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La erótica sumisión de Lizet

Autor: Eduardo (ediwarrior79@hotmail.com)

     Hola soy Lizet, mi pasión por las nalgadas se hizo fuerte cuando me vine a estudiar a Concepción (Chile) y tenía que buscar pensión, pues soy de Angol.

     Con mis 17 años no me atrevía a arrendar algo muy independiente, pues soy un poco regalona (mimada).
     Buscando en los avisos clasificados apareció uno muy interesante en un sector céntrico: "Comparto departamento con señorita". Confieso que casi me excité se solo pensar que podía ser una mujer mayor (bueno...hombre no podria ser), quizás se hacia fuerte en mi una ilusión lésbica, (soy hetero
curiosa).

     Nerviosa e ilusionada a la vez me presenté en el lugar y apareció Verónica; una mujer de pelo crespo castaño oscuro, ojos del mismo color (muy penetrantes), estatura de unos 1.65 como yo, piel clara, no tanto como yo y de 40 años (me lo dijo).

- "soy Lizet"- le dije y creo que le agradé de inmediato

- "hola soy Verónica, pasa y conozcamonos.

   Me dijo, entre otras cosa, que ella es separda sin hijos, no imponía presiones, pero aseguraba ser muy estricta en varias cosas. Yo le demostré mi lado sumiso de inmediato y mi mente y corazón, aunque con un inmenso
susto también, ya consideraban a Verónica como una posible fantasía sexual.

   Vero acostumbraba a usar pantalones y faldas en forma muy variada, es ejecutiva, lo que le hacia notar un par de piernas muy bonitas

   Me instalé en su apartamento muy pronto, pues el precio lo acomodó (sería para no perderme de vista). Me gustó la que fue mi habitación y todo lo demás.

   La Vero de dijo que tratara de llegar a las 11:00 p.m. a más tardar, y yo le decía entre risas:

-"lo que ordene Verito", aunque quería que la tutease.

   Al correr de los días yo notaba que le caia muy bien, pero quise poner a prueba su femenino instinto.

   Una noche que la sentí llegar como a las 00:00 hice que nos viéramos pícaramente. Como estábamos en Marzo y todavía hacia calor, yo dormía con pura polera (playera) y desnuda de la cintura para abajo ( a poto pelao, como decimos acá), es algo que me encanta y así muchas noches tengo sueños húmedos. Entonces, sentí que Verónica iba por el pasillo a su pieza, al lado del baño, yo intencionalmente, fui a este así, vestida nada más que con mi polera blanca hasta la cintura. Prendí la luz y le presenté mi vello púbico rubio y dije, fingiendo timidez:

- "aaay.. Verito.. perdona...voy al baño!!"

- "Ooohh.. Lizet.." dijo sonriente mientras le dí la espalda en dirección al baño mostrándole mi gordo, blanco y bien formado culito.

  Salí a los dos minutos y ella todavía estaba ahí, pasé despacito:


- "buenas noches Verito"

- "mmmm buenas noches guachita( niñita) fresca"- decia, al tiempo que me dio una sonora y coqueta palmada en mis nalgas desnudas.

- "bonito poto"- agregó

- "aaayy"- le dije sonriendo y me fuí a acostar con gran calentura, por la nalgada y por mostrarle mis encantos, tanto que me tuve que masturbar para conciliar el sueño.

   A los dos días quise provocar algo mucho más ardiente y lo conseguí.

   Intencionalmente me demoré en llegar de la universidad, eran como las 23:40 y la Verónica me llamó al celular, respondí:

-"bah...aayy Verito no me hinches por favor, si yo quiero, llego tarde y por último arreglémonos en casa"

Yo iba subiendo la voz y noté un silencio al otro lado del teléfono, como 10 segundos, luego le escuche decir con pacífica autoridad:"aquí nos vamos a arreglar, bonita"- Eso me asustó y exitó a la vez.-

Cuando llegue al dep. entré y vi a mi arrendadora, la hermosa Verónica, sentada en el sofá del living con una falda corta, mostrando sus lindas piernas cruzadas y sus ojos desafiantes acompañados de una pícara sonrisa,
le dije:

- "hola...¿que pasa?"- no me respondía pero sus ojos ya quemaban los míos-

- "donde estabas"- preguntó

- "estudiando con una amiga y..."

- "¿qué dije la otra vez...? y ¿qué forma es esa de hablarme por teléfono?

- "Verito es que.."

- "¡¡ Lizet ¡¡ -en tono más alto- me hiciste enojar...y creo que lo hiciste a propósito, así que debería darte un correctivo"

   Me asusté y me quede de una y roja de vergüenza y temblor le dije:

- "Verito por favor, no me rete (regañe) haré lo que sea pero no me asustes si quieres me puedes castigar...de... alguna forma.

  Ella abrió los ojos de dulce asombro y orgullosamente dijo:

- "bueno...no va ser nada malo enseñarte de buena forma quien manda aquí. A ver sácate los pantalones, por favor"

   Yo obedecí altiro, el miedo y el placer daban vuelta dentro de mi. Quedé con polera rosada, calzón blanco y calcetas blancas. Ella dijo:

- "ven aquí y échate sobre mis rodillas boca abajo"- el corazón me temblaba. Así lo hice y sentí la calida piel de sus piernas junta a la piel de mis muslos.

  Luego me bajó lentamente los calzones hasta los muslos, sintiendo ahora su piel con la de mi puvis también. El corazón me latía a unos 2000 por hora, mientras ella me decía tocándome mi trasero desnudo

-"unas buenas palmadas en el poto te harán muy bien, aunque me pidas perdón"

  Yo ya no daba más, nunca antes me habían azotado o castigado así pero no niego que estaba dentro de mis fantasias ocultas y tartamudeando le dije:

-"a ver"

Y con su mano derecha me comenzó a azotar ambos cachetes del poto, primero a ritmo lento, después más fuerte, sonando: ¡plas, plas, plas, plas..! yo me quejaba:

-"aaaayyy, aaaayyy, aahahaaayy, mi potito- y ya comenzaban a salir mis lagrimitas, ella decía:

- "y esto... m'hijita es...para que aprenda...a respetar...a su amiga mayor...y dueña de casa"

El poto me dolía pero me gustaba sentir esas nalgadas que en el fondo deseaba. Como a la duodécima no aguante más tanta emoción, dolor y gusto y me eche a llorar, diciendo:

-"yaaaa, yaaaa, aaaayyyy, ya Verito, yaaaa¡ perdóneme por favor, snif, snif.

Mientras ella no paró hasta la 20ava nalgada más o menos. Y sin mirarla a la cara me volteé a abrazarla colocando mi cara en su pecho llorando mucho y en forma tierna. Ella me abrazó de inmediato y acariciando mis rojas y calientes nalguitas me dijo:

- "yaaa, mi chanchita potoncita, yaaaa mi amor... ¿ve? eso le pasa por falta de respeto...ya, ya cosita linda, aayy te dejé tan rojo tu lindo potito, pero te voy a dar mucho cariño".

Sus tiernas palabras me hacían tan pero tan bien que creo que me sentí hasta más excitada. No paraba de llorar en su pecho y en tanta caricia de sus manos en mi culito, incluso en mi ano, dejaron asomarse varios jugos
vaginales, ella se dio cuenta, pero siguió así acariciándome el potito y la cabeza tan dulcemente que hubiese querido estar así una eternidad. Me pareció que con ese dulce castigo alcance un maravilloso orgasmo.

Luego de un rato me atreví a mirarla a los ojos y rogarle que si fuera necesario que me volviera a castigar para que me enseñase a ser una mujer de verdad, por que necesitaba buena corrección por parte de una mujer como
ella, sin dejar de suplicarle que nunca me falten sus sabrosas (e insinuantes) caricias de consuelo. Ella me miro con dulzura sonriéndome y diciéndome:

-"bueno amor, si es necesario te volveré a castigar así, cada vez entenderás que soy estricta, pero también muy cariñosa"- y dicho esto me volvió a abrazar, a acariciar el culito y besarme en la mejilla casi en los labios.

