente, sin pretender sorprenderme en la contemplación de su muy agraciada figura, giró y por fin me regaló una fugaz mirada diciendo: “por favor, déme la ampolleta”. Era muy guapo: tenía ojos grandes, nariz recta, tez apiñonada, expresión afable y, sobre todo, una singular mirada que me infundía un gran respeto, pero que al mismo tiempo me petrificaba y me traspasaba, haciéndome sentir halagada, protegida y… ¿por qué no decirlo? ... deseada.

Tratando de justificar mi elección del paramédico decidí decirle: Perdón Fernando, quiero aclararle que me atreví a solicitar sus servicios por… No me dejó terminar, dibujando una leve sonrisa me dijo: Sí, no se apure, es normal que uno quiera buscar y conocer opciones. Usted no me solicitó a mí sino a otra persona pero, como sólo somos dos paramédicos, me tocó atenderla. Respiré más tranquila sintiéndome liberada del puntilloso trato con que la recepcionista me había magullado el ánimo. Seguí observando la hipodérmica que después de chupar toda la ambarina sustancia, se desprendió del maleable ombliguito del frasco dejando a la vista su impresionante longitud y el aguzado filo que la coronaba ¡Me estremecí pues todo estaba ya listo! Me había refugiado en la contemplación de Fernando, pero llegó el inevitable momento de entregarme, de descubrir mis nalgas y ponerlas a modo para que recibieran el despiadado piquete. La densa sustancia atrapada en el émbolo me impresionaba.

Nunca antes me había sido tan difícil descubrirme el culo delante de otra persona. No sabía cómo empezar. Alcé mi pequeña falda pero sólo hasta el final de los muslos y caminé titubeante una y otra vez a la vera del mullido lecho. Fernando me veía retrasar la elevación final de la falda y yo me refugiaba en el pretexto de que no decidía la posición para acostarme. Me dejó actuar libremente hasta que fue insostenible y hasta ridículo seguir fingiendo tal indecisión y, sin pensarlo más, replegué por fin la falda mostrando una pequeñísima panty color blanco que en ese momento me pareció muy atrevida ya que mis nada despreciables cachetes se desbordaban por ambos lados, de tal suerte que la mínima prenda apenas me cubría la raja. Sentí rubor y me percaté que Fernando, al ver mi atrayente trasero retrocedió unos centímetros y parpadeó repetidas veces como tratando de demostrarme y de demostrarse a sí mismo, que se mantenía a prudente distancia de mis seductoras intimidades, pero en realidad mi cuerpo y el erótico momento que vivíamos lo habían alterado, al grado que la lengua le trastabilló al pedirme que me acostara.

Estando mis nalgas prácticamente a la vista de Fernando me pareció ridículo hacer la pantomima de descubrir tan sólo una partecita del cachete, así que me bajé la panty con decisión hasta las rodillas y sin más me acosté contoneando suavemente el culo para acomodarme en el lecho. Se hizo un breve silencio que me permitió percibir la agitada respiración de mi atractivo enfermero cuyos helados dedos se posaron en la zona inyectable de mi glúteo izquierdo. Era evidente la tensión y el incontrolable nerviosismo que lo invadían, al grado que las manos le temblaban y, sintiendo la angustia de no poder picarme en ese momento me dijo: permítame Anna y trató de disimular tomando un trozo mayor de algodón. Era necesario que yo hiciera algo, así que buscando tranquilizarlo le dije: Fernando, perdona lo difícil que soy pero me siento muy nerviosa ¿podrías esperar un momento? Si me clavas la aguja ahora me harías un daño tremendo. El hecho de sentir que la alterada era yo lo relajó considerablemente. Enseguida me dijo que podíamos esperar unos minutos pues la sustancia que me iba a aplicar no se cristalizaba.
Permanecí en la misma posición con el culo totalmente descubierto y traté de que Fernando se calmara, así que le dije: si quieres siéntate y me corrí un poco hacia el centro de la cama, luego le pregunté: ¿tú cómo te sientes? Aclarando la voz me contestó: Anna, yo soy estudiante de medicina y espero llegar a ser un buen médico pero… a pesar de eso y de las decenas de inyecciones que aplico diariamente, tú me has puesto un poco tenso. Se quedó callado y luego añadió: perdona la franqueza pero… me resultas tan atractiva que me bloqueas. Y posando su mano en mi cachete derecho empezó a friccionarlo dibujando en él pequeños círculos y diciendo: nunca pensé que así fuera el primer contacto contigo, es decir, con la mujer por la que siento una atracción inmensa. Volviendo a lo suyo agregó: ¡tranquilízate Anny! No quiero que el piquete te duela. Y siguió acariciándome suavemente las nalgas hasta que las sentí sumamente relajadas.

Pensé que ya habíamos avanzado demasiado, así que traté de recomponer la erótica escena diciéndole en tono imperativo: ¡por favor Fernando, inyéctame ya! Entramos en un momento de gran intensidad, yo sentía mis nalgas muy erguidas despreocupadamente descubiertas, teniendo el borde del vestido extendido a lo ancho de la espalda y la panty enroscada por debajo de las rodillas. Percibí los dedos de Fernando, ya tibios y relajados que palpaban mi glúteo derecho, luego disfruté la frescura y el aroma del incitante alcohol. De pronto ¡ZAS! me propinó el súbito pinchazo que me hizo brincar, apretar los ojos y los puños, detener por un instante la respiración y emitir un sensual lamento. Percibí el estremecimiento de mi acompañante, sus manos me devolvieron la descomunal pasión que mi cuerpo le estaba produciendo. Mientras apretaba con suavidad el émbolo de la jeringa, su mano hurgaba deliciosamente toda la superficie de mis ardientes nalgas que se estremecían de concupiscencia. Luego, inclinándose me las besó repetidas veces. Con indescriptible ternura sus labios se fueron dirigiendo hacia mi húmeda cavidad vaginal, en la que sentía concentrarse toda la indescriptible delectación de aquel cálido momento. Habiéndome extraído la jeringa, los impetuosos labios de Fernando me succionaban el clítoris. Sin poder contener el incesante jadeo, pero deseosa de encontrar el sentido de aquel encuentro, le dije: Espera Fernando, quiero que nos demos la oportunidad reflexionar nuestra circunstancia. Me levanté, arreglé mi atuendo y le dije: Ha sido una deliciosa experiencia, pero debemos pensar muy bien las cosas. Fernando me abrazó, buscó mis labios y nos fundimos en un apasionado beso.

Estimada Anna: antes de despedirse, Fernando te pidió que le concedieras una cita y al día siguiente fueron a pasear juntos. Después de una jornada inolvidable te propuso ir a su departamento para aplicarte la tercera inyección.

Ahora debes decidir si:

a) Aceptas el ofrecimiento de ir a su casa.
b) Le pides que esperen y lo vuelves a ver en la clínica.
c) Detienes la relación con él y decides ir a que te inyecten en otra clínica.

Anna -

Lector Empedernido:

Conozco los momentos que estas pasando, yo disfruto mucho IMAGINANDO que es a mi a la que inyectan y disfruto que a los demas los inyecten, pero ya en la realidad me angustia saber que me deben de inyectar. O quiza sea que no me ha tocado coincidir con alguien que lo disfrute y me haga disfrutar, como lo hace Fernando!

Realmente espero que estos momentos de angustia se conviertan en momentos de deseo que puedas compartir con tu novia. Asi que no pienses en el dolor, mejor piensa en lo que viene despues! SUERTE!

Anna -

Hermoso!!! Sencillamente hermoso!... Y la mezcla del relato con una cancion tan mexicana y tan bonita! Y tienes toda la razon Anonimo .... este relato es real!

Me ha parecido un relato muy sensual, romantico, erotico y real! Y el ejemplo perfecto de una noche sensual con inyección. Lastima que el tratamiento a finalizado, si mal no recuerdo, aunque quiza se requieran mas inyecciones o.... por que no? Fernando puede llegar a necesitar algun tratamiento!

Gracias Anonimo, he disfrutado mucho este relato!

Anna -

Si Lector Empedernido me ha gustado mucho tu relato "Primer Dia" y otros mas, pensaba hacer una lista aparte de tus relatos, no han sido muchos pero han sido excelentes! En cuanto a yo escriba un relato, ya veremos si un dia me inspiro y se los mando, vale?

Anonimo: Esa lista a penas es la primera entrega de mis favoritos otro dia que tenga tiempo continuo con los que me faltan.
En cuanto a tu comentario sobre las contradicciones tienes toda la razon, no lo habia pensado de esa manera.
Estaremos esperando tus relatos!

Anna -

Muy buen relato anonimo, me ha gustado mucho y creo que es un buen ejemplo de las contradicciones que a veces vivimos las mujeres en que algo nos gusta y nos excita y cuando lo vivimos nos disgusta. Me hubiera gustado que esta chica disfrutara ampliamente como lo habia estado haciendo.

Te dije que te diria cuales han sido mis relatos favoritos, son muchos pero aqui te dejo la primera entrega:
Otro relato acerca de Elisa
Revelaciones de Elisa
Stella y Nayeli
Miriam
Inesperada experiencia
Una cita por demás inesperada
Gloria, la joven de la escalera.
Noticias de Elisa
Primer Día

Continua por favor, realmente disfruto mucho leyendo tus relatos!

Anónimo -

Estimado Lector Empedernido.

Espero que te hayas aplicado puntualmente las inyecciones que te recetaron y que tus cachetes estén aún sanos. Sigue ejercitando tu buena pluma. En cuanto a Marisa, no creo que sea cuestión de consejos, a ella le encanta “meter bulla” y hacer gala de sus innegables atributos corporales. Roque es una excelente persona, ama a su esposa y le encanta ver cuando la inyectan, pero creo que ella exagera los hechos. Además, le raciona despiadadamente las entregas sexuales. A ver cuándo les cuento otros sucesos acerca de esta singular pareja. Ahora les voy a contar otra cosa, espero terminarla muy pronto, aunque tengo demasiado trabajo.

Lector Empedernido -

Querido Anónimo:

No se que es lo que te da la impresión de que no me han gustado tus últimos relatos. Por el contrario. No te voy a mentir: lo que le sucedió a tu cuñada no entra demasiado en lo que considero dominación consentida y casi me ha parecido maltrato, pero respeto tu conocimiento de los gustos de tu cuñada y si dices que no es así....
Respecto del de Yesenia, pues me ha sorprendido la especialización en estimular a través de la inyección. Me ha parecido de tal realismo y verosimilitud que temí por mis nalgas y un eventual encuentro con ella. Porque debo confesar que los inyectables me encantan pero preferentemente en la cola de otro. No es que sea cobarde para el dolor, pero no me gusta tanto sentirlo en situación real en mí mismo. Se que es una posición cómoda, pero soy así; si es dolorosa y debo ponérmela pues lo hago sin hacer escándalo, de hecho les he contado mi experiencia al respecto. Pero si no duelen mejor para mí. También se que me gusta un poco de dolor en la cola ajena, pues me da por ahí y que le voy a hacer!

Anna -

Querido Anonimo, espero que la epidemia no llegue ni a ti, ni a tu familia, ni a tus seres queridos, asi que por favor cuidate mucho que todavia queremos Anonimo para rato, vale?

Lector Empedernido, que buena historia nos has contado! Me ha gustado mucho! Lastima por ti, que espero que le empieces a encontrar el lado bueno al gusto de tu novia, porque por lo que veo realmente le gusta inyectarte! Y a ella que le parecerá si se cambian los papeles?

Saludos y salud para todos! Y que si necesitan inyecciones en las nalgas solo sean preventivas!

Anónimo -

Marisa

El descanso siempre es bueno ya que renueva la energía. La semana pasada estuve en casa relajándome, lo cual me permitió enterarme de algunas cosas a las que normalmente no tengo acceso por encontrarme encerrado en la oficina. El jueves, por ejemplo, sonó el teléfono y era Marisa, mi cuñada de quien hace tiempo les conté la experiencia de haberle aplicado un par de inyecciones. En mi relato les dije que ella es muy sensual y coqueta y que le encanta ser admirada. Además les referí que para recibir los pinchazos me regaló un par de actuaciones muy bien logradas, emitiendo muy eróticas quejas, pataleando, manoteando, interrumpiéndome constantemente y gritando, pero que finalmente se relajó y se dejó picar las nalguitas sin mayor problema.

Pues bien, el pasado jueves nos saludamos y le informé que su hermana no estaba en casa y que le avisaría de su llamada. Entonces Marisa se quedó muy seria y me dijo: “Bueno, está bien…que me hable luego…” pero su actitud titubeante me hizo preguntarle si tenía algún problema. Ella contestó: “no, para nada, sólo que estoy un poquito tensa, me acaban de inyectar y me siento todavía muy nerviosa” El comentario me aceleró las palpitaciones y traté de interrogarla, induciendo que se desahogara: ¿quién te inyectó? le pregunté ¿te lastimaron? Pues sí, dijo ella, realmente me dolió mucho pero, además, las circunstancias… hicieron que pasara un rato muy desagradable. Yendo directamente al punto la animé: ¡Cuéntame Marisa, para que te tranquilices!

Ella hizo una pausa estratégica y empezó resueltamente su relato: Tú sabes que Raquelito, mi antigua vecina de la colonia Del Parque es quien siempre me inyecta, yo le tengo mucha confianza. Hoy vino desde su casa que está muy lejos, sólo para aplicarme la intramuscular y ¡no me lo vas a creer, pero desde ayer yo estaba muy nerviosa! Así que cuando vi a Raquelito empecé a llorar. Ella me abrazó y me preguntó si me había ocurrido algo, pero al saber que la causa de mi inquietud era la inyección, soltó la carcajada, me dio un par de nalgaditas muy cariñosas y caminamos hacia mi recámara donde ella misma me subió el vestido, me bajó la pequeñísima panty que llevaba puesta y me acostó boca abajo sobre la cama. Luego se sentó a mi lado y, mientras me daba un cariñoso masajito en las pompis, me platicó acerca de su familia, de su nieto y así, poco a poco, me fui tranquilizando al grado que me hizo reír y prácticamente me olvidé del amenazador piquete que me había tenido tantas horas en ascuas. Inclusive la vi preparar la jeringa, me percaté cómo el rojo y pastoso líquido iba entrando en el vidriado instrumento, aprecié la longitud y espesor de la terrible aguja hipodérmica que laceraría mi carne, pero aún así permanecí en calma.

El problema empezó cuando me desinfectó la nalga pues en ese momento los nervios me traicionaron haciéndome apretar todo el culo y la aguja no pudo entrar completa, sentí un leve rasgón que me hizo gritar a todo pulmón. Raquelito me extrajo la aguja, me limpió algunas gotitas de sangre y, después de tranquilizarme se dispuso a picarme el otro glúteo, pero en ese momento Roque, que oyó mi sentida queja, entró apresurado en la recámara. Yo me puse muy nerviosa, me bajé el vestido y le dije que se saliera porque no tolero ese tipo de intromisiones aunque provengan de mi marido, pero él se entercó y me presionó. Sentado sobre la cama trataba de desnudarme, estuvimos forcejeando un buen rato hasta que intervino Raquelito. Entonces, para no hacer más grande el problema acepté que me inyectara en presencia de Roque pero él, no contento con estar ahí viéndome el culo, hizo gala de su incontrolable lujuria y a jalones me acostó sobre sus piernas. Luego me descubrió totalmente las nalgas lo cual me dio mucho coraje. Volvimos a forcejear, yo trataba de incorporarme pero él me dio unas fuertes nalgadas que me produjeron un hematoma, así que decidí dejarme inyectar en la forma que él quería, para que saciara su morbo.

Pero me encontraba en tal estado de tensión que no pude quedarme quieta. Cuando sentí que Raquelito estaba a punto de picarme, te juro que las manos, la cara, las piernas y las nalgas me temblaban como gelatina y, por más que Raquelito trataba de calmarme yo lloraba y lanzaba profundos sollozos. Roque, impávido y por demás insensible, le ordenaba: “píquela ya, ella es así y no hay otra forma de inyectarla, la tengo bien sujeta, píquela, hágame caso”. Raquelito, muy desconcertada y preocupada porque la sustancia estaba a punto de cristalizarse, me clavó la aguja causándome un nuevo desgarre que me hizo gritar con desesperación pues sentí como si me rompieran la carne a jalones. Después vino lo peor porque con la entrada de la sustancia el cachete se me puso tan duro que parecía como si me estuvieran inoculando la medicina en el hueso. En ese preciso instante por el esfuerzo realizado mi nalga sufrió un espantoso calambre, así que al terrible ardor que me producía la sustancia se sumó el insufrible espasmo causado por la súbita contracción del músculo.. Fue una tortura descomunal que no podría describirte y que no le deseo a nadie. Cuando por fin me extrajeron la aguja me levanté y me puse de puntitas para contrarrestar el calambre hasta que éste fue cediendo lentamente. Yo estaba aterrorizada y bañada en lágrimas pero poco a poco me fue volviendo la calma. Me acosté y estando así nalgas arriba con el culo todavía engarrotado y desnudo, Roque despachó a Raquelito y se aventó sobre mí diciendo: ¡así quería tener tus nalguitas preciosa! Y me obligó a copular en medio de mi dolor, sin ganas y sin una adecuada lubricación vaginal, produciéndome un nuevo sufrimiento y una terrible humillación. Estuvo tallándome bruscamente hasta que se sació. Yo me sentí un simple juguete, un objeto, un instrumento para el placer desordenado e irresponsable de mi marido.

No se me ocurrió comentario alguno, así que opté por lamentar el infortunio de Marisa y desearle mejor suerte para la próxima. Mi adorable cuñada es un cúmulo de sorpresas y de peligrosas tentaciones.

Lector Empedernido -

Estimado Anónimo:
He sido un buen niño y seguí las indicaciones del doctor poniéndome la segunda inyección. Por suerte tampoco dolió pero fue una experiencia interesante; ya les contaré lo sucedido.

Respecto de tu cuñada, tu la conoces más que yo y si crees que todo está bien...

Y en lo referida a Yesenia... ¡qué voy a a decirte! Nunca imaginé que hubiera especialista en estimulación intramuscular, como tú le dices. espero que no use sus métodos sutilmente con todos sus pacientes, o por lo menos espero no encontrármela en el otro extremo de la jeringa la próxima vez que necesite un pinchazo en la cola.

Anna -

Exacto!.... menudo problema!

Anonimo me ha encantado este relato al punto de incluirlo en mi lista de favoritos y de que hasta este momento ya lo he leido varias veces.

La decision es muy dificil... pero considerando que solo es un relato y que al no ser real uno puede permitirse hacer lo que se le venga en gana.... elijo la opción A.

Gracias, y por favor continua deleitandonos con tus relatos.

roxy -

la verdad esta muy bueno tu relato, a mi tambien me ha tocado inyectar a bastante gente, pero no cabe duda que inyectar a los hombres es lo mejor, por que tratan inutilmente de ocultar el temor que les da.

manvar -

Muy bueno tu relato. Te comprendo bien porque también me gusta mucho poner inyecciones; tanto a mujeres como a hombres, resultándome más emocionante éstos últimos, porque además del miedo que inútilmente tratan de ocultar (para no parecer cobardes), es increíble lo pudorosos que se ponen al sólo verle los calzoncillos.

Anna -

Jose Miguel si no te ponen caliente estos relatos, para que entras a la pagina y los lees? Ademas que mas da si son relatos inventados o no? Por otro lado a quien le importa el raiting?
Anonimo te pido que hagas caso omiso de ese tipo de comentarios, y los dos ultimos relatos son excelentes! Yo no se si los relatos seran veridicos o inventados y ni me importa, lo que se es que eres un excelente escritor! Gracias por el tiempo que dedicas a esta pagina y a todos tus lectores.
Lector empedernido tambien he leido tus relatos y son muy buenos, felicidades.

Anónimo -

Estoy escribiendo con carácter de anónimo y en una página ajena ¿De qué me puede servir a mí el pinche rating? Jajaja, yo sólo me divierto.

Belem

Vuelvo a mis recuerdos de la infancia para platicarles acerca de una familia española que vivía también en mi edificio. Evoco una de esas tardes domingueras de suculento caldo gallego, merluzas fritas, turrones, churros y manzanillas, donde todos ríen, juegan y discuten acerca de fútbol, toros, moda y política. Después de la comida, los señores se enfrascan en el dominó y las mujeres tejen, platican e intercambian recetas de cocina. En esa ocasión estaba acordado que Belem, una preciosa joven de 24 años hija de los anfitriones, delgada, cabello castaño, muy bella, fuera inyectada aprovechando que Purificación, su tía, estaba presente y era a la sazón enfermera oficial del grupo. Belem le tenía pavor a los piquetes, sin embargo permaneció tranquila viendo cómo su madre y sus tías preparaban la terrible puya. Consumada esa etapa, Purificación se levantó encabezando el desfile con la jeringa, le siguió la madre de Belem con el alcohol, una tía con el algodón y el resto de las tías llevando casi en vilo a la asustada víctima. Todas entraron en tropel y se encerraron en la recámara, mientras los señores quedaron enfrascados en sesudas cavilaciones para ganar el juego y no ahorcar a la mula de seis.

De inmediato empezó el barullo. Recibiendo una letanía de opiniones y recomendaciones, Belem levantó tímidamente su falda, se bajó la panty hasta medio culo y se acostó sin dejar de mirar con terror la jeringa, cuya aguja lanzaba pavorosos destellos plateados. Todo parecía transcurrir normalmente hasta que Purificación terminó de frotar aquel mullido cachete izquierdo que se estremecía de terror y dijo: Lista m’hija ¡va! En ese preciso instante las mironas hicieron un súbito silencio en medio del cual Belem gritó a todo pulmón ¡Aayy! rodó a lo ancho de la cama y se levantó riendo a carcajadas: ¡no, no, por favor espera, mejor no! La improvisada enfermera retrocedió, mientras las otras damas atajando la retirada de la paciente le decían: ¡qué pasó, ya estabas lista, no hagas eso porque te pueden lastimar, sólo se trata de un piquetito, no duele, mira que te lo digo yo no se siente nada, sólo ponte flojita, ya acuéstate, cuanto más tiempo pase te vas a poner más nerviosa, etc. etc.! Belem se volvió a acostar y las mujeres cerraron nuevamente el cerco alrededor de ella, pero en cuanto Purificación le tentó el glúteo, ella explotó en nuevos lamentos y se enconchó puesta de costado. Entonces las mujeres la sujetaron de pies y manos, le quitaron la falda y la panty, quedando tan solo con una blusita de color blanco que hacía resaltar la estrechez de su cintura y la relativa amplitud de sus caderas. Mientras Purificación trataba de abrirse paso entre las demás mujeres, Belem empezó a emitir agudos gritos, a sacudirse, a patalear y a forcejear, hasta que se fue liberando de las ataduras, se puso de pie y se refugió en un rincón de la habitación, sin importarle tener todo el culo y el pubis descubiertos.

Las mujeres se acercaron de nuevo pero Belem rompió hábilmente el cerco, abrió la puerta y salió de la recámara corriendo desnuda por el departamento. De inmediato se oyó el sobrio murmullo de los honorables caballeros, entre los cuales se encontraba el tío Pablo, de 64 años, célibe miembro de una cofradía, quien al ver el culo desnudo de su escultural sobrina se le fue el aire, abrió muy grandes los ojos y empezó a toser de nervios. La vio esconderse detrás de una silla con las nalgas bien paradas, correr y romper un nuevo cerco, entrar resueltamente en la habitación donde trató de refugiarse pero alguien evitó que cerrara la puerta, con lo que el tropel de señoras irrumpió otra vez y la capturó dentro de la alcoba. Se oyeron nuevos gritos, carreras, pataleos, risotadas, golpes y un gran barullo que llevó al casto varón a ponerse de pie, caminar resueltamente hasta la habitación y gritar ¡ya basta, no es posible que una inyección sea causa de tal desorden y relajamiento moral! Se hizo el silencio, las mujeres cuchichearon y finalmente explotaron un clamor general: ¡Pablo, entra por favor, sólo tú puedes someterla, no se deja inyectar!

El intachable varón se puso muy blanco y, cuando intentó retirarse las damas abrieron la puerta y lo rodearon sin dejar de implorarle ¡vamos Pablo, nada te cuesta, la sustancia se está cristalizando, anda dile que se deje! El pobre hombre con labios temblorosos decía: “Peeroo está sin ropa! Como respuesta lo metieron también en vilo a la recámara donde Belem para escapar estaba trepada apoyando la pierna derecha en el buró, mientras que la izquierda permanecía al aire. El blanco, mullido y redondo nalgatorio de la joven, perfectamente adosado al muro, lucía imponente, suculento. Pablo se acercó y apenas pudo decirle: vamos hijita, termina con este desorden, deja que tu tía te inyecte. Pero Belem no le prestó la menor atención y no dejaba de gritar. Era evidente la rigidez de su pierna derecha, con la que trataba de impulsarse para escapar de los brazos de sus tías que la sujetaban de espalda y cintura con toda firmeza.

El tío Pablo se quedó muy serio, fijó su mirada en el delicioso trasero de la joven, abrió muy grandes los ojos, arrebató instintivamente la jeringa de las manos de su hermana Purificación y de un certero golpe perforó el cachete izquierdo de su encantadora sobrina quien, por haber concentrado toda la fuerza del lado derecho de su cuerpo, tenía el glúteo izquierdo muy suave, blando, relajado, de manera que la aguja se deslizó sutilmente hasta el tope como si entrara en mantequilla y Belem, en su implacable lucha, ni siquiera sintió el piquete. Para remachar su exitosa intervención y, ante el asombro de todas las presentes, Pablo inoculó de golpe la cristalina sustancia haciendo que la joven apenas se percatara por un leve ardor que acababa de ser inyectada. Hecho lo anterior, extrajo la jeringa, la puso de nuevo en manos de su hermana y salió resueltamente de la habitación para retomar el juego.

El resultado de aquel incidente fue que Pablo tuvo que inyectar a Belem los siguientes cinco días pues ella sólo quería con él. Y le quitó el puesto a su hermana convirtiéndose en enfermero oficial de la familia. Cuentan que a partir de ese momento las señoras pedían al justo varón que les picara la cola en la misma pose que sorprendió a Belem, puestas de pie y apoyadas en el muro pues decían que así no les dolía. Poco después Don Pablo rompió su férreo celibato y pidió la mano de su sobrina, con quien se casó y vivió muy feliz por treinta años más, disfrutando su singular belleza y, sobre todo, inyectándola cada vez que lo requería.

Lector Empedernido -

Querido Anónimo y queridos todos:

He leído con tristeza el sentimiento de Anónimo. Nunca te abandonaremos, sólo que a veces suceden situaciones que nos mantienen momentáneamente alejados de disfrutar de Intenet cómo, cuándo y cuándo deseamos.

Sin embargo, he vuelto y me he puesto al día. Y cómo! los relatos que encontré me encantaron. Esa venganza fue suprema y nos enseña mucho sobre ser cuidadosos porque nunca se sabe a quin vamos a encontrar del otro ado de la jeringa.

Además, la idea que aporta Anna del noviete doctor me parece espléndida porque por más intimidad que haya en una pareja igual puede haber ciertas vergüenzas cuando de procedimientos médicos se trata. Y ni que hablar de si la pareja-paciente es algo temerosa y el doctor cree que el tratamiento inyectable que considera necesario es de lo más natural. Además, puede aplicarlo él u ofenderse por la falta de confianza y hacerla pasar por la humillación de que sea su propia enfermera la que las ponga (podemos pensar además que la enfermera está un poquito enamorada del doctor y por eso no le tiene ningún aprecio a la novia que no deja que sea suyo y a partir de ahí,imaginen cómo quedará esa cola)

Bueno, me alegro de estar de vuelta. A ponerse creativos y darle ideas al amigo Anónimo para que siga deleitándonos con mucho más relatos.

Anónimo -

Querida Anna, te confieso que estuve a punto de olvidarme por fin de esta página en la cual la gente aparece y desaparece súbitamente. Como puedes comprobar, he escrito 59 relatos en un año y mantenido comunicación muy cordial con diversas personas que de pronto se fueron, se esfumaron. Cada vez que alguien se aleja siento como si para mí terminara una bella relación personal, en verdad los extraño a todos. Quisiera entender la causa del rompimiento, saber qué les molesta o qué les hace alejarse tan intempestivamente. Me dio mucho gusto ver tu mensaje y por ti voy a preparar algún otro relato. Me gustaría que me dijeras sobre qué te gustaría leer.

Lector Empedernido -

Anónimo: Será por las cualidades psicoterapeuticas que nos gustan tanto los piquetes? Será que cada vez exorcizamos fantasmas de nuestra infancia como hacía tu amada?

karol -

Hola Anónimo no creas que nos hemos olvidado de ti, aveces por cuestiones laborales,no nos queda tiempo de escribir, pero yo siempre le hecho una revisadita a la pagina. Quiero que relastes algo de mi y de mi novio Ricardo, que estaba internada en la clinica enfermita y la enfermera siempre que me tenia que inyectar Ricardo estaba presente, como yo tenia una fiebre tan alta el ayudaba a prepararme para recibir las inyecciones y el suero. Un abrazo y un llamado a todos para seguir con estos relatos que nos gustan tanto.

Anónimo -

Estimada Anna, quiero reflejarte en un relato pero no tengo ninguna referencia de ti. Siempre que he escrito acerca de alguien aprovecho los comentarios que esa persona me ha hecho. Me dicen, por ejemplo: “las inyecciones me calientan pero me dan miedo”, “me apena enseñar el culo”, “cuando me inyectan me gusta que el paramédico me consienta”, etc. Dame algunas referencias tuyas para que las aproveche y puedas sentir que eres tú la estrella del escenario.

Lector empedernido -

Querido Anónimo:
Gracias por la consideración a mi pluma pero ni se compara con la tuya. Ya veremos en qué podemos colaborar....

Anónimo -

Paréntesis sentimental

Espero seguir hablando tanto de la deliciosa Anna como de la voluptuosa Karol, iré madurando nuevos relatos. Ahora permítanme hacer un pequeño paréntesis para recordar a la mujer con la que inicié mi participación en esta hospitalaria página. No es que ella me haga falta pero soy algo romántico y no dejo de extrañar momentos de gran intensidad. Como dijera el gran Pablo Milanés:

En la cama su silueta se dibuja cual promesa
de llenar el breve espacio en que no está.

¿Cómo olvidar la cariñosa disposición con que atendía mis morbosas fantasías eróticas? Aquella vez que le sugerí inyectarse y dulcemente me respondió: si tú me la aplicas ¡vale! Sentada a mi lado, ella misma preparó la jeringa, me la entregó, girando el cuerpo se desnudó el culo y se acostó sobre mis piernas. Yo tenía a mi disposición sus nalguitas muy pálidas, tibias, suavecitas, que se estremecían de fogosidad ¿Te gusto? preguntó muy coqueta. Inyéctame despacito, disfrútalo paso a paso y déjame disfrutarlo.

Todo transcurrió en silencio. Sus ojos cerrados le ofrecían una mayor intimidad. Ensimismada, vibró de placer. Recuerdo sus labios apenas entreabiertos, su respiración agitada y su entrepierna barnizada por el delicioso néctar vaginal que yo recogía y dispersaba suavemente en los redondos glúteos mientras empujaba lentamente el émbolo de la jeringa ¿Cómo arrancar de mi memoria aquellos momentos tan estimulantes?

Suele ser violenta y tierna,
no habla de uniones eternas,
mas se entrega cual si hubiera
sólo un día para amar.

Aquella otra vez que le murmuré al oído: ¿te gustaría recibir una inyección? Su encantadora respuesta fue: “si a ti te estimula, hazlo”. Llevaba puesto un pantalón negro como de terciopelo, muy ajustado. Se soltó la cintura, se acostó y me dejó la sensual tarea de desnudarla lentamente. El imborrable recuerdo de sus ansiosos ojos castaños, de su cabello claro ensortijado, de sus apacibles manos, de sus blanquísimas e indefensas nalgas listas para sufrir el tormento de la jeringa, atrapan indefectiblemente mi lubricidad.

Al sentir el piquete pareció escapar de sí misma, el corazón me dio un súbito vuelco. Intuí lo que pasaba y ansioso, le pedí: “quéjate, llora, grita, rebélate”. No se cómo pudo reaccionar tan espontáneamente. Estoy seguro de que no actuaba. Mientras recibía la inyección el llanto la dominó y la hizo gimotear, estremecerse, suspirar repetidas veces y, de tanto esfuerzo, congestionar sus vías respiratorias. Por haber aspirado excesivas bocanadas de aire le invadió un hipo persistente que tardó en superar. Después de la aplicación, mientras le frotaba el sitio del piquete me dijo con dificultad: “lo que viste fue real, me sucedió hace años, cuando estaba en los albores de la adolescencia me aplicaron una dolorosa inyección a la fuerza. Te agradezco que me lo hayas hecho vivir de nuevo pues así ya lo he podido superar”. No se cómo ella era capaz de hacer tan sorprendentes enlaces con el subconsciente.

No comparte una reunión,
mas le gusta la canción que comprometa su pensar.

A ninguna mujer le hurgué tan insistentemente el esfínter anal y el recto. A ella le gustaba mucho ese estímulo pero siempre lo negó, decía que no sentía nada y que accedía tan sólo por darme gusto. Varias veces, estando sentados los dos en su consultorio platicando, de pronto se descubría el culo y se acostaba en mis piernas. Yo tomaba el lubricante, le insertaba los dedos y la friccionaba insistentemente hasta que llegaba al orgasmo.

Un día me entregó una pera de goma de las que se utilizan para los enemas y le estuve insertando repetidamente la cánula. De pronto se le activó el subconsciente, empezó a chillar y a patalear. Luego gritó: ¡pero no me pegues, no me pegues! Y siguió haciéndolo cada vez más fuerte hasta que entendí el juego. Le cachetee las nalgas hasta que se le pusieron muy rojas y se tranquilizó. Sin embargo, no reconoció haber tenido alguna experiencia infantil desagradable en ese sentido.

