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NUNCA LO HABÍA HECHO
Autora: Lely Spanker
Ayer me habló a casa el médico de la familia para avisarme que mi hijo, ya de 24 años, había ido a verlo por un malestar estomacal, que en realidad no era nada grave pero que le había recetado una medicación que él, conociendo a mi hijo, sabía que no iba a cumplir.
Rápido me contó por el teléfono qué era lo que le había recetado y además como su hijo y el mío eran amigos, sabía que a la noche había salido y tomado mucho alcohol, cosa que él le había pedido que no hiciera por unos días para ayudar. Pero él como siempre, no había hecho caso.
Bastante molesta pensando que era grande ya, después de dar vueltas decidí ir a su departamento para ver cómo estaba y qué había hecho con lo dicho por su médico. Llamé y después de unos minutos me contestó, bajó y me abrió; yo entré y fui a su departamento que ya tenía la puerta abierta.
-Hola mamá ¿qué haces acá?-me dijo al saludarme.
-Nada, sólo vine para ver como estabas, me llamó el médico-le contesté.
-Para qué te llamó, qué pesado que es-
-Bueno, ya que estás tan superado-le dije- ¿por qué tomaste alcohol? ¿qué te dijo él?
-Má… ¡no seas exagerada! no tomé más que 3 cervezas
-Sólo 3 cervezas… Bien, y los remedios ¿te los pusiste?
-No má… ¿cómo me va a decir que me ponga un supositorio y una enema? ¿qué se piensa, que soy un nene?
-¡Ah, qué bien! Tomaste alcohol, no te pusiste la medicación… Y ¿cómo pensás curarte?
-Má… no me molestes. Estoy con mucho sueño y me duele el estómago…
Yo ya me había enojado más de lo que pensaba y esa última frase fue lo que me faltaba. Entonces caminando hacia su cama donde él iba a acostarse, me senté en la cama y le dije que iba a hacer algo que nunca había hecho, pero que realmente hoy no podía dejarlo pasar por más grande que estuviera. Estaba con un pijama y el calzoncillo. Se sacó el pijama y antes que se acostara lo tomé del brazo y lo puse sobre mis rodillas boca abajo .
-Hijo, ya sos grande ¡es una vergüenza! Como no te cuidás, ahora vas a recibir las nalgadas que nunca recibiste.
Él me miró asombrado y me dijo:
-Má… ¿que pensás hacer, estás loca?
Peor me puso esa contestación entonces empecé a pegarle en la cola primero sobre el calzoncillo: una, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho, nueve, diez…
-Pará mamá ¿estás loca? ¿qué estás haciendo? ¿te das cuenta lo que estás haciendo?
Intentó levantarse y le dije:
-Mirá hijo… Hoy vas a aprender a ser un poco más responsable.
Y en ese momento le bajé el calzoncillo.
-¿Qué hacés mamá?
-Ahora vas a ver qué hago…
Ahí comencé a pegarle en la cola desnuda. Estaba totalmente avergonzado y primero me decía: “terminá mamá, dejate de pavadas”. Pero como yo no paraba, por el contrario, le pegaba más fuerte. Le di 20 palmadas en cada cachete, ya tenía la cola totalmente roja y la protesta comenzó a transformarse en una súplica y casi llanto.
-Basta mamá. ¡Está bien, tenés razón!
Pero mientras le iba pegando, le decía: “Sos un grandulón irresponsable, no sabés cuidarte, y como actúas como un nene te voy a tratar como tal”. Y así seguí golpeando hasta que mis manos y sus ojos no aguantaban más. Al dejar de pegarle tenía sus cachetes totalmente rojos e hirviendo; sin dejar que se levante le dije:
-Te voy a tomar la temperatura como a los niños: en la cola.
-Basta mamá ya te entendí. No me avergüences más…
-¡Nada! No me importa tu vergüenza.
Así que saqué el termómetro de la mesa, lo unté en vaselina, le abrí las nalgas y le metí el termómetro, siempre escuchando el “no mami, basta, perdoná”. Pero yo no le dije nada y le di otra palmada en la cola. “¡Quedate quieto!”. Así que se quedó tumbado y rendido hasta que le saqué el termómetro: no tenía fiebre. Se iba a levantar y lo empujé sobre mis piernas
-No te muevas de acá. Decime: el supositorio no te lo pusiste, ¿no?
-No má, no me lo puse…
-Bien, ahora te lo pongo yo.
Le abrí los cachetes de nuevo, saqué el supositorio del envoltorio y aunque escuchaba sus protestas y pedidos le puse el supositorio y lo empujé con el dedo bien adentro. Luego, vi que se salía de su cola por la fuerza que hacía para que no se lo pusiera. Inmediatamente se lo saqué y le di 10 palmadas más en la cola, y le dije: “dejá que te ponga el supositorio porque va a ser peor para vos” Saque otro supositorio de su envoltorio y le abrí los cachetes. Le quise poner el segundo: hizo la misma fuerza que antes, se le salió. Le di otras 20 palmadas más y saqué otro. Se lo puse. Esta vez entró bien porque no hizo más fuerza; al entrar le apreté los cachetes para que no se salga. Luego volví a abrirlos y ya había desaparecido el supositorio.
-Ahora -le dije- te levantás y te quedás con la ropa baja en ese rincón, y mejor que no te muevas.
-Sí má ¡seguro! –en ese momento sonaron dos golpes más en la cola. Él se pasó la mano por los cachetes y “¡ayyyy!”. Me miró y decidió quedarse parado en el rincón como le había dicho. Mientras, fui a preparar el agua para la enema que le había indicado el médico. A los cinco minutos regreso con el irrigador lleno de agua y la cánula.
-No mamá, eso sí que no. No pienso dejar que me hagas esa enema – me dijo .Yo acomodé todo sobre la mesa y le dije:
-Hoy no vas a tener derecho a nada, sólo cumplir con las órdenes del médico y mías –
-No, no mamá… Eso sí que no-
Lo tomé otra vez del brazo lo atraje hacia la cama, me senté en ella y lo volví a voltear sobre mis piernas.
-Hoy no podes decir que no a nada , así que será mejor que te calles-.
-No mamá… eso si que no.
Levanté un poco una pierna para que su cola quedara bien expuesta nuevamente, tomé una zapatilla que había en el piso y le di 15 zapatillazos en las nalgas golpeándolas cada vez más fuerte .
-¡No mama, otra vez no! ya me pegaste suficiente… aaayyyyyyy, aaayyyyyyy, aaayyyyyy… Ya mamita ¡por favor.!
-Yo te dije hoy ibas a recibir lo que nunca habías recibido. Seguís protestando y no puede ser.
Seguí bajando golpes: veinte, treinta más de cada cachete. Con cada golpe le repetía: “vas a obedecer al médico, vas a obedecer sus órdenes, recibirás las medicinas que te indique”. Ya en la mitad de los golpes no pudo más y empezó a lagrimear. Me decía: “está bien mamá, perdón… No voy a volver a desobedecer al médico, por favor, basta…”
Al llegar a las sesenta nalgadas y con la cola dolorida le dije que se pusiera de rodillas en la cama y la cara sobre el colchón. Por supuesto empezó a protestar, pero le dije que si no obedecía iba a conocer el cepillo. Finalmente accedió con mucho miedo y vergüenza. Le puse vaselina en el ano y en la cánula, así la apoye en el ano y comencé a introducirla con las protestas y quejas por lo que estaba pasando. Una vez que entró bien la cánula, abrí la canillita y comenzó a entrarle el agua. Siguieron los “¡ay mamá, me duele la cola… me duele la panza… no aguanto mami…”
-Tenés que aguantar el agua, no seas exagerado- Le movía la cánula y se quejaba, hasta que pasó toda el agua.
-Ahora acostate un poco de costado en la cama, hijo -le dije. Así lo hizo pero emitiendo pequeños quejidos tal como si fuera un chico, me acerqué le acaricié la cabeza y le dije que ya podía ir al baño. Así lo hizo. Se higienizó y después volvió a la habitación y se recostó en la cama.
-Mamá ¡cómo me diste hoy! Nunca me habías pegado así. ¡Me dolió! -y se masajeaba las nalgas.
-Pero ese todavía no era el castigo -le dije- era sólo el cumplir con las órdenes del médico.
Ahora iba a recibir el castigo que merecía: asi que lo volví a poner sobre mis faldas, tomé el cepillo del pelo, le di treinta cepillazos y lo mandé a bañar. Iba a cerrar la puerta pero yo no lo dejé; le dije que empezara a bañarse. Todo avergonzado comenzó a bañarse y como le dolía la cola, no se refregaba bien. Entonces me acerqué a él, lo incliné en la bañera con la cola debajo del agua, le limpié bien la cola abriéndole los cachetes y mirando que quede bien limpio. Cuando terminó empezó a secarse, y yo terminé de secarle la cola. Al rato le empezó a doler la cabeza, así que le volví a tomar la fiebre y esta vez tenía fiebre de nuevo. Llamé al médico y me dijo que le aplicara una inyección que me había indicado y que yo había llevado por las dudas.
Él seguía acostado porque después del baño y el termómetro lo hice acostar. Preparé una inyección y fui a su pieza. Lo hice ponerse boca abajo, le empecé a pasar el algodón con el alcohol y ahí reaccionó. Se dio vuelta y me dijo: “¡ah, no! No mamá, eso no. No me vas aplicar la inyección. Sabés el miedo que le tengo”.
Dejé la jeringa en la mesita de luz y sin decir palabra saqué dos supositorios de glicerina. Lo acomodé otra vez sobre mis piernas y le dije: “Esto es parte del castigo”. Le abrí los cachetes, le puse un supositorio y detrás el otro. Lo dejé quejándose en la cama; fui a buscar unos polvitos de pimienta y le volví a abrir las nalgas. Eché un poco de la pimienta en la cola, haciendo que inmediatamente le empezara a arder. Comenzó a quejarse y a pedir que lo deje ir a lavarse al baño, pero le dije que iba a tener que esperar hasta que yo quisiera. Lo retuve un rato en la cama, no sin antes darle unas cuantas palmadas más en la cola. Después de veinte nalgadas aproximadamente, lo hice levantar, lo dejé que hiciera lo que los supositorios produjeron, se limpió la cola, pero yo nuevamente le revise la cola como a un chico. Estaba limpia pero como yo quería castigarlo le dije que no se había lavado bien y lo volví a meter debajo de la canilla y se la lavé.
Así como estaba lo hice que se quedara en el rincón de la cocina con la cola al aire. Estuvo quince minutos. Lo llamé, lo hice acostar, y le apliqué la inyección a pesar de sus pataleos y sus quejas. Luego le dije que se quedara acostado…
UN EMPLEADO NEGLIGENTE
Autor: Fanes
El joven ejecutivo estaba plantado delante de la puerta del despacho de la directora de su departamento, había recibido orden de presentarse allí urgentemente. Esperaba nervioso después de haber golpeado dos veces la puerta y se preguntaba el por qué de la urgencia, llevaba poco tiempo en la empresa y sabía que estaba a prueba, por lo que le preocupaba haber hecho alguna tarea incorrectamente.
- Adelante – sonó una voz femenina, después de un largo y estudiado intervalo de tiempo.
- Permiso – dijo al entrar – Me ha mandado llamar? Señora
- Si, señor Jiménez, pase y siéntese.
La mujer ojeaba unos informes y apenas levantó la vista para saludarle. Los miraba atenta y con gesto serio. El hombre se sentó frente a ella, intrigado por el motivo de su presencia allí.
Mientras esperaba observó a la directora con disimulo. Era una mujer de mediana edad, más bien madura. Tenía una larga y bien arreglada melena rubia y su rostro denotaba firmeza, un cutis bien cuidado y radiante ligeramente bronceado, posiblemente de las sesiones de rayos UVA que ofrecía la empresa en su gimnasio particular, donde los altos ejecutivos iban a cuidar su aspecto. Y a juzgar por el de ella, era de las que lo utilizaba frecuentemente.
Llevaba un traje chaqueta a rayas finas y una camisa blanca impecable, rematando su atuendo con un broche pequeño sobre la solapa. De vez en cuando levantaba sus ojos para observarle, lo que hacía que se sintiera incómodo, sin saber qué decir.
Al cabo de unos minutos que se le hicieron eternos, la mujer alzó la vista de los documentos y dejándolos sobre el escritorio le miró fijamente.
- Sabe usted por qué le he mandado llamar, señor Jiménez?
- Er..no, señora - casi balbució – su mirada lo inquiría penetrante.
- Ha confundido los papeles de la sucursal de Ginebra y ha enviado un informe erróneo a la central. Están muy disgustados, pues necesitaban esos informes sin falta para hoy. Por su culpa posiblemente no puedan cerrar una operación muy importante que debía realizarse mañana sin falta. Qué tiene que decir al respecto?
- Oh señora..no sé. Estuve toda la noche terminando el informe, no sé qué puede haber sucedido. Tal vez la secretaria lo ha traspapelado y..
- Perdón, Señor Jiménez – Cortó en seco su explicación – si hay algo que no soporto es que un ejecutivo eche la culpa de su ineptitud a una secretaria. Ella no es la responsable de mandar ese informe correctamente, sino usted. Y a de supervisar el trabajo de sus empleados, entiende?
- Si, señora. Perdón, señora, tiene razón...yo...
- Así que ahora mismo va a ir a su despacho y enviar los documentos correctos, y ...ay de usted ¡! si se han extraviado o están incompletos, porque eso le costará muy caro. Así que no pierda el tiempo y vaya a cumplir con su trabajo.
- Sí señora, ahora mismo lo haré
Salió a toda prisa y se dirigió a su despacho. Llamó a la secretaria y la obligó a revisar todos los papeles enviados, sin dejar de dar voces fuera de sí. No podía perder este trabajo, y menos por la incompetencia de sus ayudantes. Obligó a toda su sección a dar prioridad al informe y ni siquiera les permitió ir a comer hasta que lo terminaron. A media tarde el informe había partido por mensajero urgente y llegó a la Central antes de la hora de cierre.
Pero no respiró aliviado, pues sabía que, a pesar de haberlo enviado en tiempo, la dirección no permitía esos despistes en un ejecutivo de su categoría. Así que cuando recibió la llamada de conformidad del envío, se derrumbó sobre su sillón y quedó esperando, por si le llamaban de nuevo.
Estaba absorto en sus pensamientos cuando Lucy, su secretaria entró al despacho y le dijo:
- Ha llamado la directora, quiere verle, señor Jiménez.
- Er..si, si, ahora voy..
- Ha dicho que vaya inmediatamente, señor..
- Ya la he oído – dijo de malos modos – retírese
- Bien señor Jiménez, desea algo más? Es la hora de cerrar ya.
- No, gracias, perdone mis modales, estoy un poco nervioso, puede retirarse.
- Gracias señor, hasta mañana.
Hizo acopio de valor y se dirigió al despacho de la directora. Temía lo peor, después de todo lo que había sufrido para conseguir ese puesto, ahora estaba a punto de perderlo y eso le agobiaba.
Toc.toc...llamó con sus nudillos a la puerta de la directora. No había nadie en ña oficina ya, todo el mundo se había ido y eso le puso todavía mas nervioso.
- Adelante.
Abrió la puerta y entró con tiento, casi con miedo. La directora estaba sentada en su silla, jugueteaba con una especie de fusta y le observaba. Fue a tomar asiento, pero la mujer le dirigió una mirada severa y optó por quedarse en pie, delante su escritorio y con las manos cruzadas atrás.
- La Central me ha llamado. Han recibido los informes, pero con 5 horas de retraso, entiende lo que eso significa?
- Si...señora – dijo mientras agachaba la cabeza, se sentía mareado, inquieto – lo lamento mucho. No volverá a suceder.
- Claro que no. Sabe? Me han recomendado que le despida hoy mismo. Están muy disgustados. Tiene algo que objetar al respecto?
- No, señora, sé que he sido negligente y acepto mi responsabilidad. Si lo desea presentaré mi carta de dimisión para evitar un despido que a nadie beneficiará.
- No tan deprisa, joven, He dicho que me han recomendado despedirle, no que vaya a hacerlo..al menos por ahora. No me gusta que me digan como he de dirigir mi oficina.
- - Oh gracias señora , yo...
- Silencio, no me interrumpa – sentenció mientras se levantaba de la mesa y se ponía a su lado y comenzaba a pasear alrededor suyo mientras hablaba- He dicho...por ahora. No tolero gente incompetente en mi oficina.
- Si señora, entiendo.
- Es usted un buen ejecutivo, pero es poco responsable con las personas a su cargo. Si hubiera usted estado pendiente de las comunicaciones esto no habría sucedido. Debe esforzarse más y hacer que sus empleados cumplan con su obligación.
- Pero señora..usted me dijo que la culpa era mía y no debía echarla a nadie
- Así es, y por eso va a conservar el empleo, porque ha reconocido su culpa... a pesar de que evidentemente esta anomalía se ha debido a su secretaria, usted es quien debe responsabilizarse del buen funcionamiento de su departamento.
- Si, señora
- No obstante, esta falta no puede quedar sin sanción. Una negligencia lleva aparejado un castigo. Y ya que usted no sabe reprender a sus empleados, tendré que ser yo la que se encargue de administrar el castigo correspondiente.
La mujer giró sobre sus talones y se dirigió a su mesa y se sentó con calma en su silla tapizada mientras proseguía con su monólogo
- Un buen ejecutivo debe saber imponerse, pero sin dar voces y amenazando a su personal, y dejándolos sin comer para terminar lo que su negligencia ha provocado.
Se quedó con la boca abierta. Ella sabía lo que había sucedido en su departamento.
- Por qué me mira así, señor Jiménez, cree que he llegado aquí sin saber lo que sucede a mi alrededor? Le queda mucho por aprender y yo me encargaré de enseñárselo. Tiene muchas cualidades, pero el orden y la disciplina no son dos de ellas, y aquí son necesarias para poder continuar en el cargo, entiende?
- Si señora.
- Antes de aprender a mandar, debe aprender a obedecer y aceptar sus errores- y mientras le decía esto le dirigió una mirada seria, pero que asomaba una mueca burlona – Así que empezaremos por pulir esos defectos que le impiden ser un ejecutivo respetable. Está de acuerdo, señor...como es su nombre de pila...roberto?
- Alberto, señora. Si, lo que usted mande. Haré lo que usted me pida
- Ah si..Alberto, que despiste el mío. Acérquese, por favor, póngase aquí, a mi lado.
El hombre obedeció, desde su altura divisaba su generoso escote y se fijó , casi sin querer, en el inicio de sus pechos redondos y firmes. Retiró la mirada bruscamente cuando ella alzó los ojos y se encontraron con los suyos. Ella hizo como que no se dio cuenta y le espetó
- Soy una mujer justa, me gusta que mis empleados gocen de cierta libertad, pero no soporto las negligencias en el trabajo, Y éstas viene dadas normalmente por falta de atención, y entonces tengo que recordarles sus obligaciones de la mejor manera que escarmienten y sean más diligentes. Usted necesita una lección que le haga recapacitar y eso es justamente lo que voy a darle. Una lección que le sirva para que aproveche su talento
- Si , señora, gracias señora. Qué desea que haga?
- Quítese la chaqueta y bájese los pantalones, Alberto, es hora de que aprenda
El joven ejecutivo abrió unos ojos como platos. Qué tipo de lección iba a darle? Poniendo cara de incrédulo acertó a preguntar , casi susurrar
- Perdone, señora, como ha dicho?
- No me ha oído? Quiere que se lo repita? Quítese la chaqueta, déjela en la percha y vuelva aquí inmediatamente
- Si, señora – no se atrevió a contradecirla. Su presencia era enérgica y no invitaba a llevarla la contraria.
Mientras se quitaba la chaqueta y la acomodaba en la percha, su cabeza era un mar de confusión. Qué pretendía su directora? No pensaría castigarlo como lo hacía su maestra en el colegio. No, no, eso era impensable. Así que obedeció y volvió a su lado.
- Mire, Alberto, yo estoy en este puesto porque he sabido imponerme a hombres y mujeres con mucha valía. Ejerzo mi autoridad como estimo oportuno , depende de la falta y de la persona que la comete – mientras decía esto le miraba, esperando que cumpliera su orden. Como él se quedó quieto, en pie, sin decir nada y con cara de crío asustado, acercó sus manos a la cintura del hombre y empezó a desabrocharle la correa – y usted necesita una mano femenina, firme, que le haga madurar de una vez.
- Si, pero... esto.. no sé qué tiene que ver con mi ropa, señora.
- Todavía no ha adivinado el castigo que le corresponde por ser negligente Alberto? Vamos, creí que lo entendería en el acto.
Sus manos soltaron la hebilla del cinto y comenzó a desabrocharle los pantalones y bajó su bragueta.
- Yo..yo...no pensará castigarme como a un crío, señora, no es apropiado dado mi edad y...
- Ssshhhh..... señor Alberto, eso es exactamente lo que pienso hacer. Tiene falta de madurez. Y eso es porque nunca le han sabido imponer respeto. Nunca le han dado unos azotes en el culo..Alberto?
- Nooo....esto..bueno..si, pero mi maestra, cuando iba al colegio, hace muchos años.
- A que cuando se los daba usted luego hacía sus tareas sin rechistar?
- ..a veces..era un poco rebelde.
La mujer bajó sus pantalones hasta las rodillas y se quedó contemplándole un instante satisfecha. No se había equivocado, su empleado merecía, es más, necesitaba, una buena lección sobre sus rodillas.
- Vaya vaya..así que rebelde..eh? pobre maestra, lo que tuvo que pasar con usted..
- Pobre? Ella? Si me dejaba sin sentarme dos días..jooo...
- Pues parece que no le dio lo bastante, porque sigue siendo rebelde. Pero no se preocupe, que eso lo voy a arreglar ahora mismo –hizo además de bajarle los calzoncillos, pero él se apartó y puso las manos cubriéndose
- Noo, eso no, por favor, señora, eso nooo,, compréndalo, me da vergüenza
- Ah si? Y no le dio vergüenza no cumplir con su obligación, verdad?
La mujer alargó la mano y le tomó la suya, tirando de él hasta que lo tuvo más cerca. Y entonces, lo jaló la oreja y lo tendió sobre sus rodillas mientras él protestaba e imploraba que le cambiara el castigo, que haría lo que mandara, pero que no lo castigara de ese modo.
Ella se limitó a tenderlo sobre sus rodillas, levantó su camisa hasta la mitad de su espalda y rodeó su cintura con su mano derecha mientras la izquierda se encaminaba a tirar de su calzoncillo para abajo. El soltó su mano como pudo y la sujetó para evitar que dejara su culo desnudo. Luego se arrepintió de este acto, pues la mujer se enfadó y comenzó a descargar rápidos azotes con su mano sobre su desprevenido trasero. ...Smaks..... Smaks..... Smaks..... Smaks..... ...Smaks..... Smaks..... Smaks..... Smaks..... ...Smaks..... Smaks..... Smaks..... Smaks.....
- Prefiere que le despida? conteste, porque si es así, ahora mismo le suelto y puede irse, no quiero perder el tiempo en un joven que se cree adulto y no es más que un crío perezoso.
- Noo, no me despida, por favor. pero...
- No hay “peros”, baje la mano. Ahora!!
- El avergonzado alberto bajó su mano y no contestó
- Eso está mejor, señorito , y ahora quieto si no quiere que sea más dura
Todavía lo acomodó mejor sobre sus piernas, agachó su cabeza y le bajó el calzoncillo hasta las rodillas, dejando su trasero completamente expuesto a su mirada. Un murmullo de aprobación salió de sus labios. Su joven ejecutivo tenía un trasero realmente lindo, como a ella le gustaba. Blanquito, suave, casi sin el vello ese que tanto afeaba los culos masculinos delatando avanzada edad. Lo palpó con unas palmaditas, estaba duro, las nalgas prietas por el ejercicio......y porque él lo apretaba en un desesperado intento de endurecerlo contra su mano.
- Relaje el culete, Alberto, no querrá que me haga daño mientras le castigo..verdad?
- No noo, señora, es que estoy muy nervioso..ya, ya lo relajo
Dicho y hecho, los glúteos se soltaron dejando sus carrillos dispuestos para la azotaina. Momento que aprovechó la directora para reanudar su sesión de azotes.
...Smaks..... Smaks..... Smaks..... Smaks..... ...Smaks..... Smaks..... Smaks..... Smaks..... esto es lo que usted necesita, Alberto ...Smaks..... Smaks..... Smaks..... Smaks..... una buena lección sobre las rodillas de una mujer ...Smaks..... Smaks..... Smaks..... Smaks..... ...Smaks..... Smaks..... Smaks..... Smaks..... que sepa darle lo que merece cuando es necesario...Smaks..... Smaks..... Smaks..... Smaks..... ...Smaks..... Smaks..... Smaks..... Smaks..... esto le enseñará respeto y diligencia, ...Smaks..... Smaks..... Smaks..... Smaks..... ...Smaks..... Smaks..... Smaks..... Smaks..... y espero que entienda que es por su bien ...Smaks..... Smaks..... Smaks..... Smaks..... unos buenos azotes en el culo obligan a recapacitar y sirven de escarmiento para las malas acciones ...Smaks..... Smaks..... Smaks..... Smaks..... ...Smaks..... Smaks..... Smaks..... Smaks.....
El avergonzado ejecutivo iba preocupándose cada vez más de los azotes y dejando de lado el pudor, pues la directora no daba tregua a su dolorido trasero. Instantes después, observó con alivio que paró el correctivo y su jefa acariciaba su culo suavemente, pensó que había terminado su lección, pero pronto se dio cuenta de su error.
Giró su cabeza como pudo desde la posición indecorosa en la que se encontraba y vio como la mujer buscaba con su mano en un cajón y sacaba una especie de paleta de madera con la que restregó por sus nalgas, como acomodándola a la superficie.
Después, lo miró con una mirada entre maliciosa y maternal y le dijo:
- Bien, Alberto, ahora que se ha calmado y aceptado su castigo, es hora de que pruebe la paleta. Relájese y no proteste si no quiere que me enfade
- Pero señora, dijo con temor, eso debe doler..y ya tengo el culo ardiendo, no es suficiente?
- Oh, mi pequeño ejecutivo, esto no ha sido más que el principio.
Y sin decir más, alzó la paleta y comenzó a descargar más golpes sobre el hombre, que no pudo reprimir un gemido de dolor ..SlapS.......Auchhh.SlapS...... ...SlapS... ......Así...tome..... ...SlapS.......... esto rebajará su soberbia y le hará ser más dócil ...SlapS....... - - - Unos buenos paletazos en el trasero ...SlapS.......le vendrán como anillo al dedo ...SlapS....... ...SlapS....... ...SlapS....... ...SlapS.......
La cadencia de los golpes era menos intensa, pero no su impacto, que arrancaban quejidos de la boca del ejecutivo y promesas de portarse bien y de haber aprendido la lección, rogando a la directora que parara de una vez. Como no obtenía el resultado deseado, intentó zafarse y apoyando sus manos en el suelo empujó hacia arriba para librarse del abrazo de la mujer.
Ella dejó la paleta sobre su espalda y le metió la mano entre las piernas, sujetando sus testículos, lo que hizo que frenara su escapada y tiró de ellos para tenderlo de nuevo en su regazo. Notaba la opresión en sus genitales y no quería hacer esfuerzos para no merecer una presión mayor
- Ntch..ntch..eso ha estado muyyy mal, señorito Alberto y por ello le daré doce azotes más de los merecidos. Así aprenderá a no rebelarse – tomó la paleta de nuevo con la mano que sujetaba su cadera y sin soltar sus bemoles prosiguió la tunda – Esto por rebelarse ...SlapS....... ...SlapS....... jovencito desobediente ...SlapS....... ...SlapS....... levante el culo..vamos ...SlapS....... no lo esconda o será peor...SlapS....... ...SlapS.......
- Auchhh..si señora..
El hombre obedeció, se agazapó en el regazo de su directora y se abrazó a sus piernas con una mano y la otra rodeando el trasero de la severa mujer. Ella no dijo nada, pero siguió el castigo con renovados bríos ...SlapS....... ...SlapS....... ...SlapS.......
- Ha de aprender a respetarme ...SlapS....... y no intentar poner fin a su merecido castigo a su antojo ...SlapS....... ...SlapS....... o sufrirá las consecuencias ...SlapS....... ...SlapS....... ...SlapS.......
- Si señora...Ayyy..Aauuu.. lo lamento..no volverá a suceder...Aauchhhh
- Ve lo que sucede cuando desobedece? ...SlapS....... ...SlapS....... no crea que me tiembla el pulso cuando se trata de educar a un joven indisciplinado ...SlapS....... ...SlapS....... ...SlapS....... ...SlapS.......
El hombre no volvió a protestar, temiendo que prolongara su castigo y procuró sentirse confortable dentro de lo extraño de la situación, abrazándose al cuerpo de la directora
...SlapS....... ...SlapS....... mientras recibía el resto de sus azotes notó que la presión sobre sus genitales iba descendiendo, lo cual era de agradecer ...SlapS....... ...SlapS....... ...SlapS....... había abierto sus piernas lo suficiente para que la mano no apretara y su tacto se hizo más ligero, hasta agradable ...SlapS....... ...SlapS....... Pensó que sería en premio por no intentar zafarse de nuevo y que si aceptaba la voluntad de la señora no sería tan severa ...SlapS....... ...SlapS....... ...SlapS.......
Ella por su parte seguía azotando su trasero, pero con menor intensidad, mientras de vez en cuando le espetaba frases tales como... jovencito inmaduro... esto es para que aprenda.... se lo merece...ya era hora que alguien le pusiera en su sitio...
Después de unos instantes, paró de aplicarle paletazos y dejó el instrumento encima de la mesa, metió la mano de nuevo en el cajón. Ël ya no pudo resistirlo, cuando la vio meter la mano en el escritorio, posiblemente para tomar otra pieza para seguir castigándolo, aprovechó que ella estaba relajada y saltó de su regazo. Intentó subirse los pantalones a toda prisa y se dirigió a la puerta.
Ella se levantó como un resorte, lo tomó de la oreja y lo llevó a la mesa.
- Donde se cree que va? Es que no ha aprendido nada?
- Es que..ayy... no quiero que siga ...y usted iba a tomar otro instrumento...
- Venga aquí, eso no es su problema. Su problema es que no ha aprendido y me ha obligado a ser más severa.
De la oreja lo llevó al escritorio y le hizo ponerse de rodillas sobre su silla. Subió su camisa y bajó los pantalones y los calzoncillos de nuevo, que estaban todavía a mitad de recorrido entre sus formados muslos y sus nalgas .
Y tomando una paleta de cuero, le obsequió con una nueva tanda de azotes con saña.....SlapS....... ...SlapS....... ...SlapS.......