 Al ver la mi humedad vaginal en sus manos me sonrojé y la iba a decir algo cuando tocó despacito mis labios y me dijo susurrando al oído:

-"no digas nada mi amor, no pasa nada malo"

Luego volví muy contenta a la posición de castigo sin antes  darle otro beso, y Verónica me dio otros suaves masajes en mis todavía rojitas nalgas lo cual me volvía a excitar, no cabe duda que a ella eso también le agradaba.


Esas caricias me parecieron tan dulces como interminables.

Esto fue mi comienzo del placer de recibir azotes sabrosos por parte de otra mujer, de ahí en adelante más de una vez provoqué a Verónica para que ella me volviera a dar de nalgadas a "poto pelao" y por mucho que dolieran siempre me gustaron y terminaba llorando tiernamente en su pecho con sus manos en mi culito e incluso en mi húmeda zorrita (vagina) ¡¡¡qué rico!!!

Quizás les cuente alguna de esas otras veces.

Adiós

 

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¿Sexo o azotes? (Primera parte)

PRIMERA PARTE:

Doña Marculina, la madrina curandera

Autora: Ana K. Blanco 

Dedicado a: ediwarrior79 

Doña Marculina era la curandera de aquellos pagos. Era respetada por todos y en muchos casos suplantaba al médico del pueblo cuando la medicina del doctor no obtenía los resultados esperados. En realidad era más que la curandera, porque además de las pócimas y ungüentos que preparaba, de saber curar el mal de ojo, “tirar el cuerito”, curar empacho y culebrilla, muchos de los parroquianos habían nacido gracias a las veces que hizo de partera. Y no hablemos de la gente joven y no tanto que la buscaban para que les diera consejos y algún yuyito “p’al amor”. Ella conocía los secretos de las hierbas, conjuros y fórmulas mágicas que le habían enseñado sus ancestros, pues era descendiente directa de los charrúas, y sus rasgos faciales así lo delataban: cara casi cuadrada, labios prominentes, nariz achatada, ojos negros y vivaces, tez trigueña, pelo lacio y estatura mediana. La blancura de su pelo que ataba en una gruesa trenza y el rostro surcado de arrugas, eran los únicos rasgos que delataban la avanzadísima edad de esta mujer.  

El doctor Jiménez, médico del pueblo, pedía su ayuda en algunos casos. Extrañamente, habían llegado a un acuerdo: habría casos en los que actuarían en conjunto, teniendo en cuenta que la medicina del doctor poseía elementos desconocidos por ella, y él sabía que muchas veces sus pacientes creían más en los yuyos y pócimas de doña Marculina que en la medicina moderna, y la fe muchas veces cura tanto como los químicos. A veces en forma secreta y a veces a la vista de todos, el pacto de respeto y ayuda mutua estaba claro entre los dos. El rancho de la curandera era de terrones de barro y paja, sumamente modesto. Uno de sus tantos vecinos agradecidos, le había puesto el techo, quinchado a dos aguas. El agua la sacaba del aljibe, y jamás le faltaba comida. Ni bebida: la grapa y la caña supieron ser sus compañeras en alguna noche de soledad. Nunca había tenido hijos propios, y desde hacía muchísimos años que era viuda. 

Aquella mañana se había despertado más temprano de lo habitual. El brasero continuaba encendido, solo debió avivarlo y arrimarle un poco más de leña para que la caldera sintiera el calor y comenzara casi inmediatamente a despedir humo por el pico. La galleta de campaña colocada cerca del fuego, sería el acompañamiento ideal para aquel mate amargo matutino. Miró el horizonte: el sol asomaba lentamente por el oriente envuelto en oro y fuego.  El gallo lo saludó y con su canto despertó al resto de la naturaleza. Marculina sonrió satisfecha mientras mascaba con sus escasos dientes un trozo de galleta, y se dispuso a preparar aquella infusión tan típica de la gente de campo, con la que había crecido y que la había acompañado toda la vida. La calabaza o porongo tenía un tamaño mediano, y a la yerba le había agregado algunos yuyos que ayudaban a que su gastado organismo funcionara mejor. Mojó la yerba con un poco de agua fría del aljibe y la dejó reposando mientras colocaba el agua hirviendo en el termo. Luego echó un chorro de agua hirviendo a la yerba y la dejó hinchar. Clavó la bombilla en la yerba mojada y volcó una porción de agua hirviendo en el agujero dejado por la bombilla.  Una espuma verdosa subió tapando el agua. ¡Eso era un mate!

Sorbiendo el líquido verde y caliente, miró por la ventana del rancho. Era un día hermoso, y le gustaba ver la naturaleza a esa hora de la mañana.  Sí, ese iba a ser un gran día. El mate amargo de aquella mañana tenía un sabor especial y lo estaba disfrutando muchísimo. Posó el porongo después de haber tomado hasta la última gota, y se dispuso a hacer sus tareas. 

Ya era pleno día cuando el Matrero comenzó a ladrar desaforadamente, pero era su ladrido de alegría, de saludo, de gente conocida. Marculina salió a la puerta del rancho y reconoció enseguida al visitante. 

-Ave María Purísima… -saludó el joven quitándose el sombrero.

-Sin pecado concebida m‘hijo –contestó la mujer- Y qué anda haciendo usté por acá a estas horas de la madrugada, qué bicho le ha picado.            

Eulogio  bajó la mirada y se acercó tímidamente a la anciana. Cuando los cansados ojos de la curandera pudieron verlo más de cerca se dio cuenta de la realidad: había estado llorando y tenía una expresión de gran tristeza. Con un rápido ademán corrió la cortina que oficiaba de puerta en la entrada del rancho y pasó seguida del joven. No le dio tiempo a hablar: 

-¿Qué problema tenés con la Rosenda?

-Pero… ¿cómo puede saberlo sin que yo le haya dicho nada?

-En vez de hacer esas preguntas idiotas decime de una vez qué pasa.

-Ella… ya no me quiere. Me ha dejado de amar, ya no le intereso. Ahora en lo único que piensa es en sus conservas. Usté sabe, ‘ña Marculina, que para ganar unos pesos más se ha puesto a fabricar mermeladas, vegetales encurtidos, frutas en almibar y algún licor. Le ha ido muy bien, la gente del pueblo le pide cada vez más cantidad y le va quedando menos tiempo para mí. Ahora le importan más sus naranjas y sus pepinos que yo.

-¿Estás celoso de que esté ganando más plata que vos?           

-No, le juro que no, al contrario. Sé que soy joven pero si me llegara a morir, tengo la seguridad de que ella podrá arreglárselas sola, sin depender de nadie.

-Y si le va tan bien, ¿por qué no contrata a mujeres que la ayuden y tener más tiempo libre para ustedes?-Eso mismo le dije yo, pero se niega. No quiere pagar sueldos para juntar más dinero. -¿Y qué querés que yo le haga? Si ella está contenta…

-Pero… usté es su madrina, casi su madre. Si le dice algo, seguritito que cambia. Yo me voy a ir al pueblo y regresaré al anochecer. Se lo ruego: hable con ella ‘ña Marculina. A usté la va a oír.        

-Claro que sí, m’hijo. Te aseguro que a mí me va a oír. 

Marculina lo vio encaminarse rumbo al pueblo, mientras se sentaba en la silla baja a la entrada del rancho. El ombú que había en el frente, frondoso y enorme, daba la sombra necesaria para que el calor no fuera abrasador. Tomó la bolsa de choclos (maíz) que había tenido secando al sol, se puso una palangana esmaltada entre las piernas y comenzó su tarea. El desgranar choclos era algo que hacía automáticamente y siempre le daba la serenidad necesaria para meditar. 

