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Relatos de azotes

Spanker de pago

Spanker de pago

Autor: Aimée González

Aquí estoy, mirando al espejo las marcas de mi trasero que desgraciadamente ya empiezan a desaparecer. La azotaina fue la semana pasada así que me he pasado toda la semana dándole largas a mi novio para que no se dé cuenta del estado de mi culo.

Me presento, me llamo Marta, 42 años divorciada con dos niñas, y actualmente salgo con un compañero de trabajo, mantenemos una bonita relación aunque yo necesito algo más, algo que no me atrevo a pedirle

Veréis, la semana pasada ojeando un periódico fui a parar a la página de contactos y me puse a cotillear y uno llamó poderosamente mi atención: Spanker profesional……..

Por supuesto no iba a llamar, quedar con un extraño para que me azote y encima pagarle, no estoy tan desesperada  ¿¿¿o sí??? Arranqué la hoja del peri y me la llevé y después de un millón de dudas y luchando conmigo misma para no llamar, al final me rendí e hice la llamada.

Quedamos una semana después en un hotel bastante alejado de mi casa, yo llegué primero, no quise ir vestida muy llamativa llevaba falda azul estrecha y camisa blanca y unos taconcitos no muy altos, discreta, no quería que pensara que era una cualquiera.

Llamaron a la puerta, miré el reloj, las 6 en punto, menuda puntualidad!! Mis piernas comenzaron a temblar y empecé a hiperventilar, no sé cómo pude llegar a la puerta, me sentía inmovilizada, me puse una sonrisa y abrí la puerta lo más natural posible.

¡Hola! dije mientras abría, y me quedé pasmá; No tendría  más de 32, o quizá menos, hubiera preferido que fuera mayor que yo, pero la verdad es que estaba como un queso!!!

Hola contestó soy Rafa, me zampó dos besos y entró en la habitación. Era un tipo alto, moreno, pelo rizado, aunque en lo primero que me fijé fue en sus manos, y sí, tenía manos de Spanker, traía una bolsa grande de deportes, le ofrecí una bebida del mini bar y comenzó a charlar,  se notaba que era un profesional, a los 10 minutos de una agradable conversación comencé a sentirme más relajada.

Se tomó el refresco, dejó el vaso sobre la mesa y se dirigió hacia la cama sentándose al filo de esta, me miro y me dijo con voz cálida “Ven aquí” tendiendo su mano hacía mí. Había llegado el momento, fui hacia él, tomó mi mano y me posicionó sobre sus rodillas. No podía creerlo, al fin estaba en esa postura tantas veces soñada

Entonces comenzó a azotarme sobre la falda, primero sobre un cachete, después en el otro, lo hacía rítmicamente, ni un azote era más fuerte que el otro, todos tenían la misma intensidad, que si al principio no parecían muy duros a los pocos minutos comenzaban a hacer su efecto.

El no hablaba, solo se limitaba a calentarme y de mi boca sólo salían leves gemiditos, el sonido de los cachetazos llenaban toda la habitación.

No sé cuánto tiempo llevaba ya en esa posición pero mis gemidos empezaron a convertirse en grititos, pero él seguía a lo suyo, parecía no cansarse nunca, aquello ya empezaba a quemar y entonces no pude evitar comenzar a moverme y a quejarme con más fuerza, ya no aguantaba más y me puse a patalear. llevé mi mano hacia atrás para proteger mi pobre culo,

-Para por favor, no puedo más,

Entonces paró, fui a levantarme pero no me dejó.

-¿Te he dicho que te levantes?

 Me preguntó con un tono muy severo

-No, pero…

-Pero nada, aquí mando yo,  si te digo que te levantes lo haces, sino te quedas como estas hasta que yo te de permiso, aquí hay unas reglas y las vas a cumplir todas,  a no ser que no quieras volver a sentarte. ¿Lo has entendido?

- Si, dije con una vocecita que no me salía del cuerpo

-Espero que sea así

Y siguió con su tarea durante al menos 10 minutos más, entonces paró y me dijo

- Ahora puedes levantarte

Me levanté despacito, lo primero que hice fue frotarme el trasero, no pude evitar que las lágrimas empezaran a correr por mi cara.

-Ponte ahí, ordenó

Me puse frente a él mientras intentaba ponerme la falda en su sitio.

El seguía sentado en la cama y entonces me dijo:

-Si quieres que nuestra relación prospere, más vale que la próxima vez no vengas vestida como una institutriz

Aquello me ofendió pero solo conteste;

-Vale

-¿Vale? ¿Esa es la respuesta de una niñata o de una señora?

-Lo que tu digas, la próxima vez vendré vestida de otra forma

-Aprendes rápido, así me gusta. Ahora quítate la falda

- No por favor Rafa, no puedo, la próxima vez, hoy no estoy preparada, de verdad que he tenido suficiente por hoy.

-Yo decido cuando es suficiente, gruñó, quítate la falda, obedéceme, si te la tengo que quitar yo va a ser peor.

Dudé entre quitármela o salir corriendo de la habitación, pero yo solita me había metido en ese lio, así que llegaría hasta el final, me la quité.

-Ahora las bragas

¡Glup!,¡¡Las bragas!! Estaba a punto de protestar de nuevo, pero con su mirada me lo dijo todo, no iba a dejar que me marchara sin acabar su trabajo.

Menuda situación, inexplicable la vergüenza que sentía, me las quité y tiré de mi blusa hacia abajo intentando cubrirme lo máximo posible.

-Date la vuelta,

Me giré y él se quedó observándome por un momento, era extraño, pero había olvidado completamente el dolor de mis nalgas.

-Ven aquí y abre la bolsa,

Se refería a la bolsa de deportes que traía y que había dejado al pie de la cama junto a él.

Me arrodillé y abrí la bolsa, me quedé sorprendida al ver su contenido,  estaba llena de instrumentos dedicados al spanking, los mismos que había visto tantas veces por internet.

-Busca el cepillo.

Rebusqué y allí estaba, de tamaño mediano y de madera.

- Dámelo

Dudé

- Obedéceme Marta

- Me levanté y balbuceando le dije: No creo que pueda soportar el…

No me dejó terminar, de un rápido tirón me volvió a situar sobre sus rodillas y empezó a pegarme otra vez.

- Me equivoqué, no aprendes rápido, corregirte me va a llevar más tiempo del que pensaba

Ahora ya no gemía, empecé a gritar, a patalear  a llorar de verdad y a suplicarle que parara

Pero él no sentía compasión, seguía zurrándome sin piedad, y como yo no paraba de moverme, me inmovilizó con sus piernas.

Esta vez me pegaba con fuerza y no podía moverme.  Si la primera vez no hablaba, ahora no paraba de reñirme, de decirme lo mal que me estaba portando y lo desobediente que era. Nunca pensé que aquello pudiera doler tanto, por supuesto no pude contar cuantos azotazos me dió pero seguro que no fueron menos de 200.

Entonces paró y me dijo:

- Los últimos 10 serán sobre tus muslos, por no hacer las cosas a la primera, ¿estás de acuerdo?

¡Qué  gracioso! como si pudiera escoger

- Si Rafa, lo que tu decidas

Y sin decir nada más me arreó 5 en cada muslo, uff , Auuuuu!!! Eso sí que dolía, hubiera preferido otros 20 en el trasero

Paró de nuevo y sentí como se inclinaba hacia la bolsa, me entró pánico, pensé que iba a seguir zurrándome con cualquiera de aquellos chismes que traía,

-¡¡NOOOO!!  Por favor no más, no más, e intenté escapar  de sus rodillas.

 -Tranquila, tranquila

Me susurró con la voz suave y cálida del principio,

-Solo es crema, te sentará bien

 Empezó a esparcirla y di un pequeño respingo  solo de sentir el frescor de la crema sobre mis nalgas tan calientes, parecía que estuviera  helada. Al fin pude dejar de llorar y comencé a relajarme, me hubiera quedado en esa posición para siempre y aunque el castigo había sido duro, no tenía ninguna duda que quería volver a repetirlo

Después de ese maravilloso masaje, me ayudó a levantarme y me sentó sobre su regazo, apoyé mi cabeza en su pecho y me beso en la cabeza, miles de sensaciones diferentes recorrían mi cuerpo,  levante la cabeza,  lo mire a los ojos, él me miró a mí y con su voz firme y cálida me preguntó:

-¿Vas a pagar con tarjeta o en efectivo?

 

Continuará...

 

 

Historia real: el spanking más duro de mi vida

Historia real: el spanking más duro de mi vida

Autor: Patty

 

Me gustaría comenzar este relato declarando que todo lo que se cuenta a continuación es totalmente verídico no hay nada inventado. Fue, tal cual pasé mi cumpleaños de este año 2012, de verdad y quisiera compartirlo con vosotros.

Soy una chica joven, de 27 años, del sur de España. Me encontraba en la capital española, haciendo un Máster, a pesar de que aún no había terminado la carrera, una licenciatura de 5 años. Me encontraba en mi octavo año de carrera, con una sola asignatura pendiente y haciendo el tonto sin estudiar para sacármela. El Máster era privado, por lo que si me encontraba en mi último año me dejaban acceder a él, con tal de que pagara las cuotas y así fue. Soy spankee de nacimiento, fue por eso que decidí hacer la especialización en sexología, para intentar comprender mejor todo este mundo spanko que tanto me fascinaba. Tuve la suerte de descubrir allí a unas amigas excelentes, sexólogas, que les fascinaban tanto como yo la sexualidad, por lo que no dudé en contarles mi pasión por el spanking. Aún recuerdo, estando en mi habitación del hotel, con 8 de ellas sentadas entre el suelo y la cama y yo narrándoles lo que a continuación os voy a contar…:

Ese fin de semana de mi cumpleaños, salimos todas las chicas de fiesta por Madrid para celebrarlo. Fue una noche de desfase: buena cena, mucho alcohol, mucha fiesta y muchos chicos. Yo como buena cumpleañera, tuve la oportunidad de probar a algunos madrileños. Esa noche o esa mañana, más bien, me acosté a las 9:00 de la mañana en el hotel, con mucha resaca y mucho sueño, pero a las 11:00 tenía que estar en pie. Puesto que a las 12:00, vendrían a darme mi último regalo de cumpleaños…

Mi regalo de cumpleaños se llamaba Iván, un chico guapo, educado, serio, cariñoso, estaba terminando el doctorado de su carrera… y con una vara en su mochila. Nos conocimos hace bastante tiempo por estas redes tan fantásticas que hay en Internet y después de un año y medio charlando, decidimos conocernos en la capital. Él era spanker y amaba tanto como yo el spanking, así que decidimos quedar para “charlar” de algunos temas pendientes que teníamos por ahí. Yo, a pesar de que me moría de ganas por conocerle porque ya había pasado a ser un amigo, la noche de juerga me estaba pasando factura por la mañana y a las 12:00 me quería morir del mal cuerpo que tenía.