- Es que no aprende ...SlapS....... ...SlapS....... no escarmienta ...SlapS....... ...SlapS....... tome ...SlapS....... y a ver si se entera de una vez. ...SlapS....... NO ...SlapS....... SE ...SlapS....... LEVANTA ...SlapS.......SIN ...SlapS.......MI ...SlapS.......PERMISO...SlapS....... ...SlapS....... ...SlapS.........SlapS....... ENTENDIDO? ...SlapS.......
- Si siiii, perdoooon, no volveré a hacerlo Aauchhh.. perdoooon
- Bien, ahora...- lo tomó del brazo y lo llevó al rincón del despacho – se va a quedar ahí, recapacitando, cara a la pared, y con los calzoncillos bajados, si no quiere que empecemos de nuevo, Está claro?
- Si señora, gracias señora, no me moveré
La mujer se quedó observándole mientras el permanecía en pie, con las manos en la nuca y mirando a la pared. Estaba satisfecha, había conseguido domar al presuntuoso ejecutivo y contemplaba su obra.
Después se sentó y ojeó unos informes, dirigiendo de vez en cuando una mirada a su subordinado para comprobar que estaba quieto donde le había ordenado.
Después de un largo espacio de tiempo y cuando estimó que ya había recapacitado le ordenó dejar esa posición y volver a su lado.
El hombre fue con dificultad, con los pantalones bajados su caminar era gracioso y se esforzaba por mantener la dignidad dentro de lo posible.
Una vez a su lado la directora le ordenó darse la vuelta, quería ver como estaba de colorado su trasero. Dudó, pero se dio la vuelta antes de que se lo tuviera que decir de nuevo. Notó como lo observaba y luego lo acariciaba, triunfante, mirando el efecto de su mano sobre él. Hubiera jurado que había notado un suave beso en sus posaderas, pero no se atrevió a volverse para no enojar a su directora.
- Le duele?
- Si, señora
- Muy bien, así lo recordará durante mucho tiempo
- Bien, señor Alberto, ha aprendido la lección?
- Si señora
- Va a ser más obediente y dócil?
- Si señora
- No discutirá en adelante ninguna orden mía y hará lo que le mande sin poner objeciones?
- No señora
- Bien, ahora lo veremos, dese la vuelta – obedeció, tapándose sus atributos con las manos. Ella lo miró divertida de verle avergonzado, luego le miró a la cara, que estaba casi tan colorada como su parte posterior ruborizado.
- Y ahora.... tiéndase en mi regazo de nuevo
El hombre se espantó, no podía creer que todavía no estuviera satisfecha, pero no replicó, se tumbó mansamente en sus rodillas y se acomodó esperando un nuevo recital de su jefa.
Observó de reojo como la mujer buscaba en el temido cajón, pero no dijo nada. No sabía que nuevo instrumento de sumisión iba a sacar, pero no protestaría, había aprendido que la directora era quien decidía como y cuando debía obedecer.
Para su sorpresa, vio que lo que sacaba era un tubo de crema, no una herramienta maquiavélica y suspiró aliviado.
La mujer esparció gran parte de su contenido en su escocido culo y comenzó a esparcirlo con su mano. El frescor inundó su piel y agradeció el tacto de la mano, que ya no era agresivo, sino dulce, primoroso, restregando sus nalgas y aplicando con dedicación el ungüento que le calmaba .
- Si no hubiera sido tan desobediente se habría ahorrado la escena de la mesa. No iba a aplicarle ningún instrumento nuevo, querido, sino a calmar su dolor con esta pomada. Soy severa, pero no cruel, y no deseo prolongar su dolor más allá de lo estrictamente necesario para que adquiera buenos hábitos. Que le sirva de lección en adelante.
- Si, señora, lo recordaré
La mano se movía por sus doloridos carrillos con calma, empapando cada centímetro de piel. La juntura de sus nalgas también recibió el agradable ungüento, y sus genitales, notando la caricia de los movimientos circulares como una bendición después del mal trago.
Así pasó un tiempo que a él le pareció sentirse en una nube, sobre el regazo de su directora y recibiendo sus atenciones, se encontraba plácido y feliz. Por alguna extraña sensación, entendía que este castigo lo había merecido y que le ayudaría con su comportamiento en adelante.
- Levántese, Alberto – el tono de la directora ahora era amable, casi cariñoso – esto ya está listo.
Obedeció y se incorporó frente a ella, quedando en pie con sus partes a la vista de la mujer, pero no le importaba, ella podía mirarlo y no se sentía violento ya ante su mirada. La mujer observó su miembro, que estaba ligeramente excitado y sonrió por primera vez desde que comenzó el día.
Se agachó y le subió el calzoncillo mientras el observaba inmóvil. Después hizo lo mismo con su pantalón, que abrochó sin prisas. Después se incorporó y le tocó el turno al cinto. Arregló su camisa, poniéndola bien colocada en el pantalón. Se apartó un poco y le observó, como queriendo ver si faltaba algún detalle.
Después, sacó unas toallitas de papel perfumado y le restregó la cara, algo que a él no le gustaba , pero no protestó, la dejó hacer. Le colocó un poco el pelo y depositó un beso en su mejilla. Esto pilló desprevenido al joven, que agradeció el tacto de sus labios en su rostro y, sin saber por qué, la devolvió el beso y la dijo
- Gracias señora
Ella se limitó a sonreírle y le dijo
- Bien, jovencito, ahora váyase a casa, que ya es tarde. Espero que esto le haya servido de lección. Y recuerde – añadió con una mirada pícara – si vuelve a ser negligente en el trabajo tendré que volver a llamarlo a mi despacho y darle otra reprimenda. Y si vuelve a gritar a su secretaria en público, haré que ella contemple como le aplico su castigo, entendido?
- Si señora, no se preocupe, no volveré a hacerlo
Después le puso la chaqueta, le dio la vuelta y con un azotito le mandó fuera del despacho.
UN SÁBADO DIFERENTE

Autora: Lely
El sábado a la mañana, como mi mamá no trabajaba, aprovechaba para lavar la ropa y poner en ”orden” la casa y a sus ocupantes, es decir, a mí.
Éramos solo dos en casa: ella y yo, un adolescente en ese momento de 13 años, que estaba en la época del no bañarse demasiado.
Me acuerdo que ese sábado, 1 de junio creo, me levanté como todos los sábados, fui a desayunar a la cocina y mi mamá de dijo que al terminar me vaya a bañar. Yo, como siempre, le dije que iba enseguida y como trataba de hacer cuando podía entré al baño, abrí las canillas y me senté a leer un rato, luego me lavé la cabeza y los pies , cerré las canillas y salí envuelto en el toallón.
Ví que mamá entraba a buscar la ropa para lavar. Al rato me llama al baño y me pregunta dónde estaba mi calzoncillo sucio, así lo lavaba con toda la ropa que había y me di cuenta de mi error. No supe qué contestarle. así que ella se dio cuenta de mi mentira y me dijo que me sacara el toallón. No tuve más remedio que hacerlo y vio que tenía el mismo calzoncillo con que me había levantado; me tomó del brazo y me acercó hacia ella y me preguntó: “¿qué significa esto?”. Me di cuenta que estaba en graves problemas; tratando de inventar alguna excusa sólo atiné a decirle que me lo iba a cambiar a la pieza porque no lo había llevado cuando me iba a bañar.
-Bueno vamos a tu pieza así te cambias- me dijo y yo bajé la cabeza y fui con ella .Al llegar se quedó esperando adentro de mi habitación hasta que me cambiara, pero en el momento que termino de sacarme el calzoncillo me lo arrebata de la mano y lo mira, yo muerto de vergüenza, porque estaba manchado y se veía que era de varios días.
Busco el calzoncillo limpio y cuando me lo iba a poner, mi madre me tomó del brazo y sin decir palabra me baja la cabeza y la espalda de manera que quedó mi cola desnuda toda expuesta hacia su cara y me ordena: “¡Ahora mejor que no te muevas!”. Muerto de vergüenza no supe qué decir y la obedecí; me quedé quieto y en ese momento siento que mi madre me separa las nalgas y mira mi cola, yo trato de levantarme y siento que algo golpea mi cola y me la deja ardiendo. “Te dije que te quedaras quieto!” Y ¡zas! otro golpe. Mi madre comenzó a retarme y me llevó de la oreja otra vez al baño. “Eres un mentiroso, me estuviste engañando. ¿No te da vergüenza tener la cola sucia como si fueras un bebé? Ahora vas a saber lo que es lavarse bien”.
En ese momento, me hizo entrar en la tina abrió la canilla me hizo agachar y ante mi sorpresa y vergüenza me lavó la cola ella con sus manos. Pero no terminó todo ahí: cuando terminó de lavar la cola hice amague para salir de la tina pero no me dejó. Me volvió a poner en la posición anterior ,con la cola expuesta hacia su lado , tomó el cepillo de baño , yo cuando la ví empecé a temblar y le dije: “no mami, por favor, perdoname. Te prometo bañarme bien todos los días y cambiarme, por favor no me pegues”. Pero ella siguió como si no me escuchara y empezó a pegarme en las nalgas con el cepillo. ¡Cómo dolían esos cepillazos en mi cola! Enseguida comenzaron mis nalgas a dolerme y arder, yo lloraba, suplicaba, pedía por favor que parara. Nunca la había visto tan enojada, ella seguía pausadamente pero sin interrupción, mientras me decía que no tendría que haberla engañado, que soy grande , que confiaba en mí y yo la decepcioné. Lo mas triste es que tenía razón.
Me dolían un montón las nalgas, yo empecé a llorar a toda voz hasta que después de 15 golpes paró y me dijo que me bañara bien. Abrió las canillas y cuando se templó el agua me puso debajo de ella. Yo la miré y le dije: “gracias mamá. Ahora podés salir del baño, ya no te voy a engañar”. Pero ella me dijo que no se iba a ir, que iba a mirar cómo me bañaba y que no quedara un solo rincón de mi cuerpo sucio, que por mucho tiempo me iba a ver cuando me bañaba. Yo no lo podía creer pero después de los azotes que había recibido, no quise protestar más y comencé a bañarme, tenía cuidado de no olvidarme de nada. Mi mama allí mirándome y yo muerto de vergüenza.
Al terminar me acarició la cabeza, me alcanzó el toallón, me ayudó a secarme y envuelto en él me llevó a mi pieza. Al llegar a la habitación me sacó el toallón y me dijo que me acostara en la cama boca abajo. “¿Qué pasa mamá? ¿qué me vas a hacer ahora?”, le dije bastante asustado. Ella trajo un termómetro y siento que me abre las nalgas y mete el termómetro en mi cola, yo no sabía que decir, nunca me había sentido tan avergonzado y culpable, porque mami estaba muy seria y ella no era así, empecé a entender lo mal que se sentía con mis engaños. Pero yo, adolescente rebelde, le dije de mal modo: “¿qué haces ahora mamá?”
Ella dejó el termómetro unos minutos en mi cola, luego lo sacó, sin contestarme me sacó de la cama y me volteó sobre sus piernas y antes que pudiera quejarme empezó a pegarme con su mano en las nalgas, como con el cepillo. Eran en una nalga y la otra, yo desesperado por el dolor volví a suplicarle que dejara de castigarme, que había entendido lo mal que me había portado, pero ella siguió hasta darme por lo menos 25 azotes en cada nalga. Yo lloraba y gritaba como nunca lo había hecho y ella solo me decía: “Algún día me lo vas a agradecer”.
Cuando me soltó me pasé la mano por las nalgas y ella me dijo que de castigo ese sábado no iba a salir a ningún lado y que por ahora me acostara en la cama , sin ropa y que aún no había terminado conmigo. Quise empezar a protestar porque no me dejaba salir pero me miró y me dijo que no dijera nada o iba a ser peor.
Yo no podía creer lo que me estaba pasando, estaba lleno de furia. Pero protestando me quedé acostado un rato. Cuando pasaron unos 10 minutos pensando que ya había pasado todo y que mamá se habría tranquilizado, me vestí y fui al comedor, Prendí los videojuegos y me puse a jugar, a los 5 minutos entra mi mamá y me dice que hacía yo ahí y con la ropa. Yo le dije nada, que ya estaba mejor y que me había levantado porque estaba aburrido. Ella se acercó, se sentó en el sillón al lado mío ,me hizo soltar el jueguito y antes que dijera algo estaba otra vez sobre sus piernas y con la cola desnuda , me dio otros 30 azotes sin parar. Al terminar me sacó el pantalón y el calzoncillo , vi que tomó algo de la mesa , sentí otra vez que me abría las nalgas y me puso 2 supositorios bien adentro de la cola. Yo llorando y pataleando hasta que me dio otro azote en las nalgas y me quedé quieto.
Ese sábado lo terminé desnudo en mi pieza parado en el rincón como 2 horas sin moverme y recibiendo cada tanto alguna nalgada más por moverme o quejarme, la verdad fue un sábado inolvidable, pero en algo tenía razón: aprendí mucho ese día y lo más importantes nunca más salí con la cola o el calzoncillo sucio.
Cuando los supositorios hicieron efecto quise salir corriendo al baño pero mi mamá me retuvo y me dijo que me parara en el rincón del comedor. Yo estaba desesperado, tenía muchas ganas de ir al baño pero me quedé quieto en el rincón por 10 minutos más, hasta que mamá me dejó ir al baño pero me espero afuera. Cuando salía, me hizo agachar y volvió a revisar mi cola. Me mandó de nuevo a acostarme sin pantalón ni calzoncillo, y volvió a decirme que no me podía levantar bajo ninguna circunstancia o recibiría mas azotes, pero… con la chinela.
Me quedé acostado hasta el mediodía que me dijo que me levantara, pero no me dejó ponerme la ropa. Así que con toda mi humillación y mi cola bastante dolida, me senté en la cocina y comí. Al terminar de comer me volvió a mandar al rincón de la cocina hasta que ella terminara de lavar los platos. Me dijo que me iba a dejar vestirme pero iba a recibir otra tanda de azotes en la cola. Le rogué que no lo haga pero me dijo que me calle o iba a ser peor. Así que me volví hasta donde estaba mi mamá sentada me coloqué en sus piernas y me dio cerca de 40 palmadas mas con la mano; al terminar lloraba como un bebé del dolor de mis nalgas. Me dijo que esperaba que hubiera aprendido la lección y que me podía vestir, pero que por ese día no iba a salir con mis amigos. No dije nada porque estaba tan dolorido que no quise tentarla para que me volviera a pegar.
Esta fue mi primera vez en recibir tantas nalgadas pero no sería la última porque “A partir de ahora –me dijo mi mamá- no voy a hablar demasiado. Ante la primera que te vuelvas a mandar, recibirás el castigo merecido”.
- FIN -
El recuerdo de una noche
Autor: CARS
No puedo dejar de sonreír al mirar a mi alrededor, estas paredes fueron testigo de uno de los momentos más cruciales de mi vida, y al mirar hoy a mi alrededor con la perspectiva que da la luz del día, llego a la conclusión de que tal vez mi vida pueda tomar un rumbo distinto. Las últimas frases que escribí anoche en mi ordenador aun están ahí, como testigos de los sentimientos que las provocaron, desafiando a todos y a nadie al mismo tiempo.
Las leo y cierro los ojos, intentando ver en mi interior si algo es hoy diferente a quien era hace unas horas; “Querido diario, -escribí- hoy a sido un día horrible, uno de eso días que quisiera borrar. Ahora tengo esa extraña sensación de pesar, unas ganas de llorar que como tantas y tantas veces se quedarán solo en eso: en ganas. Es en momentos como este, querido diario en los que me gustaría poder contarle a alguien mis más secretas necesidades. Tener una esposa, novia o amiga a quién decirle lo que necesito y que de su mano encontrara yo esa calma que ansío. Cada día en los chat, o en alguna revista leo de personas, que como yo necesitan una vía de escape, un bálsamo y que lo encuentran al llegar a casa. Yo por el contrario solo hallo soledad. Les envido. No me avergüenza decirlo. Envidio cuando pueden tumbarse en los regazos de una mujer a la que le importan y reciben de su mano ese bálsamo que sana su alma. Envidio cada azote que reciben seguramente porque yo necesito también ser castigado para despojarme de esta sensación que aún necesitando el desahogo de las lágrimas no encuentro las fuerzas para llorar. Si alguien pudiera leer esto, sin duda pensaría que estoy loco. Que necesito ir al loquero por desear que una mujer me azote. Pero que más da, primero porque nadie va a leerlo, y segundo porque no me importa lo que puedan pensar los que señalan con el dedo sin ponerse en el lugar del otro. ¡Estoy divagando! En resumen, desde mi adolescencia cuando descubrí la sensación de los azotes por primera vez de mano de mi segunda novia y la aceleración del corazón provocada por la emoción, y la excitación de esa mezcla de dolor y caricias; desde ese día, entregarme de esa formar confiando plenamente en la otra persona, a supuesto una fuente de suma felicidad y estabilidad. Por eso ahora, cuando lo único que me espera en casa es la soledad, siento ese gran vacío, y en días como hoy ese vacío se torna en pesar…”
Fue lo último que escribí, después unos asuntos llamaron mi atención y se me olvidó por completo, mientras que el pequeño cursor seguía en su continúo parpadeo junto a estas palabras.
Poco a poco el personal se fue marchando, y yo me quedé en la oficina repasando unos documentos. No tenía prisa en marcharme. Sólo un par de personas permanecían aun allí.
-Permiso. –La voz Esther me hizo levantar la cabeza, ella era una de las dos jefas de ventas que tenía en mi empresa.- Jefe, ¿puedo dejarle el móvil aquí, un segundo? Voy a cambiarme por que hoy me voy a cenar con Jorge y su novia.
-Por supuesto. –Respondí.- ¿Esperas una llamada?
-Seguro que me llama mi novio, si lo hace, puede decirle que ya me ido y que me he olvidado el móvil aquí.
-¡Descuida! La miré mientras se alejaba en dirección a los vestuarios, el eco de sus zapatos de tacón se hicieron más y más lejanos. Apenas habían transcurrido veinte minutos cuando regreso. Llevaba una minifalda vaquera que dejaban al descubierto sus largas piernas. Normalmente se había llevaba el pelo largo, pero ahora lucía su cabello negro suelto, y su cabellera caía por las espalda. Aquella blusa dejaba ver un generoso escote, y al darse la vuelta puede comprobar que también dejaba al descubierto una gran parte de su espalda. No llevaba medias, y completaba su atuendo unas zapatillas de lona amarrilla a juego con el cinto de la minifalda y suela de esparto. Llevaba el talón al descubierto, pese a que el calzado permita que lo cubriera, por lo que al andar emitía un sonido peculiar. -¿Ha llamado alguien?
-Tú novio. Le dije lo que acordamos y parece que se quedo tranquilo. ¿Va todo bien?
-Sí, no te preocupes. Solo es que necesito un poco de espacio.
-Pasarlo bien. –Le respondí sin darle mucha importancia al comentario.-
-Jefe. –Me dijo desde la puerta.- Porque no viene a cenar con nosotros.-
-Venga anímese. -Son a su espalda, Jorge asomaba la cabeza sonriendo.-
-No chicos, -Les respondí.- Ir vosotros. Otro día.
-¿Seguro? –Indagó ella.-
-Si, marcharos o no vais a encontrar nada abierto.
El sonido de sus pasos se hizo más lejano. Después regreso el silencio. Un último ruido al cerrarse la puerta y después el silencio. Me recline en el asiento y miré al techo durante unos minutos. Busqué la ventana de mi diario en el ordenador, y durante unos segundos sentí el deseo de continuar escribiendo, pero aquellas palabras me parecían tan deprimentes, que opte por seguir trabajando. Tras treinta minutos de números y más números me levante, cogí mi chaqueta me dirigí hacía la puerta. Había recorrido la mitad de la distancia que me separaba de la salida, cuando las sombras se movieron a mi derecha.
-¿Ya vas a reunirte con tu soledad? –Sonó tras de mi.-
-¿Quién eres? Me giré, de las sombras salió una figura que se fue haciendo cada vez más visible. La luz de mi despacho le daba en la espalda, por lo que su rostro quedo en la penumbra. Lentamente me acerque.
-¡Esther! Que haces aquí. Se te ha olvido algo.
-No, Javi. –Me respondió mientras se acercaba hacia mi con pasos lentos.- Yo hace horas que me fui. ¿No recuerdas?
-Ya, muy graciosa, menudo susto me has dado. –Respondí quitándole hierro al asunto.-Esther se acercó a mí, puso un dedo en mis labios indicándome que guardara silencio y después tomó la chaqueta de mi brazo y la dejó en una mesa. Lentamente acercó su cara a la mía. Pude sentí su aliento mientras que se acercaba para susurrarme al oído. Su pelo me produjo un leve cosquilleo al roce con mi piel. Y el aroma de su perfume entraba en mis pulmones con cada respiración.
-¡No estoy aquí! Y mañana tal vez pienses que es un sueño, pero hoy llenaré ese vacío que te aprisiona el pecho. –me susurró.-
-Yo no sé qué decir Esther.
-No tienes que decir nada.
Sus palabras fueron seguidas de movimientos lentos que le conducían hacia mi despacho. Levemente tiró de mí, y yo le seguí. No sabía exactamente en qué momento tomó mi mano, pero ahora podía sentir su tacto, la calidez y suavidad de su mano. En aquellos momentos nada a mi alrededor existía. El suelo se me antojaba movedizo. Al entrar la luz golpeó mis ojos y temí que al abrirlos ella se hubiera desvanecido, pero no. Seguía allí cerrando la puerta detrás de nosotros. Se giró y me sonrió. Era una sonrisa distinta, era de complicidad, de cercanía.
Esther acercó sus labios a los míos y dejó un tenue beso, después se sentó en mi butaca, estiró la mano y yo, como si una fuerza imantada me atrajera, me acerqué a ella. Aquella mujer a la que creía conocer y que hoy se me presentaba distinta y misteriosa me sujetó la mano y empujó el asiento hacia atrás hasta que tocó el respaldo en la pared. Después abrió las piernas, y ante mi sorpresa que iba en aumento, me hizo inclinar sobre su pierna derecha. Tuve que apoyarme con las manos en el suelo para no caerme. La miré, en el momento sentí un enjambre de mariposas en mi estómago, estaba emocionado a la par que un poco confundido. Esther pasó su pierna izquierda sobre las mías, levantó un poco la pierna derecha apoyando el talón en la pata de la silla. Desde mi posición, podía ver su pie, apoyado sobre sus dedos y los dobleces que se producían en la lona de la zapatilla. Aquella visión aumentó mi excitación. Sentí sus manos sobre mi trasero. – ¿Estas cómodo?- me preguntó. Yo asentí sin apenas mirarla.
Un mar de emociones se encontraba arremetiendo todo mi ser. Por un lado me sentía excitado por la situación, ansioso por que los acontecimientos se precipitasen, y temeroso de que todo fuera un sueño del que despertaría de un momento a otro. Además, me sentía bastante avergonzado, estaba allí, sobre el regazo de una de mis empleadas sin saber muy bien cómo había ocurrido aquello.
Los primeros azotes hicieron que abandonara cualquier pensamiento. La tela de mis pantalones hacía que el sonido fuera opaco, y el dolor no hiciera su aparición de forma brusca. Esther no imprimía una fuerza excesiva, pero lo contrarrestaba con gran constancia. Los minutos pasaban y ella no cesaba de golpear una y otra vez mis nalgas. Lo hacia en series de diez. Jugaba con el ritmo, unas veces eran rápidos y seguidos sin apenas pausa. Sistemáticamente cada centímetro de mi trasero recibió una gran cantidad de azotes. El calor de mis nalgas inflamó mi entrepierna, por no decir que el dolor se hizo persistente. Ella era concienzuda y seguía azotando mi trasero una y otra vez.
Apenas si hablamos durante el castigo; yo apreté los dientes para no emitir los quejidos que nacían provocados por la prolongada azotaina que estaba recibiendo. Tras un tiempo bastante largo que no soy capaz de precisar, se detuvo. Su mano acarició mi trasero. La excitación se apoderó por completo de mí. Hice ademán de incorporarme, pero no me lo permitió. Presionó mi espalda indicándome que permaneciera como estaba. Noté que la presión de su pierna izquierda disminuía durante unos instantes, y después el dolor de mi trasero se incrementó con aquel azote. La miré asombrado mientras levantaba nuevamente la mano armada con la zapatilla. Me sonrió y guiño un ojo. Después bajé la cabeza a la espera del nuevo azote que no tardó en llegar. Nuevamente se dedicó a conciencia, y no dejaba un solo lugar por azotar, desde la parte alta de los muslos hasta el final de mi trasero. Unas tímidas lágrimas llegaron a mis ojos justo en el momento en que los azotes cesaron, note como ponía la zapatilla sobre mi espalda y comenzaba a darme un masaje en mi dolorido trasero.
-Levántate nene. –Me indicó con total familiaridad.- ¿Estás bien? –Sus manos acariciaron mis mejillas.- Toma aguántala hasta que te la vuelva a pedir. Esther puso la zapatilla en mi mano, y me sonrió mientras que comenzaba a desabrocharme el cinturón. Me sentía en medio de una nube, y rezando para que no desapareciera. Tímidamente intente ayudarla con lo que hacía, pero una fuerte palmada en mi mano me indicó que no deseaba mi ayuda para bajarme los pantalones.
La hebilla hizo un leve sonido metálico cuando toco el suelo, y una refrescante sensación de frescura recorrió mis piernas. Sus manos palparon mis nalgas, que desprendían un considerable calor. Ella tiró de mi slip, por primera vez sentí el tacto de su piel sobre las nalgas. Después sus manos pasaron tímidamente por el sexo, que se encontraba a punto de estallar. La miré buscando en ella una pista de lo que seguiría a continuación. El corazón me latía a mil por hora.
Esther se palmeó las piernas, yo la miré dudando y ella tiró de mí hasta que nuevamente me encontré sobre su regazo. Volvió a levantar una rodilla dejando mi trasero un poco levantado. Entonces me di cuenta. Ahora estaba sobre sus dos piernas, y mi pene se había acomodado entre sus calidos muslos. Aquella sensación casi consigue que explotase.
–Si te corres antes de que te de permiso, desapareceré para siempre.-
Su tono al advertirme de aquello estaba cargado de seriedad, por lo que hice todo lo posible por controlar mis deseos. Su mano volvió a masajear mis nalgas, hasta que los azotes se reanudaron. Esta vez el dolor fue mucho más intenso su mano impactaba una y otra vez sin que hubiera nada que amortiguara los golpes. Tras casi veinte minutos se detuvo. Su mano acarició la zona golpeada, y después estiró el brazo con la mano abierta delante de mi cara. Yo comprendí en el momento lo que quería, pero permanecí inmóvil, sus dedos se movieron nerviosamente mientras que una docena de azotes enérgicos y fuertes cayeron sobre mis nalgas. -¿Hay que pedírtelo todo hablando nene?- Me dijo levantando la voz. Yo negué con la cabeza, y le entregue nuevamente la zapatilla.
Esther metió una mano por debajo de la camisa y subió por mi espalda hasta llegar al cuello. Cerré los ojos para acentuar aquella sensación, que pronto se mezclo con el dolor de los azotes que comenzaron a llover sobre mi trasero. Tras la primera docena las lágrimas ya no se pudieron contener, y rompí en un llano infantil. Ella golpeó con más fuerza, mientras yo me movía sobre su regazo intentando inútilmente evitar el castigo. El dolor fue aumentando así como mi llanto. Y con él, aquel extraño peso que me aprisionaba el pecho se fue desvaneciendo. Cuando Esther dejó caer la zapatilla al suelo, mi trasero estaba completamente rojo, amoratado en algunos sitios, y el dolor recorría todo mi ser como un fuego purificador.
Poco a poco me fui deslizando hasta el suelo, quedando abrazado a sus piernas. Lentamente recosté mi cabeza en su regazo y seguí llorando mientras que ella acariciaba mi cabeza. Mis lágrimas mojaron su piel, ella levantó mi barbilla.
-¿Mejor? –Me susurró regalándome una sonrisa. Yo asentí.- ¡Llora nene!
Volví a recostar mi cabeza en su regazo, ella también se reclino en el sillón mientras sus dedos jugueteaban en mi pelo. Suavemente comencé a sentir que su pie rozaba mi sexo. La excitación estaba en su punto más álgido, entre el castigo recibido y el tacto de su pie en mi pene, estaba apunto de enloquecer. El llanto se tornó sollozo, y el sollozo suspiros, hasta que solo quedó el tacto de su piel en mi mejilla, y la oleada de sensaciones que emergían de mi sexo -¿Puedo? -Susurré tímidamente.- -Si. -Me respondió.-
Tras unos pocos minutos más, explote mientras besaba sus muslos empapados por mis lágrimas. Ambos nos miramos y descubrimos un brillo en la mirada que nos acercaría mucho más.
-¿Por qué…? –le pregunté mientras me vestía.-
-Esta tarde, cuando entre a recoger unos papeles a tu despacho, leí lo que escribías en tu diario. –Me explicó.- Sé que es privado, pero lo tenías abierto en la pantalla y me pudo la curiosidad. Tras leerlo –continuó diciendo- sentí los deseos de llenar al menos esta noche el vacío que sentías.
Estaban dando las dos de la mañana en el reloj de la iglesia cuando llegué a casa. El sueño me asaltó en medio del recuerdo de las experiencias vividas. Hoy solo espero volver a verla. No sé si se volverá a repetir una noche como la pasada, pero pase lo que pase, el recuerdo de ella me acompañará toda la vida. Aunque espero que esto solo sea el principio de otras muchas noches en las que explorar ese maravilloso mundo de los erotismo y los azotes.
CARS
La primera noche
Autor: CARS
Aquel sonido comenzó a llenar la pequeña habitación en penumbras, iluminada única y escasamente por la luz blanquecina de una luna que reinaba con absoluta plenitud. Primero el sonido fue intermitente, tímido en su comienzo pero que fue adquiriendo una mayor vigorosidad conforme transcurrían los minutos, hasta adquirir un ritmo constante, que cesó de una forma tan espontánea como había comenzado, dejando paso únicamente a la respiración agitada de dos seres que a su manera encontraron todo lo que la vida siempre les hizo sospechar que necesitaban, pero que nunca antes habían encontrado.
Ella miró a su compañero, pero al hacerlo descubrió a alguien distinto, tanto como ella misma. Acarició su cuerpo sudoroso, pasó sus manos por su espalda hasta su nuca en una larga caricia. Después bajó una de ellas lentamente por la espalda, mientras que la otra se encontraba con la de él, sus dedos juguetearon hasta quedar entrelazados. Ambos permanecieron en silencio, temiendo quizás que al pronunciar una palabra aquel momento se esfumaría con ellas. La mujer se recostó en el respaldo de la cama, y de una forma instintiva regresó con su mente a un pasado tan cercano pero que le parecía un abismo: regresó a ese instante de la noche en el que al fin se encontraría consigo misma, con esa mujer que siempre sospechó ser y que nunca se había atrevido a descubrir.