Comenzó a recordar el día que nació Rosenda mientras que los granos de maíz golpeaban al caer en el recipiente. Era una beba pequeña y débil. Su madre no resistió el complicado parto y murió. Nada había podido hacer ella por salvar a la madre, y eso le creo cierto sentido responsabilidad, porque también había traído al mundo a aquella mujer. Los Rodríguez eran sus vecinos y Zoila, la madre de Rosenda, era como una hija para ella. Ante el dolor del esposo y el desamparo de la bebé, la curandera decidió convertirse en algo así como la abuela adoptiva de la niña, a quien la bautizó con el nombre que la madre había decidido ponerle. 

Rosenda siempre había sido traviesa, obcecada, decidida, valiente y sumamente caprichosa. Cuando quería algo, de una forma u otra, siempre lo conseguía. Tenía un gran corazón, pero más de una vez, don Rodríguez, su padre, no había dudado en ponerla sobre sus rodillas y propinarle unas buenas nalgadas por sus travesuras y su carácter rebelde. No eran grandes azotaínas, pero sí lo suficientemente fuertes como para hacerla llorar un rato y que el efecto le durara un par de días. Marculina jamás le había puesto la mano encima porque de eso se había encargado siempre su progenitor, aunque más de una vez tuvo ganas de robarle al padre ese privilegio. Pero tanto de niña como de adulta, Rosenda siempre le había guardado el respeto y el amor que la anciana merecía y que había cultivado durante toda la existencia de la joven. 

Llevaba un buen rato concentrada en sus pensamientos cuando vio pasar el auto del señor Marcelo Fernández Montero, que entre la polvareda levantaba su mano izquierda para saludarla. Devolvió el saludo con la mano y una leve inclinación de cabeza, mientras seguía el coche con la vista. Lo vio detenerse en casa de Rosenda y eso no le gustó para nada.  

Don Marcelo era el hombre con más dinero en el pueblo, por lo tanto, el más poderoso porque presidía el único banco existente en la zona y decidía a quién prestaba dinero y a quién no. Se sabía que muchas veces a las personas que no podían cubrir las cuotas, les cobraba rematando sus bienes o, en algunos casos, con favores “especiales”, sobre todo cuando se trataba de mujeres hermosas. Podían ser jóvenes o maduras, casadas, viudas o solteras, porque su edad o estado civil le era totalmente irrelevante. No era buena persona, pero tenía olfato para saber a quién prestarle dinero sabiendo que no podrían pagar. Conocía el arte de la seducción y del convencimiento para que hombres y mujeres aceptaran sus ofertas. Así había logrado hacerse de una considerable fortuna y una lamentable fama. 

-“Seguro que ese mal bicho vio a Eulogio en el pueblo y se mandó para acá –pensó la anciana –pero seguro que no contaba conmigo” 

Una idea se le vino a la mente. Tiró el marlo a medio desgranar en el recipiente y entró al rancho. Destapó una serie de tarros, tomó varios yuyos y los ató. Con sumo cuidado sacó un trozo de tela blanca de una caja y envolvió aquellas hierbas que expelían un delicioso aroma entre ácido y dulzón. Agregó el pequeño atado a una cantidad de atados similares, unos envueltos como el último y otros atados con hilo de otro color. Tomó la bolsa con el delicado contenido, manoteó un tarro que colocó en el bolsillo de su delantal, y saliendo del rancho se dirigió a la casa de su ahijada.  

Había caminado unos pasos cuando vio pasar de regreso el auto del banquero. Con un ademán volvió a saludar a la curandera, que sin disimular su molestia apenas contestó el saludo y siguió caminando. A mitad de camino se internó levemente en el campo y tomando con un trozo de tela una planta, le cortó unas hojas que envolvió en la misma tela. Todo fue a dar dentro del bolsillo de su delantal. Se acomodó la ropa y continuó con paso ligero el pequeño trecho que la separaba la casa de Rosenda. 

Cuando entró en la cocina, su ahijada caminaba con nerviosismo de un lado a otro. El aroma de la mermelada de naranjas flotaba en el ambiente. Los ojos de la anciana se clavaron en Rosenda que, sabiendo que había actuado mal, bajó la cabeza para no enfrentar la mirada de su madrina. 

-Bendición madrina        

-Dios me la bendiga y me la guíe por buen camino, ahijada. Y ahora dígame, ¿qué buscaba ese tipo por acá?-Vino a ofrecerme plata. Quería que firmara un papel y él me daría el dinero para ampliar esto y poder fabricar más cantidad de productos.

-¿Y?        

-Y… yo casi firmo madrina. Ya sé que está mal, pero quiero seguir con esto, quiero ese dinero, quiero ampliar la cocina y contratar gente para poder vender más. Los productos se vendieron muy bien desde un principio, pero desde que me dio esos paquetes aromáticos, la venta creció de forma increíble. Yo cumplí la promesa de no abrir los paquetes madrina, pero ¿algún día me dará la fórmula para que yo los pueda hacer?

-Algún día quizás te la dé. Por ahora te los iré surtiendo yo. Acá te traje unos cuantos más. Pero no me cambie de tema… ¿qué más te dijo ese mala entraña?        

-No me dijo mucho, fue poco el tiempo que estuvo. Yo le dije que regresara cuando estuviera aquí Eulogio, y casi lo eché porque no se quería ir.        

-Hizo bien m’hija. Ahorita siéntese que quiero hablar con usté.        

-Sí madrina –dijo obediente la joven mujer, y se sentó frente a la anciana- usté dirá para qué soy buena.        

-Parece que últimamente para lo único que sos es buena para hacer conservas.        

-¿Porqué me dice eso madrina?        

-Porque hoy estuvo Eulogio a verme, y me contó algo que yo ya sabía sin que me lo dijera: que lo tenés abandonado. El pobre muchacho piensa que ya no lo querés, que dejaste de amarlo y no sé cuántas tonterías más. Ahora, te quiero preguntar algo. Yo quiero saber: ¿qué se siente al cambiar un marido por un tarro de conserva?        

-Pero… madrina… yo…  yo no lo cambié.        

-¿No? ¿Y qué hiciste entonces? Desde que empezaste con esto de las conservas, estás conservando todo menos a Eulogio. ¿Pero usté está loca m’hija? ¿En qué está pensando? ¿Dónde tiene la cabeza, carajo? –el tono de la voz era cada vez más fuerte y severo. Rosenda comprendió que la anciana tenía razón y se echó a llorar.        

-Perdón madrina. Es verdad, no lo pensé. La tentación de conseguir dinero fue más grande. Me imaginé todo lo que podría hacer y…  Además me gusta este trabajo, y no quiero dejarlo.        

-No tenés por qué dejar este trabajo. Vos bien sabés que yo soy una defensora de la idea que la mujer debe ser independiente económicamente del hombre. He visto más de un caso en que la mujer se quedó aguantando al marido por no tener manera de vivir sin el dinero de él. Seguí con esto, pero buscá la manera de atender las dos cosas.        

-Pero madrina, eso es imposible. Si me dedico a trabajar en esto, más los quehaceres de la casa, y todavía… ¡Eulogio! No puedo con todo.        

-Si querés continuar con lo de las conservas, poné a alguien que te ayude. Una, dos, las que sean.        

-Usté no entiende madrina. Si me pongo a pagar sueldos, voy a estar años para juntar la plata para ampliar acá. No, no, no… ¡Eulogio que se aguante! Y en vez de protestar tanto, que me ayude con las tareas que yo no puedo cumplir por falta de tiempo. Además, ya le dije que desde que le agrego a las conservas esos paquetitos que usté me trae, las ventas han aumentado más y más. Le repito madrina: espero que algún día me dé la receta.        

