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EL ALEMÁN

Por: Amadeo Pellegrini

Dedicado a  Mayte Riemens

Advertencia: esta historia trata de un hecho real acaecido a mediados de la década de 1960. La persona que me la confió merece el mayor crédito, por tanto la transcribiré en primera persona procurando respetar en todas sus partes el relato original.

   

Aunque oriundo de Austria, a Hans Kern, lo conocían como “el Alemán”, y muy poco se sabía de él, pues casi nadie recordaba cuándo, cómo, ni por qué se había establecido allí.

Enjuto, encorvado, de barba y cabellos cenicientos entre los que afloraban algunas hebras de pelos rubios, el Alemán resultaba una figura extraña, su rostro  carecía de rasgos destacados, poseía sin embargo un par de inquietantes ojos celestes, cuya penetrante mirada resultaba muy difícil sostener.

Vivía, recluido en una pequeña casa de madera construida con sus propias manos, a las afueras de la localidad, la que abandonaba solamente para hacer algunos de los trabajos que únicamente él era capaz de llevar a cabo.

En efecto, lo requerían para cumplir tareas arriesgadas que ninguna otra persona se atrevía a tomar, como bajar a pozos de molinos de cuarenta metros de profundidad o más, a reparar los cilindros, trepar a la torres más altas a reemplazar las luces, desmontar árboles corpulentos que hacían peligrar las viviendas vecinas y como aquellas muchas otras obras de riesgo que el extraño individuo acometía con una naturalidad, agilidad y eficiencia asombrosas.

Por otra parte, en su domicilio recibía toda clase de objetos que le llevaban para componer o reparar. En esas ocasiones los examinaba en silencio, luego respondía: “puede” si se comprometía a componerlos o “No puede” si el objeto no tenía arreglo, pues hablaba sólo lo preciso.

Otra particularidad suya era que antes de aceptar ningún encargo decía la cantidad a cobrar, si alguien se atrevía a regatear o a decirle que el precio le parecía excesivo, sin vacilar devolvía el objeto diciendo: “Lleve”

Entonces no había ruego, promesa o disculpa que lo hiciera cambiar de opinión. Lo mismo sucedía cuando lo buscaban para alguna otra tarea, si no le aceptaban la cantidad pretendida, sin decir palabra daba media vuelta tomaba la bicicleta que era su medio de locomoción y se marchaba sin siquiera despedirse.

Por lo general era moderado en sus pretensiones, además como lo conocían y era único para ciertos trabajos, raramente le objetaban el precio.

Todo esto bastaba para transformarlo en un  personaje extravagante, pero lo que le había conferido bien ganada fama de brujo o de hechicero eran los extraños “poderes” que poseía y empleaba en circunstancias excepcionales.

Como la vez aquella que los caballos de un enorme carro se espantaron, cortaron las riendas marchando desbocados por la calle con riesgo de arrollar a unas criaturas que jugaban a la pelota allí.

Al verlos el Alemán se interpuso de un salto y levantando la mano derecha, sin siquiera tocarlos ni pronunciar palabra alguna, los detuvo en seco ante el asombro de los circunstantes.

Como aquella, llevaba realizadas muchas proezas de diversa índole.

Un fumador inveterado recordaba, que le preguntó si podía quitarle el vicio del tabaco, Kern le respondió: “Puede” y señalándole el paquete de cigarrillos agregó: “Deme” El interpelado le entregó entonces el paquete sobre el cual el Alemán trazó signos misteriosos para devolvérselo diciendo: “Fume”

Cuando el hombre extendió la mano para tomarlo, el envoltorio le quemaba de tal forma que gritó arrojándolo rápidamente al suelo. Reconoció después que lo mismo volvía a sucederle cada vez que pretendía encender un cigarrillo.

Por esa razón fui a verlo el día que un tornado le arrancó parte del techo al galpón de mi establecimiento. Tenía almacenado allí gran cantidad de lana, maquinarias y otros elementos.

Entonces ¿Quién otro que el Alemán para reparar un techo en doble pendiente con casi seis metros de altura en su parte más elevada?

Acepté el precio que pretendía y la condición de ponerle un ayudante para que desde abajo le alcanzara las chapas, las herramientas y los accesorios a medida que los necesitara

Recordé que mi encargado tenía un sobrino, de nombre Dionisio quien acababa de abandonar los estudios y como era un tanto inmaduro me había pedido que le consiguiera alguna ocupación aunque fuera temporaria, para ver si adquiría un poco de responsabilidad.

Al día siguiente temprano los tenía a ambos trabajando. El alemán colgado de un arnés; en lo más alto entre los tirantes desde allá arriba mediante silbidos y señas indicaba al muchachito las cosas que necesitaba y una vez que el ayudante las enganchaba  él izaba por medio de una cuerda.

En la tercera jornada me tocó presenciar el insólito episodio que los tuvo por protagonistas.

En cierto momento Dionisio entretenido con un perro se había ido alejando y no respondía al llamado de los silbidos del hombre, mientras yo estaba en el rincón opuesto afilando peines de una esquiladora.

De pronto ví a Kern deslizarse como un gato hasta el piso para enfrentarse con el chico. No lo escuché hablar, solamente lo tenía tomado por la barbilla obligándolo a sostener la mirada manteniéndolo así unos segundos.

Observé enseguida que el jovenzuelo, como respondiendo a un conjuro, se desprendía los pantalones para echarlos hacia abajo junto con los calzoncillos para de inmediato tumbarse, sin emitir protesta alguna, boca abajo sobre uno de los fardos de lana.

Al ver al  alemán quitarse el cinturón atravesó mi mente el pensamiento que estaba por asistir a un repugnante acto de sodomía.

Entre tanto yo me encontraba incapaz de intervenir como si un campo magnético me mantuviera paralizado en el lugar contemplando a aquel extraño sujeto con el cinturón doblado por el medio disponiéndose a azotar las rollizas nalgas de efebo del ayudante,

Ante mis ojos se desarrolló a continuación el espectáculo más grotesco que me fue dado presenciar. Con deliberada frialdad como si estuviera apaleando a un perro, el alemán comenzó a descargar azote tras azote sobre las temblorosas posaderas.

Pero más que aquella espaciada y metódica azotaina, me chocaba la actitud pasiva del jovenzuelo quien no solamente no oponía resistencia alguna al tratamiento que estaba recibiendo, tampoco había procurado en ningún momento proteger con las manos la vapuleada piel desnuda, sino que encima había recogido él mismo los faldones de su camisa para dejar el culo mejor expuesto a los azotes

Aquello debía resultarle doloroso, no obstante en ningún momento lo oí gritar ni pedir misericordia. Sus inflamados glúteos se estremecían a cada  contacto de la correa pero la única reacción que advertí era que a cada azote juntaba de manera alternativa los talones, los separaba uniendo la punta de sus pies y de nuevo separándolos, así ininterrumpidamente mientras dejaba escapar ahogados gemidos.

Por último el alemán chascó los dedos y Dionisio se incorporó para poner orden en su vestimenta.

En todo el tiempo ninguno de los dos pareció reparar en mi presencia, como si yo de pronto me hubiera vuelto invisible.

Mucho tiempo después se me presentó la oportunidad de tratar el tema con Dionisio, quien al principio se mostró sorprendido y un poco avergonzado, porque no recordaba haberme visto esa tarde.

A mis preguntas respondió que Hans Kern aquella tarde no le había dicho nada pero que con sólo mirarlo le hizo comprender qué lo azotaría, entonces él, obedeciendo a una fuerza interior irresistible, se aprestó a recibir el castigo.

Finalicé interrogándolo sobre lo que había experimentado en aquellos momentos. Reconoció que la azotaina le había resultado muy dolorosa pero agregó, de manera enigmática, que le había producido al mismo tiempo un extraño alivio. Creo que empleó también la palabra bienestar…

Después del carnaval

Por: Amada Correa

“…Pero el encanto de aquellas horas
al morir Momo, se disipó y con mi dolor
a solas, lloré la muerte de una ilusión…” 

“Después del Carnaval” (TANGO)
Música y letra Amuchástegui – Keen


Ese año la cosecha, había resultado excepcional, la gente disponía de dinero y muchas ganas de divertirse, por eso los carnavales prometían resultar inolvidables.

Como siempre la avenida principal de la localidad, luciría adornada para el Corso (N. del Editor: desfile de carnaval, Rúa), después el baile de disfraz con dos orquestas, se llevaría a cabo  al aire libre en las instalaciones del Sporting Club.

Para el Comisario Benítez, funcionario de gruesos bigotes y espesas cejas negras, policía “de los de antes”, cuyo apego al orden delataba la reciedumbre de su carácter, los festejos del carnaval resultaban oportunidades de desbordes y desmanes.

El Comisario con el propósito de advertir a la población, mandó fijar, una semana antes, en lugares bien visibles el “Edicto de Carnaval”, estableciendo las prohibiciones, las contravenciones, la obligatoriedad de los permisos de disfraz y, -lo más serio-, las penalidades para los infractores, que iban desde multa de cinco pesos para arriba hasta treinta días de arresto. El último apartado estaba impreso en caracteres destacados.


Santiaguito Riello y Ricardito Covacci eran amigos inseparables o sea, eran lo que vulgarmente llaman: “carne y uña”. Ninguno de los dos recordaba quién de ellos había tenido la loca idea de disfrazarse de mujer para esos carnavales. Lo que seguramente nunca olvidarían serían las consecuencias que les deparó aquel desdichado episodio juvenil…

Fanny y Nilda Covacci, hermanas mayores de Ricardito, acogieron entusiasmadas el proyecto de los dos muchachitos. Fueron ellas las que idearon  vestirlos de gitanas y las que, en el más absoluto secreto, se ocuparon de preparar los disfraces; para lo cual, a escondidas, deshicieron y tiñeron viejas cortinas, reformaron blusas pasadas de moda, remendaron y rellenaron con lana dos gastados corpiños, confeccionaron, con lienzo de color, un par de grandes pañuelos, exhumaron, de un baúl, postizos y trenzas de utilería de la época que ambas formaban parte del grupo de teatro vocacional de la Comisión de Fomento Cultural y Agrario.

La víspera del carnaval, los dos amigos se presentaron en la comisaría para sacar el correspondiente permiso de disfraz.

El policía que los atendió, después de anotar en una planilla sus nombres, direcciones y el tipo de disfraz elegido, -allí declararon que se disfrazarían de linyeras (N. del Editor: sintecho, homeless, clochard) -, les entregó la cartulina numerada que ambos debían llevar colocada en la ropa de manera visible.
  

El primer día de carnaval, desde temprano, en medio de bromas y risas, los cuatro conjurados, pusieron manos a la obra. Con las faldas en su lugar, ceñidos los corpiños debajo de las blusas; agujas e hilo en mano, las hábiles mujeres, dieron los últimos toques a las vestimentas  para pasar a componer los respectivos tocados, después fue el turno del maquillaje: rimel y sombra en los párpados, pintura en los labios, abundante carmín en las mejillas, falsos lunares alrededor de la boca, esmalte rojo en uñas de manos y pies…

Por último, collares, pulseras y aros de fantasía completaron el prodigio, el espejo mostró entonces la inequívoca figura de dos auténticas gitanitas retorciéndose de risa y a las hermanas Covacci por detrás celebrándolos.

Fue Nilda, la menor de las hermanas, quien advirtió que faltaba un detalle importante. Regresó de su habitación con dos delicadas bombachas (N. del Editor: bragas, pantaletas) de satén para reemplazar los masculinos calzoncillos.

Como todas las cosas tienen sus límites, al principio, por timidez o por vergüenza, los muchachos las rechazaron. Al cabo, a regañadientes, ante la insistencia y los burlones comentarios de las mujeres, sin mirarse entre sí, se las colocaron para terminar un rato después por recogerse las faldas delante del espejo, muertos de risa.

El Corso estaba programado para las 21 horas, pero desde un par de horas antes el público empezó a congregarse en los sitios más estratégicos para no perder ningún detalle del desfile de carrozas y de las comparsas, mientras tanto dos policías montados recorrían, de un extremo al otro, el trayecto engalanado de la avenida para impedir que la gente se estacionara en la calzada o jugara con agua.

Solos en casa de los Covacci, ambos amigos esperaban ansiosos que oscureciera por completo y comenzara el bullicio de las comparsas para sumarse a la fiesta. Llegado ese momento,  encerraron al perro para evitar ser seguidos y reconocidos por los vecinos,  se colocaron los antifaces color rosa, saltaron la tapia por los fondos hacia la casa lindera, desde allí, agazapados, cruzaron rápidamente un ancho baldío (N. del Editor: solar, terreno) hasta ganar la calle y pegados a las paredes llegaron a la esquina del palco de los organizadores y el jurado.

El Sporting Club  había instituido tentadores premios por un total de 500 Pesos distribuidos así: 250 Pesos a la mejor carroza, 150 Pesos a la mejor comparsa y dos primeros premios de 50 Pesos al mejor disfraz masculino y otro tanto al femenino.

En medio del bullicio de silbatos, matracas y tamboriles de lata entraron, balanceando las caderas al compás, como les habían recomendado las chicas, en la avenida San Martín.

Se ubicaron  detrás de la comparsa “Los Desalmados” formada por unos ocho jovencitos envueltos en sábanas con la cara cubierta por una máscara de tela blanca simulando calaveras, donde se mezclaron con otro grupito de disfrazados que venían acompañando la murga, “Las Flores del Chiquero”(N. del Editor: pocilga, cuadra para cerdos).

De entrada, las dos “gitanitas” llamaron la atención de los espectadores, al llegar frente a la confitería “La Ideal” donde estaban reunidos la mayor parte de los vagos de la localidad, la presencia de los dos amigos fue saludada con una silbatina y un coro de piropos. Desde uno de los balcones cayó sobre ellos el homenaje de una lluvia de serpentinas y papel picado.

