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Spanking en estado puro
Autora: Ana K. Blanco
Dedicado a todos los que disfrutan
del Spanking a su manera...
Cassandra estaba nerviosa y no comprendía por qué. Ella era spankee y encontrarse con un spanker por primera vez era algo que ya había hecho con anterioridad. Claro que no era lo usual verse con un médico de la fama de Miguel para jugar spanking, y además que la cita fuese en el consultorio de él.
Esta situación no estaba recubierta de grandes emociones, sino que era algo más bien común. Ambos habían coincidido en un grupo de spanking en internet y se habían puesto en comunicación por medio de mails y tras muchas horas de chatear confesándose mutuas fantasías vieron que ambos eran algo "perversos" en sus juegos, sin que profundizaran demasiado en el bdsm, solo lo suficiente como para darle un poquito más de sabor, la pimienta y la sal necesaria para hacerlo más sabroso.
En sus charlas por chat habían encendido sus respectivas cámaras y se habían visto. El doctor Miguel Duarte era un hombre cincuentón, de pelo cano muy corto y de complexión más bien delgada: usaba lentes, los cuales no impedían ver unos bellos ojos oscuros de mirada pícara y penetrante, mientras que su rostro lucía una sempiterna sonrisa. Se confesó como un hombre alto y atlético, y aparentemente era así. La forma de su cabeza era perfecta, y con su sonrisa lograba iluminar la pantalla. La primera impresión de Cassandra al verlo fue "¡qué potro!". A medida que charlaban, Miguel iba mostrando su inteligencia y sagacidad para preguntar y contestar que despertaba la admiración de ella.
Luego de muchos meses de chatear, enviarse mail e incluso hablarse por celular, estaba todo combinado para el encuentro: sería ese miércoles a las nueve de la noche en el consultorio del Dr. Duarte, luego de su jornada de trabajo.
La primavera estaba cercana pero el invierno se negaba a desaparecer. Ese miércoles amaneció gris y plomizo. La amenaza de lluvia estaba clara y comenzaría a llover en cualquier momento. Así que Cassandra, inteligentemente, decidió pasar el día en su casa y no arriesgarse a salir a pesar de algunos compromisos que tenía pendientes. Ser su propia jefa le daba ciertos privilegios y ella que trabajaba tan duro diariamente, no perdería demasiado por tomarse un día de descanso. Aprovecharía a leer algo y dormir antes de prepararse para la cita. Un libro y algo de música fueron su compañía mientras que fuera llovía copiosamente.
Tres horas antes de la cita comenzó a prepararse: una larga y renovadora sesión de baño con hidromasaje, la ducha y un poco de crema por todo el cuerpo; la ropa interior la esperaba sobre la cama. Cuando terminó de colocarse el finísimo conjunto de bragas y sostén de seda, inmaculadamente blancos y con toques de finos bordados, se miró al espejo. La imagen que este le regresó la dejó muy conforme.
Cassandra era una mujer de más de 40 años, pero no los representaba: tenía el cabello muy negro, largo, lacio y brillante. Su tez era aceitunada y sus ojos verdes resaltaban en aquel rostro moreno. Era alta y con algún kilo de más justo en los lugares adecuados. Cuando caminaba por la calle, los ojos de los hombres se dirigían sin dudas a sus pechos, grandes, turgentes, y luego a sus ojos. Cuando pasaba la seguían con la mirada que se clavaba en las nalgas: firmes, duras, redondas, apetecibles...
Se colocó un vestido muy ajustado, de tela elastizada que resaltaba más aún su cuerpo casi perfecto. Las medias de color natural subieron hasta la parte superior de sus muslos y se prendieron en el portaligas blanco que hacía juego con la ropa interior. Unas sandalias de altísimo tacón hacían que sus piernas lucieran en todo su esplendor. Buscando el toque femenino final, tomó el perfume pero... haciendo gala de su discreción obvió tal elemento que podía dejar huellas en la ropa y piel del hombre con quien iba a estar y del cual ignoraba si estaba comprometido o no. Tomó su cartera, las llaves del auto y manejó hasta la zona céntrica de la ciudad donde Miguel tenía su consultorio.
Luego de estacionar, dio un pequeño rodeo hasta llegar a la entrada del antiguo y bello edificio. Pulsó el botón y una voz masculina le contestó algo que no comprendió. Sólo atinó a decir su nombre y empujando la pesada puerta de hierro entró al hall. Se dirigió con paso firme y seguro hacia el fondo donde encontró los ascensores. El estado de nervios y ansiedad le impedían fijarse en la delicadeza del trabajo que tenían esos pequeños cubículos, tan antiguos como el edificio mismo.
El ascensor se detuvo de golpe y la trajo a la realidad. Cuando encontró la puerta del consultorio tocó el timbre, pero nadie contestó. Miguel le había dicho a las nueve y faltaban todavía diez minutos. "Quizás esté aún con algún paciente" -pensó-, así que aguardó en silencio mientras observaba todo sin ver nada de lo que había a su alrededor. Los minutos pasaban y ella se impacientaba cada vez más. Sentía nervios, expectación y para qué negarlo: también una enorme excitación.
De repente el ruido del ascensor la apartó de sus pensamientos. Al abrirse la puerta un caballero de pelo cortísimo, casi blanco, con lentes y una amplia y franca sonrisa le dirigió una mirada afectuosa. Reconoció enseguida al hombre con el que había chateado tantas veces. Miguel era realmente alto y muy bien parecido y sus cuidadas manos no disimulaban el adecuado tamaño para el spanking: eran grandes y largas.
Se acercó a ella que se mantuvo inmóvil, y como saludo inicial le dio un suave beso en los labios que Cassandra no pudo evitar. Reaccionó a medias cuando Miguel, muy gentilmente, flanqueó la puerta indicándole que pasara. El lugar se veía acogedor, antiguo, con muebles que hacían juego con la antigua y elegante edificación. Las plantas distribuidas en forma estratégica le daban vida y color al ambiente.
Había una serie de consultorios en el lugar; todos se veían distinguidos, desde las placas en bronce que anunciaban pomposamente el nombre del profesional, hasta la alfombra, mullida y de colores sobrios. Cassandra sabía que en ese edificio no cualquiera podía alquilar un espacio, así que sin duda, él era un profesional de prestigio y fama. Cuando llegaron al final del corredor, Miguel abrió la puerta y le cedió el paso...
Los ojos de ella se posaron inmediatamente en la camilla y el hermoso diván de piel. Su imaginación le hizo visualizar las mil y una posiciones diferentes en que le gustaría colocarse para ser azotada por aquel guapísimo spanker.
Miguel se paró a su lado. Cassandra era alta, y aún montada en aquellas sandalias con taco de casi diez centímetros, quedaba un poco más baja que él.
-Puedes dejar tus cosas encima de esa silla -le indicó. Obedeció y al darse vuelta se volvió a topar con él, que de inmediato rodeó su cintura mientras la besaba de una forma deliciosa.
La lengua de Miguel exploraba su boca, y ella no dudó en devolver aquel beso, aprisionando la lengua con los labios y rodeando el cuello del hombre con sus brazos. Sentía la presión de las manos de él mientras recorrían todo su cuerpo.
Los besos continuaban... mejor dicho "el" beso, porque era uno sólo, larguísimo y apasionado. Cuando una de las manos dejó de tener contacto con ella, pensó: "ahí llega el primer azote!"; y así fué. La enorme y fuerte mano del doctor cayó sobre la nalga izquierda, produciendo en la chica una deliciosa sensación de suave picor que la hizo excitarse aún más. Siguieron besándose mientras él combinaba el recorrido por todas las curvas del sinuoso cuerpo de Cassandra con los azotes cada vez más fuertes y frecuentes sobre las nalgas. Las manos del hombre se movían mezclando delicadeza, maestría, destreza... Sabía qué puntos tocar y cómo hacerlo.
Con movimientos precisos que delataban una larga experiencia como amante, subió sus manos por la espalda de aquella mujer que había logrado ponerlo excitadísimo y desabrochó su sostén. No hizo nada más; sólo quería "preparar" el terreno para lo que vendría después.
Y la continuación de aquella escena se convirtió en un sueño. Cassandra lo vivió como si estuviera metida en una nebulosa, sin ser totalmente consciente de lo que sucedía, pero disfrutándolo a fondo.
Miguel se desprendió de los brazos de la spankee y se dirigió al escritorio del que extrajo varios instrumentos: una varilla no muy larga pero rígida, un objeto de plástico rojo que contenía un extraño diseño similar a ochos entrelazados, y otras cosas que no captaron la total atención de ella, quien, presurosa, se dio vuelta y de entre sus pertenencias sacó un cepillo de madera dura de tamaño mediano y se lo ofreció al spanker sonriendo de forma cómplice y pícara. Esta actitud produjo una grata sorpresa en él.
Sin decir más, se acomodó en el espléndido diván y le pidió a la chica que se colocara sobre sus rodillas. Cassandra no entendía aquello... ¿no habría motivos para el castigo? ¿No habría rezongos, ni amenazas, ni rincón? No, definitivamente no lo comprendía y así se lo hizo saber.
-Querida, ven aquí, siéntate a mi lado por favor y permíteme explicarte qué es para mí y como siento el spanking. Comprendo la típica idea de un juego de spanking donde la spankee es castigada por cualquier razón. Pero... he comprendido que esos juegos no terminan de satisfacerme porque tanto el spanker como la spankee sabemos que no es verdad y... soy muy mal actor.
-Para jugar a las nalgadas debo de estar de excelente humor, porque para mí es una fiesta. En la realidad no azotaría a nadie estando enojado, y aunque traté al principio de actuar... soy muy malo fingiendo. Así que decidí que viviría el spanking a mi manera.-
-A mí me gustan las nalgas de la mujer: es la zona donde más recreo mi vista cuando alguna se me cruza y es el lugar con el que sueño y fantaseo eróticamente. No creo ni me intereso en el spanking disciplinario, pero sí en el erótico. Como admirador y adorador de las nalgas femeninas, quiero azotarlas hasta el límite donde el placer comienza a tornarse en puro dolor. Allí pararé. No me erotiza el ver nalgas con moretones o marcas extremas. Me gustan las nalgas rojas, brillantes, calientes... ¿Me voy explicando?, le dijo mientras ella lo miraba en silencio con los ojos extremadamente abiertos y sin salir de su asombro.
-Mi querida Cassandra-, continuó sin dejar de mirarla a los ojos: si yo voy a ser tu spanker esta noche, tú aceptarás hacerlo a mi modo. Pruébalo y luego me dices qué te pareció esta experiencia que para mí, es la esencia del spanking: la nalgada por la nalgada misma, por el puro gusto de darla y de recibirla. Sin roles, sin motivos ficticios, sin adornos... La nalgada dada con amor, con afecto, con el máximo respeto y cariño que la mujer me inspira.-
-Ahora, mi niña, si así lo deseas, tiéndete sobre mis rodillas- terminó diciendo Miguel, expectante por la decisión que la chica tomaría.
Si antes estaba en una nebulosa, en ese instante no sabía dónde se encontraba ni tenía muy claro qué estaba sucediendo. Sólo su instinto la impulsó a obedecer a ese hombre que le había hablado con un tono dulce pero enérgico y que le había dado razones altamente valederas como para que se entregara totalmente a él.
Tendida sobre sus rodillas con la cadera encima de ellas, con lo cual dejaba su trasero totalmente expuesto a los deseos de Miguel, bajó la cabeza, apoyó la frente en sus manos y olvidándose de todo se abandonó completamente a aquel hombre, que una vez encontrada la posición adecuada, comenzó a acariciarla con suavidad y destreza. La mano izquierda se encargaba del cuello, la nuca, la espalda y se detenía en la cintura para volver a subir. Con la mano derecha surcaba la separación de las nalgas, apretaba los dos gloriosos globos que se estremecían con el contacto de los dedos que no paraban de moverse, iban y regresaban por la entrepierna y los muslos.
Una vez que se convenció que estaba totalmente distendida, le preguntó:
-¿Preparada?
Con una levísima inclinación de cabeza le dejó saber que sí. Las palmadas comenzaron a caer de forma precisa por toda la superficie de las nalgas. Primero en esta, luego en aquella, arriba, abajo, en el medio... no quedó un solo lugar sin recibir azotes. A los pocos segundos Cassandra comenzó a gemir, pero de placer por aquel picor que sentía en las nalgas y recorría todo su cuerpo. Cada nalgada era un paso más en el interior de aquella nebulosa que no le permitía pensar y sólo la obligaba a gozar de cada instante sin importar nada más.
No supo en qué momento le quitó la ropa, pero de pronto sintió que sus bragas bajaban y dejaban expuestas sus nalgas. Aquella mano tan grande como suave acariciaba su zona más caliente y el dedo mayor bajaba con más frecuencia de la necesaria a reconocer la humedad de la entrepierna, que era una catarata emanando los líquidos resultantes del placer que vivía en esos momentos.
La situación por la que estaba pasando le hacía perder la noción del tiempo, del lugar y de todo lo que no fueran sus sensaciones. Eso le había ocurrido solo un par de veces en su vida, cuando las emociones eran tan fuertes que no se sentía capaz de vivirlas de forma más intensa porque era imposible. Aquella nube la envolvía y la transportaba a la zona de máximo placer...
Sintió a lo lejos la voz de Miguel que le pedía ponerse de pie. Estaba totalmente desnuda con excepción de sus sandalias. Hizo un gesto de quitárselas, pero él le pidió que no lo hiciera. Al mirarlo vio que él también estaba totalmente desnudo y pudo observar un cuerpo casi atlético, perteneciente al hombre que la había estado azotando. Parecía un dios griego, con su virilidad en el punto máximo.
Sin mediar palabra, en varios momentos Cassandra probó aquel plastiquito con que Miguel la azotaba, dejando en su piel el dibujo que guardaba por unos instantes. Él miraba aquella obra de arte que se desvanecía mientras los quejidos de la mujer lo animaban a seguir decorando la piel blanca que aceptaba reproducir lo que él quisiera: rayas, círculos, ondas...
El spanking se intercaló con el sexo de una manera sutíl. Los cadenciosos movimientos de cadera, los gemidos apagados con besos apasionados, el chasquido del cinturón sobre la piel de Cassandra, las firmes manos, la potencia de los azotes, la dulzura de las caricias y los mimos de Miguel cuando alguna lágrima amenazaba con aparecer en los ojos de ella, todo se combinó de forma tal que era imposible para la chica recordar los hechos en forma cronológica.
Acostada en su cama y en la intimidad de su habitación, trataba una vez más de repasar lo sucedido. Y todo aparecía envuelto en aquella bruma que le impedía recordar con claridad los hechos. En cambio, tenía muy claras las sensaciones vividas porque hacía mucho tiempo que no había gozado tanto. Un cúmulo de sensaciones maravillosas, de sentimientos encontrados y de emociones que quería tener presentes era el balance altamente positivo que sacaba de este encuentro.
Trataba de explicarse cómo era que pudiera sentir aquel cúmulo de sensaciones que le regalaba el spanking sin que existieran amenazas, rincón, espera, rezongos... Como diría una querida amiga, aquello era "spanking puro y duro". Y le había gustado, lo había gozado sin lugar a dudas.