Quedamos en el metro para dirigirnos a mi hotel y por el camino nos tomamos un café, necesitaba cafeína en vena para todo lo que me venía encima. Durante el café, hablamos un poco de todo, política, economía, de cómo va el país y de mis estudios… Me había matriculado de mi asignatura 6 veces y sólo me había presentado a 2 convocatorias. La última convocatoria fue dos semanas anteriores a mi cumpleaños y en lugar de presentarme, hice algo de lo cual ya no me siento orgullosa. Dije en mi casa que me iba al examen, cuando realmente a dónde fui es dormir a mi coche y cuando calculé la hora en el que habría terminado el examen, me volví a mi casa, diciendo que había hecho el examen y que el profesor lo había puesto muy difícil por lo que lo más seguro es que no lo aprobaría… Mis padres se lo creyeron y por el momento me salvé. No ocurrió lo mismo cuando se lo conté a Iván.

Después de tomarnos ese café, nos subimos a la habitación del hotel. Lo cierto, es que ésta estaba hecha un desastre, toda la ropa tirada, la maleta abierta, envoltorios de preservativos abiertos por el desfase de la noche… pensaba recogerlos para intentar dar una buena primera impresión, pero el mal cuerpo no me dejó. Llegamos, nos acomodamos y me dio mi regalo de cumpleaños. Estuvimos conversando un rato, muy tranquilos en la cama y él se levantó para ir al baño. Cuando volvió, traía en su mano mi cepillo de madera. En ese momento, me puse nerviosa, porque intuía que todo iba a comenzar ya. Todos estos meses atrás, me encantaba provocarle, diciéndole que tenía cara de ser un spanker blandito, que seguro que me aburría con sus castigos, que si no sabía imponerse, que se metiera en sus asuntos en cuestión de mis estudios… y un largo etcétera que se pasaron por mi cabeza en ese momento, porque claro no es lo mismo vacilar en la distancia, que cuando ya estamos los dos en las mismas cuatro paredes.

Sacó de su mochila la vara y la puso en la cama. Iván se sentó en la cama, de un tirón me bajó el pantalón y el tanga, al cual yo intenté no dejarme, quitándole las manos para que no me lo quitara, pero él fue más fuerte y me puso por la fuerza en sus rodillas. Empezó el castigo en ese momento. Comenzó azotando fuerte con su mano en el trasero, aunque era para ir preparando la zona, como un precalentamiento para lo que venía. Fueron pocos azotes, sobre unos 30 y después cogió el cepillo. A diferencia de la mano, este sí que dolía de verdad. Golpeaba fuerte, con ganas, ya que la verdad que me los merecía por floja y mentirosa, pero bueno, yo tenía que intentarlo y le decía que le recordaba que era mi cumpleaños y que no se pasara, que dolía mucho y que no pegara tan fuerte, a lo que hizo caso omiso y todo lo contrario, golpeaba más fuerte aún. Cayeron más de 50 azotes con el cepillo, incluyendo algunos azotes extras en las palmas de las manos por ponerla en el trasero para impedir los azotes ya que picaban mucho. Tengo que decir, que jamás me habían pegado en las palmas de las manos con un cepillo de madera y ¡duele un huevo! No sabía si me dolían más las manos o el culo.

Tengo que reconocer, que no sabía si era por el cansancio, la resaca, o el miedo a que estaba la vara ahí (nunca la había probado en “mis carnes” antes), que me porté bastante bien durante el castigo, ya que protesté lo mínimo, y eso que soy de las peleonas.

Bueno, continuo, me levantó de sus rodillas y pensé que me daría un descanso, pero todo lo contrario, me hizo que me pusiera en el borde de la cama, con el culo en alto, ese mismo culo que ya estaba bastante rojo por el cepillo. Me tumbé, diciéndole que no hacía falta más, que podríamos acabar aquí y escuché cómo se quitaba el cinturón. Se me cogió un nudo en el estómago cuando escuché la hebilla de la correa, me volví para mirarle y vi como doblaba el cinturón en dos. Cuando comenzó a azotarme con él, el primero no me dolió mucho, pero los 9 restantes sí que dolieron porque los aplicó con mucha fuerza. Sólo fueron 10 azotes porque este hacía mucho ruido y estaban limpiando nuestra planta del hotel y no quería levantar sospechas. En ese momento di las gracias de que hiciera mucho ruido, porque el cinturón también picaba que no veas. Puso el cinturón en su sitio y vi que quería coger la vara. Ya que no me daba descanso, le dije que antes que la utilizara quería tocarla primero para ver cómo era, aunque en realidad era para que me diera tiempo a respirar un poco. Aproveché cuando no estaba mirando para tocarme el culo y ya estaba un poco hinchado de los azotes.

No me dio mucho tiempo para recrearme y me obligó a que me tumbara de nuevo en el borde la cama. Tengo que reconocer que respiré hondo porque tocaba el turno de la vara. Sólo sabía de la existencia de la vara por videos de spanking que había visto, comentarios de otras spankees y todo lo que había leído y la conclusión era la misma: que era uno de los instrumentos que más duelen de todos. Recuerdo que sólo pensaba que tenía que aguantarlos sin llorar, porque soy muy orgullosa para eso, pero teniendo en cuenta que ya tenía unos cuantos azotes dados ya y el cansancio tenía miedo de no poder soportarlos.

Empezaron los azotes con la vara y jamás había sentido nada igual. Una quemazón increíble y dolor impresionante y eso que ¡sólo me había dado un azote! En ese momento, volví a respirar hondo y me agarré a las sábanas de la cama. Se me pasó el tiempo larguísimo, cuando siguió azotando con la vara. No daba descanso, pegaba fuerte y rápido y ahí sí que empezaron las quejas y las súplicas. Dolía muchísimo y sólo deseaba que se terminaran. En tres ocasiones tuve que poner la mano en el culo porque no podía aguantar más dolor. Cada vez que ponía la mano, me pegaba en la palma con el cepillo. Él me decía que no pusiera la mano y harto de que la pusiera, la tercera vez que la puse, me dio 10 azotes tan fuertes con el cepillo en la mano que decidí no volverla a poner más por mucho que me doliera el culo ya que dolió muchísimo. Los azotes siguieron cayendo con la vara sin piedad, y yo ya le decía que me perdonara, que iba a estudiar pero que por favor que parara, pero nada, le daba igual. Ya no sabía a qué más sábana agarrarme para intentar aguantar el dolor. Más de 100 azotes me propinó en el culo con la estúpida vara. Los últimos 20 fueron más fuertes y más rápidos aún por lo que era un sufrimiento inmenso. Odiaba ese instrumento. Y pensar que en pocas horas tendría que coger el AVE de camino a mi ciudad natal ya que al día siguiente tenía que trabajar. ¿Cómo iba a aguantar las 3 horas de camino sentada todo el rato?

Por el fin el castigo terminó, me parecía increíble y menos mal porque no podía aguantar más tiempo. Me dijo que me había ganado un ratito de estar en el rincón. Odio estar mirando en el rincón, porque me siento como si tuviera 5 años. Tenía que estar con los pantalones y tanga bajados, de rodillas y con las manos en la cabeza para no poder tocarme el culo. Es super humillante tener que hacer eso. Mientras, él estaba tumbado en la cama vigilándome. Se me hizo eterno el tiempo de castigo en el que sólo pensaba que al día siguiente tenía que trabajar, cómo iba a estar sentada en el trabajo sin que se me notara nada… Después de ese rato que se me hizo interminable, me dejó levantarme, nos besamos y le pedí perdón por mi comportamiento irresponsable. Afortunadamente me perdonó y me tumbó en la cama de nuevo, ya que iba a echarme crema hidratante en el culo. Lo hizo con mucho cuidado, cosa que lo agradecí muchísimo porque me dolía montón.

Ya era tarde, así que nos pusimos a almorzar, él sentado y yo de pie porque no me podía sentar cómoda del dolor. Después de comer, comenzamos a besarnos apasionadamente. Senté a Iván en la cama, puse la habitación a oscuras y empecé a desnudarle mientras le besaba. Le pedí que se tumbara en la cama boca arriba y puse en mi ordenador que tenía encima de la mesa, canciones de Kenny G. Me acerqué a su oído y le susurré que cerrara los ojos, se relajara y que centrara toda su atención en el recorrido que iría haciendo mi lengua. Empecé a lamerlo entero, no dejé ni un solo rincón sin mi saliva excepto su pene, prestando especial atención a sus pies, ya que es un gran fetichista y le excita mucho esa práctica. Mientras le lamía, pude notar cómo iba evolucionando su erección, cómo iba pasando mi lengua por su entrepierna y haciéndole “sufrir” por no hacerle una felación. Empecé a desnudarme, porque sentí bastante calor. Después le pedí que se pusiera boca abajo y repetí el mismo proceso. Iván estaba muy relajado y excitado, ya que todo este proceso lo hice muy lentamente, para que ambos disfrutásemos del momento, sin prisas. Casi 30 minutos después, volví de nuevo a sus labios y empecé a masturbarle para después, en ese momento sí, hacerle una gran felación. Su cara denotaba una gran satisfacción por la situación tan placentera que estaba experimentando. Nos volvimos a besar, me tumbó a mí en la cama y empezó a hacerme lo mismo. Me levantó las piernas y me hizo un sexo oral fantástico, muy tierno y placentero, haciendo que me estremeciera de placer. Le pedí que se pusiera el preservativo, ya que quería cabalgar un poco sobre él, el cual Iván aprovechó para acariciarme los pechos y tocarme mis nalgas doloridas por el castigo de antes. Le pedí que hiciéramos el misionero y se puso encima de mí. Debido a la gran excitación acumulada que teníamos los dos, no fue necesario que tuviéramos mucha penetración para que en breve alcanzáramos el orgasmo. Empezó a follarme más fuerte y le dije que en breve iría a correrme, así que metí mis dedos mágicos en mi clítoris y me corrí mientras no paraba de penetrarme de forma violenta. Fue un orgasmo muy intenso, por lo que creo que puedo afirmar sin equivocarme, que algunos vecinos de las habitaciones de al lado se enteraron de todo. En ese momento, Iván también se corrió. Fue todo muy tierno y placentero, pero ese orgasmo fue el que me dejó totalmente muerta. Mi cuerpo ya no daba más de sí, entre la resaca (que no me importó mucho y en la comida nos bebimos una botella de vino entre los dos), la falta de sueño, el dolor, el placer y el estado tan inmenso de relajación en el que estaba sometida, sólo quería dormir. Nos echamos los dos en la cama, medio abrazados, desnudos y nos pasamos un buen rato conversando. Nos fuimos a la ducha y nos duchamos mutuamente. También tengo que decir, que a cada momento, mi amigo, me tiraba pellizcos en el culo para que me doliera y ver cómo me picaba con él.