Por un momento ambos se sintieron los ídolos de la noche, la muchachada esperaba verlos pasar nuevamente para abalanzarse sobre ellos, con intenciones de robarles besos o destinarles alguna caricia audaz matizada con propuestas obscenas.

El baile estaba en lo mejor con la pista saturada de bailarines y disfrazados estorbándolos. Allí se repitió con más virulencia el asedio que habían experimentado en el Corso. Para librarse de los cargosos no tuvieron más remedio que acercarse a los grupos de mujeres estacionadas frente a los baños, pomposamente llamados “Tocadores”.
 
Fue entonces donde no tuvieron mejor idea que entrar a la antesala de los retretes para las damas y para rematarla, por gracia Ricardito hizo estallar un petardo al grito de ¡Me matan!... ¡Me matan!...

El pandemónium que se produjo en el atestado recinto fue extraordinario; en cuestión de minutos dos agentes de policía flanquearon la salida cerrando el paso a los curiosos que se arremolinaron en torno a la puerta. Acusados por dos gruesas damas que salieron de los retretes en el momento preciso del estallido y que atestiguaron en su contra ambos fueron prendidos en el acto y trasladados a la Comisaría.

Una vez identificados fueron alojados en un oscuro calabozo. Allí adentro, los dos consternados amigos quedaron aguardando su suerte. Es decir esperando la llegada del Comisario Benítez, y de sólo pensarlo se les ponía carne de gallina…

Entre tanto desde exterior llegaban a la celda los apagados compases de una milonga, matizadas de a ratos con las suaves melodías de algún valsecito y las alegres notas de los pasodobles entreverados más tarde con las melancólicas cadencias de la selección de tangos.
 
Afuera la gente seguía divirtiéndose, en cambio para ellos y para “Jarrita” perdidamente borracho que compartía aquel sórdido alojamiento, la fiesta había terminado…

El Comisario llegó a su oficina cuando la orquesta típica anunciaba el sorteo de la Mesa Servida y a continuación la última selección de la noche…
Soria, el escribiente, que por una cruel burla del azar cortejaba a la menor de las Covacci, fue el encargado de dar el parte de novedades a su Jefe.
-Bien Soria, -aprobó el funcionario-. Ahora prepare el mate y después tráigame a esos dos mariquitas…

Desencajados y temblorosos aparecieron Santiaguito y Ricardo a quienes el acompañante ordenó quedarse de pie debajo de las tulipas que iluminaban la sala, de cara al Comisario, que ni siquiera se molestó en levantar la vista para observar a los recién llegados, simuló continuar ocupado con los papeles que tenía dispersos sobre la mesa sorbiendo con fruición los mates que le alcanzaba el  escribiente.

En absoluto silencio, la escena se prolongó por un buen espacio de tiempo. Soria, conocedor de los métodos policiales en general y los de su superior en particular, pensó: “Vaya a saber cuánto tiempo más los va tener haciendo amansadora…”

Hacerles la amansadora a los presos consistía en mantenerlos esperando en silencio, para ablandarlos. Tratamiento que, en ocasiones se prolongaba durante varias horas, lo que en la jerga policial llamaban: “juntando pis”, hasta que la víctima no pudiera resistir las ganas de orinar. A veces, algunos presos llegaban a mojarse encima, situación humillante que los colocaba ante los policías en situación de completa inferioridad.

Por fin el Comisario Benítez se puso de pie y , siempre en total silencio, comenzó a recorrer la habitación a grandes pasos sin dejar de observar de arriba abajo a los dos muchachos. Cada tanto se detenía detrás de ellos, que impedidos de volverse para mirar qué hacía se sofocaban de angustia.
 
Soria acatando una seña imperceptible de su jefe se colocó en un ángulo de la estancia fuera también de la vista de los detenidos. Desde esa misma posición el Comisario dirigiéndose a su subordinado en voz bien alta, dijo:

-¿Ve Soria? Así empiezan estos mariquitas…  Jugando, jugando se visten de nenas… Y le toman el gusto…¿Sabe?... Después, de más grandecitos se dejan el pelo largo, usan zapatos con tacones y se ponen pantalones ajustados que les marquen bien el culo… ¡Eso es lo que más les gusta! ¡Mostrar el culo!… ¿Sabe cómo se acaba la cosa, Soria? Terminan convertidos en maricones del todo;  viciosos que ya no tienen más remedio.

El escribiente, conocía su papel, por eso no respondió una sola palabra. Hubo un largo intervalo de silencio, luego del cual el funcionario retomó el monólogo:
-A estos hay que agarrarlos de chicos, Soria, cuando recién empiezan a mostrar la hilacha, entonces se les da un buen “tratamiento” y se curan… ¡Claro que se curan, se lo aseguro yo!…

En silencio nuevamente reemprendió el paseo alrededor de la sala. Hasta que por fin se detuvo delante de la ventana que daba a la calle:

-Ya está clareando… -dijo volviéndose hacia su subordinado, a quien después ordenó señalando a Santiago:

-A éste me lo mete de nuevo en el calabozo…- y añadió: A éste otro después me  lo lleva a las caballerizas… ¿Entendido?

-¡Entendido señor! –Exclamó Soria juntando los tacos (N. del Editor: dando un taconazo), tomó por el brazo a Riello obligándolo a caminar a su lado.

Cuando regresó por Ricardo, el Comisario se había marchado. El muchacho aprovechó para preguntarle al novio de su hermana a dónde lo llevaban y qué le iban a hacer allí. Soria le respondió:

-¡Callate, pibe! No preguntés nada y hacé todo lo que el jefe te ordene si querés volver enseguida a tu casa…

-Pero…¿Por qué me llevan a las caballerizas? Insistió tartamudeando.

Soria recordó con deseo a Nilda Covacci, el pibe se parecía bastante a la hermana y sintió un poco de pena por él.

-Ahí vas a conocer el monturero y ahora te callás porque ya llegamos…

Habían cruzado el desolado patio para entrar en el cobertizo de los caballos, en uno de cuyos extremos estaba el depósito de monturas y arneses, cuartito conocido como: monturero, sitio que, por hallarse aislado, alejado de miradas indiscretas se usaba también para los “aprietes” que en el argot carcelario significaban: los apremios ilegales (vejámenes muy próximos a las torturas).

El monturero no tenía ventanas, únicamente la puerta de madera, la iluminación allí provenía de una sencilla lámpara eléctrica colgada del techo, una de las paredes tenía amurados soportes de hierro para  las sillas de montar, en la del otro extremo había gran cantidad de ganchos fijados a distintas alturas del que pendían, riendas, arneses, atalajes y otros elementos ecuestres, en uno de los rincones estaban apiladas algunas bolsas de avena, cerca de ellas el Comisario Benítez, en persona, los esperaba.

-Soria ayude a la “señorita” a sacarse la ropa. Dio la orden en un tono ligero acentuando el dejo burlón al pronunciar la palabra señorita. El escribiente que no ignoraba lo que su superior se proponía hacer volvió a sentir lástima por el muchacho, pero acató la orden de inmediato.

Cayeron las sayas gitanas, al suelo fue a parar también el tocado completo junto con la blusa. Ricardo quedó expuesto sólo con las prendas íntimas de sus hermanas encima: la coqueta bombacha color salmón guarnecida de encaje y el portasenos henchido de lana. En el momento que Soria se disponía a desprenderle el corpiño su jefe le ordenó dejarlo como estaba extendiéndole un par de esposas.

-Póngale estas pulseras, que le van a quedar mejor a la señorita. Después retírese –Dijo.

El escribiente hizo lo que le ordenaba, enseguida dio media vuelta y se marchó cerrando la puerta al salir.

Una vez solos, el Comisario con sarcasmo comentó:
-¿Así que te gusta adornarte el culo con calzoncitos de mujer? ¡Mirá que habías sido “coqueta”! Pero te los voy a tener que bajar para no estropearlos ¿Sabés?

Uniendo la acción a la palabra tironeó del elástico hasta dejar la prenda en mitad de los muslos.

¡Caramba! Tenés un lindo culo. Exclamó palpando groseramente ambos glúteos, para descargar sobre ellos enseguida todo el peso de su velluda mano. La palmada resonó como un pistoletazo y arrancó a la víctima un ¡Ay! profundo. Cambiando de tono agregó:

-¿Te gusta andar moviendo el culo, no?... Como no obtuvo respuesta añadió: ¡Seguro que te gusta!... Pero no te preocupes con esto –dijo mostrándole una gruesa correa- te lo voy a hacer mover de lo lindo…¡ Ya vas a ver como lo vas a sacudir para todos lados!

Mientras hablaba tomó la cadena de las esposas arrastrándolo hasta uno de los ganchos de donde lo colgó. Ricardo quedó de esa forma literalmente estampado de cara a la pared.

-¡Tomá! ¡Dale movelo con ganas ahora! Gritó al descargar el primer azote contra las blandas carnes del joven. ¡Eso es!.. ¡Así tenés que balancear el culo!... ¡Otro poco más!... ¡Dale! ¡Dale! ¡Sacudilo con ganas!... ¡Más ganas!... ¿No te gusta acaso que te hagan mover el culo?... ¿No es eso lo que buscabas?... Bueno ahí lo tenés… Gózalo entonces…¡Tomá!  Cada frase iba seguida por fuertes azotes y acompañada por los agudos sollozos y chillidos de la víctima…

Por una hendija del tablero de la puerta Soria que estaba del otro lado presenciaba la azotaina…

El Comisario Benítez pegaba como un diablo, el ayudante pensó que le agradaban los azotes porque esa tarea no la delegaba en ningún subordinado, él en persona era el encargado de las azotainas cualquiera fuera el destinatario.

El castigo terminó. El escribiente, entonces fue convocado para recibir nuevas órdenes:

-¡Sáquele las esposas, que junte todos esos trapos y así como está, me lo pone en la calle para que se mande a mudar enseguida antes que me arrepienta!... Después me lo trae al otro…

Sudoroso el policía encendió un cigarrillo y salió al patio, mientras en el interior cumplían sus órdenes…

-¡No! ¡No! ¡Dejá eso no te pongas nada encima ya lo oíste al comisario juntá todo y salí como estás! –Murmuró Soria al oído de Ricardo… Y apurate antes que se arrepienta…

Minutos después Ricardito Covacci estaba en la calle en ropa íntima de mujer huyendo a todo correr a refugiarse en su casa. Su compañero de travesuras después de pasar por el mismo trance hizo otro tanto…

Chiquitín va al médico

Autor: Chiquitín

El despertador sonó sin piedad, como todas las mañanas. Muy amodorrado, Papi se incorporó para apagarlo. Se desperezó mientras se levantaba de la cama que compartía con Chiquitín para abrir la persiana. La luz del nuevo día dañó los ojos de su hijo.

“Vamos, Chiquitín, hay que levantarse”

Papi intentó que su voz sonara fuerte, pero el cansancio de la mañana pudo más que su buena voluntad. Chiquitín, como respuesta, se giró tapándose de la luz y envolviéndose más en las sábanas. Pero Papi conocía muy bien el mejor modo de quitarle el sueño a un jovencito dormilón. Se inclinó sobre la cama y tiró fuerte de la ropa; el cuerpo desnudo de Chiquitín apareció ante su vista. Papi lo giró con la mano izquierda para poner el culete al alcance de su diestra, con la cual descargó una rápida ráfaga de azotes sobre las nalgas desnudas de Chiquitín. El pequeño se incorporó en la cama sobresaltado y con cara compungida. Papi sonrió.

“Es hora de levantarse, jovencito. Me voy a la ducha y cuando venga quiero verte totalmente vestido y preparado para desayunar. ¿Lo tengo que decir dos veces?”

“No, Papi”

Chiquitín despegó de la cama su culete levemente sonrosado por los azotes, y se levantó. Satisfecho, Papi cogió toallas y ropa limpia, y se dirigió hacia el cuarto de baño. Una vez allí, mientras se quitaba el pijama, tenía la sensación de tener algo que hacer ese día, aunque no podía recordar que era.

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Papi entró en la habitación ya vestido, aunque con el nudo de la corbata sin hacer. Muchos días al volver a entrar se encontraba a Chiquitín todavía en la cama, por lo que llevaba la zapatilla especial de castigo preparada en su mano derecha por si había que zurrar al pequeño para que acabase de despejarse. Sin embargo, Chiquitín le dio una agradable sorpresa aquella mañana: le esperaba completamente vestido, muy guapo con su jersey, su corbata y sus pantaloncitos cortos que apenas le cubrían la mitad del muslo, y hasta se había perfumado ya con colonia y aguardaba por su papá en actitud sumisa, con las manos en la espalda y una encantadora sonrisa de niño bueno. Papi dejó descansar la zapatilla sobre la cómoda, rodeó a su hijo con un fuerte abrazo y lo besó en los labios.

“Buenos días, Chiquitín. Estás muy guapo”

“Tú también, Papi”

“Hala, a desayunar” Papi dirigió a Chiquitín fuera de la habitación con un par de palmadas cariñosas en el trasero.

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Chiquitín no dio problemas ni molestó con preguntas pesadas durante el desayuno, ni hizo perder tiempo a la hora de salir de casa, ni intentó despegar su mano de la de su papá mientras caminaban hasta la casa del profesor particular del muchacho. Aunque se sentía muy agradecido por esa inusual mañana de paz, Papi solía inquietarse ante un comportamiento tan perfecto, porque solía ser señal de que Chiquitín había llevado a cabo alguna travesura, o estaba planeando alguna. Y luego esa sensación de que estaba olvidando algún trabajo pendiente para ese día ..... Intentó quitarse esas ideas de la cabeza; era una hermosa mañana y él y su niño paseaban felices por la calle.