La noche había comenzado con una cena romántica, y al decir verdad, había superado todas las expectativas, teniendo en cuenta que esa noche había visto por primera vez a su acompañante. Una leve sonrisa afloró a sus labios al rememorar los primeros pensamientos que le vinieron a la mente cuando lo vio. Él era un poco, -no mucho- más joven que ella, y eso le hizo albergar aún mayores reservas. Pero después de los postres, y cuando arropados por la suave melodía de la orquesta se decidieron a bailar, ella supo que no se había equivocado con la cita. Algo en su interior le decía que la noche iba a prolongarse mucho más.
Después, una vez en la habitación, todo se había precipitado. Un relajante baño para dos, unas copas de champán y un primer beso apasionado fue el preludio de unos momentos de pasión en los que ambos recorrieron sus cuerpos, y se entregaron en un abrazo tan intenso como cálido.
Tras haberse amado, no como en las películas ni novelas rosa, sino como los mortales imperfectos que eran, con las limitaciones que da la realidad, ambos quedaron exhaustos. Sudorosos y felices. Ella se incorporó para sentarse en la cama, mientras que él permaneció tumbado entre sus piernas boca abajo y con la cara en sus muslos, que comenzó a besar de vez en cuando mientras que ella encendía un cigarrillo.
Pasaron los minutos y ella con la última calada le sonrió; él se incorporó un poco hasta que sus labios se unieron en un beso, después recostó su cabeza en los senos de aquella mujer a la que había comenzado a amar. Ella por su parte le acarició la cabeza. Sus movimientos eran lentos, como lentos eran también sus pensamientos. Sus manos recorrieron aquel cuerpo que latía junto al suyo. Subieron y bajaron por su espalda hasta que su mano izquierda permaneció inmóvil sobre sus nalgas, mientras que sus pensamientos también se detuvieron en algún lugar escondido de su mente. Respiró hondo mientras que su mano derecha acariciaba su cabeza, y sentía la respiración de aquel hombre en su pecho. Aun ahora es difícil para ella tomar conciencia de aquel acto, ya que parecía que su cuerpo, - o al menos parte de él – había decidido actuar por su cuenta, movido por algún mecanismo oculto de su mente. Lo que realmente importa es que durante unos segundos sintió amplificadas sus sensaciones, la piel bajo su mano, la firmeza de los glúteos que tocaba, y aquel extraño picor. ¿Fue el picor, o el sonido? Para ella fue como despertar, su mano se alzó y cayó pesada sobre las nalgas. Después el silencio, ambos permanecieron inmóviles, hasta que nuevamente aquel chasquido llenó toda la estancia. Tras unos segundos en los que ella le miró y en los que él no hizo más que besar el seno sobre el que descansaba su mejilla, llegaron más y más palmadas. Al principio eran suaves, pausadas y podría decirse que hasta cargadas de una gran timidez, pero con el transcurrir de los minutos, el flujo de azotes se hizo constante, rítmico y paulatinamente más y más enérgico.
Durante unos minutos que ninguno de los dos eran capaces de precisar, aquel movimiento se hizo dueño de todo. El sonido de los azotes eclipsó el latir agitado de sus corazones, y después el silencio. Tan violento como el ruido. Ella dejó su mano sobre el trasero castigado, y comenzó a sentir el calor que emanaba de la piel, que pese a no distinguirla por la oscuridad la sabía enrojecida.
Su mente voló a comienzo de todo, mientras que con su mano derecha acarició a su amante, quien comenzó a besar aquellos senos con pasión, mordisqueando los pezones, sintiendo la calidez de aquel pecho que latía junto a él, y notando cómo el calor que emanaba de sus nalgas inflamaban su sexo de una forma que nunca antes lo había hecho. En ese instante su piel se volvió mucho más sensible, y el peso y tacto de la mano de aquella mujer que le abrazaba se volvieron todo su universo.
Alzó la vista, ella le sonrió y después se besaron. Ella mordisqueo el labio inferior de él, de una forma delicada y sensual, después con suavidad hizo que recostara su cabeza de nuevo en su pecho, alzó su mano nuevamente dejándola caer con fuerza sobre el castigado trasero. Esta vez fue distinto: ella era totalmente conciente de lo que sucedía, y fue administrando más y más severidad a su movimiento. Comenzó a cambiar el ritmo de los azotes, primero una docena en una nalga, después en la otra. Unas series eran rápidas y otras en cambio lentas y pesadas. Alternaba los azotes con las caricias. En otras ocasiones administró azotes sumamente enérgicos en cada nalga hasta completar una serie de veinte.
Él, por el contrario, permanecía inmóvil, suspirando y arqueando la espalda, reaccionado a los cambios que ella iba imponiendo. Unas veces dejaba suaves besos, y otras cerraba los ojos y se concentraba para no emitir ningún quejido. Su cuerpo iba cambiando y su excitación fue en aumento hasta el extremo en el que estuvo apunto de eyacular debido a la fricción de su miembro contra el muslo de ella.
Al fin los azotes se detuvieron en el momento preciso para evitarlo, y ambos permanecieron en silencio, abrazados. Las sensaciones iban cambiando y el dolor que sentía en su trasero junto con la excitación que aquella azotaina le había producido, le elevó hasta un lugar en el que siempre quiso estar, pero que nunca había querido reconocer. Ella a su vez, se llenó de una extraña euforia, la erección de aquel hombre que se entregaba a sus caprichos la llenaban de una gran satisfacción. Era como ir desenvolviendo un hermoso paquete, que siempre quisiste abrir, pero que sin embargo mantuviste perfectamente envuelto, por un extraño temor, que pese a desear su contenido, una vez abierto te desilusionará estrepitosamente. Hoy, con cada uno de sus actos se iba despojando de todo el envoltorio, y se mostraba a sí misma como deseaba.
En ese instante aquellas dos personas estaban tan cerca en mente y alma, que por unos instantes nada a su alrededor existía. Sólo ellos en una pequeña habitación de hotel. Se volvieron a besar, se acariciaron y se sintieron. Ella le miró a los ojos. Se volvieron a besar. – ¡Quiero más!- le susurró ella al oído. Él la beso y asintió. Su entrega era total, y sabía que ella no le dañaría. Pese a no conocerla más que de esa noche, -aunque habían mantenido una larga relación por e-mail.- estaba dispuesto a depositar en aquella mujer toda su confianza.
Ella se movió, haciendo que él abandonará aquella posición. La mujer se sentó en el borde de la cama, y condujo a su amante en la oscuridad hasta que estuvo de pie a su lado. En ese instante, le acaricio su sexo, sus piernas y su pecho, mientras que él metía sus dedos entre su cabellera. Ella besó su vientre, - Gracias por confiar en mí y por entregarte como lo haces- Le susurró entre besos. – Ven.- y con suavidad le condujo hasta que lo hizo reclinarse en su regazo. Acarició su espalda y espero a que se relajara; pasó sus manos por las nalgas que aun conservaban el calor de los azotes anteriores. Pasó una pierna por encima de las de él, y entonces comenzó de nuevo a golpear aquel trasero que esperaba el castigo. Su mano cayó una y otra vez con fuerza, ya que esta vez le golpeaba con gran severidad. El hombre se movía y retorcía intentando evitar aquel castigo, tan doloroso como excitante. Sus movimientos eran tan bruscos que estuvo apunto de caerse de aquel regazo en más de una ocasión.
-¿Estás bien? –Preguntó ella mientras acariciaba aquellas nalgas enrojecidas y calientes. El asintió.- Si quieres solo tienes que decir la palabra mágica. -No. –Susurró él mientras que llevaba una mano atrás y comenzaba a frotarse el trasero. -Entonces sé bueno y no te muevas tanto, porque sino te caerás y tendré que castigarte de veras.
Él giro la cabeza para verla y sonrió abiertamente, ella por el contrario parecía seria, aunque le guiñó un ojo. Él le enseño la lengua en un acto jovial. -¿Qué has hecho? ¿Me has enseñado la lengua? -No. -¿No? te crees que no te he visto. -Le regaño ella en medio de una amplia sonrisa mientras que comenzaba a hacerle cosquillas en los costados.- Ambos estallaron en una prolongada risa, que como era de esperar acabó con él cayéndose de su regazo al suelo, y provocando que ella también acabara junto a él al intentar evitarlo. Los dos rodaron medio abrazados, y él comenzó a besarla. Estaba encima de ella, y entre risas y risas comenzaron a besarse. Tras unos minutos el rodó hasta quedar de espaldas junto a ella, sus manos se volvieron a unir, y tras mirarse las risas se reanudaron.
-¿Te parece bonito lo que has hecho? –Le recriminó ella tras quedarse sería. Él se acercó para besarla.- Tus besos no te librarán. Te has caído y encima me has tirado a mí.
Él intentó protestar, pero ella se lo impidió besándole en los labios. –Levántate y enciende la luz.- Sus instrucciones no dejaban lugar para la protesta. El se incorporó y en pocos segundos la luz de una gran lámpara que pendía del techo inundó toda la estancia. Ella miro a su compañero de pie en medio de sus piernas, con los brazos en jarra y una amplia sonrisa. Ella le sonrió mientras prestaba atención la erección que pese al castigo, -o debería decir “gracia”- mostraba. Ella estiro los brazos y él le sujeto de las manos mientras tiraba de ella. En pocos segundos la estaba abrazando y besando tiernamente.
Ella retrocedió hasta el borde de la cama, y después se dejó caer. Le dió la vuelta a su amante y por primera vez pudo contemplar su obra. El calor que había sentido al tocar las nalgas, descubrían ante unos ojos llenos de expectación, un color rojo intenso. Toda la superficie estaba colorada, y en algunos lugares tenía pequeñas manchas rojas mas intensas. Ella beso con delicadeza aquella carne dolorida, y sintió el calor en sus labios. La excitación aumento no solo en su sexo, sino en su mente. Estaba extasiada con aquella visión, con su tacto y sobre todo por saberse ella responsable. Se sintió agradecida de que él se entregará a ella.
Ambos se miraron. Él le volvió a sugerir que usara la palabra de seguridad, pero él solo dejo ver una amplia sonrisa y nuevamente la lengua apareció en un acto tan jovial como infantil. Los ojos de la mujer adquirieron un brillo especial. Tiró de él hasta que estuvo de nuevo sobre su regazo. Pasó la pierna sobre las suyas para inmovilizarlo más. Esperó. Esperó hasta que él se relajó. La mano derecha acariciaba su espalda y sus nalgas. Entonces se inclinó hacia delante y estiró la mano hasta alcanzar un cepillo de madera que usaba para peinarse. Después mientras que le recriminaba su acción al sacarle la lengua y tirarla al suelo, comenzó a azotarlo metódicamente.
La madera provocaba un sonido más opaco que su mano, y las sensaciones que él recibía en cada azote también eran muy distintas, y más porque ella lo hacía de forma lenta y enérgica, dejando el suficiente tiempo entre azotes para que él pudiera sentirlo. Tras lagos minutos, aquellas nalgas habían adquirido un color más intenso. Y las lágrimas pugnaban por aflorar en sus ojos. Algo en su interior le impulsó a pronunciar la palabra que detendría el juego en el acto, pero la enorme erección que tenía, y las oleadas de sensaciones encontradas que estaba recibiendo la ahogaron antes de que las pronunciaran. Ella llevaba un rato acariciándole. Le giró la cabeza para mirar a aquel hombre que estaba apunto de doblegarse, pero que aun se resistía. –¿Ves lo que le pasa a los chicos que sacan la lengua?- Le susurró. -¿Estás arrepentido?- Le preguntó con una sonrisa. El asintió. –Si es así, ¿por qué no me has pedido perdón, y porque no veo lágrimas? No me pareces arrepentido.
Estaban jugando, y ambos querían saber si podían ir un poco más allá. No sabían lo que el otro esperaba, pero se sentían en tan plena conexión, que ninguno quería abandonar. Quizás por eso a pesar del dolor que sentía en su trasero, sacó la lengua una vez más, a la vez que sonreía. –Hoy llorarás mi amor.- le susurró mientras le dedicaba una amplia sonrisa. Después se inclinó palpando el suelo con la mano hasta dar con lo que buscaba. Le miró durante un instante mientras levantaba la mano armada con una zapatilla de tela con la suela de goma negra muy flexible. El primer azote le hizo saltar literalmente sobre el regazo de ella. Intentó cubrirse con la mano.
Ella le sujetó la mano a su espalda, y le acercó la zapatilla a la cara. -¿La ves amor? Esta hará que entres en razón.- Él la contemplo durante unos instantes. Era beige con pequeñas franjas burdeos. La suela estaba gastada, pero no por ello picaba menos. Intentó decir algo, pero ella no le dio tiempo, comenzó una azotaina severa. Las nalgas saltaban de un lado para otro con cada azote. La severidad con la que le azotaba hizo que antes de la docena de azotes, él comenzará a sollozar y a pedir clemencia. Ella se detuvo y dejando la zapatilla sobre su espalda comenzó un suave masaje en las nalgas. Cualquiera hubiera perdido la ercción, pero él estaba en una nube de excitación. Las lágrimas constituían una enorme liberación, de años de espera, de ansias ocultas tan profundamente que estuvieron a punto de desvanecerse. Estaba recibiendo un castigo muy severo, pero también una liberación mucho más elevada que el dolor. Por eso cuando los azotes se reanudaron, dejó de resistirse, su cuerpo se relajó y el lloró a gusto mientras que la zapatilla golpeaba una y otra ves su ya enrojecido trasero.
Ella se detuvo. Dejo caer al suelo la zapatilla, y cogió un bote con crema hidratante que solía usar para las manos. Con suavidad comenzó a extenderla por las nalgas de aquel hombre que lloraba como un niño en su regazo. Pronto el llanto se volvió suspiro, y tras unos reconfortantes minutos, ambos estaban abrazados en la cama, besándose en cada centímetro de su piel.
-Cris.- Susurró.
-Dime...
-Te quiero muchísimo....
Cristina se le iluminó el rostro con una amplia sonrisa. Él la besó y ambos se susurraron cientos de palabras mientras sus manos pugnaban por recorrer el cuerpo del otro. Se amaron durante largo rato, después quedaron exhaustos, sudorosos pero felices de haberse conocido primero en una sala de chat, y después en aquella inolvidable noche. El yacía boca abajo, cruzado en la cama. Ella recostó su cabeza en la espalda y posó suavemente una mano sobre aquellas nalgas sumamente doloridas.
Así les sobrevino el sueño. Ella sintiendo el calor de aquel trasero en su mano, y él la paz que había buscado durante años, sin saber donde hallarla. Hoy ambos se habían completado, formaban un todo sabiéndose poseedores de lo que el otro anhelaba. Así, juntos, soñaban con el mundo que acababan de describir, y deseando las experiencias que le deparaba aquel descubrimiento. Ambos estaban a las puertas de sus deseos y secretos, en aquella primera noche en la que todo su mundo se volvía a reescribir.
- FIN -
Corazón de spanker
Una tarde en el ciber
Autor: Cars
Era una de esas tardes en las que no tenía muchas cosas que hacer, por lo que entré en la sala de un ciber, dedicándome al visionando unas paginas de dominación femenina. No hay mucha gente, un par de jovencitos jugando en una esquina. Yo escogí un ordenador más bien intimo, solo hay una persona detrás de mí que me da la espalda. La he visto al entrar. Es una mujer joven, unos treinta años, es bastante más alta que yo, que mido 1.65, ella pese a estar sentada calculo que debe medir 1.80 o algo así, es pelirroja, y su piel está morena por el sol. Tiene una larga cabellera de pelo ondulado que
cae por su espalda, apenas nos miramos al entrar, yo me senté y comencé mi búsqueda.
Al final me quede contemplando una foto en la que una mujer rubia tenía a un muchacho en sus rodillas, los pantalones en los tobillos, y el trasero se veía ya bastante rojo. Su mano estaba alzada, y una pícara sonrisa que denotaba un gran placer en aquella situación se dibujaba en los labios de aquella mujer. En mi mente la foto tomaba movimiento, y aquella mano se abatía una vez más sobre el indefenso trasero. Quizás por eso no oí las primeras palabras. Yo estaba en una nube, hasta que una dulce pero enérgica voz me devolvió a la realidad.
-¡Esa posición es la que todos los hombres deberían experimentar muy a menudo!
Me giré. No daba crédito a lo que veía. Una penetrante mirada se clavó en mis ojos. Aquella mujer me estaba hablando, y no parecía muy contenta.
-¿Perdón? -dije casi tartamudeando mientras que apresuradamente hacia desaparecer aquella imagen de la pantalla.
-¡No te molestes! -Me dijo ella restableciéndola y sentándose a mi lado- Si no querías que la viera nadie, deberías buscar un lugar más privado.
-¡Yo....! Bueno.... No sé que decir...
-No digas nada, apaga el ordenador y espérame en la calle, creo que necesitas que alguien te enseñe buenos modales.
Salí del local, sin saber exactamente que estaba haciendo. ¿Porque la obedecía? ¿Qué pretendía de mí?
-¡Sígueme! - Ordenó cuando salió a la calle. Yo no sabía que hacer pero estaba tan emocionado que comencé a caminar. Tras largos minutos caminé unos pasos atrás de ella por las calles sin decir nada. Llegamos ante una casa baja, me indicó que entrará, y que me quitara "solo" los pantalones, mientras ella se ponía cómoda. Al regresar, puede ver que solo se había quitado las botas que llevaba, sustituyéndolas por unas zapatillas rojas que resaltaban con aquellas largas y hermosas piernas enfundadas en medias negras. Yo por el contrario no me había movido del centro del salón, y por supuesto no me había desnudado, -cosa que lamenté- Ella miró para mis pantalones, esbozó una sonrisa y se acercó a mí.
La tremenda bofetada que recibí, casi me hace caer al suelo, estaba aterrorizado. Ella espero a que me repusiera. Otra vez su mano impacto en mi mejilla. Yo no era capaz de hablar. Una a una fueron cayendo media docena de bofetadas en mis mejillas.
-¡Ahora! -dijo sin levantar la voz.- Quítate solo los pantalones y la camisa.
Mis manos volaban sobre los botones, todo mi cuerpo temblaba. Unas lágrimas comenzaron a correr por mis mejillas, y paralelamente a esto, una gran erección comenzó a turbarme a un más. Ella mientras tanto se desabrochó la chaqueta y la coloco en una silla, después hizo lo propio con la blusa quedándose solo con un sugerente sujetador de encaje rojo que dejaba ver la hermosura de sus pechos. Una vez que terminé de desvestirme, ella se acercó a mí, me cogió
de la mano y me condujo hasta un sofá que presidía el centro del amplio salón. Ella se sentó, mientras que yo permanecí de pie. Con tono muy severo, ella me dijo lo enfadada que estaba de mi comportamiento, que llevaba días observándome en el ciber y que estaba indignada por la forma descortés y obscena con la que usaba las fotos. Por lo que hoy me iba a castigar muy severamente por ello.
Yo intenté protestar, pero ella tiro de mí colocándome sobre sus rodillas sin darme tiempo a replicar. Un extraño escalofrío recorrió mi cuerpo a sentir el tacto de su mano en mi espalda. Levantó un poco la rodilla dejando bien expuesto mi trasero, y tras unas caricias, cayó el primer azote. Fue enérgico. Pesado, aunque la tela de mi slips amortiguo el dolor. Uno a uno fueron cayendo los azotes. Imprimía bastante fuerza, por lo que pronto el dolor se fue haciendo más patente. Las lágrimas brotaron abiertamente de mis ojos, y comencé una danza con mi trasero para salvarlo del castigo. Ella por el contrario golpeó con mucha más fuerza. Nunca creí que una mujer pudiera pegar tan duro, pero lo hacia. Tras largos minutos en los
que me golpeó a placer, una y otra vez. Se paró. Yo lloraba en su regazo.
-¡Shiiissss! Vamos, vamos, no llores tanto. -Me decía mientras me acariciaba las doloridas y calientes nalgas.- Esto no es más que el principio.
Aquellas palabras me helaron la sangre. De un tirón, sacó mis calzoncillos, y comenzó a golpearme de nuevo. Zas, zas, zas, zas, zas, zas... una docena de azotes en una nalga, después en la otra. Esta vez lo hacía con cierta saña. Su mano caía una y otra vez sin piedad. El calor y el dolor iban en aumento. Yo me intente revelar, pero ella me sujetó con más fuerza, pasando una de sus piernas por encima de las mías. Así, inmovilizado me dedicó una treintena de palmotadas en mi trasero que casi me dejan sin aliento. Después, me dejó descansar un poco, mientras me aleccionaba en cuanto al trato
que debía de tener siempre con una mujer, y en especial con ella. Su mano acarició la zona castigada. El dolor era casi insoportable. Y no tan solo en mi trasero, ya que mi entrepierna también estaba inflamada. Su mano acarició mi miembro.
-¡Si te corres... te azotaré tan duro que no te podrás sentar en un mes! ¿Me entiendes?
-Sí. -susurré- ¡ZAS, ZAS, ZAS, ZAS ZAS! Una docena de fuertes azotes volvieron a caer en mis nalgas.
- ¡No te he oído!
-Sí -Volví a decir casi gritando.
-Bien.
Entonces, uno de sus pies se movió saliendo de su zapatilla. Puede ver lo hermoso que era. Desee besarlos, lamerlos. Por un instante olvide mi dolor.
-Dame esa zapatilla.- Me dijo al tiempo que acentuaba su orden con media docena de palmadas más. Casi temblando la cogí y se la di. Su tacto era suave, y se podía sentir el calor de su pie todavía en ella. Mi verduga, o mejor dicho mi salvadora aunque yo no lo sabía aún, cogió el calzado, y tras agarrarme las manos a la espalda, comenzó a golpearme con la zapatilla. Los primeros azotes no eran muy duros, aunque debido al dolor que ya sentía, era como un martillo. Pero poco a poco la fuerza de los zapatillazos fue aumentando, convirtiéndose en una verdadera paliza. Yo gritaba y lloraba, mientras que ella continuaba castigándome. No se cuanto tiempo paso, pero se que fue mucho. La piel de mi trasero se rasgo por algunos sitios, debido a la fuerza de los golpes. Yo ya estaba abandonado a su voluntad, y permanecía inmóvil sobre sus piernas, sin ofrecer la más mínima resistencia. Envuelto, eso sí, en un mar de lágrimas.
Ella cesó en su castigo. Y su mano ahora acariciaba mi maltrecho trasero. Poco a poco mi llanto fue solo un susurro, y su otra mano sujetó mi pene. Permanecía tumbado en su regazo, y así, con su permiso me llegue al clímax, confundiendo el dolor y el placer en un mar de sensaciones. Resbale de su regazo, y quede en el suelo a sus pies. Los besé, los besé con pasión. Tras unos minutos, ella me indicó que me pusiera de rodillas. Me miró a los ojos. Un brillo especial los alumbraba. Después, me tendió su móvil.
-Llama a tu familia. Diles que te vas lo que queda de semana con unos amigos. Mañana comenzaré tú educación.
La obedecí, ella se levantó y se fue a dar un baño, mientras a mí me ordenó preparar la cena. Aquel día iba a ser el comienzo de una nueva vida...
Memorias de un spankee VI
Autor: Cars
Hoy desde mi soledad, mientras me dirijo a un piso vacío, tan vacío como mi existencia, me doy cuenta que aquella noche cambió todo. Desde mi percepción de la vida que tenía en ese instante, hasta los sentimientos que siempre había tenido en lo más profundo de mí. Aquella noche los fantasmas que siempre había tenido en lo más profundo de mi ser se disponían a salir, a invadirme y a intentar derribar lo que era y en lo que creía. En aquellos momentos en los que estaba en la cocina, ajeno a lo que ocurría, a mi alrededor todo se estaba orquestando para que nada volviera a ser como antes. Y creo que a lo que llegado, los acontecimientos que me han llevado a esta devastadora soledad comenzaron a fraguarse en los mismos minutos en los que yo estaba preparando aquella cena.
Una cena que por otro lado fue del total agrado de mi Ama y de su tía. Ambas mujeres me felicitaron y yo -no me avergüenza reconocerlo- me sentí orgulloso de esos halagos, aunque en realidad de lo que me sentía sumamente dichoso era de haber echo feliz a mi ama. -Termina de recoger esto y ven para el salón.- me dijo mientras se levantaba junto a su tía. En pocos minutos estaba de rodillas junto al sofá en el que se sentaba mi ama. Tímidamente recosté mi cabeza sobre su regazo, y sentí el tibio tacto de su mano acariciando mi cabeza. Esos eran los instantes en los que yo me sentía más unido a ella. No necesitábamos las palabras, los gestos eran nuestro mayor vehículo para mostrar nuestros sentimientos. -Andy, trae el cinturón que esta en el cuarto.- Aquella orden me sacó de mis pensamientos, la mire con cierta incredulidad.
-¡Vamos! -Me gritó al tiempo que me daba una pequeña bofetada- ¿No me has oído?
-Sí, mi AMA, -alcance a decir al tiempo que me levantaba y me dirigía al cuarto.
-¡Si quieres que esto salga bien, debes usar un poco más de mano dura!
-Vamos tía, no me calientes la cabeza.
-¿Pero que te pasa? Te aseguro que no te reconozco. De verdad crees que ese muchacho es lo que buscas.
-Sí, estoy segura. El me ama y hará lo que yo le diga, -yo iba a entrar en el salón, pero me detuve, necesitaba seguir escuchando lo que aquellas mujeres decían- Además, yo también le quiero. A su ritmo y a su manera se está entregando a mi, y no voy a rechazarlo ni a forzar su aprendizaje.
-¡Veremos que dicen las demás!
-Las demás no tienen nada que decir. Cuando él esté listo lo presentaré y no me defraudará.
-¿Y si lo hace? -Ana alzo la voz.- ¿Y si no pasa la prueba?
-Tía te quiero mucho, has sido casi una madre para mí, pero te voy a decir una cosa, -Mi ama se puso de pie y se colocó delante de ella- Nunca me hagas escoger entre él y el grupo. Ni tú ni nadie, porque perderéis.
-Nadie te obliga a escoger, pero te recuerdo que no es un club del que te puedas dar de baja. Eres lo que eres y quien eres. Y no puedes renunciar a eso ni por él ni por nadie. Así que te recomiendo que estés totalmente segura cuando le presentes porque no te puedes permitir que fracase.
Aquella conversación me estaba llenando de gran inquietud, y dado el cariz que estaba tomando opte por entrar en el salón. Apuré el paso y me puse a su lado.
-¡Tome mi ama! -Le extendí el cinturón.
Ella me miró a los ojos, nunca antes la había visto con aquella mirada: era fría, distante y perdida en un mar de pensamientos cargados de dolor a los que no sabía como acceder. El rostro por primera vez parecía el de otra persona, apretaba los dientes intentando contener una ira que amenazaba con arrasar todo a su paso.
-Dáselo a ella.- Me indicó, al tiempo que me cogía de la muñeca y tiraba de mí hasta llegar a la mesa del salón.
-¿Adonde fuiste a por el cinto? ¿A Roma?- Me dijo durante el corto trayecto hasta la mesa. Intente excusarme, pero ella me lo impidió con un cortante -¡Cállate!
Después se sentó en la mesa y me coloco entre sus piernas. Yo estaba desnudo a excepción del delantal que solo me cubría la parte delantera. Mi ama una vez me tuvo colocado se encargo de sacármelo, dejándome totalmente desnudo.
-Creo que cuarenta azotes serán suficiente castigo por haber faltado a su palabra. ¿No crees? -Dijo Ana mientras se acercaba a nosotros y doblaba el cinto en tres vueltas.-
-¡Que sean veinte tía! Y solo dos vueltas al cinto por favor.
La tensión entre ambas mujeres iba en aumento. Yo estaba en medio de una contienda que no entendía, pero que me llenaba de gran nerviosismo.
-¿Si quieres lo dejamos para otro momento en el que estés de mejor humor?- Aquella pregunta iba cargada de una gran dosis de rabia.
-¡A mi humor no le pasa nada! -Le replicó mi AMA.- Es tu castigo, y siguieres esperar a otro día pues que así sea, pero seguirán siendo veinte y con solo dos vueltas de cinturón.
El primer azote me sobrevino por sorpresa. Mi ama pegó mi cuerpo al suyo en un abrazo que me obligaba a inclinarme hacia ella, por lo que mi trasero quedaba expuesto al cinto que caía sin piedad sobre mi piel ya enrojecida por el castigo anterior. Sentí un beso en mi cuello, era solo apenas una caricia, pero se repitió tras cada azote. Mis manos descansaban sobre los muslos de ella, sentía el calor de su piel, el tacto de sus manos en mi espalda y el tibio roce de sus labios en mi cuello. Aquel contraste de sensaciones provocó en mí una terrible excitación. Me sentía vulnerable, pero al mismo tiempo protegido por los brazos de mi ama. Los azotes se sucedían con un ritmo casi constante. Fue cuando estaban llegando a su fin cuando noté algo frío en mi hombro, pequeñas gotas de agua caían también constantes. Ese echo me llenó de turbación. Aquellas lágrimas que derramaba mi ama eran algo que no llegaba a entender. Lloraba por el castigo o por haberse enfrentado a su tía. Seguramente si los acontecimientos de aquella noche no se hubieran desarrollado de la forma en que lo hicieron se lo hubiera preguntado. Pero casi con el último azote, el timbre de la puerta nos distrajo a todos de cualquier pregunta.
-¡Yo abriré! -La voz de Ana sonó con gran determinación, y no dejo lugar a discusión. Con rapidez se dirigió a la puerta.- ¡Pasad! Os habéis adelantado
Yo no salía de mi asombro. En pocos segundos dos mujeres entraron seguida de Ana que cerró la puerta. Yo consciente de mi desnudez solo alcance a ponerme detrás de mi ama, quién se había levantado de la mesa para recibirlas.
-¡No os esperaba hoy! -La voz de mi ama parecía cargada de gran tristeza.- Pero sed bienvenida.
-¡Vanesa querida! -Comenzó a decir una de ellas.- Espero que no te moleste, le dije a tú tía que aprovechando que ella venía te haríamos una pequeña visita. Y así conoceríamos a tu nuevo amigo.
-¡Carol! Tú nunca molestas. -Ambas mujeres se dieron un beso al tiempo que se separaba de mí.
-¿Es él?
-Sí
-¡No parece tan....! ¡No sé, no te pega nada! -Le susurró con el volumen de voz justo para que yo le oyera.