 

Finalmente nos tuvimos que marchar cada uno para nuestra ciudad. El camino en AVE se me hizo largo porque me dolía bastante el culo, pero ni punto de comparación con lo que me dolían las 2 semanas siguientes. Con el frío, las nalgas me dolían muchísimo, así que cada vez que iba a trabajar, era un infierno tener que sentarme incluso para conducir. Las marcas duraron 3 semanas, pero bueno, aprendí a ser más responsable… o ¿quizás no?

FIN

 

PD: Después del castigo, me hizo un par de fotos para que me acordara de ese día. Quien quiera verlas, sólo tiene que seguir estos links de los protagonistas:

https://fetlife.com/users/556067

https://fetlife.com/users/594546

La Fiesta

La Fiesta

Autor: Patty

Como cada día abrió la puerta de la casa tras un intenso día de trabajo, dejó sus zapatos en el terracita y se puso sus cómodas zapatillas. Todo permanecía en silencio, signo inequívoco de que su novia no estaba en casa. Su mente rápidamente se dio cuenta de que había quedado con sus amigas para irse de juerga por todo el barrio, ya que estaban en fiestas. No tenía muchas ocasiones de divertirse con ellas, pues cuando no era una, era la otra la que siempre tenía un compromiso con el novio o con la familia, así que habían decidido que ese día ninguna tendría más planes que salir todas juntas y pasarlo en grande. Como sabía que tardaría en volver se dispuso a cenar tranquilamente frente al televisor y relajarse con una cerveza fresquita mientras la esperaba, aunque sabía que lo haría medio dormido en el sofá, aunque eso no le importaba en demasía. Encendió la televisión, abrió su cerveza y comenzó a cenar al mismo tiempo que se ponía una película, distraído pensó que la espera se le haría más corta.

 

Cuando abrió los ojos se dio cuenta de que se había dormido, miró el reloj y eran las dos y media de la mañana, por descontado que la película ya había terminado, se levantó y miró en el dormitorio, su novia no había llegado aún, de modo que volvió a su sofá en el salón y comenzó a jugar con los mandos cambiando de canal una y otra vez en busca de algo que le llamara la atención. Al final decidió dejar el canal local donde estaban hablando de las fiestas de la ciudad, de cómo la juventud se lo pasaba en grande, y de los ya consabidos desfases de algunos con la bebida, y justo en ese punto su mirada se quedó clavada en la pantalla, mientras una reportera hacia una entrevista, o más bien intentaba hacer una entrevista a unas jóvenes que estaban sentadas en la acera apoyadas sobre la pared casi sin poder articular palabra, lo único que podían hacer era reírse sin más, debido a la gran borrachera que llevaban. Al terminar el espectáculo que estaban dando las tres amigas, la reportera se volvió para dirigirse hacia el espectador que en ese momento estuviese viendo la televisión para en un tono sarcástico y graciosillo hacer un chiste de la escena que acababan de ver y seguro que todo el mundo se reiría con ganas pues la verdad es que la escena era graciosa, claro está para todos menos para ciertas personas, como madres de las chiquillas, novios de las mismas, etc., debió ser ese el motivo por lo que ni una solo sonrisa salió de su cara cuando vio a su novia en tal estado de embriaguez en la televisión.

 

Miró la hora del video y se dio cuenta que había puesto el final de la película a grabar y utilizando el canal del video para cambiar de canal lo que acababa de ver había quedado grabado en la cinta de video, rápidamente como acto reflejo lo apagó y miró la hora, eran las tres de la mañana. Cogió el móvil y llamo a su novia para ver cómo estaba e ir a buscarla si lo necesitaba pero no recibió respuesta ninguna, el móvil debía estar apagado o fuera de cobertura. Sin poder hacer nada y un poco preocupado se quedó allí esperando sin poder hacer nada, las horas fueron pasando hasta que la puerta después de cuatro horas se abrió para que su novia hiciera acto de presencia tranquilamente como si nada hubiese pasado.

 

Amor, ¿qué haces ahí en el sofá?, no me digas que me estás esperando aún, tienes que tener el cuello destrozado.

 

¿Cómo estás? Es la única frase que salió de sus labios, era lo único que quería saber.

 

Bien, como quieres que este, un poco cansada después de un noche de fiestas, pero tranquilo nada que una buena cabezadita en la cama no solucione. Pensaba que no resistiríamos tanto, pero bueno ya sabes al final decidimos tomarnos los churros juntas.

 

Entonces te lo has pasado bien, espero que no te hayas desmadrado mucho esta noche (él esperaba una confesión, tampoco pasaba nada porque se hubiese emborrachado, aunque que la viera todo la ciudad en la televisión no iba a ser agrado ni para él ni para sus padres)

 

Anda tonto, que cosas tienes, si sabes que no bebo alcohol, hemos estado bailando y pasándonoslo bien en la feria con la banda que tocaba, hasta que se ha terminado y luego un chocolate y para casa. Venga vamos a dormir.

 

Sabes que no tienes por qué mentirme bombón, no pasa nada por lo que has hecho, aunque no les gustará a tus padres cuando lo vean.

 

Ella se quedó mirando a su chico como no sabiendo a que se refería, aunque sabía perfectamente que lo que acababa de decir era una mentira bastante gorda que no se asemejaba en nada a la realidad de lo que había pasado esa noche con sus amigas. Él la miró y giró la vista hacía el televisor dando al play del video, la imagen de ella apareció en la pantalla, reflejando el estado en el que se encontraba en el momento en el que la estaban intentando entrevistar junto con sus amigas y evidentemente era un intento porque ellas no podían articular palabra alguna. Su cara se puso roja como un tomate de vergüenza, la acababan de pillar in fraganti en una mentira de chiquilla, y no sabía ni donde esconderse, era como si deseara que la tierra se la tragase.

 

En ese estado no creo que hayas dado muchos pasos de baile seguidos, además por las imágenes creo que eso no está ni por asomo cerca de la feria, por lo menos donde la banda toca, y ese estado de embriaguez no es ni mucho menos en el que estás ahora totalmente despejada. Así que… ¿Por qué no lo intentas otra vez y me cuentas lo que ha pasado?

 

Lo que te imaginas cari, que como no bebemos nunca y esta noche lo hemos hecho nos hemos pillado un ciegazo que no veas, supongo que cuando nos grabaron serían las dos de la mañana, porque a las dos y media el hermano de mi amiga nos recogió y nos llevó a casa, he estado allí durmiendo un poco hasta que me he encontrado mejor para volver a casa. En definitiva una noche buena y mala a la vez. Así de simple. Perdona que no te lo contase pero me daba tanta vergüenza… y más ahora después de verme en la tele.

 

Espero que eso no lo repitan mañana, sino tu madre seguro que lo verá y no creo que le guste, aunque ya seas mayor para poder hacer lo que quieras, lo que no entiendo es porque me mentiste, el otro día me montaste un pollo por algo mucho menos.

 

Lo sé y perdona no volverá a pasar, sabes que yo no soy así. Ahora lo único que quiero es darme una ducha e irme a la habitación a dormir un rato, ok? Perdona.

 

Si cariño, date una ducha y luego te vuelves de inmediato para acá, que pienso castigarte, te voy a dar unos azotes para que aprendas.

 

Las miradas de ambos se entrecruzaron. La verdad es que presentía que se lo iba a decir, primero porque se lo merecía por comportarse como una niña al emborracharse así sabiendo que no aguantaría la tasa de alcohol al no estar acostumbrada y luego por intentar encubrir todo lo que pasó.

 

Creo que no necesitas  que te diga por qué ¿verdad, cariño? Emborracharte como una colegiala, mentir para encubrir tu niñería y luego el espectáculo televisivo. Si vivieras en casa estoy seguro de que tu madre no dudaría en quitarse la zapatilla y darte una buena azotaina con ella en el culo y como ya no vives allí y no creo que lo haga, de ahora en adelante cada vez que te portes mal, voy a ser yo el que te la dé. Así que aquí te espero.

 

La chica se dio la vuelta y se dirigió al baño para ducharse, mientras se desnudaba frente al espejo pensaba en lo que le dirían sus padres cuando viese las imágenes, incluso aun no viviendo ya con sus padres, ellos le pedirían explicaciones por ese comportamiento. Se miró frente al espejo justo después de salir bajo el agua de la ducha, contempló su espléndido trasero y el color del mismo, aquel que estaba predestinado desde hacía un rato a cambiar de color en unos pocos minutos después. Se secó, se puso su pijama, salió del baño hacia el salón dónde estaba su novio. Para su sorpresa, en la mesa del salón había además un cepillo de pelo de madera, instrumento que anteriormente no estaba allí puesto, por lo que dedujo que su novio lo había traído y no precisamente para peinarla…

 

Ha llegado el momento cielo, espero que pienses en todo como tú me dices a mí cuando me regañas, mientras te doy lo que te has ganado esta noche a pulso. Bájate el pantalón del pijama y ponte sobre mis rodillas y no quiero verte esquivar ni uno solo de los azotes que te voy a dar, ni que te estés cubriendo con la manita todo el tiempo, o al final me quitaré el cinto y te daré unos buenos latigazos en tu ya maltrecho culo.