Al doblar una esquina, se encontraron ante una escena de disciplina paterna protagonizada por uno de los compañeros de clase de Chiquitín. El papá del muchacho le tiraba con energía de las orejas mientras le reñía en voz no muy alta, por lo que Papi y Chiquitín no supieron exactamente en qué había consistido el mal comportamiento del joven. El caso es que su papá debió considerar que el muchacho merecía un castigo más contundente, por lo que lo atrajo hacia sí y le hizo inclinarse para calentar con una buena zurra la parte posterior de sus pantalones cortos. Papi sonrió, ya que entre él y Chiquitín solía tener lugar una escena similar la mayor parte de las mañanas en el trayecto hacia el “cole”, como los chicos llamaban a la casa de su maestro.

Al pasar al lado del enfadado papá, éste interrumpió durante un momento los azotes para saludar a Chiquitín y su papi, que respondieron con cortesía. El muchacho azotado, probablemente por vergüenza, no intentó averiguar quien estaba presenciando su castigo. Una vez los hubieron adelantado, el sonido de la azotaina, los quejidos del chico travieso, y las regañinas del papá, llegaron a los oídos de Papi y Chiquitín todavía durante un tiempo, hasta que se despidieron a la entrada del cole.

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El trabajo aquella mañana también pareció transcurrir fluido y sin problemas, a pesar de lo cual a Papi seguía sin abandonarle esa sensación de estar olvidando un asunto pendiente. La ausencia de problemas le posibilitó salir de la oficina un poco antes, por lo que podría pasar por el cole y recoger a Chiquitín. Así hablaría con su maestro y se enteraría de qué tal se estaba portando el chico en clase, algo que el trabajo le impedía hacer la mayor parte de las mañanas.

Chiquitín asistía a clases particulares donde aprendía nociones de administración y contabilidad, para dentro de poco tiempo poder entrar a trabajar, si el jefe estaba de acuerdo, en la oficina de Papi como ayudante. Pero lo que había motivado la elección de aquel maestro era su compromiso con la disciplina y el castigo tradicional en la educación de los jóvenes. Papi sabía que dejaba a Chiquitín en buenas manos todas las mañanas, en un lugar donde se le trataría con todo el rigor que necesitaba.

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El propio Chiquitín le abrió la puerta de la casa del maestro. Muy complacido, Papi le acarició el pelo mientras se dirigían a la sala donde tenían lugar las clases. Desde allí llegaba el sonido de una azotaina; y efectivamente, la escena que esperaba a Papi en el aula era la de un joven desnudo de cintura para abajo inclinado sobre la mesa del profesor, recibiendo muchos azotes con una larga regla de madera.

El maestro golpeaba con pulso firme las nalgas ya bien coloradas del muchacho, cuya ropa interior descansaba sobre la mesa, acompañada de otros pantaloncitos y calzoncillos. A un lado, cara a la pared, se encontraban los dueños del resto de la ropa, otros dos jóvenes vestidos sólo con un chaleco y una camisa anudada de forma que sus nalgas quedaban perfectamente visibles. Ambos culitos, que los chicos acariciaban de vez en cuando con expresión dolorida, mostraban un tono rojo intenso; habían sido azotados recientemente, y las marcas de las nalgas parecían tener su origen en la misma regla que ahora estaba castigando un nuevo trasero.

Papi se sentó en uno de los pupitres y ordenó a Chiquitín que hiciera lo mismo. Mientras esperaba para hablar con el maestro, presenció con gran deleite el castigo del alumno travieso, en cuyos quejidos Papi reconoció al hijo corregido por su papá camino del cole aquella mañana. La azotaina era en esta ocasión bastante más severa, así que el chico intentaba, con poco éxito, cambiar la posición de las nalgas para evitar el impacto de la regla y reducir el dolor de los azotes. El maestro le llamó la atención recordándole que debía mantener las piernas bien separadas. El alumno así lo hizo, poniendo sus genitales y su ojete perfectamente a la vista de los adultos presentes en la sala. Papi envidió mucho al maestro; trabajar en la dominación y la disciplina de un grupo de jovencitos sería un sueño para él y para muchos otros papás.

El quinto y último pupilo presente en la sala presenciaba los azotes de su compañero de pie y con expresión muy diferente a la de Chiquitín. Papi se imaginaba por qué, y el maestro confirmó su suposición.

“Mientras acabo con tu amigo, tú vete quitándote ya los pantalones y los calzoncillos, jovencito. También te vas a ir a casa con el culete muy caliente”

Tras esta breve interrupción, el profesor reanudó su ataque sobre las posaderas de su desdichado alumno, mientras el siguiente se quitaba los zapatos, para proseguir luego con los pantalones. Vestido solo de cintura para abajo con la ropa interior, el joven miró en la dirección de Papi; la mirada atenta de un hombre mayor desconocido que observaba como se desnudaba le provocó un momento de duda antes de bajarse, visiblemente avergonzado, los calzoncillos. No obstante, no intentó tapar los genitales ni el culete de la vista de los presentes en la sala. Esperó su turno con la cabeza baja.

Por fin el maestro dejó la regla a un lado y cogió al muchacho castigado de la oreja, levantándolo de la mesa y llevándolo junto a los otros dos.

“Ahí de cara a la pared”

Mientras el dolorido chaval acariciaba sus nalgas ardientes intentando apaciguar el escozor, el maestro fue a saludar a Papi. Su expresión dura se convirtió en un instante en la sonrisa más encantadora.

“Buenas tardes. Que agradable verle por aquí”

“Buenas tardes, señor maestro. Veo que los chicos han sido traviesos hoy”

“No han estudiado la lección que tenían que traer aprendida. He tenido que azotarles a todos, menos a Chiquitín, que hoy, sin que sirva de precedente, ha sido un alumno ejemplar”

Acostumbrado a encontrarse en sus visitas a la clase a Chiquitín sobre las rodillas del maestro, o bien inclinado sobre la mesa como el muchacho al que acababan de azotar, Papi se llenó de orgullo y de sorpresa al oír que su hijo había sido el primero de la clase.

“A decir verdad, Chiquitín ha sido desobediente durante toda la semana; le he tenido que zurrar de lo lindo para que trabajase todos los días. Salvo hoy que se ha portado estupendamente y ha estudiado”. A continuación se dirigió a Chiquitín y lo tomó de la oreja, retorciéndosela. “Eso me demuestra, jovencito, que hago bien en castigarte porque tú cuando quieres, puedes”

“UUUyy”

“¿Es verdad o no es verdad que hago bien en bajarte los pantalones y darte unos buenos azotes en el culo cuando no estudias?”

“Aaaay, es verdad, señor maestro. Aaaay”

“¿Te mereces o no todas las azotainas que te has llevado esta semana?”

“Sííííí, uuuy”

Satisfecho con la respuesta, el maestro liberó la oreja de Chiquitín, para gran alivio de éste. Papi se sintió muy satisfecho de haber encontrado un profesor que prestaba a su hijo la atención que el joven necesitaba, castigándolo como él sabía muy bien que Chiquitín se merecía.

“Pues ya sabes, a estudiar todos los días como hoy. Espero que mañana te sepas bien la lección que te dije. Te la preguntaré nada más llegar a clase, y como no respondas bien a todas las preguntas, te calentaré el pompis como hoy a tus compañeros. Y hablando de tus compañeros ..... hay un caballerete aquí que va a volver a casa con el culito como un tomate”

Tras dar la mano a Papi, el maestro volvió a adoptar su expresión dura; se dirigió al muchacho que le faltaba por castigar y, sentándose en su silla, le ordenó que se colocara sobre su regazo.

Cuando las nalgas desnudas del joven estuvieron a su alcance, el maestro empezó a descargar manotazos sobre ellas con un gran brío. Papi disfrutó de la escena durante unos momentos, pero pronto se dio cuenta de que se hacía tarde y había que preparar el almuerzo. Cogió a Chiquitín de la mano y dejaron atrás los azotes escolares y los lamentos de los muchachos castigados. Su felicidad de aquella mañana tan perfecta fue de nuevo interrumpida por la punzada de algo que quedaba sin hacer y que volvía a martillear su cabeza, sin motivo aparente.

****************************************************

Los papás de chicos traviesos saben que la calma suele ser un preludio a la tempestad. Ésta se desencadenó poco después de salir de casa del maestro. Al coger una calle transversal con su Chiquitín de la mano, Papi notó un pinchazo en el cuello, y su cara se contrajo en una mueca de dolor.

“¿Qué pasa, Papi?”

“Aaaah, me han vuelto los dolores musculares en el cuello. ¿Me darás un masaje al llegar a casa, nene”

“Claro que sí”

“Gracias, eres un cielo de niño. Aunque será mejor que me tome la pastilla que me recetó el médico ......”

Papi se detuvo de repente. El médico: ese era el compromiso que tenía para hoy y que había olvidado. Se quedó plantado en medio de la calle dirigiendo a Chiquitín una mirada fulminante.

“Eeeh... ¿qué pasa Papi?”

Chiquitín no sabía mentir; estaba claro que sabía que Papi se acababa de dar cuenta de su travesura. La culpabilidad podía leerse en su cara.

“Chiquitín ...... ¿no había un jovencito que tenía que ir al médico hoy?”

“¿Sí? ¿Era hoy, Papi? AAAAyy.....”

La mano de Papi apretaba y retorcía la oreja del pequeño.

“No disimules; te aconsejo que no pongas las cosas todavía peor. Siempre apunto tus citas con el médico en el movil. ¿Por qué no ha sonado hoy mi teléfono para avisarme, Chiquitín?”

“Uuuy, no sé, Papi. UUUUUy ....”

Papi estrujó con más fuerza la oreja.

“¡Has sido tú, no mientas!”

Papi amenazó con la otra mano; Chiquitín apartó la cara pensando que iba a recibir una bofetada. Pero la mano paterna se detuvo a tiempo; había que castigar al chico, desde luego, pero un buen papá no debía pegar en la cara. Otros transeúntes, algunos de ellos otros papás con sus hijos, les dirigían miradas de reojo. Papi cogió al muchacho travieso por el cogote y echó a andar a paso ligero.

“La hora de visita era por la mañana y la has perdido. Ya verás la que te espera cuando lleguemos a casa. Prepárate para una buena paliza”

Aterrado, Chiquitín sólo podía farfullar disculpas ininteligibles mientras era arrastrado en dirección a casa. Papi le propinó un azote para que se callara.

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Al entrar en casa, Papi empujó a su travieso hijo hacia el salón mientras se quitaba la chaqueta y los zapatos. Chiquitín no se atrevió ni a moverse ni a mirar a su papá mientras este se dirigía al armarito de los castigos y sacaba de él un gran cepillo de pelo con el canto de madera.

Bien armado, el padre se dirigió hacia su hijo, lo tomó de la oreja y lo empujó hacia el sofá. Chiquitín no articuló palabra mientras Papi se sentaba, le desabrochaba el pantalón y se lo bajaba hasta los tobillos. Sólo emitió unos leves gemidos cuando el calzoncillo fue empujado hasta hacer compañía al pantalón. Mirando al joven con expresión dura, Papi lo echó sobre sus rodillas colocándolo en la posición idónea para la larga azotaina que le esperaba. Mientras le sacaba de los pies los pantalones y los calzoncillos dejando al muchacho totalmente desnudo de cintura para abajo, empezó a regañar:

“Tienes más peligro tú cuando eres bueno que cuando eres malo. Ya me imaginaba que habías hecho una de las tuyas. Ayer ya te tuve que calentar el culo después de la cena. Y hoy, que parecía que te estabas portando bien .......”

ZAS. La mano impactó con fuerza sobre la nalga izquierda. Agarrando con fuerza al joven por encima de la cintura, Papi volvió a levantar la palma hasta muy arriba y la descargó sobre la nalga derecha. Al segundo golpe, empezaron ya los sollozos de Chiquitín.

“Te he dicho, ZAS, montones de veces, ZAS, que los niños buenos, ZAS, y listos, ZAS, no tienen miedo de ir al médico; ZAS“

“Aaaay, Papi, el médico pone inyecciones; UUUUy; y supositorios; AAAAy”

“Pues si te los pone, ZAS, es por tu bien, ZAS. Y aunque no lo fuera, ZAS, si Papi dice que hay que ir al médico ZAS, pues hay que ir, ZAS, al médico, ZAS, y punto, ZAS. Y no querer hacer siempre, ZAS, lo que te da la gana, ZAS. Ahora vas a ir al médico, ZAS, y además, ZAS, te vas a llevar, ZAS, unos buenos, ZAS, azotes, ZAS, en el culo, ZAS ......”

Cuando las nalgas de Chiquitín empezaron a enrojecer, Papi llevó a cabo una breve parada en el castigo para acariciar el culete, que ya empezaba a desprender calor.

“¿Volverás a hacer travesuras para no ir al médico?”

“Nooo, Papi, no lo haré más”

“Ya, no lo harás más. Me voy a asegurar de que no lo harás nunca más”

Los azotes volvieron a caer sobre las nalgas desnudas. Aún quedaba mucha paliza por delante, y Papi cumplió con su obligación con esmero.

“Está muy mal, ZAS, andar fuchicando en el teléfono de Papi, ZAS, borrando sus citas, ZAS. Eso demuestra, ZAS, que eres un chico travieso, ZAS, y muy, ZAS, muy, ZAS, desobediente, ZAS. Y a los chicos desobedientes, ZAS, sus papás los ponen sobre sus rodillas, ZAS, y les dan una buena azotaina, ZAS, hasta ponerles el culo muy, ZAS, muy, ZAS, rojo, ZAS, .....”

La regañina duró un buen rato, al cabo del cual Papi descansó otro momento para dar paso a la siguiente fase del castigo. Para ello tomó el fuerte y duro cepillo de madera.