En esos momentos, me sentí muy incómodo. Las recién llegadas me miraron y observaron como si se tratase de un animal. Pero lo que más me descolocó fue la impasividad de mi ama ante tal acto. Carol era la que llevaba la voz cantante, su actitud era arrogante y un tanto despectiva. No era una mujer muy alta, el pelo muy corto y rubio le daba un aire aniñado aunque una mirada exhaustiva al rostro descubría el paso de los casi cuarenta años que tenía. Vestía un traje gris y unos zapatos negros, sin medias. La otra mujer era más alta y delgada, su nombre no consigo recordarlo, pese a que la volvería a ver en un futuro no muy lejano a aquella noche. Tenía el pelo negro que caía sobre sus hombros. Llevaba unos vaqueros y un jersey de cuello. Lo que me llamo más la atención de ella fue sus ojos. Eran azules, un azul claro como el del cielo. Casi diría que hería al mirar fijamente a ellos. Tras unos minutos más de saludos las cuatro mujeres se sentaron en el salón. Yo permanecí de pie, observándolas en silencio.
-¡Vanesa! -Le dijo Carol señalándome.- ¡Ese perrito que tienes como compañero! ¿Podría traernos un café?
-¡Andy, trae café! -Yo permanecí de pie, inmóvil la rabia que sentía apenas podía controlarla.
-¡Querida tienes que llevarlo al médico! Has recogido a un perrito sordo. -Todas las mujeres salvo Vanesa estallaron en una sonora carcajada. Yo miré a mi AMA, y entendí perfectamente que con su mirada me pedía que obedeciera. No era una orden, sino más bien una sutil insistencia, pero yo tenía demasiada ira como para atender a ese reclamo.
-¡Escúchame señora! -Le grité mientras que me dirigía hacía ella.- No le consiento que me hable así. No sé en que mundo vive pero si vuelve a dirigirse a mí de esa forma la sacaré de esta casa a patadas.
El silencio cayó pesadamente sobre todos como una lápida de mármol. Ana abrió los ojos hasta el punto de querer salir de sus cuencas. Carol se levantó de golpe del sofá como si le hubieran pinchado con un alfiler. Por un momento mi desnudez -que me había tenido cohibido durante un tiempo- desapareció de mí mente.
-¿Cómo te atreves? -Me gritó Carol.- ¡No me dirijas la palabra y trae el café de una puta vez!
-Si quieres café -le rebatí- tienes dos opciones, te vas al bar y te lo tomas allí o vas a la cocina y te lo preparas tú misma. Porque si esperas que yo te lo traiga....
Carol tuvo la intención de avanzar hacia mí, pero Vanesa se interpuso entre ambos en ese instante.
-¡Siéntate, yo lo arreglaré!- Le dijo a Carol. Después se giró hacia mí. Nuestras miradas se clavaron. Y nuevamente el silencio campo a sus anchas. Mi ama espero hasta que Carol se hubo sentado para dirigirme la palabra.
-¡Sé lo que piensas, sé lo que sientes! -Intenté hablar pero ella puso un dedo en mis labios y me lo impidió.- Este encuentro no tenía que haberse producido hasta que hubiéramos hablado. Hay cosas que no te he dicho, -guardó silenció, parecía estar buscando las palabras adecuadas- y que te debería a ver contado, pero ahora solo puedo pedirte que vayas y traigas café. Después hablaremos de todo, pero éste no es el momento, ni la situación. No te imaginas lo que me duele esto. Pero... ¡Andy, trae café!
-¿Y si no lo traigo?
-¿De veras me vas a obligar a contestarte?
Un mar de lágrimas estaba luchando por derramarse de aquellos ojos que me miraban con desesperación. Yo me encontraba envuelto en una extraña nube. En esos momentos no era más que un zombi, cuya voluntad estaba agonizando. Con un tremendo dolor, me encamine a la cocina y comencé obedecer la orden más amarga que jamás antes había recibido de mi ama.
-¡Ninguna de ustedes debería hablar con él hasta la presentación oficial! -Le dijo mi ama nada más salir yo del salón a las mujeres que la acompañaban.-
-No es inusual ni inapropiado visitas antes de la ceremonia. -Protestó Carol.- Tú misma has hecho este tipo de visitas. Ahora no te puedes oponer.
-Me opongo a las formas. Me opongo a que se haya producido a mis espaldas y sin aviso. ¡A eso me opongo! Y te aseguro que me encargaré de que esto se sepa en la asamblea.
Cuando entré con él café, todas se callaron, con el pulso tembloroso por la humillación que me suponía la situación, comencé a servirlo.
-¡Te cuidado perrito! -Me dijo Carol.- ¡No tires el café!
-¡Una palabra más, solo una! -Mi mirada se endureció.- Te juró que si vuelves a dirigirme la palabra una vez más, saldrás a tanta...
-¡Andy! -Me gritó Vanesa.-
-¡Qué! Te respeto y te quiero, -Me encaré a ella, mientras que las palabras salían de mi boca casi a empujones.- He traído el puto café, pero si vuelve a insultarme, la sacaré de aquí a patadas. Cueste lo que me cueste.
-Vete a la cocina, y no salgas hasta que yo te llame.
-No pienso aguantar....
-¡A la cocina! -Me grito mi ama.
Yo nuevamente volví a obedecer. Aunque me moría por dentro permanecí en la cocina maldiciendo mi actitud. Unas veces por la sumisión que estaba mostrando, y otras por haberme enfrentado a mi AMA. Estaba inmerso en esas divagaciones, cuando sonó la alarma de mi reloj. Eran las doce de la noche. Me acerque al cuarto y me puse un chándal, después regresé al salón. Cogí el arma del cajón y me acerqué a mi AMA. Ella hizo el ademán de recriminarme no solo haber salido de la cocina sino haberme vestido sin su permiso, -tengo que hacer la ronda de vigilancia- le susurre aplacando cualquier protesta. Ella asintió y yo me encaminé a la azotea del edificio. La noche estaba tranquila. Tras echar un vistazo al barrio me tome unos minutos para disfrutar de la soledad que sentía. Miré los coches aparcados en fila. Al ver un Land Rover plateado me di cuenta que siempre quise tener uno, pero que nunca me había decidido a comprarlo. Esa noche tomé la determinación de hacerlo. Apenas sin darme cuenta habían pasado treinta minutos. Bajé a la vivienda, y cruce el salón para depositar el arma en el cajón. Vanesa se levantó en ese instante, la vi de reojo, estaba delante de la ventana. Fue como los flashes de una foto. Escenas que me asaltaron a la mente. La miré, el tiempo pareció ralentizarse. Todos mis músculos se tensaron y mi mano de forma instintiva amartilló el arma al tiempo que corrí hacía ella.
-Al suelo- Grité en el mismo instante en el que mi hombro empujaba a Vanesa. Mi mirada se dirigió hacia el Land Rover que había llamado mi atención, ahora me maldecía por no haberme dado cuenta antes, ¡la ventana de atrás no tenía cristal! De ese lugar salio -en el mismo segundo en el que mi cuerpo tocó a Vanesa- el fogonazo precedido del estallido agudo del disparo que resonó en la noche como un cañón, rasgando el silencio que la envolvía. Oí el cuerpo de mi ama chocar contra el suelo, y mientras el mío caía tras ella, mi dedo presionó cuatro veces el gatillo de mi arma. Cuando toque el suelo, me giré para cubrirla. Permanecí unos segundos inmóvil, recorrí la estancia con la vista, Ana y las otras dos mujeres estaban sollozando en el suelo. Miré a Vanesa.
-¿Estas herida?- Le susurré.
Ante su negativa, revisé mi arma y rodé hasta la puerta. La abrí y saltè a los setos de la entrada, unas sirenas se comenzaron a oír entre las calles. Con rapidez, corrí entre los coches aparcados, hasta llegar al vehículo desde el que se realizó el único disparo. Dentro un cuerpo permanecía inmóvil sobre un fusil con mira telescópica aun caliente. Le apunté, le grité que levantara las manos, pero no se movió. Con sumo cuidado y sin dejar de apuntarle, le busqué el pulso. ¡Estaba muerto! Tres de los cuatro disparos que efectué estaban en su pecho.
Un extraño frío me invadió. Nunca antes había disparado contra una persona. Y aquel cuerpo inerte me producía una extraña sensación. Era un asesino, y si yo, no le hubiera matado, seguramente él sí lo hubiera hecho, pero al margen de eso, era un ser humano al que yo le había arrebatado la vida, y eso era algo para lo que no encontraba la forma de afrontarlo. Un extraño sentimiento aprisionó mi pecho. Mis ojos se clavaron en aquel hombre que había intentado arrebatarme la vida, y sin embargo no era capaz de sentir otra cosa que no fuera pesar por haber sido yo el que se la arrebatara a él. En pocos minutos la calle se llenó de coches y de policías. Después, vinieron las declaraciones y la espera hasta que a las cinco de la madrugada, el juez ordenó el levantamiento del cuerpo.
Tras unos pocos minutos más, Vanesa y yo nos quedamos solos. Casi sin decir una palabra nos acostamos, nos besamos y nos acariciamos hasta que el amanecer nos sorprendió abrazados. Por un momento volvía a sentir paz y serenidad. Allí con mi cabeza en su pecho sintiendo el rítmico golpeteo de su corazón encontré la calma que había perdido esa noche.
Los días se sucedieron, y dieron paso a las semanas, y aquel incidente fue perdiendo protagonismo en nuestras vidas privadas, no así en mi trabajo, ya que aquello le daba otro enfoque al asunto, y además abría unas vías de investigación nuevas. Antes de poderme dar cuenta, nos encontrábamos en vísperas de la boda. Mi ama se había encargado de todos los detalles con su tía, a la que yo no había vuelto a ver desde aquella noche. La ceremonia se celebraría el domingo, y el viernes yo aun no había ido a recoger el traje con el que me iba casar. Lamentaba muchas cosas en ese momento, pero lo que más me preocupaba es no haber podido encontrar a los que intentaban acabar con la vida de mi AMA. Estaba inmerso en esas divagaciones, cuando un claxon me sobresaltó. Miré a mi espalda y pude ver a Vanesa en su coche con una amplia sonrisa.
-Sube te llevo
-Voy a buscar el traje, aun está en el sastre.
-¡Qué subas! -Me repitió.- El traje ya está en el maletero.
Con gran asombro subí al vehículo, asegurándome que nos seguía el coche de escolta. Ella me beso y emprendió la marcha por las calles hasta salir de la ciudad. Intenté preguntarle por el destino, pero ella permaneció en el más absoluto silencio. Tras casi una hora de camino por carreteras secundarias, llegamos ante un pequeño hotel de montaña que se encontraba en medio de un pinar.
-¡Tenemos que hablar de algunas cosas antes de la boda! -Me dijo al fin mirándome fijamente.- Lo he estado aplazando pero debes saberlo antes de dar el sí el domingo.-
-¡Mi Ama! -Alegué.- No necesito explicaciones, no hay nada que me haga cambiar de idea.
-No son explicaciones Andy. -Su voz se endureció.- Son cosas que debes conocer de mi circulo de amistades. Compromisos que he adquirido y que tú debes estar dispuesto a asumir. Así que no me repliques. Saca el equipaje del maletero y ve para la recepción.
-¡Si mi AMA!
Los trámites me llevaron unos minutos. Después, me encaminé al ascensor, entré en la suite y acomodé el equipaje. Tras un echar un vistazo a la habitación comprobé que todo estaba en orden. Mi ama llego justo cuando estaba terminando de preparar el baño.
-Ven al baño conmigo. Hoy me frotarás la espalda.- Me susurró al oído y entró en él dejándome atrás una sonrisa y su sugestivo guiño.
El agua estaba tibia, y nuestros cuerpos se estremecieron al entrar en aquel jacuzzi. Mi ama me rodeó con sus brazos, mientras que yo me recostaba en su pecho. Sentir sus senos firmes y el bombeo de su corazón que retumbaba en mi espalda me produjo una cierta excitación, y una paz aún mayor. Cerré los ojos. Me concentré en sentirla junto a mí. Su tacto, su aliento y el roce de sus cálidos labios al besar mi cuello. Con suavidad pasó su mano por mi pecho, por mi costado. Aun me estremezco al imaginar el roce de sus manos en mi piel.
-¡Hoy quiero que hagas algo! -Intenté girarme para mirarla, pero ella suavemente me guió con sus manos en mi cara para que mirara adelante.- Tienes que redactar un documento, en el que expreses tus límites.
-¿Límites?
-¡Sí! Quiero que delimites tu entrega hacia mí. -guardó silencio, como esperando un comentario.- Expresa hasta donde quieres llegar, los castigos que soportarás y los que no quieres. Define lo más concisamente que puedas hasta donde quieres llegar, que es lo que nunca aceptarás. Escoge también algunas palabras de seguridad, para hacer notar que deseas poner fin a una situación.
-¡Mi ama me conoce mejor que yo mismo en esa materia! ¿Por que necesito escribirlo?
-Primero por que te lo ordeno, -a esta aseveración le siguió una pequeña bofetada, y un beso en el cuello.- Y en segundo lugar porque una vez que nos casemos nos relacionáremos con alguna personas, y ellas necesitan conocer esos protocolos para no excederse en el trato contigo.
-¡No sé si lo entiendo!
-Mira, yo pertenezco a un grupo o sociedad -llámalo como quieras- de AMAS, hablamos e intercambiamos experiencias y anécdotas. Y en ocasiones, en algunas reuniones también permitimos que nuestros sumisos reciban algún que otro castigo de otra AMA. -La miré con asombro.- ¡No te preocupes! No suele ocurrir, pero cuando esa situación se da, necesitamos conocer las limitaciones de las personas que participan. Normalmente siempre puedes negarte a asistir.
-¿Normalmente?
-Sí, sólo en una ocasión debes ir aunque no lo desees. En los primeros doce meses después de nuestra boda, asistirás a una especie de ceremonia de presentación. Allí el resto de AMAS te conocerán, y jugarán contigo. En el futuro antes de que llegue el momento te explicaré con más detalles esa ceremonia.
-¿Y si no quiero ir?
-Entonces no podremos casarnos. -Su voz era determinante.- Nuestra relación finalizará en ese momento.
-¡No me parece justo!
Ella se movió hasta quedarse delante de mí. Por un instante permaneció en silencio como buscando las palabras. Yo le sostuve la mirada. Me sentía extraño, recordé a las mujeres que nos visitaron y la forma en que me trataron. Rechazaba de plano aquel trato, y ofrecerme voluntariamente para ponerme en sus manos me resultaba repugnante. Por un momento pensé que mi AMA nunca iba a romper aquel silencio.
-¡Andy! -Dijo al fin.- Entiendo tus reservas, pero te recuerdo que te avisé. Mucho antes de llegar a éste punto, te dije que para mí esto no era un juego, sino una filosofía de vida. Nunca te obligué a aceptar nada, si sigues a mi lado es porque lo deseas, y si así lo decides puedes salir de mi vida de la misma forma. -Me miró con una extraña mezcla de firmeza y ternura. Sus manos cogieron las mías.- Quiero que entiendas algo, y que no tomes mis palabras como una coacción. Pero consideraré tu negativa como una tremenda jugarreta. Me has hecho creer que tu determinación de servirme era cierta, y me he enamorado de ti en parte por tu entrega. Nunca hubiera permitido que mis sentimientos llegaran hasta éste punto de haber imaginado que ahora ibas a dar la espalda a mis deseos.
-¡No es eso mi AMA! Es que lo que me pides es nuevo para mí, y no me apetece ser tratado por un puñado de mujeres como un animal. Contigo es distinto, en ti confío y sé que nunca me dañarás. Que te importo y que nos dirigimos hacia un lugar juntos. Pero ahora me hablas de otras mujeres, a las que apenas conozco, y a las que sí conozco, desearía no haberlo hecho.
-¡He dicho que te entendía! -Me interrumpió.- Pero eso no cambia nada. Lo que te pido es que confíes en mí. Y que me creas, cuando te digo que ni yo ni nadie te dañaran.
-Tengo que pensarlo -Musité.
-Como quieras -Se volvió a recostar donde estaba antes.- Vete. Quiero terminar el baño sola. Sal y piensa todo lo que quieras.
Salí del agua y me sequé, mientras sentía la indiferencia de la mujer a la que amaba y nuevamente sentía que la había defraudado.
-Cuando salga del baño, tienes que tener una respuesta. Redacta lo que te he pedido en los términos que deseo o recoge tus cosas y márchate. No hace falta que te despidas.-Aquellas palabras me helaron la sangre. Permanecí en pie, con la mano en el pomo de la puerta y la cabeza baja. Sentí una extraña sensación de soledad. Me giré para decirle algo, pero su indiferencia era tan notable que no me atreví. Lentamente salí de la habitación. Me senté en la cama. Miles de ideas me asaltaban sin orden. Tras unos minutos comencé a sacar la ropa de los cajones donde los había colocado sólo unos minutos antes. Cuando la maleta estuvo llena, la cerré y me quede nuevamente en silencio. Mirándome las manos. No sé en que momento mis ojos se llenaron de lágrimas. Sentía deseos de vestirme y alejarme de aquella habitación.
*************
Veinte minutos después, la puerta del baño se abrió. Vanesa entró en la habitación. La sintió vacía. Miró el armario. Los cajones estaban abiertos, y faltaba alguna ropa. Caminó lentamente, pisando con miedo la moqueta. Sus ojos escudriñaron cada rincón. Una oleada de frío la hizo estremecer. Se llevó la mano a los labios, e hizo lo imposible para que un mar de lágrimas que pugnaban por salir, no inundaran sus ojos. El pelo aun mojado empapaba su espalda, y sus pies dejaban una huella humedad por la estancia. Miró hacia la puerta, estaba entreabierta. Una maleta permanecía inerte, a la espera de que la recogieran. Unos folios blancos llenaban la mesa, en la que habían sido colocados.
Por un momento se sintió desmayar. Se apoyo en uno de los postes de la cama que sostenían un techo de raso. Entonces apretó los dientes y se dijo así misma que era mejor así. Después se volvió y se dirigió a la puerta. Miro la maleta. La rodeo y abrió más la puerta. Cuando la cerró tras colocar el cartel de "no molestar" se sintió vacía. Por primera vez, toda la seguridad que siempre le había rodeado, se desvanecía bajo sus pies quebrándose igual que haría el vidrio. E igual que él, los trazos rasgaban su interior provocándole un dolor desconocido hasta entonces. Su cuerpo se fue deslizando hasta el suelo, mientras que un intenso llanto se abría paso. En esos momentos se maldijo. Se maldijo por haberse vuelto vulnerable, por haberse puesto en esa posición. Y lo que era peor. Por haber entregado su corazón para que lo rompieran en cientos de trozos. La soledad que ahora la envolvía, amenazaba con arrojarla a la locura. Por primera vez, sus deseos no se verían cumplidos. El se había ido, y aunque lo deseaba con todo el corazón no volvería. Ella se había encargado de ponerlo en una situación en la que una vez tomada la decisión no cabía la posibilidad del retorno. Ya que si eso ocurriera implicaría que uno de los dos habría renunciado a su postura.
Ella no lo podía hacer, no lo deseaba hacer. Y esa determinación la condenaba a esa soledad que la abrazaba con su gélido manto. Reclino la cabeza sobre sus brazos. -¡No llore, mi AMA! -Oyó en medio de su llanto. Vanesa levantó la vista. Le miró. Era él, ¡no se había ido! Estaba allí con el torso desnudo y la toalla en la cintura, sentado en una silla con un papel en las manos. Con cierta lentitud, aparto las lágrimas que empañaban la visión.
Me iba a ir, -comenzó a hablar aquel hombre que la contemplaba en su dolor.- te aseguró que me iba a marchar. Pero fui incapaz de vestirme. Mi mente me empujaba, me gritaba desde lo más profundo de mí ser. -Guardó silencio mientras que sentía como un torrente de lágrimas corrían por su mejilla.- Pero no tenía donde ir. Tú eres todo para mí, te he dado hasta la más mínima porción de mi alma y de mi corazón. Y el solo pensamiento de alejarme de ti, de no volver a mirarme en tus ojos. Me sumía en la más despiadada de las torturas. Renunciar a tus caricias, a tus besos y a todo el universo de sensaciones que has abierto ante mí, me destrozaba. He llegado hasta aquí, y ya solamente puedo seguir adelante. Todo lo que había a mi espalda ha ido desapareciendo, y ahora sòlo existes tú. Mi vida, mi amor, todo lo que siento y lo que amo eres tú. Soy tuyo desde el mismo instante en el que me miraste en aquel bar. Yo soy tuyo y tú eres mi AMA. Y ya no podría vivir sin ti.
Mientras que hablaba, ella se había ido acercando a él. Cuando levantó la vista se encontró con la de ella. Una leve sonrisa afloró a sus labios. Vanesa cogió el papel de sus manos. Lo leyó. Después se acercó más aun poniéndose entre sus piernas, él la rodeo con sus brazos, y recostó su cabeza en su vientre. Ella dejó caer el papel que se meció suavemente hasta quedar inmóvil a sus pies. Después lo abrazó con ternura. Lo pegó a ella mientras que ambos sintieron como una oleada de serenidad les liberaba del peso que la idea de la separación les había echo sentir. Durante aquellos minutos todo a su alrededor despareció. Nada existía fuera de aquel abrazo que le unía y les hacía sentir en paz.
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Aquella tarde hicimos el amor hasta caer exhaustos. A medida que iba redactando aquel documento, iba entregando lo poco que quedaba de mí. Mi voluntad, mis esperanzas, hasta mis miedos más profundos se los estaba entregando a aquella mujer que me hacia estremecer y cuyo cuerpo notaba vibrar entre mis brazos.
Perdí la noción del tiempo. El sueño nos alcanzó y nos dormimos abrazados, en el ocaso de un día en el que nos habíamos acercado tanto el uno al otro, que supe - o al menos eso creí yo en aquel momento- nadie nos iba a separar jamás. La vida se encargaría de enseñarme que nunca podemos dar algo por logrado. Ya que lo que vemos como el triunfo de un día, es el comienzo del fracaso de otro. Un fracaso que en mi caso tiene un sabor agridulce. Nunca me he podido sacar de la cabeza en estos seis meses que fui yo, con mi firma en aquel documento el causante de esta soledad que me acosa.
Sea como fuere, ya no vale a la pena revolcarse en el pasado, lo único que me queda son los recuerdos. Los momentos mágicos y sumamente excitantes que viví junto a ella. No solo en el ámbito sexual, ya que estar con ella en los acontecimientos cotidianos y vulgares podía ser una experiencia cargada de emociones. Vanesa es el tipo de persona que lo ilumina todo con su presencia. Sus reflexiones, sus opiniones, todo en ella era excelente, y yo me sentía vivo estando a su lado, contemplándola.
Si me esfuerzo, aun puedo sentir el aroma que desprendían las coníferas y los pinos que rodeaban aquel hotel. Se filtraba por cada rendija, por cada rincón, y lo bañaba todo con un frescor relajante. Frescor como el que me despertó en aquella tarde. Bueno no podría definir si ya había oscurecido o no, ya que cuando me desperté toda la habitación estaba a oscuras, a excepción de una pequeña lámpara que había en la cómoda. Lo primero que noté fue la frialdad que tenía en el pecho. Cuando puede enfocar la visión, la ví encima de mí, con un cubito de hielo en la mano, y esa mirada felina que me indicaba que tenía algo especial pensado. Alce la cabeza para besarla, ella apenas permitió que mis labios rozaran los suyos, esquivó mi boca, y dejó un mordisco relativamente fuerte en mi cuello. Después se levantó, y me indicó con el dedo que le siguiera.
Comencé a gatear por la cama hasta llegar al final del colchón. La escasa luz que había en la habitación estaba a su espalda, por lo que un aura luminosa parecía rodearla. Llevaba unos pantalones muy cortos negros, a juego con un sujetador sin tiras del mismo color. Parecía de cuero. No llevaba medias, y los zapatos negros que calzaba le realzaban las hermosas piernas. Se había maquillado, y llevaba un collar ajustado al cuello. Me sonrió, dió una palmada en su muslo, y yo salté de la cama hasta llegar junto a ella. Allí a sus pies comencé a besar aquellas piernas, subí hasta los muslos y bajé hasta sus pies. Besé con esmero cada milímetro de piel, una piel cálida y tersa cuyo perfume aun me parece poder percibir. De vez en cuando sentía su mano acariciarme la cabeza y juguetear con mi pelo. Tras unos minutos en los que el tiempo pareció detenerse, ella se dirigió hasta la cama. Tras sentarse yo continué besando y lamiendo sus piernas. Los zapatos olían a nuevo, con ese peculiar aroma del cuero que no ha sido estrenado. Los bese y lamí. Después la descalce y bese sus dedos y cada palmo de su piel. No puedo llegar a precisar cuanto tiempo transcurrió. Mi AMA agarro mi pelo y tiro de él hasta que me incorporé quedándome de rodillas ante ella.
La veía hermosa, radiante. Nos besamos apasionadamente. Después me indicó que fuera a la cómoda y cogiera una fusta que había comprado. Yo estaba muy excitado, y mi voluntad era totalmente suya, por lo que no me inmuté ante aquella orden. Tan rápido como pude regresé con la fusta en mi boca. Hice ademán de entregársela, pero ella rehusó tal gesto. Observé que se había vuelto a poner los zapatos, mientras me acomodaba cruzado en su regazo. -Andy, procura que no se te caiga la fusta de la boca hasta que yo la desee coger.- Me indicó mientras me colocaba a su gusto. Los azotes comenzaron a caer sin previo aviso. Eran fuertes y eran alternados con momentos de leves caricias. Pese a que me azotaba solo con la mano, el dolor después de la primera andanada de palmadas ya era insoportable, y tenía que hacer verdaderos esfuerzos para que no se me cayera la fusta de la boca. Tras aquel leve descanso los azotes volvieron a caer, una y otra vez.
Esta azotaina era muy distinta a otras que había recibido. Era más severa, aunque carente de rabia o enfado. No era un castigo, -o al menos yo lo sentía así.- más bien era una prueba de mi sometimiento y sobre todo de su dominio. Mi ama se esmeraba en que sintiera cada azote. En ocasiones golpeaba la misma zona diez o quince veces antes de pasar a otra. Tras largos minutos de castigo, su mano acarició mis nalgas, proporcionándome un leve descanso. Entonces caí en la cuenta. Había estado tan preocupado por la fusta, que había pasado por alto la enorme excitación que tenía, y para ser sincero, me sentía feliz de estar allí, junto a aquella mujer, sometiéndome dócilmente a sus caprichos. No me avergüenza decirlo, ni temo que por eso me tachen de enfermo o de trastornado, aunque soy consciente que mis palabras pueden sonar a delirio. ¡Nunca halle tanta felicidad como cuando estaba entregándome a sus deseos! El dolor que en ocasiones -muchas, debo reconocer- sentía, se mezclaba con el infinito placer que ese dolor provocaba. Pero sin duda lo que más satisfacción y lo que mejor me hacía sentir, es que si ella, si mi AMA no sintiera un profundo amor hacia mí, nunca me hubiera dado la posibilidad de estar junto a ella y de experimentar lo que estaba sintiendo. Me amaba, lo sentía y eso hacía que yo la amara más aún, y que deseara que mi entrega fuera mayor.
Tras ese leve descanso, permitió que me levantara. Se dirigió a un cajón y extrajo varios fulares, con lentitud, ató cada uno de ellos a mis muñecas y tobillos respectivamente. Lo hacía con movimientos precisos, rozando mi piel y besando de vez en cuando aquellas partes de mi cuerpo que deseaba. Después ató cada fular a los postes de la cama que sostenían el techo de la cama. Cuando estuve bien sujeto, cogió la fusta de mi boca, y me beso apasionadamente. Cerré los ojos. Sentí el calido tacto de sus labios, el roce de su cabello y desee tener las manos libres para acariciarla y abrazarla. Pero sin duda, mi ama tenía otros planes. Se colocó detrás de mí, y comenzó a usar la fusta. Los azotes tenían como objetivo mis ya ardientes nalgas. Eran golpes precisos. Así recorrió mis glúteos y mis muslos. Las lágrimas ya hacía tiempo que inundaban mis ojos. En más de una ocasión estuve tentado a gritar nuestra palabra de seguridad para que aquel dolor cesara. Pero en esos momentos, como si pudiera leer mi mente, mi AMA se detenía y acariciaba la zona castigada. En un par de ocasiones, mientras me besaba en el cuello, me preguntó si deseaba parar. Pero yo, no sé porqué extraño deseo, anhelaba conocer mis limites, y llevarlos más allá. Confiaba plenamente en ella, sabía que su amor por mí le impediría dañarme. Por lo que solamente deseaba que ella me llevará de la mano hasta donde yo podía llegar, pero que solo ella era capaz de llevarme.
Tras uno de esos descansos, mi AMA salió de la habitación. Los minutos se sucedían con lentitud. Cuando sus pasos volvieron a llenar la habitación, traía algo en las manos. Yo pese a verla, no era capaz de entender lo que iba a suceder. Por eso cuando sentí el calor de aquellas primeras gotas de cera caer en mi trasero, pensé que me estaba atravesando la piel. Lance un gritó, que ella se apresuró a ahogar con su mano. -¡Shisss! Relájate mi vida. Y no temas.- Aquellas palabras susurradas en mi oído fue como un bálsamo, como el cabo que sujeta firmemente un barco al puerto en tiempo de tormenta. Aquella extraña sensación se repitió. Poco a poco mis nalgas y parte de mi espalda quedaron casi cubiertas por la cera. Debo reconocer que aquella sensación que era absolutamente desconocida para mí era de lo más contradictorias. Y poco a poco el dolor se fue tornando en placer, el calor que inflamaba mi piel ya enrojecida, encendía también otra llama de excitación y placer.
Mi ama me dejó descansar unos minutos. Yo podía sentir la fina capa de cera fría en mi piel. Sentía como se cuarteaba con mis movimientos. En ese tiempo sentí las manos de ella acariciar mi cuerpo. La dureza de esa manos al castigarme se volvía mariposas cuando decidía acariciar mi piel. Sentí su calor y su aliento, sentí sus besos, y ella buscó con sus mansos la muestra de mi gozo. Mi sexo sintió también sus caricias. Tras varios minutos, ella se volvió a alejar de mí. Sentí el frío en mi piel. Ella volvió a coger la fusta, y con certeros azotes fue haciendo saltar la cera de mi piel. Después de aquellos nuevos azotes, mi ama me soltó. Una vez me ví libre de mis ataduras, no puede reprimirme, la abracé y la bese con desesperación. Como bebería agua de un riachuelo alguien que está al borde de la muerte, yo bebí de sus labios un agua que me revitalizaba. Y nuevamente nos volvimos a amar. Nuestros cuerpos pugnaban por unirse, por no dejar el más mínimo espacio entre nosotros. No acariciamos y nos amamos hasta que el sueño nos cubrió nuevamente. Y así, nos sorprendió el amanecer, abrazados y unidos de una forma que jamás antes había experimentado.
El sábado lo dedicamos a pasear y a charlar y a repasar el documento que había redactado. Mi AMA introdujo algunas cosas en las que yo había pensado. Durante todo el día, Vanesa se esmero en hidratar mi piel, extendiendo crema por toda la zona castigada.