A pesar de su afición por el estímulo rectal, cuando por fin tuve sexo anal con ella me despidió afirmando que se sentía devaluada. En verdad creo que no la necesito, pero… ¿cómo olvidar los deliciosos momentos que vivimos juntos?

Todavía yo no sé si volverá,
nadie sabe al día siguiente lo que hará

Temo que algún día todo esto me parezca:

Lo que yo simplemente soñé.

JOSE MIGUEL RODRIGUEZ CABALLERO -

Estos relatos no me ponen caliente, y los relatos de homosexuales me asquean, ademas parecen ser inventados todos, asi como los comentarios de agradecimiento "por esos relatos tan buenos" es algun metodo para conseguir rating en la pagina? Que asquerosas, reitero, las menciones a practicas homosexuales.

Lector Empederndo -

Ah! muy tierno el amor que siente Germán por Anna; lástima que casi ni se dio cuenta del morbo por las inyecciones de ella de tan ocupado que estaba. Sin duda no faltarán nuevas oportunidades en las que Anna se lo haga saber. Hasta puede pedirle que le enseñe a inyectar (mi abuela decía que siempre es bueno saberlo porque nunca se sabe cuando puede hacer falta) y le devuelva el favor.

Anónimo -

Muchas gracias Anna, voy a pensar en tu solicitud. Mi relato número 60 te lo dedico a tí que me acompañas en este tramo del camino. Ojalá te guste. Si pudieras decirme al menos algunos de tus favoritos, me ayudarías a mejorar.

Las tribulaciones de Teresa

Siempre es mejor no tener disgustos o altercados con nadie. Pero si se tienen es recomendable ejercitar la memoria para reconocer después a aquellos con quienes se ha caído en disputa y evitarlos en lo posible. Si no se da ninguna de las dos circunstancias, se debe pensar que en cualquier momento podrían presentarse muy serios problemas, como los que tuvo Teresa, una bella cuarentona, espigada, casi flaca pero sensual, con piernas suculentas y unas nalguitas muy atractivas.

El caso es que ella tiene su carácter y cuando Virginia, una señorita que la atendía en la boutique de su preferencia, no le brindó todo el esmero que ella como cliente distinguido sentía merecer, la reprendió severamente e hizo que su patrona la corriera. Al estar desempleada, Virginia desempolvó sus conocimientos de enfermería y no sin dificultad logró ser admitida en una pequeña clínica a la cual Teresa tuvo que acudir un día para que le atendieran una terrible gripa. El médico la auscultó y garabateó la receta que Tere fue de inmediato a surtir a la farmacia y regresó para solicitar que la inyectaran y le aplicaran una lavativa contra la constipación intestinal que la acumulación de flemas le había ocasionado. No reconoció a la joven enfermera que la iba a atender, pero ésta sí la identificó muy bien a ella y rumiando un gran recelo la hizo pasar comedidamente al consultorio.

Siguiendo las instrucciones recibidas, Tere deslizó su pantalón hacia las piernas y se lo quitó quedando tan solo con una blusita blanca y la pequeña panty color azul cielo, muy ajustadita, cuya delgada tela se le introducía en la raja del culo. Ofreciendo tan inquietante panorámica de su cotizado trasero, la bella dama estuvo doblando parsimoniosamente su pantalón en forma por demás desinhibida y lo colocó sobre una mesa. Luego, parando ostensiblemente las nalgas, de un solo tirón se bajó la panty hasta los muslos. Enseguida adoptó una posición más erguida y escurridiza para que la prenda resbalara a lo largo de sus esbeltas piernas hasta los tobillos y, finalmente, apoyando la mano izquierda en la mesa, alzó la pierna derecha para extraerla de la prenda. Repitió el movimiento del otro lado hasta que la panty quedó liberada. La recogió, la plisó y la puso encima del pantalón.

Trepando una pequeña escalerilla auxiliar se acostó boca abajo sobre la mesa de exploración que estaba ligeramente abombada del centro, por lo que sus nalgas quedaron erguidas y separadas. Al percatarse de la atrevida pose en que estaba acostada, trató de corregirla pero no pudo así que se resignó a mostrar su delicioso remolinito anal que parecía palpitar en medio de aquellas blancas, suaves y redondas nalguitas, ofreciendo un espectáculo excitante. Se puso nerviosa pero se dio valor pensando que la medicación así lo requería. La enfermera le preguntó qué prefería recibir primero, a lo cual ella, con voz temblorosa, le contestó que la inyección. Permaneció muy quieta con los ojos cerrados, oyendo ruidos diversos de cajones, envolturas, objetos. De pronto percibió una voz femenina que llamando a la puerta preguntó: Vicky ¿estás ahí, se puede? Sin consideración alguna la enfermera le contestó: “sí Esther, pasa, aquí tengo tu encargo”.

La puerta se abrió y la dama entró sin reserva alguna, ignorando por completo a la azorada paciente que yacía con el trasero totalmente desnudo y empinado y que trataba desesperadamente de cerrar las nalgas para ocultar por lo menos el ombliguito rectal. Despreciando el apuro que tenía la encuerada paciente, Virginia entregó a su amiga un paquete del que empezaron a extraer figuritas como de porcelana y a platicar acerca de cada una de ellas. La enfermera y la intrusa pasaban por encima de la paciente las artesanías que descuidadamente intercambiaban. Tere levantó y volteó la cabeza percatándose que la puerta permanecía abierta lo cual la inquietó aún más. Entonces, sin decir nada, Esther caminó unos pasos y cerró, con lo cual las dos comadres siguieron platicando hasta que, después de un buen rato, se oyeron voces masculinas que a su vez llamaban a la enfermera: “Vicky ¿podemos pasar para recoger el servicio?” Ante la desesperación de Tere, la enfermera les respondió: “no, yo se los doy” y, tomando algunas batas y toallas sucias, caminó hasta la puerta, la abrió y empezó a entregarles uno por uno los lienzos. Tere podía ver la espalda de la enfermera pero no distinguía más allá de la puerta pues el corredor permanecía oscuro, de manera que aquellos hombres podrían estar observándola sin que ella lo notara. Tardaron en retirarse, Tere estaba en ascuas sin saber qué le molestaba más, si el desparpajo de la enfermera que platicaba sin ninguna prisa con los indeseables visitantes, o la indecente presencia de Esther parada a su lado contemplándole descaradamente el culo. Estando a punto de estallar, oyó que por fin la puerta se cerraba y que Esther decía: “bueno, ya me voy para que puedas trabajar” recalcando ostensiblemente la última palabra. Luego hubo risitas y una incómoda despedida final: “disfrútalo amiga y no te lo vayas a acabar, me dejas tantito”. Finalmente nuevas risas. Tere estuvo a punto de reclamar a la enfermera por su actitud pero, tratando de ser muy prudente respiró profundo, contó hasta diez y se dispuso a recibir el piquete ya que su cachete derecho estaba siendo desinfectado en ese momento.

Sintió que los dedos de Virginia tentalearon el área superior de su desventurado cachete, delimitaron el sitio seleccionado, e inmediatamente sufrió como una terrible descarga eléctrica que la cimbró de pies a cabeza haciéndole zumbar los oídos y ver materialmente estrellas. Gritó sin control alguno y se convulsionó al sufrir el piquete más agudo y despiadado que hubiera recibido jamás en toda su vida. Pero antes de que pudiera reaccionar y decir algo, la atosigó un espeluznante ardor que se fue convirtiendo en dolor y flagelo tan intenso que parecía por un momento desmayarla. En medio de su vahído sintió por fin que Virginia le frotaba el lugar del piquete con el pequeño hisopo cuyo solo contacto le hacía emitir continuos y agudos lamentos ¡Ya está! dijo por fin la enfermera y salió del consultorio murmurando: “voy a traer el irrigador”. Teresa aflojó todo el cuerpo, estaba fatigada tanto por el estrés como por la cruenta inyección que había recibido y que no se explicaba cómo es que le había dolido tanto. Estaba acostumbrada a recibir medicación intramuscular, pero nunca la habían lastimado en esa forma. Buscó con la mirada los materiales sobrantes, se asomó al cesto de basura que estaba situado a un costado de la mesa de exploración, pero estaba vacío, no encontró absolutamente nada. Es muy probable, pensó, que la enfermera haya llevado consigo la jeringa y el hisopo fuera del consultorio.

Mientras trataba de reponerse de las punzadas que sentía en el lastimado glúteo derecho, oyó que la puerta se abría de nuevo y pensó que sería la enfermera, pero una voz masculina la hizo estremecerse y voltear con tremendo susto: era el doctor que la había atendido en la mañana y que ahora le decía: “¿cómo vamos, ya la inyectaron?” “Sí, respondió ella y me dolió demasiado, nunca había sentido un tormento igual”. El médico emitió una espontánea carcajada y dándole un leve masajito en el cachete horadado, se dirigió a la puerta diciendo: “es que estas ampolletas son dolorosas pero le van a hacer mucho bien, le aseguro que después de la tercera se va a sentir como nueva”. Tere pensó: no se cómo podría recibir una segunda, y menos aún una tercera de tales ampolleta. Luego cerró los ojos y siguió esperando hasta que llegó Virginia y le dijo: “le voy a poner una pomadita para preparar la penetración rectal, no se inquiete”. Y sintió los dedos de la joven que le hurgaban con toda liberalidad el esfínter anal y el recto, a profundidad, embadurnándole toda aquella sensible intimidad con una sustancia pastosa muy fresca y excitante, que parecía hacerle crecer el culo ¿Qué me ha puesto? preguntó Tere apresurada. “Es un ungüento lubricante y relajante, con efecto adormecedor”, le dijo la enfermera, quien enseguida le produjo un nuevo y desproporcionado disturbio al separarle violentamente los cachetes con los dedos de la mano izquierda e insertarle de golpe en el culo una enorme cánula del tamaño de una zanahoria, cuya colosal envergadura le contuvo la respiración y la inmovilizó, haciéndole emitir un sonoro pujido por demás lastimero e involuntario.

A Tere le invadió en ese momento la certidumbre de que todo lo vivido en aquella clínica era inusual, desmesurado, ofensivo y agresivo, pero no pudo mantener el hilo de sus razonamientos, ya que la fresca sustancia que le estaba invadiendo la cola le producía un gran ardor y posterior adormecimiento del recto. De inmediato manifestó su molestia a la enfermera, la cual le contestó lacónicamente: “no se apure es tan sólo un momento”. Tere sintió un mayor ardor que fue paulatinamente aminorando, hasta que prácticamente ya no sintió nada. Su culo entró en completa calma y toda ella en un estado de relajamiento profundo que, pasados unos minutos, se convirtió en confortable sueño. Teresa se sintió flotando en el brumoso portal onírico, donde hizo contacto con unos hombres negros musculosos y apuestos, que la contemplaban en toda su desnudez mientras se estimulaban sus respectivos penes los cuales crecían hasta convertirse en verdaderas astas. Sintió cómo uno de ellos la montaba y extrayéndole la cánula del enema le introdujo su enorme pene por el culo haciéndole emitir placenteros lamentos, mientras otro hombre le acercaba su descomunal puya insertándosela en la boca. Tere sentía la sólida pértiga que recorría todos los rincones de su cavidad bucal llegando hasta lo más profundo, amenazando traspasar la región de la campanilla y deslizarse sin obstáculo alguno hasta hacer contacto con la otra enorme pica que tenía muy bien clavada en el extremo opuesto del túnel. De pronto sintió que, sin extraerle ninguna de las dos enormes pichanchas, un tercer negro se introducía por debajo de ella y poniéndola encima de él la penetraba vaginalmente, con tal profundidad, cadencia y garbo, que en unos cuantos minutos le produjo el más intenso orgasmo que jamás en su vida había tenido.

Invadida del semen que acababa de recibir por la vagina abrazó con furia el fibroso cuerpo del negro que se la había cogido, y en ese preciso instante sintió una nueva explosión seminal que el segundo negro le inyectaba en el culo. Al unísono, saboreó el denso esperma que el tercer negro le soplaba tanto en la boca como en toda la cara. A partir de aquel inusual clímax, Tere se fue relajando0 poco a poco hasta ser materialmente vencida por el sueño. Cuando despertó habían pasado cerca de tres horas, se encontraba todavía desnuda pero cubierta con un regio cobertor de lana. Recorrió con la vista todos los rincones del consultorio viendo que todo estaba en orden y que ella no sufría molestia alguna, excepto una leve irritación en el culo. Se incorporó y en ese momento entró Virginia preguntándole: ¿Cómo está? Luego le informó: “todo salió muy bien, usted se quedó dormida y creo que hasta soñaba. Si lo desea, siga acostada”. Teresa se talló repetidamente los ojos, miró hacia todas partes esperando descubrir algún indicio de la experiencia sexual que le parecía haber tenido. Pero no encontró en aquel pulcro salón el menor desarreglo, reinaba un orden escrupuloso. Se levantó sin prisa percibiendo que tenía una fuerte humedad en el culo y en la vagina, así como resequedad en toda la cara. Sentía el cabello algo tieso, engomado. Se vistió muy aturdida con la cabeza llena de conjeturas, y sumamente desconcertada se retiró a su casa.

Anna -

Anonimo creo que no deberias desanimarte, si he notado que a veces algunos dejan de escribir, pero eso no quiere decir que dejen de leer lo que escribes, yo misma dure mucho tiempo disfrutando de tus relatos sin animarme a escribir nada, se que no es justo para ti porque nos dedicas mucho tiempo y esfuerzo y nosotros podemos retribuirte con unas palabras de aliento y agradecimiento. Pero bueno te agradezco mucho que sigas escribiendo ya que realmente disfruto mucho de tus relatos.
Me encantaria, si es posible, un relato en el cual hay una chica que su novio es doctor, y pues bueno lo demas lo dejo a tu imaginacion, que es muy buena.
Me gustaria verme reflejada en un relato tuyo, ya que en realidad mi novio es doctor pero no se presta a una fantasia como esta, o por lo menos no hasta ahora.
Por favor sigue escribiendo, me gusta entrar a esta pagina y encontrar un nuevo relato tuyo y si no lo hay leo alguno de los muchos que has escrito y que me encantan! Y te confieso que tengo mis favoritos!

Anónimo -

Servidas Anna y Karol, espero que les guste.

Guess who comes to inject you tonight (Adivina quién viene a inyectarte esta noche)

Vivimos un mundo complejo y difícil donde hay que alojarse en la tolerancia ¿Recuerdan aquella hermosa canción de Peter Cetera?

You’ve got to give a little
Take a little
And let your poor Herat break a little
That's the story of
That's the glory of love Hay que dar un poquito
Tomar un poquito
Y dejar que tu pobre corazón se rompa un poquito
Esa es la historia del
Esa es la gloria del amor

Nunca antes pensó Anna que la vida con un médico fuera tan complicada. Germán su novio la amaba, era comprensivo y cariñoso, pero el juramento de Hipócrates que un día pronunciara, le hacía anteponer a su propia vida el desempeño de su humanitaria profesión. “Cuando entre en una casa no llevaré otro propósito que el bien y la salud de los enfermos, cuidando mucho de no cometer intencionalmente faltas injuriosas o acciones corruptoras y evitando principalmente la seducción de las mujeres jóvenes, libres o esclavas…”

Ella, una joven inquieta, alegre y muy guapa, deseaba que su novio se relajara y que se permitiera a sí mismo disfrutar no solo del amor puro e idealizado sino también, por qué no, de la fórmula: “fetiche-morbo-juego erótico” que constituye el aderezo para una placentera relación sexual. Le excitaban por ejemplo las inyecciones y deseaba recibirlas de manos de Germán, pero quería que se las aplicara, no fríamente como lo hace cualquier facultativo o enfermera, sino disfrutando el indescriptible erotismo que se genera al tener enfrente las nalguitas de la persona amada, desnudas, temblorosas, excitadas, rendidas, listas para ser horadadas por la hipodérmica. El descomunal placer que sentía cuando otra persona se las aplicaba, quería multiplicarlo al saber que su amado, igual que ella, temblaba de excitación al inyectarla.

Germán era médico residente y por lo tanto tenía que permanecer a veces las 24 horas en el hospital por lo que, un día que Anna tenía muchos deseos de estar con él y que además, como parte de un tratamiento requería aplicarse dos inyecciones, aceptó entrar a la clínica y pasar ahí la noche, acompañando a su novio mientras éste velaba y atendía a sus pacientes. A las 7 estaba con él en la pequeña habitación que tenía asignada, la cual colindaba con la sala general. Germán entraba y salía frecuentemente para observar y atender a los enfermos. Repetidas veces le decía: “ahora te inyecto cariño, espera un poco”, pero Anna no estaba satisfecha pues quería aprovechar el momento de la inyección para calentarse juntamente con su amado. Por fin a las 8 entró Germán con una jeringa, le pidió la ampolleta y le dijo: “prepárate querida voy a aprovechar que no me han requerido, para poder inyectarte” Si bien no eran las condiciones óptimas, Anna sintió que el corazón le latía muy fuerte y se dispuso a disfrutar la singular experiencia.

Poniéndose de pie levantó su breve faldita, se bajó la panty completa y se acostó sobre la cama. Sus bellas nalguitas lucían muy firmes, erguidas si bien algo tensas. Germán cargó la jeringa, seleccionó el cachete izquierdo y clavó la aguja haciendo temblar el mullido glúteo y produciendo una leve reacción en la paciente quien cerró ostensiblemente los ojos, apretó los puños y hundió la cabeza en el cuenco de sus brazos. La entrada del líquido fue súbita, acelerada, el ardor hizo que Anna frunciera ligeramente el culo y emitiera un sensual lamento que su novio ni siquiera percibió pues en ese momento entró la enfermera para avisarle que una paciente estaba ardiendo en fiebre. Germán extrajo la aguja, puso la jeringa sobre el buró y entregó el hisopo a su novia, quien permaneció sola en la habitación acostada friccionándose ella misma el sitio del doloroso piquete, del cual brotaron algunas gotitas de sangre. Por fin se levantó y fue a ver lo que pasaba en la sala, percibiendo que una joven, como de su misma edad, estaba desnuda en brazos de Germán quien la llevaba cargando al baño para sumergirla en agua ya que tenía la temperatura extremadamente alta. Vio el atractivo cuerpo de la joven muy bien proporcionado pero tenso, como engarrotado a causa de la fiebre.

Después de un rato salieron del baño, Germán puso a la joven, cuyo nombre era Karol, en los brazos de su acompañante quien se llamaba Ricardo, era su novio y la recibió con una enorme toalla, la acostó sobre una mesa auxiliar de exploración y le estuvo secando el cuerpo cuidadosamente. Entonces llegó Germán con una jeringa ya preparada, pusieron a Karol boca abajo y el propio doctor le insertó la enorme aguja en uno de sus respingados y muy bien dotados cachetes, inoculó rápidamente la sustancia y entregó el hisopo a Ricardo, quien se ocupó de masajearle la zona con extremo cuidado. La bella paciente lucía unas nalguitas sumamente estéticas provistas de sensuales bachitas en ambos glúteos. Su novio la cargó y la llevó hasta la cama donde le puso la bata y la cubrió tan solo con una sábana para no inducirle un nuevo aumento de temperatura.

A partir de ese momento la sala entró en relativa calma, eran cerca de las 10 y los enfermos estaban tranquilos, algunos de ellos dormidos. Germán se reunió con Anna en la habitación, bebieron una suculenta taza de café, luego se abrazaron e iniciaron una deliciosa terapia de caricias muy sensuales que concluyeron en la remoción de sus respectivas vestimentas. Germán cerró la puerta y se enfrascaron en una ardiente cópula en la que alternaron diversas posiciones. Anna recibió la penetración de costado, luego se incorporó para recibir el pene en pose de perrito y, después de un rato se acostó boca arriba y separó las piernas para recibir así la puya de su amado. Entraron en la fase más ardiente, los dos amantes temblaron, emitieron intensísimas espiraciones de placer y, finalmente, se fundieron en un abrazo de total intimidad, intercambiando sus deleitables emanaciones sexuales. Sonrientes, satisfechos, permanecieron acostados cerca de una hora en completa calma, hasta que la enfermera fue a buscar de nuevo al médico para informarle sobre la situación de los pacientes.

Germán se vistió y salió rápidamente, para conocer la situación de cada uno de los enfermos. Dio instrucciones tanto a la enfermera como a las afanadoras y, tomando una jeringa nueva se dirigió a la cama de Karol, quien en ese momento dormía plácidamente. De manera cariñosa Ricardo le retiró la sábana, la puso boca abajo y le abrió la bata para dejar nuevamente a la vista sus apetecibles nalguitas. El médico, abrumado por la cantidad de pacientes que debía atender, le preguntó si sabía inyectar, a lo cual él respondió que no era un experto pero conocía la técnica elemental y ya la había practicado varias veces. Entonces Germán le entregó la jeringa ya lista y le instruyó que aplicara a la paciente inyecciones sucesivas cada cuatro horas. Ricardo acarició el glúteo izquierdo de su amada, lo desinfectó y le clavó la aguja haciendo que la joven receptora del piquete se inquietara. Desde la puerta de la habitación de Germán, Anna estuvo presenciando el fervor con que Ricardo aplicaba la inyección a su novia. En el rostro del muchacho se dibujaban la satisfacción, el placer y el deseo que le embargaba. Mientras el líquido transitaba de la jeringa hacia el glúteo, el emergente enfermero acariciaba tiernamente la deliciosa nalguita cuyo severo estremecimiento le revelaba la molestia que sufría. Terminada la aplicación, le extrajo la aguja y pasó un buen rato friccionando y acariciando el glúteo perforado.

Ya cerca del amanecer Germán tuvo un nuevo descanso y lo aprovechó para reunirse otra vez en intimidad con Anna. Se prodigaron renovadas caricias, se desnudaron y la encantadora amante se postró boca abajo para recibir por la espalda una nueva penetración vaginal. El coito no duró gran cosa, tras un agitado y cada vez más intenso vaivén, el novio derramó toda su virilidad en la tierna y cálida intimidad de la mujer a quien amaba, la cual se estremeció, jadeó, sollozó y hasta gritó delirante de placer, mientras Germán la besaba en la nuca, los labios y la espalda. Quedaron por fin en calma, pero no se separaron, permanecieron juntos, abrazados, tratando de eternizar aquella deliciosa vivencia.

De pronto Germán se levantó y le dijo a Anna: voy a aprovechar el momento para aplicarte la segunda inyección. Se vistió rápidamente, preparó una jeringa y, mientras seleccionaba el sitio del piquete llegó la enfermera apurando al doctor para que saliera, pues un paciente acababa de tener un infarto. Salieron corriendo los dos, Germán llamó a Ricardo y entregándole la jeringa le dijo: ¡inyecta por favor a mi novia pues se cristaliza la sustancia! El joven, a pesar de su desconcierto no titubeó, dirigiéndose de inmediato a la habitación donde permanecía la puerta abierta. Miró las nalguitas de la deliciosa Anna rebosantes de belleza, se aproximó a ellas, las palpó y seleccionando el sitio apropiado le clavó la enorme aguja haciéndole emitir una leve queja. Después le inoculó la ardiente sustancia con tal comedimiento, que Anna no pudo menos que relajarse y disfrutar el fervoroso arrobamiento y delectación que Ricardo le transmitía a través de la inyección.

Terminada la aplicación, el joven volvió al lecho de su amada para seguir atendiéndola y le aplicó varias inyecciones más. Su rostro se transformaba cada vez, reflejando la extraordinaria pasión que sentía por ella. Era un bello espectáculo la actitud de Ricardo girándola, desvistiéndola, seleccionando cuidadosamente el nuevo sitio para el piquete, pinchándola suavemente con la hipodérmica, inoculándole la sustancia lentamente. Después de cada aplicación, la abrazaba, la besaba, le acariciaba el culito y permanecía junto de ella, musitándole al oído lo mucho que la amaba.

Por favor, vuelvan a escuchar con atención a Peter Cetera.

You’ve got to give a little
Take a little
And let your poor heart break a little
That's the story of
That's the glory of love

Anónimo -

Querida Anna, muchas gracias por tus comentarios, espero que el siguiente relato te agrade.

Juego erótico

Ese día acepté la invitación a comer y a poco estaba sentado a la mesa con algunos compañeros de trabajo en un restaurante situado frente al jardín más insigne de la ciudad, gozando de una buena ensalada aderezada por la magnífica vista de los tupidos álamos que enmarcan la arquitectura del teatro principal. Casi desde el principio concentró mi atención el busto de una dama madura que compartía con su amiga la mesa contigua. Llevaba un vestido blanco con discretos rebordes en tono verde tierno que, en la zona del escote enmarcaban la silueta de sus abultados senos ligeramente expuestos. Tenía el cabello castaño, ojos verdes, sonrisa grácil y tierna. Una mirada más atenta me reveló de golpe su singular identidad. Me quedé estupefacto ¡no lo podía creer pero indudablemente era ella! Contraje la vista sin saber qué hacer y enseguida sentí su curiosa mirada auscultando mi figura. No eran ni remotamente las condiciones idóneas para que alguno de los dos se comunicara. Preferimos mantener la distancia y disimular, pero nuestros ojos se cruzaron en varios momentos produciéndonos verdaderos chispazos emocionales, inquietándonos, llevándonos a intensos escenarios otrora compartidos, de gran erotismo y fogosidad.

Siguiendo visualmente el contorno de su espalda la recordé rendida en mis brazos copulando sobre la cama, emitiendo un intenso jadeo. Vi sus labios aproximarse a los míos, sus manos acariciarme, sus ardientes pezones crecer de excitación, sus firmes nalgas empinarse y abrirse en flor para recibir la penetración. Evoqué las variantes de nuestro singular juego erótico, en particular el de las inyecciones. No he conocido una mujer más ardiente, fogosa y juguetona que ella: mi gran maestra del amor y del desenfreno. La recordé con aquel pantalón gris Oxford muy ajustado, que una tarde de caliente idilio ella misma se desabrochara haciendo también descender el cierre. Se acostó boca abajo ofreciéndome una vista de sus nalgas aún cubiertas por la tela. Recordé cómo le fui bajando las dos prendas con extrema dificultad: el pantalón y la minúscula pantaletica descendieron a duras penas hasta quedar varadas en la amplia zona de la cadera. La evocación de sus nalgas muy blancas, duras, rebosantes, esponjadas por el ahorcamiento que la misma ropa les causaba, me hizo temblar y estremecerme de ganas. Ella no dijo nada, sabía que la pose me resultaba muy sensual y la consintió gustosa.

Para mí era difícil continuar pues no quería que el momento terminara, deseaba conservarlo, aprovecharlo al máximo. Viendo el puntito muy rojo que la inyección anterior le había causado en el glúteo derecho, me ocupé en identificar y preparar la zona inyectable del izquierdo. Realicé la suave fricción con el alcohol y de un golpe le clavé la punzante aguja, la cual vibró sutilmente por el estremecimiento natural del cachete. Sabía que a ella los piquetes no le impresionaban tanto, pero la entrada del líquido constituía su verdadero punto débil. En cuanto sintió las primeras gotas de la ardiente sustancia que flagelaban su sensible carne, empezó a emitir muy suaves pero progresivos lamentos que llegaron a ser gritos abiertos cuando ya casi toda la sustancia había penetrado. Las atractivas nalgas temblaban por el agudo dolor que la sustancia les propiciaba. Ese día Ruth, la mujer de quien ahora les hablo, me dejó una fijación mental muy difícil de erradicar, que sigue gravitando en mi vida sexual.

Mirándola con atención en aquel restaurante no pude dejar de recordar las veces en que jugó conmigo a ser una niña amenazada por la despiadada jeringa. Se ponía un vestido azul cielo de corte infantil, raboncito y atado con cintas por la espalda. Yo preparaba todo y la llamaba, pero ella corría por la habitación y tenía que perseguirla hasta que la acorralaba y tomándola en mis brazos la acostaba sobre mis piernas, le subía el vestido y le bajaba la panty. No se qué puntos finos de sus más recónditas percepciones infantiles se destapaban, pero el caso es que al sentirse sujeta y a punto de ser inyectada, gritaba y lloraba, las lágrimas rodaban efectivamente por sus mejillas, pataleaba contrayendo el culo, manoteaba y se ponía muy roja. Continuaba así, luchando y agitándose hasta que yo le daba un par de nalgadas, no simbólicas sino reales, bien aplicadas. Entonces se quedaba muy quieta, como trabada sin poder respirar, hasta que reaccionaba y seguía llorando pero en volumen moderado, permitiéndome prepararle la zona seleccionada, picarla resueltamente e inocularle la molesta sustancia mientras ella no dejaba de patalear y de manotear sin interferir mayormente en la aplicación, que a mí me causaba una súbita excitación. Finalmente me pedía su caramelo, que no era otra cosa que mi erecto pene el cual engullía deliciosamente en su boca prodigándome un intenso placer. Con esto, mi singular amiga regresaba a su época adulta y nos enfrascábamos en una sensacional cópula, sin hablar del momentáneo retroceso que había tenido hasta los umbrales de su tierna adolescencia.

Una modalidad de ese juego era la de lavativas. Ruth corría hasta que yo lograba atraparla y ponerla sobre mis piernas y someterla, pero en vez de inyectarla le metía los dedos en el culo y se lo estimulaba poco a poco hasta que me decía: ¡ya me porto bien y me dejo poner la lavativa! Entonces se acomodaba de perrito. Con mis primeros efluvios seminales me embadurnaba todo el glande y se lo introducía suavemente en el recto. En estos casos el acuerdo era que el coito fuera lento, muy suave, mitad físico y mitad mental, estimulado por la impresionante vista de su pequeño esfínter anal quebrantado por mi grueso pene que entraba lenta pero profundamente, justo en el centro de sus blancos cachetes. Me enloquece aún pensar en sus firmes nalguitas deliciosamente empinadas, distendidas al máximo. Indefectiblemente yo terminaba lanzándole gruesos borbotones de semen en su pequeña cuevita, con lo cual la lavativa terminaba. Mi amiga se extraía la supuesta cánula y se tumbaba sobre la cama para reposar hasta que, como ella decía, la sensación de querer defecar que deja ese tipo de coito, se le pasara. Luego copulábamos vaginalmente, también de perrito, como a ella le gustaba.

Estos son algunos de los episodios que no les había contado acerca de mi relación con Ruth, la bella dama de quien les hablé en relatos anteriores como son: “El inicio” “La marquita en el glúteo” y “Inesperada experiencia”. Ella estaba enfrente de mí en aquel céntrico restaurante y parecía sufrir la misma tormenta de recuerdos que a mí me embargaba. Me levanté para retirarme, pasé enfrente de ella e intercambiamos una singular mirada final, que nos unió sin decir nada.

Anna -

Me han gusto mucho los dos ultimos relatos Anonimo, muchas gracias por reflejarme en uno de ellos, no pude escribirte antes por circunstancias ajenas a mi.

Lector empedernido efectivamente asi es de tierno el amor que siente German por mi y tampoco se da cuenta del morbo que despiertan en mi muchas cosas como las inyecciones, pero a veces pienso que en el fondo a el tambien le produce morbo inyectarme solo que no lo quiere aceptar!

Anonimo el relato "las tribulaciones de Teresa" tiene ideas muy originales, creo que tiene detalles que lo convierten en uno de mis favoritos, pero te sigo debiendo los otros que considero mis favoritos. Por otro en lado el relato que nos escribes a Karol y a mi, me gusta el amor que siente German por Anna y la manera en que inyecta Ricardo A Karol.

Continua con esa creatividad que te caracteriza y pronto te dire los relatos que mas me han gustado!

Anónimo -

¡Qué gusto saber de ustedes muchachos! Efectivamente, yo creí y se lo confesé a Anna, que después de tantos cumplidos me habían “mandado olímpicamente a la goma” y créanme que me dolió mucho. El Lector Empedernido llegó inspirado y me parece que se pueden trabajar varios escenarios muy interesantes con la espléndida propuesta de Anna. En cuanto a Karol, también regresó “echando bala” pues con solo imaginarla postrada en el hospital recibiendo frecuentes jeringazos en la colita y con la eficiente colaboración de Ricardo, podría yo reventar el termómetro si me lo aplican (espero que no sea por vía rectal). Les prometo ir concretando las dos historias y a ver cuál fluye primero. Anna, me debes las referencias que te pedí, así como la mención de cuáles son tus relatos favoritos. Lector Empedernido, que no se te empolve la buena pluma, pues tú también tienes lo tuyo.

Anna -

Como siempre magistral Anonimo, ademas de que en un mismo relato tocas muchos temas interesantes, como son las inyecciones, las lavativas, la estumulacion anal y hasta el juego a ser una niña. Muy bueno como siempre anonimo, muy muy bueno!

Anónimo -

Revelaciones de Elisa

Cuando estábamos de vacaciones en un hotel de Tequesquitengo, pasábamos un buen rato en la terraza privada del cuarto, de manera que Elisa se desnudaba para asolearse. Una mañana, le estaba aplicando bronceador en todo el cuerpo y le pregunté: ¿Qué opinas de tus propias nalgas, crees que son muy atractivas? Ella me miró un momento, luego volvió a sumir la cabeza en el cuenco de sus brazos y después de reflexionar un rato me preguntó a su vez: ¿por qué te refieres específicamente a mis nalgas? Me interesa que me lo aclares. Le dije que indudablemente ella tenía un cuerpo atractivo pero que… Me interrumpió bruscamente diciendo: “mis nalgas son las que te causan mayor tentación ¿no es así?” Bueno, le dije, confieso que sí.

La cuestión, me dijo, no es que mis nalgas sean de campeonato, lo que sí es un hecho inquietante es que provocan en gran medida la curiosidad y el morbo de la gente. Créeme, no he podido identificar la causa, pero mis nalgas desatan los instintos no sólo de muchos hombres sino hasta de mujeres.

¿Cómo te percatas de eso? Pregunté. ¡Vamos! Respondió, una siente lo que está pasando en derredor suyo pero, sobre todo, una sufre el acoso sexual de la gente.