-Mire m’hija, lo único que le voy a dar por ahora es la paliza de su vida para que entienda lo que su madrina, que es vieja y sabe de esto, le está diciendo por su bien. Está muy terca, testaruda y desobediente, así que… esta vieja la va a hacer entrar en razón. Cuando termine con usté va a estar mansita como un corderito, ya va a ver –le dijo Marculina mientras se remangaba la ropa. Rosenda no podía dar crédito a sus oídos, y comenzaba a recular cuando su madrina la agarró del brazo y sentándose, la acomodó sobre sus rodillas. -¿Te das cuenta de algo? Yo fui la primera que te nalgueó cuando naciste. Y lloraste con muchas ganas en esa oportunidad. Te prometo que esta vez también lo harás.         

Las primeras nalgadas ni las sintió, pues se las estaba dando por encima de la ropa. Pero inmediatamente la vieja le subió las faldas y el culo de Rosenda quedó casi al aire, apenas cubierto por unas bragas de niña, de fondo amarillo y con pequeñas florcitas de colores. La curandera sonrió por la ingenuidad de la prenda, pero eso no hizo que bajara dureza de los azotes, sino que los iba incrementando cada vez más.          

Rosenda no podía creer que aquella vieja tuviera tanta fuerza en las manos, y comenzó a retorcerse. Cuando el picor era bastante insoportable, sintió la mano de su castigadora madrina que le bajaba las bragas a la altura de la rodilla, y sin darle ninguna tregua seguía nalgueándola.         

-Por favor madrina, pare de golpearme. Me duele mucho, siento mucho picor, basta por favor…         -Está bien m’hija. Póngase de pie.         

No tuvo que decírselo dos veces. Como un resorte la joven se paró y comenzó a frotarse las nalgas frenéticamente.         

-Ahora desnudate y poné la panza encima de esa mesa. Y agarrate fuerte del otro extremo.        

-¿Qué? Mire madrina, eso yo no…        

-Pero… ¿Cómo te atrevés a llevarme la contra? Siempre estuve convencida que tu padre nunca te azotó con suficiente fuerza, porque vos con tus caritas y súplicas siempre lo terminabas convenciendo. Pero conmigo no vas a poder ¿entendés? A mí no me conmueven tus gestos ni tus súplicas. Hoy vas a aprender… ¡obedeceme carajo! Y ponete como te mandé.         

Los ojos de la vieja despedían fuego, y Rosenda la conocía enojada. Más le valía obedecer sin decir nada. No solo porque no lograría convencerla, sino que la enojaría aún más y eso no era muy conveniente para sus nalgas. Así que se quitó toda la ropa y adoptó la posición que le había dicho la anciana.         

Mientras se desvestía, la vieja miraba y se regocijaba con el joven cuerpo de su ahijada, no con lascivia sino con admiración. La joven mujer tenía un cuerpo bello, con maravillosas curvas, senos túrgidos y sugerentes coronados con una bella aureola, las caderas firmes, las piernas largas y torneadas como una columna griega, la espalda perfecta, el cabello negro y brillante cayéndole en cascadas hasta tocar la cintura; la piel tersa, suave y blanca se había tornado de un rosa fuerte en la zona de sus nalgas. ¡Qué maravilloso culo tenía esa mujer! Redondo, respingón, dos hemisferios duros, apetecibles, deliciosos. Pensó en su juventud y recordó cuando ella también tenía un cuerpo como aquel. ¡Cuánto había gozado de su cuerpo! Había conocido las delicias del sexo y de los azotes gracias a su difunto marido. A diferencia de otros esposos, el de ella sólo la azotaba en las nalgas, con un amor y devoción como nunca había vuelto a ver.          

Cuando la chica estaba acomodada, le dijo:         

-El castigo va a ser duro, así que te ataré para que no te muevas.        

-Lo que usté diga madrina.        

-Así me gusta: que seas obediente y que vayas entendiendo que esto es por tu bien. Te ataré las manos a esta punta de la mesa. Quiero que ahora abras las piernas lo más que puedas.         

Los pies de Rosenda apenas tocaban el piso. En esa posición toda su intimidad quedaba a la vista. Los labios de la vagina mostraban una selva espesa y brillante cubierta de vellos negros. Rosenda se sentía sumamente avergonzada que su madrina la viera así, pero más vergüenza sentía porque se sabía excitada y mojada.          

-Bien, ahora te mostraré algo. –Se paró delante de la chica con una enorme cuchara de madera, una de las que ella usaba para revolver las mermeladas.- ¿Ves esta cuchara? Pues con ella te azotaré, para que cuando la veas te recuerdes de esta azotaína y no la uses más horas de las debidas.         

La madera era dura y dejó una marca redonda en la nalga de Rosenda. A veces sólo quedaba la marca de la cuchara, pero otras veces también aparecía parte del mango. El dolor se hacía más fuerte cada vez. Nunca le pegaba dos veces en el mismo lugar, pero llegó un momento en que ya estaba todo marcado. Las lágrimas caían por el rostro de la joven que lloraba sin consuelo. Oyó que la vieja dejaba la cuchara sobre el fogón y sintió que su mano la acariciaba, dándole un poco de descanso. Las manos de su madrina eran hábiles y sabían cómo masajear. Si bien le dolía cuando apretaba, al soltar el cachete el alivio era fantástico. Luego sintió cómo le colocaba un lienzo tibio sobre las nalgas.         

-Disfruta del descanso. Yo regreso enseguida, porque esto aún no terminó.         

Rosenda cerró los ojos y se concentró en el alivió que le estaba proporcionando aquella tela, que a pesar de lo tibia, estaba más fría que sus nalgas. Un silbido la sacó de la concentración. El sonido era conocido por ella, porque su padre también usaba una vara verde para castigarla. Miró para el costado y vio a su madrina con una larguísima vara parada a su lado. Era larga y fina, parecía un látigo. Doña Marculina quitó la tela y comenzó a azotarla.  Cada uno de los azotes dejaba una marca fina y roja en las nalgas de Rosenda. El dolor era lacerante, agudo y ardía como una línea de fuego. Cada vez que sentía un nuevo azote, la muchacha se contorsionaba, crispaba sus puños y echaba la cabeza hacia atrás en un vano intento de disminuir el dolor.  

Después de unos 20 azotes, la joven no tenía fuerza ni para moverse, apenas si se la oía sollozar. Volvió a sentir la mezcla de tibieza y frescor del paño húmedo, esta vez unido a unos suaves masajes. Estuvo así dos o tres minutos. Cuando abrió los ojos, doña Marculina estaba frente a ella y le mostraba unas hojas: eran ortigas. La chica no dijo nada, sólo comenzó a negar con la cabeza y a suplicar con la mirada, hasta que finalmente pudo lanzar un grito: 

-¡No, por favor no madrina, eso no! No lo hagas, eso es insoportable, prefiero que me sigas azotando, pero eso noooooooooo!!

-No sos vos quién decide –le dijo su madrina mientras se encaminaba hacia la parte posterior, donde ella no podía verla.         

La curandera vió aquel culo tan maltratado que no quiso tocarlo más. Pero la vagina estaba hermosa, rosada y con sus jugos chorreando, haciéndola brillar. Arrancó una hoja y la pasó alrededor del ano. Luego otra fue refregada en el clítoris. La entrada de la vagina y los labios tampoco se salvaron. El llanto de Rosenda era desconsolador. Se movía sin parar, pedía clemencia, juraba haber entendido la lección, pero su madrina permanecía inmutable. En pocos instantes las diminutas espinas de la ortiga habían inflamado toda la zona vaginal y anal de la chica. El picor era terrible, y no tenía forma de tocarse, al menos, para calmar el ardor.         

-Espero que esto te recuerde que debes cumplir con tus obligaciones de esposa. Espero que recuerdes que debes estar con tu marido y no sólo con tus conservas. ¿Podré quedarme tranquila de que aprendiste la lección?        

-Sí madrina, sí. Pero quitame este ardor por favor, ¡no lo soporto más!         