El que Miguel hubiese mezclado ratos de spanking con ratos de sexo, había sido del total agrado de ella, porque en ningún momento él permitió que decayera ninguna de las dos cosas. Cassandra estaba expectante pensando cuál sería el siguiente paso que dar por él. Pero fuera el que fuera, sin duda, lo aceptaría.
Al final del encuentro, cuando se retiraba, le agradeció a Miguel la sesión y él le contestó:
-Querida... para mí también ha sido maravilloso. No es fácil encontrar una spankee tan bien dispuesta como tú, con actitudes dignas de ser tenidas en cuenta. Espero que pronto nos volvamos a encontrar porque hoy no hemos podido probar la camilla y todos los instrumentos que tengo a mi disposición por mi trabajo. Eso queda pendiente para la próxima vez, porque... habrá una próxima vez ¿verdad?
Los ojos verdes de Cassandra se iluminaron y él obtuvo una enorme sonrisa y un guiño por toda respuesta.
Memorias de un spankee VI
Autor: Cars
Hoy desde mi soledad, mientras me dirijo a un piso vacío, tan vacío como mi existencia, me doy cuenta que aquella noche cambió todo. Desde mi percepción de la vida que tenía en ese instante, hasta los sentimientos que siempre había tenido en lo más profundo de mí. Aquella noche los fantasmas que siempre había tenido en lo más profundo de mi ser se disponían a salir, a invadirme y a intentar derribar lo que era y en lo que creía. En aquellos momentos en los que estaba en la cocina, ajeno a lo que ocurría, a mi alrededor todo se estaba orquestando para que nada volviera a ser como antes. Y creo que a lo que llegado, los acontecimientos que me han llevado a esta devastadora soledad comenzaron a fraguarse en los mismos minutos en los que yo estaba preparando aquella cena.
Una cena que por otro lado fue del total agrado de mi Ama y de su tía. Ambas mujeres me felicitaron y yo -no me avergüenza reconocerlo- me sentí orgulloso de esos halagos, aunque en realidad de lo que me sentía sumamente dichoso era de haber echo feliz a mi ama. -Termina de recoger esto y ven para el salón.- me dijo mientras se levantaba junto a su tía. En pocos minutos estaba de rodillas junto al sofá en el que se sentaba mi ama. Tímidamente recosté mi cabeza sobre su regazo, y sentí el tibio tacto de su mano acariciando mi cabeza. Esos eran los instantes en los que yo me sentía más unido a ella. No necesitábamos las palabras, los gestos eran nuestro mayor vehículo para mostrar nuestros sentimientos. -Andy, trae el cinturón que esta en el cuarto.- Aquella orden me sacó de mis pensamientos, la mire con cierta incredulidad.
-¡Vamos! -Me gritó al tiempo que me daba una pequeña bofetada- ¿No me has oído?
-Sí, mi AMA, -alcance a decir al tiempo que me levantaba y me dirigía al cuarto.
-¡Si quieres que esto salga bien, debes usar un poco más de mano dura!
-Vamos tía, no me calientes la cabeza.
-¿Pero que te pasa? Te aseguro que no te reconozco. De verdad crees que ese muchacho es lo que buscas.
-Sí, estoy segura. El me ama y hará lo que yo le diga, -yo iba a entrar en el salón, pero me detuve, necesitaba seguir escuchando lo que aquellas mujeres decían- Además, yo también le quiero. A su ritmo y a su manera se está entregando a mi, y no voy a rechazarlo ni a forzar su aprendizaje.
-¡Veremos que dicen las demás!
-Las demás no tienen nada que decir. Cuando él esté listo lo presentaré y no me defraudará.
-¿Y si lo hace? -Ana alzo la voz.- ¿Y si no pasa la prueba?
-Tía te quiero mucho, has sido casi una madre para mí, pero te voy a decir una cosa, -Mi ama se puso de pie y se colocó delante de ella- Nunca me hagas escoger entre él y el grupo. Ni tú ni nadie, porque perderéis.
-Nadie te obliga a escoger, pero te recuerdo que no es un club del que te puedas dar de baja. Eres lo que eres y quien eres. Y no puedes renunciar a eso ni por él ni por nadie. Así que te recomiendo que estés totalmente segura cuando le presentes porque no te puedes permitir que fracase.
Aquella conversación me estaba llenando de gran inquietud, y dado el cariz que estaba tomando opte por entrar en el salón. Apuré el paso y me puse a su lado.
-¡Tome mi ama! -Le extendí el cinturón.
Ella me miró a los ojos, nunca antes la había visto con aquella mirada: era fría, distante y perdida en un mar de pensamientos cargados de dolor a los que no sabía como acceder. El rostro por primera vez parecía el de otra persona, apretaba los dientes intentando contener una ira que amenazaba con arrasar todo a su paso.
-Dáselo a ella.- Me indicó, al tiempo que me cogía de la muñeca y tiraba de mí hasta llegar a la mesa del salón.
-¿Adonde fuiste a por el cinto? ¿A Roma?- Me dijo durante el corto trayecto hasta la mesa. Intente excusarme, pero ella me lo impidió con un cortante -¡Cállate!
Después se sentó en la mesa y me coloco entre sus piernas. Yo estaba desnudo a excepción del delantal que solo me cubría la parte delantera. Mi ama una vez me tuvo colocado se encargo de sacármelo, dejándome totalmente desnudo.
-Creo que cuarenta azotes serán suficiente castigo por haber faltado a su palabra. ¿No crees? -Dijo Ana mientras se acercaba a nosotros y doblaba el cinto en tres vueltas.-
-¡Que sean veinte tía! Y solo dos vueltas al cinto por favor.
La tensión entre ambas mujeres iba en aumento. Yo estaba en medio de una contienda que no entendía, pero que me llenaba de gran nerviosismo.
-¿Si quieres lo dejamos para otro momento en el que estés de mejor humor?- Aquella pregunta iba cargada de una gran dosis de rabia.
-¡A mi humor no le pasa nada! -Le replicó mi AMA.- Es tu castigo, y siguieres esperar a otro día pues que así sea, pero seguirán siendo veinte y con solo dos vueltas de cinturón.
El primer azote me sobrevino por sorpresa. Mi ama pegó mi cuerpo al suyo en un abrazo que me obligaba a inclinarme hacia ella, por lo que mi trasero quedaba expuesto al cinto que caía sin piedad sobre mi piel ya enrojecida por el castigo anterior. Sentí un beso en mi cuello, era solo apenas una caricia, pero se repitió tras cada azote. Mis manos descansaban sobre los muslos de ella, sentía el calor de su piel, el tacto de sus manos en mi espalda y el tibio roce de sus labios en mi cuello. Aquel contraste de sensaciones provocó en mí una terrible excitación. Me sentía vulnerable, pero al mismo tiempo protegido por los brazos de mi ama. Los azotes se sucedían con un ritmo casi constante. Fue cuando estaban llegando a su fin cuando noté algo frío en mi hombro, pequeñas gotas de agua caían también constantes. Ese echo me llenó de turbación. Aquellas lágrimas que derramaba mi ama eran algo que no llegaba a entender. Lloraba por el castigo o por haberse enfrentado a su tía. Seguramente si los acontecimientos de aquella noche no se hubieran desarrollado de la forma en que lo hicieron se lo hubiera preguntado. Pero casi con el último azote, el timbre de la puerta nos distrajo a todos de cualquier pregunta.
-¡Yo abriré! -La voz de Ana sonó con gran determinación, y no dejo lugar a discusión. Con rapidez se dirigió a la puerta.- ¡Pasad! Os habéis adelantado
Yo no salía de mi asombro. En pocos segundos dos mujeres entraron seguida de Ana que cerró la puerta. Yo consciente de mi desnudez solo alcance a ponerme detrás de mi ama, quién se había levantado de la mesa para recibirlas.
-¡No os esperaba hoy! -La voz de mi ama parecía cargada de gran tristeza.- Pero sed bienvenida.
-¡Vanesa querida! -Comenzó a decir una de ellas.- Espero que no te moleste, le dije a tú tía que aprovechando que ella venía te haríamos una pequeña visita. Y así conoceríamos a tu nuevo amigo.
-¡Carol! Tú nunca molestas. -Ambas mujeres se dieron un beso al tiempo que se separaba de mí.
-¿Es él?
-Sí
-¡No parece tan....! ¡No sé, no te pega nada! -Le susurró con el volumen de voz justo para que yo le oyera.
En esos momentos, me sentí muy incómodo. Las recién llegadas me miraron y observaron como si se tratase de un animal. Pero lo que más me descolocó fue la impasividad de mi ama ante tal acto. Carol era la que llevaba la voz cantante, su actitud era arrogante y un tanto despectiva. No era una mujer muy alta, el pelo muy corto y rubio le daba un aire aniñado aunque una mirada exhaustiva al rostro descubría el paso de los casi cuarenta años que tenía. Vestía un traje gris y unos zapatos negros, sin medias. La otra mujer era más alta y delgada, su nombre no consigo recordarlo, pese a que la volvería a ver en un futuro no muy lejano a aquella noche. Tenía el pelo negro que caía sobre sus hombros. Llevaba unos vaqueros y un jersey de cuello. Lo que me llamo más la atención de ella fue sus ojos. Eran azules, un azul claro como el del cielo. Casi diría que hería al mirar fijamente a ellos. Tras unos minutos más de saludos las cuatro mujeres se sentaron en el salón. Yo permanecí de pie, observándolas en silencio.
-¡Vanesa! -Le dijo Carol señalándome.- ¡Ese perrito que tienes como compañero! ¿Podría traernos un café?
-¡Andy, trae café! -Yo permanecí de pie, inmóvil la rabia que sentía apenas podía controlarla.
-¡Querida tienes que llevarlo al médico! Has recogido a un perrito sordo. -Todas las mujeres salvo Vanesa estallaron en una sonora carcajada. Yo miré a mi AMA, y entendí perfectamente que con su mirada me pedía que obedeciera. No era una orden, sino más bien una sutil insistencia, pero yo tenía demasiada ira como para atender a ese reclamo.
-¡Escúchame señora! -Le grité mientras que me dirigía hacía ella.- No le consiento que me hable así. No sé en que mundo vive pero si vuelve a dirigirse a mí de esa forma la sacaré de esta casa a patadas.
El silencio cayó pesadamente sobre todos como una lápida de mármol. Ana abrió los ojos hasta el punto de querer salir de sus cuencas. Carol se levantó de golpe del sofá como si le hubieran pinchado con un alfiler. Por un momento mi desnudez -que me había tenido cohibido durante un tiempo- desapareció de mí mente.
-¿Cómo te atreves? -Me gritó Carol.- ¡No me dirijas la palabra y trae el café de una puta vez!
-Si quieres café -le rebatí- tienes dos opciones, te vas al bar y te lo tomas allí o vas a la cocina y te lo preparas tú misma. Porque si esperas que yo te lo traiga....
Carol tuvo la intención de avanzar hacia mí, pero Vanesa se interpuso entre ambos en ese instante.
-¡Siéntate, yo lo arreglaré!- Le dijo a Carol. Después se giró hacia mí. Nuestras miradas se clavaron. Y nuevamente el silencio campo a sus anchas. Mi ama espero hasta que Carol se hubo sentado para dirigirme la palabra.
-¡Sé lo que piensas, sé lo que sientes! -Intenté hablar pero ella puso un dedo en mis labios y me lo impidió.- Este encuentro no tenía que haberse producido hasta que hubiéramos hablado. Hay cosas que no te he dicho, -guardó silenció, parecía estar buscando las palabras adecuadas- y que te debería a ver contado, pero ahora solo puedo pedirte que vayas y traigas café. Después hablaremos de todo, pero éste no es el momento, ni la situación. No te imaginas lo que me duele esto. Pero... ¡Andy, trae café!
-¿Y si no lo traigo?
-¿De veras me vas a obligar a contestarte?
Un mar de lágrimas estaba luchando por derramarse de aquellos ojos que me miraban con desesperación. Yo me encontraba envuelto en una extraña nube. En esos momentos no era más que un zombi, cuya voluntad estaba agonizando. Con un tremendo dolor, me encamine a la cocina y comencé obedecer la orden más amarga que jamás antes había recibido de mi ama.
-¡Ninguna de ustedes debería hablar con él hasta la presentación oficial! -Le dijo mi ama nada más salir yo del salón a las mujeres que la acompañaban.-
-No es inusual ni inapropiado visitas antes de la ceremonia. -Protestó Carol.- Tú misma has hecho este tipo de visitas. Ahora no te puedes oponer.
-Me opongo a las formas. Me opongo a que se haya producido a mis espaldas y sin aviso. ¡A eso me opongo! Y te aseguro que me encargaré de que esto se sepa en la asamblea.
Cuando entré con él café, todas se callaron, con el pulso tembloroso por la humillación que me suponía la situación, comencé a servirlo.
-¡Te cuidado perrito! -Me dijo Carol.- ¡No tires el café!
-¡Una palabra más, solo una! -Mi mirada se endureció.- Te juró que si vuelves a dirigirme la palabra una vez más, saldrás a tanta...
-¡Andy! -Me gritó Vanesa.-
-¡Qué! Te respeto y te quiero, -Me encaré a ella, mientras que las palabras salían de mi boca casi a empujones.- He traído el puto café, pero si vuelve a insultarme, la sacaré de aquí a patadas. Cueste lo que me cueste.
-Vete a la cocina, y no salgas hasta que yo te llame.
-No pienso aguantar....
-¡A la cocina! -Me grito mi ama.
Yo nuevamente volví a obedecer. Aunque me moría por dentro permanecí en la cocina maldiciendo mi actitud. Unas veces por la sumisión que estaba mostrando, y otras por haberme enfrentado a mi AMA. Estaba inmerso en esas divagaciones, cuando sonó la alarma de mi reloj. Eran las doce de la noche. Me acerque al cuarto y me puse un chándal, después regresé al salón. Cogí el arma del cajón y me acerqué a mi AMA. Ella hizo el ademán de recriminarme no solo haber salido de la cocina sino haberme vestido sin su permiso, -tengo que hacer la ronda de vigilancia- le susurre aplacando cualquier protesta. Ella asintió y yo me encaminé a la azotea del edificio. La noche estaba tranquila. Tras echar un vistazo al barrio me tome unos minutos para disfrutar de la soledad que sentía. Miré los coches aparcados en fila. Al ver un Land Rover plateado me di cuenta que siempre quise tener uno, pero que nunca me había decidido a comprarlo. Esa noche tomé la determinación de hacerlo. Apenas sin darme cuenta habían pasado treinta minutos. Bajé a la vivienda, y cruce el salón para depositar el arma en el cajón. Vanesa se levantó en ese instante, la vi de reojo, estaba delante de la ventana. Fue como los flashes de una foto. Escenas que me asaltaron a la mente. La miré, el tiempo pareció ralentizarse. Todos mis músculos se tensaron y mi mano de forma instintiva amartilló el arma al tiempo que corrí hacía ella.
