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En paños menores por la prepa (relato corto con comentario)

Autora: Elvira 

 

Caminaba, en paños menores, en los pasillos de la prepa…  no entendía por qué estaba allí, semidesnuda y asistiendo a clases. La vergüenza de verme así, me tenía paralizada y, de repente, ya estaba sentada en mi mesa-banco, pero con las mejillas a punto de reventar, por la pena que sentía. El profesor me miraba con fuego en los ojos y me ordenaba subir a la tarima para recibir el castigo a tal provocación. ¡Qué situación tan terrible!... caminaba, me enfrentaba al profesor y el dolor intenso en el trasero… ¡me despertó!

Comentario

Autor: Seniba

La autora desarrolla la historia en primera persona, utilizando una  terminología coloquial y apropiada para su rol: una joven alumna de un colegio. Esta forma de expresarse (’en paños menores’, ’la  prepa’, . . . ) hace que el lector identifique claramente la época de la vida en la que está basada la narración y ¡más aún! Hace que el lector sienta auténtica ternura hacia la joven e ingenua
protagonista del relato.

Se trata de un excelente relato breve que, en sólo 92 palabras, describe una situación a la que podríamos calificar como delicada.

Durante toda la historia se habla de unos hechos aparentemente reales que, sólo en las ¡dos! últimas palabras se descubren como fruto de una situación imaginaria, fruto de un sueño de la protagonista. De esta forma el lector finaliza la lectura con una sorprendente información que da sentido a todo lo que no había comprendido previamente. ¡A todo lo que no tenía una explicación lógica!

El argumento fundamental de la historia, inicialmente incompresible incluso para la propia protagonista, se basa en una escena que se repite con mucha frecuencia en la imaginación de personas de toda edad y condición: hallarse, de modo súbito, desnudo o semi-desnudo en un lugar público, sin saber exactamente como se ha llegado a esa situación.

La autora del texto resume magistralmente esa situación con apenas siete palabras: ¡no entendía por qué estaba allí, semidesnuda¡. Sin duda se trata de una idea que en más de una ocasión la propia Elvira ha experimentado en su vida real: Imaginarse a si misma semi-desnuda ante todos; sin saber porqué; aterrorizada por la situación; incapaz de saber como reaccionar; presa de una vergüenza atroz.

La situación es tan desagradable que la jovencita no sabe como reaccionar (’me tenía paralizada’) y termina recurriendo al único elemento que puede emplear para ocultar su desnudez: Se sienta en su mesa-banco. Con la inútil esperanza de que nadie se haya dado cuenta . . . . de que nadie se haya fijado en ella.

Pero la estratagema no funciona. Todos, incluso el profesor, la han visto desnuda. Todos la miran. Y el profesor toma una decisión que, con toda seguridad, incluso ella misma justifica: Debe subir a la tarima para ser castigada. Para ser azotada.

Este momento es, si cabe, aún más enojoso que los vividos anteriormente. Ahora, ya sin ninguna duda, la joven será la auténtica e involuntaria protagonista de la escena. Será objeto de la mirada de todos sus compañeros, que la contemplarán detalladamente, mientras avanza desnuda para recibir un castigo inminente y, por si fuera poco, también se siente observada por el propio profesor. ¡Todos la miran! ¡Desde todos los ángulos!

Justo en ese momento, en el peor momento, como suele pasar en todas las pesadillas, la protagonista despierta y, por un momento, confunde sueño con realidad, hasta tal punto de que llega a sentir dolor en sus nalgas, como consecuencia de los azotes imaginarios que ha recibido.

Lo más valioso de este relato, en mi opinión, es que la autora haya utilizado su propio miedo para dar intensidad a la historia. De alguna manera se está desnudando de nuevo antes los lectores de su texto.

Mucha gente, yo mismo, ha sentido esa sensación en numerosos sueños. Esta obsesión es sin duda fruto de la idea trasmitida por padres y profesores de que la desnudez es vergonzosa. Pero la desnudez, desde otro punto de vista más natural, no sólo no es vergonzosa: incluso es agradable, ¡es sensual! Por eso se mezclan dos sentimientos aparentemente contradictorios: vergüenza y placer.

Excelente relato.

Testimonio de un tal Diego Torres de Villarroel

Por : Amada Correa

“Liberarse del miedo al diablo es un acto de sabiduría.”

Umberto Eco

El Nombre de la Rosa

Admito que el tema de los azotes y las azotainas resulta muy difícil de explicar y los castigos corporales imposibles de justificar en una época como la nuestra que sacraliza la causa de  los derechos humanos, lo que no impide que los gobiernos adalides de tan nobles principios desarrollen armas refinadamente salvajes como los fusiles laser que no matan, sencillamente queman los ojos de los enemigos, o que apliquen a  prisioneros crueles tormentos extraterritoriales, para los que, emplean como cámaras de torturas aviones especiales, dado que ningún juez en el mundo tiene jurisdicción ni competencia para juzgar lo que sucede a diez mil pies de altura sobrevolando los océanos…

Para no abundar demasiado. ¿Qué respuesta dar a   sociedades evolucionadas que no aciertan con la manera de solucionar los problemas de la violencia, la drogadicción, la inseguridad pública, la delincuencia juvenil?

He reflexionado bastante acerca de cuestiones tan candentes y actuales, sin llegar a conclusión alguna, como tampoco he hallado respuestas adecuadas en las obras de pensadores contemporáneos. De modo que siguiendo el consejo del sabio profesor que recomendaba a sus discípulos ávidos de novedades la lectura de autores clásicos, asegurándoles que encontrarían allí motivos de asombro, di con este testimonio:

“…Salí del pupilaje, detenido, dócil, cuidadoso y poco castigado, porque viví con temor y reverencia al maestro…

Fui bueno porque no me dejaron ser malo; no fue virtud fue fuerza. En todas las edades necesitamos de las correcciones; pero en la primera son indispensable los rigores…

Muchos mozos son malos porque no tienen a quien temer y muchos viejos delincuentes porque están fuera de la jurisdicción de los azotes. El maestro y la zurriaga deberían durar hasta el sepulcro, que hasta el sepulcro somos malos; y de otro modo no se puede hacer bondad con el más bien acondicionado de los hombres.

