Juan Carlos
m/f cinturón
Autora: Mayte Riemens
Mis hermanos y yo estábamos jugando en el jardín con los hijos de los amigos de mis padres. Los adultos estaban adentro en la sobremesa de la comida de cumpleaños de papá.
¡Qué mal me caía Juan Carlos, el hijo del socio de mi papá! Era un niño mimado que se sentía adorado por todo el mundo, creía merecérselo todo y se la pasaba presumiendo todo lo que sus papás le compraban, sus viajes a Estados Unidos y los muchos juguetes caros que tenía. Tenía un año más que yo y estábamos juntos en la escuela.
Las niñas estábamos jugando a saltar el resorte y los niños bobeaban por ahí haciendo no sé qué, pero corrían a nuestro alrededor y, guiados por el antipático de Juan Carlos, cada vez que pasaban atrás de nosotras, alguno de ellos estiraba lo más que podía el resorte que Marisa y yo sosteníamos con las piernas. Después, lo soltaban dándonos un doloroso resortazo. Mis amigas y yo gritábamos furiosas, pero ellos continuaban con su tonto juego.
Pero yo no estaba de humor para aguantar sus tonterías y menos para permitir que Juan Carlos se diera el lujo de darme de resortazos sólo para divertirse, así es que, en una de las tantas ocasiones en que pasó a mi lado para jugarme la “bromita”, me giré hacia él y le di un golpe con el puño en la cara. No se lo esperaba, perdió el equilibrio y se fue de espaldas sobre el pasto. Aproveché mi pequeño triunfo para zafarme del resorte y me fui sobre él a golpes. Las niñas gritaban a mí alrededor animándome a seguir golpeándolo, los niños se burlaban de él con la cantaleta de “te está ganando una niña” y mi hermano trataba de controlarme, pensando seguramente en que mi conducta tendría graves consecuencias cuando papá se enterara. A mí nada me importaba, me estaba vengando de esa trastada y de otras muchas que Juan Carlos me había hecho, él no se defendía, sólo gritaba y, tapándose la cara, recibía los golpes que le daba en donde cayeran, con la palma de mi mano abierta.
La gritería debió haber llegado hasta la casa y los adultos no tardaron en salir al jardín a averiguar qué pasaba. No oí a mi padre cuando me llamó furioso, tan concentrada y emocionada estaba golpeando al niño antipático. Sentí su mano que me aferraba con fuerza del brazo y me hacía retroceder, dejando a Juan Carlos tirado en el pasto, llorando y gritando como si de verdad lo hubiera lastimado. Vi que su mamá corría a abrazarlo como si fuera un bebé, no pude ver más. Sentí una nalgada fortísima y una sacudida que me hizo reaccionar.
-¡Pero qué está pasando contigo, jovencita! – papá estaba furioso, me tomó de los hombros y me obligó a mirarlo. Yo comencé a llorar.
- ¡El empezó papito! ¡Te lo juro!
- ¡Eso no justifica que te comportes así! ¡El es tu invitado! ¡Estoy avergonzado de ti!
- ¡Papito, él me pegó primero! – traté de explicar, pero papá estaba tan enojado que no quería escucharme
- ¡¿Cómo se te ocurre irte a golpes sobre alguien?! ¡Como si fueras una niña de la calle sin educación!
- ¡Perdón papito! – dije llorando aterrada de la posibilidad de que me nalgueara ahí mismo frente a todo el mundo
- Vete inmediatamente a mi despacho, vamos a resolver esto ahora mismo
- Sí papi – murmuré y me eché a correr hacia la casa, sabía que me iba a pegar, ya era ganancia que no lo hubiera hecho enfrente de todos, pero si tardaba en obedecer podía cambiar de opinión. El se quedó en el jardín hablando con los papás de Juan Carlos, ofreciéndoles disculpas, supongo yo.