-Al suelo- Grité en el mismo instante en el que mi hombro empujaba a Vanesa. Mi mirada se dirigió hacia el Land Rover que había llamado mi atención, ahora me maldecía por no haberme dado cuenta antes, ¡la ventana de atrás no tenía cristal! De ese lugar salio -en el mismo segundo en el que mi cuerpo tocó a Vanesa- el fogonazo precedido del estallido agudo del disparo que resonó en la noche como un cañón, rasgando el silencio que la envolvía. Oí el cuerpo de mi ama chocar contra el suelo, y mientras el mío caía tras ella, mi dedo presionó cuatro veces el gatillo de mi arma. Cuando toque el suelo, me giré para cubrirla. Permanecí unos segundos inmóvil, recorrí la estancia con la vista, Ana y las otras dos mujeres estaban sollozando en el suelo. Miré a Vanesa.
-¿Estas herida?- Le susurré.
Ante su negativa, revisé mi arma y rodé hasta la puerta. La abrí y saltè a los setos de la entrada, unas sirenas se comenzaron a oír entre las calles. Con rapidez, corrí entre los coches aparcados, hasta llegar al vehículo desde el que se realizó el único disparo. Dentro un cuerpo permanecía inmóvil sobre un fusil con mira telescópica aun caliente. Le apunté, le grité que levantara las manos, pero no se movió. Con sumo cuidado y sin dejar de apuntarle, le busqué el pulso. ¡Estaba muerto! Tres de los cuatro disparos que efectué estaban en su pecho.
Un extraño frío me invadió. Nunca antes había disparado contra una persona. Y aquel cuerpo inerte me producía una extraña sensación. Era un asesino, y si yo, no le hubiera matado, seguramente él sí lo hubiera hecho, pero al margen de eso, era un ser humano al que yo le había arrebatado la vida, y eso era algo para lo que no encontraba la forma de afrontarlo. Un extraño sentimiento aprisionó mi pecho. Mis ojos se clavaron en aquel hombre que había intentado arrebatarme la vida, y sin embargo no era capaz de sentir otra cosa que no fuera pesar por haber sido yo el que se la arrebatara a él. En pocos minutos la calle se llenó de coches y de policías. Después, vinieron las declaraciones y la espera hasta que a las cinco de la madrugada, el juez ordenó el levantamiento del cuerpo.
Tras unos pocos minutos más, Vanesa y yo nos quedamos solos. Casi sin decir una palabra nos acostamos, nos besamos y nos acariciamos hasta que el amanecer nos sorprendió abrazados. Por un momento volvía a sentir paz y serenidad. Allí con mi cabeza en su pecho sintiendo el rítmico golpeteo de su corazón encontré la calma que había perdido esa noche.
Los días se sucedieron, y dieron paso a las semanas, y aquel incidente fue perdiendo protagonismo en nuestras vidas privadas, no así en mi trabajo, ya que aquello le daba otro enfoque al asunto, y además abría unas vías de investigación nuevas. Antes de poderme dar cuenta, nos encontrábamos en vísperas de la boda. Mi ama se había encargado de todos los detalles con su tía, a la que yo no había vuelto a ver desde aquella noche. La ceremonia se celebraría el domingo, y el viernes yo aun no había ido a recoger el traje con el que me iba casar. Lamentaba muchas cosas en ese momento, pero lo que más me preocupaba es no haber podido encontrar a los que intentaban acabar con la vida de mi AMA. Estaba inmerso en esas divagaciones, cuando un claxon me sobresaltó. Miré a mi espalda y pude ver a Vanesa en su coche con una amplia sonrisa.
-Sube te llevo
-Voy a buscar el traje, aun está en el sastre.
-¡Qué subas! -Me repitió.- El traje ya está en el maletero.
Con gran asombro subí al vehículo, asegurándome que nos seguía el coche de escolta. Ella me beso y emprendió la marcha por las calles hasta salir de la ciudad. Intenté preguntarle por el destino, pero ella permaneció en el más absoluto silencio. Tras casi una hora de camino por carreteras secundarias, llegamos ante un pequeño hotel de montaña que se encontraba en medio de un pinar.
-¡Tenemos que hablar de algunas cosas antes de la boda! -Me dijo al fin mirándome fijamente.- Lo he estado aplazando pero debes saberlo antes de dar el sí el domingo.-
-¡Mi Ama! -Alegué.- No necesito explicaciones, no hay nada que me haga cambiar de idea.
-No son explicaciones Andy. -Su voz se endureció.- Son cosas que debes conocer de mi circulo de amistades. Compromisos que he adquirido y que tú debes estar dispuesto a asumir. Así que no me repliques. Saca el equipaje del maletero y ve para la recepción.
-¡Si mi AMA!
Los trámites me llevaron unos minutos. Después, me encaminé al ascensor, entré en la suite y acomodé el equipaje. Tras un echar un vistazo a la habitación comprobé que todo estaba en orden. Mi ama llego justo cuando estaba terminando de preparar el baño.
-Ven al baño conmigo. Hoy me frotarás la espalda.- Me susurró al oído y entró en él dejándome atrás una sonrisa y su sugestivo guiño.
El agua estaba tibia, y nuestros cuerpos se estremecieron al entrar en aquel jacuzzi. Mi ama me rodeó con sus brazos, mientras que yo me recostaba en su pecho. Sentir sus senos firmes y el bombeo de su corazón que retumbaba en mi espalda me produjo una cierta excitación, y una paz aún mayor. Cerré los ojos. Me concentré en sentirla junto a mí. Su tacto, su aliento y el roce de sus cálidos labios al besar mi cuello. Con suavidad pasó su mano por mi pecho, por mi costado. Aun me estremezco al imaginar el roce de sus manos en mi piel.
-¡Hoy quiero que hagas algo! -Intenté girarme para mirarla, pero ella suavemente me guió con sus manos en mi cara para que mirara adelante.- Tienes que redactar un documento, en el que expreses tus límites.
-¿Límites?
-¡Sí! Quiero que delimites tu entrega hacia mí. -guardó silencio, como esperando un comentario.- Expresa hasta donde quieres llegar, los castigos que soportarás y los que no quieres. Define lo más concisamente que puedas hasta donde quieres llegar, que es lo que nunca aceptarás. Escoge también algunas palabras de seguridad, para hacer notar que deseas poner fin a una situación.
-¡Mi ama me conoce mejor que yo mismo en esa materia! ¿Por que necesito escribirlo?
-Primero por que te lo ordeno, -a esta aseveración le siguió una pequeña bofetada, y un beso en el cuello.- Y en segundo lugar porque una vez que nos casemos nos relacionáremos con alguna personas, y ellas necesitan conocer esos protocolos para no excederse en el trato contigo.
-¡No sé si lo entiendo!
-Mira, yo pertenezco a un grupo o sociedad -llámalo como quieras- de AMAS, hablamos e intercambiamos experiencias y anécdotas. Y en ocasiones, en algunas reuniones también permitimos que nuestros sumisos reciban algún que otro castigo de otra AMA. -La miré con asombro.- ¡No te preocupes! No suele ocurrir, pero cuando esa situación se da, necesitamos conocer las limitaciones de las personas que participan. Normalmente siempre puedes negarte a asistir.
-¿Normalmente?
-Sí, sólo en una ocasión debes ir aunque no lo desees. En los primeros doce meses después de nuestra boda, asistirás a una especie de ceremonia de presentación. Allí el resto de AMAS te conocerán, y jugarán contigo. En el futuro antes de que llegue el momento te explicaré con más detalles esa ceremonia.
-¿Y si no quiero ir?
-Entonces no podremos casarnos. -Su voz era determinante.- Nuestra relación finalizará en ese momento.
-¡No me parece justo!
Ella se movió hasta quedarse delante de mí. Por un instante permaneció en silencio como buscando las palabras. Yo le sostuve la mirada. Me sentía extraño, recordé a las mujeres que nos visitaron y la forma en que me trataron. Rechazaba de plano aquel trato, y ofrecerme voluntariamente para ponerme en sus manos me resultaba repugnante. Por un momento pensé que mi AMA nunca iba a romper aquel silencio.
-¡Andy! -Dijo al fin.- Entiendo tus reservas, pero te recuerdo que te avisé. Mucho antes de llegar a éste punto, te dije que para mí esto no era un juego, sino una filosofía de vida. Nunca te obligué a aceptar nada, si sigues a mi lado es porque lo deseas, y si así lo decides puedes salir de mi vida de la misma forma. -Me miró con una extraña mezcla de firmeza y ternura. Sus manos cogieron las mías.- Quiero que entiendas algo, y que no tomes mis palabras como una coacción. Pero consideraré tu negativa como una tremenda jugarreta. Me has hecho creer que tu determinación de servirme era cierta, y me he enamorado de ti en parte por tu entrega. Nunca hubiera permitido que mis sentimientos llegaran hasta éste punto de haber imaginado que ahora ibas a dar la espalda a mis deseos.
-¡No es eso mi AMA! Es que lo que me pides es nuevo para mí, y no me apetece ser tratado por un puñado de mujeres como un animal. Contigo es distinto, en ti confío y sé que nunca me dañarás. Que te importo y que nos dirigimos hacia un lugar juntos. Pero ahora me hablas de otras mujeres, a las que apenas conozco, y a las que sí conozco, desearía no haberlo hecho.
-¡He dicho que te entendía! -Me interrumpió.- Pero eso no cambia nada. Lo que te pido es que confíes en mí. Y que me creas, cuando te digo que ni yo ni nadie te dañaran.
-Tengo que pensarlo -Musité.
-Como quieras -Se volvió a recostar donde estaba antes.- Vete. Quiero terminar el baño sola. Sal y piensa todo lo que quieras.
Salí del agua y me sequé, mientras sentía la indiferencia de la mujer a la que amaba y nuevamente sentía que la había defraudado.
-Cuando salga del baño, tienes que tener una respuesta. Redacta lo que te he pedido en los términos que deseo o recoge tus cosas y márchate. No hace falta que te despidas.-Aquellas palabras me helaron la sangre. Permanecí en pie, con la mano en el pomo de la puerta y la cabeza baja. Sentí una extraña sensación de soledad. Me giré para decirle algo, pero su indiferencia era tan notable que no me atreví. Lentamente salí de la habitación. Me senté en la cama. Miles de ideas me asaltaban sin orden. Tras unos minutos comencé a sacar la ropa de los cajones donde los había colocado sólo unos minutos antes. Cuando la maleta estuvo llena, la cerré y me quede nuevamente en silencio. Mirándome las manos. No sé en que momento mis ojos se llenaron de lágrimas. Sentía deseos de vestirme y alejarme de aquella habitación.
*************
Veinte minutos después, la puerta del baño se abrió. Vanesa entró en la habitación. La sintió vacía. Miró el armario. Los cajones estaban abiertos, y faltaba alguna ropa. Caminó lentamente, pisando con miedo la moqueta. Sus ojos escudriñaron cada rincón. Una oleada de frío la hizo estremecer. Se llevó la mano a los labios, e hizo lo imposible para que un mar de lágrimas que pugnaban por salir, no inundaran sus ojos. El pelo aun mojado empapaba su espalda, y sus pies dejaban una huella humedad por la estancia. Miró hacia la puerta, estaba entreabierta. Una maleta permanecía inerte, a la espera de que la recogieran. Unos folios blancos llenaban la mesa, en la que habían sido colocados.
Por un momento se sintió desmayar. Se apoyo en uno de los postes de la cama que sostenían un techo de raso. Entonces apretó los dientes y se dijo así misma que era mejor así. Después se volvió y se dirigió a la puerta. Miro la maleta. La rodeo y abrió más la puerta. Cuando la cerró tras colocar el cartel de "no molestar" se sintió vacía. Por primera vez, toda la seguridad que siempre le había rodeado, se desvanecía bajo sus pies quebrándose igual que haría el vidrio. E igual que él, los trazos rasgaban su interior provocándole un dolor desconocido hasta entonces. Su cuerpo se fue deslizando hasta el suelo, mientras que un intenso llanto se abría paso. En esos momentos se maldijo. Se maldijo por haberse vuelto vulnerable, por haberse puesto en esa posición. Y lo que era peor. Por haber entregado su corazón para que lo rompieran en cientos de trozos. La soledad que ahora la envolvía, amenazaba con arrojarla a la locura. Por primera vez, sus deseos no se verían cumplidos. El se había ido, y aunque lo deseaba con todo el corazón no volvería. Ella se había encargado de ponerlo en una situación en la que una vez tomada la decisión no cabía la posibilidad del retorno. Ya que si eso ocurriera implicaría que uno de los dos habría renunciado a su postura.
Ella no lo podía hacer, no lo deseaba hacer. Y esa determinación la condenaba a esa soledad que la abrazaba con su gélido manto. Reclino la cabeza sobre sus brazos. -¡No llore, mi AMA! -Oyó en medio de su llanto. Vanesa levantó la vista. Le miró. Era él, ¡no se había ido! Estaba allí con el torso desnudo y la toalla en la cintura, sentado en una silla con un papel en las manos. Con cierta lentitud, aparto las lágrimas que empañaban la visión.
Me iba a ir, -comenzó a hablar aquel hombre que la contemplaba en su dolor.- te aseguró que me iba a marchar. Pero fui incapaz de vestirme. Mi mente me empujaba, me gritaba desde lo más profundo de mí ser. -Guardó silencio mientras que sentía como un torrente de lágrimas corrían por su mejilla.- Pero no tenía donde ir. Tú eres todo para mí, te he dado hasta la más mínima porción de mi alma y de mi corazón. Y el solo pensamiento de alejarme de ti, de no volver a mirarme en tus ojos. Me sumía en la más despiadada de las torturas. Renunciar a tus caricias, a tus besos y a todo el universo de sensaciones que has abierto ante mí, me destrozaba. He llegado hasta aquí, y ya solamente puedo seguir adelante. Todo lo que había a mi espalda ha ido desapareciendo, y ahora sòlo existes tú. Mi vida, mi amor, todo lo que siento y lo que amo eres tú. Soy tuyo desde el mismo instante en el que me miraste en aquel bar. Yo soy tuyo y tú eres mi AMA. Y ya no podría vivir sin ti.
Mientras que hablaba, ella se había ido acercando a él. Cuando levantó la vista se encontró con la de ella. Una leve sonrisa afloró a sus labios. Vanesa cogió el papel de sus manos. Lo leyó. Después se acercó más aun poniéndose entre sus piernas, él la rodeo con sus brazos, y recostó su cabeza en su vientre. Ella dejó caer el papel que se meció suavemente hasta quedar inmóvil a sus pies. Después lo abrazó con ternura. Lo pegó a ella mientras que ambos sintieron como una oleada de serenidad les liberaba del peso que la idea de la separación les había echo sentir. Durante aquellos minutos todo a su alrededor despareció. Nada existía fuera de aquel abrazo que le unía y les hacía sentir en paz.
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Aquella tarde hicimos el amor hasta caer exhaustos. A medida que iba redactando aquel documento, iba entregando lo poco que quedaba de mí. Mi voluntad, mis esperanzas, hasta mis miedos más profundos se los estaba entregando a aquella mujer que me hacia estremecer y cuyo cuerpo notaba vibrar entre mis brazos.
Perdí la noción del tiempo. El sueño nos alcanzó y nos dormimos abrazados, en el ocaso de un día en el que nos habíamos acercado tanto el uno al otro, que supe - o al menos eso creí yo en aquel momento- nadie nos iba a separar jamás. La vida se encargaría de enseñarme que nunca podemos dar algo por logrado. Ya que lo que vemos como el triunfo de un día, es el comienzo del fracaso de otro. Un fracaso que en mi caso tiene un sabor agridulce. Nunca me he podido sacar de la cabeza en estos seis meses que fui yo, con mi firma en aquel documento el causante de esta soledad que me acosa.