Los años, la prudencia, la honra y la dignidad son maestros muy apacibles, muy descuidados y muy parciales de nuestros antojos y apetitos; el zurriago es el maestro más respetuoso y más severo porque no sabe adular y sólo sabe corregir y detener.

Murió poco años ha, el maestro de mis primeras letras y lo temí hasta la muerte; hoy vive el que me instruyó en la gramática y aun le temo más que a las brujas, los hechizos, las apariciones de los difuntos, los ladrones y los pedigüeños porque imagino que aun me puede azotar, estremecido estoy en su presencia, y a su vista no me atrevo a subir la voz a más tono que el regular y moderado.

Ello parece disparate preferir que se hayan de criar los viejos con azotes como los niños, pero es disparate apoyado en la inconstancia, soberbia, rebelión y amor propio nuestro que no nos deja hasta la muerte.

Ahora me estoy acordando de muchos sujetos que si los hubieran azotado bien de mozos y los azotaran de viejos no serían tan voluntariosos y malvados como son.

En todas las edades somos niños y somos viejos, mirando a lo antojadizo de las pasiones, en todo tiempo vivimos con inclinación a las libertades y a los deleites forajidos y valen poco para detener su furia las correcciones ni las advertencias. El palo y el azote tienen más buena gente que los consejos y agasajos; finalmente en todas las edades somos locos y el loco por la pena es cuerdo.”   

Por prudencia suprimo cualquier comentario acerca del escrito precedente con el propósito que cada lector extraiga sus propias conclusiones, nada más agrego que el texto está tomado del libro: “Vida de Torres de Villarroel escrita por el mismo (1742-48)” , y corresponde al: “Trozo Segundo: de la vida de Don Diego de Torres, empieza desde los diez años hasta los veinte.”

Reitero que omito los comentarios por prudencia, no por pudibundez, en la que, -ante tanta provocación y derroche de exhibicionismo nudista contemporáneo-, descreo.

A título de ejemplo añado, para concluir, la siguiente anécdota: Una dama de mi amistad, cuya hija adolescente llevaba, en la ocasión, la cintura de su falda tan baja que sin dificultad se veía el comienzo de la bifurcación de sus glúteos, era la misma personita que preocupaba a mi amiga y a quien había observado yo lucir varias veces con absoluto desparpajo una escueta tanga  de la que sobresalían unos rozagantes cachetes tostados por el sol.

Mi interlocutora desorientada, recurría a mi consejo para saber qué hacer para que su muchachita retomara los estudios, dado que ni promesas ni regalos conseguían torcerle la voluntad.

Quise saber si había probado alguna vez de darle unos cuantos azotes en el culo… Azorada y escandalizada al advertir que estaba yo hablándole en serio, exclamó que jamás se atrevió a sentarle la mano en esas partes tan delicadas…

Le relaté entonces, el caso de una encumbrada dama de la corte de Francia que reprochó a M. Farel, a la sazón preceptor del Delfín, el atrevimiento de azotar la augusta persona del Príncipe heredero, a lo que el pedagogo respondió: “-Señora, jamás golpeo las partes ungidas de Su Alteza, únicamente sus nalgas…”

Creo que ella no entendió la anécdota, si la entendió tampoco hizo nada por cambiar las cosas.

Nancy, una mujer inalcanzable

Autor: Fer (*) 

Promediaba la mañana del viernes cuando Fernando Fústez, posiblemente el más eficiente, voluntarioso y lacónico de los empleados de Pompas Fúnebres El Ocaso Sociedad Anónima, traspuso la puerta de cristal y entró en la recepción del sector de los ejecutivos de la empresa, el coto de caza privado de Nancy, la secretaria.

Nancy...Si alguien le hubiera preguntado a Fernando Fústez cuál era su ideal de mujer, hubiera respondido sin vacilar: "Nancy".

Nancy, con el enigma de su edad -y ese aire a la vez juvenil y señorial-, con sus trajes de corte, sus blusas blancas, y su gesto ceñudo. Nancy, la eficiencia personificada, la otra cara de la seriedad, con un carácter poco propicio para las familiaridades y nada permisivo para las insinuaciones y las bromas de oficina. Nancy y su misteriosa vida privada. Nadie podía decir que conocía su estado civil, si tenía pareja o si le gustaban las mujeres. Pero todos coincidían en que si en esa oficina había una mujer a la que todos deseaban pero con quien no convenía tener un encontronazo, era con Nancy.

Nancy, la secretaria perfecta para una empresa de estas características, que en ese momento redactaba un correo electrónico, conseguía una comunicación ur-gen-te para uno de los mandamases, y contestaba una llamada por el teléfono móvil, todo al mismo tiempo.

-Me dijo que quería hablar conmigo -dijo, dando por sentado que ella sabía que hablaba de su jefe. Era sabido que en la empresa nadie podía traspasar el virtual muro del escritorio de Nancy quien, como un soldado en su puesto de guardia, decidía quién podía pasar y quién no, lo que la hacía acreedora a la antipatía de casi todos, menos la de Fernando. A él nada de eso le importaba.

El podía mirar un poco más allá y ver a la Nancy de las manos esbeltas, con sus largas piernas exquisitamente torneadas como columnas griegas, su cabello rubio recogido con estudiado descuido, los senos generosos que sólo se adivinaban debajo de la seda cuando se inclinaba sobre el teclado del ordenador, o la forma en que se tensaba la falda en las caderas perfectas, como si hubieran sido moldeadas por un artista del Renacimiento. Algunas veces la había mirado furtivamente por detrás para apreciar una espalda perfecta finalizada en unas nalgas más marcadas de lo que su tipo físico podía indicar, redondas, generosas y muy probablemente duras...Él veía a una Nancy de singular elegancia, de una belleza casi mítica, dueña de una sensualidad felina delatada en el grosor apenas más pronunciado del labio inferior. Una Nancy que disimulaba hábilmente esas pecas que le salpicaban el escote y que olía a perfume francés.