En el despacho, me desplomé sobre el sofá y empecé a llorar. Tenía mucho miedo y mucha más vergüenza porque papá me había regañado enfrente de toda esa gente, porque todos se iban a enterar de que papá me iba a pegar, el despacho estaba a un lado de la sala, todo lo que sucedía ahí se escuchaba en la otra habitación, así es que hasta el idiota de Juan Carlos iba a escuchar cómo me castigaban. Papá tardaba tanto que me dio tiempo de tranquilizarme y de volverme a poner nerviosa, escuché cómo los adultos volvían a entrar a la casa y se sentaban en la sala a continuar con sus pláticas, oí la voz de papá que sonaba alegre y amable, muy diferente a como yo la acababa de escuchar en el jardín, también escuché a Juan Carlos aún gimoteando, y a su mamá que continuaba consolándolo con un tono de voz que mi mamá sólo empleaba con mis primos pequeños. Imaginarme la escena me dio asco: Juan Carlos era un ridículo, chiqueado y estúpido. Después de todo, no me arrepentía de haberlo golpeado, aunque yo iba acabar llorando mucho más que él y los golpes que yo recibiría serían verdaderamente dolorosos.
Pensaba eso cuando me sobresaltó el ruido de la puerta. Me levanté como un resorte del sofá y miré muy asustada a mi papá.
- ¡Papito... déjame que te explique, por favor!
- No hay nada que explicar, jovencita. No hay ninguna razón para actuar como lo hiciste y lo que necesitas es un buen escarmiento que te recuerde que eres una niña educada y no un pandillero de la calle. – se llevó las manos al cinturón y yo, por supuesto, empecé a llorar desesperada
- ¡No, papito! ¡Por favor! ¡Con el cinturón, no! ¡No lo vuelvo a hacer, papito! ¡Perdóname!
- No lo vas a volver a hacer, Mayte, de eso yo me encargo. Ven acá – me ordenó con el cinturón doblado a la mitad en la mano derecha.
- ¡No papi! ¡Por favor!
- ¡Basta ya! ¡Obedéceme! – su tono de voz fue tan duro que preferí no resistirme más para no empeorar mi situación. Me acerqué a él lentamente, me tomó del brazo y entonces me hizo girar y apoyarme sobre su muslo que descansaba sobre el escritorio. Oí silbar el cinturón en el aire y entonces sentí el primer azote. Aullé de dolor y empecé a sollozar con fuerza, segundos después otro silbido y nuevamente el dolor como de una quemada, otro más y me cubrí el trasero con la mano.
- ¡Por favor, duele mucho!
- Quita la mano inmediatamente, Mara Teresa – me ordenó muy severo. Gemí y obedecí con un nuevo sollozo, entonces sentí que papá deslizaba mis pantalones cortos y después mis calzones hasta mis rodillas
- ¡No papi! ¡Te lo ruego!
- Tú lo has querido así, señorita – me mantuve quieta y entonces comenzó otra vez el castigo. Con la piel desnuda los azotes dolían muchísimo más, ardían y me dejaban una sensación de mucho calor, como si me hubiera quemado. No me resistí más, aunque el dolor de los azotes me hacía retorcerme y levantar mis piernas, frotar una contra la otra y saltar un poco a cada cinturonzazo. Después de varios azotes, no pude evitar suplicar que se detuviera, pues el dolor acumulado ya era excesivo.
- ¡Ya no, papito! ¡Por favor! ¡Ya no! ¡No lo vuelvo a hacer!
Con cada cinturonzazo aullé y sollocé con todas mis fuerzas, además de los gritos suplicando que se detuviera, los cuales seguramente se podían escuchar perfectamente en la sala, en donde se encontraban los amigos de papá y el odioso de Juan Carlos. Por supuesto que, mientras duró el castigo, eso fue en lo último en lo que pensé, pero en cuanto papá terminó de azotarme, la idea me vino a la mente y desee que me tragara la tierra.
- Ya puedes levantarte.
Obedecí y aproveché para frotarme el trasero que me ardía muchísimo. Miré a papá suplicante, pero no me atreví a decirle nada.
- Vístete y párate en ese rincón, de cara a la pared, no quiero que te muevas de ahí hasta que yo venga a buscarte ¿me oyes?
- Sí, papito – murmuré y me dirigí hacia el rincón que me señalaba.
Papá salió del despacho y yo me quedé ahí, frente a mi rincón, con el trasero adolorido, llorando y muerta del coraje, pensando en lo divertido que debía estar Juan Carlos sabiendo que mi papá me había azotado. En aquel largo tiempo imaginé la respuesta que tendría preparada cuando el estúpido niño se burlara de mí el lunes en la escuela... a mí me había pegado mi papá, no una niña más chica que yo.