Pero…, le dije ¿te molesta ser admirada? No, para nada, me encanta que se fijen en mi trasero (bueno, no cualquiera), pero no me gusta, como casi a nadie, el hecho de que me acosen y eso lo he sufrido desde la adolescencia. En fin, a veces quisiera que mis nalgas pasaran inadvertidas.

La interrumpí: bueno Elisa, no te salgas por la tangente ¿qué opinas de tus nalgas, son bellas? Puso sus manos en ambos glúteos y dijo: No soy para nada una jovencita y éstos glúteos no disimulan totalmente mi edad pero, creo que les queda aún firmeza y son bastante atractivos. No puedo dejar de reconocer que mucha gente los admira.

Pregunté: ¿cuándo te empezaste a dar cuenta de ello? Ya te conté, me dijo, lo que ocurrió el día que acudió la señora Eulogia, amiga cercana de la familia, a inyectarme. Bueno, desde luego te comenté que hubo un momento muy embarazoso en que mi madre y ella me desnudaron el trasero y comenzaron a hablar de él insistentemente, sin ningún recato. Para mí fue muy incómodo pero ese acontecimiento me reveló que mis nalgas atraían poderosamente la atención pues, sobre todo mi madre, fue siempre muy reservada en cuanto a sus emociones pero ese día me ponderó el trasero como nunca acostumbraba hacerlo con cualquier otra cosa por relevante que fuera.

Pero lo que aún no sabes es que desde ese día la señora Eulogia se aficionó tanto a mis nalgas que se convirtió en una verdadera amenaza, ya que además de inyectarme las veces que realmente lo requería, ella misma convenció a mi madre de aplicarme un sinfín de remedios innecesarios: infinidad de inyecciones, supositorios, lavativas, enemas y tomas de temperatura rectal. Su intromisión y sus abusos en relación a mis nalgas llegaron a desesperarme.

¿Cómo se dio eso y quién lo permitió Elisa? Pues así como te lo digo, la situación era tan grave que en ocasiones yo tenía sueños eróticos y, al despertar encontraba que la tal Eulogia estaba sentada en mi cama inyectándome o aplicándome un enema, así estando yo dormida y lo hacía con la autorización de mi madre y de forma muy malintencionada pues, por ejemplo, me giraba y tallaba la cánula en el esfínter anal, o me metía sus dedos. No sabes las veces que me produjo intensas diarreas al meterme litros de agua en el culo. Eso fue sobre todo al principio cuando yo aún no descubría sus personales intenciones y me dejaba aplicar lo que ella quisiera.

Luego vino Leonardo, mi ex marido, quien me confesó haberse casado conmigo por la fascinación que le producían mis nalgas desde que las vio aquel día de la célebre inyección. A veces era muy cansado estar modelando para él la infinidad de pantaletas, tangas, ligueros y bikinis que me llevaba y que le producían un morbo excepcional al vérmelos puestos. A veces durábamos horas enteras en esa faena del modelaje que nunca me perdonaba antes de cogerme. Luego, debido a que se chorreaba prematuramente de tanto verme modelar, tardaba mucho tiempo para eyacular y me irritaba causándome frecuentemente infecciones vaginales.

Además, como nunca pudo superar la impresión que le causó espiarme cuando recibí la susodicha intramuscular de manos de Eulogia, él aprendió también a aplicar inyecciones y, disfrazado de mujer, con enaguas y todo, me inyectaba frecuentemente porque eso lo calentaba muchísimo. Esa actitud suya contribuyó a que nuestro matrimonio fracasara pues se ponía furioso cuando yo me negaba a recibir los molestos piquetes. En lo sexual me tenía materialmente agotada, además de insatisfecha. Era yo un simple juguete, digamos que su esclava.

Entiendo todo lo que me dices y comprendo tu molestia pero, dime por favor Elisa: como receptora de todos esos impulsos sexuales de la gente tú no has sacado ningún provecho? Lo que me gustaría saber es si tú has disfrutado en algo todo ese acoso del que has sido objeto. Ella se quedó seria y luego me dijo: has tocado un punto importante del que te voy a hablar con toda sinceridad. Más allá de las molestias que el acoso me ha producido, debo reconocer que me calienta saber que caliento a la gente.

Mientras le untaba crema en la raja del culo y me calentaba viendo su mayor pigmentación interna me dijo: por ejemplo, eso que ahora haces me enloqueció un día. Noté que su vagina se humedecía y le pedí que me contara. Elisa agregó: pienso que estoy hablando de más pero, en fin, a ti te tengo suficiente confianza para relatarte esta vivencia que hace tiempo quiero compartir con alguien.

Hace dos años tuve indicios de colitis por lo que busqué un especialista y después de mucho indagar decidí acudir con una doctora de nombre Sofía que me recomendaron en repetidas ocasiones. Pues bien, cuando la visité me cayó muy bien y le tomé confianza desde que empezamos a platicar de mi problema. Luego me pidió desnudarme y me acostó boca abajo sobre la mesa de exploración.

Accionó un botón y de inmediato se hizo un combo en la parte media de la mesa, lo cual hizo que mis nalgas se irguieran y se separaran quedando totalmente expuestas a la vista de la especialista. Esa posición me hizo sentir algo muy especial, algo así como sumisión, como que estaba rendida, entregada y confieso que me gustó. Sofía me dijo con amabilidad: tienes unas nalgas muy bonitas ¡felicidades! Y me empezó a abrir cariñosamente el ano con sus dedos que tienen la suavidad de la seda, diciéndome: no te inquietes mi amor, sólo es un pequeño reconocimiento.

Me estuvo tocando la zona por un rato, luego emparejó la cama me hizo sentarme y me explicó que no había sido posible ver el estado de mi colón, por lo que tenía que entrar con un instrumento de precisión, lo cual me causaría alguna molestia un poquito mayor. Volvió a acostarme, me levantó nuevamente el culo y estuvo preparando un instrumento que tenía en la punta una cánula como de dos centímetros de grosor y veinte centímetros de largo: mi corazón aceleró sus palpitaciones. Mientras Sofía terminaba de preparar el instrumento me dio por un momento la espalda. Llevaba un pantalón blanco muy ajustado y llamaron mi atención sus nalgas frondosas, redondas y paradas, sus muslos también generosos y su cintura estrecha. Traté de distraerme pensando en otra cosa pues sentía humedecerme.

De pronto Sofía dio media vuelta y me dijo: Ya vamos a entrar mi vida, relájate para facilitar la penetración. Sin comentar nada me secó la humedad de la vagina; yo sentí mucha pena por haber demostrado mi excitación, pero ella como no dando importancia al hecho me anunció: te voy a poner una pomadita lubricante en el recto, la vas a sentir un poco fría y sus dedos me tocaron nuevamente traspasando un poco el esfínter anal para lubricar debidamente la zona. Volvió a limpiarme la vagina y luego sentí que me introdujo la cánula en el ano, la cual resbaló muy bien hasta llegar al tope. Yo me sentía excitada y apenada y le dije: Sofía, se trata de una inspección que nunca me habían practicado por eso tuve lo que ya notaste. Ella contestó: por favor Elisa, de eso ni me lo digas es muy común que ocurra y no tiene ninguna importancia. Tú eres una mujer muy bella con vida sexual plena y no puedes avergonzarte de lo que es una función natural de tu cuerpo. Despreocúpate pues estamos en total confianza, tú me caes muy bien.

Cuando terminó la prueba me extrajo la cánula, me cambió la posición y me pidió que me sentara. Luego me explicó que tenía una cierta irritación en el colon y que debía corregirla mediante supositorios, enemas y reconocimientos posteriores. Me entregó la receta y me instruyó de aplicarme el primer tratamiento esa misma tarde. Entonces le dije que yo no tenía ninguna experiencia en ello y le pedí que, si no tenía inconveniente, me lo aplicara cada tarde en su consultorio.

La verdad es que Sofía me excitaba demasiado y no quería dejar de intentar esa posibilidad. Ella me contestó que con mucho gusto lo haría y en ese mismo momento me puso boca abajo, preparó el enema y me lo aplicó, luego me pidió permanecer unos diez minutos acostada, me pasó al cuarto de baño para desalojar el vientre y cuando salí me esperaba con el supositorio. Me puso sobre sus piernas y me lo metió profundamente dejando su dedo dentro de mi culo por unos segundos ¡No sabes el placer que me produjo! Cuando llegué a mi casa estaba enloquecida de calentura y tuve que masturbarme para bajarla.

Al día siguiente llegué puntual al consultorio para recibir el tratamiento pero me dijeron que Sofía no se encontraba por lo que me lo aplicaría la enfermera. Yo contesté que prefería esperar y me retiré descorazonada. Al anochecer me llamó por teléfono Sofía y me preguntó si ya me había aplicado el enema. Como le dije que no, me dijo que no podía dejar de hacerlo y me ofreció pasar ella misma a mi domicilio ya que le quedaba en ruta hacia su casa. Cuando llegó yo estaba verdaderamente fuera de mí y en cuanto la ví con su pantalón entallado sentí una calentura terrible. Fuimos a mi recámara, me desnudé y me aplicó el tratamiento. Después de colocarme el supositorio me tuvo su dedo adentro del recto por más tiempo y me empezó a frotar el esfínter. Yo le dije: ¡Sofía, no me hagas eso porque me voy a correr! Y ella contestó con una pregunta ¿Estamos en confianza? Al decirle que sí, me puso su lengua en la raja y empezó a lamerla, luego me succionó el ano con fuerza. Yo empecé a dar gritos de placer.

Se puso de pie, se desnudó y nos abrazamos locamente, nos besamos en la boca juntando con furor nuestras lenguas; luego nos estimulamos recíprocamente el ano y la vagina con los dedos y también con la lengua, hasta que las dos terminamos empapadas. Ese día aprendí que el sexo tiene formas y caminos muy diversos y que no existen más reglas que las del mutuo deseo de las personas que lo practican. Antes de eso no me había pasado nunca por la mente la posibilidad de tener relaciones lésbicas y, después de Sofía, no he vuelto a sentir nada igual.

Sofía y yo seguimos amándonos regularmente durante por lo menos un año y nos separamos porque se casó y se fue a vivir a otra ciudad, pero me prometió buscarme algún día para revivir nuestro singular idilio, porque nos amamos, esa es la palabra ¡Sofía y yo nos amamos!

No pude aguantar más, oyendo atentamente el relato de Elisa, la monté y la penetré vaginalmente por detrás, fundiéndonos en un coito excepcional en el que ambos gemimos, bufamos y gritamos de placer.

Anónimo -

Otro relato acerca de Elisa

La señora Eulogia llegó apresuradamente pues eran las cinco más quince y se había retrasado en la cita que tenía para inyectar a la joven Elisa. Fue recibida por la madre de esta y entró deprisa hasta la cocina apretando el plateado estuchito metálico con la jeringa y algunas agujas hipodérmicas, de esas que antes se utilizaban.

Prendió el fuego y, a poco, se presentó el clásico sonido de la ebullición, así como el tintineo de la vidriada jeringa y el émbolo que giraban sin parar chocando entre sí bruscamente. A un llamado de su madre, respondió Elisa ¡Ya voy mamá, en un momento!

La señora Eulogia retiró la pequeña tinita del fuego, introdujo el émbolo en la jeringa tomándolas con un lienzo muy limpio y ensambló finalmente la aguja que era relativamente corta debido a la delgadez de la paciente. Mientras la ampolleta era abierta entró Elisa vestida con uniforme escolar: blusa y falda tipo jumper azul marino ¿ya me va a picar señora Eulogia? Sí m’hija es que no comes, por eso el doctor te recetó ahora vitaminas inyectadas.

Salieron de la cocina: la señora Eulogia llevaba la jeringa; Elisa una botella de alcohol y un paquete de algodón; y su madre la ampolleta puesta sobre un pequeño plato. Entraron en la habitación de Elisa y cerraron la puerta con seguro.

Mientras la señora Eulogia cargaba la jeringa con el medicamento, Elisa levantó su falda dejando ver unas piernas bastante delgadas, luego tomó el resorte de su pantaleta color blanco y lo hizo descender hasta la mitad de sus nalgas. Cuando su madre, que en ese momento arreglaba la cortina de la ventana para evitar intromisiones, vio los torneados glúteos de su pequeña lanzó una vehemente exclamación ¡Mira nomás! Eres engañosa pues te ves flaca pero te cargas tus buenas nalgas. Aproximándose a su hija le bajó la pantaleta hasta la mitad de los muslos, la tumbó boca abajo sobre la cama y le acomodó la falda en la cintura, quedando el blanquísimo trasero de su hija a la vista de las dos mujeres que intercambiaron comentarios de sorpresa. La señora Eulogia le dijo a la joven: vas a romper muchos corazones con esas nalgas que ya quisieran muchas artistas.

A todo esto Elisa estaba ruborizada pero no tenía escapatoria pues su madre le había desnudado totalmente la parte media de su cuerpo, así que esperó impaciente deseando que ya la inyectaran para abreviar el momento ¡Ya estoy lista señora Eulogia! Ésta se aproximó a la joven, le frotó la nalga izquierda con el algodón empapado en alcohol y clavó la guja haciendo que Elisa emitiera un agudo grito ya que, debido a un movimiento reflejo había fruncido las nalgas haciendo que la aguja entrara con dificultad al rasgar el músculo. Así que, cuando la improvisada enfermera amiga de la familia trató de introducir el líquido, éste no circuló por la aguja la cual se bloqueó debido a la extrema tensión de la zona horadada.

De manera que la señora Eulogia extrajo la aguja para reemplazarla y comentó: creo que yo tuve la culpa pues utilicé una aguja prácticamente infantil pensando en la delgadez de Elisa, pero sus nalgas son ya de persona mayor. En tanto su madre le limpiaba una gotita de sangre que le había brotado del sitio del piquete, Elisa se quejaba diciendo: me dolió mucho y lo peor es que me van a volver a picar. Ni modo m’hija para qué frunciste el culo, recuerda que debes relajarte y aflojarlo lo más posible.

La aguja emergente era mayor y bastante gruesa por lo que, al verla, Elisa gritó ¡¡¡¿me van a clavar ese arpón?!!! Giró el cuerpo quedando sentada en la cama y dejando a la vista su suave bello púbico. Se tranquilizó, se puso de pie e invirtió la posición que originalmente había tomado sobre la cama, quedando ahora su cabeza en la zona de los pies, para que el nuevo piquete se lo dieran en el glúteo contrario, y dijo resignada: prometo aflojar las nalgas señora Eulogia, por favor píqueme con mucho cuidado para que ahora sí terminemos pronto.

Mientras su madre le daba palmaditas en el glúteo contrario para tranquilizarla, la señora Eulogia clavó de nuevo la aguja, la cual llegó hasta el tope con relativa facilidad. La dolorosa solución empezó a pasar haciendo que Elisa emitiera varios quejidos y que golpeara con las manos abiertas el extremo de su cama, hasta que por fin la jeringa quedó vacía, le extrajeron la aguja y su madre se dio a la cariñosa labor de masajearle la zona quitándole al mismo tiempo los residuos de medicamento que brotaban en pequeñas gotitas del piquete.

Mientras se ponía de pie, Elisa ofreció sin querer un espectacular close up de su bello culo al intruso muchacho que espiaba la acción por una rendija de la ventana, mientras se retorcía de placer debido al término de la descomunal puñeta con que se agasajaba viendo las nalgas de su vecina.

El joven impresionado por la belleza íntima de Elisa fue después su novio y más tarde su marido, confesando a su mujer la atrevida intrusión que lo había llevado a idolatrarla. Pero el matrimonio no duró mucho, lo cual me dejó la puerta abierta para ser por un tiempo el satisfecho amante de Elisa y enterarme de lo que les cuento, hasta que ella me cortó en las circunstancias que les referí en mi anterior.

Anónimo -

Aquella tarde otoñal

Fue una tarde muy bella en la que concreté el ansiado anhelo abrigado por mucho tiempo. A pesar de lo que sucedió después, en especial que ella me cortó, me queda el recuerdo de esa tarde con el encanto otoñal de Elisa, cuando me entregó su deliciosa virginidad anal.

La recepcionista me anunció, luego me pidió esperar. Pasaron los minutos, yo estaba ansioso, me levanté y estuve mirando los peces, el momento se me hizo eterno. Luego me indicaron: ya puede subir, la doctora lo recibe.

Ella se veía muy guapa con un pantalón oscuro bastante ajustado que le hacía resaltar las nalgas. Platicamos, luego se levantó y vino hacia mí, se sentó en mis piernas y nos besamos, la acaricié un poco y no pudimos aguantar más. Nos desnudamos, yo me acosté sobre el diván y ella se montó insertándose mi pene bien erecto. Se movió sensualmente hasta que llegó al orgasmo.

Me estuvo agradeciendo la cogida, luego se levantó para cambiar de pose, pues ella sabía que yo no había eyaculado. De pie, la abracé y le dije: ¿cuándo me vas a entregar tu virginidad? Me respondió con otra pregunta: ¿la anal? Así es mi amor, sigo deseándola. Bueno, está bien, agregó, a ver si puedo, no vayas a lastimarme ¿cómo quieres que me ponga?

La tendí boca abajo, me cambié el condón, luego me apliqué lubricante y se lo apliqué a ella en el ano, le introduje un dedo, la friccioné, luego dos dedos percatándome que estaba preparada para alojar mi verga completa. Entonces sin más la penetré de un solo golpe, ella no se quejó. Por decir algo le pregunté ¿ya estoy adentro? Ella asintió.

Empecé a bombearla y por apresuramiento me salí. Volví a metérsela. Elisa suspiró y jadeó ¿Te gusta? Sí, está bien rico, me gusta, contestó. Seguí entrando y saliendo con suavidad, le dije que tenía el culito delicioso. No lo tiene tan apretado de manera que la fricción se daba con relativa facilidad.

Le dije que yo ya estaba por terminar ¡me vengo! Besándole repetidamente el cuello, la nuca y las mejillas, sentí el torrente seminal que invadía el recto de Elisa, sin poder escapar del condón.

Seguí abrazándola por un momento, pero yo sabía que el ano termina rebelándose por la inusual entrada de un objeto de semejante calibre, causando cierta molestia final. Tratando de no opacar el goce que ella me había manifestado le extraje el miembro suavemente, sin dejar de decirle que me había prodigado un placer extraordinario.

Nos vestimos, seguimos platicando, ella estaba muy tranquila. Finalmente me despidió diciéndome que la enloquecía.

Unos días después, la doctora me cortó diciéndome que se sentía devaluada. Yo también la mandé a la chingada, pues no faltaba más.

Anónimo -

Un día de mi relación con Elisa

Ese día no estaba previsto reunirnos, pero entré en la vorágine inercial de visitarla. Por fin estuve enfrente de ella, viendo su rostro sereno. Me saluda contenta y me anima: “Tú bien lo sabes, yo te recibo siempre”.

Sentados codo con codo, nos tocamos reconociéndonos, nos besamos, cachondeamos sin prisa. Me acuesto y la pongo encima de mí, le descubro su bello trasero, palpo sus suaves y torneadas nalgas y las encuentro muy frías. Al ser estimuladas se estremecen y entran poco a poco en calor festejando el encuentro.

Me incorporo y sentado la pongo nalgas arriba sobre mis piernas. Mis dedos hurgan sus intimidades, se humedecen con las suaves segregaciones que le hacen brillar los labios vaginales y la cara interior de los delgados muslos.

El creciente chasquido, producido por sus jugos y el roce de mis dedos, le causa sorpresa y me pregunta por el origen del sonido. Son tus propias emanaciones, querida, goza, disfruta el sexo. Ella frunce de pronto el culo como en aquel día lejano en que la inyectaron y dobló la aguja con el tenso músculo de la nalga. El mismo día en que su futuro marido la espiaba y admiraba. Las palabras de su madre me llegan a la memoria: “Eres engañosa pues te ves flaca pero te cargas tus buenas nalgas”

De pronto se estremece, gime. Con uno de mis dedos le estimulo el ano. Ella arquea la zona del trasero, la eleva, atrapa mi dedo con el esfínter anal y lo aprieta muy fuerte para reforzar el intenso orgasmo.

Como el tiempo apremia pues debe recibir pacientes, me retiro sin haber eyaculado, salgo muy formal del consultorio despidiéndome respetuosamente de la doctora que es también mi amante: la bella Elisa.

Anónimo -

Soy el autor de los relatos sobre Elisa. Si alguien me pudiera regalar su opinión le estaría muy agradecido y me ayudaría a decidir si les cuento algo más.

Felices calenturas

manfredo -

También hice un curso de primeros auxilios y me he especializado en inyecciones intramusculares. He atendido a hombres y mujeres, debiendo admitir que, gustándome las mujeres, me ha resultado doblemente excitante inyectar a los varones; debe ser por lo miedosos que se muestran, aun cuando son dueños de probada virilidad. Al mismo tiempo, son más vergonzosos que las mujeres. Disfruto mucho bajándoles el calzoncillo: "estamos entre hombres", les digo para calmarlos. Cuando les paso el algodón, aprietan instintivamente el culito; cuando les ordeno que se relajen, alcanzo a ver sus entrenalgas pobladas de pelitos íntimos.
Es demasiado excitante cuando el inyectado es un joven amigo o vecino del sector. Me encanta conocer su intimidad y gozo tratando de reducir su temor.

anonimó -

no me gusta ninguno todos son una mierda
bosotros conoceis a malta










es una mierda asi de alta
jajajajajajajajaja¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡!!!!!!!!!
dew un puto besazo a todos

Simón -

Querido Antónimo: Dios! Qué maravilla! Que descripción sublime! En realidad, me ayudaste mucho a pensarlo desde otro lugar. Si fuera así, sería cuestión de esperarla con amor; ser paciente y, como ya tenía decidido y yo mismo le dije, no la voy a presionar. Creo que necesita mimos y se los voy a dar. Espero que ella pueda dejar de torturarse y disfrute de lo que tenemos que es hermoso.
Respecto de las vacaciones, vuelvo la última semana de enero porque acá no son feriados por las fiestas solamente sino que es la temporada de receso laboral. Lo que no tengo claro es cómo voy a soportar tanto tiempo de silencio en el blog. Realmente los voy a extrañar. Lo que no entiendo es que te vayas si vuelve tu hermano; podríamos convivir, incluso imaginate si se animara Gastón.
En fin, no alarguemos las despedidas....
Felices Fiestas y buen descanso!
hasta la vuelta!

Carlónimo -

Muchas gracias Simón, muy bella canción. No pibe, sólo quiero que Antónimo y tú mantengan vivo el blog. Yo me incorporo luego.

Simón -

Bueno, Carlónimo! Fue la emoción; ni nos habíamos dado cuenta...
vamos, Anna! deseo comentarios de mi segundo día y la inyección y la sorpresita de Carlónimo. No te hagas rogar.

Fer (Editor del Blog) -

Muchas gracias Carlónimo por tu saludo. Os invito a todos a ver el artículo que he publicado sobre estos comentarios en el blog Azotes y Nalgadas, aquí dejo el enlace:

http://azotesynalgadas.blogspot.com/2009/12/cuando-todo-ya-estaba-inventado.html

Carlónimo -

De acuerdo Simón, le haré todos los mimos que me pidas, será un placer.

Mi preciosa Anna, te hago notar una pequeña imprecisiòn cuando dices: Me besó el cuello, los senos, el vientre, mi cintura, luego me dijo que me voltera boca abajo, me acarició las nalgas, separó mis piernas y me penetró vaginalmente, mientras yo paraba mis nalguitas deseandolo cada vez más.

Recordarás que para la penatración vaginal o rectal acostada boca abajo, yo separo las piernas y tú las mantienes juntas. Por la emoción de platicarme te confundiste. Te amo con locura, preciosa.

Simón -

Querido Carlónimo: me alegra que me hayas escrito y que te encuentres bien. Insisto en ofrecerte todo el apoyo que pueda darte y que necesites; incluso, aunque no quiero ser metido, puedo, si querés, tratar de interceder con Anna. Vos dirás qué querés que haga.
De todos modos, si bien agradezco y me place la presencia de Antónimo en el blog, las compañías no se reemplazan. Bueno sería que estemos todos compartiendo ideas, experiencias y emociones.
Para seguir con nuestra tradición de intercambiar buena música te mando este enlace. Prestá atención a la letra...

http://www.youtube.com/watch?v=JRHF2XAR6yQ&feature=related

LEVÁNTATE Y CANTA

Si algún golpe de suerte a contrapelo
a contra sol, a contraluz, a contravida,
te torna pájaro que quiebra el vuelo,
y te revuelca con el ala herida.

Si hay tanto viento para andar las ramas,
tanto celeste para echarse encima.
y pese a todo vuelve la mañana
y está el amor, que su milagro arrima.

Por qué caerse y entregar las alas,
por qué rendirse y manotear las ruinas,
si es el dolor, al fin, quien nos iguala
y la esperanza quien nos ilumina.

Si hay un golpe de suerte a contrapelo
a contra sol, a contraluz, a contravida,
abrí los ojos y tragate el cielo
Sentite fuerte y empujá hacia arriba.

Por qué caerse y entregar las alas,
por qué rendirse y manotear las ruinas,
si es el dolor, al fin, quien nos iguala
y la esperanza quien nos ilumina.

(tango-canción de Héctor Negro y César Isella)

Te mando un abrazo enorme y espero que te mantengas en contacto, por lo menos cada tanto (por ahora)

Anónimo -

Cristina

Gracias Anónimo por dejarme hablar. Recuerdo tu fisonomía infantil y no me extraña que sepas tanto acerca de mí. Tu mirada incisiva, aguda, inquisidora, me causaba cierta inquietud. Ya sospechaba que un día me ibas a traer problemas. Dentro de esa pequeña figurita de pantaloncillos cortos, aparentemente inofensiva, se removía el implacable fiscal que ahora me desnuda, poniendo en entredicho mi reputación. Pero han pasado muchos años y reconozco que tienes, igual que yo, el derecho y ¿por qué no? también el deseo, de hablar.

No puedo saber si desde que eras un mocoso te fijabas en mis nalgas, pero te agradezco el homenaje que ahora me tributas ¿A qué mujer no le gusta ser admirada? Te agradezco tu comentario de que yo era muy guapa y que tenía tanto a Servando como al doctor Quirarte, embobados en mi persona. Pero tú no sabes muchas cosas y además te callas algunas otras ¿Por qué no cuentas las veces que Rita te inyectó las nalguitas teniéndote tu tía Lucero en sus piernas con el calzoncito bajado, gritando ensordecedoramente y pataleando? Y cuenta también acerca de tus desvaríos con la propia Rita. Nos desnudas a todos pero no te desnudas a tí mismo.

Yo no era reprimida como tú alegremente afirmas. Con Servando tuve todo el sexo que quise y gocé de numerosos pretendientes. Pero ninguna relación igualó a la que entablé secretamente con Armando, el gran amor de mi vida ¿Sabes algo de él? Nada, claro, nadie lo supo. Cuando yo tenía 39 años Armando cumplió 28, era nieto de vascos, muy guapo, con toda la fisonomía de aquella región: blanco de cabello negro, ojos color miel, la barba aún bien rasurada le sombreaba el rostro, fornido, romántico y con unas manos de embrujo que tan sólo me tocaban y hacían de mí lo que querían. Lo admiré desde que lo ví, intuyendo que caería rendida en sus brazos.

El día de nuestro primer encuentro nos miramos uno al otro con intensidad. Yo estaba en la antesala del consultorio del doctor Molina a quien acudía en ese tiempo. La faldita rabona y entallada que llevaba puesta, aunada a la posición de pierna cruzada en que me encontraba sentada, hacía lucir mis torneados muslos. Armando era pasante de medicina y estaba realizando su servicio social en aquella clínica. Me recorrió con la vista y le hice una mueca de indiferencia. Me dijo que yo tenía la gracia de una jaca andaluza y que por mí sería capaz de cualquier cosa. En ese momento me llamaron a consulta. En la siguiente visita me dijo que yo era un turrón. Le contesté que además estaba casada y pasé de nuevo a consulta. Después me arrepentí de haberle revelado mi estado civil, pero recapacité que negarlo no resolvería nada. Además yo tenía 11 años más que él y no quería parecerle una solterona. Habiendo ubicado mejor mi situación, acepté la primera oferta que me hizo y me encontré con él en una cafetería. Mostró una gran madurez y fue directo al punto: quería confirmar que yo estaba casada. En sus ojos apareció una implacable sombra cuando le dije que llevaba siete años de matrimonio. Me estuvo platicando muchas cosas acerca de su vida y de su profesión pero lo sentí desanimado. Entonces yo me lancé al ataque, le dije que era muy guapo, que me gustaba y al despedirme besé sus labios.

Poco a poco fuimos intimando y, al término de nuestra tercera cita le pedí que me inyectara. Se puso muy rojo, luego me dio un beso, fuimos juntos a comprar la ampolleta y me llevó a su departamento. Nos sentamos y me abandoné en sus brazos escuchando aquella canción del inolvidable Manzanero: “Adoro, la seda de tus manos, los besos que nos damos los adoro vida mía. Y me muero por tenerte junto a mí, cerca muy cerca de mí, no separarme de ti” Deseaba que mi experiencia marital hubiera sido tan solo un sueño, pero bien sabía que estaba pisando el terreno de las “cosas imposibles que no fueron hechas para mí: ser tu alegría y ser tu anhelo y por las noches ser tu desvelo”. Rodaron algunas lágrimas por mis mejillas. Armando las recogió en sus labios. Nos besamos.

Por fin alcé mi falda, bajé la panty, me acosté en su cama mostrándole por primera vez mis ardientes nalgas. Fue un momento tan feliz como frustrante pues en mí se cumplía aquella terrible consigna del cantautor que en ese momento decía: “te guardé mis besos, rosas en botones que se marchitaron antes de brotar. Mis brazos van camino a los ocasos sin podértelos dar”. Sentí el agudo piquete pero el dolor no me desconcentró. Sus tibios dedos descansaban en mis redondos glúteos, yo recapacitaba que debía darme una nueva oportunidad, pues estaba apenas surgiendo a la vida: “Contigo aprendí, a ver la luz del otro lado de la luna. Contigo aprendí, que tu presencia no la cambio por ninguna. Aprendí, que puede un beso ser más grande y más profundo”. La entrada del agresivo líquido me calcinaba el glúteo, pero yo deseaba seguir sufriendo. No obstante, la deliciosa inyección había terminado. Sentí la frescura del alcohol impuesto por la firme mano de mi amado, quien ahora besaba mis mejillas y mis labios.

Nos desnudamos y fundimos nuestros cuerpos en uno solo. Sabíamos que estábamos viviendo un gran romance y: “Es que eres mi existencia, mi sentir, eres mi luna eres mi Sol, eres mi noche de amor” Armando besaba con ardor mi cuello, succionaba tiernamente mis pezones: “Nos amamos nos besamos, como novios nos deseamos, procuramos el momento más oscuro: para hablarnos, para darnos el más dulce de los besos, recordar de qué color son los cerezos” Llegamos al supremo instante: como volcán que irrumpe una gran erupción estallaron violentamente nuestros instintos. Nos abrazamos frenéticamente: “Y me muero por tenerte junto a mí, cerca, muy cerca de mí, no separarme de ti”.

Vino la calma, seguimos abrazados. El mamaba mis senos y yo acariciaba sus testículos. Nos juramos amor eterno. Las postreras palabras de Manzanero llegaron como reconfortante promesa: “Aunque tú vayas por otro camino y jamás nos ayude el destino, nunca lo olvides, sigues siendo mía. Aunque con otro contemples la noche, y de alegría hagas un derroche, nunca lo olvides, sigues siendo mía. Porque jamás dejarás de nombrarme y cuando duermas habrás de soñarme. Así te liguen otros lazos, no habrá quien sepa llorar en tus brazos. Nunca lo olvides, sigues siendo mía”

Querido Anónimo, gracias por descubrir mi invaluable tesoro. Gracias por hacerme vivir de nuevo.

De Armando, por siempre.

Cristina

Anónimo -

Isabler, Karol, Lector empedernido, muchas gracias por sus atentos mensajes.

Las texanas

Para retomar la actividad, quiero platicarles una infortunada escena protagonizada por dos jóvenes provincianas, hermanas entre sí, frondosas, guapas, de carne firme y curvas corporales muy bien logradas. Valentina (de 24 años) y Socorro (de 22) pocas veces habían venido a la capital y, por lo tanto, conservaban cierta ingenuidad y recato, además de costumbres muy sanas y espontáneas. Pero la necesidad las obligó a venir, entraron a trabajar en una pequeña empresa textil y se instalaron en una casa de huéspedes exclusiva para damas donde, sin dejar de sentirse un poco extrañas, fueron entrando en confianza con la propietaria, una mujer como de cincuenta años, bastante guapa.

Era curioso ver por la calle a las texanas (así les decía la gente) pues siempre andaban juntas, muy serias, mirando todo con detenimiento. Su ropa no era tan conservadora, llevaban casi siempre jeans algo ajustados y blusas semi entalladas, pero se ponían también vestidos o faldas que, sin llegar a ser mini, permitían admirar una parte de sus atractivas piernas. Iban y venían de su trabajo todos los días a la misma hora. Algunos jóvenes habían tratado de entablar relación con ellas pero las texanas se portaban esquivas. Sólo cuando llegaban a su domicilio y se sentaban a cenar, le confiaban a la casera todas sus experiencias. Fue así que un día Socorro le dijo que se sentía un poco indispuesta, como si fuera a darle una fuerte gripa, a lo cual, la señora Gloria (así se llamaba) le propuso que tomara una bebida bien caliente, se acostara temprano y accediera a que ella misma le diera una fricción en pecho y espalda.