Nancy...¿Cuántas noches se había dormido pensando en Nancy, fantaseando con esa deliciosa mujer totalmente inaccesible para él? Pensaba en tenerla sobre sus rodillas y hacerle entender quién estaba al mando... pero...estaba seguro que ella ni siquiera recordaba su nombre.

Pero esa soleada mañana de viernes, y para su sorpresa, Nancy dejó de aporrear el teclado, lo miró y le sonrió como nunca antes le había sonreído a nadie que él conociera.

-Adelante, Fernando -le contestó, mientras vaciaba el contenido de un sobrecito de edulcorante en la taza de café que tenía sobre su escritorio.
Lo había llamado por su nombre.

Cuando salió del despacho, tras media hora de reunión, ya sabía que ese fin de semana, tenía que llevarse trabajo extra a su casa. Un trabajo sobre la rentabilidad de los ataúdes de cartón prensado para incineraciones"que tiene que estar el lu-nes-sin-fal-ta, Fernando, sé que tú puedes hacerlo", había dicho el mandamás.
Cerró tras de sí la puerta del despacho y no pudo evitar mirar a Nancy que en ese momento estaba terminando de tomarse el café. Ella volvió a sonreírle.

¡Dos sonrisas en un mismo día!
 

Las mejillas le ardían, como si alguien se las hubiera encendido con un lanzallamas.
-Gracias... hasta luego... -dijo, mirándola de soslayo y enfilando hacia la salida.
Fernando no era precisamente el Rodolfo Valentino de la empresa, aunque tampoco era un timorato con las mujeres. De hecho, había salido con algunas compañeras -ese juego que se conoce como aventuras de oficina-, aunque no se había comprometido en ninguna relación, tal vez por tratarse de una empresa que trabajaba con la muerte, todo se compensaba con un Eros potente que circulaba por sus pasillos, salas de reunión y despacho. Fernando era un asiduo navegador de Internet en busca de mujeres aficionadas a recibir azotes eróticos... si bien, era muy difícil obtener citas por ese medio, debía conformarse con el sexo vainilla. Por lo general, y aunque no se consideraba un galán ni un seductor profesional, no tenía problemas en el trato con las chicas, pero con Nancy...

Con Nancy era distinto.

Cuando se la cruzaba en el ascensor, a la entrada o a la hora de salir, no podía evitar comportarse como un adolescente vergonzoso, que se ruboriza cuando se encuentra frente a frente con la chica de sus sueños. En todo el tiempo que trabajaba en la oficina, y desde la primera vez que la viera, no habían cruzado más que un par de palabras y algún que otro gesto a manera de saludo.

Casi llegaba a la doble puerta de cristal cuando escuchó la voz a sus espaldas:
-Fernando -otra vez su nombre en boca de ella.
-¿Eh? -se detuvo a mitad de camino y cuando se dio vuelta, allí estaba la sonrisa otra vez, envolviéndolo. ¿Lo estaba seduciendo?
-Me dijeron que te las apañas con los ordenadores -dijo ella.
-Emm... sí, algo... -contestó Fernando, con modestia y aturdido por las sensaciones.
-Yo... quería pedirte un favor -aventuró ella-. Bueno, en realidad quiero pedirte un favor.
-¿Un favor? -preguntó Fernando-. ¿A mí?
-Sí. Precisamente a ti -contestó ella con la sonrisa que se empecinaba en su boca, dejando al descubierto sus dientes parejos, con los dos centrales apenas separados, que le regalaba un aire juvenil y los ojos verdes rebosantes de chispitas doradas,
-Bueno, yo... e-este... -vaciló Fernando. Sentía que en el pecho, en vez de corazón, parecía tener un martillo neumático-. ¿Qué favor?
-Podría decirse que es un intercambio -dijo ella.
-¿Intercambio?
-Yo te invito a cenar y tu me revisas el ordenador, que no sé qué problema tiene -le contestó como si hubiera conocido de antemano que él no se iba a negar bajo ninguna circunstancia.

Eran apenas pasadas las ocho de la noche de ese día, cuando Fernando presionó el timbre del portero eléctrico del edificio. Las piernas se le habían hecho de goma. Una brisa fresca hacía ondular la copa de los árboles de la calle donde ella vivía. Le había dado la dirección de su casa esa misma mañana, en la oficina, explicándole que no podía usar ni el correo electrónico ni el buscador y él le prometió llevar los CD para reinstalar los programas, porque debía tratarse de eso, sin duda. En ese momento, cuando ella le entregó una tarjeta en la que garabateó su dirección, el corazón de Fernando empezó a latir demasiado rápido, ahora sentía que en cualquier momento se le iba a escapar del pecho.
Por supuesto, se había olvidado por completo del trabajo sobre las malditas cajas de cartón que tenía que estar el lu-nes-sin-fal-ta
-¿Fernando? -la voz de ella en el intercomunicador, anticipándose a su respuesta.
 -Sí, soy yo... Fernando -contestó él.
-Adelante, entra -dijo la voz de ella y un segundo después, el zumbido de la puerta que se abría.

Cuando Nancy abrió la puerta y le franqueó la entrada, se puso en puntas de pie para saludarlo con un beso en la mejilla. Fernando sintió ganas de pellizcarse para comprobar que no estaba soñando, que era la realidad.
Ella estaba envuelta en una bata blanca de toalla, con el cabello todavía mojado y descalza. Como no podía ser de otra manera, tenía unos pies deliciosos. Llevaba las uñas pintadas de rojo y en el tobillo izquierdo una fina pulsera de oro.