Después tuve tiempo de reflexionar en lo que había hecho, que era lo que se suponía que debía hacer mientras estaba en el rincón. No me arrepentía de haberle pegado a Juan Carlos, se la había ganado, pero de plano me equivoqué al hacerlo en mi propia casa, en medio de una fiesta de mis padres, entendía que papá se hubiera enojado tanto, ¡la vergüenza que debió haber pasado con su amigo, el papá de Juan Carlos! No volvería a hacerlo, bueno, a menos que el estúpido me provocara, pero al menos, no lo volvería a hacer nunca en mi casa. Había corrido el riesgo de que papá me castigara frente a todos mis amigos y frente a mi enemigo, eso hubiera sido doblemente vergonzoso, además de la vergüenza que le había provocado a papá.
Ya estaba muy cansada, pasaba el peso de mi cuerpo de un pie al otro y estiraba mi espalda hacia atrás, tratando de aliviar el cansancio. El trasero aún me dolía, pero comenzaba a pasarse la sensación de ardor. Oí que los adultos comenzaban a despedirse, que mamá y papá los acompañaban a la puerta... Un rato después, oí que a mis espaldas se abría la puerta. Reacomodé mi postura rápidamente.
- Ven aquí, Mayte – me llamó papá. Yo, lentamente, me giré para mirarlo. Se estaba sentando en el sofá. Me acerqué despacio, mirándolo avergonzada y con un poco de miedo. Me detuve frente a él.
- Mayte... espero que estés arrepentida de lo que hiciste – me dijo amablemente. Debí haber contestado que sí lo estaba, pero no pude mentir, guardé silencio y bajé la cabeza
- ¿Eso quiere decir que no estás arrepentida? – me preguntó seriamente. Lo miré temerosa
- Papi... es que... Juan Carlos es un pesado, es grosero, chiqueado y se la pasa molestándonos... yo... ¡te juro que no voy a volverlo a hacer, papito, pero...!
- ¿No estás arrepentida? – la pregunta me escalofrió, ¿y si volvía a castigarme por no estarlo? Pero ya no era momento de mentir, podía ser peor.
- Estoy arrepentida de haberte hecho enfadar, papito, de haber echado a perder tu comida, de haberte hecho pasar una vergüenza así con tus amigos...
- Pero no de haberle pegado a Juan Carlos – completó él. Volví a mirarlo, estaba asustada pero, aunque hubiera querido, ya no podía echar marcha atrás.
- No, papito, de eso no. – Murmuré con la cabeza baja - El se lo merecía
- ¿Y crees que tú eres la indicada para tratar de educar a Juan Carlos?
- No papito, pero... es que nadie le dice nada. Su papá no lo regañó por habernos dado de resortazos a Marisa y a mí ¿o si? – pregunté arrepentida de lo que acababa de decir, a papá podía parecerle una insolencia.
- Eso no debe importarte a ti, Mayte. El hecho de que él sea un malcriado no te da derecho a serlo tú también
- Lo sé, papito. Perdóname – respondí bajando la mirada
- Está bien, Mayte. He de reconocer que tienes razón, Juan Carlos es un niño muy mal educado, a mi también me dan ganas de darle unos azotes, pero la educación consiste precisamente en controlarnos cuando alguien nos saca de quicio, no puedes ir por la vida golpeando a todo aquel que te caiga mal, y sobre todo, no debes perder de vista que hoy tú eras la anfitriona y quedaste realmente mal dando esa escena.
- Eso lo sé, papito. ¿Me puedes perdonar? Te prometo que no lo vuelvo a hacer.
- Claro que puedo perdonarte, Mayte – me ofreció los brazos abiertos y yo me lancé dentro de ellos. Permanecí en sus brazos un largo rato besándolo, recibiendo sus besos y caricias y escuchando lo que parecía una confidencia: él tampoco soportaba a Juan Carlos y también creía que era un chiqueado, grosero, ridículo...
Después de todo, no me había ido tan mal.
Agosto 79
Autora: Mayte Riemens
Mis hermanos y yo estábamos jugando en el jardín con los hijos de los amigos de mis padres. Los adultos estaban adentro en la sobremesa de la comida de cumpleaños de papá.