Así lo acordaron y, una hora después de que las hermanas se retiraron a su recámara, Gloria llamó a la puerta y entró con una latita de mentholatum. Socorro estaba ya en cama y Valentina, aún vestida, se ocupaba en arreglar la ropa. La señora Gloria se acercó a la cama y vio a Socorro ya adormilada. Valentina comentó: creo que está dormida. Así que ella misma levantó una parte de la ropa de cama y le alzó el camisón a su hermana hasta que la espalda le quedó descubierta. Embadurnándose generosamente la mano con la pomada, Gloria estuvo tallando con firmeza la espalda de la joven, desde los hombros hasta poco más abajo de la cintura, ya que la comedida casera había replegado la panty de la paciente, dejándole a la vista el inicio de la excitante raja trasera del culo. Acto seguido, Gloria indicó a Valentina que volteara a su hermana, a lo cual ésta cooperó por simple inercia, pues el levísimo ronquido que emitía dejó en claro que estaba bien dormida. Valentina le abrió un poco el camisón pero sin descubrirle los senos. Gloria volvió a embadurnarse la palma de la mano y la metió por la abertura del camisón frotándole el cuello y el pecho. Finalmente Valentina le cerró el camisón y la arropó muy bien.

Al otro día llegó Gloria para preguntar cómo seguía la enfermita, a lo cual ésta le comentó que parecía estar un poco mejor, pero dos horas después se encontraba ardiendo en calentura. Valentina consultó a la casera quien le dijo que lo procedente sería inyectarle penicilina, sólo que Socorro tenía fobia a las inyecciones y acordaron aplicársela desprevenidamente, cuando estuviera dormida. Entonces Valentina le dio a beber una infusión de flor de azahar, pasiflora y tila, que le indujo el sueño y, mientras dormía profundamente, llegaron al lecho llevando lo necesario para el piquete.

Con luces apagadas, cortina cerrada, casi en la penumbra, cuchicheando y retardando sigilosamente sus movimientos, descobijaron a Socorro quien yacía de costado con el trasero relajado y ofrecido hacia el borde de la cama. Le alzaron el camisón hasta la espalda y le bajaron la pequeña panty hasta quedar descubierto más de la mitad del cachete derecho, parte de la raja y una tercera parte del izquierdo ¿Así está bien? musitó Valentina. Ensimismada, con los ojos puestos en el escultural culo, Gloria tomó el elástico y lo deslizó suavemente hacia abajo, quedando a la vista todo el flamante nalgatorio de la enfermita. Sus deliciosas nalguitas muy suaves, erguidas, enmarcadas por el accidentado borde del camisón y los estimulantes pliegues de la nimia pantaletita colindante con los redondos y carnosos muslos, irradiaban un descomunal erotismo, acrecentado por la presencia de la imponente hipodérmica que, en las diestras manos de Gloria estaba a punto de horadar el indefenso glúteo.

El suave aroma del alcohol que abrillantaba la cóncava superficie del culo de Socorro anunció la proximidad del piquete. Los dedos de la mano izquierda de Gloria delimitaron el sitio seleccionado. La jeringa, puesta entre los dedos índice y pulgar de la casera, quedó en posición de ataque, retrocedió estratégicamente unos centímetros para tomar vuelo, y se incrustó como rayo fulminante en la suave y relajada nalguita de Socorro, quien emitió un leve, casi imperceptible, murmullo, agitó un poco el culo y tornó nuevamente a la calma. Mientras el tieso y vibrante arpón interrumpía con un sensual hoyuelo la tersura de aquel bello glúteo, Gloria y Valentina se miraron entre sí, e intercambiaron sonrisas disponiéndose a emprender la inoculación del ardiente líquido.

Sujetando la jeringa entre los dedos índice y cordial y presionando suavemente el émbolo con el pulgar. Gloria hacía entrar la sustancia en el fustigado glúteo, el cual vibró menuda y eróticamente hasta el punto que la joven receptora de la inyección empezó a inquietarse y agitarse. Gloria dejó de presionar el émbolo en tanto Valentina daba palmaditas en los hombros y la espalda de su hermana, pero el pingüe remedio no funcionó. Socorro levantó bruscamente la cabeza y gritó: ¡¡¡¿qué pasa?!!! Aún en la frontera del reposo, con el subconsciente semiabierto, las señales de alerta accionadas, trató por todos los medios de levantarse. Su hermana casi se lanzó encima de ella para evitar que se levantara. Pero eso asustó todavía más a Socorro quien, en la penumbra, empezó a golpear como podía a su hermana y a decirle: ¡déjeme, déjeme, por favor no lo haga, respéteme, por favor respéteme! y apretaba las nalgas con todas sus fuerzas pensando que se trataba de una violación. La hipodérmica rasgó interiormente la carne y lastimó implacablemente a la infortunada joven que se retorcía de dolor, gritaba cada vez más fuerte y se revolcaba tratando de escapar de las manos del supuesto violador, sin entender en su ofuscación los también desesperados gritos de su hermana que le decía: ¡soy yo Socorro, soy yo!

En un instante que Socorro aflojó el glúteo, Gloria pudo extraer la aguja sin dejar de causarle un terrible rasgón final, pues al salir con la punta doblada actuó como navaja. Tumbada de costado, pataleando espantada, con el glúteo sangrando, Socorro reconoció por fin la voz de su hermana, pero no entendió todavía lo que pasaba y la enfrentó gritándole: ¡desgraciada, degenerada, cómo pudiste hacerme esto! Viendo a Gloria se escandalizó todavía más: ¡y usted también…vieja degenerada! Hasta que se percató de la jeringa que la casera tenía en la mano. Entonces se detuvo instantáneamente y poco a poco fue recobrando la calma, Valentina pudo acostarla, confortarla y pedirle que se relajara porque la sangre le brotaba en varias direcciones invadiéndole la raja del culo, escurriendo hasta la vagina, formando un pequeño charco en la superficie de la cama.

Gloria encendió la luz. La escena era dantesca. Socorro lloraba, emitía lastimeros sollozos mientras su hermana con el rostro golpeado, trataba de detener la hemorragia. Al influjo del agua oxigenada la sangre dejó de fluir, Socorro ofrecía sentidas disculpas a su hermana, quien le pedía a su vez que la perdonara. Gloria contemplaba y acariciaba las amplias y firmes nalguitas de su inquilina, tan cruelmente lastimadas. En silencio decía: lo que puede ocasionar una simple gripa, cuando no es adecuadamente tratada.

Simón -

Querida Karol: Que bien que nos cuentes lo que te sucedió con las inyecciones del fin de semana. Entiendo a Roberto Carlos porque ver cómo inyectan a tu pareja resulta muy excitante. Tu esposo no lo había manifestado aún pero parecería que también tiene un fetiche con las inyecciones. Quizá sería bueno que aprendiera a inyectar, que no es nada difícil, y tal vez podrías buscar la ocasión para inyectarlo a él para ver qué sucede.
Por favor, continuá participando aunque no veas mucho movimiento debido a las vacaciones.
Feliz Año Nuevo y que tengan buenas inyecciones con tu esposo!

Simón -

Querido Carlónimo: No imaginás la alegría que me produjo tu comunicación. Efectivamente ha sido un año duro; sin embargo, hemos podido proveernos de relajantes escenarios en los que refugiarnos del diario trajín. Te deseo lo mejor en este fin de año y más aún para el próximo. Descansá que te queremos activo y creativo como siempre. Luego de mis vacaciones de enero espero que nos encontremos renovando la intención de compartir nuestras fantasías.

Lector Empedernido -

Qué momento de decisión para Servando! Por fin sintió lo mismo que Cristina, pero parece que a él le gustó. Por otra parte, que coraje el de Cristina de ofrecer sus nalgas a Rita teniendo en cuenta el riesgo de que se desquitara de sus celos en ellas prodigándole intenso dolor extra.

Sospecho que no han finalizado las inyecciones necesarias para esta peculiar familia.

Lector Empedernido -

Qué bonito, Anónimo! Ahora no sólo nos humillas con la maestría de tu pluma sino también con tus conocimientos de francés!

Sin embargo, no te detengas. Esta ha sido una loca ocurrencia maravillosa

Simón -

Estimado Antónimo: Con lo que me queda de fuerza te doy la bienvenida. Lamentablemente, no esperes de mí gran participación porque esto de estar reiniciando relaciones cada vez que a alguien le da por desaparecer del blog, me agota y no sé si tengo ganas de volver a hacerlo. Demasiada inversión de tiempo y afecto que resulta en nada. Entiendo que es una bienvenida un tanto agria en relación a que no podés hacerte cargo de las decisiones de los demás, pero así están las cosas. De todos modos se agradece que intentes tomar de alguna manera la posta, espero que como tu nombre parece indicarlo, con una postura diferente a tus “…ónimos” antecesores en cuanto a abandonar el barco.
Probablemente entre cada tanto a ver qué pasa por aquí, así que si querés contar alguna experiencia propia, de vez en cuando tendrás mis opiniones. Sólo te pido que dejes a mi amada Silvia afuera de tus apreciaciones, sobre todo en lo referido a aquellas expresiones faltas de caballerosidad como algunas que has usado (por ej., ganas de “chupárselas”) porque no nos asiste ninguna confianza ni amistad como para tomarlas con naturalidad; por ella, te lo advierto, soy capaz de matar.
Perdón si esto no es lo que esperabas, pero no se me ocurre otra cosa, al menos por ahora.

Lector Empedernido -

Vamos a lo nuestro: comentarios.
Empecemos por el relato de tu vecina. Sorprendente! Por varios motivos, primero por la maestría de siempre y luego por el desenlace. Realmente me sorprendió que fuera el esposo quien la engañaba y con Rita!. Lo que me pregunto es si lo hacían en ese momento porque era cuando Cristina estaba ocupada o porque también a ellos les daba algo de morbo pensar en sus nalgas siendo pinchadas mientras escuchaban las quejas. Supongo que con tantas medicinas que le indicó el Dr. Quirarte podremos disfrutar de alguna nueva sesión. ¿o necsitará Rita o el esposo algún tratamiento inyectable? Así vemos si a ella le da lo mismo cuando la cola pinchada es de otro. Quizá la provoque, quizá le de celos.
Vamos al de las hermanas. maravilloso. De dónde sacas los adjetivos? "Son frondosas" suena tan poetico.....

No te detengas, todas nuestras esperanzas de recibir imaginarias inyecciones en las nalgas están puestas en tí, aunque si algún otro se anima a relatar algo, bienvenido sea

Antónimo -

“Te parece, como a mí, que por algún motivo (creo que relacionado con su historia familiar) empezó a asustarse de contraer un compromiso más serio? O qué otra cosa pensas que puede haber motivado esta reacción?”

Pues no, Simón, no me lo parece pues la maternidad es algo intrínseco y sagrado tanto para el hombre como para la mujer y no creo que Silvia haya pasado por situaciones extremas de tal gravedad que puedan haber neutralizado su instinto maternal. Yo pudiera pensar más bien que se trata del explicable deseo de prolongar lo más posible su situación actual.

Con perdón tuyo (no vayas a hacer “panchos”) la imagino desnuda frente al espejo contemplando sus armoniosas formas.

De frente, observa sus profusas tetas con los pezones firmes, sensibles, que al menor estímulo responden con una inmediata erección. Su cintura muy bien delineada que hace lucir unas caderas amplias, generosas, en cuya base irradia el pubis, la zona afelpada cercana al reducto del excelso placer. Enseguida, la entrepierna, pórtico del más íntimo deseo, mudo testigo de las ardientes intrusiones.

De perfil, aprecia la suave planicie de su abdomen, que contrasta con la prominente curvatura de unas nalgas firmes, esponjadas, insinuantes, estremecedoras. De espalda, se agita observando su estrecha raja, imaginándola vulnerada por el pene de su amado Simón cuando la penetra por vía rectal. Imagina la ardiente barra aparecer y desaparecer, entrar y salir, frotar con ardor su estrechísimo esfínter, hacerla temblar y gritar de excitación al sentir las calientes descargas de esperma corriendo por su intimidad.

Terriblemente alterada, se tira boca abajo sobre la cama y empina el culo recordando momentos de gran erotismo. Como aquellos en que su novio, con una leve frotación, le prepara el cachete para inyectarla. Siente el agudo vértice de la aguja perforando su tersa carne y depositando en ella, a chisguetazos, la ardorosa y densa sustancia, calcinándole las profundidades y activándole los incontrolables instintos naturales. Se retuerce y jadea con efusión.

Gira el cuerpo y separa las piernas concentrada en las más íntimas remembranzas. Siente el duro pene de Simón entrándole por la vagina, frotándole cadenciosamente los labios hasta paralizarla. Grita sin recato, aprieta la vulva para lograr el más estrecho y patético contacto. Sus nalgas se contraen y explota espléndidos efluvios que la hacen estremecer completa.

Con los ojos cerrados, la boca abierta, las manos y los pies pegados a la superficie de la cama, se contrapone y rechaza por completo cualquier situación que pudiera amenazar su disfrute: “No Simón, que los quiera no quiere decir que los quiera ahora…”

Espero que te haya gustado el relato de lo que pienso que le pudiera estar pasando a Silvia pero, como te dije antes, no es fácil especular a ese respecto.
Creo que ya me voy ¡Que tengas muy felices vacaciones! ¿Qué día regresas? Hablaré con Carlónimo, si él ya se incorpora, yo me iré, comunicándome eventualmente. Ha sido un placer, mi amigo, espero no haber “pisado muchos callos”.

Anna -

Muy buen relato Anonimo, me gusto mucho.... bueno todos tus relatos me encantan!! Felicidades

KAROL -

Hola muchachos he estado un poco ausente pero siempre leo los blog y permitame felicitarlos estan super. Hoy quiero narrar una experiencia que tube el fin de semana. En estos días he estado un poco resfriada y con eso de que el 24 me serene y me tome algunos traguitos, amanecí el viernes con mucha tos y fiebre muy alta, mi esposo estubo toda la mañana consintiendome en la camita, pero al ver que la fiebre no me bajaba, me dijo que fueramos al seguro o alguna farmacia para que me formularan algo, pero como yo sinceramente estaba muy enferma, me dolia todo el cuerpo no queria ni pararme de la cama, entonces el decidio salir e ir el mismo a la farmacia para que me recetaran algo, para mi sorpresa se trataban de 2 inyecciones una en cada nalga, pero como el no sabe inyectar se llevo a la auxiliar de la farmacia para que me inyectara en casa. Fue una experiencia muy excitante ya que yo con mi dolor de cuerpo y fiebre no queria ni moverme, mi mismo esposo me ayudo a costar boca abajo, el mismo me subio la batica y me bajo un poquito la panti, y me consentia mientras la señorita preparaba las dos inyecciones, como eran dos inyecciones una en cada nalga la señorita me bajo bien la panty hasta la mitad de la nalga y el me decia tranquila mami que no te va a doler. Una vez terminaron de aplicarme las dos inyecciones el me subio la panty y me arropo y me dijo mami ya vengo, pues tenia que llevar la señorita. Cuando llego lo note muy cariñoso conmigo, tanto a sí que apenas me bajo la fiebre mando a los niños a la heladeria para que quedaramos solos completamente he hicimos el amor como nunca. Yo la verdad creo que a él le gusto ver que me inyectaran ojala sea asi por que yo le tengo un fetiche increible a las inyecciones solo escuchar hablar de ellas me excitan, cosa que a él no le habia pasado. Saludos a todos y me gustarian que me hicieran un relato a mi y a mi esposo que se llama Roberto Carlos. Chao felices fiestas.

Simón -

No te equivocás tanto al imaginar a Gastón: sí es ceremonioso, aunque no tan corpulento. Es muy buen mozo, según opinan diversas mujeres que le conocen. De ascendencia rusa, es rubio y de ojos claros. Lo que no es como pensaste es su caracter. Es sumamente afectuoso y contenedor con sus pacientes; nunca le hubiera dicho a alguien que sufre que no es para tanto. Lo que se vive en su sala de espera es casi adoración hacia él por parte de sus pacientes.
Veremos qué sucede, si se anima a entrar al blog y leer todo nuestro derrotero.
Durante el fin de semana escribiré lo que me contó del resultado del experimento, como vos lo llamás, y aquella situación que viví con Silvia respecto de la que necesito cierto aconsejamiento.
Yo sí pude ver el video y Eva no es tan narigona como decís. Lo que comparto con vos es la incapacidad de comprender cómo puede pinchar ese culo y no pasarle nada. Pero bueno, cada uno es cada uno, y supongo que tiene que ver con el profesionalismo y la sana capacidad de separar una cosa de la otra. Con la mujer es otra cosa. Aquí solemos decir que donde se come...no se hace otra cosa.

Lector Empedernido -

Anónimo:
Bravo! Bravo! Bravo!
Veo que las inyecciones le fueron útiles a todos y no en el sentido médico precisamente......Ya veremos qué más sucede en esta familia de salud tan endeble.....

Lector Empedernido -

Dios mío! qué susceptible eres...... (o quizá sólo un poco mimoso) No digo que intentes humillarnos, digo que lo tuyo es tan excelso que apabulla. Pero, al contrario de hacerte sentir mal, me encanta!

Carlónimo -

Querido Simón

Estamos a sólo unos días de cerrar 2009, un año difícil para el mundo y para nuestros respectivos países, en el que, sin embargo, no hemos dejado de mantener una relajante comunicación. Antes de retirarme al ansiado descanso de Navidad y Año Nuevo, quiero manifestarte mi agradecimiento por todo lo que hemos vivido juntos. Te deseo lo mejor en 2010, esperando sea el recuadro para una nueva experiencia de comunicación fructífera. Recibe un abrazo muy afectuoso.

Querida Anna

No quiero desaprovechar la ocasión para agradecerte el concierto de atenciones con que nos privilegiaste a lo largo de 2009. Te has labrado un sitio muy especial y perenne en medio de nosotros. Mis mejores deseos para ti, en 2010.

Querido Fer

De nuevo mi agradecimiento por tu apoyo y atenciones. Que el Año Nuevo te resulte muy benéfico y que sirva también para consolidar nuestra amistad.

Querido Antónimo

Mi sincero agradecimiento, hermano. Confirmo una vez más que puedo contar contigo.

Queridos lectores

Ustedes son el principal objetivo de nuestro esfuerzo. En ustedes pensamos siempre que nos enfrentamos a la temible hoja en blanco. Mi más sincero agradecimiento y mejores deseos para 2010.

¡Nos vemos en enero!

Simón -

Queridísimo Carlónimo: No te imaginás cuánto me alegró la noticia que me dio Antónimo de que estabas bien de salud. Realmente, y a raíz de un malentendido, había caído en un proceso de desesperante desencanto por el destino nefasto que pensé que habías corrido. Ahora que se que estás bien, te pido que levantes ese ánimo. Yo se que no es algo que se pueda hacer voluntariamente; cuando uno se siente mal (y lo se por experiencia) no sirven demasiado los consejos de los demás. Pero me veo en la obligación emocional de decirte que cuentes conmigo para lo que necesites; vos hiciste lo mismo por mí cuando yo estaba mal y el resultado fue positivo. Danos a los que te queremos la posibilidad de acompañarte, no te encierres. Este lugar no es lo mismo sin vos; se te extraña y nada es causa suficiente para retirarte del mundo. Los escenarios que podemos crear juntos te esperan y el cielo es el límite. ¡Ánimo! Estoy acá esperándote. La vida está llena de placeres que te corresponden por derecho propio, no podés desperdiciarlos. Y no me resigno a no disfrutarlos con vos.

Simón -

Estimado Antónimo: notaba ciertas semejanzas; ahora quedan claras: lo que se hereda no se compra. Ahora también puedo entender lo que debés estar sufriendo por la situación de Carlónimo. Y también entiendo que no estés demasiado interesado por conocer el paradero de Anna ("Who knows?") en tanto es quien ha llevado a tu hermano a esta situación. Sin embargo, para mí la cosa también es compleja porque yo tengo una amistad con ambos.
Ahora le voy a escribir algo a Carlónimo. Ojalá que puedas convencerlo de que lo lea.
Mientras, quedo esperando lo que tengas ganas de contarme.
¿Volviste a leer el relato, mirando? Cuáles son los comentarios desde esa nueva perspectiva?

Anónimo -

Servando

Les habla Servando y quiero, antes que nada, agradecer al Anónimo que muy atentamente me cedió la palabra. No se por qué rayos comento estas cosas con él pues era tan sólo un mocoso cuando ocurrieron, pero en fin, espero que a ustedes, personas más receptivas y talentosas que él, les agraden. Después de la inolvidable experiencia que el propio Anónimo les relató en el anterior, yo me encontraba muy bien. El sexo anal con Cristina me había estimulado tanto que me sentía en las nubes ¡Fue una extraordinaria vivencia! Los días siguientes mi mujer me regaló algunos otros momentos muy bellos. De antemano ¿qué creen? Pues hizo que Rita la inyectara a ella para confirmar que sabía hacerlo. Y lo más extraordinario fue que me permitió contemplar la escena ¡Ahh qué festín visual me di con las despampanantes nalgas de Cristina! Acompáñenme a revivirlo ¡pasen, pasen, pero no tienten! Recuerdo que se quitó la falda quedando con una blusita color palo de rosa entallada, así como la panty, el liguero y las medias, todo de color negro. Se acostó boca abajo y ¡a mi me dejó el resto de la preparación! Rita me miraba con ojos de celos cuando bajé la panty, solté los delgados tirantes traseros del liguero y los coloqué cuidadosamente en la cintura de Cristina quien parecía disfrutar el momento. Pienso que buscaba demostrarle a Rita la calentura que su cuerpo me causaba. Yo estaba ardiendo y no me importaba lo que Rita pudiera pensar, inclusive no me inquietaba perderla como amante. Lo que yo quería era conquistar a Cristina, ser su centro de atención, cogérmela, disfrutar su voluptuoso cuerpo.

Las blanquísimas y mullidas nalgas estaban listas para recibir la afilada aguja. Rita no lo pensó ni le dio el trato cariñoso que a mí me había prodigado antes. Sin siquiera desinfectarle el glúteo, tomándola por demás desprevenida ¡sopas! le clavó el incisivo rejón en el lado contrario, (no el que colindaba con el borde de la cama, sino el otro, el de adentro). Cristina no lo esperaba, gritó como sólo ella sabía hacerlo pero no podía fingir un dolor que en realidad no sentía. En cambio, la entrada del líquido sí le dio la oportunidad de demostrar sus dotes histriónicas. Yo estaba sentado a su lado. Abrazó mis manos, mi cintura, repitiendo mi nombre tan sensualmente que me causó erección. Decía: ¡Servando…Servando…Servando! con una voz demandante, coqueta, insinuante. Y agregaba: ¡hazlo despacito Rita, despacito, méteme todo el líquido, pero despacito! Los amplios y erguidos glúteos se estremecían, marcaban deliciosos hoyuelos. Fijé por un momento mi atención en el accidentado botoncito rectal que días atrás le había traspasado y que ahora, acobardado por el dolor, parecía arrinconarse, retraerse, fruncirse. Me acongojé cuando la roja sustancia desapareció quedando la vidriada jeringa vacía. Rita me entregó el algodón y dando media vuelta se retiró. Yo me ocupé en masajear lentamente el delicioso culito de Cristina que parecía de porcelana. Esa misma noche cogimos muy rico, los dos estábamos sumamente calientes. Pocos días después, aprovechando que de nuevo aceptó el coito, me aventuré a sugerirle la vía rectal, pero eso bastó para que se subiera la panty y me mandara a freír espárragos. Ni ese día ni en las semanas siguientes aceptó que cogiéramos ¡Así es Cristina! me hizo entrar de nuevo en la oscuridad de sentirme desairado, rechazado, no deseado. Rita tampoco estaba contenta conmigo, decía que yo tan solo la utilizaba como consolador.

Un mes después me volvió el dolor de espalda y me recetaron nuevos piquetes. Pensando que eso me ayudaría a reconquistar a Rita, le informé que esa misma noche me aplicaría la primera. Ella me dio una fría respuesta: Sí señor, como usted diga. Pero ¡hete aquí! que Cristina se enteró de mi requerimiento y, esa misma tarde me dijo: a las 7:30 viene un paramédico a inyectarte. Yo le dije que no era necesario pues Rita me las aplicaría, pero ella no transigió. A la hora señalada sonó el timbre y Rita me avisó: ¡viene un joven a inyectarlo señor! Cristina me dijo: ¡pasen a la otra recámara, no quiero que te inyecten en la sala, a la vista de esa libidinosa de Rita que no pierde ocasión de verte y de manosearte!

Era un Joven como de 28 años, guapo, fornido, amable. Pasamos a la recámara, cerré la puerta. Extrajo del estuche una jeringa vidriada ya desinfectada, lista para usarse. Tomó la ampolleta, le dio un par de garnuchos, cargó la transparente sustancia, empapó el algodón con alcohol y me pidió bajarme el calzón del pijama y acostarme. Yo me sentía nervioso pues lo común en mi vida había sido que me inyectaran mujeres, no hombres y menos tan atractivos como era el que ahora me veía desvestirme. Sentí haber tardado un siglo en bajarme el calzón y la trusa tan sólo hasta medio culo y acostarme apoyando mi cabeza en la almohada y manteniendo los brazos arriba, con las palmas de las manos pegadas a la colcha. Sin decir nada, el joven descubrió todo mi cachete izquierdo, lo palpó muy bien, sentí el alcohol e ¡inmediatamente! la violenta entrada de la aguja. Mi nalga tembló, pero enseguida vino lo peor, sentí como si un rayo me hubiera fulminado el culo. Se me fue la respiración, emití una explosiva y lastimera queja. El muchacho dijo ¡listo! y posó su tibia mano encima de mis nalgas diciendo: no te muevas, el glúteo se encuentra colapsado por la rápida entrada de la sustancia, deja que la absorba, quédate así por un rato.

Sin retirarme la mano se sentó sobre la cama, sentí que me miraba el culo. Preguntó ¿te dolió? Sí, mucho, le dije mientras hacía soberbias muecas, es que nunca me habían aplicado una inyección a esa velocidad, no te pases. Permanecimos callados, en la misma posición, mientras me daba un leve masajito en todo el glúteo Después preguntó ¿Te duele el masaje? No, para nada, le dije. Sentía erección y mi corazón estaba muy acelerado. Siguió tentándome, luego comentó: tus nalgas son muy estéticas ¿te lo han dicho antes? Sonreí mostrándole mi sorpresa, pero no acerté a contestar nada. Viendo que la situación tomaba un cariz muy intenso, a pesar de que el joven mantenía su mano sobre mis nalgas para que permaneciera acostado e ignorando el dolor que aún me aquejaba, me levanté dándole la espalda para evitar que me viera el pene erecto. Para romper el incómodo silencio, mientras me vestía le pregunté: ¿cómo te llamas? Artemio, contestó, me llamo Artemio. Espero que ya no te duela tanto el piquete, debiste permanecer más tiempo acostado. Ya estoy mejor, le contesté, tienes un estilo muy peculiar de inyectar ¿Te gusta? preguntó. Le dije: en realidad es efectivo porque no te da tiempo de asimilar el dolor, sino que lo recibes de golpe, todo junto, es muy intenso pero breve. Artemio interrumpió: acuestes un rato, por favor y, tomándome del hombro me indujo nuevamente hacia la cama. Me acosté, se sentó a mi lado y continuó masajeándome las nalgas. Yo sabía que estaba siendo demasiado complaciente con él, pero lo dejé continuar. Se dio gusto cachondeándome el culo y confieso que no me disgustó, por el contrario, me agradó.

Al día siguiente llegó muy puntual, yo estaba nervioso. Entramos a la habitación, me desnudé el culo y me acosté mientras Artemio preparaba la jeringa. Sabía que nuevamente me sometería a un dolor muy intenso, pero en el fondo lo deseaba, me invadió un sentimiento masoquista. Preguntó: ¿ya estás listo Servando? Sí, le dije, pero no me vayas a lastimar demasiado. Me dio una levísima frotación con el alcohol y sentí de inmediato el duro piquete, así como el ardor intensísimo de la sustancia que entraba de golpe en mi estresada nalga. De nuevo se me fue la respiración, sentí que me ahogaba, apreté los ojos y los puños, por fin pude gritar: ¡espera Artemio, me duele demasiado! Pero ya todo había terminado, me extrajo la aguja y me colocó el algodón diciéndome: Por favor Servando, mantenlo tú mismo en el sitio. Llevé mi mano derecha al glúteo y sujeté el algodón presionándolo levemente hasta que el dolor se fue retrayendo. Artemio se sentó a mi lado y preguntó: ¿Te excita ser inyectado? En ese momento me abrí de capa y le dije: Creo que sí un poco, la forma como tú lo haces. Adivino que tienes el miembro parado. Yo sólo sonreí, era presa de una gran turbación y no sabía qué contestarle.

Artemio me puso las manos sobre los glúteos, me acarició hacia arriba la cintura, luego nuevamente hacia abajo las nalgas, hacia adentro la raja del culo. Yo estaba muy agitado, no tenía antecedentes homosexuales pero era incapaz de salir de aquel atolladero. Por el contrario, me encontraba sumamente excitado. Se montó sobre mí haciéndome sentir la rigidez de su pene. Con el glande me punteaba la entrada rectal insistentemente, como pidiendo mi autorización. Respiré muy fuerte y, sin pensarlo más, cooperé balanceando mis nalgas para facilitar la suave penetración. Artemio no era violento, sino más bien cariñoso. No me descargó todo el peso de su cuerpo, tenía las manos apoyadas en la cama. Penetraba lentamente mi intimidad, luego me sacaba el pene casi por completo y lo volvía a meter despacito, con suavidad. A la tercera o cuarta arremetida yo empecé a jadear y él a temblar, cada vez más, cada vez más, cada vez más. A la novena o décima entrada estalló la ardiente bomba inyectándome todo el abundante semen en el culo. Casi enseguida Artemio me extrajo su pene. Yo estaba delirante, me habían introducido en una nueva dimensión del placer sexual.

El singular joven se volvió a sentar a mi lado. Su cuerpo permanecía trémulo. Sin dejar de acariciarme, me dijo: no te preocupes Servando, esto va a quedar tan solo entre nosotros. Si tú lo aceptas, podemos mantener una cautelosa relación. Ahora, sigue reposando, yo me voy para no causarte mayor ofuscación y regreso mañana para inyectarte de nuevo. Oí cómo abrió la puerta de la recámara, puso el seguro y cerró la puerta alejándose. Se despidió de Rita diciendo: Ya inyecté al señor, mañana regreso. Mi cabeza era un verdadero laberinto, no sabía qué hacer ni qué pensar, estaba preocupado, tenso, pero a la vez contento.

Simón -

Querida Lina: Gracias por tu participación y por el deseo de felicidad. Espero que a vos, por ser mujer, Anna te escuche más que a mí. No quiero ni pensar en que no esté entrando al blog porque eso indicaría que verdaderamente quiere quitarnos de su vida. Si nos sigue leyendo, estoy seguro de que recapacitará.

Simón -

Coincido con vos en la dificultad de resumir tan complejo desarrollo; a mí no se me ocurre como hacer con lo mío y como te decía en un mensaje anterior, no quiero diseccionar mi historia con Silvia y hacer un meta-análisis sobre ella. Quizá sólo sea que no encuentro el cómo. Si ya tenes idea de lo tuyo y uno de los problemas es que no sabés que haríamos nosotros, por favor contame tu punto de vista y a lo mejor me da alguna idea puedo adaptar mi parte al formato de la tuya.
Respecto de lo de la cantidad de señoritas.... no lo tomes a mal. Es una realidad, a lo largo del tiempo han ido pasando muchas señoritas; con todas has disfrutado y nos has hecho disfrutar y eso es bueno. Quizá no te guste verlo de ese modo ahora que sos "hombre de una sola mujer" como yo te dije alguna vez que era y eso es lo que puede constituir el impedimento anímico del que nos hablás. Pero lo pasado, pisado y lo que importa es Anna y tu presente.
Por otra parte, no creo que se enoje realmente por la imitación; pero sí creo que tenés que estar preparado para un "contraataque".

Lina -

Anna te acuerdas de mi? Tu me dijiste un día “Por favor, sientete en confianza para irnos contando lo que te apetezca” por eso te digo ahora en confianza que yo no quiero ir en contra de tus sentimientos porque antes que nada te respeto, pero igual que Simón dice, me haría muy feliz que reconsideraras tu decisión porque no siempre las decisiones que tomamos son las mejores y eso es muy de sabios aceptarlo y no es bueno que te domine el enojo. Yo también te extraño mucho y quisiera que continuara la historia tan bonita que estaban viviendo Carlónimo y tu y que se interrumpió por algo que si lo analizas bien puedes ver que no fue grave y que no justifica tan feo final. Si regresas te vas a sentir muy bien, de verdad. Muchas Felicidades a todos los del blog, especiaslmente Anna, Carlónimo, Simón y Antónimo.

Antònimo -

Hombre pues mejor que seas explìcito. Hoy en la noche escribo algo. Saludos Simòn.

Simón -

Estimado Antónimo: Te agradezco la confianza de mostrarme tus motivos, aunque permitime dudar un poco de su veracidad. Sin embargo, te noto ahora más sosegado y eso inspira en mí cierto deseo de llegar a conocerte un poco más. Tal y como lo relatás, parecería que conocés bien a Carlónimo; por eso te pido que me sugieras tu parecer respecto a cómo encarar la misiva.
Finalmente, pude escribir algo de lo que siguió sucediendo con Silvia. Te pido que me hagas saber tu parecer (sin pirotecnia, te ruego, al menos por ahora) para ir fortaleciendo nuestro incipiente vínculo. Además, vos conocés de mí muchas cosas por los relatos que venís leyendo y yo no sé nada de vos. Sería bueno que empezaras a darnos datos y quizá algún relato propio; o acaso tenés el Síndrome Carlónimo de "megustapincharperonoquemepinchen"?