Sea como fuere, ya no vale a la pena revolcarse en el pasado, lo único que me queda son los recuerdos. Los momentos mágicos y sumamente excitantes que viví junto a ella. No solo en el ámbito sexual, ya que estar con ella en los acontecimientos cotidianos y vulgares podía ser una experiencia cargada de emociones. Vanesa es el tipo de persona que lo ilumina todo con su presencia. Sus reflexiones, sus opiniones, todo en ella era excelente, y yo me sentía vivo estando a su lado, contemplándola.
Si me esfuerzo, aun puedo sentir el aroma que desprendían las coníferas y los pinos que rodeaban aquel hotel. Se filtraba por cada rendija, por cada rincón, y lo bañaba todo con un frescor relajante. Frescor como el que me despertó en aquella tarde. Bueno no podría definir si ya había oscurecido o no, ya que cuando me desperté toda la habitación estaba a oscuras, a excepción de una pequeña lámpara que había en la cómoda. Lo primero que noté fue la frialdad que tenía en el pecho. Cuando puede enfocar la visión, la ví encima de mí, con un cubito de hielo en la mano, y esa mirada felina que me indicaba que tenía algo especial pensado. Alce la cabeza para besarla, ella apenas permitió que mis labios rozaran los suyos, esquivó mi boca, y dejó un mordisco relativamente fuerte en mi cuello. Después se levantó, y me indicó con el dedo que le siguiera.
Comencé a gatear por la cama hasta llegar al final del colchón. La escasa luz que había en la habitación estaba a su espalda, por lo que un aura luminosa parecía rodearla. Llevaba unos pantalones muy cortos negros, a juego con un sujetador sin tiras del mismo color. Parecía de cuero. No llevaba medias, y los zapatos negros que calzaba le realzaban las hermosas piernas. Se había maquillado, y llevaba un collar ajustado al cuello. Me sonrió, dió una palmada en su muslo, y yo salté de la cama hasta llegar junto a ella. Allí a sus pies comencé a besar aquellas piernas, subí hasta los muslos y bajé hasta sus pies. Besé con esmero cada milímetro de piel, una piel cálida y tersa cuyo perfume aun me parece poder percibir. De vez en cuando sentía su mano acariciarme la cabeza y juguetear con mi pelo. Tras unos minutos en los que el tiempo pareció detenerse, ella se dirigió hasta la cama. Tras sentarse yo continué besando y lamiendo sus piernas. Los zapatos olían a nuevo, con ese peculiar aroma del cuero que no ha sido estrenado. Los bese y lamí. Después la descalce y bese sus dedos y cada palmo de su piel. No puedo llegar a precisar cuanto tiempo transcurrió. Mi AMA agarro mi pelo y tiro de él hasta que me incorporé quedándome de rodillas ante ella.
La veía hermosa, radiante. Nos besamos apasionadamente. Después me indicó que fuera a la cómoda y cogiera una fusta que había comprado. Yo estaba muy excitado, y mi voluntad era totalmente suya, por lo que no me inmuté ante aquella orden. Tan rápido como pude regresé con la fusta en mi boca. Hice ademán de entregársela, pero ella rehusó tal gesto. Observé que se había vuelto a poner los zapatos, mientras me acomodaba cruzado en su regazo. -Andy, procura que no se te caiga la fusta de la boca hasta que yo la desee coger.- Me indicó mientras me colocaba a su gusto. Los azotes comenzaron a caer sin previo aviso. Eran fuertes y eran alternados con momentos de leves caricias. Pese a que me azotaba solo con la mano, el dolor después de la primera andanada de palmadas ya era insoportable, y tenía que hacer verdaderos esfuerzos para que no se me cayera la fusta de la boca. Tras aquel leve descanso los azotes volvieron a caer, una y otra vez.
Esta azotaina era muy distinta a otras que había recibido. Era más severa, aunque carente de rabia o enfado. No era un castigo, -o al menos yo lo sentía así.- más bien era una prueba de mi sometimiento y sobre todo de su dominio. Mi ama se esmeraba en que sintiera cada azote. En ocasiones golpeaba la misma zona diez o quince veces antes de pasar a otra. Tras largos minutos de castigo, su mano acarició mis nalgas, proporcionándome un leve descanso. Entonces caí en la cuenta. Había estado tan preocupado por la fusta, que había pasado por alto la enorme excitación que tenía, y para ser sincero, me sentía feliz de estar allí, junto a aquella mujer, sometiéndome dócilmente a sus caprichos. No me avergüenza decirlo, ni temo que por eso me tachen de enfermo o de trastornado, aunque soy consciente que mis palabras pueden sonar a delirio. ¡Nunca halle tanta felicidad como cuando estaba entregándome a sus deseos! El dolor que en ocasiones -muchas, debo reconocer- sentía, se mezclaba con el infinito placer que ese dolor provocaba. Pero sin duda lo que más satisfacción y lo que mejor me hacía sentir, es que si ella, si mi AMA no sintiera un profundo amor hacia mí, nunca me hubiera dado la posibilidad de estar junto a ella y de experimentar lo que estaba sintiendo. Me amaba, lo sentía y eso hacía que yo la amara más aún, y que deseara que mi entrega fuera mayor.
Tras ese leve descanso, permitió que me levantara. Se dirigió a un cajón y extrajo varios fulares, con lentitud, ató cada uno de ellos a mis muñecas y tobillos respectivamente. Lo hacía con movimientos precisos, rozando mi piel y besando de vez en cuando aquellas partes de mi cuerpo que deseaba. Después ató cada fular a los postes de la cama que sostenían el techo de la cama. Cuando estuve bien sujeto, cogió la fusta de mi boca, y me beso apasionadamente. Cerré los ojos. Sentí el calido tacto de sus labios, el roce de su cabello y desee tener las manos libres para acariciarla y abrazarla. Pero sin duda, mi ama tenía otros planes. Se colocó detrás de mí, y comenzó a usar la fusta. Los azotes tenían como objetivo mis ya ardientes nalgas. Eran golpes precisos. Así recorrió mis glúteos y mis muslos. Las lágrimas ya hacía tiempo que inundaban mis ojos. En más de una ocasión estuve tentado a gritar nuestra palabra de seguridad para que aquel dolor cesara. Pero en esos momentos, como si pudiera leer mi mente, mi AMA se detenía y acariciaba la zona castigada. En un par de ocasiones, mientras me besaba en el cuello, me preguntó si deseaba parar. Pero yo, no sé porqué extraño deseo, anhelaba conocer mis limites, y llevarlos más allá. Confiaba plenamente en ella, sabía que su amor por mí le impediría dañarme. Por lo que solamente deseaba que ella me llevará de la mano hasta donde yo podía llegar, pero que solo ella era capaz de llevarme.
Tras uno de esos descansos, mi AMA salió de la habitación. Los minutos se sucedían con lentitud. Cuando sus pasos volvieron a llenar la habitación, traía algo en las manos. Yo pese a verla, no era capaz de entender lo que iba a suceder. Por eso cuando sentí el calor de aquellas primeras gotas de cera caer en mi trasero, pensé que me estaba atravesando la piel. Lance un gritó, que ella se apresuró a ahogar con su mano. -¡Shisss! Relájate mi vida. Y no temas.- Aquellas palabras susurradas en mi oído fue como un bálsamo, como el cabo que sujeta firmemente un barco al puerto en tiempo de tormenta. Aquella extraña sensación se repitió. Poco a poco mis nalgas y parte de mi espalda quedaron casi cubiertas por la cera. Debo reconocer que aquella sensación que era absolutamente desconocida para mí era de lo más contradictorias. Y poco a poco el dolor se fue tornando en placer, el calor que inflamaba mi piel ya enrojecida, encendía también otra llama de excitación y placer.
Mi ama me dejó descansar unos minutos. Yo podía sentir la fina capa de cera fría en mi piel. Sentía como se cuarteaba con mis movimientos. En ese tiempo sentí las manos de ella acariciar mi cuerpo. La dureza de esa manos al castigarme se volvía mariposas cuando decidía acariciar mi piel. Sentí su calor y su aliento, sentí sus besos, y ella buscó con sus mansos la muestra de mi gozo. Mi sexo sintió también sus caricias. Tras varios minutos, ella se volvió a alejar de mí. Sentí el frío en mi piel. Ella volvió a coger la fusta, y con certeros azotes fue haciendo saltar la cera de mi piel. Después de aquellos nuevos azotes, mi ama me soltó. Una vez me ví libre de mis ataduras, no puede reprimirme, la abracé y la bese con desesperación. Como bebería agua de un riachuelo alguien que está al borde de la muerte, yo bebí de sus labios un agua que me revitalizaba. Y nuevamente nos volvimos a amar. Nuestros cuerpos pugnaban por unirse, por no dejar el más mínimo espacio entre nosotros. No acariciamos y nos amamos hasta que el sueño nos cubrió nuevamente. Y así, nos sorprendió el amanecer, abrazados y unidos de una forma que jamás antes había experimentado.
El sábado lo dedicamos a pasear y a charlar y a repasar el documento que había redactado. Mi AMA introdujo algunas cosas en las que yo había pensado. Durante todo el día, Vanesa se esmero en hidratar mi piel, extendiendo crema por toda la zona castigada.
Al final del día ella recogió sus cosas, y se dirigió al coche. Yo me quedé en el hotel, ya que siguiendo la tradición no debía ver a la novia la noche antes al enlace. Debo confesar que no me hacía gracia que estuviera sola en casa, pero ella insistió. Los escoltas montarían guardia fuera y dentro de la casa, por lo que al final accedí.
Las horas pasaron muy pesadamente, ya que apenas podía dormir. Una y otra vez repasaba el contenido de aquel singular contrato que había firmado el día antes. En lo más profundo de mí ser me reprochaba haberlo firmado, haber sido débil. Pero no tenía fuerzas para oponerme, el miedo a perderla definitivamente me hizo cobarde. E irónicamente esa cobardía ha sido la causante de que al final ella se hubiera alejado de mí. Claudiqué de mis deseos en pos de los suyos para no perderla, y fue esa y no otra la causa fundamental de mi soledad. Grotescamente gracioso, y tremendamente dolorosa es aceptar esa realidad. Pero ya no tengo ni ganas ni fuerzas para resistirme a ella. Ya que solo me queda el recuerdo, no puedo camuflarlo, ni enmascararlo para que no duela, ya que su ausencia es mucho más dolorosa que cualquier recuerdo.
Eso es a todo lo que se ha reducido mi existencia, a recuerdos. Recuerdos como los de aquella mañana soleada. Cuando la ví entrar en la iglesia. Yo esperaba en el altar, junto ella comenzó a caminar por un pasillo adornado con una alfombra roja y cientos de flores a ambos lados. La música ahogó el suave murmullo de los asistentes, y ella recorrió los metros que nos separaban del brazo de su padre. Llevaba un vestido blanco roto, con pedrería dibujando el discreto escote, y en las mangas. No llegaba al suelo, por lo que se podía ver los delicados zapatos blancos y sus pies enfundados en medias del mismo color. Un ramillete de rosas blancas con una roja en el medio terminaban de convertirla en la novia más hermosa que yo hubiera visto. Llevaba también unos guantes de encajes, y una pequeña diadema con piedras que brillaban con la luz, provocando en ellas delicados destellos de color. Nos sonreímos. Cuando estuvo junto a mí, nuestras manos se unieron, para no soltarse prácticamente en toda la ceremonia, que se realizó con toda normalidad.
Tras el ¡sí! Y las formalidades, nos dispusimos a salir del templo. Ya éramos marido y mujer. La felicidad era inmensa. Fuera todos esperaban para echarnos el arroz tradicional. Cuando llegamos al umbral de la puerta, una docena de compañeros vestidos con el uniforme de gala de la policía nos hicieron un túnel con sables. Ella se emocionó, y me apretó la mano mientras que pasábamos bajo ellos.
Al llegar al final, esperamos a que llegara el coche. Algunos invitados comenzaron a sacarnos fotos.
-¡Que boda más bonita! -Alabó la esposa de mi comisario.
-¡Si! Me recuerda mucho a la de la hija de aquel general. -Le respondió su esposo.- ¿Cómo se llamaba?
-¡No lo sé cariño! -Suspiró la señora.- ¡Hace más de un año y medio!
-¡No se referirán al General Blanes! -Le dije, en medio de un gran asombro.
-Ese mismo muchacho. -Me respondió el comisario.
-¡Vanesa! -Le susurre, tirando de su brazo.- ¿Cuántas hijas tiene el General de tu gabinete?
-¿El General Blanes? ¡Una! Y es hija única. -Su respuesta iba cargada de gran sorpresa.- ¿A qué viene eso?
-¡Nada! No le des importancia.
Afortunadamente el coche llegó, y yo aproveche para cambiar el tema, aunque durante toda la cena no paré de pensar en lo que había oído. La fiesta se alargó hasta las cuatro de la madrugada. En ese tiempo, prácticamente no me separé de ella, salvo lo indispensable. Yo aproveche un momento en el que mi AMA, se ausentó de la fiesta para cambiarse de calzado y ponerse algo más cómodo, para reunirme con parte de mi equipo. La charla fue corta, pero en el acto dos de ellos salieron de la fiesta. Yo regresé con los invitados. A las tres y media conseguimos escabullirnos y subir a la suite que habíamos reservado en el hotel en el que celebramos el banquete. En el ascensor nos besamos como dos adolescentes. Nuestras manos se buscaron y se perdieron en nuestros cuerpos. Cuando las puertas se abrieron, salimos casi corriendo de aquel habitáculo. Abrí apresuradamente la puerta de la habitación, y haciendo gala de las costumbres más tradicionales, la tome en brazos ante su sorpresa, y cruce el umbral mientras nos besábamos. En el acto, las luces se encendieron. Yo la dejé en le suelo, mientras que hicimos mil y un comentario sobre la boda y la fiesta. Nos besamos nuevamente. Nos abrazamos. Durante ese abrazó yo me fije en el espejo del armario, que llegaba hasta el suelo. En él ví reflejado el calzado que llevaba.
-¡Mi AMA! -Le susurré.- ¡Lleva zapatillas nuevas!
-¡Sí! -Se sentó en la cama mientras levantaba el traje para que las viera.- Me ha costado mucho encontrarlas.
No sé porque fuerza invisible era movido en aquellos instantes, pero me arrodille junto a ella para verlas más de cerca. Eran blancas, parecía de raso, con unas costuras que le daban un aspecto acorchado. Tenía unas pequeñas perlas adornando el borde del empeine. Mi AMA levantó el pie derecho, yo lo sujete. Tenía un pequeño taco, pero la suela era fina.
-Son muy cómodas.- Comentó en medio de una sonrisa.
-¡Son hermosas, y te sientan muy bien! -Yo la miré, por primera vez sentí deseos de que me azotará con ellas.- ¡Mi AMA....!
-¿Estas seguro? -Me preguntó anticipándose a mis pensamientos.