Entró al ambiente sosegado, apenas iluminado por la luz difusa de una lámpara de mesa y de otras, estratégicamente ubicadas en el cielorraso. De algún lugar del interior le llegaban los acordes del Adaggio, de Albinoni.
-Discúlpame por el atuendo... pero llegué molida y necesitaba una ducha antes de preparar la cena.
"¿Discúlpame el atuendo? ¿Qué tiene de malo el atuendo?", pensó Fernando, "¡Está fantástica!"
-No tendrías que haberte molestado -dijo, en cambio, sin moverse del lugar donde se había quedado como petrificado, junto a la puerta.
Nancy estiró las manos.
-¿Te vas a quedar ahí parado con la chaqueta puesta? -había algo de picardía en la pregunta-. Ven, hombre, ponte cómodo.
Lo ayudó a quitarse la americana y con total naturalidad y torpe femineidad le aflojó el nudo de la corbata.
-¿Vemos la máquina ahora? -ofreció Fernando, dejándose hacer.
-Después -contestó Nancy y, con aire divertido agregó-: Ahora, señor Fústez, si quiere acompañarme vamos a terminar de preparar una rica comida y a tomarnos una copa de buen vino. Dime que te gusta el vino, por favor.
-Sí... me gusta el tinto -Fernando, de pronto, se sintió excepcionalmente cómodo.
-Anda, ven y descorcha la botella -lo alentó ella, y en ese momento de alguna manera él supo con toda certeza que esa noche iba a terminar como no había imaginado ni en sus más alocadas fantasías.

Cuando advirtieron que ya era casi medianoche. Habían hablado de todo, menos de la oficina. De ellos, de sus vidas, de algunos fragmentos de sus historias personales. Para entonces, se conocían bastante más y la botella de vino estaba vacía.
-Ay, mira que hora es -exclamó ella-. El tiempo se nos ha pasado tan rápido...
-La computadora -dijo él.
-¿No es muy tarde para que te pongas a trabajar? -preguntó ella, dejando los platos en la pica de
la cocina.
-Es un minuto -No pensaba irse de allí, y menos en ese momento-. ¿Adonde tienes el equipo?
En ese instante Nancy se volteó y quedó enfrentada a Fernando a menos de medio palmo. El escote de la bata blanca que olía a acondicionador de ropa, a sol y a mujer, se había abierto y él pudo ver el canalillo de los senos, salpicado de pecas.
-En el dormitorio -dijo Nancy, mirándolo a los ojos. Le tomó la mano. -Vamos -resolvió.
La última imagen que recordaba Fernando es que el dormitorio estaba en un entresuelo, una suerte de planta superior, y era un reflejo de la personalidad de Nancy. Cuando subieron por la escalera caracol, ella lo precedió y él no pudo dejar de admirar sus pantorrillas, que remataban en la fina curva de los tobillos, la fina cadenita de oro en el izquierdo. Los rosados talones perfectos, que levantaba ligeramente cuando subía los escalones de madera en puntas de pie. Apreció – valorando – sus bien formado culo que se marcaba deliciosamente. También vio que la computadora estaba en un mueble empotrado en una biblioteca bien provista de libros que cubría toda una pared, junto a
la ventana.
-Ahí está -señaló Nancy con un gesto, invitándolo a sentarse en el cómodo sillón de trabajo.
-Es un minuto -dijo Fernando, por decir algo, porque en realidad quería que el tiempo no pasara.
-¿Un poco más de vino? -ofreció ella.
-Sólo si tú me acompañas -aceptó él.

Entonces se puso al trabajo con el ordenador, cargó nuevamente los programas y, contra todo pronóstico, todo funcionó a la perfección.

Le comentó:

- Tienes un poco desordenadas las carpetas de Mis Documentos ¿te ayudo a organizarlas?

Ella contestó afirmativamente, mientras no dejaba de mirarlo algo inquieta.

Al llegar a una carpeta cuyo título era “A. SPK” a Fernando el corazón le dio un vuelco... le preguntó:

-¿Puedo entrar a esta carpeta?

Ella le contestó con un gesto pícaro:

-Mejor que no porque sabrías casi todos mis secretos

Él le dio al doble clic y la sorpresa fue mayúscula al encontrarse con un archivo con cientos de fotos y de clips de spanking...

Ella había bajado la mirada

Y, él con una rapidez de reflejos extraordinaria, le dijo:

- No te preocupes yo también soy aficionado a este tipo de fantasías de azotes

-¿Qué prefieres ser spankee o ser spanker? Porque yo soy spanker...

Ella contestó con gran alivio y naturalidad:

- He jugado en los dos papeles, tengo fantasías de los dos tipos y se puede decir que soy switch

Después, la magia convirtió la fantasía en realidad.

Fernando le dijo:

- ¡Me has provocado mucho y toda tu altanería merece un estricto castigo!

Nancy con una vocecilla apenas audible le susurró:

- No he hecho nada malo, no merezco que me trates así, ¡soy una dama!

Él la tomó fuertemente por la muñeca, la tumbó en un segundo sobre sus piernas y le dijo

- Ahora vas a pagar todo lo que me has hecho sufrir con tu chulería de mujer inalcanzable

Le levantó el albornoz, para su sorpresa llevaba unas bonitas braguitas de encaje estilo culotte, y comenzó a azotarla por encima de su ropa interior. Ella comenzó a protestar, ya con una voz que indicaba que se estaba recuperado y volvía a ser un reflejo de la mujer-diosa que Fernando conocía tan bien. Esto enardeció a Fernando que redobló la fuerza de sus azotes y le bajó las braguitas hasta la mitad de sus muslos.

Ahora ella protestó más enérgicamente diciendo:

-No me hagas eso que es muy humillante, por favor, Fernando...

Él estuvo a punto de caer en la trampa, pero sus reflejos de viejo spanker le hicieron aumentar la intensidad y la cadencia de sus azotes que caían en una y otra nalga y ya comenzaban a enrojecer ese trasero de ensueño.