Esa mañana, cuando me levanté, la encontré a Silvia exprimiendo naranjas en la cocina. Observé que en los últimos tiempos viene tomando cantidades industriales de jugo de naranja y le pregunté a qué se debía.
“Leí en Internet que el jugo de naranja ayuda a fijar el hierro de los alimentos. Y no quiero ni una inyección más ni de hierro ni de vitaminas”
Me acerqué a ella por atrás y manoseándole las nalgas sobre el pantalón le pregunté:
“No querés que te pinche más la colita?”
Se dio vuelta y me besó.
“Sí que quiero, pero con otra cosa. Esas que me recetaron duelen mucho; y la que me dio Gastón, ni te cuento. Si no hubiera sido que me daba vergüenza me hubiera puesto a llorar”
“Mi cielo… pobrecita. Te prometo que te voy a poner todas las que quieras sin hacerte doler”
Sin más trámite, se bajó el pantalón y me dijo:
“Prometé menos y cumplí más“ y sacando y meneando la cola provocativamente agregó “esta colita quiere que la pinches”
”Y no la puedo desilusionar, a ver si se ofende y busca a otro que la pinche”
“Eso nunca. Con una vez tuve bastante. Me encanta que vos me pinches. Pero no hables más que no aguanto las ganas”
“Es el culo más lindo que conozco. No sabés lo que me gusta, Silvia. ¿Cómo querés? ¿Acá paradita o en la cama?”
“Vamos a la cama” y me empujaba para que me apure.
“Ehhh! Menos apuro. No te va a gustar que me apure cuando hago entrar el líquido”
“Te mato!”
Me reí y la acompañé al dormitorio. Mientras ella se terminaba de sacar el pantalón para acostarse cómoda me dispuse a preparar la jeringa con solución inyectable.
“¿Cómo la querés? ¿Grande o chiquita? Te puedo poner dos chiquitas o una grande”
“ummmmm… una grande, llename la cola”
“cuidado con lo que proponés……”
Poniendo cara de yo no fui “a qué te referís?”
“A nada. Preparate que ahí voy”
Había puesto dos ampollas en la jeringa, iba a sentir el cachete bien llenito.
Cuando le pasé el algodón con alcohol por el cachete derecho no pude evitar decir “Ay! Cómo me gusta este culo! Me enloquece…!” Y le pasé la lengua, tras lo que la pinché, creo que tomándola por sorpresa porque se sobresaltó.
“Dolió?”
“No” respirando ya sonoramente.
“Cómo va? Te duele?”
“No” mientras vi que se llevaba la mano al pubis y comenzaba a masturbarse. Reemplacé su mano con la mía sin dejar de hacerle entrar el líquido transparente.
“Ah! Ah!”
“Sí, dejalo salir, Silvia. Disfrutalo. Decime qué querés que te haga”
“Así, as텔 jadeando como loca.
Antes de que llegara al orgasmo retiré la aguja y saqué la mano de su pubis.
“Nooooo! Qué malo que sos!” evidentemente frustrada y con ganas de terminar.
Salí del cuarto y fui a buscar un enemol que ya había dejado preparado.
Sin que viera lo que hacía, le introduje la pequeña cánula en la cola y apreté el envase en el mismo acto.
Gritó extasiada. “AHHHH! Me llenaste la cola…”
“todavía no…” e introduje mi pene en su ano con suavidad. “Ahora sí te llené cola. ¿lo sentís?”
“Síiiiiiii!”
“Te gusta?”
“Síiiiii!”
“ahora sí, terminá cuando quieras”
Y gritó enloquecida, apretando los cachetes espasmódicamente lo que me llevó a un orgasmo fenomenal a mí también. Saqué mi miembro de su cálida guarida y la ayudé a levantarse para ir al baño. Salió al rato luego de ducharse; estaba tan perfumada…
Se tiró en la cama a mi lado y me dijo “Nunca creí que un hombre me iba a hacer tan feliz”
“Todavía no viste nada. Lo mejor todavía está por venir”
Se rió y me retrucó “Presumido!”
Guardó silencio y se quedó pensativa.
“¿Qué pasa? ¿Qué pensás?”
Tardó un rato en contestar.
“No sé. Me da un poco de vergüenza…”
“¿Qué, mi cielo?”
“¿Viste cuando Gastón me puso la inyección?”
“Sí. ¿Qué pasa con eso?”
“Después, cuando se me pasó el dolor y la bronca… Me excitó pensar en si Gastón le ponía inyecciones a Claudia”
Largué una sonora carcajada. “Yo pensé lo mismo. No te lo dije porque me daba vergüenza!”
“Hablar de eso ahora me volvió a excitar. Simón, prepará la cola que necesito pinchártela”
Y mientras yo me ponía culo para arriba y me relajaba para evitar el dolor ella preparó la jeringa con la que me pinchó un minuto después. Luego nos abrazamos y decidimos ir un rato a la piscina. Supongo que esa fue la oportunidad en que nos viste, estimado Antónimo, y se desataron tus instintos.

Antónimo -

Gracias por la confianza. Sí, soy hermano de Carlónimo y no busques palabras para hablar con él, la espontaneidad es mejor. Hoy en la noche (para tí la madrugada) escribiré algo.

Carlónimo -

¡Querido pibe! Qué gusto saludarte y saber que sigues escribiendo. Te agradezco la iniciativa. Yo estoy bien no obstante el pesar que me ha causado el traumático accidente donde por desgracia perdió la vida mi eficiente colaborador y buen amigo, Gonzalo. Gracias a Dios, Anna resultó ilesa. No sabes lo que pasé cuando me avisaron del percance y no podía esclarecer en qué condiciones pudiera encontrarla. Luego vino la separación, de la cual yo admito ser el culpable. Lo que pasa es que no supe administrar tan enorme riqueza. En unos cuantos días, Anna me prodigo tanto amor y felicidad, que ya colmó de bienestar el resto de mi vida. Poco a poco me iré adaptando a la nueva situación. Antónimo te brindará por el momento la compañía que yo no te escatimo, pero considero no poderte brindar en plenitud. Recibe un abrazo muy afectuoso.

Antónimo -

Pero por supuesto que me encantaría leer tu relato. Mi estruendosa entrada al blog fue pirotecnia pura, quería sacudirte y quitarte la desesperante modorra que mostrabas. En cuanto a Carlónimo, si quieres escribirle, yo me encargo de que lea y él sabrá si te contesta. Por último, respecto a Anna, perdón por el anlicismo, ¿who knows?

Simón -

Los pescados y mariscos para el regreso; donde estamos no hay mariscos y los pescados de río no son particularmente de mi agrado.
Me gusta que mis historias con Silvia te hagan pensar en Anna; sobre todo cuando podés poner en práctica todo lo que pensás.
Ya no aguanto esperar la sorpresa que te preparó Anna; ni qué decir de cómo de ansioso debés estar vos.
Pobre Anna con el dolor en las nalgas ¿cuántas inyecciones les quedan aún? Hacele un mimo en cada cachete de mi parte.

Lector Empedernido -

Querido Anónimo: me voy a poner serio un minuto y decirte que lamento tu pérdida. Todo nuestro apoyo y en breve los comentarios al relato.

Antónimo -

Interesante experimento Simón, ya veremos si Gastón decide participar. Siendo médico tendrá muchas cosas qué contar. En cuanto a Claudia, me pregunto cuál será su reacción. Yo no se si el morbo por las inyecciones en propio culo puede nacer tan sólo del deseo de complacer a la pareja. Lo que no le preguntó Silvia es si, a la inversa, ella disfruta ver que inyectan o inyectar ella misma a otros. Cada cabeza es un mundo, ya ves que a Gastón no lo calienta inyectar a sus pacientes, sino tan sólo a su esposa (!!!!) Eso me recuerda la historia del ranchero que llega a la ventanilla del correo diciendo: Señora, por favor quiero unos timbres. La dama, con rostro muy serio lo mira por encima de sus lentes y le responde: Se-ño-ri-ta, aunque se tarde. A lo cual el ranchero agrega: Bueno, pues a mí… mis timbres.

Vamos a otra cosa. Una nota de la agencia noticiosa EFE aparecida hoy en los periódicos dice lo siguiente: “Presentan a los mejores traseros” Una marca de lencería organizó el concurso en España. La ganadora: Eva Fernández, de Valladolid. No pude ingresar al video pero vi una foto en la que Eva, una joven rubia, bajita, narigona (dije na-ri-go-na), de sonrisa fácil, luce un breve conjunto tejido color negro. La panty parece que se revienta debido al embate interior de unos glúteos carnosos y respingados, de esos que te quitan el habla.

¿Cómo hará cuando se enferma y requiere de atención médica? Lo bueno es que hay doctores como Gastón, que no se alteran cuando tienen que trabajar en culos ajenos porque… ¿Te imaginas?

Doctor, es Eva Fernández ¿puede pasar? Sí, hágala pasar, señorita. Y entra la despampanante chaparrita enfundada en un jeans bien ajustado y una blusita rabona del busto. Ocupa el asiento y le dice: me siento muy mal de la garganta. El robusto y ceremonioso Gastón (así lo imagino) se levanta, se coloca el estetoscopio y se lo pone a la chica en medio de las profusas tetas. La joven suspira, lo mira directamente a los ojos y le pregunta ¿cómo me ve doctor? A esa pregunta yo le respondería: ¡Vamos, que ni a la Cibeles la veo tan reparada! Pero el controlado médico le manifiesta: Bueno, habrá que cuidar esa garganta, la tiene muy irritada ¡Carajo! ¿Quién puede hablar de bacterias teniendo a la vista esas encantadoras carnazas? Y la insta a acostarse para inyectarla.

Eva se desata el cinturón y empieza a jalonear con todas sus fuerzas el pantalón pues éste se resiste de plano a bajar. Los abombados cachetes empiezan a aparecer lentamente ceñidos por una mini pantaletita blanca. Por la fuerza que tiene que hacer la joven, el último jalón le hace descender la prenda hasta los muslos. El albo nalgatorio en pleno se estremece a la vista del sosegado facultativo, quien ni siquiera se inmuta. Como ya tiene lista la jeringa, espera a la joven hojeando despreocupadamente su agenda. La chica ya está acostada y lista, se ha bajado la pantaletita y sus apetitosas nalgas resplandecen invitando al más tullido a manosearlas. Pero Gastón se aproxima lentamente, desinfecta la zona que seleccionó a pura vista, e ignorando la temblorina, los suspiros y las ansiosas y muy eróticas exclamaciones de la joven, le introduce con mano suave la patética aguja, arrancándole un grito manifiestamente reprimido de dolor. En vez de tranquilizarla con palmaditas, cariñitos, mimos y, siendo audaz, hasta con un breve besillo, el insensible médico acelera la inoculación. Eva se resiste a admitir tanta crueldad. Alzando violentamente la cabeza, aprieta los párpados, los puños y hasta las nalgas cuya tersa superficie empieza a dibujar el inevitable rictus de la desesperación.

Oyendo las insistentes quejas de la joven, Gastón le extrae la cruel hipodérmica diciendo: ¡ya pasó, tranquilícese, que no es para tanto! Da media vuelta y empieza a acomodar sus cosas en el escritorio, sin advertir los esfuerzos de la dolida chica para poder levantarse y arreglarse el vestuario.

Espero que no se enoje Gastón. Lo hice inyectar a Eva Fernández!!!

Buen fin de semana.

Carlónimo -

Muy bien Simón estás logrando muy buena ambientación y qué decir de la sensualidad de Silvia. Sólo de imaginarla luciendo ese bikini me entran los apuros y me viene a la mente mi preciosa Anna.

No creo que vayan a regresar tan cansados pero es necesario que coman bien y si se puede que privilegien el consumo de pescados y mariscos. No vaya a ser que te quedes rezagado,pibe!!!

Carlónimo -

Yo tengo idea de cómo hacer mi parte, ese no es el problema. Pero veo dos circunstancias difíciles: la primera, el aspecto anímico que ya les referí; y segundo, que no se cómo harían ustedes lo suyo. No se trata de trabajitos separados sino de un borrador de artículo que Fer terminaría a su entera satisfacción. Entonces requerimos coordinarnos e ir balanceando el documento.

Por otro lado, tu expresión "la cantidad de señoritas que pasaron por tus manos" es maliciosa y yo no la acepto en esos términos. Pero en realidad cada personaje es un reto a vencer a la hora de intentar un resumen. Les reitero que no he tomado aún una decisión.

En cuanto al ánimo de Anna para aceptar la imitación, pues no lo se. A ver si no me corta definitivamente esta vez por remedar sus expresiones.

Segumos en contacto mi querido pibe.

Lector Empedernido -

Me preguto, querido Anónimo, por qué nunca me han tocado practicantes tan considerados y tiernos como tu cuando me han tenido que pinchar?.
Siempre han sido tan friamente profesionales; no porque quisiera que se propasaran conmigo sino porque ninguno se compadeció de mi dolor de cachetes. Para animarte siempre dicen lo bien que te sentirás cuando termine el tratamiento pero nadie piensa en el mientras tanto. Toda la incomodidad, caminar con dificultad, sentarte esquivando apoyar el lugar pinchado que luego de varias aplicaciones ya es toda la nalga, estar todo el día imaginando cómo dolerá la próxima para comprobar que duele tanto como habías imaginado. Y ni que hablar de la vergüenza que puede darte tederte ahí con la cola al aire esperando el momento de la aguja clavándose y el líquido penetrando y haciendo doler a más no poder.
Supongo que no seré el único que ha pasado por esta terrible situación.
Cuéntennos cómo ha sido para cada uno?

Anónimo, que no me olvidé de que nos debes las sin duda magníficas imágenes mentales de tu experiencia con Rita pinchándote la cola.

Anónimo -

Hola Anna, muchas gracias por tus escritos y qué bueno que te gusten los relatos. Tu opinión me motiva a continuar.

Anónimo -

Estimado Lector Empedernido

No sabes la impresión que me ha causado tu comentario. Nada tan alejado de la realidad, yo no trato de humillar a nadie con los relatos que les comparto. Me has hecho sentir muy mal.

Simón -

Estimado Luis Alberto: Gracias por comunicarnos tan ominosa noticia. Lamento que tengamos que conocernos en tales circunstancias.

Anna: Lamento tu decisión pero visto y considerando el curso de los acontecimientos no veo posibilidades de vuelta atrás. No me queda claro si la tomaste antes o después del luctuoso accidente, pero supongo que de eso ya no me voy a enterar.

Carlónimo: lamento la falta de imaginación; ya hubo un "...ónimo" muerto. Si sobreviví a uno seguramente sobreviviré a otro.

Sólo resta por decir BYE BYE.

Simón -

Querido Antónimo:
¿Viste que interesante lo que escribió Fer en otro blog? Ojalá nos atraiga nuevos lectores y contribuyentes.
Por otra parte, también me resultó muy alentador que tu hermano escribiera espontáneamente un saludo. Me alegra que esté pensando volver a conectarse después de las vacaciones de año nuevo.
Finalmente tuve un minuto para escribir lo que pasó luego con Silvia. Te pido que lo leas y me des tus sugerencias acerca de cómo manejar la situación. Yo tengo mi propia idea al respecto pero me gustaría escuchar otra opinión.

A la mañana siguiente los chicos se despertaron temprano. Los levanté y les preparé el desayuno mientras Silvia seguía durmiendo. Cuando terminaron de desayunar se fueron al comedor a mirar dibujitos animados y yo preparé el desayuno para Silvia. Se lo llevé a la cama, despertándola con besos en el cuello y la espalda ya que dormía boca abajo. Se desperezó sensualmente y me abrazó, mientras terminaba de despertarse.
“Y los chicos?”
“Ya desayunaron y están mirando tele. Dale, desayuná que se te enfría el café.”
“Gracias, mi vida. Está riquísimo” Me tiré en la cama de costado, observándola mientras comía las tostadas.
“Qué me mirás?”
“Lo linda que sos”
“No te burles de mí”
“Silvia, ¿por qué me decís eso?”
“Por nada. Se ve que me desperté un poco negativa”. Le besé la mejilla y fui a ver qué hacían los chicos.
Mientras Silvia se bañaba y se vestía, ellos salieron a jugar al jardín donde hay un viejo tobogán de cuando mi hermana y yo éramos chicos.
Estábamos con Silvia planeando lo que íbamos a hacer cuando escuchamos un grito del más chico y luego un llanto asustado. Salimos corriendo y lo vimos sentado en el piso; cuando nos acercamos a ver qué había pasado dijo, hipando, que se le había clavado una astilla y que quería que venga el padre. De ninguna manera lo llamaría porque si había seguido mis instrucciones necesitaría aún un poco de intimidad.
Le dije a Silvia que me traiga la pinza de depilar mientras lo alzaba para calmarlo. Él seguía reclamando por el padre doctor para que lo cure. Cuando Silvia volvió se lo senté en la falda y le dije: “¿Vos sabés quién le sacaba las astillas de la rodilla a tu papá cuando éramos chicos?”. Me miró curioso. “Yo” Inmediatamente volteó la cara hacia Silvia buscando confirmación. Ella le explicó calmada que el propio Gastón se lo había contado. Mientras eso sucedía yo apreté suavemente el lugar donde la astilla se había enterrado y cuando asomó la punta la saqué con la pincita. Franco me volvió a mirar y me dijo “Bueno, sacámela vos” a lo cual respondí “Ya te la saqué. Mirá”. Se le iluminó la cara. Me sonrió, se me colgó del cuello y luego siguió jugando. Lo miré satisfecho, sin saber de la tormenta que se avecinaba.
Transcurrió el día con tranquilidad y a eso de las 18 salimos para la casa de Gastón a llevar a los chicos.
Ni bien llegamos Claudia le dijo a Silvia “Acompañame a preparar café”, llevándosela casi a la rastra, y nos dejaron en el living, donde Gastón y yo nos quedamos solos.
“Simón, no sabés lo que fue anoche” me dijo Gastón.
“De verdad? Qué pasó?”
“Todo lo que me dijiste. Creo que nunca en nuestra vida lo hicimos tantas veces seguidas. Y esta mañana, ella sola me trajo el antibiótico para que se lo ponga. Y… empezamos de nuevo”
“Vamos todavía! Te dije. Vas a tener que aguzar el ingenio. Me imagino que con los chicos no es fácil…”
“No sé si es tanto eso o que uno va entrando en una inercia……”
“parece que la rompieron”
“parece que sí. Y pienso seguir probando cosas”
“Si descubrís alguna fórmula nueva, pasámela”
Se rió. “Sos el maestro…”
“Pero aspiro a que el alumno lo supere… Lo que sí te digo es que vayas preparando el culo porque enseguida les da por pinchar ellas también”
“ni loco. En casa de herrero, cuchillo de palo. Odio que me pongan inyecciones”
“Comparado con las consecuencias que trae, no es tan malo, creeme”
En eso llegaron las chicas con el café. Venían risueñas, así que supongo que el entusiasmo de Claudia por llevársela a Silvia a solas era para contarle las novedades. Conversamos un rato más y nos fuimos teniendo en cuenta que al día siguiente todos tendríamos ocupaciones temprano.
En el auto Silvia iba muy callada. Miraba por la ventanilla con la mirada perdida.
“Sil, estás bien?”
“Sí” fue su única respuesta.
“Tu cara dice otra cosa…”
Sólo suspiró. Me anoticié de que el horno no estaba para bollos y me llamé a silencio. Y así llegamos a casa. Estaba cada vez más curioso; no noté que hubiera sucedido nada en particular que la hubiera podido enojar. Decidí dejarlo correr porque pasara lo que pasara, en caliente, no era oportuno insistir. Comimos en silencio unos sándwiches y en el mismo silencio me fui a dormir. Cuando ella se acostó en la cama le dije “Hasta mañana, mi amor” y la respuesta que recibí fue “Mmmmm”
No sé a qué hora, porque estaba totalmente dormido, Silvia prendió la luz.
“Simón! Despertate que tengo que hablar con vos!”
“Sil! Ahora?”
“¡Sí!”
Me senté en la cama sin terminar aún de despertarme.
“Vos me vas a dejar”
“Cómo? Qué decís?”
“Que vos me vas a dejar”
“Silvia, de dónde sacaste eso?”
“Mirá, Simón. Me di cuenta hoy, cuando te vi cómo actuabas con Franco. Te derretís cuando estás con los chicos. Siempre sabés qué hacer con tanta naturalidad!”
“y eso qué tiene que ver con que te vaya a dejar?”
“me di cuenta de que no me vas a aguantar que no quiera tener un bebé. Naciste para ser papá.”
“Sil…! Por favor!. Es una pavada” La abracé y me di cuenta de que temblaba. “Mi vida! No te voy a negar que me gustan los chicos, pero no es un motivo para dejarte. Te amo. ¿No te propuse casamiento?”
“Sí, pero no se cuanto tiempo vas a querer estar conmigo”
“Silvia, el que calcula cuándo te toca el anticonceptivo soy yo, el que te lo pone soy yo, uso preservativo en los días fértiles por si acaso… ¿qué más querés que haga para demostrarte que respeto tu decisión?”
“En algún momento me lo vas a echar en cara”
“Mirá, Silvia, si no querés estar conmigo decímelo; no me uses a mí mismo como excusa. No entiendo por qué te pusiste a pensar en eso ahora”
“Ya te dije. Te vengo viendo actuar con los chicos.” Hizo un largo silencio. “Y hoy Claudia hizo un comentario”
“pero no podés discutir conmigo por un comentario de Claudia. ¿Qué te dijo? ¿Qué te iba a dejar?”
“No! Cómo me va a decir eso?!. Estábamos hablando de lo bien que lo habían pasado anoche y me dijo que nos iba a pedir que nos quedáramos con los chicos más seguido. Yo le pregunté si a los chicos les gustaba y ella me contestó que les encanta.”
“Y?”
“Agregó que nuestros hijos van a ser muy felices con nosotros!”
“Y?”
“Que todo el mundo espera que tengamos hijos!”
“Ay! Silvia! Fue un comentario en general!”
“No. Es verdad. Vos tenés derecho a tener hijos porque los querés”
“Que los quiera no quiere decir que los quiera ahora. Y que vos no quieras ahora no quiere decir que no vayas a querer nunca…”
“Eso es lo que digo. Si pasa el tiempo y sigo sin querer me vas a dejar”
“Mirá Silvia, yo te propuse casarnos apostando al amor. Si vamos a empezar pensando que no va a durar, no tiene sentido gastar tanta energía. Yo estoy dispuesto; pensá vos qué querés hacer” A esa altura ya estaba bastante enojado con la situación, creo que tiene miedo por la experiencia de vida familiar que tiene pero tampoco nada de lo que digo o hago logra sacarla de ese lugar. Voy a dejar que se calme, voy a calmarme y veré cómo sigue. Me estiré por encima de ella y apagué el velador. Le di un beso tenue en los labios, que ella no retribuyó, y me di vuelta. Desde luego, no logré dormir.


Antónimo -

He leído con ustedes diversas historias que me han excitado. Chicas deliciosas que proyectan una enorme sensualidad. Inicios felices, experiencias inolvidables y hasta finales tristes ¡qué lástima! Pero en fin, así es la vida. Tal vez podríamos cambiarla pero si esa no es la voluntad de los personajes, pues ni modo.

Pero yo no vine a filosofar pues esa no es mi cuerda, la mía es el erotismo y el amor sin complicaciones. Y en este sentido me quiero referir a una chica que me encanta: es una guapa porteña de nombre Silvia que el otro día pude ver en una alberca allá por la Isla del tigre. Nadaba al lado de un pibe no mal parecido que la mimaba y la vigilaba como si fueran a quitársela. Y realmente tenía razones suficientes para cuidarla pues es una chica con características extraordinarias.

Cuando la vi salir del agua me deleité contemplándola enfundada en un mini bikini diseñado con breves triangulitos y cintitas multicolores ¡Aahh!... Perdón, se me fue el habla ¡No, en ese momento no pues no estaba hablando! sino ahora que les cuento. Sólo de ver aquellas piernas, esas nalgas extensas, bien paradas, la breve cinturita y ¡el busto! qué bárbara, esas redondas protuberancias delanteras ¡qué ganas de chupárselas! Perdón, perdón, me excedí. Es que a su novio lo he visto por acá narrando la forma en que disfruta con ella y no quiero que vaya a enojarse conmigo pues dirá ¿quién es este cuate recién llegado y qué se trae con mi novia? Ella está muy buena pero está ocupada y cualquier asunto con ella es por acá la entrada. No, no te vayas a enojar mi querido Simón, te pido tomar mi comentario como un merecido homenaje a la belleza de tu novia que me tiene fascinado. Sí, así es, me gusta, pero no te vayas a inquietar ni me vayas a insultar por ser tan franco. Yo se que es a ti a quien ella ama.

Oye, pero no dejes de contarme cuando la inyectes pues se que tú eres su amigo, su amor, su cómplice y su enfermero ¡Qué delicia! Sólo de imaginar que yo tuviera a esa chica enfrente de mí con el culito desnudo y muy bien parado para que se lo perfore…Con perdón de ustedes, hasta el pene se me para ¡No Simón, no vayas a tomar las cosas tan a pecho que termines despidiéndote del blog! La verdad es que sí, tu novia me gusta y se me antoja pero eres tú quien la disfruta. Sólo quiero decirte que te escucho y que si me permites entrar a la recámara donde la atiendes, pues gracias hermano, será cosa que yo te agradezca.

martha -

Anónimo, quiero conocerte: “yuyis” en azalp efatnas 888 Por favor.

Simón -

Querido Carlónimo: La canción, realmente, digna de ser recordada en este espacio.
Respecto de el juego que te propuso Anna que interesante la explicación de lo que te disgustó. Fundamentalmente en lo que respecta a cómo cada uno siente la misma situación. Sabés que varias veces jugamos con Silvia al doctor y nos resultó muy divertido; en realidad provocativo.
La tercera opción que le ofrecés a Anna es audaz, sobre todo porque incluye "lo que queramos"; es un cheque en blanco del que seguramente todos nosotros sacaremos buen provecho.
En lo referido a Fer, había perdido la noción de la cantidad de señoritas que pasaron por tus manos maestras. La tarea encomendada por Fer es mucho más grande de lo que hasta ahora me parecía; veremos si podemos hacer algo. Anna se ofreció, si no entendí mal, a hacer el resumen; quizá ella tenga alguna idea e cómo encararlo.
Finalmente, veremos cómo le cae a Anna tu imitación! JAJAJA.

Lector Empedernido -

Queridísimo Anónino:
Nada de usos lingüísticos regionales. El diccionario dice que susceptible es "Quisquilloso". Por otra parte, la palabra humillar no es tan terrible, significa "abatir el orgullo y altivez de alguien.Hacer actos de humildad". sin embargo, no voy a usarla contigo si te afecta.

Dejemos esto y vamos a lo nuestro: disfrutar de los múltiples pinchazos en la cola que nuestra imaginación nos puede proporcionar.

Lector Empedernido -

JaJaJa! Me has pillado por sorpresa! Genial! A la morena de repuesto le tocarán pinchazos también?

Lector Empedernido -

Estimado Anónimo:
Por favor, no pienses que lo de los adjetivos es una crítica. Por el contrario. Es elogio de.... frondosa imaginación.

Simón -

Querido Antónimo: de ninguna manera mi intención es discutir con vos; creo que los dos debemos cuidar nuestro temperamento y listo. No solamente podés mirar el relato que sigue sino que, no te olvides de que aún tenés que leer con los ojos abiertos el anterior; espero que no sea demasiado. Por lo de las participaciones no te preocupes, nunca ha habido muchas. Daba la impresión porque Carlónimo, Anna y yo teníamos un intercambio muy fluido pero sólo muy esporádicamente hablaba otro. Es una lástima, sobre todo para nosotros que podríamos disfrutar de los relatos de terceros además de los nuestros.
Lo del morbo en la adultez significa que es ahí cuando lo descubrí como tal. De niño más bien las padecía pero supongo que algo de eso es lo que me ha llevado a desearlas ahora.
Te vuelvo a pedir autorización para hacerte llegar relatos de situaciones que no son eróticas pero forman parte de mi vida con Silvia y sobre las que me gustaría tu opinión.
No dilato más el relato, aquí va:

Era nuestro último día allí; por la tarde saldríamos de regreso a casa. Estas pequeñas vacaciones nos han unido mucho, las disfrutamos y el relax y el alejamiento de las preocupaciones cotidianas nos han vuelto al buen humor y, por lo menos a mí, al deseo de permanecer juntos.
Ya no tengo más tiempo y estuve pensando la mejor forma de darle a Silvia la sorpresa que tengo para ella.
Ella estaba tomando sol en el parque y salí a la galería a llamarla.
“Sil, vení que te necesito!”
“Ya voy, Simón”
La esperé desnudo en el dormitorio. Cuando entró, ataviada con otra breve bikini, y me vio, sonrió.
“¿Qué querés, Simón?”
“Vos qué pensás?”
“No sé, no se me ocurre…”
“Vení, acercate que te doy una idea” y le saqué el bañador. Ella no se resistió.
Tomé un pañuelo de seda que Silvia usa en el cuello, lo plegué y comencé a ponérselo tapándole los ojos.
Noté que se angustiaba. “No, Simón! Esos juegos no, no me ates”
“No te voy a atar, Hermosa. Solamente te tapo los ojos. Teneme confianza. Te juro que te voy a hacer volver loca” La abracé y le di un beso. Se tranquilizó un poco, pero aún estaba alterada. Ya estaba con los ojos vendados así que preparé sobre la mesa de luz la sorpresa, esperando el momento adecuado. La hice acostar boca abajo en la cama. La vista de esa espalda suavemente ondulada, ahora bronceada, me subió las pulsaciones. Ni qué hablar de las nalgas, redondas y tersas, a la espera.
“Aflojá los hombros. No aprietes los puños que no te voy a hacer nada que no te guste. Igual eso es relativo porque te recuerdo que hasta hace unos días había una cosa que me decías que no te gustaba y después te gustó…” No dijo ni hizo nada.
Comencé a besarle la espalda siguiendo la línea de la columna, desde la nuca, mientras le decía cosas bonitas.
“Sos hermosa”. Beso. “Me enloquecés”. Beso. “Te amo”. Beso. “Cómo me gustás!”. Beso. “Qué cola maravillosa!”. Beso. Y así siguiendo hasta que llegué a la altura de la raya de la cola. Me agarraron unas ganas locas de escuchar el sonido de mi mano estrellándose contra su redondeada nalga, pero estaba aún en estado de alerta por la aprensión que le dan los juegos de atadura, y se asustaría. Así que reprimí las ganas, ya llegaría el momento.
Comencé a pasar la lengua por sus nalgas y finalmente le di un mordisco sobre el que estampé un beso, dejándole el cachete sonrojado. Ella ya estaba más relajada y lo estaba disfrutando; su respiración se agitaba y empezaba a gemir levemente.
La di vuelta y la besé en la boca. Succioné los lóbulos de sus orejas mientras ella ya jadeaba ostensiblemente. Le besé el cuello y bajé hasta su pecho. Lamí entre sus senos para dedicarme luego a succionarlos hasta que gritó pidiendo que siguiera para ayudarla a terminar.
“No, mi cielo. Todavía no”
Se puso a llorar. “Por favor, no me dejes así”
“No, no te voy a dejar así. Te dije que te voy a volver loca” y le acaricié la cara.
Bajé con la lengua y la metí en su ombligo. Luego de juguetear unos segundos ahí, bajé hasta el lugar a donde realmente quería llegar. Besé su pubis y empecé a mover rítmicamente la lengua por su clítoris. Arqueaba la espalda y gritaba extasiada. Acomodé mejor sus piernas haciéndoselas doblar sobre su abdomen para tener pleno acceso a todos los rincones de su sexo. Seguí usando la lengua cada vez más rápidamente hasta que explotó; no detuve la estimulación por lo que el orgasmo fue intenso y duró mucho tiempo.
En un momento gritó “Basta!, Simón! No puedo más, me voy a volver loca!”
“Es lo que te prometí”
Tomé su mano izquierda y comencé a meter cada dedo en mi boca, como había hecho ella con mi pene. Ella estaba al borde del desmayo. Luego de succionar el dedo anular, decidí darle la sorpresa. Tomé de la mesa de luz una alianza de compromiso que mandé a hacer especialmente para ella, con un pequeño brillante incrustado, y se la coloqué al tiempo que le sacaba el pañuelo de los ojos.
Estaba aún como desconcertada, conmocionada. Cuando se dio cuenta de qué se trataba me pasó los brazos por el cuello y lloró. La abracé, la contuve meciéndola con ternura. Largo rato después se calmó y se miraba la mano con el anillo.
“Simón, es precioso”
“¿Aceptás?”
“No sé, lo tengo que pensar…”
La miré incrédulo.
“Claro que acepto! Tonto!”
“Entonces, para mantener la armonía, todavía falta algo”
“Si? Qué?”
“Hoy te toca el anticonceptivo. Pinchacito en la cola!”
Se dio vuelta mirando aún el anillo.
La pinché sin contratiempos; sabe que no duele. Y terminé con aquella deseada nalgada.

Simón -

Estimada Marcia: Bienvenida y desde luego estás invitada a participar contando tus propias experiencias o fantasías.

Simón -

Estimado Antónimo:
GRACIAS. Por varios motivos.
En primer lugar, por dedicar tu tiempo, quizá quitado al descanso, a escribir algo para satisfacer mi solicitud.
Luego, en lo que se respecta a los comentarios iniciales. Te muestran equilibrado e inteligente. Creo que esto podrá prosperar.
En lo que se refiere al pequeño ensayo propiamente dicho, su excelencia es manifiesta. Me atrapó, fundamentalmente, la idea de la privatización! ¡Qué manera interesante de verlo! Ese fue precisamente uno de los temas de más acalorada discusión con Carlónimo que no comprendía que yo quisiera a Silvia exclusivamente para mí (y señalando eso fue que nos conocimos)... hasta que le pasó lo mismo con Anna y depuso toda intención de variar de nalgas a discreción.
Así es la vida y así es el amor. Y... a propósito, cuál es tu situación al respecto? ¿Cuáles son las nalgas que idolatrás?
Desde mi punto de vista tu escrito tiene un problema (para vos, no para mí), a saber: quiero más!
En un rato voy a mandarle algo más a Carlónimo, porque no tuve respuesta y luego me pongo a contar el último día de las vacaciones.