Yo asentí, ella extendió su mano y yo la descalcé. Después se la entregué. Ella se alisó el traje y me cogió de la mano. Dócilmente me tumbé en su regazo. Cuando me ví reflejado en el espejo, un agradable y excitante hormigueo recorrió mi vientre hasta la entrepierna. Mi AMA me indicó que le diera mi mano derecha. Ella me la sujeto a la espalda. Sentía su mano cogiendo la mía. Nuestros dedos se entrelazaron. El primer azote fue suave, y al hacerlo sobre mis pantalones, casi no lo sentí. Tras ese vino otro, y otro. Comenzaron siendo apenas caricias, para ir creciendo en fuerza e intensidad. El dolor fue en aumento, y el calor se extendió definitivamente a mí sexo. Ella se detuvo. Acarició mis nalgas, las masajeo y las apretó. -Andy, ¿te das cuenta que ésta es la primera zurra recibes como mi esposo?- Me dijo mientras que acariciaba mi trasero. Yo asentí y le miré de reojo dedicándole una amplia sonrisa.
Los azotes se reanudaron. Esta vez la fuerza era mayor. Me dolía de verdad. Estaba apunto de que unas lágrimas de dolor y placer bañaran mis ojos, cuando me ví reflejado en el espejo. Aquella imagen me lleno de excitación. Estaba vestido con el uniforme de gala, tendido en las rodillas de mi esposa aun con el traje de novia puesto, recibiendo una paliza como un colegial. Y ese dolor lejos de molestarme, me provocaba un infinito placer. Me sentía amado por la mujer a la que amaba, y nada en este mundo podía hacerme desear estar en otro sitio ni en otra situación. Estaba exactamente donde quería estar. Y aquellos azotes que seguían cayendo sobre mi trasero eran sencillamente... ¡Bueno, eso mejor imagínenselo ustedes!
Hechizo de amor en la noche de San Xuan
INTRODUCCIÓN
De Xanas, Cuélebres, Trasgus y más...
Vivir en Asturias es una delicia para los seres que la habitan. Se trata de un "paraíso natural" como dicen las propagandas. Si vive frente al mar Cantábrico, se disfruta de sus playas, acantilados y esos paisajes marineros que conjugan en perfecta armonía la montaña y el mar. Y en las montañas interiores, el mismo cielo tiene envidia de los habitantes de este paraíso y las nubes bajan hasta las laderas de las montañas para acomodarse allí todo el tiempo que pueden antes de desaparecer.
Los bosques asturianos tienen un encanto especial y los seres mitológicos que en ellos habitan se esconden en las fuentes, las cuevas y caminan entre las brumas para que quienes los descubran no puedan tener total certeza de haberlos visto.
Esta es una historia tan real y palpable como una xana. Mi madre me la contaba de pequeña cuando hacía alguna travesura. En mi mente infantil y en mi memoria quedaron grabadas esas imágenes que ahora revivo y comparto con ustedes con algún agregado de mi parte.
Antes de comenzar con la historia, permítanme contarles quién es quién en la mitología astur.
Las Ayalgas o Atalayas: Aunque en las descripciones de los primeros estudiosos se utiliza el nombre para los tesoros, (ayalga = alhaja) mientras a las jóvenes doncellas que los custodian son conocidas como atalayas o ayalgas, semejantes a las xanas por su juventud, aunque no tan bellas. Parece que se diferencian de éstas en que las atalayas son mujeres y están siempre encantadas, mientras que las xanas no son humanas y rara vez estan encantadas. Debido a su penosa situación, presentan habitualmente una expresión de gran tristeza, cantando bellas pero melancólicas canciones, mientras el Cuélebre permanece atento a sus movimientos, excepto el día de San Juan, cuando entra en un sopor irresistible, momento en el cual es posible desencantarlas.
La xana es el nombre que reciben las hadas en Asturias. Representan una entidad etérea de cuerpo juncal, cabellos rubios y ojos claros. Vive en las fuentes y se aparece a los caminantes reflejada en las aguas cuando estos acuden para apagar su sed. Son unas criaturas constructoras a las que se les atribuye la edificación de muchos dólmenes, que según la creencia popular no son más que los vestigios de los grandiosos palacios que erigieron.
El Trasgu: Este es el personaje equivalente al trasgo, que se conoce en el resto de España. Es una especie de duende travieso y juguetón, cojitranco y de corta estatura que por las noches se cuela en las casas para hacer las tareas pendientes y colocar las cosas en su sitio o, si está malhumorado, romper objetos o cambiarlos de sitio con objeto de crear confusión... Viste un gorro colorado, y un traje del mismo color. Tiene cuernos, rabo y un agujero en la mano por el cual se le escapa el grano que el aldeano le ofrece para hacerle rabiar. Además de colarse en las casas, también lo hace en las cuadras del ganado al que molesta despertando a los dueños de los animales por el revuelo y los ruidos.
El Cuélebre es un animal fantástico con cuerpo de serpiente y alas de murciélago, lleno de escamas y tiene una larga cola. Se asemeja a un dragón o una serpiente alada. Emite silbidos muy molestos siendo muy temido por los hombres que viven en las proximidades de su guarida, los cuales, para darle caza, han de atravesarle la garganta que es su único punto vulnerable, pues esas escamas que protegen su piel son excesivamente duras y resistentes. Vive en los bosques y cuevas y en la orilla de los ríos: su labor es guardar a las xanas y proteger los tesoros. Se alimenta de personas o ganado y cuando llega el fin de su vida terrenal se va a morir al mar, en cuyas profundidades custodia tesoros durante toda la eternidad.
HECHIZO DE AMOR EN LA NOCHE DE SAN XUAN
A mis padres, que me inculcaron
el amor por Asturias y sus tradiciones.
A Xana y a todo el pueblo astur.
Claudio había conocido a Xulián en la fiesta de unos amigos comunes, y siendo un hombre que siempre se había sentido atraído por la mitología de los diferentes pueblos, escuchó con mucha atención a aquel asturiano que narraba historias fantásticas sobre hadas, duendes, brujas y demás personajes que pululaban por los bosques de Asturias. Luego de aquellas narraciones fantásticas, Claudio y Xulián se quedaron hablando durante horas. Al retirarse, dijo Xulián:
"Ven y pasea por los bosques de Asturias durante la noche de San Xuan. Quien sabe; quizás te hechice una Xana o una Atalaya y no puedas abandonar nuestra tierra..."
Esas palabras quedaron resonando en la cabeza de Claudio. Estaban en plena primavera a finales de Abril, así que faltaban casi dos meses para esa mágica noche.
La segunda semana de Mayo, ya en tierras asturianas, comenzó a viajar y a "estudiar" todo lo referente a su mitología. Él sabía que estos personajes no existían, pero algo le decía que debía seguir investigando y aprendiendo lo más que pudiera.
Así se enteró más profundamente de que las xanas eran seres encantados, parecidos a las hadas y de una belleza sin igual. Se diferenciaban de las Atalayas en que estas eran seres humanos, mujeres encantadas; casi siempre hermosísimas princesas. Ambas estaban custodiadas por el Cuélebre. Muchos más seres mitológicos fue conociendo Claudio: el Nuberu, el Busgosu, el Diaño Burlón, la Güestia, el Trasgu, las Bruxas...
En todo eso iba pensando aquella mañana mientras subía la montaña por el estrecho camino trazado por los caminantes y los carros. No hacía calor, pero aquella caminata le había dado sed y le habían indicado que un poco más adelante encontraría una "fonte" (fuente) donde podría beber. La divisó a lo lejos y a ella se acercó. Cuando tenía sus labios posados en el agua, abrió los ojos y vió el reflejo de una joven de ojos verdes, cuyo rostro de gran belleza enmarcaba su larguísimo cabello rubio. Se sobresaltó y miró por encima de su hombro, pero nadie estaba allí. Esperó unos segundos, volvió a mirar en el agua, y allí estaba la hermosa ninfa, mirándole con cierta picardía y desfachatez.
Claudio quedó inmóvil por la emoción y la sorpresa; ante sus ojos fue desapareciendo lentamente la imagen de la joven. Casi corriendo, llegó al pueblo de Villabolle donde estaba hospedado, y le contó a Jesús, su anfitrión, lo sucedido.
"Tranquilo hombre, tranquilo. Sólo has visto a Soñada, la xana que vigila el tesoro de la fonte de Francos. No te hará daño, pero puede usar sus encantos para enamorarte y eso sí es peligroso. Cuídate, no la mires si vas a beber agua allí, y sigue tu camino".
Claro que decirle que no fuera era como una clara invitación a que siguiera haciéndolo. Se fue a su sencilla habitación a dormir con el rostro de Soñada en su mente. Fue quitándose la ropa y doblándola ordenadamente, así como el resto de sus pertenencias. A medida que las sacaba de los bolsillos iban a parar al cajón que oficiaba de mesita de noche... Se acostó en el camastro y luego de innumerables vueltas, se durmió. Entre sueños le pareció oír ruidos extraños, pero no lograron despertarlo. Al día siguiente, cuando ya asomaba el sol, se desperezó mientras el canto del gallo seguía anunciando el nuevo día.
Se sentó en la cama y, al mirar de reojo el cajón,... ¡se sobresaltó! Todos sus objetos estaban fuera de lugar y le faltaba el reloj. No entendía nada: los habitantes de aquella casa eran personas honorables y de confianza. Negábase a pensar que alguno de ellos hubiera entrado a su habitación para hacer aquel desastre estando él ni sin estar. ¿Qué habría ocurrido?
Pasó a la cocina para desayunar. En una pequeña mesa frente a la lumbre, estaba Jesús sentado en un banco saboreando una humeante taza de café. El pan de Grandas estaba siendo cortado por su esposa María, con una maestría que solo la costumbre de repetirla varias veces al día podía dar.
-"Buenos días", saludó Claudio.
-"Buenos días: adelante. Tome asiento. ¿Le sirvo un café?", preguntó solícita la dueña de casa.
-"Sí, por favor. Muchas gracias".
-"¿Qué le sucede Claudio? Parece que haya pasado algo... ¿está bien?", le dijo Jesús con gesto preocupado.
-"Bueno... la verdad es que...", no se animaba a contar lo sucedido y, bajando la mirada, calló.
-"Vamos, cuente, quizás le podamos ayudar".
-"Verá usted... no sé qué pasó, pero... esta mañana encontré mis pertenencias fuera de lugar, y me faltó el reloj. Soy una persona ordenada: sé cómo coloco mis cosas cuando me acuesto y estaba todo revuelto".
-"Ese fue el Trasgu", dijo María sin titubear. "En mi cocina también encontré desorden y de noche hubo estropicio de ollas y sartenes. Pero ya lo arreglaré yo"
-"Pero... pensé que el Trasgu no existía, que era una leyenda, un mito", dijo Claudio sin salir de su asombro.
-"Pues sí; existe querido amigo. Si no ¿cómo podría explicar lo que pasó?," le decía Jesús mientras revolvía el café- "Su reloj aparecerá donde menos lo imagine".
El desayuno transcurrió escuchando la explicación de María; le contaba que para que el Trasgu no molestara más, se le daban tres tareas, imposibles de cumplir para que él que es tan orgulloso, al no poder hacer lo que se le mandaba, se marcha frustrado y deja de molestar. Las tareas encomendadas eran: llenar con agua de mar una cesta de mimbre, convertir en blanco una piel o "peleyu" negro de carnero, y por último llevar media copa de licor en su mano izquierda o bien recoger con esa mano el cereal que estaba desparramado en el suelo. El Trasgu tiene un agujero en la mano izquierda, así que, cuando intenta agarrar líquidos o cosas pequeñas, estas se le escapan por él.
Claudio no podía creer que esto le pasara a él y estuviera conviviendo con seres mitológicos. Sumido en esos pensamientos, dirigió sus pasos hacia la orilla del bosque. La naturaleza fue generosa con el suelo asturiano y le regaló una inmensa variedad de árboles. Es común encontrar abedules, avellanos, tejos, castaños, sauces, nogales, robles, encinas... y mirando su suelo se ven hierbas medicinales y también mágicas, como la ruda, la valeriana o la verbena, por solo nombrar tres de ellas.
Una densa nube estaba cubriendo el bosque, lo que no permitía distinguir claramente qué había unos metros más adelante, así que cuando vió moverse algo entre los árboles, pensó que sería un corzo. Se paró, agudizó la vista y distinguió una figura humana. Era... ¡una mujer! Vestía ropajes antiguos; un vestido de terciopelo azul que le llegaba a los tobillos, con las mangas largas y ajustadas. Su cabello dorado caía más abajo de su cintura y cantaba algo que no terminaba de comprender, pero que sonaba doloroso. Le gritó que se detuviera y ella lo hizo, mientras que se daba vuelta y le miraba de frente: tenía un rostro bellísimo, dulce y triste, muy triste. Parecía que estuviera a punto de llorar. Cuando estaba a pocos metros de ella, la chica comenzó a correr y desapareció entre la bruma y los árboles...
Una vez más debió recurrir a Jesús que le explicó con una paciencia infinita:
-"Sí; es Nadia, una princesa mora encantada que vaga por el bosque. Dicen que guarda los tesoros de Ricardín, escondidos en una cueva cerca de Escanlares. Como todas las Atalayas, está esperando que un hombre rompa su hechizo y pueda volver a ser un ser humano normal. Pero año tras año llega la fiesta de San Xuan y nadie logra desencantarla..."
Tras aquella declaración, Claudio iba día a día al bosque con la esperanza de volver a ver a aquella hermosa princesa. Pero esta no aparecía, así que, luego de varias horas de espera, se retiraba cabizbajo de camino al pueblo.
Mientras que Claudio consumía sus días entre la fonte y el bosque, varios ojos se fijaban en él. Por un lado Soñada, la xana traviesa que se había encaprichado con aquel hombre andaba siempre junto a Nadia. Juntas le perseguían sin ser vistas y hacían alguna travesura que ponía una sonrisa en la boca de Nadia, siempre triste y melancólica.
Soñada era una xana como otras tantas; bella, sonriente, joven... pero se diferenciaba del resto por ser traviesa. El Cuélebre que la cuidaba, debía estar siempre atento a esta ninfa que le sacaba escamas de todos los colores tratando de mantenerla a raya. Soñada había encontrado una compañera de juegos y travesuras en Nadia , siempre tratando de animarla, aunque le resultaba muy difícil. Así que cuando vio a Claudio y estando tan cerca la esperada fiesta de la noche de San Xuan, trató de idear un plan para que él pudiera desencantarla, pero antes... se divertiría con él, aunque fuera un poquito.
La idea de entrar en la casa y revolver cada cosa haciendo pensar a todo el mundo que había sido el Trasgu, fue brillante. El asombro de aquel joven forastero al encontrar el reloj en la fonte, el ver su cara desencajada por la sorpresa, supo que sólo por eso había valido la pena tal travesura. La mejor parte era que nadie sospechaba de ella y todos culpaban al Trasgu.
Faltaban pocos días para la fiesta de San Xuan y la primavera ya se sentía cercana. Las flores y el bosque comenzaban a reverdecer mostrándose esplendorosos. Las ninfas de los bosques se dedicaban a cortar flores y fabricarse coronas para adornar sus cabezas, o prendían flores en sus largos y dorados cabellos...