¡Qué mal me caía Juan Carlos, el hijo del socio de mi papá! Era un niño mimado que se sentía adorado por todo el mundo, creía merecérselo todo y se la pasaba presumiendo todo lo que sus papás le compraban, sus viajes a Estados Unidos y los muchos juguetes caros que tenía. Tenía un año más que yo y estábamos juntos en la escuela.
Las niñas estábamos jugando a saltar el resorte y los niños bobeaban por ahí haciendo no sé qué, pero corrían a nuestro alrededor y, guiados por el antipático de Juan Carlos, cada vez que pasaban atrás de nosotras, alguno de ellos estiraba lo más que podía el resorte que Marisa y yo sosteníamos con las piernas. Después, lo soltaban dándonos un doloroso resortazo. Mis amigas y yo gritábamos furiosas, pero ellos continuaban con su tonto juego.
Pero yo no estaba de humor para aguantar sus tonterías y menos para permitir que Juan Carlos se diera el lujo de darme de resortazos sólo para divertirse, así es que, en una de las tantas ocasiones en que pasó a mi lado para jugarme la “bromita”, me giré hacia él y le di un golpe con el puño en la cara. No se lo esperaba, perdió el equilibrio y se fue de espaldas sobre el pasto. Aproveché mi pequeño triunfo para zafarme del resorte y me fui sobre él a golpes. Las niñas gritaban a mí alrededor animándome a seguir golpeándolo, los niños se burlaban de él con la cantaleta de “te está ganando una niña” y mi hermano trataba de controlarme, pensando seguramente en que mi conducta tendría graves consecuencias cuando papá se enterara. A mí nada me importaba, me estaba vengando de esa trastada y de otras muchas que Juan Carlos me había hecho, él no se defendía, sólo gritaba y, tapándose la cara, recibía los golpes que le daba en donde cayeran, con la palma de mi mano abierta.
La gritería debió haber llegado hasta la casa y los adultos no tardaron en salir al jardín a averiguar qué pasaba. No oí a mi padre cuando me llamó furioso, tan concentrada y emocionada estaba golpeando al niño antipático. Sentí su mano que me aferraba con fuerza del brazo y me hacía retroceder, dejando a Juan Carlos tirado en el pasto, llorando y gritando como si de verdad lo hubiera lastimado. Vi que su mamá corría a abrazarlo como si fuera un bebé, no pude ver más. Sentí una nalgada fortísima y una sacudida que me hizo reaccionar.
-¡Pero qué está pasando contigo, jovencita! – papá estaba furioso, me tomó de los hombros y me obligó a mirarlo. Yo comencé a llorar.
- ¡El empezó papito! ¡Te lo juro!
- ¡Eso no justifica que te comportes así! ¡El es tu invitado! ¡Estoy avergonzado de ti!
- ¡Papito, él me pegó primero! – traté de explicar, pero papá estaba tan enojado que no quería escucharme
- ¡¿Cómo se te ocurre irte a golpes sobre alguien?! ¡Como si fueras una niña de la calle sin educación!
- ¡Perdón papito! – dije llorando aterrada de la posibilidad de que me nalgueara ahí mismo frente a todo el mundo
- Vete inmediatamente a mi despacho, vamos a resolver esto ahora mismo
- Sí papi – murmuré y me eché a correr hacia la casa, sabía que me iba a pegar, ya era ganancia que no lo hubiera hecho enfrente de todos, pero si tardaba en obedecer podía cambiar de opinión. El se quedó en el jardín hablando con los papás de Juan Carlos, ofreciéndoles disculpas, supongo yo.
En el despacho, me desplomé sobre el sofá y empecé a llorar. Tenía mucho miedo y mucha más vergüenza porque papá me había regañado enfrente de toda esa gente, porque todos se iban a enterar de que papá me iba a pegar, el despacho estaba a un lado de la sala, todo lo que sucedía ahí se escuchaba en la otra habitación, así es que hasta el idiota de Juan Carlos iba a escuchar cómo me castigaban. Papá tardaba tanto que me dio tiempo de tranquilizarme y de volverme a poner nerviosa, escuché cómo los adultos volvían a entrar a la casa y se sentaban en la sala a continuar con sus pláticas, oí la voz de papá que sonaba alegre y amable, muy diferente a como yo la acababa de escuchar en el jardín, también escuché a Juan Carlos aún gimoteando, y a su mamá que continuaba consolándolo con un tono de voz que mi mamá sólo empleaba con mis primos pequeños. Imaginarme la escena me dio asco: Juan Carlos era un ridículo, chiqueado y estúpido. Después de todo, no me arrepentía de haberlo golpeado, aunque yo iba acabar llorando mucho más que él y los golpes que yo recibiría serían verdaderamente dolorosos.