Simón -

Estimado Antónimo: Respetuosísimo tu comentario pero no exageremos.... podés leerlo de nuevo y esta vez, mirar.
Tu humor ha sumado muchos puntos y me ayudó a relajarme porque veo que tus intenciones de llevar una buena relación son sinceras.
Por cierto, si bien es cierto que mi dulce Silvia es sensualísima y tiene iniciativa, también habría que reconocerme que yo hago mi parte, no? Aunque no lo quieras lentamente te deslizas hacia tus apreciaciones sobre ella; pero estás siendo respetuoso y se te permite.
Por otra parte, el uso del término "hermano" referido a Carlónimo, es literal? o sólo es una expresión que muestra la patria común?
En breve voy a intentar comunicarme con él; estoy buscando las palabras adecuadas. También trataré de hacerlo con Anna; ella tampoco merece un final así.
Entre paréntesis, no te olvides de empezar a relatar algunas historias sobre vos mismo; quiero conocerte mejor. Por mi parte, estoy empezando a preparar el final de la historia de las vacaciones, ¿recordás que quedaba pendiente una sorpresita que le tenía preparada a Silvia?

Simón -

Querido carlónimo:
Qué suerte que pudiste ver el video y así acordarte de nosotros en medio de tanta maravilla. Como siempre, ahí me siento y espero ansioso saber de la sorpesa que Annita te preparó. Silvia no sabe nada, pero yo también tengo una sorpresita para ella; pero no nos adelantemos. Por ahora les cuento lo que pasó el segundo día de vacaciones.

Al día siguiente nos levantamos temprano. Luego de desayunar salimos a pasear por los alrededores. Se olía el pasto recién cortado, húmedo aún de rocío. Íbamos abrazados como si nos fuéramos a perder si nos separábamos. Caminamos por los senderos casi selváticos de la isla. Había lugares tan umbrosos por la vegetación que se nos hacía que era el atardecer.
Nos habían avisado que ese día al mediodía vendría la lancha almacén, así que cuando fue la hora nos acercamos al amarradero. Cuando finalmente llegó la lancha compramos víveres como para la semana considerando que hasta dentro de dos días no volvería a pasar.
No sé si podría vivir aquí pero para las vacaciones este aislamiento es fantástico.
Pedro, el dueño de las cabañas, es tan discreto que casi no se deja ver. Su presencia sólo se intuye por lo cuidado que está el parque.
Después del almuerzo Silvia descubrió la piscina. No era buen horario pero fuimos igual. Me cambié rápidamente y salí de la casa mientras ella permanecía encerrada en el baño decidiendo que traje de baño se pondría.
Me tendí con los ojos cerrados en una reposera a tomar sol como un lagarto.
Al rato noté que algo me tapaba el sol. Abrí un ojo y la ví. Ella se interponía entre los rayos y mi ya enrojecido cuerpo.
“Simón! Te tenés que poner protector”
“esperaba que me lo pusieras vos…”
“Sos como un chico… te vas a pelar todo”
No podía contestar; estaba hermosa y mw había dejado sin palabras. Se había recogido el cabello en una cola alta y llevaba un bikini, rosa dior me aclaró ella, tal y como lo había descripto: infartante.
Eran sólo triangulitos, que cubrían lo indispensable, eso sí, y estaban atados por cintitas multicolores.
Antes de que se untara con protector solar la invité al agua. Nos tiramos parados de la mano. El agua estaba lo suficientemente fría como para refrescarnos del calor ambiente pero no tanto como para que resultara desagradable.
Nadamos un par de largos disfrutando del sonido del agua con nuestros movimientos elegantes y acompasados y nos fundimos en un beso profundo antes de salir.
La sequé, me secó y nos untamos mutuamente.
No duramos mucho al sol. Un poco porque estaba inclementemente fuerte y otro poco porque nos atacó una urgencia inconmensurable de intimidad.
Corrimos a la casa y nos sacamos nuestro breve atuendo ni bien pasamos la puerta.
Allí no más, en el piso del recibidor, nos entrelazamos y disfrutamos de un encuentro largo y distendido.
Antes de llegar a la consumación Silvia me dijo: “Tengo ganas de pincharte la cola. Hace mucho que no lo hago”
“tenés razón. Dale. Mi cola es toda tuya” Corrí hasta la cama y me tiré boca abajo, relajado y ofreciéndole mi trasero íntegramente.
Preparó una jeringa y se acercó a mí. Me clavó la aguja en un solo movimiento certero en el cachete derecho y empezó a meter el líquido. Lo hizo por tandas; metía un chorro, paraba, metía un chorro, paraba.
“Te gusta?”
“El chorrito duele… despacito”
“Hago como cuando eyaculás… Un chorro, parás, un chorro, parás”
Y siguió así hasta que terminó con la jeringa.
Me hizo dar vuelta y empezó a lamerme el pene.
“Me parece que te enviciaste con esto…” Le dije mientras me retorcía de placer.
“Qué? ¿No te gusta?”
“SHHHHH. No hables que interrumpís lo que estás haciendo”
Arqueé la espalda enloquecido de placer y cuando estaba por terminar ella se sentó sobre mi miembro y acabamos juntos rápidamente. Últimamente estamos más bien urgidos; jugamos mucho antes mientras montamos todas las escenas de inyecciones (y ahora parece que de enemas) pero luego vamos rápidamente a los papeles. Por el momento es así como nos satisface y así lo hacemos.
Se acostó a mi lado y dormitamos. Al rato me semidesperté y le dije:
“Sabés, Sil? Creo que vamos a volver de las vacaciones muy cansados”


Simón -

Querido Antónimo: No voy a enojarme por la sinceridad del comentario; por el contrario, fue sumamente respetuoso a pesar de la calentura que describís que te produjo. No exageremos, tampoco aspiro a que te conviertas en piedra porque si a mí mismo me enloquece cómo no entender que a los demás les pase otro tanto. Sólo pido que se la respete porque lo que estoy contando se da en la intimidad de nuestro dormitorio; ella es una dama.
Si llega a haber casamiento (porque, como dicen los españoles, creo que después de la propuesta Silvia se acojonó) desde luego que vos y Carlónimo estarán invitados; no me lo perdería por nada del mundo.
Muy interesante el relato de Esther y Ezequiel (además de muy caliente). Veo que estamos empezando a entrar en sintonía ya que lo que continúa en mi lista de relatos justamente es un reflorecimiento del ardor de otra pareja. Ya les contaré, estoy ordenando el relato.
Vuelvo a decirte que me alegro de que el relato que mandé te haya calentado y te animo a que sigas mirando; lo que hagas a raíz de eso, en privado, no me incumbe aunque me gustaría que te sea muy placentero.
Vuelvo a preguntar: ¿tenés el síndrome "megustapincharperonoquemepinchen?" porque hasta ahora nunca te hemos visto las nalgas y supongo que en el blog habrá damiselas interesadas, aunque no se den a conocer.

Simón -

Antónimo: la forma en que escribís tu última participación está mucho más cerca de aquel tipo de comunicación que deseo tener con mis amigos en este blog. Te agradezco la aclaración sobre el destino de mi querido Carlónimo; de alguna manera me ha devuelto la tranquilidad. Aunque me gustaría poder ponerme en contacto con él para llevarle mi apoyo. Tampoco querría dejar a Anna afuera de esto, ella ha sido un gran pilar. Una historia como la de ellos no merece este horrible final.
Los dos tendrían que calmarse y reconsiderar las cosas; quizá puedas darme alguna sugerencia al respecto. ¿pensás que, aunque en silencio, están leyéndonos?
Finalmente, si considerás que podrías leer sin sulfurarte (para usar un término tuyo que me recuerda mucho a Carlónimo) un pequeño relato de cómo siguieron las cosas con Silvia en la Isla del Tigre, podría intentar escribirlo para vos como ofrenda de paz.

Simón -

No, no, no, Antónimo! No te hagas el tonto que entendiste perfectamente bien lo que quise decir. Me refería a exhibir tus nalgas pinchadas. Veo que sí tenés los mismos gustos y disgustos que tu hermano. Ya te va a tocar.

Lo de Mary muy interesante y cuadra perfectamente con el perfil del vouyer... sin ofender.

En cuanto a Silvia, creo que algo de eso hay en una reacción que tuvo y que te contaré en breve. Pero tengo que ir respetando el orden de los acontecimientos.

Lo que te anticipo es que le di a mi amigo Gastón la dirección de este blog, ya te vas a dar cuenta por qué.

Tal como habíamos quedado con Gastón, el sábado siguiente a nuestro regreso vinieron a cenar a casa. Silvia preparó una cena pantagruélica. Esa mujer es verdaderamente increíble: bella, inteligente, dulce, fogosa y cocina mejor que mi mamá!
Ni bien llegaron Claudia vio la alianza en el dedo de Silvia y pegó un grito. La abrazó felicitándola, mientras Gastón, tomándome del brazo, dijo en tono de broma:
“Hermano, estás bien jodido!” y después besó a Silvia con afecto.
Durante la cena conversamos sobre las vacaciones (sin todos los detalles que Uds. conocen) y sobre las cosas que ellos habían hecho acá.
Luego, cuando ya estábamos casi terminando el café, Gastón le dijo a Claudia:
“Vamos, Clau? Es la hora de ponerte el antibiótico”
“Ay! Gastón! La estamos pasando tan lindo…”
“Pero, mi vida, sabés que no se puede interrumpir el tratamiento”
Silvia y yo intercambiamos una mirada fugaz y disimulada. Silvia reaccionó rápidamente: “Pero ¿cuál es el problema? Claudia, ¿lo tenés acá? Te lo pongo yo”
Gastón le preguntó “Sabés poner inyecciones?”
“Sí. Cuando mi mamá se enfermó no me quedó más remedio que aprender. Simón también sabe”
“Ahhhh! Mirá que bien!” dijo sorprendido.
“Vení, Claudia. Vamos al dormitorio” Ellas se fueron y nos quedamos solos.
No sabía bien cómo encarar el tema pero tenía aquella duda respecto de Gastón y las inyecciones de Claudia y me la quería sacar.
“Gastón… sin que te ofendas… ¿te producen algo las inyecciones?”
Gastón se puso colorado como un tomate.
“Mirá, Simón, para qué te voy a mentir si me conocés mejor que nadie… La verdad es que no se cómo explicártelo…”
“Te gustan?”
Respiró hondo “Me da vergüenza… S텔
“Claudia lo disfruta?”
“Creo que no… Además me pone muy mal, pensá que soy médico…”
“Cómo hacés con los pacientes?” Pensando en que había pinchado dos veces a Silvia.
“No, en realidad no me pasa nada con los pacientes. Lo que me vuelve loco es ponérselas a Claudia” Hizo un silencio “Simón! No pensarás que… Por favor! Silvia es tu mujer!” Volvió a hacer un silencio, que respeté. No creo que le fuera sencilla la conversación que estábamos teniendo. “En realidad, estoy muy enamorado de Claudia. Con el tiempo se pone cada vez más interesante y más linda”
“Entonces, no hay problema. No pensaba en particular en Silvia… Eso sí, me parece que el que está realmente jodido sos vos!” Riéndome para quitar un poco de tensión a la situación.
“No sé. Me siento como un bicho raro”
“A Silvia y a mí nos encanta ponernos inyecciones. El asunto es que buscamos la manera de disfrutarlo los dos”
“No sé cómo hacer. Hace tiempo que todo es tan monótono!”
“Usá el ingenio, hermano. Sos un tipo inteligente. Para empezar, como los chicos esta noche se quedan acá, te la vas a llevar a pasear; no sé, a bailar, a tomar algo, lo que a ella le guste. Después van a tu casa y le hacés todo lo que ella quiera; ¡todo!, entendiste? Y le dejás claro que lo que te excitó fue la inyección. Vas a ver que va a empezar a gustarle”
“Te parece?”
“Después me contás”
En eso estábamos cuando volvieron del cuarto las chicas. Claudia venía sonriendo y Silvia se sentó al lado mío y me tocó la pierna como dándome una señal.
A los pocos minutos Gastón le dijo a Claudia “Clau, te molesta que nos vayamos? Estoy cansado”
Claudia iba a empezar a protestar cuando intervine “Claudita, andá. Total mañana nos vemos de nuevo cuando les llevamos a los chicos y seguimos conversando”
De bastante mala gana Claudia empezó a prepararse para irse; se despidieron de los chicos (que al rato ya estaban dormidos en el cuarto de huéspedes) y se fueron. De salida le palmeé la espalda a Gastón animándolo a hacer lo sugerido. Cuando volvimos a entrar Silvia me preguntó “Qué le agarró a Gastón?”
Le conté la conversación que habíamos tenido y ella me relató lo que sucedió con la inyección de Claudia. Me dijo que se mostró bastante molesta por tener que inyectarse y le dijo que sospechaba que a Gastón le gustaba inyectarla y por eso lo hacía por cada pavada que tenía. No entendía del todo lo que le pasaba a su marido, cómo podía gustarle algo que a ella sólo le producía dolor. Silvia la calmó contándole lo nuestro y las inyecciones y le sugirió que las transformara en un juego sexual aprovechando que a su esposo lo excitaban. Le aseguró que si se dejaban llevar lo disfrutarían mucho.
Cuando nos acostamos intenté acercarme a ella y me dijo
“No, Simón. Están los chicos y pueden escuchar”
Comprendí, entonces, que uno de los motivos por los que se niega a tener un bebé es el temor a perder nuestra frondosa intimidad sexual. Ya habrá tiempo de ver cómo resolver ese problema.

Lector Empedernido -

Estimado Anónimo:

Te concedo el pedido de dejarme de molestar con el reclamo de tus experiencias de niño en lo que se refiere a Rita y su aguja. Sin embargo, dudo de que el motivo sea que ya no lo recuerdas.....
En cuanto a los demás y sus recuerdos, espero que no se sientan inhibidos por la maestría de tu pluma y compartan algo con nosotros.

marcia -

Hace poco descubri este blog y me lo devore en tres dias de intensa lectura y muxcha excitacion...ami tambien me gustas las inyecciones recibirlas y ver cuando las plican a otros...Me gustaria saber aque clase de inyecciones se suministran ustedes,vit 12/ me gustan los detalles de la medicacion recetada y cada cuantas horas...y obvio todo lo que se refiere al detalle de las nalgas, las bragas bjas dejando ver toda la cola y los nervios de quien tiene y no quiere ser inyectado...gracias y sigan con estos intensos relatos.

Carlónimo -

Querida Anna, qué bueno que disfrutes los lugares a los que te llevo. Fíjate que si los tienes muy presentes puedes afirmar que ya conoces algo de México. No he inventado nada. Pero si crees que eso es México pues te vas a ir de espalda cuando te muestre muchos otros sitios y ciudades. Simplemente, ahora que tomemos la carretera de Veracruz a la Ciudad de México, pasaremos por Puebla, una ciudad colonial (como hay muchas otras) con una riqueza arquitectónica inmensa. Y te la voy a mostrar, al menos someramente. En cuanto a las palabras que utilizo y que no conoces, por favor dímelas en cuanto las oyes. No comentaste nada acerca de las inyecciones que te puse ¿te resultaron excitantes? ¿Te dolieron mucho?

Yendo al otro punto, Simón ¿Incomodidad? Bueno, pues no, en realidad todo lo que me haga mi preciosa Anna en la intimidad es delicioso. Pero que me lo haga con otra personalidad (como doctora) pues eso ya no me gustó tanto. En cuanto a que yo la ausculte como si fuera su médico, me resulta un retroceso. La he inyectado, le he puesto supositorios y hasta un enema, pero en circunstancias muy íntimas. Como médico tendría que adoptar una posición muy formal que no me resulta atractiva, ni puedo sentirla.

A ver qué te parece mi contrapropuesta, querida. Para calmar todo deseo, yo prefiero que llevemos a cabo una sesión intensiva en la que los dos nos hagamos lo que queramos. Pero sin dejar de ser Anna y Carlónimo. Esa es mi propuesta que estás en tu derecho de aceptar o de rechazar. Si la aceptas la realizamos próximamente, propongo que celebremos esa sesión en Puebla. Si la rechazas yo aceptaría alguna de las opciones que me has dado, aunque tenga que revisarte sin poderte tocar con amor, o deba copular con una doctora que no conozco.

Sólo humorísticamente, encanto ¿Me dejas que te manifieste mi opinión utilizando tu estilo? Gracias, ahí te va, pon atención:

¡Hombre! que no me cambies las cosas que yo no escogí acudir con ninguna doctora, ni consultorio, ni clínica. Que mis nalgas no están para que las ande picando la primera que venga. Y a mi, tampoco nadie me pone a que me piquen las nalgas ¿vale? Entiendo perfectamente el juego que llevamos y lo que digo no tiene nada que ver con eso, yo sólo digo que yo no estoy aquí a disposición de la primera que venga con jeringas, cánulas y supositorios a hacerme la pelota.

¿Aahh verdad, qué sentiste mi vida?

Vamos a lo de Fer, pues sí podría asumir mi papel pero ¿Saben lo que ahora me preocupa mucho? Tener que regresar a etapas y personajes que me causan conflicto. Siento que ya no podría verlos y tratarlos igual. Recuerden todo lo que yo tengo que considerar y que conciliar: Elisa; Stella; Nayeli; Alma; Ruth; Elizabeth; Martha; el grupo referido a mis vecinas (Graciela Limón, la Señora Darien, Cristina, Servando); Otro grupo de diversos (Quelq’un m’a dit, Karen, Belem, las texanas; Gloria; Martha Patricia; Tere; Marina; Betzabé (que no es tan “diversa”); etc. etc.) Luego: Karol; ¡Simón y Silvia!; Anna, primera parte; Anna, segunda parte, o sea mi vida al lado de la preciosa Anna.

Soy tan feliz contigo vida mía, que no quiero complicarme el escenario ahora que estamos tan identificados los dos. Déjenme pensar las cosas, pero les ruego darme su opinión y sugerencias.

Anna, mi amor, esta canción me ha estado dando vueltas en la cabeza a últimas fechas. http://www.youtube.com/watch?v=zzdEZYzrpIo

Antónimo -

Simón, te agradezco tus oportunos comentarios. Así que lo de curar el empacho no es privativo de México ¡Gracias por la aclaración, yo no lo sabía! Por otro lado, me sorprende tu comentario de que el morbo por las inyecciones te llegó ya de grande. Yo lo sentí desde los ocho o diez años ¡Qué curioso! No, desgraciadamente no volví a saber de Socorro. Los estudios al nivel medio superior los hice fuera de México y cuando regresé ya había perdido toda referencia de ella. Eso de que me permites observar “un poco” es aún más peligroso porque no se qué será para ti “un poco”. Espero tu relato, pero ¡Por favor, por favor, estimadísimo Simón, por favor! No vayas a traer nuevos problemas y discordias a este lastimado blog, pues ya tenemos bastante con el devastador Ciclón “Anna”, cuyas terribles consecuencias estamos apenas tratando de medir y de resolver ¿Te das cuenta que no ha habido ninguna otra participación, mientras que antes las había, al menos esporádicamente? Queremos estar bien, disfrutar en armonía del sano erotismo que nos une. Eso de que discutamos y nos ataquemos públicamente es, además de ridículo, un terrible error, peor de corrosivo que el ácido sulfúrico. No vayas a hacer que Carlónimo se infarte.

Antónimo -

Estimado Simón, te agradezco nuevamente tus respuestas. Yo pensé que no tendría dificultad para entablar amistad contigo pero no tomé en cuenta el momento que vives. No insistiré en que escribas y, menos aún, que me compartas las experiencias con tu novia. Entiendo las razones que te asisten para negármelo. Pero la expresión que me regalaste en tu primer escrito: “esto de estar reiniciando relaciones cada vez que a alguien le da por desaparecer del blog, me agota y no sé si tengo ganas de volver a hacerlo”, me permite adelantar que no lograré ningún buen diálogo contigo, a menos que cambies tu mentalidad diametralmente. No se si me equivoque pero creo que mantienes muy vivo el recuerdo de Carlónimo, lo cual es explicable. Pero Carlónimo está embebido de Anna y su corazón no podría volar sin ella. Así que dejémoslo por un tiempo en vida latente.

Carlónimo no murió. La única referencia que tienes del percance es el comunicado de Luís Alberto diciendo: “Dos días después llegó mi esposa de Veracruz y me entregó el periódico del mediodía. Justo en primera plana identifiqué la foto del vehículo colapsado: un camión carguero fuera de control lo embistió. El referencial de la noticia decía: Trágico accidente en la autopista a México. El conductor del vehículo murió instantáneamente. Su acompañante, una joven española, resultó ilesa”

La noticia es cierta pero la conclusión a la que llegaron es falsa. Carlónimo nunca olvida sus compromisos de trabajo. Aquella mañana llegó a la Aduana de Veracruz un componente que él importó de Suecia, así que ya había instruido a Gonzalo, su chofer de la empresa, que se trasladara desde México en una pick up para recogerlo. Se reunieron a las 11 de la mañana en la aduana para realizar el trámite de entrega. A las 12:30 Carlónimo mandó al chofer en su propia camioneta a recoger a Anna y llevarla a Boca del Río, donde ella se dedicaría a buscar algunas artesanías y después Carlónimo llegaría en la pick up para comer juntos. A las 13:10, cuando iban en camino a Boca del Río ocurrió el percance, pero fue Gonzalo el que por desgracia perdió la vida. Anna, en virtud de que viajaba en el asiento trasero, recibió tan sólo algunas magulladuras y el médico la dio de alta. Aún así, Carlónimo la internó en el Hospital Naval, donde le hicieron todos los exámenes necesarios para comprobar que no tuviera ninguna consecuencia. Al día siguiente la envió por avión a México, permaneciendo él en Veracruz dos días más para efectuar algunas gestiones. Estaba muy nervioso y por eso vociferó más de lo debido, lo cual irritó a Anna.

Cuando regresó a México y se enteró de la decisión de Anna, de abandonarlo, Carlónimo entró en una fuerte crisis depresiva. Actualmente se encuentra metido en una rabiosa terapia ocupacional, conforme a la cual trabaja demasiado y casi no duerme. El dice que así saldrá del problema.

Vamos a ser realistas, Simón. No obstante estar vivo, Carlónimo no puede ser una pieza activa pues sigue enamorado de Anna. Que ella decida regresar, no es imposible pero sí remoto. Si regresa, pues como tú dijiste alguna vez: “tiene un lugar asegurado y esta es su casa”. Carlónimo la recibiría con los brazos abiertos. Pero si no regresa, pues que esto siga volando, hay mucho de qué hablar, pibe.

No puedo ser más claro, las bases han quedado muy bien sentadas. Por el momento, o revivimos el blog con nuevos escenarios, o lo cerramos. Espero tus siempre valiosos comentarios.

Anónimo -

A ver mis buenos amigos, gocen esta nueva rola.

Karen

Ricardo manejaba su espléndido convertible deportivo a gran velocidad, ya estaban cerca de la ciudad, Karen sonreía y aceptaba de buen grado los términos del intenso juego erótico que su amante le proponía realizar esa misma tarde. El hábil piloto le decía en ese momento: “Después de las 5 inyecciones de Complejo “B” que te aplique en las nalguitas, te clavo una buena lavativa en el culo, y cogemos bien rico ¿cómo ves?” La escultural compañera le contestó tranquilamente: De acuerdo Ricky, como tú quieras, sólo deseo sentir que soy tuya…únicamente tuya, lo que quieras hacerme me fascina, me enloquece. Después le regaló un suave murmullo muy erótico: ¡Uummm qué rico! Le dio muestras de su excitada respiración y se mantuvo impávida en tanto que su rubia cabellera, impulsada por la velocidad del auto, flotaba en el aire.

Entraron por fin a la residencia, pasaron a un costado de la alberca, tomaron el rumbo de la cascada y llegaron al precioso jardín de gardenias y rosas que rodeaba el encantador chalet. Ricardo estacionó despreocupadamente su vehículo, saltó de él sin abrir la portezuela y, terriblemente excitado por lo que había planeado y estaba a punto de disfrutar, tomó a Karen en sus brazos y la llevó cargando hasta la recámara, mientras ella celebraba el feliz momento con un suave y muy estético pataleo, una risa por demás encantadora y sensuales gritos: ¡UUyyy, mi vida, vamos a gozar como nunca! Finalmente Ricardo la acostó en el mullido king size, se desnudó y se tumbó encima de ella. Los dos se abrazaron rodando sus cuerpos a todo lo ancho de la cama. Se besaron con desesperación, mientras Ricardo la iba despojando lentamente de su ropa, hasta dejarla tan solo con una mínima pantaletita rosa, de lo más sexy.

Karen tenía un cuerpo asombroso que no mostraba la menor discordancia. El busto, las piernas, cintura y caderas, armonizaban sus dimensiones a la perfección. Tenía además una piel tan suave, tersa y cálida que, con sólo tocarla su amante había llegado algunas veces a tener una descomunal eyaculación. Otra virtud singular es que ninguna de las poses que adoptaba era vaga o descuidada. Por el contrario, todas tenían una gran armonía de conjunto. Por ejemplo, la erección del trasero era acompañada por la flexión de una de las piernas, el repliegue de los brazos (que daba la impresión de súbito estremecimiento) y el giro coqueto de la cabeza. Eran poses tan fotogénicas que harían estremecer al más ecuánime de los hombres.

Puesta por fin boca abajo, Ricardo le bajó completamente la panty dejando a la vista un monumento de nalgas carnosas, amplias, respingadas, verdaderamente excitantes, cuyo estremecimiento era más que evidente, pues temblaban ante la proximidad del piquete, en sintonía con la secreción vaginal que ya humedecía la parte interior de los muslos. La joven descansaba apoyada en sus codos, con la cabeza erguida, una pose por demás insólita que permitía contemplarle tanto el busto como las singulares expresiones faciales, tan variadas y eróticas que enloquecían a su acompañante. El implacable piquete le arrancó por fin un grito irreprimido que aludía placer, dolor, satisfacción, deseos, perversión, todo en feliz armonía. La entrada de la renegrida sustancia le suscitó a su vez innumerables quejas y lamentos que impresionaban y calentaban: ¡me lastimas mi rey! ¡me quemas la nalga! ¡ya no aguanto! ¡pero sigue, flagélame todo lo que quieras, pues tú eres el amo, el que manda, yo te pertenezco!

La segunda inyección le fue aplicada en decúbito izquierdo con las piernas flexionadas, casi en posición fetal, lo que aumenta el dolor debido a la tensión del músculo. Karen gritó aún más fuerte, agitó las piernas, sacudió varias veces el culo, pero resistió estoicamente el tormento. La tercera la recibió en decúbito izquierdo y en un sitio muy cercano a la cresta ilíaca, donde el tejido es más fibroso y al ser horadado produce un dolor insoportable. La chica se estremecía con desesperación. La cuarta la recibió en pose de perrito, con el culo suspendido, lo que hace que el tejido se retraiga y el piquete alcance una mayor profundidad. Por último, Ricardo la puso de pie y le clavó la aguja casi en la parte central del glúteo, haciendo que gritara desgarradoramente y que antes de terminar la aplicación prácticamente se desvaneciera cayendo sobre la cama con la aguja aún clavada, lacerándole despiadadamente el ya de por sí lastimado glúteo. Por si esto fuero poco, el descontrolado amante la puso sobre sus piernas y le flageló a manotazos las nalgas haciendo que enrojecieran hasta el extremo, mientras la chica gritaba: ¡termina conmigo de una vez por todas, pégame, nalguéame, no te detengas!

Cuando las nalgas de Karen estaban a punto de reventar, Ricardo la acostó boca arriba y se montó encima de ella besándola, acariciándola, excitándole los pezones con la lengua, luego la puso de perrito y la penetró por la boca. La joven ceñía sus labios ajustándolos al grosor del pene hasta que Ricardo le roció todo el rostro con su pastoso semen que le escurría por las mejillas y el cuello. Apenas la dejó descansar unos instantes y tendida boca abajo le penetró el culo con una enorme cánula para aplicarle una descomunal lavativa de tres litros de agua. La chica gritaba: ¡me revientas, Ricardo, me revientas! Hasta que no le cupo una gota más de líquido y este empezó a regresar en súbitos chisguetes. Entonces le retiró la cánula y la penetró con el pene, tan violentamente que le rasgó el suave esfínter rectal. La joven, en lugar de emitir nuevas quejas celebró el rompimiento gritando: ¡lo lograste grandísimo cabrón, ya me desgarraste!

Finalmente, Ricardo la tumbó boca arriba, le separó bruscamente las piernas y la penetró vaginalmente. Ella gemía y lo abrazaba con gran pasión hasta sentir el violento torrente seminal que le invadía las entrañas. Los dos amantes tenían los ojos casi en blanco, ella gemía, suspiraba y musitaba frases que denotaban su total aprobación: ¡me dominas, me enloqueces, soy tuya, toda tuya! Ricardo le extrajo el pene y se tumbó sobre la cama, ella permaneció inmóvil, pero después de un rato empezó a decir: ¡soy tuya, sólo tuya, soy tuya, sólo tuya, soy tuya, sólo tuya, soy tuya, sólo tuya…mientras su pierna izquierda brincaba violentamente, como pateando a un invisible enemigo, una y otra vez.

Ricardo se puso de pie, tomó el teléfono y llamó: ¿Sexy components? ¿Hugo, eres tú? Manda de nuevo por la doll que ya se trabó, está totalmente madreada. Me envías a la morena de repuesto.

Carlónimo -

Ese mismo día

“Y juntos llegamos a un orgasmo, que me hizó gritar... gritar que lo amaba, y a él gritar mi nombre... Anna”. Después nos quedamos dormidos, fatigados. De nuevo me despertó el contacto con tu cuerpo. Tenía el miembro henchido, pleno. Te sentía muy suave, calientita, relajada. Me así a tus inquietantes formas y empecé a tallarte el culito. Respondiste con suaves gemidos de satisfacción y deseo. Te deslicé la panty hacia los muslos y apoyé mi glande en tu vagina.Giraste nalgas arriba y te monté consumando la penetración. El roce y el jadeo fueron intensos a más de fugaces. Mirando tu mejilla, tu cabello y tus labios clamorosos… entreabiertos, sensuales, exploté inundándote con el viscoso licor de la apetencia. Nos estrechamos aún más, como una sola masa ardiente, palpitante. De nuevo me embebí de ti, mi preciosa Anna.

Preparándonos para salir estábamos activos, deseosos de aprovechar la jornada. No tuviste empacho en que saliendo del baño te inyectara. Tan sólo te retirste la toalla y te posaste sobre mis piernas donde recibiste el frío pinchazo que no te causó mayor molestia. Estabas contenta. Viendo cómo entraba el renegrido complejo B, me deleité besando tus nalguitas que no me canso de admirar y de disfrutar. Finalmente te pusiste de pie sin dejar de ofrecerme tu cschete izquierdo para que terminara de retirarte los resabios de la roja sustancia que podían manchar la pantaletita que ya te habías colocado hasta las piernas. De pie, sujetándote la pequeña prenda a la altura de los muslos, esperaste pacientemente hasta que terminé de frotarte el rojo puntito de la incisión y besé tu respingado cachete. Luego te cubriste el culito y lo empinaste frente a mí para iniciar la colocación de los ajustados jeans que ese día combinaste con una blusa anaranjada. Te veías preciosa como siempre, muy maja.

metiendo a la camioneta todas nuestras cosas, dejamos por fin Costa Esmeralda y tomamos la carretera con rumbo a Tamiahua adonde llegamos a mediodía. De inmediato buscamos un lugar donde comer. En esas estábamos cuando uno de los pescadores nos ofreció llevarnos en su embarcación por toda la barra (el sitio donde se juntan las aguas dulce y salada) conduciéndonos hasta la laguna, donde pescaría para prepararnos un sabroso almuerzo. Nos pareció muy buena la idea y recorrimos a todo motor los seis kilómetros que dura el trayecto. El agua se levantaba flanqueando velozmente los costados de la pequeña lancha, la cual avanzaba cabeceando bruscamente con la proa ligeramente alzada. El bullicio del motor y del agua no nos permitió cruzar palabra. Sólo nos abrazamos y disfrutamos el viaje fascinados por la belleza del lugar.

A tu lado recordaba muchas cosas que ya hemos vivido y que tú recientemente encerraste en una frase afortunada: “los panes que tenemos juntos”. No he dejado de pensar en esa bella expresión cuyo sentido no he llegado a precisar del todo, pero que me gustó a tal grado que ya la hice mía. No se a ti, pero a mí, más allá del supuesto “escenario” las vivencias a tu lado ya me marcaron para siempre y, aunque quisiera no las podría olvidar nunca. Podría jactanciosamente decir que conforman una vida paralela o secundaria, pero no puedo negar que es tan intensa y real como la otra.

Después de lanzar la red un par de veces, desembarcamos en un paraje inverosímil: una bella planicie arbolada desde la cual se divisa tanto el mar como la laguna. Nos condujeron a una palapa en cuyo asador chisporroteaban unas suaves brasas que el pescador avivó rápidamente. Luego nos trajo cervezas, preparó la pesca y, a poco, ya nos ofrecía una serie de platillos deliciosos. Empezamos por saborear unos cocteles campechanos (provistos de ostión, camarón, almeja y jaiba). Luego nos sirvieron unas empanadas de zaragaya, un pescado de excelente sabor muy versátil de prepararse; enseguida preparó unos pesacados sierra, abiertos en canal, sazonados al chiltepil, una salsa deliciosa a más de picante. Y cerramos con plátanos “macho” también asados.