“Tengo algo aquí para el culito de los niños malos”

“Noooo, Papi, el cepillo no. Por favoooooor, AAAAAY”

Haciendo caso omiso de los lamentos, lloriqueos y promesas, Papi siguió con el justo y merecido castigo del jovencito, hasta ponerle el culete de un tono rojo muy intenso. Entonces el papá se apiadó, dejó de lado el cepillo y acarició con una mano el pelo de Chiquitín, y con otra las doloridas nalgas. Chiquitín sabía que se había ganado la zurra a pulso, pero estaba muy arrepentido de haberse portado mal, y había aprendido las consecuencias de sus actos. Papi estaba muy satisfecho.

Tomándolo con cuidado, Papi levantó a Chiquitín de su regazo y lo sentó sobre sus rodillas.

“Eres muy travieso, Chiquitín, pero eres buen niño. Papi te quiere mucho”

La cara de Chiquitín se iluminó, y el joven intentó cambiar su mueca de dolor por una sonrisa.

“Yo también te quiero, Papi”

Papi lo abrazó con fuerza, y dedicó un rato largo a besar, acariciar y mimar a su hijito. Cuando lo vio recuperado, lo mandó de la oreja cara a la pared con el culito todavía muy rojo.

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Chiquitín ya había recibido su castigo, pero eso no arreglaba el problema. Había perdido su cita con el médico, no le darían otra hasta muchos días después, y hacía ya varios meses que el joven no pasaba por ningún reconocimiento. Visitar periódicamente al doctor era bueno para la salud, y también para la educación, de Chiquitín. Pero habría que buscar un profesional menos solicitado; la revista favorita de Papi, Cariño y disciplina, donde se daba mucha información valiosa para los papás tradicionales como él, le dio la solucuión.

“Doctor Culete, pediatra especializado en chicos traviesos. El mejor cuidado médico para los niños obedientes, y los mejores castigos para los que no lo son; exploración rectal, inyecciones, supositorios, enemas .... y por supuesto, azotes. Sabemos que nuestros jóvenes pacientes necesitan una atención espeical, y se la proporcionamos. Consulta para chicos de hasta 25 años acompañados por sus papás”

Papi dobló la revista con una amplia sonrisa. Un doctor a la medida de las necesidades de Chiquitín. Al final, era una suerte haber perdido la vez en la consulta del médico convencional. Una llamada a la clínica confirmó sus mejores expectativas; el doctor tenía un pequeño hueco esa misma tarde y podría recibir a Chiquitín.

De muy buen humor, Papi se dirigió a la esquina en la que el pequeño, desnudo de cintura para abajo, cumplía su castigo, y se lo levantó. Mientras le acariciaba las nalgas todavía doloridas, le mandó que se vistiera.

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Un sonriente y atractivo enfermero de algo más de 30 años les abrió la puerta y les introdujo en una acogedora entrada.

“Hola, guapo. ¿Vienes a ver al doctor?”

Tras dirigir una cortés inclinación de cabeza a Papi, prosiguió:

“¿Es la primera vez que vienes? Ajá, muy bien. En primer lugar tengo que desnudarte, porque el doctor no permite que los niños lleven ropa. Tienen que estar desnuditos para poder reconocerlos bien. Vas a ser bueno y colaborar ¿a que sí?”

Chiquitín tenía todavía el culete demasiado caliente como para pensar en desobedecer, por muy poca gracia que le hiciera desnudarse. Eso significaba que le pondrían una inyección, o tal vez que le tomarían la temperatura .....

“No tiene que perder tiempo con esto, si quiere lo desnudo yo” Se ofreció Papi.

“No se preocupe, es un momento y así ya le guardo la ropa. Muy bien, ahora los calzoncillos. Aaah, eres muy guapo también de ahí. Estupendo. Si quieres caramelos, cógelos de encima del mostrador”

Tras guardar la ropa del pequeño y darle a Papi un número de consigna, el enfermero los guió hacia la sala de espera. Allí se encontraban tres jóvenes como Chiquitín de alrededor de 20 años, también completamente desnudos, dos de ellos sentados en las rodillas de sus papás, y el otro inclinado sobre el regazo paterno. Su papá, que saludó atentamente a Papi igual que los otros, le acariciaba las nalgas, bastante enrojecidas. Todo indicaba que el pequeño acababa de recibir una azotaina.

“Muy bien, Chiquitín. Espera tu turno, por favor. Y sé bueno; espero no tener que salir a darte unos azotes”, avisó el enfermero antes de entrar en la sala de consulta.

Papi se sentó tranquilamente en uno de los sofás que estaban libres, colocó a Chiquitín sobre sus rodillas, y se entretuvo en la lectura de números atrasados de Amor y disciplina y publicaciones similares, todas llenas de fotos de culetes de jóvenes traviesos que recibían su justo castigo.

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La puerta de la consulta se abrió y de ella salieron cogidos de la mano un jovencito desnudo y su papá. El jovencito comía una piruleta y estaba sonriendo, por lo que a Chiquitín le chocó y asustó todavía más el ver las marcas recientes de vara que cruzaban todo su trasero. Tuvo un fuerte impulso de pedirle a Papi que se fueran de allí, pero sabía que con ello sólo conseguiría un tirón de orejas. El enfermero les pidió a Papi y a él que entraran en la consulta.

La entrada en la consulta del doctor fue muy reconfortante para Chiquitín. Esperaba encontrarse con un señor muy mayor, con expresión de enfado y una vara en la mano, como su maestro. Sin embargo el Doctor Culete era un hombre efectivamente de edad avanzada, pero simpático y jovial.

“Hooola, Chiquitín. Eres un niño muy guapo. Ooooh, que encantador, tan tímido. Me gustan los chicos así, dulces y obedientes. No tengas miedo, ven aquí que te vea bien”

Con mayor confianza ante el aspecto afable del médico, Chiquitín se acercó a él mientras Papi se sentaba frente a la mesa del doctor y el enfermero esperaba instrucciones frente a la camilla.

El doctor observó el cuerpo desnudo de Chiquitín de arriba a abajo y empezó a manosearle el trasero con evidente deleite.

“Que culito tan bonito ..... mmm y veo que está rojo. Papá te ha dado unos azotes, ¿verdad? Seguro que fuiste travieso. Muy bien hecho, los chicos de tu edad deben ser castigados. De verdad que me encanta este culito”

Mientras lo veía sobar las nalgas de su hijo con ambas manos, Papi pensó que no le llamaban Doctor Culete por casualidad. Desde luego no lo criticaba, más bien le envidiaba y, como le ocurría con el maestro, pensaba que haría lo mismo si estuviera en su lugar.

Pero había también que cumplir con el deber, así que el doctor se levantó, midió a Chiquitín, lo pesó, le preguntó a Papi por las enfermedades que había tenido, y le comprobó el pulso, la tensión y la capacidad pulmonar, mientras hablaba con el muchacho derrochando simpatía.

“Muy bien, Chiquitín. Ahora inclínate sobre la camilla, te voy a tomar la temperatura”

“¿Me .... me tengo que inclinar sobre la camilla?”

“No repitas lo que yo digo. Venga” El doctor lo guió en dirección a la camilla con un azote.

“Pero ....”

“Aaah, no, no, los chicos buenos nunca dicen pero. Venga, inclínate y separa bien las piernas para que te podamos medir la temperatura. Luego te llevarás unos buenos azotes, te sacudiremos la pilila, te pondremos un supositorio, y tan contento para casa”

El doctor había estado tomándole el pelo, por lo que Chiquitín quiso considerar los últimos comentarios como una broma más. Aunque no dejaba de ser una broma inquietante. El enfermero había abandonado su expresión sonriente y ahora observaba al joven con recelo, dispuesto a tomar medidas si no obedecía. Así que Chiquitín se inclinó y abrió bien las piernas con una docilidad que gustó mucho a Papi.

“Así, muy bien. Te voy a separar las nalgas .... muy bien. Ahí va el termómetro. ¡Estate quieto o el enfermero te calentará! Así, ya casi está dentro. Ya está. Ahora ahí quietecito un par de minutos. Ay de ti si te mueves, jovencito”

Chiquitín permaneció obediente con el termómetro entre sus nalgas durante un rato que le pareció largo.

“Estupendo, no tienes fiebre. De todas formas, enfermero, vaya preparando para luego un buen supositorio de glicerina, por favor. No, no te levantes, Chiquitín, estás estupendo en esta posición. Y no juntes las piernas. Así, bien separadas. Voy a examinarte”

A continuación Chiquitín experimentó algo que no conocía con su anterior médico, y que era bastante más incómodo que el termómetro: una exploración rectal.

“Próstata en perfectas condiciones, muchacho. Este culito está espléndido. Pero necesita la mejor medicina que hay para los niños. Enfermero, por favor”

Para asombro y delicia de Papi, el enfermero sacó de un cajón una vara de abedul.

“¿El chico ha probado ya la vara en casa?” Preguntó el doctor dirigiéndose a Papi.

“Eeeeh, no señor, suelo azotarle con la zapatilla o la pala. O el cepillo”

“Ah bien, yo siento predilección por la vara; la uso mucho con mis nietos. La vara y el culete hacen una pareja perfecta. De todas formas, si no está acostumbrado a ella, iré con cuidado. Chiquitín, vuelve a tu posición. Tienes que llevarte unos azotes”

El muchacho estaba entre aterrorizado e indignado, no le salían las palabras.

“Pero ..... no he hecho nada malo, doctor”

El médico sonrió dulcemente.

“Que chico tan majo eres. Y muy guapo. Pero eso no significa que no haya que azotarte. Está claro que a veces eres desobediente, y todos los chicos necesitan la vara. Venga, tranquilo. Así, bien inclinado, separa un poco las piernas. Un poco más, que se te vean los testículos en medio. Muy bien”

La vara cortó el aire hasta detenerse en las nalgas desnudas de Chiquitín. El chasquido excitó muchísimo a Papi, y la visión de la marca horizontal sobre el culete todavía más. El doctor volvió a pegar, ahora un poco más abajo y un poco más fuerte. El pequeño dio un respingo; el azote cortante de la vara escocía en sus nalgas acostumbradas a la mano de Papi y a instrumentos de castigo planos.

“Así, esto es lo mejor para los chicos. Mejor que ningún jarabe ni pastilla; mejor incluso que los supositorios, las inyecciones y los enemas. Unos buenos azotes con la vara; escuece un poco, pero activa la circulación; y se descargan cantidad de hormonas muy beneficiosas; el niño queda como nuevo y se porta bien durante un buen rato; y el culete queda precioso con sus marquitas”

Durante varios minutos, el doctor se esforzó por azotar con la fuerza debida, ni más ni menos, el hermoso trasero que tenía ofrecido. Un esfuerzo de lo más placentero, eso sí. Finalmente, ambas nalgas, así como las partes superiores de los muslos, estaban cubiertas casi de arriba a abajo de finas líneas horizontales. Chiquitín temblaba cada vez más ante cada azote y no podría aguantar mucho más. Con un último golpe que le arrancó un gemido al pequeño, el doctor dio por terminada su peculiar terapia.

“Muy bien, Chiquitín. Has aguantado como un campeón. Aunque te duela el culete, ya verás que bien te vas a encontrar durante las próximas horas. Descansa un momento, luego el enfermero te pone un poco de cremita para aliviarte las nalgas, y luego tu supositorio”

Sumiso y obediente como siempre estaba después de una zurra, Chiquitín no dijo ni mu a pesar del escozor que le produjo la introducción del supositorio.

“Que bien te portas. Ahora como premio, la parte de la exploración que más os gusta. Enfermero, vamos con la extracción de esperma. No lo cambie de posición, por favor. Que siga inclinado para que papá y yo podamos seguir contemplando su culito con las marcas de la vara”

Siguiendo las instrucciones del doctor, el enfermero procedió a ordeñar a Chiquitín mientras éste seguía inclinado sobre la camilla. Normalmente usaba un guante para hacerlo, pero cuando el chico le gustaba prefería utilizar la mano desnuda, y eso hizo en esta ocasión. Después de tantos castigos y humillaciones, las caricias del enfermero transportaron a Chiquitín muy rápidamente a la gloria. Por su parte, Papi, ante la sucesión de imágenes estimulantes que había contemplado, no pudo menos que hacerse a sí mismo lo que le estaban haciendo a su niño.

Cuando Chiquitín iba a a eyacular, el enfermero con precisión de experto colocó delante del miembro del pequeño un vaso con el que recogió una abundante muestra de esperma para analizar. A continuación, lavó y secó concienzudamente a Chiquitín, y tuvo el detalle de hacer lo mismo con Papi. Estaba acostumbrado, porque era normal que los papás se excitaran contemplando los reconocimientos médicos de sus hijos.

Una vez todos limpios y aseados, el doctor extendió una receta para Papi.

“No lo olvide, una buena dosis de vara y un supositorio todas las noches antes de dormir. Prescripción facultativa. Y, si se porta bien, también le puede hacer una extracción de esperma”, añadió guiñando el ojo. “Puede quedarse la vara”

Papi la recogió contento y cortó el aire con ella.

“Muchas gracias, doctor. Le daré buen uso”

Tras buscar la ropa de Chiquitín y vestirlo, Papi salió de la consulta con el muchacho agarrado de una mano, y la vara con la otra, visiblemente satisfecho con los métodos del nuevo médico del chico. Por su parte, Chiquitín se acariciaba su dolorido trasero y miraba la vara con consternación. Papi notó su inquietud e hizo un alto en el camino para abrazarlo y calmarlo.

“¿Me vas a pegar con la vara, Papi?”