 

Pero amor…!! Ya te he dicho que lo siento, anda, perdóname…. Con el hecho de ya haberme visto en video, ya ha sido suficiente castigo, de verdad. Te prometo que esto no va a volver a suceder nunca más. Por fiiiiiiiiiiiiiii.

 

Cada segundo que tardes en obedecer, será peor para ti.

 

Que noooooooo, anda cari, perdóname. Además, es súper tarde ya y me muero de sueño. Prometo compensarte mañana.

 

Muy bien, señorita, que sepas que al castigo que pensaba darte, le aumento 30 azotes más. ¿Vas a seguir perdiendo el tiempo?

 

Mira que sepas que eres un gilipollas, eres muy exagerado. Esto es una estupidez, para todo lo que estás montando a estas horas. Me voy a la cama, buenas noches.

 

 

La chica se dio media vuelta dispuesta irse a su habitación, pero el novio la frenó en seco y la cogió por la muñeca. Se sentó en el sofá y bruscamente la tumbó boca abajo sobre sus rodillas. No pasó ni un solo segundo cuando su trasero comenzó a notar los primeros azotes, eran con la mano los podía notar, rápidos, enérgicos, alternándose entre sus dos nalgas, su novio no hacia ningún comentario. Llevaría como unos veinte azotes y su trasero ya comenzaba a sentirse calentito. En ese momento, de un tirón, le bajó el pantalón del pijama y las braguitas y le empezó a dar unos azotes mucho más fuertes que antes. Le propinó casi cien azotes y el culo ya le ardía a la chica. Al novio también le empezaba a doler ya la mano, así que hizo un pequeño descanso. Ahora comenzaría el turno del cepillo.

 

Cuando el primer azote del cepillo cayó sobre su trasero dio un pequeño alarido, le había dolido, había sentido el picor que le producía pero no tuvo tiempo de pensar cuando sintió el segundo en el lado opuesto al recibido el primero y así fueron cayendo uno tras otro sobre su culo. El color del mismo había cambiado totalmente de aquel que la chica había visto al reflejo del espejo, ahora era de un rojo intenso y no paraba de mover el culo de un lado a otro intentando lo inevitable, escapar una y otra vez a los azotes con el cepillo, que estaban cayendo irremediablemente sobre su trasero, sobre ese trasero tan espléndido que tenía como su novio se lo describía miles de veces cuando se lo veía al cambiarse de ropa. Ella lloraba desconsolada pero el cepillo volvía a caer una y otra vez, el picor que llegó a sentir por todo su culo ahora era acompañado por un ardor constante del mismo, como si saliesen llamas de él y un dolor intenso por la cantidad de ellos ya recibidos. Fueron alrededor de unos sesenta o setenta cepillazos los que se había llevado y esperaba que el cinturón no fuese parte de su castigo, a pesar de haber estado intentando esquivar el cepillo en innumerables ocasiones.

 

El castigo se acabó. Por fin terminaron los azotes y en la misma postura en la que estaban, ella tumbada encima de las rodillas de él, el chico le terminó de quitar las bragas y el pantalón del pijama y le abrió las piernas  y notó como descendía una abundante lubricación proveniente de la vagina de su novia.

 

De repente, el chico tuvo una erección y desde esa postura le metió 3 dedos en la vagina y empezó a penetrarla con los dedos y a acariciarle el clítoris. Ella se estaba empezando a estremecer de placer. Por lo que la levantó de sus rodillas y ambos se besaron y se abrazaron. Uno le empezó a quitar la ropa al otro y se quedaron completamente desnudos y se fueron a la habitación de ambos. La chica se puso de rodillas y le empezó a chupar la polla a su novio. Este se sentó en un puff rojo que había en la habitación y le cogió de la cabeza a la chica para que chupara más profundamente. Con una mano ella le cogía y apretaba los testículos y con la otra mientras se la chupaba a su novio le iba masturbando. El chico se estremecía de placer, ya que los movimientos cada vez eran más rápidos y además mientras su novia se la chupaba, él le acariciaba los pechos. A continuación levantó a su chica del suelo y la llevo hasta la cama dónde le empezó a chuparle el clítoris y a meterle los tres dedos rápidamente en la vagina que para entonces ya estaba muy húmeda y lubricada.

 

Él le dio media vuelta a ella y la puso agachada en el filo de la cama y la empezó a penetrar de pie mientras ella se apoyaba en la cama. Después la tiró contra la cama y la siguió penetrando violentamente desde atrás en la postura del perrito mientras la cogía del pelo, del pecho o le daba algunos azotes para aumentar la intensidad de la penetración.

 

Los dos estaban muy calientes y muy excitados y la chica le dijo que en breve iría a correrse, por lo que él la volteó y en la postura del misionero le estuvo metiendo la polla hasta el fondo hasta que ella suplicó que parara porque tenía que meterse los dedos en el clítoris… iba a correrse. Y así lo hizo, empezó a gritar de placer mientras con las uñas de la mano que le quedaba libre se las hincaba a su hombre en el trasero del orgasmo tan placentero e intenso que estaba teniendo. Tras ver esta escena, fue lo que al novio le faltaba para correrse, por lo que rápidamente sacó la polla mojada de la lubricación de la vagina de su novia y le cogió la cabeza a la chica para que terminara de chupársela… a los pocos segundos se corrió en la boca de su novia. El semen se deslizó por los labios, ojos, garganta, tetas… mientras que la chica después de la corrida de su chico, empezó a lamerle la polla hasta que no quedó semen.

 

Ambos se dieron una ducha juntitos y cuando se secaron ella fue a la cama. Él la siguió con un bote de crema hidratante. Ambos se tumbaron en la cama, la chica bocabajo por supuesto, ya que aún le dolía bastante los azotes que le había dado su novio y este le untó un poco de crema en el culo hasta que ella se quedó dormida por dolor, el cansancio y el placer que había sentido tan intensos. Él la besó, le dijo que la amaba y ella medio dormida le correspondió el beso y también le dijo “te amo”. Él aprovechó para recordarle que a partir de ese momento no dudaría en usar el cepillo en su trasero cada vez que fuera irresponsable o se portara mal.

 

FIN

Sin Prisas

Sin Prisas

Autor: Lucia

 

Un poco tarde. No lo puedo evitar. Sé que no esta bien lo que hago, pero...

Salgo tarde, como cada día, y cuando llego al barrio, me acuerdo de que falta gel de baño o pasta de dientes... Total, solo voy a entrar un momento, sé que están cerrando, pero no tardaré mucho...

 Todas las veces lo mismo. Me paro delante del muestrario de maquillajes y pienso que me iría bien otra barra de labios. Me pruebo una tras otra en el dorso de la mano. Y ahí está, la reina de los catarros, la cajera, paseando a mi alrededor y tosiendo. Como siempre. Yo pensaba irme ya, pero ahora que se joda, que me voy a probar todo lo que se me antoje.

El caso es que no acaban de convencerme estos tonos. Escojo otra marca, pero es una marca de las caras y tienen el muestrario en una vitrina. Normalmente, esta vitrina no está cerrada con llave. Le pido a la señorita rinitis que me la abra y lo hace, con cara de muy malas pulgas. 

-Disculpe... es que, como cerramos a las nueve. Me dice con retintín- ya tenia esto recogido.

-Solo será un momento, no se preocupe- Pero si, ya puede preocuparse, la muy impertinente, porque ahora se va a joder y voy a tardar todo lo que quiera. Después del pintalabios, paso a los esmaltes de uñas,  y le pido que me los pruebe sobre una tira de celofán  porque en el frasco no se ve bien como quedan. 

Estoy guardando la tarjeta de crédito cuando le veo. No se de donde ha salido. Es un hombre de unos cincuenta, no especialmente guapo pero con un aspecto muy interesante. Se acerca a la otra chica, y le habla, con una voz profunda. Con la clase de voz que, cuando la oigo hace que me entren ganas de portarme muy, muy mal.

Cuando al fin, decido ser buena, pagar mis compras e irme. Son las diez menos veinte.

-Ana... ¿que esperas para cerrar la caja?

-Discúlpeme, señor García. Estaba atendiendo a esta señora. 

No se si es la mirada reprobatoria del hombre, o la mirada acusatoria de la chica, pero no puedo evitar tratar de dar la puntilla.

-Señorita... si es tan amable, quisiera llevarme la tira de celofán donde hemos probado los esmaltes, para elegir en casa, sin que usted me meta prisa.

La chica se pone roja de furia. Se contiene como puede, niega que me haya metido prisa, y me dice que la dichosa tira de celofán la ha tirado a la papelera. No suelto la presa, y le digo que entonces, no habrá problema en que, o bien me busque esa tira, o me deje probar los esmaltes de nuevo...

-Tranquila, Ana. Vamos a hacer una cosa. Tú cierras tu caja. Y ahora, dame esa papelera, que vamos a pasar a mi despacho. No quisiera que esta señora se marchase sin lo que parece necesitar tanto. 

Me dice que haga el favor de acompañarle, y el me sigue, con la papelera en la mano. Empiezo a pensar si no he ido demasiado lejos. En realidad yo no quería causarle problemas  a esa boba. Pero no he podido evitar un estremecimiento cuando ha dicho eso de "lo que parezco necesitar tanto."

Me indica que entre en su despacho, y le dice a la cajera algo que no entiendo. Pero me lo explica en cuanto nos quedamos solos.

-¿Cual es su nombre?

-Lucia... escuche, no se moleste, puedo volver otro día...

-Si viene otro día, por favor, tenga en cuenta que cerramos a las nueve. La tengo observada, señora, y no es la primera vez ni la ultima que nos hace salir tarde del trabajo.

Contengo una respuesta airada. Normalmente, no me contendría, pero me está riñendo, y es el tipo de hombre que me encantaría que me riñese a menudo. 

-Le estaba diciendo a Ana que puede marcharse. Porque quería hablar con usted a solas. Francamente, no es fácil encontrar a una persona tan desconsiderada como usted. 

Empiezo una excusa... salgo tarde del trabajo, solo pretendía aprovisionarme de unas cuantas cosas necesarias antes de ir a mi casa. Me mira, con una expresión de burla, y coge mi bolsa.