Dimos una “vueltina” al borde de la laguna y luego nos tiramos en una hamaca matrimonial donde muy abrazaditos dormimos la reconfortante siesta. A las 5 de la tarde despertamos y el pescador nos regresó al pueblo donde compramos algunos recuerdos. Subimos a la camioneta y emprendimos el camino de tres horas al Puerto de Veracruz. La carretera es panorámica, muy bella, va pegada a la costa en todo su trayecto. El paisaje es tan hermoso que nos detuvimos un par de ocasiones para disfrutarlo con la ambientación del atardecer. Bajamos del vehículo y viendo el sol que rielaba la superficie del agua, nos besamos y nos acariciamos con verdadero ardor.

A las 8 de la noche entramos a Veracruz y nos hospedamos en un hotel situado justo en el malecón, al borde del mar. Desde la habitación 517 teníamos a la vista las instalaciones de la aduana, y el contorno del fuerte de San Juan de Ulúa, además de los grandes barcos mercantes anclados en el muelle y los guardacostas de la Armada de México que regularmente patrullan el puerto. Un escenario muy distinto al de Costa Esmeralda, pero igualmente interesante. Nos dimos un regaderazo y salimos a caminar a lo largo del malecón. Recorrimos unos cuatro kilómetros disfrutando la brisa marina, entreverados con cientos de turistas, vendedores de artesanías y gente del lugar que regresa de su trabajo o simplemente se pasea antes o después de la cena. Te mostré el Edificio de Faros y su gran explanada. Se trata de un mudo testigo de las invasiones yankis, la última de ellas ocurrida en 1925.

Entramos al Portal de Diligencias y te enseñé los sitios exactos donde el pueblo veracruzano colocó trincheras y barricadas para detener el avance de los entrometidos gringos. Fue una gesta heroica donde perdieron la vida muchos civiles defendiendo la Patria. Entramos también al Gran Café de la Parroquia, un sitio que no debes olvidar siempre que viajes a Veracruz. Ahí disfrutamos un clásico café con leche en vaso de vidrio, que te sirven directamente en la mesa elevando la jarra de leche más de un metro por encima del vaso, de manera que cae a plomo, muy gruesa y espumosa. Entretanto, disfrutamos la interpretación de alegres sones huastecos, interpretados a base de marimbas, guitarras, guiros y maracas. Un ambiente único que en cuanto lo conoces no puedes dejar de revivirlo posteriormente.

Luego nos fuimos al hotel y nos cambiamos. Yo me puse pantalón y zapatos blancos, así como una típica guayabera (camisa larga, bordada) Y tú un bello vestido veracruzano tejido a mano que ya desde antes te había comprado y que te entregué sorpresivamente para que lo lucieras esa noche en que celebrábamos nuestra reconciliación. Te veías preciosa, con ese aire castizo que tanto te adorna, pero imbuida de la alegría, las costumbres y el sinigual sabor de lo mexicano. Ese día te sentí por primera vez parte de mi entorno. Encontré que ya te podía ubicar aquí y que eras parte de México. No sabes lo contento que me sentí. Espero que en España yo pueda hacerte sentir lo mismo, que no sea para ti un extranjero perdido y desubicado en aquellos lares.

Por cierto, en ese momento, previendo que durante la cena beberíamos algunas copas, decidí inyectarte por adelantado. Como ya estabas muy bien vestida y arreglada, para no estrujar tu ropa y tu atuendo, simplemente te acostaste sobre la cama y te elevé el faldón del vestido. La escena me resultó muy sensual, era diferente. Te replegué la panty tan solo lo necesario. Te veía muy arregladita al estilo veracruzano, eras una bellísima costeña veracruzana-españolada que me calentaba terriblemente. Perforé por enésima vez tu suave y redonda nalguita haciéndote temblar y gemir de dolor pues ya tenías el culito muy castigado. Comprendí tu pesar pero me animabas diciendo ¡No te preocupes mi amor! es natural que me duela un poco, pero de cualquier forma disfruto que tú me inyectes y de tus manos aguantaría veinte piquetes más, o los que tengas que darme. Terminada la aplicación me pediste permanecer un momento más en la cama. Entonces decidí aplicarte unos paños, así que te bajé totalmente la panty y mojando algunas gasas con agua muy caliente del lavabo, te las apliqué por turnos. Cómo disfruté esa deliciosa labor admirándote tendida con el culito muy bien dispuesto para que te lo relajara. Después de un rato me dijiste que el dolor ya no era tan intenso y te levantaste lentamente, ofreciéndome un espectacular “close up” de tus encantadoras intimidades.

¡Y nos fuimos al baile! Una pista espectacular emplazada a cinco kilómetros del hotel, muy cerca del imponente Acuario que luego te llevaría a visitar. El restaurante es muy bonito y afamado por sus excelentes platillos. Tiene las mesas dispuestas en desniveles y en la parte más baja está la pista, adosada al enorme ventanal desde el cual se aprecian el Malecón y el mar, teniendo como fondo el faro y algunas instalaciones iluminadas de la famosa Isla Sacrificios, que también visitaríamos luego. Ordenaste un oporto, lo cual me recordó aquella primera vez que te besé. Por mi parte pedí un Vodka tónic, que me encanta. Nuestra conversación fue en torno a la reciente desavenencia que tuvimos, de la cual terminamos riendo y proponiéndonos evitar situaciones análogas en lo sucesivo. Nos prometimos ser más cuidadosos y no tomar tan a pecho las cosas, porque finalmente los dos sabemos que nos amamos y lo que cada uno representa para el otro. Con un prolongado beso sellamos nuetro renovado acuerdo de amor y comprensión.

Luego nos fuimos a la pista donde nuevamente me diste lecciones de baile. Es increíble que hasta las “cumbias” y la “salsa”, propias de aquí, las bailes mejor que yo. Ya no digamos el rock y la rumba flamenca. En esta última me apabullas pero me encanta seguirte. La verdad es que tú me llevas maravillosamente bien. Bueno, en realidad me doy cuenta que por momentos me cedes la iniciativa y me dejas conducirte a pesar de que mis pasos sean para ti elementales. En fin, para mí es muy hermoso que hasta en esas cuestiones en las que “me llevas de calle” me respetas y me das el privilegiado lugar con el que siempre me has agasajado. A pesar de tus “morritos” eres una mujer muy tierna y cariñosa.

La cena fue formidable. Sentados muy juntitos en un sitio de gran intimidad rodeado de algas y de peceras monumentales que te hacen sentir en el interior de un confortable submarino, disfrutamos unos deliciosos langostinos empanizados y una exquisita variedad de brochetas de salmón y de huachinango ahumado. Nuevamente privilegiamos el champagne como nuestra bebida por excelencia. Después de aquella agradable degustación, estuvimos mimándonos y regalándonos múltiples y sensuales caricias que despertaron de nuevo nuestro deseo. Pasamos a la pista y disfrutamos una tanda de piezas muy románticas, de esas que interpretara el ya legendario Ray Conniff. Nunca olvidaré el momento en que nos deslizamos mejilla con mejilla al compáz de su delicioso arreglo intitulado “El Mar”.

No aguantamos más y decidimos regresar al hotel donde nos bañamos y descorchamos una segunda botella de champagne, para entregarnos al amor.

Tú empiezas, mi vida, estoy listo para recibir la prometida sorpresa.

PD
Lo mismo siento por ti mi preciosa Anna
"Voy a comerte el corazón a besos,
a recorrer sin límites tu cuerpo"
"voy a dejar por tus rincones pájaros y flores,
como una semilla de pasión"

Claro que pude verlo, me parece un buen grupo y oyendo la canción pensé sobre todo en ustedes, Silvia y Simón, nuestos entrañables amigos porteños, del país más austral de nuestra querida América.

Antónimo -

Simón, de acuerdo no hay que enojarse, pero a lo que yo me refería es a tu misterioso anuncio de: “situaciones que no son eróticas pero forman parte de mi vida con Silvia y sobre las que me gustaría tu opinión” Después de lo que has narrado me queda más claro el escenario, pero ayer me hiciste pensar en aquellos remilgos que tuviste con Silvia y que pusieron a Carlónimo al borde de la desesperación hasta hacerlo caer enfermo. Ya no sabía qué decirte y nada te convencía, estabas muy necio. Ahora entiendo que no se trata de eso y qué bueno.

Del relato ¿qué te diré? que me calenté viendo cómo acariciabas y repasabas lentamente todos los rincones y hendiduras de Silvia. Es inevitable gaucho, no soy de palo y tu chica pues ¡se las trae! Así que aunque te enojes esta vez hablo sincero. La lengua es un buen instrumento de placer del que se ha hablado relativamente poco en el blog, así que aplaudo tu iniciativa y espero que no sea la última vez que le apliques a tu novia esa terapia, invitándome a verlos, desde luego. Entiendo también que ya tenemos boda en puerta y al respecto te digo que si no me invitas a Buenos Aires no te lo perdonaré nunca. Creo que a Carlónimo también le encantará estar presente. Por mi parte, te comparto, más bien les comparto a los que quieran leerlo, el siguiente relato.


Esther

Después les cuento algo más acerca de Socorro. Por el momento me llamó la atención el comentario de Simón de que la pasión por las inyecciones le llegó en edad adulta y me acordé de lo que le sucedió a un matrimonio al que la rutina le había ensombrecido el panorama, haciéndoles perder a cada uno el interés por el otro. La esposa, de nombre Esther, una mujer entera, muy guapa, lucía un cuerpo apetecible: Era de piernas generosas; nalgas amplias, carnosas; la cintura bien marcada; y sus atractivos senos completaban el favorable escenario. El esposo, cuyo nombre era Ezequiel, lucía también excelente forma: era alto, recio, garboso, de muy buena complexión. No obstante, los dos se habían cegado y a pesar de dormir juntos, copulaban muy de vez en cuando, con la sola intención de guardar las apariencias.

Un día, Esther sintió alguna molestia y habiendo consultado al médico, éste le recetó inyecciones que debía aplicarse cada doce horas. Como no quería involucrar a su marido, acordó con una enfermera de su confianza, que cada día le pusiera: La primera, a las nueve de la mañana, pues su marido salía a las ocho y media; y la segunda, a las nueve de la noche, ya que Ezequiel llegaba alrededor de las diez. Aquél primer día, sentado a la mesa, mientras hojeaba el matutino, Ezequiel terminó de beber su café. Se levantó, le dio un beso de trámite a su esposa, subió al coche y se retiró. A los pocos minutos llegó la enfermera, Esther le entregó el medicamento, subieron las dos a la recámara y la atractiva paciente se preparó para recibir el molesto pinchazo.

Al efecto, se despojó de la pequeña bata, alzó su camisón y se acostó en la zona de los pies del mullido lecho. Sus nalgas prominentes, aún cubiertas por la exigua panty lucían esplendorosas. Desde esa posición, Esther no dejó de observar los movimientos de la enfermera quien con toda diligencia despuntó la ampolleta, sorbió el agua destilada, quitó la metálica cubierta del frasquito con el medicamento pulverizado, le clavó la aguja y empujó el émbolo para agregar el líquido y formar la sustancia. La agitó fuertemente y la hizo entrar a la enorme jeringa.

En ese momento Esther se bajó la panty quedando su precioso culito totalmente expuesto. Era carnoso, soberbio, de aspecto nacarado. Esperando el pinchazo tuvo reminiscencias de un momento muy erótico, la vez que Juan, un antiguo novio, la acompañó a que la inyectaran y la vio gemir, patalear, gritar y hasta llorar, porque en esa época las inyecciones la aterrorizaban. Y viendo cómo la densa sustancia le era inoculada, el joven la consolaba acariciándole el cabello y las manos. Fue un novio tan respetuoso que a pesar de haber tenido aquella suprema motivación, se mantuvo tranquilo, cariñoso y amoroso, tan sólo esperando a que se casaran.

Pero esto no ocurrió nunca y ahora, mientras Esther recibía el recio pinchazo de la enfermera y tensaba los músculos por el terrible dolor que le causaba la sustancia, lamentaba que Juan no la hubiera hecho suya. Estuvo un buen rato acostada, sumida en sus pensamientos. La enfermera terminó de frotarle el sitio de la horadación, luego se despidió, pero Esther siguió tendida con las nalgas erguidas, excitadas por el deseo de que Juan escuchara y acudiera a su llamado. Que, aunque tarde, la montara, la penetrara, la poseyera. Cuando se levantó, la encantadora paciente se dio cuenta que tenía la entrepierna mojada. Se desvistió y moviendo sensualmente su proporcionado cuerpo, entró muy despacio a la regadera.

En la noche la situación fue análoga, Llegó la enfermera y encontró a Esther sentada en la sala, mirando un álbum de fotografías de cuando aún no estaba casada. En una de ellas, aparecía sentada al lado de su hermana, luciendo una breve faldita que permitía verle casi la totalidad de las piernas. En otra, lucía un bikini color mostaza. Estaba tendida sobre una toalla; el oleaje parecía alcanzarla. Fueron tiempos contrastantes en los que se sentía fuertemente admirada, pero no lo suficientemente amada. La enfermera se acercó a ella y casi tuvo que tomarla de la mano para llevarla a la recámara, donde se alzó el vestido, bajó la panty y tomó su lugar nuevamente en la cama. Lucía unas nalgas plenas, suculentas, ansiosas, pero indudablemente mal aprovechadas. Siguió con la vista la preparación de la jeringa, pero la expectativa de dolor no la atemorizaba. En cambio, se decía a sí misma que no era justo sacrificar sus ardientes formas, sus encantos, privándolos de un destino trascendente.

De nuevo se sintió perforada, sus nalgas temblaron, se erizaron de dolor y de ardiente deseo. Sus recuerdos y el deseo no satisfecho la pusieron de nuevo en aquella camilla de la clínica a la que la acompañara su novio. El recuerdo fue todavía más intenso. Al sentir el ardor de la sustancia, Esther percibió que el cuerpo entero se le crispaba, gritó, lloró y pataleó como en aquella ocasión lo había hecho. Concentrándose en la imagen de sus propias nalgas, firmes, delirantes, deliciosas, flageladas por la enorme hipodérmica, cocidas por la hiriente sustancia, deseó que Juan no pudiera contener el deseo y que esta vez sí se la cogiera, que la hiciera suya.

Sintió cómo la montaban, le besaban el cuello, las mejillas y la espalda. Acariciándole las nalgas le puntearon la vulva, la penetraron haciéndola estremecer brutalmente. A cada arremetida gritaba, temblaba, lloraba de alegría, de ganas, se desgañitaba. A poco, sintió el ardiente licor que le recorrió las entrañas. Estaba agitadísima, fuera de sí. Como si aquella fuera su primera vez, su única vez, su más ardiente vez. Respirando por la boca a jalones, con las manos temblorosas recorriendo la superficie de la cama, las nalgas endurecidas y ardorosas, dibujó una encantadora sonrisa que se convirtió muy pronto en carcajada, en descomunal júbilo. Después permaneció muy quieta relajándose lentamente, hasta que el amante repitió la serie de besos inicial a lo largo y ancho de la cara, se incorporó y le dijo: Esther, por fin te pude encontrar, no imaginé que una simple inyección me revelara a tales extremos tus encantos. Era Ezequiel, quien había presenciado la inyección a su esposa y desde ese día no dejó de estar presente cuando se las aplicaban. Y se convirtió en su más fervoroso amante.

Anna -

Escribes maravilloso Anonimo, desde hace tiempo te leo pero no te habia escrito nada. La verdad es que me gustan mucho tus relatos y te agradezco que nos deleites con ellos. Continua por favor!

Anónimo -

Lector Empedernido, eres terrible, me despertaste el morbo con tu agudo comentario. Efectivamente, hay más que contar acerca del triángulo Cristina-Servando-Rita, te prometo hacerlo. Respecto a tu interesante conjetura, yo creo que las dos circunstancias son válidas: Servando amaba y deseaba a su esposa, de manera que se calentaba oyéndola gritar explosivamente de pura calentura y morbo (porque él conocía muy bien su motivación). Pero Cristina, en su mojigata actitud no lo saciaba, ni tampoco ella se saciaba, creo que era una gran reprimida no obstante su atrevimiento con el médico, a quien finalmente desesperó también porque lo estimulaba visualmente y hasta se dejaba tocar un poco por él, pero tampoco le dio la oportunidad de desahogarse. También supe que Rita se calentaba mucho a partir del excéntrico morbo de su patrona. Y desde luego que tanto ella como Servando aprovechaban el momento, por eso (y por otras razones) Servando consentía los descarados coqueteos de su mujer con el médico. También era, creo yo, un acto de venganza, pues tanto Rita como Servando se sentían, en distinta forma, maltratados por Cristina. En cuanto a los adjetivos que uso, como el de “frondosas” los tomo del único sitio donde puedo, es decir, de mis recuerdos ¿Cómo puedo calificar lo que las dos jóvenes me hacían sentir? Lo que quise transmitirles a ustedes es que estaban enteras, llenas, plenas, desbordantes de encantos. Muy bien Lector Empedernido ¡te felicito! Eso quiero, que platiquemos, que intercambiemos puntos de vista y que unos a otros nos calentemos.

Antónimo -

Estimado Simón.

Cuando contesté “Who Knows?” sólo traté de ser objetivo. No tengo ni la más especulativa idea de lo que esté haciendo Anna y tú tampoco la tienes. Pero no estoy preocupado por Carlónimo ni encuentro responsables de nada, pues no hubo más que una decisión personal de Anna, respecto de quien no guardo ningún sentimiento negativo. De que el final de la novela es triste y discordante, lo es, sobre todo lo segundo ya que la relación parecía tener cuerda y prometía buenos ratos de amor y de erotismo, pero igual pudimos equivocarnos. Tu relato lo volveré a leer cuando me tengas más confianza pues no quiero retroceder lo avanzado.

Las nalgas

Esta mañana llamó mi atención una curiosa noticia periodística patrocinada por la BBC de Londres. El encabezado dice: “Homenajean a las nalgas” y el texto de introducción refiere: “Presentan en Francia un documental y libro, dedicados a la importancia de los glúteos en la historia” Después de leer el artículo concluyo del brazo de Jean Paul Sartre, que: la patria, el honor, la libertad, nada existe, sino que el universo gira en torno a un par de buenas nalgas femeninas ¡Y vaya si esto es cierto!

Pensé de inmediato en nuestro blog donde no se hace más que discurrir acerca de las nalgas ¿Qué tienen esas redondas carnazas que embrujan, hipnotizan, enajenan y esclavizan a los hombres? No trato de ser machista lo que pasa es que hablo justamente como hombre. Por favor que las damas lean adecuando el relato a sus sentimientos.

Desde las pálidas nalgas de Elisa que refiriera el ya legendario Anónimo, aquellas que pinchaba sobre todo la libidinosa Eulogia, hasta las de Silvia que nos describe Simón, pasando por las eróticamente abultadas de Cristina, las esculturales de Gloria, las de Karol, dotadas de sensuales “bachitas”, y las bien formadas de Anna, que Carlónimo disfrutara y exaltara al extremo. Todas ellas nos han cautivado y concentrado por momentos toda nuestra atención, arrancándonos profundos suspiros y una buena parte de nuestra fuerza afectiva.

Y de las nalgas, justamente de ellas, proviene todo: el enamoramiento, la ansiedad, el incontrolable deseo, la entrega. El mundo gira en torno a ese atractivo, vibrante, insinuante, par de mofletes que los caballeros admiramos, del cual nos quedamos prendados y no reculamos hasta llegar al ansiado tacto, la caricia, el beso, el pinchazo, la penetración y, en algunos casos, hasta la privatización, al adoptar ese culo de por vida.

Enloquecemos tan sólo de ver una atractiva dama desnudándose lentamente el trasero; acostándose resignada con los elásticos mofletes expuestos, entregados; estremeciéndose al recibir la terrorífica aguja y la espesa sustancia que implacable penetra su tersa carne; los nerviosos movimientos de dolor, de ansiedad, de excitación: los puños que se cierran, los finos párpados que se conmueven, los labios que se crispan y separan incitantes, o de plano suplicantes, con irrefrenables suspiros, exclamaciones de asombro, de dolor, deseo, satisfacción... Todo ello extractado en una inequívoca demostración de placer, a veces de insinuación y hasta de abierta entrega al hombre que la inyecta, cuyos ojos no dejan de embelesarse, delatando el deseo y la expectativa de mayor placer que lo embarga y que poco a poco se va materializando con un suave acoplamiento de los cuerpos, el incitante rumor, la ansiada penetración, y el delirante orgasmo.

Anónimo -

Martha Patricia

¿Cómo olvidarte Martha Patricia? Tu imagen es perenne, inmutable. Me consterna tu secreto de la eterna juventud, tu bello rostro me emociona y me sorprende a cada instante. Con un diferencial de edades tan breve pudimos ser mucho más que conocidos y que amigos, pero la vida nos llevó por caminos distintos y fue en la fase de madurez que entrelazamos brevemente nuestros senderos ¿Quién iba a decir que compartiríamos momentos tan intensos y a la vez tan incompletos? Llegué aquella tarde a Durango, me instalé en el hotel y te encontré cenando. Los dos estábamos comisionados por tiempo indefinido. Podría ser un mes, o dos, o tal vez tres, cumpliendo misiones diferentes para la misma empresa. Cuando uno se encuentra aislado de toda gente conocida, el encuentro con un amigo ocasional se torna decisivo. En esa oportunidad compartimos cada día el momento apacible de la cena. Entre las siete y las nueve, cada día nos fuimos conociendo, nos fuimos platicando nuestras vidas y expectativas. Y no fueron tres meses, recuerdo que llevábamos seis cuando el intenso ritmo de trabajo y el estrés te agotaron físicamente afectando tu salud querida Martha. Aquella mañana, estando a punto de salir para la oficina recibí tu llamada de auxilio: estoy muy mal, no se lo que me pasa, necesito ayuda médica, por favor acompáñame. Te llevé a la clínica, estabas muy pálida. Te detectaron una fuerte anemia y tuviste que permanecer cinco días hospitalizada. Yo te seguí viendo cada noche, velé tu sueño en calidad de acompañante, te fui animando. Me compartiste tu cansancio, tus molestias, temores y alegrías, hasta que felizmente te dieron de alta. Saliste del hospital un poco más delgada, con la consigna de no estresarte tanto, de comer lo prescrito, y padecer un doloroso tratamiento a base de inyecciones.

Aquella tarde comimos juntos en el hotel donde compartimos la alegría de tu relativo reestablecimiento. Recuerdo tu rostro con esa sonrisa tan tierna, tus ojos castaños muy vivos, tu cabello claro rizado, tus labios que son un poema. Me enloquecías cuando mirabas algo con curiosidad montando tu labio inferior en el superior como una niña traviesa. Ese día no pudiste comer más que una exigua ración de pollo con ensalada, una pieza de pan tostado y fruta. Me solidaricé comiendo lo mismo, pero añadí una taza de suculento café negro. Durante la sobremesa me miraste con timidez, me ofreciste una tierna expresión de pena y me pediste que fuera yo quien te inyectara.

Dormiste algunas horas y a las 7 en punto llegué a tu habitación para aplicarte la primera dosis de reconstituyentes. Vestías un pijama de franela rosa jaspeado, con encaje blanco en cuello y mangas. Tenías puesta música muy suave, me invitaste a sentarme en una cómoda poltrona y te metiste en la cama. Estuvimos un buen rato platicando, tus ojos tenían un hermoso brillo y me veían con atención preparar la jeringa. Cuando estuvo lista replegaste la ropa de cama, giraste lentamente el cuerpo para quedar boca abajo y descubriste la mitad de tu redondo glúteo izquierdo. Tus nalgas eran breves pero firmes, de piel muy blanca, suculentas, con una suavidad extraordinaria. Complementaba tu encanto una bien definida cintura. Posé mis dedos en la zona del tormento buscando el puntito más idóneo para pincharlo, estabas muy fría y un poco tensa. Cerrando los ojos me imploraste: despacio amiguito, me inyectas despacito. Cuando estaba a punto de picarte, tus labios temblaron de miedo. Pinché y la aguja se deslizó con ligereza haciéndote emitir una sensualísima queja. La pálida sustancia ingresó lentamente haciendo temblar tus nalguitas hasta que la jeringa quedó vacía. Te noté tranquila, sólo me manifestaste el ardor que sentías. Extraje la aguja, me senté a masajearte y estuvimos así por un buen rato, mientras me platicabas que en tu niñez habías sido víctima del terrorismo intramuscular, pues como a casi todos los de nuestra generación, te inyectaban so cualquier pretexto sufriendo el terrible protocolo de la época: engaño, humillación, autoritarismo, crueldad y tormento innecesario, lo cual te produjo una notable fobia a las jeringas. Te ayudé a vestirte, cobijé tu cuerpo, besé tu mejilla y me retiré prometiendo volver al día siguiente.

Avanzamos tres sesiones más sin ningún contratiempo hasta llegar a la quinta inyección cuando tus nalgas ya resentían el castigo recibido. Aquella noche me esperaste vestida. Llevabas puesto un pantalón negro y blusa blanca con filos amarillos en el cuello y el área de los botones. Los lentes te daban un aire de madurez e intelectualidad. Me hiciste pasar diciendo: “me duelen las pompis, te ruego tenerme paciencia” Lista la jeringa, bajaste tu pantalón hasta medio culo mostrándome la parte superior de los dos glúteos. Me dijiste: vamos a ver de qué lado resisto mejor el piquete. En efecto, tenías los dos cachetes un poco inflamados, la densidad de la sustancia había hecho estragos. Te propuse ponerte fomentos calientes y aceptaste que lo hiciera después del piquete. Tu culo se veía muy blanco, terso, firme, redondo, por demás apetitoso. Presioné levemente el lado derecho y te quejaste; luego el izquierdo y de plano saltaste, así que decidí pincharte el primero. Te inundé la zona con alcohol tratando de adormecerla, esperé a que se secara y repetí la operación. Sin decir más te clavé la aguja. Te agitaste y gritaste. Empujé el émbolo lentamente, pero cada avance de la sustancia era un flagelo que te fustigaba las entrañas. Me detuve para que descansaras. Respiraste profundo, volví a avanzar y de nuevo te moviste. Interrumpí otra vez y observé en tu rostro los signos inequívocos del agudo dolor. Esperé pacientemente hasta que te relajaste. Te pregunté ¿estás lista Martha? Me dijiste: sí, ya termina. Empujé de golpe el émbolo haciendo que la densa sustancia entrara rápidamente. Gritaste con desesperación, golpeaste la almohada con ambos puños, tu rostro enrojeció, el sudor perló tu frente. Saqué la aguja y te di un masajito muy superficial, pues la súbita hinchazón del glúteo era evidente. Fui al lavabo por agua muy caliente, mojé un paño y te lo apliqué en el sitio preciso del dolor, como compresa. Me manifestaste sentir alivio. Te pregunté si podía bajar más la panty y tu misma te descubriste el culo entero, así que pude aplicarte compresas más grandes en los dos glúteos que se iban ruborizando paulatinamente ¡Qué deliciosa postal la de tus dos cachetes desnudos bien chapeados! Aquella noche comprobé y disfruté visualmente tu extraordinaria belleza. Después bajamos a cenar, apenas podías caminar, yo te miraba con delicia, eras bella, agradable, sensual, amistosa y sincera ¡Cómo deseaba regresar a la habitación y culminar el erótico momento que habíamos tenido! Pero lo nuestro era, sin más, una simple relación de amigos.

Las siguientes cuatro sesiones fueron análogas. Te puse compresas antes y después de la aplicación pero ya estabas muy lastimada. Llegó por fin la décima y última inyección. Te encontré por demás abatida, tus nalgas no tenían un sitio inyectable que no estuviera lastimado. Te tumbaste en la cama con las dos nalgas al aire. Querías que encontrara algún sitio donde el piquete fuera al menos soportable y ya no te cohibía desnudarte en mi presencia. La solución era obvia, del lado derecho tenías un hematoma y no era posible punzarlo, así que debía encontrar un lugar adecuado en el glúteo izquierdo. Empecé por ponerte fomentos calientes con lo cual se moderó la relativa hinchazón y el glúteo se puso muy rojo. Lo froté después con bastante alcohol para adormecerlo, pero cuando lo tocaba te quejabas, la inyección te iba a doler de todas maneras. Busqué algún sitio extremo que permitiera ser punzado, ya fuera muy arriba o muy abajo, pero en todas partes te dolía y me manifestabas tu sufrimiento diciendo: ¡ahí no, por favor, ahí no! Sin tener opción alguna, clavé la aguja en medio de los demás piquetes, donde pude, y gritaste en tal forma que el corazón se me estrujó y me sentí un malvado. Estabas en pleno llanto, moviendo las piernas jalando con desesperación tu cabello, frotando la cara contra la almohada, cuando apreté rápidamente el émbolo y te hice padecer un súbito y descomunal sufrimiento, por la densa sustancia que invadía vertiginosamente tu ya de por sí flagelada carne. Fueron uno, dos, tres y hasta cuatro gritos descomunales los que emitiste y terminaste diciendo ¡ten compasión ya no aguanto! Extraje la aguja y te dije: Querida Martha, ya todo terminó. Te apliqué nuevos fomentos, seguías llorando pero poco a poco te fuiste tranquilizando. Aún acostada con las nalgas desnudas tomaste cariñosamente mi mano, la besaste y me dijiste: gracias, si no fuera por ti no hubiera resistido semejante tormento. Seguiste acostada, te puse más fomentos, sin prisa, platicamos largamente. Aquella noche me di el último festín visual con tus nalgas pequeñas, sumamente eróticas, que tuve muy cerca de mí, pero que no pude poseer nunca.

Antónimo -

Simón, eso de que Silvia “se acojonó”, como que no me cuadra, no me cuadra. Y de que “no me han visto las nalgas” no se qué pasó, pues yo no me las quité mientras copulaba con Socorro.

Pero me hiciste recordar algo digno de contar. Efectivamente, como tú dijiste, yo era “pícaro ya de bastante chico” y siendo adolescente tenía una vecina guapísima como de treinta años, alta, delgada, muy blanca, que me fascinaba. Le decían Mary y aún vivía en la casa paterna. Invariablemente regresaba del trabajo como a las ocho de la noche, cenaba y se bañaba. La bañera estaba pegada a la ventana en la cual no había cortina, pero el vidrio era traslúcido opaco, de manera que al espiar sólo apreciaba la silueta de la joven, pero me consolaba con ver esas estimulantes formas difusas. Lo demás, lo imaginaba.

Una noche en que presenciaba la ardiente función y estaba particularmente excitado, me percaté que Mary terminó de secarse y ¡zas! que abre la ventana antes de abandonar la bañera. El corazón me retumbó al observar por un instante sus blanquísimas nalgas en movimiento. Y ahí me tienes buscando un nuevo ángulo para seguir admirándolas. Vuelta y vuelta, giro y giro, hasta que por fin las enfoqué de nuevo. Las manos y las piernas me temblaron, el pene me reventaba.

De pronto… ¡Que empieza a dar la vuelta! Yo me dispuse a gozar la vista de sus excelsos genitales ¡Ya viene, ya viene! Y ¡sopas! Me receté un tremendo tortazo. Resulta que era Manolín, su hermano ¡¡¡Me lleva la @#@#@#!!!

La próxima vez que haga el amor, te prometo ponerme yo abajo, para que te deleites con unas verdaderas nalgas.

Antónimo -

¿Cómo debo comentar para que este celoso gaucho no me truene un balazo? ¡Aahh, sí!
Muy buena aplicación, hombre, muy profesional y por las reacciones de la paciente parece que el dolor fue marginal y pasajero. ¿El enema? Bueno pues entró en el sitio adecuado, habrá que ver si surtió el efecto deseado. La masturbación y la penetración anal, bueno pues yo cerré los ojos y me di la vuelta, te aseguro que no pude ver nada ¡Carajo, lo que hay que hacer para que no te agarren a balazos! En resumen…pues muy bien Simón, muy bien, pero te aseguro que no le ví nada a tu novia ¡Vamos! que ni los tobillos eh? Espero que mi comentario te haya parecido respetuoso.

Ahora no te vayas a enojar diciendo que me pitorreo de tu romance. No Simón, te agradezco la confianza y sí me pareció excitante tu relato. Ahora que veo a Silvia en acción entiendo por qué mi hermano Carlónimo le llama siempre: “la sensualísima Silvia” ¡Tiene empuje esa chava!

En cuanto a que te diga cómo hablar con Carlónimo. Por favor, no inventes, pues ¿cómo esperas encontrarlo? ¡Háblale como le has hablado siempre! Dile que ya deje el trabajo y que venga a contar relatos sobre chamacas muy guapas y sabrosas.

Simón -

Antónimo: Ingenioso relato pero Rogelio es Rogelio. Si intentás hacerme ver cuánto me puede calentar que admires a Silvia, te digo que no necesito de eso para que me excite. Sólo verla mirarme con amor y expectante me enciende. Lo lamento, pero sigue vedada. Una sola persona merecía mi permiso para pensar en ella y esa persona ya no está.

Anónimo -

Pero…Lector Empedernido ¿para qué me haces hurgar en sucesos que ya ni recuerdo bien? Además hay muchas otras cosas que vale la pena relatar. Por favor reflexiona el caso y reconsidera tu petición. Con ello me harías un gran favor. Espero que no me lo niegues. Por el momento apoyo tu propuesta de que nuestros amigos refieran alguna experiencia propia. Tienen la palabra ¿Karol? ¿Martha? ¿Anna? ¿alguien más? Venga, no se repriman.

Anónimo -

Amigos, a ver qué les parece esta loca ocurrencia, espero que la disfruten y no dejen de comentar algo. Por favor no sean tan parcos.

Quelqu'un m'a dit

Junto con su marido Nicolás Sarkozy y la Reina Isabel II de Inglaterra, Carla Bruni cruzaba por primera vez el patio de honor repleto de flores y de gallardos centinelas. El Palacio de Buckingham se erguía imponente para recibir a los distinguidos visitantes franceses. Todos los políticos, el personal administrativo, los guardias y la prensa entera, tenían la mirada puesta en una sola persona que no era ni la Reina ni el presidente huésped, sino la nueva esposa de éste que caminaba garbosa luciendo su esbelta figura ataviada con un vestido azul marino de corte recto y un bello ensamble de perlas rodeándole respectivamente la muñeca izquierda y el cuello. Al tomar la artística escalinata que lleva al emblemático salón de embajadores, la distinguida dama obsequió a los presentes una inolvidable vista de su inquietante trasero que se bamboleaba en sensual movimiento revelado por la delgada y fina tela del discreto atuendo.