Pensaba eso cuando me sobresaltó el ruido de la puerta. Me levanté como un resorte del sofá y miré muy asustada a mi papá.
- ¡Papito... déjame que te explique, por favor!
- No hay nada que explicar, jovencita. No hay ninguna razón para actuar como lo hiciste y lo que necesitas es un buen escarmiento que te recuerde que eres una niña educada y no un pandillero de la calle. – se llevó las manos al cinturón y yo, por supuesto, empecé a llorar desesperada
- ¡No, papito! ¡Por favor! ¡Con el cinturón, no! ¡No lo vuelvo a hacer, papito! ¡Perdóname!
- No lo vas a volver a hacer, Mayte, de eso yo me encargo. Ven acá – me ordenó con el cinturón doblado a la mitad en la mano derecha.
- ¡No papi! ¡Por favor!
- ¡Basta ya! ¡Obedéceme! – su tono de voz fue tan duro que preferí no resistirme más para no empeorar mi situación. Me acerqué a él lentamente, me tomó del brazo y entonces me hizo girar y apoyarme sobre su muslo que descansaba sobre el escritorio. Oí silbar el cinturón en el aire y entonces sentí el primer azote. Aullé de dolor y empecé a sollozar con fuerza, segundos después otro silbido y nuevamente el dolor como de una quemada, otro más y me cubrí el trasero con la mano.
- ¡Por favor, duele mucho!
- Quita la mano inmediatamente, Mara Teresa – me ordenó muy severo. Gemí y obedecí con un nuevo sollozo, entonces sentí que papá deslizaba mis pantalones cortos y después mis calzones hasta mis rodillas
- ¡No papi! ¡Te lo ruego!
- Tú lo has querido así, señorita – me mantuve quieta y entonces comenzó otra vez el castigo. Con la piel desnuda los azotes dolían muchísimo más, ardían y me dejaban una sensación de mucho calor, como si me hubiera quemado. No me resistí más, aunque el dolor de los azotes me hacía retorcerme y levantar mis piernas, frotar una contra la otra y saltar un poco a cada cinturonzazo. Después de varios azotes, no pude evitar suplicar que se detuviera, pues el dolor acumulado ya era excesivo.
- ¡Ya no, papito! ¡Por favor! ¡Ya no! ¡No lo vuelvo a hacer!
Con cada cinturonzazo aullé y sollocé con todas mis fuerzas, además de los gritos suplicando que se detuviera, los cuales seguramente se podían escuchar perfectamente en la sala, en donde se encontraban los amigos de papá y el odioso de Juan Carlos. Por supuesto que, mientras duró el castigo, eso fue en lo último en lo que pensé, pero en cuanto papá terminó de azotarme, la idea me vino a la mente y desee que me tragara la tierra.
- Ya puedes levantarte.
Obedecí y aproveché para frotarme el trasero que me ardía muchísimo. Miré a papá suplicante, pero no me atreví a decirle nada.
- Vístete y párate en ese rincón, de cara a la pared, no quiero que te muevas de ahí hasta que yo venga a buscarte ¿me oyes?
- Sí, papito – murmuré y me dirigí hacia el rincón que me señalaba.
Papá salió del despacho y yo me quedé ahí, frente a mi rincón, con el trasero adolorido, llorando y muerta del coraje, pensando en lo divertido que debía estar Juan Carlos sabiendo que mi papá me había azotado. En aquel largo tiempo imaginé la respuesta que tendría preparada cuando el estúpido niño se burlara de mí el lunes en la escuela... a mí me había pegado mi papá, no una niña más chica que yo.