-Todos artículos de primera necesidad, ya lo veo. ¿No le quedaba nada de gel de baño en casa?

-Pero no con aroma a mandarina-protesto automáticamente.

-Añadimos a su lista de faltas que es usted una caprichosa. Además de desconsiderada, que ya lo hemos aclarado. El resto, son frivolidades por el estilo. 

-De verdad, lo siento, no volveré a causarle estos problemas...

-¿y sus modales?- Al hablar, parece usted una persona educada, correcta. Pero es inadmisible la forma en que ha tratado a la pobre Ana.

-Si, vale. Me disculpare con ella y me iré, y ya está

-Nada de "ya esta". Y no puede disculparse con ella porque se ha marchado. ¿Usted cree que con disculparse lo soluciona todo? Ni hablar, señora.

Titubeando, le vuelvo a pedir disculpas. A estas alturas tengo un revoloteo en el estomago, que ni te cuento. Todo esto se parece a la más interesante de mis fantasías. Me contengo, pensando que es eso, un parecido, que este caballero tan interesante me esta echando una bronca que no se por qué estoy aguantando, pero que no va a   pasar de ahí. Le digo que si hay algo que pueda decir para que me disculpe, lo que sea....

-Se trata, más bien, de algo que yo puedo hacer por usted. 

Le pregunto que es, casi temblando. Temiendo que lo que voy a escuchar sea, precisamente, lo que quiero escuchar. Cierro los ojos, y escucho.

-Mi intención no es otra que ayudarla, señora. Porque es obvio que tiene usted un problema. Su problema, es la falta de amor al prójimo. Se comporta usted como una niñata caprichosa y desconsiderada, y estoy seguro de que es consciente de ello. ¿Es así?

Decido jugármela... Total ¿qué puedo perder?

-Si, señor García. Lo siento. Tiene usted razón, pero es que no puedo evitarlo.

-Yo puedo ayudarle a aprender a evitarlo.

-¿Usted? ¿Como podría ayudarme? (vaya si se como podrías ayudarme, pienso).

-Usted, no es mala, querida. Lo que necesita es que la eduquen. ¿Está de acuerdo?

-Si, señor.

-Debo advertirle que mi idea de educar a una mujer descarriada como usted, es aplicarle unos buenos azotes, para que la falta no se repita. 

Diosssss. No puedo creerme mi suerte. Esto no puede estar pasando, es un sueño. No pienso mucho, antes de decirle que si, antes de admitir que lo mejor será que me aplique el correctivo de inmediato. Se sienta en una silla, y me dirijo hacia él como hipnotizada. Y no es que me deje llevar, es que voy    sola. Apoyo las manos en el suelo, mientras escucho su voz, diciéndome que lo que va a suceder es por mi bien, y espera que aprenda bien la lección. 

Al principio soy buena. Mantengo las manos en el suelo, no trato de cubrirme, y ni siquiera protesto mucho. Y eso que el cabrón sabe azotar, no es la primera vez que lo hace, ni mucho menos. Solo protesto cuando me alza la falda, tras unos minutos. Mi protesta me vale un azote fuerte que me hace quejarme. Pero cuando me baja las braguitas hasta media pierna y empiezo a notar los azotes sobre la piel desnuda, es cuando empiezo a quejarme en serio. Pero algo pasa en mi interior, porque en minutos, paso de las quejas y del pedir por favor que cese el castigo, a gimotear mientras me abandono totalmente a los azotes. Ahora lamento profundamente mi desconsideración y mi impertinencia y hasta haber molestado a la choni de la cajera. Asumo el castigo, mientras él me dice no solo cuanto lo merezco, sino lo beneficioso que va a ser.

-Aunque tengo la sensación de que de momento, se lo esta pasando en grande, señora.

No se lo niego, no tiene sentido. 

Continua, hasta que me oye pedir perdón, débilmente. 

No me atrevo a protestar cuando me lleva al rincón. Me quedo allí, con la falda subida, y las bragas bajadas, y con la seria advertencia de que no se me ocurra moverme. Pero tarda mucho. Y mi intención es buena, porque empiezo meditando y llegando  a la conclusión de que me pasé un poco con esa pobre analfabetilla funcional, pero enseguida me aburro. Por los ruidos que escucho, está apagando luces y preparándose para cerrar del todo. 

Cuando vuelve, no estoy en el rincón, sino ojeando un periódico que he encontrado. He dejado caer descuidadamente la falda. Me mira, y sacude la cabeza de un lado a otro, con gesto pesaroso.

-Ya veo que ni siquiera es usted capaz de permanecer quietecita en el rincón. 

-Lo siento, fue un despiste... 

Hago ademán de volver al rincón, pero me detiene.

-No, querida. Ya, no. Es tarde para eso. Sin duda, es menester una corrección más seria.

Observo como se quita el cinturón y lo dobla por la mitad. Siento pánico, pero al mismo tiempo, me recorre una sensación que... No me resisto, me dejo conducir hacia la silla donde antes se sentó para azotarme, pero esta vez, me apoyo en el respaldo con las manos en el asiento.

Y los azotes comienzan a caer. 

No son muchos. Apenas veinte, aunque no los cuento. A cada azote, suena una frase suya... “que sea la ultima vez", " si vuelve a ocurrir, la azotaré el doble", "menos llorar y mas aprender", etc., etc.

Cuando al fin, termina, hablamos un rato largo. El caso es que salimos muy, muy tarde, y nos despedimos delante del cierre. 

-Y ya sabes, niñata. Si te vuelvo a ver por aquí pasadas las nueve, recibirás más de lo mismo.

Me voy, pensando en que voy a hacer para sentarme a cenar sin que en casa me noten nada raro.

Y pensando también en que la semana próxima podría acercarme a ver unas sombras de ojos. Sin prisas. 

 

Nota del Editor: por razones ajenas a nuestra voluntad los comentarios han quedado mucho más abajo, todo es cuestión de bajar un poco más y dejar tu comentario...

 

 

 



 



 



 



 



 



 



 



 



 



El entrenamiento de jazmín

El entrenamiento de jazmín

Autora: Domme Lili

 

El motor del auto se apagó así como el último rayo de sol en el horizonte.


jazmín {DL} tensionó su cuerpo desnudo sobre el asiento de la moto, mientras escuchaba los pasos de las botas -que adivinó negras- acercándose.

En silencio, Domme tomó la correa de la moto, y atando sus manos en el manillar, le dijo seca:
- Acuéstate en el banco, una pierna para cada lado....

jazmín obedeció, y al terminar nota que casi no puede tocar el césped con las puntas de sus pies.

Siente como dos guantes de cuero grueso, utilizados para manejar la misma moto -lo sabía por la textura que la acariciaba en el momento- la recorrían impunemente, a veces acomodándola mejor, a veces vejándola aún más. Cuando parecía que todo había adquirido una extraña calma...
 
El sonido de la fusta cortó el aire y su inconfundible ardor empezó a distribuirse en toda la extensión de sus nalgas y piernas  como si una orquestra la accionara...

Las gotas gruesas de la tempestad que había amenazado llegar durante la tarde, empezaron a caer sin que ninguno de los dos personajes dejara de mantenerse sumergido en su mundo de sádico placer... Gotas que parecían querer colaborar con la sumisa, refrescándola de su tormento.

jazmín, ya sin poder disimular toda la delicia que esos azotes le propiciaban, empezó a mecerse, al principio casi inconscientemente. Después, todo su cuerpo se movía, tratando de culminar el gozo que se avecinaba. Casi no soportaba más la fusta, ni la lluvia, ni la demora en terminar el castigo. Apenas deseaba que nada la detuviera hasta llegar al clímax y así lo  demostraba en el asiento de cuero que la mantenía, con movimientos de hembra en celo.
 
Domme, dándose por satisfecha cuando el tono rojizo de su sumisa se aproximó al del horizonte, se retiró del lugar, dejando la moto encendida.

 

Un pensamiento cruza fugazmente la cabeza de jazmín: "No dice adónde va, si regresará..."
Los gemidos incontenidos de su placer la alejaron de cualquier análisis. La moto vibraba como queriendo arrancar mientras el cuerpo castigado y ya complacido de jazmín se distendió  completamente.
 
¡Bien que su Dueña le había advertido que su entrenamiento en ese bosque tropical sería muy severo!, recuerda sonriente jazmín.

 

DL

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Cuando mi Señora se fue no pude evitar quedarme esos minutos más sobre la moto y terminar lo que deliciosamente había iniciado, recordando mientras voy montada hacia el clímax, la textura de la piel de los guantes recorriéndome.

 

Cuando terminé, entré a la cabaña, por fin noté la fría lluvia; decidí darme un baño rápido y con solo mandil ponerme a preparar una cena ligera.


Espero que llegue pronto, la necesito junto a mí, necesito saber que mi castigo sirvió para su perdón.

Terminé de cocinar y preparar una linda mesa; luego, junto a su sillón favorito al lado del fuego, me arrodillé a esperar…

 

jazmín{DL}

Tercera edición: Nalgadas de personas más jóvenes a personas mayores

Tercera edición: Nalgadas de personas más jóvenes a personas mayores

Nota del Editor: Ante la cantidad de comentarios (más de 700) que produjo este artículo desde inicio de año, con el consiguiente agotamiento del espacio que Blogia dedica a los mismo, publicamos con mucho gusto nuevamente este magnífico artículo con el fin de que continúe el hilo de charla. Este es el enlace del emplazamiento del primer artículo original:  http://azotes.blogia.com/2006/033102-nalgadas-de-personas-mas-jovenes-a-personas-mayores.php y este es el emplazamiento del segundo artículo: http://azotes.blogia.com/2010/011001-segunda-edicion-nalgadas-de-personas-mas-jovenes-a-personas-mayores.php

Buen verano 2010!(Hemisferio norte y en el Sur que el invierno sea agradable)

Autor: thebestspanker@yahoo.com

Nota del Editor: este relato está basado en hechos verídicos que le ocurrieron al narrador.

Sobre el tema en cuestión, habré de decirles que, desde bastante joven tuve algunas ocasiones de sobar y dar unas cuantas nalgadas a los traseros de respetables damas que me llevaban añitos, algunas varios más, algunas unos cuantos.
   