“Sí, Chiqui, mañana la usaremos antes de acostarte. Pero tienes que saber que Papi lo hace porque te quiere y porque es bueno para ti”

Las caricias y las palabras de Papi cambiaron el semblante de Chiquitín. Cuando el muchacho volvió a sonreír, Papi se dio por satisfecho y ambos siguieron el camino de vuelta a casa.

Trabajando para Don José

Autor(a) desocnocido(a)

INTRODUCCION:

Héctor es un tímido joven que responde a un anuncio en el que se oferta un trabajo en la mansión de un millonario.

UNO

Héctor era un joven de veintipocos años. De pelo negro y ojos oscuros, su mirada era todavía curiosa y detrás de ella podía advertirse su inseguridad. Vestía de manera informal con vaqueros y camiseta amplia y negra, con un intrincado dibujo. Tal como aquél hombre le había pedido, se acercó a él, tratando de mantenerle la mirada, lo que conseguía a duras penas y con mucho esfuerzo.

"Como te he dicho ya, Alejandro está ya bastante mayor y no puede encargarse de algunos trabajos. Necesito una persona que sea fuerte que pueda cargar bultos, traer la compra, hacer las tareas del jardín, limpiar la piscina, lavar el coche, etc., y, a la vez que tenga algún conocimiento, aunque no sea mucho, de informática, para llevar el correo, una pequeña contabilidad, y el control de los libros de la biblioteca. A cambio te ofrezco el alojamiento, la manutención y, lo más importante, tu formación, de la que me encargaré yo mismo, hasta donde llegue. Has de tener en cuenta que viajo con frecuencia. Por tanto, contrataré a un profesor para cuando yo no esté o para las materias que yo no domine. Tendrás un día libre a la semana y una pequeña cantidad de dinero para esas salidas. Si necesitas más permisos deberás pedirlos con antelación y justificadamente.

He de advertirte que soy muy exigente-subrayó el adverbio-, tanto en lo que respecta a las tareas domésticas como a los resultados académicos. Exijo un respeto razonable. Me gusta la puntualidad y no me gusta la pereza, la desidia o el desorden". Estas palabras las dijo mirándole fijamente, y acercándose a él, como queriendo subrayarlas de forma que no admitiera contestación. "Si te interesa, el trabajo es tuyo".

Héctor se sentía intimidado por aquella mirada tan intensa, por lo que no pudo evitar desviar la suya. Parecían unas condiciones muy duras, pero no tenía nada mejor. O aquello o la calle. Por otra parte, tendría la oportunidad de prepararse para conseguir un trabajo mejor llegado el momento. Sin embargo, sentía en algún sitio de su cuerpo una vaga sensación de peligro, detrás de la cual se adivinaba una extraña excitación. ¿De dónde venían esas dos sensaciones? No lo pensó dos veces: "Creo que podré hacerlo, acepto".

"Muy bien, entonces, te espero mañana mismo a las ocho en punto. No me gusta que me hagan esperar. Alejandro te acompañará a la salida". El mayordomo, que no parecía tan viejo como el señor decía, le señaló la puerta. Héctor saludó y se dispuso a marcharse. "Ah ¡una última cosa! Mientras trabajes en esta casa, llevarás un uniforme adecuado. Alejandro te tomará las medidas para encargártelo. Hasta mañana".

Ya en la calle, después de que el mayordomo le hubiera medido, Héctor trató de reflexionar sobre lo que había ocurrido. ¿Un uniforme? No le gustaba mucho la idea, pero pensó que se trataría de una excentricidad más de su nuevo jefe. Ahora tenía mucho trabajo. Recoger su apartamento, hacer la maleta, devolver las llaves al casero....Iba a tener una buena habitación en una casa de campo con piscina, jardín.... Tenía sus ventajas. Y aquél hombre.... ¿qué era lo que le atraía de él con tanta intensidad?

Aquélla noche no pudo dormir bien. Estaba muy excitado pensando en su futuro a corto plazo. Eran las ocho menos cuarto cuando se despertó. No iba a llegar a tiempo. Se levantó de un golpe, se vistió rápidamente, cogió la maleta, que ya tenía preparada y salió como una estampida sin desayunar. Llegó casi sin resuello a la puerta de la casa cuando ya habían dado las ocho y media. Alejandro abrió la puerta: "El señor le espera hace rato en su despacho. Acompáñame a su habitación donde dejará sus cosas y se cambiará de ropa"

Su habitación estaba en la segunda planta. Era amplia y acogedora y la ventana tenía unas hermosas vistas al extenso jardín. "En el armario tiene colgados varios uniformes. El señor ha ordenado que hoy se ponga el polo rojo y pantalón y calcetines azules"

Cómo ¿Ya estaban hechos los uniformes? Eso era rapidez. Abrió el armario y buscó en su interior. Colgado en la percha había un polo rojo de manga corta pero ¿y el pantalón? La respuesta la obtuvo al sacar el polo de la percha. Allí estaba el pantalón. Era azul, efectivamente, pero era un pantalón corto Aquello parecía algo perverso. No sabía muy bien qué hacer. Bueno, veamos cómo me queda. Se enfundó el polo y el pantalón. Éste era de una tela bastante cálida y agradable al tacto, lo cual no era lo peor pues era invierno y hacía bastante frío. La pernera le llegaba hasta más o menos un palmo de la rodilla, por lo que casi todo el muslo quedaba al descubierto y no era demasiado ajustada; quedaba un hueco entre la tela y el muslo. Menos mal que no tenía mucho pelo en las piernas, porque se sentía un poco ridículo. Por otra parte, el trasero del pantalón sí que estaba bastante ajustado y le remarcaba el culo de forma notable y también sus genitales estaban un poco comprimidos. Aquél hombre era un pervertido, definitivamente. Sobre el suelo del armario había unos calcetines azules, al lado de otros de varios colores. Al ponérselo se dió cuenta de que le llegaban hasta las rodillas, dejando una vuelta ancha por debajo de las mismas con dos franjas amarillas.

Se miró en el espejo de cuerpo entero que había en la puerta del armario. Ahí estaba él, un tío de veinticinco años, vestido como un colegial. Era bastante humillante. Sin embargo, sin venir a cuento, quizá por la presión del pantalón, empezó a notar una incipiente erección. No podía venir en peor omento. Tenía que presentarse en ese momento al jefe. Trató de distraer su atención, de pensar en lo ridícula y humillante de aquélla situación, pero aquello sólo aumentó su sensación de calor y tensión en los genitales. Bueno, ya se le pasaría. "Veamos a dónde nos lleva esto. Siempre estoy a tiempo de decirle que me voy"- se dijo. Echó una última mirada al espejo. El polo tenía una inicial en una lateral del pecho, la misma que en una de las perneras del pantalón, pero no adivinaba a qué obedecerían aquéllas letras.

"De cualquier modo, buen culo y buenas piernas. Si le gusta mirarlas, que se dé el gustazo, qué importa".

Abrió la puerta, salió al pasillo y bajó la escalera hasta el piso de abajo donde se encontraba el despacho del señor. Era muy tarde, pasaban tres cuartos de la ocho. "Espero que no se enfade". Alejandro se le acercó y le dirigió una mirada exploradora de arriba abajo (deteniéndose más en el pantalón corto y en las piernas), tras lo cual, hizo un gesto aprobatorio con la cabeza. Se dirigió a la puerta del despacho y llamó. Desde dentro se oyó "Adelante". Abrió la puerta y se apartó para dejarme paso.

DOS

El señor miró a Héctor con expresión severa desde detrás de su mesa. Le ordenó cerrar la puerta. A continuación le dijo que se acercara a él sin darle permiso para sentarse. Héctor cruzó las manos tras la espalda. El señor le preguntó en tono duro si le parecía que se había comportado correctamente esa mañana. Héctor no pudo sostener su mirada, bajó la cabeza y respondió "siento haber llegado tarde". La expresión del señor se dulcificó un poco: "bien, tendremos que hablar sobre esto. Por favor, siéntate".

Héctor se sentó al otro lado de la mesa. El señor empezó a hablar en el tono de voz que tanto le fascinaba. Empezó a explicarle que, aunque no era un hombre mayor, estaba muy chapado a la antigua y creía en la responsabilidad y en la disciplina. Que si alguien estaba a su cargo tenía que hacer las cosas como le mandaban sus superiores y ser obediente; y que si no las hacía así, debía ser castigado. Empezó a hablar sobre la importancia del castigo, sobre todo para un muchacho joven en edad de aprender, y empezó a referirse al castigo corporal. Héctor escuchaba asustado pero también con una curiosidad morbosa sobre donde iría a parar todo aquello.

Lamento no habértelo explicado ayer con la suficiente claridad. Tengo mi forma de hacer las cosas, y si quieres trabajar aquí tendrás que seguir mis reglas. Y mis reglas son estrictas; a mucha gente le escandalizarían, pero soy tan severo como justo. Por supuesto tienes la libertad de irte, pero si decides quedarte tendrás que ser castigado. No solamente ahora, sino todas las veces que tu comportamiento no me parezca el adecuado.

Se quedó callado, y Héctor se dio cuenta de que esperaba una respuesta. Una respuesta clara y probablemente definitiva. Se sorprendió a sí mismo pensando que la idea de abandonar aquel lugar y a aquel hombre le resultaba insoportable, y que la idea de recibir una formación estricta le atraía; sabía que era holgazán y débil de carácter, y que necesitaba ser tratado de esa manera. Musitó un débil "de acuerdo, señor".

El señor le miró complacido. "Muy bien, Héctor. Ven conmigo, por favor. Tengo algo que enseñarte". Se levantó y se dirigió hacia un lado del mueble que había en la habitación. Abrió uno de sus cajones y se apartó para que Héctor viera su contenido. En el cajón había varias reglas de madera, cepillos del pelo de forma ovalada, raquetas de ping-pong y también varas de bambú. Las varas le dieron una idea a Héctor de cual podía ser la función común de todos esos objetos.

¿Se te ocurre que tienen en común los objetos que hay en este cajón, Héctor? Por la expresión de tu cara, me parece que sí -mientras decía esto el señor se permitió una sonrisa maliciosa. Son instrumentos de castigo; muy adecuados para usar en el trasero de los jovencitos desobedientes. La naturaleza ha dotado al hombre de abundante materia carnosa en las nalgas. Eso las convierte en una zona perfectamente diseñada para el castigo corporal; pueden ser golpeadas de forma bastante severa sin causar más secuelas físicas que el enrojecimiento y el escozor. Tristemente, esta maravillosa cualidad de las posaderas hoy se desaprovecha en general de forma lamentable. Sin embargo aun quedamos algunos pocos a los que nos gusta sacarle partido. Y yo la utilizo para enseñar disciplina a mis empleados, Héctor. Ya que has decidido quedarte aquí, tendrás que aceptar el ser azotado con bastante regularidad -se apiadó ante la mirada aterrada del joven y mostró una media sonrisa.

No te preocupes, no voy a usar ninguno de estos instrumentos ahora, se te irán aplicando a medida que estés preparado para recibirlos; tus castigos siempre serán severos pero no brutales. Nunca seré más duro de lo que puedas soportar; pero tampoco menos. Por otra parte, la naturaleza nos ha dotado también del mejor instrumento de castigo que son las manos. Yo prefiero usar mi propia mano, establece una relación mucho más personal. Sin embargo, en breve, y según sea tu comportamiento, todos y cada uno de estos instrumentos habrán de usarse casi con toda certeza.

Héctor escuchaba y miraba a su jefe hipnotizado. La idea de ser azotado como los niños pequeños le humillaba tanto como le atraía de una forma retorcida.

¿Entiendes que debes ser castigado, Héctor?

El chico no sabía que contestar.

TRES

La erección de Héctor no había disminuido, por el contrario. La presión del pantalón corto y las palabras del señor estaban ejerciendo sobre él una influencia que le turbaban y le excitaban de un modo como antes no lo había hecho ningún otro estímulo. Nunca había sido un mojigato. Había tenido sus primeros escarceos con sus compañeros de colegio, con quienes había compartido caricias genitales y masturbaciones mutuas de aprendizaje adolescente. También había tenido aventuras con alguna chica, aventuras de las que había salido más o menos airoso. Pero sobre todo, había jugado consigo mismo. Casi podía decirse que era un experto onanista. Pero excitarse ante la idea de que le diesen una zurra en el culo, era algo que nunca se le había pasado por la cabeza.
Por otra parte, en la habitación no hacía ningún calor, y sentía frío en las piernas desnudas, lo que le hacía ser mucho más consciente de que su forma de vestir no era tampoco la habitual. Con frecuencia llevaba pantalones cortos en verano, porque era muy cómodo y agradable. Pero el traje de hoy añadía a la sumisión de aceptar los azotes, lo que se dio cuenta con asombro que estaba deseando intensamente, aceptar una norma que le rebajaba a la condición de niño, y aceptar traspasar la responsabilidad de su propia vida a.... (Cayó en la cuenta de que aún no sabía su nombre. Tenía que preguntarle cómo quería que le llamase).

"¿Entiendes y aceptas que debes ser castigado, Héctor?".

El chico no sabía qué contestar. Si decía que sí, perdería toda su autonomía de adulto y quedaría en manos de lo que el señor quisiese hacer con él. Pero, por otra parte, se sentía impelido a aceptar las condiciones, imaginándose cómo le sentaba la mano o cualquiera de esos instrumentos sobre su trasero, lo cual hacía su excitación cada vez más creciente, de manera que advirtió que su erección era ya apreciable desde el exterior. No pudo evitar ruborizarse. Levantó los ojos del suelo, sin levantar la cabeza, le miró sumisamente y dijo: "acepto, señor".

"Bien. Veo que Alejandro te tomó de forma experta las medidas. ¿Qué tal te sientes con tu nuevo traje?

"Un poco raro señor; nunca he llevado uniforme".