La anciana metió su arrugada mano en el delantal y sacó un frasco con una crema. Lo destapó con toda paciencia y tomando una pequeña porción entre sus dedos, comenzó a pasarlo por los mismos lugares que había pasado las ortigas. Luego se limpió la mano y tomó otra porción del ungüento. Esta vez lo pasó por las nalgas, en forma circular y utilizando las yemas de los dedos. Con la misma parsimonia con que había hecho todos los movimientos anteriores, tapó el frasco y lo guardó en su delantal.         

Rosenda comenzó a sentir un alivio inmediato. El picor cesó y el dolor en sus nalgas era cada vez más tenue. Sus manos ya no estaban presas, y podía mover las piernas a gusto: finalmente, su madrina la había liberado de las sogas.         

-Ahora andá y bañate. El dolor de las nalgas no se te irá, lo sentirás cada vez que te sientes, pero no te quedará ninguna marca. Espero que hayas aprendido la lección, porque si no estoy dispuesta a repetirla tantas veces como sea necesario para que te quede claro. ¿Entendiste?        

-Sí madrina.        

-¿Y cómo se dice?        

-Gracias madrina.        

-Muy bien m’hija. Me alegra saber que la lección sirvió para algo. Yo me voy para mi rancho, y usté prepárese que en cualquier momento llega su marido. A ver cómo se porta… -Se encaminó a la puerta cuando recordó el paquete- Ahí arriba del fogón te dejo los atados para las conservas. Acordate bien: las que están con hilo blanco son para los dulces, y las que están con hilo colorado son para los encurtidos.         

La vieja mujer salió sonriente de la casa y se encaminó a tu rancho. Ojalá que la azotaína hiciera que su ahijada cambiara el rumbo de su vida y de su matrimonio. Ella quería mucho a Eulogio, sabía que era un buen muchacho y que estaba profundamente enamorado de su niña. Ahora… debía tener mucho cuidado con el banquero. Y se lo iba a advertir al joven cuando lo viera pasar de vuelta para la casa.          

(Continuará) 

EL MEDIADOR

Autora: Ana K. Blanco 

Dedicado a mis inspiradores:

The Dark Phantom y el “Colo”

Los abogados suelen decir que a veces sus clientes se desnudan más frente a ellos que ante sus médicos, porque al abogado le muestran el alma, lo más íntimo, sus secretos más ocultos. Lo toman de confesor, le cuentan cosas que no se le dice a nadie más. Quizás ni siquiera al propio cura confesor. Eso le pasó a Jacinta Vargas, una señora joven, de unos 38 años, divorciada, con una hija, Daniela, de 16 años. Daniela representaba más edad por su cuerpo tan bien formado, y parecía más la hermana menor de la señora que su hija.            

El Doctor en Leyes Leonardo Matos recibió en su estudio a una mujer desesperada por la situación que estaba viviendo su hija. Al abogado le tomó bastante tiempo lograr que aquella madre le contara su tragedia. Comenzó por explicarle que ella era consciente que la niña despertaba pasiones con su voluptuoso cuerpo, pero esto ya era demasiado y tenía que hacer algo en forma inmediata.            

Daniela durante los meses de vacaciones, para tener su propio dinero y ayudar a su madre, trabajaba en un restaurante cuyo dueño, el señor Roldán, era un hombre cuarentón, casado y con hijos. Según le había contado la niña, este tipo la miraba y veía con ojos de lujuria, y muchas veces había intentado seducirla y habían llegado a tener relaciones íntimas. Aparentemente ahora que se acercaba el fin de la temporada, esta persona había dejado de tener interés en ella y había intentado despedirla sin más. No había aquí amor, sino la simple excitación y “calentura” del momento.            

La señora, muy compungida, contaba todo esto en medio de un mar de lágrimas y con el dolor lógico de una madre que sabe qué le han hecho a su única hija. Dolor, vergüenza, impotencia, deseos de justicia, eran sólo algunos de los sentimientos que expresaba con sus palabras y gestos.  El doctor Matos tenía una hija de más o menos esa edad e imaginó cuál sería su reacción si a su niña le sucediera algo similar. Su cabeza se llenó de palabras legales: corrupción de menores, violación, acoso sexual, coacción…  Necesitaba hablar con la niña antes de comenzar a tomar acciones a nivel judicial, así que le pidió a la señora Vargas que la llevara a su estudio al día siguiente.            

La “niña” medía un metro setenta y cinco y tenía más curvas que el circuito de Le Mans. El pelo negro y largo, lacio, brillante, enmarcaba un rostro de ángel con ojos marrones y pícaros. Estaba vestida como cualquier chica de su edad, pero no tenía el cuerpo de cualquier niña de su edad. La camiseta ajustada hacía resaltar su turgente busto, y la minifalda de jean hacía dudar si usaría ropa interior. Las piernas largas y torneadas sostenían una cola digna de una diosa griega. Luego de tragar saliva varias veces y apelar más veces a su profesionalismo, el abogado comenzó a interrogar a la muchacha.             

-Dime Daniela, ¿qué horario haces en el restaurante?           

-De once de la mañana a cuatro de la tarde de martes a jueves, y de seis de la tarde a once de la noche los viernes y sábados. Los domingos también trabajo de mañana y los lunes el restaurante cierra.           

-¿Qué horarios tiene el restaurante?           

-No entiendo qué tiene que ver eso con lo que me pasó.           

-Eres brillante niña –le dijo el abogado de forma halagadora – No tiene nada que ver, son solo preguntas para distendernos.

-¡Ah! Comprendo… de 11:30 a 14:30, y de 19:00 a 22: 30.           

-Bien, ahora… cuéntame qué tareas desempeñas allí, qué es lo que haces.           

-Pues barro y lavo los pisos, preparo las mesas para cuando llegan los clientes y ayudo en la cocina lavando o acercando los platos ya preparados a los que sirven las mesas.           

-Bien… ¿me cuentas quiénes trabajan en el restaurante?           

-Don Roldán y su familia: su esposa Teresa, sus cuatro hijos, y Patricia, la hermana de él. Es un restaurante pequeño, Teresa y su cuñada se encargan de la cocina, don Roldán hace las compras y se encarga del restaurante en general, y los hijos son los que sirven.           

-¿Ninguno de los hijos se ha propasado contigo?          

-Noooo –contestó con una sonrisa burlona- Son tres chicas y un varón. Juan es mi compañero de estudios, y sabe que no le doy ninguna chance de que me diga nada. Siempre que insistió, lo rechacé.           

-Daniela… debo hacerte unas preguntas más íntimas. Te ruego que me contestes sin pudores, con la mayor de las libertades y que seas sincera. Tómate tu tiempo pero contesta.           

-Sí señor… -dijo con una sonrisa que dejó en el abogado un cierto a sabor a… extrañeza.           

-¿En qué te basas para decir que  don Roldán se aprovechó de ti?           

-Porque… -bajó la cabeza y luego, levantándola apenas, le clavó una mirada con un contenido más de seducción que de vergüenza- él me hizo el amor.           

-¿Y tú se lo permitiste?           

-Es que… es que… me decía tantas palabras dulces, tantas cosas bonitas. Me decía que estaba enamorado de mí, que yo era hermosa, que me quería para él, que quería amarme cómo yo merecía ser amada…           

-¿Todo eso te decía? Vaya… Mira Daniela, no quiero avergonzarte. Cambiemos de tema por un momento, así tú puedes reponerte de esto que debe de ser muy difícil para ti…            

En realidad Daniela parecía más divertida que otra cosa. Parecía gozar del interrogatorio de Leonardo y no perdía oportunidad de mirarlo con ojos pícaros, de regalarle sonrisas descaradas y cruzarse de piernas más veces de las necesarias. El abogado era un hombre mayor, de más de 60 años, experimentado, sumamente ágil e inteligente, noble, decente y derecho… Algo no le estaba cerrando, pero llegaría a la verdad.            

-Dime Dani… ¿me permites llamarte así? Bien, dime… ¿en qué momentos se quedan solos tú y don Roldan?           

-Bueno… nunca –comenzó a ponerse nerviosa           

-¿Nunca? ¿Y cómo hizo él para decirte todo lo que te dijo?           