Recuerdo un incidente en particular, cuando me tocó hacer de enfermero de una muy interesante dama –semi pariente-. Ella era paraguaya y para entonces estaría bordeando los 40, mientras quien esto escribe andaría por los 22 o 23 añares.
  
Resulta que esta casi tía mía, quien estaba pasando una temporada al cuidado de una anciana que vivía muy cerca de la vivienda que entonces moraba con mis padres, andaba bastante resfriada y la cosa se había complicado con una bronquitis que casi no le dejaba respirar.
  
Por conveniencia y también por afinidad, una vez que había atendido a la anciana, ella se venía a compartir las comidas del medio día y de la noche a la casa.
  
Fue en una de esas visitas que salió el comentario de que se sentía verdaderamente mal, pero que tenía que pasar la noche cuidando de la anciana y que, lo peor de todo era que la enfermera que le había colocado la primera inyección -de 3 dosis recetadas-no podría ir ese día.
  
Ni corto ni perezoso, me brindé a colaborarla, puesto que era el flamante poseedor de un certificado que garantizaba mi habilidad de brindar primeros auxilios, que había recientemente logrado mediante un curso que se dictaba en la Cruz Roja.

Viendo a aquella mujer aún joven y bien proporcionada, de cuerpo delgado y caderas gratas a la vista que cruzaba conmigo su mirada sorprendida, pude observar cómo invadía su rostro rápidamente el rubor, propiciado, supongo, por lo extraño de la situación. Es quizás necesario aclarar que estábamos los dos solos, en el comedor de diario, ya que el resto de la familia se encontraba disfrutando de la televisión en la planta alta.

Me preguntó si tenía experiencia colocando inyecciones y le respondí que sí, que había resultado el mejor del curso en aplicarlas vía intramuscular y que, en definitiva, las endovenosas me daban un poco más de trabajo, por lo que tenía cierto temor de aplicarlas.

Me respondió que, por ese lado no habría problema, porque las inyecciones que necesitaba eran intramusculares. Pero, precisamente por eso –me confesó- le daba mucha vergüenza pensar en que yo se las aplicara y concluyó con que era mejor que buscara una farmacia donde pudieran inyectarla. Me pidió pues que más bien la acompañara a buscar una.

Sin embargo, no pudimos encontrar ninguna cerca y ella se sentía muy mal, por lo que me pidió que la acompañara a la casa de la anciana, donde ella vivía temporalmente.

Llegados allá, me invitó a pasar un momento, para invitarme un café y me pidió que la esperara en una amplia sala que poseía la casa de la anciana.

Cuando regresó con el café, me sorprendió al decirme que lo había pensado mejor y de que, dadas las circunstancias aceptaba mi ofrecimiento. Me dijo que ella tenía las ampollas de penicilina y las botellitas de agua mezclada con silocaina. Le repliqué, algo turbado, que requeriría también algodón y alcohol medicinal y me dijo que no habría mayor problema.

Mientras aún saboreaba el café y conversaba, con ella recostada en un extremo del amplio sillón, le pregunté si no sentía que tenía temperatura. Como respuesta, me pidió que fuera a su habitación y que buscara el termómetro que había dejado sobre la mesa de noche, mismo que encontré en aquella ubicación, junto a 4 ampollas y dos jeringas descartables.

Sin pensarlo mucho, cogí una de las botellitas de agua, la partí por el cuello como me habían enseñado en el curso y procedí a llenar una de las jeringas con su contenido, para posteriormente romper el sello de la ampolla que contenía la penicilina benzatínica de 1.200 unidades que le habían recetado y proceder a mezclar el agua con el polvo blanco hasta formar una sustancia viscosa que agité con firmeza hasta verificar que no quedaran grumos. Acto seguido, volví a cargar el contenido en la jeringa, puse el protector en la aguja y fui a buscarla.

De retorno en su habitación, bastante excitado por cierto, y con una erección de los mil demonios que intentaba disimular bajo mi jean, sin poder conseguir ocultar la protuberancia que se había formado como frondosa vena en mi bolsillo frontal derecho y que bajaba por parte de mi pierna, me atreví a decirle que, primero le tomaría la temperatura y que después le aplicaría la inyección, por lo que la invité a recostarse de bruces y soltarse el pantalón. Me preguntó algo extrañada si no le iba a tomar la temperatura primero y le respondí que sí, pero que sería rectal, que era la más precisa. Confundida, me preguntó como se tomaba esa temperatura y le expliqué que debería introducir el termómetro en su ano. Uffffffffffffff!!!!!!! Casi me muero y cómo temblaba mi voz al hacerlo!!!!! Rápidamente, me respondió que no, que era suficiente y que quizás sería mejor que volviera a casa. Le repliqué que ya había preparado la inyección y que si no deseaba que le tomara la temperatura estaba bien. Quizás, ella misma podría hacerlo luego, pero insistí, quizás con un poco de morbo y porque realmente sigo pensando que es la mejor manera de tomarla, que cuando lo hiciera, introdujera el termómetro en su ano.

Con bastante recelo, terminó por aceptar finalmente que la inyectara, no sin repetir su negación varias veces, pero, dado su frágil estado, terminó por ceder finalmente y, mientras soltaba el broche del pantalón se recostó de bruces en su cama.

Me acerqué por detrás y le bajé de un tirón el pantalón hasta media pierna, ocasionando que ella tratara de levantárselo nuevamente. Instintivamente, sin meditarlo, le apliqué un par de nalgadas por hacerlo y le dije que se quedara quieta. Casi de inmediato me disculpé, pero no recibí respuesta alguna y solo vi como fruncía las nalgas y ocultaba la cabeza apretándola contra la cama. Observando esto y más envalentonado, cogí con mis dos manos su calzón (negro de poliéster) por la banda superior, a la altura de las caderas y de un golpe se lo bajé hasta la base de las nalgas, descubriendo a mi vista un par de blanquísimas carnes con una ligera coloración rosada en una de ellas (la izquierda). En ese momento, vi como tensionaba aún más las nalgas y le indiqué que debería relajarse para recibir la inyección, pero sólo recibí su silencio. Paso seguido, busqué la jeringa y recién me percaté que no tenía el algodón y el alcohol, por lo que le pregunté donde los tenía. Sin moverse y con la boca apretada contra la cama, me dijo que buscara en su ropero, mientras permanecía así, expuestas sus nalgas a mi ansiosa vista.

Una vez obtenidos ambos elementos, volví donde ella y procedí a limpiar la superficie donde aplicaría la inyección (escogí la nalga izquierda). Le pedí que pusiera sueltas las nalgas pero como no lo hacía, apliqué la técnica aprendida de dar unas palmaditas hasta lograr que finalmente estuvieran más sueltas (debo decir que fue un gran deleite para mí, puesto que las palmadas consistían en rítmicos y suaves golpes de mis dedos contra esas suaves carnes contenidas por una piel firme, como pude comprobar). Cuando vi conveniente, pellizqué una extensión apropiada de su nalga e introduje la aguja con un suave golpe que al parecer apenas percibió, para luego proceder, previa comprobación de que no había perforado ningún vaso, a introducir suavemente el viscoso líquido. Ella empezó a quejarse por la sensación de dolor (la penicilina benzatínica es una inyección bastante dolorosa), por lo que disminuí la presión en la base superior de la jeringa y me di todo el tiempo del mundo para aplicársela. Cuando terminé, jalé la jeringa y vi como salía un poquito de líquido blanquecino del pequeño hueco que dejó, por lo que presto acudí con el algodón empapado en alcohol para proceder a friccionar ese espacio. Instintivamente, coloqué con descuido mi mano libre sobre la otra nalga y, cayendo en cuenta, también se la acaricié. ¡Vaya que me puse cachondo con ello! Más grato, sin embargo, fue ver que ella me dejaba hacerlo. Cuando concluí este impensado sobeo que se prolongó por unos deliciosos e interminables instantes, casi de manera natural, le aplique unas cuantas nalgadas más y le subí los calzones, indicándole que podía vestirse.

Lentamente, mientras se incorporaba de la cama, giró su rostro hacia mí, aún dándome la espalda y pude observar, además del marcado rubor que inundaba sus mejillas, una amplia sonrisa que contagiaba hasta a su mirada, mientras me agradecía y me pedía que volviera al día siguiente para colocarle la otra inyección y ponderaba mis dotes de enfermero.

Ah! Me olvidaba, sí terminé, aunque no ese día, tomándole la temperatura rectal y puedo confesarles que le coloque muchas inyecciones más, que le di muchas nalgadas (aunque nunca disciplinarias como siempre deseé hacerlo) y que acaricié aquellas carnes a lo largo de todo ese año que permaneció cerca de nosotros.

El resto, me lo guardo en un rinconcito especial de mi memoria.

En La Paz, a 22 días de marzo de 2006

El anuncio

 

Autor: Ana K. Blanco

Cuando consiguió aquel trabajo Ximena se puso feliz, pero con el tiempo se aburrió. Viajar de un país a otro controlando de incógnito la calidad del servicio de una gran cadena de hoteles, alojarse en lujosas habitaciones y hacer informes interminables llegó a aburrirle. Lo único que tenía de bueno era que conocía diferentes países y lugares pero muchas veces no tenía tiempo de recorrer nada. Pero aquella vez era diferente. En el condado de Dade había varias sucursales además de Miami Beach, Key Biscayne, Coconut Grove... Aunque no las recorrería todas, aún así debía quedarse más tiempo del regular.

 

Pero hacía calor. Demasiado calor y demasiada lluvia fuera del hotel, y demasiados rubros en los que fijarse para analizar y controlar dentro. Julio en Miami significaba calores extremos y lluvias torrenciales, además de la posibilidad de huracanes.