Durante un largo rato, pese a las protestas de Nancy, la azotaina sobre las rodillas de Fernando siguió su curso, incluso con monotonía, cuanto más excitado estaba Fernando, más sistemáticamente procedía con el castigo.

Finalmente decidió darle una tregua a Nancy, le acarició las nalgas y poco rato después ella ya se estaba riendo. Fernando pensó que ahora vendría la segunda parte.

Entonces la hizo poner de pie, le quitó el albornoz y las braguitas y la tumbó boca abajo sobre la cama, apoyando sus caderas encima de un gran cojín. Rápidamente se sacó la camisa, ya que estaba acalorado y gran parte de su ropa y, aprovechó, para deslizar su cinturón fuera de las presillas.

Sin solución de continuidad, comenzó con el cinturón, con el cual no era tan diestro como con la fusta, pero, lamentablemente no iba preparado, por lo cual se tuvo que conformar con el cinturón.

Iba castigando con energía las nalgas expuestas de Nancy, alternativamente, pese a que algún cinturonzazo caía sobre el último tramo de los muslos de la mujer.

Ahora Nancy se quejaba, pero también jadeaba de forma entrecortada, y se movía inquieta. De cuando en cuando intentaba protegerse con sus manos, pero Fernando se las retiraba inmediatamente y sus trallazos se tornaban más estrictos.

Mientras seguía la “cueriza”, como le llamaban a este tipo de castigo sus amigas de Internet mexicanas, Fernando atisbó con el rabillo del ojo sobre el tocador de Nancy un gigantesco y tradicional cepillo de pelo. Le dijo:

-Esto no se ha acabado, tengo que tener la certeza que te llega el mensaje que te estoy enviando... solo te dejo un minuto de descanso...

Tomó el cepillo, cambiándolo por el cinturón y recordó el manejo de este instrumento casero pero agradecido.

Ella no se había percatado del cambio y fue sorprendida por el primer golpe de cepillo al cual siguieron al menos un ciento... fue una larga sesión de azotes...

Fernando percibió como su sexo, rasurado sobre los labios, .estaba húmedo desde el inicio del correctivo con el cinturón, pero al llegar al cepillo ya desbordaba y la humedad, ya no era un simple rocío sino un minúsculo manantial de carne rosada y palpitante. También Fernando tenía una erección pétrea...

Fernando decidió entrar en la fase de consuelo y mimos, muy bien aceptados por Nancy que cambió su actitud inicial de spankee rebelde por un comportamiento, primero de mayor sumisión y luego muy mimosa. Finalmente se mostró como toda una mujer anhelante de locuras sexuales.

La hizo ponerse en pie y observó el cuerpo rotundo de una bella mujer madura. Los senos más que generosos, con los pezones erectos y las areolas pequeñas y rosadas, y la forma en que se le erizó la piel cuando la rozó con los dedos.

Las manos de Fernando no podían dejar de tocar esa piel que se le antojó de seda; de sopesar los senos, acunándolos para rozar con sus labios los pezones. En algún lugar de su memoria recordaba que mientras la besaba -la adoraba, para ser justos-, le decía cosas y que Nancy le sonreía y entrelazaba sus dedos en el pelo y también le decía algo que lo excitaba.

Hasta que fue el turno de ella, que también le susurraba al oído que lo había deseado tanto, aunque ahora le doliera un poco, mientras le bajaba el cierre del pantalón, dejando que él la explorara y la reconociera.

Y en el momento siguiente ambos estaban en la cama, los cuerpos entremezclados, besándose en la boca, jugando con sus lenguas, mirándose a los ojos, disfrutando el haber llegado a lo que ambos buscaban: el final del camino.

Fernando se excitaba acariciando su culo, aún muy caliente por los azotes recibidos.

Fernando gozaba por sí mismo y por tener a Nancy así de excitada, retorciéndose de gusto, pidiéndole que no dejara de acariciarla y que no dejara de tocarla, que siguiera acariciando y besándole los senos, que la reconociera.

Nancy...Tal como se la había imaginado, como la había vislumbrado bajo la apariencia de seria eficiencia. Una mujer entregada y demandante al mismo tiempo, que en cierto momento le prohibió moverse y fue deslizando su lengua por el torso y el vientre, hasta llegar a su sexo, donde se dedicó de pleno a darle placer. Activa, vehemente, posesiva y experta, lo llevó hasta la explosión final y bebió de ése manantial el néctar ligeramente dulzón que brotaba del cuerpo de Fernando.

Después se abrió a él, y pidió reciprocidad, ofreció su propio pozo de delicias para que él saciara la misma sed que la había cautivado. Y cuando él se hubo y la hubo saciado, lo apremió para que se deslizara adentro y lo aceptó, lo capturó y ambos se permitieron llegar a las más altas cumbres del placer, y se entregaron al vértigo del orgasmo y después, sudorosos y agitados, se abrazaron pero por un breve instante, porque sin darse cuenta casi, habían comenzado de nuevo. Y otra vez. Y otra... El domingo, cuando el sol como un disco de fuego se escondía entre los edificios de la gran ciudad, ya habían pasado dos días con sus noches encerrados, dedicados por completo y exclusivamente al amor.

Habían cocinado juntos. Se habían sumergido juntos en la gran bañera para tomar dejarse relajar entre aceites y sales, para volver una y otra vez a explorar nuevas formas de placer, el regocijante ejercicio del amor. En ningún momento se vistieron. Disfrutaron del andar desnudos por el piso, con esa naturalidad que da la intimidad conseguida a pura pasión descubierta y desatada.

Hubo otra deliciosa sesión de azotes y sexo, más sexo, sexo del bueno... Para ambos todo esto era como un sueño lejano hecho realidad. Hablaron entre azotes y sexo, entre sexo y azotes, hablaron y hablaron. Cómo había surgido en ellos el gusto por los azotes, los compañeros de juego que habían tenido. Nancy le confesó que durante muchos años había azotado a una sobrina segunda que estuvo viviendo en su casa mientras estudió la carrera de Derecho. Y por supuesto hablaron de la gran dificultad que representa conseguir compañeros para estos juegos. Ambos se confesaron mutuamente que solo esperaban buen sexo vainilla, pero que la suerte les había permitido a ambos mostrarse tal cual eran.