-Es que… me lo decía al pasar, cuando yo me lo cruzaba en algún sitio. A veces en la bodega, o en el depósito, entre las mesas del restaurante mientras yo trabajaba…            

-Claro, claro, tienes razón, no me había dado cuenta de que podía ser en esos momentos… -la niña sonrió con un gesto de victoria.           

-Pero… ¿y cuándo hicieron el amor? ¿En qué momento?           

-Fueee… un día… esteee… antes de que todos llegaran.            

-¿Antes de que todos llegaran? Pero… ¿a qué hora comienzan a cocinar en ese restaurante? Si tu entras de mañana a las once y de tarde a las seis… ¿cuándo preparan los alimentos? Si son dos personas, por muy rápidas que sean es imposible que tengan todo preparado en media hora o en una hora.           

-Es que… fue… esteee… fue un lunes. Es restaurante estaba cerrado. –se veía que la niña estaba inventando- Don Roldán nos citó sólo a limpiar a fondo…           

-¡Por supuesto! Qué tonto soy. Es verdad que el lunes no abren. Pero entonces… ¿qué hacías tú allí?           

-Don Roldán me invitó, me dijo que fuera de mañana, a las 8 y 30 de la mañana antes que llegara el resto y que lo pasaríamos muy bien. ¿Quiere que le cuente qué pasó y cómo pasó?           

-No, no es necesario. No quiero exponerte a tal vergüenza –le dijo el abogado con aire paternal.           

-No me molesta, está bien. Se lo aseguro –dijo la niña con total desparpajo.           

-Bien, me lo contarás, pero déjame hacerte otra pregunta, necesito saberlo para la denuncia penal, tú sabes… ¿qué día fue eso?           

-Fue… creo que…  el 24 de julio.           

-¿No recuerdas la fecha? –le preguntó mientras veía cómo la niña miraba de reojo el almanaque.           

-Sí… bueno, no con exactitud… sé que fue un lunes a fines de julio.                        

El paciente abogado se puso de pie. Caminó de un lado a otro con las manos en la espalda. Luego se sentó, se acomodó los lentes, se pasó la mano por su corto pelo canoso y le dijo:            

-Daniela… Es hora de mi medicamento. Voy por un vaso de agua y regreso enseguida. Ponte cómoda y espérame un momento por favor. ¿Quieres que te traiga un refresco u otra cosa?           

-No gracias, estoy bien.            

El doctor salió del escritorio y tardó un rato en regresar. Lo hizo junto a la madre de la niña que esperaba fuera. Se sentó en su escritorio con una sonrisa en los labios, pero eso no lo hizo perder su parsimonia habitual.            

-Daniela… debes estar cansada. Dejemos esto para pasado mañana. Vuelve con tu mamá y quizás comencemos con los primeros pasos legales.           

-Pero yo no estoy cansada.           

-Seguramente tú no, pero yo sí. Así que regresen pasado mañana, eh?           

-Por supuesto doctor, y gracias por todo –le dijo la señora Vargas.            

A la hora señalada aparecieron en el estudio jurídico madre e hija. El doctor las hizo pasar y todos tomaron asiento. Antes de comenzar a hablar, el abogado juntó las puntas de los dedos de sus manos, apoyó su cabeza en ellos y…            

-Señora Vargas… Daniela… ayer estuve con el señor Roldán en su restaurante -las mujeres se mostraron sorprendidas, pero la niña se puso fuera de sí.           

-¿Cómo? Pero… ¿cómo pudo ir a ver a ese hombre? ¿Por qué? Él es el malo, él es el que me dañó… usted no puede hacer algo así… -su voz denotaba nerviosismo, pero el sagaz abogado no dijo nada.           

-Daniela… yo le dí mi permiso al señor abogado para que hablara con el señor Roldán. Confío en el doctor, que también es mediador, y él lo creyó conveniente. Cálmate… Lo escuchamos doctor.            

Leonardo se puso de pie y con toda su calma comenzó a explicar las conclusiones a las que había llegado. La niña trabajaba en el restaurante muy pocas horas, y con toda la familia del hombre. No tenían tiempo físico para que Roldán hiciera lo que ella declaraba. También pensó que podría haberlo hecho en la privacidad de la bodega o el depósito, pero la bodega y los vinos estaban a la vista, en una habitación que se veía desde el restaurante, y el depósito estaba en la cocina y no tenía puerta. El día 24 de julio había sido feriado, y aunque la niña no había trabajado por ser su día libre, el restaurante igual había abierto. Daniela había estado todo el día con sus amigas, en el cine, en el shopping... El resto de los lunes de julio habían ido a visitar a los abuelos que vivían fuera de la ciudad, por lo que salían muy temprano en la mañana y regresaban por la noche…                       

-El señor Roldán me dijo varias cosas, entre ellas que él también tiene hijas de la edad de Daniela y que comprende su proceder señora. Daniela tiene una forma muy particular de mirar, tiene una mirada muy… digamos… pícara, y que cualquier hombre podría interpretar de una forma, digamos, equivocada. Pero el señor Roldán hizo caso omiso a las miradas e insinuaciones de Daniela. Y como prueba está dispuesto a hacerse cualquier tipo de exámen para demostrar que jamás ha tenido nada con ella. No tiene nada que ocultar. Y le creo. En cambio tú Daniela… has mentido y mucho.                        

Al verse descubierta Daniela bajó la vista por completo y trató de ocultarse bajo su enorme mata de pelo.            

-Daniela… ¡no es posible! ¿Otra vez? –le dijo la madre con mucho enojo. Leonardo la quedó mirando.           

-¿Cómo que “otra vez”? –le preguntó el asombrado abogado.           

-Sí doctor. Hace poco más de un año me peleé con mi familia porque hizo algo parecido con un pariente. Estoy harta de esto, así no puedo seguir viviendo.                       

Miró a Daniela y la agarró de los cabellos haciéndole echar la cabeza para atrás. El rostro de la jovencita reflejaba dolor y trataba de que su madre la soltara:            

-¿Sabes qué voy a hacer? Te voy a mandar internar con orden judicial, que un Juez se haga cargo de tí. Yo no puedo ni quiero seguir viviendo de esta forma, siempre metida en problemas por tu culpa… Pero no se preocupe doctor, que ahora cuando lleguemos a casa voy a “hablar” con ella.             

El gesto que hizo con la mano cuando dijo “hablar”, fue más que elocuente. Una azotaína era lo que recibiría la chica ese día. El veterano abogado sonrió.            

-Sra. Vargas… usted es su madre y yo no puedo meterme, pero… quizás no sea el método más adecuado.           

-Quizás doctor, pero le aseguro que es el único que ella entiende. Esta vez será la última que me meta en este tipo de problemas…           

-Repito señora: no creo que sea el método, pero usted es la madre y sabe qué es lo mejor para su hija.            

Se despidieron en la puerta del estudio y al marchar, oyó a la señora Vargas decirle por lo bajo:                        

-Ve preparándote porque te voy a dejar el culo como para remendar chupetes (mamilas, biberones, chupones). Zapatilla, cinto, vara… todo vas a tener… ¡¡y por más de un día!!... ya verás…            

Las amenazas se intercambiaban con leves empujones, y las palabras se fueron haciendo cada vez más lejanas hasta que dejaron de escucharse, al menos en los viejos oídos de Leonardo, que sonriendo se quedó imaginando la escena de esa madre azotando a su hija… y volvió a sonreír. 

Epílogo            

A la semana siguiente las dos mujeres regresaron al estudio. Cuando Leonardo las recibió las invitó a tomar asiento. La señora Vargas se sentó inmediatamente, pero Daniela se mantuvo en pie. La señora le comentó al doctor que había hablado finalmente con el señor Roldán, y que estaba todo aclarado.             