Al final del día ella recogió sus cosas, y se dirigió al coche. Yo me quedé en el hotel, ya que siguiendo la tradición no debía ver a la novia la noche antes al enlace. Debo confesar que no me hacía gracia que estuviera sola en casa, pero ella insistió. Los escoltas montarían guardia fuera y dentro de la casa, por lo que al final accedí.
Las horas pasaron muy pesadamente, ya que apenas podía dormir. Una y otra vez repasaba el contenido de aquel singular contrato que había firmado el día antes. En lo más profundo de mí ser me reprochaba haberlo firmado, haber sido débil. Pero no tenía fuerzas para oponerme, el miedo a perderla definitivamente me hizo cobarde. E irónicamente esa cobardía ha sido la causante de que al final ella se hubiera alejado de mí. Claudiqué de mis deseos en pos de los suyos para no perderla, y fue esa y no otra la causa fundamental de mi soledad. Grotescamente gracioso, y tremendamente dolorosa es aceptar esa realidad. Pero ya no tengo ni ganas ni fuerzas para resistirme a ella. Ya que solo me queda el recuerdo, no puedo camuflarlo, ni enmascararlo para que no duela, ya que su ausencia es mucho más dolorosa que cualquier recuerdo.
Eso es a todo lo que se ha reducido mi existencia, a recuerdos. Recuerdos como los de aquella mañana soleada. Cuando la ví entrar en la iglesia. Yo esperaba en el altar, junto ella comenzó a caminar por un pasillo adornado con una alfombra roja y cientos de flores a ambos lados. La música ahogó el suave murmullo de los asistentes, y ella recorrió los metros que nos separaban del brazo de su padre. Llevaba un vestido blanco roto, con pedrería dibujando el discreto escote, y en las mangas. No llegaba al suelo, por lo que se podía ver los delicados zapatos blancos y sus pies enfundados en medias del mismo color. Un ramillete de rosas blancas con una roja en el medio terminaban de convertirla en la novia más hermosa que yo hubiera visto. Llevaba también unos guantes de encajes, y una pequeña diadema con piedras que brillaban con la luz, provocando en ellas delicados destellos de color. Nos sonreímos. Cuando estuvo junto a mí, nuestras manos se unieron, para no soltarse prácticamente en toda la ceremonia, que se realizó con toda normalidad.
Tras el ¡sí! Y las formalidades, nos dispusimos a salir del templo. Ya éramos marido y mujer. La felicidad era inmensa. Fuera todos esperaban para echarnos el arroz tradicional. Cuando llegamos al umbral de la puerta, una docena de compañeros vestidos con el uniforme de gala de la policía nos hicieron un túnel con sables. Ella se emocionó, y me apretó la mano mientras que pasábamos bajo ellos.
Al llegar al final, esperamos a que llegara el coche. Algunos invitados comenzaron a sacarnos fotos.
-¡Que boda más bonita! -Alabó la esposa de mi comisario.
-¡Si! Me recuerda mucho a la de la hija de aquel general. -Le respondió su esposo.- ¿Cómo se llamaba?
-¡No lo sé cariño! -Suspiró la señora.- ¡Hace más de un año y medio!
-¡No se referirán al General Blanes! -Le dije, en medio de un gran asombro.
-Ese mismo muchacho. -Me respondió el comisario.
-¡Vanesa! -Le susurre, tirando de su brazo.- ¿Cuántas hijas tiene el General de tu gabinete?
-¿El General Blanes? ¡Una! Y es hija única. -Su respuesta iba cargada de gran sorpresa.- ¿A qué viene eso?
-¡Nada! No le des importancia.
Afortunadamente el coche llegó, y yo aproveche para cambiar el tema, aunque durante toda la cena no paré de pensar en lo que había oído. La fiesta se alargó hasta las cuatro de la madrugada. En ese tiempo, prácticamente no me separé de ella, salvo lo indispensable. Yo aproveche un momento en el que mi AMA, se ausentó de la fiesta para cambiarse de calzado y ponerse algo más cómodo, para reunirme con parte de mi equipo. La charla fue corta, pero en el acto dos de ellos salieron de la fiesta. Yo regresé con los invitados. A las tres y media conseguimos escabullirnos y subir a la suite que habíamos reservado en el hotel en el que celebramos el banquete. En el ascensor nos besamos como dos adolescentes. Nuestras manos se buscaron y se perdieron en nuestros cuerpos. Cuando las puertas se abrieron, salimos casi corriendo de aquel habitáculo. Abrí apresuradamente la puerta de la habitación, y haciendo gala de las costumbres más tradicionales, la tome en brazos ante su sorpresa, y cruce el umbral mientras nos besábamos. En el acto, las luces se encendieron. Yo la dejé en le suelo, mientras que hicimos mil y un comentario sobre la boda y la fiesta. Nos besamos nuevamente. Nos abrazamos. Durante ese abrazó yo me fije en el espejo del armario, que llegaba hasta el suelo. En él ví reflejado el calzado que llevaba.
-¡Mi AMA! -Le susurré.- ¡Lleva zapatillas nuevas!
-¡Sí! -Se sentó en la cama mientras levantaba el traje para que las viera.- Me ha costado mucho encontrarlas.
No sé porque fuerza invisible era movido en aquellos instantes, pero me arrodille junto a ella para verlas más de cerca. Eran blancas, parecía de raso, con unas costuras que le daban un aspecto acorchado. Tenía unas pequeñas perlas adornando el borde del empeine. Mi AMA levantó el pie derecho, yo lo sujete. Tenía un pequeño taco, pero la suela era fina.
-Son muy cómodas.- Comentó en medio de una sonrisa.
-¡Son hermosas, y te sientan muy bien! -Yo la miré, por primera vez sentí deseos de que me azotará con ellas.- ¡Mi AMA....!
-¿Estas seguro? -Me preguntó anticipándose a mis pensamientos.
Yo asentí, ella extendió su mano y yo la descalcé. Después se la entregué. Ella se alisó el traje y me cogió de la mano. Dócilmente me tumbé en su regazo. Cuando me ví reflejado en el espejo, un agradable y excitante hormigueo recorrió mi vientre hasta la entrepierna. Mi AMA me indicó que le diera mi mano derecha. Ella me la sujeto a la espalda. Sentía su mano cogiendo la mía. Nuestros dedos se entrelazaron. El primer azote fue suave, y al hacerlo sobre mis pantalones, casi no lo sentí. Tras ese vino otro, y otro. Comenzaron siendo apenas caricias, para ir creciendo en fuerza e intensidad. El dolor fue en aumento, y el calor se extendió definitivamente a mí sexo. Ella se detuvo. Acarició mis nalgas, las masajeo y las apretó. -Andy, ¿te das cuenta que ésta es la primera zurra recibes como mi esposo?- Me dijo mientras que acariciaba mi trasero. Yo asentí y le miré de reojo dedicándole una amplia sonrisa.
Los azotes se reanudaron. Esta vez la fuerza era mayor. Me dolía de verdad. Estaba apunto de que unas lágrimas de dolor y placer bañaran mis ojos, cuando me ví reflejado en el espejo. Aquella imagen me lleno de excitación. Estaba vestido con el uniforme de gala, tendido en las rodillas de mi esposa aun con el traje de novia puesto, recibiendo una paliza como un colegial. Y ese dolor lejos de molestarme, me provocaba un infinito placer. Me sentía amado por la mujer a la que amaba, y nada en este mundo podía hacerme desear estar en otro sitio ni en otra situación. Estaba exactamente donde quería estar. Y aquellos azotes que seguían cayendo sobre mi trasero eran sencillamente... ¡Bueno, eso mejor imagínenselo ustedes!
Memorias de un spankee V
Autor: Cars
¡Vanesa! ¿Cuántas veces habré susurrado su nombre en silencio?, cuántas en el transcurrir de éstos meses, las lágrimas saladas como el océano han bañado mi almohada al pronunciar su nombre, ese que me fue prohibido nombrar salvo en raras y excepcionales situaciones y que al hacerlo no hacía más que acentuar el dolor que me causa su ausencia. Aquel día, aun estaba a tiempo de salvar mi alma. La razón, la experiencia, todo lo que era como policía y todas las vivencias que había experimentado y que me habían conducido a ese instante, me gritaban que me pusiera a salvo. Pero no sé porqué macabro juego del destino, no era capaz de resistirme a su mirada, a su tacto y a su voz. Igual que hiciera un encantador de serpientes, ella me guiaba a su antojo ya no solo por aquella estancia, ni siquiera por los juegos de alcoba, sino por la vida misma. Yo estaba unido a ella pese a mis últimas reservas, y parecía vivir de su aliento, de sus deseos e igual que el mar juega a placer con un velero a la deriva, su voluntad jugueteaba con mis deseos y vida.
Esta noche fría que me rodea, parece que su recuerdo me daña mucho más. Los acontecimientos que me llevaron a esta soledad, se me presentan hoy como fantasmas de una vida ya vivida que se resisten a ocupar su lugar en la memoria, relegados a meros recuerdos. Y por eso arremeten una y otra vez contra mi conciencia para recordarme, que tal vez en mi mano tuve la posibilidad de hacer que las cosas fueran distintas, pero mi flaqueza o mi debilidad me empujaron a la agónica situación que hoy estoy viviendo. Cada paso que doy me recuerda a ella, y aun me parece poder percibir el aroma del perfume que llevaba aquella mañana en la que sellé mi destino.
-¡Lo siento pero estoy muy confundido! -susurré al tiempo que deshacía el saludo, y veía como el general nos dejaba solos.
-Me lo imagino! Y no sólo por la expresión de tú rostro, -su tono era casi jocoso, me dio la espalda y se dirigió a su escritorio.- Yo estaría igual de sorprendida si estuviera en su lugar.
Mientras hablaba, eché un vistazo al lujoso despacho, y me concentré en una foto de Vanesa, -Mi AMA- en la que estrechaba la mano del presidente del gobierno. Ella guardó silencio, y cuando reparé en ese detalle, la miré. Me observaba medio sentada en su escritorio.
-¿Qué hago aquí? -Le pregunté al tiempo que daba unos pasos hacia ella.-
-¡Creo que está claro! -Su voz había recuperado la rigidez de costumbre.- Se te ha asignado a mi equipo de seguridad, es más, tú serás el encargado de seleccionarlo y hacerte cargo de la seguridad mía y de mi trabajo.
-Lo siento... -la miré a los ojos- pero no puedo.
-No tienes opción.
-Sí la tengo. -Extrañamente, estaba eufórico por mi determinación.- No saldría bien.
-¡Claro que saldrá bien! Sólo tienes que hacer tú trabajo. -Sé acercó a mí.
-¡Pero Vanesa! Hay muchas razones para que esto no sea una buena idea.
-No te entiendo.
-Si me encargará de tu seguridad, tendría que darte indicaciones, en ocasiones ordenes, tú eres mi AMA, y eso es difícil de olvidar.
-Así que ahora soy tu AMA -Se acercó aún más.- Hace unos instantes era Vanesa, y no recuerdo haberte dado permiso para usar ese nombre.
-Ves, a esto me refiero...
-¡No me interrumpas! -Me calle al instante.- Mira Andy, llevo muchos años viviendo la dominación, y te aseguro que se distinguir unas situaciones de otras, no voy a interferir en tu trabajo, y nuestra relación no va a estar presente mientras estemos trabajando. Yo puedo separar una cosa de otra. Y si tú no puedes, entonces es que no eres el hombre y el profesional que había creído que eras.
-Yo podría, -resolví- pero no quiero. No quiero tener la responsabilidad de tu vida. Por que si cometiera un error, el más mínimo y te pasará algo... -guardé unos instantes de silencio- jamás podría vivir con eso. Te ruego que me permitas renunciar y regresar a mi destino anterior.
Ella permaneció en silencio, en sus ojos se reflejó una ternura que no había visto antes. Un cierto aire de resignación. Era como si detrás de las palabras que había pronunciado se escondiera un sentimiento que no había expresado. Comprensión y renuncia. El tiempo parecía que se hubiera detenido, y ninguno de los dos estuviera dispuesto a reaccionar. Al fin, se acercó a mí, acarició con dulzura la mejilla. Me beso y se dirigió a su escritorio.
-Hablaré con el General. -Comenzó a hablar sin mirarme.- Mandaré un informe y te aseguro que tu renuncia no aparecerá en tu hoja de servicio.
-Gracias
-Espera fuera, te acompañarán a la salida.
En ese instante, sentí una extraña frialdad que recorrió todo mi ser. Me encaminé a la puerta. Puse la mano en el pomo y lo giré. La pesada puerta de madera pareció quejarse cuando la empujé. Eché una mirada atrás. Vanesa seguía leyendo unos documentos. Para ella ya me había ido. Estaba a un paso de mi salvación. Todo en mi interior me decía que lo diera, que saliera del despacho. Bajé la cabeza. Por unos instantes que pareció una eternidad, volví a ver en mi mente aquel brillo extraño en sus ojos.
-¿Qué pasó con tu escolta? La que has tenido desde que te conozco. -Comencé a decir al tiempo que volvía a cerrar la puerta y me encaraba con ella.
-¿Cómo?
-¡Tu escolta! Que ha pasado con ella. -Repetí.
-La he destituido.
-¿A todos?
-Si, pero no te preocupes, -respondió con desdén- Antes de que acabe el día tendré una.
-Venga Vanesa. -Sus ojos se clavaron en los míos.- Dime que ha pasado.
-¡Andy! Estás agotando mi paciencia. Si vuelves a pronunciar ese nombre sin que te autorice a ello...
-Lo siento mi AMA -Me disculpé.- Por favor, dime qué ha pasado. -Ella se relajó.
-Está bien. El servicio de información interceptó algunas llamadas, estaban planeando permitir un atentado contra mi persona para hacerse con los documentos en los que estoy trabajando. -Guardó silencio, como dándome tiempo de asimilar lo que me estaba diciendo.- Mira, estas son algunas amenazas que he recibido en la última semana. En tres de ellas dejaron huellas parciales.
-¿Ahora estas a salvo?
-Les están interrogando, pero hasta que no demos con el cerebro de la operación, no lo estaré al cien por cien.
-¿Por qué yo? -Le interrogué.
-Porque confió en ti. -Ella salió de detrás de su despacho y se acercó a mi.- Porque cuando estoy a tú lado es cuando verdaderamente me siento segura.
De una forma instintiva, la estreché entre mis brazos. Ella recostó su cabeza en mi hombro. Le besé en los labios mientras sentía el latido de su corazón junto al mío.
-Esto lo cambia todo.- le susurré al oído- no envíes ningún informe, esta noche cuando regreses a casa, lo harás con una escolta que no te traicionará.
-¡Gracias! Sabía que al final aceptarías. -Le sonreí- Pero eso no te va a librar del castigo que te mereces por la falta de respeto que has mostrado al usar mi nombre sin permiso.
-Pero... -Me interrumpió con un beso.
-¡Andy! Ni una palabra más sobre ese asunto. -Sus ojos se clavaron en los míos.- Esta noche cuando estemos en casa, quiero que me recuerdes que te tengo que castigar.
-Como ordene mi AMA -Mi alma se llenó de una extraña calma al sentir la autoridad que ejercía sobre mi. Era como el amarre que mantiene a un barco seguro en el puerto durante la tormenta.- Ahora tengo que salir unas horas. Regresaré a las siete.
-De acuerdo, pero antes de regresar ve a esta dirección. -Me extendió un papel.- quiero que conozcas a mi tía, tiene algo para la boda y te lo tienes que probar. Y Andy... quiero que esta noche me cuentes todo lo que haya pasado durante el día. ¡Todo!
Salí del despacho llevando el papel el la mano. Durante el día me enfrasqué en el trabajo, para las cuatro ya tenía a tres personas de mi más absoluta confianza designadas para la protección de Vane... mi AMA.
El reloj marcaba las cuatro y treinta cuando toque el timbre de la casa de la tía. Cuando la puerta se abrió vi ante mi a una mujer de unos cuarenta años, esbelta, el pelo rubio caía en cascada sobre sus hombros, lo cierto es que parecía más joven. Observé su busto resaltado por una ajustada camiseta de licra blanca. Llevaba una falda negra hasta las rodillas. Me llamó la atención sus piernas morenas y bien torneadas. Llevaba unas sandalias de tacón que permitían la visión de unos dedos delicadamente pintados de rojo.
-Tú debes ser Andy. Yo soy Ana -Su voz me saco de mi ensimismamiento.
-Sí. Siento llegar tan tarde.
-Pasa, pasa... Ya hablaremos de eso más tarde.
Nos dimos un par de besos y la seguí hasta un lujoso salón. Unas tazas de café esperaban en una mesita. Me senté en un sillón, mientras que ella lo hacía en el sofá. Desde mi posición, sus pies quedaban completamente a mi vista. En una estantería había una caja con mi nombre. Durante unos instantes no pude apartar la vista de ella.
-¿Así que os vais a casar? -Me preguntó en medio de una sonrisa.
-Sí, dentro de tres semanas.
-Te he hecho venir, porque Vanesa es como una hija para mí, y quería darte un regalo especial para el día de la boda.
-Muchas gracias -Volví a mirar la caja.
-No me las des, es solo un detalle. -Su tono era muy cordial, y yo no podía apartar mis ojos de sus pies. Aquellas sandalias los realzaban de una forma especial. Era de tiras negras, pero las que cruzaban el pie justo en el nacimiento de los dedos, tenían pequeñas piedras que brillaban con la luz, en finos destellos.
-Andy, dime... ¿por qué me has hecho esperar tanto? Mi sobrina me dijo vendrías a las tres, -Guardó silencio durante unos instantes.- Mira, hasta había preparado café, pero se ha enfriado.
-Lo lamento muchísimo, pero me fue imposible llegar antes -Alegué en medio de una sonrisa. El trabajo, ya me entiende.
-Lo que entiendo Andy, es que mi sobrina todavía no te ha enseñado a no dar excusas para tus faltas. Siempre ha sido un poco blanda.
Mi cara dibujo la sorpresa más intensa de los últimos meses, junto con una gran oleada de vergüenza, hasta el punto que creo que me llegue a ruborizar ante aquella mujer que me miraba divertida.
-¡No te ha dicho nada! -exclamó en medio de una amplia risa.- Claro que sé que tipo de relación tenéis, entre nosotras no hay secretos. Lo entenderás en cuanto veas el regalo. Esta en esa cajita con tu nombre. Yo, mientras que te lo pruebas, voy a cambiarme de zapatos, porque estas sandalias me matan los ojos.
Mi mirada se clavaron en sus pies, mientras que ella ajena a mi atención, comenzó a aflojar la hebilla de las finas tiras de cuero que se sujetaban al tobillo, una vez se vio libre del calzado, se puso en pie me dedicó una sonrisa y se alejó andando de puntillas, lo que hacía que toda su figura pareciera más sensual.
-Cuando regrese, quiero vértelo puesto.
Su voz sonaba ya algo lejana, pero no por ello menos determinante. Me levanté, y cogí la caja. Con gran curiosidad la abrí. Dentro un montón de tiras de cuero formaban una bola. La saqué y la miré con extrañeza. Miré aquellas tiras desde todos los ángulos sin que pudiera entender lo que eran. Los minutos pasaron con gran rapidez.
-¿Aun así? -Sonó en mi espalda.-
-No sé que es... -alegué con desconcierto.
Volví a mirarla, no se había cambiado de ropa, solo unas zapatillas cubrían ahora sus pies. Apenas tenían tacón, Parecía de terciopelo rojo, con un pequeño dibujo de una ninfa con sus alas extendidas. Debido a su suela de goma, -de esa amarilla de toda la vida- no la había oído llegar. Ella me las quitó de las manos y me miró divertida.
-Lo primero que tienes que hacer es quitarte la ropa.
-¿Cómo?
-¡Digo que te quietes la ropa! -Y reafirmó su orden, con un seco azote en mi trasero.
Su voz era tan autoritaria como la de mi AMA, por lo que sin saber muy bien porqué, comencé a desvestirme. Una vez desvestido, ella me cogió de la mano y se sentó en el sofá, me pasó aquellas tira por los hombros, que cayeron hasta la cintura, después las ajustó a otra que parecía un cinturón, y de la que su vez colgaba una más corta. Cuando quedaron sujetas las primeras, me dio la impresión de llevar tirantes, después, con la otra tira y ante mi sorpresa, rodeó mis testículos, yo intenté apartarme, pero ella descargó una serie de manotazos en mi muslo derecho, lo que hizo que desistirera. Cuando esta última quedo sujeta, sentí como al mantener la cabeza erguida, sentía un constante tirón de mis testículos. Algo verdaderamente incómodo.
-¡Perfecto! -Dijo al fin.- Siéntate un rato, para que te acostumbres. No olvides que el día de la boda lo tendrás que llevar puesto en todo momento, hasta que mi sobrina te lo diga.
No salía de mi asombro, pero obedecí como un autómata. Una vez sentado, el dolor se hizo más intenso.
-¡Y bien Andy! -Me dijo, mientras que cruzaba sus piernas, y comenzaba a jugar con la zapatilla, balanceándola una y otra vez- ¿Qué vamos ha hacer con tu indisciplina?
-¡Lo siento!, le aseguró que no volverá a suceder. -Volví a disculparme.
-Mira como yo lo veo -me dijo.- Tenemos dos opciones. Puedo castigarte yo. Con una pequeña azotaina me daré por satisfecha. O puedo llamar a mi sobrina, y contarle tus faltas, para que ella te castigue convenientemente. Tú decides...
Tras aquellas palabras guardó silencio, mientras que seguía jugando con su zapatilla. Yo ya sabía que me esperaba un castigo cuando llegará a casa, por lo que darle motivos para enfadarla más, no me atraía especialmente. Así que la idea de recibir una azotaina de aquella mujer que me miraba con impaciencia parecía lo menos doloroso, ya que yo daba por sentado que no sería muy severa. Sin obviar, que desde que la vi con aquellas zapatillas, sentí un deseo enorme de que me azotara. Y de no ser por las tiras que me oprimían hubiera mostrado una erección desde hacía rato con la sola idea de recibir unos azotes.
-¿Y bien? -dijo sacándome de mis pensamientos.
-Creo que será mejor la primera opción.
-¡Bien!, pero antes tienes que prometerme que bajo ningún concepto se lo dirás a mi sobrina. No quiero que se lleve a engaños y piense algo distinto a lo que es. Sé que es muy celosa de lo suyo.
-De acuerdo -Respondí con firmeza.- Se lo prometo.
Ana me sonrió. Me extendió la mano. Yo me levanté, y ella me guió hasta su lado. Después me hizo tumbar sobre sus rodillas, dejando que mi cara casi tocara el suelo, por lo que mi trasero quedó totalmente expuesto. En esa posición, mi único punto de equilibrio eran mis manos, ya que mis pies casi no tocaban el suelo. Ana paso su mano derecha por mi espalda, mientras que con la otra acariciaba mis nalgas para que las relajara. Yo respiré hondo, sabía que pronto llegaría el primer azote, aunque ella no parecía tener prisa. Entonces reparé en lo cerca que estaba mi cara de su pie. Mis ojos se clavaron en la zapatilla que llevaba. Hasta entonces no me había fijado en el acabado en dorado que llevaba y que le rodeaba el empeine y el tobillo. En esos pensamientos estaba cuando sentí aquel primer azote, al que le siguieron una cantidad que no puede llegar a precisar. Golpeaba con energía, por lo que pronto el calor inicial comenzó a transformarse en un dolor intenso. Con cada golpe, mi pene rozaba los muslos de aquella mujer que me tenía a su merced, lo que provocó una considerable excitación. Aquella primera zurra casi me hace llorar. Y digo primera porque tras una pausa observé cómo se descalzaba el pie que estaba más cerca de mi.
-Dame esa zapatilla Andy -Me dijo con serenidad. Yo la miré con cierto pánico.- ¡Venga! ¿No me has oído?
-Pero...
Media docena de palmadas realmente fuertes impactaron en el centro de mi trasero, obligándome a coger el calzado y dárselo. Su tacto era muy suave, aunque era más pesada de lo que había imaginado al verla. La suela de goma era muy flexible pero densa. Ella me sonrió cuando la volví a mirar mientras se la daba. Aun hoy me parece recordar el calor que emanaba cuando recién se descalzo.
-¡No te preocupes Andy! -Me dijo adivinando mis pensamientos.- Esta zapatilla no te va a dejar marca duradera, su suela es ideal para este castigo. Un poco de enrojecimiento que desaparecerá en unas horas. Pero el dolor inminente, ese, cielo, lo recordarás bastante tiempo.
Diciendo esto, descargó el primer zapatillazo. Después se concentró en una nalga, en la que descargó casi dos docenas seguidas de azotes, después en la otra. Con meticulosidad, me golpeó hasta que lloré como un chaval. Pero lo hacía siempre en una amplia zona, por lo que cuando al final acabó el castigo todo mi trasero estaba tan rojo como ardiente, aunque como me dijo, no había marcas de importancia. Mientras intentaba controlar el llanto y masajeaba mis glúteos, Ana me liberó de las tiras que aprisionaban mi pene. Y lo guardó en la cajita.
-Ven, túmbate aquí.- Me dijo señalando su regazo.
Pero esta vez, era para extenderme una crema. Sus manos masajearon mis nalgas, mientras sin ser conciente de lo que hacía, mi mano comenzó a acariciar su pie descalzo.
-Andy, ya que tienes la mano ahí, ponme la zapatilla.- Y me la devolvió. Con gran turbación, se me la puse, y dejé mi mano sobre ella, sintiendo su calor, mientras que Ana seguía masajeando. Tras unos minutos, me dedicó una nueva tanda de azotes que me hicieron despertar de aquel embobamiento.
Tras vestirme, me despedí con dos besos, y me encaminé a buscar a mi AMA. El dolor de mi trasero fue menguando, aunque no así la excitación que suponía el recuerdo de esa tarde. Para las siete en punto estaba tocando en la puerta de su despacho. Tras entrar, hice pasar a las personas que había designado para su escolta. Una breve presentación, bastó. A las siete y media, un coche blindado la acompañaba a casa, mientras que yo la seguía con mi coche a corta distancia. Cuando cerré la puerta del garaje, el coche ya se había alejado por la calle. Entre en casa. La oí trastear en la cocina. Después salió con una lata de cerveza en la mano. Se sentó en el sofá y encendió la tele. Yo saqué mi arma de la funda, y tras quitarle el cargador la guardé en un cajón del salón, dejando una bala en la recámara. El cargador lo dejé en otro cajón diferente. Y me acerqué a mi AMA. Me puse de rodillas junto a ella. Acaricié sus piernas, hasta llegar a los zapatos beige que llevaba. Mantenía la cabeza baja, sentí sus manos sobre mi cabeza.
-Andy, Andy... -susurró.- Por más que quiero evitar castigarte, tú no me dejas opción. -Me levantó la barbilla hasta que la miré a los ojos.- Sabes que voy a ser severa ¿verdad? -Asentí.- bien, ahora quiero que vayas al cuarto, que te quites la ropa y que esperes meditando sobre tu conducta de hoy. Espera allí hasta que te llame. Me levanté, y me encaminé al cuarto.
-Antes cuéntame como te fue con mi tía. -me dijo cogiéndome de la mano y haciéndome que me sentara a su lado.
-¡Fue bien mi Ama! -Las imágenes del castigo que había recibido asaltaron mi mente. Tuve que hacer verdaderos esfuerzos para no excitarme.- Me dio esto, -le entregué la cajita,- y después de probármelo me fui a recogerte.
-¿Nada más? -Preguntó.
-Básicamente, nada más -Aquellas palabras me estaban dejando un sabor a traición muy amargo. La mera omisión, constituía una mentira en si misma.
-Bueno. Ve al cuarto y haz lo que te he dicho. -Yo permanecí inmóvil, quería obedecerla pero una extraña angustia me invadía. Le estaba mintiendo.- ¡Vamos! ¿a qué esperas? -Insistió.
-Es que... -Comencé a decir bajando la cabeza.
-¿Qué pasa ahora?
-Verás mi AMA, tu tía me esperaba a las tres, y yo llegue a las cuatro y media, y entonces ella... -Hice una pausa.- Bueno, ella...
-¡Venga Andy! -Gritó.- Me estás poniendo nerviosa.
-Ella me azotó. -Dije al fin mirándola a la cara.
-¿Qué hizo qué?
-Bueno, me dio unos azotes. Pero no me dejó marcas.
-¡Bájate los pantalones! -Su enfado aumentaba por momentos, lo que hacía que yo me pusiera más nervioso. Se levantó.- ¡Pero si no fue casi nada!
-¡Te he dicho que te bajes los pantalones y me dejes ver! -Me gritó al tiempo que me cruzaba la cara con sendas bofetadas.
Apresuradamente, me levanté y me bajé los pantalones, ella llevada por la impaciencia casi me tira cuando me bajó los slip. Me palpó las nalgas, aun guardaban algo de calor, pero el enrojecimiento prácticamente había desaparecido, de echo si yo no se lo hubiera contado, nunca lo hubiera adivinado al verme desnudo. Me hizo inclinar sobre el respaldo del sofá para observar bien mi trasero. Después me hizo contarle con pelos y señales todo lo sucedido. En sus preguntas y en su respiración, yo podía notar cómo su enfado iba en aumento, yo intentaba apaciguarla quitándole toda la importancia, pero sentía que no lo conseguía. Cuando terminé mi relato, la oí renegar al tiempo que caminaba por la estancia. Intenté incorporarme, pero ella me ordenó permanecer así.
-Eres un bobo Andy -Me dijo poniéndose a mi lado.- Y lo peor es que también eres un desobediente.
-¡Pero mi AMA, si te lo he contado! -Una dolorosa como inesperada serie de azotes hizo que me callara y la mirara con sorpresa.
-No debiste ponerte en esa situación. Me has dejado muy mal delante de mi tía, y además, -Sentí como tiraba la hebilla de mi cinturón hasta sacarlo de su sitio,- debiste contármelo nada más verme, y no esperar a llegar a casa.
-¡No, con el cinto no mi AMA! -Grité al sentir el primer azote de la correa.
-Con el cinto no, ¿eh? -Me dijo mientras descargaba cuatro azotes seguidos.- Pensaste que era mejor su castigo a que yo te castigará dos veces ¿no? Pues vas a recibir dos castigos. Y te aseguró que no los vas a olvidar en mucho tiempo.
-No fue así mi AMA... -Intenté excusarme al tiempo que me cubría el trasero con mis manos.
-¡Quita las manos de ahí Andy! -Me ordenó.
-Deja que me explique -supliqué.
-¡Que quites las manos de ahí! -repitió.
Tímidamente retiré las manos. Podía sentir su respiración agitada, un nuevo azote, y otro y otro. Realmente estaba recibiendo un castigo que no olvidaría en mucho tiempo. Su mano caía una y otra vez. Tras largos minutos se detuvo. Me dejó levantar. Se sentó en el respaldo del sofá, y me atrajo hasta ella. Se quitó la chaqueta y la blusa.