Claudio había logrado ver de nuevo a ambas ninfas otras veces, pero jamás pudo entablar contacto directo con ellas. Siempre se escabullían o desaparecían en el bosque sin dejar rastro. Desde la primera vez que vio a Nadia en el bosque entre la bruma, el triste rostro de aquella mujer había logrado enamorarlo y no podía quitarla de su mente. Sabía que era algo imposible, pero quería creer que él la podría salvar quitándole aquel hechizo. No sabía ni qué ni cómo tenía que hacer para lograrlo, pero lo averiguaría.
Lo que también tenía extrañado a este hombre, es que continuaban desapareciendo objetos de la casa donde él estaba, además de los ruidos nocturnos y el desorden que se producía un día sí y otro también.
Él siguió investigando día a día, preguntando, consultando libros y a las gentes de los pueblos. Así, reuniendo información de varios lados pudo saber que para librar del hechizo a Nadia necesitaría la ayuda de una bruxa (bruja) que practicara la magia teurgia (blanca). Las bruxas que practicaba la magia goecia (negra) hacían hechicerías y ritos satánicos, utilizando para estos fines los libros grimorios, como por ejemplo el libro de San Cipriano que era el más usado y al que todos llamaban "Ciprianillo". Contaba la tradición popular que el 30 de abril, incluso en ese año, les bruxes preparaban un ungüento que al frotárselos en las ingles les permitía volar en sus escobas. Por supuesto que siempre se encontraba algún vecino que había visto alguna y hasta estaba dispuesto a dar su descripción.
En el pueblo de Francos vivía una bruxa llamada Celeste. Quizás ella le podría ayudar, porque dijeron que era una bruxa "buena". Así que tomó las pertenencias con las que solía salir a dar sus vueltas y se encaminó al pueblo. Una vez allí encontró vecinos amables que le indicaron la ubicación exacta de la casa. No tuvo mayores problemas en reconocerla. Les bruxes como Celeste eran ampliamente respetadas en los pueblos y aún lo siguen siendo.
Al llegar, golpeó con sus manos la puerta de la casa y notó que las tenía húmedas. No quería admitirlo, pero estaba sumamente nervioso. La puerta se abrió con un ligero quejido de goznes y apareció una mujer de mediana edad, muy bonita, con el cabello negro recogido en un moño y vestida como cualquier otra mujer del pueblo. Claudio quedó descolocado. Aquella señora no era lo que él esperaba encontrar...
-"Buenos días señor" le dijo con una amplia sonrisa.
-"Bu... buenos días"contestó quitándose el sombrero y sin dejar de mirarla.
-"¿Puedo hacer algo por usted?" No recibió contestación, a lo que agregó "Sí, estoy segura que puedo. Pase adelante..."
La mujer le franqueó la entrada y él no dudó en traspasar el umbral de la casa. Consistía en una habitación sencilla donde se encontraba la lumbre sobre la que colgaba una olla. Diversos olores impregnaron su nariz. Eran casi todos aromas conocidos de plantas, flores, árboles y hierbas. Allí había piedras para espantar culebras, para quitar el mal de ojo, plantas para los amores y curar diferentes enfermedades; flores para perfumar y líquidos desconocidos por él. Frascos, recipientes y un mortero completaban aquel "laboratorio". Si la mujer no era lo que él imaginaba que sería una "bruxa", el interior de la casa era similar a la idea que él tenía de cómo podía ser el lugar donde ellas fabrican sus pociones, brebajes y demás.
"Tome asiento. No hace falta que me diga su nombre, es usted muy popular en toda la comarca por haber atraído a varios seres mágicos de los que habitan por aquí. Hay gente muy anciana que jamás se topó con un Trasgu o una Xana, pero usted... Trasgus, Xanas y hasta una Atalaya que ha logrado enamorarlo, ¿verdad? Pero quiero oírlo de sus labios. Cuénteme..."
Claudio la miraba sin articular palabra. Su asombro era demasiado grande... pero se sobrepuso y como pudo le pidió que le ayudara a desencantar a Nadia.
-"Celeste, usted es una bruxa que practica la magia teurgia. Ayúdeme por favor. La noche de San Xuan se acerca y no tenemos mucho tiempo. Sé que es la única noche en el año en que el Cuélebre queda adormilado y las ninfas pueden escapar. Pero para ello hay que desencantarlas y la única que puede hacerlo es usted."
-"No querido amigo, se equivoca. La única persona que puede desencantar a Nadia es usted mismo. Yo lo único que puedo hacer es prepararle y decirle qué hacer. El resto no depende más que de usted."
-"Perfecto. Dígame qué hacer..."
-"No se apresure. Esto no es fácil y el más pequeño error que se cometa puede hundir aún más a Nadia. Hay que ir con mucho cuidado y precaución. Son muchos los ingredientes que se necesitan para preparar el hechizo que rompa el encantamiento. Les bruxes como yo no tenemos libros por dónde guiarnos, lo que conocemos es por tradición oral, así que tendré que buscar en mi memoria. Ahora vete... déjame pensar y recordar. Te avisaré cuando tenga todo preparado para ti..."
Claudio dejó la casa de Celeste y retomó el camino a casa sumido en sus pensamientos. Él no lo sabía, pero Soñada, la traviesa xana de la Fonte, había descubierto al guapo y joven americano y seguía cada uno de sus pasos de cerca. Escondida entre la bruma nocturna descubrió la casa donde se hospedaba y planeó en su mente una trampa para hechizar a este hombre. Ella era muy joven y no tenía mucha experiencia en estas cosas, pero lo que primero decidió hacer fue llamar su atención. No era intención de ella enamorarlo ni encantarlo, sólo quería fastidiar y hacer travesuras para pasar el tiempo.
En la casa de Celeste los calderos burbujeaban y ella escribía sin cesar cada elemento que recordaba para preparar los hechizos y brebajes para aquel hombre enamorado de una Atalaya. Muchos eran los ingredientes necesarios. Así que anotó:
Las siete plantas sagradas de la noche de San Juan:
Salvia: por sus virtudes curativas, era la planta de la longevidad
Aquilea o Milenrama: curativa, cicatrizante. Usada por las brujas asturianas para potenciar sus poderes.
Crisantemo de los Prados: Simboliza el Sol, la perfección, la inmortalidad.
Hiedra terrestre: Medicinal. También se usa triturada para invocar a algunos espíritus de la naturaleza. Sus bayas son venenosas.
Rusco: da unas bayas comestibles muy nutritivas y sirve para infusiones.
Artemisa: Medicinal. Con sus tallos se trenzaban figuras antropomorfas y se colgaban en las puertas de las casas como protección mágica. Claudio la usaría para fabricar flechas y lanzarlas a los cuatro puntos cardinales, a modo de conjuro contra los malos espíritus.
Hipérico o hierba de San Xuan: se la vincula con el Sol y debe recogerse la noche de San Xuan. Posee grandes poderes mágicos y curativos. Curan las depresiones y ahuyentan los malos espíritus.
También le pidió los siguientes ingredientes:
Ruda: era la planta mágica por excelencia, y se debía recoger la misma noche de San Xuan. Esta planta cumpliría la función de quitar los maleficios de otras brujas, ahuyentaría al Cuélebre que custodiaba a Nadia y se encargaría de mezclarla con agua para que el amor de estos jóvenes durara para siempre. También era afrodisíaca, así les aseguraba un ardiente encuentro.
Valeriana: no podía faltar. Siempre se utilizaba en los hechizos de amor.
Verbena: esta planta se utilizaba contra las culebras y nunca estaba de más.
Beleño: imprescindible en la elaboración de cualquier poción mágica. Si se quema, el humo que produce provoca sueño y alucinaciones.
Belladona: la planta mágica más conocida.
Mandrágora: Tiene múltiples usos pero es muy misteriosa porque tiene figura humana y gime cuando la arrancan del suelo.
Avellano: este árbol se usa contra los maleficios y sus ramas ahuyentan al Cuélebre y a las culebras.
Fresno, Higuera, Roble, Encina y Laurel: utilizaría ramas de estos árboles para que no hubiera ni rayos ni tormentas esa noche de San Xuan.
Sauce: prepararía ungüentos con este árbol para aplicar en cualquier lastimadura.
Tilo: debía recordar plantar un tilo el día de la boda, para asegurar el matrimonio de la pareja.
La recolección de plantas, raíces y hojas se tenía que realizar conjurando a los cuatro puntos cardinales, además de contemplar unos ritos, en los que la pureza del cuerpo y la repetición de ensalmos eran esenciales. Celeste lo sabía y lo respetaba porque comprendía que el más pequeño error sería irreparable.
Debía recordar pedirle también piedras mágicas como la piedra de San Pedro, que debía traer de la comarca de Boal. Esta piedra, llamada también "chiastolita", era usada contra demonios y brujerías.
Asegurándose de que la lista estaba completa mandó llamar a Claudio, que fue inmediatamente a su encuentro.
-"Aquí tienes la lista completa de todos los elementos necesarios y los conjuros y ensalmos que deberás pronunciar. Sólo queda una semana para la noche de San Xuan, así que apresúrate a conseguirlos siguiendo las instrucciones tal cual te las dicté. Es necesario que comprendas que si cometes el más pequeño error, todo será en vano. Pero eso no es lo peor, sino que quedarás invalidado para repetir el rompimiento del hechizo."
-"Entiendo" dijo con solemnidad. Y tomando el papel que Celeste le extendía, partió sin saber muy bien adónde dirigirse.
Necesitaba un lugar tranquilo donde nadie lo molestara y decidió ir a la Fonte. Allí se sentó y comenzó a leer. Había cosas que le parecían imposibles de conseguir, y otras que tendría que tener presente porque debía recogerlas la noche misma de San Xuan.
Mientras tanto, muy cercano a él pero sin ser vistas, Soñada y Nadia le miraban y susurraban. Sus risas apagadas eran inaudibles para el joven, muy concentrado ahora en sus planes de recolección de elementos comunes que en pocos días se convertirían en mágicos.
-"Nadia, míralo: es guapísimo. ¿Le amas mucho?"
-"Sí, mucho."
-"Lo que no entiendo es por qué no le encantas de una vez y lo retienes aquí mientras viva."
Nadia la miró a los ojos tratando de explicarle con ellos. La tristeza volvió a su rostro y a su voz.
-"Si lo encanto nunca sabré si me ama realmente. Si va a ser él quien me arranque de este hechizo que me tiene presa, quiero que lo haga porque me ama, no por un hechizo que le impedirá pensar por sí mismo y sólo le hará actuar por impulso. Esta vez es diferente a las otras veces; en esta ocasión quiero que me ame por mi misma, y si triunfa donde tantos otros fracasaron..."
No se animó a seguir hablando.
-"Si triunfa ¿qué? Continúa, no me dejes así."
-"Olvídalo" dijo mientras se iba cabizbaja y melancólica como siempre.
Soñada salió detrás de ella, jugando y saltando aquí y allá mientras le contaba a su amiga las nuevas travesuras que tenía planeadas para esa noche. Nadia la escuchaba pacientemente mientras caminaban hacia la cueva de Ricardín, donde cuidaban los tesoros allí escondidos.
-"Esta noche iré a la casa de Balbina y moveré sus cuencos con mucho ruido. En la casa de Lorenzo, o mejor dicho, en su hórreo, han puesto ayer la cosecha, así que esparciré un poco de grano y dejaré huellas de pies pequeños: así, todos seguirán creyendo que es el Trasgu... jajajajajaaaaa!!! Claro que no es lo único que pienso hacer. También iré a..."
Nadia la interrumpió diciendo:
-"Eso no está bien y lo sabes. Además, el Trasgu tiene un humor terrible. Cuando sepa que lo están culpando a él por cosas que tú haces... ¡no sé qué te hará!"
-"No me hará nada porque nunca se enterará."
Las amigas siguieron caminando y hablando, mientras Claudio planeaba mentalmente qué rutas hacer y cómo conseguir todo a tiempo para aquella mágica noche que tenía tan cerca. Pensó en Nadia y su corazón comenzó a latir fuertemente. ¿Estaría hechizado? Pues si lo estaba no le importaba porque sentía un profundo amor por aquella atalaya que le había impresionado desde que la oyó cantar entre la bruma. Y aquel rostro tan triste, sus ojos y su mirada... ¡debía rescatarla! Así que se puso en pie y comenzó a caminar mirando hacia la tierra y los árboles, buscando las hierbas y hojas exigidas por Celeste para los conjuros. Se dirigía a la comarca de Boal a buscar la piedra de San Pedro, que era básica en la noche de San Xuan, para protegerse de lo que pudiera sucederle.
Ajeno a todo, Claudio se encaminó por los bosques junto al río Navia, pasando por varios pueblos en su periplo a Boal. Como se hallaba en el Concejo de Grandas de Salime, debía cruzar los de Pesoz e Illiano para llegar al de Boal.
Luego de un largo viaje, al llegar al Concejo, fue hasta Los Mazos y allí se presentó en la casa de Joselo, un joven de unos 25 años, quién, pese a la diferencia de edad, era muy buen amigo de Jesús. Cuando le contó su historia y el motivo que lo había llevado hasta allí, Joselo le dijo:
-"Cuenta conmigo para buscar la piedra, y veremos si yo puedo conseguir una también."
-"Pero... ¿para qué la quieres tú? " preguntó intrigado Claudio.
-"Es que... tú veras: no sé si estoy encantado o enamorado, pero no dejo de pensar en Soñada. Vi a esa xana un día en la Fonte, y no pude quitármela de la cabeza nunca más. Descansa en mi casa esta noche y mañana saldremos juntos en busca de la chiastolita."
Al día siguiente emprendieron el regreso a Grandas de Salime. Demoraban mucho en el camino, ya que iban despacio buscando el preciado tesoro que significaba esa piedra. Llegando casi al límite con Illianos, pudieron encontrar una pequeña chiastolita. Joselo la introdujo cuidadosamente en una bolsa de terciopelo y se la colgó del cuello a Claudio.
-"Consérvala tú" le dijo, "yo sé dónde puedo conseguir otra."
En el camino, Joselo le fue dando varias sugerencias que él había aprendido por tradición oral de su familia y de los ancianos de su pueblo.
"Si conoces las plantas, querido amigo, tendrás en tus manos toda la magia del reino vegetal y los espíritus que contienen . Por ejemplo: el árbol es el representante más perfecto del reino vegetal por lo que su magia es la más poderosa. Fíjate -le decía mientras señalaba un Texu (Tejo)- las raíces del árbol representan el mundo terrenal, mientras que la copa representa el mundo celestial; ambas partes están unidas por el tronco que es el vínculo entre ambos mundos. Esto es un Texu, el árbol sagrado de la mitología asturiana y representa el vínculo del pueblo asturiano con la tierra. Es el símbolo de la espiritualidad."
-"¿Y cómo se llama aquel árbol? Lo reconozco pero no recuerdo su nombre."
-"Por supuesto que lo conoces: es un Roble. En Asturias lo conocemos como "Carbayu" y varios apellidos han salido de él: Carballo, Carbajal, Carbajales, Carballido... y recordemos también el famoso "Carbayón", símbolo de la ciudad de Oviedo. Dicen que frente a este árbol ocurrían fenómenos como el de una mujer misteriosa vestida de negro que luego de agarrarse al árbol y convulsionarse, desaparecía sin más. La naturaleza ha sido extremadamente generosa con el suelo asturiano. ¿Quieres que te vaya señalando los diferentes árboles y contándote algo de ellos?" le preguntó amablemente Joselo a su amigo forastero.