-…y Daniela está muy arrepentida de lo que hizo, ¿verdad mi amor? Creo que la “ayuda” que obtuvo por mi parte durante esta semana, le hizo comprender que no debe meterse con las personas mayores ni armar historias o fantasías que pudieran involucrar a gente decente en líos tan feos. ¿No es cierto que sientes mucho toda esta situación, que estás arrepentida y que entendiste todo mi amor?            

Daniela bajó la cabeza avergonzada, y asintió levemente. De forma instintiva llevó su mano derecha a la cola y se la refregó lo más disimuladamente que pudo. La señora Jacinta sabía cumplir con sus amenazas y Daniela lo tenía muy claro. 

El doctor en leyes Leonardo Matos, con esa sonrisa que lo caracterizaba, se echó para atrás en su enorme sillón. Había logrado cerrar un caso más usando sus dotes de mediador y sin llegar a los juzgados…

-- FIN -- 

Leila llevó a Bijou a montar a caballo al Bois.

Autora: Anaïs Nin

Editor: Fer

Leila, montando, estaba muy hermosa; esbelta, masculina y arrogante. Bijou era más exuberante, pero también más torpe. Cabalgar en el Bois era una experiencia maravillosa. Se cruzaban con personas elegantes y luego avanzaban por largas extensiones de senderos aisla­dos y arbolados. De vez en cuando, encontraban un café, donde se podía descansar y comer.

Era primavera. Bijou había tomado unas cuantas lecciones de montar y era la primera vez que salía por su cuenta. Cabalgaban despacio, conversando. De repente, Leila se lanzó al galope y Bijou la siguió. AI cabo de un rato moderaron la marcha. Sus rostros estaban arrebolados.Bijou sentía una agradable irritación entre las piernas y calor en las nalgas. Se preguntó si Leila sentiría lo mismo. Tras otra media hora de cabalgar, su excitación creció. Sus ojos estaban brillantes y sus labios húmedos. Leila la miró admirada.

–Te sienta bien montar –observó.

Su mano sostenía la fusta con seguridad regia. Sus guantes se ajustaban a la perfección a sus largos dedos. Llevaba una camisa de hombre y gemelos. Su traje de montar realzaba la elegancia de su talle, de su busto y de sus caderas. Bijou llenaba su atuendo de manera más exuberante: sus senos eran prominentes y apuntaban hacia arriba de manera provocativa. Su cabello flotaba al viento.

Pero ¡oh, qué calor recorría sus nalgas y su en­trepierna! Se sentía como si una experimentada ma­sajista le hubiera dado friegas de alcohol o de vino. Cada vez que se alzaba y volvía a caer en la silla notaba un delicioso hormigueo. A Leila le gustaba cabalgar tras ella y observar su figura moviéndose sobre el caballo. Carente de un estremecimiento pro­fundo, Bijou se inclinaba en la silla hacia adelante y mostraba las nalgas, redondas y prietas en sus pantalones de montar, así como sus elegantes pier­nas. Los caballos se acaloraron y empezaron a espumear. Un fuerte olor se desprendía de ellos y se filtraba en la ropa de ambas mujeres. El cuerpo de Leila, que sostenía nerviosamente la fusta, parecía ganar en ligereza. Volvieron a galopar, ahora una al lado de la otra, con las bocas entreabiertas y el viento contra sus rostros. Mientras sus piernas se aferraban a los flancos del caballo, Bijou rememoraba cómo había cabalgado cierta vez sobre el estómago del vasco. Luego se había puesto de pie sobre su pecho, ofreciendo los genitales a su mirada. El la había mantenido en esta postura para recrear sus ojos. En otra ocasión, él se había puesto a cuatro patas en el suelo y ella había cabalgado sobre su espalda, tratando de hacerle daño en los costados con la presión de sus rodillas. Riendo nerviosamente, el vasco le daba ánimos. Sus rodillas eran tan fuertes como las de un hombre montando un caballo, y el vasco había experimentado una excitación tal, que anduvo a gatas alrededor de la habitación, con el pene erecto.

De vez en cuando, el caballo de Leila levantaba la cola en la velocidad del galope y la sacudía vigorosamente, exponiendo al sol las lustrosas crines. Cuando llegaron a donde el bosque era más espeso, las mujeres se detuvieron y desmontaron. Condujeron sus caballos a un rincón musgoso y se sentaron a descansar. Fumaron. Leila conservaba su fusta en la mano.

–Me arden las nalgas de tanto cabalgar –se la­mentó Bijou.

–Déjame ver –le pidió Leila–. Para ser la primera vez no tendríamos que haber cabalgado tanto. A ver qué te pasa.

Bijou se desabrochó lentamente el cinturón, se abrió los pantalones y se los bajó un poco, volviéndose para que Leila pudiera ver. Leila la hizo tenderse sobre sus rodillas y repitió:

–Déjame ver.

Acabó de bajarle los pantalones y descubrió com­pletamente las nalgas.

– ¿Duelen? –preguntó al tiempo que tocaba.

–No, sólo me arden como si me las hubieran tostado.Leila las acariciaba.

– ¡Pobrecilla! –se compadeció–. ¿Te duele aquí?

Su mano penetró más hondo en los pantalones, más hondo entre las piernas.

–Me siento arder ahí.

–Quítate los pantalones y así estarás más fresca –dijo Leila, bajándoselos un poco más y manteniendo a Bijou sobre sus rodillas, expuesta al aire.- Qué hermoso cutis tienes, Bijou. Refleja la luz y brilla. Deja que el aire te refresque.

Continuó acariciando la piel de la entrepierna de Bijou como si fuera un gatito. Siempre que los pantalones amenazaban con volver a cubrir todo aquello, los apartaba de su camino.

–Continúa ardiendo –dijo Bijou sin moverse.

–Si no se te pasa habrá que probar algo más.

–Hazme lo que quieras.Leila levantó la fusta y la dejó caer, al principio sin demasiada fuerza.

–Eso aún me irrita más.

–Quiero que te calientes aún más, Bijou; te quiero caliente ahí abajo, todo lo caliente que puedas aguantar.

Bijou no se movió. Leila utilizó de nuevo la fusta, dejando esta vez una marca roja.

–Demasiado caliente, Leila.

–Quiero que ardas ahí abajo, hasta que ya no sea posible más calor, hasta que no puedas aguantar más. Entonces, te besaré.

Golpeó de nuevo y Bijou continuó inmóvil. Golpeó un poco más fuerte.

–Ya está lo bastante caliente, Leila –dijo Bijou; bésalo.

Leila se inclinó sobre ella y estampó un prolongado beso donde las nalgas forman el valle que se abre hacia las partes sexuales. Luego volvió a golpearla una y otra vez. Bijou contraía las nalgas como si le dolieran, pero en realidad experimentaba un ardiente placer.

–Pega fuerte –pidió a Leila.Leila obedeció y luego dijo:–¿Quieres hacérmelo tú a mí?

–Sí –accedió Bijou, poniéndose en pie, pero sin subirse los pantalones.Se sentó en el frío musgo, tumbó a Leila sobre sus rodillas, le desabrochó los pantalones y empezó a fustigarla, suavemente al principio, y luego más fuerte, hasta que Leila empezó a contraerse y expandirse a cada golpe. Sus nalgas estaban ahora enrojecidas y ardiendo.

–Quitémonos la ropa y cabalguemos juntas –propuso Leila.

Se despojaron, pues, de sus vestidos y montaron ambas en un solo caballo. La silla estaba caliente. Se apretaron una contra otra. Leila, detrás, puso sus manos en los senos de Bijou y la besó en un hombro. Cabalgaron un breve trecho en esta postura, y cada movimiento del caballo hacía que la silla se restregara contra los genitales. Leila mordía el hombro de Bijou y ésta se volvía de vez en cuando y mordía a su vez un pezón de Leila. Regresaron a su lecho de musgo y se vistieron.