-¡Eres mío! -Me dijo al fin.- Y no me gusta que nadie toque lo que me pertenece. ¿Tú sientes eso Andy? -Permanecí en silencio.- Sientes que eres mío, que soy verdaderamente tu AMA, o todo esto no es más que un juego para ti.
-¡Sí! -Me arrodillé ante ella, quedando entre sus piernas.- ¡Sin dudarlo mí AMA! No estoy jugando te lo prometo.
-Entonces, ¿Por qué dejaste que fuera mi tía la que te castigara y no yo? ¿Por qué eso lo decidiste tú?
-No sé que decir mi AMA
-Esa respuesta no me vale. ¡Hoy no! Dame una explicación.
El dolor era agudo, pero no me refiero a de mi trasero, que créanme que era intenso, sino al que me provocaba las palabras de mi AMA, y al miedo que me invadía, ya que sentía que de mi respuesta dependería que pudiéramos seguir juntos o no. Se me ocurrieron excusas que afortunadamente aborté antes de llegar a pronunciarlas. Recordé el día en el que me castigó en la tienda, decidí que volvería a hablarle con todo lo que tenía en mi corazón, igual que aquel día. Y si con eso no bastaba, entonces solo me quedaría el dolor de perderla.
-Mi AMA... No quería defraudarte, sabía lo importante que era para ti que causara buena impresión a tu tía. E imaginé que si ella te llamaba, te sentirás defraudada, y eso me aterraba. -Ella me acarició la mejilla, mientras mis ojos se llenaban de lágrimas.- Además, sentía vergüenza.
-¿Vergüenza? -Preguntó.
-¡Si mi AMA! Sentí vergüenza de que te llamaran para quejarse de mi comportamiento, me sentí como un colegial ante la directora, y no quería que te llamara. -Ella esbozó una sonrisa.
-¡Andy! Creo que es por esa forma tuya de ver las cosas por las que estas consiguiendo que me enamore de ti. Eres un mundo de contrastes. Fuerte, con los pies en la tierra y maduro, pero a la vez una pizca de inocencia y simpleza, rayando lo adolescente. Pero eso no te exime de las consecuencias de tus actos. -La observaba mientras hablaba. Con tranquilidad, había comenzado a doblar el cinturón. Hasta darle cuatro vueltas. No media más de veinte centímetros. Lo apretó bien en su mano y me miró de nuevo.- Nadie, salvo que yo te lo diga explícitamente, debe castigarte. Y menos a elección tuya. Si buscas que te trate como un adolescente, lo haré, y te aseguro que no me va a temblar el pulso. Aprenderás a comportarte, de una forma o de otra.
Tras decir esto, tiró de mí hasta que quede tumbado sobre su regazo. Entonces, sin rabia pero con toda la fuerza que podía, comenzó a azotarme de nuevo. Esta vez, los azotes dolían mucho más. Y ella parecía no pensar en descansar. Tras casi diez minutos, se detuvo. Se levantó y me beso en los labios.
-¡Toma! -Me entregó el cinto.- Ahora ve al cuarto hasta que te llame, después de cenar arreglaremos la cuenta pendiente.
Mientras me giraba, ella me dio una palmada que acentuó el dolor que ya sentía. En la soledad de dormitorio me desahogue en un mar de lágrimas. Hasta que casi me quedo durmiendo, boca abajo, eso sí. Hasta que tras casi dos horas la oí llamarme. Salté de la cama como un resorte, y me encamine al salón. Ella estaba sentada en el sofá, y yo sentí el frío en mi piel ya que como me había indicado estaba desnudo. Llegue a su lado. Y me agache para darle un beso que ella respondió.
-¿Crees que habrà aprendido la lección?
Sonó a mi espalda. Cuando me giré puede comprobar que quien hablaba desde la puerta de la cocina no era otra que la tía de mi AMA.
-¡Es muy obstinado tía! -Contestó al tiempo que se levantaba y se acercaba a ella.
-Tú ya le has castigado por mentirte, pero ¿qué ocurre conmigo? -Le dijo a mi AMA.- Me prometió que no te lo iba a contar y no lo ha cumplido.
-Lo cierto tía es que no se puede decir que lo que hiciste fuera un castigo. -Mi AMA parecía disfrutar de aquella situación.
-Hija, no me provoques. Si hubiera querido, Andy no se sentaría en un mes. -Ambas se rieron.- Creo que es justo que pueda castigarle por no cumplir con su palabra.
-Pero AMA -Deje oír.- ¡No es justo!
Ella se acercó a mí. Estaba radiante, disfrutaba sabiéndose con el control no sólo de la situación, sino de mis sentimientos y mis emociones.
-Pero mi amor -Su mano acarició mi mejilla, mientras se ponía detrás de mí.- ¿Quién te ha dicho que yo tenga que ser justa? -Mientras hablaba, me tiró del pelo obligándome a echar la cabeza hacia atrás. Su otra mano me golpeó varias veces en el trasero.- Debe bastarte con saber que te amo Eso, -mordió el lóbulo de mi oreja- y que eres mío. Pero no te preocupes, el castigo que te espera lo compartiremos mi tía y yo, pero sólo si eres bueno, no protestas y te vas a la cocina para preparar la cena.
Tras unos azotes más, me soltó el pelo y me encaminé a la cocina. Ana me detuvo, y me colocó un delantal con el que me sentí mucho más vulnerable al escuchar las risas de ambas mujeres.
-Impresiónanos con la cena.- Me dijo al tiempo que soltaba una fuerte palmada en mi nalga.
En ese instante me di cuenta de la trampa en la que había caído, ya que hiciera lo que hiciera aquella tarde en casa de la tía Ana, nada me hubiera librado del castigo recibido. En ese instante, me sentí más suyo, más dependiente de su voluntad y de sus caprichos.
Mientras que me afanaba por preparar la cena, oía el murmullo de ambas mujeres riéndose y charlando. Yo me sentí a salvo mientras que oía la voz de mi AMA. Ese día sin darme cuenta, había dado un paso más en mi entrega, hoy era un poco más suyo que antes, y eso me llenaba de un gran gozo. Fui conciente que nada con ella estaba dejado al azar, nada era improvisación, todo estaba debidamente orquestado y eso me hacía sentirme a salvo.
Las miré desde la cocina. Pese al dolor que sentía en mi trasero, sabía que la noche no había llegado a su fin. Una mezcla de temor y deseos me invadieron, la imaginación voló mientras que una nueva erección irrumpió con fuerza. La noche iba a ser larga, y yo anhelaba todo lo que me pudiera deparar.
Bueno... todo lo que la noche me deparó no lo deseaba realmente, pero tuve que aprender a vivir con ello...
- FIN -
Memorias de un spankee IV
Autor: Cars
Los meses fueron transcurriendo con normalidad. Los preparativos para la boda se iban llevando a cabo con cierta lentitud. Mi AMA era la que iba dictando las pautas sobre ese asunto. Aunque para ser sincero, poco a poco ella fue asumiendo las decisiones de todo lo referente a nuestra relación, y a mi vida. Así, a principios del mes de abril puse mi piso a la venta, y me mude a su casa. Normalmente dormía en su dormitorio, junto a ella, y digo normalmente, porque no faltaban las noches en que lo hacía en el suelo junto a su cama, o en el pasillo junto a su puerta, -según fuera la gravedad de mis faltas- durante el día me encargaba de algunas tareas, y de hacer los recados que ella me encomendaba. Igual que un suave somnífero, sus deseos me iba adormeciendo, llevándome a un mundo en el que solo su voluntad era la que imperaba, e igual que los planetas giran en torno a un sol que los mantiene unidos en una distancia calculada, así mi vida y mis emociones iban dejándola a ella en el centro de mi existencia. En ocasiones la observaba desde el salón trabajar en su pequeño despacho. Toda su vida, su pasado, su trabajo y sus planes eran un misterio para mí, ese pequeño cuarto rodeado de estanterías repletas de libros era la única zona de la casa que yo tenía vetada. Aun hoy me parece oírla mientras me advertía que el día que entrará sin su permiso, ese día mi castigo sería perderla para siempre sin segundas oportunidades, por eso pese a la enorme curiosidad que me invadía, mis pasos siempre estaban lejos del umbral de aquella puerta. Un día de ese mes de abril, mientras la observaba desde el sofá detrás de aquella mesa en medio de un centenar de papeles, caí en la cuenta. Mi excedencia llegaba a su fin, en no más de diez días me tenía que incorporar a mí puesto de trabajo. No sabía como se lo iba a decir a mi AMA, ni como lo iba a encajar ella. ¿Qué me diría? ¿Me recriminaría que no se lo hubiera dicho antes? Esas cuestiones me comenzaron invadir. Se lo tendría que decir, pero no sabía cual sería el mejor momento para hacerlo. Esas divagaciones hicieron que no me percatará de que ella había salido de su despacho, y se había sentado a mi lado.
-¿En que piensas? –Su voz me devolvió de golpe a la realidad.-
-¡En nada mi AMA! –Le dije con una cierta inseguridad.- ¡Tonterías mías!
La noche transcurrió con tranquilidad, y el amanecer me sorprendió despierto, naufragando en un mar de ideas que no conseguía ordenar. La miré, era hermosa. El pelo alborotado medio cubría su piel. Una piel que yo me moría por acariciar. Con suavidad le aparté el cabello, su rostro estaba relajado, mientras que su pecho vibraba con la suave respiración. Su brazo rodeaba mi cintura, y su tacto era calido y suave. Alargué la mano para coger el despertador. Faltaban diez minutos para que sonará. Lo apague. Después continué mirándola, perdiéndome en su aliento. Me sentía orgulloso de pertenecerle, poco a poco había ido dejando que aquella mujer que dormía a mi lado me fuera imponiendo unas cadenas no a mi cuerpo, ya que estás se podrían quebrar con facilidad, sino que había ido encadenado mi voluntad, mi espíritu y mi corazón a su voluntad, con unas cadenas que pese a ser invisibles, eran férreas e inquebrantables. Suavemente, acerque mis labios a los suyos, y le dejé un beso. Ella se movió, emitiendo un ruido, que se me antojó parecido al ronroneo de un gatito. Nuevamente la volví a besar. Esta vez, abrió los ojos y me dedicó una sonrisa.
-¡Buenos días! –Le susurré al oído, mientras que ella se estiraba y me miraba con un brillo especial.- ¡Es la hora de levantarse mi AMA!
-¡Buenos días! –Me respondió al tiempo que se abrazaba a mí y se ponía casi encima.- ¡Tienes una forma muy tierna de despertarme! –Sonreí- Prométeme que siempre me despertarás así.
-¡Por supuesto mi AMA! –Le dije, mientras que la besaba--¡Por supuesto no! –Me dijo mirándome fijamente
- ¡Prométemelo!
-Te lo prometo. Siempre te despertaré así mi AMA.
Ella sonrió y me beso, nos abrazamos durante unos minutos, tras los cuales ella se metió en el baño y yo me dispuse a preparar el desayuno. A las nueve y media como cada mañana ya estaba dispuesta para irse a trabajar, y como cada día también esperaba en medio de cierta impaciencia junto al sofá.
-¡Mi AMA! –Le dije sacándolas de sus pensamientos.- Hoy me gustaría ir a recoger unas cosas que me quedaron en el piso.
-¿A qué hora estarás de vuelta?
-Sobre las tres de la tarde si te parece bien. Iba a decir algo, pero en ese instante, y también como cada mañana el timbre de la puerta sonó, ella cogió el maletín y tras dejar un beso fugaz en mis labios se dirigió a la puerta.
–A las tres en punto.- me dijo mientras cerraba la puerta.
Yo me acerqué a la ventana. Y la vi subirse como siempre en un coche y alejarse. El día transcurrió con cierta normalidad, recogí lo que debía de mi piso, y a las tres estaba entrando por la puerta. Al entrar la puede ver sentada en el sofá. La mirada estaba perdida en las páginas de una revista. Miró su reloj, y dejó aflorar una sonrisa. Yo dejé unas cosas sobre la mesa, entre las que se encontraba una caja de metal, cerrada con un candado de combinación. Mi AMA se fijó en ella, pero no dijo nada. Yo me acerqué. Le bese.
-¡Ya he recogido todo de mi piso mi AMA! ¿Cómo ha ido tu día?
-¡Muy largo! –Ella dejó la revista a un lado.--¿Tienes que volver a salir? -Negó con la cabeza
- ¿Quieres que te traiga las zapatillas?
-¡Por favor!
Mientras que yo me encaminé al dormitorio, ella se recostó estirando los brazos por encima de la cabeza.
-¡Cuanta eficacia! –Dijo levantando la voz para que la oyera.- No habrás echo algo y quieres ganar meritos para que sea indulgente. ¿eh?
-¡No mi AMA! –Le respondí en medio de una sonrisa.- ¿Cómo puedes pensar eso?
-¡Ya veremos!
Me arrodillé ante ella, y lentamente le descalce. Le di un pequeño masaje, que hizo que cerrará los ojos. Después le calce las zapatillas, y me apoye en sus rodillas, ella se puso su mano en mi cabeza.
-¿Haz comido?- Me preguntó. Yo asentí y levante la cabeza para mirarle a los ojos.
-Tengo que hablarte de algo importante. –Le dije bajando la voz.-
-¡Ahí esta! ¿Qué pasa ahora?
-Se trata de mi trabajo. –Guarde unos instantes de silencio.- El próximo viernes me tengo que incorporar.
-¿Trabajo? –Su cara mostró cierta sorpresa.-
-Al poco tiempo de conocernos te comente que tenía excedencia. –Mi tono era casi un susurro.-
-Lo recuerdo, pero pensé que te quedaba un par de años. –Me respondió extrañada.--Era de un par de años, pero me vence ya.-Bueno, no es tan grave. –Dijo al fin levantándose, y fijando su mirada en la caja metálica sobre la mesa- Tendrás que esmerarte, porque tus obligaciones no va a ser menores. –Su tono era determinante.- No pienses que por que tengas que ir a trabajar te voy a liberar de tus deberes conmigo. Sí eso era lo que me ibas a decir, ya sabes la respuesta.
-¡No es eso mi AMA! –Le dije mientras que me levantaba. Y sacaba una pequeña cartera del bolsillo.- Solamente quería que supieras cual es mi trabajo.
Le di la cartera, y me aleje unos pasos. Ella permaneció unos instantes mirándola sin abrirla, al final lo hizo muy lentamente. Su rostro no disimulo la sorpresa que le supuso lo que vio. Me miró muy seria, y después volvió a mirar la placa de policía que brillaba ante ella.
-¿Qué significa esto? –Me preguntó mientras se acercaba a mí y de devolvía la cartera.- ¿Donde tienes el uniforme?
-Soy inspector, -le respondí con serenidad y desconcierto por su tono.- No suelo llevarlo.
-¡Así que inspector! –Me miró a los ojos.- ¿Cuál es tú destino?
-¡Homicidios!
-¡Joder! ¿Por qué no me lo dijiste antes? ¿Por qué esperaste hasta ahora?
-¡No pensé…
-¡Cállate! –Me ordenó.- No me esperaba esto. Y no te diré que me gusta la idea de que trabajes en un sitio donde te pueden pegar un tiro.
-¡No te preocupes mi AMA! –No me esperaba aquella bofetada, pero sonó como una bomba.-
-¡Te he dicho que te calles!
Por primera vez, puede ver algo diferente en su mirada. Aquella seguridad y energía que irradiaba había sido sustituida por un nerviosismo desconocido para mí hasta entonces. Yo permanecí inmóvil, sin saber que como actuar.
-¿Qué hay en la caja?
-¡Mi arma!
-¡Perfecto! –No tenías derecho a ocultarme algo así. Debí saberlo hace mucho tiempo.-
-¡Yo no se que decir! –Aquellas recriminaciones se me clavaban en mi corazón provocándome un enorme desasosiego.-
-¡No digas nada! –Me cortó tajantemente.- ¿Si te digo que lo dejes?
-¿Cómo? –Aquella pregunta me descolocó totalmente.-
-¿Qué harías si te ordeno que dejes tú trabajo? ¿Qué decidas entre tú trabajo o yo?
Su voz era determinante. Se alejó de mí unos paso, y se giró para mirarme a la cara. Yo permanecí de pie mirándola sin poder articular palabra. Me encontraba perdido. La mujer a la que amaba y a la que le había entregado toda mi voluntad, me había puesto en la mayor encrucijada de mi vida. Las ideas me bombardeaban el cerebro de una manera descontrolada, y una oleada de sentimientos contradictorios llenaron mi corazón. En ese instante me pregunté si amaba lo suficiente a la mujer que me miraba con impaciencia, para dejar atrás lo más importante de mi vida, y lo que realmente me hacía sentir vivo, o por el contrario ese amor era solo un espejismo que se desvanecía tan rápido como lo haría un castillo de naipes. Intentaba encontrar las palabras, pero no era capaz de articularlas. Las pocas e incoherentes frases que se me ocurrían, se ahogaban en mi garganta haciendo más eterno aún el silencio gélido que se había adueñado de la estancia.Allí estaba yo, ante la mirada de aquella mujer, que demandaba una respuesta que no era capaz de dar. Me sentía como alguien sorprendido in fraganti por la autoridad, incapaz de justificar su acción. Bajé la vista, mis ojos se llenaron de unas lágrimas tan saladas como el mar, y tan dolorosas como la respuesta que estaba naciendo en mi interior. Sentí su mano en mi cuello. Ella levantó mi barbilla hasta que sus ojos se clavaron en los míos.
-¡Lo siento! –Comencé a decir.-
-¡No, no digas nada! –Me cortó ella poniéndome un dedo en los labios.- ¡Si me respondes lo que hay en tu corazón, te perderé! Si te acabará de conocer no me importaría, pero ahora no podría perderte. –Me acarició la mejilla.- Sólo prométeme que tendrás cuidado, y que pase lo que pase, volverás a casa cada día.
-¡Te lo prometo!
Los días siguientes casi ni hablamos. Yo sentía que le había fallado, que mi entrega tenía reservas. En ese tiempo, parecíamos dos extraños. Ella rehusaba mi compañía, salvo para dormir. –Durante la noche, dormía abrazada a mí, sin apenas soltarse. Era como si temiera que si me soltaba desaparecería de su lado.- Pero por el día pasaban horas sin que cruzáramos ni una palabra.
El primer día de trabajo, fue bastante rutinario. La mayor parte del tiempo lo ocupe en llenar formularios, y firmar documentos. Para cuando conocí a mis compañeros y a mis jefes, era la hora casi de salir. Poco a poco, igual que las aguas de un río desbordado regresan a su cauce, la rutina diaria hizo que mi AMA se tranquilizara, y nuestra relación se fuera normalizando. Unas semanas más tarde, ya hablábamos de mi trabajo con toda normalidad, nos reíamos y bromeábamos. Aunque yo era consciente de la tensión que ella pasaba cuando me retrasaba. O que permanecía en vela hasta que me oía meter el coche en el garaje. Salvo por esos instantes, ella no mostraba nunca un exceso de nerviosismo.
Un día, mes y medio después, nuestra vida era totalmente tranquila. Cuando llegue a casa ella estaba en el sofá me acerque y le bese. No había sido una jornada fácil, y me encontraba muy tenso. Era uno de eso días en los que sin saber porqué, te gustaría gritar y llorar, aunque te sientes impotente. Durante la cena yo estuve especialmente callado. Después mientras realizaba mis tareas en la casa, mi mente seguía anclada en mis preocupaciones. Sentía un peso en el pecho que no podía liberar. Al finalizar mis obligaciones, fui a sentarme junto a mi AMA, ella me sonrió.
-¿Qué te pasa? –Me preguntó mientras me indicaba que pusiera la cabeza en su regazo.- ¡Has estado muy callado!
-¡No es nada!, -Le respondí.- Hoy es uno de esos días en los que me gustaría gritar y patalear. ¡Tengo un peso aquí! –Lleve su mano a mi pecho.- Que no se como liberarlo. Es una mezcla de indignación e impotencia. Pero no te preocupes, ya se pasará. Pasaron los minutos, y por un breve momento puede relajarme, aunque solo en mi mente, ya que mi cuerpo permanecía tenso.
-¡Ve y date un baño! –Me ordenó mi AMA, levantándose.- Te espero en el dormitorio. La miré unos instantes sin entender esa indicación tan repentina. Era aun muy temprano.
-¡Venga!- Insistió dando unas palmadas. Yo me levanté y entré en le baño.
Tras unos minutos regresé al dormitorio únicamente con el albornoz. Ella estaba sentada en el tocador. Llevaba lencería negra, me fije en que se había puesto unas medias y calzaba unos zapatos de tacón. ¿Pensaba salir? –Me pregunte.- Por un momento permanecí en silencio viendo como se cepillaba el cabello. Cuando me vio en el umbral de la puerta, se levantó. Me beso y ante mi asombro me puso un antifaz negro que me impedía totalmente la visión.
-¿Qué vas ha…?
-¡No hables! –Me ordenó.-
Sentí como me despojaba del albornoz. La piel se me puso de gallina al sentir el aire en ella. Mi AMA me guió unos pasos, hasta llegar más o menos al centro del dormitorio.- Sus manos recorrieron mi piel. Yo deje escapar una sonrisa, que se convirtió en quejido cuando presionó con firmeza mis pezones. La oscuridad de mis ojos hacía que me sintiera inseguro, pero esa inseguridad me excitaba al mismo tiempo. Tras unos minutos de caricias, su mano golpeo con fuerza mi trasero. Ella comenzó a recriminarme una serie de faltas imaginarias, mientras que su mano seguía azotándome con cierta severidad.
Aquellos azotes consiguieron que obtuviera una excitación mucho más intensa que otras veces. Ella me había castigado en numerosas ocasiones, y el dolor no era menos intenso ese día, pero el saber que no era un castigo real, sino un juego lo hacía mucho más excitante. Allí, en medio del dormitorio y pese a estar con los ojos tapados, podía verme en mi mente siendo azotado por mi AMA. La imaginé vestida con aquella lencería, sentí su aliento en mi espalda mientras que su mano me golpeaba, por un instante y pese al dolor que sentía me sentí un poco más libre. Los azotes cesaron. Oí sus pasos por la habitación. Un sonido metálico. Después la frialdad del metal. ¡No lo podía creer!, me estaba esposando con las manos en la espalda. Forjecee un poco, lo que me costo una nueva ración de azotes especialmente fuertes, tras los cuales me dejo solo en la habitación. Los minutos pasaron y nuevamente oí sus pasos por la estancia. Sus labios rozaron los míos. Intenté besarla adelantando la cabeza, pero ella se separó, dándome una bofetada. Tras unos segundos volvió a rozar mis labios, y nuevamente se alejó al intentar besarla, con la consiguiente bofetada. Después de casi una docena de bofetadas, entendí sus deseos, y cuando sentí sus labios en los mío, permanecí inmóvil. Ella los besó con suavidad, sentí sus manos en mi pecho, y pude comprobar que se había puesto unos guantes. El tacto era suave, como si fueran de seda. Volvió a jugar con mis pezones. No pude reprimir una queja cuando los pellizcó.
–Serás bueno y no gritarás más, o prefieres que te amordace. ¿Eh?-
Su voz era apenas un susurró en mis oídos. Intenté contestar, pero ella me lo impidió con un beso, que acabó en un leve mordisco en el labio inferior. Con rapidez, me amordazó. Y me empujo sobre la cama. Mi vientre cayó sobre algo mullido, -almohadas quizás.- que mantuvieron mi trasero un poco levantado.
Nuevamente, oí como se alejaba, después el silencio. Un silencio pesado. Tras largos minutos, aquel silencio se rompió con un silbido, semejante al del viento cuando se cuela con fuerza por una rendija. Yo moví la cabeza en dirección al ruido, pero obviamente no podía ver nada. De nuevo lo oí, pero esta vez, fue precedido de un extraño y agudo dolor. Era nuevo. Mi mente no lo reconoció, pese a que recorrió todo mi ser hasta estallar en mi cerebro. Era como una pequeña pero potente descarga eléctrica. Tarde casi media docena de azotes entender con que me estaba golpeando. Aquella vara impactaba certeramente en mis glúteos inflamando cada rincón de mi ser. Mi AMA se tomaba su tiempo entre azote y azote, midiendo la fuerza necesaria para que sintiera el dolor, pero sin que la piel se rompiera. Calculaba exactamente el lugar exacto que quería golpear. Las lagrimas inundaban mis ojos, cada poco tiempo, ella acariciaba la zona castigada, recuerdo el tacto de su mano enguantada en contraste con el calor y el dolor que sentía. Aquella mezcla hacía que mi excitación fuera en aumento. De no llevar la mordaza hubiera gritado a todo lo que pudieran dar mis pulmones. No se cuantos azotes me propinaría, ya que después de unos minutos perdí la cuenta. Pero si se que mi AMA no dejó ni un palmo de piel de mis muslos y mi trasero sin golpear. Mientras duró el castigo ella no paro de recriminar mi conducta díscola, achacándome faltas que no había cometido.
Tras un tiempo que soy incapaz de determinar, oí como tiraba la vara al suelo. Después sus manos ágilmente liberaron mis muñecas, y aflojaron la mordaza. Ella tiró de mí ayudándome a llegar a la parte alta de la cama. Yo lloraba como un colegial, mientras que permanecía boca abajo. Ella me abrazó y me susurro al oído palabras de consuelo. Después, sentí como extendía una crema por la zona castigada. Mi llanto se convirtió en un sollozo. Fue entonces cuando reparé en algo reconfortante. La congoja que había tenido oprimiéndome el pecho todo el día se había esfumado. Aquellos azotes que había recibido habían pulgado y angustia. Cada vez que mi Ama me había golpeado había arrancado no solo un grito ahogado por la mordaza, sino que también me había ido despojando de mí pesar. Ese día descubrí que los azotes eran no solo una consecuencia de mi negligencia, sino que eran una valiosa válvula de escape por la que deshacerse de aquello que no podía expulsar por mi mismo. Es día mi corazón estaba más cerca si cabe de mi AMA, y mi confianza en ella había rebasado la línea imaginable hasta ese momento. Era un hombre nuevo, sin aquel malestar que me había invadido. Cuando finalizó el masaje, yo moví lentamente las manos para sacarme el antifaz de los ojos.
-¡De eso nada mi amor! –Me susurró mi AMA apartándome las manos.- todavía es pronto.
Ella me beso, y me indicó que yo hiciera lo mismo es su cuerpo. Así, en la más absoluta oscuridad, acaricié y bese cada milímetro de él. Lentamente saboree su piel, y me perdí en su Monte de Venus. Después nos amamos como si la vida nos fuera en ello, el dolor que sentía en mi cuerpo y el placer que el suyo me proporcionaba me hizo llegar a un clímax desconocido para mí hasta ese momento. Al verme privado del sentido visual, todos los demás se vieron magnificados y exaltados. Al igual que un arco iris despliega su colorido, aquella noche miles de matices se desvelaron para mí. Exhaustos nos sorprendió el sueño. Abrazado a ella y a oscuras dejé que ese sueño reparador me alcanzara.
En los días que siguieron a esa noche, no pude dejar de pensar en las innumerables sensaciones diferentes que había sentido. Al menos dos veces al día acabe sobre el regazo de mi AMA, no para ser castigado, sino para recibir la crema que aliviaba el dolor de aquella paliza tan intensa como edificante.
El dolor de aquella noche estaba llegando a su fin, cuando entré en el despacho de mi superior. Su rostro estaba especialmente serio. Apenas me miró al indicarme que me sentara. Una y otra vez repasaba un documento que tenía ante él. Al alzo la vista.
-¡Tengo una orden de traslado para ti! –Sentenció.-
-¿Cómo que traslado? –Me acerque a la mesa.- ¡No quiero un traslado!
-¡Te han solicitado del gabinete diplomático! –Dijo con serenidad, ignorando por completo mis protestas.- A partir de las doce del medio día estarás adscrito la unidad de protección de personalidades. –Guardo unos instantes de silencio.- A menos que rehúses formalmente el nombramiento.
-No sé, hace mucho que había solicitado ese destino, creí que nunca llegaría.
-Pues llegó. –Me extendió el documento que tenía ante él.- Me alegró por ti, pero sinceramente preferiría que lo rechazaras. No me hace gracia desprenderme de buenos hombres.
-¡Se lo agradezco comisario! –Miré el documento.- Pero no puedo rechazarlo.
-Me lo imaginaba. –Su tono iba cargado de resignación.- Tienes que presentarte hoy en la delegación de gobierno. Allí te dirán para quién harás de niñera.
Las calles parecían mucho más saturadas de coches y personas que de costumbre. La impaciencia estaba apunto de hacer que me volviera loco. Por eso recorrí casi corriendo los peldaños que me separaban de la entrada. Llegue a la puerta principal. Tras identificarme y pasar los oportunos controles de seguridad, llegue a un despacho del que vi salir a un ministro. ¿Sería a él a quién tendría que acompañar? Una secretaria me hizo salir de mis divagaciones. ¡Sígame por favor! Tras pasar por dos puertas, llegue ante un hombre de unos cincuenta años, una abundante melena blanca, y una gafas de diseño le daba un aire marcial bajo aquel traje de Arman.
-¡General! Le presentó al agente Sánchez, se incorpora hoy a protección.
-¡Sí, sí! Bienvenido. Está usted muy bien recomendado, y su hoja de servicio es esplendida. Acompáñeme. Aquel hombre se levanto como un resorte, y tras un saludo tan enérgico como breve me condujo por unos pasillos a los que accedimos por una puerta que estaba a su espalda. Todo aquello me resultaba extraño, siempre imagine que los generales iban con su uniforme a todos los sitios. Aquel hombre como si leyera mi mente, se volvió.
-Disculpe esta ropa tan informal, pero es que hoy se casa mi hija.
- Esta usted asignado a uno de los asesores del presidente en defensa, es un civil pero no se lleve a engaños, es una persona altamente cualificada. Espero que como jefe de seguridad, me presente en el transcurso del día el nombre de tres personas para formar el equipo.
-¡No sabía que iba a ser el responsable! –Pensé en voz alta.-
-¿No se siente usted capaz? –Me preguntó parándose en seco y clavando su mirada.
-¡Por supuesto que me siento capaz General! –Me apresuré a contestar.- Es solo que me ha pillado por sorpresa.
Tras unos escasos tres minutos llegamos ante una puerta, cruzamos unas mesas en las que unas secretarias se afanaban ante la pantalla de un ordenador. Una puerta más nos separaba de nuestro destino final. El general toco en la puerta con los nudillo y la abrió sin esperar a que contestarán. Yo me fije en el nombre que aparecía a la altura de los ojos. Entremos en un amplio despacho. Ante la sorpresa de ambos la silla estaba vacía. Nos miramos, en ese instante, el ruido del secador de manos del servicio no resolvió el misterio. A los pocos segundos, la puerta se abrió. Yo abrí los ojos como nunca lo hice. El general se adelantó para estrechar la mano de ella. No podía creer lo que estaba sucediendo.