Jugaron a muchos juegos prohibidos, especialmente cuando ella abrió su armario y de un neceser tipo Samsonite con combinación extrajo todo tipo de juguetes sexuales. Nancy le confesó a Fernando que los plugs eran sus predilectos, en posición OTK,  Fernando no tardó en irle insertando de forma gradual los tres plugs que componían el juego, cuando el de más grueso calibre estuvo insertado, la azotó con una zapatilla y cuando su culo volvió a estar rojo como un tomate, la colocó a cuatro patas y extrajo el plug y gracias a la dilatación lograda la sodomizó de un solo golpe, ella no tardó ni un minuto y medio de movimiento sincronizado, en tener un orgasmo explosivo y profundo. Unos minutos después, Fernando también llegó a un orgasmo termonuclear dentro del canal más estrecho de Nancy. Verdaderamente ella rindió honor a su confesión de ser una mujer “muy anal”.

Sólo una inquietud vino a perturbar ese fin de semana idílico.
 

Fue cuando tomaban un último bocado en la cama -casi no se habían podido despegar de ese terreno sagrado del amor que era el somier-, mientras miraban una película de spanking bajada de la red.

-¡Uh! -exclamó de pronto Fernando, chasqueándose la frente.
-¿Qué? ¿Qué ocurre, querido? -preguntó Nancy, tomada por sorpresa.
-El trabajo... el maldito trabajo sobre la rentabilidad del nuevo producto.
-¿De qué trabajo me estás hablando?
-El que me encargó tu jefe, el de los ataúdes de cartón,cuando tuve la reunión con él... el viernes.
-¿Qué pasa con el trabajo? -se interesó ella, dejando la copa de vino en la mesa de luz.
-Que no lo hice -dijo él.
Nancy retiró la bandeja que estaba entre ellos.
-¿Qué? ¿No te das cuenta que mañana no sé qué voy a decirle? -insistió él.
Pero la mano de Nancy se había apoderado de su hombría, que rápidamente volvió a despertar.

Nancy no le contestó. En sus ojos brillaban esas chispitas doradas de picardía que él había descubierto en sus ojos, se mordió ligeramente el labio inferior y asomó su hermosa lengua entre los dientes.

Un instante después de montarse a horcajadas y hacer que él se deslizara en su carne, con sus generosos senos salpicados de pecas rozándole las mejillas, y cuando ya volvía a entregarse a la mujer, escuchó que ella decía:
-Déjalo por mi cuenta, yo lo soluciono. Olvídate de ese trabajo y dedícate a éste...

Cuando, exhaustos, por fin se durmieron el uno en los brazos del otro, empezaba a clarear un nuevo día.

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(*) Este relato fue escrito de forma muy divertdia, con inestimable ayuda de un “generador de relatos” que funciona en el blog Voyeur http://voyeur.laeditorial.com/blog/ al cual recomiendo visita.

Este es el enlace de la página para escribir relatos eróticos. ¿Por qué no pruebas suerte?

http://voyeur.laeditorial.com/default.cfm?seccion=relatos&afil=5673023

Epístola

No hace mucho tiempo recibí de mi dilecta amiga, Amada Correa, una carta donde se ocupa de poner negro sobre blanco en un tema colorido, como es  de las azotainas. Ella, como se verá, prefiere prescindir de barbarismos o extranjerismos como spanking, canne, tawse, otk, y otros correlativos o concordantes, así como los usuales neologismos derivados de aquellos: spankos, spanker,  etc. para emplear términos equivalentes de nuestro propio lenguaje y, asimismo, reivindicar el rol protagónico que cabe a los hispanos y a su descendencia cultural en la historia y desarrollo de las azotainas.

Transcribo a continuación la mencionada correspondencia de la que he suprimido solamente el encabezamiento y el final por motivos personales.

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“Bien, en cuanto a los links y sites que frecuento desde hace un tiempo, debo decirte que estoy sorprendida e indignada por el empleo de palabras ajenas a nuestro idioma y por la falta de información de nuestros cofrades hispanoparlantes, como si la afición por los azotes fuera un invento anglosajón y no algo propio de la naturaleza humana, también como si nosotros –los latinos en general y los íberos en particular- careciéramos de ricas tradiciones y excelente literatura sobre las azotainas para andar buscando fuentes de solaz e inspiración en otras lenguas y lugares.”

“Mira Amadeo, tú sabes que dispongo de una crecida bibliografía sobre esto, no solamente en español, por eso sostengo que en muchos aspectos la nuestra es muy superior en cuanto a descripciones, gracia y voluptuosidad; lo que puedo demostrar con cantidades de casos y ejemplos desde la prehistoria hasta el presente.”

“Para confirmar lo que digo, basta con pasar una ligera revista al Siglo de Oro y así hartarse de azotes y azotainas, desde ”El Paso de las Aceitunas” de Lope de Rueda, donde la desdichada Mencigüela recibe palizas tanto de su madre como de Toruvio, su padre, hasta “Las venturas y desventuras del ojo del culo” de Don Francisco de Quevedo y Villegas, sin omitir a ninguno de los más reputados ingenios como Don Lope Félix de Vega Carpio y hasta el mismísimo Don Miguel de Cervantes Saavedra, cuya pluma pone en boca del Licenciado Vidriera, “que los azotes que los padres dan a los hijos honran y los del verdugo afrentan”; y en “Rinconete y Cortadillo” hace admitir a la vapuleada quejosa, que luego de los azotes recibió de su amado verdugo hartos más halagos y caricias…”

“Y si revisamos las páginas de leyendas de la historia, ¿no fueron acaso, azotadas por los infantes de Carrión las hijas del Cid Campeador en el robledal de Corpes?...”