Antes de que Bijou se abrochara los pantalones, Leila le besó el clítoris; pero lo que Bijou sentía eran sus nalgas ardientes y rogó a Leila que pusiera fin a su irritación. Leila se las acarició y volvió a utilizar la fusta, con más y más fuerza, mientras Bijou se contraía bajo los golpes. Leila separó las nalgas con una mano para que la fusta cayera entre ellas, en la abertura más sensible, y Bijou gritó. Leila la golpeó una y otra vez, hasta que Bijou se convulsionó.

Luego Bijou se volvió y golpeó con fuerza a Leila, furiosa como estaba porque su excitación no había sido aún satisfecha, porque seguía ardorosa e incapaz de poner fin a esa sensación. Cada vez que golpeaba sentía una palpitación entre las piernas, como si estuviera tomando a Leila, penetrándola. Una vez se hubieron fustigado ambas hasta quedar enrojecidas y furiosas, cayeron la una sobre la otra con manos y lenguas hasta que alcanzaron, radiantes, el placer.

Comentarios del Editor: Este es un maravilloso pasaje del Delta de Venus, escrito por la polifacética Anaïs Nin posiblemente por encargo, en donde se produce una de las mejores escenas de spanking entre mujeres jamás narrada. Espero que disfrutes de este pasaje tanto o más de lo que gozo yo mismo, cada vez que vuelvo a releerlo.

 

Misterios dolorosos

Por: Amada Correa

Hace falta más valor  para sufrir que para morir."

Napoleón Bonaparte

Mis vacaciones terminaron a comienzos de enero. De muy mala gana regresé a la ciudad, necesitaba aprobar dos materias en los turnos de marzo para estar en condiciones de cursar como alumna regular el último año.

Estudiar en  pleno verano con temperaturas de casi cuarenta grados resultaba una verdadera tortura, yo tenía muchos deseos de aprobar y, paradójicamente, muy pocas ganas de abocarme a los libros, por ese motivo resolví buscar una compañera de estudios.

Encontrar a esa altura del año alguien para estudiar juntos resultaba bastante difícil, no obstante coloqué un aviso en la cartelera del centro de estudiantes y dos días más tarde recibí un llamado telefónico de Nora Leroy. avisándome que estaba dispuesta a preparar aquellas dos materias conmigo.

Nora, a quien yo habría visto una media docena de veces en la Facultad, pero con quien nunca había conversado, era un par de años mayor que yo, trabajaba medio día en una oficina y vivía en casa de una tía viuda. Por lo que tuve que amoldarme a sus horarios.

Nora era una persona dulce, de carácter más bien tímido cuyo rostro sin ser bello resultaba armonioso pues reflejaba una extraña placidez. Yo me sentía muy a gusto con ella, tanto que en poco tiempo resultamos grandes amigas.

Una particularidad suya que me llamó de inmediato la atención era su ferviente religiosidad, pues no sólo cumplía los preceptos sino que además frecuentaba los sacramentos. Para una muchacha mundana como yo aquello resultaba algo insólito; de no haber sido por el afecto que sentía hacia ella y el respeto que me inspiraba quizás hasta me hubiera permitido hacerle algunas bromas. En cambio para complacerla muchos domingos acepté su invitación y la acompañé a misa.

Las horas que estudiábamos juntas eran bien aprovechadas, apenas nos permitíamos breves intervalos de descanso antes de regresar de nuevo a los libros.

La semana anterior al primer examen, su tía nos dejó solas para que yo me instalara en la casa. Ella viajó al campo a visitar una hermana, Nora pidió licencia en el trabajo, de ese modo, pudimos dedicarnos de lleno a repasar la materia.

La víspera del examen, como de costumbre, yo era un manojo de nervios, en cambio mi compañera estaba alegre, se mostraba más tranquila y confiada que nunca.

Me extrañaba, esa actitud suya porque la materia además de difícil era extensa, la mesa examinadora la componían tres de los profesores más exigentes de la Facultad y ambas sabíamos de antemano que algunos temas los llevábamos prendidos con alfileres, por lo tanto, si en esos puntos flojos llegaban a interrogarnos a fondo las posibilidades de salir airosas serían mínimas.

No pude menos que preguntarle qué le daba tanta seguridad. Me respondió que la Virgen nos ayudaría y, -agregó-, bajando el tono de voz: -Hice una promesa.

Ella y su tía eran devotas de Nuestra Señora de los Dolores, por ese motivo en un lugar destacado de la sala de estar se hallaba la clásica imagen de la Virgen rebozada con manto negro exhibiendo el corazón traspasado por las siete espadas con que de manera mística se representan sus peores sufrimientos de madre. 

En el examen nos fue muy bien a las dos. A mi me tocó rendir primera porque las listas se confeccionaban por orden alfabético. Después permanecí ansiosa en la puerta del aula, hasta que Nora apareció resplandeciente. Ambas habíamos aprobado con muy buenas calificaciones.

A la salida de la Facultad, a instancias de mi amiga, nos detuvimos en una de las iglesias para agradecer a la Virgen el feliz resultado de la prueba que acabábamos de superar.

Satisfechas y distendidas, pasamos el resto de la tarde viendo televisión, después de cenar decidimos acostarnos enseguida para comenzar a repasar temprano la materia que debíamos rendir la semana  siguiente.

En el dormitorio, dispuestas ya a meternos en cama, Nora, como todas las noches, se arrodilló al pie de la suya para rezar las tres avemarías, yo estaba a punto de tenderme en la mía cuando incorporándose dijo:

 -No te acuestes todavía, porque necesito que me ayudes a cumplir mi promesa… Dicho esto se dirigió a la cómoda, abrió el último cajón, del que extrajo algo envuelto en un trozo de terciopelo azul oscuro que dejó sobre la cama.

Al desenvolverlo quedó a la vista una recia correa de unos dos dedos de ancho por más o menos sesenta centímetros de largo, con empuñadura de hule en un extremo mientras el otro terminaba en forma redondeada.

Nora me alcanzó el instrumento pidiéndome que lo tomara, y pasó a explicarme que la promesa consistía en recibir siete severos correazos, en conmemoración de los siete dolores de la Virgen, que yo debía aplicarle.

Sorprendida por aquel insólito pedido me rehusé a cumplirlo. Nora previendo mi negativa, apeló a todos los argumentos a su alcance a fin de hacerme cambiar de opinión. Finalmente lo consiguió, pues aunque de mala gana terminé cediendo a sus deseos y antes que pudiera reaccionar, ella se tendió en la cama boca abajo y con gran rapidez se bajó la bombacha para quedar con las nalgas expuestas.

Vacilé bastante antes de descargar la correa y cuando por fin lo hice apremiada por ella que me instaba a golpearla, lo hice con tanto cuidado, que apenas lo sintió.

Molesta por mi reticencia y tal vez porque aquello se prolongaba demasiado, dijo que ese golpe no debía tenerse en cuenta porque yo debía descargar la correa con toda la fuerza de mi brazo de lo contrario la promesa no tendría ningún valor.

El tono apremiante e imperativo con que se dirigía a mi me amoscó bastante y puesto que así lo quería le apliqué un vigoroso azote, cuyo chasquido me dejó atontada.

Temiendo haberle causado un daño grave permanecí inmóvil observando si la correa había lastimado la delicada piel de mi amiga, pero sólo había dejado allí un trazo rojizo.

Nora aprobó ese azote pidiéndome que lo repitiera con más fuerza si era posible, y adelantándose a mis prevenciones agregó que no debía tener miedo de hacerle daño porque ella estaba acostumbrada…

De manera que, con el mismo rigor e intensidad le apliqué los seis azotes siguientes, espaciándolos como me lo indicara para intercalar entre uno y otro una breve jaculatoria.

Al cabo tenía las nalgas congestionadas y enrojecidas, supuse que debía dolerle bastante, sin embargo soportó los azotes con entereza desde el principio hasta el fin, sin que de sus labios escapara un solo quejido.

Me dirigí a la cómoda para dejar allí la correa, esperando entretanto que Nora se incorporara, pero la escuché decir que no había cumpl