"Espero que entiendas que el uniforme forma también parte de tu proceso educativo. El llevar uniforme te recordará constantemente que hay unas normas que debes acatar y que sabes que no puedes infringir, so pena de ser castigado duramente. El pantalón corto enmarca bien tu trasero, (y por lo que veo también tu parte delantera-dijo, refiriéndose a la ya evidente erección), y ofrece tus muslos. Así, tu trasero y tus muslos estarán permanentemente al arbitrio de mi mano y de mis decisiones sobre tus castigos. Además te hará más duro y resistente, pues tendrás que acostumbrarte al frío en todo momento. Ya sabes que aquí los inviernos son duros y los veranos cortos. ¿Lo has entendido bien?".

"Creo que sí señor". Cruzó sus manos por delante para tratar de ocultar el bulto cada vez mayor que sobresalía de sus pantalones.

"En cualquier momento del día, estés donde estés, sea lo que sea lo que estés haciendo, podré darte una palmada en el culo o en las piernas o simplemente ordenarte que te prepares. Eso querrá decir que deberás dejar cualquier trabajo en que estés ocupado en ese momento y disponerte a recibir una azotaina. Ocasionalmente, si yo no estoy, Alejandro podrá administrarte algún castigo que yo haya dejado encargado. Él está perfectamente entrenado y acostumbrado a azotar traseros de jovencitos. No eres el primer muchacho al que enseño".

"He de decirte también que con frecuencia tengo invitados. Si en alguna ocasión tu comportamiento con ellos no resultara apropiado, podré cederles a ellos el derecho a azotarte. Deberás entonces colocarte como ellos te digan para que te puedan pegar cómodamente. Espero que te haya quedado claro, porque todo esto es muy importante".

Ya no había vuelta atrás. Estaba a su merced. Sintió el deseo de llevarse las manos al culo y frotárselo, anticipándose a las sensaciones que estaba muy cerca de sentir. "Está bien claro, señor. Mi culo y mis muslos son suyos".

"Así me gusta. Ahora date la vuelta." Hizo lo que se le ordenaba. El caballero le dio una firme palmada en el trasero. "Ya sabes lo que esto quiere decir. Prepárate para tu primera zurra".

CUATRO

Héctor estaba tan excitado como temeroso y avergonzado. Se dejó llevar cuando el señor lo cogió por el brazo y lo acercó al sofá que había en el despacho.

Este sofá será uno de los lugares donde tendrán lugar tus castigos, Héctor. Mírame y escúchame bien -le costó por la vergüenza que sentía, pero le miró a la cara-; debes colocarte bien sobre mis rodillas y quedarte quieto, o será mucho peor -el señor se sentó en medio del sofá. Échate sobre mis rodillas boca abajo -el chico empezó a inclinarse pero dudaba. ¡Vamos! -el señor lo empujó un poco hacia sí y Héctor se vio encima de sus muslos con la tela del sofá a un palmo de su nariz. ¡Colócate bien! El trasero encima de mis muslos, así -las palabras fueron acompañadas de un sonoro azote de aviso sobre el trasero de Héctor. El señor tras colocarle a su gusto sobre sus rodillas, le agarró el costado con la mano izquierda y puso la derecha sobre las nalgas del muchacho, que habían quedado bastante ceñidas y marcadas por el pantalón.

Está bien, Héctor. Ahora debes ser dócil, no patalear y no intentar protegerte con la mano. Voy a comenzar el castigo.

Mientras decía esto, le masajeaba el culo con la mano. La levantó lentamente, y tras colocarla a cierta altura la impulsó con fuerza sobre la nalga derecha de Héctor. No fue un azote muy fuerte, pero lo fueron más los siguientes, que empezaron a arrancarle al chico sus primeros quejidos. El señor le golpeaba a buen ritmo, alternando una y otra nalga sin prisa pero sin pausa, acariciando un poquito después de cada azote. Tras unos treinta golpes, aunque a Héctor le parecieron más, le mandó levantarse.

Héctor estaba sofocado, y también erróneamente aliviado pensando que eso había sido todo. El señor le sacó de su error:

Bájate los pantalones.

El chico le miraba alucinado y lleno de vergüenza.

¿Tendré que hacerlo yo, Héctor?

Como el joven seguía dudando, el señor, visiblemente molesto, le desabrochó el pantalón y le bajó la cremallera. Cuando Héctor intentó bajarse los pantalones él mismo, el señor le golpeó la mano y se los bajó hasta justo por encima de las rodillas. A continuación, Héctor se dejó caer de nuevo sobre los muslos del señor sin oponer resistencia.

Sin mediar palabra, los azotes continuaron. A Héctor le parecían mas fuertes que antes, aunque no estaba seguro de si realmente lo eran, o era su trasero el que tenía menos protección. Héctor emitía débiles quejidos, salvo cuando algún golpe era especialmente fuerte, entonces los gemidos eran casi gritos. Los lamentos parecían sinceros y no fingidos ni exagerados, lo cual complacía mucho al señor, que disfrutaba aumentando según su voluntad la intensidad del castigo o al contrario aliviando al pobre Héctor con azotes más leves. A través de la fina tela de algodón del calzoncillo podía palpar a la perfección las nalgas del chico, que estaban ya bastante calientes y seguramente también coloradas.

Decidió comprobarlo, y tiró para abajo de los calzoncillos. Héctor se sintió todavía mas avergonzado si cabe al imaginarse exhibiendo ante un hombre mayor que él su culo desnudo con las marcas visibles de la mano de su jefe. Este pensamiento sin embargo le excitó enormemente y la erección, que le había desaparecido por el dolor de los azotes, estuvo a punto de volver con fuerza. Solo estuvo a punto porque la mano del señor volvió a castigar el culo de Héctor, esta vez sin ninguna protección, y el chico no pudo pensar en nada más que en desear el final de su castigo. La piel de Héctor no era dura, y las nalgas estaban bastante más rojas de lo que el señor se hubiera imaginado. Se sentía feliz dándole su merecido al muchacho, tocando y castigando su bonito culete, y pensando en todas las veces que le tendría a su merced sobre sus rodillas en aquel sofá. Sin embargo no podría mantener el ritmo de azotes mucho tiempo sin causarle moratones, así que paró durante unos instantes y empezó a acariciar las nalgas del sofocado muchacho.

Debes aprender a comportarte, Héctor. ¿Entiendes lo que les pasa a los muchachos desobedientes? -intercaló un azote- Se les castiga -otro azote sobre la otra nalga- como a niños malos -siguió intercalando las regañinas entre las caricias y los azotes: cuando no seas bueno...... como hoy.... te pondré sobre mis rodillas... y te pondré el culete rojito, rojito..... ¿Duele, verdad? ..... La próxima vez lo pensarás antes de llegar tarde.... Veo que eres de los que necesitan mano dura..... Pero conmigo la vas a tener.... Ya lo creo que sí... La próxima vez vas a probar mi zapatilla ... Porque habrá una segunda vez, y una tercera .... Ya he tratado con chicos como tu y sé lo que hay que hacer con ellos.... Nada como una buena azotaina.... Sé que no va a hacer que te portes bien siempre..... Pero sí que seas un poco menos malo..... Y además sería injusto que un chico malo no recibiera un castigo.....

El sermón del señor no esperaba respuestas, pero Héctor las daba entrecortadamente entre gemidos y exclamaciones de dolor:

Sí, señor.... por favor.... no..... sí duele.... me portaré bien.....

El señor espaciaba cada vez más los golpes entre las regañinas, y finalmente se vio con la mano levantada dudando si golpear de nuevo. No le dolía mucho la mano, porque estaba más acostumbrada a dar azotes que el culo de Héctor a recibirlos, pero decidió que no estaba mal para una primera vez. Descargó el último golpe y contempló satisfecho el color rojo intenso de las nalgas de su empleado, al mismo tiempo que las manoseaba. Héctor encontraba reconfortantes estas caricias.

Muy bien, Héctor, has recibido tus azotes sin patalear como un chico grande. Ahora vas a pasar una hora de cara a la pared y tu castigo habrá terminado. Durante esa hora no quiero que te des la vuelta, ni que te subas los calzoncillos, ni que te toques el culo. A continuación te volverás a poner sobre mis rodillas; si has sido bueno, te aplicaré una pomada que te aliviará mucho. Si no haces lo que te digo, tendrás que llevarte unos azotes mas, ¿esta claro?

CINCO

Héctor se levantó de la posición de castigo sobre las rodillas de su jefe. Instintivamente, se llevó las manos a las nalgas, para frotarlas.

"¿No me has entendido bien, Héctor?- dijo, mientras le propinó un fuerte y sonoro azote en la parte posterior del muslo izquierdo, que hizo que Héctor se encorvara hacia un lado, a la vez que gritaba de dolor".

"Ah ¡lo siento señor, no volverá a ocurrir!".

Se dirigió cabizbajo hacia la pared que se le había indicado y se colocó frente a ella, con las manos cogidas por delante del cuerpo. Un ligero reguero húmedo corría por sus mejillas. La vergüenza y la humillación le provocaban un nudo en la garganta. Pero la excitación producida por las sensaciones ardientes en la piel de su trasero tras la azotaina, era más poderosa. La erección seguía ahí. Sabía que su jefe la había visto, por lo que ya no podría ocultarle que someterse a su voluntad ejercía sobre él una intensa, enfermiza excitación. Lo deseaba. Deseaba pertenecerle. Y ya no había vuelta atrás. El señor lo había comprendido y había tomado posesión de él, sin contemplaciones.

El caballero se levantó del sofá y se sentó delante de su mesa de despacho. Ordenó los papeles y se dispuso a leer unos informes, cuando hizo aparición en la puerta Alejandro. Se acercó a la mesa y dirigió una mirada hacia el culo del muchacho. "Señor, el correo"- lo depositó sobre la mesa. "Veo que el muchacho ha recibido su primera zurra. ¿Qué le ha parecido al señor?

"Creo que servirá, aunque aún le queda mucho por aprender. Quiero que esta noche lo refuerces tú. Ha de acostumbrarse a las dos manos. Ahora retírate; he de completar el proceso de recepción".

"Con mucho gusto señor. Será un placer- masticó las últimas palabras, mientras le miraba de nuevo de arriba abajo, a la vez que se dirigía hacia la puerta".

"Joder, exclamó en su interior el chico. Esta noche me va a zurrar el mayordomo y aún no me habré recuperado de esta paliza".

"Quedan un par de cosas, Héctor. No te vuelvas aunque te hable. La primera es tu horario. Te levantarás a la siete, te vestirás con el uniforme de trabajo, que incluye unos cómodos pantalones cortos y unos calcetines de lana gruesa, para abrigarte del relente de la mañana, bajarás a desayunar y trabajarás durante una hora en el jardín. No importa que no sepas nada de jardinería. Alejandro te instruirá y más te vale aprovechar sus lecciones. Después te ducharás y vestirás el uniforme normal. Cada día echarás a la ropa sucia el uniforme del día anterior y vestirás uno limpio. Luego te presentarás a mí a las nueve en punto de la mañana, para comenzar tu educación. Pero eso será mañana. Hoy dedicarás el día a atender las explicaciones de Alejandro, que te enseñará la casa y terminará de aleccionarte sobre tus deberes y el horario. Escúchale bien, porque tiene la mano muy ligera y orden de ser severo contigo. Descubrirás por otra parte que es cariñoso a su manera y velará porque no te falte de nada".

"La última cosa muchacho. Tengo la costumbre de sellar los pactos por escrito. Mensualmente, renovaremos nuestro acuerdo, mientras no haya ninguna objeción por parte de alguno de los dos, con una zurra y una firma. Firmaré yo sobre tus nalgas con un bolígrafo especial, cuya tinta dura aproximadamente un mes sin borrarse. Cuando la firma esté próxima a desaparecer de tu culo, vendrás a mí despacho con el bolígrafo, que guardarás en tu habitación, me lo ofrecerás, te bajarás los pantalones y te colocarás en la posición que ya conoces, para que yo pueda renovar el contrato. Así todos los meses, mientras estés en esta casa a prueba. Mientras te duchas comprobarás el estado de mi firma en tu trasero y evitarás que desaparezca o, de lo contrario, probarás alguno de estos instrumentos que te he enseñado. ¿Has entendido bien?".

Otra humillación. Pero qué más daba. Ya le pertenecía. ¿Qué importaba que se hiciera visible sobre su piel? "Sí señor, descuide".

Bien, entonces, sellemos el trato; ven aquí y ponte en posición".

Héctor se volvió y dijo: "Antes de nada, señor, no conozco su nombre. ¿Cómo he de llamarle?".

"Puedes llamarme Don José. Es mi nombre."

"Está bien, Don José". Se subió los pantalones para poder andar cómodamente, se dirigió hasta él y al llegar a la mesa, se detuvo, volvió a bajárselos, se dio la vuelta para ofrecerle el culo y le dijo: "Estoy listo Don José".
"Antes de proceder. Me olvidaba de algo importante. Tu uniforme no incluye calzoncillos. Llevarás los pantalones cortos sin ropa interior. Es un detalle más de tu completa e inmediata disposición para el azote. ¿Aceptas todos los términos?"

SEIS

Castigado de cara a la pared, con las manos en la nuca, los pantalones y los calzoncillos a la altura de los rodillos, y la firma de su jefe en una nalga, Héctor intentaba reflexionar sobre lo que había pasado. No podía pensar demasiado porque le obsesionaba el escozor que sentía en el culo; se moría de ganas de frotárselo pero oía de vez en cuando a Don José pasar hojas o escribir en la mesa. Giró tímidamente la cabeza para ver si le estaba mirando, pero fue inmediatamente descubierto por Don José.

Si vuelves a girar la cabeza te volveré a poner sobre mis rodillas, Héctor. Tal vez no sea un mal momento para que pruebes mi zapatilla.