Después tuve tiempo de reflexionar en lo que había hecho, que era lo que se suponía que debía hacer mientras estaba en el rincón. No me arrepentía de haberle pegado a Juan Carlos, se la había ganado, pero de plano me equivoqué al hacerlo en mi propia casa, en medio de una fiesta de mis padres, entendía que papá se hubiera enojado tanto, ¡la vergüenza que debió haber pasado con su amigo, el papá de Juan Carlos! No volvería a hacerlo, bueno, a menos que el estúpido me provocara, pero al menos, no lo volvería a hacer nunca en mi casa. Había corrido el riesgo de que papá me castigara frente a todos mis amigos y frente a mi enemigo, eso hubiera sido doblemente vergonzoso, además de la vergüenza que le había provocado a papá.
Ya estaba muy cansada, pasaba el peso de mi cuerpo de un pie al otro y estiraba mi espalda hacia atrás, tratando de aliviar el cansancio. El trasero aún me dolía, pero comenzaba a pasarse la sensación de ardor. Oí que los adultos comenzaban a despedirse, que mamá y papá los acompañaban a la puerta... Un rato después, oí que a mis espaldas se abría la puerta. Reacomodé mi postura rápidamente.
- Ven aquí, Mayte – me llamó papá. Yo, lentamente, me giré para mirarlo. Se estaba sentando en el sofá. Me acerqué despacio, mirándolo avergonzada y con un poco de miedo. Me detuve frente a él.
- Mayte... espero que estés arrepentida de lo que hiciste – me dijo amablemente. Debí haber contestado que sí lo estaba, pero no pude mentir, guardé silencio y bajé la cabeza
- ¿Eso quiere decir que no estás arrepentida? – me preguntó seriamente. Lo miré temerosa
- Papi... es que... Juan Carlos es un pesado, es grosero, chiqueado y se la pasa molestándonos... yo... ¡te juro que no voy a volverlo a hacer, papito, pero...!
- ¿No estás arrepentida? – la pregunta me escalofrió, ¿y si volvía a castigarme por no estarlo? Pero ya no era momento de mentir, podía ser peor.
- Estoy arrepentida de haberte hecho enfadar, papito, de haber echado a perder tu comida, de haberte hecho pasar una vergüenza así con tus amigos...
- Pero no de haberle pegado a Juan Carlos – completó él. Volví a mirarlo, estaba asustada pero, aunque hubiera querido, ya no podía echar marcha atrás.
- No, papito, de eso no. – Murmuré con la cabeza baja - El se lo merecía
- ¿Y crees que tú eres la indicada para tratar de educar a Juan Carlos?
- No papito, pero... es que nadie le dice nada. Su papá no lo regañó por habernos dado de resortazos a Marisa y a mí ¿o si? – pregunté arrepentida de lo que acababa de decir, a papá podía parecerle una insolencia.
- Eso no debe importarte a ti, Mayte. El hecho de que él sea un malcriado no te da derecho a serlo tú también
- Lo sé, papito. Perdóname – respondí bajando la mirada
- Está bien, Mayte. He de reconocer que tienes razón, Juan Carlos es un niño muy mal educado, a mi también me dan ganas de darle unos azotes, pero la educación consiste precisamente en controlarnos cuando alguien nos saca de quicio, no puedes ir por la vida golpeando a todo aquel que te caiga mal, y sobre todo, no debes perder de vista que hoy tú eras la anfitriona y quedaste realmente mal dando esa escena.
- Eso lo sé, papito. ¿Me puedes perdonar? Te prometo que no lo vuelvo a hacer.
- Claro que puedo perdonarte, Mayte – me ofreció los brazos abiertos y yo me lancé dentro de ellos. Permanecí en sus brazos un largo rato besándolo, recibiendo sus besos y caricias y escuchando lo que parecía una confidencia: él tampoco soportaba a Juan Carlos y también creía que era un chiqueado, grosero, ridículo...
Después de todo, no me había ido tan mal.
Agosto 79
20/04/2005 03:48 Este es el enlace de este relato, si lo copias lo puedes utilizar como hipervínculo. Tema: En Familia.
Comentarios » Ir a formulario
Autor: La número Uno
¡Sí! Lo juro, aunque recientemente lo capturé en la compu y, por supuesto, le hice correcciones de estilo. Pero el relato original es de ese año.
Fecha: 25/04/2005 00:53.
![]()
Autor: Iván
Eso es falso ningun padre perdona a su hijo/a ya sea mayor o pequeña y lo digo por experiencia por eso a mi esto me gusta.
Nota SUSPENSO
Nota SUSPENSO
Fecha: 15/06/2009 15:46.