 

Aquella mañana se levantó temprano para ver el sol, que salía y se ocultaba con una velocidad increíble en esa parte del mundo. Pidió el desayuno a la habitación y lo tomó en la espectacular terraza con vista a la playa. Hacía varios días que andaba por allí y tenía los nervios de punta. Estaba cansada, estresada y con trabajo pendiente. Había visitado 3 hoteles y aún le quedaban otros tantos en otras partes: Coconut Groove, Key Biscayne y luego Fort Lauderdale. Abrió el Miami Herald y recorrió sus páginas sin mayor interés. Llegó a la parte de los clasificados y pensó que Miami sería un bonito lugar para vivir. En una rápida recorrida de los avisos donde se ofrecían varios servicios, un aviso con una sugerente imagen, llamó su atención. Escrito en letra negrita se leía:

 

"Caballero maduro, educado, estricto y amante de la disciplina se ofrece para educar a dama con tendencia a la rebeldía, mala conducta, desorden y desobediencia. Método SPK con resultados garantizados; especialista en OTK. Comunicarse con Severo Clemente a xxsevexx@miami.com.usa"

 

Durante varias horas le dio vueltas en su cabeza, hasta que se decidió a escribirle y luego de intercambiar el primer mail comenzaron a chatear. El calor era insoportable, si no fuera por la bendición del aire acondicionado, habría renunciado al trabajo, pero era poco lo que debía salir del hotel. El verano es esa época del año en que todo el mundo piensa en vacaciones y la gente está pensando en entregar o retirar trabajos; Ximena y Clemente no eran la excepción, pero la conversación por Chat era sumamente interesante: picante, inteligente, divertida y excitante. Ambos se provocaban, él amenazaba y ella se burlaba... respetuosamente, claro.

 

En esas conversaciones Ximena le había confesado que era de las mujeres que gustaban tener experiencias especiales: estar sexualmente con otra chica, seducir un hombre mayor en un restaurante para terminar con él en el baño... Una de sus fantasías aún no realizadas era recibir una azotaína.

 

Clemente no quiso perder tiempo y la invitó a una de las cafeterías cubanas más famosas de Miami: La Carreta de Bird Road y la 107 Avenida del SW era famoso por su coladas de café cubano, con frío o calor. En cambio las heladerías no eran tan buenas y más valía comprar algo en un supermercado.

 

Al día siguiente Ximena salió una hora antes del horario convenido. Tomó por el costado del puerto donde estaban anclados los enormes cruceros como gigantes esperando devorar a todos los que se le acercaran. El Dolphin Expressway la llevó por el borde del downtown y al acercarse al aeropuerto se preparó para combinar con el Palmetto Expressway donde podría bajar en la 40 SW Street, más conocida como Bird Road.

 

Un BMW descapotable color verde metalizado se estacionó en el parking del famoso restaurante. Una hermosa joven enfundada en un ligero vestido, corto y elegante, bajó apoyando sus sandalias de fino tacón, color amarillo como su bolso. Ximena destilaba refinamiento y seducción en cada uno de sus movimientos. Clemente se quedó pasmado viendo como aquella belleza de piel bronceada y pelo ensortijado, largo y brillante como la miel se dirigía a las puertas del lugar. Apenas entró dio una rápida mirada y sin dudarlo se dirigió hacia él. Se saludaron con un beso y la charla se fue deslizando suavemente, como si se conocieran de siempre. Hablaron de todo un poco: relaciones de pareja, familia en general, trabajo, gustos generales... Ambos eran personas educadas, inteligentes, seguras de lo que querían; la química se instaló entre ellos en medio de los refrescos y risas. La colada de café cubano sirvió para dar término al encuentro y poder dirigirse a algún lugar para jugar.

 

El BMW verde metalizado corrió por las calles y avenidas hasta llegar a un motel conocido por Clemente. Allí bajaron y el hombre tuvo oportunidad de disfrutar más detenidamente el vestuario de la chica. Era como él se lo había pedido: vestido liviano, sin perfume, sin maquillaje, discreta, elegante y quería imaginar que también en la ropa interior lo había obedecido y tendría puestas las braguitas blancas de algodón.

 

La habitación no tenía nada de particular, era como todos esos moteles que están por las carreteras del país. Ximena estaba muy nerviosa, era su primera vez y no sabía cómo saldría todo aquello. Clemente lo notó, así que sintonizó un canal de música para suavizar el ambiente que se notaba tenso. El volumen era un poco más alto de lo normal, y la joven imaginaba por qué.

 

-Bien... Aquí estamos para comenzar a enderezar tu conducta -dijo Clemente con toda la seriedad de la que fue capaz-. Razones para azotarte tengo hasta por demás. Tú misma me has confesado todos tus errores por los que mereces un buen castigo. Veremos si de verdad quieres cambiar... comencemos ya con esto. Y recuerda: si por cualquier motivo quieres detener el juego por un momento, dí "amarillo". Y si me dices "rojo" la sesión se terminará sin posibilidad de retomarla. Está claro ¿verdad?

 

La joven asintió. Clemente abrió su mochila y sacó del interior diferentes elementos, algunos desconocidos para Ximena y otros muy conocidos, como aquel cepillo de pelo que parecía pesar más que su alma. También había una regla de madera, una paleta de ping-pong con cubierta de goma, un trozo de cuero con mango y... una extraña fusta con un mango grueso y corto. Era retractil. Cada instrumento era estudiado por la joven con interés y algo de morbo. Cuando se dio vuelta fue tomada por sorpresa y colocada sobre las rodillas de Clemente. Fue entonces que la tomó de la cabellera, por la nuca y tiró levemente:

 

-Jovencita... más vale que te relajes, porque no hay retorno -susurró el hombre-. Estuviste esperando esta aventura desde hace tiempo y nada me va a impedir que te ponga las nalgas ardientes y coloradas.

 

Colocó su mano sobre las pétreas nalgas juveniles y las acarició. Midió el golpe y la palmeó varias veces, en forma pausada y cadenciosa. Eran golpes dulces, sensuales y que hacían gemir placenteramente a Ximena. Lentamente los azotes fueron aumentando, en forma casi imperceptible para la mujer; luego de un rato comenzó a sentir el calor de la sangre que se agolpaba en la zona de sus sentaderas.

 

Sintió cómo se levantaba la falda mientras que Clemente miraba con agrado el calzoncito blanco que cubría totalmente las nalgas, excepto por unas pequeñas marcas rojas que sobresalían por los costados de las bragas. Unas caricias seguidas de más azotes fue lo que sintió antes de que Clemente le hablara una vez más:

 

-Muy bien... llegó el momento de pagar las consecuencias de tus provocaciones -un leve estremecimiento movió a la joven ante las palabras del hombre-. Quiero que recuerdes todas las cosas que me dijiste a través de la PC. ¿Las recuerdas? Porque yo no las he olvidado. Espero que estés preparada para esto...

 

Comenzó a bajarle las bragas, y ante el asombro de Clemente, la joven no se lo impidió. Tenía dos globos hermosísimos, y lucían más hermosos aún colorados como estaban en aquel momento. Sintió unos enormes deseos de poseerla, pero no era momento aún, así que se conformó con acariciarla y bajar las bragas hasta la mitad del muslo. No le pegó demasiado fuerte, pero el picor de la nalgada se sintió una y otra vez.

 

-Puedes sufrir y llorar, o puedes sufrir y gozar, tú eliges. Sólo te hago una advertencia: no se te ocurra mancharme los pantalones con tus jugos, porque el castigo será peor aún.

 

Luego de unos azotes más, le ordenó que se parara en el rincón. La joven obedeció. De repente sintió que su vestido se alzaba y era colocado en el escote para que no cayera y tener todo el panorama de las rojas nalgas a su vista, que no podía ser más grandiosa. Se acercó a su oído y susurrando le dijo: "no se te ocurra moverte".

 

La vista desde su silla era espectacular, y el deseo de Clemente por aquella joven aumentaba cada minuto.

 

-Ven aquí inmediatamente, quiero probar mi fusta contigo. Quizás de esa forma puedas dejar tu costumbre de dejar las cosas para después. Detesto a la gente procrastinadora -decía Clemente mientras que desplegaba su fusta retráctil ante la mirada atónita de Ximena-. Y quítate las bragas.

 

Empujó el torso de la muchacha sobre la mesa, y la colocó con las piernas separadas y su intimidad totalmente expuesta. La fusta comenzó a hacer su trabajo, en forma discreta y suave, pasando el canto por el ano y la vulva, una y otra vez. La hinchazón en toda la zona genital era imposible disimular y los jugos que comenzaban a deslizarse por la entrepierna.

 

La erección de Clemente era imposible de mantener dentro de sus pantalones; el pene pujaba por salir y el dolor de sus partes íntimas se había tornado insoportablemente cruel. No sabía cuánto tiempo más podría soportar aquella situación.

 

Sin que Ximena pudiera verlo, sacó un plug de tamaño mediano y lo introdujo de sorpresa en el canal rectar de la joven, que se retorció de placer, lanzando un casi inaudible gemido. Por su reacción parecía no estar acostumbrada al uso de tal elemento, así que Clemente, experimentado en hacer gozar a sus spankees con este tipo de juguetes, hizo deleitar a la joven y a su vez él también disfrutaba al verla.

 

Ese juego con el plug hizo que la tensión sexual de Ximena aumentara de forma increíble. Entonces el hombre terminó de desvestirla y luego se quitó toda la ropa. El cuerpo juvenil de la chica hizo que Clemente la besara y recorriera su tersa piel con total libertad. No tardó demasiado en cambiar el lugar que ocupaba el plug por su pene, forzando a que la joven se colocara en cuatro patas sobre la cama. De una estocada su ano se convirtió en la vaina de la increíble daga que la estaba invadiendo. Apenas se quejó, hasta que se acostumbró al dolor y comenzó a retorcerse de placer. Sin sacar el pene de la tibia vaina, las manos de Clemente acariciaban el endurecido clítoris y los magníficos senos, túrgidos y abundantes. La joven comenzó a correrse una y otra vez, hasta casi desfallecer de placer.

 

Mientras que la joven se recobraba, Clemente fue a higienizarse. Al regresar, ella seguía en la misma posición, por lo que se acercó a ella y le colocó el pene frente a su boca, como indicándole cuál era el próximo paso a seguir. No tuvo que decir más nada. La boca de Ximena se abrió como una planta carnívora, devorando de un bocado aquel enorme pedazo de carne inerte, que comenzó a cobrar vida en la tibieza de la boca. Los labios eran los carceleros que no dejaban escapar la presa, y los dientes y la lengua se convirtieron en los dulces torturadores que hacían crecer el pene a un tamaño inimaginado. Humedad, calidez, suavidad, dulzura, manos diestras, placer sin límites... todo era poco para describir la magistral forma de hacer sexo oral de aquella delicada joven. La explosión de lluvia blanca bañó su rostro, cabello, senos y vientre mientras que el hombre aullaba emitiendo sonidos guturales y palabras sin sentido.