-"Eso sería una maravilla porque además de lo que aprenderé a tu lado nos ayudará a que este viaje se nos haga más corto y entretenido. Comienza por favor, te escucho..."
Con una amplia sonrisa comenzó el lugareño a señalar y describir algunas de las características más sobresalientes de los árboles que se daban por aquellos parajes del territorio occidental de Asturias.
-"Hasta ahora hemos visto sólo dos de ellos: el Tejo o Texu, y el Roble o carbayu. También -continuó diciendo Joselo- hay Fresnos o Fresnus pero a los pobrecitos hay muchos que no los quieren porque tienen fama de ser morada de demonios. Otro es la Encina o Ancina; en los claros de los encinares las brujas asturianas hacían sus aquelarres a la luz de la luna llena."
-"¿Qué son los aquelarres?" preguntó con interés Claudio.
-"Los aquelarres son las reuniones nocturnas de brujos y brujas donde el demonio hace su aparición en forma de macho cabrío. Muchas veces, la mayoría, dicen que estos aquelarres terminaban en una gran orgía."
-"¡Vaya! qué cosas tan interesantes me cuentas -le contestó Claudio- Supongo que me habrás nombrado solo algunas especies ¿verdad?"
-"Sí, solo algunas, es que... ¿sabes? Hay muchos árboles mágicos en estas tierras. Por ejemplo el Avellano o Ablanu que se relaciona no sólo con la sabiduría, sino que es la madera utilizada por los magos, brujos y hechiceros para revolver las marmitas y obtener pócimas, además de usarlas para confeccionar las varitas mágicas. También hay árboles como el Nogal o Nozal que es peligroso porque aquel que duerma a su sombra enfermará. Además, al contrario del Fresno y el Laurel, éste atrae los rayos. Y ¿qué sería de Asturias sin el Manzano o Manzanu? Se le considera un árbol sagrado y representa la inmortalidad.
He dejado para el final el árbol más importante de todos, al menos, el que creo que es más importante para ti: el Abedul o Bidul; digo que es importante no porque represente el equinoccio de primavera, ni porque la gente piense que si se escala su tronco se llega a la iluminación espiritual, y tampoco porque sus ramas sirvan para expulsar los malos espíritus y castigar a los que tienen mal comportamiento. Lo digo, querido amigo, porque las ramas pueden servirte para desencantar Atalayes como Nadia. Y a propósito de ella... ¿sabes su historia?"
-"De ella sólo sé que es una princesa mora que fue encantada hace mucho tiempo, nadie sabe cuánto, y que cuida un enorme ayalgue o tesoro que procede de las fraguas de los moros."
-"No, no es así. Nadia sí es una princesa, pero no es mora. Y te aclaro que estos moros de los que estamos hablando no son los de áfrica del norte, sino que son hombres que tuvieron que abandonar sus viviendas inesperadamente y trasladarse bajo tierra sin poder llevar con ellos ni sus pertenencias ni sus mujeres, a las que protegieron con un halo mágico hasta su vuelta. Pero nunca regresaron, y las moras llevan siglos esperando que alguien las desencante. Pero tu Nadia no es mora, sino que es una princesa que se enamoró de un campesino pobre. Su padre la encerró en una cueva, la de Ricardín, con los bienes que le corresponderían de herencia y dote, mientras los hechiceros, con sus conjuros convirtieron la soga que la mantenía atada en un Cuélebre. Mientras que Nadia lloraba desconsoladamente por la suerte que le había cabido, su padre le dijo la forma de desencantarla: "un joven forastero deberá llegar cargado de reliquias la noche de San Xuan, y matar al cuélebre de una lanzada en la garganta." Me temo, querido amigo, que ese joven forastero eres tú."
-"¿Ma... matar... yo al... Cuélebre? -dijo Claudio con la voz entrecortada. Trató de visualizarse con varias lanzas ante un enorme Cuélebre verde. Se estremeció y un aire frío congeló su espalda- No sé si podré..."
-"Claro que podrás, o mejor dicho: podremos. Hay muchas formas de matar a los Cuélebres: dándole a comer una piedra al rojo, o una boroña (pan) lleno de alfileres y objetos puntiagudos y cortantes, para que cuando lo trague le causen la muerte, o como lo harás tú, clavándole una lanza en la garganta que es el único lugar que no está cubierto por escamas. La otra ventaja es que en la noche de San Xuan entra en un profundo sopor, se rinde a la fatiga y es cuando debemos aprovechar para matarlo y poder llevarnos a Nadia y a Soñada."
-"¿Imagina Soñada que la desencantarás?"
-"Claro que no. Bueno, supongo que no... Creo que ella me encantó a mí porque no puedo dejar de pensar en ella. Es una Xana muy traviesa, y hermosa como toda Xana, pero... es también muy especial. A veces le gusta hacer bromas y hacerse pasar por el Trasgu: se mete en las casas, hace ruidos, tira las cosas, esconde objetos..."
-"¿De verdad? Pues quizás haya sido ella y no el Trasgu el que anduvo por las casas del pueblo, y la que escondió mi reloj que luego encontré en la fonte."
Joselo comenzó a reír sin parar.
-"¡Seguro que fue ella! Jajajajajaaaaaa... Esas travesuras tienen firma: Soñada. ¡Qué chiquilla más traviesa! me gustará mucho poder educarla y enseñarla a comportarse."
-"No creo que vaya a ser una tarea fácil amigo."
-"No, no lo será. Pero estoy seguro que aprenderá. Se ve muy inteligente además de su belleza física"
Los dos amigos continuaron su camino hablando de varios temas, sobre todo haciendo planes para la mágica noche de San Xuan donde sus amores los estarían esperando para ser desencantas.
Cuando estaban cerca de Grandas de Salime, pasaron por los bosques de los pueblos de Serán, Sanzo y Santa María marcando cuidadosamente los lugares específicos donde deberían recoger las hierbas señalando los sitios con varas clavadas, y en otros dejaron marcas que solo tenían sentido para ellos. Ahora sólo deberían esperar el 24 de junio.
LA MADRUGADA DEL DÍA DE SAN XUAN
Ya estaba allí el día en que el astro rey alcanza el punto más alto de su carrera: era el solsticio de verano, el día de más luz y la noche más corta.
Claudio y Joselo se levantaron muy temprano y vieron que había orbayada (rocío matutino), así que salieron presurosos para disfrutar de "la flor del agua", o sea, el rocío que estaba sobre las plantas y flores. Luego, siguiendo la tradición, se tirarían sobre la hierba para "bañarse y protegerse" de los males que pudieran ocurrirles.
A lo largo del día prepararon sus morrales con los elementos que creyeron necesarios, y se dirigieron a la casa de Celeste cuando el sol aún estaba alto. Allí la bruxa les proporcionó pócimas, polvos, líquidos con las respectivas instrucciones y varias recomendaciones. Luego les deseo suerte y los vio partir montados en briosos corceles. Esta vez necesitarían moverse rápido, así que cabalgando llegaron hasta donde habían dejado señaladas las plantas que se tornarían mágicas y los ayudarían a cumplir su cometido.
Cuando llegaron al lugar, dejaron pastar a sus animales y comenzaron a preparar los elementos con los que realizar los rituales y conjuros para aquella noche.
Claudio, muy ceremonioso, comenzó a tirar las flechas hacia los cuatro puntos cardinales repitiendo las palabras que había aprendido de memoria. Estas flechas, así como varias lanzas, estaban fabricadas con Artemisa, una de las siete plantas mágicas que les había dicho Celeste, y que servían para alejar a los malos espíritus.
Una vez cumplido este ritual, se sentaron mirando el occidente y esperando la desaparición del sol tras el horizonte.
LA NUECHE DE SAN XUAN
Es la noche del año mágica por excelencia: noche de prodigios, de espíritus, donde las fuerzas sobrenaturales de los cuatro elementos: tierra, aire, fuego y agua, se juntan al filo de las doce campanadas y comienza el reino de los presagios, hechicerías, encantos y conjuros.
En los pueblos se encienden las hogueras y los muchachos saltan sobre ellas por diversas razones: ahuyentar los malos espíritus y las enfermedades, o simplemente para llamar la atención de la moza de sus desvelos. De ese mismo fuego de las hogueras, la gente enciende manojos de hierbas que acercan a sus herramientas de labranza para alejar así las plagas de las cosechas.
Les xanes aprovechan a salir de sus maravillosas casas en los manantiales y por única vez en el año se presentan a los ojos de los hombres que las ven jugar a los bolos, hilar sus hechizos, lavar y tender ropa o peinarse con sus peines de oro puro.
Les bruxes juntan las hierbas mágicas en los bosques que luego utilizarán en sus pócimas. Y los hombres como Claudio y Joselo buscan las hierbas mágicas para desencantar a sus amores, mientras que otros quieren conseguir un trébol de cuatro fueyes (hojas) para encontrar ayalgues (alhajas o tesoros) ocultos en los bosques.
Es el día en que el Cuélebre cae en un irresistible sopor y aquellos elegidos pueden derrotarlo y desencantar xanes y atalayes que estuvieron encantadas por siglos, y conseguir los fabulosos tesoros que ellas vigilan.
En el pueblo
Mientras que Manuel, un frero ermitaño que tenía a su cargo la capilla de San Antonio en Villabolle y contaba las más bellas historias y los espantos más grandes para delicia de la gente que concurría a oírlo, los demás trabajaban para disfrutar de aquella noche llena de magia y misterio.
Fogueras u hogueras hechas con leña de fresno -que no echa ni humo ni chispas y es silenciosa- aparecían en diferentes puntos. Ese año echaron también peornos y otras plantas simbolizando que quemaban las impurezas del año solar que terminaba y comenzar limpios el nuevo año.
Cristeta, la mujer más vieja del lugar comenzó a animar a los jóvenes músicos para que comenzaran a tocar las gaitas y los tambores, mientras una bella joven de ojos verdes cantaba populares versos en asturiano, propios de la noche de San Xuan:
"Amor es fuego,
quien non se atreva
a saltar la foguera,
que non me quiera"
"La flor de xabugu, madre,
ya la tengo recoyía,
del sereno de San Xuan,
que sirve de melecina"
"A los mozos forasteros,
favores y más favores,
que están lejos de sus casas,
y vienen ver sus amores"
Acompañando la música y las canciones, otra joven se animó a tocar la pandereta y Cristeta comenzó a bailar, seguida casi inmediatamente por los jóvenes que preferían esta actividad a tener que saltar la foguera, que estaba alcanzando su máximo poderío y donde otros galanes más arrojados intentaban de esa forma deslumbrar a las mozas de sus preferencias.
Cuando dieron las doce campanadas que todos esperaban agolpados a lo largo del camino, las mujeres salieron corriendo hacia la fonte del pueblo, a ver quién llegaba primera a recoger el agua para cumplir el ritual de todos los años: una vez que obtenía el agua, se dirigirían a la casa, y puesta en un vaso le vertirían dentro un huevo fresco; dejándolo al sereno en la ventana toda la noche, en la mañana se podría ver una figura que le daría alguna pista sobre su futuro: el campanario de una iglesia, un barco, una casa...
Con todo el alboroto nadie notó a dos jóvenes que pasaban por allí montados en caballos y con sus alforjas cargadas. Eran Claudio y Joselo que entre las sombras se deslizaron hasta un bellísimo helecho. Esperaron y contaron las campanadas del reloj de la iglesia: una, dos, tres, cuatro, cinco, seis...
-"¡Ahora!" gritaron al unísono.
Ante sus ojos apareció una bellísima flor mágica. Esta flor fue recogida por Joselo y en ese mismo instante desapareció. Claudio no podía creerlo, aunque sabía que esa flor le concedía invisibilidad a quién la tomara en sus manos. Sintió la voz de Joselo que le decía:
-"¿Has visto querido amigo? Yo no tengo la piedra de San Pedro, pero conocía esto y al estar invisible estaré protegido también. Debemos darnos prisa, porque este hechizo se rompe con el primer rayo de sol..."
De la misma forma silenciosa y disimulada con que habían entrado al pueblo, salió Claudio sin que nadie lo notara, seguido por su amigo, ahora invisible. Se encaminaron al bosque en dirección a la cueva de Ricardín donde rescatarían a Nadia, e inmediatamente pasarían por la fonte para rescatar a Soñada.
La gente del pueblo quedab a la espera de la chocolatada, una bonita tradición que se hacía de la siguiente forma: se pedía por las casas el chocolate; todos colaboraban y en el momento de saborearlo cada uno iba con su chocolatera, se servían y lo tomaban haciendo un gran círculo en lo que iba quedando de la hoguera. Cuando el ambiente estaba fresco y encima caía el orbayu (rocío) de San Xuan, una taza de chocolate caliente y la tibieza de las brasas era agradecida por los concurrentes a la fiesta.
En el bosque
Mientras en el pueblo la mayoría de la gente cantaba, bailaba, recogían la flor del agua, hacían hogueras y saltaban sobre ellas, algunos hombres se introducían en el bosque para ver las xanas, si es que las podían encontrar.
La noche de San Xuan, aprovechando la somnolencia del Cuélebre, las xanas aprovechan a sacar sus objetos de oro y disfrutarlos, jugando con los bolos, peinándose, hilando en las ruecas sus ovillos de oro y divirtiéndose como ningún otro día del año. Todo eso a la vista de los hombres que quedan embelesados ante tanta belleza, brillo, alegría y luminosidad que emiten las xanas.
Este día, Soñada, debía bajar a la fonte a bendecir las aguas y las plantas que se recogían para guardar durante el resto del año. Y así lo hizo... Más bella que nunca, con un resplandor especial en sus cabellos recién peinados, en sus ropas inmaculadamente blancas y en su corona de flores recién cortadas, bajó hasta la fonte y diciendo esas palabras secretas que ella conocía tan bien, cumplió con su deber de bendecir el agua de su fonte y toda la flora del bosque.
Cumplida esta misión, se sentó a esperar a Joselo que quizás lograra rescatarla para llevarla a su lado. Tantos mozos lo habían intentado a través de los siglos, pero ninguno lo había logrado. ¿Sería quizás Joselo el indicado, el elegido? El Cuélebre que cuidaba de ella y de Nadia comenzaba a dar signos de cansancio y somnolencia.
Ella tenía poderes como para hechizar, y más esa noche. Estaba sentada frente a una campánula, la planta donde las xanas tejían sus embrujos. Si ella... quizás... podría... sólo tenía que...
Mil ideas se le vinieron a la mente y enseguida comenzó a tejer mientras decía palabras extrañas y movía manos y labios con gran velocidad.
En ese mismo momento, en la cueva de Ricardín...
El Cuélebre yacía sobre un costado de la cueva, somnoliento y con los ojos semicerrados. Los jóvenes dejaron sus caballos alejados del lugar. Traían un plan que no sabían si les daría resultado: mientras Joselo lo distraía, Claudio sacaría a Nadia y la introduciría en el bosque.