Héctor fue obediente. Sin embargo se iba cansando y le empezaban a doler los brazos. Tampoco le era muy atractiva la idea de sentarse pero no aguantaría mucho más tiempo de pie, y no sabía cuanto le quedaría aun por cumplir de la hora de castigo. Estaba a punto de pedir clemencia cuando oyó levantarse a Don José. Contrajo los glúteos de forma involuntaria; ¿No le iba a perdonar el pequeño desliz de haber girado la cabeza sin permiso? ¿Le iba a azotar otra vez?

Sintió que su jefe se colocaba detrás de él, y sin decir palabra notó su mano palpándole el culo.

Bueno, Héctor, te has portado bastante bien, así que por ser el primer día te perdono el resto del castigo. -Dijo mientras le acariciaba con calma ambas nalgas. El culo aun estaba más que colorado y el masaje de su jefe era realmente aliviador para Héctor. En ese momento Alejandro entró discretamente en el despacho y contempló de nuevo detenidamente el trasero de Héctor. El muchacho supuso que don José habría pulsado un botón en su mesa para llamarlo.

Lamentablemente me tengo que ir, pero Alejandro se encargará de ponerte la crema que te había prometido. El culete te escocerá aun unas cuantas horas y te dolerá al sentarte, pero no tienes ninguna magulladura. Ahora quedas al cargo de Alejandro durante el resto del día. Puedes subirte los pantalones y retirarte.

Acompañó sus últimas palabras con una palmada que hizo a Héctor dar un respingo.
Gracias, señor - se subió los calzoncillos, agarró los pantalones y se marchó seguido de Alejandro.

Una vez fuera Alejandro le miraba fijamente sonriendo.

¿Que tal ha ido? Ven, vamos por aquí.

Veo que has aguantado bastante bien -comentó mientras lo guiaba por la casa- Me pareces idóneo para este trabajo y creo que Don José estará de acuerdo conmigo. Aquí, por favor, por esta puerta.
La habitación en la que habían entrado era donde se alojaría Héctor; era grande y aparte de la cama tenía un sofá de tamaño considerable y una estantería en la pared. El muchacho se alarmó al ver en esa estantería, junto a algunos libros, cepillos y reglas de madera, raquetas de ping-pong y varas, igual que en el cajón del despacho de su jefe.

Bueno, bueno, no te preocupes ahora por eso -sonrió Alejandro-. Sobre todo cuando te voy a poner una crema que te va a sentar muy bien.

Cogió un bote que había sobre la mesilla de noche y se sentó en el sofá.

Bájate los pantalones, por favor -Héctor dudó un momento y Alejandro sonrió-. Vamos, no tengas vergüenza. Ya te he visto desnudo y te veré muchas más veces.

Héctor ya se había acostumbrado bastante a las humillaciones y no tuvo grandes problemas en bajarse los pantalones, que tampoco se había abrochado de todo, y antes de que se lo mandaran se bajó los calzoncillos hasta las rodillas.

Muy bien, colócate sobre mis rodillas.... Así. ¿Estás cómodo? Bueno, te han dado unos buenos azotes, muchacho. -Acompañó las palabras de unas palmaditas suaves en el culo aun muy rojo de Héctor- Pero ahora un poco de pomada y te quedará el culito como nuevo -efectivamente aliviaba mucho. Alejandro siguió hablando mientras su mano experta extendía la crema-. En este sofá también vas a recibir muchas zurras como la de hoy en el despacho, ¿sabes? Y en la cama también. Don José no te ha hecho daño realmente.... Lleva muchos años castigando a chicos y sabe muy bien como hay que hacerlo... Y yo llevo mas años todavía que él. La de azotes que he dado yo sobre este sofá..... Pero no pongas esa cara, hombre. No les tengas más miedo a los azotes del que les deberías tener; a tu edad es muy normal que haya que castigarte. Bueno, parece que la pomada está bastante extendida. Quédate un rato así para que se seque del todo.... Mientras, puedes echarles un vistazo a estos libros y revistas.

Héctor se había fijado ya en una pequeña pila de publicaciones que había en el suelo, seguramente sacadas de la estantería y puestas allí a propósito para que les pudiera echar una ojeada desde su posición sobre las rodillas de Alejandro.

Cogió unas cuantas revistas y libros y se incorporó un poco para poder verlas, mientras Alejandro seguía acariciándole el culo. Los títulos eran cosas del estilo de "la zapatilla del abuelo", "el sobrino desobediente", "Pablo se lleva una buena azotaina" o "papá se enfada", y mostraban en sus portadas a jovencitos con expresión dolorida y llorosa y culos mas bien regordetes; dichos culos, desnudos y expuestos sobre las rodillas de hombres mayores con expresión severa, estaban casi siempre ya enrojecidos por los azotes que estos papás, profesores o abuelos les estaban propinando con la mano o la regla. Tanto libros como revistas tenían en su interior muchas ilustraciones similares a las de las portadas, y los textos describían con todo lujo de detalles las travesuras que cometían varios chicos malos y las azotainas con las que sus mayores les castigaban. Por si quedara alguna duda, ahora estaba más que claro que tanto su jefe como Alejandro tenían fijación con dar de azotes a los chicos y que Héctor iba a pasarse una buena parte de su estancia en aquella casa sobre las rodillas de sus otros dos habitantes y con los pantalones bajados, como estaba ahora.

SIETE
Héctor hojeaba las revistas entre curioso y divertido, pensando que ahora él podía ser uno de esos muchachos que se colocaban sobre las rodillas de sus tutores. Aún no terminaba de creerse que todo eso le estuviese ocurriendo a él y, sobre todo, que le estaba gustando.

Mientras Alejandro continuaba manoseándole el trasero y los muslos continuó diciéndole: "Voy a seguir informándote de tu horario. Como te ha dicho el señor, a las nueve comenzará tu horario de clases. Después de dos horas, tendrás un descanso que dedicarás al deporte. Le damos mucha importancia a la forma física. Para poder practicarlo cómodamente, te pondrás ropa deportiva, y cuando termines te darás una ducha rápida y volverás a ponerte el uniforme normal. No queremos malos olores en la casa. Otras dos horas de clase y a las dos te preparas para la comida. Observarás que nuestro cocinero es un buen profesional. Le gusta salir al comedor para comprobar que los alumnos se lo comen todo y también está autorizado para manejar el trasero de los muchachos en el caso de que quede comida en el plato".

Entre las revistas había varios catálogos de uniformes para colegios privados. Los muchachos eran todos adolescentes entre 14 y 18 años y todos ellos vestían uniforme de corto. "O sea que aquí todos están autorizados para conocerme el culo".
"La mayoría-respondió Alejandro, aunque no hay mucho personal de servicio".
"Una pregunta, Alejandro- dijo el chico, cada vez más a gusto con las calmantes caricias del mayordomo-, ¿qué me va a enseñar D: José?".

"Eso lo discutiréis mañana a las nueve de la mañana, una vez que el señor sepa tu nivel de estudios y cuáles son tus conocimientos. Desde luego no se te va a obligar a estudiar nada que no te guste, excepto que tu formación en alguna materia importante sea deficiente, en cuyo caso, supongo que querrá dar un repaso; pero lo más importante estará relacionado con tu trabajo en esta casa, es decir, informática, contabilidad, etc., materias que por otra parte te serán de utilidad en tu vida profesional cuando decidas dejar la casa, si llegases a hacerlo. Ahora levántate, he de enseñarte el uniforme que llevarás a partir de ahora".

"¿Pero cuántos uniformes distintos he de llevar? Y supongo que también será de pantalón corto".

"No pienses en pantalones largos mientras estés en esta casa. Ya te habrá dicho D. José que el pantalón corto forma parte de la disciplina. Y llevarás los que se te digan, ni más ni menos. ¡Levanta te he dicho!".

La orden no admitía discusiones. Se levantó y se colocó, con los pantalones y los calzoncillos a la altura de la rodilla, delante de Alejandro, aún con cierto pudor por estar desnudo ante él. El mayordomo se levantó y fue hacia el armario, lo abrió y extrajo un pantalón corto de color azul marino, igual que el que llevaba medio caído.

"¿Qué diferencia hay entre este y el que llevo puesto?".

"Ahora lo verás. Termina de quitarte esos, y también los calzoncillos. Por cierto, despídete de ellos, porque a partir de ahora no los llevarás nunca".

Lo hizo como se le había dicho, y dejó la ropa sobre la cama. Llevaba puesto únicamente el polo rojo y los calcetines hasta la rodilla. "Ahora ponte estos pantalones".

Héctor se los puso. La tela era mucho más suave y cálida que la del anterior pantalón. No le molestaban las costuras, a pesar de no llevar ropa interior. Se ajustaba a su cuerpo como un guante. Puso las manos sobre las caderas y se quedó mirando a Alejandro: "¿Qué tal?"

"Te sientan como un guante naturalmente". "Te habrás dado cuenta que toda tu ropa lleva unas iniciales en las mangas y en las perneras: J. I. Son las iniciales del señor, una muestra exterior más de quién es tu jefe. Han de coincidir siempre el color del polo y el de las bandas horizontales de los calcetines. En este caso, rojo y rojo, como puedes comprobar". Colocó su mano sobre la pierna izquierda. "Observarás también que son un poco más cortos y dejan un poco más de muslo al descubierto", iba subiendo la mano por el muslo, mientras decía esto. "Son también un poco más ajustados, por lo que las nalgas quedan más resaltadas"; recorrió con su mano toda la extensión de su trasero y Héctor sintió con mayor intensidad el contacto de la mano con su culo; quizá fuera debido a la tela. "Además, la abertura de la pernera es un poco más ancha, dando más facilidad a la mano para meterse en el interior".

A la vez que decía estas palabras, Alejandro deslizó su mano por el interior del pantalón en dirección al trasero de Héctor, recreándose en las curvas de sus nalgas, y luego, cambiando de dirección, hacia la parte anterior, hasta llegar a acariciar su pene y sus testículos.

Héctor abrió mucho los ojos e hizo un gesto de retirada. "Alejandro, creo que no deberías hacer eso".

Alejandro se rió suavemente. "No seas tontito. ¿Llevas la firma del señor en tu trasero, que tanto él como yo conocemos perfectamente de tanto recorrerlo con nuestras manos, te han calentado ya bien, y ahora te muestras mojigato? Tú ya no tienes ningún control sobre ti mismo, Héctor, ¿no te das cuenta?”.

"En todo caso, la firma que llevo es la de D. José, no la tuya".

Alejandro sacó la mano rápidamente del pantalón y le propinó un fuerte azote, como un látigo, sobre el muslo del muchacho. "Le perteneces al señor, pero yo soy el administrador de todos sus bienes, ¿me has entendido bien?". EL chico emitió un sonoro quejido, el azote había sido extremadamente doloroso. "Además, ¿cuándo te he dicho que puedes tutearme?".

No había salida. Héctor bajó los ojos, levantó los brazos y arqueando la cintura hacia delante dijo: "Perdone señor, sírvase usted mismo", y luego sonrió levemente y le miró de reojo. Alejandro le miraba fijamente. Sabía lo que el azote y aquélla mirada querían decir, así que se dispuso a colocarse sobre las rodillas del mayordomo para recibir una azotaina, por su falta de respeto; pero Alejandro le detuvo: "No, ahora no. Esta noche reforzaremos lo que has aprendido hoy y conocerás mis azotes por primera vez. Ahora terminaré de enseñarte la casa, vamos".

Sólo era un aplazamiento, pero casi lo sentía. Salió de la habitación, seguido del mayordomo, sintiendo su mirada en su trasero, y se dio cuenta de que le gustaba que éste le mirase el culo y las piernas. Se sentía cómodo con su nueva ropa. Ya se había acostumbrado al ambiente frío de la casa y sentía sus piernas y sus nalgas vivas y fuertes, con una intensidad de sensaciones como nunca antes. "Veamos qué nos depara el resto del día".

OCHO

Alejandro guió a Héctor hacia la salida de la casa y le enseñó los jardines que la rodeaban, explicándole algunas de las cosas que tendría que hacer en su trabajo. Le habló de un jardinero al que tendría que ayudar, y Héctor se preguntó si el jardinero estaría también autorizado a azotarle. Supuso que sí.

A pesar del fresco que notaba por lo corto de sus pantalones, el muchacho se sentía feliz sabiendo que estaba al cuidado de tanta gente que se iba a preocupar por él, aunque también le castigaran. El culo le escocía todavía y se lo acariciaba con frecuencia ante la mirada complacida de Alejandro; la perspectiva de volver a ser azotado esa noche sonaba dolorosa, aunque Héctor esperaba que en las horas que quedaban sus posaderas se recuperarían bastante. Por otra parte los azotes que le había dado Don José habían sido bastante merecidos y no le guardaba rencor; tal vez lo que necesitaba era precisamente mano dura. Se frotó las nalgas de nuevo recordando la azotaina y esta vez notó la mirada de Alejandro. Héctor nunca se había considerado atractivo y tenía que reconocer que era muy halagador sentirse mirado; a pesar del escozor, tenía ganas de volver a exponer su culo desnudo ante Alejandro y además sentía curiosidad por saber como serían sus azotes.

Volvieron a entrar en la casa y el mayordomo se la mostró y siguió explicándole sus obligaciones hasta la hora de la comida. Héctor conoció a Bruno el cocinero, un hombre entrado en carnes con apariencia amigable. No se lo imaginaba poniendo a un chico sobre sus rodillas para castigarlo, pero Alejandro lo sacó de su error.

Bruno es muy amable pero también puede mostrarse muy severo; no le gustan los chicos de malos modales y le he visto dar azotainas dignas de Don José. Es muy metódico y cuando crea que mereces un castigo, puedes estar seguro de que te bajará los pantalones y te dará una buena zurra independientemente de que yo o Don José estemos de acuerdo o no. Para él la educación es muy importante.