“En fin, amigo mío no quiero extenderme, en realidad deseaba obsequiarte estas dos poesías:

BUENA PERSONA  (*)

-¡Tío, tío! –Aquí estoy ya.

-¡Qué infamia! ¡Qué villanía!

-¿Qué tienes sobrina mía?

-Que me ha pegado mamá.

-¿Mi hermana, di? –Sí señor.

-¿Y por qué?... ¡Dios la confunda!

-¿Algún cachete? –Una tunda

de las de marca mayor.

¡Ay tío. Qué vapuleo!

¡Qué redoble! ¡Zas, zis, zas!

¡Una costilla nomás

se ha librado del solfeo!

Moquetes, y…sin recato

-sentiré escandalizarte.-

En salva sea la parte,

desnuda, con un zapato

una… ¡que ni a los chiquillos!

Tengo los cuatro carrillos

que me están echando lumbre.

-Los dos. –Los cuatro.- ¡Ya, ya!

Ahora lo adivino todo

¿Qué has hecho que de ese modo

te ha solfeado mamá?

-Pues mirar por la familia,

ser formal. – ¡Vaya un capricho!

-Mamá hace un rato me ha dicho:

“Hay que decidirse Emilia,

tienes tres novios, y no

quisiera yo que te perdieres

la ocasión ¿A cuál prefieres?”

Y entonces le dije yo:

“Si es forzoso decidir,

voy a hablarte sin empacho.

Mira, Andrés es un muchacho

como no hay más que pedir.

Su exquisita educación

y su porte distinguido

confieso que han encendido

en amor mi corazón

gentileza y juventud

une a un talento probado

y además es un dechado

de honradez y de virtud.

Tiene un alma generosa

todo cuanto puede hacer

la dicha de una mujer

que consiga ser su esposa.”

-Me gusta que así lo alabes

-Y en el Tribunal de Cuentas

tiene ya dos mil quinientas

pesetas de sueldo ¿Sabes?

Y según vale, confío

que ascienda rápidamente.

Es un muchacho excelente,

en fin una ganga, tío.

Juan en cambio es un tunante

Botín, Taurina, cafés…

y sombrero cordobés

juergas, y cañas, y cante

Siempre de toros –me irrita-

la conversación entabla

Cuando del Reverte no habla

es para hablar del Guerrita

Tiene fortuna, corriente,

y hasta escudo de nobleza

¿Qué sentará la cabeza?

Pero hasta que no la siente…

El tercero es necio y tonto,

Don Ramiro Pérez Mota,

un vejestorio con gota

que se morirá muy pronto.

Gasta peluca con rizos.

Es un mentecato, un lerdo

reparado del izquierdo

y ¡lleva dientes postizos!

Además es tartajoso.

Tiene, -y cada año la aumenta,-

veinte mil duros de renta

¡Pero es lo más asqueroso!

La elección, como tú ves,

no era dudosa. Elegí

-No digas más,… entendí,

al intachable, a tu Andrés

-No a Don Ramiro.- ¿Tú, tú?

¡Casta! -¿Qué hace usted? Ven Casta

Mira, toma mi bambú

y renueva el vapuleo…

-¡Tío, por Dios! -¡Chilla, chilla!

-¡Y le rompes la costilla

que se libró del solfeo!

Rafael María Liern (1832 – 1897)

(*) Publicado en la revista “Madrid Cómico” -Nº 590 del 9 de junio de 1894-

* * *

TRABAJAR PARA SU DAÑO

La madre de un muchacho campesino

ganaba su porción hilando lino,

su hijo un mísero galopo,

le hurtaba una porción de cada copo.

Con el producto de los hurtos fue tejiendo

Un látigo tremendo

con la benigna idea

de zurrar a los niños de la aldea.

Dióse en pelar la rueca tanta prisa

que hubo la madre de notar la sisa.

La casa revisó

del piso al techo

Y el látigo encontró

de hurtillos hecho;

cogióle furibunda

y le dio con él tan recia tunda

que de las posas al cogote

no quedó lugar libre de azote.

Y decía al azotarle de alto a bajo

¿Ves de qué sirve tu trabajo?

“A robar te llevó tu mal deseo

y con el robo yo te vapuleo”

Moraleja:

Siempre verás que el vicio labra por sus manos el suplicio

Juan Eugenio Hartzenbusch (1806 – 1880)

“Hermosas, ¿verdad? Pues mira si tenemos cosas buenas, sobre todo de este último que ha escrito muchas obras más que lo acreditan como un emérito aficionado a la flagelación doméstica.”

“Me despido…etc.”

Amada Correa

Aquellos cincuenta pesos

Por: Amada Correa

“Mienten quienes quieren disfrazar la vida
con la máscara loca de la literatura”
Camilo José Cela – “La Colmena"

Cuando cursaba el quinto grado, revisando una de las viejas carteras de mamá, tuve la suerte,  lo que es, -como se verá-, sólo una manera de decir, de dar en el fondo de una de ellas con un ajado billete de cincuenta pesos, apenas visible en medio de un  revoltijo de manoseados papeles, olvidado allí quién sabe desde hacía cuánto tiempo.

Seré breve, fue verlo y calcular de inmediato la cantidad de chocolatines blancos que podía comprar lo que me impulsó a silenciar el hallazgo para transformarlo, al día siguiente, camino del colegio, en varios puñados de mis golosinas favoritas.

Llegué a la  clase con más de treinta chocolatines guardados en la cartera entre los útiles escolares.

Para no delatarme, los primeros los consumí en el baño del colegio durante los recreos y los papeles a medida que los desenvolvía los fui arrojando al inodoro.

Recién rumbo casa comencé a preocuparme seriamente por el resto de los chocolatines y las posibles consecuencias de mis acciones, pues tenía plena conciencia de haberme apoderado de un dinero ajeno para malgastarlo todo en chocolate, sustancia que no me permitían consumir en exceso.
 