-¡Agente Sánchez! -comenzó a decir el general.- Le presentó a la Señora Vanesa Blázquez, asesora de seguridad.
-¡Señorita General! –Le dijo ella en medio de una sonrisa.- ¡Estoy prometida pero aun no estoy casada! ¡Me alegro de verte Andy! El agente Sánchez y yo ya nos conocemos un poco. ¿No es así? –Le dijo al general.- Yo estaba sumido en la más absoluta sorpresa.
Allí estaba, ante mi AMA. Mis músculos no me obedecían. En mi mente ya había recorrido la distancia que me separaba de ella y le había estrechado la mano que me tendía, pero en realidad aun estaba inmóvil a dos pasos de ella. ¡Vanesa! No podía creer que después de casi un año sin saber su nombre me enterará de la forma más inaudita que pudiera imaginar. Extendí mi mano. Nuestra piel se tocó, nuestras miradas se encontraron, y todo a nuestro alrededor desapareció a excepción de su sonrisa.
Noches de la Antigüedad (fragmento)
Autor: Norman Mailer
Editor: FerEntramos en el círculo de lapislázuli, donde ella bendijo mi cuerpo desnudo en un orden preciso. Esto también os digo: pasó el incienso por mi ombligo y mi frente, mis pies y mi garganta, mis rodillas y mi pecho, y por último, por los vellos de mi ingle. Luego ungió los siete lugares con gotas de agua, pulgaradas de sal y, por último, con gotas de aceite. Sostenía una vela encendida cerca de mi cuerpo para calentarlo. Ahora yo estaba bendecido y preparado.
Del altar tomó un cuchillo con mango de fino mármol blanco y punta tan afilada que hasta el ojo podía sangrar si se lo miraba fijo. Luego se quitó su bata blanca y se quedó tan desnuda como yo. Con el cuchillo me pinchó el vientre, justo debajo del ombligo, y mezcló mi sangre con la suya, pues también se pinchó debajo de su ombligo. Desde allí repitió cada paso de la bendición, tomando una gota de sangre de mi frente y de la de ella, del dedo gordo del pie, del pecho y de la ingle. Cada gota de sangre se aferraba a al punta del cuchillo como una lágrima, hasta que lo llevaba a la misma parte de su cuerpo, de modo que cuando terminamos, nuestra sangre estaba mezclada en estas siete moradas. Nos erguimos juntos frente al altar, solemnes, desnudos e igualmente marcados.
Ahora yo ya estaba preparado para ser consagrado ante su Templo. Me hizo acostar sobre la piedra dentro del círculo, en donde ardía un pabilo en un platillo de aceite; allí levantó un látigo y lo dejó caer sobre mí dos veces, cuatro veces, luego 14 veces.
De muchacho me habían azotado muchas veces. Luego debía arrastrarme y buscar barro para restañar las heridas sangrantes. En mi primera vida, por más alto que fuera mi rango, nadie podría haberme confundido jamás con un noble: tenía demasiadas cicatrices de latigazos en la espalda. Un azote no me era extraño. Pero ser azotado por Bola de Miel era diferente. Ella lo hacía con una suavidad que se propagaba. Si arrojarais una piedra en un estanque, y en el segundo intento lograrais acertar con otra piedra en el centro del primer círculo, y en el instante preciso (de modo de no crear una confusión al esparcirse la ola, pero sí profundizar el rizo), entonces os acercaríais al arte de Bola de Miel. El dolor me penetraba como el aceite perfumado alcanza hasta el último resquicio de la tela. En noches anteriores me había enseñado a besar, y yo vivía en la opulencia de esos abrazos, y sabía por qué el besar es una diversión de nobles. Ahora atravesé los valles de las flagelaciones. Un vértigo cercano a la embriaguez se apoderó de mis pensamientos, lo cual equivale a decir que me entregué a una adoración de mi propio sufrimiento, pues me sentía como purificado de toda vergüenza. Estaba al borde de la resistencia, listo para saltar al cielo debido a la tortura del mero toque del látigo. No obstante, provenía de ella una ternura. ¿Cómo explicar tal choque de sentimientos? Permitid que os diga que ella dejaba caer el látigo con golpes perfectos, una vez sobre cada nalga, luego dos veces y después una vez sobre las catorce partes dolientes del cuerpo de Osiris que ahora pertenecía tanto al dios como a mí. Me fustigó la cara, una vez con los ojos cerrados, otra con los ojos abiertos; luego le tocó el turno a la planta de los pies, a los brazos, a los puños, la espalda y el vientre, el pecho y el cuello. Por último el látigo cayó sobre mis testículos y, como una víbora, se enroscó alrededor de mi flácido gusano. Entre nubes de fuego oí cómo Ma-Khrut recitaba con voz clarísima, después de cada golpe, "Os santifico con óleo", mientras me ungía con óleo las partes donde el azote dejaba llamas, hasta que el fuego se enfrió y se convirtió en el calor de mi cuerpo. Luego ella dijo: "Os santifico con vino", y acercó la astringencia del vino a las 14 llamas, y mi piel volvió a dar alaridos. Entonces ella me lavó suavemente con agua fresa hasta que, al aquietarse el ardor, surgió el vapor de mi corazón; y ella dijo: "Os santifico con fuego", pero se limitó a acercar el incensario a cada lugar dolorido. Dijo por fin: "Os santifico con mis labios", y me besó en la frente con los ojos abiertos y luego cerrados me besó en las plantas de los pies y en los músculos de la corva de los brazos, me besó los nudillos de mis manos cerradas, y mi espalda, y el vientre, el pecho, el cuello, y terminó lamiendo alrededor del círculo de los testículos, y muy suavemente en la cabeza de mi espada que se elevó de entre el suave lodazal de mis ijares hasta volverse poderosa como un cocodrilo. Luego ella dijo: "Os nombro Primer Sacerdote del Templo de Ma-Khrut, que mora en Osiris. Jurad que seréis leal, jurad que serviréis", y cuando yo exclamé que lo haría (era el último juramento que había requerido en cada una de las 14 partes), se arrodilló ante mí como un templo maravilloso de dulce y temblorosa carne, y susurró mi Nombre Secreto, y manaron los catorce oasis en los que yo había absorbido las exudaciones del dolor, y mi río se desbordó en torrente.
Ese fue el fin del rito, pero sólo el comienzo de los placeres de esa noche. Ahora fui yo quien le fustigó las nalgas, grandes como la luna y rojas para cuando terminé mis azotes. Yo también aprendí el arte de la flagelación, pues no era mi brazo el que sostenía el látigo, sino su corazón que lo atraía hacia su cuerpo, de modo que yo sentía que estaba azotando la marejada de su corazón. Luego, ante mi propia sorpresa y espanto, pues jamás había hecho esto antes (ni siquiera por Usimare), tomé esas montañas de faldas azotadas y acerqué la cara al pliegue de su asiento y, con ávida voracidad la besé en el lugar donde esconde su fragancia todo lo que pronto morirá. Después de tantos esfuerzos, olía como un caballo. Ella hizo lo propio conmigo, y rodamos con la cara escondida en el posterior del otro, y así, con esa ceremonia, nos casamos. Ya nunca seríamos iguales que antes. Ella me dio tantos besos en el portal del trasero, y tantas caricias me hizo, que terminé sintiéndome como un faraón, tendido de espaldas, sin saber si era el marido o la mujer de todo Egipto. Transportado por corrientes tan maravillosas, volví a sentir que había propósitos a los que ella no se refería y que me iba convirtiendo en el esclavo de sus vastas intenciones.
Comentario del editor: es muy interesante encontrar pasajes de grandes autores consagrados de la literatura con contenidos de spanking, en este caso Mailer remonta los azotes a la época de los faraones. Este pasaje lo encontré en un suplemento literario que cuenta con una serie de relatos eróticos, lamentablemente no todos de spank, bastante interesante (fuente: http://www.eltiempo.com/cambio/2006-12-28/ARTICULO-WEB-NOTA_INTERIOR-3381249.html )
Memorias de un spankee III
Autor: Cars
Es extraño, los giros que da la vida. Pareciera que no te mueves, que los cambios son lentos, espaciados y lógicos, pero cuando echas la vista atrás, estás muy lejos del lugar del que partiste, y ese lugar en el que te hayas no es ni por asumo en el que soñaste estar. Esa es la sensación que me invade cada vez que echo la vista atrás y veo donde estoy, apenas dos años y medio después de aquel primer encuentro con ella.
Cuando veo mi reflejo en cualquiera de los cientos de escaparates que me rodean, no me reconozco. Sé que soy yo, pero no soy capaz de ver ni un rastro de aquel que fui. No quisiera que entendieran estas reflexiones como una declaración de arrepentimiento, ¡en absoluto! Pero sí que lleguen a vislumbrar aun cuando fuere solo un ápice de lo que siento en estos momentos. Hoy al ver mi reflejo y no reconocerme no dejo de pensar sino será todo esto una locura, si toda la pasión que he creído sentir no era más que la demencia de un pobre diablo. ¡Pero no!.... ¿Cómo puede ser locura algo que te empuja hacia delante y te sumerge en la más deliciosa de las libertades? ¿Cómo puede ser demencia lo que te hace vibrar y te muestra la vitalidad que hay en tu interior? ¡No puede ser! Sin duda al entregarme a su voluntad, al dejar que me encadenará a sus deseos, ella me estaba dando la llave de la más absoluta y clara libertad.
No puedo más que sonreír al pensar en cada instante de los que viví a su lado. Desearla y no poder estar junto a ella, ¡eso sí es una locura! Y no la agridulce esclavitud a la que lentamente me he sometido.
Las horas continúan inexorables, y el amanecer está pugnando por hacerse un hueco en la oscuridad que envuelve a esta noche, y a estas calles. Aunque no siempre estuvieron así. Durante las noches de aquel primer invierno que pasé junto a mi AMA, las luces lo invadían todo. Se acercaba el fin de un año que para mí al menos había estado plagado de sorprendentes cambios, en especial los últimos tres meses.
Mi paso era rápido en medio de una marabunta de gente que se afanaban por realizar las últimas compras del año. Yo estaba muy nervioso, en los últimos minutos no paraba de mirar el reloj, se me hacía tarde, y el tiempo parecía correr en mi contra. Apresuradamente llegue ante su casa. Saqué las llaves con tanto apuro que se me cayeron al suelo. Una vez dentro, deje las bolsas en el salón, y me encamine al dormitorio, el reloj de pared dio las nueve. En menos de una hora la casa se llenaría de invitados. En la cocina un ejército de camareros preparaba los detalles de la cena que mi AMA había contratado. Una nota sobre la almohada llamó mi atención. Me acerqué. La abrí con nerviosismo. "Llegas tarde, ¡otra vez! Desnúdate y arrodíllate junto a la bañera estoy dándome un baño".
De una forma instintiva metí mi mano en el bolsillo de la chaqueta. Respiré hondo, después me desvestí lo más rápido que pude. Una leve música salía del baño. Entré, ella estaba en la bañera, al verme sacó un poco la mano, me arrodillé como ella me indicaba en la nota, y con delicadeza deposité un beso en su mano, tras lo cual ella la retiró.
-¿A que se debe tu retraso? -Preguntó sin mirarme.
-¡Lo siento! Me encontré con un atasco, y de después...
-Eso no es motivo suficiente -me interrumpió sin levantar la voz- en el futuro tendrás que prever esas cosas para ser puntual, y evitar que te tenga que castigar.
-¡Si mi AMA! -contesté casi en un susurro.
Aquella situación era nueva para mí, nunca antes había estado presente cuando se bañaba, y no sabía como debía actuar. Tras unos minutos se levantó, yo la miré. Fue en ese instante, cuando vi su cuerpo moreno brillar bajo el agua que empapaba su piel, cuando supe que no deseaba estar en ningún otro lugar. Me levanté, ella me indicó con la mirada una toalla. Yo me apresuré a cogerla y comencé a secarla. El leve contacto de de mis dedos con su piel, era suficiente para que me sintiera muy excitado. Lentamente salió de la bañera, y yo continué recorriendo cada palmo de su piel. Sentía su olor, su calor, y su respiración. La rodee desde atrás con la toalla en un cálido abrazo. Ella no dijo nada, tras unos segundos se apartó.
-¡Limpia esto! -Me dijo mientras salía del baño.
Yo la observé mientras que se alejaba. Cada vez que estaba cerca de ella, el corazón me latía a mil por hora y todo mi universo se reducía a ella, a su mirada. Sin pensarlo una vez más, comencé a limpiar, a los pocos minutos, cada cosa estaba en su lugar, y al igual que mi voluntad y determinación, todo estaba en un fino pero estable equilibrio. Me ví reflejado en el espejo, era yo, pero se me antojó verme distinto, extraño pero en paz. Estaba inmerso en cientos de divagaciones cuando su voz me devolvió de golpe a la realidad. Me reuní con ella, aun seguía desnuda, sentada ante su tocador.
-¡Acércate! -Me indicó nada más entrar en el dormitorio.- Esta noche va ha ser larga, y vamos a tener invitados, por lo que voy a tener que castigarte ahora. ¡Ven! -señalo su regazo.
Yo me acerqué, y me incliné, ella me acomodó sobre sus rodillas, hasta que estuve a su gusto. Tras unos minutos en los que me remarcó cada uno de mis errores, comenzó una azotaina severa. Su mano impactaba una y otra vez en mis glúteos y muslos. En esta ocasión había omitido la suavidad con la que comenzaba los castigos. Pronto mis lágrimas brotaron de mis ojos. En ese instante, se detuvo. Por primera vez acarició mis nalgas enrojecidas. Me indicó que me incorporara. Y me miró a los ojos. Una leve sonrisa, y una delicada caricia para secar mis lágrimas.
-¡No tardes en ducharte, hoy me vestirás tú!
-¡Como ordenes mi AMA!
No podía creerlo, pese a haberme azotado con más dureza, el castigo había durando mucho menos de lo que yo pensaba. Sin duda la cercanía de la hora jugaba a mi favor. Con decisión me dispuse a seguir sus órdenes. Di un paso, sentí su mano que tiraba de la mía. Me volví.
-¡No tan rápido Andy! -Mi rostro mostraba la sorpresa que me invadía en esos instantes.- Aun no hemos acabado, esto ha sido el calentamiento, ¡ven! -Me condujo ante el tocador.- ¡Cielo! ¿De verás pensaste que tu descuido sólo merecía esa tundita?
-¡No mi AMA! -susurré mientras bajaba la vista.
Ella me inclinó sobre el tocador, acarició mi espalda con un dedo, y cuando llegó al final, descargó una palmada que retumbo en toda la estancia. -¡Claro que lo pensaste!- Dijo en mientras descargaba una docena de palmadas más. Tras un ínfimo descanso, dejó un beso en mi mejilla. Vi de reojo como cogía un cepillo de madera del tocador, lentamente se puso detrás de mí, y comenzó a golpearme con él. Eran golpes secos, pausados. Midiendo a la perfección el lugar en el que golpeaba. El tacto de la madera era diferente a todo lo anterior, ni la zapatilla ni el cinturón tenían la más mínima comparación. El dolor pronto me hizo gritar suplicando, gritos que de no haber estado el dormitorio insonorizado hubieran sido oídos en toda la casa. Se detuvo. Durantes unos instantes me acarició. Yo me deshacía en un llanto descorazonador. Tras ese leve descanso, los azotes continuaron durante unos minutos más. Cuando al fin terminó el trasero era una autentico volcán al rojo vivo. Ella me abrazó con ternura, después me besó apasionadamente. Su mano acarició mi sexo. Fue en ese instante cuando reparé en que pese al dolor y al llanto, un fuego extraño pero placentero me hacía mantener una erección, que era del pleno agrado de mi AMA.
-¡Ahora puedes ir a la ducha! -Me dijo ella mientras me volvía a besar.
Tras una rápida ducha, me dirigí nuevamente al dormitorio, ella estaba ya maquillada, aunque permanecía desnuda. Con movimientos pausados, saqué un tanga rojo del cajón, y se lo ayude a colocar, prenda a prenda fui vistiéndola. Continuamente nuestras pieles se rozaba y se tocaba, aquellos pequeños contactos hicieron que volviera la erección, pese al dolor que sentía en mi trasero, o debería decir que era gracias a ese dolor, y al calor que sentía. Porque aunque en ese momento no lo asumiera, ella estaba dejando a la luz mi alma de sumiso, igual que un escultor va dejando visible su obra quitando los trozos que impiden verla, ella con cada azote, con cada nalgada me estaba ayudando a descubrir, que en el fondo yo siempre había deseado eso. Ser castigado y deseado a la vez.
Los minutos pasaban, y ella estaba casi vestida. Unas medias negras, un traje de gasa del mismo color, con los bordes del escote dorados, sin mangas y que dejaba ver su espalda. Se sentó, yo me dirigí al pequeño cofre en el que guardaba las joyas, escogí un colgante de oro blanco que ajuste a su cuello con delicadeza, unos pendientes y una pequeña pulsera a juego. Ella me sonrió. Después me dirigí al armario, con rapidez escogí unas sandalias de tacón doradas, a juego con un bolso de mano. Me arrodille junto a ella y tras besar cada uno de sus pies le calce aquellos zapatos. Una vez vestida se levanto, yo permanecí de rodillas.
-¡Andy! vistete y ve al estudio hasta que te llame. -Tras estas palabras se encaminó a la puerta.-
-¡Mi AMA! -Le dije levantando la cabeza.
-¡Sí! -Se volvió.
-Aun le falta algo mi AMA.
Ella se miró de arriba a bajo, sin entender a que me refería. Yo me dirigí hacia mi chaqueta, y extraje una pequeña caja. Corrí a su lado, y me arrodille al tiempo que le entregaba aquella caja cuadrada de color rojo y oro.
-¿Qué es? -Preguntó mientras que la abría. El silencio se adueño de su garganta extendiéndose por toda la estancia. Sus ojos se abrieron al máximo a ver un pequeño anillo de oro blanco con un diamante engarzado en un soporté que eran dos pequeñas manos.
-¿Qué significa esto?- Alcanzó a decir mientras clavaba su mirada en mis ojos.
-¡Mi AMA! -Comencé a decir- estaría muy orgulloso si me permitiera ser su esposo.
-¡Es un anillo de compromiso! -Susurró al tiempo que se arrodillaba ante mí.- ¿Me estas pidiendo matrimonio? ¡Pero si apenas me conoces!
-Mi AMA, solo sé que quiero pasar el resto de mi vida junto a ti, sé que hoy te he defraudado, pero...
-¡Para, para! -Ella me puso los dedos mis labios, al tiempo que se levantaba y me cogía de la mano para que yo también me levantará. -¡No mezclemos las cosas! Te castigo porque me interesas, por que veo que sexualmente me correspondes con mis gustos, pero eso no significa que me falles cada vez que metes la pata, ya que si no lo hicieras nuestra relación caería en la rutina y... -Hizo una pausa, las ideas se agolpaban en su mente y la respiración se agitó.- Pero pese a que me gustas, no sé si estoy preparada para esto, -señaló el anillo- lo que me pides, o mejor dicho lo que me ofreces es mucho más de lo que yo esperaba, y dudo que sea un momento propicio para contestarte.
Aquellas palabras se clavaban en mi corazón como afiladas hojas ardientes. Cada sílaba era como un abismo que ella se molestaba en colocar debidamente entre nosotros. Un extraño nudo se formó en mi garganta. Era como si de repente alguien hubiera sacado todo el aire de la habitación. Mi mundo se alejaba y me dejaba sumido en el más frío de los abismos. Ella pareció leerme la mente. Sus manos cogieron las mías y nuestros ojos se perdieron en los del otro. Intenté hablar, pero las palabras no alcanzaron mi garganta, quedándose en un extraño suspiro.
-¡No te estoy rechazando! -Me dijo lentamente.- ¡Solo necesito tiempo para pensar, y darte una respuesta! -Asentí, por un momento pensé que sus siguientes palabras iban a ser. "No eres tú, soy yo" o "Estamos bien como estamos" o cualquier otra frase parecida. ¡Pero no! Se limitó a darme un beso y alejarse dejándome allí de pie en medio de la estancia.
Las horas siguientes pasaron con suma lentitud, las paredes del estudio parecía que me iban ha aplastar. En el comedor se oía risa y brindis, yo no entendió por que me castigaba nuevamente privándome de la cena, y por consiguiente de su compañía. A la mayoría de los invitados ya los conocía. Ella me los había ido presentando fugazmente, así que no comprendía como la noche de fin de año ella me relegaba a la soledad del estudio. Un camarero trajo unos platos colmados de comida y una botella de vino, manjares que en cualquier otra ocasión yo habría casi devorado, ahora apenas llamaban mi atención. En medio de esa soledad, y por unos breves instantes, me pregunté que hacía allí. Igual que un rayo nace y muere en unos segundos, el pensamiento de alejarme de aquella casa y de su dueña me atravesó la mente y el corazón. ¿Pero a donde iba a ir? Si el mero echo de saber que ella estaba en la habitación contigua me llenaba de tranquilidad, me sentía a salvo. Lentamente me acerque a la comida y la saboree, picando de aquí y de allí.
Faltaban quince minutos para las campanadas cuando un camarero irrumpió en el estudio.
-La señora le pide que se reúna con ella en el comedor.
Los pies me llevaron casi a la carrera, cuando entre todos estaban apunto de dar un brindis, alguien me ofreció una copa, y brindamos por el año que finalizaba. Un camarero pasó con unos cuencos que portaban las uvas de la suerte. Uno a uno los invitados se fueron colocando ante un televisor para ver la retrasmisión de las ansiadas campanadas. El camarero se acercó a nosotros. En la bandeja solo que daba un cuenco. Yo le hice una seña para que fuera ella la que lo tomara.
-¡Cojélo tú! -Me dijo.- ¡Nunca me ha gustado esta costumbre! -El camarero me acercó la bandeja.
-¡Gracias, yo tampoco tomo nunca las uvas! -Ella me miró extrañada.- ¡En serio! Ni de pequeño me gustaron las uvas.
El camarero se alejó, mientras que comenzaron a sonar los cuartos. Todos se prepararon para las campanadas. Ella levantó su copa para brindar conmigo. Al levantarla, puede ver que el anillo brillaba en su dedo. Una sonrisa iluminó su rostro ante mi asombro, intenté hablar, pero ella me besó, impidiendo con su beso que salieran mis palabras, bebimos en medio de una gran alegría. Yo pasé mi mano por su cintura, y ella hizo lo propio. La primera campanada sonó. En ese instante ella dejó caer una palmada en mi trasero. Todos los invitados estaban concentrados mirando fijamente al enorme reloj de la Plaza del Sol, por lo que no se percataron de aquel gesto. Nos miramos, y ella me hizo un guiño. La segunda campanada repicó, y nuevamente un azote impactó en mis nalgas. Una a una hasta doce palmadas reavivaron el dolor que sentía por la paliza anterior, pero mi corazón irradiaba una alegría que no podría describir, por no decir lo que reavivo en otras zonas de mi cuerpo. Tras un sonado brindis mi AMA y yo nos fundimos en un apasionado beso. Todo a nuestro alrededor desapareció, todo el mundo dejó de existir en esos instante en el que solo existían nuestros corazones latiendo al unísono, cuando nos separamos de aquel beso éramos un solo corazón. El mío estaba ya tan encadenado al de ella como lo había llegado a estar mi cuerpo al suyo.
La noche continúo con un periplo por los pub y discotecas de la zona. Y con los primeros rayos del sol, yo nacía como un hombre nuevo, junto a aquella mujer, a la que sin saberlo comencé a amar desde el día en el que la vi por primera vez.
Memorias de un spankee II
Autor: Cars
¡MI AMA!..... Aquella palabra era totalmente desconocida para mí, y a pesar de entender, no alcanzaba a comprender lo que para mi vida significaba. Aquella primera noche, el dolor y la excitación se mezclaron en mi alma, y formaron un complejo entramado de cadenas y que ataban más y más a ella. Las horas de la noche transcurrían, y yo no podía dormir. Estaba allí, junto a una mujer hermosa, de la que desconocía hasta el nombre. La contemple en su sueño, un brazo me rodeaba la cintura y sentía el calor de su cuerpo junto al mío. Era un ser extraño, sensual y misterioso. Y a medida que la iba observando fui dándome cuenta que sabía lo que necesitaba saber de ella. Descubrí que desde el primer momento en que nuestras miradas se cruzaron y le pertenecía, y como me acababa de decir, ella era MI AMA, y todo lo demás sobraba.
Ahora, estas calles desiertas, me muestran la soledad que su partida ha dejado en mi corazón. Y no se porqué mis pasos no me llevan al refugio de mi hogar. Aunque pensándolo bien, tal vez sea porque ella era ese hogar, con su ausencia me ha arrebatado eso también. Estas calles son lo único que me queda de ella, cada rincón en el que estuvimos juntos, reaviva su recuerdo, y me reconforta. He llegado hasta la primera tienda en la que estuvimos juntos, y en la que mi entrega se hizo patente, como un contrato que te vincula indefinidamente a la otra persona.
Llevábamos dos días sin salir de casa, por lo que me sorprendió la determinación que mostró al decirme que íbamos de compras. Me vestí lo más aprisa que pude, y al salir el sol me golpeo con virulencia la cara. La miré de reojo, estaba bellísima. Vestía una falda blanca por encima de las rodilla, una blusa de sisa con unas letras doradas que no recuerdo que decían. Completaba su atuendo unos zapatos negros de tacón. Pero sin duda, lo que más recuerdo es el aroma de su piel cuando me acerque para darle un beso en la mejilla. Respiré hondo hundiendo mi cara en su cuello y dejando que su pelo me envolviera. Ella sonrió, y dejó un suave beso en mis labios.
-¡Me has hecho esperar! -Susurró mientras que comenzaba a caminar- ¿Has cogido el dinero que dejé en la mesa? -Asentí- No quiero llevar el bolso hoy.
Yo camine a su lado, en varias ocasiones intente cogerla de la mano, pero ella siempre rehusaba tal acto. La cuarta o quinta vez que lo intenté, ella se paró, se puso delante de mí obligándome a parar.
-¿Qué haces? -Me preguntó secamente.- Llevas toda la mañana intentando coger mi mano.
-¡No sé! -Estaba confundió, y temeroso de decir algo inapropiado. - Me gustaría caminar teniendo tu mano entre la mía.
-¿Te gustaría? -Repitió ella con cierto enfado.- ¡Cuándo te he hecho creer que tus gustos son relevantes para mí!
-Yo pensé... -las palabras no alcanzaban a salir por mi garganta. Ella levantó la mano para abofetearme. Durante unos instantes me pareció sentir la bofetada, pero ante mi sorpresa, bajó la mano.
-¡Esto es un error! -se giró y volvió sobre sus pasos.- ¡Ve a tu casa, y olvida estos dos días!
Durante unos instantes, el mundo bajo mis pies pareció desaparecer, y yo me sentía caer en un vacío oscuro y frío, del que no podía salir. Todo a mi alrededor pareció ralentizarse, la gente y los edificios todo parecía girar enloquecidamente. La miré mientras se alejaba, y una oleada de frío me envolvió amenazando con petrificarme. En ese instante de mi interior salió una extraña oleada de calor, todo mi ser ardía desesperadamente. Sin entender qué había echo mal, corrí tras ella. Sólo sabía que no podía perderla. Que fuera como fuera debía recomponer lo que hubiera roto. Sin duda, al no golpearme me había herido mil veces más que el peor castigo físico que me hubiera podido infringir.
-¡Espera por favor! -Le supliqué poniéndome delante.
-Tengo prisa. -Su voz iba cargada de desdén.
-¡No sé qué he podido decir que te ha ofendido, pero te pido perdón! ¡Necesito tiempo para saber cómo comportarme! -Ella me miraba pero su rostro seguía serio, distante.
-¡Mira! -Comenzó a decir- Yo no tengo las ganas de perder el tiempo con medias tintas. Y no creo que tú quieras tomarte las cosas tan en serio como yo. -Hizo ademán de seguir andando, pero yo no me moví..
-¡Hace tan solo dos días que nos conocemos! -Comencé a decir.- Y todo lo que he experimentado junto a ti ha sido contradictorio. Me asusta pero a la vez me atrae y hace que sólo desee someterme. -Tomé aire, durante unos instante algo en sus ojos cambió, un leve brillo me hizo saber que había un pequeño rayo de esperanza.- Antes me preguntas porque insistía en cogerte de la mano, y yo dije que "me gustaría" porque me daba miedo decir lo que realmente sentía.
-¡Miedo! ¿Miedo a qué? -Me dijo.-
-Miedo a decir que necesito cogerte de la mano, miedo a reconocer que pese a no saber ni tu nombre, necesito el tacto de tu piel, el calor de tu cuerpo, porque sin él, un frio extraño y gélido arrasa mi interior. -El silencio se instalo cómodamente entre nosotros, y amenazaba con ser eterno.
-¡Eso es lo más hermoso que me han dicho nunca! ¿Pero porque he de creerte? -Tras decir esas palabras, se movió a la derecha y reanudó su marcha.
-¡Porque eres mi AMA! -Le dije casi susurrando.- Y ya no podría vivir sin ti.
Ella se detuvo, lentamente se giró. Yo permanecía de pie, mirándola. Una extraña sensación recorrió mis mejillas. No sé exactamente cuándo comencé a llorar, pero lo cierto es que cuando ella se acercó a mí, mis ojos estaban nublados por aquellas lágrimas tan saladas como el mar. Su mano rozó levemente mi piel, secándola. Una leve pero reparadora sonrisa fue para mí como una bocanada de aire fresco.
-¡De veras soy tu AMA! -Me preguntó. Yo asentí.- Andy, hace unas horas que nos conocemos, solo dos días, y no es mucho para saber que tu entrega es sincera. Si lo que me has dicho hoy es cierto, un día podrás dar rienda a tus deseos, y pactaremos unas reglas, unos limites y avanzaremos. Pero hasta que me puedas demostrar con hechos tus palabras, no tendrás ese derecho.
-¡Pero soy sincero, y mi entrega es total! -Protesté.
-Eso espero, y pronto me lo podrás demostrar.
Ella volvió a acariciarme la mejilla, y comenzamos a caminar entre la gente. Tras unos minutos, llegamos a una tienda. Entramos y en el acto una dependienta se acercó a nosotros. El local estaba lujosamente decorado. Bolsos y zapatos llenaban las finas estanterías de cristal.
-¡En que podemos servirles! -Pregunto amablemente la empleada. Mi AMA me susurró al oído lo que debía decir.-
-¡Estamos interesados en ver algunos cintos de mujer! -Repetí.
-Por supuesto señor. ¡Síganme! -Comenzamos un recorrido por la tienda, hasta llegar a unas perchas de la que colgaban unas docenas de cinturones.- ¡Aquí los tiene! Si necesitan algo estaré encantada de ayudarles. -Ella volvió a susurrarme.