Héctor se sentía bastante asustado porque al parecer en aquella casa los azotes le acechaban en todas las esquinas. Sin embargo la conversación agradable de Alejandro le distrajo de esos pensamientos.

A continuación el mayordomo le dio la tarde libre; tenía permiso para deambular por la casa y el jardín, lo que incluía disfrutar de la biblioteca de Don José, exceptuando su colección privada de videos que guardaba bajo llave. Alejandro tenía que acercarse a la urbanización más próxima para hacer compras.

Solo en la casa, Héctor salio a pasear. Se cansó pronto de los árboles y volvió a entrar en la casa. Siempre le habían dado curiosidad los libros, así que se dirigió a la amplia biblioteca de Don José. Junto a clásicos de la literatura, volvió a encontrarse muchos libros similares a los que había visto en su habitación. Ojeó curioso las ilustraciones de muchachos tendidos sobre las rodillas de sus padres y tutores con los pantalones bajados recibiendo azotes; los gestos de arrepentimiento y dolor de los chicos le conmovían, y también la expresión severa de los hombres que levantaban la mano o el cepillo para dejarlos caer con fuerza sobre los culitos sonrosados e indefensos. También leyó por encima algunas de las historias. La mayoría pretendían ser edificantes y tenían moralinas y argumentos similares: leyó una sobre un chico que abandonaba a su tutor para no seguir sufriendo la humillación de ser todavía azotado en el trasero a sus veintitantos años; falto del consejo de su tutor, se mete en un montón de líos hasta que se encuentra con otro hombre que hace un papel parecido al del tutor y vuelven las azotainas. Con los castigos el chico rehace los errores cometidos y al final, tras muchos azotes, aprende a ser mejor persona y comprende que aun le queda mucho por aprender y muchas palizas que recibir, tanto de su antiguo tutor como del nuevo. Héctor consideraba que eran historias bonitas con finales felices, aunque los chicos acabaran siempre con el culo muy rojo.

Lo distrajo de su lectura y sus pensamientos la visión de una llave colocada en una bandeja entre varios libros. Recordó que la videoteca privada de Don José estaba cerrada con llave y lo invadió la curiosidad. ¿Cuales eran esos videos que él no debía ver? Observando el mueble de la biblioteca, no era muy difícil adivinar donde guardaba Don José sus películas secretas. Solo había un estante que se abriera con llave, y Héctor comprobó que era la misma llave que acababa de ver. Abrió el estante y, efectivamente, vio una larga colección de cintas de video. Como ya había imaginado, se trataba de películas de la misma temática que los libros; sin embargo, más que los videos comerciales, le llamó la atención la serie de cintas caseras que los acompañaban. Las cintas tenían nombres de persona: Juan, Simón, Alex,......

Pensando que Alejandro probablemente aun tardaría en aparecer, cogió las cintas con nombres propios y se dirigió al video que había en el despacho de Don José. Seguramente si le pillaban in fraganti se llevaría una buena azotaina, pero valía la pena correr el riesgo. Cogió el mando, puso la cinta con el nombre de Juan, y se sentó en el mismo sofá en el que había sido azotado aquella mañana. Sintió un pinchazo de dolor en el trasero al recordarlo, y colocó un cojín debajo.

Se sorprendió al ver en el video al propio Don José. Estaba en su despacho, en la misma habitación donde estaba Héctor ahora, y hablaba con un chico de la edad de Héctor vestido con un uniforme casi idéntico al suyo. El chico estaba recibiendo una regañina; Don José estaba muy serio porque Juan -que era el nombre del chico y del vídeo casero que estaba viendo- había cometido una falta grave, había perdido la agenda de su jefe con todas las direcciones y teléfonos necesarios para sus negocios; aunque finalmente la agenda había aparecido, no dejaba de ser una falta de responsabilidad por su parte. Por eso le estaba explicando al muchacho que su castigo iba a ser severo y Alejandro lo iba a grabar en video para que lo tuviera siempre presente. Estaba claro que Juan, y probablemente también los chicos de los otros videos, había ocupado en la casa el mismo puesto que ahora ocupaba Héctor. Al preguntarle a Juan si estaba de acuerdo en que merecía ser castigado, el chico dijo que sí. Parecía aceptarlo con bastante tranquilidad dadas las circunstancias.

Don José se sentó en el sofá y empezó a bajarle los pantalones a Juan. El chico no llevaba calzoncillos y la cámara se acercó a su culo, que presentaba un cierto tono rojizo de alguna azotaina anterior. Lo colocó en posición sobre sus rodillas y la cámara captó los instrumentos de castigo que yacían sobre una mesita cercana. Don José no utilizó en principio ninguno más que su mano; comenzó a azotar el trasero de Juan con energía mientras seguía regañándole. Héctor notó la gran experiencia del chico en recibir azotainas, ya que no fue hasta después de muchos minutos de castigo cuando su culo empezó a estar visiblemente rojo y el muchacho empezó a quejarse. Poco después Don José le pidió a Alejandro el cepillo ovalado de madera para el pelo. De espaldas a la cámara, Alejandro se lo dio y los gemidos de Juan se multiplicaron; sus nalgas enrojecieron entonces con mucha rapidez. Don José sudaba y reprochaba entrecortadamente a Juan su comportamiento mientras su brazo bajaba una y otra vez. No obstante, los golpes del cepillo aun duraron unos cuantos minutos para el asombro de Héctor, que nunca habría podido aguantar ni la cuarta parte de aquella paliza.

Héctor se dio cuenta de que pronto volvería Alejandro o el mismo Don José. Rebobinó la cinta pensando en seguir viéndola a la próxima oportunidad, la guardó con las otras bajo llave y devolvió la llave a su posición original.

Ahora solo quedaba esperar la vuelta de Alejandro y la llegada de la azotaina nocturna, que Héctor temía y deseaba al mismo tiempo.

NUEVE

Era ya tarde avanzada, el sol se había puesto y hacía verdaderamente frío. Héctor estaba en su habitación, ordenando sus pertenencias, tras lo cual, se sentó en su mesa de estudio y masajeó sus muslos para intentar entrar en calor. Había un radiador en la pared, debajo de la ventana; lo tocó para comprobar si había calefacción: estaba tibio solamente, y la habitación más bien fría. Estaba claro que D. José estaba empeñado en que recordase continuamente que iba vestido como un colegial de los años sesenta. Observó su ropa con detenimiento. Extendió las piernas y se fijó en los calcetines: llevaban dos franjas rojas en la vuelta, aunque en ese momento los llevaba caídos casi a la altura de los tobillos. Se los subió hasta las rodillas y niveló las franjas para que estuvieran perfectamente rectas. Sospechaba que la perfección en el modo de llevar el uniforme sería motivo de azotainas.

Después se fijó en sus muslos; quería saber qué era lo que atraía las miradas de D. José y de Alejandro: eran más bien cortos, pero bien torneados. De hecho su estatura era media tirando a baja, no llegaba a 1,70. No tenían la musculatura de un futbolista, ni falta que hacía. Nunca le había gustado el fútbol, aunque algunos futbolistas le atraían la mirada de una manera que él nunca había querido reconocer. No tenía mucho pelo en las piernas; casi podría decirse que eran las piernas de un adolescente.

Comenzó a acariciar los muslos lentamente y empezó a sentir una ligera tensión en sus genitales. Se bajó la cremallera de los pantalones y metió la mano. Su pene estaba ligeramente entumecido; lo cogió con los dedos de la mano izquierda y empezó a acariciarlo, a la vez que sentía un ligero escozor residual en sus nalgas. Se recordó a sí mismo tendido sobre las rodillas de D. José, a su merced, y se acordó de las sensaciones punzantes provocadas por los golpes. Su excitación aumentó considerablemente. Entonces se preguntó si su culo estaría rojo todavía. Se levantó y se dirigió hacia el espejo del armario. Se bajó los pantalones, se dio la vuelta y lo observó: no quedaba más que un ligero enrojecimiento en la base de los muslos. Acarició sus posaderas con la mano izquierda y cogió su pene con fuerza con la derecha. Empezó a respirar pesadamente mientras se frotaba lentamente de delante atrás.

Entonces se abrió la puerta y alguien asomó la cabeza. Héctor sintió que el corazón se le salía del pecho, a la vez que se daba la vuelta e intentaba subirse rápidamente los pantalones. Con los nervios, no atinaba a encontrar el cinturón para tirar de él hacia arriba.

"No te los subas. Tienes un culo muy bonito".

Era una voz joven y sonaba justo detrás de él. Se había dado mucha prisa en recorrer la distancia entre la puerta y él mismo. Al mismo tiempo sintió una mano apoyándose en sus nalgas y recorriéndolas con suavidad. Se volvió rápidamente y contempló a la persona que tenía delante de sí. Era Juan, el muchacho que acababa de ver esa tarde en el vídeo, aunque su cara no era ya la de un muchacho y su uniforme era también distinto: no llevaba pantalones cortos sino un traje oscuro y una gorra de plato.

"No te asustes. Me llamo Juan y hasta hace poco tiempo yo ocupé tu lugar, llevé la misma ropa que tú y llevaba casi todo el día el culo mucho más rojo que tú. Sólo quería conocerte y presentarme. Me gustaría que fuésemos amigos".

Héctor ya se había subido los pantalones y se había repuesto de la sorpresa. Contempló a Juan. Tenía una cara agradable y era más o menos de su estatura. Saber que había estado en su misma situación le inspiraba confianza y despertaba su curiosidad. "Me llamo Héctor. Sólo estaba....mmm.... – no sabía qué decir, era evidente lo que estaba haciendo-".

"A D. José o a Alejandro no les gustaría lo que estabas haciendo, pero no te preocupes, no se lo diré a nadie. Entre colegas tiene que haber solidaridad ¿no te parece?".
"Gracias, ya me espera esta noche una zurra y si lo supieran, creo que no me podría sentar en una semana. ¿Cuánto tiempo hace que dejaste mi empleo?".
"Uno o dos meses. Decidí quedarme al servicio de D. José. Al fin y al cabo es un trabajo seguro y además le he cogido cariño. Ahora soy su chofer. El anterior se jubiló hace poco".

"Pero.... ¿D. José todavía te calienta el culo?".

"Aún no lo ha hecho, desde que soy su chofer, pero tiene derecho a hacerlo. Al fin y al cabo le sigo perteneciendo. Ahora eres tú su ojito derecho. En este viaje, no ha hecho más que recomendarme que cuide de ti y te aconseje para que tu aclimatación a la casa sea lo más rápida posible".

"Y....-le daba vergüenza preguntarlo- ¿tú también puedes....?.

"No me gustaría perderme el placer de darte alguna zurra. Además puedo darte muchos consejos sobre la manera más adecuada de recibir una buena azotaina. Ten en cuenta que vas a recibir muchas y algunas muy fuertes y yo tengo mucha experiencia en eso".

"¿Te importaría....darme un poco de....pomada? Sólo si tú quieres. Aún me duele un poco". Se puso colorado. ¿Cómo podía haberle dicho eso?

"Será un placer- dijo. Colócate encima de mí". Se sentó en el sofá y esperó a que Héctor se tumbase sobre él. Juan no pudo evitar acariciar sus muslos y su trasero. "Tienes unos buenos cuartos traseros muchacho. Te espera un futuro muy caliente, te lo digo yo".

"Si quieres....algo de mí.....no tienes más que pedirlo". ¿Pero qué estaba diciendo?

"Descuida, no lo dudaré. Date la vuelta".

Héctor se dio la vuelta y se colocó tumbado sobre el sofá con las piernas de Juan bajo su trasero, a pesar de que lo que le había pedido era que le masajease el culo. Estaba un poco incómodo, el cuerpo arqueado hacia atrás, pero se dio cuenta de que quería someterse a él, lo deseaba. Deseaba que Juan le acariciase, le metiese mano, le zurrase, le hiciese lo que él quisiera. "Ya me tienes".

Juan puso su mano sobre uno de sus muslos y lo acarició con fuerza, mientras iba subiendo hacia la abertura de la pernera del pantalón. Héctor empezaba a sentirse excitado y la parte anterior del pantalón empezaba a elevarse visiblemente. "¿Te gusta eh? Creo que vas a disfrutar de tu trabajo, querido mío". Pasó la mano por el bulto de los pantalones y lo frotó circularmente con suavidad. Héctor cerró los ojos y se entregó al placer.

"¡Basta por hoy!", le dio una fuerte palmada en el muslo, que hizo regresar bruscamente a Héctor de su viaje. "Si te corrieras, Alejandro lo notaría esta noche y se encargaría bien de los dos. Ya te explicarán que las descargas sexuales sólo se te permitirán en contadas ocasiones y controladamente".

"Pero puedo darme una ducha después y no notarán nada", respondió, frustrado, Héctor.

"Te equivocas. Hay maneras de saberlo, aunque te hayas duchado". Tampoco quiero zurrarte hoy, porque queda poco tiempo para tu primera sesión con Alejandro. Comprenderás entonces por qué te lo digo, la recordarás durante mucho tiempo".

Héctor tragó saliva. "¿Tan duro va a ser?".

"No te preocupes, lo aguantarás. Sin embargo, te propongo algo. Cuando yo ocupé tu puesto, tenía dieciocho años y entonces, conocí a Alex, el anterior a mí en el puesto. Nos hicimos muy amigos y tuvimos una relación bastante especial".

"Qué fue de él. ¿Sigue en la casa?".

"No, él decidió marcharse y seguir su propio camino, pero te aseguro que le costó dejarla. El y yo hicimos un pacto y acepté con gusto pertenecerle en secreto. Me hizo una marca con una tinta indele