 

Aquellas sesiones se repitieron dos veces más, y luego la chica del BMW verde metalizado despareció para siempre. Quizás alguien pueda localizarla en alguna sucursal de la cadena de hoteles para el que trabaja. Si la ubican... bastará con que le muestren las letras SPK y OTK. Ella comprenderá y seguramente recuerde aquel aviso clasificado que la hizo vivir momentos inolvidables.

 

 

Problemas con el alcohol

Autor: Alejandra

Mi nombre es Alejandra, yo soy una profesora de 46 años soltera. Vivo con mi madre, Amparo, una señora de 70 años, trabajo en un Liceo común, pero dentro de mi normalidad profesional, guardaba un gran secreto y problema. Era adicta al alcohol. Los fines de semana no me faltaba mi botellita, me encerraba en mi dormitorio y le daba el bajo. Los días de semana igual bebía un poco pero de forma que no se notara el día siguiente cuando yo tenía que trabajar.

 

Mi vida cambió radicalmente cuando al pueblo llegó un psicólogo para el Hogar de Menores. En mi casa si bien no teníamos problemas económicos, pero una entrada más nunca viene mal.

 

Era un joven de más o menos 28 años de nombre Felipe, 1,85 m. (yo mido 1,58) ojos claros, mirada penetrante, pelo castaño claro, así como galán de teleseries, que a penas lo vi me remeció el piso. Era muy galante, caballero, ordenado, le gustaba que estuviese todo limpiecito, especialmente sus cosas, yo soy bien desordenada, así que es la antítesis de mi.

 

De primera no compartíamos mucho. El llegaba del trabajo cenaba y se iba a su pieza, con mi madre conversaba un poco más porque ella estaba casi todo el día en casa. Cuando yo trabajaba, él la acompañaba al médico, tenía siempre muy buena voluntad. Era algo tímido y reservado.

 

Un día mi mamá para que no bebiera ese fin de semana escondió mi botella de vodka en la pieza del pensionista. Yo desesperada no la encontraba, busqué por toda la casa y la encontré y no encontré nada mejor que beberla ahí mismo, totalmente ebria vomité sobre el piso y me quede dormida en la su pieza.

 

Al día siguiente, domingo, al despertar tomé conciencia del hecho y convaleciente, después de darme un buen baño, limpié toda la pieza, pero igual algo de olor quedó. Llegó Felipe, encontró olor a licor en su dormitorio y alegó, me dijo, Señorita Alejandra, está bien que sea su casa, pero le estoy pagando por esta pieza así que tengo derecho a que se me respete, amenazó hasta con irse de la casa, le supliqué que me perdonara que no lo volvería a hacer.

 

Felipe no halló nada mejor que preguntarle a mi mamá, Señora Amparo, ¿Es primera vez que Alejandra bebe tanto? Y ella le dijo la verdad, que yo era adicta, eso fue delante de mí y se me cayó la cara de vergüenza.

 

Él dijo con su sapiencia que no me avergonzara me abrazó fuerte, y me dijo que era una enfermedad, que no me sintiera culpable, que me ayudaría a salir. Cuando me abrazó sentí tanta excitación que lo apreté fuerte con mis brazos.

 

En la hora de la once, conversamos y mi mamá contó que ella me crió sola, Felipe le dijo, sabe Señora Amparo, el problema que Alejandra siempre hecho lo que ha querido, usted es muy buena mujer por eso nunca la castigó y nunca le puso límites. Si quiere que ayude a su hija déme el consentimiento para castigarla. Habló haciendo un símil con la juventud actual, que hacen lo que quieren porque los papás no los controlan.

 

Me fui pensando en lo que conversamos y pensando en qué forma me castigaría, pensé que sería una buena retada, así como la del domingo en la tarde, y como dicen que la curiosidad mató al gato, salí de clases y me fui a un bar donde me tomé una cerveza y llegué a casa.

 

Saludé a Felipe y tuvimos el siguiente diálogo:

 

¿estuviste tomando

nooo, no pasa nada

F. no me mientas.

En un tono de voz fuerte.

A. Bueno, la verdad me pasé a tomar una cerveza.

F. Tú no aprendes nada.

En ese momento llamó a mi mamá.

            F. Señora Amparo su hija nos acaba de desobedecer a los dos y más encima me acaba de mentir. Recibirá un buen correctivo.

Yo ni pensaba aún en que consistiría, estaba nerviosa, pero ansiosa de conocer cual sería mi castigo.

 

Felipe me tomó de la oreja y me dijo:

tan linda y tan desobediente, ahora verás que si te prometí ayuda lo haré, lo primero que haré será que respetes a tu madre

¿Qué me vas a hacer?

F. Dile a la señora Amparo donde fuiste después de trabajar

Me dio vergüenza decirle a mi mamá lo que hice delante de una tercera persona y dije:

Fui donde una colega y después pasé al supermercado, por eso me atrasé en llegar.

Tirándome la oreja más fuerte me gritó:

F. Di la verdad.

A. Mamá fui a tomarme una cerveza al bar de Don Lucho.

F. A mí no me mentiste, porque yo el tiempo que estoy acá te aprendí a querer con tu enfermedad y yo lo que quiero es sanarte, pero le mentiste a la Señora Amparo y lo que es más grave a ti misma.

 

Felipe me tomó del brazo y me puso de guata sobre su muslo y con su brazo me sujetó, él era mucho más fuerte que yo, así que no podía escaparme. El primero me dio un par de golpes suaves en mi trasero diciéndome:

F. Ahora viene tu castigo.

Recién ahí vi que era lo que me esperaba, Felipe le dijo a mi madre:

Señora Amparo siéntese cómodamente que a Alejandra le daremos una lección que nunca olvidará

 

Era diciembre, hacía algo de calor así que ese día andaba de vestido, Felipe sobre mi vestido empezó a azotar mi trasero.

 

PAF, PAF, PAF, PAF, PAF

F. La verdad sabía que saldrías a beber, pero el castigo no es por ello, sino porque mentiste, la primera etapa es que te reconozcas el problema.

PAF, PAF, PAF, PAF, mi trasero me ardía y sentía los golpes cada vez más fuertes. Más encima me sentía tan humillada, igual como antiguamente se castigaban a los niños, era yo castigada a mis 46 años. Más aún con mi madre presente, además del dolor, la vergüenza que sentía.

Perdóname Felipe

F. No me pidas perdón a mí, pídele perdón a tu mamá por haberle mentido.

PAF, PAF, PAF, PAF

A. Perdóneme mamá, nunca más te mentiré, le haré caso a Felipe, hasta sanarme.

Amaro: Felipe yo nunca me atreví a castigar a Alejandra, ella creo que le hizo falta un papá al lado que la tuviera derechita.

F. Señora Ampro, si quiere vaya a preparar la once, yo me quedaré aca con Alejandra, tenemos un punto más que conversar.

 

Ahí Felipe terminó de pegarme, yo sentí un alivio, aunque aun no me dejó salirme de donde me tenía, pensé que mi castigo había terminado.

 

F. Tú crees que tu castigo acá ha terminado. Un castigo sólo funciona cuando ha logrado hacer entender en ti que es necesario un cambio de conducta.

A. Felipe por favor para.

F. Ahora aprenderás a no mentir más.

A. Por favor ya, para.

 

En ese momento, Felipe me levantó el vestido hasta la cintura, bajó mi calzón hasta el muslo y dejó mi trasero totalmente desnudo. Me dijo:

 

F. Ahora que estamos solos empezará la verdadera lección.

A. ¿Qué me vas a hacer ahora?

PAF, PAF, PAF, PAF, PAF. Los sentía fuertes y sonoros, sentía como mi trasero se calentaba, PAF, PAF, PAF, con una técnica, un golpe en un cachete y el otro en el que sigue. Yo llorando y le dije:

 

¿Todo esto por una cerveza?

F. Se nota que no has aprendido nada, niña mal criada, me hubieses dicho la verdad, no te hubiera echo nada. Reconoce tu problema y no lo rehúyas

PAF, PAF, PAF, PAF, PAF, PAF

F. Dime donde fuiste después de trabajar.

A. Felipe, fui donde Don Lucho a tomarme una cerveza.

F. Dime lo que le dijiste a tu mamá.

A. Ya Felipe termina.

F. Dime la mentira que dijiste.

A. Ya por favor.

F. Tú no aprendes nunca.

PAF, PAF, PAF, PAF, PAF, PAF

Para por favor

F. Pero dime la mentira que dijiste.

PAF, PAF, PAF

Bueno Felipe, le dije que fui donde una colega y después al supermercado.

F. ¿Y qué necesidad tenías de mentir?

PAF, PAF, PAF, PAF, PAF, PAF

Que me dió vergüenza.

F. Todo esto lo hago por tu bien, se que al final me lo vas a agradecer.

PAF, PAF, PAF, PAF, PAF, PAF

F. No pararé hasta que me agradezcas la sesión que te di hoy.

PAF, PAF, PAF, PAF, PAF, PAF

A. Por favor, para

F. Dame las gracias niña mal criada

PAF, PAF, PAF, PAF

F. Repite conmigo:

F. Gracias por corregirme.

A. Gracias por corregirme.

PAF, PAF, PAF, PAF

F. Nunca más le mentiré a mi mamá.

A. Nunca más le mentiré a mi mamá.

F. Ya párate y mira tu trasero en el espejo.

 

No lo podía creer, sentía un fuerte ardor en mi trasero, lo vi en el espejo y estaba rojo, como tomate. Después el me abrazó y me dio un beso y se lo respondí, para que sigo contando lo que siguió esa noche. Sentí tanta excitación que no concilié el sueño en toda la noche.

 

Después de esa lección aprendí a reconocerme como una enferma, dando así el primer paso para mi rehabilitación. Aprendí que una siempre tiene que estar con la verdad por delante y que una mentira por pequeña que sea no daña al que se la dicen, sino que al que más daña es al que la dice.

 

Así de a poco he dejado ya mi adicción, Felipe es más que un profesional es un gran amigo, confidente, aunque debo confesar que derepente adrede doy motivos para que me castigue nuevamente.