Apretando fuertemente la piedra de San Pedro, Claudio rezó: "querido santo ; ayúdame para liberar a mi amada". En ese momento Joselo comenzó a hacer ruido moviendo ramas hasta que logró que el Cuélebre se incorporara mirando hacia el lugar desde donde provenían los ruidos. Al verlo, Joselo corrió hacia el extremo opuesto aprovechando su invisibilidad. Al moverse del lugar, el Cuélebre dejó libre la entrada de la cueva, momento que aprovechó Claudio para introducirse en ella y salir casi inmediatamente de la mano de su amada Nadia.
Momentos de gran tensión tuvieron que vivir mientras que el Cuélebre caminaba lentamente desde un extremo al otro del claro. Ellos se escondieron hasta que, cansado de buscar algo inexistente, el enorme animal se tumbó nuevamente en la entrada de la cueva y cayó dormido por el enorme esfuerzo que le había significado aquel movimiento.
-"¡Por aquí, por aquí! Debemos darnos prisa" oyeron decir a una voz proveniente del bosque y que enseguida reconocieron como la de su amigo Joselo.
"Esperen, tengo algo que nos servirá -dijo Claudio- Celeste me dió esta crema. Es una pócima mágica, la misma con que untan sus piernas la noche del 30 de abril, cuando salen a volar por los aires en sus escobas. Me dijo que si la untábamos en nuestros pies y zapatos, nos ayudaría a correr con mayor velocidad, aunque no estaba segura de que diera resultado. Probemos" dijo con seguridad y energía en su voz.
Miró a Nadia a los ojos y se inclinó ante ella. La bella princesa levantó la falda de su vestido dejando ver sus pies, enfundados en unos hermosos y finos zapatos de seda bordada. Con toda delicadeza, Claudio comenzó a untarle aquella crema grasienta por sus pies y luego por los zapatos que parecieron arruinarse por completo debido a lo delicado del tejido. Luego extendió el pote y dijo:
-"Joselo, creo que deberás aplicarte la crema tú mismo."
-"Sí, claro... ya veo que no tienes voluntad para hacerlo" contestó su amigo en tono de broma.
Los tres rieron al unísono mientras que la crema parecía que volaba en el aire y se detenía casi a la altura de la tierra. En unos segundos unas manchas grasientas caminaban por el aire de aquí para allá...
-"Bueno, ahora yo" dijo Claudio mientras hacía lo mismo que su amigo. Al concluir, comenzaron a caminar y sintieron como que no pesaran nada, como que sus cuerpos flotaban en el aire y a grandes zancadas por el bosque llegaron a la fonte en pocos minutos.
No quedaba mucho tiempo; en cualquier momento aparecería el lucero del alba y los primeros rayos del sol, y con ellos desaparecería la magia y el encanto de esa noche. Si eso sucedía antes de rescatar a Soñada y hacer toda la ceremonia de desencantamiento... de nada habría servido todo el esfuerzo de los jóvenes enamorados.
Vieron a Soñada a un costado de la fonte y las manchas grasientas se dirigieron hacia ella:
-"¡Soñada! -gritó. La xana se sobresaltó.- He venido a romper tu encantamiento y llevarte conmigo."
En ese momento un terrible silbido surcó los aires. Todos miraron hacia arriba: era el Cuélebre, que al notar la falta de Nadia salió en su búsqueda temiendo que la xana a su cuidado también hubiese huído. Al ver allí a aquel hombre guardando tras sí a la princesa, y al otro lado la xana, su furia aumentó.
Estos hombres pudieron observar al Cuélebre con toda su ira. Medía varios metros y era como una serpiente gigante: arrojaba fuego por la boca mientras lanzaba unos terribles silbidos. Las enormes alas de murciélago, desplegadas en su totalidad, empujaban el aire como si se tratan de vientos huracanados y movían las copas de los árboles con inusitada furia. Las garras de sus patas se abrían y cerraban de acuerdo a la potencia de sus silbidos. Sus escamas, duras y fuertes, protegían la totalidad de su cuerpo, pero al arrojar fuego y silbar, dejaba libre su único punto débil: la garganta.
-"Nunca lo había visto tan enfurecido"dijo Nadia.
-"Tampoco nunca se había visto tan amenazado y con la presencia de la muerte tan cerca" le contestó Claudio, mientras con total tranquilidad y firmeza, sacó una de aquellas flechas confeccionadas con plantas de Artemisa, y diciendo un conjuro esparció sobre ella un polvo mágico. La flecha adquirió brillo y luminosidad mientras la colocaba en el arco.
Surcando los aires la flecha se clavó en la garganta de la bestia alada, pero no le hizo demasiado daño, aunque logró ponerlo más irascible aún.
El Cuélebre se preparó para el ataque y voló en picado, con las alas desplegadas, en dirección al grupo de humanos, cuando un dolor desgarrador le quemó la garganta. Una lanza emponzoñada con pócimas preparadas por Celeste se incrustó en la garganta del animal mitológico que, herido de muerte por el arma hechizada, emprendió vuelo al cielo mientras giraba sobre sí mismo. Lo vieron irse volando en dirección al mar, mientras que los silbidos que emitía eran ensordecedores y desgarrantes. Los lastimeros quejidos de este guardián varias veces centenario, se sintieron por unos momentos. Luego la tierra tembló levemente y todo el bosque quedó en calma. El Cuélebre había ido a parar al fondo del mar, donde seguramente cuidaría de otros tesoros.
El hechizo de Nadia estaba roto: un gallardo joven había clavado una lanza en la garganta del Cuélebre y le había dado muerte. La doncella comenzó a transformarse perdiendo el resplandor que la rodeaba, pero el verdadero desencantamiento sucedió cuando, después de cientos de años, sonrió por primera vez. Aquella sonrisa dio brillo y luminosidad a su cara, y la hizo aún más hermosa. Por fin se sentía viva, radiante y sobre todo: ¡libre! Miró a Claudio, se acercó a su lado y le dio un beso en la mejilla. Era la forma de agradecerle todo lo que había hecho hasta ese momento.
-"Debemos darnos prisa, el lucero del alba ya está aquí" dijo una voz que Soñada enseguida reconoció.
-"¿Eres tú mi amor? ¿Joselo? ¿dónde estás? No logro verte..."
-"Estoy a tu lado Soñada. La flor mágica del helecho me permitió ser invisible para poder rescatarte. Ven... en el morral guardo las pócimas, brebajes y hechizos que te convertirán en un ser humano. Dime mi bella xana... ¿deseas seguir con esto y convertirte en humana?"
Soñada miró hacia el lugar desde donde provenía la voz y le dijo:
-"Tú me amas Joselo, dime qué quieres que sea y eso seré."
-"Yo quiero que tú seas... lo que quieras ser."
-"Entonces seré humana para estar a tu lado mientras vivamos. Pero antes te haré una confesión: esta noche, después de bendecir las aguas, me senté frente a una campánula a tejer hechizos y pensé en ti. Estuve a punto de hechizarte para que me amaras y me rescataras pero... no lo hice. Mi hechizo fue para que si eras tú el indicado, pudieras liberarme, pero no para que me amaras. Quise dejarte en libertad de elegir... y lo hiciste. Ahora soy tuya para siempre: yo, mi casa y mis tesoros. Adelante, ¡rompe el hechizo!"
Joselo comenzó con un ritual sencillo; arrojó sobre Soñada algunas hierbas, dijo conjuros y pasó a su alrededor varias varas de diferentes árboles que había juntado formando un ramo. A medida que el desencantamiento iba llegando a su fin, la xana perdía brillo y luminosidad, pero no belleza.
-"Y ahora, el paso final" -dijo Joselo. Se acercó a ella que permaneció inmóvil y tomando su rostro le dió tres besos en cada carrillo. La soltó y retrocediendo dos pasos la miró y... la vio más hermosa que nunca. Entonces fue ella la que avanzó y arrojándose en sus brazos le dio un largo y apasionado beso de amor.
El primer rayo de sol se abrió paso entre la arboleda e iluminó a Joselo, que comenzó a hacerse visible lentamente ante los ojos de su amda y de sus amigos.
Claudio y Nadia, por otro lado, también habían cumplido con el rompimiento del hechizo y la bella princesa volvió a su estado humano después de varios siglos de vivir prisionera en la cueva de Ricardín. Hasta allí llevó a Claudio y le entregó sus tesoros.
Soñada hizo lo propio con Joselo, que finalmente pudo entrar a la casa de una xana y ver sus tesoros: calderos, ruecas, tijeras, herramientas, y hasta un juego de bolos... todo de oro. El joven no podía creer tanta felicidad: estar junto a la mujer más bella que fuese vista jamás y compartir la fortuna que ella había guardado durante siglos.
Las dos parejas, felices y enamoradas, se encaminaron hacia el pueblo junto con los primeros rayos del sol. Era un día claro y primaveral. Las flores estaban en todo su esplendor y el pasto lucía verde y brillante. Los cuatro jóvenes caminaban de la mano cuando de repente... un hombrecillo se apareció ante ellos cortándoles el paso.
No había dudas: era el Trasgo: con rabo, pequeños cuernos, algo cojo, vestido totalmente de colorado y con un agujero en su mano izquierda. Se le veía sumamente enojado y parándose en puntas de pie señaló con su dedo índice a Soñada.
-"¡Contigo quería hablar! Era a ti a quien he estado buscando, bibronzuela. Has hecho estragos en las casas de los aldeanos con ruidos, regando cosas, esparciendo granos, molestando el ganado, escondiendo pertenencias... todas travesuras para inculparme y que ellos pensaran que había sido yo ¿verdad? Pero en el bosque todo se sabe y llegó a mis oídos la noticia que habías sido tú, pequeña bribona. Ahora ya no eres una xana, te has convertido en humana y tendrás tu casa. Pero quiero que sepas que no te dejaré en paz durante el resto de tu vida. Te haré la vida insoportable a ti y a tu familia. Y además..."
-"Disculpa que te interrumpa" le dijo Joselo en un tono sumamente respetuoso pero firme. "Sé que no soy nadie para dirigirte la palabra, pero quisiera hablar contigo por favor."
-"Por supuesto que no eres nadie, apenas un insignificante ser humano, pero dado el respetuoso trato que me has dado te escucharé."
-"Quisiera que fuera en privado, por favor" le susurró el joven pegado a su gorro colorado.
Titubeó unos segundos, pero casi inmediatamente con paso decidido se alejaron de los tres jóvenes que no comprendían cuál era el plan de Joselo.
En un pequeño claro se pararon ambos personajes. El gallardo caballero se puso en cuclillas para quedar a la misma altura que el hombrecillo de colorado; hablaba con susurros y ademanes pausados, mientras que el Trasgu se movía sin cesar, daba pequeños saltos y todos sus ademanes eran de enojo y fastidio. Le oían gritar, pero no lograban comprender qué decía.
Al seguir escuchando lo que le decía Joselo, de pronto pareció calmarse y una pícara sonrisa se le dibujó en el rostro. Miró a Soñada de reojo, volvió a mirar a Joselo y después de estrechar sus manos volvieron a reunirse con los demás.
El duendecillo de colorado tenía una enorme sonrisa en su rostro y miraba a Soñada de una forma que ella no podía comprender. Y parándose en puntas de pie, con sus manos tras la espalda, espetó:
-"Bien, he hablado con el enamorado de esta encantadora doncella y llegamos a un acuerdo. Adelante, díselo tú mientras yo voy a recoger lo necesario".
Joselo se acercó a Soñada, mientras que Claudio y Nadia, unos pasos detrás de ellos, miraban la escena expectantes y sin comprender lo que pasaba.
-"Amada mía, mi bella Soñada... -le dijo dulcemente Joselo-. Cuando el Trasgu nos amenazó con hacernos la vida imposible en nuestra nueva casa, me asusté porque sé que es de palabra y lo haría. Ni tú ni yo podríamos vivir así. Además... él tiene razón: te excediste en tus bromas con los aldeanos y lo peor fue que no asumiste la responsabilidad de lo que hiciste, sino que se lo quisiste adosar a otro, específicamente a el Trasgu. Comprendo su indignación y su deseo de que seas corregida. Así que para que se vaya conforme y nos deje en paz, le propuse un pacto."
-"¿Qué tipo de pacto? -preguntó extrañada la joven- Porque... después de todo, mi amor, no fue para tanto. Solo unas pequeñas travesuras... lo hice para divertirme un rato, nada más. No estarás tú enfadado conmigo también ¿verdad?"
-"¿Enfadado yo? ¿contigo? No mi amor, yo no me podría enfadar contigo jamás. Pero sí quiero que aprendas a comportarte como es debido. Tú sabías y sabes que lo que hiciste no está bien, aunque lo hayas hecho bromeando. El Trasgu desea que tú seas castigada, lo que me parece muy justo, así que yo le propuse que me permitiera ayudarlo a corregirte."
-"¿Corregirme a mí? pero... "
-"Nada mi cielo, nada. Tú déjame hacer a mí -dijo mientras la tomaba del brazo y se sentaba sobre un tronco caído- verás que todo queda aclarado; el Trasgu se irá feliz y tú y yo comenzaremos una nueva vida."
Mientras decía esto colocaba a Soñada a su derecha y ella lo miraba extrañada pero seguía sus palabras y comentarios con mucha atención. De repente le dio un suave tirón, ella trastrabilló y cayó sobre las rodillas del que había sido su salvador hacía poco rato. Con un rápido movimiento pasó el brazo por encima y la tomó de la cintura. Los azotes comenzaron a caer sobre sus nalgas mientras resonaban por todo el bosque.
El Trasgu sonreía satisfecho al ver patalear a Soñada, y acercándose a la pareja le extendió a Joselo un conjunto de ramas de abedul atadas con una cinta colorada que había extraído de entre sus ropas. La joven rubia captó inmediatamente el fin que tendrían aquellas ramas y comenzó a gritar:
-"Suéltame, no puedes hacer esto... conozco hechizos secretos y te encantaré. ¡Te convertiré en sapo o algo peor! Sueltameeeeeeee!"
Joselo paró de nalguearla, se acodó en su espalda y le dijo:
"Te recuerdo que no eres más una xana: por lo tanto, de nada te servirán tus supuestos hechizos. En cambio eres una mujer, y estas nalgadas te ayudarán a comportarte como es debido y te recordarán qué es lo que no debes hacer."
Sin más, levantó su falda y comenzó el castigo con las ramas de abedul. Claudio y Nadia que observaban atentamente la escena sentían un poco de pena por Soñada, en cambio el Trasgu, satisfecho y sonriente, dio media vuelta y se perdió entre los árboles y arbustos. La traviesa ninfa había pagado su osadía.
Al terminar, Joselo ayudó a Soñada a ponerse en pie, mientras esta refregaba sus nalgas y hacía mohines. La abrazó dulcemente, la besó, y sin decir palabra marcharon los cuatro al pueblo.
Los años pasaron y los personajes mitológicos del bosque astur se renovaron. Una y otra vez jóvenes gallardos enamorados trataron de quitar hechizos a xanas y atalayas, pero ninguno tuvo el éxito que aquella noche de San Xuan lograron Joselo y Claudio al liberar dos jóvenes prisioneras de diferentes encantamientos. Los cuatro obtuvieron aquella vez el más grande hechizo: el Hechizo de Amor en la Noche de San Xuan.
- FIN -