En medio de los discursos y de las rebuscadas formalidades diplomáticas Carla se encontraba exhausta. Su aparentemente incorruptible máscara estaba a punto de resquebrajarse. Con dificultad podía ocultar el espantoso tedio que la aquejaba. Sus bellos ojos azules se posaban en el antiguo y aristocrático péndulo que se balanceaba una y otra vez haciendo avanzar las artísticas manecillas del reloj que ya habían recorrido un enorme trecho pero la ceremonia no terminaba. La guapa francesa alternaba cada vez con mayor frecuencia el punto de apoyo de su esbelto cuerpo llevándolo de un glúteo al otro en forma por demás evidente, lo cual hizo que Sarkozy le transmitiera con el brazo una discreta llamada de atención, invitándola a conservar la calma. Ella le respondió con un giro majestuoso de su elegante cuello y regalándole una dulce sonrisa enmarcada por el suave movimiento de su glamorosa cabellera marrón, que todos admiraban en ese momento.

Cuando por fin terminó el protocolo, Carla y Nicolás fueron llevados a su regio aposento para que descansaran por unas horas y se alistaran a participar en la espléndida cena de honor que la Reina Isabel les tenía preparada. Sarkozy le dio un cariñoso beso a su esposa y se retiró al despacho que le habían habilitado para celebrar una reunión de trabajo con los miembros de su gabinete. Carla, a su vez, pasó del vestíbulo a la recámara y mientras caminaba aventó las zapatillas, se quitó las joyas, el vestido y se tumbó despreocupadamente en la cama. Tenía las ideas revueltas, amaba a Nicolás y estaba aún deslumbrada con su nueva posición de primera dama, pero no sabía cómo iba a mantener la paciencia en aquel entorno tan formalmente riguroso y demandante en que se encontraba. Recordaba con nostalgia los años que se mantuvo dedicada enteramente al arte: la canción, la poesía, el modelado. Se sentía un tanto frustrada, como si su posición estuviera a punto de arrebatarle la inigualable libertad que antes gozaba. En su cansancio dormitaba concentrada en aquel anhelo de libertad al que no estaba dispuesta a renunciar.

Il semble que mes bras soient devenus des ailes
Qu’à chaque instant qui vole je puisse toucher le ciel
Qu’à chaque instant qui passe je puisse manger le ciel

Pensaba además que su esposo no le podía destinar todo el tiempo que ella deseaba. Recordó a Raphael, padre de su hijo Aurélien, con quien había mantenido una relación muy consistente y la introdujo en los más selectos círculos intelectuales de Francia, en los cuales encontró respuesta a muchas de sus inquietudes creativas y emocionales. Acariciando una parte de sus piernas y de sus nalgas parcialmente cubiertas por la pequeña panty azul marino bordada, suspiró profundamente evocando las intensas jornadas que tuvo con él en la cama. Recordó también a Mick, con quien a los 25 años escenificó en Tailandia tal vez la más ardiente de sus aventuras amorosas. Extendiendo al máximo su cuerpo tocó a través del brassiere sus erguidos pezones, luego se volteó de costado y permaneció muy quieta tratando de conciliar el sueño.

L'amour, hum hum, j'en veux pas
J'préfère de temps de temps
Je préfère le goût du vent
Le goût étrange et doux de la peau de mes amants,
Mais l'amour, hum hum, pas vraiment!

El sueño la venció montándola imaginariamente en una frágil balsa dispuesta en el río Sena, que la llevó de la Tour Eiffel hasta Champs Elysées, donde Marisa, su madre, la esperaba y al verla llegar empezó a llamarle: Carla ¡c’est mama, c’est mama, c’est mama! Una cantaleta que de pronto se convirtió en: ¡madame, madame, madame! Carla levantó la cabeza y, volviendo a la dura realidad, vio a Claudette su dama de compañía que la despertaba mostrándole una despiadada jeringa que debió aplicarle a las 6 y eran ya las 6 y 20 ¡Ah, je l’avais déja oublié! Se frotó los ojos por un instante, giró el cuerpo adoptando la posición boca abajo y la diligente Claudette le bajó la panty completa. El pequeño, terso y bien moldeado culito de Carla quedó a merced de la joven y exquisita asistente que muy atenta se disculpó por la molestia que le causaría a su patrona, diciéndole: ¡Párdon madame pour ce que je dois vous faire! Palpó abatiendo alternadamente la zona inyectable en cada uno de los sensuales glúteos los cuales dieron muestra de su extraordinaria firmeza. Frotó con el pequeño hisopo el sitio seleccionado y de un golpe le clavó la enorme aguja, pareciendo que ésta iba a traspasar el exiguo cachete que la alojaba. Claudia, con la mejilla derecha apoyada en la almohada tenía sus ojos cerrados, el cabello se le dispersaba en la espalda y en la cama, mientras sus labios emitían un constante murmullo ¡¡¡Ooh, aah, ca suffit. Aah…Mon Dieu, ca suffit… Mon Dieu!!! en tanto la recia sustancia le invadía el cachete cuyo violento estremecimiento permitía constatar el dolor que causaba.

Sarkozy entró a la recámara en ese momento y se quedó estupefacto contemplando la voluptuosa escena. Se oyó el estruendo de la valija y los folios que de sus manos fueron a rodar por el suelo ¡¡¡Oh la la, ma cherie, oh la la!!! Sus pantalones se desplomaron dejando a la vista el enorme pene bien erecto. Claudette extrajo la aguja y se retiró corriendo. Carla sintió los labios y la lengua de su marido que succionaban la diminuta gotita de sangre que le brotaba del piquete. Nicolás la tomó por las caderas, le elevó la cintura y de perito la penetró bruscamente haciéndola emitir un nuevo y muy sensual lamento: ¡¡¡Ooh, Aah. Mon Dieu!!! Recordaba su más reciente composición:

Quand ça gronde, quand ça me mord,
Alors oui, c'est pire que tout,
Car j'en veux, hum hum, plus encore!!! Plus encore!!! Beaucoup plus encore. Oh la la!!!

Anónimo -

Querido Lector Empedernido, nunca consideré que tu comentario acerca de los adjetivos fuese una crítica. Por habérmelo inspirado, te dedico el siguiente relato que se refiere a un momento de feliz relajación en la maniática vida de Cristina.

Cristina y Servando

Así transcurría la vida sexual de Cristina y de Servando. Ella haciendo que el doctor Quirarte le inyectara la cola, y él cogiéndose a Rita. Pero un inesperado suceso alteró momentáneamente las circunstancias. Aquella noche Servando se desvistió al borde de la cama y se puso el pijama mientras Cristina, ya acostada, trataba de conciliar el sueño. Esperaba que su marido le diera el acostumbrado besito en la frente, se acostara y le ofreciera como siempre la espalda.

Pero esta vez Servando no se acostó, sino que saliendo de la habitación empezó a hablar con Rita. Cristina trataba de entender el somero diálogo que mantenían, entreverado con ruidos propios del natural movimiento. Desenvolvían algo, daban pasos, interactuaban, cuchicheaban. Se hizo de pronto un extraño y sospechoso silencio intercalado con suaves murmullos y una serie de gemidos, sí leyeron bien, ¡gemidos de Servando! Fue la gota que derramó el vaso, Cristina se levantó bruscamente, se puso la bata y fue de inmediato a la sala, donde vio a su marido tumbado boca abajo en el sofá con el culo al aire y Rita inyectándolo. La llegada de Cristina no los perturbó mayormente. Servando, asiendo un cojín, resoplaba con fuerza, mientras Rita estaba concentrada viendo cómo el flujo de la densa sustancia hacía temblar el varonil glúteo horadado.

Concluida la aplicación, Rita colocó el algodón al lado de la aguja y la extrajo lentamente, para luego presionar el hisopo con la puntita del dedo en el sitio exacto del piquete. Sin dejar de masajear cariñosa y despreocupadamente la nalga de Servando, la joven volteó por fin a ver a su patrona y le dijo: estoy inyectando al señor. Cristina, incrédula, con los ojos bien abiertos, los labios temblorosos, sulfurada, le contestó: ¡ya veo que estás inyectando a mi esposo! ¿quién te autorizó hacerlo? Pues el mismo señor Servando, señora. Está malito y me pidió que lo inyectara. Servando se incorporó lentamente. Se puso de pie sin preocuparle la desnudez de sus nalgas, se fue subiendo con calma la negra trusa y luego el calzón del pijama. Volteó a ver a su esposa y le dijo: me ha vuelto el dolor de espalda y me recetaron cinco inyecciones, una diaria. Su mujer lo miraba alterada y aproximándose le dijo: ¿pero cómo es que Rita te inyecta? Servando respiró profundamente, luego tomó el rumbo de la recámara y contestó lacónicamente: pues de la misma manera que tú elegiste al doctor Quirarte. A mí me parece bien que me inyecte Rita pues tiene mano suave para ello y estamos en confianza, eso es todo. Dicho esto, se fue a la cama.

Durante todo el día siguiente Cristina no le dijo nada, estaba nerviosa, alterada, pero trató de ser indiferente inclusive cuando Servando se puso nuevamente el pijama y salió de la recámara para recibir la segunda inyección. Cristina, temblorosa, impaciente, orientada tan sólo por el murmullo y el ruido en la sala, reconoció el momento preciso en que su marido se acostó en el sofá. Rita le dijo: póngase flojito señor, luego percibió un gritito, leves gemiditos, y de nuevo la voz de Rita diciendo ¡Ya pasó, ya pasó, listo mi señor! Cristina estaba muy enojada pero empecinada en demostrar que no le importaba lo que hiciera Servando. Intermitentemente pensaba en las nalgas de su marido, en la amplia espalda. Lo recordó tumbado con la hipodérmica clavada en el culo. Se excitó, respiró alterada. Reponiéndose, pensó que no debía mostrarle celos y, mucho menos, reclamarle que Rita lo inyectara. En esas estaba cuando se percató de que ya habían pasado más de veinte minutos desde el momento de la inyección y que su esposo no llegaba. No oyó ruido alguno en la sala. Se inquietó, trató de imaginar dónde podían estar y qué estarían haciendo. No aguantó más, se levantó y cuando estaba a punto de abrir la puerta oyó por fin los pasos de su marido que regresaba de la cocina, a la cual estaba comunicado el patio de servicio y, por ende, la habitación de Rita. Cristina se metió rápidamente en la cama. Servando entró, hizo lo propio y se durmió antes de que su esposa le espetara el violento reclamo que ya estaba fraguando.

Las dos noches siguientes, la inyección de Servando transcurrió igual, salvo que las cariñosas palabritas de consuelo por parte de Rita iban en aumento. Trataba a su esposo como si fuera un niño, diciéndole en tono de broma: ¡A ver mi amor, esa nalguita! ¡Ya mi vida, sólo fue un piquetito! Servando se dejaba querer, se chiqueaba y sus lamentos eran cada vez más expresivos. Así que, la noche de la última inyección Cristina no perdía detalle. Inclusive se levantó y, al percatarse de que Servando ya estaba acostado en el sofá para recibir el piquete, salió sigilosamente de la habitación para espiarlo. Vio cómo Rita le bajó delicadamente la trusa hasta las piernas y lo pinchó diciéndole: ¡Uuy, qué lindo culito, se deja picar bien rico! Cristina estaba a punto de explotar pero se contuvo pues quería saber hasta dónde eran capaces de llegar. Mientras el líquido penetraba su recio culo, Servando se abrazaba al sofá diciendo ¡me duele mamita, aayy mami, mami, me duele! Y Rita lo confortaba diciendo: ¡ya, mi vida! Le daba suaves palmaditas y, de hecho, le acariciaba los glúteos. Luego, extrayéndole la aguja le dio un ardiente beso en cada nalga. Cristina estuvo a punto de atacar, pero se contuvo de nuevo. De hecho entendió lo que Servando y Rita estaban viviendo y, a pesar de su gran enojo, se contuvo estratégicamente, sin poder negar que la escena era por demás erótica. Regresó a la recámara para no ser descubierta cuando su marido se levantara del sofá.

Pasado un momento razonable, cuando Cristina lo consideró prudente, abrió de nuevo la puerta y vio que ya no estaban en la sala. Atravesó el comedor, entró a la cocina, luego al patio de servicio y se asomó por la ventana de la habitación de Rita, viendo con claridad lo que pasaba adentro. Rita, ya sin vestido, se quitó el brassiere, bajó sensualmente su pantaleta dejando ver unas nalguitas muy firmes, esponjadas, respingadas, de piel morena clara. Cristina esperaba ver salir a Servando del pequeño bañito contiguo cuando, de pronto quedó paralizada al sentir que alguien la abrazaba por la espalda ¡Reconoció los fuertes brazos de su marido! Le alzó el camisón, le bajó la panty Ella se sentía calientísima pero aún así se defendió diciendo: ¡Espera Servando, qué haces! No puedo ahora, estoy reglando. Empinada, con los brazos muy bien apoyados en la ventana, vio a Rita tumbada en la cama prodigándose a sí misma sensuales caricias en las piernas, las nalgas, y en los erguidos pezones. Entonces sintió el rígido y muy lubricado pene de Servando que le punteaba el ano. Enloquecida de ganas, con la garganta trabada, gimió, se estremeció, tembló agitadamente. Alzando y apuntalando su majestuoso trasero, esas formidables nalgas extensas, blancas, carnosas, bien paradas, que desataban las más ardientes pasiones, jadeó y recibió con delectación la primera y única penetración trasera que se permitió gozar en toda su vida. A su vez Servando, estremecido de placer, sintió cómo su rojo glande y después el pene completo, se deslizaban suavemente hasta perderse y solazarse en el epicúreo reducto anal de su encantadora mujer, a quien adoraba.

Simón -

Me olvidé de decirte que aquí también tenemos la ancestral tradición de curar el empacho; lo llamamos "tirar del cuerito"

Simón -

Anna:
¿viste que bonita canción? Así me siento con mi Silvia. Y espero que ella también; a juzgar por su fogocidad, creo que es así.
Respecto del enema, no voy a insistir sobre el punto porque Carlónimo ya me lo ha solicitado discretamente y no quiero que lo haga de otro modo. La idea no es ponerlo incómodo, aunque supongo que algún gustito te tendría que dar. Yo se lo di a Silvia y me fue muy bien. Hasta ahora cada vez que consentí un capricho suyo me fue de maravilla, sabe lo que hace. Pero igual que vos me reservo el derecho de patalear un poco para lograr sus mimos. ¿no estará haciendo Carlónimo lo mismo?
Ya estoy preparando el relato de lo que siguió a aquel memorable primer día (de vacaciones y de regalos orales de Silvia)

Simón -

Estimado Antónimo: veo que eras pícaro ya de bastante chico. Yo, en cambio, las bondades de los recursos médicos las encontré de grande, junto a Silvia. Lo que encuentro como un punto de contacto entre nosotros es que hemos tenido o tenemos mujeres a las que les gusta colaborar con nuestras entradas traseras, cosa que a tu hermano parece disgustarle. Ya le dije que no sabe lo que se pierde. Pero, por otro lado, qué bonita tu Socorro; espero que cuentes alguna más de tus aventuras con ella. En un año deben haber pasado muchas cosas ¿has sabido algo de ella después?.
Lo de la línea de muchachas siendo condecoradas por nosotros está muy bueno. ¡Qué barbaridad! me estás llevando por el mal camino. Si Silvia se llegara a enterar de que pinchamos a las chicas creo que no le caería bien; confío en que nadie va a contárselo.
Mañana voy a subir el relato del último día de vacaciones. Agradezco la delicadeza de aclarar que no la ves, pero ya te autoricé a espiar un poco. El relato de mañana no va a tener gracia si estás con los ojos tapados (aunque no serías el único).
Luego de ese relato verás que va a haber varios en los que el tono bajará un poco; resulta que han sucedido algunas cosas este fin de semana y necesito contártelas para conocer tu opinión. No todo puede ser lujuria en la vida...

Antónimo -

Gracias por tu respuesta Simón y perdona el atrevimiento pero quería precisamente conocer tu respuesta. Hace poco me contaba un amigo, que su esposa, una atractiva pintora como de 35 años, participaba en diversos talleres donde intercambiaba ideas y técnicas con distinguidos colegas suyos los cuales, entre pintura y pintura, no dejaban de admirarla. El más entusiasta de sus enamorados era nada menos que el profesor del grupo quien poco a poco la fue cercando, primero con simples halagos y después haciendo pública su admiración por ella. La llamaba: “mi consentida” o “mi reina”.

La chica, de nombre Inés, le platicó a Rogelio, su marido, lo que ocurría. Pero éste, seguro del amor de ella y muy proclive al erotismo, lejos de molestarse y de prohibirle la asistencia al foro, la animó y la instigó a seguir, recomendándole: Mi vida, tú sabes cómo te quiero y cómo me calienta tu cuerpo. Al referirme que tienes alborotado al maestro, mi excitación llega al extremo de pedirte que le sigas el juego pues tan sólo de pensar lo que siente y lo que desearía gozar de ti, me entra un incontrolable desasosiego. Y efectivamente, cada noche que ella llegaba de la academia y le platicaba, por ejemplo, que: “hoy no me quitó la vista de encima”; “me dijo que tenía muy bonitas piernas”; o “que era una lástima que yo estuviera casada” Rogelio respondía con renovados bríos, la desvestía, la penetraba por todos lados y terminaba eyaculando en ella a grito abierto.

Inés no dejaba de reconocer los beneficios que le brindaba el amor de su maestro y poco a poco le fue dando nuevas razones para que se calentara. Así que su vestimenta pasó de los ajustados jeans al escote y a la minifalda. Al verla entrar al salón, el pobre académico se estremecía, resoplaba, temblaba, interrumpía su oratoria y no podía continuar la exposición. La atractiva joven le contaba a su marido lo ocurrido y él la premiaba haciéndole ver el tamaño de su excitación. Una noche, después de haber celebrado una ardiente cópula, la despertó otras tres veces en la madrugada para seguirla amando, pues no podía controlar el deseo que le causaba imaginar a su mujer tan insistentemente asediada.

Ella siguió aplicando su estrategia y el profesor la hacía pasar al frente para que fijara los bocetos en la pared o bajo cualquier otro pretexto, para así poder disfrutar su extraordinario trasero que dibujaba enloquecedoras formas y movimientos bajo la delgada tela del vestido. Como una forma de encauzar su excitación, mientras la contemplaba, el profesor delineaba sensuales bocetos en los que la desnudaba y después, ya sólo en su estudio, la colocaba en distintos escenarios íntimos. La interesante colección de bocetos que logró de su amada incluía voluptuosas escenas de amor, así como de aplicación de inyecciones y de enemas en el escultural culito de Inés.

Un día en que la joven llevaba un atrevido escote mediante el cual quedaba al descubierto una buena parte de sus torneados e inquietantes senos, el profesor estaba concentrado contemplándolos y dibujándolos mientras explicaba el trabajo que sus pupilos debían realizar. En esas estaba cuando uno de los jóvenes le preguntó qué debían hacer con las proyecciones del punto de fuga que estaban realizando. El profesor, con la vista clavada en las blancas, tersas y abultadas protuberancias de Inés, molesto de que lo interrumpieran y pareciéndole obvia la respuesta a la pregunta que sólo él imaginó, le gritó airado: ¡Pues mamárselas! Todos se quedaron fríos pero el maestro siguió explicando la clase como si nada. Nunca se percató del evidente desatino verbal que había tenido.

Cuando Rogelio se enteró del hecho, embadurnó con miel los erguidos senos de su mujer y se los recorrió con los labios y con la lengua hasta recoger la última gota del singular dulce. Rogelio siguió induciendo la exhibición de su esposa y disfrutando las ardientes sesiones de amor con ella. Son formas de ver el mundo y de disfrutar las circunstancias, sin sulfurarse.

Simón -

Querida Annita:
ya muy cerca de estas fiestas decidí escribirte porque te extraño en este blog. Lamento cómo terminaron las cosas pero supongo que tendrás tus valederas razones; sin embargo, me haría feliz que las reconsideraras.
Me gustaría, si quisieras, que te comunicaras con nosotros; aunque entederé si decidís no hacerlo.
De cualquier modo, te deseo lo mejor para este fin de año y todos los por venir.

Anna -

Querido Simón:

¡Qué bonita canción! y vaya que me ha inspirado. Me ha hecho querer tener a mi Carlónimo todo el tiempo aquí a mi lado.

"Voy a comerte el corazón a besos,
a recorrer sin límites tu cuerpo"
"voy a dejar por tus rincones pájaros y flores,
como una semilla de pasión"

Parece que lo del enema no es del agrado de mi amado, pero trataré de convencerlo, a mi también me apetece ponerle uno, ya te contaré mis progresos.
Es muy raro que mi Carlónimo no haya podido ver el vídeo tan hermoso que has enviado, pero como te ha dicho él, ya le he contado con detalles cómo es el lugar tan marivllo donde estais Silvia y tu. Por favor no dejes de contaros sobre tus vacaciones, ya estoy esperando con ansia la continuación.

Amor mio:

En verdad disfruté los dos pinchazos juntos, sólo quería hacerme que me había dolido mucho para que me consintieras un poco y me acariciaras la zona donde me duele.

Me encanta amanecer a tu lado.

Anónimo -

Lector Empedernido. Muchas gracias por tu atenta aclaración. ¿Quisiste en efecto decir “susceptible” o más bien “sensible”? El caso es que la palabra “humillar” me resulta terrible, desproporcionada ¡me agobia! Tal vez sea cuestión de usos lingüísticos ¿de qué país eres tú?

Martha -

Anónimo, lo que acabas de escribir es un poema, una bella historia de amor. En la brevedasd expresas tanto tanto tanto que me emociona ¿Cómo eres tú? Sería muy bello conocerte.

Anna -

Despertamos con los primeros rayos del amanecer, acariciaban nuestros cuerpos recondandonos la aventura que llevabamos en Veracruz y bendecian, con su calor, nuestro amor. Estabamos abrazados, él boca arriba y yo de lado encima de su hombro. Nos besamos, el me acariciaba el cabello, la espalda y las nalgas, pasaba su otra mano por mi cintura mientras yo me aferraba a él, dandome cuenta de la bendición tan grande que tenía por sentirlo a mi lado, por tener su amor y por amarlo tanto.
Me dió los buenos dias, y yo hice lo mismo, nos besamos, y los besos se hacían cada vez más apasionados.
Quedamos de lado los dos, y nos acaribiamos mutuamente el cuerpo mientras nos deciamos cuánto nos amabamos. Me quitó el baby doll, mientras yo le quitaba lo poco que le quedaba de ropa. Me besó el cuello, los senos, el vientre, mi cintura, luego me dijo que me voltera boca abajo, me acarició las nalgas, separó mis piernas y me penetró vaginalmente, mientras yo paraba mis nalguitas deseandolo cada vez más. Yo le decía que lo amaba y él que nunca esperó encontrar alguien como yo. Y juntos llegamos a un orgasmo que me hizó gritar... gritar que lo amaba, y a él gritar mi nombre... Anna

Simón -

Querido Carlónimo: ¿te gustó la sorpresita de Anna? A lo mejor sentiste algo de incomodidad en algún momento pero tené en cuenta cuánto lo disfrutó ella.

Luis Alberto -

Esa mañana los vi salir del hotel en su camioneta después de haber desayunado con ellos. Habían pasado en Costa Esmeralda cuatro días muy intensos, de gran intimidad. Era evidente que se amaban y que querían magnificar su relación. No obstante, al verlos partir me pregunté si volvería a verlos, porque Carlónimo no era precisamente un hombre sosegado y Anna parecía también inquieta.

Dos días después llegó mi esposa de Veracruz y me entregó el periódico del mediodía. Justo en primera plana identifiqué la foto del vehículo colapsado: un camión carguero fuera de control lo embistió. El referencial de la noticia decía: Trágico accidente en la autopista a México. El conductor del vehículo murió instantáneamente. Su acompañante, una joven española, resultó ilesa. http://www.youtube.com/watch?v=QbN0g8-zbdY

Simón -

Anna: no habría poblema pero sigo sin darme una clara idea de qué deberíamos hacer. No se me ocurre cómo resumir todo lo que hemos escrito hasta ahora.

Antónimo -

Puerto Escondido

“Desde mi punto de vista tu escrito tiene un problema (para vos, no para mí), a saber: quiero más!”

¿¿Máaas?? Bueno yo ya dije lo que quería decir. Pero si quieres más… podríamos condecorar chicas, por lo menos a las que mencionamos, en representación de todas las demás. Imagina a las encantadoras mujercitas que citamos arriba, formaditas de espalda con la colita muy bien parada, listas para recibir una (bueno, dos) merecidas medallas al mérito, gemir deliciosamente cuando se les clava la aguja hipodérmica a la cual, en lugar de jeringa, está sujeto el distintivo (una estrellita de oro, por ejemplo). Las connotadas chicas reciben un distintivo en cada mejilla ¿cómo ves? Los piquetes les causan temblorina de cachetes, un leve pataleo, estremecimiento corporal generalizado, suspirillos… ¿te parece bien la escena? A mí muy bien… ¡Bueno! Como siempre yo no veo a tu novia ¡para nada! te lo aseguro Simón.

Y luego de la condecoración ¿por qué no hablar de otras chicas no citadas en el blog, pero que también son dignas de mención honorífica conforme a sus cualidades traseras? Tú debes conocer a muchas, no te hagas y Carlónimo igual, que no finja el recato que ahora ostenta ¡Ya se cree Fray Carlónimo!

Si ustedes no quieren hablar, yo sí lo haré. Cómo no recordar a esa preciosa Gilda, caribeña bien nalgona de buena cepa que lucía cada tarde un minúsculo bikini durante aquel inolvidable verano en Puerto Escondido. Cuando caminaba, su culo dibujaba un suave bamboleo desquiciante ¡no sabes! Lo mostraba y lo lucía como ninguna. Me hubiera encantado inyectarla, pero no tuve ocasión de eso, sino tan sólo de tocarle las nalgas una sola vez, escondidos los dos allá detrás de las rocas del faro, sin llegar a mayores porque nos interrumpieron en ese momento y después su novio la monopolizó. Pero en esas vacaciones sí tuve el gusto de gozar a Socorro ¡Qué michoacana más bella! Cuando le dije que su cuerpo era digno de escultura, pues creo que se emocionó y siguiendo el hilo de nuestra conversación acerca de malestares estomacales, me pidió asistirla para “quitarle el empacho” Yo no se si alguna vez ustedes han oído hablar de ese legendario remedio que en México data de la época prehispánica.

Cuando alguien se encontraba desganado, indispuesto del estómago, decían, aún nuestras abuelas, que había que “quitarle el empacho” Entonces te acostaban boca abajo, te bajaban los calzones y te jalaban la piel desde la espalda hasta una buena parte de las nalgas, como despegando la carne del hueso. Decían que así se liberaban burbujas de aire que estaban atrapadas en el cuerpo. El caso es que le comenté a Socorro las bondades del supuesto remedio y casi me muero cuando le oí decir: ¿podrías aplicármelo tú? Yo tenía diecisiete años, ella dieciocho, así que el color se me subió y se me bajó hasta diecisiete por dieciocho veces, las manos se me enfriaron y la sangre me corría por la cabeza a la velocidad del rayo. Yo parecía como que muy despierto pero a la hora de la hora pues ¡así está de lleno el zócalo, así mira! Estuve a punto de rajarme.

Recuerdo que me llevó a su cuarto, se acostó boca abajo y me dijo: Estoy lista Antónimo ¡hazlo! Yo que iba a razonar en ese momento acerca de técnicas “antiempacho” Veía esas nalguitas muy bien bronceadas, preciosas, redonditas, ceñidas por el breve bikini ¡Una firmeza y una redondez extraordinarias! Como tardara en reaccionar, mi preciosa amiga agregó: ¿Qué pasa, te causo susto? Le dije que no y empecé a frotarme las manos porque las tenía heladas de puros nervios. Ella se bajó el calzón descubriéndose las nalgas completas y preguntándome: ¿así estoy bien? ¡juummm. juumm! Le contesté con lastimeros sonidos guturales desafinados y entrecortados. No se si por simple reflejo o porque de verdad sentía requerirlo, toqué las cintillas que le sostenían la parte superior del bikini y Socorro reaccionó inmediatamente: ¡Ah sí! me dijiste que necesitas empezar por la espalda, y se soltó ella misma las cintas. Yo seguía muy nervioso. Entonces respiré profundamente un par de veces, volví a frotarme las manos y recordando lo que había visto hacer a mi abuela y a mis tías, tomé la suave piel de mi amiga más o menos a la altura de la pálida franjita que el retirado sostén dejara a la vista y empecé a jalar con firmeza como tratando efectivamente de despegar la carne del hueso, o de la capa muscular según el caso. Poco a poco fui sintiendo que sí había un efecto como de liberación en ciertos momentos. Como si después del jalón en forma de pellizco la piel se volviera más elástica. Yo no se si fue tan sólo idea mía o realmente estaba logrando aliviarle el padecimiento. Cuando llegué a la zona de la cintura, Socorro me dijo: ¡Oye, es verdad! Como que siento menos presión en el vientre y la sensación de asco disminuye.

Cuando empecé a jalarle la piel de las nalgas, yo ya ni me acordaba del empacho y ella se veía tan mejorada que empezó a mover el culo en circulitos como frotándose el pubis contra la cama. Y decía: ¡Qué rico, qué rico remedio me estás aplicando Antónimo, Antónimo, Antóooonimmooo! Con el masaje en esa zona me haces sentir un gran consuelo. Así estuvimos un buen rato, yo sobándole ya en toda forma las preciosas nalguitas y ella gimiendo profundamente, hasta que me preguntó ¿Y ahora qué sigue?

Ya para entonces había superado la timidez y le respondí: Lo mejor del masaje viene ahora y me tendí sobre ella frotándole el pito en su excitante hendidura que, totalmente fuera de control, se le estremecía ansiosamente. Entonces se dio la vuelta, nos abrazamos y empezamos a besarnos a puros lenguetazos. Unos instantes después, tallándola con el glande le sugerí la penetración. Ella separó las piernas y colaboró eficientemente para recibir un estupendo pullazo que a los dos nos hizo temblar y gritar.

De lo demás, recuerdo muy bien las voces emitidas por Socorro, que por cierto era bastante mandona: ¡Aahh, qué rico! ¡Muévete! ¡Más. Más rápido! ¡Tállame a fondo! ¡Apriétame! ¡bésame! ¡no, no así no, sino assíiii! Y sentí como si me pusieran una mascarilla ¡me ahogaba! ¡Aaaggghhh! Hasta que empecé a patalear me soltó la canija. Tomé una buena bocanada de aire y mientras ella me introducía los dedos por el culo sentí varios disparos de esperma que le deposité en su caliente vagina haciéndola que se convulsionara y que me apretara aún con mayor fuerza como queriendo arrancarme nuevos efluvios que, por supuesto, no pude darle. Después nos hicimos novios y nuestra relación duró como un año, en el cual le apliqué nuevas terapias “antiempacho” y hasta inyecciones en las nalgas, pues le encantaban ¡Qué buena estaba!

Simón -

¡Qué sorpresa! creo que Carlónimo no se lo imaginaba ni por asomo. De todos modos me gustó que, aún sabiendo que algunas de las cosas que implementaste en el juego no le gustan nada, se entregó a tus deseos y vos lo disfrutaste. Veremos ahora qué decide hacer.
Para saber de mi sorpresa van a tener que esperar hasta el último día y, sí, creo que vamos a tener más inyecciones y tal vez algún otro enema.

Simón -

Antónimo: He estado meditando mucho sobre tu pedido de permitirte entrar en la recámara a través de un relato. No he podido escribir nada que pudiera subir aquí pues temo que todo lo que relate acerca de Silvia sólo nos lleve a la discordia; no tengo garantías de que podrás contener tus expresiones. No siento aún confianza suficiente y siento que no puedo desnudar nuestra intimidad. Sin embargo, pido disculpas por el exabrupto del primer día. No era mi intención juzgar a la ligera pero convengamos en que tu entrada fue un tanto airada. Tal vez, si venías leyendo nuestra historia, sentías respecto de nosotros una proximidad que por ahora no podemos compartir y eso te llevó a confiarnos tus pensamientos sin miramientos. Espero que en lo sucesivo podamos entablar una relación amigable. El tiempo lo dirá...

Simón -

Estimado Antónimo: sin duda seré quien finalmente decida; solamente te pido tu visión de la situación. Te parece, como a mí, que por algún motivo (creo que relacionado con su historia familiar) empezó a asustarse de contraer un compromiso más serio? O qué otra cosa pensas que puede haber motivado esta reacción? Agradezco, de todos modos, el consejo de no enojarme ni precipitarme; como diría tu hermano, no voy a sulfurarme. La quiero y quiero estar con ella. Poco me consuela el ejemplo de Anna y Carlónimo, no me gustaría acabar como ellos con Silvia. Como le dije a Silvia, apuesto al amor.
En otro orden de cosas, veo que esto va a estar desierto en poco tiempo: primero se toman vacaciones ustedes y en enero, yo. Espero que a la vuelta tengamos los ánimos renovados.

Anna -

Acabo de revisar mi correo electrónico y me he encontrado con la agradable sorpresa de que Fer me ha escrito y me ha dicho que sigue leyendo nuestro dialogo y que no ha abandonado el proyecto sólo que ha estado muy ocupado con el trabajo y que si le hacemos llegar el resumen él lo publicará en el otro blog.

Si os parece nos ponemos a hacer el resumen y se lo enviamos.

Simón -

Epa! Anna! ¿Qué pasa? No te habrás ofendido, no?
Carlónimo: es imprescin