-¡No! -Repetí en voz alta.- Ya nos apañamos solos, gracias.
La dependienta se alejó unos pasos, mientras que yo comenzaba a coger uno por uno aquellos cintos, y se los enseñaba a mi AMA. Ella negaba con la cabeza, o asentía según fuera de su agrado o no. Tras unos minutos, cogía uno con una hebilla formada por dos aros, era de cuero, bastante ancho, y su color era marrón. Me llamo la atención por lo pesado que era. Se lo mostré, ella asintió y lo cogió en sus manos, después se lo puso en la cintura y se miró a un espejo. La miré de reojo, y la vi probárselo. Volví a mirar al frente, ya que no quería incomodarla. Sentí sus pasos acercarse, y de una forma súbita, sentí impactar el cuero en mi trasero. El sonido fue seco, amortiguado por la tela de mi pantalón. Pero el escozor no tardo en aparecer. La miré con asombro, y con cierto miedo.
-¿Algún problema?
-¡No mi AMA! -Ella me sonrió, y depositó un beso en mi cuello.-
Un nuevo azote, cayó en mi trasero. Esta vez el dolor fue agudo. Miré a mí alrededor, y pude ver la mirada de sorpresa de la empleada, que nuevamente había oído el golpe. Un tercer azote me sobrevino ante la mirada de la muchacha que corrió hacia nosotros.
-¿Qué hacen? -Comenzó a decir al borde de un ataque de nervios.- ¡No pueden...
-Mi AMA ha creído necesario probar el cinturón antes de comprarlo. -Le interrumpí mientras me acercaba a ella y buscaba con la mirada la aprobación de mi AMA.-
-¡Pero no es el lugar! -Protestó ella.
-¡Mire, ahora no hay clientes, y a mi AMA le gusta probar las cosas antes de comprarlas. -Con un rápido movimiento saque un billete de cincuenta euros de la cartera y lo deje en las manos de ella.- ¡Confiamos en su discreción y su comprensión!
Cuando la dependienta vio el billete en sus manos, dejó escapar una sonrisa y me hizo un guiño. Después se retiró un poco. Yo regrese junto a mi AMA, una sonrisa de aprobación, y una seña para que me diera la espalda fue su respuesta. Tras unos segundos volvió a descargar otro azote sobre mi trasero. Con tranquilidad fue azotándome, sin escatimar fuerzas. Tras una treintena de azotes se acercó a mí, y me acarició la zona castigada. Mis ojos estaban llenos de lágrimas, y paradójicamente pese al intenso dolor que sentía mi trasero, mi corazón rebosaba felicidad.
Mi AMA se puso delante de mí, y dejó un tierno beso en mis labios,
-Estoy orgullosa de ti- me susurro al oído.
Mi excitación era patente, como lo era la atención que nos prestaba la dependienta, ya que durante todo el castigo no había apartado ni un minuto la mirada de nosotros. Mi AMA se acercó a ella. Durante unos minutos estuvieron hablando. La muchacha mostraba un extraño nerviosismo. Los colores le subieron al rostro, me miró fugazmente por encima del hombro de mi AMA. Ambas mujeres eran de una estatura similar. La chica lucía una cabellera rubia bastante corta, peinada hacia atrás, una piel blanca en la que resaltaba el rojo de sus labios y el azul de su mirada. Tras unos minutos ambas mujeres se acercaron a mí. Yo desconocía por completo lo que pretendía mi AMA. Acercó un taburete y puso el pie en él. Después me atrajo hacia ella, me rodeó con sus manos el cuello, y pego sus labios al lóbulo de mi oreja.
Miré de reojo a la dependienta que se había colocado de tras de mí. Con asombro puede ver que se descalzaba el pie derecho, y cogía la chinela del suelo.
-¡Ella no! -Supliqué.
-¿No confías en mí? -Me susurró ella al oído. Yo asentí. Ella me beso tiernamente en el cuello.- ¡No te preocupes, entrégate a mi voluntad!
En ese instante procuré relajarme, mi AMA me inclino un poco más sobre su pierna. Y tras hacerle una seña a la chica, esta comenzó a golpearme en el trasero con la chilena. Una y otra vez me azotaba con fuerza. Unas serie de golpes en una nalga, después en la otra. La azotaina parecía que no iba a tener fin. Yo me deshacía en un llanto en los brazos de mi ama, a medida que comprobaba con estupor, que la erección lejos de desaparecer había aumentado. El sentir el tacto y el calor de mi AMA junto a los azotes que me propinaba aquella desconocida provocaban en mí una extraña y excitante sensación.
La paliza llego a su momento álgido, los azotes se sucedía. Y el dolor amenazaba con volverme loco. Ella le hizo una seña, y la muchacha ceso el castigo. Me incorporé, miré a mi verduga, en medio de un mar de lágrimas, y puede ver reflejado en su rostro una enorme satisfacción. Le sonreí, ella me hizo un guiño, y se calzó la chinela. Después me volví hacía mi AMA. Su rostro también brillaba de felicidad.
-¡Estoy muy orgullosa de ti! -Me dijo, antes de darme un beso apasionado en los labios.
-¿Les envuelvo el cinturón? -Interrumpió la dependienta. -
-¡Si por favor! -Si contestó mi AMA
Nos encaminamos a la caja, yo me frotaba el trasero que me dolía horrores. Entonces reparé en que la puerta estaba cerrada con pestillo, miré a la dependienta.
-La cerré cuando me dio el dinero, pensé que así estarían más tranquilos.
-¡Gracias! -Le dijo al tiempo que cogía la vuelta.
Yo cogí el paquete y salimos a la calle. La gente se movía de un lado para otro ajenos a la extraña experiencia que había tenido lugar a escasos metros de ellos. Volví a mirarla, llevaba una sonrisa radiante. Tras unos metros de sentí como su mano agarraba la mía. Fue como entrar de golpe en el paraíso. Sentir su tacto, su calor y su amor a través de aquel contacto era el mayor de los regalos. Por un momento el dolor de mi trasero desapareció, -por un momento muy corto eso sí- y solo sentía una enorme tranquilidad.
Durante toda la tarde paseamos por estas calles hoy desiertas cogidos de la mano, y soñando con nuevas sensaciones.
- FIN -
Memorias de un spankee
Autor: Cars
Hoy, la noche parece más solitaria que de costumbre. Estas calles antaño recorridas con avidez por encontrarme con su mirada, se me antojan tan desiertas y desoladas como mi propia alma. Miro adelante, a un punto inconcreto entre las sombras de una ciudad ya callada y en calma, como si al hacerlo, en medio de esas sombras pudiera verla de nuevo. ¡Pero no! no es posible ya que está lejos. A una distancia insalvable para mí, ya que es la que marca el tiempo y no el espacio. Es una distancia emocional más que carnal. Atrás queda lo vivido, el mundo de sensaciones que abrió ante mí. Ese sabor agridulce que tiene la entrega.
Aun me parece que puedo oler su perfume. Sentir la suavidad de su piel, y sentir los latidos de su corazón. Aquel otoño… ¡Cómo recuerdo aquel aroma a humedad y frescor! Estaba radiante, en medio de una multitud que no podía eclipsar su donaire y su alegría. Nos miramos un instante pero fue como si el tiempo se detuviera para reiniciarse en un mundo distinto. Desde el comienzo marcó con firmeza la senda, y yo una vez me hube perdido en su mirada no pude por más que seguir por ella sin saber que al final ansiaría lo que me imponía como ansiamos el aire para respirar.
Desde que entré en el local no pude separar los ojos de ella. Una cascada rojiza de pelo ondulante caía por una espalda tersa y morena, se movía al son de una música que no cesaba. Yo me ruboricé cuando nuestras miradas se cruzaron. Ella sonrió y yo baje la vista como haría un colegial sorprendido en alguna travesura. Cuando la miré de nuevo, ella me dedicó una sonrisa. Tras varios minutos de miradas, se acercó a mí.
-¿Cómo te llamas? -me preguntó acercándose a mi oído para que la música no ahogara sus palabras.
No daba crédito a lo que pasaba, por lo que tardé unos segundos en contestar. Ella me miraba a la espera de esa respuesta que yo no era capaz de articular.
-¿No me has oído, o es que te gusta que te repitan las cosas?
-¡No, no lo siento! –me apresuré a decir saliendo de ni embobamiento- ¡Discúlpame por favor! Me llamó Andy.
-Y dime Andy. –hizo una leve pausa para mirarme- ¿Porqué no has parado de mirarme?
-¡Yo…! –no podía creer lo directa que era aquella desconocida que conseguía turbarme de aquella manera. El suelo pareció temblar a mis pies- No quería molestarte, solo que me pareces muy guapa y…
-¿Y?
-¡Lo siento tengo que irme! –me levanté. Mi cuerpo temblaba por el nerviosismo. Y ella parecía disfrutar con ello. .
-¡A mi también me pareces muy interesante! –me dijo reteniéndome levemente del brazo y hablándome al oído- Es una pena que te vayas, pensaba pedirte que me acompañaras al coche, y así podíamos charlar sin tanto ruido.
No entiendo muy bien lo que sucedió, lo cierto es que en pocos minutos me ví andando por estas calles hoy grises y solitarias con ella. Durante el camino me estuvo recriminando medio en broma medio enserio mi actitud al mirarla tanto y no contestarle al momento. No le di mucha importancia al menos hasta llegar junto al coche.
-¡Gracias! –me dijo tendiéndome la mano- Ha sido un paseo muy agradable, pero todo llega a su fin.
-Para mí también lo ha sido. Le respondí al tiempo que apretaba levemente su mano, y sentía su tacto y su calor. Alcé la mirada reteniendo su mano, y me perdí en aquella mirada coralina. Fue ahí, en ese instante, cuando supe que estaba prisionero de su voluntad.
-¡Andy! Me gustaría invitarte a mi casa a tomar una copa. –me dijo con seguridad- ¿Te apetece?
-¡Mucho!
-No sé, creo que no es buena idea. –eijo separándose bruscamente y abriendo la puerta del coche.
-¿Por qué no es buena idea?
-Eres un buen chico. Pero…
-Te prometo que seré un caballero.
Ella sonrío, su rostro irradiaba seguridad y alegría. Tras unos segundos, aquella sonrisa se borró y su tono cambio radicalmente.
-¡Está bien, sube al coche! ¡Ya veremos!
Durante el camino nos enfrascamos en una conversación de lo más intrascendente. Tras unos minutos llegamos a un chalecito con setos y un portón de hierro, que se abrió al aproximarnos. El salón estaba decorado con un gusto exquisito. Ella se acercó a una mini cadena y puso un CD de música romántica.
-Voy a cambiarme –dijo mientras salía del salón- Prepara unas copas. Para mí, un martini con tres hilos y una aceituna.
Yo me apresuré a servirlas. Cuando regreso yo ya la esperaba con las copas en la mano. Ella se había quitado la ropa y vestía una camiseta que le llegaba a los muslos, y unas zapatillas. No sé porque me fije en ellas, pero lo hice. Ella se acercó y cogió el martini.
-Ponte cómodo, sácate la chaqueta, o… es que ya te vas.
-¡Claro! –cuando colgué la chaqueta en el perchero, note que algo pasaba, me giré ella estaba casi sentada en la mesa del comedor mirando su copa.
-¡Andy! Te dije en el bar que no me gusta repetir las cosas.
-¿Qué? -¡Tres hielos! sonó en mi mente, y yo solo le puse uno. La verdad es que no me pareció tan importante como me lo parecía ahora- ¡Ah! Disculpa, déjame la copa ahora te pongo dos más.
-¡No importa! Ven. -me dijo mientras se sentaba en la mesa y me extendía los brazos.
Yo me acerqué y me puse entre sus piernas. Ella me besó ligeramente en los labios. -¿Qué vamos ha hacer para que me entiendas a la primera? -Nos volvimos a besar
-Dame tiempo… -le susurré mientras le besaba el cuello.
Sentí su mano en mi espalda, y un segundo después, aquel primer azote sobre los pantalones. Fue lo bastante fuerte como para que llamara mi atención. La miré con una sonrisa en los labios. Ella me besó. Y nuevamente su mano golpeó mi trasero.
-¡Creo que necesitas un incentivo para que prestes más atención!- Su mano me golpeo varias veces seguidas. Ya comenzaba a sentir un picor que me hizo alejar de ella.
-¿Qué haces? –le pregunté frotándome la zona golpeada.
-Creo que esta bastante claro… –me dijo sin apenas inmutarse.- Necesitas un poco de disciplina. ¿Quieres venir aquí antes de que me enfade?
-¡Quiero aclarar algo antes de….!
-¡No hay nada que aclarar! Ven aquí o vete. ¡Ahora!
Su tono era implacable y no daba lugar a replica. Movido por un extraño impulso, me acerqué. Ella dejó ver una sonrisa, me rodeó con sus brazos, y me habló al oído.
-¡Me has hecho enfadar!, y ahora tengo que castigarte. Espero que no me enfades más de lo que estoy.
La miré. Ella me beso fugazmente en los labios, antes de hacer que me inclinara un poco. Su mano acarició mi trasero unos instantes, para comenzar luego a azotarlo con dureza. Su mano caía una y otra vez sobre mis nalgas. Eran azotes enérgicos. Tras unos cinco o diez minutos, permitió que me incorporara un poco, después sus manos hábilmente me desabrocharon los pantalones y me bajaron los slips. Fue en ese momento cuando reparé en lo excitado que estaba pese al dolor que sentía. Ella contempló por unos instantes el color rojizo que comenzaba a tener mi trasero, antes de continuar con la azotaina, pero esta vez sin ropa que se interpusiera entre su mano y mi piel.
Los azotes se sucedían, mientras ella se dedicaba a aleccionarme sobre mi comportamiento. Una y otra vez su mano golpeaba mis nalgas, y el dolor era tan intenso que por momentos consiguió que las lágrimas afloraran a mis ojos. Tras un tiempo que no soy capaz de precisar se detuvo. Acaricio la zona golpeada, y me abrazó con cierta ternura. Yo la besé. Ella se levantó y tiró de mí conduciéndome hasta el dormitorio. Por el camino dejé los pantalones, manteniendo sólo la camisa. Durante esos minutos ninguno articuló ni una palabra. Nuestros cuerpos latían y se comunicaban sin necesidad de hablar. Ella se sentó en la cama. Y tiró de mí hasta que quedé de rodillas entre sus piernas. Busqué su boca pero rehusó. Yo besé sus manos, sus brazos, sus muslos, ella levantó mi cabeza, y me miró a los ojos.
-¿Me has pedido permiso para besarme? –me preguntó en un susurro.
-¡No!
-¡Ya! Tendré que explicártelo de una forma que lo entiendas.
Ella bajó la mano y se descalzo cogiendo una zapatilla, después me indicó que me tumbara sobre su regazo. Pese a mis protestas, me acomodó a su gusto, y comenzó una azotaina larga y pausada. Sin prisas pero sin escatimar fuerzas. La zapatilla golpeaba una y otra vez mis nalgas en medios de sus reproches y sus regaños. Bastaron unos pocos azotes con la zapatilla, para que rompiera a llorar como un colegial. Yo, pese al dolor me entregué a su voluntad, y sentí como aquella paliza pese a doler como dolía también me excitaba sobremanera. Tras una veintena de zapatillazos especialmente fuertes, dio por terminado el castigo. Mi trasero para entonces ardía y dolía horrores. Ella se levantó, y con delicadeza extendió una crema por él. Sus manos recorrieron mi cuerpo y nos amamos como nunca antes lo había hecho. Al terminar nos abrazamos.
-¿Cómo te llamas?
-¡Para ti! MI AMA….
Historia corta para un amigo spankee
Autora: Vivi Verde
Me imagino que si tu conciencia te acusa, la señora lo notará de inmediato en tu mirada.
Te hará pasar a su despacho, te va a hacer sentar, y mientras da vueltas lentamente en torno a ti te ira haciendo confesar, como si no quiere la cosa. Tú te pondrás nervioso con su mano en tu hombro, en tu cabeza, en tus mejillas, y de a poco le irás relatando cuan mal te has comportado... A veces sus piernas rozarán las tuyas, y sentirás que sudas, mientras escuchas el rítmico sonido de sus tacones en el piso.
Luego de tu confesión, hará que te pares, y te guiará hacia un sillón que hay en su despacho. Ella se sentará, y te soltará el cinturón. Luego te abrirá el botón de tus pantalones y te bajará el cierre. Sonreirá tranquilamente ante tu nerviosismo. Te bajará los pantalones, los calzoncillos, y se enojará al ver que estás un poco excitado, y que tu ropa interior no está completamente seca, como debería estar en un muchacho como debe ser. Te reprenderá, y hará que te arrodilles frente a ella, hará que pongas tu guatita sobre sus rodillas, y te acomodará lo suficiente para que tus nalgas queden en la posición adecuada para la zurra que te va a dar.
Luego, sentirás que su mano izquierda sujeta tu espalda, y que su derecha acaricia tus glúteos para que te relajes. De pronto, esa mano que te acariciaba se levantará, y sentirás una primera palmada en tu nalga derecha, luego otra en la izquierda, y así... No son tan fuertes, piensas. Pero el castigo se comienza a prolongar, y vas sintiendo el efecto acumulativo de lo que sabes será sólo el precalentamiento. Comienzas a sentir que te pica un poco, y puedes imaginar cuan rojito tu derrière debe comenzar a verse.
Ella de pronto se detendrá, y sentirás que algo estará buscando en un punto a tu espalda, lejos de tu campo visual. Intentarás volverte discretamente para ver qué es lo que te espera, pero la mano izquierda que sujetaba tu espalda tomará tu oreja izquierda, y te obligará a volver a mirar al frente. Ella te retará, y luego de una fuerte palmada en tus piernas y de un pellizco a tus glúteos, te acariciará ligeramente la cabeza y volverás a sentir que te sujetan la espalda.
Luego sentirás algo helado en tus calientes nalgas... Reconocerás esa sensación: es la de su temida regla de acrílico. Ella la pasará para que sepas lo que te espera. Te preguntará si recuerdas cómo se sentía una treintena, sin esperar realmente tu respuesta. Luego te preguntará si te imaginas lo que serían sesenta golpes con la regla. No espera que le respondas, pues es ella misma la que lo hace por ti. Te dirá que no importa que no sepas la respuesta, pues cuando salgas de su oficina ya lo habrás aprendido. Sentirás como la regla se separa de tu piel, y aunque sabrás lo que te espera el primer golpe te sorprenderá de todos modos. Y seguirán.
No te hará contar. Ella te golpeará en rápidas series de seis, dejando una breve pausa entre series para que puedas sentir el efecto, y puedas meditar sobre tu mal comportamiento. Te recordará cuan malo has sido, y cuánto necesitas ese castigo. Sentirás su mano inspeccionando tus más íntimas zonas, y ella notará cuan excitado estás. Ella se enojará aun más, y decidirá castigarte todavía más severamente. Te dirá que no admitirá más de ti tan vergonzosa actitud, y te prometerá darte tantos reglazos como sea necesario para que tu cuerpo pierda esa excitación tan poco adecuada en un buen muchacho. Te dirá que es su deber, y que no te va a defraudar. Y te prometerá que el castigo sólo se terminará cuando ella pueda verificar que no existe en ti entusiasmo alguno, porque sólo entonces el castigo habrá sido el adecuado. Y dicho esto reanudará la lluvia de reglazos, con más energía detrás de ellos.
Tú sentirás que es imposible no excitarse, después del discurso que te ha dado. Te preguntarás si podrás soportar lo que te va a dar. Pero confiarás en que ella jamás te hará verdadero daño.
Pasará mucho tiempo, y tanto tú como ella perderán la cuenta de los reglazos administrados. Llegará un momento en que te aburrirás, y querrás acabar. La señora te recordará que te pusiste en sus manos, y que es ella quien decidirá cuando has sido suficientemente castigado.
Intentarás pararte, y ella te sujetará. Te resignarás, y ella eventualmente considerará que ya has tenido suficiente. Dejará la regla de lado y estará satisfecha al constatar que tu cuerpo ya no te delata. Ella sonreirá, y acariciará tus nalgas. Ya no te sujetará con su mano izquierda, pero tú te quedarás en la misma posición.
Sentirás algo helado y viscoso chorreando tus nalgas, y sabrás que te va a poner cremita. Se sentirá fría contra derrière caliente. Sentirás sus manos masajeándolo. Y luego, sentirás como separa tus nalgas con una mano, mientras más cremita fría cae sobre tu ano. Sus dedos comenzarán a esparcir la crema en la zona, y sentirás que te excitas nuevamente. Ella también lo notará, y te dirá que cambies de actitud si no quieres que el castigo se reanude.
Se enojará al constatar que eso en vez de hacer que te calmes, te pone en un estado todavía peor. Te dirá que no puede creerlo, pero que parece ser que necesitas un castigo todavía más severo. Te preguntarás si te va a dar otra serie de palmadas y reglazos, pero no.
Ella introducirá tu termómetro en tu ano, y lo moverá para que te sientas algo humillado. Luego lo sacará y lo volverá a introducir en repetidas ocasiones, mientras te recordará cuan mal te estás portando, y cuan necesario es que ella te haga cambiar de actitud. En algún momento sacará el termómetro, y oirás el sonido de una mano cubriéndose con un guante de látex. Sabrás lo que te espera, e intentarás relajarte para que sea lo menos molesto posible. Sentirás un dedo recorriendo el surco entre tus nalgas, amenazando introducirse en tu ano en cada pasada. Comenzarás a desear que se meta de una buena vez, en vez de tenerte así, esperando. Pero ella se tomará su tiempo, hasta que decida hacer una primera inspección.
Sentirás como su dedo se abre paso, y como se mueve tocándolo todo. Ella lo hará lento, y repetirá movimientos, asegurándote que necesita estar segura. Luego te dirá que con una opinión no le falta, y retirará su dedo. Sentirás un breve alivio antes de sentir que introduce lo que supones son dos dedos. Le preguntarás si ya no fue castigo suficiente, y ella se reirá. Te confesará que el castigo todavía no ha comenzado, y que lo que ha hecho es un simple reconocimiento...
Sacará sus dedos, y te preguntarás cual será el castigo. Escucharás una tapita, y el sonido hará que te acuerdes de ciertos molestos polvitos. Le dirás que no lo haga, que no te gusta. Y ella te recordará que se trata de un castigo, por lo que no es sorprendente que no te guste... Y te recomendará que te quedes quieto y cooperes, si deseas que dure poco y que te lave tu popín pronto. Decides quedarte quieto, porque o si no quién sabe cuanto tiempo vas a estar sintiendo los dichosos polvitos. Ella introducirá lo que parecen ser tres dedos, y a los pocos segundos comenzarás a sentir un calorcillo en el ano, que crecerá hasta transformarse en ardor. Le dirás que te duele, y que quieres lavarte. Te dirá que aguantes, y que ella misma te va a lavar cuando el castigo haya acabado. Te recomendará nuevamente que te quedes quieto, para que eso sea pronto. Sentirás como molesta tu zona.
Luego sentirás que se saca el guante. Te dará algunas palmadas, y sentirás más crema fría escurrir por tus testículos. Con su mano te esparcirá la crema. Si no fuera por el escozor en el ano, sería agradable. Ella te masajeará y te acariciará, con toda calma. Comenzarás a impacientarte. Finalmente te dirá que te pongas de pie. Sentirás que te duelen las rodillas, pero no reclamarás.
Ella terminará de desnudarte, y te conducirá al baño. Esperarás mientras regula la temperatura del agua, y cuando esté lista te hará entrar a la ducha. Te hará inclinarte, y te lavará el derrière.
Sentirás alivio cuando te lave al ano, a pesar de lo humillante de la situación. Luego cortará el agua, y te secará con una toalla. Te conducirá de vuelta al despacho, y te ayudará a vestirte. Te abrazará, y te besará la frente. Luego te dirá que puedes irte, y te recordará que te debes portar bien si no quieres que te tenga que volver a castigar.
LA PEOR PALIZA DE MI VIDA
La part més carnosa (en catalán, traducción al final del artículo)
Autora: Donot
Tinc experiència en les delicades arts del sadomasoquisme. De fet a casa tinc una masmorra en tota regla, plena de tota mena de complements:Cadira de Bondage, Poltre de Spanking amb triple ús, Creu de Sant Andreu, Pàrquing d’esclaus, Roda Medieval i una gran varietat de joguines minúscules, però perverses.
A casa practiquem Suspensió o Estiraments. Dutxa d’esclaus i Jocs Aquàtics. Tinc l’equipament complet per a Medical i fantasies hospitalàries.
La setmana passada, Per qüestions laborals, vaig conèixer una parella que va resultar ser molt lliberal. Al migdia mentre dinàvem a una terrassa davant el mar, vàrem començar a parlar d’aquest tema i els hi vaig explicar el meu desconeixement. Molt amablement es varen oferir, perquè anés a mirar una estona els seus jocs sexuals. La meva companya, es va oferir a fer les fotografies de la sessió de la parella d’spankers. Fotos, que per motius obvis no publicarem.
Vàrem pagar el compte i amb el cotxe ens vàrem dirigir tots quatre cap a una pineda propera. Una vegada allí, jo vaig estirar la meva tovallola a terra i em vaig acomodar per a fer de voyeur , la meva companya va preparar la càmera i la parella (A qui anomenarem Nin i Nina), després d’estirar una manta prop del cotxe i treure una cadira plegable però robusta del maleter, van començar amb els seus jocs.
Nina va seure a la cadira i amb la mirada va ordenar al seu nin que s’acostés. Li va abaixar els pantalons i va col•locar amb una agilitat increïble al Nin sobre els seus genolls, fent que ell quedés amb el seu paquet just sobre la seva cama dreta. Va ajustar la seva posició fins que el va obligar a quedar amb el cap penjant i l’estómac sobre el seu genoll esquerre, de tal manera que les seves natges quedessin com la part més alta del seu cos. Així, sobre els seus genolls va començar a donar-li alguns assots, forts però espaiats al principi per a després incrementar la força i la rapidesa.
Li picava amb contundència sobre la part més carnosa de les natges i aquestes anaven agafant un suau color rosat.
Ell, penjant literalment de les seves cames, de cap per avall, no tenia més remei que aguantar els assots tractant alhora de mantenir l’equilibri. Després de molts, (vaig perdre el compte) vaig pensar que segurament tenia les natges ja molt calentes i cremant... el suau color rosa ja havia passat a un vermell més fosc.
Nina va parar un moment i el va acariciar. De cop, s’aixeca de la cadira, el fa caure i podem veure com ell està ejaculant. Nina molt enfadada l’ alça del terra i l’empeny contra el capot del cotxe, deixant-lo allà recolzat, amb els Pantalons abaixats i el cul a l’aire. Tot seguit li ordena posar les mans al clatell. Ell obeeix. És el seu càstig per haver-se corregut sense permís.
Comença una allau de cops, barreja de suaus i forts, en sèries de 10, amb petites pauses per acariciar la zona assotada. Ella li va recordant amb cada cop, com de malament s’havia portat, li deia que era un gos i un autèntic porc.
Quan va acabar de castigar-lo, Li va ordenar incorporar-se i girar-se. Ell plorava. Nina va assecar les seves llàgrimes amb la mà mentre la deia que havia d’aprendre, que havia d’obeir tot i controlar el seu cos fins a aquest punt, per agradar-li. Ell va assentir amb el cap i es començaren a besar.
Ni recordaven la nostra presencia; en cap moment ens van mirar, però a nosaltres la seva experiència ens estava excitant molt. I encara va continuar.
Ell va canviar de cop de cara i va passar de ser un xaiet ferit a convertir-se amb un terrible llop. Es varen treure tota la roba i ara va ser Nina, qui va anar a parar sobre els genolls de nin. Ella estava com espantada, no s’atrevia ni a moure’s. Sense parlar, Nin va començar a acariciar les natges de Nina... suaument, fent amb les seves carícies que ella s’esgarrifés de plaer i de temor... per a després sense previ avís donar-li uns assots ben forts.-Obre les cames... - li va ordenar. Nina obeeix obrint-les només una mica... -Més... Tot el que puguis. - I ella ho fa, obre les cames tant com pot. Nin posa la mà sobre la vulva de Nina, tocant la humitat de la seva vagina... ella es cargola pel plaer... però Ell treu la seva mà d’allà i torna a picar-li les natges, aquesta vegada amb més força. Els cops i les carícies es van succeint fins que finalment varen acabar follant com si els hi anés la vida i mentre ho feien les carícies es barrejaven amb cops al cul.
Aquí però, nosaltres dues, ja no els miràvem, Només ho sentíem. Nosaltres dues... altra feina teníem....
Traducción al castellano (por Fer)
La Parte más carnosa
Tengo experiencia en los delicados artes del sadomasoquismo. En realidad, en mi casa tengo una mazmorra en toda regla, llena de todo tipo de complementos: Silla de bondage, Parking de esclavos, Rueda Medieval y una gran variedad de juguetes minúsculos pero perversos.
En mi casa practicamos la Suspensión o Estiramiento, Ducha de esclavos y Juegos Acuáticos. Poseo equipos completos para Medical y fantasías de hospital.
Con mis amantes/esclavos practico disciplina y entrenamiento, Azotes con vara, fusta, palma y cane. Humillación pública o privada, verbal o física; Adoración de mis pies y masajes; Esclavitud doméstica; Juegos con agujas; consoladores y tortura genital.
Pero mi experiencia en el spanking más cariñoso es nula. Cuando hablo de este tipo de práctica me refiero a aquel spanking que practican muchísimas parejas en su casa como preámbulo sexual o por el sencillo placer de recibir unas palmadas amorosas en el culo.
La semana pasada, por asuntos de trabajo, conocí a una pareja que resultó ser muy liberal. A mediodía mientras almorzábamos frente al mar, empezamos a hablar de este tema y les comenté mi desconocimiento del mismo. Muy amablemente se ofrecieron para que yo fuese a ver por un rato sus juegos sexuales. Mi compañera se ofreció, a la pareja de spankers, para tomarles unas fotos de la sesión. Fotos que, por motivos obvios, no publicaremos.
Pagamos la cuenta y los cuatro en el coche nos dirigimos a un pinar cercano. Una vez allí, yo instalé mi toalla en el suelo y me acomodé para comenzar a ejercer de voyeur, mi compañera preparó la cámara de fotos y la pareja (a la cual llamaremos Nin y Nina, N. del T: algo así como muñeco y muñeca), después de extender una manta cerca del coche y sacar una silla plegable, pero robusta, del maletero, empezaron con sus juegos.
Nina se sentó en la silla y con la mirada le ordenó a su Nin que se aproximase. Le bajó los pantalones y colocó a Nin con una agilidad increíble sobre sus rodillas, logrando que su paquete reposase sobre su propia pierna derecha. Aj