Ante mi se abrían entonces dos caminos: sincerarme con mamá y aceptar lo que sin duda caería enseguida, una severa reprimenda aderezada con alguna penitencia más o menos desagradable o bien cruzar los dedos, callarme la boca y, -que-fuera-lo-que-Dios-quiera-. Opté por lo último.

Al comienzo la suerte estuvo de mi parte, cuando llegué mi madre estaba muy atareada, apenas si me prestó atención mientras me ayudaba a quitarme el delantal y lo mismo durante el almuerzo.

Por la tarde tampoco me pidió los cuadernos ni revisó mi cartera, de manera que, después en mi habitación, mientras completaba los deberes, devoré uno a uno todos los chocolatines que quedaban.
 

La evidencia delatora, o sea los envoltorios, los fui escondiendo en el fondo de la cartera con el propósito de deshacerme de ellos al día siguiente en los baños del colegio.

Todo marchaba a la perfección hasta que, en algún momento, mi organismo dijo basta. 

A la hora de la cena llegué descompuesta, el olor de la comida me producía nauseas, rechacé la  cena aduciendo un fuerte dolor de estómago.

Resistí la insistencia de mi madre para que tomara algún bocado, lloriqueando aseguré hallarme descompuesta. Papá observó que tenía el rostro muy congestionado. Luego de un breve conciliábulo, resolvieron mandarme a la cama, donde me tomarían la temperatura y me llevarían un te digestivo.

Haciendo ascos tomé aquel brebaje, el termómetro no acusó fiebre, de modo que no creyeron conveniente molestar al médico por una posible indisposición pasajera. Resolverían qué hacer conmigo al día siguiente de acuerdo al estado que presentara…

Por la mañana antes de salir para el trabajo papá pasó por mi dormitorio a observarme y se despidió con un beso. Al salir le oí decir a mamá que yo no tenía buen semblante, que por las dudas no me mandara al colegio y me tuviera en cama hasta el mediodía, si durante la mañana llegaba a tener vómitos o me quejaba de dolores intensos entonces que llamara enseguida a nuestro médico.

 Un poco más tarde mamá me trajo el desayuno a la cama. Aprovechó para colocarme el termómetro en la ingle. Al levantarme el camisón descubrió mi abdomen salpicado de erupciones y algunas ronchas enormes en la parte donde había estado rascándome.  Pero no dijo nada, solamente me informó que no tenía fiebre y por último me examinó la lengua.

Yo, -a excepción de las molestias que me producía la picazón de la urticaria-, ajena por completo a las idas y venidas de mi madre, me encontraba en el mejor de los mundos. Hasta que escuché que hablaba por teléfono, al parecer con papá.

Sigilosamente salté de la cama y me arrimé a la puerta para escuchar. Alcancé a oír que respondía con enojo: “-Sí, sí claro, le voy a dar una enema enseguida, pero antes va a recibir una que ni se la imagina…”

No quise escuchar más, con el corazón en la boca, regresé de un salto a la cama. La perspectiva de la enema, sospechada desde el momento mismo que me hizo sacar la lengua, resultaba de por sí desagradable, pero lo que me resultaba más inquietante era la “otra cosa” que iba a darme…
 

Permanecía yo en la cama, inmóvil, angustiada y con el oído atento a cualquier movimiento que revelara la proximidad de mamá, cuyas idas y venidas desde la cocina al cuarto de baño acompañaba mentalmente.

Por fin apareció en la puerta para ordenarme que me calzara las pantuflas para acompañarla al baño. Lo que hice sin demora. Allí estaba ya todo dispuesto: colgada del respaldo de la silla una toalla grande y sobre el asiento la palanganita de plástico con la pera de goma para enemas, el pote de vaselina y un paquete de algodón.

Mientras ella desocupaba la silla para tomar sentarse y colocar sobre su regazo la toalla doblada en cuatro, me pidió que me sacara la bombacha. Después hizo que me colocara atravesada boca abajo sobre la toalla como hacía siempre cuando me ponían enemas o supositorios.
 

Lo que percibí, una vez instalada de cara al piso, no fue la habitual sensación provocada por el molesto pico de la pera de goma tratando de franquear la entrada de mi cuerpo , sino una inesperada, fuerte, sonora y ardiente palmada en medio de las nalgas, a la que siguió otra, otra y otra del mismo calibre e intensidad…

Mamá suspendió momentáneamente el castigo para formalizar  un detenido interrogatorio. Quería saber: cuándo, cómo, dónde y por obra de quién había conseguido yo los chocolatines…

En vano traté de ganar tiempo fingiendo no entender sus preguntas, eso le valió a mi desguarnecido trasero una crecida y violenta salva de azotes. Pues aunque aplicados con la mano abierta resonaban sobre mi piel como auténticos cañonazos.

Entre azote y azote, mamá, me hizo comprender que resultaba inútil que me hiciera la desentendida o tratara de negar los hechos porque ella había descubierto en mi cartera los envoltorios de los chocolatines y blancos, -¡nada menos!-, los más indigestos…

Entonces, entrecortadamente a causa de los sollozos confesé todo de Pe a Pa. A medida que la verdad salía a la luz, el enojo de mi madre crecía y el vigor de sus azotes también…

Nunca hasta esa oportunidad, en los once años y medio que llevaba vividos había sufrido una paliza como aquella pues si bien mis padres eran ordenados y estrictos, no empleaban conmigo  castigos corporales.

Ellos eran partidarios de las penitencias, aunque, -algunas veces-, a mamá sobre todo, cuando se le volaban los pájaros, se le iba la mano, entonces sí, me propinaba tirones de pelo o de orejas… En tanto papá, -en las contadas oportunidades que logré sacarlo de las casillas-, se vio ocupó de encajarme sobre la ropa un par de palmadas, pero jamás fueron azotes y menos en las nalgas desnudas.

Una vez terminada la sesión de azotes, extendida y llorosa recibí, creo que hasta con cierto alivio, la intrusión de la pera de goma y la descarga del líquido en los intestinos… El resto del día lo pasé en la cama.

 

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